|
Jean Lartéguy - Los Centuriones |
||
Bucellier, Bistenave y Geoffrin, vestidos con unos viejos mamelucos llenos de grasa, mal afeitados y con los cabellos hirsutos, dan trabajo a los dientes con gran apetito en casa "Manuel", una taberna situada a la salida del campo.
— El clarete es bueno — dice Bistenave —; un poco fuerte, pero bueno. Sin embargo, no es una razón suficiente para conservar Argelia.
Bucellier y Geoffrin aún no han podido acostumbrarse a Bistenave. El tal Bistenave va más sucio que cualquiera de los reclutas, pero habla de manera rebuscada y sólo fuma cigarrillos rubios y emboquillados.
— Para empezar, los mando a todos a la mierda — dijo Geoffrin, que tiene necesidad de añadir algo.
Geoffrin es el único voluntario y trata de hacerse perdonar esta mancha. Bistenave lo ignora.
Aún no se sabe nada de Raspéguy —dice—. Se le cree en Argelia, se le cree en los Pins, pero nadie lo ha visto.
— Esta mañana — comenta Bucellier —, por parte de las cocinas, oí bramar a un adjudant que nunca había visto en la base. Era joven, iba vestido como un príncipe y con medallas hasta el vientre. Seguro que era uno de los que Raspéguy ha traído consigo.
— ¿Y qué decía tu adjudant?
— Que las cocinas están muy sucias, la carne podrida, el vino y las legumbres han sido compradas como si fuesen un saldo, y todo huele a negocio y a estafa, y que si los hombres quieren prender fuego al barracón, él les dará los fósforos. De una patada volcó una caldera de rancho porque estaba sucia.
Los informes que Bistenave ha podido obtener de Argelia sobre Raspéguy son muy contradictorios. Unos dicen que es una mezcla de matón y de vedette; que se complace en recordar que viene del pueblo, lo que lisonjea a los hombres, y que en 1939 era un sargento de reserva, lo que agrada a los suboficiales. Otros, que parecen mejor informados, le conceden el sentido innato del mando, pocos escrúpulos, el gusto del combate y de los riesgos, un espíritu ágil, capaz de adaptarse a todas las situaciones y formas de hacer la guerra, y que tiene detrás un equipo de antiguos prisioneros de los campos vietminh.
Hasta el momento, Bistenave no había tenido que hacer más que servirse de las faltas del adversario para crear, en todas partes por donde pasaba, el desorden y lo que llama con énfasis y cierta ironía "la anarquía y la revolución al servicio de la paz". Recuerda la llegada de su grupo de reclutas al cuartel de Versalles. No había nada preparado para recibirlos, en los alojamientos no había camas, sólo jergones, mantas húmedas y un olor rancio y persistente de grasa de armas, de naftalina y de agua de lavar platos. Los reclutas estaban furiosos por haber sido arrancados de sus costumbres, de sus mujeres, de sus aperitivos y de sus comodidades. Un viejo sargento se había limitado a decir, en el tono de excusa y de complicidad que a veces adoptan los cobardes:
— Yo no puedo hacer nada; no me han dado ninguna otra orden. Personalmente encuentro que la cosa es un poco fuerte . . . Si dependiese de mí . . . No; no hay ningún oficial; están en sus casas.
Bistenave había resumido así la situación:
— Se están burlando de nosotros; es inadmisible.
Entonces había arrojado un jergón por la ventana; todos sus compañeros habían seguido su ejemplo, y pronto mantas, jergones, sacos, sommiers y cabezales se esparcían por el patio del cuartel.
El puesto de Policía no se había atrevido a intervenir, y los "amotinados" se marcharon a dormir a la ciudad.
Al día siguiente no se tomó ninguna medida de sanción contra ellos. Un viejo comandante, chocho y muy paternal, los había amonestado amablemente como si hubiesen robado dulces.
Después los habían vestido con viejos trapos, sacados del fondo de los almacenes de la Intendencia, que en 1945 se habían considerado inservibles. El calzado también escaseaba y les habían dejado llevar el que traían de casa. Los gorros con puntas triunfantes databan de 1939.
La comida que se les sirvió a mediodía en el refectorio era infecta; una especie de guisado de un color grisáseo, en medio del cual flotaban unos trozos de carne en no muy buenas condiciones; el vino estaba adulterado por tres cuartas partes de agua y los trozos de pan estaban duros.
Bistenave no había tenido más que dar una señal y todo había salido danzando: el rancho, los bancos, las mesas . . . Mientras los reclutas repetían a coro: "¡Abajo la guerra de Argelia!" Algunos cantaron dos o tres estrofas de la Internacional, pero sus compañeros no los siguieron. Cantar en un cuartel la Internacional les traía vagos recuerdos de la Communne y de pelotones de ejecución al alba, en los fosos del castillo de Vincennes.
El oficial de servicio, enloquecido, fue a casa del coronel.
— ¡Lo van a quemar todo, mi coronel! Se han amotinado y desfilan con una bandera roja cantando la Internacional.
El coronel era un ser taciturno, pesimista, que, sabiendo que nunca llegaría a general, se complacía en las catástrofes.
— Ya lo había dicho yo. Los jóvenes son todos comunistas. La culpa la tiene ese De Gaulle que nos trajo Thorez en sus maletas. ¿Qué podemos hacer?
— ¿Y si usted les hablase?
— ¿Se está burlando de mí? ¿Para ser insultado por esa canalla? Llame a los C. R. S. y aprisa, antes de que lo rompan todo. Ese es un trabajo que les corresponde.
Por la tarde llegaron unos camiones de C. R. S. Los policías, con sus cascos y con las ametralladoras sobre el pecho, ocuparon inmediatamente el depósito de las armas, que sólo contenía viejas escopetas oxidadas, y cercaron el edificio que ocupaban los "amotinados".
Bistenave había sentido que sus compañeros flaqueaban. Hablaban de ser diezmados, de Biribí y de Tataouine. Nadie opuso resistencia a los C. R. S.
El viejo comandante, asegurando la voz, conminó a los cabecillas a darse a conocer. Su aparición tranquilizó a los "amotinados de Versalles", como les llamaban ya en los periódicos. No podían imaginar a aquel imbécil ordenando sanciones enérgicas.
Los amotinados fueron subidos en camiones y trasladados después a un tren detenido en pleno campo.
Hubo algunas escenas sabrosas o revolucionarias, al estilo del Acorazado Potemkin, que Bistenave, como aficionado al cine de vanguardia, apreció: mujeres acostadas sobre los railes del tren, timbres de alarma sonando cada media hora, gritos, cantos y carteles.
Durante la travesía, el mar estaba muy agitado y el mismo Bistenave se puso enfermo. Argel se les apareció por la mañana muy blanca con sus casas escalonadas y sus edificios.
Los amotinados esperaban encontrarse inmediatamente en pleno frente de combate, y, en cambio, vieron un puerto lleno de actividad y una ciudad de calles tranquilas.
Un centinela, cuyo casco y ametralladora le daban aire de combatiente, tuvo a bien explicarles que los atentados no tenían lugar por las mañanas, sino durante la noche y que en el recinto de Salambier había habido siete muertos y doce heridos.
— Todos degollados — dijo.
Y con la mano hizo el gesto de cortar la garganta.
Como "medida de disciplina", los trescientos amotinados de Versalles fueron enviados al campo de los Pins, junto a los paracaidistas del 10° R. P. C, donde, según les habían prometido, "iban a comprender su desgracia".
Bistenave se tranquilizó pronto ante el desorden y la baja moral reinantes en la referida unidad. Estimó que la partida ya estaba jugada, y que la guerra de Argelia estaba bien perdida si las mejores tropas del Ejército francés eran aquellos pillos jactanciosos y cansados.
Incluso sintió un poco de asco; pero el papel que se había fijado exigía que fuese el más sucio de todos y que con todas sus fuerzas acelerase esta descomposición. Por temperamento hubiese sido más bien un hombre ordenado.
Sin jamás ponerse en lugar destacado, sin correr el riesgo de nuevos escándalos, se había convertido en el verdadero agitador de los reclutas.
Mientras bebe su vino clarete y come sus chuletas de cordero a la broche, piensa en qué forma se las arreglaría si le diesen la orden de poner en condiciones a esta banda de zarrapastrosos. Muchas veces se hace preciso situarse en el lugar del adversario para comprenderlo mejor.
La comida del mediodía mejora considerablemente y la de la noche todavía más. El adjudant Vicennier aparece seguido por dos sargentos-jefes; no se interesan por los hombres, no parecen verlos; se limitan a hacerse cargo de los servicios.
Tres paracaidistas y dos reclutas se cruzan en la calle central de Staouéli con el capitán Esclavier y el teniente Orsini. Un poco embarazados, los saludan.
— Les dispenso de todo saludo — les dice Esclavier con voz seca —. Tengo por costumbre devolver el saludo a un soldado, no a un descamisado cualquiera. Despejen.
Al día siguiente por la mañana, el adjudant jefe Métayer, al que llaman Polifemo, hace su aparición. Entre los paracaidistas tiene su leyenda, al igual que Raspéguy y que Esclavier: oficial de la Legión de Honor, diecisiete citaciones y cuatro heridas. Es un brigada que se niega rotundamente a pasar a oficial. En las cocinas se enaltecen sus actos de bravura y se exagera su mal carácter y su gusto por las broncas.
Métayer es pequeño, rechoncho, y lleva una banda negra sobre su ojo tuerto. Convoca a los reclutas y sólo acuden la mitad de los mismos. Despide a todo el mundo y vuelve a comenzar. Ahora acuden las tres cuartas partes. Se oyen gruñidos que parten de las filas. Los vuelve a despedir y hace una tercera llamada.
— Dispongo de tiempo — dice.
Cuando todos se presentan, pasa revista pausadamente, y los reclutas pueden leer un profundo disgusto en su rostro. Después les despide sin más.
Al día siguiente aparecen otros suboficiales, tres oficiales más, y pronto el campo toma un aspecto de confusión total. Pero esta agitación no afecta en nada a los reclutas.
Bistenave puede abordar a Geoffrin, que pasa a su lado sin aliento.
— ¿Qué es lo que ocurre? — le pregunta desorientado.
—Nos albardan. Nos van a dar uniformes nuevos, botas nuevas de salto, un par de zapatillas y armamento. Se rumorea que nos vamos a largar para el djebel.
— ¿Y nosotros?
— Polifemo dice que el patrón . . .
— ¿Qué patrón?
— Raspéguy. Está haciendo en Argel mangas y capirotes para deshacerse de vosotros; dice que el 109 no es una unidad disciplinaria, Me largo . . .
— ¿Se te quema el culo... ?
— Llevo un año esperando un uniforme nuevo.
— Estos voluntarios están todos comprometidos — comenta Bucelier.
Tres días después, los paracaidistas disponen de un atuendo completamente remozado. Los bigotes y las barbas han desaparecido, los cabellos no sobrepasan los dos centímetros y todos exhiben un extraño gorro que les adelgaza el rostro y les da el aire de jóvenes lobos.
Tienen tendencia a abultar el pecho y evitan todo contacto con los reclutas.
— ¿Y bien? — pregunta Raspéguy a Esclavier.
El coronel se ha instalado en una pequeña quinta a orillas del mar. No sale, pero ayudado por Boudin estudia uno por uno todos los historiales de los hombres de su nuevo regimiento.
Esclavier se sienta en un viejo sillón. Parece agotado.
— ¿Me preguntas qué opino de los ochocientos hombres del 10°? Procedentes de todas partes, mal dirigidos, mal encuadrados desde hace un año, abandonados por completo desde hace tres meses, sin músculos y sin reflejos. De paracaidistas sólo tienen la apariencia de "chicos duros" y el movimiento de los hombros. Buscan pendencia en las tabernas, pero son los que reciben las palizas. Ayer a cuatro de ellos que hacían el papel de duros ante sus compañeros, los echaron los artilleros de "Casa Manuel" a patadas en el culo.
— ¿Sabes sus nombres?
— Sí; Privat, Sapinsky, Mugnier, Verteneuve . . .
— ¿Y los reclutas?
— Con la colilla en la boca y las manos en los bolsillos, contemplan cómo se agitan nuestras cebras. Sin embargo, están un tanto inquietos.
— ¿Sabes quiénes son los cabecillas?
— Por el momento sólo tenemos dos nombres: Bistenave y Geoffrin. Éste, probablemente, es un coco. De Bistenave no se sabe nada, pero, según Polifemo, fue quien dirigió el baile.
— ¿Profesión?
— Cura — responde consternado Boudin.
— ¿Cómo . . . ?
— Bueno, seminarista. Aún no ha terminado los estudios, no está ordenado. De buena familia; su padre fue coronel de Intendencia. Sí; es hijo de Fleur de Nave, a quien De Lattre echó de Indochina al bajar del avión.
— ¿Está preparado el circo para mañana?
— Hemos instalado los tres altavoces. La concentración la haremos a las ocho en la playa. Boisfeuras ha enviado los discos.
A las seis de la mañana. Bistenave se despierta sobresaltado con el himno de los Partisanos, bramando al unísono por los tres altavoces.
Amigo, ¿oyes el vuelo negro de los cuervos en la
llanura?
Amigo, ¿oyes el grito sordo del país que se encadena. . .?
Sacude a Bucelier:
— Escucha y dime que no es verdad . . . ¡El himno de los Partisanos aquí . . . !
—Sin embargo, así parece... ¡Estos fascistas tienen una cachaza!
— Se cuenta — interviene Mougin — que Raspéguy mandó partisanos durante la guerra y que el capitán Esclavier fue torturado por los Fritz. Luego también tiene derecho a servirse del himno de los Partisanos.
— Pero no en esta guerra — dice secamente Bistenave.
Durante la noche, el campo ha sufrido una total trasformación. En su centro se alza un mástil sobre el que ondea una bandera tricolor y, debajo de ella, un largo banderín negro con la divisa: "Me atrevo..."
— No se le puede negar — comenta Bistenave —. Se atreve. . .
— En pie, muchachos — grita el altavoz —. Dentro de diez minutos, todos los paracaidistas, en atuendo deportivo, formarán sobre la playa.
— ¿Y nosotros? — pregunta Mougin.
— Se desembarazan de nosotros; somos la viruela — dice rabioso Estrevelie —. Nos dejan pudrir en nuestras asquerosas tiendas y con nuestros sucios guiñapos.
Les llega el "recuelo" con bollos de pan y confituras. El "recuelo" huele a café y el pan acaba de salir del horno. Una innovación más.
— Bueno, por lo menos desde que Raspéguy está aquí marchamos mejor — dice Torlase —. Comemos.
Los altavoces difunden cantos regionales y Sur les quais de París.
A las ocho, el regimiento se alinea formando un cuadrado sobre la playa. El cielo está limpio y los efluvios de yodo y de sal que vienen del mar bañan el rostro de los hombres. El mar se mueve suavemente al compás de sus olas verdes y grises.
Los reclutas están formados en la cuarta esquina del cuadrado.
Polifemo les ha dicho:
— Poneos ahí, en línea, si podéis . . .
Los suboficiales lanzan invectivas para alinear a sus hombres y sin cesar les obligan a que rectifiquen las filas. Luego, los paracaidistas aparecen impecablemente alineados, mientras que los reclutas parecen un rebaño de cabras que se encuentran allí por azar.
— Esto no puede durar — dice Bucelier.
— Tú te las estás buscando — le dice por lo bajo Bistenave.
— Me río de tus cosas. ¿Qué parece esto? Vamos, muchachos, no os dejéis intimidar.
Sale de las filas y trata de ordenar a sus compañeros:
— Vamos, en fila. Esconded el vientre. Tú, hacia atrás, y tú, hacia delante — grita.
Polifemo aparece tras Bucelier.
— Se dice: "En columna, cubríos." Es la orden reglamentaria.
Bucelier se oye a sí mismo gritar:
— ¡En columna, cubríos!
"En todo coco hay un militar que se ignora", piensa Bistenave.
Raspéguy hace su aparición en el cuadrado seguido por Boudin y por Esclavier. Los tres exhiben todas sus condecoraciones. Bistenave oye cómo los hombres murmuran a su alrededor:
— ¿Has visto lo que lleva ahí abajo Raspéguy? Es la placa le Gran Oficial de la Legión de Honor. Es el único coronel que la posee.
— Los tres llevan la medalla de la Resistencia — dice sordamente Bucelier, como para excusarse. Y piensa para sí:
"Con su ancho tórax y sus caderas delgadas, con su uniforme de camuflaje y ese extraño gorro, el coronel parece un tigre. "Un animal cruel que toma posesión de su horda." El comandante Boudin grita con su acento de Auvergne:
— Décimo Regimiento de Paracaidistas Coloniales . . . ¡Fir . . . mes!
Las filas se inmovilizan. Los reclutas se colocan en una aproximada posición de firmes, pero los unos después de los tros, como las piezas de un juego de bolos que una mano va poniendo en pie. Están molestos y se vigilan. Raspéguy da tres pasos hacia adelante; después llama:
— ¡Privat, Sapinsky, Mugnier, Verteneuve!
Los cuatro paracaidistas abandonan su puesto, avanzan seis pasos y se sitúan frente al coronel.
La voz áspera de Raspéguy se deja oír; huele a resina, se adhiere a los hombres y no los abandona ya.
— No me gusta que mis soldados se peleen en las tabernas, quieran hacerse los duros y después se dejen moler a palos por los artilleros. Os expulso del regimiento; id a devolver vuestros uniformes.
Muy pálidos, los cuatro paracaidistas dan media vuelta.
Seguidamente, el coronel comienza a inspeccionar las filas, una a una, con detenimiento. Cuando reconoce un rostro se detiene y le interroga con la cabeza.
— ¿Tú . . . ?
El hombre se presenta.
— ¿Estuviste en Na-San?
— Sí, mi coronel.
— Y te quejabas del hígado; te hiciste el enfermo. Y no tenías nada. Vé a devolver tu uniforme.
— Y tú, aquél, ¿tu nombre? Has tenido una historia sucia. Estabas en las oficinas y robaste la caja. Lárgate.
Se detiene ante un brigada.
— Raspin, ¿ya estás bebido a las ocho de la mañana? Te expulso del regimiento y del cuerpo; para ti se acabaron los paracaidistas.
— No beberé más, mi coronel.
— No te creo. En Indochina ya me juraste lo mismo, Raspin, y, sin embargo, eres un buen soldado y sabes pelear.
— Perdóneme, mi coronel.
Raspéguy, menea con suavidad la cabeza y amistosamente coloca la mano sobre el hombro del brigada:
— No.
Cuando le parece que un hombre va demasiado sucio, lo expulsa. Pero hubiera tenido que deshacerse de la mitad del regimiento. Cuando llega frente a los reclutas, veinte hombres han sido ya obligados a devolver sus uniformes.
"Lo mismo que De Lattre; igual de fantasmas", se dice Bistenave.
Odia a Raspéguy y le asquea la siniestra comedia que ha montado para hacerse cargo del regimiento. Su padre le ha contado infinitas veces lo que él llamaba su "ejecución".
El avión acababa de aterrizar en el aeródromo de Saigón. Tropas del Delta habían acudido a recibir al nuevo comandante en jefe. Iban vestidas de forma regular, ni peor ni mejor que las otras. Botas, driles, sombrero apto para la jungla y equipo de tela.
De Lattre bajó del avión teniendo buen cuidado de posar con su mejor perfil ante los fotógrafos. Pasó revista a las tropas. Sintió necesidad de un ejemplo y de una víctima. De pronto se detuvo y gritó:
— ¿Cómo se puede vestir a unos héroes de semejante manera? Que me traigan al intendente. ¿Cómo se llama? ¿Fleur de Nave? ¡Vaya un nombre!
El intendente Fleur de Nave regresó a Francia en el mismo avión y su carrera militar quedó truncada. Llevaba en Indochina tres semanas y había tomado el mando hacía tres días. Y así el general De Latre, por su gusto de la farsa y del teatro, por sus injusticias y su demagogia militar, había permitido que la guerra de Indochina durase cuatro años más...
Para el recluta Paul Bistenave, Raspéguy es del mismo paño, pertenece al mismo tipo de hombre que el mariscal. El pequeño aristócrata sin lustre y el pastor tienen la misma necesidad de gloria, el mismo sentido de la grandeza e idéntico desprecio hacia la justicia.
Lo presiente: Raspéguy será uno de los que van a prolongar esta podrida guerra de Argelia. Ahora bien. Bistenave odia la guerra, su Dios es un Dios de paz.
El coronel está ahora frente a los reclutas y se ríe volviéndose alternativamente hacia Esclavier y hacia Boudin:
— Están enternecedores, ¿no es verdad?, con sus gorros en punta. ¡Pero a fe mía, si parece el ejército Bourbaki!
Se dirige a Mougin, porque es alto, fuerte y tiene un rostro enérgico:
— ¿Te agrada ir disfrazado de esta forma?
— No, mi coronel.
— Pues bien, que te corten el pelo al rape como yo, afeítate, lávate, tira tu gorro al mar, ve a buscar a Polifemo y dile: no soy un recluta; soy un voluntario que se alista, por el tiempo que dure mi incorporación, en el décimo Regimiento de Paracaidistas. Entonces te podrás vestir como los demás, harás marchas, sufrirás y acaso morirás. Esto lo dejo a tu elección, y lo mismo digo a tus compañeros. Bistenave y Bucelier, los dos en mi despacho después de la revista.
Los dos tercios de los reclutas tiran esta mañana sus gorros al mar.
Bucelier es el primero que pasa al despacho del coronel.
— Siéntate — le dice Raspéguy—. Estás señalado como comunista; acabo de recibir una ficha de información. Puedes leer: agitador peligroso. Bueno, ya que sabes influir en los hombres, te nombro sargento.
— No estoy inscrito en el partido comunista, mi coronel; sólo soy simpatizante, y estoy contra la guerra de Argelia.
— ¡Y qué me importa a mí eso! Estarás aquí no sé cuántos meses. O te quedas y llevarás una vida de hombre y de responsabilidades, y harás un trabajo propio de un soldado, o te vas e irás a pudrirte a una base en donde los fellaga te cortarán los testículos sin que puedas evitarlo. Vamos, escoge.
— Me quedo.
— Que te den la ropa adecuada y preséntate a tu nuevo capitán. Se llama Esclavier y está en el despacho contiguo.
Después entra Bistenave.
— Sí; lo comprendo bien — le dice Raspéguy — ; eres estudiante para cura y pacifista, pero también tienes el sentido del mando, ya que has conseguido crear la confusión en tu grupo de reclutas. ¿Exacto?
— Sí.
— Te nombro sargento.
— Y yo rechazo el nombramiento.
— Eso es cosa tuya, pero no voy a tolerar mucho tiempo tu propaganda subersiva e hipócrita de sapo de sacristía. Si persistes te abriré la cabeza con este bastón; es una maquila que me regaló el párraco de mi pueblo. ¿Estamos?
Raspéguy se da cuenta que Bistenave tiene una resolución tan firme como la suya.
— ¿Qué voy a hacer contigo, Fleur de Nave? Te puedo enviar a la prisión entre dos gendarmes. Los hijos de coronel tienen relaciones. Te pondrán en libertad, y tus compinches, los que has mandado a la mierda, se quedarán en ella.
— Me gustaría, mi coronel, seguir con mis camaradas. Me comprometo a permanecer completamente neutro, a obedecer; pero me niego a toda responsabilidad, a comprometerme con su bando. Yo me alisto con Cristo.
— Dame el nombre de dos reclutas a quienes pueda nombrar sargentos.
— Mougin y Estrevelle.
— Bueno. Vé a presentarte al capitán Esclavier. Adora los casos de conciencia. ¿Has dicho Mougin y Estrevelle?
— Sí — contesta Bistenave, y se dice en su interior —: "Ya consiguió comprometerme, aún más que si hubiese aceptado el nombramiento de sargento. A pesar de todo, voy a poder desembarazarme de estos pingajos y quedar por fin limpio."
Al cabo de algunos días llega el resto de los oficiales.
Con los reclutas, el coronel Raspéguy forma un pequeño batallón de dos compañías, cuyo mando otorga a Esclavier. Merle recibe la primera compañía y Piniéres la segunda. Glatigny se convierte en el Adjunto de Operaciones. Boisfeuras se hace cargo del segundo burean y Marindelle del quinto bureau, encargado de la propaganda y de la guerra psicológica.
En apariencia el décimo R. P. C. es semejante al resto de los regimientos de paracaidistas. Pero su coronel y todos sus oficiales están decididos a poner en pie una unidad de tipo nuevo que les permita hacer la guerra como es necesario hacerla en el año 1956.
Durante dos meses, todos los hombres del décimo R. P. C. son sometidos a un intenso entrenamiento.
Las sesiones de cultura física alternan con las marchas forzadas. En mitad del campamento se acondiciona un "trayecto del combatiente" particularmente duro y peligroso. Raspéguy lo inaugura haciendo el recorrido en un tiempo récord. Los oficiales lo imitan. Boudin cae y se produce heridas en el rostro, pero cojeando continúa su marcha.
En los barracones que sirven de salas de instrucción se pegan en las paredes una serie de slogans muy del gusto de Raspéguy:
El que muere ha perdido. Para ganar hay que aprender combatir. En el combate, las faltas se castigan con la muerte.
Los reclutas "voluntarios" son sometidos al mismo régimen de vida que los paracaidistas. Y, al cabo de un mes, no existe diferencia entre unos y otros.
En el Diario del seminarista Bistenave, en el mes de mayo de 1956, aparecen estas notas:
"Comienzo a comprender mejor al coronel Raspéguy. Aquí nos hablan con frecuencia de la muerte, no como el fin de la vida del hombre, el gran paso que hay que dar para saltar al otro mundo, sino como una especie de accidente técnico debido a la torpeza y a la falta de entrenamiento.. .
"En el desarrollo de un ejercicio de tiro real, dos paracaidistas de la tercera compañía han resultado muertos. Y la culpa ha sido suya por no haber tenido en cuenta las enseñanzas recibidas.
"Raspéguy ha reunido a los soldados de dicha compañía, y ante los cuerpos de los muertos, cubiertos por una tela de tienda, ha hecho su elogio fúnebre: "Han muerto por Francia — ha dicho —, pero como unos asnos. Os prohibo que los imitéis." Después se ha marchado fumando su pipa.
"Bucelier, que es comunista, ha estimado normal esta brutalidad; incluso diré más: le ha gustado.
"Caminamos hasta el límite de nuestras fuerzas, en silencio, con la espalda encorvada, dirigiendo nuestro sudor, durante el día y la noche, y cuando creemos haber llegado al umbral de la fatiga que ya no puede franquearse, Raspéguy y sus lobos nos hostigan hacia delante. Nunca creí que unos oficiales pudiesen exigir tanto de sus soldados, sobre todo de nosotros, los reclutas, que hace tan sólo dos meses gritábamos en Versalles: "Abajo la guerra de Argelia."
"Pero estos oficiales viven con nosotros, sufren con nosotros, duermen y comen como nosotros. Ha bastado que el brigada Polifemo declarase: "Yo no bebo más que agua, porque el vino embota las piernas", para que en menos de una semana ya nadie llevase vino en las cantimploras. Nos estamos volviendo sobrios.
