Jean Lartéguy - Los Centuriones |
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El teniente coronel Raspéguy pasa un mes, de los tres que le corresponden de permiso, en su pueblo natal de los Aldudes, en el caserío de los Raspéguy, al pie del puerto de Urquiaga. Los primeros días pasados junto a los suyos pueden contarse entre los mejores de su vida.
Bordeando las orillas del Nive, recorriendo la montaña inundada de niebla y de lluvia, y cazando en el bosque de Hayra o de Irraty, revive el recuerdo del pequeño pastor que fue, misterioso y solitario, del adolescente convertido en violador de fronteras y por cuyas venas corría la sangre a torrentes. Esto sucedía durante la guerra civil, y los republicanos pagaban a alto precio las armas y municiones.
Pocos días después de su liberación de los campos vietminh, el coronel encargó la compra de un automóvil, el cual encontró ya preparado al desembarcar en Marsella. Era un "Regence" de color bordeaux con ribetes de color crema, niquelados brillantes y neumáticos con los flancos blancos. Estaba equipado de radio y tenía un retrovisor en cada aleta.
El conjunto resultaba más bien de mal gusto, era más bien propio de un tendero enriquecido; pero a Raspéguy no le importaba. Sabía muy bien lo que podía sorprender a sus compatriotas.
El coronel ha calculado cuidadosamente la hora de su llegada ante la iglesia para coincidir con la salida de la misa mayor. Los hombres bajan de las galerías de encina por las escaleras exteriores con el rosario enroscado en la muñeca, y las mujeres, con su mantilla negra a la cabeza, salen santiguándose por la bóveda baja.
Con su uniforme nuevo y el pecho atiborrado con todas sus condecoraciones, con una humeante pipa atravesada en la boca y el corto junquillo de bambú bajo el brazo, con la boina roja ladeada, se mantiene bien tieso, el pecho amplio y las caderas delgadas, en su particular pose que toda la gran prensa ha popularizado.
Los hombres dudan un momento antes de reconocer en el al "gran condotiero vasco".
Jean, el más joven de los Arréguy, es el primero en gritar:
— Es Pierre Raspéguy, del caserío de Urquiaga; es el coronel de Indochina; sí, claro que es él, con un automóvil americano.
Entonces todos se precipitan hacia él. La mitad del pueblo está emparentado con Raspéguy, bien por los hombres o bien por las mujeres, y todos tienen empeño en abrazarlo para hacer ver a los aduaneros y a los carabineros que son de su raza.
Le dicen que su madre y su hermano han acudido a la primera misa, pero que inmediatamente han vuelto a la montaña, pues tienen un animal enfermo.
El cura llega, y a pesar de su edad sigue caminando a grandes zancadas, con la boina calada hasta la nariz. Agarra a Raspéguy por los hombros y le aprieta en sus grandes brazos, delgados y duros como raíces.
— ¡Ya estás aquí, y, claro, te has arreglado para llegar al final de la misa! ¡El caso es no oírla! ¡No has cambiado!
Raspéguy oye a un joven que dice en su lengua natal:
— Es verdad; es tan grande y fuerte como se lo ve en los periódicos, y no es viejo.
Raspéguy abomba el torso en honor del chico. Este tipo de elogios es el que más le gusta.
Los hombres lo arrastran a la posada.
Escotéguy, que pasó con él el consejo de revisión, le pregunta mientras sirven el vino:
— ¡Vamos, Pierre, cuenta! ¿Cómo iban las cosas por allá!
¡Cómo iban las cosas por allá! Explicarles esto a ellos, que no han salido de su valle . . . Decirles cómo eran los chinos y los viets, las grandes hierbas de elefante de la Alta Región y los arrozales del delta, el barro y el polvo, el combate, el sufrimiento y la muerte, y lo que él y los suyos buscaban tras esta muerte.
— Aquello no era nada agradable — responde con su voz enronquecida —, pero se os metía en las entrañas.
Pierre Raspéguy los mira con sus ojos medio entornados.
El cura se sienta frente al coronel para contemplarlo mejor. Desde luego es un Raspéguy, es de esa raza de pastores un poco ladrones de rebaños y contrabandistas, pero de los que no sueltan nunca su carga, de los que prefieren dar la cara y presentar combate a los aduaneros en un barranco, yendo siempre más lejos que los demás en el mal y en el bien, de los que son un poco hechiceros y conocedores de los secretos de los animales y de las gentes, de los que llevan dentro del vientre el violento deseo de las mujeres, sobre todo de las mujeres del prójimo. Y el Raspéguy que tiene delante es el mejor y el peor de todos, el más desconcertante, el más silencioso y el más charlatán a la vez, orgulloso y pagano más allá de toda razón y toda ley.
Pero una tarde, al final de la guerra, cuando Pierre Raspéguy vino al pueblo con un breve permiso, el párroco le sorprendió arrodillado en el centro del coro de la iglesia, inmóvil y erguido como los caballeros de la Edad Media el día de su juramento. Nunca había visto a un hombre tan bien plantado y orando con tanto fervor. El entonces teniente Raspéguy acababa de saber que sus hombres combatían sin él. Pero, por lo demás, todo hacía suponer que no creía en Dios y que se las entendía con el diablo.
El párroco opina que hay que casarlo y anclarlo en la tierra vasca. Ya ha hablado en este sentido con su madre y le buscarán esposa. Desde Bayona a Santa Engracia, rica o pobre, condesa o campesina, cualquiera que sea su clase, nadie se negaría a mezclar su sangre con la del coronel.
Raspéguy se balancea en su silla, y con los ojos clavados en las enormes vigas del techo, ennegrecido por el humo, donde cuelgan racimos de pimientos rojos puestos a secar, parece buscar entre sus recuerdos el que va a comunicarles.
La cabeza la tiene llena de recuerdos. Zumban como bandadas de moscas sobre su pasado, glorioso o sórdido, pero siempre ensangrentado, esa búsqueda sedienta de medallas y de galones, esa enardecida persecución de la vida y de la muerte que siempre había venido a parar en un diminuto general colocándole en el pecho una nueva condecoración. Le gustan las medallas y adora las galas militares, pero después de cada satisfacción conseguida se siente frustrado. Quiere algo más y no sabe qué.
¿Qué recuerdo relatará a estos campesinos que apoyan sus nudosas manos sobre sus negros pantalones domingueros? ¿Algo de mujeres? No; son gazmoños y, además, está el cura allí, e incluso él piensa que este tipo de aventuras tiene poco interés . . . ¿Su retirada a través del Ejército vietminh, durante cientos y cientos de kilómetros, y luego la aparición del batallón Raspéguy, que ya había sido borrado de los controles del Cuerpo Expedicionario? Sin embargo, a pesar de la hazaña, habían surgido cerdos que le reprocharon haber abandonado a los heridos, esos mismos cerdos que hubiesen encontrado muy normal que se hubiera rendido o que hubiese dejado matar a todos sus hombres.
A este tipo de cerdos los conocía bien, eran los de siempre, las gruesas carroñas de los estados mayores, con el cráneo pelado, barrigudos y pesados de nalgas, incapaces de hacer una marcha de diez kilómetros sin ahogarse en su sudor grasiento como agua de lavar platos.
Piensa en todo esto y no encuentra nada apto para contar a los hombres de las Aldudes. Le sucede lo mismo que al torero a quien extranjeros ignorantes, entre los que no se encuentra ningún verdadero aficionado, piden que les cuente su combate la misma tarde de la corrida, cuando aún no se ha desembarazado de su miedo y cuando se siente más cerca de la bestia que ha matado bajo el sol en la arena que de los que le contemplan con una extraña luz en sus ojos, como si fuese un asesino.
Además, en materia de guerra no hay aficionados. Por un lado están los que la hacen o la han hecho y, por el otro, los demás.
Raspéguy vacía su vaso de vino y se levanta.
— Otra vez os contaré algo. Tengo que ver a mi madre. Ya la conocéis: coronel y todo, es capaz de romperme de un leñazo la cabeza si sabe que estuve en la taberna en vez de ir a verla inmediatamente.
Todos se echan a reír. ¡Vaya si conocen a la vieja! Una española de la otra vertiente, colérica, autoritaria y también rapaz. Y buena falta le hacía ser así para poner un poco de orden en el caserío de los Raspéguy.
El coronel deja su coche en casa del cura, entra en el colmado, donde también venden alpargatas, y se las calza sentado en un pequeño muro de piedra, rodeado por todos los niños y adolescentes del pueblo, que se lo comen con los ojos como tábanos en un día de tormenta.
No; no hablará a los viejos, ni a los de su edad, sino a los jóvenes, que son los únicos que pueden comprenderle. Al anudar las cintas en torno a sus tobillos, los escudriña, y sabe ya cuáles son los tres o cuatro que, sin saberlo, poseen el sentido de la guerra y de la aventura y que pueden seguirle.
Ya está viendo cómo Esclavier los acoge con las manos en los bolsillos:
"¡Y bien, pequeños de mierda! ¿Sabéis lo que vinisteis a buscar al venir con nosotros? Todo lo que causa admiración a los camaradas y a las chicas: la boina roja, la insignia y las botas para saltar. ¿Y sabéis lo que vais a encontrar? La fatiga, el sudor y la sangre, y quizá también la muerte. Acordaos bien, cabezas sin seso, estáis aquí para morir. Los que quieran marcharse, aún están a tiempo."
¡Condenado Esclavier! Nunca ningún recién llegado ha salido de sus filas, ni ha pedido marcharse.
Una vez, Boudin intentó lo mismo; pero no dio con el quid, pues de doce sólo quedaron cuatro.
¡Mira que esa basura de Boudin! Componérselas para caer enfermo en el momento de lo de Dien-Bien-Fú . . . Se lo haría pagar. Para comenzar, no le ha dado señales de vida ni ha contestado a ninguna de sus cartas.
El cura se le acerca.
— Pierre.
Le resulta divertido que le llamen por su nombre de pila. Hace tiempo que no lo oye. Al llamarle así, lo obligan a recordar que ha tenido una infancia fuera de la guerra.
— Sí, señor deán.
— Tienes que ir a ver al coronel Mestreville. Habla de ti como si le pertenecieses.
El párroco casi parece celoso.
— Claro que iré.
— Otra cosa. ¡Ten, toma! Te digo que lo tomes . . .
Con gesto torpe, lleno de ternura y rudeza, le tiende su viejo bastón, su maquila, con la punta gastada y el cuero ennegrecido por el sudor.
— La llevarás siempre contigo, ¿eh, Pierre Raspéguy? Te obligará a recordar tu país, si lo olvidas.
El cura le estaba echando sus anclas.
Raspéguy pasa el cordón de cuero en torno a su muñeca, asegura el bastón en su mano antes de hacerlo girar por encima de la cabeza, y con un largo y ligero caminar comienza a trepar por el sendero que conduce hacia la montaña y el bosque de Hayra.
A mitad de camino encuentra a su hermano Fernand con su rebaño. Se besan, mejor dicho, se frotan las mejillas, al mismo tiempo que se palpan la espalda y los hombros, allí donde se anudan los músculos que dan fuerza al hombre.
