Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag |
||
Kolpakov fue fusilado. También lo fue Konstantín Serguéyevich Arkádiev, ex responsable agrario en el distrito de Alexandrov (región de Vladímir). En la despedida de este hombre hubo algo que les resultó especialmente duro. En mitad de la noche vinieron por él seis carceleros, le metieron prisa sin andarse con monsergas, mientras que él, un hombre afable y bien educado, manoseaba su gorra, dándole vueltas para demorar el momento de salir, de dejar a las últimas personas que vería en este mundo. Cuando pronunció el último «adiós», casi había perdido por completo la voz.
En el primer momento, cuando señalan a la víctima, los demás respiran aliviados («¡no soy yo!»), pero tan pronto como se han llevado al condenado, apenas pueden sentirse mejor que él. Durante todo el día siguiente, los que quedan no sentirán deseos de hablar ni de comer.
Gueraska, (T100) el mozo que había hecho destrozos en el soviet rural, era el único que no había perdido su apetito y sueño abundantes; como buen campesino había sabido adaptarse hasta a un lugar como aquél. Daba la impresión de que no acababa de creerse que fueran a fusilarlo. (Y no se equivocaba: le conmutaron la pena por diez años.)
Otros, en cambio, encanecían en dos o tres días, ante los ojos de sus compañeros de celda.
Cuando uno espera la muerte durante tanto tiempo, acaba por crecerle el cabello, y por esta razón a los de la celda los llevan a cortarles el pelo y a tomar un baño. Hasta en la cárcel la vida sigue su curso, nada sabe de sentencias.
Si alguno dejaba de hablar de manera coherente o perdía la facultad de comprender, permanecía, a pesar de todo, en esa misma celda común esperando su suerte. Y al que se volvía loco en la celda de los condenados, loco lo fusilaban.
No fueron pocos los indultos. Precisamente en aquel otoño de 1937 se implantaron por primera vez desde la Revolución las penas de quince y veinticinco años, que en muchos casos reemplazaron a las ejecuciones. También conmutaban a diez años, e incluso a cinco. En el país de las maravillas también son posibles tales prodigios: anoche merecías la pena capital, pero hoy por la mañana te cae una sentencia de juguete; y como ahora eres un delincuente menor, cuando llegues al campo penitenciario tienes muchas posibilidades de quedar dispensado de escolta.
Había en la celda de Vlásov un tal V.N. Jomenko, de sesenta años, antiguo capitán del ejército cosaco y natural del Kubán. Era «el alma de la celda», si es que una celda de condenados a muerte puede tener alma: gastaba bromas, siempre con una sonrisa bajo sus bigotes, y no dejaba traslucir su amargura. Como tras la guerra ruso-japonesa lo declararon inútil para el servicio, se especializó en la cría de caballos. Más tarde trabajó para el consejo del zemstvo de la gubernia, y en los años treinta estaba empleado en la administración agraria de la región de Ivánovo como «inspector del fondo caballar del Ejército Rojo», es decir, en cierto modo debía procurar que los mejores caballos fueran reservados al Ejército. Lo habían encerrado y condenado a muerte porque había recomendado, con ánimo empecedor, que se castrara a los potros menores de tres años, con lo que «socavaba el potencial militar del Ejército Rojo».
Jomenko envió un recurso de casación, pero pasados cincuenta y cinco días el jefe de bloque vino para decirle que no lo había dirigido a la instancia competente. Allí mismo, apoyándose en la pared, con un lápiz que le prestó el jefe de bloque, Jomenko tachó el nombre del organismo y anotó en su lugar el otro, como si se tratara de solicitar un paquete de cigarrillos del economato. Rectificada de tal guisa, la instancia siguió su curso otros sesenta días, de modo que Jomenko llevaba ya cuatro meses esperando la muerte. (Pero aunque hubiera tenido que esperar un año o dos, ¿acaso no aguardamos también todos nosotros durante años la venida de la guadaña? ¿No es nuestro mundo una celda de condenados a muerte?) Y al final, ¡fue plenamente rehabilitado! (En el tiempo transcurrido, Voroshílov había dispuesto que se castrara a los potros de menos de tres años.)
¡Hoy latigazos, y mañana agasajos! No eran pocos los indultos, y en muchos condenados crecía la esperanza. Pero Vlásov, que tenía en cuenta su causa en comparación con la de otros, y sobre todo su actitud ante el tribunal, creía que su caso era de los peores. Al fin y al cabo, a alguno tendrían que fusilar, y probablemente como mínimo a la mitad de los condenados. Así pues, contaba con que lo fusilarían y lo único a que aspiraba era a mantener la cabeza erguida cuando ocurriera. Habiendo recuperado y visto crecer ese arrojo propio de su carácter, resolvió que iba a mostrarse insolente hasta el final.
Y no tardó en presentarse la ocasión. Chinguli, jefe de la sección de instrucción del NKVD en Ivánovo, recorría un día la prisión cuando, no se sabe por qué (quizá porque gustaba de las emociones fuertes), ordenó que abrieran la puerta de la celda de Vlásov y se puso en el umbral. Tras hacer algunos comentarios, preguntó:
— ¿Quién hay aquí del caso Kady?
Vestía una camisa de seda de manga corta, de las que acababan de aparecer por aquel entonces y a muchos todavía parecían femeninas. Además su persona, o quizás esa camisa, despedía un perfume dulzón que se esparcía por la celda.
Vlásov dio un ágil brinco, se puso en pie sobre la cama y gritó con estridencia:
—¡Fíjate, pero si tenemos aquí un auténtico oficial de colonias! ¡Largo de aquí, asesino! — y desde lo alto, escupió con fuerza a la cara de Chinguli.
¡Y dio en el blanco! Chinguli se limpió el salivazo y retrocedió; pues no podía entrar en aquella celda si no era acompañado de seis celadores, y aún en ese caso, no se sabe si tenía derecho a ello.
Los borregos prudentes no deben comportarse así. ¿Y si resulta que este Chinguli tiene tu expediente sobre la mesa y que de él precisamente depende dar el visto bueno a tu indulto? En realidad, no podía ser casual que hubiera preguntado si había alguien del caso Kady. Quizás hasta había venido para eso.
Sin embargo, llega un momento a partir del cual uno siente repugnancia y ya no desea seguir siendo un borrego prudente. En ese momento se ilumina la mente del borrego y éste comprende, como el resto de la especie, que todos están destinados a perder la carne y la lana, y que no es ya la vida lo que pueden ganar, sino sólo un aplazamiento. Entonces se sienten deseos de gritar: «¡Malditos seáis todos, disparad ya de una vez!».
Durante los cuarenta y un días que Vlásov estuvo aguardando la muerte, se apoderó de él cada vez con mayor fuerza este sentimiento de rabia. En la prisión de Ivánovo le propusieron dos veces que firmara un recurso de gracia y las dos veces se negó.
Pero cuando llegó el día número cuarenta y dos, lo llevaron a un box y le comunicaron que el Presidium del TsIK de la URSS conmutaba la medida suprema por veinte años de reclusión, a cumplir en campos de trabajo correccionales, seguidos de otros cinco de privación de derechos civiles.
Vlásov, lívido, sonrió con una mueca e incluso tuvo ánimos para responder:
— Qué raro. Me condenaron porque no creía en la victoria del socialismo en un solo país. Pero parece que tampoco confía en ello Kalinin, si es que piensa que dentro de veinte años aún precisaremos de campos penitenciarios.
Entonces veinte años parecían una eternidad. Lo curioso es que iba a haber necesidad de ellos aún pasados cuarenta.
¡Ay, qué buena palabra rusa esa de ostrog (penal), y qué recia! ¡Qué bien construida! Parece hacernos sentir la misma solidez de esos muros, de los que no hay modo de escapar. Son seis letras que lo reúnen todo: el rigor (strógost), el arpón (ostrogá), la púa (ostrotá) — como las púas del erizo cuando se te clavan en los morros, como la ventisca que azota tu rostro aterido y te echa la nieve en los ojos, como las estacas puntiagudas que delimitan el perímetro del campo, y, una vez más, como el alambre de espino — y tampoco anda lejos la precaución (os-torozhnost) — la de los presos —, ¿y por qué no el asta (rog)? ¡El cuerno inhiesto, prominente, que apunta en nuestra dirección!
Cuando contemplamos en conjunto los usos y costumbres del penal ruso, la vida de esta institución durante los últimos noventa años, pongamos por caso, no vemos un asta, sino dos: los de «Naródnaya Volia», los populistas, estrenaron el asta por la punta, por la parte que se clava, ahí donde el golpe resulta más punzante, aunque lo recibas en el esternón; luego todos los contornos fueron redondeándose, suavizándose hasta que sólo quedó una base roma; aquello ya no parecía un asta ni mucho menos, era más bien un espacio abierto y velludo (estamos a principios del siglo XX).
Pero bien pronto (a partir de 1917) empiezan a insinuarse las aristas de un segundo hueso. La nueva asta se deja adivinar cuando palpamos por la abertura, cada vez que oímos «¡No está permitido!», (T101) y empieza a crecer, se estrecha y se afila hasta que se convierte en cuerno, para clavarse de nuevo, en 1938, en esta cavidad situada encima de la clavícula, en la base del cuello: ¡Tiurzak! Y desde entonces, una vez al año, suena un bordón en la noche, como si una campana tañera desde su lejana atalaya: ¡TON-N-N!... (136)
Si completamos esta parábola valiéndonos de las vivencias de un recluso de Schlisselburg (El trabajo grabado, de Vera Figner), al principio sentiremos pavor: al preso le asignaban un número y nadie se dirigía a él por su apellido; los gendarmes parecían adiestrados en la Lubianka: no soltaban palabra; si el preso se atrevía a murmurar: «nosotros...», le respondían: «¡Hable sólo en propio nombre!». El silencio, sepulcral. La celda, en perpetua penumbra; los cristales, esmerilados; el suelo, asfaltado. El postigo de la ventana se abría cuarenta minutos al día. Para comer, sopa de coles sin carne, y kasha. En la biblioteca, las obras científicas están excluidas de préstamo. Dos años seguidos sin ver un alma. Hasta cumplidos tres años de condena no daban hojas de papel, y aun entonces, numeradas.
Más tarde, el asta va perdiendo punta poco a poco y se ensancha: aparece el pan blanco, té con azúcar por raciones; y si había dinero se podía comprar algo más; tampoco fumar estaba prohibido; se colocaron cristales transparentes; el cuarterón de la ventana puede estar abierto continuamente, las paredes pintadas de colores más claros; y de pronto también libros, que podían retirarse de las bibliotecas de San Petersburgo mediante suscripción; los huertos estaban separados por verjas, de modo que los reclusos podían charlar entre sí, e incluso dar o escuchar conferencias.
A estas alturas los presos comenzaban a exigir: ¡Dadnos más tierra, más! Y se parcelaron dos espaciosos patios para dedicarlos al cultivo. ¡Pronto tuvieron cuatrocientas cincuenta variedades de flores y hortalizas! Y hubo quien hasta empezó colecciones científicas. Se montó un taller de carpintería, de herrería, se ganaba dinero, se compraban libros, incluso sobre política, (137) y se recibían revistas del extranjero. Y podían mantener correspondencia con los familiares. ¿Y qué hay del paseo? Pues tanto como les apeteciera, como si querían estarse todo el día.
Y poco a poco, recuerda Figner, «ya no era el celador el que nos increpaba, sino nosotras a él».
En 1902 uno de los vigilantes se negó a dar curso a una queja de Figner y ella ¡le atrancó los galones! ¿Y cuáles fueron las consecuencias? Pues que vino un juez de instrucción militar y ¡pidió mil disculpas a Figner por la conducta del guardián!
¿A qué se debieron aquel ensanchamiento del asta, aquella suavización? Figner los atribuye en parte a la humanidad de algunos alcaides aislados, y en parte al hecho de que «los gendarmes se hicieron a los presos», de que se acostumbraron a ellos. En mucho se debió a la entereza de los presos, a su dignidad y su firme actitud. De todos modos, yo creo que estaba en el aire de aquellos tiempos, en aquella humedad y frescor general que disipaba los nubarrones de la tormenta, en aquella brisa de libertad que ya empezaba a soplar sobre la sociedad, ¡aquello dio el primer impulso! De no ser por esto, los lunes los habrían puesto a estudiar el Curso Breve junto con los gendarmes (bueno, aún no lo tenían) y les hubieran seguido apretando las clavijas, hubieran seguido tirando de la cuerda.
Y Vera Figner, por arrancarle los galones a un guardián, hubiera recibido, en lugar de la oportunidad de escribir sus memorias, nueve gramos de plomo en un sótano cualquiera.
Naturalmente, el sistema penitenciario zarista no se tambaleaba ni llegó a relajarse porque sí, sino debido a que toda la sociedad, solidaria con los revolucionarios, ponía su empeño en zarandearlo y ridiculizarlo. El zarismo perdió la cabeza no en los tiroteos callejeros de febrero de 1917, sino algunas décadas antes, cuando la juventud de las familias acomodadas empezó a tener por un honor haber estado en la cárcel, y cuando los oficiales del Ejército (y hasta los de la Guardia) comenzaron a considerar deshonroso estrechar la mano de un gendarme.
Y cuanto más se relajaba el sistema penitenciario, con más nitidez prevalecía la «ética de los presos políticos», y los militantes de los partidos revolucionarios tanto más claramente tomaban conciencia de su fuerza y la de sus propias leyes, no dictadas por el Estado.
Así entraba Rusia en el año Diecisiete, y con él a cuestas, en el Dieciocho. Y si aquí pasamos inmediatamente al año 1918 es porque el objeto de nuestro análisis no nos permite detenernos en 1917: a partir de marzo se quedaron vacías todas las cárceles políticas (y también las de los comunes), así como las de prisión preventiva, las de reclusión y los presidios. Resulta asombroso cómo pudieron sobrevivir los funcionarios de prisiones y presidios, seguramente tuvieron que llegar a fin de mes a base de patatas cultivadas en pequeños huertos. (A partir de 1918 las cosas les irían mejor, y en la prisión de Shpálernaya, en 1928, servían sus últimos años con el nuevo régimen, como si nada.)
A partir del último mes de 1917 empezó a verse claro que sin cárceles no se iba a ninguna parte, que ciertas personas no podían estar más que entre rejas (véase el capítulo II), sencillamente porque en la nueva sociedad no había lugar para ellas. Así se salvó el espacio mullido entre las astas y pudo empezar a palparse la segunda protuberancia.
Como es natural, de inmediato se pusieron a proclamar que no se repetirían nunca más los horrores de las cárceles zaristas, que no podría darse ninguna clase de «reeducación coercitiva», ni imposición de silencio, ni incomunicación, ni aislar a los reclusos en los paseos, ni hacerles marcar el paso en fila india, y ni siquiera mantener las celdas cerradas con llave, (138) o sea, reuníos, estimados huéspedes, charlad cuanto queráis, quejaos unos a otros de los bolcheviques.
Mientras, los esfuerzos de las nuevas autoridades penitenciarias se concentraban en mejorar la eficacia de la guardia en el perímetro exterior de las cárceles y en integrar en el nuevo sistema de prisiones los establecimientos zaristas que habían heredado (ésta era precisamente aquella parte de la máquina estatal que no convenía destruir y reorganizar). Por fortuna, se descubrió que la guerra civil no había causado destrozos ni en las casas centrales ni en los ostrog — las penitenciarías — y que lo único que hacía falta era erradicar los nombres mancillados por el pasado. De modo que ahora los llamaban polítizoliatori (centros de aislamiento político), una denominación en la que se aunaban dos nociones: primero, el reconocimiento de los antiguos partidos revolucionarios como adversarios políticos, y segundo, que el confinamiento no tenía carácter punitivo, sino que se trataba simplemente de aislar (evidentemente, de manera provisional) a esos revolucionarios pasados de moda del avance de la nueva sociedad. Así pues, las bóvedas de las antiguas casas centrales volvieron a acoger a los socialistas revolucionarios, anarquistas y socialdemócratas (la de Súzdal parece que ya empezó a recibirlos durante la guerra civil).
Pero todos volvían a presidio conscientes de sus derechos de preso, que sabían defender según una antigua tradición ya puesta a prueba. Consideraban una legítima conquista (arrancada a los zares y confirmada por la Revolución): la ración especial de los políticos (que incluía medio paquete de cigarrillos al día); la posibilidad de encargar género en el mercado (requesón, leche); los paseos diarios sin limitaciones, y tantas horas como quisieran; el tratamiento de «usted» por parte de la guardia (en tanto que ellos no se levantaban a la entrada de las autoridades de la cárcel); que marido y mujer compartieran celda; poder tener consigo periódicos, revistas, libros, recado de escribir y objetos personales, incluso navaja y tijeras; poder enviar y recibir cartas tres veces al mes; una entrevista mensual; y, naturalmente, que nada tapara las ventanas (por entonces aún no habían inventado los «bozales»); ir con libertad de celda en celda; tener plantas y lilas en los patinillos de paseo; elegir libremente a los compañeros de paseo y poder arrojar saquitos de correspondencia de un patio a otro; y por último, que las embarazadas (139) pudieran abandonar la cárcel dos meses antes de salir de cuentas para ser enviadas al simple destierro.
Todo esto no era sino el antiguo régimen de los políticos. Sin embargo, nuestros presos de los años veinte recordaban algo aún más excelso: el autogobierno de los presos políticos, y en consecuencia la sensación de sentirse, aun en la cárcel, como parte de un todo, como miembros de una comunidad. El autogobierno (elección libre de un síndico responsable y portavoz ante la administración de los intereses de todos los presos) mitigaba la opresión que ejerce la cárcel en el individuo aislado, pues les permitía hacer causa común, y reforzaba cada protesta porque todos hablaban como un solo hombre.
¡Y se propusieron la tarea de defender todos estos derechos! ¡Y las autoridades penitenciarias se propusieron hacer lo posible por retirárselos! Y empezó una lucha silenciosa, un combate sin artillería, en el que sólo de vez en cuando sonaban disparos de fusil y el estrépito de cristales rotos, que como ya se sabe, no se oyen a más de medio kilómetro de distancia. Se había entablado una lucha queda por unos vestigios de libertad, por lo que pudiera haber quedado del derecho a opinión, y esta lucha duró casi veinte años, aunque jamás se editaron sobre ella grandes volúmenes repletos de ilustraciones. Y todos sus altibajos, las listas de victorias y derrotas, ahora casi nos son inaccesibles, pues ya sabemos que en el Archipiélago no existe la lengua escrita y que en él la muerte interrumpe la tradición oral. De vez en cuando, todo lo que nos llega es un retazo casual de aquella lucha, iluminado por un claro de luna, una luz indirecta que no ilumina lo bastante.
Además, ¡qué soberbios nos hemos vuelto desde entonces! Ahora que hemos conocido batallas de tanques y explosiones nucleares, ¿cómo va a parecernos una lucha que cuando echaron la llave en las celdas los presos ejercitaran su derecho a comunicarse dando golpecitos en la pared?, ¿que hablaran a gritos por las ventanas?, ¿que descolgaran mensajes de un piso a otro con un hilo, o que insistieran en que por lo menos el síndico de cada fracción política pudiera recorrer las celdas a su antojo? ¿Qué lucha puede parecernos que cuando entró en una celda el director de la Lubianka, la anarquista Anna G-va. (1926) o la socialista revolucionaria Katia Olítskaya (1931) se negaran a levantarse? (Y aquel salvaje inventó entonces este castigo: privarlas del derecho... a salir a la letrina.) ¿Qué lucha puede parecernos que dos muchachas, Shura y Vera (1925), para protestar contra una orden de la Lubianka — la de hablar sólo en voz baja, dirigida a aplastar la personalidad — se pusieran a cantar en voz alta en la celda (únicamente sobre las lilas en primavera) y que entonces el jefe de la prisión, el letón Dukes, las arrastrara por todo el pasillo hasta el retrete llevándolas del pelo? ¿O que en un vagón penitenciario (1924), procedente de Leningrado, los estudiantes se pusieran a cantar canciones revolucionarias y que por ello el policía de escolta les suprimiera el agua? ¿Y que ellos le gritaran: «¡Esto no lo habría hecho ni una escolta zarista!», y que el policía entonces los apaleara? ¿O que el socialista revolucionario Kozlov, en el traslado a Kem, llamara en voz alta verdugos a los de la escolta, y que por ello se lo llevaran a rastras y lo golpearan?
La verdad es que nos hemos acostumbrado a entender por valentía sólo la militar (bueno, y quizá la del que navega en una nave espacial); en todo caso, sólo la valentía que viene acompañada por un tintineo de condecoraciones. Pero hemos olvidado otra valentía, la cívica, ¡y es ésta y sólo ésta la que necesita nuestra sociedad! ¡Y cuánta falta nos hace!
En 1923, en la prisión de Viatka, el socialista revolucionario Struzhinski y sus compañeros (¿Cuántos eran? ¿Cómo se llamaban? ¿Por qué protestaban?) se parapetaron en su celda, rociaron de petróleo los colchones y se autoinmolaron, dentro de la mejor tradición de Schlisselburg, por no remontarnos más lejos. ¡Pero menudo alboroto se armaba entonces, cómo se conmocionaba la sociedad rusa por entero! Y ahora, en cambio, no supieron nada ni en Viatka, ni en Moscú; ni la Historia llegó a enterarse. ¡Y sin embargo, se trataba de carne humana, crepitando igual que antaño bajo las llamas!
En esto consistía la primera idea que dio lugar a Solovki: es un buen lugar todo aquel que permanece medio año aislado del mundo exterior. Desde aquí nadie te oirá gritar, y si quieres puedes hasta quemarte vivo. En 1923 trasladaron hasta ahí a presos socialistas de Pertominsk (península del Onega) y los repartieron por tres ermitas aisladas.
Por ejemplo, la ermita de San Sawa, que consistía en los dos edificios de la antigua hospedería de peregrinos y parte del lago que penetraba en la zona penitenciaria. Los primeros meses todo parecía normal: se observaba el régimen de los presos políticos, varios parientes habían conseguido entrevistas y las autoridades de la prisión tenían como únicos interlocutores a los tres síndicos electos de los partidos políticos. Además, el área de la ermita era una zona libre, dentro de ella los presos podían hablar, pensar y hacer lo que les pareciera.
Pero ya entonces, en los albores del Archipiélago, corrían graves e insistentes rumores (todavía no se les daba el nombre de «parasha») (T102): van a suprimir el régimen penitenciario de los políticos..., a los políticos los van a privar del régimen especial...
Y efectivamente, Eichmans, (140) jefe del campo de Solovki, esperó hasta mediados de diciembre, cuando quedaba interrumpida la navegación y todo contacto con el mundo exterior, para anunciar que se habían recibido nuevas instrucciones relativas al régimen penitenciario. ¡Naturalmente, no queda del todo suprimido, claro que no! Sólo se restringe el derecho a correspondencia y alguna cosilla más, pero el más duro golpe se deja sentir desde hoy mismo: a partir del 20 de diciembre de 1923 prescribe el derecho de entrar y salir libremente de los edificios a cualquier hora del día; desde ahora sólo estará permitido en horas diurnas, hasta las 6 de la tarde.
