Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag

La Editorial

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Éste no solamente creó y desarrolló con brillantez todo un sistema de tribunales, completamente nuevos, sino que incluso sentó el fundamento teórico de los mismos en forma de folleto, (89) del cual ha llegado a nuestras manos un ejemplar conservado por milagro. Cierto que el librito lleva el sello de «confidencial», pero en vista de los muchos años transcurridos puede perdonárseme que divulgue aquí algunos de los datos que contiene (todo lo dicho anteriormente acerca de los tribunales también se ha extraído de ahí).

Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, según se desprendía de sus consignas y como ya era práctica en el Ejército desde la Revolución de Febrero, se daba por sentado que en los regimientos y las divisiones del nuevo Ejército Rojo seguirían funcionando unos tribunales electos. Pero no hubo tiempo para deleitarse con una institución tan democrática, porque bien pronto los suprimieron. Además, por todas partes ya habían surgido de forma espontánea los consejos de guerra y las troikas, toda vez que en el frente también funcionaban (fusilaban) los órganos de la Vecheká, que iban completamente por su cuenta, lo mismo que los órganos del contraespionaje, precursores de las Secciones Especiales. En estos meses de frenesí en la república, cuando el camarada Trotski decía en el VTsIK: «Nosotros, los hijos de la clase trabajadora, hemos hecho un pacto con la muerte, y por tanto con la victoria», era preciso obligar a todos y a cada uno a que se atuvieran a la disciplina y cumplieran con su deber.

«Los Tribunales Militares Revolucionarios son en primer término órganos para aniquilar, aislar, neutralizar y aterrorizar a los enemigos de la patria Obrera y Campesina, y sólo en segundo término tribunales que establezcan el grado de culpabilidad de un sujeto» (pág. 5).

«Los Tribunales Militares Revolucionarios son órganos con mayor carácter de excepción que los tribunales revolucionarios, insertos en nuestro armónico sistema general de tribunales populares unificados» (pág. 6).

¿Cómo podían ser «órganos con mayor carácter de excepción»? Es algo que te deja sin aliento, y al principio casi no puedes ni creerlo: ¿qué puede tener mayor carácter de excepción que un tribunal revolucionario? Nos lo aclara un veterano de la institución, a quien se deben muchas sentencias de aquella época: «Junto a los órganos judiciales deben existir órganos, por así decirlo, de represión judicial» (pág. 8).

¿Lo entiende ahora el lector? Por una parte está la Cheká, que representa la represión extrajudicial. Por otra parte, el tribunal revolucionario, con un funcionamiento muy rudimentario, muy poco clemente, eso sí, pero que de todos modos, no deja de ser algo así como un tribunal. ¿Y entre ellos? ¿Lo adivinan? A medio camino entre los dos faltaba precisamente un órgano de represión judicial, ¡y eso era ni más ni menos el Tribunal Militar Revolucionario!

«Desde el primer día de su existencia, los Tribunales Militares Revolucionarios fueron los órganos combativos del régimen revolucionario... Adoptaron de inmediato un tono y una orientación inflexibles, que excluían toda vacilación... Tuvimos que aprovechar hábilmente la experiencia acumulada por los tribunales revolucionarios y proceder a su ulterior desarrollo» (pág. 13).

Estas frases fueron escritas antes de que aparecieran las primeras normativas, que no se dictaron hasta enero de 1919. Otro rasgo adquirido a partir de experiencias anteriores, esta vez para mantener un vínculo más estrecho con la Cheká, fue que uno de los miembros del tribunal revolucionario fuera designado por la Sección Especial del Frente. Cierto que los frentes se mantenían abiertos durante un tiempo limitado, pero, cuando se extinguía uno de ellos, los Tribunales Militares Revolucionarios, lejos de desaparecer con él, permanecían en aquellas mismas regiones y distritos nacionales «para mantener la lucha y la represión inmediata en caso de insurrección» (pág. 19).

Los Tribunales Militares Revolucionarios juzgaban casos de «deserción laboral», la cual era «en las circunstancias actuales, un acto tan contrarrevolucionario como la insurrección armada contra obreros y campesinos» (pág. 21). ¿Acaso había alguien tan numeroso como para alzarse contra obreros y campesinos a la vez? E incluso juzgaban casos de «trato grosero a los subordinados, negligencia de los deberes relativos al cargo, incuria en el trabajo, desconocimiento de sus competencias...» etcétera, etcétera (pág. 23).

Los Tribunales Militares Revolucionarios no se limitaban a juzgar únicamente al personal militar, ni mucho menos: también pasaban por ellos todos los civiles que vivieran en la zona del frente. Eran el instrumento mediante el cual el pueblo trabajador ejercía la lucha de clases. Para que no hubiera conflictos con los Tribunales Militares Revolucionarios que actuaban en las proximidades, se estableció el siguiente reparto de competencias: entendía del caso el tribunal que lo hubiera incoado, sin que procedieran revisiones ni recursos de apelación. Las sentencias estaban en función de la situación bélica: después de vencer a los blancos en el sur, en la primavera de 1920 se envió una normativa a los Tribunales Militares Revolucionarios para que redujeran los fusilamientos, y, efectivamente, en la primera mitad del año sólo hubo 1426 (¡sin contar los de los Tribunales Revolucionarios! ¡Ni los de los Tribunales de Ferrocarriles! ¡Ni los de los tribunales de la VOJR! ¡Ni la Cheká! ¡Ni las Secciones Especiales! Recordemos las 950 condenas a muerte con las que Stolypin detuvo la anarquía de asesinatos en toda Rusia. Recordemos también los 894 condenados a muerte en Rusia en ochenta años). Pero en 1920 empezaría la guerra contra Polonia, y sólo en lo que va de julio a agosto, los Tribunales Militares Revolucionarios (de nuevo ellos solos, sin contar el resto de tribunales) dictaron 1976 fusilamientos (pág. 43; no se dan cifras de los meses siguientes).

Los Tribunales Militares Revolucionarios tenían derecho a ejercer la represión directa e inmediata contra desertores y todo aquel que hiciera propaganda contra la guerra civil (es decir, los pacifistas, pág. 37). En caso de homicidio, tenían que distinguir entre asesinato penal (que era delito común y no comportaba fusilamiento) y asesinato político (que sí llevaba al paredón, pág. 38); en caso de robo, si éste se había cometido contra un particular («los tribunales deberán mostrarse comprensivos y clementes», pues las riquezas burguesas empujan a la gente al robo) o si el robo había sido de bienes del pueblo («todo el peso del castigo revolucionario»). «No es posible codificar las penas y sería una insensatez», pero «no se puede prescindir de normativas e instrucciones» (pág. 39). «Muy a menudo los Tribunales Militares Revolucionarios deben actuar en unas circunstancias en las que es difícil determinar si el Tribunal actúa como tal o como un destacamento de combate. A menudo [...] el trabajo del Tribunal transcurre paralelamente en la sala de sesiones y en la calle.» El fusilamiento «no puede considerarse un castigo; no es más que la aniquilación física de un enemigo de la clase obrera», y «puede ser aplicado con objeto de intimidar (terror) a este tipo de criminales» (pág. 40). «El castigo no es una venganza por la "culpa", ni tampoco su expiación...» El Tribunal «establece la verdadera personalidad del criminal, ya que [...] es posible dilucidarla basándose en su modo de vida y en su pasado» (pág. 44).

En los Tribunales Militares Revolucionarios «el derecho de apelación establecido por la burguesía pierde todo sentido. [...] Bajo el régimen soviético, a nadie le hace falta tanto papeleo» (pág. 46). «Sería totalmente inadmisible establecer la práctica de la apelación», «no se reconoce el derecho a presentar recursos de casación» (pág. 49). «La sentencia debe ejecutarse casi inmediatamente, de modo que su efecto represivo sea lo más fuerte posible» (pág. 50), «es indispensable privar a los criminales de toda esperanza de revisar o retirar la sentencia del Tribunal Militar Revolucionario» (pág. 50). «El Tribunal Militar Revolucionario es instrumento fiel e indispensable de la Dictadura del Proletariado y debe conducir a la clase obrera, por encima de una devastación inaudita, por encima de océanos de sangre y de lágrimas [...], al mundo del trabajo libre, de la felicidad de los obreros y de la belleza» (pág. 59).

¡Podríamos seguir citando más y más, pero ya basta! Dejemos que nuestros ojos se adentren en ese pasado, que recorran el mapa de nuestro país en llamas, que imaginen esos lugares repletos de vidas humanas, lugares que no aparecen en ese folleto. En el curso de nuestra guerra civil, la toma de cada ciudad vino marcada no sólo por el humo de los fusiles en el patio de la Cheká, sino también por las noches en vela del tribunal. Y para que te metieran una bala en los sesos no era imprescindible ser un oficial blanco, un senador, un hacendado, un fraile, un kadeté o un eserista. En aquellos años, para que te condenaran a muerte bastaba con tener las manos blancas, suaves y sin callos. Y no es difícil adivinar que en Izhevsk y Votkinsk, Yaroslavl y Murom, Kozlov y Tambov, las revueltas costaron muy caro también a quienes sí tenían las manos llenas de callos.

Y si la crónica de la represión — judicial y extrajudicial — llega alguna vez a desplegarse ante nosotros como un pergamino, lo que nos dejará más sorprendidos será el gran número de simples campesinos consignados en ellos. Porque entre 1918 y 1921 fueron innumerables las agitaciones y revueltas campesinas, aunque no adornen las polícromas páginas de la Historia de la guerra civil, aunque no se fotografiara ni filmara a esas multitudes excitadas que se lanzaban con palos, horcas y hachas contra las ametralladoras, y que luego, con las manos atadas, formaban —¡diez campesinos por cada soldado caído!— para ser fusilados en hileras. Y así ocurre que el levantamiento de Sapozhok sólo lo recuerdan en Sapozhok y el de Pitélino sólo en Pitélino. La obra divulgativa de Latsis que hemos citado también nos permite conocer el número de insurrecciones sofocadas en veinte gubernias en el referido año y medio: 344  (90) (A partir de 1918 los levantamientos campesinos fueron calificados de insurrecciones de «kulaks», pues ¡cómo iban a ser campesinos los que se sublevaban contra el poder del proletariado y el campesinado! Pero entonces, ¿cómo se explica que cada vez que se producía un levantamiento no se tratara de tres isbas aisladas, sino del pueblo entero? ¿Por qué la masa de campesinos empobrecidos, en vez de dar muerte a los «kulaks», insurrectos con las mismas horcas y hachas, se unía a ellos para lanzarse contra las ametralladoras? Cito a Latsis: «a fuerza de promesas, difamaciones y amenazas [los kulaks] obligaban a los demás campesinos a tomar parte en esas insurrecciones». (91) ¿Pero qué podía ser más prometedor que las consignas del Comité de Campesinos Pobres? ¿Y qué más amenazador que las ametralladoras de las ChON (Unidades de Destinos Especiales)?

¿Y cuántas personas arrastró el azar a ese engranaje? Me refiero a personas sin arte ni parte, a esas que inevitablemente componen la mitad de la esencia de toda revolución sangrienta?

Veamos ahora, contado hoy día por el propio protagonista, el caso del tolstoyano I. E-v, en 1919. Por mucho que estemos ya en 1968, me sigue siendo imposible hacer público su apellido.

Al declararse la movilización general y obligatoria del Ejército Rojo (un año antes aún decían: «¡Abajo la guerra! ¡Bayonetas a tierra! ¡Todos a casa!»), tan sólo en la gubernia de Riazán para septiembre de 1919 «se capturaron y enviaron al frente 54.697 desertores» (92) (más algunos otros fusilados sin juicio, como escarmiento). E-v no había desertado, ni mucho menos, simplemente se había negado abiertamente a prestar el servicio militar por motivos religiosos. Movilizado a la fuerza, en el cuartel se negaba a empuñar arma alguna o a hacer la instrucción. Indignado, el comisario de la unidad lo puso a disposición de la Cheká con una nota: «no reconoce el régimen soviético». Lo llevaron a interrogatorio.

En la mesa, tres hombres, y ante cada uno de ellos, una pistola. «¡Ya nos las hemos visto antes con héroes como tú, ya verás qué pronto te pones de rodillas! ¡O aceptas inmediatamente prestar servicio militar o te pegamos un tiro aquí mismo!» Pero E-v seguía en sus trece: no podía combatir porque era adepto del cristianismo libre. Su causa pasa entonces al tribunal revolucionario de la ciudad de Riazán.

El juicio es público. Hay un centenar de personas en la sala. El abogado defensor es un amable viejecito. El docto acusador Nikolski (la palabra «fiscal» estuvo prohibida hasta 1922) es también un letrado veterano. Uno de los vocales intenta que el acusado precise sus convicciones («¿Cómo es posible que usted, un representante del pueblo trabajador, pueda compartir las ideas del conde Tolstói, un aristócrata?»). El presidente del tribunal le corta la palabra y le prohibe que siga. Discuten.

VOCAL: Así que usted no quiere matar personas y procura convencer a los demás para que actúen como usted. Pero la guerra la han comenzado los blancos. Tenemos que defendernos y usted nos está poniendo obstáculos. ¡Le enviaremos a Kolchak, allí es donde debe usted predicar contra la violencia!

E-V: Estoy dispuesto a ir adonde ustedes me envíen.

ACUSADOR: Este tribunal no debe ocuparse de delitos comunes en general, sino sólo de actividades contrarrevolucionarias. En vista de las circunstancias que concurren en el delito, exijo que el caso sea visto por el tribunal popular.

PRESIDENTE: ¡Ja! ¡Conque delitos comunes! ¡Fíjate qué escrupuloso! Aquí no nos guiamos por las leyes, sino por nuestra conciencia revolucionaria!

ACUSADOR: Insisto en que conste en acta mi petición.

DEFENSOR: Me adhiero a la petición del acusador. Esta causa ha de ser vista por un tribunal ordinario.

PRESIDENTE: ¡Viejo chiflado! ¿De qué cementerio lo habéis sacado?

DEFENSOR: En cuarenta años de ejercicio profesional jamás había oído un agravio semejante. Ruego que conste en acta.

PRESIDENTE (a carcajadas): ¡Eso, que conste! ¡Que conste! Risas en la sala.

El tribunal se retira a deliberar. Se oyen gritos de desacuerdo procedentes de la sala de deliberaciones. Regresan con la sentencia: fusilamiento .

En la sala se oye un rumor de indignación.

ACUSADOR: ¡Protesto contra la sentencia e interpondré recurso ante el Comisariado de Justicia!

DEFENSOR: ¡Me adhiero a las palabras del acusador!

PRESIDENTE: ¡Despejen la sala!

Los guardias que condujeron a E-v a la cárcel le dijeron: «¡Ojalá todos fueran como tú, hermano! ¡No habría ninguna guerra, ni blancos ni rojos!». Cuando volvieron al cuartel, convocaron una asamblea de soldados del Ejército Rojo. La asamblea condenó la sentencia y envió una protesta a Moscú. E-v pasó treinta y siete días en prisión esperando cada día la muerte y viendo los fusilamientos con sus propios ojos. Y llegó la noticia: pena conmutada a quince años de riguroso aislamiento.

Es un ejemplo edificante. La legalidad revolucionaria había obtenido un triunfo parcial, pero ¡cuántos esfuerzos exigió del presidente del tribunal! ¡Cuánto desorden, indisciplina y falta de conciencia política revela este caso! La acusación y la defensa están del mismo lado, la escolta metiéndose en lo que no le importa y enviando resoluciones. ¡Oh, qué difíciles comienzos los de la dictadura del proletariado y la nueva justicia! Naturalmente, no todas las sesiones eran tan caóticas, pero tampoco fue éste un caso aislado. ¡Cuántos años habrían de transcurrir aún hasta que apareciera, se orientara y afirmara una línea adecuada, para que la defensa actuara de consuno con el fiscal y el tribunal, y con ellos el acusado, y con todos ellos las resoluciones unánimes de las masas! Para un historiador sería una gratificante tarea analizar todo este largo camino. ¿Pero cómo hemos de avanzar nosotros en medio de estos años nublados por un color de rosa? ¿A quién podemos preguntar? Los fusilados no nos contarán nada, los testigos dispersos tampoco. ¿Y los acusados, los abogados defensores, los guardianes o los espectadores? Incluso aunque siguieran con vida, no se nos permitiría que los buscáramos.

Es evidente que sólo podemos valernos de la acusación.

Gracias a personas bien intencionadas ha llegado a nuestras manos un ejemplar — escapado a la destrucción — de la recopilación de discursos acusatorios de un ardiente revolucionario, quien fuera el primer titular del Comisariado del Pueblo para la Guerra de la república Obrero-Campesina, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y más tarde creador del Departamento de Tribunales de Excepción del Comisariado del Pueblo para la Justicia (tenían pensando instituir el título de tribuno expresamente para él, pero Lenin se negó), (93) glorioso acusador en los más grandes procesos, y más tarde desenmascarado como feroz enemigo del pueblo. Me refiero a N.V. Krylenko. (94) Y si seguimos dispuestos a exponer un breve cuadro de conjunto de los procesos públicos, si nos seguimos sintiendo tentados a respirar la atmósfera judicial de los primeros años que siguieron a la Revolución, estamos obligados a leer el libro de Krylenko. No hay otro camino. Lo que falta en él, todo lo que se refiere a los juicios en provincias, habrá que suplirlo con la imaginación.

Por supuesto, habríamos preferido ver las copias taquigráficas de aquellos procesos, oír, venidas de ultratumba, las voces trágicas de aquellos primeros encausados y abogados defensores, cuando nadie podía prever en qué implacable sucesión se perderían todos los actores, incluidos los propios jueces.

Sin embargo, explica Krylenko, publicar las versiones taquigráficas «habría sido poco práctico, por una serie de consideraciones de orden técnico» (pág. 4). Lo práctico era publicar sólo los discursos acusatorios y las sentencias de los tribunales, que por aquel entonces ya coincidían plenamente con las peticiones fiscales.

Si hay que creerle, los archivos del Tribunal de Moscú y del Tribunal Revolucionario Supremo «distaban (en 1923) de estar en el orden debido [...]. En muchas de las causas la versión taquigráfica [...] estaba escrita de manera tan ilegible que habría sido preciso suprimir páginas enteras o reconstruirlas de memoria» (¡!), y «en una serie de procesos importantísimos» (entre ellos el alzamiento de los eseristas de izquierda, el caso del almirante Shchastni y el del embajador inglés Lockhart) «no hubo presencia de taquígrafos» (págs. 4 y 5).

Es curioso, porque la condena de los socialistas revolucionarios de izquierda no fue ninguna nadería; después de las revoluciones de Febrero y Octubre, fue el tercer nudo determinante de nuestra historia: el paso a un sistema estatal monopartidista. Y no fueron pocos los fusilamientos. Y sin embargo, no hubo taquígrafos.

En cambio, la «conjura militar» de 1919 «fue liquidada por la Cheká en forma de represión extrajudicial» (pág. 7), «con lo que quedó más que probada su existencia» (pág. 44). (Fueron detenidas en total más de mil personas, (95) ¿iban acaso a incoarle una causa a cada una de ellas?)

Así pues, ¿cómo va a poder nadie contar de forma ordenada y veraz los procesos judiciales de aquellos años...?

Sin embargo, hemos podido aprender sus principios esenciales. Así, por ejemplo, el supremo acusador nos comunica que el VTsIK estaba facultado para intervenir en cualquier proceso judicial. «El VTsIK tiene derecho ilimitado a indultar o condenar a muerte, según su propio criterio» (pág. 13, la cursiva es mía. - A.S.). Por ejemplo, una sentencia de seis meses de cárcel podía convertirse en diez años (como comprenderá el lector, para esto no se reunía la plana mayor del VTsIK sino que bastaba con que corrigiera la sentencia en su despacho Sverdlov, pongamos por caso). En esto, explica Krylenko, «nuestro sistema se distingue y aventaja a la errónea teoría de la separación de poderes» (pág. 14), y a la teoría de la independencia del poder judicial. (Exactamente, coreaba Sverdlov: «Menos mal que en nuestro país los poderes legislativo y ejecutivo no están separados por un muro infranqueable, como ocurre en Occidente; así, todos los problemas pueden resolverse con rapidez». Especialmente por teléfono.)

Con mayor franqueza y precisión si cabe expone Krylenko, en sus discursos ante aquellos tribunales, el cometido general de la justicia soviética, en la que el tribunal es «a la vez creador de jurisprudencia (el resaltado es de Krylenko)... e instrumento político » (pág. 3, el resaltado es mío. - A.S.).

Creador de jurisprudencia porque durante cuatro años no existió código alguno: habían derogado la legislación zarista y aún no habían creado una propia. «Y que no me vengan con que nuestro Derecho penal debe atenerse de forma exclusiva a normas escritas existentes. Vivimos inmersos en un proceso de revolución...» (pág. 407). «Nuestros tribunales no serán una especie de tribunales de justicia, en ellos no van a cobrar vida las sutilezas y astucias jurídicas... Estamos creando un Derecho nuevo y unas normas éticas nuevas» (pág. 22, la cursiva es mía. - A.S.).

«Por más que se hable de la ley secular del Derecho, de la justicia y demás monsergas, ya sabemos [...] lo caro que nos ha costado todo eso» (pág. 505, la cursiva es mía. - A.S.).

(En realidad, si comparamos la duración de vuestras penas con las de antes, tal vez no os haya salido tan caro. ¿Os lo parece quizá porque la justicia secular tenía más miramientos con el condenado?) Si las sutilezas jurídicas se han vuelto superfluas es porque ya no hay que esclarecer si el acusado es culpable o inocente: la noción de culpabilidad es una noción burguesa y caduca, hoy día abandonada ya (pág. 318).

Así pues, hemos oído de labios del camarada Krylenko que el tribunal revolucionario no es una especie de tribunal de justicia. En otra ocasión le oiremos incluso decir que el tribunal revolucionario no es en realidad ningún tribunal de justicia: «El Tribunal es el instrumento mediante el cual la clase obrera dirige su lucha contra sus enemigos», debe regirse «por los intereses de la Revolución [...] y perseguir los resultados que más convengan a las masas obreras y campesinas» (pág. 73): Las personas no son personas sino «determinados portadores de determinadas ideas». «Sean cuales sean sus cualidades personales [del acusado], para someterlo a valoración no se debe aplicar sino un criterio: su utilidad desde una perspectiva de clase» (pág. 79).

Es decir, que podrás seguir existiendo sólo si tu vida le parece útil a la clase obrera. «Y si este criterio exige que la espada punitiva caiga sobre la cabeza de los acusados, pierde todo valor cualquier [...] intento de persuasión a través de la palabra» (pág. 81); o sea: los argumentos de los abogados, etcétera. «Nuestro tribunal revolucionario no se guía por artículos del código, ni por el peso de las circunstancias atenuantes; nuestro Tribunal debe regirse por el criterio de utilidad» (pág. 524).

En aquellos años, a muchos les ocurrió que, después de haber vivido años y más años, de repente se enteraron de que su existencia no era útil.

Y es que debemos comprender una cosa: lo que pesa sobre el acusado no es lo que haya hecho, sino lo que podría hacer si no lo fusilan ahora. «No nos protegemos sólo del pasado, sino también del futuro» (pág. 82).

