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C.S.LEWIS

ESA
HORRENDA
FORTALEZA

La Trilogía de Ransom
Parte 3

 

Edición Original: Año 1949
Edición Electrónica: 2012
La Editorial Virtual

 

INDICE
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Más allá de Planeta Silencioso
(La Trilogía de Ransom Parte I)
Perelandra
(La Trilogía de Ransom Parte II)

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El Señor de los Anillos

Arthur C. Clarke
Los Nueve Billones de Nombres de Dios
y otros relatos


Howard Phillips Lovecraft

El Horror de Dunwich y otros relatos

Tomás Moro

Utopia


Traducción de Manuel Bosch Barrett
Título original: That Hideous Strength


 

A J. Mc Neill

La Sombra de esa horrenda fortaleza,
Seis millas y más tiene de longitud.
Sir David Lindsay:
de Ane Dialog
(describiendo la Torre de Babel).

PREFACIO

He llamado a esto un cuento de hadas con la esperanza de que nadie a quien no guste la fantasía pueda ser inducido erróneamente por los dos primeros capítulos a seguir adelante y a quejarse después del desengaño. Si me preguntan por qué — teniendo la intención de escribir sobre magos, demonios, animales de pantomima y ángeles planetarios — empiezo, no obstante, por tan disparatadas escenas y personas, diré que no hago más que seguir el cuento de hadas tradicional. No siempre nos damos cuenta de sus métodos, porque las casas de campo, los castillos, los leñadores y los reyezuelos con que suelen empezar los cuentos de hadas han llegado a ser para nosotros tan extraños como las brujas y los ogros con que acaban. Pero no eran en absoluto extraños para los hombres que primero escribieron y gozaron de estas historias. Eran para ellos, con toda certeza, más realistas y más vulgares de lo que pueda ser el Bracton College para mí; porque muchos campesinos alemanes se han encontrado con crueles madrastras, mientras que yo, jamás, en, ninguna universidad, he encontrado un colegio parecido al Bracton.

Esta es una “historia trivial” de diabolismo, si bien tiene tras ella un “punto” serio que he tratado de crear en mi Abolición del hombre. En la historia, el borde externo de este diabolismo debía ser puesto en contacto con la vida de alguna profesión ordinaria y respetable. He elegido mi propia profesión, no, desde luego, porque crea que los compañeros de los colegios sean con más probabilidades corrompidos por ellos que cualquier otro, sino porque mi profesión es, naturalmente, aquella que conozco mejor. He imaginado una universidad muy pequeña porque ofrece ciertas conveniencias a la ficción. Edgestow no tiene parecido, salvo por su pequeñez, con Durham; es una universidad con la cual la única relación que he tenido fue enteramente agradable.

Creo que una de las ideas centrales de este cuento se me ocurrió a causa de unas conversaciones que tuve con un colega científico, algún tiempo antes de que hallase una sugestión muy similar en las obras de Mr. Olaf Stapledon. Si me equivoco en esto, Mr. Stapledon es tan rico en inventiva que bien puede soportar dejar prestado; y yo admiro tanto su inventiva (si bien no su filosofía) que no siento vergüenza al pedírselo.

Los que quieran saber más respecto a Numinor y el Verdadero Oeste deberán, ¡ay!, esperar la publicación de mucho de lo que existe todavía solamente en los manuscritos de mi amigo, el profesor J. R. R. Tolkien.

El período de esta historia se sitúa vagamente “después de la guerra”. Concluye la trilogía, de la cual Más allá del planeta silencioso es la primera parte, y Perelandra la segunda, pero puede ser leído independientemente.

C. S. Lewis.
Magdalen College, Oxford.


Uno
Venta de bienes del Colegio

I

“El matrimonio fue instituido en tercer lugar —se dijo Jane Studdock— para mutua compañía, ayuda y consuelo que uno debe aportar a otro.” No había ido a la iglesia desde sus días escolares hasta hacía seis meses, cuando fue para casarse, y las palabras de la ceremonia religiosa quedaron grabadas en su mente.

A través de la puerta abierta podía ver la diminuta cocina y oír el fuerte y continuo tictac del reloj. Acababa de salir de la cocina y sabía cuán limpia estaba. La vajilla del desayuno estaba lavada, los manteles del té pendían al lado del hornillo, y el suelo era impecable. Las camas estaban hechas y las habitaciones arregladas. Acababa de regresar de la única compra que necesitaba aquel día, y faltaba un minuto para las once. Excepto ocuparse de su almuerzo de mediodía, no tenía nada que hacer hasta las seis de la tarde; y esto suponiendo que Mark regresase para cenar. Pero aquel día había reunión en el Colegio. Era casi seguro que Mark llamaría a la hora del té para decirle que la reunión se prolongaba más de lo que había creído y que tendría que cenar en el Colegio. Las horas que quedaban por delante apare­cían vacías y llenas de tedio. El sol brillaba y el reloj seguía su tictac.

“Mutua compañía, ayuda y consuelo”, se dijo Jane amargamente. En realidad su matrimonio había resultado ser la puerta de salida de un mundo de camaradería, risas e innumerables cosas en que entretenerse, que daba a una especie de solitario confinamiento. Desde muchos años antes de su matrimonio no había visto tan poco a Mark como durante aquellos últimos seis meses. Incluso cuando estaba en casa hablaba raramente. Estaba siempre o soñoliento o intelectualmente preocupado. Mientras fueron camaradas y más tarde enamorados, la vida les había parecido demasiado corta para todo lo que tenían que decirse uno a otro. Pero ahora... ¿Por qué se habría casado con ella? ¿Estaba todavía enamorado? En este caso, “estar enamorado” debía de tener un significado completamente distinto para los hombres y para las mujeres. ¿Podría ser la cruda verdad que todas aquellas interminables conversaciones que le habían parecido, antes de estar casada, la esencia misma del amor, no hubiesen sido jamás para él más que un preliminar?