— Gracias al dinero que nos has enviado — le dice Fernand — tenemos ahora doscientos corderos; son hermosos. ¿Quieres contarlos? Madre dice que podías economizar un poco más en vez de emborracharte y de correr por ahí con mujeres, que los que están con los norteamericanos envían más dinero que tú, y que tú eres coronel, y que patatín . . . y que patatán . . . Pero no la escuches, Pierre. ¡Está terriblemente orgullosa de ti! Y yo también . . . Estoy orgulloso de mi hermano mayor . . .
La madre parece que los ha oído. El viento sopla bastante fuerte y su oído es muy fino. La encuentra ante el portalón, pequeña, trigueña, con su pañuelo negro en la cabeza y los dos puños sobre las caderas. Sólo habla vasco, nunca español ni francés.
— ¿Ya estás aquí, gran comediante, y aún no eres general, con la instrucción y la salud que te he dado?
Sí, la salud se la ha dado. Tiene la vida atornillada al cuerpo, lo inunda y se agarra a él como esas malas plantas con raíces largas y cortantes como cuchillos.
Pero lo de la instrucción ya es otro cantar. Al día siguiente de conseguir su certificado de estudios lo colocó como pastor en casa ajena. Y fue una suerte para él caer en la granja del coronel Mestreville.
Se inclina hacia su madre para besarla, pero ella se debate entre sus brazos, como si la cosa le molestase; tiene los ojos llenos de lágrimas.
Tras la madre aparecen sus cuatro sobrinos, intimidados y empujados por su cuñada: tres muchachos musculosos, sólidos y batalladores, y la sobrina, más pequeña, con grandes y misteriosos ojos. Se chupa el pulgar y lo mira a hurtadillas.
Toma en sus brazos a Maité y la alza hacia el cielo, ese cielo siempre movible, nunca del todo azul, nunca del todo gris, encerrado entre montañas y que es como su imagen, siempre atormentado.
Al concluir la comida, trascurrida en el mayor silencio y sin que nadie levantase la nariz de su plato, la madre le dice:
— Quítate tu hermoso uniforme; vas a mancharlo.
Ella misma coge su uniforme y lo coloca en el fondo de un armario. Pierre la sorprende mientras acaricia, maravillada, cada una de sus condecoraciones.
Por la tarde, bajo la fina lluvia, va con su hermano a echarles un vistazo a los corderos. Le sorprende no experimentar ningún placer. Sueña con otros rebaños, los únicos que cuentan a sus ojos: hombres con atuendo de camuflaje, ágiles y silenciosos, que le siguen en la noche. Poco importa su raza o su color; los conducirá limpios, hermosos y jóvenes, lejos de toda podredumbre, de toda debilidad y de toda cobardía, hacia una especie de paraíso brutal, adonde sólo tendrán acceso los guerreros y los puros y de donde serán expulsados los cobardes y los mal nacidos.
Un pastor español que los ha visto baja junto a ellos. Es un amigo de Fernand, y juntos se dedican al contrabando.
El pastor pregunta a su hermano.
— ¿Quién es ése?
— Es mi hermano, Pierre Noel Raspéguy, el coronel de Indochina.
Entonces el pastor se quita la boina y con ella en la mano se inclina con gran nobleza. A Pierre esto lo emociona, le hace arder el corazón mejor que el coñac.
Por la noche Fernand se marcha. Tiene que preparar un passage: un lote de mulas que introducirá en España. A Pierre le hubiera gustado acompañarlo, para ver lo que experimentaría ahora con este trabajo.
Sentado en el sillón de su padre, el suyo desde que el viejo murió, piensa ante el fuego del hogar con un porrón de vino al alcance de la mano. Está solo; la vieja y los niños se han ido a la cama. Grandes sombras danzan en la pieza común en torno al crepitar de la leña. Afuera llueve, como durante los últimos días de Dien-Bien-Fú; pero aquí la lluvia es más fina y helada.
La soledad se le hace pesada, insoportable. Remueve el fuego y brotan las chispas. Se pone a hablar consigo mismo, como siempre que intenta tranquilizarse:
"A pesar de todo, me he abierto camino. Si no fuera por la guerra, ¿qué habría sido de mí? Me hubiera marchado a las Américas, sería pastor en Montana, como todos los que se marchan del valle. Habría escrito al primo de allá y él me hubiera mandado dinero para el viaje. En Montana se ganan buenos dólares, se regresa rico a la tierra, pero viejo y con la cabeza poblada de recuerdos de rebaños de corderos alcanzados por la tormenta o perdidos en la nieve.
"Sólo la guerra es la aventura cruel, punzante y caliente que os hace sentir el roce de la Parca cuando os roba un compañero.
"Sí; al principio me busqué mis martingalas, pero era para darme a conocer. Es duro lograr sobresalir cuando se lleva encima el olor de los rebaños que uno ha guardado . . ."
Recuerda muy bien el día 17 de diciembre de 1939, cuando en un pueblo de la retaguardia, ante una compañía en armas, un ministro le entregó la medalla militar y su primera palma.
Hacía mucho frío y el aliento de los hombres formaba una nubécula ante cada uno de ellos.
— ¡Redoblen los tambores . . . !
Jamás los tambores habían resonado más secamente; con su sonido rompían y rasgaban el aire helado.
— Sargento Pierre Raspéguy, del cuerpo franco del regimiento de Infantería 152 . . . Suboficial de un valor ya legendario, tras de haber caído su jefe de sección en el curso de una patrulla tomó el mando y prosiguió la misión en las líneas enemigas, trayendo tres prisioneros, en el nombre del presidente de la República . . .
Los tambores seguían redoblando por Raspéguy, los soldados presentaban armas al sargento Raspéguy. Y en aquel momento sintió nacer en su interior un animal, una pequeña bestia: su ambición, todavía no más gruesa que un insecto, pero que inmediatamente había comenzado a mordisquearle . . .
Sin embargo, ¡cuánto pensaba en aquella patrulla . . . ! Había sido el lance más apurado de toda su carrera. Los hombres iban mal pertrechados, con pocas granadas en sus morrales y sin provisiones; ésa era una de sus mayores inquietudes. El teniente se había extraviado en medio de la noche. Incluso había encendido su linterna para consultar su mapa y su brújula.
En aquel momento tropezaron con una patrulla alemana, tan perdida como ellos, y que mandaban un oberleutnant tan imbécil como el teniente francés. Comenzaron a disparar al azar; se oían tiros en todas las direcciones. Probablemente los franceses mataron a su teniente y los fridolins a su oberleutnant . . .
Por fin, los seis que aún quedaban alzaron los brazos, un poco antes de que los cinco franceses hicieran lo mismo.
Por su parte, Raspéguy había estado esperando a que esto sucediese; le gustaba ver claro; no había disparado. ¿Para qué?
Pasado el primer momento de sorpresa, los Fritz no querían ya rendirse y los franceses no estaban muy a tono para obligarlos a hacerlo. Entonces había entrado en danza el sargento Raspéguy. Apretada la culata de su metralleta hasta romperse las falanges de los dedos, había soltado una corta ráfaga y dos feldgrau habían caído en un charco de agua. Los que quedaban no hicieron más remilgos. Entonces regresaron tranquilamente a las líneas francesas, en fila, cargados los prisioneros con el cadáver del teniente. El grupo encargado de protegerlos les había enviado una rociada de plomo por equivocación; resultado: un prisionero y un francés menos.
Desde entonces, Raspéguy había adquirido fama de homicida, y él la había dejado propagarse; le daba categoría en un ejército donde todo el mundo temblaba de miedo tras de las alambradas.
No; a él no le gusta matar; encuentra que es la parte desagradable de la guerra. Le gustaría combatir con flexibilidad, sólo maniobrando, y que los tipos agarrados en la trampa no armasen historias para rendirse. Le gustaría que la guerra se desarrollase como un juego, como el de las barras en la escuela. Pero siempre se hace preciso acabar matando.
Raspéguy bebe un gran sorbo de vino y echa otro leño en el fuego. La lluvia sigue cayendo.
De pronto golpean en la puerta de la planta baja. Raspéguy abre la ventana, contento por haber sido arrancado de sus recuerdos.
— ¿Qué hay?
El hombre da golpes con los puños; está sin resuello. Es el pastor español que le han presentado esa misma tarde. Su boina destila lluvia.
— Están atascados con las muías muy cerca de aquí; por un lado, los carabineros interceptan el puerto, y los aduaneros suben por el otro lado. Estamos perdidos.
— ¡Tú, sin embargo, has podido pasar! Espera; ahora voy.
—Raspéguy menea la cabeza — : ¡Bah, aficionados!
Su madre y su cuñada se levantan; los niños lloran.
— ¡No vayas! — grita la madre —. ¡Te lo prohibo! Esto no es para ti.
Raspéguy toma al vuelo el bastón del cura y baja a unirse con el pastor.
— Enséñame dónde ocurre todo eso.
— Señor coronel . . .
—¡Vamos; maldita sea la hora en que naciste; pronto . . . !
El pastor ve el bastón que gira sobre su cabeza y aprecia la fuerza del insulto. Camina unos pasos delante del coronel.
Los contrabandistas y sus mulas están atascados en un barranco; las piedras ruedan bajo los pasos de las bestias; los hombres les golpean los lomos con ramas.
Raspéguy toma a su hermano por el hombro y le hace dar la vuelta. Fernand ha perdido la cabeza, y no es la primera vez que esto ocurre.
— Explícate — le dice.
— ¿Qué haces aquí?
— Explícate, y rápido.
— No podemos pasar a España; una docena de carabineros taponan la cresta y un vigía me lo acaba de advertir: los aduaneros vienen de las Aldudes con toda una brigada...
— ¿A dónde van las mulas?
— A España.
"¡Caramba! — piensa el coronel —. En mis tiempos sucedía lo contrario: venían a Francia."
Después, en voz alta, dice a su hermano:
— Llama a dos de tus hombres, los más jóvenes, los más ágiles y los más valientes. ¡Vuela!
Fernand se hunde en la noche y vuelve acompañado de dos muchachos que todavía no han hecho el servicio militar.
— Vais a hacer lo que yo haga — les dice el coronel brevemente —. Habrá que correr . . . y escuchar cómo silban las balas por encima de nuestras cabezas. Nada más. ¿Estamos?
— ¡Estamos!
— Tu, Fernand, cuando yo te avise, franquearás la frontera por el sitio más corto o por el atajo; no habrá nadie guardándola.
— Pierre, si te sucediera algo...
— Hace más de veinte años que me debía suceder algo...
Llevando consigo a los dos muchachos, parte en dirección de la cresta; un pequeño ejercicio de jefe de grupo, de cabo, en una palabra. La aventura lo rejuvenece.
A cien metros de los españoles encuentran un desfiladero que en otros tiempos ya había utilizado. Los carabineros, disparando desde la cresta, no pueden tocarlos.
— ¡Haced lo que yo! — dice a los chicos.
El coronel recoge piedras, arranca de la montaña pequeñas rocas y las hace rodar por la pendiente.
— ¡Alto! — grita un carabinero.
Se oye sonar perfectamente el cerrojo del fusil.
— ¡Seguid! — les dice a los muchachos.
— ¡Párense! — les dice el carabinero.
— ¡Continuad! — ordena el coronel.
El fusil se dispara y la bala pasa muy por encima de ellos.