"Bajo el uniforme de camuflaje, con este extraño gorro, comenzamos a parecemos, a tener los mismos reflejos, a emplear las mismas palabras, las mismas expresiones, con frecuencia, extraídas del código de trasmisiones. Sí, se dice "afirmativo"; no, "negativo"; todo va bien: "cinco, cinco", levantando el pulgar en el aire. Los juicios sobre las cosas se simplifican mucho. De un tipo se dice: es un todo bueno; de otro se dice: es un todo malo. El coronel hace lo imposible para evitar todo contacto entre nosotros y el mundo exterior, para conservarnos en este extraño monasterio, en esta playa con pinos que bordean el mar. Limita los permisos y sabemos que él no sale nunca.
"Se van creando modas y ritos. El borracho está muy mal visto y también los frecuentadores de prostíbulo; cada vez se cuentan menos historias de chicas y de "grandes golpes". ¿Es la fatiga lo que conduce a la castidad o este ambiente de estadio, de feria y de iglesia?
"Con admirable maestría, y sin movernos de este campo, los lobos nos arrastran insensiblemente a participar en la guerra de Argelia, que muchos de nosotros, me refiero a los reclutas, seguimos rechazando por encontrarla injusta. Al frente del servicio de propaganda se encuentra un capitán, una especie de niño rubio y enclenque que siempre parece estar dispuesto a preparar bromas y trampas. Se llama Marindelle.
"Los altavoces no cesan de difundir canciones, noticias, informaciones y slogans que suenan a veces de forma extraña: No hemos venido aquí para defender el colonialismo; no tenemos nada que ver con los opulentos colonos que explotan al musulmán; somos los defensores de una libertad y de un orden nuevo.
"Radio-Raspéguy insiste sobre todo lo que puede desagradar al soldado de la vida civil. El mundo exterior se presenta como vil, podrido y sin grandeza, y el poder como algo que está en manos de una banda de estafadores de poca categoría.
"Mis compañeros dicen ya nosotros, por oposición a todo el que no lleva el gorro y el uniforme de camuflaje. Van limpios, nítidos, se tornan ágiles, son puros, mientras que en Francia reina la corrupción, la cobardía y la bajeza. Francia, para nuestro monasterio es algo así como el mundo del pecado.
"El capitán Marindelle ha sabido utilizar con mucha habilidad el interminable proceso de las fugas para desacreditar a la vez al Gobierno, a la alta administración y a un determinado tipo de ejército. Entre valses y marchas militares, el altavoz grita: Mientras nosotros combatíamos en Indochina, mientras nosotros sufríamos en las prisiones de los vietminh, hombres muy bien pagados nos traicionaban en provecho del enemigo: un montón de periodistas y de policías pederastas, altos funcionarios, indignos generales y políticos completamente tarados. Y nada sale a la luz en este proceso, nadie será condenado. Todo el mundo pertenece al clan del sistema. Camarada (pues el altavoz grita este nombre), ¿no estás mejor aquí, con nosotros? Aquí no serás traicionado, aquí no te mentirán.
"Muchas veces he tratado de comprobar las noticias que nos da Radio-Raspéguy: no nos miente, son exactas. Están extraídas de todas las fuentes. Provienen de Liberation de La Nation Francaise, de Monde y de L'Aurore, e incluso a veces de nuestro muy querido Témoignage Chretien. Vivimos entremezclados oficiales, suboficiales y soldados, pero son los lobos de Raspéguy los que dan el tono. Buscan, según parece, hacerse elogiar por nosotros mismos en un plebiscito, que les otorguemos los grados y las funciones que ostentan. Una vez elegidos, nadie podrá discutir las órdenes que nos den.
"Pero el juego tiene su truco. Estos oficiales no son como los demás; tienen una gran madurez y conocimiento dialéctico del hombre, adquirido en los campos vietminh. El entrenamiento a que nos someten no tiene nada de militar. Después de cada maniobra, los grupos y las secciones se reúnen para criticarla y, a no ser porque las críticas van acompañadas por risas y bromas, podíamos creernos en sesiones comunistas de autocrítica."
En el mes de junio, Bistenave escribe:
"Los lobos han ganado; han salido elegidos en el plebiscito. Y creo que si se organizaran elecciones para elegir a cada uno de nuestros jefes, ningún oficial ni suboficial sería desplazado del cargo que ocupa. De esta forma, los lazos entre los hombres y los que los mandan se han fortalecido. Me he lanzado a discutir con el capitán Marindelle y he descubierto que tenía ante mí a un ser extraordinariamente experto en toda forma de discusión. Estima que únicamente los métodos de guerra marxistas son eficaces. Pero afirma creer en Dios.
"Todos están obsesionados por esta palabra: eficacia. También le he interrogado sobre el particular:
"— Esta comunión con los hombres, a la que ustedes tienden, ¿no tiene otra razón que la eficacia, sólo un objetivo final: la guerra?
"— No; necesitamos de ellos; hemos conocido en Indochina la soledad de los mercenarios; nos hemos sentido expulsados de la nación. No queremos esta situación. Debemos crear un ejército popular, gracias al cual podamos encontrarnos en comunión con el pueblo. Por esto, los reclutas como usted tienen más importancia para nosotros que los voluntarios, que al venir con nosotros cumplen más o menos un acto mercenario.
"Cualquier soldado puede ir a visitar al capitán Marindelle, puede discutir con él. En este ejército sin capellán, ostenta el papel de sacerdote civil y político. Ahora me doy cuenta: es el comisario político . . . .
"Esta experiencia revolucionaria me apasiona y me espanta. Mis dieciocho meses de servicio militar en un cuartel de los alrededores de París no me prepararon para estas sorpresas.
"El capitán Esclavier, que manda las dos compañías de reclutas, me ha tomado en calidad de enlace, secretario y compañero en el bridge. La pasada noche dormí a su lado. Compartió conmigo su manta y su ración. Intenté un impase y perdí. Cuando salimos de maniobras, nunca sabemos cuánto tiempo va a durar el ejercicio. Puede durar unas horas, un día, dos o tres. Por esto es costumbre llevar la tienda de campaña, el saco de dormir y víveres para dos días. Había creído que regresaríamos por la noche y no quise cargar con tanto peso.
"La noche era azulada, traslúcida y un centinela se destacaba a unos metros de nosotros como una mancha más oscura que la noche. Entonces le pregunté al capitán, que combate desde hace muchos años al lado de Raspéguy, si el coronel creía en Dios. Se echó a reír. Es muy extraño oír reír a este oficial, que pocas veces sale de su reserva. El capitán Esclavier desprecia a los tiernos, a los charlatanes y a todos los que se debilitan y se relajan; pero quizá la noche lo torna más humano. Me dio esta respuesta:
"— Yo también pregunté un día al comandante Raspéguy si creía en Dios. Pareció sorprendido: "Cuando tenga tiempo — me dijo — tendré que poner los puntos sobre las íes."
"Pero esté seguro de que el coronel Raspéguy no va a tener tiempo de colocarlos, ni tampoco el general Raspéguy.
"— ¿Y usted, mi capitán?
"— No creo en Dios, pero me siento obligado a la civilización cristiana.
"— El capitán me trata de usted cuando estamos solos, y me tutea en presencia de los compañeros.
"Esclavier se echó a reír otra vez.
"—Si me pregunta qué vine a combatir aquí, le contestaría que, ante todo, lo disparatado. Sófocles ha escrito: Lo disparatado es el mayor crimen contra los dioses. Lucho contra el nacionalismo delirante y anárquico de los árabes, porque es disparatado, y contra el comunismo, por la misma razón.
"Tuve deseos de responderle:
"— ¿Qué está haciendo usted, sino comunismo militar? Pero los comunistas pueden por lo menos justificar sus métodos, su pragmatismo y su desprecio del hombre por un deseo inmenso: arrancar su vieja piel a la humanidad. Y, en cambio, el objetivo supremo de usted es ganar esta guerra, nada más que esta guerra. En realidad, mi capitán, usted no sabe muy bien por qué pelea, y lo hace más bien por costumbre. . . , por fidelidad bárbara a su jefe de clan que es Raspéguy.
"Pero el capitán ya se había vuelto hacia un lado, dormía o soñaba.
"Al día siguiente, por la mañana, atravesamos una especie de pradera llena de flores, y el capitán me hizo observar que veía pocas abejas y casi ninguna colmena.
"— Las abejas — me dijo —, para mí como para los antiguos, son símbolo de la paz, del trabajo y de la organización. Esta tierra de Argelia no ha conocido otra cosa que la guerra. La anarquía y las abejas se oponen.
"Con relación al capitán Esclavier, los hombres tienen un extraño comportamiento. Sienten por él una especie de apego huraño y celoso. Están orgullosos de su fuerza, de su belleza, de su valor y de sus medallas (es oficial de la Legión de Honor, Compañero de la Liberación . . . Hasta yo mismo soy sensible a este muestrario de gloria). Les gusta verle siempre impecable, nunca fatigado, pero temen sus alteraciones de humor y su desprecio por todo lo que es debilidad. Es el prototipo mismo del paracaidista, y el oficial preferido de Raspéguy.
"Por el contrario, todos los reclutas de la primera compañía se sienten amigos personales del teniente Merle. Son felices cuando lo ven, tienen miedo cuando sube a su jeep, que conduce como un loco, y si se atreviesen le harían recomendaciones.
"Este teniente es el hermano que todos han soñado en secreto. Es insolente y divertido, y declara de un lado a otro del campo que no le gusta el Ejército. No tiene ningún sentido de la propiedad. Pierde sus cosas, y nunca tiene cigarrillos ni cerillas, ni hay agua en su cantimplora. Entonces pide prestado a todo el mundo, con un aire falsamente acongojado. Parece no tener ningún sentido de las jerarquías. Y quizá sea el único que no toma en serio a Raspéguy, lo que en el fondo no disgusta al coronel.
"Merle está muy unido al teniente Piniéres, una especie de coloso rojizo, convencido de que no hay nada mejor en el mundo que ser oficial de paracaidistas, en el mejor de los regimientos de paracaidistas, que no puede ser otro que el suyo. El duro Piniéres es para Merle como un hermano mayor.
Merle tiene un vicio: el juego. Malgasta su sueldo el mismo día que lo percibe, en el casino del "Aletti". Después vive de préstamos.
"El comandante Beudin, al que llaman Boudin, y que es de Auvergne, a quien no le gusta que se dilapide el dinero, ha decidido este mes pagar a Merle mediante sucesivas entregas de diez mil francos. En el despacho del capitán Esclavier pude asistir a una escena de la mayor comicidad entre Merle y el comandante. Parecía un regateo en un campo de feria.
"En medio de este bullicio, Boudin es el único que conserva la cabeza fría y el sentido de la realidad. Sufre por todas las irregularidades que se cometen, pero en secreto está encantado de ser el único capaz de arreglarlo todo, y recibe los golpes casi con placer. Se dice que Boudin es muy valiente en el combate, pero incapaz de mandar una Compañía.
"El comandante De Glatigny conserva un poco la rigidez del oficial de Caballería. En su trato es menos fácil que los demás, y se cree oficial por derecho divino. Va a misa, cumple con todos los deberes religiosos y usa guantes, pero comienza a dejarse ganar por este ambiente de locura.
"Raspéguy se siente muy lisonjeado por tener bajo sus órdenes a este descendiente de una gran dinastía de militares y lo llama con falsa ironía "señor conde" o "señor condestable".
"El comandante De Glatigny es el único verdadero oficial "de tradición" de este regimiento. A pesar de todo, conserva el sentido de lo que un militar puede hacer y de lo que no puede hacer, mientras que sus compañeros viven en el delirio. Es muy fino y se aprovecha de su influencia para atemperar las exageraciones del coronel.
"No puedo tropezarme con el capitán Boisfeuras sin experimentar cierta sensación de malestar.
"Es feo, de extraordinaria resistencia, y tiene una voz chirriante. No se le oye caminar y, como ciertos viejos vigilantes del colegio, está sobre uno antes de que se le haya visto llegar. Es el único oficial que anda desaliñado. Es como el chacal entre los lobos. Interrogué al teniente Merle respecto a este individuo.
"— Mi viejo (llama a todo el mundo "mi viejo") — me contestó —. Debo mi vida al capitán Boisfeuras en un tiempo en que no sentíamos ternura los unos por los otros.
"El capitán Boisfeuras está a menudo en Argel, pero a veces desaparece durante varios días. Es el "oficial político" de nuestro extraño regimiento y su poder sobrepasa, a buen seguro, sus simples atribuciones de capitán.
"Tiene como chófer, ayuda de cámara, ordenanza y guardaespaldas a una especie de chino que siempre va detrás de él, con el revólver en el costado. El caso Boisfeuras excita todas las imaginaciones. Unos hacen de él un agente secreto; otros, un político que tiene necesidad de descansar y desengrasar en el campo; otros, en fin, ven en él un enviado especial del Gobierno y su prestigio crece en proporción al misterio que le rodea.
"Nuestro médico es un magnífico negro, el capitán Día. Tutea a todo el mundo, desde el coronel al soldado. Su voz resuena como un tambor de bronce, come como un ogro y bebe como otro; sus manos tienen especial suavidad con los enfermos y nunca los daña. Desborda humanidad y deseos de vivir.
"Se baña por la noche. Lo vi una vez a orillas del mar; tocaba una extraña flauta. Con él estaban Esclavier, Boisfeuras y Marindelle, y creo haber visto, pues su rostro estaba iluminado por la luz de la luna, que el capitán Esclavier tenía lágrimas en los ojos. Pero un hombre de su temple no debe llorar con frecuencia, y la claridad lunar es engañosa.
"Me pareció que asistía a la celebración del culto a alguna extraña divinidad africana o asiática. El tañido de la flauta era melancólico y se perdía entre el sordo rumor del mar. Pero mi puesto no estaba allí, pues algún día seré sacerdote de la Iglesia católica y romana.
"¡Qué curiosas costumbres tienen esos lobos! Conocen a Sófocles, a Marx y a Mao-Tsé-Tung, pero siento que llevan en su interior dolorosos secretos. Sé que por instantes están poblados de fuerzas oscuras.
"Hace un momento me he mirado en el espejo y me he dado cuenta, con horror y con placer al mismo tiempo, de que también yo estoy adquiriendo cara de lobo.
"¡Dios mío, dame fuerzas y ayúdame contra mí mismo y contra los demás, contra las tentaciones de los lobos!"
P. . . es semejante a la mayoría de las pequeñas ciudades de Argelia situadas en las zonas de cultivo: una gran calle con sus tres cafés, su círculo de antiguos combatientes musulanes, algunos almacenes franceses y un número mayor de almacenes del país. Los franceses se llaman Pérez y Hernández los indígenas, que nunca salen de la sombra de sus tiendas, son gordos y fofos como gusanos blancos. En el extremo de esta calle, cuyo asfalto está lleno de socavones, se alza la gendarmería, un gran edificio nuevo con hermosas rejas amarillas y barrotes blancos en las ventanas. El portalón de la gendarmería está reforzado con sacos de arena, las terrazas de los cafés están protegidas contra las granadas por medio de enrejados y la entrada y la salida de la ciudad están bloqueadas por un laberinto de barreras hechas con caballos de Frisia[28] y alambre espinoso.
Por todas partes se ven alambradas; alrededor del jardín público y de su quiosco, donde hace años que no se ha interpretado ninguna música militar, a lo largo de la iglesia, de la alcaldía y de la escuela vacía y ante los pequeños fortines de cemento en donde están apostados centinelas con cascos y con el dedo en el gatillo.
Los mulsumanes se deslizan muy ceñidos a las paredes, evitando tropezarse de frente con los cristianos. El odio se ha hecho una cosa viva, palpable, y tiene su olor y sus costumbres; por la noche brama en las calles desiertas como un perro hambriento.
En dos meses, toda la región que rodea a P... ha pasado a ser zona de rebelión. Las granjas de los colonos arden, originando en la noche grandes incendios cuyos resplandores llegan hasta las puertas de la ciudad; los rebaños han sido degollados y los hombres, mujeres y niños han sido torturados y asesinados en circunstancias particularmente innobles.
Los automóviles son ametrallados por las carreteras, los carromatos son incendiados y solamente un convoy une a P..., cada dos día, con el resto del mundo. Las tropas sólo circulan en gruesas unidades, pero a cada salida tienen bajas.
El coronel Quarterolles, comandante del sector, fue hecho prisionero en 1940. No participó en la guerra de Indochina, y cree conocer bien Argelia por haber mandado durante quince años a tiradores tunecinos o marroquíes. En principio no quiso confesar que con dos mil hombres en su tropa era tenido en jaque por una "banda de merodeadores y de asesinos armados con boukalas". Se hizo necesario que una de sus secciones, que había salido de patrulla hasta una granja situada a seis kilómetros de P..., fuese totalmente aniquilada, para que pidiese la intervención de una unidad de operaciones.
Y de esta forma, un buen día desembarca en su bella ciudad el Circo Raspéguy, con sus camiones, sus altavoces y sus paracaidistas tocados con estrechos gorros. El coronel Quarterolles opina que esos pilludos de veinte años, con sus uniformes demasiado ajustados, con la soltura de sus gestos, empolvados como marquesitos por el polvo de la carretera, no son para tomarlos muy en serio. ¡Muñecos! Le gustan los sólidos guerreros, con sus cascos y sus morrales, siempre con sus cantimploras a cuestas, gentes de pelo en pecho que beben vino tinto.
Quarterolles había precisado con claridad al Estado Mayor de la 10a. Región en Argelia que el regimiento de paracaidistas que le enviasen estaría a sus órdenes y que él mismo dirigiría las operaciones. Para desembarazarse de él, el Estado Mayor le había prometido todo lo que quería.
El general comandante en jefe pensaba relevar a Quarterolles de su mando para enviarlo a Francia, pero temía el escándalo. Hasta este momento sólo un milagro había impedido que se produjese.
En Lille, el partido S. F. I. O. acababa de adoptar una moción, pidiendo al Gobierno que pusiera todo en marcha para lograr un "cese del fuego". Si los periódicos lanzasen en grandes titulares la noticia: "Una sección de veintiocho reclutas ha sido asesinada a la salida de P... por una banda rebelde; tres fusiles ametralladoras, un mortero del 6o con sus municiones y veintitrés fusiles y ametralladoras han caído en poder de los insurgentes...", el Congreso tendría esta vez toda la razón no para pedir, sino para exigir el "alto el fuego". Al mismo tiempo que serían muy justificadas todas las sanciones que se tomasen contra los jefes de un ejército que dejaban asesinar a los soldados de sus contingentes.
La única unidad en reserva era el 10 ° R. P. C, que tenía fama de carecer de entrenamiento y de homogeneidad. El general había convocado a Raspéguy, y éste había acudido acompañado por Esclavier. Los habían hecho esperar en un pequeño salón, y allí habían presenciado el ir y venir de un sinfín de jóvenes oficiales que charlaban como viejas ante las puertas.
Un capitán vino a buscarlos; llevaba un chaleco rojo con botones dorados bajo la guerrera.
— Como un criado — dijo Raspéguy.
El general estaba sentado en su mesa de trabajo. Se apoyaba sobre un gran cristal en el que había un mapa de Argelia. Su rostro no tenía vida, su voz carecía de matiz.
— Raspéguy, le concedí los dos meses solicitados para entrenar a su regimiento. Han trascurrido los dos meses; ¿está preparado?
— Sí, mi general.
— Le voy a dar un sucio trabajo. ¿Quiere conservar con usted sus reclutas?
— Sí; tengo interés en conservarlos.
— Haga lo que quiera. Usted está al corriente de lo que pasa en P... Quiero recuperar las armas que nos han sido capturadas. Quiero a Si-Lahcen vivo o muerto... ¡Caza libre, Raspéguy! Para este asunto sólo depende de mí. Quiero resultados; los métodos a emplear no me importan.
Raspéguy preguntó:
— ¿Y mis relaciones con el comandante jefe del sector?
— Que sean las que usted quiera. Si le molesta...
Y con la mano hizo un gesto breve como para espantar a una mosca. Su hermoso rostro de rasgos romanos y regulares permanecía impasible, pero Esclavier observó en sus ojos el resplandor cruel del mandarín de la vieja China a quien un intruso estorba en sus meditaciones.
El intruso era el comandante jefe del sector.
Raspéguy se presenta muy militarmente al coronel Quarterolles, espléndido en su posición de firmes, con su amplio saludo y con su mirada hacia la lejanía. Pero no ostenta ninguna insignia de grado, ninguna condecoración o arma, y su blusa de tela, abierta, deja ver su torso broncíneo.
"¡Hay que llamarle al orden inmediatamente! — piensa Quarterolles —. A estos antiguos suboficiales les gusta sentir el freno."
— Dígame, amigo; observo que sus hombres no llevan casco. El reglamento . . .
— El reglamento está bien hecho, mi coronel; pero olvida lo esencial. Que lo primero es ganar. Pues bien, no se puede luchar y ganar recorriendo los djebels en el mes de julio con un pesado casco en la cabeza. Di orden a mis hombres de que dejasen sus cascos en el campo de los Pins, pero que se trajesen dos cantimploras...
— Según guste . . . Mañana montaremos una operación para ocupar algunas granjas que me he visto obligado a abandonar por falta de efectivos. Hoy ya he previsto el alojamiento de su unidad en la ciudad. Usted podrá ocupar la escuela con su Estado Mayor.
— No.
— ¿Cómo?
— No. Todo el regimiento dormirá esta noche en el djebel, y encenderemos grandes hogueras para que los fellaga sepan que estamos aquí. Mi coronel, a mí las alambradas me producen deseos de gritar; he visto demasiadas en Indochina.
— Le prohibo . . .
Raspéguy alza sonriendo sus anchos hombros.
— Vamos, mi coronel; mejor será que nos entendamos. Además va a ser muy fastidioso para usted si no se encuentran las armas que se ha dejado robar, y presiento que va a costar trabajo.
— Ese incidente se ha exagerado mucho . . . — Diga más bien que se ha tapado.
— Pero para usted y para su Estado Mayor, si la escuela no les basta . . .
— Yo vivo con mis hombres, marcho con ellos, como lo mismo que ellos y, como ellos, tengo demasiado calor y demasiada sed, y a mi Estado Mayor le sucede lo mismo. Mis respetos, coronel.
Raspéguy saluda. En medio de una gran nube de polvo, los camiones desaparecen y se dirigen hacia los djebels pelados que la luz traslúcida del final de la tarde torna malvas y azules.
En el último camión, los paracaidistas entonan una canción del Oeste rítmica y melancólica.
"Un truco más que se han traído de Indochina — piensa Quarterolles — con él no me importa, la indisciplina, el desprecio del reglamento y de las jerarquías y la necesidad de alardear y de mover los hombres . . . A ver cómo se desenvuelven con las manos en la masa. . . esos espantapájaros."
Vesselier, el alcalde, acude junto al coronel. Habla gesticulando con las manos y tiene un acento del oued muy pronunciado.
— ¡Aaay, mi coronel! ¿A dónde se han marchado ésos? Hacia delante, así, sin más, sin saber dónde ocurren las cosas. Se les debía meter en las granjas para que las cosechas que no han sido quemadas puedan aún recogerse.
— Y ni siquiera me han presentado a sus oficiales — dice el coronel Quarterolles con rencor —. Ya veremos cómo están las cosas mañana. . . ¿Tiene alguna nueva noticia sobre la banda, señor alcalde ?
— Una banda, una banda . . . Si nos dejasen obrar a nosotros, mi coronel, hace tiempo que todo estaría solucionado; a esos melones los conocemos nosotros; sólo comprenden una cosa: el garrote.
A las nueve de la noche, la calle principal de P... está desierta, todos los almacenes cerrados; pero en los balcones las familias toman el fresco y miran la montaña donde brillan las fogatas de los paracaidistas.
Al día siguiente, el comandante De Glatigny y el capitán Boisfeuras acuden a presentarse al coronel Quarterolles. El coronel conoce a Glatigny de nombre. Se muestra muy amable.
— Nos gustaría — dice el comandante — entrar en contacto con su oficial de información.
— Voy a hacer que lo llamen.
Pronto aparece un capitán grueso; tiene unos ojillos negros hundidos en la grasa y se contonea al andar. Tiene un aire estúpido, y es hombre de corto alcance y terco como una mula.
Se deja caer en un sillón y se enjuga la frente.
— Moine, diga a estos señores todo lo que usted sabe sobre la banda de Si-Lancen.
— La calculamos en ciento treinta hombres, repartidos por todo el djebel. Durante el día duermen en las mechtas y por la noche merodean. No tienen armas automáticas.
— ¿Y los tres fusiles ametralladores que les capturaron a ustedes? — pregunta Boisfeuras.
— No tienen municiones para ellos.
El capitán Moiné miente con tranquilidad, con seguridad, convencido de estar a cubierto y de no correr ningún riesgo.
— Entonces — prosigue Glatigny —, cuando aniquilaron su sección, ¿los rebeldes no tenían ningún arma automática? ¿Treinta hombres con tres fusiles ametralladores, con ametralladoras y morteros, se dejaron sorprender por unos fellaga que no tenían más que viejos fusiles? ¿Fue así?
— Yo estaba de permiso en Argel.
— Pero habrá hecho averiguaciones a su regreso. . .
— Hace tres años que estoy aquí. Tengo informadores. Uno de ellos vio el combate. Los fellaga solamente lanzaron granadas contra los camiones. Nuestros soldados se atolondraron.
— ¿Qué soldados eran?
— Unos reclutas de un regimiento de Infantería del norte de Francia.
— ¿Quién los mandaba?
— Un aspirante de reserva que acababa de salir de la escuela.
— ¿Y no los pusieron al corriente; no los prepararon para este tipo de combate?
— Al desembarcar en Argel les fueron dadas dos o tres conferencias. Por lo menos eso fue lo que ellos dijeron.
— Ahora esto ya no tiene importancia — dice Quarterolles —. No podemos devolverles la vida a esos muchachos. Me sorprende no ver a su coronel; teníamos que preparar la ocupación de determinado número de granjas. Me he comprometido con el alcalde. Los ingenieros tienen que enviarme alambradas y algunas minas.
Glatigny contesta con ese tono de cortesía, un tanto despreciativo, que le han enseñado en los estados mayores:
— Todo el regimiento está en operación desde esta mañana a las cuatro y no creo que el coronel Raspéguy tenga intención de ocupar las granjas.
— ¿Qué es lo que quiere?
— La banda y, sobre todo, las armas. Para ello necesitamos informes, pues en este tipo de guerra no se puede hacer nada sin informes. ¿Quién es Si-Lahcen?
— Un salteador — dice el capitán Moine, apretando los dientes.
— ¿Tiene familia, padres, amigos, alguien que nos pueda informar sobre él?
— Detuvimos a su hermano, pero se evadió la misma noche de su detención.
— Así, pues, Si-Lahcen tiene cómplices en la ciudad; lo que, por otra parte, es muy lógico. ¿Quiénes son esos cómplices ?
— Esto concierne al comisario de Policía, no al Ejército.
