ALEXANDER SOLYENITZIN
EL PROBLEMA RUSO
Al final del Siglo XX
Edición Original: Año 1992
Edición electrónica: 2012
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Traducción de Enrique F. Vernet
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No podemos prescindir de un repaso histórico y será conveniente incluso que lo iniciemos desde mucho tiempo atrás. No obstante, vamos a seguir únicamente dos direcciones, para ver cómo se han correspondido a lo largo de nuestra historia la situación interna del país y sus esfuerzos en el exterior.
El académico S.F. Platonov rechaza el mito que habla de una floreciente democracia en Novgorod [1] en los siglos XV y XVI. Según el académico, se trató de una oligarquía centrada en un círculo reducido de familias ricas y en una nobleza cuyo poder político creció hasta convertirse en una dictadura. En las guerras intestinas, las facciones rivales, incapaces de llegar a soluciones de compromiso, recurrían a las masas como arma hasta provocar la anarquía. Platonov añade que como conclusión a este efímero desarrollo, el orden social y político en Nóvgorod se vino abajo por sí solo, mucho antes de que Moscú hiciera nada por destruirlo.
Sin embargo, la desaparición de Novgorod dio paso, esta vez en Pomorie, [2] a un oasis de democracia donde los campesinos gozaron de un grado de libertad considerable (Moscú no había asentado terratenientes en la zona, ya que no creía en una amenaza desde el norte). En Pomorie el carácter ruso se desarrolló de manera libre, sin la presión de los usos de Moscú y sin esa tendencia al pillaje tan propia de los cosacos asentados en los valles del sur (no es casual que Pomorie produjera una figura tan brillante como Lomonósov [3].
En los Desórdenes del siglo XVII, [4] cuando en Rus [5] reinaban la devastación y la corrupción de las costumbres, precisamente el norte ruso, con Pomorie como centro, fue un refugio seguro, en un primer momento, para los destacamentos de Skopín-Shúiski [6] y, posteriormente, para la sublevación de Pozharski, [7] que trajo a Rus la liberación y pacificación definitivas.
Como señala Platonov, este tormentoso y descorazonador período de agitación provocó, sin embargo, un vuelco beneficioso en la mentalidad política de los rusos: en una época de desgobierno en la que Rus dejó de ser el "señorío" de un soberano, con el pueblo como "servidores" y "lacayos" que integraban dicha hacienda, eran las propias gentes quienes debían defender la existencia del Estado ante el vacío de poder. El poder local se vio reforzado en todas las regiones, maduró la creación de los mir, [8] se produjo un intercambio de embajadores y emisarios entre las ciudades y en ellas se crearon consejos con representación de todas las clases sociales, que luego habrían de unirse en un "Consejo Panterritorial". Un grado similar de autogobierno se dio durante los dieciséis meses que resistió el Monasterio de la Trinidad [9] y los veinte meses de cerco a Smolensk [10]. Se trata de ejemplos aleccionadores acerca de la capacidad de organización popular de los antiguos rusos que nosotros, sus descendientes, deberíamos tener en cuenta.
De este modo, además de la acostumbrada "razón de Estado", surgió una "gran razón territorial". Desde el primer día, Mijaíl [11] procuró hallar el apoyo de la Asamblea Territorial, que gustosamente tendió su mano al soberano. Aunque formalmente éste podía ejercer el poder sin limitación alguna, la estrecha colaboración entre el zar y "todas las tierras" hizo que durante los diez primeros años de su reinado el Consejo estuviera continuamente reunido, para pasar más tarde a hacerlo periódicamente. Esta forma de estatalidad rusa surgió sin influencias de Occidente y sin copiar ningún modelo extranjero.
Sin entrar a fondo en los últimos reinados de la dinastía de los Riurikov, [12] recordemos sin embargo que durante éstos, junto a un zar todopoderoso había eficaces instituciones de gobierno local (aún a pesar de que en esa época el Derecho se encontraba en su fase más primitiva); había poderes electos tales como el stárosta de la gubá [13] (que se ocupaba de asuntos penales), el stárosta en jefe y la zémskaya izbá [14] (para el reparto de los impuestos, distribución de tierras y las necesidades de los campesinos). Es cierto que los señores no le permitían a sus campesinos prácticamente ninguna influencia en dichos órganos (aunque estaban representados por stárostas de la comunidad y jefes de gremio). En todo caso, los órganos de dirección local, que tuvieron una influencia tan positiva en el Periodo de los Desórdenes, no habían surgido de la nada. Sin embargo, las necesidades militares del Estado ataban cada vez más a los campesinos a unas tierras poseídas por el estamento castrense, por lo que éstos buscaban la libertad huyendo hasta confines no poblados. Esto provocaba una escasez de mano de obra y de pobladores en la geografía central del Estado, mientras hacía que crecieran en sus confines los ánimos de rebelión. Ambos factores tuvieron una influencia perniciosa durante el Periodo de los Desórdenes y también mucho después: entre tres y cuatro siglos de servidumbre iban a marcar fatídicamente la historia moderna de Rusia.
El periodo "de las asambleas" que siguió al de los Desórdenes acabó al poco tiempo, con la llegada al trono de Alexéi Mijáilovich [15] al que, por malentendidos de la historia, se le conoce también como el Clementísimo. Bajo su reinado adquirió cada vez más preponderancia el principio de los prikaz [16] en detrimento del gobierno local, y la burocracia desorganizada por encima de las eficaces estructuras territoriales. Esto iba a durar también trescientos años. El reinado de Alexéi Mijáilovich está repleto de revueltas, de protestas populares contra los voyevoda [17] que gobernaban las provincias con ayuda de unos cuantos chupatintas. El Código de 1649 no sólo devolvió a siervos y lacayos a su anterior estado de esclavitud, sino que lo agravó. La respuesta fue una serie de revueltas, la última de las cuales fue la dirigida por Rázin.[18]
Alexéi emprendió una guerra necesaria y justa, puesto que se trataba de recuperar de los polacos territorios que habían sido rusos desde tiempo inmemorial, pero al mismo tiempo, con estos conflictos armados, Alexéi dio inicio a nuestro atraso con respecto a Occidente, a nuestra imperiosa necesidad de asimilar los conocimientos y técnicas extranjeras e impuso la "moda" de estar a la última con respecto a las influencias occidentales y de adecuarnos a ellas precipitadamente, llegando hasta el extremo de modificar nuestros textos litúrgicos. Con ello Alexéi cometió un atroz crimen de anatema contra su propio pueblo y llegó a perseguir a quienes se oponían a la "reforma de Nikon", [19] (cuando hasta el mismo Nikon ya había desistido del "proyecto griego").
Cuarenta años después de que el pueblo hubiera atravesado un periodo de desórdenes del que apenas había podido reponerse, el país iba a estremecerse hasta sus cimientos – espirituales y materiales – con el Cisma de la Iglesia. [20] Una vez más, habría que esperar trescientos años hasta que la Iglesia ortodoxa rusa pudiera recuperar esa gran fuerza que había mantenido vivo el espíritu del pueblo ruso durante más de cinco siglos.
El Cisma significó un debilitamiento del país que ha durado hasta el siglo xx. Sobre este pueblo conmocionado, que aún no había restañado sus heridas, iba a caer como un impetuoso huracán la figura de Pedro. [21] Como "promotor del progreso", la mentalidad de Pedro fue la de una persona mediocre, cuando no la de un salvaje. Nunca llegó a comprender que no se podían importar (de Occidente) sólo los adelantos de la civilización y cultura sin tener en cuenta el clima psicológico en el que éstos se habían producido. Ciertamente, Rusia necesitaba alcanzar a Occidente y su técnica, y ganar acceso a los mares, en especial el mar Negro (donde la actuación de Pedro fue la más desangelada, puesto que tuvo que comprar la liberación de su ejército rodeado a orillas del Prut, encargando a Shafírov [22] que entregara Pskov a los turcos para que, a su vez, éstos la entregaran a los suecos. Podemos encontrar acertadas críticas a la actividad militar de Pedro en I. Solonevich).
Rusia estaba necesitada, pero no se debió perseguir un desarrollo industrial acelerado y el poderío militar al precio de pisotear (a la manera de los bolcheviques y con demasiados extremismos) el espíritu histórico, la fe, el alma y las costumbres del pueblo. (La historia de la humanidad demuestra que no hay "salto" material o económico capaz de compensar las pérdidas que sufre el espíritu.)
Pedro aniquiló también los consejos territoriales y borró "hasta su mismo recuerdo" (Kliuchevski). Sometió a la Iglesia ortodoxa y quebró su espina dorsal. Los impuestos y gravámenes aumentaron sin tener en consideración el poder adquisitivo del pueblo. Las levas privaron a regiones enteras de sus mejores artesanos y labradores, los campos se convirtieron en bosque, no se construían caminos, las pequeñas ciudades se paralizaron y las tierras del norte quedaron despobladas. Todo ello paralizó durante mucho tiempo nuestra agricultura. Se trataba de un dirigente sin ninguna sensibilidad hacia las necesidades del campesinado.
El Código de 1649 no permitía que el campesino abandonara las tierras donde trabajaba, pero sí le reconocía el derecho a la propiedad, la transmisión en herencia, la libertad personal y la suscripción de acuerdos de propiedad. En cambio, en 1714, en virtud del Decreto de Primogenitura, los campesinos pasaban a ser propiedad directa de los nobles. Asimismo, Pedro creó una clase dirigente que iba a ser hegemónica durante doscientos años: una clase con una mentalidad ajena al pueblo y en ocasiones extraña a él hasta por su mismo origen. A todo esto se sumó la locura de fundar una nueva capital, de desplazarla (como si una capital se pudiera elegir y transportar) a un fantasmagórico lodazal para erigir en él un "paraíso" que asombrara a toda Europa, [23] aunque hubiera que construirlo a bastonazos; aunque esa fantástica edificación de palacios, canales y muelles significara la muerte de las masas populares, tan necesitadas a esas alturas de un respiro.
Tan sólo entre 1719 y 1727, la población de Rusia se redujo, entre muertos y fugitivos, en un millón de personas, es decir: ¡murió casi uno de cada diez habitantes! (No es casual, pues, que entre el pueblo persistiera el rumor de que Pedro era un impostor, el Anticristo, y que su agitado reinado conociera numerosas revueltas.) Todos los proyectos, grandes o pequeños, de Pedro se llevaron a término con un inmenso desperdicio de la energía y sangre del pueblo. Resulta difícil reconocerle a Pedro el título de reformador. Un reformador es alguien que tiene en cuenta el pasado y prepara el futuro de manera que el paso no resulte traumático. Como dice Kliuchevski: en la reforma del poder "Pedro sufrió principalmente derrotas". Los errores y fracasos que heredamos de él "nos fueron presentados después como el sagrado legado de un gran reformista", aunque los decretos de sus últimos años de reinado no fueron más que "sermones confusos repletos de verborrea". Para Kliuchevski la actuación civil de Pedro merece un veredicto demoledor: Pedro no fue un reformista sino un revolucionario (las más de las veces sin tener necesidad de ello).
Una vez desaparecido Pedro, el siglo XVIII siguió su curso con el mismo despilfarro de la fuerza del pueblo (y con una caprichosa interrupción de la ya quebrada línea dinástica, por culpa una vez más de Pedro). Tras la febril actividad de Pedro se abre, en palabras de Kliuchevski, un "abismo", con "fatigas onerosas que gravan el trabajo del pueblo y desvanecen las fuerzas del país". No puede aceptarse la opinión tan extendida de que las "condiciones" que plantearon los aristócratas del Consejo Superior Secreto a Ana Ioánovna [24] hubieran supuesto un avance en la liberalización de Rusia: este cónclave principesco era demasiado mezquino y jamás hubiera llegado a penetrar en la conciencia del pueblo.
Durante el reinado de Ana se intensificó la influencia de los alemanes e incluso su poder, se intensificó la aniquilación del espíritu nacional ruso en todos los terrenos. Se reforzó el régimen de posesión de tierras por parte de la nobleza, el derecho de servidumbre y el fabril (las nuevas fábricas podían comprar campesinos independientemente de las tierras). El pueblo sufría onerosas exacciones y diezmaba sus fuerzas en guerras torpemente gestionadas.
El reinado de Ana Ioánovna destaca por la irracionalidad y el fracaso en las guerras y la política exterior. Si en su irreflexiva desmesura, Pedro se preocupó de que Prusia se hiciera con Pomerania y Stettin, ahora sus sucesores hacían todo lo posible para que Dinamarca consiguiera Schleswig-Holstein, mientras Münnich, [25] en busca de subsidios, ofrecía a Francia mantener un contingente de cincuenta mil rusos en permanente disposición de combate. Aunque no le preocupaba la pérdida a manos de Polonia de grandes extensiones con población rusa, bielorrusa y ucraniana, el gobierno de Ana sí estaba interesado en colocar en el trono polaco a un príncipe elector de Sajonia.
Poco después de que el kan de Crimea amenazara en 1731 con "coser Rusia a latigazos" (ya se habían producido y podían repetirse incursiones tártaras desde el sur hacia Rusia y Ucrania), en 1732 Rusia, que apenas empezaba a sacarse de encima la lejana campaña de Persia, entregaba no sólo las ciudades de Bakú y Derbent, junto con sus comarcas respectivas (tomadas por Pedro sin apoyo y sin tener en cuenta el equilibrio de fuerzas), sino también la fortaleza de la Santa Cruz. Cuando el hambre se cernía sobre Rusia (1733-1734) y comenzó la sublevación de los bashkirios (1735), en ese mismo momento (1733-1734) Ana emprendió una guerra contra Polonia para poner en el trono polaco a un príncipe elector de Sajonia (Rusia no obraba mejor que Polonia cuando ésta intervino en Rusia durante el Periodo de los Desórdenes o cuando Segismundo planeaba usurpar el trono en Moscú). "El porqué de la guerra contra Polonia resultó absolutamente incomprensible para los rusos" (S. Soloviov). Con esta injerencia, Rusia puso en su contra un bloque compuesto por Francia, Suecia, Turquía y los tártaros, con sólo Austria como aliado, por lo demás no demasiado fiable.
Ese mismo año de 1734, los tártaros comenzaron sus incursiones contra las fronteras rusas, mientras Rusia (en virtud de un acuerdo suscrito por Catalina I) se veía obligada a enviar un contingente ruso de veinte mil hombres a Silesia para apoyar a Austria. En 1735 estalló la inevitable y durísima guerra contra Turquía. Se trataba de la única guerra que correspondía a los intereses estratégicos de Rusia, puesto que el país se asfixiaba sin una salida al mar Negro y al mar de Azov. ¡Pero cómo se llevó a cabo esta guerra! El mando de Münnich fue ruin, extenuante para los soldados y tácticamente nulo.
Sin haber llegado a enfrentarse todavía a los turcos, había perdido ya ante los tártaros la mitad de las tropas con las que había partido. Asedió Ochakov en 1737, de manera torpe y vergonzosa, por el flanco más difícil y de menos interés (sin fijarse en el flanco por donde más fácil hubiera resultado el paso). Tomó la ciudad al precio de numerosas bajas para abandonarla después y cambiar de dirección hacia el suroeste para acudir en ayuda de los austríacos. Ahí tuvo por fin una actuación satisfactoria, pero Austria traicionó a Rusia con una inesperada paz separada con los turcos, lo que obligó a Rusia a dar por finalizada la guerra arrasando todas las fortalezas conquistadas: Ochakov, Perekov, Taganrog y Azov.
Para Rusia no fueron éstas las peores pérdidas, sino las que se cifraron en términos humanos: la guerra nos había costado cien mil muertos. En esa época la población de toda Rusia era de once millones (menos que en el siglo anterior, cuando reinaba Alexéi Mijáilovich; ¡hasta tal punto se había reducido la población con Pedro!). Imaginemos también la vida de los reclutas de entonces: no existía un número determinado de años de servicio, sino que en la práctica te cogían de por vida. Las únicas salidas eran la muerte o la deserción. En cuanto a la salud espiritual de los rusos en esa época, basta con ver qué conclusiones saca S. Soloviov sobre el reinado de Ana: "El bajo clero estaba abatido por la pobreza, a la que en el campo se añadían las pesadas labores agrícolas que impedían al sacerdote guiar a la grey haciendo uso de su formación eclesiástica". La situación del clero "era causa de un terrible daño moral entre la población".
Soloviov califica el reinado de Ana como el más tétrico, por ser aquel en el que los extranjeros tuvieron el poder más ilimitado en Rusia. El espíritu nacional ruso no empezó a sacudirse este yugo hasta el reinado de Isabel [26]; aunque el desdén hacia el pueblo ruso, sus costumbres y sus creencias religiosas iba a seguir impregnando a la clase dirigente a lo largo de todo el siglo XVIII. Pero lo que nos interesa son otros acontecimientos y el desarrollo de su reinado.
Antes de acceder al trono, Isabel siguió un juego muy arriesgado y moralmente dudoso con los diplomáticos franceses y suecos de Petersburgo. Francia creía que el de Isabel iba a ser un reinado ruso, que la zarina iba a devolver la capital a Moscú, que dejaría de preocuparse del poderío naval y de la presencia en Occidente y que por tanto Francia conseguiría eliminar a Rusia del teatro europeo. Con Suecia, Isabel había llegado al peligroso pacto de declarar la guerra a Rusia (lo cual acabó sucediendo en 1741) de manera que Suecia exigiera la reinstauración de la línea dinástica de Pedro. En realidad lo que Suecia pretendía era que se le devolvieran todos los territorios conquistados por Pedro, a lo que Isabel no estaba dispuesta. Sin embargo, el golpe palaciego de Isabel en Petersburgo triunfó sin ayuda de Francia ni Suecia, de modo que la nueva zarina accedió al trono con las manos libres.
Hay que reconocer que Isabel tenía un vivo sentimiento nacionalista ruso y que su fe ortodoxa no era una hipocresía (como habría de ocurrir después con Catalina II). En su plegaria anterior a la coronación, hizo voto de que no se ejecutaría a nadie y, ciertamente, durante su reinado no se administró la pena capital en ninguna ocasión, [27] un fenómeno inusitado en la Europa de la época. Redujo también las penas para muchos tipos de delitos. Hizo también que prescribieran todas las deudas desde la muerte de Pedro y durante un cuarto de siglo (1752). "Apaciguó el alma del pueblo, humillada tras tantos años de poder extranjero", "Rusia se encontró a sí misma". En más de una ocasión (1744, 1749, 1753) intentó que Moscú recuperara la capitalidad, llegó incluso a trasladar toda la corte durante períodos de un año y se dedicó a la reconstrucción del Kremlin.
Obraba así obedeciendo su sentir de rusa, aunque a la vez, como hija, no quería socavar los proyectos de su padre. Ofreció mejores condiciones al pueblo, pero en ello no fue profunda ni consecuente. Durante su reinado continuó la absurda y despiadada persecución de los viejos creyentes (algunos de los cuales llegaron a autoincinerarse) y la aniquilación de las raíces rusas. Nuevos gravámenes extenuaban a los campesinos: los del Viatka [28] huían a los bosques, donde construían poblados secretos, y los de las gubernias [29] centrales huían a través de la frontera polaca hacia una vida degradante y miserable. Del mismo modo, los viejos creyentes llegaron incluso a cruzar el Dniéster [30] para salvaguardar su fe. ¡El número de fugitivos alcanzó el millón de personas! En todas partes escaseaba la mano de obra y las autoridades redoblaron sus esfuerzos para que regresaran los fugitivos que se habían refugiado a orillas del Don.
En los uyezd [31] de Tambov, Kozlov y Shatsk estallaron revueltas campesinas y aldeas enteras huyeron al curso bajo del Volga en busca de libertad. Se sabe también que hubo muchas revueltas protagonizadas por los campesinos que trabajaban en los monasterios (¡qué vergüenza para un monasterio explotar el sudor de los campesinos!). No es casual que en 1754 P.I. Shuválov [32] presentara un "Proyecto de Salvación del Pueblo", donde se proponía exonerar de la leva a quienes pagaran un tributo de capitación; conceder a los colonos una parte de los depósitos de trigo en años de mala cosecha, o si por el contrario, la cosecha era abundante, subir el precio del pan para que el excedente no les ocasionara pérdidas; enviar comisarios especiales para dirimir disputas entre campesinos y terratenientes; poner fin al soborno de funcionarios y al mismo tiempo aumentarles el sueldo, defender a los colonos del expolio y vejaciones, incluidas las del propio Ejército, ayudar a los soldados en el mantenimiento y educación de hijos de corta edad e incluso permitir "el libre desarrollo de la opinión en la sociedad y prestarle oídos en provecho del Estado".
No obstante, Isabel había alcanzado el trono gracias a la guardia de palacio. Aunque no saltara a la vista, ello la hacía depender de la nobleza y le obligaba a reforzar lo que Kliuchevski ha dado en llamar el "poder de la corte". (De este modo, en 1758 los terratenientes consiguieron poderes para controlar el comportamiento de sus siervos y en 1760 obtuvieron el derecho a deportarlos a Siberia. Por otra parte, los nobles, como ya había sucedido con Ana, fueron eximidos de una serie de obligaciones.)
En medio de una situación tan grave, con un pueblo que arrastraba ya un siglo de atraso, el inestable carácter de Isabel, en vez de ocuparse de la "salvación del pueblo", se preocupa de la "amenaza al equilibrio europeo" y derrocha de forma imperdonable las fuerzas del pueblo ruso en disputas e incluso aventuras ajenas a nosotros. Tras ganar una rápida y arrolladora guerra contra Suecia, pasó a enfrascarse en un disparatado proyecto dinástico para asegurar como sucesor al trono de Suecia a uno de los príncipes de Schleswig-Holstein (en todo caso, ¿qué rey en esa época no utilizaba los cálculos y matrimonios dinásticos para su política?).
Con este fin, en 1743 devolvió Finlandia a Suecia, su antigua propietaria (des-aprovechándose así una buena ocasión para que Finlandia, un país que en el siglo XVII ya tenía un sistema parlamentario, evolucionara en libertad, algo que hubiera sido provechoso para Rusia). No contenta con esta camisa de once varas, mandó a la flota rusa para que defendiera a Suecia ante Dinamarca y a la infantería rusa a Estocolmo. ¡Lo que haga falta!... (Más tarde, el gobierno ruso habría de verse abrumado por los asuntos internos de Suecia, llegando incluso a destinar subsidios para mantener con vida esa huera "alianza", comprar la fidelidad de algunos diputados del Parlamento sueco y mantener a nuestros diplomáticos febrilmente ocupados en "impedir la restauración de la autocracia" en Suecia y asegurarse de que continuara siendo débil.) Por si fuera poco, ansiaban contar con Dinamarca como firme aliada, pero tal alianza contradecía la voluntad de Piotr Fiódorovich, el heredero del trono ruso, que tenía puestas sus orgullosas miras en Schleswig-Holstein.
Con la misma imprudencia, Isabel aceptó gravosas y desfavorables obligaciones de Inglaterra, de donde nunca ha salido nada bueno para Rusia y mucho menos ayuda. Eso sucedía en 1741, pero en 1743 llegamos al extremo de una alianza directa que obliga a Rusia a defender los intereses de Inglaterra en todo el continente europeo (¡esta coalición no se basaba más que en la "profundísima" asunción de que el príncipe sueco de Schleswig-Holstein iba a casarse con la reina inglesa!). En 1745 el perspicaz canciller austríaco Kaunitz informaba a María Teresa: "La política de Rusia no sirve a sus intereses reales, sino que depende de la voluntad de personas concretas". En 1751 se comprometió secretamente a defender las propiedades personales del rey inglés en el principado de Hannover, [33] ¡al oeste de Alemania, a un tiro de piedra de casa como quien dice! ¡Qué monstruosidad!
De nuestro lado teníamos a una Polonia completamente debilitada por las disputas internas protagonizadas por la clase media, una Polonia que en el siglo anterior había capturado y oprimido a una numerosa población ortodoxa. Sin embargo, Isabel, lejos de procurar socorrer a sus gentes, se desvelaba por mantener la integridad territorial de una Polonia débil (y es que tenían como rey a nuestro queridísimo príncipe elector de Sajonia...) y de paso, naturalmente, tener siempre defendida a Sajonia.
¿A qué venían todos estos desvelos? Desde el principio de su reinado, Isabel se daba perfecta cuenta de que una alianza con Austria no nos convenía en absoluto. Pero Prusia, el belicoso y resuelto Federico II, arrebató Silesia a Austria. Isabel perdonó a Austria las intrigas que había organizado contra su propia persona y renovó en 1746 por ¡veinticinco años más! un obsoleto acuerdo de alianza. De este modo defendió Austria y Sajonia ante Federico y despachó tropas rusas a través de Polonia, ¡un país independiente!
La fuerza de Federico radicaba en su burda agresividad, pero estaba lejos, muy lejos, de representar una amenaza para Rusia. ¿Acaso se hubiera atrevido, por más que hubiera conquistado Polonia, a irrumpir en el gigantesco territorio de Rusia? Las arcas rusas en esa época están completamente vacías, faltan reclutas, la leva es escasa y sin embargo enviamos tropas al encuentro de Federico, mientras la ausencia de guarniciones en nuestros caminos y ríos fomenta el bandidaje y hace peligrosos los desplazamientos. Entre tanto Federico obtiene de Austria lo que se proponía y firma la paz. O sea, ¿que ya no hay razón para que salgan los rusos? De ninguna manera: en 1747, para ayudar a Austria, enviamos como estaba previsto un contingente de treinta mil hombres más allá del Rin, a los Países Bajos, lo que provoca un conflicto innecesario con Francia. (Y no prestamos oídos al murmullo de los soldados y del pueblo: ¿quién puede entender esta campaña?)
Europa entra en un periodo de paz general (Rusia es la única en no ser convocada al Congreso de La Haya y también la única que no obtiene nada). Más tarde, los historiadores – muchísimas gracias – dirían que la intervención de Rusia puso fin a la guerra por el trono polaco, a la guerra por el trono austríaco y que detuvo al insolente Federico.
Pero Rusia consiguió detenerlo por poco tiempo, y pronto iba a estar recorriendo y ocupando territorios por toda Europa. En 1756 Rusia instiga insistentemente a Austria para atacar juntas a Prusia (mientras Inglaterra lucha contra Francia en América). Entre tanto, Rusia "no tiene ni un solo general digno" (S. Soloviov) ya que con Ana Ioánovna todo se había confiado a mercenarios alemanes y no se formaron generales rusos. Mientras Austria medita, Federico conquista aceleradamente Sajonia y el ejército ruso sale de sus fronteras hacia la guerra de los Siete Años (que devolvió territorios a Austria y Polonia, pero nada a Rusia). Isabel ansiaba "el reconocimiento de los aliados y de toda Europa por haber hecho posible su seguridad" y azuzaba a sus cuatro ineptos mariscales de campo revocables (hay que reconocer que desde Petersburgo ella tenía una visión más clara de la situación sin gastar su paciencia en que llegaran los emisarios).
Así es como se llevaba la guerra: los veranos (pero no todos) se dedicaban a las acciones militares y en los primeros días de otoño se alejaban apresuradamente del enemigo hacia los lejanos y reposados cuarteles de invierno. (En Prusia nuestros soldados compensaban a la población local por cualquier destrozo producido.) La guerra puso al descubierto muchas deficiencias en la formación y mantenimiento de los ejércitos rusos. Nuestros generales sabían tan poco sobre cómo disponer las tropas para el combate que no sólo les daba el sol de cara, sino que debían además avanzar contra un viento cargado de arenisca (batalla de Zorndorf).
En todas las batallas importantes, Federico fue el primero en atacar, y sin embargo, los soldados rusos conseguían resistir y en ocasiones incluso vencer. En 1757 ya habían conseguido entrar en Prusia. Tras la batalla de Kunnersdorf (agosto de 1759) Federico huyó, pues consideraba perdida no sólo la guerra sino su propia vida. En 1760 las tropas rusas entraron en Berlín pero la abandonaron a los dos días sin dejar en ella refuerzos.
Ahora Isabel deseaba un pedazo de Prusia, pero no por sí mismo, sino para canjeárselo a Polonia por Curlandia (sin embargo, la fuerte oposición de Austria y Francia lo impidió). Durante estos años el kan de Crimea no había dejado de incitar a Turquía (al igual que Inglaterra) para que nos declarase la guerra. (¿Cómo hubiera resistido Rusia?) Turquía titubeó, pero tras la batalla de Kunnersdorf desistió. Durante 1761 siguió la guerra de los Siete Años, principalmente en la ociosidad (en especial Austria). Rusia tiene cada vez menos fuerzas y medios para mantener su ejército en una campaña tan lejana y pide a Inglaterra que medie para alcanzar la paz con Federico. Pero éste, a pesar de que también carece de fuerzas, comprende la situación y se niega a hacer concesiones. En estos momentos muere Isabel.
Accede al trono ruso su sobrino, una persona insignificante y mezquina, con la mentalidad de un mozalbete y una formación espiritual germánica propia de Schleswig-Holstein: el botarate de Pedro III. [34] En 1762 reforzó el "poder de la corte" con un decreto "sobre el fuero de los príncipes", que durante un siglo iba a potenciar un derecho de servidumbre que desde ese momento resultaba absurdo para el Estado. Entre otras cosas, este decreto provocó la pérdida de muchos oficiales en el Ejército, que una vez más hubo que substituir por extranjeros. "Tenía el propósito de alterar nuestra religión, por la cual sentía un especial desdén" y así, dispuso que se retiraran los iconos de los templos, que los sacerdotes se afeitaran la barba y vistieran traje, como los clérigos extranjeros. Sea como fuere, fue positivo su decreto que prohibía la persecución de los viejos creyentes, los mahometanos y los idólatras.
Pero el principal giro que produjo su medio año de reinado se dio en política exterior, cuando ofreció a Federico II, que había perdido la guerra y ya estaba dispuesto a renunciar a Prusia Oriental, que fuera él mismo quien redactara un tratado en favor de Prusia para devolverle los territorios conquistados por los rusos e incluso establecer inmediatamente una alianza ruso-prusiana y luchar juntos contra Austria (para lo cual envió a Federico el contingente de dieciséis mil hombres del general Chernyshov). Ya había mandado fuerzas rusas hacia Pomerania a recuperar de Dinamarca el territorio de Schleswig para anexionarlo a su Holstein natal. (La negativa de la guardia a entrar en un nuevo conflicto, esta vez contra Dinamarca, aceleró el golpe palaciego de Catalina.) "Las iniciativas de Pedro III ofendieron profundamente a los rusos... y fueron tomadas como un escarnio a la sangre vertida en la guerra." Pedro no sólo se rodeó de asesores venidos de Holstein y Alemania, sino que dejó toda la política exterior en manos de Holz, un prusiano. Los rusos "veían con desesperanza el futuro de su patria, abandonada a extranjeros ineptos y a los ministros de otro soberano".