— Ahora hay que correr todo lo que den de sí las piernas hacia la izquierda. Un salto de cincuenta metros hasta los árboles. No hay peligro. ¡Ven, tú! ¿Cómo te llamas?
— Manuel.
— ¿Eres español?
— Vasco-español.
— Tú, Manuel.
Manuel salta. Se oyen otros disparos.
— Ahora tú. ¿Tú quién eres?
— Jean Arrúguy; somos primos, señor coronel.
— Se dice "mi coronel". Demuéstrales que eres mi primo. Tan pronto estés allá abajo vuelves a hacer rodar piedras. Pero espera a que llegue yo.
Los tres hombres arrastran a los carabineros hacia Ibañeta, lugar denominado también Roncesvalles, allí donde cierto conde Roland fue derrotado por los vascos por haber desdeñado la primera regla de la guerra en la montaña: ocupar las crestas cuando una columna se arriesga por un desfiladero. Raspéguy no comprende cómo ha podido convertirse en un héroe legendario un oficial tan inepto.
Cuando se encuentran bastante lejos del puerto, Raspéguy llama a Manuel.
— ¿Corres con rapidez?
— Más aprisa que un gamo.
— Ve a decirle a mi hermano que pueden pasar sus mulas.
— Sí, mi coronel.
Raspéguy le da un ligero empujón con la mano y el muchacho se lanza en medio de la noche.
— ¿Qué es lo que más te gustaría hacer? — le pregunta de pronto a su primo.
— Conducir un auto; tengo permiso de conductor.
— ¿Te gustaría llevar el mío?
— ¿Ese rojo tan hermoso y completamente nuevo, mi coronel?
— Sí, y después un jeep. ¿Quieres venir a la guerra conmigo?
— ¿Me llevaría? Manuel quisiera ir, pero es español.
— Esas cosas se arreglan. Sigue haciendo rodar las piedras, hombre de Dios. ¡Hala! Otro salto, Jadeas; habrá que entrenarte . . . seriamente, si quieres ser paracaidista.
Mientras tanto las mulas descienden velozmente por el puerto; la partida está ganada, pero el coronel esta vez no recibe medallas, sólo insultos. ¡Para descorazonar a cualquiera!
Al día siguiente, en el valle no se habla más que de lo sucedido en el puerto de Urquiaga y de la hazaña del coronel de Indochina, que se ha metido a los carabineros en el bolsillo. El rumor llega hasta Saint Etienne de Baigorry, en donde vive el coronel Mestreville, "que había estado en Verdún". Inmediatamente manda aviso a Raspéguy de que le espera sin falta en su casa "para vaciar una botella y echarle una buena bronca". El encargo se lo lleva uno de sus pastores, que expresamente sube hasta el caserío de los Raspéguy.
Raspéguy toma su coche y enfila hacia Saint Etienne. De cuando en cuando se detiene a las riberas del Nive para ver saltar a una trucha que luego desaparece entre las rocas. Si el agua no estuviese tan fría le gustaría pescarlas con la mano. Propondría a Fernand echar las redes una noche.
El coronel Mestreville vive al otro lado de la aduana, entre el paso de Ispéguy y el viejo puente de Saint Etienne.
Separados de los españoles por un camino Serpenteante de más de cuatro kilómetros, los aduaneros franceses viven confortablemente en sus barracones, casi siempre con las zapatillas puestas, mientras que los carabineros se hielan y se aburren en las montañas. Cuando Raspéguy hace sonar la bocina para que le abran la barrera, los aduaneros vienen a estrecharle la mano: tienen los rostros sonrientes y sus gestos son de personas que están sobre aviso. Se ve claro que también están al corriente.
Raspéguy empieza a impacientarse. Nunca ha tolerado familiaridades a los aduaneros ni a los gendarmes.
— Llámenme al brigada — dice en tono seco.
— Soy yo, mi coronel.
El brigada trata de saludarle torpemente, dirigiendo la mano a su quepis, que lleva ladeado sobre su cabeza en forma de calabaza.
— La noche pasada, en el puerto de Urquiaga, en territorio francés y al lado de mi casa, unos carabineros españoles dispararon sobre mí mientras me paseaba.
— Pero . . .
— Me paseaba. Tengo derecho, ¿no?
— Claro, mi coronel.
— ¿Y qué hacían ustedes entretanto, en calzones, a cuatro kilómetros de las fronteras? Haré que les pongan la aduana en mitad del puerto.
Pone el motor en marcha y se lanza brutalmente por un camino. Los aduaneros ya no se ríen.
El coronel Mestreville tiene una voz poderosa como un salto de agua, como la tuerca de una encina y como la testarudez de una mula; lleva siempre polainas de cuero sobre un viejo calzón de montar a caballo y una boina que no se quita nunca. Tiene la apariencia de un viejo vasco guardián de las tradiciones. Pero sólo es vasco por su madre, y sufre por poseer un nombre que huele a Ile-de-France o a Normandía.
— Entra — le grita a Raspéguy.
Está sentado detrás de su mesa de despacho, una mesita estrecha y menos voluminosa que él.
Raspéguy entra. El coronel lo mira con ojos furibundos.
— Siéntate — le dice —. Siéntate frente a mí. Teniente coronel Raspéguy, desde que has regresado te portas como un imbécil. No, no me protestes; primero escúchame. ¿No te das cuenta de lo que representas: el más joven coronel del Ejército francés, y muy pronto el más joven general? ¿Y qué haces la noche de tu llegada? ¡Contrabando! Ayudas a pasar un rebaño de mulas ante las narices de los carabineros. Ahora ya conocen la historia en Bayona. ¡Qué astuto! Primero debías haberme visitado. Me debes lo que ahora eres y, además, soy más antiguo que tú. El domingo te esperaba y preferiste ir a emborracharte a la posada con una pandilla de rústicos. Volvamos a las mulas. ¿Te das cuenta del escándalo que se hubiese armado si te hubiesen atrapado los carabineros o los aduaneros? ¿Te ves con las esposas en las muñecas?
— Usted sabe que no podían atraparme...
— Claro que lo sé, triple imbécil. Ningún Raspéguy se deja atrapar a menos que esté muerto. Como tu padre, como tu tío Víctor. Locos orgullosos, una raza de demonios que se burlan de las leyes y de las fronteras. Pero tú eres un oficial francés. Tu grado, el nombre que llevas y tu leyenda te obligan a portarte como es debido. Te han hecho coronel, pues obra como un coronel. Y, por favor, ¿eh?, no quiero que me vengas con historias de muchachas. Si las necesitas, vete a Bayona. Hay que casarte, pero ya lo pensaremos. ¡Concha, cabeza de muía, tráenos unos pernods! Tomo pernod español. A propósito, dile a tu hermano que me busque cincuenta botellas; ya no me quedan. Que me traiga también dos jamones de Elizondo. Bueno, ahora que te he insultado, beberemos. Primero abrázame. ¡Virgen Santa, estás esbelto como un alférez y ya tienes la placa de gran oficial de la Legión de Honor! Debes tener treinta y nueve años justos . . .
— Sí; el mes pasado.
— Sí; en mi tiempo ascender era más largo, mucho más largo y también más difícil . . . ¡Demonios!, parece que hiciste correr a los carabineros hasta Ibañeta. Tu hermano Fernand no tiene la misma mano; en el país vasco se van perdiendo las tradiciones, incluso el contrabando, a causa de esos malditos turistas. El dinero todo lo destruye.
El coronel Mestreville vierte lentamente con su mano peluda el agua sobre el azúcar, que cae gota a gota en el absenta, y agita el licor. En la caldeada habitación, el olor se va haciendo notar, primero, en forma ligera, luego, insistente, como una mañana de julio en la montaña vasca.
Los dos hombres beben en silencio. Están juntos el joven Dien-Bien-Fú y el viejo Verdún.
— ¿Qué tal iban las cosas por allá ? — pregunta Mestreville —. ¿Os batíais como es debido? No hablo de ti, sino de los otros, porque, en fin, recibir un vapuleo de un puñado de annamitas . . . Yo los conocí durante la Gran Guerra, y no valían un comino. No nos atrevimos a emplearlos en el frente.
— Entonces no peleaban en su casa y por ellos; el comunismo ha cambiado mucho las cosas, y vuestros annamitas que temblaban de miedo se han convertido en unos condenados buenos soldados, en una de las mejores infanterías del mundo.
— Mira, Pierre; recuerdo un ataque de madrugada junto a Douaumont: tres divisiones, casi hombro con hombro, para desalojar a los boches de su primera línea. No regresaron muchos a sus casas. Las ametralladoras segaban la gente a montones como guadañas . . . De cada pasada barrían una fila de hombres. Se cuenta que treinta mil soldados murieron o resultaron heridos aquel día. ¿Hicisteis lo mismo en Dien-Bien-Fú ?
— Una carnicería . . .
— ¿Qué dices?
— ¡Verdún! Una carnicería . . . estúpida e inútil. Hay que atacar en forma dispersa, en pequeños grupos. Un espacio de treinta metros entre cada hombre, atuendo ligero y morrales repletos de granadas. Sombras que se cuelgan y sobre las que no hay tiempo de disparar. El enemigo se pone furioso, se reserva y hace tonterías . . . En Dien-Bien-Fú estábamos un poco como vosotros en Verdún, con artillería y trincheras, y nos dejamos bloquear cuando era necesario maniobrar.
Mestreville da un sonoro puñetazo en la mesa, lo que hace bailar el líquido de los vasos.
— Nosotros ganamos.
— Cuando hay un millón de muertos no es una victoria. Aquel millón de hombres habría tenido hijos que hubiesen peleado conmigo. La guerra no es eso; no es eso de ninguna manera. Para nuestra guerra necesitamos muchachos taimados, astutos, capaces de desenvolverse lejos de su rebaño, llenos de iniciativas y como si fueran paisanos con conocimientos de todos los oficios; necesitamos ladrones y también misioneros que prediquen con la mano sobre la culata del revólver, por sí se les interrumpe . . . o por si no se está de acuerdo con ellos...
— ¡Concha, trae otros dos vasos, pedazo de holgazana! Explícate mejor, Pierre.
— Es muy difícil de explicar, pero siento que debe ser así. Y también es necesario que los soldados que luchen en esa guerra, mucho más complicada que la suya, crean en algo, tengan una razón por la que valga la pena morir y tengan fe en sus jefes, y no precisamente fe, sino que los amen, que los amen, sí, con amor, y que este amor sea recíproco.
—Pero, ¿qué me estás diciendo, pequeño?
— Es necesario que los hombres tengan a sus jefes en el corazón; no sé cómo explicarlo, algo como una especie de estrecha comunión en el sufrimiento, en el peligro y en la muerte. Es preciso que el jefe, cuando cae uno de sus soldados, sienta que le arrancan una parte de sí mismo, y que le duela hasta el punto de gritar. No creo en el material humano; me declaro en contra del material humano. ¡Un millón de muertos! ¡Cerdos! Con un millón de hombres se puede conquistar el mundo. No sé exactamente lo sucedido en Verdún. Pero he leído libros, muchos libros. Nadie sabe lo que leo, este es mi secreto. Aprendo callando. Un hombre por sí solo no encuentra nada. Y un día los tipos del Estado Mayor se quedaron estupefactos ante lo que yo les dije y se creían que los había descubierto. Pero lo que yo había dicho estaba ya en César y en Clausewitz.
