Alexander Solyenitzin - El Archipiélago Gulag |
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— Pero esto que cuentas no es porque fuera la prisión de Ivánovo, sino porque así eran los tiempos que corrían. Porque en 1937-1938 en las prisiones de tránsito no es que gimieran sólo los zeks, sino hasta las mismísimas piedras. La de Irkutsk tampoco era ninguna prisión fuera de lo corriente, pero en 1938 ni los médicos se atrevían a examinar las celdas. Sólo recorrían los pasillos mientras el vertujái bramaba en cada puerta: «¡El que haya perdido el conocimiento, que salga!».
— En 1937, amigos míos, todos discurrían por Siberia en dirección a Kolymá, pero acababan atascados en el mar de Ojotsk y hasta en el mismo Vladivostok. Los barcos no conseguían transportar hasta Kolymá más de treinta mil hombres por mes, pero desde Moscú, venga a enviar más y más gente, sin cumplimientos. Bueno, y llegaron a juntarse hasta cien mil hombres, ¿qué te parece?
— ¿Y quién pudo contarlos?
— Pues el que tuviera que contarlos.
— Si es a la prisión de tránsito de Vladivostok a la que te refieres, en febrero de 1937 no habría ahí más de cuarenta mil hombres.
— Y allí estuvimos empantanados unos cuantos meses. ¡Las chinches brincaban como saltamontes por los catres! Agua, medio vaso al día: ¡No había agua, ni nadie para ir a buscarla! Para los coreanos había una zona aparte: ¡Todos murieron de disentería, todos! En nuestra zona, cada mañana se llevaban a un centenar de hombres. Estaban construyendo un depósito de cadáveres y los zeks acarreaban la piedra enganchados a unos carros. Hoy tiras tú y mañana te llevarán a ti. Y además en otoño se declaró el tifus exantemático. Nosotros también nos quedábamos los muertos hasta que hedían, y despachábamos sus raciones. No había medicamento alguno. Si nos acercábamos a la alambrada — ¡Dadnos medicamentos! —, nos respondían con una ráfaga desde la atalaya. Luego trasladaron a los enfermos de tifus a un barracón aparte. Hubo bastantes que no resistieron el traslado y de los que sí lo soportaron, muy pocos volvieron. Las literas de ese barracón eran de dos pisos, y como los presos de arriba no podían bajar a hacer sus necesidades por causa de la fiebre, ¡mojaban directamente a los de abajo! Unos mil quinientos habría allí tendidos. Los enfermeros eran cofrades, a los muertos les arrancaban los dientes de oro. Tampoco tenían reparo en sacárselos a los vivos...
— ¡Venga, y dale con el treinta y siete, siempre a vueltas con el treinta y siete! ¿Y qué me decís del cuarenta y nueve, en la bahía de Vánino, en la quinta zona? ¡Pues éramos treinta y cinco mil! ¡Y durante varios meses! ¡Porque, como siempre, no daban abasto con los barcos a Kolymá. Y cada noche, vayase a saber por qué, nos cambiaban de barracón, de una zona a otra. Como en los campos de los nazis: ¡qué de silbidos y de gritos! «¡Fuera todos y que no haya último!» (T119) ¡Y todos salían en estampida! ¡Siempre corriendo! Cien hombres a buscar pan, ¡venga, corriendo! A buscar el rancho, ¡corriendo! ¡No había ninguna clase de cuencos! ¡Coge el rancho con lo que te parezca, con los faldones, con las palmas de la mano! Traían el agua en cisternas, no había nada con qué distribuirla, por tanto la echaban a chorro, el que ponía la boca, agua tenía. Si empezaba una riña junto a la cisterna, ¡abrían fuego desde la atalaya! Sí, igualito que con los fascistas. Cuando vino de inspección el general-mayor Derevianko, jefe de la USVITL, un aviador militar salió a su encuentro y se desgarró la guerrera ante la multitud: «¡Tengo siete medallas de combate! ¿Quién les ha dado derecho a disparar sobre la zona?». Derevianko dijo: «Disparamos y continuaremos disparando hasta que aprendáis a comportaros». (153)
— No, muchachos, no. Todo esto que contáis no son prisiones de tránsito. ¡Para prisión de tránsito, la de Kírov! Tomemos un año que no tenga nada de particular, tomemos el año 1947, cuando para poder cerrar la puerta de la celda los carceleros tenían que embutir a la gente a golpe de bota. En septiembre (y Viatka no está precisamente a orillas del mar Negro), en las literas de tres pisos todos permanecían sentados, sin nada de ropa, debido al calor, y si estaban sentados era porque no había sitio para tenderse: una fila ocupaba el lugar donde debieran haber ido las cabezas, y otra la parte de los pies.
Y en el pasillo había dos hileras más sentadas en el suelo, y entre éstas, aún otra, y todas iban intercambiándose. Guardaban los sacos en la mano o sobre las rodillas, pues no había dónde dejarlos. Sólo los cofrades yacían a sus anchas en las literas centrales, junto a las ventanas; y es que por ley, aquellos sitios eran suyos. Las chinches eran tantas que picaban hasta de día y se lanzaban en picado desde el techo. Y así había que aguantar una semana, un mes.
En esto me entran ganas de meter baza, de contar lo ocurrido en Krásnaya Presnia en agosto de 1945, el verano de la Victoria, pero siento vergüenza: nosotros, al fin y al cabo, podíamos estirar las piernas por la noche y las chinches se comportaban con moderación, aunque de noche, tendidos bajo las potentes bombillas, nos comían las moscas, pues estábamos desnudos y cubiertos de sudor de tanto calor como hacía. Pero todo esto eran menudencias y hasta me daba vergüenza jactarme de ello. Nos cubríamos de sudor al menor movimiento, y después de la comida sudábamos sencillamente a chorros. En una celda algo mayor que una habitación normal de una vivienda había cien hombres, tan hacinados que uno no sabía dónde poner los pies. En las dos pequeñas ventanas había bozales de plancha de hierro, y como daban al sur, no sólo impedían la circulación del aire, sino que, al darles el sol, actuaban como radiadores.
Esta prisión de tránsito, que ostenta un glorioso nombre revolucionario, es poco conocida de los moscovitas, pues en ella no se organizan visitas comentadas, además, ¡qué turistas va a haber si todavía está, jun-dottúndo! ¡Mas quien quiera contemplarla por fuera no tiene que desplazarse muy lejos! Desde la carretera de Novojoróshevski, siguiendo el ferrocarril de circunvalación, queda a un tiro de piedra.
Como las prisiones de tránsito son un cajón de sastre, también lo es cualquier conversación sobre ellas, y seguramente esa misma impresión va a dar este capítulo: uno no sabe a qué ceñirse, qué contar, por dónde empezar. Y cuantas más personas se juntan en una prisión de tránsito, tanto mayor es esta mezcolanza. Para el hombre resulta insoportable, para el Gulag, antieconómica, pero la gente pasa en ella meses y meses. Y de este modo la prisión de tránsito se transforma en una verdadera fábrica: las raciones de pan llegan a montones en una carretilla de llevar ladrillos. La balanda humeante la acarrean en cubas de madera de setenta y cinco litros con un barrote que atraviesa las asas.
El punto de tránsito de Kotlás era de los más febriles y sin recato alguno. Febril, porque era la puerta a todo el nordeste de la Rusia europea, y sin recato, porque se encontraba ya en las profundidades del Archipiélago y en él era innecesario andarse con tapujos. Era sencillamente un pedazo de tierra vallada y dividida en jaulas siempre cerradas con llave. Era el mismo lugar donde en 1930 habían instalado a una densa multitud de campesinos — todos ellos deportados — (y aunque no haya quedado nadie para contarlo, debemos dar por supuesto que no había techo alguno sobre sus cabezas).
Sin embargo, en 1938 eran tantos los internos, que no todos, ni mucho menos, podían disponer de alojamiento en aquellos frágiles barracones de sólo planta baja, hechos de tablones de desecho y cubiertos — ahora sí — con... lonas. Bajo la húmeda nieve de otoño, bajo los primeros fríos, la gente vivía entre la tierra y el cielo. Cierto que no dejaban que se congelaran en la inmovilidad: constantemente los sometían a recuento o mantenían alta su moral por medio de controles (en la prisión podía haber hasta veinte mil hombres), o con súbitos registros, siempre de noche. Más tarde plantaron tiendas de campaña dentro de las jaulas y en algunas hasta levantaron cabañas de troncos con planta y primer piso. Sin embargo, para abaratar la construcción, no pusieron una solera entre las dos plantas, sino que instalaron directamente literas de a seis, hasta arriba, con escaleras de mano a los lados, por las cuales incluso los que estaban ya en las últimas debían trepar como grumetes (un artilugio más propio de un barco que de un puerto).
En el invierno de 1944-1945, cuando ya todos estaban bajo techado, quedaban sólo siete mil quinientos presos, de los que morían cada día unos cincuenta. Las parihuelas que los llevaban al depósito no conocían descanso. (Se me objetará que una mortalidad por debajo del uno por ciento diario es perfectamente tolerable, y que con esta tasa un hombre puede resistir hasta cinco meses. Cierto, pero tengan en cuenta que la principal guadaña — los trabajos forzados — aún no había empezado. Así pues, esta pérdida del 0,66 por ciento diario no era más que la pura mortandad por desecación. ¿Cuántos almacenes de hortalizas tolerarían esta tasa?)
Cuanto más se adentra uno en el Archipiélago, tanto más se estremece al ver cómo desaparecen los puertos de hormigón para convertirse en simples amarraderos de pilotes.
Karabás, un campo de tránsito cercano a Karagandá, cuyo nombre se ha convertido en palabra de uso común, ha visto pasar en varios años a medio millón de personas (cuando Yuri Karbe estuvo ahí en 1942, ya iban por el número 433.000). El campo consistía en unos barracones bajos, de tierra apisonada, con el suelo de tierra. La distracción diaria era hacerlos salir a todos con sus trastos mientras unos pintores blanqueaban el suelo y hasta dibujaban alfombras. Por la noche, los zeks se acostaban en el mismo suelo y borraban con sus costados el blanqueado y los tapices.
Más que cualquier otro lugar, Karabás habría sido el más merecedor de convertirse en museo. Pero ¡ay!, ya no existe: en su lugar hay ahora una fábrica de piezas de cemento armado.
La prisión de tránsito de Kniazh-Pogost (sesenta y tres grados de latitud norte) se componía de un montón de chozas ¡asentadas sobre un cenagal! Las chozas consistían en un armazón de palos recubierto por una lona que no llegaba hasta el suelo. Dentro de la choza había unas literas de dos pisos, hechas también de palos (mal desbastados) y como pasillo entre ellas un piso igualmente de varas. De día, el cieno líquido salpicaba a través del suelo y de noche se congelaba. En diferentes lugares de la zona había que pasar sobre varas endebles e inestables y por todas partes la gente, que a causa de la debilidad no estaba para equilibrios, caía al cieno o a la aguacha. En 1938 en Kniazh-Pogost daban cada día lo mismo de comer: un cocido de alforfón y salvado con espinas de pescado. Resultaba ser lo más práctico, pues como el punto de tránsito carecía de escudillas, vasos y cucharas — y los presos con mayor razón —, llamaban a los presos por decenas al caldero y con unos cucharones les echaban esa masa en la gorra, los gorros de abrigo o en los faldones de la propia vestimenta.
O veamos, si no, el punto de tránsito de Vogvózdino (a pocos kilómetros de Ust-Vym), donde había cinco mil hombres. (¿Quién había oído hablar de Vogvózdino antes de leer estas líneas? ¿Cuántos puntos de tránsito desconocidos habrá? ¡Multiplicad los que se conocen por cinco mil!) Ahí hacían un cocido muy líquido, pero tampoco disponían de escudillas. Sin embargo supieron salir del paso (¡adonde no llegará el ingenio humano!): servían el bodrio en una palangana de baño para cada diez hombres. ¡A ver quién comía más aprisa! (Esto también se vio en Kotlás.)
Cierto que en Vogvózdino nadie permanecía más de un año. (Y si alguien pasaba ahí tanto tiempo era porque estaba ya en las últimas y no lo querían en ningún campo.)
La vida cotidiana de los nativos del Archipiélago supera con creces la imaginación del literato. Cuando quiere describir la vida en prisión y hacer patente su máximo reproche e indignación, el escritor siempre recurre a la cubeta. ¡La cubeta! La literatura la ha convertido en el símbolo de la cárcel, en el símbolo de la humillación y del hedor. ¡Cuánta frivolidad! ¿Es que creéis que la cubeta es un mal para el preso? ¡Pero si es el más misericordioso invento de los carceleros! Porque el horror empieza desde el instante mismo en que no hay cubeta en una celda.
En 1937 en algunas prisiones de Siberia no había cubeta, ¡no tenían bastantes! No se habían fabricado con antelación tantas como hubiera hecho falta y la industria siberiana no daba abasto ante tamaña avalancha de población reclusa. De modo que los depósitos estatales no podían atender la demanda de zambullos para tanta celda recién inaugurada. En las celdas antiguas sí los había, pero eran viejos y de poca capacidad. El sentido común aconsejaba retirarlos, pues, ante tal alud de reclusos, ahora eran tanto como nada. Así, en la prisión de Minusinsk, construida en otros tiempos para albergar quinientos presos (Vladímir Ilich no estuvo en ella, y es que Lenin llegó hasta su lugar de destierro por su propio pie), se apiñaban ahora diez mil reclusos, ¡o sea que cada cubeta debiera haber aumentado de capacidad veinte veces! Pero los zambullos no crecen...
Nuestras plumas rusas sólo escriben con trazo grueso. Con tanto como hemos vivido, sin embargo bien poco es lo que ha llegado a ser descrito o nombrado por su nombre. En cambio, en manos de los escritores occidentales, acostumbrados a examinar con lupa las células de la existencia, a agitar bajo los focos un matraz de boticario, un tema así se convertiría en epopeya, serían diez tomos más de En busca del tiempo perdido: ¡contar la turbación del alma humana en una celda atiborrada veinte veces más de lo normal, cuando no hay cubeta y llevan a los presos al retrete una sola vez al día!
Naturalmente, mucho es lo que desconocen de este tejido vivo: ¡Nunca se les ocurriría como solución orinarse en la capucha del impermeable, ni llegarían a entender como un consejo la voz de su vecino de celda: ¡pues orínate en las botas! Y sin embargo es un sabio consejo, producto de la experiencia, y no acarrea en modo alguno daño a la bota, ni rebaja tampoco su papel al de un orinal. Significa simplemente que hay que quitarse la bota, ponerla boca abajo y volver la caña del revés: ¡Y ya tenemos nuestro ansiado recipiente, en forma de cilindro!
¡Ay, como enriquecerían su literatura los autores occidentales, cuántos recovecos psicológicos que explotar (sin ningún riesgo de plagiar banalmente a los maestros famosos)! No les haría falta sino conocer los usos y normas de la prisión de Minusinsk: para repartir la comida, una escudilla para cada cuatro, y en cuanto al agua, un vaso al día por preso (vasos sí había). Imaginen ahora que a uno de los cuatro se le ocurre valerse de la escudilla común para aliviar su presión interna, pero a la hora de comer se niega a entregar su ración de agua para lavar la escudilla. ¡Qué conflicto! ¡Qué choque entre cuatro caracteres! ¡Qué matices! (No estoy bromeando. Es así como sale a relucir el fondo de una persona. Sólo que las plumas rusas están demasiado ocupadas para describir lances así, y el ojo ruso no tiene ocasión de leerlo. No bromeo, pues los médicos pueden decirnos cómo unos meses en semejante celda minan la salud de un hombre para toda la vida, aunque no lo fusilaran cuando Ezhov, por más que lo rehabilitaran cuando Jruschov.)
¡Caramba, y nosotros que soñábamos con descansar y desentumecernos al tocar puerto! Después de unos días encogidos y retorcidos en el compartimiento de un vagón-zak, ¡cómo soñábamos con la prisión de tránsito! Soñábamos que allí podríamos estirar los miembros, desperezarnos. Que tendríamos todo el tiempo del mundo para ir al retrete. Que beberíamos agua fría, que habría agua caliente hasta saciarnos. Que no nos obligarían a comprar a la escolta nuestra propia ración a cambio de nuestros enseres. Que soplaríamos la cuchara. Y, finalmente, que nos llevarían al baño, que nos ducharíamos con agua caliente y se acabaría tanto rascarse. Y cuando en el cuervo se nos clavaban otros hombros en los costados, cuando nos zarandeábamos de un lado a otro, cada vez que nos gritaban: «¡Agarrados del brazo!», «¡Agarrados de los talones!», nosotros nos animábamos pensando «¡No importa! ¡No importa! ¡Pronto llegaremos a la prisión de tránsito! Allí sí que...».
Y allí, aunque alguno de nuestros sueños se haga realidad siempre habrá, de todos modos, algo que lo eche a perder.
¿Qué te aguarda en los baños? Nunca se sabe. De pronto empiezan a rapar al cero a las mujeres (Krásnaya Presnia, noviembre de 1950). O bien a nosotros, los hombres, nos mandan desnudos y en hilera a que nos rapen unas peluqueras. En Vólogda la tía Motia, la gorda, gritaba en el baño de vapor «¡A formar, muchachos!», y rociaba toda la fila con un chorro de vapor. En la prisión de tránsito de Irkutsk son de otra opinión: creen que resulta más natural, que en los baños el personal sea masculino, y que sea un hombre quien se ocupe de untar de pomada desinfectante la entrepierna de las mujeres. O bien, en la prisión de tránsito de Novosibirsk, donde en pleno invierno, en los fríos baños, de los grifos sólo salía agua helada; los presos se decidieron a exigir la presencia de un responsable; vino un capitán y puso impertérrito la mano bajo el grifo: «Pues yo digo que el agua sale caliente, ¿estamos?».
Aburre ya contarlo, pero también había baños sin agua, en los que al secar las cosas con vapor se quemaban, lugares donde después del baño obligaban a los presos a que corriesen desnudos y descalzos por la nieve en busca de sus enseres (Contraespionaje del Segundo Frente Bielorruso en Brodnica, 1945. Yo mismo hube de correr así.)
Nada más dar los primeros pasos en un centro de tránsito, el preso comprende que aquí no se haya bajo la férula de los celadores, de unos galones, ni tampoco de los de uniforme, no; todos éstos, mal que bien, aún se someten a alguna ley escrita. En la prisión de tránsito caes en manos de los enchufados. Como el sombrío bañero que sale a recibir al convoy en que llegas a la prisión: «¡Venga, a lavarse, señores fascistas!». Como el capataz que asigna el trabajo en su tablilla de contrachapado, que escruta vuestra hilera y siempre os mete prisas; (T120) como el educador, una cabeza rapada con tupé, que va dándose golpecitos en la pierna con un periódico enrollado mientras mira de reojo los sacos con que han entrado los reclusos; y como otros enchufados que el preso aún no conoce, pero cuya mirada ya está atravesando las maletas como rayos X. ¡Cómo se parecen todos! ¿O es que no has tropezado ya con ellos durante tu corto viaje al centro de traslado? ¿Dónde los habrás visto ya? Claro que entonces no iban tan pulcros ni relamidos, aunque sus jetas de bruto son las mismas, idéntico su rictus despiadado.
¡Mira por dónde! ¡Pero si son los cofrades de nuevo! ¡Son de nuevo los del gremio, que ya cantara Utiosov! Son Zhenka Zhogol, Serioga el Animal y Dimka el Revientatripas, sólo que ya no están entre rejas, ahora van limpitos, visten el ropaje de aquellos en que el Estado deposita su confianza y velan con prosapia (154) por la disciplina — nuestra disciplina, claro está —. Si observamos sus jetas detenidamente, con un poco de imaginación podemos llegar a reconocer en sus rostros unas fisonomías rusas como las nuestras; en otro tiempo hubieran sido muchachos campesinos cuyos padres se llamarían Klim, Prójor o Guri. (T121) Además, están hechos igual que nosotros: dos fosas nasales, dos círculos irisados en los ojos y una lengua rosada para tragar alimento y pronunciar algunos sonidos del ruso, aunque — eso sí — hilvanados en forma de palabras que nunca antes habíamos oído.
Más tarde o más temprano, todo director de prisión de tránsito acaba teniendo la siguiente idea: con las nóminas del personal en plantilla se puede pasar un sueldo a los propios parientes sin que éstos tengan ni que salir de casa, o también se pueden repartir entre los jefes de la cárcel. Porque les basta dar un silbido para que se presenten tantos elementos socialmente afínes como sea necesario, dispuestos a ejecutar esos trabajos, a cambio de quedarse escaqueados en la prisión de tránsito, de no salir a las minas, a los yacimientos o a la taiga.
Todos esos capataces, escribientes, contables, educadores, bañeros, peluqueros, responsables de almacén, cocineros, lavaplatos, lavanderas, sastres remendones de ropa interior, son presos en tránsito perpetuo, reciben su ración y obran en los registros con un número de celda. El resto de sopa y de manduca se lo procuran — sin ayuda de los jefes — en el perol común o en la arroba de los zeks en tránsito. Todos esos enchufados de la prisión de tránsito consideran con fundamento que en ningún campo van a estar mejor. Caemos en sus manos cuando aún no nos han desplumado a fondo y ellos nos despachan a placer. Aquí son ellos los que cachean en lugar de los carceleros, pero antes te proponen que les entregues tu dinero para guardártelo, y con toda la seriedad del mundo llevan una lista, ¡y acto seguido se esfuman, tanto la lista como el dinero! «¡Hemos entregado dinero!» «¿A quién?», se asombra el oficial que acaba de personarse. «¡Bueno, era uno así...!» «¿Sí, pero a quién exactamente?» Los enchufados tampoco han visto nada... «¿Y por qué se lo dieron?» «Es que pensábamos...» «¡Andaba pensando el pavo...! (T122) ¡Pues a ver si pensáis menos!» Y se acabó.
O bien te aconsejaban que dejaras la ropa en la antesala del baño: «¡Nadie os va a quitar nada! ¿Pero quién quieres que se lleve eso?». Y ahí dejábamos la ropa. De todos modos, no se podía entrar con prendas al baño. Y al salir faltaban los jerseys, las manoplas de piel. «¿Cómo era tu jersey?» «De color gris...» «¡Bueno, pues será que ha ido él solito a que lo laven!» También pueden quitarte las cosas honradamente: a cambio de guardarte la maleta en el almacén, por conseguirte una celda donde no haya cofrades, para que te trasladen cuanto antes, o al contrario, para que tarden más en expedirte. Lo único que no hacen es desvalijarte directamente.
«¡Pero si éstos no son cofrades!», aclaran los expertos en la materia que hay entre nosotros. «Ésos son los perros, los que se han dejado comprar y se la tienen jurada a los ladrones decentes. Los decentes están en las celdas.» Pero es algo que cuesta comprender a nuestros cerebros de borrego. Las maneras son las mismas, los tatuajes también. Puede que sí, que sean enemigos de los ladrones decentes, pero tampoco son amigos nuestros, ya ven...
