Semblanza de Alexander Solyenitzin 

La Editorial

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ALEXANDER SOLYENITZIN

SEMBLANZA DE
ALEXANDER SOLYENITZIN

Del Archipiélago Gulag a la Perestroika (y más allá...)

Buenos Aires 2008


INDICE

Biografía
El Gulag
Disertación Sobre Literatura (1970)
Discurso en el Banquete a los Premios Nobel (Diciembre 1974)
No vivas en la mentira (1974)
¿Qué clase de democracia es ésta? (Enero, 1997)
La Hipocresía de Fin de Siglo (Septiembre 1997)
Un Mundo Escindido (Junio 1978)
Joseph Pearce entrevista a Alexander Solyenitzin (Febrero 2003)


Otras Obras Recomendadas

Alexander Solyenitzin
El Archipiélago Gulag
Fiodor Dostoievski
Memorias de la Casa de los Muertos
Alain de Benoist
Comunismo y Nazismo
Antony Sutton
Wall Street y los Bolcheviques



No deja de ser curioso como las atrocidades cometidas por el régimen comunista de la Unión Soviética resultan por lo general púdicamente barridas bajo la alfombra por la enorme mayoría de los medios masivos de difusión. Sin embargo, aunque hayan sido pocos los sobrevivientes, entre ellos figura nada menos que el Premio Nobel de Literatura (1970) Alexander Solyenitzin. También es bastante sorprendente cómo este hombre, luego de haber sido premiado, glorificado y enzalzado en Occidente por revelar la verdad sobre el régimen soviético, haya sido — y casi con la misma energía — injuriado, difamado y escarnecido cuando se dedicó a revelar la verdad sobre el régimen capitalista. Probablemente a los seres humanos no nos gusta tener que oír la verdad. Mayor mérito les cabe, pues, a quienes, aún a pesar de ello, se atreven a proclamarla.


BIOGRAFÍA

Alexander Solyenitzin

La escuela de Kislovodsk
Rostow sobre el Don
Alambrada de un campo en el GULAG
Torres de vigilancia en el campo
El Campo Perm 36 (Reconstruido)

El portal de entrada al campo de Vorkuta durante la década de 1950. La leyenda sobre el arco dice: "El trabajo en la URSS es una cuestión de honor, gloria, orgullo y heroismo ". En comparación, el escueto Arbeit macht frei (El trabajo libera) de Auschwitz hasta parecería relativamente modesto.

Un "trabajo correccional"
La sharashka de "El Primer Círculo"
El "hospital" de los prisioneros
Yacimientos de carbón en Ekibastuz
Solyenitzin en Ekibastuz
Kazakistan
Tashkent
Ryazan
Solyenitzin en Vermont (EE.UU.)

Los Primeros Años

Alexander Solyenitzin nació un 11 de Diciembre de 1918 en la localidad de Kislovodsk, Rusia.

Su padre que se había dedicado a estudios filológicos no completó su carrera ya que se alistó como voluntario cuando estalló la guerra de 1914, sirvió como oficial de artillería en el frente alemán, combatió durante toda la guerra y falleció en el verano de 1918, seis meses antes de que naciera su hijo Alexander.

El niño fue criado por su madre que trabajaba de taquimecanógrafa en la localidad de Rostow, sobre el Don. Allí Solyenitzin pasó toda su infancia y su juventud, egresando del colegio secundario en 1936.

Ya de niño, sin ninguna incitación por parte de alguien, quiso ser un escritor y ya a temprana edad escribió una buena cantidad de obras primerizas. Durante la década de los años ’30 del Siglo XX trató de publicar sus escritos pero no consiguió hallar nadie dispuesto a aceptarlos. Quiso también adquirir una educación literaria pero eso no era posible en Rostow y un traslado a Moscú resultaba igual de imposible, en parte porque la madre se hallaba sola y con la salud quebrantada, en parte porque el proyecto se hallaba más allá de sus modestos recursos económicos.

Consecuentemente, se inscribió en la Universidad de Rostow para estudiar en el Departamento de Matemáticas dónde descubrió que tenía considerable talento para las ciencias exactas. Pero, si bien le resultó fácil dominar la materia, sintió que no deseaba dedicarle toda su vida. Con todo, ese conocimiento le resultaría muy beneficioso en al menos dos momentos dramáticos de su vida a tal punto que, gracias al mismo, conseguiría escapar de la muerte. Más tarde, entre 1939 y 1941, paralelamente a sus estudios de física y matemáticas, estudió literatura por correspondencia en el Instituto de Historia, Filosofía y Literatura de Moscú.

Guerra y Prisión

En 1941, poco antes del estallido de la guerra entre Rusia y Alemania, se graduó como físico y matemático en la Universidad de Rostow. Al principio del conflicto, debido a su endeble salud, fue destinado a servir de conductor de vehículos con tracción a sangre durante el invierno de 1941/42. Más tarde, por sus conocimientos de matemática, fue transferido a una escuela de artillería de la cual, después de un curso relámpago, egresó en Noviembre de 1942. Inmediatamente después se le confirió el comando de una compañía de artillería y sirvió en dicho puesto hasta que fue arrestado en Febrero de 1945.

Fue arrestado porque, en la correspondencia del período 1944/45 con un amigo de su época escolar, la censura encontró algunas observaciones irrespetuosas sobre Stalin. Como una “prueba” suplementaria a la acusación, se utilizaron borradores de historias y anotaciones que se encontraron entre sus pertenencias. Las “pruebas”, sin embargo, no eran suficientes para un “juicio” en regla y, por consiguiente, en Julio de 1945, de acuerdo con un procedimiento entonces muy en boga, en virtud de la resolución de un comité especial de la NKVD, fue “sentenciado”, en ausencia, a ocho años de confinamiento en un campo de prisioneros. Lo verdaderamente dramático del caso es que, por aquellos tiempos en Rusia, una sentencia así era considerada leve.

Allí comenzó su largo y terrible peregrinar por lo que luego sería el título de su obra más conocida: el "Archipiélago Gulag".

La palabra "GULAG" en realidad, es un acrónimo. Viene del ruso "Glavnoye Upravleniye Ispravitelno-trudovykh Lagerey", significando "Directorio Supremo de Campos Correccionales de Trabajo" y se refiere al conjunto de campos de concentración que el servicio de seguridad política soviético (sucesivamente denominado como Cheka, OGPU, NKVD MGB/MVD y finalmente KGB) tenía diseminados en forma de "archipiélago" por todo el territorio de la URSS.

Los campos de concentración

Solyenitzin cumplió la primera parte de su condena en “campos correccionales de trabajo” de varias clases. En 1946, como matemático, fue transferido a un grupo de investigación científica del Ministerio de Asuntos Internos y el Ministerio de Seguridad del Estado.

Pasó el período medio de su condena en esa clase de “empresas fantasma” o sharashkas de las que surgiría luego el entorno de su El Primer Círculo. En 1950 fue enviado a los recientemente establecidos “campos especiales” destinados exclusivamente a prisioneros políticos. En uno de ellos, ubicado en el pueblo de Ekibastuz en Khazakistán, trabajó como minero, como albañil y como metalúrgico. De aquí nació su libro Un día en la vida de Iván Denisovich, pero aquí también contrajo un tumor canceroso que fue extraído más tarde, aunque no definitivamente curado.

Un mes después de haber cumplido la totalidad de la condena de ocho años, sin ningún tipo de juicio adicional, sin siquiera otra resolución del Ministerio, tan sólo en virtud de una decisión administrativa, en lugar de ser puesto en libertad, resultó exiliado de por vida a Kok-Kerek en el Sur de Kazakistán. La medida no estaba dirigida especialmente contra su persona. Simplemente era lo acostumbrado en aquella época y en la Unión Soviética.

El exilio duró desde Marzo de 1953 (el año de la muerte de Stalin) hasta Junio de 1956. Durante el mismo, el tumor evolucionó rápidamente y, hacia fines de 1953, Solyenitzin se encontró muy cerca de la muerte. Ya no podía comer, ni dormir, y el tumor le producía graves desórdenes orgánicos. Sin embargo, consiguió ser trasladado a Tashkent dónde, durante 1954, se sometió a un tratamiento exitoso. De esta época es su El Pabellón de Cáncer.

El escritor

Durante los años de su exilio, enseñó matemáticas y física en una escuela primaria escribiendo prosa en secreto. Consiguió salvar lo que había escrito y llevárselo consigo hacia otros destinos en los que, de la misma forma, se dedicó oficialmente a enseñar y a escribir en secreto. Transitó así, primero por el distrito de Vladimir – en dónde nació La Granja de Matryona – y después en Ryazan.

Durante todos los años hasta 1961 no sólo vivió convencido de que jamás vería sus obras impresas en vida sino que, además, apenas si se atrevió a mostrar a sus más íntimos algunos fragmentos, eternamente temiendo que alguien más se enterase de lo que estaba haciendo. Pero, a la larga, el anonimato literario comenzó a desgastarlo. Lo que más le pesaba era que no podía recibir la opinión de personas con algún conocimiento en literatura. Así, en 1961, después del 22° Congreso del Partido Comunista de la URSS y después del discurso de Tvardovsky ante el mismo, decidió salir del anonimato con Un Día en la Vida de Iván Denisovich.

La decisión era extremadamente peligrosa. No sólo podía traer consigo otro arresto sino, además, la pérdida de todos sus manuscritos. Pero, en esa ocasión tuvo suerte, y después de una serie de prolongados esfuerzos A.T. Tvardovsky consiguió publicar esa novela un año más tarde en la prestigiosa revista Novy Mir (Nuevo Mundo). Pero la impresión del libro fue detenida casi inmediatamente por las autoridades las que, en 1964, prohibieron tanto sus obras de teatro como a su novela El Primer Círculo la que fue secuestrada en 1965 conjuntamente con sus papeles de los últimos años. Con todo, en 1963 había conseguido publicar Nunca cometemos errores y, al año siguiente, Por el Bien de la Causa.

Premio Nobel y exilio

A pesar de persecuciones, prohibiciones y arrestos, sus obras consiguieron poco a poco trascender las férreamente custodiadas fronteras de Rusia. En 1970 le fue otorgado el Premio Nobel que no pudo ir a recibir personalmente por la presión de las autoridades de su propio país. Fue deportado a la entonces República Popular Alemana (Alemania Oriental) y en 1974, un año después que se publicara El Archipiélago Gulag, en Francia, los soviéticos le retiraron la ciudadanía.

Emigró a los Estados Unidos estableciéndose en Vermont. Los americanos lo recibieron con los brazos abiertos, esperanzados de encontrar en él a un vitriólico crítico del sistema comunista en medio de la batalla propagandística de la Guerra Fría. Se equivocaron. Si bien Solyenitzin nunca cesó de mostrar las falencias y demostrar la inviabilidad del sistema comunista, su posición fue la de un escritor moralmente íntegro. Mientras estuvo en su propio país, criticó y expuso las barbaridades del sistema bajo el cual vivía. Pero quienes esperaban que siguiese criticando a su patria desde el extranjero se encontraron con la desagradable sorpresa de hallarse frente a un hombre que ahora criticaba, y sin demasiados miramientos precisamente, las falencias y los defectos del sistema capitalista. Los americanos no sólo no consiguieron instrumentarlo para sus fines propagandísticos sino que, encima, tuvieron que soportar la sinceridad de un intelectual insobornable que jamás consintió en dejar de llamar las cosas por su verdadero nombre, sin ocultamientos y sin hipocresías.

Esa actitud le granjeó una buena cantidad de enemigos también en Occidente y explica buena parte de las críticas de las que fue objeto, la mayoría de las veces de un modo extremadamente desleal, muchas veces con burdas mentiras y casi siempre con argumentos por demás objetables.

Regreso a Rusia

Con la llegada de Gorbachov al poder a mediados de la década de 1980 y la implementación de la glasnost, la censura que pesaba sobre el trabajo literario de Solyenitzin fue eliminada y sus obras se publicaron otra vez en Rusia.

Recuperó su ciudadanía en 1990 y regresó a Rusia en el verano de 1994, tras veinte años de exilio. Llamado a proponer alternativas al régimen soviético, rechazó el énfasis Occidental sobre la democracia y la libertad individual, pugnando, en cambio, por la formación de un régimen justo, pero con firme autoridad, que pusiese los tradicionales valores cristianos de Rusia por encima del materialismo utilitarista de Occidente.

