Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag |
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Ejército, que me detuvo a mí, se enamoró de mi pitillera, que ni siquiera era tal, sino una cajita de la intendencia alemana, eso sí, de un llamativo color carmesí. Y para poder quedarse con esta mierda se entretuvo en montar toda una maniobra administrativa: primero no la hizo constar en el acta («esto puede usted quedárselo»), luego ordenó que me cachearan de nuevo sabiendo de sobras que no llevaba nada más en los bolsillos. «Ah, ¿esto qué es? ¡Quitádselo!» Y para que yo no protestara: «¡Al calabozo con él!». (¿Qué gendarme zarista se habría atrevido a proceder así con un defensor de la patria?) A cada juez de instrucción se le asignaba cierta cantidad de cigarrillos para premiar a los que confesaban y mimar a los chivatos. Había jueces que se los quedaban todos. Incluso hacían trampas con las horas nocturnas, que les pagaban como extras: en las actas redactadas de noche habíamos observado que estiraban las horas ahí donde ponía «desde» y «hasta». El juez Fiódorov en persona (apeadero de Reshety, apartado de correos n° 235) robó un reloj de pulsera al practicar un registro en casa de Korzujin, que ni siquiera estaba arrestado. Durante el cerco de Leningrado, el juez Nikolái Fiódorovich Kruzhkov le dijo a Yelizaveta Víktorovna Strájovich, esposa del acusado K.I. Strájovich: «Necesito una manta acolchada. ¡Tráigamela!». Ella respondió: «La habitación donde guardo la ropa de abrigo está precintada». Entonces fueron los dos a la casa y, sin romper los precintos de plomo, el juez destornilló el tirador de la puerta («¡Así trabaja el NKVD!», le decía alegremente) y empezó a sacar la ropa de invierno, metiéndose de paso en el bolsillo alguna pieza de cristalería (a su vez, Y.V. sacó también tantas cosas como pudo, al fin y al cabo eran suyas. «¡Basta de llevarse cosas!», la frenó el juez, mientras él seguía arramblando).
En 1954 esta mujer enérgica e implacable testificó en el juicio contra Kruzhkov (aunque el marido lo había perdonado todo, incluso su condena a muerte, e intentó convencerla de que desistiera). Como sea que no era el primer caso en que Kruzhkov había procedido así, y ello perjudicaba los intereses de los órganos, lo condenaron a veinticinco años. ¿Los cumplió?
Casos como éste son innumerables, podrían publicarse mil «Libros blancos» (empezando en 1918). Bastaría con entrevistar sistemáticamente a los antiguos presos y a sus esposas. Es posible que hubiera o que siga habiendo ribetes azules que nunca robaran ni se apropiaran de nada, ¡pero decididamente no soy capaz de imaginármelos! No me cabe en la cabeza que con su forma de pensar puedan sentir algún reparo si una cosa les gusta. A principios de los años treinta, cuando nosotros vestíamos el uniforme del Komsomol y trabajábamos para el primer Plan Quinquenal, ellos se pasaban las tardes en salones aristocráticos al estilo occidental — como ocurría en el piso de Koncordia Iossé — y sus damas se pavoneaban con atavíos extranjeros, ¿de dónde salía todo esto?
¡Y qué apellidos! ¡No parece sino que los reclutasen por el apellido! Por ejemplo, a principios de los años cincuenta en la Seguridad del Estado de Kemerovo el fiscal se llamaba Trútnev [zángano], el jefe de la sección de instrucción era el comandante Shkurkin [pellejo], su adjunto era el teniente coronel Balandin [bodrio] y el juez de instrucción se apellidaba Skorojvátov [agarrapronto]. ¡Ni que lo hubieran hecho a posta! ¡Y todos en un mismo sitio! (Ya hemos hablado antes de Grabíschenko [saqueador] y Volkopialov [revientalobos].) ¿Cómo no van a querer decir nada tantos apellidos así y tan concentrados?
Topamos una vez más con la mala memoria del arrestado: Iván Koméyev ha olvidado el nombre de aquel coronel de la Seguridad del Estado, amigo de Koncordia Iossé (resultó ser una conocida común), que estuvo encerrado con él en el izoliator de Vladímir. Este coronel era la viva encarnación del instinto del poder y el de codicia. A principios de 1945, en la época dorada del «botín», pidió el traslado a una unidad de los Órganos (encabezada por el propio Abakúmov) que controlaba el pillaje, es decir, que procuraba arrebatar cuantos más bienes mejor, pero no para el Estado sino para apropiárselos (y no se les daba nada mal). Nuestro héroe rapiñaba por vagones enteros y se construyó varias dachas (una de ellas en Klin). Después de la guerra vivía tan a lo grande que una vez, tras llegar a la estación de Novosibirsk, mandó que echaran a todos los clientes del restaurante e hizo que les trajeran a él y a sus compañeros de juerga chicas y mujeres, a las que obligó a bailar desnudas encima de las mesas. Pero eso se lo habrían pasado por alto, de no haber infringido también — lo mismo que Kruzhkov — una ley importante: actuó contra los suyos. Aquél había engañado a los órganos, pero éste hizo algo quizá peor: apostó que seduciría no a las esposas de ciudadanos corrientes, sino de sus camaradas chekistas. ¡Eso no se lo perdonaron! ¡Fue encerrado en un izoliator político por el Artículo 58! Estaba furioso porque habían osado encerrarlo y no dudaba de que cambiarían de parecer. (Es posible que así fuera.)
Así pues, los ribetes azules también pueden dar con sus huesos en prisión, y este fatal destino no es algo tan infrecuente. Y aunque no tienen una auténtica garantía contra ello, por la razón que sea, no escarmientan con las lecciones del pasado. De nuevo, seguramente se deba a su carencia de un raciocinio superior, mientras que el raciocinio inferior les dice: sucede pocas veces, son casos aislados, a mí no me tocará, y además no creo que los nuestros me abandonen.
Efectivamente, los suyos procurarán no dejarlo en la estacada, tienen un acuerdo tácito: si va a estar en la cárcel, al menos, procurarle una situación privilegiada (como hicieron con el coronel I.Y. Vorobiov en la prisión especial de Márfino; o en la Lubianka con ese mismo V.N. Ilin, del que hemos hablado, durante más de ocho años de condena). Gracias a esta previsora política de casta los que son encarcelados individualmente por sus errores personales no suelen pasarlo mal, lo cual explica la sensación de impunidad que sienten a diario en su trabajo. No obstante, se sabe de algunos casos de delegados operativos enviados a cumplir condena en campos comunes, donde incluso se encontraron con antiguos zeks que habían tenido bajo su férula. Estos sí que lo pasaban mal. (Por ejemplo el óper Munshin, que odiaba ferozmente a los presos del Artículo 58 y se apoyaba en los delincuentes comunes. Estos mismos presos comunes se cebaron con él hasta que se refugió bajo los catres.) Sin embargo, no disponemos de medios para conocer más detalles y por tanto no nos es posible explicar estos casos.
Los que sí se lo juegan todo son los chekistas que caen en una riada — ¡porque también ellos tienen sus riadas propias! La riada es una fuerza de la naturaleza, algo incluso superior a los propios Órganos. Dentro de una riada nadie puede ayudarte porque también podría verse arrastrado al abismo.
Pero en el último instante, si uno dispone de buena información y de un fino olfato de chekista, es posible escapar del alud demostrando no tener ninguna relación con él. Así, el capitán Sayenko (no se trata del carpintero-chekista de Jarkov, famoso en 1918-1919 por fusilar a la gente, traspasar cuerpos con el sable, romper tibias, aplastar cráneos con pesas y provocar quemaduras, (46) pero, ¿será quizá algún pariente?) tuvo la debilidad de casarse, por amor, con una empleada del Ferrocarril Chino-Oriental apellidada Kojanskaya. Y de pronto, cuando la ola apenas había empezado a crecer, se enteró de que iban a detener a los del ferrocarril. En aquella época era jefe de la Sección de Operaciones en la GPU de Arjánguelsk. ¿Y saben ustedes qué es lo que hizo sin pérdida de tiempo? ¡Pues encarcelar a su querida esposa! Y ni siquiera como empleada del FCHO sino fabricando una causa contra ella. El no sólo salvó el pellejo, sino que ascendió en el escalafón hasta ser jefe del NKVD en Tomsk. (Otro argumento para un relato, ¡hay tantos aquí! Quizá puedan serle útiles a alguien.)
Las riadas nacían por una enigmática ley de regeneración de los Órganos, un pequeño sacrificio ritual que se ofrecía periódicamente para que quienes quedasen parecieran purificados. Los Órganos debían regenerarse con mayor rapidez con la que crecen y envejecen las generaciones humanas: del mismo modo que el esturión va a morir entre las piedras del río para dejar paso a los alevines, manadas enteras de agentes debían sucumbir con una periodicidad inexorable. Por mucho que para la razón suprema ésta fuera una ley indiscutible, los de azul eran reacios a admitirla o cuanto menos tenerla en cuenta. Mas en vano: cuando sonaba la hora designada por los astros, los reyes y ases de los Órganos, y hasta los propios ministros, no tenían más remedio que depositar la cabeza en su propia guillotina.
Yagoda arrastró consigo una de ésas manadas. Seguramente en ella cayeron muchos de aquellos hombres célebres que suscitan nuestra admiración cuando hablamos del Canal del mar Blanco. Más adelante sus nombres serían tachados de los panegíricos.
El segundo majal llegó poco después, con el efímero Ezhov. En él sucumbieron algunos de los mejores paladines de 1937 (aunque no hay que exagerar: faltó un buen trecho para que se tratara de todos). Al propio Ezhov lo golpearon durante la instrucción hasta dejarlo con un aspecto lamentable. Con estos encarcelamientos quedó huérfano el propio Gulag. Por ejemplo, junto con Ezhov entraron en prisión el jefe del Departamento Financiero del Gulag, el de la Dirección de Sanidad, el de la VOJR, (47) e incluso el jefe de la Sección Operativa de la Cheká en el Gulag, ¡el jefe de todos los compadres (T54) de todos los campos!
Luego vendría la manada de Beria.
En cuanto al obeso Abakúmov, tan seguro de sí mismo, éste ya había tropezado mucho antes él solo.
Algún día, quienes escriban la historia de los Órganos (si antes no hay quien prenda fuego a los archivos) nos lo contarán paso a paso, nos sorprenderán con cifras y nombres.
Yo sólo voy a contar aquí muy poco, algo que conocí por casualidad sobre la historia de Riumin y Abakúmov. (No voy a repetir lo que ya tuve ocasión de decir en otra de mis obras.) (48)
Promocionado por Abakúmov y convertido en miembro de su círculo de colaboradores, a finales de 1952 Riumin comunicó a éste una sensacional noticia: el profesor Étinguer confesaba haber prescrito a Zhdánov y a Scherbakov un tratamiento contraindicado (para asesinarlos). Abakúmov, que conocía los entresijos de la casa, se negó a darle crédito y decidió que Riumin estaba pasándose de la raya. (¡Pero en realidad Riumin percibía mejor que él los deseos de Stalin!) Para asegurarse, aquella misma noche sometieron a Étinguer a un interrogatorio cruzado del que sacaron conclusiones distintas: Abakumov, que no existía ningún «complot de los médicos», y Rjumin, que sí existía. El caso debía ser sometido a examen una vez más a la mañana siguiente, pero, a causa de las prodigiosas peculiaridades de la Institución Nocturna, ¡Étinguer murió aquella misma noche! Por la mañana, pasando por encima de Abakumov y sin que éste se enterara, ¡Riumin telefoneó al Comité Central y pidió audiencia con Stalin! (Creo que no fue éste su paso más audaz. Lo audaz — porque con ello se jugaba la cabeza — fue haberse mostrado en desacuerdo con Abakumov la noche antes, o quizás el asesinato nocturno de Étinguer. ¡Pero quién conoce los secretos de la Corte! ¿Y si antes ya se había puesto de acuerdo con Stalin?) Stalin recibió a Riumin, dio luz verde al asunto de los médicos y arrestó a Abakumov. A continuación, Riumin llevó la causa de los médicos con cierta independencia, ¡a despecho incluso de Beria! (Hay indicios de que, poco antes de la muerte de Stalin, Beria ya estaba en la cuerda floja, y es probable que Stalin fuera eliminado por mediación suya.) Uno de los primeros pasos del nuevo gobierno (T55) fue abandonar el caso de los médicos. Entonces fue arrestado Riumin (con Beria aún en el poder), ¡pero Abakumov no fue puesto en libertad! En la Lubianka se estableció un nuevo orden de cosas: por primera vez en toda su historia un fiscal (D.P. Térejov) franqueba su puerta. Riumin se mostraba inquieto a la vez que servil («soy inocente, me habéis encerrado sin motivo») y pidió que le tomaran declaración. Siguiendo su costumbre, Riumin chupaba un caramelo, pero a una observación de Térejov, lo escupió en la palma de la mano diciendo: «Disculpe». Por su parte, Abakumov, como ya hemos mencionado, estalló en carcajadas: «¡Me estáis tomando el pelo!», a lo que Térejov respondió mostrándole la autorización que había obtenido para inspeccionar la cárcel interna del MGB. «¡Certificados como éste se pueden hacer quinientos!», contestó Abakumov con un ademán. Era tal su apego a la institución, que lo que más le agraviaba no era estar en la cárcel, sino que atentaran contra los Órganos, que no debían someterse a nada de este mundo.
En julio de 1954, Riumin fue juzgado (en Moscú) y fusilado. ¡Y Abakúmov continuó preso! Durante su interrogatorio le soltó a Térejov: «Tienes los ojos demasiado hermosos, ¡qué pena me va a dar fusilarte! Apártate de mi sumario, márchate por las buenas». (49) En una ocasión, Térejov lo mandó llamar y le dio a leer un periódico donde se comunicaba que Beria había sido desenmascarado. Por aquel entonces, aquello era una noticia sensacional, casi cósmica. Pero Abakúmov lo leyó sin que le temblaran las cejas siquiera, pasó de hoja ¡y empezó con la sección de deportes! En otra ocasión, cuando asistía al interrogatorio un importante funcionario de la Seguridad del Estado, hasta hacía poco subordinado de Abakúmov, éste le preguntó: «¿Cómo habéis podido consentir que el sumario de Beria no lo lleve el MGB sino la fiscalía? (¡Siempre remachando el mismo clavo!) ¿Y crees que me van a juzgar a mí, al Ministro de la Seguridad del Estado?». «Pues, sí.» «Entonces ya te puedes ir poniendo la chistera, (T56) ¡se acabaron los Órganos!» (Aquel inculto correo militar, qué duda cabe, se tomaba las cosas demasiado a la tremenda.) Dentro de la Lubianka, lo que Abakúmov temía no era que lo juzgaran, no, lo que temía era que lo envenenaran (¡otra muestra de que era digno hijo de los Órganos!) Por eso empezó a rechazar rotundamente la comida de la cárcel y sólo se alimentaba con los huevos que compraba en la cantina (su preparación técnica era insuficiente: creía que los huevos no se pueden envenenar). De la riquísima biblioteca de la Lubianka sólo tomaba libros... de Stalin (¡el que lo había metido en la cárcel!). Bueno, seguramente eso era una pose, o quizás un cálculo, pensando que los partidarios de Stalin acabarían tomándose la revancha. Se pasó dos años en la cárcel. ¿Por qué no lo soltaban? No es una pregunta tan ingenua. Si contamos sus crímenes contra la Humanidad, la sangre le cubría más arriba de la cabeza, ¡pero es que él no era el único! Y en cambio, todos los demás seguían como si nada. Aquí topamos con otro misterio: corre el sordo rumor de que, en su día, había dado una paliza a Liuba Sedij, la nuera de Jruschov, la esposa de su hijo mayor, condenada en la época de Stalin a un batallón disciplinario, donde murió.
Ello explica por qué Abakúmov, encerrado por Stalin, fue juzgado por Jruschov (en Leningrado) y fusilado el 18 de diciembre de 1954. (50)
Sus temores fueron en vano: los Órganos tampoco murieron de ésta.
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Como aconseja la sabiduría popular: quien con lobos anda, a aullar aprende.
¿Y cómo surgió esta raza de lobos entre nuestras gentes? ¿Acaso no tiene nuestras mismas raíces? ¿Acaso no es de nuestra sangre?
Antes de embozarnos precipitadamente con el blanco manto de los justos, que cada cual se pregunte a sí mismo: si mi vida hubiera dado un giro distinto, ¿habría sido también yo un verdugo como ellos?
La pregunta es terrible si se pretende responder a ella con honradez.
Recuerdo el tercer curso en la universidad, en el otoño de 1938. El comité local del komsomol nos llamó hasta dos veces — a nosotros, unos críos komsomoles — y casi sin pedir nuestro consentimiento nos puso en la mano unos cuestionarios para que los rellenásemos: basta de matemáticas, de física y de química, para la Patria es más importante que ingreséis en las academias del NKVD (y es que siempre es igual: no se trata de lo que precise éste o aquél, sino la patria y lo que a ésta conviene sólo lo sabe el jefazo que en nombre de ella habla).
Un año antes, este mismo comité local había querido reclutarnos para las academias de aviación. Y también nos habíamos resistido (nos dolía abandonar la universidad), aunque no con tanta firmeza como ahora.
Pasado un cuarto de siglo uno podría pensar: naturalmente, sabíais de los numerosos arrestos que estaban prodigándose a vuestro alrededor, sabíais cómo torturaban en las cárceles y en qué inmundicia os estaban intentando meter. ¡No! Los furgones rodaban de noche, mientras que nosotros éramos los que salían de día, los de las banderas. ¿De qué íbamos a saber que había detenciones? ¿Cómo se nos podría haber ocurrido pensarlo? ¿Que habían reemplazado a todos los dirigentes regionales? A nosotros nos daba exactamente igual. ¿Que habían encarcelado a dos o tres catedráticos? Bueno, tampoco es que nosotros fuéramos de baile con ellos, y además, tanto mejor para aprobar los exámenes. Nosotros, los veinteañeros, marchábamos en las columnas de los nacidos con Octubre y como tales nos esperaba el más radiante porvenir.
Lo que nos impedía aceptar el ingreso en el NKVD era un sentimiento íntimo y carente de fundamento lógico que no resulta fácil precisar. No venía inspirado por las lecciones sobre materialismo histórico, porque en ellas quedaba bien claro que la lucha contra el enemigo interior seguía siendo un frente abierto, una misión honrosa. Por lo demás, este sentir estaba reñido con nuestra conveniencia práctica: en aquella época, una universidad de provincias no podía ofrecernos más que una escuela rural en un rincón perdido y un parco salario, mientras que las academias del NKVD nos prometían subvenciones y un salario doble, cuando no triple. No había palabras para expresar lo que nosotros sentíamos (y de haberlas habido, por temor, no las habríamos pronunciado). Lo que se resistía dentro de nosotros no tenía que ver con la cabeza sino más bien con el pecho. Pueden gritarte por todos lados: «¡Es preciso!», e incluso tu propia mente: «¡Es preciso!», pero el pecho lo rechaza: «¡No quiero!, ¡me revuelve las tripas!». Allá vosotros, pero no contéis conmigo.
Era una sensación que venía de antiguo, quizá de Lérmontov, (T57) de decenios y decenios de vida rusa durante los cuales siempre se proclamó en voz alta y sin ambages que para un hombre decente no había servicio peor ni más ruin que el de gendarme. No, aún venía de más lejos. Sin saberlo, nos estábamos redimiendo — tan poco como podría nuestra calderilla de cobre contra una pieza de oro de nuestros antepasados — ante aquella época en que la moral aún no se consideraba relativa, cuando para discernir entre el bien y el mal bastaba el corazón.
Pese a todo, por entonces reclutaron a alguno de nosotros, aunque creo que, si nos hubieran presionado con mucha fuerza, todos habríamos cedido. Y ahora se me antoja imaginarme qué curso habría tomado mi vida si el inicio de la guerra me hubiera cogido llevando insignias de teniente sobre galones azules. Naturalmente, me queda el consuelo de pensar que mi corazón no lo habría soportado, que me habría rebelado y me habría marchado dando un portazo. Sin embargo, tendido en los catres de la cárcel tuve ocasión de repasar mi trayectoria de oficial tal como fue y quedé horrorizado.
No llegué a oficial directamente de las aulas, con la cabeza abotargada por las integrales, sino que antes pasé medio año oprimido como soldado raso. Ello me hizo sentir en mi propio pellejo lo que significa estar siempre dispuesto, con la barriga encogida, a someterte a personas que quizá no te parecen dignas. Luego me estuvieron martirizando otro medio año en una academia militar. Quizás el frío en la piel y los sabañones debieran haberme servido para asimilar de una vez por todas el amargo servicio del soldado, pero no fue así. Cuando me resarcieron enganchándome dos estrellitas en los galones, después una tercera y una cuarta, ¡me olvidé de todo!
¿Había conservado al menos ese amor a la libertad propio de los estudiantes? Nunca en la vida lo tuvimos: lo que nosotros amábamos eran las formaciones marchando al paso.
Recuerdo muy bien que fue precisamente en la academia militar cuando empecé a sentir alegría por la simplificación de mi existencia: era un militar y ya no tenía que pensar. La alegría de estar inmerso en una vida común a todos, como es habitual entre nuestros militares. La alegría de olvidar ciertas sutilezas morales inculcadas desde la infancia.
En la academia andábamos siempre con hambre, continuamente al acecho de algún cacho de más, nos vigilábamos con celo unos a otros por ver si alguien se las había apañado. Lo que más temíamos era suspender y no obtener los rombos de teniente (a los que no terminaban los estudios los mandaban a Stalingrado). Además nos adiestraban como a jóvenes fieras, para embrutecernos más y que luego nos desquitáramos con quien quisiéramos. Por si no dormíamos ya bastante poco, podían castigarte a marchar tú solo marcando el paso (bajo las órdenes de un sargento) después de la retreta. O podían levantar por la noche a todo el pelotón y formarlo alrededor de una bota deslustrada: ¡Venga! Ahora este canalla va a limpiarse la bota, y hasta que no le saque brillo aquí estaréis todos de pie.
Y mientras esperábamos con ansia los galones, íbamos ensayando los andares tigrescos de oficial y esa voz metálica con que se dan las órdenes.
¡Y por fin llegó el día en que me impusieron las insignias! Más o menos al cabo de un mes, cuando formaba mi batería en la retaguardia, ya estaba obligando a mi negligente soldadito Berbeniov a marcar el paso después de la retreta, al mando del sargento Metlin, terco a mis órdenes... (¡Lo había olvidado todo! Reconozco sinceramente que lo olvidé con los años y que no ha vuelto a mi mente hasta ahora, hasta encontrarme ante estas cuartillas...) Y cuando un viejo coronel, que estaba de inspección, afeó mi conducta, yo (¡como si no hubiera estado en la universidad!) me justifiqué diciendo que así nos lo habían enseñado en la academia. O sea: ¿cómo íbamos a andarnos con razones universales y humanas si estábamos en el Ejército?
