Jean Lartéguy - Los Centuriones

    


 

CAPÍTULO V
M. ARCINADE SALE DE LA SOMBRA

 

Durante el mes de setiembre y principios del de octubre, una serie de acontecimientos apasiona a los habitantes de Argel. Para los ya iniciados del "Yacht Club" se trata de la fiesta que Isabelle Pélissier da en honor del capitán Esclavier para que nadie ignore que es su amante. Bab-el-Oued se interesa, con la indiscreción, la desvergüenza y el buen humor propio del barrio, en los amores de Concha Martínez con su coronel de paracaidistas. Ha de tener lugar el partido del R. U. A.[35] contra el Saint Eugéne para que dicho acontecimiento pierda vigencia. Sin embargo, Bab-el-Oued desde entonces siente un gran afecto por el coronel, hace de él un héroe y un hijo adoptivo, e impone su nombre al Argel gazmoño de los barrios elegantes.

En lo que se llama los "medios ultras" se ve aparecer a un misterioso M. Arcinade. Es discreto y sonriente, le gustan los pasteles y conoce todos los pormenores del asunto argelino y todos los arcanos de la política parisiense. Boisfeuras, que lo ha encontrado en varias ocasiones, no sabe si se encuentra ante un agente doble, un provocador de la policía o un patriota sincero cuyo cerebro está un poco turbado por la lectura de las novelas de espionaje y de anticipación de hechos.

Sin embargo, la "Fuerza A" que tiene que desembarcar en Egipto, dispuesta desde el 22 de setiembre, y cuyo secreto ha llegado a ser el de Polichinela, ha dejado en seguida de interesar al mundo argelino.

Por la mañana, los habitantes de Argel descorren sus visillos, asoman su nariz a la brisa salina, y ven en el puerto los quince buques mercantes requisados para el trasporte de las tropas, que siguen todavía allí.

El taxista Jules Pasderas, que estaciona su vehículo en la parte baja de la cuesta Bugeaud y que frecuenta el "Bar des Amis", resume la situación, dos veces al día, de una manera quizá grosera, pero toda la población de Argel comparte su opinión.

—¿La expedición a Egipto. . . ? Mon zeb.

Pronto llaman a la fuerza A la "expedición mon zeb".

Es necesario "que se produzca la llegada al hotel "Saint Georges" de doscientos aviadores civiles, que han de pilotear los aviones para la expedición a Chipre, para que los habitantes de Argel tomen el asunto un poco más en serio.

En cambio, a excepción de algunos iniciados en el asunto de la rebelión, nadie sabe que un tal Khadder, que hasta ahora cumplía el muy secundario papel de enfermero en un djebel de la Wilaya II, acaba de ser destinado a la zona autónoma de Argel. Antes ha realizado intensos estudios en la Facultad de Ciencias, merced a una beca del Gobierno General. Con la espalda encorvada y el aspecto lastimero, se queja de los dolores que le produce una de sus vértebras, desviada a causa de una caída. Habla sin cesar de sus dolores, como un viejo de su salud o un general de su única victoria, lo que le ha valido entre los estudiantes el seudónimo de "Khadder el de la vértebra".

Khadder tiene a veces lapsus y olvida el sitio donde se encuentra, el experimento que está realizando y hasta los compañeros que lo rodean. Entonces, Mireau, que es su vecino en el laboratorio, le golpea fuertemente en el trasero.

— La patada en el culo es el electro-shock del pobre . . . — dice con amargura.

Mireau subvenciona sus estudios trabajando. Y dicen que, en un tiempo, se mostró simpatizante del Partido Comunista Argelino.

Pasfeuro es llamado a París "para consulta". El director de su periódico, un hombre de gran pose y muy condecorado, gusta de dar a los desplazamientos de sus corresponsales el brillo de un diplomático. Dado que el ministro de Asuntos Exteriores ha llamado a sus embajadores y expertos para informar acerca de las posibles repercusiones de la expedición de Suez en el Oriente Medio y en el resto del mundo, él quiere hacer lo mismo, convocando en la redacción del Quotidien a todos los enviados permanentes. Los embajadores poseen lo más lucido de sus informaciones gracias a los corresponsales del Quotidien, quienes, a su vez, los obtienen de los agregados militares y comerciales por medio de todo el heterogéneo y bajo mundo que se mueve alrededor de ellos y que generalmente está muy bien informado, aunque Sus Excelencias no quieren mezclarse abiertamente con él.

Las dos reuniones tienen lugar el mismo día y a la misma hora; una a la derecha del Sena y otra a la izquierda. El director del Quotidien y el ministro de Asuntos Exteriores tienen, cada uno por su parte, un elemento de información en la otra reunión. Esperan, el uno para tomar una decisión y el otro para orientar la política de su periódico, tener conocimiento de las noticias sensacionales que no dejarán de filtrarse a través de estas reuniones.

Villéle está más libre de movimientos, pues la dirección de su periódico ha decidido, de una vez para siempre, permanecer en la oposición hasta el momento en que se le vaya a suplicar que tome las riendas del poder. Para estos seres sin complejos. París es Francia entera. La banca judía, la Escuela Normal, la Politécnica y el distrito XVI son París. Las tabernas de Saint Germain des Prés, una escuela para pensar. Y el progresismo, una idea política. Jóvenes brillantes y muy bien vestidos tienen toda la insolencia, grosería y cinismo necesarios para causar impresión.

Villéle, que se encuentra en Argel, puede asistir a lo que después se llamará "el escándalo de EL Biar". Es él quien lo relata a Pasfeuro; un relato fiel y minucioso en detalles, a pesar de la interpretación un poco "burlona" que le da.

Pasfeuro vuelve a encontrar en París a Jeanine y reanuda sus relaciones con ella. Su director lo felicita por su "muy notable trabajo en Argelia". Con la impresión se le olvida reclamar un aumento de sueldo, prometido desde hace tiempo.

Instalado en un chaise longue en el jardín del "Hotel Saint Georges", envuelto por la noche, entumecido y extático de pura felicidad, presta poca atención al relato de su camarada. El nombre de Marindelle lo saca de su sopor.

— Imagina — le dice Villéle — uno de esos magníficos apartamentos que forman el último piso de un edificio comercial. En su parte exterior, una terraza adornada con tiestos de flores, de cactus, de palmeras enanas y de laureles rosa; a través de los grandes ventanales se ve iluminada toda la bahía de Argel. En el interior, las alfombras son gruesas, los divanes muy profundos . . . , y las bebidas alcohólicas de primera calidad. Ese rufián de Esclavier sabe elegir muy bien a sus amantes. Comienzo a tener por él, aparte del interés profesional que representa, cierta simpatía. La víspera lo encontré en el bar del "Aletti" y me invitó . . . ¡Indochina es una excelente recomendación para todos esos militares! Ya has podido contar lo que sea sobre ellos, que si has estado en el Vietnam quedas absuelto y formas parte de la familia. Claro está que la velada no se daba, oficialmente, porque el capitán Philippe Esclavier haya conseguido hacer gozar a Isabelle Pélissier, que hasta ahora había sido frígida. No; se daba en honor de los oficiales del 10° Regimiento de Paracaidistas que salían para El Cairo. El marido también estaba allí; un ser grotesco, estrecho de pecho, pero no desprovisto de inteligencia. Si yo estuviera en el puesto del capitán y de su hermosa amiga, pondría un poco más de atención. Todas las jerarquías tradicionales de Argel se encontraban allí, y, por una vez, rabo entre piernas. Por ejemplo, tu primo Marindelle había llevado . . .

— ¿De quién hablas?

— ¿Cómo? ¿Te despiertas ahora? Te digo que Marindelle llegó en compañía de una mujer bastante madura, profesora de Etnografía sahariana en la Facultad. Ni el uno ni el otro dejaba la menor duda sobre el tipo de relaciones que los unía . . . Existía algo incestuoso en aquella unión. Edipo y su madre . . . ¿Te parece?

— ¡Qué cerdo eres!

— ¿Sabes que el papel de hombre franco, que dice cosas desagradables, es muy difícil de sostener en un mundo que se hace gris, hipócrita y tolerante . . . ? Los paracaidistas acudieron con su uniforme de campaña: puños remangados y pecho desnudo bajo el blusón de tela, los de Argel llevaban corbatas, camisas de seda y chaquetas de sbanturig blanco, y las mujeres en su mayoría, trajes de cóctel confeccionados por los grandes modistos de París. Los notables de la ciudad recibían haciendo muecas a los mercenarios, que les son necesarios para hacer frente a la Liga Árabe, que amenaza sus privilegios. ¿Recuerdas Salammbó, el banquete de Megara en los jardines de Amílcar? No dejé ni un solo instante de pensar en ello. . . A medida que se emborrachaban, los mercenarios se acordaban cada vez más de las injusticias de Cartago. Sus fatigas, vistas a través de los vapores de la borrachera, les parecían prodigiosas y poco recompensadas. Mostraban sus heridas y relataban sus combates . . . Entonces se sintieron solos a pesar del gentío; y la gran ciudad que dormía bajo ellos, en la sombra, les dio miedo, con sus amontonamientos de escaleras, sus altas casas negras y sus vagos dioses todavía más feroces que su pueblo.

— ¿Te has aprendido a Flaubert de memoria?

— Sí, capítulos enteros, cuando tenía quince años. Robé el libro de un puesto: era Salammbó . . . ¿Te das cuenta? Si en vez de Salammbó hubiera sustraído Los Misterios de París . . . me hubiera visto obligado a trabajar en el Quotidien. El coronel Raspéguy llegó con su joven ramera de Bab-el-Ouéd, muy excitante, muy bien hecha, vulgar hasta la exageración, oliendo a brochette y a pimienta. Ese no tiene complejos. De pronto se dio cuenta de que las hermosas señoras de Argel estaban discretamente maquilladas, se volvió hacia su monita pintarrajeada de rojo, de azul y de negro, la agarró por el cuello, la encerró en el cuarto de baño y le lavó la cara. Al volver, la chica estaba roja, como si le hubiesen pasado papel de lija. Estaba rabiosa, y durante toda la velada sólo abrió la boca para mandar a la mierda a los honorables caballeros que le ofrecían copas de champaña y pastas . . . Al principio los grupos no se atrevían a mezclarse. Los paracaidistas hablaban de la guerra; los colonos, de vinos y de agrios; los hombres de negocios, de dinero, y las mujeres, de trapos y modas. Todos mojaban sus labios con whisky y champaña, cuchicheando sobre la aventura de Isabelle y su paracaidista, y lanzaban miradas a hurtadillas hacia Paul Pélissier para saber qué actitud convenía adoptar respecto a la mujer adúltera y a su amante. Rara vez he tenido ocasión de contemplar a dos seres que proclamasen con tanta despreocupación que se amaban y que se acostaban juntos. Tras ellos dejaban como una estela, un cálido y turbador aroma de lecho. Día, el negro, llegó más tarde en unión de su compinche Boisfeuras, ese personaje molesto de voz carrasposa. Ya habían bebido de lo lindo. Tras el negro iba un teniente de cabello rojo, muy alto y corpulento y de rostro helado, que comenzó por tropezar con una alfombra. Se cayó cuan largo era, lo que le valió a Raspéguy una observación brutal:

— Piniéres, cuando no se aguanta un litro, no hay que beberse un barril.

Día se hizo servir una copa de whisky puro, eructó con satisfacción y enternecimiento y luego cogió a Esclavier y a Isabelle y los abrazó. Día tiene la misma voz que Paul Roberson, profunda, rica, sonora; una voz hecha para conmover a las mujeres, a los niños y a los esclavos . . . que habla al corazón y a las entrañas. Todos los invitados que se encontraban en la terraza acudieron al salón. La voz les atraía como la miel a las moscas.

"— Philippe — le dijo al capitán —, me parece excelente que ames a una mujer que se te parece, que pertenece a la misma raza y que tú y, esta vez, bien viva . . . ¿Cómo se llama?

Esclavier le respondió: —"Isabelle.

"Día continuó:

"—Isabelle, esta noche tenemos algo que hacer. Vamos a matar a tu pequeña rival, que, como sabes, ya ha muerto una vez. No la temas demasiado. Era una muchacha con trenzas y un casco de latanero en la cabeza. Todos amábamos a la pequeña Suen. Representaba nuestra guerra en Indochina. Sin saberlo, habíamos ido a defenderla contra sus mismos hermanos de lucha. La amábamos como a una cosa fuera del tiempo y del mundo. Suen no era vivaz como Isabelle. Indochina tampoco era tanta verdad como Argelia. Era un lugar aparte, donde vivíamos entre nosotros en una guerra que se había inventado, y en donde moríamos escondiéndonos como los elefantes enfermos o heridos que se arrastran hasta sus secretos cementerios.

"Contigo, Isabelle, la cosa es más sencilla. Te has convertido en la mujer de Philippe para que él venga con sus amigos a defender tu casa . . .

"Paul Pélissier exclamó con voz aguda:

"—El negro está completamente borracho; se atreve a tutear a mi mujer. ¡Que se vaya.. . ! ¡Está loco... !

"Raspéguy entonces tomó al marido por el brazo.

"—Si usted lo desea nos vamos todos con él. Abandonaremos El Biar, Argel, Argelia y el Sahara; le dejaremos que se las arregle con sus árabes, a quienes tanto presume de conocer. Sin nosotros, hace tiempo que le habrían arrojado al mar.

"A partir de este momento, te lo aseguro, todo el mundo encontró muy normal que Isabelle fuese la amante de Esclavier. Incluso que ella lo pregonase; todos, hasta el marido. . . Lo que en el fondo extrañó al pobre Pélissier fue que Día hubiese tuteado y abrazado a su mujer. A medida que trascurría la noche y que las copas se vaciaban, los mercenarios contaban sus recuerdos de la guerra, la resistencia, los campos de concentración de Indochina. Aprendí mucho esa noche.

"Ahora sé que son ingenuos y dignos de lástima, con deseos de ser amados y complaciéndose en el desprecio de su país, capaces de energía, de tenacidad y de valor, pero también dispuestos a abandonarlo todo por la sonrisa de una mujer o la promesa de una bella aventura. Se mostraron a mis ojos bajo en su verdadera cara: vanidosos y desinteresados, ansiosos por comprender y con repugnancia a ser instruidos, enfermos hasta la muerte por no poder seguir a un gran jefe injusto y generoso, y por verse obligados a buscar entre las teorías políticas y económicas una razón para luchar. . . que sustituya al jefe que no han podido encontrar.

"Estos condenados que, como homenaje a Isabelle, le brindaban sus relatos sangrientos, sus cántjcos salvajes o nostálgicos, sus amores lejanos y sus locos sueños de conquista, que se arrancaban las medallas y los adornos de sus armaduras para arrojarlos a sus pies, eran seres patéticos y exasperantes. En Indochina se habían hecho hombres, y de pronto se les iba a lanzar sobre Egipto, en una acción de guerra de reconquista, se convertían en guerreros pretenciosos e insoportables.

"Era una pesadilla absurda y heroica. Ubu trasformado en héroe. Me imaginaba a aquella tonta de Isabelle relamiéndose los labios con el placer de una gata satisfecha, mientras que ellos prendían fuego a El Cairo, sus mezquitas y sus palacios.

"Pasfeuro, ¿sabes lo que pienso? Escúchame, que es grave, que es serio . . . Infinitamente más grave que tus disgustos sentimentales. Estos paracaidistas están todos disponibles y buscan un amo . . . Los únicos que pueden proporcionarles ese amo, que sabrá destrozarlos y cubrirlos de gloria a la vez, imponerles una disciplina por la que sienten nostalgia, devolverles esa admiración del pueblo por cuya ausencia se sienten frustrados, son los comunistas . . . Aquella noche sufrían, quizá por última vez, una crisis de infantilismo. Mientras acariciaban a las mujeres, rompían sillas o vaciaban botellas, mientras el negro daba golpes sobre una sartén de cobre que había descubierto en la cocina, todo ello ante los horrorizados ojos de los "responsables" de aquellas señoras, trasformados en espectadores pasivos, yo pensaba en la historia de Salammbó y en la orden que el Senado de Cartago había dadora Amílcar para que encerrase a los mercenarios en un desfiladero y los exterminase. Pues a tus amiguitos les llegará el día del exterminio, y un gobierno burgués tendrá que cargar con la responsabilidad de llevarlo a cabo.

"Pasfeuro, ¿quieres ofrecerme un whisky doble? Te conté una historia muy interesante."

— Me la contaste porque ni el uno ni el otro podemos escribirla, ya que nadie la entendería . . . ¿Conoces el nombre de la mujer que estaba con Ivés Marindelle?

Al día siguiente del escándalo, Paul Pélissier encuentra a Arcinade en casa de unos amigos comunes. Todavía tiene la cabeza pesada a causa del alcohol ingerido la víspera, y su corazón destrozado, su vanidad herida, lo hacen más sensible que un hombre al que despellejaran vivo. El señor Arcinade sabe curar las llagas de este tipo. Su grueso cuerpecillo está cuidadosamente apoltronado en el fondo de un gran sillón y en su mano calienta una copa de coñac.

— Querido amigo — le dice a Paul —, me han hablado largamente de usted, de la antigüedad de su familia, establecida desde la conquista de esta tierra argelina, de la que quieren expulsarnos, y de la influencia que usted tiene en ciertos medios, de forma que he procurado verle. Sin duda no le ha pasado inadvertido el vasto complot que amenaza a Argelia. Un complot de enormes ramificaciones . . .Ya sé; está pensando en determinada izquierda . . . En los comunistas . . . No; este aspecto del complot no es grave. Hay otro aspecto infinitamente más pernicioso, que ha ganado a la burguesía, al gran ambiente de los negocios e incluso a parte del Ejército . . .

— ¿Se refiere... ?

— ¿Conoce usted al coronel Puysange? Hace unos días me hizo partícipe de algunos de sus temores. En Indochina cierto número de oficiales, de los mejores, contrajeron el virus. Algunos no tuvieron necesidad de ir a Indochina para ello. Según creo, conoce al capitán Esclavier, ¿no?

Una bocanada de calor inunda el rostro de Paul; pero Arcinade parece no darse cuenta.

— Innegablemente cuenta con buenas acciones de guerra . . . — prosigue Arcinade —. Pero con De Gaulle, o en la Resistencia . . . , lo que le da cierto carácter . . . político . . . Sobre todo, tiene una familia comprometida desde fecha muy antigua con el comunismo internacional. El capitán Marindelle y el comandante De Glatigny pertenecen, como él, a una organización . . . digamos liberal. El coronel Raspéguy es un ser orgulloso; él mismo se titula hijo del pueblo. Estos no son los defensores que necesitamos en Argelia. Precisamos hombres duros y convencidos, verdaderos soldados de Cristo y de Francia. Durante el día, colonos, comerciantes, obreros y oficinistas . . . y por la noche, que sepan manejar el puñal y la ametralladora . . . Estos hombres deben ser adiestrados por especialistas que dispongan de armas, de técnicos y de apoyos, tanto en París como en Argelia, y lo mismo en el Ejército que en la población civil . . . Pero estos hombres, porque son íntegros y sinceros, a veces carecen de dinero.

Paul tiene un sobresalto. A pesar de su cuantiosa fortuna es conocido por su tacañería. Arcinade dibuja sobre la mesa, con el extremo de la uña, un corazón coronado por una cruz.

— Este es el signo de Charles de Foucauld — dice —, pero también el de los chuans.

El sorprendente señor Arcinade se pone a canturrear, con una voz aflautada que recuerda la de los sapos en ciertas noches de verano, la canción de los chuans:

Vuestros cuerpos serán lanzados a la onda,
Vuestros nombres condenados al deshonor.
Nosotros sólo tenemos un honor en el mundo.
El de seguir a Nuestro Señor.
Los Azules en nuestra casa bailan la ronda,
Beberán la sangre de nuestro corazón,
Sólo tenemos un corazón en el mundo,
El Corazón de Nuestro Señor.

