Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag

La Editorial

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Sin embargo, bastó un solo interrogatorio y la calma volvió a la Gran Lubianka: resultó que no era para tanto. Diez detenciones en el garaje de la base de transportes. Cuatro en el garaje del Comisariado del Pueblo para el Petróleo. Pasó a encargarse del sumario un simple teniente coronel, que se partía de risa estudiando la proclama:

— Aquí Su Majestad escribe: «Daré instrucciones a mi ministro de Agricultura para que disuelva los koljoses con la primera primavera». ¿Pero cómo va a repartir los aperos y el ganado? Esto no lo tiene muy elaborado... Después escribe: «Haré que aumente la construcción de viviendas y estableceré a cada persona cerca de su lugar de trabajo..., elevaré el salario de los obreros...». ¿Y de dónde sacará la pasta, Majestad? Se pondrán a fabricar el dinero en las imprentas, ¿verdad? ¡Claro, como ha abolido los empréstitos! Además, fíjese: «Borraré el Kremlin de la faz de la tierra». ¿Y dónde piensa instalar su propio Gobierno? ¿Sería de su gusto el edificio de la Gran Lubianka? ¿Le conviene quizás echarle una ojeada?

También los jueces jóvenes acudían a reírse del Emperador de Todas las Rusias. No supieron ver en él otro aspecto que el cómico.

A veces tampoco nosotros, los de la celda, podíamos contener una sonrisa. «Cuando llegue 1953 no se olvide de nosotros, ¿eh?», decía Z-v guiñándonos el ojo.

Todos se reían de él....

Víktor Alekséyevich, ingenuo, de cejas blancas y manos callosas, recibía algunas patatas cocidas de su desdichada madre Pelagueya y nos invitaba, sin reparar en lo tuyo y lo mío: «Comed, comed, camaradas...».

Sonreía con timidez. Comprendía perfectamente que Emperador de Todas las Rusias era algo ridículo, pasado de moda. ¿Pero qué le iba a hacer si la elección del Señor había recaído sobre él? No tardaron en llevárselo de nuestra celda. (66)

 

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La víspera del 1 de Mayo retiraron de las ventanas las cortinas de defensa pasiva. Ahora percibíamos, también con los ojos, que la guerra estaba terminando.

Aquella noche la Lubianka estaba más silenciosa que nunca, además creo que ya era el segundo día de Pascua, las fiestas coincidían. Todos los jueces de instrucción estaban de fiesta por Moscú y no llamaban a nadie a declarar. En medio del silencio pudimos oír que alguien protestaba de algo. Se lo llevaron de la celda y lo metieron en un box (habíamos aprendido a establecer de oídas la situación de cualquier puerta) y con el calabozo abierto estuvieron golpeándolo durante mucho rato. El silencio reinante permitía distinguir perfectamente cada golpe, descargado sobre algo blando y sobre una boca que se atragantaba.

El 2 de mayo sonó en Moscú una salva de treinta cañonazos, lo que significaba que habíamos tomado una capital europea. Sólo quedaban dos: Praga y Berlín. Teníamos que adivinar de cuál se trataba.

El 9 de mayo (T82) nos trajeron a un mismo tiempo el almuerzo y la cena, cosa que en la Lubianka sólo se hacía el primero de mayo y el 7 de noviembre.

Sólo por esto pudimos adivinar que la guerra había terminado.

Al anochecer dispararon otra salva de treinta cañonazos. Ya no quedaban capitales por tomar. Y aquella noche dispararon otra salva más — creo que de cuarenta disparos —, que era el final de todos los finales.

Por encima del bozal de nuestra ventana, de las demás celdas de la Lubianka, y de todas las ventanas de todas las cárceles de Moscú, también nosotros — antiguos prisioneros de guerra y ex combatientes en el frente — contemplábamos el cielo de Moscú, engalanado por los fuegos artificiales y sesgado por los reflectores.

Borís Gammercv, un joven artillero de una sección antitanques, licenciado por invalidez (una herida incurable de pulmón) y más tarde encerrado con un grupo de estudiantes, se hallaba aquella noche en una celda multitudinaria de Butyrki donde había tantos prisioneros de guerra como simples ex combatientes. Esta última salva fue descrita por él en ocho parcos versos, una octava de lo más sencillo: cómo se acostaron en los catres y se taparon con los capotes; cómo los despertó el ruido y levantaron la cabeza entornando los ojos hacia el bozal; ¡ah, es una salva! y se acostaron otra vez.

Y volvieron a cubrirse con sus capotes

Aquellos capotes con barro de las trincheras, con ceniza de las hogueras, con jirones hechos por los proyectiles alemanes.

No era para nosotros aquella Victoria. No era para nosotros aquella primavera.

 

6. Aquella primavera

En junio de 1945, cada mañana y cada tarde, llegaba el sonido de los bronces hasta las ventanas de la cárcel de Butyrki; las orquestas no podían estar muy lejos de allí, por la calle Lesnáya o Novoslobódskaya.

Nos poníamos de pie ante las ventanas de la prisión, abiertas de par en par — aunque por ellas no pasaba ni un soplo de aire —, tras los verduzcos bozales de cristal armado y escuchábamos. ¿Eran unidades militares las que desfilaban? ¿O eran obreros que dedicaban gustosos sus horas de ocio a marcar el paso? No lo sabíamos, pero había rumores, que habían llegado incluso hasta nosotros, acerca de que se preparaba un gran desfile de la Victoria en la Plaza Roja. Tendría lugar un domingo de junio (T83) coincidiendo con el cuarto aniversario del comienzo de la guerra.

Las piedras que forman los cimientos han sido puestas para crujir y hundirse en el suelo, no son ellas las que deben coronar el edificio. Pero hasta el honor de yacer en los cimientos les fue denegado a los que, abandonados insensatamente, habían sido sacrificados para recibir, en la frente y en las costillas, los primeros golpes de esta guerra e impedir la victoria al enemigo.

¿Qué son para el traidor los sones de la dicha?... (T84) En nuestras prisiones, la primavera de 1945 fue ante todo la primavera de los prisioneros rusos.

Pasaban por las cárceles de la Unión formando bancos inmensos, compactos y grises, como arenques en el océano. Yuri Yévtujóvich había sido para mí el primer atisbo de aquel majal. Y ahora me rodeaba por todas partes su movimiento seguro y sincronizado, como si conocieran su punto de destino.

No eran sólo prisioneros de guerra los que pasaban por aquellas celdas, discurría también el torrente de cuantos habían estado en Europa: emigrados de la guerra civil; los Ostarbeiter de la reciente guerra contra Alemania; oficiales del Ejército Rojo que habían ido demasiado lejos en sus conclusiones, y de quienes Stalin pudiera temer que de su campaña europea trajeran la libertad europea, como ocurriera ciento veinte años atrás. (T85) Pero con todo, la mayoría eran prisioneros de guerra. Y aunque de diversas edades, la mayoría eran mis coetáneos, no tanto míos como coetáneos de Octubre, de los que habían nacido con la Revolución, los que en 1937 habían desfilado imperturbables en las manifestaciones del vigésimo aniversario, y cuya quinta al comenzar la guerra constituyó el Ejército regular, aventado en unas semanas.

Así pues, aquella primavera en que languidecíamos en la cárcel al son de las marchas de la Victoria fue la primavera expiatoria para los de mi generación.

Nosotros que, en vez de nanas, oímos en la cuna: «¡Todo el poder para los soviets!». Nosotros, que tendíamos nuestras bronceadas manitas infantiles hacia la trompeta de pioneros y al grito de: «¡Estad alerta!», saludábamos: «¡Siempre alerta!». Nosotros, que introducíamos armas en Buchenwald e ingresábamos en el partido ahí mismo, en el campo de concentración. Y ahora estábamos en la lista negra por el solo hecho de haber quedado con vida (a los supervivientes de Buchenwald los encarcelaban en nuestros campos precisamente por eso: ¿Cómo pudiste sobrevivir en un campo de exterminio? ¡Aquí hay gato encerrado!).

Cuando cortamos la Prusia Oriental del resto de Alemania pude ver columnas cabizbajas de prisioneros que regresaban — los únicos que estaban apenados cuando todo a su alrededor era regocijo — y ya entonces su tristeza me anonadó, aunque todavía no conocía sus causas. Yo me bajaba del vehículo y me acercaba a esas columnas formadas voluntariamente (¿para qué vais en columnas? ¿Por qué formáis en fila si nadie os obliga a ello? ¡Los prisioneros de todas las naciones volvían dispersos! Pero los nuestros querían que su llegada fuera lo más sumisa posible...). Llevaba yo a la sazón galones de capitán, pero a pesar de ellos y por más que yo me encontrara en su camino, me era imposible averiguar por qué marchaban tan apesumbrados. Pero el destino hizo que yo también siguiera su suerte y hube de caminar con ellos desde el contraespionaje del Ejército al del frente, donde escuché por vez primera sus relatos, todavía incomprensibles para mí. Después, Yuri Yevtujóvich me haría una exposición completa, y más tarde, bajo las bóvedas de ladrillo rojo del castillo de Butyrki, habría de sentir aquella historia sobre varios millones de prisioneros rusos atravesada para siempre en mis entrañas, como un escarabajo prende de su alfiler. La propia historia de mi caída en la cárcel ahora me parecía fútil y dejé de llorar los galones arrancados. Si ahora no me encontraba donde todos los jóvenes de mi edad, ello se debía tan sólo al azar. Comprendí que mi deber era arrimar el hombro por una punta de su fardo común y acarrearlo hasta el fin de mis fuerzas, hasta que me aplastara. Ahora me sentía como si yo también hubiera caído prisionero con aquellos muchachos en el paso del Dniepr por Soloviovo, en el cerco de Jarkov o en las canteras de Kerch; como si con las manos atrás, hubiera pasado con orgullo soviético tras las alambradas de los campos de concentración; como si hubiera esperado al gélido relente horas enteras un frío cucharón de kawa (sucedáneo del café) y hubiera caído desfallecido antes de llegar hasta la cazuela; como si en el campo de concentración para oficiales n° 68 hubiera cavado con las manos y la tapa de la fiambrera un hoyo en forma de embudo (con la parte superior más estrecha) para no pasar el invierno al raso; como si un prisionero, convertido ya en animal, se hubiera arrastrado hasta mi cuerpo paralizado por el frío para roer mis carnes, aún tibias en el codo; y como si a cada nuevo día, con aguda conciencia de mi hambre, en el barracón de los tíficos, junto a la alambrada del campo vecino de los ingleses, una idea clara fuera penetrando en mi moribundo cerebro: la Rusia soviética renegaba de sus hijos agonizantes. «Los hijos orgullosos de Rusia» (T86) sólo le habían sido necesarios mientras se arrojaban bajo los tanques, mientras se les podía lanzar al ataque. ¿Pero darles de comer en el cautiverio? Eran bocas inútiles. Y testigos inútiles de vergonzosas derrotas.

A veces queremos mentir, pero la lengua nos lo impide. A estos hombres los acusaron de traición, pero jueces instructores, fiscales y magistrados cometieron un apreciable error sintáctico que los propios acusados, los periódicos y el pueblo entero habrían de repetir y consolidar. Sin querer, estaban diciendo la verdad: pretendían condenarlos por traición A LA PATRIA, pero en ninguna parte se dijo ni escribió — ni siquiera en los documentos procesales — de otra manera que no fuera «traición DE LA PATRIA».

¡Tú lo has dicho! No había sido traición a ella sino de ella con los suyos. No fueron ellos, desdichados, quienes cometieron traición, sino su calculadora Patria, y por si fuera poco, tres veces .

La primera vez los traicionó por incuria, en el campo de batalla, cuando nuestro Gobierno, predilecto de la patria, hizo cuanto estuvo en su mano para perder la guerra: desmanteló las líneas de fortificaciones, expuso la aviación al desastre, desmontó tanques y piezas de artillería, aniquiló a los generales competentes y prohibió a las tropas que resistieran. (67) Quienes cayeron prisioneros fueron precisamente los que habían parado el golpe con sus cuerpos y detuvieron a la Wehrmacht.

Por segunda vez, la patria los traicionó, por crueldad, al dejarlos morir en cautiverio.

Y ahora los traicionaba por tercera vez, por cinismo, engatusándolos con amor maternal («¡La Patria os ha perdonado! ¡La Patria os llama!») para echarles la soga al cuello en la misma frontera. (68)

¡Una gigantesca infamia contra millones de personas: traicionar a sus soldados y declararlos traidores!

Y con qué facilidad los dejábamos de lado: ¡traición!, ¡vergüenza!, ¡dadlos de baja! Pero antes que nosotros, ya los había dado de baja el Padre de la patria cuando lanzó a la flor y nata de la intelectualidad moscovita al matadero de Viazma con carabinas de un disparo, modelo de 1866, y encima una para cada cinco hombres. (¿Habrá un nuevo Lev Tolstói capaz de describirnos este Borodinó?) Lo mismo que cuando en diciembre de 1941 el Gran Estratega ordenó con un torpe gesto de su dedo corto y grueso (sin razón alguna, sólo por dar una noticia espectacular para Año Nuevo) que ciento veinte mil de nuestros muchachos — casi tantos como rusos hubo en Borodinó — cruzaran el estrecho de Kerch, para entregarlos a los alemanes sin presentar combate.

Y pese a todo, váyase a saber por qué, el traidor no fue él, sino ellos.

¡Y con qué facilidad les colgamos un sambenito, con qué facilidad accedimos a tildar de traidores a quienes habían sido traicionados! Aquella primavera estaba en una de las celdas de Butyrki el anciano Lébedev, un metalúrgico con título de profesor universitario pero con aspecto de obrero, uno de aquellos robustos operarios del siglo pasado, o incluso de hace dos siglos, de cuando las fabricas Demídov. Era ancho de espaldas, de frente amplia, con una barba a lo Pugachov y una manaza hecha para agarrar un cangilón de fundidor de cinco arrobas. En la celda vestía una bata de obrero de un gris desteñido que se ponía directamente sobre la ropa interior, iba desaliñado y uno podría haberlo tomado por un funcionario auxiliar de la cárcel, aunque sólo hasta que se sentaba a leer e iluminaba su rostro esa poderosa majestad que da la costumbre de pensar. Los presos se reunían a menudo en torno a él. De lo que menos hablaba era de metalurgia, prefería explicarnos con su voz grave de timbal que Stalin era un energúmeno como Iván el Terrible: «¡Disparad! ¡Estrangulad! ¡Sin cuartel!», que Gorki era un mandilón y un charlatán, un justificador de verdugos. Me entusiasmaba ese Lébedev: era como si todo el pueblo ruso estuviera encarnado ante mí en aquel torso recio, de cabeza inteligente y brazos y piernas de labrador. ¡Había reflexionado sobre tantas cosas! ¡De él aprendí a comprender el mundo! Pero un buen día, dejando caer su manaza tajante, proclamó que los del uno-be eran traidores a la patria y que no tenían perdón. Y los del uno-be abarrotaban precisamente los catres alrededor.

¡Qué heridos se sintieron los muchachos! El anciano sentenciaba con firmeza en nombre de la Rusia campesina y obrera, y a ellos les resultaba difícil y embarazoso tener que defenderse en este nuevo frente. A dos chiquillos inculpados por «el punto diez» y a mí nos tocó interceder por ellos y discutir con el viejo. ¡Pero a qué grado de ofuscación puede llevarnos la monótona mentira del Estado! Hasta los más receptivos entre nosotros sólo éramos capaces de abarcar aquella parte de verdad con la que nos habíamos dado de morros.

Sobre esto trata, de un modo más general, Vitkovski (hablando de los años treinta): es asombroso que los falsos saboteadores, aun sabiendo perfectamente que no lo eran, dijeran que si estaban sacudiendo a los militares y a los sacerdotes, por algo sería. Por su parte, los militares, aunque conscientes de no haber estado al servicio del espionaje extranjero ni pretendido destruir el Ejército Rojo, creían de buen grado que los ingenieros eran saboteadores, y los sacerdotes, dignos del paredón. El hombre soviético encerrado en prisión razonaba de esta manera: en lo que a mí toca, yo soy inocente, pero con ésos, con los enemigos, todos los métodos son buenos. No les habían iluminado ni las lecciones de la instrucción judicial ni de la celda. Incluso una vez condenados, seguían tan cegados como los que están en la calle: creían que por todas partes había confabulaciones, envenenamientos, sabotajes y espías.

Con la de guerras que ha sostenido Rusia (ojalá hubieran sido menos...), ¿acaso hubo muchos traidores en todas ellas? ¿Se ha podido observar que la traición sea inherente al espíritu del soldado ruso? Mas he aquí que bajo el régimen más justo del mundo estalla la más justa de las guerras y aparecen de pronto millones de traidores entre la gente más sencilla. ¿Cómo se entiende eso? ¿Cómo se explica?

A nuestro lado combatía contra Hitler la capitalista Inglaterra. La pobreza y los padecimientos de su clase obrera ya fueron expuestos con suma elocuencia por Marx. ¿Por qué en esta guerra no apareció entre ellos más que un sólo y único traidor: el comerciante «Lord Haw-Haw»? ¿Y por qué en nuestro país aparecieron millones?

Da realmente miedo abrir la boca, pero ¿no será por culpa de nuestro sistema político?

Uno de nuestros antiguos proverbios ya justificaba la rendición: «El cautivo puede gritar, el muerto jamás». En tiempos del zar Alexéi Mijaílovich ¡concedían títulos nobiliarios por haber sufrido cautiverio! En todas las guerras siguientes, la sociedad se impuso la tarea de canjear sus prisioneros, darles cuidado y calor. Toda evasión del cautiverio se celebraba como una gran heroicidad. Durante toda la primera guerra mundial, hubo colectas en Rusia para socorrer a nuestros prisioneros, se permitió que nuestras hermanas de la caridad fueran hasta Alemania a visitarlos, y cada periódico recordaba a diario al lector que había compatriotas languideciendo en cruel cautiverio. Todos los pueblos occidentales hicieron lo mismo en esta última guerra también: paquetes, cartas, todas las formas de apoyo circulaban con libertad a través de los países neutrales. Los prisioneros occidentales no se rebajaban a comer del rancho alemán, trataban con desprecio a los guardianes alemanes. A los militares que habían caído prisioneros, los gobiernos occidentales les contaban el cautiverio como años de servicio, y les concedían los ascensos correspondientes e incluso un sueldo.

¡Sólo los soldados del Ejército Rojo, único en el mundo, no se rinden! Así está escrito en el reglamento («Ivan píen nicht», nos gritaban los alemanes desde sus trincheras), ¿pero quién podría haberse imaginado todo lo que de esto se desprendía? Hay guerra, hay muerte, ¡pero no hay rendición! ¡Qué descubrimiento! Eso significa: anda y muérete, que nosotros seguiremos viviendo. Pero si tú, aunque hayas perdido las piernas, vuelves del cautiverio, con muletas pero vivo (como el leningradense Ivanov, jefe de una sección de ametralladoras en la guerra de Finlandia, que después estuvo preso en el campo de Ust-Vym), te vamos a juzgar.

Sólo nuestro soldado, aborrecido por la patria, despreciable a los ojos de enemigos y aliados, anhelaba la bazofia que le servía el Tercer Reich por el portón de atrás. Sólo él tenía cerrada a cal y canto la puerta de la patria, aunque los más jóvenes se resistieran a creer que había cierto Artículo 58-1-b según el cual, en tiempo de guerra, no había pena inferior al fusilamiento. ¡Por no haber querido morir de una bala alemana, tras el cautiverio el soldado debía morir de una bala soviética! Otros mueren de las balas del enemigo, nosotros de las nuestras.

(Sería ingenuo preguntarse: por qué. Los gobiernos de todas las épocas tienen muy poco de moralistas. Si han encarcelado y ejecutado a la gente, jamás ha sido por algo. ¡Encarcelan y ejecutan para que no! A todos estos prisioneros los encarcelaron, claro está, no por traición a la patria, pues hasta el más imbécil veía claramente que sólo a los vlasovistas se los podía condenar por traición. Los encerraron para que no evocaran a Europa entre sus paisanos. Ojos que no ven, corazón que no sueña...)

Así pues, ¿qué caminos se le ofrecían al prisionero de guerra ruso? Legal, sólo uno: tenderse y dejarse pisotear. Cualquier brizna de hierba procura vivir, abriéndose camino con su endeble tallo. Pero tú, tiéndete y déjate pisotear. Aunque sea ya algo tarde, puedes morirte ahora, ya que no lograste morir en el campo de batalla, entonces no se te juzgará.

Duermen los soldados. Han dicho su palabra. Y con ellos, la razón. Por siempre jamás.

Todos, todos los demás caminos que pueda inventar tu desesperado cerebro, todos conducen a enfrentarse con la Ley.

La evasión para alcanzar la patria atravesando las alambradas del campo, cruzando media Alemania y luego por Polonia o los Balcanes, conduce al SMERSH y al banquillo de los acusados: ¿Cómo has logrado evadirte si los demás no lo consiguen? ¡Esto huele a chamusquina! Di, canalla, con qué misión te han enviado (Mijaíl Bumatsev, Pável Bondarenko y muchos, muchos otros).

En nuestra crítica literaria ha quedado establecido que Shólojov, en su inmortal relato El destino de un hombre, expuso la «verdad amarga» sobre esta «faceta de nuestra vida», que «puso al descubierto» este problema.

Nos vemos obligados a replicar que en dicho relato, por lo demás muy flojo, donde las páginas de guerra son pálidas y poco convincentes (es evidente que el autor no conoció la última guerra), donde se caracteriza a los alemanes de una manera tópica, como en las estampillas populares hasta convertirlos en figuras cómicas (el único personaje logrado es la esposa del protagonista, que es una mujer piadosa típica de Dostoyevski), en este relato, pues, sobre el destino de un prisionero, el verdadero problema del cautiverio queda escamoteado o tergiversado:

1. Se ha elegido el caso de cautiverio más inocuo: el protagonista había perdido el conocimiento, con lo que éste queda «fuera de toda duda» y el autor pasa de puntillas sobre el quid de la cuestión: y si se hubiera rendido sin haber perdido el conocimiento, como sucedió con la mayoría, ¿qué habría pasado entonces?

2. Según el relato, el problema fundamental del cautiverio es que entre los nuestros surgen traidores y no que la Patria nos haya abandonado, negado y maldecido (Shólojov no dice de ello una palabra), cuando es esto precisamente lo que nos sumía en una situación sin salida. (Si eso es lo principal, pues entonces profundiza y explica de dónde han podido salir esos traidores, un cuarto de siglo después de una revolución apoyada por todo el pueblo.)

3. El autor inventa una evasión rocambolesca, de novela policiaca, una serie de patrañas para que la fuga no desemboque en el obligatorio e ineludible proceso de recepción de los que vienen del cautiverio: el SMERSH y el Campo de Control y Filtrado. A Sokolov no sólo no lo ponen tras las alambradas, como exige el reglamento, sino que — ¡menudo chiste! — ¡recibe del coronel un mes de permiso! (¿o sea que le dan tiempo para que pueda cumplir la «misión» que le ha encomendado el espionaje fascista? ¡Entonces, el coronel hubiera ido derechito detrás de él!).

