Jean Lartéguy - Los Centuriones |
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Boisfeuras se despide de sus compañeros en Marsella. En la gris mañana de noviembre, con el corazón encogido, los otros ven alejarse su delgada silueta. Con su vieja maleta de cartón, cuyas asas se afianzan con cordones, con su capote demasiado largo que le cuelga sobre los talones, da la impresión de ser un pobre soldado que regresa de la guerra, que no sabe a dónde ir y que mañana será un náufrago asido a los campos de albergue.
Toma un taxi y da la dirección de Florence. El chófer, que tiene un acento más pronunciado que la mayoría de los marselleses, lo que le da la dicción de un cómico de bulevar que aumenta los efectos, le pregunta:
— Y bien, mi capitán, ¿ya se ha acabado esa maldita guerra?
— Sí; se ha acabado.
— Personalmente, créame, respeto las ideas de todo el mundo, pero esa Indochina, de todos modos, no la podíamos conservar, porque los que la habitan nada quieren con nosotros.
El taxi se detiene ante un gran inmueble de corte moderno, construido al pie de Notre Dame de la Garde. Boisfeuras siente la turbación que le embarga siempre que vuelve a encontrarse con Florence.
— Mi capitán, ya hemos llegado a la casa donde le espera su mujercita. ¡Eso es algo mejor que la guerra! Son 380 francos, la propina no está incluida. No es por molestarle, pero se lo digo porque hay quien se olvida de las buenas costumbres de nuestra hermosa Francia cuando pasa mucho tiempo en el extranjero...
Boisfeuras, fastidiado, piensa:
"¡Para ti "la hermosa Francia!'".
Paga, deja su propina y pregunta al portero:
— ¿Mademoiselle Florence Mercadier, por favor?
— Tercero izquierda; no se perderá; siempre hay música y ruido.
La respuesta es seca y desagradable; Florence debía de haber hecho de las suyas. Sube arrastrando su maleta, cuyas asas se han roto otra vez, y llama. Florence se arroja en sus brazos, mientras la radio desprende los sones de una música insípida como un jarabe. Encima de los muebles, de las mesas, e incluso en el suelo, se ven botellas vacías, ceniceros repletos de colillas y los restos de una comida fría.
— La criada no ha venido — dice la mestiza a modo de excusa.
Va descalza y lleva una vieja bata casera, pero de su cuerpo liso y delgado asciende un ligero olor a vainilla. Despreciativa y asqueada por tanto desorden, una gata blanca se ha refugiado en una estantería. Bosteza abriendo su boca rosada y se pasa la pata por una oreja.
Boisfeuras desocupa un sillón para sentarse. Florence se coloca sobre sus rodillas. Boisfeuras tiene sobre la cara sus pesados cabellos negros.
— ¿Has pagado a la criada?
— No me quiere; todo el mundo me odia en Francia.
Florence ha desabrochado la chaqueta y la camisa del capitán y con sus largas manos de duras uñas le acaricia el pecho. El lecho desordenado, que todavía conserva el olor de la mujer y del amor, los acoge muy pronto, y Julien vuelve a encontrar aquella forma de agudo placer que sólo ella sabe darle.
— El verdadero placer tiene que ser doloroso y envilecedor — decía su padre, el taipan Boisfeuras —. De lo contrario, no se distingue de las simples funciones orgánicas. Debe rozar lo prohibido y lo censurado para ser lo que los cristianos llaman pecado. Cuando haces la guerra, te juegas la piel. Cuando haces el amor, tienes que arriesgar tu alma.
Con Florence, la eurasiana, Julien se juega su alma como un torero con su capa roja.
— ¿Vamos a un restaurante? — le pregunta ella.
— No.
— Yo quiero ir a "Alex". Comeremos sopa china y los nemes fritos y los abalones que vienen de Hong-Kong en cajas de conservas. Costarán mucho. Después me comprarás trajes y nos iremos al cine, y esta noche yo seré . . . — la muchacha roza con su boca los labios sinuosos y musculados del hombre y añade —; muy. . . muy amable.
Él la abofetea tranquilamente sin cólera, y ella se enrosca consentidora y húmeda. Y pronto los sollozos y el placer contraen y agitan su duro vientre.
"Me porto como un villano de cine — piensa Julien —. Pero es la única forma de no ser relegado por Florence al cajón de los accesorios. Ha pasado la noche con otro hombre, que se fue poco antes que yo llegara, y ya no se vuelve a acordar. El hombre se convierte en un accesorio. Es una pequeña ramera cruel y egoísta, de espíritu limitado. Pero sólo me interesa su cuerpo y mi envilecimiento."
Florence le coge la mano, la frota suavemente contra sus labios y la besa. Él la deja hacer indiferente, mientras que, sobre la cómoda, la gata los mira con ojos amodorrados.
Julien la hace saltar del lecho y le dice:
— Apaga la radio y ve al mercado.
Florence se contempla en el espejo del armario y se retuerce para apreciar el reflejo de sus ríñones apenas salientes. Cerca del ojo tiene una señal: el bofetón de Julien.
— Tengo un cardenal — dice.
Se limita a comprobar una evidencia. Cuando vea a Maguy le dirá que su capitán ha regresado de la guerra y que durante algún tiempo será mejor que no recorra mucho los bares. Florence es feliz de que Julien haya vuelto, pues ya estaba cansada de su libertad.
La mestiza se aburre en Marsella y echa de menos Saigón, el barrio de Dakao, su vida rumorosa, sus tabernuchas, sus "departamentos", donde se amontonan familias amorales, sensuales. Allí, los padres venden a sus hijas adoptando aires de hidalgos. Los hermanos reciben propinas presentando sus hermanas a "amigos". Todo el barrio se baña en el cálido olor del rut, del nuoc-mam y de los langostinos secos. Y además, está la guerra, ardiente como pimienta roja, que imprime a cada abrazo una violencia desesperada. Florence había conocido amores furtivos y brutales como los de los animales salvajes, persecuciones, tumultos y homicidios. Un día cayó entre las garras de los Binh-Xuyens. Julien la liberó. El jefe de los piratas del arroyo, dueño de los juegos de Cholon, no podía negar nada al capitán Boisfeuras, que conocía el nombre del coolie al que había asesinado para robarle dos piastras. Esto aconteció diez años antes de que se convirtiese en coronel y en amigo del emperador.
Florence se encierra en el cuarto de baño y sale poco después vestida con un pantalón de piel de pantera, muy ceñido, con un pull-over negro de punto y con un pañuelo amarillo canario. Es vulgar e incitante. Su piel mate y sus ojos rasgados, la gracilidad de sus miembros le dan, además, un sabor de fruto exótico. Boisfeuras enciende un nuevo cigarrillo. Se está dejando invadir por una repugnancia espantosa y acogedora en la que se diluyen sus energías y resoluciones. Necesita tocar el fondo de esta inmundicia para darle, como el buzo, la patada que lo remonte a la superficie.
Durante una semana, el capitán se aprovecha de su hermosa ramera, la acompaña dos o tres veces al cine y devora novelas policíacas, sin dejar de fumar hasta quemarse el paladar.
A las horas más inverosímiles, Florence le sirve comidas o platos vietnamitas que cocina ella misma, mezclándolos con los malos embutidos que venden en una tienda vecina. Para beber la muchacha sólo compra aperitivos azucarados, con gusto a farmacia, que envenenan la boca y dan náuseas.
Cuando la repugnancia lo ahoga como una ola, Julien se acoda en el balcón y contempla los gatos.
Detrás del edificio se extiende un amplio terreno cerrado por una empalizada de tablas. Cientos de gatos, de siluetas grises, blancas o negras, saltan en este campo cerrado entre los trozos de hojalata, los montones de adoquines, los cascos de botellas, los matorrales de ortigas y los esqueletos de viejos camiones. Por la noche brillan innumerables pupilas de oro y de esmeralda.
Julien se acuerda entonces de sus noches de caza en Birmania, de los ojos de los animales a la luz de los faros y que los tiros de fusil apagan como velas.
Burton, que era sentimental, decía:
— Tengo la impresión de matar ojos. Es repugnante matar animales sin verles la cabeza, los miembros o el vientre. Apagar ojos en la noche es matar la vida en el estado más puro.
Los ojos de los hombres no brillan en la noche. En el curso de una cacería en los Nagas-Hills, dieron con los japoneses, y Burton fue muerto.
Los gatos, observa Julien, han reconocido la autoridad de uno de ellos, un largo animal enflaquecido y gris. Cuando, desde los balcones del inmueble se arroja algún desperdicio envuelto en periódicos, todos se precipitan hacia el lugar donde ha caído y forman un círculo en torno al paquete, con los pelos erizados y las patas tensas. Ninguno se atreve a avanzar por miedo a que los otros se echen encima.
En este momento interviene el gato gris. Coge el periódico con la boca y huye. Pero el periódico, que se arrastra por el suelo, revienta y deja escapar los huesos, los mendrugos de pan y los restos de las comidas, de los que se apropian los perseguidores, y el gato gris, sobre la espuerta volcada que le sirve de trono, se encuentra con un trozo de papel vacío y roto entre los dientes.
Los gatos desaparecen por la tarde, pero por la noche, cuando las luces color de naranja se encienden en todos los hotelitos que se extienden sobre la colina, reaparecen bruscamente y comienzan su zarabanda. Se arañan, se muerden, gritan de deseo, se aman y se matan. Y entonces un temblor se apodera de la gata blanca, que se frota contra las piernas del capitán, lanzando gemidos. Una noche, Julien le abre la puerta, y la gata se marcha al mundo libre de los gatos cubiertos de bisura y de sarna sobre el que reina un tirano limitado y estúpido.
Al día siguiente, Julien Boisfeuras devuelve a Florence su libertad. También ella tiene necesidad de correr por las calles de Marsella y de conocer de nuevo los amores de aventura. Le da dinero para vivir tres meses. Ella finge tener mucha pena.
Cuando Julien se marcha, la joven lo insulta copiosamente y estalla en carcajadas cuando la puerta se cierra. Después llora, pues echa ya de menos al hombre que es un poco de su país perdido. Se consuela gastando inmediatamente en un aparato de televisión parte del dinero que Julien le ha dejado. Por la noche irá a encontrarse con Maguy, con sus compinches y compañeras de los bares, mientras que la gata blanca de aquel terreno yermo, profiere aullidos de amor dejándose asaltar por el rey estúpido, por el gatazo gris.
Julien Boisfeuras se ha curado de Florence como de una fiebre que baja de pronto. La había necesitado en Indochina para no pensar en la guerra. Aquella guerra había comenzado a desagradarle al perder el perfume de aventura, de exotismo y de cosa insólita que tuvo en sus comienzos. En 1952, ya sólo era un derroche inútil de heroísmo, de sufrimiento, de fatigas y de muertos, mientras que se instalaban la corrupción, el tráfico y los estados mayores.
Boisfeuras se había visto obligado a hacer promesas a sus voluntarios de la bahía de Along y de la frontera de China, promesas que luego no habían sido cumplidas. Cuando se presentaba en Saigón para pedir armas, arroz y dinero, casi siempre recibía la negativa como respuesta. El dinero había servido para poner a flote en la metrópoli la caja de un partido político; las armas habían ido a parar a unidades de gala vietnamita, que no sabían ni querían servirse de ellas. Entonces, para seguir teniendo el valor de mentir a sus partisanos, iba al "departamento" de Florence en Dakao y gastaba todas sus fuerzas y todo su furor contra el cuerpo liso, ávido y egoísta de la mestiza. Algunos días, Julien sentía la impresión de querer por sí solo contrariar el curso de la historia, de ser tan pueril como un Don Quijote que, armado con su espada y cubierto con su armadura, hubiese intentado detener un ataque de carros blindados. ¡Heroico, estúpido, literatura!
Porque opinaba que se batía sin motivos, necesitaba la droga sutil que segregaba la mestiza. El erotismo es propio de desesperados.
Cuando Julien rememora esta guerra, sólo se acuerda de una serie de aventuras aisladas, del tipo de las que Esclavier llama "golpes indirectos". Un junco que navegaba por la noche a lo largo de las costas chinas; el viento se alzaba e inflaba las velas reforzadas con tiras de bambú; el pesado timón crujía a cada oscilación. Julien estaba acostado en el puente al lado de su ordenanza, Min. Cuando Vong, el patrón del junco, que se hallaba muy cerca de ellos, aspiraba una fuerte bocanada de su pipa y hacía enrojecer las cenizas, su rostro emergía de la noche como una aparición. Era un viejo de cabeza momificada y ojos crueles. Vong quizá los había traicionado, pero no por razones políticas o por interés, pues estaba muy por encima de todo esto. Sólo el juego podía hacer vibrar todavía sus nervios gastados.
El mar estaba tranquilo y el aire era viscoso y sucio y se pegaba a su superficie. Min rodaba sobre el puente para hacer pasar su revólver de la cadera al vientre; así podría disparar con más rapidez sin dejar de estar acostado. Estaba convencido de la traición de Vong, pero nada había dicho a su amo y capitán, que ya lo sabía desde hacía tiempo, pues Min se movía con infinitas precauciones y tenía los pelos tiesos como un gato al que acechan los perros.
Una vez más la cabeza de Vong se destacó en la oscuridad y dijo muy calladamente:
— El junco se acerca.
Se oía un peculiar ruido que iba creciendo cada vez más. Estaba hecho de amortiguados crujidos de velas y del caer de las gotas del agua. A lo lejos, una lucecita aparecía y desaparecía. Vong no los había traicionado. ¿Por qué? Él mismo sería incapaz de decirlo; quizá no los había traicionado porque esta vez, al lado de Boisfeuras y de los franceses, la apuesta era mucho más importante. Se jugaba la vida de toda su familia, que se había quedado en China.
Min bajó a la bodega para despertar a los doce hombres del comando. Subieron al puente del junco con sus armas y sus pies descalzos, Boisfeuras los hizo acostar a lo largo del puente del junco. En la proa habían instalado una ametralladora detrás de unos sacos de arroz.
Vong sumergió su pipa en el agua y con una vieja lámpara de tempestad comenzó a hacer señas.
El sargento corso que mandaba el grupo de partisanos nuttg se deslizó hasta situarse junto a Boisfeuras:
— ¿Qué opina usted del cargamento, capitán: opio o muchachas. . . ?
Lo mismo diría ron, oro, especies y perlas. Andreani y Boisfeuras revivían las alegrías profundas y salvajes de los filibusteros, se veían entregados a una aventura de otro siglo, a un abordaje en el mar de China.
El junco de Hai-Nan se aproximaba; se oían voces. ¿Cuántos eran a bordo? ¿Dónde ocultaban las armas?
Vong inició un parloteo con el otro patrón. El viento había amainado por completo y las bordas de los dos juncos se rozaban. El fusil ametrallador soltó tres ráfagas y los hombres del comando se lanzaron gritando al ataque.
Los chinos ni se defendieron, pero hubo que lanzar a la tripulación por la borda, pues no sabían qué hacer de ella. El junco estaba repleto de armas y de medicamentos para el Vietminh.
No; jamás el taipan Boisfeuras con todo su dinero podría haber ofrecido a su hijo sensaciones de tal fuerza y de tal realismo.
Luego, Julien se cansó de aquel caduco romanticismo. Había buscado un sentido a su lucha. Como no lo había encontrado, había caído en los brazos de Florence, que resultaron una droga más potente que las demás.
En Dien-Bien-Fú, Julien había tropezado con oficiales que decían hacer la guerra simplemente por haber recibido órdenes en este sentido. Fue necesaria la derrota para que buscaran las razones más o menos valederas por las cuales se habían batido, dejando a un lado, por vez primera, el mito de la disciplina, que la derrota de 1940, la Resistencia y la Liberación habían vaciado de todo su contenido.
Por un incomprensible pudor, aquellos oficiales se negaban a admitir, como él, que su guerra se había convertido en un juego de desesperados aficionados.
Boisfeuras no poseía ningún sentido nacional; no podía, pues, invocar la defensa de un país, de una "Francia carnal". Necesitaba una causa más universal; creyó haberla encontrado, con muchos de sus compañeros, en la lucha contra el comunismo.
El comunismo, tal como lo había conocido en el campo número 1, vacío de toda sustancia humana por obra de los vietminh, no podía conducir más que a un universo de insectos sin sexo y sin contradicciones; por tanto, sin genio, sin prolongación en el infinito, sin esperanza.
