Raul O. Leguizamón: En Torno al Origen de la Vida

    


LA TESIS DE LOS COACERVADOS

Dije en el capítulo anterior que la mayoría de los expertos en biogénesis creen que el origen espontáneo de las proteínas no plantea mayores dificultades.

Pero hay excepciones.

Aunque parezca una contradicción, existen algunos investigadores en este campo, que aun aceptando el origen de la vida a partir de la materia inanimada, creen que el origen espontáneo de las proteínas ¡es imposible!

Se va a asombrar, lector, cuando le diga el nombre de uno de estos investigadores pues se trata nada menos que del más famoso propugnador de la biogénesis espontánea (!). Me estoy refiriendo claro, al prestigioso científico soviético Oparin, cuyo libro El origen de la vida es un clásico en este tema([31]).

Oparin niega categóricamente que las proteínas puedan aparecer primariamente en forma espontánea.

Y lo niega con estas palabras:

"(las proteínas) representan órganos del protoplasma, dotados de una elevada eficiencia y una estructura racional. Es por ello que la hipótesis según la cual éstas habrían surgido primaria­mente, para luego a su vez, dar nacimiento al protoplasma vivo, recuerda hasta cierto punto... la absurda y equivocada... concepción del antiguo filósofo griego Empédocles sobre el origen inicial de los organismos"([32]).

Y también:

"Seria tan incorrecto el suponer la génesis primaria aislada de las proteínas, como la de los ácidos nucleicos...Toda la evidencia concreta de que se dispone en la actualidad, es contraria a esta tesis"([33]).

Como ve lector — en contra de lo que parecía — no estamos tan solos en esto de negar el origen espontáneo de las proteínas. Oparin coincide con nosotros...

Esto no significa, desde luego, que quienes afirmamos que el origen espontáneo de las proteínas es imposible, no estemos todos locos. Pero tal parece entonces, que los locos somos más de cuatro.

En realidad, no tiene ninguna importancia si somos cuatro o cuatro millones; cuerdos, locos o fronterizos.

La verdad es la verdad, así lo digan cuatro. Lo que es, es, así lo diga un cuerdo...

Lo importante es lo que se dice y no quién lo dice. O cuántos.

De todas maneras, Oparin sostiene que el origen espontáneo de las proteínas es imposible y dedica un capítulo entero de su libro — tan famoso como poco leído — a demostrarlo. (Es su mejor capítulo. Al menos el único de carácter científico).

Y en esto Oparin tiene razón. Aunque en lo demás esté equivocado.

Curiosamente, casi ningún autor menciona este hecho de que Oparin no acepte el origen primario espontáneo de las proteínas. A nadie pareciera llamarle la atención. Lo cual es muy extraño.

Pues si los autores que creen en el origen primario espontáneo de las proteínas están realmente convencidos de lo que dicen, lo que tendrían que hacer es refutar la postura de Oparin. Sobre todo considerando que este autor es, por así decir, el decano de los investigadores sobre el tema.

A menos que no tuviesen argumentos para ello. En cuyo caso se explica sí el silencio. O también podría ser que no lo hayan leído. Lo cual, estimado lector, no es tan increíble como pudiera parecer. Oparin es uno de esos autores a quienes mucha gente cita (vagamente) pero que muy pocos leen. Y menos aún estudian con sentido crítico.

Lo mismo pasa con Darwin.

En realidad — como trataré de demostrar en el curso de este capítulo la postura de Oparin es ficticia. Aun que aparente negarlo, el también acepta — por izquierda — la aparición espontánea de las proteínas.

Pero no diga nada, lector. Los otros expertos en biogénesis no se han dado cuenta todavía.

Como la tesis de Oparin gira alrededor de los coacervados, es imprescindible que comencemos este capítulo explicando dicho concepto.

Si tomamos un poco de gelatina y goma arábiga (dos sustancias coloidales complejas) en solución acuosa y las tratamos con sustancias deshidratantes, la gelatina y la goma arábiga se unen formando como una gotita en el seno del agua. Es decir, formando un acúmulo individualizado de moléculas, con mayor densidad que el medio y con una superficie donde se pueden absorber ciertas sustancias.

Como de alguna manera, una célula es también un acúmulo de moléculas, con mayor densidad que el medio y que posee una superficie, comprenderá lector que la tentación era demasiado grande para que este fenómeno de la gotita no fuese propuesto como parte del mecanismo de la biogénesis.

Y dicho y hecho.

Según Oparin y otros, coacervados serían una suerte de "pre-células", que establecerían el nexo entre la materia inanimada y la viviente.

¿Y de qué manera establecerían esta conexión ?

Haciendo las veces de un "organismo", el cual, selección natural mediante, iría "evolucionando", es decir, perfeccionándose cada vez más y trasmitiendo su organización — cada vez más perfecta — a sus componentes (las moléculas).

Para Oparin, no son las moléculas individualmente consideradas las que evolucionan, es decir, se perfeccionan, para luego formar un sistema — y eventualmente un organismo — (la postura de Monod, por ejemplo), sino que primero se formaría un sistema (la gota de coacervado), que al perfeccionarse daría lugar a las moléculas propias de los seres vivos (proteínas por ejemplo).

De manera que no se trata en realidad de que Oparin niegue la aparición espontánea de las proteínas. Lo que el niega es que aparezcan individualmente.

En otras palabras: la aparición de una proteína sería — según Oparin — un absurdo. La aparición de varias juntas, en cambio, una hipótesis racional...

Por ello es que este autor, a pesar de que no duda de la biogénesis espontánea, niega como vimos — que las proteínas hayan podido formarse por sí solas en el medio acuoso del océano primitivo.

Para decirlo con sus palabras:

"las proteínas serían el resultado de la evolución de sistemas protoplasmáticos... no representando en ningún caso el producto de la evolución de moléculas o sustancias individuales" (p. 228).

¿Y cómo aparecieron entonces las proteínas?

Fueron producidas — dice Oparin — gracias a los coacervados. En el sentido de que gracias a que las moléculas orgánicas estaban unidas formando un sistema polimolecular (la gotita de coacervado), pudieron interactuar con el medio y dar origen así a las proteínas.

Cito nuevamente a Oparin:

"Gracias a la prolongada evolución de estos sistemas (los coacervados)... pudieron aparecer aquellos tipos de organización que caracterizan a los seres vivos. De este modo surgió el metabolismo y se formaron las Proteínas..."(p. 230).

De manera que para Oparin, los hechos se habrían desarrollado de la siguiente forma: moléculas orgánicas --> formación de sistemas polimoleculares (coacervados) --> proteínas...

¿Y a partir de qué moléculas orgánicas se habrían formado inicialmente los coacervados? A partir de las mismas que pueden formarse actualmente en el laboratorio; esto es, proteínas.

Pero acaso, ¿no era que las proteínas aparecían como consecuencia de la formación de los coacervados?

Bueno, eso era lo que Oparin dice en el capítulo VI de su libro (la cita de arriba). Pero en el capítulo VII, en cambio, dice:

"El fenómeno de la coacervación posee para nosotros una especial importancia, muy en especial porque ha podido representar un poderoso factor (!) durante la evolución de las sustancias orgánicas, favoreciendo la concentración de los compuestos de elevado peso molecular y concretamente, la de los productos albuminoideos presentes en la hidrosfera terrestre"(p. 233).

A pesar de la equivocidad del párrafo, podemos inferir, de acuerdo a esta cita, que los coacervados no transformarían en realidad moléculas no proteicas en proteínas, sino que simplemente concentrarían proteínas ya existentes.

Se podría objetar que en el párrafo arriba citado, el autor no usa exactamente la palabra proteína, sino "productos albuminoideos". Pero aparte de que si le preguntáramos a cualquier químico qué se entiende por "productos albuminóideos de elevado peso molecular", nos dirá que se trata de una proteína o algo muy cercano a ella (un péptido complejo, por ejemplo), además de esto, en la página anterior a la de la cita, Oparin dice que un aspecto muy característico de los polímeros albuminóideos de elevado peso molecular consiste en la gran facilidad con que se unen a otras proteínas (p.232).

Como la palabra "otra" significa una cosa igual a la descripta, tenemos entonces el derecho a concluir que, en el párrafo citado, "productos albuminóideos de elevado peso molecular" quiere decir proteínas.

Consecuentemente — según Oparin — los coacervados "originarían" las proteínas mediante el recurso de concentrar las ya existentes...

Para ponernos a salvo de la equivocidad de expresión de este autor y para que no se piense que hacemos cuestión de detalle (!), vamos a suponer que los productos albuminóideos — a partir de los cuales se habrían formado los coacervados — no eran proteínas, sino péptidos complejos, que habrían sido transformados luego — por el coacervado — en proteínas. Menos que esto no podemos suponer.

Pero si esto es así, ¿cuál habría sido entonces el"poderoso factor" representado por los coacervados en la evolución de las sustancias orgánicas? ¿Transformar péptidos complejos en proteínas? No pareciera muy poderoso esto.

Por otra parte, si fuera cierto que el choque al azar de las moléculas orgánicas elementales en el seno del mar primitivo pudo originar péptidos complejos, se hace difícil ver la razón por la que no habría podido — como sostiene Oparin — originar proteínas.

En realidad, unos párrafos más adelante Oparin nos aclara que lo importante no es tanto si las moléculas orgánicas a partir de las cuales se habrían formado los coacervados eran proteínas o péptidos, sino que habrían sido compuestos proteicos no tan perfectos como los actuales. Es decir, más elementales, más rudimentarios; de tipo "primitivo" digamos.

¿Y qué sería una proteína "primitiva"?

Sería aquella que — a diferencia de las actuales — no tendría sus aminoácidos dispuestos en una secuencia rigurosamente definida. Para que aparezca esta secuencia definida, hace falta una organización previa, cuya base serían los coacervados.

Así Oparin dice:

"Sin el concurso de una organización protoplasmática preexistente no se puede concebir la aparición de la... secuencia rigurosamente definida... propia de los compuestos proteicos actuales".

Esto, en la página 204.

Sin embargo, en la página 247 dice:

"Los diversos compuestos orgánicos de elevado peso molecular — polímeros de hidratos de carbono, aminoácidos (proteínas) y nucleótidos (ácidos nucleicos)~ surgidos primariamente en aguas del océano primigenio, no debieron diferenciarse sensiblemente, desde el punto de vista de sus propiedades coloidoquímicas, de sus homólogos actuales".

Huelga destacar que las propiedades coloidoquímicas de una proteína dependen justamente de la "secuencia rigurosamente definida" de sus aminoácidos. Secuencia que, según Oparin (pág.204), ¡no se puede concebir aparezca espontáneamente!

¿Y por qué en la página 204 no se puede concebir que los compuestos protéicos formados espontáneamente sean como los actuales, y en la página 247, por el contrario, no se diferencian sensiblemente de ellos?

Porque en la página 204 Oparin necesita probar una cosa y en la 247 otra.

La tesis de Oparin es que las moléculas de los seres vivos no pueden originarse en forma espontánea, con la perfección que las caracteriza. Deben "evolucionar" hasta llegar a ella. Y esta evolución no puede hacerse en forma individual, sino en conjunto. Formando parte de sistemas polimoleculares: los coacervados.

Pero los coacervados se forman a base de proteínas (u otros coloides complejos). Es decir, son imprescindibles las propiedades coloidoquimicas de los compuestos protéicos — que dependen de sus secuencias rigurosamente definidas — para que se puedan formar los coacervados.

Por ello, en la pág. 204 les niega secuencias definidas a los compuestos proteicos "primitivos"; para hacer la existencia de los coacervadas especulativamente necesaria. Y luego, en la pág. 247 afirma estas secuencias definidas en las proteínas primitivas; para hacer la formación de los coacervados químicamente posible.

De todas maneras, para poder continuar con el argumento, vamos a suponer — siempre de acuerdo a Oparin — que las proteínas (o péptidos complejos) "primitivos" eran un vivo desorden y también, que esas proteínas, sin las secuencias definidas de las actuales. habrían podido — como las actuales — formar coacervados.

También vamos a suponer — siempre de acuerdo a Oparin — que en la composición de esos coacervados entraban ácidos nucleicos (¡formados también espontáneamente!), los cuales, al igual que las proteínas", tenían sus nucleótidos convenientemente "desordenados" (sin una secuencia definida).

El curso de los acontecimientos habría sido entonces: proteínas y ácidos nucleicos "desordenados" --> formación de coacervados --> proteínas y ácidos nucleicos ordenados.

Los coacervados serían así el medio para que aparecieran secuencias definidas, en los compuestos proteicos y ácidos nucleicos "primitivos" desprovistos de ellas.

En otras palabras, los coacervados habrían desempeñado el papel de introducir orden, en el desorden de sus moléculas constitutivas.

Pero si el orden no estaba originariamente en las moléculas del coacervado, ¿de dónde provino?