A diferencia del golpe palaciego de Isabel, Catalina [35] no dio el suyo motivada por una reacción rusa de rechazo nacionalista. La ruptura de Catalina, que legó un nuevo Código inconcluso, podía hacer creer que la zarina iba a hacer mucho para mejorar la situación del pueblo y proteger en algo los derechos de millones de personas humilladas (su nakaz [36] de 1767 hablaba en tal medida y con tanta valentía acerca de derechos, que llegó a estar prohibido en la Francia prerrevolucionaria, tal era la audacia con que "propagaba la semilla de Europa" de ese siglo). Sin embargo sólo se produjeron pequeños avances en este sentido: se relajó la presión contra los viejos creyentes y se dieron órdenes de no sofocar las revueltas campesinas con excesiva crueldad. Se mostró mucho más magnánima en su relación con los colonos alemanes que había traído. [37] Les dio amplias parcelas de tierra, les construyó casas y los exoneró de gravámenes y obligaciones por un plazo de treinta años, además de concederles préstamos sin interés. "Para que los pobres terratenientes no fueran a menos", Catalina amplió cada vez más los derechos de la nobleza, [38] que no se había dado por satisfecha con el "Decreto sobre el fuero de los príncipes". Se reafirmó el derecho de los terratenientes a deportar a los campesinos a Siberia (y posteriormente a trabajos forzados) sin tener que justificar ante el juez el motivo. El terrateniente gozaba además de unas condiciones económicas muy ventajosas a cuenta de sus siervos.
"Los terratenientes comerciaban con ellos [los siervos] como mercancía viva. No sólo los vendían aparte de las tierras sino que los separaban de sus familias."
Aún peor era la indefensión de los campesinos enviados a trabajar a fábricas frecuentemente alejadas de sus lugares de origen y a los que se dejaba tan sólo unos pocos días al año para que cultivaran el terruño que les sustentaba. [39] Catalina aún tuvo más "recompensas" para aquellos a quienes favorecía y condecoraba: un millón de almas vivas que hasta entonces habían sido campesinos libres. Instauró además el derecho de servidumbre en Malorrusia, [40] donde hasta entonces los campesinos habían mantenido el derecho de libre circulación. La comisión que elaboraba el Código propuso otorgar a los nobles poder ilimitado sobre los campesinos (aunque, en esencia, ya lo tenían y se trataba sólo de consolidarlo administrativamente) y que no se aceptaran denuncias contra los señores si eran interpuestas por siervos y lacayos.
En 1767, durante la visita de Catalina al Volga, algunos campesinos consiguieron hacerle llegar sus quejas, tras lo cual dispuso que "desde ese momento no fueran permitidas". Por indicación suya, el Senado sentenció: "Campesinos y siervos domésticos no deben osar de ningún modo formular quejas por escrito contra su señor" y se aconsejaba emplear el látigo con los desobedientes. Para los campesinos enviados a las fábricas se recomendaba: "Sumisión silenciosa bajo pena de castigo severo". La emperatriz envió destacamentos a Polonia para traer a la fuerza a los campesinos fugitivos.
La exhaustiva Historia de Soloviov nos ofrece abundantes episodios de corrupción en provincias. Los diputados convocados por Catalina ya lo advirtieron: "Está robando todo el que puede". ¿Acaso Catalina no quiso darse cuenta? La emperatriz estaba rodeada por la lisonja y la mentira más desmesuradas, que la mantenían amenamente ajena a la dura existencia del pueblo.
Nuestro ilustre poeta Derzhavin, que ocupó altos cargos estatales al servicio de tres emperadores, pudo observar de cerca la vida en la corte: "El espíritu de Catalina estaba enfrascado en la gloria militar y los planes políticos... Dirigía el Estado y la administración de justicia haciendo más caso de la política y de sus percepciones que de la sagrada verdad... Su reinado fue político y lo dedicó a perseguir sus intereses y ser indulgente con los hacendados".
Catalina aún se endureció más con la revuelta de Pugachov [41] (1773-1774). En respuesta a la frase de Pushkin (dicha de pasada, pero repetida con tanto ímpetu que ha acabado desgastándose, sobre todo en boca de la clase culta actual): "Los rusos se entregan a la revuelta de un modo tan absurdo como despiadado", I. Solonevich se pregunta con justicia: ¿y por qué iba a ser "absurda" una revuelta once años después del Decreto sobre el fuero de los príncipes (que sí había sido absurdo desde una óptica estatal) y visto cómo se había redoblado la opresión de Catalina? ¿Es que acaso la revuelta carecía de motivos? Veamos el manifiesto de Pugachov: "Capturarlos [a los nobles], ajusticiarlos, ahorcarlos, darles el mismo trato que, sin muestra alguna de cristiandad, han dado a sus campesinos... de manera que quien aniquile a dichos nobles, malvados y contrarios, no sienta conmoción ni sobresalto al impedir que se perpetúen". ¿Creía en esto el propio Pugachov? Concebía la "libertad" colectivamente, como el libre albedrío de la mayoría, sin llegar a plantearse una libertad estructurada u organizada (S. Levitski). Por otra parte, ¡la referencia a la falta de "cristiandad" estaba justificada! Además, es significativo que durante la revuelta de Pugachov, como en todas las revueltas del Periodo de los Desórdenes, las masas populares nunca pretenden liquidar el poder y creen engañadamente (como habría de sucederles a los decembristas) [42] que su acción va a beneficiar a un soberano legítimo. ¿Acaso no es ésta la razón por la que Pugachov pudo tomar sin resistencia ciudades como Sarátov y Samara (que le recibieron con repique de campanas) y por la que se sintieran tan próximos a él los viejos creyentes del Irguíz? [43] A propósito: Derzhavin, que servía en la región donde se produjo la revuelta, destaca de ella la arrogancia, estupidez y perfidia de los ricachones que aplastaron la insurrección.
Más adelante, sintiéndose a la vanguardia de la europeidad, Catalina se mostró cada vez más vivamente interesada en los problemas del continente. Sin haber llegado a afirmarse todavía en el trono, tuvo que aceptar la vergonzosa paz de Pedro III con Prusia. Inmediatamente después, en 1764, suscribió con dicho país una alianza nada provechosa para Rusia y se supeditó a la política de Federico, con quien organizó la ascensión al trono polaco de Poniatowski; [44] un empeño inútil pues, como explica Kliuchevski, las peculiaridades de la Constitución polaca hacían que no nos sirviera de nada un rey amigo y que nos resultara inofensivo un rey hostil. Por otra parte, apenas llegado al trono, Poniatowski traicionó a sus mentores y entabló amistad con el rey francés. Durante muchos años, Nikita Panin [45] distrajo a Catalina con un infructuoso proyecto de "Alianza del Norte" que sólo resultaba provechoso para Inglaterra. Nunca se materializó: no cabía esperar que Inglaterra, Suecia y Dinamarca hicieran nada que significara una ayuda para nosotros. Inglaterra, además, sin recato alguno, exigió a Rusia en 1775 que enviara a Canadá un contingente de veinte mil hombres. Catalina, no obstante, se negó.
En cuanto a Polonia, Catalina estaba razonablemente preocupada por que los ortodoxos de ese país "accedieran a una situación legal que garantizara sus derechos y la justicia", algo de lo que carecían por completo. Se les estaba polonizando a la fuerza (una absoluta negligencia de Pedro I y también de Isabel), si bien Rusia tenía una gran influencia en la Polonia del siglo XVIII, debilitada por sus desórdenes internos. Catalina consiguió interceder en algo por los ortodoxos, aunque temía que si lograba más derechos para ellos se reforzaría la migración de rusos hacia allá. Como reacción a las concesiones realizadas por Polonia, los funcionarios polacos y la Iglesia uniata [46] emprendieron una persecución desenfrenada contra los ortodoxos en Ucrania, lo que en 1768 provocó la horrorosa insurrección de los gaidamak, [47] tan cruel y sangrienta. La revuelta se desarrolló al grito de: "¡Por la fe!" y fue liquidada utilizando la sombra del monarca, con una orden falsificada, supuestamente promulgada por Catalina.
La presencia de destacamentos rusos en Polonia y los enfrentamientos en algunos lugares con destacamentos de los "federados" [48] provocaron tensiones con Turquía, que a la sazón estaba del lado de Polonia. El ataque de un destacamento gaidamak contra una aldea tártara cerca de Balta [49] sirvió de pretexto: en septiembre de 1768, Turquía (a la que Inglaterra y Francia seguían azuzando con todos los medios a su alcance) declaró la guerra a Rusia (y la cogió desprevenida). Al poco tiempo, el kan de Crimea, Guirei, [50] al mando de setenta mil hombres saqueaba y prendía fuego a la gubernia de Isabelgrad [51] (la última incursión tártara en la historia de Rusia, 1769). Mientras, en Polonia, el ataque de Turquía fue recibido con gran animación, al igual que sus consecuencias: la cesión a Turquía de la región de Kíev con toda su población de fe ortodoxa.
En este momento Catalina comete graves errores diplomáticos. Creía que Prusia era su aliada y que Austria iba a ofrecer su favor a la Rusia cristiana ante la Turquía musulmana. Lejos de contentarse con avanzar hasta el mar Negro, algo que sin lugar a dudas resultaba vital para Rusia, se empecinó en "abrasar Turquía por los cuatro costados" y concibió un irrealizable "proyecto griego": restablecer el Imperio bizantino sobre las ruinas del turco (por cierto, hasta el mismo Voltaire le animó a ello, y ya tenía planes de sentar en el trono bizantino a su nieto Konstantin Pávlovich). Mandó escuadras a Grecia circunnavegando toda Europa y envió agentes a los Balcanes para que soliviantaran a la población cristiana. Aunque este plan quimérico no podía materializarse ni por aproximación, y aun siendo imposible unir y levantar a los griegos para este propósito, Europa iba a atisbar por vez primera la sombra amenazadora de la injerencia rusa en los asuntos balcánicos.
Mas esta falsa, huera y obsesiva idea iba a espolear a nuestros soberanos y posteriormente a la sociedad rusa a lo largo de todo el siglo XIX, predisponiendo, naturalmente, a toda Europa en nuestra contra, en especial a Austria, tan próxima a los Balcanes. Y así, de manera obstinada, hasta la primera guerra mundial.
Las operaciones militares transcurrieron con gran éxito para Rusia: Azov y Taganrog fueron tomadas; en el otoño de 1769, Bucarest; y en 1770 Izmail. Se obtuvieron grandes victorias en Fokshani, el río Kagul, en la batalla naval de Chesme y se llegó incluso a tomar Beirut desde el mar. En el verano de 1771, los rusos entran en Crimea y toman Kerch. Pero a pesar de los ininterrumpidos éxitos rusos, no hay manera de obtener resultados políticos. Las victorias rusas quedaban socavadas en el terreno diplomático: como tantas otras veces, la diplomacia europea nos resultaba impredecible o inescrutable. Nuestro "aliado" Federico había olvidado la amarga lección de la guerra de los Siete Años y ahora buscaba la manera de impedir una paz que hubiera convenido a Rusia.
La guerra ruso-turca hizo que Prusia y Austria se acercaran estrechamente. Austria no podía aceptar la independencia de Moldavia y de Valaquia (lo que sí quería Rusia para debilitar a Turquía, dejándola sin territorios que la comunicaran con los tártaros), proclamaba sin ambages que las quería para sí y se preparaba para dar un golpe por la espalda en caso de que los rusos lograran llegar a Constantinopla (una situación que habría de repetirse en el siglo XIX). Mientras, Rusia experimentaba un agotamiento de medios. Además, en los campos turcos los soldados rusos habían contraído la peste, que llegó hasta Moscú y produjo grandes estragos ya que los moscovitas no entendían la cuarentena y no la guardaban. [52] En 1772 empezaron las conversaciones de paz con Turquía, pero ésta no se alcanzó (Turquía dudaba) hasta 1774 (Kütschük-Kainardschi), cuando llegó un nuevo sultán y Suvórov [53] adquiría celebridad con nuevas victorias. El tratado de paz mantenía la independencia de los tártaros de Crimea, [54] si bien Rusia reconocía a Turquía su jurisdicción espiritual sobre ellos. Rusia obtenía la estepa, en un primer momento, hasta el Dniéster, y posteriormente sólo hasta el Bug, las orillas del mar de Azov, Tamañ y Kerch; Turquía se quedaba con Moldavia, Valaquia y la orilla occidental del Bug. Rusia obtenía además el derecho a tutelar la fe ortodoxa en todo el Imperio otomano. Aunque en esa época se entendía esto en el sentido puramente religioso, se estaba cerniendo ya una amenazadora sombra política hacia el futuro. Las potencias europeas, que otrora enviaron sus cruzados hacia Asia Menor, se comprometían ahora a defender a Turquía ante la Rusia cristiana. En esencia, no fue éste el final de la guerra porque Turquía, sintiendo el apoyo de Europa, dudó entre cumplir o no el tratado. En 1779 Rusia haría una nueva concesión renunciando a Tamañ y Crimea.
Mientras, el sagaz Federico advirtió que, con la sangrienta guerra ruso-turca como telón de fondo, resultaba muy ventajoso dividir Polonia. Era una idea que ya había tenido antes. En honor de María Teresa hay que señalar que tal división contradecía profundamente sus convicciones cristianas y por este motivo durante mucho tiempo tuvo discusiones con su heredero, José. Posteriormente, "la corte vienesa, para paliar lo injusto del reparto, consideró que era su deber tomar parte en él". En resumidas cuentas, Austria recibió el mayor pedazo de Polonia y además obtuvo el norte de Bukovina de manos de Turquía (que tampoco hubiera estado en contra de participar en el reparto). "La Rus Chervónaya" (Galitzia y la Transcarpatia) siguió la suerte de la Rus de Kíev y fue a parar también a Austria. En este primer reparto (1772) recobramos nuestra Bielorrusia, mientras Federico se hizo con territorios ancestralmente polacos. Sin embargo, aunque reducido, el Estado polaco logró mantenerse.
Entre los años 1787 y 1790 hubo otra guerra contra Turquía. Rusia de nuevo había entablado una alianza incierta con Austria, que una vez más firmó una paz para sorpresa de Rusia. Las tropas rusas volvían a cosechar importantes victorias en plazas tan difíciles como Ochakov, Benderi, Akkerman y sobre todo la decisiva toma de Izmail por parte de Suvórov. A medida que iba obteniendo estas victorias, Rusia sentía de nuevo que las potencias europeas no le permitían cosechar sus frutos. Inglaterra anunció que no iba a tolerar ninguna modificación de las fronteras turcas (¡cuando los turcos estaban en el Bug y el curso bajo del Dniéper!). Prusia subscribió un acuerdo secreto con Turquía en preparación de una guerra. Las potencias celebraron un congreso (Reichenbach, 1790) para elaborar por su cuenta un plan de paz entre Rusia y Turquía. (Para ello ofrecieron su ayuda Holanda, España y Sicilia.) Pero paradójicamente intervino la Revolución francesa, que atemorizó a toda Europa y entre tanto dio tiempo a Rusia para firmar en 1791 una paz triunfal en Jassy [55] (Kliuchevski opina que así debiera haber concluido la anterior guerra contra Turquía, si no se hubiera interpuesto Europa).
Con esta paz, Rusia obtuvo una salida a su frontera natural por el sur: el mar Negro, incluida Crimea y también al Dniéster. Anteriormente ya había conseguido salidas a los océanos Ártico y Pacífico. Tras cuatro guerras ruso-turcas en el siglo XVIII, nos hubiera convenido comprender que debíamos detenernos aquí. Sin embargo, en el siglo siguiente Rusia iba a tener otras cuatro guerras contra Turquía, pero ya no iba a haber sentir nacional ni intereses estatales que las justificaran.
Tras los fogonazos de la Revolución francesa tuvieron lugar dos divisiones más de la ya débil Polonia (1792 y 1795). Rusia obtuvo Voliñ, Podolia, la parte occidental de Bielorrusia con lo que, sin contar Galitzia, se conseguía la unificación de todos los eslavos orientales o, como decían entonces, las tribus rusas, herederas de la Rus de Kíev. Rusia no se adueñó de ningún territorio genuinamente polaco, sino que recobró sus tierras históricas, incluida una parte de Lituania. En cambio, Prusia tomó regiones ancestralmente polacas, incluida Varsovia.
Kaunitz observó que Catalina se obstinaba en tener influencia sobre Occidente y en su obsesión de ocuparse de asuntos ajenos. Aquí podemos incluir el "archiconfuso" – según Kliuchevski – tratado con Austria de 1782: unir Moldavia, Valaquia y Besarabia en una inexistente "Dacia", entregar Serbia y Bosnia a Austria, y Morca, [56] Creta y Chipre a Venecia. Derzhavin cuenta que Catalina "al final de su vida no pensaba en nada más que en conquistar nuevos reinos".
Su injerencia en el conflicto franco-austríaco no sólo fue una idea estéril sino perniciosa. Catalina condujo seis guerras (fue uno de nuestros reinados más sangrientos) y la muerte le sobrevino cuando preparaba una séptima: contra la Francia revolucionaria.
Esta guerra la retomó, de forma desafortunada, Pavel. [57] Las heroicas campañas de Suvórov en Italia y Suiza, que tanto nos extasiaban (y también a los suizos hasta el día de hoy) no le hacían ninguna falta a Rusia y no fueron más que una pérdida de sangre, fuerzas y medios. Y después, en un giro opuesto, esta vez como aliados de Napoleón, luchamos contra Inglaterra, enviamos a la India, para perjuicio nuestro, a los cosacos del Don (en lo que se gastaron – como atestigua Derzhavin – seis millones de rublos y existe la sospecha más que fundada de que la conspiración para derrocar a Pavel se fraguó desde Inglaterra).
El breve reinado de Pavel y su misma personalidad han merecido valoraciones contradictorias. Kliuchevski lo califica de "zar contrario a los nobles" y el profesor Trefílov opina que "Pavel sintió muy de cerca las necesidades de los siervos-campesinos". Ciertamente, ¿cómo no reconocerle que en el día de su coronación (1797) redujera la bárshchina [58] a tres días semanales o que dispusiera "sobre la no obligatoriedad del trabajo dominical"? ¿O que en 1798 prohibiera la venta de campesinos aparte de las tierras, el acontecimiento más trascendental para el derecho de servidumbre, un paso del crecimiento al declive? También a él se debe la abolición del decreto de Catalina que prohibía a los campesinos formular quejas por escrito contra sus señores y la introducción de un sistema de urnas en el que podían depositarlas.
En cambio, Derzhavin, como testigo directo, nos habla (no sin animadversión personal hacia Pavel) acerca de su carácter caprichoso y de su frecuente superficialidad en cualquier asunto. En los proyectos sobre los que había dos opiniones, optaba resueltamente por "seguir adelante". Derzhavin añade que durante el reinado de Pavel se echaron a perder inútilmente instituciones creadas por Pedro y Catalina, y que "las falsas acusaciones causaron la desgracia de muchos"; que durante su ascensión al trono y su coronación Pavel repartió "precipitada e irreflexivamente, para entregarlos al primero que se cruzaba, los campesinos que eran propiedad de la corona" alejándolos de las mejores fincas estatales "incluyendo tierras labradas y huertos". En el entorno de Pavel – prosigue Derzhavin – "nadie miraba por el bien común de la patria, sino por sus intereses y lujos personales". Pero esto puede reprocharse a todos los poderosos, de todos los tiempos y en cualquier país, y no sólo en las monarquías, sino también en las democracias desarrolladas, incluso las más recientes.
El siglo XVIII acaba sin que podamos evitar asombrarnos ante esa cadena de errores de nuestros dirigentes ni su falta de dedicación a los asuntos vitales para la vida del pueblo. Ya lo advirtió Lomonósov: "Para Rusia sólo hay un tipo de guerra posible contra Europa occidental: la defensiva". El pueblo, necesitado de un respiro prolongado desde finales del siglo XVII, no tuvo un momento tranquilo durante todo el siglo XVIII. Podría parecer que ya se habían cumplido todos los objetivos del país en política exterior, ¿no? ¿Quizás había llegado el momento de dedicarse por completo a organizar el país? ¡Pues no! Los devaneos exteriores de los gobernantes rusos no habían finalizado, ni mucho menos.
Citando a S. Soloviov, uno podría pensar que el enorme territorio del Estado ruso "impedía que el pueblo desarrollara... codicia por lo ajeno" (con el pueblo ocurrió así, pero ¿y con los gobernantes?), "pero a la vez, esta falta de codicia por lo ajeno podía provocar descuido de lo propio" y desde luego, lo provocó... Una observación parecida fue realizada por D.S. Pasmanik: gracias a las grandes extensiones, el pueblo ruso pudo desarrollarse fácilmente en sentido horizontal, pero por la misma razón no logró crecer en vertical; las "mentes inquietas" y las "personalidades críticas" se unieron a los cosacos (mientras que en Europa occidental se concentraban en las ciudades y edificaban la cultura); los gobernantes rusos se distinguían por una comezón colonizadora en vez de por un tesón concentrador.
Para desgracia nuestra, durante el siglo XIX esta tendencia prosiguió durante mucho tiempo.
En Rusia, los siglos XVIII y XIX habían de sucederse cronológica y espiritualmente, creando un solo período petersburgués.
La figura de Alejandro I [59] ha merecido la misma valoración, tanto a los historiadores como a sus contemporáneos: un romántico soñador, amante de "bellas ideas" de las que luego se cansaba, con "una voluntad prematuramente fatigada", inconstante, indeciso, inseguro y polifacético.
Influido por su preceptor, Laharpe, un revolucionario suizo, otorgó "una exagerada importancia a las formas de gobierno" (Kliuchevski), se entregó con interés al estudio de una constitución liberal para Rusia y colaboró en su redacción; en una sociedad donde la mitad eran esclavos, la constitución acabó como regalo al reino de Polonia, que logró así cien años de adelanto respecto a Rusia. Libró a los sacerdotes de los castigos corporales (¡que monstruosamente habían sido mantenidos!), permitió que los campesinos contrajeran matrimonio aunque el señor se opusiera y, aunque vagamente, se mostró dispuesto a concederles la libertad, pero sin tierras (como los decembristas).[60] No obstante, no dio ningún paso, excepto la "Ley de los labriegos libres" de 1803 (liberación de los siervos siempre que el terrateniente diera su consentimiento voluntario), y la prohibición de nuevos repartos de campesinos propiedad de la corona entre los terratenientes. [61]
Alejandro mostró flaqueza con respecto a las sociedades secretas, [62] habiendo sido él mismo cómplice de joven en una conspiración fatal. [63] "Censuraron, sin pararse a reflexionar, el reinado de Pavel y también sin reflexionar rechazaron todo lo que había hecho", dice Derzhavin. Quienes rodeaban al zar "estaban impregnados de un espíritu constitucionalista francés y polaco". Los enemigos de la patria se valieron de la tolerancia hacia la ociosidad, el hedonismo y la indisciplina de los jóvenes nobles para cobijarse bajo el manto del Estado. Según su testimonio, en 1812 los máximos dignatarios "habían llevado el Estado a una mísera situación". Con Alejandro I aún creció más la burocracia.
En esos años, Europa occidental se tambaleaba y se resquebrajaba. Napoleón destruía y creaba Estados, pero ello no afectaba a Rusia, situada en un extremo del mapa, con grandes extensiones capaces de aterrar a cualquier invasor y con una población que tanto necesitaba de tranquilidad y de una administración razonable y diligente. ¿Para qué interponernos en los asuntos de Europa?
Alejandro I se metió en ellos conscientemente, olvidándose de los asuntos rusos (en su pasión por las ideas occidentales se parecía mucho a Catalina). Los historiadores franceses sostienen lo siguiente: "Alejandro I estaba rodeado de asesores favorables a los ingleses y emprendió una guerra innecesaria contra Napoleón impuesta por Inglaterra: coaliciones con Austria (1805) y Prusia (1806)". ¡Cuántas pérdidas nos acarrearon estas batallas innecesarias, ese "valor temerario de los soldados rusos que los franceses nunca habían visto antes"! Ahora Alejandro I no podía perdonarle Austerlitz a Napoleón y de nuevo reunió soldados contra Francia. Había amenaza de nuevas guerras contra Turquía y Persia, pero Alejandro se preparaba para una larga campaña: quería desplazar a Napoleón más allá del Rhin. En ese momento un agente de Napoleón predispuso al sultán para que declarara la guerra al zar.
Entonces, molesto ante la indiferencia de Inglaterra, Alejandro se lanza a una alianza con Napoleón (Paz de Tilsit de 1807). [64] Hay que reconocer que en esos momentos se trataba de un paso muy provechoso para Rusia, pues convenía mantener con Francia relaciones neutrales y cordiales, a despecho de los gruñidos de los altos dignatarios de Petersburgo (por otra parte, dispuestos a organizar una nueva conspiración a favor de Inglaterra) y de los terratenientes, privados de las exportaciones de trigo a causa del bloqueo continental (más pan quedaba para Rusia).
Pero Alejandro no quiso permanecer inactivo. No, para Alejandro no bastaba con la Paz de Tilsit y la guerra contra Turquía que estaba empezando: en el mismo año de 1807 declaró la guerra a Inglaterra. Napoleón le ofreció "tomar Finlandia" a Suecia, tras lo cual Alejandro entró en Finlandia (1808) y se la arrebató a los suecos. ¿Para qué? Otra carga insufrible sobre las espaldas de Rusia. Tampoco quería una tregua con Turquía al precio de retirar sus tropas de Moldavia y Valaquia. De nuevo tropas rusas en Bucarest. (Napoleón también nos había "ofrecido" Moldavia-Valaquia e incluso repartirnos con Francia el territorio de Turquía, para abrir paso a Napoleón hasta la India.)
Tras el golpe de Estado en Constantinopla, [65] aún deseaba con más furor atacar a Turquía. Pero aparte de todas estas conquistas apoteósicas, ¿por qué no mantener el tan provechoso Tratado de Tilsit, mantenerse alejado de las refriegas europeas y aprovechar para reforzar y sanar la situación interna? A pesar de haberse extendido por Europa (aunque en España quedó atascado), Napoleón no había alzado la mano contra Rusia (sólo nos había arrastrado a tomar parte activa en enojosas alianzas) y hasta 1811 intentó evitar un enfrentamiento con Rusia. ¡La Guerra Patria podría no haber tenido lugar! Todas sus glorias y todas sus víctimas se podrían haber evitado de no haber sido por un error de Alejandro. La guerra de Turquía nos la quitamos de encima, casi de milagro, en 1812, un mes antes de la invasión napoleónica, gracias a los esfuerzos de Kutúzov. [66] En 1809 no se había podido firmar la paz porque Alejandro exigía la independencia de Serbia: ¡el paneslavismo empezaba a despuntar! La guerra de Persia en cambio aún se alargó un año... Y precisamente, a pesar de las grandes dificultades [67] y con Moscú incendiada (pocos saben que en los hospitales de Moscú murieron abrasados quince mil rusos heridos en Borodinó) ganamos la Guerra Patria.
¿Podíamos darnos por satisfechos y quedarnos en nuestras fronteras (se oían tales voces entre nuestros generales)? De ninguna manera. Rusia debía ayudar a restablecer el orden en Europa (y a crear dos poderosos imperios – el austríaco y el germánico – que en el futuro nos serían hostiles). Tras la batalla de Luzen "con un solo tratado Alejandro hubiera podido conseguir lo que quisiera de Napoleón" pero "los intereses de Rusia se vieron ahogados en ese papel de pacificador universal que él mismo se había impuesto" y "dejamos en los campos de Luzen y Bauzen, Dresde, Leipzig y otros un ejército entero, pasamos a deber cientos de millones, arruinamos el rublo hasta dejarlo en un valor de veinticinco copecs de plata [68] y comprometimos nuestro desarrollo en las siguientes décadas". Cuando los Cien Días, Alejandro aún habría de enviar generosamente doscientos veinticinco mil soldados. Cegado por la ira, Alejandro estaba dispuesto a luchar "hasta el último soldado y hasta el último rublo". ¿Envió Alejandro sus tropas a París obedeciendo a intereses monárquicos, para restablecer a los Borbones? No, porque vaciló hasta el último momento (lo había organizado Talleyrand), [69] obligó a los Borbones a jurar la Constitución y llegó a comunicarle sus planes liberales a Luis XVIII.
¿Buscaba quizás compensaciones territoriales para Rusia tras vencer en una guerra tan sangrienta? No; en 1813 no planteó ninguna condición previa para ayudar a Prusia y Austria. Lo único razonable que podía haber hecho era recuperar la soberanía rusa sobre Galitzia, completando así la unificación de los eslavos orientales (¡cuántas desventuras hubiera ahorrado a nuestra historia futura!). En esos momentos Austria no se aferraba especialmente a Galitzia, y estaba más necesitada de recuperar Silesia, así como de anexionarse Belgrado y Moldavia-Valaquia, que se extendían desde el Adriático hasta el mar Negro. Pero Alejandro desaprovechó esa oportunidad tan factible para Rusia, dada la situación.
Obstinadamente inmerso en sus "bellas ideas", siguió el ejemplo de Austria y no quiso ver el perjuicio que conlleva la formación de un imperio plurinacional para la nación que domina un Estado. Exigió la anexión a Rusia de la parte central de la Polonia dividida – el ducado de Varsovia – para amenizar el "reino de Polonia" añadiéndole gubernias rusas bajo su próvida tutela personal y su avanzada Constitución. Con ello consiguió para Rusia otro regalo envenenado que iba a durar cien años, otro nido de insurrecciones, otro fardo sobre las espaldas de Rusia y una razón más para la animadversión de los polacos hacia Rusia.
En cuanto a las guerras contra Persia, éstas contaban ya con una larga historia y su razón principal era la defensa de Georgia. Habían empezado con Borís Godunov, [70] que accedió a la petición del zar georgiano Alejandro. Desde un punto de vista religioso se consideraba necesario y natural socorrer a un pueblo cristiano al otro lado de la cordillera del Cáucaso. En este sentido, los intereses del pueblo y del Estado rusos pasaban a un segundo plano. En 1783 el zar georgiano Irakli se dirigió a Rusia con la misma súplica. En su último año de vida, Catalina envió un ejército de cuarenta y tres mil hombres a Azerbaidjan, pero Pavel los hizo volver. Con Alejandro se reemprendieron las acciones militares y se conquistó Daguestán. ¿Y qué falta le hacía a Rusia? ¿Acaso para poder navegar por el Caspio, un mar cerrado? Si hasta la Paz de Tilsit Napoleón había intentado convencer al sha de Persia para que atacara Georgia, después de Tilsit ya no era él, sino Inglaterra. El Tratado de 1813 reconocía la soberanía rusa sobre Georgia y Daguestán. Rusia mordía imprudentemente un nuevo e innecesario cebo.
