Jean Lartéguy - Los Centuriones

    


 

CAPÍTULO V
EL ROBO DEL TENIENTE MAHMUDI

 

Después de haber franqueado el río Rojo en Yen-Bay, los prisioneros remontan hacia el Norte cruzando la región media. Una noche, en el curso de una etapa más larga que de costumbre, desemboca en la R. C. 2. La luna llena ilumina un mojón kilométrico: Hanoi, 161; después otro, Hanoi, 160.

Estos mojones, con sus medidas francesas en viejos y buenos kilómetros similares a los de las carreteras de Ile-de-France, de Normandía, de Gascuña y de Provenza, se convierten en las amarras a las que se pueden agarrar durante unos momentos los prisioneros antes de ser llamados de nuevo por su pesadilla.

Hanoi, 157 km. Abandonan la carretera de Hanoi y se internan por la de Kien-Hoa hacia el río Claro. La calzada está cortada por trincheras que semejan teclas de piano, y que tienen una antigüedad de seis años, a través de las cuales serpentea una pista para peatones y ciclistas.

La noche siguiente franquean sobre piraguas el río Claro. A la otra orilla aparece intacto el poblado de Bac-Nhang.

La Voz ordena que evacuen los heridos al hospital y Lescure es arrancado de sus compañeros. Después, como medida de clemencia, hace que desaten a los oficiales maniatados, con la excepción de Boisfeuras.

Durante el día, la columna no hace alto para el reposo. Por senderos tortuosos va caminando hasta un amplio terraplén situado al borde de un pequeño río con fondo de guijarros. En los confines de la jungla aparecen reunidas numerosas columnas de prisioneros, distribuidas por razas: franceses, norteafricanos y negros. A un lado se encuentran los oficiales superiores de Dien-Bien-Fú, que hace un mes habían salido en camión de Muong-Fan.

Un pequeño destacamento de bo-doi vigila al general De Castries.

El calor es agobiador.

A orillas del río se alza un mirador. Sobre su plataforma, que está amparada por un cobertizo de paja, se encuentra una cámara colocada sobre su trípode. A un lado, un grupo de can-bo rodea a un blanco cubierto con un casco delantero. Es grande, rubio, y lleva una camisa y un pantalón de tela caqui y un ligero calzado para la jungla.

— Nos van a filmar para los noticiarios — dice Piniéres.

— Lo que quieren es que reventemos — dice Merle, agotado por la marcha, por el calor y por la sed.

Nadie tiene nada que beber, y está prohibido extraer agua del río.

—lm, im...

Los bo-doi se han vuelto aún más duros, más tajantes. Han mejorado su atuendo y han puesto a punto sus armas. La Voz se pavonea entre el grupo de can-bo que rodea al operador cinematográfico, mientras que los prisioneros, agrupados y apretados los unos contra los otros, siguen removiéndose bajo el aplastante sol.

Por fin, los can-bo se dirigen a sus respectivos grupos. Reúnen a los prisioneros sobre el terraplén formado por los aluviones del río, y forman con ellos una columna cerrada de filas de doce, los oficiales a la cabeza y el general De Castries, solo, ante ellos.

Para dar la impresión de un gentío sin fin, para hacer creer que el número de prisioneros es infinitamente mayor, las últimas filas están dispuestas tras un codo del río, y parece como si aquellos miles de hombres fuesen la vanguardia de los inmensos ejércitos del Occidente en cautividad.

El blanco dirige la escenificación. Trasmite sus órdenes en un francés apenas deformado por un acento ruso; su voz es grave y cantante.

— ¡Hacia delante. .., lentamente!

La pesada columna se quebranta mientras pone a punto su cámara.

— ¡Media vuelta...!

No convienen que se vean las últimas filas.

— ¡Cambien de posición la cabeza dando algunos pasos a la izquierda...! ¡Hacia delante...! ¡Hacia atrás...! ¡Media vuelta! Volvemos a empezar.

Y el ballet siniestro de los vencidos dura hasta mediodía. Esclavier y Glatigny caminan codo con codo en medio de una fila, con la cabeza baja, invadidos por el mismo sentimiento de humillación.

— La cámara ante la que pasan los vencidos — dice Glatigny — es el yugo moderno, pero más degradante que el de antes. Miles y miles de veces pasaremos bajo este yugo en todas las salas de cine del mundo.

— ¡El cochino ése! — tartamudea Esclavier, lleno de rabia.

El cameraman soviético, Karmen, habitual del Festival de Cannes y de los bares de París, impasible, técnico y sonriente, juega con las últimas reservas biológicas de sus hermanos de raza para fabricar propaganda política.

— Un renegado odioso — dice enfurecido Esclavier—. Si pudiese algún día tener la oportunidad de agarrarlo con mis manos, le hundiría lentamente mis dedos en su garganta.

Identifica al cineasta soviético con su cuñado, el pequeño Weihl-Esclavier, cuyas manos están siempre húmedas, que le ha robado todo, incluso su nombre. Y de pronto es a Weihl al que desea estrangular.

— Media vuelta hacia atrás. Volvemos a comenzar. .. Hacia delante...

Por la noche mueren tres oficiales de agotamiento.

Un día aparecen las primeras tierras calizas. Glatigny puede comprobar que no se ha engañado. Van a reunirse con los prisioneros de Cao-Bang, en el cuadrilátero Na-Hang Na-Koc, que la aviación francesa tiene orden de no sobrevolar. Cuando un piloto regresa de una misión, para no aterrizar con toda la carga, podría muy bien lanzar sus bombas sobre las cabañas donde ha visto moverse hombres, y matar, sin saberlo, a sus propios compañeros. Los diferentes comandantes jefes desconfían mucho de la ligereza de los pilotos del Ejército del Aire.

Cesan las marchas nocturnas.

El 21 de junio, los prisioneros reciben al alba su ración de arroz. La columna se adentra por una ancha pista, confortable, que asciende suavemente. Corre el rumor entre la columna que el viaje se termina, y algunos hombres encuentran todavía fuerzas para arrastrarse, cuando hacía algunos instantes estaban dispuestos a dejarse caer.

La senda cruza ahora pequeños poblados, muy ordenados, con sus casitas vietnamitas a ras del suelo. Las banderas rojas y los gallardetes ponen por todas partes una nota alegre de fiesta o de verbena.

Algunos comerciantes chinos, cuyas tiendas invaden la calzada, enarbolan en sus fachadas la bandera comunista china y la fotografía de Mao-Tsé-Tung, gordo y satisfecho.

— ¡Al fin gente civil! — grita Merle, muy agitado —. Volvemos a encontrarnos con la civilización. Donde hay chinos hay esperanza.

Siempre atado, Boisfeuras pasa a su vez, ante las tiendas. El olor de las especias cantonesas, la visión de las vejigas de cerdo y las sonoridades de una lengua todavía más familiar para él que la vietnamita, le agitan dulcemente el corazón. Boisfeuras ama a China y desprecia un poco al Vietnam.

La gran China está en período de flujo, y ya su signo flota sobre Tonkin y sobre la alta y media Región. Un día, quizás, invadirá Malasia, Birmania, la India y la Insulindia, y posiblemente alguna vez le llegará el momento del reflujo con las bombas atómicas. Pero la ola recuperará su impulso. La China es un océano sujeto a influencias cósmicas, y los amos irrisorios y pretenciosos que pretenden dirigirla, a pesar de su tenacidad, de su aplicación y de su crueldad, sufrirán el mismo destino que los otros invasores llegados antes que ellos: los hunos, los mongoles y los manchúes. Porque sus juncos han flotado durante algunos instantes sobre este océano que es el pueblo chino, creen ingenuamente ser sus señores.

Y vacilando entre sus tres centinelas, Boisfeuras recita en la pura lengua mandarina de Mao-Tsé-Tung este poema del nuevo señor de la China:

De pie sobre la más alta cima de las Seis montañas, Junto a la bandera roja que ondea al viento del Oeste, Con una larga cuerda en la mano, sueño con el día En que podamos atar al Monstruo...

 Mao se engaña. La China no es ese monstruo, el dragón de las cien mil bocas y de las cien mil garras, sino este océano que no se puede atar con la cuerda ni dominar con las armas.

La columna se detiene en un bosquecillo donde hay unos plataneros. Esclavier, después de haber cruzado el río Claro en Bac Nhang, sale de su postración y vuelve a arder en ansias de sublevación.

— ¡Qué le vamos a hacer! — dice —. Creo que por esta vez estamos salvados. Ahora se trata de buscarles las vueltas a esos asquerosos. En los árboles tenemos plátanos de cerdo. Los haremos desaparecer. Piniéres, Merle, Glatigny, venid conmigo.

Los oficiales se dirigen a pedir al centinela la autorización para aislarse. El bo-doi los acompaña bajo los plataneros; pero, como pertenece a la República puritana del Vietnam, se da la vuelta mientras los cuatro hombres se agachan.

— ¡Hop! — grita Esclavier, como si se lanzase en paracaídas, y los cuatro se echan sobre los plátanos y llenan con ellos sus bolsillos. Pero el centinela da la vuelta y sorprende a Piniéres, menos rápido que los demás. El enanito verdoso, lleno de furia, la emprende a puñetazos con el gigante rubio, con el odioso imperialista que ha robado los bienes del pueblo.

—No hagas tonterías — le grita Esclavier —. Es la regla.

Piniéres tiembla de rabia. Para dominarse se coloca en posición de firme, mientras el bo-doi sigue golpeándole con sus ridículos puñitos.

— ¿Sigues teniendo los plátanos? — le pregunta Esclavier.

— Sí.

— Es lo principal.

Merle da dos plátanos al teniente Mahmudi, sombrío, soñador y mimado por la fiebre. Pero Mahmudi permanece rígido y desafiante.

— ¿Por qué me das esos plátanos?

Merle se encoge de hombros.

— Lo que no marcha bien en ti, amigo, es la falta de vitaminas. Esa es la razón de tu fiebre. Te da miedo comer las hierbas, como hacemos nosotros. Trágate entonces los plátanos. Esto tiene todo el aire de tocar a su fin y no queremos verte reventar.

— ¿Por qué?

— Escúchame. Tú eres argelino y musulmán; yo soy de la reserva y un poco antimilitarista. Los guerreros me fatigan y me fastidian. El Ejército carece de hombres, sí, de hombres de categoría. Pero son pequeños detalles, tanto para ti como para mí, como para Boisfeuras, como para Piniéres, como para Esclavier e incluso para el mismo Lacombe. Somos prisioneros; por lo tanto, gentes del mismo bando, tenemos que sobrevivir, necesitamos que nuestros cuerpos resistan, pero que también resistan nuestros caracteres. Debemos salvaguardar todo lo que hace de nosotros individuos diferenciados, con sus defectos, sus rebeldías, su pureza y sus gustos por las mujeres o por el alcohol. Es precise que conservemos todo esto contra estos insectos que nos quieren aniquilar. Esclavier tiene razón. Tenemos que buscarles las vueltas. Después arreglaremos nuestras cuentas, entre nosotros, que somos gentes del mismo universo.

— Sólo existen dos universos — dice Mahmudi, muy taciturno —. El de los opresores y el de los oprimidos, el de los colonizadores y el de los colonizados; en Argelia, el de los árabes y el de los franceses.

— ¡Error! — interrumpe el pequeño Merle, alzando un dedo y en tono falsamente sentencioso —. Hay los que creen en el hombre y pueden destriparse sin peligro y los que deifican la especie para mejor rechazar al individuo. Estos contagian la lepra nada más que con tocarlos.

Atraviesan un nuevo poblado y pasan ante una tienda china en la que hay una especie de gran jarra repleta de melaza.

— Mahmudi, ¿cómo te las arreglarías para robar la melaza?

— ¿Robar melaza?

Se queda perplejo. Este Merle es verdaderamente desconcertante con la forma que tiene de saltar a voleo de un asunto a otro, y de demostrar después de un mes de convivencia que es capaz de tener ideas personales y de reflexionar a pesar de sus aires de chiquillo travieso y mimado. Robar melaza ... Robar ... Esta palabra le trae recuerdos. Fue en Laghouat, el día del zoco, durante la primavera, cuando las tórtolas de cuellos grises y azulados cantan en las palmeras, y las aguas corren rápidas, claras y ágiles como animalitos jóvenes. De la montaña bajaban bandadas de pilluelos con los pies descalzos, llevando en los capuchones de sus agujereadas djellabahs unos puñados de dátiles para el camino. En la plaza, allí donde los nómades de las tiendas negras reunían sus camellos, simulaban pelearse dos de estos galopines, mientras los otros volcaban los puestos y huían con las manos pegajosas llenas de pasteles preparados con azúcar rojo.

— Merle — dice Mahmudi —, existe una solución. Organizamos una pelea ante la tienda del chino, entre tú y yo, por ejemplo. Tú me acusarás de ladrón, yo me lanzaré sobre ti y, entretanto, los compañeros roban la melaza.

— ¿Por qué te voy a acusar de ladrón?

Mahmudi esboza una sonrisa que da misterio y belleza a su rostro demacrado por la fatiga.

— ¡Esto me recordará... un comerciante de buñuelos!

El desarrollo de la escena es perfecto.

— ¡Cochino ladrón! — grita Merle.

Mahmudi salta sobre el teniente. Ambos ruedan por el suelo ante la tienda. Los prisioneros rodean a los dos hombres, a quien los centinelas tratan de separar. El chino da saltos sin apartarse del lugar, gesticulando con los brazos, gordo y furioso como un pavo.

— ¡Di-di, mau-len!

— ¡Hop! — grita Esclavier.

Las latas de conservas vacías salen de entre las ropas y cada miembro del equipo puede hundir a placer la suya en el gran bote de melaza. Durante el descanso, Lacombe la reparte entre los componentes del grupo. Demuestra gran competencia para este menester.

La Voz, puesto al corriente del incidente, llama a Mahmudi.

— Me he enterado — dice — de que uno de sus camaradas lo ha insultado gravemente, y que los demás compañeros, por espíritu racista, se han puesto a su favor. Ese camarada será severamente castigado si usted quiere señalármelo.

Mahmudi menea suavemente la cabeza:

— Sólo se trataba de un simple disentimiento personal. Nada tiene que ver el racismo en este asunto.

De repente pierde La Voz su impersonalidad. Se torna apasionada.

— Usted es un ingenuo. Con ellos existe siempre la cuestión racismo. Aparentan ser sus hermanos, sus amigos; aparentan considerarle como un igual, pero si usted quiere verdaderamente mezclar su sangre con la de ellos, casarse con una de sus mujeres, por ejemplo, entonces lo expulsan como si hubiera cometido un sacrilegio. ¿Quién era ese camarada?

— No.

— No debe solidarizarse con ellos. Son los colonialistas que tienen oprimido a su pueblo, los mismos que han sido vencidos en Dien-Bien-Fú. Dien-Bien-Fú es la victoria de todos los pueblos árabes aún oprimidos por Francia. Su deber es decirme quién lo ha insultado.

Mahmudi tiene los labios secos. Se siente presa de un temblor.

— Su deber de argelino oprimido por el imperialismo francés...

El fino y hermoso rostro de La Voz ha recobrado su hieratismo y su belleza, así como su seducción, porque es el vencedor de un ejército que Mahmudi había admirado siempre.

Los ojos de la máscara de oro se abren y se cierran. El teniente se siente acechado por un ser de infinita paciencia.

Para librarse, confiesa la verdad.

— Señor, he organizado esta pelea para permitir que mis camaradas — insiste sobre la palabra con una especie de rabia que no escapa a La Voz — robasen melaza en la tienda de un comerciante chino.

— Debería castigarlo, pero no lo haré. Váyase.

La Voz lo ve irse. Acaba de evitar el cometer una falta grave enviándolo maniatado junto a sus compañeros. Con este castigo, el árabe se hubiera sentido más solidarizado con ellos, las instrucciones del Partido son formales en este punto: apartar por todos los medios a los negros y a los norteafricanos de los franceses.

El teniente Mahmudi no tiene la tranquila fuerza de Día, el capitán médico negro, ni su risa poderosa que le sale del vientre. Es más torturado e indeciso. Pero ese imbécil ha vuelto a abrir en el corazón de La Voz una herida secreta.

Sucedió en tiempos del almirante Decoux. Pham era estudiante en Hanoi, y pertenecía al movimiento de Deporte y Juventud, que había creado el capitán de navio Duchoy. En Indochina era la primera vez que se enviaban jóvenes vietnamitas y jóvenes blancos al mismo campo y sometidos a igual régimen. Torso desnudo, short caqui y fraternalmente mezclados, a la puesta del sol saludaban el arriar de la bandera francesa, mientras que en todo el continente asiático los blancos se desplomaban bajo los golpes de los japoneses, que ocupaban ya los aeródromos de Tonkín.

Allí había conocido Pham a Jacques Sellier. Sellier rendía culto al mando, a la tradición, a la Iglesia, a los cuidados corporales, al esfuerzo físico y a la franqueza, que llamaban lealtad. Sellier era uno de los jefes de grupo, un muchacho de diecinueve años con las pantorrillas cuadradas, los cabellos cortados al cepillo y con su insignia de boy scout.

Una violenta admiración le había empujado hacia aquel príncipe que había surgido confusamente en el campo. No había nada de turbio en esta devoción que todos los jóvenes, amarillos o blancos, sentían por él.

Jacques Sellier, más por instinto que por otra cosa, sabía merecer su amistad.

En su mesa — unas tablas sobre un caballete bajo un gran pino de China — sólo se comía arroz y buey en conserva en unas gamellas de hierro. Pero el que había sido el más resistente en el curso de una misión de prueba o porque había fabricado con sus manos una balsa de lianas y bambúes, el invitado del príncipe, en fin, encontraba en esta distinción el premio a sus esfuerzos y a su valor.

Pham había estado con frecuencia a la derecha de Jacques. Y aunque le repugnaban los ejercicios físicos, se había vuelto flexible y duro. Y a pesar de que amaba las discusiones sutiles y de que le gustaba decir la verdad en forma poética y embellecida, se había vuelto conciso e incluso un poco brutal.

Al terminar el período de preparación, Jacques Sellier, hijo de un administrador de las Colonias, lo había invitado a casa de sus padres. Su vida de estudiante pobre se había trasformado. Los Sellar eran acogedores. Creían que su religión les obligaba a ciertos deberes respecto de los demás. Tenían tendencia a representar, al igual que algunos pastores anglosajones, un papel intermedio entre directores de conciencia y entrenadores deportivos. Tenían siete hijos. La hermana pequeña se llamaba Beatrice. No era muy hermosa, pero tenía ese encanto impreciso de las adolescentes. Todas las mañanas, Pham daba la vuelta corriendo, en unión de su amigo, alrededor del Gran Lago. Volvían agotados y jadeantes.

Beatrice les decía:

— Sois como los perros jóvenes que corren tras el viento y no traen nada. Mañana quiero flores...

Pham había recogido flores. Beatrice sonrió y lo besó en la mejilla.

El joven vietnamita se había enamorado de Beatrice, y no se esforzaba en ocultarlo. Un día, Jacques le dijo:

— Hoy no correremos. Ven a pasear por el jardín.

Todavía recordaba Pham el brillo de los faroles, el cielo de un gris ligero y el gusto ácido de bombón inglés que tenía el aire de la mañana.

Con las manos hundidas en los bolsillos de su short, Jacques bajaba la cabeza y removía la arena de la avenida con sus zapatillas de baloncesto.

— Pham, mis padres me han pedido que te hable a propósito de Beatrice. Ya sabes que sólo tiene diecisiete años y que no piensa más que en jugar... y que entre tú y ella el matrimonio es imposible.

— ¿Por qué?

—Somos católicos, y para nosotros todos los hombres, cualquiera que sean sus razas, son iguales y semejantes. . . en principio. .. Pero...

Pham había sentido un gran frío, como el que precede a la fiebre. Jacques había continuado:

— Me va a ser difícil volverte a ver durante algún tiempo. ¡Vamos! ¡Que no se diga... ! Pones una cara... Todo volverá a su sitio. Olvidarás a Beatrice y encontrarás a una mujer de tu país.

Pham se había marchado sin decir nada. Su amistad con Jacques y lo que él creía ser amor por Beatrice se habían transformado en un odio secreto y profundo contra todos los blancos y, sobre todo, contra todos los que trataban de salvar el foso entre las dos razas y... se retiraban después.

Fue por aquellas fechas cuando en la Universidad de Hanoi se aproximó a los compañeros que pertenecían al Partido Comunista de Indochina. El Comité Central, después de la represión de 1940, se había visto obligado a replegarse a China, y los estudiantes se movían un poco a su aire y antojo. Avivaban sus rencores y soñaban confusamente con la independencia de su país y con grandes destinos para ellos mismos. Pham les había seguido. Tenía los mismos rencores y las mismas ambiciones, y, al igual que ellos, ninguna cultura política.

Una mañana llegó un hombre de Tien-Tsin. Reunió a los estudiantes y les notificó las nuevas consignas mundiales del Komintern.

— Los partidos comunistas en lo sucesivo deben ponerse a la cabeza de los movimientos nacionales de liberación y agrupar en la lucha contra el imperialismo fascista el máximo de organizaciones nacionales y sociales.

El encargado del Comité Central encargó a Pham que explicase a sus camaradas el programa del Vietminh, tal como lo había elaborado en el fondo de la China un cierto Nguyen-Ai-Quoc, al que se conocía ahora con el nombre de Ho-Chi-Minh.

Podía recitar de memoria los tres puntos del programa:

— Debemos expulsar a los fascistas franceses y japoneses y hacer el Vietnam independiente.

— Debemos construir la República Democrática del Vietnam.

— Debemos aliarnos con las democracias que combaten el fascismo y la agresión.

Para Pham el fascismo había tomado la silueta vigorosa y musculada de Jacques Sellier.

Pero Jacques Sellier no había muerto como un fascista. En el momento del ataque japonés se había unido con otros dos compañeros a un maquis que había creado un teniente eura-siano. Había sido herido, y los soldaditos de piernas torcidas del Mikado lo habían rematado. Pham nunca le perdonó haber conseguido una muerte tan correcta.

Ya se había convertido en un verdadero comunista, y estimaba que fuera del Partido no podía haber salvación ni heroísmo.

El descanso se prolonga hasta comienzos de la tarde. El capitán De Glatigny, ladrón de plátanos y diplomático de Estado Mayor, está acostado sobre la hierba. Piensa en cosas confusas, en sus compañeros y en Lescure, que los ha abandonado.

La víspera de la partida para el hospital, Glatigny estaba sentado al lado del loco, que hostigaba a un grillo con una varilla. Al capitán le pareció como si Lescure hubiese puesto pie sobre el mundo real. Le gritó con tono de mando:

— ¡Lescure! ¡Teniente Lescure!

Lescure continuó jugando con su grillo y respondió dulcemente sin levantar la cabeza:

— Déjeme en paz, mi capitán. Yo no quiero saber nada, no quiero enterarme de nada, y me encuentro bien así.

¡Hacer como Lescure! Negar todas las angustias, todos los problemas que la vida moderna no dejará de plantear a todos los oficiales y adoptar la fórmula de las brigadas de cuartel: "Yo no quiero saberlo." ¡Qué tranquilizador sería!

Los prisioneros tienen que dejar la senda para internarse por los pequeños diques resbaladizos que corren entre los cuadriláteros verdosos de los arrozales, y avanzar después por los telones de bambúes, por los bosquecillos de mangos, de plataneros y de guayaberas. La tarde comienza a caer y da a la atmósfera una trasparencia de agua de manantial y una fragilidad de vidrio.

En este momento aparecen dos hombres que salen de una cortina de árboles. Llevan el torso desnudo y sólo van cubiertos con unos miserables ke-kuan de indeciso color. Para no resbalar caminan con los dedos de los pies muy separados, al modo de los patos. Llevan colgado de una pértiga de bambú un cerdo negro de unos sesenta kilos. Caminan muy rápidamente, trotando y contoneándose como todos los campesinos vietnamitas. Pero son de una estatura muy superior, y sus pies no tienen el color del aceite virgen, sino más gris y apagado. Uno de ellos lleva sobre el cráneo una especie de gorra negruzca, y el otro, un grotesco sombrero confeccionado con paja de arroz.

Se unen a la columna al pasar un dique trasversal, colocan su cerdo y su pértiga en el suelo, insultan a un bo-doi que quiere hacerles seguir y contemplan el lamentable desfile de los prisioneros con un profundo interés y un placer sin disimulo.

— ¡Caramba, Esclavier! — dice el que lleva la gorra —. ¿Qué haces tú por aquí?

Esclavier reconoce aquella voz un poco ronca, pero no al hombre de rostro traslúcido, cuyo cuerpo delgado apenas si puede pesar sesenta kilos. Sin embargo, sólo puede ser el teniente Leroy, del 6° BCP., a quien se dio por desaparecido en Cao-Bang, el atleta que había ganado los campeonatos militares de atletismo a pesar de sus ochenta y cuatro kilos.