Entretanto, nos hacen sentar en el patio, bajo las ventanas de las celdas. En las ventanas hay bozales que impiden ver quién hay dentro, pero sí dejan llegar una voz ronca y amistosa que nos aconseja: «¡Muchachos! Aquí esto funciona así: durante el pasamanos te quitan todo lo que va suelto, como el té o el tabaco. Así que el que lleve algo de eso que nos lo arrime por la ventana, y nosotros se lo devolvemos después». ¿Y nosotros qué sabemos? Somos panolis, borregos. Quizá sea verdad que confiscan el té y el tabaco. ¿Y no habla la gran literatura de la solidaridad universal entre los reclusos? ¡Un presidiario no puede engañar a otro! Además, se han dirigido a nosotros con afecto: «¡Muchachos!». Así que les arrimamos las petacas con el tabaco. Y al otro lado, aquellos ladrones de pura casta pescan el botín y al punto se mofan de nosotros: «¡Fascistas, anda que no sois primos!».
He aquí los eslóganes con que nos acoge la prisión de tránsito, aunque no cuelguen de sus muros: «¡No busques aquí la justicia!», «¡Tendrás que entregar todo lo que tengas!», «¡Tendréis que entregarlo todo!», nos repiten también los carceleros, los soldados de la escolta y los cofrades. Estás anonadado por tu condena interminable y tu mente sólo piensa en cómo recuperar el aliento, mientras a tu alrededor todos se las ingenian para desvalijarte. Todo se conjura para oprimir aún más al preso político, ya de por sí bastante abatido y abandonado a su suerte. «Tendréis que entregarlo todo...», sacude desconsoladamente la cabeza un carcelero de la prisión de tránsito de Gorki, y Ans Bernstein le entrega aliviado su capote de oficial, no por las buenas, sino a cambio de dos cebollas.
¿Pero cómo vas a quejarte de los cofrades si ves que todos los celadores de Krásnaya Presnia llevan unas botas de cuero pulido que no forman parte del uniforme reglamentario? Todo esto lo han apandado los cofrades en las celdas para colocárselo a los carceleros. ¿Cómo vas a quejarte de los cofrades si el «educador» de la Kaveché (155) es uno de ellos, facultado además para redactar informes sobre los presos políticos? (Centro de tránsito de Kemerovo) ¿Cómo vas a pretender que metan en cintura a los cofrades de la prisión de tránsito de Rostov si están en su feudo ancestral?
Cuentan que en 1942, en la prisión de tránsito de Gorki, unos oficiales presos (Gavrílov, el ingeniero militar Schebetin y otros más) pese a todo les hicieron frente, les dieron una paliza y les bajaron los humos. Pero esta historia siempre ha sonado a leyenda: ¿Acaso sometieron también a los cofrades de las otras celdas? ¿Y cuánto tiempo les duró el correctivo? ¿Y dónde tenían los ojos los del ros azul cuando unos elementos socialmente ajenos estaban vapuleando a otros socialmente afines? En cambio, si te cuentan que en 1940, en la prisión de tránsito de Kotlás, los delincuentes comunes que estaban en la cola del economato arrancaban el dinero de las manos de los presos políticos, que éstos respondieron atizándoles y no había quien los detuviera, y que entonces entró en la zona la guardia con ametralladoras para proteger a los cofrades, no te quepa la menor duda: ¡Es la pura verdad!
¡Los familiares insensatos! Van de acá para allá, en el mundo de los libres, pidiendo dinero prestado (pues en casa no disponen de tanto) para enviarte algunas cosas, para enviarte comida. Es el último óbolo de la viuda, pero es un regalo envenenado, pues te convierte de un preso hambriento, pero sin ataduras, en una persona inquieta y cobarde. Te priva de esa lucidez que empezaba a nacer en ti, de tu incipiente firmeza, te priva de las dos únicas cosas que necesitas antes de precipitarte en el abismo. ¡Oh cuan sabia es la parábola del camello y el ojo de la aguja! Tus posesiones te impedirán entrar en el reino de los cielos, en el reino de las almas libres, lo mismo que a todos cuantos te acompañaban en el cuervo que también han entrado con su saco a cuestas.
«¡Hatajo de cerdos!», nos maldecían ya los cofrades en el furgón. Pero entonces ellos eran dos y nosotros medio centenar, y de momento no nos pusieron la mano encima. Y ahora que llevamos ya dos días en el suelo de la estación de Krásnaya Presnia, con las piernas encogidas de tanta estrechez, ninguno de nosotros tiene ojos para la vida que se desenvuelve a nuestro alrededor, todos andamos preocupados con la forma de que nos acepten las maletas en consigna. Porque por más que guardar los enseres sea uno de nuestros derechos, si los encargados acceden a ello es sólo porque la prisión está en Moscú y nosotros aún no hemos perdido nuestra apariencia de moscovitas.
¡Qué alivio! Nuestros enseres ya están a buen recaudo (aunque eso sólo quiera decir que no los entregaremos en esta prisión de tránsito, sino más adelante). Ahora sólo cuelgan de nuestras manos los hatillos con unos alimentos a los que aguarda un amargo destino. Como se les han acumulado demasiados de los nuestros, demasiados castores, ahora empiezan a repartirnos por celdas. A mí me meten en la misma celda que Valentín, ese que firmó la sentencia de la OSO el mismo día que yo y que con tanta contricción se había propuesto empezar una nueva vida en cuanto llegara al campo penitenciario. La celda todavía no está atiborrada: aún queda sitio en el pasillo y bajo los catres.
De acuerdo con la distribución clásica, los cofrades ocupan las literas de arriba: los más veteranos junto a las ventanas, y los jovenzuelos un poco más lejos. Por las literas inferiores se extiende una masa gris e indefinida. Nadie se nos echa encima. Sin fijarnos, sin reflexionar, en nuestra inexperiencia nos deslizamos bajo los catres sobre el piso de asfalto, creyendo que hasta vamos a estar cómodos. Los catres son muy bajos y si un hombre es corpulento debe arrastrarse pegado al suelo como un soldado que avanza tras las líneas enemigas.
Logramos meternos. Ahora podremos tendernos tranquilamente y conversar en voz baja. ¡Pero no! En la penumbra, con silencioso susurro, gateando, como grandes ratas, se nos acercan a hurtadillas los cachorros desde todas partes. Todavía son unos críos, incluso los hay de doce años, pero en el Código también hay sitio para ellos. Ya han sido condenados por robo y ahora están ampliando sus estudios junto a los ladrones. ¡Los han lanzado contra nosotros! Se deslizan en silencio, por todos lados. Una docena de manos tira y nos despoja de nuestras posesiones. ¡Y todo en completo silencio, sólo se oyen unos resoplidos malignos! Nos hemos metido en una ratonera: no podemos levantarnos ni movernos siquiera.
No ha pasado un minuto y ya nos han quitado el hatillo donde guardábamos el tocino, el azúcar y el pan, y nosotros seguimos ahí tendidos como idiotas. Ahora que hemos entregado los víveres sin resistencia, por lo menos podríamos seguir tendidos tranquilamente, pero se nos antoja imposible. Arrastrando las piernas de una forma ridicula nos salimos de bajo el catre con el trasero por delante.
¿Soy un cobarde? Hasta entonces siempre había creído que no. Me había expuesto a un bombardeo en la estepa abierta. No había dudado en meterme por un camino forestal a sabiendas de que estaba infestado de minas antitanque. Había sabido mantener la sangre fría al sacar mi batería del cerco, y aun volví para recoger un camión, un Gasik averiado. ¿Por qué en ese momento no había agarrado a una de estas ratas humanas? ¿Por qué no le había aplastado su rosado hocico contra el negro asfalto? ¿Porque era demasiado pequeño? ¡Pues haberme metido con los mayores! No, no era eso... En el frente existe algo más, un sentimiento (quizá mera ilusión) que nos hace sacar fuerzas: ¿Era quizás el espíritu de pertenencia a una colectividad militar? ¿La convicción de que era ahí donde había que estar? ¿La noción del deber? En cambio, aquí no existe una línea de conducta trazada de antemano, no hay reglamento, todo hay que ir descubriéndolo a tientas.
Puesto en pie, me vuelvo hacia su cabecilla, el pacha. En la litera del segundo piso, junto a la ventana, tiene ante él todo lo que nos han quitado: los cachorros no han probado ni una migaja, guardan la disciplina. Esta parte anterior de la cabeza, que en los bípedos se acostumbra a llamar cara, la naturaleza la había modelado en el pacha con repugnancia y desagrado, a menos que hubiera sido su vida depredadora quien la hubiera hecho así: torcida y flácida, con la frente estrecha, una cicatriz primitiva y unos modernos puentes de acero en los dientes delanteros. Sus ojillos, del tamaño justo para reconocer los objetos familiares sin asombrarse ante la belleza del mundo, me miraban como el jabalí al ciervo, consciente de que podía derribarme cuando quisiera.
Está esperando. ¿Y qué hago yo? ¿Doy un salto hacia él para golpear esa jeta con el puño por lo menos una vez antes de desplomarme sobre el pasillo? ¡Ay de mí!, no.
¿Es que me he convertido en un canalla? Hasta entonces siempre había creído que no. Pero me ofende tener que arrastrarme de nuevo sobre la panza para meterme bajo los catres después de haber sido saqueado y humillado y por eso le digo indignado al pacha que al menos podría hacernos un sitio en las literas a cambio de las vituallas que nos han quitado. (A ver, ¿no es una queja muy natural en una persona de ciudad, en un militar?)
¿Y qué pasa entonces? Pues que el pacha accede. ¿O es que con ello no le estoy entregando el tocino, acatando su autoridad y revelando de paso una manera de ser cercana a la suya? ¿No entendería con ello que yo también tengo por costumbre cebarme en los más débiles? El pacha ordena a dos de aquellas figuras grises e indefinidas que abandonen su sitio en las literas inferiores cercanas a la ventana y que nos las cedan a nosotros. Ellos acatan sumisamente y nosotros nos tendemos en los mejores sitios.
Aún lamentamos nuestras pérdidas durante un rato (los cofrades no ponen los ojos en mis pantalones gállifet de oficial, no es ése su uniforme, pero uno de los ladrones está palpando ya los pantalones de paño de Valentín, se ve que le han gustado). Y no es hasta el anochecer que llega hasta nosotros el murmullo de nuestros vecinos. Nos están reprobando: ¿Cómo hemos podido pedir protección a los cofrades y enviar bajo los catres a dos de los nuestros? Y sólo entonces empieza a remorderme la conciencia por mi bajeza y se me suben los colores (durante muchos años enrojeceré de vergüenza sólo de pensar en ello).
Aquellos seres grises de las literas inferiores son mis hermanos del Artículo 58-1-b, son prisioneros de guerra. ¿Acaso hace tanto tiempo que me juré a mí mismo que compartiría su suerte? Y ahora ya estoy metiéndolos bajo los catres. Cierto que no han salido en nuestra defensa ante los cofrades, pero ¿por qué debían defender nuestro tocino si nosotros tampoco lo hacíamos? Siendo prisioneros de guerra, ya han visto suficientes reyertas como para creer en las acciones nobles. Ellos no me han hecho ningún daño, pero yo a ellos sí.
Y así debemos darnos golpes una y otra vez, en el costado y en los morros, para convertirnos al fin aunque sea a fuerza de años, en personas... Para convertirnos en personas...
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Y sin embargo, aunque pierda hasta la camisa, el novato necesita pasar por la prisión de tránsito. ¡Sin lugar a dudas! La prisión le permite ir acostumbrándose gradualmente al campo penitenciario. No habría corazón humano capaz de soportar un paso así de un solo golpe. No habría conciencia que pudiera orientarse tan de inmediato en este embrollo. Hay que meterse en ello poco a poco.
Además, la prisión de tránsito le brinda la ilusión de seguir en contacto con su familia. Desde aquí escribirá la primera carta a que tiene derecho. A veces para decir que no lo han fusilado, a veces para indicar adonde lo mandan, en todo caso son siempre las primeras y chocantes palabras que dirige a los suyos un hombre trillado ya por la investigación judicial. En casa le siguen recordando como era, pero él ya nunca volverá a ser el mismo. Es una certeza que de pronto estalla como un rayo en alguna de esas líneas retorcidas. Retorcidas porque por más que esté permitido enviar cartas desde una prisión de tránsito, por más que en el patio haya colgado un buzón, no hay quien consiga papel ni lápices, y mucho menos algo que sirva para sacar punta. De todos modos, siempre se podrá alisar un envoltorio de tabaco o de un paquete de azúcar, y en la celda alguien habrá que tenga un lápiz. Con esos garabatos indescifrables se escriben las líneas que han de traer la paz o el desasosiego a las familias.
Hay mujeres que tras recibir una de esas cartas pierden la cabeza y corren en pos de su marido hasta la prisión de tránsito, aunque jamás les concederán una entrevista y lo único que van a conseguir será traerle nuevas preocupaciones. Una de esas mujeres proporcionó, a mi entender, una idea para lo que habría de ser el monumento a todas las esposas. E incluso indicó el lugar para erigirlo.
Fue en la prisión de tránsito de Kúibyshev, en 1950. La prisión estaba en el fondo de un valle (desde el que, sin embargo, se divisaban las Puertas de Zhiguli del Volga), y sobre éste, cerrándolo por el este, se alzaba una alta y extensa colina cubierta de hierba. La colina estaba detrás de la zona y quedaba por encima de ésta, por lo cual, desde abajo, no podíamos ver por dónde podría acceder a la cima alguien que viniera desde fuera. Pocas veces podía verse a alguien en la colina, en ocasiones pastaban unas cabras o correteaban unos niños. Y de pronto, un día nuboso de verano apareció en la escarpada pendiente una mujer con ropas de ciudad. La mujer empezó a escudriñar nuestra zona desde arriba cubriéndose del sol con el hueco de la mano y girando despacio la cabeza. En aquel momento, tres populosas celdas estaban de paseo en varios patios. ¡Y entre aquellos tres densos centenares de hormigas sin rostro ella pretendía encontrar a su marido! ¿Esperaba quizá que se lo dijera el corazón? Seguramente le habían denegado la entrevista y había decidido trepar por aquella pendiente. Desde los patios, todos habían advertido su presencia y se pusieron a mirarla. Nosotros, en lo bajo del valle, no teníamos viento, pero arriba soplaba con fuerza. El viento levantaba y tiraba de su largo vestido, de su chaqueta y sus cabellos, ponía al descubierto todo el amor y la angustia que la invadían.
Creo que una estatua de aquella mujer, colocada precisamente allí, en la colina que domina la prisión de tránsito, de cara a las Puertas de Zhiguli como ella estaba, podría por lo menos explicar algo a nuestros nietos. (156) Vete a saber por qué, estuvo ahí un buen rato sin que nadie la alejara, seguramente la guardia tendría pereza de trepar hasta allí. Luego subió un soldado, se puso a gritar y a agitar los brazos, y la obligó a marcharse.
Además, la prisión de tránsito brinda al preso una visión general, amplía sus horizontes. Como suele decirse, bien se está san Pedro en Roma, aunque no coma. En el movimiento incesante de este lugar, en ese ir y venir de decenas y centenares de individuos, en la franqueza de los relatos y de las conversaciones (en el campo ya no se habla tan abiertamente, todos temen caer en las garras del oper), tu mente se refresca, se airea, se aclaran tus ideas, empiezas a comprender mejor lo que está sucediendo, lo que ocurre con el pueblo y hasta en el mundo. Hasta puede que coincidas en la celda con algún personaje estrafalario dispuesto a contarte cosas que jamás habrías podido leer en ninguna parte.
Un buen día entra en nuestra celda un auténtico prodigio: un joven militar de alta estatura, perfil romano, pelo rizado de color rubio claro, uniformado como un inglés, como si lo hubieran traído directo de las costas de Normandía, como un oficial de las tropas del desembarco. ¡Menudos aires se dio al entrar! Como si esperara que todos nos alzáramos en su presencia. Pero la verdad es que, sencillamente, esperaba encontrarse con una celda hostil: llevaba ya dos años encerrado y aún no había estado en ninguna celda común, y hasta llegar a la prisión de tránsito siempre lo habían transportado en secreto, en un compartimiento para él solo. De pronto, inesperadamente — por descuido o con toda la intención — lo habían introducido en nuestro establo. Recorre la celda, descubre a un oficial de la Wehrmacht por su uniforme y se enzarza, con él en alemán. Al poco rato ya están discutiendo acaloradamente. Se diría que están a punto de hacer uso de las armas, de haberlas tenido, claro. Han pasado ya cinco años desde la guerra y además siempre nos han inculcado que si Occidente tomó parte en la contienda fue sólo por guardar las apariencias. Nos extraña, pues, contemplar tanta furia recíproca: al fin y al cabo, el alemán lleva mucho tiempo aquí, y nosotros, los rusos, nunca hemos discutido con él.
Nadie habría creído el relato de Erik Arvid Andersen de no haber visto su cabeza, a la que habían perdonado el rapado, un milagro único en todo el Gulag; de no ser por su porte extranjero; de no ser por la conversación fluida en inglés y en alemán. Si hemos de dar crédito a sus palabras, era hijo de un sueco acaudalado, no ya millonario sino multimillonario (bueno, admitamos que exageraba), y sobrino por parte de madre del general inglés Robertson, jefe de la zona inglesa de ocupación en Alemania.
Ciudadano sueco, había servido como voluntario en el Ejército inglés durante la guerra y, efectivamente, había tomado parte en el desembarco de Normandía. Después de la guerra pasó a ser oficial de carrera en el Ejército sueco. Sin embargo, siempre sintió inquietud por las cuestiones sociales y su sed de socialismo acabó pudiendo más que el apego a las riquezas de su padre. Seguía la evolución del socialismo soviético con profunda simpatía, e incluso tuvo ocasión, durante una visita a Moscú como miembro de una misión militar sueca, de convencerse con sus propios ojos de que estaba floreciendo. Aquí les dieron banquetes y los tuvieron en dachas. No tuvo obstáculo alguno para cambiar impresiones con sencillos ciudadanos soviéticos y con hermosas actrices que no temían llegar tarde al trabajo y siempre estaban dispuestas a pasar el rato con él, incluso a solas. Convencido definitivamente del triunfo de nuestro orden social, a su regreso a Occidente, Erik publicó artículos en la prensa defendiendo y elogiando el socialismo soviético.
Aquí fue cuando traspasó el umbral y se buscó la perdición. Precisamente en aquellos años de 1947-1948 estaban buscando por todos los rincones de Europa jóvenes occidentales progresistas dispuestos a renegar en público de Occidente (parecía que bastaba reunir una veintena para que Occidente se tambaleara y se derrumbara). Por los artículos que había publicado, Erik parecía la persona apropiada. En aquella época, Erik prestaba servicio en el Berlín Occidental, su esposa se había quedado en Suecia, y por una venial debilidad masculina solía visitar a una joven soltera alemana en Berlín Oriental. Allí fue donde una noche lo prendieron. (¿No es esto lo que se dice «ir a por lana y salir trasquilado»? Hace ya tiempo que se dan casos así, no fue éste el primero.) Se lo llevaron a Moscú, donde Gromyko, que le conocía de otro tiempo por haber almorzado en casa de su padre en Estocolmo y ahora tenía ocasión de corresponder a tanta hospitalidad, le propuso al joven que renegara públicamente del capitalismo entero y de su propio padre, a cambio de lo cual se le prometía vivir entre nosotros a cuerpo de capitalista hasta el fin de sus días.
Aunque Erik no perdía nada en el plano material, con gran asombro de Gromyko, se indignó y le cubrió de improperios. Como creían que acabaría cediendo, lo encerraron en una dacha de los alrededores de Moscú y le estuvieron dando de comer como a los príncipes que salen en los cuentos (a veces le aplicaban «horribles medidas de represión»: no le dejaban encargar el menú del día siguiente, o de repente le traían un filete en lugar del pollo que había pedido). Le llevaron las obras de Marx-Engels-Lenin-Stalin y esperaron un año hasta que se reeducara. Pero, sorprendentemente, ello no surtió efecto alguno. Entonces trajeron a vivir con él a un ex general de brigada que ya había cumplido dos años en Norilsk.
Probablemente, contaban con que a Erik se le bajarían los humos cuando oyera del general los horrores de los campos. Pero el general no supo — o no quiso — cumplir la misión encomendada. En los diez meses que pasó encerrado con él, Erik no hizo más que aprender un ruso muy rudimentario y confirmarse en la repulsión que ya había empezado a sentir por los de azul. En el verano de 1950 lo llevaron de nuevo ante Vyshinski, y otra vez volvió a rehusar (¡sacrificando así la propia existencia a su conciencia, en contra de todos los dogmas!). Entonces, el propio Abakúmov le leyó a Erik una disposición que lo condenaba a veinte años de prisión (¿por qué delito?). En realidad estaban ya hartos de bregar con aquel zoquete, pero tampoco podían dejar que volviera a Occidente. Fue entonces cuando lo trasladaron en un compartimiento de tren aparte, cuando escuchó a través del tabique el relato de aquella muchacha de Moscú, para ver a la mañana siguiente por la ventanilla la Rusia de Riazán, con sus techos de paja podrida.
Aquellos dos años habían fortalecido muchísimo su lealtad a Occidente. Ahora tenía una fe ciega en Occidente, no quería reconocer sus debilidades, consideraba invencibles los ejércitos occidentales, e infalibles a sus políticos. No quiso creernos cuando le contamos que, durante su reclusión, Stalin se había atrevido a bloquear Berlín y que Occidente le había dejado salirse con la suya. El pálido cuello de Erik y sus mejillas cremosas enrojecían de indignación cuando nos burlábamos de Churchill y de Roosevelt.
Tanto menor era su duda de que Occidente no consentiría que él, Erik, siguiera encarcelado; de que los servicios secretos tendrían noticia de la prisión de tránsito de Kúibyshev y descubrirían que no se había ahogado en el Spree, sino que estaba prisionero en la Unión Soviética, de que pagarían un rescate o lo canjearían. (Esta creencia en la peculiaridad de su propio destino frente al del resto de presos recordaba a la fe de los buenos comunistas que habían ido a dar con sus huesos en prisión.) Pese a nuestras acaloradísimas discusiones, nos invitó a Panin y a mí a Estocolmo si se presentaba la oportunidad («Allí nos conoce todo el mundo», decía con una sonrisa cansina, «mi padre mantiene a la Casa Real, o poco menos»). Pero entretanto, el hijo del multimillonario no tenía con qué secarse, y yo le regalé una toalla desgarrada que tenía de sobras. No tardaron en llevárselo de traslado. (157)
¡Y mientras tanto, el trasiego prosigue infatigable! Llegan nuevos reclusos, se llevan a otros, ya sea de uno en uno o en partidas, y los mandan por etapas hacia alguna parte. Pero bajo esa apariencia expedita y planificada, la irracionalidad llega a tal extremo, que hasta cuesta de creer.
En 1949 se crearon los Campos Especiales y por designio de las altas esferas mandaron enormes contingentes de mujeres de los campos del norte europeo y del este del Volga, hacia Siberia, Taishet y Ozior-lag con tránsito en la prisión de Sverdlovsk. Pero llegado 1950, ese Alguien pensó que era más práctico confinar a las mujeres no en Ozior-lag, sino en Dubrov-lag, en Temniki (Mordovia). Y estas mismas mujeres, con todas las comodidades propias de los desplazamientos dentro del Gulag, tuvieron que volver a pasar por la misma prisión de tránsito de Sverdlovsk, esta vez en dirección oeste.