Si huías a donde los partisanos del Frente Occidental para alcanzar las fuerzas de la Resistencia, no estabas haciendo más que aplazar el pago de toda tu deuda con los tribunales, y además ello aún te hacía más peligroso: al vivir libremente entre los europeos podías haberte contagiado de un espíritu muy nocivo. Y si tú no temiste escapar y después combatir, es que eres un hombre decidido, doblemente peligroso para la patria.

¿Y sobrevivir en el campo de concentración a costa de tus compatriotas y de tus camaradas? ¿Y convertirte en policía de campo, en jefe de barracón, en ayudante de los alemanes y de la muerte? La ley de Stalin eso no lo castigaba con mayor severidad que la participación en las fuerzas de la Resistencia: era el mismo Artículo y la misma condena. (No cuesta adivinar el porqué: ¡hombres así aun son menos peligrosos!) Pero una ley íntima inexplicablemente arraigada en nuestro interior, vedaba este camino a todos, excepto a la escoria.

Excluidos estos cuatro caminos, fuera de tu alcance o inaceptables, quedaba una quinta vía: esperar a los reclutadores y ver qué proponían.

A veces, por suerte, venían delegados de los Bezirk (distritos) rurales a reclutar jornaleros para los Bauer (o sea, los granjeros); o de las empresas, para llevarse a ingenieros y obreros. Por alto imperativo «estaliniano» también a esto debías negarte, tenías que ocultar que eras ingeniero u obrero especializado. Si eras ingeniero-aparejador o electricista, la única forma de conservar tu patriotismo inmaculado era quedarte en el campo de concentración a cavar, a pudrirte y a rebuscar en el basurero. En este caso, por simple traición a la Patria podías contar con una condena de diez años de cárcel y cinco de bozal, (T87) eso sí, con la cabeza bien alta. Pero si tu caso era traición a la Patria con el agravante de haber trabajado para el enemigo y además en tu especialidad profesional, te caían ¡los mismos diez años de cárcel y cinco de bozal! — eso sí, con la cabeza bien gacha.

Era la fina mano de un hipopótamo metido a relojero por la que tanto se distinguía Stalin.

A veces llegaban reclutadores totalmente distintos: solían ser rusos, hasta hacía poco comisarios políticos, pues los guardias blancos no se prestaban a estos quehaceres. Los reclutadores organizaban un mitin en el campo de concentración, echaban pestes contra el régimen soviético e invitaban a inscribirse en las escuelas de espionaje o en las unidades de Vlásov.

El que no haya pasado el hambre de nuestros prisioneros de guerra, el que no haya roído los murciélagos que llegaban volando al campo de concentración, el que no haya cocido viejas suelas de zapato, difícilmente llegue a comprender qué irresistible fuerza material adquiere cualquier llamada, cualquier argumento, si tras él, tras las puertas del campo, humea una cocina de campaña y todo aquel que da su consentimiento puede comer inmediatamente tanta kasha como quiera, ¡aunque sea una vez!, ¡aunque sólo sea una vez más antes de morir!

Pero además de la kasha humeante, había en la convocatoria del reclutador un espejismo de libertad y de vida de verdad. ¡No importaba para qué los llamaran! A los batallones de Vlásov. A los regimientos cosacos de Krasnov. A los batallones de trabajo, a echar hormigón en la futura Muralla Atlántica. A los fiordos noruegos. A las arenas de Libia. A los «Hiwi» —Hilfswillige— auxiliares voluntarios de la Wehrmacht alemana (en cada compañía alemana había 12 Hiwis). O, por último, a hacer de policías rurales, a perseguir y cazar guerrilleros (de muchos de los cuales había renegado también la patria). Daba igual adonde los enviaran, todo era preferible a estirar la pata como una res abandonada.

¡Cuando hemos hecho que un hombre se degrade hasta roer murciélagos, nosotros mismos lo hemos eximido de todo deber, no ya ante la patria, sino ante la humanidad misma!

Y si algunos de nuestros muchachos en los campos de prisioneros se enrolaban en los cursos acelerados para espías, era tan sólo porque todavía no habían llegado hasta el fondo en las conclusiones que cabía sacar de su abandono, y por tanto su comportamiento seguía siendo más que patriótico. Veían en ello el medio menos oneroso para escapar del campo de concentración. Casi todos, del primero al último, imaginaban que nada más los pusieran los alemanes en territorio soviético, ellos se presentarían a las autoridades, entregarían el equipo y las instrucciones recibidas, y junto con los afables mandos soviéticos se burlarían de los estúpidos alemanes, vestirían de nuevo el uniforme del Ejército Rojo y se reintegrarían con entusiasmo en las filas de los combatientes. Decidme, humanamente, ¿quién podía esperar otra cosa? ¿cómo podía ser de otra manera? Eran muchachos sinceros — yo vi a muchos de ellos —, con caras redondas y francas, con un cautivador deje de Viatka o de Vladímir. Se metían animosamente a espías sin haber pasado del cuarto o quinto curso en la escuela rural, sin ningún hábito en el manejo de la brújula y del mapa.

Uno podría creer que para los prisioneros ésta era sin duda la única salida acertada. Uno podría pensar que para el mando alemán ésta era sin duda una empresa estúpida y costosa. ¡Mas de ninguna manera! ¡Hitler sabía de qué pie cojeaba su déspota gemelo! La demencia de Stalin se distinguía, entre otros rasgos, por la espiomanía. Stalin creía que el país estaba infestado de espías. A todos los chinos que vivían en el Extremo Oriente soviético les colgó el Artículo 58-6 (espionaje) y se los llevó a los campos del norte, donde sucumbieron. La misma suerte corrieron los chinos que habían tomado parte en la guerra civil y no se largaron a tiempo. Varios centenares de miles de coreanos fueron desterrados a Kazajstán, sospechosos todos a una de lo mismo. Todos los soviéticos que habían estado en alguna ocasión en el extranjero, que alguna vez aminoraron el paso ante un hotel de «Inturist», que alguna vez aparecieron en una fotografía junto a una fisonomía extranjera o que fotografiaron algún edificio de su ciudad (las Puertas de Oro de Vladímir), eran acusados de lo mismo. Los que miraban demasiado rato las vías del tren, un puente de la carretera, las chimeneas de una fábrica, caían bajo la misma acusación. Los muchos comunistas extranjeros, atrapados en la Unión Soviética, los funcionarios, fueran importantes o no, del Komintern, todos ellos, sin hacer distingos individuales, fueron acusados ante todo de espionaje. (69) ¡Hasta los fusileros letones, las más fieles bayonetas de los años tempranos de la Revolución, cuando los arrestaban en masa en 1937, también eran acusados de espionaje! Era como si Stalin hubiera invertido el célebre aforismo de Catalina II, dándole además creces: él prefería que se pudrieran en la cárcel novecientos noventa y nueve inocentes antes que dejar escapar a un solo espía de verdad. Siendo así, ¿cómo iban a confiar en unos soldados que, encima, habían estado realmente en manos del espionaje alemán? ¡Y cómo facilitaba el trabajo a los verdugos del MGB que los miles de soldados regresados de Europa no ocultasen que se habían alistado voluntariamente como espías! ¡Qué sobrecogedora confirmación de las predicciones del Sabio entre los Sabios! ¡Venid, venid, cretinos! ¡Hace tiempo que os tenemos preparados un artículo y una recompensa!

Y viene al caso preguntar: y sin embargo, hubo quien no se prestó a ningún reclutamiento; ni trabajó para los alemanes en su profesión; ni fue Ordner en el campo de concentración; hubo quien se pasó toda la guerra en un campo de prisioneros sin asomar la nariz, y sin embargo no murió, ¡aunque sea casi increíble! Hubo quien, por ejemplo, hacía mecheros con trozos de chatarra, como los ingenieros eléctricos Nikolái Andréyevich Semiónov y Fiódor Fiódorovich Kárpov y comía gracias a eso. ¿Es posible que a éstos la patria no les perdonara el haber caído prisioneros?

¡No, no los perdonó! A Semiónov y a Kárpov los conocí en Butyrki, cuando a los dos ya los habían sentenciado a los correspondientes... ¿cuántos?, el sagaz lector lo sabe ya: diez años de cárcel más cinco de bozal. ¡A ellos, que eran brillantes ingenieros y habían rechazado el ofrecimiento alemán de trabajar en su especialidad! ¡A Semiónov, que en 1941, siendo alférez, había ido al frente de voluntario! Semiónov, que en 1942, por falta de pistolas, todavía andaba con una cartuchera vacía (el juez de instrucción no comprendía por qué, antes que entregarse, no se había pegado un tiro con la funda). Semiónov, que se había evadido tres veces y que en 1945, cuando fue liberado del campo de concentración, como medida disciplinaria lo subieron a un tanque (durante un ataque de blindados), participó en la conquista de Berlín y recibió la orden de la Estrella Roja. Y después de todo esto fue encarcelado al fin y sentenciado. Éste es el espejo de nuestra Némesis.

Pocos fueron los prisioneros de guerra que cruzaron la frontera soviética como hombres libres, y si en medio del barullo alguno consiguió colarse, más tarde le echarían el guante, aunque fuera en 1946- 1947. A unos los arrestaban ya en Alemania, en los puntos de reagrupamiento. A otros, aunque en apariencia no estuvieran detenidos, al llegar a la frontera los metían en vagones de mercancías y los llevaban escoltados hasta uno de los numerosos Campos de Control y Filtrado (PFL) desparramados por todo el país. Esos campos no se diferenciaban en nada de los Campos de Trabajo Correccional, salvo que los reclusos entraban en ellos cuando aún no les habían condenado y no oían sentencia hasta que se encontraban en ellos. En estos PFL nadie permanecía de brazos cruzados — todos estaban situados junto a una fabrica, una mina o una edificación — y los ex prisioneros de guerra, contemplando la patria recobrada a través de las mismas alambradas que en Alemania, podían incorporarse desde el primer día a la jornada laboral de diez horas. En las horas de asueto — de noche y de madrugada — se interrogaba a los internados, y para ello había en los PFL gran cantidad de agentes operativos y jueces de instrucción. Como siempre, la instrucción partía del supuesto de que eras culpable de antemano. Y tú, sin salir de las alambradas, debías demostrar que no eras culpable. Para ello sólo podías basarte en tus testigos, otros prisioneros de guerra, que podían haber ido a parar a otro PFL, en el quinto pino. Por ello los agentes operativos de Kemerovo solicitaban informes a los de Solikamsk, éstos tomaban declaración a los testigos y enviaban las respuestas junto a nuevas peticiones, y entonces también te interrogaban a ti como testigo.

Es cierto que para esclarecer tu caso podía hacer falta un año y hasta dos, pero ello no significaba perjuicio alguno para la patria: mientras tanto, tú ibas sacando carbón todos los días. Y si alguno de los testigos declaraba algo desfavorable sobre ti, o si éstos ya no estaban vivos, entonces ¡despídete!: ya eras un «traidor de la patria» y la sesión del tribunal itinerante te estampillaba tus diez años. Y si por más vueltas que le dieran a tu caso, resultaba que al parecer no habías servido a los alemanes, y lo que es más importante, no habías tenido tiempo de ver estadounidenses ni ingleses en carne y hueso (que te hubieran liberado ellos y no los nuestros se consideraba circunstancia enormemente agravante), entonces los agentes operativos decidían de qué grado de aislamiento eras digno. A algunos les prescribían un cambio de residencia (esto siempre destruye los vínculos del hombre con su entorno y le hace más vulnerable). A otros les proponían noblemente que ingresaran en la VOJR, es decir, en la guardia militarizada de los campos penitenciarios: aunque en apariencia quedaba libre, el hombre perdía toda libertad individual y partía hacia lugares apartados. A los terceros les daban un apretón de manos, y aunque merecían el paredón por haberse rendido, dejaban humanamente que se fueran a casa. ¡Pero se alegraban antes de tiempo! Mucho antes que ellos, por los misteriosos canales de las Secciones Especiales, su expediente ya había llegado al país. Esos hombres dejaban definitivamente de ser de los nuestros y con la primera ola de arrestos masivos (como la de los años 1948-1949) los encarcelaban por propaganda antisoviética o por lo que más les cayera a mano. Con esa gente también estuve preso.

«¡Ay, si lo hubiera sabido...!»: éste era el estribillo en las celdas esa primavera. «¡Si hubiera sabido que me iban a recibir así!, ¡que me iban a engañar así! ¡que me esperaba esta suerte! ¿Iba a volver yo a la patria ? ¡Por nada del mundo! ¡Hubiera hecho todo lo posible por llegar a Suiza, a Francia! ¡Habría cruzado el mar! ¡El océano! ¡Hasta la otra punta del mundo!»

Sin embargo, aunque los prisioneros lo supieran, con frecuencia obraban igual. Vasili Alexandrov cayó prisionero en Finlandia. Ahí dio con él un viejo mercader de San Petersburgo quien, después de preguntar su nombre y patronímico, le dijo: «El año 1917 quedé en prenda con su padre de usted por una importante suma que después no tuve ocasión de pagar. ¡Tenga usted a bien cobrármela!». ¡Menuda ganga! Después de la guerra, Alexandrov fue admitido en el círculo de los emigrados rusos, ahí conoció a una chica a la que amaba y con la que se comprometió muy en serio. Para contribuir a su formación, el futuro suegro le dio a leer una colección de Pravda auténtica, tal como se publicó de 1918 a 1941, sin amaños ni enmiendas. Al mismo tiempo le puso al corriente de la historia de las riadas , más o menos como en el capítulo 2. Y pese a todo... Alexandrov abandonó novia y bienes, volvió a la URSS y le cayeron, como es fácil colegir, diez años de cárcel más cinco de bozal. En 1953, en un campo especial, se sentía feliz de poder engancharse como jefe de cuadrilla...

Los más juiciosos ahora rectificaban: ¡Nuestro error fue mucho antes! ¡Quién me mandaba a mí meterme en primera línea en 1941! Si no quieres mal comercio, no te metas en el tercio. Debí haberme hecho un huequecito en la retaguardia desde el principio, ahí sí que se estaba tranquilo. A ésos ahora los tienen como héroes. Y aun mejor hubiera sido desertar: seguramente habríamos conservado el pellejo entero y no nos caerían diez años, sino siete u ocho; en los campos el desertor puede tener el cargo que le dé la gana, y es que ya se sabe, no es un enemigo, un traidor o un político, es de los nuestros, un preso común. Otros objetan exaltados: sí, pero los desertores tendrán que cumplir integramente la condena, hasta que se pudran, no habrá perdón para ellos, mientras que nosotros tendremos pronto una amnistía y nos soltarán a todos. (¡Aún desconocían el principal privilegio del desertor!)

Los que habían sido detenidos por el punto 10, en su casa o en el Ejército Rojo, solían envidiar a los prisioneros de guerra: ¡Qué diablos, por el mismo precio (por los mismos diez años), cuántas cosas interesantes habría visto, en cuántos sitios habría estado! Y nosotros vamos a estirar la pata en un campo sin haber visto más que el pestilente portal de casa. (De todos modos, los del 58-10 apenas lograban ocultar su ilusionado presentimiento de que serían amnistiados en primer lugar.)

Los únicos que no suspiraban diciendo «¡Ay, si lo hubiera sabido!» (porque sabían a lo que iban), los únicos que no esperaban clemencia ni amnistía, eran los vlasovistas.

 

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Mucho antes de nuestro inesperado encuentro en los catres de las cárceles, yo tenía conocimiento de su existencia, aunque no sabía qué pensar de ellos.

Primero fueron unas octavillas, mojadas muchas veces por la lluvia y muchas veces secadas por el sol, perdidas en una franja del frente de Orel, entre altas hierbas que llevaban tres años sin conocer la siega. Las octavillas llevaban una fotografía del general Vlásov, acompañada de su biografía. En esa fotografía borrosa, su cara parecía la de un hombre bien comido y que había triunfado, como la de todos nuestros generales formados ya en época soviética. (En realidad no era así. Vlásov era alto y delgado, y en fotografías más detalladas puede verse que parecía un campesino que hubiera estudiado y se hubiera puesto unas gafas de concha.) La biografía parecía confirmar su brillante carrera: en los años de los encarcelamientos masivos estuvo de asesor militar con Chiang Kai-chek. ¿Pero a qué frases de aquella biografía podía darse crédito?

 Andréi Andréyevich Vlásov nació en 1900, en una familia campesina de la región de Nizhni-Nóvgorod. Bajo el tutelaje de su hermano, maestro rural, estudió en la academia eclesiástica de Nizhni-Nóvgorod, pero antes de pasar al seminario le sorprendió la Revolución. En la primavera de 1919 fue movilizado por el Ejército Rojo y al final del mismo año ya era jefe de pelotón en el frente contra Denikin. Al terminar la guerra ascendió a jefe de compañía y se quedó en el Ejército. En 1928 siguió los cursos «Vystrel» y más tarde se incorporó al Estado Mayor. En 1930 ingresó en el VKP(b), lo que le abrió nuevas posibilidades de ascenso. En 1938, ya con el grado de jefe de regimiento, fue enviado como asesor militar a China. Al no estar relacionado con las altas esferas militares o del partido, Vlásov se vio dentro de esa «segunda promoción» que Stalin ascendió para relevar a los jefes de Ejército, de división y de brigada que habían sido liquidados. En 1939 recibió el mando de una división, y en 1940, en la primera hornada de nuevos (antiguos) grados militares, obtuvo el de mayor general. Por lo que siguió después se puede concluir que entre los generales de aquel reemplazo, muchos de ellos completamente obtusos e inexpertos, Vlásov resultó ser uno de los más capacitados. Su división de tiradores n° 99, que hasta entonces era el furgón de cola del Ejército Rojo, ahora era citada como ejemplo en el Estrella Roja y en la guerra no fue cogida por sorpresa cuando Hitler atacó, al contrario: cuando nuestro retroceso hacia el Este se hizo general, la división avanzó hacia Occidente, recuperó Przemysl y lo mantuvo durante seis días. Después de pasar fugazmente por el cargo de jefe de cuerpo del Ejército, en 1941 Vlásov ya dirigía, en Kiev, el 37º Ejército. Cogido en la enorme bolsa de Kiev, logró abrirse paso al frente de un gran destacamento. En noviembre Stalin le confió el 20º Ejército e inmediatamente entró en combate en Jimki, tras lo cual lanzó una contraofensiva que llegó hasta Rzhev y se convirtió en uno de los salvadores de Moscú.

(En un parte de la Oficina de Información del 12 de diciembre, la enumeración de generales era la siguiente: Zhúkov, Leliushenko, Kuznetsov, Vlásov, Rokossovski...) Con el ritmo precipitado de aquellos meses, Vlásov tuvo tiempo de convertirse en adjunto del comandante del Frente del Voljov (general Meretskov), y en marzo, de tomar el mando del Segundo Ejército de choque que había quedado cercado en un imprudente avance para romper el bloqueo de Leningrado. Vlásov asumió el mando ahí mismo, en el interior de la bolsa. Aún estaban practicables los últimos caminos de invierno, pero Stalin prohibió la retirada y, al contrario, ordenó a las tropas, que ya estaban peligrosamente adentradas, seguir adelante por parajes pantanosos que empezaban a deshelarse, sin víveres, sin armamento y sin apoyo aéreo. Tras dos meses de hambre y agonía (con posterioridad, aquellos soldados me contarían en las celdas de Butyrki que raspaban los cascos de los caballos muertos, en descomposición, que cocían aquellas virutas y se las comían), el 14 de mayo de 1942 los alemanes lanzaron una ofensiva concéntrica sobre el ejército rodeado (y en el aire, como es natural, sólo había aviones alemanes). Y sólo entonces, como una burla, recibieron permiso de Stalin para retroceder a la otra orilla del Voljov. ¡Y aún hubo intentos desesperados de romper el cerco! Hasta comienzos de julio.

Así (como si repitiera la suerte del Segundo Ejército de Samsónov, arrojado insensatamente a una bolsa) sucumbió el Segundo Ejército de Choque de Vlásov.

¡Estaba bien claro que aquello había sido traición a la patria! ¡Por supuesto que había sido una cruel traición! Pero.... del propio Stalin. Traicionar no es necesariamente venderse. La ignorancia y la negligencia en la preparación de la guerra, el desconcierto y la cobardía en su comienzo, el absurdo sacrificio de ejércitos y regimientos sólo para seguir luciendo un uniforme de mariscal, ¿acaso puede cometer traición más grave un Comandante Supremo?

A diferencia de Samsónov, Vlásov no se suicidó. Perdido su ejército, erró por bosques y pantanos hasta rendirse el 12 de julio en la región del río Síverskaya. Pronto se encontró en Vínnitsa, en un campo especial para oficiales prisioneros de alta graduación creado por el conde Von Staufenberg, futuro participante en una conspiración contra Hitler. Los siguientes dos años de la vida de Vlásov transcurrieron bajo la protección de los círculos militares oposicionistas (más tarde, muchos de sus integrantes saldrían a relucir y morirían en la confabulación contra Hitler). En las primeras semanas de cautiverio, él y el coronel Boyarski, ex comandante de la 41ª División de la Guardia, redactaron un informe: la mayoría de la población soviética, tanto civiles como militares, vería con agrado el derrocamiento del Gobierno soviético si Alemania reconociera a la nueva Rusia en pie de igualdad (quizás influyera en este apresurado dictamen la experiencia personal de Vlásov: sus suegros habían sido «colectivizados» y su esposa obligada a renegar oficialmente de sus padres, aunque los ayudaba bajo cuerda. Mas ahora, ella y su hijo iban a ser inmolados por ese cambio de actitud del general en cautiverio: un buen día desaparecieron en las fauces del NKVD).

Con aquella octavilla en la mano resultaba difícil creer de buenas a primeras que se tratara de un hombre eminente, que toda su vida hubiera servido con fidelidad al régimen soviético, o que sintiera profundamente y desde hacía tiempo inquietud por los destinos de Rusia. La siguiente remesa de octavillas, que anunciaba la creación del ROA, el «Ejército Ruso de Liberación» del general Vlásov, no sólo estaba escrita en un pésimo ruso, sino que además rezumaba un espíritu extranjero, claramente alemán, e incluso cierto desinterés por el asunto. En cambio, las octavillas mostraban una grosera jactancia al hablar de gachas suculentas y de la alegría reinante entre los soldados. Costaba creer en la existencia de aquel Ejército. Y si en verdad existía, ¿de qué podían estar tan alegres? Solo un alemán podría mentir así.