En la segunda mitad de su reinado, Alejandro I se hizo más conservador. Tan bien había asimilado el espíritu de la Santa Alianza que en 1817 insistió en complacer la petición del monarca español y mandar tropas para sofocar las insurrecciones en las colonias de América del Sur. ¡Aún quedaban lugares adonde no se habían enviado tropas rusas! (Metternich [71] se lo quitó de la cabeza). En 1822 Alejandro proponía insistentemente sofocar la revolución en España. También se mostró dispuesto a apoyar con fuerzas rusas la sublevación de los campesinos (griegos) contra los turcos y entabló negociaciones con Inglaterra para una acción conjunta. Pero en ese momento, como suele decirse, le sorprendió la muerte.
Nicolás I [72] se consideraba ante todo un monarca ruso y puso los intereses de Rusia por encima de los intereses comunes de las monarquías europeas. Por ello se distanció de la Santa Alianza. [73]
Sin embargo, enemigo acérrimo de la revolución, no pudo contenerse y en 1830 ya estaba dispuesto – y así lo había acordado con los monarcas germanos – a aplastar conjuntamente la revolución de julio en Francia y después en Bélgica (aunque en este caso se lo impidió la sublevación de Polonia); del mismo modo que en 1848 propuso al rey de Prusia el envío de tropas rusas para sofocar la revolución en Berlín; o, entre 1848 y 1849, enviar igualmente abundantes tropas rusas en una misión que nos era ajena y perniciosa: salvar a los Habsburgo de la revolución húngara (de 1848).
En 1850 volvió a respaldar a los Habsburgo contra Prusia. ¿Qué provecho obtenía con ello Rusia? Resultaría imposible explicarlo y si entráramos en los numerosos detalles, nuestro constante empeño en sacar a Austria de apuros nos parecería aún más disparatado. (En agradecimiento, Austria daría a Nicolás un golpe por la espalda en la guerra de Crimea.) En 1848 Nicolás envió tropas a Moldavia-Valaquia para sofocar desórdenes locales – conjuntamente con Turquía – contra la población cristiana... Cualquier asunto ajeno nos concernía. También en este largo siglo de Nesselrode, [74] la diplomacia rusa continuó siendo inepta, falta de previsión y contraria a los intereses propios de Rusia.
El odio visceral y enconado hacia Nicolás I que le profesó el conjunto de la sociedad liberal rusa a lo largo de todo el siglo XIX (al que no escapó ni Tolstói) y tan a menudo agitado por los bolcheviques, se debe principalmente a que Nicolás aplastó la insurrección de los decembristas (no les fue difícil cargarle hasta la muerte de Pushkin). Hoy en día a nadie le causa alarma que algunos rasgos de los programas decembristas supusieran la promesa de una tiranía revolucionaria en Rusia, mientras otros decembristas insistían durante la instrucción judicial en que la libertad sólo puede cimentarse en los cadáveres. Y no pasemos por alto estos otros detalles: cuando Nicolás salió del Palacio de Invierno para dirigirse hacia la multitud agitada, dispararon contra él y su hermano Mijaíl, y resultó muerto el general Milodárovich. No obstante, Nicolás no dio órdenes de disparar para dispersar a la multitud.
A partir de nuestra experiencia soviética debiéramos ser capaces de hacer una valoración: los mandos inferiores fueron perdonados a los cuatro días; durante el interrogatorio de los ciento veintiún oficiales detenidos no hubo presiones ni tergiversaciones, y de los treinta y seis condenados a muerte Nicolás indultó a treinta y uno. El día en que los cinco restantes fueron ejecutados se dio lectura a un manifiesto dirigido a los familiares de todos los encausados: "El parentesco transmite a los descendientes los actos gloriosos de los antepasados, mas esta unión no puede quedar empañada por el deshonor del vicio o el delito: que nadie se atreva pues a reprobar a alguien su parentesco para imputárselos" – lo que sí ocurriría en nuestra era soviética. Cuando en Polonia el Seim indultó a los decembristas polacos, aplicando su legislación, Nicolás, aunque colérico, ratificó la decisión por respeto a la ley.
Desde otra perspectiva, los historiadores franceses del siglo XIX describen a Nicolás como: "Diligente, minucioso, trabajador... ahorrador" (de esta última cualidad adolecieron gravemente nuestros emperadores posteriores a Pedro, incluida Catalina). Precisamente se distinguió de muchos de sus predecesores por la búsqueda constante de una razón de Estado y por ser consciente de cuáles eran los intereses de Rusia. Pero tantos años de poder ilimitado sobre un inmenso imperio le llevaron a sobrestimar las posibilidades de su voluntad, lo cual endurecía su carácter, ya de por sí tajante e inflexible.
Ello condujo al desgraciado final que tuvo su reinado. A la vez, el derecho de servidumbre, que ya hacía siete decenios – desde Pedro III – que había perdido todo sentido para el Estado, había alcanzado, según Kliuchevski, unas proporciones crueles y estúpidas, llegando a frenar el desarrollo de la agricultura, la productividad en todo el país y el desarrollo social e intelectual. "Desde el inicio de su reinado, el nuevo emperador tuvo el valor de afrontar la cuestión campesina", "en los primeros años de su reinado el emperador pensó en emancipar a los siervos" pero "todo cambio era meditado con cautela y discreción", "en secreto de la sociedad" (temiendo la fuerte oposición de la nobleza). Efectivamente, "si tomadas una a una estas reformas ya eran difíciles de por sí, emprendidas en conjunto significaban un giro que no estaba al alcance de una sola generación". El emperador titubeó ante los consejos de quienes le rodeaban, pero al mismo tiempo, "una reforma demasiado lenta perdía muchas de sus posibilidades de éxito".
Nicolás "buscó con detenimiento alguien que pudiera hacerse cargo de este importante asunto" y se decidió por el conde P.D. Kisiliov, "el mejor administrador de la época". A Kisiliov (que reunió a los colaboradores más instruidos) se le encargó la administración de los campesinos propiedad del Estado, que sumaban entre diecisiete y dieciocho millones (mientras los campesinos privados eran veinticinco millones y la población total del país, cincuenta y dos millones). Tras obtener autorización para comprar campesinos a los terratenientes y confiscárselos en caso de malos tratos, se puso inmediatamente manos a la obra. Siguieron la prohibición de vender campesinos al por menor (1841), la prohibición a los nobles sin tierras de comprar campesinos (1843), y otras leyes que aliviaron la suerte de aquellos a la hora de comprar su libertad y sus tierras (1842, 1847). "En conjunto, estas leyes... pretendían cambiar la visión que se tenía" de los siervos: " los siervos ya no eran únicamente propiedad de un individuo, sino que eran, antes que nada, súbditos del Estado", "los campesinos adquirían la libertad gratuitamente, sin mediar ningún pago".
Pero el empecinado derecho de servidumbre, que tan plácidamente reconfortaba a la nobleza en sus bucólicas haciendas y en el que se habían hundido espiritualmente millones de campesinos, iba a oprimir a Rusia durante una quincena de años más.
Retomando los intentos de Alejandro I de respaldar a los griegos sublevados contra Turquía, al poco tiempo de su coronación, Nicolás I envió en 1826 un ultimátum a Turquía y mantuvo esta actitud, a pesar de que (en ese mismo año de 1826) había empezado la guerra de Persia, hasta conseguir (con el tratado de Akkerman en 1826) la ulterior consolidación de los derechos de Rusia, el comercio ruso en los puertos turcos y promesas para Serbia (nuestra "idea balcánica" salió reforzada... La irreflexión de Nicolás I fue la causa de muchos reveses).
Después de que Inglaterra y Francia ayudaran a Rusia en 1827 (batalla de la bahía de Navarino) [75] tanto ellos como el resto de Europa prestaron oídos a los llamamientos del sultán según el cual: "Rusia es el enemigo eterno e indómito de los musulmanes y se propone destruir el Imperio otomano" (ya bastante debilitado en 1826 al haber sido liquidado el cuerpo de jenízaros). Para el emperador ruso lo prudente hubiera sido detenerse aquí. Sin embargo, bajo pretextos de poca importancia y tras hacer que aumentara aún más la hostilidad de Europa hacia él proclamando los "intereses de Rusia" en Moldavia, Valaquia y Serbia, Nicolás emprendió en 1828 la guerra contra Turquía.
Durante ésta se cosecharon grandes éxitos en la costa caucásica (desde Añapa hasta Poti), en la Transcaucasia (Ajaltsij, Kars, Erzerum y casi hasta Trebisonda, adentrándonos en territorio propiamente turco), sin embargo resultó un fracaso en los Balcanes. Nuestras tropas estaban mejor preparadas para pasar revista que para el combate, por falta de medios Rusia no tenía fusiles de cañón rayado, el servicio de espionaje era pobre, aunque en su análisis sobre esta guerra Moltke [76] elogia extraordinariamente al soldado ruso y su capacidad para soportarlo todo. Ciertamente, en 1829 ya habíamos atravesado Bulgaria (donde como eslavos nos sorprendió el recibimiento nada amistoso de los búlgaros), tomamos Adrianópolis (Turquía se estremeció) y en este punto perdimos el aliento. Habíamos conseguido la independencia de Grecia y un estatuto de vasallaje (bajo Turquía) para Serbia; una vez más intereses ajenos y, para Rusia, el libre tránsito de embarcaciones por el Bósforo. Esta guerra contra Turquía (¡y con ésta iban ya seis!) fue la que más triunfos reportó a Rusia en política exterior, pero en cuanto a la situación interna ésta no pudo traducirse en nada más.
Además, cuatro años después, Nicolás se lanzó a socorrer a Turquía ante el pacha de Egipto, que se había sublevado. La flota rusa zarpó apresuradamente hacia Constantinopla en ayuda del sultán. También eran intereses de Rusia...
Mientras tanto la guerra contra Persia había liberado a Armenia.
La responsabilidad por los destinos de Georgia y Armenia obligó a Rusia a emprender una nueva y larga guerra ¡de sesenta años! que produjo grandes pérdidas: la conquista del Cáucaso. [77] Si Rusia no hubiera considerado como cosa suya un territorio ajeno como la Transcaucasia, la conquista del Cáucaso tampoco hubiera sido necesaria. Hubiera bastado mantener al norte de la cordillera caucásica una fuerte línea defensiva de cosacos para contener las constantes incursiones de los pueblos de montaña dispuestos al pillaje. Y eso es todo. El Cáucaso no era un Estado unificado, sino que lo habitaban numerosas tribus de hablas distintas, de manera que no amenazaba la seguridad del Estado ruso, especialmente tras el debilitamiento de Turquía. Aunque hubo un momento – Nicolás estaba ya dispuesto a reconocer el Estado de Shamil – [78] en que éste, todo un carácter caucásico, proclamó que llegaría hasta Moscú y Petersburgo. Y a pesar de todo esto, durante el siglo XIX no dejamos de pagar y pagar facturas ajenas... Los gastos que conllevaba el mantenimiento de nuestra presencia en el Cáucaso y la Transcaucasia superaron hasta la llegada de la Revolución los beneficios que reportaba. El Imperio ruso estaba pagando el privilegio de poseer dichos territorios. Señalemos también que el Imperio en ninguno de ellos "rompió las tradiciones locales" (Kliuchevski).
Con Jivá y Bujará [79] el problema era similar. En los años treinta y cuarenta habían estado atacando regularmente las fronteras meridionales de Rusia. Se trataba de dos poderosos Estados en el corazón del desierto que empleaban como esclavos un gran número de prisioneros de guerra, entre ellos rusos, que obtenían gracias a las incursiones de los turkmenos y kirguises (kasajos) que llegaban hasta el curso bajo del Volga. Los prisioneros eran vendidos en los mercados de esclavos de Jivá y Bujará. Hacía falta crear una fuerte línea defensiva que contuviera estas incursiones o emprender una conquista (tras la cual se atisbaba seguramente una ruta hacia la India, pero también un enfrentamiento con Inglaterra). En 1839 y 1840 Perovski culminó su campaña de conquista, atravesando mil verstas [80] de desierto, pero sin éxito.
En 1831, y posteriormente en 1863, Rusia habría de pagar dos veces la fantasiosa sandez de Alejandro I, encaprichado en mantener a Polonia bajo su "patronazgo". ¡Hasta qué punto había que ser ciego al espíritu de los tiempos y del siglo para querer subyugar al Imperio ruso a un pueblo tan desarrollado, culto y tenaz como el polaco! Las dos insurrecciones polacas provocaron grandes simpatías en Europa occidental y le valieron a Rusia más hostilidad y aislamiento.
Los devaneos diplomáticos de Nicolás a manos de Nesselrode [81] duraron décadas: en 1833, un tratado con Austria y Prusia para combatir el movimiento revolucionario; también en 1833, un acuerdo de defensa con Turquía para asistirla ante cualquier peligro interno o externo (la irritación de las potencias occidentales fue el primer paso hacia la futura guerra de Crimea), en 1840, un acuerdo secreto con Inglaterra: Rusia no emprendería acciones relacionadas con Turquía salvo con el consentimiento de Europa (¿para qué aceptar estas limitaciones?). En 1841 Rusia retira a las potencias occidentales sus garantías sobre la integridad e independencia del Imperio otomano; en 1851, Rusia interviene apasionadamente en el superficial conflicto entre católicos y ortodoxos, que rivalizaban por tener prioridad en los Santos Lugares palestinos [82] (agravado por una disputa personal con Napoleón III), rivalidad que pronto condujo a un enfrentamiento político en toda Europa.
Nicolás se sinceró con el embajador inglés: "Turquía es una persona enferma" y puede morir inesperadamente. Si se produce un reparto de Turquía, que Inglaterra se quede con Egipto y Creta, y que Moldavia, Valaquia, Serbia y Bulgaria adquieran la independencia bajo la protección de Rusia, pero sin formar parte de ella, puesto que sería peligroso ampliar aún más el ya extenso Imperio ruso. Al menos esto lo comprendía, pero las ideas panortodoxas y paneslavistas le empujaron a una desastrosa ampliación que adoptó otras formas. Mientras tanto, el embajador ruso en Constantinopla exigía que se hallara solución al problema de los Santos Lugares y que se otorgara a Rusia el protectorado de toda la población ortodoxa en el Imperio otomano. Cuando el embajador inglés en Constantinopla comenzaba a plantear una hábil solución para los Santos Lugares que satisficiera a todos, el embajador ruso exigió "garantías irrevocables en el plazo de cinco días" sobre la protección de los ortodoxos y seguidamente abandonó Constantinopla profiriendo amenazas.
Es evidente que el gobierno ruso no comprendía que al haberse puesto Rusia por encima de Europa tras la victoria de 1814, Inglaterra se había convertido en nuestra enemiga para los siguientes cien años.
Ahora Rusia se estaba enfrentando a toda Europa. Entre tanto, Turquía nos estaba garantizando el libre paso por el estrecho desde 1829, ¿qué más queríamos? (En caso de una guerra europea cualquiera podría haber taponado los Dardanelos desde fuera.) Medio siglo después de haber ganado un acceso al mar Negro, Rusia seguía sin haber reunido una flota fuerte y moderna (hubiera bastado con que algunos de los buques fueran de hélice) y sólo disponíamos de embarcaciones a vela. Y no hablemos de nuestra incapacidad para extender explotaciones agrícolas por la costa del mar Negro. Nos faltaba cultura. Desde la inmensidad de Rusia clamaba el gemido de los problemas internos irresueltos, descarriados o postergados.
Nicolás I tampoco supo apreciar el grado de atraso técnico y táctico de nuestro Ejército: no se utilizaba la formación de despliegue, no había preparación para una guerra de trincheras, la caballería estaba más habituada a los picaderos que a los asaltos. No tuvo tampoco en cuenta el enojo que ya causaba su administración en la sociedad rusa (por primera vez se intuía un deseo de derrota contra el propio gobierno). Pero el emperador no dudaba de que Austria y Prusia le brindarían su apoyo... Mientras: Austria veía en Rusia la amenaza de un cerco desde un tercer flanco y la alarma en Inglaterra creció al reafirmar Rusia sus posiciones en el Syr-Daría, [83] Napoleón III ansiaba proclamarse como flamante emperador, Víctor Manuel II quería situar Cerdeña entre las potencias europeas, Turquía experimentaba un auge patriótico respaldado por Egipto y Túnez y Prusia prácticamente se había adherido a las exigencias de la coalición.
Nicolás I no cejó hasta ponerse la soga al cuello, ¡hasta tal punto llegaba su arrogante confianza en sí mismo! y rechazó varias ofertas de negociación. Tan sólo con lo que había ocurrido en 1790 tendría que haber sido consciente de la peligrosa tendencia antirrusa de todas las potencias europeas. [84]
Todos sabemos cómo transcurrió la guerra. Tras una importante victoria naval rusa sobre los turcos en Sinop, la flota anglo-francesa se adentró en el mar Negro. Rusia no hizo nada para impedir el desembarco de los aliados en Eupatoria (aunque la prensa inglesa lo había predicho) y hasta el cerco a Sebastopol (que no estaba reforzada desde tierra) no hicimos uso de nuestra superioridad, que era enorme en caballería y considerable en el número de bayonetas, y nuestros batallones avanzaron sin romper columnas bajo el fuego francés. He aquí cómo valoraron en Francia al soldado ruso: "Un enemigo dotado de las más preciadas virtudes militares, desconocedor del miedo, perseverante, y que lejos de dejarse abatir se lanza al combate tras cada derrota con renovadas energías". La amenaza austríaca obligó al mando ruso a evacuar todos los territorios conquistados en los Balcanes y Valaquia-Moldavia. Sebastopol reforzó sus defensas (Totleben) [85] y resistió once meses de asedio, hasta agosto de 1855.
Pero medio año antes, en febrero de 1855, moría (no sin cierto misterio) Nicolás I. Todo cambio de soberano conlleva siempre un giro en política y una renovación radical en el equipo de asesores. Alejandro II, [86] tras una absurda lucha en el río Negro (donde nuestras pérdidas fueron cuatro veces mayores que las del enemigo) empezó a hacer caso de quienes le desmoralizaban aconsejándole la capitulación.
A la luz de nuestra más lejana historia estaba claro que emprender la guerra de Crimea había sido un insensato exceso de confianza. Pero tras dos años de combates, la respuesta de Sebastopol al asedio y el número de víctimas, ¿había acaso razones para dejarse vencer por el desánimo? La guarnición de Sebastopol había tomado la zona norte, fuertemente reforzada, y aunque era enormemente inferior en número a los aliados, se había curtido de forma severa durante el largo asedio. El Ejército de Crimea no sufría escasez ni de munición ni de víveres (cada soldado recibía diariamente una libra de carne), [87] no estaba aislado del resto del territorio ruso y podía soportar otra campaña de invierno. Los caminos hacia Rusia eran malos, pero ello no hubiera hecho sino complicar aún más un ataque de los aliados en esas condiciones de terreno, teniendo además en cuenta que sus comunicaciones marítimas ya se extendían a cuatro mil kilómetros.
Asimismo, "debido al orgullo nacional, en toda la guerra las tropas aliadas no tuvieron un mando unificado, los tres Ejércitos tenían cada uno su propio estado mayor" y debían pactar, como diplomáticos, cada operación. Además, "los ingleses, acostumbrados a las comodidades, demostraron no estar en absoluto preparados para las inclemencias del clima, por lo que perdieron iniciativa y brío... la mortalidad entre sus filas era horripilante: de cincuenta y tres mil efectivos llegados de Inglaterra, en la primavera de 1855 quedaban sólo doce mil aptos para el combate".
Tras la retirada rusa de los Balcanes, Austria abandonó sus amenazas de intervención. Rusia mantenía numerosas tropas de refuerzo en la frontera con Austria, en Polonia, el Cáucaso y en el golfo de Finlandia (la flota del Báltico rechazó los ataques de la flota aliada). En la primavera de 1856 las fuerzas armadas rusas contaban con un millón novecientos mil efectivos, más que al comenzar la guerra. En opinión de S. Soloviov (a quien, por cierto, en 1851 se le prohibió dar conferencias sobre Historia de Rusia) fue: "Una paz aterradora, mucho peor que la alcanzada por los gobernantes rusos después de lo sucedido en el Prut" (la vergonzosa paz de Pedro). [88] Soloviov considera que: "Se hubiera debido anunciar que la guerra no había acabado, que no había hecho más que empezar, para obligar a los aliados a llegar hasta el final". La defensa de la tierra rusa (de haber estado los aliados en condiciones de avanzar hacia el interior) hubiera podido resucitar en los rusos el espíritu de 1812, con lo que la moral de los aliados se habría desplomado.
Esta paz apresurada (en 1856 y por la cual Rusia perdió el derecho a mantener una flota de guerra en el mar Negro y el delta del Danubio) fue un mal comienzo para el reinado de Alejandro II, pero una primera victoria para la opinión pública. Los liberales rusos temían todo éxito de las armas puesto que con ello el gobierno obtenía más fuerzas y confianza en sí mismo, por eso se sintieron aliviados cuando cayó Sebastopol. Fue, en conjunto, un presagio certero y fatal de lo que acontecería en 1904. [89] Más tarde Alejandro reconocería: "Cometí una bajeza al aceptar esa paz".
En contrapartida, Alejandro II llevó a cabo la reforma agraria con una energía poco habitual en él (habida cuenta de su "recelosa aprensión") y apoyándose en su ilimitado poder autocrático para superar la resistencia de la nobleza.
Desde 1857 estuvo en funciones un Comité Secreto para los asuntos del campesinado que al principio no tenía siquiera noción sobre lo que ocurría en el campo ni tampoco planes definidos: ¿emancipar a los campesinos dándoles o no tierras? En el verano de 1858 se abolió el tributo que debían pagar los campesinos propiedad del Estado y del zar, con lo que obtuvieron libertad económica: la personal ya la tenían. En las comisiones redactoras del proyecto de reforma se entablaron largas discusiones sobre a quién debía darse tierras y sobre si se debían mantener las comunidades campesinas. Trabajaron con una gran vaguedad hasta que finalmente Alejandro exigió que el manifiesto estuviera listo para el sexto aniversario de su ascensión al trono. El paso decisivo se dio en 1861, aunque con indudables errores. [90] Como diría treinta años más tarde Kliuchevski: "Se asentaron los principios de una nueva vida, principios que conocemos... aunque ignoramos cuáles serán sus consecuencias". Y ciertamente, las consecuencias no las conocimos totalmente hasta el siglo XX.
Lo único que conservaron los campesinos como propiedad privada fueron sus viviendas en las fincas (¿un fantasma precoz de la colectivización estalinista?). En cambio, parte de las tierras quedó en manos de los terratenientes, opuestos a la reforma, y otras fueron traspasadas a las obshchinas [91] (con lo que quedó patente la fe eslavófila que se tenía en ellas...). La otorgación de tierras a los campesinos (en distintos grados según las zonas) fue tan insuficiente como onerosa: los campesinos debían comprar las tierras "de la nobleza" (algo que precisamente escapaba a su comprensión) mediante pagos redentorios. [92] Los campesinos no tenían forma de obtener el dinero: hasta ese momento todo lo habían estado pagando, o bien con su trabajo, o bien con sus cosechas. Además, en algunos lugares estos pagos superaban considerablemente el rendimiento de las tierras y estaban fuera del alcance de los campesinos. Para que los campesinos pudieran satisfacer el pago, el Estado decidió concederles un préstamo (las cuatro quintas partes del total) a cuarenta y nueve años, pero a un interés del seis por ciento. Este porcentaje se iba acumulando con los años y se añadía a los impuestos que ya pagaba el campesino. Hubo que esperar hasta los acontecimientos de principios del siglo XX para que se interrumpieran la acumulación de la deuda y la cuenta de cuarenta y nueve años.
En algunos lugares se mantuvo la prestación de trabajo obligatoria que los campesinos debían cumplir ciertos días a la semana. En muchos lugares la emancipación hizo perder a los campesinos todo derecho sobre los bosques y pastos. El Manifiesto del 19 de febrero concedía libertad a las personas, pero para el campesino ruso la posesión de la tierra y sus frutos hubiera sido mucho más importante. El Manifiesto provocó también un malentendido entre los campesinos: en algunos lugares se produjeron revueltas porque se esperaba otro manifiesto más generoso. Sin embargo, los historiadores occidentales hacen el siguiente comentario: "A pesar de todas sus limitaciones, la reforma rusa resultó ser infinitamente más generosa que otras reformas similares en los países vecinos, Prusia y Austria, donde se otorgó a los campesinos una libertad "completamente desnuda", sin el menor pedazo de tierra".
Al mantenerse la estructura de las comunidades agrarias, en esencia la reforma dejaba a los campesinos sin libertad personal plena. El campesinado seguía siendo una categoría separada del resto de los estamentos sociales consolidados (no estaba sometido a los tribunales comunes, ni al régimen jurídico general). Para que la reforma pudiera llevarse a la práctica se introdujo temporalmente la institución de los mediadores de paz, que eran miembros de la nobleza local. Pero con eso no bastaba: la reforma debiera haber creado además otro escalafón administrativo-tutelar que hubiera sido importante para asistir a los campesinos durante los muchos años que iban a necesitar para completar el difícil giro psicológico que implicaba el cambio total de vida y para adaptarse a las nuevas condiciones.
Por si fuera poco el haber lanzado a los aturdidos campesinos al mercado [93] con las manos todavía atadas por la comunidad agraria, se mantuvo sobre ellos la carga de los impuestos al Estado. Al no tener de dónde sacar el dinero, cayeron en manos de tratantes y usureros sin escrúpulos. Dostoievski no carecía de motivos cuando, con inquietud, describía la época que siguió a la emancipación: "Estamos atravesando la hora quizá más cambiante y decisiva en toda la historia del pueblo ruso". (Hoy podríamos referirnos así a la época actual con aún más fundamento.) Decía Dostoievski: "La reforma de 1861 exigía el máximo esmero posible, pero el pueblo se encontró con una indiferencia que se extendía desde las clases dominantes hasta los taberneros". Además: "Los aspectos lúgubres del orden anterior – esclavitud, disgregación, cinismo y compraventa de seres humanos – salieron reforzados, mientras que de los aspectos positivos de la moral anterior no quedó nada".
Un autor que no ha sido justamente valorado a pesar de su profunda sinceridad, Gleb Uspenski, [94] nos ofrece el mismo cuadro tras observar atentamente la vida del campesinado posterior a la reforma (El poder de la tierra, El campesino y su trabajo, en los años ochenta del siglo pasado). Su esencia es que tras 1861 "las masas estuvieron faltas de atención", que "la vida del campesino estaba desorganizada" y que la explotación había arraigado tanto en la aldea que, probablemente, ya era tarde para ponerle remedio.
La mentira administrativo-burocrática tampoco fue erradicada y asfixiaba al campesino (de su clamoroso capítulo "Los grilletes de la mentira"); Uspenski añade una larga cita de Herzen acerca de la fuerza oculta que sostiene al pueblo ruso, fuerza que, no obstante, Herzen es incapaz de describir con palabras. En cambio Uspenski sí: es el poder de la tierra el que ha dado a nuestro pueblo ruso paciencia, docilidad, fuerza y juventud. Quitádselo al pueblo y éste deja de existir, pierde su concepción del mundo y en su lugar surge un vacío moral. El pueblo logró superar doscientos años de tártaros [95] y trescientos de feudalismo sólo porque mantuvo su carácter de agricultor. Gracias al poder de la tierra el campesino conservó la obediencia, desarrolló una estricta disciplina familiar y pública y se mantuvo apartado del hedor de las falsas doctrinas. El poder despótico de una madre-tierra que muestra su "ternura" al mujik aliviaba el trabajo, convertido en el propósito de toda una vida. "Mas esta fuerza oculta y milagrosa no pudo proteger al pueblo del manotazo del rublo."
Haciendo gala de su honestidad y a pesar de sus convicciones revolucionario-demócratas e incluso de su pertenencia al partido, Gleb Uspenski no se muerde la lengua: el derecho de servidumbre ofrecía a nuestro campesinado una relación con la tierra más correcta que la actual. Los campesinos propiedad de un señor tenían el doble de tierras que los actuales y el terrateniente debía respaldar a sus campesinos en todo lo que hacía que fueran agricultores. Incluso el servicio militar obligatorio era más justo en el tiempo de la servidumbre: en primer lugar iban los hijos de familia numerosa y antes que ellos, los granujas y borrachos, de manera que en las aldeas no había proletariado que impidiera al mujik dedicarse a la agricultura. El antiguo sistema también era más justo en cuanto a los impuestos: el rico siempre pagaba más que el pobre. "Nuestros abuelos conocían a su pueblo y deseaban su bien. Le dieron el mejor campesinado que había conocido la humanidad tras siglos de sufrimientos. Pero ahora, buscamos con la pala entre la vieja escoria nacional y europea, cavamos en un estercolero." Este era "el fundamento de las escuelas populares de la parroquia: convertir el corazón egoísta en un corazón compasivo. La educación del corazón era persistente y los estudios rigurosos, pero no se trataba de ganancias ni de conocimientos superfluos, sino de predicar la severidad con uno mismo y con el prójimo".
Pero estalló una nueva época: ¡el manotazo del rublo y de las ganancias como única consideración! Nuestro campesinado patriarcal no resistió este cambio brusco que se añadía a todas las injusticias de la reforma. Muchos escritores han descrito los años que siguieron a la emancipación de los siervos como una época de opresión espiritual, desorientación, entrega a la bebida, osada picaresca e irreverencia a los ancianos. El 16 de marzo de 1908 cincuenta miembros de la Duma Estatal, todos ellos campesinos, proclamaron unánimemente: "Que se lleven el vodka a la ciudad si lo quieren, o acabará definitivamente con nuestra juventud en las aldeas".
A todo esto se añadía el envilecimiento de la alta jerarquía eclesiástica y la crisis de la fe ortodoxa. ¡En cambio los viejos creyentes sí la conservaron! Así estaríamos ahora si no se hubiera producido la reforma de Nikon. En Gentes de Iglesia, de Leskov, [96] podemos leer sobre los salvajes métodos de represión contra los viejos creyentes, incluso en el siglo XIX. Para 1905 y 1917 todos estos rasgos se habían asimilado ya orgánicamente a la revuelta y la Revolución.
Hacia el final del siglo XIX los campesinos se habían desentendido del trabajo. Se despoblaron los bosques accesibles y se empleó como combustible el estiércol con paja, en detrimento de los cultivos. (Los historiadores señalan que en esa época nuestro país gastaba menos en formación agrícola que en la enseñanza de latín y griego clásico.) En 1883 se abolió el impuesto de capitación, [97] pero aumentó el que gravaba la tierra. Al comenzar el siglo XX descendió la actividad agrícola en la Rusia central
Todo estaba en contra: la sojá, [98] las rastras a menudo de madera, el aventamiento con pala, las malas semillas, la rotación trienal de cultivos reprimida por la estructura parcelaria de la obshchina, donde las tierras estaban imbricadas entre sí, el fruto del trabajo vendido a bajo precio a los tratantes e intermediarios, las cada vez más frecuentes explotaciones que no disponían de caballos y la acumulación de deudas.