Esclavier pasa la lengua sobre sus secos labios.

— ¡No me digas que eres tú Leroy!

— Yo soy, y el que viene conmigo es Orsini, del Tercer BCP. Os estamos esperando desde hace algunos días.

— ¿Estamos muy lejos del campo?

— A tres o cuatro kilómetros... ¡Hasta pronto! Os iremos a ver esta tarde. ¡Ya me está fastidiando ese mierda de bo-doi con sus mau-len, mau-len! ¿Y la paz de los pueblos, donde te las dejas, macaco? Tienes el deber de reeducarnos, de acuerdo, pero no de jorobarnos.

— ¡Im..., im!

El bo-doi, desconcertado por la seguridad de los dos veteranos prisioneros y por la oleada de palabras que vierten sobre él, deja que tranquilamente se coloquen la pértiga y el cerdo al hombro y se vayan. Pronto rebasan la columna con su caminar trotante y rápido, y desaparecen tras otra cortina de árboles.

Una aldea asoma entre los árboles, con sus casas construidas sobre pilotes.

— ¡Alto!

La columna se detiene. Cada jefe de grupo recibe la orden de contar a sus hombres para ir a rendir cuentas a La Voz. Otro viet le acompaña. Es rechoncho, de piernas torcidas como los japoneses. Sobre sus flacas nalgas cuelga una especie de cartapacio. Se llama Trin. Es el vigilante general, el jefe de los carceleros del campo número 1. Es un ser limitado, embrutecido, eficaz; La Voz sabe que puede confiar en él.

La Voz es un ser delicado, y ciertas cosas le repugnan. Trin se encarga de ellas. La Voz es la pura conciencia del mundo vietminh, y Trin, su brazo secular.

— Han llegado a su campo de internamiento. Es inútil tratar de evadirse. Algunos de sus camaradas hechos prisioneros en Cao-Bang lo han intentado varias veces. Ninguno de ellos lo ha conseguido, y nos hemos visto obligados a imponerles severas sanciones. Ahora ya lo han comprendido y se han enmendado. Ustedes están aquí para ser reeducados. Pueden aprovechar su estancia en la República Democrática del Vietnam para instruirse, para descubrir la negrura de sus culpas, para arrepentirse y convertirse en militantes de la paz. A partir de este momento van a tener como jefes de grupo a algunos de sus antiguos camaradas. Los hemos escogido entre los más capacitados.

— ¡Chivatos! — musita entre dientes Esclavier.

— Deben obedecerles, seguir sus consejos. También tengo una excelente noticia que anunciarles. El nuevo presidente del Consejo, Mendés France, parece animado de las mejores intenciones con vistas al armisticio.

— ¿Quién es ese Mendés? — pregunta Piniéres a Glatigny.

— Un personaje modesto, partidario desde hace mucho tiempo de la evacuación de la Indochina. Personalmente le tengo por una especie de Kerensky de lo menos seductor.

— Lo conozco — dice Esclavier —, por haberlo encontrado dos o tres veces en Inglaterra cuando él estaba con De Gaulle. Es feo, autoritario y orgulloso, pero ha combatido, lo que ya es raro en un político. Es inteligente, lo cual es más raro aún, y tiene carácter, lo que ya es excepcional.

— Pero un tipo así no firmará nunca un armisticio — dice Lacombe con abatimiento.

— Es un judío — dice Mahmudi con desprecio —, y un judío sirve para todo. Entre nosotros no hay judíos.

— Error — rectifica Esclavier —, tenemos dos: un capitán que se ha batido muy bien y que es semejante a todos nosotros, y un teniente completamente despistado que sueña con engullir pasteles y con hacerse nombrar bibliotecario de la Nacional para poder leer lo que le resta de vida.

Cada grupo de prisioneros se aloja en una casita edificada sobre pilotes. Los prisioneros pueden contemplar en la otra orilla de un afluente del río Claro, que la última tormenta hizo crecer y llenar de barro, las cabañas cuidadosamente alineadas del campo número 1.

Hace cuatro años que viven en ellas los oficiales hechos prisioneros en Cao-Bang. Noventa han conseguido sobrevivir.

Lacombe, con un suspiro, se deja caer en su estera:

— Por fin hemos llegado y vamos a poder organizamos. Bien creí que me iba a quedar en el camino, y creo que sin Piniéres y sin vosotros...

— Piniéres te manda a la mierda — le dice suavemente el teniente —. Pero dijeras lo que dijeras, tú formabas parte del Ejército, eras un compañero. Por eso te hemos ayudado todos.

— ¿Y Boisfeuras? ¿Qué será de él? — pregunta Glatigny.

— Boisfeuras ya ha salido airoso en muchas historias de este tipo — dice sordamente Esclavier —. Una vez estuvo tres semanas en las garras de los japoneses... y se largó. Yo tuve que ver con la Gestapo, hemos comparado nuestras impresiones muchas veces... Digamos que las suyas eran de mejor calidad.

Los tenientes Leroy y Orsini llegan poco después, moviéndose siempre con la misma soltura. Sacan de sus bolsillos plátanos, tabaco y un número atrasado de L'Humanité.

— El periódico — dice Orsini, que es pequeño, rechoncho y negruzco — no es para leer, sirve para liar cigarrillos.

— ¿Dónde habéis encontrado todo esto? —pregunta Merle.

— ¡Hombre! Lo hemos robado.

— Con el respeto a los derechos recíprocos — precisa Orsini.

— Voy a resumir — dice Leroy —, vuestro grupo tiene mala reputación. De lo contrario, Marindelle, lo mejor de lo mejor, no hubiera sido nombrado jefe de él.

— ¡Marindelle! — exclama Orsini con alegría —. ¡Mayor alcahuete que él no es posible encontrarlo!

— ¿Un cochino? — pregunta Glatigny —. Ese hombre me suena.

— ¿Un colabo? — aventura a su vez Piniéres.

— Nuestro mejor amigo — explica Leroy —. Oficialmente el colabo número 1 del campo. En realidad lo que podríamos llamar el jefe de la Resistencia.

— Se ha dado cuenta del truco — Orsini se rasca bajo una axila y se arranca un piojo, que aplasta entre las uñas de sus dos pulgares — de que para hacerles jugarretas a los viets hay que jugar su juego y darles confianza. Es el hombre del doble del triple, del cuádruple juego. Trae enredado a todo el mundo. A los viets, al jefe del campo, al Meteoro, y quién sabe si a nosotros mismos.

— Hacédselo saber a vuestros compañeros — continúa Leroy —. Potin, otro jefe de grupo, es comunista. Se ha convertido. Cree en ello, es sincero y tiene el prurito de ser correcto y de dar ejemplo. Por el contrario, Ménard es un cochino, una verdadera inmundicia.

— Vamos a establecer la diferencia — dice Orsini —, a Potin lo fusilaríamos, pero le estrecharíamos la mano y nos ocupariamos de su mujer y de sus hijos. A Ménard, por el contrario, le haríamos reventar poco a poco, y luego lo enterraríamos en un estercolero. Fabert se burla de todo con tal de que se le deje en paz y no tenga complicación. Trézec, un verdadero cura, es fastidioso como el monzón. Hace apostolado, pero para su credo, no para el de los viets. Geniez es el único pederasta del campo, y no es culpa suya. Es progresista. Muchos lo odian, pero yo le he visto pelear y sé que en esos momentos es un león.

—¡Caramba! ¡Aquí tenemos a nuestra querida porquería de Marindelle!

Hacen muecas al recién llegado. Se levantan y desaparecen.

 

CAPÍTULO VI
EL HOMBRE VIETMINH

 

— Me llamo Marindelle — dice —, Ivés Marindelle, teniente del tercer batallón de paracaidistas en el extranjero...

Su torso desnudo está tan delgado que se le pueden contar todas las costillas. Tiene un mechón de pelo rubio encima del cráneo, lo que le hace semejante a uno de esos personajes estrambóticos y chocantes de las canciones populares: Riquet el del copete, Cadet-Rousselle..., etc. Sus ojos color de avellana brillan de inteligencia. Con desenfado se pone en cuclillas junto a los hombres del equipo.

— Soy vuestro jefe — continúa diciendo —, y, a ese título, designado y encargado para iniciaros en el reglamento del campo y vigilar vuestra reeducación.

— Me cago en ti — dice tranquilamente Esclavier.

A pesar de todo lo que le han dicho, el teniente no le agrada.

— Eso es lo que nunca se debe decir a un vietminh — corrige Marindelle —, sino "no comprendo y le ruego que lo explique". Adoran las explicaciones. Vuestro equipo ha dado la nota discordante. El Meteoro...

— Nosotros lo llamamos La Voz — aclara Piniéres.

— Bueno. La Voz acusa a vuestro equipo de tres tentativas de evasión, de un número incalculable de faltas de obediencia, de robo e incluso de una pelea racial.

— Era para robar melaza — interrumpe Mahmud i—. Ya se lo expliqué a él.

— Además tenéis con vosotros un criminal de guerra y un loco. El criminal de guerra os será devuelto mañana, tan pronto haya hecho su autocrítica pública y se vea libre de sus pecados por medio de la confesión marxista. Pero, ¿dónde está el loco?

— En el hospital.

Marindelle carraspea.

— Está muy bien allí, mejor que aquí. Día se ocupará de él. Es un buen médico y hace milagros. Yo también estuve en sus manos y con cocimientos de hierbas me curó. Mañana habrá gran sesión de información. Trabaréis conocimiento con los veteranos de Cao-Bang y seréis iniciados en ciertas prácticas del campo. Me pareció oír que entre vosotros estaba el capitán De Glatigny.

— Sí, yo soy.

La voz de Marindelle se trasforma. Se carga de angustia. Ya no es el Cadet Rousselle, sino la de un adolescente prematuramente envejecido:

— ¿Podría hablarle unos minutos en privado, mi capitán? Se trata de un asunto personal.

Glatigny se levanta. Piniéres observa que, a pesar de sus harapos y de su fatiga, conserva toda su elegancia. Le gustaría ser así.

Los dos oficiales bajan la escalera de la choza y se internan en la sombra formada por los grandes plataneros.

— Somos casi primos — dice Marindelle —; por mi mujer. Me casé con Jeanine de Hellian, cuyo padre...

—En efecto, ya me acuerdo..., su nombre no me era del todo desconocido.

— Hace cuatro años que estoy sin noticia de mi mujer. Salí para Indochina tres meses después de mi matrimonio y sucedió lo de Cao-Bang.

— Supongo que lo estará esperando, como nos esperan todas nuestras mujeres, educando nuestros hijos y ayudándose mutuamente.

— No. Jeanine no me espera y yo no tengo hijos...

— Ahora me acuerdo de algo; creo en efecto haberla encontrado en París, hace cosa de un año.... y fue en mi propia casa.

— ¿Sigue tan hermosa?

— Conservo el recuerdo de una joven delgada de espesos cabellos que recogía en una trenza y que llevaba hacia un solo lado...

— Ya ve, se peina como cuando era una muchachita y, sin embargo, sabe que estoy vivo y prisionero. Y no me escribe.

— Creo, querido, que sin tener pruebas, y sólo por el placer de hacerse daño, hace trabajar su imaginación. Cuando la vuelva a encontrar, sus dudas le parecerán ridiculas.

— ¿Puede afirmarme... ?

— Mi mujer no invita a su casa a las mujeres de nuestros compañeros si éstas no se portan correctamente.

— Gracias — Marindelle ha recuperado su buen humor —. A propósito, mañana se va a reír. Hemos preparado un excelente número de parodia marxista.

Cuando Jeanine Marindelle entró en casa de los Glatigny, en su gran salón de la avenida de Saxe, pequeño museo de toda una raza militar, con sus estandartes, sus banderas y sus armaduras, Claude había apretado el brazo de su marido:

—Se atreve a venir.

Glatigny tenía horror a las rivalidades femeninas y estimaba que se dedicaban entre ellas a un juego absurdo e infantil en el que un hombre jamás debía participar.

— ¿Ah sí? — había sido todo su comentario.

Y se dirigió hacia Jeanine, que tenía esa turbadora belleza de las mujeres niñas, que siempre le había atraído. Pero Claude le retuvo.

— Su marido, lo conoces, el teniente Marindelle, es prisionero de los vietminh... Y ella no le es fiel.

— ¿Cuánto tiempo lleva prisionero?

— Tres años.

— Y ella tiene veintiún años, todo lo más.

— Ya lo sé, Jacques; yo no lo haría, pero no soy tonta..., ni inerte..., hasta el punto de no comprender ciertas... debilidades. Pero es que Jeanine vive abiertamente con otro hombre. Vive en su casa y este hombre es despreciable..., un tal Pasfeuro, un periodista.

— Ese problema sólo le concierne a ella.

— No. Nosotras, vuestras mujeres, logramos nuestra fuerza y nuestra fidelidad en gran parte gracias a nuestra cohesión. Formamos un clan con sus leyes tácitas, pero muy estrictas. Nos ayudamos unas a otras... y también nos juzgamos. Además, Jeanine es mi prima.

Glatigny había contemplado a su mujer con su rostro delgado y pálido, sus grandes ojos enfebrecidos que carecían de ternura, su mandíbula crispada y sus aletas de la nariz vibrantes de colores. Descubría a una desconocida, violenta y apasionada, de comportamiento intolerable..

Se liberó bruscamente de su brazo y salió para besar la mano de Jeanine Marindelle. La joven le dijo:

— Claude no me quiere, capitán.

— No sé qué tiene contra usted...

— Sí, lo sabe muy bien — tenía en la voz el acento de asombro de una muchachita a quien se le hace daño. Quizá fingiese un poco —. Claude me reprocha el vivir abiertamente con Pierre Pasfeuro. Si nos encontrásemos de cuando en cuando en una habitación de un sórdido hotel, y de cinco a siete en su casa, nadie diría nada y yo, a mi vez, podría juzgar a las otras esposas de oficiales.

— ¿Usted no ama a su marido?

— ¡Qué extraños son los hombres! Claro que lo amo..., hemos crecido juntos, hemos jugado juntos. De niños dormíamos en la misma cama. Fue el primer muchacho que me besó. Nos casamos como un hermano y una hermana, para seguir el juego. Vivíamos en un mundo nuestro, con sus leyendas y sus tabúes. Determinadas personas eran admitidas en ese mundo: Judith, la vieja criada; el tío Joseph, que era sordo, y mi primo, Pierre Pasfeuro, que nos traía discos. Cuando supo que tenía pocas probabilidades de volver a ver a Ivés, abandoné a su familia, que me odiaba y que estaba dispuesta a encerrarme, a matarme como a las viudas de la India. Me refugié en casa de Pierre. Con él conocí al hombre, al extraño. Podía hacerle sufrir, como él podía ponerme celosa. Eso jamás se me pasó por la imaginación con Ivés, ¿me comprende, capitán?

— Lo intento.

— Entonces, ¿por qué quieren perjudicarme? Yo apreciaba de corazón a Claude. Ella no puede comprenderme, no se ha casado con su hermano, para después encontrar al extraño.

— ¿Qué te ha dicho en su defensa? — le había preguntado más tarde Claude.

— Si no tiene con qué ofenderse. No sabes hasta qué punto está indefensa. Y en esa pobre niña quieres empezar a clavar tus uñas de mujer madura...

Poco después, De Glatigny tomaba el avión que lo llevaría a Saigón.

La gran sesión de información y de autocrítica tiene lugar al día siguiente, al concluir la siesta. Todos los oficiales prisioneros se reúnen junto al río, en un gran rectángulo que ha sido desbordado en las lindes del bosque, y que se enmentra a la sombra de grandes mangos. Frente a ellos se alza un pequeño estrado de bambú, coronado por la foto de Ho-Chi-Minh, con su barba retorcida, y por la bandera roja, con su estrella amarilla. Con lianas y bambúes han sido fabricados unos rudimentarios bancos para los prisioneros.

Los veteranos de Cao-Bang toman contacto, por vez primera, con sus compañeros de Dien-Bien-Fú. Algunos se conocen. Se dan grandes palmadas lanzando exclamaciones, pero en el fondo nada tienen que decirse. Pertenecen a dos mundos todavía extraños, y permanecen diferenciados en grupos. Marindelle, Orsini y Leroy son casi los únicos que se instalan entre los recién llegados.

Los veteranos parecen esperar el espectáculo con cierto interés y hasta con placer. La estrella de turno es el teniente Millet, y se aprecian sus cualidades de actor, su juego matizado y directo a la vez y su brutal franqueza, que le permite deslizar sus enormes mentiras.

También está anunciada la exhibición de un recién llegado, un tal Boisfeuras, que ninguno de los veteranos conoce, y que está aislado en una choza bajo la custodia de tres centinelas.

Por lo tanto, no conoce las reglas del juego. Dicho de otra forma, es un amateur; pero su historia puede resultar interesante.

La aparición de La Voz hace correr un murmullo entre los prisioneros. Van a sonar los tres golpes de rigor. Comienza "el gran teatro de la mentira democrática con vistas a la paz de los pueblos y a la mutua comprensión".

La Voz, según costumbre, suelta primero las informaciones, cosa que todo el mundo espera. Se sabe que son antiguas, en parte, falsas, desnaturalizadas por las necesidades de la propaganda e incompletas; pero al fin de cuentas son la única fuente de noticias que poseen. Y algún día quizás anunciará que ha sido firmado el armisticio en Ginebra.

Pero La Voz, en un tono afligido, les hace saber que las negociaciones de Ginebra se dilatan a pesar de la buena voluntad y de los esfuerzos desplegados por la delegación vietnamita. Mendés France, después de haber dado grandes esperanzas, revela su verdadero rostro, el de un colonialista más hábil que los otros. Si quería terminar con la guerra de Indochina era según La Voz, para repatriar el Cuerpo Expedicionario y enviarlo a defender las inmensas propiedades que su mujer poseía en Túnez.

— Ese Mendés France se me está haciendo simpático — dice Piniéres —, pero haría bien en no dejarnos pudrir aquí.

— Las propiedades de su mujer están en Egipto — dice Esclavier.

La Voz prosigue sus informaciones:

— El papel a desempeñar por ustedes, combatientes de la paz, es el de mostrarse cautelosos respecto a estos falsos liberales al servicio de los Bancos y que aparentando defender la paz se alian con los promotores de guerras, ya que sólo se mueven a impulsos de sus egoístas intereses de clase. Su camarada Millet está encargado de hacerles una exposición, sobre el colonialismo en lo que ustedes llaman Indochina. Su deber es escucharle atentamente, pues se trata de un estudio objetivo.

El teniente Millet sube a escena. Es un gran esqueleto delgado, con largas piernas de cow-boy. Una bala recibida en la rodilla lo obliga a cojear. Sostiene en su mano un papel de bambú de mala calidad y en el que sólo se puede escribir con lápiz. Tiene un aspecto grave y como penetrado de su importancia.

Comienza por enunciar unas cuantas falsedades enormes, lo que deja indiferente al clan de los veteranos, pero llena de estupefacción a los nuevos.

— Las estadísticas prueban que el Gobierno colonial de Indochina ha frenado siempre la natalidad... Algunas regiones del norte de Vietnam estaban sometidas sistemáticamente al hambre, a fin de poder deportar a sus pobladores a los campos de esclavos de las grandes plantaciones de Cochinchina. Las mujeres eran separadas de sus maridos para acrecentar su rendimiento. A fin de restringir el trasporte del arroz hacia el Norte, miles de mujeres, de niños y de ancianos eran exterminados. Jamás se vería regresar a ningún coolie de dichas plantaciones ...

El clan de los veteranos está perfectamente organizado. En primera fila se sitúan los dos oficiales comunistas, o que se creen tales, y después los progresistas, jefes del grupo de los veteranos, que, muy atentos y dando muestras de conformidad, toman notas. Tras ellos se acomoda la "grey" que charla en voz baja, aplaude de cuando en cuando y discute interminablemente sobre lo que va a hacer con los cuatro años de sueldo que se amontonan automáticamente en su cuenta bancaria. Pues todos estos oficiales en harapos son millonarios y sueñan, sin llegar a creerlo del todo, con los coches que se comprarán y con las interminables comilonas que se van a dar en los grandes restaurantes de tres estrellas.

El capitán Verdier se inclina hacia su vecino:

— Uno de los nuevos me ha dicho que "Lapérouse" ha decaído, que la "Tour d'Argent" es el mejor. ¡Yo que quería llevar allí a mi mujer! Es penoso.

— Y la Vedette, la nueva Vedette, parece un buey, uno de esos bueyes tragadores de gasolina y que no avanzan — le dice otro.

— Yo me voy a llenar de vino — dice Pestagas con su acento de Burdeos —, sólo de vino, por los cuatro años que me pasé sin beber... Haré que me coloquen una barrica encima de la cama, y en la barrica un tubo, y cuando no pueda hacerlo entrar por la boca, me lo pasaré por la nariz y hasta lo tomaré en una lavativa.

Se hace el silencio. El teniente Millet llega al pasaje más interesante: su propia autocrítica...

— Compañeros — declara —, la mejor ilustración de los horrores del colonialismo en Indochina soy yo mismo. En el curso de mi primera estancia, de 1947 a 1949, estaba destinado en el puesto de Minh-Tanh, sobre el delta del Mekong. Con mi sección de mercenarios que odiaban a los obreros y al pueblo, pues todos habían nacido en los barrios ricos de Boulogne-Billancourt y de la Villete, llevábamos una vida de terrible ociosidad, y como la ociosidad es la madre de todos los vicios, poseíamos todos los vicios.

— Pero, ¿cómo? — exclama Piniéres —. ¡Boulogne no es un barrio rico!

— No te preocupes — le dice Marindelle, dándole con el codo —. La Voz cree que Neüilly y el XVI son los lugares más sórdidos donde los obreros se pudren en la miseria y que la Villete bordea los Campos Elíseos.

— Sí, camaradas; oprimíamos al pueblo vietnamita para que suministrase a nuestra glotonería pavos, pollos y esos jóvenes búfalos que le eran necesarios para cultivar el arroz. Pero aún íbamos más lejos en nuestros errores. Para insultar el pudor del pueblo vietnamita, nos lavábamos desnudos en medio del poblado mientras nuestras concubinas, a quienes despectivamente llamábamos congaies, jóvenes puras arrancadas por la fuerza del seno de sus familias, nos tenían que rociar con agua.

— Progresa — comenta Orsini con admiración.

— Tatatá, tatatá.

Pero Leroy menea la cabeza.

— Février lo ha hecho mejor.

— Una noche — prosigue Millet —, una ciudad del Ejército Popular del Vietnam, deseando vengar al oprimido pueblo de Minh-Tanh, atacó el puesto, el cual sólo se salvó merced al apoyo de la aviación facilitada por los norteamericanos. Fue horrible: las bombas aplastaron a aquellos valerosos patriotas y el incendio devoró las chozas del poblado. Yo estaba pervertido hasta tal punto que quise vengar la ayuda que la población patriota había prestado al Ejército del Pueblo. Un batallón de paracaidistas vino a limpiar la región y yo mismo les señalé a los hombres que debía asesinar. Se condujeron con su habitual salvajismo, y no me atrevo a deciros todos los crímenes que cometieron. Han sido necesarios cuatro años de reeducación, cuatro de esta política de clemencia con que ha respondido la República de Vietnam a nuestra barbarie imperialista, para que mis ojos se abriesen y mi corazón se fundiese de remordimiento. Pido perdón al pueblo del Vietnam, a los soldados del Ejército Popular y declaro que todo el resto de mi vida lo invertiré en combatir por la paz y la fraternidad de los pueblos.

Suenan los aplausos. Los nuevos no saben qué hacer.

—Ese cerdo — murmura Piniéres —. Le voy a romper la cara.

—Aplaudid — les dice Marindelle —, fuerte, muy fuerte. Por esas fechas, Millet estaba en Alemania y nunca puso los pies en el sur de Vietnam.

— ¡Marica! — dice, furioso, Piniéres.

El teniente Millet abandona la tribuna con una sonrisa de triunfante remordimiento en el rostro. Espera haberse ganado el pollo prometido por sus compañeros a la mejor autocrítica del mes.

La Voz, después de haber felicitado al teniente por su sinceridad, le hace observar que un verdadero examen de conciencia de los crímenes cometidos es para el prisionero condición indispensable de su reeducación moral.

A continuación anuncia a Boisfeuras, uno de los más peligrosos criminales de guerra, hecho prisionero en Dien-Bien-Fú, que ha pedido explicarse personalmente ante sus camaradas.

El sol ilumina directamente la cara de Boisfeuras, y éste cierra los ojos como un pájaro nocturno salido bruscamente de su escondrijo. Está sucio y tiene la cara y el cuerpo cubiertos de costras de barro. Su voz rechina a más y mejor.