En realidad no hubo tal ROA casi hasta al final de la guerra. Lo que sí hubo todos esos años fue unos cuantos cientos de miles de auxiliares voluntarios — los Hilfwillige— diseminados por todas las unidades alemanas, con los mismos derechos que un soldado, ya fuera total o parcialmente. Existieron además formaciones de voluntarios antisoviéticos compuestas por hombres que habían sido hasta hacía poco ciudadanos de la URSS, pero al mando de oficiales alemanes. Los primeros en brindar apoyo a los nazis fueron los lituanos (¡tantas faenas les habíamos hecho en sólo un año!). Luego aparecerían una división de voluntarios de las SS compuesta por ucranianos y unos destacamentos, también de las SS, formados por estonios. En Bielorrusia se reclutó una milicia popular contra los guerrilleros (¡que llegó a tener cien mil hombres!). Un batallón turkestano. Otro, tártaro, en Crimea. (Y todo esto lo habían sembrado los propios soviets. Por ejemplo, en Crimea, con la estúpida persecución de las mezquitas, cuando en otro tiempo la perspicaz Catalina la Grande afianzaba sus conquistas asignando recursos del Estado para construirlas y ampliarlas. También los hitlerianos, al llegar, tuvieron el acierto de proteger las mezquitas.)

Cuando los alemanes conquistaron nuestro sur, el número de batallones de voluntarios aumentó todavía más: uno georgiano, uno armenio, uno norcaucásico y dieciséis kalmucos (mientras que en el Sur casi no aparecieron guerrilleros soviéticos.) Cuando los alemanes se retiraron del Don, marchó con ellos una columna de unos quince mil cosacos, de los que la mitad eran aptos para el combate. En los alrededores de Lokot (región de Briansk), en 1941, los habitantes del lugar abolieron los koljoses antes de que llegaran los alemanes, se armaron contra los guerrilleros soviéticos y crearon una región autónoma que tenían previsto que durara hasta 1943 (presidida por el ingeniero K.P. Voskobóinikov), con una brigada armada de veinte mil hombres (bajo la bandera de San jorge), que se autodenominaba RONA, Ejército Popular Ruso de Liberación. Sin embargo, no llegó a constituirse un auténtico ejército de liberación de toda Rusia, por más que abundaran intentos y proyectos, tanto por parte de los propios rusos que ansiaban empuñar las armas para liberar a su país, como de grupos de militares alemanes — con escasa influencia y puestos de mediana importancia — realistas y conscientes de que con la política hitleriana de colonización a ultranza no se podía ganar la guerra contra la URSS.

Entre dichos militares había bastantes alemanes del Báltico, y entre ellos veteranos del antiguo Ejército del zar que percibían con especial sensibilidad la situación en que se encontraba Rusia, como por ejemplo el capitán Strick-Strickfeldt. Este grupo intentaba en vano hacer comprender a la cúpula hitleriana que era necesaria una alianza germano-rusa. A su fantasía se debe el nombre de ese ejército, el futuro estatuto que se esperaba conferirle y el bordado en la bocamanga (sobre campo de San Andrés) que se llevaría sobre el uniforme alemán. En 1942, en la aldea Osintorf, cerca de Orsha, se creó con la ayuda de algunos emigrados rusos (Ivanov, Kromiadi, Igor Sájarov, Grigori Lamsdorf) una «unidad experimental» con prisioneros nuestros: llevaban uniformes y armas soviéticos, pero con los antiguos galones y escarapela rusos. A finales de 1942 esta formación contaba con siete mil hombres; eran cuatro batallones destinados a convertirse en regimientos, conscientes además de que eran el germen de un futuro RNNA, un Ejército Popular Nacional Ruso. Había más voluntarios de los que la unidad podía admitir, pero no tenían ninguna seguridad, pues no podían fiarse de los alemanes, y ello con razón. En diciembre de 1942 la unidad se vio afectada por una orden de reforma: debía disolverse en batallones separados, vestir uniforme alemán e incorporarse a las unidades alemanas. Aquella misma noche trescientos hombres se pasaron a la guerrilla soviética.

En otoño de 1942, Vlásov dio autorización para que se utilizara su nombre para la unificación de todas las formaciones antibolcheviques, el mismo otoño de 1942 en que el Gran Cuartel General de Hitler rechazó las propuestas de los mandos intermedios del Ejército para que Alemania renunciara a los planes de colonización del este y emprendiera en su lugar la creación de fuerzas nacionales rusas. De este modo, apenas tomada esta decisiva elección, apenas dado ya el primer paso por la senda elegida, Vlásov se veía privado de todo papel que no fuera la propaganda, y así iba a ser hasta el final. Los círculos militares que protegían a Vlásov pensaron que su proyecto se vería fortalecido si lograban ponerlo en movimiento. De ahí que lanzaran esa proclama diciendo que se había constituido un «Comité de Smolensk» (la esparcieron por el frente soviético el 13 de enero de 1943) prometiendo todas las libertades democráticas, así como la abolición de los koljoses y del trabajo forzoso. (Era el mismo enero de 1943 en que se prohibía toda unidad rusa por encima de los batallones...) Aunque no había sido autorizada, la proclama se difundió también en las regiones ocupadas por los alemanes, donde provocó muchas emociones y expectación. Los guerrilleros la desmentían diciendo que no había ningún Comité de Smolensk, ni tampoco ningún Ejército Ruso de Liberación, que aquello eran mentiras de los alemanes. El plan inicial estaba haciendo necesario un segundo proyecto: unas giras de propaganda de Vlásov por las regiones ocupadas (de nuevo estaban obrando según su albedrío, sin conocimiento ni consentimiento del Gran Cuartel General ni del mismo Hitler; a nuestro espíritu, sometido al totalitarismo, le habría sido difícil concebir semejante espontaneidad, en nuestro país no se podía dar un solo paso importante sin autorización desde lo más alto, pero es que en nuestro país el sistema era incomparablemente más rígido que el nazi, llevábamos con él un cuarto de siglo y los nazis sólo diez años).

Con un capote confeccionado de forma artesanal, que no pertenecía a ningún ejército — marrón, con solapas rojas de general pero sin distintivos de graduación — Vlásov llevó a cabo el primero de esos viajes en marzo de 1943 (Smolensk-Moguiliov-Bobruisk) y un segundo en abril (Riga-Pechori-Pskov-Gdov-Luga). Estos viajes enardecieron a la población rusa, creaban la impresión tangible de que estaba naciendo un movimiento ruso independiente, de que podía renacer una Rusia independiente. Vlásov pronunció discursos en los teatros de Smolensk y de Pskov, llenos hasta los topes, habló de los objetivos del movimiento de liberación, y dijo abiertamente que el nacionalsocialismo era inaceptable para Rusia, pero que era imposible derribar al bolchevismo sin los alemanes. Con la misma franqueza, el público le preguntaba si era cierto que los alemanes tenían la intención de convertir Rusia en una colonia y al pueblo ruso en animales de labor. ¿Por qué seguía sin haber nadie que explicara qué iba a pasar con Rusia después de la guerra? ¿Por qué los alemanes no permitían que los rusos se autogobernasen en las regiones ocupadas? ¿Por qué los voluntarios antiestalinistas no podían luchar si no era bajo mando alemán? Vlásov respondía con apuro, aunque con más optimismo del que pudiera quedarle a esas alturas. Por su parte, el Gran Cuartel General Alemán respondió con una orden del mariscal de campo Keitel: «En vista de las irresponsables y vergonzosas declaraciones del general ruso prisionero Vlásov durante su viaje al Grupo de Ejército del Norte, que ha tenido lugar sin conocimiento del Führer ni mío, se dispone su inmediato traslado a un campo de prisioneros». Sólo se permitía utilizar el nombre del general con fines propagandísticos, y si el general volvía a hablar a título personal, debería ser entregado a la Gestapo y neutralizado.

Corrían los últimos meses en los que millones de soviéticos todavía estaban fuera del alcance de Stalin, aún podían tomar las armas contra la esclavitud bolchevique y aún les era posible organizar una vida independiente, pero el mando alemán no tenía dudas a este respecto: el 8 de junio de 1943, antes de la batalla de Kursk-Orel, Hitler confirmó que jamás sería creado un ejército ruso independiente y que a los rusos, Alemania sólo los necesitaba como obreros. Hitler era incapaz de comprender que la única posibilidad histórica de derribar al régimen comunista era un movimiento de su propia población, la rebelión del pueblo atormentado.

Pero una Rusia así y una victoria así eran para Hitler mucho más temibles que cualquier derrota. Ni siquiera después de Stalingrado y de haber perdido el Cáucaso advirtió Hitler que algo hubiera cambiado. Mientras Stalin se arrogaba el papel de defensor supremo de la patria, reinstauraba los antiguos galones rusos, restablecía la Iglesia ortodoxa y disolvía la Komintern, Hitler hizo cuanto estuvo en su mano para ayudarle y dispuso en septiembre de 1943 que se desarmara a todas las unidades de voluntarios y se mandara a sus integrantes a las minas de carbón. Luego cambió de parecer: mejor que se los llevaran a la Muralla Atlántica, contra los aliados.

Puede decirse que desde este momento el proyecto de un ejército ruso independiente se había ido al traste. ¿Qué hizo Vlásov? Por una parte, no sabía lo mal que pintaba el asunto (e ignoraba que después de sus viajes se le consideraba de nuevo prisionero de guerra y que por tanto corría peligro), y por otra, emprendió de manera irreversible un camino funesto de esperanzas infundadas y acuerdos con la Bestia, toda vez que ante las bestias del Apocalipsis sólo podemos salvarnos si somos tenaces y no damos el brazo a torcer, desde el primer minuto hasta el último. Pero, ¿es que acaso dispuso alguna vez el Movimiento de Liberación de los ciudadanos rusos aunque fuera de un minuto? Desde el principio estuvo condenado a morir, como víctima tardía en el ara, aún caliente, de 1917. Estas víctimas se extenderían como un rosario de huesos durante el primer invierno de guerra, el de 1941-1942, que aniquiló a varios millones de prisioneros soviéticos. Era un rosario que había empezado ese verano, con el reclutamiento de una milicia popular de hombres desarmados que debían salvar al bolchevismo.

Se impone aquí la comparación entre Vlásov y el general-mayor Mijaíl Lukin, comandante del 19º Ejército, que en 1941 aceptó luchar contra el régimen estalinista pero exigió garantías de independencia nacional para una Rusia sin comunistas, y al no recibirlas, no se movió del campo de prisioneros. En cambio, Vlásov cedió a unas esperanzas que nada garantizaban y, puesto ya en este camino, claudicó en más de una ocasión ante los argumentos apaciguadores de sus asesores. Cada vez que intentaba detenerse, echarse atrás o romper con todo, le presentaban un argumento: «desarmarán a todas las unidades de voluntarios», «no habrá salida para los prisioneros de guerra», «empeorará la situación de los Ostarbeiter» (es decir: de los rusos que trabajaban en Alemania). Y atenazado por estas razones, en octubre de 1943 Vlásov firmó una carta abierta a los voluntarios trasladados, ya sin armas, al Frente Occidental: era una medida provisional, había que someterse...

Y así fue como ese acerbo voluntariado perdió la poca razón de ser que le quedaba: fueron enviados como carne de cañón contra los aliados y contra la Resistencia francesa, es decir: contra los únicos que despertaban sincera simpatía entre los rusos de Alemania, aquellos rusos que habían sufrido en propia piel tanto la crueldad como la autosuficiencia de los alemanes. Con ello quedaban soterradas las secretas esperanzas que los círculos vlasovistas habían estado acariciando con respecto a los anglonorteamericanos: si los aliados habían apoyado a los comunistas, ¿cómo no iban a apoyar, contra Hitler, a una Rusia democrática, no comunista? Con más razón aún, cuando cayera el Tercer Reich y se manifestara a las claras el ansia de los soviéticos por extender su régimen a Europa y por todo el mundo, ¿cómo iba a continuar Occidente apoyando la dictadura bolchevique?

A este respecto existía un abismo entre los puntos de vista ruso y occidental, una divergencia que hasta el día de hoy sigue sin haberse superado. Para Occidente se trataba de una guerra sólo contra Hitler, y en esta lucha consideraba buenos todos los medios y todos los aliados, en especial los soviets. Más que no poder, Occidente no quería admitir — hubiera sido un engorro y un obstáculo — que los pueblos de la URSS pudieran tener aspiraciones propias, no coíncidentes con los objetivos del Gobierno comunista. Veamos, si no, este tragicómico botón de muestra: cuando llegaron al Frente Occidental los voluntarios de los batallones antibolcheviques, ¡los aliados difundieron proclamas en las que prometían a los que se pasaran al bando aliado el regreso inmediato a la Unión Soviética! En sus sueños y esperanzas, Vlásov y los suyos se veían a sí mismos como una «tercera fuerza», es decir: ni Stalin ni Hitler. Sin embargo, tanto Stalin como Hitler — lo mismo que Occidente — arrancaron este cimiento de bajo sus pies: para Occidente los vlasovistas nunca fueron más que una extraña categoría de colaboracionistas nazis sin mayor mérito que los demás.

Que era verdad que había rusos luchando contra nosotros y que combatían con más redaños que cualquier SS es algo que bien pronto pudimos comprobar. En julio de 1943, por ejemplo en Orel, un pelotón de rusos con uniforme alemán defendía la aldea de Sobákinskie Vyselki. Luchaban tan denodadamente como si aquellos caseríos los hubieran levantado ellos mismos.

A uno de ellos lo acorralaron en un sótano y aunque empezaron a echarle granadas de mano, seguía ahí sin decir ni pío; pero apenas intentaron bajar, contestó con ráfagas de metralleta. Sólo cuando le arrojaron una carga anticarro pudieron ver que dentro del sótano había un lagar en el que se había guarecido de las granadas. Cabe imaginarse hasta qué punto debería estar aturdido, conmocionado y desesperado pero dispuesto a seguir combatiendo.

También estuvieron defendiendo una inexpugnable cabeza de puente en el Dniepr, al sur de Tursk, donde se libraron dos semanas de infructuosos combates por unos centenares de metros, allí la lucha era terrible y el frío otro tanto (era diciembre de 1943). En esta encarnizada batalla invernal de varios días de duración, tanto ellos como nosotros íbamos vestidos con batas blancas de camuflaje que ocultaban el capote y los gorros de piel. Cerca de Máíye Kozlóvichi, según me contaron, ocurrió el siguiente caso: dando cortas carreras de pino a pino, dos hombres se despistaron y, tumbados uno junto a otro, seguían disparando, aunque ya no sabían muy bien contra qué o contra quién. Ambos llevaban metralletas soviéticas. Compartían la munición, se elogiaban cada vez que uno daba un tiro certero y maldecían en el ruso más soez el aceite de la metralleta, que se espesaba con el frío. Cuando las armas se encallaron definitivamente, decidieron echar un pitillo, abatieron las capuchas blancas y entonces descubrieron que en los gorros uno llevaba un águila y el otro una estrella. ¡Vaya bote que pegaron! ¡Y encima las metralletas no funcionaban! Empezaron a perseguirse uno a otro usándolas como garrotes. Ya no se trataba de política ni de la madre patria, sino de una elemental y primitiva desconfianza: si le perdono la vida, me mata.

En la Prusia Oriental, a pocos pasos de donde yo estaba, conducían a tres vlasovistas prisioneros por el arcén de la carretera, en la que retumbaba también un tanque T-34. De pronto, uno de los prisioneros dio un respingo y de un salto se escurrió como un conejo bajo el tanque. El blindado torció, pero no pudo evitar aplastarlo con el borde de la oruga. La víctima aún se retorcía y una espuma roja asomaba por sus labios. ¡Se le podía comprender! Había preferido una muerte de soldado a que lo ahorcaran en una mazmorra.

No les habían dejado elección. No podían combatir de otra manera. Les habían privado de toda posibilidad de luchar con más cuidado de sí mismos. Si el «simple» cautiverio se consideraba en nuestro país como una traición imperdonable a la patria, ¿qué no pensarían de aquellos que habían empuñado las armas del enemigo? Nuestra tosca propaganda sólo era capaz de explicar la conducta de esta gente como: 1) traición (¿biológica?, ¿que se lleva en la sangre?), o 2) cobardía. ¡Cualquier cosa menos cobardía! El cobarde va allá donde haya indulgencia, condescendencia. Y a los destacamentos «vlasovistas» de la Wehrmacht sólo podía llevarles una angustia extrema, una desesperación más allá de todo límite, la imposibilidad de seguir soportando el régimen bolchevique, además del desprecio por la propia integridad. ¡Bien sabían ellos que aquí no les alcanzaría ni un fugaz rayo de clemencia! Al caer prisioneros los fusilaban apenas oían salir de su boca la primera palabra rusa inteligible. (En Bobruisk me dio tiempo a parar y advertir a un grupo que iba a entregarse. Les aconsejé que se disfrazaran de campesinos y se dispersaran por las aldeas a pedir cobijo.) Los prisioneros rusos, ya fuera en el cautiverio ruso o en el alemán, siempre eran los que lo pasaban peor.

En general, esta guerra nos descubrió que no hay nada peor en la Tierra que ser ruso.

Recuerdo avergonzado que durante la conquista (es decir, en el pillaje) de la bolsa de Bobruisk iba yo por la carretera entre vehículos alemanes despanzurrados patas arriba y a cuyo alrededor se desparramaba un exuberante botín de guerra, cuando escuché gritos de socorro en una hondonada, allí, en medio de coches y carros atascados deambulaban sin rumbo los caballos de tiro alemanes y humeaban unas hogueras hechas con trofeos apilados. «¡Señor capitán! ¡Señor capitán!», en un ruso perfecto estaba pidiéndome protección un soldado que marchaba a pie, con pantalones alemanes, desnudo de cintura para arriba, con la cara, el pecho, los hombros y la espalda ensangrentados, mientras un sargento de la Sección Especial montado a caballo, lo acosaba con el látigo y le echaba el animal encima. Fustigaba sus carnes desnudas a latigazos y no permitía que se diera la vuelta ni que pidiera auxilio, le iba empujando a golpes, marcando en su piel nuevas cicatrices rojas. ¡No estábamos en las guerras púnicas ni en las médicas! Cualquier persona que tuviera autoridad, cualquier oficial de cualquier Ejército del mundo, tenía la obligación de detener aquella tortura arbitraria. Cualquier oficial, de cualquier Ejército, sí. Pero, ¿también del nuestro? ¿Con la feroz y absoluta dicotomía con que veíamos la Humanidad? (Si no estás con nosotros, si no eres de los nuestros, etcétera, o sea, sólo mereces el desprecio y la muerte.) Pues bien, me acobardé de defender a un vlasovista ante un sargento de la Sección Especial, no dije ni hice nada, pasé de largo como si no lo hubiera oído para que esa peste, de todos conocida, no se me pegara a mí (¿Y si el vlasovista fuera un supercriminal? ¿Y si el sargento se cree que yo...? ¿Y si...?). Más sencillo aún para el que conozca el ambiente de entonces en el Ejército: ¿qué caso le habría hecho un sargento de la Sección Especial a un capitán del Ejército?

Con cara brutal, el sargento continuó azotando y acosando a aquel hombre indefenso como si fuera ganado.

Esta escena se me quedó grabada para siempre. En realidad, es casi un símbolo del Archipiélago, podría ilustrar la portada del libro.

Y ellos, que presentían, que sabían todo esto de antemano, se cosían pese a todo el escudo con el campo de San Andrés y las siglas ROA en la manga izquierda de su uniforme alemán.

La brigada de Kaminski, formada en Lokot, en la región de Briansk, se componía de cinco regimientos de infantería, un grupo de artillería y un batallón de tanques. En julio de 1943 se encontraba en una franja del frente cercana a Dmitrovsk-Orlovski. En otoño uno de sus regimientos defendió firmemente Sevsk hasta perder el último hombre: las tropas soviéticas remataron a los heridos y al jefe del regimiento lo llevaron a Ostras, atado a un tanque, hasta matarlo. Cuando la brigada hubo de retarse de Lokot, su región natal, lo hizo en una sola columna, con sus «millas y sus carros, formando un éxodo de más de cincuenta mil personas (¡ya podemos imaginarnos cómo peinaría el NKVD esta región autónoma antisoviética nada más entrar en ella!). Más allá de Briansk les aguardaba un largo y amargo periplo: esperaron en forma humillante a las puertas de Lepel, los utilizaron contra los guerrilleros y más tarde tuvieron que replegarse a la Alta Silesia, donde Kaminski recibió la orden de aplastar la insurrección de Varsovia y no fue capaz de desobedecer.

Partió con 1700 hombres solteros que llevaban uniforme soviético y brazaletes amarillos. Así era como entendían los alemanes todas esas escarapelas tricolores, el campo de San Andrés y la efigie de San Jorge Victorioso. Entre el ruso y el alemán era imposible que hubiera traducción, ni comunicación, ni entendimiento.

Los batallones formados a partir de la disuelta unidad de Osintorf también estaban llamados a combatir a los guerrilleros o ser trasladados al Frente Occidental. En 1943 la «brigada de la guardia» del ROA, compuesta por algunos centenares de hombres, se encontraba acantonada cerca de Pskov (en Stremutka) y mantenía contactos con la población rusa de los alrededores, pero el mando alemán impidió que creciera.

Los míseros periódicos de las unidades de voluntarios eran sometidos al machete de la censura alemana. A los vlasovistas no les quedaba más que batirse a vida o muerte, y, en los ratos de ocio, beber vodka y más vodka. La perdición irremediable, ésa fue la tónica de esos años de guerra y exilio. Sin ninguna salida, sin ningún sitio adonde ir.

Incluso cuando ya estaban retrocediendo en todos los frentes y se hallaban en vísperas del desastre, Hitler y sus adláteres no pudieron superar su contumaz desconfianza hacia las formaciones rusas autónomas, ni decidirse a tolerar un asomo de independencia en una Rusia que no estuviera sometida a ellos. No fue hasta que todo se derrumbaba crujiendo a su alrededor, en septiembre de 1944, cuando Himmler dio su aprobación a la creación de un ROA compuesto por divisiones íntegramente rusas, incluso con su pequeña aviación, y en noviembre de 1944 se permitió un espectáculo que de todos modos llegaba tarde: la convocatoria de un Comité de Liberación de los Pueblos de Rusia. Sólo en el otoño de 1944 obtuvo el general Vlásov la primera posibilidad, con visos creíbles, de actuar, aunque a sabiendas de que ya era tarde. Añadamos a esto que el principio federal atraía a pocos: Bandera, puesto en libertad por los alemanes (también en 1944) rehusó una alianza con Vlasov; las unidades separatistas ucranianas veían en Vlásov a un imperialista ruso y no querían caer bajo su férula; por parte de los cosacos rehusó el general Krasnov. Hubo que esperar al décimo día antes del desplome definitivo de Alemania — ¡el 28 de abril de 1945! — para que Himmler permitiera que un cuerpo de cosacos se pusiera a las órdenes de Vlásov. El mando nazi ya estaba dominado por el caos: unos jefes permitían que se retiraran del frente unidades de voluntarios rusos para integrarlas en el ROA, y otros lo impedían. Además, en la práctica resultaba difícil arrancar de primera línea a los batallones rusos en pleno combate, como tampoco era tarea fácil encontrar a Ostarbeiter rasos dispuestos a dejar sus trabajos en la retaguardia para alistarse en el ROA. Tampoco los alemanes se dieron prisa en poner en libertad prisioneros rusos para el ejército de Vlásov: al revés la máquina no funcionaba tan bien.