Boisfeuras saca una ficha de su bolsillo.
— Mi capitán, ya que usted parece ignorarlo, le voy a comunicar quién es Si-Lahcen: antiguo adjudant del cuerpo de tiradores, medalla militar, cuatro citaciones en Indochina. Condecorado por sus jefes como un notable suboficial, capaz de convertirse en oficial. A su regreso a Argelia, con sus economías, se compró un autocar para dedicarse al trasporte. Pero el administrador civil era propietario, bajo cuerda, de una línea de trasportes. Le creó toda clase de dificultades a Si-Lahcen, multiplicó las multas y un día, por fin le propuso la compra de su autocar a bajo precio. Entonces Si-Lahcen, trabajado por antiguos amigos que se habían pasado a los rebeldes, no encontrando a nadie que lo defendiese con el administrador y arruinado, se pasó al maquis, comenzó a quemar todos los autobuses de su rival y una noche degolló al administrador. Exacto, ¿no?
Unas moscas zumban en la habitación demasiado clara. El coronel se saca un pañuelo de su bolsillo y enjuga su rostro. Ocupa la residencia del administrador y no quiere que le recuerden este incidente.
— Quiero ver inmediatamente al coronel Raspéguy. Está aquí para actuar a mis órdenes. Los asuntos de este sector son de mi incumbencia. Prefiero no conocer la fuente de sus erróneos informes. Sin embargo, le ruego que no ponga en entredicho la respetada memoria de una alta autoridad de la región. Espero a su jefe. No les retengo más, señores.
Salen. Moine les sigue. Boisfeuras pide al capitán que le suministre un intérprete.
— Ya se lo encontraré — dice Moine —. Pásese por aquí esta tarde o mañana.
Moine había conocido a fondo al administrador Bernier, pequeño, barrigudo y corto de piernas, así como sus combinaciones políticas y financieras con algunos opulentos caídes de la comarca y con las grandes empresas de trabajos públicos. Su villa en la Costa Azul ya estaba terminada e iba a retirarse con una gran fortuna. Se hablaba de un centenar de millones. Lo que no estaba mal para un administrador. Acababa también de recibir la Legión de Honor por sus leales servicios. Fue entonces cuando el adjudant Si-Lahcen, atiborrado de medallas, había regresado de Indochina y había decidido montar una línea de autocares con las economías efectuadas.
"Un campeón este administrador — piensa Moine —. En su tiempo no existían los rebeldes; tenía una manera especial de tratar a los nativos, entre severa y paternal, más severa que paternal. No tenía orgullo y le daban carta blanca. Robaba lo que quería, pero toleraba que sus subordinados hiciesen otro tanto. Con él no había riesgos; estaba protegido por todo el mundo: por los socialistas, por los francmasones y por los colonos. Él, Moine, fue quien descubrió su cuerpo, degollado de oreja a oreja."
¿Cómo pueden los paracaidistas saber todo esto? Les dará a Ahmed como intérprete, un muchacho sutil que él domina bien y que sabrá informarle sobre los planes de aquéllos. Algunos excitados, dicen que Ahmed mantiene relaciones con los rebeldes, pero se cuenta lo mismo de todos los árabes.
Una vez fuera del edificio, Glatigny pregunta a Boisfeuras:
— ¿De dónde has sacado estos informes sobre Si-Lahcen?
— Encontré en Argel a Mahmudi. Si-Lahcen sirvió a sus órdenes, era un suboficial adjunto. Cuando supo que veníamos a P... me contó la historia. Mahmudi está muy molesto.
— Mahmudi es oficial francés.
— Pero sirve a título musulmán, bajo un estatuto especial, y no dejan de recordárselo. Hice gestiones para que sea enviado a Alemania.
— ¿Y qué va a hacer en Alemania?
— Esperará a que limpiemos Argelia de sus fellaga, de sus estafadores, de sus caídes, de sus administradores civiles y de un ejército de viejos imbéciles como Quarterolles y de perezosos como el capitán Moine.
— Vasto programa, mi querido Boisfeuras. Mahmudi va a pasarse mucho tiempo en Alemania.
Los dos oficiales suben a su jeep y abandonan P... contentos de poder estar pronto en la montaña con todo el regimiento.
Boisfeuras, sacudido por los baches y con su carabina entre los pies, trata de reflexionar sobre el problema: ¿cómo capturar la banda de Si-Lahcen sin más informes que algunos indicios de la gendarmería y unos cuentos de viejas? Una banda de ciento treinta hombres tiene que dejarse ver cuando se desplace por un terreno árido y desnudo; necesita víveres, agua y municiones. No puede permanecer constantemente en el djbel. Por fin, roza con la mano el hombro de Glatigny.
— Glatigny, ¿qué harías tú en el puesto de Si-Lahcen? No olvides que Si-Lahcen tiene la experiencia de dos estancias en Indochina.
— ¿En el puesto de Si-Lahcen?
— Sí. ¿Harías de boy-scout en plena naturaleza con este calor, cuando podrías estar tranquilamente en las mechtas que rodean P..., beber agua fresca, escuchar la radio y acariciar a las muchachas?
— Continúa — dice Glatigny.
— Imagina que Si-Lahcen, que ha visto cómo trabajan los viets, tenga montada en la ciudad una buena red de información, una buena organización político-militar. Lo sabe todo, conoce los movimientos de nuestras tropas y las horas de salida de los convoyes. Mientras el coronel Quarterolles se ve obligado a protegerse por todos los lados, él da los golpes donde quiere y cuando quiere. El grupo o la sección que tiende la emboscada, cuando ha conseguido su objetivo, se desperdiga inmediatiimente en el djebel. Tiene escondites para sus armas y regresa al día siguiente mezclado con los campesinos que vienen al mercado. Para esto basta con tener bien controlada a la población . . . Ahora nosotros corremos por montañas vacías, gastando a nuestros hombres, y no encontramos nada.
— ¿Opinas que debíamos instalarnos en P... ?
— Sí, y tener en nuestra mano a todos los pueblecitos circundantes, buscar informes a todo precio y de la manera que sea: obligar a Si-Lahcen y a sus hombres a que realmente tengan que vivir en el djebel, separados de la población que les informa y nutre. Y de esta forma podremos luchar en igualdad de condiciones.
El coronel Raspéguy regresa al campamento con sus hombres exhaustos por el calor y por la difícil marcha a través de las áridas gargantas, de las cortantes piedras y de los oueds secos.
No han encontrado nada. Ni una sola huella de Si-Lahcen, ni siquiera esos pequeños parapetos hechos con unas cuantas piedras, llamados choufs, tras los cuales se ocultan los vigías. Pero a diez kilómetros de ellos, en la llanura, al pie de la montaña, han sido decapitados unos obreros agrícolas y sus familias por haberse quedado en la granja después de haberla abandonado el colono.
Sentado junto a la blanca pared de un pequeño marabout[29], mientras fuma su pipa, Raspéguy contempla cómo la noche invade la llanura y mueve sus olas de sombra que pronto invadirán su peñasco.
Cuando era niño sufría cada vez que tenía que bajar de las montañas. La ciudad, con sus comerciantes astutos y desenvueltos, sus muchedumbres en los días de feria, sus gritos, sus cafés y sus músicas, le producían sensación de malestar.
Las luces de P... se encienden a sus pies y los proyectores de los pueblos comienzan a barrer las alambradas de espino. La radio funciona. Raspéguy ha tendido emboscadas en todos los senderos, en todos los puntos de paso que pueden ser utilizados por los fellaga, y quiere que le adviertan si ocurre algo para dirigirse con toda rapidez al lugar del posible suceso.
Esclavier se desliza a su lado y Raspéguy le tiende su paquete de cigarrillos y su cantimplora de café. Poco después llegan Glatigny, Marindelle y Boisfeuras. Se sientan a su alrededor.
Se oye el ruido que hace un centinela al armar su fusil y de lejos les llega la voz de un hombre que canta. El aire arrastra todos los ruidos y los despoja de su materialidad para conferirles una gravedad de oración y una pureza de cristal.
— Esto es hermoso — dice Raspéguy —, es limpio y estamos entre nosotros.
— Pero la cosa ocurre abajo — le ataja Boisfeuras con su desagradable voz.
— Explícate — le ordena Raspéguy.
Al día siguiente los paracaidistas regresan a P. ..
A la hora de la siesta, cuando todo el mundo duerme, desfilan, en hilera de seis, como si fuera para una parada, deslizándose sobre sus suelas de caucho con la mirada fija hacia delante. Cantan esa marcha de Indochina, melancólica y rítmica, que es también la de los marines norteamericanos en el Pacífico.
Los musulmanes salen de sus chozas y contemplan en silencio a estos soldados que no son como los demás, que no parecen verlos y que avanzan con paso lento y flexible. Y sienten que el miedo les gana, pues son como todos los hombres y temen lo que no es habitual.
A través de la hendidura de la persiana de una tienda mozabita, Sí-Lahcen presencia también este extraño desfile. Se vuelve hacia Ahmed:
— Preferiría tenerlos en el djebel, pero ya lo ves: vuelven. Van a instalarse en medio de nosotros, van a dar paladas al hormiguero para que las hormigas salgan a la luz . . .
— Podemos hacerles la vida imposible en P... Esta misma noche dos hombres lanzarán granadas en los dos cafés de la rué Maginot.
— Ahmed, tú no los conoces. Se ve que no estuviste en Indochina con esos "largartos". Si atrapan a quien lance las granadas lo guardarán para ellos, no se lo entregarán a los gendarmes, y el hombre cantará. Y tú no sabrás nada hasta el momento en que te vengan a buscar a ti, intérprete oficial del segundo burean, aunque sea en la misma casa del comandante del sector.
Ahmed encoge los hombros. Siente pocas simpatías por el kabyala. Si-Lahcen, por sus maneras de antiguo oficial, por su lentitud de espíritu y por su prudencia, la banda que dirige se parece cada vez más a una compañía regular, y si lo dejasen colmaría a sus gentes de insignias y de galones, prohibiría el pillaje y la violencia y quitaría al combate todo lo que le da su poderoso atractivo para los seres primitivos a quienes manda.
En su interior, Si-Lahcen tiene en mucha estima a los militares franceses y sufre con tener que pasar por un bandido. Es un hombrecillo contrahecho y reseco, pero duro y fuerte como una cepa de vid, mientras Ahmed tiene la belleza indolente de los árabes del desierto.
Ahmed es el responsable político de la zona y Si-Lahcen el jefe militar. El estado mayor de la rebelión no sabe todavía qué organización debe dirigir el movimiento, si la política o la militar, y los dos hombres se encuentran con frecuencia en pugna.
Si-Lahcen silba entre dientes la canción de los paracaidistas. La oyó muchas veces en Indochina cuando los hombres salían para una operación suicida de la que pocos volvían.
Un día, hallándose en la orilla del Delta, había visto llegar a estos mismos paracaidistas que desde hacía más de un mes se los consideraba muertos o prisioneros. Habían recorrido centenares de kilómetros por la jungla y entre los viets. Sus fusiles les servían de muletas, muchos no tenían calzado, sus rostros estaban deformados por las picaduras de los mosquitos y el sudor había podrido la piel de sus axilas y del interior de sus muslos. Apestaban, renqueaban, pero cantaban con desesperación la misma marcha que hoy oye en la boca de los paracaidistas del 10° Regimiento, pues sabían que si se callaban no podrían avanzar más.
El adjudant Si-Lahcen, aquel día, se sintió orgulloso de pertenecer al mismo ejército que ellos.
Aquel batallón, lo recuerda ahora, iba mandado por Raspéguy, el mismo que acaba de desfilar por P..., pero entonces no llevaba ni insignias ni galones, y su distintivo de mando era el caminar al frente de sus hombres.
— Entonces, ¿qué hacemos? — pregunta Ahmed en un correcto francés —. ¿Esperamos a que nos "ganen la partida"?
— Es mejor estar tranquilos hasta que cambie este estado de cosas — dice pensativamente Si-Lahcen —. Viviremos en el djebel mientras ellos estén en la ciudad y regresaremos a la ciudad cuando ellos salgan para el djebel. Evitaremos los tropiezos . . .
— No. La población sigue vacilando, a pesar de los ejemplos que ha tenido ocasión de ver. Se inclinará por el más fuerte; es decir, por el que más tema. Actualmente somos nosotros; mañana, si no hacemos nada, pueden ser los paracaidistas.
— Sigues con tus granadas...
— Pienso encontrar algo mejor. Voy a descomponer el físico a tus "lagartos" para toda la eternidad.
Al día siguente, Ahmed se convertía en el intérprete oficial de los paracaidistas mientras la operación dure, y va a actuar bajo las órdenes del capitán Boisfeuras. Le dan un casquete, un uniforme de camuflaje y una pistola. Se trasforma en otro "lagarto"...
Ahmed se da cuenta, desde el primer momento, que la especie de chino que sigue por todas partes al capitán, no le quita los ojos de encima. Por dos veces lo ve llevarse la mano a su carabina esforzándose en que su ademán se vea con claridad. Es una advertencia sin disimulos.
Los paracaidistas frecuentan los cafés y los establecimientos de P... y los precios suben; organizan broncas con las tropas del sector.
Raspéguy, que se instala en la escuela, ordena que quiten todas las alambradas que la rodean.
— Solo sirven para pincharse cuando uno regresa por la noche — dice.
En una sala, que todavía tiene sus bancos y su encerado negro, reúne a todas las personalidades de la región, al caíd Djemal y a su hermano, al alcalde Vesselier, al representante del comercio mozabita, al presidente de los antiguos combatientes y al capitán Moine. Mezclados con ellos, Boisfeuras, Glatigny, Esclavier y Merle se sientan también. La compañía de reclutas se ha establecido alrededor de la escuela. Ahmed asiste a la reunión como intérprete. El hermano del caíd Djemal, que conoce su papel en la rebelión, de vez en cuando le dirige miradas admirativas.
Raspéguy está en el estrado con un trozo de tiza en la mano. Los notables de la ciudad y los oficiales se hallan detrás de los pupitres y, maquinalmente, adoptan actitudes de colegiales, apoyándose en un codo, moviendo los pies o rascándose la nariz.
Merle se oculta tras la espalda de Esclavier para releer, una vez más, la carta de Micheline:
"Olivier, amor mío:
"He reflexionado mucho desde que te marchaste a Argelia y ahora sé que te amo tan estúpidamente como cualquier mecanógrafa y, como dice la canción, "hasta el fin del mundo".
"De adolescentes hemos jugado al juego pérfido y cruel de odiarnos, de amarnos, de destrozarnos y de ponernos celosos. Cuando regresaste de Indochina no pude remediar el seguir este juego; además ya conoces mi necesidad del escándalo. Me divertí mucho haciendo de mi pequeño Olivier un espantapájaros que asustaba a la gente de Tours.
"Me agradó mucho que te hubieses marchado de nuestra ciudad dando portazos, que estés en Argelia ganando tan solo 80.000 francos al mes y que arriesgues tu pellejo, mientras mi querido esposo, "el pequeño Bezégue", recibe diez veces más para arrastrarse por los bares y asediar a los jovencitos . . .
"Pero tengo ganas de gritar cuando me encuentro sola en mi habitación. Olivier, me rindo. Voy a pedir el divorcio e iré a reunirme contigo. Bien sea tu mujer o tu amante, viviré a tu lado y sabré portarme como debo, y estar en mi puesto, que es el de toda mujer que ama a un hombre, no a su lado, sino un poquito detrás de él.
"Te amo y soy tu esclava. Micheline."
Merle desearía leérsela a sus compañeros, pero Piniéres se halla en el djebel y la víspera oyó a Boisfeuras que le decía a Esclavier:
— Ningún mundo es más extraño a las mujeres que el de los soldados, el de los sacerdotes y el de los comunistas; me refiero a los soldados que luchan, a los comunistas que militan y a los sacerdotes que evangelizan . . .
Esclavier, que persigue a las chicas como un cazador, pero sin amarlas, había sido de la misma opinión.
Se burlarían de él, lo tratarían de chiquillo. No querrían comprenderlo porque no conocían la alegría de despertarse todas las mañanas al lado de una muchacha joven y bella a la que, además, se ama . . .
Raspéguy, que escribe algo en la pizarra, le reprende como un maestro de escuela:
— Merle, ya que estás ahí, escucha.
Rápidamente, Olivier mete su carta en el bolsillo como si temiese que se la confiscara. Ve que Ahmed le sonríe y le devuelve la sonrisa.
— Resumamos la situación — dice Raspéguy —. Si no tenemos informaciones no cazaremos la banda; las granjas y las cosechas seguirán ardiendo y el terrorismo hará la vida insostenible . . . Nos falta un hilo conductor para llegar hasta la banda. Este hilo se encuentra en la ciudad. Dadme su cabo y yo llegaré rápidamente hasta Si-Lahcen.
Raspéguy, pasea sus penetrantes ojos por toda la concurrencia:
— Señor alcalde, ¿usted no sabe nada? ¿Ni usted, caíd Djemal? ¿Ninguno de los presentes? ¿Es que tienen miedo? Es muy grave y perjudicial tener miedo, lo mismo que acostumbrarse a estar enfermo . . .
El capitán Moine apura con satisfacción su cigarrillo. Los paracaidistas pueden contonearse y encender fogatas en la montaña; no conseguirán más de lo que ellos han logrado, y llevan ya meses establecidos en este sector. Por lo pronto han regresado a P... con la cabeza gacha. Y el mismo barco que lleve a Moine a Francia los trasportará a ellos, pues habrán incurrido en el mismo motivo de reprobación. Todo lo demás es cine.
Es indudable que el hilo conductor que puede llevar hasta la banda está en la ciudad, pero cada vez que se cree tenerlo se rompe. Todo está perdido. Mientras tanto, lo mejor que se puede hacer es beber anís y visitar un burdel dos o tres veces a la semana.
Merle se encuentra con Ahmed a la salida de la reunión. El teniente invita al árabe a beber un vaso juntos. El musulmán es fino, cultivado y simpático, tiene una mirada franca y su risa es agradable.
El uniforme de paracaidista le cae muy bien.
— Lo difícil de esta guerra — dice Ahmed bebiendo su cerveza — es encontrar el hilo conductor. Sin embargo, yo oí contar . . . , claro que, ¿qué será lo que no se cuenta ? Y nosotros, los árabes, somos unos charlatanes incurables . . .
Merle, que sigue pensando en Micheline, aguza el oído.
— Sí, mi teniente — sigue diciendo Ahmed —: se cuenta que existen disensiones en la banda de Si-Lahcen. Claro que sólo es un rumor. Si-Lahcen es kabyla y sus hombres no lo son; los manda con brutalidad, es tajante . . . , y su rencor hacia los franceses lo han vuelto loco. Se dice que es él mismo quien a sus prisioneros les corta el cuello y . . . lo demás. Al parecer, se rumorea que una decena de hombres que pertenecen a su banda se han refugiado, con sus armas, en un grupo de mechtas y proyectas unirse a nosotros . . .
— ¿Preparamos el golpe, Ahmed?
— No estoy muy seguro del valor de mis informaciones. Esta guerra me destroza, se lo confieso; yo no podría disparar contra mis correligionarios a pesar de las atrocidades que cometen, pero sí me gustaría mucho ganarlos para nuestra causa, si se les promete la vida y que no serán molestados.
— ¿Cuál es la fuente de sus informaciones?
— Un comerciante indígena...
— ¿Puedo visitarlo yo?
— Si tiene mucho interés . . . Pero el hombre me ha parecido tan sospechoso que ni siquiera he hablado de ello al capitán Boisfeuras.
— Quiero verle esta noche.
— Podríamos ir solos, pero como conviene siempre ser prudentes, se puede traer con usted una pequeña escolta, que nos esperará fuera.
— ¿Es lejos?
— En el mismo P..., a unos pasos de aquí. No olvide que los rebeldes son los amos de la noche y que Si-Lahcen me ha hecho el alto honor de poner precio a mi cabeza. Ya he escapado a dos atentados.
— Entendido. Venga a buscarme al restaurante.
— Prefiriría que el capitán Boisfeuras no fuese puesto al corriente de esto. Trabajo con él y podría molestarse. ¡Además, se trata de cosa tan poco segura! Únicamente por satisfacer su curiosidad. Nos encontraremos delante de la escuela.
Ahmed golpea varias veces en la puerta y el comerciante, pestañeando, acude a abrirles. Parece asustado.
— No he hecho nada, señores. Soy amigo de Francia.
— Pero también paga al F. L. N. — dice Ahmed, encogiéndose de hombros —. Hay que ponerlo en su lugar. No queremos hacerte nada malo; simplemente que repitas al teniente lo que me has dicho a mí.
Ahmed le empuja y los dos entran.
Bucelier y Bistenave montan guardia ante la tienda. La ciudad está en silencio, las estrellas brillan duramente en un cielo muy sombrío. Al otro lado de la puerta se oye cuchichear.
— Bucelier, estoy muy incómodo — dice de pronto Bistenave.
— ¿Tienes miedo?
— No, pero esta guerra no me gusta, este brusco regreso a P... y Merle olfateando como un perrito que ha encontrado un hueso. Y ese Ahmed con su bello rostro de traidor.
— Una trampa aquí, a cincuenta metros del P. C, ¿estás loco?
Diez minutos después, Merle sale con Ahmed.
— Me parece cosa seria y urgente — dice Merle.
— No tengo confianza en este tipo, mi teniente. En este asunto no tiene nada que ganar; sólo molestias. ¡En fin, reflexione!
— Pero él ha puntualizado: once hombres con un fusil ametrallador dispuestos a rendirse esta noche . . . Se defenderán si ven llegar a una tropa; esto no les dará confianza, pero se entregarán a un oficial acompañado solamente por uno o dos hombres. El tendero confirma lo que usted me dijo sobre las disensiones en la banda de Si-Lahcen. ¿Qué interés puede tener en tenderme una trampa? Si ha mentido lo pagará muy caro; quemarán su tienda...
— Exacto. Pero a pesar de todo desconfío. Por otra parte, ese grupo de rebeldes tendrán sus vigías y si oyen llegar camiones tendrán tiempo para huir. Varias veces se han hecho promesas de este tipo y no se han mantenido. En un comunicado suena mejor "treinta muertos" que treinta incorporados a nuestras fuerzas. Es un golpe para intentarlo sólo o dejarlo. Y yo soy partidario de dejarlo. A pesar de todo iré a prevenir al capitán Boisfeuras.
Merle hace señas para que se acerquen Bistenave y el sargento Bucelier.
— Mirad, viejos. A cinco kilómetros de aquí se encuentra un grupo de mechtas. Ya hemos pasado por ellas; allí están escondidos once fellaga de la banda de Si-Lahcen. Quieren entregarse, pero sólo a un oficial acompañado de dos o tres hombres. Sólo permanecerán allí esta noche, tienen miedo de ser liquidados y han colocado vigías. Si llegamos con camiones se largarán. Mi amigo Ahmed estima que la noticia no tiene fundamento, que no vamos a encontrar nada en las mechtas.
— Una probabilidad entre diez — corrobora Ahmed —; no vale la pena arriesgarse.
— ¿Qué os parecería si regresáramos los tres con once fellaga? ¿Unos reclutas que enseñan a luchar a unos paracaidistas de profesión!
— Sería divertido — dice Bucelier.
En su excitación, Merle toma a Bistenave por los hombros y le sacude:
— Y sin un tiro, cura. Subimos al jeep . . . ¿Que no hay nada? En una hora estamos aquí de vuelta. Ahmed, dénos un poco de tiempo antes de avisar al capitán Boisfeuras.
— ¿No lo comunicamos al capitán Esclavier? — pregunta Bistenave, a quien la ansiedad anuda la garganta.
No se atreve a protestar abiertamente. Bucelier le repetiría que tiene miedo. Merle no puede parar de impaciencia.
— Esclavier cena con Raspéguy en casa de Quarterolles. Cuando salgan les presentarán armas once fellaga, y a Quarterolles le va a dar un ataque.
— Haga lo que quiera — dice Ahmed —. Dentro de dos horas avisaré al capitán Boisfeuras. Si va con cuidado no arriesgará nada, puedo garantizarle que no va encontrar a nadie en las mechtas.
Ahmed comienza a caminar con su paso tranquilo, pero antes de regresar a su casa se cruza con el capitán Boisfeuras, que avanza bajo la luz amarilla de una linterna y seguido de su chino. El capitán hace una seña amistosa con la mano; Min lleva la mano a su revólver y no lo suelta.
El chino pronuncia algo con su lengua de sonoridades entrecortadas, pero el capitán no le hace caso.
Se oye el ruido de un jeep que se pone en marcha.
¡lnch'Allah! Los dados comienzan a rodar y sólo Dios sabe en qué cara se detendrán.
El teniente Merle tjene que parlamentar a la salida de la dudad con el centinela, que no quiere dejarlo pasar, y durante unos momentos Bistenave espera que su loca calaverada termine ante las alambradas del puesto de guardia.
Merle explica que tiene órdenes del coronel Raspéguy, que van a recoger a una patrulla que regresa con prisioneros y que es urgente.
El sargento llega.
— ¿Han capturado prisioneros?
— Sí; once.
— No hay más que decir, mi teniente; usted sabe defenderse mejor que nosotros.
El sargento ayuda al centinela a separar los caballos de Frisia.
La luna se levanta en el cielo y el jeep comienza a ascender por el sendero.
— Me voy a casa — dice Merle mientras conduce —. Sí, con una chica imposible. Bistenave, ¿tienes un cigarrillo? Enciéndemelo; gracias.
— Estamos locos, mi teniente.
— Claro; esto es lo divertido. Veamos, el cigarrillo . . .
— Debimos avisar al capitán Esclavier — dice pensativamente Bucelier.
— Mi viejo, Esclavier ha dado cientos de golpes de este estilo y, puedes estar seguro, nunca avisó a nadie. Realmente eres demasiado militar. Es muy sencillo: estos muchachos quieren rendirse y vamos a buscarlos.
— La noche está con ellos, mi teniente.
— La noche es del que se pasea, y esta noche es la más hermosa que he visto. La luz de la luna parece haber inmovilizado todo lo que nos rodea como si fuese nieve . . .
— Mi teniente, las mechtas...
Merle detiene el jeep.
— Bistenave, tú vendrás conmigo. Bucelier, tú te quedarás en el jeep. No creo que esto sea una trampa, pero si ves que las cosas no marchan, regresa inmediatamente y avisas al capitán Esclavier. Si yo te llamo, y solamente si soy yo el que te llama, vienes a reunirte con nosotros. Pero todo irá bien, lo presiento; tengo un fetiche en el bolsillo. Vamos, Bistenave. El tendero me ha dicho: "La primera mechta de la izquierda; hay que llamar tres veces." Es curioso; no oigo ladrar a los perros.
Los perros han sido degollados una hora antes y sus cadáveres están en un foso.
Bucelier ve muy claramente cómo el teniente, seguido del seminarista, escala una pequeña cima. Oye cómo llaman a la puerta de la mechta con la culata del revólver. La puerta se abre.
