A Jean Pouget.
Conozco perfectamente a los centuriones de las guerras de Indochina y de Argelia. En un tiempo fui uno de ellos. Periodista más tarde, me convertí en su testigo y a veces en su confidente.
Siempre me sentiré unido a estos hombres, incluso si llega un día en el que no esté de acuerdo con el camino que ellos elijan para andar; pero no me creo obligado, ni mucho menos, a dar de los mismos una imagen convencional y más o menos embellecida.
Este libro es, ante todo, una novela, y sus personajes son, por tanto, imaginarios. En ocasiones, por un rasgo o por una aventura, podrán recordar a uno u otro de mis antiguos camaradas, hoy célebre o muerto y olvidado. Pero a ninguno de mis personajes se le puede bautizar sin incurrir en error. Por el contrario, los hechos, las situaciones y los decorados están tomados, casi totalmente, de la realidad; habiéndome esforzado, además, en atenerme a fechas exactas.
Dedico este libro a la memoria de todos los centuriones que mueren para que Roma sobreviva.
JEAN LARTEGUY
Nos habían dicho, al abandonar la tierra madre, que partíamos para defender los derechos sagrados de tantos ciudadanos allá lejos asentados, de tantos años de presencia y de tantos beneficios aportados a pueblos que necesitan nuestra ayuda y nuestra civilización.
Hemos podido comprobar que todo era verdad, y porque lo era no vacilamos en derramar el tributo de nuestra sangre, en sacrificar nuestra juventud y nuestras esperanzas. No nos quejamos, pero, mientras aquí estamos animados por este estado de espíritu, me dicen que en Roma se suceden conjuras y maquinaciones, que florece la traición y que muchos, cansados y conturbados, prestan complacientes oídos a las más bajas tentaciones de abandono, vilipendiando así nuestra acción.
No puedo creer que todo esto sea verdad, y, sin embargo, las guerras recientes han demostrado hasta qué punto puede ser perniciosa tal situación y hasta dónde puede conducir.
Te lo ruego, tranquilízame lo más rápidamente posible y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden, nos sostienen y nos protegen como nosotros protegemos la grandeza del Imperio.
Si ha de ser de otro modo, si tenemos que dejar vanamente nuestros huesos calcinados por las sendas del desierto, entonces, ¡cuidado con la ira de las Legiones!
MARCUS FLAVINIUS
Centurión de la 2a Cohorte de la Legión Augusta, a su primo Tertullus, de Roma.
Los prisioneros, atados unos a otros, semejan una columna de orugas procesionarias. Desembocan en una pequeña hondonada siempre vigilados por sus guardianes vietminh, que no cesan de gritarles:
— Di-di, mau-len, avancen... ¡más aprisa!
Todos se acuerdan de las ricksbaw que alquilaban en Hanoi o en Saigón, apenas hace unas semanas o unos meses. Entonces también ellos le gritaban al conductor:
—Mau-len, mau-len, corre rápido, podredumbre humana, que en la calle Catinat está esperándome una mestiza preciosa. Es tan zorra que si llego con diez minutos de retraso habrá encontrado otro tipo. ¡Mau-len, mau-len! Se terminó el permiso. El batallón está alerta, y quizás ataquemos esta noche. ¡Mau-len, corre más, para que desaparezca ese rincón del jardín y la fina silueta blanca que me hace señas con la mano!
La hondonada recuerda a todas las del país thai. La pista se desprende bruscamente del valle, estrangulado por la montaña y el bosque, para ir a parar a la alineación de los arrozales que se ajustan uno al otro como piezas de marquetería. La red geométrica de los diques de tierra negra parece enclaustrar el color, el verde muy tupido, que corresponde a la hierba de paddy.
En el centro de la depresión ha sido destruido el poblado.
Ahora sólo quedan algunos pilotes, ennegrecidos por el fuego, que emergen de las grandes hierbas de elefante.
Sus habitantes han huido al bosque, pero el comité político utiliza estos pilotes con fines de propaganda. Un cartel burdamente dibujado representa a una pareja thai vestida con su traje tradicional. La mujer, sombrero plano, corpino estrecho y larga saya; el hombre, con sus anchos pantalones negros y su corta chaqueta. Ambos acogen con los brazos abiertos a un bo-doi, es decir, a un soldado triunfador de la República Democrática del Vietnam, cubierto con su casco de latanero, y con una enorme estrella amarilla cosida, sobre fondo rojo, en su guerrera.
Un bo-doi semejante al de la pancarta, pero que camina con los pies desnudos y protegiéndose el pecho con una ametralladora, hace señas a los prisioneros para que se detengan. Y ellos se dejan caer sobre las crecidas hierbas que festonean el sendero. No pueden utilizar sus brazos porque los lleva atados a la espalda, y se contorsionan como anillas de gusano.
De entre los matorrales emerge un campesino thai. Se acerca tímidamente a los prisioneros. El bo-doi le anima con unas frasecillas secas que suenan a propaganda. Muy pronto es todo un grupo, ataviado con negra vestimenta, el que contempla a los franceses cautivos.
El espectáculo les parece increíble, y vacilan sobre la actitud a adoptar. Sin saber qué hacer, permanecen silenciosos, inmóviles, dispuestos para la huida. Quizá se preparan a ver cómo los narices largas rompen sus ataduras y aniquilan a sus guardianes.
Uno de los thai[1], empleando toda clase de fórmulas de precaución y de cortesía, interroga a otro bo-doi que acaba de aparecer, armado con un pesado fusil checoslovaco que sostiene con las dos manos. Con suavidad, utilizando el tono protector de un hermano mayor que se dirige al pequeño, el bo-doi responde. Su falsa modestia indigna al teniente Piniéres, haciéndole más insoportable el triunfo del viet. Arrastrándose, se acerca al teniente Merle:
—Han quemado a la hechicera en Dien-Bien-Fú, y éste tiene que relatarles el golpe. Nosotros éramos la hechicera.
La voz de Boisfeuras se alza chirriante, y a Piniéres se le antoja tan suficiente como la del bo-doi:
—Les dice que el pueblo vietnamita ha vencido a los imperialistas, y que ahora están libres.
A su vez, el íbai va traduciendo a sus camaradas. Alza el tono y adopta aires protectores mientras se estira, como si el hecho de hablar la lengua de aquellos extraños soldaditos, dueños de los franceses, le hiciese partícipe de su victoria.
Los thai lanzan algunos gritos de alegría. No demasiado fuertes. Gritos, risas y exclamaciones contenidas, al tiempo que se aproximan a los prisioneros para verlos mejor.
El bo-doi, alzando la mano, suelta un discurso.
—Bueno, capitán Boisfeuras —dice Piniéres agriamente—; ¿qué dicen ahora?
—El viet les está hablando de la política de clemencia del presidente Ho, y les dice que no se puede maltratar a los prisioneros, cosa que nunca se les había pasado por la imaginación. El viet les empujaría de buena gana a los malos tratos sólo por tener el placer de contenerlos. También les dice que esta tarde a las cinco, la guarnición de Dien-Bien-Fú se ha rendido.
—¡Mil años de vida para el presidente Ho! —grita el bo-doi al terminar su arenga.
—¡Mil años de vida para el presidente Ho! —repite el grupo, con la voz átona y seria de los escolares.
La noche ha caído sin escrúpulos. Bandadas de mosquitos y otros cínifes se encarnizan sobre los brazos, las piernas y los torsos desnudos de los franceses. Los viets, al menos, pueden espantarlos con ramas.
Piniéres se acerca a Glatigny arrastrándose, lo que obliga a los demás compañeros a hacer lo mismo para cambiar de postura. Glatigny contempla el cielo y parece sumido en un sueño profundo.
Glatigny era el responsable de que todos estuviesen encadenados, ya que se había enfrentado con el comisario político. Ninguno de los veinte hombres que con él estaban maniatados se lo echaba en cara. Quizá salvo Boisfeuras, quien, por otra parte, tampoco se había manifestado a este respecto.
— Dígame, mi capitán, ¿de dónde Salió ese Boisfeuras que habla la jerga de los viets?
Piniéres tutea a todo el mundo menos a Glatigny y a Boisfeuras; a uno por respeto, al otro por demostrarle hostilidad.
A Glatigny parece costarle trabajo salir de su sueño. Tiene que hacer un gran esfuerzo para responder:
— Le conozco desde hace cuarenta y ocho horas. Llegó el cuatro de mayo por la tarde al punto de apoyo. Fue un milagro que hubiese pasado con su convoy de P. I. M.[2] cargado de municiones y de vituallas. Hasta ese día no había oído hablar de él.
Piniéres, tras gruñir algo, se frota la cabeza contra un montón de hierba, tratando de deshacerse de los mosquitos.
Glatigny quería olvidar la caída de Dien-Bien-Fú. Pero los acontecimientos de los seis últimos días, los combates que se habían desarrollado sobre el punto de apoyo de Marianne II, que él mandaba, se habían fundido en una especie de molde para no formar más que un bloque de fatiga y de horror.
Glatigny, durante la noche, había tenido un último contacto, por radio, con Raspéguy, que acababa de recibir sus galones de coronel. Era el único que seguía contestando y dando órdenes. Glatigny le lanzó un S.O.S.
— No tengo abastecimiento, mi coronel. Ni municiones. Y están sobre la posición, donde nos batimos cuerpo a cuerpo.
La voz de Raspéguy, un poco ronca, pero conservando todavía algunas entonaciones cantarínas, propias de la lengua vasca, le tranquilizó y le infundió calor, al igual que un vaso de buen vino tras un penoso esfuerzo.
— Aguanta, pequeño; trataré de hacer pasar algo.
Era la primera vez que el gran paracaidista lo tuteaba. A Raspéguy no le gustaban los hombres del Estado Mayor ni los que se relacionaban con los generales, y Glatigny había sido, durante mucho tiempo, ayudante de campo del comandante en jefe.
El día se había levantado una vez más, y una silueta había ocultado por un momento el trozo de cielo que se dominaba desde la entrada del parapeto.
La silueta se esfumó de pronto y luego volvió a aparecer. Un hombre, con el uniforme cubierto de barro, colocó su fusil norteamericano sobre la mesa. Después se liberó del casco de acero que cubría su cabeza. Tenía los pies desnudos y los pantalones recogidos hasta las rodillas. Cuando se volvió hacia Glatigny, la luz grisácea de aquella mañana lluviosa había iluminado sus ojos, cuyo iris tenía un color verde agua muy pálido.
El hombre se presentó:
— Capitán Boisfeuras. Traigo conmigo cuarenta P. I. M. y unas treinta cajas.
Los dos convoyes anteriores habían tenido que renunciar a franquear los trescientos metros que todavía unían Marianne II y Marianne III por medio de un conducto informe repleto de barro líquido que se encontraba bajo el fuego de los viets.
— Dos mil setencientas granadas de mano y quince mil cartuchos. Pero no traigo munición de mortero y tuve que abandonar las cajas de raciones en Marianne III.
— ¿Cómo lo ha conseguido? — preguntó Glatigny, que no contaba con recibir auxilio.
— Convencí a mis P. I. M. de que era necesario venir.
Glatigny miró a Boisfeuras con más atención. Era bastante pequeño, un metro sesenta todo lo más; las caderas estrechas y anchas las espaldas. Casi era de la misma estatura que un indígena de la Alta Región, con un cuerpo robusto y fino a la vez. Sin ver su rostro, de fuerte nariz y boca carnosa, se le podría tomar por un mestizo. Su voz, un poco chirriante, acentuaba esa impresión.
— ¿Qué hay de nuevo? — preguntó Glatigny.
— Seremos atacados mañana, a la caída de la noche, por la división 308. Es la más dura. Por este motivo abandoné las cajas de las raciones para traer más municiones.
— ¿Y cómo lo sabe usted?
— Antes de venir con el convoy fui a pasearme entre los viets. Hice un prisionero. Era de las 308 y me dio la información.
—No me han prevenido del P. C.[3]
—Olvidé llevar conmigo al prisionero, era un estorbo. Y no me han querido creer.
Mientras hablaba se había secado las manos con su gorro, y había tomado el último cigarrillo que quedaba en el paquete de Glatigny.
—Fuego, por favor... Gracias. ¿Puedo instalarme aquí?
— ¿No regresa al P. C. ?
—¿Y para qué ? Tan perdido está esto como aquello. La 308 fue totalmente reformada en enero. Va a rendir al máximo, y barrerá todo lo que aún sigue en pie.
Glatigny empezaba a sentirse molesto ante la suficiencia del recién llegado y por la mirada socarrona que veía alumbrar en sus ojos. Trató de hacerle volver a su sitio.
—¿Fue su prisionero el que también le ha suministrado esa información ?
—No, pero hace quince días crucé la retaguardia de la 308 y vi las columnas de refuerzos que llegaban.
—¿Cómo puede permitirse el lujo de pasearse entre los viets?
—Vestido de nha-que soy casi irreconocible, y hablo muy bien el vietnamita.
—Pero, ¿de dónde procede usted?
—De la frontera de China. Estuve organizando maquis por allá. Un día recibí la orden de abandonarlo todo y unirme a los de Dien-Bien-Fú. Tardé un mes.
Un guerrillero nung, que llevaba el mismo atuendo que el capitán, hizo su aparición.
—Es Min, mi asistente. — dijo Boisfeuras — Estaba allí conmigo.
Se puso a hablarle en su lengua. El nung meneaba la cabeza. Después la bajó, colocó su fusil al lado del de su jefe, se despojó de todo su equipo y salió.
— ¿Qué le ha dicho? — preguntó Glatigny, con una curiosidad cargada de prevención.
— Que se marche. Va a tratar de ganar Luang Prabang por el valle del Nam-U.
— Usted podría marcharse también.
— Quizá, pero no lo haré. No quiero perderme nada de una experiencia que puede ser sumamente interesante.
— ¿No es el deber de un oficial evadirse?
— Todavía no soy un prisionero; ni usted tampoco. Pero pasado mañana lo seremos ambos... o estaremos muertos. Es un riesgo que hay que correr.
— Puede alcanzar los maquis que hay alrededor de Dien-Bien-Fú.
— Ya no hay maquis alrededor de Dien-Bien-Fú, o si los hay trabajan para los viets. Como en todas partes, también hemos fracasado allí..., porque no hemos hecho la guerra que hubiera convenido hacer.
— Hace sólo un mes yo estaba con el comandante en jefe. Gozaba de toda su confianza y he participado en la creación de esos maquis. Nunca oí hablar de los que se encuentran en la frontera de China.
— No estaban siempre en la frontera. Muchas veces, incluso, andaban por el interior de China. Yo dependía directamente de París, de un servicio adjunto a la Presidencia del Consejo. Todo el mundo ignoraba mi existencia, así se podían desentender de mí al menor incidente.
— Pues si nos hacen prisioneros va a tener usted tropiezos con los viets.
— Ignoran por completo mi actividad. Trabajaba contra los chinos, no contra los viets. Mi combate, si lo prefiere así, era menos localizable que el suyo. El comunismo, en Occidente, en Oriente o en Extremo Oriente, forma un todo, un bloque. Es pueril creer que cuando se ataca a uno de los miembros de esta comunidad se puede localizar el conflicto. Algunos hombres lo habían comprendido así en París.
— Usted no me conoce y parece tener ya confianza en mí para revelarme cosas que tal vez yo hubiese preferido ignorar.
— Tendremos que vivir juntos, capitán Glatigny, acaso durante mucho tiempo. Me ha gustado su actitud, cuando, al saber que todo estaba perdido en Dien-Bien-Fú, abandonó al general en jefe, un hombre de su casta y de su tradición, para lanzarse aquí en paracaídas. He encontrado en su gesto un sentido que quizá no sea el que usted quiso darle. A mis ojos, usted ha abandonado las jerarquías muertas para unirse a los soldados y a los pequeños cuadros, a todos los que se baten, a la base del Ejército.
De esta forma, Glatigny había trabado conocimiento con Boisfeuras, el hombre que ahora, prisionero y atado, se encuentra acostado a muy pocos metros de él.
Por la noche, Boisfeuras, gateando, se desliza hacia Glatigny.
— Los tiempos del heroísmo han muerto — dice —, o, por lo menos, del que nos muestra el cine. Los nuevos ejércitos ya no tendrán penachos ni música. Ante todo tendrán que ser eficaces. Es lo que nosotros vamos a aprender, y por eso no me quiero evadir.
Tiende sus dos manos hacia Glatigny, quien ve que se ha liberado de las ataduras. No tiene ninguna reacción. Incluso Boisfeuras le aburre. Todo le llega de muy lejos, como si fuera un eco.
Glatigny está acostado de lado. Un hombre soporta el peso del cuerpo.
Las crestas de las montañas que bordean el hondón se recortan con claridad sobre el fondo negro de la noche. Las nubes cabalgan por el cielo y, a veces, en el silencio, se oye el zumbido próximo o lejano de un avión.
No experimenta ningún deseo, a no ser una vaga y remota necesidad de calor. Su agotamiento físico es tal que tiene la sensación de estar retirado del mundo, de estar más allá de sus límites y de poder contemplarse desde el exterior. Quizá fuese eso el Nirvana de Le Thuong.
En Saigón, el monje budista Le Thuong había querido iniciarle en el ayuno:
— Los primeros días — le había dicho — sólo piensas en el alimento. Cualquiera que fuese el fervor de tu oración y tu voluntad de unión con Dios, todos tus ejercicios espirituales y meditaciones están saturados de deseos materiales. La liberación del espíritu se produce entre el octavo y el décimo día de ayuno. En unas horas se separa de la materia, y siendo ya independiente de ella, aparece en una pureza maravillosa hecha de lucidez, de objetividad y de penetrante comprensión. Entre los treinta y cinco y los cuarenta días, en medio de esta pureza, aparece de nuevo la necesidad de alimento. Es la última señal de alarma del organismo al borde del agotamiento. Más allá de este umbral biológico ya no existe metafísica.
Desde el amanecer del 7 de mayo, Glatigny se encuentra en este estado. Tiene la extraña sensación de poseer dos conciencias, una que se debilita a cada paso, pero que todavía le obliga a dar ciertas órdenes y a hacer determinados gestos, como el de arrancarse sus galones en el momento de caer prisionero; y la otra que se refugia en una especie de contemplación indiferente y morosa. Hasta este momento había vivido siempre en un mundo concreto, activo, amistoso u hostil, pero lógico incluso en el absurdo.
El 6 de mayo, a las once de la noche, los viets hicieron saltar la cima del picacho con una mina, e inmediatamente después lanzaron dos batallones al ataque, que terminaron apoderándose de la casi totalidad del enclave y, lo que era más grave, de las posiciones más elevadas.
Por lo tanto, el contraataque francés de los cuarenta supervivientes había partido del lugar más bajo de la pendiente.
Glatigny recordaba perfectamente una reflexión de Boisfeuras:
—Todo esto es completamente estúpido.
Y la violenta contestación de Piniéres:
— Si tiene miedo, mi capitán, recuerde que nadie le pidió que viniese con nosotros.
Pero Boisfeuras no tenía miedo; lo había demostrado. Sólo que parecía indiferente a los acontecimientos que se desarrollaban, como si se estuviese reservando para la segunda parte del drama.
El contraataque había sido débil, penoso de iniciar. Sin embargo, los hombres habían recuperado la posición a golpe de granadas, agujero tras agujero. A las cuatro de la madrugada se terminó la limpieza de los viets que se encontraban escondidos al borde del cráter originado por la mina. Pero más de la mitad de los hombres de la pequeña guarnición había dejado su piel en la empresa.
De pronto se hizo un silencio que aisló a Marianne II como un islote en medio de un océano de fuego. Al oeste del Song-Ma, la artillería vietminh hostigaba al P. C. G. O. N. O.[4] Por segundos se abrían y se marchitaban abanicos de fuego en la negrura de la noche. Al Norte, Marianne IV, bloqueado y asaltado por todas partes, seguía resistiendo.
Cergona, el radiotelegrafista, había muerto al lado del capitán De Glatigny. Pero su aparato, el PCR 10, seguía funcionando y gemía suavemente en medio del silencio. De pronto, el zumbido dio paso a la voz de Porter, que desde Marianne IV mandaba la última compañía de reserva, que había estado integrada por los supervivientes de tres batallones de paracaidistas para venir en auxilio de Marianne II.
— Azul de azul — repite—. Continúo debajo de Marianne II. Imposible encontrar salida. Los viets tienen trincheras encima de mí y nos escupen granadas a la cara. Sólo me quedan nueve petardos. Azul, hable...
—Azul tres, ya le he dicho que contraataque. Avance, en nombre de Dios. También nosotros estamos recibiendo las granadas en las narices. Ya debía de haber llegado a la cima.
—Azul de azul tres. Bien recibido. Trataré de avanzar. Por mí, nada más.
Un silencio. Después, otra voz preguntaba:
—Azul de azul cuatro, hable — la voz se hacía insistente —. ¿Azul de azul cuatro?
Pero azul ya no iba a contestar nunca. El robusto Porter se había dejado "liquidar" intentando ganar la cima. Su formidable cuerpo aparecía tendido sobre una pendiente, y un viet minúsculo le registraba los bolsillos.
Glatigny había oído aquel extraño mensaje con la indiferencia de un profesional de rugby que, ya retirado, escucha por costumbre la retrasmisión de los partidos. Lo oído significaba que ya nadie podía venir en ayuda de Marianne II, puesto que Marianne III estaba perdido.
Glatigny no tenía fuerzas para apagar el PCR 10, que seguía zumbando hasta agotar sus pilas. Cergona tenía la cabeza hundida en el barro, y la radio, con su antena, parecía un monstruoso escarabajo que devorase su cadáver.
Una luciérnaga, que descendía lentamente por el extremo de su paracaídas, iluminaba el lugar con su luz lívida. En el otro lado de la pendiente, Glatigny distinguía las trincheras de los vietminh, que se destacaban como trazos negros continuos. Parecían tranquilas y completamente inofensivas.
Uno tras otro, sus jefes de sección y sus ayudantes de compañía llegaban arrastrándose hasta Glatigny para rendirle cuentas. A diez metros de allí, Boisfeuras contemplaba el cielo y parecía buscar en él una señal.
Merle fue el primero en llegar. Parecía, más flaco que de costumbre, y seguía metiéndose los dedos en la nariz.
—Mi capitán, sólo me quedan siete tipos en mi compañía y dos cargadores de P. M. Ninguna noticia de la sección de Lacade, enteramente desaparecida.
Luego llegó l'adjudant[5] Pontín. Su barba, que le había crecido, era completamente blanca. .. Se notaba que estaba al borde del derrumbamiento y de la crisis de lágrimas.
"Con tal de que haga eso muy sólido en su agujero...", pensó Glatigny.
— Cinco hombres en la compañía; cuatro cargadores — dijo l'adjudant. Y se fue a hacer eso en su agujero.
Piniéres llegó el último. Era teniente antiguo y se sentó al lado de Glatigny.
— Me quedan ocho bombas y nada que meter en los fusiles.
Los viets empezaron a cantar el himno de los guerrilleros. Llegaba muy nítido su canto a Marianne II:
Amigo, oyes el vuelo negro de los cuervos en la llanura.
Amigo, oyes el grito sordo del país que se encadena.
— Es asqueroso — dijo Piniéres con amargura —. Es hasta divertidamente asqueroso, mi capitán. Hasta eso me lo han quitado.
Piniéres había hecho sus primeras armas en un maquis F. T. P., y había sido integrado en el ejército. Era uno de los escasos aciertos de la operación.
Merle volvió a aparecer.
— Venga, mi capitán, encontramos al pequeño y está a punto de reventar.
El pequeño era el alférez Lacade, que había llegado tres meses antes al batallón de paracaidistas, recién salido de Saint-Cyr, después de haber hecho un curso de unas semanas en una escuela de prácticas.
Lacade había sido alcanzado por cascos de granada en el vientre. Sus dedos se crispaban sobre la tierra tibia y ligera. Glatigny no distinguía bien su rostro en la penumbra, pero al oírle hablar comprendió que se encontraba muy mal.
Lacade tenía veintiún años. Para darse tono y seguridad se había dejado crecer una brizna de bigote rubio y hacía la voz más gruesa. De nuevo era la de un adolescente, voz indecisa en donde el agudo se mezclaba con el grave. El pequeño ya no trataba de representar su comedia.
—Tengo sed — dijo —, mucha sed, mi capitán.
Glatigny sólo podía mentir:
—Te vamos a bajar a Marianne III; allí hay un médico.
Era estúpido creer que se podría, trasportando un herido, franquear las posiciones de los viets entre los dos enclaves. Incluso el pequeño lo sabía. Pero creía ya en lo imposible y se abandonaba a las promesas del capitán.
Repitió:
— Tengo sed; pero claro que puedo esperar a que se haga de día. Recuerde, mi capitán, en Hanoi, en Normandía, aquellas botellas de cerveza tan frescas que estaban recubiertas de vaho. Parecía como si se tocase un helado.
Glatigny le tomó la mano. Llegó hasta la muñeca para tomarle el pulso. El pequeño no iba a sufrir mucho tiempo más.