Pese a todo, en febrero de 1945 se formó la Primera División del ROA (la mitad eran soldados procedentes de Lokot) y empezó la formación de la Segunda. Ya era demasiado tarde para confiar que esas divisiones fueran a entrar en combate como aliadas de Alemania; en el mando vlasovista se encendía ahora la esperanza, largo tiempo acariciada en secreto, de un conflicto entre los soviets y los aliados. Lo señalaba también un informe del Ministerio de Propaganda alemán (febrero de 1945): «el movimiento de Vlásov no se considera ligado a vida o muerte con Alemania, hay en él fuertes simpatías anglofilas e ideas sobre un cambio de rumbo. El movimiento no es nacionalsocialista y no reconoce en absoluto el problema judío».

Esta ambigüedad se reflejó también en el Manifiesto del Comité de Liberación de los Pueblos de Rusia publicado en Praga (para que fuera en tierra eslava) el 14 de noviembre de 1944. El documento no podía evitar una mención a «las fuerzas del imperialismo, encabezadas por los plutócratas de Inglaterra y EE.UU, cuya grandeza se basa en la explotación de otros países y pueblos» y «ocultan sus miras criminales bajo consignas de defensa de la democracia, la cultura y la civilización», pero al mismo tiempo no contenía sumisión alguna al nacionalsocialismo, al antisemitismo ni a la Gran Alemania. A lo máximo que llegaba era a llamar «pueblos amantes de la libertad» a todos los enemigos de los aliados, aplaudía «la ayuda alemana, recibida en condiciones que no perjudican el honor ni la independencia de nuestra patria» y decía anhelar una "Paz honrosa con Alemania».

De hecho, por deshonrosa que fuera, no Podría ser peor que la de Brest-Litovsk, y en las condiciones de entonces, puede que hasta fuera mejor, aunque de todos modos siguiera siendo preciso un cambio en el equilibrio de fuerzas europeo. En el Manifiesto se veía un intenso esfuerzo por presentar un proyecto demócrata y federalista (otorgando a las naciones libertad de secesión), mientras que con pie cauteloso tanteaba una doctrina social de resabios soviéticos, todavía inmadura e insegura de sí misma: el «fenecido régimen zarista», «el retraso cultural y económico de la antigua Rusia», «la revolución popular de 1917...». El Manifiesto sólo era consecuente en su antibolchevismo.

Todo esto se celebró en Praga a muy modesta escala, con la presencia de representantes del «Protectorado de Bohemia», es decir: funcionarios alemanes de tercer orden. Todo el Manifiesto, así como las emisiones radiofónicas que lo acompañaron, lo escuché entonces por radio en el frente, y la impresión que me causó fue que se trataba de un espectáculo fuera de época y condenado al fracaso. En el mundo occidental este Manifiesto pasó completamente desapercibido y no ayudó lo más mínimo a comprender al Este. Sin embargo tuvo un gran éxito entre los Ostarbeiter: dicen que llovieron las peticiones de ingreso en el ROA (según Sven Steenberg, 300.000) y eso en los meses de mayor desesperanza, cuando Alemania se derrumbaba a ojos vistas y esos desdichados ciudadanos soviéticos, abandonados a su suerte, sólo podían confiar en su fuerte aversión al bolchevismo para hacer frente al Ejército Rojo, perfectamente templado y a punto ya de irrumpir como un alud.

¿Qué planes podía tener ese ejército en formación? Al parecer, abrirse paso hasta Yugoslavia, unirse allí con los cosacos, con el cuerpo de emigrados y con Mihajlovic, y defender a Yugoslavia del comunismo. Pero veamos antes: ¿cómo iba a permitir el mando alemán, en aquellos difíciles meses, que se formara en su retaguardia, sin obstáculos, un ejército ruso autónomo? El mando exigía con impaciencia movimientos hacia el Frente Oriental, ora un destacamento antitanque hacia Pomerania (I. Sájarov-Lamsdorf), ora la Primera División entera hacia el Oder. ¿Y qué hacía Vlásov? Los entregaba obedientemente — como siempre ocurre cuando se empieza con concesiones — aunque la entrega de la única división que había de momento privara de sentido a todo su plan para formar un ejército. Siempre había argumentos a mano: «Los alemanes no confían en nosotros, pero cuando hayan visto el comportamiento de la Primera División bajo el fuego quedarán convencidos y entonces la formación del ROA irá más deprisa». Pero en realidad iba muy mal.

La Segunda División, junto con la brigada de reserva, veinte mil hombres en total, siguió siendo hasta mayo de 1945 una muchedumbre desarmada, no sólo sin artillería, sino casi sin armas ligeras de infantería, e incluso mal uniformada. Así pues, la Primera División (16.000 efectivos) fue enviada a una muerte cierta en una operación desesperada, y sólo gracias al desmoronamiento general de Alemania pudo Buniachenko, su comandante, retirarla de primera línea por propia decisión y abrirse paso hasta Bohemia, a pesar de la resistencia de los generales. (Por el camino liberaron a prisioneros de guerra rusos que se les unieron «para que los rusos estuvieran juntos».) Llegaron a las inmediaciones de Praga a principios de mayo. Y los checos, que se habían sublevado en la capital el 5 de mayo, pidieron su ayuda. El 6 de mayo la división de Buniachenko entró en Praga y el 7 de mayo, tras encarnizados combates, salvaba la insurrección y la ciudad. Como una burla que confirmara la sagacidad de los alemanes menos sagaces, la primera y última acción autónoma de la Primera División de Vlásov fue un combate precisamente contra los alemanes, en el que se desbordaron toda la rabia y la hiél acumuladas en el pecho de los rusos, oprimidos durante tres años de crueldad e inepcia. (Los checos los recibieron con flores y se dieron cuenta de todo, ¿pero supieron guardar todos ellos después memoria de qué rusos habían salvado su ciudad?

En nuestro país sigue considerándose hoy día que Praga fue liberada por las tropas soviéticas, cuando lo cierto es que, cumpliendo los deseos de Stalin, Churchill no tuvo prisa entonces por repartir armas entre los habitantes de Praga, que los norteamericanos contuvieron su avance para dejar que fueran los soviéticos quienes tomaran la ciudad, y que el dirigente comunista de Praga Jozef Smrkovsky por aquel entonces, ignorando lo que le esperaba a su país en un futuro todavía lejano, echaba pestes de los traidores vlasovistas y no ansiaba más liberación que la que protagonizaran los soviéticos.)

Durante todas esas semanas, Vlásov no se comportó como un caudillo militar, sino que se mostró cada vez más confuso y encerrado en su callejón sin salida. Durante la operación de Praga no dio instrucciones a la Primera División y dejó sumida en la incertidumbre a la Segunda, así como a las pequeñas unidades, mientras se iba agotando el tiempo y nadie encontraba fuerzas para llevar a cabo la proyectada fusión con los cosacos. El único acto consecuente de Vlásov fue negarse a una fuga en solitario (tenía un avión esperándole para llevarlo a España), pues por lo demás, tenía la voluntad paralizada y dejó que el fin llegara por sí mismo. Su única actividad en las últimas semanas fue el envío de delegaciones secretas a la busca de contactos con los anglonorteamericanos. Otros miembros de su Estado Mayor (los generales Trujin, Meándrov, Bo-yarski) hicieron lo mismo.

Sólo la idea de que, ahora que se acercaba el final, los vlasovistas quizá fueran de utilidad a los aliados podía iluminar de algún sentido su largo pender de la soga alemana. Nunca habían dejado de acariciar — mejor digamos asirse — a esta esperanza: terminaba la guerra y había llegado la hora de que los poderosos anglonorteamericanos exigieran de Stalin un cambio en su política interna. Cada vez había menos distancia entre los ejércitos del Este y el Oeste ¡iban a encontrarse sobre el cadáver de Hitler! ¿Cómo no va a estar Occidente interesado en aprovechar y utilizar nuestra fuerza? ¿Cómo no van a comprender que el bolchevismo es el enemigo común de toda la Humanidad?

¡Pues no, no lo comprendían, ni mucho menos! ¡Ay, la necedad de la democracia occidental! ¿Cómo? ¿Dicen ustedes que constituyen la oposición política? ¿Pero desde cuándo existe oposición en su país? ¿Y entonces, por qué no se ha manifestado nunca públicamente? Bueno, si no les gusta Stalin, vuelvan a casa y en la primera campaña electoral le niegan el voto, ése es el camino honesto. Pero es que recurrir a las armas, y encima alemanas... No, ahora tenemos la obligación de entregarlos, otra cosa no sería correcta y además, se resentirían nuestras relaciones con nuestro valeroso aliado.

En la segunda guerra mundial, Occidente defendió su libertad y la defendió para sí mismo, pero a nosotros (y a la Europa del Este) nos hundió en una esclavitud dos veces más profunda.

La última tentativa de Vlásov fue la siguiente declaración: el mando del ROA estaba dispuesto a comparecer ante un tribunal internacional, pero la entrega del ejército a las autoridades de la URSS, donde les esperaba una muerte cierta, era tanto como entregar un movimiento de oposición, lo cual contravenía el Derecho Internacional. Nadie oyó este grito desesperado, e incluso la mayoría de jefes militares estadounidenses se quedaron estupefactos al enterarse de que había rusos no soviéticos; lo más natural era ponerlos en manos soviéticas.

El ROA no sólo capituló ante los norteamericanos, sino que suplicó que aceptaran su rendición y les garantizaran, aunque sólo fuera, que no iban a ser entregados a los soviets. Y a veces, por simpleza, había oficiales medios estadounidenses que no estaban versados en la gran política y accedían a hacer esta promesa (todas las promesas fueron incumplidas más tarde, engañaron a los prisioneros). La Primera División al completo (el 11 de mayo cerca de Pilsen) y casi toda la Segunda toparon con una muralla de armas erigida por los norteamericanos, quienes se negaron a hacerlos prisioneros y admitirlos en su zona. En Yalta, Churchill y Roosevelt se habían comprometido con su firma a repatriar a todos los ciudadanos soviéticos, en particular los militares, pero no se había dicho si esta repatriación sería voluntaria o forzosa, pues ¿qué país puede haber en el mundo cuyos hijos no deseen volver voluntariamente a la patria? Toda la miopía de Occidente se condensó en las rúbricas de Yalta.

Los norteamericanos no aceptaban la capitulación y los tanques soviéticos recorrían ya los últimos kilómetros. Sólo quedaba como solución o bien librar un último combate o bien... como decidieron al unísono Buniachenko y Zvérev (de la Segunda División): que no hubiera lucha. (Eso también es propio del carácter ruso: ¿ quién sabe si...? Pese a todo, son los nuestros... En la cárcel he podido oír muchos relatos sobre casos de rendición irreflexiva o en estado de embriaguez porque eran los nuestros. El 12 de mayo, en un bosque, la Primera División, todavía armada y al completo, recibió orden de dispersarse. Unos se vistieron de paisano, otros se arrancaron las insignias, otros quemaron la documentación y otros, en fin, se pegaron un tiro. Por la noche comenzó la batida de las tropas soviéticas. Cayeron cerca de diez mil hombres, entre muertos y prisioneros, y el resto se abrió paso hacia la zona estadounidense, aunque la mayor parte de ellos serían entregados a las tropas soviéticas, como sucedió con los soldados de la Segunda División, la aviación y los batallones aislados. Para algunos la detención en los campos norteamericanos se prolongó durante muchos meses (el grupo de Meándrov). Fuera por menosprecio o para darles a entender que se evadieran, el caso es que los norteamericanos les hacían pasar hambre, como hicieran los alemanes, y que los empujaban a golpe de culata, aunque los vigilaban sin mucho celo. Alguno se evadió, ¡pero la mayor parte se quedó! ¿Confiaban quizás en Estados Unidos?, ¿o creían imposible que los norteamericanos los traicionaran? Se quedaron a esperar su terrible destino, cercenados ya por la propaganda soviética, por la desmoralización y el sentimiento de culpa. Entre 1945 y 1946 fueron entregados grupo tras grupo, para que la Unión Soviética pasara cuentas con generales, oficiales y soldados. (El 2 de agosto de 1946 la prensa soviética publicó la sentencia que la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo había impuesto a Vlásov y a once de sus más próximos colaboradores: pena de muerte a ejecutar en la horca.)

En aquel mismo mayo de 1946, en Austria, Inglaterra tuvo un gesto parecido de lealtad hacia su aliado (aunque debido a nuestra habitual modestia, no se hizo público en nuestro país) al entregar al mando soviético un cuerpo de Ejército cosaco (de cuarenta y cinco mil hombres) que se había abierto paso desde Yugoslavia. Esta entrega tuvo un carácter artero, en el espíritu tradicional de la diplomacia inglesa. Hay que decir que los cosacos estaban dispuestos a luchar hasta la muerte o cruzar el océano, ya fuera a Paraguay o a Indochina, todo con tal de no entregarse vivos. Los ingleses comenzaron por darles mayor ración, les entregaron unos soberbios uniformes ingleses, les prometieron incorporarlos a su Ejército y llegaron incluso a hacerles pasar revista. Por esta razón no recelaron cuando les propusieron entregar las armas con el pretexto de unificarlas. El 28 de mayo convocaron a todos los oficiales de grado igual o superior al de jefe de escuadrón (más de dos mil hombres) en la ciudad de Judenburg, sin los soldados. El pretexto era que iban a tratar con el mariscal Alexander sobre los futuros destinos del Ejército.

El engaño se desencadenó por el camino, cuando los oficiales fueron puestos bajo fuerte escolta (los ingleses los apalearon hasta hacerles sangrar). Luego la columna motorizada fue adentrándose gradualmente por un corredor de tanques soviéticos hasta que al entrar en Judenburg fueron a dar a un semicírculo de furgones celulares, junto a los cuales ya había una escolta esperándolos con unas listas. Los cosacos ni siquiera podían pegarse un tiro o clavarse un puñal: les habían quitado todas las armas. Algunos se arrojaron desde un alto viaducto contra las rocas o derechos al río. La mayoría de los generales entregados eran emigrados, habían sido, pues, aliados de aquellos mismos ingleses en la primera guerra mundial. Durante la guerra civil los ingleses no habían encontrado tiempo para darles las gracias y ahora saldaban su deuda.

En los días siguientes, los ingleses» tan mendaces como antes, entregaron a los soldados rasos cargados en vagones envueltos en alambre de espino. (El 17 de enero de 1947 los periódicos soviéticos difundieron el ahorcamiento de los generales cosacos Petr Krasnov, Shkuró y algunos más.)

Al mismo tiempo, llegaba de Italia el convoy «Campamento Cosaco», con treinta y cinco mil hombres, y se detenía en el valle de Lienz, junto al Drava. Había en el convoy cosacos combatientes, pero también muchos ancianos, niños y mujeres, de los cuales ninguno deseaba volver a sus ríos cosacos ancestrales. Sin embargo, no temblaron los corazones ingleses ni se enturbió su mente democrática. El mayor inglés Davis, que dirigía la operación — ahora por lo menos su nombre entrará en la historia rusa —, capaz de una cordialidad deleznable cuando era necesario, mas implacable cuando era preciso, después de apoderarse con engaños de los oficiales, anunció fríamente que serían entregados por la fuerza el 1 de junio. La respuesta fueron millares de gritos: «Jamás iremos!». El campo de los refugiados se cubrió de banderas negras y en la iglesia de campaña no dejaron de oficiarse servicios religiosos: ¡Los vivos asistían a su propio funeral! Llegaron soldados y tanques ingleses. Ordenaron con altavoces que los cosacos montaran en los camiones. La multitud cantaba el oficio de difuntos, los sacerdotes llevaban las cruces en alto. Los jóvenes formaron una cadena alrededor de los ancianos, las mujeres y los niños. Los ingleses les golpeaban con las culatas y con palos, los agarraban y los arrojaban a los camiones como fardos, aunque estuvieran heridos. El entarimado donde estaban los sacerdotes cedió bajo la presión de los que retrocedían, se derrumbó luego la valla del campo y la multitud se precipitó hacia el puente sobre el Drava. Los tanques ingleses les cortaron el paso, familias enteras de cosacos se arrojaron al río aun sabiendo que era una muerte segura y una unidad inglesa peinó los alrededores para capturar y abatir a los fugitivos. (En Lienz aún se conserva el cementerio donde enterraron a los fusilados o aplastados.) En aquellos mismos días, de la misma manera pérfida e implacable, los ingleses hicieron entrega a los comunistas yugoslavos de los enemigos de su régimen (¡sus propios aliados de 1941!) para que fueran fusilados sin juicio previo y exterminados.

Y después de veinticinco años, en la libre Gran Bretaña, con su prensa independiente, nadie ha deseado contar esta traición ni alarmar a la opinión pública. (T88)

(En sus respectivos países, Churchill y Roosevelt están considerados modelos de sabiduría estatal, y puede que con el tiempo Inglaterra llegue a cubrirse de monumentos a tan insigne varón. Pero nosotros, en nuestras conversaciones entre presidiarios rusos, percibíamos con toda claridad la pasmosa y sistemática miopía de ambos dirigentes y hasta su necedad. ¿Cómo pudieron dejarse llevar entre 1941 y 1945 sin obtener garantía alguna de independencia para la Europa del Este? ¿Cómo pudieron, por ese juguete ridículo de un Berlín cuatrizonal (su futuro talón de Aquiles), entregar las extensas regiones de Sajonia y Turingia? ¿Qué sentido militar o político podía tener para ellos entregar a la muerte en manos de Stalin a varios centenares de miles de ciudadanos soviéticos que habían tomado las armas y que decididamente no querían rendirse?

Suele decirse que era el precio a pagar para que Stalin no pudiera negarse a participar en la guerra contra el Japón. ¡Tenían en sus manos la bomba atómica y sin embargo debían recompensar a Stalin para que no se negara a ocupar Manchuria, entronizar en China a Mao Tse-tung y en una mitad de Corea a Kim Il Sung!... ¿Cabe imaginar cálculo político más errado? Cuando, más adelante, ya habían desplazado a Mikolajczyk y habían muerto Benes y Masaryk, establecieron el bloqueo de Berlín, Budapest ardió y se ahogó en el silencio, humeaba Corea y en Suez los conservadores ponían pies en polvorosa... ¿Es posible que ni entonces los occidentales más dotados de memoria recordaran, por lo menos, este episodio de los cosacos entregados?)

Y eso no fue más que el principio. Durante todo 1946 y 1947 los fieles aliados occidentales continuaron entregando a Stalin, para que saldara cuentas con ellos, a ciudadanos soviéticos, contra su voluntad. Había tanto ex combatientes como simples civiles, pero lo único que les importaba era sacarse de encima cuanto antes esa confusa maraña humana. Entregaron a los que estaban en Austria, en Alemania, en Italia, en Francia, en Dinamarca, en Noruega, en Suecia y en las zonas norteamericanas. Durante esos años hubo en las zonas inglesas unos campos de concentración que no tenían nada que envidiar a los de Hitler (por ejemplo, el campo de Wolfsberg, en Austria, donde obligaban a las mujeres, inclinadas pero no en cuclillas, a que cortaran briznas de hierba con unas tijeritas, una a una, y que ataran cada once hojas con la que hacía doce formando una «gavilla», y así durante horas. (70) Que un pueblo como el inglés, con toda su tradición parlamentaria, pueda concebir algo así hace que surjan serias dudas sobre si la cáscara de nuestra civilización es lo bastante consistente). Numerosos fueron los rusos que vivieron en Occidente esos largos años de posguerra con documentación falsa, atenazados por el miedo de ser repatriados a la URSS, temerosos de la administración angloamericana como temieron en otro tiempo al NKVD. Y donde no eran entregados, acudían sin obstáculo gran cantidad de agentes soviéticos que secuestraban a quien quisieran sin impedimento alguno, en pleno día, incluso en las calles de las capitales europeas.

En 1945, además del ROA todavía en proceso de formación, en las entrañas del Ejército alemán había no pocas unidades rusas que seguían en salmuera, bajo el anonimato del uniforme alemán. Estos terminaron la guerra en diferentes sectores y de modo muy diverso.

Pocos días antes de mi arresto, las balas de los vlasovistas también silbaron sobre mi cabeza. En la bolsa que habíamos cercado en Prusia Oriental también había rusos. Una noche de finales de enero una de sus unidades intentó romper el cerco a través de nuestras líneas en dirección oeste, sin preparación artillera, en silencio. Como el frente no era compacto, la unidad profundizó rápidamente su avance y rodeó en tenaza mi batería de detección sonora, que estaba muy avanzada. A duras penas tuve tiempo de retirarla por el último camino que quedaba expedito. Pero después volví por un camión averiado y, antes del amanecer, pude ver cómo se habían concentrado con sus batas blancas sobre la nieve y cómo se lanzaron gritando «¡hurra!» sobre nuestra división de artillería de 152 milímetros, cerca de Adlig Schwenkitten, y arrojaron una lluvia de granadas sobre doce de nuestros cañones pesados sin permitirles hacer un solo disparo. Perseguidos por sus balas trazadoras, nuestros últimos hombres tuvieron que retroceder tres kilómetros corriendo por la nieve virgen hasta un puente en el riachuelo Pasarge. Allí los contuvieron.

Poco después fui arrestado, y ahora, en vísperas del desfile de la Victoria, estábamos encerrados juntos en los catres de Butyrki. Yo apurababa sus cigarrillos, lo mismo que ellos mis colillas, y a medias con alguno de ellos sacaba la cubeta metálica de cinco arrobas.

Muchos de los «vlasovistas» y de los «espías por un día» eran jóvenes nacidos entre 1915 y 1922, eran aquella «joven generación desconocida» que el inquieto Lunacharski se apresuró a saludar en nombre de Pushkin. (T89) La mayoría de ellos había ido a parar a las formaciones militares por el mismo azar caprichoso que había transformado a sus compañeros del campo de al lado en espías: todo dependía de qué reclutador se presentara.

Los reclutadores pretendían ser sarcásticos (pero de hecho, no estaban sino diciendo la verdad): «¡Stalin ha renegado de vosotros! ¡A Stalin le importáis un comino!».

La ley soviética ya los había convertido en criminales antes de que ellos mismos pudieran ponerse fuera de la ley soviética.