En este momento, una ráfaga de ametralladora abraza la noche a pocos metros de él. Siente un choque y una quemadura en el hombro. El jeep rueda solo hacia el fondo del barranco; debe de haber soltado el freno; no se acuerda. Pone el contacto. Dos o tres ráfagas le pasan por encima de la cabeza. Ya está en la carretera. Enciende los faros. La sangre le corre por la mano y siente que le va ganando el entumecimiento. Hace un viraje al cambiar la velocidad.
Sólo sabe una cosa: que tiene que alcanzar lo más rápidamente posible el lugar donde está acantonada la primera compañía para prevenir al capitán Esclavier y poner en alarma a todo el mundo. Si va con rapidez se puede salvar al teniente y a Bistenave.
Al pasar por él puesto, por poco le disparan.
— ¿Qué ha pasado? — pregunta el sargento.
— ¡Aprisa, una emboscada! ¡Rápido, abrid la barrera, por Dios! El capitán Esclavier . . .
Se desvanece. Un vaso de agua que le lanzan a la cara le reanima. Está en la enfermería sobre una camilla. El capitán Esclavier y Día, el médico negro, se encuentran a su lado. Se da cuenta de que lo han vendado.
— ¡Aprisa, aprisa!
Oye el zumbido de los motores de G. M. C. y el clamor de los hombres que corren fuera.
— Cuenta — dice Esclavier. Bucelier explica.
— ¡Ah, canallas! — exclama el capitán, anonadado. Esclavier abre la ventana y grita con su voz seca que rompe los tímpanos:
—¡Primera compañía! ¡Dispuesta!
— Quiero ir — dice Bucelier.
— Puede ir — afirma Día—. La bala sólo le ha atravesado la carne. Y yo también voy, porque tenía en gran estima a Merle.
Bucelier se da cuenta de que hablan del teniente Merle como si estuviese muerto . . . Tiene deseos de gritar que no es verdad, que no puede ser verdad, porque nadie tiene derecho a matar al teniente Merle.
Descubren los dos cuerpos tendidos sobre la cima, delante de las mechtas, degollados, con el vientre abierto y las partes sexuales metidas en la boca. Los faros de los camiones iluminan esta escena de horror.
El alférez de reserva Azmanian hace observar que los dos cuerpos están colocados en dirección a la Meca, como bestias sacrificadas en holocausto. Le han contado que en otro tiempo los turcos hacían lo mismo en Armenia. Se separa para vomitar.
Lentamente, los reclutas se van acercando con sus armas en la mano. En silencio forman un círculo. No se mueven; están petrificados ante esta visión.
Bucelier tiembla de pies a cabeza; no siente el dolor de su hombro.
— Dame tu ametralladora — le dice a Mongins —. Voy a entrar en las mechtas. Los hombres murmuran.
— Todos te seguimos.
El capitán Esclavier aparece en el centro del círculo; los hombres nunca le han visto tan alto y tan terrible. Sin una palabra, se desabrocha el cinturón, tira su equipo y su revólver y sólo se queda con el puñal en la mano.
— Sólo a los hombres — dice con su voz seca —. No tocaremos a las mujeres ni a los niños; sólo a los hombres y con el cuchillo, para que los que tengan valor puedan defenderse.
—Los fellaga que han hecho esto se han marchado — dice Día con suavidad —. Los que quedan ahí no valen para nada.
Al igual que Esclavier, los hombres se despojan de su equipo y de sus fusiles, sus ametralladoras y sus granadas, conservando tan sólo sus puñales.
Su furor y la necesidad de sangre y de venganza que les llega del vientre es tal que les hace tomarse tranquilos y fríos.
Avanzan con lentitud hacia las mechtas silenciosas. Se sienten ganados por una ligera fatiga, por una especie de hambre extraña que les empuja hacia adelante.
Esclavier, de un empellón, derriba una puerta. Ningún árabe se defiende . . .
Ya se levanta el sol cuando llega Raspéguy, avisado por Día. Se encuentra ante el espectáculo de veintisiete cuerpos de musulmanes, alineados unos al lado de los otros, degollados y vueltos hacia Occidente, en dirección a Roma.
— ¡Qué podredumbre! — dice.
Esclavier está apoyado en un tronco de olivo. Aparece muy pálido, con los rasgos tensos y con ojeras, como si hubiese salido de una larga enfermedad. Tiembla y tiene frío . . .
— Philippe . . . Philippe . . .
— Sí, mi coronel.
— Lo que has hecho no es muy digno.
— Sin esa solución hubiesen asesinado a todo el mundo, mujeres y niños. No habría podido contenerlos.
— Hubiera preferido las granadas y las ametralladoras y que lo limpiasen todo. El cuchillo trasforma la guerra en asesinato. Y estamos haciendo lo que ellos, nos manchamos las manos como ellos. Aunque quizás esto fuera necesario y fuese urgente comenzar, ya que nos han obligado a bajar de los picos a la llanura y nos han ultrajado en nuestro honor de hombres con la mutilación de Merle y de Fleur de Nave. Ha reaccionado el hombre primitivo y no el soldado al perpetrar este holocausto. Reúne a tu gente, Philippe; tengo que hablarles.
Raspéguy se sube a una roca que domina los cadáveres. Tiene frente a sí a la primera compañía, ciento cincuenta hombres descompuestos por el asco, el miedo y el odio a la guerra, dispuestos a amotinarse, dispuestos a no importa qué para olvidar lo que acaban de hacer y también más unidos que nunca, ligados por la sangre y el horror.
Raspéguy comienza con una voz muy queda, mirándose los zapatos:
— Señores . . . — y al llamarles señores les devuelve un poco su dignidad perdida —. Señores, han obrado ustedes bajo el impulso de la cólera; pero yo, esta mañana, en frío, después de reflexionarlo bien, habría dado orden de fusilar a todos los adultos de este aduar. Y ustedes habrían sido los encargados de llevar a cabo la ejecución. Por este lado el incidente está terminado — avanza la cabeza como un halcón que va a emprender el vuelo a recorrer la fila de hombres —. Porque ustedes querían al teniente Merle y al pequeño Bistenave, les encargo su venganza, porque esto — muestra los cadáveres — no es una venganza, sino una represalia. Les doy la banda de Si-Lahcen; les corresponde con sus fusiles y con sus ametralladoras; pero esta vez no bastarán los puñales. Esto es todo.
Los soldados tienen la sensación de que se les acaba de quitar de encima un peso insoportable. Sienten por el coronel un sentimiento nuevo, en el que la admiración se mezcla con el agradecimiento y con la vergüenza.
— ¿Qué hacemos con los cadáveres? — pregunta el adjudant Mourlier.
— Dejadlos hasta la noche; por lo menos que sirvan para algo.
Y de esta forma nace la cruel leyenda de los "lagartos con visera", de los guerreros cuyo puñal es más temible que los mousseblines del F. L. N. En el fondo de los aduares se comienza a hablar de ellos como de demonios a prueba de balas, hijos de Alek el Azrael, ángel de la muerte.
— Ven, mi capitán — le dice Min a Boifeuras.
— ¿Qué es lo que sabes ?
— Ahmed ha ido a Correos a retirar todo el dinero. Ayer estuvo hablando durante mucho tiempo con el teniente Merle.
Ahmed vive solo en una casita a la entrada de P... compuesta de dos piezas desamuebladas. En la una hay una litera con sábanas y mantas del Ejército, en la otra una mesa y al lado del fregadero un calentador de alcohol.
¡Mash'Allah!, los dados han rodado mal.
El intérprete comienza a llenar un morral con cajas de conservas y paquetes de cigarrillos. A pesar de todas su precauciones, pronto llegarán hasta él. Ya se ha quitado su uniforme de paracaidista y lo ha sustituido por el pantalón de tela burda, la gruesa camisa y la djellaba rayada.
Se agacha, levanta una baldosa y saca de su interior dinero y documentos. Doscientos mil francos en grandes billetes azules.
Cuando levanta la cabeza, Min está ante él encañonándole con su revólver. Con la punta del cañón le hace señas de que se levante y de que levante los brazos. Llega Boisfeuras; se apodera del dinero, de los documentos y de los papeles y se sienta a horcajadas sobre una silla.
— Vamos — le dice a Ahmed — o me cuentas toda la historia o Min se ocupa de ti.
— No comprendo. Hice lo imposible por impedir que el teniente Merle saliese en medio de la noche. Traté de avisarle a usted.
— El dinero de la caja de ahorros . . . , el morral . . . No perdamos tiempo, Ahmed. ¡Y también los documentos!
Boisfeuras silba admirativamente: acaba de leer un papel escrito a máquina, en francés y en árabe fechado en El Cairo, que lleva toda clase de estampillas rojas y azules, confirmando que Ahmed es el responsable político de la zona.
— Te había estimado en menos.
Ahmed da un salto para apoderarse del revólver de Min, pero una silla se aplasta sobre su cabeza.
En un momento se encuentra sentado sobre el lecho, con los puños sujetos a los barrotes metálicos por un hilo telefónico.
— ¡Vete a la mierda, tú y tu chino! No diré nada.
— Tienes tus razones, pero yo tengo las mías. Podría muy bien estar en tu lugar y tú en el mío. Es el azar.
"Los dados que ruedan", piensa Ahmed.
— No soy un sentimental, pero en Indochina salvé la vida al teniente Merle y lo quería. Pero puedo olvidarlo. Al hacerlo degollar como un perro nos has insultado a todos, imperdonable. Necesitamos a Si-Lahcen y a su banda. Hacemos de ello una cuestión personal.
— Si quieres a Si-Lahcen ve a buscarlo al djebel. Te lo repito, capitán Boisfeuras: te mando cien veces a la mierda, y no diré nada; pero un día os echaremos de aquí y os perseguiremos hasta vuestra casa. Nos aprovecharemos de vuestras mujeres, de vuestras hijas y hasta de vosotros.
— Todo eso me tiene sin cuidado — dice Boisfeuras muy tranquilo —. Quiero saber cómo funciona tu organización en la ciudad; quiero nombres, los lugares donde se encuentran los refugios y tus relaciones con Si-Lahcen.
— No.
— Tengo prisa. Cuando estés harto de Min, me llamas.
Min sale y después vuelve a entrar con un calcetín repleto de arena y que balancea con la mano. Sin golpear muy fuerte, comienza a batir la cabeza de Ahmed como le habían enseñado los viets, siempre en el mismo sitio. ¡Pero entonces eran los viets quienes golpeaban a Min!
Ahmed resiste cuatro horas, tres horas menos que Min. Por la noche, Boisfeuras tiene la lista de todos los miembros de la organización política de P... Los detienen. En cuanto a Si-Lahcen, hace mucho tiempo que está a salvo, en el maquis.
El coronel Quarterolles llega enloquecido junto a Raspéguy.
— ¿Qué es lo que pasa? — pregunta —. No se me tiene al corriente de nada. Parece que uno de sus tenientes ha sido asesinado, pero que, por su parte, ustedes han limpiado a veintisiete jellaga. Detuvieron a Ahmed, el intérprete; al caíd y a su hermano . . . Se registraron todas las tiendas. ¿A qué viene esto?
— Dentro de una semana, mi coronel, ya no existirá la banda de Si-Lahcen; le hago esta apuesta. Y ambos podremos regresar a Argel.
— ¿Y por qué ambos?
— Porque nadie tendrá una razón para mantenerlo en su puesto. Toda la ciudad y toda la administración estaban podridas, y en los sótanos del municipio hemos descubierto tres cajas de municiones con destino a los rebeldes. ¿Y quiere saber más? Si-Lahcen nunca dejó de vivir en P..., y Ahmed, el Hombre de confianza que usted nos recomendó, era el jefe político de la rebelión, y el alcalde, el bueno M. Vesselier, les pagaba a los jellaga para que le dejasen vivir tranquilo . . . Nosotros hemos tenido que mandar en medio de todo este fango, y al teniente Merle le han cortado los testículos. Y yo fui quien trajo a Merle aquí, y era mío. Formaba parte de mi ser. Usted lo ha matado con su estupidez y su incapacidad. Mañana lo enterraremos, pero le prohibo que asista a las exequias, pues de lo contrario lo vapulearé delante de todo el mundo.
— ¿Qué te pasa? — pregunta Día a Esclavier.
El capitán se sostiene la cabeza con las manos; no está afeitado y se acaba de beber una botella de coñac con el médico.
— Nada.
— ¿No sabes? Recibí una carta de Lescure. ¿Advinas lo que hace? Durante el día sigue un curso de etnología en la Sorbona y por la noche toca el piano en una boite. Y me dice que es muy feliz.
— Día, ¿qué me dices de lo de ayer?
— Creo que limitaste los destrozos.
— ¡Día!
— Te avergüenzas de haber dejado escapar la pantera negra. Dormía en lo fondo de tu ser; los otros la despertaron y después se volvió a dormir, con la boca y las garras llenas de sangre. Yo también tengo mi pantera y gruñía muy fuerte al ver el cadáver de Merle; pero no se me escapó. Marindelle, ¿sabes?, no es como los demás; no cree que existan panteras negras que duerman dentro del vientre. Me ha dicho: "Objetivamente, las represalias no dieron mal resultado. El miedo ha cambiado la situación, las lenguas se desatan y nuestros soldados son los amos del cotarro. Hemos obtenido más en un día que en seis meses de lucha. Y más con esos veintisiete muertos que con varios centenares de cadáveres." Yo — sigue diciendo — no comprendo la palabra "objetivamente".
Esclavier saca de su bolsillo El cero y el Infinito.
— Mira lo que me ha dado Boisfeuras — abre el libro sobre una página que está marcada: una cita del obispo alemán Dietrich von Nieheim, que vivió en el siglo XIV —. "Cuando su existencia está amenazada, la Iglesia está dispensada de los mandatos sobre la moral. La unidad como objetivo santifica todos los medios, la astucia, la traición, la violencia, la simonía, la prisión y la muerte. Pues todo orden existe para los fines de la comunidad y el individuo debe ser sacrificado al bien general." Cuando me dio esto Boisfeuras acababa de ordenar la ejecución de Ahmed después de haber comido y de haberse emborrachado con él. Le prometió ocuparse de su mujer.
— Bien — dice Día —, sigamos emborrachándonos nosotros dos. Estoy muy contento de que te haya obligado a matar a tu pantera negra. Mucho más que si hubieses matado influido por las pamplinas retóricas de ese obispo. Bebo, Esclavier, por tu pantera negra y por la mía.
— ¿Y qué hace Glatigny?
— Está en la iglesia rezando.
Una semana después del arresto de Ahmed. Si-Lahcen y su banda son expulsados de la llanura y se ven obligados a refugiarse en el djebel. Los rebeldes tienen que abandonar sus escondites y sus refugios, que ya no son seguros. Casi no pueden contar con informaciones y su abastecimiento no les llega de P. . ., donde toda la organización política y administrativa de la rebelión ha sido decapitada.
Unos tras otros, los jefes de los aduares acuden a visitar a Si-Lahcen en la gruta donde está instalado, y todos hablan con las mismas palabras:
— Si-Lahcen, conocemos tu valor y tu fuerza, pero retira tu grupo de moujahidines de nuestro aduar, pues cuando los franceses lo sepan quemarán nuestras mechtas, nos degollarán y fusilarán a tus hombres.
Si-Lahcen trata de mantener a raya este pánico. Ordena ejecuciones espectaculares, pero el ciento de hombres y de mujeres que hace matar o degollar no pueden borrar el recuerdo de las mechtas de Rahlen. Obra sin odio porque se juega su vida y la de su banda. Y sólo siente remordimiento cuando se da cuenta de que su carnicería ha sido inútil.
Sentado junto a su gruta, con una manta sobre los hombros para preservarse del rocío de la mañana, se abandona a sus recuerdos.
Su mejor amigo en Indochina había sido el sargento Piras, un muchacho delgado y listo que había desempeñado todos los oficios y había leído todos los libros. Cerraba un ojo para liar un cigarrillo y sacaba su tabaco de una especie de caja redonda de latón.
Cada vez que se cruzaban en el desarrollo de una operación, Piras, guiñándole el ojo, le preguntaba:
— Bien, Lahcen, ¿cómo va tu destino?
Si Piras no hubiese caído muerto en la operación Atlante, quizás estaría ahora a punto de luchar en contra de él, disfrazado de lagarto. Se imagina que está a tiro de fusil y que, erguido como una cabra sobre aquel peñasco, saca su caja de tabaco y lia su cigarrillo con sibaritismo.
Dispararía, pero hacia un lado, sólo para meterle miedo: Piras fue su amigo. De pronto se da cuenta de que todos sus amigos están en el ejército contra el que lucha, y que todos los suyos le son extraños, e inclusos algunos, como Ahmed, le causan horror. Ahmed ha muerto de la misma manera que vivió, no como soldado, sino como un soplón. Una vez capturado, soltó todo lo que sabía.
Un centinela llega para avisarle que un agente de enlace, un tal Ibrahim, acaba de llegar de P...
Ibrahim tiene quizá cincuenta años, más bien sesenta; su barba, que tiene forma de collar, empieza a volverse cana; viste a la europea; una cadena de reloj le cruza el chaleco, pero lleva en la cabeza una especie de turbante confeccionado con un lienzo de dudosa limpieza; sus pies están descalzos. Es un hombre sólido, cruel y prudente. Durante mucho tiempo ha mandado el grupo de homicidas que por las noches controlaba P... y los aduares circundantes. No lo han capturado ya por milagro, pues todos sus hombres han caído bajo las balas francesas.
Ibrahim se sienta junto a Si-Lahcen y le ofrece un cigarrillo.
— ¿Qué sucede? — le pregunta el jefe de los rebeldes —. Te dije que te quedases en P... y que tratases de reorganizar tu grupo.
— Si-Lahcen, no hay ni un solo lagarto en P... Todos han desaparecido esta noche. Están en el djebel y te buscan. Saben dónde te encuentras.
— ¿Quién nos ha traicionado?
— Ayer atraparon a tres de tus moujahidines cuando salían de una mechta para reunirse contigo. Uno se dejó matar, pero los otros dos hablaron.
— Los vigías no han señalado la presencia de camiones en las carreteras y sendas.
— Los lagartos hacen el mismo tipo de guerra que nosotros: durante toda la noche han caminado y ahora están a dos kilómetros de tu gruta. Avanzan removiendo todas las piedras y todos los matorrales para ver si hay algún escondite.
— ¿Crees que puedo todavía pasar por el oued Chahir?
— Por allí he venido yo. Pero ya están ellos. He estado a punto de caer en manos de una de sus patrullas, que había tendido una emboscada y que de madrugada venía del oued. He esperado escondido bajo unas ramas; me he quitado los zapatos y he subido hasta aquí poniendo mucho cuidado en no hacer rodar ningún guijarro.
Si-Lahcen se levanta y, seguido por Ibrahim, que continúa descalzo, inspecciona la posición. No puede estar mejor situado. Se halla instalado con su banda en una especie de picacho que domina una pequeña llanura pedregosa y plana como un glacis, un campo cerrado rodeado por las montañas en el que habrán de aventurarse los asaltantes.
Detrás hay una cresta abrupta; en el lado izquierdo, la falla por la que ha subido Ibrahim y que puede ser defendida fácilmente con algunas cajas de granadas. El único espacio vulnerable es su flanco derecho, que es una pendiente bastante suave erizada de obstáculos naturales, que conduce hacia el oued. Pero el lugar de paso es muy estrecho, y con una ametralladora, sus tres F. M. y su mortero pueden impedir fácilmente el ataque del enemigo, que no podrá desplegarse y se verá obligado a avanzar de frente.
— Los esperaremos aquí — dice Si-Lahcen —. Quieren jaleo y lo van a tener.
El sol se ha levantado; Ibrahim recibe su luz en los ojos, lo que le obliga a cerrarlos y le hace adquirir el aire astuto de un campesino de Berry. Se frota la barba.
— Alla-i-chouf[30]. Dame un fusil.
Si-Lahcen dispone de un centenar de hombres; el resto de su tropa no ha podido reunirse con él. Obliga a cada uno de ellos, lo que le cuesta bastante trabajo, a que prepare su posición de combate y a que construya un pequeño parapeto de piedras para protegerse. Ordena que sólo se dispare sobre blanco seguro para economizar las municiones, pues se hace necesario esperar hasta la noche para poder dirigirse hacia las crestas. Él mismo sitúa las armas automáticas y asigna a cada cual una misión precisa; coloca el mortero en batería y después entra en su fresca gruta. A la entrada contempla una curiosa mancha de sol que se estira y se rompe.
Si-Lahcen busca en su saco una tableta de chocolate. Le cae al suelo un pequeño estuche de cuero donde guarda su medalla militar. La contempla bastante rato. La cinta tiene el mismo color cálido que la mancha de sol.
Sí; había merecido con justicia su medalla en Indochina. El puesto dominaba el río Rojo. Estaba hecho de estacas, y la torre del vigía, muy alta, parecía uno de esos espantajos que se colocan en medio de las viñas cuando los racimos están maduros.
El jefe del puesto era un teniente de cuello largo, con la nuez muy prominente y que llevaba gafas. Era un ser triste que todas las mañanas le preguntaba:
— ¿Por qué no atacan los viets? Pueden barrernos cuando quieran.
En efecto, el puesto estaba totalmente aislado; sólo vivían de lo que le lanzaban en paracaídas. Con frecuencia, una parte de los envíos caían al río.
El teniente Barbier y el sargento Lahcen mandaban a un centenar de partisanos y a una quincena de europeos. Los partisanos estaban trabajados por la propaganda vietminh y esperaban el momento oportuno para la traición. Los franceses, devorados por la fiebre y destruidos por el clima húmedo, parecían incapaces de rechazar un nuevo ataque. El teniente Barbier no estaba totalmente en sus cabales: tenía la impresión de que lo iban a asesinar en cualquier momento; al menor ruido sacaba su revólver y disparaba. Mataba también las mariposas, que traen suerte, y las aplastaba a zapatillazos contra las paredes de su habitación; esto era un mal presagio.
Una noche, los vietminh desembarcaron en la orilla del río, por debajo de donde se hallaba el puesto. Otro grupo ocupó el poblado. A las cuatro de la mañana atacaron por todas partes mientras los partisanos se amotinaban.
El teniente Barbier apareció muerto en su lecho. Solía despertarse al menor ruido, pero en esta ocasión no llegó a oír al asesino. Lancen y los blancos se refugiaron en el fortín central y resistieron seis horas a todo un batallón vietminh.
Un dinassaut[31] que remontaba el río con sus chalupas blindadas los liberó cuando ya no tenían granadas: Lahcen recibió un balazo en los pulmones. Todavía lo recuerda: le vino a la boca una espuma rosácea como un dentífrico; aquella espuma tenía un gusto soso y salado a la vez: el gusto de la sangre.
Le trasportaron en un helicóptero a Hanoi. Inmediatamente lo operaron, y tres días después, hallándose en una cama de sábanas muy blancas, el general le impuso la medalla militar y le anunció que se le nombraba adjudant. Había flores en su mesa y las enfermeras le enjugaban el rostro cuando tenía calor. Piras fue a verle escondiendo en su chaqueta una botella de coñac. El reglamento del hospital, como el Corán, prohibía el alcohol.
Lahcen fue muy dichoso. Se ocupaban de él como de los demás soldados franceses; tenía los mismos derechos y los mismos amigos. El día de su primera salida del hospital, otros adjudants como él, pero que se llamaban Le Guen, Portal y Duval, lo llevaron a emborracharse en una taberna y después lo condujeron a un burdel.
Ahora, si lo hieren, no tiene derecho a helicóptero, ni a hospital, y si le capturan acabará con una baja en la cabeza, disparada por Le Guen, Portal o Duval, si se encuentran entre los lagartos.
Pues para ellos es un renegado, peor que un viet. Si el administrador de P. . . no le hubiera recordado brutalmente que no era más que un ratón[32] y no le hubiese robado, seguiría en el bando de los franceses. Se esfuerza en reflexionar sobre esto:
"No; a pesar de todo habría pasado al otro lado para vengar tantas injusticias y para recordar a los franceses que también el argelino tiene derecho al honor."
Dos ráfagas de F. M.; tres granadas que explotan. Si-Lahcen guarda la medalla militar en el bolsillo y sale corriendo de su gruta. Una sección francesa que remontaba el declive acaba de ser brutalmente rechazada.
El jefe del grupo, Mahmoud, hace señas a Si-Lahcen para que se aproxime y le muestra, cien metros más abajo, los cadáveres de los paracaidistas, pequeños montones ridículos de tela de colores, y un poco más lejos, al radiotelegrafista herido con su aparato sujeto a la espalda y que hace señas a sus compañeros ocultos detrás de los peñascos.
— Vas a ver como lo cazo, Si-Lahcen — dice Mahmoud.
Un paracaidista acaba de surgir y trata de arrastrar al radiotelegrafista para ponerle a cubierto, mientras que sus compañeros disparan a la vez para cubrirlo. El jefe del grupo rebelde tira con tranquilidad. Alcanzado en plena cabeza, el lagarto se desploma sobre su compañero.
— ¿Quieres el próximo? — le pregunta Mahmoud.
Si-Lahcen toma el fusil y remata al radiotelegrafista. Después vuelve a su gruta. Le avisan que los paracaidistas comienzan a progresar por el flanco derecho y que se han apoderado de la cresta que domina el campo cerrado.
Ibrahim se reúne con Si-Lahcen en su gruta. Con las piernas cruzadas enciende un cigarrillo, después saca su reloj del bolsillo del chaleco; es un pesado armatoste de plata que le regaló su patrón, un colono de los alrededores P...
Había sentido afecto hacía él, pero el destino quiso que el roumt se encontrase en el interior de su granja con sus hijos y su mujer en el momento de prender fuego a la misma. Vuelve a guardar cuidadosamente su reloj.
— Son las diez de la mañana, Si-Lahcen, y no será de noche hasta dentro de doce horas; la espera será muy larga. Tienen tiempo para que lleguen sus aviones e incluso sus cañones.
— Podríamos haber ganado las crestas al amanecer, dispersándonos; pero has llegado demasiado tarde.
Si-Lahcen llama a sus cinco jefes de grupo y les expone su plan:
— Aguantaremos hasta el anochecer; después intentaremos una salida por el punto más débil del "dispositivo enemigo" a fin de alcanzar el oued. — Si-Lahcen utiliza el francés para todas las expresiones y palabras técnicas, y siente placer de poder cxiiibir sus conocimientos militares ante sus subordinados —. La montaña nos está vedada . . . El que quiera rendirse lo mataremos; no podemos llevarnos a los heridos. Probablemente nos bombardearán; de forma que es necesario que cavéis agujeros más profundos. Aprisa.
Los jefes del grupo tratan de iniciar una de esas interminables discusiones en las que no se resuelve nunca ningún problema, pero que permiten matar el tiempo, intercambiar cigarrillos, nobles pensamientos y, a veces, insultos.
Tres obuses de mortero caen ante la entrada de la gruta, poniendo fin a la chikaia. Se oyen los gritos de un herido. Corriendo, los jefes del grupo se reúnen con sus hombres, que disparan como perros rabiosos y en dirección a los peñascos desnudos; las balas silban y rebotan. No se ve a nadie, pero los moujaidines afirman que toda una compañía se ha instalado en el escarpado declive y que cavan agujeros. En efecto, se oye el rodar de las piedras.