Lacade reclamó la cerveza dos o tres veces más. Pronunció el nombre de una muchacha, Aliñe, su novia, que le esperaba en su provincia. Una novia de Saint-Cyr, risueña y pobre, que desde hacía dos años llevaba el mismo vestido todos los domingos.
Sus dedos se crisparon más en el barro.
Boisfeuras, se aproximó a Glatigny, que seguía agachado junto al cadáver.
— Siete promociones de Saint-Cyr, cuando el resultado es una derrota. Nos será difícil reponernos de esta sangría.
— Un niño de veinte años, una esperanza y un entusiasmo de veinte años ha muerto — dijo Glatigny —. Es un capital sagrado, que acaba de ser derrochado y que no se renueva fácilmente. ¿Qué piensan en París ?
— Es la hora de salir del teatro.
Al amanecer, los viets volvieron al ataque. Los últimos supervivientes de Marianne II los vieron salir, uno a uno, de los orificios de sus trincheras cubiertas. Después, las siluetas comenzaron a aparecer y desaparecer alternativamente, ágiles, saltando y rebotando como pelotas de goma. Nadie disparaba. Glatigny había dado orden de conservar las municiones para el asalto final.
El capitán tenía una granada en la mano. La destornilló, teniendo la cuchara apretada contra la palma.
"Sólo tengo que dejarla caer a mis pies cuando los viets estén sobre mí, y contar uno, dos, tres, cuatro, cinco — pensó —. Después nos iremos todos juntos de este mundo, ellos y yo. Moriré, según la tradición, como el tío Joseph en 1940; como mi padre en Marruecos, y como mi abuelo en el Chemin des Dames. Claude irá a aumentar el batallón negro de las viudas de los oficiales. Será bien acogida y encontrará parentela. Mis hijos irán a La Fleche y mis hijas a la Legión de Honor."
Le dolían las articulaciones de las falanges, crispadas sobre la granada. A menos de diez metros tres viets se situaban en fila, junto a un agujero. Podía oír cómo se daban ánimos los unos a los otros antes de iniciar el asalto que les llevaría hasta él.
—Uno, dos, tres...
Lanzó la granada sobre el agujero. Explotó. Trozos de tierra y despojos de carne y ropas llegaron hasta él.
Se hundió en el fango. Muy cerca, a su derecha, oyó el acento arrabalero de Mansard, un sargento:
— ¿Qué nos irán a hacer los muy cerdos? Ya no hay nada para tirarles encima.
Glatigny se arrancó sus galones. Trataría, por lo menos, de hacerse pasar por un segunda clase. Sería más fácil evadirse.. . Más tarde... Se tumbó de costado en el agujero. No tenía otra cosa que hacer que esperar lo que Boisfeuras pretendía que era interesante.
La explosión de una granada en su refugio le hizo despedirse de la civilización greco-latino-cristiana. Cuando recobró el sentido, estaba al otro lado, entre los comunistas.
Una voz sonaba en la noche:
— Están completamente cercados. No disparen. No les haremos daño. Levántense y alcen los brazos.
La voz separaba las sílabas, como en el doblaje de una mala película del Oeste.
La voz se fue acercando, ahora se encontraba cerca de Glatigny:
— ¿Está usted vivo? ¿Herido? Vamos a atenderle; tenemos medicamentos. ¿Dónde están sus armas?
— No tengo armas. No estoy herido. Simplemente quedé conmocionado.
Glatigny había hecho un gran esfuerzo para hablar, y se quedó sorprendido al oír su propia voz. La desconocía, lo mismo que la primera vez en que la había oído en cinta magnetofónica, tras una conferencia que había dado en Radio Saigón.
— No se mueva — continuó la voz —. Está a punto de llegar el enfermero.
Glatigny se encontró introducido en un cobijo en forma de túnel, largo y estrecho. Estaba sentado en el suelo, con la espalda desnuda apoyada en la pared. Frente a él, un nha-que sentado sobre sus talones fumaba un pestilente tabaco liado en papel de periódico.
El túnel estaba iluminado por dos bujías, pero cada bo-doi que pasaba lanzaba breves y zigzagueantes rayos con su linterna. En la misma postura que él, reclinados sobre el muro de la tierra, el capitán reconoció a tres paracaidistas vietnamitas que habían estado en Marianne II. Le lanzaron miradas de hito en hito y luego desviaron sus cabezas.
El nha-que llevaba la cabeza descubierta. En los extremos del labio superior lucía dos mechones de tres o cuatro pelos largos. Vestía un uniforme caqui sin insignias, y se distinguía de los otros viets por no calzar alpargatas de tela. Los dedos de sus pies se mezclaban voluptuosamente con el tibio barro de aquel lugar.
En medio de dos bocanadas de su infecto pitillo pronunció unas palabras, y un bo-doi, con el espinazo ligero y ondulante como el de un muchacho, se inclinó sobre Glatigny.
— El jefe del batallón le pregunta dónde está el comandante francés que mandaba el enclave.
Glatigny tuvo un reflejo de oficial de tradición. No podía creer que aquel nha-que acurrucado, que fumaba un tabaco maloliente mandase como él un batallón, tuviese su misma categoría y las mismas responsabilidades. Le señaló con el dedo:
— ¿Es vuestro jefe?
— Sí — respondió el viet, inclinándose respetuosamente hacia el comandante vietminh.
Glatigny encontró que su colega tenía la cabeza de un campesino de la Haute Corréze, una de cuyas antepasadas hubiese sido violada por un jinete de Atila. Su rostro no era cruel ni inteligente. Tenía un aire sufrido, paciente y atento. Creyó ver cómo el nha-que sonreía, cerrando con placer las dos delgadas hendiduras de sus ojos.
Así, pues, aquel era uno de los responsables de la división 308, la mejor, la más eficiente y preparada de todo el Ejército Popular. Aquel campesino salido de su arrozal le había derrotado. A él, a Glatigny, descendiente de una de las grandes dinastías militares de Occidente, para quien la guerra era un oficio y una razón de vivir.
El nha-que soltó tres palabras mezcladas con su humo apestoso, y el intérprete se dispuso a formular la misma pregunta a los paracaidistas vietnamitas. Sólo uno respondió: el sargento. Con su mentón señaló al capitán.
— Usted es el capitán Glatigny, que mandaba la tercera compañía de paracaidistas. Pero, ¿dónde está el comandante del enclave?
Glatigny encontraba ahora estúpido tratar de hacerse pasar por un segunda clase. Contestó:
— Yo era el que lo mandaba. No había comandante. Yo era el capitán con mayor antigüedad.
Miró al nha-que, cuyos ojos se abrían y se cerraban suavemente, pero que conservaba el rostro impasible. Se habían batido, el uno contra el otro, utilizando las mismas armas. Sus pesados morteros podían compararse con la artillería francesa. Sobre Marianne II no había podido intervenir nunca la aviación.
De aquellos duros combates cuerpo a cuerpo, de aquella posición veinte veces perdida y recuperada, de aquel encarnizamiento de todos los actos de valor y de aquel último ataque francés llevado a cabo por cuarenta hombres que habían arrojado de la cima al batallón vietminh, expulsándolo de los agujeros que habían conquistado, de todo aquello no quedaba trazo alguno sobre aquel rostro impasible, que no traslucía estima, ni interés, ni siquiera odio.
Ya habían pasado los tiempos en que el vencedor presentaba armas a la guarnición vencida que se había batido con valor. Ya no habría sitio para los honorables hombres de la guerra. En el frío universo del comunismo, el vencido era un culpable, y se encontraba rebajado al rango de condenado de Derecho común.
En abril de 1945 todavía seguían en pie los principios de la casta. El alférez De Glatigny mandaba un pelotón de reconocimiento frente a Karlsruhe. Había hecho prisionero a un mayor alemán, y lo había conducido a su jefe de escuadrón, V..., que era primo suyo y pertenecía al mismo linaje militar de los hobereaux, sucesivamente saqueadores de peregrinos, cruzados, condestables de reyes, mariscales del Imperio y generales de la República.
El jefe del escuadrón había instalado su puesto de mando en una casa forestal. Había salido al encuentro del prisionero. Se habían saludado y presentado. El mayor también llevaba un gran nombre en la Wehrmacht y se había batido bien.
Glatigny se había sorprendido de las semejanzas entre los dos hombres. Los mismos ojos penetrantes, hundidos en las órbitas, la misma rígida elegancia en el gesto, los labios delgados, la nariz fuerte y arqueada.
No se daba cuenta de que él tenía el mismo aspecto.
Todo esto había ocurrido una mañana muy temprano. El comandante V... invitó a Glatigny y a su prisionero a que desayunasen en su misma mesa.
El alemán y el francés parecían a sus anchas, ya que se encontraban entre gentes de la misma casta. Hablaron animadamente y trataron de recordar los frentes en donde podían haber coincidido desde el año 1939. Poco les importaba que uno fuese el vencedor y otro el vencido. Habían observado las reglas y se habían batido noblemente. Entre ellos existía la estimación y, en potencia, la amistad.
V... hizo llevar al mayor en su jeep hasta el campo de prisioneros. Al despedirse le estrechó la mano. Glatigny le había imitado.
El jefe nha-que del batallón, que había escuchado la respuesta de Glatigny traducida por el intérprete, dio una orden. Un bo-doi soltó su arma y se adelantó hacia el capitán, en tanto que extraía de su bolsillo un largo cordón de nylon blanco, un suspensor de paracaídas. Le dobló violentamente los brazos sobre la espalda y le ató los codos y las muñecas con extrema minuciosidad.
Glatigny contempló fijamente al nha-que. Le pareció que sus ojos, semicerrados, eran dos hendiduras de mirilla tras la que espiaba otra persona mucho menos segura de sí. Su triunfo debía serle tan violento que le tenía borracho. No podría contenerse durante mucho tiempo. En seguida se pondría a reír, o a golpearle.
Pero la mirilla se cerró y el nha-que comenzó a hablar suavemente. El bo-doi, recogiendo su fusil, le hizo señal al francés de que le siguiese.
Durante horas, Glatigny caminó por las trincheras con el barro hasta los muslos, cruzándose con columnas de termitas-soldados, atareadas y especializadas. Había termitas-soldados con su casco de palmera acuñado con la estrella amarilla sobre fondorojo; termitas-coolíes, machos o hembras, vestidos de negro, que trotaban bajo el balancín vietnamita o la canasta thai. Se cruzó con una columna que llevaba en cestos arroz humeante.
Todas estas termitas parecían insensibles y sobre su rostro no se dibujaba ninguna expresión, ni siquiera uno de esos sentimientos elementales que rompen a menudo la impasibilidad de los trazos asiáticos: el miedo, el gozo, el odio o la cólera. Nada. Una misma obstinación les empujaba hacia un lugar misterioso, que sin duda debía encontrarse alejado de la batalla actual. Aquel rumor de insectos asexuales le pareció como teledirigido, como si en las profundidades de aquel mundo cerrado existiese una reina monstruosa, una especie de cerebro central que fuese la conciencia colectiva de todas aquellas termitas.
Glatigny tenía ahora la impresión de ser uno de esos exploradores imaginados por los autores de novelas de ciencia-ficción, que, súbitamente, por medio de una máquina, se ven en la necesidad de explorar el pasado o el futuro dentro de un monstruoso universo desaparecido, o en el interior de un mundo futuro más terrible todavía.
Tropezaba a cada paso en el barro. El centinela que le acompañaba repetía incansablemente:
—Mau-len, mau-len, di-di, di-di.
En una encrucijada le obligó a detenerse.
El bo-doi se puso a hablar con el jefe de puesto, un joven vietnamita que llevaba un cinturón norteamericano de tela y un "colt".
El joven miró al francés, sonriendo casi amistosamente, y preguntó:
—¿Conoce usted París?
— Claro.
—¿Y el Barrio Latino? Yo cursaba Derecho. Siempre comía en "chez Louis", en la rué Descartes. Y frecuentaba la terraza del "Capoulade".
Glatigny lanzó un suspiro. La máquina de explorar el tiempo acababa de devolverle a su siglo, al lado de aquel joven vietnamita que, con algunos años de intervalo, había pisado las mismas aceras que él y había frecuentado las mismas terrazas de café.
—¿Ya existía en su época el "Gypsy's", en la calle Cujas? — preguntó el vietnamita—. He pasado allí muy buenos momentos. Había una muchacha que bailaba. .., y a mí me parecía que sólo bailaba para mí.
El bo-doi, que no entendía nada de esta conversación, se impacientaba. El estudiante del "colt" bajó la cabeza, y luego, con una voz diferente, seca y desagradable, dijo al francés:
— Tiene que marcharse.
— ¿A dónde me llevan?
— Lo ignoro.
— ¿ Podría decirle al bo-doi que afloje mis ligaduras? No siento los dedos.
— No. Es imposible.
Bruscamente volvió la espalda a Glatigny. Se había vuelto termita y se alejó, hundiéndose en el espeso barro.
Ya nunca más se vería libre, las termitas no lo soltarían jamás. No volvería a contemplar en primavera los jardines de Luxemburgo, cuando las muchachas hacen bailar sus faldas en torno a sus caderas, con unos libros bajo el brazo.
El prisionero y su centinela pasaron por detrás de Beatrice, el enclave de la Legión que guardaba la desembocadura nordeste de la depresión de Dien-Bien-Fú. Beatrice había caído en la noche del 13 al 14 de marzo, y la jungla ya invadía las alambradas erizadas de púas y los escondrijos arrasados.
Al salir de la trinchera estalló tras ellos una bomba. Solamente seguía disparando una pieza de artillería en el P. C. G. O. N. O., y su objetivo era el terreno que pisaba Glatigny.
Prisionero y guardián penetraron seguidamente en el denso bosque que recubre las montañas. El sendero rectilineo trepaba desde el fondo de un terreno estrecho, sobre el que se cerraba la bóveda de los grandes bombax[6].
A ambos lados del sendero se habían construido refugios en las entrañas mismas de la tierra. Glatigny veía morteros de 120, bien colocados. Relucían suavemente, entre las sombras. Aparecían perfectamente preparados, y, como técnico, no pudo por menos de admirar su buena conservación. Delante de la entrada de los refugios, los hombres charlaban en posición de descanso. Parecían demasiado corpulentos para ser vietnamitas, y todos ellos llevaban sobre el pecho, a modo de medallón, el retrato de Mao-Tsé-Tung. Se trataba de la división 350, la división pesada que había hecho su instrucción en China. El Segundo Bureau de Saigón ya había señalado su llegada.
Los grupos sonrieron al paso del capitán. Quizá ni lo veían, ya que no era de su mundo.
Glatigny se movía torpemente con los brazos atados a la espalda, y su andar recordaba el de un pingüino, con su balanceo de derecha a izquierda. Estaba tan fatigado que se desplomó.
—Di-di, mau-len, siga caminando, tití.
El tono era paciente, más bien alentador, pero el soldado no hizo ningún gesto para ayudarle.
Ahora, los nha-que vestidos de negro habían reemplazado a los soldados en las entradas de los parapetos. A un lado del sendero, en una mancha de sol, un viejo estaba a punto de engullir su arroz de la mañana. Glatigny no tenía hambre, ni sed, ni vergüenza, ni cólera; no sentía ni fatiga. Era como si fuese muy viejo y, a la vez, acabase de nacer. Pero el perfume espeso del arroz caliente desencadenó en él un reflejo animal. No había probado bocado desde hacía cinco días, y de pronto sintió hambre, y lanzó sobre la escudilla una mirada codiciosa:
— ¿Comer?
El nha-que mostró sus dientes negros en una especie de sonrisa y asintió con la cabeza. Glatigny se dio la vuelta para mostrar sus ataduras. Entonces el viejo hizo una bola de arroz con sus dedos terrosos, arrancó delicadamente una lámina de pescado seco y se lo metió todo en la boca.
Pero el soldado empujó al capitán, y éste tuvo que proseguir su caminata por el sendero, que ascendía cada vez más empinadamente.
El sol se había desprendido de las brumas de la mañana. El bosque estaba tranquilo, profundo y negro como los lagos de aguas muertas en los cráteres de los volcanes.
En aquel momento Glatigny comprendía a Boisfeuras, que no había querido evadirse porque quería "saber". En aquel desastre era su recuerdo el que se le imponía, y no el de sus jefes o compañeros. Al igual que Boisfeuras, hubiera querido hablar el vietnamita, e inclinarse sobre aquellos soldados y coolies para preguntarles:
— ¿Por qué eres vietminh? ¿Estás casado? ¿Sabes quién es el profeta Marx? ¿Qué es lo que esperas?
Había vuelto a encontrar el sentido de la curiosidad, ya no era un prisionero.
Glatigny llegó a la cima. A través de los árboles distinguía la depresión de Dien-Bien-Fú. Y hacia un lado, bajo el ojo atento de un centinela, un grupito: los supervivientes del enclave Boisfeuras dormía sobre los helechos. Merle y Piniéres discutían entre sí con cierta vehemencia. Piniéres ponía vehemencia en todo. Lo llamaron. Boisfeuras se despertó y se sentó sobre sus talones, a lo nha-que.
El bo-doi siguió empujando a Glatigny con su fusil. Un hombrecillo joven, con uniforme limpio y cuidado, apareció ante una cueva. Le hizo señas para que entrase. El lugar era confortable y no había barro. En aquella grata semioscuridad, el oficial descubrió a otro hombrecillo semejante al primero, sentado ante una mesa de niño. Fumaba un cigarrillo; el paquete estaba sobre la mesa, recién empezado. Glatigny fumaría de buena gana un cigarrillo.
— Siéntese — dijo el joven. Tenía el acento clásico del liceo francés de Hanoi.
Pero no había asientos. Con el pie, Glatigny dio la vuelta a un pesado casco norteamericano. que se encontraba allí y se sentó encima, lo más confortablemente que le fue posible.
— ¿Su apellido?
— Glatigny.
El joven escribía sobre una especie de libro registro.
— ¿Su nombre?
— Jacques.
— ¿Grado?
— Capitán.
— ¿Batallón?
— No lo sé.
El viet colocó su estilográfica sobre la mesa y aspiró una profunda bocanada de su cigarrillo. Parecía estar ligeramente fastidiado.
—El presidente Ho-Chi-Minh (pronunciaba la ch suavemente, como los franceses) ha dado órdenes para que los combatientes y el pueblo sean clementes (recalcó especialmente la frase) con los prisioneros. ¿Ha sido maltratado?
Glatigny se levantó y le dejó ver sus brazos trabados. El joven alzó una ceja con sorpresa y llamó discretamente al muchacho que permanecía en la entrada de una tienda montada con las brillantes telas de los paracaidas. Se arrodilló detrás del capitán y sus dedos ágiles deshicieron los complejos nudos. La sangre invadió de un golpe los paralizados antebrazos. Era un dolor terrible; Glatigny hubiera deseado lanzar unos cuantos juramentos, lo más groseros posible, pero se encontraba ante gente tan educada que se contuvo.
— Usted fue hecho prisionero en Marianne II. Usted mandaba el enclave. ¿Cuántos hombres tenía con usted?
— No lo sé.
— ¿Tiene sed?
— No.
— Entonces tendrá hambre. Se le dará algo para comer inmediatamente.
— Tampoco tengo hambre.
— ¿Necesita algo?
Si se le ofreciese un cigarrillo, Glatigny no sería capaz de rechazarlo, pero el vietminh no lo hizo.
— Tengo sueño — dijo de pronto el capitán.
— Lo comprendo. El combate ha sido muy duro. Nuestros soldados son más débiles y más pequeños que los suyos, pero se han batido con más tesón que ustedes, ya que sacrificaban la vida por su patria. Ahora usted es un prisionero, y su deber es responder a mis preguntas. ¿Qué efectivos había en Marianne II?
— Le he dado mi nombre, mi apellido, mi grado, es decir, todo lo que me pertenecía. Lo demás no es mío, y no conozco ningún convenio internacional que obligue a los oficiales prisioneros a suministrar informes al enemigo mientras sus compañeros se siguen batiendo.
El vietminh suspiró con fuerza. Luego chupó profundamente su cigarrillo.
— ¿Por qué no me quiere contestar?
¿Por qué? Glatigny se hacía también la misma pregunta. Tenía que existir algo sobre ese punto en el reglamento militar. Todo estaba previsto en el reglamento, incluso lo que no ocurre nunca.
— El reglamento militar prohíbe que los prisioneros den informes.
— ¿Usted se ha batido porque el reglamento se lo ordenaba?
— Por eso sólo, no.
— ¿Al negarse a hablar obedece, quizás, a las reglas de su honor militar?
— Puede llamarlo así.
— Tiene usted una burguesa concepción del honor militar. Ese honor le permite pelear por los intereses de los grandes colonos y de los banqueros de Saigón, asesinar a pueblos que sólo quieren su independencia y la paz. Usted acepta hacer la guerra a un país que no es el suyo, una guerra injusta, una guerra de conquista imperialista. Su honor de oficial se acomoda a todo eso, pero le prohibe ayudar a la causa de la paz y del progreso suministrando las informaciones que se le piden.
Glatigny tuvo un reflejo de raza; había recuperado firmeza y altura. Parecía como si estuviese lejos, remotamente interesado; sentía un cierto desdén como si la cosa no le incumbiera. El vietminh se dio cuenta; brillaban sus ojos, palpitaban las aletas de su nariz y apretaba los labios contra sus dientes.
"Su educación francesa — pensó Glatigny — ha debido desorganizar el perfecto control de sus expresiones faciales."
El vietminh casi se alzó de su asiento:
— Responda. ¿Su honor no le obliga a defender hasta la muerte las posiciones adquiridas? ¿Por qué no se ha dejado matar defendiendo la tierra de sus padres?
Por primera vez en la conversación, el viet había empleado una expresión directamente traducida del vietnamita al francés: la tierra de sus padres equivalía a la tierra de sus antepasados. Este pequeño problema de lingüística hacía desviar la atención de Glatigny del otro problema que se planteaba sobre moral militar. Pero el hombrecillo vestido de verde insistió:
— ¡Responda! ¿Por qué no se ha dejado matar defendiendo su posición?
Glatigny también se lo preguntaba. Hubiera podido hacerlo, pero había lanzado su granada sobre los dos viets.
— Yo puedo explicárselo — prosiguió el vietminh —, vio cómo nuestros soldados, que le parecían menudos y frágiles, subían al asalto de sus trincheras, a pesar de sus minas, de su artillería y de sus alambradas, armas todas ellas regaladas por lor norteamericanos. Los nuestros se han batido hasta la muerte porque servían a una causa justa y popular, porque sabían, porque todos nosotros lo sabemos, que somos poseedores de la VERDAD, de la única VERDAD. Ella es la que hace invencibles a nuestros soldados. Y como usted no disponía de estas razones, está aquí, ante mí, vivo, prisionero y vencido.
"Ustedes, oficiales burgueses, pertenecen a una sociedad diezmada y podrida por los intereses egoístas de su clase. Ustedes han contribuido a mantener a la humanidad en tinieblas. Ustedes no son más que oscurantistas, mercenarios incapaces de decir por qué pelean.
"Y de lo contrario, ¡conteste! No puede, ¿eh?"
— Nos batimos, señor, para proteger al pueblo del Vietnam contra la esclavitud comunista.
Después, Glatigny, al discutir esta respuesta con Esclavier , Boisfeuras, Merle y Piniéres, tuvo que reconocer que no sabía cómo se le había venido a la mente. En realidad, Glatigny se batía por Francia, porque el gobierno legal se lo había ordenado. Nunca se le había ocurrido pensar que estaba allí para defender las plantaciones de las Tierras Rojas o la Banca de Indochina. Obedecía, y eso le bastaba. Pero, de pronto, había presentido que esta única razón no podía parecer viable a un comunista. Por su imaginación volaron conceptos todavía bastante vagos: Europa, Occidente, civilización cristiana. Había pensado en todo ello a la vez y después se le había ocurrido aquella idea de cruzada.
Glatigny había dado en el blanco. Los ojos empequeñecidos, las narices dilatadas, todo el rostro del hombrecillo joven expresaba solamente un odio preciso, intransigente, y le costó trabajo articular:
— Yo no soy comunista, pero creo que el comunismo es la prenda de la libertad, del progreso y de la paz entre los pueblos.
Al recuperar su control, encendió un nuevo cigarrillo. Era tabaco chino, expandía un olor agradable de rastrojo quemado. El viet prosiguió en el tono declamatorio al que parecía aficionado:
— Oficial a sueldo de los colonialistas, usted es ya por este hecho un criminal. Merece ser juzgado por crimen contra la humanidad y recibir el castigo habitual: la muerte.
Era apasionante. Boisfeuras tenía toda la razón. Un mundo desconocido se le abría de par en par, y uno de sus principios era: "El que lucha contra el comunismo es, por este hecho, un criminal de guerra, se coloca al margen de la humanidad y debe ser colgado como los acusados de Nuremberg."
— ¿Está casado? — preguntó el vietminh —. ¿Tiene padres, hijos? ¿Una madre? Piense en el dolor de ellos cuando sepan que usted ha sido ejecutado. Pues no pueden imaginar, ¿verdad?, que el pueblo mártir del Vietnam perdone a sus verdugos. Llorarán a su marido, a su hijo, a su padre muerto.
La comedia se tornaba penosa y de mal gusto.
