Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag

La Editorial

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¡Mas ay!, esta grandiosidad fue precisamente el punto flaco del proceso: si había que tirar de cada acusado con tres hilos, aunque sólo fuera con tres, ya sumaban 159, frente a los diez dedos de Krylenko y los otros diez de Vyshinski. Como es natural, «los acusados se esforzaron en descubrir sus graves crímenes ante la sociedad», pero no todos, sino sólo dieciséis de ellos. Otros trece estuvieron escabulléndose y veinticuatro no admitieron en absoluto su culpabilidad. (112) Ello fue causa de una discordancia inadmisible que las masas no podían comprender de ninguna manera. Junto a los aspectos positivos del proceso (que, por lo demás, eran herencia de vistas anteriores) — la indefensión de los acusados y sus abogados, su incapacidad para eludir o desviar la implacable losa de la sentencia —, saltaban a la vista los defectos de este nuevo proceso, especialmente imperdonables para un hombre con la experiencia de Krylenko.

En el umbral de la sociedad sin clases éramos, por fin, capaces de emprender un proceso judicial sin conflictos (que reflejara la ausencia de conflictividad interna en nuestro orden social) de modo que no sólo el tribunal y el fiscal, sino la defensa y los acusados persiguieran colectivamente un mismo objetivo.

Además, las proporciones del caso Shajty — que sólo abarcaba la industria hullera, y sólo en la cuenca del Donets — no estaban a la altura de la época.

Sin duda fue entonces, el mismo día en que concluyó el caso Shajty, cuando Krylenko empezó a cavar una nueva fosa de mayores proporciones (en la que caerían incluso dos de sus colegas del proceso de Shajty: los acusadores públicos Osadchi y Schein). Huelga decir con qué ganas y habilidad le ayudaría todo el aparato de la OGPU, que ya había pasado a las firmes manos de Yagoda. Había que crear y descubrir una organización de ingenieros que abarcase todo el país. Para ello se necesitaban algunas figuras «empecedoras» importantes que figuraran en primer término. ¿Acaso podía haber alguien en los círculos de los ingenieros que no conociera a semejante personaje, indiscutiblemente fuerte e insoportablemente orgulloso?

Esta figura era Piotr Akímovich Palchinski. Ingeniero de minas, muy conocido ya a principios de siglo, había sido durante la guerra mundial vicepresidente del Comité de la Industria Militar, es decir, había dirigido el esfuerzo de guerra de toda la industria privada rusa. Después de la Revolución de Febrero fue viceministro de Industria y Comercio. Sufrió persecución bajo el zarismo por sus actividades revolucionarias. Después de la Revolución de Octubre había estado tres veces en la cárcel (en 1917, en 1918 y en 1922), y en 1920 había sido nombrado profesor del Instituto de Minería y asesor del Plan Estatal. (Para más detalles sobre él, véase el capítulo décimo de la Tercera Parte.)

Así pues, escogieron a este Palchinski como acusado principal para un nuevo y grandioso proceso. Sin embargo, el imprudente Krylenko se adentraba en el mundo de los ingenieros — para él desconocido — sin tener ni idea no ya sobre resistencia de materiales, sino incluso sin sospechar que también las almas pudieran ofrecer resistencia, y ello pese a sus diez años de ya célebre actividad como fiscal. La elección de Krylenko resultó un error: Palchinski resistió todos los procedimientos que conocía la OGPU y no cedió; de hecho, murió sin haber firmado ninguna idiotez. Junto a él pasaron la prueba, y al parecer tampoco cedieron, N.K. von Meck y A.F. Velichko. Seguimos sin saber si murieron a consecuencia de las torturas o si fueron fusilados, pero demostraron que era posible resistirse, que era posible mantener la firmeza, y con ello desaparecieron dejando tras de sí una ardiente estela de reproche para los ilustres reos que les sucedieron.

El 24 de mayo de 1929, para no tener que reconocer su derrota, Yagoda publicó un breve comunicado de la OGPU en el que se daba a conocer el fusilamiento de los tres hombres por empecimiento a gran escala y la condena de otros muchos cuyos nombres no se mencionaban. (113

¡Y cuánto tiempo perdido en vano! ¡Casi un año entero! ¡Cuántas noches de interrogatorios! ¡Qué derroche de imaginación por parte de los jueces de instrucción! Y todo para nada. Krylenko se vio obligado a empezar de nuevo desde cero: buscar otra figura que fuera fuerte y prestigiosa, al tiempo que totalmente débil y manejable. Pero tan mal comprendía a aquella maldita raza de ingenieros, que perdió otro año en pruebas infructuosas.

Desde el verano de 1929 se dedicó a Jrénnikov, pero también Jrénnikov murió sin haber aceptado tan ruin papel. Al viejo Fedótov sí consiguieron doblegarlo, pero era del ramo textil y les hubiera cundido bien poco. ¡Otro año echado a perder! El país esperaba un proceso general contra los empecedores, lo mismo que el camarada Stalin, pero Krylenko no daba pie con bola. Y así hasta el verano de 1930, cuando a alguien se le ocurrió proponer: ¡Ramzin, el director del Instituto Termotécnico! Y lo arrestaron. Bastaron tres meses para ensayar y representar un magnífico espectáculo, una verdadera obra maestra de nuestra justicia y un modelo inasequible para la justicia mundial:

 

Proceso contra el «Partido Industrial» (25 de noviembre-7 de diciembre de 1930).

Sesión extraordinaria del Tribunal Supremo, el mismo Vyshinski, el mismo Antónov-Sarátovski, el mismo Krylenko, nuestro amigo entrañable.

Ahora ya no existen «razones de índole técnica» que impidan ofrecer al lector el acta taquigráfica completa del proceso — de hecho, obra en mis manos (114) — o admitir corresponsales de prensa extranjeros.

Una iniciativa por todo lo grande: sentar en el banquillo de los acusados a toda la industria del país, todas sus ramas y todos sus órganos de planificación. (Sin embargo, sólo el ojo del escenificador podía advertir que había resquicios, por los cuales ya habían desaparecido la industria minera y el transporte ferroviario.) Y al propio tiempo, parquedad en el material utilizado: los acusados eran únicamente ocho (se habían tenido en cuenta los errores del proceso de Shajty).

Exclamaréis: ¿Y ocho hombres habían de representar a toda la industria? ¡Pues sí, y eran más que suficientes! Tres de los ocho representaban exclusivamente al sector textil, la más importante rama para la defensa nacional. ¿Pero será entonces que había multitud de testigos? Pues siete personas, tan empecedores como los acusados y también arrestados. ¿Pero habrá entonces al menos una montaña de documentos inculpatorios? ¿Planos?, ¿proyectos?, ¿normativas?, ¿extractos?, ¿propuestas?, ¿informes?, ¿notas particulares? ¡Nada de nada! O sea, ¡ n i un miserable papelucho ! ¿Pero en qué andaba pensando la GPU? ¿Detener a tanta gente y no guardarse ni un solo papel? «Había muchos», pero «todos han sido destruidos», ya que: «¿dónde íbamos a meter tantos archivos?» Se presentaron al tribunal, únicamente, unos breves artículos publicados tanto en nuestra prensa como en la de la emigración. ¿Y cómo montar la acusación? Por algo estaba ahí Nikolai Vasílievich Krylenko. Por algo habían recurrido a alguien que no era un primerizo. «En toda circunstancia, el mejor indicio continua siendo la confesión de los acusados.» (115)

¡Y vaya confesiones! ¡No eran forzadas, sino que salían sinceramente del alma, con ese remordimiento que arranca del pecho monólogos inagotables en que el acusado desea hablar y hablar, desenmascarar, fustigar! Al anciano Fedótov hasta tuvieron que pedirle que se volviera al banquillo: ya tenían suficiente; ¡pero él se empeñaba en dar más y más explicaciones e interpretaciones! Durante cinco sesiones seguidas el tribunal ni siquiera tuvo necesidad de hacer ninguna pregunta: los acusados hablaban, hablaban y daban explicaciones, y pedían de nuevo la palabra para completar lo que se les hubiera olvidado. Sin necesidad de ninguna pregunta se lanzaban a explicar por deducción todo cuanto necesitara la acusación.

Después de sus prolijas explicaciones, Ramzin ofreció para mayor claridad hasta un breve resumen, como si se encontrara ante unos alumnos de pocas luces. Lo que más temían los acusados era que quedara algo por aclarar, alguna persona por desenmascarar, algún apellido por mencionar, alguna intención perniciosa por dilucidar. ¡Y cómo se injuriaban a sí mismos!: «Soy un enemigo de clase», «soy un vendido», «nuestra ideología burguesa». El fiscal: «¿Fue una equivocación de usted?». Charnovski: «¡Y mi crimen!». Krylenko no tuvo que trabajar nada; se pasó las cinco sesiones tomando té con pastas o lo que le trajeran.

¿Pero cómo sobrellevaron los encausados tamaño estallido emocional? No contamos con una transcripción magnetofónica de sus palabras, pero Otsep, el abogado defensor, nos da cumplida cuenta: «Las palabras de los acusados fluían diligentes, frías, con serenidad profesional». ¡Esa sí que es buena! Semejante afán de confesión ¿y nos salen ahora con que el discurso era diligente?, ¿frío? Y eso no es todo: murmuraban tan quedamente su espontáneo arrepentimiento, que a menudo Vyshinski amonestaba a los acusados para que hablaran más alto y con más claridad, ya que no se les entendía nada.

Tampoco la defensa perturbó en lo más mínimo la elegante armonía del proceso: se mostró de acuerdo con todas las propuestas planteadas por el fiscal; calificó de histórico su discurso de acusación, y en cuanto a sus propias alegaciones, reconoció que eran muy exiguas y admitió que la defensa las formulaba contra los deseos de su corazón, pues «un defensor soviético es ante todo un ciudadano de la URSS» que «como el resto de trabajadores experimenta una sensación de indignación» ante los crímenes de sus patrocinados (Proceso contra el Partido Industrial, pág. 488).

Durante la instrucción sumarial la defensa formuló alguna que otra pregunta, tímida y vacilante, que era retirada tan pronto como metía baza Vyshinski. Los abogados defendieron únicamente a dos ingenieros textiles inofensivos, pero sin atreverse a discutir la materia de los cargos ni la calificación de los actos punibles. Ésta fue su única petición: «¿No podría mi defendido evitar la ejecución? ¿Qué es más productivo, camaradas jueces, su cadáver o su trabajo?». (T97)

¿Cuáles habían sido los repugnantes crímenes de estos ingenieros burgueses? Pues fíjense ustedes: planearon un ritmo de crecimiento retardado (por ejemplo, un incremento anual de la producción de tan sólo el 20-22 %, aunque los obreros estaban dispuestos a llegar hasta un 40 y un 50 %). Se retardaba el ritmo de extracción de combustibles. No habían desarrollado con suficiente rapidez la cuenca hullera del Kuznets. Aprovecharon los debates sobre teoría económica (sobre si era preciso suministrar a la cuencia hullera del Donets electricidad procedente de la central del Dniéper; si se debía construir un gran eje de comunicación entre Moscú y la cuenca del Donets) para postergar la solución de problemas importantes. (Todas las obras están manga por hombro, y los ingenieros, venga a discutir, venían a decir.) Retrasaban el examen de los proyectos técnicos (o sea, que no los aprobaban de buenas a primeras). En sus conferencias sobre resistencia de materiales se atenían a una postura antisoviética. Mandaban instalar maquinaria anticuada. Inmovilizaban capitales (invirtiéndolos en proyectos costosos y a largo plazo). Llevaban a cabo reparaciones superfluas (!). Utilizaban mal los metales (pero era porque algunas clases de hierro no se podían conseguir). Creaban desequilibrios entre los centros de producción, la materia prima disponible y las posibilidades de procesarla (lo que se ponía especialmente de manifiesto en el sector textil, en el que se habían construido un par de fábricas más de lo que exigía la cosecha de algodón). Luego, el salto brusco de los planes mínimos a los máximos, con lo que se daba inicio a un claro y dañino desarrollo acelerado de la sufrida industria textil. Y lo más importante: se planearon actos de sabotaje (ni una sola vez fueron puestos en práctica, en ninguna parte) contra las instalaciones de suministro energético. De esta manera, el empecimiento no se traducía en daños o desperfectos concretos, sino que apuntaba contra la planificación y la capacidad productiva, y debía haber conducido en 1930 a una crisis general e incluso a la completa paralización de la economía. Y, si no se llegó a eso, fue sólo gracias a los contraproyectos de producción y financiación propuestos por las masas (¡que duplicaban siempre las cifras previstas!).

-ya oigo murmurar al escéptico

— ¡Venga ya, venga ya!... lector.

¿Pero cómo? ¿Es que le parece poco? Y si además durante el juicio repetimos y machacamos cada punto de cinco a ocho veces, quizá ya no resulte tan poco, ¿verdad?

—¡Venga ya, venga ya!... —sigue en sus trece el lector de los años sesenta —. ¿Y no pudo deberse todo esto precisamente a esos contraproyectos? ¿Cómo no va a haber desequilibrios, si cualquier asamblea sindical puede trastocar todas las proporciones como le venga en gana sin consultar siquiera con el Plan Estatal?

¡Oh, qué amargo es el pan de los fiscales! Pues ¿no han decidido que se publique cada palabra? Por consiguiente, también los ingenieros van a poder enterarse de todo. ¡No era momento de salirse por peteneras! Y Krylenko se lanzó impávido a disertar y a hacer preguntas sobre detalles técnicos. Y tanto las páginas interiores como los sueltos de los enormes periódicos se llenaron de sutilezas técnicas en letra menuda. Contaban con que cualquier lector quedaría atontado, que las noches y los días festivos se le harían cortos para leerse todo aquello, de modo que lo dejaría correr, salvo acaso el estribillo introducido regularmente cada cuantos párrafos: ¡Empecimiento! ¡Empecimiento! ¡Empecimiento!

¿Y si a pesar de todo alguien empezaba a leérselo? ¿Y si seguía renglón tras renglón?

Entonces vería — a través de esa maraña de banales auto-inculpaciones, pergeñadas con tanta estulticia e ineptitud — que la Lubianka había echado su nudo corredizo en un asunto que le venía grande, en una tarea que no era de su competencia; que el pensamiento del siglo XX escapaba a ese tosco dogal batiendo fuerte sus alas. Los reos estaban ahí, cautivos, sumisos, con las cabezas gachas, sí; ¡pero su espíritu levantaba el vuelo! Y aunque extenuadas y aterrorizadas, las lenguas de los acusados conseguían contárnoslo todo y llamar a cada cosa por su nombre.

Veamos en qué ambiente habían tenido que trabajar. Kalinnikov: «Debemos reconocer que ha surgido entre nosotros un clima de desconfianza en el terreno técnico». Lárichev: «Tanto si queríamos como si no, era preciso extraer esos 42 millones de toneladas de petróleo (es decir, que habían recibido la orden desde arriba)... ya que 42 millones de toneladas de petróleo son imposibles de extraer en ninguna circunstancia». (Proceso contra el Partido Industrial, pág. 325.)

El trabajo de esta desdichada promoción de ingenieros se encontraba encajonado entre estas dos imposibilidades. El Instituto Termotécnico se enorgullecía del principal resultado de sus investigaciones: había aumentado de modo espectacular el coeficiente de rendimiento del combustible, por lo cual se habían previsto necesidades de combustible menores, ¡es decir: empecimiento, porque con ello había disminuido el nivel de extracción de combustible!

El plan para el sector de transportes preveía equipar todos los vagones con enganche automático, ¡es decir: empecimiento, porque con ello estaban inmovilizando capital! (Ya que toda inversión en enganches automáticos no se amortiza sino a largo plazo, ¡pero nosotros todo lo queremos para mañana!) Para aumentar el rendimiento de los trayectos de vía única decidieron aumentar el gálibo de locomotoras y vagones. Así pues, ¿una modernización? ¡no, empecimiento!, pues habría que invertir recursos en reforzar el balasto en puentes y vías.

Partiendo de un razonamiento económico tan profundo como que en Estados Unidos, al revés que en nuestro país, el capital es barato y la mano de obra cara, y que por tanto no podíamos andar siempre imitándolos como monos, Fedótov concluyó que no tenía sentido adquirir costosas cadenas de montaje norteamericanas, que en los próximos diez años sería más provechoso comprar otras inglesas menos complejas y costosas y destinar más obreros a ellas, y que dentro de diez años, cuando fuera inevitable renovar la maquinaria — cara o barata —, entonces ya podríamos permitirnos las más caras. ¡Pues era empecimiento, porque escudándose en el ahorro querían privar a la industria soviética de las máquinas más avanzadas!

Comenzaron a construirse fabricas de hormigón armado, en vez de hormigón más barato, argumentando que en cien años la inversión se habría amortizado más que de sobra. ¡Pues era empecimiento! ¡Inmovilización de capitales! ¡Derroche de armadura, tan escasa como era, (¿Para qué la guardaban entonces, para dientes postizos?)

En el banquillo de los acusados, Fedótov admite de buen grado:

— Naturalmente, si hoy día cada cópek cuenta, hay que ver en ello empecimiento. No en vano dicen los ingleses: no soy tan rico que pueda permitirme cosas baratas...

Le intenta explicar con amabilidad al testarudo fiscal:

— Cualquier enfoque teórico establece unas normas que siempre acaban por resultar (¡ser declaradas!) empecedoras... (pág. 365).

¿Acaso podría haberlo expuesto con mayor claridad un acusado aterrorizado? ¡Lo que para nosotros es teoría, para vosotros es empecimiento Porque vosotros necesitáis tenerlo todo hoy, sin pensar lo más mínimo en el día de mañana...

El anciano Fedótov intentaba aclarar cómo se pierden centenares de miles y hasta de millones de rublos por culpa de las prisas frenéticas del plan quinquenal: el algodón no se selecciona en origen de modo que cada fabrica reciba la calidad que precisa, sino que se envía de cualquier manera, todo mezclado.

¡Pero el fiscal no escucha! Con la terquedad de un busto de piedra, a lo largo del proceso, vuelve que te vuelve, y vuelta a repetir decenas de veces una cuestión de mucho más efecto, simple como un jueguecito de cubos de madera apilables ¿Por qué construían «fábricas como palacios», de techos altos, amplios pasillos y una ventilación excesivamente buena? ¿No era esto un claro empecimiento? ¡Cuánto capital inmovilizado! ¡Irrecuperable! Los empecedores al servicio de la burguesía explican que el Comisariado del Pueblo para el Trabajo deseaba que en la patria del proletariado se construyeran para los obreros naves espaciosas y bien aireadas (por tanto, en el Comisariado del Pueblo para el Trabajo también había empecedores, ¡hay que tomar nota!). Loa médicos recomendaban que la altura de los techos fuera de nueve metros, pero Fedótov los había rebajado a seis. ¿Y por qué no a cinco? ¡Por consiguiente, empecimiento! (Y de haberlos rebajado a cuatro y medio habría sido también un flagrante empecimiento: por haber querido someter a los libres obreros soviéticos a las espantosas condiciones de las fábricas capitalistas.)

Le argumentan a Krylenko que esto no representaba más que un tres por ciento del coste de toda la fábrica y equipamientos, pero él, erre que erre, ¡siempre con la dichosa altura del techo! Y además: ¿Cómo habían osado poner ventiladores tan potentes? Es que estaban calculados para los días más calurosos del verano... ¿Y por qué para los días más calurosos? ¡Pues en los días de más calor que los obreros suden un poco!

Y entretanto: «las desproporciones eran inherentes..., tenían su origen en la negligencia de los superiores, mucho antes de que hubiese un "centro de ingenieros"» (pág. 204). «No había necesidad de ninguna actividad empecedora..., bastaba con atenerse a lo previsto para que todo llegara a término por sí solo» (pág. 202). ¡Charnovski no podía expresarse con mayor claridad! Téngase en cuenta que había pasado ya muchos meses en la Lubianka y que pronunciaba estas palabras desde el banquillo de los acusados. Bastaba con atenerse a lo previsto (es decir, a las indicaciones de los negligentes de arriba) para que el absurdo plan se desmoronara por si solo. Este era su empecimiento: «Teníamos capacidad para producir, por ejemplo, mil toneladas, pero nos exigían (según el estúpido plan) tres mil, y no hicimos nada por cumplir esta obligación».

Convendrán ustedes que no es poco para un acta taquigráfica oficial, revisada y censurada, de aquellos años.

Muchas veces, Krylenko fatigaba tanto a sus actores que el tono de sus voces denunciaba cansancio por los sinsentidos que les obligaba a machacar una y otra, vez, y hasta sentían vergüenza por el autor, pero tenían que seguir representando su papel si querían alargar un poco más sus vidas.

KRYLENKO: ¿Está usted de acuerdo?

FEDÓTOV: Estoy de acuerdo..., aunque en general no creo que... (pág. 425).

KRYLENKO: ¿Lo corrobora usted?

FEDÓTOV: A decir verdad..., en algunos detalles... creo que en general... sí (pág. 356).

Los ingenieros (los que aún estaban en libertad, los que no habían sido todavía encarcelados y tenían que trabajar con afán después de la injuria judicial inferida a su profesión) no tenían salida alguna.

Todo estaba mal. Mal si decían sí, mal si decían no. Mal si avanzaban, mal si retrocedían. Si trabajaban apresuradamente, era una precipitación empecedora; si trabajaban metódicamente, una empecedora alteración de los ritmos. Si se actuaba con prudencia durante el desarrollo de un sector de la industria, se trataba de un retraso premeditado, un sabotaje; si se sometían a los saltos caprichosos, una empecedora desproporción. Las reparaciones, las mejoras, la preparación a fondo eran inmovilización de capitales; aprovechar los equipos hasta el fin de su vida útil ¡era sabotaje! (Además, los jueces instructores se enteraban de todo esto por los propios acusados: tras haber estado sometido al insomnio y al calabozo, hasta usted mismo citaría ejemplos convincentes de dónde pudo empecer.)

— ¡Déme usted un ejemplo bien evidente! ¡Déme un ejemplo evidente de su actividad empecedora! — apremiaba Krylenko impaciente.

(¡Y vaya si os van a dar ejemplos evidentes! ¡Pronto hasta habrá quien escriba una historia de la técnica de aquellos años! Él os dará todos los ejemplos, buenos y malos. Os dará testimonio de todas las convulsiones de vuestros epilépticos planes quinquenales a cumplir en cuatro años. Entonces sabremos cuántas riquezas y fuerzas nacionales se dilapidaron en vano. Sabremos que se desecharon los mejores proyectos y que se ejecutaron los peores, con los peores medios. ¿Cómo va a salir nada bueno si unos ingenieros puros como diamantes se hallan a las órdenes de unos Hun-vei-bin cualesquiera? Los entusiastas advenedizos causaban más estragos que sus aún más estúpidos jefes.)

Ya ven, mejor no entrar en detalles. Un exceso de detalles hace que estas fechorías sean menos dignas del paredón.

¡Pero esperen, esto aún no es todo! ¡Todavía faltan los crímenes más importantes! ¡Ahí están, ahí están, tan claros y evidentes que hasta un analfabeto los comprendería! El Partido Industrial: 1) preparaba una intervención extranjera; 2) recibía dinero de los imperialistas; 3) practicaba el espionaje; 4) había repartido las carteras de un futuro Gobierno.