Falleció un Domingo 3 de Agosto de 2008. Su ataúd fue custodiado por una guardia de honor militar en un salón de la Academia de Ciencias de Rusia por el que desfiló una impresionante multitud. Entre ellos estuvo el primer ministro Vladimir Putin.

Vladimir Putin; el hombre fuerte de Rusia y ex-oficial de la KGB le rindió honores a Alexander Solyentitin, el ex-preso y uno de los pocos sobrevivientes del GULAG.

Al fallecer, Solyenitzin tenía 89 años.

Y la Historia tiene esas ironías. . .

 

OBRAS PRINCIPALES:

El Archipiélago Gulag (1973)
El primer círculo (1968
Un día en la vida de Iván Denisovich (1962)
El pabellón del cáncer (1968-1969)
Nunca cometemos errores (1963)
Por el bien de la causa (1964).
"Agosto 1914" (1971)
Cómo reorganizar Rusia (1990)
El problema ruso al final del siglo XX (1992).


EL GULAG

Para la generación posterior a la Guerra Fría del Siglo XX, la vida y la obra de Alexander Solyenitzin resultará casi incomprensible si no se la pone dentro del marco de los acontecimientos históricos.

Después de la Revolución Bolchevique de 1917, año en que los comunistas rusos derrocaron al régimen monárquico de los zares hacia fines de la Primera Guerra Mundial, el líder principal de esa revolución — V.I. Lenin — anunció que cualquier "enemigo de la clase obrera", aún sin la existencia de pruebas concretas que demostrasen su culpabilidad, debía ser tratado como un criminal. Basándose en la estructura penal preexistente, los comunistas ya a principios de su revolución comenzaron a encerrar en campos de concentración, mayormente distribuidos por Siberia, a todos los que consideraron "enemigos de clase", una denominación genérica bajo la cual se entendió especialmente a todos los adversarios políticos, disidentes, ex-aristócratas, terratenientes, comerciantes y burgueses en general.

Oficialmente, el Gulag se estableció el 25 de Abril de 1930 — casi tres años antes de la llegada al poder de Adolfo Hitler en Alemania — en virtud de la órden 130/63 de la OGPU que implementaba el decreto 22 p.248 del Sovnarkom del 7 de Abril del mismo año. Originariamente bautizado como "ULAG" recibió su denominación definitiva de "GULAG" en Noviembre de 1930.

Quien más acrecentó y expandió el sistema de campos de concentración soviéticos fue Stalin. Bajo su régimen, el colapso de los proyectos estatales, las malas cosechas, los accidentes, las fallas de producción y los gruesos errores de planificación, fueron sistemática y rutinariamente atribuidos por la burocracia estatal a hipotéticos actos de corrupción o sabotaje. Con ello, resultó sencillo atribuir los fracasos del régimen a supuestos criminales y saboteadores para arrestarlos en masa. En forma simultánea, el régimen comunista impulsó un programa de intensiva industrialización en Rusia. Esto trajo consigo una creciente necesidad de recursos naturales, materias primas y, no en última instancia, mano de obra barata. Con ello, a la policía política directamente se le impusieron "cuotas" de arresto mediante las cuales prácticamente se la forzaba a arrestar determinada cantidad de "enemigos de clase", con lo que se extendieron las denuncias, y los juicios sumarísimos terminaron siendo meros trámites administrativos con sentencia establecida de antemano. La base "legal" para estas sentencias prácticamente automáticas fue el famoso Artículo 58 del Código Penal soviético que le otorgaba al Estado un poder virtualmente ilimitado sobre cualquier persona residente en la URSS.

Hacia principios y hasta mediados de la década del 1930, el Gulag se fué endureciendo a medida en que el poder de Stalin se consolidaba y la actividad de la policía política se extendía. Por aquella época, empecinado en industrializar a Rusia a toda costa, Stalin solía justificar los excesos diciendo: "Cuando se corta madera, vuelan astillas". Para ser equitativos, habrá que decir que la industrialización rusa fue probablemente uno de los mayores logros de Stalin. Pero no menos cierto es que la calidad de esa industria terminó siendo por demás discutible y, en todo caso, el costo que la población pagó por ella fue enorme.

La red de cárceles, campos de concentración y prisiones administradas por el Gulag, y diseminadas por todo el territorio de la URSS (eso que a través de Solyenitzin conocemos como el "archipiélago" Gulag por las múltiples "islas" que formaban la red), constituyó un gigantesco aparato penal que incluía a varias clases de instituciones. Por ejemplo, bajo la dirección de Lavrenty Beria, quien estuvo al frente tanto de la NKVD como del programa nuclear soviético hasta 1953, miles de prisioneros del Gulag fueron usados para trabajar en las minas de uranio y construir las instalaciones de pruebas nucleares en Novaya Zemlya, la isla Vaygach y Semipalatinsk entre otros sitios. De hecho, la primer prueba nuclear soviética tuvo lugar en Semipalatinsk, en 1949.

Pero, además de los campos de trabajos forzados de diversas clases, la burocracia comunista rusa montó toda una variedad de prisiones. Estaban, por ejemplo, las sharashka — una palabra rusa cuyo significado aproximado es "empresa fantasma" — que en realidad eran laboratorios secretos donde los científicos encarcelados, algunos de ellos de renombre, se dedicaron a desarrollar nuevas tecnologías y a hacer trabajos puntuales de investigación. Solyenitzin, por su condición de físico y matemático estuvo por un tiempo en una de ellas. Otro recurso de la policía política era el de declarar "demente" al acusado, especialmente si se trataba de un adversario político de cierto prestigio. Para esta clase de detenidos existían las psikhushka — que significa algo así como "loquero" — dónde el detenido era forzadamente sometido a tratamiento psiquiátrico. La psikhushka se utilizó especialmente luego del desmantelamiento oficial del Gulag en 1960 para aislar y quebrar a los prisioneros políticos, como en el caso de Vladimir Bukovsky y de Pyotr Grigorenko, tan sólo para citar algunos. Hubo campos y zonas especiales para niños — los maloletki = menores de edad — para madres con crituras — los mamki — y hasta para discapacitados (p.ej. en Spassk). Para muchos detenidos la burocracia policial tenía una categoría especial: la de "miembro de familia de traidor a la Patria". Consecuentemente, hubo también campos de concentración destinados a las esposas de los "traidores a la Patria". En los tres últimos casos citados, los prisioneros eran considerados "no productivos", probablemente un eufemismo por no decir directamente "inútiles", lo cual explica de alguna manera las condiciones especialmente inhumanas y la tasa extraordinariamente alta de mortandad en estas instituciones.

La geografía del "archipiélago" fue tan vasta como compleja. Al principio las ubicaciones para los campos de concentración se determinaron teniendo en cuenta sobre todo el aislamiento de los prisioneros. En virtud de ello, se comenzó eligiendo con preferencia remotos monasterios expropiados por el Estado. La prisión de las Islas Solovetzky fue una de las primeras y más conocidas, organizada muy poco después de la Revolución Bolchevique de 1918. Luego, cuando el énfasis de la burocracia partidaria giró hacia el reclutamiento forzoso de mano de obra barata, se construyeron nuevos campos de concentración por todo el territorio que cayó dentro de la órbita de influencia soviética. Surgieron así nuevos campos sencillamente allí en dónde el programa económico impuesto por el Estado dictaba su necesidad, o bien en dónde se iniciaron proyectos específicamente basados en el trabajo forzado como fue, tanto como para citar dos ejemplos, el caso del Canal de Belomor o el de la línea de comunicación Baikal-Amur. De hecho, incluso partes del famoso subterráneo de Moscú y de las instalaciones de la Universidad Estatal de Moscú fueron construidas por prisioneros. Al final, las "islas" del "archipiélago" Gulag abarcaron buena parte del amplio espacio ocupado por la industria soviética.

Con todo, la mayoría de estos campos se situó en las más remotas regiones de la Unión Soviética. De los del Noreste los más conocidos son Sevvostlag, a lo largo del río Kolyma, y Norilag cerca de Norilsk. Los del Sureste estuvieron mayormente en las estepas de Kazakistán (Luglag, Steplag, Peschanlag). Se trataba de regiones enormes, prácticamente deshabitadas, sin mayores recursos en materia de alimentos y sin caminos ni rutas transitables (la construcción de caminos y líneas férreas fue una de las tareas llevadas a cabo por los prisioneros) pero las áreas eran, por lo general, ricas en minerales y otros recursos naturales tales como la madera. Sin embargo, a pesar de esta concentración relativa, los campos de concentración se encontraban desparramados por toda la Unión Soviética, incluyendo las partes europeas de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. También hubo varios campos bajo el control directo del Gulag pero ubicados fuera de la URSS propiamente dicha, en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Mongolia.

Un detalle que quizás valga la pena mencionar es que no todos los campos estuvieron fortificados o rodeados de vallas, alambrados de púas y torres de observación, tal como se observa en las fotografías "clásicas". La realidad es que algunos, sobre todo en Sibera, estaban demarcados solamente por postes. La huída se hallaba prácticamente imposibilitada por miles de kilómetros de estepa vacía, un clima extraordinariamente severo y perros rastreadores asignados a cada campo. Si bien es cierto que durante el período 1920/1930 algunas tribus nativas (no rusas) de Siberia con frecuencia ayudaron a los fugitivos, también es cierto que a veces los prisioneros escapados eran criminales comunes — ya que, obviamente, no todos los prisioneros eran presos políticos y los criminales más agresivos eran los más propensos a correr el riesgo de huir — y, en estos casos, las tribus mencionadas resultaron víctimas de esos criminales en fuga. Con el correr del tiempo, sobre la base de estas experiencias y seducidos, además, por las recompensas ofrecidas por el gobierno soviético, los habitantes nativos de las zonas del Gulag comenzaron a colaborar con las autoridades en la captura de los prisioneros fugados.

De cualquier manera, la gran mayoría de los evadidos no conseguía su propósito de todos modos. Por ejemplo, el área ubicada a lo largo del río Indigirka fue conocida como una especie de Gulag dentro del Gulag. En esta zona, en el pueblo de Oymyakon, se llegaron a registrar en invierno temperaturas de hasta 72°C bajo cero.

A lo largo de los años, a pesar de una enorme tasa de mortandad, la población del Gulag creció exponencialmente. Durante 1931/32 se estima que había unas 200.000 personas en los campos de concentración. Para 1935 la cifra había crecido a un millón y en 1937, después de las "Grandes Purgas" por medio de las cuales Stalin se deshizo de sus competidores más conspicuos dentro del Partido Comunista, los campos ya contenían alrededor de dos millones de personas.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939/1945) la población del Gulag disminuyó debido a dos factores principales: por un lado, cientos de miles de prisioneros fueron "liberados" para ser llevados en masa al frente de guerra y, por el otro lado, la mortandad en los campos aumentó dramáticamente, en especial durante los años 1942/1943. Después de 1945 el número de prisioneros volvió a aumentar hasta alcanzar, a principios de la década del 1950, un volumen cercano a 2.5 millones de personas. Si bien algunos de estos prisioneros fueron desertores y criminales comunes, una cantidad sustancial estuvo constituida por personas que habían caído prisioneras de los alemanes o sus aliados y que, habiendo sido repatriados a Rusia, ahora resultaban acusados de haber fraternizado con el enemigo. A este número se le agregaron poco más tarde grandes contingentes de personas detenidas en los territorios ocupados por Rusia a tal punto que, durante muchos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, una minoría muy significativa de la población del Gulag estuvo constituida por alemanes, finlandeses, húngaros, polacos, rumanos y otras nacionalidades "liberadas" por el Ejército Soviético durante la guerra. Lo macabramente irónico es que hubo varios casos de personas que habían sobrevivido en la prisión de los campos de concentración alemanes tan sólo para ser detenidas de nuevo y encerradas en los campos de concentración soviéticos.

Después de la muerte de Stalin en Marzo de 1953, el Partido Comunista Soviético continuó manteniendo la estructura del Gulag por un tiempo más. Luego, un número importante de criminales comunes fue liberado en virtud de una amnistía. La liberación de los presos políticos comenzó en 1954 y se amplió en 1956 luego del discurso secreto de Nikita Khrushchev ante el 20° Congreso del Partido Comunista en Febrero de 1956, oportunidad en que la dirigencia soviética comenzó a distanciarse del stalinismo. Oficialmente, el Gulag terminó el 25 de Enero de 1960 por la Resolución 20 del MVD, siendo que la propia MVD fue eliminada por la Resolución 44-16 del Presidium del Consejo Supremo de la URSS, aunque resurgiría casi inmediatamente como la KGB.