En 1951 se crearon nuevos Campos Especiales en la región de Kemerovo (Kamysh-lag), ¡o sea que finalmente se habían decidido por un sitio para ponerlas a trabajar! Pues bien, de nuevo martirizaron a esas pobres mujeres enviándolas esta vez a los campos de Kemerovo, pasando por Sverdlovsk y su maldita prisión de tránsito. Llegó entonces la época de las excarcelaciones, ¡pero no para todas! Y a las mujeres que continuaron cumpliendo condena, a pesar de que con Jruschov se había suavizado el régimen, fueron martirizadas enviándolas otra vez de Siberia a Mordovia, pasando por Sverdlovsk. Les parecía más seguro tenerlas a todas en el mismo sitio.
A fin de cuentas, la nuestra es una economía autártica, todos los islotes son nuestros y los rusos no se arredran ante las grandes distancias.
Lo mismo podía ocurrirles a presos aislados, ¡pobres diablos! Shendrik, un joven alegre y corpulento, cuya cara no daba muestras de grandes complicaciones, cumplía, por así decirlo, como un honesto trabajador en uno de los campos de Kúibyshev y no presentía la desgracia que se le venía encima.
¡Y vaya si se avalanzó sobre él! Llegó al campo una orden urgente, y no de cualquier fulano, sino del propio ministro del Interior (¿cómo podía conocer el ministro la existencia de Shendrik?): había que conducir inmediatamente a este tal Shendrik a la prisión n° 18 de Moscú. Así que lo atraparon, lo llevaron a la prisión de tránsito de Kúibyshev y lo enviaron a Moscú sin más dilación. Pero resultó que la prisión n° 18 no fue tal, sino la tan afamada Krásnaya Presnia, y ahí lo metieron con todos los demás de su partida. (De todos modos, al propio Shendrik ese número no le decía nada y nadie le había puesto en antecedentes.) Pero su desgracia aún no había dicho la última palabra: no habían pasado dos días cuando lo empaquetaron de nuevo en un convoy, esta vez al Pechora. La naturaleza que discurría ante la ventanilla era cada vez más rala y sombría. El joven empezó a sentir miedo: sabía que su orden de traslado la había dictado el ministro en persona y que, por tanto, si lo enviaban tan expeditivamente hacia el norte sería porque obraba en sus manos un estremecedor expediente contra él. Por si fueran pocas las fatigas del viaje, a Shendrik le robaron durante el trayecto la ración de pan de tres días y, cuando llegó al Pechora, apenas podía tenerse sobre las piernas.
La acogida no fue nada hospitalaria: lo enviaron de inmediato a trabajar sobre la nieve húmeda, sin darle tiempo a comer o instalarse. A los dos días, antes de que la camisa se le hubiera secado una sola vez, antes de que hubiera tenido tiempo de rellenarse el colchón con ramas de abeto, le ordenaron que entregara cuantos enseres pertenecieran a la administración, lo sacaron del campo y lo llevaron aún más lejos, a Vorkutá. Todo indicaba que el ministro se había propuesto acabar con Shendrik, bueno, no sólo con él, sino con toda su partida de traslado. Ya en Vorkutá, Shendrik pasó un mes entero sin que le molestaran. Iba a los trabajos comunes y aunque todavía no se había repuesto de tanto traslado, empezaba a resignarse a su destino en el ártico.
Pero un día fueron a buscarlo repentinamente a la mina cuando aún no había anochecido, lo llevaron al campo a toda prisa para que entregara todos los efectos de la administración y, una hora después, ya lo estaban enviando hacia el Sur. ¡Esto ya olía a venganza personal! Lo llevaron a Moscú, a la prisión n° 18, donde lo tuvieron un mes encerrado en una celda. Pasado este tiempo lo llamó un teniente coronel y le preguntó: «¿Pero dónde se había metido usted? ¿Es cierto que es técnico de construcción de maquinaria?». Shedrik contestó que sí. Y entonces se lo llevaron... ¡a las islas paradisiacas! (¡Sí, hay unas islas en el Archipiélago que reciben este nombre!) (T123)
Este fugaz ir y venir de la gente, estos destinos y estos relatos, embellecen sobremanera las prisiones de tránsito. Los que ya han pasado por los campos aconsejan al primerizo: ¡Tú dale al catre y no te compliques la vida! Aquí se come a garantía (158) y no hay que partirse el espinazo. Y cuando no estamos estrechos, hasta puedes dormir a pierna suelta. Conque despedázate bien y échate entre una balanda y la siguiente. Comer, no se come, pero lo que es dormir.... Sólo el que ha conocido los trabajos comunes de un campo comprende que la prisión de tránsito es una casa de reposo, un alto feliz en nuestro camino. Y otra ventaja más: si duermes de día, el plazo de reclusión se te hace más corto. Es de día cuando hace falta matar el tiempo, de noche ni te enteras.
También es cierto que los amos de las prisiones de tránsito, recordando que el trabajo hace al hombre y que al criminal sólo se le corrige por el trabajo, utilizan a veces esta mano de obra, yacente y de paso, ya sea porque hay tareas suplementarias o porque se procuran brazos que refuercen sus ingresos por otros medios.
Antes de la guerra, en esta misma prisión de tránsito de Kotlás, el trabajo no era más suave que en los campos. En un día de invierno, seis o siete presos extenuados, enganchados con arreos a un remolque-trineo para tractor (!), debían arrastrarlo doce kilómetros por el Dvina hasta la desembocadura del Vychegda. Se encenagaban, caían en la nieve, se atoraba el trineo. ¡Al parecer, era imposible idear un trabajo más agotador!
Pues resulta que no era en esto en lo que consistía el trabajo, sino que se trataba de un ejercicio para desentumecerse. Al llegar a la desembocadura del Vychegda debían cargar en el remolque diez metros cúbicos de leña, y arrastrar el trineo hasta la prisión — ¡hogar, dulce hogar! — con el mismo tiro, ni un solo hombre más. (Repin se nos fue y a los nuevos pintores ya no les parece éste un tema pictórico, sería un burdo apunte del natural.) ¡Así que no me hablen de los campos! Antes de llegar a los campos ya habremos estirado la pata. (En estos trabajos hacía de jefe de cuadrilla Kolupayev; y de remonta de caballos, el ingeniero eléctrico Dmitriev, el teniente coronel de intendencia Beliá-yev, nuestro antiguo conocido Vasili Vlásov y otros más que ya no es posible recordar.)
Durante la guerra, en la prisión de tránsito de Arzamás agasajaban a los presos con hojas de remolacha, pero a cambio de ello, el trabajo había tomado carta permanente. Había talleres de costura y de abatanado para la fabricación de botas (trataban la lana en una mezcla de agua caliente y ácidos).
En el verano de 1945, en Krásnaya Presnia nos ofrecíamos voluntarios para el trabajo con tal de salir de aquellas celdas sofocantes y enrarecidas; por gozar del derecho a respirar aire puro el día entero; por poder sentarnos sin prisas ni impedimentos en la plácida cabaña de tablas que servía de retrete (¡vean qué estímulo más eficaz y sin embargo qué pocas veces lo tienen en cuenta!) recalentado por el sol de agosto (eran los días de Potsdam y de Hiroshima), (T124) atento al pacífico zumbido de una abeja solitaria; por fin, por el derecho a recibir cien gramos más de pan al acabar la jornada. Nos conducían hasta un muelle en el río Moskva donde se descargaba madera. Debíamos coger los troncos de una pila, arrastrarlos hasta otra y amontonarlos de nuevo. El jornal no compensaba en modo alguno las fuerzas que gastábamos, y sin embargo disfrutábamos con ello.
A menudo hay recuerdos de mis años jóvenes que me hacen enrojecer (años que pasaron en el Gulag). Pero siempre podemos aprender de nuestro pesar. Habían bastado dos años de mimar y mecer sobre mis hombros los galones de oficial para que mi huero costillar se llenara de un ponzoñoso polvo dorado. En aquel muelle de carga fluvial — también un pequeño campo penitenciario, con su zona cercada y sus torres alrededor —, nosotros éramos forasteros de paso, obreros temporeros, y no había conversación ni rumor alguno que pudiera hacernos pensar que fuéramos a permanecer en aquel campo a cumplir condena. No obstante, cuando nos formaron por primera vez y el capataz recorrió la fila buscando con la mirada a los que iban a ser — provisionalmente — jefes de cuadrilla, mi nimio corazón batía como si quisiera saltárseme de aquella camiseta militar de lanilla: ¡A mí! ¡A mí! ¡Escógeme a mí! No me escogieron. ¿Pero por qué lo deseaba? En realidad, no me habría servido más que para acumular nuevos errores vergonzosos.
¡Oh, qué difícil es deshabituarse al poder! Hay que saberlo comprender.
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Hubo un tiempo en que Krásnaya Presnia era poco menos que la capital del Gulag, en el sentido de que fueras donde fueras era imposible evitarla, lo mismo que Moscú. De la misma manera que, en la Unión Soviética, para ir de Tashkent a Sochi o de Chernigov a Minsk lo más práctico es pasar por Moscú, también los presos eran enviados desde todas partes a través de Krásnaya Presnia. Mi conocimiento de la prisión es precisamente de esa época, cuando el exceso de reclusos sobrecargaba las dependencias y hubo que construir un edificio auxiliar. Moscú sólo la pasaban de largo los trenes con vagones de ganado, que llevaban a los condenados por los servicios de contraespionaje. Estos trenes directos pasaban por el ferrocarril de circunvalación, justamente al lado de Presnia, a la que quizás enviaban saludos con sus silbatos.
Cuando un viajero llega a Moscú para hacer transbordo, siempre lleva billete y cuenta con que más tarde o más temprano seguirá viaje en la dirección que se ha propuesto. En cambio, en Presnia, al final de la guerra y los años que siguieron, no sólo los recién llegados, sino también los altos mandos e incluso los jefes del Gulag no tenían idea de adonde iba a ir cada cual. No habían cristalizado todavía los procedimientos penitenciarios, como ocurriría en los años cincuenta, y no había instrucciones escritas en cuanto a itinerarios ni destinos; en todo caso, sólo recomendaciones de servicio: «¡Estricta vigilancia!», «¡Destinar exclusivamente a trabajos comunes!».
Los sargentos a cargo de las escoltas llevaban los rimeros de expedientes penitenciarios — unas carpetas reventadas, atadas de cualquier manera con un bramante deshilachado o su sucedáneo, un cordón de papel trenzado — hasta un edificio de madera separado de la prisión donde estaban las oficinas, y allí los tiraban en cualquier repisa, sobre las mesas, bajo las mesas, debajo de las sillas o sencillamente en el suelo del pasillo (exactamente igual a como se amontonaban sus titulares en las celdas). Y una vez allí, los cordeles acababan desatándose, se desparramaba el contenido y todo se mezclaba. Había una, dos y hasta tres habitaciones atiborradas de expedientes revueltos.
Las secretarias de la oficina de la cárcel — mujeres en libertad, perezosas y bien comidas, con vestidos de vivos colores — sudaban de tanto calor, ocupaban el tiempo en abanicarse y pelar la pava con los oficiales de la cárcel y de la escolta. Ninguna de ellas quería meterse en aquel caos, ni tenía fuerzas bastantes para ello. ¡Pero había que dar salida a los trenes, un convoy de vagones rojos varias veces por semana! Y también había que expedir cada día un centenar de hombres en camiones a los campos vecinos. Y cada zek tenía que ser enviado junto con su expediente. ¿Quién iba a ocuparse de aquel barullo? ¿Quién iba a clasificar los expedientes y seleccionar los presos para cada traslado?
Se confiaba este trabajo a varios capataces, que eran perros o aguachirris (159) escogidos entre los enchufados. Estos recorrían con libertad los pasillos de la cárcel o el edificio de oficinas, y de ellos dependía poner tu carpeta en un mal traslado o estarse un rato más con la espalda doblada y rebuscar hasta conseguirte uno bueno. (Los novatos no se equivocaban al suponer que había campos mortales, pero sí andaban errados al creer que posiblemente los hubiera buenos. Lo que podía ser «bueno» no eran los campos, sino algunas de las tareas, y eso era algo que había que trabajárselo sobre el terreno.) Que tu futuro dependiera de otro preso, con el que quizás hasta había que buscar la manera de hablar (aunque fuera a través del bañero) y al que quizá se debiera untar la pata (aunque fuera a través de un almacenero), resultaba peor que si tu suerte la decidieran ciegamente los dados. Esta posibilidad invisible y ya perdida de antemano — la de ir a Nalchik en lugar de a Norilsk a cambio de una cazadora de cuero, o a Serebriany Bor en lugar de a Taishet por un kilo de tocino (o quizá la oportunidad de perder la cazadora y el tocino a cambio de nada) — no hacía sino aguijonear y agitar a aquellas almas abatidas. Es posible que alguno lo consiguiera, es posible que alguien se colocara de esta manera. Sin embargo, dichosos aquellos que no tenían nada que ofrecer o quienes sabían guardarse de semejante ansiedad.
La sumisión al destino, la renuncia absoluta a toda veleidad de organizar la propia existencia, la conciencia de que no nos es dado adivinar qué será mejor o peor, pero de que es fácil dar un paso del que algún día haya que arrepentirse, todo esto libera de modo parcial al preso de su yugo, le confiere serenidad e incluso cierta nobleza.
Así pues, los presos yacían apilados unos sobre otros en las celdas, sus destinos se amontonaban por las habitaciones del bloque administrativo en fajos imposibles de revolver y los capataces tomaban las carpetas del rincón más accesible. Y así ocurría que unos zeks tenían que marchitarse dos o tres meses en aquella maldita Presnia, mientras que otros pasaban por ella con velocidad meteórica.
En Presnia (lo mismo que en otras prisiones de tránsito), el hacinamiento, la prisa y la confusión daban lugar a veces a una permuta de condenas. Los del Artículo 58 no corrían ese peligro, pues sus plazos de reclusión, por emplear la expresión de Gorki, eran Condenas con «C» mayúscula, concebidas con tanta envergadura que, si alguna vez llegaba a parecer que se acercaba su final, éste de todos modos nunca llegaba. En cambio, para los grandes ladrones y para los asesinos sí tenía sentido cambiarse de condena con algún delincuente común de poca monta. El cofrade se ponía en contacto con la víctima personalmente o a través de uno de sus sicarios y, muy solícito, se interesaba por él. Y éste, sin saber que un preso condenado a reclusión menor no debe hacer confidencias en una prisión de tránsito, contaba con toda inocencia que se llamaba, supongamos, Vasili Parfiónich Evrashkin, nacido en 1913, y que vivía en Semidub, su lugar de nacimiento; que su pena era de un año, que lo habían condenado por negligencia en el trabajo, con arreglo al Artículo 109. Luego, ese tal Evrashkin estaría durmiendo — o puede que permaneciera despierto, pero que en la celda hubiera barullo y muchos presos agolpados junto a la rendija por donde meten la comida — y no tendría forma de abrirse paso hasta la puerta y oír qué nombres estaban susurrando en el pasillo, la lista de los que iban de traslado. Después aún gritarían una vez más algunos de los apellidos desde la puerta para que se oyeran al fondo de la celda, pero no el de Evrashkin, porque apenas su nombre había sonado en el pasillo un cofrade, muy servicial (como que no saben serlo cuando es preciso), había metido los morros por la ventanilla y había respondido rápidamente en voz baja: «Vasili Parfiónich, 1913, aldea Semidub, Artículo 109, un año», y había corrido por sus cosas. Mientras, el auténtico Evrashkin bostezaba, se tendía en el catre y esperaba resignado a que lo llamaran al día siguiente, la semana siguiente, el mes siguiente, hasta que al final se atrevía a importunar al jefe de bloque: ¿Y a mí por qué no me trasladan? (Durante todo este tiempo han estado llamando cada día a un tal Zviaga por todas las celdas.) Y cuando al cabo de un mes, o de medio año, tienen a bien pasar lista por expedientes, resulta que hay un historial de más: el de un tal Zviaga, reincidente, doble asesinato, robo en un almacén, diez años. Y sobra también un tímido preso que se hace llamar Evrashkin, pero como la fotografía es un tanto borrosa, hará las veces de Zviaga y habrá que encerrarlo en el campo disciplinario de Ivdel-lag, de otro modo habría que reconocer que en la prisión de tránsito han cometido un error.
(Ahora ya no había modo de saber adonde se habían llevado al otro Evrashkin, pues las listas acompañan al convoy. Con una pena de un año, es probable que fuera a parar a un campo de trabajos agrícolas, donde trabajaría sin vigilancia y le descontarían tres días de condena por cada día trabajado, o se habría evadido y llevaría ya tiempo en casa, o — esto es más seguro — en la cárcel con una nueva condena.) Había también tipos extravagantes con penas cortas que las vendían por uno o dos kilos de tocino. Se hacían el cálculo de que luego habría una comprobación y se establecería su verdadera identidad. En parte no les faltaba razón. (160)
En los años en que el lugar de destino no figuraba en los expedientes penitenciarios, las prisiones de tránsito se convirtieron en mercados de esclavos. Se recibía muy bien en las prisiones de tránsito a los compradores, un término que, sin el menor matiz de sorna, se oía cada vez con mayor frecuencia en pasillos y celdas. Del mismo modo que la industria no podía permitirse esperar apáticamente a que llegaran los recursos asignados por la administración central y prefería enviar a sus propios corredores para acelerar y dar un espaldarazo a los trámites, las autoridades del Gulag debían procurarse refuerzos por su cuenta, pues en las islas los nativos morían como moscas. No es que valieran un rublo, pero es que seguían constando en los estadillos y ello ponía en entredicho el cumplimiento del plan.
Los compradores debían poseer ingenio y un buen ojo para saber escoger lo que se llevaban, no fuera a ser que les endosaran, entre las demás cabezas, a inválidos y enfermos desmedrados. Mal comprador era aquel que elegía las partidas guiándose por los expedientes: un mercader concienzudo debía exigir que hicieran desfilar ante él la mercancía en carne y hueso, más aún, en cueros. Así mismo era como lo decían, sin sonreír: la mercancía. «¡Vamos a ver qué mercancía os han traído!», decía un comprador en «la estación» de Butyrki mientras examinaba a conciencia a Ira Kalina, una muchacha de diecisiete años en la que había puesto los ojos.
Si es que llega a evolucionar la naturaleza humana, no lo hace mucho más deprisa que el perfil geológico de la Tierra. Y aquella curiosidad, delectación y ansias de probar que sentían los tratantes hace veinticinco siglos en los mercados de mujeres con toda seguridad dominaba también, en 1947, a los funcionarios del Gulag en la prisión de Usman, cuando una veintena de hombres con uniformes del MVD se colocaban tras unas mesas cubiertas con sábanas (para darle a aquello alguna ceremoniosidad, pues pese a todo les resultaba incómodo) mientras un grupo de reclusas después de haberse desnudado por completo en un box contiguo, pasaba ante esos oficiales sin calzado siquiera, teniendo que darse la vuelta, detenerse y responder preguntas. «¡Baja las manos!», ordenaban a las que habían adoptado la púdica pose de las estatuas clásicas (y es que no podían elegir a la ligera a sus concubinas y a las de quienes les rodeaban).
Distintas manifestaciones anunciaban al recién llegado la lucha del mañana en los campos y esta pesada sombra ocultaba al novato los inocentes goces espirituales de la prisión de tránsito.
Durante un par de noches tuvimos en nuestra celda de Presnia a un preso con destino especial que estuvo echado a mi lado. Ir con destino especial quería decir que la administración central había expedido al preso con una cédula que le seguía de un campo a otro y en la que se hacía constar que, por ejemplo, era técnico de la construcción y que sólo como tal se le podía utilizar en el nuevo lugar de reclusión. El preso con destino especial viaja en un vagón-zak como todos los demás y en las prisiones de tránsito lo encierran en las celdas comunes, pero su alma no tiembla: la cédula lo protege, no lo llevarán a talar bosques.
Una expresión cruel e intrépida era el rasgo principal de este presidiario, que había cumplido ya la mayor parte de su condena. (No sabía yo aún que con el tiempo en todos nuestros rostros se grabaría la misma expresión, pues ésas son las facciones nacionales de los isleños del Gulag. Las personas con expresión dulce y benévola mueren pronto en las islas.) Contemplaba él nuestros primeros forcejeos con una sonrisa irónica, como se contempla a unos cachorros de dos semanas.
¿Qué nos espera en el campo? Compadecido de nosotros, decidió instruirnos:
— Desde el primer momento en el campo, todo el mundo procurará engañaros y robaros. ¡No os fiéis de nadie más que de vosotros mismos! Estad siempre vigilantes, no sea que tengáis a la espalda a alguien dispuesto a echaros una dentellada. Hace ocho años llegué yo al campo de Kargopol tan ingenuo como ahora vosotros. Nos bajaron del tren y la escolta se dispuso a conducirnos: diez kilómetros hasta el campo sobre nieve profunda y mullida. Se acercaron tres trineos. Un hombre fuerte, de mediana edad, al que la guardia no impidió acercarse, nos anunció: «¡Amigos, dadme vuestras cosas, que os las llevaremos!». Nosotros recordamos que en los libros siempre llevan la impedimenta de los presos en carros, así que pensamos: bueno, pues no son tan inhumanos en este campo, mira, alguien hay que se preocupa. Dejamos nuestras cosas. Partieron los trineos. Eso fue todo. Nunca más volvimos a ver nada. Ni siquiera los sacos vacíos.
— ¿Pero cómo puede ser esto? ¿O es que allí no hay ley?
— No hagáis preguntas estúpidas. ¡Pues claro que hay ley! La ley de la taiga. Pero justicia nunca la ha habido en el Gulag ni la habrá. Este caso en Kargopol es justamente el símbolo del Gulag. Y acostumbraos también a otra cosa: en el campo nadie hace nada porque sí, nadie mueve un dedo por buena voluntad. Por todo hay que pagar. Si os ofrecen algo desinteresadamente, sabed que es una trampa, una provocación. Y lo más importante: ¡Guardaos de los trabajos comunes! ¡Rehuidlos desde el primer día! Quien va a los comunes el primer día está perdido para siempre.
— ¿Los trabajos comunes?
— Es el trabajo principal que se lleva a cabo, la base de la vida en el campo. Con ellos se ocupa al ochenta por ciento de los presos. Y revientan todos, todos. Y cuando llegan otros nuevos, derechitos a los «comunes». Ahí dejaréis vuestras últimas fuerzas. Y siempre estaréis hambrientos. Siempre calados. Sin calzado. Y os timarán con el peso de la ración. Y con cualquier otra cosa que pueda medirse. Os darán los peores barracones. Y nadie os atenderá si caéis enfermos. En un campo sólo puede vivir el que no va a los comunes. ¡Evitad a cualquier precio que os manden a los comunes! ¡Desde el primer día!
¡A cualquier precio! ¿A cualquier precio...? En Krásnaya Presnia tomé buena nota de estos consejos, nada exagerados, de aquel cruel preso con destino especial. Olvidé sólo preguntarle: ¿Cuan alto es el precio? ¿Hasta qué extremo podía pujar?
Viajar en un vagón-zak es un vía crucis, ir en un cuervo, un calvario, y pronto se convierte también en un suplicio la prisión de tránsito. ¡Cuánto mejor sería ahorrarse todo esto y llegar al campo directamente en los vagones rojos!
En este caso, como siempre, los intereses del Estado coinciden con los del individuo. Para el Estado también resulta preferible expedir a los condenados hacia los campos por ruta directa, sin sobrecargar los ferrocarriles que enlazan los grandes centros urbanos, la red de carreteras y el personal de las prisiones de tránsito. Hace ya tiempo que el Gulag lo ha comprendido y asimilado perfectamente: son las caravanas rojas (compuestas de vagones de ganado rojos), caravanas de gabarras, y donde no haya vía férrea ni fluvial, caravanas a pie (no se permite a los presos explotar el trabajo de los caballos y los camellos).