Y se alistaban... Algunos sólo para escapar del campo de la muerte. Otros, con la idea de pasarse a los guerrilleros. (¡Y se pasaban! ¡Y combatían después de su lado! Pero según el rasero de Stalin, eso no atenuaba en un ápice la sentencia.) Sin embargo, para algunos seguía abierta la herida del vergonzoso año cuarenta y uno, de una anonadora derrota después de tantos años de petulancia; no podía faltar quien considerara que el primer culpable de aquellos campos inhumanos era Stalin. Y se empeñaron en hacer oír su voz, en dar a conocer su terrible experiencia: ellos también eran átomos de Rusia, querían influir en su futuro y no ser juguetes de errores ajenos.

En nuestro país, la palabra «vlasovista» suena algo parecido a la palabra «inmundicia», y parece que nos ensuciamos la boca con sólo pronunciarla, por esto nadie se atreve a decir dos o tres frases seguidas que lleven «vlasovista» como sujeto.

Pero la Historia no se escribe así. Hoy, un cuarto de siglo después, cuando la mayoría de ellos han perecido en los campos y los que han sobrevivido están terminando sus días en el extremo norte, he querido recordar en estas páginas un fenómeno tan inusitado en la historia mundial como que algunos cientos de miles de jóvenes, entre los veinte y los treinta años, empuñaran las armas contra su patria, en alianza con su más feroz enemigo. Quizá debamos meditar sobre esto: ¿quién fue más culpable, esa juventud o la canosa patria? Quizá debamos recordar que no se puede explicar su conducta como una tendencia biológica a la traición, que ésta debió obedecer a determinadas causas sociales.

Pues, como dice un antiguo proverbio, los caballos nunca huyen del pienso.

Así es precisamente como me lo imagino: un campo por el que deambulan, abandonados y famélicos, unos caballos enloquecidos.

 

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Aquella primavera también pasaron por las celdas muchos emigrados rusos.

Aquello parecía un sueño: era el retorno de la historia perdida. Hacía ya mucho tiempo que habían sido escritos y cerrados los volúmenes de la guerra civil, que se habían resuelto sus enigmas y todos sus acontecimientos se habían inscrito en la cronología de los manuales escolares. Las figuras del movimiento blanco ya no eran nuestros contemporáneos en la tierra, sino fantasmas de un pasado que iba difuminándose. En nuestra mente soviética, la emigración rusa — desperdigada con más crueldad que las tribus de Israel — iba consumiendo su vida en alguna parte como pianistas en restaurantes de baja estofa, como lacayos, lavanderas, pordioseros, morfinómanos, cocainómanos, como cadáveres en descomposición. Antes de la guerra de 1941, nada en nuestros periódicos, nuestras bellas letras, ni en boca de los críticos artísticos nos ofrecía indicios (y nuestros cebados maestros tampoco nos ayudaban a imaginárnoslo) de que la Diáspora rusa fuera un gran mundo espiritual, de que allí se desarrollara la filosofía rusa, que allí estuvieran Bulgákov, Berdiáyev, Frank, Losski, que el arte ruso estuviera cautivando al mundo con Rajmáninov, Shaliapin, Benois, Diáguilev, Pávlova o el coro cosaco de Zhárov, que se realizaran sesudos estudios sobre Dostoyevski (en aquella época proscrito en nuestro país), que existiera un escritor tan extraordinario como Nabokov-Sirin, que aún viviera Bunin y que hubiera escrito algo en esos veinte años, que se publicaran revistas de arte, se montaran espectáculos, se celebraran congresos de compatriotas en los que sonaba el idioma ruso, y que los emigrados varones no hubieran perdido la capacidad de tomar esposa entre las emigradas, ni éstas la de traer niños al mundo, es decir, rusos de nuestras mismas edades.

En nuestro país se creó una imagen de los emigrados tan aberrante, que los soviéticos nunca hubieran podido creer que hubiera emigrados combatiendo en España, y no a favor de Franco sino de los republicanos; o que en Francia, Merezhkovski y Hippius se encontraran en aislada soledad entre los demás emigrados por no haberse apartado de Hitler. Y aunque suene a chiste, va muy en serio: Denikin tuvo el propósito de combatir por la Unión Soviética contra Hitler, y hubo un tiempo en que Stalin estuvo a punto de permitirle el regreso a la patria (no como fuerza de combate, naturalmente, sino como símbolo de unión nacional). Al igual que le ocurría a Occidente en conjunto, la emigración rusa, separada del país durante veinticinco años, nunca había vivido bajo el régimen soviético y no podía por tanto interpretar cabalmente los acontecimientos. De ahí que se enturbiara el razonamiento de los emigrados: «¿Cómo vamos a estrecharle la mano a un vlasovista?» (unos porque, pasara lo que pasara, había que «estar del lado de Rusia» y otros «de la democracia»). Entre los antiguos emigrados y los nuevos soviéticos hubo muchas divergencias e incomprensión, tanto durante la guerra, bajo los alemanes, como en nuestros campos penitenciarios de posguerra. Si bien es cierto que entre los emigrados se formó un cuerpo de fusileros voluntarios (quince mil hombres) que debía ser enviado al Frente Oriental, también lo es que los alemanes lo mandaron contra Tito y que no combatió, sino que mantuvo una política neutral de no intervención. Durante la ocupación de Francia muchos emigrados rasos, tanto jóvenes como viejos, se unieron a la Resistencia y, liberada París, acudieron en tropel a la embajada soviética con instancias para volver a la patria.

No importaba qué Rusia fuera, ¡seguía siendo Rusia!, ése era su lema, y con ello demostraron que no habían mentido antes cuando afirmaban amarla. (En las cárceles de 1945-1946 se sentían poco menos que felices de estar entre rejas y guardianes rusos, y se asombraban cuando los chavales soviéticos se rascaban la nuca: «¿Para qué diablos habremos regresado? ¿Acaso Europa nos quedaba estrecha?».)

Pero si según la lógica de Stalin, todo ciudadano soviético que hubiera estado en el extranjero debía acabar encerrado en un campo, ¿cómo iban a escapar de esta suerte los emigrados? En los Balcanes, en Europa central, en Jarbín, eran detenidos inmediatamente, nada más llegar las tropas soviéticas. Los detenían en sus viviendas y por la calle, como si se tratara de subditos soviéticos. En un principio sólo detuvieron a los hombres, y de momento no a todos, sino a los que se habían destacado políticamente. (Luego sus familias fueron trasladadas por etapas hasta los lugares de destierro ruso, salvo algunas que dejaron permanecer en Bulgaria y en Checoslovaquia.)

En Francia nuestra embajada les concedía la ciudadanía soviética con honores y flores y los conducía con comodidad a la patria, donde finalmente les echaban el guante. Con los emigrados de Shanghai la operación se dilató más: hasta ahí no alcanzaban las manos en 1945. Pero se presentó un plenipotenciario del gobierno soviético e hizo público un decreto del Presidium del Soviet Supremo: ¡Perdón para todos los emigrados! ¿Cómo no iban a creérselo? ¿Acaso el Gobierno podía mentir? (Independientemente de que existiera o no en realidad tal decreto, los Órganos habrían estado por encima de él.) Los de Shanghai estaban entusiasmados. Les propusieron que trajeran consigo todo lo que quisieran (partieron incluso con automóviles, por si podían ser útiles a la patria), que se establecieran en el lugar que quisieran de la Unión Soviética y que trabajaran, por supuesto, en el oficio que desearan. Se los llevaron de Shanghai en buques de vapor. Una vez a bordo, corrieron suertes distintas: en algunos barcos, no se sabe por qué, no les dieron comida alguna. Diferente fue también su destino a partir del puerto de Najodka (uno de los principales puntos de transbordo del Gulag).

A casi todos los montaban en vagones de mercancías escoltados, como presos, sólo que la escolta aún no era rigurosa ni se empleaban perros. A algunos los llevaron a lugares habitados, a ciudades, y, en efecto, durante dos o tres años los dejaron vivir. A otros el convoy los traía directamente al campo penitenciario: los llevaban a alguna parte al este del Volga y los descargaban en un bosque por un alto terraplén, con sus blancos pianos de cola y sus jardineras. En los años 1948-1949 arramblaron con los últimos repatriados de Extremo Oriente que aún quedaban libres.

Cuando yo tenía nueve años leía, con más gusto que a Julio Verne, unos libritos azules de V.V. Shulguín, que en aquel entonces se vendían en las casetas de libros como si fuera lo más normal. Eran la voz de un mundo tan irremisiblemente perdido que ni la fantasía más desbordada habría podido suponer que, menos de veinte años después, mis pasos y los del autor se cruzarían, en una línea invisible, por los silenciosos pasillos de la Gran Lubianka. Lo cierto es que él y yo no coincidimos en persona en la primavera de 1945, sino que aún habrían de pasar otros veinte años, sin embargo, ya entonces tuve ocasión de observar a muchos otros emigrados, viejos y jóvenes.

Con el capitán de caballería Borsch y el coronel Mariushkin coincidí en el curso de una revisión médica en la cárcel y me quedó grabado en la retina el penoso aspecto de sus cuerpos desnudos, arrugados y de un amarillo oscuro, como reliquias. Los habían arrestado al borde ya de la tumba, los trajeron a Moscú recorriendo vanos miles de kilómetros, y aquí, en 1945, completamente en serio, estaban sometiéndolos a instrucción sumarial... ¡por su lucha contra el régimen soviético en 1919! Estamos tan acostumbrados al cúmulo de desafueros sumariales y judiciales que ya no sabemos matizar. Aquel coronel y aquel capitán habían sido militares de carrera del Ejército imperial. Ambos pasaban de los cuarenta años y llevaban unos veinte de servicio cuando el telégrafo trajo la noticia de que en Petrogrado habían derrocado al emperador. Habían servido veinte años bajo juramento al Zar, pero, haciendo de tripas corazón (y hasta puede que mascullando para sus adentros: «¡Vade retro, Satanás!»), juraron también fidelidad al Gobierno provisional. Y después ya no hubo que jurar fidelidad a nadie más, pues se había desmoronado todo el Ejército. No les gustabaese régimen que les arrancaba los galones y mataba a los oficiales, y como es natural, se unieron a otros oficiales para combatir al nuevo poder. Era natural que el Ejército Rojo luchara contra ellos y los arrojara al mar. Pero en un país con un pensamiento jurídico, aunque sea rudimentario, ¿qué razón podría haber para juzgarlos, habiendo transcurrido además un cuarto de siglo? (Todo ese tiempo habían vivido como simples particulares: Mariushkin lo era hasta el momento de su arresto; a Borsch, es cierto que lo habían capturado en un convoy cosaco procedente de Austria, pero no con las unidades armadas, sino entre los viejos y las mujeres.)

No obstante, en 1945, en el centro meca de nuestra jurisdicción se les estaba acusando: de acciones tendentes a derrocar el régimen de los soviets obrero-campesinos; de irrupción armada en territorio soviético (es decir: de no haberse marchado de inmediato de Rusia, proclamada soviética en Petrogrado); de prestar ayuda a la burguesía internacional (a la que no habían visto ni en pintura); de haber estado al servicio de gobiernos contrarrevolucionarios (o sea: de servir a sus generales, a los que toda su vida habían estado subordinados).

Y todos estos puntos (1-2-4-13) del Artículo 58 pertenecían a un Código Penal adoptado en...  1926, ¡seis o siete años después de acabada la guerra civil! (¡un ejemplo clásico y desvergonzado de ley de efectos retroactivos!). Además, el Artículo Segundo del Código señalaba que dicha ley sólo era aplicable a los ciudadanos detenidos en el territorio de la RSFSR. ¡Pero la mano de la Seguridad del Estado agarraba también a quienes no eran subditos soviéticos, en cualquier país de Europa y Asia! (71) De la prescripción de un delito ya no hablamos: con mucha mano ancha, la ley había previsto que la prescripción no fuera extensible al Artículo 58. Con nuestro sistema, de la prescripción sólo se han beneficiado los verdugos por él engendrados («no hay que remover el pasado»), por más que hayan aniquilado muchos más compatriotas que toda una guerra civil.

Mariushkin, al menos, se acordaba de todo perfectamente y nos contaba detalles de la evacuación de Novorosibirsk. Borsch, en cambio, parecía haber vuelto a la infancia y balbuceaba ingenuamente que estaba observando la Pascua en la Lubianka: durante toda la semana de Ramos y Semana Santa se había comido sólo media ración de pan, acumulando la otra mitad y sustituyendo de forma gradual los trozos duros por pan fresco. Al terminar la Cuaresma había juntado siete raciones y estuvo dándose un festín los tres días de Pascua.

Que hoy día estuvieran instruyéndoles sumario y fueran a juzgarlos no demostraba que, efectivamente, hubieran sido culpables, ni siquiera en un pasado remoto. Eso no era más que una venganza del Gobierno soviético por haberse opuesto al comunismo hacía un cuarto de siglo, aunque desde entonces hubieran llevado una vida de proscritos, sin trabajo ni hogar.

De esas indefensas momias emigrantes se distinguía el coronel Konstantín Konstantínovich Yásevich. Para él, la lucha contra el bolchevismo no había terminado con la guerra civil. Con qué armas, dónde y de qué manera había luchado, eso jamás me lo contó. Sin embargo, creo que hasta dentro de la celda conservaba la sensación de estar aún en filas. Entre aquel embrollo de conceptos y puntos de vista difusos, zigzagueantes, que había en la mayoría de nosotros, saltaba a la vista que él sí tenía una opinión clara y precisa sobre cuanto le rodeaba y que esta nítida posición ante la vida era la que daba a su cuerpo una fortaleza, agilidad y actividad constantes.

No tendría menos de sesenta años, la cabeza calva del todo, sin una pelusilla, ya había pasado por la instrucción (esperaba la sentencia, como todos nosotros) y, como es natural, no había recibido ayuda de nadie; no obstante conservaba una piel joven, incluso rosada, era el único de la celda que hacía gimnasia por las mañanas y se remojaba bajo el grifo (mientras nosotros ahorrábamos las calorías de la ración de pan). No dejaba escapar el momento en que quedaba libre el paso entre los catres y se ponía a recorrer esos cinco o seis metros una y otra vez marcando el paso, firme la silueta, los brazos cruzados sobre el pecho, mirando con sus ojos jóvenes y claros más allá de las paredes.

Todos nosotros seguíamos estupefactos por lo que nos había caído encima; para él, en cambio, todo cuanto había en derredor era tal como había esperado; en una celda como la nuestra tenía que sentirse solo a la fuerza.

Al cabo de un año tuve la posibilidad de apreciar su comportamiento en prisión: otra vez me hallaba en Butyrki, y en una de aquellas setenta celdas fui a parar con unos jóvenes que figuraban en el mismo sumario que Yásevich, con condenas de diez y de quince años. No sabría decir cómo habían llegado a sus manos, pero tenían escritas a máquina, en papel cebolla, las sentencias de todo su grupo. El primero de la lista era Yásevich, condenado a fusilamiento. ¡Eso era pues lo que veía, lo que vislumbraba más allá de las paredes, con esos ojos que aún no habían envejecido, en sus paseos de la mesa a la puerta y vuelta a empezar! Pero era imposible que pudiera retractarse: estaba convencido de que su vida había seguido la senda correcta y eso le confería una fuerza extraordinaria.

Entre los emigrados había un joven de mi edad, Igor Tronko. Hicimos amistad. Estábamos los dos debilitados, enflaquecidos, con los huesos apenas cubiertos por un pellejo amarillo grisáceo (en realidad, ¿por qué decaíamos tanto? Creo que por desasosiego espiritual). Los dos delgados y larguiruchos, bamboleados por las rachas del viento estival, paseábamos siempre emparejados por los patios de Butyrki con ese andar cauteloso de los ancianos y opinábamos sobre el paralelismo de nuestras vidas. Habíamos nacido el mismo año en el sur de Rusia. Aún éramos niños de teta cuando el destino hurgó en su ajado zurrón y me sacó a mí la paja corta y a él la larga. Y el destino quiso llevarlo allende los mares, aunque su padre, un «guardia blanco», no fuera en realidad más que un simple telegrafista sin una perra.

Me resultaba fascinante imaginarme, a través de su vida, a toda una generación de compatriotas que vivían allí. Habían crecido bajo la mirada atenta de sus padres, con unos ingresos modestos, incluso parcos. Estaban todos muy bien educados, y tenían, en lo posible, una sólida cultura. Habían crecido sin conocer el terror ni la opresión, aunque sobre ellos pesó el dirigismo autoritario de las organizaciones blancas hasta que adquirieron fuerzas propias. Fueron educados de tal modo que los males del siglo, que se adueñaron de toda la juventud europea (actitud frívola ante la vida, irreflexión, despilfarro, elevada criminalidad), no les afectaron, pues habían nacido a la sombra, por así decirlo, de una desgracia imborrable acaecida asus familias. De todos los países donde habían crecido, sólo a Rusia consideraban patria. Su educación espiritual se basó en la literatura rusa, tanto más entrañable cuanto que no tenía como fondo una patria física y era por tanto para ellos la única que existía. Tenían a su alcance las publicaciones modernas más variadas y en mayores cantidades que nosotros, pero les llegaban pocas ediciones soviéticas y esta carencia era la que sentían con más profundidad; creían que así no llegarían a entender la Rusia Soviética en lo más esencial, transcendental y bello, y que lo que llegaba hasta ellos era lo tergiversado, lo mendaz, lo incompleto. La imagen que tenían de nuestra auténtica vida era muy tenue, pero su añoranza de la patria era tal que, si en 1941 los hubieran llamado, habrían acudido todos al Ejército Rojo y les habría parecido más dulce la idea de ir a Rusia para morir que para vivir. A los veinticinco-veintisiete años, esta juventud ya tenía opiniones propias y las defendía con firmeza. Así, el grupo de Igor era «no-apriorista». Afirmaban que quien no hubiera compartido con la patria las pasadas décadas, con toda su complejidad y rigor, no tenía ahora derecho a decidir el futuro de Rusia, ni siquiera a proponer nada, sólo a ir allí y contribuir con todas sus fuerzas a lo que el pueblo decidiera.

Pasamos muchos ratos tendidos en los catres uno junto a otro. Yo capté en todo cuanto pude su mundo y aquel encuentro me descubrió (después otros encuentros habrían de confirmarlo) que el reflujo de una considerable parte de nuestras fuerzas espirituales acausa de la guerra civil nos había privado de una amplia e importante rama de la cultura rusa. Y que todo aquel que en verdad ame nuestra cultura aspirará a la unión de ambas ramas, la de la metrópoli y la de la Diáspora. Sólo entonces llegará a su plenitud, sólo entonces revelará su capacidad para desarrollarse sin deterioro.

Sueño con ver llegar ese día.

 

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El hombre es débil, débil. Al fin y al cabo, aquella privavera hasta los más tozudos deseaban el perdón. Corría el siguiente chascarrillo: «¡Diga su última palabra, acusado!». «¡Ruego me envíen a cualquier parte con tal de que haya poder soviético! Y sol...» Del poder soviético no había riesgo de desprendernos, pero sí corríamos peligro de vernos privados del sol... Nadie deseaba ir más allá del Círculo Polar, donde el escorbuto y la distrofia hacían estragos. Y por alguna razón especial floreció en las celdas la leyenda del Altai. Los pocos que habían estado allí, y sobre todo los que no habían estado, inspiraban a sus compañeros de celda sueños melodiosos: ¡Qué país el Alui! Grandes espacios siberianos pero un clima suave. Riberas de trigales y ríos de miel. Estepa y montañas. Rebaños de ovejas, caza, pesca. Aldeas muy ricas y pobladas...

Los sueños de los presos sobre el Altai, ¿no serían el eco del viejo sueño campesino sobre esa misma región? En el Altai se encontraban unas tierras denominadas «del Gabinete de Su Majestad», y por eso estuvo más tiempo cerrado a los colonos que el resto de Siberia, pero era allí precisamente donde ansiaban instalarse los campesinos (y no cejaban). ¿No será herencia de entonces esta leyenda tan arraigada?

¡Quién pudiera cobijarse en aquel sosiego! ¡Escuchar el canto puro y sonoro del gallo en el aire impoluto! ¡Acariciar el careto de un caballo, serio y bonachón! ¡Al diablo los grandes problemas, que contra vosotros se rompa la crisma otro más tonto que yo! Poder descansar de los insultos del juez, del fatigoso deshilvanar toda tu vida ante él, del estrépito de las cerraduras de la cárcel, del bochorno viciado de la celda. ¡Sólo se nos ha dado una vida, breve e insignificante! Y nosotros nos lanzamos criminalmente contra las ametralladoras, o la zambullimos, inmaculada como era, en el sucio basurero de la política. Creo que en el Altai habría vivido en la isba más baja y oscura, a las afueras de una aldea, cerca del bosque. Y habría ido al bosque, no a por ramas secas o setas, sino porque sí, para abrazarme a un par de troncos y decirles: ¡Amados míos! ¡Ya no quiero nada más!

Aquella misma primavera invitaba a la clemencia: ¡Era la primavera del fin de una guerra tan enorme! Veíamos que nosotros, los presos, afluíamos por millones, y que más millones aún estaban esperándonos en los campos. ¡No podía ser que dejaran en la cárcel a tanta gente después de la más grande de las victorias mundiales! Si nos tenían retenidos aún era sólo para meternos miedo, para que lo recordáramos mejor. Habría grandes amnistías, naturalmente, y pronto nos soltarían a todos. Alguno juraba, incluso, haber leído en el periódico que Stalin, había respondido a un corresponsal estadounidense (¿Que cómo se llamaba?, No recuerdo...), que después de la guerra habría una amnistía como nunca se había visto en el mundo. A otros el propio juez de instrucción les había dicho que era seguro que pronto habría una amnistía general. (Estos bulos eran útiles para la instrucción sumarial, porque debilitaban nuestra voluntad: ¡A la porra, firmemos; total, para lo que nos queda...!) Mas la clemencia nace de la cordura.

No hacíamos caso a las pocas personas sensatas que había entre nosotros y los tomábamos por pájaros de mal agüero cuando vaticinaban que nunca habría una amnistía política, como nunca la había habido en un cuarto de siglo (pero siempre saltaba algún docto entre los chivatos que decía: «Pues en 1927, para el décimo aniversario de Octubre, se vaciaron todas las cárceles, ¡y de ellas pendían banderas blancas! La sobrecogedora imagen de las banderas blancas — ¿y por qué precisamente blancas? — era lo que más conmovía los corazones). (72) Hacíamos oídos sordos a los más lúcidos de entre nosotros cuando decían que si éramos millones en prisión era precisamente porque había terminado la guerra, porque ya no éramos necesarios en el frente y en retaguardia éramos peligrosos, mientras que en las lejanas construcciones sin nosotros no habría quien pusiera un ladrillo. (Nos faltaba desapego a nosotros mismos, si no para penetrar en el cálculo perverso de Stalin, por lo menos para comprender sus simples cálculos económicos: ¿quién iba a querer ahora, recién desmovilizado, dejar la familia y el hogar para irse a Kolymá, a Vorkutá, a Siberia, donde aún no había carreteras ni casas? ¡Si es que casi debiera haber sido competencia del Plan Estatal fijarle al NKVD una cifra obligatoria de presos!) ¡La amnistía! ¡Una amnistía amplia y magnánima! Y nosotros que la esperábamos y la ansiábamos. ¡Dicen que en Inglaterra, hasta en los aniversarios de la coronación, es decir, cada año, promulgan una amnistía!