Los grupos políticos decidieron protestar y reclutaron voluntarios entre los socialistas revolucionarios y los anarquistas: el primer día de prohibición saldrían a pasear justo a las seis de la tarde.
Pero Nogtiov, el jefe de campo en la ermita de San Sawa, estaba tan ansioso por darle al fusil, que antes de que dieran las seis (¿o quizás es que los relojes no andaban a la par? En aquel entonces no daban la hora oficial por la radio) los soldados de escolta entraron en la zona con sus fusiles y abrieron fuego contra los que, todavía legalmente, estaban paseando. Tres descargas. Seis muertos y tres heridos graves.
Al día siguiente se presentó Eichmans: había sido un triste malentendido. Nogtiov sería destituido (o sea, trasladado y ascendido). En el entierro de las víctimas el coro de reclusos elevó un cántico en el profundo silencio de Solovki:
Víctimas caídas en combate fatal... (T103)
(¿No sería ésta la última vez que se permitía entonar esta solemne melodía por los compañeros recién caídos?) Sobre la tumba depositaron una gran piedra y grabaron en ella los nombres de los difuntos. (141)
No puede decirse que la prensa ocultara el acontecimiento. En Pravda hubo una nota en letra menuda: los presos habían atacado a los guardianes y seis personas habían resultado muertas. En cambio, el honesto periódico Rote Fahne habló de una revuelta en Solovki.
Entre los socialistas revolucionarios de la ermita de San Sawa estaba Yuri Podbelski, quien reunió los documentos forenses de la matanza de Solovki por si podía publicarlos algún día. Al cabo de un año, sin embargo, durante un registro en la prisión de tránsito de Sverdlovsk descubrieron el doble fondo de su maleta y se apoderaron de lo que había en el escondrijo. Otro tropiezo de la Historia rusa...
¡Pero habían logrado que se mantuviera el régimen especial! Y durante un año entero nadie volvió a hablar de cambiarlo.
Eso se refiere al año 1924. Pero cuando éste estaba tocando a su fin, de nuevo corrieron insistentes rumores de que en diciembre se disponían otra vez a implantar un nuevo régimen. El dragón volvía a tener hambre y exigía nuevas víctimas.
Y he aquí que los tres eremitorios donde estaban confinados los socialistas — San Sawa, la Trinidad y Muksalma — a pesar de hallarse dispersos en distintas islas, fueron capaces de ponerse de acuerdo a escondidas. El mismo día, las fracciones políticas de las tres ermitas hicieron llegar una declaración y un ultimátum a Moscú y a la administración de Solovki para que los sacaran a todos de allí antes de que quedara interrumpida la navegación, o que el régimen continuara sin cambios. El plazo del ultimátum era de dos semanas y en caso de negativa, las tres ermitas se declararían en huelga de hambre.
Semejante unidad hizo que se les escuchara. Un ultimátum como aquél no podía dejarse de tener en cuenta. Sin embargo, la víspera de cumplirse el plazo se presentó Eichmans en cada una de las ermitas e informó de que Moscú había rechazado las demandas. El día señalado empezó en las tres ermitas (que habían perdido ahora la posibilidad de comunicarse) una huelga de hambre (aunque no era un ayuno «en seco», pues agua sí bebían). En San Sawa secundaron la huelga alrededor de doscientos hombres, salvo los enfermos, a quienes dispensaron del ayuno. Uno de los presos, que era médico, visitaba cada día a los hombres en huelga. Siempre es más difícil la huelga de hambre colectiva que la individual, puesto que la primera debe regirse por los más débiles y no por los más fuertes. Una huelga de hambre sólo tiene sentido si existe una determinación implacable, si cada hombre conoce personalmente a los demás y está seguro de ellos. Dada la existencia de diversas fracciones políticas, y tratándose de varios centenares de hombres, las discordias eran inevitables, así como la carga moral de unos sobre otros. Después de quince días, en San Sawa hubo que proceder a una votación secreta para decidir si se continuaba la huelga o se desconvocaba (la urna fue pasando por las habitaciones).
Moscú y Eichmans se mantenían a la expectativa: a fin de cuentas, ellos estaban bien comidos, los periódicos de la capital no habían puesto el grito en el cielo por lo de la huelga, y los estudiantes no convocaban mítines ante la catedral de la Virgen de Kazán. (T104) Un hermético silencio había comenzado a conformar de forma inexorable nuestra historia.
Las ermitas cesaron la huelga. Por tanto no alcanzaron ninguna victoria. Pero, según se vio después, tampoco habían perdido: durante el invierno se mantuvo el antiguo régimen, al que sólo se añadió la tarea de recoger leña en el bosque, lo cual no estaba exento de cierta lógica. En la primavera de 1925 pareció, por el contrario, que la huelga se había ganado: ¡Se llevaron de Solovki a los presos de las tres ermitas que habían tomado parte en la huelga! ¡Se los llevaban al continente! ¡Se acabaron la noche polar y los seis meses anuales de incomunicación!
Pero la escolta que debía conducirlos era tan rigurosa (para lo que era aquella época) como exiguos eran los víveres previstos para el viaje. Pronto fueron víctimas de un pérfido engaño: los separaron de sus dirigentes con el pretexto de que los síndicos estarían más cómodos en el vagón de «intendencia», que transportaba los pertrechos y provisiones. El vagón de los síndicos fue desengachado en Viatka y enviado al izoliator de Tobolsk. Hasta llegar a este punto no comprendieron que la huelga de hambre del pasado otoño había fracasado: los separaban de sus síndicos, fuertes e influyentes, para poder someter al resto al nuevo régimen penitenciario. Yagoda y Katanián dirigieron en persona el traslado de los antiguos reclusos de Solovki a un centro penitenciario que ya existía desde hacía tiempo pero que hasta entonces no había estado habitado, el izoliator de Verjne-Uralsk, que este grupo «inauguró» en la primavera de 1925 (Dupper fue el alcaide) y que en décadas sucesivas sería un célebre y temido lugar.
En el nuevo lugar los veteranos de Solovki perdieron inmediatamente su libertad de movimiento, pues las celdas se cerraban con llave. Consiguieron pese a todo elegir a unos nuevos síndicos, pero éstos no estaban autorizados para ir de celda en celda. Se prohibió el derecho, hasta entonces ilimitado, a intercambiar dinero, objetos y libros entre celdas. Los reclusos se hablaban a gritos por las ventanas, hasta que un día el centinela disparó contra las celdas desde su torre. Aquellos veteranos respondieron organizando lo que denominaban una «protesta por obstrucción»: rompieron los cristales y dañaron el material de la prisión. (Pero en nuestras cárceles hay que pensárselo muy bien antes de romper una ventana, pues puede que no las reparen en todo el invierno, no tendría nada de extraño. En tiempos del zar sí se podía, porque el vidriero acudía al instante.) La lucha continuó, pero ya con desesperación y llevando las de perder.
Hacia el año 1928 (según cuenta Piotr Petróvich Rubin), hubo algún motivo que provocó una nueva huelga de hambre colectiva de todo el izoliator de Verjne-Uralsk. Pero ahora ya no había esa atmósfera rigurosa y solemne, ni el aliento de los compañeros, ni la atención de un médico propio. Un día, en plena huelga de hambre, los carceleros irrumpieron en las celdas en número muy superior al de los reclusos y la emprendieron a estacazos y patadas contra aquellos hombres debilitados. Los apalizaron a conciencia y se terminó la huelga de hambre.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Aquella fe ingenua en la efectividad de la huelga de hambre nos venía de la experiencia del pasado y de la literatura de antaño. No obstante, la huelga de hambre es un arma meramente moral y presupone que el carcelero conserve aún un vestigio de conciencia. O bien que tema a la opinión pública. Sólo entonces puede ser eficaz.
En esto, los carceleros zaristas aún no habían madurado; en cuanto un preso se declaraba en huelga de hambre se mostraban muy inquietos, lanzaban exclamaciones, cuidaban de él, lo ingresaban en un hospital. Abundan los ejemplos, pero no son ellos el propósito de esta obra. Hasta da risa decir que a Valentínov le bastaron doce días de huelga de hambre para conseguir... no algún privilegio en el régimen de reclusión, sino el levantamiento total de la prisión preventiva y el sobreseimiento del sumario (partió para Suiza para unirse a Lenin).
Hasta en el Presidio Central de Orel, los que hacían huelga de hambre siempre se salían con la suya. En 1912 consiguieron suavizar el régimen carcelario; y en 1913 nuevos privilegios, entre ellos que a la hora del paseo pudieran salir a la vez todos los presos políticos, a los que — según se deja ver — vigilaban tan poco, que consiguieron redactar y enviar a la calle un llamamiento «Al pueblo ruso» (¡de parte de los presidiarios de una casa central!). Y por si fuera poco, encima lo publicaron (¡Cosas así le dejan a uno de piedra! ¿Quién se ha vuelto loco, ellos o nosotros?) en 1914, en el primer número del Heraldo del Presidio y el Destierro. (142) (¿Y qué les parece la existencia misma de este Heraldo? ¡A ver quién intenta publicar uno ahora!)
En 1914, con sólo cinco días de huelga de hambre — aunque debemos reconocer que sin agua —, Dzerzhinski y cuatro de sus compañeros vieron completamente satisfechas sus numerosas exigencias (relativas todas a las condiciones materiales.) (143)
En aquellos años, una huelga de hambre no presentaba para el preso más peligro ni molestia que los sufrimientos propios del ayuno. Por una huelga de hambre no lo podían apalizar, ni juzgar de nuevo, ni prolongarle la pena, ni fusilarlo, ni trasladarlo. (Todo esto vino después.)
Durante la revolución de 1905, y en los años que siguieron, los presos se sentían tan dueños de la cárcel que ya ni se molestaban en declarar huelgas de hambre. En vez de eso, practicaban la «protesta por obstrucción» (destruir material de la prisión) o bien organizaban una simple huelga, aunque ello pueda parecer un sinsentido tratándose de presos. Pero veamos: en 1906, en la ciudad de Nikoláyev, 197 presos se declararon en «huelga», no sin antes haberse puesto de acuerdo con los de fuera. Sus camaradas en el exterior difundieron octavillas acerca de la huelga y convocaron mítines diarios ante la cárcel. Con los mítines (y las voces de los propios presos, que como se comprenderá, se asomaban a las ventanas desprovistas de «bozales») la administración no tuvo más remedio que prestar oídos a las reivindicaciones de los «huelguistas». Después de los mítines, todos juntos, los de la calle y los que estaban tras las rejas, entonaban cánticos revolucionarios. ¡Y así durante ocho días! (¡Sin que nadie levantara un dedo! ¡Y eso en el año de represión reaccionaria que siguió a la revolución!) ¡Al noveno día, fueron satisfechas todas las reivindicaciones de los presos! Por aquel entonces hubo episodios semejantes en Odessa, Jérson y en Elisavetgrado. ¡Qué fácil era entonces conseguir la victoria!
Sería curioso comparar, de pasada, cómo se hacían las huelgas de hambre durante el Gobierno Provisional, pero los pocos bolcheviques que estuvieron encerrados entre julio y el pronunciamiento de Kornílov (Kámenev, Trotski y Raskólnikov, este último un poco más) no tuvieron motivos para declararse en huelga de hambre, pues aquello no era un régimen penitenciario, ni mucho menos.
En los años veinte empieza a ensombrecerse este cuadro de las huelgas de hambre hasta ahora tan animado (bueno, animado según desde qué ángulo se mire...). Este medio de lucha, bien conocido de todos y que con tanta gloria había demostrado su efectividad, pasa a ser empleado no sólo por los presos reconocidos como «políticos», sino también por los «KR» (los del Artículo 58) que no entraban en dicha categoría, así como por toda clase de reclusos de diversa adscripción. Sin embargo, esas flechas, antes tan penetrantes, tenían ahora la punta algo roma, o bien una mano de hierro las cazaba al vuelo. Cierto que todavía se admitían declaraciones de huelga de hambre por escrito y que no se veía en ellas nada subversivo. Pero se impusieron nuevas y muy molestas condiciones: el preso en huelga de hambre debía ser aislado en un calabozo especial (en Butyrki está en la Torre de Pugachov); de la huelga de hambre no podían tener conocimiento ni los camaradas de la calle, tan propensos a organizar mítines, ni los reclusos de las celdas vecinas, y ni siquiera los de aquella celda en la que había estado el preso hasta entonces, pues también ellos son opinión pública de la que conviene aislarlo. Se justificaba esta medida diciendo que la administración debía tener la certeza de que se observaba el ayuno sin trampas, que los compañeros de celda no proporcionaban comida al preso. (¿Y antes cómo se cercioraban? ¿Les bastaba con su «palabra de honor»?)
De todos modos, en aquellos años con una huelga de hambre aún era posible ver satisfechas reivindicaciones individuales.
Mas a partir de los años treinta la doctrina oficial respecto a las huelgas de hambre da un nuevo viraje. Porque por mucho que estuvieran debilitadas, aisladas y medio sofocadas, ¿qué bien podían hacerle al Estado aquellas huelgas de hambre? ¿Acaso no era una concepción más idónea ver en los presos unos seres sin pizca de voluntad ni determinación por los que debía pensar y decidir la administración? Tanto más que tal vez fuera ésta la única clase de presos con derecho a existir en la nueva sociedad.
De modo que a partir de los años treinta dejaron de admitirse las declaraciones de huelga de hambre, que hasta entonces habían tenido carta legal: «¡La huelga de hambre como medio de lucha ya no existe!», le anunciaron a Ekaterina Olitskaya y a otros muchos en 1932. ¡El régimen ha abolido vuestras huelgas de hambre! ¡Y basta! Pero Olitskaya no obedeció y cesó de comer. Los primeros quince días la dejaron hacer en su calabozo aislado, pero luego la llevaron al hospital y la tentaron con leche y sujarí. Sin embargo, ella se mantuvo firme, hasta que al decimonoveno día consiguió la victoria: obtuvo paseos más prolongados y el derecho a recibir periódicos y paquetes de la Cruz Roja política. (¡Cuántos sinsabores para conseguir ese auxilio que por derecho le correspondía!) En resumidas cuentas, había sido una victoria insignificante y el precio, excesivo.
Olitskaya recuerda las huelgas de hambre de otros presos, igualmente insensatas: veinte días de ayuno para conseguir la entrega de un paquete o para poder cambiar de compañero de paseo. ¿Acaso valía la pena? Porque en la Prisión de Nuevo Modelo no había modo de recuperar las fuerzas perdidas. Koloskov, miembro de una secta religiosa, estuvo veinticinco días haciendo huelga de hambre hasta que murió. ¿Cómo iba uno a permitirse una huelga de hambre en la Prisión de Nuevo Modelo? Porque hay que pensar que dadas las nuevas condiciones de silencio y secreto, ahora los carceleros disponían de poderosos medios para combatir las huelgas de hambre:
1. La paciencia de la administración. (La hemos visto suficientemente en los anteriores ejemplos.)
2. El engaño. Una vez más, amparado en el silencio, porque no se puede mentir durante mucho tiempo si los periódicos informan de cada paso que se da. Pero aquí, en nuestro país, ¿qué puede impedir el engaño?
En 1933, en la prisión de Jabarovsk, S.A. Chebotariov llevaba diecisiete días en huelga de hambre exigiendo que se comunicara a su familia dónde se encontraba. (Se habían presentado unos hombres del Ferrocarril Chino-Oriental y Chebotariov «desapareció» de repente. Le inquietaba lo que pudiera pensar su esposa.) En el decimoséptimo día fueron a verle el vicepresidente de la OGPU regional, Západni, y el fiscal de la región de Jabarovsk (por su alta graduación podía verse que las huelgas de hambre prolongadas no era cosa frecuente) y le mostraron el resguardo de un telegrama (¿ves?, tu esposa ya está informada), con lo que le convencieron para que tomara un caldo. ¡Pero el resguardo era falso! (Y de todos modos, ¿por qué se preocupaban unas personas de tan alta graduación? Desde luego, no sería porque les importara la vida de Chebotariov. A todas luces, en la primera mitad de los años treinta el administrador que permitía que una huelga de hambre se prolongase seguía teniendo cierta responsabilidad personal.)
3. La alimentación forzada, un procedimiento tomado indiscutiblemente de los jardines de fieras. Para poder aplicarlo es imprescindible que haya secreto. No hay duda de que en 1937 la alimentación artificial estaba a la orden del día. Por ejemplo, en la prisión central de Yaroslavsk, a los socialistas en huelga de hambre colectiva se les aplicó a todos alimentación artificial a partir del decimoquinto día.
Este acto tiene mucho de violación, y en el fondo no es otra cosa: cuatro forzudos se precipitan sobre un ser debilitado para conseguir que rompa su voto una sola vez, luego ya no importa lo que sea de él. Es una violación porque se somete una voluntad ajena: no serás tú, sino yo quien se salga con la suya, así que tiéndete y sométete. Te abren la boca con un disco plano, te separan los dientes y te introducen un tubo: «¡A tragar!». Y si no tragas, te meten el tubo más adentro, de manera que el líquido alimenticio vaya a parar directo al esófago. Luego te dan un masaje en el vientre para que no recurras al vómito. Uno siente su alma profanada, y también un dulce sabor de boca y una succión jubilosa en el estómago, casi voluptuosa.
La ciencia ha hecho progresos y ha desarrollado otros procedimientos de alimentación, como la lavativa en el recto o las gotas en la nariz.
4. Una nueva forma de entender la huelga de hambre: dado que se trata de la continuación de la actividad contrarrevolucionaria dentro de la cárcel, debe ser sancionada con una prolongación de la pena. Ello prometía dar lugar a una nueva y riquísima categoría de prácticas en la Prisión de Nuevo Modelo, pero en esencia no pasó del terreno de las amenazas. Y si esta práctica no siguió adelante, evidentemente no fue por desenfado, sino tal vez por simple pereza: ¿Para qué complicarse la vida si podemos recurrir a la paciencia? Paciencia y más paciencia. La paciencia del harto frente al hambriento.
Hacia mediados de 1937 llegaron nuevas directivas: ¡En adelante, la administración de las cárceles quedaba exenta de toda responsabilidad por las defunciones debidas a huelga de hambre! ¡Había desaparecido la última responsabilidad personal de los funcionarios de prisiones! (Ahora, el fiscal del distrito ya no hubiera visitado a Chebotariov.) Es más: para ahorrar preocupaciones a los jueces de instrucción, se propuso que los días pasados en huelga de hambre fueran descontados del plazo de prisión preventiva, es decir, que se considerara no sólo que no había habido tal huelga, sino incluso que aquellos días de retraso en la instrucción contaran ¡como pasados en libertad! ¡La única consecuencia perceptible de una huelga de hambre había de ser la extenuación del preso!
En otras palabras: ¿Conque quieres reventar? ¡Pues venga, adelante!
Arnold Rappoport tuvo la mala fortuna de iniciar su huelga de hambre justo cuando llegaron las nuevas directivas a la prisión interior de Arjánguelsk. Había escogido la forma más severa y, al parecer, más eficaz: un ayuno «en seco» del que llevaba ya trece días (comparen ustedes con los cinco días que aguantó en seco Dzerzhinski, que además probablemente no estaba en una celda aislada. Y su victoria fue total). En esos trece días, sólo un enfermero asomó alguna vez por la celda aislada donde lo tenían metido, ni siquiera fue a verle el médico, ni nadie de la administración se interesó, al menos, por saber qué pretendía con aquella huelga de hambre. No llegaron a preguntárselo... La única atención que le prestaron fue la de registrar a fondo la celda y quitarle un poco de tabaco barato y algunas cerillas que tenía escondidas.
Pues bien, lo que exigía Rappoport era que cesara el trato vejatorio de que estaba siendo objeto durante la instrucción del sumario. Se había preparado científicamente para la huelga de hambre: del paquete que había recibido antes de iniciarla sólo había comido la mantequilla y las roscas blancas, mientras que llevaba una semana sin probar el pan negro. Llegó a tal extremo su ayuno que las palmas de las manos le transparentaban. Recuerda que tenía una gran sensación de ligereza y lucidez mental. Un día entró en su celda Marusia, una celadora amable y sonriente, que le susurró: «Abandone la huelga, no conseguirá nada, sólo morirse. Debió haberla empezado usted una semana antes...».
Él le hizo caso y rompió el ayuno sin haber conseguido nada. Bueno, al menos le dieron tinto caliente y un panecillo, que ya es algo, y después los carceleros se lo llevaron en brazos a la celda común. Al cabo de unos días se reanudaron los interrogatorios. (No obstante, la huelga de hambre no había sido del todo inútil: el juez comprendió que Rappoport tenía una voluntad de hierro y que estaba dispuesto a morir, por lo cual suavizó el procedimiento de instrucción. «¡Me han dicho que eres un lobo!» — le dijo el juez —. «Cierto, un lobo», confirmó Rappoport, «pero nunca vuestro perro».)
Rappoport inició otra huelga de hambre, esta vez en la prisión de tránsito de Kotlás, pero ésta tuvo un carácter más bien cómico. Anunció que exigía una nueva instrucción sumarial y que se negaba al traslado. Al tercer día fueron a buscarlo: «¡Prepárese para partir!», «¡No tienen derecho», les respondió, «estoy en huelga de hambre!» Entonces, cuatro bravos mozos lo levantaron, lo llevaron en volandas y lo arrojaron al baño. Después del baño se lo llevaron, también en brazos, al puesto de guardia. No hubo nada que hacer, Rappoport se puso de pie y se incorporó a la columna de presos: téngase en cuenta que ya tenía los perros y las bayonetas a la espalda.
Así triunfó la Prisión de Nuevo Modelo sobre la burguesa huelga de hambre.
Ni siquiera los fuertes tenían forma de resistirse a la máquina penitenciaria, quizá sólo el suicidio. ¿Pero acaso es resistencia el suicidio? ¿No será sumisión?
La socialista revolucionaria Y. considera que los trotskistas y los comunistas que les siguieron en la cárcel desprestigiaron gravemente la huelga de hambre como medio de lucha, pues recurrían a ella con excesiva ligereza, y con la misma facilidad la abandonaban. Cuenta Olitskaya que incluso I.N. Smirnov, su dirigente, después de una huelga de hambre de cuatro días, antes del proceso de Moscú, claudicó enseguida y rompió el ayuno. Dicen que los trotskistas hasta 1936 rechazaban por principio toda huelga de hambre contra el régimen soviético, y que nunca brindaron apoyo a los eseristas ni a los socialdemócratas que las declaraban.