¡Punto final! Todas las bocas se cerraron. Todos los que protestaban agacharon la cabeza. Sólo se oían el ruido de pasos de los manifestantes y su rugir al otro lado de la ventana: «¡Al paredón!, ¡Al paredón!, ¡Al paredón!».

¿Y no es posible dar más detalles? ¿Para qué hacen falta más detalles? Bueno, está bien, si usted se empeña... Aunque va a ser todavía peor. Todos estaban bajo el mando del Estado Mayor francés.

¡Como si Francia no tuviera sus propias preocupaciones, ni otras dificultades, ni conflictos entre partidos, como si le bastara con silbar para que las divisiones marcharan hacia la intervención! Primero la habían previsto para 1928. Pero no se pusieron de acuerdo, no estaban coordinados. De acuerdo, la aplazaron para 1930. De nuevo no hubo acuerdo. Bueno, pues para 1931. En realidad, iba a tratarse de lo siguiente: Francia no lucharía, sólo se reservaría (a cambio de asumir la organización general de la intervención) una parte de Ucrania occidental, la orilla derecha del Dniéper. Inglaterra, con mayor razón, tampoco lucharía, pero prometía enviar su flota al mar Negro y al mar Báltico como intimidación (a cambio, obtendría el petróleo del Cáucaso).

Los principales combatientes serían los siguientes: primero, cien mil emigrados rusos (desperdigados desde hacía tiempo por diversos lugares, pero listos para reunirse al instante al primer toque de silbato); después, Polonia (que se quedaría con la mitad de Ucrania), Rumania (conocida por sus brillantes victorias en la primera guerra mundial, un temible adversario), ¡Letonia!, ¡y Estonia! (Estos dos pequeños países abandonarían con gusto las preocupaciones propias de un joven Estado aún por estructurar y se lanzarían en masa a la conquista.) Y lo más terrible era la dirección de la ofensiva principal. ¿Pero cómo? ¿Ya se sabía? ¡Pues claro! La intervención empezaría en Besarabia y, apoyándose en la orilla derecha del Dniéper, (116) seguiría directamente hasta Moscú. Y en este momento crucial, en todos los ferrocarriles... ¿habría voladuras? No, ¡se producirían congestiones! Y en las centrales eléctricas, el Partido Industrial desenroscaría los plomos, de suerte que toda la Unión quedaría sumida en las tinieblas y todas las máquinas se pararían, ¡incluidas las de la industria textil! Se producirían actos de sabotaje por doquier. (Atención, acusados. ¡Hasta que se excluya al público no mencionen los métodos de sabotaje! ¡No mencionen las fábricas! ¡No mencionen los puntos geográficos! ¡No mencionen apellidos, ni extranjeros ni rusos!)

¡A todo esto hay que añadir el golpe mortal que para entonces ya habrán asestado contra la industria textil! ¡Añadir que en Bielorrusia los empecedores ya están construyendo dos o tres fábricas textiles para que sirvan de base logística a los intervencionistas! (pág. 356, no es ninguna broma). Ya en posesión de las fábricas textiles, ¡los intervencionistas avanzarían inexorablemente hasta Moscú!

Pero su más taimada conspiración era la siguiente: habían previsto (pero les faltó tiempo) desecar las tierras bajas del Kubán, las marismas de Polesie y los pantanos cercanos al lago Limen (Vyshinski ha prohibido dar nombres concretos, pero uno de los testigos se ha ido de la lengua) y así tender caminos más cortos a las tropas intervencionistas para que llegasen a pie enjuto hasta Moscú, sin que sus caballos se mojasen tampoco los cascos. (¿Por qué a los tártaros se les hizo tan difícil? ¿Por qué Napoleón se quedó a las puertas de Moscú? Pues precisamente por las marismas de Polesie y de Limen. ¡Drenarlas era tanto como dejar expuesta la ciudad de piedra blanca!) Y añadan, añadan además, que se levantaron unos hangares so pretexto de construir unos aserraderos (¡no revelen el lugar, es secreto!), para que los aviones de los intervencionistas no estuvieran bajo la lluvia y pudieran guarecerse.

Y que se construyeron también (¡nada de nombres!) ¡albergues para las tropas intervencionistas! (y en todas las guerras anteriores, ¿cómo se las apañaba el invasor para cobijarse?). Los acusados habían recibido todas las instrucciones pertinentes de dos misteriosos caballeros extranjeros: K. y R. (¡Y sobre todo, nada de nombres! ¡Y mucho menos países!) (pág. 409). Más recientemente, hasta habían pasado a «preparar movimientos de traición en unidades aisladas del Ejército Rojo». (¡No digan en qué arma del Ejército! ¡No mencionen en qué unidades! ¡Ni un solo apellido!) Aunque es verdad que no llegaron a materializar ninguno de estos proyectos, tenían, no obstante, un plan (también infructuoso) para infiltrar en algún organismo central del Ejército una célula de economistas que habían sido oficiales del Ejército Blanco. (¿Ah, sí? ¿Del Ejército Blanco? ¡Tomen nota! ¡Arrestadlos!) Y una célula de estudiantes de tendencia antisoviética... (¿Conque estudiantes? ¡Tomen nota! ¡Arrestadlos!) (De todos modos, hay que saber tirar de la cuerda sin llegar a romperla. No vaya a ser que los obreros se desmoralicen y crean que todo está perdido, que han pillado dormido al régimen soviético.

Pero también esto queda aclarado: fue mucho lo que se tramó, pero poco lo perpetrado. ¡Ninguna de las industrias había sufrido pérdidas considerables!

Entonces, ¿por qué no se produjo la intervención extranjera? Pues por diversas y complejas razones. Una vez porque, en Francia, Poincaré no había salido elegido, otra porque nuestros industriales emigrados consideraban que los bolcheviques todavía no habían reconstruido del todo sus antiguas empresas: ¡que sigan trabajando los bolcheviques! Y para colmo, no había forma de entenderse con Polonia y Rumanía.

Muy bien, no había habido intervención, ¡pero existía el Partido Industrial! ¿Oís ese ruido de pisadas? ¿No oís el murmullo de las masas trabajadoras?: «¡Al paredón!, ¡Al paredón!, ¡Al paredón!». Ahí abajo desfilan «aquellos que, en caso de guerra, deberán pagar con su vida, con privaciones y sufrimientos los atropellos de estos sujetos» (pág. 437 - del discurso de Krylenko).

(Era como si lo hubiera visto en una bola de cristal: ¡en 1941 serían esos crédulos manifestantes quienes pagaran con sus vidas, privaciones y sufrimientos los atropellos de estos sujetos! ¿Pero dónde señala usted con el dedo, fiscal? ¿A quién?)

¿Por qué un Partido Industrial? ¿Por qué precisamente un partido y no un Centro de técnicos e ingenieros, si ya estábamos acostumbrados a hablar de «centros»?

Pero es que también había habido un «Centro». Lo que ocurre es que decidieron transformarse en un «partido», que tiene mucho más empaque. Así también les resultaría más fácil batirse por las carteras ministeriales en el futuro Gobierno. Con ello se «movilizaba a las masas de ingenieros y técnicos en su lucha por el poder». ¿Luchar, pues, contra quién ? ¡Pues contra los demás partidos! En primer lugar, ¡contra el Partido Obrero y Campesino, que ya tenía doscientos mil militantes! ¡En segundo lugar, contra el Partido Menchevique! ¿Y qué había entonces del centro? Pues que los tres partidos debían juntarse para formar un Centro Unificado. Pero la GPU lo desmanteló todo. ¡Y qué suerte que nos desmantelara! (Los acusados se alegran todos.)

(¡Para Stalin era un halago haber desmantelado otros tres partidos! ¿Acaso hubiera habido mucha gloria en desarticular tres simples «centros»?)

Y si había un partido, entonces había un comité central, sí, ¡un comité central propio! Cierto que nunca se celebró una sola conferencia, ni elecciones de ningún género. Había entrado en el comité central todo el que había querido, unas cinco personas en total. Entre ellos se deshacían en cortesías, Y hasta se cedían por turno el sillón presidencial. Tampocco hubo reuniones, ni en el Comité Central (nadie puede acordarse de eso, pero Ramzin sí se acuerda muy bien, ¡ya nos dará él todos los nombres!), ni en los grupos sectoriales. Resultaba hasta despoblado...

Charnovski: «No, no hubo una constitución formal del Partido Industrial». ¿Y cuántos militantes había? Lárichev: «Es difícil calcularlo, el número exacto de afiliados se desconoce». ¿Y cómo empecían? ¿Cómo se transmitían las consignas? Pues muy sencillo: según cada cual coincidiera con alguien en una administración, le transmitía las directivas de palabra. Y después cada uno empecía según su conciencia. (Ramzin adelanta sin pestañear una cifra de dos mil militantes. Y por cada dos militantes arrestarán a cinco ingenieros. Según datos del tribunal, en la URSS hay de treinta a cuarenta mil. Por lo tanto, uno de cada siete acabará entre rejas y los otros seis muertos de miedo.) ¿Y sus contactos con el Partido Obrero y Campesino? Pues cuando coincidíamos con ellos en el Gosplán o en el VSNJ «se planificaban acciones sistemáticas contra los comunistas rurales»...

¿Dónde habremos visto esto? Ah, sí, naturalmente: en Aída. Radamés parte en campaña entre vítores, retumba la orquesta, alrededor hay ocho guerreros con casco y picas, y otros dos mil pintados en el fondo de lienzo.

Eso era el Partido Industrial.

¡Pero no importa, ya está bien así, la obra es representable! (Hoy día nadie creería lo serio y amenazador que todo aquello parecía entonces, cómo nos atosigaba.) Y además nos lo inculcaban todo a base de repetir. Cada episodio nos lo escenificaban varias veces. Y con ello se multiplicaban las horribles visiones. Además, para que no resultara tan soso, los acusados «olvidaban» de vez en cuando alguna futesa o «intentaban eludir testimonio», pero enseguida los «cercaban con pruebas entrecruzadas» y al final conseguían un espectáculo vivo, digno del Teatro del Arte de Moscú.

Pero Krylenko forzó la nota. Se le ocurrió emprenderla contra el Partido Industrial bajo otro aspecto: pretendía desenmascarar su base social. Moviéndose en el terreno de la lucha de clases, el análisis no podía fallar; y así Krylenko se apartó del método Stanislavski, no asignó papeles y se puso en manos de la improvisación. Para entendernos: que cada uno cuente su vida, su actitud hacia la Revolución y cómo llegó al empecimiento.

Y esta imprudente apuesta, esta única escena humana, dio al traste de un soplo con los cinco actos de la obra.

En primer lugar, nos enteramos con asombro de que estos ocho pilares de la intelectualidad burguesa proceden todos de familia humilde. El hijo de un campesino, el hijo de un oficinista con prole numerosa, el hijo de un artesano, el hijo de un maestro rural, el hijo de un buhonero... Los ocho estudiaron con cuatro cuartos en el bolsillo, la educación se la pagaron con su trabajo. ¿Desde qué edad? ¡Desde los doce, los trece o los catorce años! Unos dando clases, otros en una locomotora. Y he aquí lo monstruoso: ¡Nadie, bajo el zarismo, les impidió el acceso a la educación! Terminaron con toda normalidad la enseñanza media en las Reales Academias, y tras ingresar en escuelas técnicas superiores se convirtieron en importantes y reputados profesores. (¿Cómo es posible? Si siempre nos han dicho que... sólo los hijos de los hacendados y de los capitalistas... ¿Cómo van a mentir las lecturas divulgativas en el reverso de los almanaques?)

En cambio ahora , en época soviética, los ingenieros sí que estaban pasando grandes apuros: casi les era imposible procurar a sus hijos una enseñanza superior (recordemos que los hijos de los intelectuales eran la última categoría). El tribunal no lo niega. Krylenko tampoco. (Los acusados se apresuran a matizar con espontaneidad que, naturalmente, teniendo en cuenta todos los logros alcanzados, esto carece de importancia.)

Empezamos también a distinguir entre los acusados (hasta entonces todos habían dicho más o menos lo mismo). La línea de edad que los separa es también el umbral de la decencia. Las explicaciones de quienes rondan los sesenta o más inspiran compasión. En cambio Ramzin y Larichev, de cuarenta y tres años, y Ochkin, de treinta y nueve (el mismo que en 1921 había denunciado a la Dirección General de Combustibles), son los más gallardos y desvergonzados y todas las declaraciones importantes sobre el Partido Industrial y la intervención extranjera salen de sus labios. Ramzin era un individuo de tal ralea (con sus precoces y desproporcionados éxitos), que toda la profesión le había retirado el saludo, ¡y no se le caía la cara de vergüenza! Ahora, en el juicio, coge al vuelo cualquier alusión que haga Krylenko y la arropa con formulaciones precisas. A fin de cuentas, todas las acusaciones se basan en la memoria de Ramzin. Tiene tanto dominio de sí mismo y energía, que bien podría haber sido capaz (por encargo de la GPU, claro está) de viajar a París con plenos poderes para entablar conversaciones sobre la intervención. También a Ochkin le había sonreído el éxito: a los veintinueve años ya «gozaba de la ilimitada confianza del Consejo de Trabajo y Defensa y del Sovnarkom».

Del profesor Charnovski, de sesenta y dos años, no podía decirse lo mismo: unos estudiantes anónimos lo calumniaron en el periódico mural; después de veintitrés años dando clase, lo convocaron a una asamblea general de estudiantes para que «rindiera cuenta de su trabajo». No se presentó.

El profesor Kalínnikov había encabezado en 1921 una rebelión abierta contra el régimen soviético: en concreto ¡una huelga de profesores! Recordemos cómo defendían los estudiantes la autonomía de la universidad. (117) En 1921 los catedráticos de la Universidad Técnica Superior de Moscú reeligieron a Kalínnikov como rector para un nuevo mandato, el Comisariado del Pueblo no lo aceptó y nombró un candidato propio. Entonces se declararon en huelga tanto los estudiantes (no había aún auténticos estudiantes proletarios) como los profesores, y Kalinnikov ejerció de rector un año entero a despecho del régimen soviético. (Hasta 1922 no consiguieron suprimir su autonomía y ello después de muchas detenciones.)

Fedótov tiene sesenta y seis años, y once de antigüedad como ingeniero en una fábrica, más que los que tiene de existencia todo el POSDR. Ha trabajado en todas las fabricas de hilados y tejidos de Rusia. (¡Qué odiosas resultan personas así! ¡Qué ganas dan de deshacerse de ellas cuanto antes!) En 1905 abandonó el puesto de director de la fábrica Morozov, sin que le importara su sustancioso salario, y prefirió unirse al «funeral rojo» que acompañaba el ataúd de los obreros asesinados por los cosacos. Ahora está enfermo, anda mal de la vista, no puede salir de casa por las noches, ni siquiera para ir al teatro.

¿Y éstos son los que habían preparado una intervención extranjera? ¿El desmoronamiento de la economía?

Durante muchos años, Charnovski no había tenido una sola tarde libre, tan ocupado estaba con la enseñanza y con el desarrollo de nuevas disciplinas (organización de la producción, principios científicos de la racionalización del trabajo). Desde la infancia conservo en la memoria la imagen de esos ingenieros profesores exactamente así: asendereados cada tarde con memorias de fin de carrera, proyectos o tesis doctorales del alumnado, no volvían a casa hasta dadas las once de la noche. Y es que al principio de los planes quinquenales no eran más que treinta mil en todo el país, ¡tenían que trabajar hasta el límite!

¿Y éstos son los que habían querido provocar una crisis? ¿Los que espiaban por una propina?

La única frase honesta de todo el juicio la pronunció Ramzin: «El camino del empecimiento es ajeno a la estructura interna del ingeniero».

Durante todo el proceso, Krylenko obliga a los acusados a humillarse pidiendo excusas por ser «poco versados» en política, cuando no «analfabetos» ¡La política es algo mucho más difícil y elevado que cualquier metalurgia o construcción de turbinas! En política de nada sirve tener cabeza ni estudios. Conque dígame usted, acusado, ¿cuál fue su actitud ante la Revolución de Octubre? De escepticismo. O sea, ¿hostil desde el primer momento? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Krylenko los acosa con sus preguntas teóricas, pero gracias a los lapsus simples y humanos de los acusados, que se salen de unos papeles aprendidos de memoria, vislumbramos el núcleo de la verdad, qué había ocurrido realmente, a partir de qué habían llegado a hinchar toda aquella pompa de jabón.

Lo primero que los ingenieros vieron en el golpe de Estado de Octubre fue la ruina del país. (Y, efectivamente, años y años de ruina se abatieron sobre nosotros.) Vieron también la supresión de las libertades más elementales. (Libertades que ya nunca más habrían de volver.) ¿Cómo iban a aceptar lo ingenieros la dictadura de los trabajadores, de sus propios subordinados en la industria, menos calificados, que no dominaban las leyes físicas y económicas de la producción, pero que sin embargo ahora ocupaban los principales despachos y dirigían a los ingenieros? ¿Por qué los ingenieros no habrían de considerar más natural una estructura social en la que tuvieran el mando aquellos que pueden dirigir de forma racional su actividad? (Y excluyendo únicamente la dirección ética, ¿no tiende a esto, hoy día, toda la cibernética social? ¿No son los políticos profesionales unas pesas colgadas al cuello de la sociedad que impide a ésta mover con libertad la cabeza y agitar los brazos?) ¿Y por qué habían de renunciar los ingenieros a tener opiniones políticas? Pues la política ni siquiera constituye una disciplina científica, sino que es un terreno empírico que no puede ser descrito por medio de ningún sistema matemático y, además, está sometida al egoísmo humano y a las ciegas pasiones. (Charnovski lo dice incluso ante el tribunal: «Pese a todo, la política debe regirse hasta cierto punto por las enseñanzas de la técnica».)

La desmedida presión del comunismo de guerra no podía sino repugnar a los ingenieros. Un ingeniero no puede tomar parte en algo que carece de sentido, y por esta razón, hasta 1920 la mayoría de ellos estuvieron de brazos cruzados, a pesar de que ello los sumiera en una pobreza digna del hombre de las cavernas. Comenzó la NEP, y los ingenieros se pusieron de buen grado manos a la obra: entendieron la NEP como un síntoma de que el régimen había entrado en razón. Mas ¡ay!, las condiciones ya no eran las de antes: los ingenieros no sólo eran considerados una capa socialmente sospechosa, privada incluso del derecho a dar una educación a sus hijos, no sólo sus sueldos estaban muy por debajo de lo que representaba su aportación productiva, sino que se les exigían éxitos en la producción y también disciplina, al tiempo que se les privaba del derecho a hacer respetar dicha disciplina. Ahora, cualquier obrero podía no sólo incumplir las instrucciones de un ingeniero, sino también ofenderle de forma impune e incluso pegarle, y como representante de la clase dirigente tendría siempre razón

Objeta KRYLENKO: ¿Recuerda usted el proceso contra Oldenborger? (Es decir: ¿acaso no recuerda usted cómo lo defendimos?)

FEDÓTOV: Sí, para dirigir vuestra atención hacia la situación de los ingenieros, uno de ellos hubo de perder la vida.

KRYLENKO (decepcionado): Bueno, no fue así como se planteó la cuestión.

FEDÓTOV: Murió, y no fue el único. El se quitó la vida voluntariamente, pero a muchos otros los mataron. (Proceso contra el Partido Industrial, pág. 228.)

Krylenko guardó silencio. Por tanto era verdad. (Volved a hojear las actas del proceso contra Oldenborger e imaginad el acoso que sufrieron los ingenieros. Y para rematar, la frase: «a muchos otros los mataron».)

Así pues, el ingeniero es culpable de todo, aun antes de cometer falta alguna. Y si alguna vez, en efecto, se equivoca — a fin de cuentas, es un ser humano, ¿no? — acaba siendo despedazado, a menos que sus colegas encubran su error. ¿Cómo van a tenerles en cuenta ellos la sinceridad? Por tanto, ¿se ven forzados quizá los ingenieros a mentir a los jefes del partido?

Para restablecer la autoridad y el prestigio de la profesión, los ingenieros necesitaban ciertamente unión y apoyo mutuo, pues todos estaban amenazados. Sin embargo, para alcanzar esa unión, no se requerían asambleas ni carnets. Como sucede siempre que se produce un entendimiento entre personas inteligentes, que razonan con lógica, bastaban unas pocas palabras lanzadas en voz baja, quizás hasta fortuitamente. Las votaciones eran del todo superfluas. Sólo las mentes mediocres necesitan de resoluciones y de la vara del partido. (¡Esto era lo que de ninguna manera podían comprender ni Stalin, ni los jueces de instrucción, ni toda esa taifa! Nunca habían experimentado relaciones humanas parecidas, jamás se había visto nada semejante en toda la historia del partido!) Esta unidad entre los ingenieros rusos en el seno de un enorme país analfabeto venía de muy antiguo y durante muchas décadas había resistido cualquier embate. Ahora, al darse cuenta de ello, el nuevo régimen se sentía alarmado.

Y llegó el año 1927. ¿Qué había quedado de la sensatez de la NEP? Quedó bien patente que toda la NEP había sido un cínico engaño. Se empezaron a proponer proyectos delirantes e irreales para alcanzar de un salto la superindustrialización, se dieron a conocer planes y objetivos imposibles. En tales condiciones, ¿qué debía hacer la sensatez colectiva de los ingenieros, la cúpula de ingenieros del Gosplán y del Consejo Supremo de Economía Nacional? ¿Someterse a la locura? ¿Hacerse a un lado? A ellos poco les importa: sobre un papel puede escribirse cualquier cifra, pero «a nuestros camaradas, que trabajan en el terreno de lo concreto, jamás les será posible realizar lo que se les exige». Por lo tanto, había que intentar moderar dichos planes, someterlos al control de la razón y suprimir por completo los proyectos más descabellados. Los ingenieros tenían que contar, por así decirlo, con un Gosplán propio que paliara la estupidez de los dirigentes en propio interés de la clase en el poder (esto es lo más gracioso) y también de toda la industria y el pueblo, pues ello permitiría obstaculizar toda decisión ruinosa y recuperar los millones tirados por la ventana. Tenían que defender la calidad, que es «el alma de la técnica», en medio del clamor general que no hacía sino hablar de la cantidad, del plan y el superplán. Y educar a los estudiantes en este espíritu.

Éste era el sutil y delicado lienzo de la verdad.

¿Pero cómo expresar esto en voz alta en 1930? ¡Si ello conducía al paredón!

¡Y al mismo tiempo, era demasiado poco, demasiado imperceptible para provocar la ira de las masas!

Por eso era necesario repintar este consenso de los ingenieros — tan tácito como redentor para toda la nación — con óleos mas burdos de conjura empecedora e intervención extranjera.

Así pues, con este cuadro falsificado se nos brindó una imagen de la verdad descarnada, ¡y falta de propósito! Toda la labor del director de escena se viene abajo: a Fedótov se le escapa algo acerca de noches de insomnio (¡!) durante los ocho meses que ha pasado en prisión; y también acerca de cierto alto funcionario de la GPU que le ha estrechado la mano (¿?) hace poco (así pues, ¿habían llegado a un pacto: haced bien vuestro papel, que la GPU mantendrá su palabra?). Y los testigos, aunque su papel es muchísimo menos importante, empiezan a mostrarse confusos.