— Espero que nos volveremos a ver, mi querido Pélissier. Y muy pronto. Le pido, claro, que guarde todo esto en secreto. A propósito, ¿sabe que el capitán Esclavier pertenece a la francmasonería? Un cargo elevado, como nuestro comandante en jefe y nuestro ministro residente . . .

Al regresar a su casa, Paul decide no volver a ver a este loco de modales almibarados. El buen sentido campesino que ha heredado de sus antepasados lo pone en guardia; pero reconoce que Arcinade dice cosas turbadoras y parece estar muy bien informado.

Mientras va a buscar su coche silba la canción de los chuans:

Los Azules en nuestra casa bailan la ronda,
Beberán la sangre de nuestro corazón . . .

El Azul es Esclavier. . . Y todo su romanticismo escondido de niño raquítico aflora a sus labios.

El 20 de octubre los paracaidistas del 10 ° R. P. C. reciben la orden de embarcar en los aviones que los conducirán a Chipre. El coronel Raspéguy, con su uniforme y sus galones sobre el hombro, seguido por dos centinelas armados, acude en su jeep a decirle adiós a Concha.

Todo Bab-el-Oued está en las ventanas. Las ropas tendidas a secar se agitan bajo el generoso sol del Mediterráneo.

Abraza a la muchacha, le golpea las nalgas y parte a conquistar El Cairo entre los aplausos frenéticos de toda una multitud compuesta por españoles, malteses, árabes y mahoneses, a los que se han agregado algunos franceses de buena cepa.

El 5 de noviembre, a las seis de la mañana, los paracaidistas del 10° R. P. C. son lanzados al sur de Port Said, con el fin de apoderarse del puente existente sobre la carretera y el ferrocarril de El Cairo. Este puente franquea un canal de empalme que une el canal de Suez con el lago de Manzeleh. La zona de lanzamiento se limita a una estrecha franja de arena entre dos extensiones de agua.

Los aviones efectúan la operación a una altura de ciento cincuenta metros, cuando el límite extremo de seguridad es de ciento ochenta. Tienen que aminorar la marcha a doscientos kilómetros por hora, lo que les hace magníficos blancos para la D. C. A. egipcia.

Esta D. C. A., concentrada en torno al puente, entra en acción en el momento de la aparición del primer avión de trasporte, haciendo funcionar inmediatamente sus cañones de tiro rápido y sus dobles ametralladoras. El avión no lanza más material, es decir, dos jeeps y un cañón del 106, que caen en el canal. En las tranquilas aguas los blancos paracaídas parecen gigantescos nenúfares que acaban de abrirse. Los paracaidistas han saltado protegidos por una columna de humo, y la mayor parte de ellos consiguen llegar a la franja de arena. La operación no resulta tan peligrosa como se había temido.

Esclavier y sus hombres se apoderan de los depósitos de decantación de la Compañía de Aguas, a fin de conquistar el puente a la inversa. Por esto se ven obligados a atravesar un bosquecillo ocupado por los fedayins, los voluntarios de la muerte de Nasser. Cada fedayin oculto tras un árbol dispone de un verdadero arsenal: metralletas, fusiles, granadas y bazookas. Desencadenan sobre los franceses un fuego de infierno que no causa grandes estragos, puesto que apuntan muy mal y los paracaidistas saben utilizar las pequeñas asperezas del terreno para camuflarse. Viendo que los paracaidistas, lejos de retroceder, siguen su avance, se retiran repentinamente, abandonando una posición de la que habría sido difícil expulsarlos, así como la mayoría de sus armas, sus uniformes y todas sus municiones. Lanzados a su persecución, los paracaidistas franquean el puente e incluso lo rebasan unos doscientos metros. Ante ellos se abre la ruta de El Cairo. Pero las otras compañías, que progresan más difícilmente debido a un duro fuego de artillería, invierten varias horas antes de unirse a ellos.

Glatigny atraviesa corriendo el pasadizo del puente, que de nuevo barren las ráfagas, y rueda hasta la trinchera de Esclavier, en el mismo momento en que un obús de mortero estalla detrás de él.

— Primero deja que te felicite. Raspéguy me encarga que te diga que no te extralimites. Estamos a la cabeza de todo el dispositivo aliado, pues por fin esta vez contamos con un aliado, lo que no nos ocurría desde 1945. Es la guerra de verdad, Philippe, y esto sienta bien . . .

— Sí, la guerra de verdad, con El Cairo como objetivo.

— ¿Sabes lo que significa El Cairo en árabe? ¡El Qahirah: la Victoriosa!

— Haremos como Napoleón — dice riendo Esclavier —. Saquearemos el Museo. Mi padre decía que es uno de los más ricos del mundo, y el peor ordenado. Una verdadera cueva de Alí Baba... ¡Y el oro de Tutankamón!

— Todavía no estamos allí.

— ¿Y qué es lo que nos separa? Algunas bandas de pobres jellab que no saben lo que pintan aquí; unos matamoros de cine, armados de buenas ametralladoras, y que salen de estampida al primer disparo. Dicho de otra forma: El Cairo es nuestro. Nos hospedaremos en el "Semiramis", al borde del Nilo; subiremos a las Pirámides e iremos a visitar el Valle de los Reyes. Por fin hemos escapado de esa cárcel que es Argelia . . .

Una nueva salva de morteros viene a estallar junto a su trinchera, levantando un polvo espeso. Pero Esclavier y Glatigny se ríen, porque han conquistado El Cairo.

Piniéres y cincuenta de sus paracaidistas toman por asalto el cuartel de los fedayins de Port-Fuad. Entre muertos y prisioneros caen ciento cincuenta "voluntarios de la muerte", y los paracaidistas recogen más armas de las que se necesitan para poner en pie a todo un regimiento.

"Esta es la buena guerra", se dice Piniéres mientras se enjuga la frente.

El capitán Marindelle y el teniente Orsini, seguidos por un camión de paracaidistas, sin haber recibido órdenes se lanzan por la carretera de El-Kantara y llegan a pocos kilómetros de la ciudad. Son ametrallados débilmente por un regimiento de regulares, que se da a la fuga creyendo que los judíos ya están en la capital de Egipto. Hacen tal cantidad de prisioneros, que tienen que soltarlos, limitándose a dejarlos en camisa. Raspéguy toma contacto por radio con el general tuerto, que vuela sobre ellos en su P. C. volante: un "Dakota".

— La carretera de Suez está libre — anuncia el coronel —. Una de mis unidades está en las puertas de El-Kantara. ¿Qué hacemos? ¿Sigo?

— Las órdenes van a llegar de un momento a otro.

El "Dakota" continúa volando por encima de los depósitos de Aguas, y después, bruscamente, enfila hacia el Norte, hacia el mar y hacia Chipre.

— ¿Qué ocurre? — pregunta Raspéguy, inquieto.

Es el piloto quien responde:

— Nada; vamos a repostar gasolina.

Ahora corre un mensaje por las ondas: "Las tropas franco-británicas se dirigen hacia Suez."

Todos los estrategas hacen cálculos sobre sus mapas: los carros avanzan a 25 kilómetros por hora, pero los A. M. X. franceses pueden llegar a los 100 kilómetros por hora. Ismailia caerá por la noche, y se encuentra a 156 kilómetros de El Cairo. La desbandada del Ejército egipcio se acelera. Raspéguy da un salto. Teme que otra unidad se le adelante.

Al día siguiente, por la mañana, en Port-Fuad y en Port-Said la marina comienza a desembarcar camiones, jeeps y material pesado. Loco de rabia, Raspéguy ve llegar primeramente los vehículos de los regimientos de Fossey-Francpis y de Conan, luego los de Bigeard, y no recupera sus carros hasta después de anochecer.

A las diez de la noche, el general que dirige la división de paracaidista los convoca con toda urgencia.

— Todo el mundo ha de estar dispuesto dentro de una hora para encaminarnos a El Cairo — grita —. Ni equipos ni víveres; hay que llevar sólo armas y municiones. Lo demás lo encontraremos por la carretera.

El general es brutal, intencionadamente grosero: pero Raspéguy, que apenas lo aprecia — ¿aprecia él alguna vez al jefe que lo manda? — tiene que reconocer que es un hombre de carácter.

— Siéntese — le dice el general.

Tiende a Raspéguy una copa y una botella de whisky.

— Beba un buen trago. ¡Más, hombre, más! — de pronto se pone a tutear a Raspéguy y éste comprende que la cosa marcha mal —. Escucha y no grites . . . , porque yo también tengo ganas de mandarlo todo a paseo. Acabo de recibir la orden de cese el fuego. Se deshinchan . . .

— ¡Pero si está todo ganado!

— Eden ha dado marcha atrás. Guy Mollet trata de aferrarse, pero sin convicción. No está todo ganado; está perdido. Ultimátum de los rusos, amenazas de los americanos. No sé qué ocurre entre los "ruskoffs", pero parece que los húngaros se han sublevado.

— ¡Qué me importan los húngaros! ¿Y si hiciéramos como que no hemos recibido la orden y cayéramos sobre El Cairo?

— No creas que no lo he pensado. Pero por lo menos tendríamos que estar cubiertos por parte del mando francés.

— ¿Y no es posible?

— No. Nuestro comandante es un general diplomado de la Escuela de Guerra; no es como tú ni como yo. Hace la guerra con gráficos, estadísticas y castillos de arena. No puede creer que cuatro regimientos de paracaidistas puedan por sí solos desbaratar un ejército de pacotilla . . . Raspéguy, ya me has oído: te prohibo que te muevas. Pero si quieres emborrachar a tus oficiales . . . puedo enviarte un camión repleto de whisky. Esto no falta.

— ¿Y qué va a suceder?

— Otra vez a Argelia, cuando la solución de Argelia quizá se encontraba aquí.

— ¡Argelia, esa basura!

— Sí; estamos condenados otra vez a la mierda. ¿Sabes que la guarnición de Port-Said se acaba de rendir?

— Esta retirada es grave, mi general, ahora que la victoria está al alcance de nuestra mano . . . y con la necesidad que tenemos de victorias. Grave, sobre todo, para nuestros muchachos. Se creían libres de la prisión. Se les va a devolver a sus celdas entre gendarmes...

Los paracaidistas del 10 ° R. P. C embarcan el 14 de noviembre, pocas horas antes de la llegada de los gendarmes de la O. N. U.: noventa y cinco soldados daneses con cascos azules. Tienen la tez y los cabellos del color de la mantequilla; armas que sólo han sido utilizadas durante los ejercicios; conciencias y rostros llenos de tranquilidad.

El 20 de noviembre el regimiento desembarca por la noche en Argel. El coronel Raspéguy ha obtenido que se le envíe inmediatamente a los djebels, pues necesita tener a sus hombres bajo su mano. Justamente una banda acaba de ser señalada en el Atlas. Los lagartos se lanzan a su persecución.

El sábado 30 de setiembre, a las cinco de la tarde, cuando las calles hierven de gentío, una bomba estalla en el interior del "Filk Bar", en la esquina de la rué Isly y de la plaza Bugeaud, frente al apartamento que el general comandante jefe ocupa en los edificios de la 10a Región.

A la misma hora, en "La Cafetería", rué Michelet, estalla otra bomba. Las dos están fabricadas con el mismo primitivo, pero eficaz explosivo: la "schneiderita", obtenido a base de clorato de potasa. Las dos bombas causan tres muertos y cuarenta y seis heridos. Entre los heridos se cuenta un gran número de niños con las piernas rotas.

En "La Cafetería", los enfermeros acaban de colocar en una camilla a un niño que grita de dolor; están a punto de cerrar tras de ellos la puerta de la ambulancia cuando uno se da cuenta de que se ha dejado en la acera el pie y el zapato del niño. Todo ello lo ponen en la camilla, y, apoyado en un árbol, se pone a vomitar. Se llama Maleski. Una vez por semana, en el "Restaurante Suisse" invita a una buena cena a una enfermera y a veces se acuesta con ella. Hasta hoy no se había planteado ningún problema moral o sentimental. Era feliz.

El sistema de explosión de otra bomba, colocada en el hall del aeropuerto, no llega a funcionar. Se compone de un despertador que pone en contacto una pila eléctrica. El explosivo es el mismo que el de las bombas de "La Cafetería" y del "Milk Bar"; la "schneiderita".

El 5 de octubre una nueva bomba hace explosión en una de las paradas del autocar Argel-Tablat, causando la muerte de nueve musulmanes . . .

El horror se enseñorea de Argel en medio del zumbido de las sirenas de las ambulancias, de los cristales hechos añicos y de los charcos de sangre sobre los que se arroja aserrín.

Los nervios de los habitantes de Argel, tensos hasta el límite de la ruptura, vibran al menor rumor y ante la invención más inverosímil. A veces estos mismos hombres permanecen impasibles ante las más atroces escenas y, al beber su anís, brindan por la próxima granada, de la que quizá serán víctimas. Después hablan con vehemencia de fútbol o de rugby.

Después del horror llegan el miedo y el odio. Los musulmanes son vapuleados sin razón alguna porque llevan un paquete o porque "tienen una cara poco agradable". Y los europeos despiden a viejos criados árabes o ajatmahs que forman parte de su familia desde hace veinte años.

— No podemos fiarnos de nadie — dicen —; un día nos estrangularán o envenenarán a nuestros hijos.

Y cuentan la historia del panadero que ha sido asesinado por un mozo de repostería. Hacía diez años que los dos hombres trabajaban juntos todas las noches; se habían hecho amigos y por las mañanas se les veía salir de su horno cubiertos de harina. Cruzaban la calle para ir a desayunar a una taberna. Llevaban con ellos el pan recién salido del horno y se servían jamón.

En el trascurso de pocos días se abre un foso en Bab-el-Oued. A un lado están los musulmanes, al otro los europeos y judíos. Y esto es precisamente lo que quiere el F. L. N.: producir una escisión en esta zona indecisa, separar seres que cada vez tienden más a parecerse, pues tienen en común cierta apatía, el gusto por la charla, el desprecio hacia la mujer, los celos, la indolencia y espíritu imaginativo.

Villéle y Pasfeuro se instalan por las noches en "l'Echo d'Alger". Un aparato de radio ha sido adaptado a la longitud de onda de la emisora de la Policía para escuchar las llamadas . . . Pueden así informarse del número de atentados y de los lugares donde se producen. En noviembre tienen lugar más de cinco atentados cada día, lo que ocasiona doscientos muertos.

Al principio los periodistas se dirigían inmediatamente a los lugares de los sucesos en coche, moto o taxi. Siempre se encontraban ante el mismo espectáculo: cuerpos tumbados sobre una acera y recubiertos por una vieja manta, heridos trasladados al hospital Maillot y la rabia impotente de un hombre con el rostro descompuesto por el odio y por el sufrimiento. Otras veces oían los gritos de una mujer que se lanzaba a arañazos sobre los policías y los enfermeros. Las judías y las españolas eran las más frenéticas.

Pero al poco tiempo los periodistas ya no soportaron el fotografiar estos horrores, oír estos gritos y ser despreciados como si fuesen ellos los que armasen a los terroristas.

Pasfeuro y Villéle asisten una vez más a la conferencia de Prensa del Gobierno General. El portavoz da una lista incompleta de atentados que han ocasionado un pequeño número de víctimas; casi siempre son disfrazados con el púdico nombre de exactions. Anuncia el arresto de terroristas "cuya identidad es imposible revelar" y promete que se van a adoptar medidas. También anuncia el aniquilamiento de una importante banda en la península de Collo. Acaba diciendo que se ha recuperado un importante cargamento de armas.

Villéle sonríe con aire de complicidad y Pasfeuro, abrumado, se encoge de hombros, lo que tiene la particularidad de desencadenar la cólera del portavoz.

— ¿Una vez más ustedes ponen en duda el valor de mis informes?

— Claro — dice tranquilamente Villéle, levantándose.

— Venga a mi despacho con Pasfeuro. Vamos a tener una explicación de una vez para siempre.

Sus colegas de la prensa local contemplan con la satisfacción de los buenos alumnos que nada tienen que reprocharse a los dos malos individuos que entran en el despacho del maestro.

Pero al estar a solas con los dos enviados especiales, el portavoz cambia inmediatamente de tono. Se hunde en un sillón y apoya con desolación la cabeza en el respaldo.

— Vamos — dice angustiado.

— Para comenzar — dice Villéle —, los atentados han hecho diecisiete víctimas y no seis; no se ha practicado ningún arresto y el Gobierno no proyecta tomar ninguna medida.

— Además — continúa Pasfeuro —, fuimos nosotros los que hemos tenido las bajas en la refriega de Collo: quince muertos y veintidós heridos; armas recuperadas: dos fusiles de caza. ¿Y las pérdidas? Estas nunca entran en ningún balance . . .

El portavoz se levanta y camina de arriba abajo sobre la gruesa alfombra del despacho, acechando a los dos periodistas y entornando sus pestañas, que son curvadas y largas como las de una mujer. Ha utilizado ya con ellos toda clase de astucias, y las tiene tan agotadas, que ahora se ve reducido a practicar cierta forma de lealtad y de franqueza.

Subprefecto destinado a hacer carrera a la sombra del ministro residente, el portavoz se ha dejado arrastrar por el drama argelino. Con todos los recursos de una mente ágil y la absoluta carencia de escrúpulos de un alumno de Maquiavelo que se dedica a una gran causa, se dispone a defender Argelia palmo a palmo.

— Bueno, no voy a mentir con ustedes; sus informes son exactos. Pero, ¿para qué sacarlos ahora a la luz? Sólo conseguiremos aumentar el enloquecimiento general. Estamos al borde de la catástrofe; los acontecimientos más graves pueden producirse en estos próximos días. Quizá vamos a contemplar cómo se desencadena la multitud. Europeos y musulmanes pelearán a muerte . . . Pero no podemos hacer nada; tenemos atadas las manos por sus amigos, Villéle; necesitan la pérdida de Argelia para hacerse cargo del poder. . . Y los blancos edificios de Argelia se derrumbarán bajo las llamas . . .

— Está exagerando, señor portavoz; queremos salvar lo que todavía puede ser salvado tratando con ciertos elementos valiosos del F. L. N.

El teléfono suena con insistencia.

— ¿Quién será este hijo de puta? — grita el portavoz.

Desde que convive con los militares, afecta cierta grosería que él cree de buen tono.

A pesar de todo, descuelga el aparato:

— Diga . . . , diga . . . ¿Es usted, Vivier? ¿Qué dice? ¿Que Froger acaba de ser asesinado . . . ? ¿Dónde? ¿Sobre las escaleras del edificio Central de Correos? ¿Que si es grave . . . ? Ya estamos listos, Vivier. No; le toca a usted avisar al patrón. Después de todo es usted el jefe de la Süreté . . .

Sin esperar más tiempo, los dos periodistas se precipitan hacia la puerta y bajan corriendo las escaleras de mármol del Gobierno General.

Amédée Froger, presidente de la Interfederación de los alcaldes de Argelia, se había convertido, por sus cualidades y sus defectos, en el portaestandarte de todos los colonos. El F. L. N. acaba de golpear a los europeos en pleno rostro. Las reacciones serán violentas.

A las once de la noche, Pasfeuro, que ha enviado por teletipo su informe de los sucesos, se encuentra con Villéle en el "Club de la Prensa", el único sitio que está abierto después del toque de queda. En este túnel ennegrecido por el humo se tropiezan periodistas, policías, rufianes, traficantes, agentes de servicios especiales, rameras declaradas y jóvenes novatas en el oficio, unas y otras a la búsqueda de algún pollo suficientemente borracho para llevarlo a su casa.

— ¿Qué hay de nuevo? — le pregunta Villéle.

— El entierro está previsto para mañana, veintiocho de diciembre. ¡Se presenta bien el Año Nuevo!

— Verá la independencia de Argelia; es inevitable. La historia, como los ríos, corre siempre en la misma dirección.