De la interacción entre el coacervado y el medio ambiente — dice Oparin.

He aquí, lector, una típica interpretación dialéctica del problema.

El orden no estaba ni en el coacervado ni en el medioambiente. Pero aparece a consecuencia de la interacción de ambos.

(Engels, el autor más citado por Oparin, se sentiría orgulloso de su epígono).

¿Y de qué manera se llevaría a cabo esta interacción generadora de orden, esta "evolución" del coacervado?

Mediante la selección natural:

"Gracias a la prolongada evolución de estos sistemas (los coacervados) de su interacción con el medio ambiente y su selección natural, pudieron aparecer aquellos tipos de organización que caracterizan a los seres vivos"(p. 230).

Desde ya digamos que el uso — por parte de Oparin — del término "pudieron" (ver arriba), le quita carácter científico a este párrafo, por cuanto la ciencia no tiene por objeto establecer lo que "puede ser", sino lo que no puede ser. Es decir, lo que está prohibido por alguna ley.

Pero en realidad, este párrafo es anticientífico, ya que en él Oparin dice algo que muy concretamente no puede ser. Y es lo referente al papel de la selección natural en la evolución de los coacervados.

Para que haya selección natural, tiene que haber reproducción. Precisamen­te, la definición de selección natural es reproducción diferencial, o sea que algunos organismos tienen más descendencia que otros. De manera que si no hay organismos capaces de reproducirse — para lo cual son imprescindibles proteínas y ácidos nucleicos con sus secuencias perfectamente definidas — es totalmente ilegítimo hablar de selección natural.

Pero Oparin insiste.

Además de la cita anterior, que era de la página 230, en la 267 nos dice que:

"el principio de la selección natural es inaplicable a propósito de la evolución de las moléculas individuales. Por el contrario, las posibilidades son infinitamente mayores si lo aplicamos a la evolución de aquellas forma­ciones que en el capítulo anterior señalamos como iniciales en el desarrollo de la vida, es decir las gotas de coacervados"(p. 267).

Sin embargo, después de usar varias veces la expresión "selección natural", este autor, como quien no quiere la cosa, aclara que:

"Por supuesto, este fenómeno de 'selección' era todavía muy primitivo no pudiendo de ninguna manera ser equiparado a la 'selección natural' de los biólogos" (comillas del autor) (p.269).

¡Caray! Ahora resulta que Oparin no estaba en realidad hablando de la selección natural de los biólogos (la única que conocemos, desde luego), sino de otra...

¡Con razón que no tenía sentido lo que decía!

En fin, para no confundirnos con la selección natural de los biólogos, vamos a llamar a esta otra, la selección natural de Oparin.

Como este autor — para evitar sin duda fatigar a los lectores — no define en ningún momento cuál sería la naturaleza de su selección natural, trataremos — indiscretamente — de hacerlo nosotros por él.

En primer lugar, y contrariamente a la opinión del eminente bioquímico soviético, yo estimo que la selección natu­ral de la que el habla es superior a la de los biólogos.

Si Oparin dice que "era muy primitiva, no pudiéndose equiparar a la selección natural de los biólogos" (ver arriba), ello debe atribuirse, sin duda, a la modestia científica de este autor, ya que de ser cierta la acción que Oparin le atribuye a su selección natural, ella sería, sin lugar a dudas, superior a la de los biólogos.

Esta última, si bien no hay maravilla que no pueda realizar (según los biólogos darwinistas), tiene un serio inconveniente. Necesita que se produzca una variación previa a nivel de una estructura invariante — los ácidos nucleicos — capaces, por eso mismo, de conservar esta variación. Esto es, necesita una novedad (mutación) a nivel de los genes, para luego seleccionar, positiva o negativamente, esa novedad.

Es decir, que para poder actuar, la selección natural de los biólogos necesita ADN, genes, reproducción, célula.

Produce "evolución", pero necesita reproducción.

En cambio la selección natural de Oparin no tendría este inconveniente. Puede actuar en cualquier momento en que su autor lo estime necesario. Sí. Incluso sin aparato reproductivo previo.

Por eso es que Oparin, luego de aclarar que la selección natural de la que el habla no es la de los biólogos, dice:

"No obstante, fue precisamente bajo su influencia (la de la selección natural) que los sistemas orgánicos individualizados (coacervados) fueron capaces de progresar evolutivamente"(p. 270).

La selección natural de Oparin produce "evolución", pero no necesita reproducción.

Si esto no constituye una indicación de superioridad...

¿Y cómo actuaría la selección natural de Oparin?

Estableciendo — nos dice su creador — un "riguroso control" sobre los coacervados, "que preservaba para una evolución ulterior tan sólo aquellos sistemas más perfectos"(p. 271).

Una vez más se hace evidente el carácter decididamente superior de la selección natural de Oparin, sobre la de los biólogos.

Según el consenso de opinión de las autoridades en el tema, la selección natural biológica (la de Darwin), se limita a producir resultados sólo en forma aproximada, por cuanto no siempre es efectiva([34]) y en última instancia lo que hace es simplemente brindar una mejor probabilidad de supervivencia([35]).

Una selección natural como la de Oparin, capaz de establecer un "riguroso control" que preserva "tan sólo" lo "más perfecto", es algo sin precedentes.

¡Qué no hubiera dado Darwin por descubrir una cosa así.

Pero de todas formas, si la selección natural de Oparin es capaz de establecer un "riguroso control" sobre la evolución de los coacervados, quiere decir entonces que esta selección (cualquier cosa que ella signifique) no puede estar en los coacervados, sino fuera de ellos, en el medio ambiente. Es decir, a nivel del "caldo primitivo", constituido por una solución acuosa de distintas sustancias orgánicas, sin una secuencia molecular definida, a partir de las cuales se habrían formado los coacervados.

De manera que las moléculas desordenadas del caldo primitivo serían las encargadas de perfeccionar a los coacervados, es decir, serían las encargadas de establecer un "riguroso control" sobre ellos, preservando los más perfectos.

En otras palabras: las moléculas desordenadas del caldo primitivo harían que los coacervados cumplieran con su cometido de introducir orden, en el desorden de sus moléculas constitutivas.

Como se ve, este razonamiento termina irremediablemente en el absurdo.

Y termina en el absurdo, porque esta selección natural de Oparin en realidad no existe. Lo que sí existe es una profunda confusión, que trataremos seguidamente de aclarar.

Oparin (al igual que numerosos otros autores desde luego) toma la expresión "selección natural" (de Darwin) — que se aplica a los seres vivos — y la usa, analógicamente, en relación a sistemas moleculares no vivientes: los coacervados.

De la misma manera que la selección natural de Darwin explicaría la supervivencia de determinados seres o especies y la extinción de otros, así también la "selección" natural de Oparin explicaría — supuestamente — la "supervivencia" de determinados coacervados y la "extinción" de otros.

Como estos términos, supervivencia y extinción, suponen vida, lo correcto es que hablemos de mayor duración (estabilidad) y menor duración (inestabilidad) de los coacervados.

¿Y de qué depende la mayor o menor estabilidad de un coacervado?

Depende naturalmente de su organización.

"La existencia más o menos prolongada de un sistema determinado (coacervado) exigía una organización, capaz de facilitar conjuntos de reacciones útiles al respecto"(p. 269).

Es la organización del coacervado lo que explica su existencia prolongada. Es decir, algunos coacervados tendrían una cohesión tal — dada por su organización — que les permitiría resistir la acción desintegradora de la agitación y el bombardeo molecular del caldo primitivo y otros no.

Los coacervados más organizados — cohesivos — duran más; los menos organizados, duran menos.

Lo mismo que en un edificio, por ejemplo; su estabilidad depende de su estructura (organización).

Pero si la estabilidad del coacervado depende de su organización, ¿qué papel juega entonces la famosa selección natural?

Ninguno, claro. Para jugar un papel, primero hay que existir. Con existencia propia. Y la selección natural de Oparin no existe con existencia propia.

Lo que existe en la realidad son los coacervados y el medio ambiente ( caldo primitivo). El hecho de que algunos coacervados tengan mayor estabilidad que otros o, dicho de otra forma, que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo destruya los coacervados menos organizados y "preserve" (en realidad, "no destruya") los más organizados, no significa que haya aquí una "cosa", con existencia propia, capaz de "seleccionar" los coacervados acorde con su nivel de organización (!).

Lo que existe, repito, son los coacervados — con su orden propio — y el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo que, precisamente por ser al azar — esto es, desordenado — , tiende a destruir el orden de los coacervados.

Podemos, en sentido figurado, llamar "selección natural" a esta destrucción de los coacervados más lábiles (menos organizados)([36]). De la misma manera que — también en sentido figurado — podemos llamar "selección natural" a la acción de los temblores, por ejemplo, capaces de destruir los edificios más frágiles (menos organizados) y dejar en pie los más resistentes.

Pero atención que se trata de una metáfora. No confundir esto con la realidad.

Cuando Oparin dice que la selección natural "destruye" los coacervados menos organizados y "preserva" los más organizados, lo que en realidad está diciendo es que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo destruye los coacervados más lábiles y no destruye los más estables. Lo cual es totalmente cierto.

Pero esta expresión, "selección natural", genera una enorme confusión pues el verbo seleccionar implica la idea de elegir, escoger, preferir, discriminar, etc., actividades éstas para las que hace falta una intención, es decir, alguna forma de inteligencia.

Y aquí sólo estamos hablando del movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo que — por representar un influjo de energía no teleonómica — tiende a destruir la organización de los coacervados.

Creer realmente que existe aquí una "cosa", independientemente de los coacervados y del caldo primitivo, llamada "selección natural", capaz de seleccionar los coacervados de acuerdo a su nivel de organización (!) es tomarse en serio una metáfora.

Sería lo mismo que llamar selección natural a la acción destructiva de los temblores sobre los edificios menos estables y luego creer que existe realmente una "cosa" que "selecclona" los edificios acorde con su nivel de organización. Esto sería atribuirles a los temblores una intención que éstos no tienen, ya que para seleccionar es imprescindible una intención.

No. Los temblores — al igual que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo — no seleccionan. Simplemente destruyen. Por eso es que lo que Oparin llama "selección natural" hay que llamar en realidad destrucción natural. ¡Ese es el nombre legítimo! Destrucción de los coacervados menos organizados por el bombardeo y agitación molecular de las sustancias del caldo primitivo.

En otras palabras, destrucción del orden de los coacervados, por el desorden de las moléculas del caldo primitivo.

¿Y por qué no eliminamos la expresión selección natural y nos limitamos a decir que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo destruye a los coacervados menos organizados? Lo cual es totalmente cierto y legítimo.

Porque en el preciso momento que hacemos eso, se torna por demás evidente que la destrucción de los coacervados menos organizados, por el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo, no puede mejorar, complejizar, hacer progresar, en una palabra, perfeccionar a los coacervados. Sólo puede destruir los menos organizados, pero no puede perfeccionarlos, ya que para eso tendría que ser capaz de mejorar ese orden.

De la misma manera que los temblores pueden destruir los edificios de mala calidad, pero ¡no pueden mejorarlos!

Pero el absurdo no ha terminado lector.

Pues fíjese que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo — la "selección natural" que Oparin llama — destruiría los coacervados menos organizados. Con lo cual, repito, estamos de acuerdo.

¿Pero y a partir de dónde se habrían formado los coacervados?

¡A partir del movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo!

De manera que el azar de los movimientos moleculares del caldo primitivo crearía, primero, coacervados más y menos organizados. Y luego ese mismo movimiento al azar — esta vez como "selección natural" — destruiría los menos organizados, "preservando" mediante "riguroso control", "tan sólo" los "más perfectos".

En otras palabras: el azar, en un primer momento, sería capaz de crear algo tan perfecto que ni el mismo podría luego ser capaz de destruir (!).

No me diga lector que esto no es una maravilla.

En suma, después de quitar toda la hojarasca pseudocientífica y la tremenda confusión creada por el término "selección natural", lo que queda de la tesis de Oparin — como la de todos los otros — es que las proteínas se habrían originado al azar.

Y es que no hay escapatoria. Si se postula el origen de la vida — y de las proteínas por ende — a partir de la materia inanimada, se está postulando su origen al azar.

La genialidad de Oparin consiste justamente, en enmascarar el azar, mediante el término selección natural. Porque si a cualquiera de nosotros nos dijeran que el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo puede crear orden, sabríamos a qué atenernos. Pero al decirnos que la "selección natural" lo hace, nos desorientan. Porque este término introduce — subrepticiamente — inteligencia en el sistema.

Introduce un "telos".

Lo cual demuestra una vez más que — respecto del origen de las proteínas (y de la vida) — la única alternativa es o azar o inteligencia. No hay otra.

Demostrada la no existencia de la selección natural de Oparin, los famosos coacervados siguen el mismo camino.