(Tanto más en los Órganos.)
El corazón cría orgullo como grasa el cerdo.
Atosigaba a mis subordinados con órdenes indiscutibles, convencido de que mejor que mis órdenes no podía haber nada. Incluso en el frente, donde podría parecer que la muerte nos igualaba a todos, mi poder me hacía creer superior. Los escuchaba sentado, y ellos de pie, en posición de firmes. Les interrumpía, les daba indicaciones. Tuteaba a padres y a abuelos (ellos me trataban de «usted», naturalmente). Los enviaba bajo los proyectiles a empalmar cables rotos con el único fin de que no se interrumpiera la detección sonora (T58) y evitarme los reproches de los superiores (Andreyashin murió así). Engullía mi mantequilla y mis galletas de oficial sin pararme a pensar por qué a mí me correspondían y a los soldados no. Cada dos oficiales teníamos —faltaría más — un galopillo (hablando con propiedad, un edecán) al que yo asendereaba sin respiro, obligándolo a cuidar de mi persona y a hacernos toda la comida aparte del rancho de los soldados (mientras que, si hay que ser sinceros, a los jueces de instrucción de la Lubianka no se les puede hacer este reproche, porque no tienen ayudantes de campo). En cada nuevo emplazamiento obligaba a los soldados a doblar el espinazo y cavarme un refugio particular, cubierto con los troncos más gruesos que hubiera, para que yo estuviera cómodo y seguro. ¡Pero si es que en mi batería había hasta cuerpo de guardia!, ¡pues claro!, ¿que cómo podía ser en pleno bosque? Pues era un foso, igual o incluso mejor que el de la división de Gorojovets, pues estaba techado y en él se servía el rancho al arrestado. Ahí estuvieron encerrados Viushkov por haber perdido un caballo y Popkov por cuidar mal de su carabina. ¡Pero eso no es todo! Aún tengo otro recuerdo: me habían hecho un portamapas con unos cueros alemanes (no vayan a creer que se trataba de piel humana, no, eran del asiento de un automóvil) pero faltaba la correa y eso me consumía. De pronto le vi al comisario de un destacamento guerrillero (miembro del comité de distrito local) una correa como la que me hacía falta y se la quitamos: ¡Nosotros éramos el Ejército, teníamos que pasar siempre delante! (¿Se acuerdan de Senchenko, el óper?) Señalaré por último el mucho apego que sentía por esa pitillera carmesí, mi trofeo de guerra. Por algo no he olvidado cómo me la quitaron...
Esto es en lo que se convierte un hombre con galones. ¡Qué había sido de los consejos de mi abuela ante el icono! ¡En qué habían quedado mis sueños de pionero sobre un futuro de sagrada igualdad! Y cuando en el puesto de mando del jefe de brigada los agentes del SMERSH me arrancaron esos malditos galones y el cinturón, mientras me empujaban hacia su automóvil, con mi destino vuelto del revés, tanto más hería mi orgullo que, degradado, iba a tener que cruzar la habitación de los telefonistas. ¡Los soldados rasos no debían verme en esa situación!
Mi camino de Vladímir (T59) empezó a la mañana siguiente a mi arresto: desde el contraespionaje del Ejército al del frente se enviaba por etapas la pesca reciente. De Osterode a Brodnica nos hicieron ir a pie.
Cuando me sacaron del calabozo para formar, ya éramos siete detenidos, tres filas y media de parejas, todos dándome la espalda. Seis de ellos iban con unos capotes de soldado ruso, ajadísimos de tanto ver mundo. En sus espaldas llevaban escritas con pintura blanca indeleble dos grandes letras: «SU», que querían decir «Sowjet Union». Yo ya conocía este cuño, lo había visto más de una vez sobre las espaldas de nuestros prisioneros de guerra que con aire triste y culpable se arrastraban al encuentro de un ejército que los liberaba. Los liberaban, sí, pero en esa liberación no había alegría mutua: sus compatriotas les lanzaban miradas más sombrías que a los alemanes, y ahora estaban teniendo ocasión de ver lo que hacían con ellos en una retaguardia no muy lejana: los metían en la cárcel.
El séptimo detenido era un civil alemán que vestía un traje negro de tres piezas, abrigo negro y sombrero del mismo color. Pasaba de los cincuenta, era alto, bien cuidado y tenía la blanca tez del que come como Dios manda.
Me colocaron en la cuarta pareja, y el jefe de la expedición, un sargento tártaro, me indicó con la cabeza que tomara mi maleta precintada, que habían puesto aparte. Aquella maleta contenía mis efectos de oficial y todo lo que había escrito, todo lo que me habían confiscado para condenarme.
¿Cómo que la maleta? ¿Él, un sargento, quería que yo, un oficial, agarrara y llevara una maleta? O sea, ¿que llevara un objeto voluminoso, algo prohibido por el nuevo reglamento interno? ¿Y que seis soldados rasos fueran a mi lado con las manos vacías? ¿Y por si fuera poco, teniendo a un representante de la nación vencida?
Al sargento no se lo expliqué de una forma tan complicada, pero sí le dije:
— Soy un oficial. Que la lleve el alemán.
Ninguno de los detenidos volvió la cabeza al oír mis palabras: estaba prohibido volverse. Sólo mi compañero de fila, uno de los «SU», me miró asombrado (cuando ellos habían abandonado nuestro Ejército, las cosas todavía eran de otra manera).
Pero el sargento del contraespionaje no se sorprendió. Aunque para él yo ya no era un oficial, los dos habíamos pasado por la misma instrucción. Llamó al alemán, que ninguna culpa tenía, y le ordenó que llevara la maleta. Menos mal que éste no había entendido nada de la conversación.
Todos los demás nos pusimos las manos a la espalda (los prisioneros de guerra no llevaban ni siquiera un petate, volvían a la patria como habían salido: con las manos vacías) y nuestra columna de dos filas de a cuatro se puso en marcha. Con la escolta sabíamos que no podíamos hablar, y charlar entre nosotros estaba terminantemente prohibido, ya fuera por el camino, en los altos o al hacer noche... Estábamos detenidos y debíamos caminar como si nos separaran unos tabiques invisibles, como si cada uno ya estuviera confinado en su propio calabozo.
Eran días inestables de primavera temprana. A veces se esparcía una ligera niebla y el barro líquido chapoteaba melancólicamente bajo nuestras botas, incluso en el firme de la carretera. Otras, el cielo escampaba y un sol suave y amarillo, inseguro aún de su poder, calentaba las colinas ya apenas cubiertas de nieve mostrándonos, diáfano, el mundo que debíamos abandonar. Otras, irrumpía en el cielo un hostil torbellino que arrancaba de los negros nubarrones una nieve que ni siquiera parecía blanca, y nos fustigaba con ella la cara, la espalda y los pies, empapando de frío nuestros capotes y peales.
Seis espaldas ante mi, siempre las mismas seis espaldas. Hubo tiempo para examinar una y otra vez las torcidas y feas estampillas «SU», y también el lustroso terciopelo negro en el cuello del alemán. Hubo tiempo para reflexionar sobre la vida pasada y tomar conciencia de la presente. Pero de esto no era capaz. Aun después del estacazo, seguía sin comprender.
Seis espaldas. En su balanceo no había ni aprobación ni reprobación.
El alemán no tardó en cansarse. Se pasaba la maleta de una mano a la otra, se llevaba la mano al pecho y hacía señas a la escolta de que no podía más con ella. Y entonces, el que iba de pareja con él, un prisionero de guerra que sabe Dios qué habría visto en su reciente cautiverio alemán (puede que hasta la misericordia), por voluntad propia asió la maleta y la llevó.
Después le relevaron otros prisioneros, sin que tampoco fuera necesaria una orden de la escolta. Y de nuevo el alemán.
Pero no yo.
Y nadie me dijo ni palabra.
En cierta ocasión nos cruzamos con una larga columna de carretas que iban de vacío. Los carreteros nos observaban con interés y algunos hasta se encaramaban en alto para vernos mejor. No tardé en comprender que tanta animación y hostilidad tenían que ver conmigo, pues destacaba claramente de los demás: mi capote era nuevo, largo, cortado a medida, las tirillas del cuello aún no se habían descosido y los botones intactos sacaban al sol naciente destellos de oro barato. Saltaba a la vista que yo era un oficial fresco aún, recién capturado. Es posible, pues, que su alegría se debiera en parte al mero hecho de toparse con un oficial caído en desgracia (era un resplandor de justicia), aunque lo más probable es que en sus cabezas, embutidas de conferencias políticas, no pudiera caber que lo mismo podría haberle ocurrido a su jefe de compañía. En cualquier caso, todos a una habían concluido que yo venía del otro lado.
— ¡Ya verás tú, cabrón vlasovista! ¡Hay que fusilar a este cerdo! — gritaban enardecidos los carreteros, con esa ira de la retaguardia (el patriotismo más fuerte siempre se da en la retaguardia) que aderezaban con una abundante lluvia de obscenidades.
Yo era para ellos una especie de maquinador internacional al que, pese a todo, habían echado el guante, con lo que ahora, en el frente, la ofensiva avanzaría con mayor rapidez y la guerra terminaría antes.
¿Qué les iba a responder yo? Me estaba prohibido pronunciar una sola palabra, cuando habría tenido que contar mi vida a cada uno de ellos. ¿Cómo hacerles saber que no era un saboteador? Que era amigo de ellos, que si estaba allí era por ellos. Yo sonreía... ¡Sonreía hacia ellos desde una columna de detenidos! Pero mis dientes al descubierto les parecieron la peor de las burlas, y aún se encarnizaron más sus crueles insultos y amenazas con el puño.
Yo sonreía, orgulloso de que no me hubieran detenido por ladrón, traidor o desertor, sino porque, a fuerza de intuición, había penetrado en los secretos criminales de Stalin. Sonreía porque quería y — quién sabe — quizá conseguiría arreglar un poquito nuestra vida rusa.
Y entretanto, mi maleta la llevaban otros ...
¡Ni siquiera sentía remordimientos! Y si en aquel momento mi compañero de fila — cuyo demacrado rostro estaba cubierto ya con un suave bozo de dos semanas y cuyos ojos rebosaban sufrimiento y comprensión — en ruso franco y claro me hubiera echado en cara el haber humillado mi dignidad de preso recurriendo a la ayuda de la escolta, que me colocaba por encima de los demás, que era soberbio, ¡no le habría comprendido ! Simplemente, no habría comprendido de qué estaba hablándome. ¿Acaso no era yo un oficial?
Si siete de nosotros tuvieran que morir por el camino pero la escolta pudiera salvar al octavo, no veo qué me habría impedido exclamar:
— ¡Sargento, sálveme a mí! ¡Mire, soy oficial!
¡Eso es un oficial, aun cuando no lleve galones azules!
¿Y si encima son azules? ¿Y si además le han inculcado que es la sal de la oficialidad, que a él se le confian más cosas a los demás, que conoce más que ellos, y que por todo eso debe hacer que el detenido agache la cabeza entre las piernas y en esa posición embutirlo en el alcantarillado?
¿Por qué habría de negarse?
Yo me atribuía desinterés y espíritu de sacrificio, cuando en realidad ya estaba más que listo para convertirme en verdugo. Y de haber ido a parar a la Academia del NKVD en tiempos de Ezhov, ¿no habría estado bien preparado para hacer carrera con Beria?
El lector que espere encontrar en esta obra una acusación política puede cerrarla aquí mismo.
¡Si todo fuera tan sencillo! ¡Si se tratara simplemente de unos hombres siniestros en un lugar concreto que perpetran con perfidia sus malas acciones! ¡Si bastara con separarlos del resto y destruirlos! Pero la línea que separa el bien del mal atraviesa el corazón de cada persona. ¿Y quién destruiría un pedazo de su propio corazón?
Mientras dura la vida de un corazón, esta línea se desplaza, ora acosada por el gozo del mal, ora cediendo espacio a un estallido de bondad. Una misma persona, a sus distintas edades, en distintas situaciones de la vida, es alguien totalmente diferente. Unas veces está cerca del diablo y otras del santo. Pero siempre se llama igual y siempre se trata del mismo hombre.
Ya nos lo dejó dicho Sócrates: ¡Conócete a ti mismo!
Y nos detenemos pasmados ante el foso al que nos disponíamos a empujar a nuestros perseguidores, porque en realidad si los verdugos fueron ellos y no nosotros, ello se debió tan sólo a las circunstancias.
¡Y si Maliuta Skuratov nos hubiera llamado a nosotros , probablemente no le habríamos defraudado! Dice el proverbio que del bien al mal sólo hay un paso.
Entonces, del mal al bien, otro tanto.
Apenas afloró en la sociedad el recuerdo de las iniquidades y torturas, por todas partes empezaron las marizaciones, notas y objeciones: ¡allí (en el NKVD-MGB) también había gente buena!
Sabemos quién era esa «gente buena»: eran los que susurraban a los viejos bolcheviques «¡aguanta!», y hasta les pasaban bajo mano algún bocadillo, mientras cosían a patadas a los demás. Pero más allá de los partidos, en un sentido estrictamente humano, ¿es posible que hubiera personas buenas?
En general, no tenía que haberlas: al que era bueno procuraban no reclutarlo, se daban cuenta en las pruebas de ingreso. Y, por otra parte, ellos mismos se las ingeniaban para evitar ese trabajo. En Riazán, durante la guerra, un aviador de Leningrado al que habían dado de alta del hospital suplicaba en el dispensario de tuberculosos: «¡Encuéntrenme algo! ¡Me están obligando a ingresar en los Órganos!». Los radiólogos le inventaron una infiltración tuberculosa y los de la Seguridad del Estado lo descartaron de inmediato.
En cuanto a los que entraban en los Órganos por error, éstos, o se hacían a ese ambiente, o bien eran rechazados, eliminados, o incluso se echaban ellos mismos a la vía del tren. Y con todo, ¿es posible que no quedara ninguno?
En Kishiniov, un joven teniente de la Seguridad del Estado visitó a Shipoválnikov un mes antes de que detuvieran a éste: ¡Váyase, váyase, quieren arrestarle! (¿Vino por su propio impulso o fue su madre quien lo envió a salvar al sacerdote?) Después de la detención, a él mismo le tocó escoltar al padre Víktor. Y se lamentaba: ¿Por qué no se marchó usted?
O también otro caso. Tenía yo un jefe de pelotón, el teniente Ovsiánnikov. No hubo en el frente persona más allegada a mí. Nos pasamos media guerra comiendo del mismo plato y, si había ataque de artillería, nos lo pasábamos cada dos explosiones, para que la sopa no se enfriara. Era un joven campesino con un alma tan pura y una mirada tan imparcial que ni nuestra academia ni el grado de oficial lo habían estropeado. El suavizó mi carácter en muchos aspectos. Para él, ser oficial significaba una sola cosa: preservar la vida y las fuerzas de sus soldados (muchos de ellos de edad avanzada). El fue el primero en explicarme cómo estaba el campo en aquel entonces y qué eran los koljoses (hablaba de ello sin irritación ni indignación, de una manera sencilla, como el agua del bosque refleja hasta la más pequeña rama de los árboles). Cuando me encarcelaron se sintió conmocionado, escribió el mejor de los informes militares sobre mí y lo presentó al jefe de la división para que lo firmara. Una vez desmovilizado, se puso en contacto con mi familia, buscando el modo de ayudarme (¡estábamos en 1947, un año que poco se diferenciaba de 1937!). Durante la instrucción de mi sumario temí mucho por él, temía que leyeran mi diario de guerra porque contenía relatos suyos. Cuando me rehabilitaron en 1957, sentí grandes deseos de encontrarle. Recordaba su dirección en el pueblo. Escribí una vez, escribí otra, y no hubo respuesta, hasta que di con una pista: se había licenciado en el Instituto de Pedagogía de Yaroslavl. De allí me respondieron: «Lo han destinado en los Órganos de Seguridad del Estado». ¡Vaya! Tanto más interesante. Le escribí a su dirección en la ciudad: no hubo respuesta. Pasaron algunos años, se publicó Iván Denísovich. ¡Bueno, ahora sí que querrá responderme! ¡Pues, no! Tres años más tarde pedí a un corresponsal que tenía en Yaroslavl que fuera a su casa y le entregara una carta en propia mano. Así lo hizo, aunque me escribió: «Me ha dado la impresión de que ni siquiera ha leído el Iván Denísovich...'». Bien mirado, ¿qué necesidad tenía de saber qué pasaba después con los condenados? Pero esta vez, Ovsiánnikov ya no pudo seguir guardando silencio y contestó: «Al salir del instituto me propusieron ingresar en los Órganos, y me pareció que allí también me podría cundir (¿cómo que cundir?). Pero el nuevo oficio no se me daba bien, había cosas que no me gustaban. Sin embargo, cumplo en el trabajo sin que haga falta andar detrás de mí con un garrote, y que yo sepa, nunca le he fallado a un compañero (vaya una justificación: ¡el compañerismo!). Ahora ya no me inquieta mi futuro».
Y nada más... Como si no hubiera recibido mis cartas anteriores. Tampoco tenía ganas de verme (de habernos encontrado, creo que este capítulo me habría salido mejor). Durante los últimos años de Stalin había llegado ya a juez de instrucción. Eran esos años en que a todos, uno tras otro, les colgaban un cuarto (de siglo). ¿En qué conciencia cabe todo eso? ¿Cómo pudo nublársele así? Sin embargo, al recordar a ese joven puro y abnegado de antes, ¿cómo voy a creer que no tenga remedio? ¿Que no haya quedado en él ningún brote sano.
Cuando el juez Goldman le dio a Vera Kornéyeva el formulario 206 para que lo firmara, ésta hizo valer sus derechos y empezó a leer con detenimiento la causa contra los diecisiete miembros de su «grupo religioso». El juez se enfureció, pero no podía impedírselo. Para no aburrirse con ella, la dejó en una amplia oficina donde había media docena de funcionarios diversos y se marchó. Al principio, Kornéyeva sólo leía, pero al poco se entabló una conversación, quizá porque los funcionarios querían matar el tiempo, y Vera se puso a predicar en voz alta. (Había que conocerla. Era una persona brillante, con una mente despierta y sin pelos en la lengua, aunque sólo había trabajado de cerrajera, en una caballeriza y como ama de casa.) La escucharon en silencio, aunque a veces la animaban a profundizar con alguna pregunta. Se estaba revelando ante ellos algo inesperado. Se llenó toda la habitación, llegó gente de otras dependencias. Aunque es cierto que no se trataba de jueces de instrucción, sino de mecanógrafas, taquígrafas y encuadernadoras de expedientes, todos pertenecían a ese ambiente, al mundo de los Órganos en 1946. Me sería imposible reproducir aquí su monólogo, tuvo ocasión de decir muchas cosas. Sobre los traidores a la patria también: ¿Por qué no los hubo en la guerra patria de 1812, cuando existía el régimen de servidumbre? ¡Habría sido natural que los hubiera! Pero sobre todo habló de la fe y de los creyentes. Antes, dijo, anteponíais a todo vuestras pasiones desenfrenadas («roba lo robado»), (T60) y, naturalmente, los creyentes os estorbaban. Pero ahora que queréis construir y alcanzar el bienestar en este mundo, ¿por qué perseguís a vuestros mejores ciudadanos? Los creyentes serían para vosotros el más preciado material, pues no hay necesidad de controlarlos: el creyente no roba, no escurre el bulto a la hora de trabajar. ¿Pensáis construir una sociedad justa con vividores y envidiosos? Se os vendrá todo abajo. ¿Por qué escupís en el alma de las mejores personas? Dejad que la Iglesia esté verdaderamente separada del Estado, no la toquéis, no tenéis nada que perder. Sois materialistas, ¿no? Confiad entonces en el desarrollo de la enseñanza, para que ésta acabe, como dicen, con la fe. ¿De qué sirve arrestar a la gente? En eso entró Goldman y quiso cortarla groseramente. Pero todos le chillaron: «¡Cierra el pico! ¡Anda, cállate! ¡Habla, habla, mujer!». (¿Cómo dirigirse a ella? ¿Ciudadana?, ¿Camarada? En su caso, los dos tratamientos estaban prohibidos, era un lío de convencionalismos. ¡Mujer! Tratándola como Cristo no había lugar a error.) ¡Y Vera continuó en presencia de su juez de instrucción!
Reflexionemos acerca de esos que escuchaban a Kornéyeva en la oficina de la Seguridad del Estado, ¿por qué les alcanzaron tan vivamente las palabras de una insignificante presa?
El propio D.P. Térejov, del que ya hemos hablado, aún recuerda a su primer condenado a muerte: «Me daba lástima». Alguna parte de su corazón debía guardar aquel recuerdo (pero desde entonces, a los muchos que siguieron ya no los recuerda, y ya no lleva la cuenta).
Con este Térejov me ocurrió cierto caso. Mientras me estaba demostrando las excelencias del sistema judicial de Jruschov iba dando enérgicas palmadas sobre el cristal de la mesa, hasta que se cortó la muñeca con el canto del mueble. Pulsó el timbre, el personal se puso firmes y el oficial superior de guardia vino con yodo y agua oxigenada. Al reanudar la conversación, estuvo una hora con el algodón húmedo aplicado impotentemente en la herida. Me dijo que se le coagulaba mal la sangre. ¡Dios le estaba demostrando con toda claridad las limitaciones del hombre! Y él que juzgaba e imponía penas de muerte a otros...
Por más insensibles que fueran los vigilantes de la Casa Grande, ¿es posible que en su interior no hubiera quedado un trocito de alma, como un piñón en su cascara? Cuenta N.P-va. que en cierta ocasión la conducía a interrogatorio una celadora impasible, muda, de ojos impenetrables. De pronto, las bombas empezaron a estallar al lado mismo de la Casa Grande y parecía que acto seguido iban a caer sobre ellas. La vigilante se precipitó sobre ella y la abrazó presa del pánico, ansiando calor y respaldo humanos. Pero cesó el bombardeo. Y otra vez la misma mirada ausente: «¡Las manos atrás! ¡Camine!».
Por supuesto, poco mérito hay en volverse humano a causa del horror que precede a la muerte. Como tampoco es prueba de bondad el amor de los padres por sus hijos («Es un buen padre de familia», dicen a menudo en defensa de un canalla). Suele decirse en elogio del presidente del Tribunal Supremo I.T- Goliakov, que gustaba de trabajar en su jardín, que amaba los libros y frecuentaba las librerías de viejo, que era un gran conocedor de Tolstói, Korolenko y Chéjov. ¿Pero qué asimiló de ellos? ¿A cuántos miles envió a la muerte? O por ejemplo aquel coronel, el amigo de Iossé, que encerrado en el izoliator de Vladímir contaba entre carcajadas cómo había metido a unos ancianos judíos en un sótano con hielo y que, sin embargo, lo único que temía de tantos excesos era que se enterara su esposa. Ella creía en él, lo consideraba un hombre noble, y él tenía en mucha estima esta opinión. Pero, ¿habrá quien se atreva a ver en este temor una cabeza de puente que el bien hubiera conquistado en su corazón?