— Señores — dice —, mis torpezas son infinitamente más graves que las de mi camarada Millet, pues son de tipo político. Nací en esta tierra, y mi familia ha explotado durante más de un siglo a las poblaciones miserables. Aprendía los idiomas y costumbres del Vietnam para mejor poder abusar del pueblo. Pertenecía al tipo de hombres que sacaban provecho de esta guerra. En el norte de Fong-Tho pretendí crear entre los montañeses un movimiento de escisión del pueblo del Vietnam. Abusé de la credulidad de aquellos campesinos. Los corrompí con dinero y les di armas. Les hice combatir contra sus propios hermanos; pero estos hombres primitivos, iluminados por obra de un enviado de la República Democrática, han encontrado de nuevo su patriotismo y su conciencia de clase. Me expulsaron. No quise comprender, y mi orgullo de mercenario me indujo a trasladarme a Dien-Bien-Fú para seguir combatiendo contra el pueblo y para defender los intereses egoístas de mi familia:.. Hoy comienzo a comprender. Me arrepiento y pido que, por medio de una conducta ejemplar, se me dé una oportunidad para redimirme de mis culpas. No merezco la clemencia... — deposita sus manos, hinchadas a causa de las ataduras, y sus dedos paralizados, sobre el pupitre de bambú que tiene enfrente de él — que me han demostrado los soldados del Ejército Popular.

— Millet tiene un serio competidor — declara Orsini, con admiración.

En recompensa por aquella sesión, particularmente lograda, el jefe del campo, el hombre con las piernas torcidas como un japonés, que lleva el título de oficial de vigilante del campo, ordena que se mejore el menú. Los prisioneros reciben, además de la bola de arroz, dos cucharadas de melaza, lo que contribuye a mantener un ambiente de euforia. Muchos ven en la melaza la esperanza de una próxima liberación.

La noche cae a los pocos minutos. En el centro de la choza arde dulcemente el fuego permanente sobre su superficie cuadrada. De cuando en cuando, una mano arroja unas largas ramitas bien secas. Entonces las llamas se agigantan y de la sombra emergen los rostros de Esclavier y de Glatigny. Merle sueña con un campo de boy scouts que había frecuentado en las montañas de Auvergne, Piniéres piensa en las largas noches pasadas en una granja de Corréze durante la resistencia. Mahmudi recuerda a las acogedoras muchachas de los montes de los Uled-Nails, con sus pesadas joyas de plata.

Lacombe duerme acostado en tierra debajo de su mosquitero. En efecto, con gran pompa se han distribuido mosquiteros, uno por cada dos hombres. Lacombe no deja de dormir, y a veces gime.

Boisfeuras, cerca del fuego, discute incansablemente con un viejo tho de cara arrugada y marchita, que es el propietario de la casita. El tho mira con optimismo el porvenir, pues su hijo es el jefe de la milicia vietminh del poblado, que sólo cuenta con tres hombres armados de un fusil de caza. El tho muestra al tu-bi sus pies resquebrajados y deformados por el Hong-Kong foot, por el pie de búfalo, de los que está muy orgulloso.

El río corre con un suave rumor y mezcla sus susurros con los lejanos ecos de una tormenta. El aire, saturado de calor y de humedad, pesa como un vestido de lana. Se diría que no tiene oxígeno, y todos se ahogan.

Los prisioneros perciben ruidos de voces mezclados con los gruñidos de los cerdos negros que viven bajo los pilotes, y luego el murmullo del agua que se esparce sobre una piedra plana.

Debajo de la choza, al pie de la escalera, hay un jarro de agua con un cazo y un ke-hat de madera. Esta agua es utilizada para lavarse los pies antes de entrar en la cabaña.

Orsini y Leroy aparecen. Vienen del campo de los veteranos y traen un rollo de tabaco atado como un salchichón, que es un producto de su plantación o de misteriosos cambios con los man de las vecinas alturas.

Se sientan al lado de los prisioneros, sacan pipas de su fabricación y cartas de sus familiares que utilizan para liar cigarrillos.

Marindelle se acerca a Boisfeuras y le roza el hombro.

— Han venido para felicitarte. Te desenvolviste muy bien y estábamos muy inquietos, pues por un bo-doi nos enteramos que otros tipos que hacían el mismo trabajo que tú, dos suboficiales del maquis Colibrí, un teniente del maquis Tabacs y el capitán Hillarin, fueron juzgados por un tribunal del pueblo y ejecutados pocos días después de su captura.

— A Hillarin le saltaron los sesos con una macheta — dice Orsini —. Fue mi instructor en Saint-Cyr.

— Si hubiesen descubierto mi identidad y lo que en realidad hacía — dice tranquilamente Boisfeuras —, no tendría ninguna probabilidad de librarme. Pero esperarían bastante antes de juzgarme, y quizá me entregasen a sus buenos amigos los chinos. Porque yo nunca estuve en Fong-Tho y no nací en el Vietnam, sino en China.

— Adoptaste la única postura que podía salvarte... Como si conocieses bien a los viets.

— En 1945 viví con ellos, pero no son los mismos hombres. Vosotros, que lleváis conviviendo con lo viets cuatro años, ¿podéis decirnos quién es este hombre vietminh?

Merle bate palmas:

— Dispuestos para la nueva sesión, pero esta vez todo el mundo dirá la verdad — y comienza a decir imitando a La Voz, su tono impersonal y su secreta suficiencia —: Nuestros antiguos compañeros, reeducados por cuatro años de política de clemencia, y ahora que la noche ha caído sobre ellos y se han convertido en lo que nunca han dejado de ser, es decir, en innobles mercenarios colonialistas, van a exponernos objetivamente lo que opinan de la psicología, del comportamiento de este extraño y repugnante animal: el hombre vietminh.

— Para poder explotarlo hasta el cuello — continúa Esclavier —, pillar sus cosechas, acostarse con sus hijas, si es posible...

— No es posible — confirma con pesar Orsini.

— Para vencerlo un día — corrobora Glatigny con cierta gravedad.

— A tí te toca comenzar, Marindelle — ordena Leroy.

Marindelle entra inmediatamente en el juego.

— Compañeros, contrariamente a lo que podáis creer, no somos por entero "innobles mercenarios colonialistas", pero estos repugnantes individuos nos han obligado a comprender ciertas cosas. La Voz no está del todo equivocado cuando dice que debemos adquirir conciencia de nuestras culpas, más bien "de nuestros errores".

— ¿De nuestros errores tácticos ? — inquiere Glatigny.

— No. Políticos. En la estrategia de la guerra moderna, la táctica militar se verá relegada a un rango secundario; la política siempre estará por encima.

—Háblanos del enemigo — pide Esclavier, a quien este prólogo está aburriendo.

— De la voluntad adversa, como diría Clausewitz. Los viets se han endurecido, se han trasformado a causa de siete años de lucha. Tienes razón, Boisfeuras; ya no son los hombres de 1945. Han creado un tipo humano repetido hasta el infinito y forjado en el mismo molde. Un ejemplo, todos los años y en todas las divisiones del Vietman, al final de la estación de las lluvias, se organiza el retiro.

— ¿Y eso qué es? — pregunta Piniéres.

— Este término de retiro significa recogimiento en común, examen de conciencia de todo un año.

— ¿Cómo se desarrolla?

— El retiro vietminh dura quince días, y en determinadas unidades a veces fusilan el diez por ciento de los hombres porque no responden al modelo. En estos procesos, los culpables son sus propios acusadores públicos, que reclaman su propio castigo.

— Lo que no impide — dice Glatigny — que frente a nuestros golpes de audacia y nuestros desatinos y frente a nuestras crisis de pereza y de energía, se alce siempre la organización vietminh, la tenacidad vietminh. Una sociedad de termitas siempre trabajada y siempre reconstruida.

— Exactamente — dice Marindelle —. El coolie, el soldado, el oficial y el propagandista vietminh han trabajado incansablemente con una tenacidad que nada tiene de humana. Han cavado agujeros, trincheras y poblados subterráneos bajo los poblados.

Entonces todos recuerdan las operaciones en el Delta, toda aquella naturaleza forzada y cambiada por el hombre termita.

— Deberíamos — opina Esclavier — sacarlos de sus agujeros como a los caracoles de sus conchas, uno a uno.

Marindelle sigue hablando con una admiración que no trata de disimular:

— Durante el día cultivaban el arroz y hacían la guerra. Por la noche organizaban comités, subcomités y asociaciones de viejos carcomidos y de muchachuelos de doce años. Estos hombres dormían poco, estaban deficientemente alimentados. Parecían estar siempre en el límite de sus fuerzas, pero siempre tenían el valor de continuar. ¿Os ha sorprendido en alguna ocasión, tal como me ha ocurrido a mí, su aspecto físico? ¿Su rostro ascético, sus ojos agrandados y su caminar flotante y silencioso? Con sus ropas, demasiado grandes y cortadas a lo chino, se dirían fantasmas...

— He discutido este asunto — intervino Orsini — con un tipo de la 304 que hablaba muy bien el francés. Estuvimos juntos en el hospital. Me contó un poco su vida: "Nos desplazábamos — me decía — solamente por la noche, en largas filas silenciosas. Llevábamos una luciérnaga colgada de nuestros sacos y encerrada en una jaula de papel transparente. Para no perdernos, seguíamos estas lucecitas. Algunos camaradas conseguían que la misma luciérnaga les durase tres noches seguidas. Para escapar a los cercos, llegamos a caminar durante veinticinco noches seguidas tomando como único alimento una bola de arroz, algunas hierbas y, a veces, un poco de pescado. Finalmente llegué a creer que mi cuerpo era una máquina que avanzaba, se detenía y volvía a caminar, y que mi espíritu estaba a su lado, mitad soñando, mitad durmiendo..."

— Hemos podido contemplar el trabajo de los viets — vuelve a interrumpir Glatigny —. A lo largo de las carreteras y de los senderos por donde discurrían sus convoyes habían construido miles de alvéolos bajo las espesas hojas de la jungla. A la menor alarma, cuando se señalaba la presencia de aviones, todo desaparecía en pocos minutos, hombres y camiones, para sólo quedar la carretera completamente desierta. Y ese era el panorama único que podían divisar nuestros aviones en sus repetidas salidas: carreteras vacías... ¡Si pensamos en ese inconmensurable trabajo! Fue efectuado a lo largo de cientos y de miles de kilómetros y únicamente por coolies que no poseían más que palas, picos y hachas, y que sólo podían llevar a cabo esta tarea durante la noche. Y, mientras tanto, nosotros gastábamos nuestra flema en los burdeles o en los fumaderos...

— Nos vencieron gracias a los coolies — asiente Boisfeuras —, merced a esa ingente multitud que hormiguea balanceando sus cestas en medio de las altas hierbas de elefante. Partían del Delta con cuarenta kilos de arroz colgados de su balancín. Recorrían quinientos kilómetros por los tortuosos senderos de la Alta Región para llevar cinco kilos de arroz a los bo-doi. Habían tenido que alimentarse durante el trayecto y, además, tenían que guardar algunos kilos para su regreso. Estos millares de coolies que trotaban por los senderos eran invisibles a la aviación... Y no caminaban impulsados solamente por el terror...

— ¿Por quién? ¿Por la propaganda? — pregunta Merle.

—Tampoco es suficiente. Una propaganda no sirve ni da resultados a menos que toque algo profundo y real dentro del hombre...

— ... Como romper su soledad — termina Esclavier.

— Hace tiempo que los viets no conocen la soledad — interrumpe Marindelle —. Los viets me recuerdan a esos trabajadores de mollera dura que a fuerza de trabajo y de tenacidad recogen al final del año todos los premios. Y, sin embargo, son los menos dotados. Nosotros, soldados del Cuerpo Expedicionario, éramos hijos de ricos. Teníamos nuestros coches que nos esperaban para salir de expedición, de excursión; nuestras cajas de cerveza y nuestras cajas de racionamientos. A veces resollábamos y nuestros aviones nos lanzaban en paracaídas cajas de hilo. Dábamos buenos golpes antes del refrigerio, pero después no nos ocupábamos de explotarlos. Serios y aplicados, continuábamos una meticulosa guerra. Los vietminh no eran mejores soldados que nosotros, sobre todo si se compara su gran masa con nuestros veinte mil paracaidistas o legionarios, que eran los únicos que les hacian frente en los combates preparados. Para ganar a los nuestros tenían que luchar cinco o diez contra uno. Pero..., los viets se dedicaban todos y por entero a la guerra, día y noche, fuesen regulares, coolies, guerrilleros, mujeres o muchachos... Cometían montones de imbecilidades, razonaban como cacerolas, pero incansablemente llegaban adonde se proponían llegar. Resultado de esta forma de hacer la guerra — prosigue Marindelle, después de un silencio —, los viets se han vuelto minuciosos y amigos del papeleo. Toman notas sin cesar, hacen informes, dossiers de todo tipo, y siempre en trocitos de papel, porque el papel escasea.

— Desde hace cuatro años — dice Leroy— los can-bo y los oficiales no dejan de importunarnos. Sacan un cuaderno y un lápiz y nos preguntan el nombre y el porqué de nuestra venida a Indochina. Y, además, nos hacen un montón de preguntas técnicas sobre el empleo de las armas. Anotan muy seriamente todas las estupideces que se nos ocurren y se marchan tan felices.

— Esa manía nos ha servido de mucho — hace saber Glatigny —. Nunca dejaban de hacer funcionar sus radios para dar cuenta del menor acontecimiento. Todas las noches, en todas las graduaciones jerárquicas, redactaban un informe detallado de sus actividades. Podíamos captarlo todo, y sabíamos casi al dedillo lo que recibían de China.

— Entonces, ¿por qué nos dejamos aplastar? — pregunta brutalmente Esclavier —. Lo sabíamos todo, casi hasta lo que se refería a un kilo de arroz. ¿Y qué pasó con la artillería viet en Dien-Bien Fú? También se sabía, pero la cosa no pasó de ahí. No se explotaron los conocimientos.

— Sin esos informes quizá hubiésemos sido expulsados de Indochina un año antes — dice Glatigny.

— Sigue hablando, mi querido diplomado de Estado Mayor — dice Esclavier.

Viendo que la discusión va a agriarse, interviene Orsini:

— Aquí, en el campo, los viets se dedican a hacer y rehacer listas. Se obstinan sobre un acento o una coma. Son de un formalismo que da náuseas. No estamos autorizados a emplear la palabra "vietminh", pues siempre tenemos que decir "Gobierno democrático del Vietnam" y tratar de "señor" al más insignificante bo-doi embrutecido por la propaganda. Pero nosotros no tenemos derecho a llevar nuestros galones. Y no hay forma de obtener de esta gente una opinión personal, el menor detalle de su vida. Nos tropezamos con un muro y sólo responde un fonógrafo. Al principio, en los primeros años de internamiento, creíamos que desconfiaban de nosotros. Después nos dimos cuenta de que la cosa era mucho más grave. No tienen nada que decirnos fuera de sus frases prefabricadas. No tienen personalidad. El partido y el Ejército es toda su vida, y fuera de ellos no tienen existencia propia.

— La cosa tiene una explicación — dice Boisfeuras —. Muchos suboficiales y oficiales han vivido y practicado durante siete años la guerra clandestina. Formaron parte de maquis acantonados en pueblecitos, sea en las montañas del Than-Hoa o en las calizas del Day. No tenían ninguna relación con los montañeses, a los que, como hombres del Delta, despreciaban. Por lo tanto, se veían reducidos a vivir dentro de esta comunidad militar, intransigente y fuertemente jerarquizada..,

— ¡Qué cierto es eso! — exclama Marindelle —. Mirad, La Voz, licenciado en letras en la Universidad de Hanoi, y según creo estudiante brillante, ha dejado de tener un pensamiento original, de luchar contra el miedo. Todos esos tipos, para sobrevivir, necesitaban todas sus fuerzas. Tenían que resistir las marchas nocturnas, los sangrientos combates y la insuficiente alimentación. En los momentos de descanso se les trasformaba en propagandistas. Entonces tenían que repetir incansablemente la misma propaganda simplificada que luego había que hacer entrar en las duras molleras de los nha-que. Ponían en pie toda clase de asociaciones para incorporar la población a su movimiento y las vigilaban para que no se corrompiesen inmediatamente, tenían que instruir a los reclutas, alistar a los coolies y reunir dinero. . . Estos hombres no disponían de ningún momento para ellos. Ya no se pertenecían a sí mismos, y cuando, agotados, encontraban algunas horas libres para dormir, preferían admitir en bloque todo el sistema comunista que ponerse a reflexionar y a discutir.

— Parece como si les tuvieses cariño — le dice malévolamente Esclavier.

— Trato de comprenderlos, sí. Si yo hubiese nacido vietnamita, creo que no habría podido resistir. Sería de los suyos. Imagina por un momento la vida del joven militante antes de que se cueza en el molde vietminh que va a despersonalizarlo. Conoce el romanticismo revolucionario. Por la noche se desliza en un poblado. En el fondo de una cabana iluminada por una lámpara de aceite organiza una reunión. Casi siempre, la reunión se efectúa a unos cientos de metros del puesto francés. Oye cómo los centinelas del enemigo carraspean. De él nada se sabe, sólo tiene un vago nombre de guerra, lleva una vida misteriosa e interesante.

— Has leído demasiado a Malraux — le dice suavemente Boisfeuras —. Eso no es el comunismo.

— Lo que no impide que les hable de la China y de la U.R.S.S. a esos pobres campesinos que nunca han salido de su arrozal. Les da a entender que acaba de llegar de esos lejanos países, y todos le escuchan con la boca abierta. Su voz se torna cálida e insinuante. Emplea palabras de consonancias mágicas: mitchurismo, colectivismo, con las que él mismo se emborracha.

Vive la aventura, y las muchachas, mascando pipas de girasol, lo miran tiernamente...

"Yo también me pasaría a su bando", piensa Merle.

"Y yo — piensa a su vez Mahmudi —. Quizá pronto me veré obligado a llevar esa vida, pero los can-nha serán mecb-tas, y la China y la U.R.S.S., Egipto e Irak. El comunismo, el Islam."

"Ya he conocido algo parecido", se dice Piniéres.

Marindelle se calla durante unos instantes. El viejo tho escupe y carraspea. Marindelle vuelve a comenzar:

— Y todo eso condujo, tras unos años de vida en común, a un hombre glacial, de una inhumanidad total y al mismo tiempo vanidoso e increíblemente ingenuo, como lo son todos los que se creen poseedores de la única Verdad. Añadid a eso la influencia del scoutismo, pues Ta-Quan-Buu, el responsable de la juventud vietminh, es el antiguo comisario del scoutismo y de las escuelas de cuadros del almirante Decour. Las doctrinas de la revolución nacional han penetrado muy bien en dichas escuelas, y muchos dirigentes viets han salido de ellas. No hay tampoco que olvidar la intransigencia doctrinal. Todavía se encuentran en el primer estadio del comunismo, en el de la revolución y en el de la pureza. Están animados de una fe que no se atempera con ningún sentido de la realidad.

— Habla bien nuestro Marindelle — comenta Orsini con satisfacción.

— Yo creo poder completar tu explicación — interviene Boisfeuras—. A veces, el vietminh parece ser solamente una sección del partido comunista chino. Su puesta en marcha de la reforma agraria, sus métodos y sus medios de propaganda, en particular entre las mujeres, el uniforme de sus soldados y la forma de pelear, etc., son chinos. Los ejércitos comunistas de Mao-Tsé-Tung y de Chu-Teh han preparado y puesto en acción todas estas tácticas. Sin embargo, esta influencia china, con ser fuerte, no es total, tal como podría parecer. Aunque unido a Pekín, el partido comunista vietnamita guarda sus propias y particulares conexiones con la gran central de Moscú. La mayoría de los jefes del Vietminh han sido formados en Francia bajo el cuidado de comunistas franceses, feudos directos de la U.R.S.S. El Vietminh es, pues, más ortodoxo que el P. C. Chino. Está decidido a aplicar integralmente el comunismo sin tratar de adaptarlo al temperamento y al clima, lo que hacen con mucha libertad Mao-Tsé-Tung y sus colegas. Por esto, quizás, el hombre vietminh no admite ninguna discusión y se atiene literalmente a su catecismo. Parece tener miedo y no está seguro de sí. No tiene el pasado ni la inteligencia del chino. El Vietminh siempre ha sido un pueblo de siervos.

— Los vietminh se han trasformado en hombres graves y tristes, y han perdido toda su espontaneidad — prosigue diciendo Marindelle —. Y esta trasformación se ha desarrollado ante nuestros ojos. Es muy raro verlos reír, y, si lo hacen, son siempre los soldados, nunca los oficiales de graduación. Han perdido rápidamente las virtudes de la juventud, aquella efervescencia y ardor de los revolucionarios, y por eso se muestran inquietos. No admiten ninguna broma, no la conciben.

— ¿Y las muchachas? — pregunta Merle.

— La mujer se ha convertido en un ser igual que el hombre. Han adquirido los mismos derechos y, por lo tanto, los mismos deberes. Se han convertido en oficiales, en delegados de propaganda y en dirigentes políticos; pero han perdido toda personalidad.

— ¡Las chicas vietnamitas, suaves como la seda! — exclama Piniéres, mientras que por su mente cruza el recuerdo de My-Oi.

— Las relaciones sentimentales e incluso sexuales se consideran inútiles, sin valor y sin interés. El vietminh se ha tornado, puritano un poco por necesidad. Su vida azarosa no le deja tiempo, ni fuerzas disponibles. Niega toda religión, pero se comporta como el cuáquero más exigente.

Esclavier dice:

— Quisiera tener entre mis garras a una militante viet para saber si el marxismo la impide amar...

— Ese tipo de relaciones está formalmente prohibido entre los tu-bi y las muchachas del Vietman democrático — añade Leroy —. Por otra parte, el régimen del campo no deja subsistir el menor deseo carnal. Pero si, a pesar de todo, llegase a producirse algo de este tipo, significaría para el tu-bi la inmediata liquidación y el campo de concentración para la muchacha. Dicho de otra forma: la muerte para el uno y el otro.

— En la práctica, ¿qué uso habéis hecho de vuestras teorias? Parecéis hallaros muy cómodamente en el rígido mundo de los viets — dice Boisfeuras.

— Para sobrevivir — le explica Marindelle —, hemos descubierto un equilibrio. Le llamamos la ficción política del mundo. A la vez es una filosofía, una organización y una forma de vida. No ha sido expresada, es tácita, pero todos los que estamos aquí la hemos asimilado. Nos indica la actitud exacta a adoptar para resolver de la mejor forma posible los problemas de nuestra vida cotidiana. Ahora tenemos que dormir. Orsini y Leroy deben marcharse a sus barracones. Mañana hay misa. Todo el mundo acude a oírla, incluso los que no son católicos, incluso los que no creen. Por eso, Mahmudi, te ruego que vayas. Compréndelo, es nuestra Iglesia frente a la de los viets, y tú perteneces a nuestra Iglesia.

—Veré.

—Irás — le dice Merle.

— Bueno, iré.

Glatigny permanece durante mucho tiempo con los ojos abiertos en medio de la noche. Nunca se imaginó que una discusión de este tipo pudiera ser posible entre oficiales jóvenes y que se llegasen a analizar las situaciones con tanta lucidez. Y el que más le llama la atención es ese teniente niño, Marindelle, perfectamente a sus anchas en el universo marxista, que habla con toda naturalidad de la ficción política del campo y que obliga a sus compañeros a oír misa porque se trata de una postura política, ese niño más maduro que los demás, a excepción quizá de Boisfeuras, y a quien en París una esposa-hermana lo engaña con un tal Pasfeuro, que es periodista...

 

CAPÍTULO VII
EL VENTRAL DEL TENIENTE MARINDELLE

 

Durante el primer año de su cautiverio, los ciento veinte oficiales que se encontraban internados en el campo número 1 se habían negado a toda cooperación con el Vietminh. Asistían a las sesiones de información, pero los bo-doi tenían que conducirlos hasta el lugar de reunión empujándolos a culatazos.

Allí, sobre una tribuna fabricada con bambúes, La Voz o cualquier otro comisario político encargado de su reeducación les hacía una exposición sobre un tema dado: los males del colonialismo. .. La explotación del hombre por el capitalismo, etc.... Pero ningún prisionero escuchaba las pesadas demostraciones de sus instructores, y cuando el vietminh le pedía que repitiese la lección, el oficial elegido era completamente incapaz de hacerlo.

Ante aquella prueba de mala voluntad, ante aquella negativa a colaborar en su reeducación, La Voz tomó sus medidas, y los prisioneros habían visto cómo su alimentación se reducía a una bola de arroz por día y algunas hierbas, pero sin una onza de grasa o jugo de pescado.

De esta forma habían resistido un año. Entonces, a causa del ben-beri o de la avitaminosis, el oficial más antiguo del campo y de mayor graduación, el coronel Charton había dado la orden de "seguir el juego" para sobrevivir.

Y así llegó el día en que el teniente Marindelle se alzó de su asiento para repetir la lección. La Voz saboreó su triunfo y le pareció como si comenzara a cerrarse aquella secreta y sangrante herida que llevaba en lo más hondo de sí mismo.