Si el movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo puede generar orden, ¿para qué necesitamos los coacervados? Si no puede, ¿cómo habrían podido formarse aquéllos? En el primer caso, los coacervados son innecesarios. En el segundo, su formación es imposible.

La tesis de los coacervados de Oparin es superflua, absurda y anticientífica.

Todas estas contradicciones surgen — a mi modo de ver — de lo siguiente: Oparin, como brillante científico que es, ve claramente que las proteínas y ácidos nucleicos no pueden jamás aparecer espontáneamente, a partir del movimiento al azar de las moléculas del caldo primitivo. Pero, en razón de sus convicciones filosóficas, no puede resignarse frente a esta realidad. Por ello, mediante el término "selección natural", personifica las fuerzas ciegas — por cuanto materiales — del medio ambiente. Las dota de intención.

Y esto no es el producto de una simple confusión de Oparin. Esto es la consecuencia inexorable de su cosmovisión. Cosmovisión — el materialismo dialéctico — que realiza lo que Monod tan acertadamente llama la "proyección animista". Es decir, la proyección — sobre la materia inanimada — del funcionamiento intensamente teleonómico, es decir, finalista, de nuestra propia mente.

Por eso es que la "selección natural" de Oparin "explica" el origen de la vida. Porque tiene inteligencia...

Oparin, como buen marxista, le atribuye a la materia inanimada propiedades que ésta no tiene. Y por esta misma razón — de orden filosófico — su respuesta frente a este problema es dialéctica y consiste en decir que las proteínas y ácidos nucleicos se habrían originado a partir de una suerte de "pre-células" (los coacervados), que si bien no eran todavía células propiamente dichas, participaban sí de algunos de sus atributos (la selección natural por ejemplo).

De la interacción de estas "pre-células" con el medio ambiente — selección natural mediante — se habrían originado las proteínas y las células.

Lo cual equivale en realidad a sostener que el origen de la vida hay que buscarlo en una forma de vida previa...

Con lo cual estoy ciertamente de acuerdo, pero no en el sentido en que lo dice Oparin.

Para no ser menos que este autor, yo también creo que la vida procede de la vida. Pero en un sentido que mucho me temo escandalizaría al insigne científico soviético.

Porque la vida "originaria" — según Oparin — sería inferior, o sea menos "evolucionada" que la posterior.

Pero esto es anticientífico por cuanto va en contra de la tendencia fundamental de la materia que — regida por las leyes de la termodinámica — tiende permanentemente a la degradación. Lo superior no puede originarse de lo inferior.

Por mi parte estoy convencido de que la Vida originaria tiene que haber sido superior. Infinitamente superior...

Estoy seguro que Oparin rechazaría esto categóricamente.

 

 

TERMODINÁMICA Y LA GÉNESIS DEL ORDEN

Según hemos visto, las proteínas no pueden originarse en forma espontánea a partir de la materia inanimada.

Y esta imposibilidad no depende de una mera razón circunstancial. De la ausencia de algún modelo experimental adecuado, de la no disponibilidad de unos "cuantos" de energía más o menos, o de la falta de buena voluntad de nuestra parte que todo esto hubiera tenido lugar. No.

Esta imposibilidad tiene que ver con razones muy profundas, que hacen a la esencia misma de las leyes que rigen la materia inanimada.

Vale la pena entonces que examinemos, aunque sea en forma sucinta, la naturaleza de alguna de estas leyes.

Las leyes de la termodinámica

De especialísimo interés para el tema de la biogénesis, es el análisis de las leyes que rigen el comportamiento de la energía.

Al ser todo lo que existe en el universo, una u otra forma de energía, y todo lo que acontece, un proceso de transformación de la misma, las leyes de la termodinámica — al determinar la tendencia fundamental de dichas transformaciones — constituyen, en realidad, las más básicas e importantes de todas las leyes físicas.

Estas leyes de la termodinámica pertenecen a lo más riguroso y firmemente establecido de toda la ciencia moderna y su cumplimiento se ha verificado, desde el nivel de las partículas subatómicas, hasta el de las galaxias más lejanas.

No existe ningún sistema, ningún proceso, ninguna dimensión, donde (se haya demostrado que) no se cumplan estas leyes.

La 1ª ley es la de la conservación de la energía, que establece que la energía no se crea ni se destruye. Sólo se transforma. De manera que la energía total del universo es constante.

La 2ª ley — particularmente significativa para el tema de la biogénesis — es la de la degradación de la energía, según la cual, en cada transformación que sufre la misma, hay una parte que se escapa — en forma de calor — y que ya no es posible volver a utilizar.

Si bien la energía total del cosmos no varía, su disponibilidad disminuye en forma permanente.

No existe — repito — ningún proceso espontáneo que podamos imaginar, en que no se cumpla esta ley.

Si tomamos un leño y lo quemamos en la estufa, obtenemos calor, que podemos utilizar para pasarlo bien si hace frío, para hacer funcionar una caldera y efectuar un trabajo mecánico, o para calentar la pava del mate.

Pero a partir de la ceniza, no podemos obtener el calor que obtuvimos a partir del leño. No hay forma. Ese calor se perdió para siempre. ¿Acaso desapareció ? No. Está en el cosmos. Pero ya no podemos volver a utilizarlo. No está disponible.

Para designar esta energía que ya no está disponible, los físicos usan el término entropía.

No existe ninguna transformación espontánea de energía, en que la entropía no aumente.

Desde el péndulo que busca detenerse, el río que baja de la montaña, las reservas de combustible que se agotan y el sol que tiende a enfriarse.

Esto último, de a poquito claro. Pero la ciencia nos dice que, inexorablemente, llegará un momento en que la energía disponible del sol se agotará y ese será el fin.

Así es. Nuestro querido universo concluirá, nos guste o no, en una noche helada y sin término.

(Esto no debe constituir motivo de alarma para nadie. Afortunadamente, no veremos ese horrible final. Mucho antes de que eso suceda, la 2ª ley de la termodinámica nos habrá transformado a todos nosotros en energía no disponible. No hay por lo tanto de qué preocuparse).

Pero volvamos al ejemplo del leño en la estufa.

La ceniza no sólo no tiene la energía del leño, sino que tampoco tiene — y por exactamente la misma razón — su organización, su estructura, su ordenamiento molecular. Por eso es que el leño tiene forma y la ceniza no .

Otra manera entonces de formular la 2ª ley de la termodinámica es diciendo que en todo proceso espontáneo del mundo físico, el desorden siempre aumenta. O, lo que es lo mismo, que la materia siempre tiende a lograr un estado de mayor probabilidad.

Precisamente. Porque los fenómenos de la materia dependen del movimiento desordenado y al azar de los átomos y moléculas. Y este movimiento, por su misma naturaleza, sólo puede generar mayor desorden. Y cuanto mayor desorden tiene un sistema, tanto más probable es. Y viceversa.

Espontáneamente, el orden es improbable. Lo probable es el desorden.

Una vez más, cualquier proceso material que podamos imaginar cursa con un aumento del desorden de sus elementos, con una pérdida de la forma, con un deterioro de la estructura.

Los instrumentos se deterioran, los edificios y caminos se arruinan, los vehículos se desgastan, el metal se oxida, el vino se pica([37]), los billetes se arrugan (y las caras también), los dientes se caen, las arterias pierden elasticidad...

Dejadas a sí mismas, las cosas siempre se deterioran. Porque la materia tiende inexorablemente hacia la desorganización, hacia el caos, hacia la degradación.

En síntesis: la tendencia espontánea de la materia — regida por las leyes de la termodinámica — es siempre, de mayor energía a menor energía, o lo que es lo mismo, de menor entropía a mayor entropía; del orden al desorden; de lo improbable, a lo probable; de arriba a abajo; del desequilibrio al equilibrio; de la organización al caos; de lo superior a lo inferior; de lo inestable a lo estable; de lo difícil o lo fácil; de lo reactivo a lo inerte; de lo concentrado a lo disperso; de lo vertical a lo horizontal; de lo separado a la mezcla; de lo integrado a lo desintegrado; de lo orgánico a lo inorgánico; de la proteína a los a.a.; de la célula a sus componentes; de la vida a la muerte.

Esta es la tendencia de la materia.

Sólo el desconocimiento total de su naturaleza — propio de los materialistas — puede postular lo contrario.

Es por estas razones que hemos visto, que la síntesis espontánea de una proteína a partir de la materia inanimada es imposible.

Porque la síntesis de una proteína supone nada menos que la total reversión de la tendencia fundamental de la materia. Supone — ;¡y a qué niveles! — disminuir la entropía, aumentar el orden, generar improbabilidad, producir desequilibrio.

Por ello es que para obtener una proteína — sencillita nomás, como la insulina — un químico debe trabajar como negro, durante semanas en su laboratorio. Para revertir precisamente la tendencia espontánea de la materia, que va en sentido contrario.

Pero según los teóricos de la biogénesis, ¡todo esto habría ocurrido en forma espontánea, en las aguas del océano primitivo!

Vale decir, que en forma espontánea, se revertiría la tendencia espontánea de la materia hacia el desorden, hacia el equilibrio, hacia el aumento de la entropía.

¡Esto es esquizofrénico realmente!

La tendencia de la materia no sólo no está en favor de la síntesis de una proteína, sino que está en contra. Los procesos materiales no sólo no generan orden: generan desorden. No es que la materia no ayude; entorpece.

Proponer el origen espontáneo de las proteínas a partir de la materia inanimada es proponer una antinomia absoluta. Una contradicción total, irreductible, definitiva.

No se trata de un error. Se trata de un absurdo.

Los intentos por esquivar la ley de la entropía

La mayor parte de los teóricos de la biogénesis espontánea se quedan callados como ostras, respecto de este problema de la termodinámica, no haciendo la más mínima alusión sobre el tema.

Pero hay algunos que tratan de tomar al toro por las astas y compatibilizar, de alguna manera, los presupuestos teóricos de la biogénesis, con las implicaciones de la 2ª ley.

A continuación haré un breve análisis de estas posturas que — como veremos — más parecieran ciertamente tomar al toro por otra parte.

Así, algunos autores insisten, enfáticamente, en que esto del aumento de la entropía y el desorden se refiere sólo a los sistemas "cerrados" — es decir, sin influjo de energía del exterior — mas no a los sistemas "abiertos" a dicho influjo de energía, en los cuales no se cumpliría la ley.

Pero esto no es cierto. En absoluto no lo es.

En primer lugar tengamos presente que los sistemas "cerrados" son sólo una abstracción conceptual. En el mundo de la realidad ni siquiera existen, ya que todos los sistemas están abiertos, directa o indirectamente, a la energía del sol. Y en todos aumenta la entropía.

En segundo lugar, el hecho de que para revertir la entropía haga falta un influjo de energía (sistema abierto) no significa que el influjo de energía — por sí mismo — revierta la entropía.

Que el sistema sea "abierto", es necesario. Pero de ninguna manera suficiente.

Si dejamos un Fiat 600 a la intemperie — esto es, constituyendo un sistema perfectamente abierto al influjo de abundante energía del sol — durante unos 50 años, ¿aumenta o disminuye la entropía del Fiat? ¿Aumenta o disminuye su ordenamiento molecular? Después de 50 años, ¿encontramos un Fiat Regata, o un montón de hierros viejos? ¿Que encontramos?([38]) .

Y sin embargo éste es un sistema perfectamente "abierto".

No. La reversión de la 2ª ley, esto es la disminución de la entropía, el aumento del orden y de la improbabilidad, no se logra con apelar simplemente a un sistema "abierto".

Porque al postular un sistema abierto, lo único que estamos haciendo — repito — es postular un influjo de energía al sistema. Y como habíamos visto al tratar de la síntesis de las proteínas, la sola energía no basta. Hay que rectificar esa energía. Es decir, darle dirección. Quitarle el carácter anárquico — y por ende destructivo — que la energía fisicoquímica, siguiendo la 2ª ley, espontáneamente tiene.

Una vez más: para ser capaz de generar orden (revertir la entropía), la energía tiene que seguir especificaciones de cómo aplicarse. Tiene necesariamente que haber un programa, un plan, un proyecto, que indique lo que se debe hacer. Y además un mecanismo para aplicarla. De otra manera, la energía es destructiva.

Hace falta — como habíamos visto — una energía teleonómica. Es decir, que "sepa" adónde tiene que llegar y de qué manera debe hacerlo.

Esto es lo que acontece en los seres vivos, gracias al programa inscripto en los genes y a la maravillosa maquinaria metabólica de que disponen. Todo lo cual les permite captar energía del medio ambiente y revertir (temporariamente) la entropía, creando y manteniendo el orden de sus moléculas constitutivas([39]).

Pero insisto: esto acontece únicamente en los seres vivos, cuya ley fundamental es justamente la teleonomía.

¡Pero no puede acontecer — en forma espontánea — a nivel de la materia inanimada, cuya ley fundamentales la entropía!