En cambio, siempre solicitaron el apoyo de los SR y SD. En 1936, durante un traslado de presos de Karagandá a Kolymá, tacharon de «traidores y provocadores» a los que se negaron a firmar un telegrama que habían escrito a Kalinin en protesta «por el destierro de la vanguardia de la Revolución (o sea, los trotskistas) a Kolymá». (Relato de Makotinski.)
Que juzgue la Historia hasta qué punto estaba justificado este reproche. Sin embargo, nadie pagó un precio más alto por las huelgas de hambre que los trotskistas (en la tercera parte tendremos ocasión de hablar de las huelgas de hambre y las protestas que protagonizaron en los campos).
Lo de declarar y abandonar las huelgas de hambre tan a la ligera probablemente fuera propio de unos caracteres impulsivos, que manifiestan sus sentimientos con demasiada precipitación. Tales personalidades se habían dado también entre los viejos revolucionarios rusos, y lo mismo ocurría en Italia y en Francia. Sin embargo, en ningún otro lugar — ni en la Rusia de antes de la Revolución, ni en Italia, ni en Francia — se consiguió que los presos le perdieran el gusto a las huelgas de hambre de forma tan drástica como aquí, en la Unión Soviética. Con toda seguridad, en los segundos veinticinco años de nuestro siglo los presos mantenían las huelgas de hambre con el mismo sacrificio físico y firmeza de ánimo que en el primer cuarto de siglo. ¡Pero es que en nuestro país ya no había opinión pública! Por esto se consolidó la Prisión de Nuevo Modelo, por eso en lugar de victorias fáciles, los presos sufrieron derrotas a un alto precio.
Pasaron las décadas y el tiempo puso las cosas en su sitio. La huelga de hambre pasó de entenderse como el primer y más natural derecho en una prisión a ser vista por los reclusos como algo ajeno e incomprensible, de manera que cada vez fueron menos los dispuestos a declararla. Por su parte, los funcionarios de prisiones empezaron a ver en ella una muestra de estupidez o infracción grave.
En 1960, cuando el delincuente común Guennadi Smelov mantenía una larga huelga de hambre en una prisión de Leningrado, entró en su celda el fiscal (quizás es que estuviera haciendo una ronda por las celdas) y le preguntó:
— ¿Por qué se martiriza usted a sí mismo?
Smelov respondió:
— ¡Aprecio más la verdad que la vida!
Tanto impresionó al fiscal esta frase y su incoherencia que al día siguiente trasladaron a Smelov al Hospital Especial de Leningrado para presos (léase manicomio), donde un doctor le anunció:
— Sospecho que pueda padecer usted esquizofrenia.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
A principios de 1937, siguiendo las vueltas del asta llegamos al punto en que ésta empieza a afinarse y encontramos las antiguas casas centrales, que hoy reciben el nombre de izoliator esperíal. Con ellos quedaba eliminado todo vestigio de indulgencia, los últimos restos de aire y de luz. La huelga de hambre de los socialistas, cansados y diezmados, a principios de 1937 en el izoliator disciplinario de Yaroslavl, fue un último y desesperado intento.
Continuaban exigiendo lo mismo que antes: la elección de un síndico y el libre tránsito entre las celdas; sí, lo exigían, pero lo más seguro es que ni ellos mismos esperaran conseguirlo. Tras quince días en huelga de hambre, que concluyeron con alimentación por tubo, consiguieron al parecer salvar una parte de su régimen penitenciario: el paseo de una hora, la lectura del periódico regional y cuadernos para notas. Esto sí lo consiguieron, pero acto seguido los despojaron de sus objetos personales y les arrojaron al interior de la celda el uniforme reglamentario, como en cualquier otro izoliator especial. Y poco tiempo después les recortaron media hora del paseo. Y más tarde, otro recorte hasta dejarlo en quince minutos.
Eran los mismos hombres que habían pasado ya por una serie de cárceles y destierros como naipes del Gran Solitario. Los había que no sabían lo que era una vida normal desde hacía diez o hasta quince años y que sólo conocían el parco rancho penitenciario y las huelgas de hambre. Aún vivían algunos que antes de la Revolución habían vencido más de una vez a los funcionarios penitenciarios. Sin embargo, en aquella época el tiempo había sido su aliado y luchaban contra un enemigo cada vez más débil. Ahora, en cambio, tenían el tiempo en su contra, aliado esta vez con un enemigo que se iba fortaleciendo. Los había también jóvenes, que se consideraban socialistas revolucionarios, socialdemócratas o anarquistas aun después de que esas formaciones políticas hubieran sido disueltas y hubieran dejado de existir. Eran nuevos afiliados sin más perspectiva que la cárcel.
Alrededor de toda esta lucha — cada año más desesperada — de los socialistas en las prisiones, el aislamiento fue intensificándose hasta crear un vacío. Ya no era como en tiempos del zar, cuando bastaba abrir las puertas de la cárcel para que la sociedad les echara flores. Ahora, cada vez que abrían un periódico veían que se les estaba cubriendo de oprobio, incluso de sucias calumnias (pues los socialistas le parecían a Stalin, precisamente, los más peligrosos enemigos de su socialismo), y que el pueblo callaba. ¿Qué podía pues hacerles pensar que el pueblo simpatizara con los presos?
Más adelante dejaron incluso de publicarse esos baldones en los periódicos: hasta tal punto eran ya inofensivos e insignificantes, incluso inexistentes, los socialistas rusos. Fuera de la cárcel sólo se les recordaba como algo pasado y remoto. La juventud ni siquiera podía imaginar que en alguna parte quedaran eseristas o mencheviques de carne y hueso. En la serie de destierros de Chim-kent y de Cherdyn, metidos en un izoliator en Verjne-Uralsk o Vladímir, dentro de un oscuro calabozo incomunicado, ahora ya con bozales en las ventanas, ¿cómo no iba a azorarles la idea de que quizá los líderes y sus idearios se hubieran equivocado, de que tal vez hubieran existido errores en sus tácticas o acciones? Y toda su actividad pasada empezaba a antojárseles una rotunda pérdida de tiempo. Y toda su vida, en la que no había habido más que sufrimiento, una fatal equivocación.
Si el velo de la soledad se extendió sobre ellos, también se debió en parte a que, tras haber aceptado en los primeros años que siguieron a la Revolución que la GPU les obsequiara con el título de políticos — por otra parte bien merecido —, con la misma naturalidad accedieron a que la GPU considerara a todos quienes quedaban a su «derecha», (144) empezando por los kadetés, no como políticos, sino como contrarrevolucionarios — KR, contras —, la hez de la Historia. Y el que sufría por su fe en Cristo también era un KR. Y el que no sabía de «derechas» ni de «izquierdas» (¡en el futuro esto nos ocurriría a todos nosotros!), también resultaba ser un KR. Así pues, a fuerza de ponerse al margen y marcar las distancias, en parte queriendo y en parte sin querer, los socialistas bendijeron de antemano el futuro artículo cincuenta y ocho, una grieta en que también ellos habrían de desaparecer.
Los objetos y los actos cambian totalmente de aspecto según desde donde se miren. En este capítulo hemos descrito la resistencia de los socialistas en prisión desde su punto de vista, y como hemos podido ver, está iluminada por una luz pura y trágica. Pero aquellos KR de Solovki, a quienes los políticos trataban con desdén, los recuerdan de otra manera:
«¿Los políticos? ¡Vaya una gente desagradable! Miraban a todos por encima del hombro, siempre estaban en un grupo aparte, exigiendo raciones especiales y privilegios. Y peleándose entre sí a todas horas».
¿Cómo no ver que aquí hay también verdad? Y esas disputas infructuosas, interminables y hasta ridículas. ¿Y ese exigir raciones suplementarias cuando la mayor parte de prisioneros padecía hambre y miseria? En la época soviética, el honroso título de «político» se había convertido en un regalo emponzoñado. Y de pronto, surge aún otro reproche: ¿Por qué los socialistas, que en tiempos del zar se fugaban por las buenas se habían aplacado tanto en las cárceles soviéticas? ¿Qué había sido de sus fugas? En general, no es que hubiera pocas evasiones, ¿pero quién recuerda haber oído que tomara parte en ellas un socialista?
Y a su vez, los trotskistas y los comunistas guardaban las distancias con los socialistas, de quienes estaban más a la «izquierda», y los consideraban tan contrarrevolucionarios como a los demás, y así cerraban en círculo el foso de su aislamiento.
Trotskistas y comunistas estaban convencidos de que su orientación política era la más pura y noble y por tanto desdeñaban e incluso odiaban a los socialistas (así como se odiaban entre sí), por más que todos estuvieran encerrados tras las mismas rejas y pasearan por los mismos patios. Recuerda E. Olitskaya que en 1937, en la prisión de tránsito de la bahía de Vanino, los socialistas gritaban por encima de la tapia que separaba las secciones de hombres y de mujeres preguntando por los suyos o comunicándose noticias. Las comunistas Liza Kótik y María Krútikova estaban indignadas, pues creían que este comportamiento irresponsable de los socialistas podía atraer sobre todos el castigo de la administración. Esto es lo que decían: «Todos nuestros males vienen de esta chusma socialista (¡vaya una profunda explicación, y además qué dialéctica!). ¡Habría que estrangularlos a todos!». Y si aquellas otras dos muchachas que en 1925 se pusieron a cantar en la Lubianka habían elegido una coplilla sobre las lilas, era sólo porque una era socialista revolucionaria y la otra de la «oposición» (trotskista), y por tanto no tenían himnos en común. Además, en teoría, la oposicionista no tendría que haberse unido a una socialista revolucionaria en una protesta conjunta.
Y si en las prisiones zaristas los partidos a menudo habían hecho causa común (recordemos la evasión de la Casa Central de Sebastopol), en las cárceles soviéticas cada corriente creía defender la pureza de su bandera manteniéndose apartada de las demás. Los trotskistas luchaban al margen de los socialistas y de los comunistas, y los comunistas simplemente no luchaban, pues, ¿no hubiera sido intolerable luchar contra su propio régimen, contra sus propias cárceles?
Por esa misma razón, en cada izoliator, en cada cárcel, los comunistas fueron oprimidos antes y en mayor medida que los demás. En 1928, en la Central de Yaroslavl, la comunista Nadezhda Súrovtseva salía al paseo en una fila india de presos sin derecho a conversar, mientras los socialistas aún formaban ruidosos corrillos en el patio. Ya no se le permitía cuidar las flores que habían plantado en el patinillo los reclusos anteriores, los que habían luchado por sus derechos. Y también la privaron de los periódicos. (En compensación, la Sección Política Secreta de la GPU le permitía tener en la celda las obras completas de Marx, Engels, Lenin y Hegel.) Le concedieron una entrevista con su madre en una sala casi a oscuras. Desmoralizada, la madre murió al poco tiempo. (¿Qué podía pensar de las condiciones en que su hija cumplía condena?)
Esta diferencia en el trato penitenciario duró muchos años y se profundizó hasta llegar a convertirse en una diferencia en las recompensas. En 1937-1938 a los socialistas los encerraban como a todos los demás y también les caían los diez años de rigor. Pero por lo general, no les obligaban a autoinculparse, ya que ellos jamás habían ocultado que pensaban de manera diferente, y eso bastaba para que les cayera una condena. Pero a un comunista que no tenía ideas propias, ¿de qué iban a acusarlo si antes no le arrancaban una confesión?
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Aunque el gran Archipiélago ya se extendía por todo el país, no por ello se marchitaron las antiguas penitenciarías de reclusión mayor. La larga tradición del ostrog zarista no quedó sin celosos continuadores. Todo lo que de bueno y valioso había en el Archipiélago para la edificación de las masas no era suficiente. Había que alcanzar mayor plenitud y ésta se consiguió con las Cárceles de Régimen Especial (TON) y, de manera más general, con las prisiones de reclusión mayor.
No todo el que era engullido por la Gran Máquina debía mezclarse con los nativos del Archipiélago. Los extranjeros de renombre, las personas demasiado conocidas y los recluidos en secreto o incluso los chekistas degradados de ninguna manera podían ser exhibidos en los campos: todas las carretillas que hubieran sido capaces de empujar no habrían compensado la divulgación ni el perjuicio moral-político (145) ocasionado. Igualmente, de ningún modo podía consentirse que los socialistas, con su lucha constante por sus derechos, se fundieran con la masa; al contrario, so capa de preservar sus derechos y privilegios, había que encerrarlos y ahogarlos aparte. Como veremos más adelante, posteriormente, en los años cincuenta, las Cárceles de Régimen Especial servirían para aislar a quienes alborotaban en los campos.
En los últimos años de su vida, cuando ya había desistido de «enmendar» a los ladrones, Stalin dispuso que a los pachas se les condenara sólo a penas de reclusión y no a los campos. Finalmente, el Estado hubo también de velar por aquellos que dada su debilidad hubieran muerto enseguida en un campo penitenciario, con lo cual se habrían librado de purgar su pena. Y también por aquellos que en modo alguno eran aptos para el trabajo en los campos, como Kopeikin, un invidente de setenta años, que se pasaba el día en el mercado de Yurevets (a orillas del Volga). Sus coplas y chascarrillos le valieron diez años por KRD, pero hubo que conmutarle el campo por una pena de reclusión. La antigua herencia penitenciaria, legada por la dinastía de los Románov y a la cual se añadían ahora los monasterios, se conservaba, renovaba, reforzaba y perfeccionaba según las necesidades.
Algunas de las casas centrales, como la de Yaroslavl, tenían una dotación tan sólida y adecuada (puertas chapadas de hierro, mesa, banqueta y catre fijados al suelo de cada celda) que sólo hizo falta poner bozales en las ventanas y vallar los patios de paseo para reducirlos a las medidas de una celda (para 1937 talaron todos los árboles de las prisiones, arrasaron las huertas y zonas ajardinadas y las inundaron de asfalto).
Otros establecimientos, como el de Súzdal, requirieron la renovación de unas dependencias que habían sido concebidas como monasterio, aunque en realidad la mortificación de la carne por voto monacal o por ley estatal buscan propósitos físicamente análogos, y por ello el acondicionamiento de estos edificios nunca presentó grandes dificultades. Del mismo modo fue adaptado como centro de reclusión mayor uno de los edificios del monasterio de Sujánov: de algún modo había que compensar las pérdidas que había sufrido el legado zarista, pues las fortalezas de Pedro y Pablo, así como la de Schlisselburg, habían sido abiertas al público.
Ampliaron y remozaron la Casa Central de Vladímir (se edificó un gran bloque en tiempos de Ezhov), y fue de las más frecuentadas. ¡La de gente que pasó por ahí en aquellas décadas! Ya hemos hablado antes de la Central de Tobolsk, y de cómo se inauguró la de Verjne-Uralsk en 1925, fecha a partir de la cual tendría un uso tan continuado como abundante. (Para nuestra desgracia, en el momento en que se escriben estas líneas todos estos establecimientos todavía funcionan, continúan abiertos como izoliators.) En cuanto a la Central de Alexandrovsk, del poema de Tvardovski Una lejanía tras otra se deduce que en tiempos de Stalin tampoco estuvo vacía. Menos noticias tenemos acerca de la de Orel, aunque es de temer que resultara muy dañada durante la gran guerra patria. Pero de todos modos, siempre ha contado con un anexo bien cerquita: el centro de reclusión mayor de Dmitrovsk, estupendamente equipado.
En los años veinte, en los izoliators políticos (o chiqueros políticos, como los llamaban los presos) la comida aún era decente; al mediodía siempre daban carne, la verdura cocida era fresca y en el economato hasta se podía comprar leche. La alimentación empeoró drásticamente en 1931-1933, pero es que fuera de la cárcel tampoco se comía mejor. En esa época, en los chiqueros el escorbuto y los desvanecimientos por hambre no eran nada raro. Después volvió a haber comida, pero ya nunca fue como antes.
En 1947 en la TON de Vladímir, I. Kornéyev recuerda haber pasado hambre cada día: 450 gramos de pan, dos terrones de azúcar y dos platos calientes de un caldo de poco alimento; lo único que servían «a discreción» era el agua hirviendo (de nuevo habrá quien objete diciendo que éste fue un año fuera de lo común, porque también pasaba hambre todo el país y que precisamente por eso ese año se permitió de forma magnánima que los de fuera alimentaran a los de dentro, pues no hubo limitaciones a la recepción de paquetes).
La luz en las celdas siempre estuvo racionada, tanto en los años treinta como en los cuarenta. Gracias a los bozales y a los cristales esmerilados reforzados con rejilla metálica las celdas estaban en una penumbra constante (la oscuridad es un factor importante para inducir la depresión). Y por si fuera poco, a menudo ponían encima de los bozales una tela metálica, que en invierno se cubría de nieve y cerraba del todo el paso a la luz. La lectura se convertía en un suplicio y estropeaba la vista. En la TON de Vladímir, esta falta de luz se compensaba por las noches: dejaban encendida una potente bombilla que impedía dormir. En cambio, en la prisión de Dmitrovsk (N.A. Kózyrev), en 1938, a partir de la tarde había por toda luz un candil en un estante a ras de techo que consumía el escaso aire; en 1939 aparecerían las bombillas a medio voltaje que desprendían una luz rojiza.
El aire también estaba racionado: los ventanucos de ventilación, cerrados con candado, se abrían tan sólo cuando los presos salían a la letrina, según recuerdan quienes estuvieron en las prisiones de Dmitrovsk y Yaroslavl (cuenta E. Guinzburg que el pan repartido por la mañana se había enmohecido ya a la hora del almuerzo, que las mantas se humedecían y las paredes se cubrían de verdín). En Vladímir, por el contrario, no había en 1948 restricción de aire: el cuarterón de la ventana estaba abierto día y noche.
El paseo, en diferentes prisiones y en diferentes años, oscilaba entre los quince y los cuarenta y cinco minutos. Se había suprimido todo contacto con la tierra: como en Schlisselburg o en Solovki, no había planta que no hubiera sido cortada, pisoteada o cubierta con cemento o asfalto. Incluso se prohibió levantar la cabeza hacia el cielo durante los paseos: «¡La vista en los pies!», recuerdan Kózyrev y Adámova (prisión de Kazan).
Las entrevistas con los parientes quedaron prohibidas en 1937 y ya no volvieron a autorizarse. Las cartas: se podían enviar o recibir dos al mes y sólo si se trataba de parientes próximos. Esto fue así la mayoría de años (pero en Kazan, las cartas recibidas, una vez leídas, había que entregarlas a las veinticuatro horas a los celadores). El economato se podía visitar también dos veces al mes y gastar en él el poco dinero que autorizaban a recibir.
El mobiliario también era una parte nada desdeñable del régimen penitenciario. Adámova describe muy emotivamente su alegría cuando retiraron los catres y las sillas atornilladas al suelo, y descubrió, de vuelta en la celda (en Súzdal), una modesta cama con jergón de heno y una sencilla mesa, ambas de madera. En la TON de Vladímir, I. Kornéyev pasó por dos regímenes diferentes: en 1947-1948 se podían conservar en la celda los objetos personales, era posible acostarse de día y el vertujái no estaba a cada momento con el ojo en la mirilla; pero en 1949-1953 la celda tenía dos cerraduras (la del vertujái y la del oficial de guardia), estaba prohibido tenderse y hablar en voz alta (¡en la prisión de Kazan, sólo se podía susurrar!), había que entregar todos los objetos personales y era obligatorio llevar un uniforme a rayas confeccionado con tela de colchón; cartas, sólo dos veces al año, en las fechas fijadas por el alcaide sin previo aviso (si se dejaba pasar ese día ya no había posibilidad de escribir) y sólo podía llenarse una hojita que hacía la mitad de un papel de carta normal; se hicieron frecuentes los registros , incursiones violentas, durante las cuales había que enseñarlo todo y quedarse completamente desnudo. La comunicación entre celdas estaba tan vigilada que después de cada turno de letrinas los carceleros inspeccionaban el retrete iluminando cada agujero con una lámpara portátil. Por una inscripción en la pared metían a toda la celda en el calabozo, el azote de las Prisiones de Régimen Especial. Se podía ir a parar al calabozo por una tos («si quiere toser, échese una manta sobre la cabeza!»), por deambular por la celda (que se consideraba «alborotar», como ocurrió con Kózyrev), por el ruido que hacía el calzado (en Kazan a las mujeres les habían dado zapatos de hombre del n° 44).
Guinsburg deduce acertadamente que no se condenaba al calabozo por las faltas cometidas, sino ateniéndose a un programa: uno tras otro, todos debían pasar por él, para saber lo que era. La normativa incluía además un punto de gran flexibilidad: «En caso de indisciplina en el calabozo, el alcaide se reserva el derecho de prolongar la estancia hasta veinte días». ¿Y qué se entendía por «indisciplina»? Veamos lo que le sucedió a Kózyrev (en todas las fuentes la descripción de los calabozos y muchos otros detalles coinciden hasta tal punto que el régimen penitenciario deja traslucir un único cuño de fábrica).
Pues bien, por pasear por la celda le habían echado cinco días de calabozo. Era otoño, en esa ala no había calefacción y hacía mucho frío. Lo habían dejado en paños menores y descalzo. El suelo era de tierra batida, polvorienta (pero a veces era de barro húmedo, y en la prisión de Kazan incluso estaba encharcado). Kózyrev disponía de una banqueta (pero Guinsburg no). Al principio Kózyrev estaba convencido de que se moriría de frío. Pero poco a poco empezó a sentir un misterioso calor interno y ésa fue su salvación. Aprendió a dormir sentado en la banqueta. Tres veces al día le traían una jarrita de agua hirviendo que se le subía a la cabeza. Un día encontró en su ración de trescientos gramos de pan un terrón de azúcar que el celador de guardia le había puesto a escondidas. Kózyrev llevaba la cuenta del tiempo por las raciones que le iban entrando y por la luz de una minúscula ventana que daba al dédalo de pasillos.
Los cinco días habían pasado, pero no lo soltaban. Se le había aguzado el oído y advirtió unos cuchicheos en el pasillo: hablaban de seis días o quizá decían algo de un sexto día. Era una provocación: esperaban que protestara, que dijera que los cinco días ya habían terminado, que ya era hora de que lo sacaran de allí, y entonces, por indisciplina, prolongarle el castigo. Pero aguantó un día más, sumiso y en silencio, y entonces lo sacaron como si nada hubiera ocurrido. (¿Sería que el director de la cárcel, también por turno, ponía a prueba la docilidad de los presos? Porque si te mandan al calabozo es que todavía no te has doblegado.)
Después del calabozo, la celda le parecía un palacio. Kózyrev estuvo durante medio año sordo y le salieron abscesos en la garganta. Uno de sus compañeros de celda perdió el juicio después de repetidas estancias en el calabozo, y Kózyrev estuvo más de un año encerrado con él. (Nadezhda Súrovtseva recuerda muchos casos de locura en los izoliator políticos. Ella sola enumera tantos como Novorrusski en su crónica de Schlisselburg, que cubre veinte años.)
¿No tiene el lector la impresión de que gradualmente hemos llegado a la punta de la segunda asta, quizá más larga y afilada que la primera?