¿A qué se debe esa obsesión — va ya para dos siglos — por llevar el color del cielo? Si en época de Lérmontov el poeta ya decía: «¡También vosotros, uniformes azules!», (T61) luego vendrían las gorras azules, los galones azules y los cuellos azules. Fueron recibiendo órdenes para no resaltar tanto, fue reduciéndose la superficie de azul expuesta al agradecimiento popular. Menos celeste en cabezas y hombros, hasta quedar en simples ribetes, en tiras estrechas, mas pese a todo, ¡azules!
¿Era sólo una mascarada?
¿O es que toda negrura siente necesidad, aunque sea de vez en cuando, de cierta proximidad con los cielos?
Sería hermoso pensar así, hasta que uno se entera de cómo se manifestaba por ejemplo en Yagoda esta atracción por lo sagrado... Cuenta un testigo (del círculo de Gorki, muy afecto por aquel entonces a Yagoda) que en su finca de las afueras de Moscú tenía unos iconos en la antesala del baño, colgados expresamente ahí para que Yagoda y sus camaradas, una vez desnudos, descargaran contra ellos sus revólveres, tras lo cual pasaban al baño de vapor...
¿Cómo hay que entender una palabra como malvado? ¿Qué queremos decir exactamente con ella? ¿Existe semejante cosa en el mundo?
Nuestra primera reacción sería responder que no puede haber malvados, que no los hay. En los cuentos es lícito hablar de ellos, porque son para niños y hay que simplificar las escenas. Pero cuando la gran literatura mundial de los siglos pasados — Shakespeare, Schiller o Dickens — nos presenta una tras otra semblanzas de malvados de un negro espeso, los malvados nos parecen casi de guiñol, poco acordes con la sensibilidad moderna. Debemos fijarnos sobre todo en cómo están caracterizados: tienen perfecta conciencia de su maldad y de su alma tiznada. Razonan así: no puedo vivir sin hacer el mal. ¡A ver si enfrento al padre contra el hermano! ¡Qué deleite, ver padecer a mis víctimas! Yago dice sin tapujos que sus objetivos e impulsos son negros, nacidos del odio.
¡No, no suele ser así! Para hacer el mal, antes el hombre debe concebirlo como un bien o como un acto meditado y legítimo. Afortunadamente, el hombre está obligado, por naturaleza, a encontrar justificación a sus actos.
Las justificaciones de Macbeth eran muy endebles y por eso su conciencia acabó con él. Yago era otro corderito. Con los malvados shakespearianos bastaba una decena de cadáveres para agotar la imaginación y la fuerza de espíritu. Eso les pasaba por carecer de ideología.
¡La ideología! He aquí lo que proporciona al malvado la justificación anhelada y la firmeza prolongada que necesita. La ideología es una teoría social que le permite blanquear sus actos ante sí mismo y ante los demás y oír, en lugar de reproches y maldiciones, loas y honores. Así, los inquisidores se apoyaron en el cristianismo; los conquistadores, en la mayor gloria de la patria; los colonizadores, en la civilización; los nazis, en la raza; los jacobinos y los bolcheviques, en la igualdad, la fraternidad y la felicidad de las generaciones futuras.
Gracias a la ideología, el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede refutar, ni esquivar, ni silenciar. ¿Y cómo después de esto podríamos atrevernos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Quién, pues, exterminó a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago.
En 1918-1920 corría el rumor de que en la Cheká de Petrogrado y la de Odessa no fusilaban a todos los condenados, sino que a algunos los echaban (vivos) a las fieras de los zoológicos de dichas ciudades. No sé si es cierto o es un infundio. Y si se dieron casos, tampoco sé cuántos. Sea como sea, no me pondría a buscar pruebas: mejor tomemos prestado el método de los Ribetes Azules y propongámosles que sean ellos quienes demuestren que eso es imposible. Con el hambre que había durante aquellos años, ¿de dónde iban a sacar carne para los zoológicos? ¿Es que se la iban a racionar a la clase obrera? Si eran enemigos, condenados a morir de todos modos, ¿por qué no contribuir con su muerte a la cría de fieras en la república y acelerar así el advenimiento del porvenir? ¿Acaso no es coherente?
Esta es la raya que no podía atravesar el malvado shakespeariano, pero los malvados con ideología la atraviesan, sin que se perturbe su mirada.
En física se habla de magnitudes o fenómenos de umbral. Son aquellos que no se producen hasta franquear cierto umbral que la naturaleza conoce y ha codificado. El litio, por más que se ilumine con luz amarilla, no cede electrones, pero apenas se encienda una débil luz azulada éstos se desprenden (se habrá atravesado el umbral fotoeléctrico). Si enfriamos oxígeno por debajo de los cien grados, el gas soporta cualquier presión, no lograremos rendirlo. Pero si sobrepasa los ciento dieciocho se derrama, se torna líquido.
Por lo visto, la maldad también es una magnitud de umbral. Sí, el hombre vacila y se debate toda la vida entre el bien y el mal, resbala, cae, trepa, se arrepiente, se ciega de nuevo, pero mientras no haya cruzado el umbral de la maldad tiene la posibilidad de echarse atrás, se encuentra aún en el campo de nuestra esperanza. Pero cuando la densidad o el grado de sus malas acciones, o el carácter absoluto de su poder le hacen saltar más allá del umbral, abandona la especie humana. Y tal vez para siempre.
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Desde tiempos remotos, los hombres conciben la justicia como una dicotomía: la virtud triunfa y el vicio se castiga.
Tenemos la dicha de haber llegado a una época en que la virtud, aunque no triunfe, tampoco se ve continuamente acosada por los sabuesos. A la virtud, apaleada y escuálida, se le permite ahora sentarse con sus harapos en un rincón con tal de que no abra la boca.
En cambio, nadie se atreve a mencionar el vicio. Sí, se burlaban de la virtud, pero no había vicio en ello. Sí, unos cuantos millones de personas rodaron por el despeñadero, pero no hay culpables. Y si alguien se atreve sólo a insinuar: «Entonces, qué pasa con los que...», por todas partes le dicen con reproche, al principio de modo cordial: «¡Pero hombre, camarada! ¿Para qué abrir viejas heridas?». (Ésta era precisamente la objeción que hacían los jubilados azules a mi Iván Denísovích: ¿para qué hurgar en las heridas de quienes estuvieron en los campos? ¡Como si encima ahora hubiera que protegerlos, a ellos!) Y luego ya con el palo: «¡A callar, dad gracias de que seguís con vida! ¡En buena hora se nos ocurrió rehabilitaros!».
Hacia 1966, cuando en Alemania Occidental se habían condenado ochenta y seis mil criminales nazis, (51) nosotros, sofocados por la indignación, no escatimábamos páginas en los periódicos ni horas en la radio, e incluso después del trabajo nos quedábamos a los mítines para votar: ¡ No basta!, ¡ochenta y seis mil son pocos!, ¡veinte años de juicios no bastan! ¡Hay que seguir!
Y en nuestro país condenaron (según datos oficiales) a una treintena de personas.
Nos duele lo que ocurre más allá del Oder y del Rin, pero ni nos duele ni preocupa lo que pasa en las afueras de Moscú o de Sochi tras unas tapias verdes. No nos conmueve que los asesinos de nuestros maridos y padres recorran las calles y que tengamos que hacernos a un lado cuando pasan en sus coches oficiales, esto no nos indigna, indignarnos sería «remover el pasado».
Y sin embargo, si pasamos esos 86.000 criminales germano-occidentales a nuestra escala, ¡en nuestro país tendríamos un cuarto de millón!
Pero en un cuarto de siglo no hemos dado con ninguno de ellos, no hemos llevado a juicio a uno sólo, tememos reavivar sus heridas. Y como símbolo de todos ellos, en la calle Granóvskaya n° 3 vive Mólotov, engreído y obtuso, que hasta hoy no ha cambiado de opiniones, empapado de nuestra sangre, y que cruza con noble paso la acera para meterse en un gran automóvil.
El enigma que nosotros, los contemporáneos, nunca podremos descifrar, es el siguiente: ¿Cuál es la razón por la que Alemania puede castigar a sus malvados y Rusia no? ¿Qué camino funesto ha de seguir aún nuestro país si no podemos sacudirnos esta inmundicia que se pudre en nuestro cuerpo? ¿Qué lección va a poder darle Rusia al mundo?
En los procesos judiciales alemanes aparece, ora aquí, ora allí, un fenómeno asombroso: el acusado se lleva las manos a la cabeza, renuncia a la defensa y no pide nada más al tribunal. El encausado dice que la lista de sus crímenes, revivida y proyectada de nuevo ante él, le llena de repugnancia. Ya no quiere seguir viviendo.
Es la más alta conquista que pueda alcanzar un tribunal: condenar el vicio hasta tal punto que sea el propio criminal quien se aparte repugnado de él.
Un país que ha condenado el vicio ochenta y seis mil veces en los tribunales (y que lo sigue condenando irrevocablemente en la literatura y entre la juventud), año tras año, peldaño tras peldaño, va purificándose de él.
¿Qué hemos de hacer nosotros? Algún día nuestros descendientes verán en varias de nuestras generaciones una estirpe de blandengues: primero permitimos sumisamente que nos mataran a millones, luego mimamos solícitamente a los asesinos en su próvida vejez.
¿Qué le vamos a hacer, si la gran tradición rusa de la contricción se les antoja incomprensible y ridicula? ¿Qué hacer si el pánico visceral a soportar aunque sólo sea una centésima parte del sufrimiento que han causado a otros es más fuerte que el afán de justicia? ¿Qué hacer, si hay manos codiciosas que se aferran a una cosecha de bienes regados con la sangre de los muertos?
Como es natural, los que accionaban la manivela de esa picadora de carne en 1937, por ejemplo, ya no son jóvenes, tendrán de cincuenta a ochenta años. Han pasado la mejor época de su vida y no han conocido la pobreza, sino la abundancia y la comodidad. Por eso ya no se les puede aplicar un desquite equivalente, ya es demasiado tarde. Pero seamos magnánimos, está bien, no los fusilemos, no los atiborremos de agua salada, no los cubramos de piojos, no los embridemos con la «golondrina», no los tengamos de pie toda una semana sin dormir, no los golpeemos con las botas ni con porras de goma, no les oprimamos el cráneo con un aro de hierro, no los empotremos en una celda como si fueran maletas unas encima de las otras, ¡no hagamos nada de lo que hicieron ellos! ¡Pero ante nuestro país y ante nuestros hijos tenemos la obligación de encontrarlos y juzgarlos a todos ! Juzguemos no tanto a ellos como a sus crímenes. Logremos que cada uno de ellos diga por lo menos en voz alta:
— Sí, soy un verdugo y un asesino.
Y si esto se pronunciara en nuestro país tan sólo un cuarto de millón de veces (para no estar por debajo, en proporción con Alemania Occidental), ¿no sería ya bastante?
En pleno siglo XX ya no podemos seguir durante decenios sin distinguir entre atrocidades juzgables ante un tribunal y un «pasado» que no conviene «remover».
¡Debemos condenar públicamente la idea misma de que unos hombres puedan ejercer la violencia contra otros! Cuando silenciamos el vicio metiéndolo en el cuerpo para que no asome al exterior, lo estamos sembrando y acabará por brotar miles de veces más en el futuro. Si no castigamos, si ni siquiera censuramos a quien cometió el mal, estamos haciendo algo más que velar la vejez de un miserable, estamos privando a las nuevas generaciones de todo fundamento de justicia. Así crecen los «indiferentes», y no por culpa de una «débil labor educativa». Los jóvenes asimilan que la vileza nunca se castiga en la tierra, y que, al contrario, siempre aporta bienestar.
¡Qué desasosiego, qué horror, vivir en semejante país!
¿Qué tienen que ver las celdas con el amor? Ah, claro, seguramente te encerraron en la Casa Grande durante el bloqueo de Leningrado, ¿verdad? Entonces se comprende, si sigues vivo es porque te encerraron allí. Era el mejor sitio de Leningrado, y no sólo para los jueces de instrucción que hasta vivían ahí y tenían despachos en los sótanos en caso de bombardeo. Bromas aparte, en aquella época, cuando en Leningrado la gente no se lavaba y tenía el rostro cubierto por una costra negra, en la Casa Grande al preso le daban una ducha caliente cada diez días. Cierto que sólo había calefacción en los pasillos, para los vigilantes — las celdas no se calentaban —, pero también es verdad que en la celda había agua corriente y un retrete. ¿En qué otro sitio de Leningrado había de esto? Y de pan, tanto como en la calle: ciento veinticinco gramos. Pero además, una vez al día, ¡caldo de carne de caballo! ¡Y kasha líquida a diario!
¡Como para ser gato y tenerle envidia a los perros! ¿Pero y el calabozo? ¿Y la suprema?
No, no es por eso. No es por eso...
Hay que pararse por un momento y hacer repaso con los ojos cerrados: por cuántas celdas has pasado durante tu condena. Hasta cuesta contarlas. Y en cada una de ellas había gente, gente... En ésta, dos personas, en aquella, centenar y medio. En unas estuviste cinco minutos, en otras, un largo verano.
Pero siempre, entre todas las demás celdas de tu cuenta particular habrá una primera en la que encontraste a tus semejantes, hombres con quienes te unía un destino quebrado.
La recordarás toda la vida, y quizá sólo haya otra cosa que puedas recordar con tanta emoción: el primer amor. Y a estos hombres que compartieron contigo el suelo y el aire de aquel cubo de piedra — en unos días en que revisabas toda tu vida bajo un nuevo prisma — a estos hombres habrás de recordarlos como si fueran de la familia.
Y es que en aquellos días ellos eran tu única familia.
Lo vivido en la primera celda de tu sumario no tiene semejanza alguna con toda tu vida de antes ni de después. Aunque las cárceles hayan existido durante milenios antes de ti, y aunque las seguirá habiendo después (quisiera pensar que por menos tiempo...), la celda única, irrepetible es aquella en la que pasaste la instrucción.
Seguramente, era un lugar horrible para un ser humano. Una cija infestada de piojos y de chinches, sin ventana, sin ventilación ni catres, con el suelo sucio, una caja denominada KPZ, dependiente de un soviet rural, una comisaría de policía, un puerto o una estación. (52) (Diseminadas por todo el país, las KPZ y las DPZ son lo que más abunda, es en ellas donde está el grueso de la gente.) Una celda individual en la cárcel de Arjánguelsk, donde los cristales están embadurnados de minio para que la mutilada luz del Señor te llegue sólo como un reflejo purpúreo y deba arder perpetuamente en el techo una bombilla de quince vatios. O la «individual» de la ciudad de Choibalsán, donde sobre seis metros cuadrados de suelo estuvimos durante meses catorce personas pegadas unas a otras, cambiando de sitio todos a una las piernas encogidas. O una de las celdas «psíquicas» de Lefórtovo, como la n° 111, pintada de negro, también con una bombilla de veinte vatios encendida las veinticuatro horas del día; pero en lo demás, como cualquier otra celda de Lefórtovo: piso de asfalto, el grifo de la calefacción en el pasillo, en manos del celador, y, lo más importante, un desgarrador rugido durante horas (de los túneles aerodinámicos del vecino Instituto Central de Aerodinámica e Hidrodinámica, aunque es imposible creer que no fuera adrede). Este rugido hacía que la escudilla y la taza se deslizaran por la mesa con la vibración, era inútil intentar hablar, aunque sí se podía cantar a pleno pulmón sin que te oyera el vigilante. Cuando cesaba el bramido te inundaba un bienestar mucho más dulce que la misma libertad.
Pero no era ese suelo sucio, ni esas paredes siniestras, ni ese hedor de la cubeta de lo que te encariñabas, sino de aquellas personas con las que obedecías la orden de dar media vuelta; te encariñabas de algo que trepidaba en vuestras almas, de sus palabras, a veces asombrosas, y de los pensamientos libres y flotantes que nacían en ti precisamente por estar ahí, unos pensamientos que hasta hacía poco no habrías podido alcanzar por resultarte demasiado elevados.
¡Y cuánto te había costado llegar a esta primera celda! Te habían tenido en un foso, o en un box, o en un sótano. Nadie te había dirigido una palabra humana, nadie te había mirado con ojos humanos, no hacían más que picotearte el cerebro y el corazón con sus fauces de hierro. Tú gritabas, tú gemías, y ellos reían.
Durante una semana, o un mes, te encontraste solo entre enemigos, te despediste ya de la razón y de la vida; y llegaste al punto de saltar del radiador de la calefacción para partirte la cabeza contra el cono de hierro del desagüe. Y de pronto, estabas vivo y rodeado de amigos. Y la razón volvía a ti.
¡Esto es la primera celda!
Esperabas esa celda, soñabas con ella casi tanto como con la liberación, pero te sacaban de una rendija para meterte en una madriguera, de Lefórtovo a la legendaria y diabólica Sujánovka.
Sujánovka era una prisión terrible, una cárcel así sólo la podía tener el MGB. Los jueces de instrucción pronunciaban su nombre como un susurro siniestro para asustar al compañero preso. (Y a los que entraban en ella, después no había forma de preguntarles: o salían delirando incoherencias, o ya no estaban entre los vivos.)
Sujánovka era el antiguo monasterio de Santa Catalina y estaba formada por dos edificios: uno era el de condenados y el otro, de sesenta y ocho celdas, el de reclusión preventiva mientras durase la instrucción. Los furgones tardaban dos horas en llegar allí. Pocos sabían que la prisión se encontraba a pocos kilómetros de Gorki Leninskie y de la antigua hacienda de Zinaida Volkónskaya. En sus alrededores se extiende un bello paraje.
Para aturdir al recién llegado, lo metían en un calabozo donde debía estar de pie. Era tan estrecho que, sí te fallaban las fuerzas, había que sostenerse apoyando las rodillas en la pared, no había otra manera. En ese calabozo le tenían a uno más de veinticuatro horas, para que su espíritu se sometiera. En Sujánovka daban una comida delicada y sabrosa, como en ninguna otra parte del MGB, porque la traían de la casa de reposo de arquitectos y no disponían de cocina aparte para preparar bazofias de cerdo. Pero lo que se comía un arquitecto — las patatas asadas y las albóndigas — aquí alcanzaba para doce personas. Por eso, además de andar siempre con hambre, como en todas partes, el preso sentía una exasperación más dolorosa.
Las celdas del antiguo monasterio estaban calculadas para dos personas, pero a los encausados sometidos a instrucción solían tenerlos a razón de uno por celda. Las celdas eran de metro y medio por dos. (53) En el suelo de piedra había empotradas dos pequeñas sillas redondas, como troncos cortados. El vigilante abría una cerradura de gorjas y sobre cada silla caía de la pared — para las siete horas nocturnas (es decir, para las horas de interrogatorio, pues de día nunca llevaban a instrucción) — un estante con un jergón de paja de talla infantil. De día el asiento quedaba libre, pero estaba prohibido sentarse en él. Además, había una especie de tabla de planchar sobre cuatro tubos verticales: era la mesa. El ventanuco de ventilación estaba permanentemente cerrado y el vigilante sólo lo abría por la mañana durante diez minutos valiéndose de una clavija. La pequeña ventana era de cristal armado. Paseos no los había nunca, el retrete sólo a las seis de la mañana, es decir, cuando ningún vientre lo necesita, y por la noche no había retrete. Para cada sección de siete celdas, dos vigilantes. Por esto le observaban a uno por la mirilla con tanta frecuencia como poco tiempo necesitaba el vigilante para pasar ante dos puertas y pararse a la tercera. Éste era el objetivo de la silenciosa Sujánovka: no permitirle a nadie ni un minuto de sueño, ni un minuto robado para la vida privada. Constantemente observados, constantemente a su merced.
Pero si superabas este duelo con la locura y todas las tentaciones de la soledad, si no sucumbías, ¡entonces eras digno de tu primera celda! Entonces tu alma podía cicatrizar.
Pero aunque te hubieras rendido enseguida, aunque hubieras cedido en todo y traicionado a todos, igualmente estabas maduro para tu primera celda, si bien habría sido mejor que no llegases a ese instante feliz, sino haber muerto victorioso en los sótanos sin haber echado una sola firma.
En la celda, ves por primera vez otros hombres que no son enemigos. Coincides por primera vez con otros hombres vivos (54) que siguen tu mismo camino y con quienes puedes fundirte en una gozosa palabra: nosotros .
Sí, esta palabra, que quizá llegaste a detestar en la calle porque la utilizaban para suplantarte como individuo («¡Todos nosotros, como un solo hombre!» «¡Nosotros ardemos de indignación!», «¡Exigimos!», «"Juramos...!»), ahora descubres en ella un sabor dulce: ¡No estás solo en el mundo! ¡Aún quedan seres inteligentes, con alma: aún quedan personas !
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Tras cuatro días enteros de duelo cuerpo a cuerpo con mi juez de instrucción, el vigilante, habiendo esperado a que sonara el toque de retreta y me tendiera bajo la cegadora iluminación eléctrica del box, empezó a abrir mi puerta. Yo lo oía perfectamente, pero antes de que dijera: «¡Levántese! ¡A declarar!», quería permanecer tendido tres centésimas de segundo más, con la cabeza sobre la almohada e imaginarme que dormía. Pero esta vez el vigilante se salió de lo aprendido: «¡Levántese! ¡Recoja la cama!».
Desconcertado y disgustado, pues era el momento más preciado del día, me envolví los pies con los peales, me calcé las botas, me puse el capote, el gorro de invierno y abarqué el colchón de una brazada. De puntillas, haciéndome constantemente señas para que no metiera ruido, el carcelero me condujo por el pasillo — silencioso como una tumba — del tercer piso de la Lubianka. Pasamos ante la mesa del vigilante del pabellón, ante los brillantes números de las celdas y las tapas verde oliva abatidas sobre las mirillas, y me abrió la celda n° 67. Entré y él cerró de inmediato la puerta a mi espalda.
Apenas habría pasado un cuarto de hora desde el toque de retreta, pero los presos disfrutan de un tiempo de sueño tan frágil e inseguro, además de escaso, que, a mi llegada, los habitantes de la celda n° 67 ya dormían en sus camastros metálicos con las manos por encima de la manta.
En las cárceles internas de la GPU-NKVD-KGB se fueron inventando paso a paso diferentes medidas vejatorias como complemento de las normas penitenciarias ya establecidas. Los que estuvieron presos a principios de los años veinte no conocieron esas medidas, y, además, por aquel entonces de noche se apagaba la luz, como entre las personas. Lo de dejar la luz encendida empezó siguiendo un fundamento lógico: era menester poder ver a los presos en cualquier momento de la noche (si la encendían en el momento de inspeccionar la celda aún era peor). Además, había orden de que las manos se mantuvieran encima de la manta, para que el preso no pudiera estrangularse en secreto y zafarse del justo sumario. Tras un estudio experimental quedó comprobado que en invierno siempre dan ganas de meter las manos bajo la manta, para que estén calientes, y por ello la medida fue aprobada definitivamente.