Es difícil calcular la cantidad de personas que fallecieron en los campos de concentración soviéticos. La población relativamente estable del Gulag de entre 1.5 a 2.5 millones de personas se hallaba expuesta a una altísima tasa de mortandad y los números indicados sólo pudieron mantenerse relativamente constantes con una permanente campaña de arrestos y deportaciones. Las estimaciones más conservadoras indican que, para el período comprendido entre 1918 y 1956, la cantidad de muertos en los campos de concentración soviéticos oscila entre 15 y 30 millones de personas. No obstante, otros cálculos hablan de por lo menos 60 millones de seres humanos que, directa o indirectamente, resultaron víctimas de la política aplicada y murieron en el "archipiélago" durante las casi cuatro décadas de su existencia.

Cualquiera que haya sido el número total de víctimas del régimen, lo documentado y comprobado es que las tasas de mortandad en el Gulag fueron altísimas, llegando en algunos campos hasta el 80% sobre todo durante el invierno siberiano y muy especialmente en aquellos campos dedicados a la minería y a la tala de árboles o a la construcción de caminos. Los presos estaban obligados a cumplir cuotas de producción casi imposibles de alcanzar, el trato de los guardiacárceles era brutal en el mejor de los casos y refinadamente sádico por regla; a todo lo cual cabría agregar el hambre, la falta de vestimenta apropiada, la carencia de calefacción, las enfermedades infecciosas, el hacinamiento y la ausencia de la higiene más elemental.

Muy pocos sobrevivieron para contar su historia.

Alexander Solyenitzin fue uno de esos pocos. En parte, es justo por eso que su testimonio y su opinión resultan especialmente valiosos porque, de alguna manera y como decía Schopenhauer, el sufrimiento es la madre de la sabiduría.



Disertación sobre literatura
(Entregado a la Academia Sueca, con motivo del otorgamiento del Premio Nobel en 1970, pero no pronunciada en realidad por su autor)

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Igual que el sorprendido salvaje que ha levantado – ¿un extraño desperdicio arrojado por el mar? - ¿algo desenterrado de la arena? - ¿o un oscuro objeto caído del cielo? – intrincado en sus curvas, al principio brilla con timidez y luego con una refulgente explosión de luz. De la misma manera en que lo hace girar de un lado para el otro, lo invierte, tratando de descubrir qué hacer con él, tratando de descubrir alguna función mundana que esté al alcance de su mano, sin soñar siquiera con su función superior.

De la misma manera nosotros, sosteniendo el arte en nuestras manos, confiadamente nos consideramos sus amos. Audazmente lo dirigimos, lo renovamos y lo manifestamos, lo vendemos por dinero, lo usamos para agradar a los que tienen el poder, en un momento lo convertimos en esparcimiento – directamente en canciones populares y clubes nocturnos – y al momento siguiente – tomando el arma más a mano, sea corcho o garrote – en algo útil a las necesidades pasajeras de la política o de fines sociales miopes. Pero el arte no se amilana por nuestros esfuerzos, ni se aparta tampoco de su verdadera naturaleza. Por el contrario: en cada ocasión y en cada aplicación nos ofrece una parte de su secreta luz interior.

Pero ¿accederemos alguna vez a la totalidad de esa luz? ¿Quién se atrevería a decir que ha definido el arte, enumerado todas sus facetas? Quizás hubo alguna vez alguien que comprendió y que nos lo dijo, pero no quedamos satisfechos con eso por mucho tiempo; lo escuchamos, lo descuidamos, a veces lo echamos, apurándonos como siempre para intercambiar incluso lo más excelso - ¡con tal de hacerlo por algo nuevo! Y cuando se nos vuelve a decir la antigua verdad, ya ni siquiera recordaremos que alguna vez la poseímos.

Un artista se ve a si mismo como el creador de un mundo espiritual independiente; se echa sobre los hombros la tarea de crear ese mundo, de poblarlo y de aceptar las más amplias responsabilidades por él; pero sucumbe bajo su peso porque ningún genio mortal es capaz de sobrellevar una carga así. Y si lo vence el infortunio, le echa la culpa a la eterna falta de armonía en el mundo, a la complejidad del alma desgarrada de la actualidad, o a la estupidez del público.

Otro artista, reconociendo un poder superior por encima de él, trabaja contento como un modesto aprendiz bajo el cielo de Dios y, sin embargo, su responsabilidad por todo lo que ha escrito, por las almas que perciben su trabajo, es más exigente que nunca. Pero, en contrapartida, no es él quien ha creado este mundo, no es él quien lo dirige, no tiene duda en cuanto a sus fundamentos; ese artista sólo tiene que ser más agudamente consciente que los demás de la armonía del mundo, de la belleza y de la fealdad de la contribución humana al mismo, y comunicar eso con precisión a sus semejantes. Y en el infortunio, aún en los abismos de la existencia – en exilio, en prisión, en enfermedad – su sentido de estable armonía nunca lo abandona.

Pero toda la irracionalidad del arte, sus sorprendentes giros, sus descubrimientos impredecibles, su demoledora influencia sobre los seres humanos – todo ello está demasiado lleno de magia para ser agotado por la cosmovisión del artista, por su concepción artística o por el trabajo de sus indignos dedos.

Los arqueólogos no han descubierto eras de existencia humana tan antiguas que no hayan tenido arte. Hace mucho tiempo atrás, en los tempranos albores de la humanidad, lo recibimos de Manos que fuimos demasiado lentos en discernir. Y fuimos demasiado lentos en preguntar: ¿para qué propósito nos ha sido dado este regalo? ¿Qué se supone que debemos hacer con él?

Y estuvieron equivocados, y estarán siempre equivocados, los que profetizaron que el arte se desintegraría, que no viviría más allá de sus formas y que moriría. Somos nosotros los que moriremos – el arte permanecerá. ¿Comprenderemos, aún en el día de nuestra destrucción, todas sus facetas y todas sus posibilidades?

No todo asume un nombre. Algunas cosas se encuentran más allá de las palabras. El arte inflama incluso a un alma congelada y oscura haciéndole vivir una alta experiencia espiritual. A través del arte somos visitados – sutil y brevemente – por revelaciones que no pueden producirse mediante el pensamiento racional.

Como ese pequeño catalejo de los cuentos de hadas: mira a través de él y verás – no a ti mismo – sino, por un segundo, lo Inaccesible, adónde ningún hombre puede cabalgar, ningún hombre puede volar. Y sólo el alma lanza un gruñido...

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Un buen día Dostojevsky lanzó la enigmática observación: “La belleza salvará al mundo”. ¿Qué clase de afirmación es ésa? Por mucho tiempo la consideré tan sólo como una serie de simples palabras. ¿Cómo sería eso posible? ¿Cuándo en la sangrienta Historia la belleza salvó a alguien de algo? Ennoblecido, enaltecido, sí – pero ¿a quién ha salvado?

Sin embargo, existe cierta peculiaridad en la esencia de la belleza, una peculiaridad en el rango del arte y es que el poder de convicción de una auténtica obra de arte es completamente irrefutable y obliga a la rendición hasta a un corazón opositor. Es posible construir un aparentemente suave y elegante discurso político, un artículo enérgico, un programa social, o un sistema filosófico sobre la base de tanto un error como una mentira. Lo que está oculto, lo que ha sido distorsionado, no se volverá inmediatamente obvio.

Luego un discurso, un artículo, un programa opuesto; una filosofía diferentemente construida llama a la oposición – todo exactamente igual de elegante y suave; y de nuevo la cosa funciona. Que es la razón por la cual se confía y también se desconfía de estas cosas.

Es en vano reiterar lo que no llega al corazón.

Pero una obra de arte lleva en si misma su propia verificación: los conceptos inventados o estirados no soportan ser retratados en imágenes; se derrumban todos, aparecen enfermizos y pálidos, no convencen a nadie. Pero las obras de arte que han desenterrado la verdad y nos la han presentado como una fuerza viviente – ésas se aferran a nosotros, nos exigen, y nadie jamás, ni siquiera en las épocas que vendrán, aparecerá para refutarlas.

Así que, quizás, la antigua trinidad de Verdad, Bondad y Belleza no es simplemente una fórmula vacía y desteñida como supusimos en los días de nuestra confiada y materialista juventud. Si las copas de estos tres árboles convergen como lo afirmaban los escolásticos, si los sistemas demasiado obvios, demasiado directos de Verdad y Bondad resultan aplastados, podados, impedidos de abrirse paso, entonces, quizás, los fantásticos, los impredecibles, los inesperados retoños de la belleza emergerán y ascenderán a exactamente el mismo lugar . Haciéndolo, ¿llegarán a hacer el trabajo de los tres?

En ese caso, la observación de Dostojevsky: “La belleza salvará al mundo”, ¿no habrá sido una frase tirada al descuido sino una profecía? Después de todo, a él le fue dado ver mucho, siendo, como fue, un hombre de una fantástica iluminación.

Y, en ese caso, ¿podrá la literatura realmente ayudar al mundo hoy día?

El escaso conocimiento que, a lo largo de los años, he conseguido obtener en esta materia es lo que intentaré exponer ante vosotros aquí y ahora.

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Al subir a la plataforma desde la cual se lee la disertación relativa a un Premio Nobel – una plataforma demasiado lejana para cualquier escritor y disponible solamente una vez en la vida – no he subido uno o dos escalones improvisados sino cientos y hasta miles de ellos; peldaños inexorables, abruptos, helados, conduciendo hacia fuera de la oscuridad y el frío dónde fue mi destino sobrevivir mientras otros – quizás con un talento mayor y mas intenso que el mío – han perecido. De ellos conocí a algunos pocos en el Archipiélago GULAG (la Dirección Central de los Campos Correccionales de Trabajo), diseminados por la fraccionaria multitud de sus islotes. Bajo la presión de las ruedas de molino de la vigilancia y la desconfianza, no hablé con todos ellos; de algunos solamente oí hablar y sólo conjeturé la existencia de otros. Aquellos que cayeron en ese abismo llevando ya un nombre literario, al menos son conocidos; pero ¿cuántos nunca serán reconocidos, cuántos no serán nombrados una sola vez en público? Porque virtualmente ninguno de ellos consiguió regresar. Toda una literatura nacional quedó allá, arrojada al olvido, no sólo sin sepultura sino hasta sin ropa interior, desnuda, con un número colgado de un dedo del pie. ¡La literatura rusa no cesó de existir ni por un instante pero, desde el exterior, pareció un desierto! Allí en dónde un pacífico bosque pudo haber crecido, después de la toda la tala quedaron dos o tres árboles inadvertidos por casualidad.

Parado aquí hoy, acompañado por las sombras de los caídos, permitiendo con la frente inclinada que pasen los anteriores que fueron dignos de precederme en llegar a este lugar; estando parado aquí ¿cómo podría yo adivinar y expresar lo que ellos hubieran querido decir?

Esta obligación ha pesado largo tiempo sobre nosotros y la hemos comprendido. En las palabras de Vladimir Solovev:

Aún en cadenas, nosotros mismos debemos completar
ese círculo que los dioses nos han trazado.

Con frecuencia, en las dolorosas pesadillas del campo, en una columna de prisioneros, cuando la cadena de faroles perforaba la sombra de las heladas del atardecer, surgirían dentro de nosotros las palabras que hubiéramos deseado gritarle a todo el mundo si el mundo hubiese podido escuchar a tan sólo a uno de nosotros. En ese momento todo parecía tan claro: lo que diría nuestro exitoso embajador, y cómo el mundo respondería inmediatamente con su comentario. Nuestro horizonte abarcaba bastante claramente tanto cosas físicas como movimientos espirituales, y no veíamos ninguna asimetría en el mundo indivisible. Estas ideas no provienen de libros, ni tampoco han sido importadas en aras de la coherencia. Fueron formadas a lo largo de conversaciones con personas que ya han muerto, en celdas de prisión y a la vera de los fogones en el bosque siberiano. Fueron probadas contra esa vida; surgieron de esa existencia.