— Es una cabronada — dice Pasfeuro —, una admirable y fructífera cabronada, eso del sentido irreversible de la Historia . . . Tus compinches, los cocos, han sido astutos anexionándose el destino. ¡Qué fuerza!

— ¿Crees que se puede salvar Argelia? ¿No has comprendido todavía que todo está podrido, enmohecido? Parece aguantar, pero sólo es un decorado que se va a desplomar con el vendaval de la huelga general que nos prometen El Cairo y Túnez ante el debate de la O. N. U. En el Gobierno General hay el mismo número de funcionarios, quizás más que el año pasado, y todo el mundo se envía circulares, o son remitidas al exterior; pero la máquina funciona en vano; nadie las lee, nadie las aplica. Y, mientras tanto, cuatrocientos mil soldados, todo el Ejército en pie, esperan poder regresar a sus casas.

— Exageras; el Ejército domina todo el interior.

— Quizá, pero no controla ninguna ciudad; su acción se detiene en las puertas. ¿Y qué encuentras en las ciudades? Unos pobres policías constreñidos por unos reglamentos de la época de la paz, que carecen de informaciones y tienen mucho apego a su piel. La rebelión, como un gusano, se ha deslizado en todos estos frutos mal defendidos y los ha devorado. El F. L. N. domina todas las ciudades, comenzando por Argel; por lo tanto, ha ganado. Recuerda Marruecos; la sublevación partió de las medinas y después siguió todo el interior.

— ¿Por qué no se mete el Ejército en las ciudades?

— Imposible; es ilegal.

— Pero la legalidad sólo sirve para proteger a una banda de terroristas y de asesinos. Argel está controlado por unos centenares de matones, lo sabes tan bien como yo.

— Los que han decidido el abandono de Argelia se agarran mucho a la legalidad. La legalidad sólo nos interesa cuando la podemos utilizar en nuestro favor.

— Hablas como Louis Veuillot, mi querido Villéle: "La libertad que nosotros les pedimos en nombre de sus principios, se la negamos a ustedes en nombre de los nuestros."

Una muchacha se sienta en su mesa; sus rubios cabellos le caen por la cara; sus carnes son fofas y huele a alcohol.

Villéle le da un azote en las nalgas.

— Ya ves, Pasfeuro; me voy a acostar con ella. Lo más frecuente es que uno se acueste con lo que le viene a mano — se levanta y, apoyando sus dos puños sobre el mantel sucio de vino, añade —: Y quizá por la misma razón me acuesto con el sentido de la Historia.

El entierro de Amédée Froger da lugar a violentos tumultos, en el desarrollo de los cuales cierto número de musulmanes que nada tienen que ver con el asesinato ni con el F. L. N. caen muertos a garrotazos, a puñaladas y a disparos propinados por un gentío delirante. Este tipo de pogrom toma el nombre de ratonnade.

A las siete de la tarde, Pasfeuro se encuentra en el "Aletti" con Parston, uno de sus colegas americanos, cuando la multitud desemboca en la rué de la Liberté y de la rué Colonna d'Ornano, y sube hacia la rué d'Isly por callejuelas y escaleras,

Al lado del quiosco del vendedor de tabaco, en la otra acera de la calle, un viejo árabe contempla admirado a todos estos hombres que corren, preguntándose qué motivos misteriosos pueden empujarlos. Pasfeuro ve claramente cómo un hombre que pasa corriendo al lado del árabe le golpea con una barra de hierro.

Entonces cruza corriendo la calle y se abre paso a puñetazos y a patadas; quiere levantar al anciano. Pero éste yace muerto con el cráneo aplastado; el periodista retira sus manos cubiertas de sangre. Puede ver cómo un policía que ha asistido al asesinato huye de allí.

Pasfeuro se yergue lentamente y su furor es tan grande que tiembla.

— Me voy a cargar a uno de estos cerdos — dice al americano, que se le ha unido.

Parston es perro viejo y está de vuelta de todas las guerras y de todas las revoluciones. Coge a Pasfeuro por el brazo.

— No ha sido un hombre el que ha matado al árabe; ha sido una multitud. La masa es una especie de bestia que golpea lo que sea y después no se acuerda de nada; tiene el gusto del homicidio, del incendio y del pillaje. El hombre que lo ha tumbado quizás es un buen muchacho que ama a su madre y cuida a sus gatos: Observo a la multitud desde hace tiempo. . . , olvídalo todo . . . y ven a lavarte las manos.

— Odio a la bestia; me gustaría disparar sobre ella.

— Todo el mundo odia a la multitud y todo el mundo forma parte de ella.

Regresan al "Cintra" y beben durante buena parte de la noche. Para calmar a Pasfeuro, Parston le cuenta con complacencia todos los horrores que viene presenciando desde hace veinte años. Habla de la multitud como de una monstruosa y mística hidra, como aquella a la que Hércules, en Lerna, cortaba cabezas y brazos que luego volvían a surgir inmediatamente.

Pasfeuro se acuerda entonces del policía que había huido; ya no hay ley, la hidra merodea en libertad por Argel. El F. L. N. pronto podrá lanzar a los suyos a la calle, lanzar a la Kasbah al asalto de los distritos europeos.

Todos los días, comandos armados procedentes de la Wilaya IV penetran por pequeños grupos en la Kasbah o se instalan en los suburbios de Argel.

Por su parte, los europeos compran armas y granadas a cualquier precio. El señor Arcinade adquiere pronto mucha importanda; una mañana todas las murallas y paredes aparecen cubiertas con su emblema, un corazón rojo coronado por una cruz.

La primera reunión del comando antiterrorista que ha creado el señor Arcinade tiene lugar la misma tarde de las exequias sangrientas de Amédée Froger, en Télémmi, en un apartamento alquilado por Puydebois, un pequeño colono de Blida. Puyde-bois, un ser rudo, violento, sincero, de piernas cortas, todo músculos, de cabellos cortados a cepillo y mandíbulas azuladas por una barba que tiene que afeitar varias veces al día, repite:

— Nos dan a escoger entre la maleta y el ataúd. Yo elijo el ataúd, pero tendrá que ser grande, porque pienso meter a mucha gente conmigo.

Paul Pélissier acude a la reunión acompañado por Bert. Sentimientos complejos lo impulsan a obrar. El deseo de admirar y asombrar a su mujer y de quitársela a Esclavier se mezcla con una necesidad de hacer algo, de no sentirse aislado y miserable en medio de esta ciudad que zozobra en la anarquía y la sangre. Tiene la sensación de que desde que lleva un arma respira más a gusto; de ser, en fin, ese hombre de excepción que nace de la revolución y del complot.

Bert sigue a Paul como siempre lo ha hecho. Es un buen muchacho, plácido, rico, pero nada bulle en estos ochenta kilos de carne sana, en este hermoso rostro de estatua griega, ni pensamientos, ni deseos, ni la más remota codicia, nada más que Paul, al que pertenece desde su infancia.

El enfermero Maleski ha sido traído por Malavielle, un empleado del Gobierno General, reclutado por Arcinade.

La única cosa que Malavielle teme en el mundo es no estar "en el ajo". Ama con pasión el misterio como otros el deporte, el juego o las mujeres, y sufre por no tener ningún misterio en su vida de empleaducho modelo que vive en un H. L. M. con una mujer tímida y tres niños demasiado prudentes.

Maleski no puede apartar de su mente la visión de "La Cafetería"; la ambulancia, el niño herido. Tiene pesadillas sangrientas, alucinaciones; las mujeres le causan horror; no puede tragar un bocado de carne ni un solo vaso de vino. Su odio por los ratons se convierte en el del bebedor de agua que permanece casto; es frío, implacable, no se exterioriza ni por gestos ni por palabras, y raya en la locura.

El estudiante Adrúguez no sabe muy bien por qué ha caído allí. Se discute una noche en un café con un desconocido, se beben unos anises, se acepta una invitación a cenar y ya está metido en una conspiración. Como no es la primera vez que le ocurre esto, no se muestra en absoluto emocionado.

Arcinade ocupa un puesto ante una mesa en la que hay una Biblia y un revólver. Está en mangas de camisa y con el cuello desabrochado. Es rechoncho, reluciente, de una grasa de buena calidad.

— Señores — dice Arcinade —; estamos al borde de la derrota. Mañana, un mañana muy próximo, Argelia no será francesa. A menos que reaccionemos rápida y brutalmente. Nuestra organización cuenta ya con cientos de adeptos, disponemos de voluntarios para imprimir octavillas, pegar carteles y suministrar informes. Pero esto no es bastatne: necesitamos hombres para matar.

"Como de' costumbre — se dice Adrúguez —, es necesario matar. Pero, ¿a quién? Nunca se está de acuerdo . . . Por todas partes se habla díe ratonnades y de metralletas. Cuando uno no está metido en el jaleo no hay medio de cazar a una chica. Ahora hay que enseñarles una pistola para ganar el derecho a tocarles las nalgas."

— Al terror — prosigue Arcinade — hay que responder con el terror, y al atentado con el atentado. Esto es lo que ustedes piensan, ¿verdad, Puydebois? ¿Verdad, Maleski? — acentúa la voz y golpea sobre la mesa —. ¡Pues no! Primero hay que ser eficaz. No basta con lanzar bombas; hay que descubrir a los que las lanzan. Debemos realizar un trabajo, del que la Policía es incapaz y que, por otra parte, el Ejército no está autorizado a efectuar: el contraterrorismo. A ustedes, a quienes he elegido por su dedicación a la patria, por sus cualidades morales, por su valor y abnegación, les aporto esta tarde . . . — da un nuevo puñetazo sobre la mesa — . . . el apoyo de varios jefes importantes de nuestro Ejército. Obraremos de acuerdo con el Alto Estado Mayor Secreto.

Adrúguez afina el oído. Esta vez la cosa es más seria que de costumbre.

Arcinade cree firmemente en este Alto Estado Mayor, un mito que sostiene devotamente desde la época en que vivía a la sombra de uno de los innumerables servicios secretos que existían en Vichy durante la ocupación, pues este creador de trampas ha caído con frecuencia en ellas.

En dos o tres ocasiones ha encontrado al coronel Puysange. Le ha hablado, con palabras veladas, de "cierta proyectada acción". El coronel, por su parte, se ha creído obligado a prometerle "ciertos apoyos por parte del Estado Mayor".

Ello ha bastado para que Arcinade, que sabe interpretar los silencios, haya imaginado inmediatamente una vasta inteligencia entre su organización y ese Alto Estado Mayor, del cual el coronel Puysange no puede ser sino representante en Argel.

— Antes de continuar, amigos míos, voy a pedirles que presten juramento ante esta Biblia, al igual que lo voy a hacer yo.

Arcinade se levanta. Y, como un feriante conmovido y sincero, pronuncia la fórmula:

— "Por Cristo, por Francia, para que Argelia siga siendo francesa, juro combatir hasta la muerte y guardar el secreto de mi acción, así como ejecutar todas las órdenes que me sean dadas, cualesquiera que fuesen. Si traiciono mi juramento acepto ser ejecutado como traidor."

Uno tras otro, los nuevos conjurados repiten la fórmula. Puydebois, vibrando con una fe violenta. Bert, sin entender nada. Malavielle, con delectación. Maleski, con la sombría convicción de un enajenado que recita una fórmula de exorcismo. Y Paul Pélissier, con una ansiedad tan fuerte que se le traban las palabras.

Eugene Adrúguez habla con una voz clara y fuerte que impresiona a todo el mundo: él no cree lo que se proponen.

— Pasemos a los actos — dice ahora Arcinade —. Nuestro camarada Malavielle tiene algo importante que comunicarnos.

— Hace tres semanas que lo vigilo y sé ahora que es uno de los principales responsables de la rebelión — dice Malavielle.

— ¿Quién? — pregunta Puydebois.

— Ben Chihani, el comerciante de tejidos del boulevard Laferriére.

— Convendría ser un poco más serios — dice Adrúguez, que tiene veinte años —. Chihani sólo piensa en ganar dinero. Acaso entregue dinero para la rebelión, como hacen todos los comerciantes musulmanes . . .

— Estoy seguro de lo que digo — dice Malavielle —. Tengo informaciones y pruebas.

No está seguro de nada, pero como todos los días pasa ante la tienda de Chihani, se le ha ocurrido la idea de sospechar de este hombrecillo feliz que hace buenos negocios y se frota las manos con satisfacción en el umbral de su puerta.

— Entonces iremos — dice Puydebois —. Le llevaremos a un sitio apartado, le romperemos la cara y le haremos hablar. ¡Ese cochino gana todo su dinero con la clientela europea!

Arcinade interviene:

— Este primer asunto hay que organizado con mucho cuidado, y me refiero a . . . ya saben quién . . . ¿Hay voluntarios?

— Yo — dice Puydebois —. Además tengo automóvil.

— Yo — dice Maleski.

Malavielle no puede hacer otra cosa que declararse voluntario también.

Adrúguez, que ni por un momento toma en serio esta expedición contra el comerciante de tejidos, ni siquiera se molesta en advertirlo.

Tiene una deuda con él, Chihani le prestó dinero a su madre al quedarse viuda.

Cuatro días después, cuando Adrúguez pasa ante la puerta de Chihani, no lo ve. Entra en el almacén. Su hijo Lucien está en la caja y tiene una cara extraña.

— ¿Dónde está su padre? — preguntó Adrúguez —. He de pedirle algo.

El joven se aproxima al estudiante y, sin dejar de vigilar la tienda, le susurra:

— Ha desaparecido. Hace dos días que no se lo ve. Sabemos que no se trata ni del F. L. N. ni de la Policía francesa.

— ¿De quién, entonces?

— Recibió una llamada telefónica para ir a solucionar un asunto. Fue anteayer, a las diez de la mañana. Después no tuvimos más noticias.

— Pero, ¿cómo sabes tú que no se trata del F. L. N. ?

Lucien Chihani, de pronto, parece muy embarazado:

— Porque . . . , porque no tenemos nada de qué reprocharnos, ni por una parte ni por otra.

Adrúguez se entera de la verdad por la noche, cuando ve a Arcinade. El hombrecillo no sabe qué hacer. El azar ha querido que Qiihani fuese el responsable financiero de toda la zona autónoma de Argel; estaba encargado por la rebelión de administrar fondos que sobrepasan los cincuenta millones. Chi-hani conocía a la mayoría de los jefes del F. L. N., e incluso algunas de sus guaridas, así como toda la organización político-administrativa.

Después de haberle metido la cabeza en un cubo de agua, Puydebois le había obligado a confesarlo todo.

— ¡Hay que entregarlo inmediatamente a la Policía! — exclama Adrúguez.

Arcinade alza sus brazos al aire:

— ¡Demasiado tarde! Tenía el corazón enfermo. Quizá lo tuvimos demasiado tiempo con la cabeza en el agua. Su corazón no lo resistió. Maleski hizo todo lo posible por reanimarlo.

— ¿Y las informaciones no las habrán inventado los otros?

— No. Chihani nos indicó un escondite en su finca del parque de Galland. Hemos encontrado doce ametralladoras y veinte millones.

— ¡Veinte millones!

— ¡Sí — dice Arcinade, bajando púdicamente la cabeza —. Puydebois metió el cadáver en su automóvil y lo arrojó a un pozo abandonado, al lado de su granja.

— ¡Me vuelvo loco! — se dice Adrúguez —. ¡Vivo en medio de locos! ¿Y qué va a hacer ahora, señor Arcinade?

— Ya he visto al coronel Puysange. Los paracaidistas regresan a Argel pasado mañana. Me ha aconsejado que vea al oficial de información de uno de los regimientos, a un tal capitán Boisfeuras. Estoy citado con él esta noche.

La decisión de llevar a Argel una división paracaidista de cuatro regimientos, es decir, de hecho, cuatro grandes batallones, en total unos cinco mil hombres, había sido discutido el 15 de enero durante una dramática reunión en el salón de sesiones del Gobierno General, en la que participaron los miembros de los gabinetes civil y militar, los jefes de la Policía y los representantes del general comandante en jefe y del prefecto de Argel.

El ministro residente se encontraba en París. Le telefonearon a la salida de la reunión. La misma tarde obtenía del presidente del Consejo la ratificación de esta medida, "con todos los riesgos que podía suponer". El general de la división fue investido inmediatamente, a título "excepcional", de todos los poderes civiles y militares.

El régimen iba a jugar su última carta en este asunto. La arrojaba sobre la mesa porque se había visto obligado a llegar a este extremo, pero no de buen grado, como si temiese ya que con tal decisión acababa de condenarse a muerte.

Villéle es llamado a París. Su patrón le pregunta su opinión sobre los paracaidistas.

— Buena y mala — responde —. Son peligrosos porque irán hasta el final y no se los podrá detener. Han asimilado la concepción marxista de estructurar a las masas mediante grupos, y, como los comunistas, están más allá de las nociones convencionales del bien y del mal.

Le pregunta el valor del 10° R. P. C, de su jefe y de sus oficiales. Responde:

— Es el regimiento que irá más lejos en esta lucha de nuevas características. Casi podríamos decir que ha sido constituido con este objetivo.

Su patrón saca a relucir un expediente, el de la matanza de las mechtas de Rahlem.

— Coleccionamos expedientes de torturas y venganzas.

— ¿Y las del F. L. N.?

— Esas no nos interesan. ¿Qué hago con este expediente?

— Esperar.

— ¿Piensa continuar en Argel sin correr riesgos demasiado graves ?

— Sí. Los paracaidistas me cuidarán, porque sienten la necesidad de convencerme, de ganarme para ellos. Son como los comunistas, todavía no me juzgan "irrecuperable".

— ¿Qué probabilidades tienen de triunfar?

— Ínfimas. Los paracaidistas lo ignoran todo acerca de la rebelión, su organización y la mentalidad argelina. La Policía y la administración civil, por celos, harán lo imposible por estorbar su acción, porque no pueden permitir que otros triunfen donde ellos han fracasado. Los otros militares recelan de las unidades aerotrasportadas, y éstas se diferencian entre sí según lleven boina roja, verde, azul o casquete.

— ¿Podría usted entrevistarse con algún cabecilla político de la rebelión?

— No. A veces olvida usted que soy de Argel, y que mi madre, mi hermano y mis hermanas pueden caer despanzurrados por una bomba.

— Cuando uno se mezcla en política tiene que estar por encima de tales contingencias.

— Es muy fácil cuando la familia de uno vive en la avenue Foch.

— ¿No decía que estaba disgustado con los suyos?

— Esto no tiene importancia en una situación como la actual.

— El señor Michel Esclavier desea verle.

— ¡Que se vaya a hacer puñetas!

— Es un gran amigo de la casa, y por primera vez los tenemos agarrado. No quiere que su apellido se comprometa en el asunto de las machías de Rhalem, a causa de su cuñado.

— Ese no es su apellido.

— Como Villéle no es el suyo. Michel quiere encubrir al capitán Esclavier. . . Me parece que está usted nervioso, agresivo . . . ¿El aire de Argel? ¿Cuándo se marcha?

— Mañana.

— Descanse un poco y venga esta noche a cenar a casa. Tendremos una mesa de mucho lustre.

— Me la sé de antemano: un académico, tres embajadores, algunos ministros del presente, del pasado o del futuro, unos financieros y alguna marquesa, un americano comunista, un funcionario de una democracia popular que acaba de elegir la libertad, un dominico, algunas hermosas conciencias, un sindicalista y un artista de cine . . . ¡Una mesa de mucho lustre! No. Prefiero reunirme con ese bruto de Pasfeuro.

— ¿Cuáles son las ideas de Pasfeuro?

— Ninguna. No es más que un periodista que vibra con todo lo que ocurre y que amplifica su vibarción hasta sus cien mil lectores. ¡Un destajista imbécil y sacrificado!

— ¿Quiere usted abandonarnos?

— No; ha ganado usted.

— A veces olvida que fui yo quien lo hice periodista.

— Le he servido bien.

— Si hubiera que batirse en Argel, ¿se echaría usted a la calle?