— ¿Tú lees a Clausewitz?
— Sí, muy despacio. Y tengo un capitán muy dotado para comprenderlo, un tal Esclavier, que me lo explica. Tenemos un equipo. Y contamos con Boudin, un gordo comandante que es en eso que ahora se llama logística la providencia del batallón . . . Pero no es de esto de lo que yo quería hablar. Una vez vi el ataque de dos batallones de la Legión contra una posición viet, muy al norte del Delta, en las primeras tierras calizas. Yo tenía que mantenerme tras de ellos con mis paracaidistas, y fui a ver cómo se las arreglaban. — Raspéguy coloca sobre la mesa vasos, azúcar y cucharas; una pila de dossiers representa la posición a tomar —. A la señal convenida, los legionarios salieron de sus agujeros, todos juntos. Comenzaron a avanzar en línea, paso a paso, como si un tambor acompasara su marcha, un enorme tambor de bronce sobre el que tocaba la muerte a grandes golpes, bajo el cielo pesado y bajo. Sus oídos no captaban el tambor, era en el vientre donde resonaba. Los legionarios seguían avanzando siempre al mismo paso sin agacharse, sin aminorar ni apresurar su marcha. Las balas silbaban, los obuses de mortero los machacaban. Ni siquiera se volvían cuando caía un compañero con las tripas fuera del vientre o la cabeza hecha pedazos. Con sus ametralladoras bajo el brazo, deteniéndose tan sólo para soltar una ráfaga, continuaban avanzando paso a paso con el rostro impasible. Entre ellos había muchos alemanes; eran los que daban el tono. Los viets, como locos, disparaban mientras podían. Yo me imaginaba en su lugar: para hacer la guerra siempre hay que ponerse en el lugar del enemigo . . . , hay que comer lo que ellos comen, amar a sus mujeres y leer sus libros. . . Era la muerte lo que avanzaba hacia ellos, la muerte helada que andaba en los grandes y desesperados blancos, de cabellos de pasa y sólidos cuerpos dorados. El tambor de bronce sonaba cada vez más fuerte en sus vientres.
"Los legionarios llegaron hasta sus líneas, impasibles, siempre al mismo tranquilo paso, soltando sus ráfagas y lanzando con mecánica precisión sus granadas sobre las trincheras viets. Los viets fueron presa del pánico; abandonaron sus armas, quisieron huir; pero los otros les disparaban como si fueran conejos, sin odio, estoy seguro; pero aquella marcha cadenciosa e inexorable era peor que el odio . . . Los legionarios tardaron veinte minutos en recuperar su rostro humano, y antes tuvo que abandonarlos aquel demonio helado para que la sangre volviese a sus mejillas. Entonces algunos se desplomaron; no habían notado que estaban heridos. Aquel ataque había sido espléndido, conmovedor; pero no completamente de mi agrado. De los dos batallones, uno estaba diezmado. Yo hubiera hecho el mismo trabajo con la décima parte de hombres. Por nada del mundo quisiera mandar a aquellos legionarios. Necesito tipos que esperen, que quieran ganar, porque son los más ágiles, y los mejor entrenados, y los más astutos, y porque quieren conservar la piel. Sí; quiero soldados que tengan miedo, y no que no les importe la vida ni la muerte. Los delirios colectivos no me sirven. ¿Fue eso lo de Verdún?
Mestreville baja la cabeza y trata de acordarse de la batalla de Verdún a través de sus recuerdos deformados y trasformados de antiguo combatiente perpetuo.
No; no había sido así. Recuerda una pesada masa humana, rebozada en barro, hombres cargados como burros a los que se empujaba hacia delante. Aquella masa estaba tan resignada, tan fatigada, tan embrutecida, que se dejaba manejar y conducir como un rebaño.
— Déjame — le dice a Raspéguy —. Tengo que terminar. Necesito cumplimentar un montón de papelotes. No es divertido ser alcalde. Almorzaremos jutnos. Toma un libro, un periódico o vete a pasear.
Raspéguy conduce su coche hacia el alto de Ispéguy. Allí sentado en una roca y mascando una hierba, contempla cómo las nubes se retuercen y se desflecan sobre el valle, movidas por el viento. Detrás de él, a pocos metros, está la barraca de la aduana española. Visita a los carabineros, reparte entre ellos cigarrillos y bebe a chorro vino de Irouléguy que lleva en su boca de piel de cabra. No les guarda el menor rencor porque dispararan sobre él la noche pasada. Se interesa por su armamento. No puede verlos trepar con tan gruesas cartucheras en el vientre. Claro que su trabajo no es hacer la guerra; están allí para impedir el contrabando, pero Raspéguy tiene tendencia a creer que todo hombre que vale ha nacido sólo para luchar, para manejar un arma y utilizarla contra otros hombres que también poseen armas.
El viento humedecido le trae el sonido de las campanillas de los rebaños. Cuando Pierre Noel Raspéguy era pastor, por el sonido de las esquilas sabía a qué casa pertenecía el rebaño. La casa de Eskualdarry tenía las esquilas de sonoridades más graves, y la casa de Irrigoyen, las de sones más tenues, tenues como un guisante seco cuando choca con un vaso de cristal, según decía el viejo Inchauspé, que era quien las fabricaba. Inchauspé poseía el secreto de la fabricación de los sonidos por habérselo comunicado su padre, que a su vez lo había recibido de su abuelo, pero no tuvo tiempo de trasmitírselo a su hijo, por haberse marchado éste a América, muriendo con él una de las más antiguas tradiciones del valle. Ahora todas las esquilas suenan igual, y los pastores, en lugar de recorrer las montañas, de bailar entre ellos, vascos de España y de Francia, allá en lo alto, al son de chistu y del tuntún, después de atiborrarse de vino, de cantar y de luchar, bajan a Saint Etienne y se meten en el cine. Raspéguy ha nacido en la frontera, con su padre del lado francés y una madre española. Y a no ser por la intervención del coronel Mestreville, hubiera desertado voluntariamente en vez de cumplir su servicio militar.
Cada medalla, cada condecoración y cada galón que recibía le fueron aproximando un poco más a Francia, pero seguía viviendo en él el soldado de oficio que se bate por un sueldo y por unas primas. Por libre elección se había hecho totalmente francés cuando en julio de 1940 se unió a De Gaulle en Inglaterra. Pero su patria, más que Francia, es el Ejército, y en su mente no puede disociar la una del otro.
Y este Ejército es su sueño, y ya lo está echando de menos a los tres días de permiso. Piensa en él regimiento que le van a confiar. Pensó que tendrá con él a Esclavier y a Boudin, pero también le gustaría contar con la colaboración de oficiales tan diversos como Glatigny y Piniéres, Marindelle y Orsini, tan inverosímiles como Boisfeuras y tan torturados como Malmudi.
El coronel Mestreville no ordena sus papeles; piensa en el extraño destino de Pierre Raspéguy. Se lo había imaginado como un cabecilla, un hombre de choque, como una especie de bruto que cargaba hacia delante y que tenía suerte. Un bello animal de guerra, de estirpe, y que gustaba alardear con sus medallas en medio de las mujeres emocionadas, dispuestas a concedérselo todo, y de los hombres celosos.
El coronel es un miembro activo de la Saint-Cyrienne.[25]
En una reunión en París encontró en una ocasión al general Meynier, que había regresado de Indochina, donde había ocupado el cargo de segundo jefe de operaciones en Tonkin. En el Ejército, el general Meynier no gozaba de muchas simpatías, pues tenía fama de inteligente y de contar con apoyos de tipo político. El general Meynier, en el transcurso de la reunión, resumió así la guerra de Indochina:
— Ganamos batallas, pero perdemos la guerra.
Era un hombrecillo, seco, inhumano, con pantorrillas de pollo, labios delgados, monóculo y una voz despreciativa.
Mestreville se sentó a su lado durante el banquete celebrado para clausurar la reunión. Un poco inquieto por la respuesta que le pudiera dar el general, le preguntó:
— Mi general, ¿conoce usted al comandante Raspéguy? Tengo interés por él. Es de un pueblo vecino al mío. Figúrese que ha sido pastor de mi granja.
Meynier se echó hacia atrás para ver mejor al viejo coronel de quien Raspéguy había sido pastor, y respondió:
— ¡Ese lobo comenzó entonces conduciendo un rebaño! Tengo a Raspéguy por nuestro mejor comandante de unidad . . . En el combate, se entiende; en retaguardia habría mucho que decir. Le debo la más admirable demostración que me ha sido dable ver. Y, además, se reía de mí, era evidente; pero a un Raspéguy se lo podía tolerar. — Y siguió diciendo —; Imagínese el Delta de Tonkin en la época de las lluvias. Los arrozales no son más que barro, un barro viscoso que se pega como una liga en las suelas de los zapatos. Yo mandaba una operación que estaba atascada en el barro desde hacía días. Una mañana, mi jefe del tercer burean me trajo un mensaje de Raspéguy en el que me anunciaba directamente, sin molestarse en seguir la vía jerárquica, que tenía cercado a un batallón vietminh de la 320 en el poblado de Thu-Mat. Me preguntaba si la Artillería podía ayudarlo y si podía contar con la Aviación. Ni una sola explicación más. Raspéguy, por lo tanto, se encontraba a quince kilómetros de su posición de la víspera, que había abandonado sin advertirme; pero tenía cercado al viet y yo estaba furioso por su caradura e indisciplina, pero también encantado de que aquella costosa operación no se coronase con un completo fracaso.
"En un helicóptero me largué a Thu-Mat. Encontré a Raspéguy a dos kilómetros de los confines del poblado, tras un dique del arrozal. Estaba acurrucado entre dos puestos de radio, sosteniendo en una mano el aparato de su teléfono y en la otra una bola de arroz que devoraba.
"Ni siquiera se levantó; no por insolencia; simplemente no podía desconectarse de su puesto y de sus hombres, que se batían un poco más lejos.
"— Mi general — me dijo —, ¿a qué hora podrá apoyarme la Artillería? He hostigado a los viets durante toda la noche y los he acorralado en Thu-Mat.
"— Sin embargo, yo tenía empeño en hacerle ver lo que la situación tenía . . . , digamos . . . , de insólito — siguió diciendo Meynier —. Y le amonesté: — Si usted me hubiera advertido la maniobra, esta noche hubiera podido lanzarle un grupo móvil. No estará aquí hasta esta tarde sobre las cuatro.
"— Mi general, si le hubiera prevenido — me contestó nuestro hombre—, los viets también lo sabrían, y se hubieran escurrido. Si esperamos cuatro horas más aguantarán hasta la noche y se escaparán. Puedo derrotarlos solo, pero habría muchas bajas entre los míos, y esto no me gusta.
"— Necesito este batallón, Raspéguy — le dije.
"Me quedé con él; era lo normal; yo quería el batallón y él me ¡o iba a dar. Además, aquel personaje me apasionaba desde hacía tiempo; había oído de él muchas cosas buenas y muchas malas. Quería verlo en su salsa. "— ¡Vamos allá! —dijo.
"Y mostró a unos ochocientos metros, entre nosotros y el poblado, una especie de gruesa protuberancia que emergía de los arrozales y coronaba la tumba de un mandarín.