Los tres presos se estremecieron al oír el ruido de la puerta al abrirse y levantaron instantáneamente la cabeza. También ellos esperaban que los llevaran a interrogatorio.
Y esas tres cabezas incorporadas por el susto, esas tres caras sin afeitar, ajadas y pálidas, me parecieron tan humanas y tan entrañables que permanecí de pie, abrazado a mi colchón, sonriendo de felicidad. Ellos también sonrieron. ¡Vaya si había olvidado esa expresión! ¡Y tan sólo en una semana!
— ¿De la calle? —me preguntaron. (La primera pregunta que suele hacerse al novato.)
— No..o —respondí. (La primera respuesta que suele dar el novato.)
Ellos se referían a que seguramente a mí me habrían arrestado hacía poco y que por tanto venía de la calle. Pero yo, que ya había pasado noventa y seis horas de instrucción, no me consideraba ni mucho menos un recién llegado «de la calle».
¿Acaso no era ya un preso experimentado? Pero, aunque a mí no me lo pareciera, yo venía de la calle. Y un vejete imberbe, de vivaces cejas negras, ya me estaba preguntando por las novedades de la guerra y la política. ¡Era asombroso! Aunque estábamos ya a últimos de febrero, no sabían nada de la Conferencia de Yalta, ni del cerco de la Prusia Oriental, ni de nuestra ofensiva sobre Varsovia de mediados de enero, ni siquiera tenían noticia de la deplorable retirada de los aliados en diciembre. (T62) Las normas estipulaban que los presos sujetos a instrucción no debían saber nada del mundo exterior. Y efectivamente, no sabían nada.
Estaba dispuesto a pasarme media noche contándoselo todo, con orgullo, como si todas las victorias y los cercos fueran obra mía. Pero el vigilante de turno entró mi cama y hubo que colocarla sin hacer ruido. Me ayudó un joven de mi edad, también militar: su guerrera y su gorra de aviador colgaban de la barra de la cama. Éste ya había tenido ocasión de preguntarme antes que el viejo, pero no por saber sobre la guerra, sino por si tenía tabaco. Sin embargo, por mucho que estuviera dispuesto a abrir mi corazón a mis nuevos amigos, y por pocas que fueran las palabras pronunciadas en esos escasos minutos, aquel joven emanaba algo extraño, aunque fuera de mi edad y compañero de armas. Me cerré ante él de inmediato y para siempre.
(Yo aún no sabía lo que era una «clueca», (T63) ni que por norma debía haber una en cada celda, ni había tenido tiempo de recapacitar y decirme que aquel hombre, G. Kramarenko, no me gustaba; pero dentro de mí ya se había puesto en marcha un relé espiritual, una célula de detección que cerró para siempre el contacto con aquel hombre. De ser éste el único caso, no lo habría mencionado, mas bien pronto — con tanto asombro y entusiasmo como angustia — descubrí que este mecanismo interior tenía una cualidad natural y perenne. Pasaron los años, compartí catres, anduve en formación y trabajé en brigadas con muchos centenares de hombres, y ese misterioso relé-detector, en cuya creación no hay ningún mérito mío, siempre se ponía en funcionamiento antes de que yo me acordara de él. Se accionaba ante un rostro, unos ojos o los primeros sonidos de una voz, tras lo cual yo me abría a aquel hombre de par en par, dejaba sólo un resquicio, o bien me cerraba herméticamente. Era siempre tan infalible, que todo el trajín de los delegados operativos para proveerse de chivatos empezaba a parecerme una minucia: el que se presta a ser traidor, siempre lo lleva escrito en la cara y en la voz, algunos con hábil fingimiento, pero de todos modos se ve que no son trigo limpio. Por el contrario, mi detector me ayudaba a distinguir desde el primer momento a quién podía confiar lo más íntimo, aquellas profundidades y secretos por los cuales le cortan la cabeza a uno. Así pasé ocho años de reclusión, tres años de destierro y otros seis años de escritor clandestino, no menos peligrosos, y en estos diecisiete años me puse en manos de decenas de personas sin pensármelo dos veces, ¡y jamás di un traspié! No he leído en ninguna parte nada sobre esto, y lo escribo ahora para los aficionados a la psicología. Creo que muchos llevamos dentro estos mecanismos espirituales, aunque como personas de un siglo demasiado tecnificado e intelectual desdeñamos esta maravilla y no dejamos que se desarrolle en nuestro interior.)
Instalamos la cama, era el momento de comenzar mi relato (naturalmente, entre susurros y tendidos en los catres, para no trocar de repente todo ese confort por un calabozo), pero el tercero de nuestra celda, de mediana edad, con algunas pinchos canos en su rapada cabeza, me miró reprobadoramente y dijo con esa severidad que adorna a los norteños:
—Mañana. La noche es para dormir.
Era lo más sensato. En cualquier momento podían sacar a uno de nosotros, llevárselo a interrogatorio y tenerlo ahí hasta las seis de la mañana. Entonces el juez de instrucción se iría a dormir, pero en la celda ya no nos estaría permitido acostarnos.
Una noche de sueño sin sobresaltos era más importante que todos los destinos del planeta.
Había además otro obstáculo que no saltaba a la vista, pero que pude sentir desde las primeras frases de mi relato, aunque de momento no acertara a darle un nombre: se había producido (con la detención de cada uno de nosotros) una inversión de polos universal, cualquier concepción que tuviéramos antes había dado un giro de ciento ochenta grados. Bien podría ser que lo que yo había empezado a contar con tanto arrobamiento ahora no resultara grato a ese nosotros que formábamos en la celda.
Se pusieron de costado, se cubrieron los ojos con el pañuelo para protegerse de la bombilla de doscientos vatios, se envolvieron con toallas el brazo expuesto al frío encima de la manta, escondieron con disimulo el otro y se durmieron.
Y yo, rebosante de felicidad por estar entre personas. Hacía una hora no contaba con que me llevaran con otros. Mis días podrían haber acabado de un tiro en la nuca (como no se cansaba de prometerme el juez de instrucción) sin haber vuelto a ver gente. La instrucción sumarial seguía pendiendo sobre mí, pero, ¡qué poco importante me parecía ahora! Mañana yo les contaría a ellos (no de mi causa, naturalmente), y ellos a mi. ¡Qué interesante iba a ser el día siguiente, uno de los mejores de mi vida! (Desde muy temprano y de forma muy clara tuve la impresión de que la cárcel no iba a ser un abismo, sino un giro importantísimo en mi vida.)
Me interesaba cada insignificancia de la celda, había perdido el sueño, y cuando no observaban por la mirilla yo examinaba la habitación disimuladamente. Por ejemplo, en lo alto de una pared había una pequeña hendidura, de unos tres ladrillos, sobre la que colgaba una cortina de papel azul. Mis compañeros aún habían tenido tiempo de confirmármelo: ¡Sí, era una ventana! ¡La celda tenía ventana! La cortina era una defensa pasiva ante los ataques aéreos. Mañana habría una débil luz diurna, y en pleno día apagarían unos cuantos minutos aquella hiriente bombilla. ¡Eso era mucho! ¡Vivir de día con la luz del día!
En la celda había también una mesa. Sobre ésta, en el lugar más visible, una tetera, un ajedrez y una pila de libros. (Entonces no sabía por qué estaban puestos justo en el lugar más visible. Resultó que, de nuevo, se debía a la normativa de la Lubianka: el vigilante debía cerciorarse, observando cada minuto por la mirilla, de que no se abusaba de tanta generosidad de la Administración, que no se hacían boquetes en la pared con la tetera, que nadie se tragara las piezas de ajedrez y dejara como saldo un ciudadano menos de la URSS, que nadie prendiera fuego a los libros con la intención de incendiar la cárcel. Las gafas de los presos se consideraban un arma tan peligrosa que ni en la mesa permitían dejarlas de noche; la Administración las recogía hasta la mañana siguiente.)
¡Qué vida más confortable! Ajedrez, libros, camas de muelles, buenos colchones y ropa limpia. No recordaba haber dormido tan bien en toda la guerra. Suelo de parquet encerado. De la puerta a la ventana se podía dar un paseo de casi cuatro pasos. Digan lo que digan, la prisión política central era un auténtico balneario.
Y no caían proyectiles... Recordaba cómo susurraban punzantes al pasar sobre nuestras cabezas, su creciente silbido y el crujido de la explosión. Y el suave silbar de las minas de mortero. Y cómo se estremecía la tierra con las cuatro cargas del chirriador. (T64) Recordaba el fango líquido de Wormditt, donde me habían arrestado y donde ahora los nuestros chapoteaban en el barro y la nieve fundida para impedir que los alemanes levantaran el cerco.
¡Al diablo! ¿Ya no queréis que combata? Pues maldita la falta que me hace.
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Entre las muchas pautas de referencia que hemos perdido está también la grandeza de quienes, antes que nosotros, hablaron y escribieron en ruso. Resulta extraño, pero apenas fueron descritos en una literatura anterior a la revolución que sólo muestra personas superfluas, (T65) o bien unos blandengues soñadores inadaptados. Con nuestra literatura del siglo XIX resulta prácticamente imposible comprender cómo pudo mantenerse Rusia en pie durante diez siglos, con qué cimientos humanos contaba. Por lo demás, ¿acaso no ha logrado superar Rusia los últimos cincuenta años gracias a estos hombres? Con mucha más razón que antes.
Y también los soñadores. Habían visto demasiadas cosas para quedarse con una sola. Tenían demasiada tendencia a lo sublime como para tocar de pies en el suelo. Cuando una sociedad está a punto de desplomarse suele aparecer un sabio estrato de gente que piensa, que piensa y nada más. ¡Mas cómo se mofaron de ellos! ¡Cómo los ridiculizaron! No merecieron más apodo que el de podredumbre. Esos hombres eran flores prematuras de fragancia excesivamente sutil, y por eso las segaron de raíz. Se encontraban especialmente indefensos, sobre todo en su vida privada: no sabían doblegarse, fingir ni amoldarse; cada palabra suya era una opinión, un impulso, una protesta. Esos son los que recoje la guadaña. Esos son los que acaban triturados como balas de paja. (55)
Habían pasado por estas mismas celdas que ahora ocupábamos. Pero sus muros — ya sin empapelado, rebozados, blanqueados y pintados más de una vez — ya no podían transmitirnos nada del pasado (al contrario, desde ellos nos espiaban con micrófonos). En ninguna parte ha quedado nada escrito ni dicho acerca de quienes poblaron estas celdas, de las conversaciones que ahí se produjeron, de los pensamientos con que salían al paredón o a las Solovki. Seguramente, ya nunca verá la luz una obra así, tan sólo un volumen valdría tanto como cuarenta vagones de nuestra literatura.
Y los que aún viven nos cuentan toda clase de nimiedades: que si los camastros eran de madera y los jergones de paja, que si allá por 1920, antes de poner bozales (T66) en las ventanas, los cristales estaban embadurnados de yeso hasta arriba. Que los bozales sin duda ya estaban en 1923 (mientras que todos nosotros, sin excepción, los atribuíamos a Beria). En los años veinte, según dicen, en esta prisión se toleraba la comunicación por golpes en la pared, porque aún perduraba esa ridicula tradición de las cárceles zaristas: si un preso no daba golpes en la pared, ¿qué otra cosa podía hacer? Y algo más: en los años veinte todos los celadores, absolutamente todos, eran letones (fusileros letones, además de otros) y la comida la repartían unas letonas rechonchas.
Serán nimiedades, pero dan que pensar.
A mí me hacía muchísima falta dar en la Lubianka, el penal político más importante de la Unión, y desde aquí mil gracias a quienes hasta ella me trajeron. Pensaba mucho en Bujarin, quería hacerme una idea de todo aquello. Sin embargo, tenía la sensación de que nosotros éramos paja menuda y que nuestro lugar estaba más bien en cualquier prisión interior de provincias. (56) Estar en ésta era un excesivo honor.
Era imposible aburrirse con las personas que allí encontré. Había a quién escuchar y con quién comparar.
El vejete de vivas cejas (tenía sesenta y tres años muy bien llevados) se llamaba Anatoli llich Fastenko. Su presencia embellecía notablemente nuestra celda de la Lubianka, tanto como depositario de las viejas tradiciones presidiarias rusas, como por ser la Historia viva de nuestras revoluciones. Gracias a cuanto conservaba en su memoria disponíamos de una escala para valorar tanto lo ocurrido como lo que estaba ocurriendo. Tales hombres son valiosos no sólo en las celdas, también se echan mucho de menos en el seno de nuestra sociedad.
Pudimos ver el apellido Fastenko en un libro sobre la revolución de 1905 que casualmente teníamos ahí mismo, en la celda. Fastenko era un socialdemócrata tan antiguo que, al parecer, ya había dejado de serlo.
Fue condenado a prisión por primera vez en 1904, cuando aún era joven, pero tras promulgarse el Manifiesto del 17 de Octubre de 1905 fue puesto en libertad.
¿Quién de nosotros no sabe y no ha tenido que aprenderse de memoria del manual escolar de Historia, o del Curso Breve de Historia del Partido Comunista, que este «Manifiesto abyecto y provocador» era un escarnio de la libertad, que el zar había dispuesto: «libertad a los muertos, prisión a los vivos»? Pero este epigrama es mentira. Con el Manifiesto se legalizaron todos los partidos políticos, se convocó la Duma y se concedió una amnistía honesta, considerablemente amplia. En otras palabras: el Manifiesto supuso, ni más ni menos, la excarcelación de todos los presos políticos, fuera cual fuere la naturaleza y duración de su condena. Sólo permanecieron en prisión los presos comunes. En cambio, la amnistía de Stalin del 7 de julio de 1945 actuó justamente al revés: dejó en la cárcel a todos los presos políticos.
Era interesante oírle contar las circunstancias de aquella amnistía. Por aquellos años, como es natural, no tenían idea de «bozales» en las ventanas de las prisiones, y desde las celdas de la prisión de Bélaya Tsérkov, donde Fastenko estaba encerrado, los presos contemplaban libremente el patio de la cárcel, veían a los que entraban y a los que salían, observaban la calle y conversaban a gritos con cualquier transeúnte. Y he aquí que el 17 de octubre, al conocer por telégrafo la amnistía, desde la calle comunicaron la noticia a los presos. Los presos políticos empezaron a alborotar alegremente, a romper puertas y cristales, y a exigir que el director de la cárcel los pusiera de inmediato en libertad. ¿A alguno de ellos le machacaron los morros con las botas? ¿Metieron a alguno en el calabozo? ¿Privaron a alguna celda de libros o del derecho a la cantina? ¡Claro que no! El director de la cárcel, desconcertado, iba corriendo de una celda a otra y suplicaba: «¡Señores! ¡Se lo ruego! ¡Sean razonables! No tengo autoridad para ponerlos en libertad debido a un comunicado telegráfico. Debo recibir instrucciones directas de mis superiores de Kiev. Se lo ruego encarecidamente: deberán pasar la noche aquí». ¡Y en efecto, tuvieron la desfachatez de retenerlos veinticuatro horas! (Después de la amnistía de Stalin, como veremos más adelante, a los amnistiados los retuvieron dos o tres meses, los obligaron a seguir dándole al callo, y a nadie le pareció un abuso.)
Recobrada la libertad, Fastenko y sus compañeros se lanzaron inmediatamente a preparar la revolución. En 1906 Fastenko fue condenado a ocho años de trabajos forzados, lo que significaba cuatro años de grilletes y cuatro de destierro. Cumplió los cuatro primeros años en la prisión central de Sebastopol, donde, por cierto, durante su estancia se produjo una fuga masiva de presos organizada desde fuera por los partidos revolucionarios: eseristas, anarquistas y socialdemócratas. Tras hacer estallar una bomba contra el muro, se abrió un boquete por el que bien hubiera cabido un hombre a caballo; dos decenas de presos (no salió todo el que quiso, sino aquellos que sus partidos habían designado, y a los que habían provisto de antemano con pistolas ¡por mediación de los propios vigilantes!) se precipitaron por la brecha y se evadieron todos excepto uno. El partido socialdémocrata había determinado que la misión de Anatoli Fastenko no sería evadirse, sino distraer la atención de los vigilantes y sembrar el desconcierto.
Sin embargo, no pasaría mucho tiempo en el destierro del Yeniséi. Confrontando su relato (y posteriormente el de otros supervivientes) con el hecho, de sobras conocido, de que nuestros revolucionarios huían del destierro por centenares, y la mayoría al extranjero, se llega a la convicción de que quien no escapaba del destierro zarista era únicamente por pereza, de tan sencillo como era. Fastenko «huyó», es decir, sencillamente, se ausentó sin pasaporte del lugar del destierro. Fue a Vladivostok calculando que con la ayuda de algún conocido podría embarcarse. Pero por la razón que fuera, no lo consiguió. Entonces, siempre sin pasaporte, atravesó tranquilamente toda la madre Rusia en tren y llegó hasta Ucrania, donde había sido bolchevique en la clandestinidad y donde lo habían detenido. Le proporcionaron un pasaporte ajeno y se dispuso a cruzar la frontera de Austria. Tan poco arriesgada era la empresa y hasta tal punto tenía descartado Fastenko que pudiera haber nadie detrás pisándole los talones, que cometió una asombrosa imprudencia: una vez en la frontera, cuando ya había entregado el pasaporte al funcionario de policía, ¡de pronto se dio cuenta de que no recordaba su nuevo apellido! ¿Qué hacer? Habría unos cuarenta pasajeros, y el funcionario había empezado ya a llamarlos en voz alta. Fastenko tuvo una idea: se hizo el dormido. Estuvo oyendo cómo devolvían todos los pasaportes y que llamaban varias veces a un tal Makarov, pero aún no estaba seguro que fuera él. Finalmente, un dragón del régimen imperial se inclinó ante el revolucionario clandestino dándole cortésmente en el hombro: «¡Señor Makarov! ¡Señor Makarov! ¡Su pasaporte, tenga la bondad!».
Fastenko marchó a París. Allí conoció a Lenin, a Lunacharski, y desempeñó no sé qué trabajos de intendencia en la escuela del partido de Longjumeau. Al mismo tiempo, estudió el idioma francés, observó cuanto había a su alrededor y le entraron deseos de correr todavía más mundo. Antes de la guerra se trasladó a Canadá, donde trabajó de obrero, estuvo en Estados Unidos. La vida en libertad que se había afianzado en aquellos países impresionó a Fastenko: llegó a la conclusión de que allí jamás habría una revolución proletaria e incluso dedujo que posiblemente tampoco les hiciera falta.
Y entonces tuvo lugar en Rusia — antes de lo que se creía — la tan ansiada revolución. Todos regresaron, y luego vino otra revolución más. Fastenko ya no sentía por esas revoluciones el mismo ardor de antes. Pero volvió, siguiendo la misma ley que rige las migraciones de las aves.
Poco después de Fastenko, volvió a la patria un conocido suyo de Canadá, un antiguo marinero del Potiomkin que había huido a dicho país, donde acabó convirtiéndose en un próspero granjero. Este vendió la granja con todo el ganado, y con el dinero y un flamante tractor se presentó en su patria chica para colaborar en la edificación del soñado socialismo. Se inscribió en una de las primeras comunas e hizo donación de su tractor. Manejaba el tractor todo el que le venía en gana y de cualquier manera, hasta que muy pronto lo estropearon. El marinero del Potiomkin empezaba a ver las cosas de manera muy distinta a como las había imaginado veinte años antes. Los que mandaban eran gente que no debería tener derecho a dar órdenes, y ordenaban cosas que al hacendoso granjero se le antojaban extravagantes y absurdas. Por si fuera poco, se quedó en los huesos, se desgastaron sus ropas y pocos eran ya los dólares canadienses que no se hubieran transformado en rublos de papel. Suplicó que le dejaran marchar con su familia, cruzó la frontera no más rico que cuando huyó del Potiomkin, atravesó el océano igual que antes, como marinero (no le llegaba el dinero para el pasaje) y empezó a vivir de nuevo en Canadá como jornalero.
Había muchas cosas en Fastenko que yo todavía no lograba entender. Para mí, lo más destacable y asombroso era que, a pesar de haber conocido personalmente a Lenin, él hablaba de este recuerdo con toda frialdad. (Para que vean cuál era mi estado de ánimo por aquel entonces: en la celda, alguno llamaba a Fastenko simplemente por el patronímico, sin emplear el nombre, es decir «¿Ilich, (T67) te toca a ti hoy sacar la cubeta?». Me sacaba de mis casillas, me sentía ofendido, me parecía una blasfemia — y no sólo en este contexto — llamar Ilich a alguien que no fuera ese hombre único en la Tierra.) Por esta razón aún había muchas cosas que Fastenko no podía explicarme, por mucho que él quisiera.
Me decía bien clarito y en ruso: «¡No te postrarás ante falsos ídolos!». (T68) ¡Y yo no lo entendía!
Al ver mi entusiasmo, insistía una y otra vez: «Usted es matemático y por tanto no se le puede consentir que olvide a Descartes: "¡Somete todo a la duda, todo ! "». ¿Cómo que «todo»? ¡Cómo va uno a dudar de todo! Me parecía haber puesto bastantes cosas ya en duda, ¡ya tenía bastante!
O bien decía: «Ya casi no quedan antiguos presos políticos, yo soy de los últimos. Han eliminado a todos los viejos presidiarios y a nuestra asociación ya la disolvieron en los años treinta». «¿Y eso por qué?» «Pues para que no nos reuniéramos y no opináramos.» Y aunque estas sencillas palabras, dichas en tono reposado, deberían clamar al cielo y hacer retumbar los cristales, yo no veía en ellas sino una fechoría más de Stalin. Veía la dureza del hecho pero no las raíces.
Es completamente cierto que no todo lo que entra por nuestros oídos consigue llegar hasta nuestra conciencia. Muchas cosas que no se avienen con nuestro talante se pierden, no sé si en los oídos, o más adelante, pero el caso es que se pierden. Y aunque recuerdo a la perfección los numerosos relatos de Fastenko, sus razonamientos han formado en mi memoria un turbio sedimento. Me dio varios títulos de libros y me aconsejó muy encarecidamente que cuando algún día estuviera en libertad, los buscara y los leyera. Por su edad y por su salud, ya no confiaba en salir vivo de allí, pero se consolaba con que algún día yo pudiera captar aquellas ideas. No había manera de anotarlos y, por lo demás, ya eran muchas las cosas de la vida penitenciaria que convenía recordar. Sin embargo, los títulos de los libros que más se acercaban a mis gustos de entonces sí los retuve: Pensamientos inoportunos de Gorki (a la sazón yo tenía a Gorki en un pedestal: estaba por encima de todos los clásicos rusos por el mero hecho de ser un escritor proletario) y Un año en la patria, de Plejánov. (T69)
Cuando Fastenko regresó a Rusia, como premio a sus antiguos méritos en la clandestinidad, fue objeto de continuas promociones y pudo haber alcanzado un cargo importante, pero no quiso y aceptó en su lugar un discreto puesto en la editorial Pravda, y después otro más modesto aún. Más tarde entró a trabajar en el consorcio Mosgoroformleniye, donde pasaba totalmente inadvertido.