Cuando el tricentenario de los Románov, habían amnistiado a muchos presos políticos. ¿Sería posible que ahora, después de una victoria de importancia secular — si no mayor — el Gobierno de Stalin fuera tan mezquino y vengativo, que pudiera guardar rencor por cada tropiezo y cada desliz del último de sus subditos? Es una verdad bien simple, pero para comprenderla hay que haberla sufrido: ¡en las guerras Dios bendice con la derrota, no con la victoria! Las victorias son necesarias a los gobiernos, y las derrotas, a los pueblos. Después de una victoria entran deseos de más, mientras que después de una derrota se quiere la libertad, y habitualmente se consigue. Los pueblos necesitan de las derrotas como las personas precisan del sufrimiento y la desdicha, pues obligan a concentrarse en la vida interna y elevan el espíritu.

La victoria de Poltava fue una desgracia para Rusia: acarreó dos siglos de grandes tensiones, de ruina y de falta de libertad, y trajo más y más guerras. En cambio, para los suecos la derrota de Poltava fue una salvación: perdido el deseo de guerrear, los suecos se convirtieron en el pueblo más próspero y libre de Europa. (73)

Tan acostumbrados estamos a enorgullecernos de nuestra victoria sobre Napoleón que hemos olvidado que precisamente por su culpa la emancipación de los siervos no se produjo medio siglo antes (mientras que para Rusia la ocupación francesa no hubiera sido una amenaza real). En cambio la guerra de Crimea nos trajo la libertad.

Aquella primavera creíamos en la amnistía, y no es que fuéramos originales. Al hablar con los viejos presidiarios, poco a poco vas averiguando que esta sed de gracia y esta fe en la clemencia jamás abandona los grises muros de las cárceles. Decenio tras decenio, los diferentes torrentes de arrestados siempre han esperado y siempre han creído ya fuera en una amnistía, en un nuevo código penal o en un sobreseimiento general de sentencias (y los Órganos siempre han avivado esos rumores con hábil cautela). Cualquier aniversario de Octubre que cayera en cifra redonda, el aniversario de Lenin, el día de la Victoria, el día del Ejército Rojo o la Comuna de París, cada nueva sesión del VTsIK, el fin de cada plan quinquenal, cada pleno del Tribunal Supremo: ¡cualquier efeméride alimentaba la ilusión de que iba a descender el ansiado ángel libertador! ¡Y cuanto más rudos fueran los presos, cuanto más homérico y frenético fuera el caudal de las riadas, tanta menos cordura mostraban y más fe tenían en la amnistía!

Todas las fuentes de luz pueden compararse con el sol en mayor o menor grado. Pero el sol no es comparable con nada. Así todas las esperas de este mundo pueden compararse a la espera de una amnistía, pero la espera de una amnistía no es comparable con nada.

En la primavera de 1945, a todos los que acababan de llegar a la celda lo primero que les preguntaban era si habían oído hablar de una amnistía. Y cuando se llevaban a dos o tres de la celda con los efectos, los peritos de la misma cotejaban de inmediato sus causas penales y concluían que eran de las más leves y que por lo tanto si los habían sacado era para soltarlos. ¡Así pues, había empezado! En los retretes y en el baño — verdaderas listas de correos para los presos — nuestros sabuesos buscaban señales o inscripciones sobre la amnistía. Y de pronto, en el célebre vestíbulo morado, a la salida de los baños de Butyrki, leímos a principios de julio una enorme profecía escrita con muescas de jabón sobre los azulejos liláceos, a una altura muy superior a la cabeza de un hombre (se habían encaramado unos sobre otros para que se mantuviera más tiempo):

«¡¡¡Hurra!!! ¡El 17 de julio, amnistía!». (74)

¡Qué alborozo hubo entre nosotros! («¡Si no lo supieran seguro, no lo habrían escrito!») Todo lo que palpitaba, todo lo que pulsaba y fluía por nuestro cuerpo, se detuvo ante ese latido de alegría, pronto se abriría la puerta y...

Mas la clemencia nace de la cordura.

A mediados de julio, el vigilante del pasillo envió a un anciano de nuestra celda a fregar el retrete, y allí, a solas (ante testigos no se hubiera atrevido), le preguntó mirando con compasión su cabeza cana: «¿Qué artículo te han echado, padre?». «¡El cincuenta y ocho!», se alegró el anciano, al que en casa lloraban tres generaciones. «Pues no te va a tocar...», suspiró el vigilante. «¡Tonterías!», decidieron en la celda. Lo que pasa es que el guardián ese no sabe leer.

En aquella celda había un preso natural de Kiev, Valentín (no recuerdo su apellido), de ojos grandes y hermosos, como de mujer, muy asustado por la instrucción del sumario. Sin lugar a dudas, tenía dotes de vidente, aunque quizá sólo fuera mientras se encontraba en ese estado de agitación. Más de una vez había recorrido la celda por la mañana señalando con el dedo: hoy te toca a ti y a ti, lo he visto en sueños. ¡Y se los llevaban! ¡Precisamente a ellos! Por lo demás, el alma del preso es tan propensa a la mística que acepta las profecías casi sin asombrarse.

El 27 de julio, Valentín se me acercó: «¡Aleksandr! Hoy nos toca a ti y a mí». Y me contó un sueño con todos los atributos de los sueños de los presos: un puentecillo sobre un turbio riachuelo, una cruz. Empecé a prepararme, y no fue en balde: después de repartir el agua caliente del desayuno nos llamaron a los dos. La celda nos despidió con ruidosas expresiones de buenos deseos, muchos aseguraban que salíamos a la calle (daba pie a ello la comparación de nuestras causas «leves»).

Uno se puede decir sinceramente que no lo cree, uno se puede prohibir a sí mismo dar crédito a algo así e incluso puede responder con burlas, pero unas tenazas candentes — no las hay más ardientes en la tierra — de pronto te oprimen el alma: ¿y si fuera verdad...?

Reunieron a unos veinte presos de diferentes celdas y nos condujeron primero al baño (en cada quiebro de su vida el preso debe pasar antes que nada por el baño). Allí tuvimos tiempo — una hora y media — de entregarnos a conjeturas y reflexiones. Luego, reblandecidos y relajados, nos llevaron por el jardincillo esmeralda de un patio interior de Butyrki, donde cantaban ensordecedores los pájaros (probablemente no fueran más que gorriones). El verdor de los árboles tenía para nuestros ojos desacostumbrados un fulgor insoportable. Jamás mis ojos captaron con tanta fuerza el verdor de las hojas como aquella primavera! Jamás había visto nada más parecido al paraíso divino que aquel jardincillo de Butyrki, cuyos senderos asfaltados podían recorrerse en menos de treinta segundos! (75)

Nos llevaron a la estación de Butyrki (el lugar a donde llegan y de donde parten los presos; un nombre muy acertado, pues el vestíbulo principal era parecido al de una gran estación de ferrocarril) y nos metieron en un box grande y espacioso. Había en él penumbra y el aire era puro y fresco: su único ventanuco, bastante pequeño, estaba muy alto y no tenía bozal. Daba a ese mismo jardincillo soleado, y a través del cuarterón superior, que estaba abierto, nos ensordecía el trinar de los pájaros. En el espacio abierto del cuarterón cimbreaba una rama de color verde vivo que prometía libertad y regreso al hogar para todos. (¿Lo ves? ¡Nunca nos han metido en un box tan bueno como éste! ¡Cómo va a ser una casualidad!)

¡Y además, teníamos que pasar todos por la OSO! (76) O sea, que a todos nos habían arrestado por nada.

Durante tres horas nadie nos importunó, nadie abrió la puerta. Paseábamos una y otra vez por el box hasta que, agotados, nos sentábamos en los bancos de azulejos. Y la rama no dejaba de oscilar por el resquicio, y los gorriones trinaban en un diálogo de locos.

Retumbó la puerta y llamaron a uno de nosotros, a un pacífico contable de unos treinta y cinco años. Salió. Se cerró la puerta. Ahora recorríamos aún con más frenesí nuestro cajón, estábamos en ascuas.

Otro portazo. Llamaron a otro y devolvieron al anterior. Nos abalanzamos sobre él. ¡Pero ya no era él! En su rostro la vida se había quedado paralizada. Tenía los ojos abiertos, pero estaban como vacíos. Con movimientos inseguros se movía tambaleante sobre el liso suelo del box. ¿Estaría contusionado? ¿Le habrían pegado con una tabla de planchar?

— Bueno, ¿qué? ¿Cómo ha ido? — le preguntábamos ansiosos. (Si no venía de la silla eléctrica, por lo menos le habían anunciado una sentencia de muerte.) Con la misma voz con que comunicaría el fin del Universo, el contable dijo a duras penas:

— ¡Cinco! ¡Años! Volvió a golpear la puerta: regresaban tan pronto como si se los hubieran llevado al retrete a hacer aguas menores. Éste volvía radiante. Eso tenía que ser que lo ponían en libertad.

— ¿Y bien? ¡Venga, cuenta! — nos agolpamos a su alrededor con renovada esperanza. Hizo un ademán con la mano ahogándose de risa: — ¡Quince años! Aquello era demasiado absurdo para creerlo de golpe.

 

7. En la sala de máquinas

Ahora no había nadie en el box contiguo a la «estación» de Butyrki, el conocido box del pasamanos (donde se cacheaba a los recién llegados, y cuyas amplias dimensiones permitían a cinco o seis guardianes trasegar hasta veinte zeks de una tacada). Las toscas mesas utilizadas para dejar los objetos estaban vacías. Sólo había, sentado en un rincón, un comandante del NKVD, bien aseado, de cabello negro, tras una improvisada mesita con una lámpara. La expresión que dominaba en su rostro era de un aburrimiento resignado. Estaba perdiendo el tiempo vanamente mientras traían y retiraban a los zeks de uno en uno. Se habrían podido recoger sus firmas con muchísima mayor rapidez.

Me señaló una banqueta frente a él, al otro lado de la mesa y preguntó por mi apellido. A derecha e izquierda del tintero había dos montoncitos de papeletas blancas todas idénticas, de un tamaño de media cuartilla, como el que se emplea en los bloques de viviendas para administrar el combustible, o en los organismos oficiales para extender los vales con que se encarga el material de oficina. El comandante hojeó la pila de la derecha y halló el papelito que se refería a mí. Lo extrajo y lo leyó de carrerilla con indiferencia (alcancé a entender que me caían ocho años), y acto seguido empezó a escribir con su estilográfica en el reverso que el texto se me había dado a conocer en fecha de hoy.

Mi corazón no dio ni medio latido más deprisa, hasta tal punto me era todo ya familiar. ¿Era aquello mi condena, el vuelco trascendental de mi vida? Me habría gustado emocionarme, sentir con intensidad ese instante, pero la verdad es que no pude. El comandante me alargó la hoja con el reverso hacia mí. Ante mí había un portaplumas escolar de siete cópeks con una plumilla de lo más malo, que encima tenía un cendal pescado del tintero.

—No, debo leerlo yo mismo.

—¡A ver si encima se cree que voy a engañarle! — objetó indolente el comandante — Tenga, lea.

Y, con desgana, soltó el papel. Le di la vuelta y empecé a examinarlo poco a poco, adrede, no por palabras, sino letra a letra. Estaba escrito a máquina, pero no era el original, sino una copia.

EXTRACTO de la resolución tomada por la OSO del NKVD de la URSS el 7 de julio de 1945. (77) Seguía luego una línea de puntos horizontal y luego, a ambos lados de una línea vertical, también de puntos:

Hemos oído : De la acusación de Fulano de Tal (nombre, fecha y lugar de nacimiento).

Es copia fiel

Disponemos : Condenar a Fulano de Tal (nombre, apellidos), por propaganda antisoviética y tentativa de crear una organización antisoviética, a 8 (ocho) años en un campo de trabajo correccional.

El secretario...

¿Cómo iba a firmar y retirarme en silencio? Eché una mirada al comandante. ¿Me diría algo, me aclararía algo? No, no tenía esa intención. Había hecho ya una seña con la cabeza al vigilante de la puerta como para indicarle que preparara al siguiente.

Para darle al menos alguna importancia a ese instante, le pregunté en tono trágico:

— ¡Pero esto es terrible! ¡Ocho años! ¿Por qué?

Yo mismo noté que mis palabras sonaban en falso: lo de «terrible» no lo sentíamos ni él ni yo.

— Aquí — volvió a indicarme el comandante dónde debía firmar.

Firmé. Realmente no se me ocurrió qué otra cosa hacer.

— Entonces permítame que interponga recurso ahora mismo. Ya ve que la sentencia es injusta.

— Sólo según el procedimiento establecido — me espetó de forma mecánica el comandante, y pasó mi papelito a la pila de la izquierda.

—¡Pase! — me ordenó el vigilante.

Y yo pasé.

(Yo fui de los menos ingeniosos. Gueorgui Tenno, al que por cierto le dieron un papelito con veinticinco años, respondió esto: «¡Pero si es cadena perpetua! En tiempos remotos, cuando condenaban a un hombre a cadena perpetua redoblaban los tambores y convocaban a la multitud. Aquí es como ir a intendencia a por jabón: ¡Veinticinco años, y ahueca el ala!».)

Arnold Rappoport tomó la pluma y escribió en el reverso: «Protesto enérgicamente contra esta sentencia arbitraria y terrorista, y exijo mi inmediata puesta en libertad». El funcionario que comunicaba la condena había esperado pacientemente, pero al leer esto montó en cólera y desgarró el papel, extracto incluido. Pero no importaba, la condena seguía en pie: aquello era sólo una copia.

Vera Kornéyeva, que se esperaba quince años, vio entusiasmada que en el papel sólo ponía cinco. Con esa risa radiante que tenía, se apresuró a firmar antes de que se lo quitaran. El oficial no acababa de verlo claro: «¿Ha entendido usted lo que le acabo de leer?», «¡Sí, sí, muchísimas gracias.»

¡Cinco años de campo correccional!».

Al húngaro Janos Rózsás le leyeron su condena de diez años en ruso, en el mismo pasillo. Firmó sin saber que aquello era la sentencia y siguió esperando el juicio durante largo tiempo. (Mucho más tarde, ya en el campo penitenciario, se acordaría vagamente del caso y caería en la cuenta.)

Regresé al box con una sonrisa. Es curioso, me sentía cada vez más alegre y aliviado. Todos volvían con billetes de a diez, también Valentín. Aquel día la condena más liviana de todo el grupo recayó en el trastornado contable (que aún seguía aturdido).

Salpicada de sol, la ramita de la ventana se cimbreaba bajo la brisa de julio con la alegría de antes. Nosotros charlábamos animadamente. La risa estallaba cada vez más a menudo en uno u otro rincón del box. Nos reíamos de que todo hubiera pasado sin contratiempos; nos reíamos del aconjogado contable; nos reíamos de las esperanzas que aún teníamos por la mañana y de cómo, al despedirnos, quienes quedaban en la celda nos habían encargado paquetes en clave: ¡Cuatro patatas! ¡Dos rosquillas!

— ¡Pues claro que va a haber amnistía! — aseguraban algunos —. Esto que están haciendo ahora es puro trámite, quieren que nos achiquemos y que no se nos olvide. Stalin le dijo a un corresponsal estadounidense...

—¿Cómo se llamaba el corresponsal? —¿El nombre?, pues no lo sé...

Nos hicieron recoger las cosas, nos formaron en fila de a dos y nos hicieron cruzar de nuevo aquel maravilloso jardincillo rebosante de verano. ¿Adonde nos llevarían ahora? ¡Al baño otra vez!

Aquello solo bastó para provocarnos un estallido de carcajadas: ¡pero, serán chapuceros! En medio de risotadas, nos desnudamos, volvimos a colgar la ropa de los mismos ganchos de antes, y se la llevaron a desinfección, aunque ya lo hubieran hecho por la mañana. Mientras seguíamos riendo, nos dieron una pastilla de jabón asqueroso y pasamos a la amplia y sonora sala de baño, a lavarnos hasta el pecado original. Allí chapoteamos, nos baldeamos con agua caliente y limpia, retozando como si fuéramos escolares tras los exámenes finales. Creo que ni siquiera era morbosa aquella risa, sino más bien un alivio, una purificación. Era una protección activa del organismo, su salvación.

Mientras se secaba, Valentín me dijo con voz tranquilizadora y sosegada:

— No importa, aún somos jóvenes, nos queda vida por delante. Ahora lo que cuenta es no pisar en falso. Cuando lleguemos al campo, ni una palabra a nadie, ¡a ver si nos van a alargar la condena! Ahora, a trabajar honradamente y a callar, sobre todo a callar.

¡Tenía tanta fe en este programa, tanta esperanza, ese inocente granito de trigo atrapado en las muelas de molino de Stalin! Y no es que me faltaran ganas de darle la razón, de que había que cumplir la condena sin buscarse complicaciones y luego borrar esas vivencias de la cabeza.

Pero yo ya empezaba a sentir dentro de mí: si para poder vivir era preciso no vivir, ¿acaso merecía la pena?

 

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No puede decirse que la OSO la inventaran después de la Revolución. Catalina II ya le echó quince años a Nóvikov, un periodista, que le resultaba incómodo, y podemos afirmar que fue como si hubiera pasado por la OSO, pues no fue llevado ante un tribunal. Y en cuanto a todos los demás emperadores del otro sexo, digamos que éstos desterraban paternalmente, sin que mediara juicio, a cualquiera que les estorbara. En los años sesenta del siglo XIX tuvo lugar una profunda reforma judicial. Era como si soberanos y súbditos hubieran empezado a formarse una especie de criterio jurídico de la sociedad. No obstante, en los años setenta y ochenta Korolenko refiere casos de represalias administrativas en lugar de sentencias judiciales. En 1876, él mismo, y dos estudiantes, serían desterrados sin juicio por disposición del viceministro del Tesoro Estatal (un caso típico de OSO). Korolenko fue deportado por segunda vez, también sin juicio, en esta ocasión a Glazov, junto con su hermano.

Korolenko nos habla de Fiodor Bogdán, un delegado de los campesinos que llegó hasta la presencia del zar y que luego fue desterrado; cita también el caso de Piankov, absuelto por el tribunal pero desterrado por orden de Su Majestad; y algunos otros.

Así pues, existía una tradición, pero ésta seguía una línea intermitente. Además, aquella impersonalidad: ¿quién era la OSO? Unas veces el zar, otras un gobernador, otras un ministro. Aunque, perdonen ustedes, si se pueden enumerar nombres y casos, es que aquello carecía de magnitud suficiente.

Lo que se llama magnitud, empezó a adquirirla en los años veinte, cuando se crearon las troikas permanentes para eludir los juicios, también en forma permanente. Al principio, hasta lo recalcaban con orgullo: ¡la troika de la GPU! Lejos de ocultar los nombres de sus miembros, ¡se les daba publicidad! ¿Quién no conocía en Solovki la famosa troika de Moscú, compuesta por Gleb Boki, Vul y Vasíliev? Además, ¡vaya palabrita!, ¡troika! Tenía algo de tiro de caballos con cascabeles, titiritaina de carnaval y un halo de misterio a la vez: ¿Y por qué «troika»? ¿Qué quería decir eso? ¡Como si los tribunales fueran cuadrigas! ¡Ah, pero es que una troika no es un tribunal! Y aun resultaba más enigmático que actuara en ausencia del acusado. Sin haber estado ahí, sin haber visto nada, te alargaban un papelito: firme usted. La troika resultaba más terrible que el tribunal revolucionario. Y más tarde se aisló, se arrebujó, se encerró en una habitación aparte, se hicieron secretos los apellidos de sus miembros. Y así nos hicimos a la idea de que los miembros de la troika no bebían, no comían ni se movían entre los mortales. Y desde aquel día en que se retiraron a deliberar y desaparecieron para siempre sólo nos llegan sus sentencias... a través de las mecanógrafas. (Pero con devolución obligatoria: semejante documento no se puede dejar en manos ajenas.)

Las troikas (empleamos el plural por si acaso, pues, lo mismo que con las deidades, no se puede saber a ciencia cierta en qué lugar están manifestando su omnipresencia) respondían a una nueva e imperiosa necesidad: no soltar a ningún arrestado (venía a ser como un departamento de control de calidad dentro de la GPU, para que no se produjeran deficiencias). Y si resulta que el detenido es inocente, que no hay manera de plantarlo ante un tribunal, pues que pase por la troika y que al menos le endilguen sus «menos treinta y dos» (capitales de provincia) o un destierro de nada (dos o tres añitos), y ya estás listo, quedas herrado para siempre y de ahora en adelante serás un «reincidente».

(Perdone el lector que se nos haya escapado otra vez este «oportunismo de derechas»: que si el concepto de culpabilidad, que si culpable, que si inocente... Si ya nos lo tienen requetedicho, de lo que aquí se trata no es de la culpabilidad personal, sino de la peligrosidad social: a un inocente se le puede encerrar si es socialmente adverso, lo mismo que se puede soltar a un culpable si es socialmente afín. Pero no se nos puede echar en cara a nosotros, a los que no hemos hecho estudios jurídicos, con tanta más razón cuando el propio Código de 1926 — que rigió patriarcalmente nuestras vidas durante veinticinco años — fue objeto de crítica por su «inadmisible criterio burgués», «insuficiente criterio de clase» y cierto «modo aburguesado de medir las penas en función de la gravedad del hecho».) (78)

Lamentablemente, no nos tocará en suerte escribir la apasionante historia de este Órgano; ni establecer si fue o no siempre potestad de la troika de la GPU, durante todos sus años de existencia, el condenar a las personas sin verlas siquiera, aunque se tratara de la pena capital (como en 1927 al príncipe Pável Dolgorúkov, destacado kadeté, como a Palchinski, Von Meck y Velíchko en 1929); ni saber si se recurría a las troikas exclusivamente cuando no bastaban las pruebas contra personas de clara peligrosidad social, o bien su campo de acción era más amplio. Ni explicar por qué más tarde, en 1934, cuando la OGPU fue tristemente rebautizada como NKVD, la troika de la blanca Moscú empezó a llamarse «Comisión Deliberativa Especial», mientras que las de provincias pasaban a llamarse «Magistratura Especial del tribunal de distrito», o lo que es lo mismo: tres de entre sus jueces permanentes que deliberaban sin la intervención de observadores de ninguna clase, siempre a puerta cerrada; o que a partir del verano de 1937, en los distritos y en las provincias autónomas se añadieran otras troikas formadas por los jefes del lugar: el secretario del comité local del partido, el jefe del NKVD y el fiscal del distrito (mientras que en Moscú los superiores a escala nacional de estas nuevas troikas eran solamente dos: el comisario del pueblo del interior y el fiscal general de la URSS. ¡Pues claro, como que iban a pedirle a Iosif Vissariónovich qué ocupara el tercer puesto!).