"Estaba yo pensando en la dificultad del traslado cuando Raspéguy me interrumpió, uniendo la palabra a la acción:
"— ¡Rápido, desde aquella choza lo veremos todo mejor, y mis contactos por radio serán mejores!
"Lo pasamos bastante mal por el barro, pues de vez en cuando éramos salpicados por los obuses de mortero, y, en una o dos ocasiones, las ráfagas de ametralladora nos obligaron a arrastrarnos por detrás de los diques.
"Yo casi había olvidado lo que era la guerra de Infantería, y Raspéguy me estaba metiendo de lleno en ella. Jadeaba, tropezaba, y nuestro hombre no se volvió ni una sola vez para ver si lo seguía.
"Instaló sus dos puestos de radio detrás de la tumba, pareció muy asombrado de encontrarme a su lado, e inmediatamente comenzó a hostigar a sus hombres.
"Tenía el micrófono en la mano; toda su red funcionaba bajo una sola frecuencia, y se dirigía directamente a todos los jefes de sección, pasando por encima de sus comandantes de compañía. Su voz ronca, adherente y apasionada se prolongaba por todos los micrófonos y tenían una especie de red sobre todo su batallón, y en esa red se unían sus quinientos hombres.
"Comenzó por "recalentar" dulcemente a sus paracaidistas, agotados por una noche de marcha y de combate, de la misma manera que, antes de darle forma, para no romperla, se pasa por encima del fuego la madera de un arco mojado. Les comunicaba su violencia, su fuerza, y les hacía esperar y desear el momento del asalto. En su voz sonaban todos los cuernos de caza prometiendo el triunfo.
"— ¡Atención, Vannier! Dame tu posición exacta; te veo mal . . . Te veo al lado de la pequeña pagoda. Pon atención, en el seto de bambúes tienes un F. M. Lo tuviste que ver cuando nos iluminó.
"— Juve, ¡no te las des de listo!
"Entonces se dirigió a mí:
"— Juve es un alférez; acaba de incorporarse al batallón; casuario y guantes blancos. Va a querer hacer el héroe en su primer asalto y se dejará tumbar con toda su sección. ¡Un asalto! No puedo privarle de eso . . . , después hará tonterías, y los otros no lo dejarán que él solo haga el héroe . . . Entonces tendremos una hermosa corrida. Juve está bajo las órdenes de Esclavier. Son ellos los que tendrán el trozo más duro de roer. Trescientos metros de pie, al descubierto, antes de llegar al cuerpo a cuerpo, es mucho . . . — Y siguió informándome con pasión —. Ahora llamaré a Mercat; es un viejo adjudantchef; se puede contar con él.
"— ¿Mercat? No lo olvides; pondrás todos tus morteros en el seto, justo enfrente de la sección Juve; después te vas con él y no lo dejes. ¿Me comprendiste? Bien . . .
"— Mi general, Mercat sabe que le confío al pajarito . . .
"— ¡Cállate, Esclavier; déjame hablar! ¿Qué dices? Como todo el mundo, esperarás la señal. ¿Que vas más lejos que los demás? ¿Y cómo? ¿Corres más aprisa?
"Con cada uno de sus hombres el tono de la voz era diferente, amistoso, severo o irónico, pero con Esclavier había algo más, le hablaba con ternura; yo diría que casi con pasión, con amor.
"Raspéguy se volvió hacia mí:
"— Esclavier manda la compañía donde se encuentran Juve y Mercat; es un pura sangre.
"Sin que su Raspéguy hubiese dado ninguna orden convencional, me di cuenta de que su batallón estaba dispuesto, las compañías en su lugar . . . , los hombres con los músculos en tensión, preparados a saltar.
"Por última vez inspeccionó el terreno con sus ojos de hoz, con los párpados plegados, llamó uno a uno a todos sus comandantes de compañía para estar seguro de tenerlos a mano y después dio la orden de asalto:
"— ¡Gol![26]
"Al mismo tiempo, los primeros obuses de los morteros de Mergat explotaban en el seto.
"Raspéguy me abandonó, y a su vez se lanzó hacia el seto seguido de algunos hombres de su P. C. Corrí detrás de él, y le aseguro que necesité todo mi valor y todo mi orgullo para no resbalar en aquel barro tibio.
"Aquel individuo me había hecho olvidar que tenía cincuenta años y que era general.
"A los diez minutos, el poblado era capturado, y lo que quedaba del batallón vietminh se había dispersado y camuflado en los escondites enclavados bajo las chozas.
"El grupo móvil llegó a las cuatro de la tarde. Entonces el batallón de Raspéguy se retiró, cediendo a los recién llegados la tarea de escudriñar los escondrijos. Un hueso que el tigre, ya satisfecho, deja roer al chacal.
"El coronel que mandaba el grueso móvil encontró allí su agosto y en una bella citación se atribuyó la captura del poblado."
El general había vaciado su copa e hizo una mueca. El champaña estaba tibio y era dulce, y sólo le gustaba seco y muy helado.
— No estoy de acuerdo con la forma de mandar de Raspéguy — le confesó a Mestreville —. Compromete demasiado. Por el hecho de enviar a la muerte a un simple soldado no me siento obligado a invitarle a tomar el café en mi salón para oírle hablar de su madre y de su concepción del mundo. Las unidades como la que manda Raspéguy corren el riesgo de convertirse un día en una especie de sectas, que no pelearán por un país o por una idea, sino por sí mismos, como el monje se entrega a sus maceraciones para ganar el paraíso. ¿Ha oído hablar del batallón sagrado de Tebas, donde los amantes se encadenaban a sus amigos para hacerse matar juntos? Tranquilícese; no hay nada turbio ni sexual entre los paracaidistas de Raspéguy; al contrario, más bien existe algo de tipo religioso. . . Pero las cadenas son una realidad, ligan a los soldados, a los suboficiales y a los oficiales. Inconscientemente, Raspéguy ha forjado estas cadenas, estoy seguro. Están fabricadas con ese magnetismo que ejerce sobre sus hombres, con ese amor — y esa palabra hay que tomarla en su sentido más amplio y elevado, en un sentido casi místico —. Este amor firme lanza a los suyos hacia la muerte. Quizá por esto quiere que sus paracaidistas, antes de salir al combate, estén limpios, bien afeitados, en su mejor forma y con su mayor belleza. Una experiencia así es conmovedora. He reflexionado sobre el caso Raspéguy, sobre esa bestia con medallas, perfecto maniobrador, astuto como un mono, que sabe cuidar de su publicidad como un astro de la pantalla y que al mismo tiempo es como un bruto metafísico. Es muy peligroso en un ejército, y si pidieran mi opinión nunca haría de Raspéguy un general. Lo dejaría toda la vida de coronel y le otorgaría más honores de los que pudiese soportar. Quizá si se le hace general, la fuerza que anida en él lo abandone. Ya han existido casos por el estilo. Al convertirse en general se franquea un umbral, se participa en otra forma de juego . . . Y usted, mi coronel, ¿ha tenido a Raspéguy cuidando sus rebaños?
Sin contestar, el viejo coronel Mestreville le hizo esta otra pregunta:
— ¿Qué hubiera hecho Napoleón con un tipo semejante?
— Lo habría nombrado mariscal. Napoleón creía en las fuerzas oscuras, en el destino y en la suerte. Cuando nombraba a un coronel o a un general, preguntaba siempre: "¿Tiene suerte?" Puede traducirlo así: "¿Está de acuerdo con su destino?" En el mundo ya no hay suerte, sólo la economía y las estadísticas, una economía artificial y unas estadísticas falsas, ambas cosas condenadas por Raspéguy y por todos los que se le asemejan. Yo me encuentro cómodo, estoy en la edad de las estadísticas.
Cuando Raspéguy baja del collado para almorzar, Mestreville ha tomado ya otras dos copas para aclarar un poco las ideas. Pregunta a su antiguo pastor:
— ¿Conoces al general Meynier?
Los ojos del paracaidista resplandecen de malicia al mismo tiempo que su rostro se ilumina:
— Sí, lo recuerdo . . . ; un día en Tonkin le rodé una de esas películas . . . El del monóculo se cayó de culo.
— ¿Sólo era una película?
— Claro. Los tipos de su especie sólo comprenden eso.
— ¿Los tipos de su especie?
— Sí; todos los que sólo se baten sobre el mapa, los que establecen planes, los que creen que un batallón se compone de ochocientos hombres, cuando alineados no son más que cuatrocientos. Los que creen que los soldados no se mueren, que no conocen la fatiga ni la desesperación y que son mecanismos con engranajes intercambiables. Estos grandes estrategas, en 1940 caían prisioneros, pero habían hecho la Escuela de Guerra. Le dicen a uno con suficiencia: "¡Bravo, pequeño!", cuando a causa de la estupidez y de la pereza de esta especie de burros con albarda ha perecido la mitad de un batallón.
— ¿No vas demasiado Jejos?
— No. Esos tipos dicen siempre como Meynier: "La política es asunto de los generales y de los ministros", mientras que entre los viets la política se practica en todos los grados. La hace el cabo, el segunda clase. El comunismo es algo que existe, y de verdad. No estamos haciendo el mismo tipo de guerra que se hacía en su tiempo, mi coronel; ahora todo se mezcla en la más admirable de las ensaladas . . . rusas. La política y el sentimiento, el alma y el culo, la religión y la forma de cultivar el arroz . . . , todo; incluso la cría de los cerdos negros. Conocí en Cochinchina a un oficial que, haciendo criar cerdos negros en su sector, consiguió levantar una situación que todos juzgábamos perdida. Lo que hace la fuerza de los ejércitos comunistas es que allí todo el mundo se ocupa de todo y de todo el mundo, y que el cabo se cree responsable de la dirección de la guerra. Por eso los hombres toman muy en serio el combate, obedecen estrictamente todas las órdenes, economizan, sin que nadie se lo pida, sus raciones y sus municiones, porque tienen la sensación y la certidumbre de que se trata de su guerra, de que luchan para ellos. Que nos den una guerra que la sintamos, y ganaremos . . . Pero fuera monóculos y polainas, fuera las instalaciones suntuosas para los ministros y generales en visita de campaña. Necesitamos desde ahora un verdadero ejército popular, mandado por hombres que de alguna manera él mismo haya elegido. Que generales, ministros y soldados se pudran en la misma mierda y coman del mismo rancho. Que el vencedor sea honrado y el vencido desterrado o fusilado. No necesitamos estrategas . . . , sino victorias . . . y, sobre todo, que nadie dé a una promoción de Saint-Cyr el nombre de una derrota, aunque sea gloriosa, aunque lleve el nombre de Dien-Bien-Fú.
— Hablas igual que un revolucionario.
— Es la única forma de triunfar, en Argelia o en cualquier otro lado. Para una guerra revolucionaria se necesita un ejército revolucionario.
— ¿Argelia? ¡Pero si esto está casi concluido!
— No, no es posible, o no he comprendido nada desde que hago la guerra. ¿Nunca ha observado que en la historia militar jamás un ejército regular ha podido triunfar sobre una guerrilla bien organizada? Si en Argelia se utiliza el ejército regular sólo podemos desembocar en el fracaso. Me gustaría que Franca tuviese dos ejércitos; uno para la farsa, con relucientes cañones, carros, soldaditos, fanfarrias, estados mayores, generales distinguidos ya un poco chochos, y gentiles oficiales que se interesasen por el pipí de su general o por las hemorroides de su coronel. Un ejército que sería exhibido por cuatro chavales en cualquier feria. El otro sería serio, estaría compuesto solamente por jóvenes superentrenados, esforzados, vestidos con atuendos de camuflaje, que no se les vería por las ciudadaes y a los que se les exigiría sin cesar un esfuerzo imposible y se les enseñaría todos los trucos. Con este ejército es con el que quiero combatir.