El viet hizo un silencio para llenarse de compasión hacia aquella pobre familia francesa en duelo, y prosiguió:
— Pero el presidente Ho sabe que ustedes son los hijos del pueblo francés, engañados por los colonialistas y los imperialistas norteamericanos. El pueblo francés es nuestro amigo y combate a nuestro lado en el campo de la paz. Porque lo sabe, el presidente Ho ha pedido al pueblo y a los combatientes del Vietnam que ahoguen su justa cólera para con los prisioneros, exhortándoles a aplicar una política de clemencia.
"En la Edad Media — pensó Glatigny — también se empleaba el mismo término, "aplicar", pero se trataba de aplicar tormento."
— Nosotros le cuidaremos. Recibirá las mismas raciones que nuestros soldados. Le enseñaremos también la VERDAD. Le reeducaremos mediante trabajos manuales, lo que nos permitirá corregirle su educación burguesa y redimir su vida de holgazanería. Esto es lo que le dará el pueblo del Vietnam como castigo a sus crímenes: la VERDAD. Pero a semejante generosidad deberá responder con la más absoluta sumisión a todas nuestras órdenes.
Glatigny prefería que el comisario se dejara llevar por su odio, ya que dicho odio, al devolverle los reflejos humanos, lo hacía más humano. Cauteloso y predicador le asustaba y al mismo tiempo le fascinaba. Aquel jovenzuelo triste que flotaba entre sus ropas demasiado grandes, y que le hablaba de la Verdad con la mirada vacía de un profeta, le sumergía en la pesadilla de las termitas. Era una de las antenas del monstruoso cerebro que quería someter al mundo a una civilización de insectos móviles en su certidumbre y en su eficacia.
La voz seguía:
— Capitán Glatigny, ¿cuántos hombres tenía en su posición?
— Tengo sueño.
— Nos será muy fácil saberlo, contando los muertos y los prisioneros; pero quiero que sea usted quien me lo diga.
— Tengo sueño.
Irrumpieron dos soldados en el túnel y ataron nuevamente los brazos, los codos, las muñecas y los dedos del capitán. No olvidaron tampoco una ligera anilla en torno al cuello. El comisario político contemplaba con desprecio al oficial-burgués, Glatigny. Glatigny..., aquel nombre le recordaba algo. Bruscamente se sintió transportado al liceo de Hanoi. Aquel nombre lo había leído en la historia de Francia. Un gran jefe militar se llamaba Glatigny; era un homicida dedicado al pillaje, al que un rey había nombrado su condestable, muriendo luego por su señor. El joven triste no era solamente el oficial vietminh, el engranaje de un inmenso organismo. Todos sus recuerdos de adolescente amarillo, objeto de las burlas de sus compañeros blancos, se le agolparon en la mente y le mojaron de sudor. Podía ahora humillar a Francia hasta en su más lejano pasado. Y temía de tal forma que aquel Glatigny no fuera el descendiente del condestable — lo que frustraría su extraña victoria —, que se resistía a preguntárselo.
Declaró:
— Capitán, a causa de su actitud todos sus compañeros apresados en la posición permanecerán maniatados como usted, y sabrán que a usted se lo deben.
Los guardianes condujeron a Glatigny a un profundo barranco en el corazón de la jungla.
Allí había un agujero. Dos metros de largo por medio de ancho y 1,20 de profundidad. El típico hoyo de combatiente, que bien puede ser una tumba. Uno de sus guardianes comprobó las ligaduras y lo colocó frente al agujero. El otro cargó su ametralladora, clap, clap...
—Di-di, di-di, mau-len.
Glatigny se adelantó y se dejó caer dentro de la fosa. Se tumbó sobre sus brazos atados e insensibles. Por encima de su cabeza había un cielo extraordinariamente luminoso, que se veía a través de las frondosidades de los árboles gigantescos. Cerró los ojos para morir o para dormir...
A la mañana siguiente le vinieron a buscar y lo ataron con sus compañeros. Frente a él se encontraba el sargento Mansard, que por dos o tres veces le repitió:
— No se lo reprochamos, ¿sabe, mi capitán?
Y para reconfortarle le hablaba entre dientes de Boulogne-Billancourt, donde había nacido. De aquel baile que se encontraba cerca de la orilla del Sena, al lado de una estación de servicio. Allí iba a bailar los sábados con unas muchachas que conocía bastante, puesto que se había criado con ellas. Pero sus hermosos vestidos y el rojo de sus labios les daban un nuevo aspecto que le hacía volverse tímido.
Cuando Glatigny había tomado el mando del batallón, Mansard le había hecho el vacío. Para el viejo tornero sólo era un aristócrata que venía del gran Estado Mayor de Saigón. Y ahora, con una discreción llena de torpeza, el suboficial !e dejaba entender que lo consideraba como de su esfera, y que estaba orgulloso de que su capitán no hubiese bajado la cabeza ante los macacos.
Glatigny rodó hasta donde estaba Mansard y, con su hombro, rozó el del sargento. El suboficial, creyendo que tenía frío, se pegó a él.
Acostados en el arrozal donde el cieno se mezcla con el rastrojo aplastado, los diez hombres se aprietan unos contra otros. Zozobran por instantes en el suelo, se despiertan sobresaltados en medio de la húmeda noche y, después, se hunden de nuevo en sus pesadillas.
Esclavier sostiene al teniente Lescure por el cinturón. Lescure está loco. Podría levantarse, empezar a andar decididamente y gritar:
"¡Nos atacan, nos atacan, enviad pollos..., patos!"[7]
No obedecería al centinela vietminh que le ordenaría detenerse, y se haría matar.
Por el momento, Lescure está muy tranquilo. De cuando en cuando lanza suspiros quejumbrosos, de cachorrillo.
En el silencio de la noche, el motor de un jeep que chapotea sobre la pista enfangada, zumba, se pone en movimiento y se va apagando tras bruscas interrupciones. Se diría que es una mosca encerrada en una habitación y que se lanza contra los cristales. Por fin se detiene el motor, pero Esclavier, que está despierto, aguarda el ruido familiar que le gustaría volver a oír.
—Di-di, di-di, mau-len.
La orden del centinela va acompañada con golpecitos de culata, que remueven la masa informe de prisioneros. Una voz habla en francés:
—De pie. ¡Levántense! Tienen que venir a empujar un jeep del Ejército Popular del Vietnam.
El tono de la voz es paciente, seguro de ser obedecido. La lengua es precisa, la pronunciación de una perfección admirable e inquietante a la vez. Lacombe, el godo, se ha levantado lanzando un suspiro, y los otros le han seguido. Esclavier sabe que Lacombe será el primero en dar muestras de obediencia y de celo, que mantendrá su gruesa cara en forma de nalgas para obtener un satisfecit de sus guardianes. Será el buen prisionero, casi al límite del soplo. Lisonjeará a los viets para obtener algunas ventajas, pero, sobre todo, porque son los amos y siempre ha obedecido a los más fuertes. Para hacerse perdonar su actitud por los compañeros, tratará de hacerles creer que engaña a los carceleros y los explota, para común beneficio.
Esclavier ya conoció este tipo de hombre en el campo de Mauthausen. Allí todos los individuos estaban sumergidos en un baño de cal viva, y sólo se mantenía lo esencial de cada cual. A estos seres simplificados se les podía encasillar en tres categorías: los esclavos, las fieras y los que Fournier llamaba con un poco de desprecio las almas candidas. Esclavier había sido una fiera porque quería sobrevivir. La verdadera naturaleza de Lacombe era la de ser un esclavo, un ser que no robaría ni a su amo, que no tendría ni ese último arranque de libertad. Pero llevaba el uniforme de capitán del Ejército francés y tendría pue aprender a contenerse, aunque fuera a costa de reventar.
Una débil silueta con su casco de latanero domina a Esclavier, y la voz descarnada, a fuerza de ser precisa, suena otra vez:
— ¿Usted no quiere ayudar a sus camaradas a empujar el jeep?
— No — responde Esclavier.
—¿Cómo se llama usted?
— Capitán Philippe Esclavier, del Ejército francés. ¿Y usted?
— Un oficial del Ejército del Pueblo. ¿Por qué se niega usted a obedecer mi orden?
Más que un reproche es la comprobación de un hecho inexplicable. El oficial vietminh, con la aplicación de un instructor concienzudo, pero limitado, trata de comprender la actitud de ese niño grande que está tendido a sus pies. Sin embargo, le han inculcado el método en las escuelas de cuadros de la China comunista. Primero ha de analizar, luego explicar y, finalmente, convencer. El método es infalible. Forma una parcela del gran conjunto perfecto que es el comunismo. Ha tenido excelente éxito sobre los prisioneros de Cao-Bang. El viet se inclina sobre Esclavier y, con sutil condescendencia, le dice:
— El presidente Ho-Chi-Min ha dado orden al Ejército Popular del Vietnam de que practique una política de clemencia hacia todos los prisioneros engañados por los capitalistas del imperialismo.
Lescure parece que se va a despertar. Esclavier estrecha la presa contra su cintura. El teniente no sabe, y quizá no lo sepa nunca, que el Ejército francés ha sido batido en Dien-Bien-Fú. Si se despertase sería capaz de estrangular al vietminh.
El otro prosigue:
— Usted ha sido bien tratado y lo seguirá siendo, pero su obligación es obedecer las órdenes del pueblo vietnamita.
La voz breve y vibrante de Esclavier, rica en violencia, en cólera y en ironía, cálida de protesta, responde para que todos le oigan:
— Hace sólo unas horas que vivimos en la República Democrática del Vietnam, y ya hemos tenido ocasión de apreciar su política de clemencia. En vez de liquidarnos limpiamente nos dejan morir de frío y agotamiento. Y para colmo nos piden que tengamos el corazón lleno de agradecimiento para ese buen presidente Ho y para su Ejército Popular del Vietnam.
"Va a conseguir que nos maten a todos, ese niño de mierda.” — piensa Lacombe — “Primero toda una historia para convencerle de que se rindiera, y ahora vuelta a empezar. Yo no pido otra cosa más que comprender la República Popular. Es la misma prudencia, ya que todo se ha acabado y nada más podemos hacer."
— Me niego a empujar el jeep. Puede considerarlo como una decisión. Prefiero que me maten aquí mismo a morir lentamente; a entontecerme y quizá corromperme en su limitado universo. Dé, pues, las órdenes necesarias para que acaben conmigo.
"¡Se acabó! — piensa Lacombe —. Dos centinelas lo levantarán a culatazos, lo conducirán a un barranco y le dispararán un tiro en la cabeza. Así terminará la insolencia del capitán Esclavier."
Por su parte se siente humilde. Un secreto calor penetra en sus miembros entumecidos. Es el buen alumno que no será castigado.
Pero el can-bo no está disgustado. Ha sobrepasado el límite de la ira.
— Soy un oficial del Ejército Popular de Vietnam. Tengo que velar por el más estricto cumplimiento de las órdenes del presidente Ho. Somos pobres. No tenemos suficientes medicamentos, ni ropas, ni arroz. Primero tenemos que surtir a nuestros combatientes. Pero ustedes serán tratados de la misma forma que los hombres de nuestro pueblo, a pesar de todos sus crímenes contra la Humanidad. El presidente Ho ha pedido al pueblo de Vietnam que les perdone, porque ustedes han sido engañados, y voy a dar las órdenes convenientes a los soldados que les vigilan...
Sus palabras son mecánicas, impersonales, recuerdan una monótona letanía. Lescure, que en otro tiempo fue monaguillo, se despierta y con toda responsabilidad responde:
—Amén.
Después lanza una carcajada, que termina con un jadear.
— Mi compañero está loco — dice Esclavier.
El vietminh tiene un terror primitivo a los locos, de quienes se dice perdieron el cerebro por haber sido devorado por los mah-qui[8]. La democracia popular y las declaraciones del presidente Ho no le sirven de ninguna ayuda. La noche se puebla repentinamente con todos los sueños de su infancia, del mundo absurdo y rumoroso de los mah-qui que habitan las aguas, la tierra y el cielo, y que jamás dejan un instante de paz al hombre. Los mah-qui se cuelan por la boca de los niños y tratan de robar las almas de los muertos.
Tiene miedo, pero para no demostrarlo dirige unas palabras a un centinela y sale en dirección a su jeep. Pone en marcha el motor; los prisioneros, a su alrededor, lo empujan. Las ruedas salen de los surcos, el motor cinta gozosamente. Todos los mah-qui de la noche quedan inmediatamente exorcizados por este tranquilizador ruido de máquina, por esta música brutal del mundo marxista.
—Di-di — dicen los centinelas al devolver a los prisioneros a su sitio —. Ahora pueden dormir.
Los mah-qui habían devorado el cerebro de Lescure. Durante los ocho días precedentes a la rendición, el teniente no había dejado de tragar las píldoras de maxitón que se encontraban en las cajas de racionamiento y había probado muy poco alimento. Lescure tenía un cuerpo largo y delgado, con la piel gris y el pelo mustio. Nada le inclinaba a la carrera de las armas. Pero era hijo de un coronel muerto en 1940 en el Loire. Y uno de sus hermanos había sido fusilado por los alemanes, mientras que el otro se paseaba en un sillón rodante desde que recibió cerca de Cassino la metralla de una granada en la columna vertebral.
Contrariamente a su padre y hermanos, militares natos, Ivés Lescure se complacía en una suave anarquía. Le gustaba la música, los contactos amistosos y los libros de viejas ediciones. Por seguir la tradición familiar había tenido que asistir a la escuela de Coetquidan, y conservaba de aquellos dos años en los húmedos páramos de Bretaña, entre seres limitados, pero eficaces y disciplinados, el deprimente recuerdo de una serie ininterrumpida de novatadas y de esfuerzos físicos desmesurados. Siempre había padecido la sensación de ser inferior a una tarea por la que no sentía el menor gusto.
Para contentar al herido de Cassino, para permitirle vivir la guerra a través de él, se había enrolado voluntario para Indochina, y sin entrenamiento preliminar había saltado sobre Dien-Bien-Fú, lo que el enfermo hubiera hecho con entusiasmo si hubiera podido. El teniente Lescure sólo había encontrado amarguras.
Esclavier lo había visto llegar en uno de esos atardeceres que preceden a la estación de las lluvias. Venía desaliñado, había olvidado su arma individual y tenía un aire perfectamente despistado;
Los pesados morteros vietminh hostigaban Verónica II, y las nubes, que volaban muy bajas en un cielo cargado, se orlaban de oro como chales gitanos.
Se había presentado:
— Teniente Lescure, mi capitán.
Dejando caer el saco — un saco donde se encontraban libros, pero ningún uniforme de recambio —, había mirado al cielo.
— Muy hermoso, ¿verdad? — había comentado.
Esclavier, que no gustaba de los soñadores, le respondió secamente:
— Sí, muy hermoso, señor. El batallón de paracaidistas que defiende esta posición, y que yo mando, contaba hace quince días con seiscientos hombres. Sólo quedan noventa. Y de los veinticuatro oficiales, únicamente siete pueden batirse.
Lescure se había excusado inmediatamente:
— Ya sé; no soy paracaidista, no tengo aptitudes para este tipo de guerra. Soy torpe e ineficaz, pero trataré de hacerlo lo mejor posible.
Lescure, que tenía un miedo terrible a no poder hacerlo lo mejor posible, se había dado al maxitón pocos días después. Había participado en todos los ataques y contraataques con más inconsciencia que valentía, viviendo en una especie de nebulosa. Una noche salió para buscar entre las dos líneas a un adjudant herido en las piernas.
— ¿Por qué hizo usted eso? — le había preguntado el capitán.
— Mi hermano lo hubiera hecho, pero no puede. Yo sólo no lo hubiese conseguido.
— ¿Su hermano?
Y Lescure, sencillamente, había relatado que no era él quien se encontraba en Dien-Bien-Fú, sino su hermano Paul, que se paseaba por las calles de Rennes sentado en una silla rodante. Su valor era Paul, pero las torpezas, las puestas del sol y el miedo era él.
Desde entonces el capitán había empezado a vigilarlo, lo que también hacían los suboficiales y los soldados de la compañía.
La orden de cese el fuego había llegado a Verónica, al igual que a las demás posiciones que todavía seguían en pie, a las diecisiete horas. Fue entonces cuando Lescure se desplomó gritando:
— ¡Pollos! ¡Patos! ¡Aprisa, siguen atacando!
Esclavier no dejaba nunca de vigilarle.
Los despertaron durante la noche y tuvieron que abandonar el claroscuro del arrozal, introduciéndose en el bote de betún que parecía el bosque. Siguieron un sendero en la jungla. Las ramas les golpeaban el rostro. El suelo viscoso se deslizaba bajo las pisadas, o se inflaba bruscamente formando una dura protuberancia sobre la que tropezaban sus tibias. Los prisioneros tenían la sensación de dar vueltas, de girar constantemente en redondo.
—Di-di, mau-len — gritaban los centinelas.
La noche comenzó su declive. Con las primeras luces de la mañana llegaron a la depresión de Moung-Fan.
Esclavier reconoció a Boisfeuras, que estaba situado delante de la primera choza. Ya le habían liberado de sus ataduras y fumaba, en una pipa de bambú thuoc lao, un tabaco muy negro fermentado en melaza. Se lo había dado un centinela después de haber cruzado unas palabras en su dialecto.
— ¿Quieres? — le preguntó Boisfeuras con su voz chirriante.
Esclavier aspiró algunas bocanadas tan agrias que le hicieron toser. Lescure la emprendió con su grito de guerra:
—"¡Pollos, patos...!"
Y se lanzó sobre un centinela para apoderarse de su arma. Esclavier tuvo el tiempo justo para detenerlo.
— ¿Qué le pasa? — preguntó Boisfeuras.
— Está loco.
—¿Juegas al enfermero?
—Ya ves... ¿Dónde estás instalado?
—En la choza, con otros muchachos.
—Yo me uno a vosotros.
Lescure pareció calmarse. Esclavier lo sostenía como si se tratara de un niño.
— Traigo conmigo a Lescure. No puedo dejarle solo. Durante quince días este niño de coro, este pingajo, se ha superado a sí mismo. Realizó más actos de valor que todos nosotros en tres meses. ¿Y sabes por qué? Para complacer a un enfermo que se encuentra a quince mil kilómetros de aquí y que nunca podrá saberlo. ¿Encuentras verdadera su razón?
— ¿Y por salvarlo no intentaste la fuga?
—Ahora podré largarme; los otros se ocuparán de él. Podemos intentarlo juntos. La jungla no es ningún secreto para ti. Me acuerdo de las clases que nos dabas cuando teníamos que lanzarnos en paracaídas sobre Laos durante la ocupación japonesa. Nos decías: "La jungla no es del más fuerte, sino del más hábil, del más resistente, del más sobrio." Y todos nos dábamos cuenta de tu experiencia. ¿Ya has pensado algún plan?
— Tengo muchas ideas, pero no quiero evadirme, todavía no...
— Si no te conociese podía creer que tienes miedo. Pero sospecho que cueces alguna burrada en tu complicado cerebro de chino... No te sabía en Dien-Bien-Fú. ¿Qué has venido a hacer aquí? Te suponía reñido definitivamente con este tipo de guerras ordenadas.
— Había montado algo por el Norte, por la frontera del Yunnan. Una historia que iba a volver locos a los chinos. El asunto fracasó... Me vine a pie, me uní a los de Dien-Bien-Fú.
— Un golpe indirecto, al estilo de tus juncos piratas en la bahía de Along, con los que ibas a rodar hasta las costas de Hai-Nan.
— Por esta vez se trataba de leproserías.
Esclavier se echó a reír. Estaba contento de haber vuelto a encontrar a Boisfeuras, que se hallaba ahora tan a sus anchas, con los pies desnudos enterrados en el fango, rodeado por los bo-doi, como un año antes sobre el puente de su pesado junco de velas violeta, al frente de su banda de piratas reclutados entre los restos del ejército de Chang-Kai-Shek.
Otro de sus golpes indirectos fue el de armar a los cortadores de cabezas de los Chins y Naga-Hills en Birmania, para lanzarlos contra la retaguardia del Ejército japonés, Boisfeuras, que servía entonces en el Ejército inglés había sido uno de los escasos supervivientes de la operación, lo que le había valido la D. S. O.[9]
Boisfeuras era el compañero que necesitaba para que le acompañara en esta evasión. Era un hombre lleno de recursos, buen andarín, habituado al clima y conocedor de las lenguas y las costumbres de gran número de pueblos de la Alta Región. Por eso insistió de nuevo:
— Bueno, ¿no te escapas conmigo?
— Yo no podré. He vivido dos años en un campo de concentración y para sobrevivir me vi obligado a hacer muchas cosas que ahora me causan horror. Juré no volver a encontrarme en una situación que me obligase a empezar de nuevo.
Esclavier se había agachado a los pies de Boisfeuras y con una vara de bambú trazó con gesto maquinal figuras que representaban montañas y ríos, y una larga línea sinuosa que corría entre esas montañas y esos ríos. Era la ruta que seguiría al huir.
No, no podía volver a empezar, ser de nuevo un prisionero. . .
La primera misión que Esclavier había llevado a cabo como aspirante se había desarrollado sin contratiempo.
Guardaba todavía el conmovedor recuerdo de su salto en paracaídas en medio de la noche. Era el mes de junio y le pareció que se iba a aplastar contra las grandes hierbas y las flores de los campos, que se hundiría sin remedio en aquella tierra de Francia, olorosa y grasa.
Tres hombres le esperaban. Eran unos campesinos de Tours que lo llevaron, junto con su radiotelegrafista, a una enorme granja-castillo. Se instalaron allí, justo encima del granero.
Desde aquel observatorio se podía vigilar la carretera nacional y señalar inmediatamente los desplazamientos de los convoyes alemanes. Los hombres que llegaban de la región de Nantes les traían mensajes e informes, que había que cifrar y retransmitir. Ni Esclavier ni el radiotelegrafista podían salir de su escondrijo; pero todos los olores de la primavera embalsamaban su amplia buhardilla.
Una alegre criada, un animalito de gestos vivos y mejillas rojas, les llevaba la comida, y a veces un ramo de flores y, siempre, hermosas frutas.
Una tarde Philippe la besó. Ella no se ofendió, sino que devolvió el beso apresuradamente y con torpeza. La citó en el granero. La muchacha acudió a la cita. Allí, rodeados por el olor penetrante del heno, espiando los ruidos como animales salvajes al acecho, se acariciaron con nerviosismo. Hasta que el placer los arrastró repentinamente como un furioso torrente.
A veces el vuelo vacilante de un murciélago rozaba sus cuerpos. Philippe sentía cómo los riñones de la muchacha se estremecían bajo las palmas de sus manos, llegando a cruzar por su mente una nueva llamada de deseo.
Más tarde, deshecho de fatiga, oliendo a heno aplastado y a amor, al regresar al desván, el radiotelegrafista le mostró un mensaje: se le ordenaba matar inmediatamente a un agente del Abwehr, un belga que, haciéndose pasar por un refugiado, se enrolaba en las granjas como obrero agrícola.
Los campesinos eran charlatanes; les gustaba hablar de todo y dejaban entrever que sus graneros no sólo servían para guardar heno. Tres de ellos acababan de ser detenidos y fusilados. Se lo debían al belga del Abwehr.
El radiotelegrafista deseaba a la criada y estaba celoso de los éxitos de Philippe. Le dijo bromeando:
— ¡Caramba, todo en el mismo día! Sangre, voluptuosidad y muerte.
El radiotelegrafista tenía sus estudios; era lector de la Universidad de Edimburgo.
El belga trabajaba en la granja vecina. Después de comer, su patrón lo había entretenido a su lado para que se bebiese un vaso de vino y para dar tiempo a que dos criados cavasen una tumba detrás de un montón de estiércol.
Philippe esperaba tras la puerta de la sala común, pegado contra el muro. Tenía el vientre encogido y el mango de su puñal giraba en su mano, húmeda por el sudor.
No podría matar al belga. ¿Qué papel jugaba él en aquella sórdida historia? Debería haber escuchado a su padre, quedarse con él bien resguardado detrás de sus libros, en lugar de jugar por las noches a los asesinos.
El hombre salió titubeando, empujado por el patrón de la granja. Daba la espalda a Philippe, que saltó como un gamo y le plantó el puñal entre los dos omoplatos, tal como le habían enseñado en la escuela de comandos. Pero el golpe había fallado por falta de energía. Philippe tuvo que repetir varias veces, mientras que el campesino, sentado sobre sus riñones, sujetaba al belga para impedir que se moviera. ¡Una carnicería ruin! Vaciaron los bolsillos del belga. Habían recibido la orden de mandar todos sus papeles a Londres. Después hicieron balancear su cuerpo para lanzarlo al agujero, al lado del montón de estiércol.
Philippe fue a vomitar sus entrañas tras unas zarzas. ¡Sangre, voluptuosidad, muerte!
Al regresar a la granja sorprendió al radiotelegrafista fornicando con la criada. La muchacha lanzaba con aquel tipejo los mismos suspiros de éxtasis que antes con él. Aquello le dolió, pero se hizo el cínico y llegó a un acuerdo con su compañero para utilizar la criada a medias.