Yo me asombraba: ¿Por qué una trayectoria tan evasiva? Su respuesta era incomprensible: «El perro viejo no se hace a la cadena».
Al comprender que no había nada que hacer, Fastenko deseaba, como cualquier otra persona, al menos conservar la vida. Se había jubilado con una pequeña y humilde pensión (no honorífica, desde luego, porque ello habría traído a colación su amistad con muchos de los que habían sido fusilados), y así quizás hubiera llegado al año 1953. Pero por desgracia detuvieron a su vecino de piso L. Soloviov, un escritor extraviado, borracho a todas horas, el cual, en estado de embriaguez, se jactó en alguna parte de poseer una pistola. Una pistola significaba, infaliblemente, terrorismo y por tanto Fastenko; con su pasado — aunque lejano — socialdemócrata, era un terrorista de la cabeza a los pies. Ahora, el juez de instrucción le colgaba terrorismo y, por extensión, como es natural, ser colaborador del espionaje francés y canadiense y, por lo tanto, confidente también de la Ojrana zarista. (57) En 1945 — ¡fíjense a qué alturas! —, para ganarse su buen salario, un bien cebado juez de instrucción hojeaba con toda seriedad los archivos de las gendarmerías provinciales, con la misma gravedad con que levantaba actas acerca de los interrogatorios en que habían estado sonsacando los apodos clandestinos, contraseñas, citas y reuniones habidos en 1903.
Cada diez días (el plazo permitido) la anciana esposa de Anatoli Ilich (no habían tenido hijos) le llevaba paquetes con lo que podía conseguir: un pedazo de pan negro de trescientos gramos (comprado en el mercado, ¡a cien rublos el kilo!) y una docena de patatas mondadas y cocidas (y además pinchadas con agujas durante el registro). Sólo de ver estos míseros paquetes — ¡realmente, era una santa! — se le rompía a uno el corazón.
Era todo lo que se había merecido aquel hombre después de sesenta y tres años de honradez y de dudas.
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Los cuatro catres de nuestra celda dejaban todavía en el centro un pasillo, con la mesa. Pero unos días después de mi llegada nos metieron un quinto preso y pusieron su catre de través.
Como quiera que al nuevo lo metieron una hora antes del toque de diana, en esta hora tan dulce para el cerebro, tres de nosotros ni siquiera levantamos la cabeza. Sólo Kramarenko se puso en pie de un salto para hacerse con tabaco (y quizá datos para el juez de instrucción). Empezaron a hablar por lo bajo y, aunque nosotros procuramos no escuchar, era imposible no percibir el cuchicheo del recién llegado. De tan fuerte, inquieto, tenso e incluso próximo al llanto como era, cabía entender que había entrado en nuestra celda una tragedia excepcional. El nuevo preguntaba si fusilaban a muchos. A pesar de todo eso, yo me metí con ellos y sin volver la cabeza les insté a no hacer tanto ruido.
Al toque de diana nos levantamos prestamente todos a una (a los remolones los castigaban con el calabozo) y vimos que teníamos delante de nosotros ¡a un general! Claro que ya no llevaba distintivo alguno, ni siquiera las huellas de insignias arrancadas o desatornilladas, ni siquiera galones, pero su costosa guerrera, el suave capote, toda su figura y hasta el rostro eran sin duda los de un general, un general arquetípico, indudablemente todo un general del Ejército, no un simple general de brigada. Era bajo, robusto, de torso y hombros anchos, la cara bastante gruesa, aunque esa gordura que da el buen comer no le confería un aire campechano y accesible, sino de significación y pertenencia a las altas esferas. Su rostro culminaba — no por arriba, cierto, sino por abajo — en una mandíbula de bull-dog, donde se concentraba esa energía, voluntad y autoridad que le habían permitido alcanzar semejante graduación a mediana edad.
Empezamos con las presentaciones y resultó que L.V.Z-v era aún más joven de lo que aparentaba, pues aquel año iba a cumplir los treinta y seis («si no me fusilan»), y otra cosa aún más sorprendente: no era ningún general, ni siquiera un coronel, ni militar en absoluto, sino ¡ingeniero!
¿Un ingeniero? Precisamente, yo me había educado en un ambiente de ingenieros y recordaba muy bien cómo eran en los años veinte: su inteligencia viva y brillante, su humor espontáneo e inocente, su espíritu ágil y abierto, su facilidad para pasar de un campo de la ingeniería a otro, y más en general de las cuestiones técnicas a las sociales o artísticas. Y después, su buena educación, su gusto refinado, su buen uso del idioma, uniforme y concordante, sin palabras parásitas; alguno con un poco de arte musical; algún otro con cierta destreza en la pintura; y siempre, en todos ellos, el sello de la espiritualidad en el rostro.
Cuando empezaron los años treinta perdí contacto con este ambiente y después vino la guerra. Y he aquí que ahora volvía a tener ante mí a un ingeniero, uno de los que había venido como reemplazo de la generación exterminada.
No se podía negar que éste al menos sí tenía algo a su favor: tenía mucha más fuerza y tripas que los de antes . Aunque hacía mucho tiempo que ya no le hacían falta, había conservado unos hombros y brazos firmes. Dispensado de fastidiosas cortesías, tenía una mirada abrupta y hablaba de un modo irrebatible, sin esperar siquiera que pudiera haber objeciones. Había crecido de otra manera que los de antes y trabajaba también de otra manera.
Su padre araba la tierra, en el sentido más absoluto y verdadero. Lionia Z-v era uno de esos rapaces campesinos despeinados e ignorantes cuyo talento desperdiciado tanto afligiera a Tolstói y a Belinski. No es que fuera un Lomonósov, y por sí mismo no habría llegado a la Academia, pero sí que tenía talento, y de no haber sido por la revolución, él también habría acabado como labriego, aunque acomodado, pues era despierto y sensato. Tal vez incluso hubiera llegado a comerciante.
En época soviética ingresó en el Komsomol y gracias a su filiación se promocionó por encima de otros talentos. Esto lo sacó del anonimato, de las capas bajas, de la aldea, de forma que pasó como un cohete por la Facultad Obrera hasta llegar a la Academia Industrial. En ella se matriculó en 1929, precisamente el año en que se estaban llevando al Gulag por rebaños a los ingenieros de antes . Había que formar con urgencia ingenieros propios, políticamente concienciados, devotos, cien por cien de fiar, no tanto para que ejercieran su profesión como tal, sino para que fueran capitanes de la industria, verdaderos empresarios soviéticos. Era un momento en que seguía vacante la célebre cúspide de mando de una industria aún por crear. Esta promoción estaba destinada a ocuparla.
La vida de Z-v se convirtió en una cadena de éxitos, trenzados como una guirnalda hacia las cumbres. En aquellos años devastadores, de 1929 a 1933, cuando en el país se libraba una guerra civil, ya no con ametralladoras, sino con perros de presa, cuando hileras de personas agónicas de hambre se arrastraban hacia las estaciones de ferrocarril con la esperanza de alcanzar la ciudad, en la que el pan crecía en cada esquina (pero no les vendían billetes, y ellos, que no sabían de qué otro modo desplazarse, morían junto a la empalizada de la estación como un dócil montículo humano de zamarras y alpargatas), en aquellos años, Z-v no sólo no se había enterado de que en las ciudades el pan se vendía por cartilla, sino que disponía de una beca estudiantil de novecientos rublos (un obrero no especializado ganaba por entonces sesenta). Su corazón no sufría por la aldea, de la que había sacudido el polvo de sus zapatos: su nueva vida palpitaba allí, entre los vencedores y los dirigentes.
No tuvo tiempo de ser un simple capataz: desde el principio tuvo a su mando a decenas de ingenieros y millares de obreros; se convirtió en el ingeniero jefe de unas gigantescas construcciones en las afueras de Moscú. Como es natural, desde el comienzo de la guerra quedó excluido de la movilización y fue evacuado con todo su glavkom a Alma-Ata, donde dirigió obras aún mayores en el río Ilí. La única diferencia era que ahora quienes estaban a sus órdenes eran presidiarios. La vista de aquellos hombrecillos grises le interesaba entonces muy poco, no le invitaba a recapacitar ni atraía su atención. En su brillante trayectoria lo único importante eran las cifras de cumplimiento del plan, y para ello a Z-v le bastaba con señalar un proyecto, un campo de presos y un maestro de obras. El resto ya lo harían ellos con sus propios medios, ya conseguirían que se cumplieran las cuotas; cuántas horas trabajaban y qué ración recibían eran particularidades en las que él no se metía.
¡Los años de guerra en la profunda retaguardia fueron los mejores años en la vida de Z-v! Ésta es una eterna y universal condición de las guerras: cuanto más dolor se concentra en un polo, más gozo brota por el otro. Z-v no sólo tenía una mandíbula de bulldog, sino también una garra rápida, precisa y práctica. Se acopló rápida y hábilmente al nuevo ritmo económico impuesto por la guerra: todo para la victoria. ¡Zumba y dale, y tras la guerra borrón y cuenta nueva! La única concesión que hizo al esfuerzo de guerra fue renunciar a trajes y corbatas. Se puso de caqui, se hizo unas botas de cabritilla y se agenció una guerrera de general, la misma con la que ahora aparecía ante nosotros. Estaba de moda, de esta manera iba vestido todo el mundo en la retaguardia, así no despertabas la irritación de los inválidos ni las miradas reprobadoras de las mujeres.
De todos modos, las miradas que con más frecuencia le lanzaban las mujeres eran de otro jaez: acudían a él en busca de comida, calor y diversión. El dinero corría a espuertas por sus manos, su cartera para gastos abultaba como un barril, se desprendía de los billetes de a diez como si fueran cópeks y los de mil los soltaba como rublos. Z-v no escatimaba, no ahorraba, no contaba. La única contabilidad que llevaba era la de las mujeres que había catado, y en lista aparte las que él mismo había descorchado. Esa cuenta era su deporte. En la celda nos aseguró que con el arresto se había quedado en doscientas noventa y tantas, que era una lástima que no le hubieran dejado llegar a las trescientas. Eran tiempos de guerra y las mujeres estaban solas, y él, además de poder y dinero, tenía un vigor varonil digno de Rasputin, de modo que quizá se le pudiera creer. Además, se moría de ganas de contarnos todas y cada una de sus proezas, sólo que nosotros no estábamos dispuestos a prestarle oídos. Aunque ningún peligro lo amenazaba por ninguna parte, los últimos años los había pasado asiéndose febrilmente a las mujeres, exprimiéndolas y echándolas a un lado, del mismo modo que se coge un cangrejo del plato, se muerde, se chupa, y a por otro.
¡Estaba tan acostumbrado a la ductilidad de la materia, a trotar firme como un jabalí por los sembrados! (En los momentos de gran excitación corría por la celda igual que un enorme jabalí, capaz de tronchar un roble en estampida.) ¡Estaba tan acostumbrado a codearse con otros jefes, cuando todos son de la casa y no hay asunto al que no se le pueda quitar hierro y echar tierra! Pero olvidó que cuanto mayor es el éxito, mayor es la envidia. Ahora se enteraba, en la instrucción, de que ya en 1936 le habían abierto un expediente por un chiste que contó despreocupadamente en una tertulia de borrachos. Luego fueron filtrándose algunas pequeñas denuncias y también informes de los agentes (a las mujeres había que llevarlas de restaurantes, ¡a la vista de todo el mundo!). Hubo también una denuncia según la cual en 1941 no se había dado ninguna prisa en evacuarse de Moscú, como si esperara a los alemanes (efectivamente, se había demorado, pero, al parecer, fue por un lío de faldas). Z-v siempre se había preocupado especialmente de que sus combinaciones financieras fueran irreprochables, pero olvidó que también existía el Artículo 58. Y pese a todo, este peñasco habría podido estar mucho tiempo sin caerle encima de no ser porque, para darse aires, le denegó a un fiscal unos materiales para construirse una dacha. Fue entonces cuando resucitaron su expediente y, puesto en movimiento, rodó montaña abajo. (Otro ejemplo de que los procesos judiciales empezaban por la codicia de los de azul...)
El universo intelectual de Z-v era el siguiente: creía que existía un idioma norteamericano; en dos meses de celda no leyó ni un solo libro, ni siquiera una sola página entera, y si llegó a leer un párrafo fue únicamente para distraerse de los funestos pensamientos sobre la instrucción del sumario. Por su convenación se veía a las claras que en la calle aún había leído menos. Pushkin le sonaba a uno que sale en los chistes verdes y de Tolstói sólo sabría, probablemente, que era un diputado del Soviet Supremo. (T70)
¿Pero fue quizás, en cambio, un comunista al cien por cien? ¿Fue quizás el hombre concienciado como proletario que habían formado para reemplazar a personas como Palchinsky y von Meck? Eso era lo curioso: ¡No lo era! En cierta ocasión opinábamos con él sobre el curso de toda la guerra, y yo dije que desde el primer día ni por un instante había dudado de nuestra victoria sobre los alemanes. El miró bruscamente hacia mí, con incredulidad: «¿Pero qué estás diciendo?», se llevó las manos a la cabeza. «¡Ay, Sasha, Sasha, y yo que estaba seguro de que ganarían los alemanes! ¡Esto fue lo que me perdió!» ¡Hay que ver! Él, uno de los «organizadores de la victoria», nunca había dejado de creer en los alemanes y esperaba su inminente llegada. No porque le gustaran, no, sino porque conocía demasiado bien el estado real de nuestra economía (cosa que yo, naturalmente, desconocía; por eso yo sí tenía fe).
En nuestra celda todos estábamos con la moral por los suelos, pero ninguno llevaba el arresto tan trágicamente como Z-v. Intentaba convencerse ante nosotros de que no le aguardaba más que una condena de diez años, y que durante ese tiempo él estaría — faltaría más — de capataz en el campo penitenciario, y que no conocería pesares, como no los había conocido nunca. Pero eso no era consuelo suficiente: estaba demasiado impresionado por el desplome de su magnífica vida anterior. ¡En treinta y seis años de existencia no se había interesado por nada más que por esta vida, única en la tierra! Y más de una vez, sentado en el catre ante la mesa, con su cabeza de gruesa faz apoyada en su mano, corta y gruesa, con los ojos perdidos y nublados, canturreaba muy bajito:
“Olvidado, abandonado En mi más tierna infancia Huerfanito me quedé...” (T71)
¡Y nunca pasaba de aquí!, rompía a llorar. Toda esa fuerza que emanaba de él, al no poder utilizarla para horadar el muro, se transformaba en lástima de sí mismo.
Y también de su mujer. De una esposa a la que había dejado de amar hacía tiempo pero que le traía cada diez días (más a menudo no estaba permitido) paquetes abundantes y caros: pan blanquísimo, mantequilla, caviar rojo, ternera, esturión. El nos daba un pequeño bocadillo a cada uno y el tabaco justo para liar un cigarrillo, y luego se inclinaba sobre sus viandas, extendidas sobre la mesa (en comparación con las azuladas patatas del viejo revolucionario clandestino eran un festival de aromas y colores), y de nuevo le brotaban las lágrimas, ahora el doble que antes. Recordaba en voz alta las lágrimas de su esposa, años enteros de lágrimas: por las notas amorosas que le encontraba en los pantalones, por unas bragas escondidas precipitadamente en el bolsillo del abrigo al bajar del coche y luego olvidadas. Y cuando esta ardiente autocompasión llegaba a desmoralizarlo mucho, se desprendía su coraza de maligna energía y teníamos ante nosotros a un hombre perdido, sin lugar a dudas una buena persona. Me sorprendía que pudiera sollozar de aquella manera. El estonio Arnold Suzi, nuestro otro compañero de celda, que ya peinaba canas, me explicaba: «Bajo la crueldad siempre hay un lecho de sentimentalismo. Es la ley de la complementariedad. En los alemanes, por ejemplo, esta combinación es un rasgo nacional».
Por el contrario, Fastenko era el más animado de la celda, aunque por su edad era el único que no podía pensar en sobrevivir a su condena y recobrar la libertad. Solía pasarme el brazo por el hombro y decirme:
¡No importa el precio de la libertad! ¿A sí? ¡Pues paga por ella!
O me enseñaba a cantar una vieja canción de presidiarios, con una letra que le había puesto él:
¡Y si el destino nos depara la muerte en húmedas cárceles y minas, sabed que, siempre, de nuestra suerte sabrán las generaciones vivas! (T72)
¡Lo creo! ¡Ojalá estas páginas sirvan para que este deseo se cumpla!
En nuestra celda, las dieciséis horas de día eran pobres en acontecimientos externos, pero tan interesantes que, por ejemplo, me resulta más fastidioso esperar dieciséis minutos el trolebús. No había sucesos dignos de atención y, sin embargo, al llegar la noche, te lamentabas porque te había faltado tiempo y porque había pasado volando un día más. Los acontecimientos eran ínfimos, pero por primera vez en la vida aprendías a observarlos con una lente de aumento.
Las horas más duras del día eran las dos primeras: al retumbar la llave en la cerradura (en la Lubianka no había «pesebres» (58) y no podían gritar «en pie» sin antes haber abierto la puerta) saltábamos de la cama sin demora, la arreglábamos y nos sentábamos en ella sin objeto ni esperanza, con la bombilla todavía encendida. Esta forzada vela diurna, desde las seis, cuando el cerebro aún se despereza y todo en el mundo se te antoja aborrecible, cuando ves toda tu vida perdida y no hay ni pizca de aire en la celda, resulta especialmente absurda para quienes han pasado la noche de interrogatorio y hace poco que han conciliado el sueño. ¡Pero no se te ocurra pasarte de listo! Si pese a todo procuras echar una cabezadita apoyado ligeramente contra la pared o acodado en la mesa como si jugaras al ajedrez, o relajarte ante un libro ostentosamente abierto sobre las rodillas, en la puerta sonará un golpe de advertencia dado con la llave, o lo que es peor: la puerta, que se cierra con una chirriante cerradura, de pronto se abrirá sin hacer ruido (así de bien entrenados están los celadores de la Lubianka), y cual rápida y silenciosa sombra, como un espíritu a través de la pared, el sargento se adentrará en la celda en tres zancadas y te sacará de tu modorra a porrazos; puede que además vayas al calabozo, o puede que retiren los libros de toda la celda, o que supriman el paseo — un castigo colectivo cruel e injusto —, y aún hay más en las líneas negras del reglamento de la cárcel, ¡léelo!, está colgado en cada celda. Por lo demás, si llevas gafas para leer, en ese enervante par de horas no podrás distraerte con libros ni con el sagrado reglamento: las gafas se recogen cada noche y sería un peligro que dispusieras de ellas de seis a ocho. En estas dos horas, nadie trae nada a la celda, no entra nadie, no se pregunta nada ni a nadie llaman: los jueces de instrucción aún duermen plácidamente, los jefes de la cárcel aún tienen los ojos legañosos. El único que está despierto es el vertujái que a cada instante levanta la tapa de la mirilla. (59)
Sin embargo, hay una operación que sí tiene lugar en estas dos horas: la visita matinal al retrete. Tras dar la orden de levantarse, el vigilante hace un anuncio importante: confía, a la vez que obliga, a un preso de la celda la misión de llevar la cubeta (en las prisiones ordinarias, del montón, el grado de autogestión y libertad de palabra de los reclusos es tal, que ellos mismos resuelven esta cuestión, pero en la Prisión Política Central una tarea de tanta magnitud no puede hacerse al tuntún). Y sin más tardanza os ponen en fila india con las manos atrás. Encabeza la comitiva el dignatario portador de la cubeta, que a guisa de abanderado porta sobre el pecho el balde metálico de ocho litros, con tapa. Llegados a destino, os encierran de nuevo, no sin antes haceros entrega de tantas hojitas de papel — de una medida apenas mayor que una caja de cerillas — como personas seáis. (En la Lubianka este detalle carecía de interés: las hojas eran blancas. Pero había prisiones apasionantes, donde lo que te daban era pedazos de hojas arrancadas de libros. ¡Menudo tesoro de lectura!: adivinar su procedencia, leerlas por ambas caras, asimilar su contenido, valorar el estilo, ¡resultaba posible, pese a las palabras cortadas!, y después intercambiarlas con los compañeros. En otros sitios daban fragmentos de la enciclopedia Granat, en otro tiempo progresista, y a veces, miedo da decirlo, de los clásicos, y no precisamente de la literatura... (T73) La visita al retrete se convertía en un acontecimiento cultural.)
Pero no era cosa de risa. Se trata de una burda necesidad que no se suele mencionar en los libros (aunque sobre ello haya quedado dicho con inmortal frivolidad: «Bienaventurados los que de buena mañana...»). (T74) Y aunque pueda parecer natural que la jornada penitenciaria empiece así, en realidad estaba tendiéndose una trampa al preso para el resto del día, una trampa en la que cae el espíritu, eso es lo lamentable. En la cárcel, inmóvil y frugalmente alimentado, tras haber pasado la noche en un débil aletargamiento, nada más levantarse uno todavía no estaba en condiciones de rendir su tributo a la naturaleza. Te devolvían enseguida a la celda hasta las seis de la tarde (y en algunas prisiones hasta la mañana siguiente). A partir de ese momento te inquietas porque se acerca la hora de los interrogatorios diurnos y por los acontecimientos que aún pueda traer el día, porque vas a empezar a llenarte con el pan, el agua y el bodrio, pero nadie te permitirá ir a este magnífico lugar al que los hombres libres acceden sin trabas y sin saber apreciar su buena suerte. Esta necesidad, abrumadora y vulgar, se te podía presentar inmediatamente después del desahogo matinal y martirizarte todo el día, oprimiéndote y privándote de libertad para conversar, leer, pensar e incluso dar cuenta de la parca comida.
A veces, en las celdas, se debatía cómo había surgido el reglamento de la Lubianka y del resto de prisiones en general: ¿era una crueldad premeditada o había salido simplemente porque sí? Yo creo que según. Sin duda, el toque de diana estaba calculado con mala fe, pero muchas otras cosas habían surgido de un modo puramente mecánico (como muchas de las barbaridades de nuestra vida habitual), lo que pasa es que, luego, los de arriba vieron que eran útiles y dieron su visto bueno. Los turnos cambiaban a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde, por lo tanto, lo más cómodo era llevar a los presos al retrete al final de cada turno (llevarlos de día y uno a uno hubiera sido buscarse más preocupaciones y ampliar las medidas de seguridad, y no les pagan para eso). Lo mismo con las gafas: ¿para qué preocuparse desde el toque de diana? Ya las devolverán cuando acabe el turno de noche.