— Huiría, esperando que todo se quemase y que no quedase nada de la ciudad . . . , porque yo, señor, amo a Argel. Un día me dijo usted que un hombre que tiene apego a algo, bien a una ciudad, a una mujer, a un país o a una idea, no puede tener un gran destino.

— Yo amo a mi país y a mis hijos.

— Un país que sólo es su reflejo, una mujer que sólo es su sombra y unos hijos que no pueden concebir que sean diferentes a usted.

— Le aprecio mucho Villéle.

— Un sentimiento contradictorio, pero que tiene su explicación. Necesita en el periódico un hombre que se le resista, pero sólo hasta cierto punto. Es el estimulante, la taza de café.

— Haré de usted mi jefe de gabinete.

— Así lo espero.

— Vaya a la cena.

— ¿Cómo se llama la actriz?

— Evelyn Forain. Está libre.

— ¿En comienzos de declive?

— En plena subida.

— Entendido; iré.

El patrón firma a Villéle un vale de caja. Es el doble de lo que se le acostumbra a entregar.

— Los cuatrocientos mil francos de Judas — dice burlón Villéle.

El 20 de enero, el coronel jefe del estado mayor de la división convoca en Argel a todos los oficiales de información de los regimientos.

Boisfeuras y Marindelle participan en este extraño conciliábulo, en el que una docena de oficiales reciben la orden de limpiar Argel lo más rápidamente posible, de hacer fracasar la huelga, de descubrir a los terroristas y su red, de tomar las riendas de toda organización de la ciudad y de hacer. . . "que no se ocasionen demasiados desperfectos".

— ¿Y cómo funciona una ciudad de setecientos mil habitantes? — pregunta ingenuamente Marindelle.

— No lo sé — responde el coronel alzando los hombros —; no me enseñaron esto en la Escuela de Guerra.

— ¿Tenemos informes sobre la rebelión, la forma de estar organizada y el nombre de los responsables? — pregunta el capitán de los boinas rojas.

— Sabemos muy poco. Argel está constituida como zona autónoma, con un responsable civil y militar cuyo nombre ignoramos, tribunales, grupos armados, una red terrorista, comités y, según se asegura, hospitales. Se les distribuirá un librito informativo sobre la rebelión que hice imprimir para ustedes. Es el mismo que se distribuye entre los periodistas extranjeros que visitan Argel. Es todo lo que se ha dignado darnos la Policía.

— ¿Cómo se va a dividir la ciudad? — pregunta Boisfeuras.

— En cuatro sectores, uno por regimiento. Por ejemplo, el 10° R. P. tiene en su sector toda la parte oeste de la Kasbah y el Front de Mer, con Bab-el-Oued, claro.

Surgen algunas bromas, pues toda la división conoce la aventura de Raspéguy.

— ¿Las órdenes?

— Nada de órdenes escritas. Hagan lo que juzguen oportuno. El general responde de ello; tienen su palabra.

— En semejante asunto es poco la palabra de un general de brigada — hace observar un joven comandante

— ¿Y el Gobierno?

— Es él quien les da la orden de ocupar Argel y de hacer "que no se ocasionen demasiados desperfectos".

— ¿Una orden escrita?

— No estamos aquí para hacer trámites, sino para luchar. Debemos comenzar a actuar fuera de toda legalidad y de todo método convencional. La huelga tiene que ser un fracaso, puesto que, de otra manera, el F. L. N. podrá dar la prueba a la O. N. U. de que controla Argel. Si no obtenemos resultados rápidos contra el terrorismo, los europeos se lanzarán a la calle y habrá asesinatos; una vez más se dirá que Francia es incapaz de mantener el orden en Argel, que se hace necesario relevarla, internacionalizar el problema, enviar observadores de la O. N. U., todo lo cual equivaldría al inmediato triunfo del F. L. N.

— Lo que no impide — prosigue el comandante — que ahora nos pidan que hagamos un trabajo de policía después de habernos obligado a hacer el papel de maestros de escuela y de amas secas. Es muy desagradable.

— Sin embargo, todos ustedes han hecho partes de operaciones. Consideren, por tanto, este asunto de Argel como una batalla que hay que ganar a todo precio, la más importante de las batallas, aunque no se desarrolle a campo raso. Nos jugamos más que en Dien-Bien-Fú. Los regimientos entrarán en Argel el 24 de febrero por la noche. Es necesario que por la mañana se descubra una nueva ciudad, cuyos amos sean ustedes, que la sorpresa y el choque sean muy violentos, tanto para los moros como para los europeos. Tienen derecho a hacer requisas y registros domiciliarios, de día o de noche, sin mandamiento judicial.

— ¿Quién nos da ese derecho? — pregunta Boisfeuras.

— Ustedes se lo tomarán. El general recibirá a todos los comandantes de la unidad el 24 a medianoche. ¡Señores, buena caza!

Boisfeuras deja a Marindelle, que ha decidido pasar la noche en casa de Christiane Bellinger, y se marcha para visitar al coronel Puysange, que lo ha llamado.

Boisfeuras es uno de los pocos oficiales de paracaidistas que mantienen relaciones correctas con él. El hombre no le inspira aversión a pesar de su mente tortuosa, y de su gusto por la intriga, por su falta de escrúpulos, de palabra y de honor, y su necesidad monstruosa de poder, que sólo se modera a la sombra de gentes de grado más elevado que el suyo, lo que le hace a la vez cauteloso y amargo. Boisfeuras siente cierta atracción por los que, a imagen de su padre, persiguen grandes designios por caminos oblicuos. Los discípulos de Maquiavelo, de Lenin y de Stalin.

El coronel Puysange tiene hoy un aire de esfinge con los ojos medio cerrados. Está iniciado en grandes misterios y lo deja traslucir.

— Mi querido capitán — dice —, los lanzan a una aventura donde tienen todas las posibilidades de romperse los huesos. Ya sabe usted en cuanta estima tengo al coronel Raspéguy, el mejor soldado del Ejérctio francés, a usted y a sus compañeros. . . Por lo tanto, he decidido ayudarles suministrándoles una de las llaves de Argel que les permitirá, mientras los otros luchen con enormes dificultades, avanzar con mucha más rapidez. Esta llave se llama el señor Arcinade. Le esperará esta noche, a las veinte horas, en el bar del "Aletti"; llevará un traje gris y leerá con ostentación Nouvelle France. ¡Y ahora, querido amigo, a usted le toca jugar!

Puysange, cuando el capitán ha salido, incluso sonríe, mientras con los dedos da golpecitos sobre la placa de cristal que cubre su mesa de trabajo. Se ha librado con mucha habilidad de una molesta situación, desembarazándose del loco de Arcinade, y, al mismo tiempo, arregla una vieja cuenta con Raspéguy, arrojándole a las manos el cadáver del comerciante de tejidos.

Boisfeuras, después de una hora de conversación con Arcinade, tiene la certidumbre de que el hombre está loco y de que Puysange, una vez más, ha efectuado una maniobra cuyas razones no logra adivinar. El tal Arcinade afirma que el gran jefe de la rebelión, Si Millial, se encuentra en Argel bajo el nombre de Amar, con Abbane, Krim Belkhacem, Be M'Hidi y Dalhab Saad, los jefes del interior, y que él, Arcinade, se ha apoderado de veinte millones pertenecientes a la rebelión, y que posee el plano de la organización financiera de la zona autónoma. ¡Está loco . . .! Saca el plano del bolsillo, así como las listas de los comerciantes que actúan de recaudadores de fondos.

— La cuestión dinero — le dice Arcinade — siempre ha sido el punto débil del F. L. N. Muchos recaudadores se largan con él, de forma que Chihani había decidido reunir a los comerciantes en grupos de diez; el recaudador que había recogido los fondos de nueve de ellos tenía que entregarlos al décimo, lo que permitía no dejar sumas demasiado importantes entre las manos de los jóvenes ladrones.

"Si esta historia de locos urdida por un chalado fuese verdad. . .", piensa por un momento Boisfeuras.

Se guarda los papeles y le pide a Arcinade que al día siguiente, por la tarde, reúna su equipo de activistas y que traiga los fondos recuperados.

La palabra activista suena a serio, a revolucionario profesional. Arcinade se la apropia. Ha encontrado un nuevo vocablo que tiene cierta consistencia, y en él podrá enganchar, cual grandes globos, sus fantasmagorías.

Después de dejar a Arcinade, Boisfeuras telefonea al comisario.Poiston. Le pregunta:

— ¿Qué departamento de Policía guarda todas las informaciones confidenciales relativas a la rebelión, el fichero de los rebeldes, dicho de otra forma?.

— La D. S. T. — le contesta Poiston —. Y con ella no hay nada que hacer para ponerse en comunicación, sobre todo vosotros.

— ¿Dónde se encuentra el fichero?

— Dirección de la Policía del Estado, tercer piso de la Prefectura, habitación 417. ¿Le basta? Aprisa, porque el fichero puede ser trasladado de lugar.

— Gracias por la información, Poiston.

— ¡Pero yo no le he dado ninguna información!

Esta misma noche del 20 de enero, Marindelle va a casa de Christiane Bellinger. No ha tenido tiempo de avisarle, y la encuentra en compañía de un amigo musulmán. Se lo presenta bajo el nombre de Amar. Según le dice, lo conoce hace mucho tiempo, pues él le había servido de guía en su primer viaje al Mzab. Gracias a él consiguió entrar en ciertos interiores ibaditas, y en Melika, la ciudad santa, le presentó a un antiguo jefe de cóf que le dio preciosas informaciones sobre el ¡manato de Tiaret en el siglo x.

Le parece que Christiane está molesta y nerviosa. Acumula los términos técnicos y las referencias históricas para hacerle plausible la presencia de Amar.

Primero, el capitán se pregunta si durante sus ausencias no se acostará con el árabe, pero comprende en seguida que en ese terreno no hay nada. Marindelle ha encontrado junto a Christiane una tranquila felicidad, el placer de las largas conversaciones y la ternura, todo lo que Jeannine ha sido incapaz de darle. Christiane no es una mujer que le ocultaría otra relación, si este fuera el caso. Con gran sinceridad le había hecho las confesiones más molestas, en particular la inclinación que había tenido en algún tiempo por una de sus jóvenes alumnas, y de la que todavía no estaba completamente curada.

Amar le parecía un tipo divertido, con los ojos brillantes de inteligencia y una nariz bastante regular, y con sus manos pequeñas como las de un niño.

— Estoy encantado de conocerle, mi capitán — le dice en voz suave —. Cristiane me ha hablado de usted y de su experiencia en Indochina. Christiane está un poco molesta, porque cree que no estoy en regla; estuve cinco años detenido en Lambéze, por . . . digamos . . . , actividades nacionalistas . . . Ha corrido el rumor de que ustedes, los paracaidistas, van a ser pronto los amos de Argel, y que les serán otorgados todos los poderes, incluso el de policía. Tranquilícese, terminó mi crisis de desarrollo y no hay nada ya que se me pueda reprochar.

— ¿Vas a cenar con nosotros, Ivés? — le pregunta Christiane —. Todos estamos muy nerviosos en Argel. Esas ametralladoras en las calles, esas bombas, esos registros . . . Ya ves, incluso te pregunto si te vas a quedar a cenar, cuando esta casa es tan tuya como mía. Le he pedido a Amar que se alojara aquí. Vive en la Kasbah, donde está expuesto a toda clase de molestias. Es como yo: nada pintamos en esta guerra.

Después de la cena, Marindelle sostiene una larga conversación con Amar.

El ambiente embarazoso se ha disipado. Christiane coloca en el tocadiscos el Concierto para trompa de Mozart, que recuerda a Ivés sus primeros abrazos torpes. Amar, con los ojos cerrados, fuma pausadamente.

— ¿Cuánto tiempo estuvo usted prisionero? — le pregunta el capitán.

— Cuatro años.

— Yo, cinco. ¿Y qué pensaba usted ? ¿Qué le permitía . . . seguir siendo usted mismo?

— No quería perder el tiempo. Los vietnamitas me enseñaron muchas cosas . . . Entre otras, que el viejo mundo está condenado.

— Está tan condenado en Argelia como en el Extremo Oriente. ¿Por qué lucha usted por sostenerlo?

— Mi camarada Boisfeuras le respondería que para dar un mentís a la Historia. La Historia está de parte de los nacionalistas y también de los comunistas. Todos los que quieren hacer del hombre un robot autómata siguen la senda de la Historia. En Argelia lucho contra esa mecanización del hombre.

— Si fuera rebelde, diría que luchaba un poco por la misma razón. En algún tiempo combatí para que nosotros, los musulmanes fuéramos franceses. Cometí un grave error. Los pueblos deben buscar en sí mismos, y en su Historia, las razones de su existencia.

— ¿Y cuando no tienen Historia?

— Se inventa.

— Francia nació de Roma y no se avergüenza.

— Argelia nacerá de Francia, pero ya llegó la hora del divorcio; uno de los cónyuges se niega a él en nombre del pasado y los derecl os morales, porque sus colonos han desbrozado las tierras incultas, har construido ciudades y han montado industrias. Los vietminh le habrán enseñado que la Historia es ingrata.

— Los nacionalistas van muy lejos para obtener su divorcio: los atentados, los incendios y los niños degollados . . . Al final está el comunismo. Si usted cree en la Historia . . .

— Los débiles tienen las armas que encuentran. Quizá la bomba es el arma de la fe, y es justo el que lanza la bomba para destruir una tiranía, aunque esta bomba mate a inocentes (y esto lo ha dicho un francés de Argelia). Si ustedes nos concediesen la independencia, tal vez volviésemos nuestros ojos a Francia.

— Ustedes están divididos por lenguas y costumbres diferentes; los de la montaña odian a los del llano . . . Si les dejásemos solos se estrangularían los unos a los otros. Ustedes no forman una nación.

— Ya lo sé. Yo también digo, como Ferhat Abbas: "He buscado a Argelia en los libros y en los cementerios, y no la he encontrado." Pero, desde entonces, ustedes han llenado suficientemente nuestros cementerios para crearnos una historia.

— ¿Cree que el pueblo argelino se beneficiará de esta independencia ?

— Es demasiado tarde para pensarlo. El pueblo argelino ha sido demasiado marcado por la guerra. Su existencia se ha conmocionado demasiado para que se pueda volver atrás. Y ustedes crearon Argelia con esta guerra, unificando todas las razas, bereberes y árabes, kabylas y chauias. Los rebeldes casi pueden estarles agradecidos por la violencia con que han conducido la represión.

— ¿Y el millón de franceses?

— ¿Por qué quiere que seamos nosotros, que somos ocho millones, los que nos hagamos semejantes a ellos, cuando por otra parte, siempre nos han negado tal posibilidad?

— Pronto la vida de todos los hombres será semejante en la tierra.

— Lo que nos interesa es el hoy, no el mañana.

— Y usted, Christiane, ¿cuál es su punto de vista? — le pregunta Marindelle.

— Quiero la paz — dice —. Y que los hombres tengan derecho a disponer de si mismos.

— Son siempre algunos hombres los que disponen de los pueblos, y jamás, ¡ay!, salió nada de la paz, ni una nación, según Amar acaba de decirte, ni una gran obra. La paz siempre fue el reino de los mediocres, y el pacifismo, los balidos de un rebaño de corderos que se dejan conducir al matadero sin rebelarse.

— Te veo mal como apóstol de la guerra, Ivés, y olvido demasiado frecuentemente que eres un oficial.

— Usted acaba de decirlo — prosigue Amar —: siempre son unos hombres los que disponen de los pueblos; exacto. Pero es preciso que esos hombres caminen de acuerdo con el sentido profundo de esos pueblos. El puñado de hombres que constituyen el F. L. N., aquí o en El Cairo, a mi entender, caminan en ese sentido.

— Ganará, querido Amar, el que sepa sujetar a ese pueblo: nosotros . . . , hablo del pequeño ejército que formamos, inferior en número al de los fellaga, o ustedes.

— Y no soy un rebelde. ¿Se imagina a la cabeza de la rebelión a un pequeño intelectual lleno de humo como yo? Pero, si lo desea, podemos seguir este juego. Hagamos una suposición: soy un rebelde, un responsable de la rebelión — los ojos de Amar brillan de malicia. Sigue diciendo —: Yo tengo una pa labra: htiqial, independencia; es sonora y profunda, y resuena en el fondo del corazón del más pobre fellah más fuertemente que la miseria, que la seguridad social y que la asistencia médica gratuita. Nosotros, los argelinos, impregnados de Islam, tenemos más necesidad de ensueño, de dignidad, que de cuidados. ¿Y usted? ¿Cuál es su palabra? Si es mejor que la mía, me habrá ganado.

— No la tengo. Pero pensaremos seriamente en encontrar una. Gracias por el consejo.

— No la pueden encontrar, pues la palabra es única y nos pertenece. Si usted quiere, capitán, seguimos el juego. Según creo acaban de llegar de Egipto.

— Sí.

— Han sido vencidos por los egipcios.

— Sin embargo, corrían, y bien rápidamente, delante de nosotros, abandonando sus armas, y, a veces, hasta los pantalones.

— Ese montón de cobardes, ese ejército de pacotilla, incapaz de servirse del armamento que le dieron los rusos; esos oficiales de hermosos bigotes, que se quedaban en calzoncillos para correr más rápidamente, los han vencido. A ustedes, los paracaidistas, que tienen fama de ser las mejores tropas de la Europa libre. Y eso huyendo delante de ustedes. El mundo entero se ha lanzado contra Francia e Inglaterra, tanto los rusos como los norteamericanos, por haber tratado de jugar en Egipto un juego ya caduco. Todavía se lo dejan hacer en Argelia, pero será por poco tiempo. Tal vez dentro de unos días la huelga general va hacer redoblar campanas por la muerte del imperialismo francés en el Mogreb.

— ¿Y si hiciéramos abortar esa huelga?

— Iniciaremos otra, hasta que el mundo entero nos apoye contra ustedes.

— ¿No existirá un medio de entenderse?

— Váyanse. Embarquen sus soldados lo mismo que en Port Said. Protegeremos a sus colonos si respetan nuestras leyes.

— ¿Marcharnos dejando un millón de rehenes?

— Los cuatrocientos mil musulmanes que viven en Francia también serán rehenes suyos.

— ¿Qué régimen instauraría usted en Argelia?

— Una democracia que no tendría las taras de la suya. Con el poder ejecutivo mucho más fuerte y una dirección colectiva instituida en el seno de todos los organismos importantes . . .

— Se lo repito, al final está el comunismo. Acaso nosotros defendamos un sistema podrido, pero su revolución también está en decadencia; es burguesa, y si quiere triunfar se ve obligada a emplear los únicos métodos a punto, los de los comunistas. Y su dirección colectiva es un ejemplo, a menos que sus militares no tomen la delantera . . .

— Sabremos defendernos, a la vez, de nuestros militares y de comunistas. Pero acabemos el juego. Sólo soy el pequeño Amar y quiero acostarme.

— Una última pregunta: me gustaría saber si usted sigue siendo musulmán.

— Sólo conservo del Islam la creencia en la baraka, esa fuerza bienhechora de la que se benefician los que tienen un destino distinto a los demás.

Más tarde, cuando están solos, Ivés Marindelle le pregunta a Christiane:

— Amar es apasionante; representa con mucha convicción el papel del jefe rebelde. Parece muy al corriente de la política internacional. ¿De dónde sale? ¿Cuál es su formación?

— ¿Un interrogatorio policíaco?

— No te pongas nerviosa hasta ese punto; cumplo con mi oficio lo mejor que puedo. Me gustaría ayudar a Amar, si tiene algún contratiempo. Con la condición, claro, de que me garantices que no es miembro del F. L. N.

— Amar es oriundo de los montes de Ksour, y su familia, que es muy rica, le envía dinero para vivir. Lee y estudia mucho; la política le interesa en un plano teórico. Pero es posible que tenga simpatías por el F. L. N. Ivés, olvidémoslo todo. Amar y las bombas. Estréchame en tus brazos. Sufriría mucho si algo nos separase.