El hombre, en su diversidad y en su riqueza, se veía de pronto amenazado. Pero los hombres que querían defenderlo, ¿no se encontrarían empujados al montón de escombros que era lo que quedaba en pie de Occidente, de sus mitos y de sus creencias ?
Boisfeuras tenía la impresión de que había de participar en la lucha por la defensa del individuo. Pero se negaba a confundir esta nueva forma de cruzada con la guardia que un centinela inmóvil hace ante los muros de una ciudadela desierta, ante el pórtico de una iglesia, ante las rejas de los museos y ante las bibliotecas donde nunca entra nadie.
Ahora, mientras camina hacia la estación de Saint-Charles, con su traje de paisano que le da el aire de un obrero endomingado, Boisfeuras se acuerda de las bandas de gatos en aquel terreno abandonado, de sus crueles costumbres y de su rey idiota y brutal como un jefe de "gangsters" americanos. Esta imagen que lo persigue le parece muy relacionada con alguno de los problemas que se le plantean a él mismo.
Siempre arrastrando su vieja maleta, sube en el tren que lo llevará a Cannes. En el departamento encuentra abandonado un periódico de la víspera; lo hojea. La insurrección se extiende a toda Argelia. Nuevos envíos de tropa cruzan el mar. El mando anuncia que será cosa de pocas semanas.
Piensa en Mahmudi. ¿Qué haría él si se encontrase en su pellejo? El papel heroico corresponde siempre a los sublevados. La literatura, el cine, y los hombres generosos están siempre de su parte. Pero defender escombros es una tarea ingrata y sucia.
¿Qué pensaban los centuriones romanos abandonados en tierras de África y que con algunos veteranos y algunas tropas auxiliares bárbaras, siempre dispuestas a traicionarlos, trataban de mantener las colonias del Imperio, mientras que en Roma el pueblo se sumergía en el cristianismo y los Césares en el libertinaje?
En Cannes, Julien Boisfeuras toma el autocar que lo lleva hasta La Serbaliére, la propiedad de su padre. Se encuentra situada a la salida de Grasse, subiendo hacia Cabris, y unos grandes muros grises, como los de una prisión, la ocultan a todas las miradas. Julien llama al portal, un viejo chino abre una ventanilla y pregunta secamente a través de la reja:
— ¿Qué querer tú?
De pronto lo reconoce, y su rostro desagradable se ilumina con una abierta sonrisa.
— ¡Ong Julien, yo muy contento!
Abre de par en par el portal para dejar pasar el vehículo de Julien, pero sólo aparece el joven amo y su maleta desvencijada. Se la arranca de las manos, mirándolo de arriba abajo. Ong Julien está loco; quizá no es suya la culpa, sino de la vietnamita que lo había criado, y que todos los días lo llevaba a quemar incienso en las pagodas de Buda. Había respirado demasiado incienso, lo que le había trastornado el cerebro. Lung es un buen cristiano, un buen protestante, y prefiere el olor del jabón. Ong Julien no ha cambiado nada, en opinión de Lung; sigue vistiéndose como un mendigo. No le interesan los relucientes automóviles, ni las buenas ropas, ni el opio, ni las copiosas comidas, ni, a diferencia del viejo amo, las muchachas; sólo le importan la guerra y la política...
Un hombre aparece en el mirador de la casa. Tiene una cara larga y estrecha que termina en una boca en forma de ventosa. Sus labios son tan rojos que parecen maquillados, y su piel tan blanca que casi es trasparente. Bajo ella se pueden ver correr, como tatuajes azules, las venas y las arterias. Su esqueleto va cubierto por una especie de hábito monjil.
En torno a este ser que emerge de la noche, y cuyos ojos pestañean, se abren admirables parterres de flores a la hermosa luz de fines de otoño. El viento trae consigo todos los aromas de la Provenza, del sol y de la vida. El olor del tomillo, del serpol, del hinojo, del orégano y el acre perfume del pino. Pero en este magnífico jardín el hombre parece un muerto:
— ¡Por fin estás aquí, Julien!
— Sí, padre.
— Hice que te mandasen un billete de avión a la banca de Saigón.
— Preferí regresar con mis compañeros.
— No quieres aprovecharte del dinero de que dispongo, y que consideras mal adquirido. . .
— No; es algo más sencillo: no me encuentro cómodo con el dinero; me da la impresión de que me separa de algo esencial. En todo caso, estoy muy contento de volverte a ver.
— Yo también; entra.
Julien percjbe en seguida el olor desabrido y penetrante del opio, mezclado con tufos de farmacia. Atraviesan un gran salón de cortinajes chinos y muebles laqueados, y después entran en una pequeña habitación sombría. En el suelo se extienden dos esteras muy delgadas. Entre ellas aparece todo el arsenal del fumador, la lamparita de aceite con su luz dorada y las pipas de bambú. El olor de la droga, como el del humus tras la lluvia, se precisa ahogando todos los demás perfumes.
Encima de la lámpara está el rollo de seda pintada, robado en el Palacio de Verano; cuelga como un kakemono japonés.
— He pensado mucho en esta pintura — dice Julien —, sobre todo cuando caminaba encadenado por las carreteras de la Región Media. La veía enorme, y sólo es un mal trozo de seda amarillenta.
Se instala en la estera que está frente a su padre y lo contempla cómo cuece la bolita de opio en el extremo de dos largas agujas de plata.
El viejo lo mira con sus ojos líquidos:
— Bien, ¿qué opinas tú de esta guerra perdida?
— Que sólo podíamos perderla.
— ¿Faltaban las armas, el dinero?
— Teníamos demasiadas armas y demasiado dinero. Con el dinero hemos comprado fantoches y dejamos que el Vietminh se apoderase de nuestras armas. No teníamos ninguna razón valedera para hacer la guerra si no era la de impedir a los comunistas que penetrasen en el sudeste asiático. Para conseguirlo necesitábamos el apoyo del pueblo vietnamita. ¿Y cómo nos lo iba a dar cuando en compensación le negábamos la inde-pendencia? Pero fue demasiado tarde cuando nos dimos cuenta en los campos de concentración de que la guerra era superior a nosotros.
— ¿Y tú qué papel representabas en este asunto?
— Un personaje trasformable, alternativamente jefe de partisanos, consejero político de minorías étnicas y agente de información; pero casi siempre actué de observador, de testigo.
— ¿Quieres una pipa de opio?
— No.
— Sin embargo, el opio es el vicio de los testigos.
Armand Boisfeuras aspira su pipa. La bolita se encoge, se hincha, y el viejo taipan lanza el humo.
— ¿No quieres descansar? Hace una semana que tu habitación te está esperando.
— No.
— ¿Y entonces?
— Asia está perdida. Los comunistas han montado allá métodos eficaces y valederos. Han trasformado la China y el norte del Vietnam en un inmenso hormiguero perfectamente organizado e inhumano. Esto se mantendrá largo tiempo...
El viejo Boisfeuras bate palmas y Lung trae el té.
— Aguantará lo que su sistema político aguante.
— Supongamos que por una especie de marejada popular se aniquila repentinamente la organización comunista china. ¿Qué tendremos entonces, padre?
— La anarquía, una anarquía monstruosa, cósmica, que repercutiría en el mundo entero; un mar humano que de pronto agitaría los vientos y cuyas olas romperían todos los diques. . .
Julien recuerda ahora a los gatos errantes de Marsella y su rey estúpido. La China del Kuomintang había sido eso, con sus señores de la guerra y sus generales ladrones.
— Algo muy indeseable, ¿verdad, padre? No nos podemos permitir en este universo superpoblado, cuya distancia ha sido abolida, una anarquía de seiscientos millones de hombres.
Armand Boisfeuras limpia el interior de su pipa, quita los dros, que pone aparte en una cajita, se acuesta sobre la estera y coloca la cabeza sobre un cojín de arena.
— Los comunistas han absorbido o liquidado todas las organizaciones que, en rigor, hubieran podido controlar esta anarquía. El mundo se hace desagradable, mi querido Julien, y cada día plantea más problemas insolubles. Pronto estaré en edad de abandonarlo y ya no habrá para mí problemas. Mientras espero, tengo este refugio: el medio cerrado del fumador en el que todos los ruidos y acontecimientos del siglo llegan amortiguados y desprovistos de su exageración y de su patetismo Supongo que vas a dimitir del Ejército. Quiero darte la dirección de nuestro grupo de seguros. No tendrás nada que hacer: una sinecura como sólo puede ofrecértela el mundo capitalista. Te permitirá vivir con largueza, viajarás adonde te convenga y podrás tener, digámoslo así, una razón social. . . Quédate aquí algún tiempo, descansa, acuéstate con muchachas. . . y por la noche, como en Shangai, vienes a tenderte en la estera frente a mí. Me aburro un poco, pero me niego a vivir en París. Tengo horror a las grandes ciudades de Occidente. Necesito el calor, el silencio y la belleza de las flores. Soy tiburón, pero artista, querido hijo, y al mismo tiempo estoy resignado y lo suficientemente cansado para no querer ya corromper a nadie, ni siquiera a ti. Decididamente, este mundo me fastidia. Aprovéchate de su ocaso, Julien, de sus perversiones, como artista o como moralista, que es casi lo mismo, al fin y al cabo. Puedes disponer del dinero que quieras. Yo ya no me divierto. Lo que puedo hacer con una mujer o con una muchachita es muy limitado... ¿Te burlas, Julien? ¿Estas cosas te dejan indiferente? ¿Estás obsesionado por tu gusto del poder, por el deseo que tienes de unir tu nombre a algún acontecimiento histórico? Desconfía de la tentación comunista; ya la has experimentado para volver a caer en ella. En otro tiempo serías un gran financiero, pero hoy el dinero ha perdido su poder, y quizá por eso lo despreciamos. Las masas representan la única forma de poder, y, para conquistarlas, los hombres se entregan a la misma lucha salvaje y cínica que antes practicaban los tiburones de Wall Street o de la City. Pero esta nueva forma de capital no puede encerrarse en los sótanos de un Banco. Este capital vive, come, sufre, muere y se subleva. A pesar de mi detestable reputación, me creo más humano que todos vosotros. Yo siempre busqué corromper al hombre, no utilizarlo como un capital anónimo. Piensas que desvarío, que he fumado demasiado opio. No; me he dado cuenta de lo absurdo de nuestra condición y de nuestra inmensa vitalidad... Deja en paz a los hombres, Julien; come, bebe, haz el amor a las mujeres o escucha música; drógate, te sentirás más tranquilo. ¿Y por qué no te casas? Tendrás niños, te construirás un hogar, puedes montar un negocio y un día llegarás a viejo y sólo tendrás que esperar beatíficamente que el cielo caiga sobre la cabeza... Fuma por lo menos una pequeña pipa...
Julien Boisfeuras se levanta y se marcha a su habitación para acostarse. Sabe de qué forma sufre su padre por no tener nada que hacer, por pudrirse solo bajo el sol de Provenza sin poder contaminar con su pus a todo el universo.
A la mañana del día siguiente, Julies Boisfeuras se va a pasear por las callejuelas estrechas de Grasse. La ropa tendida a secar cuelga de todas las ventanas; alrededor de una fuente antigua las campesinas venden flores y hierbas de la montaña; bandadas de chiquillos se persiguen por las escalinatas arrojándose piedras; una hermosa muchacha morena de piel mate con un perfil de gran pureza tiene su trono tras una tienda de higos y de verduras.
Julien se sienta sobre el húmedo brocal de la fuente y admira sin codicia a la muchacha, como a un bello objeto.
— ¿Qué, capitán?
Una manaza se posa sobre su hombro. Reconoce al periodista que asistió en Vietri a la liberación de los prisioneros y que conocía a Marindelle.
- ¿Qué?
— Muy bonita la muchacha, ¿verdad? Podría muy bien haber nacido en la época del quattrocento, en un palacio de Florencia. Contémplela jugando con sus joyas. Su paje acaba de arrodillarse a sus pies; le trae el puñal con el que ha matado a su amante infiel. Entonces ella le abraza, le retiene una noche entera en su lecho y lo hace colgar a la madrugada siguiente. Lo ha sorbido tanto, que el paje no experimenta este último orgasmo como dicen que es el de los ahorcados. . . Acabo de leer la crónica de los Cenci; fíjese hasta qué punto me estoy aburriendo...
— ¿Y por qué no se marcha de Grasse?
— Eso se dice muy pronto, señor capitán. Tengo un mes de vacaciones, ni un céntimo y una vieja tía en Grasse que me da albergue... Es muy noble y todavía más sorda... ¿Vive por esta región?
— Mi padre.
— ¿No echa de menos Indochina?
— Yo he nacido en China; en todo caso tendría nostalgia de China.
— Usted conoce, creo, a mi primo Ivés Marindelle, ¿no?
— Muy bien; hemos sido compañeros de prisión en el campo número 1.
— Durante cuatro años sólo ha comido arroz. De regreso a Francia arrastra a su mujer por todos los restaurantes vietnamitas. Quiere enseñarle el annamita. ¿Está libre para almorzar, capitán ?
Julien no tiene ganas de encontrarse con su padre vagando con su viejo batín en medio de sus parterres de flores y exhalando su olor a cadáver y a farmacia.
— ¿Por qué no?
— Podíamos subir hasta Cabris. Supongo que tendrá un coche, ¿no? Un "Aronde" o un "Venderte", quizás un "Fregare". Todos los oficiales que han regresado de Indochina poseen su automóvil.
— Yo no lo tengo.
— ¡Vamos, qué curioso! Entonces iremos en el mío, si consiente en subir hasta allí; es un viejo cacharro. ¿Se está construyendo un hotelito? Los pocos oficiales que no se han comprado un coche se hacen construir una villa...
— Tampoco.
Durante la comida, el periodista no deja de beber y de pedir una botella tras otra. En una ocasión, al apretar demasiado fuerte su vaso, lo rompe.
— ¿Está nervioso? — le pregunta Boisfeuras —. ¿Quizás el abatimiento de estas largas vacaciones?
— Capitán, usted tiene una fea cara, como yo; las campesinas dicen una cara como para cortar la leche, y, además, su voz rechina como una garrucha. Por mi parte, tengo la soltura de un elefante y cuando traspiro huelo a cabra. La chica que nos ame necesita estar loca o ciega. . . ¿Se ha enamorado alguna vez, capitán?
— Nunca me ha sucedido. Creo en el erotismo, no en el amor. . ., y como tengo una fea cara, según usted acaba de recordarme, pago, lo que no perjudica al erotismo, sino todo lo contrario.
— Yo estuve enamorado de una muchacha. No sé si había conseguido hacerme amar por ella, pero por lo menos se había acostumbrado a mí. Le traje de Indochina a su marido, bien descansado, lleno de hormonas y de vitaminas, de caviar y de beefsteak; después me vine a Grasse, esperando que lo que tiene que suceder suceda...
— La mujer de Marindelle, ¿no?
— Sí; Jeanine Marindelle. No tenían apartamento y ocupan el mío. Se han instalado en mi vida como dos gusanos parásitos.
— Por lo menos se ha aprovechado de la mujer mientras su marido estaba prisionero.