Las declaraciones del camarada Krylenko son claras y universales. Nos aproximan a todo un periodo judicial en todo su relieve. De pronto, los vapores de la primavera han abierto paso a una transparencia otoñal. ¿Ha llegado el momento quizá de detenernos? ¿Está quizá de más hojear proceso tras proceso? A fin de cuentas, no vamos a ver más que todos estos principios aplicados de forma implacable.

Basta con entornar los ojos para imaginarnos la pequeña sala de la audiencia, aún sin molduras de oro. Los miembros del tribunal, amantes de la verdad, visten sencillas guerreras, son flacos, aún no han echado barriga. Y donde se halla la autoridad acusadora (como gusta llamarse a sí mismo Krylenko) vemos a alguien con una chaquetita de paisano y, a través del cuello desabrochado, una camiseta de marinero a rayas blancas y azules.

Miren qué bien habla el supremo acusador: «¡Me interesa la cuestión del hecho!»; «¡Concretice el momento de esa tendencia!»; «Operamos en el plano analítico de la verdad objetiva». De vez en cuando — ¡lo que son las cosas! — brilla también un proverbio latino (cierto que siempre es el mismo, proceso tras proceso, y que no se aprende otro hasta al cabo de algunos años). Hay que decir honestamente que en medio de todo el trajín revolucionario, se las arregló para terminar la carrera en dos facultades. Lo que predispone hacia él es que habla de los acusados con el corazón en la mano: «¡Canallas profesionales!». Y jamás se permite una hipocresía. Por ejemplo, si no le gusta la sonrisa del acusado, le espeta de manera amenazadora, antes de que se haya dictado sentencia: «¡A usted, ciudadana Ivánova, con esa sonrisita, pronto sabremos lo que vale, ya encontraremos la forma de que no vuelva a sonreír nunca más!» (pág. 296, la cursiva es mía. - A.S.).

Así pues, ¿manos a la obra?

 

El proceso contra Russkie Vedomosti (Noticias rusas).

Este juicio, uno de los primeros y más antiguos, fue un proceso contra la palabra. El 24 de marzo de 1918 este conocido «periódico de los profesores» había publicado un artículo de Savínkov titulado «De viaje». Las autoridades de buena gana le habrían echado el guante al propio Savínkov, pero ¿dónde iban a buscarlo si el maldito estaba de viaje? Así que tuvieron que contentarse con clausurar el periódico, sentar en el banquillo de los acusados a su anciano director, P.V. Yegórov, y pedirle a él las explicaciones: ¿Cómo se había atrevido? Hacía ya cuatro meses que el país había entrado en una Nueva Era, ¡ya era hora de que se fuera acostumbrando!

Yegórov se justifica ingenuamente: dice que «el artículo lo ha escrito un político eminente cuya opinión, con independencia de que fuera o no compartida por la redacción, tiene un interés general». Más adelante añade que no ve difamación alguna en las afirmaciones de Savínkov: «no olvidemos que Lenin, Natanson y Cía. llegaron a Rusia vía Berlín, es decir, que las autoridades alemanas les ayudaron a regresar a la patria», puesto que así ocurrió realmente: la Alemania del Kaiser, a la sazón en guerra, había ayudado al camarada Lenin para que regresara.

Krylenko exclama que no pretende acusar al periódico de difamación (¿pues entonces de qué?), que están juzgando al periódico ¡por intento de influir en la opinión! (¡Habráse visto: un periódico con semejantes intenciones!) Tampoco se hace responsable al periódico por la frase de Savínkov: «hay que ser un criminal insensato para afirmar con toda seriedad que el proletariado mundial nos va a brindar apoyo», pues no hay duda de que acabarán apoyándonos...

La condena fue exclusivamente por el intento de influir en la opinión: un periódico que se publicaba desde 1864, que había sufrido todos los períodos de reacción imaginables: el de Uvárov, Pobedonóstsev, Stolypin, Kasso y un sinnúmero más, ¡ahora quedaba cerrado por siempre ! (¡Por un solo artículo, por siempre! ¡Así es como hay que gobernar!) En cuanto al redactor Yegórov... — ¿cómo no les da vergüeza tanta clemencia? ¡Ni que estuviéramos en Grecia! —, tres meses en una celda incomunicada. (Pero, en fin, sólo estábamos en 1918. Si el viejo sobrevivía, ya volverían a encerrarlo, ¡y después, aun tantas veces más como hiciera falta!)

En aquellos procelosos años, por extraño que parezca, los sobornos se daban y recibían con la mayor exquisitez, como siempre fue en la antigua Rusia, y como siempre será en la Unión Soviética. Las ofrendas llegaban incluso — y sobre todo — a los organismos judiciales. Y — ¿nos atrevemos a decirlo?— también a la Cheká. Los tomos de historia encuadernados en rojo, estampados con letras de oro, guardan silencio, pero los viejos, que fueron testigos, recuerdan que en los primeros años tras la Revolución — a diferencia de lo que ocurriría en época de Stalin — la suerte de los presos políticos dependía enormemente de los sobornos: los aceptaban sin sonrojo y después cumplían con honestidad y soltaban a los detenidos a cambio del dinero. Hasta Krylenko, que sólo recoge una docena de procesos en cinco años, habla de dos en los que hubo soborno. ¡Qué descorazonador!, los tribunales revolucionarios, tanto el Supremo como el de Moscú, avanzaban hacia la perfección por tortuosos vericuetos: ambos habrían de ver empañada su honradez.

 

El proceso contra tres jueces de instrucción del Tribunal Revolucionario de Moscú (abril de 1918).

En marzo de 1918 fue detenido un tal Beridze, que traficaba con lingotes de oro, y su esposa, como era habitual en aquella época, se puso a buscar el modo de comprar su libertad. A través de una serie de amistades logró dar con uno de los jueces de instrucción, quien a su vez metió a otros dos en el ajo. Tuvieron una reunión secreta y le exigieron a la mujer 250.000 rublos, que se redujeron a 60.000 tras algunos regateos. Había que pagar la mitad por adelantado y mantener el resto de contactos a través del abogado Grin. Todo habría discurrido en silencio — al igual que se culminaban sin tropiezos tantos cientos de arreglos semejantes — y no habría llegado a la crónica de Krylenko, y por tanto a estas páginas (¡ni tampoco a una sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo!), de no haber empezado la esposa a tacañear. En efecto, en lugar de los 30.000 rublos acordados como anticipo, la mujer sólo le entregó a Grin 15.000. Pero más importante aún es que, dejándose llevar por una inquietud muy femenina, decidió que el abogado ese no era de confianza, así que a la mañana siguiente se dirigió a otro, apellidado Yakúlov. Aunque la crónica no dice exactamente quién aireó el asunto, parece que fue Yakúlov el que decidió apretarles las clavijas a los jueces de instrucción.

Lo interesante de este proceso es que todos los testigos, empezando por la infeliz esposa, hicieron lo posible por declarar en provecho de los jueces acusados y desarmar a la acusación (¡algo imposible en un proceso político!). Krylenko explicaba así esta actitud: aquellos testigos tenían una mentalidad pequeñoburguesa y veían a nuestro Tribunal Revolucionario como algo ajeno. (Permítase que supongamos, también desde una mentalidad pequeñoburguesa, que acaso tras medio año de dictadura del proletariado los testigos hubieran aprendido a tener miedo. Porque si el Tribunal Revolucionario había decidido hundir a sus propios jueces de instrucción, era que iban a por todas. Y si ellos declaraban culpables a los suyos, ¿qué podían esperar los testigos?)

También resulta interesante la argumentación del acusador. Téngase en cuenta que hasta hacía un mes los acusados habían sido sus compañeros de lucha, sus aliados y auxiliares, personas firmemente adictas a la Revolución. Uno de ellos, Leist, había sido incluso «un acusador severo, capaz de lanzar rayos y truenos sobre cualquiera que atentara contra los cimientos del socialismo». ¿Qué iban a decir ahora contra ellos? ¿Dónde iban a encontrar algo que pudiera mancharlos? (porque por sí sólo, el cohecho no manchaba lo bastante). Pues muy fácil: ¡en su pasado!, ¡en su curriculum!

«Si se examina más de cerca» a ese Leist «aparecen datos extraordinariamente dignos de atención.» ¡Menuda intriga!: ¿se tratará de un empedernido arribista? Pues no, ¡pero su padre era catedrático de la Universidad de Moscú! Y no un catedrático cualquiera, ¡sino uno que había mantenido su puesto durante veinte años a pesar de todos los periodos de reacción, y sólo porque la política le resultaba indiferente! (En realidad, también pese a la reacción, al propio Krylenko lo habían admitido en la universidad como alumno externo...) ¿A quién podía extrañar, pues, que el hijo de ese catedrático estuviera haciendo un doble juego?

Otro de los jueces, Podgaiski, era hijo de un funcionario judicial, que como mínimo debía de haber militado en las Centurias Negras. De no ser así, ¿cómo habría podido servir durante veinte años en los órganos judiciales? Y su criaturita también estaba preparándose para la carrera judicial, pero vino la Revolución y se tuvo que enchufar en el Tribunal Revolucionario. ¡Esta trayectoria, que hasta ayer se entendía noble, ahora resultaba repugnante! Sin duda alguna, el caso más abominable de los tres era el de Guguel, un antiguo editor. ¿Qué alimento espiritual había ofrecido a obreros y campesinos? Este hombre «abastecía a las masas con obras de ínfimo valor», no les ofrecía Marx, sino libros de profesores burgueses de renombre universal (no tardaremos en verlos también a ellos en el banquillo de los acusados).

Krylenko está colérico, no da crédito a sus ojos: ¿Qué clase de personas se ha infiltrado en el tribunal? (No crean, también a nosotros nos desconcierta: ¿dónde están los obreros y campesinos que dan nombre a estos tribunales? ¿Cómo ha podido el heroico proletariado poner la destrucción de sus enemigos en manos de estas gentecillas?)

Y por último, el abogado Grin, que antes andaba por la sección de instrucción como Pedro por su casa y podía poner en libertad a quien quisiera, resultó ser: «un típico espécimen de esa variedad del género humano que Marx denomina sanguijuelas del sistema capitalista», especie de la que formaban parte los gendarmes, los sacerdotes y... los notarios (pág. 500), además de todos los abogados, como es natural.

Parece, pues, que Krylenko no escatimó esfuerzos y exigió una sentencia dura e implacable que no tuviera en consideración «los matices individuales de culpabilidad». Pero esta vez el tribunal, en otras ocasiones siempre alerta, se hallaba sumido en un indolente sopor y se pronunció apenas susurrando: seis meses de cárcel para los jueces de instrucción y una multa para el abogado. (Sólo recurriendo al VTsIK «con derecho ilimitado a condenar» pudo Krylenko conseguir, en el hotel Metropol, que a los jueces les endigaran diez años, y cinco al abogado-sanguijuela, más la total confiscación de sus bienes. Krylenko cobró fama por su celo y poco faltó para que lo nombraran Tribuno.)

Somos conscientes de que este desafortunado proceso no puede por menos de quebrantar la fe — de los lectores de ahora y de las masas revolucionarias de entonces — en la integridad del tribunal. Por eso con tanto mayor recelo pasamos a examinar el siguiente proceso, por cuanto afectó a una instancia todavía más elevada.

 

El caso Kósyrev (15 de febrero de 1919).

F.M. Kósyrev y sus buenos amigos Liebert, Rottenberg y Soloviov habían prestado sus servicios en la Comisión de Abastos del Frente Oriental (cuando se luchaba contra las tropas de la Asamblea Constituyente, antes de Kolchak). Más tarde, las pesquisas judiciales habían de revelar que se las habían ingeniado para hacerse con sumas de entre 70.000 y un millón de rublos, que se paseaban a lomos de los mejores caballos y que montaban juergas con las enfermeras. La Comisión adquirió una casa yun automóvil, y su intendente se daba festines en el restaurante Yar. (Nosotros no estamos acostumbrados a imaginarnos así el año 1918, pero esto es lo que atestigua el Tribunal Revolucionario.)

Sin embargo, no era éste el meollo de la causa. Es más, a ninguno de ellos se le acusaba por los hechos del Frente Oriental, que incluso les fueron perdonados. Apenas disuelta la Comisión de Abastos — ¡esto es lo prodigioso! —, los cuatro, junto con un tal Nazarenko — un antiguo vagabundo siberiano que había trabado amistad con Kósyrev en presidio, cuando ambos eran presos comunes —, fueron designados para constituir... ¡el Consejo de Inspección y Control de la VChK!

Vean ustedes lo que era este Consejo: ¡¡¡ una institución con plenos poderes para verificar la legalidad de las actividades de todos los demás órganos de la VChK, facultada también para reclamar y examinar cualquier sumario sin importar en qué fase de procedimiento se hallara y con derecho a suspender las resoluciones adoptadas por cualquier otro órgano de la VChK, con la única excepción del Presidium!!! (pág. 507). ¡Casi nada! ¡La segunda autoridad dentro de la Cheká en toda Rusia después del Presidium! ¡La segunda hilera de prohombres, justo detrás de Dzerzhinski-Uritski-Peters-Latsis-Menzhinski-Yagoda!

Y sin embargo, los compinches mantuvieron el tren de vida de antes: el éxito no se les había subido a la cabeza ni los había separado del resto de mortales. Entre sus amigotes había un tal Maksimych, un tal Lionka, alguien llamado Rafailski ycierto Mariupolski, todos ellos «sin relación alguna con las organizaciones comunistas». Se instalaron en apartamentos particulares y en el Hotel Savoy, en «ambientes de lujo [...] en que reinaban los naipes (la banca cubría apuestas de mil rublos), la bebida y las mujeres». Por su parte, Kósyrev adquiere un ostentoso mobiliario (70.000 rublos) y no vacila en escamotear de la VChK cucharas y tazas de plata (¿y ellos, de dónde las habían sacado?) e incluso vasos normales y corrientes. «He aquí en qué concentra su atención [...], he aquí con qué reemplaza la lucha ideológica, he aquí cómo busca medrar sirviéndose del movimiento revolucionario.» (Cuando le llega el turno de defenderse, este prominente chekista negará haber aceptado sobornos y, sin que le tiemble una sola pestaña, tendrá la desfachatez de soltar un embuste como que dispone de... ¡una herencia de 200.000 rublos en un banco de Chicago! Por lo visto cree que es perfectamente posible compaginar una situación personal así con la revolución mundial.)

¿Cual era la mejor forma de utilizar ese poder sobrehumano que le permitía arrestar o poner en libertad a su antojo? Evidentemente, había que ir sólo a por los peces que ponen huevas de oro, y en 1918 bastaba echar la red para llenar el capazo. (La Revolución se había hecho con demasiada premura y era mucho lo que se había pasado por alto. Las damas burguesas habían escondido a tiempo gran cantidad de piedras preciosas, collares, pulseras, sortijas y pendientes.) Y ya con el pez en la mano, no había más que ponerse en contacto con los parientes del detenido a través de un testaferro.

Y vean qué otros personajes encontramos en este proceso. Tenemos por ejemplo a Uspénskaya, una joven de veintidós años que acabó el bachillerato en San Petersburgo pero no logró acceder a los cursos superiores. Se proclamó entonces el régimen soviético y, en la primavera de 1918, Uspénskaya se presentó en la Vecheká para ofrecerse como delatora. Como tenía un físico adecuado, la aceptaron.

El concepto de delación (por aquel entonces seksotstvo: «colaboración secreta») merece el siguiente comentario de Krylenko: «en mi opinión, nosotros no vemos en ello nada vergonzoso, lo consideramos un deber; [...] dedicarse a esta actividad no debe avergonzar a nadie; desde el momento en que una persona reconoce que esta labor es indispensable a la causa de la Revolución, no debe sustraerse a ella» (pág. 512. La cursiva es mía. - A.S.).

¡Mas Uspénskaya no tenía credo político alguno, eso sí que es lamentable! Ella misma lo dice: «Acepté que me pagaran un determinado tanto por ciento» por cada caso descubierto y «partir los beneficios» con una persona que el Tribunal evita mencionar y cuyo nombre ordena se silencie. A lo que Krylenko añade: «Uspénskaya no figuraba en nómina, sino que cobraba a tanto la pieza» (pág. 507). Debemos mostrarnos humanos y comprender su situación, como nos explica el acusador: se había acostumbrado a gastar sin contar el dinero; ¿qué significaba para ella su mísero sueldo de quinientos rublos en el VSNJ si con un asuntillo (ayudar a un comerciante para que retiraran los precintos de su tienda) se ganaba 5000 rublos, y otro (con Meshcherskaya-Grews, esposa de un detenido) le reportaba 17.000? En todo caso, Uspénskaya no estuvo mucho tiempo de simple «colaboradora secreta», ya que con la ayuda de chekistas importantes en unos pocos meses ingresó en el partido y se convirtió en juez de instrucción.

Pero seguimos sin haber llegado aún al fondo de este asunto. A.P. Meshcherski, un gran industrial, había sido arrestado por negarse a hacer concesiones durante las negociaciones económicas con el gobierno soviético (representado por Y. Larin). Los chekistas empezaron a chantajear a su esposa, E.I. Meshcherskaya-Grews, a la que sospechaban poseedora de valiosas joyas y dinero. Se apersonaban en su casa y cada vez le pintaban la situación de su marido más próxima al fusilamiento, tras lo cual le exigían grandes sumas para rescatarlo. Presa de la desesperación, Mescherskaya-Grews cursó denuncia por chantaje (al abogado Yakúlov, el mismo que ya se había cargado por cohecho a tres jueces de instrucción y que por lo visto sentía un odio de clase por todo el sistema de justicia-injusticia proletaria).

A su vez, el presidente del tribunal mostró un comportamiento impropio, también en términos de clase: en lugar de advertir simplemente al camarada Dzerzhinski y arreglarlo todo en familia, dispuso que entregaran a Meshcherskaya dinero para el soborno, anotar la numeración de los billetes y poner una taquígrafa en la habitación, tras una cortina. Se presentó cierto Godeliuk, amigo íntimo de Kósyrev, para negociar el montante del rescate (¡les pedía 600.000 rublos!). Fueron taquigrafiadas todas las menciones que hizo Godeliuk de Kósyrev, de Soloviov y de otros comisarios, y también todos sus comentarios sobre funcionarios de la Vecheká y de cuántos miles era el bocado de cada uno. La taquígrafa recogió también la entrega a Godeliuk del anticipo establecido y cómo a cambio Meshcherskaya recibía unos pases de entrada en la Vecheká previamente firmados por Liebert y Rottenberg, de la Comisión de Control e Inspección (que es donde debían proseguir las negociaciones). Pero a la salida a Godeliuk le echaron el guante y, en su confusión, lo desembuchó todo. (Entre tanto, Mescherskaya ya se había presentado en la Comisión de Control e Inspección a exigir el expediente de su marido para revisión.)

¡Pero, permítanme! ¡Son revelaciones como éstas las que empañan el inmaculado manto de la Cheká!

¿Está en sus cabales ese presidente del Tribunal Revolucionario de Moscú? ¿No se estará metiendo donde no le llaman?

¡Se pasaba entonces por un momento especial, un punto de inflexión que ha quedado oculto a nuestras miradas bajo los pliegues de nuestra majestuosa Historia! Resulta que el primer año de actividad de la Cheká provocó algunas reacciones de rechazo hasta en el partido del proletariado, que todavía no se había acostumbrado a tales modos de obrar. No había pasado más que un año, el primer paso de un glorioso camino, y sin embargo, según manifestaba Krylenko de manera algo confusa, había surgido ya «un conflicto entre los tribunales y sus funciones, por una parte, y las funciones extra-judiciales de la Cheká..., una discusión que en aquella época dividía al partido y a los distritos obreros en dos bandos» (pág. 14). Por esto pudo darse un caso como el de Kósyrev (cuando hasta entonces había reinado la impunidad general), por eso tuvo resonancia a nivel del Estado.

¡La Vecheká está en peligro! ¡Hay que salvar a la Vecheká! Soloviov pide al tribunal que se le permita visitar a Godeliuk, encerrado en la prisión de Taganka (¡qué lástima que no estuviera en la Lubianka!) para mantener una conversación. El tribunal deniega el permiso. Entonces, Soloviov se introduce en la celda de Godeliuk sin permiso del tribunal. Y, vaya casualidad: Godeliuk cae gravemente enfermo. («Difícilmente puede admitirse que Soloviov albergara malas intenciones», observa con disciplina Krylenko.) Y al sentir de repente la proximidad de la muerte, a Godeliuk le invade un profundo arrepentimiento por haber osado calumniar a la Cheká, pide papel y se retracta: ahora resulta que todos sus comentarios sobre Kósyrev y otros comisarios de la Cheká son mentira, y también todo lo taquigrafiado tras la cortina, ¡todo mentira!

¡Oh, cuántos argumentos! ¡Oh, Shakespeare! ¿Dónde estás? Soloviov atravesando los muros, las celdas en débil penumbra, Godeliuk retractándose apenas ya con pulso... Y a nosotros, que siempre nos presentan en el teatro y en el cine los años de la Revolución al canto de La Varsoviana en las calles...

«¿Pero quién extendió los pases?», insiste Krylenko. Porque a Mescherskaya el pase no le habrá llovido del cielo, ¿verdad? Pero no, el acusador «no quiere afirmar que Soloviov tenga parte en este asunto porque... no hay suficientes pruebas», aunque supone en voz alta que «existen ciudadanos que siguen en libertad aunque tengan las manos manchadas», que pudieron haber enviado a Soloviov a la prisión de Taganka.

Era el momento propicio para interrogar a Liebert y a Rottenberg, que habían sido citados a declarar. ¡Pero no habían comparecido! Así de sencillo: no se presentaron, se habían quedado en casa. ¡Bueno, pues entonces, como mínimo había que interrogar a Mescherskaya! ¡Imagínense, también esa aristócrata apolillada tuvo la desvergüenza de no comparecer ante el Tribunal Revolucionario!

Cobrado el soborno, Mescherski fue puesto en libertad avalado por Yakúlov y huyó con su mujer a Finlandia. Así que cuando empezó el proceso contra Kósyrev, se resarcieron encerrando a Yakúlov bajo custodia, quizá por haber concedido ese aval, o quizá por ser un reptil chupasangres. Lo condujeron bajo escolta a testificar en el juicio y hay motivos para pensar que al poco lo fusilaron. (Y ahora nos admiramos: ¿Cómo pudo llegarse a tanta ilegalidad? ¿Por qué nadie se rebeló contra ella?)

Godeliuk se ha retractado y está moribundo. ¡Kósyrev no admite nada! ¡Soloviov no es culpable de nada! Y no hay a quién interrogar...

¡Vean, en cambio, qué testigos comparecen ante el tribunal por voluntad propia! El camarada Peters, vicepresidente de la Vecheká, y hasta Félix Edmúndovich en persona, muy consternado. Su alargado y apasionado rostro de asceta está dirigido a los petrificados miembros del tribunal. Y con verbo conmovedor da testimonio de la inocencia de Kósyrev y de sus altas cualidades morales, revolucionarias y profesionales. Por desgracia, no han llegado hasta nosotros sus declaraciones textuales, pero Krylenko dice al respecto: «Soloviov y Dzerzhinski han trazado una magnífica semblanza de las cualidades de Kósyrev» (pág. 552). (¡Ah, imprudente alférez! ¡Veinte años más tarde en la Lubianka te habrían de ajustar cuentas por este proceso!) Es fácil adivinar lo que pudo haber dicho Dzerzhinski: que Kósyrev era un férreo chekista, implacable con los enemigos; que era un buen camarada. Corazón ardiente, cabeza fría y manos limpias.