KRYLENKO: ¿Formaba usted parte de ese grupo?

El testigo KIRPOTENKO: Asistí a las reuniones dos o tres veces, cuando se trató sobre la intervención extranjera.

¡Esto es justo los que necesitamos!

KRYLENKO: (animándole): ¡Continúe!

KIRPOTENKO (tras una pausa): Aparte de esto, no sé nada más.

Krylenko le apremia, intenta hacerle recordar.

KIRPOTENKO (cortante): Aparte de la intervención extranjera no sé nada más (pág. 354).

Y luego, durante un careo con Kupriánov, los hechos ni siquiera concuerdan. Krylenko se enfurece y grita a los ineptos acusados: «¡Pues entonces, hagan que sus respuestas coincidan!» (pág. 358).

Pero en el entreacto, entre bastidores, todo vuelve a la normalidad. De nuevo cada acusado pende de su respectivo hilo y queda a la espera de que tiren de él. Y Krylenko tira de los ocho a la vez: los industriales emigrados han publicado un artículo según el cual no sostuvieron negociaciones de ninguna clase con Ramzin ni con Lárichev, que no saben nada de ningún «Partido Industrial», y que lo más probable es que las declaraciones de los acusados hayan sido arrancadas mediante tortura. Bueno, y vosotros ¿qué tenéis que decir a esto?

¡Dios mío! ¡Cómo se indignan los acusados! ¡Sin respetar los turnos de palabra, piden todos que se les deje hablar cuanto antes! ¿Qué ha sido de aquella atormentada resignación con la que durante día a día han estado humillándose a sí mismos ya sus colegas? ¡Su indignación contra los emigrados se desborda! ¡Arden en deseos de hacer una declaración por escrito dirigida a los periódicos! ¡Una declaración colectiva en defensa de los métodos de la GPU! (¿Qué? ¿No me dirán que no queda bonito? ¿Que no es una verdadera perla?)

RAMZIN: ¡Nuestra sola presencia en esta sala demuestra que no hemos sido sometidos a torturas ni suplicios! ¿De qué serviría torturar si después la víctima no estuviera en condiciones de comparecer ante el tribunal?

FEDÓTOV: Mi estancia en prisión me ha resultado provechosa, y no sólo a mí... Hasta me siento mejor en prisión que en libertad.

ÓCHKIN: ¡Y yo! ¡Yo también me siento mejor!

Fue necesaria toda la nobleza de Krylenko y Vyshinski para renunciar a esa carta colectiva.

¡Porque la habrían escrito! ¡La habrían firmado! Y por si aún hay alguien que albergue alguna duda, Krylenko nos brinda una muestra de su brillante lógica: «Supongamos, aunque sólo sea por un segundo, que estas personas estén mintiendo, pero entonces ¿por qué las han arrestado precisamente a ellas? y ¿por qué de pronto todos ellos se han decidido a hablar?» (pág. 452).

¡Oh, la fuerza del intelecto! Ni en mil años se les había ocurrido a los acusadores: ¡El hecho mismo de la detención ya es prueba de culpabilidad! Si los acusados fueran inocentes, ¿por qué los habrían detenido? ¡Y si los han detenido, señal de que son culpables!

Y realmente: ¿por qué se han decidido a hablar?

«¡Dejemos al margen la cuestión de la tortura! Planteemos mejor la cuestión psicológicamente: ¿Por qué confiesan? A lo que yo contesto: ¿y qué otra cosa les queda?» (pág. 454).

¡Qué cierto es! ¡Qué psicológico! Quienes hayan estado encerrados en este establecimiento, hagan memoria: ¿y qué otra cosa quedaba?

(Ivanov-Razúmnik relata (118) que en 1938, cuando compartió celda con Krylenko, en Butyrki, el lugar de Krylenko estaba bajo los catres. Puedo imaginármelo muy vivamente [yo mismo me vi obligado a meterme allí debajo]. Los catres son tan bajos que sólo sobre la barriga puede uno arrastrarse por el sucio piso asfaltado, pero al principio, el novato no da con la postura adecuada e intenta meterse a gatas. Puedes llegar a meter la cabeza, desde luego, pero el trasero no entra y se te queda ahí fuera levantado. Creo que para el Fiscal Supremo debió de ser especialmente difícil encontrar la postura adecuada, y que debió de permanecer mucho tiempo con el trasero, aún no enflaquecido, erguido, a mayor gloria de la justicia soviética. Pecador que soy, me imagino con malsana alegría ese trasero atascado bajo el catre, y la estampa hasta cierto punto me consuela mientras escribo la larga crónica de estos procesos.)

Es más — desarrolla su argumento el fiscal — si todo esto fuera verdad (lo de las torturas), no se comprende qué puede haberles inducido a esta confesión unánime, a coro, sin divergencias ni desacuerdos. A ver, ¿dónde habrían podido llegar a tan gigantesco consenso? ¡Ya saben que no podían comunicarse entre sí durante la instrucción del sumario!

(Unas páginas más adelante, un testigo superviviente nos dirá dónde...)

No voy, ahora, a revelar al lector en qué consiste el famoso «enigma de los procesos de Moscú de los años treinta» (primero causó intriga el propio «Partido Industrial», y luego el enigma se centró en los procesos contra los máximos dirigentes del partido). Ahora le toca al lector explicármelo a mí.

Porque no es que fueran dos mil los implicados en este asunto, ni siquiera doscientos o trescientos los que comparecieron ante el tribunal, sino tan sólo ocho personas. Y dirigir un coro de ocho personas no es nada del otro mundo. Sobre todo si Krylenko, que tuvo a miles donde elegir , si pasó dos años seleccionando a sus actores. ¿Que Palchinski no se doblega? Pues, fusiladlo (y declaradlo «dirigente del Partido Industrial» a título póstumo; así es como se le cita en las declaraciones, aunque no se haya conservado ni una sola de sus palabras).

Luego esperaban obtener cuanto les hacía falta de Jrénnikov, pero éste tampoco cedió. De ahí que sólo figure una sola vez, y encima en letra menuda: «Jrénnikov murió durante la instrucción del sumario». Esto, escribídselo en letra menuda a los tontos, que nosotros al menos esto sí lo sabemos y vamos a escribirlo con letras bien gordas: ¡TORTURADO / MUERTE DURANTE LA INSTRUCCIÓN DEL SUMARIO! (También a él lo declararon «dirigente del Partido Industrial» a título póstumo. Y si por lo menos hubiera la más mínima prueba contra él, una sola declaración en medio del coro general: pero no hay ninguna. ¡Y no la hay porque jamás hizo ninguna ! )

Y de pronto el gran hallazgo: ¡Ramzin ¡Qué energía, qué garra! ¡Está dispuesto a todo con tal de vivir! ¡Y qué talento! Lo detuvieron a finales del verano, cuando el proceso estaba a punto de comenzar, y no sólo le dio tiempo a meterse de lleno en su personaje, sino que hasta parece que hubiera sido él quién compusiera todo el libreto, se hizo con un montón de materiales interrelacionados y los sirvió todos primorosamente compuestos; cualquier apellido, cualquier hecho. A veces hasta hacía gala de una lánguida ampulosidad: «Las actividades del Partido Industrial estaban hasta tal punto ramificadas que ni en once días de juicio sería posible descubrirlas en todo su detalle» (es decir: ¡Buscad! ¡Seguid buscando!). «Estoy firmemente convencido de que en los círculos de ingenieros se mantiene todavía un pequeño poso antisoviético.» (¡Venga, a por más! ¡Aún faltan unos cuantos!) Y qué dotes: sabe que se trata de un enigma y que a los enigmas hay que darles una explicación artística. Y, tan carente de sentimientos como una estaca, descubre de pronto en sí mismo «los rasgos del criminal ruso, cuya remisión exige arrepentimiento público».

Ramzin ha sido injustamente olvidado por los rusos. Cínico y deslumbrante, creo que merece convertirse en el arquetipo del traidor. ¡El fuego de Bengala de la traición! Cierto que no fue el único en su época, pero fue un caso eminente.

En suma, toda la dificultad de Krylenko y de la GPU estribaba únicamente en no equivocarse al escoger a las personas. De todos modos, el riesgo no era tan grande: cualquier mercancía que se les estropeara durante la instrucción podían enviarla a la tumba. Y en cuanto a los que pasaran por la criba y el cedazo, ¡a curarlos, a cebarlos un poco, y a presentarlos en el proceso!

¿En qué consistía, pues, el enigma? ¿En el tratamiento que les aplicaban? Pues nada más simple: ¿quiere usted vivir ? (Aunque a uno no le preocupe su propia vida, es posible que tenga hijos o nietos en que pensar.) ¿Es que no entiende que no nos cuesta nada fusilarlo sin salir siquiera del patio de la GPU? (Sin duda alguna. Y al que todavía no lo haya comprendido le aplican un tratamiento de extenuación en la Lubianka.) Pero será más provechoso tanto para usted como para nosotros que se avenga a representar cierto espectáculo cuyo texto escribirá usted mismo, como especialista; nosotros, los fiscales, nos estudiaremos el papel y nos esforzaremos en retener los términos técnicos. (En el juicio, Krylenko confundía a veces el eje de los vagones con los de la locomotora.)

Puede que le resulte desagradable y deshonroso tomar parte en el espectáculo, pero ¡hay que hacer de tripas corazón! ¡Es la vida lo que está en juego! ¿Y cómo sé yo que después no me fusilarán? ¿Y por qué íbamos a vengarnos de usted? Ustedes son unos especialistas magníficos que no han cometido ningún crimen, nosotros los valoramos. Fíjese, además, en los muchos procesos por empecimiento que llevamos, y a todo el que se comportó correctamente lo hemos dejado con vida. (Conceder gracia a los acusados que habían sido obedientes era un requisito importante para el éxito de futuros procesos. Así, como una cadena, fue transmitiéndose esta esperanza hasta Zinóviev-Kámenev.) ¡Pero eso sí, debe cumplir todas nuestras condiciones, hasta la última! ¡El proceso debe redundar en provecho de la sociedad socialista!

Y los acusados cumplen todas las condiciones...

Toda la sutileza de la oposición intelectual de los ingenieros es reducida a sucio empecimiento, para que resulte accesible hasta al último de los alumnos en curso de alfabetización (¡Pero no se hablaba todavía de vidrios triturados en el plato de los obreros! A la fiscalía aún no se le había ocurrido.)

Luego venía el tema de la ideología. ¿Por qué habían empezado a empecer? A causa de una ideología hostil. ¿Y por qué ahora confesaban todos a una? Pues también por motivos ideológicos, ¡habían quedado subyugados (en prisión) por un Plan Quinquenal entrado ya en su tercer año, con su faz llameante entre altos hornos! En sus últimas declaraciones, piden ciertamente que se les conserve la vida, pero para ellos esto ya no es lo más importante. (Fedótov: «¡No hay perdón para nosotros! ¡El acusador tiene razón!».) En el quicio de la muerte lo más importante para estos extraños acusados es convencer al pueblo y a todo el mundo de la infalibilidad y clarividencia del Gobierno soviético.

Ramzin, encomia de forma particular «la conciencia revolucionaria de las masas proletarias y de sus guías», que «han sabido abrir a la política económica caminos incomparablemente más seguros» que los científicos, y que han calculado con mucho más acierto los ritmos de desarrollo económico. Ahora «he llegado a comprender que es necesario dar una zancada adelante, que hay que dar un salto, (119) que hay que tomar al asalto...» (pág. 504), etcétera, etcétera.

Lárichev: «La Unión Soviética no puede ser vencida por un mundo capitalista en decadencia».

Kalínnikov: «La dictadura del proletariado es una necesidad inevitable ...Los intereses del pueblo ylos del régimen soviético se funden en una sola dirección». Por cierto, también en el agro: «La línea general del partido — eliminar a los kulaks — es la correcta». Mientras esperan oír su condena, les da tiempo a opinar sobre todo... y por la garganta de estos intelectuales arrepentidos se abre paso, hasta una profecía: «A medida que se vaya desarrollando la sociedad, la vida individual deberá restringirse... La voluntad colectiva constituye una forma superior» (pág. 510).

Así, gracias al esfuerzo de estos ocho hombres uncidos a un mismo yugo, se alcanzaron todos los fines del proceso:

1. Todo lo que no anda en el país, el hambre, el frío, la carencia de ropa de abrigo, el caos y la estulticia patente, se carga en la cuenta de los ingenieros-empecedores.

2. Se intimida al pueblo con la amenaza de intervención extranjera y se le dispone para nuevos sacrificios.

3. Se destruye la solidaridad entre los ingenieros, la intelectualidad queda atemorizada y dividida.

Y para que no quede la menor duda sobre este tercer objetivo del proceso, Ramzin proclama una vez más, con gran precisión: «Quisiera que, como resultado de este proceso contra el Partido Industrial, se pudiera poner punto final de una vez por todas... al oscuro e infame pasado de toda la intelectualidad» (pág. 49).

Lo mismo dice también Lárichev: «Esta casta debe ser destruida... ¡No hay ni puede haber lealtad entre los ingenieros!» (pág. 508). Y Ochkin: la intelectualidad «es algo viscoso y, como dijo el acusador del Estado, carece de espina dorsal, la intelectualidad está indiscutiblemente invertebrada... ¡Cuánto mayor no es el olfato del proletariado!» (pág. 509). (No sé por qué, lo más importante del proletariado es siempre el olfato... Como si fuera una cuestión de narices.)

¿Cómo iban a fusilar a quienes tanto habían puesto de su parte? Primero se dictó sentencia contra el principal de ellos: pena de muerte, conmutada acto seguido por diez años de cárcel. (Y a Ramzin lo mandaron a organizar una «sharashka» de ingenieros termodinámicos.) Así se escribió durante décadas la historia de nuestra intelectualidad, desde el anatema de los años veinte (recuerde el lector: «no son el cerebro de la nación sino la mierda», «aliada de los generales negros», «agente a sueldo del imperialismo») hasta el anatema de los años treinta.

¿Cabe asombrarse de que la palabra «intelectualidad» se haya consolidado en nuestro país como un insulto?

¡He aquí cómo se fabricaban los procesos judiciales públicos! La inquieta mente de Stalin había alcanzado por fin su ideal. (Ya les hubiera gustado algo así a esos envidiosos de Hitler y Goebbels, pero los muy chapuceros se cubrieron de ridículo con su incendio del Reichstag...)

Se había conseguido un patrón, un espectáculo que podía mantenerse en cartel muchos años y repetirse incluso cada temporada, según indicara el Gran Director. Y en esto que tuvo a bien ordenar que la próxima función fuera dentro de tres meses. Queda poco tiempo para ensayar, los plazos son precipitados, pero no importa. ¡Pasen y vean! ¡Sólo en este teatro. Todo un estreno.

 

Proceso contra el Buró Central de los mencheviques (1-9 de marzo de 1931).

Sesión extraordinaria del Tribunal Supremo. Presidente, por la razón que sea, Shvernik. Los demás, todos en sus puestos habituales: Antónov-Saratovski, Krylenko, y su asistente Roguinski. Los directores de escena, mucho más seguros de sí mismos (ya que en esta ocasión no se trata de un asunto técnico, sino de partidos políticos, algo que tienen más por la mano), sacan esta vez a escena a catorce acusados.

Y todo se desarrolló como la seda, hasta tal punto, que era como para quedarse con la boca abierta.

Tenía yo entonces doce años y hacía tres que leía con atención todo lo que tuviera que ver con la política en las enormes páginas de Izvéstia. También me había leído, renglón a renglón, las actas taquigráficas de ambos procesos. En el proceso contra el «Partido Industrial», mi corazón infantil percibía ya claramente el exceso, la mentira y la manipulación, pero por lo menos allí había unos decorados impresionantes: ¡Varios países tramando una intervención! ¡Paralización de toda la industria! ¡Reparto de carteras ministeriales! En cambio, en el proceso de los mencheviques, los decorados lucían menos, por más que fueran exactamente los mismos, y los actores articulaban las palabras sin entusiasmo. El espectáculo era tan aburrido que entraban ganas de bostezar, era una reposición insípida y sin talento.

(¿Podía sentirlo hasta Stalin a pesar de su piel de rinoceronte? ¿Cómo explicar, si no, que no siguiera adelante con el proceso contra el Partido Obrero y Campesino y que durante unos cuantos años no hubiera juicio alguno?)

Sería aburrido ponernos de nuevo a interpretar los hechos por medio de las notas taquigráficas. En este caso disponemos de un testimonio, más fresco, de uno de los principales inculpados en este proceso: Mijaíl Petróvich Yakubóvich. La instancia que presentó para conseguir la rehabilitación, en la que se exponen los amaños habidos, se ha filtrado al Samizdat, nuestro salvador, y la gente ya puede leer qué sucedió en realidad. (120)

La rehabilitación le fue denegada: el proceso ya había sido cincelado en las tablas de oro de nuestra historia, y ya se sabe, no se puede tocar ni una sola piedra, ¡no sea que se venga todo abajo! M.P. Yakubóvich sigue, pues, teniendo antecedentes penales, pero a guisa de consolación ¡se le ha otorgado una pensión honorífica por sus actividades revolucionarias! La de monstruosidades que se han hecho en nuestro país.

Su relato explica documentalmente toda la cadena de procesos que se celebraron en Moscú en los años treinta.

¿Cómo se organizó el inexistente «Buró Central»? A la GPU se le había encomendado una tarea que respondía a un plan: demostrar que los mencheviques se hallaban hábilmente infiltrados, con fines contrarrevolucionarios, en importantes puestos del Estado. No obstante, la verdadera situación no se correspondía con este esquema, porque los mencheviques de verdad no ocupaban puesto alguno. Pero no fueron los auténticos los que tuvieron que vérselas con el tribunal. (V.K. Ikov, según dicen, sí había formado parte de un buró menchevique en Moscú, una organización ilegal, de plácida e inactiva existencia, pero en el proceso ni siquiera esto se supo. En el juicio, Ikov no pasó de un segundo plano y fue condenado a ocho años.)

La GPU había ingeniado la trama siguiente: debía haber dos miembros procedentes del VSNJ, dos del Comisariado de Comercio, dos del Banco Estatal, uno de La Unión Central de Cooperativas de Consumo, uno del Gosplán. (¡Qué poca imaginación!) Y por esto, los elegían según el cargo que ocuparan. Y en cuanto a si eran o no mencheviques en realidad, se procedió de oídas. Otros fueron detenidos sin ser en absoluto mencheviques, pero se les ordenó comportarse como tales. A la GPU no le interesaban en absoluto las verdaderas convicciones políticas de los acusados. Ni siquiera se conocían todos entre sí.

Arrambaron también, como testigos, con los mencheviques que encontraron. (Y todos los testigos salieron del proceso con una condena.) Uno de ellos fue Kuzmá Antónovich Gvózdev, hombre de aciago destino. Aquel mismo Gvózdev, presidente del grupo obrero del Comité de la Industria de Guerra, que fue liberado de la prisión de las Cruces por la Revolución de Febrero y fue convertido en ministro de Trabajo. Gvózdev devino uno de los mártires de larga permanencia en el Gulag. Los chekistas lo cogieron por primera vez en 1919, pero él se las ingenió para escabullirse (tuvieron largo tiempo sitiada a la familia, como si estuviera bajo arresto, y no dejaban que los niños fueran a la escuela). Luego levantaron la orden de arresto, pero en 1928 lo prendieron definitivamente, y desde entonces estuvo encerrado sin interrupción hasta 1957, año en que volvió a casa, enfermo de gravedad, tras lo cual no tardó en morir.

Ramzin volvió a actuar de testigo, con tanto servilismo como locuacidad. Pero las esperanzas de la GPU estaban depositadas en el principal acusado, Vladímir Gustávovich Grohman (miembro tristemente famoso de la Duma Estatal) y en el agente provocador Petunin.

Presentemos ahora a M. Yakubóvich. Comenzó a hacer de revolucionario tan pronto que ni siquiera llegó a terminar la escuela. En marzo de 1917 era ya presidente del Soviet de Diputados de Smolensk. Era un orador elocuente y muy escuchado, gracias a la fuerza de sus convicciones (que sin cesar lo arrastraban a alguna parte). En una asamblea del Frente Occidental calificó imprudentemente de enemigos del pueblo a los periodistas que exigían la continuación de la guerra — ¡en abril de 1917! — y por poco lo sacan de la tribuna a punta de bayoneta. Se disculpó, y supo dar a su discurso tales giros, de tal modo se metió al público en el bolsillo, que, al final de su intervención, volvió a acusar de enemigos del pueblo a esos periodistas, pero ahora ya entre tumultuosos aplausos, tras lo que fue elegido miembro de una delegación que iban a enviar al Soviet de Petrogrado. Apenas llegado, con la informalidad habitual en aquella época, fue designado miembro de la comisión militar del Soviet de Petrogrado, donde ejerció una gran influencia en los nombramientos de los comisarios del Ejército. (121) Al final él mismo se incorporó al ejército del Frente Sudoeste como comisario, y en Berdichev procedió en persona a la detención de Deníkin (tras el pronunciamiento de Kornílov). Más adelante lamentaría enormemente (también durante el proceso) no haberlo mandado fusilar de inmediato.

De ojos claros, siempre muy sincero y en todo momento muy imbuido en sus ideas, realistas o no, se le tenía por uno de los miembros más jóvenes del partido menchevique, y en efecto lo era. Esto no le impedía proponer, con audacia y pasión, sus proyectos a la dirección del partido. Los proyectos eran por el estilo de los siguientes: formar un Gobierno socialdemócrata en la primavera de 1917, o que los mencheviques entraran en la Komintern en 1919 (todas sus propuestas eran rechazadas sistemáticamente por Dan y los demás). En julio de 1917 sintió un enorme pesar y consideró un error fatal que el Soviet —  socialista — de Petrogrado aprobara el uso de tropas contra los bolcheviques por parte del Gobierno Provisional, aunque los primeros hubieran tomado las armas. Así que se produjo el golpe de Estado de Octubre, Yakubóvich propuso que su partido apoyara por entero a los bolcheviques y les brindara su participación activa para mejorar el régimen estatal que aquéllos crearan. Al final se ganó la maldición de Martov, y en 1920 abandonó de forma definitiva a los mencheviques, perdida ya la esperanza de poder encarrilarlos en la senda del bolchevismo.

Si cuento todo esto con tanto detalle es para que quede clara una cosa: durante toda la Revolución, Yakubóvich no fue un menchevique, sino un bolchevique muy sincero y totalmente desinteresado. En 1920 era todavía comisario de abastos de la gubernia de Smolensk (el único de los comisarios que no era bolchevique), ¡y fue elogiado como el mejor de todo el Comisariado del Pueblo de Abastos! (Aseguraba no haber recurrido a las expediciones punitivas contra los campesinos; no lo sé; pero en el juicio sí mencionó haber empleado destacamentos antiestraperlo.) En los años veinte dirigió el periódico Diario del Comercio y ocupó otros cargos destacados. Y cuando en 1930, a tenor del plan de la GPU, hubo que retirar a esos mencheviques «infiltrados», lo detuvieron.