“Aquí estoy, preparándome a perder estúpidamente otra mañana — se dijo Jane contrariada —. Tengo que hacer algo.” Por algo quería significar su tesis de doctorado en Donne. Siempre tuvo el propósito de continuar su carrera una vez casada; esta era una de las razones por las cuales no debían tener hijos, por lo menos durante algún tiempo. Jane no era quizá una pensadora muy original, y su plan había sido producir gran sensación con la “triunfante venganza del cuerpo” en Donne. Creía aún que si sacaba todas sus notas y ediciones y se ponía realmente a trabajar podía obligarse a sí misma a encontrar de nuevo su perdido entusiasmo por el tema. Pero antes de hacerlo — quizá con objeto de retardar el momento de empezar — volvió la cabeza hacia un periódico que había en la mesa y miró una fotografía de la última página.

En cuanto vio la fotografía recordó su sueño. Recordó no solamente su sueño, sino el interminable tiempo que después de haber saltado de la cama permaneció sentada esperando el primer destello del día, temiendo encender la luz por miedo a que Mark se despertase y la riñese, pero sintiéndose al mismo tiempo ofendida por el sonido de su acompasada respiración. Mark era un formidable dormilón. Sólo había una cosa capaz de mantenerle despierto una vez que se había acostado, y aun esto no lo conseguía durante mucho tiempo.

El terror hacia este sueño, como el terror hacia la mayoría de los sueños, se desvanecía al narrarlo, pero hay que tratar de explicarlo en interés de lo que viene después.

Comenzó soñando simplemente con un rostro. Era un rostro de aspecto extranjero, barbudo y bastante amarillento, con una nariz ganchuda. Su expresión era aterradora porque estaba aterrado. Tenía la boca abierta y en sus ojos había una mirada como las que había visto otras veces en otros hombres durante unos segundos, cuando sufrían súbitamente alguna fuerte impresión. Pero aquel rostro parecía sufrir una impresión que duraba horas enteras. Después, paulatinamente, se fue dando cuenta de otras cosas. El rostro pertenecía a un hombre que estaba sentado, inclinado en un rincón de una pequeña habitación cuadrada de blancos muros, esperando, según le pareció, la llegada de quienes lo tenían en su poder, los cuales debían hacerle cosas horribles. Finalmente, la puerta se abrió y entró un hombre de muy buena apariencia, con una barba gris en punta. El prisionero pareció reconocerlo como una vieja amistad, y los dos se sentaron y empezaron a hablar. En todos los demás sueños que Jane había tenido siempre, o entendió lo que decían los personajes soñados o no los oía. Pero en aquél — y esto contribuyó a crear su extraordinario realismo —, la conversación se desarrollaba en francés, y Jane entendió algunas palabras, pero no todas, lo mismo que le hubiera ocurrido en la vida real. El visitante le estaba diciendo al prisionero algo que aparentemente consideraba como una buena noticia. Y el prisionero, al principio, levantó la vista con un brillo de esperanza en sus ojos y dijo: “Tiens... Ah... Ça marche”. Pero después movió la cabeza y cambió de opinión. El visitante continuó insistiendo sobre su punto de vista con una voz meliflua y suave. Era un hombre de muy buen aspecto a su manera, sumamente fría, pero usaba unos lentes que reflejaban la luz, haciendo sus ojos invisibles. Esto, combinado con una perfección casi antinatural de su dentadura, produjo en Jane una desagradable impresión, aumentada por la creciente angustia y, finalmente, el terror del prisionero. No consiguió averiguar qué era lo que el visitante le proponía, pero entendió que sobre el prisionero pesaba una sentencia de muerte. Fuera lo que fuese lo que el visitante le proponía, era algo que lo aterrorizaba todavía más que su suerte. Al llegar a este punto, el sueño perdió toda sensación de realidad y se convirtió en una vulgar pesadilla. El visitante, afirmándose los lentes y sin abandonar su fría sonrisa, cogió la cabeza del prisionero con las dos manos y le dio vuelta con un movimiento seco, tal como Jane había visto hacer con el casco de la escafandra de un buzo. El visitante destornilló la cabeza del prisionero y se la llevó. Entonces todo se hizo confuso. La cabeza seguía siendo el centro del sueño, pero era ahora una cabeza diferente, una cabeza con una barba blanca y rojiza, enteramente cubierta de tierra. Pertenecía a un hombre viejo que una serie de personas estaban exhumando en una especie de cementerio, un tipo de antiguo druida británico, envuelto en un largo manto. Al principio, a Jane no le interesó gran cosa todo aquello, porque se figuró que era un cadáver. Pero súbitamente se dio cuenta de que el cuerpo antiguo iba volviendo a la vida. “¡Cuidado! — gritó Jane en medio de su sueño —. ¡Está vivo! ¡Deténganse! ¡Deténganse! ¡Lo van a despertar!” Pero no se detuvieron. El viejo cuerpo enterrado se sentó y comenzó a hablar en una lengua que a Jane le pareció vagamente español. Y esto, sin saber por qué, la asustó tanto que se despertó.