Otra compañía atraviesa, ahora corriendo, el campo cerrado bajo el fuego, poco eficaz, de las armas automáticas rebeldes. Si-Lahcen ordena que disparen, los morteros, pero caen demasiado lejos.
Desde lo alto del picacho, las largas filas de soldados parecen columnas de torpes hormigas, torpes y obstinadas, que tropiezan en todos los obstáculos, los bordean y vuelven a aparecer. El saco tirolés que los paracaidistas llevan a la espalda les hace un tórax enorme y, por contraste, sus piernas parecen enclenques.
Tumbado en la entrada de la gruta, Si-Lahcen los contempla. Pronto los primeros grupos llegan a la falda del pico y desaparecen de su vista.
Un avión de reconocimietno hace su aparición en el cielo.
No se le distingue mejor que una mosca y, como ella, es insistente y zumbón. Gira y, al hacerse más grande, se convierte en un pájaro de presa cuya sombra salvaje recorre las rocas. A pesar de las órdenes recibidas, los moujahidines le disparan, revelando así sus posiciones. El avión parece tocado, bate alas y después se deja deslizar hacia la llanura con un movimiento gracioso y lento de ave de mar herida.
Algunos minutos después, dos aviones de caza surgen por detrás de una cresta. En el primer círculo que describen, lanzan bombas que explotan con gran estrépito, levantan una lluvia de rocalla y no causan ningún estrago. La segunda vez disparan sobre el picacho y aparecen cuatro hombres que estaban guarecidos en un agujero. Uno de ellos salta en el aire con los ríñones rotos, como un conejo de coto que ha recibido en tiro horizontal una descarga de gruesos plomos.
Lancen sabe que van a volver y que van a ametrallarlos a poca altura. Entonces los aviones serán vulnerables al disparo de los F. M. y de los fusiles.
Uno de los aviones llega zumbando, y dispara todas sus ametralladoras casi a ras de la gruta. Los casquillos todavía calientes de las balas caen alrededor de Si-Lahcen, que sigue agazapado en la entrada.
Después se hace el silencio. Si-Lahcen, deslizándose entre los peñascos, va a inspeccionar la posición. El ametrallamiento ha hecho dos bajas y dos heridos graves. Los heridos tienen el vientre destrozado y no tienen probabilidad alguna de salvarse. Por lo menos así afirma Mokri, el médico de la banda, que ha cursado dos años de medicina en la Facultad de Argel.
Los heridos no van a cesar de gemir durante todo el día y pedirán constantemente de beber; no hay morfina para inyectarles. Terminarán quebrantando la moral de la banda y van a sufrir inútilmente, pues es preciso abandonarlos.
Si-Lahcen saca su revólver, un "Luger", el que el administrador de P... guardaba en su mesilla de noche, y, pausadamente, sin traslucir ninguna emoción, remata a los dos hombres. Uno de ellos tiene tiempo de maldecirlo antes de que su cráneo salte por el aire.
La calma dura una hora; luego la posición es machacada por los morteros del 81. Después de unos tiros demasiado largos y otros demasiado cortos, la puntería se hace más precisa. Uno de los F. M. y sus tres hombres son literalmente triturados.
Ibrahim saca su reloj. Sólo es la una de la tarde.
Raspéguy está acurrucado, y con las piernas cruzadas, junto a su puesto de radio. Masca un duro bollo de pan untado con esa pasta de las raciones militares que parece haber sido fabricada con aserrín y desperdicios. Tiene ante sí un gran mapa dentro de un estuche de plástico, sobre el que hace señales con lápiz azul y rojo a medida que cada compañía señala su posición.
El comandante Glatigny, que viene de inspeccionar los morteros, se sienta a su lado.
— No se presenta demasiado mal la cosa — dice Raspéguy —. El cerco se va apretando y los muchachos se portan bien. ¿Pérdidas ?
— Cuatro muertos y siete heridos. Los muertos son todos de Esclavier.
— ¿Qué hacen ahora?
— El grupo de Bucelier ha seguido una falla que casi desemboca en la posición de los rebeldes. Se han creído con la talla suficiente para roer el hueso y han tirado hacia delante a pesar de mis órdenes. Piniéres, que se ha lanzado en su ayuda, tiene metralla en el brazo, pero no quiere que lo evacúen.
— ¿Puede aguantar?
— Sí.
— Entonces es cosa suya.
— La muerte de Merle ha sido un duro golpe para él. Era novio de su hermana y creo que esta muerte lo ha roto todo.
Con un movimiento de la mano, Raspéguy da a entender que esto ya no tiene importancia y que pertenece al pasado. Ahora sólo le interesa la banda rebelde cogida en la trampa, pero que va a hacer lo imposible por escapar.
El coronel se inclina de nuevo sobre el mapa. La sombra del casquete le tapa la parte superior del rostro.
— ¡Glatigny!
— Sí, mi coronel.
— Si usted fuera Si-Lahcen y estuviera cercado con un centenar de hombres sobre un picacho, con pocos víveres, agua y municiones, ¿qué haría?
— Yo no me hubiera dejado coger en el picacho. Según mi parecer, Si-Lahcen debe esperar la noche para intentar cruzar el oued y ganar el valle.
— Muy justo; es lo que hará. Pero, ¿por qué lado?
— Por el flanco derecho; es el más fácil para él.
— No; por la falla de la izquierda para que sus hombres tengan poca distancia que recorrer antes de lanzarse sobre los nuestros y derrotarlos. Su última probabilidad es un combate cuerpo a cuerpo.
Raspéguy descuelga el auricular del teléfono y llama:
— Autoridad azul de Passavant.
— Autoridad azul contesta.
— ¿Qué hay, Esclavier?
— Me costó mucho trabajo hacer retroceder a Bucelier. Le disparaban encima, pero no quería hacer marcha atrás y dejar allí los cuerpos de sus cuatro compañeros...
— La banda es vuestra; la tendréis esta noche; prepárate.
Llega corriendo un telegrafista.
— Le llaman de P..., mi coronel; sí, el coronel Quarterolles; es urgente.
— Con él todo es urgente. Trae aquí el aparato.
El hombre coloca el "300" al lado de Raspéguy, que agarra el auricular, pero lo mantiene a cierta distancia, pues al otro lado del hilo Quarterolles grita como si lo despellejasen vivo:
— ¡Envíeme su helicóptero inmediatamente, para poder dirigirme a su posición!
— El helicóptero se utiliza exclusivamente para el trasporte de los heridos, mi coronel, y ya tenemos muchos heridos.
— Es una orden.
-— Si tiene tanto interés, venga a pie. Por mí, terminado.
Y Raspéguy corta el contacto dando orden al radiotelegrafista de que interrumpa cualquier comunicación con P... Después se vuelve hacia Glatigny.
— Ya han muerto varios soldados y todavía van a morir más a causa de ese Quarterolles, que quiere venir a pavonearse en helicóptero a dar golpecitos en el hombro de nuestros muchachos, que llevan varías horas cociéndose bajo este sol, que no han tenido tiempo de comer y que ya no tienen agua en sus cantimploras, y a preguntarles paternalmente: "¿Cómo va eso, pequeño?" Y él tiene el vientre repleto de cerveza y se acaba de levantar de la mesa . . .
— A pesar de todo es el comandante del sector, mi coronel. Y es muy grave poner en pleito la jerarquía del Ejército. En este caso preciso quizá tenga usted razón. Pero en otros casos, en la mayoría de los casos . . .
— Jacques . . . — es la primera vez que Raspéguy lo llama por su nombre, admitiéndolo así en su familia militar como a Esclavier y a Boudin —. ¿Crees que no me doy cuenta de este peligro? Pero si queremos ganar esta guerra tendremos que liberarnos de muchas trabas. Todos somos responsables y solidarios. Lo que han hecho Esclavier y Boisfeuras, condenado por todos los reglamentos militares, nos permite poder capturar hoy a esta banda. No me gustan los asesinatos ni las torturas, pero estimo que tú, yo y todos nosotros hemos cometido los degollamientos de Rahlen, hemos obligado a hablar a Ahmed y hemos descubierto a todos sus compinches de P...
— ¿Y Dios no cuenta, mi coronel? ,
— Esta noche, Esclavier y sus reclutas se batirán en igualdad de condiciones con los jellaga de Si-Lahcen. En este combate arreglarán su cuenta personal con Dios y su conciencia. Esta noche se confesarán con la muerte. Y no intervendremos, a menos que no aguanten el golpe, pero sé que lo aguantarán.
Raspéguy apoya su espalda contra una roca y Glatigny presiente que está buceando en su propia conciencia y que va a buscar en sus recuerdos sangrantes, dolorosos y excitativos la fuerza para proseguir su lucha.
Pero Raspéguy piensa en un lado de aguas negras y putrefactas, lleno de ramas muertas, de juncos, atravesados por peces silenciosos con olor a limo. Y se deja deslizar suavemente en estas aguas, con el estómago contraído y las narices apretadas, obligado a luchar contra su miedo y su asco.
La radio rechina.
— Amaranto llama a Violeta. Enviadnos granadas; no tenemos.
Vuelve a comenzar la caza y repercuten los estallidos de las bombas y las explosiones de los morteros, amplificándose en el fondo de los valles.
Con la cabeza entre las manos, Glatigny se acuerda de la garganta de los meo y de las bombas con dispositivo de acción retardada...
Se hace la noche, apaciguadora; nadie dispara. Parece como si los hombres hubiesen olvidado sus disputas y se fuesen a aprovechar de esta paz y de este silencio para que sus amigos y enemigos se coloquen en torno al fuego y, libres del peso de su cólera, de su valor y de sus crímenes, se hagan confidencias, hablen de sus casas, de sus mujeres de anchas caderas y cuerpo acogedor, de sus granjas llenas de cosechas, de los corderos que se asan al fuego y de los gritos de los niños.
Pero alrededor del picacho, insensibles a la magia de la noche, los aparatos de radio, con sus lamparitas color de naranja, graznan más fuerte que los grillos.
— Passavant de azul; llegan junto a nosotros.
Es la voz de Esclavier. Glatigny y Raspéguy se pegan al radiotelegrafista.
Esclavier tiene apostados sus hombres a media pendiente de la falla, precisamente en el lugar donde se ensancha. No forman una línea continuada, sino que están distribuidos en pequeños grupos de dos o tres hombres, ocultos en trincheras o escondidos detrás de los peñascos. Están escalonados a lo largo de más de doscientos metros. En reserva, junto al oued, la compañía de Piniéres.
La noche es oscura; la luna no saldrá hasta dentro de una hora.
El deslizamiento de unas piedras da el alerta a los hombres de los puestos de vanguardia, e inmediatamente los fellaga caen sobre ellos lanzando gritos.
Toda la falla arde, los F. M. disparan largas y demoledoras ráfagas, las granadas explotan con sordo raido. Los morteros disparan bengalas que se ciernen suavemente por encima de las gargantas y de las crestas, dándoles un teatral aspecto de paisaje de cartón.
Bucelier se halla junto a un fusil ametrallador que acaba de encasquillarse y el tirador, excitado, no consigue colocar un nuevo cargador. Lo empuja para ocupar su puesto. De pronto se siente aplastado por un cuerpo que rueda sobre él, un cuerpo voluminoso envuelto en una djellaba áspera. Siente una violenta sacudida en todos sus músculos, mientras que un relámpago arranca y despedaza las tinieblas que lo rodean.
"Me han atrapado como a Bistenave", piensa Bucelier.
Pero con la cabeza hundida en la djellaba, que apesta a sudor, no siente nada.
Poco después oye gritos, órdenes y la voz gruñona del teniente Piniéres. Las ametralladoras siguen disparando en pequeñas ráfagas cortas, secas y rabiosas. Los hombres se inquietan por él. Oye a Santucci que pregunta:
— Pero, ¿dónde está Bucelier?
Tiene deseos de llorar, enternecido, porque hablan de él como si todavía viviese. Estúpidamente piensa:
"Es bueno tener compañeros, no morirse solo en medio de extraños, como en un accidente de automóvil."
El cuerpo que está encima de él sigue blando y caliente, pero no se mueve, y huele a vómitos y a orines. Grita y oye con admiración esta voz extraña que es suya y que dice:
— ¡Amigos, por aquí! Soy yo, Bucelier.
Apartan el cuerpo del fellaga y el sargento ve primero las estrellas del cielo, indiferentes; después los rostros de sus compañeros. Dos manos le palpan el cuerpo, pero sin hacerle daño; le abren la guerrera del uniforme y le despojan del cinturón.
— Pero no tiene nada, nada en absoluto — le dice Esclavier.
El capitán le ayuda a salir de su agujero. Bucelier está cubierto de sangre, pero no tiene ninguna herida. Entonces estalla en una carcajada, una explosión nerviosa que termina en una especie de hipo. Esclavier le pasa el brazo por encima de los hombros y lo sostiene pegado a él como si fuera un niño perdido a quien acabasen de encontrar.
— Has tenido suerte, ¿sabes, Bucelier? El fellaga que se había arrojado encima de ti fue abrasado por una granada que le lanzó uno de sus compinches. Baja hasta el oued; el enfermero te dará algo de beber, y, después, vuelve, si crees que puedes aguantar. Todavía no hemos terminado.
— ¿Pasaron, capitán?
— No, pero lo volverán a intentar. A pesar de todo se dejaron treinta tipos en el suelo.
— ¿Y nosotros?
— Algunos.
Bucelier ya no olvidará nunca más el rasgo de ternura del capitán al pasarle el brazo alrededor de los hombros.
Trascurre un buen cuarto de hora y los fellaga intentan de nuevo abrir una brecha. Esta vez soporta el choque la compañía de Piniéres. Pero los hombres de Si-Lahcen no pueden llegar hasta el cuerpo a cuerpo, y la luna, que ya ha salido, ilumina duramente la garganta y los confusos combates que en ella se desarrollan.
Cuando los fellaga se desbandan, el teniente ve detrás de ellos a un hombrecillo que se destaca sobre el fondo del cielo. Dispara su ametralladora sobre los que huyen para tratar de reanudar la lucha.
Piniéres toma su carabina y de pie, con las piernas arqueadas apunta con extremo cuidado; dispara una vez, dos, tres veces . . .
Si-Lahcen cae de rodillas, soltando su metralleta; después rueda unos metros sobre la pendiente y sus puños, cerrados en un principio, se abren. Piniéres lo registra y de su bolsillo extrae la medalla militar. En su cartera encuentra también su cartilla de pensión y el texto de su última citación de Indochina.
— En esta guerra hay algo que suena a falso — dice Piniéres a Esclavier.
Algunos fellaga refugiados en sus trincheras tratan de defenderse, pero al alba son desalojados de sus escondrijos. Cinco o seis se rinden, los otros se dejan aniquilar.
El regimiento, llevándose sus muertos, desciende del djebel hacia P... En la ciudad ya están informados de la muerte de Si-Lahcen y del exterminio de su banda; se sabe que la lucha ha sido dura y despiadada y que todos se han batido bien.
Al pasar los paracaidistas, unos viejos chibanis, cuyos hijos quizá han muerto en el djebel, les hacen señas amistosas ostentando en sus djellabas grises todas sus medallas. No saludan el enemigo, sino sencillamente a aquellos a quienes Dios ha protegido hoy.
Al día siguiente tiene lugar una ceremonia religiosa y militar en honor de los doce muertos del 10 ° R. P. C, caídos en el curso del último combate. Siete de ellos eran reclutas.
Los ataúdes se cargan en un G. M. C. Han sido construidos con madera blanca; las tablas y clavos son los prescritos por los reglamentos de intendencia.
Raspéguy toma la palabra y se dirige únicamente a los reclutas:
— Os habéis batido bien. Pagasteis caro el derecho a ser de los nuestros; todos los que formulen la petición saltarán en paracaídas cuando regresemos a Argel. Señores, esta mañana estoy muy orgulloso de saludarles.
Y en posición de firmes, desplegando su elevada estatura y sus anchos hombros, Raspéguy saluda al camión que parte con los ataúdes de la intendencia y a los centenares de rostros fijos en él, a los amotinados de Versalles, cuya expresión aparece desencajada por la fatiga, pero feliz, pues la lucha les ha librado del recuerdo sangriento de Rahlem.
Luego, acompañado por el comandante de Glatigny y el capitán Boisfeuras, Raspéguy va a despedirse del coronel Quarterolles.
— Mi coronel — le dice —, tengo un regalo para usted.
Saca del bolsillo la medalla militar de Si-Lahcen y la coloca sobre la mesa del despacho, así como un papel plegado en cuatro partes y deformado por la lluvia y el sudor.
— Es una citación de Indochina, mi coronel; una simple citación, pero que le valió al sargento Si-Lahcen su medalla militar.
Respéguy se pone en posición de firmes como si citase al rebelde una vez más a la orden del Ejército.
— "Sargento Si-Lahcen, del tercer regimiento de tiradores argelinos, magnífico adiestrador de hombres, espléndido combatiente, asediado en el interior de un puesto por fuerzas infinitamente superiores, habiendo muerto su oficial superior, tomó el mando y, aunque gravemente herido, se negó a rendirse, y resistió durante seis horas hasta que llegaron refuerzos." Este es el mismo Si-Lahcen, mi coronel, que el teniente Piniéres acaba de derribar, mientras trataba de evitar el derrumbamiento de sus hombres. Nos hubiese sido mucho más fácil haberlo podido conservar con nosotros — y dirigiéndose al alcalde, le dice — : Me olvidaba, señor alcalde: creo que el capitán Boisfeuras tiene algo para usted.
— Es un recibo de entrega al F. L. N. — dice con irónica sonrisa Boisfeuras.
—Es falso — dice Vesselier.
—Un recibo que no está a su nombre, sino al de Pedro Artaz, jefe de cultivo de su granja de las Bouganvillées. Me parece extraño que Pedro Artaz, que sólo gana 40.000 francos al mes, con mujer y tres niños, saque de su bolsillo 400.000 francos todos los trimestres.
— También yo tengo mi regalo — dice Glatigny —. Es para el capitán Moine. Una carta dirigida por Ahmed a Si-Lahcen y que encontré entre sus papeles.
Moine, como siempre, chupa una vieja colilla a la par que alza un poco la cabeza y sus ojillos dejan escapar un odio preciso y animal hacia el comandante de una fina silueta que, con un pie sobre una silla, lee la misiva de Ahmed:
Hermano Lahcen:
Por lo que respecta al capitán Moine no has de inquietarte. Está borracho todas las noches y debe 300.000 francos a Mé-chain, el tendero. Si se mueve, podemos hacerle cantar. Pero es demasiado torpe, perezoso y cobarde...
— Tenga la carta, capitán...
Sin moverse, Moine tiende la mano hacia el papel.
El coronel Quarterolles trata de reaccionar:
— He ordenado que se hagan un cierto número de proposiciones para citaciones, pues debo reconocer que sus hombres se han portado admirablemente.
Raspéguy responde con gran cortesía:
— Mi coronel, tengo por costumbre recompensar en persona a mis soldados vivos o muertos, y no cedo a nadie el derecho de sustituirme en este trabajo.
Saluda y se retira con sus dos oficiales. Moine rasga la carta en pequeños trozos y después los aplasta con los pies.
— Mi coronel, espero que hará un informe sobre el comportamiento de los oficiales de Raspéguy en P... Han torturado y liquidado a Ahmed, en vez de entregarlo a la justicia.
— Pero usted, Moine, hizo lo mismo, qué sé yo cuántas veces...
— Siempre tuve la precaución de establecer un informe refrendado por la Policía. Estoy en regla . . .
El regimiento no regresa inmediatamente al campo de los Pins, sino que recorre toda la Kabylia en ayuda de las tropas del sector que montan una importante operación. . .
Los "lagartos" caminan a través de los bosques de alcornoques, entre sus sombras de tonalidad azul índigo. Bajo su calzado de jungla crujen los helechos resecos, mientras que cientos de moscas infladas de savia y de jugos se posan sobre ellos como final de un vuelo pesado y vacilante de animal borracho.
Sudan sobre los abrasadores guijarros de los Aurés y de los Nementchas, tienen la garganta seca y sueñan con los manantiales franceses medio invadidos por los berros y la acedera silvestre.
Chupan con su lengua el sudor salado que corre por sus labios. Caminan, tienden emboscadas y matan rebeldes armados con fusiles de caza o metralletas.
El 27 de julio se enteran de que los egipcios han nacionalizado el Canal de Suez, lo que no les da frío ni calor, porque ninguno de ellos es accionista de la Compañía.
Siguen caminando y devorando polvo en sus camiones renqueantes. Un día son enviados a ocupar una serie de pequeños oasis situados al pie del Atlas sahariano, con el fin de relevar a una unidad de la Legión extranjera.
Esclavier y sus dos compañías de reclutas se instalan en V..., sobre el emplazamiento de un antiguo campo romano de Cornelius Balbus. Este lugar, situado un poco al margen del oasis, domina el largo movimiento de las dunas del Sahara.
El palmar por donde corren las aguas de los seguías es fresco y huele a albaricoques. Está alveolado en una infinidad de pequeños jardines en donde crujen suavemente las norias de los pozos. Las mujeres sin velo, con el rostro tatuado y adornados con pesadas joyas de plata, sonríen a los soldados, y los niños, más insistentes que las moscas, corren tras ellos pidiéndoles chocolate o proponiéndoles el placer que las mujeres del oasis no pueden dar sin peligro.
La rebelión todavía no ha alcanzado esta región; el regimiento descansa y los oficiales se visitan unos a otros y hacen admirar sus palmares con el orgullo de felices propietarios. Raspéguy ha dejado a Boudin en Laghouat para que se ocupe de las cuestiones administrativas y de abastecimiento.
Esta noche todos los oficiales se reúnen en casa de Esclavier, que, instalado en la morada de los legionarios, posee la cocina más confortable. Tiene frigorífico y algunos ventiladores, y en la pared se puede admirar un ingenuo fresco que representa la batalla de Camerone.
Glatigny trae una gacela que mató desde su jeep; Boisfeuras, una caja de whisky, que había encargado a Argel, y Boudin les ha enviado un barrilito de vino de Mascara. Han decidido "pescarla" y se ponen a beber sistemáticamente para estar borrachos lo más pronto posible; tratan de ahogar con el vino los recuerdos molestos y dolorosos que les persiguen, tomarlos bajo el brazo y agotarse luchando con ellos, para obtener a la mañana siguiente el mal sabor de boca y la paz del corazón.
Beben primero por Merle y por todos sus compañeros muertos, después por ellos mismos, pues cualquier día les puede suceder el mismo accidente; por Si-Lahcen, a quien han tenido que matar, y por Quarterolles, Moine, Vesselier, a quienes de buena gana hubiesen fusilado. Pero a medida que se hunden en su borrachera, se olvidan de Argelia y de Francia, y pronto todos hablan o sueñan con Indochina.
Y en la misma hora, todos los oficiales, todos los suboficiales del Ejército francés, todos los que han conocido el Tonkin o la Cochinchina, la Alta Región, Camboya o Laos, ya estuviesen cómodamente en sus casas, ya preparando emboscadas o durmiendo bajo una tienda, reviven del mismo modo su mal amarillo, y se arrancan las delgadas costras que lo cubren...
Esclavier no puede soportar mucho tiempo las discusiones de los borrachos y sale para gozar de la noche azul y fresca del desierto. Comienza a caminar entre las ruinas del campo romano hasta el borde de la altiplanicie. Sentado sobre el fuste de una columna rota, contempla lo infinito del cielo y de las dunas; el miedo se apodera de él y también una especie de escalofrío que quizá sólo es debido a la frialdad de la noche. Para tranquilizarse, acaricia con sus manos la columna, y siente bajo sus dedos la inscripción que ya había observado la mañana de su llegada: Titus Caius Germánicas centurio III Legio Augusta.
Veinte siglos antes, un centurión romano había soñado junto a esta columna mientras escrutaba el fondo del desierto, esperando ver la llegada de los númidas. Se había quedado allí para defender las posesiones del Imperio, y mientras Roma se pudría, los bárbaros acampaban a sus puertas y las mujeres y las hijas de los senadores esperaban la noche para acostarse con ellos . . .
Los centuriones de África encendían grandes hogueras sobre las crestas del Atlas sahariano para hacer creer a los númidas que las legiones estaban siempre en guardia. Pero un día los númidas supieron que los legionarios sólo eran un puñado y los decapitaron, mientras que sus compañeros que habían huido a Roma eligieron un nuevo César para conseguir que se olvidase su cobardía.
El centurión Philippe Esclavier, del 10° Regimiento de paracaidistas, trata de buscar las razones que lo impulsan a encender fogatas para contener a los bárbaros y salvar a Occidente. Piensa:
"Nosotros, centuriones, somos los últimos defensores de la inocencia del hombre contra todos los que quieren esclavizarlo en nombre del pecado original, contra los comunistas que niegan el bautizo al niño, no aceptan la conversión del adulto y están siempre dispuestos a ponerla en duda, pero también contra algunos cristianos que sólo piensan en el pecado y se olvidan de la redención."
Philippe oye en la lejanía el aullido de un chacal y más cerca una canción que entonan sus compañeros, acompañándola con el golpe de los cubiertos sobre los platos...
Piensa en los comunistas; no puede remediar el sentir por ellos cierta estima como el centurión Titus Caius Germanicus la experimentaba por los nómadas que merodeaban alrededor de su campo desierto. Los comunistas tienen la franqueza de decir lo que quieren: el mundo entero. Luchan con el rostro descubierto y no se puede esperar de ellos ni tregua ni piedad. ¿Sabía Titus Caius que iba a ser decapitado?
Pero Philippe se siente invadido por el odio y el asco que le inspiran los que en París se complacen en adelantar su derrota, contra todos esos hijos de Masoch que ya gozan por el desastre.
Titus Caius debía sentir lo mismo por los progresistas de Roma. Los bárbaros, al igual que los comunistas del siglo xx, necesitan los traidores para que les abran las puertas de las ciudades. Pero los desprecian y el día de su victoria están bien decididos a exterminarlos.
— ¿Quizá podríamos nosotros impedir el derrumbamiento del Imperio trasformándonos en bárbaros, convirtiéndonos en machos asqueados de todas esas hembras y abrazando el comunismo?
Esclavier hurga en su bolsillo para encontrar un cigarrillo, y se tropieza con la carta de Guitte, la incestuosa que no quiere seguir siendo su hermana adoptiva. Como a una hermana le había dado dinero, le había comprado vestidos; incluso le había pagado las letras de su "4 CV". Sin embargo, Guitte había explicado en todas partes que era normal que la sostuviese, ya que era su amante y vivía con él.
El viejo Goldschmidt, que se había enterado de todo ello, había reprendido duramente a su hija ante el capitán. Ésta se había limitado a encogerse de hombros y a decir:
— Lo hice por ayudar a Philippe. Teme crearme una mala reputación. Ya la tengo. ¿Qué espera ahora?
Guitte había esperado una señal de Philippe, pero como éste no había dejado traslucir nada, se había marchado a los pocos minutos y no la había vuelto a ver. Pero ahora acaba de recibir una carta suya en la que le dice que tiene un amante y que le sienta bien al cutis.