Y como todos, fue a parar a manos de carniceros metidos a jueces de instrucción, y le enseñaron todo el muestrario: el calabozo helado, la celda calurosa sin ventilación, los golpes en los genitales.

Torturaron tanto a Yakubóvich y a Abram Guinsburg, encausado junto con él, que ambos, desesperados, se abrieron las venas. Una vez restablecidos, ya no los torturaron ni apalearon, solamente los sometieron a dos semanas de insomnio forzado. (Yakubóvich dice: «¡Con tal de poder dormir! ¡Ni la conciencia, ni el honor...».) Y encima tenían careos con otros que ya habían cedido y que les conminaban a «confesar», a chirlar disparates. Y hasta el propio juez de instrucción (Aleksei Alekséyevich Nasedkin) decía: «¡Lo sé, lo sé, no hubo nada de todo esto! ¡Pero es lo que nos exigen!».

Un día, llamado a presencia del juez de instrucción, Yakubóvich encontró allí a un detenido que había sido torturado. El juez sonrió: «Le presento a Moisei Isáyevich Teitelbaum con el ruego de que lo acepte en su organización antisoviética. Hablarán con más libertad sin mí. Les dejo solos un instante». Y se fue. Efectivamente, Teitelbaum le suplicó: «¡Camarada Yakubóvich! Se lo ruego, ¡acépteme en su Buró Central Menchevique! Me acusan de "haber aceptado sobornos de empresas extranjeras", me amenazan con el paredón. ¡Prefiero morir como un contra que como un preso común!». ¿Y no sería que le habían prometido clemencia si aceptaba ser un contra? (Resulta que tenía razón: lo sentenciaron a una pena pueril, cinco años.) ¡Tan corta andaba de mencheviques la GPU que tenía que reclutar voluntarios para acusarlos!

En realidad, a Teitelbaum le esperaba un papel importante: ¡contacto con los mencheviques del extranjero y con la Segunda Internacional! (Pero fueron honestos y se atuvieron a lo convenido: cinco años.) Con el beneplácito del juez, Yakubóvich admitió a Teitelbaum en el Buró Central.

También «admitió» a otros que no se lo habían pedido, por ejemplo, a I.L. Rubin. Éste logró refutar su pertenencia en un careo con Yakubóvich. Después lo marearon durante mucho tiempo, lo «investigaron a fondo» en el izoliator de Suzdal. Allí se encontró en una misma celda con Yakubóvich y con Sher, que habían declarado contra él (y cada vez que volvía del calabozo a la celda, ellos le cuidaban y compartían los víveres). Rubin le preguntó a Yakubóvich: «¿Cómo se le ocurrió inventar que yo era del Buró Central?». Y Yakubóvich le lanzó una respuesta asombrosa que contiene todo un siglo de tradición intelectual rusa: «Todo el pueblo está sufriendo, y nosotros, los intelectuales, también debemos sufrir».

Pero en la instrucción sumarial de Yakubóvich hubo también momentos inspirados como éste: lo citó a interrogatorio el propio Krylenko. Resulta que se conocían perfectamente, pues en los años del «comunismo de guerra» (entre dos de sus primeros procesos) Krylenko había sido enviado a la gubernia de Smolensk a reforzar la campaña de quejas, e incluso había compartido habitación con Yakubóvich. Y he aquí lo que ahora le dijo Krylenko:

— ¡Mijaíl Petróvich, se lo diré sin rodeos: sigo teniéndole por un comunista! (esto animó y espoleó mucho a Yakubóvich). Y no albergo ninguna duda sobre su inocencia. Pero tanto usted como yo tenemos un deber ante el partido: debemos llevar a cabo este proceso. (Para Krylenko se trataba de una orden de Stalin, mientras que Yakubóvich palpitaba por la causa como el fogoso caballo que se apresura a meter la cabeza en la collera.) Ruego, pues, su colaboración y que haga cuanto esté en su mano para que podamos ir siempre un paso por delante de la instrucción sumarial. Y durante el juicio, en caso de que surja alguna dificultad imprevista, le pediré al presidente que le conceda a usted la palabra.

Y Yakubóvich dio su promesa. Lo prometió consciente de su deber. En todos sus años de servicio es posible que el régimen soviético no le hubiera confiado jamás una misión más importante.

Unos días antes de que se iniciase el proceso, en el despacho del juez de instrucción principal, Dmitri Matvéyevich Dmítriev, se convocó la primera reunión organizativa del Buró Central Menchevique: para coordinarlos a todos y para que cada uno comprendiera mejor cuál era su papel. (¡Así es como había sesionado también el Comité Central del «Partido Industrial»! He aquí donde los acusados «habían podido reunirse», incógnita que había dejado perplejo a Krylenko.) Pero se había acumulado tal cantidad de embustes que no había cabeza que pudiera con tanto; los reunidos lo confundían todo y resultaron incapaces de asimilar tanto en un solo ensayo, por lo que hubo que reunirse una segunda vez.

¿Con qué estado de ánimo se presentó Yakubóvich ante el tribunal? ¿Cómo no iba a montar en el juicio un escándalo mundial por todos los martirios sufridos, por tanta falsedad como le oprimía el pecho? ¡Pero, ojo!:

1. ¡Sería una puñalada por la espalda contra el régimen soviético! Sería negar el objetivo de toda la existencia de Yakubóvich, negar todo el camino que había seguido hasta desligarse del error menchevique y llegar al correcto bolchevismo;

2. Después de semejante escándalo no dejarían que muriera, no se contentarían con fusilarlo, sino que lo torturarían de nuevo, ahora por venganza, hasta llevarlo a la locura, y su cuerpo ya había conocido bastantes torturas. ¿Dónde encontrar apoyo moral para estos nuevos suplicios? ¿De dónde sacar el coraje?

(Mientras voy anotando estos argumentos, sus palabras siguen retumbando en mis oídos: estamos ante un caso, muy poco frecuente, en que es posible, por así decirlo, obtener explicaciones «postumas» de alguien que tomó parte en dicho proceso. Yo diría que es tanto como si Bujarin o Rykov nos estuvieran explicando el motivo de su enigmática sumisión en el juicio: la misma sinceridad, la misma entrega al partido, la misma debilidad humana, la misma falta de sostén moral para la lucha, debido a la carencia de una postura independiente.)

Y en el proceso, Yakubóvich no sólo repitió con docilidad esa gris sarta de mentiras — la más alta cumbre de la fantasía de Stalin, de sus aprendices y de los atormentados acusados —, sino que representó su inspirado papel como había prometido a Krylenko.

La denominada delegación en el extranjero de los mencheviques (en esencia, la cúpula de su comité central) hizo público en Vorwärts su distanciamiento de los acusados. En el artículo se decía también que aquello era una vergonzosa comedia judicial montada sobre las declaraciones de agentes provocadores y de unos infelices acusados a los que se había intimidado. Se afirmaba asimismo que la aplastante mayoría de los acusados hacía más de diez años que habían abandonado el partido y nunca se habían reincorporado a sus filas. Que en el proceso se mencionaban sumas ridiculamente grandes, que ni siquiera el partido entero había dispuesto nunca de tanto dinero.

Y Krylenko, después de dar lectura al artículo, rogó a Shvernik que permitiera a los acusados hacer declaraciones (la vieja técnica de tirar de todos los hilos a la vez, como en el proceso contra el «Partido Industrial»). Y todos declararon. Y todos defendieron los métodos de la GPU en contra del comité central menchevique...

¿Qué recuerda hoy Yakubóvich de aquella «réplica» suya y de su última palabra? Pues que no habló meramente por atenerse a la promesa dada a Krylenko, que no se puso en pie sin más, sino que se levantó con ímpetu, llevado por un arrebato de indignación y elocuencia. ¿Indignación contra quién? Él, que había conocido torturas, que se había abierto las venas y había estado más de una vez a las puertas de la muerte, estaba ahora sinceramente indignado, ¡no contra el fiscal! ¡No contra la GPU! ¡No! ¡Contra la delegación en el extranjero! ¡Ahí está la inversión de la polaridad psicológica! Rodeados de seguridad y confort (desde luego, comparado con la vida en la Lubianka incluso el más mísero exilio se antoja cómodo), aquellos desvergonzados tan pagados de sí mismos, ¿cómo podían no compadecerse de quienes habían quedado aquí, entre tormentos y sufrimientos? ¿Cómo podían renegar de ellos con tanto cinismo y abandonar a estos desgraciados a su suerte? (Su réplica fue enérgica y un gran triunfo para los que habían montado el proceso.)

Al contarme esto en 1967, la voz de Yakubóvich seguía temblando de rabia contra la delegación en el extranjero, por su perfidia, su renuncia, su traición a la revolución socialista, lo mismo que ya les había reprochado en 1917.

Durante nuestra conversación no disponíamos de las actas taquigráficas, pero más tarde las conseguí y pude por tanto leerlas: ¡En ese proceso Yakubóvich afirmó públicamente que la delegación en el extranjero les había dado consignas de empecimiento por encargo de la Segunda Internacional! Y manifestaba su cólera contra ellos con palabras retumbantes. Pero resulta que el artículo de los mencheviques del extranjero no había sido desvergonzado ni autocomplaciente; al contrario: en él se compadecían de las desgraciadas víctimas del proceso, si bien puntualizaban que hacía tiempo que ya no eran mencheviques, y ésa era la pura verdad. ¿A qué se debía, pues, la obstinada cólera de Yakubóvich? ¿Y cómo podrían los mencheviques extranjeros no haber abandonado a los acusados a su suerte?

Nos gusta descargar nuestra cólera contra los débiles, contra quienes no pueden responder. Es la naturaleza del hombre. Y siempre surgen de manera espontánea argumentos para demostrar que tenemos razón.

Por su parte, Krylenko dijo en su discurso de acusación que Yakubóvich era un fanático de la idea contrarrevolucionaria, ¡y pidió para él la pena de muerte!

Y no fue sólo ese día cuando Yakubóvich sintió asomar a sus ojos una lágrima de agradecimiento, sino que en el día de hoy, después de recorrer muchos campos y más de un izoliator, continúa agradeciendo a Krylenko que no lo humillara, que no lo agraviara ni ridiculizara en el banquillo de los acusados, sino que lo hubiera llamado acertadamente fanático (aunque de una idea contraria a la que profesaba en realidad) y que hubiera exigido un simple y noble fusilamiento que pusiera fin a todos sus sufrimientos. El propio Yakubóvich, al pronunciar sus últimas palabras, se mostró de acuerdo: «los crímenes que he confesado (él le daba una gran importancia a este acertado giro: "que he confesado" dando a entender a todo quien tuviera oídos la diferencia con "que he cometido") son dignos de la pena suprema, ¡y no pido clemencia! ¡No pido por mi vida!». (A su lado, en el banquillo, Grohman exclamó aterrado: «¿Se ha vuelto usted loco? ¡No tiene derecho a hacer esto, piense en sus compañeros!».)

Bueno, ¿no era esto un verdadero hallazgo para la fiscalía? (122)

¿Y acaso no quedan suficientemente explicados los procesos de 1936-1938?

¿Acaso no fue justo este proceso el que dio a Stalin la certeza y seguridad de que podía acorralar completamente a sus mayores enemigos — esos charlatanes — y escenificar con ellos un espectáculo igual?

 

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¡Perdóneme el indulgente lector! Hasta ahora mi pluma ha ido escribiendo sin zozobra y no se encogía mi corazón, de tal suerte que nos hemos deslizado por esta época con despreocupación, pues estos quince años se encontraban bajo una infalible protección: ora la de la legítima revolución, ora la de la legitimidad revolucionaria. Pero en adelante va a sernos más doloroso, ya que como recordará el lector — y como nos han explicado decenas de veces, empezando por Jruschov —, «hacia 1934 se empezaron a infringir los principios leninistas de la legalidad».

¿Cómo vamos a entrar en este abismo de ilegalidad? ¿Cómo vamos a vadear este amargo trecho de río?

Por otra parte, dada la celebridad de los acusados, estos juicios estuvieron a la vista de todo el mundo. No fueron pasados por alto, se escribió sobre los mismos, fueron objeto de interpretaciones. Y seguirán siéndolo. Nosotros nos limitaremos a rozar sólo algunos de sus enigmas.

Una reserva, aunque de poca relevancia: las actas taquigráficas publicadas no coinciden plenamente con lo que se dijo en los procesos. Un escritor que disponía de pase y figuraba entre el público escogido tomó unas notas rápidas y pudo convencerse más tarde de esta falta de coincidencia.

Tampoco escapó a los corresponsales lo ocurrido con Krestinski, cuando fue preciso anunciar un receso para ponerlo de nuevo en la senda de las declaraciones acordadas. (Me imagino que ocurriría de la siguiente manera: antes del proceso se compuso una tablilla de emergencia. En la primera columna iría el nombre del acusado; en la segunda, qué procedimiento aplicar durante el receso si se había salido del guión en el juicio; en la tercera, el chekista responsable de aplicar el procedimiento en cuestión. Y si Krestinski se aturullaba, ya se sabía de antemano quién debía acudir a él y qué debía hacer.)

La imprecisión de las notas taquigráficas, sin embargo, no altera el cuadro ni supone disculpa alguna. El mundo contempló asombrado tres obras de teatro seguidas, tres suntuosos y costosos espectáculos en los que importantes líderes del intrépido partido comunista, que había aterrorizado y vuelto del revés al mundo, se presentaban ahora como abatidos y dóciles chivos balando todo cuanto les habían ordenado, escupiendo sobre sí mismos, humillando servilmente sus personas y sus convicciones y confesando unos crímenes que de ningún modo podían haber cometido.

Nunca se había dado nada igual en la Historia desde que el hombre tiene memoria. Resultaba especialmente asombroso en contraste con el reciente proceso contra Dimitrov en Leipzig: Dimitrov había respondido a los jueces nazis como un rugiente león, mientras que aquí, los camaradas de esta misma inflexible cohorte ante la que temblaba todo el mundo, los más importantes de ellos, aquellos a los que llamaban la «guardia de Lenin», comparecían ahora ante el tribunal empapados por sus propios orines.

Y aunque desde entonces pudiera creerse que ya se han aclarado muchas cosas (con especial acierto por parte de Arthur Koestler), el enigma sigue siendo moneda corriente.

Se ha especulado sobre el empleo de una hierba tibetana que paraliza la voluntad, se ha hablado incluso de hipnosis. Si pretendemos dar con una explicación, no podemos rechazar de plano nada de esto, porque suponiendo que el NKVD dispusiera de estos medios, no cabe concebir norma ética alguna que pudiera impedirles el recurrir a ellos. ¿Por qué no debilitar y enturbiar la voluntad? Sabido es que en los años veinte, hubo grandes hipnotizadores que dejaron de dar giras para entrar al servicio de la GPU. Se sabe de manera fehaciente que en los años treinta el NKVD contaba con su propia escuela de hipnotizadores. A la esposa de Kámenev se le permitió entrevistarse con su marido justo antes del proceso y lo encontró abotargado, muy distinto a como era normalmente. (La esposa tuvo tiempo de contar todo esto antes de que la detuvieran también a ella.)

Pero entonces, ¿por qué no doblegaron a Palchinski ni a Jrénnikov mediante un filtro tibetano o hipnosis?

No. Resulta imprescindible una explicación de índole superior, psicológica.

Si surgen dudas es porque se ha presentado a estos hombres como antiguos revolucionarios que no habían temblado en las cámaras de tortura zaristas, como luchadores forjados, fogueados, curtidos, etcétera, etcétera. Pero esto es un simple error. No se trataba de aquellos viejos revolucionarios, sino de otros que habían heredado esa fama por su vecindad con el «Naródnaya Volia», el socialismo revolucionario, el anarquismo. Aquéllos arrojaron bombas, conspiraron, conocieron el presidio con trabajos forzados y supieron qué era cumplir una sentencia, aunque ni en sueños llegaron a ver una auténtica e implacable instrucción sumarial (porque, simplemente, no existía en la Rusia zarista).

En cambio, éstos no habían conocido ni instrucciones sumariales ni sentencias. Los bolcheviques no habían pasado por ninguna «mazmorra» de tortura, por ninguna isla de Sajalín, por ningún presidio especial en Yakutia. Se sabe de Dzerzhinski que le tocó un destino más duro que a los demás, que se había pasado toda la vida de cárcel en cárcel. Pero medido con nuestro rasero resulta que cumplió los diez años de rigor, que no le cayó más que un billete de a diez, como, en nuestra época, a cualquier campesino de un koljós. Cierto sin embargo, que de los diez años cumplió tres de presidio central con trabajos forzados, pero hoy en día esto tampoco es nada del otro jueves.

Los líderes del partido que nos presentaron en los procesos de los años 1936-1938 tenían en su pasado revolucionario encarcelamientos breves y leves, así como destierros de poca duración. En cuanto al presidio con trabajos forzados, ni siquiera lo habían olido. Bujarin tenía en su haber una cantidad de pequeños arrestos, pero eran cosa de broma; es evidente que nunca estuvo encerrado en parte alguna durante un año entero y que apenas permaneció en su destierro en la península de Onega. (123)

Pese a sus largos años de agitación por todas las ciudades de Rusia, Kámenev sólo estuvo dos años en algunas prisiones, y año y medio en el destierro. Pero ahora, en nuestro país, hasta a críos de dieciséis años les han endilgado cinco años de golpe.

Zinóviev — pero si resulta ridículo decirlo — ¡no estuvo encerrado ni tres meses! ¡Nunca le cayó ni una sola condena! Comparados con los habitantes corrientes de nuestro Archipiélago, no fueron sino niños de teta, no vieron las cárceles.

Rykov y I.N. Smirnov fueron detenidos varias veces, estuvieron entre rejas unos cinco años cada uno, pero en cierto modo sus estancias en prisión fueron leves, huyeron sin dificultad de todos sus destierros o se acogieron a alguna amnistía. Antes de que los encerraran en la Lubianka no se imaginaban siquiera lo que era una verdadera cárcel ni lo que significaban las tenazas de una injusta instrucción sumarial. (No hay fundamento para suponer que si Trotski hubiera caído bajo esas tenazas no se hubiera comportado de la misma forma humillante, ni tampoco para suponer que su espinazo fuera más fuerte: ¿por qué iba a ser él distinto a los demás? Él tampoco había conocido sino prisiones suaves, nunca pasó por instrucciones sumariales severas y a lo sumo tuvo dos años de destierro en Ust-Kut. El aura terrible de Trotski como presidente del Consejo Militar Revolucionario y creador de los tribunales revolucionarios la había adquirido a bajo precio y no acreditaba una verdadera firmeza de espíritu: ¡quienes han mandado fusilar a muchos a menudo se estremecen ante su propia muerte! El que alguien sea firme para lo uno no implica que lo sea para lo otro.)

Radek era un provocador. (¡Y no fue el único en los tres procesos!) Y Yagoda un delincuente común manifiesto.

(A este asesino de millones no podía caberle en la cabeza que en el último instante el corazón del Asesino — que aún lo era más que él — no albergara solidaridad alguna para con él. Como si Stalin se hallase sentado en la sala, Yagoda le pidió clemencia directamente a él, con aplomo e insistencia: «¡A usted recurro! ¡Dos grandes canales he construido para usted ! ». Cuenta uno de los presentes que, en aquel momento, tras una pequeña ventana del primer piso de la sala, en la penumbra, como tras una muselina, se encendió una cerilla, y mientras ésta alumbraba pudo verse la sombra de una pipa. Quién haya estado en Bajchisarái recordará este refinamiento oriental: en la sala de sesiones del Consejo de Estado, a la altura del primer piso, había unas ventanas cubiertas con planchas de hojalata en las que se habían practicado diminutos orificios y tras las cuales discurría una galería sin iluminar. Desde la sala nunca era posible adivinar si había alguien tras la ventana. El Kan permanecía invisible y era como si estuviese presente en cada reunión del Consejo. Dado el declarado carácter oriental de Stalin, me siento muy inclinado a creer que estuvo observando las comedias en la sala de Octubre. Me resisto a admitir que se privara de semejante espectáculo, de semejante placer.)

En realidad, toda nuestra perplejidad se debe a que seguimos viendo a estos individuos como personas fuera de lo común. Lo cierto es que cuando se trata del sumario habitual de un ciudadano del montón no vemos ningún enigma en por qué se denigra tanto a sí mismo y a los demás. Lo aceptamos como algo comprensible: el hombre es débil, el hombre da su brazo a torcer. Pero de antemano tomamos por superhombres a Bujarin, Zinóviev, Kámenev, Piatakov e I.N. Smirnov, y sólo de esto, en el fondo, proviene nuestra perplejidad.

Cierto que, en esta ocasión, a los directores de escena parece costarles más trabajo la selección de los actores que cuando se trataba de procesos contra ingenieros: si entonces tenían cuarenta barricas donde elegir, ahora el elenco es poco numeroso, todo el mundo conoce a los actores principales y el público desea que sean precisamente ellos quienes salgan a escena.

¡Mas pese a todo hubo una selección! De entre los designados, los más perspicaces y resueltos no se entregaron, sino que se suicidaron antes de su detención (Skrypnik, Tomski, Gamarnik). Sólo se dejaron arrestar los que querían vivir. ¡Y con los que quieren vivir se puede hacer lo que se quiera! Sin embargo, hubo entre ellos quienes se comportaron de manera distinta durante la instrucción del sumario, se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo, se obstinaron y perecieron en silencio aunque sin deshonor. Por algo no presentaron en el proceso público a Shliapnikov, Rudzutak, Postyshev, Enukidze, Chubar, Kosior, y al propio Krylenko, aunque sus nombres habrían adornado mucho aquellos procesos.

¡Presentaron a los más débiles! Hubo, pese a todo, una selección.

Los seleccionados tenían menos empaque, pero en contrapartida el bigotudo Director conocía muy bien a cada uno de ellos. Sabía que eran todos seres débiles y conocía además la debilidad de cada uno en particular. En esto estribaba su siniestra superioridad, el rasgo maestro de su psicología y el mayor logro de su vida: saber ver la debilidad de las personas en el plano más bajo de su ser.

Y también a aquel que, pasado el tiempo, aparece como la mente más elevada y brillante de todos los líderes deshonrados y fusilados — N.I. Bujarin (al que, evidentemente, dedicó Koestler su inteligente investigación) —, Stalin lo veía por dentro, como si fuera transparente, también en el plano más bajo, en el que el hombre se une con la tierra, y lo tuvo largo tiempo bajo su garra mortal, jugando incluso con él como con un ratoncito, aflojando a veces la pata. Bujarin había redactado de cabo a rabo nuestra Constitución en vigor (sin vigor), tan agradable al oído. Retozaba alegremente por encima de las nubes y pensaba que se la había jugado a Koba: le había endosado una Constitución que le obligaría a suavizar su dictadura. Pero ya estaba cogido en las fauces de la fiera.