— Vas a tropezar con muchas dificultades.
— Es muy posible, pero por lo menos las habré buscado y aún es más; me voy a poner inmediatamente a buscarlas.
Pronto los campesinos y pastores de las Aldudes se habitúan a ver al coronel de Indochina, con un conjunto de pantalón y camisa de sport color azul, muy ajustados, descender a toda velocidad por los caminos de cabras. Un día, Jean Arréguy y Manuel, el español, lo acompañan. Y, desde entonces, siempre se los ve juntos, saltando los matorrales y trepando por los barrancos, bajo cualquier temperatura. Los dos muchachos hacen lo mismo que Raspéguy, imitan sus gestos, su porte y su forma de andar balanceando los hombros. Incluso hablan como él.
Raspéguy compra a diario los periódicos, y le acometen verdaderos accesos de rabia cuando lee las informaciones sobre los combates que tienen lugar en los Aurés y Némentchas.
Los medirías se sublevan en Marruecos, y en Túnez las bandas de fellaga atacan nuestras tropas. Los viets lo habían anunciado.
Nadie se ocupa ahora de él, y Raspéguy no lo soporta. Una mañana sale para París. Los dos muchachos se enrolan como paracaidistas. Manuel tropieza con bastantes dificultades, pero Raspéguy le consigue una documentación falsa. Todo el pueblo piensa entonces que Raspéguy tiene el brazo muy largo y que será un buen diputado cuando se jubile con tal de que se avenga a ir un poco más a misa.
Durante todo su permiso, el teniente Piniéres viste de uniforme. Lleva la boina roja y todas sus condecoraciones. La tarde de su llegada a Nantes, dos de sus antiguos camaradas de los F. T. P., Bonfils y Donadieu, los van a visitar a la "Mercería y periódicos" que posee su madre cerca de los astilleros. Se reúnen en la trastienda, una habitación mal iluminada que huele a sopa en ebullición y a orines de gato.
— Queremos hablarte — había dicho Bonfils.
Siempre es él quien habla, ya que Donadieu tartamudea. Pero Donadieu es más decidido y más peligroso. Piniéres, que en otras ocasiones ha pasado por trances difíciles en su compañía, ha apreciado siempre su valor, y lo estima.
Ni el uno ni el otro le habían estrechado la mano, sino que se habían llevado dos dedos a la frente en una especie de extraño saludo militar.
— Hemos venido a prevenirte — dice Bonfils —. En este rincón no se estima mucho a los mercenarios del colonialismo, pero se recuerda lo que tú has sido . . . Por lo tanto, si cierras tu bocaza, si no llevas tus oropeles, te dejarán tranquilo durante tu permiso.
— Después . . . po . . . po . . . podrás ir a de . . . de . . . dejarte la piel en otro sitio — añade Donadieu con dificultad.
También él quiere a Piniéres, pero "lo preciso es preciso". Es la única fórmula que puede decir de un tirón y abusa de ella.
La rabia hace perder la cabeza al tenjente. No se ha avergonzado de su pasado ante compañeros que apreciaba, y ahora que está en su casa, los camaradas de los vietminh pretenden impedirle hacer lo que le dé la gana. Con la mano de canto da un golpe a Donadieu sobre la nuez de Adán. El tartamudo cae con gran estrépito de sillas rotas. Después Piniéres agarra a Bonfils por la chaqueta y lo sacude:
— Escúchame bien y ve a repetírselo a quien te envía: diré lo que me dé la gana, me pasearé con mi uniforme, pero siempre llevaré mi arma encima. Me aprenderéis, pero os costará trabajo; sabes que tengo puntería. Mis compañeros vendrán después para arreglar mis cuentas y la cosa costará sangre.
Bonfils y Donadieu se marchan, y Piniéres se pasea con su uniforme. Pero no se atreve a merodear cerca de los muelles ni a regresar a su casa cuando ya es de noche, pues en dos o tres ocasiones ha visto andar unas sombras.
Su madre pierde la clientela y llora todas las noches. Piniéres se aburre, no tiene a ningún compañero para tomar un vaso, ni a nadie a quien contar la guerra de Indochina, su historia con My-Oi y el niño que no nació. Sólo Donadieu y Bonfils pueden comprenderle.
Un día oye cómo su madre se lamenta con una vecina:
— Por culpa de Sergio estoy mal vista en el barrio. ¡Sin embargo, yo no lo mandé a Indochina! Sólo soy una pobre vieja que pide que la dejen en paz. Ya tuve bastantes contratiempos con mi marido: bebía.
Piniéres escribe a Olivier Merle, que le dejó su dirección. Recibe la respuesta a vuelta de correo. Su compañero lo invita a terminar el permiso con él.
Olivier Merle no vive en la gran mansión del notario, sino en un pequeño apartamento a diez kilómetros de Tours. El Loire ha inundado sus riberas y corre por el fondo del jardín, arrastrando despojos y montones de hierbas.
— Escribo un libro — dice Merle acogiendo a Piniéres —, sí, un gran libro, la guerra de Indochina vista desde el lado civil. Me ayudarás. Necesito tranquilidad; además tengo una amante casada con una persona importante de nuestra ciudad; por esto necesito un lugar discreto para recibirla. De ahí la razón de este retiro. Verás, la criada cocina estupendamente, pero en todos los platos pone crema o mantequilla fundida que entorpece la digestión . . . y corta la inspiración . . . Por tu carta veo que ya estás al corriente . . . . y que es inútil contarte todos mis golpes . . .
— Pasé por casa de tu padre antes de venir aquí — le dice Piniéres —. Me espetó en las narices: "Llévese a Olivier con usted, sáquelo de nuestra ciudad antes de que tenga que llamar a los bomberos o a la Policía." Felizmente, tu hermana, Yvette me trajo hasta aquí en tu coche y puso las cosas en su sitio.
Yvette le había dicho:
— Yo estoy de parte de mi hermano. Si se marcha, me iré con él. Creo que tiene razón en no dejarse amilanar. Desde que llegó no se ha entendido con mi padre. Primero se negó a trabajar en el estudio; no quiso que le colocase el dinero que trajo de Indochina; al contrario, se puso a tirarlo por la ventana, y se compró este auto deportivo de color rojo. Yo estoy muy contenta, ya que puedo utilizarlo cuando no lo usa Micheline Bézégue. Después vinieron las relaciones con Micheline. ¡Pero si no viven juntos...! Mi padre dice que por lo menos deberían cuidar "las formas". ¿Qué formas, teniente? ¿Tiene usted alguna idea sobre este punto? Pero esto no habría sido nada a no ser por el incidente con el secretario general de la Prefectura. Como todos los hombres, perseguía a Micheline y tenía celos de Olivier. Una noche hubo una reunión en casa de los Piverdier. ¿Usted no conoce a los Piverdier? Todo el mundo estaba allí. El secretario general contó, un poco demasiado fuerte, lo que mi padre le había dicho la víspera en una reunión del Conseil general:[27] "Indochina y los paracaidistas han hecho de Olivier un sinvergüenza." Entonces Olivier, que lo oyó, empujó al secretario general, y éste se cayó sobre los pasteles del bufete. Hubo el consiguiente escándalo.
— ¿Presentó Olivier sus excusas?
— No; al contrario, las ha exigido, declarando que el secretario general había insultado a los combatientes de Indochina. Incluso dijo que le iba a cortar las orejas en punta. El secretario general envió sus excusas por escrito a Olivier, y nuestro padre, por su cuenta, se las presentó al secretario general. La cosa fue complicada. Todo el mundo trataba de hacerse perdonar ante todo el mundo. Incluso se dice que mi padre le ha pagado un traje nuevo al secretario general.
Piniéres había estallado en grandes carcajadas.
— No tiene gracia — le había dicho Yvette —. La cosa es grave. Debido a este asunto se dice que Olivier es un cabeza loca, y que cuando está furioso y ha bebido es capaz de matar a alguien, y que si Micheline no vive con él es porque tiembla de miedo, y que mi hermano la obliga a darle dinero. Micheline, que está completamente loca, encuentra la situación divertidísima y muy excitante. Ayer le dijo, a su marido: "Si no me compras un coche nuevo le diré a Olivier que te corte el cuello." Sé de personas que se creyeron lo que ella decía o, por lo menos, fingieron creerla . . .
— Pero, ¿quién es ese "todo el mundo"?
— Pues la gente que cuenta en Tours: los Machalle, los Piverdier, la condesa de . . .
Yvette se había extendido en una enumeración que apenas había terminado cuando llegaron a la casa de Olivier.
— Creo — confiesa Olivier a Piniéres — que jamás podré habituarme a una vida de provincias. Algo se produjo en mi interior en Dien-Bien-Fú. Una especie de ruptura. Me di cuenta al volver aquí. Por eso quisiera escribir un libro, para exorcizarme de alguna forma, pero no lo consigo.
Con frecuencia se ve paseando juntos a Yvette y al teniente Piniéres. Primeramente caminan uno al lado del otro, después del brazo y, finalmente, apretados estrechamente. Este tipo de cosas son tenidas muy en cuenta en Tours.
El padre de Olivier se entera de los esponsales de su hija con un cierto teniente de paracaidistas que lleva siempre puesta la boina roja.
A partir de este momento. M. Merle se da al antimilitarismo y al pacifismo, pues hace origen de sus males al Ejército y a las guerras coloniales.
Una noche, Piniéres oye cómo Micheline y Olivier discuten. La disputa termina a gritos, con una crisis de lágrimas y con el ruido de la portezuela de un coche.
Al día siguiente, Olivier tiene la cara descompuesta. Se confía a Piniéres.
— No tengo ni un céntimo; mi padre se niega a adelantarme nada, mi amante me ha abandonado porque me niego a llevarla a los deportes de invierno. ¿Y con qué, Dios mío? Me hace pasar por un terrible matón y juega conmigo como un caniche. Por todas partes se dice que en Dien-Bien-Fú recibí un golpe en la cabeza y que tengo crisis de locura furiosa. También se me acusa de haber lanzado a Yvette en tus brazos para vengarme de mi familia, y de pertenecer a una organización paramilitar que trata de derribar la República. ¡Por lo menos esto último no deja de ser divertido! Es un invento del secretario general de la Prefectura. Me parece que hay que largarse de aquí, ahora que todavía el camino está despejado.
— ¿Qué puedo hacer?
— Rengánchate . . .
— No me gusta el Ejército. Pero podemos ir a París. Allí están Esclavier, Glatigny, Marindelle y Boisfeuras . . . , y no nos abandonarán.
— No te gusta el Ejército, pero cuando te encuentras en peligro piensas inmediatamente en tus compañeros de guerra porque sabes que puedas contar con ellos.
Pocos días después, Olivier recibe un telegrama dirigido al teniente Merle y que firma Raspéguy. El texto es lacónico. Dice:
"Lo espero en París el 15 de enero por la tarde. Tome contacto al llegar con Esclavier. Litré 28-12."
