Alexander Solyenitzin - El Archipiélagp Gulag

La Editorial

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El Archipiélago Gulag

 

A todos los que no vivieron lo bastante
para contar estas cosas.
Y que me perdonen
si no supe verlo todo,
ni recordarlo todo,
ni capaz de intuirlo todo

 


 

INTRODUCCIÓN

En el año de mil novecientos cuarenta y nueve, unos amigos y yo dimos con una nota curiosa en la revista Priroda de la Academia de Ciencias. Decía en letra menuda que durante unas excavaciones en el río Kolymá se había descubierto, no se sabe cómo, una capa de hielo subterránea. Esa capa había conservado congelados desde hacía decenas de miles de años especímenes de la misma fauna cuyos restos se habían encontrado en la excavación.

Fueran peces o tritones, lo cierto es que se conservaban tan frescos — atestiguaba el reportero científico — que, tras desprenderles el hielo, los integrantes de la expedición se los habían comido ahí mismo con sumo placer.

Podría parecer que la revista pretendía impresionar a sus pocos lectores con la alta capacidad del hielo para conservar el pescado. No obstante, pocos supieron captar el otro sentido, más verdadero y épico, que tenía la imprudente nota.

En cambio, mis amigos y yo lo comprendimos enseguida. Pudimos imaginarnos nítidamente la escena hasta en el menor detalle: los integrantes de la expedición quebrando el hielo ávidos y presurosos, y cómo, pasando por alto los excelsos intereses de los ictiólogos, luchaban a codazos por hacerse con un trozo de pescado milenario, derretirlo al fuego y saciar su hambre.

Lo comprendimos porque nosotros mismos fuimos en su día integrantes forzosos de este tipo de expediciones, habíamos pertenecido a la poderosa y singular estirpe de los zeks la única del mundo capaz de comerse un tritón con sumo placer.

Kolymá era la mayor y más conocida isla, el polo de la crueldad del GULAG, un sorprendente país de geografía dispersa como la de un archipiélago y, al mismo tiempo, con una presencia en las mentes tan compacta como la de un continente, un país casi invisible, casi impalpable, poblado por la estirpe de los zeks.

Un archipiélago de cotos cerrados, incrustado como una tabla polícroma dentro de otro país, impregnando sus ciudades, flotando sobre sus calles. A pesar de ello, quienes no formaban parte de él no podían advertir su presencia. Y si bien eran bastantes los que tenían de él aunque fuera una vaga referencia, sólo lo conocían bien quienes lo habían visitado.

No obstante, cual si hubieran perdido el habla en las islas del Archipiélago, éstos guardaban silencio.

Gracias a un inesperado giro de nuestra historia, afloró a la luz una parte de este Archipiélago, una porción insignificantemente pequeña. (T1) Los mismos puños que nos habían puesto los grilletes ahora buscaban la reconciliación abriendo las palmas: «¡No conviene recordar! ¡No hay que revolver el pasado! ¡A quien recuerde lo pasado que le arranquen un ojo!». Pero el proverbio termina diciendo: «¡Y al que lo olvide que le arranquen los dos!». (T2) Pasan las décadas, y las llagas y las cicatrices del pasado van borrándose irreparablemente.

En este tiempo, el resto de islas se quebró y se dispersó, quedaron cubiertas por las olas del gélido mar del olvido. Y llegará el día, en el próximo siglo, en que este Archipiélago, su aire, y los huesos de sus habitantes, congelados en un témpano de hielo, aparecerán como un inverosímil tritón.

No osaré escribir una historia del Archipiélago: no me ha sido dado leer la documentación pertinente. ¿Tendrá alguien acceso a ella algún día? Los que no desean recordar han tenido tiempo suficiente (y el que tendrán todavía) para destruir todos los documentos hasta no dejar rastro.

Lejos de tomar los once años que pasé allí como una deshonra o una pesadilla maldita, casi llegué a sentir afecto por aquel mundo monstruoso y, convertido ahora por feliz circunstancia en depositario de relatos y cartas tardíos, tal vez logre exhumar algunos de aquellos huesos y de aquella carne. Una carne, por cierto, viva aún, y un tritón que todavía sigue con vida.

En este libro no hay personajes ficticios ni sucesos imaginarios. Las personas y los lugares llevan sus propios nombres y si sólo se indican con iniciales es por consideraciones personales. En aquellos casos en que no se citan nombres, se debe únicamente a que la memoria humana no los retuvo.

Todo ocurrió como se relata. Escribir este libro habría sido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre. Pero además de lo que saqué personalmente del Archipiélago —en mi piel, mi memoria, mi vista y mis oídos—, pude contar como material para este libro con los relatos, memorias y cartas que me ofrecieron:

[sigue una lista con 227 nombres].

No voy a expresarles aquí mi reconocimiento individual: que sea éste nuestro monumento común y fraterno a todos quienes sufrieron el martirio y fueron asesinados.

Quisiera destacar de esta lista a los que pusieron gran empeño en ayudarme a conseguir que esta obra dispusiera de puntos de apoyo bibliográficos sacados de los actuales fondos de las bibliotecas, o de otros libros confiscados tiempo ha o destruidos, pues requiere gran tenacidad encontrar un ejemplar que se haya conservado; y quisiera destacar más aún a aquellos que me ayudaron a esconder este manuscrito en los momentos difíciles y a reproducirlo después.

Sin embargo, todavía no ha llegado la hora en que pueda atreverme a dar sus nombres.

Un viejo recluso de Solovleí, Dmitri Petróvich Vitkovski, debiera haber sido quien redactase este libro. Sin embargo, la mitad de su vida pasada allí (sus memorias del campo de reclusión se llaman precisamente Media vida) le acarreó una parálisis prematura. Cuando ya había perdido el habla, pudo leer únicamente unos pocos capítulos terminados de mi libro y convencerse de que se diría todo .

Si la libertad tarda aún muchos años en llegar a nuestro país, la mera lectura y difusión de este libro entrañarán un gran peligro, de modo que también debo inclinarme agradecido ante los lectores futuros, en nombre de quienes dieron sus vidas.

En 1958, cuando empecé este libro, no tenía conocimiento de memorias ni de obra literaria alguna sobre los campos de reclusión. A lo largo de los años que trabajé en este libro, hasta 1967, fui conociendo gradualmente los Relatos de Kolymá, de Varlam Shalámov, y las memorias de D. Vitkovski, E. Guinzburg, O. Adamova-Sliosberg, a quienes cito en el curso de mi exposición como si fueran obras conocidas por todos (algún día acabarán siéndolo).

A despecho de sus intenciones, y en contra de su voluntad, el chekista M.Y. Sudrabs-Latsis; N.V. Krylenko, fiscal general del Estado durante muchos años; su sucesor A.Y. Vyshinski y sus letrados cómplices, entre los que no sería posible dejar de destacar a I.L.Averbaj, proporcionaron un material inestimable para este libro, conservando muchos datos e incluso cifras importantes, así como el ambiente mismo que respirábamos.

También proporcionaron material para este libro treinta y seis escritores soviéticos, encabezados por Maxim Gorki, autores de un vergonzoso libro sobre el Canal del mar Blanco, en el que por primera vez en la historia de la literatura rusa se ensalzaba el trabajo de los esclavos.


 

Primera parte

 

La industria penitenciaria

 

En una época de dictadura,
de enemigos por todas partes,
a veces dimos muestra de una delicadeza
y compasión innecesarias.
(Krylenko, discurso en el proceso
contra el Partido Industrial)

1. El arresto

¿Cómo se llega a ese misterioso Archipiélago? Hora tras hora vuelan aviones, navegan barcos y retumban trenes en esa dirección, pero no llevan un solo letrero que indique el lugar de destino. Tanto los taquilleras como los agentes de Sovturist y de Inturist se quedarían atónitos si les pidieran un billete para semejante lugar. No saben nada ni han oído nada del Archipiélago en su conjunto, y tampoco de ninguno de sus innumerables islotes.

Los que van a ocupar puestos de mando en el Archipiélago proceden de la Academia del MVD.

Los que van de vigilantes al Archipiélago son convocados a través de la Comandancia Militar.

Y los que van allí a morir, como usted y yo, mi querido lector, deben pasar forzosa y exclusivamente por el arresto.

¡El arresto! ¿Hará falta decir que parte nuestra vida en dos?, ¿que se abate sobre nosotros como un rayo?, ¿que representa un duro trauma espiritual que no todos son capaces de asimilar y que a menudo conduce a la locura? El universo tiene tantos centros como seres vivos hay en él. Cada uno de nosotros es un centro del universo. Y el cosmos se desmorona cuando le dicen a uno entre dientes: «¡Queda usted detenido!».

Si alguien como usted está detenido, ¿no será que ha habido un cataclismo?, ¿habrá quedado algo en pie? Con el cerebro en blanco, incapaces de abarcar tales evoluciones del cosmos, a todos, del más simple al más despierto, no se nos ocurre en ese instante, pese a nuestra experiencia de la vida, más que balbucear: —¿Yo? ¿Por qué? Pregunta repetida millones y millones de veces antes de que la hagamos nosotros, y que nunca ha obtenido respuesta.

Una detención es un tránsito impresionante, un cambio que nos transpone de un estado a otro.

La larga y sinuosa calle de la vida nos llevaba, a veces con paso alegre y otras veces en un sombrío vagar, a lo largo de unas vallas, vallas y más vallas, cercas de hierro, tapias de cemento, de ladrillo, de adobes o de madera podrida. No nos parábamos a pensar qué podía haber detrás de ellas. No intentábamos elevar la mirada ni el pensamiento hacia el otro lado.

Pero allí, precisamente, justo a nuestro lado, a dos metros comenzaba el país del GULAG.

Tampoco observábamos en aquellas tapias el incontable número de puertas y portillos perfectamente ajustados y muy bien disimulados. ¡Todos estos portillos, todos, estaban esperándonos! Y de pronto se abría rápidamente la puerta fatal, y cuatro manos blancas masculinas, no acostumbradas al trabajo pero robustas, nos agarraban por el brazo, por la pierna, por la solapa, por la gorra, por la oreja, nos arrastraban como un saco, y cerraban para siempre el portillo a nuestras espaldas, la puerta de nuestra vida pasada.

¡Se acabó! ¡Queda usted detenido! Y no atinas a dar ninguna respuesta, nin-gu-na, como no sea el balido de corderito:

— ¿Yo-o? ¿Por qué?...

El arresto es un fogonazo cegador, un golpe que desplaza el presente convirtiéndolo en pasado, que convierte lo imposible en un presente con todas las de la ley.

Y no hay más. Esto es todo lo que somos capaces de asimilar, no ya en la primera hora, sino incluso en los primeros días.

Centellea todavía en nuestra desesperación una luna de papel, un decorado de circo: «¡Es un error! ¡Lo aclararán!».

Y todo lo demás, que actualmente conocemos por la imagen tradicional e incluso literaria de una detención, ya no puede almacenarse ni organizarse en nuestra turbada mente, sino en la memoria de nuestra familia y de los vecinos con quienes compartimos piso. (T3)

Es un estridente timbrazo nocturno o un golpe brutal en la puerta. Es la arrogancia de unos agentes que irrumpen en casa sin limpiarse las botas. Es el asustado y anonadado testigo que permanece a sus espaldas. (¿Para qué traen siempre a un testigo? Las víctimas no se atreven a preguntar y los agentes ni le prestan atención, pero lo dispone la normativa, y deberá pasarse toda la noche en vela y firmar al amanecer. También para el testigo, arrancado de la cama, es un suplicio: noche tras noche de arriba abajo, colaborando en el arresto de vecinos y conocidos.)

El arresto tradicional son también las manos temblorosas que preparan las cosas del detenido: las mudas de ropa interior, el pedazo de jabón, algo de comida. Y nadie sabe qué es preciso llevarse, qué está permitido y qué ropa es la más conveniente, y los agentes meten prisa e interrumpen: «No necesita nada. Allí le darán de comer. Allí no hace frío». (Mentira. Con las prisas quieren meter más miedo.)

El arresto tradicional son también —después, cuando ya se han llevado al pobre detenido— las muchas horas que va a ocupar nuestra vivienda una fuerza intrusa, dura e implacable. Romper, desgarrar, sacar y arrancar de la pared, arrojar al suelo desde los armarios y las mesas, sacudir, desparramar, despedazar, montones de desechos en el suelo, crujidos bajo las botas. ¡Durante un registro no hay nada sagrado! Cuando arrestaron al maquinista de tren Inoshin, había en la habitación el pequeño féretro de su hijo, un niño que acababa de morir. Los juristas arrojaron al niño del ataúd y revolvieron también allí. Y sacan violentamente a los enfermos de sus camas, y desenrollan los vendajes. (1)  ¡Durante un registro no hay nada que esté fuera de lugar! A Chetverujin, un aficionado a las antigüedades, le incautaron ukases zaristas («ukases.., tantas hojas»), entre ellas, el ukase del fin de la guerra contra Napoleón, el de la formación de la Santa Alianza, y plegarias contra el cólera de 1830. A Vóstrikov, nuestro mejor especialista en el Tíbet, le confiscaron valiosos códices antiguos tibetanos (¡los discípulos del difunto a duras penas consiguieron rescatarlos del KGB al cabo de treinta años!). Cuando arrestaron al orientalista Nevski se llevaron manuscritos tangutos (veinticinco años después le fue concedido el Premio Lenin a título postumo por haberlos descifrado). A Karguer lo despojaron del archivo sobre los ostiales del Yeniséi, le prohibieron el alfabeto y la escritura que había inventado, y ese pueblo se quedó sin escritura. Sería muy largo describir todo esto en lenguaje académico, pero el pueblo habla de los registros de la siguiente manera: buscan lo que no hay.

Todo lo que les quitaban quedaba requisado y a veces obligaban al propio detenido a que lo llevara a cuestas —como Nina Aleksándrovna Palchinskaya, que cargó sobre sus espaldas un saco con documentos y cartas de su difunto marido, hombre muy laborioso, un gran ingeniero ruso— hasta sus fauces, para siempre, sin regreso.

Tras el arresto, los que quedan se enfrentan a una interminable vida, vacía y revuelta. Y el intento de hacerle llegar paquetes al detenido. Pero en todas las ventanillas les ladran: «Este no figura aquí», «¡No existe!». En los peores días de Leningrado había que pasarse cinco días apretujado en la cola para llegar a la ventanilla. Y sólo quizás, al cabo de medio año, o de un año, el propio detenido dejaba oír su voz. O bien te espetaban: «Sin derecho a correspondencia».Y esto quería decir para siempre. «Sin derecho a correspondencia» significaba casi con toda seguridad que lo habían fusilado.

En una palabra, «vivimos en unas condiciones tan atroces que un hombre desaparece sin dejar rastro, y sus personas más allegadas, su madre, su esposa..., pasan años sin saber qué ha sido de él». Una verdad como un templo, ¿no? Pues lo escribió Lenin en 1910, en una nota necrológica acerca de Bábushkin. Pero dejemos clara una cosa: Bábushkin llevaba un convoy de armas para una insurrección y con ellas lo fusilaron. Sabía a lo que se exponía. Mas éste no es el caso de los simples borregos, de nosotros.

Así nos imaginamos nosotros el arresto.

Ciertamente, en nuestro país preferían el arresto nocturno, como el que acabamos de describir, porque ofrecía considerables ventajas. Todos los ocupantes del piso estaban dominados por el horror desde el primer golpe en la puerta. El detenido era arrancado de la tibia cama, por lo que se encontraba enteramente en la indefensión del sueño y su razón aún estaba enturbiada. En un arresto nocturno, los agentes disponían de superioridad de fuerzas: llegaban varios hombres, armados, contra uno solo con los pantalones a medio abrochar; durante los preparativos y el registro se tenía la seguridad de que en el portal no se congregaría una muchedumbre de posibles partidarios de la víctima. La lenta y gradual visita a una vivienda, luego a otra, mañana a una tercera y a una cuarta, ofrecía la posibilidad de utilizar de forma racional al personal operativo y de meter en la cárcel a una cantidad de ciudadanos varias veces superior al número de agentes que componían la plantilla.

Otra de las ventajas de los arrestos nocturnos era que ni los vecinos de la casa, ni las calles de la ciudad, podían ver a cuántos se habían llevado durante la noche. Aunque asustaban a los vecinos más cercanos, no eran ningún acontecimiento para los que vivían más lejos. Como si no existieran. Por aquel mismo asfalto que de noche recorrían los «cuervos» pasaba de día la juventud con banderas y flores cantando alegres canciones.

Sin embargo, los que recolectaban, aquellos cuya tarea consistía sólo en arrestar, aquellos para quienes los horrores de los detenidos eran una tediosa rutina, entendían la operación de detener de un modo mucho más amplio. Tenían una gran teoría; no vayan a creer, ingenuamente, que no la tenían. La ciencia de la detención es un párrafo importante del curso general de penitenciaría y se sustenta en una teoría social fundamental. Los arrestos se clasificaban según las modalidades: nocturnos y diurnos; en el domicilio, en el lugar de trabajo y en viaje; por primera vez o por segunda vez; individuales o en grupo. Los arrestos se distinguían por el grado de sorpresa requerido, por el nivel de resistencia que cabía esperar (aunque en decenas de millones de casos no se esperaba ninguna resistencia, porque no se daba). Las detenciones se diferenciaban también por la escrupulosidad del registro; por la necesidad o no de levantar inventario y confiscarlo todo; por el sellado de las habitaciones o viviendas; por la necesidad de detener a la esposa después que al marido, de enviar a los niños a un orfanato, o bien al resto de la familia al destierro, o también a los ancianos a un campo penitenciario.

Por otra parte, existe toda una Ciencia del Registro (en Almá-Atá tuve ocasión de leer un folleto para quienes estudiaban Derecho por correspondencia). El folleto se deshacía en elogios hacia los juristas a quienes durante un registro no se les caen los anillos por revolver dos toneladas de estiércol, seis metros cúbicos de leña, dos carretas llenas de heno, limpiar de nieve toda la zona aneja a la finca, arrancar los ladrillos de las estufas, vaciar los pozos negros, comprobar las tazas de los retretes, buscar en las casetas de los perros, en los gallineros, en los nidos de estorninos, agujerear los colchones, arrancar cataplasmas e incluso dientes metálicos para buscar un microfilme. Se recomendaba muy encarecidamente a los estudiantes que empezaran por cachear al detenido y que al terminar procedieran a un segundo cacheo (por si el detenido se había guardado algo que buscaban); y también que volvieran de nuevo al mismo lugar, pero a otra hora del día, para practicar un nuevo registro.

Ya lo ven, las detenciones varían en su forma. En cierta ocasión, Irma Mendel, una húngara, consiguió del Komintern (1926) dos entradas de primera fila para el teatro Bolshói, e invitó al juez Kleguel, que le hacía la corte. Estuvieron haciendo manitas durante todo el espectáculo, y después el juez se la llevó... directamente a la Lubianka. Y si un florido día de junio de 1927, en Kuznetski Most, un joven petimetre hace subir a un coche de punto a Anna Skrípnikova, una beldad de trenza rubia y cara redonda que acababa de comprarse una pieza de tela azul marino (el cochero ya comprende de qué se trata y frunce el ceño: sabe que los Órganos nunca pagan los trayectos), sabed que no se trata de una cita amorosa, sino que es también una detención, que torcerán inmediatamente hacia la Lubianka y que se introducirán en las negras fauces del portal. Y si (veintidós primaveras más tarde) el capitán de segundo rango Borís Burkovski, con su guerrera blanca y su aroma de agua de colonia cara, compra una tarta para una muchacha, no juréis que la tarta llegará a la moza, que no la registrarán con cuchillos y que no será introducida por el propio capitán en su primera celda. No, nunca se desdeñó en nuestro país ni la detención diurna, ni la detención en viaje, ni la detención en medio de una bulliciosa multitud. Sin embargo, se realizaba discretamente y, ¡es curioso!, las propias víctimas, de acuerdo con los agentes, se comportaban del modo más digno posible para no permitir que los vivos advirtieran la perdición del condenado.