En estos años se acuñó, de manera alarmante, la expresión "depauperación del centro". Precisamente éste es el término tan atinadamente empleado por S.F. Platonov para hablar, aunque con otro matiz, del periodo anterior a los Desórdenes del siglo XVII... La inconclusa reforma agraria de Alejandro hizo necesaria la de Stolypin, [99] que iba a encontrar un frente de oposición en las derechas, los kadetés, [100] los socialistas y la escasa población trabajadora de las aldeas. Posteriormente la Revolución arrasaría con todo...
El peligroso abismo entre estamentos que había quedado tras la emancipación de los siervos hizo que la reforma judicial fuera incompleta. Para los campesinos (cuando ambas partes llamadas a juicio pertenecían a dicha clase) quedaba un tribunal inferior, el del vólost, [101] siguiendo la tradición rural, mientras que los juzgados de paz, superiores en rango, se reservaban para las causas civiles y, si eran de poca importancia, las penales. Después venía la diferenciación entre parte fiscal y abogado defensor (desconocida hasta la reforma y copiada por entero de la práctica occidental), con inamovilidad de los jueces, independencia de los abogados y un jurado. El juicio con jurado es una mejora dudosa, puesto que menoscaba la profesionalidad del tribunal (lo que contradice la alta valoración que damos actualmente a la profesionalidad en cualquier actividad) y provoca en ocasiones una paradójica incompetencia (podemos encontrar ejemplos en los tribunales ingleses actuales, bastante decrépitos). En la Rusia posterior a la emancipación de los siervos, en una época en la que los discursos de los abogados hechizaban a la sociedad (se publicaban sin censura alguna), la actuación de los jurados se desarrollaba entre argumentaciones y veredictos en ocasiones tragicómicos, lo que Dostoievski recoge claramente diciendo que se trataba de "una brillante, pero también triste implantación de la abogacía", por no recordar el siniestro augurio de la absolución de la terrorista Vera Zasulich, [102] con la que despuntaba el alba rosada de una revolución ansiada ávidamente. Gracias a estos discursos de los letrados cobró auge la cómoda tradición de no responsabilizar a la personalidad del delincuente sino a la "maldita realidad rusa".
La reforma territorial de Alejandro II fue más fructífera: el Consejo del zemstvo, [103] de carácter permanente y con amplias funciones ejecutivas, superaba en poder, por ejemplo, incluso al sistema de autogestión local en Francia. Sin embargo, la reforma no profundizó hasta un nivel más inferior de autogobierno popular como habría sido el Consejo del vólost, lo cual tendría una influencia negativa en el siglo XX y en la primera guerra mundial.
Las elecciones por las que se elegía entre los campesinos a los diputados para la Asamblea del distrito se celebraban bajo la influencia de los funcionarios locales. Dostoievski dice al respecto: "En nuestro país el pueblo no podía confiar más que en sus propias fuerzas, sin respaldo de nadie. Tenemos el zemstvo, pero agrupa a "los jefes". El pueblo elige a sus representantes en presencia de algún "miembro", otro jefe, de manera que los comicios resultan un chiste". Además, el Estado daba a los zemstvos una dotación insuficiente, por lo que éstos aumentaron los impuestos que gravaban la tierra, lo que a su vez provocó la hostilidad de unos campesinos que veían en el zemstvo un parásito más.
Alejandro III, [104] en un intento de crear el escalafón administrativo que había olvidado la reforma de su padre, introdujo la institución de los jefes del zemstvo en 1889, "un poder fuerte y cercano al pueblo" igual que aquellos protectores (pero llegados muy tarde) de la vida rural que habrían tenido que aliviar el tránsito – tan duro para los campesinos – de las tradiciones anteriores a la modernidad, un cuerpo tutelar que habría reglamentado actividades e iniciativas.
Pero la reserva de nobles desocupados (¿entre quién sino se podía escoger?), a menudo con una falta total de interés por su cometido (pasados tres decenios desde la reforma inconclusa), estos jefes del zemstvo con frecuencia no fueron más que una gravosa capa de poder que se añadía a las que ya soportaba el campesino. Así, se disolvieron los tribunales campesinos electos y pasó a presidir el juzgado el jefe del zemstvo. Un grave error de Alejandro III fue la derogación, en 1883, de un artículo del Manifiesto de 1861 que otorgaba el derecho a dejar la obshchina a los campesinos que satisficieran por entero el pago redentorio: en aras del ídolo de la obshchina, que maniataba la conciencia rusa – desde el emperador hasta los narodovoltsi, [105] que andaban buscando la forma de quitar de en medio a ese mismo emperador – se cerraba el paso al libre desarrollo de aquel sector del campesinado con más energías, salud y aptitud para el trabajo. [106]
En 1856, Gorchakov [107] substituye a Nesselrode, quien durante cuarenta años había enturbiado nuestra política, y en un principio anuncia muy sensatamente que Rusia debe concentrarse en sí misma para "reunir fuerzas". Hacía ya tiempo que nos venía haciendo falta comprender esto y aplicarlo. Pero esta consigna no duró ni un año: Rusia había de entregarse de nuevo a los juegos de la diplomacia europea.
Sin que se hubiera secado todavía la sangre derramada en la enemistad contra Napoleón III, Alejandro II inesperadamente (1857) la trocaba en cálida amistad. Las gestiones de Gorchakov (1859) consiguieron que Rusia no permitiera a la Alianza Alemana defender a Austria en la guerra de Italia, mientras Francia ayudaba a Rusia a expulsar a los austriacos de sus posiciones en Moldavia-Valaquia (que pronto se unirían para formar Rumania) y reforzar la influencia rusa en los Balcanes – ¿tan importante nos resultaba?. Sin embargo, a causa de la insurrección polaca (1863) Francia pasó a ser enemiga de Rusia y junto con Inglaterra y Austria (¿se repetía la coalición de la guerra de Crimea?) entró en defensa de los insurrectos.
La amenaza de guerra parecía nuevamente probable. Pero en ese momento Prusia se declaró amiga nuestra y, tras obtener a cambio la neutralidad favorable de Rusia, Bismarck arrancó en primer lugar Schleswig-Holstein a Dinamarca (1864) y posteriormente procedió a la aturdidora aniquilación de Austria en 1866. Rusia, lejos de sentir temor ante este reforzamiento de Prusia, en 1870 y 1871, con su neutralidad favorable facilitó a Bismarck la aniquilación de Francia. En pago a lo cual, al poco tiempo, en 1878, en el Congreso de Berlín recibimos de Bismarck un agradecimiento de bellacos cuando éste se adhirió al consenso europeo para despojar a Rusia de los frutos que habían dado sus victorias en la guerra de Turquía.
Las actuaciones de Rusia en política exterior bajo Alejandro II siguieron siendo miopes y fracasadas. En 1874 Dostoievski (El adolescente, Cap. 3) exclamaría: "Ya va casi para cien años que Rusia vive decididamente no para sí misma, sino única y exclusivamente para Europa". Hubiera sido más exacto decir, ya en aquella época, ciento cincuenta años. ¿Europa? En 1863 Rusia no dejó perder la ocasión de apoyar en América con su flota a los nordistas contra los sudistas. ¿Para qué irnos tan lejos? ¿Sólo para vengarnos de Inglaterra?
Dos ideas desafortunadas hacían sufrir incesantemente y arrastraban a todos y cada uno de nuestros gobernantes: socorrer a los cristianos de la Transcaucasia y socorrer a los ortodoxos de los Balcanes. Podemos reconocer que se trata de unos altos principios morales, pero no hasta el punto de contradecir la razón de Estado y de olvidar las necesidades del propio pueblo, también cristiano. Queríamos librar de todo mal a búlgaros, serbios y montenegrinos, pero antes debiéramos haber pensado en los bielorrusos y ucranianos: al sujetarlos con la mano del Imperio estábamos impidiendo que se desarrollaran cultural y espiritualmente en sus propias tradiciones, queríamos "liquidar" aquello que nos diferenciaba, si bien seguramente ya era imposible, pues eran peculiaridades que habían surgido entre los siglos XIII y XVII.
Resulta igualmente legítima la crítica al mesianismo de las altas esferas estatales e intelectuales rusas y a su fe en la especificidad de Rusia. Ni el mismo Dostoievski, a pesar de su incomparable perspicacia, supo escapar a esta influencia subyugadora: ahí están su sueño de Constantinopla y "la paz del Este que había de conquistar Occidente", llegando incluso hasta su desprecio por Europa, que hace ya tiempo avergüenza leer. ¿Y qué decir de la desafortunada concepción de una "Nueva Roma paneslava" que desarrolla N.Ya.Danilevski en su libro Rusia y Europa (por otra parte muy interesante en muchos aspectos), una concepción que casi pasó desapercibida en el momento de su publicación en 1869, pero que a partir de 1888 tendría una amplia resonancia en la sociedad rusa? [108]
Con un pueblo cuyo agotamiento crecía ya por tercer siglo consecutivo, con nuestro desbarate interno en lo económico y lo social, con la "depauperización del centro", con una burocracia cuya voluntariedad crecía amenazante, incapaz de funcionar con eficacia pero sí de aplastar la libertad de acción del pueblo, escribían por entonces: "Mermó hasta el carácter ruso, empezaron a escasear cada vez más las personalidades valientes y con amplias aptitudes" y ciertamente, ¿acaso se encuentran muchos personajes así en la literatura del siglo XIX?. [109] A la luz de todo esto, las interminables guerras en defensa de los cristianos de los Balcanes fueron un crimen contra el pueblo de Rusia. La defensa de los eslavos balcánicos ante el pangermanismo no era asunto nuestro y además las sucesivas incorporaciones forzosas a Austria de pueblos eslavos no hacían más que debilitar a ese andrajoso imperio y su postura an-tirrusa.
La dura guerra contra Turquía de 1877 a 1878 fue una más en la serie de guerras por los Balcanes. Rusia se precipitó en ella sin procurarse antes aliados o partidarios firmes, adelantándose con su impaciencia a las lánguidas protestas de las potencias europeas ante las crueldades turcas (así jugaba Disraeli; así echaba Bismarck leña al fuego). Desde el punto de vista militar la guerra fue gestionada de manera espectacular, con éxitos que impresionaron a toda Europa y con el cruce en invierno de la cordillera balcánica (a costa de muchas bajas y sufrimiento de los soldados). Resultó singular que la sociedad rusa, ya fuertemente hostil para con el poder, se uniera a él en un auge patriótico (la embriaguez paneslavista se había adueñado de la sociedad).
Pero tampoco esta vez llegó hasta Constantinopla la ofensiva rusa, detenida voluntariamente. Con la Paz de San Estéfano, al parecer, obtuvieron para los Balcanes todo lo que querían: la independencia de Serbia y Montenegro (con ampliación de su territorio), la de Rumania, la expansión de Bulgaria, el autogobierno para Bosnia-Herzegovina y un cierto alivio para el resto de cristianos que seguían bajo dominio turco. ¿La culminación y triunfo de un sueño secular? Ahora Inglaterra amenazaba sin rodeos con una guerra (la flota estaba en las islas del Príncipe), [110] Austria con una movilización y todas las potencias europeas exigían una conferencia para arrebatar a Rusia lo que había conseguido y sacar provecho para ellas.
Y esto fue lo que sucedió. En el Congreso de Berlín, Inglaterra obtuvo Chipre a cambio de nada y sin ninguna justificación, mientras Austria obtenía el derecho a ocupar Bosnia-Herzegovina, Bulgaria fue despedazada de nuevo y Serbia y Montenegro fueron recortadas. Rusia sólo recobró Besarabia, que había perdido tras la guerra de Crimea. Gorchakov se comportó durante todo el Congreso como un mequetrefe pusilánime, Disraeli, en cambio, fue recibido triunfalmente en Inglaterra.
"Ganar" así una guerra es tanto como perderla y hubiera sido más barato no haberla emprendido. La fuerza militar y económica de Rusia había quedado minada, la opinión pública estaba abatida y precisamente por aquí empezó y tomó impulso la era de las ideas revolucionarias y terror que pronto conduciría al asesinato de Alejandro II.
En nuestra larga sarta de emperadores, Alejandro III, sin la indecisión crónica de su padre, fue quizás el primero en ciento cincuenta años que comprendió perfectamente lo nocivo que era para Rusia perseguir intereses ajenos y nuevas conquistas, el primero en entender que su principal atención debía ser la salud interna de la nación ("El deber de Rusia es preocuparse ante todo de sí misma", del Manifiesto del 4 de marzo de 1881).
Aunque había sido comandante del Ejército durante la guerra de Turquía, después de su coronación no emprendió ninguna guerra. Sólo completó, con la pacífica toma de Merv, las conquistas de su padre en Asia Central. Tan cerca, por cierto, de la frontera con Afganistán que a punto estuvo de provocar un enfrentamiento con Inglaterra.
Precisamente gracias a la ausencia de guerras, durante su reinado se reforzó considerablemente el peso de Rusia en política exterior. Alejandro III se tragó el amargor de la "ingratitud" búlgara: los búlgaros cultos no valoraban las cuantiosas bajas rusas durante la guerra recién concluida y se apresuraron a liberarse de la influencia e injerencia rusas. Se tragó el amargor de la traición de Bismarck y aceptó firmar con Alemania, en 1881, un "tratado de garantías mutuas" muy equilibrado y razonable: si Guillermo no lo hubiera roto unos pocos años después, hubiera excluido la guerra entre Rusia y Alemania a principios del siglo XX. Tras la anulación del tratado, a Alejandro III no le quedó sino proseguir en su acercamiento a Francia y, aun así, durante un tiempo se mantuvo cautelosamente a la expectativa.
En cuanto a la política interna, el éxito del terror de los narodovoltsi cerraba a Alejandro III la vía hacia cualquier concesión, ya que en esos momentos habría parecido una capitulación. Dada la firmeza de carácter de Alejandro III, el asesinato de su padre el 1 de marzo había condenado a Rusia a duras medidas conservadoras en los años que habían de seguir e incluso a una "Disposición sobre el refuerzo de la guardia" (1882). El Consejo de Ministros formado al poco tiempo, prácticamente no cambió de composición en todo su reinado, aunque, por bien de la economía estatal, se procedió a reducir los cargos superfluos de la corte y a anular el "namiestníchestsvo 111 caucásico" en su totalidad. Se redujeron los impuestos a los campesinos y se concedieron aplazamientos para los pagos redentorios: la naciente exportación de grano ruso al extranjero hizo que subieran los precios del pan, en provecho de los campesinos.
Como ya hemos dicho, Alejandro III introdujo la figura del jefe del zemstvo (con resultados ambiguos) pero debilitó el papel del campesinado en aquéllos (un gran error) y reforzó el control del Estado sobre esta institución. Pasaban los años y el Estado de la nación se estabilizaba. Resulta evidente que en ese momento hubiera hecho falta emprender, en vez de medidas exclusivamente entorpecedoras, una línea propia de desarrollo en varias direcciones, por ejemplo una medida cuya necesidad había madurado hacía ya tiempo: ampliar el régimen jurídico del campesinado. Pero ni el mismo zar ni sus asesores más cercanos presentaron un proyecto semejante, lo que demuestra que no advertían el impetuoso pulso del siglo. Lo mismo ocurrió con el Estado en que se encontraba la Iglesia ortodoxa, debilitada durante el periodo petersburgués: [112] Alejandro III, que no advirtió su alarmante falta de vigor, no fue capaz de dar un impulso que revitalizara el organismo de la Iglesia, no tendió la mano a los sacerdotes rurales, degradados por la pobreza, abandonó a la Iglesia – y con ella a la ortodoxia popular – a una profunda crisis que a la sazón no todos supieron ver. En cuanto a los musulmanes, en Rusia éstos "siguieron disfrutando de la misma tolerancia ... Rusia confiaba en sus súbditos musulmanes del Cáucaso" (lo que quedó perfectamente demostrado durante la primera guerra mundial con los regimientos de élite formados por voluntarios caucásicos; la "división autóctona").
Sin embargo, el reinado de Alejandro III fue mucho más corto que todos los demás y quedó trágicamente segado en lo mejor de la edad y del espíritu. Nunca podremos saber cómo se hubiera comportado en los años, sumamente críticos, que se cernían sobre Rusia o incluso si hubiera permitido su advenimiento. Según L. Tijomírov, [113] Nicolás II "simplemente procedió desde el primer día, sin tener siquiera sospecha de ello, a socavar por completo los cimientos de todos los asuntos que había emprendido su padre".
Hacia el final del siglo XIX el Imperio ruso había alcanzado el volumen territorial previsto o, como se decía por entonces, "natural" (para un enorme valle sin defensas): en muchos lugares se extendía hasta los confines geográficos que imponía la propia naturaleza.
Pero era un imperio extraño. En todos los demás imperios conocidos por entonces la metrópoli engordaba a cuenta de las colonias y en ninguno de ellos el sistema permitía que los habitantes de una colonia determinada disfrutaran de más derechos y ventajas que los habitantes de la metrópoli. En Rusia ocurría justamente lo contrario.
Sin hablar de Polonia, que disfrutaba de una Constitución y una forma de vida mucho más liberales (aunque ello no hacía más deleitable la subordinación), no podemos pasar por alto los amplísimos privilegios de Finlandia. Ya desde los tiempos de Alejandro I, los finlandeses gozaban de más derechos de los que habían tenido bajo la dominación sueca. Hasta finales del siglo XIX los ingresos per cápita se multiplicaron entre seis y siete veces; Finlandia experimentó un florecimiento que en gran medida se debió a que no contribuía de forma proporcional a los gastos generales del Estado. La leva militar en Finlandia reclutaba tres veces menos mozos que la media en Rusia, de manera que "en una Europa armada hasta los dientes, Finlandia hacía menos por su defensa que Suiza" (y con Nicolás II hasta llegó a estar exenta de reclutamiento; Finlandia no sintió el peso de la guerra mundial). Además: "Las altas instituciones gubernamentales de Rusia estaban saturadas de finlandeses y éstos ocupaban los más importantes puestos militares en el Ejército y la flota rusos, mientras que en Finlandia los rusos sólo podían ocupar cargos y adquirir bienes inmuebles a condición de que adoptaran la ciudadanía finlandesa... a unos pocos kilómetros de su capital, los rusos debían someterse a la inspección de los aduaneros finlandeses... expresándose en finés ante unos funcionarios que se negaban obstinadamente a hablar en ruso".
¿Para qué manteníamos a Finlandia en el Imperio? (Gracias a esta asombrosa extraterritorialidad, Finlandia ofrecía un inestimable amparo y base de operaciones, a unos pasos de Petersburgo, a todos los revolucionarios rusos, desde los eseristas [114] armados, hasta los bolcheviques de Lenin. Ello contribuyó mucho no sólo al terrorismo y a la lucha clandestina en Rusia, sino también al desenlace de las revoluciones de 1905 y 1917.)
Aunque no de una forma tan patente, la periferia asiática de Rusia, poblada por otras etnias, recibió una enorme ayuda financiera del centro. En todos estos casos, los gastos supusieron para el Estado más que los beneficios. Muchos de estos pueblos (los kirguises, es decir, los kasajos y los centroasiáticos) [115] estaban exentos del servicio militar, sin que pagaran en compensación ningún tributo militar. La propaganda revolucionaria elogió jubilosamente la revuelta de Turgai-Semirechinsk [116] de 1916, acaecida, por otra parte, ¡en plena guerra mundial! y como respuesta a la simple tentativa de movilizar laboralmente a la población autóctona.
El trasvase artificial de medios desde el centro a la periferia agravó la "pauperización del centro". La población que formaba y sostenía a Rusia se debilitaba. En ningún otro país europeo podemos observar un fenómeno semejante. D.I. Mendeléyev (Hacia un conocimiento de Rusia), señalaba cuánto se había hecho en Rusia en bien de las etnias autóctonas y que había llegado la hora de ocuparse con más ahínco de la tribu rusa. Pero aunque los altos dirigentes hubieran prestado oídos a este llamamiento, Rusia ya no disponía de tiempo histórico para ello.
Este cuadro se complementaba de manera singular con la fuerte presencia de industriales extranjeros en Rusia. Ingleses en las prospecciones auríferas del Lena, belgas en la industria siderúrgica del sur, el monopolio extranjero del platino, Nobel y el petróleo de Bakú, los franceses y las salinas de Crimea, los noruegos y la industria pesquera en las costas de Murmansk, los japoneses en Kamchatka y la desembocadura del Amur y muchos, muchos más en el mismo Petersburgo; dos terceras partes de la industria estaban en manos de extranjeros: sus apellidos y el nombre de sus fábricas abundan en la crónica de la Revolución de 1917. En la Descripción geográfica de nuestra patria, obra de Simionov-Tian-Shanski, [117] abundan los apellidos extranjeros en el índice de propietarios de tierras censados distrito por distrito.
La densa afluencia de industriales y capitalistas extranjeros se explica particularmente porque a principios del siglo XX en Rusia – ¡es imposible no sorprenderse! – no se aplicaba estrictamente el impuesto sobre la renta: quienes obtenían grandes beneficios pagaban un porcentaje completamente desproporcionado con el del resto de Europa, algo que aprovechaban tanto las clases ricas de Rusia como los extranjeros, que podían repatriar sus beneficios prácticamente intactos. Para nosotros, en cambio, esto significaba un profundísimo daño financiero: Rusia, incomparablemente más rica, solicitaba en ocasiones créditos extranjeros (y con frecuencia obtenía una estrepitosa negativa). A partir de 1888 los empréstitos franceses conducían sistemáticamente a Rusia a un saldo deudor y ello la hacía dependiente de Francia en política exterior, lo que influyó en los hechos fatales del verano de 1914. [118]
Precisamente durante el breve reinado de Nicolás II, [119] que con tanta inseguridad se mantuvo en el trono en los primeros años, Rusia – de manera inadmisible desde los puntos de vista moral y práctico – se expandió más allá de las inmensas fronteras que ya poseía. Tras haber empezado en 1895 a actuar en el Extremo Oriente conjuntamente con los países europeos, el gobierno ruso no resistió a la tentación de colaborar vergonzosamente, en 1900, en el aplastamiento de la sublevación china [120] enviando un contingente ruso a Pekín. ¡Cuántas décadas hacía ya que China era extremadamente débil! Una vez hecha añicos, todas las potencias, a cuál más voraz, sacaron su parte. En 1898 Rusia obligó a China a que le arrendara Port Arthur y el golfo de Dalian, [121] mientras la concesión ferroviaria (1896) a través de Manchuria hacía que la región pasara prácticamente a jurisdicción rusa.
El protocolo ruso-japonés de 1898 reconocía la independencia de Corea. No obstante, dado que Japón estaba penetrando en Corea desde el sur, los asesores de Nicolás II, nada desinteresados, le convencieron de que Rusia debía penetrar en Corea desde el norte. Los intereses de Rusia y Japón chocaron mortalmente en Corea, si bien todavía quedaba una vía para alcanzar un compromiso: la oferta de Japón para que Rusia se contentara con tener influencia en Manchuria del Norte. Pero el enemigo no representaba una seria amenaza: las fáciles conquistas anteriores de Rusia habían hecho crecer nuestra altanería y, además, Nicolás II no advertía todos los puntos vulnerables de una Rusia que aún no había alcanzado la firmeza ni el pleno desarrollo, debilidades que no se limitaban, ni mucho menos, a la enemistad entre el gobierno y la sociedad, ni al movimiento revolucionario, sino que estaban también dentro del Estado y en sus relaciones exteriores.
Así empezó una guerra con Japón que nos resultó nefasta por el solo hecho de que acabábamos de emprender la construcción del Transiberiano y de que seguíamos disputando los Balcanes a Austria. Rusia no podía retirar sus mejores tropas de la frontera occidental y envió al Extremo Oriente un contingente de segundo orden y tropas de la reserva. [122] En 1904, en Japón no sólo los estudiantes, sino incluso los adolescentes, anhelaban ingresar en el Ejército, mientras los estudiantes de nuestra capital enviaban telegramas al mikado deseándole la victoria...
La sociedad rusa se vio presa de una sed de derrota en esta guerra lejana, impopular e incluso incomprensible. El cálculo cierto de que la derrota de Rusia supondría un éxito político hizo que dicho éxito fuera aún más contundente que el que provocara la guerra de Crimea. [123] En otoño de 1905, en los días en que la revolución estaba en su apogeo, finalizaba exactamente la primera mitad del reinado de Nicolás II y aunque en esos once años ya había cedido prácticamente todo el poder, esta vez lo recuperó con Stolypin. (Al cabo de otros once años ya no habría nadie para ayudarle a recuperar el poder.)
Siguieron los reveses en política exterior. Guillermo II, que hacía hincapié en su papel de amigo cordial de Nicolás II, llegando a extremos de teatralidad (le dio su "bendición" para que luchara en el Extremo Oriente y le ayudó con una neutralidad amistosa) durante su encuentro en Björkö, [124] a finales de 1905, propuso a Nicolás, no sin astucia, que firmaran juntos un tratado de triple amistad con Francia, al que ésta "ya se adheriría posteriormente". Y Nicolás firmó (sin que tuviera conocimiento de ello el Consejo de Ministros, más tarde retiraría su firma del tratado).
Por supuesto, la importancia de este juego consistía en postergar a Francia hacia un segundo plano. En 1904 Alemania ya había atado las manos a Rusia con un opresivo acuerdo comercial y por ello era difícil considerarla como amiga de Rusia. Sin embargo, el sistema de una sólida alianza tanto con Prusia como con Francia ya lo había probado con éxito Pedro I y, de todos modos, el filo del tratado de Björkö apuntaba contra Inglaterra, un país que durante noventa años seguidos había deseado insistentemente el mal de Rusia y que siempre había buscado, por todos los medios, la manera de infligirnos daño, algo que con frecuencia lograba de manera rotunda.
Por si fuera poco, muy recientemente – en la guerra contra Japón – Inglaterra había sido aliada de los japoneses. Guillermo, que preveía una dura guerra contra Inglaterra, buscó sin embargo la forma de no tener que luchar contra Rusia. Teniendo en cuenta la contribución de nuestra infantería y el elevado número de ambos Ejércitos ¡en 1914 nos hubiéramos librado de una sangrienta guerra y, por tanto, también de la Revolución de 1917! Pudiera parecer imposible, inexplicable, que, a pesar de todo ello, Nicolás II acabara prefiriendo una alianza con un país que odiaba a Rusia, con el que tantas veces y en tantos lugares se habían enfrentado nuestros intereses. Y sin embargo, Nicolás emprendió precisamente este paso: la Alianza anglorrusa de 1907, a partir de la cual se formó la Entente y con la que quedaba fatalmente definido el esquema de fuerzas de la primera guerra mundial.
Al poco tiempo, en 1909, Austria respondía con la anexión de Bosnia-Herzegovina, mientras Guillermo, en forma de ultimátum, obligaba a Rusia al humillante reconocimiento de dicha anexión como legítima. Lo cierto es que la anexión estaba anunciada desde el Congreso de Berlín (1878), pero en 1909 fue dolorosamente recibida en Rusia, tanto en el gobierno como en la sociedad. Nuestra fatal pasión paneslavista exhortaba, como mínimo, a una guerra inmediata (imposible con Stolypin, pero que hubiera sido muy provechosa para Inglaterra).
Naturalmente, dado el apogeo del paneslavismo entre nosotros, no podíamos tolerar el zafio ultimátum austríaco a Serbia de 1914 (con eso contaban alemanes y austríacos). En 1914 se echaron encima de nosotros con tanta audacia porque en 1904 habían dejado de respetar el poder militar ruso. Nuestros soldados fueron lanzados al combate en Prusia oriental precipitadamente, [125] sin la debida preparación; fueron sacrificados en aras de la salvación de París.
Hasta aquí hemos analizado desde un único punto de vista un periodo que cubre tres siglos de historia rusa, hemos visto las oportunidades que no supimos aprovechar para nuestro desarrollo interno y el despilfarro de las fuerzas del pueblo en objetivos externos que no eran necesarios para Rusia: se preocuparon más de los "intereses" europeos que de su propio pueblo.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, uno se asombra de la riqueza de energías del pueblo, por no hablar de los casos de Pomorie o del Don, o del ejemplo de Siberia. Erróneamente se considera que la "conquista de Siberia" arrancó del episodio bélico en Siberia occidental de Yermak contra Kuchúm, [126] descendiente de Gengis Kan, que había conquistado a los tártaros del Tobol y que en 1573, mucho antes que Yermak, había realizado una incursión en la región de Solikamsk.
En Siberia, el siglo XVII no se caracteriza por un gran número de conflictos bélicos graves. En comparación con la historia anterior del continente, con la oleada de conquistas de los mongoles y los turcos o con la brutal aniquilación de los mayas, los indios norteamericanos, los patagones o los tasmanes, parece al contrario que con la llegada de los rusos cesaron las numerosas guerras fraticidas entre yakutios, buriatos, entre los Chukchis y los yukaguires, etcétera. Los yakutios llaman a la época anterior a la llegada de los rusos "época de las batallas sangrientas".
Además, los rusos no alteraron la organización interna de los pueblos aborígenes y sólo hubo enfrentamientos importantes con los manchures y mongoles, que interrumpían en el curso alto del Amur el avance de los rusos. Bastó el siglo XVII para que los rusos, poco numerosos pero emprendedores, asimilaran el vasto continente siberiano, desde el mar de Ojostsk, la desembocadura del Yana, el Indiguirka y el estrecho de Bering (Dezhniov) y establecieran una economía de labranza en unas extensiones que (salvo en algunos pequeños lugares) nunca la habían conocido.
A finales del siglo XVII toda Siberia se alimentaba ya con su propio centeno. Las tierras labradas se extendieron por el norte hasta Pelym, Naryrn y Yakutsk, y a principios del siglo XVIII las había ya en Kamchatka. En todas partes las poblaciones autóctona y rusa compartían su experiencia doméstica y de caza. En 1701, en toda Siberia había veinticinco mil familias rusas: una familia por cada cuatrocientos kilómetros cuadrados y en Siberia occidental había aldeas de una o dos casas. De acuerdo con la Revisión de 1719, [127] en Siberia vivían setenta y dos mil aborígenes y ciento sesenta y nueve mil rusos, que en la década de 1880 a 1890 se habían convertido en más de un millón.
A pesar de una densidad de población tan baja (migraciones voluntarias, campesinos huidos más allá de los Urales, reasentamientos forzosos) la Siberia del siglo XVIII nos sorprende por lo que puede conseguirse con el esfuerzo pacífico de un pueblo concentrado en tareas internas y no externas: un gigantesco impulso del trabajo ruso, de los oficios y de una ya considerable producción fabril y metalúrgica, acompañada del comercio ruso, que desde los Urales se extendía por toda Siberia hasta Kyajta, Chukotka, las islas Aleutianas y Alaska (en 1789, Shelijov, un miembro de la pequeña burguesía, fundaba la Compañía Americana de Comercio e Industria). En el siglo XVIII ya funcionaban en Siberia escuelas de geodesia, navegación, minería y medicina, se habían creado bibliotecas e imprentas y se habían levantado mapas de las costas del Pacífico y el Ártico.