Philippe Esclavier triunfó también en la segunda misión que le encomendaron, y que llevó a cabo solo. Pero fue atrapado antes de poder redondear la tercera.
Se había lanzado en paracaídas al mismo tiempo que el sargento Beudin. Los alemanes, que estaban prevenidos, los esperaban en el suelo. Beudin había ido a parar a un arroyo y consiguió escapar, pero Philippe, antes de poder desligarse de su paracaídas y, por tanto, de estar en condiciones de utilizar su pistola, vio cómo unas esposas se clavaban en sus muñecas.
Inmediatamente le condujeron a la Prefectura de Rennes, en donde estaba instalado el despacho de la Gestapo. Después de ser sometido a tortura, lo enviaron al campo de Mathausen.
En su barracón había un judío miserable que no tenía familia, ni patria, y que se había alistado con los comunistas para verse protegido. Fue el judío quien lo salvó del horno crematorio. Se llamaba Michey Weihl. La organización comunista del campo le había encargado un informe del recién llegado.
— Es un agente de la Francia libre. Viene de Londres — había anunciado Weihl, la primera noche, al responsable del barracón, un tal Fournier.
— Entonces no hay más que dejarlo en la lista del destacamento que sale para la mina de sal.
Weihl advirtió al paracaidista. Entonces Esclavier se hizo el encontradizo con Fournier y le reveló quién era su padre, el profesor tan conocido en el Frente Popular.
Fournier se había impresionado. El nombre de Esclavier conservaba todavía mucho prestigio en la izquierda y aun en la extrema izquierda. Pero para no aparentar aquella impresión había dicho:
— Los socialistas son demasiado blandos, unos burgueses. Si quieres que te ayudemos tienes que caminar con nosotros, al paso comunista.
Philippe Esclavier aceptó, y así fue borrado de la lista negra. Durante todo su cautiverio sirvió a los comunistas, que constituían la única jerarquía eficaz del campo.
Lo que muchas veces le pedían estaba reñido con todas las reglas de la moral habitual. Comunista, podía creerse absuelto por el interés superior de la causa a que servía. Pero él nunca había sido comunista, solamente lo había aparentado por sobrevivir. En realidad, sólo era un cerdo.
La voz chillona y chirriante de Boisfeuras le devuelve a la realidad de la depresión de Muong-Fan.
— ¡Vamos, Esclavier! ¿Sueñas? No es bueno para un prisionero refugiarse en el pasado. Se adormece, pierde fuerzas. Te voy a enseñar donde abrevamos nuestras cuadras.
Esclavier y los recién llegados llegan a las chozas y se dejan caer sobre las literas de bambúes aplastados. Todos lanzan un suspiro de bienestar. Por lo menos esto es seco, suave y caliente.
"¡Vaya, ahí está ese bruto orgulloso! — piensa —. Sin su puñal, ni su 'colt'... y por vez primera sin Raspéguy."
Esclavier ya ha reconocido a Glatigny. Dobla ligeramente su larga espalda, adoptando una afectada elegancia de hombre de salón, y dice:
— ¡Caramba! ¿Usted aquí, querido? ¿Cómo está su general? ¿Y su hijita, nuestra cara Martine?
Glatigny piensa que un día u otro tendrá que poner la mano sobre el rostro de Esclavier, pero éste es un momento particularmente mal elegido. Había estado a punto de ocurrir en Saigón, la tarde en que había impedido a Martine, la hija de su general, que saliera con el capitán. Esclavier la habría hecho beber, probablemente la hubiese llevado a algún fumadero, y después se habría acostado con ella. Al día siguiente se hubiera reído en sus narices, como un gran bribón que era.
Glatigny se vuelve sobre su litera mientras Esclavier va a instalarse a su lado.
— A pesar de todo me siento muy sorprendido — dice el paracaidista —, pero que muy sorprendido, de que usted haya venido a acompañarnos en esta especie de mierda que nos rodea.
— ¿Qué quiere decir?
—Que usted no es solamente un títere de Estado Mayor, ni el aya Rita de nuestra querida Martine, sino también...
— ¿Sino también... ?
— Quizás un oficial...
Esclavier se incorpora de un salto y va en busca de Lescure, que permanece inmóvil, con los ojos perdidos y los brazos colgantes.
Con infinito cuidado, incluso con ternura, Esclavier le hace acostarse y le pone un morral bajo la cabeza.
— Está loco — dice — y tiene suerte. No sabe que el Ejército francés ha sido vencido por un puñado de enanos amarillos a causa de la tontería y de la debilidad de sus jefes. Y usted lo ha comprendido tan bien, Glatigny, que los ha abandonado para venir con nosotros. Es decir, que está en disposición de pudrirse en nuestra compañía.
Lescure se yergue nerviosamente y con la mano extendida dice:
— Ya llegan, ya llegan, verdes como gusanos. Bullen y van a arrasarlo todo. Pero, ¡por Dios!, aprisa. ¡Pollos! ¡Patos! ¿Y por qué no perdices y tordos, faisanes y liebres? Todo es necesario para tirárselo a la cabeza, para aplastar a esas orugas que van a devorar al mundo entero.
De golpe se queda inmóvil y su rostro se convierte en el de un adolescente soñador que ama a Mozart y a los poetas simbolistas. Desde el fondo de su locura le llegan los primeros compases de la Serenata Nocturna.
La luz ha trasformado el mundo absurdo y hostil de la noche. En medio de la tranquilidad de la mañana trasciende el perfume del arroz caliente. Los prisioneros, ahora en número de treinta, están reunidos alrededor de una canasta de bambú trenzado, repleta de un arroz muy blanco que humea dulcemente. En unos botes de conservas vacíos se les vierte una especie de té, que no es otra cosa que una infusión de hojas de guayaba. Unos bocados de arroz bastan para calmar el hambre de los prisioneros, puesto que sus estómagos están encogidos por el prolongado ayuno.
Los bo-doi comen el mismo arroz que ellos y beben la misma infusión. Parece como si se hubiesen olvidado de su victoria para comulgar en este elemental rito. El sol continúa subiendo sobre un cielo gris de estaño. La luz se va tornando cruel, el calor agobiante. En la lejanía un avión suelta un rosario de bombas.
— La guerra continúa — dice Piniéres con satisfacción.
Con su ancha manaza aplasta los mosquitos sobre su torso repleto de pelos rojos. Mira a un centinela con deseos de estrangularlo. Su frágil nuca le atrae... La guerra continúa.
Insensiblemente, los bo-doi se vuelven más rígidos, casi rencorosos. La tregua matinal ha terminado.
Lacombe lleva consigo un buen puñado de arroz envuelto en una hoja de banano y trata de ocultarlo. Dándole un golpe en el hombro, Esclavier le hace soltar el arroz, que cae sobre el barro.
—Mi arroz... — gime Lacombe.
— Aprende a comportarte.
Un centinela enfurecido se lanza sobre el capitán de los paracaidistas, levantando la culata de su arma con intención de golpearle; pero se contiene: la propaganda de la política de clemencia obra a tiempo. Ha de contentarse con mostrar a los suyos el arroz esparcido por el suelo. Esclavier comprende vagamente que se trata de un problema en el que está representado el colonialismo y el arroz del pueblo.
Glatigny no puede menos que aprobar a su compañero por haber querido imponer en el grupo cierta disciplina.
Después prosigue con sus sueños y trata de recordar:
Hace dos días que está prisionero. Por lo tanto es el 8 de mayo. ¿Qué hará Claude en París? A ella le gusta el color de los mercados y el color de los frutos. Por un momento se la imagina parada ante un puesto de la calle Passy. María la acompaña, porque ya se sabe que para la vieja cocinera su señora no ha crecido y es incapaz de arreglárselas sola en la vida.
Claude adelanta un poco el labio y con su voz de garganta muy distinguida, con gran cortesía, se informa del precio. María susurra tras ella:
— Señora condesa, yo tengo dinero. Déjeme comprar.
— Pero María, si no puedo pagarte. Estamos sin noticias del capitán.
— Me quedaré. Trabajaré, ¡caramba!, en un restaurante. Por una vez sabrán lo que es buena cocina. Los niños son tan míos como suyos.
La verruga del labio de María tiembla de indignación.
Pasa un vendedor de periódicos voceando la noticia:
— ¡Ha caído Dien-Bien-Fú! No se tiene noticias de prisioneros y heridos.
La fina condesa de ojos leonados da la vuelta y rompe a llorar silenciosamente. Los transeúntes se la quedan mirando extrañados. María, agresiva, se vuelve a ellos. Quisiera morderlos, gritarles que en ese momento quizá su capitán esté muerto..., o peor todavía.
Por la tarde aparecen formando largas columnas los trescientos oficiales hechos prisioneros en Dien-Bien-Fú. Los que pertenecen al Estado Mayor, que habían sido capturados en el P. C. G. O. N. O., tuvieron tiempo para preparar sus cosas. Traen uniformes limpios, morrales con mudas y víveres. Dan la impresión de estar allí mezclados con los demás por pura equivocación.
De pronto estalla la voz resonante de Raspéguy. Acaba de ver a uno de sus oficiales, con ropa sucia y un vendaje asqueroso en una pierna, atado a un árbol por haber empujado a un centinela del Ejército del Pueblo.
— ¡Banda de miserables! ¿Y las leyes de la guerra? ¿Por qué habéis atado a mis muchachos como si se tratase de cerdos cebados que se preparan para la feria?
Raspéguy descubre la utilidad de las leyes de guerra que particularmente nunca había respetado. Todo lo más se había limitado de cuando en cuando, a terminar sus órdenes con esta breve recomendación:
— ¡Sed humanos!
En realidad, escribía siempre sus órdenes después de las operaciones, y exclusivamente para sus superiores jerárquicos.
Pasa el general De Castries, jefe de la guarnición, con la cabeza baja por no haber sabido morir y entrar así en la leyenda.
Con el rostro afilado y los rasgos consumidos, flota dentro de su blusón caqui, demasiado grande. Se cubre con el casquete rojo de los spahis marroquíes. Lleva el pañuelo del tercer regimiento. Le sigue Moustache, su ordenanza, un buen beréber con bigotes de genízaro.
El general llega hasta un pequeño arroyo más bajo que el campo, cuyas aguas son muy claras y las orillas enfangadas. Los vietnamitas dicen que esta agua mata. Fue necesario el comunismo y la guerra para obligarles a arriesgarse por las montañas malditas y los ríos demasiado claros.
Moustache lleva diecisiete años de servicio y conoce su oficio. Saca de su morral una muda limpia y bien planchada. Blusa, pantalón y un estuche de aseo.
De Castries se quita su camisa. Oye un ruido a sus espaldas y se vuelve. Es Glatigny.
Se conocen desde antiguo. Sus familias han mezclado su sangre varias veces.
El general cecea con mucha distinción y naturalidad:
— Ya ves, mi pequeño Jacques, se acabó. Ayer, a las diecisiete horas, di la orden de cese el fuego. Marianne IV había caído a las nueve de la mañana. Los viets bordeaban el río por el Este. Sólo quedaban los enclaves del centro, con tres mil heridos amontonados en las trincheras..., y todos los cadáveres ... A las dieciséis horas comuniqué mi parte a Hanoi. Navarre se había marchado a Saigón; fue Cogny quien me lo dijo: "Sobre todo, nada de bandera blanca; pero es usted libre de tomar cualquier decisión que juzgue útil. ¿Cree imposible una salida?" ¡Qué idiotez! Nunca se ha dado cuenta de lo que pasaba. En Ginebra tienen que encontrar una solución. Dentro de tres meses estaremos en libertad.
Es curioso como el nombre de Ginebra se carga inmediatamente de esperanza, y Glatigny se lo repite en su interior hasta acabar por descubrirle un sentido mágico.
El general acaba de afeitarse. Tiende a Glatigny su brocha cubierta de espuma, y el capitán se da cuenta de cómo está de sucio y de barbudo, y hasta qué punto ha olvidado la importancia de la buena presentación en un caballero. En 1914, los oficiales de Caballería se afeitaban antes del asalto. En la guerra moderna todos estos ritos se vuelven irrisorios. No basta con ser apuesto, elegante y limpio: hay que ganar. Es lo principal.
— Pronto voy a pensar como Raspéguy y Esclavier — se dice el capitán.
Pero ya De Castries le pasa la navaja de afeitar y su espejito metálico.
—¡lm! ¡hn! — grita tras ellos el centinela —. ¡Silencio! Te está prohibido hablar, general.
De Castries no hace caso a la interrupción.
— Ya ves, todas las divisiones que reteníamos en Dien-Bien-Fú se van a reunir en el delta, completamente podrido. Hanoi corre el riesgo de ser asediado antes de que lleguen las lluvias.
—¡lm! ¡lm! — el centinela se impacienta.
— Hay que tratar de llegar a un acuerdo. Los norteamericanos podrían haber intervenido antes; ahora ya es demasiado tarde.
Glatigny saborea el placer del jabón sobre su rostro y el deslizamiento de la hoja sobre la piel. Tiene la sensación de estar desembarazándose de una máscara para poder volver a ser el mismo.
Un can-bo, oficial o suboficial, con el vocabulario malsonante del mozo de burdel, interviene con autoridad:
— ¡No puede hablar general! ¡Usted, regrese junto a sus compañeros, mau-len!
Glatigny acaba de afeitarse. De Castries le pasa su cepillo de los dientes y el tubo de dentrífico, pero no tiene tiempo para utilizarlos. El centinela, animado por su superior, le empuja. Se une a sus compañeros. Boisfeuras está con el oído atento a lo que dicen los bo-doi. Esclavier y Raspéguy, extrañamente parecidos, con sus cuerpos delgados y musculados de lobos, sus rostros inmóviles y la ligera tensión de todos sus músculos, charlan amigablemente. Al ver a Glatigny, Raspéguy bromea cariñosamente:
— ¿Qué, nos volvemos a encontrar con la familia?
Los prisioneros permanecieron todavía doce días en la hondonada de Muong-Fan. Se les organizó en equipos, y de esta forma los capitanes Glatigny, Esclavier, Boisfeuras y Lacombe, los tenientes Merle, Piniéres y Lescure se vieron obligados a vivir juntos durante varios meses.
Otro teniente se unió al grupo. Era argelino y se llamaba Mahmudi. Discreto y silencioso, hacía sus oraciones dos veces al día, siempre vuelto en dirección a la Meca. Como Boisfeuras se daba cuenta de que cometía errores en sus rezos y de que se curvaba hacia el suelo a destiempo, le hizo esta pregunta:
— ¿Siempre ha rezado sus oraciones?
Mahmudi le miró admirado:
— No; sólo cuando era niño. Volví a comenzar al caer prisionero.
Boisfeuras le contempló fijamente con sus ojos casi blancos.
— Me gustaría saber las razones de su reciente fervor. A titulo personal, créalo.
— Si le dijese, mi capitán, que no las conozco, o por lo menos que las conozco mal, y que lo que entreveo podría desagradarle. ..
— No hay nada que me moleste.
— Tengo la impresión de que esta derrota de Dien-Bien-Fu donde ustedes (recalcó el ustedes) han sido vencidos por sus antiguos colosos, va a tener grandes repercusiones en Argelia, que será la estocada que cortará los últimos lazos entre nuestros dos pueblos. Ahora bien, Argelia no tiene existencia fuera de Francia; carece de pasado, de historia y de grandes hombres. No tiene más que su fe, diferente a la de sus colonizadores. Por medio de nuestra fe podremos comenzar a dar a Argelia una historia y una personalidad.
— ¿Y para podernos decir ustedes los franceses recita dos veces por día unas oraciones vacías de todo sentido?
— Es un poco eso, mi capitán. Pero yo hubiera preferido decir incluso nosotros los franceses. Ustedes no lo han querido.
— ¿Y ahora?
— Es demasiado tarde — Mahmudi pareció reflexionar. Tenía una cara larga y estrecha, con la mandíbula desarrollada, nariz ligeramente curvada, ojos inmóviles y un collar de barba negra recortada en punta, lo que le daba esa apariencia de corsario berberisco tan del gusto de la imaginación popular. — No, quizá no sea demasiado tarde, pero habría que buscar el remedio muy aprisa, o que se produjese un milagro...
— ¿No cree usted en los milagros ?
— En sus escuelas se han dedicado a destruir en mí el sentido de lo maravilloso y la esperanza de lo imposible.
Mahmudi continúa con sus oraciones a un Dios en el que no cree.
Glatigny también ha cogido la costumbre de arrodillarse para rogar a Dios dos veces al día; pero su fe salta a la vista.
El teniente coronel Raspéguy, incómodo con los oficiales superiores, viene a reunirse con ellos cuantas veces le es posible. Sólo se encuentra en su elemento con los tenientes y los suboficiales. Anda siempre con los pies descalzos. "Cosa de entrenamiento — dice —, con vistas a ulteriores operaciones." Pero se niega a precisar qué tipo de operaciones. Se sienta al borde de una litera y con una caña de bambú traza en el suelo misteriosas figuras. A veces dice:
— ¿Por qué nos habrán metido en este barranco? Semejante cochinada no es para creer...
Glatigny trata por una sola vez de explicar la tesis del alto mando, que dice que Dien-Bien-Fú es desde tiempo inmemorial el cerrojo del Sudeste asiático.
— Mira — le dice Raspéguy —, te honra que quieras defender a tu patrón, pero ahora estás con nosotros, a nuestro lado, y nada le debes. Dien-Bien-Fú era una puñeta. Prueba: la hemos perdido.
A veres el coronel se acerca a Lescure, y entonces le pregunta a Esclavier:
— ¿Va mejor tu niño?
Mira a su capitán favorito con cierta desconfianza y se pregunta si no se ocupará con tanta solicitud de este loco para mejor preparar su maleta, su evasión. Y todo sin decirle nada.
En el momento de la rendición, Raspéguy había querido intentar una salida. Le negaron la autorización. Entonces había reunido a sus boinas rojas y les había dicho:
— Os devuelvo la libertad. Ahora cada cual que se las componga como pueda. Yo, Raspéguy, no mandaré nunca a prisioneros.
Esclavier estaba entonces junto a él, y había visto correr una divertida luz por sus ojos. Parecía decir:
— ¡Ah, me devuelves mi libertad! Verás cómo la aprovecho . . ., y yo solito.
Si Raspéguy hubiese tenido un hijo, hubiera querido que fuese como su capitán: intrigante hasta los huesos, espinoso, imposible de sujetar, y tan atiborrado de medallas y de hechos de guerra, que si no le hubiese frenado un poco tendría más que él.
Entonces se había acercado a Esclavier y le había tomado por un brazo:
— Philippe, no hagas el bruto. Esta guerra no ha terminado, y yo te necesito.
— Cada cual que se las componga como pueda, ¿no lo ha dicho usted mismo, mi coronel?.
— Más tarde, cuando estemos en condiciones, intentaremos juntos un golpe bien montado.
La tercera mañana de su cautiverio, cuando los prisioneros continúan todavía en Muong-Fan, comienza a llover. El agua se cuela a través de la paja del techo de la choza y cae sobre las literas.
Lacombe se despierta y dice que tiene hambre. Después, al volverse, descubre que el lugar de Esclavier está vacío. Tiene un presentimiento y abre el morral en que oculta seis botes de racionamiento: faltan tres. Despierta a los otros:
— Me han robado botes. Los había apartado. . . para todos. . ., por si venían mal las cosas. Esclavier los tomó. Se ha largado.
— ¡Cierra el pico! — le dice Boisfeuras en voz baja—. Está probando su suerte. Ocultaremos su marcha tanto tiempo como podamos.
Glatigny se acerca:
— No ha tomado todas las raciones. . .
— Casi. . . — dice Lacombe, cuyas mejillas en forma de nalgas tiemblan de indignación.
— Tenía miedo de cargarse demasiado. Yo le aconsejé, sin embargo, que se llevase el morral.
— Pero. . .
— ¿No acaba de decir que tenía guardados los botes para todo el mundo? Uno de nosotros los ha necesitado en particular.
Piniéres está rabioso y se lo dice a Merle.
— Esclavier debió avisarnos. Nos hubiéramos marchado con él. Pero ya conoces su manía. Nada de colaboraciones: golpes personales: sólo tiene confianza en él.
Mahmudi, sentado en su litera, no se mueve. Ni siquiera trata de zafarse de las goteras que le corren por el cuello. Lescure canta por lo bajo una extraña melodía que habla de un jardín bajo la lluvia de una chica y un muchacho que se aman sin saberlo. . .
La tormenta había estallado la víspera, hacia las once de la noche, y la oscuridad se había vuelto total, mientras los truenos retumbaban en el valle como un fusil de repetición. Dos o tres relámpagos habían rasgado la noche. En aquel momento Esclavier saltó con agilidad y se plantó ante el lugar donde se hallaba Boisfeuras.
— ¡Boisfeuras!
— ¿Qué pasa?
— Me largo.
— ¡Estás loco!
— No aguanto. Entiéndeme, esta tormenta también la padecí durante mi viaje de Compiégne a Mathausen. Entonces hubiera podido saltar del tren por un tragaluz mal cerrado, pero preferí esperar una ocasión más favorable.
— Eres un idiota. ¿Puedo ayudarte en algo?
— Escucha mi plan. Caminando siempre en dirección Sur, en dos noches puedo alcanzar el poblado meo por encima del Bam-U-Tio. En alguna ocasión hice reconocimientos por allí, y los meo siempre me recibieron bien. Están emparentados con Tu-Bi, el jefe de Xien-Kuang. Me darán un guía. Siguiendo las crestas puedo alcanzar en quice días el valle de Nam-Bac, en donde se encuentra la base de operaciones de la columna Crevecoeur. De lo contrario, continúo hasta Moung-Sai. Desde el Na-Mu hasta Muong-Sai, todos los meo están de nuestro lado.
— Están contra nosotros.
— Te equivocas. En febrero evacuaron a través de la división 308 a todos los supervivientes del 6 B. C. L.[10], incluso a los heridos. Los viets dominan los valles, pero las alturas son de los meo...
— Esto era en febrero. Después, los viets escalaron las crestas y enrolaron a los meo en su ejército. Tu plan es bueno, pero ahora están los viets, el mundo vietminh, la organización vietminh, el espionaje vietminh, las denuncias vietminh...
— Es imposible. Un meo nunca tuvo otro señor que su fantasía y jamás ha traicionado a sus huéspedes.
Glatigny, que no dormía y los oía cuchichear, se les acercó.
— Me largo — le dijo Esclavier —. Me gustaría que se ocupase de Lescure al faltar yo.
— ¿Puedo marcharme con usted?
— Imposible. Tengo las mínimas posibilidades de salir adelante, y eso yendo yo solo, Boisfeuras dice que no triunfaré, y quizá tenga razón.
— ¿Tiene víveres?
— No.
Sin hacer ruido, Glatigny se fue a buscar el morral de Lacombe.
— Esto es lo que precisa. Este cerdo nunca tendrá necesidad de evadirse.
— Demasiado pesado — dijo Esclavier.
Sólo tomó tres botes de los seis que había en el morral. Boisfeuras, por su parte, le tendió una piastra de plata que tenía sujeta a la pierna con una tira de esparadrapo.
— Los meo sólo conocen esta moneda. O reventarás o te cazarán. ¡Buena suerte!
— Yo me ocuparé de Lescure — dijo Glatigny—. Si vuelve a ver a Martine, preséntele mis respetos.
Esclavier le dio una palmada en la espalda:
— ¡Tú querías besarla, pedazo de cerdo, jugando a los defensores de la virtud! Igual que los viets. Quizá sea ésa la mejor táctica. Cuídame bien a Lescure, Glatigny. Hizo algo que yo sería incapaz de hacer: batirse, tener valor en nombre de otra persona.
Esclavier se introdujo en la noche y en seguida se sintió mojado por la lluvia. Temblaba una luz en la choza del puesto de guardia. El puesto se encontraba hacia el Norte. Había que tomar una dirección opuesta y ganar inmediatamente la jungla.
— ¡Alto!
El grito salió de la lluvia y de la oscuridad. Esclavier respondió:
— Tu-bi, prisionero, muy enfermo del vientre...
Era la frase que permitía aprovecharse del pudor vietminh y salir por la noche de las chozas, pues la regla de higiene, que es una de las cuatro normas del soldado del Ejército del Pueblo, prescribe que las necesidades elementales deben hacerse por separado.
El centinela había dejado pasar a Esclavier, que trepó por una pendiente. Inmediatamente lo absorbió la jungla. Las lianas eran tentáculos que querían apresarle. Las espinas, dientes que pretendían destrozarlo. Le era imposible mantener una dirección. Sólo sabía una cosa, que tenía que subir sin descanso para ganar la cresta. Solamente allí podría descansar.
A veces, al borde de la fatiga, se desplomaba. Sentía cómo se cerraban sus párpados. Podría dormir, detenerse y proseguir después su marcha. Pero se acordaba del tragaluz del expreso de Compiègne, y entonces se levantaba y seguía caminando. Había tenido razón en no esperar mucho tiempo para evadirse. Sabía sobradamente cómo se perdían las fuerzas en un campo donde el trabajo era penoso e insuficiente la alimentación. Al mismo tiempo que decrecían las energías físicas, desaparecía también el valor en un deprimente ambiente de nombres quejumbrosos, que se complacían más o menos en su estado de prisioneros.