No a todo el mundo se le puede detener en su domicilio llamando a la puerta (pero si no queda más remedio, dirán que es «el administrador», «el cartero»), ni tampoco se puede detener a cualquiera en su puesto de trabajo. Si el detenido está mal predispuesto, es más cómodo hacerlo fuera de su ambiente habitual, lejos de sus familiares, de sus compañeros de trabajo, de sus correligionarios, de sus escondrijos: no se le debe dar tiempo a destruir nada, a esconder cosas o entregárselas a otros. A los altos cargos, militares o del partido, les daban a veces un nuevo destino, ponían a su disposición un vagón de lujo y los detenían por el camino. Y si se trata de un simple mortal al que aterrorizan las detenciones en masa y que lleva ya una semana soportando las miradas ceñudas de sus jefes, de pronto se le llama a la sección local del sindicato donde, radiantes, le ofrecen una putiovka para el balneario de Sochi. El borrego se enternece: o sea, que sus temores eran infundados. Da las gracias y parte exultante a casa para hacer las maletas. Faltan dos horas para la salida del tren, y regaña a su esposa que tarda una eternidad. ¡Ya estamos en la estación! Aún queda tiempo. En la sala de espera o en un tenderete donde venden cerveza lo llama un joven simpatiquísimo: «¿No me conoce, Piotr Iványch?». Piotr Iványch se siente confuso: «Creo que no, aunque...». El joven se prodiga en atenciones, con la más benévola amistad: «Bueno, pero cómo, pues yo sí le recuerdo...». Y se inclina con respeto ante la esposa de Piotr Iványch: «Perdone que le robe a su esposo por un minuto...». La esposa consiente y el desconocido se lleva a Piotr Iványch confiadamente del brazo... ¡para siempre o por diez años!

Y en la estación todo es bullicio, nadie advierte nada... ¡Ciudadanos a quienes guste viajar! No olvidéis que en todas las grandes estaciones hay una sección de la GPU y también unas cuantas celdas.

La insistencia de estos falsos conocidos es tan recia que un hombre que no esté curtido como un lobo en el campo penitenciario no acierta a sacárselos de encima. Y no creas que si eres funcionario de la embajada estadounidense y te llamas, por ejemplo, Alexander Dolgun, no pueden arrestarte en pleno día, en la calle Gorki, cerca de la Central de Telégrafos. Tu desconocido amigo se precipitará hacia ti atravesando la masa de transeúntes, abriendo sus enormes brazos: «¡Sa-sha!», sin disimular, a grito pelado. «¡Sinvergüenza! ¡Cuánto tiempo sin vernos! Anda, apartémonos un poco, que estamos estorbando a la gente.» Y en este lugar aparte, acaba de arrimarse al borde de la acera, en ese preciso instante, un coche Pobeda... (Al cabo de unos días, la agencia TASS comunicará irritada en todos los periódicos que los círculos competentes nada saben de la desaparición de Alexander Dolgun.) ¿Qué tiene de particular? Si nuestros bravos mozos han practicado arrestos así, no ya en Moscú sino en Bruselas (de este modo cogieron a Zhora Blednov).

Hay que reconocer a los órganos de la Seguridad del Estado sus méritos: en una época en que los discursos de los oradores, las obras de teatro y la moda femenina parecen producidos en serie, las detenciones en cambio pueden presentar múltiples formas. Te llevan aparte en la entrada de la fábrica, una vez te has identificado con el pase, y ya estás; te sacan del hospital militar con fiebre (Hans Bernstein) y el médico no protesta (¡que se le ocurra!); te sacan directamente del quirófano, en plena operación de úlcera de estómago (N.M. Vorobviov, inspector regional de enseñanza, 1936) y te meten en una celda medio muerto y ensangrentado (como recuerda Karpúnich); consigues (Nadia Levítskaya) a duras penas una entrevista con tu madre condenada, ¡y te la dan!, pero resulta que el careo precede a la detención. En el supermercado Gastronom te invitan a pasar al departamento de pedidos (T4) y te detienen allí mismo; te detiene un peregrino al que por caridad dejaste pasar la noche en casa; te detiene el fontanero que vino a tomar la lectura del contador; te detiene el ciclista que tropieza contigo en la calle; el revisor del tren, el taxista, el empleado de la Caja de Ahorros, el gerente del cine, cualquiera puede detenerte, y sólo te dejan ver su carnet rojo, que llevaban cuidadosamente escondido, cuando ya es demasiado tarde.

A veces, las detenciones llegaban a parecer un juego, tan fecunda inventiva y tanta energía superflua se depositaba en ello, cuando en realidad la víctima no se resistiría aunque no hubiera tamaño despliegue. ¿Pretendían los agentes justificar así su servicio y su gran número? De hecho, parece que hubiera bastado con enviar una notificación a todos los borregos designados y ellos mismos se habrían presentado sumisamente a la hora señalada, con un hatillo, ante los negros portones de hierro de la Seguridad del Estado para ocupar su porción de suelo en la celda que les indicaran. (A los koljosianos los cogían así. O es que iban a ir de noche hasta sus cabañas por caminos intransitables? Los llamaban al consejo rural y allí los apresaban. A los obreros no cualificados los ñamaban a la oficina.) Como es natural, toda máquina tiene una capacidad de absorción determinada, y ésta, si se sobrepasa, deja de funcionar. En los tensos y febriles años de 1945-1946, cuando llegaban de Europa convoyes y más convoyes que había que engullir a la vez para enviarlos al Gulag, ya no estaban para estos juegos, la teoría había quedado muy deslucida y se habían perdido las plumas del ritual. La detención de decenas de miles de hombres se resolvía como quien pasa lista: tenían todos los nombres, llamaban a los de un convoy, los metían en otro, y se acabó (T5).

Durante varias décadas, en nuestro país las detenciones políticas se distinguieron precisamente por el hecho de que se detenía a gente que no era culpable de nada y que por lo tanto no estaba preparada para oponer resistencia. Se había creado una sensación general de fatalidad, una convicción (bastante justificada, por cierto, dado nuestro sistema de pasaportes) (T6) de que era imposible escapar de la GPU-NKVD. Incluso en el peor momento de la epidemia de detenciones, cuando al salir a trabajar los hombres se despedían de sus familias cada día, pues no podían estar seguros de volver por la tarde, incluso entonces apenas se registraban fugas (y menos aún suicidios). Así tenía que ser: de la oveja mansa vive el lobo.

Se debía también a una falta de comprensión de la mecánica de la epidemia de detenciones. A menudo, los órganos de la Seguridad del Estado no tenían grandes fundamentos para elegir a quién había que detener y a quién dejar en paz. Se orientaban únicamente por una cifra de detenciones prevista. Para alcanzar esa cifra podía seguirse un procedimiento sistemático, pero también podían ponerse en manos del azar. En 1937 una mujer fue a las oficinas de la NKVD de Novo-cherkask para preguntar qué debía hacer con el niño de pecho de una vecina suya detenida. «Siéntese», le dijeron, «y ya veremos.» Permaneció sentada un par de horas y luego la sacaron de recepción y la metieron en una celda: debían completar rápidamente la cifra y no tenían bastantes agentes para enviarlos por la ciudad, ¡y a aquella mujer ya la tenían allí! Por el contrario, cuando el NKVD de Orsha fue a arrestar al letón Andrei Pável, éste, sin abrir la puerta, saltó por una ventana, logró escapar y se marchó directamente a Siberia. Y aunque vivió allí con su propio apellido, y su documentación decía muy a las claras que era de Orsha, nunca fue encarcelado ni citado por los órganos de Seguridad del Estado, ni suscitó sospecha alguna. En realidad, existían tres grados de busca y captura: extensibles a toda la URSS, de carácter republicano, y regional. Casi la mitad de los detenidos en esas epidemias no fueron objeto de búsqueda más allá de su región. Cuando se iba a detener a una persona por circunstancias fortuitas, como por ejemplo la denuncia de un vecino, esa persona podía ser sustituida fácilmente por otro inquilino. Y lo mismo que A. Pável, las personas que caían casualmente en una redada, o en una vivienda rodeada por los agentes, y tenían la valentía de huir en aquel mismo momento, antes del primer interrogatorio-, nunca eran capturadas ni citadas a comparecencia. En cambio los que se quedaban a esperar justicia recibían una condena. Y casi todos, la aplastante mayoría, se comportaban con pusilanimidad, indefensión y resignación.

También es cierto que cuando faltaba la persona buscada, el NKVD hacía que los parientes se comprometieran, bajo firma, a no ausentarse, y, naturalmente, luego no les costaba nada empapelar a los que se habían quedado en lugar del que había huido.

El sentimiento general de inocencia engendraba una parálisis también general. ¿Y si, a lo mejor, a mí no me cogen? ¿Y si todo se arregla? A. I. Ladyzhenski era jefe de estudios en la escuela del remoto pueblo de Kologriv. En 1937 un campesino se acercó a él en el mercado y le dijo de parte de alguien: «¡Márchate, Alexandr Iványch, estás en las listas!». Pero se quedó: «Soy yo el que lleva el peso de la escuela y da clase a sus hijos, ¿cómo pueden detenerme?». (Lo detuvieron al cabo de unos días.) No todo el mundo veía las cosas como Vania Levitski a los catorce años: «Toda persona honrada tiene que pasar por la cárcel. Ahora está papá, cuando yo sea mayor, también me encerrarán a mí». (Lo tuvieron en prisión veintitrés años.) La mayoría se aferra a una fútil esperanza: Si no soy culpable, ¿a santo de qué pueden detenerme? ¡Es un error! Y cuando te estén arrastrando por las solapas, todavía exclamarás: «¡Es un error! ¡Tan pronto como se aclare me soltarán!». Y aunque a los demás los detengan en masa, lo que también es absurdo, siempre podemos dudar ante cada caso individual: «¿Quién sabe si éste, precisamente...?». ¡Pero tú, qué va! ¡Tú eres inocente, claro que sí! Todavía crees que los órganos de la Seguridad del Estado son un ente humano y lógico: tan pronto como se aclare me soltarán.

Entonces, ¿para qué vas a huir?, ¿para qué oponer resistencia? No harías más que empeorar tu situación, les impedirías aclarar el error. Y no sólo no te resistes, sino que incluso bajas la escalera de puntillas, como te han mandado, para que no se enteren los vecinos.

Y luego en los campos penitenciarios te reconcome una idea: ¿Qué hubiera pasado si cada agente que sale por la noche a detener a alguien no pudiera estar seguro de volver con vida y tuviera que despedirse cada vez de su familia? ¿Qué habría pasado si durante una época de arrestos masivos, como por ejemplo Leningrado, cuando metieron en la cárcel a la cuarta parte de la población (T7), la gente no se hubiera quedado en su madriguera, paralizada de horror al oír un portazo en la calle o pasos en la escalera? ¿Y si hubiéramos comprendido que ya no había nada que perder? ¿Y si los hubiéramos recibido con una barricada en el vestíbulo, con varios hombres armados de hachas, martillos, hurgones o lo que hubiese a mano? Sabíamos por anticipado que esas aves nocturnas tocadas con gorros no venían con buenas intenciones. No habría sido ninguna equivocación recibir a golpes a esos asesinos. O también podríamos haberles robado el coche o pincharle los neumáticos a ese «cuervo» que esperaba en la calle con sólo el chófer dentro. A los órganos de la Seguridad del Estado pronto les habrían faltado agentes y material móvil, y por más que se empeñara Stalin se habría detenido la maldita máquina.

Si se hubiera hecho tal cosa, si se hubiera hecho tal otra... Sencillamente, nos hemos merecido todo lo que vino después.

Además, ¿resistir a qué? ¿A que te confisquen el cinturón? ¿A que te ordenen retirarte a un rincón? ¿A que te manden atravesar el umbral de tu casa? La detención consta de pequeños preámbulos, de innumerables minucias, que, considerados por separado, no parecen suficiente motivo para discutir (en unos momentos en que el pensamiento del detenido se debate en torno a la gran cuestión: «¿Por qué?»), aunque, en conjunto, son todos estos circunloquios los que desembocan irremisiblemente en la detención.

¡Hay tantas cosas que ocupan el alma del recién detenido! Tantas son que llenarían un libro. Podemos descubrir sentimientos que ni siquiera sospechábamos. En 1921, cuando arrestaron a Evguenia Dorayenko, de diecinueve años, y tres jóvenes chekistas revolvieron su cama y hurgaron en la cómoda de la ropa interior, la muchacha no perdió la calma: no había nada, no encontrarían nada. Pero de pronto echaron mano a su diario íntimo, que ella no habría mostrado ni a su propia madre, y la lectura de esas líneas por tres jóvenes extraños y hostiles la impresionó más que toda la Lubianka, con sus rejas y sótanos. Para muchas personas estos sentimientos y afectos personales, destrozados por la detención, pueden tener más fuerza que las ideas políticas o el temor a la cárcel. La persona que no está interiormente preparada para la violencia es siempre más débil que el opresor.

Sólo unas pocas personas, listas y valientes, reaccionan con reflejos. En 1948, cuando fueron a detener a Grigóriev, director del Instituto Geológico de la Academia de Ciencias, éste se encerró en un cuarto y estuvo dos horas quemando papeles.

A veces, se siente sobre todo alivio, e incluso... alegría, especialmente durante las epidemias de detenciones: cuando a tu alrededor no cesan de detener a gente como tú, pero pasa el tiempo y no vienen por ti, van retrasándose. Es en verdad extenuante, es un sufrimiento peor que el de la propia detención, y no sólo para aquellos de ánimo débil. Vasili Vlásov, un intrépido comunista del que volveremos a hablar más de una vez, después de renunciar a la fuga que le proponían sus ayudantes, que no eran del partido, languidecía al ver que todos los cuadros de mando del distrito de Kady habían sido detenidos (1937) e iba pasando el tiempo y a él no lo detenían. Era de aquellos que ante el peligro ponen el pecho por delante, y encajó el golpe y se quedó tranquilo, y durante los primeros días que siguieron a la detención se sintió maravillosamente. En 1934, un sacerdote, el padre Irakli, viajó a Almá-Atá para visitar a unos creyentes deportados. Mientras tanto, fueron por tres veces a su piso de Moscú para detenerlo. A su regreso, las feligresas acudieron a la estación y no consintieron que volviera a su casa: lo escondieron de casa en casa durante ocho años. Sufrió tanto el sacerdote con esta vida de persecución, que cuando al final lo detuvieron en 1942, cantó alegres alabanzas al Señor.

En este capítulo hemos hablado siempre de la masa, de los borregos encarcelados no se sabe por qué. Pero también tendremos que mencionar a aquellas personas que, incluso en esta época nueva, continuaban siendo auténticamente políticos. Cuando aún estaba en libertad, Vera Rybakov, estudiante socialdemócrata, soñaba con el izoliator de Suzdal, pues sabía que sólo ahí podría volver a ver a sus camaradas mayores (ya no quedaba ninguno en libertad) y cultivarse ideológicamente. En 1924 la eserista Yekaterina Olítskaya se consideraba incluso indigna de ser encerrada en la cárcel: en ella habían estado los mejores hombres de Rusia. Aún era joven y todavía no había hecho nada por Rusia. Pero la libertad estaba expulsándola ya de su seno. Y así ingresaron las dos en prisión: con orgullo y alegría.

«¡Había que resistir! ¿Dónde estuvo vuestra resistencia?», increpan ahora a las víctimas los que se libraron del arresto.

Sí, la resistencia debiera haber empezado en el momento del arresto. Pero no fue así.

Y al final, te llevan. En la detención diurna siempre hay un breve e irrepetible momento en el que, disimuladamente (si en tu cobardía has accedido a la discreción), o de manera completamente pública, con las pistolas desenfundadas, te conducen a través de la multitud de centenares de personas tan inocentes e indefensas como tú. Y nadie te tapa la boca. ¡Puedes gritar , no debieras dejar escapar la ocasión! ¡Gritar que se te llevan! ¡Que unos monstruos disfrazados andan a la caza de la gente! ¡Que los cogen con falsas denuncias! ¡Que están acabando en silencio con millones de seres! Y al oír muchas veces al día estos gritos, al oírlos en todas las partes de la ciudad, quizás a nuestros conciudadanos se les desgarraría el alma. Quizá las detenciones se harían más difíciles.

En 1927, cuando la sumisión aún no había atrofiado tanto nuestros cerebros, dos chekistas intentaron detener en pleno día a una mujer en la plaza de Sérpujov. Ella se agarró a una farola y empezó a gritar y resistirse. Se congregó una muchedumbre. (¡Se necesitaba para ello a una mujer como aquélla, pero se necesitaba también a una multitud como aquélla! No todos los transeúntes bajaron la vista, ni todos se apresuraron a escabullirse.) Y aquellos diligentes muchachos se quedaron de inmediato desconcertados. No pueden trabajar a la luz de la sociedad. Subieron a su automóvil y huyeron. (¡La mujer tendría que haberse ido rápidamente a la estación y abandonar Moscú! Pero pasó la noche en su casa. Y esa noche se la llevaron a la Lubianka.)

Pero de tus labios resecos no escapa un solo sonido, y la multitud que pasa por vuestro lado, con despreocupación, os toma, a ti y a tus verdugos, por unos amigos que van de paseo.

Yo también tuve más de una ocasión de gritar.

A los diez días de mi detención, tres parásitos del SMERSH, que transportaban con más celo las tres maletas de botín de guerra que a mi propia persona (después del largo camino hasta me tomaron confianza), me desembarcaron en Moscú, en la estación de Bielorrusia. Tenían el rango de escolta especial, pero en realidad sus metralletas eran más que nada un estorbo para arrastrar las pesadísimas maletas: unos bienes que habían saqueado en Alemania ellos mismos o sus jefes del contraespionaje SMERSH del segundo Frente Bielorruso. Un botín que ahora, con la excusa de escoltarme a mí, transportaban a la Patria, a sus familias. Yo cargaba con la cuarta maleta, a regañadientes, pues contenía mis diarios y mis obras, es decir, pruebas contra mí.

Ninguno de aquellos tres conocía la ciudad, y fui yo quien tuvo que elegir el camino más corto hasta la prisión, yo mismo hube de guiarlos hasta la Lubianka, en la que nunca habían estado (y que yo confundí con el Ministerio de Asuntos Exteriores).

Después de veinticuatro horas en el contraespionaje del Ejército, después de tres días en el contraespionaje del segundo Frente Bielorruso, donde mis compañeros de celda ya me habían puesto al corriente de todo (de las argucias de los jueces de instrucción, de las amenazas, las palizas; de que una vez detenido ya nunca te sueltan; de la inevitable condena de diez años), de pronto me encontraba milagrosamente libre, y ya llevaba cuatro días viajando como un hombre libre entre hombres libres, aunque mis costados ya habían descansado sobre la paja podrida que rodea las letrinas, mis ojos habían visto a hombres apalizados y privados del sueño, mis oídos habían escuchado la verdad, mi boca había conocido el rancho carcelario. ¿Por qué me callé? ¿Por qué no abrí los ojos a la multitud aprovechando mi último minuto en público?

Guardé silencio en la ciudad polaca de Brodnica, aunque, bien pensado, quizá no entendieran el ruso. No grité ni palabra en las calles de Bielostok. ¿Quizá porque lo mío nada tenía que ver con los polacos? No emití sonido alguno en la estación de Wolkowysk. Estaba poco concurrida. Me paseé con esos bandidos como si nada por los andenes de Minsk. Pero la estación estaba todavía en ruinas. Y ahora conducía a los hombres de SMERSH al vestíbulo superior de la estación de metro Bielorrússkaya, de la línea circular, una estación redonda, de blanca cúpula, inundada de luz eléctrica, donde subía a nuestro encuentro una masa compacta de moscovitas sobre dos escaleras mecánicas paralelas. ¡Parecía que todos me miraban! Subían formando una cinta sin fin desde las profundidades del desconocimiento, hacia la brillante cúpula, esperando de mí aunque sólo fuera una palabra de verdad. ¿Por qué, entonces, me callé?

Cada uno encontraba siempre una docena de razones plausibles para demostrar que tenía razón al no sacrificarse.

Unos seguían esperando un final favorable y temían echarlo a perder con un grito (téngase en cuenta que no nos llegaban noticias del mundo exterior, no sabíamos que desde el instante mismo de la detención nuestro destino ya nos deparaba lo peor, o casi lo peor, y que era imposible empeorarlo). Otros aún no habían madurado y no sabían cómo exponerlo todo en un grito dirigido a la multitud. Ya se sabe, sólo los revolucionarios tienen siempre a punto consignas que lanzar a la multitud. ¿De dónde habría de sacarlas el hombre pacífico, el hombre común que nunca se ha metido en nada? Sencillamente, no sabe qué podría gritar. Y al final, había aquellas personas que tenían el alma demasiado llena, cuyos ojos habían visto demasiado para poder verter todo este torrente en unos pocos gritos incoherentes.

Pero yo, yo me callé además por otro motivo: porque estos moscovitas apiñados en los peldaños de las dos escaleras mecánicas eran pocos para mí, muy pocos . Aquí mi clamor lo oirían doscientas personas, o el doble, ¿y qué pasa con los doscientos millones restantes? Presentía vagamente que un día podría gritar a los doscientos millones...

Pero de momento no abrí la boca, y la escalera me arrastró irremisiblemente hacia el infierno.

Y también me callaría en Ojótny Riad.

No gritaría al pasar por delante del hotel Metropol.

Ni agitaría los brazos en el Gólgota de la Plaza de la Lubianka.