Y así de entre los escombros, de entre tanta difamación, surge ante nosotros un Kósyrev-caballero de bronce. ¡Pero si sólo fuera eso! Su biografía demuestra una vitalidad fuera de lo común.

Antes de la Revolución había sido juzgado varias veces, las más de ellas por asesinato: por haber entrado arteramente en casa de una anciana de Kostromá, apellidada Smirnova, con el propósito de robar y haberla estrangulado con sus propias manos; más tarde, por haber intentado dar muerte a su propio padre y por haber matado a un compañero con el propósito de utilizar su pasaporte. En los restantes casos, Kósyrev había sido juzgado por estafa, y en total había pasado muchos años en presidio (¡así se entiende su afición a la buena vida!), del que sólo salía gracias a las amnistías de los zares.

Llegado este punto, el acusador se ve interrumpido por las severas y justas voces de preclaros chekistas, quienes le indican que todas esas causas precedentes habían sido vistas portribunales de burgueses y hacendados y no podían ser tenidas en cuenta por nuestra nueva sociedad. ¡Pero, escucha! Completamente desbocado, nuestro alférez descarga desde el banco de la acusación una perorata tan viciada ideológicamente que apenas nos atrevemos a citarla, pues perturba la armonía con que siempre se han desarrollado los procesos ante nuestros tribunales:

«Si algo había en la antigua justicia zarista que fuera positivo y merezca nuestra confianza era únicamente el jurado... Siempre podía uno fiarse de la sentencia del jurado, pues con él, el número de errores judiciales se reducía al mínimo» (pág. 522).

Tanto más mortificante resultaba oír semejantes afirmaciones de labios del camarada Krylenko, cuanto que hacía tres meses, durante el proceso contra el provocador Román Malinovski — antiguo favorito de Lenin, miembro del Comité Central designado a dedo y enviado a ocupar un escaño en la Duma, todo ello a pesar de haber sido condenado cuatro veces por delitos comunes —, la propia Autoridad Acusadora había adoptado una posición de clase irreprochable: «A nuestros ojos, todo delito es producto del sistema social existente, y en este sentido, toda sentencia por delitos comunes dictada con arreglo a las leyes de la sociedad capitalista y del régimen zarista, no constituye para nosotros un hecho que deje para siempre una mancha indeleble... Conocemos muchos ejemplos de hombres que se encuentran en nuestras filias y en cuyo pasado existen hechos semejantes, pero jamás hemos creído por ello que fuera necesario rechazarlos. Una persona conocedora de nuestros principios no debe temer que la existencia de antecedentes penales pueda apartarlo de las filas revolucionarias...» (pág. 337. La cursiva es mía. - A.S.).

¡Ya ven con qué elocuencia sabía plasmar el camarada Krylenko el espíritu comunista! Pero ahora acababa de mancillar la imagen caballeresca de Kósyrev con unos razonamientos viciados. Tan tensa era la situación en la sala, que el camarada Dzerzhinski se vio obligado a decir: «Por un segundo (¡vaya, sólo por un segundo! - A.S.) ha pasado por mi mente la idea de que acaso el camarada Kósyrev esté siendo víctima de las pasiones políticas que se han desatado últimamente alrededor de la Cheká».

Krylenko cae en la cuenta del desliz cometido: «No es ni ha sido mi intención convertir este proceso contra Kósyrev y Uspénskaya en un proceso contra la Cheká. ¡No sólo no puedo quererlo, sino que debo oponerme a ello con todas mis fuerzas! [...] Al frente de la Cheká han sido puestos los camaradas más responsables, honestos y firmes. Ellos han aceptado el duro deber de acabar con el enemigo, aun a riesgo de cometer errores [...]. Por ello, la Revolución está obligada a darles las gracias [...]. Recalco este aspecto para que más adelante [...] nadie pueda decir de mí: "¡Fue el instrumento de una traición política!"» (pág. 509-510. La cursiva es mía. - A S.). (¡Y eso fue, ni más ni menos, lo que dijeron!)

¡El Acusador Supremo estaba haciendo equilibrios sobre el filo de la navaja! Pero por lo visto aún le quedaban contactos de la época de la clandestinidad (no olvidemos que había sido de los próximos de Lenin) y por ellos podía saber de qué lado soplaría el viento al día siguiente. Es algo que se nota en bastantes procesos, y también en éste. A principios de 1919 se alzaban algunas voces diciendo que ¡ya basta, que había que poner freno a la Vecheká! Esta tendencia fue «expresada magníficamente en un artículo de Bujarin, diciendo que la legitimidad de la Revolución debía dejar paso a la legalidad revolucionaria».

¡Con la dialéctica hemos topado! Y encima a Krylenko se le escapan estas palabras: «El Tribunal Revolucionario está llamado a relevar a la Cheká» ( ¿ Relevar ? ) . Por lo demás, este tribunal «debe ser [...] no menos terrible en la aplicación de nuestro sistema de coacción, terror y amenaza de lo que ha sido la Cheká» (pág. 511).

¿Ha sido? ¿O sea que ya la da por muerta y enterrada? Un momento, vamos a ver: vosotros queréis tomar el relevo, pero ¿qué pasa entonces con los chekistas? ¡Malos tiempos! Se comprende que los propios jefes se apresuren a testificar, que se presenten en la sala con su capote militar que les llega hasta los pies.

¿No será que se equivocan sus fuentes de información, camarada Krylenko?

De hecho, aquellos días el cielo de la Lubianka estaba cubierto de nubarrones. Y este libro podría haber seguido otro derrotero. Pero, supongo yo, el férreo Félix debió de visitar a Vladímir Ilich para darle explicaciones y poner las cosas en claro. Y las nubes se desvanecieron, aunque dos días después, el 17 de febrero de 1919, una disposición especial del VTsIK privaba a la Cheká de sus derechos judiciales (es decir, ¿que preservaba los extrajudiciales?), «aunque, ciertamente, no por mucho tiempo» (pag 14).

Surge ahora una nueva complicación en esta única jornada de debate judicial: el comportamiento indecoroso de la abyecta Uspénskaya. Desde el banquillo de los acusados se dedicó a «salpicar de lodo» a otros destacados chekistas no implicados en el proceso, ¡hasta al propio camarada Peters! (Por lo visto, aquella mujer había utilizado ese inmaculado nombre en sus operaciones de chantaje; hasta ese momento había gozado de total libertad para presenciar en el despacho de Peters sus conversaciones con otros confidentes.) La mujer hace unas alusiones al oscuro pasado prerrevolucionario del camarada Peters en Riga. ¡En qué víbora se había convertido en tan sólo ocho meses! ¡Y eso que todo ese tiempo lo había pasado rodeada únicamente de chekistas! ¿Qué hay que hacer con una persona así? Krylenko se muestra del todo de acuerdo con los chekistas: «mientras el régimen no se haya afianzado —y para ello falta aún mucho tiempo (¡no me digas!)— [...], con miras a defender la Revolución... no hay ni puede haber para la ciudadana Uspénskaya otro castigo que su aniquilación». ¡No ha dicho «fusilamiento», sino «aniquilación»! ¡Pero si es una criatura, camarada Krylenko! Ande, échele diez años, un cuarto de siglo si quiere, ¿no cree que para entonces el régimen ya se habrá afianzado? Es una lástima, sí, pero: «en interés de la sociedad y de la Revolución la respuesta no es ni puede ser otra y tampoco puede plantearse la cuestión de otra manera. Ante un caso así, ninguna medida de aislamiento surtiría efectos» (pág. 515).

Y es que Uspénskaya se había pasado de la raya... Debía de saber demasiado...

Hubo que sacrificar también a Kósyrev. Lo fusilaron. Todo con tal de que los demás quedaran incólumes.

¿Podremos leer algún día los antiguos archivos de la Lubianka? No, los quemarán. Los han quemado ya.

Como habrá visto el lector, éste fue un proceso de poca monta que bien podríamos no haber relatado. Pero a ver qué les parece éste:

 

El proceso contra «el clero» (11-16 de enero de 1920)

Este proceso ocupará, en palabras de Krylenko, «el lugar que le corresponde en los anales de la Revolución rusa». ¡Nada menos que en los anales! O sea que no es casualidad que lo de Kósyrev lo despacharan en un solo día y que en cambio a éstos los tuvieran cinco días en salmuera.

He aquí los principales acusados: A.D. Samarin, hombre muy conocido en Rusia, procurador general del Santo Sínodo, celoso defensor de la independencia de la Iglesia frente al régimen zarista, enemigo de Rasputin, quien hizo que lo depusieran de su cargo (pero el acusador pensaba: Rasputin o Samarin, ¿qué más da?); Kuznetsov, profesor de derecho Canónico de la Universidad de Moscú; y, finalmente, dos arciprestes de Moscú: Uspenski y Tsvetkov. (De Tsvetkov diría ese mismo acusador: «es una importante personalidad pública, quizá la mejor que haya podido dar el clero; un filántropo».)

Su delito: haber constituido un «Consejo Parroquial de Moscú», que a su vez había creado (con feligreses voluntarios de cuarenta a ochenta años) una escolta para el Patriarca — naturalmente, desarmada — cuya misión era hacer guardia día y noche ante su residencia, de manera que la comunidad, en caso de que el Patriarca se viera amenazado por las autoridades, pudiera ser alertada tocando a rebato y por teléfono. Tras ello, tenían previsto ir en grupo detrás del Patriarca a donde lo llevaran, y suplicar al Sovnarkom (¡por ahí asoma la cabeza la contrarrevolución!) que lo dejaran en libertad.

¡Qué idea tan propia de la antigua Rusia, de la santa Rusia. ¡Tañer campanas e ir en multitud a presentar una súplica!

El acusador no salía de su asombro: ¿Qué amenaza podía pender sobre el Patriarca? ¿Qué necesidad había de protegerlo?

En realidad, ninguna; únicamente que la Cheká practica desde hace dos años la represión extrajudicial contra quienes le resultan incómodos; únicamente, que hace poco cuatro soldados del Ejército Rojo han asesinado en Kiev al metropolita; únicamente, que «el expediente del Patriarca ya está terminado y sólo falta remitirlo al Tribunal Revolucionario» y «sólo el trato cuidadoso que requieren las amplias masas de obreros y campesinos, aún influidas por la propaganda clerical, hace que de momento dejemos en paz a estos enemigos de clase» (pág. 67). ¿Qué inquietud podían sentir los ortodoxos por su Patriarca? Durante esos dos años, el Patriarca Tijon no se había mantenido callado: había cursado epístolas a los Comisarios del Pueblo, al clero y a los fieles. Y como las imprentas las rechazaban, tenían que escribirlas a máquina (¡he aquí el primer caso de samizdat! ). Y si dichas cartas pastorales denunciaban el exterminio de inocentes y la ruina del país, ¿qué alarma podían sentir ahora los creyentes por la vida de su Patriarca?

Veamos el segundo delito de los acusados. Por todo el país se estaba procediendo al registro e incautación de los bienes de la Iglesia (tras el cierre de monasterios y la confiscación de tierras, ahora iban a por las patenas, cálices y candelabros). El Consejo Parroquial difundió una proclama a los fieles: debían oponerse a las requisas tocando a rebato. (¡Era la reacción más natural! ¿No fueron defendidos de este modo nuestros templos cuando los tártaros?)

Y la tercera falta: la incesante presentación de denuncias impertinentes al Sovnarkom de las vejaciones infligidas a la Iglesia por parte de los funcionarios de cada lugar, de los groseros sacrilegios y ultrajes a la ley de libertad de conciencia. Aunque no se les diera curso, estas denuncias (según afirma Bonch-Bruyévich, secretario general del SNK) hacían que los funcionarios quedaran desacreditados ante los parroquianos.

Una vez examinadas todas las acusaciones, ¿qué condena cabría pedir para tan abominables crímenes? ¿Qué le susurra al lector su conciencia revolucionaria? Exacto: ¡sólo la pena de muerte! Y ésta fue precisamente la petición de Krylenko (para Samarin y Kuznetsov).

Y en plena lucha a brazo partido por respetar la maldita legalidad, mientras soportaban aquellos discursos, demasiado extensos, de unos abogados burgueses demasiado numerosos (discursos que no han llegado a nosotros por razones de orden técnico), se supo que... ¡se había abolido la pena de muerte! ¡Chúpate ésa! No puede ser, ¿cómo es posible? Resulta que Dzerzhinski lo había dispuesto así en la Vecheká (¿La Cheká sin fusilamientos?) ¿Y alcanza la abolición a los tribunales dependientes del Consejo de Comisarios del Pueblo? Todavía no. Krylenko cobró nuevos ánimos y continuó exigiendo el fusilamiento, basándose en lo siguiente:

«Incluso aunque admitiéramos que se ha afianzado la situación de la república y que ya no la amenaza peligro directo alguno que pudiera proceder de estas personas, me parece indudable que en este periodo de edificación [...] la purga [...] de estos viejos camaleones [...] es una exigencia dictada por la necesidad revolucionaria». «La disposición de la Cheká sobre la abolición de los fusilamientos... es algo que enorgullece al régimen soviético.» Pero esto «no nos obliga a suponer que la cuestión haya quedado zanjada de una vez por todas [...] ni que vaya a ser extensiva a cualquier otra época del régimen soviético distinta a la actual» (págs. 80-81).

¡Muy profético! ¡Volverían los fusilamientos, claro que volverían, y además muy pronto! ¡Con la de gente que aún habría que liquidar! Toda una hilera (entre ellos el propio Krylenko y muchos de sus hermanos de clase...)

Pues bien, el tribunal tuvo en consideración estas observaciones y condenó a Samarin y a Kuznetsov a ser fusilados, aunque de forma que pudieran acogerse a la amnistía: ¡los mandaron a un campo de concentración hasta la victoria total sobre el imperialismo mundial! (O sea, que aún deben seguir allí...), y para «el mejor hombre que el clero había sido capaz de dar», quince años conmutados a cinco.

Para que la acusación contara con algo más sólido, se había implicado en el caso a otros acusados: unos frailes y unos profesores de Zvenígorod relacionados con el «caso Zvenígorod» del verano de 1918, que por alguna razón llevaban año y medio a la espera de juicio (aunque quizá ya estuvieran condenados y si los juzgaban ahora por segunda vez, era porque convenía al caso). Aquel verano, unos agentes de los soviets se presentaron ante el abad Jonás (96) en el monasterio de dicha población y le exigieron (¡muévase! ¡deprisa!) que les entregara las reliquias del venerable Sawa. Los agentes no sólo estaban fumando en el templo (y evidentemente ante el altar) además, como es natural, de no haberse quitado la gorra, sino que encima, el que tenía en sus manos el cráneo del venerable Sawa escupió en su interior para demostrar así que su santidad era imaginaria. No fue éste el único sacrilegio.

Todo ello dio lugar a que las campanas tocaran a rebato, tras lo cual en el pueblo se organizó una revuelta que terminó con la muerte de uno de los agentes. Los restantes se obstinaron después en negar que hubieran cometido sacrilegios ni escupido en la calavera y Krylenko se contentó con sus declaraciones.

¿Quién no recuerda tales escenas? La primera impresión de toda mi vida — tendría yo tres o cuatro años — fue en la iglesia de Kislovodsk, cuando entraron los capirotes (chekistas con gorras de punta a lo Budionni), se abrieron paso entre la multitud orante, muda de estupefacción, y fueron derechos hacia el altar a interrumpir el servicio divino, sin quitarse la capucha.

Así pues, los llevaron ante el tribunal ¿A los agentes? No hombre, no... a los frailes.

Rogamos al lector que siempre tenga presente que ya a partir de 1918 se implantó en nuestro país una nueva práctica judicial: entender cada proceso celebrado en Moscú (excepto, como es natural, el injusto proceso contra la Cheká) no como el examen de un caso particular surgido de unas circunstancias fortuitas, sino como una señal de la política judicial; un modelo puesto en el escaparate igual al que desde el almacén se servirá a provincias; un patrón, una solución que se presenta como muestra a los alumnos antes de plantearles una serie de problemas de aritmética, y por la cual deberán resolver por sí mismos el resto.

Así, aunque hablemos de un «proceso contra el clero», debemos entender que los hubo a manos llenas. Por si hubiera dudas, el propio Acusador Supremo nos lo explica de buen grado: «En casi todos los tribunales de la república se desencadenaron» procesos similares (pág. 61). Hace muy poco los hubo en los tribunales de Severodvinsk, Tver, Riazán, y también en Sarátov, Kazan, Ufa, Solvychegodsk y Tsarevokokshaisk. Llevaron a juicio a los clérigos, a los sacristanes y a los feligreses más activos de esa desagradecida «Iglesia ortodoxa liberada por la Revolución de Octubre».

El lector creerá haber visto aquí una contradicción: ¿entonces por qué muchos de estos procesos fueron anteriores al juicio de Moscú que iba a servir como pauta? No es más que un defecto de nuestra exposición. La persecución judicial y extrajudicial de la «Iglesia liberada por el socialismo» había empezado ya en 1918, y a juzgar por el asunto de Zvenígorod había alcanzado ya cierta dureza. En octubre de 1918, el Patriarca Tijon envía una epístola al Consejo de Comisarios del Pueblo denunciando la falta de libertad de apostolado y que «muchos valerosos predicadores de la Iglesia ya han pagado el sangriento tributo del martirio [...]. Habéis puesto las manos sobre los bienes de la Iglesia, reunidos por generaciones de creyentes, no habéis vacilado en violar su postrera voluntad». (Los comisarios del pueblo, como es natural, no leían la epístola, pero sus jefes de negociado debieron partirse de risa: ¡Fíjate qué cosas tienen: la postrera voluntad! ¡A la m... nuestros antepasados! Nosotros sólo trabajamos para las generaciones venideras.) «Se ajusticia a obispos, a sacerdotes, a frailes y a monjas que no han hecho ningún mal, acusándolos sin fundamento de no se sabe qué espíritu contrarrevolucionario vago e indeterminado.»

Es cierto que ante el avance de Deníkin y Kolchak contuvieron la persecución para hacer más fácil a los ortodoxos la defensa de la Revolución. Pero así que la guerra civil empezó a decaer, la emprendieron de nuevo con la Iglesia, y como se ve, la persecución se desencadenó en los tribunales. Y en 1920 asestaron un golpe contra el monasterio de la Trinidad y se llevaron las reliquias del patriotero San Sergio de Radonezh a un museo de Moscú.

El Patriarca cita a Kliuchevski: «Sólo cuando hayamos dilapidado por completo el patrimonio espiritual y moral que nos legaron los grandes edificadores de la tierra rusa, como el venerable Sergio, sólo entonces se cerrarán las puertas de su monasterio, sólo entonces se extinguirán las candelas sobre su sepulcro». No imaginaba Kliuchevski que por bien poco no iba a ser testigo en vida de esta pérdida.

El Patriarca pidió audiencia al Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo para persuadirle de que se respetasen el monasterio y las reliquias, dado que la Iglesia estaba separada del Estado. Se le respondió que el Presidente — el camarada Lenin — estaba ocupado con asuntos muy importantes y que no podría recibir al Patriarca en los próximos días. Ni tampoco más adelante.

El Comisariado de Justicia distribuyó una circular (25 de agosto de 1920) relativa a la destrucción de todo género de reliquias sagradas, pues eran ellas, precisamente, las que obstaculizaban nuestro radiante avance hacia una nueva sociedad más justa.

Continuamos con los casos elegidos por Krylenko y examinaremos también una causa vista por el Tríbsup (entre ellos, emplean siempre estas abreviaturas afectuosas, mientras a nosotros, los gusanos, nos gritan: ¡En pie! ¡Se abre la sesión!).

 

El proceso contra el «Centro Táctico» (16-20 de agosto de 1920):

Veintiocho acusados, más unos cuantos prófugos contra los que se procede en rebeldía.

Al principio de su enardecido discurso, cuando todavía no tiene la voz ronca, el Acusador Supremo, iluminado por el análisis de clase, nos comunica que además de hacendados y capitalistas «existe y continúa existiendo una capa social cuya existencia como tal es, desde antiguo, objeto de reflexión por parte de los representantes del socialismo revolucionario. [...] Se trata de lo que se ha dado en llamar intelectualidad [...]. Durante este proceso las actividades de la intelectualidad rusa van a ser sometidas al juicio de la Historia» y de la Revolución (pág. 34).

Los límites que la especialización impone a nuestro estudio no nos permiten examinar con detalle cómo reflexionaban los representantes del socialismo revolucionario sobre el destino de lo que se ha dado en llamar intelectualidad, ni tampoco cuáles fueron sus conclusiones. Sin embargo, nos sirve de consuelo saber que estos documentos han sido publicados, que están al alcance de todo el mundo y pueden ser consultados tan en profundidad como se desee. Por esto, para comprender mejor la situación general de la república, nos limitaremos a mencionar la opinión de quien fuera presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo en esos años de tribunales revolucionarios.

El 15 de septiembre de 1919, en una carta a Gorki (que ya hemos citado), Vladímir Ilich respondía a las gestiones de éste en favor de los intelectuales detenidos. A propósito de la masa fundamental de la intelectualidad rusa de entonces (los denominados «simpatizantes de los kadetés») escribía: «en realidad, no son el cerebro de la nación, sino la mierda». (97) En otra ocasión, le dijo a Gorki: «será culpa suya (de los intelectuales) si rompemos demasiados cántaros... Si buscan la justicia, ¿por qué no acuden a nosotros? De los intelectuales sólo me han llegado balas» (98) (es decir, de Fanny Kaplan).

Lenin califica a los intelectuales de «liberales podridos» y «santurrones»; habla de «un desorden, muy habitual entre las personas "instruidas"». Considera que la intelectualidad nunca llega hasta el fondo en sus razonamientos y que ha «traicionado la causa obrera». (Como si alguna vez los intelectuales hubieran jurado defender la causa de la clase obrera...)

Esta burla y desprecio de la intelectualidad fueron firmemente asumidos por los periódicos de los años veinte e impregnaron la vida cotidiana hasta acabar empapando a los propios intelectuales, que maldecían su eterna incapacidad de llegar al fondo de las cosas, su eterno nadar y guardar la ropa, su eterna falta de un órgano vertebrador, así como su irreparable retraso respecto al siglo.

¡Y con toda la razón del mundo! De nuevo retumba bajo las bóvedas del Tribsup la voz de la Autoridad Acusadora que nos aplasta contra los bancos:

«Durante los últimos años, esta capa social [...] ha experimentado una revisión general de valores.» Eso de «revisión de valores» era algo que se decía con mucha frecuencia por aquel entonces.

Veamos, pues, si lograron superar la prueba: «La intelectualidad rusa entró en la fragua de la Revolución enarbolando el estandarte del poder popular, pero salió como aliada de generales negros (¡si al menos fueran los blancos!), como mercenario (¡!) y agente sumiso del imperialismo europeo. La intelectualidad ha pisoteado y arrojado al fango sus propias banderas» (Krylenko, pág. 54).