Por la mañana había alcanzado la cresta y pudo descansar. El valle ya no existía. Estaba inundado por la bruma. Se encontraba en el reino de los meo, que viven más allá de las nubes.
En los tiempos legendarios de los emperadores de Jade, dueños de los Cien Mil Montes, un dragón amenazaba con arrasar a China entera. Había devorado todos los ejércitos que contra él se enviaron, y hasta a los guerreros vestidos con sus mágicas armaduras. Entonces, el emperador había prometido que daría la mitad de su reino y la mano de su hija a aquel que acabase con el temible dragón. El perro gigante Aleo mató por fin al dragón y acudió a reclamar su recompensa. El emperador no quería mantener su palabra, pero de paso temía a la fuerza del perro. Uno de sus consejeros le sugirió entonces un subterfugio. Había prometido la mitad de su reino a quien matase al dragón, pero no había precisado en qué sentido. ¿Y por qué no en el sentido de su altitud? En lo que se refería a su hija no había problema. El emperador tenía gran número de ellas, y pasaba la mayor parte de su tiempo fabricando otras nuevas.
De esta forma, el perro Meo tuvo en matrimonio a la hija del emperador, y como dote todo lo que en el Imperio se encontraba al otro lado de las nubes. Los meo, sus descendientes llevaban como recuerdo suyo un collar de perro fabricado en plata. Amaban a los animales, vivían en las cumbres de las montañas, y como eran descendientes del emperador de Jade, despreciaban a todas las demás razas, sobre todo a los vietnamitas de los deltas.
Esclavier sentía simpatía por los meo, a pesar de su suciedad, que volvía negros sus cuerpos rechonchos, con enormes pantorrillas de sherpas tibetanos. No se mezclaban con las gentes de los valles, con los thai, insinuantes y ligeros, y se negaban a toda organización social o familiar. Incluso a veces evitaban reunirse para no formar poblados. Vivían en sus cumbres, como los últimos anarquistas del mundo.
El sol calentaba mucho. Esclavier empezaba a sentir sed. Seguía subiendo. Poco después del mediodía un Corsaire de la Aeronaval pasó sobre él a poca altura. Le hizo señas, pero el piloto no lo vio. Y aunque así fuera, ¿qué podría hacer por él? Tenía que jugar su partida a solas, sin ayuda posible. Aquella confrontación consigo mismo, perdido en medio de las hierbas de elefante, con la garganta seca, le agradaba.
Evitó el primer poblado meo, acurrucado tras una cima. Juzgaba que estaba demasiado cerca de los vietminh y de Dien-Bien-Fú.
Siguió caminando durante tres horas más, y encontró un sector de bosques que había sido incendiado. En las cenizas los meo plantan arroz, legumbres y adormideras. Cuatro mujeres se encontraban allí, vestidas de harapos, con la canasta a cuestas y los pies desnudos. Sus pies eran casi monstruosos, y las piernas estaban deformadas por los bultos de grasa. Recogían calabazas. Esclavier sabía que debía seguir. Pero no podía. Tenía sed y muy pronto la noche iba a caer.
Se acercó a las mujeres. No parecían asustadas, pero lanzaban exclamaciones guturales e inclinaban hacia él sus anchas caras aplastadas. Olían muy mal, hasta el punto de dar náuseas.
"Será cuestión de habituarse — pensó Esclavier —. A última hora, en Verónica, no notaba ya ni el olor de los cadáveres."
Apareció un meo, con un collar de plata en torno al cuello y una ballesta primitiva en la mano. Llevaba los pies descalzos, los cabellos sobre los ojos y vestía chaqueta y pantalón negros.
Esclavier no encontraba la forma de entrar en conversación con él. Le enseñó la piastra de plata y su rostro embrutecido se iluminó. El capitán le hizo señas de que quería comer. Se agachó, recogió un calabacín y lo mordió. Estaba jugoso, sabroso.
—Tu-le — le dijo Esclavier —, primo Tu-bi, poblado Bam-U-Tio.
El meo hizo gestos que denotaban que había comprendido, y empezó a caminar delante del capitán. Caminaron hasta que se hizo de noche. Infatigable, el meo trotaba por los difíciles senderos que seguían siempre la línea de la mayor pendiente. Cada doscientos metros tenía que detenerse para esperar al francés.
Por fin apareció el poblado, con sus chozas colocadas sobre soportes muy bajos. Los pequeños caballos montañeses, peludos e infatigables, tenían la cabeza introducida en el interior de las casas, en donde estaban sus pesebres, mientras los cuerpos quedaban al exterior.
Tu-Le, semejante a los demás meos, pero quizás un poco más viejo y más arrugado, aparecía fosilizado por la edad y por el opio. Reconoció a Esclavier y le rindió las más expresivas demostraciones de amistad con gestos y palabras. El capitán se sentía a salvo, tenía deseos de reír. Los meos y las crestas seguían al lado de los franceses. Boisfeuras se había equivocado. Era natural, ya que conocía poco aquella región.
Los meos habían matado un cerdo lechal. Se asaba sobre las brasas y despedía un agradable olor a carne tostada.
Se empezó a servir un arroz pegajoso en unos cestitos. Esclavier conocía bien las costumbres. Hizo una bola con los dedos y la lanzó al fondo de la garganta después de haberla mojado en una salsa colorada.
Las llamas del fuego animaban sombras danzantes en el interior de la cabana, y con sus reflejos rojizos iluminaban los ojos de los caballos, que resoplaban y sacudían sus correas.
Con una caña de bambú, Esclavier trazó sobre la ceniza y delante del fuego el trayecto que quería seguir para alcanzar el valle del Nam-Bac.
Tu-Le propuso una pipa de opio. Esclavier la rechazó. No estaba acostumbrado a la droga y tenía miedo de estar demasiado cansado a la mañana siguiente y no poder reemprender la marcha. Por todas partes se decía que el opio que fabricaban los meo era el mejor de todo el sudeste asiático. Pero un paracaidista no fuma. Es un vicio de oficial de Marina o de Estado Mayor. Los meo fuman todos. El opio les sirve de tabaco, y no parece causar en ellos ningún otro efecto.
Y mientras Tu-Le aspiraba su bambú al resplandor vacilante de la lámpara de aceite y lanzaba con satisfacción densas bocanadas, Esclavier comenzaba a dormirse recostado junto al fuego.
Unos versos le vinieron a la memoria. Eran unos versos de Apollinaire:
Bajo el puente Mirabeau corre el Sena...
Bajo el puente Mirabeau iría a ver correr el Sena como hombre libre, evadido del infierno de las hormigas verdes, como decía Lescure. A la primera muchacha bella que pasase le sonreiría. Y se la llevaría a cenar a un-pequeño restaurante de la isla de San Luis...
Se sintió sacudido por una mano suave. Abrió los ojos con dificultad. Sobre él se inclinaba un bo-doi. Sólo pudo ver su sonrisa postiza, sus ojos estrechos y su casco...
Una voz impersonal se dejó oír:
—El presidente Ho desea que los prisioneros franceses descansen de sus largas fatigas...
La pesadilla había venido a mezclarse con su sueño. La muchacha le cogía suavemente de la mano. Lo acariciaba. Creía leer en sus ojos un poco trastornados que ella estaba dispuesta a quererle...
Pero el bo-doi seguía sacudiéndole suavemente:
—El presidente Ho desea que los prisioneros no se resfríen. Acepte esta manta que le ofrece un soldado de la República Popular del Vietnam, para que pueda recuperar, después de un buen sueño, sus fuerzas inútilmente desperdiciadas.
Esclavier se alzó sobresaltado. Tu-Le había desaparecido y en la puerta de la choza se podía ver un centinela armado. La luz de la luna ponía resplandores de hielo sobre su bayoneta...
El acogedor Tu-Le, el libre meo de las cumbres, le había entregado a los hombrecillos verdes de los valles y de los deltas. Esclavier se sentía demasiado fatigado. Sólo quería dormir y dar tiempo a la noche para arreglar las cosas o para no arreglar nada.
Por la mañana, Esclavier siguió a los viets. Al franquear el umbral de la cabaña, escupió con rabia, ya que un hombre de la antigua ley no había respetado el sagrado deber de hospitalidad. Tu-Le desvió el rostro y aparentó no verle. Aquella noche fumaría algunas pipas de opio de más y todo continuaría igual hasta que un día, por el bien del pueblo, le prohibiesen el opio. Entonces reventaría tal como Esclavier deseaba.
Los cuatro soldados que acompañaban al capitán se mostraron llenos de miramientos con él. Parecían alegres, cantaban viejas canciones francesas con acento vietnamizado. Le ayudaban a sortear los pasos difíciles y los resbaladizos puentes de mono. Lo mismo que los guerrilleros cochinchinos que el capitán había mandado durante seis meses en la pantanosa selva de la Lagna, eran vivos, ágiles, despiertos. Sus armas estaban bien cuidadas, no hacían ruido al andar, y cuando se despojaban de sus cascos aparecían sus cabellos rebeldes de pilluelos turbulentos.
A la puesta del sol alcanzaron una senda importante, señalada por los profundos surcos de las ruedas de los camiones "Molotova". Pequeños destacamentos de soldados y de coolies les adelantaban o se cruzaban con ellos. Todos marchaban con el mismo ritmo rápido y convulsionado.
Al borde de la carretera, los bo-doi encendieron fuego y prepararon su comida. Arroz y una sopa de lentejas en la que flotaban unos trocitos de cerdo. Sobre un trozo de hoja de plátano colocaron pimientos silvestres, rojos y verdes, que sazonaron con unos pellizcos de sal gruesa.
Comieron en silencio. Después un bo-doi sacó un paquete de cigarrillos chinos que tenía la marca del Vietminh. Ofreció uno a Esclavier.
El grupo se dejó acariciar por la paz de la noche. Al jefe de los bo-doi le costaba trabajo arrancarse del encantamiento del fuego. Se levantó a duras penas, reajustó su equipo, se colocó el casco y volvió a adoptar la máscara impasible del soldado de la República Democrática del Vietnam. Luego se dirigió al prisionero:
— He de conducirle ahora ante un oficial de la división, que desea interrogarle.
Llegaron a un abrigo subterráneo. El suelo estaba recubierto de enrejado. Una lámpara de acetileno iluminaba a un hombre con el rostro muy fino, con una personalidad racial mucho más depurada que la de sus compatriotas, que estaba sentado detrás de una mesa. Sus rasgos estaban delicadamente cincelados en un oro muy antiguo. Sus manos eran largas, cuidadas y hermosas.
— ¿Su nombre?
— Capitán Philippe Esclavier.
Esclavier ya había reconocido aquella voz inconfundible. La había oído por primera vez la noche que le pidió su ayuda para empujar el jeep.
— No creí volverle a ver tan pronto, capitán. ¿Le han tratado bien desde nuestra última conversación en la depresión de Muong-Fan? Parece que no ha seguido mis consejos, capitán. Me alegro de que su ingenua escapatoria haya finalizado sin perjuicio para usted. De esta forma ha podido darse cuenta por sí mismo de la profunda unidad de nuestra nación y del nexo de unión que agrupa a los pueblos montañeses con los de los valles y los deltas. Esto, a pesar de todos los esfuerzos de disociación que los colonialistas franceses han podido realizar durante medio siglo.
La Voz se detuvo. Miró al capitán con un interés amistoso y prosiguió pensativamente:
— ¿Qué vamos a hacer con usted, Esclavier?
— Supongo que me impondrá una sanción cualquiera. Esta vez estoy de acuerdo con usted. Estoy dispuesto a pagar... mi fracaso. Sin embargo, tengo que declararle que el deber de todo prisionero es evadirse. Espero volver a intentarlo en la primera ocasión. Y salir con éxito.
— Le gustaría convertirse en un mártir, ¿a que sí?, que le atasen a un árbol, que le apaleasen, que le juzgasen y fusilasen. Sería, a sus ojos, el medio de dar a su acto una importancia que para nosotros no existe. Nosotros queremos reducir todo esto a su justa medida. Usted es un niño mimado que se ha dedicado a hacer novillos...
Esta vez Esclavier pudo situar a su personaje. Sus rebuscadas expresiones — No creí volverle a ver tan pronto o hacer novillos— se lo aclararon. Era un profesor. Tenía todo el tono de una persona mayor, esto es, la condescendencia. Pertenecía a la raza de los profesores. Pero le habían confiado hombres y armas. ¡Qué terrible tentación para un intelectual fraseador!
— Tuve ocasión de apreciar su franqueza — siguió diciendo La Voz —. Esta franqueza va a ser la primera condición de su reeducación. Durante su estancia en la República Democrática del Vietnam tendrá tiempo para aprender a hacer su autocrítica. Creo que entonces podrá comprender la inmensidad de su error, su ignorancia y su incomprensión. Sepa que, por esta vez, no le impondremos sanción alguna. Lo llevarán junto a sus compañeros. Lo único que tendrá que hacer es contarles su tentativa de evasión. Confiamos en su franqueza para exponerles los hechos con toda exactitud.
Sesión de información en el campo de Muong-Fan: Los oficiales prisioneros, sentados en semicírculo sobre troncos, rodean una especie de tribuna de bambú sobre la cual La Voz comenta las últimas noticias de la Conferencia de Ginebra. Mientras habla en un francés un poco excesivamente elegante, así como un poco demasiado cuidado, pasea sus ágiles ojos sobre la concurrencia. Mah-qui del mundo de los termitas, está allí para roer el cerebro de todos aquellos hombres, para vaciarlo de su sustancia y atiborrarlo después con el fárrago de la propaganda:
"... Una inmensa esperanza se ha encendido en el pueblo francés... La comisión de armisticio vietnamita ha tomado contacto con los organismos democráticos del país de ustedes para tranquilizar a sus familias sobre su suerte..."
Después empieza a leer un artículo del Observateur, en donde se ataca violentamente la intransigencia política de Georges Bidault, que se niega a toda concesión.
El comisario parece realmente muy afectado por los desesperados esfuerzos de aquel promotor de la guerra que se desvive afanosamente por oponerse a la paz y a la fraternidad de los pueblos, y, por consiguiente, a la liberación de los prisioneros. Pero conserva buenas esperanzas. Un hombre solo nunca ha sido obstáculo para la marcha de los demás hombres hacia el progreso.
Ya ha terminado, y después de doblar cuidadosamente el ejemplar del Observateur y hacer hincapié en el hecho de que dicho periódico es francés y de ningún modo comunista, señala a Esclavier, que está al pie del estrado:
— Vuestro camarada, el capitán Esclavier, ha regresado al campo esta mañana. Ahora va a contarles personalmente las circunstancias que mediaron entre su huida y su captura.
Un ligero murmullo corre entre los prisioneros cuando Esclavier, con rostro impenetrable, reemplaza al comisario en el estrado. Comienza a proferir cortas frases, sin mirar a nadie, sólo al cielo, en donde se desgajan algunas nubes grises.
— Con tal de que no haga alguna cabronada de las suyas — dice nuevamente Raspéguy, inclinándose hacia su vecino, un panzudo coronel.
— ¿Por ejemplo?
— Estrangular a ese cerdo que le obliga a hacer el payaso. Compréndame, es uno de mis muchachos, el que tiene la cabeza más dura y los reflejos más vivos.
Esclavier relata todas las circunstancias de su huida y de su captura. No olvida nada, ni la acogida de las mujeres ni la jugosa calabacita, ni el olor de la carne que se asa al fuego, ni el dulce calor del fuego de la casa del meo. Todos, al escucharle, experimentan la profunda nostalgia de su perdida libertad, y sueñan con la evasión, incluso los más timoratos.
— Sólo lamento — dice Esclavier, finalizando su explicación — haber tomado la dirección equivocada. No os aconsejo las crestas, que están en poder de los meo, ni tampoco los valles, que están en poder de los thai.
Y Esclavier baja del estrado sin perder la impenetrabilidad de su rostro.
Glatigny se inclina hacia Boisfeuras:
— Salió airoso. Nos ha devuelto a todos el deseo de la libertad. Me ha sorprendido.
— ¿Creía usted que era solamente una hermosa bestia de fuerza privilegiada?
— Algo de eso había.
— Domestíquelo; hágase amigo suyo. Lo cual es difícil. Y descubrirá que es inteligente, sensible y muy cultivado..., aunque no le guste demostrarlo.
El teniente Mahmudi, con los ojos cerrados, piensa en su país, en la tierra seca, en las piedras grises, en los aromáticos olores del Atlas sahariano, en el cordero a la broche y en la mano que se hunde en el vientre del animal y que se retira viscosa, bañada en una grasa perfumada. En la noche azulada, un joven pastor tañe en la flauta agria una melodía punzante y monótona. El chacal ha lanzado su grito.
— Estos vietminh han estado muy correctos, ¿no te parece? — le pregunta el capitán Lacombe —. Podían habernos hecho solidarios de la huida de Esclavier.
— El capitán Esclavier es un hombre de los que gustan en mi país, incluso si algún día nos vemos en el deber de combatirle.
Y Mahumudi recuerda un proverbio de los tiendas negras: El valor de tu enemigo te honra. Pero Esclavier no es su enemigo, todavía no...
Al regresar a su choza. Esclavier dice que tiene hambre, que su escapada y su pequeña sesión de autocrítica le han abierto el apetito. Con toda tranquilidad toma una ración del morral de Lacombe, abre un bote y comienza a engullir habas. Tiende el bote a Glatigny:
— ¿Quieres ?
Lacombe se siente impotente. Le dan ganas de llorar. Aquel salvaje estaba masticando su vida con grandes movimientos de mandíbula. Los otros se ríen, incluso Mahmudi, cuyo rostro irradia una alegría cruel.
Después, Esclavier se tumba sobre la litera, al lado de su loco.
La tarde del 15 de mayo, en el curso de una sesión de información, el que Esclavier llamaba La Voz, anunció a los prisioneros que al día siguiente por la mañana partirían para el campo 1. Se los repartió en cuatro grupos. El primero estaba formado por los oficiales superiores y por los heridos. El material colectivo — enormes marmitas de arroz sujetas al centro de un bambú, algunas palas y algunos picos — fue distribuido entre los oficiales subalternos de los tres últimos grupos. Como no tenían sacos para utilizar en el trasporte, algunos se despojaron de sus pantalones, que trasformaron en bolsas atando las perneras por su extremidad inferior.
Lacombe quería que se deshicieran del loco y que se le enviase al grupo número 1. Pero tropezó con la violenta oposición de todos, que formaron un solo cuerpo con Glatigny y Esclavier. Lescure era para ellos una especie de fetiche. Lo cuidaban, velaban a su lado y lo obligaban a comer su arroz, olvidando con estos desvelos su propia miseria.
El grito de Lescure —- patos, pollos — se había convertido en su contraseña. Por sus mentes no cruzaba la idea de morteros del 60 o del 81, sino de auténticos patos y pollos, que esperaban robar durante el trayecto.
— Todo está permitido a un prisionero — había declarado Esclavier —. Todo: robar, mentir... Desde el momento en que le han privado de su libertad adquiere todos los derechos. Boisfeuras le había preguntado:
— ¿Y si un régimen, una ideología, quisiera privar de libertad al mundo entero?
— Entonces todos los golpes estarían permitidos, incluso los más bajos.
Cada equipo tuvo que elegir a su jefe. Glatigny propuso al "oficial abastecedor" Lacombe. Se había convertido en su agente electoral.
— Lacombe reúne todas las cualidades requeridas — decía—: es cauteloso y miedoso. Es ordenado y sabe prever el porvenir. ..; mirad las raciones.
Piniéres había comprendido inmediatamente.
— Tiene cara de colabo... ¡Será Laval junto a los viets! ¡Y nosotros seremos la Resistencia!
De esta forma, Lacombe se vio investido de las funciones de jefe de equipo.
Después de la reunión se hizo un registro. Había sido extremadamente severo. Los bo-doi no se habían contenido con cachear los bolsillos y los dobladillos de las prendas, sino que habían obligado a los prisioneros a desnudarse.
Hasta este momento, Boisfeuras había podido conservar su puñal, una fina hoja que llevaba sujeta con esparadrapo en la entrepierna, lo mismo que la piastra que le había dado a Esclavier.
Al ver que iba a ser descubierto, y mientras que Merle era objeto de registro antes de que llegara su turno, sacó su puñal y lo blandió ante las narices del responsable, un antiguo rick-shaw de Hanoi, a quien se le habían subido a la cabeza sus nuevas atribuciones.
— Claro que me lo guardo — dijo Boisfeuras —. Ya quedó convenido con el jefe. Ha dicho que cada equipo tenía derecho a un cuchillo para cortar hierbas.
Sorprendido, el viet reflexionó un instante. Pero de pronto se dio cuenta de que lo que el prisionero metía en su bolsillo era un arma de guerra.
— No, no comprender. Démelo.
Glatigny consiguió disimular dos piastras de plata, pasándolas de su bolsillo a su boca. Y Piniéres, un pequeño espejo, con una hendidura en su centro, que permite enviar un reflejo de sol sobre el cockpit de un avión y así prevenir al piloto.
Por fin, en la madrugada del 16 de mayo, el equipo partió para el campo número 1, con su marmita de arroz colgada de un bambú y con su loco, que seguía dócilmente a los unos y a los otros como un caniche, con Boisfeuras, Glatigny y Esclavier, con Merle y Piniéres, Lacombe y Mahmudi.
— El campo se encuentra al lado de Dien-Bien-Fú — les había dicho Lacombe —, para que no quede lejos de un campo de aviación. Una vez firmado el armisticio en Ginebra, podrían venir a recogernos.
— No — le había contestado Esclavier —. Nos harán bajar por el lado de Hoa-Binh, bordeando el delta, y nos entregarán en Hanoi. Quizá caminaremos hasta Son-La, adonde vendrán a buscarnos en camiones.
— Queda demasiado lejos — dijo Piniéres —. Estamos a más de cien kilómetros de Son-La.
Glatigny prefería callarse. Por Nochebuena, los vietminh habían liberado, con fines propagandísticos, a cuatro oficiales hechos prisioneros en Cao-Bang. El general jefe le había encargado que los interrogara, y uno de ellos le había revelado que en el campo número 1, donde estaban internados los oficiales prisioneros, se encontraban en los terrenos calcáreos del Noroeste, en la región de Bac-Kan, a casi setecientos kilómetros de Dien-Bien-Fú.
La mayor parte de los prisioneros estaban agotados y no resistirían la caminata.
En la primera etapa, los prisioneros habían recorrido unos treinta kilómetros en dirección al Noroeste, la que llevaba a China. Los oficiales superiores y los heridos habían pasado junto a ellos en camiones.
En el último camión, en la parte trasera, iba Raspéguy, con sus pies descalzos colgando fuera. Un centinela vietminh estaba encargado de su vigilancia, pues, ¿no había declarado el generalísimo Giap que su captura era la más importante de todas? Repetidas veces Raspéguy y su batallón habían escapado a las dos mejores divisiones vietminh, e incluso una vez habían destruido el puesto de mando de una de ellas.
Raspéguy hizo señas al equipo y les gritó:
— Economizad vuestras fuerzas. La Cosa va para largo.
Hubiera querido ser de los suyos para animarlos, para forzarlos a que apretasen los dientes. Y les demostraría que, aunque coronel, podía hacerlo mejor que los más jóvenes.
Lanzó una amistosa mirada sobre el centinela. Probablemente se vería obligado a matarlo cuando se evadiese, porque se escaparía y triunfaría donde Esclavier había fracasado.
Los prisioneros avanzaban entre la oleada de batallones vietminh. El sol, la fatiga y la falta de agua comenzaban a azotarlos. El tercer día llegaron a Tuan-Giao, un cruce de la carretera provincial 41, Hanoi-Lai-Chau. La selva que les circundaba hervía de soldados, de coolies y de camiones. Estaba repleta de víveres y de municiones. Era la gran base invisible del ejército que había atacado Dien-Bien-Fú. A los prisioneros se les había colocado en un minúsculo poblado thai, situado a un kilómetro de la carretera, sobre una elevación del terreno de bambúes. Durante veinticuatro horas los dejaron reposar. Lo necesitaban.
Por el momento el equipo no había encontrado todavía su cohesión. Después a sus componentes se les iba a bautizar con dos siglas: "V. L." "Víboras lúbricas", pues se revelarían particularmente impermeables a toda forma de propaganda, con un marcado gusto por el pillaje y la dialéctica y una especie de genio para aprovecharse de todas las debilidades de la organización vietminh.
En el momento de emprender la gran marcha todavía no habían llegado al acoplamiento.
Lacombe se mostraba cada vez más obsequioso con sus centinelas, los trataba de señor, cosa que ellos exigían en vano de los otros prisioneros.
Esclavier se erizaba con facilidad.
Boisfeuras parecía vivir sólo para sí. Y a pesar de que caminaba sin dificultad sobre la carretera, pues sus pies descalzos con dedos prensiles se atenazaban al barro, no acudía en auxilio de sus compañeros, limitándose a llevar el bambú de la marmita cuando le llegaba su turno.