Cuando por fin la presión exterior se hizo un poco más débil, mi horizonte y el nuestro se ensancharon gradualmente y, a pesar de que era tan sólo un minúsculo trozo, vimos y conocimos a la “totalidad del mundo”. Y, para nuestra sorpresa, el mundo entero no era en absoluto tal como lo habíamos esperado y anhelado; es decir, no era un mundo viviendo “por eso”, no era un mundo que condujese hacia “allí”; un mundo en el que a la vista de un pantano embarrado se pudiese exclamar “¡qué deliciosa lagunita!” o “¡qué exquisito collar” ante una bufanda concreta; sino, en cambio, un mundo en dónde algunos lloraban lágrimas desconsoladas mientras otros bailaban al ritmo de un alegre musical.

¿Cómo pudo suceder esto? ¿Por qué esta enorme grieta? ¿Éramos insensibles? ¿Era insensible el mundo? ¿O todo se debía a barreras idiomáticas? ¿Por qué es que las personas no pueden escuchar cada sonido distintivo proferido por los demás? Las palabras dejan de sonar y se escurren como agua – sin sabor, color, ni olor. Sin rastros.

A medida en que fui entendiendo esto a lo largo de los años, en esa misma medida fue cambiando y cambiando la estructura, el contenido y el tono de mi discurso potencial. El discurso que hoy pronuncio.

Y ya tiene poco en común con su plan original, concebido durante los helados atardeceres del campo de concentración.

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Desde tiempos inmemoriales el ser humano está hecho de tal modo que su experiencia personal y grupal determinan su visión del mundo, en la medida en que esta cosmovisión no le ha sido instilada por sugestión externa. La experiancia personal y grupal determinan también sus motivaciones y su escala de valores, sus acciones e intenciones. Tal como lo expresa el proverbio ruso: “No le creas a tu hermano. Créele a tus propios malditos ojos”.Y ésa es la base más sólida para la comprensión del mundo que nos rodea y de la conducta humana que en él se desarrolla. Durante las largas épocas en que el mundo yació extendido, misterioso y agreste, antes de encogerse por comunes líneas de comunicación, antes de ser transformado en una masa unitaria convulsivamente latiente – las personas, basándose sobre su experiencia, gobernaron sin sobresaltos dentro de sus limitadas áreas, dentro de sus comunidades, dentro de sus sociedades, y finalmente dentro de sus territorios nacionales. En aquellos tiempos a los seres humanos individuales les fue posible percibir y aceptar una escala general de valores, distinguir entre lo que es considerado normal y lo que no lo es, saber qué es increíble, qué es cruel y qué se encuentra más allá de los límites de la maldad, qué es honesto, qué es engaño. Y, si bien los seres humanos diseminados vivían vidas extremadamente diferentes y sus valores sociales con frecuencia discrepaban de la misma manera en que diferían sus sistemas de pesos y medidas, aun así estas divergencias sorprendían tan sólo a los ocasionales viajeros y aparecían en los relatos de viaje como maravillas que no representaban peligro alguno para una humanidad que todavía no era tal.

Pero ahora, durante las décadas pasadas, imperceptiblemente, súbitamente, la humanidad se ha vuelto una – esperanzadamente una y peligrosamente una – de modo que las infecciones y las inflamaciones de una de sus partes se contagian casi instantáneamente a las otras, a veces careciendo de cualquier clase de inmunidad necesaria. La humanidad se ha vuelto una, pero no firmemente una como solían serlo las comunidades o hasta las naciones; no está unida por años de experiencia compartida, ni tampoco por la posesión de un mismo ojo afectuosamente llamado maldito, ni aún por un idioma nativo común, sino sobrepasando todas las barreras, por medio de las publicaciones y las transmisiones internacionales. Una avalancha de sucesos cae sobre nosotros – y en un minuto la mitad del mundo escucha su estruendo. Pero la vara para medir esos sucesos y evaluarlos de acuerdo con las leyes de algún poco conocido rincón del mundo – esta vara no puede transmitirse mediante ondas magnéticas ni mediante columnas periodísticas. Porque estas normas de medida maduraron y se asimilaron durante demasiados años en condiciones demasiado específicas de países y sociedades individuales. No pueden ser intercambiadas al voleo. En varias partes del mundo las personas aplican a los sucesos sus propios valores trabajosamente conquistados y juzgan tenazmente, confiadamente, sólo de acuerdo con su propia escala de valores y jamás de acuerdo con cualquier otra.

Y, si bien no hay muchas de esas diferentes escalas de valores en el mundo, al menos hay unas cuantas. Hay una para evaluar hechos al alcance de la mano, otra para los que se hallan lejanos; las sociedades en vías de envejecer tienen una, las sociedades jóvenes otra; una es la de las personas fracasadas, otra es la de las personas exitosas. Las escalas de valores divergentes gritan en discordancia, nos confunden y nos sorprenden, y para que no nos sea doloroso, nos apartamos de todos los demás valores, como si nos apartásemos de la demencia o del delirio, y confiadamente juzgamos a la totalidad del mundo de acuerdo con nuestros propios valores íntimos. Que es la razón por la cual tomamos por mayor desastre, por más doloroso y más insoportable, no al que es realmente mayor, más doloroso y más insoportable, sino al que nos toca más de cerca. Todo lo que esté más allá, todo lo que no amenace con invadir hoy mismo nuestro umbral – con todos sus gemidos, sus llantos sofocados, sus vidas destrozadas, incluso si involucra a millones de víctimas – a todo eso, en general, lo consideramos como algo de proporciones perfectamente soportables y tolerables.

No hace tanto tiempo atrás, en una parte del mundo, bajo una persecución no inferior a la de los antiguos romanos, cientos de miles de silenciosos cristianos entregaron sus vidas por su fe en Dios. En el otro hemisferio, un demente (y sin duda alguna no está solo) atraviesa presuroso el océano para liberarnos de la religión – ¡hundiendo su acero en el sumo sacerdote! ¡Ha hecho sus cálculos para todos y cada uno de nosotros de acuerdo a su personal escala de valores!

Es que eso, que desde cierta distancia y de acuerdo con una escala de valores parece ser una libertad envidiable y floreciente, al mirarlo de cerca bajo otra escala de valores se siente como una opresión irritante que incita a construir barricadas con vehículos tumbados. Eso que en una parte del mundo puede representar el sueño de una increíble prosperidad, en la otra tiene el exasperante efecto de una explotación salvaje que demanda la huelga inmediata. Hay diferentes escalas de valores para las catástrofes naturales: una inundación que se cobra doscientas mil vidas parece menos significativa que el accidente a la vuelta de la esquina. Hay diferentes escalas de valores para los insultos personales: a veces hasta una sonrisa irónica o un gesto de desinterés resultan humillantes mientras que, en otras ocasiones, una cruel golpiza se perdona porque se la considera una broma desafortunada. Hay diferentes escalas de valores para el castigo y para la maldad: de acuerdo con algunos, un mes de arresto, el exilio o una celda en confinamiento solitario en la que a uno lo alimentan con pan blanco y leche, son cosas que sacuden la imaginación y llenan las columnas de los periódicos con indignación. Pero, de acuerdo con otros, resulta común y aceptable que haya sentencias de prisión de veinticinco años, celdas de confinamiento solitario donde las paredes están cubiertas de hielo y los prisioneros en ropa interior, que existan manicomios para los cuerdos e innumerables personas poco razonables que, por alguna razón, insistan en salir corriendo y resulten abatidas a balazos en la frontera. En medio de todo esto, la mente se siente especialmente en paz en lo concerniente a aquellas partes del mundo de las cuales no sabemos virtualmente nada, de las cuales no recibimos más noticias que las suposiciones triviales y extemporáneas de unos pocos corresponsales.

Sin embargo, no podemos reprocharle a la visión humana esta dualidad, esta obtusa incomprensión de la pena de otro hombre. El ser humano simplemente es así. Pero para la totalidad de la humanidad, comprimida en un solo trozo, una incomprensión de este tipo representa la amenaza de una destrucción inminente y violenta. Un mundo, una humanidad, no puede existir a la vista de seis, cuatro o aun hasta dos escalas de valores. Nos desgarraremos por esta disparidad de ritmos, esta disparidad de vibraciones.

Un hombre con dos corazones no es para este mundo. Por eso, tampoco seremos capaces de vivir lado a lado sobre una tierra única sin coordinación.

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Pero ¿quién coordinará estas escalas de valores y cómo lo hará? ¿Quién creará para la humanidad un sistema de interpretación, válido para obras buenas y malas, para lo insoportable y lo soportable tal como hoy se diferencian? ¿Quién le aclarará a la humanidad qué es realmente pesado e intolerable y qué es lo que sólo roza la piel localmente? ¿Quién dirigirá la ira hacia lo que es más terrible y no hacia lo que está más cerca? ¿Quién tendrá éxito en transmitir un conocimiento como ése más allá de los límites de su propia experiencia humana? ¿Quién tendrá éxito en impresionar a la refractaria, terca, criatura humana con la alegría y el dolor distante de los otros, con la comprensión de dimensiones y decepciones que él mismo jamás ha experimentado? Propaganda, controles, demostraciones científicas – todo eso no sirve. Pero, afortunadamente, ¡existe un medio así en nuestro mundo! Ese medio es el arte. Ese medio es la literatura.

Arte y literatura pueden hacer el milagro: pueden superar esa perniciosa peculiaridad del hombre de aprender solamente a través de experiencias personales de tal forma que la experiencia de otras personas pasa a su lado en vano. De persona a persona, durante la corta estadía del individuo sobre la tierra, el arte transfiere el peso completo de la experiencia ajena de toda una vida, con todas sus cargas, sus colores, sus jirones de vida; reencarna una experiencia desconocida y nos permite poseerla como si fuese nuestra.

Y aun más, mucho más que eso. Tanto países como continentes enteros repiten sus errores mutuos en lapsos de tiempo que pueden llegar a ser siglos. Así, uno podría llegar a pensar: ¡todo es tan obvio! Pero no. Eso que algunas naciones ya han experimentado, considerado y rechazado, de pronto resulta descubierto por otras como la última gran novedad. Y, nuevamente, también en esto el único sustituto para una experiencia por la que jamás hemos pasado es el arte, la literatura. Porque poseen una capacidad maravillosa: más allá de las diferencias de lenguaje, costumbres y estructuras sociales, pueden convertir la experiencia vital de toda una nación en otra cosa. A una nación inexperta le pueden aportar una severa prueba nacional durante muchas décadas, ahorrándole quizás a toda una nación el tránsito por un camino superfluo, errado o hasta desastroso, suavizando así los meandros de la historia humana.

Es esta grande y noble propiedad del arte lo que hoy quiero recordaros urgentemente desde esta tribuna del premio Nobel.

Y la literatura aporta una experiencia irrefutable, condensada, incluso en otra invaluable dirección adicional: en la de una generación a la siguiente. Por eso es que se convierte en la memoria viviente de una nación. Por eso preserva y alimenta en si misma la llama de su historia pasada, de tal modo que queda asegurada contra deformaciones y calumnias. De esta forma, la literatura, conjuntamente con el lenguaje, protege el alma de una nación.

(Recientemente se ha puesto de moda hablar del nivelamiento de las naciones, de la desaparición de las diferentes razas en el crisol de la civilización contemporánea. No estoy de acuerdo con esta opinión, pero su discusión es otra cuestión pendiente. Aquí tan sólo es apropiado decir que la desaparición de naciones nos empobrecería no menos que si todos los seres humanos se volviesen iguales, con una sola personalidad y un solo rostro. Las naciones son la levadura de la humanidad, sus personalidades colectivas; la más pequeña de ellas luce sus colores especiales y es portadora en su interior de una especial faceta de la intención divina.)

Pero ¡ay de la nación cuya literatura es perturbada por la intervención del poder! Porque ésa no es sólo una violación de la “libertad de prensa”, es la clausura del corazón de la nación, es el despedazamiento de su memoria. La nación cesa de tener conciencia de si misma, resulta despojada de su unidad espiritual y, a pesar de un lenguaje supuestamente común, los compatriotas súbitamente dejan de entenderse entre si. Generaciones silenciosas se vuelven viejas sin haber jamás hablado de si mismas, ni entre si, ni a sus descendientes. Cuando escritores como Achmatova y Zamjatin – enterrados en vida y de por vida – quedan condenados a crear en silencio hasta su muerte, nunca escuchando el eco de sus palabras escritas, eso no es solamente su tragedia personal sino la tragedia de toda la nación y un peligro para toda la nación.