 

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Tuve, seguramente, el tipo de arresto más fácil que cabe imaginar. La detención no me arrancó de los brazos de mis familiares, ni me separó de la entrañable vida doméstica rusa. En un lánguido día de febrero europeo me sacó de la estrecha punta de lanza que se adentra hacia el mar Báltico, donde no sé si habíamos cercado a los alemanes o ellos a nosotros. Tan sólo me separó de mi división, y también del espectáculo de los tres últimos meses de guerra.

El jefe de brigada me llamó al puesto de mando, solicitó mi pistola sin decir por qué, y yo se la entregué sin sospechar añagaza alguna. De pronto, del tenso e inmóvil grupo de oficiales que había en un rincón, se adelantaron hacia mí rápidamente dos agentes del servicio de contraespionaje, atravesaron la estancia en un par de zancadas, y agarraron simultáneamente, a cuatro manos, la estrella de mi gorra, los galones, el cinturón y el macuto de campaña, mientras gritaban de forma histriónica:

—¡Queda usted detenido!

Aturdido, acribillado de la cabeza a la planta de los pies, no encontré nada más inteligente que decir que:

—¿Yo? ¿Por qué?

Esta pregunta no suele tener respuesta, pero, cosa sorprendente: ¡Yo sí la recibí! Vale la pena que lo explique porque es muy impropio de nuestras costumbres. Apenas los agentes terminaron de despojarme, de quitarme el macuto con las reflexiones políticas que yo iba anotando, de zarandearme lo más rápido posible hacia la salida, apurados por las detonaciones de los alemanes que hacían retumbar los cristales, sonó de pronto una voz firme que me llamaba. ¡Sí! Por encima del sordo abismo entre los que se quedaban y yo, del abismo abierto al caer pesadamente la palabra «arrestado», por encima de esa línea que ya me separaba como un apestado, y no se atrevería a pasar a través de la cual ni el sonido, pasaron sin embargo las inesperadas y mágicas palabras del jefe de brigada:

—Solzhenitsyn. Vuélvase.

Yo, girando en redondo, me zafé de los agentes del SMERSH y di unos pasos hacia el jefe de brigada. Lo conocía poco, nunca había tenido la condescendencia de entablar conversaciones intrascendentes conmigo. Para mí, la expresión de su rostro significaba siempre una orden, una disposición, un reproche airado. Y ahora en cambio brillaba meditabundo. ¿Sería por vergüenza de haber participado involuntariamente en un asunto sucio? ¿O por sacudirse de encima la mísera sumisión de toda la vida? Diez días atrás yo había sacado casi íntegra mi batería de exploración del cerco en que había caído su división de artillería, doce cañones pesados. ¿Y ahora debería renegar de mí por culpa de un pedazo de papel con un sello?

—¿Tiene usted... —preguntó muy serio— un amigo en el Primer Frente de Ucrania?

—¡No puede hacer eso! ¡No está usted autorizado! —le gritaron al coronel el capitán y el comandante del servicio de contraespionaje. El grupo de oficiales de estado mayor se encogió asustado en su rincón temiendo verse identificados con la inconcebible imprudencia del jefe de brigada (y los de la sección política se preparaban ya para suministrar material contra el coronel). Pero con eso me había bastado para comprender, inmediatamente, que me arrestaban por la correspondencia sostenida con mi amigo del colegio, y comprendí también por qué lado debía esperar el peligro.

¡Zajar Gueórguievich Travkin podía, pues, haberse detenido en este punto! ¡Pero no! Continuó purificándose e irguiéndose ante sí mismo, se levantó de la mesa (¡nunca antes se había levantado para acudir a mi encuentro!), me tendió la mano por encima de la línea de los apestados (¡cuando yo era libre, nunca me la había tendido!) y mientras estrechaba la mía, ante el mudo horror de los oficiales, dulcificó su rostro siempre severo y dijo sin miedo y bien claro:

—¡Le deseo a usted suerte, capitán!

Yo, no sólo no era ya capitán, sino que era además un enemigo del pueblo desenmascarado (ya que en nuestro país todo detenido queda completamente desenmascarado desde el momento mismo de su detención). ¿Deseaba buena suerte a un enemigo?

Temblaban los cristales. Las explosiones enemigas martilleaban la tierra a unos doscientos metros recordándonos que aquello no habría podido suceder allí, en las profundidades de nuestra patria, en el contexto de una vida normal, sino sólo aquí, bajo el hálito de una muerte próxima e igual para todos (2).

Este libro no va a ser un relato de mis recuerdos, de mi propia vida. Por eso no voy a contar los sabrosísimos detalles de mi singular arresto. Aquella noche, los agentes del SMERSH ya habían desistido de entender el mapa (nunca lo habían sabido interpretar) y me lo endosaron muy amablemente y rogaron que le indicara al chófer cómo se iba a la sección de contraespionaje del Ejército. Los conduje a ellos y a mí mismo a esa cárcel, y como agradecimiento no se contentaron con meterme acto seguido en una simple celda, sino en un calabozo. Pero de lo que no puedo dejar de hablar es de lo que pasó en la pequeña despensa de una casa de campesinos alemana que utilizaban como calabozo provisional.

Tenía la longitud de lo que medía un hombre, y una anchura en la que se podían tender a duras penas tres personas y, bien apretujadas, hasta cuatro. Yo era precisamente el cuarto, embutido allí después de medianoche. Los tres que estaban acostados me miraron con mala cara cuando les dio la luz de la lamparilla de petróleo, y se movieron un poco ofreciéndome el espacio necesario para pender de costado y, gradualmente, por la fuerza de la gravedad, encajarme entre ellos. De este modo, sobre la paja triturada éramos ya ocho botas cara a la puerta y cuatro capotes. Ellos dormían, pero a mí me ardía el alma. Cuanto mayor había sido mi empaque de capitán hacía media jornada, tanto más doloroso era ahora apretujarme en el fondo de aquel cuchitril. Los muchachos rebulleron un par de veces al entumecérseles los costados y nos dimos la vuelta al unísono.

Al amanecer ya habían saciado su sueño, bostezaron, carraspearon, encogieron las piernas y se metieron en los diferentes rincones. Empezaron las presentaciones.

—¿Y a ti por qué?

Pero yo ya había respirado la turbia brisa de la precaución bajo el techo ponzoñoso del SMERSH, y fingí un candido asombro:

 —No tengo la menor idea. ¿Desde cuándo te dicen algo estos canallas?

En cambio, mis compañeros de celda — tanquistas tocados de negros cascos de cuero — no lo ocultaban. Eran tres honrados corazones de soldado, tres sencillotes corazones, un género de personas al que había tomado afecto en los años de la guerra quizá por ser yo más complejo y peor que ellos. Los tres eran oficiales. Sus galones también les habían sido arrancados con rabia, en alguna parte se veían aún las hilachas. En sus grasientos uniformes, unas manchas claras mostraban las huellas de las condecoraciones desprendidas; las cicatrices rojas y oscuras de sus rostros y sus manos eran el recuerdo de heridas y quemaduras. Por desgracia, su división necesitaba hacer reparaciones y para ello se habían detenido en la misma aldea donde se estacionaba el contraespionaje SMERSH del cuadragésimo octavo Ejército. La víspera habían bebido para remojar el combate que había tenido lugar dos días antes, y en las afueras del pueblo se colaron en una caseta de baño donde habían visto entrar a dos atractivas mozas medio desnudas. Las muchachas habían conseguido huir de los borrachos a quienes apenas obedecían las piernas. Pero una de ellas era nada menos que amiguita del jefe del contraespionaje del ejército.

¡Sí! Llevábamos tres semanas de guerra en Alemania y todos sabíamos muy bien que, de haber sido alemanas, podrían haberlas violado tranquilamente y fusilarlas después, y que casi se lo hubieran tenido en cuenta como un mérito de guerra; de haber sido polacas, o rusas deportadas, a lo sumo podrían haberlas perseguido en cueros por el huerto y darles unas palmadas en las nalgas, una broma ocurrente, pero no más. Pero se habían metido con la «esposa de campaña» del jefe del contraespionaje. Eso era suficiente para que un sargentucho cualquiera de retaguardia pudiera arrancar con saña los galones a tres oficiales distinguidos en combate, unos galones refrendados por una orden del Frente, era suficiente para quitarles unas condecoraciones concedidas por el Presidium del Soviet Supremo (T8). Ahora, a estos valientes que habían pasado toda la guerra y que seguramente habían aplastado a más de una línea de trincheras enemigas les aguardaba la ley marcial, iban a vérselas con un tribunal que no estaría en esa aldea si antes no hubieran llegado ellos con sus tanques.

Apagamos la lamparilla, aunque, de todos modos, ya había consumido cuanto aire quedaba para respirar. En la puerta se había practicado una mirilla del tamaño de una postal, y por ella penetraba la luz indirecta del pasillo. Como si temieran que de día fuéramos a estar demasiado anchos en el calabozo, nos echaron a un quinto detenido. Llevaba un capote nuevecito y la gorra también era nueva. Cuando estuvo frente a la mirilla, pudimos ver su cara chata y fresca, con un sonrosado que abarcaba toda la mejilla.

— ¿De dónde vienes, amigo? ¿Quién eres?

— Del otro lado — respondió sin vacilar —. Soy un espía.

—¿Estás de broma? — nos quedamos pasmados. (¡Ni Sheinin ni los hermanos Tur habían escrito nunca sobre espías que pudieran confesar estas cosas!)

— ¿Quién va a andarse con bromas en tiempo de guerra? — preguntó el chaval con un suspiro de profunda reflexión —. ¿Y cómo tiene que apañárselas un prisionero para que le dejen volver a casa? A ver si me lo explicáis.

Empezó a contarnos que dos días antes los alemanes le habían hecho cruzar la línea del frente para que espiara y volara puentes, pero que él había ido derecho a entregarse en el batallón más próximo, y que el jefe del batallón, insomne y agotado, no quería creer de ninguna manera que fuera un espía y lo había enviado a la enfermería para que le dieran unas pastillas.

Pero de pronto nuevas impresiones se abatieron sobre nosotros:

— ¡A sus necesidades! ¡Las manos atrás! — se oyó por detrás de la puerta, que estaba abriéndose, a un fornido brigada que, él solito, habría sido perfectamente capaz de poner en movimiento la cureña de un cañón del 122.

Por todo el patio de la casa se había distribuido ya una hilera de soldados con metralletas que vigilaba el sendero por el que debíamos rodear el cobertizo. Me indignaba sobremanera ver que un brigada cateto cualquiera pudiera dar órdenes a unos oficiales: «Manos atrás», pero los tanquistas pusieron las manos a la espalda y yo les seguí.

Detrás del cobertizo había un pequeño cercado cuadrado cubierto de nieve pisoteada que todavía no se había derretido. Todo él estaba sembrado de montones de excrementos humanos, tan juntos y abundantes, que no era tarea fácil encontrar dónde poner los dos pies y agacharse. De todos modos, lo conseguimos y nos agachamos los cinco en diferentes lugares. Dos de los soldados, ceñudos, apuntaron las metralletas hacia nosotros, que estábamos agachados, y el brigada nos apremió antes de que hubiera transcurrido un minuto:

—¡A ver si termináis ya! ¡Aquí se despacha deprisa!

Cerca de mí estaba uno de los tanquistas, un teniente primero alto y sombrío, natural de Rostov. Tenía por toda la cara una capa de polvo metálico o de humo, pero se advertía perfectamente una gran cicatriz roja que le cruzaba la mejilla.

—¿Qué quiere decir «aquí»? —preguntó en voz baja, sin mostrar prisa por volver a un calabozo que olía a queroseno.

— ¡Aquí, en el SMERSH! —espetó el brigada con orgullo y con mayor estruendo del que en realidad hacía falta. (A los agentes del contraespionaje les gustaba mucho aquella palabra chapuceramente compuesta de «muerte» y «espías». Les parecía aterradora.)

— Pues allí de donde venimos se despacha despacio — respondió meditabundo el teniente primero. Su casco se había inclinado hacia atrás descubriendo una cabeza aún no rapada. Su trasero, curtido en el frente, estaba encarado al agradable y frío vientecillo.

—¿Y dónde es «allí»? —vociferó el brigada, otra vez con más fuerza de la necesaria.

—En el Ejército Rojo —respondió con mucha calma el teniente desde su posición en cuclillas, midiendo con la mirada al que podría haber sido artillero.

Éstas fueron mis primeras bocanadas de aire carcelario.

 

2. Historia de nuestro alcantarillado

Ahora, cuando se denuncian las arbitrariedades del culto a la personalidad, se citan siempre, una y otra vez, los funestos años de 1937 y 1938. La sola mención de este periodo puede dar a entender que ni antes ni después se encarcelaba a nadie, que ello sólo tuvo lugar en 1937-1938.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que la riada de 1937-1938 no fue la única, ni siquiera la principal, sino apenas una de las tres grandes riadas que colmaron las siniestras y fétidas cañerías de nuestro alcantarillado penitenciario.

Antes se produjo la riada de los años 1929-1930, todo un buen río Obi, que arrastró a la tundra y a la taiga a unos quince millones de campesinos (si no fueron más). Los campesinos son, sin embargo, un pueblo mudo y sin escritura y no nos legaron quejas ni memorias. Los jueces no penaban con ellos de noche, ni perdían el tiempo levantando actas, pues bastaba con una disposición del soviet rural. Esta riada corrió hasta quedar absorbida por el hielo perpetuo, y ni las mentes más inquietas guardan recuerdo de ellas, como si ni siquiera hubiera afectado a la conciencia rusa. Y sin embargo, éste fue el más grave crimen que cometiera Stalin (y nosotros con él).

Después hubo la riada de los años 1944-1946, larga como un buen río Yeniséi: embutieron por las cañerías a naciones enteras y a millones y más millones de hombres que habían sido prisioneros de guerra (¡por culpa nuestra!), (T9), conducidos a Alemania y posteriormente repatriados. (Stalin cauterizaba las llagas para que se formara cuanto antes una costra y el cuerpo del pueblo no pudiera descansar, tomar aliento ni rehacerse.) Pero también era ésta una riada de gente sencilla, de la que no escribe memorias.

En cambio, la riada de 1937 arrolló y arrastró al Archipiélago a gente de posición, a gente con un pasado en el partido, a gente culta, que dejaban atrás en las ciudades a muchas personas afectadas, de las cuales no pocas eran gentes de letras. Ahora todos escriben a la vez, todos hablan y recuerdan: ¡El treinta y siete! ¡Todo un Volga de sufrimiento popular!

Pero si a un tártaro de Crimea, a un calmuco o a un checheno le nombras el «treinta y siete» no hará sino encogerse de hombros. ¿Y qué representa en Leningrado el treinta y siete si antes tuvimos el treinta y cinco? ¿Acaso no fueron más duros los años 1948-1949 para los reintidentes y los bálticos? Y si las personas celosas del estilo y de la geografía me reprochan haber pasado por alto otros ríos de Rusia, sepan que aún no he nombrado todas las riadas, ¡dénme más páginas! Los afluentes formarán los ríos que faltan.

Sabido es que todo órgano que no se ejercita acaba atrofiándose.

Así pues, si sabemos también que los Órganos (esta abyecta palabra se la pusieron ellos mismos), exaltados y elevados por encima de todo lo viviente, no han perdido por atrofia ninguno de sus tentáculos, sino que, al contrario, han desarrollado otros y han fortalecido su musculatura, resulta fácil imaginar que ello se debe al ejercicio continuo.

En las cañerías se producían pulsaciones, ora la presión era superior a la planificada, ora era inferior, pero los canales penitenciarios nunca fluyeron vacíos. Por ellos corrían constantemente la sangre, el sudor y la orina y, con ellos, todos nosotros. La historia de este alcantarillado es la historia de un incesante tragar y fluir, sólo que las crecidas alternaban con los estiajes, y de nuevo venían las crecidas, los arroyos se juntaban, ora más grandes, ora más pequeños, y de todas partes afluían arroyos y arroyuelos, chorros de los desagües o simples gotas aisladas.

La enumeración cronológica que reproducimos a continuación, en la que se mencionan tanto riadas de millones de presos como arroyos de simples e imperceptibles decenas de personas, dista mucho de estar completa, es pobre, limitada por mis capacidades para penetrar en el pasado. Precisa aún de muchas puntualizaciones por parte de quienes conocieron aquello y continúan en el mundo de los vivos.

 

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Lo más difícil de esta enumeración es empezar. Porque cuanto más se profundiza en las décadas pasadas menos testigos quedan, más se han apagado y oscurecido las voces, y no existen crónicas o están guardadas bajo llave. Y porque no es del todo justo medir por el mismo rasero los años de máxima crueldad (la guerra civil) y los primeros años de paz, en los que sí cabía esperar clemencia.

Pero antes ya de la guerra civil era evidente que Rusia, con su estructura de población que estaba llena de porquería, no servía, naturalmente, para ningún socialismo. Uno de los primeros golpes de la dictadura cayó sobre los kadetés (el peor virus revolucionario en tiempos del zar y el peor virus de la reacción bajo el poder del proletariado). A finales de noviembre de 1917, en la primera convocatoria frustrada de la Asamblea Constituyente, el partido de los kadetés fue declarado fuera de la ley y empezó el arresto de sus miembros. Por esas fechas se llevó a cabo el embarque de la Unión para la defensa de la Asamblea Constituyente y de la organización Universidades de Soldados.

Por el sentido y el espíritu de la revolución es fácil adivinar que durante estos meses se llenaron las prisiones de Kresti, Butyrki, y otras hermanas suyas provinciales, con grandes hacendados, destacados hombres públicos, generales y oficiales, y también con funcionarios de los ministerios y de todo el aparato estatal que no acataban las disposiciones del nuevo régimen. Una de las primeras operaciones de la Cheká fue arrestar al comité de huelga del Sindicato de Funcionarios de Rusia. Una de las primeras circulares del NKVD (diciembre de 1917) decía: «En vista del empecimiento (sabotaje) de los funcionarios... poner en práctica la máxima iniciativa propia in situ, sin desdeñar las confiscaciones, la coacción ni el arresto». (3)

Y aunque para implantar «un riguroso orden revolucionario» V.I. Lenin exigía a finales de 1917 «aplastar sin compasión los brotes de anarquía entre borrachos, gamberros, contrarrevolucionarios y demás» (4) —es decir, el principal peligro para la Revolución de Octubre lo veía en los borrachos, dejando a los contrarrevolucionarios en un discreto tercer lugar— la verdad es que se planteaba el problema de un modo más amplio. En el artículo «Cómo organizar la emulación socialista» (7 y 10 de enero de 1918), V.I. Lenin proclamaba como único objetivo general «limpiar la tierra rusa de toda clase de insectos nocivos». (5) Y por insectos entendía no sólo a todos los enemigos de clase, sino también a «los obreros que muestren pasividad en el trabajo», como por ejemplo los cajistas de las imprentas del partido en Petrogrado. (He aquí los efectos de la lejanía en el tiempo. Hoy día hasta nos resulta difícil comprender cómo puede ser que unos obreros, recién convertidos en dictadores, se mostraran reacios a trabajar para sí mismos.) Y además: «¿...en qué barrio de una gran ciudad, en qué fabrica, en qué pueblo... no hay... empecedores que se llaman a sí mismos intelectuales?». (6) Y si bien se establecía un único objetivo, en este artículo Lenin preveía en cambio diversas formas de limpieza: en unas partes, encarcelarlos; en otras, hacerles limpiar letrinas; en unas terceras, «una vez cumplida la pena de calabozo, expedirles carnets amarillos»; en otras, finalmente, fusilar al holgazán. También se consideraba la posibilidad de elegir entre la cárcel «o la pena de trabajos forzados del tipo más duro». (7) Aunque las variantes fundamentales de castigo ya las había previsto y sugerido él, Vladímir Ilich proponía que la búsqueda de las mejores medidas de castigo fuera objeto de emulación «en comunas y obshchinas».

Ya no podremos averiguar jamás en su totalidad quiénes caían bajo esta amplia definición de insectos: la población rusa era demasiado heterogénea, y en su seno se encontraban pequeños grupos aislados, algunos sin función e incluso ahora olvidados. Eran insectos, naturalmente, los miembros de los zemstvos. Eran insectos los cooperativistas. Todos los propietarios de inmuebles. Se encontraban no pocos insectos entre los profesores de los liceos. Insectos eran todos los que formaban parte de los consejos parroquiales y quienes cantaban en el coro de las iglesias. Eran insectos todos los sacerdotes y, con mayor razón, todos los frailes y monjas. Incluso aquellos tolstoyanos que al ingresar en la administración soviética, o pongamos por caso en el ferrocarril, no prestaron el obligatorio juramento escrito de defender el régimen soviético con las armas en la mano, también resultaron ser insectos (y ya veremos casos de juicios contra ellos). Puestos a hablar del ferrocarril, diremos que bajo el uniforme ferroviario mismo se ocultaban muchos insectos, que era preciso extirparlos, y a algunos darles incluso el paseo. Los telegrafistas, no se sabe por qué, eran en su casi totalidad insectos consumados, hostiles a los soviets. Nada bueno puede decirse tampoco del VIKZHEL y de otros sindicatos, a menudo abarrotados de insectos enemigos de la clase obrera. Sólo con los grupos hasta ahora enumerados nos encontramos ante un número enorme que ya requiere varios años de limpieza.