— Me encuentro en la posición de un innoble cerdo, me doy perfecta cuenta, y, sin embargo. . . Tome coñac con el café. ¿Conoce la ciudad de Ussel, sí, en Corréze? Tendría que ver lo que es eso bajo la lluvia; una gran carretera negra bordeada hasta el infinito por esas horribles casas burguesas, con sus fachadas cerradas sobre misterios que sólo pueden ser sórdidos. Una desesperación lenta y tenaz os retuerce las tripas y os da deseos, sólo por divertiros, de echar arsénico en la taza de la abuela. Tres meses después de su matrimonio, Ivés Marindelle se marchó para Indochina, y Jeanine se quedó en casa de los padres del pequeño Ivés, en Ussel, en la más trivial de estas casas del borde de la carretera. El padre de Ivés, enriquecido con la quincallería y los coloniales al por mayor, o algo por el estilo, es radical socialista y francmasón, pero envía a su mujer a misa y es miembro del "Rotary". ¡El "Rotary" en Ussel! Además, están las tías, dos viejas solteronas amarillas y feas. Todos la odiaban, Jeanine es joven y bella, y al reírse se le hace un hoyuelo en la mejilla. Tiene un apellido distinguido y unos padres arruinados, y para aquellos seres burgueses era la aventurera que les había arrancado del corazón al pobre Ivés. — Pasfeuro suspira y sigue hablando —: Vamos, tome un poco de coñac, capitán Boisfeuras, que usted ha nacido en China y no puede comprender hasta qué punto la burguesía francesa de provincias es cruel y limitada. Entonces, Jeanine se escapó por miedo a que la matasen mezclando en su vida todos sus venenos. Yo era su primo, le regalaba bombones, de niña, y discos cuando ya fue mayor. Fui el único de la familia que asistí a la ceremonia de su matrimonio. Se casaba con su amigo de la infancia, a quien ella daba la mitad de mis bombones y le hacía oír todos mis discos. Pues la vieja casa de Ussel, la lluvia de Ussel y el aburrimiento de Ussel, por no sé qué misterio habían generado ese adolescente maravilloso que era Ivés y que se parecía a ella. Jeanine se refugió en mi casa de París. Con su llegada me trajo la infancia con sus ritos extraños de prolongamientos infinitos, y yo, señor capitán, no había tenido infancia. Al igual que los chiquillos, ella canturreaba los estribillos y cancioncillas sin pie ni cabeza que acompañaban las rondas. Se enternecía ante una flor, se manchaba de chocolate y hablaba de morir como de ir a pasear por un jardín. Sí; se lo aseguro: el amor sólo puede existir unido al misterioso poder de la infancia y de sus ritos. Yo me enamoré perdidamente, dejé de beber y encontré trabajo en el Quotidien. Un día, al estrechar a Jeanine un poco más fuerte entre mis brazos, la convertí en mi amante. No era muy conveniente, pero era inevitable. Entonces conocí el paraíso y el infierno. El placer se doblaba con el sacrilegio. Yo, el gordo mostrenco, la bestia, fui admitido en este mundo de porcelana de la infancia y al mismo tiempo se me daba más placer del que un hombre puede desear. ¡El dragón tiene prisionera al hada y abusa de ella. . . ! El príncipe regresa y libera a su hada y el dragón, de rabia, se devora el hígado. . . Pero la cosa era mucho más complicada; el hada tiene prisionero al dragón. . . Se había aficionado a sus brazos. . . , y, a pesar de todo, el pobre dragón partió a buscar al príncipe. Estoy borracho, le importuno con esta historia. . . pero no puedo hablar de otra cosa. En el mismo instante en que Jeanine vio nuevamente a Ivés dejé de existir para ella. Antes de verlo, quería abandonarlo. Pero ahora, se lo juro, no se acuerda de haber vivido un año conmigo.
— ¿Ivés Marindelle lo sabe?
— Él me ha sorprendido; es un chico extraño. Han sido cuatro largos años, me ha dicho, y tú me devuelves a mi mujer tal como yo la dejé, como si me la hubieses conservado en un invernadero al amparo del calor y del frío. No ha envejecido, no ha cambiado y se ha enriquecido con toda clase de cosas nuevas: la música de Stravinsky y de Erik Satie, las poesías de Desons y los blue-jeans y la cola de caballo. Gracias, Herbert. ¿Pues, usted sabe, capitán? — Pasfeuro da un enorme manotazo en la mesa —. Yo me llamo Herbert, y soy más noble que toda Polonia...
Julien Boisfeuras se acostumbra a encontrarse a menudo con el periodista. Pasfeuro se revela como un ser lleno de contradicciones, que ama lo extraño y lo insólito y es, a la vez, loco y generoso, cínico y tierno. Odia todas las formas de jerarquía, y trata igual a los comunistas, con los que militó durante algún tiempo, que a los jesuítas, que lo educaron; que a los guardias, con los que también tuvo que ver, y pone en el mismo cesto a los burgueses, contra los que ejercen su desprecio de aristócrata; a los militares, que juzga estúpidos; a las vírgenes secas, a los miembros de la enseñanza, a los políticos, a los inspectores de finanzas, a los picaros, a los corsos, a los de Auvergne y a los niños prodigios.
Pasfeuro, por su parte, aprecia al capitán, admira su desprecio por los problemas de vestimenta, la manera de estar siempre en su puesto y su sólida cultura política y económica. No parece pertenecer a ningún país, no tiene fe nacional, no da ningún valor al dinero ni a las medallas, y es militar a consecuencia de una admirable mistificación.
Una amistad un poco arisca comienza a unir a los dos hombres. Y cuando Pasfeuro, nombrado corresponsal permanente en Argelia, tiene que regresar a París, Boisfeuras decide acompañarle. Julien conoce poco Francia. Los dos eligen el camino de los estudiantes, recorren el Mediterráneo hasta Montpellier y atraviesan los Cévennes. Y una mañana llegan a la pequeña villa de Rozier, a orillas de las Gargantas del Tara.
Los árboles han perdido sus últimas hojas y el invierno se instala bajo el cielo luminoso entre los esqueletos temblorosos de los olmos, de los álamos y de las hayas. Todas las gargantas están bañadas por una bruma azul que el sol de diciembre no consigue penetrar. El peñasco de Capluc parece un estrave, una roda, en la confluencia del Juta, de aguas negras, y del Tara, de aguas verdes. Cerca de un antiguo puente destruido, un campesino les indica un sendero de cabras que sube hasta el peñón.
El campesino es un hombre viejo y limpio con su chaqueta de cutí negro y sus pantalones de pana. Calza zapatos de soldado y lleva gorra. Habla lentamente con fuerte acento, no parece tener prisa y está dichoso de vivir.
— Allí en lo alto, en Capluc — dice —, durante una época se establecieron los Templarios, como en muchos otros lugares de los Causses.
Pasfeuro y Boisfeuras comienzan la ascensión. A cada paso, las piedras ruedan bajo sus zapatos. Pasfeuro admira la agilidad del capitán, que, sin esfuerzo, sube las pendientes más escarpadas contoneándose ligeramente. El periodista, por el contrario, pierde el aliento, y, a pesar del aire vivo que le azota el rostro, suda abundantemente.
— En París llevaba una vida contra natura: el periódico, las tabernas, los cines y los teatros, adonde Jeanine exigía que la llevase casi todas las noches. Parecía querer retrasar el momento de estar a solas conmigo. Cuando entrábamos en la habitación se producía siempre un instante de terrible embarazo. Ella apagaba la luz y se desnudaba en la oscuridad, pero cuando el cuerpo de la bella y el de la bestia se tocaban, el delirio la ganaba. ¿Encenderá la luz con Ivés Marindelle?
Pasfeuro se sienta sobre un pedrusco frente a un muro. No puede ver el magnífico paisaje, las cornisas de rocas ocres, los bosques de abetos que se entrelazan entre las manchas más claras de las piedras y, allí en el fondo, el Tarn, traslúcido y verde.
La voz chillona del capitán le arranca de su desagradable pesadilla, le sume de pronto en este baño de luz y de color, y, al lado de aquello, su amor toma proporciones irrisorias.
— Vamos, periodista, un último esfuerzo; detrás de aquel peñasco se encuentra un pueblo, y encima del pueblo la sede central del Temple en esta zona.
Pasfeuro continúa su ascensión y pronto aparecen las ruinas de un pueblo entre las ortigas, las zarzas y las grandes retamas. Algunas casas siguen en pie, con sus techos de piedra y sus muros ásperos como los de las ciudades y sus bóvedas cintradas. La sede del Temple domina la aldea; sólo queda de ella un amplio sector de muro que amenaza hundirse y enterrar a las otras ruinas.
— Es muy hermoso — dice Boisfeuras —. Me gusta este silencio y esta soledad, estas ruinas y estas gargantas inundadas de niebla azul que me recuerdan ciertos paisajes del norte de China. Es la primera vez que encuentro en Francia un paraje en donde no me siento extranjero. ¿Por qué vinieron a refugiarse en este desierto los Templarios, estos extraños guerreros dueños de la riqueza del mundo occidental?
— Se conoce mal su historia — explica Pasfeuro —. El Oriente, no cabe duda, había inculcado a los Templarios cierto número de ritos que ellos habían amalgamado a su cristianismo. Por ejemplo, sus iniciaciones. Quizá se habían instalado en este territorio del Causse para preparar la fusión del Oriente islámico y del Occidente cristiano, sueño de su gran maestre Simón de Montferrat, y que había sido el primer paso hacia la unificación del mundo. Los Templarios descubrieron la fuerza del dinero en un tiempo en que se le despreciaba, y en Siria, la secta de los Asesinos les enseñó el poder que da un puñal manejado por un fanático, o sea, si lo prefiere dicho de otro modo: el terrorismo. Estaban preparados para la conquista del mundo.
— ¿Eran los antepasados del comunismo?
— Quizá. Pero los Templarios han ardido en las hogueras de Felipe el Hermoso como los comunistas han conocido el disparo de revólver en la nuca de los verdugos de Stalin.
— Me gustaría reconstruir aquí mismo la aldea y la residencia, traer algunos hombres que conozco y crear una nueva secta que quizá tendría también sus asesinos, pero sobre todo, sus misioneros, que intentarían no la fusión de las religiones de Oriente y de Occidente, sino del marxismo y de lo que puedo llamar, a falta de nombre, el occidentalismo.
— ¿Habla en serio?
Boisfeuras se echa a reír:
— ¡Claro que no! Si hago lo que mi padre quiere, seré pronto director de una compañía de seguros. ¿Y dónde iba a reclutar a mis iniciados? ¿Entre los agentes, los contables y las mecanógrafas? Sólo se puede encontrar a estos iniciados entre los jóvenes oficiales paracaidistas que poseen el sentido de la secta. Son lo suficientemente ingenuos y desinteresados para no tener en cuenta el confort. Están dispuestos a todas las aventuras y son capaces de dar su vida por cualquier empresa caballeresca que no choque demasiado groseramente con ciertos prejuicios a los que todavía siguen aferrados. Puedo imaginarlos en este pueblo restaurado de Capluc, arrastrando bloques de piedra y leyendo libros que ya no pueden ignorar: Karl Marx, Engels, Mao-Tsé-Tung, Sorel, Proudhon...
— Haz los gestos y creerás, ha dicho Pascal. Haz los gestos de los comunistas, lee sus obras y serás comunista — le interrumpe Pasfeuro.
— No. Los campos vietminh vacunaron contra el comunismo a todos los oficiales de mi monasterio — Boisfeuras se vuelve a reír —. Pero éstas son palabras que se pierden en los vientos de Lozére, sueños que se le ocurren a uno y que no tienen sentido, ¿verdad, periodista?
— No me gustan los sueños de este tipo: conducen al fascismo, al comunismo y al nazismo, y desencadenan epidemias de las que luego los pueblos tardan en curarse. Los alemanes no están curados del nazismo ni los franceses de Pétain y de la ocupación. No se conoce un solo país comunista que haya podido librarse de su viruela marxista. No conviene jugar con cosas de este tipo, Boisfeuras. Las cerillas se deben dejar a los ancianos; tienen demasiado miedo a morir para no utilizarlas sino con infinitas precauciones.
— Mi padre opina lo mismo. Le gustaría que yo envejeciese aprisa para que dejase el mundo en paz.
Una niebla gris cargada de escorias pesa sobre París cuando los dos amigos llegan. Hace frío, y la ciudad gruñe con una feroz alegría que tritura y devora a los hombres.
Boisfeuras y Pasfeuro se pierden en medio del gentío, el uno acariciando su "gran proyecto" y el otro su amor, ese buitre entrañable que le devora el hígado.
— Señor, yo pienso, y no soy el único en creerlo, que todas nuestras desgracias provienen de ahí. De Gaulle debiera haberse entendido con Pétain. Decoux seguiría en Indochina y nosotros no habríamos padecido esta desgraciada guerra.
El hombre que habla de esta manera viste con extremo cuidado y huele a lavanda, sus cabellos comienzan a tomar un tono gris distinguido; un doble mentón se inicia por encima de una corbata de pajarita, y el ojal de su traje azul se adorna con una delgada cinta de la Legión de Honor.
"La que se gana con los ultramarinos — piensa en seguida Philippe Esclavier —. Este ciudadano no tiene cara de haberse batido, sino de tener amigos en los Ministerios . . ."
El Mistral remonta a toda marcha el valle del Ródano, dejando atrás, como relámpagos, las estaciones, pisando, vertiginosos, los cambios de aguja.
Se detiene un momento en Aviñón. Philippe se levanta y vigila el andén por la ancha ventanilla del vagón, como si su padre pudiese aparecer con su fino rostro, sus largos cabellos blancos y su tranquilo andar. Pertenece al tipo de hombres a quienes los revisores apenas si se atreven a pedir el billete. Por el contrario, su tío Paul da siempre la impresión de no haberlo pagado.
El traqueteo del tren arranca a Philippe de sus recuerdos. Su interlocutor prosigue hablando con el tono ligeramente protector y un poco desengañado, característico del hombre de cincuenta años que ha triunfado en los negocios.
— Capitán, la guerra de Indochina proviene de una serie de imperdonables errores. Mire, uno de mis primos era director del gabinete del ministerio de Estados Asociados en el momento de lo de Dien-Bien-Fú y me decía . . .
"Estoy en Francia — piensa Esclavier —. Acabo de pasar por la estación de Aviñón y no siento nada, no experimento nada, no tengo deseos de llorar. Sigo tranquilamente sentado en mi asiento frente a ese papagayo."
— Me voy a presentar: Georges Percenier-Moreau, director general de los laboratorios de productos farmacéuticos "Mercure". Hemos trabajado mucho para el Ejército en la guerra de Indochina, sobre todo en la cosa de los antibióticos...
— ¿Es usted farmacéutico?
Percenier-Moreau tiene un sobresalto, como el barman de un gran hotel al que se le llama "chico". No se ha dado cuenta de la luz danzarina de los ojos del capitán y piensa:
"¡Qué imbéciles son estos militares! Fuera de su oficio no saben nada."
Sin embargo, no puede tolerar que se le confunda con un boticario, y dice:
— Un farmacéutico, capitán, no hace la cifra de un millón de negocio por año. Digamos que el farmacéutico es el tendero, y yo el industrial. Fabrico, invento los productos que él vende.
— Me excuso por mi ignorancia; entonces usted es a la vez un investigador y un fabricante.
— ¡Si usted lo quiere así! Nuestra sección de investigaciones . . . — Prefiere esquivar la cuestión. Los laboratorios "Mercure", en realidad, no hacen más que empaquetar los productos que otras firmas inventan y fabrican —. Pero todas estas cosas no deben interesarle. Usted me es muy simpático — el tono se hace protector —. ¿Cuál es su nombre?
— Philippe Esclavier, capitán del cuarto batallón de paracaidistas coloniales.
— ¡Caramba, es curioso! ¿Es por casualidad pariente del profesor Esclavier ?
— Soy su hijo, señor.
— No podía imaginármelo
— Él tampoco, y se ha muerto sin llegar a comprenderlo.
— Conozco también al señor...
— Sí, a un tal Weihl que se hace llamar Esclavier. Es mi cuñado, Weihl le promete la revolución comunista, descuartizamientos y fusilamientos. Le causa ese pequeño escalofrío que hace la pera mejor y la piel de su amante más suave; le deja esperar, si usted hace algunas cosas poco comprometedoras, que podrán, cuando estén en el poder, clasificarlo entre los burgueses útiles.
— Pero, capitán...
— ¡Estúpido, querido; los comunistas, y creo conocerlos bien, meten en el mismo campo de concentración a los Weihl y a los . . . ¿Cómo es su nombre?
— Percenier-Moreau.
— Y a los Percenier-Moreau. ¡Caramba! ¿Por qué Moreau?
— Es el apellido de mi mujer.
"Perfectamente claro — piensa Philippe —, el negocio es de su suegro; Percenier-Moreau es un parásito del mismo tipo que Weihl-Esclavier. Mi padre también había montado un laboratorio, pero en él se destilaban y se condicionaban las ideas. Dejaba que los detallistas, periodistas, educandos y profesores hiciesen el reclamo y se encargasen de vender sus productos. Weihl se ha apropiado de la marca y vive ahora de su nombre."
Fue Francoise Percenier-Moreau quien había arrastrado a su marido a la rué de l'Université. El se había aburrido mortalmente allí. No se probaba más alcohol que un vago punch tibio y lleno de agua, acompañado de sandwiches resecos. Weihl había tratado con condescendencia a los "laboratorios Mercure", lo que había picado la vanidad del director general. Francoise bogaba con delicia entre las brumas de las ideas generales y arrugaba la frente hablando de la clase obrera.
El capitán cierra los ojos y estira sus piernas hasta alcanzar el asiento de enfrente.