Más aún, en algunos casos – cuando, como resultado de un silencio tal, la Historia entera deja de ser comprendida en su totalidad – lo que emerge es un peligro para toda la humanidad.

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Varias veces y en varios países han surgido acalorados, vehementes y sutiles debates acerca de si el arte y el artista deben ser libres de vivir para si mismos, o bien si deben constantemente ser concientes de su deber para con la sociedad y servirla a pesar de todo de un modo imparcial. Para mí el dilema no existe, pero me abstendré de traer a colación, una vez más, la línea argumental. Uno de los discursos más brillantes sobre esta materia fue, de hecho, el discurso que Albert Camus pronunció cuando recibió el Premio Nobel y yo adheriría con entusiasmo a sus conclusiones. Ciertamente, la literatura rusa ha manifestado durante varias décadas una inclinación a no perderse demasiado en la contemplación de si misma, a no divagar con demasiada frivolidad. No me avergüenzo de seguir esta tradición de la mejor manera que me es posible. Desde hace tiempo la literatura rusa está familiarizada con la noción de que el escritor puede hacer mucho dentro de su sociedad y que es su deber hacerlo.

No violemos el derecho del artista a expresar exclusivamente sus experiencias personales e introspecciones, omitiendo todo lo que sucede más allá, en el mundo. No le exijamos al artista, pero – reprochémosle, roguémosle, presionémoslo y persuadámoslo – porque podríamos estar autorizados a hacerlo. Después de todo, sólo parcialmente ha desarrollado su talento por si mismo; la mayor parte de ese talento le ha sido infundida al momento de nacer, como un producto terminado, y el don del talento le impone una responsabilidad a su libre albedrío. Supongamos que el artista no le debe nada a nadie. Aun así da pena ver como, retirándose a los mundos que construye para si mismo o a los espacios de sus capricho subjetivo, puede entregar el mundo real a las manos de personas que son mercenarios, cuando no inútiles, cuando no dementes.

Nuestro Siglo XX ha demostrado ser más cruel que los siglos precedentes y los horrores de sus primeros cincuenta años no se han borrado. Nuestro mundo está siendo sojuzgado por las misma viejas pasiones de la época de las cavernas: codicia, envidia, descontrol, mutua hostilidad; pasiones todas ellas que, con el paso del tiempo, se han conseguido seudónimos respetables tales como lucha de clases, conflicto racial, disputas sindicales. La primitiva negativa a aceptar un compromiso se ha convertido en un principio teórico y se la considera la virtud de la ortodoxia. Exige millones de sacrificios en interminables guerras civiles, martillea en nuestras almas que no existen los eternos, universales, conceptos de bondad y de justicia; que éstos son fluctuantes e inconstantes. De lo que se desprende la regla: haz siempre lo más provechoso para tu facción. Cualquier grupo profesional, ni bien percibe una oportunidad favorable para arrancar un pedazo , aun si no lo ha ganado, aun si le es superfluo, pues lo arranca inmediatamente y no le importa si la sociedad entera se derrumba después. Tal como se lo ve desde afuera, la amplitud de las disputas de la sociedad occidental se está aproximando al punto más allá del cual el sistema se vuelve metastable y no puede sino desmoronarse. La violencia, cada vez menos respetuosa de los límites impuestos por siglos de normatividad, se encuentra desvergonzada y victoriosamente avanzando por todo el mundo, despreocupada por el hecho de que su infertilidad ha sido demostrada y probada muchas veces en la Historia. Más aun: no es simplemente el poder descarnado el que triunfa ampliamente, sino su exultante justificación. El mundo está siendo inundado por la desvergonzada convicción de que el poder puede hacer cualquier cosa y la justicia no puede hacer nada. Los “Demonios” de Dostojevsky – aparentemente una pesadilla provincial fantasiosa del siglo pasado – se están diseminando por todo el mundo ante nuestros propios ojos, infectando países en dónde ni se los ha soñado siquiera. Con sus asaltos, secuestros, explosiones e incendios de los últimos años ¡están anunciando su determinación de sacudir y destruir a la civilización entera! Y podrían muy bien llegar a triunfar. Los jóvenes, a una edad en la que no tienen experiencia alguna aparte de la sexual, al no tener todavía años de sufrimiento personal y de comprensión personal detrás de si, se encuentran repitiendo jubilosamente nuestros depravados errores rusos del Siglo XIX creyendo que han descubierto algo nuevo. Aclaman la última miserable perversión cometida por los Guardias Rojos como un ejemplo gracioso. En una banal falta de comprensión de la milenaria esencia de la humanidad, con la pueril ilusión de los corazones inexpertos se ponen a gritar: echemos a esos codiciosos opresores, a los gobiernos crueles, y los nuevos (¡nosotros!), después de haber dejado a un lado las granadas y los fusiles, seremos justos y comprensivos. ¡Ni siquiera algo parecido sucedería! ... Pero aquellos que han vivido más y que comprenden, aquellos que podrían oponerse a estos jóvenes – muchos de ellos no se atreven a hacerlo. Hasta los adulan. Cualquier cosa con tal de no parecer “retrógrado”. Otro fenómeno ruso del Siglo XIX que Dostojevsky como la actitud mediante la cual algunos se convierten en esclavos de los progresistas extravagantes.

El espíritu de Munich de ninguna manera se ha retirado hacia el pasado; no fue meramente un breve episodio. Hasta me animo a decir que el espíritu de Munich prevalece en el Siglo XX. El tímido mundo civilizado, aparte de concesiones y sonrisas, no ha encontrado nada para oponerle al asalto del súbito renacimiento de la barbarie descarnada. El espíritu de Munich es una enfermedad que ataca la voluntad las personas exitosas; es la condición habitual de quienes se han entregado al afán de prosperidad a cualquier precio, al bienestar material como objetivo supremo de la existencia terrena. Esas personas – y hay muchas de ellas en el mundo actual – eligen la pasividad y la retirada; tanto como para que la vida a la que se han habituado pueda seguir arrastrándose un poco más; tanto como para no tener que traspasar hoy el umbral de la adversidad – y mañana, ya verás, todo estará bien. (¡Pero nunca estará bien! El precio de la cobardía será siempre la maldad; cosecharemos coraje y victoria únicamente cuando nos atrevamos a hacer sacrificios.)

Y para colmo estamos amenazados por la destrucción debido al hecho de que al mundo físicamente comprimido y agotado no le está permitido amalgamarse espiritualmente; a las moléculas del conocimiento y la simpatía no se les permite saltar de una mitad a la otra. Y esto representa un peligro fuera de control: la supresión de información entre las componentes del planeta. La ciencia contemporánea sabe que la supresión de información conduce a la entropía y a la destrucción total. La supresión de información convierte en ilusorios a los tratados y a los acuerdos internacionales; dentro de una zona amordazada no cuesta nada reinterpretar un acuerdo; más simple todavía: no cuesta nada olvidarlo como si nunca hubiera existido en realidad. (Orwell entendió esto perfectamente.) Una zona amordazada es como si no estuviera poblada de terrícolas sino por marcianos; las personas no conocen nada inteligente acerca del resto de la tierra y están preparadas para ir y pisotearlo todo en la santa convicción de que irán como “libertadores”.

Hace un cuarto de siglo, en medio de grandes esperanzas de parte de la humanidad, nacieron las Naciones Unidas. Pero he aquí que, en un mundo inmoral, también esto se convirtió en inmoral. La Organización de las Naciones Unidas no es sino una Organización de los Gobiernos Unidos donde todos los gobiernos se consideran iguales; tanto aquellos que resultan libremente electos, como los que han sido impuestos por la fuerza y aquellos que han arrebatado el poder por las armas. Basándose sobre la mercenaria parcialidad de la mayoría, la ONU celosamente custodia la libertad de algunas naciones y desdeña la libertad de las otras. Como resultado de un voto obediente, se ha rehusado a encarar la investigación de demandas privadas – los gemidos, los gritos y las súplicas de personas comunes individuales – de un número insuficiente como para llamar la atención de una organización tan grande. La ONU no hizo ningún esfuerzo por enfrentar a los gobiernos y hacer de la Declaración de Derechos Humanos, su mejor documento en veinticinco años, una condición obligatoria de admisión. De este modo, traicionó a aquellas humildes personas entregándolas a la voluntad de gobiernos que no habían elegido.

Parecería ser que toda manifestación del mundo contemporáneo se encuentra exclusivamente en manos de los científicos; todos los pasos técnicos de la humanidad están determinados por ellos. Parecería ser que la dirección del mundo debería depender precisamente de la buena voluntad internacional de los científicos y no de la de los políticos. Tanto más, cuanto que el ejemplo de los pocos muestra lo mucho que se podría lograr si todos se unieran. Pero no. Los científicos no han expresado ninguna intención clara de convertirse en una fuerza importante e independientemente activa de la humanidad. Se la pasan en congresos ignorando el sufrimiento de los demás, tanto como para permanecer protegidos dentro de los márgenes de la ciencia. El mismo espíritu de Munich ha extendido sobre ellos sus paralizadoras alas.

¿Cuál es, pues, el lugar y el papel del escritor en este mundo cruel, dinámico y escindido que se encuentra al borde de sus diez destrucciones? Después de todo, los escritores no tenemos nada que ver con lanzar misiles; ni siquiera empujamos la más humilde de las carretillas. Quienes respetan solamente el poder material se burlan bastante de nosotros. ¿No sería natural que, también nosotros, diésemos un paso atrás, perdiésemos la fe en la persistencia de la bondad, en la indivisibilidad de la verdad, impartiéndole al mundo tan sólo nuestras amargas, aisladas, observaciones sobre cómo la humanidad se ha vuelto corrupta sin remedio, cómo las personas han degenerado, y cuan difícil le resulta a las escasas almas bellas y refinadas el convivir con esas personas?

Pero ni siquiera poseemos el recurso de esta huida. Cualquiera que alguna vez haya alzado la palabra ya nunca más podrá evadirla. Un escritor no es el juez independiente de sus compatriotas y contemporáneos; es un cómplice de todo el mal cometido es su país natal y por sus conciudadanos. Y si los tanques de su patria han inundado de sangre el asfalto de una capital extranjera, pues entonces manchas rojizas habrán salpicado el rostro del escritor para siempre. Y si en una noche fatal se ha ahorcado a su confiado amigo mientras dormía, pues entonces las palmas de las manos del escritor llevan las marcas de la soga utilizada. Y si sus jóvenes conciudadanos alegremente declaran la superioridad de la corrupción por sobre el trabajo honesto, si se entregan a las drogas o secuestran rehenes, pues entonces su pestilencia se mezcla con el aliento del escritor.

¿Tendremos la temeridad de afirmar que no somos responsables por las penurias del mundo actual?

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Sin embargo, me alegra que la literatura universal , con su vital estado de alerta y como si fuera un solo enorme corazón, lata y haga circular las preocupaciones y las penurias de nuestro mundo aun cuando las mismas resulten presentadas y percibidas de un modo diferente en cada uno de sus rincones.

Aparte de las antiquísimas literaturas nacionales, siempre existió, aún en eras pasadas, el concepto de la literatura universal como una antología que emanaba de las cumbres de las literaturas nacionales a modo de suma total de las influencias literarias mutuas. Pero solía existir una discontinuidad temporal: lectores y escritores llegaban a conocer a escritores de otras lenguas sólo después de un lapso de tiempo, a veces sólo después de siglos, de modo tal que las influencias mutuas también se demoraban y la antología de las cumbres literarias nacionales quedaba revelada solamente a los ojos de los descendientes y no ante los contemporáneos.

Pero hoy, entre los escritores de un país y los escritores y lectores de otro, hay una reciprocidad poco menos que instantánea. Yo mismo lo he experimentado. Aquellos de mis libros que, por desgracia, no han sido publicados en mi propio país muy pronto encontraron una favorable audiencia mundial, a pesar de apresuradas y frecuentemente hasta malas traducciones. Distinguidos escritores occidentales como Heinrich Böll han efectuado su análisis crítico. Todos estos últimos años en que mi libertad y mi trabajo no se han derrumbado; en que, contrariamente a las leyes de la gravedad, han permanecido como suspendidos en el aire, como colgando de nada sobre la tensión de una muda membrana invisible de simpatía pública, fue que, con cálido agradecimiento y no sin sorpresa de mi parte, pude conocer el apoyo adicional de la hermandad internacional de los escritores. Cuando cumplí mi 50° cumpleaños me asombró recibir felicitaciones de escritores occidentales famosos. Ninguna de las presiones que sobre mi se ejercieron pasó desapercibida. Durante las peligrosas semanas de mi exclusión de la Unión de Escritores, el muro de protección construido por los más eminentes escritores del mundo me defendió de persecuciones aun peores; y escritores y artistas noruegos me prepararon con hospitalidad un techo para el caso en que fuese hecho efectivo el exilio con el que se me amenazaba. Por último, incluso la propuesta de mi nombre para el Premio Nobel no surgió del país en el cual vivo y escribo sino de Francois Mauriac y sus colegas. Posteriormente, sindicatos enteros de escritores nacionales expresaron su apoyo hacia mi persona.