Este fue el sueño, ni mejor ni peor que muchos otros. Pero no era el mero recuerdo de aquella pesadilla la causa de que el salón del piso de Jane danzase ante sus ojos y la hiciese sentarse apresuradamente por miedo a caer. La causa era otra. Allí, en la última página del periódico, estaba la cabeza que había visto en sueños; la primera cabeza (si es que había dos), la cabeza del prisionero. Con extrema repulsión cogió el periódico. Ejecución de Alcasan, decía el titular, y más abajo: El Barba Azul científico va a la guillotina. Recordaba haber seguido vagamente el caso. Alcasan era un radiólogo distinguido de un país vecino — de ascendencia árabe, según decían— que había puesto fin a su, bajo todos los demás conceptos, brillante carrera envenenando a su esposa. Este era, pues, el origen de su sueño. Debió de ver aquella foto en los periódicos — indudablemente, el hombre tenía un rostro muy desagradable — antes de irse a la cama. Pero no, no podía ser. Era el periódico de la mañana. Pero probablemente se habría publicado anteriormente alguna otra fotografía que había visto y olvidado, quizá unas semanas antes, cuando comenzó el proceso. Era una tontería haberse dejado impresionar tanto por aquello. Y ahora había que pensar en Donne. Vamos a ver, ¿dónde estábamos? En el ambiguo pasaje del final de Alquimia del amor.

Hope not for minde in women; at their best
Sweetnesse and wit, they are but Mummy possest.[1]

“No esperéis mentalidad en las mujeres.” ¿Hay realmente algún hombre que quiera hallar mentalidad en las mujeres? Pero no era éste el caso. “Tengo que recuperar mi poder de concentración — se dijo Jane; y después —: ¿Se publicó anteriormente alguna fotografía de Alcasan? Suponiendo que . . . ”

Cinco minutos después apartó los libros que tenía delante, se acercó al espejo, se puso el sombrero y salió. No sabía con seguridad dónde iba. En todo caso, estaría fuera de aquella habitación, de aquel piso, de aquella casa.

II

Mark, por su parte, se encaminaba hacia el Bracton College siguiendo un orden de ideas completamente distinto. No se daba la menor cuenta de la belleza matutina de aquella callejuela que lo llevaba de la arenosa colina del suburbio donde vivía con Jane hacia la parte central y académica de Edgestow.

A pesar de que he sido educado en Oxford y me gusta mucho Cambridge, creo que Edgestow es más bello que ninguno de los dos. Por una parte, es muy pequeño. Ningún fabricante de automóviles, salchichas o mermeladas ha venido a industrializar aquella ciudad rural que es sede de la Universidad, y ésta, a su vez, es pequeña. Aparte del Bracton y del colegio de muchachas del siglo XIX situado más allá del ferrocarril, sólo hay dos colegios: el Northumberland, que está más abajo del Bracton, sobre el río Wynd, y el Duke, frente a la Abadía. Bracton no acepta miembros no graduados. Fue fundado en 1300 para el sostenimiento de los diez hombres doctos cuya misión era orar por el alma de Henry de Bracton y estudiar las leyes de Inglaterra. El número de miembros había aumentado progresivamente hasta cuarenta, de los cuales sólo seis estudiaban ahora las Leyes y ninguno, quizá, oraba por el alma de Bracton. Mark Studdock era sociólogo y había sido elegido para esta beca cinco años antes. Empezaba a sentir sus pies. Estaba a punto de detenerse a descansar cuando se encontró súbitamente delante de Curry en la puerta de la oficina de Correos, y vio que éste encontraba natural acompañarle al Colegio discutiendo el orden del día de la reunión. Curry era subgerente de Bracton.

— Sí — dijo Curry —. Va a durar un tiempo del demonio. Probablemente seguirá después de cenar. Vamos a tener a todos los obstruccionistas haciéndonos perder tiempo. Pero afortunadamente es lo único que pueden hacer.

Jamás se hubiera podido adivinar por el tono de la respuesta de Studdock el intenso placer que experimentaba por el empleo del plural “vamos” en boca de Curry. Hasta muy recientemente, Mark había sido sólo un outsider, estudiando únicamente los procedimientos de lo que entonces llamaba “Curry y su banda” con temor y escasa comprensión, y pronunciando en las reuniones del Colegio cortos y nerviosos discursos que jamás influían en el curso de los acontecimientos. Ahora estaba dentro, y “Curry y su banda” se habían convertido en “nosotros”, o sea, el “Elemento Progresivo del Colegio”. Todo había ocurrido súbitamente, y aun sentía en su boca el dulce sabor.

— ¿Cree entonces que todo irá adelante? — preguntó Studdock.

— Sin duda — repuso Curry —. Para empezar, tenemos al Rector, al Tesorero y a todos los de química y bioquímica. He tanteado a Pelham y a Ted, y son nuestros. He hecho creer a Sancho que comprende el punto de vista y que está en su favor. Bill el “Aguacero” tratará sin duda de hacer algún desastre, pero es probable que esté de nuestro lado si llegamos al voto. Además, no se lo he dicho todavía. Dick estará allí. Vino anoche a la hora de cenar, y se puso a trabajar en seguida.

Studdock empezó a buscar mentalmente la manera de ocultar que no sa­bía quién era Dick. Al cabo de un momento recordó vagamente un oscuro colega cuyo nombre de pila era Richard.

— ¿Telford? — preguntó intrigado. Sabía perfectamente que Telford no podía ser el Dick a que Curry se refería, y en consecuencia dio un tono humorístico a su pregunta.

— ¡Válgame Dios, Telford! — exclamó Curry echándose a reír—. ¡No! Me refiero a lord Feverstone; Dick Devine, como solíamos llamarlo.

— Me extrañaba un poco que fuera Telford — dijo Studdock riéndose también —. Me alegro de que venga Feverstone. No lo conozco, ya lo sabe.