Los trenes rojos son rentables siempre que en algún lugar cercano haya tribunales sesionando a marchas forzadas, o cuando alguna prisión de tránsito está llena hasta los topes, es decir, siempre que puedan expedirse grandes masas de presos de una sola vez. Así fueron trasladados millones de campesinos en los años 1929-1931. Así se arrancó a todo Leningrado de Leningrado. Así se pobló Kolymá en los años treinta.
Todos los días la capital de nuestra patria, Moscú, (T125) vomitaba uno de estos trenes en dirección a Soviétskaya Gavan, hacia el puerto de Vanino. Y cada capital de provincia enviaba igualmente trenes rojos, aunque no cada día. Así deportaron en 1941 a toda la República de los alemanes del Volga hacia Kazajstán, y a partir de entonces hicieron lo mismo con los demás pueblos. En esos mismos trenes trajeron en 1945 a los hijos e hijas pródigos de Rusia, desde Alemania, Checoslovaquia, Austria, o simplemente a aquellos que habían llegado por sus propios medios hasta nuestras fronteras occidentales. Y en 1949 transportaron así a los del Artículo 58 hasta los Campos Especiales.
Los vagón-zak se atienen al horario gris de los ferrocarriles, toda vez que los vagones rojos circulan al amparo de una orden que cae de las alturas y viene firmada por algún importante general del Gulag. El vagón-zak no puede tener como destino un lugar deshabitado, su final de trayecto ha de ser una estación, y aunque se trate de un lugarucho de mala muerte, ha de poder descargar en una prisión preventiva techada. En cambio el tren rojo puede llegar hasta un lugar desierto y ahí donde se detenga, inmediatamente habrá surgido del mar — el mar de la estepa o de la taiga — una nueva isla del Archipiélago.
Carece de importancia que un vagón rojo no sea apto en absoluto para el transporte de presos, o que no lo sea de inmediato, porque se puede acondicionar, aunque no del modo que tal vez imagine el lector, es decir, barriéndolo y limpiando el carbón o el yeso que transportaba antes de cargar personas en él. Esto no siempre se hacía. Tampoco nos referimos a que fuera invierno y hubiera que taponar las rendijas e instalar una estufa. (Cuando ya se había tendido el tramo de Kniazh-Po-gost a Ropcha, pero aún no se había incorporado a la red general de ferrocarriles, empezaron a transportar presos por este ramal en furgones sin estufa ni literas. En pleno invierno, los zeks yacían sobre el suelo cubierto de nieve helada y no se les daba comida caliente, ya que el tren era capaz de cubrir el trayecto en menos de veinticuatro horas. Imagine el lector que está tendido en esas condiciones y que resiste las dieciocho o veinte horas, ¡habrá sobrevivido!)
Veamos en qué consiste el acondicionamiento de los vagones: se comprueba la integridad y resistencia de suelos, paredes y techos; se enrejan a conciencia las pequeñas ventanillas; se perfora un desagüe en el suelo y se refuerza especialmente con una chapa de hierro, sin escatimar clavos; se distribuyen de forma uniforme por el convoy, intercalándolos cada cuanto sea necesario, unos vagones-plataforma (en los que irán los puestos de guardia con ametralladoras), y si se dispone de pocas plataformas, se construyen tantas como falten; se instalan escalas para acceder a los techos; se estudia el emplazamiento de los reflectores y se asegura un suministro eléctrico a toda prueba; se fabrican mazas de madera de mango largo; se engancha un coche de pasajeros, o en su defecto, un vagón de mercancías bien acondicionado y caldeado, para el jefe de la guardia, el oper y la escolta; se montan unas cocinas para la escolta y para los presos. Sólo después de llevadas a cabo estas operaciones se puede ir vagón por vagón y escribir con tiza, de cualquier manera: «mercancías especiales», o bien «productos perecederos». (En El vagón N° 7, Evguenia Guinzburg ofrece una viva descripción de un traslado en vagones rojos, por lo que podemos evitarnos aquí entrar en detalles.)
Concluida la preparación del convoy, llega el momento de embarcar a los presos, una compleja operación militar. Durante la misma deben alcanzarse obligatoriamente dos importantes objetivos: ocultar el embarque a la población y aterrorizar a los presos.
Ocultar el embarque a los ciudadanos es necesario porque el tren transporta unos mil presos de una sola vez (por lo menos se enganchan veinticinco vagones), no se trata, pues, del pequeño grupo de un vagón-zak, que puede cargarse en público. Por supuesto, nadie ignora que se producen detenciones cada día y a cada hora, pero no se debe horrorizar a la gente con el espectáculo de tantos presos juntos . En 1938, en Orel ya era imposible ocultar que no había casa donde no se hubieran llevado a alguien; además, la plaza de delante de la cárcel estaba inundada de carros con mujeres que lloraban, igual que en el cuadro La mañana de la ejecución de los streltstí de Súrikov. (¡Ah, quién nos pintará estas escenas algún día! Pero no cuentes con ello: no está de moda, no es lo que se lleva...)
Sin embargo, no había que mostrar a nuestros ciudadanos soviéticos que bastaban veinticuatro horas para llenar un convoy (y en Orel, aquel año, lo conseguían día tras día). Y mucho menos debía ver esas cosas la juventud: los jóvenes son nuestro futuro. Por ello, sólo de noche, cada noche, todas las noches, y así durante meses, se enviaba de la cárcel a la estación una oscura columna de reclusos a pie (los cuervos estaban ocupados practicando nuevos arrestos). Pero las mujeres lo advertían, de algún modo se enteraban y acudían de noche a la estación desde todos los rincones de la ciudad, estaban al acecho del convoy, que permanecía en una vía de estacionamiento, corrían a lo largo de los vagones tropezando con las traviesas y los rieles, y gritaban junto a cada vagón: ¿Está aquí Fulano de Tal? ¿Habéis visto a Fulano? Corrían hasta el siguiente y llegaban nuevas mujeres ante ese mismo vagón: ¿Está aquí Mengano? Y de pronto llegaba una respuesta del interior del vagón precintado: «¡Soy yo! ¡Estoy aquí!». O bien: «¡Siga buscando! ¡Va en otro vagón!». O también: «¡Escuchadme, mujeres! ¡Mi mujer vive aquí mismo, cerca de la estación, corred a decírselo!».
Estas escenas, indignas de nuestro tiempo, sólo servían para denunciar la incapacidad de quienes organizaban los embarques. Pero hay que saber aprender de los errores: a partir de cierta noche un generoso cordón de perros que gruñían y ladraban rodeaba los convoyes.
También en Moscú, ya se trate de la vetusta Srétenka (ahora ya ni los presos la recuerdan), o de Krásnaya Presnia, el embarque en los trenes rojos se hace exclusivamente de noche, es toda una ley.
Sin embargo, por más que la escolta haya decidido prescindir del astro de la mañana y su brillo innecesario, no por ello renuncia a emplear unos soles nocturnos: los reflectores. Resultan cómodos porque se pueden concentrar ahí donde hace falta: en el racimo de presos atemorizados, que esperan sentados la orden: «¡Los cinco siguientes, en pie! ¡Al vagón, paso ligero!». (¡Siempre a paso ligero! Para que el preso no mire a su alrededor, para que no reflexione, para que corra como si lo persiguiera una jauría, para que su único pensamiento sea no tropezar y caerse.) A paso ligero. Por ese senderillo desigual. Por la escalerilla por la que trepan al vagón. Los haces de luz fantasmagóricos y hostiles no se limitan a iluminar: son parte importante de la escenografía de la intimidación, al igual que los gritos estridentes, las amenazas, los golpes de culata sobre los rezagados; al igual que la orden: «¡Sentados en el suelo!». (Y a veces, como en la plaza de la estación del mismo Orel: «¡De rodillas!», y mil hombres se arrodillan cual una nueva especie de peregrinos); al igual que la carrerilla hacia el vagón, completamente inútil pero muy importante para lograr el efecto de terror; al igual que el fiero ladrido de los perros; al igual que los cañones apuntando (de fusil o de metralleta, según la década). Lo esencial es aplastar y aniquilar la voluntad del preso, para que ni siquiera piense en la huida, para que tarde aún mucho en darse cuenta de que tiene una nueva ventaja: haber pasado de una cárcel de piedra a un vagón de escuálidas tablas.
Para embarcar de noche a un millar de hombres en vagones con tanta precisión, es preciso que antes, en la cárcel, los hayan sacado de las celdas y preparado para el traslado, empezando la mañana del día anterior. Por su parte, la escolta debe hacerse cargo de ellos en la propia cárcel, un riguroso procedimiento que se alarga todo el día, pues hay que mantenerlos apartados durante largas horas fuera de las celdas, en el patio, sentados en el suelo, para no confundirlos con los que se quedan. Por tanto, para los presos el embarque nocturno no es sino alivio tras una jornada agotadora.
Además de lo que ya es habitual — pasar lista, controles, rapados, desinfecciones y baños —, la preparación para el traslado consiste fundamentalmente en un pasamanos (es decir, un cacheo) general. De éste no se encargan los guardias de la cárcel, sino la escolta que recibe a los presos. De acuerdo con el reglamento de traslados en vagones rojos, y también según sus propias consideraciones estratégicas, tras el registro a los presos no debe quedarles nada que pueda contribuir a una fuga: hay que quitarles todo objeto punzante o cortante; todo lo que sea polvo (dentífrico, azúcar, sal, tabaco, té) para que no puedan cegar con ello a los soldados de escolta; todo cordel, bramante, cinturón o similar que pueda ser utilizado para evadirse (por tanto, también las correas. De ahí que corten las correas que sujetan la prótesis de un cojo y que el inválido deba echarse al hombro la pierna artificial y avanzar a saltos aguantado por sus vecinos). Según el reglamento, lo demás — los objetos de valor y las maletas — se carga en un furgón-consigna especial y se devuelve a su propietario al final del trayecto.
Mas poco obligan las débiles instrucciones llegadas de Moscú a una escolta que se encuentran en Vólogda o Kúibyshev. No así el poder de la escolta sobre los presos, que sí es bien tangible y resulta crucial para la consecución del tercer objetivo de toda operación de embarque: confiscar, en buena justicia y en beneficio de los hijos de las masas populares, todo cuanto de valor puedan poseer los enemigos del pueblo. «¡Sentados en el suelo!», «¡De rodillas!», «¡Desnudarse!», en estas órdenes reglamentarias de la escolta se condensa un principio de poder ineluctable. Un hombre desnudo pierde todo el aplomo, no puede erguirse orgullosamente y dirigirse de igual a igual a un hombre que va vestido .
Y empieza el registro (Kúibyshev, verano de 1949). Los hombres desnudos avanzan con sus enseres y ropa en las manos. A su alrededor, una multitud de soldados armados y en estado de alerta. No parece que los lleven de traslado, sino que vayan a fusilarlos o a pasarlos por la cámara de gas, y en este estado de ánimo una persona deja de preocuparse por sus propiedades. La escolta actúa con expresa brutalidad, con grosería, sin pronunciar una sola palabra con sencillo timbre humano; su objetivo es asustar y oprimir. Se sacuden las maletas (las cosas salen rodando por los suelos) y se apilan en un montón aparte. Las pitilleras, billeteros y otros míseros «objetos de valor» que pueda llevar un preso son apartados y arrojados anónimamente en un barril que hay al lado. (El hecho de que no sea una caja fuerte, ni un baúl, ni una caja, sino precisamente un barril, desmoraliza en particular a los hombres desnudos — vaya uno a saber por qué — y hace que parezca vana toda protesta.) Y no le queda más al hombre desnudo que apresurarse a recoger del suelo sus harapos ya cacheados, hacer con ellos un hatillo o envolverlos en la manta. ¿Las botas de fieltro? ¡Puedes entregarlas, échalas aquí y firma en la lista! (¡No te dan ningún recibo, eres tú quien debe certificar que las has arrojado al montón!) Y cuando, ya al anochecer, sale del patio de la cárcel el último camión de presos, éstos pueden ver cómo los soldados de escolta se precipitan sobre el montón para escoger las mejores maletas de piel, cómo eligen las mejores pitilleras del barril.
Después vendrán por su botín los carceleros, y, tras ellos, los enchufados de la prisión.
¡En esto consisten, pues, las veinticuatro horas que preceden a la carga en un vagón de ganado! Pero ahora por fin se encaraman aliviados los presos y pueden apoyar sus cabezas en las astillosas tablas a guisa de literas. ¡Pero de qué alivio puede hablarse! ¡Qué vagón caldeado, ni qué ocho cuartos! El preso se encuentra de nuevo atrapado en una tenaza, entre el frío y el hambre, la sed y el terror, los cofrades y la escolta.
Si en el vagón hay cofrades (naturalmente, en los convoyes rojos tampoco viajan separados), éstos ocupan como siempre los mejores sitios, en las literas superiores junto a la ventanilla. Esto en verano. ¿Y dónde creen que se instalan en invierno? Pues alrededor de la estufa, naturalmente, formando un estrecho círculo alrededor. Como recuerda el ex ladrón Mináyev, (161) en 1949 con un frío de perros entregaron a su «vagón acondicionado» tres cubos de carbón para todo el camino de Vorónezh a Kotlás (se tardaban varios días). Los cofrades no sólo ocuparon su sitio alrededor de la estufa, no sólo quitaron a los panolis toda la ropa de abrigo para ponérsela ellos, sino que tampoco le hicieron ascos a los peales de los panolis y se los sacaron para enrollárselos en sus pies de ladrón. «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!» Pero aún peor es con la comida: los cofrades administran la ración de todo el vagón y se quedan con lo mejor o lo que más les convenga. Loschilin recuerda un traslado Moscú-Perebory de tres días, en 1937. Al tratarse de sólo tres días no se guisó nada en el tren y sólo distribuyeron comida fría. Los ladrones se quedaban todo el caramelo pero permitían que los presos se repartieran el pan y los arenques: eso quiere decir que no estaban hambrientos. Pero cuando hay rancho caliente, los ladrones chupan el bote y se hacen cargo de la balanda (como en el traslado Kishiniov-Pechora en 1945, que duró tres semanas). Los cofrades tampoco desdeñan el simple pillaje en ruta: a un estonio le vieron los dientes de oro, lo derribaron y se los arrancaron con un hurgón.
Los zeks consideran que una de las ventajas de los trenes rojos es la comida caliente. Los convoyes se detienen en estaciones apartadas (siempre en un lugar donde el pueblo no se entere) y entonces distribuyen balanda y kasha por los vagones. Pero hasta la comida caliente saben darla de modo que se te amargue el alma. Unas veces (como en ese convoy de Kishiniov) vierten el bodrio en los mismos cubos con que reparten el carbón. ¡Y no hay con qué lavarlos! Porque en el tren el agua potable va racionada, es un bien aún más escaso que la balanda. De modo que hay que comérsela apartando las partículas de carbón. Otras veces, al traer la kasha y la balanda dan bastantes escudillas de menos, por ejemplo, veinticinco en lugar de cuarenta, y ordenan acto seguido: «¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Aún nos quedan más vagones, no sois los únicos en el tren!». ¿Cómo comer? ¿Cómo repartir? Es imposible distribuir equitativamente por escudillas, por lo tanto hay que poner menos, a ojo, para no pasarse. (Los primeros gritan: «¡Remuévelo bien, remuévelo!»; en cambio, los últimos callan: lo que quede en el fondo será más espeso.) Los primeros comen y los últimos esperan: ¡a ver si se dan prisa! Están hambrientos y el bodrio que queda en el cubo está enfriándose. Entretanto los de fuera ya les están metiendo prisa: «¿Qué, habéis terminado? ¿O es que aún tenéis para rato?». Pero todavía hay que servir a los del segundo turno, ni más ni menos, ni más espeso ni más claro que a los del primero. Ahora se trata de medir bien el sobrante y repartirlo en una escudilla para cada dos. Durante todo este tiempo, más que comer, los cuarenta hombres vigilan el reparto y se consumen de impaciencia.
No se preocupan de calentar el vagón, no hay protección contra los cofrades, apenas dan de beber ni de comer..., pero es que ni dormir dejan siquiera.
Durante el día, los centinelas puede ver perfectamente todo el tren y el trecho de vía que va quedando atrás, pueden cerciorarse de que nadie haya saltado por un lado y se haya tendido entre los raíles. En cambio, por la noche la vigilancia los trae de cabeza: en todas las paradas los centinelas golpean ruidosamente cada tablero del tren con mazas de madera de mango largo (el modelo estándar en todo el Gulag): ¿A ver si los habrán aserrado? En algunas paradas hasta abren de par en par la puerta del vagón y enfocan el interior con una linterna, cuando no con el haz del reflector: «¡Inspección!». Esto significa: ponte de pie de un brinco y prepárate a correr hacia la derecha o hacia la izquierda, según te manden. Se precipitan al interior del vagón unos soldados con mazas (mientras, otros forman fuera un semicírculo con las metralletas al brazo) y ordenan: ¡A la izquierda! O sea, que los de la izquierda se quedan en su sitio y los que están en la parte derecha deben venir corriendo, saltando como pulgas y amontonarse unos sobre otros, como mejor puedan. Al que no esté ágil, al que se distraiga, le propinan un mazazo en los costados, en la espalda, ¡para que le eche más ánimo! Y las botas de los soldados pisotean los míseros camastros, revuelven entre los harapos, iluminan y golpean con las mazas para ver si han serrado alguna tabla. ¿Que no? Pues en ese caso, los soldados se ponen en el centro del vagón y hacen pasar a los presos de izquierda a derecha para hacer un recuento: «¡Uno! ¡dos! ¡tres!...». Para contarlos bastaría simplemente irlos señalando con el dedo, pero es que así no daría miedo. No, la cuenta es más evidente, más exacta, enérgica y rápida si viene acompasada con otros cuantos mazazos, esta vez en los costados, en los hombros, en la cabeza, donde sea. Termina el recuento: hay cuarenta.
Queda ahora revolver, iluminar y volver con los mamporrazos en la parte izquierda. Ya está, ya se han marchado, ya han cerrado el vagón. Ahora podremos dormir hasta la próxima parada. (No se puede decir que el celo de la escolta carezca de fundamento, porque algunos, los más hábiles, logran evadirse de los vagones rojos. A veces el soldado que va golpeando los tableros descubre uno que ya han empezado a aserrar. O bien, por la mañana, cuando distribuyen la balanda, el soldado advierte entre tantos rostros sin afeitar algunos bien rasurados. De inmediato rodean el vagón, armados con metralletas: «¡Venga, los cuchillos!». Y es que, en el fondo, cofrades y aguachirris son un poco presumidos y les «fastidia» ir mal afeitados. Pero ahora van a tener que pasarse sin el rapabarbas (la navaja, para entendernos).
El convoy rojo se diferencia de los demás trenes directos de largo recorrido en que los que suben a él nunca saben si llegarán a apearse. Cuando en Solikamsk (en 1942) descargaron un convoy procedente de las cárceles de Leningrado, todo el terraplén quedó cubierto de cadáveres, sólo unos pocos habían llegado vivos. En los inviernos de 1944-1945 y de 1945-1946, los transportes de presos procedentes de los territorios liberados — ya fueran del Báltico, Polonia, Alemania o rusos de Europa — iban sin estufas y llegaban a la aldea de Zhelez-Nodorozhni (Kniazh-Pogost), así como a todos los nudos ferroviarios importantes del norte, desde Izhma a Vorkutá, con un vagón o dos de cadáveres. Esto significa que por el camino los retiraban meticulosamente de cada vagón y los trasladaban a otros, reservados a los muertos.
Aunque no siempre era así. Con frecuencia, en la estación de Sujobezvódnaya (Unzh-lag) no se sabía cuántos habían quedado con vida hasta que abrían las puertas al detenerse el tren. El que no salía por su propio pie era que estaba muerto.
Un traslado en invierno es terrible y mortal, porque bastante tiene la escolta con mantener la vigilancia para encima andar acarreando carbón para veinticinco estufas. Pero es que cuando hace calor los traslados tampoco son ninguna delicia: de las cuatro pequeñas ventanillas, dos están cerradas a cal y canto, el techo del vagón se recalienta y el cuerpo de guardia no va a romperse el espinazo trayendo agua para mil hombres cuando, recordemos, son incapaces de dar de beber ni a un solo vagón-zak. Por ello, en opinión de los presos, abril y septiembre son los mejores meses para los traslados. Pero hasta la mejor estación del año resulta corta cuando el viaje dura tres meses (Leningrado-Vladivostok, 1935).
Cuando se calcula que el viaje va a ser largo, debe organizarse la educación política de los milites, así como la curación de las almas cautivas: en esta clase de trenes viaja en vagón aparte un compadre, un delegado operativo. Éste ha hecho sus preparativos ya en la cárcel, con mucha antelación, y el resultado es que los presos no se embuten al tuntún en los vagones, sino con arreglo a unas listas que llevan su visto bueno. Es él quien confirma al síndico de cada vagón. Es él quien instruye y sitúa en cada uno a un soplón. En las paradas largas encuentra cualquier pretexto para hacer salir del vagón a uno o al otro para enterarse de qué se habla ahí dentro. Un oper se sentiría avergonzado si concluido el viaje no pudiera presentar algún resultado concreto, y por ello, durante el trayecto somete a alguno de los trasladados a una nueva instrucción sumarial. Y así, sin comerlo ni beberlo, el infeliz llega a destino con una nueva condena a cuestas.
Pensándolo mejor, ¡malditos sean también los trenes rojos de ganado! ¡Malditos sean, por más que te lleven directo y te eviten los transbordos! Quien haya viajado en ellos no los olvidará. ¡Así lleguemos al campo cuanto antes! ¡Ay si hubiéramos llegado ya! El ser humano está hecho de esperanza y de impaciencia. ¡Ni que en el campo fueran los oper más condescendientes o los soplones tuvieran más escrúpulos! ¡Al contrario! Como si no fueran a recibirnos arrojándonos al suelo con las mismas amenazas y acosándonos con perros: «¡Sentados!». Como si no fuera a haber tanta o más nieve en el suelo del campo que la que ya se ha estado colando en el vagón. Como si al llegar desembarcáramos ya en nuestro punto de destino y no debieran transportarnos aún en plataformas descubiertas por un ferrocarril de vía estrecha. (¿Y cómo llevar a los presos en vagones abiertos? ¿Cómo vigilarlos? Toda una tarea para la escolta.
Pues así es como se hace: nos ordenan tendernos muy juntos unos con otros, y nos cubren con una gran lona, como a los marineros del Potiomkin (T126) antes de ametrallarlos. ¡Y aún gracias que nos echen una lona! En un mes de octubre, en el norte, Oleniov y sus compañeros tuvieron que pasarse un día entero sentados en esas plataformas porque los habían embarcado pero no había llegado la locomotora. Primero les llovió y después bajó la temperatura, de modo que a los zeks se les congelaron los harapos encima.)