De este modo he sentido y comprendido que la literatura universal ya no es una antología abstracta, ni una generalización inventada por los historiadores de la literatura. Es más bien un cuerpo común y un espíritu común, un sentimiento íntimo común que refleja la creciente unidad de la humanidad. Las fronteras de los Estados todavía arden, caldeados por alambradas electrizadas y ráfagas de ametralladoras; todavía hay varios ministerios de asuntos internos que siguen pensando que la literatura es un “asunto interno” que cae bajo su jurisdicción; todavía hay titulares de diarios que dicen: “¡No hay derecho a interferir en nuestros asuntos internos!” ¡Es que ya no quedan cuestiones internas sobre nuestro hacinado mundo! Y la única salvación de la humanidad reside en que cada uno se haga cargo de todo; en que las personas del Este se involucren vitalmente con lo que se piensa en Occidente y en que las personas de Occidente se involucren vitalmente con lo que sucede en el Este. Y la literatura, como el instrumento más sensible y de más rápida respuesta que posee la criatura humana, ha sido la primera en adoptar, asimilar y aferrarse a esta sensación de creciente unidad de la humanidad. De esta forma, me dirijo confiado a la literatura universal actual – a cientos de amigos con quienes nunca me he encontrado en persona y a quienes jamás veré.

¡Amigos! ¡Tratemos de ayudar, si es que valemos algo en absoluto! ¿Quién, desde tiempos inmemoriales ha constituido la fuerza unificadora y no divisora en vuestros países lacerados por partidos, movimientos, castas y grupos discordantes? Allí está, en su esencia, la posición de los escritores: en ser expresión de sus lenguajes nativos – en ser la principal fuerza unificadora de la nación, de la misma tierra que sus pueblos ocupan y de lo mejor de su espíritu nacional.

Creo en que la literatura universal posee el poder de ayudar a la humanidad en estas horas de angustia. Ayudar a que se vea a si misma tal como realmente es, a pesar del adoctrinamiento de personas y partidos prejuiciosos. La literatura universal posee el poder de aportar experiencia concentrada, de un país a otro, para que dejemos de estar escindidos y confundidos; para que las diferentes escalas de valores puedan ponerse de acuerdo y cada nación aprenda correcta y concisamente la verdadera historia de la otra, con tal intensidad de reconocimiento y de punzante conciencia como si ella misma hubiera experimentado lo mismo, para que pueda liberarse de cometer los mismos errores. Y quizás, bajo esas condiciones, nosotros los artistas estaremos en condiciones de cultivar en nosotros mismos un campo de visión que abarque a todo el mundo: colocándonos en el centro para observar como cualquier otro ser humano lo que está cerca, comenzaremos a integrar en la periferia aquello que está sucediendo en el resto del mundo. Y correlacionaremos y respetaremos las proporciones universales.

¿Y quién, sino los escritores, dictará sentencia – no sólo sobre los gobiernos desastrosos (en algunos Estados ésta es la forma más fácil de ganarse el pan, la ocupación más simple para cualquiera que no sea perezoso), sino también sobre los pueblos mismos por su cobarde humillación o su debilidad autocomplaciente? ¿Quién dictará sentencia sobre las livianas veleidades de la juventud, y sobre los jóvenes piratas que empuñan sus cuchillos?

Se nos dirá: ¿qué puede hacer la literatura contra el desalmado asalto de la violencia bruta? Pero no olvidemos que la violencia no vive en soledad y no es capaz de vivir sola: necesita estar entremezclada con la mentira. Entre ambas existe el más íntimo y el más profundo de los vínculos naturales. La violencia halla su único resguardo en la mentira y el único soporte de la mentira es la violencia. Cualquier persona que ha hecho de la violencia su método, inexorablemente debe elegir a la mentira como su principio. En sus inicios, la violencia actúa abiertamente y hasta con orgullo. Pero, ni bien se vuelve fuerte y firmemente establecida, siente la rarefacción del aire que la circunda y no puede seguir existiendo si no es en una neblina de mentiras revestidas de demagogia. No siempre, no necesariamente aprieta abiertamente los cuellos; es más frecuente que exija de sus súbditos solamente un juramento de lealtad a la mentira; solamente una complicidad en la falsedad.

¡Y el simple paso de un simple hombre valiente es no participar de la falsedad, no apoyar falsas acciones! Que eso ingrese al mundo, que incluso reine en el mundo – pero no con mi ayuda. No obstante, los escritores y los artistas pueden lograr más: ¡pueden vencer a la falsedad ! ¡En la lucha contra la falsedad el arte siempre ha vencido y siempre vence! ¡Abiertamente, irrefutablemente para todo el mundo! La falsedad puede ofrecer resistencia a muchas cosas en este mundo, pero no al arte.

Y, ni bien la mentira sea expulsada, quedará revelada la desnudez de la violencia en toda su fealdad – y la violencia, decrépita, caerá.

Éste es el motivo, mis amigos, por el que creo que podemos ayudar al mundo en esta candente hora. No utilizando la excusa de no poseer armas, no entregándonos a una vida frívola – sino ¡marchando a la guerra!

Los proverbios son muy populares en Rusia. Expresan de una manera constante y a veces sorprendente la abundante y sufrida experiencia nacional:

UNA PALABRA DE VERDAD PESA MÁS QUE TODO EL UNIVERSO

Y es sobre esto, sobre una fantasía imaginaria, sobre la ruptura del principio de conservación de masa y energía, que fundamento tanto mi propia actividad como mi apelación a los escritores de todo mundo.


Discurso en el Banquete a los Premios Nobel
(Pronunciado por Solyenitzin en Estocolmo, el 10 de Diciembre de 1974 con motivo del banquete celebrado en honor a los Premios Nobel)

Vuestra Majestad, Vuestras Altezas Reales, Damas y Caballeros,

Muchos laureados Nobel se han presentado ante vosotros en esta sala, pero la Academia Nobel y la Fundación Nobel probablemente nunca han sufrido con otra persona tantas molestias como las que yo les he ocasionado. Al menos en una ocasión anterior he estado aquí, si bien no físicamente. Otra vez, el honorable Karl Ragnar Gierow ya estaba en camino de encontrarse conmigo y no pudo ser. Ahora, por fin, he llegado, perofuera de horario y para ocupar una silla extra. Cuatro años han transcurrido desde que por vez primera se me dio la oportunidad de ocupar este lugar por tres minutos, y hoy el secretario de la Academia se ha visto obligado a pronunciar su tercer discurso dirigido al mismo escritor.

Consecuentemente, debo pedir disculpas por haber ocasionado tantas molestias y agradecerles en forma especial la ceremonia de 1970 cuando vuestro rey y todos ustedes le dieron la bienvenida a una silla vacía.

Pero estarán ustedes de acuerdo conmigo en que tampoco fue tan simple para el ganador del premio; llevando su discurso de tres minutos consigo por todas partes a lo largo de cuatro años. Cuando me estaba preparando para venir aquí en 1970, en ocasión de subir a la primer tribuna libre de mi vida, no había lugar en mi pecho ni cantidad de papel suficiente para contener todo lo que tenía en la mente. Para un escritor que viene de un país sin libertad, su primera tribuna y su primer discurso es un discurso sobre todas las cosas del mundo, sobre todos los sufrimientos de su país – y resulta perdonable si olvida el objetivo de la ceremonia, hace abstracción de las personas allí reunidas y llena las copas de júbilo con su amargura. Pero desde aquél año en que me fue imposible venir aquí, he aprendido a expresar en forma abierta prácticamente todos mis pensamientos incluso en mi propio país. De modo que, al encontrarme expatriado en Occidente, mejor aún he aprovechado esta irrestricta posibilidad de decir todo lo que deseo y dónde lo deseo, que es algo no siempre apreciado en esta parte del mundo. Por lo tanto, no tengo necesidad de recargar en exceso esta corta alocución.

Sin embargo, encuentro una especial ventaja en no haber respondido al otorgamiento del Premio Nobel sino después de cuatro años. Por ejemplo, después de esos cuatro años me ha sido posible advertir el papel que este premio ya ha desempeñado en mi vida. Ha impedido que me aplastaran las severas persecuciones de las cuales fui objeto. Ha ayudado a que mi voz sea escuchada allí en donde mis predecesores no fueron oídos por décadas. Me ha ayudado a expresar cosas que de otro modo hubiesen sido imposibles.

En mi caso, la Academia Sueca ha hecho una excepción, una rara excepción, otorgándome el premio siendo yo de mediana edad y siendo mi producción literaria tan sólo un niño de unos ocho años de edad. Para la Academia existió un gran riesgo oculto al proceder de esta forma: después de todo, solamente una pequeña parte de los libros que había escrito estaban publicados.

Pero quizás, la misión más sublime de cualquier premio literario o científico reside precisamente en ayudar a despejar el camino que falta recorrer.

Y quisiera expresar mi más sentida gratitud a los miembros de la Academia Sueca por el enorme apoyo que su elección de 1970 le ha dado a mis obras como escritor. Me aventuro a agradecerles en nombre de la vasta Rusia extraoficial a la cual le está prohibido expresarse en voz alta y que resulta perseguida tanto por escribir libros como hasta por leerlos. La Academia, por esta decisión que ha tenido, ha debido escuchar muchos reproches implicando que el premio ha servido a intereses políticos. Pero estos son los gritos de groseros alborotadores que ni siquiera conocen otros intereses. Todos sabemos que la obra de un artista no puede ser confinada a la mísera dimensión de la política. Porque esa dimensión no puede contener la totalidad de nuestra vida y no debemos restringir nuestra conciencia social a sus límites.


No Vivas en la Mentira
(
12 de febrero de 1974 - Llamamiento a sus compatriotas rusos)

Hubo una época en que no nos atrevíamos ni a murmurar en voz baja. Ahora, en cambio, leemos y escribimos en forma de Samizdat y, desde luego, cada vez que nos reunimos en los fumaderos de la "oposición", nos lamentamos vivamente: ¿Que nueva jugarreta nos gastarán? ¿A donde nos arrastrarán? Sin embargo, nuestras quejas no se limitan a esto. Lamentamos también la vana jactancia que se manifiesta en el Cosmos mientras nuestra patria se halla sumida en la desolación y la indigencia; y la consolidación de distantes regímenes felices; y la exacerbación de las guerras civiles; y el hecho de que, insensatamente, hayan creado a Mao Ttse-tung a nuestras expensas, y luego nos inciten contra él; y si nos viéramos en la necesidad de marchar, ¿Qué sería de nosotros? Pero "ellos" juzgan a su antojo, y vuelven locos a los sanos. Son capaces de todo eso, y nosotros nos confesamos impotentes.

Algunas veces se llega al fondo el abismo; en otras, la común ruina espiritual hace presa de todos nosotros, e inmediatamente la miseria nos aqueja y nos consume, tanto a nosotros como a nuestros hijos; pero, como de costumbre, sonreímos a todo cobardemente, y de modo confuso, murmuramos: ¿Cómo vamos a impedirlo? Nos faltan fuerzas. Tan desesperadamente nos hemos deshumanizado que al frugal comedero de hoy le consagramos todos los principios de nuestro espíritu, todos los esfuerzos de nuestros antepasados, todos los recursos destinados a nuestros descendientes, con tal de no perturbar nuestra desdichada existencia. No nos queda ya firmeza, ni orgullo, ni cordialidad. Y ni siquiera tememos que se produzca un cataclismo universal de origen atómico; que se declare una tercera guerra mundial (quizás podríamos ocultarnos en algún escondrijo).