No es el mero influjo de energía lo que genera orden en un ser vivo. Es la teleonomía del ser vivo, la que utiliza dicha energía para crear orden.

O mejor dicho, es el ser viviente — gracias a sus mecanismos teleonómicos — quien es capaz de revertirla entropía, utilizando la energía del medio ambiente.

Está claro, por consiguiente, que un ser vivo — capaz de revertir la entropía — es un sistema abierto.

Pero pretender que con sólo ser abierto, un sistema puede revertir la entropía, es un postulado rayano en la imbecilidad.

Otros autores tratan de resolver el problema, que para la génesis del orden representa la ley de la entropía, apelando al tiempo.

Así — nos dicen — si bien la 2ª ley de la T. D. hace que la aparición espontánea de orden en la materia inanimada sea muy poco probable, en caso de que hubiera mucho tiempo a disposición, ya no sería tan improbable.

Si el argumento anterior (el de los sistemas abiertos) era rayano en la imbecilidad, este otro, en cambio, entra en plena jurisdicción de ella.

Ya hemos analizado esta falacia, en oportunidad de la síntesis de las proteínas, por lo que no es necesario insistir.

Simplemente digamos — volviendo al ejemplo del Fiat — que en lugar de dejarlo a la intemperie durante 50 años, lo dejamos 500. En la esperanza de que aumente su ordenamiento molecular...

Si a un fenómeno material le aumentamos el tiempo, sólo obtenemos más de lo mismo.

El tiempo, al fin y al cabo, es una función de la materia. Más aún. El mismo concepto de tiempo implica la acción, sobre la materia, de la 2ª ley de la T. D.

Precisamente, medimos el tiempo por el aumento de la entropía de un sistema: la cuerda de un reloj que se desenrolla, perdiendo su energía inicial.

El tiempo no puede revertir la ley de la entropía, por la muy excelente razón de que se trata ¡de la misma entropía en acción!

Algunos autores dicen que quizá, en algún lugar del cosmos, esta ley podría no cumplirse y que allí la materia inanimada tendiera a crear orden.

Esto supongo que es perfectamente posible. Pero además de que sería irrelevante — ya que estamos hablando de la biogénesis en la tierra — , toda la evidencia de que disponemos indica que las leyes de la T. D. se cumplen en todo el universo conocido.

Si en algún recoveco del cosmos esto no es así, habría que preguntárselo a un extraterrestre.

(Podríamos encargarle esta tarea a Sagan, que está que se sale de la vaina por comunicarse con ellos).

Otros autores sostienen, en cambio, que si bien esta tendencia de la materia se manifiesta en la actualidad, en todo el universo conocido, no sabemos que siempre haya sido así.

Podría ser — dicen — que los fenómenos materiales del universo en su totalidad y las leyes que los rigen, fueran a manera de gigantescas ondulaciones, de millones de años de duración, y que lo que ahora vemos de la acción de dichas leyes fuese simplemente la parte descendente de una de estas ondulaciones. Y que en otros tiempos — en la parte ascendente de la onda — esta leyes generasen orden.

Una vez más, es perfectamente posible que esto haya sido así.

El problema con este postulado es que no es científico. La ciencia se basa en la evidencia. Es decir, en lo que se ve. Y lo que vemos nos indica que la tendencia actual de la materia es hacia el desorden.

Que esto haya sido siempre así no lo sabemos.

En realidad — y más allá de que este postulado no sea científico — al sostener que la ley de la entropía podría no haber estado siempre en acción, los expertos en el tema han realizado un nuevo y significativo aporte a nuestra interpretación del cosmos.

Efectivamente. No se podría en absoluto descartar que haya habido una hermosa edad, en que no existía en la materia esta tendencia hacia el caos y la degradación.

Donde reinaba el orden. Donde todo era armonía y belleza.

Y que luego, en algún momento, haya comenzado a actuar esta ley — que más que ley parecería una maldición — con su secuela de desorden, dolor y muerte. Y espinas.

Pero no creo que los autores que postulan que la ley de la entropía no habría actuado siempre estuviesen de acuerdo con esto.

Pondrían el grito en el cielo...

Otros autores, finalmente, tratan de resolver el dilema planteado por la 2ª ley de la T. D., diciendo que si bien esta ley establece la tendencia al desorden y el aumento de la entropía, podrían ocurrir — a nivel molecular — fluctuaciones en sentido contrario. Esto es, que generasen orden y disminución de la entropía.

Como la 2ª ley de la T. D. — al igual que todas las leyes físicas — está formulada en términos estadísticos y describe el comportamiento global de enormes cantidades de átomos y moléculas, no se podría descartar que aun cuando el conjunto — siguiendo la 2ª ley — fuera hacia un estado de mayor entropía, probabilidad o desorden, no se podría descartar, digo, que algunos átomos se desviasen fugazmente de la dirección del conjunto y generasen orden.

Vale decir que unos pocos átomos y moléculas, desviados fugazmente de la tendencia del conjunto, podrían generar orden, a pesar de que el conjunto genera desorden.

En otras palabras: las desviaciones de la norma posibilitarían lo que la norma no permite. ¡Las fluctuaciones serían más importantes que la ley!

Yo creo sinceramente que acá lo único fluctuante es el juicio de estos autores. Y no precisamente hacia la disminución de la entropía.

No sólo no existe la más remota evidencia experimental de que las supuestas fluctuaciones puedan generar orden (revertir la entropía), sino que, además, este postulado de las fluctuaciones es simplemente absurdo, de no existir un mecanismo capaz de trabar y sumar estas fugaces desviaciones hacia el orden.

Sería lo mismo que pretender recoger agua con un recipiente sin fondo.

Por otra parte, si las fluctuaciones — esto es, las excepciones — de las leyes físicas son las que habrían producido orden y en última instancia vida, ¿qué pasa, entonces con el postulado básico de las hipótesis de biogénesis espontánea, en el sentido de que la vida se explica como consecuencia de las leyes del mundo físico?

Biogénesis y cristalización

Sin embargo, lector, hay después de todo una instancia, en que las fuerzas de la materia inanimada producen orden.

Habrá que resignarse. Pero es así.

Si tomamos una sustancia como la sal de cocina en solución y la desecamos — o enfriamos — , las moléculas de sal precipitan, formando cristales uniformes, que poseen una estructura definida. Vale decir, las moléculas se ordenan en un diseño geométrico determinado.

No hace falta decir que este asunto de la cristalización ha suscitado un profundo fervor entre los teóricos de la biogénesis, por cuanto representa indudablemente un ejemplo de la aparición espontánea de orden, en la materia inanimada.

Como el origen de la vida — de una proteína digamos — supone también la aparición de orden en la materia, entonces — según estos autores — en el fenómeno de la cristalización residiría, en alguna manera, el secreto de la biogénesis.

Y el entusiasmo es generalizado.

Para comenzar en forma suave, digamos que el fenómeno de la cristalización no tiene absolutamente nada que ver con la biogénesis.

Es sólo un típico ejemplo de la mentalidad reduccionista que caracteriza a muchos científicos consistente en tomar elementos homólogos, aislarlos de su contexto y ensamblarlos en una categoría "semejante", mediante un falso silogismo.

Un ganso tiene plumas; el plumero también. Luego ganso y plumero son semejantes.

El orden de un cristal no tiene nada que ver con el orden de una proteína. Son dos cosas diametralmente opuestas.

Un cristal es una cosa completamente inerte, en perfecto estado de equilibrio, donde no tiene lugar ningún proceso, y que posee mayor entropía que la solución de donde precipitó. Es un estado más probable que la solución madre y un producto totalmente predecible de la acción de la 2ª ley de la T. D.

¿Que tiene que ver esto con una proteína, que es la negación de cada una de las características enumeradas anteriormente?

Un bebé y un anciano no tienen dientes. Por consiguiente — de acuerdo con esta forma de razonar — estaríamos en presencia del mismo fenómeno.

Pero no estamos en presencia del mismo fenómeno.

Uno es vida que comienza y el otro es vida que termina.

Uno está disminuyendo la entropía y al otro la entropía lo está disminuyendo.

Uno va para arriba y el otro va para abajo.

Lo que importa no es el hecho aislado — la ausencia de dientes — sino la dirección de las fuerzas que producen el hecho. Que son las que le dan significación al mismo.

La estructura definida (orden) de una molécula de proteína obedece a fuerzas completamente distintas de las que producen la estructura definida de un cristal.

En la proteína, el orden representa una reversión de la entropía, un aumento del desequilibrio un estado poco probable.

En el cristal en cambio, el orden representa un aumento de la entropía, el logro del equilibrio, un estado probable.

En la proteína, el orden es la consecuencia de fuerzas que van para arriba.

En el cristal, el orden es la consecuencia de fuerzas que van para abajo.

No es que haya aquí una diferencia de grado. La hay de naturaleza.

Pretender que ambos fenómenos son semejantes es mucho más grave que confundir gordura con hinchazón.

Es confundir un gordo con un barril.

 

ORDEN, ORGANIZACIÓN, MORFOGÉNESIS

El equivoco suscitado por el orden de un cristal, respecto de la biogénesis, se explica por el hecho de que esta palabra, orden, tiene, en realidad, muy distinta significación, según que la usemos en referencia a la materia inanimada o a la materia viviente.

Orden, en sentido fisicoquímico, es sinónimo de regularidad, homogeneidad, equilibrio, simetría. En sentido biológico, en cambio, orden es sinónimo de diferenciación, heterogeneidad, desequilibrio, asimetría.

En una palabra: orden, en sentido fisicoquímico, significa uniformidad. Pero orden, en sentido biológico, es todo lo contrario de uniformidad.

En sentido biológico, orden significa organización.

Organización que define tanto al ser viviente, como a sus productos.

Es por ello que la materia inanimada se puede dividir, sin perder su naturaleza. Porque es uniforme. Es decir, es todo lo mismo. Es homogénea. Su estructura está basada en la repetición.

Pero la materia organizada (viviente o no) no se puede dividir sin perder su naturaleza. Porque no es uniforme. Es heterogénea. Su estructura está basada en la complementación.

Si a una roca le sacamos un pedacito, obtenemos un trozo de materia que es tan roca como aquélla de donde la sacamos. Participa de sus mismos atributos. Es exactamente la misma cosa, sólo que de menor tamaño.

Pero si a un perro le sacamos una pata, ¡no obtenemos la misma cosa!

Y quien dice un perro, dice una proteína.

Si a una proteína le sacamos un pedacito, obtenemos un trozo de materia que no participa de los mismos atributos que la proteína de donde la sacamos, ya que estos atributos son patrimonio de la molécula entera y no de sus partes.

Una proteína — como toda cosa organizada — no puede fragmentarse sin destruirse, ya que todas las partes se necesitan entre sí y no tienen significación fuera del todo.

Esto tiene, como consecuencia directa, que en la materia inanimada, conocer una parte no sólo es conocer todas las partes, sino también conocer el todo. Que no es sino la repetición de partes iguales entre sí.

Pero en la materia organizada, conocer una parte no sólo no es conocer todas las partes, sino que aun conociendo todas las partes, no conocemos el todo. Que se basa en la complementación de partes distintas.

No es necesario que pongamos como ejemplo un ser viviente, o una proteína. Pensemos simplemente en un motor desarmado (en el caso de que no sepamos de mecánica), o en los pedazos de una estatua, cuya forma no conociéramos.

En el mundo de la materia organizada, hay que conocer primero el todo, para poder interpretar las partes. Hay que conocer el todo, para poder ensamblar las partes. Hay que conocer el todo, para fabricar las partes.

Hay que concebir primero el todo, para luego concebirlas partes.

De manera que en la materia organizada, el conocimiento del todo, no sólo es distinto, sino además anterior, al conocimiento de las partes.

Esto es así, repito, porque en la materia inanimada la estructura está basada en la repetición de las partes. Y esta repetición no agrega nada nuevo a lo que ya teníamos. El todo es la suma de las partes ¡El todo es las partes! Un trocito de mármol de 1 cm. es — en este sentido — exactamente igual que uno de 1 km.

Pero en la materia organizada, el todo no es igual a la suma de las partes. Es superior. Es una cosa nueva. Supone algo más.

Ese algo más es la idea del conjunto. Aquello para lo que el todo ha sido hecho. La finalidad con vistas a la cual han sido creadas las partes. Es decir, el fin.

Por ello es que organizar implica estructurar y armonizar las partes de un todo, con vistas a un fin.

No puede existir una organización sin un fin preconcebido. Es decir, sin un "telos".

En toda organización — desde una proteína hasta un club de barrio — es imprescindible conocer el fin, antes de comenzar a actuar.

En otras palabras: para que aparezca una organización, debe necesariamente existir una inteligencia que conciba el fin con anterioridad. De otra manera es imposible.