"¡Qué incorrección! — piensa Percenier —. Esas cosas se hacen en tercera clase, no en primera. Los militares no pagan nada, o solamente un cuarto de billete; viajan por encima de sus medios, o sea, por encima de su condición social."
Abre su periódico. Tropiezos en Argelia. Pero, ¿qué hace el Ejército? Nada, y los oficiales se arrellanan en los trenes de lujo.
Percenier pasa a la página de los espectáculos. En el centro, una silueta grácil e impúdica a la vez, una boca infantil y prometedora, la foto de una desconocida: Brigitte Bardot. Encuentra que la chica se parece a Mina, una pequeña starlette que él sostiene. Mina no le sale cara. Le apunta en el presupuesto de publicidad de la firma. Mientras el fisco no intervenga. . . Pero en el restaurante ella pide siempre Canard a l'orange. Sueña con una chica que vacile en el menú y que tenga una mueca de indiferencia al mojar sus labios en el "Lonson 1945".
Philippe, amodorrado por el traqueteo obsesivo del tren, se deja invadir por el recuerdo de su padre, Etienne Esclavier, el ser que más ha amado, admirado y despreciado, y cuyo recuerdo le pone a la vez tierno y amargo, rozando las lágrimas y la cólera.
Una mano lo sacude con suavidad:
— Capitán. . . Capitán . . . Ya hemos llegado a París, a la Ville Lumiére, el cálido invernadero donde brotan las más espléndidas flores. ¡Cuidado! Son carnívoras, ¿lo esperan? ¿lo aguarda algún automóvil? Sería para mí un placer conducirlo adonde quiera.
Percenier-Moreau lleva paraguas, una cartera de piel de Rusia y su sombrerito, hábilmente ladeado sobre sus cabellos canosos, que le da un aire burlón e insolente de pierrot parisiense.
El "Bentley" gris remonta sin ruido la marejada luminosa de los Champs-Elysées.
— Le pido perdón — dice Percenier — por imponerle esta desviación; tengo algo que hacer: saludar a una joven amiga que me espera en un bar. . . , justo el tiempo de tomar un whisky. ¿Tiene prisa?
— No; no me espera nadie.
A Percenier-Moreau no le desagrada hacer ver al capitán que un "farmacéutico de cincuenta años" puede permitirse a la pequeña Mina.
El "Brent-Bar" se encuentra en una calle tranversal a pocos metros de los Champs-Elysées. El oscuro revestimiento de madera de las paredes, los sillones rojos de peluche y la forma alargada del bar; por el que flotan banderas multicolores, dan al establecimiento la apariencia de uno de esos confortables clubes británicos en donde el whisky adquiere todo su sabor.
Los clientes hablan a media voz. Los hombres tienen las cabezas a lo "Percenier-Moreau", y las mujeres, en general, son jóvenes y bonitas. Mina está sentada sobre un taburete frente a la cajera, y rompe lentamente una paja, triturándola con los dientes.
— Podía estar en el cine — dice la mujer —, y tengo que esperarle plantada aquí, como una ramera cualquiera a la que faltan algunos billetes de mil para acabar el mes.
— Vamos, señorita Mina; aquí no hay rameras.
— Y Solange, ¿qué es lo que hace? No aguanta nunca una semana con el mismo tipo.
Mina se enfurruña con mucho encanto; tiene una boca golosa, un cuerpo sensual, todo curvas, un rostro de rasgos infantiles.
Con afectación, Percenier-Moreau se precipita hacia ella, le coge una mano y se la besa, o más bien se la lame.
— Perdóname, querida, que te haya hecho esperar. Deja que te presente a un amigo, el capitán Philippe Esclavier; acaba de llegar de Indochina.
Philippe y Mina se miran. Apenas se estrechan la mano, aparentan ignorarse, pero ambos saben que van a pasar la noche juntos. Oyen el deseo que zumba en sus oídos; son prudentes, evitan rozarse, mientras Percenier-Moreau gira a su alrededor como un moscón de verano.
Percenier-Moreau se excusa un instante para ir a telefonear a su casa. Philippe coloca su mano sobre la de Mina, una mano seca y dura que debe hacer daño.
— Me esperará aquí, ¿verdad? Vendré a recogerla.
- ¿Y. . .?
— Y juntos iremos a tomar un vaso a otra parte...
"Nunca he sentido "esto" tan fuerte — piensa Mina —. ¿Qué tiene este tipo con su cara delgada y sus grandes ojos grises? Algo tendrá que nunca tuvo, Percenier-Moreau. El capitán . . . tiene ese aire hambriento de los lobos en las ilustraciones de los libros. Mina, pequeña, pon atención, no te dejes ir demasiado. Achtung, Mina; off-limits; para tocar con pinzas. Debe ser delgado y de vientre firme. No como el barrigón de Albert, apretado preciosamente con un cinturón de franela..."
Albert Percenier-Moreau llega contoneándose.
— Capitán, tenemos que marcharnos. Querida, te telefoneo mañana por la mañana.
Esclavier pide que lo deje cerca del Luxembourg, toma un taxi y regresa al "Brent-Bart". Edouard, el barman, observa todo el tejemaneje. Está encantado con la pasada que se le va a jugar al "farmacéutico", y una secreta alegría lo invade. Le agrada este tipo que no se molesta en guardar las formas y en tener detalles, que va derecho a su codicia, y también le gusta Mina, que juega a hacerse la tonta, pero que es astuta como un mono y está llena de apetito y de sensualidad.
Esclavier quiere pagar los dos whiskies que Mina y él acaban de beber sin hablarse.
Edouard rechaza el dinero.
— ¿Me deja que les invite?
— ¿Por qué?
Edouard se apoya en el mostrador del bar y les dice en voz baja:
— Porque los dos me son muy simpáticos.
De pronto, Philippe se siente invadido por el recuerdo de Suen, la vietminh. No puede precisar bien su rostro, pero ya lo está reconstruyendo alrededor de sus dos ojos rasgados. Suen representa el amor; lo demás, incluyendo a Mina, este bombón excitante que ya se cuelga de su brazo, no son más que escaramuzas, ocasiones.
A Philippe Esclavier lo despierta el timbre del teléfono. Da una vuelta y otra, tratando de escapar a este ruido obsesionante que lo persigue, y para defenderse de él se tapa la cabeza con la almohada.
Mina descuelga el aparto sin encender la luz:
— ¡Alió, alió! ¿Eres tú Albert? ¡Estás loco; mira que despertarme a semejante hora...! ¿Qué son las diez de la mañana? ¡Ya! Bueno, pero afuera todo está oscuro; hay niebla... No, no tengo ganas de salir. ¿Que vienes a mi casa? ¡Todo está desordenadísimo! Además, estoy cansada. ¿Que qué pienso del capitán Esclavier? ¡Ah, sí, es un cualquiera...! — Con la mano acaricia a Esclavier —. No, Albert no me gustan esos individuos demasiado seguros de sí y demasiado jóvenes que creen que todas las mujeres se les tienen que rendir. Necesito el confort y la ternura que solamente saben dar los hombres que han vivido y que tienen experiencia, como tú, mi amor. . .
— Claro que te amo, conejín mío. . .
Mina se levanta para preparar el desayuno. Corre las cortinas.
Un día gris trata de penetrar en la alcoba y muy pronto el olor a café y a pan tostado se esparce por toda la habitación. El fonógrafo toca sordamente blues enervantes.
La muchacha vuelve con una gran fuente. Sus cabellos color de caoba cuelgan en pesados bucles sobre un déshabillé de seda blanca. Da la impresión de una virgen hipócrita y glotona.
— ¿Cuánta azúcar, querido? Las tostadas ya tienen mantequilla. ¿Un cigarrillo? Toma, aquí tienes Le Fígaro, si quieres, si quieres leerlo. Albert me ha pagado un abono.
— Se está bien en tu casa — dice Philippe —; tu café es excelente, eres atenta y silenciosa. Eres la perfecta concubina de un opulento farmacéutico que se ha hecho millonario a costa de Indochina, mientras otros reventaban de hambre o de enfermedad. ¿Sabes lo que percibía un guerrillero nung, thai o meo por sostener un fusil, batirse y muchas veces morir? Veinticinco piastras por mes y unos puñados de paddy.
— ¿Odias a mi farmacéutico?
— Nada de eso. Y tú, bonita, ¿no lo odias? La sesión telefónica. .., ¿eh? ¿Por qué le engañas así?
— No tengo ganas de inquietarlo. Conozco bien a mi opulento Albert. Por no tener que estar inquieto me abandonaría; Albert es como esas cosas frágiles que hay que guardar entre algodón, pero cuando se lo saca de su rutina se pone furioso. De cuando en cuando, sin que lo sepa y con precauciones, me permito algún muchacho de mi agrado.
— ¿Y le haces a Percenier la escenita del telefono?
— No. Es la primera vez.
Mina se sienta en el lecho y apoya su cabeza en el hombro del capitán.
— No lo hice por cálculo; quizá tú mismo me has dado la idea de hablarle así. Vienes sabe Dios de dónde, no te molestas en ser galante, lanzas tus zapatos en un extremo de la habitación y tu chaqueta en el otro. Te bañas y salpicas de agua por todas partes . . . , y aun encima me levanto a prepararte el desayuno. Con los otros es distinto: los echo fuera muy de mañana, quedamos como buenos amigos y se acabó. Pero a ti me dan ganas de conservarte . . . , quizá porque eres como yo, porque encuentras que esto no marcha bien.
— ¿Qué es lo que no marcha bien ?
— Aquí, donde me ves, quizás alguna vez he soñado con otra cosa. ¿Sabes cuál es la más hermosa calle de París?
— No.
— La calle de Buci. Allí nací yo, en medio de las zanahorias, de las coliflores y de las peras del mercado. Mi madre era portera y mi padre empleado de compras. ¡Mi madre era un verdadero terror! Insultaba a todo el mundo; ¡había que verla! Recuerdo una historia de pescado poco fresco. Se lió a golpes de pescadillas y de caballas gritando: "¡Se insulta a la clase obrera!" En seguida se agregaron dos o tres porteras tan mal habladas como ella, que vinieron en auxilio de la "clase obrera". Eran verdaderas corridas . . . Mi madre estaba reñida con la mitad del barrio y esperaba querellarse con la otra mitad, cuando la liberación, denunció a todo el mundo. ¡Le agradaban los comités de liberación . . . ! No nos aburríamos en casa; mañana y noche vivíamos en medio de la tragedia y de la comedia . . .
— ¿Y tu padre?
— Fumaba su pipa y leía su periódico con unas gafas que le caían por la nariz. ¡Cuando pienso en la energía que era capaz de derrochar mi madre simplemente para armar la revolución en cincuenta metros de la calle de Buci . . . ! Yo cursé mis estudios. Me enviaron a la escuela "Pigier" para seguir los cursos de taquimecanógrafa. Luego, un compañero de mi padre me proporcionó un empleo en los laboratorios "Mercure" y entré en las oficinas de contabilidad. Allí, el jefe de servicio me habló claro: o me acostaba con él o iba a tener toda clase de fastidios. En las oficinas se decía que el patrón tenía debilidad por las principiantes. Me fui a quejar al señor Albert Percenier-Moreau . . . Y aquella misma noche me convertí en su amiguita; no tuve otra solución . . .
— ¿Tú crees?
— Claro que podía llevar una vida honrada: un hogar, un amor y unos niños llorones. Pero a pesar de todo tendría que haberme acostado con el jefe de servicios. Gracias a Albert, mi foto ya aparece en los semanarios.
— ¿En los que hace la publicidad de sus productos?
— ¿Dónde, si no? He tenido algún papelito en ciertas películas. Cualquier día se me dará la oportunidad de representar uno de importancia. Sigo unos cursos de arte dramático, y mi profesor dice que estoy muy dotada. Mi rostro es fotogénico, tiene expresión.
— Lo demás también.
— Compréndeme; he salido de la sopa, del café con leche y los dos croissants por todo almuerzo; puedo ofrecerme, cuando me place, a un guapo capitán, y en mis sábanas de batista. Lo puedo esperar todo. Los príncipes encantados no frecuentan las oficinas donde trabajan las taquimecanógrafas, pero van al cine.
— ¿Y qué dice tu madre?
— Dice que he traicionado a la "clase obrera", pero me reclama dinero para pagarse una nevera eléctrica. La veo lo menos posible. Le gusta su papel de madre cuya hija se ha descarriado . . . , y, como necesita público, da la sesión en la calle. ¡Sin embargo, me gusta mi calle! Allí sigo siendo la pequeña Merchut, Elisabeth Merchut.
— ¿Y aquí?
— Mina Lecouvreur. En fin, dejémoslo. ¿Y tú? Para ser uno que acaba de llegar de Indochina no tienes mucha prisa en volver a casa. ¿Estás casado?
— De ninguna manera.
— ¿Entonces... ?
Philippe pasa sus dedos por el cabello de la pequeña Mina.
— Tengo que arreglar una cuenta con un cerdo.
— ¿Lo vas a tumbar?
— Es más complicado... El cerdo quizá no es tan cerdo como aparenta ser.
— ¿Te ha birlado la novia mientras estabas en la guerra?
— No.
Con el mentón apoyado en la mano Mina reflexiona.
— ¿Es algo peor todavía? ¿Tu piso?
— Y lo que había dentro, pero porque yo lo quise.
— Haz como mamá Merchut. Te pones a gritar: "¡Se insulta a la clase obrera!" Y te cuelas dentro. Si quieres, la vamos a buscar. Adora meterse en todas las historias donde no pinta nada. Claro que un oficial paracaidista y la clase obrera no casan muy bien. Pero no te preocupes. Nathalie Merchut antepone su gusto de las broncas a sus convicciones políticas . . . , y como su hija siente debilidad por los militares guapos . . .
Esta vez Philippe Esclavier se ríe, imaginando su llegada a la rué de l'Université escoltado por mamá Merchut y su hija y haciendo irrupción en la grave reunión de Weihl y de sus amigos progresistas al grito de "¡Se insulta a la clase obrera!"
"Y nunca diría una verdad más grande", piensa.
— No te ríes con frecuencia, Philippe; es una pena; te va bien; no tienes cara de mala persona. Bésame . . . como un buen amigo. ¿Conoces a alguien en el mundo del cine?
— A nadie; sólo soy un militar embrutecido.
— Perfecto; me gustas y no conoces a nadie en el cine. ¿Estuviste alguna vez enamorado de una chica? ¿Enamorado de verdad?
Esclavier baja la cabeza y siente que un rubor invade su rostro.
—Sí . . . Estuve enamorado . . . No me he acostado con ella; la besé una sola vez y en la mejilla.
— Un amor de niños.
— No; fue hace tres meses . . .
"No mientas, Esclavier — le había dicho Día, con quien se había emborrachado en Marsella —. Esa historia es demasiado bella. La pequeña Suen se enamoró del amor, tú no contabas para nada; sólo fuiste un pretexto. Quizá quien se acercó más a ella fue Lescure con su tañido nocturno de la flauta."
No tiene remedio. Aquí está inventando su amor por Suen para esta gatita viciosa. Y no puede remediarlo. Es el hijo de su padre, a quien sus dos o tres aventuras extraconyugales habían inspirado para escribir algunos de sus libros, o, más bien, disertaciones literarias.
Los intelectuales no saben amar; siempre están obsesionados por sus propios problemas. Escuchan maravillados el latir de su propio corazón; todo les sirve de pretexto para estrujar su alma y sacar de ella frases . . . Esclavier todavía no ha conseguido arrancar de su interior esta hierba vivaz, este egoísmo atento y monstruoso.
Al igual que la pequeña Mina, está obsesionado por el cine; pero su cine lo hace para él solo y para algunos iniciados.
Sufre, y piensa inconscientemente en utilizar su sufrimiento. Cuando peleaba, reflexionaba sobre la forma de poder describir su combate. Y al amar, ama o finge amar con la esperanza de servirse de este amor para relatarlo. En la sangre lleva la necesidad de servir de intermediario entre lo que experimenta y ve, y un público. La obsesión del público es una herencia de su padre. ¡Si pudiera arrancar esta cizaña. . . !
Al remover el bolsillo de su chaqueta para buscar un paquete de cigarrillos, Philippe encuentra una agenda donde anotó las direcciones y números de telefono de sus camaradas al despedirse de ellos en Marsella.
"Glatigny: Inválidos 08-22." Le telefonea mientras Mina, sobre la espesa moqueta, hace movimientos de cultura física "para conservar la línea".