¿Y cuántos, además, endemoniados intelectuales, estudiantes inquietos, excéntricos de todo tipo, buscadores de la verdad y santones iluminados, de los que Pedro el Grande trató en vano de limpiar Rusia y que siempre estorban en un régimen armonioso y severo?

Habría sido imposible llevar a cabo esta higiénica limpieza —y además en tiempos de guerra — de haber utilizado las obsoletas formas procesales y las normas jurídicas. Se optó por una forma completamente nueva: la represión extrajudicial, y la Cheká, la Guardiana de la Revolución, cargó abnegadamente sobre sus hombros esta tarea ingrata. La Cheká fue un órgano represivo único en la historia humana, un órgano que concentraba en una sola mano la vigilancia, el arresto, la instrucción del sumario, la fiscalía, el tribunal y la ejecución de la sentencia.

En 1918, para acelerar también el triunfo cultural de la revolución, empezaron a destrozar y arrojar a la basura las reliquias de los santos y a requisar los objetos litúrgicos. Se produjeron revueltas populares en defensa de las iglesias y monasterios saqueados. Aquí y allá tocaban las campanas a rebato, acudían los creyentes, algunos incluso con estacas. Naturalmente, hubo que despachar a alguno ahí mismo y arrestar a otros.

Al reflexionar ahora sobre los años 1918-1919, tropezamos con una dificultad: ¿Debemos incluir en las riadas penitenciarias a todos aquellos a quienes dieron el paseo antes de llegar siquiera a la celda? ¿Y en qué capítulo incluir a otros cuando los comités de campesinos pobres se los llevaban detrás del porche (T10) del soviet rural a un patio trasero? ¿Llegaron acaso a hollar la tierra del Archipiélago los participantes en complots, que se descubrían a racimos uno en cada provincia (dos en Riazán, uno en Kostromá, uno en Vyshni Volochok, uno en Vélizh, varios en Kiev, varios en Moscú, Sarátov, Chernígov, Astraján, Seliguer, Smolensk, Bobruisk, el de la caballería de Tambov, el de Chembar, Velikie-Luki, Mstislavl y otros), o bien no les dio tiempo y, en tal caso, deben quedar fuera de nuestra investigación? Además del aplastamiento de insurrecciones famosas (Yaroslav, Múrom, Rybinsk, Arzamás), hay algunos acontecimientos de los que sólo conocemos un nombre, por ejemplo los fusilamientos de Kólpino en junio de 1918. ¿De qué se trató? ¿A quién mataron? ¿Dónde dejar constancia de ellos?

También resulta bastante difícil determinar si deben figurar aquí, en las riadas penitenciarias, o bien incluirlos en el balance de la guerra civil, las decenas de millares de rehenes, ciudadanos pacíficos a los que no se acusaba concretamente de nada y de quienes no se llevaba lista ni siquiera a lápiz, pero a los que se cogía y liquidaba para aterrorizar o para vengarse del enemigo militar o de una masa insurrecta. El 30 de agosto de 1918 (T11) el NKVD dio orden a todas las provincias de «arrestar inmediatamente a toda la derecha eserista, y tomar una importante cantidad de rehenes entre la burguesía y la oficialidad».(8)

(Algo así como si, por ejemplo, después del atentado del grupo de Alexandr Uliánov se hubiera arrestado no sólo a este grupo sino a todos los estudiantes de Rusia y a una importante cantidad de miembros de los zemstvos.) Así lo explicaban abiertamente (Latsis, en el periódico El terror Rojo, 1 de noviembre de 1918): «No estamos en guerra con individuos aislados.Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis durante la instrucción judicial ni materiales ni pruebas de que el acusado haya actuado de obra o de palabra contra los soviets. La primera pregunta que debéis formularle es a qué clase pertenece, cuál es su origen, su educación, sus estudios o su profesión. Estas preguntas son las que deberán determinar la suerte del acusado. Éste es el sentido y la esencia del terror rojo». Por disposición del Comité de Defensa del 15 de febrero de 1919 (con toda probabilidad presidido por Lenin) se propone a la Cheká y al NKVD que tomen rehenes entre los campesinos de aquellos lugares en los que la limpieza de nieve de la vía férrea «no se lleva a cabo de forma completamente satisfactoria», precisando que «si la limpieza de nieve no se realizara los rehenes sean fusilados». (9) A finales de 1920, por disposición del Consejo de Comisarios del Pueblo, se permite tomar también a socialdemócratas como rehenes.

Pero incluso si nos ceñimos a los arrestos convencionales, podemos observar que ya en la primavera de 1918 fluye una incesante riada de socialtraidores, una riada que duraría muchos años. Todos estos partidos — socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, socialistas populares — estuvieron haciéndose pasar por revolucionarios durante décadas, ocultos bajo una máscara, y si habían estado en presidio, era también para seguir fingiendo. Y sólo bajo el impetuoso cauce de la revolución se descubrió la esencia burguesa de estos «socialtraidores». ¡Qué cosa más natural, pues, que proceder a su arresto! Tras los kadetés, tras la disolución de la Asamblea Constituyente, y el desarme del regimiento de Preobrazhenski y otros, empezaron a arrestar poco a poco, primero disimuladamente, a socialistas revolucionarios y a mencheviques.

Desde el 14 de junio de 1918, día en que fueron expulsados de todos los soviets, estos arrestos fueron más numerosos y frecuentes. A partir del 6 de julio se llevaron también a los socialistas revolucionarios de izquierdas, que de manera pérfida y prolongada se habían hecho pasar por aliados del único partido consecuente del proletariado. A partir de entonces, bastaba que en cualquier fabrica o en cualquier pequeña ciudad hubiera cierta agitación obrera, descontento o huelgas (hubo muchas en el verano de 1918, y en marzo de 1921 sacudieron Petrogrado, Moscú y después Kronstadt, que forzaron el establecimiento de la NEP), para que a la vez que se calmaba a la población, haciendo concesiones para satisfacer las justas reivindicaciones de los trabajadores, la Cheká apresara en silencio, de noche, a mencheviques y socialistas revolucionarios como auténticos culpables de aquellos disturbios. En verano de 1918 y en abril y octubre de 1919 se encarceló en masa a los anarquistas. En 1919 fueron arrestados tantos miembros del Comité Central eserista como estaban a tiro, para encerrarlos en Butyrki hasta su proceso en 1922. En ese mismo año de 1919, el prominente chekista Latsis decía de los mencheviques: «Esa gente son más que una molestia. Por eso los apartamos del camino, para que no se nos enreden entre las piernas... Los encerramos en un sitio aislado, en Butyrki, y los obligaremos a permanecer allí hasta que termine la pugna entre trabajo y capital». (10) En julio de 1918 fue arrestada toda una asamblea de trabajadores no comunistas por un destacamento de la guardia letona del Kremlin, y a punto estuvieron de ser fusilados inmediatamente en la cárcel de Taganka.

A partir de 1919 arraigó la sospecha ante nuestros compatriotas que volvían del extranjero (¿Para qué volvían? ¿Qué misión traían?) y, así, se encarceló a los oficiales del cuerpo expedicionario ruso (destacado en Francia).

En este mismo año 1919 se echó una amplia red sobre complots, verdaderos o falsos («Centro Nacional», Complot Militar), en Moscú, en Petrogrado y en otras ciudades y se fusiló por lista (es decir, arresto y fusilamiento inmediato) o simplemente barriendo hacia la cárcel a la llamada intelectualidad allegada a los kadetés. ¿Y qué significaba esta categoría? Pues la intelectualidad que no era monárquica ni socialista, es decir, todos los círculos científicos, universitarios, artísticos, literarios, y además los de ingeniería. Excepto los escritores extremistas, los teólogos y los teóricos del socialismo, el resto de la intelectualidad, el 80 por ciento, era «allegada a los kadetés». Ajuicio de Lenin, pertenecía a ellos, por ejemplo, Korolenko, «mísero pequeñoburgués cautivo de los prejuicios burgueses», y «a estos "talentos" no les vendrían mal unas semanitas en la cárcel». (11) Del arresto de grupos aislados nos hemos podido enterar por las protestas de Gorki. El 15 de septiembre de 1919, Ilich le respondía: «...somos conscientes de que se han producido errores en este caso», (12) para añadir «¡Figúrate qué desgracia! ¡Menuda injusticia!», y aconsejar a Gorki «no consumirse gimoteando por unos intelectuales podridos». (13)

A partir de enero de 1919 se amplía la prodrazviorstka de productos agrícolas, y para recogerlos se crean destacamentos que en todas las provincias topan con la resistencia de las aldeas, unas veces en forma de terca pasividad y otras en forma de tumultos. El aplastamiento de esta reacción produjo también (sin contar a los fusilados en el acto) un copioso caudal de arrestados en el curso de dos años.

Hemos dejado conscientemente al margen una gran parte de la molienda de la Cheká, de las Secciones especiales y de los Tribunales Revolucionarios, que van implantándose a medida que avanza el frente y van siendo ocupadas ciudades y regiones. La misma directiva del NKVD, del 30 de agosto de 1918, señala que deben concentrarse los esfuerzos en el «fusilamiento inapelable de todo aquel implicado en las acciones de la Guardia Blanca». Pero a veces uno se siente confuso: ¿Dónde situar la línea divisoria? Si en el verano de 1920, cuando la guerra civil no había terminado por entero ni se habían extinguido todos sus focos, aunque sí en el Don, y enviaban a gran cantidad de oficiales desde allí,desde Rostov y Novocherkask, a Arjánguelsk, para seguir luego en barcazas a Solovki (algunas barcazas naufragaron en el Mar Blanco, lo mismo, por cierto, que en el Caspio), ¿debemos entender que ello entra en la guerra civil o en el principio de la reconstrucción pacífica? Cuando aquel mismo año fusilaron en Novocherkask a la esposa embarazada de un oficial por haber escondido a su marido, ¿en qué categoría debemos incluirla?

En mayo de 1920 se da a conocer una disposición del Comité Central «sobre las actividades subversivas en la retaguardia». Sabemos por experiencia que cada nueva disposición da origen a otra riada.

Una dificultad especial (¡a la vez que un mérito especial!) en la organización de estas riadas fue la ausencia, hasta 1922, de un Código Penal, de cualquier clase de legislación penal. Sólo el recto sentido revolucionario de la justicia (¡siempre infalible, eso sí!) guiaba a los confiscadores y canalizadores para decidir a quién apresar y qué hacer con él.

En este recuento no se investigan las riadas de delincuentes comunes, profesionales o no, por lo que nos limitaremos a recordar que las calamidades y la pobreza generales engendradas por la reestructuración de la administración, de los organismos y de la legislación no podían sino hacer que aumentara vertiginosamente el número de robos, atracos, agresiones, sobornos y estraperlo (especulación). Aunque menos peligrosos para la existencia de la república, estos delitos comunes también se perseguían en parte, y sus riadas de presos engrosaban las que ya formaban los contrarrevolucionarios. Pero existía un delito de especulación que sí tenía carácter netamente político, según indica el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo firmado por Lenin a 22 de julio de 1918: «Los culpables de vender, comprar o almacenar con miras comerciales productos alimenticios monopolizados por la república (los campesinos guardan el trigo para venderlo con miras comerciales, ¿para qué trabajan si no? - A.S.)... sufrirán privación de libertad por un plazo no inferior a 10 años, acompañada de los más rigurosos trabajos forzados y de la confiscación de todos los bienes».

Desde aquel verano, el campo, esforzándose por encima de sus posibilidades, fue entregando gratis la cosecha año tras año. Ello dio lugar a insurrecciones campesinas, que eran sofocadas y conducían a nuevos arrestos. «La parte más laboriosa del pueblo ha sido exterminada de raíz», Korolenko, carta a Gorki del 10 de agosto de 1921. De 1920 sabemos (aunque sin detalles...) del proceso contra la Unión Campesina de Siberia. A finales de 1920 tiene lugar el aplastamiento preventivo de la insurrección campesina de Tambov encabezada (como en Siberia) por la Unión del Campesinado Trabajador. Esta vez no hubo proceso judicial...

Sin embargo, la mayor parte de las levas humanas en los pueblos de Tambov tuvo lugar en junio de 1921. Por la provincia de Tambov proliferaron los campos penitenciarios para las familias de los campesinos que habían tomado parte en la insurrección. Eran parcelas de terreno abierto rodeadas de postes con alambre de espino, y en ellas se retenía durante tres semanas a toda familia sospechosa de tener algún varón entre los rebeldes. Si al cabo de tres semanas no aparecía éste para redimir a los suyos al precio de su cabeza, la familia era deportada. (14) Un poco antes, en marzo de 1921, habían sido enviados a las islas del Archipiélago, tras pasar por el bastión Trubetskói de la fortaleza de Pedro y Pablo, todos los marineros insurrectos de Kronstadt, a excepción de los que ya habían sido fusilados.

Este año, 1921, empezó con la orden de la Cheká n° 10 (de 8 de enero de 1921): « ¡ intensificar la represión contra la burguesía!». Ahora una vez terminada la guerra civil, no hay que debilitar la represión, ¡sino intensificarla! Voloshin nos cuenta en algunos versos cómo fue la de Crimea.

En verano de 1921 fue arrestado el Comité de Auxilio a los Afectados por el Hambre (Kuskova, Prokopovich, Kishkin y otros), que intentaba detener el avance por Rusia de una hambruna sin precedentes. Su error fue que a aquellas manos caritativas no se les podía permitir alimentar a los hambrientos. Korolenko, el presidente de este Comité — y que no fue detenido —,cuando ya estaba moribundo calificó la destrucción del Comité de «la peor politiquería, una politiquería gubernamental» (carta a Gorki del 14 de septiembre de 1921). (El mismo Korolenko no puede pasar por alto una importante peculiaridad de la cárcel en 1921: «está empapada de tifus toda ella». Esto lo confirman Skrípnikov y otros que estuvieron presos en aquel entonces.)

En este año de 1921 ya se practicaban arrestos de estudiantes (por ejemplo, el grupo de E.Doyarenko, de la Academia Timiriázev) por «críticas al orden establecido» (no públicas, sino en conversaciones privadas). Salta a la vista que hechos así aún eran poco frecuentes, pues al grupo en cuestión lo interrogaron personalmente Menzhinski y Yagoda.

Aunque, por otra parte, tampoco eran tan escasos. ¿Cómo habría podido terminar si no es con arrestos la osada huelga de estudiantes de la MVTLP (T12) en la primavera de 1921? Desde los años de la feroz reacción de Stolypin era tradición en este centro que el rector fuera elegido de entre los propios catedráticos. Este era el caso del profesor Kalínnikov (volveremos a encontrarlo en el banquillo de los acusados), pero el poder revolucionario decidió poner en su lugar a un ingeniero mediocre. Ocurría esto en plena temporada de exámenes. Los estudiantes se negaron a examinarse, organizaron una agitada reunión en el patio a modo de rechazo del rector que querían imponerles y exigieron que se mantuviera el estatuto de autonomía de la institución. Después, todos los reunidos se dirigieron a pie a la calle Mojovaya para mantener un encuentro de camaradas con los estudiantes de la universidad. Todo un problema: ¿Qué podía hacer el régimen? Desde luego tenía difícil solución, pero no para los comunistas.

En la época zarista se habría puesto en ebullición toda la prensa honesta y toda la Rusia culta: ¡Abajo el gobierno! ¡Abajo el zar! Pero ahora había otras soluciones: se tomaba el nombre de los oradores, se dejaba que la reunión se dispersara, se suspendían los exámenes y, durante las vacaciones veraniegas se detenía uno a uno, a cada cual en un lugar, a todos los que les interesaban. Los demás no pudieron seguir con la carrera de ingeniero.

En este mismo 1921 se intensificaron y sistematizaron los arrestos de socialistas de otros partidos. En realidad ya habían terminado con todos los partidos de Rusia a excepción del que había triunfado. (¡Quien a hierro mata a hierro muere!) Pero para que la destrucción de cada partido fuera irreversible era preciso destruir también a los miembros de ese partido, el cuerpo físico de dichos miembros.

Ni un solo ciudadano del Estado ruso que hubiera ingresado algún día en algún partido que no fuera el de los bolcheviques podía esquivar su destino; estaba condenado (a menos que lograra, como Maiski o Vyshinski, llegar, agarrado a las tablas del naufragio, hasta donde los comunistas). Puede que no le arrestaran a la primera de cambio, o puede que hubiera seguido con vida (según hasta qué punto se le considerara peligroso) hasta 1922, 1932 e incluso hasta 1937, pero nadie había guardado las listas y, por tanto, la cola avanzaba hasta llegar su turno; lo arrestaban, o sólo se limitaban a enviarle una cordial citación para formularle una única pregunta: ¿Has militado... desde... hasta...? (Seguirían también preguntas sobre sus actividades hostiles, pero la primera pregunta era la que lo decidía todo, como hemos podido ver claramente pasadas algunas décadas.) Después el ciudadano podía correr suertes muy diversas. Unos iban directamente a alguna de las famosas cárceles centrales zaristas (por suerte, estas centrales se habían conservado en muy buen estado y algunos socialistas dieron con sus huesos en las mismas celdas, con los mismos celadores que ya conocían). A otros les proponían el destierro, aunque no vayan a creer que mucho tiempo, unos dos añitos a lo sumo. Y había un trato aún más benigno: a algunos únicamente les imponían un menos (menos tal y tal ciudad), de manera que podían elegir ellos mismos su lugar de residencia, a condición de que vivieran en lo sucesivo quietecitos en aquel lugar esperando a lo que dispusiese la GPU.

Esta operación se extendió a lo largo de muchos años, pues era condición especial de la misma el silencio y la discreción. Lo importante era depurar de forma minuciosa a Moscú, Petrogrado, los puertos y los centros industriales, y después simplemente los distritos, de toda desviación en el seno del socialismo. Fue un mudo y grandioso solitario de naipes cuyas reglas resultaban del todo incomprensibles para quien vivió en esa época, y cuyas proporciones sólo ahora podemos valorar. Fue un plan urdido por alguna mente previsora y puesto en práctica por unas manos cuidadosas que, sin perder un instante, tomaban una carta que había estado aguardando tres años en un montón a que la apilaran suavemente en otro montón. El que estaba encarcelado en una central era llevado al destierro (a algún lugar lo más alejado posible), el que había cumplido un «menos» también iba al destierro (pero esta vez más allá de lo fijado por ese «menos»), de un destierro a otro destierro, y de nuevo a una central (pero no a la misma). Paciencia y más paciencia era lo que regía a quienes hacían el solitario.(T13) Y sin ruido, sin gemidos, iban extinguiéndose los militantes de otros partidos, privados de todo contacto con los lugares y las gentes que antes los conocieron y sabían de sus actividades revolucionarias; y así, disimulada e irremisiblemente se tramó la aniquilación de los que en otro tiempo vibraron en los mítines estudiantiles, de los que llevaron con orgullo las cadenas zaristas. (Korolenko escribía a Gorki el 29 de junio de 1921: «Algún día la Historia dirá que la revolución bolchevique reprimió a los socialistas y a los revolucionarios sinceros con métodos idénticos a los del régimen zarista». ¡Ojalá hubiera sido así! Habrían sobrevivido todos.)

Esta operación del Gran Solitario de Naipes acabó con la mayoría de los antiguos presos políticos, pues fueron los eseristas y los anarquistas, y no los socialdemócratas, quienes recibieron de los tribunales zaristas las condenas más severas, eran justo ellos quienes componían la población del antiguo presidio.

El exterminio, por otra parte, seguía un orden ecuánime: en los años veinte les proponían renunciar por escrito a sus partidos y a sus ideologías. Algunos se negaron y, como es natural, formaron parte del primer turno de exterminio; otros en cambio aceptaron abjurar de su credo, con lo que consiguieron algunos años más de vida. Pero implacablemente había de llegarles su turno, e implacablemente habían de rodar sus cabezas.

A veces das con algún artículo en el periódico tan sorprendente que no puedes evitar movimientos de cabeza. Izvéstia, 24 de mayo de 1959: un año después de la subida de Hitler al poder, Maximilian Hauke fue detenido por pertenecer... no a un partido cualquiera, sino al partido comunista. ¿Lo liquidaron? No, lo condenaron a dos años.