También Mina le envía tarjetas postales desde la Costa Azul, donde está de vacaciones. Representan palacios, muchachas desnudas en las playas, quitasoles, regatas y campeonatos de esquí acuático. Philippe las coloca en la pared de su vivienda y los alféreces y los aspirantes de reserva sueñan unos minutos ante esas imágenes de vacaciones.
¡Qué ridículo es todo ello en medio de la inmensidad de la noche sahariana!
Oye un gran ruido; allá, en la cocina, la mesa que se ha roto.
Marindelle se aproxima a Esclavier.
— Al fin están todos borrachos — le dice Marindelle —. Día hizo la apuesta de que saltaba por encima de la mesa, pero ha caído encima y la ha roto por la mitad. Piniéres, borracho perdido, se ha desplomado en un rincón y allí yace con su torso desnudo y cubierto de vendajes. Glatigny se balancea en su silla y fuma tranquilamente su pipa, mientras Boisfeuras se entrena a clavar su puñal en la puerta.
— ¿Y Raspéguy?
— No dice nada; come, bebe y corta el pan con su cuchillo. Este tipo de borrachera sistemática le desagrada. Estima que son fuerza, tiempo y palabras que se malgastan.
— ¿Y tú, Ivés?
— La cosa no marcha.
— ¿Tu mujer?
— Ya no la quiero, pero tengo que librarme de su costumbre. Se trata de algo más serio. Es posible que los franceses y los ingleses intervengan en Egipto a propósito del Canal de Suez. ¿Sabes que tenemos en el bote a todo el Estado Mayor de Argel desde la historia de P... ?
— No estoy muy orgulloso de esa historia . . . Decimos que hemos venido a defender a los argelinos de la barbarie del F. L. N, y mis hombres y yo nos condujimos como los matarifes de Ahmed y de Si-Lahcen.
— Estamos aquí para ganar, ya lo sabes, y sólo para eso. Y gracias al ejemplo que diste en Rahem, aniquilamos la banda mejor organizada de Argelia, salvando así la vida a cientos o a miles de hombres, mujeres y niños.
— Cuando entré con el puñal en la mano en las mechtas, no sabía lo que iba a resultar de todo aquello. Me gustaría hacer una guerra que no fuese una guerra civil, una hermosa guerra leal en lo que sólo hubiese amigos y enemigos, sin traidores, sin espías y sin colabos. Una guerra dónde la sangre no se mezclara con la mierda.
Raspéguy se acerca a ellos.
— No se está mal en este rincón — dice —. Sería bueno quedarnos aquí algún tiempo más, pero dentro de una semana regresamos a Argel. Nos acaban de poner en reserva general.
— ¿Y eso qué quiere decir, mi coronel ? — pregunta Esclavier.
Raspéguy pone sus dos manos sobre los hombros de los dos capitanes y se apoya fuertemente sobre ellos.
— Eso quiere decir que seremos nosotros los que ocuparemos El Cairo.
Dos semanas después, el 10° R. P. C. se instala de nuevo en su acantonamiento del campo de los Pins.
Antes de que sean licenciados los reclutas que acaban de "cumplir sus seis meses", Raspéguy quiere conceder su título de paracaidistas a los que lo soliciten. Todos los reclutas que participaron en el asunto de Rahlem se presentan voluntarios.
— Creo que no podemos hacer nada mejor que esto — dice Bucelier.
Es incapaz de explicar las causas, pero siente que tiene que ser así. Cinco o seis soldados que temen las dificultades del entrenamiento o romperse una pierna en el momento en que van a regresar a Francia, tratan de hacerse los suecos. Pero sus compañeros no los dejan en paz hasta que se decidan a saltar también.
Una tarde, a las seis, durante la conferencia de prensa cotidiana en el Gobierno General, el capitán del servicio de prensa de la 10a. Región anuncia que "los amotinados de Versalles se lanzarán en paracaídas, en el club de los Pins, pocos días antes de ser reexpedidos a Francia, y que todos se han presentado voluntarios". El teniente coronel Raspéguy, que manda la unidad a la que pertenecen, invita a los periodistas.
El portavoz que asiste a la reunión se va hacia un rincón con Villéle, su cabeza de turco.
— Usted escribirá esto en su artículo, ¿eh, señor Villéle?
Que unos reclutas amotinados, unos cocos, piden saltar en paracaídas al abandonar Argelia.
— Lo comprobaré antes — contesta Villéle —. Iré allí, y si es cierto, lo escribiré.
Se dirige a Pasfeuro:
— ¿Vienes?
Bajan la ancha escalera del Forum hasta el monumento a los muertos, y entran en un café, donde piden dos anises.
— ¿Estabas al corriente de esa historia? — pregunta Villéle —. Tú conoces bien al equipo de Raspéguy, sobre todo a ese Marindelle — dice burlonamente.
— Un día, querido Villéle, te voy a romper la cara si no cierras la boca sobre este punto. No, no estaba al corriente.
— ¿Vamos ?
— ¿Te has comprometido a ir? ¿Me necesitas?
— No . . . , pero creo que es un asunto de interés. Podrías llevarme en tu coche . . . , nos encontraríamos ante el "Aletti".
— ¿No puedes alquilarte un cacharro como todo el mundo?
— En Argel sólo estoy de tránsito. Por favor, deja que pague los anises.
Villéle se pregunta por un momento cuál sería la reacción de Pasfeuro si supiese que acostumbra a cargar a Influences el alquiler del automóvil cuando utiliza exclusivamente el de su compañero. Incluso ha encontrado la forma de conseguir facturas en blanco de "Europe-Cars".
Ante dos o tres generales, algunos coroneles y una decena de periodistas, doscientos reclutas, precedidos por el capitán Esclavier, se lanzan por séptima vez desde lo alto del cielo. Sus paracaídas se mecen unos momentos en el aire. Tirando de sus cuerdas suspensorias, aterrizan sin accidente alguno, recibiendo de manos del coronel Raspéguy la brillante insignia de los paracaidistas.
Después desfilan, regresan a su acantonamiento y preparan sus paquetes. Bucelier, que ha pedido el renganche, porque ahora tiene miedo de regresar a Francia, los ve actuar con la garganta apretada.
Los otros ya están liberados; han saltado. Pero él todavía no lo está; por lo menos es lo que piensa.
El coronel Raspéguy, Esclavier y Piniéres acompañan a los reclutas que embarcan en el S'tdi Brahim; quieren permanecer con ellos hasta que suelte sus amarras. Pasfeuro, Villéle, Marindelle y Boisfeuras, los aguardan en el "Aletti", se emborrachan.
Después del quinto whisky, Boisfeuras habla del salto de Leucade.[33]
— Conocí en Birmania — explica — a un inglés, un tipo raro, que nos lanzaron en paracaídas una mañana con algunos bidones de gasolina, destinados a otra unidad que, por lo menos, poseía vehículos, lo que no era nuestro caso. El hombre sí que venía destinado a nosotros . . . Era un especialista . . . , pero de la Grecia antigua. Si ignoraba todo lo del Extremo Oriente, sabía muchas cosas sobre Grecia y sus costumbres esotéricas. Sólo servía para hablar y muchas veces tuve que escucharlo. Una noche, mientras los mosquitos estaban a punto de devorarnos, y nos esforzábamos en tragar unas raciones de carne escabechada, me preguntó:
— ¿Conoce el origen del paracaídas? ¡No, claro! ¿Y la isla de Leucade, en Grecia? Tampoco, ¿verdad?
Resultaba bastante cargante que, después de haber estado gimoteando todo el día, recobrase su aire doctrinal.
— Pues bien — prosiguió —. En Leucade nació el paracaídas! Hay en Leucade un peñón blanco dedicado a Apolo (Leucade, de Xeuxoa blanco; ¿conoce el griego, teniente?), que tiene una altura de cuarenta metros y desde el cual, ya en una época muy antigua, digamos protohistórica, es decir, entre la historia y la prehistoria, se precipitaba a los hombres en holocausto del dios Sol. Las víctimas eran jóvenes de uno y otro sexo a quienes se imputaban todos los crímenes de la colectividad, al igual que la víctima propiciatoria del Levítico. En una época más cercana a la nuestra, los sacerdotes de Apolo buscaron voluntarios entre los enfermos incurables, los criminales y los desgraciados en amor, pues todo ello era la misma cosa para los antiguos. El mal amado es un culpable; retenga esto bien, teniente . . .
Marindelle está a punto de volcar su vaso.
"El mal amado es un culpable . . .", piensa.
Boisfeuras, interrumpiendo su relato con incisos burlones e imitando la mímica del arqueólo-paracaidista, prosigue:
— Se cuenta que Safo dio el salto de Leucade por desesperación amorosa; pero, ¿qué Safo? Existían dos, la una cortesana y la otra poetisa. Mujer que escribe, apenas ama . . . Debió saltar la cortesana. El que sobrevivía a tal salto se redimía de sus culpas y estaba seguro de obtener lo que deseara. Los sacerdotes humanizaron el salto y apostaron barcas para recoger a los que se zambullían. Pero llegó el día en que nadie quiso correr tales riesgos; las civilizaciones, al desarrollarse, eliminan el heroísmo. Los desesperados de amor se hacían más discretos o caían en ridículo. Entonces, en el lugar de los que buscaban redimirse de una culpa, fueron los sacerdotes quienes se propusieron saltar mediante una suma de dinero, se entrenaron seriamente, hicieron gimnasia, endurecieron sus músculos, ejercitaron sus reflejos y aprendieron a caer. Para aminorar la velocidad de su caída, se ataban plumas, pájaros y no sé qué más. . .; en otras palabras, el paracaídas. Teniente, yo ya sabía todo esto al saltar, y quizá por ello me torcí el tobillo. Fui la cabeza de turco de la Universidad de Oxford; ya estoy tranquilo.
Boisfeuras termina su copa, pide otro whisky y lanza estas extrañas palabras:
— Bebo por el salto de Leucade que hoy llevaron a cabo los doscientos reclutas de Esclavier para redimirse de una falta que creyeron haber cometido.
— ¿Cuál? — pregunta Pasfeuro.
— ¿No ha oído hablar de las mechtas de Rahlem?
— No --dice Villéle.
Villéle está a punto de solicitar detalles concretos, pero su fino instinto se lo impide; en la reunión de esta tarde se tolera su presencia, y basta.
— A propósito — sigue diciendo Boisfeuras —. Me olvidaba deciros lo que le ocurrió a mi inglés. Los dioses estimaron que no estaba suficientemente limpio de culpas, o bien los pecados de la Universidad de Oxford pesaban demasiado. En el curso de un segundo lanzamiento, le falló el dispositivo y se estrelló contra el suelo.
Apoyados sobre la balaustrada recubierta por las flores malvas de las bougainvilleas, Glatigny y Esclavier contemplan Argel. Acaban de levantarse, están con su albornoz, y esperan a que Mahmoud les sirva el desayuno en la terraza. Etienne Vincent, antiguo amigo de Glatigny, los ha invitado a permanecer en su villa del balcón de Saint Raphael todo el tiempo que dure su estancia en Argel.
Glatigny admira la disposición escalonada de la blanca ciudad por encima de la bahía, donde dos buques mercantes, reducidos a proporciones mínimas, marcan con largos surcos paralelos el mar de la mañana, liso y gris como la seda. Con voz lenta, y sin darse la vuelta, dice:
— Un amigo mío marino me ha afirmado que a la altura de Argel el aire de la mañana tiene una cualidad peculiar única en el mundo, mezcla de sal, de brea, de pino, de aceite virgen y de flores. Me gusta Argel, pero me produce una vaga sensación de inquietud. Es también una ciudad desconcertante que siempre me ha sorprendido con sus reacciones. Los argelinos, ¡toma!, ahí tienes a los Vincent . . . Tienen dos mil hectáreas de viñedos y se los cuenta entre los más opulentos colonos de Mitidja. Etienne, claro, tiene tendencia a medir el valor de las gentes en pies de viñas o de naranjos, y Juliette tiene el esnobismo propio de una rica burguesa de provincia . . .
— Es la primera vez que te veo tan lírico, Jacques. ¿El aire de Argel?
Esclavier respira la brisa que viene del mar, tratando de encontrarle la sal, la brea, los pinos y el aceite virgen; pero el aire de Argel no le sugiere ningún enervamiento. Sólo le encuentra un olor desabrido y salado.
— Etienne Vincent estuvo conmigo en Italia — prosigue Glatigny —. Resultó herido en el Garigliano y es un milagro que viva todavía. Pertenecía a aquella promoción de Cherchel cuyos alféreces resultaron heridos o muertos en su totalidad, una promoción de pieds noirs y de evadidos de Francia. Cumplido su cometido se desembarazaron de ellos. Etienne ama a su tierra con la aspereza de un campesino de los Cevennes, a su ciudad, como un burgués de la Edad Media, siempre dispuesto a tomar la pica y el casco para montar sobre las fortificaciones, y a Francia con la ingenuidad de un descamisado. Philippe, no te obstines y abandónate en los brazos de esta ciudad.
— No — dice Esclavier —. Soy hijo del Mediterráneo. Me gusta el sol, la pereza, las frases y las muchachas bien hechas. Tengo cierto gusto por la jurisprudencia y la retórica, por las terrazas de los cafés y por la República, por la escuela laica y los grandes principios. Soy el heredero de los griegos charlatanes y demagogos y de los grandes funcionarios de Roma, pero no me gusta Argel.
— Aquí tienes el mar y el sol. La raza es bella, joven y atlética, las mujeres bronceadas y de piernas largas y los muchachos viriles y musculosos.
— Sí, pero hablan... ¡Y con qué acento! El más vulgar que conozco.
— Lo mismo que en el Mediodía francés, tienes terrazas de café, jugadores de belote y francmasones que preparan elecciones interminablemente . . . ; pero también yaouleds, vendedores de cigarrillos o limpiabotas . . . , todos esos gorriones saqueadores de las aceras de Argel. El olor del Mediterráneo es un poco más fuerte que el de la otra costa. Es el olor de los berberiscos que ya se encuentra en España; una mezcla de ámbar y de macho cabrío.
Esclavier menea la cabeza.
— No conseguirás que admire a Argel; es una ciudad puritana, a la española. Las muchachas son provocativas, pero ante todo quieren conservar su virginidad, porque es una moneda todavía en curso entre los berberiscos. El dinero parece ser la única escala de valor entre estos nuevos ricos. La suficiencia y la jactancia de estas gentes groseras me es más inaguantable que la de los árabes. Su forma de hablar, a base de comparaciones sexuales; su concepción del honor, que acaba justamente en la parte inferior del vientre, y la perpetua afirmación de su virilidad me molestan.
— Philippe, eres un falso latino de París, un gran burgués purista. Eres incapaz de divertirte con las tribulaciones de una familia de Bab-el-Oued que sale un domingo de excursión a la playa, con su sartén, su marmita y sus provisiones. Van acompañados de los hijos y de los abuelos, de los primos y las tías viejas. Es una sucesión de gags de lo más regocijante. Las réplicas son divertidas, casi siempre sabrosas. Nuestros pataoueds pasan de la ira a la risa, del insulto — y sólo Dios sabe su especialidad en insultos — al abrazo, de las lágrimas a la broma, siempre con la más absoluta convicción. Francia, ya lo comprobamos al volver de Indochina, se está convirtiendo en un gran cementerio en donde se pasean muertos muy distinguidos. En Argel, por lo menos, se vive con exuberancia. A veces lamento no haber nacido en una callejuela de Bab-el-Oued. Habría conocido esa magnífica niñez, chillona y despeinada, incluso con el riesgo de que después me juzgaras grosero y un poco limitado.
— ¿Te han faltado el sol y la porquería?
— Por completo; mis padres eran distinguidos, muy distinguidos y muy aburridos.
Llega Mahmoud, deslizándose sobre sus babuchas. En una gran bandeja de cobre trae pesados racimos de uvas de la Mitidja, de piel negra y trasparente; naranjas y mandarinas, peras amarillas como la manteca y manzanas rojas, como mejillas de niño, acabadas de recoger en el jardín de la finca.
La luz es ahora más viva, pero la atmósfera sigue teniendo la trasparencia del alba. Se agitan las prendas puestas a secar en los tejados de las casas, y un comerciante árabe montado en su burro hace el pregón de sus legumbres.
— Me gusta Argel — dice una vez más Glatigny —. Me siento cómodo en esta ciudad, me encuentro en armonía con ella; nunca podré admitir que se abandone.
— Yo tampoco . . . , pues no tenemos derecho a abandonar nada; pero pienso así por principio, no por inclinación. Me desagrada Argel.
Poco después se une a ellos Etienne Vincent. Cojea y, a pesar de su tez bronceada, de sus fuertes hombros y de su rostro, que trata de endurecer, se nota que un misterioso resorte se ha roto en su interior. Hace tres meses que bebe mucho y sus ojos se estrían de venitas rojas.
El colono tiene miedo. El miedo está constantemente fijo en su ánimo y no lo puede conjugar yendo al combate. Se deja caer en un sillón de roten.
— La noche pasada estalló una bomba en la finca de Salem-bier; hubo muchas pérdidas. En Telemmi lanzaron dos granadas y en la cuesta de Bugeaud dispararon tiros de revólver; una granja fue incendiada en Maillot... Los fellaga hicieron rehenes a todos los europeos que se encontraban en ella: mujeres, niños, todo el mundo. Fueron descubiertos después un poco más lejos, y todos habían sido tratados de la misma forma . . .
Suelta esta serie de horrores y de catástrofes con voz neutra, monocorde; tiene las manos sobre los brazos del sillón — bellas manos, nerviosas y musculadas — y tiemblan suavemente. Finalmente dice:
— Es muy simple ser soldado, muy simple; me gustaría poderme alistar . . .
Rechaza una taza de café y se marcha. Glatigny comprende que va a beber alcohol a su habitación.
— ¿Sabes, Philippe? Etienne fue uno de los mejores combatientes que conocí. ¿Qué vas a hacer esta mañana?
— Tengo que regresar al campamento. Es preciso que firme un montón de papelotes . . . ; después me bañaré en el club de los Pins.
— ¿Sabes que esa playa particular es el sitio más elegante de Argel? Hubo que forcejear bastante con los miembros del club para que autorizasen a los oficiales paracaidistas a tumbarse en sus arenas.
— Esos señores temen por sus mujeres. ¿Tanto miedo tienen a ser cornudos ?
Glatigny llena su pipa con lentitud, la enciende y larga dos o tres bocanadas. Este cuidado que pone en realizar actos sencillos, con cierta gravedad y mucha lentitud, tiene el don de enervar a Philippe. En el momento en que el capitán abandona la terraza, la voz zumbona de Glatigny le hace dar la vuelta:
— Los argelinos no son más cornudos que el resto de los hombres, Philippe; pero gritan y protestan mucho más fuertemente. No olvides la cena de esta noche; "el todo Argel" estará allí.
Tomando el sol sobre la playa del club de los Pins, Esclavier, que tiene los ojos cerrados, se encuentra en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia. La resaca del mar, los gritos de los niños que se persiguen y el rumor del viento en el pinar se mezclan con las imágenes incoherentes de su sueño, les sirven de fondo sonoro y dan a cada una de ellas una realidad.
Etienne Vincent, con un fusil en la mano y vestido con traje de gala, manda una patrulla en un bosque de alcornoques en la Gran Kabylia. Saca una gigantesca botella de coñac de su bolsillo y dice que es necesario beberse a Argelia mientras esté aún fresca. Glatigny rechaza con la mano el alcohol que Vincent le tiende, pero Esclavier, por cortesía y porque no le gusta Argel, se cree obligado a aceptar. El coñac es dulzón y viscoso como la sangre . . .
Una voz de mujer, que suena muy cercana a él, le arranca de esta incoherente imagen. La mujer dice:
— Duerme como un tronco.
La voz es agradable y fresca. Le parece que se posa sobre él como una mariposa. Prudente, otra voz pregunta:
— ¿Quién es? Nunca lo vi por el club.
— Un frangaoui.[34] ¿No ves que es blanco como una pastilla de aspirina? Tiene una cicatriz en el vientre y otra en el pecho . . . Es delgado . . . Luego, es un oficial.
— No quieras dártelas de lista; has visto la placa de plata de su muñeca.
— No he visto nada, pero entiendo de psicología.
Esclavier entreabre prudentemente los ojos y ve a dos mujeres jóvenes instaladas sobre sus toallas de baño y que se untan la piel con aceite.
Una es morena, grande y delgada, con modales un tanto masculinos. Parece tener veintiocho o treinta años, todo lo más. La otra es de rubio ceniza y cuando ella se levanta, Esclavier compara su cuerpo, lleno de juventud, con la madera de un arco, ligera y dura a la vez. La rubia es la que ha hablado de pastilla de aspirina. Su amiga la llama Isabelle. Siguen su conversación:
— Isabelle, ¿vienes a mi casa esta noche? Bert estará allí . . .
— Bert me aburre. Es triste y siempre parece que va a pedirle a mi marido autorización para hacerme la corte. Me dan ganas de pegarle . . . Como en el balcón de Saint Raphael, en casa de los Vincent. ¿No te han invitado?
— No pertenezco a la nobleza de bolsillo como tú . . .
— Juliette me ha dicho que habrá un conde . . . , auténtico, con cruzadas y todo lo demás . . . Es comandante de paracaidistas . . . , ya sabes, de esos paracaidistas con casquete . . .
Esclavier, muy divertido, se levanta y se pone de rodillas al lado de las dos mujeres. Parecen muy sorprendidas.
— El comandante Glatigny — dice — es padre de cinco niños, buen cristiano y fiel a su mujer. Me presento, capitán Philippe Esclavier, del 10° Regimiento de Paracaidistas con casquete. También me alojo en casa de los Vincent. Si parezco una tableta de aspirina es porque en los djebels tuvimos poco tiempo para tomar baños de sol. Soy soltero y sin ninguna moralidad . . .
— Capitán — le dice Isabelle en un tono de voz que se esfuerza por ser seco, pues la insolencia del paracaidista no le desagrada —, en Argelia no acostumbramos a dejarnos abordar en la playa por un desconocido. Aquí no se estilan estas cosas.
—Ya sé; soy un abominable frangaoui . . .
— Pero ya que es amigo de los Vincent, no se quede ahí plantado sobre sus rodillas como si esperase la salida para una carrera. Siéntese.
La morena enciende un cigarrillo con un encendedor de oro que saca de su bolso. Piensa que los hombres carecen de sentido común. De entrada se interesan siempre por Isabelle, que trasforma el amor en un juego estéril y decepcionante; es frígida y, por lo tanto, provocativa. En cambio, ella, Elisabeth, sabe ser acogedora, dulce y maternal con esos hombres-niños, duros y tiernos, ingenuos y sombríos, que vienen de la guerra y pronto regresarán a ella.
Le gustaría ofrecer al capitán la habitación de los amigos, que reserva para sus huéspedes y para sus amantes, en su antigua casa de estilo morisco que domina el barranco de la Mujer Salvaje.
Glatigny, que no tiene nada que hacer, baja a tomar el aperitivo a la rué Michelet, en el bar "Des Facultes". Tiene el propósito de comportarse como un soltero viejo y egoísta, olvidando por una vez a su mujer y a sus hijos. Irá a almorzar salmonetes asados y calamares fritos a la Pécherie.
Va caminando por las callejuelas, bajando escaleras, feliz y un tanto inquieto, como si estuviese faltando a clase; está a punto de comprar flores a un viejo árabe acurrucado junto a su cesto, pero, ¿a quién regalarlas? Un amigo le contó en una ocasión que Saint Exupéry, algunas noches, cuando estaba borracho, compraba flores y decoraba con ellas las espuertas de la basura. Pero Saint Exupéry no tenía hijos y no estaba casado con Claude.
Está sentado en la terraza del bar "Des Facultes" y pide un anís, que le sirven con grasientas aceitunas negras y pequeños trozos de queso. Una muchacha muy bella, una morena con los ojos negros y la piel aterciopelada de ciertas andaluzas, que lleva una bolsa de playa, tropieza con un joven. La bolsa cae al suelo.
En vez de recogerla y de excusarse, el joven escupe como un gato rabioso:
— ¡Mora puta, vuelve a la Kasbah!
Y sale corriendo para reunirse con una muchacha delgada y seca, con los cabellos amarillos sujetos en una cola de caballo.
— ¿No lo ha oído señor comandante? No soy más que una mora, una puta mora.
Las palabras se agolpan en su boca y salen silbando.
— Yo le pido perdón en nombre de ese pobre cretino. Por favor, cálmese. Venga, siéntese a mi mesa.
La muchacha aprieta contra su cuerpo la bolsa, como si temiese que se la arrancasen.
— ¿Usted invita a su mesa, usted, comandante de paracaidistas, a una puta mora?
— Por favor. . .
— La muchacha lo mira, vacila y se sienta a su lado, pero separando ostensiblemente su silla de la del comandante. Pide un jugo de naranja y parece más tranquila.
— El estudiante que me ha atropellado — dice — repite por segunda vez su primer año de medicina. Es un imbécil. Yo comencé al mismo tiempo que él y ahora estoy en tercer año...
— Me llamo Jacques de Glatigny — dice el comandante.
— Y yo Aicha... — está a punto de dar su apellido, pero se detiene bruscamente —. También soy de abolengo.
La fórmula hace sonreír al comandante, pero no le desagrada. El racismo y el nacionalismo extremados para él son síntesis de burgués, de advenedizo. Se siente cerca de todas las personas de abolengo, cualesquiera que sean su nación, su religión y el color de su piel, pues en ellas encuentra comunes reflejos. Aicha hace girar el pie de la copa entre sus dedos y baja la cabeza.
— Se cuenta — dice — que los lagartos han hecho correr mucha sangre en los djebels.
— Esta es una guerra penosa . . . , desagradable . . .
— Una clara represión, con cañones, carros y aviones contra pechos al descubierto. Los revolucionarios de 1789 no estarían muy orgullosos de ustedes.
— ¿Sabe usted, Aicha? Los revolucionarios de 1789 se ocuparon mucho de mi familia . . . , pero para cortarles el cuello. ¿Quiere un cigarrillo?
La muchacha lo acepta, pero el comandante ve que no sabe fumar. Moja el papel, lo rompe con los dientes y tose.
Aicha es hermosa como los frutos que les han servido por la mañana en el balcón de Saint Raphael, coloreada y rica de savia y con el pecho joven y firme. Sus labios son escarlata y no están pintados. Imagina sus muslos firmes y oscuros bajo su vestido ligero y se avergüenza de este pensamiento.
— Tengo que irme — dice ella de pronto, adoptando una expresión de astucia que no la favorece —. ¿Sería capaz de acompañarme a mi casa?
— Pues claro.
— Vivo en la Kasbah.
Glatigny paga, la toma del brazo (su piel es suave y amelocotonada) y llama a un taxi.
— Calle Bab-Azun — dice la joven al chófer— ; sí, a la entrada de la Kasbah.
El chófer, que es europeo, hace una mueca.