Glatigny, a veces, se mostraba altivo. Como sucedió cuando el teniente Merle lo llamó para que le ayudase en un trabajo.
— Glatigny, ¿me acompañas?
— Querido, tengo la costumbre de que mis inferiores me llamen por mi grado y eviten el tutearme, sobre todo si mi uniforme se limita a un short sucio y si mis prerrogativas se reducen a obedecer como ellos a un hombrecillo que tiraba de una rickshaw hace unos meses.
Mahmudi permanecía siempre en silencio, pero repetidas veces sus compañeros pudieron observar en sus ojos resplandores de odio en el momento de la distribución del alimento, como si estimase que se le regalaba por ser argelino y musulmán.
En general, para todos los prisioneros el campo número 1 era como una especie de tierra de promisión en donde a la sombra de los grandes mangos[11] esperarían durante algunos días el momento de la liberación, fumando tabaco de melaza, comiendo arroz y pescado seco, mientras se adormilarían escuchando algunas vagas sugerencias de La Voz.
El cielo se había cargado de gruesas nubes negras del monzón. Ocultaban las cimas de las montañas, de un verde muy oscuro, y no dejaban ver el horizonte.
Al final de la tarde de este tercer día se oyeron los aviones. Era una gran formación de bombarderos. Largó sus bombas por las montañas y el ruido repercutió en todos los valles como una tormenta lejana.
La Voz llegó en su jeep y reunió inmediatamente a los prisioneros para exponerles la deslealtad del mando francés.
—La delegación vietnamita de la comisión de armisticio, al caer Dien-Bien-Fú, había propuesto al mando francés una tregua aérea que permitiese la evacuación de los heridos y el trasporte de los prisioneros. El mando francés se mostró conforme. Pero ayer, sin advertencia, ha roto esta tregua. Desde su palacio de Saigón, el general comandante en jefe se burla de los heridos y de los prisioneros de su ejército. Sólo quiere prolongar la guerra en provecho de los grandes colonos y de los banqueros. Ayer, una columna de prisioneros franceses, compuesta por camaradas suyos, suboficiales y soldados, ha sido atacada por vuestros mismos aviones. Hay varios muertos. Para evitar este peligro les haremos franquear la garaganta de los meo. Partiremos al ponerse el sol.
—Es de bastante mal gusto — opinó Lacombe —. Después de lo que uno ha sufrido, nos arrojan bombas a la cara.
— ¿Qué sufriste tú? — le preguntó Esclavier—. Tú siempre estuviste en el P. C. G. O. N. O. hartándose con las raciones que te habían ordenado distribuir.
Glatigny intervino un poco pálido:
—Conozco muy bien al general. Si estimó que tenía que romper la tregua y proseguir el bombardeo, sólo pudo haber sido por razones muy graves.
Comprendió que nadie compartía su opinión, y oyó al teniente Merle, que decía con sorna.
— El general está en Saigón, y quizá esta noche se acostará con su querida, mientras nosotros trepamos por la garganta de los meo.
Merle extremaba su vulgaridad y sus groseras palabras sonaban a falso. Piniéres intervino a su vez:
— El general, si tuviese un poco de honor, habría venido con nosotros o se habría saltado la tapa de los sesos.
Glatigny tuvo deseos de gritarles:
— Entonces, ¿es que yo no estoy con vosotros? ¿No comprendéis que estoy aquí porque el general no podía estar, igual que Lescure reemplazó a su hermano?
Boisfeuras se limitó a decir:
— Ése no es el problema, y no tiene importancia, por lo tanto.
Desde su acantonamiento, los prisioneros dominaban el valle y la carretera que serpenteaba entre los arrozales y las altas hierbas y se prolongaba por las lindes del bosque.
Una hora antes de la puesta del sol el valle agonizante empezó a animarse. Del bosque comenzaron a desembocar los batallones. Venían a engrosar, como siluetas, el gran río verde. Los camiones avanzaban lentamente en medio de aquella crecida, rengueando por los surcos embarrados con el motor en marcha.
Una columna de coolies negros, los P. I. M. de Dien-Bien-Fú, estaba alineada al borde de la cuneta. Se puso en marcha.
Y poco después se perdía entre la oleada que subía. La Voz dio sus últimas recomendaciones al grupo de prisioneros:
— La etapa de esta noche será muy fatigosa. Deben caminar sin quejarse y obedecer escrupulosamente a todas las órdenes. Irán escoltados por soldados vietminh, sus vencedores en Dien-Bien-Fú. No tienen derecho a dirigirles la palabra, y deben mostrarles el mayor respeto. Es muy posible que nos crucemos con un destacamento de esos hombres que ustedes llaman P. I. M., esos deportados civiles que ustedes han arrancado a sus familias, a sus tranquilos trabajos de campesinos, para transformarlos en coolies. Ahora son hombres libres que regresan a sus hogares. Los sufrimientos que ustedes les han hecho padecer han sido de tal magnitud que todavía se sienten llenos de odio hacia ustedes. Estamos aquí para protegerles de su justa cólera, pero no la provoquen, pues en ese caso no podemos responder de nada.
El sol se ponía cuando los prisioneros penetraban en las primeras pendientes de la garganta. El bosque, que parecía una mucedínea, mordía los flancos de la montaña, se filtraba a lo largo de los barrancones. Pero en lo más alto, por encima de ellos, las crestas aparecían desnudas, cubiertas uniformemente de tran, una larga hierba cortante, rubia como el trigo, y como él impelida por el viento en suaves ondulaciones.
Hicieron alto en la cuneta para dejar pasar una doble columna de bo-doi, que atacó la garganta trotando a un alegre ritmo de exploradores, aunque su paso era todavía más rápido e irregular. Iban cargados personalmente con sus sacos, sus morcillas de arroz en bandolera y con sus armas. Sudorosos, sin aliento y congestionados, exhalaban penosamente lo que pretendía ser un himno de marcha. Muchos de ellos llevaban dos armas: ametralladoras rusas y fusil-ametrallador "Skoda". Pertenecían a sus camaradas muertos en la batalla de la Alta Región. Aquellas armas servían para armar a los refuerzos que les aguardaban en el Delta.
— No sirve de nada matarlos — dijo Esclavier, visiblemente abatido —. Son como los gusanos. Los cortas, crees que has acabado con ellos, pero no has hecho más que doblarlos en número, pues cada uno de sus trozos cobra vida autónoma.
Estos van a reproducirse en el Delta y devorarán lo que quede del cadáver de nuestro Cuerpo Expedicionario.
Los bo-doi iban seguidos de una larga columna de campesinos thai. Los thai llevaban su tradicional atuendo. Las mujeres, delgadas como lianas, dentro de sus largas y estrechas sayas y de sus cortos corpiños, parecían haber perdido su indolente encanto y su sensual flexibilidad. Fraccionadas en grupitos detrás de los can-bo, que flotaban como espectros en sus uniformes verdosos, repetían sus slogans. Tenían la mirada fija e iluminada de los fanáticos.
Glatigny apretó el brazo de Boisfeuras:
— Mira, las termitas han destruido los pueblos felices de los ríos y de los valles. ¡Los han reducido a la esclavitud! ¡Han reclutado a mis pobres thai!
— Pero, ¿cómo?
— Viví en Lai-Chau durante más de seis meses en mi primera estancia en Indochina. Creí haber encontrado el paraíso entre aquellos hombres amigables, perezosos y alegres, entre aquellas mujeres bellas y condescendientes, siempre dispuestas al placer y al amor. Esas mujeres me han hecho conocer la alegría de los cuerpos. Las he amado sobre las pequeñas playas rubias, al borde del río Negro, en sus casitas sobre pilotes. .. y a mí, que soy católico y un poco puritano, nunca me suscitaron la idea del pecado, porque, ¿comprendes?, los thai son una excepción entre los hombres, no conocen el pecado original. ¡Ahora los han manchado con su cochina viruela!
Cayó la noche de sopetón, como un telón de escenario. Se encendieron antorchas, que iban jalonando las veredas del itinerario sobre los flancos negros de la montaña. Lescure soltó una carcajada, comenzó a hablar y todos le escucharon con un sagrado terror. Parecía como si aprovechándose de su locura, algún demonio se hubiera apoderado de él y hablase por su boca. Del tumulto desordenado de sus palabras nacían extrañas visiones.
Formaban la gran procesión de condenados que subía hacia el lugar del Juicio Final. Los ángeles habían encendido sus antorchas para que nadie se escapase en medio de la noche. Arriba se entronizaba el dios de grueso vientre, con sus ojos anchos como ruedas de molino. Con sus manazas ganchudas recogía a puñados a los hombres, para destrozarlos entre sus dientes, tanto a los justos como a los injustos, a los puros como a los impuros, a los que creían en él como a los que lo negaban. Dado que estaba hambriento de carne y de sangre, todo le servía. De vez en cuando eructaba con solemnidad, y entonces sus ángeles le aplaudían gritando: ¡Mil años de vida al presidente Ho! Pero seguía con hambre, y entonces se los comía también a ellos, y mientras sus huesos crujían entre sus dientes continuaban gritando: ¡Mil años de vida!
De pronto sonó una explosión muy próxima, se vio un gran resplandor rojizo y el ruido primero repercutió y luego se amplificó como un eco por toda la montaña.
—¡Dios mío! — dijo Glatigny —. Los aviadores han lanzado bombas retardadas y tendremos que pasar su zona de explosión.
Las bombas retardadas habían sido una de sus ideas. En el curso de varias observaciones aéreas había notado que los viets, al oír el ruido de un avión, desaparecían inmediatamente, abandonando su trabajo sobre la carretera, y no volvían hasta la noche. Trató de ello con el general, quien le había dado carta blanca. Y ahora la mitad de las bombas estaban preparadas con dispositivos de retraso que oscilaba entre dos y diez horas.
Las bombas habían caído por la mañana, a las once. La mayoría explotarían entre las veintidós y las veinticuatro. Buscó su reloj en su muñeca, olvidando que se lo habían quitado. Sólo quedaba en su dedo la alianza de plata. Los vietminh habían confiscado también sus alianzas, pero los prisioneros les habían explicado que se trataba de un objeto religioso, y se las habían devuelto. Esto era una verdad para él.
Había colocado su vida bajo la señal del Cristo, que había predicado la paz, la caridad y la fraternidad..., y al mismo tiempo había contribuido a que preparasen las bombas de retraso sobre el territorio de Cat-Bi a Haifong.
— Se te ha puesto mala cara, ¿qué te ocurre? — le preguntó Esclavier —. ¿Estás casado?
— Sí, tengo mujer y cinco hijos.
— ¿Una mujer muy distinguida y cinco chicos que se educan con los jesuitas?
— No, en los jesuitas sólo tres. Las otras son chicas.
— Perfecto. Tu mujer esperará a que vuelvas para hacerte un sexto niño.
— ¿Has oído las bombas?
— ¿Y qué? Estamos en guerra y no conviene que caiga Hanoi.
La columna había proseguido su caminar. Entre dos nubes, la luna iluminó por unos momentos la larga fila de prisioneros, tensos por el esfuerzo y con el cuerpo encorvado hacia adelante. En medio del camino, inmóviles y silenciosos, se estacionaban los camiones que remolcaban las piezas del 105 made in U.S.A. Glatigny las contó al pasar. Había unas veinticuatro. Una vez más, las informaciones recibidas en el Segundo Bureau eran exactas. Estaban allí con sus cubiertas originales a remolque de los G. M. C., de cortos chasis, o de los "Molotova", más adaptables a los terrenos embarrados. Los norteamericanos habían entregado aquellos cañones a Chang-Kai-Shek, y los comunistas se los habían comprado a sus generales o se habían hecho con ellos cuando el gran desastre del Kuomintang, y después se los habían enviado al Vietminh para proseguir la misma guerra.
— ¡Mau-len, mau-len! — el grito pasaba de boca en boca, volvía sobre sí.
Cortada a modo de cornisa, la carretera se había hundido a lo largo de unos cincuenta metros. Las bombas de mil libras eran eficaces, y el hormiguero vietminh se agitaba como si hubiese sido azuzado con un palo. Los hombres, las mujeres y los niños thai, con sus picos, sus cestos, e incluso con sus manos desnudas, removían la tierra para rellenar los socavones y alineaban rocas por el lado de la pendiente para conservar esta tierra. Sumaban un millar, llegados de poblados distantes tras varios días de marcha. Los can-bo los dirigían entonando canciones patrióticas, lanzando consignas en thai primero y luego en vietnamita. El recitador comenzaba la letanía y la multitud le respondía sin dejar de remover la tierra:
— ¡Para el presidente Ho, mil años de vida!
— ¡Para el general Giap, que nos ha conducido a la victoria, mil años de vida!
— ¡Para los gloriosos soldados del Ejército Popular, mil años de vida!
Hacia un lado, sobre el borde de un cráter abierto recientemente, aparecían extendidos cinco cuerpos sangrantes. Eran las víctimas de una bomba retardada. Solamente los vio Glatigny, ya que los coolies, sugestionados por las exorcizantes letanías, los habían olvidado por completo, y los demás prisioneros, abismados por la fatiga, se desinteresaban de la escena, no les concernía, no iba con ellos.
— ¡Dios mío, haz...!
Glatigny no sabía lo que Dios debía hacer. Oraba confusamente. Deseaba estar con los coolies, compartir sus riesgos. Una nueva bomba estalló en medio de un gran revuelo de mujeres, de hombres y de niños. La explosión tumbó a los prisioneros. Uno de los thai, con la pierna destrozada, aulló en la noche como una bestia. Algunos bultos sanguinolentos recubiertos de tierra, ya no se movían. La letanía se interrumpió. Pero volvió a iniciarse pronto, tímidamente primero, luego con más fuerza:
— ¡Ho Chi Tich, Muon Nam... Giap, Muon Nam...!
— ¡Mau-len, mau-len!
Al resplandor de las antorchas, los prisioneros comenzaron a desfilar, uno a uno, ante los cadáveres y los heridos, sobre los que se inclinaban los enfermeros con sus bandas de gasa blanca que ocultaban la boca y la nariz. La letanía les perseguía, impulsándoles hacia adelante.
Glatigny hizo una ostensible señal de la cruz, y sintió en ese momento sobre su hombro la mano cariñosa de Esclavier.
Durante la noche se sucedieron todavía tres explosiones más. En cada una de ellas Glatigny se sobresaltaba, sintiendo en seguida sobre su hombro la mano de su compañero.
El ruido de los motores volvió a dejarse oír debajo de ellos. Los camiones ya podían pasar, y su ruido se redoblaba en cada curva, a medida que el convoy alcanzaba la columna de prisioneros. A una orden, los prisioneros se colocaron a ambos lados de la carretera, y los negros vehículos, cuyas puertas delanteras vacilaban como grandes y torpes coleópteros, pasaron lentamente.
La subida prosiguió más alucinante que nunca. Los hombres tropezaban y renqueaban a lo largo de la carretera. El sudor les corría por la boca. Algunos se desplomaban y sus compañeros tenían que ayudarlos a incorporarse. Mahmudi, con un brazo alrededor de la espalda de Lescure, le ayudaba impasiblemente. Piniéres, con mal sabor en su boca seca, había cargado con el saco de Lacombe, que sollozaba sin el menor asomo de rubor.
— Yo no soy un soldado. No tengo vocación para esto.
— Entonces, ¿qué viniste a hacer al Ejército? — le preguntó Piniéres, mientras le empujaba hacia adelante.
— Tengo dos hijos...
Boisfeuras, ágil, que llevaba el bambú de la marmita, movía los hombros y se balanceaba como un vietnamita, lo que le permitía amortiguar el peso a cada paso. En el otro extremo del bambú, Esclavier tropezaba y juraba. Le dolían sus hombros torturados, cuyas carnes estaban aplastadas y sangraban. Cambiaba de hombro el bambú cada diez pasos, y sus brazos le dolían hasta el extremo de las uñas.
Glatigny acudió a reemplazarlo, Boisfeuras hizo señas con la mano de que podía continuar. Conocía el valor del silencio en el esfuerzo y chupaba una hierba para evitar la sed.
En el momento de la salida, La Voz había recomendado que llenasen las cantimploras de que disponían los prisioneros, pero ya hacía mucho tiempo que estaban vacías. Las lenguas se secaban, las respiraciones se hacían roncas. Habíase extendido el rumor de que todos los que se dejasen caer al borde del camino serían rematados, como represalia a los bombardeos. E incluso los más débiles se esforzaban por seguir adelante.
Sé dejó oír la voz chirriante e imperativa de Boisfeuras:
— ¡Por Dios, recoged hierbas y chupadlas! Las cortas y gordas, que tienen agua; las otras dan cólicos.
Al hacer un alto, el viento que bajaba de las cumbres les heló el sudor, y al ponerse otra vez en marcha, sus piernas, con los músculos doloridos, se negaban a obedecer.
A cada vuelta del camino la cresta se veía más cercana. Por fin la franquearon, pero detrás de ella se elevaba otra cresta que aparecía más alta y más lejana en el cielo, y tras ella cumbres desnudas con formas obscenas, que se redondeaban indefinidamente hasta el fondo del horizonte. Más allá estaban Son-La, Na-San, Hoa-Binh y Hanoi, con sus tabernas repletas de bebidas refrescantes; el "Ritz", el "Club", el "Normandie", con la clientela de aviadores charlatanes que se burlaban de todo, y sus oficiales de Estado Mayor, misteriosos y secretos, que relataban hazañas a las jaurías de periodistas y se dejaban invitar a beber. Las taxi-girls chinas bailaban unas con otras sobre la pista, en espera de clientes. Se decía que muchas de ellas eran lesbianas, que vivían unidas formando matrimonios. En Gia-Lam, en el aeropuerto civil, el DC, 4 de París calentaría sus motores.
Merle, que no podía más, que se sentía al borde del derrumbamiento, gritó:
— ¡Que revienten los muy cerdos!
Su odio contra los que no sufrían le daba valor al teniente para aguantar un poco más.
Los prisioneros quería sobrevivir, y para eso debían pensar en algo, creer en algo. Pero todo lo que encontraban en sus cráneos vacíos no les servía. Eran imágenes de paz: la siesta al borde de un río sobre el que danzaban libélulas; la novela policíaca que se lee al suave resplandor de la lámpara, mientras en el cuarto de baño una mujer se prepara para la noche, y la radio que emite una inspirada música que se desliza como leche...
Pero, lentamente, en cada uno de ellos comenzó a surgir un recuerdo más vivo que los otros, el que quisieran esconder en el fondo de sí mismos: su pecado más secreto y doloroso. Ya no les abandonaría en lo que quedaba de marcha. A los mejores les reportaría una razón de sufrir y de expiar; los otros, los que nada poseían, se dejarían morir al borde del camino.
Piniéres seguía detrás de Lacombe, a quien ayudaba a andar al tiempo que le insultaba. Iba repitiendo la frase que le había oído:
— Tengo dos hijos...
El hijo de Piniéres había muerto antes de nacer. La madre también había muerto. Había acudido a la cita, al borde de la Cascada, en Dalat. Los vietminh se vengan así de quien les traiciona. Esto había ocurrido en su primera estancia en Indochina. Hacía unos tres años, Piniéres se había alistado en el cuerpo de paracaidistas. Voluntariamente fue destinado a Indochina. Rompía así con un pasado más político que militar. Aquel día había optado por el Ejército, había rehusado la política. Desde entonces rompió sus relaciones con los compañeros del F. T. P.
Lo habían incorporado al batallón paracaidista de Lai-Thieu, un poblado entre Saigón y Tu-Dau-Mot. Guardaba la carretera a la salida de Lai-Thieu y su misión consistía en controlar el tráfico. Su ayudante, un viejo sargento, era eficaz y concienzudo, lo que permitía bajar a Saigón una vez por semana. Se encontraba con sus compañeros en un bar. Todos juntos iban a cenar a un figón, y alquilaban después unas rickshaw para ir a la calle Marins, en Cholen. Pasaban de un burdel a otro y a veces hasta rompían cristales. La cosa no siempre divertía a Piniéres, pero tenía que imitar las palabras y los gestos de sus compañeros. Había salido de los F. T. P., y no de una academia militar. Era instructor y tenía que conseguir que se olvidasen de su origen.
Sus compañeros lo tenían todavía un poco al margen, pero su desconfianza comenzaba a desaparecer y pronto sería realmente de los suyos. Entonces comenzaría la vida que le convenía: ser miembro de aquella francmasonería paracaidista que se estaba gestando.
Una mañana, cuando regresaba de Saigón a Lai-Thieu en el autocar de línea — una caja para jabón hecha de trozos de bramante, de piezas de chatarra de una docena de vehículos y montada sobre viejos neumáticos —, el teniente se fijó en una joven vietnamita que iba sentada al lado de una jaula de pollos. Vestida con unos pantalones negros y una amplia túnica de seda blanca, con los cabellos muy largos y recogidos en la nuca por un bonete, al igual que todas las estudiantes de Cochin-china, tenía el rostro, reflexivo y sonriente a la vez, de una virgen grecobudista. Un misterioso encanto, hecho de pureza y reflexión, emanaba de sus finos rasgos. Su talle era tan delgado que Piniéres hubiera podido abarcarlo con sus fuertes manos.
Piniéres estaba cansado de las chicas de burdel, y para soportarlas había estado bebiendo toda la noche. De una patada mandó a paseo la jaula de los pollos, ante los gritos de una campesina. Después se sentó junto a la muchacha. Sólo le pedía una sonrisa que fuera diferente a la de las prostitutas que acababa de pagar.
Pero la joven vietnamita hizo un movimiento de repulsión que la hizo chocar contra la desvencijada carrocería del vehículo.
Piniéres no tenía nada de bello con su piel pelirroja cubierta de pecas, con sus rasgos demasiado acusados y su olor a salvaje; pero daba una impresión de fuerza elemental, y sus ojos tenían el mismo azul profundo que tienen los de los niños recién nacidos.
Sus notas decían invariablemente: Fuerza natural, capaz de lo mejor y de lo peor. Raramente hacía lo peor y casi siempre lo mejor.
— No quiero hacerle ningún mal — le había dicho Piniéres, pero nunca había sabido controlar su voz.
— ¡Déjeme! — había gritado ella —. ¡Váyase!
Todo el mundo se había vuelto hacia ellos para gozar del espectáculo, incluso el chófer del autocar, al que le faltó poco para no caer en la cuneta.
— Se lo diré a mi padre.
Piniéres comenzaba a desconcertarse y se encontraba ridículo, lo cual hizo que se tornase grosero.
— ¡Me cago en tu padre!
— Mi padre es el doctor Fu-Tinh, y es amigo del Alto Comisario, que lo llama con frecuencia para consultarle...
Piniéres había observado que la chica tenía un diamantito incrustado en el lóbulo de cada oreja.
La voz de la muchacha se volvió silbante. Registró su bolsillo.
— Tengo un pase en regla, firmado..., lea, por el Alto Comisario. Por si puede impresionarle, le diré que también soy ciudadana francesa...
— Yo sólo quería hablarle...
Ella lo había medido con los ojos.
— Los hombres de su especie sólo saben hablar con las manos. Cambie de sitio.
— Perdóneme.
Y Piniéres había obedecido en medio de las bromas de la gente.
En Lai-Thieu la muchacha bajó detrás de él. Una vieja assam vestida de negro la estaba esperando para llevarle los libros.
El teniente se había informado. La joven, a quien todos llamaban My-Oi[12], era hija única del doctor Fu-Tinh, oficial de la Legión de Honor, que tenía fama de honorable, que era muy influyente y que estaba totalmente ganado para la causa francesa.
My-Oi había sido educada en Dalat, por las hermanas del convento de los Oiseaux, y cursaba el primer año de Letras en la Universidad de Saigón. No se le conocía ninguna aventura.
Piniéres olvidó a la muchacha. El terrorismo estaba en pleno recrudecimiento, y el comandante del sector, al interrogar a un prisionero, había sabido que la mayoría de las armas y de los explosivos llegaban a Lai-Thieu atravesando el bosque y luego seguían la carretera de Saigón.
Piniéres había practicado el terrorismo en Francia. Sólo tuvo, pues, que hurgar en sus recuerdos la forma de componérselas para pasar armas. Ahora ya en cuatro ocasiones había puesto las manos sobre los stocks que trasportaban los camiones de una plantación o los coolies que trotaban bajo su balacín. Las granadas aparecían ocultas en medio del arroz, e incluso en el vientre del pescado.
Por aquellas fechas encontró de nuevo a My-Oi. Ésta pasaba una mañana ante el puesto completamente vestida de blanco y seguida de su assam, de negro. La saludó muy rígidamente y ella le respondió con una sonrisa burlona. Por la tarde intercambiaron algunas frases. Al día siguiente la esperó a la llegada del autocar. La assam no acudió y él la acompañó llevándole los libros.
La joven le preguntó cosas acerca de su vida, y él le habló de sus estudios. Ambos descubrieron que preferían Lamartine a Víctor Hugo. Piniéres se atrevió a invitarla a cenar en Saigón. La llevaría luego a su casa en el jeep. La joven aceptó sin hacerse rogar. Parecía que su padre le daba bastante libertad, lo cual era de admirar. Quizá la nacionalidad francesa le inclinaba a un mayor liberalismo. En el "Vieux Moulin", cerca del puente de Dakao, la joven se mostró alternativamente burlona, tierna y coqueta. En la terraza del "Kim-Long", donde bailaron, su esbelto cuerpo se pegó al suyo. En todas las mesas cuchicheaban al ver a la delgada muchacha del Vietnam que desaparecía casi por completo entre los brazos del gran bárbaro rojizo.