Después de esto, naturalmente, ¿le impondrían una nueva sentencia? Nada de eso: lo dejaron en libertad. ¿Habrá quien lo entienda? Luego vivió sin que lo molestaran y organizó la resistencia clandestina, de ahí el artículo sobre su valentía.

En la primavera de 1922, la Comisión Extraordinaria de lucha contra la contrarrevolución y la especulación (Cheká), recientemente rebautizada con el nombre de GPU, decidió intervenir en los asuntos de la Iglesia. Aún estaba pendiente la «revolución eclesiástica», sustituir la vieja jerarquía por otra que tuviera una oreja pegada al cielo y la otra a la Lubianka. Eso era lo que ofrecían los de la Iglesia viva, pero no podían apoderarse del aparato eclesiástico sin ayuda externa. Para ello se arrestó al patriarca Tíjon y se organizaron dos sonados procesos con fusilamientos: en Moscú, a los que difundían la proclama del Patriarca; y en Petrogrado, al metropolita Veniamín, que obstaculizaba el paso del poder eclesiástico a manos de la Iglesia viva. En provincias y distritos, aquí y allí, se arrestó a metropolitas y obispos, y como siempre, a los peces gordos les siguieron bandadas de pececíllos, arciprestes, monjes y diáconos cuyos nombres no comunicaba la prensa. Encarcelaron a los que no prestaron juramento al impulso renovador de los zhivotserkóvniki.

Los sacerdotes formaron parte obligada de la pesca diaria, sus canas plateadas brillaban en cada celda, y luego en cada convoy a Solovki.

Al principio de los años veinte cayeron también grupos teósofos, místicos y espiritistas (el grupo del conde Pahlen, que levantaba acta de las conversaciones con los espíritus), sociedades religiosas, filósofos del círculo de Berdiáyev. De pasada, fueron desarticulando y encarcelando a los «católicos del Este» (discípulos de Vladímir Soloviov), y al grupo de A.I. Abrikósova. En cuanto a los católicos propiamente dichos, los sacerdotes polacos, éstos iban a prisión sin que hiciera falta causa aparente.

Sin embargo, para erradicar definitivamente la religión en este país — uno de los objetivos principales de la GPU-NKVD en los años veinte y treinta — habría sido necesario encarcelar en masa a los propios creyentes ortodoxos. Se procedió a una intensa campaña de arresto, encarcelamiento y destierro contra los monjes y monjas, cuyos oscuros hábitos habían ennegrecido la vida rusa anterior. Se arrestaba y se juzgaba a los activistas de la Iglesia. Las ondas iban ensanchándose continuamente y pasaron a apresar a simples seglares creyentes, a personas de edad, en especial mujeres — porque su fe era más obstinada — a las que durante muchos años se conoció como monjitas en las cárceles de tránsito y en los campos de reclusión.

Desde luego, oficialmente no se les arrestaba y juzgaba por el mero hecho de creer, sino por manifestar su fe en voz alta y educar a sus hijos en ese espíritu. Como escribió Tania Jodkévich:

«Puedes rezar libremente, Pero... que sólo te oiga Dios».

(Por estos versos le cayeron diez años.) La persona que creía poseer la verdad espiritual debía ocultarla... ¡a sus propios hijos! En los años veinte la educación religiosa caía en el artículo 58-10, es decir, ¡propaganda contrarrevolucionaria! Cierto es que el tribunal daba la posibilidad de abjurar de la religión. Aunque no era frecuente, podía darse el caso de que el padre abjurara y se quedara al cuidado de los hijos mientras la madre era enviada a Solovki (en estas décadas, las mujeres demostraron tener una fe más firme). A todos los creyentes les echaban diez años, la pena máxima en aquel entonces.

Con el fin de dejar limpias las grandes ciudades para la impoluta sociedad que se avecinaba, en aquellos años, especialmente en 1927, junto con las «monjitas» desterraron a Solovki a las prostitutas. A las aficionadas al pecado terrenal les aplicaban el artículo más liviano y les imponían tres años. La vida entre traslados, cárceles de tránsito y las propias Solovki, no les impedía ganar dinero ejerciendo su alegre oficio con los jefes y los soldados de escolta, de modo que a los tres años volvían cargadas de pesadas maletas a su punto de partida. A los creyentes, en cambio, les estaba vedado para siempre jamás volver con sus hijos a su hogar.

Ya en los albores de los años veinte aparecieron riadas netamente nacionales, de momento pequeñas en relación con las regiones donde se generaban, y más aún a escala rusa: musavatistas de Azerbaidzhán, dashnakos de Armenia, mencheviques georgianos y basmach turkmenos, opuestos al establecimiento del régimen soviético en Asia Central. En 1926 fue encarcelada en pleno la «Hehalutz», sociedad sionista que no compartía el universalmente arrollador impulso del internacionalismo.

En muchas de las generaciones posteriores arraigó la idea de que los años veinte fueron un paréntesis de libertad sin cortapisas. Pero en este libro encontraremos personas que vieron de modo muy diferente esa década. Los estudiantes no comunistas de esa época luchaban por la «autonomía de la escuela superior», por el derecho de reunión, por aligerar los programas de tanta instrucción política. La respuesta fueron los arrestos que aumentaban al acercarse alguna fiesta (por ejemplo, el 1 de Mayo de 1924). En 1925 unos estudiantes de Leningrado (aproximadamente un centenar) fueron condenados a tres años en un izoliator político por haber leído El Mensajero Socialista y haber estudiado a Plejánov (el propio Plejánov, en su juventud, había salido mejor librado después de pronunciar un discurso contra el gobierno ante la catedral de la Virgen de Kazan). En 1925 empezaron a encarcelar a los primeros trotskistas jovencitos. (Dos ingenuos soldados del Ejército Rojo que, recordando la tradición rusa, iniciaron una colecta para los trotskistas arrestados, fueron condenados también a un izoliator político.)

Como es de suponer, el golpe tampoco iba a dejar al margen a las clases explotadoras. Durante todos los años veinte siguieron atosigando a los ex oficiales que aún no habían pasado por el aro: tanto a los blancos (los que no merecieron el fusilamiento en la guerra civil), como a los blanco-rojos, que habían combatido en uno y otro bando, como a los zaristas-rojos que no sirvieron de forma continuada en el Ejército Rojo, o habían tenido interrupciones en el servicio no justificadas documentalmente. Los atosigaban porque no los condenaban de buenas a primeras, sino que eran sometidos — otro solitario de naipes — a infinitas comprobaciones, restricciones en el trabajo, en la vivienda, los arrestaban, los soltaban, volvían a arrestarlos, y sólo gradualmente iban desapareciendo en los campos de reclusión para ya no volver jamás.

Sin embargo, con la deportación de los oficiales al Archipiélago, el problema, lejos de solucionarse, nó hacía más que empezar: téngase en cuenta que atrás quedaban las madres de los oficiales, sus esposas y sus hijos. Si se emplea un análisis social infalible, resultaba fácil imaginar qué debía pasarles por la sesera tras el arresto del cabeza de familia. ¡Estaban pidiendo a gritos que los metieran a ellos también en la cárcel! Otra riada...

En los años veinte hubo una amnistía para los cosacos que habían tomado parte en la guerra civil. Muchos volvieron de Lemnos al Kubán y al Don, y se les concedieron tierras. Más tarde, todos fueron encarcelados.

También andaban agazapados los antiguos funcionarios del Estado, por lo que era necesario echarles el guante. Se camuflaban con mucha habilidad y aprovechando que en la república aún no existían ni un sistema interno de pasaportes ni la libreta de trabajo unificada, conseguían infiltrarse en los organismos soviéticos. En este caso servía de ayuda una palabra de más, alguien que los reconocía fortuitamente, un vecino chivato..., mejor dicho, el parte operativo de un vecino. (O, a veces, la pura casualidad. Cierto Mova guardaba en su casa, simplemente porque era muy meticuloso, una lista de todos los antiguos funcionarios judiciales de la provincia. En 1925 se la descubrieron por azar, los detuvieron a todos y después los rusilaron.)

Así corrían también las riadas por «ocultación de la procedencia social» y por «posición social en el pasado». Todo ello sujeto a la más amplia interpretación. Arrestaban a los nobles como estamento. Y también a las familias nobles. Al final, demostrando muy poco entendimiento, arrestaban a los que denominaban nobles sin título hereditario, es decir, a todo aquel que hubiera terminado una carrera universitaria. Y una vez detenidos ya no había camino de vuelta, lo hecho hecho estaba. El Centinela de la Revolución nunca yerra.

Pero de todas formas sí había ün camino de vuelta. Eran unas estrechas y escuálidas contrarriadas que a veces se abrían camino. Vamos a hablar ahora de la primera de ellas. Entre las esposas y las hijas de los nobles y de los oficiales no era raro encontrar mujeres de excepcionales cualidades personales y atractiva presencia. Algunas de ellas consiguieron abrirse paso en esa pequeña contrarriada, ¡a contracorriente de quienes les habían precedido! Estas mujeres entendieron muy bien que sólo se vive una vez y que no hay don más preciado que la propia vida. Ofrecieron sus servicios a la Cheká-GPU como confidentes, como colaboradoras, como lo que fuera, y las que más gustaron fueron admitidas. ¡Fueron las más fructíferas de las confidentes! Resultaron muy útiles a la GPU, puesto que los «ex» les seguían teniendo una gran confianza. Aquí podemos nombrar a la última princesa Viázemskya, la más destacada confidente de después de la revolución (su hijo fue también un chivato en Solovki); Concordia Nikoláyevna Iosse, al parecer, mujer de brillantes cualidades: su marido, que era oficial, fue fusilado en su presencia, y a ella la enviaron a Solovki, aunque supo obtener un permiso para volver a Moscú y abrir cerca de la Gran Lubianka un salón que gustaban de frecuentar los altos funcionarios de la Casa. (No sería encarcelada de nuevo hasta 1937, junto con sus clientes, los hombres de Yagoda.)

Parece de risa, pero siguiendo una absurda tradición se había conservado la Cruz Roja Política de la antigua Rusia. Tenía tres secciones: la de Moscú (E. Peshkova), la de Jarkov (Sandomírskaya) y la de Petrogrado. La de Moscú se portaba bien y no fue disuelta hasta 1937. En cambio, la de Petrogrado (el viejo narodnik Shevtsov, el cojo Hartmann, Kocherovski) actuaba de un modo insoportable e insolente, se entremetía en asuntos políticos, buscaba el apoyo de los antiguos presos de Schlisselburg (Novorusski, compañero de complot de Alexandr Uliánov), y ayudaba no sólo a los socialistas sino también a los KR, los contrarrevolucionarios. En 1926 esta sección fue disuelta y sus miembros enviados al destierro.

Pasan los años y aquello de lo que no se habla acaba borrándose de la memoria. En la brumosa lejanía percibimos el año 1927 como un año de despreocupación y abundancia, el año de una NEP aún no decapitada. Pero fue un año tenso, estremecido por las explosiones de los periódicos, y lo percibimos, nos lo hicieron percibir, como la víspera de la batalla en que iba a decidirse la revolución mundial. Mayakovski (T14) dedicó cuatro atronadores versos al asesinato del plenipotenciario soviético en Varsovia, que inundó columnas enteras de los periódicos de junio.

Pero qué mala suerte: Polonia presentó excusas y el único responsable del asesinato de Voikov (15) fue arrestado allí mismo. ¿Cómo y contra quién dirigir el llamamiento del poeta?:

 

Solidarios,
agrupados,
mesurados,
y vengativos
¡A esta jauría desatada
retorcedle el pescuezo!

 

¿Hacer justicia contra quién? ¿A quién retorcer el pescuezo? Así comienza la hornada de Voikov. Como siempre, cada vez que había disturbios o tensiones, se encarcelaba a los ex, se encarcelaba a los anarquistas, a los eseristas, a los mencheviques, o simplemente a la intelectualidad. En realidad, ¿a quién se podrá encarcelar en las ciudades? ¡A la clase obrera no, desde luego! Por otra parte, la intelectualidad allegada a los kadetés ya había recibido lo suyo desde 1919. ¿Habría llegado el momento quizá de sacudir a la intelectualidad que se consideraba progresista? ¿De darles un repaso a los estudiantes? Una vez más, nos viene a mano Mayakovski:

 

¡Piensa
en el Komsomol días y semanas!
Examina
atentamente las filas.
¿Son todos
komsomoles de verdad o sólo
dicen serlo?

 

Una concepción del mundo cómoda engendra también un término jurídico cómodo: profilaxis social. Se introduce, se acepta, y enseguida resulta comprensible para todos. (Bien pronto podremos oír decir a uno de los directores del Bielo-morstror, Lazar Kogan: «Creo que, personalmente, usted no es culpable de nada. Pero siendo usted una persona culta, debe comprender que se está llevando a cabo una amplia profilaxis social».) Bien mirado, ¿qué mejor momento para encarcelar a unos compañeros de viaje poco fiables, a ese puñado de intelectuales podridos, que en vísperas de la batalla por la revolución mundial? Una vez empezada la gran guerra sería demasiado tarde. Y se empieza a peinar Moscú metódicamente, barrio a barrio. En todas partes debe haber arrestos. El eslogan era: «¡Haremos temblar al mundo de un puñetazo sobre la mesa!». «Cuervos», automóviles, camiones cerrados y coches de punto descubiertos acudían de inmediato a descargar en la Lubianka y en Butyrki, incluso de día. Atasco en las puertas, atasco en el patio. No daban abasto a descargar y fichar a tantos arrestados. (Lo mismo ocurre en otras ciudades. En Rostov del Don, en el sótano de la casa número 33 hay tan poco sitio, que la recién llegada Boiko apenas encontró un hueco donde sentarse.) Un ejemplo típico de aquella riada: unas decenas de jóvenes organizaron unas veladas musicales sin consultar con la GPU. Escucharon música y luego tomaron el té. Para el té, reunieron a escote, voluntariamente, unos cópeks. Estaba bien claro: la música era una tapadera para sus intenciones contrarrevolucionarias y el dinero recaudado no era para pagar el té, ni mucho menos, sino para ayudar a la tambaleante burguesía mundial. Los arrestaron a todos. Las condenas fueron de tres a diez años (a Anna Skrípnikova le cayeron cinco), y a los organizadores, que no quisieron confesar (Ivan Nikoláyevich Varentsov y otros) ¡los fusilaron!

Veamos otro caso. En aquel mismo año, en París se reunieron los liceístas (T15) emigrados para celebrar la tradicional fiesta «pushkiniana» del Liceo. Los periódicos hablaron de ello. No cabía duda, de que se trataba de una estratagema del imperialismo herido de muerte. Y se arrestó a todos los liceístas que quedaban en la URSS y de paso a los de la «Academia Jurídica» (otra institución privilegiada).

Hasta ese momento la hornada de Voikov sólo se había visto limitada por las proporciones del SLON — Campo de Destino Especial de Soloviets —. Pero el Archipiélago Gulag tenía desde su aparición naturaleza maligna, y pronto la metástasis habría de extenderse por todo el cuerpo del país.

Quien prueba repite. Hacía ya tiempo que convenía acabar con la intelectualidad técnica, que se consideraba — exageradamente —  insustituible y no había querido acostumbrarse a captar las órdenes al vuelo.

En nuestro país nunca hemos confiado en los ingenieros, desde los primeros años de la revolución ejercitamos una sana desconfianza obrera y un control sobre esos lacayos marcados por el servicio a antiguos amos capitalistas. No obstante, en el periodo de la reconstrucción les permitimos, pese a todo, que trabajaran en nuestra industria, y desviamos toda nuestra fuerza de clase contra el resto de la intelectualidad. Pero cuanto más maduraba nuestra dirección económica, el Consejo Superior de Economía Nrind y el Comité de Planificación Estatal, y aumentaba el número de planes, y a medida que estos planes chocaban entre sí y se desplazaban unos a otros, más se ponía de manifiesto la esencia empecedora de los antiguos ingenieros, su falsedad, astucia y venalidad. El Centinela de la Revolución aguzó la vigilancia y ahí donde ponía el ojo descubría al instante un nido de empecimiento.

Esta labor de saneamiento siguió a plena marcha a partir de 1927, y enseguida reveló nítidamente al proletariado la causa de todos nuestros fracasos y reveses económicos. En el Comisariado del Pueblo para los Transportes (en los ferrocarriles) había empecimiento (de ahí que fuera difícil coger un tren, de ahí los altibajos en el abastecimiento de mercancías). En la Red de Centrales Eléctricas de Moscú había empecimiento (interrupciones en el suministro eléctrico). En la industria del petróleo había empecimiento (no hay quien encuentre queroseno en las tiendas). En el sector textil había empecimiento (el obrero no tiene con qué vestirse). En la industria hullera el empecimiento es colosal (¡por eso pasamos frío!). ¡En las industrias metalúrgica, militar, de maquinaria, naval, química, minera, del oro y del platino, en los regadíos, en todas partes dábamos con purulentos abscesos de empecimiento! ¡Por todas partes había enemigos, provistos de reglas de cálculo! La GPU está ya sin aliento de tanto agarrar y arrastrar empecedores. En las capitales y provincias se organizan comisiones de la OGPU y tribunales proletarios para acabar con esta viscosa carroña, y cada mañana los trabajadores se enteraban con asombro (o a veces ni se enteraban), a través de los periódicos, de nuevas acciones abyectas. Oían hablar de Palchinski, de Von Meck, de Velichko, (16) pero ¡de cuántos no ha quedado ni el nombre! Cada rama de la industria, cada fabrica, cada cooperativa artesanal debía buscar el empecimiento en su seno, y apenas empezar lo encontraban (con la ayuda de la GPU). Si un ingeniero de una promoción anterior a la revolución no había sido aún desenmascarado como traidor, con toda seguridad se podía sospechar que lo era.

¡Y que hábil maldad la de esos antiguos ingenieros, de qué diversas y satánicas formas sabían empecer! En el Comisariado del Pueblo para los Transportes, Nikolái Kárlovich von Meck fingía una gran fidelidad a la construcción de la nueva economía, podía hablar animadamente largo rato de los problemas económicos relativos a la construcción del socialismo, y le gustaba dar consejos. Uno de sus más perniciosos consejos fue el de formar trenes de mercancías más largos porque el peso no era peligroso. Por medio de la GPU Von Meck fue desenmascarado (y fusilado): ¡quería conseguir el desgaste de las vías, de los vagones y de las locomotoras, y dejar a la república sin ferrocarriles en caso de una intervención extranjera! Cuando, poco tiempo después, el nuevo Comisario de Transportes, el camarada Kaganóvick, ordenó precisamente la circulación de convoyes incluso dos y tres veces más pesados (por este descubrimiento, a él y otros dirigentes se les concedió la Orden de Lenin), entonces estos malvados ingenieros fueron denunciados como partidarios de la restricción: clamaban que era demasiado, que aquello desgastaba de forma perjudicial el material rodante, y fueron justamente fusilados por no creer en las posibilidades del transporte socialista.

Hubo que luchar durante varios años contra estos partidarios de la restricción. En todas las ramas de la industria esgrimían sus cálculos y fórmulas, obcecados en no comprender que los puentes y las máquinas salen ganando mucho con el entusiasmo del personal. (Fueron años de cambio radical de toda la psicología popular: se ridiculizaba la sabia previsión del pueblo, de que las cosas hechas de prisa nunca salen bien, y sacarse de encima el viejo dicho: «vísteme despacio...».) Lo único que retrasaba a veces el arresto de los viejos ingenieros era que su relevo aún no estaba suficientemente preparado. Nikolái Ivánovich Ladyzhenski, ingeniero jefe de las fábricas de material de guerra de Izhevsk, fue arrestado primero por «sus teorías restrictivas» y «su fe ciega en los márgenes de seguridad», según los cuales consideraba insuficientes los fondos asignados por Ordzhonikidze para ampliar las fábricas. (Cuentan que Ordzhonikidze nunca hablaba con los viejos ingenieros sin antes poner sobre el escritorio una pistola a la derecha y otra a la izquierda.) Pero luego lo pasaron a arresto domiciliario y lo mandaron a trabajar en su puesto anterior (sin él la empresa se venía abajo). Y aunque logró enderezar la situación, los fondos seguían tan insuficientes como antes, por lo que fue a parar de nuevo a la cárcel, esta vez por «empleo indebido del dinero»: ¡Si faltaba dinero, era porque el ingeniero jefe lo administraba mal! Al cabo de un año, Ladyzhenski moría en la tala forestal.

Así, en el curso de varios años desnucaron a la antigua promoción de ingenieros rusos que constituían la gloria de nuestro país, los personajes predilectos de Garin-Mijáilovski y de Zamiatin.