Y si «no hay necesidad de rematar individualmente a sus representantes» es sólo porque «este grupo social ha agotado sus días».

¡En los comienzos del siglo XX! ¡Qué fuerza profética! ¡Oh, científicos revolucionarios! (Pero de todos modos, hubo que rematarlos. En los años veinte no se dedicaron a otra cosa.)

Contemplamos con repugnancia a los veintiocho aliados de los generales negros, a esos mercenarios del imperialismo europeo. Lo que nos saca particularmente de quicio es la existencia de un Centro, un Centro Táctico, para ser exactos, un Centro Nacional, un Centro de la Derecha (y nuestra memoria, que recuerda dos décadas de procesos nos evoca centros y más centros: de ingenieros, de mencheviques, trotskistas-zinovievistas, derechistas-bujarinistas, todos liquidados, todos, y sólo gracias a ello ustedes y yo seguimos con vida). Y donde hay un Centro, se esconde, naturalmente, la mano del imperialismo.

Ciertamente, nos alivia un poco el corazón oír más adelante que el Centro Táctico ahora en el banquillo no era una organización, ya que carecía de: 1) estatutos; 2) programa; 3) cuotas. ¿Qué había entonces? Pues sólo esto: ¡que se reunían ! (siente uno escalofríos). Y que en esas reuniones ¡ intercambiaban puntos de vista ! (se nos hiela la sangre en las venas).

Estas graves acusaciones se fundamentan en pruebas: exactamente dos (2) para los veintiocho procesados (pág. 38). Se trata de dos cartas de activistas ausentes (estaban en el extranjero): Miakotin y Fiódorov. Bueno, están ausentes ahora, pero antes de Octubre habían formado parte de los mismos comités que los comparecientes, y eso ya da derecho a identificarlos con los presentes. Las cartas tratan de lo siguiente: las divergencias con Deníkin sobre cuestiones tan insignificantes como la agraria (aunque no nos dan detalles, es evidente que aconsejan a Deníkin que entregue la tierra a los campesinos), la cuestión judía, la cuestión nacional y federal, la administración del Estado (instaurar una democracia y no una dictadura), y varias más. ¿Y qué conclusión es la que sacan de las pruebas? Muy sencillo: queda demostrada la existencia de una correspondencia epistolar, así como ¡la unanimidad de puntos de vista entre los presentes y Deníkin! (Brrr... ¡guau! ¡guau!)

Hay además cargos que recaen directamente sobre los presentes: ¡intercambio de información con amistades que viven en regiones periféricas del Estado no sometidas al régimen soviético! (en Kiev, por ejemplo). Antes había sido parte de Rusia, aunque luego — en aras de la revolución mundial, naturalmente — habíamos cedido este flanco a Alemania. Pero es de suponer que no por ello va a dejar de enviarse cartas la gente: ¿Cómo va eso, Iván Iványch, qué tal anda usted? Pues nosotros, ya ve... Y en el banquillo de los acusados N.M. Kishkin (miembro del Comité Central de los kadetés) aún tiene la cara dura de justificarse: «el hombre no quiere ser ciego y procura enterarse de todo lo que ocurre en todas partes».

¿Enterarse de todo lo que ocurre en todas partes? ¿No querer estar ciego? ¡Con razón califica el acusador sus actividades de traición! ¡Traición al régimen soviético!

Ahora vienen sus peores delitos: en lo más encarnizado de la guerra civil... redactaban obras, notas y proyectos. Sí, esos «expertos en derecho constitucional, en ciencias financieras, en relaciones económicas, en jurisprudencia y en instrucción pública», ¡redactaban obras! (Y como es fácil adivinar, sin apoyarse en absoluto en los trabajos precedentes de Lenin, Trotski o Bujarin...) El profesor S.A. Kotliarevski escribe sobre la organización federal de Rusia; V.I. Stempkovski, sobre la cuestión agraria (y probablemente, sin hablar de colectivización...); V.S. Muralevich, sobre la instrucción pública en la Rusia del futuro; el profesor Kartashov, acerca de un proyecto de ley sobre la libertad de culto, y el (gran) biólogo N.K. Koltsov (a quien la patria no ofreció más que persecuciones y finalmente el patíbulo) había puesto su Instituto a disposición de esos burgueses sabelotodo para que se reunieran. (Allí fue a parar también N.D. Kondratiev, con quien acabarían definitivamente en 1931 por el asunto del TKP.)

Nuestro corazón acusador bate cada vez más fuerte, impaciente por oír la sentencia. ¿Qué castigo hay que imponer a estos esbirros de los generales? ¡ El paredón ! ¿Qué otra cosa si no? La voz que oímos ya no es la del acusador, sino ¡la sentencia del tribunal! (Desgraciadamente, después vino la rebaja: campo de concentración hasta el final de la guerra civil.)

Eran culpables de no haberse quedado quietos en su rincón chupando su cuarto de kilo de pan. No. Tuvieron que «reunirse y concertar qué régimen debía implantarse tras la caída del poder soviético».

En el lenguaje científico moderno esto se denomina estudiar posibilidades alternativas.

Truena la voz del acusador, pero advertimos en ella cierta vacilación, como si sus ojos buscaran algo por la mesa: ¿algún otro papel? ¿alguna cita? ¡Un momento! Hay que dársela al instante. ¿Es ésta, Nikolai Vasílych? Tome: «Para nosotros... la noción de tortura reside ya en el mero hecho de tener presos políticos en la cárcel...».

¡Eso es! ¡Tener presos políticos en la cárcel se considera tortura! ¡Y lo dice el acusador! ¡Qué amplitud de miras! ¡Emerge una nueva justicia! Sigamos:

«...la lucha contra el gobierno zarista fue una segunda naturaleza para ellos [los políticos]; no podían dejar de combatir el zarismo» (pág. 17).

Lo mismo que los que ahora comparecen no podían dejar de estudiar posibilidades alternativas. A fin de cuentas, pensar es seguramente la primera naturaleza del intelectual, ¿o no?

¡Ay, qué torpes somos! ¿Pues no le hemos alargado una cita de otro proceso? ¡Menuda plancha! Pero Nikolai Vasílievich vuelve a trinar:

«Y aun cuando los acusados no hubieran movido ni un dedo aquí en Moscú (daba la impresión de que así había sido...), da lo mismo: [...] en momentos como éste, hasta las conversaciones alrededor de una taza de té sobre qué régimen debe sustituir al soviético, dando por supuesto que éste va a derrumbarse, constituyen un acto contrarrevolucionario [...]. Durante la guerra civil no sólo es delictivo cualquier acto [contra el régimen soviético]. Es delictiva la inactividad en sí. (pág. 39)».

Ahora ya está todo claro. Se les condenaba a muerte por inacción. Por una taza de té.

Por ejemplo, los intelectuales de Petrogrado decidieron, en caso de que Yudénich entrara en la ciudad, «esforzarse ante todo por convocar una Duma municipal democrática» (es decir, para hacer frente a la dictadura del general).

Krylenko: Pues yo les gritaría: «¡Vuestra primera obligación era pensar cómo ofrendar vuestra vida para que la ciudad no cayera en manos de Yudénich!».

Pero ellos no la ofrendaron.

(Ni tampoco Nikolai Vasílievich.)

Había también personas acusadas porque estaban al corriente pero guardaron silencio (hablando en claro: «por saberlo y no decirlo»).

Y luego estaban los que no se habían limitado a permanecer inactivos, sino que habían tomado parte activa y criminal: algunos acusados, por mediación de L.N. Jruschova — miembro de la Cruz Roja Política y también en el banquillo — habían ayudado a los presos de Butyrki con dinero (podemos imaginarnos todo ese capital corriendo a mares en la cantina de la cárcel) y prendas de vestir (y encima, seguramente de lana).

¡Sus crímenes sobrepasaban toda medida! ¡Tampoco tendría freno el castigo proletario!

Los rostros de veintiocho hombres y mujeres de antes de la revolución pasan ante nosotros como filmados por una cámara que cae al vacío: la cinta arremolinada desentraña una secuencia indescifrable. ¡No podemos distinguir qué expresión hay en sus rostros! ¿Se trata de miedo?, ¿desdén?, ¿orgullo?

¡Porque sus respuestas no constan en acta! ¡Ni tampoco sus últimas palabras! Por motivos de orden técnico... Mas el acusador subsana esta carencia cantándonos de nuevo: «Hemos presenciado una total autoflagelación, el total arrepentimiento por los errores cometidos. Hemos visto una intelectualidad, políticamente enclenque, de una naturaleza intermedia... (¡ya estamos otra vez con eso de la naturaleza intermedia!)... que corrabora plenamente la apreciación marxista de la intelectualidad que siempre han sostenido los bolcheviques» (pág. 8).

¿Y quién es esa joven que aparece de manera fugaz?

Es una de las hijas de Tolstói, Alexandra Lvovna. Krylenko le preguntó: ¿Qué hacía usted en esas reuniones? Respondió la joven: «Preparaba el samovar». ¡Tres años de campo de concentración! Gracias a la revista En tierra extraña, publicada en Occidente, podemos establecer lo que realmente pasó.

En el verano de 1917, bajo el Gobierno provisional, surgió una Unión de Activistas Sociales cuyo objetivo era lograr que la guerra siguiera hasta alcanzar un fin victorioso, y oponerse a las corrientes socialistas, especialmente a los eseristas. Después del golpe de Estado de Octubre, muchos de sus miembros destacados abandonaron el país, pero otros se quedaron. Ya no era posible convocar más asambleas ni mantener una actividad organizada, pero toda vez que los intelectuales estaban habituados a pensar, valorar los acontecimientos e intercambiar ideas, les resultaba difícil renunciar a ello de la noche a la mañana. Su proximidad con el mundo académico les permitía hacer pasar sus reuniones por coloquios científicos. Por aquel entonces había mucho sobre qué opinar: la paz de Brest-Litovsk, renunciar a la guerra a costa de enormes territorios, las nuevas relaciones tanto con antiguos aliados como con antiguos enemigos... Y mientras tanto, en Europa la guerra continuaba.

Algunos, en nombre de la libertad y la democracia, y también por el respeto al compromiso contraído como aliados, consideraban que era preciso continuar ayudando a los aliados, que la paz de Brest-Litovsk la habían concertado unas personas a las que el país no había otorgado poderes. Otros acariciaban la esperanza de que el régimen soviético rompiera con los alemanes cuando el Ejército Rojo se hubiera consolidado. Unos terceros confiaban, por el contrario, en los alemanes, y pensaban que éstos, convertidos por un tratado en dueños de media Rusia, eliminarían a los bolcheviques. (Por su parte, los alemanes consideraban — y con razón — que colaborar con los kadetés era hacerle el juego a los ingleses, y que el único gobierno que no reanudaría la guerra contra Alemania era el de los bolcheviques.)

Estas divergencias hicieron que de la Unión de Activistas Sociales se escindiera en el verano de 1918 un Centro Nacional. Éste era en esencia un simple círculo de opinión ferozmente aliadófilo, compuesto por kadetés, que temían más que al fuego reconstituirse en partido político y desafiar la tajante prohibición bolchevique. Este círculo no tuvo otra actividad que unas asambleas encubiertas en el instituto del profesor Koltsov. De vez en cuando enviaban a alguno de sus miembros a Kubán para recoger información, pero al llegar ahí se desvanecían y parecían olvidarse de sus compañeros de Moscú. (Hay que decir también que los aliados no mostraron más que un débil interés por el Ejército Voluntario.) Pero en lo que más concentró sus esfuerzos el Centro Nacional fue en la pacífica elaboración de proyectos de ley para la futura Rusia.

Al mismo tiempo que se fundaba el Centro Nacional, se había fundado, más a la izquierda, la Unión del Renacimiento (formada básicamente por eseristas, reacios a unirse a los kadetés: volvían a surgir las tendencias e ideas propias de los partidos políticos), que se proponía luchar tanto contra los alemanes como contra los bolcheviques. Pero como les parecía imposible organizar esta lucha en territorio bolchevique, se limitaron a enviar emisarios al sur. Sin embargo, cuando llegaban a los distritos dominados por el Ejército Voluntario, eran rechazados por el espíritu reaccionario de dichas tropas.

En la primavera de 1919 las tres organizaciones — la Unión de Activistas Sociales (reducida ahora a Consejo), el Centro Nacional y la Unión del Renacimiento —, sofocadas por el aire enrarecido del comunismo de guerra, decidieron mantener una coordinación sistemática, y para ello designaron a dos hombres cada una. El sexteto se reunió algunas veces en el curso de 1919 y posteriormente quedó paralizado hasta dejar de existir. Las detenciones de estos hombres no empezaron hasta 1920, y fue entonces, durante la instrucción del sumario, cuando el sexteto recibió el pomposo nombre de «Centro Táctico».

Las detenciones se debieron a la denuncia de un anodino miembro del «Centro Nacional», N.N. Vinogradski, que más tarde continuó desempeñando una fructífera labor como «clueca» en la celda de la Sección Especial. Por ella pasaron muchos de sus compañeros, los cuales, con la ingenuidad propia de aquellos años dignos de un Krylov, contaban abiertamente entre sus cuatro paredes lo que pretendían ocultar a los jueces de instrucción.

El conocido historiador ruso S.P. Melgunov, que se encontraba entre los detenidos y era uno de los más importantes (como integrante del sexteto), escribió, ya desde el exilio y muy a su pesar, sus memorias sobre el proceso, notas que quizá nunca hubiera escrito de no haberse publicado el libro de Krylenko con ese impetuoso discurso acusador. (99) Airado consigo mismo y con sus compañeros de banquillo, Melgunov nos describe el conocido cuadro de la instrucción judicial soviética: la acusación no disponía de ninguna prueba, «en el sumario no figuraba ningún documento. Todos los argumentos de la acusación salieron de las declaraciones de los propios acusados... Durante la instrucción previa, ninguno de los futuros acusados mantuvo la táctica del silencio... Me parecía que si me negaba a hablar por principio estaba comprometiendo sin necesidad mi propia suerte y quizá la de los demás... Cuando se está ante la posibilidad del paredón no siempre se piensa en la Historia».

El Libro Rojo de la Vecheká (tomo II, Moscú. 1922) cita textualmente muchas declaraciones de los acusados, y éstas, ay, son deplorables.

Sin ánimo de mostrarse irónico, Melgunov reprocha al juez de instrucción Yákov Agránov (el que los hizo pasar a todos por el aro) el engaño que usó con él y con los demás acusados, su hábil forma de tomarle el pelo, que él considera «el más bajo ultraje que podía haberme hecho», algo peor, según dice, que cualquier presión física. Y Melgunov, un historiador que más tarde analizaría con tanta perspicacia numerosas figuras de la Revolución, se dejó echar el lazo: confirmó que eran miembros de la Unión del Renacimiento una serie de personas cuya supuesta confesión por escrito le dieron a leer. Y acto seguido empezó a hacer «unas declaraciones más o menos hilvanadas» casi en forma de relato, sin ceñirse a las preguntas del juez. (Estas declaraciones dejaron atónitos y desmoralizados a sus compañeros cuando les fueron mostradas: parecía que tuviera unas ganas incontenibles de contarlo todo, sin necesidad de que se lo sonsacaran.)

Agránov consiguió que todos «picaran» diciéndoles también que aquello era «agua pasada», que todos estos centros ya no se reunían desde hacía tiempo, y que por lo tanto los acusados no corrían ningún peligro, que si la Cheká quería esclarecer el caso era sólo por su interés histórico. Yákov Saúlovich, el juez instructor, sedujo a muchos con su amabilidad, pero a otros les planteaba de modo abrupto la igualdad «régimen soviético = Rusia», y añadía que era un crimen luchar contra el primero si se amaba a la segunda. Y de este modo obtuvo de algunos unas declaraciones humillantes y serviles. (En parte, el artículo de Kotliarevski que hemos reseñado a pie de página trata de la instrucción de un detenido por orden de Agránov.)

¿Y qué pasó ante el tribunal? Escuchemos a Melgunov: «La tradición revolucionaria [de la intelectualidad] exigía este heroísmo, pero no había en mi alma el ardor necesario. Convertir el juicio en una demostración de protesta habría significado agravar no sólo mi propia situación, sino también la de los demás».

Ya ven con qué facilidad mordía el anzuelo de la Cheká, se rendía y perecía la intelectualidad rusa, otrora tan amante de la libertad, tan intransigente, tan inflexible... cuando los zares, cuando nadie la emprendía con ella.

Otro éxito de Agránov, aun más fulgurante y terrible, fue el «caso Tagántsev» de 1921 (aunque no tiene relación con este capítulo, pues no hubo juicio ) .El profesor Tagántsev se mantuvo heroicamente callado durante cuarenta y cinco días de interrogatorios. Pero después, Agránov lo convenció para que firmara el siguiente pacto:

«Yo, Tagántsev, me comprometo conscientemente a prestar declaración sobre nuestra organización sin ocultar nada [...], ni ninguna persona que haya tomado parte en dicho grupo, en el bien entendido de que con ello aliviaré la suerte de todos los encausados.

»Yo, Yákov Saúlovich Agránov, delegado de la Vecheká, con la ayuda del ciudadano Tagántsev me comprometo a poner fin con prontitud a la instrucción sumarial y, una vez concluida la misma, hacer que el sumario sea visto en juicio público . . . Doy mi palabra de que ninguno de los acusados será condenado a la pena suprema».

Resultado del caso Tagántsev: 87 personas fusiladas por la Cheká.

Así salía el sol de nuestra libertad. Así fue creciendo, traviesa y bien cebada nuestra Ley, hija de Octubre.

Pero hoy ya lo hemos olvidado todo por completo.

 

9. La adolescencia de la ley

Nuestro esbozo se ha alargado demasiado. Y sin embargo puede decirse que ni siquiera hemos empezado. Los procesos más importantes y célebres están aún por llegar. Pero ya han empezado a perfilarse unas lineas maestras.

Nuestra ley aún es joven, está en edad de pertenecer a la Organización Juvenil de Pioneros. Sigamos sus pasos.

Empecemos por mencionar un proceso hace tiempo olvidado, y que ni siquiera tuvo carácter político, el proceso contra la Glavtop (Mando supremo de Combustibles) en mayo de 1921, que afectó a ingenieros, o spets como decían entonces.

Había terminado el más cruel de los cuatro inviernos de la guerra civil, ya no quedaba combustible alguno, los trenes quedaban detenidos entre estaciones y sobre las ciudades se cernían el frío, el hambre y una oleada de huelgas en las fábricas (huelgas ahora borradas de la Historia). Y la célebre pregunta: ¿quién tiene la culpa? (T91)

Bueno, por descontado, no la tenía la Dirección General. ¡Ni siquiera los dirigentes locales! Esto era lo importante. ¡Mientras que «los camaradas con frecuencia procedentes de otras actividades» (es decir: los dirigentes comunistas) no tenían una idea exacta de cuál era su cometido, a los especialistas se les exigía en cambio que «abordaran correctamente la cuestión»! (100) En suma: «La culpa no es de los altos cargos... sino de quienes calculan, recalculan y establecen el plan» (cómo alimentar y dar calor a la gente cuando sobre el papel no hay más que ceros). ¡El culpable no era el que imponía el plan sino el que se encargaba de realizarlo! ¿Que el plan resultaba un fracaso? ¡La culpa era de los spets! ¿Que no cuadraban los números? «Es culpa de los spets, y no del Consejo del Trabajo y Defensa», y ni siquiera de los «cargos responsables de la Glavtop». ¿Que faltaba carbón, leña y petróleo? Era «porque los spets habían creado una situación confusa y caótica». Y eran culpables además de no haberse resistido a los urgentes mensajes telefónicos de Rykov, de haber cedido y haber abastecido combustible, fuera de plan, a determinadas personas.

¡Los especialistas tienen la culpa de todo! Pero el Tribunal Proletario se muestra clemente con ellos y las sentencias son benignas. Naturalmente, a los proletarios les queda en el pecho cierto rencor contra esos malditos especialistas, pero no se puede prescindir de ellos, todo se iría abajo. Por tanto, el Tribunal no los acosa. Krylenko llega incluso a decir que desde 1920 «no puede hablarse de sabotaje».

Los spets tienen culpa, sí, pero no obran por malicia, sino simplemente porque son unos incompetentes que no saben más, que no pudieron aprender más durante el capitalismo, o quizá simplemente por egoísmo y corrupción.

Así pues, a comienzos del período de reconstrucción se observa una sorprendente condescendencia con los ingenieros.

El año 1922, el primer año de paz, fue pródigo en procesos judiciales públicos, tanto que vamos a dedicar este capítulo casi por entero a este único año. (Ello puede sorprender a más de uno: ¿Por qué esta animación en los tribunales justo después de la guerra? Pero es que también en 1945 y 1948 iba a resurgir de manera extraordinaria la actividad del Dragón. ¿Se trata quizá de una ley natural?)

Aunque, en diciembre de 1921, el IX Congreso de los Soviets dispuso «limitar las competencias de la Cheká» (101) — y a tenor de este proyecto redujo sus atribuciones y pasó a llamarse GPU —, en octubre de 1922 fueron ampliados de nuevo los derechos de la GPU, y en diciembre, Dzerzhinski declaraba a un reportero de Pravda (17.12.1922): «ahora debemos vigilar con especial celo a los grupos y tendencias antisoviéticos. La GPU ha reducido su aparato pero lo ha fortalecido cualitativamente».

A comienzos de aquel año, no debemos pasar por alto: el caso del suicidio del ingeniero Oldenborger (Tribunal Revolucionario Supremo, febrero de 1922); un proceso que nadie recuerda, insignificante y nada característico. No es nada característico porque abarca una sola vida humana y porque ésta ya había terminado. Pero de no haber muerto, en el banquillo de los acusados se habría sentado aquel ingeniero, y con él una decena de hombres más, con quienes habría constituido un centro, y entonces el proceso se habría ajustado de lleno a los cánones. En cambio, quienes estaban ahora sentados en el banquillo eran el camarada Sedelnikov — un preeminente miembro del partido —, dos inspectores de la Rabkrin y un par de sindicalistas.

A pesar de todo, como ocurre con la cuerda que se parte a lo lejos en la pieza de Chéjov, (T92) hay algo inquietante en este proceso contra ese precoz precursor de los acusados en el caso Shajty o en el proceso contra el «Partido Industrial».