Pero hay opiniones diversas. Los veteranos de los campos coinciden todos en que en los años cincuenta la TON de Vladímir era un balneario. Así lo creen Vladímir Borísovich Zeldóvich, que llegó a Vladímir desde el punto kilométrico de Abez, y Anna Petrovna Skrípnikova, que fue a parar allí (1956) procedente de los campos de Kemerovo. A Skrípnikova le impresionó, en especial, que las peticiones se recogieran con regularidad cada diez días (ella empezó a escribir una... a la ONU) y la magnífica biblioteca, en la que hasta había libros en lenguas extranjeras: te traían a la celda el catálogo completo y podías pedir para todo el año.
Y no olvidemos lo flexible de nuestra Ley. Habían condenado a reclusión a miles de mujeres (arrestadas en calidad de «esposas»), pero de pronto, como a toque de silbato, todas vieron transformadas sus penas por la de campos de trabajo. (¡Hacía falta gente en los lavaderos de oro de Kolymá!) Y ahí las mandaron a todas. Sin que hubiera un nuevo juicio.
Visto todo esto, ¿podemos decir que existe el tiurzak como tal? ¿O es la reclusión penitenciaria sólo una antesala de los campos?
En este punto precisamente y en ningún otro debiéramos haber empezado el capítulo. Hubiéramos debido hablar de ese halo — como aura de santidad — que siempre acaba irradiando del alma del preso incomunicado, tan absolutamente apartado del ajetreo mundanal que le basta con medir los minutos que fluyen para entrar en íntima comunión con el Universo. El preso incomunicado debe purificar toda imperfección, todo cuanto en su vida anterior enturbiaba su ser y le impedía sedimentar el alma con nítido poso. ¡Cuánta grandeza en esos dedos que palpan la tierra del huerto y estrujan los terrones! (¡Pero si es asfalto!) ¡Cómo se alza sola la cabeza hacia los Cielos Eternos! (¡Pero si está prohibido!) ¡Cómo le conmueve ese pajarillo que avanza a saltos por el alféizar! (¡Pero si hay puesto el bozal y la tela metálica, eso sin contar el ventanuco de ventilación, que está cerrado con candado!) ¡Qué lúcidos pensamientos, qué asombrosas a veces las ideas plasmadas en esas cuartillas que le han entregado! (¡Pero si papel sólo hay en el economato y una vez usado se lo queda para siempre la administración...)
Mas no permitamos que tanta objeción quisquillosa nos haga perder el hilo. No dejemos que cruja y se desmorone el objeto de este capítulo, porque si no, ya no podremos estar seguros: ¿en la Prisión de Nuevo Modelo, en la Prisión de Régimen Especial (¿y por qué «especial»?), el alma del hombre se purifica o se destruye definitivamente?
Si lo primero que ves cada mañana son los ojos de tu compañero de celda que ha perdido el juicio, ¿con qué auxilio vas a sobrellevar el día que empieza? Para Nikolái Alexándrovich Kózyrev, cuya brillante carrera de astrónomo se vio truncada por el arresto, el único socorro fue elevar su pensamiento hasta lo eterno y lo infinito: el orden del universo y su Espíritu Supremo; las estrellas y su composición interna; la noción de tiempo y su curso.
Y así se abrió ante él un nuevo campo de la Física. Sólo gracias a esto pudo sobrevivir en la cárcel de Dmitrovsk. Pero sus razonamientos se atascaron por unas cifras que había olvidado, no podía seguir construyendo su sistema, necesitaba una gran cantidad de cifras. ¿Cómo iba a procurárselas desde aquella celda iluminada de noche por un pequeño candil en la que no podía entrar ni un gorrión? Y el sabio suplicó: ¡Señor! Yo ya he hecho cuanto he podido. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame a seguir adelante!
En aquel entonces tenía derecho a un libro cada diez días (ya se había quedado solo en la celda).
En la modesta biblioteca de la prisión había varias ediciones del Concierto Rojo, de Demián Bedni, que no cesaban de llegarle una y otra vez. Media hora después de que pronunciara su oración entraron para cambiarle el libro. Sin preguntar, como siempre, le arrojaron... ¡un Curso de astrofísica! ¿De dónde habría salido? ¡Nunca hubiera imaginado que tuvieran un libro así en la biblioteca! Presintiendo que este encuentro no duraría mucho, Nikolái Alexándrovich se lanzó sobre el libro y empezó a aprenderse de memoria todo lo que necesitaba inmediatamente y todo lo que pudiera precisar más tarde. Habían pasado sólo dos días — disponía, pues, de ocho más — cuando de forma inesperada el alcaide pasó revista a las celdas. Con su mirada de lince no tardó en caer en la cuenta: «¿No es usted astrónomo de profesión?». «Sí.» «¡Pues fuera ese libro!» Sin embargo, con la enigmática aparición de aquel volumen el camino quedó desbrozado y Kózyrev continuaría su labor en el campo de Norilsk.
De manera que ahora tendríamos que empezar el capitulo hablando del alma que se enfrenta a las rejas.
¿Pero qué es esto? Chirría insolente la llave del carcelero en la cerradura. Aparece un siniestro jefe de bloque con una larga lista: «¿Apellido? ¿Nombre y patronímico? ¿Fecha de nacimiento? ¿Artículo penal? ¿Plazo de reclusión? ¿Fecha en que expira la pena? ¡Recoja sus efectos! ¡Aprisa!».
¡Ay, amigos, el traslado! ¡El traslado por etapas! ¡A saber adonde nos llevan! ¡Bendícenos, Señor! ¿Quién sabe si dejaremos allí los huesos? ¡Ea, pues! Si aún estamos vivos, ya acabaremos de contarlo en otra ocasión. En la cuarta parte.
Si aún estamos vivos para entonces...
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Tampoco las ruedas se
detienen, Las ruedas...
Giran y danzan las
muelas. Y ruedan...
Wilhelm Müller
Del estrecho de Bering hasta el Bósforo, o poco menos, miles de islas diseminadas forman un Archipiélago encantado. Son invisibles, mas existen, y del mismo modo imperceptible pero constante, hay que trasladar de isla en isla a los esclavos, también ellos invisibles, por mucho que tengan cuerpo, volumen y peso.
¿Por dónde se les conduce? ¿Con qué?
Hay para ello grandes puertos — las prisiones de tránsito —, y también puertos menores — los campos de tránsito —. Hay para ello naves cerradas de acero — los vagones-zak —. En las ensenadas, en lugar de chalupas y lanchas, los reciben los cuervos, asimismo de acero, cerrados y raudos. Los vagoneszak siguen un escrupuloso horario, pero en caso de necesidad se expiden también vagones de ganado que cruzan el Archipiélago formando trenes encarnados, caravanas enteras que unen los puertos como trazos diagonales.
¡Todo un sistema perfectamente sincronizado! No en vano se emplearon décadas para crearlo, sin premura alguna. No en vano se encomendó su creación a hombres de uniforme, bien alimentados y parsimoniosos. Los días impares a las 17.00 horas el tren con destino a Kíneshma debe recibir en la estación del norte de Moscú los cuervos de las cárceles de Butyrki, Presnia y Taganka. A su vez, el convoy de Ivánovo debe estar en la estación los días pares a las seis de la mañana para recibir y escoltar a quienes deban trasladarse a Nérejta, Bezhetsk y Bologoye.
Y todo esto sucede junto a ti, rozándote, como quien dice, pero te resulta invisible (aunque también podrías cerrar los ojos). En las grandes estaciones este sórdido cargamento se descarga y reexpide lejos de los andenes; sólo lo ven los guardaagujas y el personal de vía. En las estaciones de menor importancia también se prefiere un lugar perdido entre dos tinglados, de manera que los cuervos puedan arrimarse por atrás, estribo contra estribo con el vagón-zak. El preso nunca tiene tiempo de ver la estación, ni de verle a usted, ni de echar una ojeada al tren; sólo consigue ver los estribos (a veces, el más bajo llega hasta la cintura del preso, que carece de fuerzas para encaramarse), y a los hombres de la escolta que flanquean el estrecho pasillo entre cuervo y vagón rugiendo y aullando: «¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Venga! ¡Venga!». Y uno puede darse por contento si no hacen uso de las bayonetas.
Y usted, que se apresura por el andén con los niños, asiendo maletas y bolsas de malla, no está como para fijarse: ¿por qué habrán enganchado al tren un segundo furgón de equipajes? No lleva rótulo alguno y se parece mucho a cualquier otro coche de equipajes, con esa misma reja de varillas oblicuas tras las que sólo se ve oscuridad. ¿Pero por qué van montados en él unos soldados, los defensores de nuestra Patria? ¿Por qué en cada parada, dos de ellos se pasean silbando a ambos lados, mirando bajo el vagón con el rabillo del ojo?
El tren se pone en marcha y cientos de destinos cautivos y apretujados, cientos de corazones mortificados, empiezan a discurrir por los mismos serpenteantes raíles que usted, siguiendo el mismo penacho de humo, pasando ante los mismos campos, postes y almiares, incluso algunos segundos por delante de usted. Pero el pasajero no puede ver nada de eso: el sufrimiento pasa veloz ante la ventanilla y de él queda en el aire menos rastro que de unos dedos hundidos en el agua. Y en la consabida rutina del tren — el paquete de sábanas para la litera, el té servido en vasos con asa metálica — ¿cómo imaginar que tres segundos antes haya pasado por ese mismo punto de espacio euclidiano que ahora usted atraviesa semejante horror, sombrío y opresivo? Usted, que se queja de las estrecheces en el compartimiento porque las cuatro plazas van ocupadas, ¿cómo podría creer — o es que acaso creerá cuando lea esta línea — que en cabeza de tren, en un compartimiento como el suyo, van catorce personas? ¿Y si le digo que veinticinco? ¿O treinta?
«Vagón-zak», ¡qué horrible abreviatura! Como todas las que inventan los verdugos. Con ella quieren decir que se trata de un vagón de presos, de zakliuchónie. Pero el vocablo no ha cuajado en ninguna parte, como no sea en la documentación penitenciaria. Para referirse a este vagón los presos han hecho suyo el nombre de «vagón Stolypin» o simplemente «stolypin».
A medida que el transporte ferroviario fue implantándose en nuestro país, el traslado de presos adquirió nuevas formas. En el siglo pasado, hasta la década de los noventa los presos todavía eran trasladados a Siberia a pie o en coche de caballos. Pero en 1896 Lenin ya iba al destierro siberiano en un vagón ordinario de tercera clase (entre simples pasajeros) aunque, eso sí, se quejaba a gritos al revisor de que se estaba estrecho, de que aquello era insoportable. El cuadro de Yaroshenko Vida por doquier, conocido por todos, nos muestra un coche de cuarta clase transformado en vagón de prisioneros cuyo acondicionamiento hoy nos parece de una ingenuidad infantil: todo se había dejado como estaba y los presos viajaban como cualquier pasajero; la única diferencia era que el vagón llevaba rejas a ambos lados.
Estos coches circularon durante mucho tiempo por los tendidos rusos y algunos aún recuerdan haber sido trasladados en ellos en 1927, los hombres separados de las mujeres. Por otra parte, el socialista revolucionario Trushin asegura que en tiempos del zar él ya había sido trasladado en un «stolypin», sólo que — de nuevo con la inocencia propia de aquellos años dignos de un Krylov — a la sazón sólo metían a seis por compartimiento.
La historia del vagón es la siguiente: fue puesto en servicio durante el mandato de Stolypin, efectivamente, pero es que había sido construido en 1908 para los colonos que iban a poblar las regiones orientales del país, en un momento en que estaba desarrollándose un fuerte movimiento migratorio y escaseaba el material rodante. Este tipo de vagones era más bajo que un coche de pasajeros convencional, pero mucho más alto que uno de mercancías y disponía además de compartimientos auxiliares para guardar aves o enseres (los «semi-compartimientos» actuales, que sirven de calabozo), pero, como es natural, no tenía rejas ni en el interior ni en las ventanillas. Las rejas seguramente se deban a alguna mente inventiva que me inclino a creer sería bolchevique. Y a este vagón le pusieron «stolypin», como el ministro que retara en duelo a un diputado por haber dicho aquello de «la corbata de Stolypin». Sin embargo, como quiera que ya había muerto, esta vez no pudo detener esa calumnia.
Realmente, no se puede acusar a las autoridades del Gulag de emplear el término «stolypin», porque ellos siempre han dicho «vagón-zak». Fuimos los zeks los que, por instinto de contradicción, rechazamos el nombre oficial, y por querer llamarlo a nuestra manera, de la forma más grosera posible, nos dejamos atraer de forma equivocada por el mote que habían acuñado los presos de las generaciones anteriores, los de los años veinte, como es fácil de calcular. ¿Quiénes pudieron haberse inventado el mote? No serían los «contras», desde luego, pues nunca se les habría ocurrido asociar al primer ministro del zar con los chekistas. Desde luego, sólo pudieron ser los «revolucionarios», que se vieron inesperadamente atrapados en el matadero chekista: o los socialistas revolucionarios, o los anarquistas (siempre que el apodo surgiera a principios de los años veinte), o bien los trotskistas (si es que fue a finales de la década). Después de haber asesinado al gran hombre de Estado, esas víboras ultrajaron su memoria con una infame mordedura postuma.
Pero dado que este vagón no se convirtió en el medio preferido de transporte hasta los años veinte y que se le dio una aplicación exclusiva y generalizada a principios de los treinta, cuando toda nuestra existencia se vio invadida por la uniformidad (tanto más que probablemente por entonces se construyeron muchos otros vagones como ésos), sería más justo llamarlos «stalin» y no «stolypin».
El vagón-zak es un coche ordinario dividido en nueve compartimientos, de los cuales cinco están destinados a los presos (aquí, como ocurre en todos los rincones del Archipiélago, la mitad siempre corresponde al personal auxiliar). Los compartimientos no están separados del pasillo por un tabique macizo, sino por una reja que permite la vigilancia. Dicha reja está formada por barras oblicuas en aspa, como las de las verjas que delimitan el pequeño huerto que hay en las estaciones, y llega hasta el techo, razón por la cual no encontramos la acostumbrada repisa para el equipaje que sale del compartimiento hacia la parte superior del corredor. Las ventanillas del pasillo son las habituales, pero con esas mismas rejas oblicuas por la parte de fuera. En los compartimientos de los presos no hay ventanas, sólo una pequeña mirilla, también enrejada, a la altura de la segunda litera (no hay ventanillas exteriores, por eso en las estaciones confunde usted el stolypin con un cocherón de equipajes). Cada compartimiento tiene una puerta corredera, que no es sino un marco de hierro también enrejado.
Visto desde el lado del pasillo, todo este conjunto recuerda vivamente un jardín de fieras: rodeadas de rejas, unas desgraciadas criaturas de apariencia humana se retuercen por el suelo y las literas, y nos miran con lástima pidiendo de comer y de beber. Sin embargo, en un jardín de fieras nunca se hacina a los animales hasta tal punto.
Según calculan los ingenieros, que viven en libertad, en el compartimiento de un stalin caben seis hombres sentados abajo, tres tendidos en las literas centrales (que se han unido en un solo catre, con una escotadura junto a la puerta para subir y bajar) y dos arriba del todo, en los estantes para equipajes. Si además de estos once hombres embutimos en el compartimiento otros once (a los últimos los guardianes tienen que meterlos a patadas, si no sería imposible cerrar la puerta) se alcanza un aforo completamente normal para el compartimiento de un stalin. Dos hombres arqueados — apenas podría decirse que sentados — en cada uno de los dos estantes superiores de equipajes, cinco tendidos en la plataforma del medio (son los más afortunados; estos sitios se ganan a brazo partido, y si en el compartimiento hay cofrades éstos serán siempre quienes los ocupen), y abajo quedan trece personas: diez sentadas en las literas, a razón de cinco en cada una, y tres en el pasillo que dejan sus piernas. En alguna parte, mezclados con los presos, encima de ellos y también debajo, van sus bártulos. Así, con las piernas encogidas al máximo, los presos permanecen sentados varios días seguidos.
¡No, no es que lo hagan expresamente para martirizarlos! El condenado es el soldado raso del trabajo socialista. ¿Para qué martirizarlo si se necesitan sus brazos? Pero por otra parte, si está en este tren no es porque vaya de visita a casa de unos parientes, ¿no? Así que no hay que acomodarlo bien, ¡a ver si encima van a tenerle envidia los que están en libertad! Ya se sabe que tenemos dificultades con el transporte, pero llegará a destino, no estirará la pata.
A partir de los años cincuenta, cuando se establecieron horarios regulares, los presos ya no tuvieron que pasar tanto tiempo en estas condiciones, pongamos que un día y medio o dos a lo sumo. Peor había sido durante la guerra y después de ella: de Petropavlovsk (Kazajstán) a Karagandá un vagón-zak podía tardar siete días (¡con veinticinco presos en el compartimiento!); y ocho de Karagandá a Sverdlovsk (con veintiséis por compartimiento). En agosto de 1945 Suzi viajó varios días en un stalin de Kúibyshev a Cheliabinsk, y había en el compartimiento treinta y cinco personas echadas simplemente unas sobre otras, revolviéndose y luchando entre sí. (146) Y en otoño de 1946, N.V. Timoféyev-Ressovski hizo el trayecto Petropávlovsk-Moscú en un compartimiento ¡con treinta y seis presos! Durante varios días estuvo suspendido entre los demás sin que sus pies tocaran el suelo. Luego empezaron a morir algunos, a los que había que sacar de debajo de aquella masa de pies (aunque no inmediatamente, por cierto, sino al cabo de dos días), y de este modo se ganó espacio. En total, su viaje hasta Moscú duró tres semanas . (Al llegar a Moscú, con arreglo a las leyes del país de las maravillas, varios oficiales sacaron en brazos a Timoféyev-Ressovski y se lo llevaron en un automóvil: ¡Venía a contribuir al progreso de la ciencia!) (T106)
¿Era treinta y seis la cifra límite? No tenemos testimonio alguno que hable de treinta y siete, pero ateniéndonos a nuestro método científico socialista — el único posible y veraz — y educados como estamos en la lucha contra los «partidarios de la restricción», debemos responder: ¡No, no y no! ¡No existe límite! ¡Tal vez lo haya en alguna parte, pero no en nuestro país! ¡Mientras un compartimiento contenga algunos decímetros cúbicos de aire no desplazado, aunque sea bajo las literas, entre los hombros, cabezas y pies, dicho compartimiento estará todavía en condiciones de acoger más presos! Sin embargo, convencionalmente podemos establecer que el límite equivale al número de cadáveres no desmembrados que pueda contener el volumen total del compartimiento, si se cumple la condición — claro está — de poder apilarlos a voluntad.
V.A. Koméyeva partió de Moscú en un compartimiento en el que había treinta mujeres, la mayoría de ellas ancianas decrépitas desterradas por su fe religiosa (a su llegada, todas ellas, excepto dos, fueron internadas directamente en un hospital). Si no hubo muertes, fue gracias a que también viajaban algunas jóvenes bonitas y desenvueltas, condenadas por «relaciones con extranjeros» que se pusieron a sermonear a la escolta: «¿No os da vergüenza transportarlas así? ¡Pudieran ser vuestras madres!». La escolta recibió con oído atento aquellas palabras — seguramente no tanto por los razonamientos morales de las muchachas como por sus atractivos — y algunas ancianas fueron trasladadas... al calabozo. Pero en un vagón-zak el «calabozo» no es un castigo, sino una bendición. De los cinco compartimientos celulares, sólo cuatro se utilizan como celdas comunes, el quinto está dividido en dos mitades, dos estrechos semicompartimientos con una litera inferior y otra superior, como suelen tener los revisores de los expresos.
El calabozo tiene como finalidad la incomunicación; cuando lo ocupan sólo tres o cuatro personas, es el colmo de la comodidad y el espacio.
No, no era con la intención de martirizarlos a base de sed si durante esos días que pasaban en el vagón, extenuados y apretujados, los alimentaban exclusivamente con arenques o vobla ahumada en lugar de darles una ración caliente (así fue todos los años, la década de los treinta y de los cincuenta, en invierno y en verano, en Siberia y en Ucrania, y estaría de más presentar ejemplos). No, no era para martirizarlos, porque además, díganme ustedes, ¿y cómo había que dar de comer a esa chusma estando en pleno viaje? Las ordenanzas no decían nada de comidas calientes (cierto que el vagón-zak contaba con una cocina en uno de los compartimientos, pero estaba reservada al cuerpo de guardia), tampoco iban a darles sémola sin hervir, ni mucho menos bacalao al natural. ¿Carne en conserva? ¡Sí, hombre! ¡Y encima que engorden! Nada mejor que arenque y un pedazo de pan, ¿pero qué más quieren?
¡Toma, toma tu medio arenque, ahora que puedes, y alégrate! Si eres listo, no darás cuenta de él ahora mismo, sino que te lo guardarás pacientemente en el bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, donde hay agua. Peor es cuando te dan anchoas del mar de Azov recubiertas de sal gorda y tan húmedas que no se te conservarían en el bolsillo. Hay que recogerlas enseguida en el faldón del chubasquero, en un pañuelo o en la palma de la mano y comérselas. Las anchoas se distribuyen sobre el chubasquero de alguno, mientras que si se trata de vobla, el centinela la echa directo al suelo y los presos se las reparten en las literas o sobre las rodillas.
P.F. Yakubóvich (En el mundo de los proscritos, Moscú, 1964, tomo 1) comenta a propósito de los años noventa del siglo pasado que en aquella época espantosa, durante las etapas de tránsito hacia Siberia se asignaban a cada preso diez copeks diarios para su alimentación, cuando el precio de una hogaza de pan de trigo — ¿de tres kilos? — era de cinco copeks, y una jarra de leche — ¿dos litros? — costaba tres copeks. «Los presos viven en la abundancia» observa el autor. En cambio, en la gubernia de Irkutsk, los precios estaban más altos: una libra de carne costaba diez copeks, de modo que «los presos, simplemente, vivían en la miseria). ¿A que una libra de carne diaria por persona no es lo mismo que medio arenque?
Pero si te han dado pescado, tampoco te negarán el pan, e incluso es posible que te echen un poco de azúcar. Lo peor es cuando se presentan los centinelas y anuncian: hoy no habrá de comer porque no nos han entregado nada para vosotros. Y puede que sea cierto, que de verdad no les hayan entregado nada porque en alguna contabilidad penitenciaria se han olvidado de incluir una cifra en la partida correspondiente; aunque también podría ser que sí hayan recibido la entrega pero que al cuerpo de guardia no le alcance la ración (la verdad es que ellos tampoco van muy bien servidos) y hayan decidido pellizcar el pan. Dar a los presos el medio arenque sin el pan hubiera sido sospechoso.