— ¡Oh, pues debe conocerlo! — dijo Curry —. Mire, venga a cenar esta noche con nosotros. Lo he invitado también.

— Tendré mucho gusto — dijo Studdock con sinceridad. Y después de una pausa, añadió —: A propósito, supongo que la posición de Feverstone es completamente segura, ¿verdad?

— ¡Qué quiere usted decir? —preguntó Curry.

— Pues . . .  se habló un poco, no sé si recuerda, de cómo una persona que estaba tanto tiempo fuera podía seguir ostentando una beca.

— ¡Oh! . . .  ¿Se refiere a Glossop y a toda su banda de intrigantes? No pasará nada. ¿No cree que todo eso son chismes?

— Entre nosotros, sí. Pero confieso que si tuviese que explicar en público cómo un hombre que está siempre en Londres puede seguir siendo miembro de Bracton, no me sería fácil. Las verdaderas razones son lo que Watson llamaría imponderables.

— No estoy de acuerdo. No tendría el menor inconveniente en explicar las verdaderas razones en público. ¿No es acaso importante para un colegio como el nuestro tener relaciones influyentes con el mundo externo? No tiene nada de imposible que Dick forme parte del próximo Gabinete. Incluso la presencia de Dick en Londres ha sido muchísimo más útil para nuestro Colegio que Glossop y media docena más de su especie que se pasan la vida aquí.

— Sí, es verdad. Pero, de todos modos, sería un poco difícil explicarlo en esta forma en una reunión del Colegio.

— Hay una cosa — dijo Curry en tono un poco menos íntimo — que quizá debería saber referente a Dick.

— ¿Qué es?

— Es el que consiguió su nombramiento.

Mark permaneció silencioso. No le gustaba que le recordasen que no sólo había estado fuera del Elemento Progresivo, sino fuera del Colegio. Tampoco Curry le gustaba siempre. Su placer de estar con él no podía, en verdad, ser llamado placer.

— Sí — dijo Curry —. Denniston era su primer rival. Entre nosotros, había muchos que preferían sus escritos a los de usted. Fue Dick quien insistió constantemente en que era usted el hombre que necesitábamos. Fue a ver a Duke y apoyó sólidamente su causa. Esgrimió el argumento de que lo esencial era encontrar el tipo de hombre que necesitábamos y reírse de la calificación de los escritos. Y debo confesar que tenía razón.

— Es usted muy amable — dijo Studdock haciendo una ligera y burlona inclinación. Estaba sorprendido del cariz que había tomado la conversación. Era una vieja regla en Bracton, como probablemente en los demás colegios, no mencionar nunca en presencia de un elegido las circunstancias de su elección, y Studdock no se había dado cuenta hasta entonces de que ésta era también una de las tradiciones que el Elemento Progresivo se disponía a derogar. Tampoco se le había ocurrido nunca que su elección pudiese haber dependido de otra causa que la excelencia de su trabajo en el examen; menos aún, que hubiese dependido de tan poco. Se había acostumbrado tanto a su posición que esta idea le hizo experimentar esa curiosa sensación que un hombre tiene al descubrir que su padre había estado anteriormente casado con otra mujer.

— Sí — prosiguió Curry siguiendo otro orden de ideas —. Ahora veo claro que Denniston no hubiera servido. Rotundamente, no. Era un hombre brillante en aquel tiempo, desde luego, pero parece haber descarrilado un poco desde entonces con todo su Distribucionismo y demás tonterías. Dicen que es probable que acabe en un monasterio.

— No es ningún tonto, de todos modos — repuso Studdock.

— Me alegraré de que conozca a Dick — dijo Curry —. No tenemos tiempo ahora, pero hay algo referente a él que quisiera hablarle.

Studdock lo miró inquisitivamente.

— James, yo y dos más — añadió Curry bajando un poco la voz—  hemos estado pensando que debería ser el nuevo Rector. Pero ya hemos llegado . . .

— No son las doce todavía — dijo Studdock —. ¿Qué le parecería si fuésemos al Bristol a tomar una copa?

Y ambos fueron al Bristol. No hubiera sido fácil conservar la atmósfera en que operaba el Elemento Progresivo sin una buena cantidad de estas pequeñas cortesías. Estas pesaban más sobre Studdock que sobre Curry, que era soltero y disfrutaba de la paga de subdirector. Pero el Bristol era un lugar agradable. Studdock pidió un doble whisky para Curry y media pinta de cerveza para él.

III

La única vez que fui huésped de Bracton persuadí a mi anfitrión de que me dejase entrar en el Bosque y me abandonase allí durante una hora. Me pidió perdón por encerrarme.