Las raciones comenzaron a mejorar, los prisioneros recibieron melaza, pescado seco y plátanos. Luego firmaron manifiestos en favor de la paz y para la prohibición de la bomba atómica, se acusaron de toda clase de delitos, casi siempre imaginarios, y proclamaron su mala conciencia a todos los ecos de aquellas tierras calizas. Entonces, los prisioneros tuvieron también derecho a algunos medicamentos. Pero Potin, que había sido comunista, y que ya no estaba obligado a seguir formando un bloque con sus compañeros para resistir a los vietminh, se sintió contagiado y ganado por el ambiente del Partido, cuyas fórmulas y vocabularios le eran familiares. Era como esos cristianos que durante mucho tiempo han desatendido sus deberes religiosos, pero que un azar les lleva de pronto a una iglesia cuando se está celebrando un oficio. Aquel hombrecillo moreno que llevaba gafas con montura de acero era perfectamente honrado. Un día reunió a sus camaradas y les dijo:

— Mirad, yo he sido comunista. Me creí curado de esas ideas, pero ahora me siento completamente entregado y sin reticencias al Partido. Por lo tanto, estoy al lado de los vietminh. Quiero que lo sepáis y obréis conmigo en consecuencia. Me esforzaré en no saber lo que hacéis, las evasiones que preparáis; pero, por favor, nunca me comuniquéis vuestros planes. Desconfiad de mí.

Y desde aquel momento se había enrolado voluntariamente para las tareas más desagradables y más penosas y había rechazado todo lo que podía mejorar su suerte.

Incluso Leroy y Orsini, los irreductibles, que estaban animados por un odio tenaz e inexplicable contra los vietminh, le tenían en estima. Pero, a pesar de todo, lo trataban como a un bo-doi, y Potin sufría en su interior, ya que apreciaba a los dos tenientes por su valor, su lealtad y su profundo sentido de la amistad. El único que se había mostrado comprensivo con él había sido Marindelle, pero Potin recelaba del teniente, de su demasiado viva inteligencia. Marindelle era el gusano en el comunismo, el monaguillo que ayuda a misa para beberse el vino de las vinajeras.

Ménard también se había convertido, pero sus razones eran más sospechosas, y al ser expulsado del Ejército, a pesar de que había pretendido hacer creer que había practicado un doble juego, no había encontrado a nadie que lo defendiera. Otros se entregaron al progresismo por convicción, cobardía o para obtener favores. Marindelle había sido uno de ellos, aunque por otro motivo. Incurable charlatán, aquel niño juguetón tenía un poder de secreto verdaderamente sorprendente. Sólo se llegó a comprender al cabo de dos años, cuando se evadió del campo con todo el grupo de los irreductibles.

Ya con anterioridad habían surgido algunos contratiempos que podrían haber demostrado al vietminh que su propaganda sólo había captado a tres o cuatro individuos. Por ejemplo, la historia de los pollos.

Los prisioneros habían recibido autorización para criar pollos por su cuenta. Orsini había reclamado patos, haciendo alusiones obscenas; pero su petición no fue tomada en consideración. Cada prisionero, con la pasión de un jubilado de arrabal parisiense, se ocupaba de sus dos o tres volátiles. Todo el campo se llenaba de cacareos.

La Voz, en el curso de una de sus reuniones, anunció que en prueba de satisfacción por aquel meritorio esfuerzo, autorizaba a los prisioneros para que reuniesen todos sus pollos, lo que les permitiría darse cuenta de la superioridad de la colectividad sobre la iniciativa privada. Así, pues, a partir del día siguiente, se empezaría la construcción de un gallinero.

Los prisioneros juntaron sus pollos, pero de forma imprevista, los mataron a todos durante la noche y se reunieron para comérselos.

A finales del tercer año de cautiverio tuvo lugar una extraña conversión debida por completo a la influencia de Marindelle. El grupo de los irreductibles, una decena de prisioneros, comenzó a llamar la atención por un celo súbito e inesperado. Podía vérselos firmar con ambas manos todas las peticiones condenando la guerra, el empleo de la bomba atómica y del napalm. Y si se les hubiera consentido, hubiesen llegado incluso a condenar el uso del fusil de aire comprimido y del arco y las flechas. Se lanzaron con frenesí a la autocrítica, acusándose violentamente de todos los delitos y arrepintiéndose de ellos todavía más ruidosamente. También habían llegado a manifestar fervientes deseos de ser instruidos en la religión marxista, haciendo notables progresos en dialéctica.

Marindelle tuvo que usar toda su influencia para frenar tamaño afán, que podía llegar a parecer sospechoso.

Los viets son como los cristianos. Acogieron con fervor a los convertidos de última hora y pronto, trasformados en perfectos combatientes de la paz, los neófilos ocuparon todos los puestos de responsabilidad del campo.

No contentos con sus actividades diurnas y con haber inventado un himno progresista en el que cada palabra tenía doble sentido, se reunían por la noche para perfeccionar su educación bajo la dirección de Marindelle.

En estas reuniones, Marindelle se colocaba en el centro del círculo formarlo por las irreductibles y les hacía preguntas:

— ¿Leroy?

— Presente.

— ¿Cuánto arroz robaste hoy?

— Tres puñados. Con ellos tenemos cuarenta kilos de reserva. Necesitamos cuatro veces más.

— ¿Millet?

—Mañana tendré el hacha. El man pide un litro de chum y dos pollos.

— ¿Orsini ?

— Yo me apropié de un pantalón. Podemos hacer un saco con él. Es de Ménard. Está un poco mosca. Pero yo lo acusé ante un can-bo de practicar el doble juego y de ser un imperialista disfrazado.

— Tú siempre te pasas de rosca.

—Yo — dijo Maincent — le he limpiado un eslabón de yesca a un bo-doi.

— ¿Preparaste tu autocrítica?

— Ya no encuentro ningún delito del que acusarme.

— Pues despabílate; tienes que sustituir a Potin como encargado de los víveres antes de la estación de las lluvias. Hace quince días que estoy trabajando al Meteoro, pero el vigilante jefe desconfía. A partir de hoy nos organizaremos en cuatro grupos de a tres y cada equipo construirá su balsa. Utilizaremos la macheta por turnos.

— Yo tengo un mapa — dijo Juves —. Bueno, un calco de un mapa sobre papel. Me dejaron consultar un librejo sobre las atrocidades francesas y allí había un mapa de Tonkin. Lo copié.

— ¿Y qué?

— Mi lindo coco, ya sabes cómo lo necesitamos, casi cuatrocientos kilómetros atados sobre balsas de bambú, primero el río del campo en crecida, después el Song-Gam con sus cascadas y sus remolinos por la parte de Tho-Son. Hay para reventar veinte veces. En el río Claro, en Binh-Ca, nos vamos a topar con viets en todas las islitas. Tenemos una posibilidad entre cien, una entre mil, de salir airosos.

— ¿Conoces otro sistema? ¿Te parece mejor que caminemos con los pies descalzos en medio de la jungla?

— No.

— ¿Entonces? ¿Quieres reventar haciendo monadas marxistas, sobre todo cuando no estás muy dotado para la comedia?

— Nos vamos a poner de acuerdo de una vez para siempre. Marindelle es el patrón y hemos aceptado su pían.

— Esta guerra acabará algún día — dijo Juves en tono lastimero.

—¿Lo crees así? ¿Crees que Francia se va a desinflar ante esta banda de piojosos? Si nos quedamos no nos quedará más remedio que volvernos colabas a lo Ménard o, lo que sería más limpio, cocos a lo Potin. Prefiero estallar.

Al mes siguiente, Maincent reemplazó a Potin como responsable de los víveres. El comunista, que había dado pruebas de perfecta integridad, ni siquiera protestó, a pesar de que Marindelle lo acusó ante el jefe del campo de robar el arroz para él y sus amigos. Leroy creyó prudente excusarse:

— Comprende...

— Creo comprender — le había contestado secamente Potin.

Y el comunista se alejó un poco acongojado. Quisiera estar con ellos, participar en aquella fuerza nueva que había hecho de ellos los amos del campo.

De esta forma había nacido la ficción política del campo. Los vietminh sólo conocían prisioneros celosos o reticentes que caminaban penosamente por el sendero de la reeducación o, por el contrario, que hacían rápidos progresos. Pero en la sombra funcionaba ya una especie de gobierno oculto y colectivo que repartía a cada cual el papel que debía representar en la amplia comedia montada para uso de La Voz y de los guardianes del campo.

Este estado de espíritu, en un principio, permaneció inconsciente y sin formular. Marindelle y su grupo, al preparar su evasión, le dieron una forma coherente y organizada. Con la aplicación concienzuda y paciente de los prisioneros, los oficiales del campo número 1 llegaron a dar un doble sentido a todos sus actos y a todas sus palabras. Se dedicaron a dejar en ridículo a sus guardianes, sus ideas y sus convicciones, burlándose de ellos en todo momento, pero conservando siempre la mayor seriedad.

Los prisioneros, al descubrir de nuevo la risa, vieron abrirse ante ellos las puertas misteriosas de aquel infierno de Kafka en el que estaban sumergidos.

Claro que seguían siendo unos cautivos, pero se había evadido precisamente aquella parte de su ser que el Vietminh tenía particular empeño en encadenar, todo lo que era incorpóreo, y la risa, esta vez, era más eficaz que las balsas de bambú. Pues la tan preparada evasión se vio coronada con el fracaso.

Las lluvias comenzaron a caer. El rió ya no bajaba su nivel en los claros entre tormenta y tormenta, y su curso fangoso arrastraba toda clase de despojos. Las cuatro balsas ya se encontraban dispuestas y reposaban en el fondo del río lastradas de piedras. Habían sido fabricadas toscamente con tiras de bambú sujetas por lianas que el agua estaba en camino de pudrir. En realidad, tales balsas no eran más que gruesos haces de cinco o seis metros de largo, que los oficiales proyectaban montar un poco como a caballo; en sus extremos llevaban clavadas unas tablas para impedir que girasen sobre sí mismas, y los prisioneros habían fabricado unos primitivos remos para conducirlas. Ya las habían probado dos o tres veces, pero apenas emergían, y los hombres tenían que llevar su provisión de arroz atada al cuello. Disponían de veinte kilos de paddy para cada equipo y de una caja de conservas llena de sal, lo que a las claras resultaba insuficiente.

El mapa de Juves había sido reproducido en cuatro ejemplares. Cada prisionero había suministrado todos los informes de que disponía sobre las regiones a cruzar y los mismos estaban escritos sobre los mapas.

— Una operación suicida — decía Juves.

— Hay que hacerlo esta noche — anunció una mañana Marindelle —. Mañana se organizará un registro general. Tenemos que largarnos antes. Ese cochino de vigilante jefe comienza a tenerme ojeriza. No es de fiar ese tipo. Es un nha-que asqueroso, impermeable a toda dialéctica.

Asistieron a la sesión de información que tenía lugar todas las tardes hacia las cinco. La tormenta cotidiana estalló después de la cena, sobre las siete. La tromba de agua ahogaba todos los ruidos, aislando las chozas. Aquel fue el momento que eligieron para huir.

Con anterioridad, Marindelle había entregado a Trézel el capellán, una carta dirigida a La Voz, con la orden de no depositarla en su cabaña-despacho hasta el día siguiente.

— ¿Qué historia es ésta? — le había preguntado el bretón con desconfiado acento, pues no había alcanzado a entender la completa personalidad de Marindelle.

— No te preocupes. Me largo ..., pero tomo ciertas precauciones. Tanto como decir que ajusto mi "ventral".[15]

La carta estaba escrita a lápiz sobre papel bambú, y los jesuítas que habían educado a Marindelle en su convento de San Francisco de Sales, en Evreux, podían estar orgullosos de la política de su alumno:

 

República Democrática del Vietnam

Campo número 1

Señor:

Cuando usted lea estas líneas, yo habré abandonado el campo número 1 con la esperanza de ganar Hanoi y de regresar a Francia. Me imagino que sufrirá una decepción y creerá que he vuelto a caer en mis antiguos errores. Quiero justificarme ante sus ojos, pues necesito su estima para continuar el combate por la paz. En estos treinta meses que he pasado en el campo, usted me ha hecho comprender no solamente cuál era mi deber, sino la forma de merecer este titulo de combatiente por la paz. Hoy me siento completamente formado y seguro de mi ideal. Tengo prisa por enrolarme en esa lucha que usted dirige a través del mundo para destruir los últimos vestigios de una sociedad podrida, egoísta y condenada para siempre.

Este combate lo debo emprender en mi país, en el interior de mi pueblo y entre los de mi clase. Si usted me hubiese dado la libertad, parecería sospechoso a los ojos de muchos de mis camaradas y a los de mi propio Gobierno. Evadiéndome, podré obrar con entera libertad. Si no fuese esto cierto, ¿para qué escribiría?

Orsini y Leroy, mis camaradas, comparten mi punto de vista.

Estoy persuadido de que volveremos a vernos, y que hombro a hombro, fraternalmente unidos en París, centro de nuestra común cultura, podremos proseguir la edificación de este mundo de esperanza y de paz al que ya ha sacrificado usted por entero su vida.

Señor, permítame que le agradezca haber hecho de mí este ser nuevo. Gracias a sus enseñanzas y a su ejemplo podré vencer y triunfar.

Ivés Marindelle,

Combatiente de la Paz.

 

Divididos en cuatro equipos de tres hombres cada uno ganaron el río atravesando la jungla y sacaron el arroz de su escondrijo, repartiendo los paquetes preparados de antemano. Algunos se sumergieron e hicieron remontar las balsas fabricadas. El río se inflaba agitándose con violencia e inundaba la jungla.

— Nos encontraremos en París — prometió Orsini.

— O en el infierno — dijo Juves.

Montaron a horcajadas sobre sus balsas y con mucho trabajo las dirigieron hacia el centro del río. La corriente los fue arrastrando.

La lluvia cesó de caer. La noche se diluyó como tinta que se mezcla con agua y la estrella del pastor[16] hizo su aparición. Estaban calados y los hombres comenzaron a tiritar de frío.

— ¿Tienes mujer? — le preguntó Marindelle a Orsini.

— No, pero voy a encontrar, y no una, sino un montón.

— ¿Y tú, Leroy?

— Tengo una vieja amiga por el lado de Béziers.

— Mi mujer se llama Jeanine — dijo Marindelle con gravedad —. Es muy joven y muy hermosa y debe de estar esperándome desde hace mucho tiempo.

Durante la primera noche recorrieron sesenta kilómetros, pero una de las balsas, la que llevaba el capitán Juves, volcó. Los tres hombres pudieron alcanzar a nado la orilla, pero de madrugada tropezaron con una patrulla vietminh. Trataron de huir y los bo-doi dispararon. Un prisionero cayó muerto, otro herido y Juves se rindió. Los viets remataron al herido e hicieron que Juves se arrodillase sobre el cauce enfangado. El cabo que mandaba la patrulla le disparó un tiro de fusil en la cabeza y con el pie empujó el cadáver del capitán hacia el río, que se lo tragó.

En las cascadas del Song-Gam, la segunda balsa se hizo añicos al chocar contra una roca. Las lianas que mantenían unidas las tiras de bambú se rompieron. Dos prisioneros se ahogaron, y el tercero, el teniente Millet, fue salvado por unos pescadores que lo entregaron a los vietminh. Para castigarlo, mientras esperaban instrucciones, el responsable de la localidad ordenó que lo atasen desnudo sobre un hormiguero. Toda la noche, Millet estuvo suplicando que lo matasen. Al día siguiente lo condujeron al campo, y allí, un tribunal popular lo condenó a nueve meses de celda por haber traicionado la confianza del pueblo vietnamita.

La tercera balsa volcó repetidas veces. El arroz cayó al agua. Extenuados por el hambre, los tres prisioneros se rindieron a los comunistas. Regreso al campo, tribunal popular y seis meses de celda.

Las celdas eran como unas jaulas de bambú con una trampilla a guisa de abertura. Eran demasiado pequeñas para que el prisionero pudiera moverse. Una vez al día, un bo-doi le llevaba una alimentación reducida al mínimo, y el resto del tiempo se ahogaba y se pudría en aquel calor húmedo, completamente a solas con sus recuerdos.

Los tres tenientes que cabalgaban la cuarta balsa aguantaron quince días. Ya no sabían el número de veces que su embarcación había volcado. Devorados por los mosquitos, obligados a alimentarse con arroz crudo, tiritando de frío, de fiebre y con los miembros entumecidos y doloridos, llegaron muchas veces al límite de la resistencia del ser humano. Pero siempre, en el último momento, Leroy y Orsini se aferraban a la vida alentados por el odio, y Marindelle, animado por el amor.

Con posterioridad, Orsini y Leroy se dieron cuenta con admiración que, a pesar de todo, en aquella lamentable y admirable aventura habían podido sacar fuerzas y valor después de tres años de cautiverio para llevar a cabo una de esas cosas imposibles que dan al hombre su grandeza. Y al reflexionar así se habían liberado de su implacable odio.

Por el contrario, el amor de Mirandelle por Jeanine se había reforzado, pues el teniente identificaba con la joven todo lo que había de bueno en su persona: su capacidad de sufrimiento, su valor y su negativa a abandonarse y a morir.

La mañana del decimoquinto día de su peregrinación, mientras descendían por el río Claro, apareció el puesto de Duong-Tho, su torre cuadrada con palos y su recinto de tierra y maderos.

— Hemos triunfado, estamos entre los franceses — dijo Leroy, que había permanecido seis meses de guarnición en el puesto.

— Marindelle decía:

— Es Duong-Tho. Hemos bajado más de lo previsto. Con tres días más nos encontraríamos en Hanoi y sólo tendríamos que saltar de la balsa para ir directamente a beber un vaso en el "Normandie". Y llevaríamos a cabo una hazaña de las que se relatan en los periódicos.

Todavía encontraron fuerzas para abordar la orilla, pero tuvieron que permanecer una buena media hora tumbados sobre la hierba antes de poder mover sus entumecidos miembros.

— ¿Dónde está la bandera francesa? — preguntó Marindelle, repentinamente inquieto.

En aquella mañana gris, por encima del cielo plomizo, no se veía ondear nada en la torre del puesto.

— Todavía no han izado los colores — dijo Orsini —. El puesto lo lleva la Colonial, y ya los conoces, no quieren cansarse. No te preocupes; estamos cerca de Hanoi y no hay viets.

— Vamos — dijo Leroy —. Hay un sendero que lleva al puesto por detrás. Es mejor ir por él. Pueden haber colocado minas.

Duong-Tho acababa de ser evacuado y fueron los bo-doi quienes acogieron a los prisioneros en el interior del puesto. Había una decena de viets rebuscando entre los detritus dejados por los franceses. Con sus bayonetas removían las cajas de conservas vacías y los embalajes de madera y de cartón.

Los oficiales no tuvieron ni fuerzas para huir. Se dejaron caer contra el muro del recinto y se durmieron. Estaban demasiado fatigados para conocer la rabia y la decepción.

Mucho después, cuando el sol comenzaba a bajar hacia el río, un oficial vino a despertarlos. Anotó sus nombres, sus grados y ordenó que los atasen unos a los otros, sin brutalidad.

Por la mañana, los liberaron de sus ataduras. Durante la noche se había recibido la orden de tratarlos bien. Comieron del rancho de los soldados, descansaron, y al otro día, con una escolta, salieron para el campo número 1.

Vagabundearon durante tres semanas. Los viets se habían humanizado algo y no tenían prisa por llegar al campo. Cerraban los ojos sobre las rapiñas de los tu-bi y compartían sus adquisiciones.

Los prisioneros llegaron de noche al campo número 1 y fueron encerrados en celdas. A la mañana siguiente, Marindelle fue convocado. La Voz quería verlo antes de aplicarle una sanción.

Marindelle, a pesar de su cinismo, conservaba de aquella conversación una cierta vergüenza. La Voz, con su hermosa máscara de oro, le había reprendido con suavidad y del mismo modo que un jefe scout a su guía preferido. Se había mostrado de una desarmadora ingenuidad:

— Marindelle, ¿por qué no ha venido a verme antes de evadirse? Se lo hubiera quitado de la imaginación. Ha entendido mal mis enseñanzas. Antes de intentar la mínima cosa, tiene que comunicarlo a sus superiores, pues lo que usted puede considerar una feliz decisión, a lo mejor estorba la acción del Partido de la Paz. Además, ha dado un mal ejemplo a sus camaradas, aunque se haya marchado animado de una excelente intención. Le voy a pedir a usted y a sus dos camaradas que me hagan una autocrítica seria y creo que entonces podré mostrarme clemente. Todavía le queda mucho que aprender, Marindelle; pero la sinceridad de sus sentimientos siempre me ha inspirado esperanza.

Los tres tenientes había hecho su autocrítica. A pesar de todo, Orsini y Leroy habían permanecido una semana en la celda antes de ser perdonados, mientras que Marindelle, pocos días después, se encontraba reintegrado a sus funciones de jefe de grupo.

En el campo se discutió largamente esta extraordinaria medida de gracia, que no explicaba por completo la carta de Marindelle. Incluso se llegó a pretender que La Voz alimentaba un sentimiento contra natura por el teniente y Ménard insinuó que Marindelle había denunciado a sus compañeros. Esta hipótesis era absurda y no tenía fundamento, pero encontró algún crédito.

Boisfeuras, al conocer la aventura, preguntó a Marindelle cuáles habían sido las razones que habían empujado a La Voz a obrar así.

Marindelle le expuso algunas: primeramente su ingenuidad y luego una increíble vanidad de intelectual comunista persuadido de ser poseedor de la única verdad. Finalmente, también admitió la posible influencia de cierta nostalgia de amistad con los occidentales, entre los que había vivido y cuya cultura había asimilado.

Marindelle ignoraba los campos de juventud del capitán de navio Ducoroy, y nada sabía de aquel muchacho de cuadradas pantorrillas y cabellos al cepillo que había sido príncipe de uno de dichos campos.

Lacombe se porta durante una semana como un objeto inerte, a quien sus compañeros tienen que alimentar. Nada le interesa y se niega a levantarse de su litera para ir a lavarse al rio.

Comienza a delirar débilmente. Cree vivir en medio de una inmensa abacería repleta de cajas de conserva de todas formas, tamaños y colores. Se ve rodeado de barriles de aceite, de sacos de arroz y de harina, de cajas de galletas y de bizcochos, de pastas y de azúcar.

Incansablemente hace y rehace el inventario de su negocio, pues no dejan de robarle. A veces los ladrones son Glatigny y Boisfeuras; otras veces toman el rostro de Esclavier, Merle y Piniéres.

La Voz no deja de repetirle que sus cuentas no están al día. Y comienza su tarea:

— Tres mil cajas de guisantes; dos mil de judías verdes; doscientos jamones en conserva; diez barriles de aceite... ¡Le han robado un barril de aceite!

Esclavier viene a acodarse ante la caja y se ríe estúpidamente.

Después todo comienza a enredarse y a confundirse. Llega un médico que alza los hombros. No hay nada que hacer. Lacombe no está atacado de ninguna enfermedad, sino que algo en su interior no marcha. El médico aconseja que traigan al capellán.

Una mañana, Lacombe deja de enumerar sus latas de conservas. Lo entierran en un pequeño claro del bosque que se halla encima del campo número 1, en el flanco de la montaña. Una cruz de bambú señala su tumba durante algunas semanas y después la jungla la engulle.

Así, un cierto número de oficiales se dejan morir. Con frecuencia son los que mejor habían resistido las marchas, y que al tirarse sobre las literas del campo número 1 habían lanzado un suspiro de alivio.

Esclavier y Glatigny comparten un mosquitero y la misma manta, que por la noche despliegan sobre el suelo de la ca-nha, fabricado con hojas trenzadas de bambú. Una noche, Esclavier, que solía dormir como un tronco, se agita febrilmente. Después del aguacero caído durante la noche, la temperatura había bajado bruscamente. Esclavier empieza a tiritar y Glatigny lo envuelve en la manta con toda la ternura y el cariño que ahora siente por aquel duro condotiero.

Poco antes del alba suena el despertador. Un viet golpea un grueso bambú. La serie de golpes, que son lentos al principio, se aceleran progresivamente mientras decrece la intensidad del sonido. Es el gran ritmo de Asia, el de las fiestas y las pagodas, el de los entierros y el de los nacimientos, el de la caza y el de la guerra. Después los lejanos monasterios del Tibet hasta el Pekín empevesado de rojo, desde los estrechos valles del país de los thai hasta los kampongs malayos, todos los asiáticos rigen su vida con estas resonancias de gongs y de sonajes de madera.

Los prisioneros se reúnen por equipos en el interior de las cabanas para compartir la "sopa", una escasa ración de arroz y recocida en agua ligeramente salada. En la fresca y tónica luz del alba la tragan rápidamente de pie antes de dirigirse a la reunión del campo en la que se reparten los trabajos a realizar.

— ¿Te subo tu sopa? — pregunta Glatigny, inquieto por la inmovilidad de su compañero.