Naturalmente, tampoco se pretende martirizar a los presos si no se les da después del arenque ni agua hirviendo (eso nunca, por descontado) ni del grifo. Hay que ser comprensivos: la escolta es escasa, unos vigilan el pasillo y otros la entrada del vagón; además en las estaciones deben meterse debajo del coche y encaramarse al techo para cerciorarse de que no hayan abierto algún boquete. Otros limpian las armas, y además en determinados momentos deben atender a la instrucción política y al estudio de las ordenanzas militares. Entretanto, el tercer relevo duerme. Les corresponden ocho horas, pues ya no estamos en guerra.
Además, el agua hay que traerla de lejos, a base de cubos, y llevarlos es indigno: ¿Por qué un soldado soviético habría de acarrear agua como un mulo para un puñado de enemigos del pueblo? A veces, para clasificar los vagones o engancharlos a otro convoy, el vagón-zak está una docena de horas en un apartadero fuera de la estación (oculto a la vista) de modo que hasta la cocina de los soldados se queda sin agua.
Bueno, hay ciertamente una solución: llenar cubos para los zeks en el ténder de la locomotora. Por más que se trate de agua turbia y amarillenta en la que flota el aceite lubricante, se la beben de buen grado; tampoco es que importe mucho, ya que en la penumbra del compartimiento no se ve demasiado, pues no hay ventana ni bombilla, y la única luz viene del pasillo. Pero también hay que tener en cuenta esto: repartir ese agua requiere mucho tiempo, pues los presos no tienen vasos — al que tenía se lo han quitado ya — por lo tanto hay que darles de beber con dos cazos de la administración, y mientras ellos sacian su sed, tú ahí al lado, sacando cazos y escanciando agua, una y otra vez. (Y por si fuera poco, de los presos se emperran en que primero beban los sanos, ¡luego los tuberculosos y por último los sifilíticos! Como si no volviera a empezar todo de nuevo en el compartimiento contiguo: primero los sanos...)
Todo esto lo soportarían aún los de la escolta, acarrearían el agua y la repartirían, si encima esos puercos no pidieran ir al retrete apenas satisfecha su sed. Porque la verdad es que si no les das agua durante veinticuatro horas, no pedirán ir al retrete; si les das una sola vez, también una vez querrán ir al retrete; pero si te compadeces y les das agua dos veces, dos veces querrán salir a orinar. Las cuentas están bien claras: no darles agua y sanseacabó.
Y no es porque les sepa mal que desahoguen el cuerpo ni porque les ensucien el urinario, sino porque es una operación de responsabilidad — uno hasta diría que una operación militar — que moviliza por largo rato al cabo y a dos soldados. Primero hay que colocar dos centinelas: uno ante la puerta del retrete y otro en el extremo opuesto del pasillo (para que no se precipiten hacia allí). Mientras tanto, el cabo abre y cierra sin cesar la puerta del compartimiento, primero para meter al que regresa y luego para dejar salir al siguiente. El reglamento sólo permite dejarlos salir de uno en uno, no vaya a ser que se echen sobre la guardia y se declare un motín. ¡Así resulta que el preso que sale al retrete tiene inmovilizados a los otros treinta de su compartimiento y a los ciento veinte en todo el vagón, eso sin contar al cuerpo de guardia!
Por el camino el cabo y los soldados le azuzan: «¡Venga! ¡Venga! ¡Aprisa! ¡Aprisa!», y el preso se apresura, tropieza, como si se dispusiera a robarle al Estado la luna del retrete. En 1949, en el stalin Moscú-Kúibyshev, Schulz, un alemán cojo que ya comprendía las voces rusas de apremio, cubría el camino de ida y vuelta hasta el retrete saltando sobre su única pierna mientras la guardia se reía a carcajadas y le exigía que saltara más aprisa. En una de estas idas, al llegar a la plataforma del final del pasillo, un centinela lo empujó ante el retrete, y Schulz cayó de bruces. Entonces el soldado, furioso, empezó a darle golpes y Schulz, incapaz de levantarse mientras le seguían pegando, se metió a rastras en el inmundo urinario. El resto de guardias se desternillaba de risa. (147)
Para atajar todo intento de huida durante los segundos pasados en el retrete, y para aligerar, además, la circulación, la puerta no se cierra, de manera que el soldado pueda observar desde fuera el proceso y acuciar al reo: «¡Venga, venga! ¡Ya está bien, basta!». A veces, se trata de una orden previa: «¡Sólo aguas menores!», y en este caso, el centinela no permite nada más. Y naturalmente, uno no se lava las manos jamás: esos depósitos de pared no tienen bastante agua, ni tampoco se dispone de tiempo.
Apenas el preso roza la válvula del agua, ruge el soldado desde la plataforma: «¡Venga ya, no toques, fuera!». (Si alguien guarda en el saco un poco de jabón o una toalla procura no sacarlos por pura vergüenza: ello sería actuar como un panoli.) El retrete rebosa inmundicia. Pero no importa, — ¡rápido, rápido! — el preso vuelve a embutirse en el compartimiento. Con las suelas empapadas de heces líquidas, trepa hacia arriba pisando manos y hombros, hasta que finalmente sus sucios zapatos cuelgan de la tercera litera y gotean sobre la segunda.
Cuando las mujeres hacen sus necesidades, las ordenanzas y el sentido común requieren también que la puerta del retrete permanezca abierta, pero no todos los centinelas se empeñan en ello, los hay permisivos: está bien, de acuerdo, cierre si quiere. (Cuando ya han pasado todas, una de las detenidas debe fregar el retrete y de nuevo habrá un soldado a su vera para que no intente evadirse.)
A pesar de este ritmo trepidante, llevar al retrete a ciento veinte personas requiere más de dos horas, ¡más de la cuarta parte de lo que dura un relevo de tres soldados! ¡Y pese a todo, los presos no se dan por satisfechos! Siempre hay algún vejestorio incontinente que a la media hora ya está lloriqueando y pidiendo que le vuelvan a dejar salir; naturalmente, no se lo permiten y acaba haciéndoselo en el mismo compartimiento, lo que de nuevo trae de cabeza al cabo: ahora habrá que obligarle a recogerlo todo con las manos y a sacarlo fuera.
Conclusión: ¡cuanto menos retrete, mejor! O sea: ¡cuanta menos agua, mejor! Y también poca comida, así no se quejarán de diarrea ni apestarán el aire. ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Si es que ni respirar se puede en el vagón!
¡Cuanta menos agua, mejor! ¡Pero los arenques, tantos como toquen! No dar agua es una medida sensata, pero escatimar el arenque sería una grave falta disciplinaria.
¡Nadie, absolutamente nadie se había propuesto como meta martirizarnos! ¡El proceder de la guardia era del todo sensato! Y sin embargo, estábamos encerrados en una jaula como los primeros cristianos y nos echaban sal en nuestras lenguas laceradas.
La guardia tampoco se habia propuesto como meta (aunque a veces sí) mezclar en un mismo compartimiento a reos del artículo cincuenta y ocho con cofrades del hampa y simples delincuentes: sencillamente, los presos eran muchos, mientras que escaseaban los vagones y los compartimientos, y además, el tiempo apremiaba. ¿Cuándo si no iban a clasificarlos? Con uno de los cuatro compartimientos reservado a las mujeres, si había que clasificar los tres restantes, lo más conveniente era hacerlo por estaciones de destino y agilizar así la descarga.
¿Acaso crucificaron a Cristo entre dos ladrones porque Pilato quisiera humillarlo? Simplemente, era el día reservado a las crucifixiones, Gólgota no había más que uno, y tiempo, poco. Y fue contado entre los malvados. (T107)
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Siento temor de sólo pensar cuánto habría sufrido de encontrarme en la situación de un preso común... Durante el traslado por etapas, tanto los soldados como los oficiales se dirigían a mí y a mis compañeros con atenta cortesía... Como preso político, viajé hasta la penitenciaría con relativa comodidad: en las prisiones de tránsito disfruté de un local aparte, separado del grupo de delincuentes comunes, tuve a mi disposición un carro en el que iban mis cerca de veinte kilos de equipaje...
...No he querido poner comillas en este párrafo para que el lector penetrara mejor en su sentido.
¿Verdad que sin comillas el párrafo resulta chocante? Lo escribió P.F. Yakubóvich en los años noventa del siglo pasado. Ahora que han reeditado el libro para sermonearnos sobre aquellos tiempos tenebrosos, podemos enterarnos de que los presos políticos tenían un cuarto especial hasta en las gabarras, además de una zona especial en cubierta para dar paseos. (Lo mismo que en Resurrección, donde, además, el príncipe Nejliúdov, una persona ajena a la penitenciaría, tiene la posibilidad de visitar a los presos políticos y mantener conversaciones con ellos.) (T108) Y sólo porque en la lista de presos «olvidaron poner frente al apellido Yakubóvich la inscripción "preso político", esa palabra mágica» (así lo escribe el autor), en Ust-Kara fue «recibido por el inspector del penal... como un vulgar delincuente común: con grosería, provocación e insolencia». Por lo demás, el equívoco se solucionó felizmente.
¡Qué tiempos increíbles! ¡Mezclar presos políticos con delincuentes comunes casi les parecía un crimen! A los presos comunes los conducían a pie hasta la estación por el centro de la calzada para público escarnio, pero en cambio los presos políticos podían ir en coche (como el bolchevique Olminski en 1899). A los presos políticos no les daban de comer del caldero común, sino que les pagaban unas dietas que les permitían encargar las comidas en algún figón. El mismo bolchevique Olminski rechazó hasta el rancho del hospital porque le pareció basto. (148) Y en Butyrki un jefe de bloque presentó disculpas a Olminski porque un carcelero le había tuteado: es que aquí, vino a decir, nos llegan muy pocos presos políticos. ¿Cómo iba a saber el carcelero que usted...?
¡Muy pocos presos políticos! ¡En Butyrki! ¿Estaré soñando? ¿Pues dónde los metían? ¡Tanto más que todavía no existían ni la Lubianka ni Lefórtovo!
Rádischev fue conducido con grilletes y como el tiempo era frío le echaron por encima «la repugnante zamarra» de un guardián. Sin embargo, apenas supo esto, Catalina II dispuso que se le quitaran los grilletes y que se le proveyera de todo lo necesario para el viaje. En cambio, en noviembre de 1927, Anna Skrípnikova fue conducida desde Butyrki a Solovki ataviada con un sombrero de paja y ropa estival (llevaba el mismo vestido que cuando la habían detenido ese verano; desde entonces su habitación había quedado precintada y nadie quiso extenderle una autorización para recoger su ropa de abrigo).
Distinguir a los presos políticos de los comunes significa respetarlos como adversarios en pie de igualdad, equivale a reconocer que cualquier persona puede tener opiniones. ¡Así, aunque esté el preso en prisión se siente libre políticamente!
Pero desde el momento en que todos nosotros pasamos a ser «KR» — y a partir de que los socialistas no supieron defender su categoría de «políticos» — no podías esperar sino carcajadas de los presos y el desconcierto de los celadores si se te ocurría protestar pidiendo que a ti, un preso político, te disgregaran de los reos de delito común. «Aquí, comunes lo sois todos», respondían los vigilantes con toda sinceridad.
Esta mezcla, este primer e impresionante encuentro, se produce dentro del «cuervo» o en el vagón-zak. Hasta entonces, por más que te hayan vejado durante la instrucción sumarial, por más que te hayan torturado y oprimido, sabes que todo se debía al trato con los de azul, a quienes no se debe confundir con la humanidad y a quienes hay que ver sólo como unos arrogantes esbirros. En cambio, tus compañeros de celda, aunque sean muy distintos a ti por su cultura y su experiencia, por mucho que discutas con ellos, aunque se chiven cosas sobre ti, forman parte pese a todo de un género humano, ordinario, pecador y cotidiano, entre el que has pasado tu vida.
Cuando te embanastan en el compartimento del stalin crees encontrarte entre compañeros de infortunio, piensas que todos tus enemigos y opresores han quedado al otro lado de las rejas, no esperas encontrarlos también a este lado. Mas de pronto, cuando alzas la cabeza hacia esa escotadura cuadrada troquelada en la litera central, hacia ese único cielo que se abre sobre ti, puedes ver encima de ti tres o cuatro..., ¡no, no diremos rostros!, ¡ni tampoco caras de mono, pues hasta los simios tienen una expresión más apacible e inteligente!, ¡semblantes repulsivos también sería quedarse cortos, puesto que no guardan ninguna semblanza humana! Ves jetas crueles y abyectas que expresan mofa y ruindad. Cada una te observa como la araña al acecho de la mosca. La reja es su telaraña, ¡y tú has caído en ella! Retuercen los morros como si fueran a picarte en un costado. Cuando conversan, sisean, y disfrutan más con este siseo que con el sonido de vocales y consonantes propio del habla. No se asemeja su garla al ruso más que en los sustantivos y las desinencias verbales: es una auténtica jerigonza.
Esos extraños goriloides las más de las veces sólo visten camiseta, pues en el compartimiento el calor es sofocante. Tienen el pescuezo rojizo y nudoso, los hombros musculosos y abultados, el pecho moreno y tatuado. Jamás han experimentado la opresión que provoca la cárcel. ¿Quiénes son? ¿De dónde proceden? Y de repente, ves una cruz colgando de uno de aquellos cuellos, sí, una pequeña cruz de aluminio prendida de un cordel. Esto te impresiona y te causa cierto alivio: entre ellos hay creyentes.
¡Qué conmovedor! ¡Nada terrible ha de sucederte! Pero justo este «creyente» suelta de pronto una sarta de obscenidades mentando la cruz y la fe (para maldecir sí que emplean algo de ruso) y te mete en los ojos dos dedos separados en forma de «V». No es ninguna amenaza, te los está clavando como diciendo: «¡Te voy a sacar los ojos, carroña!». ¡Esta es toda su fe y toda su filosofía! Y si son capaces de aplastarte los ojos como se aplasta una babosa, ¿qué misericordia vas a esperar para ti y para lo que llevas contigo? La cruz se balancea, y tú diriges los ojos — aún no aplastados — hacia esa salvaje mascarada, y todo tu sistema de orientación se resquebraja: ¿Quién de vosotros ya ha perdido el juicio? ¿Quién está a punto de perderlo?
Crujen y se desmoronan en un instante los hábitos de trato humano que has seguido hasta ahora. En toda tu vida anterior — sobre todo antes de tu detención, pero también después e incluso, en parte, durante la instrucción del sumario — has proferido palabras a otros seres humanos y has escuchado palabras de ellos, y estas palabras producían un efecto; con ellas se podía convencer, rechazar o ponerse de acuerdo. Recuerdas diferentes tratos humanos — el ruego, la orden, el agradecimiento —, pero ahora te ves sumido en algo que queda fuera de estas palabras y de estos tratos. Desciende ahora hacia ti un emisario de las jetas. Suele ser un jovenzuelo mal encarado cuya desenvoltura e insolencia lo hacen tres veces más repugnante, y ese aprendiz de demonio desata tu saco y te escamotea los bolsillos, pero no registrando, sino palpando, ¡como si hurgara en sus propios bolsillos! A partir de este instante, nada tuyo es ya tuyo, y tú mismo ya no eres más que un maniquí de gutapercha en el que se han colgado cosas superfluas que están ahí para que te las quiten. Nada puedes explicar con palabras a este diminuto y perverso hurón, ni a las jetas de allá arriba. ¡De nada sirve rechazar, prohibir ni rogar! No son personas, de esto has podido darte cuenta en sólo un minuto. ¡Lo único que vale es emprenderla a golpes!
¡Acometerlos a golpes, sin más demora, sin perder tiempo articulando la lengua! Zurrar a ese niñato o a los energúmenos de arriba.
¿Pero cómo vas a poder darle a los tres estando tú abajo? Y a ese chiquillo, por más que sea un hurón asqueroso, ¿cómo vas a pegarle? ¿No bastaría un leve empujón? Pero tampoco lograrías hacerle a un lado, porque de un mordisco el mocoso te arrancaría las narices en menos que canta un gallo, eso si antes los de arriba no te rompían el cráneo (y además llevan navajas, sólo que no las van a sacar para ensuciarlas contigo).
Miras a tus vecinos, a tus compañeros — ¡Adelante, resistámonos o presentemos una protesta! —, pero todos tus camaradas, todos los del cincuenta y ocho, ya han sido saqueados de uno en uno antes de que tú llegaras y ahora permanecen sumisos y acuclillados. Y aún gracias si desvían los ojos, porque si no es así, te miran con toda naturalidad, como si aquello no se tratara de violencia ni de pillaje, sino tan sólo de un fenómeno de la naturaleza, como la hierba que crece o la lluvia que cae.
¡Y es que, señores, camaradas y hermanos, dejasteis escapar la ocasión! Debierais haber reaccionado y recordado quiénes erais mucho antes, cuando Struzhinski se prendió fuego en su celda de Viatka, y antes aún, cuando os declararon «contrarrevolucionarios».
De modo que dejas que te despojen del abrigo; que palpen tu chaqueta y desgarren — junto con un jirón del forro — un billete de veinte rublos que llevabas cosido; que arrojen tu saco arriba y lo registren. Ahí se queda todo lo que tu sentimental esposa recogió, una vez dictada la sentencia, para tu largo viaje. Y sólo te devuelven el cepillo de dientes, echado dentro del saco...
En los años treinta y cuarenta no todos se sometieron así. No todos, pero desde luego se rajaban noventa y nueve de cada cien. (Me contaron algunos casos, por ejemplo, el de tres hombres sanos y robustos, resueltos a hacer frente juntos a los cofrades, pero no en defensa de la justicia en general, no en defensa de todos los que eran saqueados a su alrededor, sino sólo en defensa de sí mismos. En otras palabras: mantuvieron una neutralidad armada.) ¿Cómo pudieron llegar a esto? ¡Eran hombres! ¡Oficiales! ¡Soldados! ¡Habían combatido en el frente!
Para combatir con arrojo, el hombre ha de estar dispuesto para el combate, esperarlo, comprender su sentido. Mas aquí no se daba ninguna de estas premisas. Un hombre que nunca antes haya estado en contacto con el hampa no cuenta con tener que librar ese combate y — lo que es más importante aún — no ve la necesidad, pues hasta entonces siempre ha creído (equivocadamente) que sus enemigos son sólo los del ros azul. Todavía harán faltan unas cuantas lecciones hasta que comprenda que ver esos pechos tatuados es verles el trasero a los de azul, hasta que se le revele un principio que los galones nunca exponen en voz alta: «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!».
El preso novato desea considerarse preso político, es decir: él está por el pueblo, y con él contra el Estado. Y de pronto, sin esperarlo, empieza a verse cubierto por detrás y por los lados de una roña vivaz, y todas las categorías se mezclan, y las ideas que tuviera tan claras acaban hechas añicos. (Mucho más tarde, el preso recapacita y llega a comprender que esa gentuza va del brazo de los carceleros.)
Para combatir con arrojo, el hombre ha de sentir las espaldas cubiertas, los flancos defendidos y el sostén de la tierra bajo los pies. Mas con los del artículo cincuenta y ocho no se daba ninguna de estas premisas. Después de pasar por una máquina de trinchar como es la instrucción de un sumario político, el hombre queda físicamente aplastado: ha pasado hambre, no ha dormido, se ha helado en los calabozos, ha rodado por los suelos apaleado. ¡Y si sólo fuera el cuerpo! También está quebrado de espíritu. Se le ha inculcado y demostrado que son erradas todas sus opiniones, su conducta durante su vida anterior y su relación con los demás, pues ello le ha causado la perdición. Esa pelota sobada que sale expelida de la sala de máquinas del tribunal, lista para el traslado, no guarda más que ansias de vivir y ni rastro de entendimiento. Aniquilar definitivamente, aislar definitivamente; ésa es la tarea de la instrucción sumarial cuando se trata de encausados por el Artículo 58.
Los condenados deben comprender que la mayor culpa que cometieron en libertad fue intentar, de una forma u otra, comunicarse, unirse unos con otros al margen del secretario del partido, del jefe sindical, de la administración. De este modo, una vez en la cárcel los presos llegan a sentir terror ante cualquier clase de acción colectiva: ya sea presentar una queja a dos voces o firmar en el mismo papel que otro hombre. Disuadidos desde hace tiempo de cualquier idea de asociación, los pseudo-políticos no están ahora dispuestos a unirse en contra de los cofrades. Y mucho menos les pasa por la cabeza procurarse un arma — un cuchillo o una porra — para el vagón o el traslado.
En primer lugar, ¿para qué? ¿Contra quién? En segundo lugar, si la utilizas, puedes verte en un nuevo juicio por el implacable Artículo 58 tras el que te condenarán a muerte. En tercer lugar, ya antes de embarcar, si te encuentran una navaja, te castigarán con más dureza que a un cofrade: en manos de un criminal un cuchillo es simple indisciplina, una tradición, una inconsciencia; si te lo encuentran a ti, es terrorismo.
Por último, casi todos los del artículo 58 son gente pacífica (a menudo, ancianos y enfermos) que toda la vida se las han arreglado con palabras, sin emplear jamás los puños, y ahora no están más dispuestos que antes a recurrir a ellos.
Los cofrades han pasado por otro tipo de instrucción sumarial. Su instrucción se reduce a un par de interrogatorios, un juicio fácil y una condena benigna que ni siquiera cumplen hasta el final: antes los amnistían o se fugan. (149) A los delincuentes comunes nunca se les ha prohibido, incluso durante lo que dura la instrucción, que reciban los paquetes admitidos por la ley, paquetes abundantes comprados por los cofrades en libertad con su parte del botín. No adelgazan, ni un solo día han enflaquecido sus fuerzas, pues como podemos ver durante el traslado, se alimentan a costa de los panolis. (150) Los artículos del Código sobre hurto y pillaje no sólo no les cohiben, sino que son causa de orgullo, y todo jefe con galones o ribetes azules les confirma en ello: «No importa, eres un bandido y un asesino, pero al menos tú no has traicionado a la patria. Eres de los nuestros. Te enmendarás». Los artículos penales sobre robo carecen de punto undécimo, el de la organización.
Y es que a los cofrades no les está prohibida la organización — ¿por qué había de estarlo? ¿Acaso no contribuye a educarlos en el espíritu colectivo, tan indispensable para un miembro de nuestra sociedad? La tenencia de armas es como un juego, no les castigan por ello, respetan su ley («ellos son lo que son»).
Y un nuevo asesinato en la celda no añade años de condena al asesino, al contrario, le ciñe nuevos laureles.
(Todo esto viene de lejos. Marx no reprocha al lumpen del proletariado más que cierta volatilidad y talante inconstante. Pero Stalin siempre sintió atracción por el hampa, ¿quién, si no, desvalijaba bancos para él? (T109) En 1901 sus compañeros de partido y de cárcel ya lo habían acusado de utilizar a delincuentes comunes contra sus adversarios políticos. Y en los años veinte crearía para ellos una benévola expresión: socialmente afines. Andaba en esto también Makarenko: a éstos sí que se les puede enmendar. Según Makarenko, el único foco de criminalidad era la «contrarrevolución encubierta», o sea: esos otros a los que no se puede corregir: ingenieros, sacerdotes, pequeño-burgueses, mencheviques...)