V.V. Oldenborger había trabajado treinta años en la Compañía de Aguas de Moscú y según parece, a principios de siglo ya era su ingeniero jefe. El país había conocido la Edad de Plata del arte, (T93) cuatro Dumas estatales, tres guerras y tres revoluciones, y a pesar de ello, todo Moscú seguía bebiendo el agua que suministraba Oldenborger. Acmeístas y futuristas, reaccionarios y revolucionarios, junkers y guardias rojos, SNK, Cheká y RKI, todos bebían el agua pura y gélida de Oldenborger. No estaba casado, no tenía hijos, en toda su vida no había más que aquella red de suministro de aguas. En 1905 no había consentido que los soldados enviados a montar guardia se acercaran a las instalaciones porque «al no ser entendidos, los soldados podrían dañar las cañerías o las máquinas». (Y en aquel entonces, nadie pudo impedir que la red se declarara en huelga; en 1905 Moscú estuvo sin agua, por tanto, ¿fue Oldenborger en persona quizás el que cerró los grifos?) A la mañana siguiente de la Revolución de Febrero, dijo a sus obreros que la revolución había terminado, que ya era suficiente, que cada cual volviera a su trabajo, que el agua debía correr. Durante los combates de Octubre en Moscú, su única preocupación fue mantener el suministro de agua. Sus empleados, en huelga en respuesta al golpe de Estado de los bolcheviques, le pidieron que se uniese a ellos. Pero él respondió: «Perdonen ustedes, pero hay cuestiones técnicas que me impiden sumarme a la huelga. Por lo demás..., por lo demás, yo estoy con ustedes...». Tomó en custodia los fondos del comité de huelga, extendió un recibo, eso sí, pero una vez hecho esto, corrió en busca de una junta para una tubería averiada.

Mas poco importa: ¡era un enemigo! He aquí lo que le había dicho a un obrero: «El régimen soviético no se mantendrá ni dos semanas». En la nueva situación que precede a la NEP, Krylenko se permite una indiscreción ante el Tribunal Revolucionario Supremo: «No eran los especialistas los únicos que entonces lo pensaban, también nosotros lo creíamos a veces» (pág. 439, la cursiva es mía. - A.S.).

Mas poco importa: ¡era un enemigo! Como nos enseña el camarada Lenin: para vigilar a los especialistas burgueses necesitaremos al perro guardián de la RKI.

Desde entonces Oldenborger contó con dos de esos perros guardianes que no lo dejaban ni a sol ni a sombra. (Uno de ellos, Makárov-Zemlianski, un vivales empleado de oficinista en la Compañía de Aguas y más tarde despedido por «conducta improcedente», ingresó en la RKI porque «pagaban más», ascendió hasta llegar a la sede del Comisariado Popular en Moscú porque «la paga era todavía mejor», y tuvo así ocasión de controlar a su antiguo jefe y vengar su afrenta con toda su alma.) Pensemos que además el Comité Sindical, como es de suponer, tampoco dormía, por algo era el mejor defensor del obrero. Y que los comunistas se habían hecho los amos de la Compañía de Aguas. «Los altos cargos deben ser desempeñados exclusivamente por obreros, sólo los comunistas deben detentar el mando en toda su plenitud. Este proceso confirma la validez de esta afirmación» (pág. 433). Añadamos que la organización del partido en Moscú tampoco le quitaba la vista de encima a la Compañía de Aguas. (Y detrás de ella, estaba además la Cheká.) «Con sana hostilidad de dase sentamos, en su día, las bases de nuestro Ejército; y en nombre de esta misma hostilidad, no confiaremos ahora ni un sólo puesto de responsabilidad a personas ajenas a nuestro bando, sin poner a su lado a un [...] comisario» (pág. 434).

Inmediatamente empezaron a enmendarle la plana al ingeniero jefe, a darle orientaciones, a reprenderle y cambiarle el personal técnico sin su consentimiento («limpiaron a fondo aquel nido de negociantes»).

¡Mas no lograron salvar la Compañía de Aguas! ¡El suministro, en lugar de mejorar, empeoraba! Así de astuta era la camarilla del ingeniero, que de forma artera seguía adelante con sus malévolos designios. Es más, abandonando su naturaleza intermedia de intelectual, que hasta entonces le había impedido elevar el tono, Oldenborger se atrevió a calificar de despotismo la actuación del nuevo director del servicio, Zeniuk («una figura enormemente simpática — según Krylenko — por su estructura interna»).

Para entonces no cabía ya duda de que «el ingeniero Oldenborger traicionaba deliberadamente los intereses de los trabajadores y que era enemigo directo y declarado de la dictadura de la clase obrera». Empezaron a desfilar por la red de distribución de agua las comisiones de control, pero se encontraban con que todo estaba en orden y que el agua circulaba con normalidad. Pero los de la Rabkrin no se daban por satisfechos y no dejaban de enviar denuncias a la sede de la RJCI: Oldenborger no busca sino «entorpecer, dañar y destruir el suministro de aguas con fines políticos». Pero no se salió con la suya porque le estaban asediando sin cesar y no le permitían derroches como reparar las calderas o reemplazar los depósitos de madera por unos de hormigón. En las asambleas, los guías del proletariado empezaron a decir sin recato alguno que el ingeniero jefe era «el alma del sabotaje técnico organizado», que no debían confiar en él, sino pararle los pies.

¡Y pese a todo el trabajo no marchaba mejor, sino peor! Lo que más hería «la psicología proletaria hereditaria» (T94) de los miembros de la Rabkrin y del sindicato era que en las centrales de bombeo la mayoría de obreros estuviera «contagiada por la psicología pequeñoburguesa», que se hubieran puesto de parte de Oldeborger y no vieran sabotaje alguno. En esto llegaron las elecciones al Consejo Municipal de Moscú y los obreros de la Compañía de Aguas postularon como candidato a Oldenborger, al que la célula del partido opuso, como es natural, un contrincante. Sin embargo, el candidato del partido no tenía la menor posibilidad, debido a la autoridad que el ingeniero jefe había sabido usurpar ilegítimamente entre los trabajadores. Con todo, la célula del partido informó al comité de distrito y a todas las demás instancias del partido de una moción que también proclamó en la asamblea: «Oldenborger es el eje y el alma del sabotaje. ¡En el Consejo Municipal de Moscú será nuestro enemigo político!». Los obreros respondieron con alboroto, al grito de «¡Embusteros!», «¡Mentira!». Entonces, el secretario del Comité del Partido, el camarada Sedelnikov, declaró abiertamente a la cara de aquellos miles de proletarios: «¡Con gente de las Centurias Negras yo no me trato!», que era tanto como decir: ya tendremos ocasión de hablar más adelante.

El partido tomó las siguientes medidas: el ingeniero jefe Oldenborger fue expulsado de... la Junta Directiva de la Compañía de Aguas, y luego, rodeado de una atmósfera de continua vigilancia, lo citaron una y otra vez ante numerosas comisiones y subcomisiones, lo interrogaban y le encargaban tareas que debía cumplir con plazos mínimos. Cada incomparecencia se anotaba en un expediente «en previsión de un futuro proceso judicial». Por mediación del Consejo del Trabajo y Defensa (presidido por el camarada Lenin) consiguieron que se constituyera una «Troika Extraordinaria» para la Compañía de Aguas (Rabkrin, Consejo de Sindicatos y camarada Kuibyshev).

Pero el agua hacía cuatro años que continuaba corriendo por las cañerías como si nada. Y los moscovitas la bebían y no advertían lo que pasaba...

El camarada Sedelnikov publicó entonces en el diario Vida Económica un artículo «Acerca de los rumores sobre el estado catastrófico de la red de distribución de aguas y la alarma que originan en la opinión pública». En él sembraba una serie de nuevos rumores no menos inquietantes y decía incluso que la Compañía bombeaba agua subterránea «erosionando deliberadamente los cimientos de todo Moscú» (que databan de los tiempos de Iván Kalita). Se constituyó una comisión del Consejo Municipal de Moscú que dictaminó: «el estado de la red es satisfactorio y su dirección técnica, racional». Oldenborger refutó todas las acusaciones. Tras esto, Sedelnikov se mostró magnánimo: «Yo sólo me había propuesto levantar la liebre, pero desde luego, se trata de un asunto que compete en exclusiva a los spets».

¿A qué podían recurrir entonces los guías de la clase obrera? ¿A qué último, pero infalible recurso? ¡Una denuncia a la Cheká! ¡Y eso es lo que hizo Sedelnikov! Él «estaba viendo con sus propios ojos la consciente destrucción de la red de suministro por parte de Oldenborger», no tenía duda de que «en la Compañía de Aguas, en el corazón del Moscú rojo, existía una organización contrarrevolucionaria». Y para colmo, ¡había que ver en qué estado catastrófico se encontraba la torre de aguas de Rubliovo!

Pero en este punto, Oldenborger se permitió una falta de tacto, un paso en falso digno de una capa intermedia e invertebrada como es la intelectualidad: le habían «cargado» un pedido de nuevas calderas extranjeras (las viejas era imposible repararlas en Rusia) y él se suicidó. (Eran demasiadas cosas para un hombre solo, al que, además, le faltaba preparación.)

Pero no dieron carpetazo al asunto.; incluso sin Oldenboger sería posible descubrir a la organización contrarrevolucionaria, ya se encargarían de desenmascararla los de la Rabkrin. Y así transcurren dos meses entre sordas maniobras. Pero el espíritu de la incipiente NEP exige «una de cal y otra de arena», de modo que cuando el caso llega al Tribunal Revolucionario Supremo, Krylenko se muestra severo, pero moderado a la vez; implacable, pero moderado a la vez. Y también comprensivo: «Naturalmente, el obrero ruso tenía razón al ver un enemigo más que un amigo en todo el que no era su igual», pero «habida cuenta de las modificaciones que va a seguir experimentando nuestra política, tanto en la práctica como en términos generales, tal vez nos veamos obligados a hacer mayores concesiones, a retroceder y a pactar; es posible que el partido se vea obligado a optar por una línea táctica a la que se opondrá la primitiva lógica de quienes han sido luchadores sinceros y dispuestos a todo sacrificio (pág. 458)».

Ciertamente, el tribunal prefirió «no tomarse a la tremenda» las declaraciones contra el camarada Sedelnikov, formuladas tanto por los obreros como por los de la Rabkrin. Y tampoco el acusado Sedelnikov parecía amedrentado cuando replicaba a las amenazas del acusador: «¡Camarada Krylenko! Conozco esos artículos; mas eso se refiere a enemigos de clase y aquí no se está juzgando a enemigos de clase».

Pero en cambio, ahora Krylenko se complace en cargar las tintas. Denuncias contra organismos estatales intencionadamente falsas... con circunstancias agravantes (rencor personal, ajuste de cuentas)..., abuso de las atribuciones del cargo..., irresponsabilidad política..., uso indebido del poder y de la autoridad de funcionarios soviéticos y miembros del RKP (b)..., desorganización del trabajo en la Compañía de Aguas..., perjuicio al Consejo Municipal de Moscú y a la Rusia Soviética dada la escasez de especialistas en suministro de aguas... que resultan insustituibles... «Por no hablar ya de la pérdida personal...

En nuestra época, en la que la lucha constituye el contenido esencial de nuestras vidas, en cierto modo nos hemos acostumbrado a no conceder importancia a las pérdidas, por irreparables que éstas sean... (pág. 458). El Tribunal Revolucionario Supremo debe hacer oír su voz con fuerza... ¡Debe imponerse con todo rigor el castigo previsto por la Ley! ¡No estamos aquí para bromas!»

¿Dios mío, qué va a ser de ellos? ¿Será posible que la sentencia sea...? El avezado lector susurra ya: fu ...

Exacto: fu...nambulesca. En vista de su sincero arrepentimiento, se impone a los acusados... ¡una amonestación pública! Dos raseros diferentes...

Sedelnikov, según dicen, fue condenado a un año de prisión.

Permítanme ustedes que no me lo crea.

¡Oh, trovadores de los años veinte, que nos los pintábais como un radiante estallido de alegría! Mas nosotros, aunque sólo los vimos de refilón y con ojos de niño, ¿cómo habremos de olvidarlos? Aquellas jetas, aquellos morros que acosaban a los ingenieros empezaron a criar grasa precisamente en los años veinte.

Pero ahora sabemos que todo había empezado en 1918...

 

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En los dos procesos siguientes tendremos que arreglárnoslas sin nuestro queridísimo acusador general: está ocupado con los preparativos del gran proceso contra los eseristas. (En provincias ya se habían visto procesos contra socialistas revolucionarios, como por ejemplo el de Sarátov de 1919.)

Este grandioso proceso había despertado desde el primer momento cierta inquietud en Europa, y el Comisariado del Pueblo para la Justicia de pronto reparó en que contaba con tribunales desde hacía cuatro años, eso sí, pero que aún no tenía un Código Penal, ni viejo ni nuevo. Seguramente, Krylenko también andaba preocupado con esto del Código: antes de ponerse manos a la obra había que dejar todos los cabos bien sujetos.

En cambio, los procesos eclesiásticos en ciernes eran de índole interna y carecían de interés para la progresista Europa. Así pues, podían seguir adelante, aunque no hubiera código.

Ya hemos visto que según entendían las autoridades la separación entre Iglesia y Estado, todos los templos y todo cuanto había en ellos colgado, expuesto o pintado, pasaba al Estado, y que a la Iglesia la única casa de Dios que le correspondía era la que, según las Sagradas Escrituras, llevaban los hombres en el alma. Y en 1918, cuando parecía haberse alcanzado la victoria política — más rápida y fácilmente de lo que se esperaba — se dispuso la confiscación de los bienes de la Iglesia. Sin embargo, este primer asalto provocó demasiada indignación popular. En plena vorágine de la guerra civil hubiera sido una imprudencia abrir otro frente interior, esta vez contra los creyentes. No hubo más remedio que aplazar el diálogo entre comunistas y cristianos hasta mejor ocasión.

Al final de la guerra civil, y como consecuencia natural de la misma, hubo en la región del Volga la peor ola de hambre de todos los tiempos. Como esta situación no es precisamente una perla en la corona del vencedor, no suele dedicársele más que un par de líneas. Y sin embargo, fue una hambruna que llevó a los hombres a la antropofagia, hubo padres que se comieron a sus propios hijos, fue un hambre como Rusia no había conocido ni en el Periodo de los Desórdenes (pues entonces, según atestiguan las crónicas, las gavillas de trigo pasaron varios años bajo la nieve y el hielo sin que nadie las tocara). Bastaría una sola película sobre esta hambre para arrojar luz sobre todo cuanto hemos visto y sobre todo cuanto sabemos de la Revolución y la guerra civil. Pero no hay películas, ni novelas, ni estadísticas: es mejor olvidar, no es una visión agradable.

Además, cuando hablamos de oleadas de hambre y de sus causas , estamos acostumbrados a echarle la culpa a los kulaks, ¿pero cómo iba a haber kulaks si todo el mundo estaba muriéndose de hambre? V.G. Korolenko, en sus Cartas a Lunacharski (que a pesar de la promesa del destinatario, nunca se publicaron en nuestro país), (102) explicaba que el hambre y la miseria generalizados se debieron al total desmoronamiento de la producción (los obreros habían sido llamados a filas) y a la pérdida de confianza de los campesinos, que no contaban con poder conservar ni siquiera una parte de la cosecha. Además, ya llegará el día en que alguien calcule cuántos fueron los interminables trenes cargados de alimentos que — en virtud del Tratado de Brest-Litovsk — estuvimos enviando durante meses desde una Rusia privada hasta del derecho a protestar, vagones procedentes de las regiones que sufrirían el hambre, a la Alemania del Kaiser, que libraba sus últimos combates en Occidente.

Estamos ante una cadena de causas y consecuencias concisa y directa: si en el Volga llegaron a comerse a sus hijos fue porque antes los bolcheviques se habían apoderado del poder por la fuerza provocando una guerra civil.

Pero el político de talento ha de saber sacar partido de las desgracias del pueblo. Fue como un arrebato de inspiración, como matar tres pájaros de un tiro: ¡Pues que los popes den de comer a las gentes del Volga! ¿O es que no son almas cristianas y compasivas?

1) Si se niegan, les cargamos a ellos toda la culpa del hambre y acabamos con la Iglesia.

2) Si acceden, dejamos limpios los templos.

3) De un modo o de otro, llenamos de divisas las arcas del Estado.

Es probable que este plan se inspirara en el comportamiento de la propia Iglesia. Como atestigua el patriarca Tijon, ya en agosto de 1921, cuando empezaba el hambre, la Iglesia creó unos comités diocesanos y panrusos de auxilio a los hambrientos e inició una cuestación. Pero permitir la ayuda directa de la Iglesia a las bocas hambrientas era tanto como poner en entredicho la dictadura del proletariado. Se prohibieron los comités y el dinero pasó al erario público. El Patriarca recurrió hasta al Papa de Roma y al Arzobispo de Canterbury, pero también en esto le cortaron las alas, pues sólo el régimen soviético tenía potestad para mantener negociaciones con extranjeros. Además, ¿a qué venía ir dando voces de alarma?: el régimen — decían los periódicos — disponía de recursos propios y suficientes para atajar el problema del hambre.

Pero en el Volga la gente estaba comiendo hierba y suelas de zapato, y royendo los marcos de las puertas. Al final, en diciembre de 1921, el Pomgol (Comité Estatal de Auxilio a los Afectados por el Hambre) propuso a la Iglesia que hiciera donación de sus tesoros a beneficio de los hambrientos — no todos, sino de los que no fueran canónicamente necesarios para la liturgia —. El Patriarca accedió y el Pomgol dictó una normativa: ¡Toda donación debía ser voluntaria! El 19 de febrero de 1922 el Patriarca hizo pública una carta pastoral que autorizaba a los consejos parroquiales a donar los objetos no sacramentales.

Una vez más, todo podía irse al garete y acabar en un compromiso conciliador que neutralizara la voluntad proletaria.

¡Idea: fulminarlos con un rayo! ¡Idea: lanzarles un decreto! Decreto del VTsIK de 26 de febrero: ¡Incautar todos los tesoros de la Iglesia para socorrer a las víctimas del hambre! El Patriarca escribió a Kalinin y éste no le respondió. El 28 de febrero el Patriarca publicó una nueva epístola que resultaría fatal: la Iglesia consideraba semejante acto un sacrilegio y no podía consentir la requisa.

Hoy, medio siglo después, es fácil reprochárselo al Patriarca. Posiblemente los altos dignatarios de la Iglesia no debieran haberse detenido a pensar en cosas como: ¿es que acaso el régimen soviético no dispone de otros recursos, ¿quién había provocado, a fin de cuentas, el hambre en el Volga?; no debieron haberse aferrado a sus riquezas, pues ellas no podían ser la base sobre la que renaciera una fe con renovado vigor (si es que ello llegaba a ocurrir). Pero imaginemos la situación del infeliz Patriarca, elegido justo después de Octubre, y que en los pocos años que habría de estar al frente de la Iglesia no conocería sino acosos, persecuciones y fusilamientos. Y era él quien tenía que protegerla.

Acto seguido, seguros de su éxito, los periódicos iniciaron una campaña contra el Patriarca y los altos dignatarios de la Iglesia, que estaban ¡estrangulando la región del Volga con la descarnada mano del hambre! Y cuanto más se empecinaba el Patriarca en su negativa, tanto más difícil se hacía su situación.

En marzo surgió en el seno del clero un movimiento que abogaba por la entrega de los tesoros y la negociación de un acuerdo con las autoridades. Los temores que aún había que vencer se los manifestaba a Kalinin el obispo Antonin Granovski, que había entrado a formar parte del Comité Central del Pomgol: «los fieles temen que los tesoros de la Iglesia puedan ser utilizados para otros fines, mezquinos y ajenos a sus corazones». (El versado lector, conocedor ya de los principios generales de la Doctrina Progresista, convendrá que ello era más que probable. Y es que las necesidades de la Komintern y de un Oriente que sacudía sus cadenas no eran menos acuciantes que las de la cuenca del Volga.) En Petrogrado, el metropolita Benjamín daba también muestras de firmeza: «Esto es de Dios y lo entregaremos de buen grado». Pero sin confiscación, como una ofrenda voluntaria. También él pedía cierto control por parte del clero y de los fieles: quería la custodia de los objetos hasta el momento en que éstos se convirtieran en pan para los hambrientos. Le atormentaba pensar que, a pesar de todo, su postura pudiera poner en entredicho la enérgica condena del Patriarca.

En Petrogrado todo parecía indicar que se había alcanzado un acuerdo amistoso. En la reunión del Pomgol en dicha ciudad, el 5 de marzo de 1922, imperó, según cuenta un testigo, un ambiente cordial.

Benjamín manifestó: «La Iglesia ortodoxa está dispuesta a darlo todo en ayuda de las víctimas del hambre», y sólo ve sacrilegio en la confiscación forzosa. ¡Pero si no va a ser necesaria ninguna requisa! El presidente del Pomgol, Kanátchikov, declaró que esta actitud suscitaría la benevolencia del régimen soviético hacia la Iglesia. (¡Faltaría más!) Todos los presentes se pusieron en pie emocionados. El metropolita dijo entonces: «Nada puede pesarnos más que la discordia y la hostilidad. Pero llegará el día en que todos los rusos vuelvan a convivir en paz. Yo personalmente, al frente de mis fieles, tomaré en mis manos el icono de la Virgen de Kazan, desprenderé su montura y la entregaré, bañada en nuestro dulce llanto». Dio la bendición a los bolcheviques miembros del Pomgol y éstos lo acompañaron hasta la puerta con la cabeza descubierta. El periódico Petrográdskaya Pravda del 8, 9 y 10 de marzo (103) confirmó que las negociaciones habían llegado a buen puerto pacíficamente y dedicó amables palabras al metropolita.

«En Smolny se acordó que los cálices y las monturas de las imágenes sean fundidos en presencia de los fieles».

¡De nuevo está urdiéndose un pacto! El hálito pestilente del cristianismo envenena la voluntad revolucionaria. ¡Los hambrientos del Volga no necesitan esa concordia ni esa donación! El equipo del Pomgol en Petrogrado es objeto de depuración por su falta de vertebración, mientras los periódicos arremeten contra los «malos pastores» y los «príncipes de la Iglesia» hasta acabar diciéndoles muy claramente: ¡No necesitamos vuestras dádivas! ¡No necesitamos pactar con vosotros! Todo es del Estado, y éste tomará lo que estime necesario.

Y empezó en Petrogrado, como en todas partes, la requisa forzada y los incidentes.

Ahora ya se disponía de fundamento legal para dar inicio a los procesos eclesiásticos. (104)

 

Proceso eclesiástico de Moscú (26 de abril-7 de mayo 1922),

En el Museo Politécnico, Tribunal Revolucionario de Moscú, presidente: Bek; fiscales: Lunin y Longuinov; acusados: diecisiete arciprestes y seglares, inculpados todos ellos de haber difundido la epístola del Patriarca. Esta acusación pesa más que la entrega o no de los objetos preciosos. El arcipreste A.N. Zaozerski había entregado de forma voluntaria los tesoros de su templo, aunque, por principios, respaldaba la proclama del Patriarca y consideraba sacrilegio los actos de confiscación. Se convirtió en la figura central del proceso y, acto seguido, fue fusilado . (Lo que demuestra que lo importante no era dar de comer a los hambrientos, sino aprovechar la ocasión para destruir la Iglesia.)

El 5 de mayo se cita como testigo al Patriarca Tijon. Aunque el público había sido convenientemente cribado y repartido por la sala (en esto, el año 1922 no se diferenciaba mucho de 1937 y de 1968), el fermento de la vieja Rusia estaba aún tan arraigado y tan delgado era el barniz de la sovietización, que más de la mitad de los presentes se pusieron en pie cuando entró el Patriarca, para recibir su bendición.