Esclavier está acurrucado bajo la manta impregnada de sudor. Murmura una vaga negativa.

— No; cómete mi parte.

La cosa es grave. Nadie puede permitirse el lujo de rechazar una comida. La negativa a comer el arroz es el primer síntoma del abandono que en pocos días había conducido a Lacombe a su tumba.

— No hay nada que hacer; reventarás como todo el mundo.

Glatigny descuelga las dos escudillas de madera que están suspendidas en la pared por encima de su sitio y las pasa unos instantes entre las llamas del fuego. Además de las chinches y de los mosquitos, las ratas, durante la noche, invaden las cabañas, a la búsqueda del menor grano de arroz. Famélicas y sarnosas, son portadoras de un germen mortal: el espiroqueto. Este microbio provoca en el hombre una fiebre ardiente que deseca el cuerpo hasta momificarlo. En los hospitales franceses se practica un tratamiento enérgico y costoso, el único capaz de salvar a los enfermos. Se les sostiene mediante las "gota a gota" intravenosas de suero, inyectadas en los cuatro miembros, lo que les permite sobrevivir durante los diez días necesarios para el desarrollo y muerte del espiroqueto.

Como es natural, esos cuidados son imposibles de realizar en el campo número 1, y la desinfección al fuego es el único tratamiento preventivo de esta enfermedad, casi siempre mortal.

Con la escudilla llena de arroz, Glatigny se arrodilla junto a su compañero. Le levanta la cabeza:

— ¡Come! — le anima.

Esclavier abre unos ojos enrojecidos y brillantes.

— No puedo tragar.

— ¡Come!

— Dame de beber.

— Primero toma esto; voy a prepararte té. De momento no hay nada para beber.

En el '"país del agua que mata" es necesario hervir el agua, a la que luego se añaden hojas verdes de té salvaje, de guayabo o de mandarina.

A pesar de la resistencia de su compañero, Glatigny le obliga a tragar la sopa. Agotado, Esclavier se deja caer y vomita en medio de unas brutales náuseas.

Los otros prisioneros ya han plegado mantas y mosquiteros y bajan la escalera de la choza para dirigirse a la reunión general, equipados con sus útiles de trabajo.

— Marindelle — grita Glatigny —. Esclavier está enfermo. Di a La Voz que me quedo para cuidarlo.

Glatigny limpia las manchas de las mantas y lava cuidadosamente con agua fría el rostro y el torso desnudo del capitán. Después prepara el té.

Esclavier parece estar más tranquilo; su rostro denota una gran laxitud y en una sola noche ha adquirido ese matiz traslúcido, gris y beige a la vez, típico de los "veteranos de Cao-Bang". La fiebre parece haber bajado desde que el capitán se ha bebido dos escudillas de té.

— Ahora me siento mejor — dice —. Puedes marcharte si quieres.

El tono de Esclavier denota cierta vergüenza por imponer a su compañero los cuidados de un enfermero. Sabe que Glatigny tiene especial interés en cumplir su tarea matinal, quince kilómetros de caminata entre ida y vuelta para ir a buscar arroz al depósito. A este paseo lo llama "su cultura física", y asegura mantenerse en forma gracias a él.

Pero Glatigny no quiere dejarlo solo:

— Esta mañana no salgo; realizaré la faena de la cabana. La voy a limpiar y subiré leña y agua. Esta noche atrapaste una buena crisis de paludismo.

— Tengo siempre crisis muy violentas, pero cortas. Mañana estaré de pie.

Ya avanzada la mañana, viene a visitar a Esclavier el capitán médico Evrard, "enfermero de turno". Le palpa el vientre y le examina la garganta. A continuación le toma el pulso.

— Tengo paludismo — repite Esclavier casi furioso.

Glatigny acompaña a Evrard, y a buena distancia de la choza le pregunta:

— ¿Qué tiene?

—Fiebre, no puedo decirte más. Necesitaba hacer unos análisis. Voy a inscribirlo para el régimen[17], aunque no sé si Prosper lo aceptará. Vuestro equipo está bastante mal visto.

Prosper, pequeño vietnamita arrogante, que oculta mal su odio por el blanco, ostenta el pomposo título de médico del campo. Anteriormente había sido enfermero en el hospital de Gia-Dinh, hasta que hace dos años se unió al Vietminh. Con este título preside diariamente las visitas de los enfermos que se dirigen a la enfermería para ser reconocidos.

Prosper ha elegido dos ayudantes entre los dieciséis médicos blancos que se encuentran prisioneros, y con mucha esplendidez les ha concedido el título de enfermeros. Sus adjuntos examinan a los pacientes, lo que él es incapaz de hacer; establecen un diagnóstico y proponen un tratamiento que redacta en un cuaderno de escolar. Al final de las consultas sus opiniones tienen que sufrir el examen de Prosper, quien decide en última instancia, sin ver a los enfermos, según normas extrañas de la medicina.

Al lado del nombre de Esclavier figura: "Paludismo. Dos comprimidos de nivaquina y tres días de régimen."

Prosper contrae su rostro esmirriado de mono de cocotero. Esclavier y su equipo están clasificados V. L. (víboras lúbricas). Tacha paludismo y escribe: "Fiebre. Dispensado de la tarea por cuarenta y ocho horas." Esto significa que su equipo sólo recibirá media ración para atender a las necesidades del enfermo.

— Felizmente, ese diablo de macaco no conoce a Moliere — piensa Evrard —; si no les atizaría a todos sangrías para que reventasen antes.

Durante los cuatro días siguientes la fiebre de Esclavier no cesa de subir. Permanece inmóvil bajo las mantas que sus compañeros han reunido para él. Glatigny lo vigila constantemente y lo fuerza cada dos horas a que beba un poco de agua hervida. De cada dos veces que la ingiere, una la vomita, y por la noche delira.

Una noche, el viejo tho, antes de fumarse su pipa, acude a su cabecera. Le mira el blanco de los ojos levantándole los párpados con un dedo color de barro del arrozal y le separa los labios para verle las encías. Carraspea groseramente su garganta, lanza un salivazo a una hendidura del suelo y se va hacia Boisfeuras, que está junto al fuego.

— ¡Chet![18] — le dice—. Tu-bi chet.

Boisfeuras interroga al viejo en tho, pero éste se limita a menear la cabeza y a decirle:

— ¡Chet!

Chet, en vietnamita, significa muerte. El viejo no hace más comentarios. No tiene tiempo para perder en gestos y en palabras por un hombre a quien juzga ya muerto.

Evrard viene a visitar al enfermo cinco veces al día, y cada vez trae consigo a un médico diferente.

Hacen la consulta en la cabecera del enfermo, cuya piel tensa sobre el esqueleto ha adquirido un tono amarillo anaranjado. Glatigny o Marindelle los acompañan un rato fuera de la choza para cambiar impresiones.

— Conviene llevarlo al hospital — declara una mañana Evrard —. No aguantará más de seis días. Pero Prosper se niega. Ayer sobre el cuaderno de consultas escribía: "Disentería, dieta". Lo mismo hubiera apuntado: "Sífilis, aspirina", si la sífilis fuese una enfermedad tolerada por la muy puritana República del Vietnam. ¡Quién pudiera estrangular a ese cochino politicastro que osa hacerse llamar médico y que no sabe ni poner una inyección!

Marindelle consigue convencer a Potin y al médicc para que lo acompañen a ver a La Voz. Su dialéctica, sostenida por los técnicos argumentos de Evrard y por la garantía política de Potin, consigue arrancar del comisario político la autorización para el traslado de Esclavier al hospital.

El hospital se encuentra a dos días de camino, y es preciso llevar al enfermo en parihuelas. El equipo recibe la autorización para unirse a un grupo que parte a buscar sal. Leroy y Orsini se apuntan como voluntarios para acompañarlos.

Mahmudi se encuentra muy fatigado, pero a pesar de todo, decide ir también.

Boisfeuras cree en el diagnóstico del tho. Esclavier está muerto; no hay nada que hacer. Pero prefiere no decirlo. El gran Esclavier sucumbirá mientras lo trasporten sus compañeros. Recibirá como homenaje, al igual que un guerrero bárbaro, sus sudores y sus sufrimientos.

Y eso no puede desagradarle al extraño capitán.

 

CAPÍTULO VIII
DÍA, EL MAGNIFICO

 

El hospital de Thu Vat está situado en una región de colinas pobladas de árboles y cortadas por anchos rays cultivados, en la proximidad del río Claro, cuyas rojas aguas arrastran troncos de árboles, desechos, carroñas y manojos de hierbas. Es el más amplio y el más importante que posee el Ejército Popular, y comprende una treintena de chozas anamitas edificadas sobre el mismo suelo y dispersas entre el bosque. Se comunica entre sí por un gran número de senderos de tierra desbrozada protegidos por frondosos árboles: los sau, de madera roja; los lim, duros como el hierro, y los botnbax, de anchos troncos blancos, y por los gigantes bang-lang, con cuya madera se construyen piraguas.

El jeroglífico de nudos formados por las lianas encima del hospital constituye una red de camuflaje natural impenetrable para la aviación.

Ningún indicio revelador hace que se destaque de la carretera colonial de Bac-Nhung a Chiem-Hoa, blanca y recta, que lo bordea al Este, a no ser algunos vigías colocados a la entrada de los senderos y ocultos por espesos bosquecillos de bambúes.

El grupo de prisioneros que trasporta a Esclavier llega al hospital ya terminada la jornada. Esclavier sigue con vida, pero continúa delirando. Sus compañeros están agotados por el peso de la camilla. Han querido hacer rápidamente el viaje y sus piernas tiemblan, mientras que un enfermero viet, que pretende representar el papel de jefe y que tapona su boca con una gasa, mira con desagrado al enfermo que le depositan a sus pies.

— Chet — dice —. Pueden llevárselo.

— Está tan muerto como tú.

Entonces aparece Día, sólo cubierto con un short y con su torso de ébano, musculado, con su talle delgado, con sus piernas de corredor y con su voz poderosa de bajo con resonancias de tambor.

— ¿De qué enfermedad lo han tratado? — pregunta a Marindelle, al mismo tiempo que se inclina sobre Esclavier.

— De paludismo.

— Es la espiroquetosis. Mis queridos colegas no saben abrir los ojos. Necesitan laboratorios y análisis, aparatos de radio y medicamentos bien envasados. Aquí no cuentan con nada y se miran las manos sin saber qué hacer. Han dejado de ser verdaderos médicos. Los verdaderos médicos deben ser hechiceros que posean los secretos de la vida y de la muerte, de las plantas, de los venenos y del sexo... Yo, Día, poseo secretos. . ., incluso para curar la espiroquetosis.

— ¿Qué aplica usted? — pregunta Glatigny.

— Bromuro — contesta sencillamente Día, alzando sus vigorosos hombros —. Hay que pensar en algo, y yo no tengo otra cosa a mi alcance. Si tuviese aspirina, hubiera pensado en la aspirina.. . Pero, sobre todo, creo que doy el gusto de vivir a los que ya no pueden más. Mis queridos colegas tienen un nombre para eso: psicosomatosis. Colocan nombres complicados a todo lo que no entienden. Lleven al enfermo allá, a la cabaña.

El capitán médico Día desaparece en el interior de una choza tras la camilla.

— ¿No estará algo loco? — pregunta Merle a Marindelle.

— La mayoría de nosotros debemos la vida a sus secretos. Es cierto que conoce las virtudes de las plantas, pero lo más importante es su amor por los hombres, por todos los hombres, por la vida y por la fuerza que irradia a todos los que le rodean. Cuida a Lescure.... puede salvar a Esclavier.

— Tiene impresionados incluso a los viet — sigue diciendo Orsini.

— ¿Y no han intentado trabajarlo políticamente? — pregunta Boisfeuras.

— Día no es como nosotros — dice Marindelle —, frágil, inconstante y dudando de todas las cosas. Día es una fuerza magnífica y poderosa. No puedo explicarme bien, no es blanco ni negro, ni civil ni militar: es una especie de poder benéfico. ¿Qué quieres que hagan contra él las termitas vietminh, estériles y sin sexo? Las termitas sólo atacan a los árboles muertos.

Día vuelve a aparecer. Suda abundantemente y se rasca sus espesos cabellos.

— Se le podrá salvar quizá — dice —, si él quiere; pero es difícil. ¿Es nuevo? Marindelle, ¿cómo se llama?

— Capitán Esclavier.

— Lescure me habló mucho de él. El capitán Esclavier, el que lo condujo de la mano como a un niño durante toda la marcha...

— ¿Lescure te habla? — pregunta Glatigny.

— Claro. No está loco, ¿sabes.. . ?; es un poco raro; se ha refugiado en una especie de capullo dentro del cual pretende no ser molestado por nadie. Yo lo quiero, lo tengo a mi lado y le creo vínculos con los demás.

— ¿Puede vérsele?

— No, aún no. Está curado, pero no lo sabe; hay que hacérselo comprender. Podéis marcharos, muchachos; voy a ocuparme mucho de Esclavier... porque me ha gustado lo que hizo por Lescure. Marindelle, dile a Evrard que ya me lo pudo haber mandado antes.

— La culpa es de Prosper.

— A veces sueño — dice Día — que lo tengo agarrado por la nuca y que aprieto..., aprieto. Después, abro la mano y cae a tierra. Prosper... y con él toda la asquerosa política que emponzoña la felicidad de los hombres.

Les hace una seña con la mano y se marcha a reunirse con Lescure en una cabana que comparten en los confines del bosque.

Con una macheta, Lescure trata de derribar un árbol, y, como siempre, tararea.

Día se sienta sobre sus talones, a su lado.

— ¿Qué cantas?

— Un concierto de Mozart.

— Continúa, me gusta mucho. . ., sí, me gusta mucho, pero yo no podría cantarlo así, quedaría reducido a ritmos más cortos. Canta, pequeño...

Día coge una calabaza de madera, le da una vuelta y la golpea con la palma de la mano hasta conseguir una cadencia de jazz. Lescure canta más fuerte, y la elegante y maravillosa melodía parece como si se rindiera riendo a las fantasías del gran negro.

— Vas a escuchar una cosa — dice Día —. A veces me viene a la memoria. Es la música del Bosque Sagrado, de mi tribu, los guerzés. Es el canto del Nyomu, del fetiche. Cuando lo oí por última vez debía tener doce años y no la he podido olvidar.

Se pone a silbar entre dientes, golpeando la calabaza. Lanza sonidos quejumbrosos, gemidos de animal enfermo, de niño desgraciado, a los que mezcla el ritmo profundo y sonoro del bosque, el ritmo de la naturaleza dominante, salvaje, inexorable y al mismo tiempo serena y acogedora. Abre su vientre a los hombres, a los animales y a las plantas para cogerlos, para reducirlos a átomos esenciales y hacerles renacer bajo todas esas formas que adoptan la "fuerza de vida", como la llaman los guerzés del Bosque Sagrado.

— Tú música es muy hermosa — dice Lescure —, pero carece de ternura, de dulzura y de esa cortesía amistosa que es la sonrisa de los hombres... ¿Y Esclavier? Lo salvarás, ¿verdad? No sabes cuánto lo detesté hasta que supe lo que se ocultaba detrás de sus ojos grises. Esclavier es algo así como tu música, algo como tu canto del Nyomu, como la parte que acompañas con la calabaza. Es duro, inexorable, infatigable. Nunca baja la cabeza, y está orgulloso de su fuerza de bruto; pero también es una pura, discreta y muy antigua melodía..., la amistad y la ternura de los hombres..., los violines de Vivaldi en el Otoño de las Cuatro Estaciones...

— ¡Qué bien hablas!

— Sólo sé hablar o componer música, pero no sé pelear como Esclavier, ni curar como tú...

— ¿No te gusta la guerra?

— No, ni el ruido del cañón, ni las balas que silban, ni los cuerpos despanzurrados, ni las banderas que restallan...

—Y no la quieres recordar...

— Si yo no recuerdo nada...

— Ahora voy a comer, después iré a visitar a Esclavier. Si puedo ayudarle para que viva dos días más, está salvado.

— ¿Le vas a hablar?

—No. No me oirá. Estaré a su lado, lo tocaré. Le vendría bien tener una mujer a su cabecera. ... Voy a solicitar una enfermera.

Y de esta forma la camarada Suen-Cuan, del grupo sanitario 22 del Thanh-Hoa, es designada por el director del hospital debido a su conocimiento de la lengua francesa y a su formación política perfectamente consolidada. Suen-Cuan es un puro producto de las escuelas de cuadros del Vietminh. Se viste con un pantalón y con una chaqueta de uniforme, ambas prendas demasiado grandes, y se cubre, al igual que los bo-doi, con un casco de latanero, del que salen dos largas trenzas. Sigue siendo hermosa a pesar de este atuendo, de su aire acompasado y de su suficiencia, pues su belleza reside en la finura y en la pureza de sus rasgos y en la armonía y elegancia de sus gestos.

Día le da la orden de que corte los cabellos del enfermo, lo afeite y le haga beber un sorbo de té cada media hora y una cucharada de bromuro cada dos horas. Pero Suen exige que el médico vietminh confirme el tratamiento, pues le es difícil admitir que un hombre que no es comunista conozca algo de medicina e incluso que tenga acceso a cualquier tipo de conocimiento.

El doctor vietminh se muestra muy halagado, felicita a su "hermanita", pero le pide que obedezca al médico, a pesar de sus primitivos métodos, pues a veces obtiene resultados felices. Además, pronto se va a ver libre de aquella pesada tarea, ya que el prisionero tiene contadas las horas de su vida.

Suen lava la cara de Esclavier, aparta sus labios agrietados y le hace correr entre sus dientes un poco de té. La barba le invade el rostro. Sus hundidas mejillas hacen resaltar las mandíbulas y los pómulos. Sólo puede entreabrir sus ojos enrojecidos, quemados. Devorado por la fiebre, no puede articular las palabras, mientras que su cuerpo pierde cada día un poco de su sustancia, reduciéndose a una especie de esqueleto con una piel anaranjada.

Suen, al tocarlo, siente como una ligera turbación, algo indefinible, que atribuye a su fatiga y al calor. Es la primera vez que la designan para cuidar a un blanco, y la han prevenido de que aquél pertenecía a una especie peligrosa antes de que la enfermedad le cortara sus garras.

Esclavier tiene una especie de espasmo que contrae sus miembros. De una patada se desprende de la manta. Está desnudo, a excepción de un viejo y sucio slip que oculta sus partes vergonzosas. Suen piensa que tiene que haber sido fuerte y vigoroso. Observa que no tiene pelos en el pecho y que las articulaciones de sus muñecas y de sus tobillos son finas. Al subir la manta ve que tiene varias cicatrices de heridas en el torso y los muslos. No puede dominarse y toca una de dichas cicatrices.

Ngoc, su hermana, había tenido un amante en Hanoi que era un blanco como aquél. Vivía con él en una casa al fondo de un jardín, y cuando el blanco volvía de la guerra daban fiestas a las que acudían otros franceses con sus esposas o sus amigas vietnamitas. En los árboles colocaban farolillos de papel. Sonaba la música y saboreaban pastas, jenjibre confitado y ensalada de papaya.

Ngoc y todas las amigas eran vulgares rameras. Un día los soldados del Ejército Popular habían dado muerte al comandante que vivía con su hermana. Y Ngoc estaba tan ciega por él que se negó a casarse con el hijo del gobernador de Tonkín y se fue a vivir con otro, blanco.

Quizás este hombre que está acostado y que ella cuida había frecuentado la casa de su hermana, incluso quizá la tuvo alguna vez entre sus brazos...

El comandante la presentó una noche en Hanoi a un teniente pequeño, rechoncho, muy negro y que olía mal. Cuando el teniente quiso colocarle la mano encima, Suen lo abofeteó. Después recogió sus escasas cosas y se fue a Hal-Dauong a reunirse con una compañera que pertenecía a la organización Vietminh. Primero siguió un curso de preparación entre los Du-Kits, y dado que hablaba muy bien el francés la utilizaron para seducir a los legionarios borrachos a fin de comprarles sus armas o de hacerlos desertar. Dos veces estuvo a punto de ser violada, y una noche escapó de los policías por puro milagro. También sus camaradas querían acostarse con ella, y en tres o cuatro ocasiones tuvo que ceder, ya que la acusaban de ser una aristócrata, una reaccionaria, y de reservarse para las finas manos del hijo de un mandarín.

Suen tenía horror a todo lo que se relacionaba con el hombre y con el sexo, y se había alistado en el ejército regular con gran alivio, ya que se le exigía castidad.

Suen trató de imaginarse cómo sería Esclavier antes de su enfermedad y lo que habría hecho si el comandante se lo hubiera presentado en lugar del teniente de piernas cortas. Pero rechaza el absurdo pensamiento.

Este hombre es un enemigo del pueblo vietnamita, un mercenario colonialista, y ella lo cuida porque el presidente Ho ha recomendado aplicar la política de clemencia.

La noche del noveno día de su enfermedad, Esclavier tiene una hemorragia intestinal. Suen lava la litera con agua fría cuando Día, acompañado por el médico-jefe del hospital vietminh, viene a visitar al enfermo. Ambos ríen, pues el negro hasta consigue desarrugar el entrecejo al asiático, haciéndole olvidar sus rencores de estudiante de medicina que en Saigón se dormía de fatiga encima de sus libros y de médico mal pagado de una plantación de Camboya, a quien sólo dejaban cuidar coolies. Además, Día es negro, de una raza explotada por los blancos, y las consignas a este respecto son formales: a pesar de los fracasos, hay que continuar adoctrinándolo a fin de ganarlo a las ideas comunistas.

Gracias a estos pretextos, de cuando en cuando, el doctor Nguyen-Van-Tach puede dejarse llevar por impulsos amistosos antes de volver a colocarse la máscara rígida de dirigente vietminh.

Día ve los trapos manchados de sangre y se acerca al enfermo.

— ¿Cómo te encuentras?

Sucede que Esclavier, entre dos accesos de fiebre, recupera toda su lucidez. Entonces permanece acurrucado bajo su manta, inmóvil y silencioso. El capitán reúne todas sus fuerzas tratando de vencer la enfermedad. Pero al igual que la mar barre los frágiles diques que los niños construyen en las orillas de las playas, la poderosa ola de la fiebre destruye sus últimas defensas y lo vuelve a arrojar al horno, en cuyas rojas llamas se consumen sus recuerdos, sus rencores, sus esperanzas y toda su fortaleza.

Día le ha colocado una mano sobre la frente y Esclavier nota una vez más alivio, como si otro niño viniese a ayudarle a construir su dique. El negro le repite la pregunta:

— ¿Cómo te encuentras?

El cadáver que es Esclavier se esfuerza en hablar y sonreír. Primero traga saliva y después consigue decir, entrecortando las frases:

— Tengo sed, siempre tengo sed; pero vomito todo lo que bebo.

Día lanza una risotada.

— Mañana esto irá mejor.

Suen sale de la choza con el médijo-jefe y con Día. El negro se rasca la cabeza y se torna grave, lo que da a su rostro un aire ingenuo y consternado a la vez.

— Ha hecho sangre, ¿verdad, señorita Suen?

Suen siente la necesidad de defender a su enfermo.

— Es la primera vez.

— ¡Dios mío!, me lo han traído demasiado tarde. Las hemorragias intestinales son los últimos accidentes de la espiroquetosis. Llegado a este punto nunca he visto que nadie se salvara.

Día se vuelve hacia el médico-jefe.

— Convendría que la señorita Suen se quedase toda la noche junto al enfermo para darle de beber, gota a gota. Ya está acostumbrada a hacerlo.

— Nuestra camarada Suen — contesta el viet — está dispuesta voluntariamente para este trabajo suplementario. Conoce su deber de militante, y ha hecho don una vez para siempre de toda su vida y de toda su energía para nuestra causa.

El médico ha lanzado su discurso con una satisfacción que no trata de disimular. Mira al negro para ver si lo ha acusado, pero éste se burla y piensa en otra cosa. Está recapitulando todo lo que sabe de la enfermedad, todos los tratamientos que están en curso. Aquí son imposibles, y de cualquier forma le han llevado al enfermo en una fase demasiado avanzada. Baja la cabeza y siente esa mano que le retuerce el corazón siempre que la muerte triunfa sobre la vida. Es buen cristiano, pero sigue creyendo confusamente en los antiguos mitos animistas y le parece que cada vez que un ser muere, empobrece el capital de "fuerza de vida" de toda la especie. Le sucede lo mismo siempre que un enfermo se le va de las manos. Y cuando Esclavier se tienda por última vez para expulsar lo que le queda de vida, le van a robar un poco de su misma fuerza. Y va a perder un compañero, pues Día posee profundamente arraigado el sentido de la responsabilidad. Los negros entre sí se llaman hermanos, pero Día llama hermanos a muchos blancos.

Con las primeras horas de la noche, la fiebre de Esclavier sube, y Suen recuerda lo que ha dicho el médico negro ante el asentimiento del médico-jefe: el francés va a morir..., a menos que.. . Pero Suen no tiene derecho a pensarlo.