Ya se oye cómo las reparten, se están abriendo las puertas. Puedes darte cuenta de si hay alguien con gafas en la celda vecina. (¿Llevará gafas aquel a quién han encausado contigo? Pero no nos atrevemos a comunicarnos dando golpecitos en la pared, con eso son muy estrictos.) Ya han traído las gafas a los nuestros. Fastenko sólo se las pone para leer, pero Suzi las lleva siempre. Deja de fruncir los ojos y se las pone. Con sus gafas de concha — unas líneas rectas ante los ojos — su cara adquiría al instante un aire severo, penetrante, como imaginamos que debe ser la cara de un hombre culto de nuestro siglo. Antes de la revolución estudió en la Facultad de Letras de Petrogrado, y en los veinte años de independencia de Estonia mantuvo un ruso purísimo e irreprochable. Luego, ya en Tarta, se licenció en derecho. Además de su lengua materna, el estonio, también sabía el inglés y el alemán. No se perdía ni un número del Economist londinense y seguía las recensiones científicas de los Berichte alemanes. Había estudiado la Constitución y los códigos de leyes de varios países y ahora, en nuestra celda, representaba a Europa con dignidad y reserva. Había sido un destacado abogado en Estonia, donde le llamaban kuldsuu (pico de oro).
Un nuevo movimiento en el corredor: un parásito con bata gris — uno de esos jóvenes fornidos que no ha ido al frente — trae en una bandeja nuestras cinco raciones de pan y diez terrones de azúcar. Nuestra clueca no para de dar vueltas alrededor de la comida, aunque no hay vuelta de hoja: ahora mismo vamos a echarlas a suertes. Porque todo tiene su importancia: la corteza, el número de pedacitos añadidos para llegar al peso, lo pegada que esté la corteza a la miga. Que lo decida la suerte (¿es que no lo hacen así en todas partes? Será por tantos años de hambre generalizada. En el Ejército todo se repartía así. Los alemanes, a fuerza de oírnos desde sus trincheras, se cachondeaban de nosotros: «¿A quién le toca este cachico? ¡Al comisario político!».) Pero la clueca, con todo, hará lo posible por ser él quien sostenga las raciones y se quedará con una pátina de moléculas de pan y de azúcar en las palmas de las manos.
Esos cuatrocientos cincuenta gramos de pan húmedo, mal fermentado, de miga esponjosa como el suelo de un pantano, hecho a medias con patata, era nuestra muleta, (T75) el suceso clave de la jornada. ¡Comienza la vida! ¡Comienza el día, ahora sí que empieza de verdad! Cada uno tiene un sinfín de problemas: ¿hizo ayer buen uso de la ración?, ¿qué es mejor: cortarlo con un hilo o partirlo ávidamente en pedazos?, ¿o mejor quizás ir dándole pellizcos?, ¿esperar el té o zampárselo ahora mismo?, ¿dejar algo para la cena o sólo para la comida?, en ese caso, ¿cuánto me guardo?
Y además de estas míseras cavilaciones, ¡qué amplios debates (¡con el pan se nos soltaba la lengua, volvíamos a ser personas!) provocaba esa libra de pan en las manos, un pan con más agua que harina! Por lo demás, Fastenko nos explicaba que los obreros de Moscú comían ese mismo pan. ¿Pero había sólo trigo en aquel pan?, ¿con qué lo habrían alargado? (en cada celda había un entendido en mezclas con sucedáneos, pues, ¿quién no las había comido en aquellas décadas?). Empezaban los razonamientos y los recuerdos. ¡Qué pan más blanco se cocía en los años veinte! Eras unas hogazas esponjosas, con poros de aire en su interior, con la corteza aceitosa y tostada, casi rosada, y la suela con ceniza, con carbonilla del horno. ¡Un pan que se fue para no volver! ¡Los nacidos a partir de 1930 jamás sabrán lo que es comer pan! ¡Amigos, éste es un tema prohibido! ¡Habíamos quedado en que de comida, ni una palabra!
De nuevo movimiento en el pasillo: traen el té. Otro muchachote con bata gris y unos cubos. Sacamos nuestra tetera al pasillo y él nos sirve del cubo, que no tiene vertedor. Prácticamente cae tanto dentro como fuera, sobre la esterilla que cubre todo el pasillo. Este reluce como en un hotel de primera categoría.
Pronto, desde Berlín, habían de traer a nuestra celda al biólogo Timoféyev-Ressovski, del que ya hemos hablado. Creo que nada le ofendía tanto en la Lubianka como ese té derramado, pues veía en ello una prueba escandalosa de desidia por parte de los celadores (y de todos nosotros). Llegaría a multiplicar 27 años de existencia de la Lubianka por 730 veces al año y por 111 celdas, y coger más de una rabieta porque resultara más fácil derramar el té dos millones ciento ochenta y ocho mil veces (y otras tantas venir con un trapo a enjuagar el suelo) que hacer unos cubos con vertedor.
Éste es todo el desayuno. Las comidas calientes vendrán una pegada a la otra: a la una y a las cuatro de la tarde, y luego, a pasar veintiuna horas con el recuerdo. (Tampoco es por crueldad: el personal de cocina lo que quiere es terminar cuanto antes y marcharse.)
Las nueve. La inspección matinal. Desde mucho antes se oye cómo giran las llaves, haciendo más ruido que a otras horas, cómo dan golpes contra las puertas, también más secos que a otras horas, y cómo uno de los tenientes de guardia en la planta entra todo tieso, casi en posición de firmes, da dos pasos por la celda y mira con severidad hacia nosotros, que estamos de pie (no nos atrevíamos ni a recordar que a los presos políticos les está permitido permanecer sentados). Contarnos no le cuesta ningún trabajo, basta una ojeada, pero en este breve instante de lo que se trata es de poner a prueba nuestros derechos, porque digo yo que alguno debemos tener, aunque no los conozcamos. Su deber, en cambio, es ocultárnoslos. Si algo aprendes en la Lubianka es a alcanzar una mecanización total: ni expresión, ni tono, ni una palabra de más.
Los derechos que conocemos son: permiso para que te remienden los zapatos y para el médico. Pero no vayas a alegrarte por haber conseguido que te lleven a la enfermería, porque ahí precisamente es donde más te impresionará el trato mecánico de la Lubianka. En la mirada del médico no sólo no hay preocupación, sino que ni siquiera se ve una elemental atención. No esperes que te pregunte: «¿Qué le aqueja?», porque son demasiadas palabras, y además no es posible pronunciarlas sin ninguna expresión. Preferirá ser más abrupto: «¿Quejas?». Si empiezas a contarle tu dolencia con demasiado detalle, te cortará en seco. Ya está suficientemente claro. ¿La muela? Extracción. Tal vez arsénico. ¿Curársela? Aquí no curamos (aumentaría el número de las visitas y crearía un ambiente, digamos, humano).
El médico de la cárcel es el mejor auxiliar del juez y del verdugo. El apaleado despierta en el suelo y oye la voz del médico: «Podéis seguir, el pulso es normal». Después de cinco días de gélido calabozo, el médico examina el cuerpo yerto y desnudo del preso y dice: «Aún puede aguantar». Si golpean a uno hasta la muerte, firma el acta: defunción por cirrosis hepática, por infarto. Si le llaman urgentemente a la celda de un moribundo, no se da ninguna prisa. El que se comporte de otra manera no durará mucho en nuestras cárceles. En los penales soviéticos el doctor Haas no se habría podido ganar la vida.
Pero nuestra clueca conoce sus derechos mejor que nosotros (si hay que creerle, lleva ya once meses de sumario, pero sólo lo llevan a interrogatorio de día). Hoy, por ejemplo, ha dado un paso adelante y ha solicitado que lo apunten para que lo reciba el director de la cárcel.
¿Cómo, el jefe de toda la Lubianka? Sí. Y lo apuntan. (Y por la noche, después del toque de retreta, cuando todos los jueces estén ya en sus puestos, lo llamarán y volverá con picadura. Es tosco, claro, pero de momento no han inventado nada mejor. Pasar por completo a un sistema de micrófonos sería demasiado costoso y tampoco es cuestión de pasarse días enteros escuchando a las ciento once celdas. Además, ¿quién lo haría? La clueca es más barata y aún la seguirán utilizando durante mucho tiempo. Pero con nosotros Kramarenko lo tiene difícil. A veces hasta suda de tanto pegar la oreja, y por su cara se ve que no está entendiendo nada.)
Otro derecho es el de presentar instancias. (¡En sustitución de la libertad de prensa, de reunión y de sufragio, que perdimos al dejar la calle!) Dos veces al mes, el vigilante de guardia pregunta por la mañana: «¿Hay alguien que quiera presentar instancias?». Y anota a cuantos lo deseen, sin rechazar a nadie. Durante el día te llaman y te encierran en un box aislado. Te puedes dirigir a quien mejor te parezca: al Padre de los Pueblos, al Comité Central, al Soviet Supremo, al ministro Beria, al ministro Abakúmov, a la Fiscalía General, a la Fiscalía General de lo Militar, a la Dirección General de Prisiones o a la Sección de Instrucción Judicial, puedes quejarte de que te hayan detenido, de tu juez de instrucción o del director de la cárcel, pero en todos los casos tu instancia carecerá de efecto alguno, no quedará grapada a ningún expediente, y lo más alto que llegará será hasta tu propio juez, aunque esto no podrás demostrarlo. Incluso lo más probable es que ni él se la lea, porque quién va a poder leerse un papelucho de siete centímetros por diez, apenas mayor que el que te dan por las mañanas para el retrete, emborronado con una caña de ave despuntada, o retorcida como un gancho. Y más con aquel tintero, lleno de cendales o rebajado con agua. Apenas hayas garrapateado «Insta...» las letras ya se habrán corrido, cada vez más, por el papel infame, de modo que «...ncia» ya no te cabrá en ese renglón, y la tinta habrá traspasado a la otra cara de la hoja.
Es posible que tengas más derechos, pero el celador de guardia guarda silencio. Probablemente no te pierdes gran cosa por no conocerlos.
Ha finalizado la inspección y comienza la jornada. Están llegando ya los jueces de instrucción. El vertujai nos llama con gran misterio, nombrando sólo la primera letra (y de esta manera: «¿quién empieza por "ese"?, ¿quién empieza por "efe"?, o incluso, ¿quién empieza por "am"?), y nosotros debíamos dar muestras de agilidad mental y ofrecernos en sacrificio. Esta costumbre la habían adoptado para evitar que los vigilantes se equivocasen, porque si hubieran llamado un apellido en la celda que no era, los presos se habrían enterado de quién más estaba encausado. Sin embargo, por más que estuviéramos aislados del resto de la cárcel, no por ello nos faltaban noticias de las otras celdas: como quiera que procuraban embutir al mayor número de presos, y como luego nos barajaban, cada trasladado aportaba a la nueva celda toda la experiencia que había acumulado en la anterior. De este modo, aunque estábamos encerrados en el tercer piso, conocíamos la existencia de celdas en el sótano, sabíamos que había boxes en la planta baja, estábamos enterados de la oscuridad que reinaba en el primer piso, donde se había agrupado a las mujeres, de la distribución del piso cuarto en dos galerías y de que su número más alto era el ciento once. Antes de llegar yo, mi predecesor en nuestra celda había sido el escritor de cuentos infantiles Bondarin, que había estado en el piso de las mujeres con no sé qué corresponsal polaco, quien a su vez había estado anteriormente con el mariscal de campo Paulus, por eso conocemos también todos los pormenores de Paulus.
Había pasado la racha de llamadas a interrogatorio, y a los que se quedaban en la celda se les presentaba por delante una larga y agradable jornada rica en posibilidades y no demasiado ensombrecida por las obligaciones. Entre las obligaciones nos podía tocar, dos veces al mes, repasar los hierros de la cama con la lámpara de soldar (en la Lubianka las cerillas estaban rigurosamente prohibidas y, para encender un cigarrillo, debíamos sostener pacientemente una mano en alto cuando estaba abierta la mirilla y pedirle fuego al vigilante, pero las lámparas de soldar nos las confiaban con total tranquilidad). También nos podía tocar algo que parecía un derecho aunque lo planteaban más bien como un deber: una vez por semana nos llamaban uno a uno al pasillo y nos rapaban la barba con una maquinilla ya bastante roma. También podía caernos la obligación de restregar el parquet de la celda (Z-v evitaba siempre esta tarea porque le humillaba, lo mismo que todas las demás).
Enseguida nos quedábamos sin aliento porque estábamos hambrientos, de otro modo podríamos haber considerado este deber como un derecho, ya que era un trabajo sano y alegre: con el pie descalzo frotabas con el cepillo hacia delante, mientras el cuerpo se inclinaba hacia atrás, y luego al revés, adelante-atrás, adelante-atrás, ¡hasta que no pensabas en nada más! ¡Un parquet como un espejo! ¡Una prisión digna de Potiomkin!
Además, ya no estábamos hacinados en nuestra anterior celda n° 67. A mediados de marzo nos trajeron un sexto compañero, y como aquí no se estilaban los catres empotrados unos contra otros, ni la costumbre de dormir en el suelo, trasladaron a nuestro grupo a la preciosa celda n° 53. (La recomiendo con entusiasmo: el que no haya estado en ella tiene que verla.) ¡Aquello no era una celda! ¡Aquello era una sala palaciega destinada a dormitorio de viajeros ilustres! La compañía de seguros Rossia, (60) sin reparar en gastos había elevado a cinco metros la altura de los techos en aquella ala del edificio. (¡Ay, qué literas de tres pisos habría construido allí el jefe del contraespionaje del frente, le habrían cabido al menos cien hombres, sin lugar a dudas!) ¡Y la ventana! Era tan alta que un vigilante, de pie en el alféizar, apenas llegaba hasta arriba. Cada uno de los cuarterones habría sido una magnífica ventana en una vivienda. Sólo el bozal, con sus planchas de acero remachadas que cubrían cuatro quintas partes de la ventana, nos recordaba que no estábamos en ningún palacio.
No obstante, en los días claros, el rebote de un pálido rayo de sol alcanzaba a reflejarse en el fondo del patio de luces desde alguna ventana del quinto o del sexto piso y se colaba por encima del bozal. Para nosotros era como un sol de verdad, ¡un ser vivo y querido! Observábamos con cariño cómo trepaba por la pared, cada desplazamiento suyo estaba repleto de sentido, nos anunciaba la hora del paseo, contaba las medias horas que quedaban hasta la comida y nos dejaba antes de que llegara el rancho.
He aquí, pues, nuestras posibilidades: ¡Salir al paseo! ¡Leer libros! ¡Contarnos el pasado! ¡Escuchar y aprender! ¡Discutir y educarnos! ¡Y como premio, además, una comida de dos platos! ¡Increíble!
Para los prisioneros de la planta baja y de los dos primeros pisos, el paseo ofrecía pocos atractivos: los hacían salir al patio inferior, húmedo y reducido, como corresponde al fondo de un estrecho pozo entre edificios de la prisión. En cambio, a los presos de la tercera y cuarta planta los sacaban a un verdadero mirador de águilas: la azotea de la cuarta planta. Suelo de cemento, paredes de cemento de tres cuerpos de altura, y a nuestro lado un vigilante desarmado además del centinela de la torre, armado de metralleta. ¡Pero el aire era auténtico y el cielo también auténtico! «¡Las manos atrás! ¡De dos en dos! ¡Sin hablar! ¡Sin detenerse!» ¡Pero se les había olvidado prohibir que levantáramos la cabeza! ¡Y vaya si la levantábamos! ¡Allí ya no se veía un sol reflejado, rebotado, sino el mismísimo sol! O su oro esparciéndose entre las nubes primaverales.
La primavera promete dicha a todos, pero a un preso, diez veces más. ¡Ay, el cielo de abril! No importa que esté en la cárcel. Está visto que no me van a fusilar. En cambio, aquí voy a ganar en sabiduría. ¡Aún he de comprender muchas cosas, ¡Cielo! ¡Aún he de poder corregir mis faltas, no ante dios, sino ante ti, Cielo! ¡Aquí las he comprendido y aquí las corregiré!
Desde la plaza de Dzerzhinski, mucho más abajo, nos llegaba como salido de un pozo el canto incesante, ronco y terrenal de las bocinas de los automóviles. A quienes se afanan entre ellas, estas sirenas pueden parecerles el cuerno de la victoria, pero desde aquí era patente su futilidad.
El paseo no duraba más de veinte minutos, ¡pero qué emoción generaba, cuántas cosas había que tener tiempo de ver!
En primer lugar, convenía aprovechar el trayecto hasta el paseo, tanto a la ida como a la vuelta, para familiarizarse con la distribución de toda la cárcel, para saber dónde estaban esos patios elevados y así poder identificarlos algún día desde la plaza, cuando estuviéramos en libertad. Como por el camino dábamos muchas vueltas, se me ocurrió el siguiente sistema: a partir de la celda, a cada giro a la derecha sumaba un punto, y a cada giro a la izquierda restaba uno. Y por más deprisa que nos hicieran girar, no precipitarse a recomponer mentalmente la dirección, sino tan sólo preocuparse de llevar la cuenta. Y si además, por el camino, veías a través de algún ventanuco de la escalera la espalda de las náyades recostadas en la torrecilla de columnas que domina la plaza, si aún retenías la cuenta, al volver a la celda podrías situarte y saber con exactitud la orientación de tu ventana.
Otra cosa que convenía hacer durante el paseo era simplemente respirar, eso sí, con la máxima concentración posible.
Y también allí, en solitario, bajo el cielo radiante, tenías que esforzarte en imaginar una vida futura igualmente radiante, sin pecados ni errores.
Era también el lugar más cómodo para tratar temas delicados. Aunque hablar durante el paseo estuviera prohibido, ello no importaba si sabías cómo. Al menos ahí podías estar seguro de que no te escucharían ni la clueca ni los micrófonos.
En el paseo, Suzi y yo procurábamos formar siempre la misma pareja. También charlábamos en la celda, pero nos gustaba rematar aquí nuestras conversaciones importantes. No llegamos a congeniar en un solo día, sino que más bien fuimos comprendiéndonos poco a poco. Eso le dio tiempo para contarme muchas cosas. Gracias a él adquirí un rasgo nuevo: el tesón de asimilar con paciencia y lógica cosas que hasta entonces no habían figurado en mis planes y que en apariencia no tenían ninguna relación con la línea precisa que había ido trazando mi vida. Desde la infancia — no sabría decir cómo — yo tenía la certeza de que mi meta era la historia de la Revolución rusa y que todo lo demás me tenía sin cuidado. Creía desde hacía tiempo que para comprender la Revolución rusa me bastaba con el marxismo y, por tanto, había vuelto la espalda a todo lo demás, aunque tuviera que ver. Pero el destino me hizo coincidir con Suzi, cuyos pulmones habían respirado otro aire y que ahora me contaba con entusiasmo toda su vida, y su vida era Estonia y la democracia. Y aunque antes nunca se me habría ocurido interesarme por Estonia y mucho menos por la democracia burguesa, no dejaba de escuchar sus amorosos relatos sobre aquellos veinte años de libertad en esa pequeña nación discreta y laboriosa, una nación de gigantones con maneras lentas y seguras. Escuché los principios de la Constitución estonia — un extracto de las mejores experiencias europeas — y cómo se aplicaban éstos en un parlamento unicameral de cien diputados, y sin llegar a ver qué falta pudiera hacerme saber todo esto, el caso es que empezó a gustarme y a sedimentarse en mi experiencia (más tarde Suzi diría que yo era una extraña mezcla de marxista y demócrata. Lo reconozco: por entonces todo esto se conjugaba en mí de manera algo extravagante). Me sumergí con avidez en la fatídica historia de Estonia, un pequeño yunque abandonado desde tiempos remotos a los embates de dos martillos: el teutónico y el eslavo. Este y Oeste iban alternándose para descargar sus martillazos y hasta el día de hoy no se veía fin a este repiqueteo. Era la conocida historia (totalmente desconocida...) de cómo quisimos conquistarlos por sorpresa en 1918, pero ellos no se dejaron. La historia de cómo después Yudénich los despreció llamándolos chujná (T76) y nosotros los bautizamos «bandidos blancos», mientras en los liceos de bachillerato los estonios se apuntaban como voluntarios. Y el mazo volvió a caer sobre Estonia en 1940, y en 1941, y en 1944. A algunos de sus hijos se los llevaba el ejército soviético, a otros, el alemán, y los terceros se echaban al bosque. Y los viejos intelectuales de Ta-Uin advertían que era preciso escapar de esa rueda embrujada, desligarse como fuera y vivir con independencia (podemos suponer que hubieran tenido a Tiif de primer ministro, por ejemplo, y pongamos que de ministro de Educación a Suzi). Pero ni Churchill ni Roosevelt quisieron saber nada de ellos.
Quien sí se preocupó fue el «tío Joe» (Iosif). (T77) Y nada más hubieron entrado nuestras tropas, en las primeras noches detuvieron a todos estos soñadores en sus domicilios de Tallinn. Ahora unos quince de ellos estaban encerrados en la Lubianka, cada uno en una celda distinta, acusados, según el Artículo 58-2, de algo tan delictivo como aspirar a la autodeterminación.
Tras el paseo, el regreso a la celda se te antojaba cada vez como un pequeño arresto. Una vez de vuelta, el aire parecía viciado, incluso en nuestra regia celda. Después del paseo no habría estado mal comer algo, ¡pero era mejor no pensar en ello, no había que pensar! Mala cosa si alguien de los que recibían paquetes, sin tacto alguno, inoportunamente se ponía a desenvolver y empezaba a comer. ¡No importa, fortaleceremos nuestro autocontrol! Malo también que un libro te jugara una mala pasada, si su autor empezaba a describir manjares con lujo de detalles. ¡Fuera este libro! ¡Fuera Gógol! ¡Fuera también Chéjov! ¡No hacen sino hablar de comida!: «No tenía apetito y sin embargo se comió (¡el muy hijo de perra!) una ración de ternera con una cerveza». ¡Hay que leer obras más espirituales! ¡Dostoyevski! ¡Ese sí que es bueno para los presos! Pero vean también qué cosas tiene: «los niños pasaban hambre, llevaban varios días sin ver nada más que pan y embutido».
La biblioteca era el ornato de la Lubianka. La bibliotecaria era repulsiva, eso sí. Era una moza rubia de complexión algo caballuna que hacía todo lo posible para estar fea: llevaba la cara tan empolvada que parecía el rostro sin vida de una muñeca, los labios violáceos y las cejas depiladas, pintadas con lápiz negro. (En fin, era cosa suya, pero a nosotros nos hubiera gustado otra más coqueta. ¿Lo tenía previsto quizá expresamente el director de la Lubianka?) Pero lo asombroso es que cuando veníamos a retirar libros una vez cada diez días, ¡hacía caso de nuestros encargos! Los escuchaba con esa mecanicidad inhumana de la Lubianka y ello te impedía darte cuenta de si le sonaban o no los autores y los títulos.