La noche del día 25, Boisfeuras logra apoderarse del fichero de la D. S. T. Ha tenido que vencer los escrúpulos de Raspéguy, pero lo ha convencido de que si el 10° R. P. C. no se aprovecha de la situación, otro regimiento realizaría el golpe en su provecho. Se presenta con diez paracaidistas vestidos con uniforme de combate para solicitar la colaboración de los jefes de este departamento de Policía, que, de hecho, cumple la función de un servicio informativo.

— Y si nos negásemos a entregarle ese fichero, ¿qué pasaría?

— Que nos veríamos obligados a pensar que ustedes son sus cómplices. Y a ese título podríamos considerarlos como traidores. Para evitar el escándalo . . . — señala las metralletas —, acabaríamos con ustedes.

— Me inclino ante la fuerza.

— Por favor, digamos que ante la razón.

Boisfeuras se lleva el fichero. E inmediatamente envía una carta firmada por Raspéguy, agradeciendo al D. S. T. haber mostrado rápidamente un espíritu de cooperación con las unidades encargadas de la seguridad de Argel.

Cuando en la mañana del 26 de febrero los habitantes de la ciudad se despiertan, descubren que viven en una población distinta.

 

CAPÍTULO VI
RUÉ DE LA BOMBE

 

Cuando Pasfeuro y Villéle tratan de explicar en sus crónicas el éxito de los paracaidistas en Argel, y el fracaso de la huelga, dan como razón la excesiva suficiencia del F. L. N. Creyendo ganada la partida, había desdeñado las precauciones habituales de la vida clandestina, en particular la separación entre las diferentes células y las distintas redes. Como prueba, dan el arresto de Si Millial, después el de Ben M'Hidi, y la precipitada huida de todos los miembrso del C. C. E.[36], que se habían instalado en Argel, como si esta ciudad fuese ya la sede del Gobierno de la República argelina.

En realidad, el golpe de fuerza de Boisfeuras por el que se ha apoderado del fichero de la D. S. T., sus contactos con Arcinade, esta forma burlesca que ha adoptado el destino, ha sido, junto con la rapidez de que han hecho gala los paracaidistas, los factores determinantes de aquellos éxitos. Esta rapidez nace a la vez de la ignorancia sobre los métodos policiacos que tienen los paracaidistas y de su costumbre de utilizar la sorpresa para triunfar en una operación.

El 10º R. P. C. ha establecido su cuartel general a las puertas de la Kasbah, en un viejo palacio árabe abandonado desde hace tiempo. Los paracaidistas instalan por la noche una red telefónica de campaña y un sistema de alumbrado que funciona con un grupo electrógeno. Así, a pesar de hallarse en el centro de la ciudad, mantienen la sensación de seguir "en campaña", de ser soldados y no policías.

Las compañías se han repartido en el sector; los hombres se instalan en los edificios o chalets requisados.

Boisfeuras y Marindelle se aposentan en una gran habitación vacía con salida a una galería del primer piso que circunda el patio. El techo se agrieta, y la pintura azul de las paredes toma un color gris sucio por la influencia de la humedad.

En el sótano del viejo palacio han encontrado mesas y bancos de colegial y una gran pizarra con su pie de madera. Como no disponen de otros muebles, y como todavía no han llegado sus equipajes, se acomodan a este material de ocasión.

Boisfeuras lleva a esta habitación su fichero de la D. S. T. dentro de un archivador de madera barnizada y con cerradura. La hace saltar con su puñal. El archivador contiene ciento cincuenta fichas.

A las tres de la mañana, el sargento Bucelier trae a los dos capitanes una taza de café en las que vierten dos botellitas de ron, procedentes de la cajas de racionamiento.

El grupo electrógeno, que runronea debajo de ellos, a veces oscila, y entonces amarillean e incluso se apagan las bombillas desnudas que se balancean en el extremo de su cable.

Para no tener frío se han puesto unos blusones azules sobre sus uniformes. A veces, para entrar en calor, se pasean dando grandes zancadas por la sala y golpeándose los costados. Grandes Meaulnes acatarrados en este decorado de colegio.

Boisfeuras comienza a leer las fichas. Se repiten los mismos apellidos y los mismos nombres: Mohammed abd el Kassem, Ahmed ben Djauli, Yussef ben Kichriani... La mayoría no tiene dirección; unos habitan en las calles o en los callejones sin salida de la Kasbah, otros en tugurios del barrio Salambier, o en el barranco de la Mujer Salvaje.

Se indica que Mohammed abd el Kassem ha pertenecido a la "Etoile Nord-Africane", después al U. M. D. A. Djauli al M. T. L. D., luego de haber estado afiliado al P. P. A.

Todas estas iniciales, estos informes de afiliación y de servicios contra Francia, no dicen nada al capitán, puesto que ignora toda la historia política de Argelia.

Marindelle relee el folleto distribuido a los oficiales de información de los regimientos de paracaidistas. Lleva en rojo la mención "Confidencial", y por el tono y la impresión semeja a los prospectos que se reparten a los turistas cuando hacen una escala aérea o marítima.

Sentado en un banco, Bucelier lee con interés un viejo semanario que, con complacencia, relata amores reales y principescos.

A las cinco de la mañana, fatigados, se duermen apoyados en los pupitres y con la cabeza hundida entre sus codos.

La voz de Raspéguy los despierta brutalmente.

— ¡Cómo! ¿Todo el mundo ronca en este regimiento como si estuviéramos descansando?

El coronel se presenta impecable, limpio y recién afeitado. Acaba de realizar su cultura física corriendo a paso gimnástico alrededor del viejo palacio. Siente deseos de acción inmediata, pero, al igual que sus oficiales, no sabe en qué dirección emplear su fuerza.

Se pone a hojear las fichas de la caja. Sólo puede leer de pasada los nombres escritos con claros caracteres: una letra de funcionarios concienzudos.

— Todo esto apesta a felluze — dice —. ¿Es esto lo que les has limpiado a los "polis", Boisfeuras? Bueno, entonces, ¿qué haces? Por lo menos tienes direcciones. Despabílate. La huelga es para dentro de dos días, y en este fichero tenemos quizá los nombres de los organizadores.

— Sólo hay cuentos de viejas e historias políticas pasadas de moda. Ninguna prueba. Y siempre el condicional: Fulano de Tal habría hecho esto . . . Estaría en tal sitio . . . Exasperado, Raspéguy ordena:

— ¡Todo el mundo a la faena! ¡Estos tipos están fichados con razón o sin ella! Pero en el grupo habrá algunos que no tengan la conciencia tranquila; los buscaremos y los haremos hablar.

Marindelle le hace notar:

— Hace dos horas, mi coronel, que se ha levantado el toque de queda. Los nidos están vacíos. A la primera visita, el teléfono árabe dará la alerta. Hay que detenerlos a todos o a ninguno. Podemos comunicar a los otros regimientos las direcciones de los que no viven en nuestro sector.

— Cada uno que se las arregle como pueda. Tenemos las fichas y las guardaremos para nosotros.

— El toque de queda comienza a medianoche — dice a su vez Boisfeuras —. Por lo tanto, cinco minutos después será un buen momento para comenzar la operación, ya que, legalmente, nuestros pájaros se creerán al amparo de las visitas de la Policía.

— Entonces tenemos que prepararlo todo cuidadosamente — dice Raspéguy —. ¡Bucelier, a la pizarra! No pongas esa cara. ¿Es que nunca has escrito en un encerado? El capitán te leerá los nombres que están en el fichero y tú los anotarás con la tiza; Marindelle, tú apuntarás las direcciones en el plano de Argel. Los sospechosos los repartiremos por distritos, cada compañía tendrá el suyo. Podemos detenerlos a todos en media hora. A la una habrá reunión de todos los comandantes de las compañías. Voy a avisarles y a ver cómo se han instalado.

Raspéguy se marcha feliz de escapar de este ambiente de colegio; parte de su infancia la pasó haciendo novillos.

Atraviesa Bab-el-Oued corriendo en su jeep como si tomase posesión del barrio, tocando el claxon ruidosamente al pasar ante la casa de los Martínez. Se abre una persiana, y Concha, soñolienta aún, con la camisa abierta sobre su hermoso pecho, aparece en la ventana.

"Esta tarde tengo que verte un momento", piensa Raspéguy. Y después se dice —: "Pero, ¿por qué no ir a visitarla a casa de sus padres? Ahora soy yo el amo de Bab-el-Oued."

Boisfeuras lee las fichas. Y Bucelier desesperado por este trabajo, se esfuerza en hacer chirriar la tiza al escribir los nombres.

— ¡Caramba! — dice de pronto Boisfeuras —.Esta sí que es una bonita ficha, bien rellena y con muchos menos condicionales que de costumbre: "Si Millial, perteneciente a una gran familia del Ksour, licenciado en Letras, cursó sus estudios en la Sorbona, militando desde antiguo en los movimientos nacionalistas. Durante la guerra estableció contactos con los servicios alemanes e italianos, y después, cuando el desembarco, con el O. S. S. norteamericano. Fue detenido cuando trabajaba ya para este organismo y condenado por su anterior colaboración con el enemigo; pero sólo a cinco años de prisión, debido a que los norteamericanos intervinieron en su favor. Habiéndosele concedido la libertad, se le encuentra en 1948 casi inmediatamente, en el Congreso de la Juventud de Praga, donde toma la palabra para estigmatizar los crímenes del colonialismo francés. Se señala su paso por Irak, Siria, Líbano y El Cairo. Sigue poseyendo un apartamento en París, en el quai Blériot. Tiene una importante fortuna personal, pero no puede justificar su tren de vida ni sus viajes. Parece haberse convertido rápidamente en uno de los responsables del F. L. N., aunque se haya perdido su huella desde el 1 de noviembre de 1954, fecha en que estalló la rebelión."

Este nombre de Si Millial le suena a Boisfeuras. Ya recuerda. Le habló de él el loco de Arcinade. El capitán le da vueltas a la ficha, vacila un momento y se la tiende a Marindelle.

— ¿Te interesa esto?

La línea inferior subrayada en rojo: "Si Millial, al parecer, se aloja, cuando se halla en Argel, en el número 12 del Passage des Dames, en casa de Christiane Bellinger, encargada de curso en la facultad; ella pasa por ser su amante."

Marindelle palidece. La ficha tiembla en su mano. Esta ficha es una de las pocas que lleva unas fotografías de identidad judicial, de frente y de perfil, tomadas en la prisión de Lam-béze. Amar casi no ha cambiado, pero su rostro inmóvil no deja adivinar su viva inteligencia y su encanto.

Bucelier, con la tiza en la mano, sigue esperando.

— Dame la ficha — dice Marindelle —. Yo mismo me ocuparé de este asunto.

Boisfeuras toma otra ficha y comienza a deletrear:

— Arouche, destinta, 117 triplicado de Michelet . . . M. T. L. D. . . .

A las doce y cinco, de los acantonamientos del 10º R. P. C. salen unos veinte jeeps, ocupados cada uno por tres hombres armados, que se hunden en la ciudad desierta. Cada equipo tiene un nombre, una dirección y, a veces, una fotografía.

En la reunión de los comandantes de compañía, Raspéguy había precisado:

— Tened los ojos abiertos. Embarcad a todo el mundo, y a los que no estén de acuerdo . . . — con la mano hace el gesto de golpearlos —. Sed humanos, pero nada de evasiones . . .

Esclavier pregunta con aire serio:

— ¿Y si nos piden un mandamiento judicial?

Raspéguy se indigna.

— Éste no es momento para sutilezas: estamos en guerra.

El comandante De Glatigny ha evitado, en la medida de lo posible, mezclarse en esta operación, que juzga quizá necesaria, pero que le desagrada por su apariencia policíaca.

Boudin ha tenido que salir precipitadamente para Francia, ya que su madre ha caído gravemente enferma, Glatigny lo sustituye, y sus nuevas funciones le permiten limitarse a la organización de los acantonamientos, del abastecimiento y de las relaciones entre las diferentes compañías.

Cuando salen los primeros jeeps está acostado en una litera y fuma su corta pipa. Trata de recordar si el reglamento militar, que todo lo tiene previsto, ha pensado si un regimiento establecido en una ciudad francesa en tiempo de paz, sin que el estado de sitio haya sido proclamado y sin que el Gobierno haya hecho una demanda oficial, se puede investir de todos los poderes civiles y militares, comprendidos los de policía . . . No; esta eventualidad nunca se ha producido.

La llegada de Marindelle le arranca de sus reflexiones.

Marindelle tiene un aspecto extraño. Su expresión lo envejece y deja ver que tiene más de treinta años y que ha sufrido mucho.

— Jacques, tengo que pedirte un favor . . , — Marindelle parece palidecer aún más. Continúa —: Un servicio personal . . . ; que me acompañes a un registro.

— Puedo prestarte mi jeep y mi chófer, pero no veo en qué más puedo serte útil.

— Quisiera que vinieses conmigo a casa de Christiane Billin-ger. Allí se oculta Si Millial, uno de los jefes de la rebelión.

Glatigny da un salto.

— ¡Cómo! ¡No es posible! Chismes de la Policía . . . Desconfía de esa gente. Acuérdate: tú has sido fichado como comunista. Conozco poco a Christiane, pero he podido comprender que es una mujer muy humana y muy sensible. Si Millial es el hombre que ha organizado el terrorismo, que lo ha codificado y erigido como sistema.

—Yo he visto en su casa a ese Si Millial. Me citó a Camus y a Les Justes. Ayer estreché su mano como si fuera la de un amigo . . . , la mano que ha regulado el dispositivo de las bombas que estallan en Argelia. Escuchamos música. Le gusta Mozart, lo mismo que a mí.

— ¿Conoce Christiane su verdadera identidad?

— Sí. A mí me reprocha ser un policía, pero acepta que él asesine a mujeres y niños. Los comunistas tienen razón cuando acorralan a sus intelectuales como becerros, los castran y los engordan, pues saben que sus hermosos principios les permitirán siempre ser asquerosos hasta el límite sin dejar de estar de acuerdo con su elástica conciencia.

— Cálmate.

— Jeanine era una ramera, y ésta me ha tenido amarrado con su humanidad mientras estallan las bombas. Hizo de mí el cómplice de los terroristas.

— Bueno. Iré contigo.

Otra cosa más que tampoco ha previsto el reglamento militar.

Marindelle sitúa a los dos hombres uno a cada lado de la entrada, con la orden de disparar sobre los que intentan salir, y abre la pesada puerta claveteada con la llave que le había entregado Christiane.

La puerta del salón proyecta la luz en la escalera, iluminando las baldosas con motivos azulados. Christiane pregunta:

— ¿Eres tú, Ivés?

— Sí; traigo conmigo a un compañero. Le hablé de Amar y le gustaría conocerlo.

Amar está sentado en un sillón y sus manos pequeñas sostienen un libro de arte. A su lado tiene una copa de whisky.

Levanta la cabeza, sonríe a Marindelle y se pone en pie.

— Encantado de volverle a ver, capitán.

De pronto se da cuenta de que ambos oficiales llevan su uniforme de combate, cuyo casquete, que no se han quitado, adelgaza sus rostros; de su cinturón de tela cuelgan el revólver y el puñal.

— También a mí me satisface mucho encontrarle. Si Millial — dice Marindelle —. Por un momento temí que hubiese cambiado de dirección.

Amar mira hacia la ventana . . . y hacia la puerta. La ventana está enrejada y en la puerta se mantiene el comandante con la mano en su revólver.

Está atrapado en el escondite que creía más seguro. Su estrella, su baraka, lo vuelve a abandonar. Pero sus largos años de vida clandestina han preparado su mente ágil para reaccionar ante las situaciones más imprevistas.

— Queda por probar, mi capitán, que yo sea su Si Millial — mira el reloj de pulsera —. Le recuerdo que son las doce y media y que a esta hora está prohibido todo registro; pero por cortesía hacia Christiane le voy a probar mi identidad.

Se ha recuperado, pero Glatigny observa que lanza una mirada hacia el teléfono. Cierra la puerta con llave y se coloca al lado del aparato.

— Ivés, opino que tu conducta es intolerable y la de tu amigo también — dice Christiane —. Te creí demasiado inteligente para sentir, celos. Si Millial . . .

No tiene tiempo de dar marcha atrás y se pone escarlata.

Si Millial se levanta, abre sus pequeños brazos y con voz tranquila, casi divertida, dice:

— Señores, he cometido dos faltas: me he confiado a una mujer y he dormido en un lecho. Déjenme telefonear a mi abogado, Boumendjel, y hagan pasar a los policías que, les acompañan.

Se dirige hacia el teléfono; pero Glatigny le corta el paso.

— Señor, a la puerta ho hay policías, sino paracaidistas. Usted no es un acusado, sino un prisionero de guerra. No tiene derecho a abogado.

— ¿Qué van a hacer de mí?.

— Interrogarle hasta que ninguna bomba vuelva a estallar en Argel — dice Marindelle —. Hasta que la huelga sea un fracaso y hasta que el último terrorista de su red haya sido localizado y detenido.

Christiane mira alternativamente a Marindelle y a Si Millial.

— Amar, esos hombres están locos. Me habías contado que formabas parte del engranaje político del partido; pero tú, el hombre de la paz, de la no violencia, ¿te has manchado con asuntos de bombas?

— Mi mano derecha, querida Christiane, no ignora nada de lo que hace la izquierda. Lucho como puedo. Si estuviese en el puesto de los franceses no necesitaría bombas; pero no dispongo de los mismos medios. ¿Qué diferencia estableces entre el aviador que suelta sus cargas de napalm sobre una mechta desde su aparto y el terrorista que coloca su bomba en el "Coq Hardi"? Que el terrorista necesita más valor. Eres una mujer demasiado sensible; eres generosa, pero no tienes convicción y, además . . . , no eres de los nuestros. Señores, estoy a su disposición.

Marindelle llama a un paracaidista, que acude a poner las esposas a Si Millial. Este tiende sus manos y se dirige hacia Glatigny.

— No sabía que a los prisioneros de guerra se les colocaban esposas.

— Sí, cuando no llevan uniforme.

Marindelle sale el último. De la habitación de Si Millial toma una maleta que contiene alguna ropa y una carpeta llena de documentos. Coloca la llave sobre la cómoda y, después, sin decir palabra, se marcha. Christiane no hace ningún ademán por retenerle, a pesar de que, desde hace una semana, sabe que está encinta.

Glatigny y Marindelle conducen a su prisionero al viejo palacio derruido que sirve de cuartel general al regimiento. Lo hacen sentar en una litera situada en uno de los ángulos del despacho de Glatigny.

El comandante se instala ante su mesita cuadrada. Quita el capuchón de su estilográfica y toma una hoja en blanco. Se sienta molesto y no sabe de qué forma comenzar el interrogatorio.

— ¿Su nombre? — pregunta.

Si Millial, con las dos manos esposadas, parece indiferente, casi divertido. No es su primer interrogatorio, ni la primera vez que se ve con esposas en las muñecas. Como un alumno lleno de buena voluntad contesta:

— Amar Si Millial, pero también Ben Larba, Abderha-mane. . . He utilizado unos diez nombres en menos de cinco años. Pero millares de argelinos me conocen con el nombre de "Gran Hermano".

Glatigny deja su estilográfica sobre la mesa. De pronto se acuerda del comisario político del Vietminh que le interrogó por primera vez en el túnel que le servía de refugio. Tuvo los mismos reflejos que él. La estilográfica, el papel . . .

— ¿Le molestan las esposas, Si Millial?

— Un poco.

Glatigny se levanta y abre los dos brazaletes de acero, arrojándolos a un rincón de la habitación.

— Créame. Si Millial, que este tipo de trabajo no nos place. Preferimos. luchar contra usted en el djebel con las mismas armas, pero ustedes nos han obligado a esta forma de guerra.

— En efecto, mi comandante; su concepción del honor militar debe de padecer con este tipo . . . , digamos, de trabajo. Entrégueme a la Policía.