Por descontado, esta riada, como cualquier otra, arrastraba también a las personas próximas o relacionadas con los condenados, por ejemplo — no quisiera empañar la brillante y broncínea faz del Centinela, (T16) pero no hay más remedio — a quienes se negaron a convertirse en confidentes. Y aquí quisiéramos pedir al lector que tenga siempre en la memoria esta riada totalmente secreta, nunca desvelada al público, que en especial se produjo durante la primera década después de la revolución, cuando la gente aún tenía orgullo y muchos aún no comprendían que la moral es un concepto relativo, que tiene un sentido estrictamente clasista, de modo que se atrevían a rechazar el servicio que le proponían y era castigada sin piedad. A la jovencita Magdalina Edzhúbova le pidieron que vigilara precisamente a un círculo de ingenieros, y ella no sólo se negó, sino que se lo contó después a su tutor (a éste era al que debía espiar). No obstante, el tutor, de todos modos, no tardó en ser arrestado, y durante la instrucción lo confesó todo. Edzhúbova, que estaba encinta, fue arrestada y condenada a muerte por «divulgar un secreto operativo». (No obstante, se libró a cambio de una serie de condenas que duró veinticinco años.) Por aquella misma época (1927), aunque en un ambiente diferente del todo — entre los comunistas destacados de Jarkov —, Nadezhda Vitálievna Súrovtseva se negó igualmente a espiar y denunciar a los miembros del gobierno ucraniano. Por ello fue arrestada por la GPU y sólo un cuarto de siglo después logró salir a flote medio muerta en Kolymá. Pero no sabemos nada de los que desaparecieron.

(En los años treinta, esta riada de insumisos se redujo a cero: si exigían espiar sería porque era necesario, ¿qué remedio te queda? «A la fuerza ahorcan», «si no soy yo, será otro», «más vale que sea confidente yo, que soy bueno, que alguien peor». Por lo demás, había tantos voluntarios, que no podían sacárselos de encima: era un trabajo provechoso y bien visto.)

En 1928 tuvo lugar en Moscú el sonoro proceso Shajtí, sonoro por la publicidad que se le dio, por las anonadadoras confesiones y por la autoflagelación de los acusados (aunque todavía no todos). Dos años más tarde, en septiembre de 1930, hubo el estrepitoso juicio de los organizadores del hambre (¡Ellos! ¡Son ellos! ¡Ahí están!): 48 empecedores de la industria alimentaria. A finales de 1930 el proceso contra el Partido Industrial, más ruidoso aún y ya irreprochablemente orquestado: los acusados, del primero al último, cargan con cualquier infamia, por absurda que sea y ante los ojos de los trabajadores, como un monumento al que descorren el velo, aparece una gigantesca y astuta maraña de todos los empecedores desenmascarados uno a uno hasta el presente, formando ahora un único y diabólico nudo con Miliúkov, Riabushinski, Deterding y Poincaré.

Ahora que empezamos a entender nuestra práctica jurídica, comprendemos que los procesos judiciales a la vista de todo el mundo sólo eran los montoncitos de tierra que sacan los topos al exterior y que el trabajo principal se llevaba a cabo bajo la superficie. En estos procesos se presentaba únicamente a una pequeña parte de los detenidos, sólo a los que aceptaban, de modo antinatural, calumniarse a sí mismos y a los demás, esperando indulgencia. La mayoría de los ingenieros que tuvieron el valor y la sensatez de rechazar los desatinos de los jueces de instrucción fueron juzgados a puerta cerrada, pero también a ellos — a los que no se declararon culpables — las comisiones de la GPU les cargaron los mismos diez años que a los otros.

Las riadas fluyen bajo tierra, por el alcantarillado, canalizando la floreciente vida de la superficie.

Y precisamente en este momento se emprendió un importante paso para hacer participar a todo el pueblo en la canalización, para repartir la responsabilidad de nuestro alcantarillado entre todos: los que no habían dado aún con sus cuerpos en las rejillas de desagüe, los que no habían sido arrastrados aún al Archipiélago por las cañerías debían desfilar por la superficie con banderas, ensalzar a los tribunales y alegrarse de la represión judicial. (¡Eso es ser previsor! (T17) Pasarían las décadas, despertaría la Historia, pero los jueces, los instructores y los fiscales no serían más culpables que usted o que yo, queridos conciudadanos. Pues nosotros, que ahora peinamos honrosas canas, en su momento dimos nuestro sin perder la compostura.)

Si exceptuamos el experimento Lenin-Trotski del año 1922 en el proceso contra los eseristas, podemos decir que fue Stalin quien hizo la primera prueba con los organizadores del hambre; y esta prueba no podía ser sino un éxito, cuando todo el mundo pasaba hambre en la ubérrima Rusia, cuando todos no hacían más que mirar a su alrededor preguntándose: ¿Adonde ha ido a parar nuestro pan? Y por fábricas y organismos, adelantándose a la sentencia del tribunal, los obreros y funcionarios votaban furiosos por el fusilamiento de los infames acusados. Y para cuando llegó el proceso contra el Partido Industrial ya fueron mítines generales y manifestaciones (a las que llevaban a los colegiales), millones de personas marcando el paso y el rugido tras los cristales del edificio del tribunal: «¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!».

En este meandro de nuestra historia se oyeron voces aisladas de protesta o de abstención. Se necesitaba mucho valor, muchísimo, para decir «¡no!» en medio de ese coro y de esos rugidos. ¡Un valor que no tiene comparación con lo fácil que es hoy día! (Aunque hoy día tampoco se protesta mucho.) En una asamblea del Instituto Politécnico de Leningrado, el profesor Dmitri Apollinárievich Rozhanski se abstuvo (él, miren por dónde, era contrario por principio a la pena de muerte porque, ¿comprenden?, se trata de lo que el lenguaje científico denominaría un proceso irreversible), ¡y lo encarcelaron al instante! ¡El estudiante Dima Olitski se abstuvo, y lo encarcelaron acto seguido! Ahogaron todas estas protestas desde su inicio mismo.

Por lo que sabemos, la clase obrera de bigote blanco aprobaba las ejecuciones. Por lo que sabemos, desde los entusiastas komsomoles hasta los líderes del partido y los legendarios jefes militares, toda la vanguardia aprobaba unánimemente dichas ejecuciones. Los revolucionarios célebres, los teóricos y los profetas, a siete años de su poco gloriosa caída, aplaudían este rugido de la multitud sin sospechar que su día estaba al llegar, que faltaba poco para que sus nombres fueran absorbidos al grito de «hez» y de «basura».

En cambio, la persecución de los ingenieros tocaba a su fin. En verano de 1931, Iosif Vissariónovich" enunció las «Seis condiciones» de la construcción socialista, y Su Egocracia tuvo a bien indicar como quinta condición que de la política de persecución de la antigua intelectualidad técnica se pasaba a la política de atracción y de solicitud hacia dicha intelectualidad.

¡Ser solícitos con la intelectualidad! ¿Y cómo se había evaporado nuestra justa ira? ¿Qué había sido de nuestras amenazadoras acusaciones? Precisamente en esos momentos estaba desarrollándose el proceso contra los empecedores de la industria de la porcelana (¡también allí habían hecho de las suyas!), y también los acusados se habían denunciado de forma unánime a sí mismos hasta confesarlo todo, cuando de repente oyeron al tribunal, también unánime: ¡Inocentes! ¡Y los pusieron en libertad!

(En este año se advirtió incluso una pequeña contrarriada: los ingenieros condenados o todavía objeto de investigación volvieron a la vida. De este modo volvió D.A. Rozhanski. ¿No se podría decir que le ganó el pulso a Stalin? ¿Que de haber tenido una valerosa sociedad civil no hubiera habido motivo para escribir este capítulo ni todo este libro?)

Ante una asamblea de funcionarios de la Administración el 23 de junio de 1931, Stalin insiste en la necesidad de que la clase obrera tenga una intelectualidad propia y plantea un cambio de actitud hacia los ingenieros y técnicos de la vieja escuela. Ello supone un respiro tanto para los antiguos ingenieros — siempre sospechosos de empecimiento — como para los nuevos talentos, que se estaban decidiendo por otras profesiones más seguras. Los «empecedores» vuelven a las fabricas. Años más tarde, entre los encausados de 1930 habrá diez laureados con el Premio Stalin.

En marzo de 1931 Stalin soltó todavía algunas coces contra los mencheviques — derribados tiempo atrás — en el proceso público del «Buró Unificado Menchevique» contra Groman-Sujánov-Yakubóvich (Groman era más bien un kadeté, Yakubóvich era casi un bolchevique, y Himmer-Sujánov era el teórico de la Revolución de Febrero en cuya vivienda de Petrogrado, a orillas del Karpovka, se reunió el 10 de octubre de 1917 el Comité Central bolchevique para adoptar la resolución del levantamiento armado). Y de pronto se mostró indeciso.

En el litoral del Mar Blanco, antes del reflujo, suelen decir de la marea: el agua se muestra indecisa. Bueno, no es que podamos comparar el alma turbia de Stalin con el agua del mar Blanco.

Además, puede que no se tratara, ni mucho menos, de indecisión. Y, por otra parte, tampoco hubo ninguna resaca. Pero ese año sucedió otro milagro. Tras el proceso contra el Partido Industrial se preparaba, en 1931, el apoteósico proceso contra el Partido Campesino del Trabajo. Supuestamente, este partido era (¡nunca lo fue!) una enorme fuerza clandestina organizada entre la intelectualidad rural, los activistas de las cooperativas de consumo y agrícolas y los círculos dirigentes del campesinado más formal, que pretendían acabar con la dictadura del proletariado. En el proceso del Partido Industrial ya se mencionaba a este PCT como organización descubierta y muy bien conocida. El aparato investigador de la GPU funcionaba de forma implacable: miles de acusados habían confesado ya plenamente su pertenencia al PCT y sus actividades delictivas. El total prometía llegar a doscientos mil «militantes». «Al frente» del partido figuraban el economista agrario Alexandr Vasílievich Chayánov; el «futuro primer ministro» N.D. Kon-drátiev; L.N. Yurovski Makárov; Alexéi Doyarenko, profesor del Instituto Timiriázev y futuro «ministro de Agricultura».

Y quizá lo hubiera hecho mejor que los que ocuparon este cargo en los cuarenta años siguientes. ¡Lo que es el destino! ¡Doyarenko se mantenía por principio al margen de la política! En una ocasión en que su hija trajo a casa a unos estudiantes que manifestaron unas opiniones en cierto modo propias de los eseristas, él los echó de casa.

Y de pronto, una buena noche, Stalin cambió de parecer. (T18) Seguramente nunca sabremos por qué.

¿Quiso limpiar su alma? Para eso todavía era pronto. ¿Sería que se había despertado en él el sentido del humor, que estaba harto de tanta monotonía? Nadie se hubiera atrevido a reprocharle a Stalin que tuviera sentido del humor, pero lo más seguro es que echara cuentas y viera que pronto el campo iba a morirse de hambre de todos modos, qué no iban a ser sólo doscientas mil personas, y que por lo tanto no valía la pena esforzarse. Así pues, el PCT fue disuelto y se propuso a todos los que habían «confesado» que se desdijeran de sus declaraciones (¡imagínense su alegría!), y en su lugar se procesaron extrajudicialmente, a través de una comisión de la OGPU, al pequeño grupo de Kondrátiev-Chayánov. (17) (Y en 1941, cuando acusaron al martirizado Vavílov, afirmaron que el PCT había existido y que él, Vavílov, había sido su jefe en secreto.)

Van amontonándose los párrafos y van amontonándose los años, y de ningún modo conseguimos exponer de forma ordenada todo lo que pasó. (¡En cambio, la GPU sí estaba perfectamente a la altura de las circunstancias! ¡La GPU no pasaba nada por alto!) No obstante, tengamos siempre presente:

—que las detenciones de creyentes nunca cesaron, ni que decir tiene. (Emergen ahí algunas fechas y puntos álgidos. Ora la «noche de la lucha contra la religión» en la Nochebuena de 1929, en Leningrado, cuando encarcelaron a gran número de intelectuales cristianos y no para soltarlos a la mañana siguiente como si se tratara de un cuento de Navidad. Ora febrero de 1932, también en Leningrado, cuando fueron clausuradas simultáneamente muchas iglesias a la vez que se arrestaba en masa al clero. Hay más fechas y lugares pero nadie nos ha dado razón de ellos.)

— que tampoco dejaron nunca de perseguir a las sectas, incluso a las que simpatizaban con el comunismo. Así, en 1929, encerraron absolutamente a todos los miembros de una comuna situada entre Sochi y Josta. Todas sus prácticas eran al estilo comunista, tanto la producción como la distribución, y con una honradez que el país no podría haber conocido en cien años, pero por desgracia eran demasiado ilustrados, demasiado versados en literatura religiosa, y su filosofía no era el ateísmo sino una mezcla de baptismo, tolstoísmo y yoga. Una comuna así a la fuerza había de ser delictiva y no podía hacer feliz al pueblo. En los años veinte, un nutrido grupo de tolstoístas fue desterrado a las estribaciones del Altai, donde crearon unos pueblos-comunas conjuntamente con los baptistas. Cuando empezó la construcción de la siderúrgica de Kuznets, ellos eran quienes les suministraban los víveres. Más tarde empezaron a arrestarlos, primero a los maestros, pues no enseñaban siguiendo el programa estatal (los niños corrían gritando tras los automóviles que se los llevaban), y luego a los jefes de la comunidad;

—que de alguna manera limpiaron (y no siempre a base de medidas educativas sino a veces también con plomo) las bandadas de jóvenes sin hogar que en los años veinte se apiñaban alrededor de las calderas de asfalto de las ciudades y que en 1930 desaparecieron como por ensalmo;

— que no pasaban por alto los casos de caridad no permitida (en el taller se arrestaba por recolectar dinero para la esposa de un obrero encarcelado);

— que el Gran Solitario de Naipes de los socialistas iba barajando ininterrumpidamente las cartas, eso desde luego;

— que en 1929 encarcelaron a los historiadores que no habían expulsado oportunamente al extranjero (Platónov, Tarle, Luitovski, Gautier, Izmáilov), al destacado crítico literario M.M. Bajtín y al entonces joven Lijachov;

— que las nacionalidades fluían desde todos los confines. Encarcelaron a los yakutos después de la insurrección de 1928. Encarcelaron a los buriato-mongoles después de la insurrección de 1929. (Se dice que fusilaron a unos treinta y cinco mil, aunque no tenemos forma de comprobarlo.) Encarcelaron a los kapajos después de que la caballería de Budionni los aplastara heroicamente en 1930-1931. A comienzos de 1930 juzgaron a la Unión para la Liberación de Ucrania (profesor Yefrémov, Chejosvki, Nikovski y otros).

Conociendo la proporción habitual entre lo que se hace público y lo que se oculta, ¿cuántos más habría detrás de ellos? ¿Cuántos arrestos secretos?

Y aunque lentamente, también les llegó el turno a los miembros del partido gobernante. De momento (1927-1929) se trataba de la facción «oposición obrera» o de trotskistas cuyo pecado fue la elección de un líder caído en desgracia. De momento eran centenares, mas pronto serían miles. Todo es cosa de ponerse en ello. Del mismo modo que los trotskistas asistieron impasibles al encarcelamiento de miembros de otros partidos, ahora el resto del partido veía con buenos ojos el encarcelamiento de los trotskistas. A todos llegaba su turno. Más tarde le tocaría a la inexistente oposición «de derechas». Los jueces devoraban miembro a miembro, empezando por la cola, hasta llegar a la propia cabeza.

A partir de 1928 llega el momento de ajustar cuentas con los epígonos de la burguesía: los nepman. Lo más habitual era imponerles impuestos cada vez más onerosos e inasequibles hasta que se negaban a pagar, momento en que eran inmediatamente encarcelados por insolvencia y se confiscaban sus bienes. (A los pequeños artesanos — barberos, sastres y lampistas que reparaban hornillos de petróleo — se limitaban a retirarles la licencia.)

El desarrollo de la riada nepman tiene una causa económica. El Estado necesita bienes, necesita oro, y no dispone aún de ninguna Kolymá. A finales de 1929 empieza la célebre fiebre del oro, pero esta fiebre no la padecen buscadores de oro, sino aquellos a quienes privan de él. La peculiaridad de esta nueva riada «del oro» estriba en que la GPU, de hecho, no acusa de nada a sus borreguitos y está dispuesta a no enviarlos al país del Gulag, siempre que pueda arrebatarles su oro aplicándoles la ley del más fuerte. Por eso, las cárceles están abarrotadas, los jueces de instrucción extenuados, mientras que los transportes de detenidos, las prisiones de tránsito y los campos penitenciarios reciben un contingente proporcionalmente menor.

¿A quién se encarcela durante la riada «del oro»? A todo el que quince años atrás tenía una «empresa», comerciaba o ejercía un oficio, y a juicio de la GPU pudo haber conservado oro. Pero precisamente, muy a menudo no disponían de oro, pues habían tenido bienes muebles e inmuebles, si bien todo se había esfumado — confiscado durante la revolución — y no les quedaba nada. Se encarcelaba con grandes esperanzas, como es natural, a dentistas, joyeros y relojeros. Las denuncias ofrecían pistas para encontrar oro en las manos más inesperadas: un obrero «tornero por los cuatro costados» había conservado sesenta monedas de oro, de cuando «Nicolás II», de a cinco rublos, encontradas no se sabe dónde; Muraviov, conocido guerrillero siberiano, se presentó en Odessa con un saquito de oro (lo había robado durante la guerra civil); todos los carreteros tártaros de San Petersburgo tenían oro escondido. Y si eso era verdad o no, sólo podía aclararse pasando por la celda de castigo. Nada podía salvar a aquel sobre el que caía una denuncia «por oro»: ni su procedencia proletaria ni sus méritos durante la revolución. Todos eran arrestados, todos eran embutidos en las celdas de la GPU en unas cantidades que hasta entonces se consideraban imposibles. ¡Pero así tenía que ser para que lo devolvieran cuanto antes! Se llegaba a situaciones embarazosas, en que hombres y mujeres permanecían encerrados en una misma celda y debían hacer sus necesidades en una cubeta unos frente a otros. ¡Quién iba a preocuparse por estas minucias! ¡Venga el oro, canallas! Los jueces de instrucción no levantaban actas porque eran papeluchos que no le hacían falta a nadie, porque que se impusiera después una condena o no a pocos interesaba. Sólo una cosa era importante: ¡Venga el oro, canallas! El Estado necesita oro, ¿y tú para qué lo quieres? A los jueces de instrucción ya no les quedaba voz ni fuerzas para amenazar y torturar, por ello recurrían a un método general: dar a los arrestados únicamente comida salada y ni una gota de agua. ¡Quien entregue el oro beberá agua! ¡Un chervónets por una jarra de agua pura!

El hombre muere por el metal... (19)

Esta riada se distinguía de las anteriores, y de las posteriores, en que el destino, si no de la mitad, al menos de una buena parte de los arrestados, se agitaba en sus propias manos. Si uno realmente no poseía oro estaba en una situación sin salida, y tendría que aguantar palizas, quemaduras, torturas y otra vez zurras hasta morir o hasta que, en efecto, le creyeran. Pero el que sí tenía oro estaba en situación de determinar la medida del suplicio, hasta dónde llegaba su aguante y cual sería su futuro destino. Por lo demás, se trata de algo psicológicamente complicado y resulta más duro, pues si uno se equivoca siempre se sentirá culpable ante sí mismo.

Naturalmente, el que había asimilado los usos y costumbres de la casa cedía, entregaba el oro, y santas pascuas. Pero tampoco era cuestión de entregarlo demasiado deprisa, pues podrían haber sospechado que aún quedaba más y te habrían retenido en prisión. Al mismo tiempo, tampoco convenía demorarse demasiado en soltarlo: podrías entregar el alma o conseguir que, por rabia, te impusieran una condena. Uno de esos carreteros tártaros soportó todos los suplicios: ¡No tengo oro! Entonces encarcelaron a su esposa y la torturaron, pero el tártaro se mantuvo en sus trece: ¡Que no tengo oro! Encerraron también a su hija, y esta vez el tártaro ya no pudo resistir, entregó cien mil rublos. Entonces soltaron a la familia, pero a él le impusieron una condena. Estaban llevando a la vida real las más zafias novelas policiacas y óperas de forajidos, con un gigantesco país como escenario.

En los umbrales de los años treinta, la implantación de un sistema de pasaportes también contribuyó a llenar los campos penitenciarios. Del mismo modo que Pedro I había simplificado la estructura del pueblo borrando toda grieta o fisura entre estamentos sociales, (T20) nuestro sistema socialista de pasaportes simplemente eliminó a los insectos intermedios, (T21) afectó a esa parte de la población avezada en la picaresca indomiciliada y sin vida fija. Además, al principio la gente andaba muy confusa con los dichosos pasaportes, y a los que no llevaban al día las altas y bajas de empadronamiento se les arrestaba y enviaba al Archipiélago aunque sólo fuera por un año.