A muy poca gente le está permitida la entrada en el Bosque de Bracton. La verja es obra de Iñigo Jones y forma la única entrada; un alto muro cerca el Bosque, que puede tener un cuarto de milla de ancho y una milla de este a oeste. Si se llega de la calle y se atraviesa el Colegio para penetrar en él, el sentimiento de una penetración gradual en el terreno del sancta sanctorum es sumamente fuerte. Primero se atraviesa el cuadrángulo Newton, que es seco y arenoso, rodeado de floridos pero bellos edificios georgianos. Después se entra en una especie de corredor fresco en forma de túnel, casi oscuro a mediodía, a menos que la puerta de la derecha que da al Hall esté abierta o la de la tahona, a la izquierda, permita dirigir una mirada a la luz del día del interior, cayendo sobre los estantes y respirando una vaharada de olor a pan fresco. Al salir de este túnel se encuentra uno en el Colegio medieval, en el claustro de un cuadrángulo mucho menor llamado República. La hierba parece allí mucho más verde después de la aridez de Newton, y la misma piedra de los arbotantes da la impresión de ser tierna y estar animada de vida. La capilla no está lejos; por el aire llega el ronco y profundo tañido de las viejas campanas. Se sigue avanzando por el claustro entre lápidas, urnas y bustos que conmemoran difuntos bractonianos, y bajando unos gastados escalones se llega a la plena luz del día de un cuadrángulo llamado lady Alice. Los edificios de derecha e izquierda pertenecen al siglo XVII; son humildes, de carácter casi doméstico, con lumbreras y tejas grises y musgosas. Está uno en un dulce mundo protestante. Se encuentra, quizá, pensando en Bunyan o en el Lives de Walton. No hay edificios en la parte de enfrente o cuarto lado del cuadrángulo de lady Alice; sólo una hilera de álamos y un muro; y allí, por primera vez, se oye el ruido del agua que corre y el arrullo de los pichones del bosque. La calle está ya tan lejos que no se oye ruido alguno. En el muro hay una puerta que lleva a una galería cubierta, con estrechas ventanas a ambos lados. Al mirar por ellas se da cuenta el visitante de que está cruzando un puente y que bajo él corren las aguas oscuras y profundas del Wynd. Se está ya cerca de la meta. Una portezuela en el extremo opuesto da al campo de bolos de los Miembros; al otro lado se ve el alto muro del Bosque, y a través de la verja de Iñigo Jones el verde brillante de la luz del sol y las sombras profundas.

Supongo que el mero hecho de estar rodeado de muros da al Bosque una parte de su peculiar calidad, porque cuando una cosa está encerrada la mente tiene tendencia a considerarla fuera de lo común. Mientras avanzaba sobre la inmaculada hierba experimentaba la sensación de ser recibido. Los árboles estaban tan separados que se veía a distancia un follaje ininterrumpido, pero el lugar donde me detenía me daba siempre la sensación de ser un claro; rodeado de un mundo de sombras, caminaba en medio de la tenue luz del sol. Salvo por los corderos, cuyo pacer mantenía la hierba rasa y que de vez en cuando levantaban sus largas y atontadas cabezas para mirarme, estaba completamente solo; y tenía más la sensación de la soledad de una gran habitación de una casa abandonada que de la soledad corriente de puertas afuera. Recuerdo que pensé: “Cuando se está solo, realmente solo, cada uno de nosotros es un chiquillo; ¿o acaso no somos nadie”? La juventud y la edad tocan sólo la superficie de nuestras vidas.

Media milla es un camino corto. Y, no obstante, me pareció que transcurría mucho tiempo antes de llegar al centro del Bosque. Supe que era el centro porque allí estaba lo que principalmente había ido a ver. Era un pozo; un pozo con unos escalones que permitían el descenso y los restos de un antiguo pavimento alrededor. Estaba ya deteriorado. No bajé a él, sino que me senté sobre la hierba y lo toqué con los dedos. Aquello era el corazón del Bosque de Bracton o Bragdon; de él habían brotado todas las leyendas, y de él, sospechaba, había dependido originalmente la existencia del Colegio. Los arqueólogos estaban de acuerdo en que la albañilería era obra anglorrománica muy antigua, hecha en la propia víspera de la invasión anglosajona. Cómo el bosque de Bragdon estaba relacionado con Bracton el abogado era para mí un místerio, pero imaginé en mi fantasía que la familia Bracton había aprovechado una accidental similitud de nombres para creer, o hacer creer, que tenía algo que ver con ello. Ciertamente, si todo lo que se decía era verdad, o la mitad solamente, el Bosque era más antiguo que los Bracton. Supongo que nadie daría hoy mucha importancia al Balachthon de Strabo, a pesar de que llevase a un Rector del Colegio del siglo XVI a decir que “no conocemos ningún relato, por antiguo que sea, respecto a Inglaterra, sin un Bragdon”. Pero la canción medieval nos hace retroceder hasta el siglo XIV:

In Bragdon Bricht this ende dai
Herde ich Merlin ther he lai
Singende woo and welawai.[2]

Es una prueba bastante fehaciente de que el pozo con el pavimento anglorromano era ya el “Pozo de Merlín”, a pesar de que este nombre no es hallado hasta el reinado de Elizabeth, cuando el buen Rector Shovel circundó el Bosque con un muro “a fin de alejar todas las profanas e idólatras supersticiones y desterrar de él toda clase de vulgares fiestas nocturnas, juegos, bailes, festejos, cocimiento del pan de Morgan (para lo cual se empleaba hasta ahora la fuente llamada por vanidad el Pozo de Merlín) y principalmente desterrar y abominarlo como escenario de papismo, gentilismo, lascivia y disolutas locuras”. No era que el Colegio renunciase por tal acción a su interés por el lugar. El viejo doctor Shovel, que vivió casi hasta los cien años, apenas se había enfriado en su tumba cuando uno de los generales de Cromwell, creyendo su deber destruir “las plantaciones y los grandes lugares”, mandó algunas tropas con ánimo de impresionar a la gente campesina por su pía acción. El plan no se llevó finalmente a cabo; pero hubo una refriega entre el Colegio y las tropas en el corazón mismo de Bragdon, y el fabulosamente docto y santo Richard Crowe fue muerto por una bala de mosquetón en las mismas escaleras del Pozo. Puede haber habido alguien que haya acusado a Crowe de papismo o de gentilismo; no obstante, la historia nos dice que sus últimas palabras fueron: “Ved, señores. Si Merlín, que era hijo del diablo, era el más leal servidor del Rey que jamás comió pan, ¿no es una vergüenza que vosotros, no siendo más que unos hijos de mala madre, seáis rebeldes y regicidas?” Y siempre, a través de todos los cambios, cada Rector de Bracton, el día de su elección, ha bebido el ceremonial trago de agua del Pozo de Merlín en la gran copa que tanto por su antigüedad como por su belleza era el mayor de los tesoros de Bracton.