De nuevo se acuerda Glatigny del viet, que habla ironizado sobre el concepto del honor militar entre los oficiales colonialistas.

— Respete las reglas, mi comandante. Llame a mi abogado, al comisario de Policía del distrito y a los gendarmes. Quiero que se establezca un acta de arresto, pues no estamos en estado de sitio. Entonces su conciencia quedará en paz, habrá respetado el código del honor militar.

— ¡No! — exclama Marindelle —. Nuestra concepción burguesa del honor la dejamos en Indochina, en el campo número 1. Ahora queremos ganar, y tenemos demasiada prisa para perder el tiempo en esas convenciones ridiculas. Nuestras debilidades, nuestras vacilaciones y nuestros gritos de conciencia son las mejores armas que puede utilizar contra nosotros; pero ahora ya no cuentan.

La noche es silenciosa. Las luces se tornan amarillentas, se reducen a unos filamentos enrojecidos; después se hace la oscuridad. La voz más segura de Marindelle se deja oír otra vez:

— Si Millial, queremos saber quién es el responsable de la huelga general. Necesitamos su nombre.

— Mi honor de soldado me impide contestar. En nuestro Ejército tengo el grado de coronel.

A través de un cristal roto de la ventana se recorta un trozo de cielo azul. Un jeep se pone en marcha. Los hombres de trasmisiones que reparan el grupo electrógeno maldicen constantemente.

La voz de carraca de Boisfeuras se oye muy cerca:

— ¡Vamos! ¿Vienen? ¡Traigan lámparas!

La luz cruda de la lámpara que trae Boisfeuras se acerca a ellos balanceándose y haciendo bailar sombras sobre las paredes; pronto, encerrados en este círculo de luz, se encuentran junto al lecho, tan cerca los uno de los otros que se confunden las respiraciones.

— Bueno, Marindelle, ¿encontraste el pájaro en el nido? — pregunta Boisfeuras —. ¿Así que ése es Si Millial? ¿Por qué no lo habéis atado? Puede escaparse. ¿Lo registrasteis? ¿Y sus cosas ?

Marindelle le muestra la cartera y el maletín que hay sobre la mesa.

— Levántate, Si Millal — le dice Boisfeuras —. ¡Vamos, de pie! Quítate la chaqueta, la corbata, el cinturón y descálzate. Bucelier, llévalo a mi despacho. Y no olvides la cartera y la maleta.

Si Millial está realmente ridículo, sosteniendo su pantalón con las dos manos bajo el haz de luz.

— ¿Cuál es el número de tu apartado de Correos? ¡Aprisa!

— Soy coronel; tengo derecho a ciertos miramientos.

— En Malasia, Si Millial, capturé a un japonés y lo puse en calzoncillos. También me dijo que era general. Sobre su tumba escribí: "General Tokoto Mahuri, criminal de guerra." Vamos, ¿te vas a poner tonto?

Si Millial está desconcertado ante los modales brutales y groieros; hasta este momento había dirigido el juego; pero Boisfeuras lo devuelve a la dura realidad de su condición. La de un terrorista que no puede alegar garantía alguna. ¡Ponerse tonto! Trata de parar el golpe diciendo:

— Ya saben que he sido detenido. Mi apartado ha sido quemado.

— Nadie lo sabe aún.

— ¿Y la mujer? —pregunta bruscamente Boisfeuras, dirigiéndose a Marindelle —. ¿La trajiste?

— No hablará — le responde éste.

—Quiero creerte; después de todo, la conoces mejor que yo. Tenemos que movernos; sólo nos quedan veinticuatro horas. ¿La estafeta, Si Millial?

Glatigny trata de intervenir. Está sorprendido y avergonzado de la nueva personalidad que se rebela en Boisfeuras.

— Registra sus papeles y todas esas cosas. Encontrarás en ellos la dirección que buscamos — le dice.

— Déjame a mí; figúrate si yo conozco esta clase de asuntos. Si Millial no es un novato, pues antes de trabajar por su cuenta ya lo hacía para todos los servicios de información de cualquier género, con tal de que fuesen contra nosotros — ironiza de pronto —. Quizá, Glatigny, lo que va a ocurrir ahora te va a molestar. ¿Tienes miedo de mancharte las manos? Tener a este pájaro en nuestras garras es un caso de inesperada suerte. Con ello tal vez podamos evitar el luchar en la calle. Pero no se trata de ponerlo detrás de un cristal, en un escaparate. Es Si Millial, el hombre de las bombas. ¡Ven, Marindelle!

El motor del grupo electrógeno se pone a rugir y vuelve la luz. Conducen a Si Millial, en calzoncillos y sosteniendo su pantalón, hasta la "sala de clase", donde los espera Min.

— ¿La dilección de la estafeta? — vuelve a preguntar Boisfeuras.

Si Millial menea la cabeza y Min se acerca a él.

Marindelle abre la ventana y respira a bocanadas el aire frío de la noche. Sabe que tiene que ser así y que es la ley atroz de la nueva guerra. Pero necesita habituarse, endurecerse, enterrar en su interior las nociones caducas que hacen la grandeza del hombre occidental, pero que al mismo tiempo le impiden defenderse.

—Veintidós, rae de la Bombe — dice más tarde Boisfeuras.

Marindelle toma dos jeeps y se marcha. Falta una hora para el fin del toque de queda.

El patio comienza a llenarse de prisioneros. Algunos llevan sus pijamas bajo los abrigos y, todavía señolientos, se frotan los ojos. Otros, iluminados por unos proyectores, están alineados junto a una pared con los brazos en alto y esperando el turno de ser registrados.

Raspéguy está fumando su pipa acodado en la galería del primer piso, y se pregunta qué va a hacer con este rebaño lamentable. Arde en deseos de huir con sus hombres a la montaña, de abandonar el trabajo en manos de los hombres de oficio y respirar a plenos pulmones el aire húmedo de la mañana. Volver a sentir la tristeza y la profunda alegría de los amaneceres victoriosos. Esto de hoy es una mañana de batida policíaca.

— Tenemos a Si Millial, mi coronel — le dice Marindelle al pasar por su lado.

— ¿Si Millial? ¿Quién es?

— Un coronel fellaga, y quizás el pez más gordo.

Raspéguy encuentra a Si Millial encadenado a un pupitre de colegial. El coronel se sienta al lado del prisionero y le golpea jovialmente en el muslo.

— ¿De forma que usted es el coronel Si Millial?

Si Millial ha permanecido postrado durante algún tiempo; ha tenido la impresión de que le abrían y le rasgaban para robarle los secretos que guardaba en el fondo de su ser. Le han abierto una brecha en su valor y en su resistencia, y siente que esta brecha no dejará de ensancharse.

Sin embargo, quiere recuperarse y reunir todos los pedazos de sí mismo bajo esta etiqueta de coronel, que es la única que puede impresionar a los militares.

Responde con cierta suficiencia:

— Sí, "coronel" porque entre nosotros no hay generales.

— Es una buena cosa — le contesta Raspéguy —. Nos podía suceder a nosotros mismos. ¿Y su mando?

— Millares de hombres. Cientos de miles de hombres, toda una nación que se alza contra el opresor.

— De acuerdo. Así yo también soy el jefe de todo el Ejército francés. Sea un poco más preciso.

— Soy el responsable militar del comité de coordinación y de ejecución. Dicho de otro modo, de nuestro gran Estado Mayor.

Raspéguy silba con admiración. Y pregunta a Boisfeuras, que marca con lápiz rojo los papeles de Si Millial:

— ¿Qué te ha contado?

— Es un arca cerrada. Nada hemos sacado. Tan sólo una dirección: 22, rué de la Bombe. He enviado allí a Marindelle. — De pronto, Boisfeuras se levanta excitadamente y comienza a golpear sobre el papel —. ¡Aquí dentro está todo el plan de la huelga, las relaciones de Si Millial en Francia, una carta del grupo afroasiático en un papel con membrete de la ONU! ¡Lo hemos atrapado a tiempo!

Raspéguy mira a Si Millial con un interés nuevo.

— De forma que tenemos relaciones, ¿eh?

Si Millial tiembla de frío. Raspéguy llama a Bucelier.

— Dale su chaqueta y sus zapatos. Y una taza de café.

Si Millial se viste y se anuda los cordones de sus zapatos.

— Yo lo conozco a usted, mi coronel — declara —. Por lo menos conozco su reputación. Sus métodos, por brutalidad y por su eficacia, se asemejan a los nuestros. Después de lo de Rahlem hemos querido matarlo, pues desde entonces lo juzgábamos infinitamente más peligroso que casi todos los generales y políticos juntos.

Raspéguy se hincha y ofrece un cigarrillo a Si Millial.

— No — dice éste —. Perdón; sólo fumo tabaco norteamericano.

Raspéguy envía a Bucelier a buscar un paquete de rubios.

— "Philip Morris" — precisa Si Millial —. Y una caja de cerillas; olvidé mi encendedor.

Boisfeuras ha dejado de consultar sus papeles. Ahora ya sabe quién es Si Millial. El "coronel" exagera su papel militar, una sinecura que le concedió el grupo de jefes kabylas reunido en la Soumman. En cambio, su poder político es muy importante, en particular fuera de Argelia.

Tiene intimidad con varios políticos que han representado y acaso vuelvan a representar, un importante papel. Sus amistades son muy numerosas en todos los medios intelectuales de París. E incluso entre ciertos elementos calificados como centro, que representan a las altas finanzas y a la gran industria, y que opinan que la guerra de Argelia cuesta demasiado cara.

Forzosamente, Si Millial ha de ser entregado a la justicia; pero en un momento en que una parte de la opinión está dispuesta a tratar con el F. L. N., un prisionero de tal importancia sería conducido inmediatamente a París, y podría entonces reanudar sus contactos.

Si Millial es, por excelencia, el "interlocutor ideal". Su encanto, su moderación, que ocultan su energía y su duro realismo (en sus papeles se encuentran todas las pruebas de que es el instigador del terrorismo), lo trasforman en este momento en el hombre más peligroso de toda la rebelión. A él habría que dirigirse para establecer un tratado.

Boisfeuras tiene la sensación de que en esta pálida mañana la suerte de Argelia está en sus manos. El destino le entrega los dados para que los lance. Pero no los conservará mucho tiempo.

Dentro de unas horas le quitarán a su prisionero. Debe obrar con rapidez. Si Millial no dirá nada. No le dará a conocer nada más de lo que ha encontrado en sus papeles. Decide que debe desaparecer.

Boisfeuras ve cómo Raspéguy ha adoptado ya la actitud que todos sus oficiales conocen bien, jugando la baza ingenua y eficaz de su seducción. Soldado de fortuna, ha heredado de los campesinos contrabandistas de sus montañas vascas el gusto por el gesto noble, en el que a veces se mezclan sórdidos regateos. Si Millial es para él una presa que vale su rescate de gloria, como una infanta española capturada por un corsario. Cambiará a su prisionero por honores y artículos periodísticos. Y se preocupará celosamente de conservarlo en buen estado.

Boisfeuras, educado entre los realistas chinos, no es sensible a la belleza de un gesto, y no tiene ninguna preocupación por su carrera. Para él, el caso de Si Millial ocupa un lugar en la visión de conjunto que se ha hecho del destino de Francia.

A los ojos de este francés del exterior, Argelia es el eslabón que obliga a Francia a desempeñar su papel de gran potencia, obligándola a actuar con más grandeza y generosidad, por ejemplo, que una Suiza convertida en nación de comerciantes y de burgueses acomodados.

Si Millial puede dar a Francia la ocasión de liberarse de este vínculo. Puede ser el hombre de la independencia. Por lo tanto, Boisfeuras decide que debe morir.

— Mi coronel — le dice a Raspéguy —, es necesario mantener secreta la captura de Si Millial. Tengo que pedirle alguna información más.

— ¡Claro, claro! ¡Menuda cara van a poner en los otros regimientos! Bigeard va a sufrir un colapso. "Prosper" no podrá reponerse. Dale todo lo que quiera y cuídale bien. Cuento contigo.

Estrecha la mano de Si Millial y le da una palmada en la espalda.

— Hasta pronto. Cualquier día discutiremos los dos. Tendremos tiempo.

Raspéguy sale frotándose las manos.

— ¿Todavía tiene que hacerme más preguntas, capitán Boisfeuras? — le dice Si Millial. — No, nada.

Si Millial comprende entonces que va a morir. Ese capitán, que lo mira con la cabeza apoyada en sus dos manos, lo ha decidido.

En su lugar él haría lo mismo, y durante unos instantes siente por él una extraña estima, pues de todos estos oficiales es el que más se le parece. Boisfeuras pertenece a su universo eficaz y justo. Justo de una justicia que no para mientes en hombres decapitados, mujeres violadas y granjas quemadas. Al mismo tiempo, Si Millial siente compasión hacia ese otro ser que seguirá viviendo sin amigos, sin mujeres, en la soledad helada de los hombres que hacen y deshacen la Historia.

Si Millial se nota muy cansado; espera que la cosa suceda pronto y sin dolor. Lamenta todo lo que no ha conocido, y lo que pertenece al mundo de los otros hombres: el jazmín, la ternura de las mujeres, la risa de los niños y el ruido de las fichas de madera de un tablero de damas en el fondo de un café moro con olor a menta.

Boisfeuras se dirige a Min en chino. Le dice unas cortas frases. Después se vuelve a Si Millial, tratándole de usted esta vez.

— Min lo conducirá hasta su celda. Adiós, Si Millial.

— Adiós, capitán Boisfeuras. Ahora sus noches serán largas, como lo han sido las mías.

Min toma a Si Millial por el brazo y sale con él. Boisfeuras mira su reloj. Son las siete de la mañana. Marindelle aún no ha regresado; podrá dormir una hora.

Se estira en un banco y se sumerge pronto en el sueño.

Marindelle regresa del número 22 de la rué de la Bombe con un prisionero y tres prisioneras: una ramera, Fátíma; una mujer vieja, una tal Zullika, con las manos teñidas por la alheña, y su hija Aicha. Peor que un gato encolerizado, esta última ha insultado, mordido y arañado a los soldados que la conducen. Pero hay algo extraño en esa muchacha de la Kasbah; viste a la europea. Su traje es sencillo, elegante y de buen gusto; no lleva ninguna de esas pesadas joyas de plata a las que tan aficionadas son las mujeres del pueblo, sino solamente un reloj de oro.

El hombre es Yussef, el Cuchillo, con los dedos adornados de gruesos anillos. Como perro viejo en estas lides, da pruebas de servilismo; pero protesta violentamente cuando lo separan, de Aicha, que dice que es su novia.

Marindelle sólo ha encontrado en la rué de la Bombe unas octavillas, dos cuchillos que en rigor pueden considerarse armas y una bandera del F. L. N. en miniatura, de las que hay en todas las casas de la Kasbah.

Despierta a Boisfeuras, que duerme sobre el banco.

— Un fracaso — dice —. En la dirección de Si Millial no he cazado más que a un picaro, a la alcahueta de su madre y a dos prostitutas. De lo otro, nada. Una de las rameras, la más joven, tiene por lo menos el mérito de ser muy hermosa.

— Pues empecemos por esa — dice Boisfeuras, con cierta laxitud.

Un corpulento paracaidista con bigotes arrastra a Aicha hasta el despacho.

—Capitán — le dice a Boisfeuras —, sus hombres han tratado de violarme en el patio.

El paracaidista se encoge de hombros.

— Me ha arañado en la mejilla, y entonces le he dado una bofetada. ¡Y esa es toda la catástrofe de esta rata!

— Entonces — pregunta Aicha —, ¿me quieres soltar? No he hecho nada.

Boisfeuras reflexiona. La prostituta no ha dicho mi capitán, sino capitán, como una mujer de cierta sociedad habituada a frecuentar los círculos militares.

Le agarra la muñeca y le arranca su reloj de pulsera.

— Se lo doy — dice la joven en tono despreciativo —. Pero suélteme.

Boisfeuras examina la caja de oro.

— ¿Desde cuándo las pequeñas rameras de la Kasbah tienen relojes de "Chez Cartier"? Aicha enrojece.

— Lo encontré.

— Me está acabando la paciencia — dice Marindelle —. ¡Bucelier, haz traer al novio de esta señorita!

Yussef avanza hacia el despacho, ríe, mostrando sus blancos dientes, y se contonea muy satisfecho de sí mismo.

—Toma a tu novia en tus brazos y bésala — le dice Marindelle.

Los dos capitanes ven cómo Aicha se retuerce de asco, mientras que el muchacho adelanta los labios hacia su boca.

—¡Basta! — dice Boisfeuras. Y se llevan a Yussef

— Bueno, ahora basta de comedia. ¿Cómo te llamas ?

— Aicha.

— ¿En dónde vives?

— En el número 22 de la rué de la Bombe. —¿Conoces a Si Millial?

— ¿Qué Si Millial? — se planta arrogante, con los ojos resplandecientes de odio y los labios temblorosos. Boisfeuras la toma por un brazo y la sacude

— ¡Déjeme! O me quejaré a su jefe, el comandante Jacques De Glatigny. Es uno de mis amigos.,,

— Marindelle, vete a buscar a Glatigny.

El comandante llega. Todavía tiene espuma de jabón junto a la oreja. Iba a afeitarse y ha tenido el tiempo justo para lavarse la cara. Ve a Aicha.

— ¿Qué hace aquí?

— Pregúntaselo al capitán.

— La encontré en la rué de la Bombe — dice Marindelle —. En el apartado de Correos de Si Millial. ¿Conoces a esta doncella ?

— Sí.

— Entonces ocúpate de ella — le dice Boisfeuras —. Es una mentirosa; trata de hacerse pasar por una hija de la Kasbah.

— Está en tercer año de Medicina. Aicha, venga a mi despacho — dice Glatigny.

— No te dejes engañar, Glatigny. Estoy seguro de que conoce a Si Millial.

Aicha sigue al comandante, tras haber lanzado una mirada de desafío a Boisfeuras.

— No me imaginaba a Glatigny con tales relaciones — dice pensativamente Marindelle.

Boisfeuras ironiza:

— Ahora le toca el baño a él. Ninguno de nosotros podremos escapar hasta el mometno en que nos encontremos en igualdad de condiciones con los fellaga, y tan cubiertos de barro y de sangre como ellos. Entonces podremos combatirles, y dejaremos nuestra alma en la lucha, si la tenemos, para que allá, en Francia, unos juerguistas sigan presumiendo de buena conciencia. Tráeme otra vez a ese vago de Yussef, Marindelle; estoy seguro de que con él podremos entendernos.

— Siéntese, Aicha — dice Glatigny —; creo que todo esto es sólo una equivocación; una hija de una familia de estirpe no tiene por qué comprometerse con ciertas personas. ¿Qué hacía usted en la Kasbah?

— Vivo allí; usted mismo me ha acompañado. ¿Me va a torturar para hacerme confesar?

— ¿Cómo?

— ¿Para hacerme confesar que conozco a Si Millial?

— No diga tonterías. Dentro de poco la acompañaré a su casa, cuando me haya dado su verdadera dirección . . .

— Número 22 de la rué de la Bombe.

Bucelier llama y entra.

— La señorita ha olvidado su reloj. Parece, mi comandante, que este chisme vale cientos de miles de francos. Me lo dijo el capitán Boisfeuras.

Da un taconazo y sale. Glatigny tiende a Aicha su reloj, quien lo vuelve a poner en su muñeca.

—A no ser por usted — dice —, ese capitán Boisfeuras me lo habría robado.

— Lo dudo. Es muy rico, ¿sabe?; pero el dinero no le interesa. Prefiere estar con nosotros. Vamos, Aicha, solucionemos pronto este asunto. Déme su dirección.

— Número 22 de la rué de la Bombe.

— Sé muy bien que una muchacha como usted no puede estar mezclada en todos estos horrores de bombas, de terrorismo, en compañía de fanáticos, de picaros y de fumadores de kif.