Una vez puesto en marcha, el pequeño tren se bambolea, los tablones que bordean la plataforma crujen y se parten. Con el vaivén, alguno acaba siendo arrojado bajo las ruedas. Y ahora un acertijo: si a partir de Dudinka hay que recorrer cien kilómetros de vía estrecha en plataformas descubiertas bajo un frío polar, ¿dónde se instalarán los cofrades? Respuesta: en el centro de cada plataforma, porque así el ganado los calienta por todas partes y no hay riesgo de caer a la vía. Correcto. Otra adivinanza: ¿Qué es lo que pueden ver los presos al término de su viaje en ese tren de vía estrecha (1939)? ¿Algún edificio quizá? No, no hay ni uno solo. ¿Refugios excavados bajo tierra? Sí señor, pero ya están ocupados, no son para ellos. ¿O sea que lo primero que tienen que hacer nada más llegar es cavarse un hoyo? No, hombre, ¿cómo se puede cavar la tierra durante el invierno polar? A cavar se va a la mina, a extraer metal. Y entonces, ¿dónde van a vivir? ¿Cómo que vivir? Ah, sí, vivir... Vivir, vivirán en tiendas de campaña.
Pero no siempre habrá que seguir viaje en un tren de vía estrecha, ¿verdad? Claro que no.
Veamos cómo también es posible llegar directo al lugar de destino: estación de Ertsevo, febrero de 1938. Abren los vagones en plena noche. Se encienden hogueras a lo largo del tren. Junto a ellas, sobre la nieve, tiene lugar la descarga, el recuento, la formación y de nuevo un recuento. Temperatura: treinta y dos grados bajo cero. El traslado viene de la cuenca del Donets, los presos han sido detenidos en verano y por tanto calzan zapatos, escarpines o sandalias. Intentan acercarse a la lumbre para entrar en calor pero los echan de allí: las fogatas no están para eso, sino para dar luz. Desde el primer momento se les entumecen los dedos. La nieve se introduce en su calzado ligero y ni siquiera se funde. No hay compasión. Se oye una orden: «¡Firmes! ¡A formar! Un paso a la derecha... un paso a la izquierda... sin previo aviso, (T127) ¡En marcha!».
Los perros ladran, tensan las cadenas al oír su orden preferida, al sentir aquel momento emocionante La columna se pone en movimiento — abrigados con pellizas cortas los soldados, con sus ropas de verano aquellos infelices — y empiezan a caminar por un sendero de nieve profunda, que nadie ha pisado hasta ahora, hacia algún lugar de la oscura taiga. Por delante no se ve ni una sola luz. Llamea la aurora boreal, la primera que ven y seguro que también la última... El hielo hace crujir los abetos. Y esos hombres prácticamente descalzos hollan la nieve, abriéndose camino con las plantas de los pies, con las pantorrillas entumecidas.
O por ejemplo, la llegada al Pechora en enero de 1945. («¡Nuestros ejércitos han tomado Varsovia! ¡Nuestras tropas han aislado la Prusia Oriental!») Un desierto campo nevado. Arrojados de los vagones, los presos se sientan en la nieve de seis en seis, los están contando durante un buen rato, pero se equivocan y vuelven a empezar. Les hacen levantar y recorrer seis kilómetros por la nieve virgen. El traslado viene también del sur, de Moldavia, y todos llevan calzado de cuero. Dejan que los perros vayan por detrás, pegados a la columna, de modo que azuzen a los zeks de la última fila poniéndoles las patas en la espalda, echándoles en la nuca su aliento de mastín (entre los últimos marchaban dos sacerdotes: el padre Fiódor Floria, un canoso anciano, y el joven padre Víktor Shipo-válnikov, que lo sostenía). ¡Pues vaya una forma de usar los perros! Pues no, más bien habría que decir ¡vaya autodominio el de los mastines, con lo que les gusta hincar el diente!
Finalmente, llegan a destino. Sala de baños antes de ingresar en el campo. Deben desnudarse en una caseta, atravesar el patio en cueros, a la carrera, y lavarse en otro barracón. Pero ahora ya se puede aguantar lo que sea: ¿O no han terminado ya los peores tormentos? ¡Lo importante es que ya hemos llegado! Anochece. De pronto se sabe que no hay sitio en el campo, que no están preparados para hacerse cargo de los nuevos. Así que después del baño, vuelta a formar, otra vez recuento, de nuevo rodeados de perros y a cubrir los mismos seis kilómetros arrastrando sus bártulos, sólo que ahora en la oscuridad, pateando la nieve de regreso hasta el tren. Pero durante esas horas las puertas de los vagones han estado abiertas y se ha helado su interior. En los vagones no queda ni rastro del mísero calor de antes y, además, como han llegado al final del trayecto, ya se ha quemado todo el carbón y no hay de dónde sacar más.
Pasan, pues, la noche ateridos. Por la mañana les dan de comer gobio seco (el que quiera beber que mastique nieve) y los conducen de nuevo por el mismo camino.
¡Pero, de todos modos, éste fue un caso afortunado! Porque el campo existía, y si no los admitían hoy los admitirían mañana. Dado que los trenes rojos se caracterizaban por la posibilidad de tener un lugar desierto como punto de destino, no era raro que la llegada de los trasladados equivaliera a la inauguración de un nuevo campo. Así pues, bajo la aurora boreal, un tren puede simplemente detenerse en plena taiga y alguien clavar una tablilla en un abeto: «OLP N° 1» (Puesto de Campo Avanzado). Y allí se pasarían una semana a base de vobla seca y gachas de harina y nieve.
Pero si el campo al que llegas lleva ya funcionando aunque sólo sea un par de semanas, aquello significa cierto confort, pues ya están en condiciones de dar comida caliente. Y aunque no haya escudillas, al menos ponen el primero y segundo plato juntos en una palangana de baño para cada seis. Los seis hombres formarán un círculo (tampoco hay mesas ni sillas), dos sostendrán la palangana por el asa con la mano izquierda, y con la derecha comerán cuando llegue su turno. ¿Que me estoy repitiendo, dice usted? ¿No era eso en Vogvózdino? Sí, pero también en Perebory en 1937 y es Loschilin quien ahora lo cuenta. No me repito yo, se repite el Gulag.
...Y más adelante pondrán a los novatos a disposición de unos jefes de cuadrilla escogidos entre los veteranos del campo, y en un abrir y cerrar de ojos éstos les habrán enseñado a buscarse la vida, a escurrir el bulto y engañar a los demás. Y desde la primera mañana irán al trabajo, pues el reloj de la Época marcha siempre adelante y no puede esperar. ¡Ni que fuera esto el presidio zarista de Akatúi, con sus tres días de descanso para los recién llegados! (162) Poco a poco van floreciendo los bienes del Archipiélago, van tendiéndose nuevos ramales ferroviarios y los presos llegan ya en tren a muchos lugares hasta no hace mucho sólo accesibles por agua.
No obstante, aún viven indígenas que cuentan cómo navegaron por el Izhma, igual que en la antigua Rusia, en galeras de cien hombres, y cómo ellos mismos remaron. Y cómo llegaban hasta el campo remontando el Pechora y el Usa en canoas. También enviaban zeks a Vorkutá en gabarras: hasta Adzvavom, el centro de transbordo de Vorkut-lag, en barcazas grandes y de allí se seguía diez días en lanchas de poco calado. La embarcación estaba infestada de piojos, hasta tal punto que la escolta permitía a los presos subir a cubierta de uno en uno para sacudirse los parásitos y echarlos al agua. Había también traslados fluviales que no eran directos, pues había que hacer transbordos, sirgar las barcas desde la orilla o cubrir etapas a pie.
También tenían allí sus propias prisiones de tránsito, a base de estacas y lonas o a veces con tiendas: Ust-Usá, Pomózdino, Shchelia-Yur. En estos ribazos (T128) regían usos propios. Cada uno de ellos tenía sus normas de vigilancia y, naturalmente, órdenes particulares y mañas propias ideadas por cada cuerpo de guardia, así como penalidades peculiares para los zeks. Pero no es éste lugar para describir esos lugares exóticos, y por tanto preferimos no abordar el tema.
El Dvina septentrional, el Obi y el Yeniséi saben bien cuándo llegaron los primeros presos en gabarras: durante la liquidación de los kulaks. Por ríos que fluyen directamente hacia el norte, en barcazas panzudas de gran capacidad: era el único modo de verter en las tierras muertas del norte toda aquella masa gris de la Rusia viva. Echaban a los hombres al casco de la barcaza, cual si fuera un barreño, y allí se amontonaban unos sobre otros y se movían como cangrejos en una cesta. Y los centinelas estaban arriba, en las bordas, como parapetados en un altozano. A veces transportaban toda esa masa a cielo abierto, a veces la cubrían con una gran lona, ya fuera para no verla o para vigilarla mejor, aunque desde luego no para resguardarla de la lluvia. Un trayecto en semejantes barcazas ya no era un transporte, sino una muerte a plazo fijo.
Además, apenas les daban de comer, y una vez arrojados a la tundra ya no les daban alimento alguno. Los dejaban para que murieran a solas con la naturaleza.
A partir de 1940 los traslados en barcaza por el Dvina septentrional (y por el Vychegda) no sólo no disminuyeron, sino que cobraron muchísimo auge: por allí pasó la población liberada de Ucrania y Bielorrusia occidentales. En la sentina, los presos estaban de pie unos contra otros, y no sólo por espacio de veinticuatro horas. Orinaban en recipientes de vidrio que se pasaban de mano en mano hasta vaciarlos en los tragaluces; si se trataba de algo más serio, se lo hacían en los pantalones.
Durante décadas, el cabotaje en gabarras por el Yeniséi fue consolidándose hasta convertirse en práctica permanente. En los años treinta se construyeron en Krasnoyarsk unos tinglados a la orilla del río y, bajo estos cobertizos, en las frías primaveras siberianas, los presos temblaban todo un día y hasta dos esperando el embarque. (163) Las barcazas del Yeniséi destinadas al traslado de presos tienen como instalación fija una oscura sentina de tres plantas. Sólo la escotilla, donde está la escalerilla, deja pasar un poco de luz difusa. Para el cuerpo de guardia hay una caseta en cubierta. Los centinelas vigilan las salidas de la sentina y observan el agua, por si aparece alguien en la superficie. Los guardias no bajan jamás a la sentina, por más gemidos o gritos de socorro que oigan. Y nunca sacan a los presos a pasear por cubierta.
En los traslados de 1937-1938 y de 1944-1945 (y es de suponer que también entre estas fechas) no se prestaba ayuda médica alguna a los de la bodega. En los «pisos», los presos yacían unos sobre otros en dos hileras: una hilera con la cabeza contra la borda y la otra con la cabeza en los pies de la primera hilera. En los pisos sólo se puede llegar hasta la cubeta pasando por encima de la gente. Y como no siempre permiten sacar los zambullos cuando es tiempo (¡imagínese subir a cubierta un barril lleno de inmundicias por una escalerilla empinada!), la porquería se desborda, el líquido se derrama por el suelo y gotea en los pisos inferiores. Y la gente sigue tendida en ese mismo suelo.
La comida es balanda distribuida por los pisos en unos toneles, y allí, en la perpetua oscuridad (tal vez hoy tengan ya electricidad), unos presos ayudantes la reparten alumbrándose con lamparillas de petróleo. En un traslado así, a veces para llegar a Dudinka hacía falta un mes. (Ahora, naturalmente, el viaje puede hacerse en una semana.) No era extraño que debido a los bancos de arena y a otras dificultades de la navegación fluvial el viaje se alargara más de lo previsto, por lo cual los víveres embarcados no bastaban, y entonces no daban comida alguna durante varios días (y como es natural, después nadie les compensaba «lo perdido»).
Mi avisado lector puede adivinar el resto sin mi ayuda: vista la situación, los cofrades ocupan el piso superior de la sentina, cerca de la escotilla, o sea, donde hay más aire y luz. Controlan la distribución del pan siempre que les haga falta y si el traslado está siendo duro no se andan con remilgos y bañan el santo chusco (es decir, se hacen con la ración del gris rebaño). Durante el largo camino, los ladrones matan el tiempo jugando a los naipes, que ellos mismos se fabrican. Sacan para apuestas sometiendo a los panolis al pasamanos, o sea, cacheándolos a todos a fondo, tanto a los de su sector de la gabarra como a los de cualquier otro. Durante cierto tiempo las cosas robadas se ganan y pierden varias veces a las cartas, pero luego se envían arriba, a la escolta. Sí, el lector lo ha adivinado: los cofrades echan alpiste a los guardianes y éstos se quedan los objetos robados o los venden en los embarcaderos y entregan a cambio comida a los ladrones.
¿Resistencia? Sí la hay, aunque muy pocas veces. He aquí un episodio cuyo recuerdo se ha conservado. Ocurrió en 1950, en una barcaza de ésas, dispuesta de modo semejante, sólo que más grande, una barcaza de cabotaje marítimo. Durante un transporte Vladivostok-Sajalín, siete muchachos desarmados, condenados por el Artículo 58, plantaron cara a los cofrades (todos perros), alrededor de ochenta (y como siempre, no iban desprovistos de cuchillos). Los perros ya habían registrado a toda la partida de presos en la prisión de tránsito «Tres-Diez» de Vladivostok. Los habían cacheado con minucia — no peor que los carceleros, porque se conocen todos los escondrijos — pero sabían también que en un pasamanos siempre se escapa algo. Conscientes de esto, una vez en la sentina anunciaron arteramente: «El que tenga dinero puede comprar tabaco». Y Misha Grachov sacó tres rublos que llevaba escondidos en la cazadora guateada. Entonces uno de los perros, Volodka (T129) «el Tártaro», le increpó: «¿Qué pasa, bujarrón, es que tú no pagas impuestos?». Y se echó sobre él para quitarle el dinero. Pero Pável (no se ha conservado el apellido), brigada del ejército, lo apartó de un empujón. Volodka «el Tártaro» le hizo la horquilla en los ojos, pero Pável lo derribó. En esto acudieron otros perros, unos veinte o treinta, pero en torno a Grachov y Pável se levantaron Volodia Shpakov, ex capitán del ejército, Seriozha Potápov, Volodia Reunov, Volodia Tre-tiujin, también ex brigadas del ejército, y Vasia Kravtsov. ¿Y qué pasó? El lance no pasó de unos cuantos puñetazos por ambos bandos.
Los cofrades habían hecho gala de su ancestral e intrínseca cobardía (que siempre camuflan bajo una máscara de dureza y desapego), o quizá fue que les estorbaba la proximidad del centinela (ocurrió debajo mismo de la escotilla), o tal vez que se reservaban para otra tarea de más trascendencia social: se proponían adelantarse a los ladrones decentes y hacerse con el control de la prisión de tránsito de Aleksandrovsk (la misma que describe Chéjov) (T130) y de las obras de Sajalín (pero, naturalmente, no para ponerse ellos a trabajar). Lo cierto es que acabaron retrocediendo y que todo quedó en amenazas: «¡Cuando desembarquemos os vamos a hacer picadillo!». (En resumen, que no hubo pelea ni hicieron «picadillo» a nadie. En la prisión de tránsito de Aleksandrovsk esperaba a los perros un contratiempo: ya estaba en manos de los «decentes».)
Los barcos de vapor que van a Kolymá están organizados de manera semejante a las gabarras, si bien en ellos todo es a mayor escala. Por extraño que parezca, todavía siguen con vida algunos presos que en la primavera de 1938 partieron hacia allá en la célebre expedición del Krasin, que abría paso entre los hielos primaverales a un puñado de viejos cascarones: el Dzhurma, el Kulu, el Nevostrói y el Dneprostrói, todos de vapor.
Las sucias y frías sentinas se dividían también en tres plantas, pero además, en cada una había literas de dos pisos hechas de estacas. No todo estaba a oscuras: había algún que otro farol o candil. Permitían a los presos de cada sector salir a cubierta por turno para pasear. Cada vapor transportaba a tres o cuatro mil hombres. Como el viaje duró más de una semana, el pan cargado en Vladivostok se enmoheció, por lo cual hubo que reducir la ración de seiscientos gramos a cuatrocientos. Para comer también les daban pescado, y en cuanto al agua potable..., pues no hay nada que criticar, porque no la había, estaban atravesando dificultades temporales. A los rigores de un traslado fluvial, aquí había que añadir tempestades, mareos, hombres debilitados y abatidos que vomitaban. Carecían de fuerzas para levantarse y yacían entre los vómitos, todo el suelo estaba cubierto de una capa nauseabunda.
Por el camino se produjo cierto episodio político. Los barcos debían atravesar el estrecho de La Perouse, muy próximo a las islas japonesas. Y he aquí que desaparecieron las ametralladoras de las torres, los soldados de escolta se vistieron de paisano, se cerraron las sentinas y se prohibió salir a cubierta. Ya en Vladivostok se había tenido la previsión de reseñar en los documentos de embarque que transportaban — ¡no prisioneros, Dios nos libre! — sino mano de obra contratada para trabajar en Kolymá. Los buques avanzaron entre un enjambre de barcas y pequeñas embarcaciones japonesas ajenas a toda sospecha. (En otro viaje, en 1939 sucedió el siguiente caso en el Dzhur-ma: los cofrades salieron de la sentina y consiguieron llegar al almacén, lo saquearon y luego le prendieron fuego. Ocurría esto precisamente cerca de las costas japonesas. Al ver que salía humo del Dzhurma los japoneses ofrecieron su ayuda, pero el capitán la rehusó y ¡ ni siquiera abrió las escotillas ! Cuando los japoneses se perdieron de vista, arrojaron por la borda los cadáveres de los asfixiados. No así los víveres, chamuscados y casi estropeados, que entregaron en el campo para rancho de los presos.)
Han pasado algunas décadas desde entonces, ¡y cuántas catástrofes no habrán sufrido nuestros buques en todos los mares del mundo! Y eso, en circunstancias en que al parecer no transportaban zeks, sino simples ciudadanos soviéticos ¡Pero siempre rechazan la ayuda, por culpa del secreto, vestido de orgullo nacional! ¡Que nos devoren los tiburones antes de aceptar vuestra mano! El secreto, ése es nuestro cáncer.
Ante Magadán, el convoy quedó atorado en el hielo y ni siquiera el Krasin sirvió de nada (era demasiado pronto para la navegación, pero tenían prisa por entregar la mano de obra) El 2 de mayo desembarcaron a los presos sobre el hielo, lejos de la orilla. Ante los recién llegados se abría el poco halagüeño panorama del Magadán de aquel entonces: montículos volcánicos desiertos, ni un solo árbol, ni un matorral, ni pájaros siquiera, sólo algunas casitas de madera y el edificio de Dalstrói, de un único piso. Sin embargo, seguían con esa farsa de la reeducación, seguían aparentando que no traían sacos de huesos para pavimentar Kolymá — el nuevo Dorado —, sino ciudadanos soviéticos provisionalmente aislados de los demás, ciudadanos que volverían a la vida creadora, y los recibieron con música. La orquesta Dalstrói tocaba marchas y valses mientras aquellos hombres colmados de sufrimiento, más muertos que vivos, se arrastraban por el hielo formando un gris cortejo, con sus enseres de moscovitas a cuestas (aquella enorme remesa, compuesta íntegramente de presos políticos, no había tenido aún ningún encuentro con los cofrades) y llevando en hombros a otros presos agonizantes, reumáticos o con sólo una pierna (ni los mutilados se libraban de los campos).
Observo ahora que estoy a punto de empezar a repetirme, que se me hará tedioso escribir y que tedioso será leer, puesto que el lector sabe ya lo que viene a continuación: que ahora los llevarán en camiones a centenares de kilómetros y después les harán cubrir a pie unas decenas más. Que allí inaugurarán un nuevo campo y que empezarán a trabajar desde el primer momento. Que comerán pescado y harina sazonados con nieve. Que dormirán en tiendas.
Cierto, eso fue lo que ocurrió. Pero antes, los primeros días, los instalarán en Magadán, en unas tiendas de campaña. Allí los comisionarán, es decir, los examinarán desnudos, y por el estado de su trasero determinarán su capacidad para el trabajo (a todos los declararán aptos). (T131) Además, como es natural, los llevarán al baño y les ordenarán que dejen en el vestíbulo sus abrigos de cuero, sus pellizas forradas, sus jerseys de lana, sus trajes de paño fino, sus capas caucásicas, sus botas de cuero y de fieltro (pues no se trataba de unos ignorantes campesinos, sino de la cúpula del partido: directores de periódico, de fábricas y consorcios estatales, funcionarios de comités regionales, profesores de economía política, gente toda ella que a principios de los años treinta sabía apreciar las buenas prendas). «¿Y quién va a estar aquí vigilando?», preguntarán escépticos los recién llegados. «¿Y quién va a querer estas cosas?», responderá el personal del baño fingiendo ofensa. «Entrad y lavaos con toda tranquilidad.» Y ellos entrarán. Y saldrán por otra puerta, donde les darán unos pantalones y unas camisetas de algodón ennegrecidas, chaquetas guateadas sin bolsillos — modelo campo penitenciario — y unas botas de piel de cerdo. (¡Oh, no es un detalle insignificante! Eso es tanto como decir adiós a la vida anterior, a los títulos, a los cargos, a la soberbia.) «¿Y nuestras cosas?», exclamarán. «¡Vuestras cosas se quedaron en casa!», les rugirá cualquier jefe. «¡En el campo ya no habrá nada vuestro! ¡Aquí en el campo hay comunismo!
¡Los de delante, en marcha!»
Si de comunismo se trataba, ¿qué podían ellos objetar? Al comunismo habían consagrado su vida...
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Había también traslados en carro o simplemente a pie. ¿Recuerdan el traslado desde la cárcel a la estación bajo un sol abrasador descrito por Tolstói en Resurrección? (T132) Pues bien, en Minusinsk, en mil novecientos cuarenta y pico, después de haber estado encerrados un año entero sin salir siquiera a pasear, los presos habían perdido la costumbre de andar, de respirar aire libre y de ver la luz del sol. Entonces los sacaron, los formaron y les hicieron recorrer a pie veinticinco kilómetros hasta Abalean. Por el camino murieron unos diez. Y nadie escribirá una gran novela que trate de esto, ni siquiera un capítulo: si vives en un cementerio no puedes llorar por todos.
El traslado a pie es el precursor del traslado ferroviario, el abuelo del vagón-zak y de los trenes rojos. En nuestros días se utiliza cada vez menos, sólo en aquellos lugares donde todavía es imposible el transporte mecánico. Cuando el cerco de Leningrado, en algunos sectores del lago Ladoga conducían a los presos a pie desde la ciudad hasta los vagones rojos (a las mujeres las llevaban con los prisioneros de guerra alemanes, y a nuestros hombres los ahuyentaban con las bayonetas para que no les quitaran el pan a ellas. A los que caían se les despojaba de inmediato del calzado y se los echaba a un camión, estuvieran muertos o no). En los años treinta, enviaban cada día de esta manera un convoy de cien hombres desde la prisión de tránsito de Kotlás a Ust-Vym (unos trescientos kilómetros), y a veces a Chibiu (más de quinientos). Una vez, en 1938, enviaron también una expedición de mujeres por el mismo procedimiento.
En estos traslados se recorrían veinticinco kilómetros al día. La escolta llevaba uno o dos perros y a los que se rezagaban los apremiaban con las culatas. Cierto que los efectos personales de los presos, la cocina y las provisiones seguían a la columna en carros, con lo que esas caravanas recordaban los clásicos traslados del siglo pasado. Había también las denominadas isbas de final de etapa: eran casas en ruinas que habían pertenecido a los kulaks desterrados, con las ventanas destrozadas y las puertas arrancadas. La contabilidad de la prisión de tránsito de Kotlás entregaba a la expedición una cantidad de víveres calculada teóricamente en el supuesto de que durante el viaje no se presentarían contratiempos, y jamás (según el principio general de todas nuestras oficinas de contabilidad) preveía un día de más. Si había retrasos durante el camino se hacían durar más los víveres, les daban papillas de harina de centeno sin sal y a veces ni eso. En este punto sí se aprecia una desviación de los cánones clásicos.