Tal era la riqueza de energía del pueblo que, al medio siglo de haber sido abolido el derecho de servidumbre, Rusia entraba en una etapa de intenso desarrollo industrial (el quinto lugar del mundo en producción industrial) y tendido de ferrocarriles, y se convertía en un gran exportador de grano y mantequilla (siberiana). En Rusia había plena libertad para las actividades económicas privadas (ese "mercado" que actualmente tanto nos esforzamos en crear o copiar de otros) y libertad para elegir un oficio y lugar de domicilio (excepto los límites de residencia impuestos a la población judía, limitación que de todos modos acabó siendo abolida). [128]
El enorme aparato burocrático, sin embargo, no estaba limitado ni por nacionalidad [129] (vemos en él a representantes de muchas nacionalidades desempeñando altos cargos), ni por origen social (llegaron al cargo de ministro el ayudante de maquinista Jilkov, el campesino Rujlov, el jefe de estación Witte y el secretario de procurador Krivoshein; alcanzaron la cúpula militar generales de origen humilde como Alekséyev y Kornílov).
Según el último secretario de Estado que tuvo Rusia, S.E. Kryzhanovski, Rusia era un país enormemente democrático en cuanto al surgimiento de figuras individuales: el alto funcionariado lo formaban personas que no tenían un elevado origen social. Según el ministro de Transportes Krieger-Voinovski, excepto la situación peculiar en que se hallaba el campesinado, en el siglo XX ya no quedaban barreras entre los estamentos, "los derechos quedaban definidos por el nivel de educación, el cargo desempeñado y el tipo de ocupación".
La independencia y carácter abierto de los tribunales, así como la estricta legalidad de la instrucción judicial habían quedado consolidadas en los años sesenta del pasado siglo, al igual que la prensa sin censura previa.
En 1906 teníamos ya un auténtico Parlamento y un sistema pluripartidista (que ahora anhelamos como si fuera el más nuevo de los avances). Señalemos también que en los zemstvos el pueblo gozaba de atención médica gratuita de alta calidad. Que se habían implantado los seguros laborales. Que Rusia registraba el mayor crecimiento demográfico de Europa. Que Rusia ocupaba uno de los primeros puestos en Europa en cuanto al número de mujeres con educación superior.
Todo esto se destruyó a partir del año 1917 y hasta el día de hoy el mundo sigue teniendo de todo ello una visión extremadamente distorsionada.
Pero durante este breve periodo de prosperidad comprendido entre 1906 y 1913, la clarividencia de algunas personas advirtió de cómo el Estado estaba descuidando su enfermedad, del peligroso desgarramiento entre la sociedad y los gobernantes y del decaimiento de la conciencia nacional rusa. Lev Tijomírov, [130] que en el pasado había sido un destacado miembro de Naródnaya Vólia para convertirse después en un teórico de la estatalidad pasado al patriotismo, escribía en su diario de los años 1909 y 1910: "En la Rusia actual no se puede hacer nada, no hay nada que hacer. Todo indica que vamos hacia una nueva revolución y, al parecer, de manera irremediable... todas las medidas del gobierno, todas, incluso las que está adoptando con carácter de excepción, nos conducen a la revolución como si ése fuera su propósito"; "Rusia me deja totalmente perplejo. Me mantengo en mis bastiones, no arrío el estandarte, disparo los cañones... pero tu propio Ejército se aleja de ti, cada vez más lejos y -la razón humana- te dice que no puedes esperar ya nada de él...". Acerca de la juventud: "Ya no son nuestros descendientes, sino algo nuevo"; "¡Pueblo de Rusia!... Pero éste ha perdido ya su espíritu de antes, su sensibilidad de antes". Aquí Tijomírov se refiere a la pérdida de la conciencia religiosa ortodoxa y nacional, a "la extendida degradación intelectual y ética de la nación".
Tijomírov describió certeramente la esencia espiritual de esta crisis. En 1909 la cuestión de la conciencia nacional rusa pasó inesperadamente a ocupar un lugar central en las páginas de la prensa liberal. "Cuando las nacionalidades desprovistas de fuerza política alcanzaron la autodeterminación surgió también ante el ruso la necesidad de tener autodeterminación." Está ocurriendo "en la prensa rusa progresista algo que hubiera sido imposible hace poco: se está debatiendo la cuestión del nacionalismo de la Gran Rusia", [131] "los primeros indicios de una conciencia que se despierta en los pueblos, de manera parecida al instinto de conservación, en el mismo momento en que les amenaza un peligro". "No es ninguna fruslería que se esté mancillando la misma palabra "ruso" convirtiéndola en "verdaderamente ruso"." "Del mismo modo que no se debe "rusificar" a quien no quiera "rusificarse", no debemos convertir nuestro gentilicio en un mero "ciudadano de Rusia", no debemos sumergirnos y despersonalizarnos en la plurinacionalidad de Rusia" (P.B. Struve).
"El intento de extender la idea de una Gran Rusia por todo el territorio... resultó lesivo para la supervivencia de los rasgos nacionales, no sólo de todos los pueblos sometidos del Imperio, sino ante todo para el pueblo de la Gran Rusia... Al pueblo de la Gran Rusia sólo puede serle útil un intenso y profundo desarrollo y una circulación normal de la sangre." En los años anteriores la sociedad rusa "había sentido vergüenza de una política mendaz y antinacionalista, pero también del verdadero nacionalismo, sin el cual es inconcebible que una nación pueda crear algo. El pueblo debe tener un rostro propio". "Como ocurrió hace trescientos años, debemos comparecer ante la historia, para que en los días aciagos de prueba" podamos responder "si tenemos derecho, como pueblo con identidad propia, a una existencia independiente."
Sin embargo, este debate, instructivo hasta en nuestros días, y que leído hoy parece de lo más actual, no pudo llegar a desarrollarse hasta dar fruto debido al corto intersticio que quedaba hasta la guerra mundial. Rusia, que marchaba con paso cansino, se veía alcanzada por una época dinámica. En la sociedad rusa no se produjo un renacer de la conciencia nacional. Así lo expresaba en 1911 V.V. Rozánov: [132] "El alma llora, ¿dónde están todos los rusos?... Tengo un llanto terrible por Rusia, puesto que creo que está pereciendo la propia tribu, que se está pisoteando todo lo que es ruso".
Los intentos de los fieles ortodoxos, alrededor de 1905, de convocar, a través de una Conferencia Eclesiástica, al Santo Sínodo para elegir un Patriarca fueron frenados por decisión del zar. La Iglesia ortodoxa rusa agotaba el plazo histórico de que disponía sin haber logrado cambiar nada. Berdiáyev [133] reprochaba con justicia a los intelectuales, demócratas y socialistas: "Odiabais a la Iglesia y la hostigasteis. Creísteis que el pueblo podría existir sin una base espiritual, sin nada sagrado y que bastarían los estímulos materiales y la ilustración", y criticaba con la misma fuerza el adormecimiento de las altas esferas del gobierno. La Iglesia ortodoxa estaba desprevenida y completamente confusa cuando sobrevino la Revolución de 1917. Sólo al cabo de unos pocos años y como resultado de las fieras persecuciones bolcheviques se produjeron revueltas populares en defensa de los templos (1918) y desfilaron hacia el gulag y la muerte decenas de miles de sacerdotes con el mismo temple que los primeros mártires cristianos. Pero los bolcheviques sabían lo que hacían: los estaban eliminando físicamente, de modo que ya no fueran una oposición viva.
En la primera guerra mundial afloró en cierta manera el cansancio del pueblo, que se había acumulado sin alivio alguno tras todas las guerras precedentes, y las anteriores, y las anteriores a éstas, sostenidas por Rusia, guerras en las que el pueblo nunca obtuvo condecoraciones. A este cansancio se añadió una desconfianza, también acumulada de generación en generación, del pueblo hacia la clase gobernante. Todo ello influyó en nuestros soldados, esparcidos en un frente de dos mil verstas, cuando les llegaron las noticias del golpe de Estado en Petrogrado, de la súbita y dócil abdicación del zar y de las seductoras consignas de los bolcheviques [134] que siguieron.
En 1917 empezamos de nuevo a pagar, una vez más, todos los errores de nuestra historia anterior.
Los prolegómenos de febrero, la propia Revolución de Febrero y sus implacables consecuencias ya las he tratado suficientemente en La rueda roja, y aquí, por tanto, los dejo completamente al margen. El golpe de Estado bolchevique fue la culminación lógica e inevitable de febrero. Pero dado que hasta este punto, en nuestro repaso histórico hemos tratado de las injerencias, ora absurdas, ora a cambio de nada, de Rusia en los asuntos europeos, conviene aquí estudiar el papel de los aliados occidentales en nuestra guerra civil.
Mientras Alemania resistió, los aliados, naturalmente, hicieron todo lo posible para, por ejemplo, rescatar al contingente checoslovaco a través de Siberia y lanzarlo contra Alemania, o para organizar un desembarco en Arjánguelsk y Murmansk que impidiera a los alemanes hacer otro tanto. Pero una vez finalizada la guerra mundial, los aliados perdieron todo interés por los blancos [135] y por los generales rusos que habían sido sus aliados directos y personales en esa guerra pasada. En el norte, los ingleses prefirieron hundir en el mar sus municiones y víveres antes que dejarlos a disposición de los blancos. Si anteriormente no habían reconocido a los gobiernos blancos (el de Wrangel [136] sólo obtuvo un reconocimiento de facto y durante el breve espacio en que pudo aliviar la situación de Polonia), ahora en cambio sí reconocían a todas las naciones que se separaban de Rusia (Lloyd-George exigía lo mismo a Kolchak [137]). En compensación por los suministros militares, exigían a Rusia materias primas, grano, oro y garantías del pago de la deuda rusa. Los franceses (recordemos la salvación de París en 1914 al precio de sacrificar nuestro Ejército en Prusia) exigían al general Krasnov [138] la reposición de las pérdidas que habían sufrido las empresas francesas establecidas en Rusia, "causadas por la falta de orden en el país" y una compensación con intereses por la rentabilidad perdida desde 1914. En abril de 1920 los aliados cursaron un ultimátum a Deníkin [139] y a Wrangel para que terminaran la lucha. Lenin había prometido una "amnistía". Los franceses se quedaron con buques rusos, tanto mercantes como de guerra, en concepto de cobro por su ayuda en la evacuación de Crimea y a los evacuados enviados a Galípoli [140] los despojaron – en concepto de pago por su alimentación – de su material militar, llegando incluso hasta la ropa interior. La derrota de Rusia contra los bolcheviques fue extremadamente provechosa para los aliados: no era necesario repartirse los resultados de la victoria. Así es el lenguaje realista de las relaciones internacionales.
Debido a la arraigada falta de desarrollo de la conciencia nacional y del derecho, así como el debilitamiento de los pilares religiosos durante las últimas décadas, los rufianes bolcheviques se encontraron con un material dúctil para la experimentación y fácilmente moldeable a sus formas.
Siguiendo su ideología internacionalista empezaron por dilapidar irreflexivamente los territorios y riquezas de Rusia. En las negociaciones de Brest se mostraron dispuestos a renunciar a cualquier extensión de tierra rusa con tal de mantenerse en el poder. En el diario del diplomático americano William Bullitt podemos ver el alto precio que Lenin ofrecía en 1919 a la delegación americana: el gobierno soviético está dispuesto a entregar Bielorrusia occidental, la mitad de Ucrania, todo el Cáucaso, Crimea, toda la región de los Urales, Siberia y Murmansk. "Lenin ofrecía limitar el gobierno comunista a Moscú, más una reducida periferia y a la ciudad que ahora conocemos como Leningrado." Este grito de Lenin debieran tenerlo presente todos los que hasta hoy siguen admirando a los bolcheviques por "haber restaurado el Imperio". Y digo grito porque Lenin hacía esta oferta presa del pánico, en unos momentos en que temía una "cruzada de la Entente", que hubiera sido completamente natural, para aplastar a la banda amotinada y socorrer a Rusia, su aliada.
Mas pronto se dio cuenta de que no existía tal amenaza y pasó a ceder territorios rusos con más mesura. En febrero de 1920, Estonia, a cambio del primer reconocimiento internacional al gobierno soviético (un primer paso para romper el aislamiento), cediendo la población rusa de Ivangorod y Narva y algunos "santos lugares" de Pechori e Izborsk. [141] Seguidamente, Letonia, cediendo con ella una abundante población rusa. Fiel a sus principios internacionalistas y buscando la amistad de Turquía (que en diciembre de 1920 había ocupado casi toda Armenia), el gobierno soviético empieza, entre el invierno de 1920 y los primeros meses de 1921 (al parecer a duras penas recuperado de una guerra civil y con el país arruinado), a enviar una amplia ayuda a Turquía con todo tipo de armas, así como "una ayuda financiera a fondo perdido" por un monto de trece millones de rublos-oro (en 1922 aún habrían de añadir tres millones y medio más).
Podríamos citar múltiples ejemplos de este tipo. En cambio, apenas hay testimonios del robo directo de tesoros por parte de la banda bolchevique en el fondo ruso de diamantes y de todos los bienes estatales, de la corona y privados que también saquearon. Tan sólo puede leerse en algunas raras memorias cómo facinerosos y aventureros sacaban – literalmente a puñados – de los depósitos del Kremlin y sin contabilidad alguna, objetos preciosos para financiar otra operación más en el extranjero de la Internacional Comunista. (Para estos fines también se vendían secretamente los tesoros de los museos estatales.)
Tal vez pudiera escribirse un libro entero acerca de la rapacidad con que los extranjeros arrebataron concesiones en el territorio de Rusia: con Vanderlip estuvieron considerando la cesión durante cincuenta años (!) de las explotaciones petrolíferas, las minas de carbón y los bancos de pesca en las regiones de Primorie y Kamchatka; al célebre "antisoviético" Leslie Urkard, una concesión a largo plazo sobre sus antiguas empresas de extracción de metales no ferrosos y carbón (en las ciudades de Kyshtím, Ridder [142] y Ekibastúz); a los ingleses, concesiones petrolíferas durante veinticinco años (¡hasta 1945!...) en Bakú y Grozni; a Armand Hammer, cuando todavía era un aprendiz en el mundo de los negocios, las minas de amianto de Alapáyev (más adelante mantendrían con él una amistad y colaboración cordiales, que llegaron hasta su muerte, ya en tiempos de Gorbachov). No todas las concesiones planeadas por entonces llegaron a materializarse, pues los occidentales creían frágil la permanencia del grupo de Lenin en el poder.
La historia de los setenta años de poder comunista en la URSS, que tantos bardos, voluntarios o comprados, ensalzaron, la historia de ese poder que interrumpió el flujo orgánico en la vida del pueblo, hoy por fin se revela ante muchos en toda su repugnancia e ignominia. A medida que vayan abriéndose los archivos (si es que llegan a abrirse, puesto que muchos ya han sido destruidos a toda prisa) se escribirán tomos y tomos sobre estos setenta años. En este ensayo no habría espacio para un estudio así y nos limitaremos a las valoraciones y reflexiones de carácter más general.
Todas las pérdidas humanas que soportó nuestro pueblo en los trescientos años que hemos analizado desde los Desórdenes del siglo XVII no pueden compararse ni de lejos con las pérdidas y el decaimiento que ocasionaron setenta años de comunismo.
En primer lugar destaca el exterminio físico del pueblo. Según los cálculos indirectos de distintos especialistas en estadística, la incesante guerra interna sostenida por el gobierno soviético contra su propio pueblo hizo que la población de la URSS se redujera como mínimo en una cantidad que oscila entre los cuarenta y cinco y los cincuenta millones de personas. El profesor LA. Kurganov elevó la cifra a sesenta y seis millones.
Este exterminio tenía además la peculiaridad de que no se trató simplemente de segar a destajo, al primero que le tocara, o por regiones concretas, sino que siempre era selectivo: contra aquellos que manifestaban protesta, resistencia, opiniones críticas, talento o autoridad entre quienes les rodeaban. Esta selección inversa arrancaba a la sociedad sus miembros más valiosos desde el punto de vista moral e intelectual, y reducía irremediablemente el nivel medio de quienes sobrevivían: en su conjunto, el pueblo se iba degradando. Hacia el final de la era estalinista ya no recordaba en nada a ese pueblo al que había sorprendido la Revolución: los rostros, la moral, las costumbres y mentalidad eran ya otros.
¿Y cómo llamar, sino exterminio físico del propio pueblo, al irreflexivo, despiadado e irresponsable apilamiento de cadáveres con los que Stalin adoquinó el camino hacia la victoria en la guerra soviético-germana? "Limpiar de minas" los campos con los pies de una infantería a la que se lanzaba por delante, no es ni con mucho el ejemplo más patente. Tras los "siete millones de bajas", según se dijo en época de Stalin, o los "veinte millones" según Jruschov, ahora finalmente la prensa rusa publica la cifra real: treinta y un millones. Una cifra que deja sin habla: ¡la quinta parte de la población! ¿Cuándo ha perdido algún otro pueblo tantas vidas en una guerra? Nuestra "Victoria" del año 1945 significó el reforzamiento de la dictadura estalinista y el despoblamiento total del campo. El país yacía como un cadáver, millones de mujeres no tenían con quién dar continuidad a la vida del pueblo.
Pero el máximo logro del poder comunista no fue el exterminio físico en masa. Todos los que lograron evitarlo fueron sometidos durante décadas a una propaganda idiotizante que embrutecía el espíritu. Se exigía constantemente a cada uno que renovase sus muestras de sumisión (y a la intelectualidad obediente que tejiera filigranas a partir de esa propaganda). Este tratamiento ideológico, atronador y solemnizado, reducía cada vez más el nivel moral e intelectual del pueblo. Esta fue la única educación a la que tuvieron acceso las personas actualmente ancianas o de edad avanzada y los que recuerdan como una era feliz y próspera un tiempo en que trabajaban por cuatro peras, para recibir cada 7 de noviembre medio kilo de galletas envueltas con una cinta de colores.
En cambio, ¡y ya es casualidad!, en política exterior los comunistas no repitieron ni los fracasos ni las torpezas de la diplomacia zarista, de los que tanto hemos hablado en este ensayo. Los caudillos comunistas siempre supieron muy bien qué les interesaba y siempre emprendían sus acciones con la mirada puesta exclusivamente en la utilidad de un objetivo concreto. Nunca daban un paso por generosidad o altruismo y mostraban una audacia sin vacilaciones, que sus adversarios calificaban de cínica, implacable y sagaz. Por primera vez en la larga historia rusa, la diplomacia soviética era hábil, indoblegable, tenaz y carecía de remordimientos. Siempre superaba y batía a la occidental. Fueron esos mismos comunistas quienes se hicieron con todos los Balcanes sin demasiado esfuerzo, se adueñaron de media Europa y penetraron sin encontrar resistencia en América central, Sudáfrica y el sur de Asia. La diplomacia soviética estaba dotada de un plumaje ideológico tan atractivo que suscitaba simpatías entusiastas entre la sociedad progresista occidental, ante lo cual los diplomáticos occidentales intentaban hilvanar algún argumento con la cabeza gacha. Pero no olvidemos que, una vez más, la diplomacia soviética no servía a los intereses del pueblo sino a unos intereses ajenos, los de la "revolución mundial".
Estos éxitos brillantes sólo servían para atontar aún más las ya debilitadas mentes de los soviéticos, al infundir en ellas un patriotismo soviético de nuevo cuño y que no se identificaba con ninguna etnia en concreto. Así fueron educados los actuales ancianos que admiran y defienden la Gran Unión Soviética.
No vamos a repetir aquí la valoración, por todos conocida, que han merecido los "éxitos industriales" de la URSS: una economía desvitalizada, una monstruosa producción de artículos que no tenían ni calidad ni demanda, el deterioro de enormes espacios naturales y el agotamiento ruinoso de los recursos naturales.
Pero el sistema soviético no era homogéneo a la hora de absorber los fluidos vitales del pueblo. Según el inamovible legado, marcado por las ideas de Lenin (y así es como se hizo), el yugo más pesado debía recaer sobre las repúblicas mayores y más fuertes, es decir: las eslavas y especialmente sobre "el hampa de la Gran Rusia" (Lenin), de la que debían obtenerse las mayores exacciones, apoyándose además al principio en las minorías étnicas y en las otras repúblicas, tanto autónomas como del resto de la Unión. Hoy en día tampoco es noticia (se ha publicado varias veces) que el peso principal de la economía soviética recaía sobre la RSFSR; [143] que de su presupuesto se extraían sumas desproporcionadas, al tiempo que era la que recibía menos inversiones. Sus campesinos vendían el fruto de su trabajo veinte veces más barato que, pongamos por caso, los georgianos (patatas contra naranjas). Quebrantar al pueblo ruso y agotar sus fuerzas era uno de los propósitos ocultos de Lenin. Stalin siguió con esta política, incluso cuando pronunció su tan conocido brindis sentimental a la salud del "pueblo ruso".
En tiempos de Bréznev – que se mantuvo como un parásito vendiendo crudo ruso al extranjero hasta dejar completamente inservible nuestra maquinaria petrolífera – se emprendieron nuevos pasos, siniestros e irremediables, para "depauperar el centro", para devastar la Rusia central. El "cierre" de miles y miles de "aldeas sin perspectivas" (con el consiguiente abandono de muchas parcelas, campos de labranza y prados) fue el último golpe devastador para rematar a la aldea rusa, para desfigurar la faz de la tierra rusa. Incluso llegó a plantearse otro horrendo golpe rematador: "el desvío de ríos", otro desvarío demente del senil Comité Central del PCUS, pero en el último momento – gracias a Dios – un pequeño y valeroso grupo de escritores y científicos rusos consiguió que se rechazara.
La "selección inversa" que los comunistas aplicaron metódicamente y con ojo vigilante con respecto a todas las clases sociales desde sus primeras semanas en el poder, desde los primeros días de la Cheká, [144] era una precaución para reducir de antemano la probabilidad de una sublevación popular. En los primeros años ésta aún había podido abrirse paso: ejemplo de ello son la sublevación de Kronstadt, con huelgas simultáneas del proletariado en Petrogrado, y las sublevaciones de Tambov y Siberia occidental, además de otras sublevaciones campesinas. Pero en su día toda esta resistencia popular fue reprimida a sangre y fuego, con un precavido exceso de dureza y nunca más volvería a producirse. [145] Cuando, a pesar de todo, se produjeron pequeños brotes (como la huelga de la industria textil en Ivánovo en 1930) [146] ni en el mundo ni en territorio soviético hubo conocimiento de ellos, y cualquier ruido quedaba firmemente ahogado. Durante la guerra soviético-alemana, y sólo entonces, pudo entreverse un atisbo de los sentimientos reales del pueblo hacia sus dirigentes.
¡Y vaya si se vio! Tan sólo en verano de 1941, más de tres millones de prisioneros, que se habían rendido sin resistencia, y en los años 1943 y 1944, caravanas enteras de civiles que se entregaban voluntariamente a los soldados alemanes como si se tratara de los nuestros... En los primeros meses de la guerra, el poder soviético podría haber sucumbido fácilmente y habernos dejado libres de no haber sido por el empecinamiento y soberbia raciales de Hitler, que hicieron ver claro a nuestras sufridas gentes que el pueblo no podía esperar nada bueno de la invasión alemana. Esta era la única fuerza de Stalin.
En mi Archipiélago ya hablé de los intentos de formar destacamentos de voluntarios rusos en el bando alemán, seguidos de la creación del Ejército de Vlásov. [147] Resulta revelador que incluso en los últimos meses (invierno de 1944-1945), cuando ya era evidente que Hitler había perdido la guerra, decenas de miles de rusos que estaban en el extranjero solicitaran su ingreso en el Ejército Ruso de Liberación. Era la voz del pueblo ruso. Y aunque el ERL ha recibido salivazos tanto de los ideólogos bolcheviques (y de la timorata clase culta soviética) como de Occidente (que no podía concebir que los rusos tuvieran otra idea de la liberación), éste ocupará una página insigne de valentía en la historia de Rusia, en cuya larga existencia y porvenir creemos incluso hoy en día. Al general Vlásov se le acusa de que en aras de unos objetivos que eran rusos no le hiciera ascos a una alianza aparente con el enemigo exterior del Estado. Pero, como hemos podido ver, Isabel también había forjado una alianza aparente con Suecia y Francia, cuando se decidió a poner fin al poder de Biron: [148] el enemigo era demasiado peligroso y estaba demasiado arraigado.
En los años posteriores a Stalin hubo otros breves fogonazos de resistencia entre los rusos: en Murom, Alexandrov, Krasnodar y especialmente en Novocherkassk, pero una vez más la inigualable capacidad silenciadora de los bolcheviques hizo que durante décadas el mundo exterior no tuviera conocimiento de ellos.
Tras tantas pérdidas sangrientas en la guerra soviético-germana sobrevino un nuevo arranque de la dictadura estalinista: una enorme oleada de encarcelamientos contra aquellos que durante la guerra hubieran estado, aunque fuera mínimamente, en contacto con la población europea. Y después, una legislación agrícola de posguerra muy cruel (penas de deportación por no alcanzar los niveles de rendimiento estipulados por jornada en el koljós). [149] Uno diría que había llegado el fin del pueblo ruso y de los otros pueblos que compartían con él la historia soviética.
Pero eso aún no era el fin, ni mucho menos.
El final, paradójicamente, empezó a aproximarse gracias a la hipócrita e irresponsable "perestroika" [150] de Gorbachov.
Había muchas maneras sensatas para salir gradualmente y con prudencia de debajo de la losa bolchevique. Gorbachov optó por el camino más mendaz y caótico. Mendaz porque pretendía mantener un comunismo ligeramente modificado a la vez que los privilegios de la nomenklatura del partido. Y caótico porque, con la habitual necedad bolchevique, acuñó el lema de una "aceleración" imposible y lesiva dado el desgaste y el atraso de nuestra tecnología. Cuando la "aceleración" perdió garra, se inventó una absurda "economía socialista de mercado", que tuvo como consecuencias la destrucción de los vínculos productivos y el inicio de un declive en la producción.
Gorbachov acompañó su perestroika con la glasnost, [151] un cálculo miope para lograr un solo objetivo: el apoyo de la intelectualidad contra los comunistas reaccionarios de corte extremista, que no querían entender que para ellos la perestroika también ofrecía ventajas (un nuevo sistema de kormushkas). [152] Ni siquiera en sueños podría haber imaginado él que al mismo tiempo, esa glasnost abriría las puertas de par en par a toda suerte de nacionalismos violentos. En 1974 ya habíamos predicho en la recopilación Saliendo de debajo de la losa, que en la URSS era muy fácil prender fuego al odio interétnico. También por entonces, en Estocolmo, advertí: si en la URSS "se declara la democracia sin más ni más, empezará una devastadora guerra interétnica que destruirá dicha democracia en un santiamén". Pero los caudillos del PCUS no tenían capacidad para entenderlo.
En 1990 escribí con total seguridad (en Cómo reorganizar Rusia): "Tal como se desarrollan las cosas, la "Unión Socialista Soviética" se hundirá de todas formas". Gorbachov, colérico, muy acertadamente me tildó por ello de... "monárquico". No me sorprende: un importante diario americano comentó mi frase así: "Solzhenitsyn no logra desprenderse de las ilusiones imperiales" y eso cuando ellos mismos temían más que ninguna otra cosa el hundimiento de la URSS. En ese mismo libro advertía también: "Y no deberíamos perecer bajo sus ruinas [del comunismo] en lugar de salir liberados".
Y eso fue lo que ocurrió exactamente: en agosto de 1991 los bloques de hormigón empezaron a caer y caer sobre cabezas desprotegidas, mientras en unas cuantas repúblicas, los ágiles Führer que durante décadas, hasta el último día, habían servido al régimen comunista con celo y aprovechamiento, de repente, en cuarenta y ocho horas (y algunos en sólo la mitad) se declaraban fervientes nacionalistas y patriotas de siempre en su república, desde ahora soberana, [153] sin que quedara rastro alguno de sus marcas de nacimiento comunistas. Sus nombres siguen descollando hoy en día en el horizonte internacional y se les recibe en las capitales occidentales como paladines de la democracia.
En los distintos ámbitos de la vida del pueblo, los bloques y losas siguieron desmoronándose con estruendo durante los meses siguientes aplastando con su espesor a masas de personas cogidas por sorpresa. Pongamos, no obstante, un poco de orden en nuestro análisis.
Primera conclusión. La Unión Soviética Comunista estaba condenada históricamente, ya que se basaba en ideas falsas (se fundamentaba ante todo en una "base económica" a la que acabó arruinando). La URSS se mantuvo durante setenta años embridada por una dictadura sin precedentes, pero cuando enfermó por dentro no hubo bridas que sirvieran.
Hoy en día lamentan sinceramente la desaparición de la URSS no sólo los bonzos recalcitrantes, encastrados en sus ideas comunistas, sino también muchas personas corrientes engañadas por un rimbombante "patriotismo soviético", según el cual "la URSS era la heredera de la grandeza y la gloria de Rusia", "la historia soviética no era un callejón sin salida sino una evolución legítima", etcétera.
En cuanto a la "grandeza y la gloria", ya hemos visto en nuestro repaso histórico a qué precio y para qué fines ajenos nos hemos estado desviviendo en los últimos trescientos años. Y en cuanto a la historia soviética, realmente era un callejón sin salida. Y aunque durante los años veinte, treinta... sesenta y setenta, no éramos nosotros quienes gobernábamos, ¿quién sino debe ahora responder ante el mundo por todas las perfidias cometidas? Nosotros y nadie más. Subrayemos: ¡sólo los rusos! Aquí sí que todos nos ceden la exclusividad y el lugar más destacado. Una jauría egoísta sin rostro consiguió lo que quiso, las más de las veces en nuestro nombre, pero nosotros no podemos limpiar nuestra honra tan rápidamente como han hecho otros.
El Imperio soviético no nos hacía ninguna falta y era pernicioso: es ésta una conclusión a la que llegué en los primeros años de posguerra, pasados en los campos de reclusión. Hace ya tiempo que pienso así, ya va para medio siglo y no es algo de hoy. En mi Carta a los dirigentes de la Unión Soviética, de 1973, ya decía: "Los objetivos de un gran Imperio son incompatibles con la salud moral de un pueblo. No podemos permitirnos el planteamiento de misiones internacionales mientras nuestro pueblo se encuentra en tal ruina moral". Y en Cómo reorganizar Rusia: "Mantener un gran Imperio significa diezmar al propio pueblo. ¿Para qué necesitamos esa aleación abigarrada? ¿Para qué los rusos pierdan su identidad irrepetible? No debemos tender a un gran Estado, sino a la pureza de nuestro espíritu en el territorio que nos quede". No necesitamos ser ningún arbitro mundial ni competir por el liderazgo internacional (ya habrá voluntarios que dispongan de más fuerzas). Todos nuestros esfuerzos deben dirigirse hacia adentro, hacia un laborioso desarrollo interior. Restablecer la URSS es un camino seguro para aplastar y sofocar, esta vez para siempre, al pueblo ruso.