En todo esto pensaba yo mientras estaba delante del Pozo de Merlín (que debía ciertamente datar de los tiempos de Merlín, si es que realmente ha existido), sentado donde había estado sir Kenelm Digby durante toda una noche de verano, viendo cierta extraña aparición; donde había yacido el poeta Collins; donde había llorado George III, y donde el brillante y bien amado Nathaniel Fox compuso su famoso poema tres semanas antes de hallar la muerte en Francia. El aire estaba tan tranquilo y el dosel de follaje sobre mi cabeza era tan espeso, que me quedé dormido. Fui despertado por mi amigo, que me volvió a la realidad desde mi remota lejanía.

IV

El tema principal de la controversia en la reunión del Colegio era la cuestión de la venta del Bosque de Bracton. El comprador era el I.N.E.C., o sea, el Instituto Nacional de Experimentos Coordinados. Querían un lugar para construir un edificio digno de albergar esta notable institución. El I.N.E.C. era el primer fruto de la constructiva fusión entre el Estado y el Laboratorio en la cual tantos pensadores basan sus esperanzas de un mundo mejor. Era liberarse de casi todas las enojosas restricciones que hasta entonces habían obstaculizado las investigaciones en este país. Era también liberarse ampliamente de las restricciones impuestas por la economía, porque, se argüía, una nación que puede gastar tantos millones al día en una guerra puede seguramente soportar un gasto de algunos millones al mes para productivas investigaciones en tiempo de paz. El edificio propuesto debía ser de un tipo capaz de aportar una visible modificación al perfil ciudadano de Nueva York; el personal debía ser numeroso y los salarios principescos. La persistente presión y la incesante diplomacia del Senado de Edgestow habían alejado el nuevo Instituto de Oxford, de Cambridge y de Londres. Se pensó en todas estas ciudades como escenario posible de sus labores, y algunas veces el Elemento Progresivo de Edgestow había casi desesperado. Pero el éxito era ahora prácticamente seguro. Si el I.N.E.C. podía conseguir el terreno necesario, vendría a Edgestow. Y en cuanto viniese, pensaba todo el mundo, las cosas empezarían por fin a avanzar. Curry incluso había expresado su duda de que Oxford y Cambridge, en este caso, pudiesen sobrevivir como universidades importantes.

Tres años antes, si Mark Studdock hubiese ido al Colegio a fin de asistir a una reunión en la que debiera decidirse este punto, habría esperado oír las reclamaciones del sentimiento contra el progreso, y a la belleza entablar el debate contra la utilidad. Hoy, mientras se sentaba en la gran Sala situada en la parte alta del edificio sur de lady Alice, no lo esperaba. Sabía ya que no era la forma en que se hacían las cosas.

El Elemento Progresivo había llevado bien el asunto. La mayoría de los Miembros no sabían, cuando se sentaron en los escaños de la Sala, que se trataba de vender el Bosque. Vieron, desde luego, en su orden del día que el punto 15 a tratar era: “Venta de tierras del Colegio”, pero como esto ocurría en casi todas las reuniones no le dieron importancia. Por otra parte, vieron que el punto 1 decía: “Asuntos relacionados con el Bosque de Bragdon”, pero no estaba relacionado con la venta propuesta. Curry, que se levantó como subdirector para presentarlos, dijo que tenía algunas cartas que leer ante el Colegio. La primera era de una sociedad relacionada con la conservación de monumentos antiguos. Personalmente, creo que esta sociedad fue mal aconsejada al hacer dos reclamaciones en una carta. Hubiera sido más oportuno limitarse a llamar la atención del Colegio sobre el mal estado del muro que circulaba el Bosque. Cuando insistió en la necesidad de construir alguna protección sobre el Pozo mismo, haciendo incluso observar que lo habían ya pedido antes, el Colegio comenzó a incomodarse. Y cuando, como una especie de idea ulterior, expresó el deseo de que el Colegio fuese un poco más acomodaticio con los anticuarios que querían examinar el Pozo, el Colegio se incomodó definitivamente. No quisiera acusar a un hombre en la posición de Curry de leer intencionadamente una carta; pero su forma de leerla no era ciertamente una glosa de todos los defectos del tono de la composición original. Antes de que volviese a sentarse, todos los asistentes sentían el vivo deseo de hacer comprender al mundo exterior que el Bosque de Bragdon era propiedad privada del Bracton College, y que el mundo exterior haría mejor ocupándose de sus asuntos. Después se levantó para leer otra carta. Esta era de una sociedad espiritista que pedía permiso para investigar los “fenómenos relatados” en el Bosque; una carta, “relacionada — como dijo Curry — con la siguiente, la cual, con el permiso del Rector, leeré ahora”. Esta otra procedía de una firma que había oído hablar de la proposición de los espiritistas, y pedía permiso para filmar una película, no exactamente de los fenómenos, sino de los espiritistas buscando los fenómenos. Curry recibió instrucciones de contestar una breve negativa a estas tres cartas.