A la vuelta se dejó besar en el jeep. Picoteaba los labios como un pájaro al grano. My-Oi no opuso ninguna resistencia para seguirle a su habitación. Su primera unión fue decepcionante. La muchacha se dejaba amar sin ninguna reacción. Sólo lanzó un pequeño grito cuando el hombre fue demasiado brusco con ella. Piniéres se encontraba cortado y torpe. Hasta entonces sólo había practicado el amor de las rameras y se había preocupado de su propio placer.
Pero cuando la joven se quedó dormida bajo el mosquitero soñó largamente ante aquel cuerpo absolutamente desnudo, como sólo puede estarlo el de una asiática, y le parecía que la dorada adolescente era una de los presentes que los reyes de Oro ofrecían en otro tiempo a los invasores bárbaros como homenaje a su fuerza.
My-Oi se acostumbró a ir todas las noches a la habitación del teniente, y a no marcharse hasta la luz del alba.
Ocho días después del primer encuentro comenzó la estación de las lluvias con una violenta tormenta. Piniéres acariciaba el cuerpo insensible y a su deseo se mezclaba la rabia de no tener contra sí más que aquella carne fresca y lisa que nunca se estremecía. Las nubes reventaron con una violenta lluvia, una corriente de aire levantó el mosquitero y de repente Piniéres sintió que My-Oi se animaba. Sus uñas duras se hundieron en su espalda. La fina liana intentó escaparse, después volvió a pegarse a él y comenzó a gemir suavemente. Tras la entrega, la joven retuvo a Piniéres y por primera vez fue My-Oi quien provocó su deseo. Con voz completamente cambiada, en cuyo acento se mezclaba ternura y timidez, le preguntó:
— ¿Cuál es tu nombre?
— Sergio.
Hasta aquel momento el nombre de Piniéres no le había importado.
My-Oi abandonó sus estudios en Saigón y se fue a vivir con él. La assam del traje negro se instaló junto a ellos, y a partir de ese momento Piniéres no comió más junto a sus compañeros.
Durante este período, a pesar de que el número de atentados seguía aumentando en Saigón, la sección de Piniéres tuvo mala suerte y no pudo interceptar ningún convoy de armas. Sin embargo, todos los informes concordaban. Los viets seguían utilizando la carretera de Lai-Thieu.
Una noche, después de cenar, My-Oi le dijo al teniente:
— Sergio, he recibido la orden de matarte esta noche. No te sobresaltes: sabes que ahora no podría hacerlo. A la una atacarán el puesto para permitir el paso de un camión cargado de explosivos, material de armas y de propaganda. Antes de que se desencadene el ataque debo haberte suprimido. Hace dos años que pertenezco a la organización vietminh del Nam-Bo. Fueron mis jefes los que me ordenaron que me acostase contigo. Encontrabas demasiado fácilmente nuestras armas. Lo hice y me desagradaba. Después vino aquella noche en que comenzaron las lluvias. . . Ve a prevenir a tus soldados.
El ataque se había desencadenado exactamente a la una de la madrugada. Los vietminh fueron rechazados, sufriendo grandes pérdidas, y su camión saltó destrozado.
Durante todo el combate, My-Oi permaneció sentada e inmóvil al borde del lecho. Cuando su amante regresó a su lado, cubierto de sudor y salpicado de sangre de los suyos, la joven conoció con él un placer y luego una calma más profunda que la muerte.
Al día siguiente, Piniéres la condujo al oficial de información de la zona. Ella le siguió sin decir una palabra.
— Habla — le dijo.
La joven lo contó todo sin que se moviese un rasgo de su cara, y de esta forma entregó a todos una red de terrorismo de Saigón, a sus jefes, sus depósitos y sus centros de reunión. Cuando el capitán escribía mal un nombre, ella lo rectificaba con su propia mano.
— Buen golpe, Piniéres — le había dicho el capitán de información —. El mejor que hemos dado desde que estamos aquí. Voy a regresar a Francia. ¿Quiere usted reemplazarme en mi puesto?
— No. Nunca...
Piniéres y el capitán habían decidido enviar a My-Oi a Dalat, a fin de sustraerla de la venganza de los vietminh. Le encontrarían una habitación en el convento de los Oiseaux, donde se había educado. Una vez más My-Oi no protestó.
Piniéres subía todos los meses a Dalat con el convoy y My-Oi se reunía con él durante tres días en un hotel chino lleno de escupitajos. Los jugadores de mah-jong hacían tintinear toda la noche las fichas de bambú o de marfil.
Un día, Piniéres recibió esta lacónica nota de My-Oi:
No me he atrevido a decírtelo, pero espero un hijo tuyo. ¿Qué piensas hacer? Nosotros, los vietnamitas, no damos demasiada importancia a un niño que todavía no ha nacido. Después ya nos preocupamos más. Todo lo que tú decidas estará bien, porque te amo.
Desde que My-Oi le había entregado la organización terrorista vietminh, Piniéres recordaba con frecuencia el incidente siguiente: durante la Liberación ordenó que le afeitasen la cabeza a una hermosa muchacha, un poco vulgar, que había alardeado abiertamente de su unión con un oficial alemán. Mientras que sus hombres se reían estúpidamente, ella les miró de frente. Y les dijo:
— Yo quería a mi boche, lo tenía en la piel. Sólo soy una mujer. Vuestras historias de guerra y de política no me importan. Si fuera negro, norteamericano o ruso hubiese sido lo mismo, y para protegerlo os hubiera vendido a todos, como lucharía de vuestra parte si me agradarais. Pero con esa cara.. . no hay cuidado.
Piniéres la había abofeteado dos veces hasta que ella cayó al suelo. Después buscó a la mujer para devolverle las joyas que le había confiscado, pero ya había salido para Alemania.
Durante toda una semana anduvo con el problema a vueltas en su cabeza, pero, por fin, se decidió. La criatura nacería. Si era niña la metería en un convento; si era un niño, en la escuela de hijos de la tropa. Le anunciaría en persona su decisión a My-Qi. En cuanto a ella…., le daría dinero para que se fuese a cualquier parte.
El boche, ¿qué había hecho con su francesa rapada? ¿Se habría casado con ella?
El día en que salía para Dalat el convoy que debía tomar Piniéres se encontraba de servicio. Durante cuatro días y cuatro noches había estado persiguiendo una banda de guerrillas y había incendiado la aldea que les servía de refugio. Todavía recordaba el olor de la carne quemada. Regresó muy poco satisfecho por haber tenido que realizar este trabajo necesario, y decidió casarse con My-Oi, la colabo. Sería demasiado horrible para ella que la abandonase después de haber traicionado a los suyos. Además, la quería. Y también al hijo que iba a nacer, y que no iría con las monjas ni con los hijos de la tropa.
Tomó el convoy siguiente, y como no había podido avisar a My-Oi de su llegada, se dirigió directamente al convento de los Oiseaux. La habitación estaba vacía, la muchacha había desaparecido. Encontró sobre la mesa una carta escrita en lengua vietnamita. Se la hizo traducir:
El Comité director del Nam-Bo convoca a la "hermanita" en la cascada del Dalat. Se trata de que dé algunas explicaciones a uno de nuestros representantes. Ha de ir de noche y sola.
Al día siguiente encontraron su cadáver. Había sido estrangulada con una cuerda de seda de paracaídas.
Lacombe tropezó una vez más y pidió a Piniéres que le ayudase.
— ¡Levántate solo!
— Tengo dos hijos.
El cerdo había descubierto su punto flaco. Y se iba a aprovechar del descubrimiento, a abusar y a mendigar gimoteando.
Piniéres se inclinó y le ayudó a alzarse. Y cuando le tocó el turno al capitán para llevar la marmita, lo reemplazó.
Amanece cuando la columna franquea la garganta. La R. P. 41[13] está desierta, y los prisioneros se encuentran solos después de la barahúnda de la noche. El ruido de los motores se ha confundido con el silbido del viento que viene de las cimas, y la luz parece haber expulsado hacia sus agujeros a las termitas vietminh.
La Voz marcha a pie dirigiendo la columna. Su liso rostro apenas si está marcado por la fatiga. Varias veces ordena a los bo-doi que aceleren la marcha, pero sin resultado positivo.
Al final de la mañana, los prisioneros, rendidos, desmadejados y reventados de sed, son acantonados en un estrecho valle que se abre como una veta en medio de las montañas.
Grupo a grupo van dejándose caer en el barro, bajo los matorrales. El resto del día lo pasan postrados en su soledad sin encontrar el sueño ni el olvido, y sin poder relajar sus entumecidos miembros.
Han llegado a ese momento de la fatiga tras el cual sólo existe el derrumbamiento seguido de la muerte. Durante el resto de la marcha arrastrarán el peso de esta inmensa laxitud.
Noche tras noche continúa el calvario del lamentable rebaño empujado por los malhumorados bo-doi, bajo la lluvia grasa del monzón. Los prisioneros dan un paso, tropiezan, y dan otro paso sin saber si les quedarán fuerzas para el día siguiente. Desde hace tiempo han olvidado el porqué de su marcha y hacia dónde van en medio de aquellas pegajosas tinieblas rotas por las tormentas, y en donde monstruosas pesadillas flotan como medusas.
En medio de una de estas pesadillas los prisioneros encuentran a los P. I. M. de Dien-Bien-Fú.
La columna se ha inmovilizado a la orilla de la carretera para dejarlos pasar. Los P. I. M. aparecen lentamente. Constituyen una patética corte de los milagros, con sus lisiados, cuyos sospechosos apósitos destacan en la oscuridad de la noche, y con sus cojos arrastrándose merced a sus muletas. La gangrena ha podrido sus llagas. El pus corre por sus jirones, esparciendo un hedor dulzón a carroña y a arroz avinagrado. Los viets los han tratado aún peor que los franceses, a pesar de que tenían el mismo valor político que los soldados del Ejército Popular, según aseveraciones de La Voz.
Los oficiales contemplan en silencio el desfile de los que regresan. Son unos cuatrocientos o quinientos supervivientes de los cuatro mil coolies que habían sido trasportados en avión a Dien-Bien-Fú seis meses antes.
"La Voz no dice tonterías — piensa Piniéres —. Puede muy bien que estos muchachos nos destripasen si estuviesen libres."
Muchos opinan como él.
De pronto, uno de los P. I. M. reconoce a Boisfeuras y corre junto a él:
— Capitán, capitán; yo he sido P. I. M. de la 4ª Compañía. . .
Y estrecha con calor la mano del capitán, aprovechando para deslizarle un paquete de tabaco, al mismo tiempo que se frota contra él como un animal doméstico.
Al pasar otros P. I. M. reconocen a sus oficiales a pesar de la oscuridad. Abandonan la columna y atraviesan la carretera a espaldas de un bo-doi. Sin decir palabra estrechan la mano de los franceses y les dan un paquetito de tabaco o de víveres, sin duda extraído de sus escasas reservas o acaso producto de sus rapiñas. Esta es su forma de expresar su justa cólera.
Glatigny recibe un poco de melaza pegado en un trozo de papel de periódico, y Piniéres, un pedazo de chocolate vitaminado, procedente de una caja de raciones de combate.
— ¡Qué chicos! — exclama Piniéres —. Ya habrían podido estar con nosotros todos esos muchachos. Sin armas hubiéramos llevado a estos mierdas de vietminh hasta China dándoles patadas en el culo.
Boisfeuras interroga a su P. I. M. en vietnamita y por él se entera de que los conducen a un campo de reeducación para el trabajo. Se les va a meter a la fuerza en la cabeza que la amistad está prohibida entre hombres de diferente raza, y que el prisionero no puede querer a su amo, a menos que éste sea comunista. Lo contrario es una traición.
Tres de aquellos P. I. M. habían recibido la medalla militar por su conducta heroica en Dien-Bien-Fú, pero habían sido suprimidos.
La Voz ordena a sus bo-doi que separen a los P. I. M. de los prisioneros. Por primera vez los viets la emprenden a culatazos con los oficiales.
Las columnas de los P. I. M. salen de la pesadilla y en ella entra La Voz. Se dirige a los franceses:
— Ya les dije que fueran respetuosos con sus víctimas, que no las provocasen. No me han escuchado, y nosotros hemos tenido que arrancarles a su justa cólera.
— ¡El muy cerdo...! — dice Piniéres, apretando el puño.
—No — le replica Boisfeuras—; es lógico. Según la teoría marxista, el colonizado no puede fraternizar con el colonialista. Dogmáticamente es imposible. Pero como esta fraternización acaba de producirse, niega simplemente la evidencia.
El cielo continúa derramando interminablemente su cálido caldo. Una noche los prisioneros se cruzan con un convoy de camiones atascados en la carretera. Los coolies que pululan a su alrededor no consiguen sacarlos de los surcos en medio del zumbido de los motores en movimiento. Por fin está cortada la R. P. 41. El monzón ha sido más eficaz que los aviones franceses ... pero, desgraciadamente, demasiado tarde.
Glatigny, como si estuviera en una crisis de fiebre, lucha con sus fantasmas, que toman la apariencia de planos de Estado Mayor con rayas azules y rojas, de informes, de telegramas confidenciales, urgentes, secretos. .., muy secretos...
Vuelve a ver claramente el gran mapa del Estado Mayor del Aire en Hanoi, con sus cruces rojas que indican los cortes de carretera. Valedero para treinta y seis horas, valedero para cuarenta y ocho horas, sin ningún valor. Todo esto sucedía dos meses atrás.
La carretera nunca había sido interrumpida, las termitas funcionaban con mayor celeridad que las bombas y Dien-Bien-Fú había caído. La gran arteria negra llena de coolies todas las noches hacia revivir a las divisiones de Giap.
Era necesario cortar la carretera, y si las bombas se mostraban ineficaces había que recurrir a la lluvia. Pero la nieve carbónica que habían derramado los Dakotas sobre las pesadas nubes de tinta no había conseguido nada. El meteorólogo llegado de París se había vuelto a marchar después de redactar este sibilino informe:
El régimen de los monzones está perturbado de tal forma en el noroeste de Indochina, que todas las previsiones sobre las lluvias son aleatorias.
El meteorólogo dormirá ahora a sus anchas en su cómodo piso parisiense, al amparo de las lluvias, del hambre, de la fatiga, de la desesperación y de la maldición de la derrota. Y las nubes se abren, todos los días, sobre los vencidos que se arrastran por el fango.
— ¡Dios mío! — exclama Merle al tropezar con Glatigny —. Si el general tuviese la diarrea que yo tengo... He de volver. Me vacío... Toma mi saco.
Entre dos cólicos piensa en la encantadora Micheline: su lunar y sus cabellos empolvados, de marquesita. "¡Si vieses a tu paracaidista, preciosa! — Y después opina —: Sin embargo, no voy a dejarme matar como un mendigo al borde de una carretera por querer prolongar mis vacaciones. ¡No es posible!"
Olivier Merle había sido educado en Tours, en medio de viejos. Todo el mundo era viejo a su alrededor: su padre, su madre, sus tías, sus primos e incluso su joven hermana, la del delgado cuello de gallina. Terminados sus estudios de Derecho, sin que hubiese conseguido deprenderse de su apagada familia, Olivier Merle tuvo que marcharse para cumplir el servicio militar. En el Ejército había descubierto la juventud y la inconsciencia, pero había confundido el Ejército de oficio con el de los jóvenes paisanos que acuden a hacer su servicio, esas vacaciones largas que uno se toma antes de volverse un hombre serio.
Para prolongar sus vacaciones, el pequeño Merle, después de haber cumplido su servicio militar, se enroló voluntario para prestar sus servicios durante dos años en Indochina. En Tours habían pensado que lo que hacía no era muy serio ...
Durante bastante tiempo, Oliver se había acordado con íntima alegría del permiso que había disfrutado a su salida de Saint-Maixent. Sin que lo supiesen sus padres, había obtenido el título de paracaidista en la Escuela, y después había conseguido que lo destinasen a un batallón del sudoeste. Por primera vez su gorra roja había sido una mancha viva en la vieja casa de los muelles del Laire.
— ¿Qué significa esto? — había preguntado su padre.
— Que salté siete veces de un avión con un paracaídas a la espalda....
— Los excéntricos están mal vistos en nuestra profesión. ¡Un notario paracaidista! ¿Qué pensarán en Tours? Nos van a crear contratiempos.
— Padre, si su clientela se compusiese de obreros podría concebirse; pero está formada por la gran burguesía y por comerciantes importantes.
— Justamente. Los obreros aceptan ese tipo de bromas, pero no los burgueses.
— Pero, ¿no son el Ejército y en particular los paracaidistas los defensores de los privilegios de esa burguesía?
— Precisamente se fía menos de esos defensores que de los propios enemigos. Se las arreglaría muy bien sin ellos. Si te hubieses hecho comunista o progresista, habrían dicho: "Pecados de juventud, se le pasará; además, está de moda, hay que vivir con el tiempo..." Pero, paracaidista.. . Preferiría que la cosa no se airee demasiado.
Su hermana, en cambio, había acariciado su gorra y la insignia grabada sobre el ala y el puñal. Olivier nunca había visto sus ojos tan brillantes.
— Estoy muy contenta por lo que has hecho — le había dicho —. Eres el primero que escapa de nuestro nido de ratas. Un día vendrás a buscarme.
Olivier Merle se había lucido con su uniforme, un poco para enfadar a su padre, otro poco por complacer a su hermana y un mucho para escandalizar a los burgueses de Tours. Y por la noche se había reunido con algunos compañeros, chicos y chicas, en una sala de fiestas.
— Monsieur, ¿quiere convertirse en un Jules? — le había preguntado irónicamente Bezegue, el de los Magasins Réunh.
Bezegue ardía de despecho. Tenía fama de ser el aventurero del grupo. Un día había robado un coche por unas horas y se le atribuían vicios contra natura. Pero con una sola hazaña Olivier le había superado, llegando mucho más lejos que él.
Olivier estaba un poco enamorado de todas las chicas que conocía. Hasta entonces ellas lo habían utilizado para poner celosos a sus adoradores de turno, y sólo salían con él cuando no tenían otro al alcance de la mano.
Durante aquellos días de permiso, Olivier se puso de moda. Le llamaban el para, y las jóvenes lo miraban con codicia, horror y curiosidad, como si hubiese asesinado ya a dos o tres rentistas.
Pasó algunas noches con Micheline, la más bonita, la que daba tono a la banda, porque hablaba de manera disparatada de la vida, del amor y de la muerte.
— ¿Has matado ya a alguien?
La contestación decepcionó a la chica.
Antes de su salida para Indochina, Micheline pasó toda una semana con él en Vannes. Se había teñido los cabellos de blanco y llevaba un lunar en el mentón, lo que le daba una apariencia de marquesa del siglo XVIII.
Micheline le había anunciado, como algo sin importancia que se iba a casar con Bezegue, y Olivier comprendió que no era de los hombres con quienes las mujeres se casan.
Micheline había tomado la costumbre de escribirle muy regularmente a Indochina. Le contaba sus aventuras, sus cuitas amorosas por la derecha y por la izquierda y sus viajes a París. Un día, Olivier le contestó:
"Ya he matado a alguien y eso cambia mucho las cosas."
Y cortó de raíz toda correspondencia.
Para su propia admiración, el alférez, y después el teniente Merle, que no tenía especial predisposición para el oficio militar, se conducía muy bien, y había ganado la estima de sus compañeros por su valor y su tolerancia. Entre la lluvia de medallas distribuidas entre los defensores de Dien-Bien-Fú, cuando se supo que la guarnición estaba perdida, tenía derecho a la Legión de Honor, la belle rouge, y todos pensaban que la merecía.
Piniéres le había dicho:
— Ahora ya puedes quedarte en el Ejército. No se te puede negar tu activación.
Merle no piensa de ningún modo en hacerse activar. En el alto se acerca a un médico:
— Me vacío — dice —. Me muero de sed. Me voy a quedar en el sitio si sigo así.
— Yo también tengo disentería — le dice el tubid —, y no tengo con qué tratarme. Necesitamos emetina. Los viets dicen que sólo tienen para ellos.
— ¿Entonces... ?
— Entonces, nada. .., esperar. .., puede que pase. Existen esos raros trucos. Trate de beber el agua con la que se ha cocido el arroz. Es un remedio casero. A mí no me sirve de nada..., quizá porque no creo en ese tipo de remedios a causa de mi título.
Merle se debilita cada vez más y sus compañeros tienen que ayudarle. Sin cesar repite:
— Esto no es un juego, esto no es un juego...
Lacombe flota en medio de su grasa, que se va tornando fluida como el aceite. Sueña con enormes platos de buey borgoñés, con raguts de cordero y chuletas de ternera. Su obsesión de hambre ha crecido hasta el punto de que a veces cree respirar sabrosos olores de cocina bien preparada.
Lescure, en su locura, camina entre Glatigny y Esclavier como un payaso desarticulado y ciego a quien sólo unos débiles hilos sujetan a la vida.
Cerca de Son-La, en el momento de vadear un riachuelo, Lescure se niega a entrar en el agua. Se debate:
— Conozco este lugar: Está lleno de minas y los viets nos esperan al otro lado. Hay que ir por las montañas — después agarra a un bo-doi y dice —. Ve a prevenir al capitán, mau-len, tengo informes. Están los viets...
— Te engañas — le dice suavemente Esclavier —. Son nuestros guerrilleros los que están a la otra orilla.
Y, por fin, Lescure, tranquilizado, sigue al capitán.
La noche del 27 al 28 de mayo atraviesan el antiguo campo atrincherado de Na-Sam.
La Voz da la señal de alto, que se prolonga varias horas. La lluvia ha dejado de caer. El cielo se aclara, se ha vuelto luminoso, de un color como la leche. Están al pie de un picacho en forma de diente al que todavía coronan algunas alambradas roñosas y algunos montones de sacos de arena aplastados.
— Yo defendí esa posición durante tres meses — dice Esclavier a Glatigny —. Estaba repleta de cadáveres viets. Los tenía hasta en mi refugio. Creía que Na-Sam era inexpugnable, al igual que lo creí de Dien-Bien-Fú.
— Todo el mundo pensaba que Dien-Bien-Fú nunca caería — le contestó Glatigny con voz sorda —: los capitanes, los coroneles, los generales, los ministros, los norteamericanos, los aviadores e incluso los marinos que no lo conocían. Todos, ¿comprendes? No había una sola duda. Yo estaba particularmente bien colocado para saberlo.
La calma de la noche, la luz lechosa y el recuerdo de combates librados en Na-Sam, que para él habían sido victorias, hacen tolerante por un momento a Esclavier y le inclinan a olvidar su duro concepto de la guerra y su axioma predilecto: "El que ha perdido es culpable y debe ser liquidado."
— ¿Por qué se habrá dado lugar a esta cabronada? — pregunta sin pasión.
Ahora Glatigny estima que puede explicar lo de Dien-Bien-Fú para verse así liberado de sus remordimientos.
Boisfeuras llega junto a ellos. Silenciosamente se sienta.
— Era necesario — dice Glatigny — proteger Laos, país con el cual Francia acababa de comprometerse firmando un tratado de defensa. Laos era el primer país que entraba en la Unión Francesa. Era necesario desviar el rush del cuerpo de batalla vietminh del Delta de Tonkin, de Hanoi y de Haifong. A fin de ganar tiempo, se eligió Dien-Bien-Fú para presentar batalla.
— ¿A seiscientos kilómetros de nuestras bases?
— Los viets también estaban a seiscientos kilómetros de sus bases y no tenían nuestra aviación. Para su abastecimiento sólo contaban con la R. P. 41, este cordón umbilical que nuestros aviadores presumen poder cortar en cualquier momento. Estamos cansados de que nos lo griten a los oídos.
— Sólo que no es cierto y que Dien-Bien-Fú era una depresión.
— Claro, pero la más amplia del sudeste asiático, dieciséis kilómetros por nueve. En ella podíamos instalar varias pistas de aterrizaje para aviones modernos. Las crestas que la dominan se encontraban a una distancia superior al alcance de la artillería del vietminh. Para arrasar el campo atrincherado, los viets tenían que instalar su artillería en el glacis o en la llanura. Allí podíamos combatirla con nuestros cañones más poderosos que los suyos, con nuestra aviación y con nuestros carros blindados ... Pero, los viets subieron al asalto de nuestros picachos y nos aniquilaron.