¿Habría oído por lo menos nuestras palabras? Entonces se retiraba y pasábamos varias horas en una espera inquieta y alegre. Eran las horas que empleaban para hojear e inspeccionar los libros devueltos: buscaban pinchazos o puntos bajo las letras (es un sistema que se emplea en la cárcel para cartearse) o marcas de uña en los pasajes que nos habían gustado. Estábamos inquietos. Aunque no habíamos hecho de nada de eso, temíamos que vinieran y nos dijeran: hemos visto puntos. Y como ellos siempre tenían razón y nunca necesitaban pruebas, nos veríamos privados de libros durante tres meses, eso si no ponían a toda la celda en régimen de calabozo. ¡Sería una pena pasar sin libros los mejores meses de cárcel, esos meses luminosos antes del pozo de los campos! Además, no sólo era miedo. Algo palpitaba en nuestro interior, como cuando de jóvenes enviábamos una carta de amor y esperábamos respuesta. ¿Vendrá o no vendrá? ¿Cómo será? Finalmente vienen los libros, y ellos determinan cómo van a ser los diez días siguientes: podemos enfrascarnos en la lectura o, si nos han traído una porquería, dedicar más tiempo a la charla.
Traen tantos libros como personas haya en la celda, echan la cuenta como panaderos más que como bibliotecarios: un libro por cabeza; seis presos, seis libros. Las celdas con mucha gente salen ganando.
¡A veces la moza cumple nuestros encargos a las mil maravillas! Pero incluso cuando nos trae lo que a ella le parece, siempre se trata de libros interesantes, porque la de la Gran Lubianka es una biblioteca sin par. Probablemente la juntaron de bibliotecas particulares confiscadas a bibliófilos que ya habrían entregado su alma a Dios. Pero era sobre todo singular porque después de décadas de censurar y castrar todas las bibliotecas del país, la Seguridad del Estado se había olvidado de revolver en casa propia, y aquí, en la mismísima madriguera, se podía leer a Zamiatin, a Pilniak, a Panteleimón Románov y cualquier tomo de las obras completas de Merezhkovski. (Algunos decían en broma que como ya éramos hombres muertos, por qué no habrían de dejarnos leer libros prohibidos, pero a mí me parece que los bibliotecarios de la Lubianka no tenían ni idea de lo que estaban dándonos, por pura pereza e ignorancia.) En estas horas que precedían a la comida se leía con avidez. Una frase podía bastar para que te pusieras en pie, deambulando entre la ventana y la puerta y luego de nuevo hacia la ventana.
Y sentías deseos de comentar con alguien lo que acababas de leer y lo que de ello se desprendía, y así estallaba la discusión. ¡En esas horas también se discutía con avidez! Yo tenía frecuentes agarrones con Yuri Yevtujóvich .
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Al sexto nos lo metieron aquella mañana de marzo en que nos trasladaron a la regia celda n° 53.
Entró como una sombra, como si sus zapatos no tocaran el suelo. Entró, y, no muy seguro de poder tenerse de pie, recostó la espalda contra el marco de la puerta. En la celda ya no ardía la bombilla y la luz matinal aún era turbia. Sin embargo los ojos del nuevo no estaban completamente abiertos, sino entornados. Y callaba.
El paño de su guerrera y pantalón no permitía adscribirlo ni al ejército soviético, ni al alemán, ni al polaco, ni al inglés. Tenía la cara alargada, poco rusa. ¡Y lo flaco que estaba! Esa delgadez acentuaba aun más su altura.
Le preguntamos en ruso y no dijo palabra. Suzi le preguntó en alemán: silencio.
Fastenko, en francés y en inglés: silencio. Sólo poco a poco fue dibujándose una sonrisa en su rostro demacrado, amarillento y medio muerto, jamás en toda mi vida había visto una sonrisa como ésa! — Gen... te — musitó débilmente, como si volviera en sí tras un desmayo o hubiera pasado la noche a la espera del paredón. Y extendió una mano débil y esquelética. Sostenía ésta un hatillo de trapo. Nuestra clueca ya había comprendido lo que era, se lanzó hacia el hatillo y lo desató sobre la mesa: había unos doscientos gramos de tabaco suave. Se puso a liar un cigarrillo que abultaba lo que cuatro.
De esta manera apareció ante nosotros Yuri Nikoláyevich Yevtujóvich después de tres semanas en un box del sótano.
Desde los conflictos de 1929 en el Ferrocarril Chino-Oriental, por todo el país se cantaba una copla:
¡Arrollando
enemigos, con el pecho adelante,
la Vigesimoséptima está vigilante!
El jefe de la artillería de esta 27ª División de Tiradores, formada durante la guerra civil, era el oficial zarista Nikolái Yevtujóvich (yo recordaba el apellido porque era uno de los autores de nuestro manual de artillería). En un furgón de ferrocarril, en compañía de su inseparable esposa, cruzaba el Volga y los Urales, unas veces en dirección este y otras hacia el oeste. En aquel furgón pasó sus primeros años el hijo, Yuri, nacido en 1917, coetáneo por tanto de la revolución.
Después de aquella época remota, su padre se estableció en Leningrado, en la Academia militar, donde le rodearon el bienestar y la fama, y su hijo terminó la carrera en la Escuela de Mandos. Cuando estalló la guerra de Finlandia, y Yuri ardía en deseos de combatir por la Patria, los amigos del padre consiguieron ponerlo de auxiliar en el Estado Mayor. Yuri no tuvo que arrastrarse en los ataques contra las líneas fortificadas de los finlandeses, ni cayó nunca en un cerco durante una misión de reconocimiento, ni se heló en la nieve bajo las balas de los tiradores de élite, pero la Orden de la Bandera Roja — ¡nada menos! — vino a posarse en su guerrera. Yuri terminó la guerra de Finlandia convencido de que había sido justa, y él, útil.
Pero en la guerra siguiente ya no le fue tan bien. Como Yuri dominaba perfectamente el alemán hablado, le vistieron con el uniforme de un oficial alemán, que estaba prisionero, y lo enviaron de reconocimiento con los documentos de aquél. Cumplió su misión, y para regresar se puso un uniforme soviético (tomado de un muerto), pero cayó prisionero de los alemanes y fue conducido a un campo de concentración cerca de Vilna.
En cada vida hay un acontecimiento que determina totalmente a la persona: su destino, sus convicciones y sus pasiones. Los dos años pasados en aquel campo transformaron a Yuri. Lo que era aquello no se puede describir con palabras ni aludir con silogismos: en aquel campo uno debía morir, y el que no, sacar una conclusión. Podían sobrevivir los «Ordner», o sea: la policía interior del campo, reclutada entre los nuestros, y Yuri, por supuesto, no fue uno de ellos. Sobrevivían también los cocineros. Podía igualmente sobrevivir un intérprete, porque eran muy buscados, pero Yuri ocultó su conocimiento del alemán porque comprendió que los intérpretes debían delatar a los suyos. También podía darse largas a la muerte cavando fosas, pero los había más fuertes y ágiles que él. Y Yuri dijo que era pintor. En efecto, en su variada educación casera había recibido lecciones de pintura. Yuri pintaba bastante bien al óleo, y sólo el deseo de seguir al padre, de quien estaba orgulloso, le impidió ingresar en la Academia de Bellas Artes.
A él y a otro pintor anciano (lamento no recordar su apellido) los pusieron en un departamento aparte dentro de un barracón. Allí, Yuri pintaba gratis para los mandos del campo cuadritos de poca monta: que si el banquete de Nerón, que si el corro de los elfos. A cambio, le traían la comida. Ese rancho, por el cual los oficiales prisioneros guardaban cola desde las seis de la mañana con las escudillas en la mano y recibían palos de los Ordner y sartenazos de los cocineros, era un brebaje que no podía sustentar la vida humana. Al anochecer, Yuri podía ver por la ventana de su barracón para qué le había sido concedido el don de la pintura: una neblina vespertina sobre un prado próximo a un pantano; en el prado, rodeado de alambre espino, hay multitud de hogueras encendidas y alrededor de ellas unos hombres, antiguos oficiales soviéticos, más parecidos ahora a fieras salvajes. Los hombres están royendo los huesos de las caballerías muertas, cuecen tortas de mondas de patata y fuman cigarrillos de estiércol. Todos ellos se mueven inquietos, asediados por los piojos. Pues no han reventado aún todos esos bípedos. No han perdido aún el lenguage articulado. Bajo los resplandores violáceos de las hogueras pueden verse los últimos retazos de raciocinio surcando unos rostros que retroceden hacia el Neanderthal.
¡Aquello era un cáliz amargo! La vida que Yuri conserva ya no tiene valor por sí misma. Él no es de los que acatan fácilmente el olvido. No, a él le tocará sobrevivir, él será de los que deban sacar conclusiones.
A estas alturas los prisioneros soviéticos ya saben que la culpa no es de los alemanes, o no sólo de los alemanes; que entre tantos prisioneros de guerra de tantas nacionalidades sólo los nuestros viven y mueren así, que nadie lo pasa peor que los soviéticos. Hasta los polacos, incluso los yugoslavos, reciben un trato muchísimo más llevadero, y no hablemos ya de los ingleses y los noruegos, que, atiborrados de paquetes de la Cruz Roja Internacional y de sus propias familias, no van siquiera a buscar su ración alemana. Donde los campos colindan, los aliados, por bondad, arrojan limosnas a los nuestros por encima de la alambrada, y los nuestros se lanzan como una jauría de perros sobre un hueso.
¿Cómo se explica que los rusos, que llevan todo el peso de la guerra, reciban el peor trato? De aquí y de allá van llegando poco a poco las explicaciones: la URSS no reconoce la firma de Rusia en la Convención de la Haya sobre prisioneros de guerra, (T78) por tanto no contrae ninguna obligación respecto al trato de los prisioneros, ni exige ninguna protección para los suyos capturados por el enemigo. (61) La URSS no reconoce a la Cruz Roja Internacional. La URSS no reconoce a sus soldados de ayer: no le trae cuenta socorrerlos en el cautiverio.
Al entusiasta coetáneo de Octubre se le hiela el corazón. Ahí, en su departamento del barracón, el anciano pintor y él se enzarzan en discusiones (Yuri no atiende a razones y se resiste a entender, pero el anciano le va descubriendo una capa tras otra). ¿Qué está ocurriendo? ¿Se trata de Stalin? ¿No te parece exagerado cargárselo todo a Stalin? Ni siquiera él tiene tan larga la mano... El pretende sacar conclusiones pero se queda a medio camino, al final no saca ninguna. ¿Y los demás? ¿Y los que rodean a Stalin o están por debajo, por todos los rincones de la patria, en fin, todos aquellos a los que la patria ha autorizado a hablar en su nombre?
¿Y qué comportamiento es el justo si la madre nos ha vendido a los gitanos, o aún peor, nos ha arrojado a los perros? ¿Acaso sigue siendo nuestra madre? Si la esposa va por los garitos, ¿acaso estamos obligados a serle fieles? Una patria que traiciona a sus soldados, ¿es acaso una patria?
¡Qué giro dio todo para Yuri! ¡Él, que admiraba a su padre, ahora lo maldecía! Por primera vez pensó que su padre, en realidad, había traicionado el juramento de fidelidad al ejército en que se había formado, lo había traicionado para que se implantara un régimen que ahora era desleal a sus soldados. ¿Por qué habría de considerarse Yuri vinculado por el juramento que hiciera a este pérfido régimen?
En la primavera de 1943, cuando se presentaron los reclutadores de las primeras «legiones» rusas, algunos se alistaron para salvarse del hambre, pero Yevtujóvich se enroló por unas firmes convicciones. Mas no estuvo mucho tiempo en la legión: cuando te despellejan, ya no se echa de menos el pelo. Yuri dejó de ocultar su buen conocimiento del idioma y, al poco, uno de los jefes alemanes oriundo de Kassel, comisionado para crear una escuela de espionaje de enseñanza acelerada, hizo de Yuri su mano derecha. Aquí empezó un giro que Yuri no había previsto: él perseguía una meta, pero se vio metido en algo muy diferente. Yuri ansiaba salvar a la patria, pero lo ponían a formar espías: los alemanes tenían sus propios planes. ¿Dónde estaba el límite? ¿Desde qué sitio no debió pasar? Yuri se convirtió en teniente del ejército alemán. Ahora iba por Alemania con uniforme alemán, viajaba a Berlín, visitaba a los emigrados rusos, leía a Bunin, Nabokov, Aldanov, antes inaccesibles... Yuri esperaba que en todos ellos, en especial en Bunin, sangraran en cada página las llagas vivas de Rusia. ¿Pero qué les pasaba? ¿En qué malgastaban su inestimable libertad? Otra vez el cuerpo femenino, las pasiones desatadas, las puestas de sol, las hermosas cabezas de las nobles, anécdotas de unos años enterrados por el polvo. Escribían como si en Rusia no se hubiera producido una revolución o estuviera fuera de su alcance explicarla. Dejaban que los jóvenes rusos buscaran por sí mismos un norte en la vida. Asi se debatía Yuri, tenía prisa por ver, tenía prisa por saber, pero al mismo tiempo, siguiendo la ancestral manera rusa, sumergía su angustia en el alcohol cada vez con más frecuencia y desgarro.
¿Cómo era esa escuela de espionaje? Nada serio, naturalmente. En seis meses apenas podían enseñarles a manejar el paracaídas, los explosivos y el radioemisor. No es que depositaran muchas esperanzas en ellos; si los arrojaban al otro lado era sólo para hacer que aumentara la moral. En cambio, según creía Yuri, para los prisioneros rusos, moribundos y abandonados a su suerte, aquellas escuelas de mentirijillas eran una buena salida: los muchachos se hartaban de comida, les daban ropa de abrigo nueva y, por si fuera poco, les atiborraban los bolsillos de dinero soviético. Los alumnos (lo mismo que los profesores) fingían creerse que todo iría así: en la retaguardia soviética se pondrían a espiar, volarían los objetivos señalados, se comunicarían por radio mediante mensajes cifrados y después regresarían. Pero para ellos la escuela era la forma de escapar de la muerte y el cautiverio, querían seguir con vida, pero no al precio de disparar contra los suyos en el frente.
Naturalmente, nuestros jueces de instrucción no admitían estos razonamientos. ¿Qué derecho tenéis a querer seguir con vida? Teníais que haber hecho como las familias con racionamiento privilegiado, en la retaguardia profunda, que viven bien sin necesidad de traiciones... A aquellos muchachos no les reconocían el haber rehusado el fusil alemán. Por haber jugado a los espías les endiñaban el durísimo Artículo 58-6, además de sabotaje «en vista a su intención». Eso significaba tenerlos entre rejas hasta que diñaran.
Los alemanes los pasaban al otro lado de las líneas y después la opción que tomaran, ya libremente, dependía de su conciencia y de su talante. Todos se deshacían de inmediato de la trilita y el radioemisor. La única diferencia estribaba en si se entregaban a las autoridades inmediatamente (como mi «espía» chato del contraespionaje del ejército) o si primero se corrían una juerga con ese dinero regalado. Lo que no se daba jamás era que alguien volviera al otro lado, con los alemanes.
De pronto, en vísperas del nuevo año de 1945, un bravo muchacho regresó e informó que había cumplido su misión (¡a ver quién era el guapo que lo comprobaba!). Era algo inaudito. El jefe no dudaba que lo habían enviado del SMERSH y decidió fusilarlo (¡ser un espía concienzudo para acabar así!). Pero Yuri insistió en que, por el contrario, debían condecorarle y ponerlo de ejemplo a los alumnos. El gran espía recién venido convenció a Yuri para que se metieran un litro entre pecho y espalda, y cuando ya tenía la cara de color lila, se inclino sobre la mesa y se sinceró: «¡Yuri Nikoláyevich! El mando soviético le promete el perdón si se pasa inmediatamente a los nuestros».
Yuri se estremeció. Su corazón endurecido, que a todo había renunciado, se inundó de calor. ¿La patria? ¡Maldita, injusta, y sin embargo todavía tan entrañable! ¿El perdón? ¿Y podría volver con su familia? ¿Y pasear por la avenida Kamenoostrovski? ¿Y por qué no? A fin de cuentas, ¿es que no somos rusos? ¡Perdonadnos y dejad que regresemos! ¡No tendréis queja de nosotros! El año y medio transcurrido desde que salió del campo de concentración no había proporcionado a Yuri ninguna felicidad. No se arrepentía, pero tampoco veía futuro. Cada vez que se reunía en torno a una botella de schnaps con otros rusos tan desesperanzados como él percibía con toda claridad que no tenían a dónde agarrarse, que aquella vida era una ficción. Los alemanes les habían estado haciendo bailar al son de su música. Ahora, cuando estaba claro que los alemanes habían perdido la guerra, a Yuri estaban ofreciéndole una salida: su jefe lo apreciaba y le reveló que tenía una finca en España adonde podrían largarse juntos si el Reich se derrumbaba. Pero ahora, al otro lado de la mesa, tenía a un compatriota borracho que lo tentaba jugándose la vida: «¡Yuri Nikoláyevich! El mando soviético valora su experiencia y conocimientos y quiere conocer por usted la organización del espionaje alemán...».
Durante dos semanas, las dudas se cernieron sobre Yevtujóvich. Pero cuando los soviéticos cruzaron el Vístula, él, que estaba evacuando su escuela a la retaguardia, ordenó torcer hacia una tranquila granja polaca, mandó formar a los alumnos y les anunció: «¡Me paso a los soviéticos! ¡Cada uno tiene libre elección!». Y aquellos espías de pacotilla recién destetados que hacía una hora aún estaban aparentando lealtad al Reich alemán ahora gritaban entusiasmados: «¡Hurra! ¡Nosotros también!». (Estaban gritando «hurra» por sus futuros trabajos forzados...)
Acto seguido, la escuela de espionaje al completo se ocultó hasta que llegaran los tanques soviéticos y tras ellos el SMERSH. Yuri ya no volvió a ver a sus muchachos. Lo separaron de ellos y durante diez días lo obligaron a describir toda la historia de la escuela, los programas y las misiones de sabotaje. Él creía de veras en «su experiencia y conocimientos...». Se llegó a hablar incluso de una visita a su casa, a su familia.
Y sólo en la Lubianka comprendió que incluso en Salamanca habría estado más cerca de su querido Nevá... No podía esperar sino el fusilamiento o veinte añitos, eso como mínimo.
De esta forma incorregible acude el hombre al humo de la patria... Del mismo modo que una muela se deja sentir hasta que se le mata el nervio, así nosotros, probablemente, no dejaremos de sentir la patria hasta que hayamos bebido arsénico. Los lotófagos de la Odisea empleaban cierta flor de loto para olvidar...
Yuri sólo pasó en nuestra celda tres semanas, durante las cuales no dejé de discutir con él. Yo decía que nuestra revolución había sido justa y magnífica, que lo único horrible había sido que la traicionaran en 1929. El me miraba con lástima y encogía nervioso los labios: ¡Antes de hacer la revolución debíamos haber erradicado las chinches de nuestro país! (Aunque partían de posiciones tan diferentes, curiosamente, él y Fastenko coincidían hasta cierto punto.) Yo le decía que durante mucho tiempo el país de los soviets había estado dirigido exclusivamente por personas de elevadas intenciones y total abnegación. El respondía que habían sido de la misma carnada que Stalin desde el principio (Stalin era un bandido, en eso no disentíamos.) Yo ensalzaba a Gorki: ¡qué inteligente! ¡Qué opiniones tan atinadas! ¡Qué gran artista! El me rebatía: ¡qué personalidad más insignificante e insulsa! Se había inventado a sí mismo, había inventado a sus personajes y sus libros eran una patraña de cabo a rabo. Lev Tolstói, ¡ése sí que era el rey de nuestra literatura!
Estas discusiones diarias, vehementes a causa de nuestra juventud, nos impidieron intimar y descubrir en el otro algo más que lo que rechazábamos.
Se lo llevaron de la celda, y desde entonces, por lo que he podido preguntar, nadie estuvo preso con él en Butyrki, ni nadie se lo encontró en las cárceles de tránsito. A los vlasovistas, aunque fueran rasos, los hacían desaparecer sin dejar rastro, lo más probable bajo tierra; algunos hasta hoy ni siquiera tienen documentos para abandonar sus confines perdidos del norte. Además, Yuri Yevtujóvich, con su destino singular, se distinguía del resto de ellos. (62)
A partir de aquí utilizo la palabra «vlasovista» en el sentido impreciso con que brotó de forma espontánea, si bien su uso fue tan pertinaz que quedó implantada en el lenguaje soviético. Nunca se le ha dado una definición clara, y es que ponerse a buscar una habría sido peligroso para el ciudadano de a pie e incómodo para las personalidades oficiales: «vlasovista» era, en general, todo súbdito soviético que en esa guerra se hubiera puesto del lado del enemigo con las armas en la mano. Serán precisos muchos años y libros para analizar este concepto y establecer las diferentes categorías que abarca. Sólo entonces estaremos en condiciones de distinguir a los «vlasovistas» propiamente dichos, es decir, los partidarios o subordinados directos del general Vlásov a partir del momento en que éste, prisionero de los alemanes, prestó su nombre al movimiento antibolchevique. Durante algunos meses sus seguidores se contaron sólo por centenares y aún no había llegado a formarse un ejército vlasovista con mando unificado o siquiera como fuerza real. Pero en diciembre de 1942 los alemanes recurrieron a una artimaña propagandística: difundieron la (falsa) noticia de que había tenido lugar la «asamblea constituyente» de un «Comité ruso» en Smolensk. El comunicado daba a entender tanto que dicho Comité aspiraba a ser algo así como un gobierno ruso como que no; jugaba con la ambigüedad y daba además unos nombres: el del teniente general Vlásov y el del capitán general Malyshkin. Los alemanes podían permitirse estos devaneos: anunciar un proyecto, anularlo después y, más tarde, actuar incluso en contra; sin embargo, las octavillas ya habían caído revoloteando de los aviones, se habían posado en los campos de batalla y también en nuestra memoria. Era natural que nos imagináramos ese «Comité Vlásov» como un movimiento o unas fuerzas armadas, y cuando vimos ante nosotros, en el seno del ejército alemán, a los primeros compatriotas armados — en forma de unidades rusas o de otras nacionalidades —, les dimos el único nombre que conocíamos: «vlasovistas», a lo que nuestros comisarios políticos no pusieron ningún reparo. De esta manera accidental, pero persistente, todo aquel movimiento quedó relacionado con el nombre de Vlásov.