Lo que el enfermo tiene es una disentería amibiana, ya que hace sangre. Suen no necesita ser médico para saberlo.

En el botiquín del médico-jefe hay unas largas ampollas oscuras que curan la disentería. Son de emetina. Pero la emetina escasea y está reservada a los soldados del Ejército Popular.

Esclavier se pone a gemir. Con un lienzo húmedo, la muchacha enjuga el sudor de su frente. El blanco tiene las facciones crispadas; lucha solo contra la muerte, contra el gran pescado negro de la leyenda que se paseaba por las luminosas playas de Annam llevando en su red las almas de los hombres. Suen está aquí para ayudarlo, pero no hace nada. En realidad no tiene derecho a hacer nada, ni siquiera puede creer en el gran pescador.

De nuevo seca el rostro del enfermo y trata de separar sus dientes para hacerle tragar un poco de té.

Es lógico que la emetina esté reservada a los soldados del Ejército Popular, ya que tienen que batirse sin aviones y sin medicamentos contra los ricos soldados defensores del imperialismo. Sin embargo, el presidente Ho ha decretado la política de clemencia.. .

Esclavier tiene una especie de espasmo muy violento. Suen cree que se va a morir y siente que le invade una infinita angustia, como si tratasen de quitarle un ser querido: su padre su madre... No; es algo diferente e incluso más fuerte. Por fin, el enfermo recupera el aliento.

La muchacha busca desesperadamente una solución.

"Voy a ver al médico-jefe — piensa —. Le he prestado muchos favores y tiene confianza en mí. Le pediré, a título de excepción, una ampolla de emetina. No me la puede negar. Sí, iré; pero no está en su despacho; duerme, está fatigado y no puedo despertarlo por tan poca cosa. Mañana le haré un informe. Además, pronto será la paz y los medicamentos afluirán de todas partes del mundo."

Suen corrió hacia la enfermería. Las ráfagas de lluvia la ciegan y le arrancan dos veces el casco.

Se alumbra con su linterna de manera intermitente, tal le han enseñado, para no gastar la pila.

Al volver, trae la preciosa ampolla muy apretada en su húmeda mano. Coge su estuche de urgencia y toma una jeringa y una aguja, y a la pobre luz de un trozo de vela pone a hervir agua en el fuego de la choza.

El agua tarda en hervir. Suen está a punto de gritar de impaciencia. El enfermo puede morirse en cualquier momento y la muchacha trata de avivar las llamas soplando en las brasas. Fuera, el monzón estalla en grandes chaparrones.

Por fin puede poner la inyección y le parece que Esclavier está más aliviado y que respira más tranquilamente.

También la tormenta se apacigua. Ha perdido su carácter de violencia y los dos mil dedos de la lluvia golpean casi amistosamente el techo de la cabana. El fuego se retuerce y muere suavemente lanzando todavía algunos resplandores que danzan sobre las frágiles paredes y sobre el rostro del enfermo, esta máscara marchita cuyos ojos semejan dos cavidades oscuras.

Suen se siente feliz. A la cabecera del hombre de raza extranjera, y cuyo nombre ni siquiera conoce, experimenta una dicha de una esencia completamente nueva para ella. Nunca se lo hubiera imaginado.

Con su pequeño abanico de roten aleja el aire viciado del rostro del enfermo y le sonríe. Le pertenece, pues lo ha salvado, está segura de ello, ignorando que la emetina no tiene ningún poder sobre la espiroquetosis. Cualquier día se hará la paz y entonces se volverán a ver. Volverá a ser alto y fuerte, el más hermoso y el más fuerte de los blancos. Y ella le contará cómo robó la ampolla para curarlo.

Los remordimientos la asaltan aún, pero discretamente, como el ruido de la lluvia y, como la lluvia, se hacen sus cómplices.

Suen había hecho ofrenda al tu-bi de su primera falta contra el Partido, como si fuera una virginidad. Se ha quedado dolorida y maravillada a la vez.

Cuando el negro vuelve al día siguiente, Esclavier sigue durmiendo bajo la vigilancia de la señorita Suen, fatigada y radiante. Día toca la frente del enfermo y le tantea el pulso. La fiebre ha desaparecido. Con un último esfuerzo, Esclavier ha podido franquear el umbral del décimo día.

Día siente deseos de reírse a carcajadas, de cantar y de bailar. La muerte ha sido rechazada, la humanidad se ha enriquecido con la fuerza de un hombre. Aquella noche pasada, el negro había rogado al Señor por el alma de Esclavier, y mientras tanto el Señor, con su espléndida risa, había curado al capitán. Día está muy contento.

— Se ha salvado — le dice a la enfermera —. No lo puedo creer. Se ha salvado solo, sin medicamentos.

— ¿No cree que... ?

Suen se calla. Por el gusto de lograr un triunfo sobre el negro ha estado a punto de revelar el robo de la emetina.

Cuando Día se acerca a Esclavier para examinarlo más detenidamente, la muchacha hace un gesto hacia delante como si fuera a defender a su enfermo. Día mira a Suen y se admira de no contemplar a un insecto. La chica exhala algo cálido, triunfante, y sus ojos brillan y las aletas de su nariz tiemblan. La vida vuelve a correr por sus venas.

"No es posible — se dice Día —. ¡Presenta todos los síntomas del amor!"

Hace cuatro años que está en el hospital y nunca había visto nada semejante. Una vietminh enamorada de un prisionero... Le entran deseos de ser muy amable con ella, de llamarla "hermanita" y de recordarle que sea muy prudente, pues ambos se juegan la vida si algo llega a ocurrir entre ellos. Por el momento, Esclavier es incapaz de hacer nada, pero Suen irradia amor, y eso se verá lo mismo que una luciérnaga en la noche.

Día regresa junto a Lescure. Está cantando. Agarra al frágil teniente por los codos y lo alza del suelo como a un niño.

— Han ocurrido dos milagros — le dice cantando —. ¡Bendita sea la Virgen y todos los santos del cielo! Esclavier tenía qué morir esta noche, y esta mañana está vivo y bien vivo. Casi no tiene fiebre. Y la zorra de Suen se ha enamorado de él y está radiante. Por vez primera ha entrado el amor en el hospital vietminh de Thu-Vat, como un rayo de sol entre las termitas. Quizá van a reventar todas.

Por la tarde, Esclavier está mucho mejor. No vomita y bebe ávidamente el té que le prepara Suen. Día le trae un bote de leche condensada que guarda para las grandes solemnidades. Todavía conserva la etiqueta: "Donativo de la Cruz Roja Americana".

Al día siguiente cuando Suen entra en la cabaña, se encuentra al capitán que, al tratar de levantarse, se ha caído de la litera. Completamente desnudo y con un codo apoyado sobre la delgada pierna, tiene un aspecto entre avergonzado y furioso. Suen no puede por menos de reírse.

— ¡Caramba! — dice Esclavier —. La primera vez que oigo reír. Creí que os cortaban a todos algo en la garganta.

La muchacha le ayuda a incorporarse y siente una gran turbación al notar el brazo de Esclavier por encima de su espalda. Trata de reprenderlo:

— No es usted razonable, Esclavier...

El capitán rectifica la ortografía de su nombre:

— Esclavier, capitán Philippe Esclavier, del 4° batallón de paracaidistas colonialistas...

— Aquí no hay capitanes, ni paracaidistas: solamente tu-bi, prisioneros, a los que aplicamos la política de clemencia del presidente Ho.

— ¡A la mierda!

El capitán, agotado, se duerme, Suen lo cubre con la manta y roza su frente con la punta de los dedos. Se llama Philippe; repite el nombre: Philippe... Philippe... Tiene unos hermosos ojos grises, luminosos como el mar algunas mañanas en la bahía de Along. Por un momento sueña que duerme en sus brazos como su hermana con el comandante y pronto rechaza el pensamiento con furor. Philippe es un tu-bi, enemigo de su pueblo.

Por la tarde, Suen se dirige a la reunión de formación política que tiene lugar una vez a la semana para los cuadros del hospital, bajo la presidencia del médico-jefe, doctor Nguyen-Tach, miembro del Comité Central.

Como de costumbre, la sesión comienza con una autocrítica colectiva dirigida por Nguyen-Van-Tach. Se reprocha en nombre de sus camaradas el insuficiente rendimiento del hospital e insiste sobre el hecho de que, aunque se firmase el armisticio en Ginebra, continuaría la lucha hasta que desapareciesen del mundo los últimos vestigios del capitalismo.

Otros participantes se acusan de faltas menores, prometen enmendarse y adoptan solemnes resoluciones absolutamente en desproporción con sus faltas. Simple rutina.

Suen se encuentra en primera fila, y el médico por vez primera se da cuenta de lo hermosa que es. Una mariposa que acaba de salir de la crisálida y que estira sus nuevas alas al sol.

Todos los deseos que ha ahogado desde que se encuentra en el Ejército Popular: las rientes muchachas, la cerveza helada, la amistad sin cortapisas con hombres como Día, el chasquido del mab-jong en las tabernas chinas, le invaden como una bocanada de magnolia, lo mismo que una tarde de junio en Pnom-Penh. Le gustaría estrechar a Suen entre sus brazos y acariciar sus largas pestañas.

Se sobrepone de su turbación y, aclarando la voz, dice:

— Debo felicitar a nuestra camarada Suen por la abnegación con que ha cuidado a un prisionero, a pesar del desengaño y del desprecio que le inspira ese mercenario...

— No — dice Suen.

Se hace el silencio. Jamás se protesta cuando se recibe una alabanza; por el contrario, la regla aconseja bajar los ojos y adoptar un aire tímido, embarazado y lleno por la confusión.

— No, camarada Hach... Soy indigna de su elogio. Es mi deber decirle que en mi servicio he cometido una grave falta. Durante su ausencia, cuando el tu-bi iba a morir, he tomado bajo mi respetabilidad de decisión de agarrar una ampolla de emetina de su botiquín y de inyectársela. Por orgullo, quise interpretar por cuenta propia las órdenes del presidente Ho sobre la política de clemencia... Pero hoy usted me ha hecho tomar conciencia de mi culpa, pues no puedo ignorar que este medicamento estaba reservado a nuestros valerosos soldados. Pido ser relevada de mi puesto.

Suen ha hablado de un tirón para aligerarse de su culpa, pero ya está lamentando ser separada de su tu-bi.

El doctor Nguyen recorre con los ojos a los asistentes, pero nadie manifiesta ni ira, ni compasión. Todos esperan a que se dé la señal para una cosa o para la otra. Suen está verdaderamente maravillosa, su rostro fijo en él esperando su castigo.

Al doctor le cuesta trabajo ponerse a tono con la circunstancia; sin embargo, logra decir:

— Camarada Suen, debo reprenderla severamente. Sin embargo, ya veo que se ha dado cuenta de la gravedad de su falta. Su pasado y su formación política me garantizan la pureza de sus intenciones. Me siento un poco responsable por haberle impuesto estas fatigas suplementarias, que han sido la causa de que su espíritu se turbase hasta el punto de creerse autorizada para interpretar por sí misma las decisiones de nuestro querido y amado jefe. Conservará su puesto al servicio de los tu-bi en vez de cuidar a nuestros combatientes. Este será su mejor castigo.

Entonces todo el mundo manifiesta su compasión.

"Volveré a ver a Philippe — piensa Suen —. Estaré todos los días a su lado."

Y ante tal pensamiento, una deliciosa turbación la gana por completo.

Al día siguiente. Día, cuyos oídos recogen los rumores de todo el hospital, se entera del asunto. Y lo comenta con Lescure:

— ¡Vamos con la pava y su emetina! Lo normal era que hubiese matado a Esclavier. La emetina conmueve el corazón... ¡Y ahora se cree que lo ha salvado! Está enamorada como una colegiala. Le dará mal resultado, y lo peor es que puede complicarle también a él. ¿Estuviste enamorado alguna vez, Lescure?

Lescure tiene la nariz sobre el trozo de bambú que talla para fabricarse una flauta.

— Sí, de una prima: cuando se lo dije, comenzó a tambalearse en la silla como si estuviera sentada sobre espinas. Y se reía..., se reía. Después, las rameras... En Hanoi, en el "Panier Fleuri", me apreciaban. Tocaba el piano. ¡Qué suerte tiene Esclavier!

Día pela un plátano pensativamente.

— Te tengo cariño — dice de pronto —. Me gustaría que estuviésemos siempre juntos. Estamos tranquilos, hablamos cuando nos da la gana. Además, pronto podrás tañerme la flauta. Pero el médico comienza a opinar que no estás loco. Habla de devolverte al campo número 1.

— Sí, estoy loco, Día. Puedo demostrárselo.

— Lo traeré para que te consulte. Podemos poner a punto una pequeña sesión.

Al día siguiente, cuando el doctor Nguyen-Van-Tach entra en la cabana, Lescure simula dormir. De pronto se levanta como sobresaltado.

— ¡Boy! — chilla —. ¡Mau-len, hazme té inmediatamente, ya estoy cansado de gritarte, gran holgazán!

Día aparece tras el doctor con una escudilla de té.

— Está muy agitado esta tarde. Tenga, pásele el té; le he puesto bromuro.

— Vamos, boy, rápido.

Nguyen-Van-Tach está furioso. Día, reconciliador, trata de calmarlo.

— Vamos, señor; es un loco y usted un médico. .., un excelente médico. Déle esta taza de té. No sabe que usted ha vencido al Ejército francés en Dien-Bien-Fú.

— Me gustaría que usted lo curase para que lo supiese. Realmente la suya es una postura demasiado cómoda.

— La locura es con frecuencia una fácil solución para los que en ella encuentran un refugio.

Y de esta forma Lescure se queda en el hospital y se hace servir el té por el médico-jefe.

Esclavier recupera fuerzas con mucha rapidez. Ha perdido su extraño color. Además de su ración mejorada, Suen le lleva frutas, guayabas, trozos de pina fresca, y al arroz del enfermo le añade pollo y, a veces, pedacitos de cerdo cocidos con azúcar.

Aliviada por su confesión y por la absolución conseguida, se dedica sin otros pensamientos a su papel de enfermera y no se da cuenta de que se comporta con el enfermo como una anamita amorosa. Se olvida del vocabulario marxista y de la "paz de los pueblos" para hacerle al enfermo preguntas más personales.

— ¿Cómo es París?

Esclavier trata de reflexionar:

— Es una cuidad muy hermosa y muy sucia, muy rica y muy pobre. Está entre dos bosques, el de Vincennes, adonde van los pobres, y el de Boulogne, adonde van los ricos.

— Y usted, ¿adonde iba?

— Al jardín de Luxemburgo, adonde van los estudiantes, que son pobres, pero que esperan, sin excepción, llegar un día a ser ricos y célebres.

— Y las chicas francesas, ¿son bonitas?

— Estamos a 18 de julio, ¿verdad?; las playas están llenas de muchachas doradas que se ríen, que se zambullen en el agua, que juegan con balones, que están enamoradas, que creen estarlo o que aparentan estarlo. Cuando regresan de las playas, se colocan ligeros vestidos de vivos colores y beben pensativamente bebidas heladas, simulando comprender a un muchacho aburrido que les habla de Sartre, pero que tiene los ojos tiernos. Y ellas miran sus ojos. Nuestras jóvenes francesas no saben que existe una guerra.

De repente contempla a la pequeña vietminh, con sus trenzas, su uniforme abrochado hasta el mentón y su rostro limpio de todo arreglo. Y con voz cariñosa le dice:

— Pero usted también es bonita y dorada, Suen... ¡Y lucha en la guerra!

— Yo peleo por mi pueblo.

— Nuestras muchachas bailan, beben, comen, juegan al sol y hacen el amor por el único y exclusivo placer de sus cuerpos egoístas.

Esclavier está estirado sobre la litera, con los codos separados y la cabeza sobre las dos manos. Por su mente cruzan las imágenes de las jóvenes de su país, con sus esbeltos cuerpos, que corren y saltan. Muchachas risueñas y ávidas que saben a azúcar y vinagre.

Suen se acurruca cerca de su cabeza. Esclavier se vuelve hacia ella y le acaricia los cabellos. Siente amistad y ternura por su hermanita vietminh en uniforme, que se asfixia junto a él de calor en esta choza situada en las ardientes tierras calizas. Aquella muchacha ha conocido como él la guerra y sus horrores y ha sido testigo del sufrimiento de los hombres. Para afearla, le han puesto un casco y una chaqueta demasiado ancha y han recogido sus magníficos cabellos en dos gruesas trenzas que le cuelgan sobre el pecho. Le han prohibido ser una mujer.

Esclavier atrae junto a sí a Suen y la mejilla de la muchacha roza la suya. La joven lanza un sollozo y cierra los ojos. Todo su cuerpo arde, y la muchacha siente que resbala por un mar verde esmeralda, tibio y fresco a la vez, al que ella se abandona. Y todo se torna sencillo como el amor, como la muerte.

Suen ama a su tu-bi; deja de luchar. Hará lo que él quiera, todo lo que él quiera. Correrá peligro de muerte para complacerle; robará para alimentarlo y se evadirá con él si se lo pide. Será su amante como su hermana lo fue del comandante. Y el día en que el tu-bi la abandone, se matará.

Pasa un dedo humedecido sobre la ceja del capitán, y el último recuerdo que la muchacha se lleva del prisionero es el cálido mirar de sus ojos grises, y el deseo que cree leer en ellos, que, por parte del capitán, sólo es sorpresa.

Un bo-doi entra en la cabana para buscar a Suen por orden del médico-jefe. Antes ha asomado la cabeza por la abertura de la choza y ha sorprendido a la muchacha con el rostro junto al del tu-bi. El bo-doi ha asistido a la traición de la joven a su pueblo. Se retira para prevenir a sus jefes.

Suen se levanta.

— Voy a buscar su comida — le dice a Esclavier —, ahora vuelvo.

"Es muy amable esta pequeña — piensa Esclavier —. Cuando me liberen tengo que hacerle un regalito."

Pero Suen no vuelve con la comida. Es un bo-doi el que le trae su alimento.

El doctor Nguyen-Van-Tach ha reunido al comité de vigilancia del campo para interrogar a Suen. El comité se compone de ocho miembros, tres de ellos femeninos. Se hallan sentados a puerta cerrada en el suelo de una cabana ante la que monta guardia un centinela armado.

Frente a este tribunal, Suen, desprovista del casco, se mantiene rígida en una posición de firme que inspira compasión.

El bo-doi que la ha sorprendido suelta su testimonio: Sí, desde luego, ha visto a la camarada Suen que se estrechaba amorosamente contra su prisionero. Sí, ella le ha acariciado el rostro. ¿Que si cree si entre ellos ha habido un contacto sexual? No, no lo cree. La camarada Suen tenía su uniforme abrochado, y el prisionero sólo le ha pasado el brazo por la espalda.

La enfermera-jefe se levanta.

— ¿Puede afirmar, camarada Suen, que no ha tenido nunca el menor contacto sexual con el prisionero Esclavier?

— Sí, puedo afirmarlo.

— Sin embargo, usted ha robado para él una ampolla de emetina, ¿no es verdad?

— Sí.

—¿Está... — vacila un momento antes de pronunciar la terrible y obscena palabra— enamorada de él?

— Sí.

El doctor Nguyen interviene. Una vez más tiene deseos de salvar a esta tonta. Le tiende un cable:

— Ese prisionero clasificado como un individuo peligroso, ha sorprendido su buena fe y se ha querido aprovechar de un instante de debilidad. ¿No es cierto?

— No, él nada tiene que ver en este asunto. Ni siquiera sabe que yo le amo. Fui yo quien me incliné sobre él, y de mí partieron las caricias. Todo sucedió tal como se lo ha contado el bo-doi.

La enfermera-jefe vuelve a preguntar con su voz insinuante, fría y flexible:

—Camarada Suen, reflexione bien antes de contestar. Su desvío, ¿la podría llevar a cometer el acto sexual con el prisionero?

Suen, ante aquella mujer reseca, hipócrita e innoble y que siempre la ha odiado, abandona su actitud respetuosa y contesta:

— Sí, camarada; lo hubiera realizado.

— ¿Y por causa de un infame contacto que la ley castiga con la muerte... ?

— No es un contacto; es el amor — rectifica Suen.

— ¿Y por un infame contacto ha traicionado la confianza de su pueblo, del Partido y del Ejército... ?

— Yo no he traicionado nada. Quiero a ese hombre. Sólo soy feliz a su lado. Si ahora me dejasen en libertad, correría junto a él. No sé lo que me ha sucedido, pero para mí solo cuenta su amor...

— ¿Se arrepiente, camarada?

— ¿Es que alguien se puede arrepentir de estar enamorado? — pregunta Suen con admiración.

Nguyen ve que nada puede hacer por ella. Intervenir una vez más puede parecer sospechoso. Hace una proposición: Suen será expulsada inmediatamente del Partido y será llevada por un período indeterminado a un campo de reeducación. Significará para ella una muerte disfrazada, ya que nadie ha visto regresar a ningún condenado, hombre o mujer, de los temidos campos de trabajos forzados. Suen lo sabe. Son cosas que se comentan en voz baja en todas las divisiones.

La proposición es aceptada por mayoría de votos. Los miembros del comité se retiran, y el doctor Tach se queda un momento a solas con Suen.

— Me hubiera gustado ayudarle — le dice —, evitar que tan grave castigo se le hubiera aplicado. Pero si usted se arrepiente, quizá dentro de pocos meses podamos conseguir su perdón.

— Doctor Tach quisiera ver, sólo una vez, al prisionero.

— Debe dormir y no se dará cuenta.

— Sólo una vez más...

— No; es completamente imposible.

—No tiene nada que ver en esta historia. No debe ser castigado. Prométame que no le hará nada.

— Ya haremos averiguaciones...

— Prométame, doctor Tach, que no lo perjudicarán. Siempre sentí gran afecto por usted, doctor Tach. En el fondo, sólo a usted quise en este campo.

El doctor vacila un buen rato. Realmente, la misma prudencia aconseja que no se hable más de este penoso asunto...

— Se lo prometo.

Suen le coge la mano y se la besa antes de que el hombre tenga tiempo de retirarla. Después dos centinelas se la llevan. Nguyen-Van-Tach se sienta, y con la cabeza entre sus manos se queda pensativo durante mucho tiempo. Suen acaba de hacer el antiguo gesto de sumisión de la mujer. Se marcha como mujer, no como hija del Vietminh. Ha vuelto a encontrar su sabor y su belleza. Él mismo ha sido sensible a tal cambio. Todo ha sido obra del amor.

Sería muy difícil implantar totalmente el comunismo mientras existan hombres y mujeres con sus instintos y sus pasiones, con su belleza y su juventud. Antiguamente, los chinos vendaban los pies de sus mujeres para hacerlos más pequeños. Era una moda que también debía tener un sentido religioso o erótico. Ahora, en nombre del comunismo, se tritura al hombre por entero, se le veja, se destruye su naturaleza.

Quizá no es más que una moda. Suen ha descubierto el amor y ha roto con todo, y ha encontrado al mismo tiempo la libertad de sus palabras y actitudes. ¡Una moda! ¡Hacer matar a miles de seres en nombre de una moda! Conmover sus vidas y sus costumbres para que un buen día alguien pase y diga: ¡El comunismo está anticuado!

A Nguyen le cuesta trabajo expulsar de su mente estos inoportunos pensamientos. Tiene su trabajo de médico. Es un buen médico, Día se lo ha dicho. Ama a su pueblo, y de niño ya soñaba con su independencia. Y esto sí que es positivo, no se trata de una moda.

Al día siguiente, Lescure y Día vienen a buscar a Esclavier. Le ayudan a marchar hasta la choza que comparten el negro y el teniente, y lo instalan allí.

Día se va y no regresa hasta la noche, casi borracho. Trae una botella de chum, un burdo alcohol que fabrican clandestinamente los man que viven en las cimas próximas al hospital. Lo ha cambiado por sellos de quinina.

— Hay que beber... — dice —, los tres..., porque se ha apagado la única lucecita que brillaba en el hospital. Bebe Esclavier, porque fue por tu causa, aunque sin culpa. Bebe, mi buen Lescure, y toca tu flauta, toca lo que cruzaba por tu mente cuando tu prima se reía porque tú la amabas. Y yo, Día, el negro que tiene un montón de diplomas, cantaré. Cantaré como los hombres de mi raza, para conjurar el mal fetiche, la maldición que pesa sobre todos nosotros, porque se ha apagado la luz.

Entonces, Esclavier, extrañado, pregunta:

— Día, ¿qué quieres decir?

— La pequeña Suen estaba enamorada de un tu-bi y ellos la han enviado al campo de concentración. Por él robo una ampolla de emetina. Un bo-doi la vio abrazándote y la denunció. Pero estaba orgullosa de su amor y se negó a arrepentirse y los escupió a la cara como un gato furioso.

— Día, ¡ni siquiera lo había notado!