Y esto demuestra una vez más lo absurdo de pretender explicar el origen de la vida, a partir de la materia inanimada.

Porque la vida — una proteína, digamos — representa un altísimo grado de organización de la materia. Organización que — como vimos — implica armonizar, integrar, coordinar, disponer las partes de un todo, con vistas a un fin previamente concebido.

Y las leyes de la materia inanimada no pueden concebir un fin (!). No pueden pensar. No son depositarias de un proyecto. ¡No son teleonómicas!

Y al no ser teleonómicas, no pueden crear una organización.

Insisto. Aquí no se trata de que las probabilidades sean más o menos remotas; de si hay o no energía del sol; de si disponemos de muchos millones de años o de un poquito de lava ardiente para unir algunos aminoácidos.

Aquí se trata de dos mundos diferentes!

¿En qué forma habrá que explicar esto para que los "cráneos" entiendan?

Las fuerzas de la materia inanimada no necesitan saber adónde van, ni qué efecto producen. Obedecen sólo a su tendencia hacia el equilibrio, el desorden, el aumento de la entropía. Y para que se manifieste esta tendencia, sólo hace falta un desnivel: de mayor energía a menor energía (de menor entropía a mayor entropía). El agua que baja de la montaña; la vela que se consume; la comida que se enfría; el helado que se derrite.

El agua que baja de la montaña no tiene por qué ir a un sitio determinado. Simplemente baja. Obedece a su tendencia, basada en el desnivel. Desde el punto de vista físico, no importa a qué lugar vaya. El asunto es que baje. Que logre el nivel. Que aumente su entropía.

Pero para lograr un efecto determinado — ¡y ni qué hablar cuando ese efecto es una organiza­ción! — , las fuerzas que actúan no pueden obedecer simplemente a una tendencia basada en un desnivel, sino a una intención, basada en un designio.

La tendencia no sabe adónde va. Es una deriva. Obedece a una inclinación. La intención necesita saberlo. Es un encaminarse. Obedece a una determinación.

La tendencia impulsa; la intención dirige. La tendencia es general; la intención es particular. La tendencia uniformiza; la intención discrimina. La tendencia es una propensión; la intención es un propósito.

La tendencia no puede dejar de ir de arriba hacia abajo. Como el agua.

La intención puede ir de abajo hacia arriba. Como el pez.

La tendencia produce únicamente efectos homogéneos. Sólo una intención puede producir efectos heterogéneos.

¿Qué quiere decir esto de homogéneo y heterogéneo?

Es muy simple. Un curso de agua, por ejemplo, actuando sobre una roca, la desgasta. Pero no cambia su naturaleza. Sigue siendo roca. Del mismo género (homogéneo). Es decir del mismo origen (genus). Por eso es que no tenemos ni siquiera un nuevo sustantivo para designarla. Sólo un adjetivo: "desgastada".

Pero si un escultor actuando sobre una roca la desgasta en forma de estatua, estamos en presencia ahora de algo muy diferente. En este caso ha cambiado la naturaleza de la roca. Aunque la estatua tenga la misma composición físico química de la roca, ya no es de su mismo género. Es heterogénea. Ha aparecido algo nuevo. Que es justamente la forma de la estatua.

Forma que hace que la estatua esté compuesta de partes diversas. A diferencia de la roca, que es uniforme. Por eso es que si le sacamos un pedacito a una estatua, no obtenemos una estatuita, sino una parte de ella, que sólo tiene significación si está incluida con el resto. Sola, no nos sirve para nada. El trocito que obtenemos, si bien participa del ser material de la estatua — la roca — no participa de los atributos de la estatua.

La razón por la que esto es así, resulta evidente. La estatua tiene una forma determinada que la hace ser tal y el trocito de roca, no. Y la forma de la estatua es una cosa total.

Ahora, el análisis fisicoquímico de la roca no puede explicar la forma de la estatua. No puede ni comenzar a hacerlo. Son dos cosas de naturaleza diferente. La forma de la estatua no es atribuible a las mismas fuerzas que produjeron la roca desgastada. Tiene distinta génesis. Es una forma que ha sido impuesta desde afuera([40]).

Es un diseño. Y un diseño supone un designio. Para lo cual hace falta una inteligencia.

Pero dejemos de lado este ejemplo, que es muy obvio (aunque del todo pertinente) y supongamos ahora que tenemos otro tipo de diseño. La casita de un hornero, por ejemplo.

¿Pueden las fuerzas de la materia inanimada construirla?

¿Acaso no hay disponibles en la naturaleza, cualquier cantidad de tierra, agua, briznas de pasto, etc., es decir todos los elementos materiales que los científicos han demostrado rigurosamente componen la casita del hornero?. ¿Acaso no hay abundante provisión de energía sol? (sistema "abierto"). ¿Acaso no existen vientos de suficiente intensidad, como para hacer "fluctuar" las partículas de polvo y elevarlas hasta la altura de las ramas?

¡Que perspectivas para una hipótesis de nidogénesis espontánea!

Y sin embargo, ¿pueden las fuerzas de la materia inanimada construir la casita?

Obviamente no. Porque lo fundamental de la casita, no es la materia de que está hecha, sino la forma que tiene, que la hace heterogénea respecto de la materia inanimada. Forma que no se origina a partir del barro, o de las briznas de pasto, o de la energía del sol, sino que es impuesta por el hornero. Forma que es un diseño. Y como tal, producto de un designio y de una inteligencia.

¿Pero es que acaso tienen inteligencia los horneros?

Bueno, eso depende de la amplitud que le demos al término.

Obviamente no la tienen, en el sentido abstracto, consciente, simbólico, propio del ser humano. Pero sin duda que tienen algo análogo a una inteligencia, que es su instinto. Es decir, una intención, no reflexiva, que los guía para hacer lo que hacen.

No "entienden", pero "saben"([41]).

En resumen: la casita del hornero es una forma incorporada a una materia, Es una materia organizada. Toda materia organizada supone un ser viviente. Toda materia organizada supone alguna forma de inteligencia.

Es inútil que utilicemos los más refinados métodos fisicoquímicos para analizar la materia de la casita del hornero, mientras no hagamos referencia a su forma. Ningún análisis fisicoquímico nos va a ilustrar sobre esta forma, porque ella no depende de la materia, sino que es impuesta — por el hornero — desde afuera.

Y esto es así, porque en la materia inanimada, lo fundamental es la materia. Pero en la materia organizada, lo fundamental es la forma. O, lo que es lo mismo, que en la materia inanimada lo fundamental es la sustancia. Y en la materia organizada, lo fundamental es la organización.

Una vez más, dejemos este ejemplo y vayamos a otro.

Esperando, lector, sepa disculpar la reiteración, vamos a hablar otra vez de las proteínas.

Como se dará cuenta, desde el principio de este trabajo estamos girando sobre el mismo tema. Primero analizamos los problemas fisicoquímicos que planteaba la síntesis de las proteínas. Luego examinamos la cuestión del origen del orden, a partir de las leyes fundamentales que rigen la materia inanimada. Y aquí finalmente, estamos analizando el mismo problema, desde un ángulo mucho más importante, cual es el del mero sentido común y la significación elemental de los conceptos.

Por ello es conveniente, a esta altura del análisis, que consideremos a las proteínas desde una perspectiva algo diferente. Desde una óptica no propiamente científica, sino más bien estética. Haciendo hincapié en el todo, más que en las partes. En la forma, más que en la materia. En la organización, más que en la sustancia.

Esto es fundamental.

Porque decir que una proteína está compuesta por tales y tales a.a., con un peso molecular x, y una velocidad de sedimentación z, es contar sólo una pequeña parte de la historia.

Es cierto — como habíamos visto — que una proteína está compuesta por determinados a.a., que deben unirse en una secuencia específica. Pero no por ello debemos pensar que la molécula de proteína es como una ristra de salame, en el sentido de una estructura longitudinal, con sus a.a. ensamblados unos detrás de los otros. No.

La molécula se pliega y adopta una forma espacial — tridimensional — de una increíble complejidad (y belleza), que es justamente la que le permite cumplir con sus funciones. La rigurosa especificidad de acción de las proteínas se basa precisamente en la capacidad que tienen de reconocer a otras moléculas, gracias a su configuración espacial.

Esta configuración espacial, esta forma — específica para cada proteína — es tan perfecta, su estructura está determinada con tanto detalle, que las variaciones en la posición de cada uno de los miles de átomos que la componen, ¡no pueden ser mayores que algunas fracciones de Angström!([42])

Esto es increíble. Pero real. Como en la tele.

De manera que las proteínas son estructuras altamente organizadas. De una complejidad asombrosa.

Son una forma, incorporada a una materia. O, si se prefiere, son una materia, determinada por una forma.

¿Y de qué depende esa forma?

Depende de la secuencia de los a.a. en la molécula. Determinada secuencia, produce determinada forma. Rigurosamente. Existe algo, a nivel de las propiedades químicas de los a.a., que hace que cuando están unidos en determinada secuencia producen, automáticamente, determinada forma.

Por ello es que para sintetizar una proteína, no sólo hay que ensamblar a.a. (con toda la dificultad que esto ya implica desde el punto de vista termodinámico), sino determinados a.a., en un orden específico.

Y las leyes fisicoquímicas — por sí mismas — no pueden explicar esto. No pueden en términos absolutos.

Así como habíamos visto que durante la formación del cloruro de sodio (ClNa), por ejemplo, es indistinto qué molécula de Cl se une con qué otra de Na — ya que todas las moléculas de Cl, por una parte, y todas las de Na, por otra, son idénticas entre sí y el producto final es uniforme (todas las moléculas de ClNa son también idénticas entre sí) — durante la síntesis de una proteína, en cambio, no es para nada indistinto qué a.a. se une con qué otro. ¡Deben hacerlo en una secuencia específica! En un orden riguroso. Porque los a.a. no son iguales entre sí y el producto final no es una estructura uniforme, sino organizada.

¡Y cómo podrían las fuerzas de la materia inanimada explicar la génesis de una organización!

La causalidad mecánica — propia de la materia inanimada — es una causalidad lineal, repetitiva, no discriminativa. Es una tendencia. Sólo puede producir uniformidad.

Para ser capaz de producir una organización. la causalidad tiene que ser recíproca, complementaria, discriminativa. Tiene que ser capaz de elegir, disponer, armonizar, prever. Para esto hace falta una intención. Hace falta un "telos".

En el caso concreto de la síntesis de una proteína, es imprescindible entonces discriminar cuidadosamente qué a.a. se une con qué otro. Para ello hay que conocer de antemano esa secuencia. Y conocerla en su totalidad. La idea de la molécula completa debe presidir la reacción. Es decir, debe existir previo a la misma.

Como en toda organización, debe necesariamente existir alguna forma de inteligencia que conciba el fin — la idea de la molécula completa — para que aparezca una proteína.

¡Pero los aminoácidos no tienen inteligencia para concebir ese fin!

Como sin el conocimiento previo del fin no puede haber organización, y como los a.a. no la tienen, hace falta entonces que una información — donde esté contenido ese fin — actúe durante la síntesis de una proteína, seleccionando y armonizando los a.a. con vistas a ese fin.

Es imprescindible — repito — que una información específica interfiera la espontaneidad de la reacción y determine el tipo y la secuencia de cada uno de los cientos o miles de a.a. que componen una proteína, transformando así una reacción fisicoquímica — basada en el azar — , en una reacción biológica — basada en la teleonomía.

Si no existe esta información específica que interfiera las uniones espontáneas — esto es, al azar — de los a.a., no hay síntesis de proteínas.

Cuando una proteína es sintetizada en el laboratorio, esta información es introducida en la reacción por el químico que la lleva a cabo, quien tiene en su mente — hasta el último detalle — la idea de la proteína completa.

Cuando una proteína es sintetizada por una célula, la información es provista por las enzimas encargadas de ello, quienes la reciben a su vez del código genético.

¿Y en el caso de las primeras proteínas? ¿Cómo se habrían producido estas secuencias específicas, sin químicos y sin células?

Esta pregunta no tiene respuesta desde el punto de vista científico. Sólo puede ser de carácter conjetural. Pero si su paciencia todavía resiste, estimado lector, en el próximo capítulo haremos algunas reflexiones al respecto.

 

¿CÓMO SE HABRÍAN ORIGINADO LAS PRIMERAS PROTEÍNAS?

Si bien no podemos decir cómo fue que se originaron las primeras proteínas, sí podemos decir cómo se originan en la actualidad, e inferir, a partir de ello, cómo podría haber sido durante la biogénesis.

Como usted sabe, en la actualidad esto es sumamente fácil. Para eso están las células que las producen a una velocidad vertiginosa. Jamás sucede — en toda nuestra experiencia científica — que las proteínas aparezcan solas, sin células que las produzcan.

De manera que la primera y fundamental premisa a tener en cuenta es que no pude haber proteínas sin células que las produzcan.