¡Lo único que nos aterra es que los ciudadanos se enfrenten a la realidad con valentía! Con tal de no separarse del rebaño se eludirá cualquier sendero solitario, porque el día menos pensado podemos quedarnos sin pan blanco, sin calentadores de gas, sin el permiso de residencia en Moscú. Tanto nos insistieron sobre este punto en los círculos de formación política que acabó por arraigar en nosotros el afán de vivir rodeados de comodidad y bienestar por los siglos de los siglos. Y es que no resulta posible desprenderse del ambiente, de los convencionalismos sociales, pues la vida condiciona el pensamiento; pero, ¿Qué culpa tenemos nosotros? La  solución no está en nuestras manos.

¡Y el caso es que lo podemos todo! Sólo que, para tranquilizarnos, nos engañamos a nosotros mismos. No son ellos en modo alguno los culpables, sino nosotros mismos. ¡Nosotros somos los únicos responsables! Se objetará: ¿Pero es que, realmente, podemos conseguir algo? Nos han amordazado, no nos escuchan, no se nos pide nuestra opinión. ¿Cómo forzarlos a que nos atiendan? Disuadir a la gente de esta idea es imposible. ¡Lo más natural sería elegir otro Gobierno! Lo malo es que en nuestro país no se acostumbra a celebrar nuevas elecciones.

En Occidente la gente conoce la huelga, las manifestaciones de protesta; nosotros, por el contrario, estamos tan atemorizados que tal cosa nos parece monstruosa. ¿Cómo es posible que alguien se niegue a trabajar? ¿Cómo es posible abandonar la tarea y marcharse a la calle?. Todos los demás procedimientos que se ensayaron en los últimos siglos de la amarga Historia de Rusia, aparte ser funestos, les interesan a "ellos" más que a nosotros; y, en todo caso, son absolutamente estériles. Ahora cuando todas las hachas han asestado su postrer golpe, cuando ha germinado todo lo que fue sembrado, se nos revela con claridad meridiana el modo en que esos presuntuosos han descarriado y corrompido a la juventud, la forma en que se ha pretendido, por medio del terror, de una sublevación cruenta y una guerra civil, forjar la justicia y la felicidad del país. ¡No, gracias, padres de la cultura! Al fin nos percatamos de que la ignominia de los métodos engendra la ignominia de los resultados. ¡No nos mezclaremos en sucios manejos! ¿De modo que se ha cerrado el círculo? ¿Es qué, realmente, no hay salida posible? ¿No nos queda más solución sino esperar, cruzados de brazos, a que de la noche a la mañana se arregle el conflicto, por sí solo? 

Pero jamás nos libraremos de este caos si al unísono hemos de reconocerlo, ensalzarlo y reafirmarlo a diario, si no rechazamos siquiera su lacra más evidente: la mentira.

Cuando la violencia se clava en la pacífica vida de un pueblo, el semblante de la misma se inflama de vanidad, y en su estandarte luce la misma expresión por ella pregonada: "!Soy la Violencia ! ¡Aléjate, apártate, o te aplastaré!" Mas la violencia envejece muy pronto, y pocos años después, cuando ha perdido la confianza en si misma, a fin de mantenerse firme y conservar un aspecto aceptable, busca irremediablemente el apoyo de la mentira. Pues a la violencia sólo se la puede encubrir con la mentira, en tanto que ésta solo puede perdurar a costa de la violencia. Y no todos los días, ni en cualquier hombro apoya la violencia su pesada zarpa. Solamente nos exige sumisión a la mentira, participación cotidiana en la mentira, máxima fidelidad a sus designios.

Y aquí es justamente dónde radica la clave de nuestra liberación, desdeñada por nosotros, pero más sencilla y asequible: ¡No debemos estar dispuestos a dispensar nuestra colaboración personal con la mentira! Aunque la mentira lo cubra todo con su ponzoña, aunque la mentira reine por doquier, nosotros no debemos claudicar. Afirmemos, en cualquier situación: “¡No dominará con mi ayuda !”

¡Y esto constituye una brecha en el cerco imaginario de nuestra desidia! Para nosotros es lo más fácil; para la mentira, lo más demoledor. Porque basta que la gente se aparte de la mentira para que ésta deje de existir. Al igual que una epidemia, solo puede persistir sobre la base de un contingente humano.

No nos movilizamos, pues la formación que hemos recibido no nos inclina a salir a la plaza y proclamar allí la verdad, a manifestar con voz estentórea nuestro pensamiento: es una costumbre poco recomendable y, además, inútil. ¡Pero ello no obsta para que nos neguemos a decir aquello que no pensamos!

Y fijémonos en que nuestro sistema es el más sencillo y accesible que puede suplir la cobardía hipertrofiada que padece nuestro organismo; mucho más fácil (aunque parezca exagerado afirmarlo) que la desobediencia civil propugnada por Ghandi.

Nuestra consigna es: “no patrocinemos la mentira a sabiendas, bajo ningún pretexto”. Y una vez adquirida plena conciencia de los límites de la mentira (para que resulte a todos claramente discernible) abjuremos de ella, alejándonos de su perniciosa influencia. No recompongamos los fragmentos dispersos de esta ideología caduca, no reparemos ni un desgarrón producido por las polillas. Y nos producirá estupefacción comprobar cuan presto la mentira queda destruida y reducida a la impotencia. No obstante, para ello, es preciso estar limpio, es decir, mostrarse limpio ante el mundo. 

De manera que, por encima de nuestra indecisión, cada uno de nosotros tendrá que elegir entre permanecer conscientemente al servicio de la mentira (¡cuidado: se sobrentiende que tal error no se comete por una propensión al mismo, sino para procurar el sustento de la familia y la educación de los hijos en el espíritu de la mentira!), o admitir que ya es hora de reaccionar como una persona honrada, para granjearse la justa consideración de hijos y contemporáneos. Quien opte por esta última  posibilidad deberá en lo sucesivo:

-Abstenerse totalmente de escribir, suscribir o imprimir una sola frase que contenga opiniones que distorsionen la verdad.

- No pronunciar tales frases ni en conversaciones privadas ni en disertaciones públicas; ni de motu propio ni por medio de notas; ni en calidad de agitador, ni de profesor, ni de preceptor, ni en representaciones teatrales.

- No manifestar, ni corroborar, ni comunicar, ya sea mediante la pintura, o la escultura, o la fotografía, ya técnica o musicalmente, ni un solo  pensamiento falso, ni una sola manifiesta alteración de la verdad.

- No citar de viva voz, ni en la correspondencia, ni en un artículo de fondo, por complacer a alguien o para asegurarse un puesto de trabajo o alcanzar el éxito en el mismo, determinados juicios de autores, cuando no comparta plenamente las opiniones expresadas en ellos, o éstas no se ajusten a cuanto aquí se expone.

- Negarse a asistir, por fuerza, a una manifestación o mitin, sí ello contraria la libre voluntad. No aceptar en propia mano, ni divulgar, pancartas o consignas que no concuerden totalmente con la verdad.

- No levantar la mano para votar en favor de propuestas con las que no se esté sinceramente conforme; no votar, ni abierta ni subrepticiamente, a personas a las que se considere indignas o sospechosas.

- No acceder a intervenir en asambleas, donde se sospeche que van a someterse a discusión ciertas propuestas, de forma coactiva y falaz.

- Abandonar al instante toda reunión, asamblea, conferencia, espectáculo o sesión cinematográfica, en la que el orador sólo emita mentiras, disparates ideológicos o propaganda descarada.

- No suscribirse ni comprar ejemplares de revistas o periódicos en los que la información este armada falsamente o se escamoteen hechos fundamentales.

No hemos enumerado, por supuesto, todos los medios posibles e indispensables de rechazar la mentira. Pero lo que sí queda claro es que, una vez desenmascarado, el absurdo se reconocería fácilmente; y otro gallo cantaría.

Ciertamente, al principio, tal sistema no dará el resultado apetecido. Durante cierto tiempo, algunos perderán su empleo. La vida de aquellos jóvenes que deseen practicar la verdad se complicará mucho al principio, por la razón siguiente: que también es preciso desechar de las lecciones explicadas aquellas que estén plagadas de mentiras. Pero ni al que decide ser honesto le queda escapatoria: ni un solo día dejará ninguno de nosotros, aún tratándose de las más inocentes disciplinas técnicas, de aplicar uno solo de los puntos mencionados, tanto si se halla en la zona de la verdad como en la de la mentira, tanto en los dominios de la independencia intelectual como en los del servilismo ideológico. Y quien no tenga el suficiente valor para defender su propia alma, que no alardee de opiniones vanguardistas, que no se jacte de ser académico o artista popular, político honorable o general. Que reconozca, en cambio: "Soy un zopenco y un cobarde; con hartarme de comer y andar bien calentito, me conformo."

Aún cuando este sistema es el más moderado de cuantos constituyen la oposición, a nosotros mismos, que nos hemos mantenido fieles al mismo, nos resultará penoso. Sin embargo, es mucho más sencillo que el rociarse con combsutible y prenderse fuego o la huelga de hambre. En efecto: las llamas no han de envolver tu cuerpo, ni van a saltar tus ojos fuera de las orbitas por la fuerza abrasadora del calor, y siempre hallarás lo indispensable: pan moreno y agua clara para tu familia.

Hay en Europa una gran masa de personas que nos es adicta, pese a haber sido embaucada por nosotros. ¿Acaso los checoslovacos no nos han demostrado que es posible enfrentarse incluso a los tanques, a pecho descubierto, cuando en el interior de ese pecho late un corazón justo?

¿Será éste un camino difícil? Tal vez sí; pero también es el más sencillo posible. Es opción ardua para el cuerpo, pero la única admisible para el alma. Sí, realmente es difícil este camino. Sin embargo, se cuentan entre nosotros decenas y decenas de personas que observan fielmente durante años todos estos puntos, viviendo con ello de cara a la verdad.

Así, pues, aunque no seamos los primeros en emprender este camino, ¡seámoslo en prestarle nuestra adhesión ! ¡Tanto más fácil y corto nos parecerá el camino , cuanto más unánime y compacta sea nuestro tránsito por el mismo! Si se nos unen sólo mil personas, probablemente nadie cumpliría el plan trazado ni se podría contar con nadie. ¡Pero, si se pusieran de nuestra parte varias decenas de millares de personas, pronto nuestro país resultaría irreconocible hasta para nosotros mismos! 

¡Si no nos atrevemos a protestar airadamente porque nos impiden respirar, somos nosotros mismos los que nos estamos ahogando! Y así nos iremos encorvando, y nos mantendremos a la expectativa. Y nuestros hermanos los biólogos acudirán en nuestra ayuda para pronunciar una conferencia acerca de nuestro pensamiento y la mutación de nuestros genes.

Si ante tan sencillos propósitos nos acobardamos, es que somos unos pelafustanes sin remedio, merecedores de que recaiga sobre nosotros el desprecio que Pushkin plasmó en estos versos:

¿Qué rebaño posee
el don de la Libertad?
De generación en generación
no dejarán otra herencia
que el yugo y las esquilas
bajo el látigo.

 

A. SOLYENITZIN
12 de febrero de 1974
 


Un mundo escindido

Discurso pronunciado en la Universidad de Harvard
el 8 de Junio de 1978

Me es sinceramente muy grato estar aquí con ustedes en ocasión del 327° año lectivo en esta antigua e ilustre universidad. Vayan mis felicitaciones y mis mejores deseos para todos aquellos que hoy se gradúan.

El lema de Harvard es “VERITAS”. Muchos de ustedes ya han descubierto, y otros lo harán en el transcurso de sus vidas, que la verdad nos elude ni bien nuestra concentración comienza a flaquear, dejándonos sin embargo con la ilusión de que seguimos persiguiéndola. Esta es una fuente de muchas discordias. También, la verdad rara vez es dulce; casi invariablemente es amarga. Una medida de verdad se halla incluida hoy en mi discurso pero la ofrezco como amigo, no como adversario.

Hace tres años atrás, en los Estados Unidos, dije ciertas cosas que fueron rechazadas y parecían inaceptables. Sin embargo, hoy muchas personas están de acuerdo con lo que entonces dije...

La fisura en el mundo actual es perceptible aun para una mirada superficial. Cualquiera de nuestros contemporáneos rápidamente identificará dos potencias mundiales, cada una de ellas capaz de destruir a la otra. Sin embargo, la comprensión de la fisura con demasiada frecuencia se encuentra limitada a una concepción política, a la ilusión, según la cual el peligro podría ser conjurado mediante negociaciones diplomáticas exitosas, o bien mediante el logro de un equiparamiento de las fuerzas armadas. Con todo, estas múltiples y profundas fisuras conllevan el peligro de igualmente múltiples desastres que nos afectarán a todos nosotros, en un todo de acuerdo con la antigua verdad de que un reino – en este caso, nuestra tierra – no puede subsistir si está dividida contra si misma.