El Patriarca asume toda la responsabilidad por la redacción y distribución de la epístola, pero el presidente del tribunal intenta llevar más lejos el asunto: ¡Pero esto no puede ser! ¿No querrá hacerme creer que la escribió de su puño y letra, de cabo a rabo? Usted seguramente no hizo más que firmarla, pero ¿quién la escribió? ¿Quienes le asesoraron? Y después: ¿A qué viene mencionar en su proclama la campaña de la prensa contra usted? (Si, como dice, se trata de una campaña contra usted , ¿qué tenemos que ver con ella nosotros ? ) ¿Qué ha querido decir con eso?

EL PATRIARCA: Habría que preguntar a quienes la iniciaron, saber qué objeto persiguen.

EL PRESIDENTE: ¡Eso nada tiene que ver con la religión!

EL PATRIARCA: Reviste carácter histórico.

EL PRESIDENTE: ¿Acaso no dice usted textualmente que durante sus negociaciones con el Pomgol, se publicó un decreto «a sus espaldas»?

EL PATRIARCA: Sí.

EL PRESIDENTE: Por tanto, ¿opina usted que el régimen soviético ha obrado de manera irregular?

¡Imputación fatal! ¡Nos la repetirán aún millones de veces en los interrogatorios nocturnos con los jueces de instrucción! Pero nosotros nunca osaremos responder con tanta sencillez:

EL PATRIARCA: Sí.

EL PRESIDENTE: ¿Se considera usted o no sujeto a las leyes vigentes en el Estado?

EL PATRIARCA: Sí, me considero sujeto a ellas en todo lo que no contravenga las reglas de la piedad.

(¡Si todos hubieran respondido así! ¡Cuan distinta hubiera sido nuestra Historia!) Sigue una discusión sobre cuestiones canónicas. El Patriarca puntualiza: no hay sacrilegio si la Iglesia entrega voluntariamente sus tesoros, pero si éstos le son arrebatados contra su voluntad, entonces hay sacrilegio. En la epístola no se dice que no deban entregarse en ningún caso, sólo se condena la incautación forzosa.

EL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL, EL CAMARADA BEK (expresando sorpresa): A fin de cuentas, ¿qué es más importante para usted, los cánones de la Iglesia o el punto de vista del Gobierno soviético? (¿qué respuesta les hubiera gustado oír?: ...del Gobierno soviético.)

— Muy bien, admitamos que sea sacrilegio según los cánones de la Iglesia —exclama el ACUSADOR —, pero ¿qué sería desde el punto de vista de la caridad?

(Por primera y última vez en cincuenta años, un tribunal se acuerda de nuestra tullida caridad...)

Seguidamente emprenden un análisis filológico. «Sviato-tatstvo» (sacrilegio) viene de «sviato» (sacro) y «tat» (ladrón).

EL ACUSADOR: ¿O sea que nosotros, los representantes del régimen soviético, somos ladrones de objetos sagrados?

(Alboroto en la sala. Se interrumpe la sesión. Los alguaciles cumplen su cometido.)

EL ACUSADOR: ¿De manera que usted tacha de ladrones a los representantes del régimen soviético y al VTsIK?

EL PATRIARCA: No hago más que remitirme a los cánones.

Acto seguido se discute sobre el término «profanación». En la requisa de la iglesia de San Basilio de Cesárea la montura del icono no cabía en la caja y la doblaron a puntapiés. Pero el Patriarca no estaba allí, ¿no es así?

EL ACUSADOR: ¿Entonces cómo lo sabe? ¡Comuníquenos el nombre del sacerdote que se lo ha contado! (= ¡que enseguida lo metemos entre rejas!) El Patriarca no da el nombre.

O sea, ¡que es mentira!

EL ACUSADOR (insiste triunfante): Entonces, ¿quién ha difundido esa vil calumnia?

EL PRESIDENTE: ¡Díganos cómo se llaman quienes pisotearon la montura! (Porque sin duda dejarían una tarjeta.) ¡De lo contrario el tribunal no puede dar crédito a sus palabras!

EL PATRIARCA: No puedo dar sus nombres.

EL PRESIDENTE: O sea, ¡que sus acusaciones carecen de fundamento!

Falta aún demostrar que el Patriarca pretendiera derribar el régimen soviético. He aquí cómo queda demostrado: «la propaganda es una tentativa de preparar a la opinión para que de este modo sea posible derrocar el poder».

El tribunal decide incoar una causa penal contra el Patriarca.

El 7 de mayo se dicta sentencia: de los diecisiete acusados, once fueron condenados a muerte. (Fusilaron a cinco.)

Como había dicho Krylenko: «¡No estamos aquí para bromas!».

Una semana después, el Patriarca es desposeído de su cargo y detenido. (Pero esto no es todo. De momento lo conducen al monasterio Donskoi, donde lo mantendrán en rigurosa reclusión hasta que los fieles se acostumbren a su ausencia. ¿Recuerdan ustedes el asombro de Krylenko poco antes?: «¿De qué peligro pretendían defender los fieles al Patriarca?». Y tiene razón: cuando el peligro acecha, no hay campanas ni teléfonos que valgan.)

Al cabo de dos semanas, en Petrogrado, le llega el turno al metropolita Benjamín. Lo arrestaron, aunque no era un alto dignatario de la Iglesia y aunque no había sido investido por designación, como ocurría con los demás metropolitas. En la primavera de 1917, por primera vez desde los tiempos de la antigua república de Ñóvgorod, se había elegido a los metropolitas de Moscú (Tijon) y Petrogrado (Benjamín). Accesible a todo el mundo, afable, visitante asiduo de fábricas y talleres, querido entre el pueblo y el bajo clero, Benjamín salió elegido con los votos de todos. Sin comprender los tiempos que corrían, Benjamín se planteó como misión mantener a la Iglesia apartada de la política «pues en el pasado había sufrido mucho por culpa de ésta». Contra este metropolita se instruyó el

Proceso eclesiástico de Petrogrado (9 de junio-5 de julio de 1922). Los acusados (por haberse resistido a la requisa de los tesoros de la Iglesia) eran unas cuantas docenas de personas, entre ellas profesores de teología, de derecho canónico, archimandritas, sacerdotes y seglares. Preside el tribunal Semiónov (según rumores, un panadero), de veinticinco años de edad. El acusador principal es P.A. Krásikov, miembro de la Dirección Colegial del Comisariado del Pueblo para la Justicia, de la misma edad de Lenin y amigo suyo, primero en el destierro en Krasnoyarsk y más tarde en la emigración. A Vladímir Ilich le gustaba escucharle cuando tocaba el violín.

En la Avenida Nevski, y en la esquina por donde debía girar la comitiva, no había día que no se congregara una densa multitud; cuando traían al metropolita muchos se postraban de rodillas y cantaban «¡Salva a tu pueblo, Señor!». (T95) (Como es natural, tanto en la calle como dentro del edificio se detenía a todo el que demostrara excesiva devoción.) El grueso del público en la sala estaba compuesto por soldados, pero hasta ellos se ponían de pie cuando entraba el metropolita con su mitra blanca. Sin embargo, para el acusador y el tribunal se trataba de un enemigo del pueblo (observemos, por cierto, que ya habían empezado a emplear esta palabreja).

De proceso en proceso los abogados defensores habían ido perdiendo terreno y ahora podía advertirse cuan precaria era su situación. Krylenko nada nos dice de esto, pero nos lo cuenta un testigo presencial. El tribunal amenazó airadamente a Bobrishchev-Pushkin, primer abogado de la defensa, con encerrarlo también a él. Hasta tal punto entraba esto en los usos de la época y era una posibilidad tan real, que Bobrischev-Pushkin se apresuró a confiar su reloj de oro y su cartera a su colega Gurovich... Al profesor Egórov, uno de los testigos de la defensa, el tribunal decidió ponerlo de inmediato bajo custodia por haber declarado en favor del metropolita. Resultó, sin embargo, que Egórov venía preparado: traía un abultado portafolios con comida, ropa interior y hasta una pequeña manta.

Como habrá advertido el lector, el aparato judicial va adquiriendo poco a poco las formas que nos resultan familiares.

Se acusa al metropolita Benjamín de haber obrado con alevosía al entablar negociaciones con... el régimen soviético y de pretender con ello la suavización del decreto de confiscación de los tesoros de la Iglesia; de haber difundido aviesamente entre el pueblo el texto de su llamamiento al Pomgol (¡samizdat!), y de haber actuado en connivencia con la burguesía mundial.

El sacerdote Krasnitski, uno de los principales representantes de la Iglesia Viva y agente de la GPU, declaró que el clero se había conjurado para provocar un levantamiento contra el régimen soviético aprovechando el hambre como pretexto.

Sólo se escucharon los testigos de cargo. Los de la defensa no fueron admitidos. (¡Cómo se parece! Cada vez más y más...)

El acusador Smirnov pidió «dieciséis cabezas». El acusador Krásikov exclamó: «Toda la Iglesia ortodoxa es una organización contrarrevolucionaria. En realidad, ¡habría que meter en la cárcel a toda la Iglesia!».

(Un programa plenamente realista que bien pronto casi llegaría a materializarse. Una excelente base para el diálogo entre comunistas y cristianos.)

Aprovechemos la rara oportunidad que se nos brinda para citar algunas de las frases que han quedado del abogado defensor (el letrado S.Y. Gurovich):

«No existen pruebas de culpabilidad, no existen hechos, ni existe una acusación... ¿Qué dirá la Historia? — (¡fíjate tú, qué miedo! ¡Nadie recordará, nadie dirá nada!) — En Petrogrado la incautación de los tesoros de la Iglesia se ha llevado a cabo sin el menor incidente y, sin embargo, el clero de la capital se halla en el banquillo de los acusados y hay voces que exigen su muerte. El principio fundamental en que ustedes hacen hincapié es la salvaguarda del régimen soviético. Pero no olviden que la Iglesia crece con la sangre de sus mártires — (¡menos en este país!) —. No tengo nada más que decir, y sin embargo me cuesta ceder el uso de la palabra. Mientras duren los debates, los acusados seguirán con vida. Pero cuando éstos terminen, terminarán sus vidas...».

El tribunal condenó a muerte a diez de los acusados. La ejecución se hizo esperar más de un mes, hasta que concluyera el proceso contra los eseristas (como si quisieran fusilarlos a todos juntos). Más tarde, el VTsIK indultaría a seis y los otros cuatro (el metropolita Benjamín, el archimandrita Sergui, ex delegado de la Duma estatal; el profesor de derecho Y.P. No-vitski y el abogado Kovsharov) serían fusilados en la noche del 12 al 13 de agosto.

Rogamos encarecidamente al lector que no olvide el principio de la multiplicación a escala provincial. Si hemos consignado aquí dos procesos eclesiásticos, es que hubo veintidós.

 

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Urgía disponer de un Código Penal para juzgar a los eseristas: ¡Ya iba siendo hora de esculpir la Ley en moles de granito! El 12 de mayo, como se había previsto, se inaguró la sesión del VTsIK, pero el proyecto de código aún no estaba terminado. Aún tenía que revisarlo Vladímir Ilich, que se encontraba en Gorki. Seis de los artículos del código preveían el fusilamiento como pena máxima, pero a Lenin le sabía a poco. El 15 de mayo Ilich añadió en los márgenes del proyecto otros seis artículos punibles con pena de muerte (entre ellos el Artículo 69: propaganda y agitación..., en particular la incitación a la resistencia pasiva ante el Gobierno y a la objeción colectiva frente a los deberes militares y fiscales). (105)

Y otro caso más de pena de muerte: por regresar del extranjero sin autorización (como antaño, cuando todos los socialistas entraban y salían del país a su antojo). Y aun se agregaba otra pena equiparable a la de muerte: la expulsión al extranjero. (Vladímir Ilich estaba convencido de que en un día no muy lejano de toda Europa llegarían sin cesar gentes en busca de cobijo, una época en que ya no sería posible conseguir que alguien abandonase de forma voluntaria nuestro país para irse a Occidente.) Veamos cómo expone Ilich su principal conclusión al Comisario de Justicia:

«Camarada Kurski:

»A mi entender, hay que ampliar la aplicación de la pena de muerte... (conmutable por la expulsión al extranjero) para penar todo género de actividad menchevique, eserista, etc.; debemos hallar una fórmula que establezca una relación entre estos hechos delictivos y la burguesía internacional » (La cursiva y el espaciado son de Lenin).  (106)

¡Ampliar la aplicación de la pena de muerte! ¿Tan difícil es de entender? (¿Es que acaso expulsaron a muchos al extranjero?) El terror es un medio de persuasión, (107)¡parece que está bien claro! Pero Kurski no acababa de comprender. Seguramente, lo que no llegaba a ver claro era cómo hallar la fórmula, cómo establecer esa relación. De manera que al día siguiente se fue a ver al presidente del SNK para que se lo aclarase. No conocemos el contenido de dicha conversación pero sí sabemos que el 17 de mayo, de resultas de ésta, Lenin le envió desde Gorki una segunda carta:

«Camarada Kurski:

»A modo de complemento a nuestra conversación le envío un bosquejo del párrafo que hay que añadir al Código Penal... Espero que pese a todas las deficiencias del borrador, la idea fundamental quede clara: se trata de exponer abiertamente una tesis, políticamente válida (más allá de lo meramente jurídico), que motive la esencia y la justificación del terror, su necesidad y sus límites.

»La justicia no debe abolir el terror; prometer tal cosa sería engañarse a sí mismo y a los demás. Hay que fundamentarlo y legitimarlo, de manera clara, sin falacias ni adornos. Hay que hallar una fórmula lo más amplia posible, ya que sólo la noción de justicia revolucionaria y la conciencia revolucionaria pueden establecer las condiciones idóneas para una más o menos extensa aplicación práctica.

»Un saludo comunista, »Lenin». (108)

No osamos comentar tan importante documento. Aquí se imponen el silencio y la reflexión.

Este documento es especialmente importante por ser una de las últimas instrucciones dadas por Lenin en este mundo, cuando aún no estaba postrado por la enfermedad, una parte significativa de su testamento político. Nueve días después de esta carta sufrió su primer ataque, del que se recuperó parcialmente y por poco tiempo, en los meses de otoño de 1922. Posiblemente, ambas cartas a Kurski fueron escritas en esa luminosa estancia de mármol blanco utilizada a medias como despacho y aposentos, situada en una esquina del primer piso, donde ya estaba preparado el futuro lecho mortuorio del Guía.

A continuación, se incluye el borrador en cuestión y dos variantes del párrafo adicional, del que con los años surgirían tanto el Artículo 58-4 como el Artículo de los Artículos: el 58. Es imposible leerlo sin exclamarse: ¡Ahora ya sabemos qué quiere decir hallar una fórmula lo más amplia posible! ¡Eso es lo que significa la más extensa aplicación práctica! Al leerlo, te acuerdas de lo mucho que abarcaba nuestro querido 58...

«[...] propaganda y agitación, o bien militancia en organizaciones o respaldo (manifiesto o potencial) [...]a organizaciones o personas cuyas actividades tengan carácter [...]»

¡Tráiganme ustedes aquí a San Agustín, que con un artículo así lo meto entre rejas en un santiamén!

Todo fue debidamente agregado al texto y pasado a limpio, la pena de muerte quedó ampliada y en la segunda quincena de mayo el VTsIK, reunido en sesión, lo aprobó, hecho lo cual, dispuso que el Código Penal entrara en vigor el 1 de junio de 1922.

Y ahora, ya con una base requetelegal, dieron comienzo los dos meses del

Proceso contra los eseristas (8 de junio-7 de agosto de 1922). Tribunal Revolucionario Supremo. Su presidente habitual, el camarada Karklin (¡menudo apellido para un juez!), fue substituido, en este trascendental proceso, por el astuto Piatakov.

Si el lector y yo no estuviéramos suficientemente avisados de que en todo proceso judicial lo más importante no es lo que se ha dado en llamar «culpabilidad» del acusado, sino la utilidad del castigo, quién sabe si de buenas a primeras no habríamos acogido este proceso con reservas. Pero cuando uno se guía por la utilidad nunca hay sorpresas: a diferencia de los mencheviques, los socialistas revolucionarios todavía eran considerados peligrosos, aún no estaban dispersos ni exterminados, por lo cual había utilidad en rematarlos y fortalecer así la recién creada dictadura (del proletariado).

Sin conocer este principio, uno podría creer equivocadamente que este proceso fue una venganza del partido.

Se quiera o no, las acusaciones formuladas en este juicio dan mucho que pensar si las proyectamos sobre la larga historia de los Estados, que se prolonga hasta nuestros días. Con excepción de contadas democracias parlamentarias, y en contadas décadas, la historia de las naciones no es más que una sucesión de golpes de Estado y usurpaciones de poder. Quien logra hacerse con el poder con más agilidad y afianzarse más sólidamente en él se ve arropado desde ese mismo instante por el brillante manto de la Justicia, y sus actos, tanto pasados como venideros, serán legítimos y encomiables, mientras que los del adversario vencido aparecen como criminales, enjuiciables y punibles.

El Código Penal llevaba tan sólo una semana en vigor, pero ya pesaban sobre él los cinco años transcurridos desde la Revolución. Hacía veinte años, o incluso menos: diez o cinco años atrás, el PSR había sido un partido revolucionario, hermano en la lucha contra el zarismo, un partido que cargó sobre sus hombros (debido a las tácticas terroristas que le eran propias) el peso principal de los presidios, que apenas hicieron mella en los bolcheviques.

Veamos cuál era ahora el principal cargo contra ellos: ¡los socialistas revolucionarios habían instigado la guerra civil! ¡Sí, ellos la empezaron! Se les acusaba de haberse enfrentado con las armas al golpe de Estado de Octubre. Cuando el Gobierno Provisional — que ellos sostenían y en parte habían ayudado a formar — fue legítimamente barrido por las ametralladoras de los marineros, los eseristas, despreciando la legalidad, intentaron defenderlo. (Que sólo hubieran presentado una débil resistencia, que enseguida mostraran vacilaciones, o que bien pronto renunciaran, eso ya era harina de otro costal.

No por ello quedaba atenuada su culpa.) E incluso respondieron a los disparos abriendo fuego y hasta llegaron a movilizar a los junkers, que estaban al servicio del gobierno amenazado.

Aunque derrotados por las armas, no mostraron el menor arrepentimiento político. No se hincaron de rodillas ante un Consejo de Comisarios del Pueblo autoproclamado como Gobierno. Se obstinaron en afirmar que el único Gobierno legítimo había sido el precedente. Se negaron a reconocer de inmediato el fracaso de una línea política que habían estado siguiendo durante veinte años (no hay duda de que había resultado un fracaso, pero por entonces aún no era patente), no pidieron clemencia, ni ser disueltos o dejar de ser considerados un partido. (Según este mismo principio, también serían considerados ilegales los gobiernos locales y de las regiones fronterizas: Arjánguelsk, Samara, Ufa u Omsk, Ucrania, Don, Ku-bán, Urales o Transcaucasia, ya que se constituyeron en gobiernos después de que el Sovnarkom se erigiera como tal.)

Veamos la segunda acusación. Habían abierto aún más la brecha de la guerra civil al manifestarse en las calles los días 5/18 y 6/19 de enero de 1918, en abierta rebelión contra el poder legítimo del Gobierno obrero-campesino: habían defendido su ilegal Asamblea Constituyente (elegida por sufragio universal, indistinto, secreto y directo) ante unos marinos y guardias rojos que, con pleno derecho, arremetieron tanto contra la Asamblea como contra los manifestantes. Por eso había empezado la guerra civil, porque no toda la población se había sometido obedientemente y a la vez a los legítimos decretos del Sovnarkom.

Tercera acusación: no reconocían la paz de Brest-Litovsk, una paz legítima y redentora que no había descabezado a Rusia, que tan sólo le había arrancado un trozo de su cuerpo. Concurren pues — decía el pliego de acusaciones — «todas las circunstancias de alta traición al Estado y actos criminales tendentes a empujar al país a la guerra».

¡Alta traición al Estado! La traición es una peonza, no importa las vueltas que dé... siempre acaba cayendo del mismo lado.

Y de ahí dimanaba otra grave acusación, la cuarta: en verano y otoño de 1918, cuando la Alemania del Kaiser sostenía a duras penas sus últimos meses y semanas de combates contra los aliados, cuando el Gobierno soviético, fiel al Tratado de Brest-Litovsk, respaldaba a Alemania en esa dura lucha con trenes de víveres y entregas mensuales de oro, los socialistas revolucionarios prepararon a traición (a decir verdad no prepararon nada, porque lo que más se avenía con su modo de obrar era, en todo caso, estudiar qué pasaría si...) un plan para volar las vías al paso de uno de los convoyes, de modo que el oro no saliera de la patria. O lo que es lo mismo: «tentativa de destrucción criminal del patrimonio del pueblo: las vías férreas». (Todavía no les daba vergüenza: no ocultaban que, efectivamente, estaba enviándose oro ruso hacia el futuro imperio de Hitler, y no se le ocurrió a Krylenko, con sus dos carreras, la de historia y la de derecho — ni ninguno de sus colaboradores se lo insinuó —, que si los raíles de acero eran bienes del pueblo, ¿qué no serían entonces los lingotes de oro?) Este cuarto cargo de la acusación conducía de forma inexorable al quinto: los socialistas revolucionarios esperaban hacerse con los medios técnicos para volar las vías gracias al dinero recibido de los representantes de los aliados (para no entregar el oro a Guillermo tomaban dinero de la Entente).

¡Eso era ya el colmo de la traición! (Por lo que pudiera venir después, Krylenko dejó caer algo sobre ciertas relaciones entre los socialistas revolucionarios y el Estado Mayor de Ludendorff, pero la piedra no dio en el blanco y hubo que dejar el tema. {Probablemente porque se hubiera destapado que Lenin estaba en ese mismo negocio ya que había llegado a Rusia gracias a los alemanes – D.M.}  ) De ahí a la sexta acusación no había más que un paso: ¡en 1918 los eseristas habían sido espías de la Entente! ¡Ayer revolucionarios y hoy espías! En aquel entonces, esta acusación debió de sonar como una bomba. Pero ahora, después de tantos procesos, ya estamos de ella hasta la coronilla.

En fin, del séptimo al décimo punto de la acusación se hablaba de colaboración con Savínkov, o con Filonenko, o los kadetés, o la «Unión para el Renacimiento», o con los del forro blanco o hasta con los Guardias Blancos.

Hasta aquí la cadena de acusaciones, desgranadas con minucia por el fiscal (le habían restituido esta denominación con ocasión del proceso). Ya fuera a fuerza de cavilar a solas en su despacho, o fruto de súbitas inspiraciones en el estrado, el caso es que supo dar con un tono cordial y compasivo, amistosamente reprobador, que iría cultivando en los procesos siguientes con más aplomo y profusión, y que en 1937 habría de proporcionarle un éxito apoteósico. Su tono buscaba una comunión entre jueces y acusados frente al resto del mundo. Era una melodía que se tocaba con la cuerda más sensible del acusado. Desde el estrado de la acusación, decían a los socialistas revolucionarios: ¡A fin de cuentas tanto nosotros como vosotros somos revolucionarios! (¡Vosotros y nosotros es como decir sólo nosotros!) ¿Cómo pudisteis caer tan bajo para uniros a los kadetés? (¡A uno se le parte el corazón!) ¿O para uniros a los oficiales? ¡E iniciar a los del forro blanco en vuestra elaborada y brillante técnica de lucha clandestina! (Es éste un rasgo peculiar del golpe de Estado de Octubre: declarar, de buenas a primeras, la guerra a todos los partidos a la vez e impedir acto seguido que unan sus fuerzas: «si la cosa no va contigo, no te metas donde no te llaman».)