En 1940, al grupo en que iba A.Y. Oleniov lo hicieron desembarcar de la gabarra y lo condujeron a pie por la taiga (de Kniazh-Pogost a Chibiu) sin comida alguna. Los hombres bebían agua empantanada y pronto la disentería hizo mella en ellos. Los perros desgarraban los vestidos de los que caían desfallecidos. En Izhma pescaron peces con los pantalones y se los comieron vivos. (Y al llegar a un claro les anunciaron: ¡En este lugar construiréis el ferrocarril Kotlás-Vorkutá!)
En otros lugares de nuestro norte europeo los traslados a pie continuaron hasta que empezaron a recorrer aquellos trechos trenes de un rojo alegre. Transportaban en segunda condena a los mismos presos, por las líneas tendidas con sus manos.
Los traslados a pie requieren su técnica y ésta se elabora en aquellos lugares donde sea necesario transportar a menudo a mucha gente. Supongamos que están conduciendo a un grupo por un sendero de la taiga, de Kniazh-Pogost a Vesliana, y que de repente cae un preso y no puede seguir adelante, ¿qué hacer con él? Piénsenlo racionalmente, ¿qué se puede hacer? No van a detener a todo el grupo, ¿verdad? Tampoco van a dejar a un soldado junto a cada caído y cada rezagado: soldados hay pocos, y presos, muchos. ¿Entonces...? Pues el soldado se queda atrás un momento y luego corre hasta alcanzar a los demás, ya solo.
Durante largo tiempo se llevaron a cabo continuos traslados a pie de Karabas a Spassk. Serían unos treinta y cinco o cuarenta kilómetros, pero era preciso cubrirlos en un solo día, con un millar de hombres a la vez, entre ellos algunos muy debilitados. Es de prever que muchos caerán y se rezagarán con esa astenia e indiferencia que precede a la muerte, que no caminen aunque les peguen un tiro. Ya no temen a la muerte, ¿pero temen quizás aún al palo? ¿Quizá teman al palo incansable que cae sobre ellos una y otra vez, indiscriminadamente? ¡Al palo sí que le temen! ¡Vaya si caminarán! Nunca falla. Y así la columna queda rodeada no sólo por el habitual cordón de soldados con metralletas a unos cincuenta metros, sino también por un cinturón interior de soldados que en vez de fusiles llevan garrotes. Los que queden atrás recibirán los palos (como ya había profetizado el camarada Stalin), (T133) más y más palos, y los presos consumen sus últimas fuerzas, ¡y caminan! ¡Y milagrosamente muchos de ellos llegan a destino!
Ellos no saben que acaban de pasar la prueba del garrote. Los que no caminan ni a palos, los que continúan tendidos en el suelo, son recogidos por unos carros que cierran la columna. ¡Toma ya experiencia organizativa! (No faltará quien se pregunte: ¿y por qué no los suben a todos en los carros de buenas a primeras? ¿Y de dónde iban a sacar tantos carros? ¿Y los caballos? A fin de cuentas, son tractores lo que hay a mano. Y además, al precio que está la avena...)
Estos traslados fueron numerosos durante los años 1948-1950. En los años veinte los traslados a pie eran una de las formas de transporte fundamentales. Yo aún era un niño, pero recuerdo muy bien cómo los llevaban sin recato por las calles de Rostov del Don. Por cierto, la célebre orden «¡...se abrirá fuego sin previo aviso!», se formulaba entonces de otra manera, porque la tecnología de aquellos tiempos también era otra: a menudo los centinelas iban armados sólo con sables. Por tanto, la orden era así: «¡Un paso al lado y se actuará a fuego y estoque!».
Impresionaba mucho eso de «actuar a fuego y estoque». A uno le parecía estar viendo cómo le partían la cabeza en dos de un sablazo por detrás.
En febrero de 1936 aún pudo verse en Nizhni-Nóvgorod a una columna de ancianos venidos del este del Volga que eran conducidos a pie. Sus luengas barbas, sus vestidos de estameña tejidos a mano, albarcas de corteza de abedul y peales recordaban «la Rusia que se va...». (T134) Y de pronto cruzaron tres automóviles, en uno de los cuales iba Kalinin, el presidente del VTsIK. Detuvieron la columna. Kalinin pasó ante ella sin mostrar ningún interés Cierra los ojos, amigo lector. ¿No oyes un retumbar de ruedas? Son los vagones-zak que pasan.
Son también unos vagones rojos. Cada minuto del día. Cada día del año. Y ahora, ¿oyes el chapoteo? Son las gabarras de presos. Y ahora, ¿no oyes cómo ruge el motor de los cuervos? Continuamente encerrando, embutiendo, trasladando. ¿Y ese rumor? Son las celdas atiborradas de las prisiones de tránsito. ¿Y aquel aullido? Es el llanto de los que han sido expoliados, violados, apaleados.
Hemos pasado revista a todos los procedimientos de transporte y cada vez que hemos hablado de uno hemos concluido que era el peor. Hemos echado un vistazo a las prisiones de tránsito y no hemos encontrado ni una sola que fuera buena. Y hasta la última esperanza humana de que por delante algo mejor nos espera, de que todo será mejor en el campo, es una esperanza vana.
En el campo aún será peor.
En el Archipiélago también se transporta a los zeks de isla en isla por medio de canoas individuales. Se conocen como escoltas especiales. Son la forma de traslado menos opresiva y casi no se diferencian de un viaje en libertad. Pocos son a quienes cae en suerte trasladarse de esta manera. Sin embargo, en toda mi vida de presidiario me tocó en tres ocasiones.
La escolta especial se organiza cuando así lo dispone un alto personaje. No hay que confundirla con el destino especial, aunque también provenga de las altas esferas del Gulag. Al preso con destino especial se le suele incluir en convoyes ordinarios, pero a lo largo de su trayecto tiene ocasión de vivir algunos tramos fuera de lo común (y por tanto impactantes). Por ejemplo, el letón Ans Bernstein viaja con destino especial desde el norte hasta el curso bajo del Volga; le han destinado a algún trabajo relacionado con la agricultura. Lo transportan con todas las humillaciones y apreturas que ya hemos descrito, le ladran los perros, lo rodean de bayonetas, le gritan aquello de «un paso a la derecha, un paso a la izquierda...», pero de pronto le hacen apearse en la pequeña estación de Zanzevatka y sale a recibirle un solo celador, muy apacible y sin ninguna clase de armas. Y le dice bostezando: «Venga, pasarás la noche en mi casa y mañana te llevaré al campo. De momento, puedes pasearte hasta mañana». ¡Y Ans se va a pasear!
¿Comprendéis lo que significa pasear para un hombre condenado a diez años, un hombre que ya ha dicho adiós a la vida varias veces, que esta mañana aún estaba en un vagón-zak y que al día siguiente ingresará en un campo penitenciario? Y ahora se pasea, contempla cómo escarban las gallinas en el huerto de la estación, cómo se disponen a marcharse las campesinas, que no han logrado vender la mantequilla y los melones a los del tren. Ans da tres, cuatro, cinco pasos de costado y nadie le grita «¡alto!». Acaricia con dedos incrédulos las hojitas de las acacias y está al borde del llanto.
La escolta especial es una maravilla del principio al fin. No conocerás traslados comunes, no tendrás que andar con las manos a la espalda, no te dejarán en cueros, no te harán sentar con el trasero en el suelo y ni siquiera habrá ninguna clase de cacheo. La escolta será amable contigo y hasta te tratará de «usted». Pero que quede claro — te advertirá el soldado — que ante cualquier intento de fuga dispararé, como de costumbre. Llevamos las pistolas cargadas, las tenemos en el bolsillo. Aparte de eso, iremos con normalidad, compórtese con naturalidad y no dé a entender que es un preso. (Ruego encarecidamente al lector que observe cómo también en este caso los intereses del Estado, como siempre, coinciden plenamente con los del individuo.)
Mi vida en el campo penitenciario sufrió un vuelco un día que me dirigía cabizbajo al trabajo con los dedos agarrotados (de tanto asir la herramienta, ya no podía enderezarlos). El capataz me separó del resto de la cuadrilla de carpintería y me dijo con súbito respeto: «¿Sabes qué? El ministro del Interior ha dispuesto...».
Me quedé de una pieza. Se alejó la columna y quedé en la zona, rodeado por los enchufados. Unos decían: «Eso es que te endiñan una nueva condena»; otros aseguraban: «Ya verás cómo de ésta te sueltan». Pero en lo que todos estaban de acuerdo era en que no podría librarme de lo que dispusiera el ministro Kruglov. Mi pensamiento también oscilaba entre una nueva condena y la puesta en libertad.
Había olvidado por completo que medio año antes había venido a nuestro campo un tipo que nos hizo rellenar ciertos impresos censales del Gulag (después de la guerra habían empezado este trabajo en los campos más cercanos, pero era poco probable que llegaran a terminarlo). La casilla más importante de aquel cuestionario era una titulada «especialidad». Los zeks, deseosos de realzar su valía, se atribuían las profesiones más cotizadas en un campo: «barbero», «sastre», «almacenero», «panadero». Sin embargo, yo escribí frunciendo el entrecejo: «físico nuclear». Nunca en la vida había trabajado como físico nuclear, pero antes de la guerra había seguido algún curso en la universidad, conocía los nombres de las partículas atómicas y sus parámetros, y me decidí por esta respuesta. Era el año 1946, cuando nos hacía falta una bomba atómica a toda costa. Pero yo no le di la menor importancia a aquella ficha y me olvidé de ella.
Existe una leyenda vaga, en absoluto verosímil ni confirmada por nadie, que puede oírse una y otra vez en los campos: en algún lugar del Archipiélago existen diminutas islas paradisiacas. Nadie las ha visto, nadie ha estado en ellas, y si alguien las ha visto guarda silencio, no habla de ellas. Dicen que en aquellas islas fluyen ríos de leche entre orillas de jalea, que en ellas los zeks se alimentan como mínimo con crema de leche y huevos; dicen que allí reina la limpieza, que siempre se está caliente, que el trabajo es de tipo intelectual y super-secreto.
Y a una de esas islas paradisiacas (denominadas sharashka en el argot de los presos) fui a parar en mitad de mi condena. A ellas debo el haber salido con vida, pues en el campo no habría sobrevivido el plazo que me restaba. A ellas debo el poder escribir este ensayo de investigación literaria, aunque no tengo previsto en él un espacio para ellas (ya escribí una novela sobre este tema). Fue yendo de isla en isla, de la segunda a la tercera y luego a la cuarta, cuando tuve ocasión de ser trasladado con escolta especial: éramos dos guardias y yo.
Si es cierto que a veces las almas de los muertos flotan entre nosotros, que nos ven y pueden leer sin dificultad nuestros insignificantes anhelos, mientras nosotros no podemos verlas ni sospechamos su presencia incorpórea, lo mismo ocurre con los transportes bajo escolta especial.
Te sumerges en el mundo de los libres en lo más profundo, te codeas con la gente en el vestíbulo de la estación. Examinas con mirada ausente los anuncios, completamente seguro de que ya no te atañen. Te sientas en un banco de estación de los de antes y escuchas conversaciones extrañas e intrascendentes: que cierto marido le pega a su mujer, o que la ha abandonado; que, no se sabe por qué, la suegra no se aviene con la nuera; que los vecinos del apartamento comunal dejan encendida la luz del pasillo y no se restriegan los zapatos en el felpudo; que alguien le está haciendo la vida imposible a otro de su trabajo; que a uno le ofrecen un buen puesto en otra ciudad pero no acaba de decidirse: ¡como si fuera tan fácil mudarse! Y mientras escuchas todo esto, unos escalofríos de rechazo te recorren la espalda y la cabeza: ¡Hasta tal punto percibes ya con toda claridad la auténtica medida de las cosas en el Universo, la medida de todas las debilidades y de todas las pasiones! Y a esos pecadores les está vedada esta percepción. Sólo tú, incorpóreo, estás auténticamente vivo, estás verdaderamente vivo, y esos otros creen estar vivos, pero se equivocan.
¡Y entre vosotros hay un abismo infranqueable! No es posible gritarles, ni llorar por ellos, ni sacudirlos por el hombro, pues tú eres un espíritu, un espectro, y ellos, cuerpo material.
¿Cómo iluminarlos? ¿Con una inspiración? ¿Con una aparición? ¿Con un sueño?: ¡Hermanos! ¡Hombres! ¿Para qué se os ha dado la vida? En el silencio de la medianoche las celdas de los condenados se abren de par en par y se arrastra hasta el patíbulo a personas con una gran alma. En este preciso momento, en esta hora, por todos los ferrocarriles del país hay hombres que pasan su lengua amarga por los labios, resecos de haber comido arenques, hombres que sueñan con la felicidad de poder estirar las piernas, con el alivio de que les dejen hacer sus necesidades. Cuando el verano llega a Kolymá, la tierra se deshiela hasta un metro escaso de profundidad y sólo entonces entierran los huesos de los que murieron en invierno. Pero vosotros gozáis del derecho a determinar vuestro destino, tenéis sobre vuestras cabezas el cielo azul y el sol ardiente, os está permitido ir a beber agua, estirar las piernas, ir sin escolta a donde se os antoje. ¿Qué importa la luz del pasillo? ¿Qué pinta aquí la suegra? ¿Queréis que os revele ahora mismo la esencia de la vida y sus secretos? No persigáis fantasmas, ni posesiones, ni honores: sólo se consiguen tras años, decenios de nervios y se confiscan en una sola noche. Vivid con serena superioridad sobre la vida, no os asuste la desdicha, ni languidezcáis tras haber conocido la felicidad, pues ambas no importan: jamás lo amargo es para siempre, ni lo dulce colma nunca la medida. Consideraos afortunados si no pasáis frío, si el hambre y la sed no desgarran vuestras entrañas. Si no se ha partido vuestra espalda, si caminan ambas piernas, si ambos brazos siguen articulándose, si ven ambos ojos y oyen vuestras orejas, ¿a quién podéis envidiar? ¿De qué os serviría? Envidiar al prójimo corroe ante todo a uno mismo. Frotaos los ojos, limpiad vuestro corazón y valorad por encima de todo a quienes os aman y desean vuestro bien.
No los ofendáis, no los injuriéis, no os separéis de ellos sin antes haber hecho las paces: porque, quién sabe, ése puede ser vuestro último acto antes de que os arresten, ¡y el último recuerdo que quede en su memoria! Pero mis guardianes acarician en sus bolsillos las negras cachas de sus pistolas. Estamos sentados los tres juntos, como muchachos abstemios, como sosegados amigos.
Me froto la frente, cierro los ojos y cuando los abro de nuevo veo el mismo sueño: una masa de gente a la que nadie vigila. Recuerdo claramente que la última noche la he pasado en una celda y que mañana estaré de nuevo en otra. En esto aparecen unos revisores con sus pinzas de picar: «¡El billete!». «¡Lo tiene mi compañero!»
Los vagones van llenos (bueno, «llenos» según se entiende en libertad: nadie se acurruca bajo los asientos ni va sentado en los espacios libres en el suelo). Me han dicho que me comporte con naturalidad, y con la mayor naturalidad del mundo me comporto: veo en el compartimiento contiguo un asiento libre junto a la ventanilla y lo ocupo. Los guardianes no encuentran sitio en mi compartimiento y deben seguir sentados donde están, siguiendo mis movimientos con ojos enamorados. (T135) En Perebóry queda libre el asiento que hay delante de mí, al otro lado de la mesita, pero un joven de rudo rostro consigue ocuparlo antes que mi escolta. Lleva pelliza corta, gorro de piel y una maleta de madera sencilla pero sólida. Reconozco la maleta: fabricada en los campos, made in Archipiélago.
«Uf», resopla el joven. La luz es escasa, pero alcanzo a ver que tiene el rostro enrojecido, que ha tenido que luchar a brazo partido para subir al tren. Saca una cantimplora: «¿Un trago de cerveza, camarada?». Sé que a esas alturas en el compartimiento contiguo mi escolta estará sobre ascuas: ¡No debo tomar alcohol, está prohibido! Pero debo comportarme con naturalidad. Y le respondo con indiferencia:
«Bueno, quizá sí, échame un poco». (¿Cerveza? ¡Cerveza! ¡Tres años sin probar un trago! Mañana podré jactarme en la celda: ¡He bebido cerveza!) El joven me sirve un poco y yo me la bebo temblando.
Entretanto, ya ha oscurecido. El vagón carece de electricidad, es el desarreglo de la posguerra. Un solo cabo de vela arde en el viejo farol que hay en el tabique de entrada y alumbra cuatro compartimientos a la vez: los dos que quedan delante y los dos de detrás. El joven y yo conversamos amistosamente, aunque apenas podemos vernos las caras. Por más que mi guardián se contorsione, no alcanza a oír nada debido al golpeteo del vagón. Llevo escondida en el bolsillo una postal para casa. Voy a explicarle al bueno de mi interlocutor de dónde he salido yo y le pediré que la eche en un buzón. A juzgar por la maleta él habrá estado en los campos. Pero se me adelanta: «Tú no sabes lo que me ha costado conseguir este permiso. Llevo dos años sin vacaciones, menudo trabajo de perros!». «¿Dónde es eso?» «Ah claro, si es que no te lo he dicho. Soy un asmodeo, un ribetes azules, ¿es que nunca has visto ninguno?» Uf, qué mala pata, ¿cómo no habré caído antes?: Perebóry es el centro del Volgo-lag, la maleta la habrá conseguido por extorsión, ¡se la habrán fabricado los zeks de balde! ¡Cómo se ha infiltrado todo ese mundo en nuestra existencia: dos asmodeos para dos compartimientos aún son pocos, tiene que haber un tercero! ¿Quién sabe si habrá un cuarto disimulado en alguna parte? ¿O puede que uno en cada compartimiento? ¿Hay más presos quizá viajando con escolta especial?
Mi joven sigue gimoteando, maldiciendo su suerte. Entonces le replico enigmáticamente: ¿Y tú qué te has creído, que lo pasan mejor aquellos a quienes vigilas, los que han cobrado diez años sin culpa alguna? Y sólo oír esto, pone punto en boca y enmudece hasta la mañana siguiente. Aunque hayamos estado en la penumbra, ha podido ver de forma vaga mi atuendo casi militar, mi guerrera, mi capote. Seguramente hasta ahora había pensado que yo era un simple soldado. Pero ahora, vete tú a saber: ¿Y si soy un agente de la seguridad? ¿O uno de esos que van por ahí cazando fugitivos? ¿Qué estaré haciendo en este vagón? Y él que ha estado echando pestes de su campo...
La vela del farol ya casi se ha derretido pero continúa alumbrando. En la tercera repisa, la de equipajes, yace un joven que cuenta con voz agradable historias de la guerra, la de verdad, la que no sale en los libros. Estuvo de zapador y cuenta casos auténticos, fieles a la verdad. ¡Qué agradable oír que la verdad, pese a todo, llega sin barreras a oídos de alguien!
También yo habría podido contar muchas cosas... ¡Incluso me gustaría! No, quizá ya no quiera. Mis cuatro años de guerra se han esfumado sin dejar rastro. Ya no tengo la impresión de que aquello ocurriera en realidad y no me agrada rememorarlo. Dos años aquí, en el Archipiélago, han eclipsado para mí todos los caminos del frente, lo han eclipsado todo. Un clavo saca otro clavo.
Y ahora, tras haber pasado sólo algunas horas entre los libres, siento que mis labios están mudos, que nada tengo que hacer entre ellos, que me siento cohibido. ¡Siento ansias de poder conversar libremente! ¡Añoro mi patria! ¡Quiero volver a casa, al Archipiélago!
Por la mañana olvido la postal en la repisa de equipajes: a fin de cuentas, la responsable del vagón tendrá que limpiar y la echará a un buzón, si es un ser humano...
Salimos a la plaza de la estación de Yaroslavl. Una vez más me han caído en suerte unos guardianes novatos que no conocen Moscú. Tomaremos el tranvía «B», decido yo por ellos. El centro de la plaza y la parada del tranvía son un bullicio de gente, es la hora de ir al trabajo. Uno de los guardias sube donde el conductor, por la puerta de salida, y le muestra el carnet del MVD. Durante todo el trayecto iremos de pie en la plataforma delantera, como si fuéramos diputados del Consejo Urbano de Moscú, sin necesidad de sacar billetes. Se rechaza a un anciano que intenta subir también por ahí: no eres un inválido, ¡monta por la puerta de detrás!
Llegamos a Novoslobódskaya y nos apeamos. Por primera vez tengo ocasión de ver la prisión de Butyrki desde fuera, aunque ya es mi cuarto ingreso allí y podría dibujar un plano de su interior sin dificultad alguna. ¡Ay, ese alto e imponente muro de dos manzanas de largo! A los moscovitas se les paraliza el corazón cuando ven aquellas fauces de acero, aquel portalón abriéndose. Pero yo dejo sin pena las aceras de Moscú y cuando entro en la torre abovedada del cuerpo de guardia, me siento como si hubiera vuelto a casa. Sonrío al llegar al primer patio, reconozco la familiar puerta tallada, la puerta principal y no me incomoda saber que van a ponerme — ya me han puesto — de cara a la pared para preguntarme: «¿Apellido? ¿Nombre y patronímico? ¿Año de nacimiento?».
¿Mi apellido? ¡Soy el viajero de las estrellas! (T136) Han amortajado mi cuerpo, pero no tienen poder sobre mi alma.
Sé que dentro de algunas horas emprenderán los inevitables procedimientos que tienen que ver con mi cuerpo: el box, el cacheo, la entrega de recibos, rellenar la ficha de entrada, la desinfección y el baño; que seré introducido en una celda con dos cúpulas separadas por un arco (aquí todas las celdas son así), con dos amplios ventanales y una larga mesa-armario; pero sé también que encontraré a personas a las que aún no conozco, aunque sin duda serán sagaces, interesantes y amigables, y que empezarán a contarme cosas, y yo a ellos, y que al anochecer no querremos dormirnos enseguida.
En las escudillas habrán grabado un «BuTiur» (para que no se las lleven en los traslados). El balneario Butiur, así lo llamábamos en broma la última vez. Un balneario poco conocido entre los obesos jerarcas que desean adelgazar. Porque ellos van con sus panzas a Kislovodsk, donde caminan por senderos rotulados, hacen flexiones, se pasan un mes entero sudando para perder dos o tres kilos. En cambio, en el balneario de Butiur, a la vuelta de la esquina, cualquiera de ellos enflaquecería unos diez kilos en una semana sin necesidad de ninguna gimnasia.
Es cosa probada. Nunca falla.