Entonces se oyó una voz que procedía de un sitio diferente de la gran sala. Lord Feverstone se había levantado. Estaba completamente de acuerdo con la decisión del Colegio referente a aquellas tres impertinentes cartas de diversas entidades exteriores, pero, ¿no era un hecho, después de todo, que el muro que circundaba el Bosque estaba en un estado poco satisfactorio? Varios Miembros — Studdock era uno de ellos — imaginaron que se iniciaba una revuelta por parte de Feverstone contra “Curry y su banda”, y escuchaban con creciente interés. Casi inmediatamente, el Tesorero, James Busby, se puso en pie. Aceptó la pregunta de Feverstone. En su calidad de Tesorero, había consultado con expertos en la materia respecto al estado del muro del Bosque. “Poco satisfactorio” era, a su juicio, una expresión demasiado suave para describir su estado. Sólo un muro enteramente nuevo podría remediar la situación. Con gran dificultad se consiguió arrancarle el probable coste de esta obra, y cuando el Colegio oyó la cifra hubo gran sensación. Lord Feverstone preguntó fríamente si el Tesorero proponía seriamente que el Colegio afrontase un gasto de aquella importancia. Busby (un ex clérigo muy grueso, de barba negra y poblada) contestó malhumorado que él no había propuesto nada; si tuviese que hacer una proposición sería que el asunto no podía tratarse aisladamente sino junto con algunas importantes consideraciones financieras que consideraba su deber exponer posteriormente. Hubo una pausa al oír esta temible declaración, hasta que gradualmente, uno tras otro, los outsiders, los “obstruccionistas”, los no incluidos en el Elemento Progresivo, empezaron a intervenir en el debate. La mayoría se resistía a creer que una reparación de menor importancia que la construcción de un muro nuevo pudiese no ser suficiente. El Elemento Progresivo los dejó hablar durante unos diez minutos. Parecía de nuevo que lord Feverstone estuviese capitaneando los outsiders. Quería saber si era posible que el Tesorero y el Comité de Conservación no podían realmente hallar alternativa entre la construcción de un nuevo muro y permitir que el Bosque de Bragdon se convirtiese en unos terrenos comunales. Exigió una respuesta. Algunos de los outsiders empezaron incluso a creer que era demasiado severo para con el Tesorero. Finalmente, éste dijo con voz apagada que había estudiado de forma puramente teórica algunas posibles alternativas. “Un vallado de alambre de púa . . . ”, dijo, pero el resto fue ahogado por un rugido de desaprobación, durante el cual se oyó al viejo canónigo Jewel decir que antes quisiera ver caer al suelo el último árbol del Bosque que verlos metidos en una jaula de alambre de púa. Finalmente, el asunto fue aplazado para ser tomado en consideración en la próxima junta.

El punto siguiente fue uno de aquellos que la mayoría de los Miembros eran incapaces de entender. Implicaba la recapitulación (por parte de Curry) de una larga correspondencia entre el Colegio y el Senado de la Universidad acerca de la propuesta incorporación del I.N.E.C. a la Universidad de Edgestow. Las palabras “obligados a” fueron repetidas durante todo el debate que siguió. “Al parecer — dijo Watson —, nos hemos dado en prenda como Colegio para el más amplio apoyo posible del nuevo Instituto.” Feverstone dijo: “Al parecer, nos hemos ligado de manos y pies para dar a la Universidad carte blanche.” Lo que todo esto realmente significaba jamás fue visto claramente por parte de los outsiders. Recordaban haber luchado con ahínco durante la anterior reunión contra el I.N.E.C. y su obra, y haber sido batidos; pero todos los esfuerzos por descubrir qué importancia había tenido su derrota, a pesar de haber sido contestado claramente por Curry, sólo sirvieron para enmarañarlos más en los impenetrables vericuetos de la constitución universitaria y los todavía más oscuros místerios de las relaciones entre la Universidad y el Colegio. El resultado de la contienda los dejó bajo la impresión de que el honor del Colegio estaba ahora ligado al establecimiento del I.N.E.C. en Edgestow.

Durante la discusión de este punto, la atención de más de un Miembro fue atraída por la idea del almuerzo, y el interés divagó un poco. Pero cuando Curry se levantó a la una menos cinco para tratar del punto 3, la atención se recrudeció vivamente. El punto era llamado “Rectificación de una anomalía en los estipendios de los Miembros jóvenes”. No quisiera decir aquí lo que la mayoría de los Miembros jóvenes cobraban en aquel tiempo, pero creo que difícilmente cubría los gastos de residencia en el Colegio, que era obligatoria. Studdock, que apenas acababa de salir de esta categoría, sintió gran simpatía por ellos. Comprendió la expresión de sus rostros. La Rectificación, si era aprobada, significaba para ellos ropas y vacaciones, y carne para el almuerzo y la posibilidad de comprar la mitad, en lugar de una quinta parte, de los libros que necesitaban. Todas las miradas estaban fijas en el Tesorero cuando se levantó para contestar a Curry. Dijo que esperaba que nadie se imaginaría que podía aprobar la anomalía que en 1910 había excluido la clase más baja de los Miembros de las nuevas cláusulas del párrafo 18 del Estatuto 17. Tenía la seguridad de que todos los presentes tenían el deseo de verlo rectificado; que era su deber, como Tesorero, hacer ver que aquella era la segunda proposición en la mañana que implicaba un gasto de importancia. Sólo podía decir a este respecto, como había dicho cuando la anterior proposición, que le era imposible aislarlo del problema de conjunto referente a la situación financiera actual del Colegio, que esperaba exponerles durante el transcurso de aquella tarde. Muchas más cosas fueron dichas, pero nadie dio respuesta al Tesorero, el asunto fue pospuesto y cuando, a las dos menos cuarto, los Miembros salieron en tropel de la Sala para ir a almorzar, hambrientos, con dolor de cabeza y anhelantes de tabaco, cada uno de los Miembros jóvenes tenía en su mente la idea fija de que el nuevo muro para el Bosque y el aumento de su propio estipendio eran dos cosas estrictamente alternativas. “Este maldito Bosque nos ha salido al paso toda la mañana”, dijo uno de ellos. “No hemos salido todavía de él”, contestó otro.