Con un día de retraso recibe también Piniéres su telegrama, que le ha sido reexpedido desde Nantes.
El coronel Raspéguy, al llegar a París, se instala en casa de Philippe Esclavier. Llega por la noche. Al día siguiente, al entrar Michel Weihl en el salón, se lo encuentra con su equipo de deporte haciendo gimnasia sobre la alfombra.
— Buenos días — dice Raspéguy —. Uno, dos, uno, dos, inspiración, aspiración; son muy importantes los ejercicios respiratorios; conservan el aliento y la fuerza. Ante todo, es cuestión de aliento. ¿Usted es el cuñado?
— Sí.
— Coronel Raspéguy. . .
Salta con admirable agilidad. Weihl no puede menos que admirar este cuerpo poderoso y esbelto, sin una onza de grasa. Las numerosas cicatrices que le tatúan el torso y los miembros, lejos de afearle, le dan una belleza bárbara.
Raspéguy se inclina hacia abajo, se levanta y salta en el aire batiendo los pies.
— Yo fui el mejor bailarín del valle — dice —. Pero ahora no me atrevo a bailar. Inconvenientes de ser coronel. ¿No se ha levantado Philippe?
— Philippe se acuesta tarde, mi coronel, cuando duerme aquí . . .
— Muchacho que la corre no se casa, y un oficial que se casa pierde lo más caro de su valor, sobre todo para la guerra revolucionaria.
— Felizmente estamos en paz, desde la firma del armisticio de Ginebra.
— ¿Y Argelia? Es la primera guerra de Indochina. ¿Ha leído a Mao-Tsé-Tung? Sólo que los viets eran mucho más fuertes de lo que lo son los fellouzes, y para nosotros es una suerte, puesto que con la pandilla de nulidades que infestan nuestro Ejército pronto seríamos echados al mar. Vamos a desayunar; traje un jamón y una botella de vino de Irouléguy.
— Diré a la criada que la sirva.
— No; a mí me gusta tomar el desayuno en la cocina, de pie; tengo esta costumbre desde mis tiempos de pastor, y me sirvo a mí mismo. Desde que soy oficial nunca he tenido ordenanza. Un soldado debe dejarse matar por su jefe, o por lo que éste representa, pero no tiene por qué ser su criado.
"¿Qué tiene este tipo primitivo? — piensa Weihl —. Desprende una especie de magnetismo como ciertos jefes de hordas, o como los hechiceros negros del bosque, y, además, habla como un revolucionario: "¿Ha leído usted a Mao-Tsé-Tung?" Pronto me va a preguntar por Marx." Y en alta voz dice:
— Mi coronel, quizás usted ignora que soy uno de los animadores de los Combatientes de la Paz . . .
— Muy bien; la paz es una cosa hermosa; sólo que nosotros no estamos en paz. ¡Toma! ¡Si me parece que firmó uno de sus trucos . . . ! Sí; la petición de Estocolmo contra la bomba atómica. ¡Se pusieron tan pesados los viets en el campo número 1! Por lo demás, estoy en contra del empleo de la bomba atómica; no se trata de destruir poblaciones, sino de conquistarlas, de ganarlas para uno, ¿No quiere una lonja de jamón?
— Quiero que sepa que soy judío y de origen alemán . . .
Raspéguy lo mira profundamente asombrado:
— Bueno, ¿y qué? Yo he mandado a thai, a vietnamitas, a chinos, a refugiados españoles, a los obreros de Courbevoie y a los campesinos de las Landas; y también mandaré a los judíos si me los dan. Les colgaré como insignia la estrella amarilla. Los nazis hicieron de ella una marca de infamia; yo haré una bandera. Y la cubriré de tanta gloria que incluso los árabes y los negros estarán orgullosos de luchar bajo sus pliegues. Pero primero obligaré a los judíos a dos horas de cultura física al día, y les haré que se sientan orgullosos de su cuerpo y, por lo tanto, de su valor.
Weihl cada vez está más estupefacto. Percibe que Raspéguy, a su modo, tiene la fiebre de un jefe revolucionario, y casi lamenta no estar en su bando para seguirle. Con el estómago encogido, comparte con él el pan, el jamón y el vino.
Philippe Esclavier, después de haber instalado al coronel en una habitación, se había marchado para reunirse con Mina. Percenier-Moreau está de viaje, y al capitán le gusta despertarse en este departamento de pesadas cortinas y lecho bien mullido, en esta alcoba de dama mantenida. El cuarto de baño con sus níqueles demasiados brillantes, sus frascos y sus cajitas de afeites, tiene el aspecto de un instituto de belleza con algo de clínica. Puede hacerse el remolón en el lecho, con su pertinaz olor a perfume, leer revistas para modistillas y escuchar música apaciguadora. En fin, puede conocer el reposo del guerrero, que sólo se encuentra entre mujeres y en medio de un clima un tanto mediocre.
Cuando ella descansa en sus brazos, le habla de Suen, la pequeña vietnamita que murió a consecuencia del amor que sentía por él. Diserta sobre el placer y el amor; sobre el placer que toda mujer puede dar, con tal que sea joven, bella y sensual, y sobre el amor, que es único, y que sólo se encuentra una vez. Mina llora y le pide que se calle. Esta es su venganza . . . por el sedante que ella le ofrece. Pero Raspéguy está ya de vuelta, y se siente como un galgo al que le colocan su collar. Y, con rabia, tiene que reconocer que necesita una cadena y un látigo; sólo sabe combatir encadenado. Raspéguy sostiene su cadena. Libre de toda traba y viviendo en un ambiente lánguido y demoledor, corre el riesgo de convertirse, dentro de algunos meses, en un ser tan débil como Weihl y todos los intelectuales que le hacen coro. Deseaba y temía el regreso de Raspéguy, pues siente la necesidad de obedecerle y también, lo que es chocante, de morderle.
Una noche, Philippe Esclavier lleva a Raspéguy al "Brent-Bar". Es la hora del aperitivo. Los clientes hablan a media voz, lo que produce un suave susurro. Por intervalos, se oyen disonancias más fuertes: los dados que ruedan sobre la mesa, un vaso que choca con otros o la exclamación aguda de una mujer. El humo huele a tabaco rubio y el ambiente a alcoholes viejos y perfumes caros.
Edouard reconoce en seguida a Raspéguy. Durante la batalla de Dien-Bien-Fú muchos semanarios de actualidad habían reproducido su fotografía en la primera página.
Se adelanta:
— Me complacería mucho, ya que viene usted por primera vez al "Brent-Bar", mi coronel, poderle ofrecer, lo mismo que al capitán Esclavier, una copa de champaña o un whisky.
Raspéguy siente que dentro de él se agita la bestia del orgullo. Hasta en este bar parisiense lo conocen . . . Se vuelve, mira los espejos un poco empañados, las butacas de felpa roja y el revestimiento de madera oscura de las paredes. Su nariz curva parece palpar los olores, apreciarlos, guardar algunos, rechazar otros.
— Se está bien aquí — dice a Edouard —. Me gustaría beber una absenta.
— ¿Perdón . . .?
— Sí; una absenta, un pernod español.
— Está prohibido, mi coronel.
— Todas las tabernas de la vertiente vasca la sirven. Basta pedir "un azúcar".
Edouard tiene un pequeño sobresalto. El "Brent-Bar" no es una taberna, ni se dedica al contrabando. Pero Raspéguy es de su agrado. Durante la ocupación dio albergue a hombres con caras como ésta, que pronunciaban extrañas contraseñas, a veces burlescas, que venían de Londres y distribuían sus últimos cigarrillos rubios pidiendo voluntarios que les ayudaran a derribar el muro del Atlántico.
— Bueno, déme un whisky — dice el coronel. El barman se tropieza entonces con la mirada de Raspéguy que se clava en él como un arpón. Por fin el coronel le espeta:
— ¿Te agrada pasarte toda la vida tras el mostrador de un bar, servir copas sin arriesgar nada, ni siquiera una multa por hacer contrabando? De vez en cuando, ¿no te entran deseos de cerrar tu negocio para ir a la guerra, para trepar por una montaña o para explorar el Amazonas?
— Ya hice la guerra cuando me tocó y conservo algunas costumbres — le contesta Edouard —. Mi aventura está ahora aquí. Los clientes hablan fácilmente ante un barman, se aprenden cosas interesantes.
— ¿Qué adelantas con eso?
—Por ejemplo, saber que todo el mundo está bastante harto del régimen y que todo el mundo lo desprecia, aunque se acomode a él.
— ¿Y de Argelia?
— Esta guerra no es popular, pero no durará mucho.
— Te engañas; la cosa es difícil y va para largo. Te traeré mi banderín; es negro como el de los piratas, con un puñal y un paracaídas de plata. Encima tiene el lema: "Me atrevo..." Lo colgarás en el techo y todos mis muchachos, sus amigos y sus amigas vendrán a beber a tu casa.
El coronel le tiende la mano y Edouard tiene la impresión de que también él se alista bajo la bandera negra de Raspéguy.
— A propósito — le dice el corone l—, el día 15 de enero, por la tarde, necesito una sala donde poder estar tranquilo con algunos de mis oficiales.
— Tenemos lo que necesita en el sótano. Muy discreto, con una salida por el patio.
"Es un complot", piensa Edouard. Se dicen muchas cosas de los oficiales que regresaron de Indochina, y el rumor más insistente es de que preparan un complot.
Edouard se siente ganado por una profunda alegría ante la idea de que en el "Brent-Bar" se pueda organizar el derribo de la IV República, mientras él, Edouard, sirve con amplia sonrisa un americano al director de gabinete del ministro del Interior.
El coronel Raspéguy lleva a cabo una actividad muy intensa entre el 8 y el 15 de enero. Varias veces la visita la Inspection des Tropes Coloniales, pero nunca lleva con él a Esclavier. Incluso es recibido por un ministro y, por primera vez, no lo aprovecha para presumir.
Por fin llega el 15 de enero. Raspéguy ha pedido a todos los oficiales convocados que acudan con sus uniformes y sin mujeres.
A las siete de la tarde, en el "Brent-Bar" se produce algo parecido a un brote de amapolas. Edouard se inclina hacia el director de gabinete:
— ¡Qué bien están esos chicos!
— ¿Qué vienen a hacer aquí?
— Creo que festejan un aniversario.
— Pues mejor estarán en Argelia. Edouard, ¡un americano!
La reunión tiene lugar en la sala del sótano en torno de una gran mesa formada por varios veladores juntos. En un extremo está el comandante Beudin, llamado Boudin, con una gran cartera de reperesentante de comercio. Frente a él se sienta Raspéguy, que, como en campaña, rompe sus cigarrillos para meter el tabaco en su pipa. También están presentes Glatigny, Esclavier, Boisfeuras, Marindelle, Orsini, Leroy, Piniéres y Merle. A excepción de Boudin, todos antiguos prisioneros del campo número 1.
— Boudin, primero nos vas a ofrecer algo de beber.
— Pero...
— Tienes demasiado apego al dinero. Has llegado con retraso y fue sin duda porque has querido economizar el taxi.
— Escucha, mi coronel, exageras — gruñe Boudin, moviendo la cabeza.