¿Así pues, cuántos compatriotas nuestros se levantaron en armas contra su Patria? «Como mínimo ochocientos mil ciudadanos soviéticos se alistaron en organizaciones combativas cuyo objetivo era luchar contra el Estado soviético», — atestigua un investigador (Thorwald: Wen sie verderben wollen..., Stuttgart, 1952) —. Otros hacen estimaciones parecidas (por ejemplo, Sven Steenberg: Wlassow, Verräter oder Patriot?, Colonia, 1968). La dificultad de establecer cifras exactas se debe en parte a una pugna entre tendencias distintas dentro del mando militar y la administración alemanas. Por ello se exigía a las instancias inferiores, que veían con más realismo el curso de la guerra, que quitaran peso a estas cifras, de modo que las altas esferas no se alarmaran con el crecimiento de unas fuerzas que aunque antibolcheviques, no eran necesariamente germanófilas. Todo esto ocurría mucho antes de que se hubiera formado el Ejército Ruso de Liberación a finales de 1944.
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Por fin llegaba la comida de la Lubianka. Bastante antes oíamos un alegre tintineo en el pasillo, y después, como en un restaurante, nos entraban una bandeja para cada uno con dos platos de aluminio (no eran escudillas): un cucharón de sopa y otro de kasha acuosa, sin grasa alguna.
Con la angustia de los primeros días de instrucción, el procesado no puede tragar nada. Algunos se pasan varios días sin tocar el pan y no saben qué hacer con él. Sin embargo, después recobras de forma gradual el apetito y pasas a un estado de hambre permanente que llega a la avaricia. Más tarde, si has logrado contenerte, el estómago se contrae, se adapta a la frugalidad y la pobre comida se convierte en la justa. Para ello hace falta autoeducarse, perder la costumbre de mirar de reojo al que come más que tú, prohibir las conversaciones sobre comida, normales en una cárcel pero peligrosas para el estómago, y elevarse tanto como sea posible a la altura de lo trascendental. En la Lubianka esto viene facilitado por las dos horas que se permite estar tendido después de comer, otra maravilla digna de un balneario. Nos tumbamos de espaldas a la mirilla, colocamos ante nosotros un libro abierto para guardar las apariencias y nos amodorramos. A decir verdad, dormir está prohibido y los vigilantes ven que transcurre mucho rato sin que pasemos hoja, pero a estas horas no suelen dar golpes en la puerta (explican este gesto humanitario con que los privados del derecho a dormir están en aquel momento en el interrogatorio diurno. Para los obstinados que no firman las declaraciones el contraste resulta incluso más fuerte porque regresan a la celda cuando los demás ya han terminado la siesta).
El sueño es la mejor medicina contra el hambre y las penas: el organismo no consume energías y el cerebro no repasa una y otra vez los errores cometidos.
En esto traen la cena: otro cucharón de kasha. La vida despliega ante ti todos sus tesoros demasiado deprisa. Ahora durante las cinco o seis horas que quedan hasta el toque de retreta vamos a estar sin nada que llevarnos a la boca, pero ya no es tan terrible: de noche resulta más fácil no tener hambre. Eso lo sabe de antiguo la medicina militar: en los regimientos de reserva tampoco dan de cenar.
Llega la hora del retrete vespertino, que tú has estado esperando, más bien con estremecimiento, el día entero. Después del retrete, ¡qué leve se te antoja todo tu mundo! ¡Cómo se simplifican súbitamente todas las cuestiones sublimes! ¿Quién no lo ha experimentado? ¡Ay, aquellas apacibles noches de la Lubianka! (Bueno, siempre que no te espere un interrogatorio nocturno.) Tienes el cuerpo ingrávido, satisfecho de kasha lo justo para que el alma no sienta su yugo. ¡Qué pensamientos tan ligeros y libres! Es como si te hubieras elevado al monte Sinaí y allí, entre llamas, se te apareciera la verdad. ¿No era esto con lo que soñaba Pushkin?
¡Quiero vivir, para pensar y padecer!
Pues nosotros no hacemos otra cosa que sufrir y pensar. ¡Y qué fácil nos había sido alcanzar este ideal...!
Naturalmente, de noche también discutimos, hasta que dejamos de lado la partida de ajedrez con Suzi o los libros. Los agarrones más fuertes vuelven a ser los míos con Yevtujóvich, ya que todas las cuestiones que tratamos son explosivas, por ejemplo: cuál será el resultado de la guerra. Sin mediar palabra y sin la menor expresión en el rostro, el celador ha entrado en la celda y bajado el visillo azul de defensa pasiva. Al otro lado de la ventana empiezan a lanzar salvas en la noche de Moscú. (T79) Aunque no podemos verlas en el cielo del mismo modo que no vemos el mapa de Europa, intentamos imaginárnoslo en detalle y acertar qué ciudades han sido tomadas. Estas salvas sacan de quicio especialmente a Yuri.
Invoca al destino para que corrija sus errores, asegura que la guerra no está tocando a su fin, ni mucho menos, que el Ejército Rojo y los anglonorteamericanos se echarán unos sobre otros, que entonces empezará la guerra de verdad. La celda entera acoge esta predicción con ávido interés. ¿Y cómo terminará? Yuri asegura que con una fácil derrota del Ejército Rojo (¿o sea que nos pondrán en libertad?, ¿o quiere ello decir que antes nos fusilarán?). Aquí yo me planto y nos ponemos a discutir con más furia todavía. Sus argumentos son que nuestro Ejército está agotado, desangrado, mal pertrechado, y — lo más importante — que contra los aliados no combatirá con tanto ardor. Yo, tomando como ejemplo las unidades que conozco, defiendo que el ejército está no tanto agotado como fogueado, que ahora tiene más fuerza y fiereza, y que, de haber un conflicto, machacará a los aliados mejor aun que a los alemanes. «Jamás!», grita Yuri (pero sin levantar la voz). «¿Y qué me dices de las Ardenas?», grito yo (también sin levantar la voz). En esto interviene Fastenko y nos ridiculiza a ambos diciendo que ninguno de los dos entiende a Occidente, que ahora no hay hombre en el mundo capaz de obligar a las tropas aliadas a luchar contra nosotros.
Sea como sea, más que de discutir de noche, tenemos ganas de escuchar algo interesante, puede que hasta tranquilizador. Por una vez queremos estar todos de acuerdo en algo.
Uno de los temas preferidos en la cárcel es el de las tradiciones penitenciarias, sobre cómo se estaba antes en prisión. (63) Gracias a Fastenko tenemos testimonios de primera mano. Lo que más nos llega al corazón es que, antes, ser preso político era un orgullo, y que no sólo sus parientes no renegaban de ellos, sino que se presentaban muchachas desconocidas para conseguir una entrevista con los presos haciéndose pasar por sus prometidas. ¿Y la antigua y tan extendida tradición de llevar por fiestas paquetes a los presos? En Rusia, nadie levantaba la Cuaresma hasta haber llevado un paquete para unos presos que ni siquiera conocía, y esa comida iba a una caldera común de la cárcel. Les llevaban jamones por Navidad, pasteles, empanadas y bizcochos de Pascua. Incluso la anciana más pobre les llevaba una docena de huevos duros con la cascara pintada, con lo que aliviaba su corazón. ¿Qué había sido de esa bondad de los rusos? ¡Quedó sustituida por la conciencia de clase! Atemorizaron al pueblo tan brutalmente y sin remedio que se perdió la costumbre de preocuparse por el que sufre. En la actualidad una conducta así sería algo impensable. Y si ahora, en vísperas de una festividad, propusieras en tu empresa una colecta en favor de los presos de la cárcel local, los más vigilantes se lo tomarían casi como una revuelta antisoviética. Hasta tal punto nos hemos convertido en fieras.
¡Y cuánto representaban aquellos regalos de fiestas para un preso! Eran mucho más que buena comida, creaban la cálida sensación de que en la calle pensaban en él, de que les preocupaba su suerte.
Fastenko nos cuenta que la Cruz Roja política también había existido en época soviética. No es que no nos lo creamos, ¡pero es que cuesta tanto de imaginar! Dice que E.P. Peshkova, valiéndose de su inmunidad personal, viajaba al extranjero para recaudar fondos (aquí no estaba el horno para bollos). Luego, con el dinero compraba alimentos para los presos políticos que no tenían familiares. ¿Para todos los políticos, sin distinción? Y entonces nos aclara que no, que a todos menos a los KR, es decir, a los contrarrevolucionarios (o sea a los del Artículo 58), que eso sólo era para los miembros de los extintos partidos socialistas. ¡Pues haberlo dicho, hombre! Además, de todas formas, bien pronto enchiqueraron a casi toda la Cruz Roja, menos a Peshkova...
Otro tema agradable para tratar de noche, cuando no te espera un interrogatorio, es el de la puesta en libertad. Sí, hay quien dice que se dan casos asombrosos en que sueltan a alguien. Por ejemplo, a Z-v se lo llevaron «con sus efectos personales», ¿para ponerlo en libertad? La instrucción no podía haber terminado tan pronto. (Regresó al cabo de diez días: lo habían trasladado a Lefórtovo. Allí por lo visto empezó a firmarlo todo sin rechistar, y lo devolvieron con nosotros.) «Si acaban poniéndote en libertad, escucha, tu asunto es una tontería, tú mismo lo dices, prométeme que irás a ver a mi mujer, y para que yo lo sepa, que me ponga en el paquete, digamos, un par de manzanas...» «¡Pero si ahora no hay manzanas en ninguna parte!» «Pues entonces, tres rosquillas.» «¿Y si resulta que en Moscú ya no hay ni rosquillas?» «Bueno, pues entonces cuatro patatas.» (Se ponen así de acuerdo, y después un buen día, efectivamente, a N se lo llevan «con sus efectos personales» y M encuentra cuatro patatas en su paquete. ¡Extraordinario! ¡Asombroso! Si a él lo han puesto en libertad y su caso era muchísimo más grave que el mío, ¿me soltarán a mí quizá también muy pronto? Pero en realidad lo que ha ocurrido es que a la esposa de M se le ha deshecho en la bolsa la quinta patata y N navega ya rumbo a Kolymá en la sentina de un barco.)
Hablamos de todo un poco, recordamos anécdotas graciosas, y te sientes alegre y a gusto entre personas tan interesantes que no pertenecen a tu mundo ni a tu círculo de experiencias. Mientras tanto, ha pasado ya la silenciosa inspección nocturna y han retirado las gafas. La bombilla ha parpadeado tres veces. ¡Dentro de cinco minutos sonará la retreta!
¡Rápido, rápido, a por las mantas! Igual que en el frente, nunca sabes si ahora mismo, dentro de un minuto, va a lloverte una ráfaga de proyectiles a todo tu alrededor, tampoco aquí sabemos cuál será la fatídica noche de nuestro interrogatorio. Nos acostamos, asomamos un brazo por encima de la manta y procuramos quitarnos cualquier idea de la cabeza. ¡A dormir se ha dicho!
En un momento así, una noche de abril, poco después de habernos despedido de Yevtujóvich, se oyó el chirriar de la cerradura. Se nos encogió el corazón: ¿a quién se llevarían? Nos preparamos para oír el siseo del vigilante: «¡La "ese"!», «¡La "zeta"!». Pero no dijo nada y la puerta se cerró de nuevo. Levantamos la cabeza. Junto a la puerta, de pie, había un nuevo preso: flaco, joven, sencillo, con un traje azul y una gorra también azul. No llevaba objeto alguno. Miraba desconcertado a su alrededor.
— ¿Qué número tiene esta celda? —preguntó alarmado.
— La cincuenta y tres.
El se estremeció.
— ¿De la calle? —le preguntamos.
— No-o... —meneó la cabeza con expresión de dolor.
— ¿Cuándo te arrestaron? — Ayer por la mañana.
Nos echamos a reír. Tenía un rostro muy dulce e ingenuo, las cejas casi blancas.
— ¿Y por qué?
(Es una pregunta desleal, a la que no cabe esperar respuesta.)
—No sé... Por nada, por una tontería...
Es lo que responden todos, todos están presos por bagatelas. Sobre todo le parecen tonterías al propio procesado.
— Bueno, ¿pero qué exactamente?
— Yo... es que escribí una proclama. Al pueblo ruso.
— ¿¿¿Cómo??? (Nunca habíamos oído hablar de «tonterías» como aquélla.)
— ¿Me van a fusilar? — se alargó su cara. Palpaba la visera de la gorra, que aún no se había quitado.
— Seguramente no. — lo tranquilizamos — Ahora no fusilan a nadie. Diez años, seguro.
— ¿Es usted obrero? ¿Funcionario? — preguntó el social-demócrata, fiel a sus principios de clase.
— Obrero.
Fastenko le tendió la mano y exclamó triunfante, dirigiéndose a mí:
— Ahí lo tiene, Alexandr Isáyevich, ¡cómo están los ánimos entre la clase obrera!
Y se dio la vuelta para dormir, convencido de que ya estaba dicho todo y de que no hacía falta escuchar más.
Pero se equivocaba.
— ¿Y cómo se le ocurrió eso de la proclama? ¿Así por las buenas? ¿En nombre de quién?
— En el mío propio.
—¿Pero quién es usted?
El nuevo sonrió compungido:
— El emperador Mijaíl.
Fue como si nos hubiera dado una descarga. Nos incorporamos en las camas para fijarnos en él. No, su cara era tímida y propia del pueblo llano. No tenía ningún parecido con la de Mijaíl Románov. Además, la edad...
Nos dormimos saboreando por anticipado las dos horas de mañana antes del rancho, dos horas que no iban a ser nada aburridas.
Trajeron la cama y la ropa para el emperador y éste se acostó silencioso al lado de la cubeta.
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En 1916, en casa de Belov, un maquinista de tren de Moscú, entró un corpulento anciano desconocido, con una barba rubia y anunció a la piadosa esposa del maquinista: «¡Pelagueya! Tienes un hijo de un año. Cuídalo para el Señor. Cuando sea la hora, volveré». Y se marchó.
Pelagueya no sabía quién era aquel anciano, pero sus palabras habían sido tan precisas y duras que subyugaron su corazón de madre. Y empezó a cuidar al hijo como a la niña de sus ojos. Víktor crecía callado, obediente, piadoso, y a menudo tenía visiones de los ángeles y de la Virgen. Después, con menos frecuencia. El anciano no apareció más. Víktor estudió para chófer y en 1936 fue llamado a filas y destinado a Birobidzhán con una compañía motorizada. No era muy desenvuelto, pero quizás esa modestia y dulzura, impropia de los chóferes, enamoraron a una voluntaria civil e hicieron sombra a su jefe de sección, que intentaba conquistar a la moza. Por aquellas fechas vino de maniobras el mariscal Blücher, y una vez allí su chófer personal cayó gravemente enfermo. Blücher ordenó al jefe de la compañía motorizada que le enviara a su mejor chófer, y éste mandó llamar al jefe de la sección, quien inmediatamente vio la ocasión de sacarse de encima a su rival Belov enviándolo al mariscal (en el Ejército es frecuente: no se promociona al que lo merece, sino a aquel de quien conviene librarse).
Belov fue del agrado de Blücher y se lo quedó. Al poco tiempo al mariscal lo llamaron a Moscú con un pretexto plausible (antes de arrestarlo había que alejar a Blücher del Extremo Oriente, donde tenía personas fieles) y se llevó consigo a su nuevo chófer. Al quedarse sin valedor, Belov fue a parar al garaje del Kremlin y estuvo haciéndole de chófer a Mijaílov (el del Komsomol), a Lozovski, a algunos otros y, finalmente, a Jruschov. Belov tuvo ocasión de ver (y después de contarnos a nosotros) sus festines, costumbres y precauciones. Como representante de la masa proletaria de Moscú, asistió al proceso de Bujarin en la Casa de los Sindicatos. De todos sus amos, sólo de Jruschov hablaba con cariño: su casa era la única en la que sentaban al chófer a la misma mesa que toda la familia, no aparte, en la cocina; sólo en su casa, en aquellos años, se había conservado una sencillez obrera. El jovial Jruschov también se encariñó con Víktor Alekséyevich, y cuando se trasladó a Ucrania en 1938 insistió varias veces para que le acompañara. «¡Ojalá hubiera seguido con Jruschov!», decía Víktor Alekséyevich. Pero algo lo retuvo en Moscú.
En 1941, casi al comienzo de la guerra, su trabajo había quedado interrumpido. Como ya no estaba en el garaje del Gobierno, inmediatamente después de haber quedado indefenso, el Comisariado Militar lo movilizó. Sin embargo, debido a su delicada salud no lo enviaron al frente, sino a un batallón de trabajo: primero lo mandaron a pie a Inza, (T80) a cavar trincheras y construir carreteras. Después de haber pasado los últimos años sin preocupaciones y bien comido, ahora estaba mordiendo el polvo, y eso, sin duda, dolía. Conoció necesidades y padecimientos a manos llenas y vio a su alrededor que en vísperas de la guerra el pueblo no sólo no vivía mejor — como se decía —, sino que estaba en la miseria. Belov salió adelante a duras penas, hasta que lo libraron por mala salud, regresó a Moscú, donde volvió a colocarse bien: fue chófer de Scherbákov. (64) Después, de Sedin, el Comisario del Pueblo para el Petróleo. Pero Sedin robaba a mansalva (en total treinta y cinco millones) y lo retiraron evitando armar ruido. Sin comerlo ni beberlo, Belov volvía a perder su trabajo con los jefes y se puso a trabajar de chófer en una base de transportes y reparaciones. En sus horas libres completaba el salario con chapuzas, haciendo viajes a Krásnaya Pajrá.
Pero pronto habría de tener sus pensamientos puestos en otra parte. En 1943 fue un día a casa de su madre, ella estaba lavando y había salido con los cubos a la fuente. En esto se abrió la puerta y entró en la casa un anciano desconocido, corpulento, de barba blanca. Se persignó ante el icono, miró con severidad a Belov y le saludó: «¡Buenos días, Mijaíl! ¡Dios te bendiga!». «Yo me llamo Víktor», respondió Belov. «¡Pero serás Mijaíl, emperador de la Santa Rusia!», insistía el anciano. Entró entonces la madre, del miedo se quedó de una pieza y derramó los cubos: era el mismo anciano que se había presentado hacía veintisiete años. Había encanecido, pero era él. «Dios te salve, Pelagueya, has sabido cuidar de tu hijo», exclamó el anciano. Y se quedó a solas con el futuro emperador, como si fuera el Patriarca y estuviera ciñéndole la corona. Comunicó al conmocionado joven que en 1953 habría un cambio de poder (¡por eso le había impresionado tanto que el número de la celda fuera el 53!) y que él sería proclamado Emperador de Todas las Rusias, (65) pero para ello debería empezar a recabar el apoyo del pueblo a partir de 1948. No le dio el anciano más instrucciones sobre cómo reunir estas fuerzas y se marchó. Y Víktor Alekséyevich no cayó en la cuenta de preguntárselo.
¡A partir de entonces se acabó la paz y la vida sencilla para el joven! Seguramente, cualquier otro se habría quitado de la cabeza una idea tan descabellada, pero Víktor había estado con los más altos cargos, había visto a todos esos Mijailov, Scherbakov, Sedin, y de los demás había escuchado lo que contaban sus propios chóferes. Había comprendido que no se requería ser un hombre extraordinario, sino más bien al revés.
El recién ungido zar, callado, escrupuloso y sensible como Fiódor Ioánnovich, el último de los Riúrikov, sentía sobre sí el peso aplastante del gorro de Monómaco. (T81) La miseria y el dolor del pueblo que había visto a su alrededor sin sentirse especialmente responsable de ello, ahora pesaban sobre sus hombros y, si se prolongaban, él sería el culpable. Le pareció extraño tener que esperar hasta 1948, y en otoño de aquel mismo año de 1943 redactó su primer manifiesto al pueblo ruso y se lo leyó a cuatro empleados del garaje del Comisariado del Pueblo para el Petróleo...
...Desde por la mañana rodeamos a Víktor Alekséyevich y él nos contó todo esto con dulce modestia. Todavía no habíamos descubierto su credulidad infantil, estábamos cautivados ante un relato tan fuera de lo común y — ¡nuestra fue la culpa! — no tuvimos tiempo de ponerle en guardia contra la clueca. Además, ¡nunca se nos habría ocurrido pensar que lo que estaba contándonos con tanta ingenuidad no lo supiera todavía el juez de instrucción! Al terminar el relato, Kramarenko pidió que lo llevaran «al jefe de la cárcel para pedirle tabaco» o «al médico», no recuerdo, el caso es que lo llamaron al poco rato. De esta manera empapeló a los cuatro empleados del Comisariado del Pueblo para el Petróleo, de cuya existencia nadie se habría enterado nunca... (Al día siguiente, al volver del interrogatorio, Belov estaba sorprendido: ¿cómo se había enterado el juez? Fue entonces cuando caímos en la cuenta...) Asi pues, los del Comisariado del Pueblo para el Petróleo habían leído el manifiesto, los cuatro le habían dado su aprobación ¡y ninguno denunció al emperador! Pero se dio cuenta de que se había precipitado, ¡demasiado pronto! Y quemó el manifiesto.
Pasó un año. Víktor Alekséyevich estaba ahora de mecánico en el garaje de esa base de transportes. En otoño de 1944, redactó otro manifiesto y se lo hizo leer a diez personas, tanto chóferes como mecánicos. ¡Todos lo aprobaron! ¡ Y nadie le traicionó ! (Ni uno sólo de los diez: ¡Hecho muy raro para aquella época de denuncias! Fástenko no se había equivocado, pues, al diagnosticar «cómo estaban los ánimos entre la clase obrera».) Cierto que el emperador había recurrido a tretas muy ingenuas: daba a entender que tenía mucha mano en el Gobierno y prometía a sus partidarios enviarlos a misiones oficiales para cohesionar a las fuerzas monárquicas en provincias.
Pasaron los meses. El emperador se confió aun a dos chicas del garaje. Pero esta vez le salió el tiro por la culata, porque las muchachas dieron pruebas de madurez ideológica. A Víktor Alekséyevich se le encogió el corazón, presentía la desgracia. El domingo siguiente a la Anunciación iba por el mercado con el manifiesto en el bolsillo. Topó por casualidad con un viejo obrero, uno de sus partidarios, y éste le advirtió: «Víktor, ¿no te parece que por ahora sería mejor quemar ese papel, eh?». Víktor comprendió en lo más profundo que tenía razón, que se había precipitado, que había que quemarlo. «Es verdad, ahora mismo lo quemo.» Y con esa idea, se dirigió a su casa. Pero dos simpáticos jóvenes lo llamaron allí mismo, en el mercado: «¡Víktor Alekséyevich, acompáñenos!». Y se lo llevaron en un utilitario hasta la Lubianka, donde andaban tan ajetreados y azorados que no lo cachearon según el ritual establecido, y hubo incluso un momento en que el emperador a punto estuvo de destruir el manifiesto en el retrete. Pero le pareció que aún le apretarían más las clavijas para saber dónde lo ocultaba. Enseguida lo metieron en el ascensor para llevarlo ante un general asistido por un coronel. Fue el propio general quien le arrebató el manifiesto, que asomaba abultando en su bolsillo.