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Una de las verdades que se aprenden en prisión es que el mundo es pequeño, sencillamente, muy pequeño. Cierto que, el Archipiélago Gulag, que se extiende sobre la misma superficie que la Unión de los Soviets, está por debajo de ésta en cuanto a número de habitantes. La cifra exacta de población del Archipiélago es un dato para nosotros insondable. Podemos dar por válido que en los campos nunca hubiera simultáneamente más de doce millones de reclusos (cuando a unos se los tragaba la tierra, la Máquina iba trayendo otros). Y de ellos, la mitad escasa serían presos políticos. ¿Seis millones? Pues bien, entonces es como un país pequeño, como Suecia o Grecia, donde mucha gente se conoce. Por tanto, no debe sorprender que cuando vas a parar a cualquier celda de cualquier prisión de tránsito, escuches y hables y siempre acabes descubriendo que tus compañeros de celda y tú tenéis conocidos comunes. (Nada tiene de extraño que Dolgun, tras un año de incomunicación, después de haber estado recluido en Sujánovka, después de las palizas de Riumin y del hospital, al ir a parar a una celda de la Lubianka diese su nombre y el perspicaz F. saliera de inmediato a su encuentro: «¡Ah-ah, pero si yo a usted le conozco!». «¿De qué me conoce?», se puso en guardia Dolgun. «Se equivoca.» «Nada de eso. Usted es Aleksander Dolgun, ese americano del que la prensa burguesa afirmaba falazmente que había sido secuestrado, lo cual desmintió la agencia TASS. Por aquel entonces yo estaba en libertad y pude leerlo en los periódicos.»)
Me gusta el momento en que meten a uno nuevo en la celda (siempre que no sea un primerizo — pues entran desmoralizados, abatidos —, sino un zek veterano). También a mí me gusta entrar en una nueva celda (aunque, Dios misericordioso, haz que no tenga que entrar más en ninguna otra); una sonrisa desenfadada, un amplio gesto: «¡Salud compañeros!». Mi pequeño saco arrojado sobre el catre. «¿Qué hay de nuevo por Butyrki desde el año pasado?»
Empezamos a entablar relaciones. Hay cierto joven, Suvórov, condenado por el Artículo 58. A primera vista, nada de particular, pero siempre hay que buscar, siempre hay que inquirir: había en su celda de la prisión de tránsito de Krasnoyarsk cierto Majotkin...
—Permítame, ¿no será el aviador polar? —Sí, sí, ahora lleva su nombre...
—...una isla del golfo de Taimyr. Y en cambio él está encerrado por el Artículo 58. ¿Y sabe si al final lo enviaron a Dudinka?
— Pues sí. ¿Cómo lo sabe?
Magnífico, otro eslabón en la biografía de Majotkin, un hombre que me es totalmente desconocido. Jamás me he encontrado con él, y es posible que nunca tenga ocasión, pero mi activa memoria guarda todo lo que he oído de él: a Majotkin le habían echado un cuarto de siglo, pero ya no era posible ponerle otro nombre a la isla, pues figuraba en los mapas de todo el mundo (como no es una isla del Gulag...). Lo llevaron a la sharashka aeronáutica de Bolshevo, y allí languidecía, era un aviador entre ingenieros, no le permitían volar. Entonces, la sharashka fue dividida en dos. Majotkin fue a parar a la mitad que se trasladó a Taganrog, y al parecer se perdió toda pista sobre él. En la otra mitad, la de Rybinsk, me contaron que el joven se había ofrecido para hacer vuelos al extremo norte. Y ahora me entero de que se lo permitieron. No es que a mí me trajera cuenta todo esto, pero procuraba recordarlo de todos modos. Dentro de diez días me encontraré con un tal R. en el mismo box de baños (son unos boxes encantadores con un grifo y un cubo que hay en Butyrki para no colapsar la gran sala de baño). A este R. tampoco lo conozco, pero resulta que ha estado medio año internado en la enfermería de Butyrki y que ahora lo envían a la sharashka de Rybinsk. Dentro de tres días, incluso en Rybinsk, en esta caja cerrada donde los zeks tienen cortada toda relación con el mundo exterior, se sabrá que Majotkin está en Dudinka y adonde me han llevado a mí. Así es el telégrafo de los presos: dotes de observación, memoria y encuentros casuales.
O esa otra vez, aquel hombre simpático de las gafas de concha. Se pasea por la celda canturreando con agradable voz de barítono algo de Schubert:
De nuevo me oprime mi juventud, Largo es el camino hasta la tumba...
—Tsarapkin, Serguei Románovich.
—Permítame, yo a usted le conozco muy bien. Es usted biólogo, ¿a que sí? De los que se negaron a volver. ¿Verdad que se quedó en Berlín?
— ¿Y cómo lo sabe?
— ¡Qué quiere usted, el mundo es un pañuelo! En el cuarenta y seis estuve yo con Nikolái Vladímirovich Timoféyev-Ressovski...
...¡Ah, aquello sí que era una celda! Quizá la más radiante en toda mi vida de presidiario. Estábamos en julio. Me habían trasladado del campo hasta Butyrki en cumplimiento de una enigmática «disposición del ministro del Interior». Había llegado a Butyrki después del almuerzo, pero la prisión estaba tan sobrecargada que los trámites de ingreso duraron once horas, y hasta las tres de la madrugada, agotado de tanta permanencia en los boxes, no me metieron en la celda, la n° 75, Bajo las dos cúpulas, iluminados por dos potentes bombillas, los ocupantes de la celda dormían hacinados, revolviéndose inquietos bajo el calor sofocante: el aire tórrido de julio no podía penetrar por las ventanas, tapadas con bozales. Zumbaban moscas insomnes y se posaban sobre los durmientes, que manoteaban convulsivamente. Alguno se había puesto el pañuelo en los ojos para protegerse de aquella luz lacerante.
El zambullo despedía un hedor insufrible, el calor aceleraba la descomposición. La celda, prevista para veinticinco hombres, estaba abarrotada, aunque por debajo de los límites: éramos unos ochenta. Yacían apretujados sobre las literas a derecha e izquierda y también en las tarimas adicionales que habían puesto a través del pasillo; por todas partes salían piernas de debajo de los catres. Habían apartado la mesa-armario, tradicional en Butyrki, y la habían arrimado al zambullo. Justo en aquel espacio quedaba aún un pedacito de suelo y ahí me tendí. Los que se levantaban para ir hasta el barril estuvieron pasando sobre mí hasta la mañana.
A la orden de «¡en pie!», gritada por la rendija por donde meten la comida, toda la celda se puso en movimiento: empezaron a retirar las tarimas del pasillo y desplazaron la mesa hacia la ventana. Vinieron a entrevistarme para ver si venía de un campo o acababan de condenarme. Y así supe que en aquella celda confluían dos torrentes: la corriente habitual de los recién condenados, a quienes esperaba el campo penitenciario, y una contracorriente de presidiarios salidos del campo, compuesta exclusivamente por especialistas técnicos: físicos, químicos, matemáticos, ingenieros-proyectistas, cuyo destino se desconocía, aunque sí estaban seguros de que iban a ser institutos de investigación científica en los que no faltaba de nada. (Eso me tranquilizó: el ministro no me iba a endosar un suplemento de condena.) Se me acercó un hombre en lo mejor de la edad, ancho de hombros (pero muy enflaquecido), con una nariz ligeramente curvada hacia abajo, como la de un halcón.
— Profesor Timofeyev-Ressovski, presidente de la sociedad científico-técnica de la celda n° 75. Nuestra sociedad se reúne a diario, después del rancho de la mañana, junto a la ventana izquierda. ¿Sería usted tan amable de darnos a conocer alguna comunicación científica? ¿Sobre qué versaría exactamente?
Ahí estaba yo, ante él, pillado de improviso, con mi largo capote raído y con mi gorro de abrigo (los detenidos en invierno no tienen más remedio que llevar la ropa de abrigo incluso en verano). Desde buena mañana mantenía los dedos recogidos, pues aún estaban cubiertos de rasguños. ¿Qué comunicación científica iba a exponer yo? Entonces recordé que, recientemente, en el campo, había tenido durante dos noches un libro traído de fuera: el informe oficial del Departamento de Defensa de los EE.UU. sobre la primera bomba atómica. El libro se había publicado aquella primavera. ¿Lo habría visto alguien de la celda? La conjetura era ociosa: pues claro que no. Era una broma del destino, iba a tener que meterme en esa misma física atómica que yo había indicado en las fichas censales del Gulag.
Después del rancho se congregaron junto a la ventana izquierda unos diez miembros de la sociedad científico-técnica. Expuse mi comunicación y fui admitido en la sociedad. Había olvidado algunos detalles, y otros simplemente no los había comprendido, pero Nikolái Vladímirovich palió en más de una ocasión las lagunas de mi informe, a pesar de que llevaba un año en la cárcel y nada podía haber oído de la bomba atómica. Un paquete de cigarrillos vacío fue mi encerado; en la mano sostenía un pedacito de mina de lápiz, entrada de matute. Nikolái Vladímirovich los tomaba una y otra vez, dibujaba esquemas y me interrumpía con tanta seguridad como si fuera uno de los físicos del equipo de Los Alamos.
A decir verdad, él había trabajado con uno de los primeros ciclotrones europeos, aunque lo que hacían era irradiar moscas drosofilas. Era uno de los mayores genetistas de esos tiempos. Estaba ya en la cárcel cuando Zhebrak, que no tenía conocimiento de ello (o quizá sí), tuvo la temeridad de escribir en una revista canadiense: «La biología rusa no es responsable de Lysenko, la biología rusa es Timoféyev- Ressovski» (cuando en 1948 la emprendieron contra los biólogos, Zhebrak tuvo que pagar por esto). Por su parte, en su ensayo ¿Qué es la vida?, Schrödinger encontró espacio para citar dos veces a Timoféyev- Ressovski, que ya llevaba mucho tiempo encarcelado.
Y ahora estaba ante nosotros resplandeciendo con sus conocimientos en todas las ciencias imaginables. Poseía una universalidad que los científicos de generaciones posteriores ni siquiera consideran deseable (o quizá sea que ya no hay posibilidad de abarcar tanto). Sea como fuere, ahora estaba tan abatido por el hambre que conlleva la instrucción sumarial que esos ejercicios no le resultaban fáciles. Por línea materna procedía de una familia de nobles venidos a menos originarios de Kaluga, del río Ressa, y por la parte del padre pertenecía a una rama de los descendientes de Stepán Razin. En él se dejaba ver ostensiblemente ese vigor del cosaco: su enorme osamenta, su aplomo, su firme defensa ante el juez, pero también su vulnerabilidad ante el hambre, más fuerte en él que en nosotros.
Su historia era la siguiente: en 1922, el científico alemán Vogt, que había fundado en Moscú el Instituto del Cerebro, solicitó que se le enviaran dos estudiantes capacitados que hubieran terminado la carrera para que le asistieran con carácter permanente. De este modo, Timoféyev-Ressovski y su amigo Tsarapkin fueron enviados en viaje de estudios por tiempo ilimitado. A pesar de que allí no se les daba instrucción ideológica, hicieron grandes progresos en el terreno científico, y cuando en 1937 (¡!) les ordenaron volver a la patria, les resultó imposible acatar la orden, por la mera inercia de su trabajo: no podían abandonar ni la lógica continuación de sus investigaciones, ni sus aparatos, ni sus alumnos. Tal vez también les impidiera el regreso pensar que, una vez en su patria, deberían cubrir públicamente de mierda todo su trabajo de quince años en Alemania. Sólo así habrían tenido derecho a la existencia (eso con suerte). Y de este modo se convirtieron en prófugos a pesar de que nunca habían dejado de ser unos patriotas.
En 1945 las tropas soviéticas entraron en Buch (un barrio periférico al nordeste de Berlín). Timoféyev-Ressovski los acogió con alegría y les entregó su instituto intacto. Todo estaba sucediendo de la mejor manera posible, ¡ahora ya no tendría que separarse de su Instituto! Llegaron unos representantes del gobierno, se dieron una vuelta por las instalaciones y dijeron: «Hum, embálelo todo en cajas y nos lo llevaremos a Moscú». «Esto es imposible», saltó Timoféyev, retrocediendo sorprendido. «¡Se echará todo a perder! ¡Han hecho falta años para reunir estas instalaciones!» «Hum-m-m...», se asombraron los jefes. Y no tardaron en detener a Timoféyev y a Tsarapkin y llevarlos a Moscú. En su ingenuidad, creían que sin ellos el Instituto dejaría de funcionar. ¡Pues que no funcione, siempre que triunfe la línea general del partido! En la Gran Lubianka no les costó grandes esfuerzos demostrar a los detenidos que eran traidores a la patria, les echaron diez años, y ahora el presidente de la sociedad científico-técnica de la celda n° 75 se reconfortaba pensando que no había cometido ningún error.
En las celdas de Butyrki, las patas arqueadas que sostienen los catres son muy cortas: ni siquiera a la administración de la cárcel le había pasado por la cabeza que algún día también ahí debajo dormirían presos. Por ello, primero hay que tenderle el capote al que va a ser tu vecino para que te lo extienda ahí abajo, luego hay que tenderse en el pasillo contra el suelo y arrastrarte hasta debajo del catre. El pasillo es un lugar de paso y bajo los catres se barre a lo sumo una vez al mes, las manos sólo te las puedes lavar cuando te llevan de noche al retrete, y encima sin jabón. No puede decirse que uno se sienta tan inmaculado como el Santo Cáliz. ¡Y sin embargo, yo era feliz! Debajo de los catres, en el suelo asfaltado, arrastrándome como un perro, con polvo y migas de los catres cayendo sobre mis ojos, yo era feliz, absolutamente feliz, sin restricción alguna. Con razón dijo Epicuro: la falta de variedad puede darnos satisfacción después de una variedad de insatisfacciones. Atrás quedaba el campo, que ya creía que nunca se acabaría, atrás quedaban las jornadas de diez horas, el frío, la lluvia y la espalda dolorida, ¡ah, qué felicidad pasarse días enteros tumbado! Dormir, y que te den cada día, pase lo que pase, seiscientos cincuenta gramos de pan y dos comidas calientes, pienso para el ganado, carne de delfín. En una palabra: el balneario BuTiur.
¡Dormir! Es algo muy importante. ¡Dormir, con la barriga por colchón y la espalda por toda manta! Durante el sueño no gastas energías ni atormentas tu corazón, ¡y la condena va pasando, consumiéndose! Cuando nuestra vida crepita y chispea como una antorcha, maldecimos la necesidad de dormir ocho horas sin sacarles partido. Pero cuando lo hemos perdido todo, cuando no queda esperanza, ¡benditas sean catorce horas de sueño!
Dos meses me tuvieron en aquella celda, pude dormir por todo el año pasado y por todo el año siguiente, y en todo ese tiempo fui avanzando bajo los catres hasta llegar a la ventana, y de nuevo volví a dormir al lado del zambullo, pero esta vez ya en un catre, y siguiendo sobre los catres llegué hasta los de arriba, hasta el arco medianero del techo. Ahora ya dormía poco, sorbía el elixir de la vida y gozaba. Por la mañana, sesión de la sociedad científico-técnica, después ajedrez, libros (libros juiciosos, tres o cuatro para ochenta personas, siempre había cola), y veinte minutos de paseo: ¡un acorde en tono mayor!
Nunca renunciábamos al paseo aunque estuviera lloviendo a cántaros. Pero lo más importante era que me encontraba entre gente, ¡gente, gente! Nikolái Andréyevich Semiónov, uno de los creadores de la central eléctrica del Dniéper. Y Fiódor Fiódorovich Kárpov, de quien se hizo amigo ya en cautiverio. El sarcástico e ingenioso Víktor Kagan, físico. El compositor y estudiante del conservatorio, Volodia Klempner. Un leñador y cazador de los bosques de Viatka, insondable como un lago forestal. Un militante del NTS venido de Europa, Evgueni Ivánovich Divnich, que era al mismo tiempo un predicador ortodoxo, aunque no se limitaba al marco de la teología sino que atacaba el marxismo y nos anunciaba que en Europa ya hacía tiempo que nadie se tomaba en serio esta doctrina. Y yo salía en defensa del marxismo, pues a la sazón era marxista. ¡Sólo un año antes, con qué aplomo le habría bombardeado con citas, con cuánto desprecio me habría burlado de él! Pero en aquel primer año de prisión se habían depositado en mí tantos sedimentos... — ¿cuándo sucedió? No pude darme cuenta —, eran acontecimientos, perspectivas e interpretaciones nuevas, que ya no me permitían replicar: ¡todo eso no existe! ¡Son invenciones burguesas! Ahora estaba obligado a reconocer: sí, existen. Y con ello se debilitaba el hilo de mis argumentos, y vencerme era casi un juego.
Y de nuevo llegan prisioneros de guerra, siempre prisioneros de guerra; la riada de Europa lleva ya dos años sin cesar. Y de nuevo emigrados rusos, de Europa y de Manchuria. Y entre los emigrados buscamos a conocidos comunes: ¿De qué país viene usted? ¿Conoce a Fulano de Tal? Y siempre los conocían, naturalmente. (Así pude saber que habían fusilado al coronel Yásevich.) (T137)
Y ese anciano alemán, aquel rechoncho alemán — ahora flaco y enfermo — al que en otro tiempo (¿haría ya doscientos años?) yo había obligado a llevar mi maleta en la Prusia Oriental. ¡Oh, qué pequeño es el mundo! ¡Quién iba a decir que volveríamos a vernos! El anciano me sonríe. Él también me ha reconocido y hasta parece alegrarse del encuentro. Me ha perdonado. Tiene diez años de condena, pero le queda muchísimo menos de vida... Y ese otro alemán, joven y grandullón, pero privado del habla, quizá porque no sabe ni palabra de ruso. A primera vista nadie diría que es alemán: los cofrades le han despojado de todas sus prendas alemanas y le han dado por troca una guerrera soviética descolorida. Es un famoso as de la aviación alemana. Su primera campaña: la guerra entre Bolivia y Paraguay, (T138) la segunda en España, la tercera en Polonia, la cuarta, la batalla de Inglaterra, la quinta en Chipre, y la sexta en la Unión Soviética. ¡Al ser un as de la aviación, era inevitable que hubiera ametrallado desde el aire a mujeres y niños! Criminal de guerra, diez años y cinco de bozal.
Y, naturalmente, tampoco falta un leal en la celda (como por ejemplo, el fiscal Kretov): «¡Bien está que os hayan metido entre rejas, atajo de puercos, contrarrevolucionarios! ¡La historia triturará vuestros huesos, serviréis de abono!». «¡Y tú también, perro, más que perro!», le contestan a gritos. «¡No, yo no! ¡Mi caso lo revisarán, porque soy inocente!» Toda la celda lo abuchea escandalosamente. Un canoso profesor de lengua rusa se pone de pie sobre un catre, descalzo, y abre los brazos cual Cristo resucitado: «¡Hijos míos, reconciliaos! ¡Hijos míos!». A él también lo abuchean: «¡A tus hijos vete a buscarlos a los bosques de Briansk! (T139) ¡Nosotros ya no somos hijos de nadie! ¡Sólo somos hijos del Gulag!».
Después de la cena y del retrete vespertino, la noche asoma en las mordazas de las ventanas y se encienden las agobiantes bombillas que penden del techo. Si el día divide a los reclusos, la noche los acerca. De noche no había discusiones, sino que se organizaban conferencias o conciertos. Y de nuevo resplandecía Timoféyev-Ressovski: dedicaba veladas enteras a Italia, Dinamarca, Noruega, Suecia. Los emigrados hablaban de los Balcanes, de Francia. Uno daba una conferencia sobre Le Corbusier, otro sobre la vida de las abejas, otro sobre Gógol. ¡Se fumaba a más no poder! El humo flotaba como niebla por toda la celda, pues la ventana no ofrecía tiro alguno por culpa del bozal. Cierta vez Kostia Kiula, que tenía mi misma edad, cara redonda, ojos azules, desmañado hasta la comicidad, se adelantó hacia la mesa y recitó unos versos que había compuesto en prisión. Los versos se titulaban: «El primer paquete», «A mi esposa», «A mi hijo». Cuando en prisión tu oído coge al vuelo versos escritos en cautiverio, no te preocupa si su autor ha observado el sistema tónico-silábico o si la rima es asonante o consonante. Esos versos son sangre de tu corazón, lágrimas de tu propia esposa. En la celda los presos lloraban. (164)
En aquella celda fue donde me decidí a componer también yo versos sobre la prisión. Empecé por recitar versos de Esenin, poeta casi prohibido antes de la guerra. El joven Bubnov, uno de los prisioneros de guerra que al parecer no había podido terminar sus estudios, miraba con fervor a los que recitaban y se le iluminaba el rostro. No era ningún especialista técnico, no venía de un campo, sino que se dirigía a él por primera vez: lo más probable es que ahí le aguardara la muerte, pues en los campos no hay sitio para personas con tanta pureza y rectitud de carácter. Para él y para tantos otros aquellas veladas en la celda n° 75 significaban — en su pausado descenso hacia la muerte — una súbita revelación de un mundo maravilloso que existe y existirá, un mundo que el cruel destino les impedía disfrutar, aunque fuera un solo año, uno solo de sus años jóvenes.
Se abrió la tapa de la rendija para la comida y rugió el hocico del carcelero: «¡Toque de silencio!». No, ni siquiera antes de la guerra, cuando estudiaba en dos institutos a la vez, cuando además ganaba algún dinero dando clases y hacía mis pinitos de escritor, creo que ni siquiera entonces viví unos días tan plenos, tan desgarradores y tan densos como los de aquel verano en la celda n° 75...
— Permítame — le digo a Tsarapkin —, pero en aquella ocasión cierto Deul, un chico que a los dieciséis años ya había sacado un cinco (T140) (y no precisamente en la escuela) por «propaganda antisoviética»...
—¿Cómo, también usted lo conoce? Iba con nosotros en un traslado a Karagandá...
—...me dijo que usted estaba de auxiliar en un laboratorio de análisis clínicos y que a Nikolái Vladímirovich lo mandaban constantemente a los trabajos comunes...
— Y aquello lo debilitó mucho. Cuando lo trasladaron a Butyrki iba medio muerto en el vagón.
Ahora lo tienen en la enfermería y la Cuarta Sección Especial (165) le facilita mantequilla e incluso vino, pero es difícil decir si llegará a restablecerse.
— ¿Entonces, fue la Cuarta Sección Especial la que los convocó a ustedes?
— Sí. Nos preguntaron si nos creíamos capaces, después de seis meses en Karagandá, de reconstruir nuestro Instituto en suelo patrio.
— Y ustedes aceptarían entusiasmados, ¿no?
— ¡Faltaría más! Ya sabe, ahora hemos comprendido nuestros errores. Y además, lo quisiéramos o no, todos los aparatos se los habían llevado de ahí embalados en cajas y ya estaban aquí.
— ¡Qué devoción a la ciencia por parte del MVD! ¡Un poco más de Schubert, se lo ruego! Y Tsarapkin, que mira melancólico hacia la ventana (en sus gafas se reflejan los oscuros bozales y la franja clara, en lo alto de las ventanas), canturrea:
Vom Abendrot zum
Morgenlicht
War mancher Kopf zum Greise.
Wer glaubt es?
Meiner ward es nicht
Auf dieser ganzen Reise. (T141)
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El sueño de Tolstói se ha hecho realidad: ya no se obliga a los presos a asistir a un oficio religioso intrínsecamente perverso. (T142) Las capillas de las prisiones permanecen cerradas. Los edificios se han conservado, eso sí, pero han sido adaptados con eficacia para ampliar el espacio de confinamiento. De esta manera, la capilla de Butyrki permite encerrar dos mil presos más, lo que significa cincuenta mil por año, si calculamos que cada partida permanece ahí un par de semanas.