A finales de 1938 fueron disolviéndose discretamente tanto las troikas como el Diunvirato de Moscú (aunque hay que decir que para entonces Nikolái Ezhov ya había largado amarras). Pero ello no hizo sino afianzar tanto más nuestra querida OSO, que adquirió la prerrogativa de dictar sentencia sin juicio ni comparecencia del encausado, primero con penas de hasta diez años, después más largas, hasta llegar finalmente a la pena capital. Y siguió nuestra entrañable OSO su fructífera existencia hasta 1953, cuando le llegó el turno a Beria y nuestro benefactor tropezó.

La OSO existió, pues, diecinueve años, pero ahora vete tú a saber cuáles de nuestros ufanos dirigentes formaron parte de ella; ¿con cuánta asiduidad y duración deliberaban?; cuando se reunían, ¿les servían té, quizá con algo para acompañar?; ¿cómo transcurría la vista de las causas: intercambiaban opiniones o ni siquiera hablaban? No escribiremos nosotros su historia porque no la conocemos. Lo único que hemos oído decir es que la esencia de la OSO era trina, y aunque por ahora no dispongamos de los nombres de sus celosos integrantes, sí conocemos los tres órganos que tenían en ella delegados permanentes: uno era del Comité Central, otro del MVD, y el tercero, de la fiscalía. Pero no nos asombremos si un día nos enteramos de que no había tales sesiones, sino tan sólo una plantilla de expertas mecanógrafas que componían extractos de procesos verbales inexistentes, al frente de un gerente que las dirigía. ¡Porque mecanógrafas las había, de eso podemos estar seguros!

La OSO no se menciona en ninguna parte — ni en la constitución ni en el Código — y sin embargo resultó ser una picadora de albóndigas de lo más práctico: una máquina obediente y poco antojadiza que no precisaba ser lubricada con leyes. Una cosa era el Código y otra la OSO, que rodaba estupendamente, sin aquellos doscientos cinco artículos del Código, artículos que ni utilizaba ni mencionaba.

Como decían, ya en el campo penitenciario: si no has hecho nada, nada tienes con la Ley, ¡para algo está la Comisión Especial!

Naturalmente, para su mayor comodidad la OSO necesitaba establecer algún tipo de codificación para gestionar las entradas, y para ello se elaboró ella misma unos artículos-sigla que facilitaban enormemente la operación (así no tenían que devanarse los sesos, ni andar ajustándose a las formulaciones del Código); y como eran tan pocos, recordar estos artículos era cosa de niños (algunos ya los hemos mencionado):

— ASA: Propaganda Antisoviética.

— NPGG: Cruce Ilegal de la Frontera Estatal.

— KRD: Actividades Contrarrevolucionarias.

— KRTD: Actividades Contrarrevolucionarias Trotskistas (esta letrita «T» hacía mucho más dura la vida del zek en un campo).

— PSH: Sospecha de Espionaje (en cambio, si había más que sospecha, la cosa ya iba a los tribunales).

— SVPSH: Relaciones Conducentes a Sospecha (!) de Espionaje.

— KRM: Ideas Contrarrevolucionarias.

— VAS: Abrigo de Ánimos Antisoviéticos.

— SOE: Elemento Socialmente Peligroso.

— SVE: Elemento Socialmente Nocivo.

— PD: Actividades Criminales (si no encontraban otra cosa a que agarrarse, éste se lo colgaban, ni cortos ni perezosos, al que ya hubiera estado en un campo).

Y finalmente, una sigla que abarcaba mucho:

— CHS: Miembro de la Familia (de un condenado por alguno de los artículos anteriores).

No olvidemos que estas siglas jamás se repartieron uniformemente de año en año, de persona en persona, sino que a semejanza de los artículos del Código y los apartados de los decretos brotaban como súbitas epidemias.

Entendámonos bien: ¡la OSO no pretendía, ni mucho menos, imponer condenas a nadie! ¡No dictaba sentencias judiciales, sino que imponía sanciones administrativas, eso era todo! ¡Es natural que gozara de libertad jurídica!

Pero aunque la sanción administrativa no pretendiera ser una sentencia judicial, podía llegar a los veinticinco años y a la pena de muerte, e incluir:

— desposesión de grados y distinciones;

— confiscación de todos los bienes;

— régimen de reclusión penitenciaria;

— privación del derecho a correspondencia, con lo cual la persona desaparecía de la faz de la tierra con mucha mayor garantía que con una de esas primitivas sentencias judiciales.

Otra importante ventaja de la OSO era que no cabía interponer recurso de apelación contra sus decisiones, puesto que simplemente no había dónde apelar al no existir ninguna otra instancia, ni superior ni inferior. La OSO sólo estaba subordinada al ministro del Interior, a Stalin y a Satanás.

Otra gran virtud de la OSO era su rapidez, limitada sólo por la velocidad de las mecanógrafas.

Finalmente, la OSO no necesitaba ver al acusado en carne y hueso (con lo que se descongestionaba el transporte entre cárceles), y ya puestos a pedir poco, ni siquiera requería una fotografía del mismo. En un período en que las cárceles estaban atiborradas, la OSO ofrecía aun una ventaja más: al término de la instrucción sumarial el preso dejaba inmediatamente de ocupar sitio en el suelo de la prisión y de comer la sopa boba, y era trasladado al campo de penitenciario a ganarse la vida con honradez. La copia del extracto de su sentencia ya tendría tiempo para leerla mucho más tarde.

El caso ideal era cuando descargaban a los presos en la estación de destino, los ponían de rodillas al ladito de la vía (para impedir que se fugaran, aunque en realidad más parecía que estuvieran rezándole a la OSÓ) y ahí mismo les leían las sentencias. Pero también podía ocurrir de esta manera: en 1938 en los convoyes que llegaban a Perebory nadie sabía ni su artículo ni su condena, pero el escribiente que salía a recibirles ya estaba al corriente y enseguida te encontraba en su lista: SVE, cinco años.

Otros trabajaban en un campo durante muchos meses sin saber cuál era su condena. Después (cuenta I. Dobriak), los formaban solemnemente — no ún día cualquiera sino el 1 de Mayo de 1938, cuando ondeaban banderas rojas por todas partes — y les comunicaban las sentencias de la troika del distrito de Stalino: de diez a veinte años cada uno. El que habría de ser más tarde mi jefe de brigada en el campo, Sinebriujov, fue enviado aquel mismo 1938 de Cheliabinsk a Cherepovets en un convoy de presos aún no condenados. Pasaban los meses y los zeks seguían trabajando ahí, hasta que de pronto, un invierno, en un festivo (¿se dan cuenta ustedes de cómo escogían el día? ¿qué salía ganando la OSO con ello?), con un frío terrible los sacaron al patio a formar. Se presentó un teniente venido de fuera y dijo que lo habían enviado para que les comunicara lo que había dispuesto la OSO. Resultó que el muchacho no era tan malvado; miró de reojo todos esos pies mal calzados, echó un vistazo hacia el sol, envuelto en un halo de frío, y dijo lo siguiente:

—Bien mirado, muchachos, ¿para qué vais a estar aquí pasando frío? Pues bien: la OSO os ha echado diez años a todos, y sólo a algunos pocos, ocho. ¿Está claro? ¡Rompan filas!

 

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Cuando se llega a utilizar sin disimulos un mecanismo como la Comisión Especial, ¿qué falta pueden hacer ya los tribunales? ¿Para qué montarse en un ómnibus de caballos si hay tranvías más modernos y silenciosos, de los cuales además no se puede saltar en marcha? ¿Será quizá para que los jueces no se mueran de hambre?

No, lo que ocurre es que se estima indecoroso que un Estado carezca de tribunales. En 1919, el VIII Congreso del Partido añadió a su programa: «lograr que toda la población obrera, sin excepción, se incorpore a la función judicial». «A todos sin excepción» no se les pudo incorporar, porque la administración de justicia es un asunto delicado, ¡pero tampoco era cuestión de pasarse sin tribunales!

Por lo demás, nuestros tribunales políticos (las magistraturas especiales de los tribunales de distrito, los tribunales militares regionales y todos los Tribunales Supremos) seguían unánimemente el ejemplo de la OSO y evitaron como ella el engorro de celebrar vistas judiciales públicas o debates entre las partes litigantes.

Su rasgo primero y fundamental era el secreto. Eran tribunales a puerta cerrada, ante todo por propia conveniencia.

Y tan acostumbrados estamos a que millones y millones de personas hayan sido juzgadas a puerta cerrada, hasta tal punto nos hemos hecho ya a la idea, que siempre te encuentras con alguien, el hijo, el hermano o el sobrino de un acusado, intoxicado de propaganda, capaz de espetarte convencido: «¿Pues qué querías? Si es a puerta cerrada, será porque el caso se las trae... ¡Sería información para el enemigo! No se puede permitir...».

Y así, por temor a dar «información al enemigo», escondíamos la cabeza entre nuestras propias rodillas. ¿Acaso en nuestro país alguien recuerda, excepto las ratas de biblioteca, que a Karakózov, el que disparó contra el zar, le designaron un abogado defensor? ¿Que a Zheliábov y a todos los miembros de Naródnaya Volia los juzgaron a puerta abierta, sin temer que ello revelara «información a los turcos»? ¿O que a Vera Zasúlich, que disparó — por traducir a nuestra terminología actual — contra el jefe de la Dirección del MVD en la capital del Estado (faltó poco para que la herida fuera mortal, pero no acertó, aunque el calibre del arma era como para cazar osos) no sólo no la liquidaron en una mazmorra, no sólo no la juzgaron a puerta cerrada, sino que tuvo un juicio público conjurado (y no una troika), salió absuelta , y se marchó en carroza entre ovaciones?

Con estas comparaciones no quiero decir que en otro tiempo la administración de justicia en Rusia fuera perfecta. Probablemente, una justicia digna es el fruto más tardío de la más madura de las sociedades, o si no, hace falta tener un rey Salomón. Vladímir Dal ya señalaba que en la Rusia de antes de la reforma «no había un solo refrán favorable a los tribunales». ¡Por algo será! Tampoco llegó a ver la luz ningún proverbio favorable a los jefes de los zemstvos. Pero la reforma judicial de 1864 puso a los rusos, por lo menos a la parte urbana de nuestra sociedad, en el camino hacia el modelo inglés.

Digo esto, pero no olvido lo que dejó escrito Dostoyevski contra nuestros tribunales con jurado (en Diario de un escritor), concretamente, sobre el abuso de la elocuencia por parte de los abogados: («¡Señores del jurado! ¿Qué mujer sería ésta si no hubiera degollado a su rival? ¡Señores del jurado! ¿Quién de ustedes no habría arrojado a ese niño por la ventana?») y el hecho de que en los jurados un impulso efímero pudiera pesar más que la responsabilidad cívica. (79) ¡Pero aquello que temía Dostoyevski no era lo que había que temer! ¡Él creía que el juicio público se había impuesto para siempre! (¿Quién de sus contemporáneos habría podido pensar que en el futuro llegara a existir algo como la OSO?) En otro lugar escribe Dostoyevski: «Es mejor equivocarse en la misericordia que en el castigo». ¡Cuánta, cuánta razón tenía!

El abuso de la elocuencia es una enfermedad que aqueja no sólo a los sistemas judiciales adolescentes, sino que, en un sentido más amplio, puede afectar a las democracias hechas y derechas (que, una vez consolidadas, han perdido sus propósitos morales). La misma Inglaterra nos ofrece ejemplos de cómo, para conseguir la supremacía de su partido, el líder de la oposición no repara en culpar al Gobierno por el lamentable estado en que está la nación, aunque en realidad la situación no sea tan grave.

El abuso de la elocuencia es un mal. Sí, ¿pero qué palabra emplear entonces para el abuso de la puerta cerrada? Dostoyevski soñaba con unos tribunales en los que todo lo que hubiera que decir en defensa del acusado lo dijera el fiscal. ¿Cuántos siglos habremos de esperar aún? De momento, todo lo más, nuestra experiencia social se ha enriquecido infinitamente con unos abogados defensores que acusan al encausado («como ciudadano soviético de pro y verdadero patriota que soy, no puedo por menos de sentir repugnancia al oír de estos crímenes...»).

¡Con lo cómodo que es juzgar a puerta cerrada! No hace falta ni la toga, y hasta puede uno ir en mangas de camisa. ¡Asi da gusto trabajar! Ni micrófonos, ni corresponsales de prensa, ni público. (Bueno, público sí hay, pero son los jueces de instrucción. Por ejemplo, en el Tribunal regional de Leningrado los jueces iban de día a escuchar qué tal se portaban sus reos, y después, de madrugada, visitaban en la cárcel a los que fuera preciso llamar la atención.)

El segundo rasgo esencial de nuestros tribunales políticos era la previsibilidad del trabajo. Es decir, las sentencias predeterminadas.

Esa misma recopilación De las cárceles... demuestra que la predeterminación de las sentencias viene de antiguo, que ya en 1924-1929 las sentencias de los tribunales obedecían únicamente a razones administrativas y económicas. Que, a partir de 1924, a causa del desempleo que sufría el país, los tribunales redujeron las condenas a trabajos forzados correccionales con residencia en el propio domicilio y aumentaron las penas de reclusión menor (hablamos, naturalmente, de delitos comunes). Esto hizo que las cárceles quedaran atestadas de presos con penas inferiores a seis meses, lo cual impedía aprovecharlos para las colonias penitenciarias. A principios de 1929, el comisario del pueblo de justicia de la URSS criticaba en su circular n° 5 la imposición de penas de corta duración, y el 6 de noviembre de 1929 (en vísperas del doce aniversario de Octubre, cuando el país entraba ya en la edificación del socialismo) un decreto del TsIK y del Sovnarkom prohibía a los tribunales imponer penas inferiores al año.

El juez sabe de antemano qué condena es la más apropiada, ya sea para tu caso concreto, o porque sigue unas instrucciones generales (¡y si no, para algo hay un teléfono en el despacho del juez!). A imagen y semejanza de la OSO, hay incluso sentencias escritas a máquina por anticipado a las que sólo falta añadir a mano el apellido que convenga. Y si a un tal Strájovich durante un juicio se le ocurre gritar: «¿Cómo iba a reclutarme Ignatovski, si yo tenía diez años!», el presidente del tribunal (Región Militar de Leningrado, 1942) se limitaba a gruñir: «¡Le prohibo que calumnie a los servicios de inteligencia soviéticos!». De todos modos, hace tiempo que ya está decidido: a todo el grupo de Ignatovski lo van a fusilar. (80) Pero en el grupo ha aparecido un tal Lípov: nadie lo conoce ni él tampoco conoce a nadie.

Bueno, pues a ese tal Lípov, diez años.

¡Cómo alivia al juez su camino de espinas la decisión previa de las condenas! Es un alivio no tanto mental — no hay nada que discurrir — cuanto espiritual: así no se consumen pensando que, si dictan mal una sentencia, van a dejar huérfanos a sus propios hijos. Hasta a un juez-asesino tan encarnizado como Ulrich — ¿habrá algún fusilamiento sonado que no haya sido anunciado por boca suya? — esta predeterminación de la sentencia le predisponía a la benevolencia.

Por ejemplo, en 1945, cuando llegó a la Magistratura Militar el caso de los «separatistas estonios». Preside el buenazo de Ulrich, tan bajito y rechoncho él. No pierde ocasión de bromear, no sólo con sus colegas, sino también con los acusados (¡eso sí que es humanidad!, ¡un nuevo rasgo!, ¿en qué otro país puede verse algo así?). Al enterarse de que Suzi es abogado, le dice con una sonrisa: «¡Pues le va a ser muy útil su profesión!».

A ver, ¿por qué tendrían que discutir? ¿Por qué enfurecerse? El juicio transcurre en un ambiente muy agradable: se fuma en la propia mesa del tribunal, y cuando apetece, se hace una buena pausa para comer. Cuando llega la noche, hay que ir a deliberar. ¿Pero a quién se le ocurre deliberar de noche? Dejaron a los acusados sentados ante la mesa toda la noche y ellos se marcharon a sus casas. Por la mañana, a eso de las nueve, se presentaron fresquitos y afeitaditos: «¡En pie! ¡El Tribunal!». Y diez por cabeza.

Bueno, y para acabar, un tercer rasgo de nuestros tribunales: la dialéctica (antes, cuando se era más bruto, solían decir: «el carro va a donde tuerzas la vara»). El Código no debía ser una piedra inamovible en el camino de los jueces. Los artículos del Código tenían ya diez, quince, veinte años de una vida efímera, y, como decía Fausto:

Si el mundo entero cambia, avanza, ¿no he de osar yo romper mi palabra?

Todos los artículos habían quedado envueltos en interpretaciones, indicaciones, instrucciones. Si los actos del reo no están tipificados en el Código, también puede condenársele:

— por analogía (¡qué de posibilidades!);

— simplemente, por su origen social (7-35, pertenencia a un medio socialmente peligroso);

— por tener relación con individuos peligrosos. (¡Eso sí que era amplio! Qué persona era peligrosa y qué cabía considerar relación era sólo cosa del juez.)

Pero no vayamos ahora a exigir tanta precisión a las leyes que se promulgan. Por ejemplo, el 13 de enero de 1950 se reinstauró por decreto la pena de muerte (aunque motivos hay para creer que en los sótanos de Beria siempre había seguido vigente). (81) Estaba escrito: se puede ajusticiar al que atente o sabotee. ¿Y eso qué significaba? No se explicaba en ninguna parte. A Iósif Vissariónovich le gustaba decir las cosas a medias, tan sólo sugerirlas. ¿Se trataba sólo de los que vuelan los raíles del ferrocarril con cartuchos de dinamita? No estaba escrito. Porque lo que se dice «sabotear», hace ya tiempo que sabemos lo que es: el que fabrica productos de mala calidad, ése es un saboteador. ¿A qué se llama entonces «atentar»? ¿Se puede, por ejemplo, atentar contra la autoridad del gobierno en una conversación en un tranvía? ¿Y la que se casa con un extranjero? ¿Acaso no ha atentado contra la grandeza de nuestra patria?

Pero no son los jueces los que juzgan, los jueces se limitan a cobrar a fin de mes. ¡Las que juzgan son las instrucciones emitidas desde arriba! Instrucciones de 1937: diez años -veinte años - fusilamiento. Y éstas son las de 1943: veinte años de trabajos forzados - la horca. Las de 1945: a todo el mundo diez años, más cinco de pérdida de los derechos (mano de obra para tres planes quinquenales). (82) Instrucciones de 1949: a todos, veinticinco años. (De este modo, un verdadero espía — Schultz, Berlín 1948 — pudo recibir una condena de diez años, mientras que Günter Waschkau, que jamás lo había sido, fue condenado a veinticinco. Porque le pilló la ola de 1949.)

La máquina de condenar ha puesto su estampilla. Cuando un ciudadano es arrestado, queda privado de todos sus derechos en cuanto le arrancan los botones en el umbral de la GB, y ya nada puede evitar que le impongan una condena. Tanto se habían acostumbrado a ello nuestros administradores de Justicia, que en 1958 se pusieron ellos mismos en ridículo al publicar en los periódicos el proyecto de las nuevas «Bases de procedimiento penal en la URSS», en las que olvidaron incluir un epígrafe que contemplara el posible contenido de una sentencia absolutoria. El periódico gubernamental (Izvéstia, 10 de septiembre 1958) los amonestó suavemente: «Podría crearse la impresión de que nuestros tribunales sólo dictan sentencias condenatorias».

Pongámonos en el lugar de los juristas: ¿Por qué un juicio ha de tener dos posibles desenlaces, si en las elecciones generales se elige a un solo candidato? ¡Además, económicamente, una sentencia absolutoria sería un despropósito! Significaría que tanto los confidentes, como los agentes operativos, los jueces de instrucción, los fiscales, los celadores de la cárcel, los soldados de escolta, ¡tantos engranajes estarían girando en falso!

He aquí una causa penal tan típica como simple. En 1941, cuando nuestras tropas estaban estacionadas inactivas en Mongolia, las secciones operativas de la Cheká debían mostrar su diligencia y vigilancia. El practicante sanitario Lozovski, a quien cierta mujer había dado motivos para sentirse celoso del teniente Pável Chulpeniov, supo valerse de la situación. A solas con Chulpeniov le hizo tres preguntas:

1) ¿Por qué crees que retrocedemos ante los alemanes? (Chulpeniov: porque tienen más material de guerra y se movilizaron antes. Lozovski: No, es una maniobra nuestra para que se adentren en el país.)

2) ¿Crees en la ayuda de los aliados? (Chulpeniov: creo que nos ayudarán, pero, desde luego, no va a ser a cambio de nada. Lozovski: nos engañan, no nos ayudarán en absoluto.)

3) ¿Por qué han puesto a Voroshílov al mando del frente noroeste?

Chulpeniov contestó y no volvió a pensar en ello, pero Lozovski formuló una denuncia por escrito. Chulpeniov fue llamado a la sección política de la división y expulsado del Komsomol: por derrotismo, por sus alabanzas al material de guerra alemán, por despreciar la estrategia de nuestros mandos.

Quien más peroró en este asunto fue el secretario del Komsomol, Kaliaguin (en Jaljin-Gol se había comportado como un cobarde en presencia de Chulpeniov, y ahora veía la ocasión propicia para deshacerse para siempre de un testigo).

Y vino el arresto. Y un único careo con Lozovski. El juez de instrucción no somete a examen su conversación. Tan sólo una pregunta: «¿Conoce usted a este hombre?». «Sí.» «El testigo puede retirarse.» (El juez teme que la acusación se le venga abajo.) (83)

Abatido tras un mes de encierro en un foso, Chulpeniov comparece ante el tribunal de la 36ª División motorizada. Están presentes: el comisario político de la División Lébedev y el jefe de la sección política Slesariev. El testigo Lozovski ni siquiera es convocado por el tribunal. (Sin embargo, después del juicio, se requirirá la firma de Lozovski y del comisario Serioguin para legitimizar sus falsos testimonios.) Preguntas del tribunal: ¿mantuvo usted alguna conversación con Lozovski? ¿Qué le preguntó a usted? ¿Qué le respondió usted? Chulpeniov declara con llaneza, aún no ve su culpa. «¡Pero si hay muchos que dicen lo mismo!», exclama ingenuamente. El tribunal está muy atento: «¿Quién concretamente? ¡Dé nombres!». ¡Pero Chulpeniov no está hecho de esa madera! Le conceden la última palabra. «Ruego al tribunal que ponga otra vez a prueba mi patriotismo, ¡que me confíe una misión con peligro de muerte!». Y aun añadió el candido gigantón: «¡A mí y al que me ha calumniado, iremos juntos!».