Una voz muy distinguida, demasiado distinguida, le responde:
— La condesa de Glatigny al aparato. ¿Desea hablar con el capitán? ¿De parte de quién? Del capitán Philippe Esclavier. Estará encantado. No deja de hablarme de usted. Espero conocerle muy pronto. Un momento, aquí está.
Esclavier tiene un ligero estremecimiento.
"Brrr... Glatigny no debe divertirse todos los días..."
— Por fin estás en París. ¿Cuántos días te has quedado en Marsella ?
— Cuatro días.
— ¿Dónde estás? Ven a almorzar a mi casa. Ya sabes la dirección: Inválidos, 17. No tienes coche... ¿Quieres que pase a recogerte?
Philippe no tiene deseos de compartir una comida familiar, de ser examinado por todas las costuras, de responder a preguntas en apariencia sin conexión unas con otras, pero que permitirán a la condesa situarlo en un medio social determinado y encasillar su tono y modales dentro de la idea que se forme de él.
— Glatigny, te propongo almorzar juntos, como compañeros Podemos encontrarnos en un bar de los Campos Elíseos, el "Brent-Bar". Está en una pequeña calle al lado del "Colísée".
— Trataré de quedar libre.
Philippe oye la voz ahogada de su compañero:
— Claude, no me esperes para almorzar. ¿Qué dices? ¿Que estará el general de Percenailles? ¡Bueno, le das mis excusas! — Un niño grita, después se oye chillar a otro y, por fin, la voz de Glatigny se hace clara —: De acuerdo, Esclavier; a las doce y media en tu bar.
Le parece a Esclavier que su compañero se ha quedado aliviado, que acaba de ofrecerle la ocasión de evadirse de su infierno familiar.
— Toma también mi número de teléfono — le dice Mina —. Cuando no estés muy contento con lo que te suceda, me das un telefonazo y, si Albert no está por aquí, vienes a verme. Dos amigos que se hacen mutuos favores. Me gustaría que un día me lleves a la calle de Buci, para demostrarle a mi madre y a mis amigas que no soy de esas chicas que sólo valen para engatusar a los viejos.
— Cuidado, Mina; vas a enternecerte. Es malo para tu carrera.
— Pareces muy amable durante unos segundos y, de pionto, paf . . . , la patada . . . , un macho egoísta y cruel . . . , que pasado el instante de placer pone el pantalón y . . . si te he visto no me acuerdo.
— Pero, ¿esto qué es? ¡Me estás haciendo una escena . . . !
Mina se acaricia la barbilla con la mano.
— Es verdad.
Y se echa a reír un poco forzadamente.
La condesa de Glatigny, apoyada en el respaldo de un sillón, contempla al extranjero que se ha instalado en su salón y lee el periódico con unas viejas zapatillas y un jersey gris.
Aquel extranjero es su marido, el padre de sus cinco hijos.
— ¡Jacques!
— Dime.
El hombre levanta la cabeza; la mujer casi no reconoce su rostro. ¿Es la delgadez la que acusa aún más sus rasgos, y ese mentón cuadrado, un mentón bastante vulgar de boxeador o de entrenador de natación?
¿Qué necesidad había tenido de lanzarse en paracaídas sobre Dien-Bien-Fú? El gesto había sido bello, denotaba categoría, y en aquel momento se habían hecho los mayores elogios de Jacques en todos los círculos por ella frecuentados. Después habían venido las reticencias. Al realizar este acto había roto los vínculos con su clase, pues en el Ejército, lo mismo que en el interior de la nación, existen las clases, aparte de cualquier graduación y cuerpo. De hecho, había condenado públicamente los estados mayores, a los que pertenecía. Sí; el suyo había sido un gesto de oficial de tropa . . . , una descortesía. . . , y para colmo ahora se empeña en lucir sobre su uniforme la insignia de los paracaidistas. ! Y los paracaidistas no son más que unos aventureros disfrazados de militares!
Su marido prefiere reunirse en un bar con Esclavier que almorzar con el general Percenailles. El general Percenailles, que pertenece a la reserva, está medio chocho, pero conserva en el arma de Caballería numerosas relaciones y representa el doble papel de árbitro de las elegancias y de presidente de una especie de jurado de honor. El general Percenailles fue uno de los que condenaron la actitud de Jacques. Todo podría ponerse en claro durante el almuerzo, pero el capitán De Glatigny, diplomado de Estado Mayor, que puede ser propuesto para el grado de jefe de escuadrón, prefiere reunirse en un bar con uno de esos rufianes paracaidistas.
Desde que ha regresado a Indochina, Jacques no deja de hablar de Esclavier y de sus "golpes magistrales", de una especie de vagabundo que se llama Boisfeuras, de Piniéres, de un árabe llamado Mahmudi y de un tal Raspéguy, un analfabeto que ha llegado a coronel, pero que, de haber corrido otros tiempos, no hubiera sido más que un suboficial toda su vida.
Al día siguiente de la llegada de Jacques habían sido invitados a comer por el coronel Puysange, que tiene fama de desempeñar misteriosas y poderosas funciones en el Ejército.
En el trascurso de la comida, a la que asistía el general Mélis, del gabinete del ministro de Defensa nacional, se mencionó el nombre del teniente Marindelle.
Puysange, cerrando los ojos, lo que le daba un aspecto de esfinge, había dicho:
— Me han informado sobre ese teniente. Durante los cuatro años de su cautiverio ha tenido ocasión de ser trabajado seriamente por los comunistas y es muy probable que ya sea uno de ellos. Sus padres son ricos; vamos a aconsejarle que abandone el Ejército.
Claude de Glatigny vio cómo palidecía su marido v de pronto oyó que alzaba la voz:
— Mi coronel, si hace esto será una innoble injusticia y, además, un crimen contra el Ejército.
— Pero, capitán, los ataques de paludismo no son buenos; yo he conocido muchos . . .
— El teniente Marindelle es uno de los que han llegado a comprender perfectamente la guerra revolucionaria. Su actitud en el campo de concentración estuvo por encima de todo elogio. Puedo servirle de garantía . . . ; es un ser excepcional mi coronel . . .
El coronel Puisange ya había sido advertido. Todos los que regresan de los campos vietminh no son ya los mismos. Pero que un Glatigny esté contagiado hasta tal punto es muy sorprendente. Sin embargo, no puede consentir este tono en uno de sus subalternos y al mismo tiempo debe moderar el tono de la llamada de atención; trasformarla en una reprimenda amistosa, pues el capitán pertenece a un clan poderoso.
— Mi querido Jacques, no dudo del valor de su apreciación, pero quizás esté falseada por el ambiente de los campos y la incesante propaganda a la que ha sido sometido. El Ejército es una cosa y la política es otra, y esta frase de "guerra revolucionaria" es la negación de todas las tradiciones.
— Mi coronel, toda guerra se convertirá en política, y un oficial que no tenga ninguna cultura política perderá rápidamente toda su eficacia. A veces, la palabra "tradición" no hace más que encubrir nuestra pereza.
El general Mélies intervino. Contaba con brillantes hojas de servicio y con su próstata, si bien se decía que ésta no la conservaría ya mucho tiempo. Sus bigotes blancos se movían a cada palabra que soltaba.
— Mi joven compañero, sabemos cuánto ha sufrido . . . , el abandono en que les ha dejado Francia. Usted se ha visto obligado a tomar iniciativas, que a veces rebasaban su competencia. Creo que el Ejército ha terminado con las "operaciones" de este tipo. Debe recuperar su rango, sus tradiciones . . . Y para esto debemos desprendernos de algunas ovejas negras.
Claude había hecho señas a su marido de que dejase todo como estaba, pero Glatigny había continuado:
— Mi general, entonces todos somos ovejas negras, sí, todos los que han sido maquis en Francia, los que han servido en el Primer Ejército o en los F. F. L., los que han luchado en Indochina, los que han muerto de hambre por los caminos de la Alta Región y todos los que creen que el Ejército debe encontrarse dentro del pueblo como un pez en el agua. Esto lo ha escrito Mao-Tsé-Tung, y, por ignorar sus teorías sobre la guerra revolucionaria, nosotros hemos sufrido esta dolorosa derrota. Si usted nos expulsa, ¿qué quedará del Ejército?
El coronel Puysange golpeó el mantel con el cuchillo. Glatigny estaba más contaminado de lo que había supuesto. Citaba a Mao-Tsé-Tung, un comunista; luego había leído libros comunistas. ¡Ah! Si no se necesitasen todas estas "ovejas negras" para hacer la guerra, cómo se liquidarían tantos abscesos . . .
Acudió en ayuda del general:
— Se trata sólo de un caso particular, el del teniente Marindelle. Me parece que una simple sanción . . .
— Creo que esta sanción atentaría contra la moral del Ejército, y que sería mal vista y mal aceptada por los compañeros del teniente Marindelle . . .
— Uno de los cuales es usted . . .
— Uno de los cuales soy yo.
Todas las conversaciones se apagaron. La dueña de casa desvió con dificultad la atención de los invitados sobre la pieza de teatro que se comentaba. El capitán De Glatigny no volvió a abrir la boca.
Al finalizar la comida, un teniente que se hallaba sentado al otro extremo de la mesa se había acercado a De Glatigny y Claude había comprendido que felicitaba a su esposo. El teniente también se había batido en Indochina. Pero, luego, el coronel Puysange condujo a la esposa de Glatigny hacia un rincón del salón y le dijo:
— Querida Claude, debe moderar al capitán; si no estuviésemos entre amigos, entre gentes del mismo mundo, el incidente hubiera podido tornarse grave y muy perjudicial para la carrera de su marido . . . Necesita desintoxicarse . . . Usted tiene mucha influencia sobre él. Me parece que siente simpatías por los comunistas . . .
— ¡Jacques, comunista!
— No digo tanto; pero sí que las sólidas tradiciones, una fe sincera, el amor a su profesión y, sobre todo, usted, querida, le impedirán naufragar.
En su automóvil, un antiguo "Mercedes" que había traído de Alemania, Claude preguntó a su marido con profundo horror:
— ¿Es verdad que eres comunista?
— Es cosa de Puysange, ¿no? No llego a comprender cómo este hombre, con una cabeza tan hermosa y franca, pueda ser tan innoble y cómo, a pesar de todas sus condecoraciones, nunca ha tenido ocasión de batirse. ¿Sabes qué es el comunismo? No, claro. Ni lo saben los comunistas franceses. El comunismo es un país de otro mundo. Y no me siento preparado para los viajes interplanetarios. Mañana telefonearás a Jeanine Marindelle para que venga a cenar con su marido.
— ¡Telefonear a Jeanine después de lo que ha hecho!
— Esto sólo le concierne a Ivés Marindelle. Me interesa a toda costa tener mañana en mi mesa a Ivés Marindelle y a su mujer. También invitarás a ese pelele de comandante Garnier. Así todo el mundo lo sabrá, y ese viejo bribón de Puysange el primero.
En el trascurso de aquella cena, Claude se había sentido muy embarazada, en primer lugar por la presencia de Jeanine, la mujer adúltera, toda azúcar y miel y con una belleza más radiante que nunca (como si el pecado fuese bueno para el cutis), y después por la clase de relaciones que existían entre su marido y Marindelle. El teniente tuteaba a Jacques, le hablaba de igual a igual, olvidando la diferencia de grado, de edad y de situación. El capitán De Glatigny había desempeñado funciones importantes junto a varios generales.
¡Y Jeanine, Contenta y sonriente. . . ! Esa mujerzuela con maneras de ángel que se había entregado a una bestia monstruosa, a ese rufián de Pasfeuro.
Jacques reía y bromeaba con ella. ¡Puede que incluso la deseara, ahora que sabía que era tan fácil acostarse con ella!
¡Qué cambiado estaba Jacques! En vez de vestirse y de afeitarse pasaba las horas apoltronado en un sillón leyendo el periódico. Desde que había regresado, se emperezaba en el lecho, permanecía horas y horas jugando con los niños o en la cocina, sentado en una silla, viendo cómo María limpiaba las verduras y hacía un ragú. A veces hasta la ayudaba.
Los niños se tomaban demasiadas familiaridades con su padre y María tenía tendencia a ponerse insoportable. Jacques no sabía ya mantener las distancias y los resultados eran deplorables.
En su vida íntima, la primera noche después de su regreso se había portado de una manera terrible y le había dado la sensación de estar cometiendo un adulterio. La había tratado como a una mujerzuela cualquiera, mientras ella contemplaba el crucifijo de la pared, un Cristo ultrajado y reprobador. Después le había dado las gracias con un beso sentimental y torpe.
Por el desagrado que tal contacto le había supuesto, había encontrado valor para confesárselo todo:
—Jacques, debo decirte . . .
—Sí.
Glatigny tenía deseos de sentir la cabeza de su mujer apoyada sobre su hombro, de rodearla con sus brazos, de decirle lo mucho que había pensado en ella y en los niños cuando estaba allá, en Marianne II, y había creído morir.
Pero ella se retiraba, se negaba a todo contacto.
— Jacques, he creído poder disponer del dinero que me has enviado de manera diferente a la convenida. He mandado reconstruir el techo del castillo de Pressinges. Se iba a derrumbar.
Glatigny casi se había sentado en el lecho.
— Supongo que te estás burlando de mí.
— No; y nos ha salido más caro de lo que me creía; dos millones y medio . . .
— Pero, ¿has podido llegar hasta ese grado de estupidez?
— No te entiendo.
— Digo que sí has sido tan idiota, estúpida y loca hasta ese extremo. ¿Para qué queremos ya esa ruina de edificio, que no sirve para nada?
— Yo nací en él y antes que yo todos los míos, y dos hijos nuestros, Xavier e Yvon . . .
— Quieres desempeñar el papel de castellana durante dos meses al año, te interesa inclinarte con solicitud y condescendencia sobre los niños de los campesinos, mil veces más ricos que nosotros; quieres poder sentarte en la Iglesia en nuestro sitial de honor...; eres más vanidosa que una pava.
— No creí que fuese tan vulgar.
— Ese dinero era para los niños y para nosotros. Unas vacaciones en una playa, dos bicicletas para Xavier e Yvon, un poco de dinero para gastar. . . y un coche nuevo.
— Los niños estarán muy bien en Pressinges...
— En ese viejo castillo helado y húmedo...
— Así adquirirán conciencia de su rango.
— Pobre Claude; todo eso está muerto.
Claude tuvo ganas de llorar pensando en lo mucho que había amado a Jacques. Le había amado hasta el extremo de ser capaz de morir por él mientras estaba en Dien-Bien-Fú, y después, cuando cayó prisionero. Y ahora le devolvían esta falsificación.
Al contemplarle, Claude no puede menos de pensar dónde está el original, qué habrá sido del Jacques de Glatigny perfectamente bien educado, cortés y ligeramente despreciativo, consciente del valor de su nombre y que sabía dar a entender a sus superiores que les hacía un favor obedeciéndoles. El Jacques que ganaba los concursos hípicos y jugaba al bridge.
En el sillón tiene ahora este sucedáneo, deformado y vulgar, con el que debe conformarse. No, no es posible.
Jacques levanta los ojos del periódico y mira a su mujer. Sigue teniendo los ojos felinos que siempre le han seducido, unos ojos de un amarillo casi rojo, un rostro delgado y bien modelado, y el talle esbelto de una amazona que los embarazos no han conseguido deformar.
Claude es pequeña y de buen linaje, inquebrantable e intransigente. Sabe recibir a las amistades, dirigir una conversación, educar a los hijos y hablar a los criados. Conoce al dedillo el anuario del Ejército y en su familia se cuentan casi tantos generales como en la del propio Glatigny. Pero es insoportable y poco inteligente.
El matrimonio de ambos había dado ocasión a una gran fiesta en el parque de ese castillo de Pressinges, ya en ruinas. Se habían reunido centenares de invitados: un mariscal de Francia, un arzobispo, toda la nobleza de la región y todos los oficiales de las guarniciones vecinas, con tal de que fuesen de buen linaje. Los últimos restos de la fortuna de los Pressinges fueron dilapidados en aquella parada final. Las mismas campanas que anunciaron el matrimonio ocho días después tocaban a rebato anunciando la guerra. Xavier, el mayor de sus hijos, tiene ahora quince años.
Hasta este momento, Jacques había podido amoldarse a su mujer. Sólo la veía de vez en cuando para hacerle un hijo. Había tenido que dejarla en 1939, luego cayó prisionero, se evadió y permaneció dos años con los maquis de Saboya. Geneviéve nació en un pueblecito de la Selva Negra, donde se decía había residido el doctor Fausto. Durante este año de ocupación en Alemania, los esposos habían vivido juntos, y la convivencia resultó agradable; caza con galgos, grandes bailes, recepciones y concursos hípicos.