¡Cómo no había de rompérseles el corazón a algunos de los acusados!: ¿cómo habían podido caer tan bajo? Y es que la compasión del fiscal en una sala iluminada impresiona mucho al preso recién sacado de la celda.

Krylenko encontró aún otro derrotero lógico (que resultaría muy útil a Vyshinski contra Kámenev y Bujarin): al entrar en alianzas con la burguesía aceptasteis su ayuda financiera. Primero la tomasteis por la causa, de ningún modo para los fines del partido, pero ¿dónde está la frontera? ¿Quién puede trazar la línea divisoria? ¿No es también la causa un objetivo de partido? Así, pues, ved adonde habéis llegado: ¡Vosotros, el partido de los socialistas revolucionarios, vivís mantenidos por la burguesía! ¿Qué se ha hecho de vuestro orgullo revolucionario?

Tantas acusaciones colmaban ya con creces la medida y el tribunal habría podido retirarse a deliberar, a cargarle a cada uno el castigo merecido, pero se habían metido en un embrollo:

— todos los hechos imputados al partido eserista habían tenido lugar en 1917 y 1918;

— en febrero de 1919, el consejo del PSR dispuso el cese de hostilidades contra el régimen bolchevique (ya fuera porque estaban agotados por la lucha o persuadidos por la conciencia socialista). Tras lo cual, el 27 de febrero de 1919 el gobierno soviético decretó la amnistía de los socialistas revolucionarios por todo su pasado. El partido fue legalizado y salió de la clandestinidad, pero al cabo de dos semanas empezaron las detenciones en masa y le echaron el guante a toda la cúpula del partido (¡eso sí es hacer las cosas a la soviética!);

— desde aquellos tiempos los eseristas no habían vuelto a la lucha en la calle, y menos aún tras ser puestos en prisión (su Comité Central se encontraba encerrado en Butyrki y por alguna razón no se había fugado, como era costumbre en tiempos del zar), de modo que después de la amnistía no habían hecho nada hasta el presente 1922.

¿Cómo salir del atolladero?

¡Por si fuera poco, no sólo habían renunciado a la lucha, sino que habían reconocido al régimen soviético! (Es decir, que habían abjurado del extinto Gobierno Provisional y también de la Asamblea Constituyente.) Sólo pedían que se celebraran elecciones a los soviets y que los partidos tuvieran libertad para hacer campaña. (Y todavía ante el tribunal, el acusado Hándelman, miembro del Comité Central, se atrevería a pedir: «Dadnos la posibilidad de gozar de toda la gama de lo que se conoce como derechos civiles y nosotros no infringiremos ninguna ley». ¿Pero qué se habrán creído?, ¡Vamos, hombre! ¡Y además «toda la gama»!)

¿Pero han oído ustedes? ¡Por ahí se ve despuntar el repugnante morro de la burguesía! ¿Pero será posible? ¡En un momento tan grave! ¡Estando como estamos rodeados de enemigos! (Y sería lo mismo dentro de veinte, cincuenta o cien años.)

¿Y encima queréis que los partidos tengan libertad para hacer campaña, hijos de perra?

Toda persona políticamente sensata — afirma Krylenko — no podía sino responder echándose a reír o encogiéndose de hombros. De ahí esta justa decisión: «impedir inmediatamente, con todos los medios represivos de que dispone el Estado, que dichos grupos tengan la posibilidad de hacer propaganda contra el régimen» (pág. 183). ¡Por esto, todo el Comité Central del PSR (al menos los que habían podido agarrar) estaban en la cárcel!

¿Pero de qué acusarlos ahora? «La instrucción judicial no ha investigado este período en igual medida», se lamenta nuestro fiscal.

De todos modos, existía una acusación plenamente fundada: la de que, en febrero de 1919, los socialistas revolucionarios habían adoptado la resolución (que no se llevó a la práctica, aunque con el nuevo Código Penal esto carecía de importancia) de dedicarse a la propaganda encubierta en el Ejército Rojo para que los soldados se negaran a tomar parte en las expediciones de castigo contra los campesinos.

¡Apartar a los soldados de las expediciones de castigo era la más ruin y pérfida de las traiciones a la Revolución!

También se les podía acusar de todo cuanto decía, escribía y hacía (hablar y escribir, más que nada) la denominada «Delegación Extranjera del Comité Central» del PSR, es decir, los miembros destacados del partido que habían logrado huir a Europa.

Pero aún era muy poca cosa. Y he aquí lo que discurrieron: «muchos de los acusados aquí presentes no estarían ahora encausados de no haber contra ellos cargos por... ¡organización de actos terroristas!», porque, según decían, cuando se promulgó la amnistía de 1919, «a ningún funcionario de la justicia soviética le había pasado por la cabeza» que aquellos socialistas revolucionarios la aprovecharían para organizar actos terroristas, esta vez contra los dirigentes soviéticos. (Y es que, claro, ¿cómo se le iba a ocurrir a alguien — así, de repente — relacionar a los socialistas revolucionarios con el terrorismo? Esto quiere decir que si alguien hubiera reparado en ello, entonces también se habrían beneficiado de la amnistía los inculpados por terrorismo. Pues desde luego, fue una suerte que en aquellos momentos nadie cayera en ello. No les pasó por la cabeza porque no les interesó, al contrario de lo que ocurría ahora.) Así pues, esta acusación no estaba contemplada en la amnistía (que únicamente abarcaba la lucha). Y ahora Krylenko la estaba esgrimiendo.

Veamos en primer lugar qué habían dicho los líderes del socialismo revolucionario (¡la de cosas que habrían dicho en su vida esos charlatanes!) en los primeros días que siguieron al golpe de Estado de Octubre. El líder actual de los acusados, y líder también del partido, Abram Gotz, había amenazado en aquella ocasión: «Si los autócratas de Smolny atentan contra la Asamblea Constituyente..., el PSR habrá de retomar sus antiguas y acreditadas tácticas».

Era natural esperar algo así de los indómitos eseristas. Y, ciertamente, era difícil creer que pudieran haber renunciado alguna vez al terrorismo.

«En este ámbito de la instrucción», se lamenta Krylenko, «la clandestinidad hace que haya pocas... "declaraciones de testigos".» «Esto ha dificultado extraordinariamente mi tarea... En este terreno, en ciertos momentos, es preciso errar entre tinieblas» (pág. 236. ¡Vaya lenguaje!).

Dificultaba también la tarea de Krylenko el que en 1918 el Comité Central del PSR hubiera debatido en tres ocasiones el empleo del terrorismo contra el régimen soviético y que lo hubiera rechazado las tres veces (pese a la disolución de la Asamblea Constituyente). Y ahora, años después, había que demostrar que habían practicado el terror.

En 1918 los eseristas decidieron: esperemos a que los bolcheviques empiecen a ejecutar a los socialistas. Y en 1920: el partido tomará las armas si los bolcheviques atentan contra la vida de los rehenes eseristas. (Y a los demás que los zurzan...)

¿Cuál era el porqué de tantas matizaciones? ¿Por qué no renunciaron a las armas inmediata y definitivamente? «¿Por qué no emitieron una declaración de clara renuncia?»

Que el PSR no había llevado a cabo actividad terrorista alguna se ve claramente hasta en el discurso acusatorio del propio Krylenko. Pero se adujeron los hechos siguientes: uno de los acusados había concebido un plan para volar la locomotora del tren del Sovnarkom durante el traslado de éste a Moscú, de lo cual se desprende que el Comité Central del PSR era culpable de terrorismo. La encargada de ejecutar el plan, Ivanova, estuvo apostada toda una noche cerca de la estación con un cartucho de explosivos, lo que equivale a un atentado contra el tren de Trotski, y por lo cual el Comité Central del PSR también es culpable de terrorismo. O bien: Donskoi, miembro del Comité Central del PSR advirtió a F. Kaplan que si disparaba contra Lenin sería excluida del partido. ¡Y aún les parecía poco! ¿Por qué no se lo prohibió de manera terminante! (o mejor aún: ¿Por qué no la denunció a la Cheká?). De todos modos, la militancia de Kaplan en el PSR les resultaba un engorro.

Tras vérselas y deseárselas, Krylenko no pudo sacar en claro más que esto: los socialistas revolucionarios no habían tomado medidas para impedir que sus militantes, hartos de inactividad, cometieran actos terroristas individuales. (Por otra parte, bien poco es lo que hicieron dichos militantes. Semiónov no fue sino la mano que guió a Serguéyev — el que mató a Volodarski — pero el Comité Central del PSR quedó libre de toda sospecha y completamente al margen del asunto, que incluso condenó en público. Luego, tanto la GPU como el tribunal iban a ponerse las botas con ese mismo Semiónov y su compañera Konopliova, sospechosamente predispuestos a hacer declaraciones voluntarias; por si no estuviera ya bastante claro, estos peligrosísimos terroristas comparecían ahora ante los jueces sin alguaciles y después de cada sesión iban a dormir a casa.)

Krylenko comenta así uno de los testimonios: «Si este individuo hubiera tenido la intención de inventárselo todo, difícilmente podría haberlo hecho de manera que diera precisamente en el blanco mismo» (pág. 251). (¡Qué convincente! Lo mismo podría decirse de cualquier falso testimonio.) El caso de Konopliova es justo el contrario: la verosimilitud de su testimonio estriba en que no declara todo lo que necesita la acusación. (Pero sí lo suficiente para fusilar a los reos.)

«Si nos planteamos la cuestión de si Konopliova ha inventado todo esto..., la respuesta no puede estar más clara: puestos a inventar, lo inventamos todo» (¡bien lo sabe él!), mientras que ella se queda a mitad de camino. Puede argumentarse también así: «¿Hubiera podido producirse ese encuentro? No puede excluirse tal posibilidad». ¿No puede excluirse? ¡Luego se produjo ! ¡Pues a por todas!

Veamos ahora qué hay del «grupo subversivo». Tras hablar de él largo y tendido, de pronto oímos: «disuelto por haber dejado de ser activo». Pues entonces, ¿por qué nos llenáis las orejas con él? Habían «expropiado» algún dinero en instituciones soviéticas (de otro modo los socialistas revolucionarios no hubieran tenido con qué emprender acciones, alquilar pisos o desplazarse entre ciudades). Pero, antes, semejantes actos se veían como elegantes y nobles «expros», según expresión de todos los revolucionarios. ¿Y qué eran ahora ante los tribunales soviéticos? Pues: «pillaje y encubrimiento».

Los documentos de este proceso, a la luz amarillenta del farol de la Ley, turbio e impasible, revelan la trayectoria tambaleante, indecisa y zigzagueante de un partido tras la Revolución, un partido de patéticos charlatanes y en esencia desorientado, indefenso y hasta inoperante, que no supo hacer frente a los bolcheviques. Y ahora cada una de sus decisiones o indecisiones, cada uno de sus movimientos, avances o retrocesos, se transforma en culpa, única y exclusivamente en culpa.

En septiembre de 1921, diez meses antes de que empezara el proceso, el antiguo Comité Central del PSR, encarcelado en Butyrki, escribía al Comité Central en libertad recién elegido, diciendo que no estaba de acuerdo con cualquier forma de derribar a la dictadura bolchevique, y que sólo consentiría que se produjera por medio de las masas trabajadoras unidas y de una labor de agitación política (es decir: ¡ni siquiera en la cárcel estaba el Comité Central dispuesto a recurrir al terrorismo, a las conjuras o a la insurrección armada!), pero ahora esto se volvía contra ellos convertido en cargo de primera magnitud: ¡Aja, conque estáis de acuerdo en derribar a los bolcheviques!

¿Y si a pesar de todo no eran culpables de haber querido derrocar al régimen, y si a duras penas eran culpables de terrorismo, o de unas «expropiaciones» prácticamente inexistentes? ¿Y si por todo lo demás habían sido absueltos hacía ya tiempo? Nuestro querido fiscal recurriría entonces a su arsenal secreto: «En todo caso, la no denuncia es de por sí constituyente de delito, y se da en todos los acusados sin excepción, y debe darse por probada» (pág. 305).

¡El Partido Socialista Revolucionario era culpable por el mero hecho de no haberse denunciado a sí mismo ! ¡Un planteamiento así no podía fallar! Era un descubrimiento de esa nueva doctrina jurídica plasmada en forma de Código, era el camino empedrado por el que habrían de discurrir, sin tregua, hacia Siberia nuestros agradecidos descendientes.

Y, además, en un momento de irritación espeta Krylenko: «Son nuestros enemigos encarnizados e irreconciliables». ¡Eso son los acusados! Ya no hace falta un proceso para saber qué hacer con ellos.

El Código es tan reciente que Krylenko no ha tenido tiempo de aprenderse por su número cada artículo referente a actividades contrarrevolucionarias, ni siquiera los principales. ¡Pero hay que ver cómo los maneja! ¡Con qué profundidad los cita e interpreta! Uno creería que ellos y sólo ellos han sostenido durante décadas el pendiente filo de la guillotina. Y he aquí lo más innovador e importante: ¡La distinción entre métodos y medios, que reconocía el antiguo código zarista, ya no existe en nuestro país! ¡Ya no tiene la más mínima incidencia a la hora de formular cargos o dictar sentencia! ¡Para nosotros lo mismo son propósito y acción! ¿Que habéis tomado una resolución? Pues por ella os juzgamos. Que «haya sido puesta o no en práctica carece de importancia sustancial» (pág. 185). Murmurar a la esposa en el lecho qué bien estaría derribar al régimen soviético, hacer propaganda durante las elecciones, o haber puesto bombas, ¡todo es lo mismo! —¡El castigo era el mismo!

Del mismo modo que a un pintor penetrante le bastan unos pocos y rápidos trazos de carboncillo para hacer brotar de súbito un retrato, en este esbozo que es 1922 cada vez se perfila con mayor nitidez todo el panorama de 1937, 1945 y 1949.

Fue la primera experiencia de proceso público ofrecido a la vista de Europa y también la primera experiencia de «indignación popular». Una indignación particularmente lograda.

Veamos cómo transcurrió. Las dos Internacionales Socialistas — la segunda y la «segunda y media» (la Unión de Viena) —; durante cuatro años habían estado presenciando, si no con entusiasmo, al menos con toda imperturbabilidad, cómo los bolcheviques degollaban, quemaban, anegaban, fusilaban y oprimían a su país en aras del socialismo, y no veían en ello más que un grandioso experimento social. Pero cuando en la primavera de 1922 Moscú anunció que iba a llevar a cuarenta y siete socialistas revolucionarios ante el Tribunal Revolucionario Supremo, los líderes socialistas europeos se inquietaron y alarmaron.

A principios de abril se celebró en Berlín una conferencia de las tres Internacionales (estando representada la Komintern por Bujarin y Radek) con objeto de constituir «un frente unido» contra la burguesía, y los socialistas exigieron de los bolcheviques que renunciaran a este juicio. Como quiera que el «frente unido» era muy necesario en interés de la revolución mundial, la delegación de la Komintern decidió — por cuenta propia — contraer los siguientes compromisos: el proceso sería público, a él podrían asistir representantes de todas las Internacionales y levantar actas taquigráficas, se permitiría a los acusados designar abogados defensores, y lo más importante, arrogándose las competencias del tribunal (lo cual para los comunistas era una cosa sin importancia, y a lo que los socialistas tampoco pusieron inconveniente): en este proceso no se dictarían sentencias de muerte.

Alegría entre los líderes socialistas, que deciden, sin pensárselo dos veces, actuar como defensores de los acusados. Pero Lenin (quien ignoraba estar viviendo sus últimas semanas antes del primer ataque de parálisis) replicó con severidad en Pravda: «Hemos pagado un precio demasiado alto». ¿Cómo han podido prometer que no habrá penas de muerte y permitir que suban a nuestros estrados esos socialtraidores? Por lo que siguió después, vemos que Trotski estaba completamente de acuerdo con él y que Bujarin no tardó en arrepentirse.

El periódico Die Rote Fahne, órgano de los comunistas alemanes, manifestó que muy idiotas habrían de ser los bolcheviques para creerse obligados a respetar los compromisos contraídos: y es que en Alemania, el «frente unido» se había roto, por lo cual aquellas promesas habían perdido todo valor. Pero los comunistas ya habían empezado a comprender la ilimitada fuerza de su proceder histórico. En vísperas del proceso, en mayo, Pravda decía: «Cumpliremos rigurosamente los compromisos contraídos. Pero, más allá del marco del proceso judicial, esos señores deberán verse sometidos a unas condiciones que amparen a nuestro país de las tácticas incendiarias propias de esos infames». Al son de esta música, a fines de mayo los famosos socialistas Vandervelde, Rosenfeld y Teodor Liebknecht (hermano del asesinado Karl) partieron hacia Moscú.

Desde la primera estación fronteriza, y en cada una de las paradas siguientes, el vagón de los socialistas se vio asaltado por obreros airados que les pedían cuentas por sus intenciones contrarrevolucionarias, y a Vandervelde por haber firmado el expoliador Tratado de Versalles. En ocasiones hasta les rompían los cristales del vagón y prometían partirles la cara. No obstante, la recepción más calurosa la tuvieron en la estación Vindava de Moscú: les esperaba una plaza atiborrada de manifestantes cantando, con banderas y orquestas. Enormes pancartas decían: «¡Señor ministro de la Corona Vandervelde! ¿Cuándo comparecerá usted ante el Tribunal Revolucionario?», «Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano Karl?». Cuando los extranjeros salieron a la calle, les gritaron, silbaron, abuchearon y amenazaron, mientras un coro cantaba:

Ahí viene, viene Vandervelde.
Nos visita el rufián más redomado.
¡Qué alegría tenerlos de invitados!
Pero, amigos, ¿no echáis a faltar
una soga para poderlo ahorcar?

(Y se produjo una escena incómoda: Rosenfeld distinguió entre la multitud al propio Bujarin silbando alegremente con los dedos en la boca.)

Durante los días siguientes unas farándulas de payasos recorrieron Moscú en camiones engalanados. En un entarimado, cerca del monumento a Pushkin, se había montado un espectáculo permanente para representar la traición de los socialistas revolucionarios y de sus defensores. Trotski y otros oradores iban por las fábricas exigiendo con inflamados discursos la pena de muerte para los socialistas revolucionarios y organizaban votaciones tanto entre los obreros comunistas como entre los no militantes. (Ya en aquella época no eran pocas las soluciones de que disponían para los disconformes: despedirlos de la fábrica en una época en que abundaba el desempleo, privar al obrero de acceso al economato, eso sin hablar de la Cheká.) Y vaya si votaron. Luego hicieron circular por las fábricas unas peticiones exigiendo la pena de muerte y llenaron los periódicos con esas peticiones y el número de firmas recogidas. (Cierto que aún podía encontrarse quien no estuviera de acuerdo y quien incluso se atreviera a manifestarlo en público; no hubo más remedio que practicar algunos arrestos.)

El 8 de junio empezó el juicio. Se juzgaba a treinta y dos personas, de las que veintidós eran presos de Butyrki y diez, arrepentidos, iban sin alguaciles de escolta y eran defendidos por el propio Bujarin y unos cuantos miembros de la Komintern. (Bujarin y Piatakov disfrutaron mucho con esta parodia de la justicia, sin presentir la burla que les deparaba el destino. Pero el destino también había de darles tiempo para reflexionar: aún les quedan quince años de vida por delante a cada uno, y también a Krylenko.)

Piatakov se comportaba con rudeza y no dejaba que los acusados se expresaran. Sostenían la acusación Lunacharski, Pokrovski, Clara Zetkin. (El pliego de cargos llevaba también la firma de la esposa de Krylenko, que había estado al frente de la instrucción sumarial: el trabajo de una familia unida.)

No había poca gente en la sala: unas mil doscientas personas, pero de éstas sólo veintidós eran parientes de los también veintidós acusados. Los demás eran todos comunistas, chekistas de paisano y personas escogidas. A menudo, el público interrumpía con sus gritos a los acusados y a sus defensores. Los intérpretes transmitían tergiversadamente a los defensores la palabras del tribunal y a los jueces, las palabras de los abogados defensores, cuyas peticiones el tribunal rechazaba con burlas; no se admitía la comparecencia de los testigos de la defensa y las actas taquigráficas se llevaban de tal modo que resultaba imposible reconocer en ellas hasta los discursos propios.

En la primera sesión, Piatakov declaró que el tribunal descartaba por anticipado un examen imparcial de los hechos y que tenía la intención de interpretarlos ateniéndose exclusivamente a los intereses del régimen soviético.

Una semana después los abogados extranjeros cometieron la indelicadeza de elevar una queja al tribunal, porque, según ellos, estaban incumpliéndose los acuerdos de Berlín. El tribunal respondió de forma altanera diciendo que la administración de justicia no podía estar ligada a ningún acuerdo.

Los abogados socialistas quedaron definitivamente desmoralizados, su presencia en aquel juicio no estaba sirviendo más que para crear la ilusión de que se trataba de un proceso judicial normal, por lo que renunciaron a la defensa y ya no querían más que volverse a casa, a Europa, pero no les dejaban partir. ¡Los honorables invitados se vieron obligados a declararse en huelga de hambre! Sólo después de esto se les permitió abandonar el país, el 19 de junio. Y fue una lástima, porque se perdieron el espectáculo más impresionante: el del 20 de junio, el aniversario del asesinato de Volodarski.

Reunieron columnas de obreros de las fábricas (en algunas cerraron las puertas para que no se dispersaran antes, en otras les retiraron las tarjetas de fichar, en unas terceras, por el contrario, les ofrecieron una comida), con banderas y pancartas en las que se leía «muerte a los acusados» y como es de suponer, se les unieron columnas de soldados. Dio comienzo un mitin en la Plaza Roja. Habló Piatakov, que prometió un castigo ejemplar, hablaron Krylenko, Kámenev, Bujarin y Radek, la flor y nata de la oratoria comunista. Luego los manifestantes se dirigieron al edificio del tribunal, en cuyo interior, Piatakov, que había vuelto a entrar en él, ordenó colocar a los acusados ante las ventanas abiertas bajo las que rugía la multitud. Allí permanecieron soportando una granizada de insultos y burlas, y a Gotz le alcanzó una pancarta de esas que decían «muerte a los socialistas revolucionarios». Todo esto, en conjunto, duró cinco horas desde el cierre de las fábricas, hasta el crepúsculo (era la época de las noches semi-blancas de Moscú).

Piatakov declaró en la sala de la audiencia que una delegación de manifestantes pedía ser admitida. Krylenko argumentó que, si bien ello no estaba contemplado por la ley, el espíritu del régimen soviético lo permitía plenamente. Así pues, la delegación irrumpió en la sala y estuvo un par de horas pronunciando discursos insultantes y amenazadores, así como exigiendo la pena de muerte. Los jueces escuchaban, repartían apretones de manos, daban las gracias y prometían ser implacables. El ambiente estaba tan caldeado, que los acusados y sus parientes temían que los lincharan allí mismo.