Un poco antes de ponerse en marcha, la patrulla detiene al taxi. Aicha aprieta su bolsa. El sargento, al ver a Glatigny, saluda y hace señas al taxista de que continúe.
La entrada de la Kasbah está cerrada con alambradas de espino. Unos zuavos, equipados con cascos, montan guardia con el dedo colocado en el gatillo de su ametralladora. El miedo mantiene crispadas y tensas las facciones de sus rostros.
Glatigny cruza las alambradas, llevando a Aicha del brazo.
— ¿La señorita va con usted, mi comandante? — le pregunta un orondo capitán, embutido en un estrecho uniforme, pero que tiene unos ojos vivos y un timbre de voz amistoso.
— Sí, capitán.
Hace señas a la joven de que pase, pero detiene a Glatigny.
— Perdón, mi comandante, pero no puede ir más lejos. No lleva armas y tendría que destacar una patrulla para que lo acompañase...
Aicha, burlona, se vuelve hacia Glatigny.
— Me gustaría volverla a ver — le pide éste.
— Mañana a la misma hora y en el mismo sitio . . ., comandante Jacques de Glatigny. . . , y gracias por el bolso.
La joven sube una escalera haciendo danzar su vestido.
El capitán de los zuavos, que se aburre, trata de iniciar una conversación. Dice a Glatigny:
— Todavía quedan en la Kasbah algunos europeos y unos pocos judíos. ¡La cosa durará lo que dure . . . !
El capitán cree que Aicha es una judía o una europea. Glatigny no tiene interés en sacarlo de su error, y le pregunta:
— ¿Tan mal van las cosas?
— Peor que mal. No podemos controlar en absoluto a los cien mil árabes de la Kasbah. Hace falta una sección de escolta para recorrer unos metros . . . Por tal motivo, los hemos cerrado con alambrada como a conejos en una gazapera. Es una estupidez. Montamos guardia ante el campo atrincherado del F.L.N. Sí, mi comandante; las cosas llegan hasta este punto.
Glatigny encuentra un gusto desagradable a los salmonetes y a las sepias y le parece que el vino clarete está avinagrado.
Aicha sube corriendo las escaleras, espantando a su paso a los gatos que devoran desperdicios ante las pesadas puertas claveteadas, con aldabas de cobre. A veces las piedras y los dinteles se adornan con dibujos; los restos de una antigua celosía se destacan en la calle. Detrás de una ventana enrejada se alza una cortina; luego se vuelve a bajar. Pero Aicha sabe que ahora ya no arriesga nada. La ley francesa, desde el mes de marzo, ya no tiene valor en la Kasbah. El Frente es dueño y señor en todas partes. Los soplones han sido liquidados o trabajan para el F. L. N.; el último disidente del M. N. A. fue muerto la víspera y las Comisarías de Policía ya no reciben visita alguna. Los policías esperan temblando a los comandos de la muerte, que un día les segarán la garganta.
Aicha está orgullosa de pertenecer a esta organización, de ser una militante que trabaja para la causa en vez de perder el tiempo en estériles estudios. Luego los reanudará, cuando la bandera verde y blanca flote sobre Argel.
En la confluencia de la rué de la Bombe y de la rué Marmol se tropieza con Fatimah, la ramera, que está acodada contra una pared. Fatimah lleva pesadas argollas de plata en las orejas (al igual que las muchachas de las tribus), un pañuelo amarillo y un jersey de largo pelo blanco; tiene la cara atrayente y firme de la mujer que ha vivido mucho.
Fatimah le guiña un ojo amistosamente y le dice al pasar:
— Dios te guarde, hermana Aicha.
Fatimah está al corriente del papel de la joven estudiante, de su peligroso trabajo; también pertenece al Frente, como todo el mundo, como toda Argelia. Entre ellos se llaman hermanos y hermanas. Y Aicha, con el corazón rebosante, se siente buena y útil, y acaricia a un niño que tiene el cráneo cubierto de tina, el cual la mira estupefacto.
En el número 22 de la rué de la Bombe llama tres veces, espera. Después llama otras dos veces más. Piensa en la cara que pondría el comandante de paracaidistas si ella le hubiera dicho:
— Llevo en mi bolsa lo suficiente para volar Argel con todos sus hermosos barrios. Voy al 22 de la rué de la Bombe, donde se encuentran los hombres que sabrán utilizarle.
Una mujer vieja, con las manos teñidas por la alheña, le abre la puerta. Mira con desprecio a la joven. La vieja Zullika sigue respetando el Islam, y considera a Aicha como una desvergonzada porque no lleva velo y se viste a la europea.
Pero Aicha sabe que el Frente, después de que haya vencido a los colonialistas, hará que todas las mujeres se quiten el velo, prohibirá la poligamia y, como en Occidente, decretará la igualdad de mujeres y hombres.
Hace poco el comandante la ha llamado señorita y le ha recogido su bolso, que contiene las espoletas que acababa de entregarle la comunista; le ha abierto la puerta del taxi y se ha inclinado ante ella. El comandante tiene una silueta fina y elegante y sus ojos son dulces y están llenos de ternura.
— Vamos — le dice Zullika con su árabe chillón —, entra, en vez de mirar a las musarañas.
Se suceden una serie de corredores, de escaleras, una terraza al aire libre que hay que cruzar, otras escaleras y otros corredores; hombres y mujeres silban suavemente a su paso o hacen señas. Todo el servicio de protección de Amar está instalado allí. Es él, pues, quien la espera.
La vieja le sirve de guía. Es muy ágil, a pesar de su edad. Dicen que es la madre de Yussef el Cuchillo. Como si ese perro pudiese tener madre.
Zullika abre una puerta en la que hay pintada, medio borrosa, una mano negra de Fatmah. En una habitación pequeña están Yussef el Cuchillo y uno de sus hombres; cada uno de ellos tiene una metralleta "Mat" en la mano: se las quitaron a unos soldados franceses después de haberlos asesinado.
— Entra, hermanita — le dice Yussef.
Hace un gesto con su mano, cubierta de pesados anillos. Trata de actuar como un hombre de mundo y fuma en una larga boquilla; pero sigue pareciendo vulgar.
— ¿Traes lo convenido?
— Sí, en el bolso. La europea me lo ha dado.
Los ojillos crueles y duros de Yussef recorren todo su cuerpo, y se detienen en los botones y en las cremalleras de su vestido . . . Pasea sobre sus labios la punta de una lengua roja y obscena, mientras que su acólito se ríe estúpidamente.
Aicha tiende su bolso a Yussef; él lo coloca sobre la mesa y toma a la muchacha del brazo por el mismo sitio que antes el comandante; pero este contacto repugna ahora a la joven, mientras que el del comandante no le ha desagradado.
— Déjeme — dice —. ¿Dónde está el hermano Amar?
La voz de la joven es insegura.
— Ahora lo verás. Estás nerviosa, mi pequeña gacela. La hija del caíd Abel el Kader Ben Mahmudi no quiere que la toquen, o, por lo menos, que Yussef la toque, porque Yussef ha nacido en el arroyo, ¿no es verdad?
La sacude mientras que su compañero se ríe cada vez más estúpidamente. Aicha se siente débil, sin defensa, infinitamente vulnerable, y Yusset estrecha su presa.
La muchacha se contrae y se retuerce. Amar entra: es un hombrecillo delicado y va vestido con cuidado. Lleva gafas con montura de oro y sus manos son tan menudas como las de los niños. Parece frágil e indefenso. Su voz es suave.
— Suéltala, Yussef.
— Era por bromear, hermano Amar.
— Suéltala y no comiences otra vez; si no el Frente se verá obligado a prescindir de ti.
Yussef da un paso hacia atrás; su fuerza, su virilidad, no le sirven de nada frente a este hombrecillo que tiene fama de no haber tocado a una mujer en su vida y al que desde hace años persigue toda la Policía. Yussef sabe que si lo excluyen del Frente morirá . . . , y quizás antes de saber que ha sido excluido . . . , lo mismo que Bud Abbot, el jefe del hampa que controlaba a todas las chicas de la Kasbah, a todos los jugadores de tchic-tchic y a los traficantes de kif. Lo llamaban Abbot porque era redondo, como el cómico norteamericano, pero su nombre era Rafai y había sido un matón temido de todos. Una ráfaga de ametralladora le enseñó que no era el amo.
Entonces Yussef estaba en Francia por un asunto de mujeres. A su regreso lo convocaron a esta misma habitación, lo obligaron a levantar los brazos y, "para purgarle", le hicieron tragar una escudilla de sal. Luego Amar le explicó la muerte de Abbot y le exigió que trabajase para el Frente con el resto de su banda.
Amar había hablado con su voz suave habitual; pero, al propio tiempo, por detrás, uno de sus guardaespaldas preparaba una cuerda para estrangular a Yussef si éste hubiese rechazado la proposición.
Yussef tiene a la pequeña Aicha en la sangre, le quema durante el sueño; pero tiene más apego a su vida.
— Ven, hermana Aicha... — dice Amar.
Amar ha exigido que se traten de hermanos; Yussef lo encuentra de lo más cómico, pero no se atreve a manifestarlo.
Amar conduce a Aicha, a lo largo de un pasillo, hasta una habitación más limpia que las demás, la cual ha sido recientemente blanqueada con cal. Por todo mobiliario, la joven ve una mesa de madera, una litera y dos sillas de paja. Sobre la mesa hay una máquina de escribir portátil. En la pared, una bandera del F. L. N.
Amar ordena a la joven que se siente sobre su lecho, la muchacha comienza a hacerle su información mientras él camina de arriba abajo de la habitación con increíble agilidad y con el sigilo de un gato. Es una costumbre que adquirió en la celda donde permaneció preso por espacio de cinco años.
Cuando Aicha le habla del grupo del partido comunista argelino con el que ha establecido contacto, Amar le hace preguntas más precisas y la obliga a describir a cada uno de sus miembros. Desconfía de ellos porque en su mayoría son europeos o judíos, porque son eficaces y porque tienen una doctrina y unos métodos que se han revelado eficaces en el resto del mundo. Amar es nacionalista, "nacionalista de derechas", según le explicó un día su compañero de celda en Lambéze, un antiguo teniente del L. V. F. Como musulmán, Amar siente repugnancia por los renegados y por los picaros, pero utiliza el hampa argelino y está bien decidido a servirse de los comunistas. Necesita bombas y los comunistas son los únicos que saben fabricarlas . . . , por el momento. Cuando hayan cumplido su cometido se desembarazarán de ellos, como de todos los que se unieron al maquis de Tlemcen: Guerrale, Laban, Maillot y Bonalem . . .
— Volvamos a nuestro asunto, Aicha. ¿Cómo es ese Percevielle? ¿Sabes si fuma, si bebe o si le gustan las mujeres? Me dices que aceptan admitir a dos de los nuestros en su taller para enseñarles a fabricar explosivos. ¿Qué quieren a cambio? ¿Ser admitidos en el Frente? Sólo podemos admitirlos a título individual, y si aceptan dimitir del P. C. A. Ya veremos . . . Dime, ¿ves alguna vez a tu hermano, el capitán Mahmudi? Actualmente está de guarnición en Alemania, ¿no? Dame su dirección. Tranquilízate, no le deseamos hacer ningún daño . . . Ninguno . . . Al contrario. Lo consideramos como a uno de los nuestros. No todo lo que ha hecho aquí Francia es inútil. Nos ha formado magníficos soldados . . . Como tu hermano . . .
Los Vincent han invitado a su villa del balcón de Saint Raphael a unas veinte personas, todas de calidad, o por lo menos esto es lo que ellos piensan.
Juliette Vincent repasa la lista que tiene entre sus dedos y frunce las cejas, en tanto que un mechón rebelde bailotea encima de su frente. Cuatro militares: el general que manda la subdivisión y su jefe de Estado Mayor — el general le hace la corte un poco más de lo correcto —; Jacques de Glatigny, por quien ella alimenta desde 1945 un tierno sentimiento, y su amigo el capitán Esclavier. Un geólogo, profesor de la Facultad, que acaba de regresar del Sahara y del que se dice que ha descubierto toda clase de cosas . . . ; en fin, está de moda este mes; su esposa, a quien Juliette nunca ha visto, ni nadie ha visto jamás. Hay mujeres así, que no se dejan ver en ninguna parte. Por este lado son seis personas; los extranjeros, podíamos decir.
Después vienen los argelinos (franceses), los que sólo son de Argel y que en Argelia no poseen ningún trozo de tierra desbrozada por sus antepasados. Primero, el doctor Ivés Mercier, con su mujer y su cuñada Geneviéve, que dicen que es su amante; siempre se los invita a los tres juntos. Luego, Bonfils y Maladieu, grandes empresarios de construcciones públicas establecidos en las dos costas del Mediterráneo y que hacen negocios de miles de millones de francos. Cuentan con poderosos apoyos políticos y distribuyen con generosidad, bajo cuerda, importantes gratificaciones. Bonfils está casado con una muchacha de la buena sociedad de Argel, cuyo primer marido murió en Italia. Ivonne todavía sigue representando el papel de viuda de guerra . . . Por su parte equivale a seiscientas o setecientas hectáreas de buena tierra. Maladieu vendrá acompañado de una joven actriz que representa un papel importante en la compañía que ha venido para interpretar el Bal des Voleurs en el "Gran Théátre".
"¡Dios mío! ¿Qué he hecho de las entradas?", piensa de pronto.
Juliette sigue repasando: el abogado Bufier y sus dos hijas. Se dice que, desde que es viudo, el abogado busca consuelo en sus secretarias jóvenes. Sus hijas, Monette y Loulou, están muy metidas en el mundo. Se las ve en todos los bailes y en todas las fiestas. Buscan un marido, con preferencia metropolitano. Juliette sabe que las dos hermanas se van a lanzar sobre Glatigny y Esclavier. Cuando sepan que el comandante está casado se disputarán al capitán. Loulou ganará, como siempre, y Monette se refugiará en su hombro para llorar. Juliette siente ternura por la pobre Monette. Para retener a un posible novio había llegado al extremo de entregarse totalmente a él, lo que resultó imprudente e inútil. Afortunadamente, sólo algunos íntimos están al corriente de tal debilidad.
Después están Isabelle Pélissier, su marido y su suite. Juliette llama de este modo a Bert. Los Vincent, los Pélissier, los Bardin y los Kelber pertenecen al mismo mundo; grandes colonos, señores de la Mitidja y del Chelif. Isabelle es una Kelber y Juliette una Bardin.
La cosa no marcha bien entre Paul e Isabelle; sin embargo, son amigos de la infancia. Isabelle es una chica extraña, según opinión de Juliette. Se la cree ligera y frivola y, cuando durante largos meses desaparece de Argel, se piensa en una aventura. Pero en realidad se marcha para reunirse con el abuelo Pélissier en su granja, que él ha jurado no abandonar nunca más.
Antes de los acontecimientos, el anciano pasaba seis meses del año en Francia; desde el mes de noviembre de 1954 no ha venido una sola vez a Argel.
— De todas formas — ha dicho en alguna ocasión — sólo muerto abandonaré mi casa, muerto de vejez (tiene ochenta años), o porque me maten los fellaga, o porque hayamos perdido Argelia, y entonces me dispararé un tiro en la cabeza.
Es fama que todavía se bebe un litro de clarete en el desayuno.
A la cena no asistirá nadie del Gobierno General. Los Vincent no mantienen muy estrechas relaciones con el ministro residente.
Isabelle llega la primera, con un vestido gris muy sencillo.
— Te sienta de maravilla — le dice Juliette, besándola.
Isabelle nota que el cumplido es sincero, pues va matizado con un poco de envidia. j
— Vengo a ayudarte a recibir — dice —. Déjame ver tu plan de mesa. Me has vuelto a colocar al lado de ese coronel Puysange. Me pone muy incómoda; se frota como un gato. No; me vas a colocar aquí, al lado del capitán Esclavier.
— ¿Y Monette?
— Se la endosas a Bert.
— El capitán Esclavier es calvo y obeso. Huele mal cuando suda.
— Mentirosa; es alto y delgado, con unos hermosos ojos grises. Es insolente y muy seguro de sí mismo.
En el jardín, mientras el sol se pone, unos criados árabes sirven champaña helado. Van vestidos al uso tradicional: babuchas de cuero rojo, pantalones abombados y chaquetillas con botones dorados.
El general dirige a Juliette cumplidos de alférez y maquinalmente mira a Monette y a Loulou Buffier, que se agitan y hacen mover sus faldas para lucir sus doradas piernas.
El general está inquieto. Se acaba de saber que, hacia el 10 de agosto, se celebró en la calle de Soumman una reunión de los jefes de la rebelión, que tuvo lugar impunemente, y que los kabylas y los duros del interior hicieron prevalecer sus puntos de vista sobre los de los árabes y los políticos del exterior. Habrá que esperar una guerra a ultranza, guerrillas y emboscadas, todo ello dirigido esta vez por los argelinos más inteligentes. Además podrán apoyarse financiera y políticamente en los doscientos mil kabylas que trabajan en Francia.
El general vuelve a pedir champaña. Es seco y está helado, como a él le gusta. Los Vincent saben atender a sus invitados y tienen la mejor mesa de Argel. Decide olvidarse de todas sus preocupaciones.
El coronel Puysange se acerca a Glatigny y a Esclavier, que charlan con Isabelle y su marido. Puysange toma familiarmente del brazo a Glatigny.
— Mi querido Glatigny, soy feliz de volverlo a ver. ¿Tiene noticia de Claude? Sus cinco hijos, ¿están bien?
Previene a Isabelle, por si ésta no lo sabe, de que Glatigny pertenece al género padre de familia numerosa. En su opinión, todas las mujeres tienen cierto horror por este tipo de hombre-conejo.
Desde que está en Argel, Puysange persigue a Isabelle y no deja de tejer a su alrededor sutiles lazos. Puysange le dice a Esclavier:
— Encantado de conocerle, capitán. Su apellido, claro, me es familiar. Un gran nombre de nuestra República . . .
Isabelle mira al capitán con un interés nuevo. Puysange siente una punzada en el corazón. Se dirige a Isabelle, cuya pasión nacionalista y amor a la tierra de Argelia conoce, y le dice:
— ¿No le suena este apellido, señora? El asunto Dreyfus, el Frente Popular de 1936, los combatientes de la Paz, el manifiesto de Estocolmo. Claro que el capitán está por completo del otro bando, ya que lo tenemos entre nosotros.
— Olvida, mi coronel, la acción de mi familia durante la Resistencia. La obra de mi tío Paul, entre otras cosas, delegado general de De Gaulle. Nuestro ministro-residente era uno de sus mejores amigos. No me he atrevido a visitarlo porque quiere, a toda costa, tenerme en su gabinete militar, cuando yo, por temperamento, prefiero luchar . . . en los djebel.
Glatigny aprecia el golpe de estocada. Esclavier acaba de dar en el blanco. Puysange trata por todos los medios de entrar en el gabinete del ministro-residente. Su horror por los combates y por la vida de campaña son conocidos de todo el Ejército.
El profesor de Geología se acerca. Lleva gafas. Sus cristales son verdaderas lupas, tras los cuales sus ojos parecen evolucionar como peces en una pecera. Muy delgado, con esa tez de un tono cobrizo que se adquiere en el Sahara, va vestido de invierno y uno de los cordones de sus zapatos está desatado. Pregunta al capitán:
— ¿Es usted hijo del profesor Esclavier?
Toma la mano de Esclavier y la sacude con una energía que no podría sospecharse en tal esqueleto.
Puysange, viendo que las cosas no toman el cariz por él deseado, se vuelve furioso hacia su general. Pero la ingenua felicidad del buen hombre, con el pensamiento de la suculenta cena que será servida en el marco más hermoso de Argel, acaba de sacarle de quicio. Decide estropearle la velada y se inclina hacia él:
— Me olvidaba, mi general. El comandante en jefe reclama para el ministro de Defensa Nacional un informe detallado de la situación argelina. Desea que se lo entregue el lunes por la mañana.
— ¡A la mierda! — dice el general —. Mi domingo se fue al cuerno . . .; la situación . . . , bien . . . . usted la conoce tan bien como yo, Puysange.
— El ministro lo necesita para una interpelación ante la Asamblea. Sin embargo, el informe, sin ocultar los hechos, debe ser opitimista.
Se sirve el consommé au modere.
Paul Pélissier contempla a su mujer, a la otra Isabelle, a la que surge de pronto cuando quiere agradar a un extraño; sus ojos brillan, su piel se torna maravillosa y su voz de un tono más cálido. Él sólo tiene derecho a su rostro hermético, a su cuerpo inerte y reticente. Hace seis meses que Isabelle no comparte su lecho.
Observa a Bert, que también la mira, que sufre como él, pero que no ha tenido la suerte de tenerla alguna vez, al menos, en sus brazos; la suerte o la decepción.
Isabelle quiere seducir al capitán, que está a su lado; juega con todos sus encantos, pero es seguro que se deshará de él antes de convertirlo en su amante. Paul, en este momento, agradece que su mujer sea frígida.
Su vecina de mesa es Monette. Sabe que la tonta se ha acostado con Tremagier con la esperanza de hacerlo su esposo. Siente la necesidad de ser malo:
— ¿Y qué, Monette: tienes noticias de Albert?
La joven enrojece y baja la cabeza.
Cerca de él, Bonfils y Maladieu, separados por la actriz, se inclinan para hablar de negocios. Se pone a escucharlos. Maladieu habla de una nueva ciudad que se proyecta construir en El Biar. Paul se interesa. Si se construyera, los terrenos que posee triplicarían su valor.
Los negocios inmobiliarios y las fluctuaciones bursátiles le apasionan lo mismo que el juego, pero no siente el menor interés por los viñedos y los frutos. Se ha terminado la época de los colonos. Isabelle es una sentimiental que se sigue aferrando a la tierra. Paul se siente moderno, hombre de su tiempo, con cartera de acciones internacional que administra un agente de cambio de Nueva York, habitual de los grandes palacios. Para el verano le gusta la Costa Azul y las Baleares; en invierno, Suiza. Tiene cierta predilección por este país y por su sólidas finanzas, y admira el respeto que allí tienen por el dinero . . . Paul ha pasado tres años en un sanatorio y guarda un buen recuerdo de aquel semisueño aséptico.
Cuando se marchó para ingresar en el sanatorio, el viejo Pélissier le dijo a su padre:
— El único nieto que has sido capaz de fabricarme, me lo has hecho podrido.
Paul no comprende porqué su abuelo tiene tal pasión por Isabelle. En sus momentos de duda, de desconfianza, cuando ha bebido demasiado y se le ha negado su mujer, imagina un terrible complot urdido contra su persona, y simula oler su plato como si estuviese envenenado.
Glatigny contesta cortésmente a Loulou Buffier. La muchacha encuentra que el comandante es muy distinguido e inteligente, y lamenta que esté casado.
"Una cena perdida", piensa.
De cuando en cuando mira hacia el capitán Esclavier, pero Isabelle lo tiene totalmente acaparado. Esca mujer posee una técnica admirable para separar al hombre que le interesa de todos los que le rodean. Paul estalla de celos y Bert no consigue comer; la cosa es divertida y oportuna para ellos. Observa que su hermana se frota los ojos con el pañuelo. ¡Otra vez la historia de Tremagier! ¡Estúpida! Y para colmo le ha confesado que no sintió ningún placer.
El profesor de Geología hace ruido al sorber su consomé. A veces descansa y con la cuchara en el airé cuenta que en el Sahara hay petróleo.
Glatigny piensa en Aicha. Se la imagina en esta cena, rebelde, violenta y recordando a todo el mundo el drama que sufre Argelia; junto con esa extraña Isabelle, que se aproxima cada vez más a Esclavier y discute con él, las mejillas llenas de fuego, habría sido la más hermosa de esta velada.
—No — dice Esclavier a Isabelle — ; estoy aquí para cumplir con mi deber de oficial y me esfuerzo en hacerlo bien. En Indochina vendí mi alma; aquí cumplo con mi oficio.
— Aquí está usted en Francia, capitán — le contesta Isabelle —. Mi abuelo era alsaciano y fue expulsado de su casa por los alemanes en 1870. Le dieron un lote de colonización. Mi apellido Kelber y nuestro pueblo de Alsacia se llama Wintzeheim. Allí también se hace vino. Mi abuelo se trajo consigo unas cepas de vid y quinientos francos oro por todo capital. No; no mire a mi marido; no es de mi tierra; es de Argel. Su abuelo era el mejor amigo del mío. Es de Turenna; de allí vino con sus cepas de vid. Me gustaría tanto hacerle comprender. . . ¿Quiere venir conmigo mañana a nuestra propiedad de la Mitidja? Iremos a ver al viejo Pélissier; mi abuelo se murió, pero Julien Pélissier es tan semejante a él, tanto . . . , que yo me siento su nieta. Marcharemos al amanecer, cuando abran la carretera.
Isabelle, de repente, deja de ser para Esclavier la joven coqueta y provocativa, de cuerpo magnífico, que hubiese deseado estrechar. Toma forma y existencia en un medio por el que no siente ningún atractivo.
Poco incentivo encuentra en ir a visitar viñedos con una entusiasta de la Argelia francesa. Sin embargo, acepta la invitación esperando que los azares del camino le permitan ciertos contactos de los que sabrá aprovecharse.
— Mañana, a las siete, iré a recogerle — prosigue Isabelle —. Traiga un arma.
"Sentimiento trágico de la vida, propio de los pueblos mediterráneos", piensa Philippe.
Vincent, que ha bebido mucho, se retira antes que sus invitados. Se hace como que no se le ve. Maladieu habla de Argel en términos de una poesía arrolladora, y hace brotar los edificios como las setas en otoño. Se nota que, para él, el desarrollo de la capital argelina no es sólo un buen negocio, sino una aventura adecuada a su temperamento sanguíneo.
La pequeña actriz resulta amable y estúpida. Declama unos versos y se la aplaude. El general se retira; parece preocupado. Puysange invita a Esclavier y a Glatigny para que almuercen con él en "Saint Georges". Los dos están contentos de poder rechazar la invitación; Esclavier pretextando su compromiso con Isabelle Pélissier; Glatigny, una urgente ocupación.
El geólogo vuelve a hablar del petróleo, de anticlinales . . . Todos mueven la cabeza con aire de entendidos.
. . . . . . . . . . . . . .
El teniente Piniéres cena en la cervecería de "La Lorraine". Trata de escribir a la hermana de Merle, pero ya ha roto los comienzos de varias cartas. Se ha acabado. ¿Qué puede responder a esta frase de la muchacha?:
"He querido tanto a Olivier, que no podría soportar a mi lado a su mejor amigo . . . "
Piniéres da vueltas en su cabeza a frases como ésta: "La vida continúa", "todo pasa . . ."; pero escritas sobre el papel resultan ridiculas y odiosas.
Piniéres no puede soportar su atroz soledad. Pide una copa de coñac y decide dirigirse a un burdel clandestino donde, según le han dicho, hay una vietnamita . . . Mañana se refugiará junto a Día, que le llevará a pescar con palangre, nueva pasión descubierta por el médico. Después harán una sopa de pescado y se emborracharán hasta rodar por la arena gris de la playa.