¡Ah, eso sí que no!. Nosotros estamos aquí para erradicar en el pueblo estos gestos de hidalguía, Lozovski a su botica, y Serioguin a educar a sus soldados. (84) ¿Qué importa que mueras o no mueras? Lo importante es que nosotros nos hemos mostrado vigilantes. Salieron, fumaron un cigarrillo y volvieron: diez años más tres de privación de derechos.

Durante la guerra, asuntos como éste hubo más de diez en cada división (de otro modo habría salido un poco caro mantener un tribunal). ¿Que cuántas divisiones había en total? El propio lector puede echar la cuenta.

...Las sesiones de los tribunales son siniestramente parecidas entre sí. Los jueces, siniestramente impersonales e insensibles: como unos guantes de goma. Las sentencias, fabricadas en cadena.

Todos ponen cara seria, pero todos saben que aquello es una caseta de feria, sobre todo los muchachos de la escolta que tienen mucha menos picardía. En 1945, en la prisión de tránsito de Novosibirsk, la escolta ordenaba a los presos que llegaban llamándolos por sus respectivos artículos: «¡Fulano de Tal!, 58-1a, veinticinco años». El jefe de la escolta estaba intrigado: «¿Y a ti por qué te han echado veinticinco años?». «Pues, por nada.» «¡Mentira. Por nada, lo que te cae son diez!»

Si el tribunal tiene prisa, la «deliberación» dura un solo minuto: lo que tardan en entrar y salir. Cuando la jornada de trabajo del tribunal se alarga dieciséis horas seguidas, por la puerta de la sala de reuniones puede verse un mantel blanco, una mesa puesta y unos centros con frutas. Si no tienen mucha prisa, gustan de echarle «psicología» a la lectura de la sentencia: «...condenar a la medida suprema...». Una pausa. El juez mira al condenado a los ojos, le resulta interesante saber cómo lo está encajando, qué debe sentir en un momento así; «...Mas, teniendo en cuenta su sincero arrepentimiento...».

Todas las paredes de la sala de espera del tribunal están llenas de inscripciones, arañadas con clavos o a lápiz: «Me han condenado a muerte», «me han condenado a veinticinco años», «me han condenado a diez años». Estas muescas no las borraban: eran edificantes. Teme, baja la cabeza, no pienses que puedes cambiar algo con tu conducta. Aunque pronunciaras un discurso digno de Demóstenes para defenderte ante un puñado de jueces en la sala vacía (Olga Sliozberg en el Tribunal Supremo, 1938), no te serviría de nada. Lo único que puedes conseguir es elevar tu pena de diez años a la capital si por ejemplo les gritas: «¡Sois unos fascistas! ¡Me avergüenzo de haber militado varios años en vuestro partido!». (Nikolai Semiónovich Daskal, ante la Magistratura Especial de la región del mar Negro y del mar Azov, presidida por Jelik, en Maikop, 1937), entonces te endilgan un nuevo proceso y ya estás perdido.

Chavdárov recuerda un juicio en el que los acusados, ya ante el tribunal, se retractaron de las falsas declaraciones que habían hecho durante la instrucción del sumario. ¿Y qué pasó? Pues que si hubo una interrupción, ésta no duró más que algunos segundos, lo justo para que los jueces intercambiasen unas miradas, y que el fiscal exigió un receso sin explicar por qué. Los jueces de instrucción llegaron volando desde sus respectivas cárceles, acompañados de los correspondientes maceros. Propinaron una buena paliza a todos los acusados, repartidos por los boxes, y les prometieron que si volvían a interrumpir la vista los matarían a palos. Finalizado el receso, el juez volvió a interrogarles: esta vez todos se declararon culpables.

Mucho más hábil se mostró Alexandr Grigórievich Karétnikov, director de un instituto de investigación de la industria textil. En el momento en que debía inaugurarse la vista de su caso en la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo (¿y por qué habían de pasar por un tribunal de lo militar los civiles, si no eran sujetos de Derecho castrense? Ya nada nos sorprende, ya no hacemos preguntas), anunció por medio de la escolta que quería hacer declaraciones complementarias. Esto, naturalmente, suscitó interés.

Le atendió el propio fiscal. Karétnikov le mostró la clavícula infectada, partida a golpes de taburete por el juez de instrucción, y declaró: «Todo lo he firmado bajo tortura». El fiscal maldijo su afán de obtener declaraciones «complementarias», pero ya era tarde. Cada uno de ellos es intrépido mientras se siente una pieza anónima en una maquinaria general, pero tan pronto como recae sobre ellos una responsabilidad personal, tan pronto como se concentra directamente sobre ellos un haz de luz, palidecen y comprenden que tampoco ellos son nadie, que también ellos pueden resbalar sobre cualquier monda echada al suelo.

Karétnikov había atrapado al fiscal y éste no se atrevió a echar tierra al asunto. Empezó la sesión de la Sala de lo Militar, Karétnikov lo repitió todo, y entonces... ¡Entonces sí que los togados se retiraron a deliberar de verdad! La sentencia sólo podía ser absolutoria y tendrían que poner a Karétnikov de inmediato en libertad. Por eso el tribunal... ¡no dictó sentencia alguna ! Como si tal cosa, metieron a Karétnikov de nuevo en la cárcel, le hicieron una pequeña cura y lo retuvieron tres meses. Vino un nuevo juez de instrucción muy cortés y extendió una nueva orden de arresto (¡si la Sala no hubiera tenido segundas intenciones, Karétnikov al menos habría podido disfrutar de tres meses en libertad!), y le formuló las mismas preguntas que el primer juez. Karétnikov tenía la corazonada de que iban a ponerlo en libertad, por eso se mantuvo firme y no se confesó culpable de nada. ¿Y qué pasó? Pues que lo condenaron por disposición de la OSO a ocho años de prisión.

Este ejemplo demuestra bien a las claras cuáles son las posibilidades del detenido y cuáles las de la OSO. Como decía Derzhavin:

Tribunal parcial es peor que bandido.
Do la ley duerme, enemigos son jueces.
A un ciudadano con el pescuezo extendido
¿Qué le han de valer ni amparo ni preces? (T90)

Sin embargo, en la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo estos contratiempos con civiles se daban en contadas ocasiones. Y en general, también era raro que se dignaran restregarse sus ojos legañosos y llamar ante sí al soldadito de plomo arrestado en solitario. En 1937, a A.D. Románov, ingeniero eléctrico, se lo llevaron a rastras por las escaleras hasta el tercer piso, del brazo de dos guardias y a toda prisa (seguramente, el ascensor funcionaba, pero con tal trasiego de presos arriba y abajo, ni siquiera los funcionarios habrían podido utilizarlo). Se cruzaron con un preso recién condenado e irrumpieron en la sala. Los tres magistrados de lo Militar trabajaban tan deprisa que aún estaban de pie, no habían tenido tiempo de sentarse. Recuperando el aliento con dificultad (la larga instrucción sumarial le había dejado sin fuerzas), Románov apenas pudo farfullar su nombre, patronímico y apellido. Los jueces murmuraron algo, intercambiaron unas miradas y Ulrich —¡siempre él!— proclamó: «¡Veinte años!». De nuevo se llevaron a rastras a Románov, a toda prisa, y metieron al siguiente.

Fue como un sueño: en febrero de 1968 se me presentó la ocasión de subir yo por aquella misma escalera (renuncié adrede al ascensor para poder verla bien), aunque a mí me acompañaba un amable coronel de la sección política del Ejército. ¡El destino quiso que fuera yo, de todo el Archipiélago! Y en una sala circular con columnas, donde según dicen se reunía el pleno del Tribunal Supremo de la Unión Soviética, en una enorme mesa en forma de herradura que rodeaba otra mesa circular con siete sillas antiguas, ahora me escuchaban setenta miembros de la Sala de lo Militar, la misma que en otro tiempo había juzgado a Karétnikov, a Románov y a tantos otros. Yo les dije: «¡Qué día tan memorable! Condenado primero a un campo penitenciario y después al destierro perpetuo, jamás había visto a un juez en persona. ¡Y ahora los veo a todos ustedes aquí juntos!». (Con los ojos como platos, ellos estaban viendo, también por primera vez, a un zek de carne y hueso.)

¡Pero resultó que ya no eran aquéllos! Sí, ahora decían que no habían sido ellos. Me aseguraban que aquéllos ya no estaban ahí. Algunos se habían jubilado con todos los honores y a otros los habían destituido. (Resulta que Ulrich, el más notorio de los verdugos, había sido revocado en vida de Stalin, en 1950, por... ¡lenidad!) A otros (podían contarse con los dedos de las manos) hasta los juzgaron, en tiempos de Jruschov, y desde el banquillo de los acusados, amenazaban: «¡Hoy nos juzgas tú a nosotros, pero mañana nosotros te juzgaremos a ti, ándate con cuidado!». Pero como todas las iniciativas de Jruschov, este movimiento, muy enérgico al principio, pronto cayó en el olvido y fue abandonado. Por tanto, no llegó a asentar un cambio irreversible, es decir: todo siguió dentro de los cauces de siempre.

Ahora esos veteranos de la jurisprudencia evocaban ante mí, uno tras otro, sus muchos recuerdos, proporcionándome sin querer abundante material para este capítulo. (¿Qué pasaría si ellos se decidieran a hacer memoria y publicarlo todo? Pero pasan los años — cinco van ya cuando escribo esto — y nada está más claro.) (85) Recordaban que, en las conferencias de magistrados, los jueces se vanagloriaban de haber conseguido eludir el Artículo 51 del Código Penal relativo a las circunstancias atenuantes, con lo que lograban colgar ¡veinticinco años en lugar de diez! O la humillante subordinación de los tribunales a los Órganos. A un juez le llegó al tribunal la siguiente causa: un ciudadano que había vuelto de los Estados Unidos afirmaba calumniosamente que ahí había buenas carreteras. Nada más. ¡Y en el sumario tampoco había nada más! El juez tuvo el atrevimiento de devolver el expediente para que se siguiera con las diligencias previas, con objeto de obtener «un material antisoviético plenamente válido», es decir, para que torturaran y golpearan a ese detenido. Pero no se le tuvo en cuenta al juez sus nobles intenciones y le respondieron con indignación: «¿Así que usted no confía en nuestros Órganos?», y al juez... ¡lo enviaron de secretario judicial a la isla de Sajalín! (En cambio, en tiempos de Jruschov serían más benignos: esos jueces a los que procesaban por «haber caído en falta» los mandaban..., ¿a qué dirían ustedes?, ¡a trabajar de abogados defensores!). (86)

De la misma manera claudicaba ante los Órganos la fiscalía. Cuando en 1942 salieron clamorosamente a la luz los desmanes de Riumin en el contraespionaje de la flota del norte, la fiscalía no se atrevió a intervenir ni a hacer uso de su poder, sino que se limitó a informar de forma respetuosa a Abakúmov de que sus mozos andaban haciendo de las suyas. ¡No es extraño que Abakúmov se creyese que los Órganos eran la sal de la tierra! (Fue entonces cuando Abakúmov llamó a Riumin y lo ascendió a lo más alto, para su propia desgracia.) Sencillamente faltó tiempo, pues de otro modo me habrían contado diez veces más. Pero con lo que había quedado dicho, para mí ya había motivo suficiente de reflexión. Si el tribunal y la fiscalía no eran más que peones del ministro de la Seguridad del Estado, quizá no valiera la pena dedicarles un capítulo aparte.

Hablaban a porfía y yo los contemplaba admirado: ¡Pero si eran personas! ¡Personas de verdad! ¡Si hasta sonreían y se sinceraban, diciendo que su único deseo era hacer el bien. ¿Pero y si las cosas se tuercen y tienen que volver a juzgarme? Por ejemplo, en esa misma sala (se disponían a mostrarme la sala principal).

Pues nada, que sería un reincidente más.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Los hombres o el sistema? Durante varios siglos hemos tenido un proverbio: no temas la Ley, sino al juez.

Me parece, sin embargo, que la Ley ha rebasado a los hombres, que en crueldad, éstos han quedado a la zaga. Ya va siendo hora pues de darle la vuelta al proverbio: No temas al juez, sino a la Ley.

La de Abakúmov, naturalmente.

Ahora han empezado a subir a la tribuna. Opinan sobre el Iván Denísovich y confiesan gozosos que este libro alivió sus conciencias (son sus propias palabras...). Reconocen que en él suavicé mucho las tintas, que cada uno de ellos ha conocido campos mucho peores. (O sea que, ¿lo sabían?) De los setenta hombres sentados por todo el perímetro de esa herradura, intervienen algunos versados en literatura, los hay que hasta son lectores de Nóvy Mir ansían reformas, manifiestan una viva repulsa ante nuestras llagas sociales, el abandono del campo...

Y yo, en mi silla, pienso: si la primera y diminuta gota de verdad ha estallado como una bomba psicológica, ¿qué ocurrirá en nuestro país el día en que la Verdad caiga como una cascada?

Y ese día ha de llegar, sin falta.

 

 

8. La infancia de la ley

Todo lo olvidamos. No recordamos lo acontecido, la historia, sino tan sólo esa línea punteada de trazo uniforme que han querido estamparnos en la memoria con insistente machaconería.

No sé si será éste un rasgo común a toda la humanidad, pero sí puedo afirmar que lo es de nuestro pueblo. Un rasgo desagradable. Puede que hijo de la bondad, mas desagradable de todos modos. Nos convierte en presa de los embusteros.

De este modo, cuando conviene que olvidemos hasta los procesos judiciales públicos, nosotros dejamos de recordarlos. Esos juicios se habían celebrado sin reservas y de ellos habló la prensa, pero como no nos cincelaron los sesos con ellos, ahora no los recordamos. (Para que algo nos quede grabado en el cerebro hay que darlo cada día por la radio.) No hablo de la juventud, que, como es natural, no lo sabe. Me refiero a los contemporáneos de dichos procesos.

Basta con pedirle a cualquier hombre en la calle que enumere los juicios públicos que levantaron más expectación y recordará el de Bujarin y el de Zinóviev. Y después de fruncir el ceño, quizás el del Partido Industrial. Y eso es todo, no hubo más juicios públicos.

¿Qué vamos a decir entonces de los que no fueron públicos? ¡Cuántos tribunales funcionaban ya a pleno rendimiento en 1918! Y eso que todavía no había leyes ni códigos: la única referencia de los jueces eran las necesidades del régimen obrero-campesino. ¿Habrá alguna vez quizá quien escriba su historia detallada?

Entretanto, no podemos prescindir de un breve resumen, aunque para ello debamos buscar a tientas entre las ruinas calcinadas, ocultas en la niebla de esa alba, tierna y rosácea.

En aquellos años febriles los sables de la guerra no se oxidaban en las vainas, como tampoco se enfriaron en sus fundas las pistolas de la represión. Lo de disimular los fusilamientos utilizando la noche y los sótanos, lo de los tiros en la nuca son inventos posteriores: en 1918, el conocido chekista de Riazán, Stelmaj, fusilaba en pleno día, en el patio, y lo hacía de manera que desde las ventanas de la prisión pudieran observarlo los que esperaban la muerte.

Había por aquel entonces un término oficial: represión extrajudicial. Y no porque aún no hubiera tribunales, sino porque ya existía la Cheká.

Trotski incubó con su aliento a ese polluelo cuando no tenía aún el pico firme: «La intimidación constituye un poderoso instrumento político, y el que diga no comprenderlo es que se las da de santurrón». También Zinóviev, ajeno al fin que le aguardaba, decía entusiasmado: «GPU y VChK son las siglas más populares a escala mundial».

Era extrajudicial porque así resultaba más eficaz. Pues claro que había tribunales que juzgaban y condenaban a muerte, pero no debemos olvidar que además, paralela e independientemente de ellos, discurría por sus propios derroteros la represión extrajudicial. ¿Cómo hacernos una idea de su envergadura? En su popular exposición divulgativa sobre las actividades de la Cheká, M. Latsis nos da unas cifras (87) referidas solamente a año y medio (1918 y la primera mitad de 1919) y que abarcan tan sólo veinte gubernias de la Rusia central («las cifras que presentamos aquí distan de ser completas», una parcialidad que quizá pueda deberse a esa modestia tan propia de los chekistas).

Estos son los datos: fusilados por la Cheká (es decir, extrajudicialmente, al margen de los tribunales), 8.389 personas (ocho mil trescientas ochenta y nueve); organizaciones contrarrevolucionarias descubiertas, 412 (una cifra quimérica si tenemos en cuenta nuestra secular incapacidad para cualquier clase de organización, además del desánimo y la falta de cohesión entre la gente que caracterizan aquellos años); detenidos en total: 87.000 (esta cifra, en cambio, huele a rebaja).

¿Hay algo con lo que podamos confrontar estos datos? En 1907 un grupo de activistas sociales publicó una recopilación de artículos titulada Contra la pena de muerte (dirigida por Ghernett). Contenía una lista de todos los condenados a muerte entre 1826 y 1906. Los redactores concedían que la lista no era completa (aunque no presenta más lagunas que los datos recogidos por Latsis durante la guerra civil).

La relación aportaba 1.397 nombres, de los que había que descontar 233 (por conmutación de pena) y los 270 que seguían con orden de búsqueda y captura (principalmente, insurgentes polacos que habían huido a Occidente). Quedaban, pues, 894 personas. Teniendo en cuenta que dicha lista cubre un periodo de ochenta años, la cifra es 255 veces menor que la de los chekistas, quienes, además, incluyen menos de la mitad de las gubernias (y encima no tienen en consideración los abundantes fusilamientos del Cáucaso Norte y del Bajo Volga). Cierto que los autores de la recopilación dan a continuación una segunda cifra, esta vez estimada (seguramente de manera que corrabore sus propósitos), según la cual fueron condenadas a muerte (aunque ello no implica que fueran ejecutadas, porque con frecuencia se concedían indultos) 1.310 personas tan sólo en el año 1906. Se trataba precisamente del momento en que la famosa reacción de Stolypin cobró más intensidad (en respuesta a un terror revolucionario que se había desbordado). Sobre este periodo existe además otra cifra: 950 ejecuciones en seis meses. (La época de los consejos de guerra de Stolypin duró exactamente eso: seis meses justos.) (88) Resulta horrible decirlo, pero para unos nervios tan templados ya como los nuestros la cifra se queda corta, porque si calculamos la cantidad que correspondería a la Cheká en medio año, nos seguiría dando el triple, y eso sólo en veinte gubernias, y además sin contar el resto de juicios y tribunales que también dictaban condenas a muerte.

¿Cómo que tribunales?

¡Pues claro que sí! Entre los órganos que se crearon al mes de la Revolución de Octubre había también tribunales. En primer lugar, los tribunales populares libremente elegidos por los obreros y campesinos, pero siempre a condición de que los jueces contaran con «experiencia política en las organizaciones proletarias del partido», y sólo después de que en los soviets de distrito los comités ejecutivos llevaran a cabo una «meticulosa comprobación de que los candidatos estaban a la altura de las funciones asignadas», funciones de las que, por otra parte, esos mismos comités podían separarlos en cualquier momento. (Decreto sobre Tribunales n° 1, 24 de noviembre/7 de diciembre de 1917, artículos 12 y 13.) De esta manera, los tribunales populares dejaron de elegirse por sufragio universal y simplemente pasaron a ser designados por los comités ejecutivos del soviet, lo que venía a ser lo mismo, pues, como se sabe, los soviets encarnan los intereses de las masas trabajadoras.

En segundo lugar — aunque también podríamos decir aquí que en primer lugar —, ese mismo decreto de 24 de noviembre/7 de diciembre de 1917 instituía los Tribunales Revolucionarios de Obreros y Campesinos en comarcas y distritos. Habían sido concebidos como instrumento de la dictadura del proletariado, por lo que de manera en cierto modo espontánea estos tribunales revolucionarios proliferaron instantáneamente por todas partes, mientras que los tribunales populares, después de muchos meses, todavía no se habían constituido, sobre todo en los lugares más apartados. Ésta es la razón por la que los tribunales revolucionarios pasaron a entender de todas las causas, incluso las penales.

Pero que esto no nos inquiete: la diferencia entre los tribunales populares y los revolucionarios no era tan grande. Más tarde, en 1919, cuando aparecieron los fundamentos del Derecho penal de la RSFSR, las características de ambos tipos de tribunal llegarían casi a coincidir: las penas impuestas por unos y otros no conocían límites, porque ambos debían poder trabajar con las manos absolutamente libres.

La Ley no tipificaba sanciones penales de ninguna clase y los tribunales tenían plena libertad para elegir las medidas represivas, al tiempo que gozaban de derecho ilimitado para aplicarlas (la privación de libertad podía ser indefinida, es decir, hasta que se dispusiera expresamente lo contrario). Lo mismo que el tribunal revolucionario, el popular tenía por única guía su sentido de la legalidad revolucionaria y su conciencia revolucionaria. Las sentencias eran inapelables en ambos casos y no procedía interposición de recurso ante ninguna instancia. La actividad de los tribunales populares y revolucionarios no estaba sujeta a ninguna obligación de forma; su único criterio de apreciación era el grado de perjuicio ocasionado por los actos del acusado a la causa de la lucha revolucionaria. La sentencia se dictaba obedeciendo a los intereses de la defensa del régimen proletario y de la edificación socialista. (En un principio, los tribunales revolucionarios disponían de vocales nombrados por los soviets locales, pero luego adoptaron una forma más definida como troikas permanentes, en las que uno de los jueces procedía de la Cheká de esa gubernia. De este modo se conseguía una simbiosis, en todos los niveles, entre los tribunales revolucionarios y la Cheká.)

El 4 de mayo de 1918 se publicó el decreto de creación del Tribunal Revolucionario Supremo, adjunto al VTsIK, y ya se creían que aquello era el colmo de la ciencia tribunalística. ¡Pero cuánto les faltaba aún!

Resultó necesario crear aún un sistema unificado, para todo el país, de Tribunales Revolucionarios de Ferrocarriles, para asegurar el funcionamiento de las vías férreas.

Y más tarde, un sistema unificado de Tribunales Revolucionarios de las Tropas de Seguridad Interior (VOJR).

En 1918 todos estos sistemas ya estaban actuando al unísono e impedían que en todo el territorio de la RSFSR pudiera haber refugio para el crimen y los actos hostiles a la lucha revolucionaria de las masas. Sin embargo, el penetrante ojo del camarada Trotski descubrió imperfecciones a pesar de toda esta plenitud, y el 14 de noviembre de 1918 firmó un decreto para que se formara otro nuevo escalafón: los Tribunales Militares Revolucionarios.

Completamente absorbido por las preocupaciones del Consejo Militar Revolucionario de la RSFSR y la necesidad de defender la república de sus enemigos exteriores, nuestro prócer e inspirador no acompañó este proyecto de un plan mas detallado, pero en cambio sí tuvo un acierto excepcional al elegir como presidente del Tribunal Militar Revolucionario Central de la república al camarada Danishevski.

 

 

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