¿Y por qué no habrían de robar, si no hay nadie que les pare los pies? Así ocurre que tres o cuatro granujas bien compenetrados y que no retroceden ante nada tienen a su merced a varias docenas de pseudo-políticos asustados y abatidos.
Con el beneplácito de la autoridad. Con arreglo a la Doctrina Progresista.
Y si las víctimas no se defienden a puñetazos, ¿por qué al menos no intentan quejarse? A fin de cuentas, desde el pasillo se oye todo y justo ahora pasa sin prisa un soldado al otro lado de la reja.
En efecto, la pregunta no es baladí. Se oye hasta el menor ruido, se percibe cada gemido de queja y siempre hay un soldado recorriendo el pasillo, ¿pero por qué no interviene? A un metro suyo, en un compartimiento oscuro como una gruta, están robando a un hombre, ¿por qué, pues, no interviene este guerrero, defensa del Estado?
Pues por todo cuanto llevamos dicho hasta ahora. También él ha sido adoctrinado.
Es más: tras tantos años de tomar partido por los rateros, el soldado ha acabado simpatizando con ellos. El centinela se ha convertido, él mismo, en ladrón.
Entre mediados de los años treinta y mediados de los cuarenta, en esa década del más flagrante desenfreno de los bajos fondos y de máxima opresión contra los presos políticos, no hay quien recuerde un solo caso en el que un centinela impidiera a un cofrade desvalijar a un preso político en la celda, en el vagón o dentro del «cuervo». Pero en cambio sí pueden oírse numerosos casos en que un soldado ha aceptado de los ladrones enseres robados a cambio de vodka, viandas (más apetitosas que el rancho) o tabaco. Son ejemplos ya antológicos.
¿Y es que acaso son muchas las posesiones de un sargento de guardia?: el arma, un capote arrollado en bandolera, la fiambrera y su rancho de soldado. Sería cruel exigirle que escoltara a un enemigo del pueblo ataviado con pelliza cara y zapatos de charol, o quién sabe si incluso con una arroba (es decir, un saco) a cuestas llena de trastos caros traídos de la ciudad, y encima pedirle que se conforme con esta desigualdad. ¿O es que no es una forma de lucha de clases despojarlo de tanto lujo? ¿Es que acaso hay alguna norma escrita?
En 1945-1946, cuando nos llegaban los presos, no de cualquier parte, sino ¡de Europa!, presos que vestían y llevaban en sus sacos artículos europeos nunca vistos hasta entonces, no pudieron resistir la tentación ni los propios oficiales de guardia. Por razón del servicio se habían librado de combatir en el frente, pero al acabar la guerra eso significaba también que estaban lejos del botín. ¿Acaso era aquello justo?
Así pues, no era por casualidad, ni por premura, ni por falta de espacio, sino sólo por codicia, el que la guardia decidiera mezclar a la cofradía con los presos políticos en cada compartimiento del vagónzak a su cargo. Y los cofrades nunca les defraudaban: dejaban limpios a los castores (151) y todo iba a parar a las maletas de los centinelas.
¿Pero qué hacer cuando el vagón iba repleto de «castores», el tren ya se había puesto en marcha y no había ni un solo ladrón a mano, ni podía contarse con que lo hubiera, ya que aquel día no había estaciones que los expidieran? También se dieron casos de éstos.
En 1947 llevaban a un grupo de extranjeros de Moscú a Vladímir para cumplir condena en la Central de dicha localidad. Los extranjeros llevaban objetos de valor, según quedó claro apenas abiertas las maletas. Visto esto, la propia escolta emprendió una requisa sistemática de objetos y, para que no se les escapara nada, pusieron a los presos totalmente desnudos en el suelo del vagón, cerca del retrete, mientras ellos registraban y confiscaban. Pero la guardia no reparó en que no los estaban conduciendo a un campo penitenciario cualquiera, sino a una cárcel de verdad. Nada más llegar, L.A. Kornéyev presentó una queja por escrito denunciando lo ocurrido. Dieron con la escolta y la sometieron a un registro. Parte de los objetos aún no había desaparecido y fue devuelta a sus propietarios, y por todo lo que no reapareció se indemnizó a los presos en metálico. Según se decía, a los centinelas les impusieron penas de diez a quince años, aunque de todos modos, es imposible verificarlo. Y aún así, las condenas por robo no suelen cumplirse íntegramente.
De todos modos, ése había sido un caso excepcional. Si el jefe de la escolta hubiera sabido dominar a tiempo su codicia, habría comprendido que no le convenía meterse en semejante brete. Veamos ahora un caso más sencillo, tan simple que cabe esperar que hasta fuera corriente. En agosto de 1945 en el vagón-zak Moscú-Novosibirsk (en el que trasladaron a A. Suzi) tampoco había rateros a mano. De todos modos, como tenían por delante un largo trayecto — en vista de lo lentos que iban los trenes de entonces — el jefe de la escolta pudo elegir sin precipitarse el momento más oportuno para llevar a cabo un registro.
Los arrestados debían salir al corredor de uno en uno con sus enseres personales. Siguiendo el reglamento de prisiones cada uno debía desnudarse, pero el verdadero sentido del registro no era encontrar cuchillos u objetos prohibidos, ya que los presos volvían de inmediato a su atiborrada celda, donde los otros podían perfectamente haberles guardado todo lo que quisieran. El verdadero objeto del registro era escudriñar sus enseres personales, tanto los que llevaba encima como los de los sacos. El jefe de la escolta, un oficial, y su ayudante, un sargento, permanecieron altivos e imperturbables al lado mismo de los sacos durante el largo registro sin mostrar asomo de aburrimiento. Su pecadora codicia pugnaba por manifestarse, pero el oficial la ocultaba bajo una fingida indiferencia. Era la misma situación que la de un viejo carcamal que se come a las muchachas con los ojos pero que se siente intimidado por los presentes — y también por las propias muchachas — y no sabe cómo comportarse. ¡Qué bien le habrían venido unos cuantos ladrones! Mas, ¡ay!, no los había en ese traslado.
Ladrones no habría, pero sí hombres a los que ya había rozado e infectado el hálito de la cárcel. Ya se sabe, el ejemplo de los ladrones es aleccionador y predispone a la imitación: demuestra que existe una manera fácil de darse la buena vida en prisión.
En uno de los compartimientos viajaban dos ex oficiales, Sanin (de la Marina) y Merezhkov. Ambos eran condenados por el Artículo 58, pero eso no impedía que se hubieran adaptado ya al medio. Con el apoyo de Merezhkov, Sanin se había autoproclamado síndico electo del compartimiento y, por mediación de un soldado, pidió ser recibido por el jefe de la guardia (había sabido descifrar su actitud altiva: ¡no era más que necesidad de conchabarse con alguien!). Fue un hecho insólito, pero a Sanin lo llamaron y en alguna parte tuvo lugar la entrevista. Siguiendo el ejemplo de Sanin, uno de otro compartimiento pidió una entrevista. Y también fue recibido.
Por la mañana dieron a los detenidos, no los quinientos cincuenta gramos de pan que en aquella época era la ración normal durante un traslado, sino doscientos cincuenta.
Cuando distribuyeron las raciones empezó a oírse un ligero murmullo. Fue sólo un murmullo, porque aquellos presos políticos temían las «acciones colectivas» y no movieron un dedo. Sólo hubo uno que preguntó en voz alta al que hacía el reparto:
— ¡Ciudadano jefe! ¿Cuánto pesa esta ración?
— ¡Pesa lo establecido! — le respondieron.
— ¡Exijo que me la vuelvan a pesar, o de lo contrario me negaré a aceptarla! — anunció el temerario con voz fuerte.
El vagón entero contuvo la respiración. Muchos no tocaron sus raciones con la esperanza de que también se las volvieran a pesar. Apareció entonces el oficial, ese dechado de pureza. Todos guardaban silencio, con lo cual sus palabras resonaron aún más rotundas y categóricas:
— ¿Quién se ha levantado aquí contra el régimen soviético? Se quedaron todos de piedra. (Me replicarán que es una técnica habitual, que también entre los libres cualquier jefe puede hacerse pasar por el «régimen soviético» y a ver quién se lo discute. Pero hay una diferencia: aquí era mucho más amedrentador, porque se trataba de gente aterrorizada a la que acababan de condenar por actividades antisoviéticas.)
— ¿Quién es el que ha organizado este motín por lo del pan? — no cejaba el oficial.
— Ciudadano teniente, yo sólo quería... — empezaba ya a disculparse el alborotador, ahora ya el único culpable de todo.
— ¿Conque eres tú, bastardo? ¿Conque no te gusta el régimen soviético?
(¿Y para qué sublevarse? ¿Para qué discutir? ¿No hubiera sido más fácil comerse la ración aunque la hubieran pellizcado, aguantarse y tener la boca cerrada? Ahora, en cambio, ya estaba armada...)
— ...¡Carroña apestosa! ¡Contra! ¡Debían haberte colgado, y aún pides que te pesen la ración! ¡Rata! ¡El régimen soviético te da de comer y de beber, ¿y todavía no estás contento?! ¿Sabes lo que te has ganado por esto? — Orden a los soldados —: ¡Lleváoslo! — Retumba la cerradura —. ¡Sal con las manos atrás! — Y se llevan al infeliz —. ¿Quién más tiene queja? ¿Quién más quiere que le pesen el pan?
(¡Como si hubiera forma de demostrar algo! Como si hubiera donde quejarte de que sólo te han dado doscientos cincuenta gramos y te fueran a creer a ti y no al teniente que insiste en que había quinientos cincuenta.)
Gato escaldado del agua fría huye. Los demás se dieron todos por satisfechos, y así se impuso aquella ración de castigo para todos los días del largo viaje. Tampoco les dieron azúcar, ¡se lo quedaba la escolta!
(Ocurría esto en el verano de las dos grandes victorias — contra Alemania y contra el Japón — que engrandecen la historia de nuestra patria y que estudiarán nuestros nietos y biznietos.)
Pasaron hambre el primer día, pero al segundo día de lo mismo empezaron a espabilar. Sanin dijo a los de su compartimiento: «Mirad amigos, si seguimos así estamos perdidos. A ver, si alguien tiene objetos de valor que me los dé yo los cambio y traigo de comer». Con toda desfachatez se puso a aceptar y rechazar piezas (aunque no todos estaban dispuestos a entregarlas, ¡cualquiera diría que os estoy obligando!). Luego pidió permiso para salir en compañía de Merezhkov y, cosa curiosa, la escolta les abrió la puerta. Se presentaron con el botín en el compartimiento de la guardia y volvieron con unas hogazas de pan rebanado y tabaco barato. Eran los siete kilos de pan que habían escamoteado a diario a los del compartimiento, sólo que ahora no se repartirían a todos por igual sino únicamente a los que habían entregado algún objeto.
Y era perfectamente justo: ¿o no habían dicho todos estar satisfechos con la ración pellizcada? Y era justo también, porque los objetos algo valían y era menester pagar por ellos. Y también era justo desde una perspectiva más remota: eran objetos demasiado buenos para tenerlos en un campo penitenciario y de todos modos acabarían siendo requisados o robados.
El tabaco era el de la escolta. Los soldados estaban compartiendo las preciadas briznas con los presos y también esto era justo, pues ellos se estaban zampando el pan de los presos y echaban al té su azúcar, demasiado bueno para dárselo a los enemigos del pueblo. Por último, también era de justicia que Sanin y Merezhkov, aunque no se hubieran desprendido de nada, se quedaran con la parte del león, pues sin ellos no habría sido posible el trueque.
Sentados y hacinados en la penumbra, ahora unos masticaban unos mendrugos que pertenecían a sus vecinos, mientras éstos debían contentarse con mirar. La guardia no les daba lumbre uno a uno, porque sólo se podía fumar — todos a la vez — cada dos horas, y entonces el vagón quedaba envuelto en humo como si se hubiera calado fuego. Los que no habían querido desprenderse de sus enseres ahora lamentaban no haberlos entregado y le rogaban a Sanin que los aceptara, pero éste les respondía secamente: «Más tarde».
Esta operación no se habría desarrollado tan bien, no habría tenido un remate tan perfecto, de no ser por la lentitud de aquellos trenes de posguerra, por aquellos vagones-zak que se enganchaban y desenganchaban de los trenes y que sufrían largas paradas en las estaciones. Por otra parte, de no haber sido en la posguerra, no habría habido objetos que codiciar. Estuvieron una semana para llegar a Kúibyshev y en todo ese tiempo no recibieron del Estado más que doscientos cincuenta gramos de pan (que, bien mirado, era el doble de la ración establecida durante el cerco de Leningrado), vobla seca y agua. El resto de la ración de pan había que comprarla con lo que uno tuviera. Bien pronto la oferta superó a la demanda y el cuerpo de guardia empezó a hacerle cada vez más ascos a los objetos. La escolta se había vuelto más caprichosa...
En la prisión de tránsito de Kúibyshev los desembarcaron, los llevaron a lavar y los devolvieron al mismo tren y al mismo vagón. Esta vez la escolta era nueva, pero era obvio que al tomar el relevo les habían explicado cómo hacerse con los objetos de valor, porque hubo que seguir pagando la propia ración hasta Novosibirsk. (Es fácil imaginar con qué rapidez se propagó esta práctica contagiosa por todas las divisiones de vigilancia.)
Al llegar a Novosibirsk los desembarcaron entre las vías y acto seguido apareció un nuevo oficial, quien les preguntó: «¿Hay quejas contra la escolta?». Todos se quedaron con un palmo de narices. Ninguno respondió.
El cálculo del primer jefe de escolta había sido certero.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Los viajeros del vagón-zak se distinguen también del común de pasajeros que ocupa el resto del tren en que desconocen adonde va el convoy y en qué estación se apearán: y es que no llevan billete ni pueden leer los horarios que cuelgan en los vagones. En Moscú los embarcan tan lejos del andén que a veces ni los propios moscovitas se hacen idea de cuál de las ocho estaciones es aquélla. Los presos aguardan horas soportando apreturas y hedor a que llegue la locomotora de maniobras. Y cuando llega, engancha el vagón-zak a un tren ya formado. En verano llega hasta los presos la megafonía de la estación: «El Moscú-Ufa va a efectuar su salida por la tres... El Moscú-Tashkent continúa estacionado en la vía uno. Los pasajeros con destino...». Por tanto, se trata de la estación de Kazan, e inmediatamente los entendidos en la geografía y los caminos del Archipiélago explican a sus compañeros: Vorkutá y el Pechora quedan descartados, pues hacia allá se sale de la estación de Yaroslavl; también podemos descartar los campos de Kírov y de Gorki.
Así se cubren de cizaña los frutos de la gloria. ¿Y si en realidad fuera cizaña? Porque a decir verdad no hay ningún campo penitenciario que se llame «Pushkin», «Gógol» o «Tolstói», ¡pero cuántos no habrá que se llamen «Gorki»! E independientemente del sistema de campos existen además unas minas penitenciarias llamadas «Maxim Gorki» (a 40 km de Elguen). Sí, Alexéi Maximich... «por vuestro corazón, camarada, y en vuestro nombre...». «Si el enemigo no se rinde...» Bastan unas palabritas fuera de lugar, y en un abrir y cerrar de ojos... tu nombre traspasa los límites de la literatura... (T110)
También sabemos que desde Moscú nunca se expiden presos a Bielorrusia, Ucrania o al Cáucaso, porque en esos lugares ya no saben dónde meter a los suyos. Continuamos escuchando. El tren de Ufa ha salido ya, pero el nuestro ni se ha movido. Ha partido también el de Tashkent y nosotros seguimos donde antes. «En breves momentos el tren Moscú-Novosibirsk... Se ruega a los acompañantes... los billetes de los pasajeros...» Y el tren da una sacudida. ¡Es el nuestro! ¿Y qué certeza nos da esto? De momento ninguna, porque pueden hacernos bajar en el curso medio del Volga o el sur de los Urales. Puede que nos lleven a Kazajstán, donde las minas de cobre de Dzhezkazgán. Puede ser Taishet, con su fábrica de impregnación de traviesas ferroviarias (donde, según dicen, la creosota acaba filtrándose a través de la piel para depositarse en los huesos, mientras los vapores saturan los pulmones hasta la muerte). También tenemos como posible destino toda Siberia, hasta Soviétskaya Gaván. Y también Kolymá. Y Norilsk.
Si es invierno, el vagón permanece cerrado y no pueden oírse los altavoces. Si la escolta se atiene a las ordenanzas, será imposible oírles ni una alusión a la ruta. Así pues, emprendemos la marcha, nos dormimos entre cuerpos entrelazados, bajo el golpeteo de las ruedas sin saber si a la mañana siguiente veremos bosques o bien estepa por la ventanilla, la del pasillo, naturalmente. Desde las literas centrales — a través de la reja, del pasillo, del doble cristal y de la reja exterior — se ven, pese a todo, los patios de vías de las estaciones y el trozo de espacio que corre junto al tren. Si los cristales no están empañados, a veces hasta es posible leer el rótulo de alguna estación: nombres como Avsiutino o Undol. ¿Por dónde queda esto? Nadie del compartimiento ha oído hablar de estos parajes. Otras veces es posible calcular por el sol si nos llevan hacia el norte o al este. Otras, en una estación cualquiera — Tufanovo, pongamos por caso — meten en el compartimiento a un delincuente astroso, y éste explica que lo llevan a juicio a Danílov y que teme que le echen un par de años. Sabes así que esta noche habéis pasado Yaroslavl y que, por tanto, la primera prisión de tránsito que encontraréis será la de Vólogda. Y siempre habrá en tu compartimiento alguno que ya se conoce el paño y que pronunciará con sombría expresión el célebre dicho, marcando las oes muy abiertas: «¡En Vólogda, pocas bromas con la escolta!».
Pero aun después de haber averiguado la dirección seguís sin saber nada: en adelante habrá prisiones y más prisiones de tránsito, como nudos en tu camino, y en cualquiera te pueden bifurcar. No sientes deseo alguno de ir a parar a Ujtá, Intá, o Vorkutá, ¿pero es que acaso te crees que el campo de construcción n° 501 va a ser más placentero? ¿Un ferrocarril que atraviesa la tundra por el norte de Siberia? Pues vete enterando de que es mucho peor que todos los demás destinos juntos.
Unos cinco años después de la guerra, cuando las riadas de detenidos finalmente volvieron a su cauce (o tal vez fuera que el MVD amplió su plantilla), pudo ponerse orden a los millones de rimeros con causas acumulados en el Ministerio. A partir de entonces comenzó a expedirse a cada preso con su expediente penitenciario en un sobre lacrado con una ventanita que permitía a la escolta ver únicamente su itinerario. (No era conveniente que la guardia conociera más detalles, ya que el contenido del expediente podría haber ejercido una influencia perniciosa.) Así pues, si ocupabas la litera central y el sargento se detenía precisamente a tu lado, si eras capaz de leer cabeza abajo, era posible ingeniárselas para leer que a Fulano lo llevaban a Kniazh-Pogost, y a ti a Kargopol-lag.
¡Ahora es cuando empieza la desazón! ¿Qué es eso de Kargopol-lag? ¿Quién ha oído hablar de ese sitio? ¿En que consistirán ahí los trabajos comunes? (Los hay que matan, pero en otros campos son más suaves.) ¿Sería uno de esos campos de los que ya jamás se vuelve?
¿Y por qué, por qué con las prisas de la partida habré olvidado advertir a la familia, que aún se cree que estoy en el campo de Stalinogorsk, cerca de Tula? Si son grandes tu ingenio y tu quebranto, es posible que también encuentres solución a este problema: alguno habrá que tenga un pedazo de mina de lápiz — con un centímetro basta — y algún otro que te dé un papelucho estrujado. Procurando que no se entere el soldado del pasillo (porque además no está permitido tenderse con los pies hacia la puerta, sino que hay que estar con la cabeza contra el pasillo), te retuerces y te vuelves de espalda, y escribes a la familia entre sacudidas del vagón. Les cuentas que inesperadamente te han sacado del lugar donde estabas y que te trasladan, que en el nuevo lugar quizá sólo te dejen enviar una carta al año, que vayan haciéndose a la idea. Pliegas la carta en forma de triángulo (T111) y te la escondes para escamotearla cuando os lleven al urinario. Será cuestión de suerte: bien puede ser que os saquen al retrete al entrar en una estación o saliendo de ella, o que de pronto el centinela que hay en la entrada del vagón esté pensando en las musarañas. Entonces habrá que pisar rápidamente el pedal para que se abra el agujero por donde baja toda la porquería y, haciendo sombra con el cuerpo, arrojar tu mensaje. La carta quedará sucia y mojada, pero puede que salte hacia fuera y caiga entre las vías. Incluso puede que caiga seca y que el tiro de aire bajo el vagón la haga revolotear hasta caer bajo las ruedas, aunque también puede que las evite y se pose suavemente en el declive del terraplén. Puede que permanezca allí hasta que lleguen las lluvias o las nieves, hasta que desaparezca, pero también puede ser que la recoja una mano humana. Y si aquel hombre no tiene la cabeza llena de ideología, repasará la dirección completando las letras o meterá tu mensaje en un sobre y entonces tu carta —¡figúrate!— llegará a destino. A veces han llegado cartas así, sin franqueo, ajadas, descoloridas, estrujadas, mas claramente salpicadas de sufrimiento...
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Más te valdría dejar cuanto antes de ser un panoli, un ridículo novato, víctima y presa. Porque de cada cien veces, noventa y cinco la carta no llega a destino. Y en caso de que llegue, no será alegría lo que traiga a tu casa. ¡Se acabó el medir tu vida, tu respiración por horas y días! ¡En el país donde acabas de entrar todas las dimensiones son épicas! Entre el momento en que uno entra y hasta que sale transcurren décadas, cuartos de siglo. ¡Jamás volverás a tu mundo anterior! Cuanto antes te acostumbres a estar sin los tuyos, y ellos sin ti, tanto mejor. Tanto más fácil será.
Poseed cuantas menos cosas mejor y no tendréis que temblar por ellas. No tengáis maleta, y los guardias no podrán destrozárosla al entrar en el vagón (cuando en un compartimiento van veinticinco personas, ¿se le ocurriría a usted algo mejor?). No llevéis botas nuevas ni zapatos de moda, y menos todavía un traje de lana, porque en el vagón-zak, en el cuervo o nada más entrar en la prisión de tránsito os los robarán de todos modos, o si no os los requisarán, escamotearan o cambiarán. Si los entregas sin resistencia, la humillación te envenenará el alma. Si te los quitan con lucha, acabarás con la boca ensangrentada por aferrarte a tus bienes. Bien sé que os resultan repulsivas esas jetas insolentes, esas mañas burlonas, esos adefesios de dos patas, ¿pero no os parece que la posesión de bienes y el temor a perderlos os privan de una oportunidad excepcional para observar y comprender? ¿O es que creéis que los filibusteros, los piratas, los grandes capitanes cantados por Kipling y Gumiliov, no eran malhechores como éstos? Pues sabed que eran de la misma especie... Y si en los cuadros románticos siempre os han parecido seductores, ¿por qué han de pareceros aquí repulsivos?