Boisfeuras interviene:
— En este asunto, la equivocación reside en querer concebir la guerra desde Saigón y desde París, esforzándose en creer que es posible aislar la península vietnamita del resto del mundo asiático y comunista y que podíamos entregarnos tranquilamente a nuestra operacioncilla de reconquista colonial. ¡Estúpido! La guerra hay que verla desde Moscú y desde Pekín. Ahora bien, Moscú y Pekín se burlan del Vietnam, ese culo de saco que no conduce a ninguna parte; pero no de Dien-Bien-Fú. Precisamente de Dien-Bien-Fú, no. Conozco muy bien el sudeste asiático. Es un poco mi país, lo he recorrido palmo a palmo durante años. He combatido en él contra los japoneses y contra los chinos. He leído también los libros comunistas. ¿Qué dice Lenin ? El porvenir de la revolución mundial está en las grandes masas asiáticas. La China es comunista, pero queda la India, cerrada hacia China por el Himalaya, hacia la U.R.S.S. por el Pamir y las cadenas de Afganistán. Sólo existe una abertura por Bengala y el sudeste asiático. Dentro del hervidero de razas del Far East, un solo grupo étnico es histórica y políticamente interesante: los thai. Tienen una historia y han formado un Imperio. Se llaman los Chati y los Karens en Birmania. Están en Thailandia y en Laos. En la Alta Región forman las tres quintas partes de la población, y también pueblan en parte el Yunnan. La capital de este Imperio thai es Dien-Bien-Fú. Los comunistas han decidido jugar la carta thai para abrirse el camino de la India. Han erigido a la mayoría thai del Yunnan como república popular autónoma, y ahora os lo puedo decir: en este asunto trabajaba yo. Los chinos quieren agrupar á todos los thai en torno a su república popular. Una vez concluida tal operación, sólo tienen que dar un codazo para que todo el sudeste asiático se hunda. Entonces se les abrirán de par en par las anchas puertas de la India. Por lo tanto, no podían permitir que la capital histórica y geográfica de los thai estuviese en manos de occidentales imperialistas. Mao-Tsé-Tung exigía la toma de Dien-Bien-Fú mientras Giap soñaba con el Delta.
— Dien-Bien-Fú era la única depresión sobre la que se podía hacer despegar a los grandes bombarderos modernos — prosigue Glatigny —, y los norteamericanos habían pensado en ella para...
— ¿Para... ? —se impacienta Boisfeuras.
— Quizá para atacar China.
— Nunca se habló de semejante eventualidad — hace notar Esclavier.
Glatigny lamenta haber hablado demasiado y trata de dar marcha atrás.
— Había corrido este rumor. Yo no estaba muy al corriente de lo que hacía la diplomacia secreta... — sus reticencias, de pronto, le parecen absurdas —. Lo que no impide que los norteamericanos hayan insistido mucho en que nosotros eligiéramos Dien-Bien-Fú. Y Giap hizo matar a treinta mil de sus bo-doi por complacer a los chinos. En contrapartida recibió veinticuatro cañones del 105, dieciocho del 75, cien tubos de D. C. A. del 12,7 y ochenta piezas de D. C. A. del 37. En fin, todas las municiones que podía necesitar.
— Y también promesas de voluntarios, por si los necesitaba — continuó Boisfeuras —; los comunistas son lógicos. Dien-Bien-Fú era un objetivo que comprometía su existencia. Los norteamericanos carecieron de la misma lógica. Es verdad que su opinión, anticolonialista por tradición, habría admitido difícilmente llevar hasta la guerra un conflicto que toda la prensa calificaba de colonial. Y, sin embargo, Dien-Bien-Fú era una de esas coyunturas que ponen frente a frente a los dos bloques. Los franceses se han encontrado solos ante todo el gran aparato comunista.
Glatigny se tumba sobre las húmedas hierbas y contempla el cielo. La luna hace brillar las nubes con más fuerza.
Había volado sobre aquel valle en el cómodo avión del general. Había escuchado los briefings, en donde sutiles oficiales del Estado Mayor habían disecado la guerra hasta en sus mínimos detalles, pero sin alcanzar nada de su amplitud. En aquel mismo avión había paseado a lamentables pequeños ministros que llegaban a veces de inspección. Vivían a quince mil kilómetros del conflicto y querían encasillarlo dentro de sus miras estrechas de consejeros municipales de subprefectura. ¿Cómo iban ellos a imaginarse un mundo tan distinto al suyo, un mundo donde una masa inmensa de hombres estaba hambrienta, ávida de esperanza y de la más miserable alimentación ?
Después de esta tregua, La Voz obliga a los prisioneros a una marcha forzada, como si quisiera hacerles expiar su victoria en Na-Sam. Muchos, locos de fatiga, se dejan morir al borde de la carretera.
Merle se encuentra cada vez peor. Boisfeuras, mediante sutiles y secretos regateos, obtiene de un bo-doi algunas pastillas de stovarsol. Se las obliga a tragar al teniente, que, casi al tiempo, comienza a sentirse mejor.
Más tarde le pregunta a Boisfeuras:
— ¿Te fue fácil obtener las pastillas?
— No.
— ¿Podrás volver a conseguir otras?
— Se acabaron.
— ¿Y si tú, Glatigny o cualquier otro las necesita?
— Nos arreglaremos.
Los prisioneros viven todos con una tremenda pesadilla. Flotan en la frontera del delirio y de la realidad. Su voluntad y su valor se disocian, en tanto que sus rasgos particulares y todo lo que constituye el modo personal de cada uno se confunden en aquella masa gris uniforme que patea el barro.
La Voz se conduce como un químico. Dosifica el hambre, la fatiga y la desesperación, para llevarles al punto preciso en que, rotos y dislocados, pueda obrar sobre ellos y alzarlos contra su pasado dirigiéndose a lo que todavía subsiste: los reflejos elementales, el miedo, la fatiga y el hambre.
Sin descanso, los reúne en sesiones de información. Un día se pronuncia contra la inhumanidad del mando francés, que acaba de negarse a hacerse cargo de los heridos de Dien-Bien-Fú.
Como para confirmar sus palabras, la aviación francesa acababa de bombardear la carretera.
Después de una marcha nocturna más agotadora que de costumbre, les repite con su voz impersonal, inexorable y lisa:
— Nos vemos obligados a hacerles andar por la noche para sustraerlos al bombardeo de su propia aviación. Observen adonde conduce el capitalismo y sus contradicciones internas.
Piniéres, fastidiado, pregunta a Boisfeuras:
— ¿Qué cuento es éste de las contradicciones internas del capitalismo ?
— No atreverse a hacer la guerra necesaria para defenderse. No trasformarse, renovarse, para llevar la guerra al terreno del adversario, encerrarse en ciudades confortables, no batirse por la noche, emplear a mercenarios — nosotros, por ejemplo —, en vez de arrojar a la batalla a todos los que tienen interés en que el sistema capitalista sobreviva, sustituir la fe por el dinero y la técnica, y olvidar que el pueblo es la despensa de todas las energías. Pudrirlo por el confort en vez de conservarlo delgado y nervioso por medio de algunas razones valederas...
Merle, pálido y desencajado, lo ataja con violencia:
— Al pueblo también le gusta el confort. En Europa se descubren el refrigerador y la televisión. Los árabes también toman gusto al confort, y los hindúes, los chinos y los de la Patagonia. Cuando regrese a Francia me hundiré con frenesí en todo este confort.
El 1 de junio Esclavier roba el tenedor de un bo-doi, y el día 8 vadean un río en crecida. Centenares de coolies trabajan durante la noche para reparar un puente a la luz de antorchas de bambú; sus jefes, mediante consignas y canciones, sostienen en ellos una excitación ficticia.
El ruido de un avión da la alerta, y todas las antorchas se apagan a la vez. Se hace un silencio total tanto entre los coolies como entre los prisioneros.
De pronto, Lescure rompe a reír con su risa de loco.
En el equipo vecino dos oficiales tratan de evadirse, pero son capturados dos horas más tarde, molidos a culatazos y luego llevados ante sus compañeros.
Parece haber terminado la hora de la clemencia, y el pobre Lacombe, que había querido aislarse por unos momentos en la espesura, es maniatado como si hubiese querido huir.
Protesta lastimosamente sobre su buena fe, lo que no le vale más que para recibir un vapuleo.
Boisfeuras, bruscamente inquieto, tiene el oído atento a todo lo que dicen los centinelas. La cosa no marcha en Ginebra. Cada día aumenta el número de prisioneros.
La Región media ha sustituido a la Región alta. Los mosquitos son voraces y numerosos. Las sanguijuelas hacen su aparición y comienza a apretar el calor.
Los días y las noches se parecen. Durante el día, la faena del arroz y el reposo, rodeados de bandadas de mosquitos, y cuando cae la noche, los bo-doi encienden sus antorchas y la marcha prosigue a través del bosque y de los arrozales.
Lacombe tiene que avanzar con los brazos atados y tropieza sin cesar. Parece un crucificado grotesco con mejillas colgantes como nalgas de vieja. Ni siquiera suplica a Piniéres que le ayude. La injusticia de que ha sido víctima le parece hasta tal punto incalificable que no protesta. Ciertamente, algo marcha mal en la mecánica de los cielos para que se le haya podido creer capaz de tal incorrección. ¡Evadirse! Él está dispuesto a amarlos, a creer a los vietminh todas sus retahilas. En principio, siempre ha sido partidario de la paz de los pueblos. La intendencia no tiene nada que ver con la guerra. El intendente sólo es un tendero al servicio de los militares. Había proyectado que cuando se retirase montaría un comercio en Bergerac, donde su mujer tiene familia.
Siente en su espalda una mano que lo desata. Es Mahmudi, que siente piedad por él.
— Le van a ver — protesta Lacombe, que quiere cumplir con su castigo, aunque sea injusto, para demostrar que está animado del mejor espíritu.
— Déjalo — le dice Piniéres —. ¿No ves que eso le agrada? Está gozando.
Un bo-doi recorre toda la columna, y Lacombe se suelta de las manos de Mahmudi lanzando grandes suspiros para que el centinela lo oiga y vea que sufre.
Muchos de los prisioneros están destrozados por la disentería y "hacen sangre". La Voz da la orden de abandonarlos en los poblados a lo largo de la ruta.
— Nuestro servicio de Sanidad se hará cargo de ellos — les promete.
Nunca se volvió a ver a ninguno de estos prisioneros. Murieron secretamente en un rincón de una choza, vaciados por la disentería y podridos por sus llagas.
La marcha no tiene fin. Se prosigue bajo la lluvia, en el cieno y entre los mosquitos. Puede proseguirse hasta llegar a China, hasta que todos los prisioneros hayan muerto de colitis en los bordes de la carretera.
Una noche más clara que las otras, poco después de la travesía del río Negro sobre la barcaza de motor de Tak-Hoa, se ven rodeados por una exuberante vegetación en la que se aprecia una especie de orden. El sendero se agranda y corre hacia una pequeña protuberancia. En la cúspide se ven las ruinas ennegrecidas de una gran casa colonial con su mirador. Anchos espacios separan cada tronco de hevea, cada matorral de cafeto, y la maleza no ha invadido todavía estos espacios.
"La irrisoria huella del hombre blanco", piensa Boisfeuras.
Un campesino había llegado hasta allí desde el fondo de las montañas de Auvergne, o desde las orillas del Garonne, un campesino testarudo de anchas manazas. Había desbrozado la tierra y construido su casa. Había alquilado coolies, a veces a puntapiés; pero se había aferrado a aquel valle, único en su especie, como un señor-ladrón de la Edad Media. Había luchado contra el clima, la fiebre y la maleza, a la que obligaba a dar marcha atrás paso a paso; contra los hombres, a los que forzaba a trabajar según sus métodos y vivir a su ritmo.
El colono había llegado a Indochina en la época en que los blancos merecían todavía ser los señores del mundo, por su valor, su obstinación y su energía, por el orgullo de su raza, por la conciencia de su fuerza y de su superioridad y por su carencia de escrúpulos.
Boisfeuras no pertenece a la raza de los colonos, sino a la de los saqueadores. Los suyos habían pirateado por toda la China. Boisfeuras recuerda su juventud a través de una serie de imágenes deshilvanadas como las viejas cintas de actualidad que la fiebre acompaña con su ritmo de jazz desenfrenado, rápido y abrasador.
Shanghai: las cañoneras sobre el Whampoo; las veladas en el Círculo Deportivo; las hermosas refugiadas rusas de Jarbin y los japonesitos de piernas torcidas que se insinuaban entre las concesiones y desembarcaban tropas...
Su padre coleccionaba los jades antiguos, las pequeñas prostitutas chinas, y servía oficiosamente de consejero político de la Cámara de Comercio. Se complacía en los papeles misteriosos y discretos. Quizá había heredado de su padre el gusto por las actividades secretas, única explicación a su presencia en aquel ejército de país secundario, entre aquellos harapientos prisioneros.
Las tropas de Chang-Kai-Shek acababan de pasar las alambradas de la Ciudad del Banc de Vase. Julien Boisfeuras tenía diez años. El viejo Boisfeuras y otros marrajos de su especie se entrevistaron secretamente con el generalísimo chino. Le llevaban la prueba de que los comunistas habían decidido asesinarlo para apoderarse del Koumintang.
Chang les había creído o había fingido creerles. Llegaron a un acuerdo. Llenó sus bolsillos de dólares y sus tropas liquidaron a los comunistas chinos. Hizo asar en las calderas a los delgados estudiantinos de Cantón.
Julien Boisfeuras cumplió dieciocho años. Se había acostado con muchachas y lo había encontrado fastidioso. Había jugado al póquer, sacando la consecuencia que sólo merecía la pena un juego en que se apostase el alma y la vida. Frecuentaba a jóvenes comunistas y, sobre todo, a un cierto Luang, que trabajaba con su grupo en el territorio de la concesión internacional. Les suministraba informaciones y dinero. Obtenía ambas cosas en casa de su padre.
El viejo Boisfeuras vivía por la noche y gozaba instruyendo a su hijo sobre los múltiples aspectos de la política secreta en China. Una noche Julien le preguntó:
— ¿Fue verdad lo del complot de Chang-Kai-Shek?
Armand Boisfeuras se limitó a responder:
— Donde se encuentren los comunistas hay siempre un complot. Chang así lo comprendió.
— No nos interesa este tipo de informaciones — le decía Luang —. Pertenece al pasado y nos burlamos de él. ¿Ha visto tu padre al cónsul general del Japón? ¿Qué le dijo Chang anteayer? Eso es lo que nos interesa.
En otra ocasión, el viejo le había explicado:
— El equilibrio del mundo depende del desequilibrio de China. La China unificada y en manos de un solo grupo de hombres, de un solo partido, es una amenaza para el mundo entero. Esto es precisamente el peligro comunista, pues solamente los comunistas pueden reunificar China. Tienen todas las cualidades precisas: la falta de humanidad, la intolerancia, la pureza y... están locos.
—Las divagaciones de tu padre no tienen interés — decía Luang —. Nosotros necesitamos armas..., y por él puedes procurárnoslas.
Julien cumplió diecinueve años. Su padre le dio cita en su despacho de la Cámara de Comercio. Conocía su conexión con el Partido. El viejo no hizo escenas, no era de este tipo. Le cortó el sustento y lo echó fuera.
— Ya volverás cuando haya finalizado tu crisis.
Pero entonces Luang prescindió de Julien. Ya no estaba en casa de su padre y no le interesaba. No creía én la conversión de los hijos de taipan. Los padres habían robado a China y los hijos creían poder salir airosos con cierto remordimiento y alguna cotización. No se tragaba esas historias. Los pequeños blancos de buena conciencia se utilizaban mientras eran útiles, después se desechaban como una servilleta de papel. Tenían, como ella, el color pálido, la falta de consistencia y la fragilidad.
Julien llegó a los veinte años. Ya se había reconciliado con su padre, y el viejo lo había enviado a la Universidad norteamericana de Harvard, a los cursos de administración de empresas. Era la fecha del armisticio de 1940 en Francia. Julien creía que el acontecimiento era desagradable, pero no experimentaba ninguna sensación. No se tenía por ciudadano de un pequeño país de Occidente, sino por un blanco de Extremo Oriente, y las querellas intestinas de Europa le parecían irrisorias.
El ataque de los japoneses a Pearl Harbour fue lo que le obligó a tomar una decisión. Tenía un pasaporte francés, vivía en América y su padre estaba en China. Se alistó en el Ejército inglés.
A los veintidós años poseía la D. S. O., padecía una disentería amiboidea, tenía un absceso en el hígado y sufría de malaria. Lo recluyeron durante seis meses en un hospital de Nueva Delhi. Su padre era consejero oficioso de Chang-Kai-Shek y residía en Chung-King. Se reunió con él.
El viejo Boisfeuras siempre tenía a su alrededor su corte de policías, de agentes de información, de prostitutas, de banqueros y de generales. Era como ciertas especies de champiñones que necesitan toda esa basura para vivir. El viejo seguía fiel a su primitiva idea, y continuaba acostándose con muchachas cada vez más jóvenes y tirando bocanadas de su pipa de bambú.
Estimaba que los únicos enemigos peligrosos de la China eran los comunistas, y no los japoneses, con quienes acabarían fácilmente los norteamericanos. Impulsó a Chang para que utilizase contra las tropas todavía mal organizadas de Mao-Tsé-Tung y de Chu-Teh el material que le regalaban los Estados Unidos. Pero la buena conciencia norteamericana se sublevó. Washington sólo concebía una guerra conjunta, y el sutil taipan Boisfeuras fue enviado al exilio.
Julien se unió al Ejército francés y fue destinado a la Misión 5 de Kung-Ming. Salió del Yunnan, llegó a la región alta de Tonkin y tomó contacto por vez primera con un maquis vietminh.
Para cumplir su misión persuadió a los responsables comunistas de que llegaba como defensor de la democracia, y no como avanzadilla de una reconquista colonial. Consideraba ya al vietminh como eficaz y peligroso. Con frecuencia lo enviaban a China. A cada regreso suyo a Indochina veía cómo el vietminh se organizaba y se desarrollaba siguiendo los mismos métodos del P. C. chino.
Al bajar a Saigón, tuvo su habitación junto a la del director del Banco de Indochina, y sostuvo estrechas relaciones con los grandes banqueros chinos de Cholon. Repetidas veces, los servicios norteamericanos y chinos de Formosa le pidieron que trabajase con ellos; pero el dinero no le interesaba. Los servicios franceses de información se ajustaban perfectamente con su temperamento y con el objetivo que perseguía. Su desorganización, su complejidad, le permitían todas las iniciativas.
Tenía una antigua cuenta que saldar con Luang, y era más cómodo para su fin vestir un uniforme ...
En el momento de entrar los comunistas en Shang-hai, su padre se quedó para negociar acuerdos comerciales con el nuevo régimen. ¡Tenía valor aquella vieja ruina! Sus tentativas se vieron coronadas por el fracaso. No se podía corromper a ninguna persona en particular, sino a todo el régimen. Y había que esperar a que envejeciese. Durante cuatro años, el taipan Armand Boisfeuras, privado del opio, de las muchachas, fue un rehén en manos de los comunistas. Después regresó a Francia. Los comunistas le habían retirado su estercolero: debiera haber reventado.
En China sólo se dedicaban a la cría sintética de hormigas asexuadas en un medio químicamente puro.
Por la mañana, un bo-doi viene a buscar a Boisfeuras. La Voz contempla cómo se le acerca el capitán. Esboza su misteriosa sonrisa y le ofrece un cigarrillo.
— No me parece, capitán, que haya sufrido mucho con esta penosa marcha — le dice en francés, aunque cambia inmediatamente al vietnamita —. Me han dicho que habla muy bien nuestra lengua..., como sólo son capaces los que llevan nuestra sangre en las venas. Es usted eurasiano, ¿verdad? Quizá de dos o tres generaciones, ¿no?
— He sido criado por una nodriza vietnamita y aprendí su idioma antes que el mío.
— ¿Qué hacía usted en Dien-Bien-Fú?
— Estaba encargado de los P. I. M., a causa precisamente de mi conocimiento del vietnamita. Ya lo declaré en su día.
La Voz hace una seña. Dos bo-doi se arrojan sobre el capitán. Le atan las manos a la espalda con alambre, alzándole violentamente los codos.
— Capitán Boisfeuras, me ha mentido usted. Usted pertenece a la organización del G. C M. A.[14], y únicamente se unió a los de Dien-Bien-Fú en los últimos días. Usted se encontraba al norte de Phong-Tho, en donde mandaba un grupo de legionarios. Usted es uno de esos despreciables seres que se esfuerzan en levantar a sus minorías montañesas contra el pueblo vietnamita.
Boisfeuras sólo había estado de paso en Phong-Tho. Había subido más al Norte para ocuparse de los thai del Yunnan. La Voz lo, confundía con un oficial cuarterón que pertenecía a esa organización y que había intentado montar un gran maquis con montañeses y algunos ladronzuelos chinos. El oficial había sido víctima de una emboscada que le habían tendido sus propios hombres: una historia de muchachas, de dinero o de opio. El vietminh no había tenido nada que ver con el asunto.
Boisfeuras comprende que le interesa ser confundido con el eurasiano.
— Reconozco que mentí — dice.
— Aprecio su sinceridad, aunque sea tardía. Mi deber es castigarle. Continuará la caminata atado. Le está absolutamente prohibido dirigir la palabra a los centinelas. Pero si usted tiene mucho interés en practicar la lengua vietnamita, puede venir a verme. Podemos hablar, por ejemplo, de lo que hacía al norte de Phong-Tho.
— Mi tentativa dio como resultado un fracaso.
— No podía ocurrir de otra forma. Haremos una investigación para saber si ha cometido algún crimen de guerra. Hasta ese momento será sometido a una vigilancia especial.
Boisfeuras efectúa el resto del camino aislado de sus compañeros y vigilado por tres centinelas que le hunden en las costillas los cañones de sus ametralladoras en el momento en que intenta abrir la boca. Sus guardianes se relevan todos los días.
Boisfeuras anda atado entre dos bo-doi al final de la columna. El alambre corta sus muñecas; sus manos hinchadas y violáceas se paralizan. Ha perdido su ligereza de explorar el matorral; se rasga los pies con todos los obstáculos del camino. Algunas veces sus oídos, que le zumban por la fiebre, se llenan del ruido de las pesadas botas herradas pisando las finas porcelanas, del grito agudo de las mujeres violadas y del desgarramiento de las cortinas que se arrancan de cuajo. Después vuelve a ver aquella admirable pintura sobre seda que se encontraba en casa de su padre, en Shanghai, y que provenía del saqueo del Palacio de Verano. Representaba tres rosales, un rincón de un estanque y un claro de luna.
—Lo rompieron todo — decía su padre — a patadas y a culatazos. Los jarrones más hermosos y más antiguos del mundo. Pero entre ellos estaba un teniente de Infantería de Marina que inmediatamente se sintió prendado de las cosas de China. Sólo rompió lo que no podía robar. Era tu abuelo, querido.
A medida que aumentaba el agotamiento de Boisfeuras, el ruido de las porcelanas rotas se hace más fuerte, más lacerante, hasta llegarle a hacer rechinar los dientes. Experimenta la confusa sensación de que tiene que sufrir para expiar los pillajes de su abuelo. En los momentos en que tiene conciencia de ello, se pone furioso por sentirse marcado hasta tal punto por el sentido cristiano o comunista del pecado. Pecado original entre los cristianos, pecado de clase entre los comunistas.
Se dedica entonces a aflojar sus ligaduras. Por medio de un lento y paciente esfuerzo que dura tres días, consigue hacer que sus ataduras de acero se deslicen. Durante las horas de descanso puede mover sus entumecidos dedos para que la sangre circule por ellos.
Cuando por la noche llega el centinela para comprobar sus ligaduras, ya está atado de nuevo. Y con la misma apariencia de seguridad.
Ya no oye ahora el ruido de las porcelanas rotas del Palacio de Verano.
Notas
[1]La lengua vietnamita no utiliza la s en plural. Así, pues, hemos considerado invariables los vocablos indochinos, a excepción de la palabra viet que es una abreviatura francesa de vietminh.
[2] P. I. M.: literalmente, prisioneros internados militares. De hecho, sospechosos e incluso prisioneros de guerra, que representaban el papel de coolies junto a las unidades combatientes. Se acostumbraban rápidamente a ellas. Una tarde de Nochebuena, en el campo de la Legión de Hanoi, vi a estos P. I. M. tirando con mortero sobre los vietminh que atacaban. Los legionarios estaban demasiado ebrios para poder hacerlo.
[3] P. C: Poste de commandement. Puesto de mando. (N. del T.)
[4] G. O. N. O.: Grupo de operadores del Nordoeste. P. C. G. O. N. O.: Denominación oficial del puesto de mando del general De Castries en Dien-Bien-Fú.
[5] Denominación típicamente francesa de un oficial subalterno en el Ejército francés. (N. del T.)
[6] Bombax: tipo de árbol tropical. (N. del T.)
[7] 1 Pollos: en argot de campaña: granada, obús del mortero 63, patos: granada, obús del mortero 81.
[8] * Mah-qut: malos genios de la leyenda vietnamita.
[9] D. S. O.: Distinguished Service Order.
[10] B. C. L.: Batallón de Cazadores Laosianos.
[11] Árbol de la familia de las terebintáceas, existente en varios países del sudeste de Asia. (N. del T.)
[12] My-Oi: Querida.
[13] R. P.: carretera provincial. R. C: carretera nacional.
[14] 'G. C. M. A.: Grupo de Comandos Mixtos Autónomos. Organización encargada de la creación de guerrillas tras las líneas vietminh