Si en el curso de este trabajo hemos analizado los problemas que plantea la aparición espontánea de las proteínas, ello sólo ha sido a los fines del argumento. Es decir, para demostrar que — aun aceptando la premisa fundamental de las hipótesis de b. e. de que la vida se habría originado como consecuencia de la acumulación progresiva y al azar de los elementos químicos de una célula — estas hipótesis, repito, no pueden siquiera explicar el origen de las sustancias químicas de la vida.

Pero ahora que ha llegado el momento de hablar en serio y dejarse de fantasías, la primera y fundamental premisa que nos brinda el conocimiento científico de la naturaleza es la que apunté arriba: NO PUEDEN EXISTIR PROTEÍNAS SIN CÉLULAS QUE LAS PRODUZCAN.

Algún lector me dirá, ¿pero acaso no se pueden sintetizar proteínas en el laboratorio, sin células?

Desde luego que sí. Pero además de que el científico que realiza la síntesis es también un conjunto de células (y a algunos les encanta creer que no son nada más que eso), en una síntesis de laboratorio siempre se utilizan enzimas extraídas de células. O copiadas previamente de las enzimas de una célula.

O sea que, directa o indirectamente, siempre necesitamos células, para fabricar proteínas.

La síntesis de las proteínas es un proceso de extraordinaria complejidad, que constituye una verdadera maravilla de cibernética molecular.

En este proceso interviene la célula en su totalidad. Membranas, maquinaria metabólica, enzimas, ácidos nucleicos, etc. La organización y sincronización de este proceso es tan formidable, que la más sofisticada de las computadoras es apenas un juego de niños, comparada con la perfección de este mecanismo.

A los fines de nuestra argumentación, vamos a aislar conceptualmente y analizar uno de los elementos fundamentales de este proceso. El más importante desde el punto de vista de las implicaciones teóricas que plantea. Me refiero al problema de la información biológica.

Como hemos visto en repetidas oportunidades en el curso de este trabajo, las formidables dificultades que plantea la síntesis de las proteínas se resuelve en última instancia en un problema de información.

Información para explicar la dirección de la energía durante la síntesis; información para lograr la asimetría óptica; información para especificar la secuencia de los aminoácidos, etc.

Durante la síntesis proteica en el laboratorio, esta información la provee la inteligencia del científico que dirige la reacción([43]). Previo habérsela apropiado mediante el estudio de las proteínas sintetizadas por las células.

En el caso de la célula, en cambio, esta información está contenida a nivel de las moléculas del ácido desoxirribonucleico (ADN), localizadas en el núcleo de la célula.

Aquí está atesorada toda la información necesaria para la síntesis de las proteínas y, a través de esta síntesis, la información contenida en el ADN, controla todas las estructuras y funciones celulares.

Vale decir que toda la estructura y el funcionamiento de una célula — la "vida" en última instancia — , están rigurosamente programados a nivel de la información que poseen las moléculas del ADN.

Es innecesario aclarar que las hipótesis de biogénesis espontánea deben, naturalmente, postular también la aparición — al azar — de las moléculas del ADN, con toda su información (!!).

De manera que el pobre Azar no sólo debe arreglárselas para sintetizar proteínas; también ácidos nucleicos...

Como pretender que no sólo las proteínas, sino también los ácidos nucleicos, aparezcan espontáneamente, pareciera ser — incluso para los científicos evolucionistas — una píldora bastante difícil de tragar, la mayor parte de los autores optan por no decir esto demasiado explícitamente.

Pero de vez en cuando hay científicos que se juegan y lo dicen con todas las letras.

Sagan es uno de ellos.

Este autor dice que el antepasado (?) del ADN, es decir una molécula capaz de reproducirse por sí misma, apareció un día en la sopa prebiótica "por puro accidente"([44]). Vale decir que la colisión al azar de las moléculas del caldo primitivo produjo — con los consabidos millones de años, claro — un ácido nucleico (!). Completito. Cargado de información. Listo para autorreproducirse.

Se da cuenta, lector, qué fácil. No hay ninguna necesidad de devanarse los sesos. Una vez más, el Azar lo hace todo.

Le aclaro que no es que yo piense que esto se trata de un error.

En mi modesta opinión, se trata de un disparate.

Un error es un fallo en el raciocinio, un defecto de la razón. Pero aquí no hay un defecto de la razón, sino una ausencia total de ella.

Para comenzar digamos que no existe ninguna molécula autorreplicativa. En el sentido de una molécula que, abandonada a sí misma, pueda replicarse. Esto es puro cuento.

El ADN se autorreplica dentro de la célula. O mejor expresado, la célula se reproduce, replicando — haciendo copias — de su ADN.

Hablar de la "autorreplicación" del ADN como de algo autónomo, que podría ocurrir independientemente de una célula (o de un químico que mediante complejísimas reacciones de laboratorio provea las condiciones necesarias para ello), es una completa falacia.

Pero la confusión de estos autores está a un nivel mucho más profundo. A nivel del concepto mismo de la teoría de la información.

Como la información de la molécula del ADN tiene estrecha analogía con un lenguaje — de hecho es un lenguaje, ya que utiliza "palabras" compuestas por letras químicas, que son sus bases nitrogenadas — es conveniente que analicemos sucintamente algunos aspectos básicos de la relación entre lenguaje e información. Es decir, entre el mensaje o código que constituye la información y el medio material que la transmite.

Y el punto fundamental a destacar es que toda información se transmite a través de un ordenamiento de la materia, pero no tiene su esencia en dicho ordenamiento.

Si escribimos la palabra ADIÓS, por ejemplo, estamos transmitiendo una información, a través del ordenamiento de las moléculas de tinta — el medio material — que forman las letras A-D-I-Ó-S. Las letras son un ordenamiento de la materia. Es decir, una disposición poco probable de las moléculas de tinta. Por eso es que las letras no pueden aparecer espontáneamente. Para ello es imprescindible ordenar la tinta en una forma específica. Si se nos derrama el tintero, no se forman las letras.

Precisamente, usamos ordenamientos poco probables de las moléculas de tinta, para que no se nos confundan las letras con una mancha de tinta. Vale decir, para preservar la información de la espontaneidad de los fenómenos materiales — una mancha — que por su misma naturaleza tienden a generar desorden y a deteriorar por consiguiente la información.

De manera que en la palabra ADIÓS, para volver al ejemplo de arriba, tenemos un ordenamiento poco probable (en realidad, altísimamente improbable) de las moléculas de tinta, que transmite una idea, un concepto, una información.

Pero atención que no se trata "simplemente" de un problema de ordenamiento molecular. Con todas las formidables dificultades de orden fisicoquímico que ello implica. Porque con el mismo grado de ordenamiento molecular — las mismas letras — podemos escribir la palabra DIOSA, por ejemplo, y transmitir una información completamente distinta. Y también podemos escribir OSDIA o ASIOD (y así doce "palabras" más) que no tienen ningún sentido. Al menos en castellano.

Y esto es así, repito, porque la información utiliza un orden material para vehiculizarse, pero no se confunde con él. La información "cabalga", por así decir, sobre un medio material ordenado en forma altamente improbable pero su sentido, su significado, no se origina en el.

Ningún análisis químico que realicemos de las moléculas de tinta de una palabra nos dará la menor idea sobre el significado de esta palabra.

Porque el significado de una palabra se basa en una convención.

No se origina a partir de las moléculas de tinta, sino de afuera de ellas. Es algo impuesto desde afuera sobre dichas moléculas. Arbitrariamente.

Esto es precisamente, lo que los lingüistas llaman el carácter arbitrario del signo lingüístico.

Pretender explicar el origen de la información que vehiculiza el ADN, a partir del análisis químico de sus moléculas, es como pretender explicar el significado de una palabra, a partir del análisis químico de las moléculas de tinta (!).

Esta es la confusión capital de los teóricos de la biogénesis espontánea. Identificar la información del ADN, con el vehículo material que la transporta.

Por eso es que para estos científicos, el problema del ADN se reduce a una cuestión química. Es decir, a tratar de explicar desde el punto de vista fisicoquímico, la formación de la molécula del ADN.

Y así, los mismos disparates que se proponen para "explicar" la aparición de las proteínas (azar, millones de años, descargas eléctricas, etc.), se proponen también para explicar la aparición de los ácidos nucleicos (ADN).

Y de la misma manera que en forma espontánea no puede aparecer ni un aminoácido ópticamente activo, así tampoco puede — en forma espontánea — aparecer ni siquiera un nucleótido (unidad de construcción de los ácidos nucleicos).

Pero insisto. Además de esta imposibilidad de orden fisicoquímico y termodinámico, la molécula del ADN plantea un problema que es de otra naturaleza. Y que es el problema específico de la información.

Pretender explicar esto mediante la química, es simplemente no entender de qué se trata.

O en su defecto, entenderlo demasiado bien...

Porque una información, un código, un mensaje, supone — inevitablemente — la acción de una inteligencia. Es absolutamente inconcebible el origen de una información, sin una inteligencia para crearla.

Y esto es lo que los expertos en biogénesis no se resignan a "entender". Pues esa inteligencia, obviamente, habría sido una inteligencia pre-biológica; es decir, que existió antes que la vida y que creó la información necesaria para la aparición de aquélla.

De la misma manera que el plano es anterior al edificio — que no es sino su materialización — así también el código de la vida y la inteligencia que lo creó son anteriores a la vida misma.

Conclusión ésta verdaderamente horripilante para muchos científicos, que están más dispuestos a aceptar la cuadratura del círculo, que este postulado — especulativamente imprescindible — de una inteligencia anterior a la vida.

Es importante señalar que, en la opinión de los más destacados biólogos — Monod, por ejemplo — la estructura del código genético es químicamente arbitraria([45]). Es decir que no existe ninguna razón química que explique la secuencia específica de los nucleóticos en la molécula del ADN. Con lo cual este autor concluye que la formación de las primeras secuencias — durante la biogénesis — debió ser producto del azar (!).

¡Pero esto es un desatino!

El carácter arbitrario del código genético, vale decir, la ausencia de razones químicas que expliquen la secuencia específica de los nucleótidos, ¡se debe precisamente a que se trata de un lenguaje!

Lenguaje que supone — inevitablemente — arbitrariedad en sus signos e inteligencia en su formación.

Como sabemos, por otra parte, que esa inteligencia o teleonomía no existe en la materia inanimada, nos vemos obligados a postular entonces que provino desde afuera de ella. Vale decir, que en algún momento, esa inteligencia, teleonomía, logos o como queramos llamarlo, tiene necesariamente que haberse introducido desde fuera del sistema, complejizando la materia, para producir el nivel de organización necesario para la vida.

En resumen : el origen de la vida es inconcebible, a menos que una inteligencia haya actuado sobre la materia organizándola.

Y con esto no creo estar proponiendo sino el orden lógico de los hechos. De la misma manera que cuando vemos — no digamos una computadora — mas una simple punta de flecha, concluimos, lógicamente, que una inteligencia ha debido actuar sobre la materia para producir esa forma.

Aunque no hayamos visto esa acción. Aunque no sepamos quién lo hizo, ni los métodos que utilizó. No obstante concluimos, sin ningún drama, que una inteligencia ha debido actuar sobre la materia para producir esa forma.

Es precisamente lo que conocemos sobre la acción de las fuerzas naturales, lo que nos indica que una punta de flecha no es debida a la acción de esas fuerzas.

Es precisamente lo que sabemos de las leyes fisicoquímicas, lo que nos indica que la vida no ha podido originarse por la acción de dichas leyes.

Existe aquí una discontinuidad que sólo la inteligencia puede salvar.

Desde luego que esta conclusión establece evidentísimas consecuencias de orden filosófico. Pero el planteo en sí de la inteligencia como explicación del origen de la vida, es estrictamente racional. En el sentido de ser una conclusión lógica e inevitable basada en el conocimiento que tenemos de las leyes del mundo físico.

Nos consta — por la experiencia de laboratorio — que si una inteligencia actúa sobre la materia, se puede producir algo aproximado a la vida (una proteína digamos). Por consiguiente, si las leyes de la naturaleza no han cambiado, entonces la única conclusión lógica es que una inteligencia debió actuar sobre la materia para producir la primera manifestación de vida.

Esto es lo que indica la experiencia de laboratorio.

Esto es lo que indica el funcionamiento de una célula.

Esto es lo que indica el sentido común.

Negar la inteligencia y postular el azar para explicar el origen de la vida obedece, en cambio, a las exigencias dogmáticas de una filosofía materialista.

Pero hay más aún.

Según habíamos visto, en el mundo de la materia organizada — viviente o no — el todo es superior y anterior a las partes.

¿Pero acaso no se fabrican primero las partes de un motor, por ejemplo antes de armar el motor? ¿Es decir, que primero existirían las partes y luego el todo?