A Bujarin no le agradaban ni Kámenev ni Zinóviev, y cuando los juzgaron por primera vez, después del asesinato de Kírov, manifestó a sus íntimos: «¿Y por qué no? Esa gente es así. Por algo será...». (La fórmula clásica de todo hijo de vecino aquellos años: «Por algo será... En nuestro país no encierran a nadie porque sí», ¡en 1935 en boca del principal teórico del partido!) El segundo proceso contra Kámenev-Zinóviev, en el verano de 1936, se lo pasó de caza en la cordillera del Tian-Shan, sin enterarse de nada. Al bajar de las montañas, supo por los periódicos en Frunze de la sentencia de muerte para ambos y vio unos artículos que referían las demoledoras declaraciones que los dos habían formulado contra Bujarin. ¿Corrió a detener el castigo? ¿Advirtió al partido de que se iba a cometer algo monstruoso? No, se limitó a enviar un telegrama a Koba: que detuviera la ejecución de Kámenev y Zinóviev para... que Bujarin pudiera tener un careo con ellos y demostrar su inocencia.

¡Demasiado tarde! A Koba le bastaba con el sumario. ¿Para qué necesitaba careos con personas de carne y hueso?

Sin embargo, tardaron bastante en echarle el guante a Bujarin. Éste se quedó sin Izvéstia, y sin ninguna actividad o cargo en el partido, y así vivió medio año, como en prisión, en su apartamento del Kremlin, sito en el Palacio de Recreo de Pedro el Grande. (A decir verdad, en otoño solía ir a su dacha, y al salir, los centinelas del Kremlin le presentaban armas como si nada.) No obstante, nunca recibía visitas ni llamadas telefónicas. Todos esos meses los pasó escribiendo cartas sin cesar: «¡Querido Koba...! ¡Querido Koba...! ¡Querido Koba...!», cartas que quedaron todas sin respuesta.

¡Buscaba todavía el contacto cordial de Stalin!

Mientras, su querido Koba entornaba los ojos y empezaba ya con los ensayos...

Después de tantos años distribuyendo papeles, Koba sabía de antemano que Bujarincete representaría el suyo magistralmente. A fin de cuentas, ya había renegado de sus discípulos y correligionarios (poco numerosos, ésa es la verdad) ya encarcelados y deportados, y había consentido su aniquilación. (124) Había consentido también que fueran destruidas y denigradas las líneas maestras de su pensamiento, aun antes de que hubiera podido madurar como es debido. Y ahora, como director de Izvéstia y miembro aspirante del Politburó, había admitido como justo el fusilamiento de Kámenev y Zinóviev. Su voz no se había alzado indignada, ni tan siquiera había emitido un murmullo. ¿Acaso había necesidad de seguir haciéndole pruebas?

Ya antes de todo esto, hacía tiempo, cuando Stalin había amenazado con expulsarlo del partido (¡a todos ellos los había amenazado en distintas ocasiones!), Bujarin (¡como todos ellos!) renegó de sus puntos de vista con tal de seguir en sus filas. ¿No había sido eso también una prueba? Si se había comportado de tal modo cuando aún estaban en libertad, en la cumbre de la gloria y del poder, ¿qué no harían cuando sus cuerpos, su alimento y su sueño estuvieran en manos de los apuntadores de la Lubianka? No cabía duda: seguirían al pie de la letra el texto del drama.

¿Qué era lo que más temía Bujarin en los meses que precedieron a su detención? Se sabe con toda certeza: ¡Que le expulsaran del partido! ¡Quedarse sin el partido! ¡Seguir con vida pero excluido de sus filas! Y en este rasgo de Bujarin (de todos ellos!) apuntaló el querido Koba su juego desde que él mismo se erigió en el Partido. Bujarin (¡y todos ellos!) no tenían un punto de vista independiente, no tenían una ideología realmente de oposición que los separase y afirmase respecto al resto del partido. Stalin los declaró oposición antes de que lo fueran, y con ello les arrebató toda la fuerza. Y entretanto todos sus esfuerzos se orientaban a aferrarse al partido. ¡Y al propio tiempo, a no perjudicarlo!

¡Eran demasiadas prioridades para poder gozar de independencia!

En esencia, a Bujarin se le había reservado el papel estelar por lo que no podían permitirse cabos sueltos ni omisiones en el trabajo preparatorio que el Director iba a realizar con él (también había que permitir que el tiempo hiciera su labor que el protagonista se metiera en el papel). Incluso el mandarlo a Europa a por los manuscritos de Marx ese último invierno fue algo previsto como una necesidad, no sólo como indicio externo que corroborara una trama de acusaciones por contactos en el extranjero, sino de manera que aquella libertad sin objeto, propia de una gira teatral, anunciara aún más inexorablemente su regreso a la escena principal. Y ahora, los negros nubarrones de las acusaciones, aquella larga e interminable espera que precedía al arresto, el mortificador letargo entre cuatro paredes, minaban mejor la voluntad de la víctima que la presión directa de la Lubianka (de la que tampoco iba a librarse: se pasaría ahí un año).

En cierta ocasión, Kaganóvich citó a Bujarin para un careo con Sokólnikov en presencia de importantes chekistas. Sokólnikov se refirió en sus declaraciones a un «Centro Derechista paralelo» («paralelo» al centro trotskista, se entiende), y a las actividades clandestinas de Bujarin. Kaganóvich llevó el interrogatorio de una manera agresiva, luego mandó que se llevaran a Sokólnikov y le dijo amistosamente a Bujarin: «¡No hace más que mentir, el muy hijo de p...!».

Sin embargo, los periódicos continuaban haciéndose eco de la indignación de las masas. Bujarin llamó por teléfono al Comité Central. También escribió cartas: «¡Querido Koba...!», rogando que se le permitiera desmentir en público los cargos. Entonces se publicó un vago comunicado de la fiscalía: «no se han encontrado pruebas materiales que sostengan los cargos contra Bujarin».

En otoño lo llamó Radek, que deseaba tener una entrevista con él, pero Bujarin puso objeciones: ambos estamos bajo sospecha, ¿para qué crear una nueva sombra? Mas sus dachas, propiedad de Izvéstia, eran contiguas, y un anochecer se presentó Radek: «Diga lo que diga yo después, has de saber que soy completamente inocente. De todos modos, tú saldrás indemne: nunca has tenido nada que ver con los trotskistas».

También Bujarin creía que saldría sano y salvo, que no lo expulsarían del partido, ¡eso sería monstruoso! Ciertamente, siempre había estado en malas relaciones con los trostkistas: ellos mismos se habían colocado fuera del partido, ¡y ya se sabe cómo acabaron! Hay que permanecer unidos, y si se yerra, hay que errar también unidos.

Asistió con su esposa al desfile de noviembre (su adiós a la Plaza Roja) en la tribuna de invitados con un pase de la redacción. De pronto vieron acercarse a ellos un soldado armado. ¡Se quedó helado! ¿Aquí? ¿En este momento? Pero no; el soldado les saludó: «El camarada Stalin está sorprendido de verle en este sitio. Le ruega que ocupe su puesto en el mausoleo».

Así, durante medio año le fueron dando una de cal y otra de arena. El 5 de diciembre fue aprobada con gran júbilo la Constitución de Bujarin, que fue bautizada por los siglos de los siglos como «la Constitución de Stalin». Al pleno de diciembre del Comité Central trajeron a Piatakov con los dientes rotos, completamente irreconocible. A su espalda permanecían de pie unos chekistas que no dijeron esta boca es mía (eran hombres de Yagoda, que también estaba pasando su prueba y preparaba su papel). Piatakov hizo unas declaraciones de lo más abyectas contra Bujarin y Rykov, sentados allí entre los líderes. Ordzhonikidze se llevó la mano a la oreja (era algo duro de oído): «Dígame, ¿está usted haciendo estas declaraciones voluntariamente?». (¡Qué observación! Ordzhonikidze también tendría su bala en la nuca.) «Voluntariamente, por completo», balbuceó Piatakov. En el receso, Rykov le dijo a Bujarin: «Tomski sí que tuvo fuerza de voluntad, en agosto y lo comprendió todo y puso punto final. Y nosotros dos, como un par de tontos, continuamos viviendo».

Entonces habló Kaganóvich, furioso, imprecando (¡Tenía tantos deseos de creer en la inocencia de Bujarin! Pero no, no podía ser...), y después de él Mólotov. ¡Y Stalin! ¡Qué gran corazón! Qué memoria para las buenas obras: «Considero pese a todo, que no se ha demostrado la culpabilidad de Bujarin. Rykov quizá sea culpable, pero no Bujarin». (¡Alguien está acumulando cargos contra Bujarin al margen de mis deseos!)

Una de cal y otra de arena. Así es como se paraliza la voluntad. Así va encarnándose uno en el papel de héroe convicto.

Y entonces empezaron a llegar a su casa sin interrupción las actas de los interrogatorios: de los antiguos alumnos del Instituto del Profesorado Rojo, de Radek, y de todos los demás: todos presentaban duras pruebas de la negra traición de Bujarin. Las actas no le llegaban a casa en calidad de acusado, ¡oh, no!, sino como miembro del Comité Central, para su conocimiento...

Las más de las veces, al recibir nuevos documentos, Bujarin decía a su esposa (que tenía veintidós años y aquella primavera acababa de darle un hijo): «¡Léelo tú, yo no puedo!». Y metía la cabeza debajo de la almohada. Tenía dos revólveres en casa (¡y Stalin le estaba dando tiempo!), pero no acabó con su vida.

¿Acaso no se había impregnado del papel que ya le habían asignado?

Hubo aún otro proceso público y fusilaron aún a otra hornada... Pero Bujarin seguía al margen, no venían a prenderlo...

A principios de febrero de 1937 decidió declararse en huelga de hambre, en su propia casa: hasta que el Comité Central estudiara el caso y se retiraran los cargos contra él. Así se lo manifestó en una carta al querido Koba y se mantuvo dignamente. Acto seguido se convocó un pleno del Comité Central con este orden del día: 1): Los delitos del Centro Derechista; 2): La conducta hostil al partido del camarada Bujarin, expresada en forma de huelga de hambre.

Y Bujarin vaciló: ¿Habría ofendido realmente al partido de alguna manera? Sin afeitar, demacrado, con aspecto ya de presidiario, llegó a rastras hasta el pleno. «¿Qué ocurrencias son éstas?», le preguntó cordialmente el querido Koba. «¿Y qué quieres que haga cuando se barajan tales acusaciones? Quieren expulsarme del partido...» Stalin frunció el ceño ante este absurdo: «¡A ti nadie va a echarte del partido!».

Y Bujarin le creyó, se animó, se arrepintió de buen grado ante el pleno y ahí mismo anunció que ponía fin a la huelga de hambre. (En casa: «¡Anda, córtame un trozo de salchicha! ¡Koba dice que no me van a expulsar!».) Pero en el curso del pleno, Kaganóvich y Mólotov (¡qué atrevimiento!, ¡sin haber consultado a Stalin!) (125) llamaron a Bujarin mercenario fascista y exigieron que se le fusilara.

Bujarin se desmoralizó de nuevo, y en sus últimos días empezó a redactar una «carta al futuro Comité Central». Aprendida de memoria — y conservada de esta manera — ha pasado, recientemente, a conocimiento de todo el orbe. Pero no ha conmovido a nadie. (Como tampoco conmovió al «futuro Comité Central». ¡Y fíjense en el destinatario! ¡El Comité Central como autoridad moral suprema!) Además, ¿qué decidió comunicar a la posteridad, en sus últimas palabras, este brillant e incisivo teórico? De nuevo un lamento para que lo reintegraran en el partido. (¡Cuánto deshonor le costó esta fidelidad! Y además, la afirmación de que «aprobaba plenamente» cuanto había sucedido hasta entonces, año 1937 incluido. O sea, no sólo todos los anteriores procesos caricaturescos, ¡sino también: las fétidas riadas de nuestro gran alcantarillado penitenciario.)

Habiendo firmado algo así, él mismo pasaba a ser digno de sumergirse en ellas...

¡Por fin había llegado el momento de poner a este hombre musculoso, cazador y luchador en manos de los apuntadores, de los ayudantes del director! (¡En peleas de broma ante otros miembros del Comité Central cuántas veces no habría hecho aterrizar a Koba de espaldas contra el suelo! Seguramente, tampoco esto pudo perdonarle Koba.)

Preparado y molturado ya de tal modo que ni siquiera la tortura era necesaria, ¿en qué podía ser más fuerte su posición que la de Yakubóvich en 1931? ¿Acaso no era igual de vulnerable ante aquellos mismos dos argumentos? Era incluso más débil que Yakubóvich, pues aquél ansiaba morir, mientras que Bujarin temía la muerte.

Faltaba solamente un diálogo nada complicado con Vyshinski según el siguiente esquema:

«¿Conviene usted en que toda oposición al partido equivale a una lucha contra el partido?» «En general, sí. Prácticamente, sí.» «Y puesto que se trata de una lucha contra el partido, cabe esperar que ésta crezca necesariamente hasta convertirse en una guerra contra el partido, ¿verdad?» «Conforme a la lógica de las cosas, sí.» «O sea que las convicciones oposicionistas acaban por empujar a cualquier vileza contra el partido (asesinato, espionaje, traición a la patria), ¿no es así?» «Permítame, pero no se han cometido tales crímenes.» «Pero ¿podrían haberse cometido?» «Bueno, hablando en teoría... (¡Y es que estamos entre teóricos!)» «¿Sigue considerando usted los intereses del partido por encima de todo?» «¡Sí, naturalmente, naturalmente!» «Así pues, no queda más que superar una pequeña distinción: debemos tomar por realidad aquello que es eventual, y para poder desacreditar en lo sucesivo toda idea oposicionista será preciso que admitamos como cometido lo que teóricamente habría podido suceder. ¿Porque habría podido suceder, verdad?» «Sí, claro...» «Así pues, hay que admitir como real aquello que tan sólo es posible, no es más que esto. Una pequeña inferencia filosófica. ¿De acuerdo?

¡Ah sí, otra cosa! Bueno, no hay ni que decirlo: si en el juicio se retracta y dice algo diferente, ya comprende, no estará sino haciéndole el juego a la burguesía mundial y daño al partido. Bueno, y como es natural, en ese caso tampoco va a poder contar usted con una muerte fácil. Pero si todo sale bien, nosotros, naturalmente, le dejaremos con vida: lo llevarán en secreto a la isla de Monte-Cristo y allí podrá trabajar en la economía del socialismo.» «Pero en los anteriores procesos, si no me equivoco, hubo fusilamientos.» «¡Vamos!, ¿cómo va a comparar a esa gente con usted ? Además, a muchos los dejamos con vida, los fusilamientos son cosa de los periódicos.»

¿Es posible que jamás existiera, pues, ese enigma impenetrable?

Y de nuevo esa cantinela persistente oída ya en tantos procesos con distintas variaciones: ¡pero si usted, como nosotros, es comunista! ¿Cómo pudo usted descarriarse y levantarse contra nosotros? ¡Arrepiéntase! ¡Pero si usted y nosotros formamos un único nosotros !

En una sociedad, la comprensión de la Historia va madurando poco a poco. Pero una vez madura, resulta ser de lo más sencillo. Ni en 1922, ni en 1924, ni en 1937 pudieron los acusados afirmarse tanto en sus puntos de vista como para responder a esta hechizadora y paralizante melodía gritando con la cabeza bien alta:

— ¡No, no somos revolucionarios como vosotros! ¡No, no somos rusos como vosotros! ¡No, no somos comunistas como vosotros!

¡Y ahora nos parece que sólo habría bastado con gritar eso! Y se habrían derrumbado los decorados, se habrían deshecho los maquillajes, habría huido el director por la escalera de servicio y los apuntadores se habrían refugiado como ratas en sus madrigueras. ¡Y habría llegado de un soplo la década de los sesenta!

 

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Aunque muy bien logrados, estos espectáculos resultaban caros y daban muchos quebraderos de cabeza. Por ello Stalin decidió que no volvería a recurrir a los procesos públicos.

Más exactamente: en 1937 tuvo la intención de montar un gran programa de procesos públicos en provincias, para que el alma negra de la oposición apareciera claramente ante las masas. Pero faltaban buenos directores escénicos, era imposible una preparación minuciosa y los acusados no eran tan cultivados. Stalin se llevó un buen chasco, aunque esto es algo que pocos conocen. Tras varios procesos que fracasaron, se abandonó la idea.

Parece aquí oportuno dar cuenta de uno de tales procesos, el caso Kady, del que se empezaron a publicar informes detallados en el periódico regional de Ivánovo.

A finales de 1934, en un lejano y perdido rincón de la región de Ivánovo, en la conjunción de las actuales regiones de Kostromá y Nizhni-Nóvgorod, se había creado un nuevo distrito. Su capital era el antiguo y soñoliento pueblo de Kady. Fueron nombradas nuevas autoridades procedentes de diversos lugares, que no se conocían entre sí antes de coincidir en Kady.

Llegados ahí, se encontraron con una región mísera, triste y perdida, esquilmada por las requisas de trigo, cuando lo que hubiera hecho falta, por el contrario, hubiera sido que la ayudaran con dinero, máquinas y una administración sensata. Resultó que el primer secretario del comité del distrito, Fíodor Ivánovich Smirnov, era un hombre con un firme sentido de la justicia, y que el responsable agrario del distrito, Stavrov, era campesino por los cuatro costados y antiguo intensivnik es decir, uno de aquellos campesinos celosos e instruidos que en los años veinte habían llevado sus haciendas con métodos científicos (por lo cual el régimen soviético los alentaba en aquel entonces, ya que todavía no se había decidido aniquilar a todos esos intensivniks).

Cuando eliminaron a los kulaks, Stavrov salió ileso, pues había ingresado en el partido, (¿eliminaría él, quizás, a otros kulaks?). Desde sus nuevos cargos intentaron hacer algo por los campesinos, pero les llegaban instrucciones de arriba y cada una de ellas contravenía sus iniciativas: como si la superioridad se dedicara adrede a inventar todo cuanto pudiera para hacer más dura y amarga la vida de los campesinos. Un día, los dirigentes del distrito de Kady enviaron un informe a la capital de la región diciendo que era indispensable rebajar las cuotas de suministro de trigo: el distrito no podía cumplirlas, de otro modo se empobrecería hasta un límite peligroso. Sólo quien recuerde cómo estaban las cosas en los años treinta (¿sólo en los años treinta?) podrá comprender qué gran sacrilegio era éste contra el Plan, ¡y qué rebelión contra el régimen! Pero siguiendo los usos de la época, la represión no se desencadenó directamente desde arriba, sino que fue confiada a la iniciativa local.

Cuando Smirnov estaba de vacaciones, su segundo en el escalafón, el secretario adjunto Vasili Fiódorovich Románov, impuso al comité de distrito la siguiente resolución: «los éxitos del distrito serían aún más brillantes (?) de no ser por el trotskista Stavrov». Así comenzó el «caso» Stavrov. (Interesante sistema: ¡dividir! Primero amedrentar a Smirnov, neutralizarlo, hacer que se eche atrás, y luego ya leecharemos el guante. A pequeña escala, era precisamente la táctica de Stalin en el Comité Central.)

Sin embargo, hubo tumultuosas asambleas del partido en las que quedó claro que Stavrov tenía tanto de trotskista como de jesuíta. El presidente de la Cooperativa de Consumo del Distrito, Vasili Grigórievich Vlásov, hombre de educación incompleta y conseguida un poco al azar, pero poseedor de esas cualidades innatas que tanto llaman la atención en los rusos, cooperativista autodidacta, elocuente e ingenioso en los debates, enardecido al máximo cuando trataba de algo que él consideraba justo, convenció a la asamblea del partido para que expulsaran a Románov por calumnia. ¡Y llegaron a darle una amonestación a Románov! Las palabras finales de Románov son características de esa clase de gente, que se saben conocedores de la situación general: «Aunque aquí hayan demostrado que Stavrov no es trotskista, yo estoy seguro de que lo es. Ya se ocupará de esto y de mi amonestación también el partido».

Y el partido tomó cartas en el asunto: casi inmediatamente, el NKVD del distrito arrestó a Stavrov y, al cabo de un mes, al estonio Univer, presidente del comité ejecutivo de distrito del partido, cargo en el que fue reemplazado por Románov. A Stavrov se lo llevaron al NKVD de la región y allí confesó que era trotskista, que toda la vida se había confabulado con los eseristas, que en su distrito era miembro de una organización clandestina de derechas (un ramillete digno también de aquella época, sólo le faltaba un contacto directo con la Entente). O puede que no lo confesara, es algo que nunca se sabrá, pues murió bajo las torturas en la prisión interior de Ivánovo. De todos modos, las hojas de las actas ya estaban redactadas. No tardaron en detener también al secretario del comité de distrito, Smirnov, jefe de la supuesta organización derechista, al encargado de las finanzas, Sabúrov, y otro más.

Es interesante la forma en que se decidió la suerte de Vlásov, quien en otro tiempo había propuesto expulsar del partido a Románov, ahora nuevo presidente del comité del distrito. Vlásov había ofendido gravemente al fiscal del distrito, Rusov, como ya hemos relatado en el capítulo cuarto. Había afrentado también a N.I. Krylov, jefe del NKVD del distrito, al interceder por dos cooperativistas sensatos y capaces pero de dudosa extracción social, a quienes querían encerrar por imaginario empecimiento. (Vlásov siempre contrataba a toda clase de «ex», pues no sólo dominaban su especialidad, sino que además ponían empeño en el trabajo; en cambio los proletarios a los que estaba aupándose no sabían hacer nada y, más que otra cosa, no querían hacer nada.) ¡Y a pesar de todo, el NKVD aún estaba dispuesto a hacer las paces con la cooperativa! El número dos del NKVD en el distrito, Sorokin, fue en persona a la cooperativa y le propuso a Vlásov que entregara gratuitamente al NKVD («luego ya echaremos cuentas») tejidos por valor de setecientos rublos. (¡Los muy siseros! Para Vlásov representaba poner de su bolsillo dos meses de salario, pues nunca se llevaba ilegalmente ni una migaja.) «Si te niegas, lo lamentarás.» Pero Vlásov lo puso de patitas en la calle: «¿Cómo os atrevéis a proponer tales componendas a un comunista?».

Al día siguiente, Krylov se presentó en la cooperativa, esta vez ya como presidente del comité de distrito del partido (¡esta mascarada y estas pequeñas astucias son el alma del año 1937!) y ordenó que se convocara una asamblea del partido con el siguiente orden del día: «La actividad empecedora de Smirnov y Univer en la cooperativa de consumo». Informe del camarada Vlásov. ¡Cada procedimiento era una perla! ¡Nadie acusaba todavía a Vlásov! Pero habría bastado que dijera tan sólo dos palabras sobre los actos de sabotaje del anterior secretario del comité ejecutivo, cometidos en su distrito (también el de Vlásov), para que el NKVD le interrumpiera: «¿Y usted dónde se encontraba? ¿Por qué no acudió a nosotros a su debido tiempo?».