También hay que comprenderlos a ellos. La prisión es su único hogar. Por más que el régimen los mime, por más que atenúe sus sentencias, por más que los amnistíe, su hado interno los hace volver una y otra vez... ¿Acaso no les correspondía, pues, decir la primera palabra en la legislación del Archipiélago? Si fuera de la cárcel hubo un tiempo en que se persiguió — con mucho éxito — el derecho a la propiedad (después, a los propios abolicionistas les entró el gusto por poseer). ¿Por qué habría de tolerarse ese derecho entre rejas? Si estás en babia, si no te comes a tiempo tu tocino, si no has querido compartir con los amigos el azúcar y el tabaco, vendrán los cofrades a vaciar lo que guardes en la arroba y así corregir tu falta de ética. Cuando te dan unos míseros y desgastados zapatos por troca de tus botas de moda, un grasiento jubón a cambio de tu jersey, no es porque quieran quedarse con tus pertenencias para siempre: tus botas servirán para perderlas y ganarlas a las cartas cinco veces, y tu jersey lo colocarán mañana por un litro de vodka y una ristra de salchichas. Veinticuatro horas después ya no tendrán nada, lo mismo que tú. Es el segundo principio de la termodinámica: la diferencia entre niveles debe quedar compensada.
¡No poseáis! ¡No poseáis nada! — nos enseñaron Buda y Cristo, los estoicos y los cínicos. ¿Por qué no alcanzamos a entender, en nuestra codicia, esta sencilla admonición? ¿Por qué no comprendemos que las posesiones corrompen nuestras almas?
Deja, pues, que el arenque se caliente en tu bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, así no tendrás que mendigar agua aquí. Y si dan ración de pan y azúcar para dos días, cómetelos de una sola vez. Entonces, nadie podrá robártelos y no tendrás preocupaciones. ¡Vivid como las aves del cielo!
Debes poseer sólo cuanto puedas llevar siempre contigo: tu conocimiento de lenguas y de países, tu conocimiento de los hombres. Que tu memoria sea tu hato de viaje. ¡Recuérdalo todo! ¡Recuerda! Estas amargas semillas son las únicas que quizás algún día germinen.
Mira en torno tuyo: estás rodeado de seres humanos. Quizá más adelante recordarás a uno de ellos durante toda tu vida y te comerás las uñas por no haberle hecho preguntas. Cuanto menos hables, más escucharás. Las vidas humanas se extienden como finas hebras de isla en isla del Archipiélago. Se entremezclan, se rozan unas a otras por espacio de una noche en vagones semioscuros y bamboleantes como éste, y luego se separan para siempre. Aplica, pues, el oído a su leve susurro y a ese traqueteo regular, porque es el huso de la vida lo que repiquea bajo el vagón.
¡Cuántas historias prodigiosas no oirás aquí!, ¡cuántos relatos que te harán reír!
Por ejemplo, ese francés menudo e inquieto junto a las rejas. ¿Por qué está tan agitado? ¿De qué se asombra todavía? ¿Qué es lo que aún le queda por aprender? ¡Expliquémosle! Y de paso, preguntémosle cómo es que está aquí. Gracias a uno que conoce su idioma, podemos saber que se llama Max Santerre y que es un soldado francés. Cuando estaba en libertad, en su douce France, era igualmente vivaz y curioso. Se lo habían advertido con educación, pero él no dejaba de merodear junto al punto en que concentraban a los rusos que iban a repatriar. Un buen día los soviéticos lo invitaron a echar un trago, y a partir de un determinado momento ya no recordaba nada. Cuando despertó estaba echado en el piso de un avión, vio que ahora vestía pantalones y guerrera del Ejército Rojo, y que por encima de su cabeza pendían las botas de un soldado. Le comunicaron entonces que lo habían condenado a diez años de campo penitenciario, ¿se trataría de una broma pesada, sin duda se aclararía todo? ¡Oh sí, claro que lo aclararán, amiguito, tú espera y verás! (Aún le esperaba otro juicio, por el que le cayeron veinticinco años más de campo; no saldría de Ozior-lag hasta 1957.) En fin, casos como éste no tenían nada de extraordinario en 1945-1946.
Visto este argumento franco-ruso, pasemos ahora a uno ruso-francés. Bueno, aunque quizá sea una historia genuinamente rusa, porque ¿a quién, si no un ruso, puede aplicársele mejor aquello de «días de mucho, vísperas de nada»? En todas las épocas ha habido en Rusia gente así, personas que no encuentran su sitio, como el desterrado Ménshikov en su isba de Beriózov, pintado por Súrikov. De ésos era precisamente Iván Koverchenko, un hombre que no cabía en ningún sitio, a pesar de que era enjuto y más bien tirando a bajito. Y como encima era un fortachón de rostro sanote y colorado — leche y sangre, que decimos en ruso —, el diablo decidió añadir aguardiente a la mezcla.
Koverchenko contaba su historia con sumo gusto y hasta se le escapaba la risa. Relatos así son verdaderos tesoros, merece la pena escucharlos. Claro que, al principio no había quien entendiera por qué lo habían arrestado y cuál era la razón por la que se le consideraba preso político. Pero es que no hay que obsesionarse en sacar brillo a la categoría de «político». ¡Ni que fuera una medalla! ¿No da lo mismo con qué rastrillo te hayan cogido? Como todo el mundo sabe, eran los alemanes, y no nosotros, quienes se preparaban en secreto para la guerra química. Por ello resultó muy embarazoso descubrir que por culpa de unos soldados manazas del servicio de avituallamiento habíamos dejado montones de bombas químicas en un aeródromo cuando nos retiramos del Kubán. Aquello podía servir a los alemanes para provocar un escándalo internacional. Fue entonces cuando al teniente Koverchenko, natural de Krasnodar, le asignaron veinte paracaidistas y lo lanzaron al otro lado de las líneas alemanas para que enterrara aquellas bombas tan perniciosas. (Los oyentes de Koverchenko han adivinado ya el resto y no reprimen un bostezo: total, que los alemanes lo hicieron prisionero y ahora es un traidor a la patria. ¡Y un cuerno!) Koverchenko cumplió su misión a las mil maravillas, volvió cruzando el frente con sus veinte hombres sin sufrir una sola baja y fue propuesto para la estrella de Héroe de la Unión Soviética.
Pero una cosa es que te propongan para una medalla y otra el proceso de nominación, que puede alargarse un mes o dos, ¿y si resulta que el título de héroe también te viene estrecho? Porque el título de «héroe» se lo dan a los buenos chicos, a los que sobresalen en preparación militar y política, ¿pero qué pasa si a uno le arde el alma, necesita un trago inmediatamente, pero no hay nada que meterse entre pecho y espalda? Yo, nada menos que un héroe de toda la Unión Soviética..., ¿y a estos cerdos les duele darme otro litro de vodka? Así que Iván Koverchenko montó su caballo y — desde luego, sin haber oído nunca hablar de un tal Calígula — se subió con él por la escalera hasta el primer piso, al despacho del comandante militar de la ciudad, o algo por el estilo: ¡A ver, un vale para vodka! (El se creía que aquello le daba empaque, que era más al estilo de un héroe y que así no habría quien le dijera que no.) ¿O sea que por eso lo encerraron? ¡Qué va! No, por esto sólo le rebajaron la condecoración: la medalla de héroe se quedó en una orden de la Bandera Roja.
Koverchenko era un bebedor empedernido, pero como no siempre había con qué mojarse el gaznate, no quedaba más remedio que estrujarse el magín. En Polonia había impedido que los alemanes volaran un puente, y desde ese momento se sintió como si aquel puente fuera propiedad suya. Así que decidió exigir a los polacos un peaje, tanto si iban a pie como en coche, y pensaba cobrarles hasta que llegara nuestro Alto Mando: ¡Si no fuera por mí, aquí ya no habría puente, piojosos! Veinticuatro horas les estuvo cobrando (para gastárselo en vodka) hasta que se cansó. ¡No iba a pasarse allí la vida entera! Entonces, el capitán Koverchenko propuso a los lugareños de ambas orillas una solución ecuánime: que le compraran el puente. (¡Ah, pues por esto lo trincaron! ¡Nooo!) Y no es que pidiera mucho, pero los polacos se mostraron tacaños y no juntaron el dinero. Entonces, nuestro Pan capitán (T112) dejó correr el asunto: ¿conque sí?, pues al demonio, podéis cruzar gratis.
En 1949 estaba en Polotsk de jefe de Estado mayor de un regimiento de paracaidistas. La sección política de la división estaba muy descontenta con el comandante Koverchenko, porque se cagaba en la educación política. Un día pidió una copia de su hoja de servicios para solicitar el ingreso en la Academia, pero cuando se la dieron y le echó un vistazo, la arrojó furioso sobre la mesa: «¡Pues vaya hoja de servicios! ¡Con esto más vale que me meta en los banderistas antes que en la Academia!». (¿Entonces fue por esto? Por esto podían echarle diez años tranquilamente, pero no llegó la sangre al río.)
Hay que añadir, sin embargo, que se había saltado las ordenanzas dándole permiso a un soldado. Y que estando borracho había cogido un camión y lo había hecho trizas. Y entonces sí que le cayeron diez... días en el trullo. Por lo demás, los centinelas eran sus propios soldados y como lo llevaban en palmitas, lo soltaban para que se diera una vuelta por el pueblo. Es decir: que habría soportado el calabozo sin problemas, ¡pero ahora la sección política empezaba a andarle detrás amenazándole con un juicio! Esta amenaza dejó estupefacto a Koverchenko y le sentó como un agravio: O sea, que cuando hay que enterrar bombas «Venga Iván, salta del avión». ¿Y ahora por una mierda de camioneta, a la trena? De noche se deslizó por la ventana, llegó hasta la orilla del Dvina, donde sabía que un amigo escondía una motora, y se esfumó.
Resultó que no era un curda desmemoriado, ¡qué va!. Quería vengarse de todos los disgustos que le había ocasionado la sección política. En Lituania abandonó la lancha y pidió a los lugareños: «¡Hermanos, conducidme hasta la guerrilla! ¡Aceptadme, no os arrepentiréis, les vamos a enseñar lo que es bueno». Pero los lituanos creyeron que lo mandaban los rusos.
Iván llevaba una carta de crédito cosida a la ropa. Tomó billete para el Kubán, pero para cuando el tren había llegado a Moscú, había cogido una gran borrachera en el vagón restaurante. Salió de la estación y, entornando los ojos en dirección a la ciudad le ordenó a un taxista: «¡Venga, a la embajada!».
«¿A cuál?» «La que te parezca, ¡qué coño!» El chófer obedeció. «¿Y ésta cuál es?» «La francesa» «¡Pues hala!» Es posible que tuviera las ideas confusas o que ya no albergara esa primera intención de ir a una embajada, pero en todo caso, su maña y su fuerza no habían menguado un ápice. En silencio, para no alertar al policía de la puerta dio un rodeo por el callejón y saltó por el muro liso, el doble de alto que él.
En el patio de la embajada todo resultó más fácil: nadie lo vio, nadie le dio el alto. Iván entró en el edificio, atravesó una habitación, luego otra, y llegó hasta una mesa servida. Aunque en ella había de todo, lo que más le llamó la atención fueron las peras, que ya echaba de menos, y se llenó con ellas los bolsillos de los pantalones y de la guerrera. Entonces entraron a cenar los dueños de la casa. «¡Eh, franceses!», los acometió Koverchenko, a gritos. Le vino a la cabeza que Francia no había hecho nada bueno en los últimos cien años. «¿Por qué no hacéis una revolución? ¿O es que os habéis propuesto darle el poder a De Gaulle? ¡Como si en el Kubán no tuviéramos nada mejor que aprovisionaros de trigo! ¡Pues os equivocáis de medio a medio!» «¿Pero quién es usted? ¿De dónde ha salido?», le preguntaron estupefactos los franceses. Adoptando inmediatamente el tono adecuado, a Koverchenko se le ocurrió decir: «Soy un comandante del MGB». Los franceses se alarmaron: «Aun así, usted no debería irrumpir aquí. ¿Qué asunto le trae?». «Me c... en tus muertos», respondió Koverchenko, ya sin ambages, con toda su alma. Y todavía estuvo haciéndose el gallito un rato ante ellos, pero observó que en la estancia contigua ya había alguien al teléfono dando parte sobre él. Aún tuvo sangre fría para emprender la retirada, ¡pero entonces empezaron a caerle peras de los bolsillos! — y salió dejando tras de sí unas carcajadas humillantes...
De hecho, aún le quedaron fuerzas no sólo para irse de rositas de la embajada, sino para seguir haciendo de las suyas. A la mañana siguiente despertó en la estación de Kiev (T113) (¡Y no me diga usted que no se dirigía a la Ucrania occidental!), donde no tardaron en echarle el guante.
Durante la instrucción del sumario estuvo atizándole Aba-kúmov en persona y las cicatrices de la espalda se le hincharon hasta alcanzar el grueso de una mano. Las palizas del ministro no eran por lo de las peras, como es natural, ni tampoco por el justo reproche lanzado a los franceses, sino para que cantara quién le había reclutado y cuándo. Y le cayeron veinticinco años.
Muchos eran los relatos como éste, pero igual que todos los vagones, el de los presos enmudece al llegar la noche. Hasta la mañana no habrá ni pescado, ni agua, ni retrete. Y entonces, como si fuera cualquier otro vagón común y corriente, todo lo invade el ruido monótono de las ruedas, pero el silencio no se ve perturbado lo más mínimo. Y entonces, siempre que el soldado ya no esté en el pasillo, es cuando desde el tercer compartimiento, masculino, se puede conversar en voz baja con las mujeres del cuarto.
En prisión, las conversaciones con una mujer son algo muy especial. Hay en ellas un no sé qué noble, aunque no se hable más que de artículos del Código y de condenas.
Una de estas conversaciones duró toda la noche, y he aquí en qué circunstancias. Fue en julio de 1950. El compartimiento de las mujeres iba casi vacío, lo ocupaba una sola muchacha joven, hija de un médico moscovita, condenada por el 58-10. En cambio, en los compartimientos masculinos había un gran revuelo: la escolta había metido a los presos de tres compartimientos en sólo dos (y más vale no preguntarse cuántos se apelotonaban allí). Acto seguido metieron en el compartimiento desalojado a un criminal que no tenía aspecto de preso. Para empezar, no iba rapado: sus rubios y claros cabellos ondulados con auténticos rizos se ensortijaban desafiantes sobre una cabeza grande, de buena casta. Era joven y tenía buena percha, llevaba un traje inglés de corte militar. Lo habían conducido por el pasillo con un aire de respeto (y es que la escolta estaba intimidada por las instrucciones contenidas en el sobre que le acompañaba). La joven había tenido tiempo de observar todo esto. Pero en cambio, él a ella ni la había visto. (¡Y cómo lo lamentaría después!)
Por el ruido y el trajín, la muchacha comprendió que estaban desocupando para él el compartimiento de al lado. Estaba claro que debía permanecer incomunicado, lo cual acrecentó su deseo de dirigirle la palabra. En un vagón-zak no es posible que los presos de un compartimiento vean a los del resto, pero sí que se oigan cuando hay silencio. Avanzada la noche, cuando empezaron a amortiguarse los ruidos, la muchacha se sentó en el extremo de su banco, cabe la reja y le llamó con voz queda. (O puede que empezara a cantar con un hilo de voz. Ambas cosas le hubieran valido un castigo, pero la guardia se había recogido ya y en el pasillo no quedaba nadie.) El desconocido oyó su susurro y, siguiendo sus instrucciones, se sentó del mismo modo. Estaban ahora espalda contra espalda, recostados contra el mismo tabique de tres centímetros, murmurando a través de la reja, haciendo llegar su voz alrededor del tabique. Sus cabezas y sus labios estaban tan cerca como si se besaran, y sin embargo no podían tocarse ni verse siquiera.
Erik Arvid Andersen comprendía ya el ruso muy aceptablemente, y aunque hablaba con muchas incorrecciones, a fin de cuentas se hacía entender. Le contó a la muchacha su sorprendente historia (que nosotros conoceremos en la prisión de tránsito) y ella a él la suya, la sencilla historia de una estudiante de Moscú condenada por el 58-10. Arvid estaba fascinado. Le preguntó sobre la juventud soviética, sobre la vida en la URSS y oyó una visión muy distinta de todo cuanto antes había leído en los periódicos izquierdistas occidentales o visto durante su visita oficial a nuestro país.
Toda la noche estuvieron hablando. Y aquella madrugada todo habría de fundirse para Arvid en un sólo recuerdo: el insólito vagón de presos en un país extranjero; el traqueteo nocturno del tren, como una armonía que siempre encuentra eco en nuestro corazón; la voz melódica, el susurro, el aliento de una muchacha junto a su oído: junto a su oreja, y no podía siquiera mirarla! (Y llevaba año y medio sin oír una voz femenina.)
Y unido a esa invisible (y seguramente, naturalmente, necesariamente) hermosa muchacha, por primera vez penetró en la verdadera Rusia, que con su propia voz estaba contándole la verdad durante aquella larga noche. También así es posible descubrir un país... (Al alba habría de ver por la ventanilla los oscuros techos de paja mientras le llegaba, triste, el murmullo de su oculto guía.) Pues todo esto es Rusia: vagones con presos que ya no protestan; una muchacha tras el tabique, en el compartimiento de un stalin; la escolta que se ha acostado ya; peras que caen de los bolsillos, bombas sepultadas y un caballo galopando hasta un primer piso.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
— ¡Son gendarmes! ¡Son gendarmes! — exclamaban alegres los presos. Su alborozo se debía a que en adelante iban a ser conducidos por solícitos gendarmes en lugar de soldados.
Una vez más se me han olvidado las comillas. Esto lo cuenta el propio Korolenko. (152) Porque a nosotros, la verdad, los de azul no nos causaban ninguna alegría, a menos que uno tuviera la mala fortuna de quedar atrapado en «el péndulo», porque entonces sí se alegraba uno de ver a quien fuera.
Para el común de los viajeros lo difícil es subirse al tren en una pequeña estación de paso y poder ocupar un asiento, pero, en cambio, apearse resulta lo más sencillo del mundo: uno echa sus bártulos al andén y salta. Para el preso es bien distinto. Si la policía o la guardia de la prisión del lugar no vienen a buscarlo o llegan un par de minutos tarde, ¡tut-tut!, el tren reemprende la marcha y se lleva al pobre diablo hasta la siguiente prisión de tránsito. Y menos mal si es ahí donde te llevan, porque de nuevo tendrás comida. Y es que a veces, te toca seguir en el vagón hasta final de trayecto, te tienen dieciocho horas a ti solo en el compartimiento vacío y luego te mandan de vuelta con un nuevo grupo de presos. Y entonces puede ser que otra vez no se presenten a buscarte, y de nuevo te encerrarán esperando en una vía muerta, ¡y todo este tiempo no te darán de comer! Porque tu ración estaba asignada hasta el transbordo previsto y de hecho tú ya cuentas como si comieras en Tulún. ¿Qué culpa van a tener en contabilidad si a los de la prisión se les ha olvidado venir por ti? Y la escolta no tiene por qué alimentarte de su propio pan.
Y así pueden zarandearte hasta seis veces (¡como que no ha habido casos!): Irkutsk-Krasnoyarsk, Krasnoyarsk- Irkutsk, Irkutsk-Krasnoyarsk. De modo que cuando llegas de nuevo a Tulún y ves en el andén un ros azul celeste, hasta querrás echarte en sus brazos: ¡Gracias, amigo, gracias por sacarme de aquí! Un par de días en un vagón-zak bastan para dejarte tan agotado, tan sofocado, tan hecho trizas, que cuando el tren pasa por una gran ciudad no sabes qué prefieres: si sufrir un poco más y llegar cuanto antes a destino o bien que te dejen recuperar fuerzas en la prisión de tránsito.
Pero de pronto la escolta se pone en movimiento, empieza a correr de un lado para otro. Los soldados llevan puesto el capote y golpean el suelo con las culatas. O sea, que van a descargar todo el vagón.
Primero, la escolta se pone en semicírculo ante el estribo del vagón y, apenas has salido rodando, resbalando y dando trompicones por él, los soldados te gritan al unísono y a todo pulmón (así los han adiestrado): «¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate!». Esto surte un gran efecto cuando son varias las voces que gritan y además no te permiten alzar la vista. Es como si estuvieras bajo el fuego de proyectiles: sin darte cuenta te retuerces y avanzas a toda prisa (¿adonde te hace falta llegar tan deprisa?), te mantienes pegado al suelo y cuando alcanzas a los que salieron antes te sientas.
«¡Siéntate!», es una orden bien clara, pero cuando eres novato todavía no la comprendes. En una playa de vías de Ivanovo, al oír esta orden corrí abrazado a mi maleta (porque si no es una maleta fabricada en los campos, sino en libertad, siempre se le partirá el asa en el momento más crítico), la dejé en el suelo sobre el lado largo y, sin fijarme en qué habían hecho los primeros, me senté sobre ella. ¡Yo, que llevaba un capote de oficial, que aún no estaba tan mugriento como el de los demás y conservaba los faldones enteros, no podía sentarme encima de las traviesas, sobre aquella arenilla oscura y grasienta! El jefe de la escolta — una cara sonrosada, un rostro ruso donde los haya — se me acercó a la carrera, sin que me diera tiempo a figurarme qué querría ni por qué, aunque al parecer su intención era plantar su sagrada bota en mi cochina espalda, pero algo lo contuvo. No obstante, no le dolió ensuciar la reluciente puntera y le pegó tal patada a la maleta que le rompió la tapa, al tiempo que me dejaba bien claro: «¡Que te sientes! ». Y sólo entonces caí en la cuenta de que yo me alzaba como una torre entre los zeks, y antes de que me diera tiempo a preguntar: «¿Y cómo he de sentarme?», ya había comprendido. Con mi preciado capote me senté como los demás, como los perros junto al portal, como los gatos ante la puerta.
(Todavía conservo aquella maleta, e incluso ahora, cada vez que la veo, paso los dedos por ese deshilachado agujero. Éste, claro, no puede cicatrizar como cicatrizan las heridas del cuerpo y del corazón. Los objetos tienen más memoria que nosotros.)
Era una posición bien calculada. Sentado en el suelo con las rodillas en alto, el centro de gravedad se desplaza hacia atrás, es difícil levantarse e imposible dar un respingo. Además, nos ponían lo más juntos posible, para que cada uno estorbara el máximo a los demás. De haber querido arrojarnos de pronto sobre la escolta, nos habrían cosido a tiros mucho antes de que llegáramos a levantarnos.