La condesa De Glatigny, sobrina de un general en jefe y de un alto comisario de Francia, emparentada con toda la nobleza, incluso con la alemana, que reaparecía entre los escombros, rica ya de una vez, con coche y criados, creía haber encontrado su rango y el lugar que le correspondía.
Había reinado en aquel año loco y había hecho perder la cabeza a algunos tenientes que se habían casado con sus primas. Como sentaba a su mesa varias veces por semana al general de la Wehrmacht Heinrich von Bulocky, primo suyo, pasaba por ser una gran señora, que podía permitirse el lujo de situarse por encima de los prejuicios de vencedores y vencidos. Sin embargo, Claude había sabido aprovecharse de la victoria.
Un día, el mismo von Bulocky le había dicho al capitán:
— Querido Jacques, Claude disfruta exhibiéndome. Soy su escándalo, pero un escándalo de buena marca. He conspirado contra Hitler y nunca cometí los llamados crímenes de guerra. ¡Como si pudiera hacerse una guerra sin crímenes. . . ! Vengo aquí, a hacer mi número por un bocado de pan, tengo que relatar mi campaña en Francia, lo que casi me agrada, y mi campaña en Rusia, lo que me resulta más penoso. En el fondo me pregunto si su esposa no es un pequeño monstruo . . . Déme otra copa de este excelente coñac. . . Conozco un caballo admirable que ha sobrevivido a la guerra: se encuentra cerca de aquí. Podría usted requisarlo. . . Así, aunque salga de Alemania, no saldrá de la familia.
Según las últimas noticias, el ex general de blindados von Bulocky está en camino de conseguir una de las más poderosas fortunas de Alemania con sus casas prefabricadas, que vende al mundo entero.
Ha invitado a Xavier y Geneviéve para que pasen con él la Nochebuena en su propiedad cerca de Colonia. Él mismo los vendrá a buscar y pasará el día en París.
Bulocky no se hace reconstruir ninguno de sus castillos, al contrario, destruye con dinamita los pocos que le quedan. Se ha construido, al borde del Bodensee, un chalet dotado de todo el confort moderno. Y para completarlo, se acaba de casar con una maniquí, veinticinco años más joven que él.
Claude había hecho colocar una armazón nueva sobre los ruidosos muros del castillo de Pressinges. Mientras él apretaba la granada de mano durante el asalto a Marianne II, mientras se arrastraba por los caminos escuchando las órdenes de La Voz, y mientras llevaba la camilla de Esclavier, Claude había dilapidado, acuciada por un reflejo anacrónico de su vanidad, el poco dinero que él había ganado, fruto de su sudor y de su desesperación.
Antes de su cautiverio, Glatigny hubiese encontrado natural la preocupación de su mujer por restaurar el castillo. Como todos los suyos, tenía un sentido de la propiedad muy diferente del de los burgueses o los comerciantes. El castillo era para él una mansión comunal. En la Edad Media, todos podían buscar refugio en sus muros y hoy podían visitarlo. El propietario del momento era responsable de él, no sólo ante sus antepasados, sino ante la nación.
Pero su evolución, comenzada en el campo número 1, le lleva ahora a detestar este universo, en el que sigue viviendo su esposa y en donde se halla el castillo. Yvon viene a sentarse en las rodillas de su padre. La voz seca de Claude la reprende:
— Niños, os he prohibido venir al salón. Yvon, vuélvete a tu cuarto.
— Quédate — le dice suavemente su padre —. Claude, mira qué pálido está. ¡Qué bien le sentaría el mar!
Llegan Geneviéve e Indochina I y II: Muriel y Olivier, la chica y el chico que habían tenido por cada estancia suya en Francia. Los niños se cuelgan en racimo del cuello de su padre, le tiran del pelo, se arremolinan y se agarran a su jersey negro gritando y peleándose.
— Prefiero retirarme — dice Claude —. Basta que hayas llegado para que no quede nada de toda la educación que les he dado. ¿Estás decidido a reunirte con tu Esclavier?
— No volvamos a lo mismo; además, quiero traerlo a cenar, y, si lo encuentro, también a Marindelle...
— No estaré aquí. Si esto continúa, tus suboficiales y tus soldados invadirán mi salón.
— Claro que me gustaría, querida; pero fíjate, todos están muertos.
Jacques De Glatigny lanza una ojeada al gran salón con sus cuadros, sus armaduras, sus estandartes y sus panoplias. En todas las estanterías se ven cañones en miniatura, como en un pequeño museo del Ejército.
Esa vieja bandera, rasgada y chamuscada, estuvo en Waterloo y la larga espada, sólo manejable por un gigante, perteneció al condestable. La araña de cristal fue robada en Italia, y los suntuosos tapices, traídos por el general Gardianne, son los que Napoleón envió a Persia a fin de convencer al Sha para que se aliará con él contra los ejércitos ingleses. En una vitrina se expone el manto con la cruz en forma de flecha, perteneciente al gran maestre de la Orden de Malta, y sobre una columna se exhibe la coraza agujereada de un oficial de los zuavos pontificios.
Sí, habría que oír los comentarios de Bachelier y de Ber-manju, de Moustier y de Dupont, de Merkilof y de Javelle, en medio de todo aquello y de su alucinante historia. ¿Y qué habría dicho Cergona, con su aparato de radio que parecía querer devorarle la espalda? Pero sus cuerpos se pudren en la depresión de Dien-Bien-Fú.
Se desembaraza de sus hijos, como quien desgrana un racimo, y marcha a vestirse. Llegará con retraso a la cita con Esclavier. Se encuentra muy cansado. Le gustaría vivir solo en el campo, en una casucha de madera, y caminar por el bosque con unas pesadas botas, no afeitarse, alimentarse de pan, de vino, de ajos crudos, de sardinas y de huevos . . . ; vivir en completa soledad . . . , rezando . . . , hasta encontrar el hilo misterioso que necesita para poder guiarse en esta nueva existencia, en la que acaba de descubrir que los generales también pueden ser unos imbéciles y la esposa una extraña.
Sin embargo, llega el primero al "Brent-Bar" y se dispone a pedir un whisky, pero duda. Tiene que olvidar esta costumbre. Un sueldo de capitán, una mujer con manía de grandeza, cinco hijos rebosantes de salud y un piso en forma de museo del Ejército, le prohiben el whisky.
— Barman, un oporto.
— ¿No irás a beber esa porquería? — dice Esclavier, entrando —. Denos dos whiskies.
Cómplice y admirador a la vez, el barman sonríe a Philippe Esclavier.
Es la primera vez que Philippe ve a su compañero de paisano y se queda sorprendido. Aunque vestido con gran cuidado, Glatigny parece raquítico, más delgado y más pequeño de lo que es, dentro de su chaqueta azul de corte antiguo que desprende un olor a naftalina. A su lado, sobre el mostrador del bar, tiene su sombrero de bordes enroscados y sus guantes, y cabalga sobre su taburete como sobre una silla de montar. Su rostro parece fatigado, su sonrisa es triste. Chupa una mala pipa que está apagada.
Esclavier le pone la mano sobre el hombro, tal y como un día lo hizo allá arriba, en la garganta de los meo.
— ¿Qué hay, Jacques?
— ¿Qué hay, Philippe?
— ¿Qué tal el regreso?
— He encontrado a mis hijos muy crecidos. Me porto con ellos como un padre chocho, loco de ternura; tiemblo porque quizá tendrán que vivir en ese mundo de termitas que nosotros hemos conocido. Mi mujer se ha acostumbrado a estar sola; ha adquirido autoridad y un cierto sentido de la independencia. El gran drama estriba en que en los campos vietminh hemos evolucionado solos, fuera de nuestras familias, de nuestra clase social, de nuestra profesión y de nuestro país. Y por eso no resulta fácil el retorno.
— El problema entre los viets era muy sencillo. Se resumía así: sobrevivir. Pero algunos de nosotros, además, trataron de comprender.
— He vuelto a ver a Marindelle.
— ¿Y qué?
— Es feliz, juega al hombre feliz . . . ; pero: . . .
— Sí; está muy dotado para la ficción . . .
— Le han acusado de haberse convertido en comunista.
- ¿Él?
— Lo he querido defender y a mi vez paso por simpatizante.
Esclavier vuelve a encontrar su tono de voz despreciable y seco:
— El Ejército es el mayor hatajo de imbéciles y de puercos que conozco.
— Entonces, ¿qué haces tú en él?
— También es el lugar donde se encuentran los hombres más desinteresados y más fieles en su amistad.
— ¿Has vuelto a tu casa?
— Aún no. Comprende, me fastidia y me sería difícil explicar porqué Edouard, otros dos whiskies, pero dobles . . . Es verdad, hemos evolucionado fuera de nuestro país . . . y por primera vez tengo la impresión de que los militares hemos avanzado . . . por primera vez desde hace siglos. Sólo que ha sido un azar el que nos ha empujado hacia delante y no estábamos preparados para eso. Vamos a cenar; necesito que me ayudes a ponerme en forma para regresar a mi casa rué de l'Université.
A las ocho de la tarde, Glatigny y Esclavier están completamente borrachos. Han encontrado a Orsini, que deambulaba por los Campos Elíseos buscando un cine. Orsini se levanta a las dos de la tarde y pasa las noches jugando al póquer con sus compatriotas. Hasta el momento presente, siempre ha ganado.
— Quieren ser delicados — dice —; es la primera vez que los veo perder.
Los tres vuelven a entrar en el "Brent-Bar" y Edouard, fascinado, los escucha, olvidando a los otros clientes.
— El amor — dice Glatigny, dando golpecitos al vaso con la nariz — se reduce para mí a una simple función social; la religión me parece una serie de gestos desprovistos de sentido; la guerra es un conjunto de técnicas más o menos bien adaptadas. Orsini, Esclavier, ¿sabéis para qué luché en Dien-Bien-Fú, para que me arrastré por las trincheras, con los brazos atados y el barro hasta los muslos, y para qué me pudrí de fiebre bajo las lluvias del monzón; sabéis para qué hemos hecho la guerra de Indochina? Para que la condesa de Glatigny pueda poner un techo nuevo sobre unas ruinas . . .
— A mí ya me está fastidiando todo. Se debía poder pasar el permiso con compañeros. . . que no tuviesen, como yo, ni mujer, ni familia . . . Nunca tuve tanta sed como esta noche. Toda la sed que pasé en el campo número 1 me está subiendo a la garganta. ¿Y si telefoneáramos a Marindelle?
— Marindelle vive de amor — dice Esclavier—. Ahora ya estoy en condiciones de regresar a mi casa.
Se retira con la gorra calada en son de batalla y con los labios apretados. Gatigny y Orsini siguen bebiendo.
Con las dos manos en los bolsillos de su impermeable, con el cigarrillo, en la esquina del labio y con el rostro muy pálido y adelgazado, Philippe Esclavier está frente a la puerta de su casa.
Jacqueline, su hermana, que sale a abrirle, lanza un largo suspiro:
— ¿Eres tú, Philippe? Te habíamos creído muerto.
— ¿Creído o esperado?
La mujer tiembla, pues tiene la sensación de estar viendo a un fantasma, el fantasma de su padre, vestido de manera horrible. La semejanza la trastorna.
—Por favor, Philippe. Estoy tan contenta de que hayas vuelto.
Trata de besarlo. Él se deja besar sin moverse, sin sacar las manos de los bolsillos. Después entra, empujándola suavemente.
Un rumor ahogado de voces llega del salón.
— Hay gente. ¿Está Weihl de perorata?
— Philippe, no armes escándalos. Nuestras opiniones pueden ser diferentes.
— No se trata de opiniones.
— Todo el mundo estará muy contento de volverte a ver, Michel también. . . ; después de todo estuvisteis deportados juntos...
— No por los mismos motivos . . .
— Por favor. Tengo preparados tus trajes de paisano. ¿Quieres que te los vaya a buscar? Échate un poco de agua por la cara para calmarte. Múdate . . . y ven junto a nosotros.
— ¿Para qué voy a mudarme?
— El atuendo que llevas . . .
— Hay que ver lo que son las cosas. Cuando regresé del campo de Mathausen, quisisteis que conservase mi atuendo de deportado. Y ahora que regreso de Indochina como oficial . . .
— De paracaidistas . . . , Philippe . . .
— Y tú quieres que me disfrace de paisano, que regrese a mi casa deslizándome junto a las paredes, que doble la cerviz ante un estafador y sus amigos que ensucian mis alfombras, y que me haga perdonar el no haberme hecho matar veinte veces, el no haber reventado por milagro, abandonado de todos en un hospital vietminh. Dime, Jacqueline, eso quieres, ¿verdad? Pues no será.
— Eres un salvaje y has bebido; hueles a alcohol. Nuestro padre nunca bebía — le dice Jacqueline, estallando en sollozos.
Philippe entra en el salón. Lleva la gorra sobre la cabeza, pero se ha despojado de su impermeable, luciendo su insignia de paracaidista y sus condecoraciones.
Michel Weihl-Esclavier está hablando con ese despreciativo despego, con esa búsqueda un tanto preciosista de las expresiones que le permiten pasar por un espíritu refinado y por un escritor de gran cultura. Está acodado junto a la chimenea y deja colgar negligentemente una de sus hermosas manos.
Villéle, hundido en un sillón, parece pendiente de sus labios, pero en realidad no le escucha y piensa en otra cosa. Villéle odia a Weihl por sus éxitos; lo felicita por sus libros, que el escritor firma Michel W. Esclavier, pero a sus espaldas dice que son una sarta de camelos, y no los lee. A Villéle le gustaría vivir en este piso donde generaciones de profesores, de juristas y de grandes médicos y políticos han amontonado discretos tesoros.
Sólo el Fantin-Latour que cuelga en la pared, por ejemplo, vale una fortuna.
Como Weihl no lo mira, desvía ligeramente la cabeza y ve el fino rostro de Guitte, la hija de Goldschmidt. El profesor duerme con la boca abierta, recostado en un sillón. La pequeña es bonita y nerviosa. ¿Qué tal será en el lecho? ¿Será gazmoña? ¿Audaz? ¿Una mezcla de ambas cosas? De todas maneras es una aventura digna de intentar. . .
En el lote no hay otra cosa de interés; algunas activistas de piernas gordas y cabellos cortos; dos o tres mujeres de mundo un poco estúpidas, entre las que se cuenta Francoise Percenier-Moreau, de quien se dice que es la amante de Weihl, y unas estudiantes mal vestidas y que huelen a sudor. . . Buenas únicamente para tirárselas entre dos sesiones de autocrítica.
Los hombres no valen más que las mujeres: unos universitarios penetrados de su importancia y un pintor que viene a todas las sesiones porque le han dicho que puede coincidir con Picasso. Pero lo que nadie sabe es que el pintor oculta en su bolsillo una jeringa repleta de pintura negra con la que espera poder rociar al "mixtificador que ha destruido la pintura".
Villéle es el único que lo sabe y espera . . . Una noche había escrito un artículo, un buen artículo, en el que daba la razón a Picasso, claro, pero con ciertos matices, sutiles matices. El artículo no podía publicarse aún, y quizá con el incidente, si se produjera, la cosa podría cambiar de panorama.
También se encuentra entre los concurrentes un director de escena, famoso por sus gustos contra natura. Y, finalmente, un dominico.
Ninguna de las treinta personas allí reunidas tiene importancia a los ojos de Villéle, ni siquiera la joven profesora de Filosofía que está roja de admiración por el dueño de la casa y que moja con delicia sus labios en un vaso de naranjada tibia. ¡Qué tipo sórdido, Weihl, siempre con su naranjada!
Ve a Philippe Esclavier, que acaba de entrar, y lo reconoce inmediatamente. Es el capitán que en Vietri dio orden a los prisioneros de que lanzasen al agua sus cascos de latanero y sus zapatillas de basquet. Villéle posee una memoria "fotográfica" de los rostros. Adopta un aire ofuscado, pero en su interior se siente ganado por una profunda alegría. La corrida se anuncia buena.
— Nuestra acción en favor de la paz — dice en aquel momento Weihl — se ha visto coronada por magníficos resultados. Hemos levantado la opinión contra la guerra de Indochina, y esto trajo como consecuencia el armisticio y la victoria de nuestros amigos de la República Democrática del Vietnam . . . Pronto serán dueños del sur, donde el fantoche puesto por los norteamericanos sólo aguantará unos días . . .