Efectivamente. Pero la idea del todo — en la mente del fabricante — precede y determina la fabricación y el ensamblado de las partes. Por eso es que las partes de un motor pueden existir antes que el motor mismo, ¡pero no antes que el fabricante!

De manera que sigue siendo cierto que en la materia organizada, el todo — al menos la idea del todo — precede a las partes.

Pero distingamos.

En la materia organizada no viviente, el todo es anterior a las partes en sentido conceptual o, si usted prefiere, ontológico. Pero en el sentido material y cronológico, las partes existen antes que el todo. En un motor, las partes son fabricadas primero y ensambladas después.

Pero en el ser vivo, las partes son fabricadas y ensambladas simultáneamente.

Ontológicamente, el todo sigue siendo anterior a las partes. Pero cronológicamente, son simultáneas. ¡Las partes no pueden existir antes que el todo!

Esto es así, porque en un motor, por ejemplo, la forma es impuesta desde afuera. En el ser viviente, en cambio, la forma es generada desde adentro.

En la materia organizada no viviente, el "telos" está afuera.

En el ser viviente, el "telos" está adentro.

En la materia organizada no viviente — un motor, para seguir con el ejemplo — las partes son pasivas, el ensamblado es progresivo y el todo recién comienza a existir al final de la operación.

En el ser viviente, las partes son activas, el ensamblado es simultáneo y el todo existe desde el principio.

He aquí, una vez más, la razón por la que las proteínas no pueden existir antes que la célula.

Esto, que es de elemental sentido común, encuentra su más acabada confirmación en los brillantes descubrimientos de los últimos años sobre el mecanismo de acción del código genético y su relación con la síntesis de las proteínas.

Porque hoy sabemos que si bien la información inscripta en la molécula del ADN, antecede conceptualmente a la síntesis de proteínas — es decir, al mecanismo básico de la vida — esta información necesita, para poder traducirse, la presencia simultánea de ciertas enzimas — o sea proteínas — ¡que sólo son producidas por la información contenida en el ADN!

Como dice Monod, la información del ADN no tiene validez si no se traduce y esta información sólo puede ser traducida por los productos de la propia traducción (!!). Vale decir, que ADN y proteínas traductoras del mensaje del ADN están en causalidad recíproca. Ambos son imprescindibles y ninguno puede darse sin el otro.

Esto es sencillamente maravilloso y la demostración más contundente sobre el carácter absurdo e irracional de las hipótesis de biogénesis basadas en la acumulación progresiva y al azar de los componentes químicos de las células. Pues quiere decir entonces que el cierre de este círculo — ADN y proteínas traductoras — sólo puede haber sido simultáneo.

Pero hablar de ADN y proteínas traductoras en causalidad recíproca es — repito — sólo una abstracción. Formidable en cuanto a las implicaciones teóricas que plantea, pero abstracción al fin.

Porque — como habíamos visto — ADN y proteínas traductoras no pueden tampoco existir ni actuar aisladamente. En la "sopa pre-biótica" por ejemplo. Para poder hacerlo necesitan, imprescindiblemente, una serie de complejísimas cadenas enzimáticas — ordenadas en el tiempo y en el espacio — y de una complicada maquinaria metabólica que provea la energía teleonómica necesaria para efectuar estas reacciones. Y esta complicada maquinaria metabólica exige, además, un sofisticado y delicadísimo sistema de membranas, para separar compartimientos y proveer superficies de reacción. Y las membranas suponen, además de proteínas, la presencia de carbohidratos y lípidos complejos — al igual que otras sustancias — que no existen en la materia inanimada y que son sintetizadas también por el ADN a través de las enzimas traductoras y efectoras.

Y finalmente es imprescindible que todo lo anterior esté perfectamente coordinado para que funcione como un todo. Es decir, para que funcione simplemente. Porque esto, o funciona como un todo, o no funciona en absoluto.

Y cuando tenemos toda esta maravilla funcionando, entonces tenemos una célula.

Lo cual significa — para horror y escándalo de los expertos en biogénesis — que la célula tiene, necesariamente, que haber aparecido de repente.

Completa. Perfecta. Funcionando. Viviente.

No hay escapatoria.

Le aclaro lector que no se trata simplemente de que yo crea que ésta es la conclusión más racional y coherente.

Estoy convencido que es la única.

¿Y cómo se explica esta aparición súbita, completa, funcionante de la célula?

Científicamente esto no tiene explicación. No puede tenerla. Pierden el tiempo — y la sensatez — los expertos en biogénesis. ¡Es imposible explicar el origen de la vida a partir de los elementos químicos que la componen!

Y esta imposibilidad no depende del estado actual de nuestros conocimientos. En el sentido de que el avance científico pudiera explicarlo en el futuro. No.

Es precisamente el formidable avance científico de los últimos años — especialmente en el campo de la biología molecular — lo que hace imposible dicha explicación.

Que en la época de Darwin se pudiera especular muy suelto de cuerpo, sobre el asunto de la lagunita con algunas sales de nitrógeno y de fósforo, como "explicación" del origen de la vida, vaya y pase. Seguir con este cuento hoy — porque en sustancia es el mismo cuento, un poco más remozado — es una verdadera burla a la inteligencia.

Lo que el progreso científico en el campo de la biología ha hecho es tornar cada vez más ilusoria — hasta el punto del ridículo y la insensatez — este tipo de "explicaciones".

No se trata de que la ciencia no pueda todavía explicar el origen de la vida.

Lo que realmente no se puede explicar es que todavía haya científicos que acepten la biogénesis espontánea. Porque el verdadero conocimiento científico indica la absoluta imposibilidad de que la vida pueda haberse originado al azar, a partir de la materia inanimada.

Por ello es que los científicos que ven con claridad del problema, como Monod, por ejemplo, se dan cuenta perfectamente que las leyes de la materia inanimada no conducen a la vida. (Como creen, anticientíficamente, Oparin, Teilhard de Chardin y otros). Que la vida es un fenómeno impredecible a partir de dichas leyes. Una novedad absoluta. Tan "probable" que aparezca en forma espontánea, como que el Aconcagua se eleve espontáneamente en el aire y comience a danzar el vals "Sobre las Olas".

Como Monod es ateo, no le queda otra escapatoria que refugiarse en el azar. Pero como las leyes de la materia inanimada se basan — como habíamos visto — en el movimiento al azar de los átomos y moléculas y Monod es consciente de esto, recurre entonces al sofisma de decir que el origen de la vida fue un fenómeno único. Y sobre fenómenos únicos la ciencia no puede decir nada. Es decir, no puede refutarlos. No puede decir que es imposible que existan o hayan existido.

Pero esto, como dije, es un sofisma de Monod. Porque el origen de la vida es efectivamente un fenómeno único en cuanto a su significado. ¡Pero no en cuanto a su mecanismo! Que involucra millones de hechos concatenados. Piense, lector, simplemente en la suma de hechos necesarios para sintetizar una proteína. Multiplique esto por uno o dos mil proteínas de tipo diferente y específico. Agréguele los ácidos nucleicos (!!). Los carbohidratos, los lípidos, las membranas, etc. Millones y millones de hechos concatenados.

¿A qué fenómeno único se refiere Monod?

En suma: el origen de la vida es un misterio absoluto. Un enigma impenetrable. Frontera última del conocimiento. Infranqueable. Inabordable. Inalcanzable.

Lo único que racionalmente podemos decir, es que este origen tiene que haberse dado como un todo desde el principio y que detrás de ese origen tiene, necesariamente, que haber existido una Inteligencia de orden extramaterial.

Aquellos a quienes un prejuicio materialista impide considerar esta posibilidad, están condenados irremediablemente a creer en la biogénesis espontánea.

Aquellos, en cambio, que están libres de este prejuicio, podrán analizar objetivamente las dos alternativas y optar por la que posea mejores títulos racionales.

CONSIDERACIONES FINALES

Cerca ya del final, quisiera hacer algunas reflexiones sobre el tema, que no se refieren al aspecto científico de la biogénesis, pero que hacen sí al trasfondo humano de la cuestión.

Durante la elaboración de este trabajo, frecuentemente me he preguntado: ¿cómo es posible que los expertos en biogénesis — y numerosos científicos en general — afirmen tan rotundamente esta absurda y anticientífica tesis de la que la vida se habría originado espontáneamente a partir de la materia inanimada? ¿Cómo puede ser que no digan una palabra — especialmente cuando hablan o escriben para el gran público — sobre las colosales dificultades que el origen de una simple proteína plantea? ¿Cómo se explica que científicos de calibre — que debieran saber mejor que nadie — pretendan "resolver" este tremendo enigma, recurriendo a los millones de años, la lava hirviendo, algún cristal de cuarzo, o tonterías por el estilo?

¿Es esto ciencia?

Más pareciera inconsciencia.

Entendámonos. No es que me parezca cuestionable que crean en la biogénesis espontánea. Y traten de "demostrarla".

Sí me parece cuestionable en cambio — y mucho — que presenten esta creencia como "ciencia". Porque no lo es.

Más aún. Esta absurda creencia en la biogénesis espontánea está absolutamente en contra del verdadero conocimiento científico.

Presentarla como "ciencia" ante un público no especializado y desprevenido es una verdadera impostura.

¿Y por qué esta convicción de muchos científicos respecto de la biogénesis espontánea? ¿Por qué tanto fervor biogenético? ¿Cómo se explica que ni siquiera vean las dificultades inherentes al tema?

Porque el conocimiento debe lógicamente agudizar la visión. Es como una lupa. Nos ayuda a ver. Y al ver, se hacen más obvias las dificultades; más patentes los problemas.

Pero en este tema pareciera que es al revés. Pareciera que el conocimiento oculta los problemas, borra las dificultades, elimina los interrogantes.

Como el conocimiento no puede jamás hacer esto, y como estos autores tienen muchos conocimientos, sólo me resta concluir que esta negativa a ver los problemas es resultado de un prejuicio.

Materialista en este caso.

Porque creo que está claro que el que rechaza la posibilidad de la acción de una Inteligencia de orden extramaterial durante la biogénesis, no puede aducir ninguna razón científica o racional para ello. ¡Todo lo contrario!

Cuando estos científicos rechazan dicha posibilidad, lo hacen por razones de orden estrictamente filosófico. Lo cual, en tanto opinión personal, es del todo legítimo naturalmente. Lo que es ilegítimo es no reconocer esto francamente e incluso aducir razones científicas (!).

En otras palabras: al científico que, debido a sus convicciones filosóficas, ha descartado cualquier posibilidad de la acción de una Inteligencia extramaterial durante la biogénesis, no le queda otra opción que sostener — a capa y espada — que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inanimada.

Postura — insisto — completamente legítima, en tanto opinión personal. Por absurda que sea. Pero presentar esta opinión como basada en la "ciencia", ante un público indefenso, es un verdadero abuso.

Tratado de esta forma, el tema de la biogénesis pasa a ser una excusa para predicar una cosmovisión materialista.

Esto no significa, desde luego, que los científicos que esta postura sostienen, sean miembros activos y conscientes de una especie de conspiración materialista dirigida a lavarnos el cerebro. Claro que no. Aunque en algunos casos sea efectivamente así — de lo cual tampoco me cabe duda — creo que la mayoría de los sofistas de la biogénesis espontánea son simplemente ciegos. O mejor dicho enceguecidos por un prejuicio materialista.

Tampoco debemos olvidar que en este tema hay muchos científicos que simplemente no saben de qué están hablando. Para adentrarse en el meollo de la biogénesis, hay que ser capaz de manejar ideas. Y los científicos, en general, no están programados para eso. Lo están para manejar observaciones, mediciones, experimentos, cálculos, y a lo sumo razonamientos. Pero ideas, poco.

Los científicos que menciono en el prólogo. por ejemplo, manejan ideas. Monod también. Oparin maneja ideología (que es distinto). Los demás expertos en biogénesis son, en general, sólo científicos.

Alguien podría objetar que el científico necesita — por una razón de método — asumir, taxativamente, que todos los fenómenos bajo análisis deben ser de orden exclusivamente material.

No estoy para nada seguro de que esto deba ser así. Pero de todas maneras, aceptemos que sea así.

Sin embargo, el origen de la vida — como hemos visto — escapa al método científico. Es ilegítimo, por consiguiente, aplicar los cánones del método científico a lo que está fuera de ese método y que es esencialmente especulativo.

Una cosa es excluir lo extramaterial del método científico y otra, excluirlo de la realidad.

Hay quienes sostienen que la hipótesis materialista del origen de la vida (esto es la hipótesis de biogénesis espontánea) es nociva desde el punto de vista religioso, pues le haría a la gente perder la fe.

Puede que esto sea así efectivamente. Pero personalmente creo que lo que la hipótesis materialista del origen de la vida le hace perder a la gente, no es tanto la fe, sino en todo caso, la razón.