En tales circunstancias muchos habrían perdido la cabeza y se hubieran dejado atrapar. ¡Pero no Vlásov! Este respondió al instante: «¡Yo no voy a dar ningún informe! ¡Que sea Krylov quien lo haga! ¡El ha practicado las detenciones y lleva el caso Smirnov-Univer!». Pero Krylov rehusó: «Yo no estoy al corriente». Vlásov: «¡Si ni siquiera usted está al corriente, es que los dos fueron detenidos sin motivo!». En resumidas cuentas, la asamblea del partido no llegó a celebrarse. ¿Pero es que acaso eran muchos los que se atrevían a defenderse? (No estaríamos describiendo con justicia el ambiente de 1937 si perdiéramos de vista a esas personas firmes y a su valiente decisión, si no mencionáramos que aquel día, ya entrada la noche, el contable jefe de la cooperativa, T., y su ayudante, N., se presentaron en el despacho de Vlásov con diez mil rublos: «¡Vasili Grigórievich! ¡Huya esta misma noche! ¡Esta noche, o está perdido!», pero Vlásov consideró que huir no era propio de un comunista.)

Por la mañana apareció en el periódico del distrito una dura nota contra la actuación de la cooperativa (ya se sabe que nuestra prensa siempre fue del brazo del NKVD), y por la tarde requirieron a Vlásov para que rindiera cuentas de su trabajo ante el comité de distrito. (¡A cada paso los procedimientos típicos que se repetían en toda la Unión Soviética!)

Corría 1937, el segundo año de la «Mikoyan Prosperity» en Moscú y en otras grandes ciudades. Hoy día, topamos a veces con memorias de periodistas y escritores que nos hacen creer que empezó entonces una época de vacas gordas. Así ha quedado escrito en las páginas de la Historia y existe el peligro de que así permanezca en ella. Y sin embargo, en noviembre de 1936, dos años después de que se hubieran suprimido las cartillas de racionamiento de pan, se emitió en el distrito de Ivánovo (y en otros) una disposición secreta que prohibía la venta de harina. En aquel entonces, en los pueblos pequeños, pero sobre todo en las aldeas, el pan se cocía en las casas, pues no había tahonas. ¡La prohibición de vender harina significaba no comer pan! En Kady, capital del distrito, se formaron enormes colas, como jamás se habían visto, para comprar pan. (Y por si fuera poco, descargaron un nuevo golpe: en febrero de 1937 se prohibió que se cociera pan negro en las capitales de distrito, sólo podía hacerse pan blanco, más caro.) Como en el distrito de Kady no había más panadería que la de la capital, ahora la gente acudía allí de todas las aldeas por pan negro. En los almacenes de la cooperativa había harina, ¡pero la doble prohibición impedía que la gente accediera a ella!

Y pese a las inspiradas ordenanzas estatales, Vlásov encontró la manera de que el distrito pudiera comer aquel año: fue por los koljoses y acordó con ocho de ellos la creación de tahonas comunales en las isbas que los kulaks habían dejado vacías (es decir, llevarían hasta allí la leña y pondrían a las mujeres en los hornos de las estufas rusas. De esta manera, los hornos serían públicos, no privados). Por su parte, la cooperativa se comprometía a proporcionar la harina. ¡Toda solución parece sencilla después de que alguien haya dado con ella! Sin construir hornos de pan (carecía de recursos para ello), Vlásov erigió ocho en un solo día. Sin comerciar con la harina, hizo que ésta saliera continuamente de su almacén y pidió más a la capital de la región. Sin vender pan negro en la capital de distrito, llenaba las aldeas de pan negro. Cierto, no había infringido la letra de la disposición, pero sí el espíritu de la misma — ahorrar harina, atosigar al pueblo —, había, pues, motivo suficiente para criticarle en el comité de distrito.

Tras ser sometido a esta crítica pasó todavía una noche, y al día siguiente fueron a detenerlo.

Siempre severo, parecía un pequeño gallo de pelea (pues era de baja estatura y andaba con la cabeza erguida, lo que le daba un aire arrogante), y procuró no tener que entregar el carnet del partido (¡En la reunión del comité del distrito, la víspera, no se había decidido su expulsión!) ni su acta de diputado (había sido elegido por sufragio popular y el comité ejecutivo del distrito no había suprimido su inmunidad parlamentaria). Pero los policías no sabían de tales formalidades, se arrojaron sobre él y le quitaron los papeles por la fuerza. De la cooperativa lo llevaron al NKVD por la calle mayor de Kady, en pleno día, y su joven almacenero, miembro del Komsomol, pudo verlo desde la ventana del comité del distrito. Entonces no toda la gente había aprendido a pensar una cosa y decir otra (especialmente en los pueblos, por aquello de la sencillez). El almacenero exclamó: «¡Qué canallas! ¿Pues no se llevan también a mi patrón?». Acto seguido, sin que hubiera tenido tiempo de salir de la habitación, lo expulsaron tanto del comité del distrito como del Komsomol, y siguiendo el camino de todos conocido, fue a parar a la fosa.

Vlásov fue detenido más tarde que el resto de encausados con él y se encontró con un pliego de cargos ya casi terminado que sólo quedaba transformar en un proceso público. Lo llevaron a la prisión interior de Ivánovo, pero, al ser el último, no ejercieron sobre él una presión enconada, se le practicaron tan sólo dos breves interrogatorios y no se convocó a un solo testigo. Se limitaron a rellenar el auto de procesamiento con informes de la cooperativa y recortes del periódico del distrito.

Se acusaba a Vlásov: 1): de haber provocado las colas para el pan; 2): de no haber garantizado un mínimo surtido de productos (como si hubiera mercancía en alguna parte y alguien la hubiera ofrecido a Kady); 3): de haber almacenado sal en exceso (cuando de hecho se trataba de la reserva obligatoria «en caso de movilización». Ya se sabe que desde tiempos antiguos en Rusia siempre temen quedarse sin sal si estalla una guerra).

A finales de septiembre llevaron a los acusados a Kady, donde debía tener lugar el juicio público. El camino no era corto (¡con lo baratos que salían la OSO y los juicios a puerta cerrada!): de Ivánovo a Kineshma en un vagón-zafe, de Kineshma a Kady, ciento diez kilómetros en automóvil; más de una decena de automóviles formando una insólita columna por una vieja pista desierta, provocando a su paso por las aldeas asombro y terror, suscitando el presentimiento de una guerra.

El responsable de que el proceso transcurriera de manera irreprochable e intimidatoria era Kliuguin (jefe de la sección especial secreta del NKVD regional, encargada de organizaciones contrarrevolucionarias). Del 24 al 27 de septiembre la guardia, compuesta por cuarenta reservistas de la policía montada, condujo cada día a los acusados por Kady a punta de sable y pistola en mano. Los llevaba desde el NKVD del distrito hasta un club a medio edificar y luego de vuelta, cruzando ese mismo pueblo que hasta hacía poco habían gobernado. En el club los vidrios de las ventanas ya estaban puestos, pero quedaba por terminar el estrado y no había electricidad (como no la había en todo Kady), por lo que al anochecer el juicio seguía a la luz de quinqués de petróleo.

Al público lo traían de los koljoses formando grupos que se alternaban. Y acudía también en tropel todo Kady. No sólo llenaban los bancos y el antepecho de las ventanas, sino que también se agolpaban en los pasillos, de modo que en total habría unos setecientos asistentes en cada sesión. Los bancos de primera fila, sin embargo, se destinaban siempre a los militantes del partido, para que el tribunal pudiera contar siempre con un apoyo de fiar.

Se había constituido una sesión extraordinaria del tribunal regional, compuesta por el vicepresidente de la audiencia regional, Shubin, y los vocales Biche y Zaoziorov. Llevaba la acusación el fiscal regional Karasik, licenciado por la universidad regional de Dorpat (aunque todos los acusados habían renunciado a la defensa, se les asignó un abogado de oficio para que quedara justificada la presencia del fiscal). El extenso, solemne y amenazador escrito de la acusación se reducía a lo siguiente: en el distrito de Kady actuaba un grupo clandestino de bujarinistas de derechas, creado en Ivánovo (en otras palabras: también allí iba a haber detenciones) con el propósito de derribar al régimen soviético en Kady por medio del empecimiento. (¡Los de derechas no podían haber elegido un lugar más recóndito para ponerse manos a la obra!)

El fiscal presentó una interpelación: aunque Stavrov hubiera muerto en la cárcel, sus declaraciones previas a la muerte debían ser leídas en el juicio y consideradas como hechas ante el tribunal (¡todos los cargos contra el grupo se basaban en el testimonio de Stavrov!). El tribunal admitió que se incluyeran las declaraciones del interfecto como si siguiera con vida (con la ventaja, además, de que ninguno de los acusados sería capaz de impugnarlas).

Pero los rústicos habitantes de Kady no percibían estas eruditas sutilezas y sólo les interesaba oír lo que venía a continuación. Se dio lectura y se incluyeron de nuevo en el acta las declaraciones del que había sido torturado hasta la muerte durante los interrogatorios. Empezaron a tomar declaración a los acusados y — ¡menudo chasco! — todos ellos se retractaron de las confesiones que habían hecho durante la instrucción.

Quién sabe qué habrían hecho en semejante caso en Moscú, en la sala Octubre de la Casa de los Sindicatos, ¡pero aquí, sin sonrojarse, decidieron seguir adelante! El juez les reprocha: ¿Cómo es que declararon ustedes otra cosa durante la instrucción del sumario? Univer, muy maltrecho, con un hilo de voz apenas perceptible: «Como comunista, no puedo referir en un juicio público los métodos que utiliza el NKVD en los interrogatorios». (¡He aquí el modelo del proceso de Bujarin! Esto era lo que los paralizaba: procuraban ante todo que el pueblo no llegara a pensar mal del partido. En cambio, los jueces se habían deshecho de estos escrúpulos hacía tiempo.)

Durante el receso Kliuguin recorrió las celdas de los acusados. A Vlásov le dijo: «¡Ya has visto en qué par de putas se han convertido Smirnov y Univer, los muy cabrones! ¡Pero tú debes confesarte culpable y contar toda la verdad!». «¡Eso, la pura verdad!», acepta de todo corazón Vlásov, al que aún quedan redaños. «¡Sólo la verdad: que no os distinguís en nada de los fascistas alemanes!» Kliuguin se puso furioso: «¡Ten cuidado, hijo de perra, porque vas a pagarlo con sangre!». (126) Desde ese momento, Vlásov pasa de un papel secundario a un papel de protagonista como inspirador ideológico del grupo.

La multitud agolpada en los pasillos empieza a entenderlo todo mejor desde este preciso instante: el momento en que el tribunal se lanza a hablar impertérrito de las colas del pan, algo que duele a cada uno en lo más hondo (aunque, naturalmente, antes del proceso se vendiera el pan sin escatimarlo y ahora ya no hubiera colas). Pregunta al acusado Smirnov: «¿Tenía usted conocimiento de la existencia de colas para comprar pan en el distrito?». «Sí, naturalmente, se extendían de la panadería hasta el propio edificio del comité del distrito.» «¿Y qué medidas adoptó usted?» Pese a las torturas, Smirnov conservaba un sonoro timbre de voz y la serena certeza de tener razón. Aquel hombre rubio y corpulento, de rostro franco, respondía sin prisas, y la sala podía oír cada una de sus palabras: «Como quiera que ya había recurrido en vano a los organismos regionales, encargué a Vlásov que redactase un informe al camarada Stalin». «¿Y por qué no llegaron a escribirlo?» (¡Todavía no lo saben! ¡Ésta se les ha escapado!) «Sí que lo escribimos, y yo mismo lo cursé directamente con un mensajero al Comité Central, sin que pasara por las autoridades de la región. Una copia del mismo obra aún en los archivos del comité del distrito.»

La sala contuvo la respiración. El tribunal estaba desbordado, no debía haber seguido con las preguntas, pero uno de ellos, pese a todo, quiso saber más:

— ¿Y qué pasó entonces? Todos en la sala tenían esa pregunta en los labios: «¿Y qué pasó entonces?».

Smirnov no solloza ni gime por el ideal perdido. (¡Eso era lo que se echaba a faltar en los procesos de Moscú!) Responde con voz fuerte y tranquila:

— Nada. No hubo respuesta.

Y su voz cansina daba a entender: tampoco esperaba yo otra cosa.

¡No hubo respuesta! ¡No hubo respuesta del Padre y Maestro! ¡El proceso público había llegado a su punto culminante! ¡Había descubierto ya a las masas las negras entrañas del Caníbal! ¡El juicio ya podía clausurarse! Pero no, les faltaba tacto e inteligencia para ello, aún pasarían tres días pateando el suelo enfangado.

El fiscal se enfureció: ¡Conque seguíais un doble juego! ¡Así es como sois vosotros: con una mano empeciendo y con la otra os atrevíais a escribir al camarada Stalin! ¿Y encima esperabais que os respondiera? Que nos explique el acusado Vlásov: ¿Cómo se pudo llegar a tanto empecimiento, a esta pesadilla, a interrumpir la venta de harina, a impedir que se cociese pan de centeno en la capital del distrito?

A Vlásov, el gallo de pelea, no había que ayudarlo a levantarse, él mismo se puso de pie de un salto y gritó para que se le oyera en toda la sala:

— Estoy dispuesto a contestar a todo ante el tribunal si usted, fiscal Karásik, baja del estrado, ¡y viene a sentarse junto a mi!

Confusión general. Ruido, alboroto. Que pongan orden en la sala, ¿pero dónde se ha visto?

Tras hacerse con el uso de la palabra gracias a este arranque, Vlásov explica ahora de buen grado:

— La prohibición de vender harina y cocer pan llegaron por imposición de la Presidencia del Comité Ejecutivo regional, presidencia de la cual es miembro de número el fiscal regional Karásik. Si esto era un acto de empecimiento, ¿por qué como fiscal no hizo uso de su veto? Por lo tanto, ¿no actuó usted como elemento empecedor antes que yo?

El fiscal se atragantó, el golpe había sido ágil y certero. Tampoco sabían qué decir los jueces.

Uno de ellos balbucea: —Si es preciso (?) juzgaremos también al fiscal. Pero hoy lo estamos juzgando a usted.

(Dos raseros distintos. ¡Todo depende del rango!)

— ¡Entonces exijo que se le obligue a abandonar el estrado! — lanza de nuevo una puya el indómito Vlásov.

Se anuncia un receso...

¿Qué valor educativo podía tener un juicio semejante para las masas?

Pero ellos seguían en sus trece. Después de tomar declaración a los acusados empezaron con los testigos. El contable N.

— ¿Qué sabe usted de las actividades empecedoras llevadas a cabo por Vlásov?

— Nada.

— ¿Cómo es posible?

— Yo estaba en la habitación de los testigos y no he podido oír lo que se ha hablado aquí.

— ¡Ni falta que hacía que oyese usted nada! Por sus manos han pasado muchos documentos, no es posible que no estuviera al corriente.

— Todos los documentos estaban en orden.

— Aquí tenemos un fajo de ejemplares del periódico del distrito. Hasta en ellos se habla de las actividades empecedoras de Vlásov. ¿Y dice usted que no sabe nada?

— ¡Pregúntele entonces a quienes escribieron esos artículos!

La encargada de la panadería.

— Dígame, ¿dispone de pan suficiente el régimen soviético?

(¡Caramba! ¿Qué le vas a responder? ¿Quién se atrevería a contestar: nunca me he puesto a contarlo?)

— Sí, mucho...

— ¿Y entonces por qué hay colas en su panadería?

— Lo ignoro...

— ¿De quién depende que las haya o no?

— Lo ignoro...

— ¿Cómo que lo ignora? ¿Quién era su jefe?

— Vasili Grigórievich.

— ¡Qué Vasili Grigórievich ni qué ocho cuartos! ¡Era el acusado Vlásov! Por lo tanto, dependía de él.

La testigo guarda silencio.

El presidente dicta al secretario: «Respuesta: Como consecuencia de las actividades empecedoras de Vlásov se formaban colas ante la panadería pese a las enormes reservas de cereales de que dispone el régimen soviético».

Sobreponiéndose a su temor, el fiscal pronunció un largo y airado discurso. Por su parte, el defensor se dedicó más que nada a defenderse a sí mismo, abundando en que los intereses de la patria le eran tan caros como pudieran serlo para cualquier otro ciudadano de pro.

En sus palabras finales Smirnov no suplicó ni se arrepintió de nada. Por lo que hoy sabemos de él, era un hombre demasiado íntegro y firme, por eso no podía acabar el año 1937 con la cabeza intacta.

Cuando Saburov pidió que le perdonaran la vida «no para mí, sino por mis hijos de corta edad», Vlásov le tiró de la chaqueta indignado: «¡No seas imbécil!».

Y Vlásov no desaprovechó su última oportunidad de lanzar un desafío:

— No os tengo por un tribunal, sino por unos comediantes que representan el vodevil de un juicio según los papeles que os han escrito. Sois los ejecutores de una repugnante provocación del NKVD. No importa lo que yo diga: me condenaréis a muerte. ¡Pero de una cosa estoy seguro: ha de llegar el día en que ocupéis nuestro lugar! (127)

El tribunal estuvo redactando la sentencia desde las siete de la tarde hasta la una de la madrugada. En la sala del club ardían los quinqués, los acusados permanecían sentados bajo la custodia de los sables, el pueblo zumbaba y no abandonaba el edificio.

Si larga fue la redacción de la sentencia, larga fue también su lectura, recargada con el fárrago de toda clase de fantásticas acciones, relaciones y proyectos perniciosos. Smirnov, Univer, Sabúrov y Vlásov fueron condenados al paredón, otros dos a diez años, y uno a ocho años. Además, las conclusiones del tribunal permitían desenmascarar en Kady a una organización saboteadora infiltrada en el Komsomol (los arrestos tardaron bien poco: ¿recuerdan al joven encargado de almacén?), y en Ivánovo conducían hasta un centro de organizaciones clandestinas que a su vez, cómo no, estaba subordinado a Moscú (ya estaban cavándole a Bujarin bajo los pies).

Después de las solemnes palabras: «¡A muerte!», el juez hizo una pausa en espera de aplausos, pero en la sala reinaba una tensión tan sombría (se oían los suspiros y el llanto de gente ajena a los condenados, así como los gritos y desvanecimientos de los allegados) que no hubo aplausos ni siquiera en los dos primeros bancos, ocupados por militantes del partido. Y eso sí que era una verdadera vergüenza.

«¡Ay, Señor! ¿Pero qué estáis haciendo?», le gritaban a los jueces desde la sala. La esposa de Univer lloraba desconsoladamente. Se produjo un revuelo entre la multitud, en la penumbra de la sala. Vlásov increpó a los de los bancos de delante:

— ¿Y vosotros, por qué no aplaudís, canallas? ¡Comunistas!

El comisario político del pelotón de alguaciles se le acercó al instante y le aplastó la boca de la pistola contra la cara. Vlásov intentó hacerse con el arma, acudió corriendo un policía y separó violentamente a su comisario político, que acababa de cometer un error. El jefe de la escolta ordenó: «¡A sus armas!», y las treinta carabinas de la policía de escolta, así como las pistolas de los miembros del NKVD del lugar, apuntaron hacia los condenados y la multitud (hasta tal punto parecía que iban a echárseles encima para liberar a los reos).

Sólo unos pocos quinqués de petróleo alumbraban la sala, y la penumbra añadía aún más confusión general y temor. Definitivamente persuadida — si no por el proceso, sí por las carabinas que la estaban apuntando — la muchedumbre, apretujándose y presa del pánico, se precipitó hacia la calle por puertas y ventanas. Crujió el piso de madera, tintinearon los cristales. La esposa de Univer, a punto de morir pisoteada, permaneció hasta la mañana siguiente tendida sin conocimiento bajo las sillas.

Así que no hubo aplausos...

Quisiera ahora dedicar una pequeña nota a la niña de ocho años Zoya Vlásova. Amaba a su padre con locura. No pudo seguir yendo a la escuela (la pinchaban: «¡Tu padre es un empecedor!», pero ella les hacía frente: «¡Mi papá es bueno!»). Después del juicio ya sólo vivió un año (nunca antes había estado enferma), y en este año no rió una sola vez, siempre andaba cabizbaja y las ancianas predecían: «anda mirando a la tierra, pronto morirá». Murió de meningitis, y en su agonía no cesaba de gritar: «¿Dónde está mi papá? ¡Devolvedme a mi papá!».

Cuando contamos los millones que murieron en los campos de reclusión, siempre olvidamos multiplicar por dos o por tres...

A los condenados no sólo no podían fusilarlos acto seguido, sino que ahora era preciso vigilarlos con más celo aún, puesto que ya nada tenían que perder. Para el cumplimiento de la sentencia debían ser escoltados hasta la capital de la región.

La primera tarea — la de conducirlos de noche al NKVD por la calle — la organizaron de la manera siguiente: cada reo iba acompañado por cinco hombres. Uno llevaba un farol. Otro iba delante pistola en mano. Dos llevaban del brazo al condenado a muerte y sostenían sendas pistolas en la mano libre. El quinto iba detrás apuntando al condenado por la espalda.

El resto de los policías estaba distribuido uniformemente a lo largo del camino para impedir cualquier asalto de la multitud.

Visto este caso, cualquier persona sensata convendrá que, si el NKVD hubiera tenido que malgastar su tiempo con juicios públicos, nunca habría podido cumplir su alto cometido.

Precisamente por esto, los procesos políticos públicos jamás llegaron a cuajar en nuestro país.

 

 

11. La medida suprema

En Rusia la historia de la pena de muerte describe sinuosos altibajos. Si el Código de Alexéi Mijáilovich preveía la pena de muerte en cincuenta casos, en las Ordenanzas Castrenses de Pedro I éstos llegaban ya a doscientos artículos. Por su parte, la emperatriz Isabel, aunque no llegó a abolir dichos artículos, no los aplicó una sola vez: cuentan que al subir al trono hizo voto de no ejecutar a nadie, y lo mantuvo en los veinte años que duró su reinado. ¡Y no tuvo necesidad de recurrir al cadalso, a pesar de la guerra de los siete años! Es un ejemplo digno de asombro, teniendo en cuenta que ello ocurría a mediados del siglo XVIII, cincuenta años antes de la guillotina de los jacobinos.

Ciertamente, siempre nos las hemos sabido ingeniar para ridiculizar nuestro pasado; nos negamos a reconocer que pueda haber buenos actos o intenciones en nuestra historia. Y así, tampoco es difícil encontrar razones para poner a Isabel de vuelta y media, ya que sustituyó la pena de muerte por el chasquido del látigo, los desnarigamientos, las marcas corporales a fuego con la palabra «ladrón» y los destierros perpetuos a Siberia. Sin embargo, digamos en descargo de la emperatriz: ¿Cómo podría haber ido más lejos sin contravenir las ideas establecidas? Hoy día, quizá prefiriera de buena gana el condenado a muerte, con tal de seguir viendo el sol, todo este complejo de suplicios que nosotros, por humanidad, no le ofrecemos. Tal vez, a medida que se adentra en este libro, el lector se incline a pensar que veinte y hasta diez años en nuestros campos penitenciarios son más rigurosos que los castigos de Isabel.

Con arreglo a nuestra terminología actual, debiéramos decir que Isabel se había atenido a un punto de vista universal, mientras que Catalina II siguió unos planteamientos de clase (y por consiguiente, más justos). No podía prescindir de la pena capital, porque ello le hubiera hecho sentirse inquieta y desprotegida. Y de este modo admitía la pena de muerte como algo plenamente justificado siempre que se tratara de defender a su persona, su trono y su régimen, es decir: para penar delitos políticos (Mirovich, la revuelta de la peste en Moscú, Pugachov). En cuanto a los delincuentes comunes, ¿por qué no darla por abolida?