— Se charla, ¿eh? — la voz de Philippe estalla seca, como en un día de hielo el crujido de un árbol del bosque. Se apoya en la puerta, como si quisiera bloquear la salida por donde pueda huir su presa —. Me pregunto qué te habrá hecho nuestro país para que sólo pienses en destruirlo, y mi familia para que hayas venido a pudrirla.
Michel Weihl siente que la sangre ha desaparecido de su rostro, de su pecho, de sus miembros, y que ha ido a refugiarse en un punto misterioso de su cuerpo, a una especie de cubil adonde refluye siempre que las cosas le marchan mal. Esperaba este encuentro, pero no lo creía tan cercano.
Al otro lado de la puerta Jecqueline trata de entrar. Da golpes con los puños, pero pronto desiste.
"Se ha ido a llorar a su habitación — piensa Weihl —. Sólo sirve para llorar, al igual que su madre. Pues mira el cerdo de Villéle, que nunca estuvo en fiesta parecida. Por fin se ha despertado Goldschmidt; se frota los ojos. Su rostro se ilumina; ha reconocido a su pequeño Philippe . . . Muy interesante lo que está pasando. En este momento yo soy como un espectador más, estoy fuera del drama, pero también soy el centro del mismo. Esto merece un desarrollo, pero más tarde. Ahora tengo que ganar mi puesto en la escena, en el centro de la escena. Francoise tiene un aire sorprendido. No te va a servir de nada, mi pequeña Francoise; esta vez va en serio y Philippe no ve tus mohines. Soy yo su "bestia sacrificada . . . " — Michel recuerda esta expresión persa a la que encuentra un sentido profundo —: "Sea yo vuestra bestia sacrificada." Se da cuenta de que hay un silencio total, que la mayoría de los espectadores se han levantado y esperan. Afirma la voz y dice:
— Philippe, estoy encantado de volverte a ver.
— Yo, río. Te repito la pregunta: ¿Qué te ha hecho mi país para que sólo pienses en destruirlo?
— También es mi país.
— No.
— ¿Porque soy judío?
— No. Goldschmidt es judío, pero éste es su país.
— ¿Porque soy progresista?
— Goldschmidt se cree progresista y éste es su país.
— ¿Entonces... ?
— Porque tú sólo eres una infecta basura. Tienes el gusto malsano de la desgracia, de la podredumbre y de la derrota. Has nacido alcahuete, rastrero y servil . . .
— Te he salvado la vida en Mathausen.
— No fuiste tú; fueron tus patrones . . . , los comunistas. Fournier me ayudó. No pienso lo mismo que Fournier, pero lo estimo.
— ¿Por qué este escándalo?
— Tengo la oportunidad de ver a mi alrededor un lote particularmente bien elegido de cerdos, de tontos y de snobs. Y no puedo resistirme a tanto placer. Mañana lo desinfectaré todo . . . con DDT.
— ¡Esto es inadmisible! — grita la profesora con su voz aguda.
— Señora, estoy en mi casa. ¡Es de admirar! Entre estos amigos del pueblo no veo ni a un solo obrero, y entre estos combatientes . . . de la paz, ni a un solo tipo capaz de sostener un fusil. Tampoco veo a un verdadero coco. Los comunistas no son como vosotros. ¡Son mucho menos tolerantes! Se preservan del contagio, se mantienen limpios y arrojan sus basuras por encima de la cabeza de los demás. ¡Y con sus basuras han llenado mi salón!
"No es tan terrible, si sigue hablando en términos generales — piensa Weihl —. A lo mejor no habla del campo de Mathausen y de la causa de mi deportación . . . , quizá . . . porque Fournier le habrá contado todo . . . Nuestro gran Philippe es un ser sensible, brutal, sí, pero tiene miedo de dañar a su hermana, de ensuciar el honor de la familia. Deportado por mercado negro. Después de todo, era necesario vivir, mejor dicho, sobrevivir. Philippe no lo puede comprender. Los Esclavier llevan trabajando desde hace siglos por el honor y los altos sentimientos. Pero ahora que estoy situado, estoy dispuesto a tener como los demás, más que los demás, altos sentimientos . . . "
— ¿Estás borracho, Philippe?
No puede remediar el provocar a su cuñado. Quizá Philippe lo va a golpear como hizo en el campo cuando le descubrió en trance de robar una ración. Entonces había experimentado una turbia sensación de bienestar; realmente un sentimiento muy extraño.
— No estoy lo suficientemente borracho aún, Weihl, vé a buscarme alcohol, pues en mi casa bebemos alcohol y no esas tisanas. Nos emborracharemos los dos juntos. No, todo el mundo se emborrachará. Aprisa, Weihl, tengo sed. Y no me vengas con historias, porque tú, querido Michel, sabes muy bien elegir los alcoholes . . .
La alusión esta vez es precisa. Weihl había vendido a los alemanes un lote de alcoholes de estraperlo, que le costó el viaje a Mathausen . . , Philippe está borracho y Villéle arde de curiosidad. Olfatea un enorme secreto de feo cariz.
— Aprisa, Michel.
Weihl, lentamente, se aparta de la chimenea.
El capitán le abre la puerta y de una patada lo echa fuera. Guitte salta, como si el encanto que les tenía a todos quietos se hubiera roto. Aprieta su cabeza contra el pecho de Philippe, lo besa, lo araña, ríe y llora y le acaricia el rostro.
— Por fin has venido, Philippe. Te estoy tocando, te estoy besando. Y, como siempre, estás mal afeitado por las noches.
El gordo de Goldschmidt, jadeando, agarra la mano del capitán y la aprieta contra su grueso vientre. Lagrimea, lo que le hace todavía más feo.
— ¿Por qué no nos has avisado? Hubiéramos ido a esperarte al puerto de Marsella . . .
Villéle enciende un cigarrillo. Piensa:
"La cosa ya no es tan divertida; nos enternecemos. Se hace trivial y, sin embargo, estuvimos rozando el momento de la gran verdad, interesante el capitán, muy interesante. Y es el gran amor de la pequeña Guitte, ¿habéis visto?"
Los invitados desfilaban unos tras los otros, sin atreverse a mirar a Philippe, que sigue de pie junto a la puerta.
— Me gustaría volver a verle, capitán — le dice Villéle —. Acuérdese, yo estuve en Vietri en el momento de su liberación . . . Aquel gesto magnífico, sí, magnífico, de lanzar los cascos de latanero al agua. Ya le telefonearé . . . Muy pronto.
Sorprendido, Philippe, se deja estrechar la mano que le queda libre de las efusiones de Goldschmidt.
Weihl regresa con una botella de coñac, la coloca sobre la mesa y desaparece. De súbito ha adquirido los modales escurridizos de un maitre de hotel.
— Has exagerado, Philippe — le dice en voz baja Goldschmidt, forzando al capitán a sentarse junto a él —. Tú eres quien ha permitido que Weihl fuese el heredero de tu padre y de su pensamiento. ¿Sabes que hay en él un gran escritor? Es un exhibicionista que sufre mostrando sus interioridades ante un público y al mismo tiempo no puede resistir la tentación de hacerlo . . . Es su gran necesidad.
— El strip-tease de los sentimientos, pero se guarda muy bien de dar las razones de su deportación.
— Cualquier día lo hará . . . porque no podrá evitarlo. Los exhibicionistas son gentes extrañas y nosotros, los judíos, somos todos exhibicionistas.
— ¿Incluso los judíos de Israel? — pregunta Guitte.
— No; esos parecen haber escapado de la maldición. Pero también por eso van a perder su genio, que está hecho de sutileza, de inquietud y también de miedo. En el subconsciente del todo judío está profundamente anclado el temor al pogrom. El israelí no lo tiene. Pisa una tierra que es la suya y lleva un fusil a la espalda. El judío desarraigado desde hace siglos, no puede sino odiar todas las formas de nacionalismo. Las naciones son familias recelosas de las que se siente excluido. Por eso ha inventado el comunismo, en donde la noción de clase sustituye a la de nación. Pero esta última invención, nacida de su genio, no ha solucionado nada, pues el judío, por su esencia, está fuera de todas las clases sociales, lo mismo que se encuentra fuera de toda nación. Entonces se queda en las fronteras del comunismo, se hace progresista. Los israelíes han escogido el camino opuesto, pero inmediatamente han conocido los delirios nacionalistas — el viejo respira fatigosamente y sigue diciendo —: Como ves, sigo tan charlatán, Philippe. Todo para decirte que yo soy judío, no israelí y que Weihl es igual que yo, un judío sin arraigar. Por eso estoy unido a él.
— Yo soy israelí — dice Guitte —. Soy una nacionalista, no estoy maldita. ¿No quieres casarte conmigo, Philippe? Juntos organizaremos pogroms y, cuchillo en mano, perseguiremos a Weihl y al viejo Goldschmidt por todos los pasillos de la casa.
— Bien, ya está; he comprendido la lección. Os quiero a los dos, pero dejadme tranquilo con mi botella de coñac — dice Philippe.
— ¿Cuándo vienes a cenar? — pregunta Guitte —. Te haré un plato nacionalista: bifstec con papas fritas. Aprendí a cocinar para seducirte mejor.
— Ya sabes lo que pensaba tu padre — prosigue diciendo Goldschmidt — : "La historia nos llevará ineludiblemente al comunismo. En lugar de combatirlo, lo que interesa es humanizarlo para hacerlo soportable a Occidente."
— Conozco el comunismo y ahora sé que no es soportable, que no se puede humanizar.
A Goldschmidt le cuesta trabajo levantarse. Es asmático y se ahoga a cada paso que da. Cualquier día su corazón se detendrá y se habrá acabado el viejo charlatán, curioso e indulgente. Siempre ha vivido a la sombra de los demás, olvidando su propia existencia, y ahora la muerte le recuerda que tiene una vida.
Apoyado en su hija, va ascendiendo lentamente a lo largo de las verjas del jardín de Luxemburgo. De vez en cuando se detiene para recobrar el aliento:
— ¡Qué extraño destino el de la familia Esclavier! — le dice de pronto a Guitte —. Etienne que muere al regresar de la U.R.S.S., donde ha sido recibido triunfalmente. Paul le sigue a la tumba pocos días después, tras haber conseguido que se votase la exclusión de su hermano del partido socialista, aunque comunistas y socialistas entierran a sus grandes hombres desplegando sus banderas rojas y se insultan al borde de sus tumbas . . . Mientras, Philippe agoniza en un hospital de Hanoi a causa de una herida en el vientre recibida al tomar por asalto un poblado vietminh, sobre el que flota la misma bandera roja. Los dos moribundos reclaman a Philippe en su lecho de muerte. El uno sólo tiene a Weihl para recoger su "testamento político". Paul ve en su cabecera a un antiguo presidente de consejo comprometido en un asunto algo sucio. Pero junto a la madre de Philippe, muerta un mes después de fallecer su gran hombre, sólo se encuentra el viejo Goldschmidt. Me pide un rosario. La vendedora de artículos piadosos me pregunta: ¿Es para un comulgante? Philippe tiene la misma belleza de su padre, los mismos ojos grises como el mar de Bretaña. Pero la guerra y los sufrimientos han dejado huella en su rostro. La arcilla ha pasado por el horno. Algún día le preguntaré a Philippe por qué se ha quedado en el Ejército.
— Yo lo sé, porque soy una israelí.
— ¿No estarás un poco enamorada de Philippe?
— No puedes dar un paso; buscaré un taxi.
— Te prevengo que los Esclavier no aceptan en su vida más que a mujeres sumisas y discretas.
Philippe Esclavier , completamente solo en el espacioso salón, se pasea, con su vaso en la mano, a lo largo de las estanterías: libros antiguos, encuadernados en cuero o en pergamino, libros en rústica, en los que la luz ha vuelto ya los lomos amarillentos y ha borrado los títulos.
Cuando su padre todavía vivía, la habitación estaba invadida por libros recién salidos de las imprentas.
Casi todos llevaban la inevitable dedicatoria:
"A mi maestro, Etienne Esclavier, con toda mi admiración . . . Respetuoso homenaje de un discípulo . . . Al que fue guía de nuestra generación . . . "
La adulación se mezclaba con la sinceridad.
Etienne Esclavier olía los libros nuevos como si fuesen flores o frutos. Le gustaba el olor del papel y de la tinta fresca. Cogía al azar un libro de las estanterías, lo recorría a la ligera y lo volvía a dejar a los pocos minutos; pero si era interesante se lo llevaba apretado junto a su pecho como un precioso descubrimiento.
En esta habitación padre e hijo habían dado libre curso a su pasión exclusiva. Entre ellos hablaban un idioma cuya clave era desconocida para todos los demás. Los grandes hombres de la III República, los escritores y los artistas que frecuentaban la casa de Esclavier, recibían ridículos sobrenombres. A veces, para su hijo, el profesor sometía a crítica a uno de ellos, lo desmontaba, como a una máquina, pieza por pieza, y pronto sus vanidades, sus ridiculeces y sus mentiras cubrían la alfombra.
Philippe alcanza un libro. El matrimonio, de León Blum. El escándalo que había provocado la aparición de este libro ahora parecía irrisorio. Philippe recuerda perfectamente a León Blum.
Corría el año 1936; Philippe tenía trece años. Étienne Esclavier, agitando sus largos cabellos de plata, había desfilado desde la Nation a la Bastille llevándolo de la mano para asociarlo a aquel Frente Popular que era parte de su obra.
León Blum, que tenía gestos tiernos, había acariciado la cabeza del pequeño Philippe y el gordo Jouhaux le había abrazado tan fuertemente contra "su tripa" que el chico había llorado.
En esta misma habitación y por esta puerta había entrado Eugen Jochim Raths.
Philippe lo recuerda. Lo mismo que él ahora, había colocado su mano sobre el respaldo del sillón y, como él también, llevaba las insignias de capitán, peto en el gran salón hacía mucho frío.
La derrota había caído como un velo negro sobre París. Era la época de la ocupación y los tiempos se hacían difíciles en la rué de I'Universíté; pero sus habitantes tenían demasiada categoría para dedicarse al mercado negro.
Los alemanes reinaban en París y, sobre el pueblo de París, los traficantes, los B. O. F., los tenderos, los panaderos y los carniceros.
Etienne Esclavier se había refugiado en su magnífico aislamiento, arrastrando con él a su hijo. Le era fácil explicarle, mostrándole las costumbres existentes, que no era el momento de comprometerse. Todos los días le vertía suavemente el soporífero que había bautizado "desapego".
El profesor Esclavier, aunque era sospechoso a los ocupantes, había conservado su cátedra de la Sorbona, pues su nombre sonaba demasiado. Los estudiantes se apretujaban en sus clases, como si en las lecciones de Historia esperasen un secreto mensaje que les dijese que había que pelear hasta morir.
Pero el profesor no les decía nada y los estudiantes buscaban un sentido secreto a cada una de sus palabras.
El oficial alemán había llegado al caer de una tarde. Era alto, delgado y llevaba la cruz de hierro en su guerrera. Hablaba un francés perfecto.
Etienne Esclavier, muy pálido, lo había recibido de pie, y Philippe, al cogerle una mano, sintió que le temblaba como la de un anciano. No imaginaba que su padre pudiese envejecer tan rápidamente y perder hasta tal punto el control.
— Tranquilícese — le había dicho el alemán —. No vengo a detenerle. Soy Eugen Jochim Raths. He sido alumno suyo en la Sorbona.
— Ahora lo recuerdo — respondió con dificultad el profesor —. Por favor siéntese.
— Considere esta visita como absolutamente personal; la visita de un alumno a su maestro, nada más. Usted nos decía: "El mundo va hacia el socialismo; los nacionalistas están moribundos; las guerras se van a hacer imposibles, pues los pueblos no las quieren; los payasos como Hitler y Mussolini caerán en el ridículo . . . " Ahora bien, todo el pueblo alemán sigue al Führer, digo más, los obreros. En quince días, a la cabeza de mi escuadrón de carros, he cruzado Francia de Tourcoing a Bayona. Las democracias han sido incapaces de resistir y Europa se forjará en torno a la nación alemana y sus mitos. Se ha equivocado, señor profesor.
— Es muy posible.
— Tengo a mi ordenanza en la escalera con provisiones. Sería muy feliz si las pudiera compartir con usted mientras seguimos esta discusión sentados en torno a una mesa.
— ¡No! ¡Fuera! — dijo Philippe al alemán, desprendiéndose de la mano de su padre.