Hay que entender claramente, y de una vez por todas, que la Transcaucasia debe seguir su propio camino, lo mismo que Moldavia y los Estados bálticos, lo mismo que, con más razón aún, Asia Central. Prácticamente todos los líderes centroasiáticos han hecho público ya que sus respectivos Estados van a seguir una orientación turca. En diciembre de 1991 no todos advirtieron la celebración de una conferencia en Almá-Atá en la que se oyeron muchas promesas sobre la creación de un "Gran Turan", desde la península de Anatolia hasta el Altai Dzhungar. [154] En el siglo XXI el mundo musulmán, tras un rápido crecimiento demográfico, sin lugar a dudas acariciará planes ambiciosos. ¿Tendremos acaso que intervenir?
La desgracia no fue que se desintegrara la URSS, eso era inevitable. La gran desgracia – y futura causa de confusión durante largo tiempo – es que dicha desintegración se produjera automáticamente siguiendo las falsas fronteras trazadas por Lenin, de manera que Rusia se vio privada de regiones enteras. En unos pocos días perdimos a veinticinco millones de rusos étnicos – el dieciocho por ciento de los rusos – y el gobierno de Rusia no tuvo coraje ni siquiera para denunciar este horrible hecho, esta colosal derrota histórica de Rusia ni tampoco para manifestar políticamente su desacuerdo, aunque sólo fuera para establecer el derecho a algún tipo de negociación futura. Pero no... Se dejó pasar la ocasión, en plena excitación por la "Victoria" de agosto de 1991. Incluso se eligió como fiesta nacional de Rusia el día en que la RSFSR proclamó su "independencia", y día en que por tanto procedió a separarse también de esos veinticinco millones... [155]
Llegados a este punto, habrá que decir también algo sobre la Ucrania actual. Sin detenernos en el rápido cambio de camisa de los caudillos comunistas ucranianos, señalemos cómo los nacionalistas ucranianos – que con tanta determinación lucharon contra el comunismo en el pasado y tanto maldijeron a Lenin – desde el principio se dejaron tentar por su regalo envenenado: aceptaron con agrado las falsas fronteras leninistas de Ucrania (con Crimea como dote ofrecida por el déspota de Krushchov). [156] Ucrania (al igual que Kazajstán) emprendía de repente el errado camino del imperio.
No le deseo a Rusia la carga de un gran imperio, ni tampoco a Ucrania. Albergo los mejores deseos de desarrollo para la cultura e identidad ucranianas, las cuales amo de todo corazón. Pero ¿por qué no empezar saneando y consolidando espiritualmente el núcleo de la nación?, ¿por qué no empezar por un trabajo cultural aplicado a la población y territorio ucranianos propiamente dichos en vez de con arrebatos de "Gran Imperio"?
En 1990 propuse resolver todos nuestros problemas interétnicos, económicos y culturales en el marco de una Unión de pueblos eslavo-orientales y hasta el día de hoy sigo considerando que ésta sería la mejor solución, puesto que nada justifica unas fronteras estatales que rompen millones de vínculos de familia y amistad. En ese mismo ensayo aclaraba también que, por supuesto, nadie debe osar impedir por la fuerza que los ucranianos se separen de nosotros, pero que en ese caso deberían quedar totalmente garantizados los derechos de las minorías. ¿Son plenamente conscientes los actuales dirigentes y la opinión pública de Ucrania de la enorme tarea cultural que se extiende ante ellos? Incluso entre la población étnicamente ucraniana son muchos los que no saben hablar el ucraniano o simplemente no lo emplean. El ruso es la lengua materna del sesenta y tres por ciento de los habitantes, cuando entre la población sólo son étnicamente rusos el veintidós por ciento; es decir: ¡en Ucrania por cada ruso hay dos "no rusos" [157] que consideran sin embargo el ruso como lengua materna!
Habrá pues que encontrar la forma de que todos los ucranianos nominales pasen a hablar el ucraniano. Y después, evidentemente, habrá que hacer que también los rusos adopten el ucraniano (porque ello no ocurrirá de manera voluntaria). Además, la lengua ucraniana sigue sin haber llegado a los altos ámbitos de la ciencia, la tecnología y la cultura. También habrá que ocuparse de eso. Y más aún: hay que convertir el ucraniano en una lengua imprescindible para la comunicación internacional. Posiblemente, todas estas tareas requieran más de cien años.
Y mientras tanto, leemos noticias sobre el acoso contra las escuelas rusas e incluso parvularios en Galitzia, llegando hasta vandálicos ataques contra escuelas rusas, noticias sobre la supresión de las emisiones de la televisión de Rusia en algunos lugares y otras sobre la prohibición a las bibliotecarias de hablar en ruso con los lectores. ¿Acaso puede llamarse a esto desarrollo de la cultura ucraniana?
Se oyen consignas como "¡Rusos, fuera de Ucrania!", "¡Ucrania para los ucranianos!", aunque en Ucrania conviven muchas nacionalidades. Oímos hablar también de medidas prácticas: los que no han adoptado la ciudadanía ucraniana experimentan presiones con el puesto de trabajo, la pensión de jubilación, la adquisición de bienes inmobiliarios e incluso se les excluye del proceso de privatización (aunque no se trata de extranjeros venidos de fuera, sino de personas que ya vivían ahí...).
Aún peor es la propaganda antirrusa promovida con una saña incomprensible. A los oficiales que juran bandera se les pregunta directamente: "¿Está usted dispuesto a luchar contra Rusia?". La Dirección Social y Psicológica del Ejército está creando una imagen de Rusia como enemigo, se está avivando el tema de una "amenaza militar" rusa. Cada vez que Rusia manifiesta políticamente su desacuerdo ante la pérdida de territorios a manos de Ucrania, las autoridades ucranianas reaccionan histéricamente al grito de: "¡Es la guerra!", "¡Es el pistoletazo de Sarajevo!". ¿Por qué plantear negociaciones debe entenderse como deseo de guerra? ¿Para qué invocar la guerra ahí donde no la hay y nunca la habrá?
Una torpeza imperial aún más lacerante ha sido la de Nazarbáyev, [158] al pretender, con ayuda de la minoría kazaja, transformar en mayorías a las otras etnias extrañas. A los rusos se les está apartando de los cargos de responsabilidad, se está persiguiendo la existencia independiente de los cosacos de los Urales y de Siberia, se están atacando los templos ortodoxos y se están poniendo nombres kazajos a las poblaciones rusas e incluso a las grandes ciudades, se conceden excedencias de cinco años para aprender el kazajo hasta en comarcas donde el noventa por ciento son rusos. La televisión local transmite prácticamente toda la programación en kazajo, aunque los kazajos constituyen sólo el cuarenta y tres por ciento de la población. Lo que le espera al porcentaje restante quedó bien claro tras las distorsionadas "elecciones" de 1994. Me han llegado quejas también de alemanes [159] que han sufrido la violencia de los kazajos, amparados de manera impermeable por las autoridades locales. La idea de un "Gran Turan", tan extraordinariamente afín a Asia Central, no lo es en absoluto para Kazajstán.
Al mismo tiempo, el programa verbal para una Unión Euroasiática supragubernamental que se está difundiendo actualmente – y que implica una monstruosa estructura burocrática supranacional – se contradice frontalmente con la práctica constante de la represión étnica en Kazajstán.
Como ya dije en Cómo reorganizar Rusia, la mejor solución a este problema sería una unificación estatal entre las tres repúblicas eslavas y Kazajstán. A juzgar por la prensa, en el acuerdo de Belobezhkaya Púshcha, [160] Kravchuk prometía a sus homólogos "una unión realmente indisoluble, fronteras "transparentes", un Ejército unificado y moneda única. Pero todo resultó ser una mentira provisional. Nada de eso se cumplió y al cabo del tiempo Kravchuk hacía estas declaraciones: "Debemos acabar con el mito de las fronteras 'transparentes' ". Se añadía sin embargo una corrección significativa: la venta a partir de ahora de petróleo a los precios del mercado mundial es "un abierto chantaje por parte de Rusia" (en palabras del primer ministro Kuchmá), incluso "acercarse a los precios mundiales del petróleo puede considerarse como guerra económica" (según el embajador ucraniano en Moscú). De nuevo "la guerra". ¿Cómo puede ser entonces que todos los países vendan a precios mundiales y que a nadie se le ocurra hablar de "guerra"?
Para Rusia ha sido una situación desastrosa: ahora tiene veinticinco millones de ciudadanos viviendo "en el extranjero" sin que hubiera mediado desplazamiento alguno, antes al contrario: "el extranjero" era el lugar en donde habían vivido sus padres y abuelos, ¡veinticinco millones! La mayor diáspora del mundo, algo que no ocurre con ningún otro pueblo. ¿Cómo hemos podido darles la espalda? Tanto más cuando los nacionalismos locales (los cuales por inercia vemos como comprensibles, tolerables y "progresistas") [161] están acosando y oprimiendo en todas partes a nuestros aislados compatriotas. (A quienes desean irse de Asia Central no les permiten llevarse sus bienes personales: no reconocen ese concepto.)
Desechando por principio el recurso a la violencia y la guerra, sólo podemos contemplar tres vías:
1) Evacuar metódicamente, aunque se requiera un plazo largo, a los rusos que así lo deseen de los países asiáticos (Transcaucasia y Asia Central), donde probablemente nada bueno les espera, y reasentarlos como es debido en Rusia. Para los que opten por quedarse, buscar mecanismos de defensa, ya sea la doble ciudadanía, o bien... ¿a través de la ONU? (una esperanza bastante remota).
2) Exigir a los países bálticos un total y estricto cumplimiento de las normas europeas sobre los derechos de las minorías.
3) Buscar posibles grados de integración con Bielorrusia, Ucrania y Kazajstán en distintos terrenos y alcanzar como mínimo unas fronteras "transparentes".
¿Y en cuanto a nosotros? En los últimos años nuestra hospitalidad ha sabido hallar sitio para cuarenta mil turcos mesjetios, desalojados de Asia Central y rechazados por Georgia, donde habían vivido tradicionalmente, y para los armenios de Azerbaidján y, naturalmente, para los chechenos (que están por todas partes), a pesar de haberse proclamado independientes: incluso para los tadjikos, que tienen su propio país, pero de ninguna manera para los rusos de Tadzhikistán, donde son más de ciento veinte mil, aunque hemos despertado a tiempo y ya hemos acogido a muchos en Rusia.
No teníamos por qué enviar tropas rusas para defender la frontera de Tadzhikistán frente a Afganistán, no es asunto nuestro, los rusos no tienen por qué verter su sangre en esa frontera. La defensa de unas fronteras que Rusia perdió de la noche a la mañana es una cuestión aparte y compleja. Sin embargo su solución debe pasar por retirar la presencia militar rusa en esas repúblicas. Tenemos que hacer que nuestra presencia en el territorio propiamente ruso sea más densa. ¿Acaso no teníamos la obligación de rescatar a todos los rusos de Chechenia, [162] donde sufren vejaciones, donde a cada minuto que pasa están amenazados por robos, violencia y muerte? ¿Acaso fueron muchos los que rescatamos de Tuvá cuando empezaron a desalojar a los rusos? [163]
No, en Rusia, para los rusos, no hemos tenido ni sitio ni medios, tan sólo rechazo.
Es una traición a los nuestros y una humillación ante el resto del mundo, porque ¿qué otro país hay que actúe así? Fijaos cómo se preocupan y se desvelan los países occidentales con sólo que dos o tres de sus súbditos estén en peligro en algún otro lugar. Los nuestros son veinticinco millones, pero los hemos abandonado y olvidado.
Para saber hasta qué punto llegan nuestra humillación y debilidad basta con ver las resoluciones inapelables que nos dicta Occidente.
Los acuerdos de Helsinki acerca de la inviolabilidad de las fronteras estatales (promovidos por la URSS para defender sus conquistas en Europa) fueron interpretados irreflexiva e irresponsablemente por los estadistas occidentales haciéndolos extensivos también a las fronteras internas, administrativas y con tanta precipitación que originaron una larga y devastadora guerra en Yugoslavia (donde Tito había establecido unas fronteras que eran falsas) y en la tambaleante URSS, en Sumgait, Dushambé, Bishkek, Osh, Ferganá, Mangashlyk, Karabaj, Osetia y Georgia.
Señalemos no obstante que estas heridas no se produjeron en Rusia y que tampoco fueron los rusos quienes las provocaron. En realidad la inviolabilidad que debería garantizarse no es la de las fronteras, sino la de la voluntad de los pueblos que habitan un territorio. El presidente Bush se permitió una intrusión carente de tacto antes del referéndum en Ucrania, cuando expresó su simpatía por la separación de Ucrania, según las fronteras leninistas. [164] ¿Se hubiera atrevido a decir algo así sobre, por ejemplo, Irlanda del Norte?
Popadiuk, el embajador estadounidense en Kíev jugaba con esta ventaja cuando declaraba que Sebastopol es un territorio genuinamente ucraniano, [165] pero no dejó claro en qué erudición histórica o fundamento jurídico se basaba para hacer tan docta afirmación. Por otra parte, no era necesario: el Departamento de Estado Norteamericano corroboró inmediatamente la opinión de Popadiuk. Y eso, ante un caso como el de Sebastopol, que ni el botarate de Jrushchov pudo permitirse "regalar" a Ucrania, puesto que, al ser una ciudad administrada directamente por el gobierno central, no entraba dentro de Crimea. Y uno se pregunta: ¿qué pinta aquí el Departamento de Estado para opinar sobre Sebastopol?
Y al mismo tiempo, el insignificante Zhirinovski [166] va mucho más lejos que las peores críticas que se hayan podido hacer alguna vez contra la política rusa. Sus dementes declaraciones, dignas de un botarate escandaloso, exhortan a convertir Asia Central en un desierto, a una expansión hasta el océano Indico, hacernos con Polonia o los Estados bálticos o señorear por los Balcanes. Sería imposible encontrar peor caricatura del patriotismo ruso ni camino más corto para ahogar en sangre a Rusia.
Es indudable el vivo interés de muchos políticos occidentales por el debilitamiento de Rusia y su deseo de que siga desmenuzándose. Tal es la insistente exhortación que desde hace varios años viene practicando con los oyentes rusos la norteamericana Radio Liberty. [167] Pero puedo afirmar con seguridad: dichos políticos tienen una pobre visión a largo plazo del siglo XXI, en el que se producirán situaciones en las que toda Europa y Estados Unidos ¡vaya si van a necesitar a Rusia como aliado!
La segunda consecuencia de la quiebra del comunismo en la URSS debiera haber sido – como se afirmó al fragor de aquellos días de agosto – el inmediato advenimiento de la democracia. ¿Pero qué democracia puede crecer súbitamente en un terreno donde ha habido totalitarismo durante setenta años?
Demasiado bien hemos visto qué es lo que ha brotado en las repúblicas periféricas. ¿Y en Rusia? Sólo a título de befa sarcástica podemos llamar democracia – es decir: poder del pueblo – al sistema que tenemos desde 1991. No podemos decir que tengamos democracia por la simple razón de que no se ha creado un poder local vivo y sin ligaduras. Sigue bajo el control de los mismos jerifaltes comunistas locales y resulta imposible hacerse oír en Moscú. Nuestro pueblo no es dueño de su destino, sino un juguete en sus manos. En las provincias la gente ha perdido la esperanza: "Nadie piensa en nosotros", "no importamos". Y tienen razón: mientras el pueblo no ha hecho sino sufrir nuevas penalidades, que no había conocido hasta entonces, los miembros de la nomenklatura comunista, que ya empezaron a prepararse en tiempos de Gorbachov, han sabido componérselas para reciclarse como perfectos "demócratas", sin los sufrimientos que han experimentado los cimientos vivos del país. Los "hijos de papá" de la nomenklatura, amamantados en las instituciones privilegiadas de ésta, han pasado directamente a dirigir el país o, si así lo han preferido, se han fugado a esa misma América que sus padres execraron llegando a dar zapatazos [168] o se están haciendo un huequecito en Occidente.
El poder ejecutivo y el sedicente poder legislativo pasaron año y medio enfrentados en una lucha extenuante hasta agotar sus fuerzas, y para vergüenza de todo el país. [169] Debemos señalar lo paradójico de la situación: los planteamientos tácticos del Soviet Supremo, partidario de un poder totalitario, exigían que éste insistiera a toda costa en los "principios democráticos", mientras que los "demócratas", por las mismas razones tácticas, hicieron hincapié en el principio de autoridad. Así de firmes eran los principios de unos y de otros. Las dos partes enfrentadas compitieron de manera irresponsable, jugaron con el separatismo de las repúblicas autónomas y empujaron a las regiones, indignadas, a que se proclamaran repúblicas. ¿Qué otra salida les quedaba? Si no hubiera acabado esta bufonesca dualidad de poder, Rusia se hubiera roto en pedazos. Una vez más, el "Acuerdo Federal" de Lenin nos muerde desde el mausoleo. Rusia nunca fue una federación y no se formó como tal.
Y cuando se resolvió esta crisis – con sangre y víctimas inocentes y de nuevo para vergüenza del país – se instauró una democracia no desde abajo, sino de arriba hacia abajo, una democracia desde un Parlamento central y aplicando el peor instrumento posible: las "listas de partido", en las que es el partido el que decide quién defenderá los intereses de nuestra circunscripción, un sistema en el que los diputados del Parlamento cuentan con lujosos privilegios en un país sumido en la pobreza.
Los rusos tenemos el incorregible y desafortunado don de no saber organizamos desde abajo, tenemos tendencia a esperar las órdenes de un monarca o de un caudillo, o de una autoridad espiritual o política. Y como éstos no existen, todo lo que tenemos es un fútil trasiego en las altas esferas.
La tercera consecuencia de la caída del comunismo debiera haber sido el retorno al tan ansiado (perdido desde los tiempos de la antigua Rusia) mercado (cuando éramos comunistas era costumbre referirse a él diciendo: "¡Hacia el radiante mercado!"). [170] Gorbachov dejó pasar siete años en los que se podría haber dado inicio a esta transición con una progresión razonable, con una reanimación del tejido económico desde abajo, con la creación de minúsculas empresas domésticas que permitieran al pueblo recobrar fuerzas y sanar antes de pasar después a subir más y más escalones.
Pero no; a partir de enero de 1992 lanzaron precipitadamente sobre el país el proyecto del Consejo de Ministros (del Fondo Monetario Internacional y de Gaidar). [171] Más tarde el presidente [172] habría de recordar: "Decidíamos sobre la marcha", "Nunca había tiempo para buscar las mejores opciones". Era un proyecto no para "la salvación del pueblo", sino para infligirle un duro choque, [173] un proyecto que parece fruto de la ignorancia incluso a los ojos del más simple diletante: "liberalizar" los precios en un país donde no existe competencia entre productores no es sino dar libertad al monopolio de la producción para que suba los precios tanto como quiera y durante el tiempo que quiera. El autor de la reforma en un principio expresó una infundada esperanza de que los precios iban a estabilizarse "dentro de poco: en dos meses", más adelante "dentro de poco: en medio año", cuando en realidad no había razón para que dejaran de subir. Nadie tuvo el valor de reconocer su miope fracaso. Este es el punto donde vomitamos hasta el fin todas las consecuencias del comunismo. No había estímulo alguno a la producción, que cayó en picado, al tiempo que los precios subían vertiginosamente y el pueblo quedaba sumido en una profunda pobreza. En los dos años que han pasado éste sigue siendo el principal efecto de la reforma.
Pero no es esto lo más importante. La consecuencia más horrible de esta absurda "reforma" no es ni siquiera económica, sino psicológica. El miedo ante la indefensión y la incertidumbre que han hecho mella en las masas populares como consecuencia de la reforma de Gaidar y del constatable triunfo de unos ávidos tiburones dedicados a un comercio no productivo (con su autosatisfacción demencial, no se avergüenzan de exhibir su júbilo hasta por televisión) sólo pueden compararse con ese "manotazo del rublo" del que hablara Gleb Uspenski, que el mujik de la época posterior a la reforma agraria se vio incapaz de sobrellevar y que puso a Rusia en el camino hacia la Catástrofe.
Nuestra demografía es la que ha reflejado y valorado con más precisión las reformas actuales. He aquí algunos datos que ya están manejando las estadísticas mundiales. En 1993 la mortalidad superó en Rusia a la natalidad en ochocientas mil personas. En 1993 se produjeron 14,6 muertes por cada mil personas, un veinte por ciento más que en 1992 (¡"reforma"!), y 9,2 nacimientos, un quince por ciento menos que en 1992. Precisamente en los dos últimos años (¡"reforma"!), ha aumentado vertiginosamente el número de suicidios, que representan ahora una tercera parte de todas las muertes no naturales. Las personas, desesperadas, no comprenden para qué sirve vivir y para qué sirve traer nuevas vidas. Si en 1875 en Rusia una mujer tenía por término medio siete hijos, si antes de la segunda guerra mundial en la URSS la cifra era de 3 y hace cinco años de 2,17 niños, ahora ésta es ligeramente superior a 1,4. Nos estamos extinguiendo. La esperanza de vida de los hombres ha bajado a sesenta años, es decir: como en Bangladesh, Indonesia y algunas zonas de África. Los demógrafos opinan: "Resulta difícil creerlo, aun a pesar de tratarse de cifras reales", "es la primera vez que se observa un fenómeno así en un país industrializado en ausencia de guerra o epidemias", "tras la posguerra, nunca se había dado en el mundo un descenso tan dramático de la esperanza de vida. Es realmente espeluznante", "Rusia está afrontando una crisis demográfica sin precedentes".
El actual "manotazo del dólar" es una cuenta más entre otras tantas (¿acaso la última?) que hemos tenido que pagar por nuestro encarnizamiento y posterior fracaso en el año 17. Estamos creando una sociedad cruel, brutal y delictiva, mucho peor que los modelos que pretendemos copiar de Occidente. ¿Es que acaso puede copiarse un estilo de vida? Es algo que debe confluir con las tradiciones del país de manera orgánica. Japón ha entrado en la civilización mundial sin copiar y sin perder su idiosincrasia. Como dijera Gustave Le Bon: [174] el espíritu nacional es una conjunción de tradiciones, pensamientos, sentimientos y prejuicios, de los que es imposible – e innecesario – desprenderse. Desde hace tres años no oímos hablar de otra cosa que de economía. Pero la crisis que está atravesando nuestro país es mucho más profunda que una crisis económica: es una crisis de la conciencia y de la moral, tan profunda que no sabemos cuántas décadas – o siglos – necesitaremos para superarla.
Ciñámonos, no obstante, a nuestro tema, al "problema ruso" (lo pongo entre comillas porque así es como suele emplearse).
¿Ruso (russkiy), o de Rusia (rossiyskiy)?
En nuestro Estado plurinacional ambos términos tienen un significado propio que debemos respetar. Alejandro III decía: "Rusia debe pertenecer a los rusos", pero desde entonces nuestra historia ha madurado cien años y ya no sería legítimo hablar así (o parafraseando a los chovinistas ucranianos: "Rusia para los rusos").
A pesar de las predicciones que hicieron muchos sabios del humanismo y el internacionalismo, el siglo XX ha reforzado ostensiblemente los sentimientos nacionalistas en todo el mundo. El proceso sigue cobrando fuerza: las naciones se resisten a los intentos de homogeneización universal de las culturas. La conciencia nacional debe ser respetada siempre y en todas partes, sin excepciones. En Cómo reorganizar Rusia decía que debemos "crear una convivencia fructífera de naciones amigas, asegurando la integridad de cada una de las culturas que abarcará, así como la conservación de cada una de sus lenguas".
Los términos "ruso" y "de Rusia" tienen cada uno de ellos significados propios. La única objeción sería para el término "habitante de Rusia", [175] quizás inevitable para el uso oficial, aunque suene estrafalario. Ningún morduino o chubashio se daría a conocer así, sino diciendo, más bien, "soy morduino" o "soy chubashio".
Es justo recordar que en las planicies del valle ruso, que durante siglos pudieron ser cruzadas sin obstáculos, multitud de tribus se mezclaron con la etnia rusa. Pero cuando hablamos de "nacionalidad", no nos referimos a la sangre, sino que estamos hablando siempre de espíritu y de conciencia, de las preferencias por las que se orienta el individuo. La mezcla de sangres no determina nada. Hace ya un siglo que existen un espíritu ruso y una cultura rusa. Ruso es todo aquel leal a esa herencia en espíritu, conciencia y corazón.
Actualmente se considera "progresista" el nacionalismo en todas aquellas repúblicas que estaban en la periferia y nadie se atreve a calificar de "chovinismo" o – ¡válgame Dios! – de "fascismo" a estos nacionalismos cuando son verdaderamente encarnizados. Sin embargo, al patriotismo ruso – empezando por los demócratas revolucionarios de principios del siglo XX – siempre se lo ha etiquetado de "reaccionario", incluso en nuestros días. Actualmente, cualquier manifestación de la conciencia nacional rusa es recibida con rechazo e incluso se califica apresuradamente de "fascismo" (que nunca ha existido en Rusia y que no es posible sin un Estado monorracial como base).
En mi ensayo Contricción y renuncia (1973), ya tuve ocasión de dar una definición de patriotismo. Pasadas dos décadas no me atrevería a corregirla: "Patriotismo es un sentimiento, pleno y tenaz, de amor a la patria y a la propia nación, a las que debe servirse sin ser servil ni respaldar pretensiones injustas y siendo sinceros en la valoración de sus vicios y pecados".
Cualquier nación tiene derecho a un patriotismo así, y los rusos no son una excepción. Sucede por otra parte que, tras haber sufrido tantos derramamientos de sangre, tantas pérdidas por la "selección inversa", tantas opresiones y engaños a la conciencia, hoy el verdadero patriotismo en Rusia está fragmentado en pedazos aislados y no existe como movimiento unificado y consciente de sí mismo, mientras que muchos de quienes hoy se hacen llamar "patriotas" se arrimaron al comunismo para prosperar y han quedado manchados. Otras veces, se levanta tímidamente y una vez más el fantasma del paneslavismo, que en tantas ocasiones ha dañado a Rusia y que, por lo demás, actualmente no podríamos sostener.
S.N. Bulgákov [176] escribió en una ocasión: "Aquellos cuyo corazón había vertido sangre de dolor por la patria, eran al mismo tiempo quienes fustigaban sus faltas con más sinceridad. Sólo el amor doliente da derecho a este bofetón en el propio rostro de la nación. Cuando no hay este amor... tenemos un menosprecio a la patria, una burla a la madre... que provocan sentimientos de repulsa...".
Con esta conciencia y este derecho estoy escribiendo estas líneas.
El breve y parcial repaso de los cuatro últimos siglos de historia rusa con que abro este ensayo podría parecer monstruosamente pesimista y el "periodo peterburgués" injustamente criticado, de no ser por el profundo decaimiento y la situación deprimida que sufre actualmente el pueblo ruso. Bajo el brillo de ese "periodo peterburgués", seductor comparado con el periodo bolchevique, hace tres años los habitantes de la ciudad del Neva recuperaron con gran entusiasmo el nombre de "San Petersburgo", [177] completamente fuera de contexto en pleno siglo XX, y que a un país desgarrado y en harapos le sienta como una pechera blanca almidonada.
¿Cómo ha podido decaer así Rusia, un país que en otro tiempo era poderoso y rebosante de salud? Tres períodos de enormes Desórdenes – los del siglo XVII, los del año 17 y los actuales – no pueden ser una casualidad. Deben de existir vicios estatales y espirituales concretos y arraigados que nos han conducido a ellos. Si hemos pasado cuatro siglos malgastando las energías del pueblo en tareas externas e inútiles y si en 1917 fuimos capaces de morder tan ciegamente el anzuelo de unas mezquinas consignas que inducían al saqueo y la deserción, acaso haya llegado el momento de pagar por ello. ¿Es nuestra miserable situación actual el resultado de nuestra historia?
Hemos llegado hasta la Gran Catástrofe Rusa de los años noventa del siglo XX. Hasta este punto, el siglo ha entretejido muchos acontecimientos: desde 1917, con setenta años de degeneración bolchevique, pasando por los millones de deportados al archipiélago Gulag [178] y los millones que fueron enviados a la guerra sin protección, de manera que rara fue la aldea rusa que volvió a ver a sus hombres, hemos llegado al actual "manotazo del dólar" contra el pueblo, entre el regocijo y las carcajadas de los nuevos ricos y los ladrones.
Esta Catástrofe implica ante todo nuestra extinción. Continuará descendiendo la población: ¿cuántas mujeres van a querer dar a luz en esta pobreza actual sin perspectivas? No menos importante es el número creciente de niños con minusvalías o enfermedades a causa de las condiciones de vida y de la desmesurada entrega a la bebida por parte de sus padres. O el fracaso total de nuestras escuelas, incapaces de infundir moralidad y conocimientos a la generación actual.
Tenemos además una escasez de vivienda que el mundo civilizado ha superado hace tiempo, pero abundancia de funcionarios corruptos en el aparato estatal, algunos de los cuales otorgan por poco dinero concesiones extranjeras sobre nuestros yacimientos petrolíferos o metales preciosos. ¿Y qué más da? Nuestros antepasados habían derramado su sangre en ocho guerras devastadoras para ganar el mar Negro y nosotros dejamos que en un solo día todo se fuera en humo.
Hablamos de Catástrofe ante la división de Rusia en dos naciones distintas: una enorme masa en las provincias, en las aldeas y una minoría occidentalizada que habita las ciudades, que no se parecen en nada y que piensan de manera diferente.
Es también Catástrofe el amorfo estado actual de la conciencia nacional rusa, la gris indiferencia ante la identidad nacional, indiferencia aún mayor cuando se trata de nuestros compatriotas que sufren penurias. Catástrofe tras una época soviética que mutiló nuestro intelecto y que asentó el engaño y la mentira en nuestras conciencias hasta tal punto que muchos ya no pueden advertir este velo ante sus ojos. Hablamos de Catástrofe porque para dirigir el Estado son demasiado pocas las personas que sean a la vez sabias, valientes y desinteresadas, porque estas tres cualidades no puedan volver a coincidir en un nuevo Stolypin. [179]
El carácter popular ruso que conocieron nuestros antepasados, que tanto describieron nuestros escritores y en el que supieron penetrar también algunos extranjeros, salió oprimido, ensombrecido y quebrado tras el periodo soviético. Nuestro espíritu perdió su franqueza, su espontaneidad, su enorme sencillez, su natural desenfado, su talante sociable, su confiada resignación ante el destino, su paciencia y resistencia a toda prueba, su desinterés por el éxito externo, su capacidad de autocrítica y contrición, su humildad ante el triunfo, su compasión y su nobleza de espíritu. Los bolcheviques persiguieron, reprimieron y redujeron a cenizas nuestro carácter. Ante todo, liquidaron nuestra compasión, nuestra disposición a socorrer al prójimo, nuestro sentimiento de hermandad y si algo potenciaron fue lo que teníamos de malo y cruel, siendo al mismo tiempo incapaces de corregir nuestro vicio nacional: la poca capacidad de iniciativa propia y de auto-organización: todo lo dirigieron los comisarios políticos.