Los mundos contemporáneos

Tenemos el concepto del Tercer Mundo. De esta forma tenemos ya tres mundos. Sin embargo, indudablemente el número es incluso mayor sólo que nos encontramos demasiado lejos para verlo. Toda cultura antigua, arraigada y autocontenida, especialmente si se halla diseminada por una amplia parte de la superficie terrestre, constituye un mundo autocontenido, llenos de acertijos y de sorpresas para el pensamiento occidental. Como mínimo debemos incluir en esto a China, a la India, al mundo musulmán y al África; y eso si es que aceptamos la tesis de considerar a los dos nombrados en último termino como unidades uniformes.

Por mil años Rusia perteneció a una categoría similar a las nombradas, a pesar de que el pensamiento occidental cometió sistemáticamente el error de negarle su carácter especial, con lo cual jamás la entendió, del mismo modo en que hoy el Occidente no entiende a la Rusia cautiva del comunismo. Y mientras puede ser que durante los últimos años el Japón se ha convertido efectiva y progresivamente en un “Lejano Oeste”, aproximándose cada vez más a las costumbres occidentales (y no quiero ser juez de nada aquí), pienso que Israel no debería ser considerado como parte de Occidente, aunque más no sea por la circunstancia decisiva de que su sistema estatal está fundamentalmente ligado a su religión.

Hace relativamente poco tiempo, el pequeño mundo de la Europa moderna se encontraba apropiándose fácilmente de colonias por todo el globo, no solamente sin prever ninguna resistencia real sino, por lo general, con desprecio por cualquier posible valor en la actitud que los pueblos conquistados tenían hacia la vida. La sociedad occidental se expandió en un triunfo de la independencia y el poder del ser humano. Y después, de pronto, el siglo XX trajo consigo la clara comprensión de la fragilidad de esta sociedad.

Ahora vemos que esas conquistas resultaron ser precarias y de corta vida (y esto, a su vez, apunta a los defectos que hay en la visión occidental del mundo y que condujeron a dichas conquistas). Las relaciones con el otrora mundo colonial se han revertido al extremo opuesto y el mundo occidental con frecuencia exhibe un exceso de obsequiosidad, pero aun es difícil estimar el monto de la factura que le presentarán a Occidente los países que fueron sus colonias y resulta difícil predecir si la entrega no sólo de la última de sus colonias sino de absolutamente todo lo que posee le será suficiente a Occidente para cancelar esta cuenta.

Convergencia

Con todo, la persistente ceguera de superioridad continúa sosteniendo la creencia en que vastas regiones de nuestro planeta deberían desarrollarse y madurar hasta alcanzar el nivel de los sistemas occidentales contemporáneos, los mejores en teoría y los más atractivos en la práctica; que todos esos mundos no están sino temporalmente impedidos (por dirigentes perversos, o por severas crisis, o por su propia barbarie e incomprensión) de esforzarse por llegar a la democracia pluralista occidental y adoptar las formas de vida occidentales. Los países resultan evaluados y juzgados por el mérito de sus progresos en dicha dirección. Sin embargo, esta concepción es el fruto de la incomprensión occidental de la esencia de los otros mundos; es un resultado de medirlos equivocadamente a todos con la misma vara occidental. El verdadero cuadro del desarrollo de nuestro planeta guarda poca semejanza con todo esto.

La angustia provocada por un mundo dividido hizo nacer la teoría de la convergencia entre la Unión Soviética y los países líderes de Occidente. Es una teoría tranquilizadora que pasa por alto el hecho de que estos mundos no están evolucionando hacia un encuentro y que ninguno de ellos puede ser convertido al otro sin violencia. Aparte de ello, la convergencia inevitablemente implica la aceptación de incluso los defectos de la otra parte, y esto difícilmente le convenga a alguien.

Si hoy estuviese dirigiéndome a un auditorio en mi país, en mi examen de los patrones genéricos de las fisuras del mundo me habría concentrado en las calamidades del Este. Pero, desde el momento en que mi exilio forzado en Occidente ya viene durando cuatro años, creo que será más interesante si me concentro en ciertos aspectos del Occidente contemporáneo tal como yo los veo.

La declinación del coraje

La merma de coraje podría ser la característica más sobresaliente que un observador externo notaría hoy en Occidente. El mundo occidental ha perdido su coraje cívico, tanto en forma genérica como en forma particular, en cada país, en cada gobierno, en cada partido político y, por supuesto, en las Naciones Unidas. Esta declinación del coraje se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales, causando la impresión de una pérdida de coraje en la sociedad entera. Existen muchos individuos valientes, pero no tienen influencia sobre la vida pública.

Los funcionarios políticos e intelectuales exhiben esta depresión, esta pasividad y esta perplejidad tanto en sus acciones como en sus declaraciones, y más aun en sus autojustificaciones tendientes a demostrar cuan realista, cuan razonable y cuan intelectual y hasta moralmente justificable resulta fundamentar políticas de Estado sobre la debilidad y la cobardía. Y esta declinación del coraje, que en ocasiones llega hasta lo que podría considerarse como falta de hombría, resulta irónicamente resaltada por ocasionales exabruptos de inflexibilidad por parte de los mismos funcionarios cuando éstos tienen que tratar con gobiernos débiles, con países que carecen de respaldo, o con corrientes desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que vérselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales.

¿Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada siempre el primer síntoma del fin?

Bienestar

Cuando se estaban formando los Estados occidentales modernos, se proclamaba como principio que los gobiernos están para servir al hombre y que éste vive para ser libre y alcanzar la felicidad. (Véase, por ejemplo, la Declaración de Independencia norteamericana). Ahora, por fin, durante las últimas décadas, el progreso tecnológico y social ha permitido la realización de esas aspiraciones: el Estado de Bienestar.

A cada ciudadano le ha sido otorgada la anhelada libertad y los bienes materiales en cantidades y calidades suficientes como para garantizar en teoría el logro de la felicidad, en el pervertido sentido que el término ha adquirido durante las mismas décadas. (En el proceso, sin embargo, se ha pasado por alto un detalle psicológico: el constante deseo de poseer una cantidad cada vez mayor de cosas y un nivel de vida cada vez más alto, con la obsesión que esto implica, ha impreso en muchos rostros occidentales rasgos de ansiedad y hasta de depresión, aunque se haya vuelto costumbre ocultar cuidadosamente estos sentimientos. Esta tensa y activa competencia ha venido a dominar todo el pensamiento humano y no abre, en lo más mínimo, el camino hacia el libre desarrollo espiritual.)

Se ha garantizado la independencia del individuo de muchos tipos de presión estatal; a la mayoría de las personas se le ha otorgado el bienestar en una medida que sus padres y abuelos no hubieran siquiera soñado con obtener; se ha vuelto posible educar a los jóvenes de acuerdo con estos ideales, preparándolos y convocándolos a un estallido de sensualidad, felicidad y tiempo libre, llamándolos a la posesión de bienes materiales, dinero y ocio, dirigiéndolos hacia una casi ilimitada libertad en la opción de placeres. De este modo ¿quién renunciaría ahora a todo esto? ¿Por qué y en beneficio de qué habría uno de arriesgar su preciosa vida en la defensa del bien común, especialmente en el nebuloso caso en que la seguridad de la propia nación tiene que ser defendida en algún lejano país?

Hasta la biología nos dice que un alto grado de constante bienestar no resulta ventajoso para un organismo vivo. Hoy en día, el bienestar en la vida de la sociedad occidental ha comenzado a quitarse su máscara perniciosa.

La vida legalista

La sociedad occidental ha elegido para si misma la organización más adecuada a sus fines y uno podría dar en llamarla legalista. Los límites de lo correcto y de los derechos humanos se encuentran determinados por un sistema de leyes, siendo que estos límites son muy amplios. Las personas en Occidente han adquirido una considerable capacidad para usar, interpretar y manipular la ley (aun cuando estas leyes tienden a ser tan complicadas que la persona promedio no puede ni comprenderlas sin la ayuda de un experto). Todo conflicto se resuelve de acuerdo a la letra de la ley y este procedimiento está considerado como una solución perfecta.

Si uno está a cubierto desde el punto de vista legal, ya nada más es requerido. Nadie mencionaría que, a pesar de ello, uno podría seguir sin tener razón. Exigir una autolimitación o una renuncia a estos derechos, convocar al sacrificio y a asumir riesgos con abnegación, sonaría a algo simplemente absurdo.El autocontrol voluntario es algo casi desconocido: todo el mundo se afana por lograr la máxima expansión posible del límite extremo impuesto por los marcos legales. (Una compañía petrolera es legalmente irrecusable cuando compra la patente de un nuevo tipo de energía a fin de impedir su utilización. Un productor de alimentos es legalmente irrecusable cuando envenena su producto con conservantes; después de todo, la gente es libre de comprar o no comprar ese producto.)

Me he pasado la vida bajo un régimen comunista y puedo asegurarles que una sociedad carente de un marco legal objetivo es algo realmente terrible.Pero una sociedad basada sobre los códigos de la ley, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Cuando el lienzo de la vida se teje con relaciones juridicistas, lo que se crea es siempre una atmósfera de mediocridad espiritual que paraliza los impulsos más nobles.

Y será simplemente imposible enfrentar los conflictos de este amenazante siglo munidos tan sólo del respaldo de una estructura juridicista.

La orientación de la libertad

La sociedad occidental actual nos ha hecho ver la diferencia que hay entre una libertad para las buenas acciones y la libertad para las malas. Un estadista que quiera lograr algo altamente constructivo para su país está obligado a moverse con mucha cautela y hasta con timidez. Miles de apresurados (e irresponsables) críticos se colgarán permanentemente de su figura. Constantemente será desairado por el parlamento y por la prensa. Tendrá que demostrar que cada uno de sus pasos está bien fundamentado y es absolutamente impecable. El resultado final es que una gran persona, auténticamente extraordinaria, no tiene ninguna posibilidad de imponerse. Se le pondrán docenas de trampas desde el mismo inicio. Y de esta manera la mediocridad triunfa bajo el disfraz de las restricciones democráticas.

En todas partes es posible, y hasta fácil, socavar el poder administrativo. De hecho, este poder ha sido drásticamente debilitado en todos los países occidentales. La defensa de los derechos individuales ha llegado a tales extremos que la sociedad ha quedado indefensa ante ciertos individuos. En Occidente ya es tiempo de defender, no tanto los derechos humanos sino las obligaciones humanas.

Por el otro lado, a la libertad destructiva e irresponsable se le ha concedido un espacio ilimitado. La sociedad ha demostrado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana; por ejemplo, contra el abuso de la libertad que conduce a la violencia moral contra los jóvenes bajo la forma de cosas como películas repletas de pornografía, crimen y horror. Todo esto es considerado como parte integrante de la libertad, y se asume que está teóricamente equilibrado por el derecho de los jóvenes a no mirar y a no aceptar.De este modo, la vida organizada en forma legalista demuestra su incapacidad para defenderse de la corrosión de lo perverso.

¿Y qué podemos decir de los oscuros ámbitos de la criminalidad? Los límites legales (especialmente en los Estados Unidos) son lo suficientemente amplios como para alentar no sólo la libertad individual sino también el abuso de esta libertad. El culpable puede terminar sin castigo, o bien obtener una compasión inmerecida, todo ello con el apoyo de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno seriamente se pone a erradicar la subversión, la opinión pública inmediatamente lo acusa de violar los derechos civiles de los terroristas. Hay una buena cantidad de estos casos.

El sesgo de la libertad hacia el mal se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente según el cual el ser humano – el rey de la creación – no es portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por consiguiente, deben ser corregidos. Sin embargo y extrañamente, a pesar de que las mejores condiciones sociales han sido logradas en Occidente, sigue subsistiendo una buena cantidad de crímenes; incluso hay considerablemente más criminalidad en Occidente que en la pauperizada y legalmente arbitraria sociedad soviética. (Es cierto que hay una multitud de prisioneros en nuestros campos de concentración acusados de ser criminales, pero la mayoría de ellos jamás cometió crimen alguno. Meramente trataron de defenderse de un Estado ilegal recurriendo a medios que se encontra