Su padre había protestado:
— ¡Cállate, Philippe! — y con dificultad había aclarado —. Estoy recibiendo a un antiguo alumno, no a un enemigo. Perdónele, señor Raths.
El alemán había sonreído:
— Muchacho, jóvenes de dieciséis años han probado ya el áspero sabor de la guerra y otros han muerto con un fusil en la mano. Opino que si yo tuviese su edad, si fuese francés, no limitaría mi combate a una simple descortesía. Yo vine a decirle a su padre que si la mayoría de nosotros siguen al Führer, no estoy con ellos. A pesar del cruel mentís de los hechos, quiero seguir creyendo en sus lecciones; pero permanezco fiel a mi país. Hasta la vista, señor profesor; hasta la vista, joven.
El alemán se había colocado su gorra y se había marchado después de saludar dando un taconazo.
— ¿Qué ha sucedido, Philippe?
— Creí que venía a insultarte.
— Podrían habernos detenido.
Pocos días después acontecieron los hechos de la velada del 17 de octubre de 1941. Su padre escribía arropado en una gruesa bata de casa, y de cuando en cuando soplaba sus dedos para calentarlos. Philippe, abrigado con una manta, trataba de fijar su atención sobre un tema. Se trataba del Tumulte d'Ambroise:
"Antonio de Borbón y el príncipe de Conde se limitaban a alentar bajo cuerda a todos los enemigos de los Guisa... Se iba a emprender la lucha para defender sus pretendidos derechos, sin que ellos emitiesen una petición formal, clara y elevada; actitud equívoca que reducía al papel de simples conspiradores a los adversarios del Gobierno . . ."
Philippe cerró el Lavisse y lo lanzó sobre la alfombra:
— Papá, en Rusia se están batiendo, miles de muchachos dan su vida . . . , mientras que yo estudio el Tumulte d'Ambroise.
El profesor Esclavier, que estaba inclinado bajo la lámpara, alzó la cabeza:
— Philippe, todo eso no nos concierne, pero el Tumulte d'Ambroise forma parte de tu programa de licenciatura. Hace un año que tus estudios apenas avanzan. Tienes el oído demasiado sensible a los ecos del mundo exterior.
— Los judíos han recibido la orden de llevar la estrella amarilla. Si nuestro viejo amigo Goldschmidt se encontrase en zona ocupada tendría que llevarla y la pequeña Guitte también.
— Los alemanes están equivocados, terriblemente equivocados; pero esos atentados en las calles son estúpidos y criminales.
— Ya has oído lo que me dijo el hauptmann Eugen Jochim Raths: "Si yo fuese francés, no limitaría mi combate a una descortesía."
— El espíritu vencerá siempre a la fuerza.
— El tío Paul . . .
— Paul sigue haciendo de las suyas. Ha sido retirado del cuerpo docente por haberse negado a firmar no sé qué en favor del Mariscal.
— Hizo bien.
— Su deber era seguir instruyendo a las nuevas generaciones.
En aquel momento, Jacqueline había asomado la cabeza por la puerta. Estaba empezando a ser bonita.
— Papá, hay dos señores que quieren verte. Uno es un antiguo alumno tuyo. Están jadeantes, como si hubiesen corrido . . .
— Hazles entrar.
Con sus viejos zapatos militares y sus capotes reteñidos de marrón, Mourlier y Beudin parecían dos mendigos. A pesar del frío estaban cubiertos de sudor. Mourlier se manoseaba la nariz, aplastada como la de un negro.
— Acabamos de cargarnos a un tipo de la Gestapo — dijo —. A un francés, un colabo, justo a la salida de su casa, de un tiro de revólver.
Beudin también había hablado, pero con frases cortas y convulsivas, al ritmo de su resuello:
— Sólo lo herimos; era la primera vez que yo utilizaba un revólver. . . Dentro de tres horas seremos localizados e identificados; no hay medio de volver a nuestras casas. Tenemos que largarnos a Inglaterra, junto a De Gaulle . . . Mourlier ha dicho: "El profesor Esclavier es el único que puede sacarnos de aquí. Podemos confiar en él."
Etienne Esclavier se había levantado:
— Lo lamento, pero no puedo hacer nada por vosotros.
Mourlier había tenido un sobresalto:
— ¿Cómo . . . ?
— No conozco a ese De Gaulle, ni quiero conocerle; desapruebo la violencia y no quiero mezclarme en este asesinato.
— ¡Un asesinato! Pero, ¿no fue usted quien dijo: "Aquellos de entre nosotros que lleven su traición hasta hacerse aliados de nuestros enemigos, deben morir; y cada uno de nosotros tiene derecho a ser, a la vez, su juez y su verdugo. El fascismo es un crimen contra el espíritu . . ." ?
— Yo he podido escribir eso. Pero fue en la guerra . . . ; después ha llegado el armisticio. Nunca os he pedido que mataseis a los hombres en la calle; eso trae consigo las represalias. Además, no os conozco a ninguno de los dos. Os lo repito: no puedo hacer nada por vosotros.
— Señor profesor, fui uno de sus alumnos, uno de los más asiduos. Seguí todas sus conferencias, leí todos sus libros y todos sus artículos. Porque usted pertenecía a la S. F. I. O., me adherí a ese partido; porque usted decía que había que combatir al fascismo, me he alistado, y no me reconoce: soy Mourlier, Eugene Mourlier. . .
Repetía su nombre con una especie de ridicula desesperación. Beudin intervino:
— A mí no me conoce, claro. Soy del Cantal, mecánico de un pueblecito vecino de Aurillac. Mourlier se había refugiado en nuestra casa. Me ha contado sus historias y se las he creído. Le seguí a París. Las historias, según parece, eran suyas, profesor: — A continuación, encogiéndose de hombros, añadió —: Vamos, Eugene. ¿No lo has comprendido? Tu profesor tiene miedo. Haremos muy bien en largarnos antes de que su pánico le obligue a llamar a la Policía.
Philippe se había levantado y con trabajo se había desprendido de la manta que lo cubría. Había gritulo:
— ¡Eso es falso!
— ¡Vaya, el mocoso que se mete donde no le llaman! — había comentado Beudin.
— Compréndanme — les dijo el profesor —. Pónganse en mi lugar. Soy un hombre de estudios. Teugo una obra por concluir; no puedo mezclarme en estas querellas. No son cosas de mi edad.
— Se trata de una guerra — dijo Mourlier.
Philippe veía cómo su ídolo se fundía cual cera caliente. El desprecio y el asombro que leía en los rostros de Mourlier y de Beudin le estaban haciendo mucho daño.
—Nos vamos, señor profesor. Le pido que espere un poco antes de llamar a la Policía.
Se había calzado con ademanes torpes y sin querer mirar a su padre. Le costó trabajo ponerse su cazadora. Los tres salieron juntos, y Philippe, al cerrar la puerta, había oído el grito desgarrador de su padre que lo llamaba.
Habían tomado el "Metro" y salieron al azar en una estación, pues no sabían a dónde ir. La estación tenía un letrero: "Gambetta". Mourlier lo tomó como un feliz presagio; creía en los indicios. Gambetta se había evadido en globo cautivo durante el asedio de París. Entraron en un café de cristales azulados y pidieron unos viandos. Era día sin alcohol.
Un año después, el profesor Esclavier se enteró de que su hijo había sido hecho prisionero por los alemanes y sometido a la tortura.
Philippe había sido torturado durante seis horas y su padre lo fue después durante meses. El profesor cobró una aversión profunda a todo lo que representaba la fuerza, la brutalidad, los ejércitos y los policías. Olvidó su cobardía; dejó de ser aquel Esclavier, el Liebre, como lo llamaban algunos de sus colegas, los que le conocían bien.
Un día, en la Sorbona, no pudiendo aguantar más, consagró la lección a la tortura. Resultó patética; volvió a ser el gran cantor inspirado del Frente Popular. Al finalizar, remató su discurso con esta frase, que resultó incomprensible para todos los que le estaban escuchando:
— Puedo hablaros de la tortura; sé lo que es: la sufro todas las noches.
Los alumnos se levantaron y aplaudieron. Al día siguiente las clases del profesor Esclavier fueron suspendidas.
Goldschmidt relató este incidente a Philippe, pero ocho años después de acaecido, cuando el capitán acababa de ser repatriado de Indochina y su padre había ya muerto.
Le había dicho más:,
— Etienne Esclavier se ponía furioso, en los últimos tiempos, si se le hablaba de la guerra. Sufría mucho por saberte en Indochina. Pero, bueno, ¿qué te ha sucedido? ¿Por qué te has metido en el Ejército?
Philippe había dado una respuesta que no era sincera, sin ser, empero, totalmente falsa:
— Me quedé en el Ejército, en primer lugar, por asco de lo que vi al regresar del campo de deportación; después por costumbre, y ahora esta vida me conviene.
El asco lo experimentó al regresar de Mathausen. Trajo consigo a Michel Weihl, que no sabía a dónde ir, patético y desesperado como un perro sin dueño. El profesor se conmovió mucho al ver a su hijo. Había llorado estrechándolo en sus brazos, acariciándolo, como un ciego, en el rostro y en las manos. Felices y tranquilos habían hecho toda clase de proyectos, entre ellos el de ir a descansar a Aviñon, junto al tío Paul. Su madre y su hermana Jacqueline ya estaban allí.
— Paul ha hecho cosas buenas durante la guerra — le había dicho su padre en un tono negligente y excitado —. Pero ya conoces su testarudez de mula. No quiere comprender nada y hace lo imposible por impedir la unión de los partidos socialista y comunista. De Gaulle lo tiene convencido. Ha sido generoso con él y lo ha hecho comisario de la República. Pero no desespero de convencerle . . . Dentro de dos meses habrá una convocatoria especial de exámenes para los que regresan de la guerra o de la deportación. Presentarás dos certificados de licenciatura. El programa es muy restringido y se te ayudará.
Algunos días después, el profesor había sido llamado telefónicamente por el secretario de una organización de deportados y resistentes que controlaban los comunistas y a la cual se había afiliado.
Philippe, en cuclillas, jugaba con un gato. Era maravilloso acariciar aquella cosa viva y cálida. Se dejaba mordisquear los dedos y acariciaba su pelo negro. Comenzaba a comprender que por fin estaba en libertad, que podía levantarse, salir, oír música, fumar tantos cigarrillos como quisiera y pedir a la cocinera una tarta de frambuesas. A través de los grandes ventanales le llegaban los gritos de los niños que jugaban en un jardín.
Su padre, después de haber colgado el aparato se había acercado a él y le había acariciado la cabeza.
— ¿Te cortaron el pelo?
— Como a todo el mundo.
— ¡Qué delgado estás! ¿Estás cansado?
— No; estoy bien.
— ¿Has sufrido?
— Ni yo mismo lo sé.
— Me acaban de llamar de la "Asociación de Resistentes y Deportados republicanos". Organizan una gran reunión en la sala "Wagram". Tengo que hablar. Muchos de tus amigos deportados estarán allí: Riviére, Paulien, Juderlet, Fournier . . . ; es Fournier quien me ha telefoneado.
— Son todos los comunistas del campo.
Su padre no pareció haberlo oído.
— Les gustaría que me acompañases esa tarde y que fueses con el uniforme de deportado.
— ¡Mi uniforme lo he quemado! Olía a horno crematorio, y a excremento humano, y a todas las cochinadas que he tenido que hacer para sostenerme.
— Tus amigos de Mathausen me han rogado te recordase que, si estabas vivo, se lo debían en parte a los comunistas.
En aquel momento había intervenido Weihl:
— No hay problemas con lo de los uniformes. La "Asociación" nos dará unos nuevos. He pedido para ti la talla mayor.
— ¿Tú también estás metido en eso?
— Yo creía . . .
— Este asunto ya está solucionado — dijo el profesor —. Ahora os voy a leer el texto de mi alocución. El tema es la mentira. Hemos vivido cuatro años bajo el dominio de la mentira . . .
— No hay nada solucionado — dijo Philippe —. No iré; me niego a disfrazarme. La mentira continúa. Recuerdo, padre, tus discursos por radio en 1939; recuerdo también a Mourlier y a Beudin cuando vinieron a verte, porque habían disparado contra un agente de la Gestapo. Y no quisiera acordarme de esas cosas.
— No nos entendimos bien con tus compañeros . . .
Philippe se había encerrado en su habitación. Sin embargo, el profesor había pronunciado su discurso en la sala "Wagram". Weihl lo acompañaba con su atuendo de deportado. Muchos creyeron que Weihl era su hijo. Al día siguiente se convertía en el secretario de Étienne Esclavier, y un mes después Philippe se embarcaba para Indochina.
Philippe sabía que aquel incidente no había determinado su decisión, que más bien fue un pretexto para dar aquel paso. La tentativa de proseguir sus estudios no había tenido un resultado muy positivo. El esfuerzo intelectual, cuando tenía que prolongarse, siempre le había repugnado. Philippe podía ser brillante, pero carecía de aplicación, y tenía lo que Glatigny llamaba, con un ligero matiz de ironía, "la pereza de las gentes bien nacidas". Soñar y estudiar son incompatibles, mientras que la acción se amolda muy bien con una imaginación fértil.
Philippe había descubierto que la vida militar se amolda a una cierta forma de pereza. La vida del oficial se reparte, de manera desigual, en momentos de esfuerzo, de fatiga y de peligros, junto con largos períodos de inacción y de tranquilidad. En los momentos de esfuerzo, el oficial puede llegar a realizar, a pesar del miedo, del hambre y de la laxitud, actos extraordinarios que harán de él, por un solo instante, un ser más grande, más desinteresado y más resistente que los demás hombres. En los períodos de reposo se mueve con la lentitud de un oso amodorrado por el invierno, a través de un pequeño mundo cerrado. El esfuerzo está entonces descartado, o por lo menos extremadamente limitado por reglas, ritos y costumbres. Las bromas son tradicionales en estos momentos de descanso, y, por lo que toca a la maldad, también existen sus normas.
Con la cabeza muy pesada, Philippe llega a su habitación. Se da cuenta de que las sábanas han sido mudadas y de que se ha vuelto a rehacer el lecho torpemente. Reconoce la mano de su hermana; las maletas han sido disimuladas tras una cortina.
Todos sus enseres personales y sus libros han desaparecido; los armarios y los cajones están vacíos.
Comprende que no se le esperaba y que otra persona ocupaba su habitación.
Glatigny regresa a Su casa a las dos de la mañana completamente borracho. Tropieza varias veces en los escalones. Trata de recordar en qué otra ocasión ha estado tan borracho como hoy. Si, ya recuerda; en el año 1945, cuando la liberación de Alsacia. Los campesinos habían instalado los toneles en medio de las calles. Era vino del año y todavía espumaba. Algunas muchachas lo habían abrazado.
Estaba tan borracho que no acertaba a conducir su jeep y tuvo que detenerlo en un bosquecillo de abetos. Se había tirado sobre el césped y el frío lo había despertado. A través de las ramas de los árboles veía trocitos de cielo acribillados de estrellas. No sabía de dónde venía, ni a dónde iba, ni quién era, y había saboreado la sensación de no ser nadie y, sin embargo, estar vivo. Un conejo había pasado cerca de él trotando a la luz de la luna, seguido de su sombra grotesca.
Glatigny casi no puede introducir la llave en la cerradura. Empieza a sentir unos deseos inquietantes de vomitar.
Claude lo está esperando, enfundada en una bata de casa y con sus cabellos, de un rubio ceniza, echados hacia atrás, lo que le da la apariencia de una mujer vieja. Tiene un rosario en la mano. Siempre con su dichosa manía de llevar las cosas lo más lejos posible.
— Estás borracho . . . ; traes una borrachera que no te tienes de pie. Merecías que despertase a los niños para que te vieran.
— El ilota borracho de los espartanos.
— ¿De qué ilota hablas? Me das asco. ¿Qué te han hecho en Indochina?
— ¡La puñeta!
— Vamos a tener una explicación inmediatamente. ¡Lo exijo!
— ¡Mierda!
Glatigny sólo tiene el tiempo justo para correr al retrete y vomitar. Desea lanzar, junto con todo el alcohol que ha bebido, su vida presente, sus preocupaciones financieras y domésticas, la condesa y su techo, para volver a experimentar la maravillosa sensación de no ser nadie.
A partir de esta noche, Claude se acuesta en otra habitación. Y el capitán se encuentra muy a gusto. Puede leer y meditar en paz.