— A medida que yo les haga preguntas, vas a anotar la situación militar de todos los que aquí se encuentran. Podemos comenzar por ti, que eres el de graduación más elevada. Escribe: Boudin, Irenée, tiempo de servicio, condecoraciones, fecha de nombramientos, heridas; no olvides la ictericia que te impidió acompañarnos en Dien-Bien-Fú; situación presente . . .
— Ya lo sabes; espero que tomes el mando para seguirte.
Boudin está sofocado de indignación. Durante meses ha estado esperando contestación a sus cartas. Raspéguy no lo felicitó con motivo de su ascenso y, sin embargo, estuvieron juntos en Inglaterra como suboficiales. ¡Ah, si se hubiese tratado de Esclavier! Y ahora lo obliga a escribir que el comandante Bou-din, que no luchó en Dien-Bien-Fú porque su hígado estaba enfermo, de lo que no tenía culpa alguna, desde hace tres meses está en "expectación de destino" por fidelidad a Raspéguy.
Y en el interior de su redonda cabeza de oriundo de Auvergne, tan en orden como el despacho de un ingeniero asesor de empresas, Boudin consulta de nuevo la lista interminable de sus motivos de queja con Raspéguy. Pero el coronel sigue:
— Señor De Glatigny, ¿cuál es su situación militar?
— Estoy inscrito en el cuadro, mi coronel. El próximo mes de febrero pasaré a ser jefe de escuadrón. He solicitado ser enviado como agregado militar al otro lado del telón de acero. — Siente la necesidad de excusarse y dice —: Lo de Argelia es una vulgar rebelión que pronto será sofocada.
— No — salta Raspéguy — ¿Recuerda usted lo que decían los viets en el campo? La guerra continuará hasta la victoria completa del comunismo en el mundo. No es el momento de que un oficial digno de su nombre, y yo me di cuenta en Dien-Bien-Fú de que usted lo era, vaya a pasear en los salones de una embajada.
"Este pastor — piensa Glatigny — cuando quiere habla como un mariscal de Francia."
A instancia de su mujer había hecho la petición, pero lo empieza a lamentar. Siente la necesidad de hallarse de nuevo entre sus compañeros, de combatir a su lado, lejos de los estados mayores y de los salones militares y políticos, donde los mandos importantes se ganan en base de una palabra acertada, una lisonja y algunas intrigas. Sabe que Raspéguy ha conseguido, no sin trabajo, el mando de un regimiento de paracaidistas. Tiene deseos de seguirle. No se atreve a confesarse que la presencia de Claude le pesa, aunque ahora hace torpes esfuerzos para conseguir acercarse a él y a sus amigos. Ha invitado en dos ocasiones a Guitte Goldschmidt, que tiene fama de ser la "novia" de Esclavier, y vuelve a salir con Jeanine Marindelle. Pero Jacques siente que detrás de todas estas maniobras está la mano del confesor de su mujer, el padre De la Fargiére.
— Bien, Glatigny, ¿estamos de acuerdo? Boudin, escribe "en expectación de destino". Por vez primera en mi vida voy a tener como adjunto de operaciones a un diplomático de la Escuela del Estado Mayor. ¿Tú, Esclavier?
— Me quedan tres semanas de permiso.
— Ya las tomarás más tarde. Boudin, escribe: "El capitán Esclavier se une al cuerpo, bajo su petición, la próxima semana."
— ¿Qué cuerpo es ése?
— El 10° Regimiento de Paracaidistas, actualmente estacionado en el campo de los Pins, cerca de Argel. ¿Boisfeuras?
— Ayer estaba decidido a abandonar el Ejército para tomar la dirección de una compañía de seguros . . .
— ¿Entregó su dimisión?
— Todavía no.
— Entonces guárdesela en el bolsillo. Vamos a hacer en Argelia el tipo de guerra revolucionaria con el que tanto nos llenó los oídos, vamos a utilizar todo lo que hemos aprendido de los viets y lo que a usted le han enseñado los chinos. Será mi oficial del segundo bureau.
Boisfeuras ha recibido una carta de Pasfeuro, que está instalado en Argelia desde hace tres semanas. Recuerda pasajes enteros:
La rebelión está muy lejos de haber sido sofocada; por el contrario, se va ampliando, pues cada día encuentra mayor aliento ante las vacilaciones del Gobierno francés y la incapacidad de los militares para organizar una lucha eficaz contra la guerrilla. Los franceses se niegan a introducir cualquier reforma, y los musulmanes las requieren todas . . . Pero lo que más me inquieta es el clima de esta guerra, extrañamente parecido al de Indochina. Nos volvemos a encontrar con la palabra clave que conmueve las masas para empujarlas luego hacia el comunismo: "Independencia."
Esta guerra es cada vez más atroz y más salvaje, a causa del temperamento apasionado, violento y sexual del árabe, asi como también del pied noir argelino, que se le asemeja. ¿No será por su jactancia y por su comportamiento respecto a las mujeres? Sigo sin noticias de Jeanine.
— ¿Entonces, Boisfeuras?
— Voy con usted, mi coronel.
— Escribe, Boudin. Ya estamos juntos, Marindelle. ¡Primero quiero felicitarte por tu cruz y tu tercer galón! Pero créeme, me costó trabajo que te los concedieran. En la DPMAT hay un cerdo que ha escrito en tu ficha: "Sospechoso de comunismo." Por esta razón he decidido nombrarte comisario político del Regimiento. Le buscaremos otro nombre, ya que todavía no está previsto en el reglamento; pero ésta será tu función. ¿De acuerdo? Escribe, Boudin.
— Mi coronel, ¿podemos llevar a nuestras esposas a Argelia?
— No.
— El reglamento lo permite.
— Vamos a hacer una guerra que está fuera de todo reglamento. ¿Tienes mucho interés en que tu esposa vaya a Argelia?
La pregunta golpea a Marindelle como un puñetazo. No; no tiene interés, no aguanta más la ficción amorosa que ambos se han forjado. Su amor ha muerto. Pero Ivés no se lo reprocha ni a Pasfeuro ni a Jeanine. Se ha acabado. Sólo tiene que dejar que las cosas se desarrollen por sí mismas. Le gustaría partir inmediatamente para Argelia, no tener que representar una atroz comedia. Sus compañeros lo miran con mucha amistad, ternura y comprensión. Las lágrimas se le asoman a los ojos; se suena.
— ¿Piniéres? — llama el coronel.
—Ningún inconveniente, pero creo que voy a casarme . . .
— Esperarás. ¿Orsini?
— Me gustaría partir en seguida. Me pelaron jugando al póquer. Desde hace unas semanas vivo a expensas de Leroy.
— Boudin te lo solucionará. ¿Y tú, Leroy?
— Me gustaría marchar con Orsini. Tengo un hermano y una cuñada en París: me fastidian; el cine y las boites me molestan; ya no siento gusto por las chicas; duermo mal, digiero mal y me arde el estómago cuando bebo demasiado.
— Estarás en Argelia la próxima semana. Y volverán a interesarte las mujeres y el vino. ¿Y tú Merle?
— Estoy desmovilizado, mi coronel; soy civil, civil por completo. He venido disfrazado de guerrero porque usted me lo pidió; pero cualquier gendarme, si me pide mis papeles, puede detenerme por uso indebido del uniforme.
— Boudin, hazle rellenar inmediatamente una petición de reincorporación.
— Pero . . .
— ¿Pero qué?
— Es que no estoy seguro de querer reintegrarme al Ejército.
— ¿Tienes otros proyectos? Entonces no nos hagas perder más tiempo. Tendremos a Día por médico; tengo su traslado en el bolsillo y pienso recuperar unos veinte oficiales de mi antiguo batallón. Y una vez solucionadas estas simples cuestiones de tipo administrativo — sigue diciendo el coronel — voy a poneros al corriente de la situación. Acabo de recibir el mando del 10° Regimiento de paracaidistas coloniales, el más hermoso enjambre de inútiles de todo el Ejército francés, la basura de todas las unidades paracaidistas. ¡Y esto no es todo! Acaban de destinar a dicho regimiento trescientos reclutas que se han amotinado negándose a ir a Argelia. Ninguno de estos tipos, claro está, es paracaidista graduado. Ya podéis juzgar el ambiente que reina en el campo de los Pins. Para darme las gracias por haber aceptado el regalito, me autorizaron a llevar conmigo a cinco oficiales de mi elección. Me llevo a diez, a vosotros. Y a ocho suboficiales. Me llevo a veinte. Dentro de tres meses, el 10° R. P. C. será la mejor unidad del Ejército francés.
— ¡Unos amotinados! — exclama Boudin, angustiado, abriendo sus grandes ojos.
— No es una cosa tan mala. Amotinados, sí.
— ¿Y cómo te las vas a arreglar?
— Los domaré con esto.
Raspéguy saca de su bolsillo un extraño gorro de tela de camuflaje, se lo coloca, la visera avanza hacia la frente en forma de pico de pájaro. La parte trasera es una cogotera dividida en dos, como los faldones de una camisa.
— Es feo — dice Esclavier.
— Claro que es feo. Figúrate, me dio la idea tu cuñado . . . Sí; una historia de judío y de estrella amarilla. Nuestros soldados no serán como los demás, porque se verán obligados a llevar este ridículo sombrero. Todo el mundo se burlará de ellos, se verán obligados a alzar la cabeza, se unirán a nosotros y se batirán mejor.
— Esto es un razonamiento . . . — hace observar Boisfeuras.
— He comprado mil doscientos gorros.
— ¿Quién los va a pagar? — gime Boudin, alzando los brazos ál cielo —. La intendencia no tragará...
— No te enfades, Boudin; no subirá arriba de los veinte mil francos. Se trata de un viejo stock del África Korps. La próxima semana salgo contigo y Esclavier. Leroy y Orsini nos seguirán y, después, los demás. Quiero que todo el mundo esté en el campo de los Pins el 15 de febrero.
Edouard aparece trayendo unas botellas de champaña.
— Quiero que se bautice correctamente al regimiento que acaba de nacer en los sótanos del "Brent-Bar". Tenía la esperanza de que esta reunión fuese un complot para derribar la República. En fin, nada es perfecto; pero todo llega por sus pasos.
— ¿Estabas escuchando? — pregunta Raspéguy.
— Nosotros, los de la resistencia . . .
— Eres muy generoso para ser un barman.
—También soy el patrón.
—¿Y ese pelele que se pasea por la sala con las manos en el bolsillo y vestido de paisano?
— Es un gerente, al que pago.
Raspéguy alza su copa:
—Bebo por la gran aventura que comienza aquí. De esto puede salir un nuevo ejército y una nueva nación. Bebo por nuestra victoria, porque esta vez, basta de bromas, ya no necesitamos derrotas . . .
Notas
[25] Saint-Cyrtenne: sociedad de antiguos alumnos de Saint-Cyr que se esfuerza en defender los intereses de los oficiales. Representa, más o menos clandestinamente, el papel de sindicato para la única categoría de ciudadanos franceses que no tiene derecho a pertenecer a ninguna, organización sindical y que, de hecho, no cuenta con nadie para defenderla.
[26] * Gol es la orden que se da en el momento de saltar en paracaídas.
[27] * Institución francesa de Derecho administrativo que puede compararse con la Diputación provincial existente en España. (N. del T.)