Los presos deben sentarse para esperar a que venga el cuervo (que se lleva a los presos por tandas, pues todos no caben de una vez) o para que los conduzcan a pie. Procuran que la espera transcurra en un lugar apartado, de modo que los hombres en libertad vean lo menos posible, pero a veces, aunque resulte más embarazoso, los hacen sentar directamente en el andén o en cualquier espacio abierto (en Kúibyshev fue así). Ello pone a prueba a cualquier persona en libertad: nosotros los observábamos con plena conciencia de nuestro derecho, con nuestro mirar más sincero, pero ellos..., ¿cómo debían mirarnos ellos a nosotros? ¿Con odio? La conciencia no se lo permitiría (ya se sabe, sólo los escritores y periodistas soviéticos creen que la gente está encerrada «con razón»). ¿Con compasión? ¿Con lástima? ¿Y si su nombre va a parar a una lista? ¡Nada más fácil que imponerles una condena también a ellos! A nuestros orgullosos y libres ciudadanos soviéticos («Anda, leed y envidiadme, soy ciudadano de la Unión Soviética»), (T114) que ahora agachan la cabeza con culpa y pretenden no verlos, como si el lugar estuviera desierto.
Las ancianas tienen más coraje: ya no pueden corromperlas y además creen en Dios. Parten trozos de su escuálido pan y los arrojan hacia nosotros. Tampoco sienten miedo los veteranos de los campos, los delincuentes comunes, naturalmente. Bien saben ellos que: «Quien no ha estado aquí, acabará por entrar; y quien ya ha estado no podrá olvidar». (T115)
A veces nos lanzaban un paquete de cigarrillos, esperando que alguien hiciera lo mismo por ellos en la siguiente condena. La mano de las ancianas era débil y los mendrugos caían al suelo antes de llegar hasta nosotros; en cambio, los paquetes de cigarrillos revoloteaban por el aire hasta posarse en medio del grupo. Los soldados hacían chasquear los cerrojos de los fusiles y apuntaban contra la vieja, contra la bondad, contra el pan: «¡Hala, circula, abuela!».
Y ese pan sagrado, yacía desmigajado en el polvo hasta que nos sacaban de allí.
En general, esos minutos que pasábamos sentados en el suelo de una estación eran los mejores.
Recuerdo que en Omsk nos hicieron sentar sobre las traviesas, entre dos largos convoyes de mercancías. Por aquel espacio no pasaba nadie (seguramente habían puesto soldados a cada extremo: «¡Prohibido el paso!». Y es que el soviético, incluso en libertad, está educado para someterse al hombre de uniforme). Caía la tarde. Estábamos en agosto. El grasiento balasto de la estación, expuesto al sol toda la jornada, no había tenido tiempo de enfriarse y nos calentaba las posaderas. La estación no se veía, pero quedaba muy cerca, detrás de los trenes. Desde ahí nos llegaba el sonido de un gramófono con música alegre entre un compacto bullicio de multitud. Y no sé por qué, no parecía humillante estar sentados en la tierra, con suciedad y apreturas, en aquel rincón; no parecía un escarnio oír los bailes de una juventud que nos era ajena, unos bailes que nosotros ya nunca bailaríamos; imaginar que había gente esperando o despidiendo a alguien en el andén, e incluso quizá con un ramo de flores. Fueron veinte minutos pasados casi en libertad: iba oscureciendo la tarde, parpadeaban las primeras estrellas, brillaban luces rojas y verdes sobre las vías, sonaba la música. La vida continuaba sin nosotros, y ya ni siquiera nos importaba.
Atesorad estos minutos y la prisión os será más leve. De otro modo os desgarrará la rabia.
Siempre que sea peligroso llevar a los zeks hasta el cuervo porque, por ejemplo, hay cerca carreteras y gente, las ordenanzas prevén esta magnífica orden: «¡Agarrados del brazo!». ¿Y qué tiene de humillante ir del brazo? ¿Pues no se anda del brazo de ancianos y crios, muchachas y ancianas, sanos e inválidos? Si una de tus manos está ocupada acarreando los bártulos, te pasarán el brazo por ese lado y tú asirás por el otro a tu vecino. De este modo, el grupo cierra filas hasta andar el doble de apiñados que si marcharais en formación ordinaria. De repente os sentís más pesados, os transformáis en cojos que intentan equilibrar el peso de los trastos, os tambaleáis agobiados por ellos. Sois criaturas torpes, sucias y grises, que avanzan como ciegos, unidas con aparente afecto. ¡Una parodia del género humano!
También puede ser que no haya ningún cuervo esperando y que el jefe de la escolta sea un miedica que teme no llegar a destino con todos. Y así, como plomos, a trompicones, tropezando con vuestros bártulos, deberéis arrastraros hasta la misma prisión aunque haya que atravesar la ciudad.
Hay también otra orden, parodia esta vez de los gansos: «¡Cogidos de los talones!». Significa que quien tenga las manos libres debe agarrarse las piernas a la altura de los tobillos. Y ahora: «¡En marcha, ar!». (A ver, querido lector, deja un momento este libro y paséate así por la habitación. ¿Qué tal? ¿A que vas rápido? Has podido ver mucho a tu alrededor, ¿verdad? ¿Qué me dices de una fuga?) ¿Quién es capaz de imaginarse dos o tres docenas de gansos de éstos? (Kiev, en 1940.)
Pero no siempre es agosto, podía ser diciembre (de 1946) y que os lleven sin furgón, a cuarenta grados bajo cero, hasta la prisión de tránsito de Petropávlovsk. Como es fácil imaginar, la escolta del vagón-zak, para no ensuciarse, no se habrá tomado la molestia de llevaros al retrete en las últimas horas, antes de llegar a la ciudad. Debilitados por la instrucción sumarial, atenazados por la helada, apenas podéis conteneros ya, especialmente las mujeres. Bueno, ¿y qué? Eso de detenerse y separar los remos es para los caballos, y cosa de perros hacerse a un lado y levantar la pata contra una cerca. Vosotros que sois personas, os lo podéis hacer encima mientras camináis, ¿qué vergüenza ha de daros si estáis en vuestra patria? Ya se secará todo en la prisión de tránsito... Vera Kornéyeva se agachó para ajustarse el zapato y quedó un paso rezagada; un soldado le lanzó su perro pastor. Desgarrando su gruesa ropa de abrigo el perro le alcanzó la nalga. ¡Nada de quedarse atrás! A un uzbeko que cayó al suelo le pegaron con las culatas y las botas.
No es ninguna tragedia, ¡ni que hubieran sacado una fotografía para el Daily Express! Y el jefe de escolta alcanzará la edad provecta sin que nadie jamás haya intentado llevarlo ante un tribunal.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Los cuervos son también un legado histórico. ¿O no es cuervo la carreta penitenciaria descrita por Balzac? (T116) La única diferencia es que al ser de tiro iba más lenta, y que no la atiborraban tanto de presos.
Cierto que en los años veinte todavía conducían a los presos a pie, en columnas que cruzaban las ciudades, incluso Leningrado, y que al llegar a un cruce interrumpían el tránsito («¡Así aprenderéis, ladrones!», les imprecaban desde las aceras. Nadie había pensado aún en esa gran invención que fue alcantarillado...)
Pero, siempre alerta a las nuevas corrientes de la técnica, el Archipiélago no tardó en adoptar el cuervo negro o, más afectuosamente, el «cuervo». Hicieron su aparición en nuestras calles aún adoquinadas al tiempo que los primeros camiones. Llevaban pésimas ballestas, por lo que daban fuertes sacudidas, pero a fin de cuentas, los presos no eran de cristal. En cambio, el embalaje sí que era sólido: ya entonces, en 1927, no había una sola rendija, ni una bombilla eléctrica en el interior, no era posible ver, ni tampoco respirar aire fresco. Ya entonces abarrotaban de presos la caja del furgón a más no poder. Y no es que obraran así con premeditación, era simplemente que había escasez... de ruedas.
Durante muchos años los cuervos fueron grises, acerados, declaradamente penitenciarios. Pero acabada la guerra, en las capitales se les ocurrió pintarlos de vistosos colores y añadirles rótulos como PAN (el preso era, en efecto, el pan de la reconstrucción), CARNE (mejor le hubieran puesto «Huesos») y a veces hasta: ¡BRINDAD CON CHAMPÁN SOVIÉTICO!
Por dentro, el cuervo puede ser simplemente una caja blindada, un espacio vacío. Pero también es posible que haya bancos alrededor de las paredes, lo que no está previsto como una comodidad, ¡qué va! Al contrario, que haya bancos es mucho peor, porque en ese caso introducen a tantos hombres como quepan de pie, pero entonces irán unos sobre otros, como equipajes, como fardos sobre fardos. Los cuervos pueden llevar también un box en su parte trasera: un angosto armario de acero para una sola persona. También pueden estar divididos completamente en boxes, que entonces son unos armaritos individuales a derecha e izquierda, cerrados con llave como las celdas, con un pasillo central para el vertujái.
Difícilmente puede alguien siquiera imaginarse esa estructura, compleja como una colmena, cuando ve desde fuera a la risueña moza alzando una copa: ¡BEBA CHAMPÁN SOVIÉTICO!
A uno siempre lo meten en el cuervo gritándole por todos lados: «¡Venga! ¡Venga! ¡Aprisa!». Para evitar que puedas mirar alrededor y urdir una fuga se prodigan en golpes y empellones, que también sirven para que te atasques con el saco en la estrecha portezuela y te golpees la cabeza contra el tejadillo. Con gran esfuerzo empujan la puerta de acero hasta que cierre y ¡en marcha!
Naturalmente, el transporte en cuervo pocas veces dura horas, todo lo más veinte o treinta minutos. Pero qué zarandeo, qué molienda de huesos, qué dolor en los costados en esa media hora, y si eres alto, encima con la cabeza agachada. Quizás hasta eches de menos el confortable vagón-zak.
Además, en el cuervo los presos se barajan de nuevo, se producen nuevos encuentros, de los cuales los que dejan una impresión más viva son, naturalmente, aquellos con cofrades. Es posible que no hayas tenido ocasión de ocupar con ellos un mismo compartimiento, es posible que tampoco en la prisión de tránsito os hayan puesto en la misma celda, pero en el cuervo te encuentras indefectiblemente en sus manos.
A veces hay tanta estrechura que ni siquiera los del gremio son capaces de apandar. Tus piernas y tus brazos están aprisionados entre los cuerpos y los sacos como en un cepo. Sólo puedes cambiar su posición cuando llega un bache y todo se sacude, incluidas tus tripas.
Otras veces hay más espacio y los del gremio aprovechan esa media hora para examinar el contenido de todos los sacos y quedarse con los bacilos y los mejores cachivaches. Lo más probable es que no les plantes cara, porque aún te riges por ideas pusilánimes y sensatas (poco a poco, grano a grano, irás perdiendo tu alma inmortal, pues crees siempre que los combates y enemigos decisivos están aún por venir y que conviene por tanto reservarse para poder hacerles frente). Pero puede ser también que uno alce la mano a la primera de cambio y le metan un cuchillo entre las costillas. (No habrá investigación alguna, y si la hubiera no sería ninguna amenaza para los cofrades: sólo quedarían retenidos en la prisión de tránsito en vez de seguir viaje hasta un campo lejano. Convendrán ustedes conmigo en que si un elemento socialmente afín y otro socialmente ajeno se hallan enfrentados, el Estado no puede tomar partido por éste último.) En 1946, en una celda de Butyrki, el coronel retirado Lunin, que ocupaba un cargo importante en la Osoaviajim, relataba lo siguiente: el 8 de marzo, (T117) durante el traslado desde la Audiencia municipal a la prisión de Taganka, presenció en el cuervo cómo unos cofrades violaban por turno a una muchacha casadera (ante la pasividad silenciosa de los demás ocupantes). Aquella misma mañana la muchacha había comparecido ante el tribunal con sus mejores galas, aún como mujer libre (la juzgaban por abandono del puesto de trabajo sin autorización, pero estos cargos eran una repulsiva maquinación de su jefe, sediento de venganza porque ella se había negado a vivir con él bajo un mismo techo). Media hora antes de que la subieran al cuervo la habían condenado a cinco años, a tenor de vete a saber qué decreto, y la habían embutido en aquel vehículo. Y ahora, en pleno día, en las calles de Moscú («¡Brindad con champán soviético!») la habían convertido en una prostituta de campo. ¿Cómo podríamos decir que el mal se lo causaron los cofrades? ¿Y qué hay de los carceleros o del jefe de la muchacha?
¡Ay, la delicadeza de los cofrades! Acto seguido, saquearon a la muchacha, le quitaron los zapatos de domingo con los que creía que habría impresionado a los jueces y la blusa, y lo arrojaron todo a los guardianes. Estos detuvieron el cuervo, bajaron a comprar vodka y la compartieron con los de dentro. De modo que, encima, los cofrades bebieron a costa de la muchacha.
Cuando llegaron a la cárcel de Taganka la muchacha se deshacía en lágrimas y expresaba su quebranto. Tras escucharla, un oficial dijo bostezando:
— El Estado no puede proporcionar un medio de transporte individual a cada uno de vosotros. Nuestros recursos son escasos.
Efectivamente, los cuervos son el «cuello de botella» del Archipiélago. Si en un vagón-zak no hay posibilidad de segregar a los presos políticos de los comunes, en los cuervos tampoco hay posibilidad de separar a hombres y mujeres. ¿Cómo no van a aprovechar los cofrades el traslado entre prisiones para «echar una cana al aire»?
Aunque bueno, si no fuera por la presencia de los cofrades, habría que agradecer el traslado en cuervos y los fugaces encuentros con mujeres que nos brinda. ¿Dónde, si no, sería posible verlas, escucharlas, rozarlas, durante nuestra vida de presidio?
En cierta ocasión, en 1950, nos llevaron de Butyrki a la estación con mucha generosidad de espacio: éramos unos catorce hombres en un cuervo con bancos. Todos estábamos sentados, y de pronto añadieron un último preso: una mujer, sola. Al principio se sentó temerosa contra la puerta, pues en una oscura caja como aquella no había defensa posible contra catorce hombres. Pero después de cambiar algunas palabras quedó claro que estábamos en familia, que a todos nos habían condenado por el Artículo 58.
La mujer nos dio su nombre: Repin, esposa de un coronel, detenida después que su marido. Y de pronto, un taciturno militar joven y enjuto con aspecto de teniente, le preguntó: «¿Dígame, no habrá estado usted en prisión con Antonina Ivánovna?». «¿Cómo? ¿No será usted su marido? ¿Oleg?» «Sí.» «¿El teniente coronel Ivanov? ¿De la Academia Frunze?» «¡Sí!»
¡Fue un «sí» digno de oírse! Salía de una garganta tensa, pues el miedo a saber era mayor que la alegría. Se sentó al lado de ella. Por las diminutas rejas de las dos puertas traseras pasaban difusos los destellos crepusculares de aquel día estival, recorriendo una y otra vez los rostros de la mujer y del teniente coronel, en pos con la marcha del vehículo. «Pasé los cuatro meses de la instrucción encerrada en la misma celda que ella.» «¿Y dónde está ahora?» «¡En todo este tiempo no ha tenido más pensamiento que usted! No temía por ella, sino por usted. Primero, que lo detuvieran. Después, que la sentencia fuera despiadada.» «¿Pero qué ha sido de ella?» «Se sentía culpable de que le hubieran detenido a usted. ¡Qué mal lo pasaba!» «¿Dónde está ahora?» «No se asuste», la señora Repin le puso la mano en el pecho, como a un íntimo conocido. «No pudo resistir tanta tensión. Se la llevaron a otra parte. Estaba un poco..., no coordinaba..., ¿Entiende usted?»
Y esta minúscula tempestad, contenida en una caja de chapa de acero, avanzaba pacíficamente por uno de los seis carriles, se detenía ante los semáforos y señalizaba cada giro con los intermitentes.
A Oleg Ivanov acababa de conocerlo minutos antes en Butyrki, he aquí en qué circunstancias: nos habían llevado al box de «la estación» (T118) y habían sacado nuestros enseres de la consigna. Los dos salimos del box a la vez. Ya en el pasillo, pudimos ver al otro lado de una puerta abierta una celadora en bata gris que revolvía la maleta de Oleg. En esto, se le cayó al suelo un galón dorado de teniente coronel — no se sabe por qué se había conservado uno solo —. La mujer no se había dado cuenta y tenía puesto el pie sobre las grandes estrellas.
Su zapato pisaba la hombrera igual que en una escena de cine.
Se lo hice notar a Oleg: «¡Fíjese usted, camarada teniente coronel!».
El rostro de Ivánov se ensombreció. Sin duda, para él la noción de un servicio intachable seguía teniendo importancia.
Y ahora, estaba lo de su esposa.
Todo esto tuvo que asimilarlo en el espacio de una hora escasa.
Desplegad sobre una gran mesa un mapa de nuestra patria lo suficientemente extenso. Poned gruesos puntos negros en todas las capitales regionales, en todos los nudos ferroviarios, en todos los puntos de transbordo, ahí donde termina la vía férrea y empieza un río, o bien donde el río forma un recodo y se inicia un sendero. ¿Qué sucede? ¿Ha quedado todo el mapa cubierto de cagadas de mosca? Pues bien, tenéis ante vosotros el majestuoso mapa de los puertos del Archipiélago.
No se trata, ciertamente, de aquellos puertos de ensueño que tan seductoramente nos presentaba Aleksandr Grin, puertos en que se bebe ron en las tabernas y se hace la corte a bellas mujeres. Tampoco encontraréis aquí el azul cálido del mar (aquí, para lavarse hay un litro de agua por cabeza; o para que resulte más cómodo, ¡cuatro litros para cuatro personas, que deben lavarse a la vez en un mismo barreño!). Salvo esto, todo aquello que confiere a los puertos una atmósfera novelesca — la suciedad, los parásitos, las blasfemias, el trasiego, la babel de lenguas y las riñas — lo encontraréis de sobra.
Raro es el preso que no haya pasado por tres, cuatro o hasta cinco prisiones de tránsito, muchos recuerdan una decena de ellas, y los hijos del Gulag enumeran sin esfuerzo incluso medio centenar. Sólo que todas ellas se confunden en la memoria de tan semejantes como son: los ignaros centinelas; el caótico pasar lista por orden de expediente; las largas esperas a pleno sol o bajo la llovizna otoñal; el pasamanos a cuerpo desnudo, aún más largo que la espera; el rapado sin higiene alguna; las salas de baño frías y resbaladizas; las letrinas apestosas; los pasillos mohosos; las celdas siempre repletas y sofocantes, y las más de las veces oscuras y húmedas; el calor de los cuerpos humanos a ambos lados, tanto en el suelo como en el catre; las cabeceras de la cama, hechas de tablas; el pan mal cocido, casi pasta liquida; la balanda que parece un cocido de forraje fermentado.
Pero quien tenga una memoria precisa y pueda discernir unos recuerdos de otros ya no tiene por qué viajar por el país, porque gracias a las prisiones de tránsito su mente habrá asimilado toda su geografía. ¿Novosibirsk? Lo conozco, he estado allí. Hay unos barracones muy sólidos, hechos de gruesos troncos. ¿Irkutsk? Es donde se han tapiado varias veces las ventanas con ladrillos, puede verse cómo eran en tiempos del zar, se aprecia cada reforma y los agujeros que han dejado para ventilación. ¿Vólogda? Sí, un viejo edificio con torreones. Los retretes están unos encima de otros, pero los entretechos de madera están podridos y gotean sobre los de abajo. ¿Usman? ¡Y cómo no! Un penal hediondo y piojoso, una construcción antigua, con bóvedas. La atiborran tanto que cuando empiezan a sacar a presos para un traslado, cuesta creer que hayan podido caber todos allí. La columna ocupa media ciudad.
No se le ocurra ofender a uno de estos especialistas diciéndole que conoce una ciudad en la que no hay prisión de tránsito. Le demostrará de manera irrefutable que ciudades así no existen y estará en lo cierto. ¿Salsk, dice usted? Pues allí a los presos en tránsito los encierran en las celdas de preventiva junto con los que están en plena instrucción sumarial. Y en cada capital de distrito, tres cuartos de lo mismo.
¿En qué se diferencia, pues, de una prisión de tránsito? ¿En Sol-Iletsk? ¡Hay una! ¿En Rybinsk? ¿Y entonces cómo llamar a la prisión n° 2, la del antiguo monasterio? ¡Ah, eso sí!, es muy tranquila, con sus patios pavimentados y desiertos, sus viejas losas cubiertas de musgo, y los barreños de madera en el baño, todo muy limpito. ¿Y en Chita? Pues la prisión n° 1. ¿Y en Naushki? Eso no es una cárcel, sino un campo de tránsito, pero tanto da. ¿En Torzhok? Pues en la montaña, también un monasterio.
¡Compréndalo, alma de Dios, no puede haber ciudad sin prisión de tránsito! ¿Es que no sabe que en cualquier parte hay tribunales sesionando? ¿Y cómo van a llevarse a los condenados hasta el campo? ¿Por el aire?
Naturalmente, hay prisiones y prisiones. Pero es imposible dilucidar cuál es mejor y cuál peor. No falla, cuando se juntan tres o cuatro zeks, cada uno de ellos presume de «la suya»:
— La prisión de tránsito de Ivánovo no será de las más célebres, pero preguntadle a cualquiera que pasara por ella en el invierno de 1937 a 1938. No había calefacción , pero no sólo no se helaba la gente, sino que en las literas de arriba los había que se tendían desnudos. Hubo que romper todos los cristales de las ventanas para no asfixiarse. En la celda n° 21, en lugar de los veinte hombres que le correspondían, había... ¡trescientos veintitrés! Como había agua bajo los catres, pusieron unas tablas y a algunos les tocó acostarse sobre ellas. Y era hacia allá abajo precisamente adonde iba a parar la helada corriente de aire que entraba por las ventanas, ya sin cristal. En pocas palabras, bajo los catres reinaba la noche polar: no había luz alguna, toda quedaba tapada por los que se acostaban en los catres y por los que estaban de pie junto a ellos. Era imposible pasar por el corredor hacia la cubeta, más bien había que deslizarse por el canto de los catres. No daban la comida de uno en uno sino a cada diez hombres.
Si alguno de la decena moría, lo metían bajo el catre y lo tenían allí hasta que empezaba a oler mal. Porque así podían comerse su ración. Esto aún podía soportarse, si no fuera porque a los vertujáis parecía que les hubieran frotado con ortigas: no paraban de mandar a la gente de una celda a otra, una y otra vez. Y apenas te habías instalado: «¡En pie! ¡Cambio de celda!». Y de nuevo a buscar sitio. ¿Y por qué se había sobrecargado tanto la prisión? Pues porque estuvieron tres meses sin llevar a los presos al baño, se extendieron los piojos, y los piojos provocaron llagas en los pies y luego vino el tifus. Y por causa del tifus se impuso una cuarentena, y en cuatro meses no salió de ahí ningún traslado.