Así iban barboteando impetuosas las riadas hasta que se vieron desbordadas en los años 1929 y 1930 por el caudaloso torrente — se contó por millones — de los kulaks expropiados.

Fue inconmensurablemente grande, y no podía encauzarse ni siquiera con la extensa red de prisiones preventivas (por lo demás, atestadas ya por la riada «del oro»), por lo que dicha riada pasó de largo para ir derecha al destierro, al traslado, al país del Gulag. Con su simultánea crecida, este torrente (¡este océano!) desbordó los límites que puede contener un sistema judicial-penitenciario incluso en un Estado enorme. En toda la historia de Rusia no había habido nada comparable. Era una transmigración de pueblos, una catástrofe étnica. Pero los canales de la GPU-GULAG habían sido construidos de forma tan ingeniosa que las ciudades no habrían advertido nada de no haber sentido la sacudida durante tres años de un hambre extraña, un hambre sin sequía ni guerra.

Esta riada se distinguía de todas las precedentes, también porque ahora no andaban con eso de arrestar primero al padre y ponerse después a pensar qué hacer con el resto de la familia. Ahora quemaban inmediatamente los nidos, sólo arrestaban familias enteras, e incluso vigilaban con celo que ninguno de los hijos de catorce, diez o seis años quedara al margen: todos debían ser barridos y llevados a un mismo lugar, a un mismo exterminio común. (Esta experiencia fue la primera, por lo menos en la historia contemporánea. Luego la repetiría Hitler con los judíos, y de nuevo Stalin con las naciones infieles o sospechosas.)

Esta riada contenía una cantidad insignificante de «kulaks», a pesar de lo cual empleó su nombre para apartar las miradas. En ruso se había llamado «kulak» al revendedor rural deshonesto y avaro que no vive de su trabajo sino del ajeno, mediante la usura y el comercio como intermediario. Si antes de la revolución ya se contaban con los dedos de las manos en cada lugar, ahora la revolución les había dejado del todo sin campo de acción. Más tarde, después de 1917, por extensión, se empezó a denominar «kulak» (en la literatura oficial y propagandística, de donde pasaría al uso oral) a todo el que empleara el trabajo de peones contratados, aunque fuera por una falta temporal de manos en su familia. Pero no hay que olvidar que después de la revolución era imposible pagar mal este trabajo: en defensa de los braceros estaban el Comité de Campesinos Pobres y el Soviet Rural, ¡ay de quien intentara tomarle el pelo a un bracero! Por otra parte, en nuestro país sigue estando permitido hasta hoy día el trabajo asalariado en condiciones justas.

Pero el fustigante término «kulak» iba extendiéndose de una manera imparable, y en 1930 ya se llamaba así a todos los campesinos fuertes: fuertes en la economía, fuertes en el trabajo, o incluso simplemente fuertes en sus convicciones. Se estaba utilizando el mote de «kulak» para destruir la fuerza del campesinado. Recordémoslo y abramos los ojos: habían transcurrido tan sólo doce años desde el gran Decreto sobre la Tierra, sin el que el campesinado no se hubiera puesto de parte de los bolcheviques, y la Revolución de Octubre no habría triunfado. La tierra había sido distribuida según el número de bocas en cada familia igualitariamente. Hacía tan sólo nueve años que los campesinos habían vuelto del Ejército Rojo para volcarse sobre la tierra que habían conquistado. Y de pronto aparecen kulaks y pobres. ¿Por qué razón? Es cierto que a veces podía deberse a una distribución irregular del material agrícola, o a una favorable o desfavorable composición familiar. ¿Pero acaso no se debía esta diferencia, la mayoría de las veces, al tesón y al amor al trabajo? Y he aquí que ahora los fracasados de cada pueblo, junto con gentes venidas de la ciudad, se lanzan a erradicar a estos campesinos cuyo pan comía Rusia en 1928. Y como fieras, perdida toda idea de «humanidad», perdidos los valores humanos acumulados durante milenios, empiezan a coger a los mejores labradores y a sus familias, y sin bienes de ninguna clase, desnudos, los arrojan al desértico Norte, a la tundra y a la taiga.

Un movimiento de tales proporciones a la fuerza tenía que complicarse. Era preciso limpiar también la aldea de los campesinos que simplemente eran reacios a entrar en el koljós, los que no mostraban predisposición hacia una vida colectiva, que nunca nadie había visto con sus propios ojos y de la que recelaban (ahora sabemos con cuánto fundamento) como administración de vagos, imposición del trabajo y hambre para todos. Era preciso erradicar también a los campesinos (algunos, de ricos no tenían nada) que por su coraje, su fuerza física, su decisión, su franqueza en las asambleas y su amor a la justicia, fueran queridos por sus paisanos, y, por su carácter independiente, fueran peligrosos para los directores del koljós. (Este tipo de campesino y la suerte que corrieron fueron inmortalizados en el personaje de Stepan Chausov, de la novela de S. Zalyguin.) Había además en cada pueblo los que personalmente se habían cruzado en el camino de los activistas locales. Ahora se presentaba una ocasión inmejorable para saldar con ellos sus celos, sus envidias y sus agravios. Todas estas víctimas requerían un nombre, y se lo pusieron. Ya no tenía ninguna connotación «social» ni económica, y además sonaba fenomenal: podkuláchnik. Es decir, te consideramos secuaz del enemigo. ¡Y con esto basta! ¡Al más harapiento bracero se le podía incluir perfectamente entre los podkuláchniks! (Recuerdo muy bien que de jóvenes esta palabra nos parecía completamente lógica, nada vaga.)

De este modo, con un par de palabras abarcaron a todos los que constituían la esencia de la aldea, su energía, su ingenio, su laboriosidad, su resistencia y su conciencia. Los quitaron de en medio y emprendieron la colectivización.

Pero también de la aldea colectivizada habían de manar nuevas riadas:

—la riada de los empecedores de la agricultura. Por todas partes aparecían agrónomos empecedores que, hasta aquel año, toda su vida habían trabajado con honradez pero que ahora contaminaban intencionadamente el campo ruso de malas hierbas (por supuesto, siguiendo las instrucciones del Instituto de Moscú, desenmascarado en ese momento por completo. Se trataba de aquellos mismos doscientos mil miembros no encarcelados del Partido Campesino del Trabajo). Algunos agrónomos no ejecutaban las inspiradísimas directivas de Lysenko (en esa riada, en 1931, Lorj, el «rey» de la patata, fue enviado al Kazajstán). Otros en cambio las ejecutaban con excesiva precisión, y ello ponía de manifiesto que eran un disparate. (En 1934 los agrónomos de Pskov sembraron lino en la nieve, precisamente como había dispuesto Lysenko. Las semillas se hincharon, enmohecieron y se echaron a perder. Enormes extensiones permanecieron baldías durante todo un año. Lysenko no podía decir que la nieve fuera un kulak o él mismo un imbécil. Acusó a los agrónomos de kulaks y de haber tergiversado su tecnología. Y los agrónomos emprendieron el camino a Siberia.) Además, en casi todos los talleres de máquinas y tractores se descubrieron sabotajes en la reparación de tractores. (¡Así se explicaban los fracasos de los primeros años de existencia de los koljoses!);

— el torrente por «pérdidas en las cosechas» («pérdidas» valoradas a partir de la cifra arbitraria establecida en primavera por la «comisión de tasación de la cosecha»);

— «por no entregar al Estado la cantidad de trigo estipulada» (el Comité de Distrito del partido prometía una cantidad, y si el koljós no la cumplía, ¡a la cárcel!); (T22)

— la riada de los esquiladores de espigas. ¡La esquila manual de espigas durante la noche era una ocupación completamente nueva en el campo y una nueva forma de recoger la cosecha! Dio origen a una riada nada despreciable, de muchas decenas de miles de campesinos, a menudo ni siquiera hombres y mujeres adultos, sino mozos y muchachas, niños y niñas, a los que los mayores enviaban de noche a esquilar, porque no esperaban cobrar del koljós el trabajo realizado de día. Esta ocupación agotadora y poco rentable (¡ni en la época del régimen de servidumbre habían llegado los campesinos-siervos a tal grado de penuria!) era castigada en los tribunales con la máxima pena: diez años — como si se tratara del más peligroso hurto de bienes estatales — de acuerdo con la célebre Ley de 7 de agosto de 1932 (conocida en la jerga de los presos como Ley del siete del ocho).

Esta ley «siete del ocho» produjo además una gran riada a partir de las construcciones del primer y segundo plan quinquenal, del transporte, del comercio y de las fabricas. El NKVD fue encargado de perseguir las grandes apropiaciones fraudulentas. En adelante no podremos perder de vista esta riada, pues fluyó sin cesar y habría de ser especialmente abundante en los años de guerra, durante quince años (hasta 1947, cuando la ley se amplió y se hizo más rigurosa).

¡Pero al fin podemos tomarnos un respiro! ¡Por fin van a cesar todas las riadas gigantescas! El 17 de mayo de 1933 el camarada Molotov anuncia «nuestra misión no son las represiones masivas». Vayavaya, ya era hora. ¡Se acabó el terror nocturno! ¿Pero qué son esos ladridos? ¡Sus! ¡Sus!

¡Ah, vaya! Es que ha empezado la riada Kírov de Leningrado, dónde la tensión se considera tan grave, que se han creado estados mayores del NKVD en los comités ejecutivos de cada distrito de la ciudad y se aplica un procedimiento judicial «acelerado» (aunque antes tampoco destacaba por su lentitud) y sin derecho a apelación (tampoco es que antes se presentaran apelaciones). Se considera que una cuarta parte de la población de Leningrado fue depurada entre 1934 y 1935. Que refute esta estimación quien conozca la cifra exacta y se atreva a darla. (Por lo demás, esta riada no se cebó únicamente de Leningrado, sino que, de la forma habitual aunque más incoherente, tuvo importantes repercusiones en todo el país: despidieron del aparato del Estado a elementos que se habían enquistado en alguna parte del mismo: hijos de sacerdotes, antiguas damas nobles y personas con parientes en el extranjero.) A estos tumultuosos torrentes siempre iban a parar, modestos pero constantes, arroyos menores que, sin estrépito, fluían sin cesar:

— los de la Schutzbund, que derrotados en la lucha de clases en Viena habían buscado la salvación en la patria del proletariado mundial;

— los esperantistas (a esta caterva perniciosa la abrasó Stalin por los mismos años en que lo hizo Hitler);

— los restos no aplastados aún de la Sociedad Libre de Filosofía, y los círculos filosóficos clandestinos;

— los maestros disconformes con el innovador método de enseñanza a base de brigadas-laboratorio (en 1933 Natalia Ivánovna Bugayenko fue encarcelada por la GPU de Rostov, pero al tercer mes del sumario se supo por un decreto del gobierno que el método presentaba errores. Y la pusieron en libertad);

— los miembros de la Cruz Roja Política, que gracias a los esfuerzos de Ekaterina Péshkova continuaba defendiendo su existencia;

— los montañeses del Cáucaso Norte por su insurrección (1935); las nacionalidades no cesaban de fluir. (En el Canal del Volga salían periódicos en cuatro idiomas: tártaro, turco, uzbeko y kazajo. ¡Había quien podía leerlos!);

— y de nuevo los creyentes, ahora los que se niegan a ir al trabajo los domingos (habían implantado la semana de cinco días y luego volvieron a la de seis días); los koljosianos que saboteaban la jornada laboral cuando coincidía con las fiestas religiosas, como ya hacían en la era del trabajo individual;

— y cómo no, los que se negaban a ser confidentes del NKVD (incluidos los sacerdotes que se negaban a desvelar el secreto de confesión. Los órganos comprendieron enseguida lo útil que podía serles conocer el contenido de las confesiones, lo único para lo que podía aprovecharse la religión);

— y los miembros de las sectas detenidos cada vez en mayor número;

— y el gran Solitario de Naipes de los socialistas, que iba redistribuyendo continuamente las cartas.

Y, finalmente, una riada que aún no hemos mencionado una sola vez pero que fluyó también sin cesar: la riada del Punto Diez, llamada también KRA (Agitación Contrarrevolucionaria) o bien ASA (Agitación Antisoviética). La riada del Punto Diez quizá sea la más constante de todas, jamás se cortó y en las épocas de las grandes riadas — 1937, 1945 y 1949 — sus aguas tuvieron una crecida espectacular.

Esta incesante riada podía arrastrar a quien fuera, en el mismo instante en que fuera preciso. Pero, en 1930, a veces consideraban más refinado colgar a los intelectuales destacados algún artículo penal denigrante (como la sodomía, o como el caso del doctor Pletniov, al que acusaron de haber mordido el pecho de una paciente al quedarse a solas con ella. Lo publicó un periódico de difusión nacional, ¡quién iba a poder refutarlo!).

 

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Cosa paradójica: tantos años de actividad de unos Órganos omnipresentes y perpetuamente vigilantes se apoyaban en tan sólo uno de los ciento cuarenta y ocho artículos de la Parte Especial del Código Penal de 1926. (T23) No obstante para elogiar este único artículo no basta con todos los epítetos que empleara Turguéniev para el idioma ruso, o Nekrásov para la Madre Rusia (T24) : Artículo 58, grande, capaz, copioso y vertebrado, diverso y ubicuamente devastador, un artículo al que el mundo le quedaba chico, no tanto por la formulación de sus puntos cuanto por su amplia y dialéctica interpretación.

¿Quién de nosotros no ha experimentado en carne propia su abrazo que lo abarca todo? En verdad, no hay bajo los cielos hecho, intención, acción u omisión que no pueda ser castigado por la mano implacable del Artículo Cincuenta y Ocho. Hubiera sido imposible formularlo de un modo tan amplio, pero sí resultó posible interpretarlo de este amplio modo.

El Artículo 58 no constituía dentro del Código un capítulo sobre delitos políticos, y tampoco está escrito en ninguna parte que sea un artículo «político». No, figura en el capítulo de «delitos contra el Estado» junto con el bandidaje y los crímenes contra el sistema de gobierno.

De este modo el Código Penal parte de que no existen delitos políticos en su territorio, sólo existen los delincuentes comunes.

El Artículo 58 constaba de catorce puntos, Gracias al primer punto sabemos que se considera contrarrevolucionaria cualquier acción (y, según el Artículo 6 del Código Penal, cualquier omisión) encaminada... a debilitar el poder...

Si se aplica la interpretación amplia, resulta que negarse a ir al trabajo en un campo de reclusión, cuando uno está hambriento y desfallecido, es debilitar el poder del Estado. Y acarrea el fusilamiento. (Los fusilamientos de los insumisos al trabajo durante la guerra.)

A partir de 1934, cuando nos fue devuelto el término de «Patria», se incorporaron aquí los apartados de traición a la Patria: 1-a, 1-b, 1-c, 1-d. Según estos puntos, los actos que lesionaran el poder militar de la URSS se castigaban con el fusilamiento (1-b), y sólo cuando hubiera circunstancias atenuantes, y sólo también cuando los infractores eran civiles (1-b), con una pena de diez años.

Interpretación amplia: resulta que cuando a nuestros soldados los condenaban a sólo diez años simplemente por haber caído prisioneros (¡lesión del poder militar!), estamos ante una sentencia tan humana que raya en la ilegalidad, ya que de acuerdo con el código de Stalin deberían haber sido fusilados uno a uno a medida que iban volviendo a la patria.

(O veamos este otro ejemplo de interpretación libre. Recuerdo muy bien un encuentro que tuve en Butyrki en verano de 1946. Cierto polaco nacido en Lemberg cuando esta ciudad formaba parte del Imperio Austro-Húngaro había vivido hasta la segunda guerra mundial en su ciudad natal, en Polonia, y luego había pasado a Austria, donde prestó el servicio militar y fue arrestado en 1945 por los nuestros. Lo condenaron a diez años por el Artículo 54-1-a del Código Penal Ucraniano, es decir, por traición a su patria, ¡a Ucrania!, ya que Lemberg, para entonces, se había convertido en la ciudad ucraniana de Lvov. ¡Durante la instrucción el pobre hombre no logró demostrar que, si se había trasladado a Viena, no era para traicionar a Ucrania! Tal fue su mala pata que acabó siendo un traidor.)

Otra importante ampliación del punto sobre la traición era su aplicación a través del Artículo 19 del Código Penal «por intención». Es decir, aunque no se hubiera cometido traición, el juez consideraba suficiente la voluntad de cometer delito de traición para imponer la misma condena máxima prevista para la traición consumada. Cierto que el Artículo 19 penaba la tentativa y no la voluntad de comisión, pero con una lectura dialéctica se podía entender la voluntad como tentativa. Y «la tentativa es tan punible (es decir, merece la misma pena) como el delito consumado» (del Código Penal). En una palabra, no hacemos distinción entre la intención y el propio delito; en eso consiste la superioridad de la legislación soviética sobre las legislaciones burguesas. (18)

El Artículo 16 del Código Penal, «por analogía», permitía también una inabarcable variedad de interpretaciones. Cuando un acto no estaba regulado por ningún artículo, el juez podía calificarlo «por analogía».

El punto segundo trataba de la insurrección armada, de la usurpación del poder central o local y en particular de la secesión violenta de alguna parte de la Unión de repúblicas. Por este delito, se llegaba hasta el fusilamiento (como en cada uno de los siguientes puntos).

Por extensión (lo que no se podía recoger en el Artículo quedaba implícito según el sentido revolucionario de la justicia): encajaba aquí todo intento por parte de una república de ejercer su derecho a separarse de la Unión. Porque al hablar de «Secesión violenta» no se especificaba con respecto a quién. Aunque toda la población de una república quisiera separarse, si en Moscú no lo quisieran, la escisión sería violenta. Así pues, todos los nacionalistas estonios, letones, lituanos, ucranianos y turquestanos se ganaban fácilmente, por este punto, sus diez o veinticinco años.

Punto tercero: «favorecer por el medio que fuera a un Estado extranjero que se encontrara en guerra con la URSS».

Este punto daba la posibilidad de condenar a cualquier ciudadano que, estando en territorio ocupado, le hubiera puesto medias suelas a un militar alemán o vendido un manojo de rábanos; así como a cualquier ciudadana que hubiera levantado el espíritu combativo del ocupante bailando y pasando con él la noche. No todos fueron juzgados por este punto (debido a la gran cantidad de territorios que quedaron ocupados), pero en principio cualquiera podía ser juzgado por él.

El punto cuarto trataba de la ayuda (quimérica) que se prestara a la burguesía mundial.

A primera vista uno se pregunta ¿a quién podían cargarle este punto? Pero gracias a una lectura generosa a la luz de la conciencia revolucionaria se encuentra con facilidad la solución: a todos los emigrados que abandonaron el país antes de 1920, es decir, algunos años antes de que se redactara el Código, y fueron alcanzados por nuestras tropas en Europa un cuarto de siglo después (1944-1945) se les condenó por el Artículo 58-4: diez años o fusilamiento. ¿Qué habían hecho en el extranjero sino ayudar a la burguesía mundial? (En el ejemplo de la sociedad de amigos de la música ya hemos visto que podía prestarse esta ayuda incluso desde dentro de la URSS.) También habían colaborado con la burguesía todos los eseristas, todos los mencheviques (para ellos precisamente se había inventado el artículo) y después los ingenieros del Plan Estatal y del Consejo Superior de Economía Nacional.

Punto quinto: inducir a un Estado extranjero a declarar la guerra a la URSS.

Una ocasión perdida: la de aplicar este punto a Stalin y a su camarilla diplomática y militar en 1940-1941. Su ceguera y su locura condujeron a esto. ¿Quién, sino ellos, condujo a Rusia a vergonzosas derrotas nunca vistas hasta entonces, sin punto de comparación con las sufridas por la Rusia zarista en 1904 o en 1915, a unos descalabros que Rusia no conocía desde el siglo XIII? (T25)

Punto sexto: espionaje.

Se le dio una interpretación tan amplia que si calculamos cuántos fueron condenados por él, podría llegarse a la conclusión de que en época de Stalin nuestro pueblo no se ganaba la vida ni con la agricultura, ni con la industria, ni con ninguna otra actividad que no fuera el espionaje para el extranjero, y que vivía del dinero de los servicios de inteligencia. El espionaje fue algo muy cómodo por su sencillez, asequible tanto al delincuente poco culto como al jurista instruido, el periodista y la opinión pública. (19) La amplitud de interpretación consistía también en que no se condenaba directamente por espionaje sino por:

PSh- Sospecha de espionaje,

NSh- Espionaje no demostrado, por lo que te endilgaban la pena máxima. E incluso por:

SVPSh- Relaciones conducentes a sospecha de espionaje.