El manotazo del rublo y del dólar de los años noventa ha sido una nueva sacudida contra nuestro carácter. Quienes habían logrado conservar los antiguos rasgos de bondad han resultado ser los peores preparados para el nuevo tipo de vida, se han convertido en fracasados, inútiles e indefensos, incapaces de ganar su sustento (¡algo terrible para un padre!). Han recibido con los ojos desencajados y entre sofocos la avalancha de esta nueva especie que se mueve al grito de: "¡Enriqueceos!, ¡enriqueceos a cualquier precio, sin reparar en mentiras ni abusos, sin escrúpulos, sin que os importe vender las joyas de vuestra madre patria!"; "¡enriqueceos!" ha pasado a ser la nueva (¡y qué insignificante!) Ideología. Esta transformación destructora y caótica, que aún no ha hecho ningún bien ni reportado ningún éxito a nuestra economía – ni tiene visos de ello –, se ha alimentado copiosamente en la degradación del carácter popular.
Y no quiera Dios que la degradación actual sea irreversible.
Todo esto se ha reflejado también en el idioma, espejo del carácter popular. Entre el periodo soviético y el actual, los rusos han perdido por completo el uso de su propia lengua. No me refiero a los agentes de Bolsa, ni a los periodistas superficiales, ni a las escritoras que no salen de su piso en la capital, sino a literatos hijos de campesinos a quienes ahora repugna el uso de palabras rusas de pura cepa y bella sonoridad que han existido desde hace siglos. Ahora incluso han llegado a resultarles más comprensibles y no les merecen ninguna objeción novedades tan pasmosas como briefing, pressing, marketing, rating, holding, voucher, [180] establishment, consensus, y algunas decenas más. Se han quedado completamente sordos . . .
Al final del siglo xx, el "problema ruso" se plantea de una forma muy clara: ¿debe existir nuestro pueblo o dejar de existir? Por todo el globo terráqueo se está propagando una ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres. Y sin embargo ¡cuántos se oponen a ella sin tambalearse e incluso con orgullo! Pero nosotros no... Y si esto sigue así, dentro de un siglo ya no hará ni falta borrar la palabra "ruso" de los diccionarios.
Estamos obligados a salir de esta presente situación humillante e incierta, si no por nuestro propio bien, al menos por el de nuestros hijos y nietos.
Hoy no oímos más que razonamientos sobre economía y bien es verdad que nuestra deprimida economía nos está asfixiando. Sin embargo, la economía sirve solamente para trabajar con una masa étnica sin rostro, mientras que lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico.
El profesor N.S. Timashev, emigrante ruso, señaló acertadamente: "En toda situación social existen, por norma general, posibilidades que, al hacerse probables, se convierten en tendencias de desarrollo social. Es imposible predecir con seguridad absoluta cuáles de dichas tendencias van a materializarse y cuáles no: ello depende de cómo confluyan éstas entre sí. Por ello, a la voluntad humana le corresponde un papel muchísimo mayor del que le atribuye la antigua teoría de la evolución" y el materialismo histórico.
Es éste un punto de vista cristiano. Nuestra historia nos parece hoy perdida, pero si nuestra voluntad aplica un esfuerzo verdadero, ésta puede empezar ahora, plena de salud, persiguiendo el bienestar interno, dentro de nuestras fronteras, sin derrochar fuerzas persiguiendo intereses ajenos, como hemos podido ver en este repaso histórico. Recordemos una vez más a Uspenski y su opinión sobre la misión de la escuela: "Convertir el corazón egoísta en un corazón compasivo". Tenemos ante nosotros la tarea de construir una escuela en la que entren en el primer curso los hijos de un pueblo ya degenerado y salgan educados en un espíritu moral.
Debemos edificar una Rusia moral y ninguna otra, porque de no ser así ya nada importará. Debemos cuidar y hacer que crezcan todas las semillas de bondad que milagrosamente aún no han sido pisoteadas en Rusia.
¿Nos ayudará la Iglesia ortodoxa? La Iglesia es la que ha salido peor parada tras estos años de comunismo y además está socavada internamente por tres siglos de sumisión al Estado. Ha perdido impulso para poder emprender acciones sociales vigorosas. Actualmente el credo ortodoxo está siendo apartado de la vida de Rusia, gracias a la activa expansión de las confesiones y sectas extranjeras, ricas en medios materiales, que se atienen a un "principio de igualdad de oportunidades" ante la empobrecida Iglesia rusa. En resumidas cuentas, un nuevo brote de materialismo, esta vez "capitalista", amenaza a todas las religiones en general.
Gracias a las numerosas cartas que he recibido desde la provincia rusa, desde sus grandes extensiones, estos años he conocido personas moralmente sanas – a menudo jóvenes – pero que carecen de alimento espiritual y se esparcen aisladas por ese vasto territorio. Cuando regrese a la patria espero conocer personalmente a muchas de ellas. Nuestra única esperanza es precisamente este núcleo sano de gente viva. Es posible que ellos, al crecer, influirse mutuamente y aunar esfuerzos, consigan sanar gradualmente nuestra nación.
Han pasado dos siglos y medio y sigue postergado entre nosotros el nunca emprendido proyecto de Salvación del pueblo que nos legara P.I. Shuválov.
Hoy no hay para nosotros nada más importante. Este – y no otro – es el "problema ruso" al final del siglo XX.
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1. La denominada "República feudal de Nóvgorod", en la que formalmente el máximo órgano de poder era la veche, una asamblea popular que incluía a representantes campesinos que elegían entre los nobles a los dirigentes estatales y eclesiásticos. La asamblea se reunía sin periodicidad y permitía que el pueblo influyera en cierta medida en la res publica, aunque en realidad, el poder estaba en manos de unas treinta familias de nobles terratenientes, que utilizaban la veche para limitar el poder de un príncipe, cuyo papel quedaba en ocasiones reducido al de un simple jefe militar. El uso de la escritura entre la población era relativamente elevado para esa época y se refleja en una gran cantidad de manuscritos que describen la vida cotidiana en esta república que acabó absorbida por Moscú.
2. En las costas meridionales del mar Blanco, donde se asentaron colonos provenientes principalmente de Nóvgorod y de los cuales la mayor parte eran campesinos libres. En Pomorie no había terratenientes y las tierras pertenecían a los monasterios y pequeños comerciantes.
3. Lomonósov, Mijaíl Vasílievich (1711-1765). Científico, poeta, filólogo e historiador. Sentó las bases del ruso literario. A él se deben, entre otros avances, la creación del primer laboratorio de química en Rusia y el descubrimiento de la atmósfera de Venus.
4. El "Periodo de los Desórdenes" (Smuta) empieza en 1584 con la muerte de Iván IV el Terrible, momento en que el país se sume en la anarquía: el boyardo Borís Godunov es nombrado regente en 1588. Tras el asesinato del hijo de Iván IV, Dmitri, y de la muerte del último Ruríkida (el demente Feódor Ivánovich) en 1598 Borís Godunov es elegido zar. Entre 1601 y 1603 se extiende un período de hambre y agitación: un aventurero apoyado por Polonia, el falso Dmitri, se hace pasar por el hijo de Iván IV y se levanta contra el "usurpador" Borís Godunov. En 1605 las tropas polacas ocupan Moscú. A partir de 1606 cosacos y campesinos aclaman a un segundo "falso Dmitri", pero los boyardos (Skopín-Shúiski) se enfrentan con éxito al impostor. En 1611 Polonia reivindica la corona rusa, pero en 1612 un levantamiento patriótico (organizado por Dmitri Pozharski) expulsa a los polacos de Moscú. Los desórdenes acaban en 1613 con la coronación de Mijaíl Fiódorovich Románov (Mijaíl III).
5. Rus, nombre del primer estado que crearon los eslavos entre el Báltico y el mar Negro en el siglo IX. Hasta principios del siglo XII su capital fue Kíev.
6. Skopín-Shúiski, Mijaíl Vasílievich (1586-1610). Príncipe en la corte de Borís Godunov, de quien era sobrino. En 1610 puso fin al asedio de Moscú, provocado por el falso Dmitri II, un zar autoproclamado que quería tomar la capital con apoyo del papa Pablo V y los nobles polacos.
7. Pozharski, Dmitri Mijaílovich (1578-1642). Organizó en 1611, junto con Kuzmá Minin, un alzamiento popular contra las tropas polacas que asediaban Moscú. La revuelta triunfó al año siguiente y condujo a la creación de una Asamblea Territorial que en 1613 elige zar a Mijaíl III, con quien se inicia la dinastía Románov, que durará hasta 1918. Mijaíl Fiódorovich Románov tenía sólo diecisiete años, pero su elección mostraba que el Estado ruso no iba a tolerar más pretendientes extranjeros al trono. En la Plaza Roja, cerca del lugar de los combates, una estatua recuerda la gesta de Minin y Pozharski.
8. Mir. Entre los siglos XIII y XX, nombre de las comunidades campesinas (obshchinas) en Rusia. La tierra y los medios de producción eran propiedad colectiva. Disfrutaban de un grado de augestión total o parcial. El uso de las parcelas se repartía entre las familias por plazos de tiempo determinados.
9. Cerco al Monasterio de la Trinidad (1608-1610) por parte del falso Dmitri II al frente de quince mil hombres durante el asedio de Moscú (véase nota 4).
10. Donde los patriotas rusos resistieron en 1609 ante las tropas de Segismundo III, rey de Polonia e hicieron fracasar sus planes de tomar Smolensk y Moscú. Segismundo pretendía sentar en el trono ruso a su hijo Wladyslaw. Los boyardos rusos traicionaron al pueblo y prometieron fidelidad a Segismundo, tras lo cual abrieron a sus tropas las puertas de Moscú. La situación en el país, asediado por el enemigo, dividido internamente por las disputas entre la nobleza, con revueltas campesinas e intrigas eclesiásticas, era tan grave que se veía amenazada la existencia de Rusia como Estado independiente. Esta situación caótica fue aprovechada por Carlos IX de Suecia, quien introdujo sus tropas en la región de Nóvgorod bajo el pretexto de ayudar a Rusia.
11. Véase nota 7.
12. Dinastía de príncipes y zares rusos (siglos IX-XVI). El último zar de esta dinastía fue Fiodor Ivánovich, fallecido en 1598. La consiguiente crisis dinástica es conocida como "Periodo de los Desórdenes" (véase nota 4).
13. Stárosta: jefe, síndico. Gubá: distrito territorial y administrativo en la Rus moscovita. Los stárostas eran los representantes de escala más baja en el sistema de administración y solían ser siervos.
14. Órgano de autogobierno local en la escala del vólost (distrito) presidido por el stárosta en jefe. Su creación de debe a la reforma de Iván IV.
15. El zar Alexéi (1629-1676). Coronado en 1645. Hijo de Mijaíl Fiódorovich y padre de Pedro el Grande, Iván V y Fédor III, que le sucedería en el trono. Promulgó en su Código de 1649 una serie de medidas económicas y sociales en perjuicio del campesinado, entre ellas, el establecimiento del derecho de servidumbre, por el que unas ochocientas mil familias pasaban a ser consideradas siervas. Este régimen feudal estaría vigente hasta 1861.
16. Los prikaz eran oficinas centrales de gobierno equivalentes a departamentos ministeriales que administraban un uyezd (distrito). Funcionaron entre 1564 y 1699. En 1708 se introduciría la guberniya (provincia) como división administrativa, a la que se supeditó el uyezd.
17. El voyevoda era un jefe militar que actuaba como gobernador del uyezd (distrito), dependiente del prikaz (véase nota anterior). Tenía plenitud de poderes administrativos, militares y judiciales. A menudo el voyevoda se comportaba como un pequeño tirano local.
18. Rázin, Stepán Timofiéyevich (cea. 1630-1671). Cosaco del Don, cabecilla de una revuelta campesina en el sur de Rusia. Murió ejecutado en la Plaza Roja, cerca de la cual, una calle lleva hoy su nombre.
19. Nikon, Mínov Nikita (1605-1681). Patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa. En 1653 inició una reforma de la Iglesia, corrigiendo la liturgia para adecuarla al rito griego practicado en los países eslavos meridionales. El zar Alexéi apoyaba la reforma porque fortalecía los vínculos políticos con dichos países (entre ellos Ucrania) y porque la unificación del culto centralizaba el poder de la Iglesia y simplificaba por tanto su control por parte del Estado. Buena parte de la cúpula religiosa rechazó la reforma y ello provocó un cisma (raskol). El zar y el poder secular persiguieron a los partidarios del antiguo rito (raskólniki), también conocidos como "viejos creyentes" (staroobriadsi). La influencia adquirida por Nikon consiguió que el zar abandonara la guerra contra Polonia y entrara en otra contra Suecia para conseguir una salida al mar Báltico, guerra que Rusia perdió. El descontento en la corte por la arbitrariedad y despotismo de Nikon le valieron tensiones con el zar. Ahora Nikon enfocaba la reforma planteándola como la supremacía del poder religioso por encima del poder del zar. Su incesante injerencia en la política interior y exterior provocó en 1658 una disputa con el zar, y Nikon acabó siendo deportado al norte de Rusia.
20. Los partidarios del viejo rito sostenían que había que seguir santiguándose con dos en lugar de con tres dedos y que durante los servicios religiosos había que decir "Aleluya" dos y no tres veces. Argumentaban también que la Iglesia ortodoxa griega había perdido la pureza del rito primigenio y que sus textos se imprimían en imprentas católicas. El Concilio de 1666-1667 anatematizó a los viejos creyentes, que eran ya la práctica mayoría entre el campesinado y la baja jerarquía eclesiástica (el arcipreste Awa-kum, ideólogo de los viejos creyentes, muere en 1682 en la hoguera). El movimiento de oposición al nuevo rito tuvo mucho de enfrentamiento contra el poder feudal: muchos de ellos eran siervos que habían escapado a zonas despobladas de Rusia y un número notable de viejos creyentes tomaron parte en la revuelta de Rázin. Los viejos creyentes no fueron legalizados hasta 1905. (Véase nota 19.)
21. Pedro I el Grande (1672-1725). Primogénito del zar Alexéi y nombrado sucesor en 1682. A la muerte de éste, Sofía, hermana de Pedro, intenta apoderarse del trono con ayuda de los streltsi ("los arqueros", la guardia del zar), pero Pedro se hace con el poder en 1689. Desde 1721, primer emperador ruso. A diferencia de los historiadores, tanto soviéticos como occidentales, Solzhenitsyn nunca se refiere a él como "el Grande".
22. Shafírov, Piotr Pávlovich (1669-1739). Firmó en 1711 el Tratado del Prut, que establecía la paz con Turquía.
23. En 1703 Pedro I funda San Petersburgo y en 1712 desplaza a ella la capital. El zar tuvo que organizar la población forzosa de la nueva ciudad, que tenía, entre otros, un notable problema con los mosquitos. Moscú no recuperaría la capitalidad hasta el triunfo en 1917 de los bolcheviques. El período peterburgués al que se refiere Solzhenitsyn en este ensayo se extiende, pues, entre 1712 y 1917. El nombre de la ciudad ha sufrido diversos cambios: originariamente Sankt Peterburg o simplemente Peterburg (de 1703 a 1914), Petrograd (de 1914 a 1924), Leningrad (de 1924 a 1991) y actualmente, tras un referéndum, de nuevo Sankt Peterburg.
24. A la muerte de Pedro I en 1725, el Consejo Superior Secreto propuso el trono a su sobrina Ana (1693-1740), en un intento de limitar los poderes del monarca y reafirmar la influencia oligárquica de la aristocracia (los viejos boyardos). Con el apoyo de la nobleza partidaria de la autocracia zarista, la duquesa Ana rechazó estas condiciones y accedió al trono como emperatriz. Durante su breve reinado el poder real lo detentó su favorito Ernst Johann Biron, duque de Curlandia, que confió los altos cargos estatales principalmente a alemanes y estableció un régimen totalitario, corrupto y represivo.
25. Münnich, Burhard Christoff (1683-1767). Conde y mariscal de campo, encargado de asuntos militares en la corte zarista. Biron (véase nota anterior) se apoyó en él para alcanzar el poder.
26. Isabel Petrovna (1709-1761). Hija de Pedro I y Catalina I, proclamada emperatriz en 1741 tras un golpe palaciego contra su hermano menor.
27. En Archipiélago Gulag (cap. XI), el autor aclara que, sin embargo, Isabel no la abolió. Ciertamente, no ejecutó a nadie, pero en lugar del cadalso aplicó penas de latigazos, desnarigamientos, marcas corporales con la palabra "ladrón" y destierros perpetuos a Siberia.
28. Viatka. Río y región de Rusia. Su centro comarcal es la ciudad de Viatka, que en 1934 pasó a llamarse Kírov.
29. Provincia, unidad de gobierno desde el siglo XVIII.
30. Río que separaba Rusia de Moldavia, dependiente del Imperio otomano. Rusia no conquistó la orilla occidental hasta finales del siglo XVIII.
31. Distritos administrativos dependientes del gobierno central (véase nota 14).
32. Shuválov, Piotr Ivánovich (1710-1762). Participó en el golpe palaciego que condujo en 1741 a Isabel al trono. Durante su reinado, fue él quien en realidad detentó el poder, en un espíritu ilustrado que le llevó a emprender proyectos de reforma económica (abolición de aduanas internas, proteccionismo del comercio exterior) y del Ejército (en vísperas de la guerra de los Siete Años).
33. El pacto se fraguará en 1756 con la Convención de Westminster para la defensa de Hannover (territorio unido dinásticamente a la corona inglesa). Este tratado inaugura la inversión del sistema europeo de alianzas.
34. 1728-1762. Emperador entre 1761 y 1762. Hijo del duque de Holstein y de Ana Petrovna (hija de Pedro I). Admirador del sistema prusiano de Federico II. Su política antirrusa suscitó la oposición de la guardia de palacio, dirigida por su esposa Catalina. Fue destronado y asesinado en el destierro por orden de su esposa, que pasa a ser Catalina II.
35. Catalina (Ekaterina) II. 1729-1796. Mantuvo un vivo contacto con Voltaire y los enciclopedistas franceses, a los que invitó a la corte. Sus iniciativas legislativas se inspiraron en Del espíritu de las leyes, de Montesquieu.
36. El Código (Ulozhénie) debía haber sido una recopilación de leyes redactadas por una comisión formada principalmente por nobles, y convocada por su Instrucción (Nakaz) de 1767. El proyecto quedó interrumpido al año siguiente bajo el pretexto de la guerra contra Turquía.
37. Entre 1764 y 1768 Catalina II asentó a unas ocho mil familias alemanas en las orillas del Volga y en Crimea.
38. En 1767 promulgó una "Carta de la Nobleza".
39. Los siervos formaban parte de las fincas rurales, cuya extensión se medía tanto por su superficie como por el número de "almas". Los terratenientes obtenían rendimiento de sus campesinos vendiéndolos a otros propietarios sin incluir las tierras o bien poniéndolos a trabajar como artesanos u obreros en la industria. En este caso, los siervos debían tributar a sus señores una parte del sueldo.
40. Otra forma de llamar, antiguamente, a Ucrania.
41. Pugachov, Yemelian Ivánovich (ca. 1742-1775), cosaco del Don, líder de la denominada "guerra campesina", que levantó en armas a unas cien mil personas de varias etnias en un amplio territorio. Pugachov llegó cerca de Moscú y pretendía crear un estado de cosacos y campesinos dirigido por un "zar bueno". Catalina ordenó su decapitación en Moscú junto con cuatro de sus lugartenientes.
42. Organizadores, en diciembre de 1825, de una revuelta de nobles y oficiales contra la autocracia y el derecho de servidumbre. Aprovecharon para la insurrección la súbita muerte de Alejandro I. Su carácter antifeudal sentó las premisas para una revolución burguesa.
43. Río en Kazajstán, en cuyas riberas se asentaron comunidades de viejos creyentes. En otoño de 1772 Pugachov, fugitivo de la justicia, halló refugio en la zona.
44. Poniatowski, Stanislav (1732-1798). Ultimo rey de Polonia (1764-1795) y hasta 1762 embajador polaco-sajón en Rusia. Con él Rusia quiso que Polonia se convirtiera en un protectorado ruso encubierto.
45. Ministro de Asuntos Exteriores de Catalina.
46. Unión en torno a la Iglesia católica de diversas Iglesias. Los uniatas (griegos, armemos, coptos, maronitas, etcétera) reconocían únicamente al Papa de Roma como máxima autoridad religiosa y sucesor de san Pedro. De esta manera el Vaticano pretendía, a costa de pequeñas concesiones en los ritos (que se podían celebrar en lengua vernácula), unificar las Iglesias católica y ortodoxa para someter a esta última a su control a través de la Iglesia polaca. El Sínodo de Brest de 1596 consiguió esta unificación, de la que surgió una Iglesia greco-católica que abarcaba parte de Bielorrusia y Ucrania occidental. Durante la segunda guerra mundial los nazis la utilizaron como plataforma de penetración en Ucrania. En 1946 (Sínodo de Lvov) Stalin la "autodisolvió".
47. Los gaidamak, del turco haydamak (atacar), eran campesinos, cosacos y viejos creyentes de Ucrania occidental alzados contra la opresión feudal-religiosa polaca. Obtuvieron apoyo en la Ucrania oriental, perteneciente entonces a Rusia. Los sublevados esperaban que Catalina II los respaldara (para debilitar así a Polonia). Suele afirmarse que la emperatriz, temiendo que se extendiera el espíritu de la revuelta, fue quien organizó la sangrienta represión que se saldó con cientos de ejecuciones y miles de condenados a trabajos forzados.
48. La Federación de Bar (1768) agrupaba a los señores feudales polacos armados.
49. Entonces territorio polaco.
50. La dinastía de los Guirei (siglos XV-XVIII).
51. Tras 1924, Kirovograd, en Ucrania.
52. Otros autores afirman que la impopularidad de la cuarentena no se debía a la ignorancia sino a que la policía de Catalina forzaba indiscriminadamente a cuarentena tanto a enfermos como a sanos, aprovechando la oportunidad para hacerse con sus pertenencias. Como resultado, los moscovitas temían más a la cuarentena que a la propia peste. (Antonov, Mochalova, Bochkova, Historia de Moscú, Ed. Mysl, Moscú, 1981, t. 1, pág. 332.)
53. Suvórov, Alexandr Vasílievich (1729-1800). Príncipe y mariscal de campo. Junto con Kutúzov, es una de las figuras militares rusas de más relevancia.
54. Con este tratado, el kan de Crimea dejó de ser vasallo del sultán turco.
55. Con esta paz la franja costera entre el Dniéster y el Bug pasó a Rusia.
56. Península al sur de Grecia, el antiguo Peloponeso.
57. Pablo I (1754-1801), hijo de Pedro II y Catalina II. Se convirtió en emperador en 1796. Durante la Revolución francesa se opuso a Francia, pero en 1800 firmó un tratado con Napoleón.
58. Tributo feudal por el cual los campesinos que trabajaban las tierras de un señor con sus propios aperos y animales debían entregarle unos días de trabajo gratuito semanal. Fue eliminado en 1882.
59. Alejandro I (1777-1825), primogénito de Pablo I, emperador desde 1801. Por iniciativa suya se convocó el Congreso de Viena (1814-1815 y se formó la Santa Alianza, reflejo del conservadurismo que caracterizó sus últimos años de reinado. En ellos se dedicó a la represión interna, de la mano de su favorito, Arakchéyev. También entonces se crean los primeros campos de reclusión militarizados.
60. El amplio programa liberal de los decembristas (1825) contemplaba la abolición de la servidumbre, pero no privaba a los terratenientes del derecho a concentrar tierras.
61. Su padre, Pablo I, al igual que había hecho Catalina, obsequiaba a sus favoritos con tierras estatales. El lote incluía, naturalmente, a los siervos que las trabajaban.
62. Durante su reinado los decembristas se organizaron en sociedades secretas: La "Sociedad del Norte" (moderada) y la "Sociedad del Sur" (radical) se alzaron en armas después de su muerte para impedir que Nicolás I accediera al trono.
63. Pablo I, su padre y antecesor en el trono, murió estrangulado en su dormitorio a manos de un grupo de oficiales. En la conspiración, encabezada por Pahlen, el gobernador militar de San Petersburgo, estaba implicada la nobleza, que se sentía insegura ante el carácter despótico de Pablo. Alejandro supo de la conjura para destronar a su padre y puso como condición que se le respetara la vida.
64. Rusos y franceses dividieron Europa en sendas zonas de influencia. Una cláusula secreta complementaria al tratado obligaba a Rusia a unirse a un bloqueo comercial y marítimo contra Gran Bretaña que había empezado en 1806 y que Rusia abandonaría en 1810.
65. En 1807 los jenízaros derrocaron al sultán Selim III, que había iniciado una reforma para modernizar el Ejército y que amenazaba, por tanto, sus privilegios. Tras un nuevo intento de reforma, los jenízaros dieron un segundo golpe en 1808. La reforma no prosperó hasta que en 1826 Majmud II liquidó el cuerpo de jenízaros, si bien el Imperio ya había entrado en decadencia.
66. Kutúzov, Mijail Iliariónovich (1745-1813). Discípulo de Suvórov, consiguió la Paz de Bucarest, por la que Rusia se anexionó Besarabia (1812). Como comandante en jefe, a él se debe, junto con el general Bagration, la derrota de Napoleón en Rusia.
67. Las tropas francesas superaban a las rusas en una proporción de uno a cinco.
68. Es decir, la cuarta parte. Un rublo son cien copecs.
69. Talleyrand-Périgord, ministro francés de Exteriores. Consideraba que Napoleón I caería, y desde 1808 mantuvo contactos secretos con Alejandro I proponiéndole restaurar la dinastía borbónica.
70. Borís Fiódorovich Godunov (ca. 1552-1605), desde 1598, zar de Rusia.
71. Klemens Metternich, príncipe de Metternich-Winneburg (1773-1859). Ministro austríaco de Exteriores y máximo dirigente de hecho en el país. Fue uno de los organizadores de la Santa Alianza.
72. Nicolás I (1796-1855), tercer hijo de Pablo I, emperador desde 1825. Aplastó la rebelión de los decembristas y creó la Tercera Sección (policía política), dirigida por el conde Benckendorff. Se consideraba "gendarme de Europa" y aplastó la sublevación polaca (1830-1831) y la revolución húngara (1848-1849).
73. Su decisión de ayudar a los nacionalistas griegos en su lucha contra los turcos provocó la ruptura con la Santa Alianza.
74. Nesselrode, Karl Vasílievich (1780-1862). Ministro ruso de Asuntos Exteriores entre 1816 y 1856. Mantuvo el cargo durante cuarenta años porque supo acatar fielmente los deseos de los zares y gracias a la orientación austro-prusiana de su política. Sus errores de cálculo hicieron que Rusia entrara completamente aislada en la guerra de Crimea (1853-1856). La derrota de Rusia provocó su dimisión.
75. La flota aliada destruye la armada turcoegipcia.
76. Moltke, Helmut Karl Bernhard (1800-1891), mariscal de campo en Dinamarca y Prusia. Estratega y autor de obras sobre teoría e historia militar.
77. La denominada guerra del Caucaso. Tras su unión a Rusia, Georgia y Armenia quedaban aisladas del Imperio zarista por Daguestán, Chechenia y el noroeste del Cáucaso. Entre 1817 y 1864 estos pueblos montañeses lucharon contra su anexión a Rusia.
78. Shamil (1797-1871). Caudillo de origen avaro. Unió a los pueblos de montaña. Fue el último y más importante líder militar de la resistencia contra Rusia. Fundó un imanato, en el que detentaba el poder político y religioso. Hasta la década de los cincuenta sus fuerzas superaron a las zaristas.
79. Dos kanatos fundados en el siglo xvi en el actual territorio de Usbekistán.
80. Una versta equivale a 1,06 km.
81. Véase nota 74.
82. Estaban en poder de Turquía.
83. Río en Kazajstán.
84. El autor se refiere al Congreso de Reichnbach y sus preparativos.
85. Totleben, Eduard Ivánovich (1818-1884). Conde e ingeniero militar. Organizó la defensa de Sebastopol reforzando los flancos, construyendo túneles y disponiendo baterías de artillería.
86. Alejandro II (1818-1881). Primogénito de Nicolás I. Proclamado emperador en 1855. Durante su reinado Rusia se anexionó el Cáucaso, Kazajstán y algunos territorios centroasiáticos. A él se deben la emancipación de los siervos (1861) y la Reforma Territorial (1864). Sufrió varios atentados y el quinto le causó la muerte, cuando miembros de Naródnaya Vólia dinamitaron su carruaje.
87. La libra rusa corresponde a 409,5 gramos.
88. Tratado del Prut, en 1711 (véase nota 22).
89. El autor se refiere a la sed de derrota que sintió la sociedad rusa durante la guerra ruso-japonesa.
90. Véase nota 92.
91. A mediados del siglo XIX el papel y contenido de la obshchina en la vida rural fue una de las principales cuestiones de debate político-social en Rusia. Los eslavófilos (opuestos a las ideas socialistas revolucionarias) y posteriormente el propio zarismo, la consideraban como una genuina institución rusa, útil para el afianzamiento de la autocracia. La corriente eslavófila tuvo gran influencia en la preparación y aplicación de la reforma agraria de 1861 (a ellos se deben los pagos redentorios). Su influencia en la reforma judicial se tradujo en la introducción del jurado. Sobre la obshchina, véase nota 106; sobre el paneslavismo, véase nota 108.
92. El Manifiesto del 19 de febrero de 1861 abolía la servidumbre pero obligaba a los campesinos a pagar una tasa redentoria (vykupnyi platezh) por las tierras de las que dejaban de ser un complemento. En 1907, cuando se abolieron los pagos, los campesinos habían abonado a los terratenientes un total de dos mil millones de rublos.
93. El derecho de servidumbre se había instaurado en 1649 (véase nota 15). Suele considerarse que la abolición de la servidumbre (Reforma de 1861) marcó el fin del feudalismo y supuso el comienzo de un primer capitalismo.
94. Uspenski, Gleb Ivánovich (1843-1902). En sus obras describe la descomposición de la vida rural bajo la influencia de la evolución moderna y del capital. En El poder de la tierra (1882), su principal obra, desarrolla su visión de que la existencia entera del mujik está regulada por la tierra, como la de las plantas que en ella crecen. Cuando el dinero se interpone entre la tierra y el campesino, todo cambia, se pierde el secular equilibrio y se desintegra la comunidad agraria. Uspenski perdió la razón a los cincuenta años.
95. Así llaman los rusos a los mongoles.
96. Leskov, Nikolai Semiónovich (1831-1895). Entre otras novelas, su obra maestra, Gentes de Iglesia (Soboríane), escrita en 1872, satiriza la sociedad zarista.
97. Impuesto personal (podúshnaya podat) establecido por Pedro el Grande.
98. Arado tradicional sin suelas cuya orejera no sirve para volcar las capas destripadas y ensanchar el surco. Su productividad y calidad de arado eran bajas.