— Claro, pues los hombres como usted no pueden concebir, señor De Glatigny, que se utilice el cuchillo y la bomba.

— En 1943, en Saboya, maté a un coronel de la Gestapo en su cama y con un cuchillo. La experiencia no me agradó, pero la llevé a cabo. Las mujeres no deben mezclarse en la guerra.

— ¿Y Juana de Arco? Si hubiese conocido las bombas las hubiera utilizado contra los ingleses.

Glatigny encuentra a Aicha más bella y más atractiva que cuando la vio por primera vez: un fruto sabroso que le hubiera gustado abrir para saciar su sed.

Se levanta y se sienta junto a ella sobre la litera, la agarra del brazo y cree quemarse.

— Vamos, Aicha, sea razonable y acabemos de una vez. Dígame por lo menos su apellido; nuestro trabajo ya es bastante penoso.

— Entonces, regresen a sus casas . . .

— Estamos en nuestra casa, como usted y los suyos. Esta noche, si quiere, cenaremos juntos y olvidaremos esta hora desagradable. ¿Su apellido, su dirección?

— El capitán Boisfeuras quería saber si conozco a Si Millial y habría llegado hasta la tortura. Usted quiere acostarse conmigo para preguntarme después si conozco a Si Millial. Las confidencias en el almohadón . . . son un método bien conocido de la Policía. Glatigny se pone rojo de ira.

— Soy un militar, no un policía. Estoy casado, soy católico y no engaño a mi mujer. Quiero sacarla de este atolladero donde se ha metido por inconsciencia y orgullo.

— Vivo con una amiga, una europea, Christiane Bellinger, profesora de la Facultad de Argel. Puedo telefonearla.

Glatigny se levanta, muy pálido.

— Esta noche hemos detenido a Si Millial en casa de Christiane Bellinger. Él no podía dar su dirección más que a personas muy seguras y allegadas.

Boisfeuras entra.

— Yussef el Cuchillo — dice — se ha puesto en seguida a tono, según una vieja costumbre en él. Sólo es un comparsa, pero ella es algo más. Tu amiguita, Glatigny, es una de las responsables del terrorismo en Argel. Creo que es mejor que me la pases; la cosa es seria, con toda seguridad; conoce algún escondite y los talleres donde se fabrican las bombas. Tú corres el riesgo de ensuciarte las manos; yo . . . ya las tengo manchadas.

Aicha siente que el miedo la invade cada vez que el capitán con voz de carraca se acerca a ella. Le asusta más que Yussef, pues lo de Yussef es muy sencillo: sólo quiere acostarse con ella; pero sabe que el capitán Boisfeuras sólo tiene un interés puramente profesional.

Le dirige al comandante una mirada suplicante.

— ¡No; me quedo con usted! — dice.

—Boisfeuras — exclama Glatigny —, yo me conduzco como un ingenuo. Creo que es preferible que te la lleves contigo.

Aicha se pone furiosa.

— El señor De Glatigny confía a otros las tareas feas que él no se atreve a hacer; sin embargo, fue él quien me ayudó a llevar mi bolso y a cruzar las barreras.

La joven se da cuenta, demasiado tarde, de que ha hablado demasiado.

— ¿Qué contenía el bolso? — pregunta el comandante con voz sin timbre. La abofetea dos veces y repite —: ¿Qué contenía el bolso?

— Explosivos.

Boisfeuras dice burlón amen te, con aire cómplice:

— Veo que te las arreglas muy bien. Te dejo.

Se va, contoneándose ligeramente. Glatigny siente que comienza a odiarlo por esta burla.

Aicha llora acurrucada sobre el lecho. A su rabia se mezcla un curioso sentimiento de debilidad, el mismo que experimentó cuando Yussef la agarró en la rué de la Bombe antes de que interviniese Amar.

Mira de soslayo al comandante, que se balancea sobre su silla; lo odia como nunca ha odiado a nadie y desea que la vuelva a golpear en vez de ser ese payaso de rostro pálido y gestos mecánicos que le pregunta con voz neutra:

— Prosigamos. ¿A quién iban destinados los explosivos?

La joven lo insulta primero en francés, después en árabe y, como no reacciona, se levanta y lo escupe en la cara.

El comandante la golpea y el escudo de oro que lleva en el dedo araña la mejilla de la muchacha, que se agarra a él con todas sus fuerzas, y ambos ruedan sobre el angosto lecho.

Por primera vez, Glatigny conoce el furor del deseo, un torrente en crecida que arrastra como cadáveres flotantes sus convicciones, su honor y su fe.

La muchacha sigue luchando, pero cada vez más débilmente. El comandante aplasta su boca contra los ardientes labios de la muchacha, sobre su cara, donde ruedan las lágrimas mezcladas con la sangre.

Un poco después la joven le dice:

—Te amo y te odio.

— Tengo que ir a una reunión — le dice el comandante —. Volveré pronto.

— Espera. Te diré todo lo que sé, todo: la dirección del escondite de las bombas y la de Khadder el de la vértebra, que es quien las fabrica.

— Luego; más tarde hablaremos.

— Espera. El escondite está en la rué de la Bombe; se encuentra en un armario . . .

—Hazme un plano,

La joven se alza y le dibuja sobre una hoja de papel un plano somero del escondite.

Glatigny la vuelve a abrazar y, en medio de toda la confusión, con horror de sí mismo, se oye decirle a ella que la ama.

Entonces ella le revela su nombre. Aicha ben Mahmudi ben Tletla, hija del caíd Tletla, antiguo coronel del Ejército francés, y hermana de Mahmudi, que en Indochina había caído prisionero de los vietminh. Su hermano, al regresar, le regaló el reloj.

Glatigny regresa a la sala del colegio y entrega a Boisfeuras el plano del escondite.

— Envía unos hombres aquí. Es el escondite de las bombas.

— ¿Qué hacemos con la chica?

— Aicha nunca ha colocado las bombas y es hermana de Mahhiudi.

— ¿Hace tiempo que lo sabes?

— No. Lo acabo de saber, pero ya estaba todo hecho.

— ¿Y si lo hubieses sabido?

— No me habría servido de nada. Me pregunto si no nací con el deseo hacia ella en la sangre. Soy un sinvergüenza.

— Como yo.

— No; peor que tú. Me hago el efecto de un ser grosero y despreciable que sólo vive para dar satisfacción a sus instintos.

— Mi padre decía que en el amor se debe jugar el alma, como en la guerra la vida, y, si hubiese conocido este tipo de guerra, añadiría que el honor . . .

— He perdido mi alma y mi honor. Pero por lo menos ha valido de algo. Ordena que recojan las bombas. Hay veintisiete dispuestas para ser colocadas.

Al salir, Glatigny se cruza con Día, que vaga con las manos en los bolsillos.

— Están ocurriendo aquí cosas que no me gustan — dice con voz profunda —. No es un bonito espectáculo el de los hombres en mangas de camisa con los brazos en alto, y las mujeres que lloran.

— Y las bombas que estallan, ¿te parece un bonito espectáculo?

— Tampoco. Me gustaría irme.

— Escucha, Día; quisiera confesarme.

— Argel está lleno de curas con túnicas blancas y sotanas negras, y basta de curas de uniforme que juran como suboficiales y sueñan con una guerra santa.

— Sólo me puedes comprender tú, Día.

— Ven a la enfermería; allí tengo coñac.

Sentado sobre un maletín de reglamento sin abrir, en el interior de una especie de cueva iluminada por un tragaluz cerrado por una verja, Glatigny explica a Día lo que acaba de sucederle.

— Día, experimenté con mi deshonor el mayor placer de mi vida — termina diciéndole.

— ¿Sólo placer?

— Y también la más grande alegría. Estaba horrorizado, pero en mi cabeza resonaban clarines. Toda mi vida pasada se derrumbaba como fachadas de madera carcomidas por las termitas. Junto a mí sólo existía esta muchacha. Un gran vacío, un desierto, y aquella muchacha pegada a mí . . . ; este amor monstruoso.

— Sigue bebiendo. ¿Y ella?

— Para ella todo se ha venido abajo también: el Frente y la independencia de Argelia . . . Me ha entregado a sus amigos y se encuentra en el mismo desierto que yo.

— No me parece muy mala tu historia. Mé recuerda otra que ocurrió con Esclavier en el hospital del campo número 1. De todo el odio, de los gritos de las mujeres y de los niños destrozados por las bombas, de los hombres muertos y torturados y de la desesperación aún mayor de los que los torturan, de todo eso, acaba de nacer una vez más el amor.

— Un amor extraño, Día, que huele a azufre y que me recuerda las lecturas de mi adolescencia...

— No; expulsa todo eso de tu mente. ¿No comprendes que una vez más se trata de una victoria de la vida, de hermosa vida serena y sexual que se burla de las estupideces y de las porquerías de los hombres?

— Estoy casado . . .

— Que se burla de que los hombres estén casados o luchen entre sí. Que se burla de las causas y de las independencias, de las razas y de los odios, porque el destino del hombre es el amor y lo demás no vale nada. No me gustan los cerebros fríos y lúcidos que calculan; pero cuando se comete una magnífica cochinada como la tuya, entonces me tranquilizo y bebo, y me encuentro muy bien, y tengo calor.

— ¡Aicha es la hermana de Mahmudi!

—Todavía mejor. Cuando Mahmudi y tú caminabais por los senderos de la Alta Región, el gran dios, bromista y generoso, ya sabía que os uniría un poco más el uno al otro por la sangre de una virgen. Creo que nos quiere a todos este dios, siempre dispuesto a tendernos una mano para impedir que zozobremos en la desesperación. Mira, acabo de recibir una carta de Lescure. Se va a casar con aquella prima que tanto se reía de él. Ha debido atraparla como si se tratara de un hermoso pez de plati, al son de su flauta.

— Día, tú eres el único que puede salvarnos. Quiero que te ocupes de la muchacha, de Aicha. Por Mahmudi y por mí. No podemos abandonarla.

— Porque ella no querrá, y tú tampoco.

— Tal vez. Cursa tercer año de Medicina.

— La tendré a mi lado. Le haré cuidar a los suyos, y así, siendo buena y generosa con ellos, olvidará que para encontrar el amor tuvo que traicionarlos. Después le hablaré de Mahmudi y de su amigo Merle, y comprenderá que, ya que él es de los nuestros, ella también lo tiene que ser. Vete a buscarla. Esta noche cenaremos juntos y presidirá nuestra mesa. Tiene derecho, porque es la hermana de Mahmudi.

— ¿Estará Boisfeuras?

— No creo; necesita estar solo. Muy solo, para hacer lo que debe, o lo que cree que debe hacer. Pronto nos dejará . . . y Marindelle también, si se sigue sintiendo desdichado.

Esta noche es de triunfo para el coronel Raspéguy. Su balance: un escondrijo con veintisiete bombas, el arresto de uno de los responsables de la rebelión y la captura de todos los documentos.

El general pide que se trasfiera inmediatamente a Si Millial al P. C. de la División. Raspéguy telefonea a Boisfeuras.

— El general quiere que le llevemos en seguida a Si Millial; necesito que vuestro pájaro esté aquí dentro de diez minutos. Que venga bien custodiado.

— Demasiado tarde, mi coronel.

— ¿Cómo? ¿Ha volado?

— No; acaba de abrirse las venas en su celda . . . Con un trozo de cristal.

— ¿Y no has podido poner más atención?

— Lo vigilaba Min.

— ¡Qué lástima! — dice el general —. En París hubieran estado muy contentos de tenerlo. ¿Y la huelga, Raspéguy?

— Creo que Boisfeuras maquina algo . . .

— Este Boisfeuras tiene a veces ideas extrañas en la cabeza . . .

Desde su regreso, el capitán Esclavier pasa la mayoría de las noches con Isabelle en un apartamento de la Bbuzaréah que le presta una de sus amigas. Se prepara para ir a verla cuando recibe una llamada telefónica de Boisfeuras:

— Entre los tipos que has recogido, ¿no tienes a un tal Arouche, dentista, que vive en el número 117 de la rué Michelet? — le pregunta.

— Sí, pero no tiene interés. Lo soltaré mañana y le daré excusas. Es un kabyla perfectamente asimilado; cursó sus estudios en Francia y cuenta con una clientela totalmente europea.

— Arouche es el responsable de la red terrorista de Argel. Por lo menos todos los informes que poseo lo dejan suponer. Mañana por la mañana comenzará la huelga general. Quince bombas estarán en diferentes comercios europeos de la ciudad. Bajo ningún precio pueden estallar esas bombas, y Arouche conoce los sitios en dónde han sido colocadas.

— Entonces, ¿qué hago? ¿Te lo llevo?

— No; me voy a ocupar de la huelga. Soluciona tú mismo ese asunto.

— ¿Cómo?

— Eso es de tu incumbencia. Esclavier vuelve a preguntar:

— ¿Cómo? — y las falanges de sus dedos se tornan blancas de tanto apretar el auricular.

En la villa que ocupa Esclavier no hay calefacción y hace frío. Enciende un cigarrillo y tose; ha fumado mucho para calmar la ansiedad, próxima al miedo, que sufre desde que los primeros jeeps de su compañía han salido para detener a los sospechosos.

Esclavier llama a un ordenanza para que conduzca a Arouche a su despacho.

Ha instalado su despacho en el salón del chalet. Sobre las sillas y los sillones se ven fundas blancas. Un piano, y frente a él, en la chimenea, un reloj con péndulo de bronce sostenido por delfines. Marca las nueve y cuarto.

En el despacho del jefe de la Gestapo, en Rennes, había más o menos el mismo reloj, con los mismos ridículos motivos, marco dorado y cifras romanas en negro. Tal vez es este reloj lo que más asusta a Esclavier.

Arouche entra empujado por el ordenanza. Su rostro está delgado y pálido, con los ojos hundidos en sus órbitas, y viste un abrigo de pelo de camello sobre sus ropas. No le ha dado tiempo de anudarse la corbata, pero se ha abrochado el cuello de la camisa.

Al hablar mueve los labios y muestra unos dientes muy blancos y puntiagudos, como los de algunos primitivos de África.

— ¿Por fin se, ha decidido a soltarme, capitán? Eso no me impedirá, sin embargo, que me queje contra sus procedimientos arbitrarios.

— ¿Dónde están las bombas, Arouche?

— Doctor Arouche . . . ¿Qué decía?

Esclavier nota este reflejo de vanidad, pero se dice que muchos dentistas de Francia también lo tienen.

— Pregunto que en dónde están las quince bombas que tienen que estallar mañana por la mañana en los almacenes europeos que abran sus puertas.

Arouche siente un sobresalto, como si lo picasen. Pero se recupera.

— Debe existir una confusión de nombres. Hay muchos Arouche en Kabyla.

— Pero un solo Arouche, dentista, en el 117 triplicado de la rué Michelet.

Suena el teléfono. Es otra vez Boisfeuras.

— La información es segura — dice —. Tu tipo es pequeño, con el rostro estrecho; tiene una cicatriz en la mandíbula y deformado el meñique de la mano izquierda. Tiene unos treinta años.

— Sí; esto es.

— Pídele noticias de un tal Kadder el de la vértebra. Y no lo olvides: las bombas estallarán mañana por la mañana en el momento en que los clientes, al no poder efectuar sus compras en sus establecimientos habituales, entren en tromba en los almacenes de alimentación de los "Prisunic" y de los "Mono-prix". Tienes que sacarle en qué almacenes las han colocado y a qué hora estallarán. Tan pronto tengas el informe te mando cuatro equipos de zapadores, que ya están preparados.

Esclavier cuelga el teléfono.

— Arouche: hay unos equipos dispuestos para retirar las bombas. Después hablaremos de un tal Kadder, el de la vértebra.

Arouche se levanta y se retuerce las manos para no gritar su odio a la cara del paracaidista.

— ¿Acabó de retorcerse? — le pregunta tranquilamente el capitán —. Tengo prisa.

Arouche trata de bromear:

— ¿Lo espera una mujer?

— Exactamente.

— Mientras Argelia arde, usted sólo piensa en fornicar; pero mañana Argel volará, y esa mujer también.

A Esclavier le cuesta trabajo dominar su ira y no golpear la cara del dentista.

— ¿Y las bombas?

— No. Soy el único en saberlo. Ya puede reunirse con su equipo y registrar toda la noche los almacenes de Argel. Nada encontrará. Puede matarme, torturarme, que reventaré con alegría entre sus garras, porque mañana...

— En efecto, puedo obligarle a hablar — el reloj da las diez; su sonido es delicado, frágil, como el de ciertas cajas de música muy antiguas —; pero no lo haré, doctor Arouche; va contra todos mis principios. Usted tiene sus razones para luchar contra nosotros, y yo las mías para luchar contra ustedes; pero esto no tiene ninguna relación con las bombas que estallan y matan a mujeres y niños. Una vez que haya hablado, lo entregaré a la Policía; después se las entenderá con ella, pero antes puede llamar a su abogado y yo velaré personalmente para que no le ocurra ningún accidente.

— No.

Arouche pasa la mano sobre su cicatriz para que se reanime este odio de donde extrae su fuerza. Le recuerda el puñetazo que lo arrojó al suelo y la patada que le rompió la mandíbula.

Ocurrió a su regreso de París. Allá tuvo a muchachas en sus brazos, pero nunca las supo conservar mucho tiempo, pues sucedía que un día las trataba de prostitutas y, aunque con frecuencia lo eran, no les gustaba que se lo dijesen.

En París frecuentaba la compañía de estudiantes franceses de Argelia, que lo consideraban un poco como uno de ellos. Había cambiado su nombre musulmán de Ahmed por el de Pierre. ¿No habían sido cristianos todos sus antepasados en tiempos de San Agustín?

En suma, todos los franceses de Argelia se aliaban contra los jrangaouis, cuya falta de virilidad despreciaban, lo que les permitía olvidarse de su propia pereza.

Arouche se instaló en Argel en una calle europea. Volvió a encontrar a sus antiguos compañeros, pero no se dio cuenta de que la cosa había cambiado.

Una noche, al salir de un banquete profesional, los acompañó a una sala de fiestas; entonces estrechó quizá con demasiado ardor — aunque alentado y correspondido — a la hermana de uno de sus compañeros. Este, furioso, gritó:

— ¿Veis al moro? Se olvida . . .

Entonces le dieron públicamente una paliza y lo expulsaron de la sala. Desde aquel día, la amistad se convirtió en odio mortal.

Sabe que no va hablar. Se ha dado cuenta de que el paracaidista, a pesar de su expresión de dureza, es un ser débil, lleno de contradicciones un tipo de la raza de los habladores.

¡Que continué con sus frases mientras corre el reloj! El capitán no podrá encontrar las bombas, que están cuidadosamente disimuladas en los embalajes de las conservas, y ya colocadas en los almacenes gracias a la complicidad de un repartidor. Están preparadas para las nueve y media de la mañana.

Esclavier sigue hablando, mientras trata de buscar en su cabeza todos los argumentos de razón, de humanidad, que pudieran hallar eco en ese bloque inmóvil y sin fisuras que está sentado ante él en el sillón de funda blanca.

A pesar de él, saca a relucir todas las "ensaladas" de su padre sobre la no violencia. Sus palabras suenan a falso y sus frases se suceden lamentables, pues no encuentran eco.

El capitán observa el imperceptible gesto de Arouche cuando mira el péndulo del reloj, y su alivio al sonar las once. Sólo quiere ganar tiempo.

— Arouche — dice de pronto, en un tono seco de voz —, he sido torturado. Sé lo que es y sé que se habla, que siempre se termina hablando . . .

Y mientras se fija en el péndulo comienza esta confesión, tan dolorosa, que corren por su frente gotas de sudor y jadea:

— Fue en 1943, Arouche. Saltaba por tercera vez en zona ocupada; abajo, los alemanes me estaban esperando. Antes de poderme desembarazar de mi paracaídas y sacar mi revólver estaba ya esposado.

Arouche le miraba casi divertido, y después vuelve a mirar el péndulo.