Durante el reinado de Pablo I se confirmó la abolición de la pena de muerte. (Y no es que faltaran guerras, pero los regimientos carecían de tribunales militares.) En cuanto al largo reinado de Alejandro I, la pena máxima se aplicó sólo para crímenes cometidos por militares en campaña (1812). (Y aquí habrá quién objete: ¿Y los azotes con baquetas, que acababan necesariamente con la muerte? Nada podemos decir, hubo, es cierto, muertes anónimas, ¡pero es que para matar a un hombre puede bastar una asamblea sindical! Y pese a todo, durante medio siglo, desde Pugachov hasta los decembristas, ni siquiera los reos de Estado tuvieron que entregar su alma a Dios como resultado de una votación entre jueces.)

Desde que fueron ahorcados los cinco decembristas, en nuestro país la pena de muerte por crímenes de Estado nunca más fue abolida. Al contrario, quedó refrendada en los códigos de 1845 y 1904, y completada con los códigos castrenses de Infantería y de Marina. Sin embargo, sí fue abolida para todos los crímenes que competieran a los tribunales ordinarios.

¿Y cuántos fueron ajusticiados en Rusia durante este periodo? Ya hemos presentado (capítulo VIII) los cálculos de los liberales en los años 1905-1907: 894 ejecuciones en ochenta años, es decir, unas once personas al año por término medio.

Añadiremos ahora las cifras más rigurosas de N.S. Tagantsev, especialista en derecho penal ruso. (128) Hasta 1905, la pena de muerte en Rusia era una medida de excepción. En los treinta años que van de 1876 a 1905 (la época de «Naródnaya Volia», de actos terroristas reales, y no de intenciones manifestadas en la cocina de un apartamento comunal; tiempos de huelgas masivas y revueltas campesinas; tiempos en los que se fundaron y consolidaron todos los partidos de la futura revolución) fueron ejecutadas 486 personas, es decir, unas 17 personas por año en todo el país (incluidos presos comunes). (129)

El número de ejecuciones se disparó en los años de la primera revolución y su aplastamiento, lo cual impresionó la imaginación de los rusos, provocó las lágrimas de Tolstói, la indignación de Korolenko y de muchos y muchos más: de 1905 a 1908 fueron ejecutadas unas 2200 personas. (¡Cuarenta y cinco personas por mes!) Pero las ejecutaron fundamentalmente por terrorismo, asesinato o bandolerismo. Aquello fue una epidemia de ejecuciones, en palabras de Tagántsev (pero cesó de inmediato).

Produce extrañeza leer que en 1906, cuando se implantaron los tribunales militares de campaña, uno de los problemas más complejos fuera el siguiente: ¿Quién debía llevar a efecto las ejecuciones? (Se exigía que fuera dentro de las veinticuatro horas siguientes a la sentencia.) Si se encargaba el fusilamiento a la tropa, esto producía una desfavorable impresión entre los hombres. Y a menudo era imposible encontrar verdugos voluntarios. Las mentes precomunistas no habían descubierto que basta un solo verdugo disparando en la nuca para matar a tantos como haga falta.

El Gobierno Provisional, al hacerse cargo del poder, abolió la pena de muerte del todo. Pero en julio de 1917 la restableció — en el ámbito del Ejército en activo y en las zonas del frente — para delitos cometidos por militares: asesinato, violación, bandolerismo y pillaje (crímenes que abundaban mucho, entonces, en aquellas regiones). Fue una de las medidas más impopulares y llevó a la perdición al Gobierno Provisional. Una de las consignas de los bolcheviques en el golpe de Estado fue: «¡Abajo la pena de muerte restablecida por Kerenski!».

Se cuenta que en Smolny, en la misma noche del 25 al 26 de octubre, (T97) surgió una discusión sobre si uno de los primeros decretos no habría de ser la abolición de la pena de muerte por siempre jamás.

Lenin ridiculizó entonces el idealismo utópico de sus camaradas, pues sabía que sin pena de muerte sería imposible dar un solo paso hacia una nueva sociedad. Sin embargo, como formaba un gobierno de coalición con los socialistas revolucionarios, hubo de ceder ante sus erróneas concepciones y, a partir del 28 de octubre de 1917, la pena de muerte quedó, por fin, abolida. Naturalmente, no podía esperarse nada bueno de este viraje hacia la «blandura». (Además, ¿de qué manera fue abolida? A principios de 1918, Trotski ordenó que se juzgara a Alexéi Schastni, recién promocionado a almirante, por haberse negado a hundir la flota del Báltico. El presidente del Tribunal Revolucionario Supremo, Karklin, sentenció rápidamente en su imperfecto ruso: «fusilar en veinticuatro horas». Agitación en la sala: «¡La pena de muerte está abolida!». Pero precisó el acusador Krylenko: «¿De qué os inquietáis? Pues claro que está abolida la pena de muerte. A Schastni no le vamos a aplicar la pena de muerte, lo vamos a fusilar». Y lo fusilaron.)

A juzgar por los documentos oficiales, la pena capital fue restablecida en toda su extensión a partir de junio de 1918, aunque mejor dicho no es que fuera «restablecida», sino que se instauró como una nueva era de ejecuciones. Si damos por supuesto que Latsis (130) no calcula por lo bajo, sino que simplemente dispone de datos incompletos, y que los tribunales revolucionarios trabajaron en el terreno judicial como mínimo con tanta intensidad como la Cheká en el extrajudicial, llegamos a la conclusión de que en dieciséis meses (de junio de 1918 a octubre de 1919) en las veinte gubernias centrales de Rusia se fusiló a más de 16.000 personas, (lo que equivale a más de mil personas al mes). (131) (Por cierto, fueron fusilados entonces el presidente del primer soviet ruso de diputados [el de Petersburgo, 1905], Jrustaliov- Nosar, y el pintor que diseñó el uniforme medievalizante que llevaron los soldados rojos durante toda la guerra civil.)

Tenemos, además de todo esto, los tribunales revolucionarios militares, con sus cifras de millares de condenados por mes. Y los tribunales revolucionarios de ferrocarriles (véase el capítulo 8, pág. 358.)

En cualquier caso, quizá no fueran estos fusilamientos aislados —  precedidos o no por una sentencia —, y que luego ascendieron a millares, los que abrieran en 1918 esa nueva era de ejecuciones que habría de dejar a Rusia ebria y helada.

Más espantosa se nos antoja la práctica, puesta de moda por ambos bandos combatientes y después por los vencedores, de hundir gabarras cargadas con centenares de personas sin recuento, sin registro ni listas, especialmente oficiales y otros rehenes, en el golfo de Finlandia, en los mares Blanco, Caspio y Negro, y también en el lago Baikal. Aunque ello no forme parte estrictamente de nuestra crónica judicial, es la historia de unos usos de los que deriva todo lo demás. ¿En qué otro siglo ruso, desde el primer Riurik, se dio algún periodo con tal sinnúmero de crueldades y asesinatos como cometieron los bolcheviques tanto durante como acabada la guerra civil?

Estaríamos pasando por alto un característico altibajo si no citáramos la abolición de la pena capital... en enero de 1920. ¡Sí! Algún historiador puede quedarse atónito ante esta muestra de credulidad e indefensión por parte de una dictadura que prescinde de su espada justiciera en unos momentos en que Deníkin todavía estaba en el Kubán; Wrangel en Crimea, y cuando la caballería polaca comenzaba a ensillar los caballos para lanzarse a la campaña. Pero, en primer lugar, hay que decir que con este decreto estaban curándose en salud porque no se extendía a los tribunales revolucionarios militares, sino tan sólo a la Cheká y a los tribunales de la retaguardia. Por ello, los que estaban destinados al paredón podían ser trasladados previamente a zona militar. Así, por ejemplo, se ha conservado este documento para la Historia:

«Confidencial. Circular.

»A los presidentes de las chekás locales, y de la Cheká de la URSS.

»A la atención de las Secciones Especiales.

»En vista de la abolición de la pena capital, se sugiere que todos aquellos individuos a los que, por razón de los distintos delitos que les hayan sido imputados, corresponda aplicar la medida suprema sean trasladados a las zonas de combate, en las que no está en vigor el decreto de abolición de la pena de muerte.

»15 de abril de 1920.

»n° 325/16.756

»El jefe de la Sección Especial de la Cheká de la URSS,

«/firmado/

»Yagoda».

En segundo lugar, el decreto fue preparado mediante una purga previa de las cárceles (numerosos fusilamientos de reclusos que podrían haberse beneficiado del «decreto»). Se ha conservado en los archivos una declaración de los presos de Butyrki hecha el 5 de mayo de 1920:

«En la cárcel de Butyrki, donde estamos recluidos, después de firmado el decreto de abolición de la pena de muerte, han sido fusiladas de noche 72 personas. Ha sido una ruindad horrorosa.»

Pero en tercer lugar, y esto es lo más consolador, el decreto estuvo en vigor por corto plazo: cuatro meses (hasta que las cárceles volvieron a llenarse). Un decreto del 28 de mayo de 1920 devolvía a la Vecheká el derecho a fusilar.

La Revolución se apresuró a cambiar el nombre de las cosas para que así todo pareciera nuevo. Así, la «pena de muerte» fue rebautizada con el nombre de medida suprema, y no ya «de castigo», sino de protección social. Por los fundamentos del Derecho penal de 1924 nos enteramos de que dicha medida suprema se establece de manera transitoria hasta su total abolición por el Comité Ejecutivo Central.

Y, efectivamente, en 1927 empezaron con la abolición: la empleaban sólo para los delitos contra el Estado y el Ejército (Artículo 58 y Código Castrense), y también, cierto es, se aplicaba por bandolerismo (aunque ya se sabe la amplia interpretación política que daban al término «bandolerismo» en aquellos años, y aun ahora: desde el basmach centroasiático hasta el guerrillero lituano de los bosques, todo nacionalista armado disconforme con el régimen central era un «bandido». ¿Cómo iban a pasarse sin ese artículo del código? Tanto el que se amotinaba en un campo penitenciario como el que participaba en una algarada urbana era un «bandido»). En el décimo aniversario de la Revolución abolieron la pena de muerte en todos los artículos del código relacionados con la protección del individuo: asesinato, pillaje, violación.

Y en el decimoquinto aniversario de la Revolución se añadió un nuevo supuesto de pena capital: la ley «siete del ocho», piedra angular del socialismo incipiente, una ley que prometía una bala a cada súbdito que se apropiara de una migaja perteneciente al Estado.

Como ocurre siempre, al principio, en 1932-1933, se echó mano de esta ley con especial avidez, y con especial encono se fusiló a mucha gente. En este tiempo de paz (aún en vida de Kírov...), en diciembre de 1932, sólo contando en la leningradense prisión de las Cruces, había doscientos sesenta y cinco condenados que esperaban la muerte. (132) Es posible, pues, que en todo un año, en dicha prisión, su número pasara del millar.

¿Qué criminales eran ésos? ¿De dónde habían salido tantos conspiradores y alborotadores? Por ejemplo, se encontraban encerrados en aquella prisión seis campesinos de un koljós cercano a Tsárskoye Seló cuyo crimen había sido el siguiente: después de la siega colectiva (¡hecha con sus propios brazos!) fueron al campo e hicieron una segunda siega para sus vacas repasando al ras los terrones. ¡Ninguno de los seis koljosianos fue indultado por el VTsIK y se cumplió la sentencia!

¿Qué Saltychija, qué repugnante y repulsivo enemigo de la liberación de los siervos habría sido capaz de matar a seis campesinos por unas briznas de heno? Con sólo que les hubiera soltado un vergajazo nos lo hubieran hecho estudiar en la escuela y habríamos maldecido su nombre. (133) Pero ahora, ojos que no ven, corazón que no siente. Sólo queda la esperanza de que algún día se confirme documentalmente el relato de este testigo vivo. ¡Aunque Stalin no hubiera matado a nadie hasta entonces, ni matara a nadie en adelante, sólo por estos seis campesinos de Tsárskoye Selo yo lo consideraría digno de ser descuartizado! Y aún se atreven a gritarnos: «¿Cómo osáis acusarle?», «¿Cómo osáis turbar su magno recuerdo?», «¡Stalin pertenece al movimiento comunista mundial!».

Sí. Y también al Código Penal.

¿Qué más da un Lenin que un Trotski? ¿En qué es mejor uno que otro? Con ellos empezó todo.

Sin embargo, volvamos a la moderación, a la objetividad. Qué duda cabe que el VTsIK habría acabado por «abolir totalmente» la medida suprema — ¿o es que acaso no lo había prometido? —, pero desgraciadamente en 1936 el Padre y Maestro lo que decidió «abolir totalmente» fue... al propio VTsIK. Y el Soviet Supremo que lo reemplazó seguía más bien los pasos de aquel que había cuando Anna Ioánnovna. Y a partir de este punto la medida suprema dejó de ser una verborreica «medida de protección» para convertirse a las claras en medida de castigo. Los fusilamientos de 1937-1938 no podría haberlos entendido ya como «protección» ni siquiera el oído de Stalin.

¿Habrá algún jurista o algún historiador criminalista que pueda aportarnos una estadística rigurosa de estos fusilamientos? ¿Dónde estará ese archivo secreto en el que podamos penetrar y calcular las cifras? No existe ni existirá jamás. Por esto sólo podemos atrevernos a repetir las cifras que una vez alcanzamos a oír como un susurro, como rumores que no hace tanto tiempo, en 1939-1940, corrían de primera mano bajo las bóvedas de Butyrki, cifras aportadas por importantes y no tan importantes sicarios de Ezhov caídos en desgracia, que poco antes habían pasado por aquellas mismas celdas (¡no iban a saberlo ellos!). Decían esos esbirros que en dos años se había fusilado en toda la URSS a medio millón de «políticos» y a 480.000 delincuentes comunes (que entraban en el Artículo 59-3: fusilados «por apoyar a Yagoda»; con ello asestaron un golpe mortal a la «antigua y noble cofradía de los ladrones»).

¿Les parece inverosímil? Si tenemos en cuenta que los fusilamientos no duraron dos años, sino año y medio, podemos calcular (por el Artículo 58) un promedio de 28.000 fusilados al mes. En toda la Unión Soviética. ¿Pero cuántos lugares había donde se llevaran a cabo fusilamientos? Pongamos como cifra muy modesta unos ciento cincuenta. (Aunque había más, naturalmente. Por hablar sólo de Pskov, en muchas iglesias el NKVD utilizó las antiguas celdas de ermitaños que había en las criptas como cámaras de tortura y de ejecución. En 1953 dichas iglesias seguían cerradas al turismo: decían que «eran archivos», cuando de archivos, lo único que tenían era que en diez años nadie había quitado las telarañas. Antes de empezar los trabajos de restauración tuvieron que llevarse los huesos en camiones.) De lo cual se desprende que en cada lugar habrían sido llevadas al paredón seis personas por día. ¿Resulta acaso tan fantástico? ¡Pero si es hasta una cifra baja! En Krasnodar atestiguan que, en el edifico central de la GPU de la calle Proletárskaya, en 1937-1938, ¡cada noche fusilaban a más de doscientas personas! (Según otras fuentes, el 1 de enero de 1939 habían ejecutado ya 1.700.000 personas.)

En los años de la gran guerra patria la aplicación de la pena de muerte fue extendiéndose por diversas razones (por ejemplo, al militarizar los ferrocarriles) y se enriqueció con nuevas formas (el decreto de abril de 1943 que instauraba la horca).

Todos estos acontecimientos iban postergando en cierta medida la prometida abolición total y definitiva de la pena capital, pero la paciencia y la fidelidad de nuestro pueblo acabaron siendo recompensadas: un día de mayo de 1947, Iosif Vissariónovich se probó una pechera almidonada ante el espejo, le gustó, y dictó al presidium del Soviet Supremo la abolición de la pena de muerte en tiempos de paz (que quedaba reemplazada por los veinticinco años: el cuartillo).

Pero nuestro pueblo es ingrato, criminal e incapaz de apreciar un gesto magnánimo. Por ello, entre gemidos y lamentos, nuestros dirigentes, privados dos años y medio de la pena de muerte, publicaron el 12 de enero de 1950 un decreto en sentido opuesto: «en vista de las peticiones recibidas de las repúblicas nacionales (¿Ucrania?), de los sindicatos (¡benditos sindicatos!, siempre sabían lo que era necesario), de las organizaciones campesinas (esto lo escribiría un sonámbulo, pues el Magnánimo había pisoteado todas las organizaciones campesinas ya en el año de la Gran Ruptura), y también de las personalidades de la cultura (eso sí es perfectamente verosímil)» se volvía a restablecer la pena de muerte para los «traidores a la patria, espías y saboteadores», cuyo número iba en aumento.

Una vez restablecido nuestro habitual corte de pescuezos, la cosa ya vino rodada: en 1954, por homicidio premeditado; en mayo de 1961, también por robo de bienes del Estado, por falsificación de moneda y por terrorismo en los lugares de reclusión (esto para el que mataba chivatos o amedrentaba a la administración del campo penitenciario); en julio de 1961, por infracción de la legislación en materia de operaciones con divisas extranjeras; en febrero de 1962, por tentativa (levantar la mano) contra la vida de policías y milicianos; y en esta misma época, por violación; y acto seguido también por prevaricación.

Todo esto transitoriamente, hasta la abolición definitiva. Así es como continúa escrito hasta hoy día.

Resulta, pues, que el periodo más largo sin pena de muerte fue el reinado de Elizabeta Petrovna.

 

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Desde nuestra existencia ciega y acomodada, los condenados a muerte se nos antojan unos pocos seres aislados en manos de la fatalidad. Tenemos el convencimiento instintivo de que nosotros jamás podremos ir a parar a la celda de los condenados, de que para ello es preciso, si no una culpa muy grave, por lo menos haber llevado una vida excepcional. Por tanto, si antes no nos replanteamos a fondo todo cuanto hay en nuestra mente, es imposible que podamos concebir que en las celdas de los condenados han estado multitud de personas de lo más vulgares, por actos de lo más cotidianos, que han corrido distinta suerte, si bien las más de las veces no han obtenido clemencia, sino la supre (así es como llaman los presos a la medida suprema, pues no pueden sufrir las palabras altisonantes y todo lo nombran de la manera más ruda y concisa posible).

Un agrónomo, responsable agrario de un distrito, fue condenado a muerte ¡por haberse equivocado al analizar el trigo del koljós! (¿No sería porque los resultados de su análisis no complacieron a sus superiores?) Sucedió en 1937.

Mélnikov, presidente de una cooperativa de artesanos (¡fabricaban canutillos para hilo!), fue condenado a muerte porque en el taller una máquina de vapor soltó una pavesa y se declaró un incendio. Fue en 1937. (Aunque lo cierto es que le conmutaron la pena por diez años.)

En la referida prisión de las Cruces esperaban la muerte: Feldman, por posesión de divisas; Faitelevich, alumno del conservatorio, por vender flejes de acero para fabricar plumillas. ¡El comercio ancestral, pan y pasatiempo de los judíos, también se había hecho merecedor de la muerte!

Así pues, ¿cómo maravillarnos de que condenaran a muerte a un joven como Gueraska? El día de San Nicolás, en primavera, este joven campesino de Ivánovo había andado de juerga en un pueblo vecino, bebió más de la cuenta y golpeó con una estaca el trasero... ¡no de un policía!, sino del caballo de un policía. (Cierto que, para mayor indignación del agente del orden, desclavó un listón de la fachada del soviet rural y arrancó el cable del teléfono al grito de: «¡Mueran esos diablos!».)

El que uno dé con sus huesos en la celda de los condenados a muerte no depende de lo que haya hecho o dejado de hacer, sino del giro de una gran rueda movida por poderosas circunstancias externas. Por ejemplo, cuando el cerco de Leningrado. ¿Qué iba a pensar el jefe supremo de la ciudad, el camarada Zhdánov, si en unos meses tan duros no constaban penas de muerte en las actas de la Seguridad del Estado? Pues que los Órganos estaban de brazos cruzados, ¿o qué si no? ¿No debían haberse descubierto grandes conjuras dirigidas desde fuera por los alemanes? ¿Cómo podía ser que en 1919, bajo el mando de Stalin, se descubrieran tantas conjuras y que ahora, en 1942, con Zhdánov, no las hubiera? Y de este modo, ni cortos ni perezosos, ¡se descubren diversas e intrincadas conspiraciones!

Mientras uno duerme en su habitación de Leningrado, en la que hace tanto frío como en la calle, una zarpa negra de largas uñas desciende ya sobre su persona. Y desde ese momento nada depende de él. Se designa a una persona cualquiera, al teniente general Ignatovski, por ejemplo. Sus ventanas dan al Nevá, ha sacado un pañuelo blanco para sonarse: ¡es una señal! Además, Ignatovski, como ingeniero que es, gusta de hablar con los marineros sobre el material náutico. ¡Ya es nuestro! Detienen a Ignatovski. ¡Ha llegado el momento de pasar cuentas! Diganos el nombre de cuarenta miembros de su organización. Y los desembucha. De modo que si uno es acomodador del teatro Alexandra, pongamos por caso, no tiene muchas probabilidades de que salga su nombre, pero si es profesor del Instituto Técnico Superior tiene todos los números para aparecer en la lista. ¿Usted qué hubiera hecho? Así que todos los de lista van derechitos al paredón.

A todos los fusilan. Pero veamos cómo logra conservar la vida Konstantín Ivánovich Strájovich, un destacado ingeniero ruso del campo de la hidrodinámica: cierto personaje de la Seguridad del Estado situado en un escalafón aún más alto anda descontento porque la lista es demasiado corta y son pocos los fusilados. Y se fijan en Strájovich porque les puede servir como centro de una nueva organización que desenmascarar. Lo llama a comparecer el capitán Altschuller: «¿Qué se ha creído usted? ¿Es que cree que vamos a tolerar que confiese todo rápidamente para poder largarse cuanto antes al otro mundo y encubrir a su gobierno clandestino? ¿Qué cargo ostentaba usted en él?».

¡Y así, sin salir de la celda de los condenados, Strájovich entró en un nuevo ciclo de interrogatorios! Les propone que le consideren ministro de Instrucción Pública (¡con tal de terminar cuanto antes!), pero Altschuller no se da por satisfecho. Mientras la instrucción del sumario sigue su curso, van fusilando a los de la lista de Ignatovski. En uno de los interrogatorios, Strájovich monta en cólera: no porque quiera vivir, sino porque está cansado de esperar la muerte y sobre todo, porque la mentira le produce ya náuseas. De modo que en un interrogatorio cruzado en presencia de un oficial de alta graduación, descarga un puñetazo sobre la mesa: «¡A vosotros es a quien acabarán fusilando! ¡No voy a mentir más! ¡Me retracto de todas mis declaraciones!». Y este estallido sirvió de remedio, no sólo dejaron de interrogarle sino que lo tuvieron olvidado durante mucho tiempo en la celda de los condenados.

Sin duda, un estallido de desesperación en medio de tanta sumisión siempre sirve de algo.