— ¡Claro! Bebe, Esclavier. El doctor Nguyen me ha dicho que a ti no te molestarían. Eso fue lo que pidió la pequeña Suen mientras los bo-doi venían a buscarla: que no te tocasen. También Nguyen hubiese querido emborracharse esta noche. Está enamorado de la chica, pero no se atreve a decírselo. El amor es contagioso, pronto ganaría todo el hospital, después el campo y el mismo Vietminh. Por lo tanto, rápidamente han apagado la primera luz. Cuando yo era un simple negrito del bosque, un misionero barbudo me cogió de la mano. Se llamaba el padre Teissédre. Yo le ayudaba a celebrar la misa; me enseñaba a leer y a escribir. Después, como amaba el bosque, nuestras costumbres, nuestros cantos y nuestros secretos, venía conmigo a ver a los hechiceros y a los magos, a los que matan cada siete años al Príncipe de la Danza con una flecha de oro. Y también contemplábamos a los que se colocan garras de hierro para'convertirse en hombre-panteras. Antes de conocerlo yo, siendo como era un pobre negrito desnudo, temblaba de miedo, porque desde que tuve mi mano negra entre su manaza blanca y velluda no volví a temer ni a los fetiches ni a los venenos. El padre Teissédre era el amor de los negros y de los blancos de todo el mundo, era más fuerte que todos los fetiches, los hechiceros y los comisarios políticos... — Día sigue hablando enardecido por el recuerdo —: Un día, el padre blanco heredó una granja en su país de Auvergne. La vendió para pagar mis estudios. En nombre del amor del padre Teissédre, mando a la mierda al Vietminh — bebe un gran trago de alcohol —. Me río de los vietminh y de todos los que niegan el amor, el misterio y los dioses y se tapan los oídos para no oír el tam-tam gozoso y obsesionante de la naturaleza, del sexo y de la vida. Cualquier mañana aparecerán reventados y no se sabrá por qué. Así que hayan apagado todas las luces caerán muertos patas arriba . . .

Y Día, el magnífico, completamente borracho, se cae a su vez patas arriba, mientras que en la noche espesa y viscosa se alza la lenta, pura y fresca melodía de la flauta de Lescure.

 

CAPÍTULO IX
EL MAL AMARILLO

 

Después de haber depositado a Esclavier en el hospital, el equipo de camilleros, bajo la dirección de Marindelle, regresa al campo número 1 en etapas cortas.

Los tres bo-doi que constituyen su escolta, tan pronto se han visto libres de la presencia de sus jefes, se tornan despreocupados y alegres, confraternizan con los prisioneros, de quienes sólo se distinguen por su arma, que les estorba. Su única ocupación es la comida del mediodía, que han de preparar ellos, ya que los tu-bi no saben cocer bien el arroz, el cual tiene que salir de la marmita después de veinte minutos de cocción, caliente, seco y con los granos bien separados. Los "nuevos" prolongarían de buena gana esta especie de novillos, pero Marindelle, Orsini y Leroy les han explicado que convenía estar de regreso en el campo para el 14 de julio.

— Principalmente — les dice Leroy — porque sólo tenemos arroz hasta el día 12, inclusive.

Marindelle, imitando a La Voz, les explica:

— El 14 de julio es la fiesta de la liberación y de la fraternidad de los pueblos. El pueblo francés, nuestro amigo, que combate a nuestro lado en el campo de la Paz, fue el primero que se sacudió, el 14 de julio de 1789, el yugo de la tiranía y del feudalismo. La revolución bolchevique de 1917 acabó esta obra de liberación. Estas son las grandes fechas de la humanidad en el camino del progreso y en el sentido de la Historia... — Marindelle, ya con su voz normal, sigue diciendo —: Así, pues, en recuerdo del 14 de julio de 1789, en 1954 nos doblarán las raciones, y estamos encargados de organizar un gran espectáculo con conferencias, periódico mural, autocrítica en todas las esferas, nacional e individual... En fin, un espectáculo como para no faltar, calorías, para recuperarnos y quizás el anuncio de nuestra liberación.

Llegan al campo el 13 de julio, poco antes de la hora del almuerzo.

La plaza de las reuniones está decorada con banderolas en honor y gloria de todas las liberaciones, que condenan todas las coacciones e imperialismos, y maldicen a todas las bastillas y prisiones.

Merle, con las manos en los bolsillos de su short y la gorra calada hasta la nariz, va a la búsqueda de "informaciones". Según dice, tiene que hacer una relación muy completa para el periódico del campo del acontecimiento y de sus preparativos.

En el matadero ve cuatro delgadas cabras atadas a unas estacas, unos pollos y unos patos para los "regímenes", y dos cerdos, de los cuales pide el peso exacto, pues trata de cuidar la objetividad. Uno pesa treinta y dos kilos doscientos gramos, y el otro treinta y seis kilos.

Luego va a entrevistar al jefe del campo, quien le informa que los prisioneros el 14 de julio recibirán, además de su consabida ración de arroz, lentejas con tocino de cerdo, cabra en salsa, arroz con melaza y veintiocho gramos de sal por cabeza.

Merle trasforma a su antojo todas estas informaciones, habla de cerdos de ciento treinta y tres kilos doscientos gramos y de un rebaño de cabras, y da a entender que habiendo descubierto los viets un stock de vino helado, distribuirán un cuarto de litro por persona.

Merle consigue un gran éxito, y decide que, una vez liberado, se dedicará al periodismo.

Marindelle reúne a su equipo y trasmite órdenes:

— Debemos contribuir — dice —, dentro del límite de nuestras posibilidades y de nuestra fantasía, a las manifestaciones organizadas para el 14 de julio. La sesión de la tarde se cerrará con la aprobación de un manifiesto destinado al pueblo francés, que será retrasmitido por la radio vietminh y difundido en Francia por L'Humanité. Este manifiesto ha sido redactado por los antiguos; yo también he colaborado, y podéis concedernos vuestra absoluta confianza. No le falta nada; hemos exagerado todo lo que convenía para hacer reír a cualquier ser de buen sentido. Evidentemente, los antiguos lo firmarán con las dos manos, así como también parte de los nuevos.

Marindelle se pasea de arriba abajo ante sus compañeros, que están sentados en el suelo de la choza

— Sin embargo, no estaría mal que, para probar la sinceridad de nuestros sentimientos, algunos de vosotros os negaseis a firmar el manifiesto. Os propongo la distribución de los papeles que nos toca representar. Cuando La Voz os convoque individualmente para la ceremonia de la firma, leed el texto con recogimiento, e incluso sería oportuno que hicierais algunas preguntas juiciosas antes de estampar vuestro nombre al pie del escrito. El capitán De Glatigny, que está considerado como un "feudal", según consta en su ficha, que he visto, no puede firmar. Así pues, mi capitán, usted declarará, si le conviene, claro: "Yo soy aristócrata, hijo de aristócratas, educado en colegio de jesuítas y oficial francés. Desde hace unas semanas, ayudado por la humillación de la derrota, he tomado conciencia de que mi herencia, mi formación y mi profesión han corrompido en mí al hombre. Me doy cuenta del egoísmo monstruoso de este patrimonio de falsas ideas. Si usted me lo ordena, estoy dispuesto a firmar ese texto, que en parte apruebo, sobre todo lo que se refiere a la Paz y a la Fraternidad de los pueblos. Pero en cuanto al resto no estoy plenamente convencido, y tengo la impresión de engañarle si no le confieso mis dudas."

Marindelle sigue paseando, y antes de que nadie le interrumpa continúa su perorata:

— Utiliza el tono justo, sea modesto, con un cierto esfuerzo de franqueza que deje adivinar su pesar por no poder entrar de lleno en el mundo de la Paz. Y deje bien patente su absoluta confianza en La Voz, quien, con lágrimas de alegría en los ojos, le quitará la pluma de las manos y le animará a proseguir la reeducación tan bien comenzada. ¿Quiere que lo repitamos juntos?

— No, teniente Marindelle — dice Glatigny —. Me desagrada mentir incluso a un enemigo.

La voz de Marindelle se torna tan seca y tajante como la de Glatigny:

— Capitán De Glatigny, me permito recordarle que sigue haciendo la guerra; lo que le pido en un acto de guerra. Esto está sucediendo en un terreno más sutil, pero mucho más real, que una carga de caballería.

Boisfeuras interviene:

— Glatigny se esfuerza en hablar con tranquilidad, pero siente que dentro de sí crece la ira:

— ¿Quieres precisarme lo que intentas decir, Boisfeuras?

— Te has dado cuenta de la derrota de tu casta, de ese feudalismo de generales y estados mayores a los que perteneces. Y eso te torna furioso hasta el punto de hacerte perder tu finura y tu control.

Glatigny se va calmando lentamente:

— Marindelle, te ruego me perdones. En efecto, mi reeducación está incompleta. Me pides que haga un acto de guerra, y a ese título lo haré. .. lo mejor posible. En mi vida de soldado he tenido ocasión de hacer cosas desagradables y ésta es una más.

— Yo no firmaré estas estupideces — dice Piniéres.

Orsini lo lleva hacia un rincón, y allí, con su acento, en el que de pronto se traslucen los sabores de su Córcega natal, le dice:

— Asno idiota, ¿no ves que es el medio más seguro para hacerle saber a tu familia que todavía estás vivo?

— Yo trabajé con los cocos cuando estuve en los F.T.P. No son tan estúpidos, me conocen bien, y saben que soy incapaz de participar una vez más en sus enjuagues.

— Todavía con más razón — le dice Marindelle —. Tu nombre estará al pie de la lista como un mentís más.

— ¿Los odias hasta ese punto? — le pregunta Boisfeuras a Marindelle.

— A veces admiro su valor y su tenacidad; tienen la suerte de estar animados por una fe. Incluso siento cierta debilidad por La Voz; le he engañado tanto . . . Reconozco que muchos de sus métodos son vigentes y valederos y que debemos adaptarnos a su forma de pelear si queremos triunfar sobre ellos. No sé cómo explicártelo, es una cosa parecida al bridge y a la belote.[19] Nosotros, al hacer la guerra, jugamos a la belote, con treinta y dos cartas en la mano. Ellos practican el bridge, y tienen cincuenta y dos cartas, veinte cartas más que nosotros. Estas veinte cartas que nos faltan nos impedirán siempre triunfar. No tienen ninguna relación con la guerra tradicional y están marcadas con el signo de la política, de la propaganda, de la fe y de la reforma agraria. .. Pero.. . ¿Qué le pasa a Glatigny?

— Creo que comienza a comprender que es necesario jugar con cincuenta y dos cartas — contesta Boisfeuras, y esas veinte cartas de más le fastidian. . ., le fastidian.

La fiesta del 14 de julio resulta un éxito. Durante horas y horas los prisioneros se olvidan de su condición.

En el campo también se encuentra uno que no es militar. Está allí desde hace dos años. Los vietminh lo hicieron prisionero en la Región Media, cuando con una camioneta iba a vender de puesto en puesto su mercancía. Es un muchacho de unos treinta años, con un bigote pequeño, y que sin cesar saca su libro de notas del bolsillo y apunta cifras y más cifras . . . Calcula todo el dinero que habría podido ganar si, en lugar de ser un pobre imbécil civil, fuese un soldado cuyo sueldo se acumulase en su cuenta mediante cheques postales.

A veces, tímidamente, le pregunta a un oficial:

— Los vietminh me han internado en el mismo campo que a usted; por lo tanto, me consideran como un prisionero de guerra y un oficial. ¿Podría gozar de ese título para tener un sueldo? Lo he perdido todo . . . Incluso les debo dinero a los chinos. ¿No cree que me pueden considerar como a un oficial? La camioneta que los viets me quemaron valía 40.000 piastras; el cargamento, 100.000 piastras, y, además, me quitaron todo lo que llevaba encima: 60.000 piastras...

Los prisioneros esperan que en la reunión de la tarde se les anuncie el final de la guerra. Pero La Voz no comunica noticia alguna. Los prisioneros regresan a sus chozas muy  decepcionados.

Los quince días que siguen son los más grises de todo su cautiverio. Las reuniones de información traen siempre las mismas noticias de las negociaciones de Ginebra, que se demoran terriblemente. A veces, en unos segundos, un rumor invade el campo haciendo salir a todos los prisioneros de sus cabanas:

— Los marines norteamericanos acaban de desembarcar en Haifong y dos cuerpos de voluntarios chinos se concentran en Mon-Kay y en Lang-Son...

Los veteranos comentan la noticia con una especie de desengañada filosofía, mientras que los nuevos inmediatamente extraen de la información consecuencias dramáticas:

— Nos enviarán a China; nunca obtendremos la libertad.

Algunos preguntan a Glatigny, esperando que él capitán esté todavía al corriente de las intenciones del Estado Mayor.

— ¿Qué opinas tú? — le preguntan al antiguo oficial de ordenanza del general en jefe.

Glatigny se niega a mentir para tranquilizar a sus compañeros:

— El internacionalismo de la guerra es una solución que nunca fue excluida por completo. Francia combate en Indochina contra el mundo comunista en general. Por lo tanto, puede ser lógico que las naciones del mundo libre participen en la lucha, como ha sucedido en Corea.

— Entonces, ¿tú crees en el desembarco de los marines?

— Sería la señal de que la conferencia en Ginebra se ha interrumpido.

— Si eso es cierto, conviene no vacilar en evadirse en la primera ocasión — declara Piniéres —. ¿Quién se viene conmigo ?

— No os vamos a consentir portaros como chiquillos — les dice Marindelle —. El desembarco de los marines es un bulo. Estoy casi seguro de que viene de La Voz, fuente y grifo de todas las informaciones. Nos vamos a ver obligados a perfeccionar un poco más vuestra reeducación. La reeducación política se parece mucho al cultivo de la huertas. Al llegar aquí, vosotros erais tierras baldías cubiertas de hierbajos, de zarzas y de flores silvestres. Se trataba de hacer crecer en vosotros la buena y gorda remolacha marxista.

— Entonces — dice Orsini —, se ha desbrozado el suelo para labrarlo, lo que significa que os han puesto en condiciones de cuerpo y de espíritu apropiadas, y todo ello mediante un régimen muy juicioso.

— O sea, ochocientos gramos de arroz por día — interviene Leroy.

Los tres veteranos ejecutan un número perfectamente preparado. Si se desencadenan las réplicas, ellos se alzan alternativamente, agitándose como en una pieza de guiñol, y desaparecen.

— Sí, ochocientos gramos de arroz, la mínima ración vital. En pocos días ya tuvisteis ocasión de comprobarlo; reventabais de hambre; sólo pensabais en tragar. El estómago chillaba y no os dejaba tiempo para tener preocupaciones de tipo filosófico, político e incluso religioso. Entonces comenzaron las sesiones de información.

— Era el grano que se sembraba, el grano de remolacha. Penetraba sin resistencia en esta tierra bien trabajada. . .

"Después, el juego consistía en crear en vosotros una especie de reflejo condicionado de Pavlov, un reflejo político-estomacal. Los prisioneros han recibido la buena palabra y progresan políticamente. La ración vital mínima aumenta proporcionalmente y el estómago agradecido se prepara a pensar adecuadamente . . . En caso contrario, todo paso hacia atrás es sancionado con un racionamiento más severo, y el estómago debe sufrir las consecuencias de la sublevación del espíritu.

"Pero queda una hierba particularmente vivaz, porque sus raíces están situadas muy profundamente en el suelo: la esperanza, la esperanza del retorno a Francia, de vivir como hombres libres, de volver a ver a nuestras familias y de poder acostarnos con una muchacha sin cometer un pecado político. Esta esperanza es realmente una auténtica grama. Apenas manifestada, rechaza y ahoga en un instante los brotecillos frágiles de la remolacha marxista. Es preciso arrancarla sin pérdida de tiempo. El mejor fruto que los viets encuentran para ello es la noticia falsa. Me explicaré: el 14 de julio, el campo número 1 rebosaba de esperanza ante la próxima liberación. La grama brotaba por doquier. Entonces, La Voz lanzó varias noticias falsas mediante alguno de sus habituales procedimientos: "La delegación vietnamita ha abandonado Ginebra y se ha trasladado a Praga". "El gobierno de Mendés France acaba de ser derribado." "Los marines norteamericanos desembarcan en Haifong..." La esperanza se ahoga inmediatamente. No hay salida posible. . . La única forma de sobrevivir, de ir tirando, es convertirse en buenos combatientes de la Paz. . .

"Y el contrapunto lo juega el estómago, que se aferra a su ración y que no quiere que se la disminuyan. . . Reflejo condicionado. . . Buenas noches, señores; que descansen. Puedo garantizarlo: la noticia es falsa. Pero, para poder asegurar ahora esto, he tenido que sufrir el tratamiento cientos de veces. . .

Cuando la noticia del armisticio de Ginebra llega al campo numero 1, nadie necesita que la confirmen para creerlo. La verdad ha tenido siempre un sabor más fuerte y más enervante que el bulo.

La tarde del 21 de julio, después de la siesta y en la cálida humedad de la tarde, un gran clamor se alza en el sector de los veteranos y atraviesa el río; Boisfeuras, Glatigny, Merle, Marindelle, Orsini, Mahmudi y Piniéres se levantan en silencio y Leroy aparece en lo alto de la escalera:

— Ya está; se ha acabado. Han firmado — dice.

Marindelle palidece profundamente bajo su matiz beige, y Glatigny tiene que sostenerlo.

— Sabes, Jacques — le dice —, nunca lo hubiera creído. Voy a poder ver a Jeanine.

Glatigny siente una gran ternura por el joven teniente. Le rodea la espalda con su brazo y lo obliga a dirigirse hacia un rincón oscuro de la choza, para que nadie vea llorar a este niño-anciano, tan débil y tan fuerte, tan astuto y tan ingenuo, tan cínico y tan tierno.

Todas las chozas se vacían de sus tu-bi, que corren en fila sobre los diques de los arrozales en dirección al sector de los veteranos.

Prisioneros y bo-doi se mezclan, se abrazan, fraternizan, y Dios es testigo de que en aquel minuto sólo hay en el campo hombres que ven acabar sus sufrimientos.

Aquella misma tarde, La Voz, todo miel y azúcar, les anuncia que el armisticio se firmó hace unos días[20] y que van a ponerse en camino hacia el campo de liberación. Los preparativos de la marcha comienza en medio del mayor entusiasmo y alegría.

La Voz pide voluntarios para el traslado de los enfermos y de los heridos graves. Todo el equipo de las "víboras lúbricas"' se presenta, incluso Esclavier, que acaba de regresar del hospital y que apenas se sostiene sobre sus piernas.

— Estaremos libres dentro de tres días — dicen los optimistas —. Vendrán a buscarnos en camiones.

— En el mundo comunista no hay nada que se resuelva con facilidad — añaden los veteranos.

El día de la salida del campo número 1, algunos oficiales y cuadros del vietminh acuden junto a los prisioneros con su cuaderno de notas y un lápiz. Tratando de ocultarse unos de los otros, piden a los franceses declaraciones escritas afirmando que han sido bien tratados y que se han portado correctamente con ellos.

— Temen que volvamos — bornea Piniéres — y toman garantías.

— No, no es eso — dice Marindelle —. Dentro de unas semanas van a ser sometidos a una purga, los van a degradar e incluso van a fusilar a algunos. Están preparando su defensa sin saber de qué se los va a culpar. Todo les sirve, incluso el testimonio de un prisionero. Ellos sí que son unos infelices, pues van a seguir encarcelados y no tienen nuestra esperanza de lograr la liberación.

— ¿Te vas a poner tierno? — le pregunta Esclavier en un tono especial.

— Ya me he despedido de La Voz. Este cerdo casi me conmovió. Estaba esperando el momento en que me iba a pedir que le abrazase al igual que hace el condenado a muerte con su abogado o con el sacerdote antes de subir al cadalso. ¡Y mirad lo que me ha dado! — Marindelle les muestra la palma de la mano, en la que tiene una cruz de scout.

— Hay de todo entre los vietminh — corrobora brevemente Esclavier —. Perlas y cerdos, pero siempre los cerdos se comen las perlas.

— No te has mostrado muy locuaz sobre tu estancia en el hospital; sin embargo, han corrido ciertos rumores.

— Estuve a punto de morir — contesta sencillamente Esclavier—. Día, una enfermera viet y el azar me salvaron. . .

Al equipo sólo le designan un enfermo para trasladar. Es un viejo oficial superior hecho prisionero en Cao-Bang. Está a punto de morir; pero ha jurado que no reventará entre las garras de los viets, y administra lo que le resta de vida, con infinitas precauciones. No habla; no se mueve.

Los "víboras lúbricas" se dedican durante el trayecto a robar frutos, melaza y pollos. Cuando quieren se detienen para descansar en las chozas situadas al borde del camino. Se procuran chum, amenazando a los campesinos con denunciarlos, ya que está prohibido tener alcohol y rollos de tabaco, y ello a cambio de diversos objetos que después recuperan.

Caminan trotando como coolies, alternándose cuatro de ellos para trasportar la camilla del enfermo. Hacen seis kilómetros en una hora y después, sin más, declaran que están cansados y se echan a dormir en las proximidades de un poblado, que, una vez caída la noche, se dedican a saquear.

Dentro del equipo desaparecen las disensiones; entre sus miembros se anudan sólidos lazos de amistad. Terminan formando un bloque unido y sin fisuras. Lo que pertenece a uno pertenece a los demás. Nadie da ninguna orden, pero han adoptado la costumbre de reunirse para decidir lo que han de hacer.

Imitan las reuniones del Ejército Popular, en donde cada bo-doi hace su autocrítica y da su opinión sobre la forma de tomar Dien-Bien-Fú o de sostener su fusil.

Pero, sin darse cuenta, adquieren costumbres colectivas de vida y de pensamiento. No sólo son compañeros a quienes el azar o las afinidades han reunido, sino una organización que tiene sus ritos (a base del robo de melaza) y una célula que funciona para contrarrestar otra organización.

Tres años después, cuando el juez de instrucción militar interrogue a Mahmudi en su prisión de Cherche-Midi, le hará esta pregunta:

— ¿Por qué después de haber firmado la carta al presidente de la República no ha llegado usted hasta el final y se ha incorporado al F. L. N.?

Mahmudi mirará con detenimiento al capitán de justicia militar, su uniforme muy bien cortado y sus lentes de montura de oro. Observará con qué satisfacción de burócrata coloca ante sí, sobre la mesita, los papeles cuidadosamente anotados que guarda en su fichero. Y entonces le dirá:

— ¿Combatió usted en Indochina?

— No.

— Entonces, me sería muy difícil darle una explicación.

Lo habrán retenido Piniéres y Glatigny; el difícil Esclavier, a quien una pequeña vietminh amó en su corazón; el loco de Lescure, a quien cuidó; el pequeño Merle, que se consideraba civil; Marindelle y su mechón de cabellos amarillos en la coronilla; Orsini, que le decía: "Estúpido, cuando uno se deja atrapar en trance de robar, tiene que dar explicaciones, ¿para qué sirve entonces la dialéctica?"; Leroy y el viejo coronel que ayudó a trasportar, y que quería vivir a toda costa para volver a Francia.

Estas son cosas de las que no se puede hablar a un juez de instrucción.

El 30 de agosto, después de haber descansado quince días en las riberas del río Claro, los prisioneros llegan a Vietri, en donde está instalado el campo de liberación. Se compone de grandes chozas de bambú, recientemente construidas, en las que ondean las banderas del Vietminh, gallardetes y palomas de Picasso.

Entre los prisioneros se distribuyen cigarrillos y uniformes nuevos semejantes a los de los bo-doi, provistos de sus cascos de latanero, pero sin tejido de camuflaje. Una hora antes de la liberación se les provee de zapatillas de tenis, de mediocre calidad.

El campo de paso se encuentra situado sobre una especie de colina que desciende en suave pendiente hacia el río Rojo, en donde acaban de atracar los L. C. T. [21] de la Marina francesa.

La víspera del día de la liberación, los L. C. T. trajeron un gran número de P. I. M. que tenían que ser liberados como medida de reciprocidad. Un grupo de periodistas venía con ellos.

Sobre la playa está congregada toda la población de las vecinas aldeas, con sus sombreros cónicos y sus estrechos pantalones negros, alineada a lo largo de las barreras de separación, bajo la vigilancia de can-bo uniformados.

Cuando el primer navio arría la puerta móvil que forma su proa, los can-bo dan una señal y la multitud lanza grandes gritos mientras agita sus sombreros.

Los P. I. M. responden con tímidos gestos de las manos y sin gran entusiasmo. En Haifong los tuvieron que obligar a embarcar dándoles patadas en las nalgas, y muchos de ellos se escaparon impulsados por el poco interés que tenían de volver a encontrarse en el paraíso vietminh.

Los periodistas Pasfeuro y Villéle, que han llegado de Francia hace unas semanas, constituyen en la playa una pareja de las más disparatadas, al margen del batallón de la Prensa acreditada, de los periodistas de las agencias, de los fotógrafos de los grandes semanarios, de los cineastas de las actualidades y de la televisión, corresponsales permanentes.