— ¿No sabe utilizar los palillos? — pregunta Marindelle a Christianne —. Es muy sencillo. Uno se utiliza como palanca, el otro es móvil. No; agárrelos más arriba . . . Vamos, pruebe otra vez.
Se encuentran en un restaurante vietnamita que acaba de abrir sus puertas en la parte alta del boulevard de Saint-Sáens.
Algunos nung con boina negra, pertenecientes a la guardia personal del comandante en jefe; dos adjudants de la Infantería colonial y un mestizo llenan la pequeña sala.
Christianne Bellinger abandona los palillos y toma la cuchara para comer el arroz. Está admirada y secretamente maravillada de su aventura; de esta cena imprevista con un joven capitán de paracaidistas.
Porque tiene cinco años menos que ella le ha parecido un niño triste y desocupado, con gran curiosidad y una inteligencia muy viva. Ha quedado sorprendida cuando le ha confesado que es militar de carrera y que sirve en el Ejército desde los diecinueve años.
En el museo del Prado, en un pequeño taller situado al lado de la gran sala del Sahara, estaba efectuando el vaciado de un cráneo neolítico que ella misma había descubierto en Gar-dhaia. Se limpiaba los dedos llenos de yeso en su blusón blanco cuando había entrado tímidamente el capitán, con su gorra en la mano.
— Señora, ¿podría decirme dónde está el guía? No encuentro a nadie en el museo, ni siquiera para que me cobren la entrada.
Christianne se había echado a reír:
— ¿Tanto interés tiene en pagar su entrada?
— No, pero busco un catálogo que me dé algunas explicaciones . . .; estas pinturas rupestres descubiertas en el Sahara...
— Sólo son copias; los originales se han quedado en Tassili-des-Ajjer.
— Tampoco sé donde está Tassili-des-Ajjer. Ya ve hasta qué punto necesito un catálogo o un guía . . .
Y de esta forma Christianne Bellinger, encargada de los cursos de etnología en la Facultad de Argel, después de haberse lavado las manos y despojado de la blusa, ha servido de guía toda una tarde al joven capitán.
Nunca había tenido un alumno tan atento y apasionado a la vez. Christianne, la concienzuda, la gris, se ha tornado brillante. Se ha lanzado a audaces comparaciones evocando la historia de los siglos oscuros del Mogreb con el mismo brío que el profesor E. F. Gautier. Después el capitán la ha invitado a cenar.
Y ahora es él quien la inicia en la cocina vietnamita, le habla del Extremo Oriente y de la guerra de Indochina, cuya complejidad nunca hubiese presentido Christianne. También le habla de los viets, y la joven no duda que él siente por ellos cierta simpatía.
Cuando terminan de cenar, Christianne lo invita a tomar una copa en su casa. Es al abrir la pesada puerta claveteada de su antigua mansión cuando recuerda que los hombres no le sirven para nada, que ha decidido pasarse sin ellos y organizar su vida alrededor de su trabajo. Pero el capitán tiene más de niño que de hombre, con ese curioso mechón de cabellos rubios en la coronilla . . .
. . . . . . . . . . . . . . .
"No iré", se dice Raspéguy.
Boudin firma su pipa con satisfacción, hundido hasta la nariz en un sillón medio desvencijado y con una novela policíaca en la mano.
— ¿Qué piensas de las mujeres? — le pregunta, de pronto, el coronel.
Boudin levanta la cabeza:
— No pienso nada.
Y se vuelve a concentrar en su lectura. Raspéguy, por la ventana del hotelito, contempla el mar y la multitud de bañistas que hay en la playa. Pasa un árabe que lleva colgada a la espalda una especie de lata llena de helados:
— Helados, bien frescos. . . , como la nieve . . . , cincuenta francos.. .
"Bueno, iré, pero de paisano — decide el coronel —. Y le diré que si no se quiere acostar conmigo, se puede ir con la música a otra parte . . . Una mahonesa, sucia y negra, que no puede ver un par de pantalones sin mover las ancas . . . Si Esclavier o Glatigny conociesen la historia — se dice — me cubriría de ridículo. Con Boudin no corro ningún riesgo; no tiene ni pizca de malicia."
El coronel se marcha a su habitación para mudarse; cuando vuelve a la pieza común, Boudin sigue leyendo.
— ¿Sales? —pregunta el comandante.
— Sí, me voy a dar una vuelta por Argel, iré al cine y quizá me acueste en un hotel.
— Hasta mañana.
— Hasta mañana.
Boudin se precipita en su habitación para enfundarse en su uniforme de paseo. El coronel, está seguro, se marcha a ver a su pequeña ramera mahonesa.
Esta noche Boudin cenará en la Embajada de Auvergne, una comida bien sólida a base de salchichas y coles, y todos sus compatriotas lo escucharán religiosamente y contarán sus medallas. Le habían pedido que llevase con él al coronel, pero entonces la cena perdería todo su encanto, pues Raspéguy acapararía toda la atención.
Concha tiene diecisiete años, unos bucles morenos y una frente abombada de cabrita. Su corta falda roja hace resaltar la finura de su talle, y su blusa, los senos jóvenes y ligeros. Una sombra de bigote subraya sus labios carnosos sobre los que se extiende una espesa capa de carmín color sangre de buey.
Todo Bab-el-Oued espera, asomado a las ventanas, la llegada del coronel con quien ella sale. Paulette, su compinche y su mejor enemiga, está a su lado ante la casa de los Martínez para mejor ver "si el coronel es de verdad". Concha afirma, dando patadas con el pie:
— Mira, cuando yo te lo digo . . . Es coronel; vi sus galones: cinco sobre el hombro.
— ¿Que los has visto?
— Bueno, casi los he visto. Además, el paracaidista que vino a hablarle a su jeep lo llamó "mi coronel".
— ¿Y eso qué? Puede ser el chófer del coronel.
— Es el coronel y, te lo repito, se llama Raspéguy y va a venir con todos sus galones.
— ¡Raspéguy no es un apellido francés!
— ¿Que no es francés? Tan francés como tu López, ¿no?
Paulette se apellida López, pero su nombre la hace muy intransigente en materia de origen.
El 15 CV negro asciende lentamente la rampa y se detiene ante las dos chicas. Raspéguy, furioso de que una chicuela lo tenga tan agarrado, frena con brutalidad. Abre la puerta, se asoma y grita:
— ¿Vienes?
— ¿Por qué no te has puesto tu uniforme? — Menéate un poco — le grita en castellano. Paulette, con sus dos manos sobre las caderas, ríe triunfante.
— Ya ves cómo es el chófer. . . Un español de Oran que se hace pasar por francés.
— Lo que no impide que tú no hayas subido nunca en un auto como ése.
Concha, furiosa y avergonzada, se mete en el 15 CV, mientras que en las ventanas de toda la calle las comadres ríen y se dan palmadas en los muslos.
— ¿A dónde vamos? —pregunta Raspéguy.
— Me da lo mismo. Tengo que volver pronto.
— ¿No me dijiste que estabas libre para salir esta noche?
— Para un coronel, sí; pero para un chófer no tengo la noche libre.
El coronel detiene el coche y saca de su cartera su carnet de oficial.
— ¿Sabes leer? ¡No! Pero puedes ver la fotografía. Ahora bájate o quédate conmigo. Aprisa. Pronto, ¡puta de chica!, ¿te decides o no?
— ¡Cómo me hablas!
La muchacha le lanza una ojeada y se recuesta en su asiento:
— Me quedo. ¡Qué me importa que seas coronel si los otros no lo saben . . . ! — dice gruñiendo —. Y no conduzcas tan aprisa, que me vas a matar, pedazo de salvaje — le dice luego, cuando el coche toma la dirección de la costa.
Pero Concha está orgullosa del desprecio del coronel por el código de circulación, y cuando se cruza con otros automóviles tocando la bocina rabiosamente, la chica hace gestos con las manos; una o dos veces saca la lengua, porque cree haber reconocido a tenderos de su barrio.
La presencia de la muchacha hace bullir la sangre de Raspéguy y le causa dolor en los riñones. Ha alquilado una habitación en un hotelito a orillas del mar y ha preparado cuidadosamente la cita. El patrón, un maltes, al que visitó la víspera con su uniforme para impresionarlo mejor, se mostró muy comprensivo.
Mientras conduce acaricia el pecho de Concha, que primero consiente, pero después lo araña en la mano.
"Tú, pequeña — piensa —, caerás esta noche o yo perderé mi latín."
Reflexiona y comprende que no puede perder su latín, porque no lo conoce. Sigue acelerando la marcha.
Primero se bañan y Concha admira la poderosa estatura del coronel, sus músculos largos sin una onza de grasa.
"Es un hombre hermoso — piensa —, pero no tiene ni un pelo."
El pelo es algo muy importante para la familia Martínez, en donde pasa por ser un símbolo de virilidad.
"Los fragaouis — le había dicho Odette — son menos rápidos que nuestros hombres. . . , pero más astutos."
Se promete a sí misma poner atención. Ya dos o tres veces ha rozado la catástrofe. El deseo de los hombres la turba, sobre todo por las noches, cuando la sangre le corre más aprisa y la cabeza le da vueltas.
Raspéguy se interna en el mar hasta que su cabeza es sólo un punto negro. Cuando vuelve, Concha ve cómo sus costillas en la parte baja del pecho se abren y se cierran mientras que el hombre jadea.
— ¡Bah! — dice —. Creí que te ibas a ahogar.
— ¿Y qué hubieras hecho tú?
— Auto-stop para regresar a mi casa.
Beben un aperitivo y comen brochettes. Raspéguy, más tranquilo por su baño prolongado, contempla el gentío del sábado argelino. La muchedumbre le agrada por su movimiento, por su aspecto ingenuo y charlatán a la vez, pero encuentra que los hombres hacen demasiados gestos con las manos al hablar y que en eso se parecen a los árabes. Muchos jóvenes sólidos y bien constituidos pasan ante su mesa y miran de reojo a Concha, pero no son de los que acuden a enrolarse como paracaidistas y Raspéguy quisiera recordárselo.
— Dime — le pregunta Concha —; después de cenar podríamos ir a bailar o al cine, ¿te parece? Tengo que volver antes de la medianoche a causa del toque de queda.
— Yo tengo un pase.
— Yo, no.
Con una exagerada reverencia, el patrón los recibe en el restaurante.
— No tengo sitio, mi coronel — le dice—; todo está reservado. Si quiere subir al primer piso, le serviremos en uno de los saloncitos que tienen su balcón mirando al mar. Otros días sirven de habitaciones, pero el sábado y el domingo los utilizamos para las comidas.
— Entonces vamonos a otro sitio — dice Concha.
— No.
Mide al coronel con la mirada, pero como buena hembra a quien la intuición sirve de inteligencia, comprende que no cederá y que la dejará sola en medio de la carretera.
Junto al balcón está colocada una mesita. Concha observa que al fondo de la habitación hay un lecho con su colcha blanca y unas toallas junto a un lavabo.
Raspéguy hasta el final de la comida no trata de besarla ni de abrazarla. Se muestra lleno de miramientos con ella, pero sus ojos crueles no la abandonan y siguen cada uno de sus gestos y de sus más imperceptibles movimientos. Son fascinantes y fríos como los de un reptil.
El coronel se levanta para hacer girar la llave en la puerta; se mueve con peligrosa lentitud y sin hacer el menor ruido.
—No — dice la chica —; el toque de queda...
Sin embargo, él no la ha tocado aún, pero la chica tiene la sensación de que aquel hombre se ha apoderado de su cuerpo.
El coronel la alza en sus brazos y la deposita en el lecho. La muchacha reúne todas sus fuerzas para darle una patada en el vientre. Durante unos minutos lucha valientemente, acordándose de la historia de la cabra de M. Seguin, que le contaron en la escuela, pero comprende que la cabra siempre había tenido deseos de ser comida por el lobo, lo mismo que ella, y se abandona con un suspiro de alivio.
Raspéguy no lleva a Concha a su casa hasta el atardecer del día siguiente. Todo el mundo comprende lo sucedido. Para presumir, la muchacha le da un beso en el momento de despedirse. Encoge los hombros desafiante al contemplar todos los rostros familiares que la miran desde las ventanas.
"Esos no saben que, a pesar de sus pelos, ninguno es tan fuerte como mi coronel; conque pueden burlarse", piensa.
Desde hace mucho tiempo ya conoce Concha, de manera precisa, las posibilidades sexuales de los hombres. En Bab-el-Oued son comentadas por las mujeres con la misma pasión que sus maridos comentan los partidos de fútbol.
Su madre, para vengar el honor de los Martínez, le propina una paliza, no demasiado fuerte, con el palo de la escoba; pero Concha, que sabe cómo tiene que portarse, grita a voz en cuello que la asesinan, lo que da ocasión a que todas las vecinas se agolpen en la escalera.
Cuando conmienzan a protestar un poco fuerte, Angelina Martínez sale de su casa y declara que su hija es una arrastrada, y que si la quiere matar, después de todo, está en su derecho.
Después hace un aparte con Montserrat López, y como ambas son muy sueltas de lengua, se sucede un buen altercado, cuyos ecos repercuten en ese sonoro callejón sin salida que es Bab-el-Oued.
— Primero que mi hija no tiene porqué avergonzarse — dice Angelina Martínez —, porque por lo menos se acuesta con un coronel; sí, con un coronel de verdad. Mi hijo Lucien lo fue a comprobar. Se llama coronel Raspéguy y manda a todos los que andan por ahí con casquete. Mientras que tu hija se deja revolcar todas las noches por los soldados del puesto de guardia, y ninguno es ni siquiera sargento.
— ¿Quién, mi hija? Un teniente la pidió en matrimonio y ella lo rechazó . . .
El viejo Martínez, sentado en su sillón, no se mueve. Como buen español estima que un hombre digno de ese nombre no tiene porqué mezclarse en los líos de mujeres.
Simplemente le dice a su hija:
— Ahora que la cosa ya está rota, haz todo lo que quiera tu coronel, todo, ¿comprendes?, como una puta, para conservarlo. Así me cazó tu madre.
Después vuelve a su silencio como si el asunto ya no le interesase.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
— ¿Todavía queda lejos? — pregunta Esclavier.
Llevan rodando veinte kilómetros por un paisaje monótono y llano, a través de viñedos cargados de pesados racimos a punto para la vendimia. El sol calienta y quema los ojos. De vez en cuando aparecen grandes cobertizos metálicos y granjas con inmensos techos de tejas rojas que parecen fábricas.
Varias veces tienen que hacerse a un lado para dejar paso a las patrullas blindadas.
— Estamos llegando — dice Isabelle.
Se desvía hacia la izquierda y pasa bajo un gran porche de madera que ostenta la inscripción recién pintada: "Propiedad Pélissier."
El coche recorre una serie de cobertizos y de bodegas tras de los cuales se ha instalado una compañía de Infantería con sus tiendas y material móvil. Atraviesa un naranjal que embalsama el aire y se detiene ante una casa de planta baja, muy grande y repintada de cal, alrededor de la cual hay un mirador.
Aparece un viejo gigantesco que camina con ayuda de bastones. Es rubicundo y los pelos blancos que sirven de barba le salen de la nariz y de las orejas.
Parece furioso y comienza escupiendo:
— ¿Dónde está Paul? ¿No ha venido contigo? Ven a abrazarme.
Esclavier observa que al estrechar a la joven, el anciano tiene los ojos como bañados en lágrimas.
— ¿Y éste? — pregunta, señalando a Esclavier con un bastón.
— Lo he traído, abuelo, para que le digas porqué queremos quedarnos en Argelia, pues lo ignora. Es un cochino frangani que ha participado en muchas guerras . . . Ha luchado para los chinos . . . , pero no quiere luchar por nosotros.
— Ven aquí —le dice el viejo —. Acércate; no quiero romperte la cabeza. Eres como mi otro nieto, el de verdad, el que murió en Italia. Era alto, delgado, sólo músculos y huesos. ¿Tienes la roseta? ¿Y eso? Sí, la verde, ¿qué es?
— La Cruz de Liberación.
— ¿Estuviste con De Gaulle? Yo quería a Pétain y a Giraud porque eran personas honradas. Tu De Gaulle es un politicastro que trajo los comunistas a Francia. Tú luchaste, que es lo que hay que hacer.
En una habitación, cuyas grandes persianas dejan pasar rayos de sol sobre los que vibra el polvo, les sirven un vino clarete, muy helado, cuya ligera acidez hace olvidar su fuerza.
— Yo fabrico este vino — dice el viejo —; el mejor clarete de la Mitidja. Lo vendo en botellas con mi marca y no lo envío a Francia para reforzar vuestros anémicos vinos. ¿Quieres que te diga por qué quiero quedarme en Argelia? Por este vino y también por otras cosas. Cuando traje aquí las primeras plantas, sólo era un vulgar clarete de Anjou. Y mira lo que hizo la tierra argelina: le dio su fuerza y su llama.
— Es verdad — asiente Esclavier —, pero su vino quizá carece de finura, de matiz . . .
— Me río yo de la finura y del matiz; lo que se necesita es la fuerza y la justicia. ¿Es tu amante? — le pregunta de pronto a Isabelle —. ¿No? Sin embargo, te dije que tomases uno. Ese guiñapo de Paul no puede llenar a una mujer como tú. Es necesario que nuestras mujeres elijan sus mandos o sus amantes entre los hombres capaces de defendernos.
— Ya te lo dije, abuelo; éste no quiere defendernos.
— Nunca he dicho semejante cosa — dice Esclavier. El viejo le agrada por su violencia, por su tono directo y por su desprecio de las conveniencias.
— Entonces, ¿qué es lo que has dicho? — vuelve a bramar el viejo —. Las mujeres siempre comprenden demasiado bien o muy mal a los hombres que aman . . .
Isabelle trata de defenderse.
— No estoy enamorada.
— Sin embargo, es el primer oficial que me traes a casa. Y tengo que decirte que has sabido elegir. Cuando se acabe la guerra dejará el Ejército y se instalará aquí, conmigo.
— ¿Y Paul?
— Paul tendrá lo que se merece. Una patada mía en el culo. Cuando se dirigen a la mesa, Isabelle agarra a Esclavier del brazo y lo lleva un poco aparte.
— Perdónele, Philippe . . . Los acontecimientos se le han subido a la cabeza.
El capitán se da cuenta de que lo está llamando por su nombre. El vino, tras la carrera bajo el sol en coche descapotable, lo ha embriagado, y se siente sin posibilidad de reacción, "entontecido", según expresión de su madre. Pocas veces se acuerda de ella; es raro que su recuerdo le venga a la mente.
Les sirven calabacines fritos y un alcuzcuz con mucho pimentón y rociado con ese vino clarete que se sube a la cabeza y embota los miembros.
El anciano, después de haber despotricado a sus anchas contra Argel, París y la República, los otros colonos y los burros de Mohamed que lo iban a perder todo con su sublevación, se queda dormido sobre la mesa.
Dos criados árabes acuden a ayudarlo para que se levante y lo llevan hasta su habitación con infinita dulzura.
— Lo adoran — dice Isabelle —. Los insulta, les ordena que vayan a reunirse con los fellaga, que lo dejen solo, pero todos saben cuánto cariño les profesa. Ha construido casas para ellos y una enfermería. Les ha distribuido lotes de tierra de cultivo; les paga más que el resto de los colonos, lo que le ha creado contratiempos. En un tiempo se hizo correr el rumor de que ayudaba a los nacionalistas.
— ¿Cómo se dice independencia en árabe?
— Htiqlal.
— Es una palabra fuerte como el vino de su abuelo, más fuerte que el agradecimiento . . .; me duermo. Le prepararon una cama.
— ¿Y usted?
— Iré a pasearme por la granja en jeep. De niña jugaba en el naranjal . . . con el que murió en Italia . . . Paul se ocultaba detrás de los árboles para vigilarnos.
Philippe se tiende vestido sobre el lecho de una habitación repleta de libros, de trofeos deportivos y de banderines de clubes.
Frente a él, en un marco de palo de limón, ve a un alférez con su uniforme azul. Tiene veinte años, un hoyuelo en la mejilla izquierda y parece contemplarlo con una divertida compuridad. Philippe entra en los umbrales del sueño y la sonrisa del joven muerto lo acompaña.
Cuando se despierta, Isabelle está a su lado, y tiende al capitán un vaso de agua fresca.
— Hace dos horas que duerme — le dice.
Philippe se da cuenta de que se ha cambiado de atuendo; ya no lleva el ligero vestido de verano de tela estampada, como a la salida de Argel, sino una camisa de tela burda, una falda azul usada, calzado de jungla, y de su cinturón de cuero pende un revólver enfundado en una cartuchera.
— No me gustan las mujeres que juegan a los soldados — le dice.
— Y yo no tengo ganas de que me violen y me decapiten cerca de mi casa y sin poder defenderme. Lo que mi abuelo, por estar demasiado conmovido, no le ha dicho es que queremos esta tierra porque hemos nacido en ella y porque la hemos desbrozado. Tenemos tanto derecho como el colono de Far West que detenía sus carromatos a la orilla de un arroyo, en lugares donde no había más que unos cuantos indios. Construyó su barraca y comenzó su trabajo. Sólo que el colono americano mató a los indios y nosotros hemos cuidado a los árabes. Sería loco e injusto expulsarnos de esta tierra, que, después de los romanos, hemos construido . . . Pero, ¿qué les hicimos a los franceses? En 1943 nos batimos por ustedes. En aquella época amamos a Francia como usted no puede imaginar, mientras que nuestros hermanos y nuestros novios caían muertos en el fango de Italia, sobre las playas de Provenza o en los bosques de los Vosgos. ¿Por qué quieren ahora abandonarnos?
Se ha tornado patética, se retuerce las manos ante el capitán y por sus mejillas corren lágrimas que ni siquiera enjuga.
Esclavier le coge una mano y le atrae suavemente hacia sí. Resulta conmovedor ver cómo la elegante muñequita, la coqueta del club de los Pins, se ha trasformado en una "pasionaria" de la tierra argelina.
Isabelle se tiende junto a él. Philippe la despoja de su cinturón y lo lanza al fondo de la habitación con el arma que soporta.
Cuando más tarde Isabelle trata de recordar con detalles cómo ha sucedido todo, no se acuerda de nada, sólo de una ola que venía de muy lejos, crecía, se engrandecía, la cubría y la inundaba para arrastrarla y hacerla rodar en un torbellino de arena y de oro. Por momentos había pensado que era la tierra de Argelia y que el guerrero que estaba sobre ella fecundaba la tierra con su fuerza, y que por esta unión se quedaba ligada para siempre a él.
Es la primera vez que conoce el placer, y cuando la ola la abandona inanimada sobre la playa, ve a Philippe desnudo a su lado, pero no impúdico y repulsivo como siempre le habían parecido los cuerpos de los hombres. Tiene la sensación de que nada malo puede ocurrirle, de que Argelia está a salvo y de que todos los peligros han sido conjurados.
Por la tarde se pasean por el naranjal agarrados de la mano. El viejo Pélissier se hace conducir hasta él en una silla de ruedas.
— Le he explicado a Philippe . . . — le dice Isabelle.
El viejo se pasa la mano por sus pelos.
— Debió resultar difícil; hicisteis mucho ruido. ¿Crees que te ha comprendido porque te hayas restregado contra él como una gata enamorada . . . ? En fin, ahora, por lo menos, hay algo que defender en Argelia . . .
- ¿Qué?
— Tú.
Isabelle y Esclavier pasan la noche en la propiedad.
En medio de la noche, un criado acude a despertarlos. Salen; el cielo está rojo y la granja vecina está ardiendo.
La propiedad Murcier es una de las más antiguas de la región; fue fundada pocos años después de la conquista por un oficial de Bugeaud que se había desmovilizado allí mismo.
El viejo Pélissier, en pie sobre sus bastones, con la cara tensa, jura interminablemente. Le da un síncope y hay que cuidarlo. Isabelle decide quedarse en la granja y Philippe se marcha solo a Argel en el automóvil de la joven. Antes de dejarla, Philippe le dice.
— Quiero que conozcas a Día.
— ¿Quién es Día?
— Un negro, el médico del regimiento. Para algunos de nosotros, entre los que me cuento, representa un papel muy importante. Si algún día quiero confesarme como cristiano, sólo lo haré con él.
— ¿Eso qué quiere decir?
— Que es posible que yo te ame, que es posible que sea sincero; pero preferiría que Día me lo dijese.
. . . . . . . . . . . . . . . . .
El capitán Boisfeuras encuentra al comisario principal Poiston en un bar situado al lado del "Mauretanis". Conoció al comisario en Saigón, cuando se ocupaba de la comunidad china.
— Se desconfía un poco de mí — dice el comisario — porque vengo de Indochina, pero conozco mi oficio y nada me pasa inadvertido . . . Argel está en manos de los rebeldes. Conocemos a los principales jefes del F. L. N. Sabemos dónde se guarecen sus jefes. Pero no podemos tocarlos. Las leyes que rigen en Argelia son las mismas que están en vigor en Francia; no nos dan ningún medio de acción. Los cuerpos de Policía se vigilan unos a otros y cualquiera está dispuesto a denunciar a su rival si se entera de que ha cometido la menor irregularidad. Sólo existe un medio . . . a mi entender. Les informaríamos, podrían llevar a cabo los golpes que a nosotros nos están prohibidos. Pero es una cosa urgente.
— Vamos a Chipre.
— ¿Cree usted que éste es el momento oportuno?
— El ministro residente dice que una división francesa en Egipto vale más que cuatro divisiones en África del Norte.
— Pero cuando ustedes regresen de Chipre, la bandera fellaga ondeará sobre el Gobierno General y al presidente lo habrán colgado si no ha tenido tiempo de largarse. La cosa camina muy aprisa. ¿Ha oído hablar de la zona autónoma de Argel?
— No.
— Imagínese a Saigón completamente en manos de los viets, excepto ciertos barrios residenciales, Ho-Chi-Min, Giap, Ta-Quan-Buu y todos los demás instalados ya en el interior de la ciudad . . . , pues, por si usted no lo sabe, los jefes de la rebelión están todos en Argel. Acaban de llegar de Kabylia . . .
— Enciérrelos.
—¡Que reviente Argelia con tal de que subsistan nuestras rivalidades! Lo dejo, mi capitán; no está bien visto que nos veamos frecuentemente con los militares . . . Pero regresen pronto de Egipto, antes de que todo se ahogue en sangre.
Notas
[28] Cilindro de madera con fuertes púas para cerrar un paso, una brecha, etc., que se denomina de esta manera por haber sido Frisia el primer país en que fue utilizado. (N. del T.)
[29] Tienda de forma redonda que tiene algún parecido con los marabutos o ermitas de los morabitos. (N. del T.)
[30] Literalmente: Alá nos ve
[31] Dinassaut: abreviatura de división naval de asalto, pequeña flotilla costera o fluvial equipada de barcas de desembarco y de motores de fondo chato.
[32] Ratón: mote despectivo que dan los colonos franceses a los musulmanes indígenas. (N. del T.)
[33] Verome opinó de esta leyenda griega una explicación muy completa en su libro De Pythagore aux apôtres. Flammarion, editor.
[34] Denominación dada en Argelia a los franceses metropolitanos. (N. del T.)