Lo que la hipótesis de biogénesis espontánea erosiona fundamentalmente no es la religión sino el cerebro. En el sentido de que desordena la mente.

Al fin y al cabo, la fe — por definición — trasciende la razón y su esencia está, necesariamente, mucho más allá de cualquier hipótesis científica.

Además, siendo Dios causa primera, uno puede aceptar la hipótesis de b. e. y — sin hilar demasiado fino — ser creyente. Lo que no puede en cambio hacer es aceptarla e hilando fino, ser coherente.

La religión puede darse el lujo de no ser racionalista. Pero la ciencia debe necesariamente serlo.

Si alguien dice que existe el alma, por ejemplo, la ciencia no puede probar ni refutar este aserto. Pero si decimos que los aminoácidos en una proteína se pueden unir en una secuencia específica, en forma espontánea, estamos obligados a demostrarlo científicamente. O al menos, proponer una explicación coherente.

Si no tenemos esta explicación. ni tampoco la suficiente honestidad científica para decir "no se sabe", vamos a terminar haciendo lo que los teóricos de la b. e. Esto es, tratar de buscarle la vuelta al asunto para "demostrar" lo que queremos demostrar.

De ahí salen los "argumentos" que hemos visto: el azar, los millones de años, los sistemas abiertos, la lava ardiente, las fluctuaciones, los coacervados, o cualquier otra idiotez disponible, a fin de "explicar" lo inexplicable.

Con lo cual se perjudica la ciencia. O mejor, el cerebro de los científicos. Y de todos aquellos que — en este tema — toman demasiado en serio a los científicos.

Este afán de los expertos en biogénesis por "explicar" a toda costa es altamente sospechoso.

Denota falta de límites. Y la ciencia es limitación.

Indica que se está tratando de "probar". Cuando la ciencia consiste en tratar de refutar.

Trasunta fervor. Y la ciencia es objetividad.

Desde luego que toda especulación — y sobre todo de biogénesis — supone, naturalmente, aventurarse más allá de lo conocido y aceptado.

Pero una cosa es especular y, otra, tocar la mandolina.

Hay especulaciones y especulaciones. Y las de un científico deben, necesariamente, estar limitadas por el conocimiento que tiene de la naturaleza y de sus leyes.

Este es uno de los inconvenientes del conocimiento. Que siempre limita. En el sentido de que impide decir cualquier cosa.

Para el tipo de "esclarecimiento" que nos infligen, con toda impunidad, muchos expertos en el tema, sería mucho mejor que nos dejasen en la ignorancia. ¡Pero muchísimo mejor! Pues siempre es más difícil llegar a la verdad a partir del error, que a partir de la ignorancia.

Aprender es fácil. Lo difícil es desaprender.

Nada hay más peligroso para la mente que el error. Por ello que siempre es preferible la falta de conocimientos, que el falso conocimiento. De la misma manera que es mejor ayunar que ingerir veneno.

La falta de conocimientos engendra ansias de conocer y humildad.

El falso conocimiento engendra conformismo y, frecuentemente, soberbia.

De más está que le aclare, lector, que este opúsculo no ha sido escrito para los expertos en biogénesis (¡más vale!), ni tampoco para los científicos en general, que defienden la hipótesis de biogénesis espontánea. Con ellos es casi imposible la discusión racional sobre el tema. Saben demasiado y es muy difícil que entiendan nada.

Si un científico, en conocimiento de todas las dificultades planteadas, opta por seguir diciendo que la vida fue producto del azar, no hay ya ningún argumento racional que uno pueda presentarle.

De la misma manera que ningún argumento racional sería efectivo, frente a una persona que se empeñara en sostener que la catedral de Córdoba fue producto del azar. Frente a esto, cualquier argumento es inútil.

Por ello, lo único que cabe — y que es lo que ha motivado estas páginas — es proteger a los inocentes, inmunizándolos contra disparates como éste de la biogénesis espontánea.

Dije a los inocentes y no a los ignorantes. Estos — ¡alabado sea el Señor! — no necesitan protección. Al no tener su juicio deformado por la "cultura", no es tan fácil embaucarlos.

Por inocentes me refiero a los jóvenes estudiosos, del secundario o la universidad (sobre todo a los buenos alumnos que son los más expuestos), a los adultos con inquietudes culturales, a los que leen los diarios y revistas "serias" (y les creen), o a los que ven "Cosmos" (¡y también le creen!).

Gracias a Dios, en este tema es muy fácil inmunizar. Basta con mostrar claramente el problema y cualquier persona sensata sabe a qué atenerse.

Toda la estrategia de los expertos en biogénesis consiste en ocultar la verdadera naturaleza del problema, sus dificultades inconmensurables, sus enigmas impenetrables, merced a un lenguaje complejo, difícil, lleno de tecnicismos y vacío de contenido. Cosa de que nadie entienda nada y nadie cuestione nada.

Lo que los expertos en biogénesis sostienen es tan insensato, que la mejor refutación consiste simplemente en explicitarlo.

EPÍLOGO

Lector: De la misma manera que en el prólogo me tomé la libertad de recomendarle que bajo ningún concepto había que aceptar — sin previo análisis crítico — lo que los científicos dicen, así también quiero pedirle ahora, encarecidamente, que no acepte una palabra de lo que aquí ha leído, sin someterlo a un examen crítico riguroso.

Ya sé que no soy científico, pero no por eso estoy exento de decir disparates como el mejor de ellos.

Es más, como hipótesis de trabajo, usted debe tratar de demostrar que la tesis aquí expuesta es errónea. Esta es la esencia del método científico. Tratar de refutar una tesis.. No tratar de confirmarla.

Para ello — en caso de que no tuviera conocimientos específicos sobre el tema — deberá hacer lo mismo que tuve que hacer yo. Estudiar, pensar, copiar...

Después de eso, créame que ya no tendrá ninguna importancia lo que aquí haya leído. Usted sabrá del tema, tanto o más que quien esto escribe y podrá formar su propio criterio. Que es lo que importa.

Si este trabajo ha contribuido a su esclarecimiento sobre el problema del origen de la vida, deseo una vez más recordarle que el mérito pertenece, en lo inmediato, a los autores mencionados en el prólogo, que a través de sus obras han brindado la sustancia intelectual de los argumentos aquí desarrollados.

Y en lo mediato — y fundamental, por cierto — de la verdad. Por ser tan simple, tan clara, tan racional y tan hermosa, que hasta los de más humilde entendimiento podemos comprenderla.

Mi único aporte personal es el de haber intentado ser lo más claro y didáctico posible en la presentación del tema.

Si en ocasiones mi crítica le ha parecido excesivamente mordaz y agresiva, espero no lo tome a mal. A manera de disculpa debo decir que en este trabajo he tenido que asumir la poco recomendable tarea de adoptar una postura crítica, frente a autores de fama y prestigio internacionales. Eximios investigadores en sus temas específicos. Y cuando un pigmeo se enfrenta con un gigante — por elementales razones de estatura — a veces sólo le queda golpear en las "canillas".

Es innecesario aclarar que el cuestionamiento realizado a estos autores se refiere exclusivamente al tema de la biogénesis. De ninguna manera a la capacidad, integridad y conocimientos de los científicos criticados, en sus áreas específicas.

Pero lo blanco es blanco y lo negro, negro. Y el prestigio de un autor, por eminente que sea, no es razón suficiente para aceptar lo contrario.

¡Que lindo sería que fuese de otra manera! Pero lamentablemente no lo es.

Por eso es que cuando un científico — por más premio Nobel que sea — dice que lo blanco es negro, que el cuadrado es redondo, o que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inanimada, tenemos el sagrado derecho — y deber — de plantear nuestro desacuerdo.

Y esto, por si hiciera falta aclararlo, no constituye una falta de humildad.

Muy por el contrario. Esta es la verdadera humildad. Decir lo que uno entiende es la verdad, aun cuando no coincida con la autoridad

Si es cierto que la realidad es la única verdad, no lo es menos, que la verdad es la única humildad.

Y si uno entiende que ha visto la verdad, debe decirlo con toda la voz que tiene. Aun a riesgo de parecer petulante.

Porque el que cree estar diciendo la verdad está más allá, no sólo de la soberbia, sino también de la modestia.

La modestia es pensar: qué pequeño soy. La soberbia es pensar: qué grande soy. La humildad es pensar: qué grande es la verdad. Y olvidarse de todo lo demás.

De la fama, de los prestigios, de las autoridades y — lo que es más importante — del temor de hacer el ridículo.

Por eso es que en el curso de este trabajo no he vacilado en criticar — a veces duramente — a autores eminentes, pero que entiendo están equivocados. Eso no significa que no los admire y que no deseara ser un poquito de lo dedicados e inteligentes que son ellos. El que estén irremediablemente equivocados en el tema de la biogénesis no disminuye — en otros sentidos — sus méritos.

Todo es Gracia, decía León Bloy. Supongo que equivocarse también.

Ya en el final, quisiera una vez más reiterar que no tengo ninguna autoridad para escribir sobre el tema. Por consiguiente, los argumentos aquí expresados sólo tendrán el valor que por sí mismos merezcan y no, en absoluto, por quién los ha presentado.

Esta es una de las desventajas de no ser autoridad: que los argumentos deben valer por sí mismos...

Pero es una gran ventaja desde el punto de vista del lector, ya que le otorga plena libertad frente al autor. De disentir, de corregir, de criticar. De mandar a paseo incluso, si así lo estima conveniente.

Si a algún lector pudiera parecerle inapropiado que un don nadie se permita corregir a una autoridad, debo recordarle aquello de que un enano, parado sobre los hombros de un gigante, ve más que el gigante.

Sobre todo si el gigante tiene los ojos vendados.

Vale más — infinitamente más — un burro rebuznando la verdad, que mil genios predicando sofismas.

Esto quizá constituya un cierto motivo de escándalo, para quienes creen que el descubrir la verdad debe, necesariamente, ser una consecuencia de los méritos de un autor.

Pero esto no es cierto. Descubrir la verdad, es esencialmente un don. Para el cual nunca tenemos méritos suficientes.

Un científico eminente e inteligentísimo puede no descubrir la verdad en toda su vida. Un diletante cualquiera puede tropezar inmerecidamente con ella.

No me explico por qué esto es así. Pero es así.

De todas maneras, las personas no interesan. Todos somos barro. Proteínas si usted quiere.

Lo importante es la verdad. Y el camino para llegara ella.

El resto es vanidad de vanidades.

 


 

 

 


Notas

([31]) A. Oparin, Origen de la vida sobre la Tierra, ed. Tecnos,1979. Todas las citas que haré en este capítulo, pertenecen a esta obra. Salvo que especifique lo contrario, los énfasis y los paréntesis de las citas son míos. La suspicacia para analizarlas también.

([32]) Obra citada, p. 204.

([33]) Obra citada, p. 228.

([34]) George G. Simpson, El sentido de la evolución, Eudeba, 1977, p. 152.

([35]) Ernst Mayr, Animal Species and Evolution, Harvard University Press, p. 184.

([36]) A los fines del argumento estoy aceptando la idea implícita en el razonamiento de Oparin, de que a mayor organización de un coacervado, mayor estabilidad. Pero esto sólo a los fines del argumento. En la realidad ello no tiene por qué ser necesariamente asi. Y puede muy bien ser a la inversa. ¿Que estructura tiene mayor organización, una flor o una piedra? ¿Cuál es más estable?

([37]) Para evitar que el vino se pique, hay que bebérselo todo antes que la entropía nos lo arruine.

([38]) En realidad no encontraríamos nada, ya que sería muy poco probable que alguien no hubiera decídido dismínuir la entropía de su patrimonio, aumentando la del nuestro.

([39]) En los seres vivos y en sus productos, claro, que no son sino la proyección, sobre la materia inanimada, de la teleonomia de aquellos. El ser viviente puede crear orden, dentro y fuera de si mismo. Una máquina, un panal de abejas, un edificio, un libro, lo que usted quiera. En el caso de un libro, la reversión de la entropía se logra a expensas de un aumento de la misma en el cerebro del autor. (¡Y frecuentemente también en el lector!).

([40]) En realidad, nos corregiría un estudiante de filosofía, la forma ha sido educida desde afuera. Estaba adentro en potencia. El escultor la actualiza, quitando el exceso de roca.

([41]) Algo semejante les ocurre a muchos científicos e intelectuales en general, que saben, pero no entiende.

([42]) Angström: diez millonésima de milímetro.

([43]) A menos que se trate de un partidario de la biogénesis espontánea, en cuyo caso supongo que mezclará todos los aminoácidos y se irá luego a tomar mate, hasta que la proteína se forme por sí sola...

([44]) Carl Sagan, Cosmos, ed. Planeta, 1985, p, 30.

([45]) Jacques Monod, El azar y la necesidad, Tusquests Editores, 1984, p. 155.

 


    

Raul O. Leguizamón: En Torno al Origen de la Vida