Villéle, a pesar del calor de los trópicos y de una noche pasada sobre el inconfortable L. C. T., tiene una apariencia elegante con su traje "azul vichy" confeccionado en tejido ligero de Hong-Kong, y con el nudo de la corbata negligente, pero muy estudiado. Es un hombre apuesto, a pesar de una ligera asimetría de los hombros. Con su rostro fino y de rasgos inteligentes, y con sus ojos oscuros, presta a todo una benevolente atención. Invita a la confidencia, y su aire siempre ligeramente sorprendido fuerza a sus interlocutores, para convencerle, a confesarle más de lo que ellos desearan.

Todos lo encuentran simpático, comprensivo y de buena fe hasta el momento en que leen lo que ha escrito sobre ellos. Pero entonces ya es demasiado tarde y ni siquiera pueden romperle la cara, porque ya se ha marchado.

Villéle tiene treinta y cinco años; algunos mechones grises, entre sus espesos cabellos cortados a navaja, completan su encanto y su distinción.

Nunca ha visto nadie a Pasfuero con un pantalón que no esté arrugado ni con una camisa que no se abra sobre su poderoso torso. Siempre conserva una colilla entre los labios y su grosería es proverbial. Tiene el rostro tosco y los rasgos cerrados. Es de una gran torpeza con los seres y las cosas, suda, huele fuertemente y se olvida con facilidad de lavarse. Sus pesadas manazas son las de un albañil o las de un tornero a quienes un azar ha conducido al periodismo. Garabatea sus notas en un trozo de papel viejo y regularmente las pierde.

Cuando Pasfeuro se ríe, por sus ojos color de castaño corren unos resplandores maliciosos. Entonces parece muy joven. Los niños, los perros e incluso sus mismos compañeros lo quieren, pero no soportan a Villéle.

Diez años antes, Villéle se llamaba aún Zammit y sus padres tenían una tienda en Saint-Eugéne, cerca de Argel. Su padre es de Malta y su madre griega, de Alejandría, y por las venas de Villéle corren todas las sangres del Mediterráneo.

La infancia de Villéle trascurrió en las callejuelas que huelen a mantequilla rancia, a carnes asadas a la brochette y a kesra. Conocía a todos los picaros, muchachas ligeras, fumadores de kif y mecheros de la Casbah. Le gustaba ser servicial con todo aquel mundo equívoco. Pero sus hermanos y sus compañeros, que eran gentes que luchaban, susceptibles, quisquillosos sobre un punto de honor que en general situaban muy por lo bajo, le reprochaban carecer de virilidad y lo trataban con desprecio, como si fuera un "coulo".[22]

Villéle, por aquel entonces, obtuvo una beca, y su padre y sus tíos le costearon el viaje a Francia. Allí cambió su acento, se inventó una familia a su conveniencia y cursó brillantes estudios, y, al entrar en el semanario lnfluences, se convirtió en Luc Villéle.

Estaba de moda el progresismo y se hizo progresista.

A Villéle le gusta el lujo discreto, los divanes profundos, las pastas y los cafés muy azucarados, y se encuentra a sus anchas entre el delicado olor de caza manida que emana de la civilización occidental en el París corrompido. No tiene opinión política, pero su instinto lo empuja a alzarse inmediatamente contra todos los que predican el valor, la resistencia, el esfuerzo y el heroísmo. Le gusta la derrota y el abandono.

A veces, un arranque de nacionalismo agresivo lo lleva a escribir, bajo el empuje de la pasión o de la rebelión, lo contrario de lo que generalmente defiende. Entonces se dice que sufre una crisis de conciencia, lo que le permite jugar inmediatamente al periodismo desgarrado, de perfecta honestidad intelectual y de gran independencia en relación con la línea de conducta de su periódico. Después reanuda con eficacia acrecentada su lento trabajo de zapa.

Le habían dicho que Philippe Esclavier está entre los prisioneros que serán puestos en libertad dentro de un momento; ¡pobres infelices!

Piensa escribir un largo artículo sobre el regreso del capitán, el heredero de uno de los más grandes nombres de la izquierda francesa, el hijo del difunto profesor Esclavier, que fue hecho prisionero en una guerra colonialista luchando contra la libertad de los pueblos, mientras que su hermana y su cuñado, los Weihl-Esclavier, dirigían en Francia el movimiento procomunista de los combatientes de la paz.

Con semejante material puede molestar a todo el mundo, adoptar el tono lastimero, cuyo secreto posee, para hablar de los heroicos degenerados que son los últimos defensores de una civilización condenada.

Al regresar de la guerra, Pasfeuro había obtenido, mediante decisión judicial, el derecho a llevar el feo nombre que se habría fabricado en un maquis de Saboya, y con exclusión de todos los demás: Herbert de Mortfault de Puysaignac de Corteher, marques de esto y conde de aquello, todos títulos auténticos ganados en el lecho de los reyes. Cuando la hija no bastaba se enviaba al varón. En la familia nadie se molestaba ni tenía complejos. Eran bellas hazañas que narraban los libros de Historia. Siempre se había hecho igual, tanto en el Imperio como en la República, la banca judía y el business americano. La tradición continuó bajo la ocupación alemana. Nunca se acostaban con un grado inferior al de general; de esa forma nadie se sentía ofendido.

A veces, Pasfeuro se pregunta quién puede haber sido su padre. Ciertamente, el marqués no, exclusivo en sus gustos contra natura. Quizás el fontanero que aquel día estaba de servicio. Desde las Cruzadas ha sido un hecho frecuente en la familia. Pero a él poco le importa. No es más que Pasfeuro, periodista del Quotidien, con 150.000 francos al mes, más una pequeña sisa en las notas de gastos.

A Pasfeuro le gusta su oficio, pero tiene menos talento que Villéle; no sabe mentir como él. Pasfeuro está contra la guerra de Indochina, pero no contra los hombres que la hacen.

Quizá dentro de poco verá aparecer por el camino arenoso a Ivés Marindelle, el marido de Jeanine. La situación le va a resultar penosa . . . También en el lote debe haber un primo de su antigua familia, aquel Glatigny que llevaba monóculo y que acostumbraba a montar caballos infinitamente más sutiles y modernizados que él.

Pasfeuro ve de pronto a un vietminh bajito de uniforme que hacía un momento se le había presentado como periodista. Está subiendo por la escalera del barco y le da un papel a un P. I. M.

El P. I. M. se dirige a sus camaradas y les comunica las consignas.

— Ho chu Tkh, Muon Nam! — grita el P. I. M.[23]

Sus compañeros repiten la aclamación cada vez más fuertemente, y a una señal del "periodista" lanzan al mar su sombrero de jungla.

Aquellos pobres sombreros abollados que llevaban todos los soldados del cuerpo expedicionario de súbito se han convertido en símbolos de servidumbre.

La multitud situada en la playa los aclama y agita banderitas, pero en toda aquella comedia salta a la vista la falta de sinceridad.

— Esto te debe gustar, ¿no? — le pregunta Pasfeuro a Villéle —. Todo está preparado con truco.

— Los hombres que recobran su libertad siempre me han emocionado — le contesta Villéle.

Cuando un P. I. M. pasa cerca de él, gesticulando desorbitadamente, pues hay que estar bien con los nuevos amos, Villéle se aparta con una especie de horror. Pasfeuro bromea:

— Están limpios, ¿sabes?; los han lavado antes de embarcarlos.

Un enfermero, o un médico, en bata blanca y la boca oculta por una mascarilla de operaciones, está preparado para asistir a los enfermos y ha instalado sus camillas en la orilla. Tras él se mueven acompasadamente sus ayudantes. Pero los P. I. M. se encuentran muy bien; gordos y relucientes de salud. El de la blusa blanca está como loco; ha recibido consignas, y a su lado dos cineastas lo miran con ligera reprobación.

Por fin aparece uno que está mareado y que tiene todavía el rostro un poco terroso. Se precipita hacia él; ya está salvado; por fin, tiene su atrocidad colonialista. El P. I. M., preguntándose qué pasa, intenta escapar, pero se ve derribado sobre una camilla, sujeto en ella y fotografiado y filmado. Sus piernas se retuercen ridiculamente.

— El lavado de cerebros me molesta — dice Pasfeuro —; todas sus formas. La propaganda, ¡qué estupidez! ¿Vas a relatar el golpe, Villéle?

Villéle inclina la cabeza hacia la orilla y, con tono despreciativo, dice:

— Esto es un detalle sin importancia. Hay que ver el fondo de las cosas...

Tres violines que tocan mal; un tambor que sólo puede tocar bien; tres pequeñas vietminh con trenzas esbozando unos pasos de danza, y detrás, muy pálidos, aparecen los prisioneros franceses.

Franquean un arco de triunfo hecho de papel y bambú que proclama la fraternidad de los pueblos, y otro, un poco más pequeño, que les desea un feliz y pronto regreso a sus hogares.

A Pasfeuro le cuesta trabajo reconocer a Ivés Marindelle en aquel joven tan delgado que va a la cabeza. Ya no es el niño sonriente, alborotador, el escapado del colegio con los bolsillos llenos de farsas y trampas, que cuatro años antes se había marchado para Indochina confiándole a su mujer-niña. Es una mezcla de anciano y adolescente.

Ivés, al verlo, corre hacia él y se pone a sollozar.

— ¿Estás aquí, viejo? ¿Has venido hasta aquí? ¿Y Jeanine?

— Te aguarda en París.

— ¿Por qué no me escribía . . . por Praga?

— Ha intentado hacerlo. . . varias veces. . . por la Cruz Roja.

Detrás de ellos está ahora Glatigny. También ha cambiado. Ya no se parece a su caballo.

— Glatigny, te presento a un primo de Jeanine, que ahora se hace llamar Pasfeuro.

— Ya lo conozco; también es uno de mis primos.

Glatigny se inclina imperceptiblemente y le vuelve la espalda.

— ¿Qué le pasa, Herbert? No parece apreciarte. ¡Ay, ya sé! Es que te has cambiado el nombre.

"Ya me olvidaba de que llevo el nombre ridículo de Herbert — piensa Pasfeuro —, quizá porque mi madre se acostó con un Lord o con su mayordomo."

Pasfeuro había prometido a Jeanine que pondría a Ivés al corriente de todo, que le diría que todo se había acabado entre los dos, que nunca volvería a dormir con él, que no sería nunca más su mujer, sólo su hermana, si él lo quería. Pero Pasfeuro no puede. Sería algo tan innoble como pegarle en la cara a un enfermo. Le hará beber, le dará de comer lo que más le guste, le buscará una hermosa muchacha, la más bella de Saigón.... y después se atreverá a decírselo.

Los prisioneros, después de que han sido comprobados sus nombres, embarcan en silencio. Algunos periodistas les siguen. Cuando la proa del navio se ha cerrado tras de ellos, se oye una voz vibrante, la de un antiguo prisionero encaramado en la proa:

— ¡Al aire esta porquería!

Y lanza al agua su casco vietminh. Sus compañeros lo imitan. Villéle se inclina hacia Pasfeuro y le pregunta en voz baja:

— ¿Quién es el salvaje que quiere comprometer nuestras excelentes relaciones con el Vietminh con ese gesto idiota?

— El capitán Esclavier.

Los cascos se van a reunir en el río Rojo con los sombreros de jungla y danzan en medio de los remolinos que forma el barco al separarse de la orilla.

Los oficiales superiores son liberados después de los oficiales subalternos, y el general De Castries no es puesto en libertad hasta el último día.

Cuando un periodista le pregunta que es lo que más desea, responde ceceando en forma muy distinguida:

— Un beefsteak con patatas fritas.

Pasfeuro entrevista a Raspéguy, en plena forma, radiante de salud y de juventud. Todos los días había hecho dos horas de cultura física.

— ¿Ha sufrido mucho en su cautividad, mi coronel?

— No, e incluso le diré algo más, señor periodista: me ha interesado mucho la experiencia. Creo que he comprendido muchos trucos. Por ejemplo, cómo nos las tenemos que arreglar para que no nos j. . . esos muchachos . . ., condenados muchachos, ¿sabe? Hay que tener al pueblo consigo para ganar una guerra.

— Ya no hay porqué hablar de guerra. El armisticio está firmado.

— ¡El armisticio! Es todavía una noción de la escuela de guerra. ¡El armisticio! Ya no existirá a partir de ahora. . ., o no será más que un engaño, un golpe fallido. ¿No ha visto pasar a un muchacho llamado Esclavier y a su pandilla de truhanes ?

— Sí, hace tres días. Están todos en el hospital de Lanne-mezan.

— ¿Ha hecho usted la guerra, periodista?

— Sí, y no me agrada.

Raspéguy lo mira estupefacto. No comprende que haya alguien a quien la guerra no le agrade.

Lescure y Día son evacuados juntos en el helicóptero, con los enfermos graves.

El coronel V. . ., que manda el destacamento francés, cuando ve al médico negro se inclina hacia su ayudante:

— Hay que vigilar a ese pájaro. Es médico; por lo tanto, negro evolucionado. Ha debido de ser muy trabajado por la propaganda vietminh; probablemente será comunista. Hágale una ficha.

El coronel tiene la palabra potente. Día, el oído fino, y lo ha oído todo. Se inclina hacia Lescure.

— Decididamente, por todas partes hay cerdos.

Lescure toca tres fragmentos con su flauta y se encoge de hombros.

Los antiguos prisioneros, según los casos, permanecen una semana o un mes en los hospitales de Indochina. Después se emborrachan, se acuestan con mujeres o fuman opio. Pocos muestran prisa por regresar a Francia.

Vuelven a saborear la dulzura de la vida vietnaminh; su cautividad, en vez de alejarlos de los "pieles amarillas", los ha aproximado. Se les puede ver discutiendo con los coolies de las rickshaw o con los comerciantes chinos. Se muestran amables, no llevan la contraria a nadie, se presentan a todas las visitas y rellenan todos los cuestionarios, pero parecen vivir fuera del Ejército, en otro mundo. Huyen de la compañía de las mujeres blancas y de sus antiguos compañeros que no han sufrido como ellos la experiencia del internamiento.

Una mañana se les empuja suavemente hacia un barco. Es el Edouard Brandy, un buque de los "Chargeur Réunis", con buena mesa y cabinas acogedoras. Hacen escala en Singapur, en donde compran mangos y bibelots chinos; en Colombo, en donde van de excursión a Candía; Djibuti y Port Said, y un día, hacia las diez de la noche, llegan a Argel.

Esto sucede en noviembre de 1954.

Se les anuncia que el buque reanudará el viaje a las dos de la madrugada y que pueden descender a tierra.

Mahmudi los deja. Ha estado enfermo durante el viaje, y una ambulancia lo está esperando para ingresarlo en el hospital Maillot. Le cuesta un gran esfuerzo separarse de ellos. Parece como si temiese que la separación le va a hacer caer en todas sus incertidumbres, sus desgarramientos y sus contradicciones.

Los antiguos prisioneros del campo número 1 bajan a tierra y se quedan estupefactos al ver la ciudad muerta, como si estuviese en estado de sitio. Todas las tiendas de la calle de Isly están cerradas. Las patrullas machacan el asfalto con sus pesadas botas claveteadas. Sobre las escalinatas del edificio de Correos acampa un pelotón de C R. S., con sus cascos y ametralladoras en el brazo.

Se dirigen hacia la Casbah con la esperanza de encontrar un cabaret o un burdel abierto, pero tropiezan con la alambrada que guardan los zuavos. No se cruzan con ninguno de sus compañeros de las unidades de paracaidistas, y en el bar vacío de Aletti, Guillermo, el barman les cuenta que todos salieron la víspera hacia los Aures.

No sabiendo qué hacer, temiendo volver a encontrar aquel ambiente de guerra, de miedo, del que ya se creían librados, se refugian en su barco. Merle ha encontrado en el bar un periódico procedente de París. Sus compañeros se apretujan junto a él, y lee en alta voz.

Raspéguy, al ver al pequeño grupo, llega junto a ellos seguido de un comandante de la base de Argelia, gordo y pequeño, que lleva el calzón rojo de los zuavos.

"Aures. — Primer tropiezo serio. Atrincherados en las grutas, los fellagas disparan sobre nuestras tropas. Una treintena de rebeldes han sido capturados en Kabylia. — Batna, 10 de noviembre. — La primera dificultad seria de la operación de limpieza general de los Aures se desarrolla actualmente en el Djebel Ichomoul, a dos kilómetros de Foum-Toub: un destacamento compuesto de dos compañías de paracaidistas ha caído sobre una banda de individuos fuera de la ley, cuyos miembros se habían refugiado en unas grutas al sur de dicha localidad, desde donde disparaban con armas automáticas. El combate continuaba esta madrugada hacia el alba.

"Tres, paracaidistas han resultado heridos, uno de ellos gravemente. Han sido trasladados a Batna en un helicóptero. Han sido descubiertos los cadáveres de dos rebeldes y se ha hecho un prisionero; llevaba fusil y revólver.

"En Kabylia, cerca de Dra-el-Mizan, unos gendarmes han capturado una treintena de rebeldes que habían cometido numerosos delitos en la región. Cuando cruzaban la ciudad, sus habitantes se lanzaron sobre ellos, y a pesar de la intervención de los gendarmes, se registró un muerto y un herido.

"En Argel, la Policía ha descubierto un depósito de bombas en un barrio populoso de la ciudad. Igualmente en el departamento de Oran, en Er Rabel.

"En rio Salado y también en Orania, la Policía ha identificado a ocho individuos reclamados por atentados terroristas, consiguiendo la detención de tres de ellos. En el domicilio de los detenidos se han encontrado ocho kilos de explosivos y tres fusiles.

"Hace cuarenta y ocho horas que los aviones civiles recibieron la prohibición de volar. La noche última se comprobó que un aparato volaba totalmente a oscuras por encima del macizo de los Aures, mientras que en la montaña se encendían unas luces sospechosas. Las autoridades temen que los rebeldes, cuyo abastecimiento se hace difícil, dado que todas las carreteros están bloqueadas, reciban armas y víveres por medio de paracaídas".[24]

— La misma guerra que continúa — dice Boisfeuras —. Los viets tenían razón.

El comandante de la base argelina no puede tolerar este argumento. Todos los que llegan de Indochina están completamente deformados por su cautividad, o por sus luchas contra el Vietminh. Han atrapado una sucia viruela amarilla de la que se hace necesario curarles, bien por su voluntad, bien por la fuerza.

— Señor — dice, llevando hacia un lado a Boisfeuras, pero dirigiéndose al resto de los oficiales —, Argelia no es Indochina. El árabe es musulmán, no comunista. Tenemos que vérnoslas con una sublevación perfectamente localizada, llevada a cabo por unas bandas de ladrones chauias. Hemos enviado a los paracaidistas, lo que ya hubiera sido conveniente hacer antes, y todo estará solucionado dentro de una semana. En Argelia siempre se han registrado incidentes de este tipo... Desde el de Bugeaud, y siempre ocurren en el mismo lugar. Olvídese de Indochina, se encuentra en África, y sólo a unos cientos de kilómetros de Francia.

Se vuelve hacia Raspéguy, convencido de que como oficial superior le va a confirmar sus palabras.

— ¿Verdad, mi coronel?

Raspéguy fuma su pipa e interroga con los ojos a Esclavier:

— No — dice de pronto —. Yo no tengo estudios y me explico mal, pero presiento que Boisfeuras tiene razón, aunque no haya pisado nunca tierra africana. No se sofocará tan fácilmente su explosivo en los Aures.

— Hace quince años que vivo en África, mi coronel; hablo árabe...

— Quizá le hubiera convenido más ir a Indochina; allí se hablaba ya de la guerra del futuro.

Raspéguy repite para sí la fórmula. La encuentra definitiva, pero no parece que haya impresionado al cerdo de Esclavier, que lee el periódico por encima del hombro de Merle. ¡Le hace adrede!

Merle se burla de aquella historia de Argelia. Todo está zanjado; él es civil y busca en el periódico lo que puede interesar a un auténtico paisano de su especie.

Los socialistas ya le han contestado a Mendés France. Herriot ha sido invitado a Moscú. ¡El grueso saco de tripas republicanas sigue con vida! Dany Robin prefiere a Picasso. Pero, ¿quién es Dany Robin? Hold up rué de Avron, le han robado un millón a un cobrador. ¡Poca cosa, un millón! Inundaciones en Marruecos: veintitrés muertos, Hossein Fatimi, antiguo ministro de Asuntos Exteriores del Irán, ha sido fusilado. El general Teimour Baktyar ha dicho, a guisa de oración fúnebre, inmediatamente después de la ejecución: "Tenía más sangre que un buey." ¡Un tierno más! Ciento ochenta trajes de Corte del siglo XVIII en el Museo Carnavalet. Robert Dhéry y los Branquignols confiesan en la página de espectáculos que los espectadores les divierten y, en la rúbrica literaria, Kléber Haedens nos da cuenta de las memorias de un escritor que firma De Gaulle.

A De Gaulle lo han olvidado rápidamente, incluso los que llevan su distintivo, la insignia de la Francia Libre: los Esclavier y los Boisfeuras. Ni una sola vez habían hablado de él en el campo.

"El libro del general De Gaulle es muy superior a las obras que redactan habitualmente los jefes de guerra y los hombres de Estado... Los poderosos del día, cuando sus fuerzas declinan ..."

La sirena del Edouard Branly anuncia la salida. Los muelles de Argel están desiertos. Lentamente, los oficiales van a sus camarotes. Sobre el puente hace frío.

En la madrugada del segundo día de viaje, el altavoz comunica que las costas de Francia están a la vista. Medio soñolientos, todos suben al puente. Bajo el cielo gris, la costa parece negra. Las gaviotas cruzan por encima del barco lanzando sus gritos agrios.

Los antiguos prisioneros, apretados unos contra otros, están acodados sobre la barandilla del puente. El paraíso, tantas veces soñado en los campos, se acerca lentamente y ya casi no lo aman.

Todos piensan en otro paraíso perdido, en la Indochina.

No son los hijos doloridos que regresan a sus casas para curarse de sus heridas, sino unos extranjeros. En lo más hondo de cada uno comienzan a reverdecer antiguos rencores.

En 1950, en Orange, un tren de heridos de Extremo Oriente había sido detenido por los comunistas, que habían injuriado y golpeado a aquellos hombres tendidos sobre camillas. Un hospital parisiense que solicitaba sangre para trasfusiones se había atrevido a especificar que aquella sangre no se utilizaría para heridos de Indochina. En Marsella, de la que ahora los paracaidistas están viendo Notre-Dame de la Garde, se habían negado al desembarco de los féretros de los muertos.

Se los había abandonado al igual que aquellos mercenarios que, ya inútiles, Cartago había hecho asesinar para no pagarles su soldada.

Lejos de su país, los antiguos prisioneros habían encontrado una patria artificial en la amistad de los vietnamitas y en los brazos de las muchachas de ojos rasgados. Y ahora, con cierto horror, temen comprobar que quizás están más cerca de los vietminh, que tanto habían odiado, de La Voz y de su misteriosa sonrisa, del embrutecido bo-doi, que de aquellas gentes que los están esperando en los muelles, con una miserable banda de música militar y un destacamento de soldados que presentan armas desdeñosamente.

— Si la guerra hubiera continuado, si una paz honrosa se hubiera firmado — dice pensativamente Esclavier —, hubiera podido producirse entre nosotros y los vietnamitas una verdadera fusión y quizás el mundo hubiera asistido al nacimiento del primer pueblo eurasiano...

¿A quién se hubiera parecido el hijo de Suen y Esclavier?

Pero añade con rabia:

— Una paz nunca es honrosa para el vencido.

Todos han contraído un mal sutil, el mal amarillo. Están de regreso en su patria, en Francia, pero son unos enfermos los que desembarcan en el muelle de Marsella, los que besan a sus mujeres, a sus madres y a sus hijos a los que no conocían.

Hasta el olor de la mañana les parece extraño.

 

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Notas

[15] Ventral: paracaídas de emergencia que se sujeta al vientre, mientras que el paracaídas principal, el dorsal, se lleva en la espalda. Sólo sirve en los casos extremos, cuando el primer paracaídas no se abre.

[16] Denominación dada al planeta Venus. (N. del T.)

[17] El régimen daba derecho a una mejora del rancho consistente en una alimentación menos abundante, pero más rica: pollo, melaza, medio plátano y, en los casos muy graves, sardinas en aceite.

[18]"Chet" se pronuncia tiet.

[19] Cierto juego de naipes de origen no francés. (N. del T.)

[20] El armisticio se firmó en Ginebra el 20 de julio de 1954.

[21] L. C. T.: Navio de desembarco norteamericano para los blindados, pertenecientes a la Marina francesa en Indochina.

[22] "Coulo": en el argot argelino, afeminado.

[23] Diez mil años de vida al presidente Ho.

[24] Paris-Presse, 11 de noviembre de 1954.


    

Jean Lartéguy - Los Centuriones