— Lo más difícil de soportar no son los golpes en sí, sino su espera e ignorar cuánto se podrá sufrir. El hombre de la Gestapo estaba vestido de negro, tenía un rostro lampiño y unas gafas con montura de acero. Miraba pensativamente sus manos, como si le trajesen malos recuerdos. No era él el que me causaba miedo, sino lo que tenía detrás, un reloj como ése. Lo que me daba miedo es lo que iba a suceder. Me preguntó quién era, mi grado; no ignoraba nada de mi misión: volar la central de una fábrica. Pero le interesaba el nombre de las gentes a quienes tenía que avisar en caso de accidente, el grupo de mis conexiones . . . "Todo el mundo habla aquí — me dijo — en un plazo más o menos largo; la prueba es que usted ha caído en nuestras manos. Le doy media hora para reflexionar." Entonces, Arouche, miró el péndulo como usted lo contempla ahora, sus tritones mofletudos que hacen sonar la trompa, y la saeta que comienza su carrera.

"¿Quiere un cigarrillo, Arouche? El alemán también me ofreció uno antes de dejarme solo.

"Las consignas que nos daban en Londres eran muy sencillas sujetar la lengua el tiempo suficiente para que los elementos de contacto pudiesen adoptar medidas de seguridad necesarias. Era preferible no precisar demasiado la duración del tiempo. Entonces, enfrente de aquel reloj de pared, me repetí que no hablaría, que prefería ser mutilado toda mi vida antes de decir que, en caso de accidente, debía dirigirme a una librería en la rué Guynemer, en Vannes, y pedir aquel libro tan raro que había encargado el señor Duval. A la propietaria de la librería la concebía yo como una anciana de cabellos blancos a quien la vida no podía apostar ya nada. Y yo tenía veinte años . . . ¿Qué edad tiene usted, Arouche?"

Arouche se encoge de hombros sin responder, pero el cuadrante del reloj también lo tiene hipnotizado. Esclavier sigue contando:

— El alemán no manifestaba ninguna emoción, ni odio, ni piedad, ni siquiera interés. Hasta llegó a decirme: "Lo que usted me revele no va a tener ninguna importancia para el desarrollo ulterior de los acontecimientos. No influirá ni en nuestra victoria ni en la suya, pero lo que usted sufrirá le dejará marcado para toda la vida." Regresó media hora después. Se sentó en su despacho, y como buen funcionario concienzudo confrontó la hora de su reloj de pulsera con la del reloj de pared.

Esclavier, maquinalmente, recoge su manga y confronta también la hora de su reloj. Son las doce menos cuarto.

— Después el alemán pulsó un botón y entraron tres hombres vestidos de paisano, francés uno de ellos, y me arrastraron fuera.

Esclavier se levanta y da vueltas en torno al kabyla.

— Es el primer golpe el que hace más daño. Sorprende, no se lo espera, y no se cree posible soportar otro. Después, una vez que uno se ha hecho a la idea de que el dolor es en realidad soportable, llega el segundo golpe y destruye el edificio que había construido.

"Entonces empieza uno a esperar el tercer golpe, que no llega inmediatamente; la carne, frágil y dolorida, desea que ocurra lo antes posible, hasta el momento en que cree que no habrá tercer golpe . . . y entonces viene. Esto ocurre, Arouche, durante horas y horas, con hombres que tienen todo el tiempo por delante y que se detienen para beber un vaso. Entonces uno se dice: voy a estar tranquilo durante diez minutos, un cuarto de hora . . . De pronto se levanta uno de ellos y golpea sin dejar de masticar su salchichón. Aguanté, Arouche, hasta el momento en que se pusieron a sacudirme el cráneo con un calcetín lleno de arena; tenía la impresión de que los huesos se separaban unos de otros, y que mi cerebro estaba al descubierto y era una cosa temblorosa y miserable. Di la dirección de la librería de la rué Guynemer. Dije todo lo que sabía. Después de la guerra estuve seis meses de guarnición en el campo de Meucon, al lado de Vannes, y nunca me atreví a pasar por la calle Guynemer, ni a preguntar por la propietaria de la librería. ¡Y si la anciana hubiera tenido veinte años! ¿Sabe por qué no aguanté más, Arouche? Por las mismas razones que lo harán hablar a usted. No tenía motivos suficientes; sólo vagas ideas e historias que me contaban de la paz de los pueblos y del antifascismo. Además, sentía rencor y desprecio hacia mi padre. Y con eso uno no se convierte en mártir. Usted sólo siente odio, un lamentable odio. No ha podido conseguir a una muchacha que deseaba, una europea, ¿verdad? Lo comprendí en seguida. Esta no es una razón suficiente para volar una ciudad y asesinar a mujeres y niños. Usted no aguantará y sabrá como yo lo que es sentirse cobarde, y arrastrar esa cobardía toda la vida. Hable . . . ¿Dónde están las bombas?"

Arouche sigue guardando silencio, pero Esclavier presiente lo frágiles que son la resolución y el valor del dentista.

Una vez conoció en Indochina a un viet que no habló. Entonces le pareció que aquel hombre se enterraba en el fondo de sí mismo, que se colaba por una trampa en un misterioso refugio y que allí no veía nada, no oía nada y no sentía nada.

Arouche no tiene ese refugio. Las doce campanadas de la medianoche se desgranan, débiles y delicadas.

— Arouche, ¿las bombas . . . ?

Esclavier se siente cobarde otra vez, pues es incapaz de hacer soportar a otro lo que él sufrió. Pedirá a Bucelier y a Malfaison que se ocupen del dentista.

Suena el teléfono. Debe ser Boisfeuras. Es Isabelle, con voz ronca:

— Philippe, han degollado al abuelo y a sus tres criados. Han prendido fuego a la granja y han cortado las cepas. Quise ir, pero a causa del toque de queda . . . ¡Oh, Philippe! — se oyen sollozos; después de un silencio, prosigue —: ¡Los quería tanto! Ven a reunirte conmigo cuando puedas. Sí; te espero en Bouzaréah...

Al amanecer, Esclavier se une a su amante. La noticia del asesinato del viejo Pélissier le ha dado fuerza. Acaba de hacer lo que más temía en el mundo sin necesitar la ayuda de sus suboficiales.

Cuando de madrugada se llevan al dentista en una camilla, lo ha dicho todo. Ninguna de las quince bombas estallarán.

Pero cuando Philippe quiere yacer con Isabelle, no puede. La joven ha estado demasiado mezclada en las horas atroces que acaba de vivir, y un poco de este horror se ha adherido a ello. Puesto que sólo desea y ama a Isabelle, Philippe conoce el infierno en el que viven todos los que no pueden calmar su deseo.

Philippe acaricia los cabellos de Isabelle y se va a dormir a otra cama. Siente deseos de morir.

El 28 de febrero estalla la huelga general. Por la mañana es casi total. Obedeciendo a las consignas de Radio Túnez, los habitantes de los distritos árabes, que hablar hecho sus provisiones para una semana, no salen de sus casas. Las calles están vacías y las tiendas cerradas. Los zuavos acuden en uniforme de gala a tocar sus trompetas y tambores a la Kasbah, y distribuyen bombones entre los niños, que, si bien en un principio son poco numerosos, luego corren detrás más apretados que enjambres de moscas. Otras unidades se ocupan de conducir a los niños en camiones a la escuela.

Un gran número de maestros musulmanes les siguen. Por solidaridad o por miedo, algunos maestros franceses se declaran en huelga. Son sustituidos por soldados y se los obliga a vaciar los cubos de las basuras.

El 10º R. C P. se encarga de hacer abrir las tiendas de los comerciantes. Enganchan los cierres metálicos a sus camiones y los arrancan. Algunas tiendas son saqueadas, pero sus propietarios no protestan, pues todas estas tiendas pertenecen a recaudadores de fondos del F. L. N. Boisfeuras había preparado cuidadosamente una lista, basándose en los documentos que le había entregado Arcinade.

Marindelle no consigue dormir durante la noche. Su pasado lo hostiga. Esta noche, mientras en la vecina habitación Aicha y Glatigny se abrazan y se rechazan, se aman y se odian, trata de imaginar los lazos que los unen y los móviles que han empujado a la muchacha a llegar más lejos de lo normal en la sumisión de su amante. Más lejos de lo que el propio Glatigny deseaba. Le había pedido asistir al desfile de los sosopechosos. Sentada ante un pupitre, con la cabeza cubierta por una capucha, fue señalando a los miembros del F. L. N. entre los que pasaron ante ella.

Un fuego quema a Aicha: su amor. Y la impulsa a devorar todo lo que ha tenido importancia en su vida pasada. Cuando ya no le quede nada se arrojará en sus llamas.

Este estado de espíritu se debe a su temperamento excesivo y apasionado, pero también a su sublevación contra el sistema social en el que ha vivido. En una familia evolucionada como la del caíd Tletla, las supervivencias de una sociedad nómada y guerrera siguen siendo numerosas, y la mujer, aun vestida con trajes que le llegan de París, sigue siendo una fuente de placer y un botín.

Por primera vez, Aicha se siente tratada como una igual por un hombre que es a la vez su amante y su enemigo. Acaba de descubrir que la dignidad tiene el rostro delgado de Glatigny, su boca un poco crispada y sus ojos con frecuencia tristes.

Marindelle comprende a través de Aicha el poder que representa esta rebeldía acumulada desde hace siglos por millones de mujeres. En ella hay el suficiente explosivo para hacer saltar todo el Mogreb. El F. L. N. argelino, así como el Neodestour tunecino y el Istiqlal marroquí, han tenido miedo y no se han atrevido a tocarlo, incluso en su lucha por la independencia.

¿Cómo se podría despertar a las mujeres musulmanas, y convencerlas de que su emancipación sólo puede llegarles gracias a los franceses? Dando conferencias feministas . . . , desde luego que no . . . Al capitán se le ocurre otra idea que luego la mayoría de sus compañeros encontrarán extraña, incluso desagradable. Al día siguiente, por la mañana, reúne un determinado número de mujeres y de muchachas musulmanas de la Kasbah, llena tres camiones y las hace conducir a un lavadero. Allí las obliga a lavar las camisetas impregnadas de sudor, los slips y los calzoncillos de los paracaidistas. Estas mujeres han sido obligadas a subir a los camiones sin que los hombres de su raza intervengan. Así pierden su prestigio de guerreros, lo que hace vana la sumisión ancestral de sus esposas y de sus hijas. Encorvadas durante toda la mañana sobre aquella ropa, las mujeres sienten la impresión de haber sido violadas repetidas veces por los soldados cuyas ropas han lavado.

Cuando regresan a la Kasbah sin haber sido molestadas, cuando aquellos hombres jóvenes y fuertes las ayudan a bajar de los camiones con una cortesía intencionadamente exagerada, mientras sus novios o sus maridos son viejos y groseros, algunas de ellas piensan en despojarse del velo y otras en que muy bien pueden tener amantes que no sean musulmanes.

Argel se convierte en una ciudad de paracaidistas. Adquiere la costumbre de vivir al ritmo ligero y silencioso de las patrullas de hombres con atuendos chillones que, con el rostro vacío y helado, y el dedo sobre el gatillo de su arma, circulan por las calles y aceras.

Los paracaidistas no se mezclan con la población; viven entre ellos, fuera de la ciudad y de sus costumbres, como seres procedentes de otro planeta. No responden a las preguntas y rechazan el vino y los bocadillos que se les ofrece. Paralizan la huelga, destruyen toda la red terrorista, pero ni los periodistas más informados pueden enterarse cómo ocurren las cosas.

Si Millial era el alma de la huelga. Desaparecido, se ha hundido toda la organización que había creado. Los paracaidistas pueden apoderarse de los hijos de la rebelión. Algunos antiguos miembros del F. L. N. les siguen por miedo, pues han denunciado a sus camaradas y sólo pueden justificarse con la victoria de los paracaidistas; otros, la mayoría, porque siempre van con el más fuerte, con el que puede protegerlos.

En el seno del 10° R. P. C, cada compañía comienza a tener existencia autónoma, lo que le permite escapar algo del dominio del coronel.

Esclavier se especializa en redes terroristas, y Piniéres se ocupa de los grupos de comunistas que ayudan a la rebelión fabricando explosivos.

Una mañana de febrero, Piniéres localiza el taller de fabricación de la "schneiderita", instalado en una quinta de recreo solitaria a orillas del mar. Allí se encuentran cuatro europeos, uno de ellos un tal Percevielle, ingeniero químico, y un solo árabe, Kadder, el de la vértebra.

Para evitarse complicaciones, Piniéres utiliza dicho explosivo para volar la casa y sus ocupantes.

El 28 de marzo, el coronel Raspéguy pide ser recibido por el general, cosa que consigue inmediatamente. El 10º R. P. C. se ha cubierto de gloria con la batalla de Argel. Su coronel se ha convertido en la figura más popular de todos los paracaidistas.     

El general comienza felicitando a Raspéguy por su próximo ascenso.

Raspéguy fuma pensativamente su pipa:

— Mi general, es la primera vez que un galón no me causa placer, quizá porque así no se ganan los galones.   

— Usted ha salvado Argel.

— Y he perdido mi regimiento. Necesitamos aire, estamos adquiriendo malas costumbres. Los muchachos beben demasiado para olvidar lo que se han visto obligados a hacer. Hemos obtenido más éxitos que los demás, porque nos hemos ensuciado más que ellos. Tenemos que largarnos antes que los otros, porque nuestra desintoxicación será más larga. Vamos, mi general; hemos cumplido nuestro trabajo; nos hemos manchado bien las manos; déjenos marchar.

— Todavía los necesito.

— No sólo me inquieta Boisfeuras, mi general. Marindelle despilfarra en una noche toda su paga en el casino de "Aletti"; ya conoce el asunto de Glatigny con una musulmana. No sé qué le ha sucedido a Esclavier, pero parece que no tiene la cabeza en su sitio.

— Se solicitan refuerzos para los Nementchas.

— Pues con el saco al hombro para los Nementchas.

— Después de todo quizá sea mejor que abandonen ustedes Argel el tiempo suficiente para poder arreglar un pequeño asunto . . .

—Pero, ¿es que hay que solucionar un pequeño asunto?

— No es nada; no se preocupe.

Al mismo tiempo que el 10º° R. P. C. se marcha al Jjebel, cincuenta y dos oficiales argelinos firman una carta al presidente de la República y consiguen entregársela directamente, sin pasar por la vía jerárquica:

 

Señor presidente de la República:

Ante los acontecimientos que desde hace varios años conmueven nuestro país, nos preocupa poder permanecer fieles a nuestra palabra de oficiales y al ideal de la amistad franco-argelina, al que consagran os nuestra vida . . .

Si guardábamos secretas todas nuestras amarguras e inquietudes, se debía, por una parte, a que nuestra educación nos unta al país que servíamos, y, por otra, a que queríamos esperar que nuestros sacrificios, tarde o temprano, sirvieran para esa amistad franco-argelina.

Hoy, esta esperanza ha cedido el puesto a la profunda convicción de que el giro de los actuales acontecimientos va en contra de este ideal. Nuestra situación de oficiales argelinos se hace insostenible debido a la lucha sangrienta que enfrenta a nuestros compañeros franceses con nuestros hermanos de sangre.

Si nos dirigimos a usted, que representa a la nación francesa, no es ciertamente para romper con nuestro pasado de soldado al servicio de Francia, ni tampoco para desprendernos de todos los lazos de amistad, camaradería y fraternidad que nos unen a ella y a sus tradiciones militares, sino por hostilidad respecto a una política que, si la aprobásemos, trasformaría esta unión en traición hacia el pueblo argelino, que nos contempla, y hacia Francia, que tiene y tendrá necesidad de nosotros.[37]

El capitán Mahmudi es sometido a juicio como uno de los instigadores de esta maniobra. Primero es encerrado en una fortaleza alemana y luego trasladado a la prisión del Cherche Midi, en París.

Desde esta prisión escribe una larga carta a Olivier Merle, para intentar justificar la posición que se ha visto obligado a adoptar. La carta le es devuelta con la siguiente nota en tinta roja: "El teniente Merle ha caído en combate."

Mientras caminan entre los grises peñascos de los Nementchas, entre el cierzo agrio y la nieve, los oficiales del 10 ° R. P. C. se enteran de que se han incoado expedientes contra algunos de ellos. Las quejas formuladas contra el 10° son por graves crueldades cometidas, y los oficiales han de ser oídos como testigos, simple fórmula que forma parte del procedimiento habitual.

Por la noche, Glatigny, Boisfeuras, Esclavier, Piniéres y Marindelle se reúnen alrededor del fuego. El humo rojizo asciende y se retuerce hacia un cielo negro: a veces el viento lo lanza contra la cara de los oficiales. Entonces tosen y lloran.

Raspéguy sale de la borrasca con su bastón en la mano. Su impermeable y su pasamontañas le hacen semejante a los pastores de su país vestidos de invierno.

Se acerca al fuego y acepta un poco de café en una lata de conserva.

— ¿De qué estáis hablando? ¿De las convocatorias recibidas? Yo también tengo una en el bolsillo. ¿Qué valen los papeles cuando se poseen ametralladoras? Sin embargo, ellos nos dijeron que empleásemos todos los medios para ganar la batalla de Argel. ¡Y eso que nos portamos suavemente, que si los llegamos a escuchar . . .! Ahora que ya no tiemblan de miedo, nos envían el papel. Cada vez que los ministros o los diputados venían a nuestro P. C, yo les decía: "Esto no está bien . . . Lo hacemos porque su Gobierno nos lo ha ordenado, pero nos desagrada y nos da asco." Unos semejaban no comprenderme, o creer que yo lo decía en broma. Otros respondían con un tranquilizador gesto de la mano: "Es por Francia . . ." Y ahora estos mismos cerdos quieren hacernos pasar ante sus tribunales. Muchachos, agarrad bien la culata de vuestra ametralladora; así nadie nos vendrá a molestar.

Se hace el silencio. Después Esclavier lanza, con una rabia que sobrecoge a todos:

— ¡Que tenga cuidado Roma con la cólera de las legiones!

Azotados por la borrasca de lluvia y nieve fundida, el rostro oculto por el pasamontañas, los centuriones de África rumian sus rencores y su desesperanza. Bajo sus impermeables cubiertos de escarcha estrechan sus armas. Un golpe del vendaval, más violento, que los otros, apaga el fuego, y se encuentran sumidos en la oscuridad de la noche. Entonces suena la voz disonante de Boisfeuras:

— Ahora ya sabemos lo que tenemos que hacer: dejar que todo se lo lleve el viento.

Entonces Glatigny recuerda . . . Era la primavera en el colegio de Sarlat. Las ventanas del aula se abrían al polvo dorado que subía del patio. Ganado por la turbación y por la poética angustia de su adolescencia, soñaba. La voz del padre Mornelier, profesor de Latín y de Historia de Roma, se elevaba para significar que la clase había concluido. Glatigny se sobresaltó al ser arrancado de su ligero delirio; sólo conservó el recuerdo preciso de esta última frase:

"Un gran número de centuriones del proconsulado de África abandonaron las legiones para venir a Roma. Se convirtieron en los guardias pretorianos de los Césares. Hasta el día en que tomaron la costumbre de nombrarlos y después de elegirlos entre ellos. Este fue el fin de Roma . . ."

Una ráfaga de fusil ametrallador estalla en un puesto avanzado. Un centinela ha disparado sobre una sombra o sobre un ruido: árbol retorcido por el viento, fellaba o animal.

 

"La Porte Romaine."
Saint-Cézaire-sur-Siagne.
Julio, 1959.




Notas

[35] R. U. A.: Racing Universitario de Argel.

[36] C. C. E.: Comité de Coordinación y de Ejecución. En realidad, el verdadero Gobierno restringido de la rebelión creado en el Congreso de la Summan.

[37] El texto integro de esta carta fue publicado en L'affairt des officien algérietis, por Abdelkader Rahmani (Editions du Seuil).


    

Jean Lartéguy - Los Centuriones