Ya ven lo mucho que se fusiló: primero miles, luego centenares de miles. Dividimos, multiplicamos, suspiramos, maldecimos. Y pese a todo, se trata sólo de cifras, que al principio estremecen, pero que más tarde caen en el olvido. Mas si algún día los parientes de los ajusticiados llevaran a una editorial las fotografias de los ejecutados, si se editara un álbum con esas fotografías, un álbum de varios tomos, entonces podríamos pasar las hojas y de esa última mirada de sus ojos apagados quedaría en nosotros algo muy útil para lo que nos resta de vida. Esta lectura, casi sin letras, se depositaría sobre nuestros corazones como una capa perenne.

Una familia que conozco, en la que hay varios antiguos zeks, observa el siguiente rito: cada 5 de marzo, el día en que murió el Asesino Supremo, ponen por las mesas las fotografías de quienes fueron fusilados o cayeron en los campos. Son unas cuantas docenas, tantas como han podido reunir. Y el día entero reina en la casa un ambiente solemne: a veces recuerda un templo, a veces un museo. Suena música fúnebre. Vienen los amigos, contemplan las fotografias, guardan silencio, escuchan, conversan en voz baja; se van sin despedirse.

Si hicieran así en todas partes... Al menos quedaría en nuestros corazones una pequeña cicatriz.

¡Y así, todas estas muertes no habrían sido en vano!

¿Cómo sucede todo esto? ¿Cómo es la espera de esos hombres? ¿Qué sienten? ¿En qué piensan? ¿Qué decisiones maduran en ellos? ¿Cómo van a buscarlos? ¿Cuáles son las sensaciones en los últimos minutos? ¿Y cómo..., bueno, cómo los... exactamente?

Es natural ese enfermizo afán de los hombres de mirar tras la cortina (aun estando convencidos de que a ninguno de nosotros jamás nos ha de ocurrir esto). Es natural también que los relatos de los supervivientes acaben siempre antes de llegar a los últimos instantes, puesto que fueron indultados.

Lo que ocurre en los últimos instantes lo saben los verdugos. Pero ellos no hablarán. (¿Para qué va a querer contar nada el famoso tío Liosha, de la prisión de las Cruces, que retorcía para atrás los brazos de los condenados, que les ponía las manillas, y que embutía un trapo en la boca del desgraciado si éste gritaba al cruzar de noche el pasillo «¡Adiós, hermanos!»? Seguramente ande todavía por Leningrado, muy bien vestido él. ¡Si os lo encontráis en una cervecería de las islas o en el fútbol, preguntadle!)

Pero tampoco los verdugos lo conocen todo hasta el final. Cuando descarga en la nuca del condenado la bala de su pistola, silenciada por el estruendo de motores de automóvil que siempre acompaña a las ejecuciones, el verdugo está estúpidamente condenado a no entender lo que está haciendo. ¡Ni siquiera él sabe lo que ocurre en el último instante! Eso sólo lo saben los muertos; por tanto, nadie.

A decir verdad, tenemos al escritor, que, aunque de manera vaga y confusa, algo sabe de lo que ocurre hasta el momento mismo en que se descerraja el tiro, en que el dogal ahoga.

Y con ayuda de los indultados y de los literatos nos hemos formado un cuadro aproximado de la celda de los condenados. Sabemos, por ejemplo, que de noche no duermen, sino que esperan. Que sólo se sosiegan por la mañana.

Narokov (Márchenko), en su novela Las grandezas imaginarias, muy perjudicada por haberse impuesto el autor la tarea de escribir al estilo de Dostoyevski — y aun de desgarrar y conmover el corazón del lector más que el propio Dostoyevski —, sin embargo, describe muy bien, a mi entender, la celda de los condenados y la escena misma del fusilamiento. (134) No es algo que hayamos podido comprobar, claro está, pero tiene visos de verosimilitud.

En cambio, las conjeturas de literatos anteriores, por ejemploLeonid Andréyev, tienen ahora, lo quieran o no, un resabio de los tiempos de Krylov. Pero es que por otra parte ninguna persona, por desbordada que fuera su imaginación, habría podido imaginarse, por ejemplo, las celdas de los condenados de 1937. No hay duda de que en caso de intentarlo, el escritor habría recurrido a procedimientos psicológicos: ¿cómo era la espera?, ¿cómo aguzaban el oído? Pero nadie habría podido prever — ni mucho menos describir — las inesperadas sensaciones de quienes esperan la muerte:

1. Los condenados padecen frío. Tienen que dormir sobre un suelo de cemento, y esto, si te toca junto a la ventana, significa estar a tres grados bajo cero (Strájovich). Mientras esperas que vengan a por ti, te hielas de frío.

2. Los condenados a muerte padecen estrechez y sofoco. En una celda individual embuten a siete (menos no suelen ser) , cuando no diez, quince y hasta veintiocho condenados (Strájovich, Leningrado, 1942). ¡Y allí los tienen apretujados durante semanas y meses! ¡Valiente pesadilla, pues, la de tus siete ahorcados! (T98) Los reos ya no piensan en la ejecución, ya no les atormenta la muerte, sino cómo estirar las piernas, volverse del otro lado, cómo conseguir un poco de aire.

En 1937 en las cuatro prisiones de Ivánovo — la Interior, la n° 1, la n° 2 y la KPZ — había llegado a haber hasta cuarenta mil presos al mismo tiempo, siendo así que estas cárceles estaban calculadas, como máximo, para tres o cuatro mil. En la prisión n° 2 estaban mezclados: los reclusos en prisión preventiva, los condenados a campo penitenciario, los condenados a muerte, los condenados a muerte ya indultados, y, además, los simples rateros. Y todos ellos pasaban varios días en una gran celda, de pie, unos contra otros, tan apretujados que era imposible levantar o bajar el brazo, y el que se encontraba presionado contra los catres podía romperse la rodilla. Era invierno, pero los presos rompieron los cristales de las ventanas para no asfixiarse. (En aquella celda esperaba la muerte Alalykin, de cabellos blancos como la nieve, militante del partido socialdemócrata desde 1898 y que abandonó el partido bolchevique en 1917, después de promulgarse las tesis de abril.)

3. Los condenados a muerte padecen hambre. Tanto tiempo esperan la ejecución de la sentencia que su máximo tormento ya no es el miedo al pelotón, sino las punzadas del hambre: ¿de dónde van a sacar algo para comer? En 1941, en la cárcel de Krasnoyarsk, Alexandr Bábich pasó en la celda de los condenados a muerte... ¡setenta y cinco días! Se había resignado ya completamente y no esperaba más que el fusilamiento como el único final posible a su desgraciada vida. Y entonces le conmutaron la pena por diez años, pero estaba hinchado por la desnutrición, y en este estado empezó su periplo por los campos. ¿Y cuál es el récord de días pasados esperando la muerte? ¿Quién podría saberlo? Vsévolod Petróvich Golitsyn, síndico electo por los reclusos (!) de su celda, permaneció en ella ciento cuarenta días (1938). ¿Es éste, sin embargo, el récord? El académico N.I. Vavílov, orgullo de nuestra ciencia, esperó el fusilamiento varios meses, quién sabe si no un año entero; como condenado a muerte fue evacuado a la cárcel de Sarátov, donde estuvo encerrado en un calabozo subterráneo sin ventanas, y cuando en el verano de 1942 lo indultaron y lo trasladaron a una celda común, era incapaz de andar. A la hora del paseo había que sacarlo en brazos.

4. Los condenados a muerte padecen la privación de asistencia médica. Tras una larga permanencia en la celda de los condenados (1938), Ojrimenko cayó gravemente enfermo. No sólo no lo ingresaron en el hospital, sino que la doctora se hizo esperar. Y cuando por fin acudió, no entró siquiera en la celda: le tendió unos polvos a través de las rejas sin practicarle un reconocimiento ni hacerle pregunta alguna. Strájovich estaba aquejado de una hidropesía en los pies, así se lo dijo al celador y le enviaron... a un dentista.

Y aunque el médico intervenga, ¿debe curar al condenado a muerte, es decir, prolongar su espera? ¿O actuaría quizá de forma más humana si insistiera en que lo fusilen cuanto antes? He aquí otra escena vivida por Strájovich: entró el médico, y conforme hablaba con el oficial de guardia apuntaba con el dedo a los condenados diciendo «¡Difunto! ¡Difunto! ¡Difunto!». (Así indicaba insistentemente al oficial qué reclusos estaban distróficos, como diciéndole que no se podía llevar a la gente hasta ese punto, ¡que ya era hora de fusilarlos!)

Eso mismo, ¿por qué los retenían tanto tiempo? ¿Es que andaban cortos de verdugos? Habría que tener en cuenta este otro hecho: a muchos condenados les proponían, e incluso les rogaban, que firmaran una petición de indulto, y si se obstinaban en su negativa, hartos ya de trapicheos, entonces las firmaban en su nombre. Y claro, es natural que transcurrieran meses hasta que los papeles pasaran por todos los recovecos de la máquina.

Seguramente sucedía lo siguiente: se trataba del punto en que confluían dos organismos oficiales. La administración encargada de la investigación penal y la función procesal (como hemos podido saber por los miembros de la Sala de lo Militar, se trata de un mismo organismo) se desvivía por descubrir crímenes espantosos y no podía por menos de imponer a los criminales el castigo que merecían: la muerte. Pero así que las sentencias se habían pronunciado, así que las condenas a muerte obraban ya en los estadillos de la autoridad investigadora-procesal, esos mamarrachos — alias condenados — dejaban de interesarles: en realidad, no se había perpetrado ninguna sedición, y el hecho de que los condenados siguieran con vida o murieran en nada iba a alterar la marcha del Estado. De modo que quedaban a la entera disposición de las autoridades penitenciarias. Y éstas, estrechamente vinculadas con el Gulag, contemplaban a los presos desde un punto de vista económico: las cifras que debían alcanzar ya no se referían a personas fusiladas, sino a mano de obra mandada al Archipiélago.

Justo así es como vio Sokolov, jefe de la prisión interior de la Casa Grande, a Strájovich cuando éste, que había acabado por aburrirse de esperar en su celda, pidió papel y lápiz para dedicarse a los estudios científicos. Primero llenó todo un cuaderno, al que puso por título La interacción entre un líquido y un cuerpo sólido que se mueve en él, después vino Cálculo de ballestas, resortes y amortiguadores, y más tarde Fundamentos de la teoría de la estabilidad. Entonces lo trasladaron a una celda «para científicos» separada de las demás, donde daban mejor de comer y empezaron a llegarle encargos desde el frente de Leningrado. Y les elaboró un sistema de «defensa antiaérea con armas volumétricas». Al final, Zhdánov le conmutó la pena de muerte por quince años de reclusión (pero como el correo entre Leningrado y el territorio fuera del cerco iba lento, antes le llegó el acostumbrado indulto de Moscú, que, aunque común y corriente, fue más generoso que el de Zhdánov: una decena nada más).

Todos los cuadernos de Strájovich se han conservado en buen estado. Su «carrera científica» entre rejas no había hecho más que empezar. Más adelante dirigiría uno de los primeros proyectos soviéticos sobre motores de turborreacción.

Por su parte, el juez de instrucción Kruzhkov (sí, sí, el mismo, el que robaba) decidió explotar con fines particulares a N.P., un profesor de matemáticas condenado a muerte: ¡y es que Kruzhkov seguía cursos por correspondencia! Así pues, sacaba a N.P. de la celda y lo ponía a resolver los problemas de teoría de funciones con variable compleja que figuraban en sus hojas de examen (y sin duda, no sólo las suyas).

Así pues, ¿qué podrá saber la literatura universal de los sufrimientos que preceden a la ejecución?

Por último (relata Chavdarov), la celda de los condenados podía ser utilizada como elemento de la instrucción sumarial, como medio de persuasión. A dos reclusos de Krasnoyarsk que no habían querido confesar los llevaron súbitamente ante un «tribunal», los «condenaron» a muerte y fueron recluidos en la susodicha celda (decía Chavdarov: «su juicio no fue sino una puesta en escena». Pero dado que todo juicio era de por sí una puesta en escena, ¿qué palabras podríamos utilizar para distinguir este pseudojuicio de los restantes? ¿Decir quizá que era un escenario dentro de otro escenario, una representación dentro de otra representación?). Y luego hicieron que tragaran una buena ración del vivir cotidiano del condenado a muerte. Más adelante introdujeron unas cluecas que también eran «condenados a muerte». Los nuevos empezaron a manifestar su arrepentimiento por haber sido tan tozudos durante los interrogatorios, y a través del celador hicieron saber al juez que estaban dispuestos a firmarlo todo. Les dieron a firmar una declaración y luego se los llevaron de la celda. Los fueron a buscar de día, es decir, que no iban al paredón.

Y los verdaderos condenados a muerte, los que habían servido de comparsas en este juego del juez de instrucción, ¿no sospecharían algo cada vez que alguien obtenía el perdón con sólo «arrepentirse»? Bueno, eso ya entra en lo que sería el capítulo de gastos, inevitables en toda puesta en escena...

Se dice que en 1939 a Konstantín Rokossovski, el futuro mariscal, lo llevaron dos veces de noche al bosque para una supuesta ejecución. Llegaron a ponerlo frente a los fusiles, pero luego los bajaron y lo condujeron de nuevo a la prisión. Es también la medida suprema utilizada como procedimiento sumarial. Pero bueno, no hay que dramatizar: salió adelante, sigue vivito y coleando y no tiene queja.

Un hombre casi siempre acepta con sumisión que otro lo mate. ¿Por qué hipnotiza de tal manera la pena de muerte? En la mayoría de los casos, los indultados no recuerdan que en su celda alguien se haya resistido. Pero hubo casos. En 1932, en la prisión de las Cruces de Leningrado, los reos de muerte se hicieron con el revólver del celador y abrieron fuego. A partir de entonces cambiaron de táctica: antes de ir a por uno, observaban por la mirilla, irrumpían en la celda cinco hombres, sin armas, y caían sobre el condenado. En la celda habría ocho o diez, pero todos habían apelado a Kalinin y esperaba el perdón. Por esto, cada uno pensaba: «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!». Se hacían a un lado y contemplaban con indiferencia cómo reducían al condenado, cómo éste gritaba pidiendo auxilio mientras le metían en la boca una pelotita infantil. (Cuando miras una de estas pelotitas, ¿cómo se te van a ocurrir todos los usos posibles que tiene? ¡Qué ejemplo más acertado para una disertación sobre el método dialéctico!)

¡Esperanza! ¿Nos haces más fuertes o más débiles? Si en cada celda los condenados se unieran para estrangular a los verdugos que entran, ¿no cesarían las ejecuciones más fácilmente que con apelaciones al VTsIK? ¿Por qué no oponer resistencia, si ya se está de todos modos con un pie en la tumba?

¿Acaso no estaba ya la suerte echada desde el mismo momento del arresto? Y sin embargo, no hay detenido que no deje de arrastrarse de rodillas, como si le hubieran cortado las piernas, por el páramo yermo de la esperanza.

 

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Vasili Grigórievich Vlásov recuerda que en la noche que siguió a la sentencia, cuando lo conducían por las oscuras calles de Kady con cuatro pistolas apuntándole por los cuatro costados, no dejaba de pensar: a ver si éstos me van a pegar un tiro aquí mismo, como provocación, por supuesta tentativa de fuga. ¡O sea que todavía no se creía que su sentencia era una realidad! Todavía tenía esperanzas de vivir...

Luego lo tuvieron en un cuartelillo de la policía y lo acostaron sobre una mesa de escritorio, mientras dos o tres policías montaban guardia sin cesar a la luz de una lámpara de petróleo. Y decían entre sí: «Cuatro días escuchando, y aún no puedo entender por qué los han condenado», «¡Bah, déjalo! ¿Qué entendemos nosotros de estas cosas?».

Vlásov pasó cinco días en aquel cuarto: esperaban a que se confirmara la sentencia para poder fusilarlos allí mismo, en Kady, pues mandarlos a otra parte bajo escolta era más aparatoso. Alguien había enviado en su nombre un telegrama pidiendo gracia: «No me considero culpable y suplico que se me conserve la vida». No hubo respuesta. Durante estos días, a Vlásov le temblaban tanto las manos que no podía sostener la cuchara y sorbía la sopa directamente del plato. Kliuguin fue a visitarlo para burlarse de él. (Poco después del caso Kady, a Kliuguin lo trasladaron de Ivánovo a Moscú. Ese año cruzaban el cielo del Archipiélago fugaces astros de luz encarnada. Había sonado su hora: también a ellos iban a arrojarlos a la fosa, pero ni lo sospechaban.)

No llegó ni confirmación ni indulto, y no hubo más remedio que transportar a los cuatro condenados a Kineshma. Los trasladaron en cuatro camiones desentoldados, uno por condenado, con siete policías en cada uno de ellos.

En Kineshma los encerraron en la cripta del monasterio (la arquitectura monacal, despojada de toda ideología monástica, les fue de perlas). Desde allí fueron transportados en un vagón para reclusos hasta Ivánovo junto con otros condenados a muerte.

En pleno patio de vías de la estación de Ivánovo separaron a tres de ellos del resto de la partida: Sabúrov, Vlásov y uno del otro grupo. A los restantes se los llevaron inmediatamente — o sea, los fusilaron — para no sobrecargar la prisión. Así fue cómo Vlásov se despidió de Smirnov.

A los tres que quedaban los tuvieron cuatro horas en el patio de la cárcel n° 1 al húmedo raso de octubre, mientras entraban, salían o eran cacheados presos de otros traslados. En buena ley, nada podía asegurarles todavía que no los fueran a fusilar aquel mismo día. ¡Esas cuatro horas tuvieron que pasárselas sentados en el suelo, cada cual con sus pensamientos! Hubo un momento en que Saburov creyó que se los llevaban al paredón (pero los condujeron a una celda). No gritó, pero se agarró tan fuerte al brazo de su vecino que fue éste el que gritó de dolor. La escolta tuvo que llevarse a Saburov a rastras, pinchándolo con las bayonetas.

En aquella prisión había cuatro celdas reservadas a los condenados a muerte. ¡Y compartían pasillo con las celdas de los niños y los enfermos! Las celdas de los condenados a muerte tenían dos puertas: una normal, de madera, con una mirilla, y otra con reja de hierro y dos cerraduras (el celador y el jefe de bloque tenían llaves distintas, para que ninguno de los dos pudiera abrir la puerta en ausencia del otro). La celda n° 43 compartía pared con el despacho del juez de instrucción, y por las noches, mientras los condenados esperaban que vinieran por ellos en cualquier momento, los gritos de los torturados les perforaban los oídos.

Vlásov fue a parar a la celda n° 61. Era una celda individual de cinco metros de largo, de un ancho apenas superior a un metro. Había dos camastros de hierro firmemente sujetos al suelo mediante una gruesa barra de hierro, y en cada cama yacían dos condenados, pies con cabeza. Otros catorce estaban tendidos de través sobre el suelo de cemento.

¡Dejaban a cada uno menos de una arshina cuadrada para esperar la muerte! Aunque se sabe desde hace tiempo que hasta un difunto tiene derecho a tres arshinas de tierra, y a Chéjov aún le parecía poco...

Vlásov preguntó si le fusilaban a uno enseguida. «Pues ya lo ves, nosotros llevamos tiempo aquí y todavía seguimos con vida...»

Y empezó la espera, que ya conocemos bien: nadie duerme en toda la noche, sumidos en la más completa postración, esperan que vengan a buscarlos, escuchan con atención los murmullos del pasillo (la larga espera debilita la capacidad de la persona para resistirse). Las noches más agitadas eran aquellas en que de día le había llegado el indulto a alguien: el indultado se había marchado dando gritos de alegría, pero entre quienes quedaban en la celda se había extendido el miedo, pues junto con el indulto habría llegado también de las alturas alguna petición desestimada, y esa noche vendrían por alguien...

A veces de noche rechinan las cerraduras y se encogen los corazones — ¿Vendrán por mí? ¡No, no soy yo! —  y no es más que el celador que ha decidido abrir la primera puerta, la de madera, por cualquier tontería: «¡Retiren todo eso del alféizar de la ventana!». Quién sabe si los catorce envejecían un año de golpe cada vez que les abrían así la puerta. ¡Quizá si la abrieran unas cincuenta veces hasta podrían ahorrarse la bala! Y sin embargo, ¡qué agradecidos quedaban de que fuera tan sólo un susto!: «¡Ahora mismo lo quitamos, ciudadano jefe!». (T99)

Hechas las necesidades de la mañana, dormían ya liberados del temor. Luego el celador les entraba una jofaina de sopa aguada y les decía: «¡Buenos días!». Las ordenanzas establecían que la segunda puerta, la enrejada, sólo podía abrirse en presencia del oficial de guardia. Pero, ya se sabe, el ser humano es mejor y más perezoso que cualquier norma o reglamento, y el celador entraba cada mañana en la celda sin el oficial, y de un modo totalmente humano, no, más que esto, ¡más que simplemente humano!, les dirigía un «¡Buenos días!».

¡Para quién en este mundo podía ser el día mejor que para estos hombres! Agradecidos por el calor de aquella voz y el calor del sopicaldo, dormían hasta mediodía. (¡No comían más que por la mañana! Al despertar en pleno día, muchos ya no eran capaces de comer. Algunos recibían paquetes — a veces los parientes sabían que los habían condenado a muerte, pero a veces no —, y estos paquetes pasaban a ser un bien común, aunque acababan echándose a perder en la humedad de la celda.)

Pasado el mediodía, había aún cierta animación en la celda. Venía el jefe de bloque — el sombrío Tarakánov o el amable Makárov — y les ofrecía papel para instancias, les preguntaba si querían — el que tuviera dinero — encargar tabaco del economato. Uno no sabía si tomar esas preguntas por demasiado sarcásticas o por excesivamente humanas: ¿o es que querían aparentar que no eran condenados a muerte?

Los condenados arrancaban el fondo de las cajas de cerillas, les pintaban puntos y jugaban al dominó. Vlásov se desahogaba contando historias de la cooperativa, que siempre resultaban de lo más cómico. (Son relatos que valen la pena y merecen ser expuestos aparte.) Yákov Petróvich Kolpakov, presidente del Comité Ejecutivo del distrito de Súdogda, que se había hecho bolchevique en el frente, en la primavera de 1917, se pasaba sentado decenas de días sin cambiar de posición, la cabeza recogida entre las manos, los codos sobre las rodillas y siempre mirando hacia el mismo punto de la pared. (¡Seguro que recordaba la primavera de 1917 como un tiempo alegre y fácil! Pero a algunos — a los oficiales — también los mataban entonces.) Le irritaba la verborrea de Vlásov: «Pero ¿cómo puedes...?». «¿Y tú qué, te estás preparando para ir al Cielo?», le espetaba Vlásov, con su acento del norte, pronunciando las «o» muy abiertas hasta cuando hablaba rápido. «No tengo pensada más que una cosa, y es decirle al verdugo: ¡Tú solo! Ni los jueces ni los fiscales. Tú solo eres culpable de mi muerte. ¡Y ahora intenta vivir con este peso sobre tu conciencia! ¡De no ser por vosotros, los verdugos voluntarios, no habría sentencias de muerte! ¡Y después que me mate, el canalla!»

 

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