(Gotz, nieto de un rico comerciante de tés que simpatizaba con la revolución, brillante terrorista en tiempos del zar, ejecutor de atentados y asesinatos — Durnovo, Mien, Rieman, Akímov, Shuválov, Rachkovski — ¡nunca en toda su carrera armada se había encontrado en una situación como aquélla!) Pero la campaña de ira popular terminó aquí, por más que el juicio había de continuar todavía mes y medio. Al día siguiente, se marcharon también los jueces y abogados soviéticos (les esperaban el arresto y la deportación).

Aquí pueden reconocerse ya muchos de los rasgos futuros que ahora nos son familiares, pero todavía faltaba un buen trecho para que la voluntad de los acusados estuviera sometida, o para que éstos se vieran obligados a declarar contra sí mismos. Además, aún encontraban apoyo en la tradicional ilusión de los partidos de izquierda que se creen defensores de los intereses de los trabajadores. Tras tantos años perdidos en pactos y concesiones, habían recobrado una firmeza tardía. El acusado Berg recriminaba a los bolcheviques que hubieran disparado contra los manifestantes que defendían la Asamblea Constituyente; el acusado Liberov decía: «me reconozco culpable de no haber hecho lo bastante para derribar el régimen de los bolcheviques en 1918» (pág. 103). Evguenia Ratner afirma lo mismo, y de nuevo Berg: «Me considero culpable ante la Rusia obrera de no haber sabido luchar con todas mis fuerzas contra el sedicente régimen obrero-campesino, aunque espero que aún no haya pasado mi hora». (Pues ha pasado, amiguito, ha pasado.) Mantenían la vieja pasión por las frases altisonantes, ¡pero también una gran firmeza!

Argumenta el fiscal que los acusados son un peligro para la Rusia soviética porque consideran beneficioso todo cuanto hicieron. «Quizás alguno de los acusados hasta se consuele pensando que algún día las crónicas tendrán palabras de elogio hacia él o su conducta ante el tribunal.»

El acusado Hándelman dio lectura a una declaración: «¡No reconocemos vuestro tribunal!». Era jurista y se distinguió por sus discusiones con Krylenko sobre la manipulación de las declaraciones de los testigos, sobre «los desacostumbrados métodos en el trato de los testigos antes del proceso» (léase: el evidente tratamiento preparatorio de los mismos por parte de la GPU). (¡Y es que ya lo tenían todo! Sólo faltaba apretar un poco más para obtener una confesión ideal.) Pudo saberse que la fase previa a la instrucción la había supervisado el fiscal (el mismo Krylenko) y que en el curso de la misma se habían nivelado conscientemente algunas declaraciones que no cuadraban.

Bueno, ¿y qué? ¿Qué, si había asperezas? ¿Qué, si la labor estaba incompleta? A fin de cuentas... «es nuestro deber decir con toda claridad y sangre fría [...] que lo que nos preocupa no es cómo vaya a juzgar la Historia la obra que hemos llevado a cabo» (pág. 325).

Entretanto, Krylenko, para superar el trance, trae a colación las diligencias previas, ¡seguramente por primera y última vez en la historia de la jurisprudencia soviética! ¡Las diligencias previas que preceden a la instrucción! Y fíjense con qué habilidad sale del paso: todo lo que escapó a la observación del fiscal — que vosotros consideráis instrucción sumarial — no fueron más que diligencias previas. Y lo que consideráis revisión de la instrucción bajo la supervisión del fiscal (cuando se ataron todos los cabos y se apretaron todas las clavijas), ¡eso es precisamente la instrucción sumarial! Toda esa maraña de «materiales que han presentado los órganos encargados de las diligencias previas, no confirmados en la instrucción sumarial, poseen ante el tribunal un valor probatorio mucho menor que los obtenidos durante la instrucción» (pág. 238) siempre y cuando estos últimos sean utilizados como debe ser.

¡Menudo lince! ¡Éste sí que no se chupa el dedo! Y es que desde un punto de vista profesional, a Krylenko le disgustaba haber perdido medio año en preparativos, dos meses desgañitándose en la sala y quince horas deshilvanando su discurso de acusación, tanto más cuando todos aquellos acusados «habían estado en manos de los órganos extraordinarios no una vez ni dos, en una época en que dichos órganos disponían de poderes excepcionales; pero gracias a unas u otras circunstancias habían logrado salir indemnes» (pág. 322), y ahora correspondía a Krylenko el trabajo de llevarlos de forma legal al paredón.

Naturalmente, la sentencia no podía ser otra: «¡Fusilarlos a todos, del primero al último!» Pero, magnánimo — los ojos de todo el mundo estaban puestos en este juicio —, Krylenko concede: la petición fiscal «no constituye una directiva para el tribunal», por lo cual éste no «está obligado a considerarla ni a satisfacerla» (pág. 319).

¡Pues vaya un tribunal si hacía falta explicarle esto! Después de esta incitación a la pena de muerte por parte del fiscal, se propuso a los acusados que manifestaran su arrepentimiento y que renegaran de su partido. Todos se negaron.

El tribunal tuvo la audacia de no condenar a muerte a todos, «del primero al último», sino sólo a doce de ellos. A los demás les aguardaban la cárcel y los campos penitenciarios. Se decidió asimismo incoar causas contra un centenar de personas más.

Y recuerde el lector, recuerde: «todos los tribunales de la república tienen puestas sus miras en el Tribunal Revolucionario Supremo, [que] les proporciona instrucciones normativas» (pág. 407), toda sentencia del Tribunal Revolucionario Supremo se utiliza «como directriz normativa» (pág. 409). Que cada cual eche, pues, la cuenta de los que despacharon en provincias.

Pero, como medida del valor que tal vez quepa dar a todo este, proceso, hallamos la casación del Presidium del VTsIK. Las sentencias son sometidas a revisión durante una conferencia de dirigentes del RKP(b), en la que se propone conmutar la pena de muerte por la de destierro en el extranjero. Pero intervienen Trotski, Stalin y Bujarin (¡Vaya troika! ¡Y los tres al unísono!): concédanles veinticuatro horas para que abjuren y denles, si lo hacen, cinco años de destierro dentro del país; de otro modo, que sean fusilados inmediatamente. Al final se aceptó una proposición de Kámenev, que se convirtió en resolución del VTsIK: confirmar la sentencia a muerte pero suspender su ejecución. El destino de los condenados pasa a depender del comportamiento de los socialistas revolucionarios que quedaban en libertad (comprendidos, evidentemente, los que hay en el extranjero). Si los eseristas persistían en su conducta, aunque sólo fuera con propaganda y actividades clandestinas — y con mucha mayor razón si reemprendían la lucha armada —, aquellos doce hombres serían fusilados.

Y los sometieron a un suplicio de muerte: cualquier día podía ser el día del fusilamiento. Los sacaron de la accesible prisión de Butyrki y los trasladaron a las entrañas de la Lubianka; les prohibieron las entrevistas, las cartas y los paquetes. Por lo demás, detuvieron también a algunas de sus esposas y las mandaron fuera de Moscú.

En los campos de Rusia se recogía ya la segunda cosecha de la paz. Ya no había disparos en ninguna parte, salvo en los patios de la Cheká (Perjurov, fusilado en Yaroslav; el metropolita Benjamín, en Petrogrado; y tantos otros, sin tregua y sin fin). Bajo un radiante cielo azul, como azuladas olas, se embarcaban hacia el extranjero nuestros primeros diplomáticos y periodistas, pero el Comité Ejecutivo Central del Consejo de Diputados Obreros y Campesinos se guardaba en prenda estos rehenes de por vida.

Los miembros del partido en el poder habían leído los sesenta números de Pravda que cubrieron el proceso (porque todos leían los periódicos) y todos habían dicho: «sí, sí, sí». Ni uno sólo dijo «no».

¿De qué se extrañaron después, en 1937? ¿De qué podían quejarse? ¿No se habían sentado todas las bases de la arbitrariedad judicial, primero con la represión extrajudicial de la Cheká más la represión judicial de los tribunales militares revolucionarios, y después con estos primeros procesos según el joven Código? ¿Acaso 1937 no iba también a ser de utilidad (a los objetivos de Stalin y — quién sabe — a los de la Historia)?

A Krylenko se le escaparon unas palabras proféticas: no estamos juzgando el pasado sino el futuro.

Al segar, lo más difícil es el primer golpe de guadaña.

 

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Hacia el 20 de agosto de 1924, Boris Viktorovich Savínkov cruzó la frontera soviética. Inmediatamente fue detenido y llevado a la Lubianka.

Sobre este regreso se han hecho muchas conjeturas. Pero hace poco, la revista soviética Nevá (1967, n° 11) confirmó la explicación dada en 1933 por Búrtsev (Byloye [El pasado], París. Nueva época II, biblioteca de la Rusia Ilustrada, vol. 47). La GPU, tras haber inducido a la traición a varios agentes de Savínkov y engañado a otros, lanzó con su ayuda un anzuelo seguro: ¡En Rusia había una gran organización clandestina que languidecía por carecer de un jefe que estuviera a la altura! ¡Imposible imaginar un cebo más apetitoso! Además, Savínkov no podía terminar apaciblemente en Niza su turbulenta vida.

La instrucción del proceso se redujo a un solo interrogatorio, que abarcaba únicamente las declaraciones voluntarias del encausado y una evaluación de sus actividades. El 23 de agosto el auto de procesamiento ya obraba en poder del tribunal. (Una rapidez increíble, pero que surtió su efecto. Alguien había calculado con acierto que torturar a Savínkov para arrancarle una penosa y falsa declaración habría echado por tierra la verosimilitud del caso.)

En el pliego de acusaciones, redactado en una terminología perfeccionada para volver cualquier cosa del revés, se culpaba a Savínkov de todo lo imaginable: de haber sido un «pertinaz enemigo del campesinado más pobre»; de «ayudar a la burguesía rusa en sus aspiraciones imperialistas» (es decir, de haber estado en 1918 a favor de continuar la guerra contra Alemania); de «haber mantenido contacto con representantes del mando aliado» (¡en la época en que era administrador del Ministerio de la Guerra!); de «haber entrado a formar parte, con fines provocativos, de los comités de soldados» (es decir: de haber sido elegido por los soldados diputados); o bien — ¡ésta sí que es buena! — de haber abrigado «simpatías monárquicas». Pero todo esto no es más que lo viejo; había además acusaciones nuevas que en lo sucesivo no podrían faltar en ningún proceso: aceptar dinero de los imperialistas, espionaje en favor de Polonia (¡ya se habían olvidado del Japón!) e intención de envenenar con cianuro potásico a todo el Ejército Rojo (no había envenenado a un solo soldado).

El proceso empezó el 26 de agosto. Presidía el tribunal Ulrich (es la primera vez que lo encontramos), y no había ningún acusador, como tampoco defensor. Savínkov no hizo grandes esfuerzos por defenderse, casi se mostró apático y apenas intentó rebatir las pruebas. Al parecer, el acusado se vio muy turbado al oír la consabida cantinela, que esta vez, ciertamente, venía como anillo al dedo: ¡pero si es usted tan ruso como nosotros! ¡Usted y nosotros, es decir: nosotros ! No hay duda de que usted ama a Rusia, y nosotros respetamos este sentir suyo. ¿Acaso no profesamos también nosotros ese mismo amor? ¿Y no somos ahora nosotros la fuerza y la gloria de Rusia? ¿Y contra nosotros quería usted luchar? ¡Arrepiéntase!

Pero lo más sorprendente fue la sentencia: «La salvaguardia del orden revolucionario no hace indispensable la aplicación de la medida suprema de castigo y, dado que el ánimo de venganza es contrario al sentido de la justicia de las masas proletarias», se conmuta la pena de fusilamiento por diez años de privación de libertad.

Esto causó revuelo y, en aquella época, conmovió muchas mentes: ¿Relajación del poder? ¿Metamorfosis? Ulrich incluso se sintió obligado a dar explicaciones y justificó en las páginas de Pravda la concesión de gracia a Savínkov. ¿Cómo vamos a tener miedo de un Savínkov cualquiera tras siete años de régimen soviético cada vez más fortalecido? (No nos lo tomen a mal si para su vigésimo aniversario al régimen le viene un achaque de debilidad y tenemos que fusilar a cientos de miles.)

Así pues, envuelto en ese primer misterio que era su regreso al país, aparecía un segundo enigma: una sentencia que no era a muerte (la cual Búrtsev explica así: a Savínkov le habían hecho creer que dentro de la GPU existían corrientes opositoras dispuestas a aliarse con los socialistas, y que acabarían poniéndolo en libertad y confiándole algún papel activo; por esto llegó a un acuerdo con los jueces de instrucción). Después del juicio, permitieron a Savínkov... enviar cartas abiertas al extranjero, entre otras a Búrtsev, y en esas cartas Savínkov intentaba persuadir a los revolucionarios emigrados de que el régimen soviético se sostenía en la voluntad popular y que era inadmisible combatir contra él.

Pero en mayo de 1925 estos dos misterios se vieron eclipsados por un tercero: sumido en la depresión, Savínkov se arrojó por una ventana no enrejada a un patio interior de la Lubianka sin que los ángeles custodios de la GPU hubieran sido capaces de agarrarlo y detenerlo. Sin embargo, por lo que pudiera ser (para que no tuvieran tropiezos en su carrera), Savínkov les dejó una carta eximitoria en la que explicaba el por qué de su decisión. Estaba escrita con tanta sensatez y coherencia, era tan fidedigna y tanto se ajustaba al estilo y a la palabra de Savínkov, que todos quedaron convencidos de su autenticidad, de que nadie que no fuera Savínkov habría podido redactar aquella carta y de que éste había puesto fin a su vida tras tomar conciencia de su quiebra política. (Hasta una persona tan sagaz como Búrtsev no vio en todo este asunto más que una traición de Savínkov, sin que la autenticidad de la carta ni del suicidio le plantearan duda alguna. Hasta el acto más perspicaz tiene sus limitaciones.)

Y nosotros, los cretinos, los presos llegados más tarde a la Lubianka repetíamos como crédulos loros que las mallas metálicas en cada hueco de escalera de la Lubianka se habían instalado a raíz de que Savínkov saltara al vacío. Hasta tal punto nos subyugaba esa bella leyenda que olvidábamos una cosa: ¡la práctica de los carceleros es internacional! Mallas como aquéllas las había ya en las prisiones estadounidenses a principios de siglo, ¿cómo podía ir a la zaga la técnica soviética?

En 1937, en uno de los campos de Kolymá, justo antes de morir, el antiguo chekista Arthur Schrübel contó a uno de sus compañeros que él fue uno de los cuatro hombres que arrojaron a Savínkov al patio de la Lubianka por la ventana del cuarto piso. (Lo cual no se contradice con lo que relata actualmente la revista Nevá cuando dice que el antepecho de la ventana era bajo, casi como la puerta de un balcón. ¡Qué habitación más bien escogida! Sólo que, según el autor soviético, el hecho se debió a una distracción de los ángeles custodios, mientras que según Schrübel lo lanzaron todos a la vez.)

Y el segundo enigma, el de la sentencia desproporcionadamente clemente, queda aclarado por el tercer misterio, mucho mas rudimentario.

Se trataba de un rumor sin confirmar, pero había llegado hasta mí y yo, a mi vez, lo transmití en 1967 a M.P. Yakubóvich, quien exclamó con ese brío juvenil que conservaba, y con brillo en los ojos: «¡Ya lo creo! ¡Concuerda! ¡Y yo que no había querido creer a Bliumkin porque me parecía que se estaba pavoneando!». Esto es cuanto pudimos aclarar: a finales de los años veinte, Bliumkin contó a Yakubóvich, de manera estrictamente confidencial, que él había escrito la supuesta carta postuma de Savínkov por encargo de la GPU. Según ha podido saberse, mientras Savínkov estuvo preso, Bliumkin tuvo libre acceso permanente a la celda de aquél y le «distraía» por las tardes. (¿Presintió Savínkov que era la muerte quien lo visitaba con frecuencia, una muerte zalamera y cordial en la que no era posible advertir signos de fatalidad?) De este modo Bliumkin pudo captar de Savínkov su manera de pensar y de expresarse, hasta llegar a sus últimos pensamientos.

Habrá quien se pregunte: ¿Y por qué arrojarlo por la ventana? ¿No habría sido más sencillo envenenarlo? Quizás es que mostraron el cadáver o creyeron que podría hacerles falta.

En qué otra parte mejor que en ésta podemos contar el final de Bliumkin, intrépidamente acorralado por Mandelstam (T96) en pleno cénit de su gloria en la Cheká. Ehrenburg había comenzado a escribir sobre Bliumkin, pero luego se avergonzó de ello y lo dejó. Y no es que falte qué contar. Después de haber aplastado en 1918 a la izquierda eserista, el asesino de Mirbach no sólo no fue castigado, no sólo no compartió la suerte de todos sus compañeros eseristas de izquierdas, sino que se convirtió en el protegido de Dzerzhinski (que también quiso echarle una mano a Kósyrev) y adoptó la apariencia externa de un bolchevique. Si querían conservarlo era, evidentemente, para encargarle asuntos de sangre de gran responsabilidad. En cierta ocasión, en vísperas de los años treinta, fue enviado en secreto al extranjero para cometer un asesinato. . Sin embargo, movido por su espíritu aventurero, acaso por su admiración hacia Trotski, Bliumkin se llegó a las islas de los Príncipes, para preguntarle al Doctor Jurisconsulto si tenía algún recado para la URSS. Trotski le dio un paquete para Radek, Bliumkin lo trajo y lo entregó a su destinatario, y esta visita a Trotski no se habría descubierto de no ser porque el brillante Radek ya se había convertido en un soplón.

Radek hundió a Bliumkin, y éste desapareció en las fauces del monstruo que él mismo había alimentado dándole, de su propia mano, la primera leche ensangrentada.

Pero los procesos más importantes, los más célebres están aún por llegar...

 

 

10. La madurez de la ley

¿Pero dónde estaban aquellas muchedumbres que en la locura de la desesperación iban a arrojarse desde Occidente contra el alambre de espino de nuestra frontera y que nosotros íbamos a fusilar a tenor del Artículo 71 por regreso no autorizado a la RSFSR? A despecho del pronóstico científico, no había tales muchedumbres y seguía sin tener objeto el artículo que Lenin dictara. En toda Rusia, a nadie salvo al extravagante Savínkov se le había ocurrido regresar, y encima ni siquiera llegaron a aplicarle el mencionado artículo. En cambio, la pena contraria (la expulsión al extranjero como conmutación de la pena de muerte) se puso en práctica sin tardanza y en más de una ocasión.

Por aquellos días, en plena redacción del código, Vladímir Ilich seguía desarrollando su brillante proyecto y, el 19 de mayo de 1922, escribía con mano febril: «¡Camarada Dzerzhinski! A propósito de la expulsión al extranjero de escritores y profesores que hayan colaborado con la contrarrevolución, debo decir que este asunto ha de prepararse con toda cautela. Sin preparación haremos muchas tonterías... Hay que organizar el asunto de tal modo que podamos capturar a esos "espías militares", y seguir capturándolos, y enviarlos al extranjero de manera constante y sistemática. Le ruego que muestre esta carta confidencialmente a los miembros del Politburó sin sacar copias». (109)

El carácter confidencial, natural en este caso, venía determinado por la importancia y ejemplaridad que había de revestir la medida. La división de clases en la Rusia soviética, diáfanamente clara, sólo quedaba alterada por ese borrón gelatinoso e impreciso que representaba la antigua intelectualidad burguesa, que, en el terreno ideológico, desempeñaba un papel de verdaderos espías militares. Nada mejor podía ocurrírseles que barrer cuanto antes aquel poso de ideas y arrojarlo más allá de la frontera.

El propio camarada Lenin yacía ya enfermo, pero es evidente que los miembros del Politburó dieron su aprobación, de modo que el camarada Dzerzhinski organizó la batida. A finales de 1922, cerca de trescientos prominentes hombres de letras rusos fueron embarcados... ¿en una barcaza quizá? Nada de eso: a bordo de un vapor, y enviados al vertedero europeo. (Entre los nombres de quienes culminaron su trayectoria en Occidente y alcanzaron la fama figuraban los filósofos: N.O. Losski, S.N. Bulgakov, N.A. Berdiáyev, F.A. Stepún, B.P. Vysheslávtsev, L.P. Karsavin, I.A. Ilin; los historiadores: S.P. Melgunov, V.A. Miakotin, A.A. Kizevetter, I.L. Lapshin; los literatos y periodistas: Y.I. Aijenvald, A.S. Izgóyev, M.A. Osorguin, A.V. Peshejónov. Enviaron pequeños grupos también en 1923, por ejemplo el secretario de Lev Tolstói, V.F. Bulgakov. Por haber andado con malas compañías fueron expulsados también algunos matemáticos como D.F. Selivánov.)

Sin embargo, la batida no llegó a ser constante y sistemática. Quizá fuera el clamor de los emigrados — que agradecían ese «regalo» — quién sabe, pero el caso es que se dieron cuenta de que no era la medida más oportuna, que estaban desaprovechando un buen material para el paredón y que en aquel vertedero podían acabar creciendo flores venenosas. Y abandonaron esta medida. A partir de entonces mandarían toda la basura a juntarse con Dujonin o bien al Archipiélago.

Promulgado en 1926 (y en vigor hasta la época de Jruschov), el Código Penal mejorado entretejió las hilachas de los artículos políticos anteriores para formar una única y sólida red, la del Artículo 58, que fue lanzada a la pesca. Las capturas se extendieron con rapidez a ingenieros y técnicos, tanto más peligrosos porque ocupaban una fuerte posición en la economía nacional y eran difíciles de controlar con la sola ayuda de la Doctrina Progresista. Ahora resultaba evidente que el juicio en defensa de Oldenborger había sido un error (¡pues menudo Centro se había formado a su alrededor!) y precipitada la declaración absolutoria de Krylenko: «en 1920-1921 ya no cabía hablar de sabotaje por parte de los ingenieros». (110) Ahora ya no se trataba de sabotaje, sino de algo todavía peor: empecimiento (al parecer fue un oscuro juez de instrucción del caso Shajty quien dio con esta palabra).

Apenas había quedado claro de qué andaban detrás — el empecimiento —, acto seguido, pese a lo inusitado de dicho concepto en la historia de la humanidad, empezaron a descubrirlo sin dificultad en todas las ramas de la industria y en cada una de las empresas. Sin embargo, estos hallazgos esporádicos no respondían a un plan único, a una ejecución perfecta, mientras que la naturaleza de Stalin y todo cuanto había de investigación en nuestro sistema judicial tendían manifiestamente a ello. ¡Mas la Ley por fin había alcanzado la madurez y ya podía mostrar al mundo algo realmente perfecto!: un proceso unitario, grande, bien conjuntado, esta vez contra los ingenieros. Así es como tuvo lugar

el caso Shajty (18 de mayo-15 de julio de 1928).

Sesión extraordinaria del Tribunal Supremo de la URSS, presidente A.Y. Vyshinski (todavía rector de la Primera Universidad Estatal de Moscú), principal acusador N.V. Krylenko (¡un mano a mano memorable! Como si uno pasara el relevo al otro), (111) cincuenta y tres acusados, cincuenta y seis testigos. ¡Grandioso!

 

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