99. Stolypin, Piotr Arkádevich (1862-1911). Primer ministro y ministro del Interior de Nicolás II desde 1906, inició una reforma agraria. En esencia, proponía disolver las obshchinas (comunidades campesinas) y que el gobierno vendiese a los campesinos tierras de la corona en condiciones ventajosas con el objeto de crear una clase de campesinos propietarios que se opondrían a las ideas revolucionarias. De esta manera, sostenía Stolypin, el movimiento revolucionario no podría triunfar (suya es la frase: "Dad al Estado veinte años de paz interior y exterior y no reconoceréis a Rusia"). Stolypin creía que antes de crear una sociedad civil era necesario formar ciudadanos y que por tanto, antes de conceder derechos al campesinado analfabeto (sólo un treinta por ciento de la población rusa sabía leer y escribir), había que elevar su situación económica. Si bien las tierras de la corona llegaron a venderse (en 1914 nueve millones de familias campesinas se habían convertido en propietarias), la nobleza no siguió el ejemplo. Más adelante, la Revolución de Febrero de 1917 aboliría todas sus reformas. Durante la representación de una ópera en Kíev, ante los ojos del zar, Stolypin recibió dos disparos de un revolucionario eserista que era a la vez confidente de la policía. Solzhenitsyn considera a Stolypin la figura más trascendental en la historia rusa del siglo XX.
100. Miembros del Partido Constitucional-Democrático, el principal partido burgués en Rusia, representante de la burguesía liberal-monárquica. Querían preservar el zarismo en forma de una monarquía constitucional. Ganaron las primeras elecciones y obtuvieron la mayoría en la Duma (1906). Las divergencias entre el gobierno y la Duma acerca del problema agrario (los kadetés proponían entregar a los campesinos parte de la tierra mediante un pago redentorio) provocaron la disolución de la cámara. El primer Parlamento ruso duró setenta y dos días. Tras el triunfo de la Revolución de Octubre organizaron conspiraciones y revueltas contra el poder soviético.
101. Distrito rural, formaba parte del uyezd (véase nota 16), que a su vez forma parte de la guberniya.
102. Zasulich, Vera Ivánovna (1849-1919). Revolucionaria, hija de nobles, en 1878 disparó contra el gobernador de San Petersburgo, que había ordenado azotar al activista detenido Bogoliovov. El jurado la absolvió. Tras una nueva amenaza de arresto, emigró al extranjero, donde propagó las ideas de Naródnaya Vólia. A partir de 1880 se hace marxista y traduce a Marx y Engels al ruso. En 1900 se incorpora al consejo redactor de las publicaciones revolucionarias Iskra [La Chispa] y Zariá [El Alba]. Durante la Revolución de Octubre tomó partido por los mencheviques. En los tres últimos decenios del siglo xix se fundaron y consolidaron todos los partidos de la futura revolución.
103. La reforma territorial de 1864 organizó la administración local en zemstvos en dos niveles: el del uyezd (distrito) y el de la guberniya (provincia). A su vez, en cada distrito y provincia, el zemstvo comprendía dos organismos: la Asamblea del zemstvo (Zémstvoe Sobrániye) y el Consejo del zemstvo (Zémskaya Uprava). Este último tenía funciones ejecutivas y era elegido por periodos de tres años. Los miembros del Consejo del zemstvo y de la Asamblea de la guberniya (Asamblea Provincial) eran elegidos por la Asamblea del uyezd (Asamblea de distrito), que sólo se reunía durante diez días al año. Sus delegados eran elegidos mediante comicios indirectos.
La reforma territorial de 1864 introdujo el sistema de zemstvos en treinta y cuatro de las cuarenta y nueve guberniyas de la Rusia europea (en un total de trescientos sesenta distritos). Desde el principio los zemstvos tuvieron como obstáculo la escasez de medios. Sus poderes estaban restringidos y tenían que enfrentarse constantemente al gobierno central (prikaz) que intentaba limitar sus atribuciones. A pesar de las dificultades establecieron un sistema de educación primaria, crearon hospitales y centros de atención médica, combatieron las epidemias y proporcionaban un sistema de asesoramiento agrícola. Cuidaban también de los caminos vecinales y de la salubridad, y más adelante organizaron la venta de maquinaria agrícola, semillas y ganado. De 1865 a 1912 los gastos de los treinta y cuatro zemstvos pasaron de cinco a doscientos veinte millones de rublos.
Los miembros electos de los zemstvos tomaron parte en movimientos sociales entre 1890 y principios del siglo XX que tenían por objeto extender el autogobierno desde el nivel local hasta el ámbito nacional. El sistema de zemstvos fue substituido en 1917 por el de consejos o soviets. Solzhenitsyn, ferviente detractor de la democracia parlamentaria y del poder soviético, propone en su obra Cómo reorganizar Rusia la reinstauración del sistema de zemstvos y ramificarlo hasta organizar un gobierno estatal.
104. Alejandro III (1845-1894). Segundo hijo de Alejandro II. Proclamado emperador en 1881, consiguió la anexión de Asia Central a Rusia en 1855. A su reinado se debe también la denominada Contrarreforma: en la década de 1880 a 1890, que deshizo los avances conseguidos por su padre (emancipación de los siervos de 1861), además de limitar el poder de los zemstvos (véase nota anterior) introduciendo la figura del jefe del zemstvo, que se designaba entre los nobles. Los jefes del zemstvo se convirtieron en la primera instancia judicial para el campesinado.
105. Miembros de Naródnaya Vólia, una sociedad secreta de los narodniks creada en 1878, que organizó múltiples atentados contra el zar. Fue disuelta por las autoridades en 1881 después de que sus miembros asesinaran a Alejandro II.
106. Corrientes tan opuestas eran partidarias de la obshchina por distintas razones: para el zarismo era un bastión tradicionalista, eslavo, perpetuador de la sociedad estamental y antirrevolucionario. Para Naródnaya Vólia representaba una institución con una larga historia de organización democrática de los campesinos (lo que se ha dado en llamar comunismo primitivo). Veían en ella el germen del socialismo. (Véase nota 91.)
107. Gorchakov, Alexandr Mijailovich (1798-1883). Sucesor de Nesselrode (véase nota 74) en el Ministerio de Exteriores (1856-1882). Partidario de un acercamiento a Prusia, pasa, a partir de 1863, a estar influido por Bismarck. Gorchakov fue responsable en el Congreso de Berlín de una humillante derrota diplomática para Rusia.
108. Danilevski, Nicolai Yákovlevich (1822-1855). Sociólogo y naturalista, ideólogo del paneslavismo. Sostenía que Rusia no pertenece a la familia europea. La misión de Europa está caduca y a Rusia le corresponde tomar los destinos de la humanidad. Danilevski apoyó las aspiraciones imperialisas del zarismo. Como doctrina política, el paneslavismo tiene varias lecturas, que van desde una unidad cultural de los pueblos eslavos hasta la idea de una unificación, con Rusia a la cabeza, para formar un imperio de todos los pueblos eslavos, excepto Polonia, a la que consideraban oc-cidentalizada. No debe confundirse paneslavismo con eslavofilia, un movimiento que surgió en la primera mitad del siglo xix como reacción a la penetración de las ideas occidentales. Los paneslavistas concibieron una utópica liberación de los pueblos eslavos meridionales hasta tomar Cons-tantinopla. Solzhenitsyn se refiere aquí a la ciudad por su antiguo nombre ruso de "Ciudad Reina". El paneslavismo cobró auge durante la guerra ruso-turca.
109. La literatura rusa del siglo xix se caracteriza porque muchos de sus protagonistas son personas mezquinas, enfermas, sin voluntad, o decadentes (El tío Vania, Oblómov, Las pobres gentes, El idiota, Crimen y castigo, etcétera). Esta tendencia se acentúa con Chéjov y se interrumpe con Gorki, quien vuelve a describir seres vigorosos.
110. El archipiélago de Kiziladalar, nueve islas en el nordeste del mar de Mármara.
111. El namiestníchestvo era una forma de administración centralizada de territorios (que solían agrupar dos o tres provincias) administrados por un gobernador general (naméstnik). El sistema había sido abolido en 1796 por Pablo I, pero aún perduraba en el Cáucaso.
112. Véase nota 23.
113. Tijomírov, Lev Alexándrovich (1852-1923). Tras emigrar en 1882 por sus actividades antizaristas, pidió clemencia en 1888 para volver a Rusia al año siguiente. Convertido en un ferviente monárquico, se retiró de la política en 1917.
114. Miembros del SRP (en ruso: es-er-pé, Partido Socialista Revolucionario). Su método fundamental de lucha era el terror individual. En 1904 el eserista Egor Sozónov dio muerte al ministro del Interior V. Pleve. En cuanto a los bolcheviques, el propio Lenin se ocultó en una casita de Kuok-kala, cerca de Rusia. Lenin era el alias de Vladímir Ylich Uliánov, hermano menor del Uliánov que había sido ejecutado años antes por Alejandro III. Social-revolucionarios y bolcheviques tendrían más tarde divergencias sobre el reparto de la tierra: unos querían que fuera entregada en calidad de propiedad al pueblo; los bolcheviques, que fuera nacionalizada.
115. Kazajstán no se considera parte del Asia Central rusa (o soviética). Dicha área agrupa a las actuales repúblicas de Kirguistán, Tadzhikistán, Turkmenistán y Usbekistán. A principios de siglo se denominaba impropiamente kirguises a los habitantes de Kazajstán.
116. En la actual república de Kazajstán.
117. Simionov-Tian-Shanski, Veniamin Petróvich (1870-1942). Geógrafo ruso. Su original apellido proviene de una distinción que recibió su padre, también geógrafo, al que se le añadió este topónimo en reconocimiento a sus estudios orográficos (1856-1857) sobre la cordillera del Tian-Shan. El primer tomo de la Descripción... se publicó entre 1899 y 1914 (de los 22 tomos sólo se publicaron 19).
118. Véase nota 125. Francia presionó a Rusia para que lanzara una ofensiva contra Prusia precipitadamente. En caso contrario, Francia amenazaba con interrumpir sus préstamos, con los que Rusia estaba financiando, entre otras empresas, la construcción del ferrocarril.
119. Nicolás II Alexándrovich (1868-1918). Ultimo emperador ruso. Hijo de Alejandro III, sucedió a su padre en 1894. Consideraba la defensa de la autocracia zarista un deber moral y religioso. La dura represión que practicó le valió el sobrenombre de Krovávyi (el Sanguinario), apodo confirmado con la masacre de doscientos setenta huelguistas en las minas del Lena (Siberia). Con frecuencia sus decisiones políticas estuvieron influidas por su esposa, Alexandra Feódorovna, y por Raspútin, un enigmático monje taumaturgo que le imponía ministros. Murió ejecutado por los bolcheviques junto con la familia real.
120. La rebelión de los bóxers.
121. Golfo en el mar Amarillo que comprende los puertos de Port Arthur (actualmente Lüshun) y Dalian (se transcribe del chino también como Dairen). Rusia obtuvo la cesión de ambos puertos durante noventa y nueve años, pero los perdió tras la guerra ruso-japonesa (1904-1905) y el descalabro de la flota rusa en Tsushima.
122. Cuando las tropas rusas (trescientos mil efectivos) estaban ya en retirada, Rusia perdió ciento veinte mil hombres en una sola batalla. Al llegar al Pacífico después de un largo viaje casi alrededor del mundo, la flota rusa del Báltico fue destrozada por lanchas torpederas cuando trataba de aproximarse a Vladivostok a través del estrecho de Tsushima, entre Corea y Japón. De los veinte barcos de guerra de la flota báltica fueron hundidos diecisiete. Los tres restantes escaparon hacia puertos chinos neutrales.
123. Véase nota 89.
124. En la costa de Finlandia, cerca de Vyborg. Toda la bibliografía habla de julio de 1905.
125. Cuando Francia empezó a sospechar la existencia de un plan alemán que ponía a París en peligro inmediato, exigió que las tropas rusas atacaran antes de que hubiera concluido la movilización y sin que los rusos pudieran por tanto concentrarse numéricamente. Los primeros ataques de los rusos tuvieron éxito y Alemania se vio obligada a desplazar tropas del frente occidental hasta el frente prusiano para contenerlos. Ello alivió la posición de las tropas francesas en la batalla del Marne. En agosto de 1914 el 2.° Ejército del general Samsónov sucumbió cercado en territorio enemigo, cerca de Willenberg, al no recibir apoyo del general Zhilinski, que dirigía este frente y tras haber sido abandonado por el ler Ejército del también general Rennenkampf, que debía apoyarle. Samsónov se suicidó tras haber perdido a doscientos cuarenta y cinco mil hombres entre muertos y prisioneros.
126. Kuchúm (? - después de 1598), último kan del kanato de Siberia. Entre 1582 y 1598 se enfrentó a las tropas rusas. Yermák Timoféyevich (? -1585), atamán cosaco principal responsable de la colonización de Siberia. Hacia 1577 le fue encargada la defensa de territorios ante las incursiones de Kuchúm. En 1579 se adentró a explorar las profundidades de Siberia, donde murió ahogado al atravesar un río.
127. La revísiya era un censo fiscal. En total se realizaron diez: el primero se llevó a cabo en 1719 y el último en 1857. El primer censo demográfico propiamente dicho tuvo lugar en 1897. El siguiente, ya en época soviética, fue en 1920.
128. El chertá osédlosti (límite de asentamiento) restringía a catorce guberniyas el área que podían poblar los judíos en el Imperio ruso. Este límite se creó a finales del siglo XVIII, cuando Rusia obtuvo de Polonia territorios de Ucrania occidental, Bielorrusia, Lituania, con numerosa población judía. En otras zonas del Imperio (Cáucaso y Asia Central) sólo se permitía vivir a los "judíos oriundos". El límite de residencia fue abolido en abril de 1917.
129. Entiéndase como "origen étnico". La distinción entre "nacionalidades" (más de cien) se ha empleado tanto en la Rusia zarista como en la comunista y en la poscomunista. Se hace constar en los documentos nacionales de identidad. Los judíos son considerados una "nacionalidad".
130. Véase nota 113.
131. El término "Gran Rusia" era la denominación oficial de la Rusia europea en esa época. A mediados del siglo XIX se empleó para designar a los habitantes del Imperio de etnia rusa. Sobre la distinción entre "rusos" y "habitantes de Rusia" en la actualidad, véase nota 175.
132. Rozánov, Vasili Vasílievich (1856-1919). Escritor, crítico literario y filósofo ruso, autor, entre otras obras, de El apocalipsis de nuestro tiempo (1917-1918), donde acepta con desesperación la revolución como una consecuencia trágica e inevitable de la historia de Rusia.
133. Berdiáyev, Nikolái Alexandrovich (1874-1948). Pensador cristiano ruso expulsado de la URSS en 1922. Fundador en París de la revista Put y director de la editorial YMCA-Press (Asociación Cristiana de Jóvenes). Al igual que Rozánov, fue un decidido detractor del comunismo. Berdiáyev ejerció una notable influencia en el existencialismo y el personalismo.
134. El Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia produjo un cisma entre los partidarios de Lenin, que obtuvieron la mayoría (bolshevikí) y los minoritarios, seguidores de Martov (mensheviquí). Ambas facciones coincidían en la posibilidad de una insurrección armada para acabar con el zarismo, pero divergían en cuanto a la fuerza en que dicha revolución debía sustentarse (el proletariado o la burguesía).
135. Los adversarios del Estado soviético apoyados por la Entente.
136. Wrangel, Piotr Nikoláyevich (1878-1928). General contrarrevolucionario. Al mando de los ochenta mil hombres que le confió Deníkin (véase nota 139) estableció desde abril hasta noviembre de 1920 el denominado "Gobierno del sur de Rusia", que abarcaba Crimea y el sur de Ucrania.
137. Kolchak, Alexandr Vasílievich (1873-1920). Almirante, comandante de la flota del mar Negro en 1916, dimitió tras la Revolución de Febrero de 1917 y emigró a Estados Unidos. Volvió a Rusia a través de Siberia durante la guerra civil. Entre 1918 y 1920 dirigió como "regente supremo" desde Omsk una dictadura militar denominada "Estado Ruso", que se extendía por Siberia, los Urales, la región del Volga y el Extremo Oriente. Fue derrotado por el Ejército Rojo, junto con partisanos y fusilado por los bolcheviques. David Lloyd George fue ministro británico de la Guerra entre 1916 y 1922.
138. Krasnov, Piotr Nikoláyevich (1869-1947). General blanco. Por orden del primer ministro Kerenski organizó en octubre de 1917 una revuelta antibolchevique que tuvo a Petersburgo amenazada durante un mes. Durante la guerra civil fue comandante de los regimientos contrarrevolucionarios cosacos hasta que en 1919 los aliados le obligaron a subordinarse al general Deníkin. Sus diferencias con el general le hicieron emigrar a Alemania, donde entre 1939 y 1945 colaboró con los nazis en la creación de nuevos regimientos cosacos. Capturado por las tropas soviéticas, fue condenado a la horca.
139. Deníkin, Antón Ivánovich (1872-1947). Distinguido general ruso arrestado por los bolcheviques tras la Revolución de Octubre. Puesto en libertad, ganó el territorio de los cosacos del Don, donde organizó el denominado "Ejército Voluntario" anticomunista (ciento cincuenta mil hombres) que ocupó el Cáucaso del norte, Jarkov y Kíev. La resistencia del Ejército Rojo le obligó a replegarse hacia el sur. En marzo de 1920, los restos de su "Ejército Voluntario" fueron evacuados desde el puerto de Novorossisk, en Crimea. Cedió el mando a Wrangel (véase nota 136) y emigró a Occidente.
140. El estrecho de los Dardanelos.
141. El monasterio de Pskov-Pechori (siglos XVI-XVIII). Izborsk es una de las más antiguas ciudades rusas. Entre los siglos XIII y XVI su fortaleza defendió las regiones de Pskov y Nóvgorod ante los caballeros teutones.
142. Ridder: hasta 1941 nombre de la ciudad de Lenino-gorsk.
143. República Socialista Federativa Soviética de Rusia, actualmente "Federación Rusa". Era la mayor de las quince repúblicas soviéticas y constituía una federación de repúblicas autónomas, territorios autónomos y distritos nacionales (étnicos).
144. "Che" y "Ka" eran las siglas de la Chrezvycháinaya ko-mísiya po borbé c kontrrevoliútsiei i sabotázhem. (Comisión extraordinaria de lucha frente a la contrarrevolución y el sabotaje.)
145. En 1906 la guarnición de marinos de Kronstadt había protagonizado una dura revuelta contra el zar. Otras sublevaciones de marinos fueron las del acorazado Potyomkin, el crucero Ochárov y las guarniciones de Sebastopol y Sveaborg. En Petersburgo, el año 1905 había comenzado con una huelga de vastas proporciones, uno de cuyos más luctuosos episodios fue el Domingo Sangriento, cuando las tropas dispararon contra una manifestación pacífica (este episodio fue el detonante de la primera revolución burguesa). En Siberia, los bolcheviques de Chita proclamaron en 1905 una república. En 1906, otro tanto hicieron los campesinos en la aldea de Márkovo. El gobierno respondió implantando consejos de guerra con juicios instantáneos. En ocho meses se dictaron mil cien condenas a muerte, mientras destacamentos punitivos sembraban el terror en el campo y en las fábricas las listas negras dejaban a cientos de miles de obreros sin trabajo.
146. En 1905 setenta mil obreros de la industria textil ya se habían declarado en huelga, en esta ocasión contra la autocracia zarista. La huelga produjo uno de los primeros soviets de diputados de Rusia.
147. Vlásov, Andrei Andréyevich (1900-1946). General soviético. Durante la guerra civil, había luchado en el frente sur contra Deníkin y Wrangel. Al comienzo de la segunda guerra mundial se distinguió en las batallas de Kíev y de Moscú (1941). Tras adentrarse con sus tropas setenta y cinco kilómetros en las líneas alemanas en julio de 1942, se rindió a los nazis en el río Voljov tras haber intentado mantener un cerco sin apoyo exterior ni víveres. Ya en cautiverio, asumió la presidencia del denominado "Comité Nacional Ruso" y junto con otros prisioneros soviéticos organizó el Ejército Ruso de Liberación, que combatió en la URSS, pero también en Francia y Bélgica. Tras la derrota alemana, el ejército de Estados Unidos entregó a Vlásov a los soviéticos, que lo condenaron a la horca. Se trata de una figura maldita en Rusia que, sin embargo, Solzhenitsyn defiende en su obra Archipiélago Gulag. Entre otras precisiones, el autor explica que Vlásov luchó con los alemanes hasta que comprendió que era un instrumento en manos de ellos y que nunca permitirían una Rusia independiente. Según Solzhenitsyn, Vlásov dio la espalda a los alemanes en Praga, luchando contra ellos y liberando la ciudad para los checos mucho antes que las tropas soviéticas. A partir de este punto Vlásov buscó el apoyo de Occidente para librar a Rusia tanto de Stalin como de Hitler, pero los aliados pactaron con Stalin en Yalta la entrega de los vlasovistas.
148. Véase nota 24.
149. Kolektívnoye Jozyaistvo, granja colectiva. Además, los campesinos de los koljozes no tenían libertad de movimiento, ya que sus pasaportes (documentos nacionales de identidad) los guardaban las autoridades del distrito.
150. En su acepción de "reestructuración", la palabra perestroika entró como neologismo en el idioma ruso. Gorbachov la introdujo en el vocabulario político, junto con la expresión glasnost, durante el vigesimoséptimo Congreso del PCUS (febrero-marzo de 1986), en el que se critica la era Bréznev y se plantea la reforma del sistema soviético. Solzhenitsyn la cita entre comillas para subrayar además sus dudas de que se tratara de una auténtica reorganización. (Para ello Solzhenitsyn prefiere recurrir, a partir de otras raíces eslavas, al substantivo obustroistvo.) Este término lo emplea, por ejemplo, para titular su libro Cómo reorganizar Rusia.
151. Transparencia informativa. La política de glasnost potenció el debate político en diarios y revistas, así como la publicación de obras literarias antes prohibidas. Esta libertad obtenida de repente hizo que en muchas ocasiones las publicaciones traspasaran los límites de lo razonable, transgrediendo el respeto entre etnias. A partir de 1989 empezarían guerras, no declaradas pero reales, entre armenios y azeríes, uzbekos y kirguises, etcétera.
152. Privilegios y tiendas especiales. Literalmente, "pesebres".
153. "Soberanía" era la expresión de moda esos meses. Ya con anterioridad al fallido golpe de Estado, los proyectos de reforma habían llegado hasta la redacción de un acuerdo federal, en virtud del cual la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas pasaba a ser una Unión de Estados Soberanos. La firma del denominado "Tratado de la Unión" debía haberse producido el 20 de agosto de 1991, al haber accedido finalmente Yeltsin a incluir la firma de Rusia. La ceremonia quedó abortada por un golpe de Estado antes de que empezara la semana. La firma se retrasaría hasta el 25 de noviembre de 1991, cuando Yeltsin introdujo inesperadamente nuevos puntos de negociación. De espaldas al presidente y al resto de repúblicas, e ignorando un referéndum (17 de marzo de 1991) en el que el setenta y seis por ciento de los soviéticos habían votado por conservar una URSS renovada, tres ex altos cargos comunistas (Yeltsin, Kravchuk y Shushkievich), presidentes ya de sus respectivas repúblicas (Rusia, Ucrania y Bielorrusia) proclamaban el 8 de diciembre la creación de una Comunidad de Estados Independientes, vigente hasta hoy.
154. La cordillera del Altai separa el Asia musulmana del Asia rusa (Siberia). El Gran Turan equivale a lo que antiguamente se conocía como el Turkestán (denominado actualmente Asia Central). Sin embargo, un nuevo "Gran Turquestán" dejaría de lado a Tadzhikistán, que a diferencia del resto de estados se adscribe a la cultura persa y no turca. Precisamente, tras la desaparición de la URSS estas dos potencias regionales (Turquía e Irán) han estado compitiendo por asentar su influencia en esta estratégica zona. Tras haberse unido en diciembre de 1991 a la CEI en enero de 1993 las cuatro ex repúblicas soviéticas centroasiáticas (Kirguistán, Tadzhikistán, Turkmenistán, Usbekistán) y Kazajstán, descontentas por el funcionamiento de la Comunidad de Estados Independientes, crearon la Unión de los Pueblos del Asia Central para coordinar sus políticas económicas y defensivas. Esta unión nunca ha llegado a materializarse.
155. El 12 de junio de 1990, Rusia se declaró "soberana". Al año siguiente (también un 12 de junio) Yeltsin ganaba las elecciones presidenciales.
156. En 1954 Jruschov hizo que el Soviet Supremo traspasara Crimea a Ucrania. Era un regalo de Rusia para realzar la amistad de ambas repúblicas hermanas con ocasión de los trescientos años de su unión con Rusia. En febrero de 1992 el Parlamento ruso ponía en duda la legalidad de este traspaso. Crimea concentra numerosas industrias de defensa y es la única zona de Ucrania en la que los rusos son mayoría demográficamente y donde, por tanto, la política nacionalista es más impopular.
157. Según el censo de 1989, la proporción entre ucranianos y rusos era del setenta y dos por ciento contra el veintidós por ciento, respectivamente. El resto de la población correspondía a judíos, bielorrusos, moldavos, polacos, búlgaros, tártaros, húngaros, rumanos y griegos.
158. Nursultán Nazarbáyev, presidente de Kazajstán.
159. En Kazajstán viven alemanes étnicos, que se asentaron en la zona en tiempos de Pedro I. Esta comunidad y la de los alemanes del Volga (véase nota 37), deportados por Stalin a Siberia en 1941, han mantenido vivo el idioma alemán, aunque con algunos arcaísmos.
160. El bosque de Bielowieza, en Bielorrusia, donde los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia formalizaron el 8 de diciembre de 1991 la Comunidad de Estados Independientes, con capital en Minsk. La troika eslava representaba el setenta por ciento de la URSS y quedaba abierta a la admisión de otras repúblicas. (Véase nota 152.)
161. Uno de los pilares del régimen soviético era el "antiimperialismo", entendido como apoyo a los movimientos de liberación nacional y la solidaridad con los pueblos oprimidos de todo el planeta.
162. República autónoma en el Cáucaso ruso proclamada independiente en noviembre de 1991. Yeltsin reaccionó decretando el estado de excepción e intentando enviar ahí tropas de asalto, tras lo cual dio marcha atrás. En diciembre de 1994 Yeltsin, tras haber encargado a sus servicios secretos una fracasada operación encubierta para derrocar al líder separatista, el general Dudáyev, organiza una polémica operación militar. El ejército ruso cerca la capital, Grozni, y bombardea indiscriminadamente objetivos civiles. Esta región ya había sido un quebradero de cabeza para el Imperio ruso. (Véase nota 77.)
163. En mayo de 1990 en la república autónoma de Tuvá (perteneciente a Rusia y con un treinta y un por ciento de rusos) murieron ochenta y ocho personas en asaltos contra hogares rusos.
164. El 2 de diciembre de 1991 el voto independentista ganaba por abrumadora mayoría en Ucrania y al mes siguiente el Parlamento abolía en Kíev el Tratado de 1922 en virtud del cual Ucrania había pasado a formar parte de la Unión Soviética.
165. Puerto principal de la flota del mar Negro. El control de la antigua flota soviética y la jurisdicción del puerto siguen siendo motivo de disputa entre Rusia y Ucrania.
166. Vladímir Zhirinovski, líder del Partido Liberal Democrático, vencedor en las elecciones legislativas de 1993 a la nueva Duma creada por Yeltsin. Se jacta de no haber sido miembro del PCUS, pero hay quien le acusa de haber tenido vínculos con el KGB.
167. Emisora estatal estadounidense de onda corta, veterana, junto con Radio Moscú Internacional, del ping-pong radiofónico de la guerra fría, cuando las autoridades soviéticas interferían sus frecuencias. Su popularidad entre los rusos no decayó ni siquiera en el periodo de glasnost. Sustentada por la CÍA, en sus emisiones afirma estar financiada "por el Congreso de los EEUU" bajo el lema: "En aras de la paz y la comprensión mutua". A diferencia de La Voz de América, que refleja la postura oficial de Washington, Radio Liberty es un órgano de opinión con una programación menos formal, pero que sin embargo ha ejercido una enorme influencia en el desenlace de la reforma soviética desde 1985. Actualmente puede sintonizarse en Moscú en la onda media.
168. En 1960 en la Asamblea General de la ONU, Nikita Jruschov blandió su zapato sobre la mesilla que había ante su asiento. En la sala se estaba debatiendo la cuestión húngara y Jruschov, en contra de lo que había acordado con el resto de la delegación soviética, decidió no abandonar la sala.
169. El 3 de octubre de 1993, tras fracasar todos los intentos de compromiso, Borís Yeltsin cañoneó el Parlamento ruso para conseguir su disolución. El Soviet Supremo (Parlamento), elegido cuando aún existía la URSS, planteaba un proyecto de constitución que, a diferencia del de Yeltsin, establecía la posibilidad de un control parlamentario sobre la actividad del presidente. La crisis se saldó con ciento cincuenta muertos (según cifras oficiales; entre doscientos y seiscientos, según otras investigaciones), la mayoría, civiles desarmados. Un año más tarde, el ex primer ministro Yegor Gaidar, uno de los inspiradores de los sucesos, reconocía que el Parlamento había sido elegido democráticamente y que entre el presidente y la cámara "no había claras diferencias políticas".
170. En los años de socialismo en la URSS, una de las consignas al uso era la de "Un radiante porvenir" de abundancia material y sociedad sin clases.
171. Gaidar, Yegor Timúrovich, ministro de Economía y viceprimer ministro en 1991. Cerebro de una reforma que provocó su dimisión.
172. Es decir, Borís Yeltsin.
173. De hecho, la prensa se refería a él como "terapia de choque" y algunos chistes, como "choque sin terapia".
174. Gustave Le Bon (1841 -1931). Médico y sociólogo francés. Divulgador de la psicología colectiva y autor de Les lois psychologiques de l'évolution des peuples (Las leyes psicológivas de la evolución de los pueblos - 1894) y Psychologie des foules (Psicología de las masas - 1895).
175. Rossiyanin en ruso. El término se emplea actualmente con más frecuencia que en la época soviética, cuando, sin especificar nacionalidades, los líderes políticos podían utilizar "ciudadanos soviéticos" o "camaradas".
176. Bulgákov, Serguei Nikoláyevich (1871-1944). Economista, filósofo y teólogo ruso. En 1918, tras haber abandonado el marxismo, adoptó el sacerdocio y vivió exiliado desde 1923 en París.
177. Véase nota 23.
178. Gulag es el nombre de un archipiélago imaginario con que el autor tituló su obra homónima. Los campos penitenciarios, diseminados como islas por la geografía soviética, componen un archipiélago que responde a las siglas rusas de Dirección Estatal de Campos de Reclusión.
179. Véase nota 99.
180. Los cheques de privatización.