Cuando me ingresan en Butyrki por cuarta o quinta vez, mientras atravieso con paso firme y presuroso el patio de la cárcel, rodeado de bloques penitenciarios, camino de la celda que me han asignado, adelantándome incluso una cabeza a mi guardián (como el caballo que galopa diligente hacia casa donde le espera la avena, sin necesidad de fusta ni riendas), a veces me olvido de volver la cabeza hacia esa iglesia cuadrangular, rematada por un octaedro. Se alza aislada en el centro de un patio cuadrado. En sus ventanas no hay bozales reglamentarios ni cristales armados como en los edificios principales, sino unas tablas grises y podridas que definen su categoría de anexo. Alberga una especie de prisión de tránsito, en el interior de Butyrki, para los recién condenados.
Pero en otro tiempo, en 1945, viví allí grandes e importantes momentos: después de ser condenados por disposición de la OSO, nos llevaron a la iglesia (¡era el momento oportuno, no estaría mal rezar!), nos hicieron subir al primer piso (encima había aún un segundo piso) y a partir de un vestíbulo octogonal nos distribuyeron por distintas celdas. A mí me metieron en la del sudeste.
Era una espaciosa celda cuadrada que en aquella época daba cabida a doscientos hombres. Como en todas partes, los presos dormían en los catres (eran de un solo piso), debajo de ellos, o simplemente en los pasillos, sobre un suelo cubierto de tarimas de madera. No sólo eran de segunda categoría las mordazas de las ventanas, sino que todo cuanto había allí parecía destinado, más que a los hijos de Butyrki, a los hijastros: no había libros, ni damas, ni ajedrez para aquel hormigueo humano; las escudillas de aluminio y las cucharas de palo, melladas y aporreadas, se retiraban después de cada comida hasta la siguiente, quizá por temor de que se las llevaran con las prisas de los traslados. Incluso les dolía dar vasos a los hijastros: después de la balanda había que lavar las escudillas para poder beberse en ellas, a lengüetazos, el té aguado. La falta de vajilla propia en la celda afectaba en especial a los que tenían la suerte — o la desdicha — de recibir un paquete de casa (cuando faltaba poco para el traslado a confines distantes los familiares siempre hacían un esfuerzo para enviar algo, a pesar de sus parcos recursos). Pero los parientes carecían de formación carcelaria y en la oficina de recepción nadie iba a aconsejarles, por lo cual nunca se les ocurría utilizar recipientes de plástico — los únicos permitidos —, sino de vidrio o de metal. Y toda esa miel, la confitura o la leche condensada se rebañaba de los botes sin misericordia y la vertían — por la rendija de la comida — sobre lo que tuvieran los presos. Pero como en las celdas de la iglesia los reclusos no tenían nada con que recoger el contenido, había que echárselo directamente en el hueco de la mano, en la boca, el pañuelo o el faldón del vestido, algo completamente normal en el Gulag, ¿pero en pleno centro de Moscú? Y además el carcelero les acuciaba: «¡Aprisa, aprisa!», como si fuera a perder el tren (si tenía prisa era porque contaba con lamer — él también — los botes confiscados).
En las celdas de la iglesia todo era provisional, falto de esa ilusión de continuidad que existía en las celdas de los presos sujetos a instrucción sumarial o pendientes de juicio. Como carne picada, como un producto semimanufacturado listo para el Gulag, se retenía allí a los presos en una espera inevitable hasta que quedara algún espacio libre en Krásnaya Presnia. Aquí había sólo un privilegio: los presos tenían que ir ellos mismos a buscar el rancho tres veces al día (nunca daban kasha, pero a cambio teníamos tres platos de balanda diarios, lo cual era todo un acto de misericordia: más frecuente, más caliente y llenaba más el estómago). Si concedían este privilegio era porque en la iglesia no había ascensores como en el resto de la cárcel y los vigilantes no querían esforzarse. Había que cargar durante un buen trecho unos bidones grandes y pesados, cruzar el patio y luego subirlos por una escalera empinada, lo que resultaba muy penoso dadas las escasas fuerzas de que disponíamos, pero íbamos gustosamente con tal de salir una vez más al verde patio y oír el canto de los pájaros.
Las celdas de la capilla tenían una atmósfera peculiar: algo en ellas anunciaba las futuras corrientes de aire de las prisiones de tránsito y hacía presentir los vientos árticos de los campos. En esas celdas se celebraba un rito de aclimatación: al hecho de que ya se había dictado sentencia y que no se trataba de ninguna broma; al hecho de que por cruel que fuera este periodo que se abría en tu vida, la mente debía digerirlo y asumirlo. Era una aclimatación difícil.
Además, no había aquí un contingente fijo de presos como solía haberlo en las celdas preventivas, que así se convertían en algo semejante a una familia. Día y noche introducían y sacaban hombres de uno en uno y por decenas, con lo que siempre íbamos cambiando de sitio en el suelo y en los catres y era raro tener a alguien de vecino más de dos noches. Cuando coincidías con alguien interesante, había que interrogarlo sin demora, de otro modo podías perderlo para toda la vida.
Así dejé escapar al mecánico de automóviles Medvédev. Cuando entablé conversación con él, recordé que el emperador Mijaíl había mencionado su nombre. (T143) Sí, era uno de los encausados con él, uno de los primeros que leyó la «Proclama al pueblo ruso» y no lo denunció. A Medvédev le habían impuesto una pena muy corta: ¡Sólo tres años! ¡Habráse visto qué poca vergüenza, por un delito así resulta imperdonable! Y eso que le habían aplicado el Artículo 58, por el cual hasta cinco años hubieran sido una condena de juguete. Por lo visto, concluyeron que el emperador estaba loco y por consideraciones de clase no se quisieron ensañar con los demás. Pero apenas me disponía a averiguar qué opinaba Medvédev de todo aquello, se lo llevaron «con los efectos». Determinadas circunstancias hacían pensar que se lo llevaban para ponerlo en libertad. Esto confirmaba los primeros rumores sobre la amnistía de Stalin que habían llegado hasta nosotros aquel verano. Una amnistía para nadie, tras la cual las celdas siguieron igual de abarrotadas, incluso bajo los catres. (T144)
Se llevaron de traslado a mi vecino de litera, un antiguo militante de la Schutzbund. (En 1937 a todos los de la Schutzbund, que creían asfixiarse en la Austria conservadora, la patria del proletariado mundial acabó de asarlos con diez años cada uno. Todos ellos encontraron su fin en las islas del Archipiélago.) Ocupó su lugar un hombrecillo moreno, de cabello azabache, ojos femeninos como oscuras cerezas, aunque con una nariz ancha y gruesa que afeaba su rostro convirtiéndolo en una caricatura. Yacimos lado a lado un día entero sin decirnos nada, pero al segundo día encontró ocasión para preguntarme: «¿De dónde diría que soy yo?». Hablaba el ruso con soltura, aunque tenía acento. Dije sin mucha seguridad que tenía algo de caucasiano. Sonrió: «Me he hecho pasar fácilmente por georgiano. Me llamaban Yasha. Todos se reían de mí. Recaudaba las cuotas del sindicato». Lo examiné con mayor detenimiento. Sin lugar a dudas, era una figura cómica: un retaco con la cara desproporcionada, una sonrisa sin malicia. Pero de improviso se puso tenso, su facciones se hicieron más duras y se le contrajeron los ojos, que ahora me perforaban como el mandoble de un sable negro:
— ¡Pues sepa que soy un agente secreto del Estado Mayor General rumano, el lukotenant Vladimirescu!
Llegué a estremecerme: aquello era dinamita. Después de haber conocido a dos centenares de pretendidos espías, nunca supuse que toparía con uno de verdad. Hasta pensaba que no existían.
Según me contó, procedía de una familia aristocrática, que decidió, cuando tenía tres años, que hiciera carrera en el Estado Mayor, y a los seis años se confió su educación al departamento de inteligencia. Al convertirse en adulto eligió la Unión Soviética como campo de sus futuras actividades, pues creía que aquí había el contraespionaje más implacable del mundo y que en un país como éste resultaría particularmente difícil trabajar, debido a que todos sospechaban unos de otros. Haciendo balance, ahora creía que su trabajo no había estado nada mal. Antes de la guerra pasó algunos años en Nikoláyev, donde al parecer hizo posible que las tropas rumanas tomaran los astilleros intactos. Luego estuvo en la fábrica de tractores de Stalingrado y más tarde en la fabrica Uralmash. En una ocasión, cuando estaba recaudando las cuotas del sindicato, entró en el despacho del jefe de unos importantes talleres, cerró la puerta y su sonrisa de bobo se esfumó de sus labios al tiempo que aparecía aquella expresión de sable cortante de momentos antes: «¡Ponomariov! (éste había adoptado otro apellido en Uralmash). Le estamos vigilando desde Stalingrado. Abandonó allí su puesto (había sido un cargo importante en la fabrica de tractores de Stalingrado) y se colocó aquí con nombre falso. Usted escoge: que lo fusilen los suyos o trabajar para nosotros». Ponomariov eligió trabajar para ellos, como cabía esperar de uno de esos prósperos pancistas. El teniente dirigió su trabajo hasta que Vladimirescu fue trasladado al mando del jefe del espionaje alemán en Moscú, quien lo envió a Podolsk para dedicarse a su especialidad.
Según me explicó Vladimirescu, a los espías-saboteadores se les daba una preparación polifacética, si bien cada uno de ellos tenía además una especialidad concreta. La de Vladimirescu era cortar imperceptiblemente el amarre de suspensión principal de los paracaídas. En Podolsk, salió a recibirle a la puerta del almacén de paracaídas el jefe de la guardia (¿quién sería?, ¿qué clase de nombre debía de ser?), le dejó entrar y permitió que el lukotenant permaneciera encerrado allí ocho horas, durante la noche.
Vladimirescu fue recorriendo con una escalerilla las pilas de paracaídas y, sin deshacer el embalaje, separaba el amarre trenzado y cercenaba con unas tijeras especiales las cuatro quintas partes de cada cuerda, dejando sólo una quinta parte que se desgarraría en el aire. Vladimirescu había estado muchos años entrenándose y preparándose para aquella sola noche. Trabajando de forma febril, inutilizó — según contaba — dos mil paracaídas en ocho horas ! (¿uno cada quince segundos?), «¡He destruido yo solo toda una división aerotransportada soviética!», decía malignamente con un brillo en sus ojos como cerezas.
Cuando lo arrestaron se negó a declarar y durante los ocho meses que pasó incomunicado en Butyrki no dejó escapar una sola palabra. «¿Y no le torturaron?» «No-o», respondió torciendo los labios, como si semejante posibilidad fuera inconcebible no tratándose de un súbdito soviético. (¡Apalea a los tuyos, que así los extraños te cogerán miedo! El espía es un lingote de oro, quizás algún día convenga canjearlo.) Llegó un día en que le mostraron los periódicos: Rumanía ha capitulado, ahora ya puedes declarar. Él continuó mudo: los periódicos podían ser una falsificación. Le dieron a leer una orden del Estado Mayor General rumano: basándose en las condiciones del armisticio, se ordenaba a todos los agentes que depusieran las armas. Él continuó callado: la orden también podía haber sido falsificada. Al final lo sometieron a un careo con su inmediato superior en el Estado Mayor, quien le ordenó que se quitara la máscara y se rindiera. Entonces, Vladimirescu hizo sus declaraciones con gran frialdad, y ahora que ya no tenía ninguna importancia, aprovechando el lento paso del tiempo; en la celda, también me contaba a mí alguna cosilla suelta. ¡Ni siquiera lo juzgaron! No le impusieron ninguna condena. (¡Claro, como que no era de los nuestros, no era de casa! «Soy un oficial de carrera y lo seguiré siendo hasta la muerte. Me van a guardar como oro en paño.»)
— Pero usted se ha sincerado conmigo — le indiqué —. He visto su cara y puedo recordarla. Imagínese que un día nos encontramos en la calle...
— Si tengo la seguridad de que no me ha reconocido, seguirá usted con vida. Pero si me reconoce, lo mataré o le obligaré a trabajar para nosotros.
Él no tenía la más mínima intención de enemistarse con su vecino de litera. Esto me lo había dicho con toda sencillez, plenamente convencido. Y yo le creí perfectamente capaz de matar a alguien a tiros o cortarle el pescuezo.
En esta larga crónica de presidio no aparecerá ningún otro espía de verdad. En once años de cárcel, campo penitenciario y destierro, éste fue mi único encuentro de esta especie, y otros presos ni siquiera tuvieron uno solo. En cambio, nuestros cómics de gran tirada meten en la cabeza de la juventud que los Órganos sólo detienen a esa clase de personas.
Bastaba echar una mirada a la celda de la iglesia para comprender que a quienes antes cogían los Órganos era a esa misma juventud. La guerra había terminado, podían permitirse el lujo de detener a tantos jóvenes como se les antojara: ya no les hacían falta como soldados. Se decía que de 1944 a 1945 había pasado por la Pequeña Lubianka (la de la región de Moscú) el «Partido Democrático». Según rumores, se componía de medio centenar de chavales, tenía sus estatutos y hasta carnets. El mayor de ellos, un alumno de décimo curso de una escuela moscovita, era el «secretario general». En el último año de la guerra aparecieron también en las cárceles moscovitas algunos estudiantes de más edad. Pude coincidir con ellos en diversos lugares. No es que yo fuera viejo, pero ellos aún eran más jóvenes...
¡Qué sutilmente había ocurrido todo aquello! Mientras nosotros — quiero decir, los jóvenes de mi edad, los que habían encausado conmigo — combatíamos esos cuatro años en el frente, ¡había crecido una nueva generación! ¿Tanto tiempo había pasado desde que pisábamos el parquet de los pasillos universitarios y nos creíamos los más jóvenes, los más inteligentes del país y de la tierra? ¡Y de pronto, unos pálidos adolescentes se acercan orgullosos a nosotros por el suelo enlosado de las celdas y descubrimos atónitos que los más jóvenes e inteligentes ya no somos nosotros sino ellos! Pero yo no me sentía ofendido, me alegraba poder hacerles un sitio, aunque tuviera que apretujarme. Aquella pasión por ponerlo todo en duda, por descubrirlo todo, me resultaba familiar. Comprendía que estuvieran orgullosos de que les hubiera tocado la mejor parte y que no tuvieran remordimientos. Y a mí se me ponía la piel de gallina de ver aquel aura de presidiario sobre esas cabecitas tan pagadas de sí mismas, tan inteligentes.
Un mes antes, en otra celda de Butyrki, que era casi una enfermería, apenas había puesto yo el pie en el espacio entre los catres, mucho antes de que hubiera podido encontrarme un sitio, salió a mi encuentro un joven pálido y amarillento, de una manera que hacía previsible, si es que no la estaba implorando, una enconada conversación. Tenía el rostro dulce de los judíos, y pese a que estábamos en verano iba envuelto en un capote de soldado ajado y lleno de balazos: estaba tiritando. Se llamaba Boris Gammerov. Empezó a hacerme preguntas y nuestra conversación acabó encauzándose por un lado hacia nuestras biografías, y por otro, hacia la política. No recuerdo por qué, traje a colación una oración que rezaba el presidente Roosevelt, entonces ya difunto, que habían publicado en nuestros periódicos; y añadí, como si cayera por su propio peso, esta valoración:
— Bueno, esto es mojigatería, naturalmente.
Temblaron las claras cejas del joven, mientras contenía sus pálidos labios — creo que se incorporó — y me hizo esta pregunta:
— ¿Por qué? ¿Por qué no cree usted posible que un hombre de Estado pueda creer sinceramente en Dios?
¡Y no dijo ni una palabra más! Poco importaba aquí Roosevelt, sino más bien ¡de dónde venía esa recriminación! ¡Semejantes palabras en labios de alguien nacido en 1923! Habría podido responderle con frases muy convincentes, pero en las cárceles mi seguridad había empezado a tambalearse y había además algo capital: en nosotros vive un sentimiento puro, ajeno a las convicciones, y éste sentimiento estaba diciéndome que esa opinión mía no era producto de mi convicción, sino de algo inculcado desde fuera. Y no fui capaz de replicarle. Sólo pregunté:
— Y usted, ¿cree en Dios?
— Naturalmente — me respondió con serenidad.
¿Naturalmente? Naturalmente... Sí, la juventud del Komsomol se estaba deshojando, estaba deshojándose en todas partes. Y el NKGB fue de los primeros en advertirlo.
Pese a su juventud, Boria (T145) Gammerov había servido como sargento en una batería antitanque de esas piezas de cuarenta y cinco milímetros bautizadas «¡Adiós Patria mía!», había sufrido una herida en un pulmón, una herida mal curada que le había producido un proceso de tuberculosis. Tras ser licenciado por invalidez, Gammerov ingresó en la Facultad de Biología de la Universidad Estatal de Moscú y de este modo se trenzaron en él dos hilos: uno, el de su vida de soldado, el otro, la vida estudiantil de finales de la guerra, una vida que nada tenía de estúpida ni de ociosa. Tenían un círculo de estudiantes que se reunía para pensar y reflexionar sobre el futuro (aunque nadie se lo había encomendado), y el ojo experimentado de los Órganos se fijó en tres de ellos y los apresó. En 1937 el padre de Gammerov había muerto apaleado en la cárcel o lo habían fusilado, y ahora el hijo andaba por el mismo camino. Durante la instrucción sumarial recitó al juez algunos de sus versos con mucho sentimiento. (Lamento mucho no haber memorizado ninguno de ellos ni saber cómo dar con ellos ahora, de otro modo los habría reproducido aquí.)
En el curso de unos meses, mi camino se cruzó con el de los tres encausados en ese mismo sumario: en otra celda de Butyrki conocí a Viacheslav Dobrovolski. Después, en la iglesia de Butyrki se incorporó a esa misma celda Gueorgui Ingal, el mayor de todos ellos. Pese a su juventud era ya miembro aspirante a la Unión de Escritores. Su pluma era muy atrevida y su estilo estaba lleno de fuertes contrastes. De haber sido más dócil políticamente se habrían abierto ante él unos caminos literarios tan brillantes como vanos. Tenía ya casi lista una novela sobre Debussy. Pero los primeros éxitos no lo habían castrado y en los funerales de su maestro Yuri Tiniánov tomó la palabra para decir que lo habían matado de tanto hacerle la vida imposible, y con esto se ganó ocho años de condena.
En la iglesia se nos unió finalmente Gammerov, y a la espera del traslado a Krásnaya Presnia tuve que enfrentarme con tres puntos de vista que hacían causa común. Fue un choque que no me resultó nada fácil. En aquella época yo era muy devoto a cierta concepción del mundo incapaz de admitir un hecho nuevo ni de tener en cuenta otras opiniones sin antes haberles encontrado una etiqueta al uso: ora «la vacilante duplicidad de la pequeña burguesía», ora «el nihilismo combativo de la intelectualidad desclasada». No recuerdo que Ingal y Gammerov atacaran a Marx en mi presencia, pero sí recuerdo cómo arremetían contra Lev Tolstói, ¡y desde qué flancos! ¿Que Tolstói rechaza la Iglesia? ¡Claro, como que no se detiene a considerar su papel místico y organizador! ¿Que rechaza la doctrina bíblica? ¡Como si la ciencia más moderna hubiera podido descubrir contradicciones en la Biblia! ¡Ni siquiera en las primeras líneas en que se habla de la creación del mundo! ¿Que rechaza el Estado? ¡Pero no se da cuenta de que sin Estado sobrevendría el caos! ¿Que aboga por que en el hombre se aunen el trabajo intelectual y el trabajo físico? ¡Pero si esto sería una nivelación absurda de facultades! Y por último, que la arbitrariedad de Stalin había demostrado que un personaje histórico puede convertirse en un ser omnipotente, ¡mientras que Tolstói se mofaba de esa idea!
En los años que precedieron a mi encarcelamiento y en los que pasé en prisión, yo también mantuve durante mucho tiempo la opinión de que con Stalin la evolución del Estado soviético había tomado una dirección funesta. Mas he aquí que Stalin muere pacificamente, ¿y ha cambiado mucho el rumbo de la nave? Si Stalin dejó un sello propio y personal en los acontecimientos fue tan sólo su inepcia desconsoladora, el despotismo y la autoglorificación. En lo demás siguió exactamente, paso a paso, el camino trazado por Lenin, y lo hizo guiándose por los consejos de Trotski.
Aquellos chavales me recitaban sus versos y exigían a cambio oír los míos, pero por entonces yo no tenía. Me leían sobre todo muchos poemas de Pasternak, al que idolatraban. En otro tiempo había leído Mi hermana la vida y no me había gustado, lo encontré demasiado alejado de los sencillos caminos humanos. Pero gracias a ellos descubrí las últimas palabras de Schmidt ante el tribunal. Y me llegaron al corazón, podría haberlas pronunciado cualquiera de nosotros:
Treinta años me ha inspirado la devoción a mi suelo. Quedaos con vuestra indulgencia. No la espero, ...no la quiero. Ingal y Gammerov compartían ese fulgurante estado de ánimo: ¡No necesitamos vuestra indulgencia! No nos pesa estar encerrados, ¡nos enorgullece! (Aunque ¿quién era realmente capaz de no apesadumbrarse? La joven esposa de Ingal renegó de él a los pocos meses y lo abandonó. Gammerov, absorbido por sus búsquedas revolucionarias, aún no había encontrado a la persona amada.) ¿No es aquí, en las celdas de una cárcel, donde se nos revela la auténtica verdad? Estrecha es la celda, ¿pero no es más estrecho aún el mundo libre? ¿No es nuestro pueblo, martirizado y traicionado, el que yace a nuestro lado, bajo los catres y en los pasillos?
Más hubiera de pesarme no alzarme con los míos. ¿Cómo he de arrepentirme del camino recorrido?
La juventud encerrada en celdas por artículos políticos nunca es la juventud media de un país, sino una juventud que va muy por delante. En aquellos años, al grueso de la juventud le aguardaba la «descomposición», la desilusión, la indiferencia, el gusto por la buena vida, y luego quizá, pudiera ser, desde tan cómodo asiento — ¿al cabo de veinte años? — emprender la amarga ascensión hacia nuevas cimas. En cambio, los jóvenes presos del año 1945, condenados por el Artículo 58-10, habían salvado de un solo paso todo ese futuro abismo de indiferencia y ya levantaban orgullosos la cabeza bajo el hacha.
En la capilla de Butyrki los estudiantes moscovitas, ya condenados, arrancados y proscritos de la sociedad, habían compuesto una canción que entonaban al anochecer con sus voces aún poco asentadas:
Tres veces
al día a recoger el forraje
matamos las tardes cantando coplillas
y nos cosemos la arroba para el viaje
con una aguja entrada a hurtadillas.
Ya no me importa lo que guarde el azar
¿Pues no firmé para acabar cuanto antes?
Sólo me inquieta poder regresar,
de Siberia, de esos campos distantes.
Dios mío, ¿cómo no nos habíamos dado cuenta? Mientras nos arrastrábamos por el lodo en las cabezas de puente, mientras nos acurrucábamos en los cráteres que dejaban los proyectiles, mientras sacábamos los binoculares periscópicos entre las matas, ¡otra juventud había crecido y había echado a andar! ¿Y no era otra dirección la que habían tomado? ¡Una dirección que nosotros ni siquiera habríamos osado tomar! Porque a nosotros nos habían educado de otra manera...
Volvería nuestra generación, entregaría las armas con tintineo de medallas y contaría orgullosa sus vivencias en el frente. Pero nuestros hermanos más jóvenes no tendrían por contestación más que un mohín de desprecio: ¡Pobres bobos!
-.-.-.-.-.-.-.-.- FIN -.-.-.-.-.-.-.-.-