Es decir, la conocida de una amiga de vuestra esposa encargaba los vestidos en casa de la misma costurera (naturalmente, colaboradora del NKVD) que cose para la esposa de un diplomático extranjero.

El 58-6, el NSh y el SVPSh eran puntos contagiosos que exigían un encarcelamiento riguroso y una vigilancia siempre alerta (pues el espionaje podía extender sus tentáculos y llegar hasta sus servidores aunque estuvieran ya en campos de reclusión), por ello no era aconsejable suprimir las escoltas. En general, todos los artículos-sigla, es decir, los que no eran propiamente artículos sino combinaciones de mayúsculas aterradoras (en este capítulo encontraremos aún otras), iban cubiertos por una pátina de misterio, y nunca era posible distinguir si se trataba de retoños del Artículo 58 o de algo independiente y más peligroso. En muchos campos, los presos por artículos-siglas estaban aún más oprimidos que los del Artículo 58.

Punto séptimo: daños a la industria, los transportes, el comercio, la circulación monetaria y las cooperativas.

Este punto cobró auge en los años treinta, cuando abarcó a grandes masas bajo el calificativo simplificado y a todos comprensible de «empecimiento». En efecto, todos los sectores enumerados en el punto siete estaban siendo dañados cada día de manera patente y clara. ¡Alguien debía tener la culpa! Durante siglos, el pueblo había estado construyendo y creando, siempre honestamente, incluso para los grandes señores. Desde los tiempos de los Riurikov nunca se había oído hablar de empecimiento. Y he aquí que cuando por primera vez los bienes eran del pueblo, cientos de miles de sus mejores hijos se lanzaron inexplicablemente a sabotearlo todo. (El empecimiento en la agricultura no estaba previsto en este punto, pero como sea que sin él resultaba imposible explicar de forma razonable por qué los campos se llenaban de hierbajos, empeoraban las cosechas y se rompían las máquinas, la sensibilidad dialéctica introdujo también este aspecto.)

Punto octavo: el terror (pero el terror que debía «fundamentar y legitimar» el Código Penal soviético). (20)

El terror se entendía de una manera amplia, amplísima: no se consideraba terror echar bombas bajo los carruajes de los gobernadores, (T26) pero, por ejemplo, partirle la cara a un enemigo personal cuando éste era del partido, komsomol o activista de la policía, eso ya se consideraba terror. Tanto más, el asesinato de un activista nunca se equiparaba al asesinato de un hombre del montón (lo mismo ocurría en el Código de Hammurabi en el siglo XVII antes de nuestra era). Si un marido mataba al amante de su esposa y éste no era miembro del partido, el marido se encontraba ante una circunstancia feliz, pues se le condenaba por el Artículo 136, era un preso común, socialmente afín, y podía andar sin escolta. Pero si el amante era del partido, entonces el marido se convertía en un enemigo del pueblo y caía bajo el Artículo 58. Aun era posible una interpretación más amplia en la aplicación del punto octavo mediante ese mismo Artículo 19, es decir, mediante la voluntad entendida como tentativa. No sólo una amenaza directa en la puerta de una cervecería —«¡Ya verás tú!»— dirigida a un activista, sino la exclamación de una desvergonzada verdulera en el mercado — «¡Anda y que te parta un rayo!» —, se calificaba de IT, intenciones terroristas, y daba motivo para aplicar el artículo en toda su rigidez. (Puede que esto suene a exageración, farsa, pero no hemos sido nosotros quienes han montado esa farsa. Esa gente ha cumplido condena con nosotros.)

Punto noveno: la destrucción o deterioro... mediante explosión o incendio (y necesariamente con fines contrarrevolucionarios), abreviadamente llamado diversión.

Su interpretación amplia consistía en atribuirles fines contrarrevolucionarios de forma automática (¡el juez de instrucción sabía mejor lo que pasaba por la mente del criminal!). Por tanto, cualquier negligencia, error o fracaso en el trabajo o en la producción, no se perdonaba y se consideraba diversión.

Sin embargo, ningún punto del Artículo 58 se interpretaba tan ampliamente ni con tanto ardor revolucionario como el décimo. Sonaba así: «La propaganda o agitación que incite a derribar, socavar o debilitar al régimen soviético... así como la difusión, impresión o tenencia de publicaciones con tal contenido». Y este punto estipulaba en tiempo de paz sólo el límite inferior de la pena (¡como mínimo esto! ¡no seáis en exceso indulgentes!), ¡mientras que el superior no lo limitaba!

Ésta era la entereza de una Gran Potencia ante la palabra de sus subditos.

Las más célebres y amplias interpretaciones de este célebre punto eran:

—por «propaganda con incitación» podían entenderse una conversación cara a cara entre amigos (o incluso entre cónyuges), o una carta privada; y la incitación podía ser un consejo personal. (Nos aventuramos a concluir que «podía ser», a partir de que solía ocurrir así.)

—«socavar y debilitar» al régimen era toda idea que no coincidiera con los periódicos del día o mostrara menos fervor. ¡En realidad, todo lo que no fortalece debilita! ¡En realidad, socava todo aquello que no coincide plenamente!

 

¡Y el que hoy no canta con nosotros, ése
está contra nosotros!
(Mayakovski)

 

— por «impresión de publicaciones» se entiende toda carta, nota, diario íntimo, incluso escrito en un único ejemplar. Tras tan afortunada ampliación ¿qué idea pensada, pronunciada o escrita, podía quedar fuera del punto décimo?

El punto decimoprimero revestía un carácter especial: careció de contenido propio, era lastre añadido para cualquiera de los precedentes cuando el acto era realizado por una organización, o cuando los delincuentes formaban parte de una.

En la realidad, este punto se interpretaba tan ampliamente que no se requería ninguna organización. Pude experimentar en mi propia carne la elegante aplicación de este punto.

Nosotros éramos dos que intercambiábamos opiniones en secreto, o sea, el embrión de una organización, ¡o sea, una organización!

El punto decimosegundo era el que más incidía en la conciencia de los ciudadanos: era el punto de la no delación de cualquiera de los actos enumerados. ¡Para el grave pecado de la no delación el castigo no tenía límite superior ! Este punto era, por sí mismo, una ampliación tan extensa que no requería de una posterior interpretación más generosa. ¡Lo sabías y no dijiste nada, pues como si lo hubieras hecho tú!

El punto decimotercero, agotado evidentemente tiempo ha, era haber servido en la policía secreta zarista. (Un servicio análogo, pero algo más tarde, se consideraba por el contrario un mérito patriótico.)

Hay fundamentos psicológicos para sospechar que I. Stalin debiera haber sido juzgado por el Artículo 58. Fueron muchos los documentos referentes a este género de servicio que no sobrevivieron a febrero de 1917 y no fueron ampliamente divulgados. La quema apresurada de los archivos policiales en los primeros días de la Revolución de Febrero tiene visos de deberse al arrebato unánime de algunos revolucionarios interesados. En realidad, ¿para qué quemar, en el momento de la victoria, unos archivos del enemigo tan interesantes?

El punto decimocuarto penaba «el deliberado incumplimiento de determinadas obligaciones, o su cumplimiento intencionadamente negligente». Como es natural, el castigo podía llegar hasta el fusilamiento. Para abreviar, a esto se llamaba «empecimiento» o «contrarrevolución económica».

Pero para distinguir entre acciones premeditadas no sólo estaba capacitado el juez de instrucción, que se apoyaba en su sentido revolucionario de la justicia. Este punto se aplicaba a los campesinos que no entregaban alimentos, alos koljosianos que no cumplían el número necesario de jornadas laborales y a los reclusos de los campos que no cumplían la cuota de trabajo establecida. De rebote, después de la guerra empezaron aaplicar este punto a los presos comunes que huían del campo de reclusión, es decir, interpretando por extensión que la fuga de un preso común no respondía a la sed de dulce libertad sino al deseo de dañar el sistema de campos.

Esta era la última varilla de este abanico que era el Artículo 58, un abanico que abarcaba toda la existencia humana.

Después de esta panorámica del gran artículo, en adelante nuestra capacidad de sorpresa será menor. Quien hizo la ley hizo el delito.

 

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El acero damasquinado del Artículo 58 — puesto a prueba en 1927 justo después de su forjado y templado en todas las riadas de la década posterior — fue cimbrado en una ráfaga cortante y a pleno embate durante la lucha que la Ley sostuvo contra el pueblo en 1937-1938.

Hay que decir que la operación de 1937 no fue espontánea sino planeada, que en la primera mitad de ese año se produjeron cambios en las instalaciones de muchas cárceles de la Unión: se retiraron las camas de las celdas para construir catres compactos de dos y tres pisos.

(Tampoco fue casual que la Casa Grande de Leningrado se terminara en 1934, justo para el asesinato de Kírov.) Los presos antiguos recuerdan que, al parecer, el primer golpe fue masivo, poco menos que en una sola noche de agosto en todo el país (aunque, conociendo nuestra torpeza, no le doy mucho crédito). Y en otoño, cuando todos confiaban en que el vigésimo aniversario de la Revolución traería una amnistía general, el bromista de Stalin incorporó al Código Penal nuevas penas nunca vistas hasta entonces: 15, 20 y 25 años.

No hay necesidad de repetir aquí lo que ya se ha escrito profusamente acerca del año 1937 y que aún se va a repetir incontables veces: que se descargó un golpe demoledor contra la cúpula del partido, de la administración soviética, del mando militar y contra la cúpula de la misma GPU-NKVD. Es poco probable que en ninguna provincia lograra mantenerse en su puesto el primer secretario o el presidente del comité regional: Stalin estaba eligiendo a personas más cómodas.

Ahora, vista la revolución cultural china (también a los 17 años de su triunfo definitivo), podemos sospechar que muy posiblemente exista una lógica histórica. Incluso el mismo Stalin empieza a parecernos sólo una fuerza histórica, ciega y superficial.

Olga Ghavchavadze cuenta lo que pasó en Tbilisi: en 1938 arrestaron al presidente del soviet urbano, a su segundo, a todos los jefes de departamento (once), a sus ayudantes, a todos los directores de contabilidad y a todos los directores de gerencia económica. En su lugar se nombró a otros. Pasaron dos meses. Y de nuevo detenciones: el presidente, el segundo, a todos los jefes de departamento (once), los jefes de contabilidad y los jefes de gerencia económica. Sólo se libraron los contables del montón, las mecanógrafas, las mujeres de la limpieza, los recaderos...

Tras el encarcelamiento de los militantes de base del partido era evidente que se ocultaba una razón secreta que no figuraba de forma explícita en ninguna parte, ni en las actas ni en las sentencias: se trataba de arrestar principalmente a los miembros del partido inscritos antes de 1924. Esta labor se emprendió con especial ahínco en Leningrado porque, precisamente, todos ellos habían firmado la «plataforma» de la Nueva Oposición. (T27) (¿Y cómo no iban a firmarla? ¿Cómo podían «no confiar» en su Comité Provincial de Leningrado?)

Veamos ahora una imagen usual en esos años. Se estaba celebrando en la región de Moscú una conferencia distrital del partido. La moderaba el nuevo secretario del Comité Regional en sustitución del que habían encarcelado recientemente. Al final de la conferencia se adoptó una resolución de fidelidad al camarada Stalin. Como es natural, todos se pusieron en pie (como se ponían en pie, de un salto, cada vez que se mencionaba su nombre en el curso de la conferencia). La pequeña sala prorrumpió en «tumultuosos aplausos que desembocaron en una ovación». (T28) Tres minutos, cuatro minutos, cinco minutos, y continuaban siendo tumultuosos y desembocando en ovación. Pero las palmas de las manos dolían ya. Se entumecían los brazos levantados. Los hombres maduros iban quedándose sin aliento. Se trataba de una estupidez insoportable incluso para los que adoraban sinceramente a Stalin. Sin embargo: ¿Quién sería el primero que se atrevería a parar? Habría podido hacerlo el secretario del Comité Regional, que estaba en la tribuna y que acababa de dar lectura a la resolución. Pero él era reciente en el puesto y estaba en lugar del encarcelado, ¡él tenía miedo! ¡En la sala había miembros del NKVD aplaudiendo de pie y controlando quién paraba primero! ¡Y en aquella pequeña sala perdida, sin que llegaran al líder, los aplausos hacía seis minutos que duraban! ¡siete minutos! ¡ocho minutos! ¡Estaban perdidos! ¡Eran hombres muertos! ¡Ya no podían parar hasta que les diera un ataque al corazón! En el fondo de la sala, por lo menos, entre las apreturas, se podía hacer trampa, se podía batir palmas más espaciadamente, con menos fuerza, con menos vehemencia, ¡pero en la presidencia, a la vista de todo el mundo! El director de la fabrica de papel del lugar, un hombre fuerte e independiente, de pie en la presidencia, era consciente de la falsedad de aquella situación sin salida ¡y sin embargo aplaudía! ¡Ya van nueve minutos! ¡Diez! Miró con desesperanza al secretario del Comité Regional, pero éste no se atrevía a parar. ¡Una locura! ¡Colectiva! Mirándose unos a otros con un atisbo de esperanza, pero fingiendo éxtasis en sus caras, los jefes del distrito aplaudirían hasta caer en redondo, ¡hasta que los sacaran en camilla! ¡E incluso entonces, los que quedaran no vacilarían! Y en el minuto once, el director de la fabrica de papel adoptó un aire diligente y se dejó caer en su asiento de la presidencia. ¡Y se produjo el milagro!, ¿adonde había ido a parar aquel entusiasmo incontenible e inenarrable? Todos dejaron de aplaudir de una sola palmada y se sentaron. ¡Estaban salvados! ¡La ardilla se las había ingeniado para salir de la rueda!

Sin embargo, así es como se ponen en evidencia los hombres independientes. De esta manera los eliminan. Aquella misma noche el director de la fabrica fue arrestado. Le cargaron fácilmente diez años por otro motivo. Pero después de firmar el «206» (el acta final del sumario), el juez de instrucción le recordó:

— ¡Y nunca sea el primero en dejar de aplaudir!

(¿Y qué le vas a hacer? ¡Alguna vez hay que detenerse!) Esta es la selección de Darwin.

A eso se le llama agotamiento por estupidez.

Pero hoy se está creando un nuevo mito: todo relato o referencia impresa del año 1937 nos habla indefectiblemente de la tragedia de los jefes comunistas. Y ya nos han convencido, y sin querer aceptamos, de que el año penal 1937-1938 consistió de forma exclusiva en el encarcelamiento de los dirigentes comunistas, como si no hubieran encarcelado a nadie más. Pero de los millones de personas que cogieron entonces, los altos cargos del partido y del Estado no pueden representar más del diez por ciento. Hasta en las cárceles de Leningrado en las colas para la entrega de paquetes la mayoría eran mujeres sencillas, algo así como lecheras.

Partiendo de datos estadísticos indirectos no se puede evitar la conclusión — confirmada por declaraciones de testigos — de que los «ex kulaks» de los poblados especiales aún no liquidados del todo fueron trasladados al Archipiélago en 1937: o bien enviados a un campo de reclusión o cercados en su propio terruño convertido en zona penitenciaria. De este modo, la gran riada de 1928 desembocó en la de 1937 acrecentándola en millones.

El perfil de los detenidos en 1937-1938 y llevados medio muertos al Archipiélago es tan abigarrado, tan caprichoso, que habría que devanarse durante mucho tiempo los sesos para encontrarle una lógica científica a tal selección. (Menos comprensible aún resultaba a los contemporáneos.)

La verdadera ley a que obedecían los encarcelamientos de aquellos años eran unas cifras establecidas de antemano, unas órdenes escritas, unas cuotas distributivas. Cada ciudad, cada distrito, cada unidad militar, tenía asignada una cifra que debía alcanzarse dentro de un plazo. Lo demás dependía del celo de los agentes.

El ex chekista Aleksandr Kalgánov recuerda que a Tashkent les llegó un telegrama: «Manden doscientos». Y ellos, que acababan de pasar el rastrillo, no parecían tener de dónde sacar «más». Bueno, a decir verdad, por los distritos habían recogido medio centenar. ¡Idea! ¡Recalificar por el Artículo 58 a los delincuentes comunes cogidos por la policía! Dicho y hecho. Pero a pesar de todo no alcanzaban la cifra estipulada. En esto llega un parte de la policía pidiendo instrucciones: en una de las plazas de la ciudad, los gitanos han tenido el descaro de levantar un campamento, ¿qué hacemos? ¡Idea! Los rodearon y se llevaron a todos los varones entre diecisiete y sesenta años cargándoles el Artículo 58. ¡Y cumplieron el plan! Sucedía también a la inversa: a los chekistas de Osetia (cuenta Zabolovski, jefe de la policía) les habían asignado una cuota de quinientos hombres que debían ser fusilados en toda la república, pero pidieron un aumento y les concedieron otros doscientos cincuenta.

Estos telegramas se enviaban por la línea telegráfica normal ligeramente cifrados. En Temriuk, la telegrafista transmitió a la centralita del NKVD, con bendita candidez, que al día siguiente enviaran a Krasnodar doscientas cuarenta cajas de jabón. Por la mañana se enteró de los numerosos arrestos y consiguientes traslados y cayó en la cuenta. Le contó a una amiga qué clase de telegrama era aquél, y acto seguido la encerraron.

(¿Era pura casualidad que designaran en clave a los hombres como cajas de jabón? ¿O es que conocían la saponificación?)

Naturalmente, es posible deducir alguna lógica, aunque parcial. Encerraban:

— a nuestros verdaderos espías en el extranjero. (A menudo eran fieles miembros de la Komintern o chekistas, y entre ellos había muchas mujeres atractivas. Los llamaban a la patria, los arrestaban en la frontera y luego procedían a un careo con su ex jefe en la Komintern, por ejemplo con Mirov-Korona. Este confirmaba que había trabajado para alguna red de espionaje, y por lo tanto sus subordinados automáticamente también, y eran tanto más peligrosos cuanto más fieles hubieran sido en el servicio.)

— a los del Ferrocarril Chino-Oriental (Todos los funcionarios soviéticos, absolutamente todos, de dicha línea férrea, incluidas esposas, hijos y abuelas, resultaron ser espías de los japoneses. Hay que reconocer, sin embargo, que ya habían empezado a arrestarlos algunos años antes);

— a los coreanos de Extremo Oriente (T29) (destierro al Kazajstán), primera experiencia de arrestos étnicos;

— a los estonios de Leningrado (eran arrestados solamente por su apellido, como espías de los estonios blancos); (T30)

— a todos los fusileros y chekistas letones ¡sí, a los letones, las comadronas de la revolución y, hasta hacía poco, espina dorsal y orgullo de la Cheká! E incluso a los comunistas de la burguesa Letonia que habían sido canjeados en 1921 para librarlos de las terribles condenas letonas de dos y tres años. (En Leningrado fueron clausurados: la sección letona del Instituto Herzen; la Casa de Cultura letona; el club estonio; el Instituto Técnico letón; los periódicos letón y estonio.)

En medio de este estruendo general, se acaba de barajar el Gran Solitario de Naipes y detienen a los socialistas que aún quedaban en libertad. Ya no hay por qué disimular, ya es hora de terminar con este juego. Ahora los meten en la cárcel por grupos para formar campos enteros de deportados (por ejemplo, Ufa Sarátov), los juzgan a todos juntos y los conducen en rebaños a los mataderos del Archipiélago.

Del mismo modo que las riadas pasadas no se habían olvidado de la intelectualidad, tampoco ahora se olvidaban de ella. Bastaba una denuncia estudiantil (hace ya tiempo que no suena chocante la unión de estas dos palabras) diciendo que en el instituto superior el profesor cita cada vez más a Lenin y a Marx pero nunca a Stalin, para que éste falte a la clase siguiente. ¿Y si un profesor no cita a nadie? Se encarcela a todos los orientalistas leningradenses de la generación joven e intermedia. Se encarcela a todo el claustro del Instituto del Norte (excepto a los confidentes). Tampoco hacen ascos a los maestros de escuela. En Sverdlovsk se fabricó un caso contra treinta maestros de enseñanza media encabezados por el jefe del departamento regional de enseñanza, Perel, en el que una de las horribles acusaciones era la de haber instalado árboles de Navidad en las escuelas ¡con el fin de prender fuego a las mismas! (21)

Y la estaca arremete en la frente a los ingenieros (que ya no son «burgueses» sino de la generación soviética) con la misma precisión que un péndulo. El ingeniero de minas Nikolái Merkúrievich Mikov, por alguna anomalía de las capas del terreno, no consiguió que coincidieran dos corredores abiertos en sentidos opuestos: Artículo 58-7, ¡veinte años! A seis geólogos (del grupo de Kótovich), «por la ocultación intencionada de un yacimiento de estaño (¡es decir, por no haberlo encontrado!) y reservarlo para el caso de que llegaran los alemanes» (ésa era la denuncia): Artículo 58-7, diez años a cada uno.

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