En este estado de ánimo, el Colegio se reunió de nuevo en la Sala después del almuerzo para estudiar las finanzas. Busby, el Tesorero, fue naturalmente el principal orador. Hacía mucho calor en la Sala durante aquella tarde soleada; y el suave tono de la explicación del Tesorero, junto al brillo de su blanca y extraordinariamente perfecta dentadura resaltando sobre la barba, creó una especie de poder hipnótico. Los Miembros de los Colegios no siempre encuentran los asuntos financieros fáciles de entender; si les hubiese sido fácil no hubieran pertenecido seguramente a la especie que suelen pertenecer los Miembros de los Colegios de Inglaterra. Dedujeron que la situación era mala, muy mala. Algunos de los más jóvenes e inexpertos dejaron ya de pensar si se les aumentaría el estipendio o se construiría el nuevo muro, para preguntarse si el Colegio podría todavía seguir funcionando. Los tiempos, como dijo el Tesorero, eran extraordinariamente difíciles. Los Miembros más antiguos habían oído tantas veces y tan a menudo las mismas palabras en boca de otros Tesoreros, que estaban menos preo­cupados. No quiero decir ni un solo momento que el Tesorero de Bracton tratase de presentar la situación de una manera equívoca. Son muy raras las veces que los asuntos de una gran corporación, indefinidamente consagrada al avance del saber, puede ser considerada, de una forma ambigua, satisfactoria. La exposición fue excelente. Cada frase fue un modelo de claridad; y si sus oyentes encontraron el resumen de su exposición menos claro que cada una de sus partes, pudo ser enteramente culpa suya. Algunas reducciones e inversiones sin importancia que propuso fueron unánimemente aprobadas, y el Colegio, satisfecho, aplazó la sesión para después del té. Studdock llamó por teléfono a Jane y le dijo que no iría a cenar a casa. Eran ya las seis de la tarde cuando todas las líneas convergentes del pensamiento y del sentir, excitadas por los anteriores temas, se concentraron en la cuestión de la venta del Bosque de Bragdon. No fue llamada “la venta del Bosque de Bragdon”. El Tesorero empleó la expresión “venta del área teñida de rojo en el plano, que, con la venia del Rector, haré pasar ahora alrededor de la mesa”. Hizo observar lealmente que esto implicaba la pérdida de una parte del Bosque. En realidad, la propuesta edificación del I.N.E.C. dejaba toda­vía al Colegio una banda de unos dieciséis pies de anchura a lo largo de la mitad más lejana del lado sur, pero no podía haber engaño, porque los Miembros tenían delante de los ojos el plano para examinarlo atentamente. Era un plano en pequeña escala y quizá no muy cuidadosamente trazado, hecho únicamente con el propósito de dar una idea del asunto. En contestación a las preguntas, tuvo que admitir que, desgraciadamente — o afortunadamente —, el Pozo se encontraba en el área solicitada por el I.N.E.C. Los derechos de acceso del Colegio serían, desde luego, garantizados; y el Pozo y el pavimento serían conservados por el Instituto de forma que diesen satisfacción a todos los arqueólogos del mundo. Se abstuvo de dar consejo alguno y se limitó a mencionar la sorprendente cifra que el I.N.E.C. ofrecía por la compra. Después de esto, la reunión se animó. Las ventajas de la venta fueron apareciendo por si solas como frutos maduros que caen en la mano uno después de otro. Resolvía el problema del muro; resolvía el problema de conservar los monumentos antiguos; resolvía el problema financiero; parecía resolver también el problema de los estipendios de los Miembros jóvenes. Parecía además que el I.N.E.C. consideraba que aquel era el único sitio posible en Edgestow; si por alguna razón Bracton no se decidía a vender, el plan propuesto al Colegio sería llevado a Cambridge. Se consiguió incluso arrancarle al Tesorero, después de mucho preguntar, la confesión de que sabía que Cambridge tenía grandes deseos de vender.

Los “duros de pelar” que se hallaban presentes, para quienes el Bosque de Bragdon era casi el elemento básico de su vida, difícilmente podían darse cuenta de lo que ocurría. Cuando consiguieron hablar, sus voces produjeron una nota discordante en medio del júbilo general. Maniobrando hábilmente, fueron puestos al lado de los que querían ver a Bragdon rodeado de alambre de púa. Cuando finalmente el viejo Jewel, ciego, tembloroso y casi sollozando, se puso en pie, su voz era apenas audible. Todos se volvieron para mirarlo, y algunos para admirar su rostro límpido y un poco infantil y su cabello blanco que era cada vez más visible a medida que la gran sala iba oscureciendo. Pero sólo los que estaban cerca de él pudieron oír lo que dijo. En aquel momento, lord Feverstone se puso en pie de un salto, cruzó los brazos y, mirando fijamente al anciano, dijo con voz clara y sonora:

— Si el canónigo Jewel desea que no oigamos su voz, creo que le es más fácil conseguirlo con el silencio.

Jewel era ya viejo cuando la primera guerra, en aquellos tiempos en que los ancianos eran tratados con respeto, y no había conseguido acostumbrarse nunca al mundo moderno. Miró fijamente en dirección a Feverstone. Durante un momento permaneció de aquella forma, con la cabeza inclinada hacia adelante, creyendo todo el mundo que iba a contestar. Después, súbitamente, abrió los brazos con un ademán de desesperación, retrocedió y comenzó laboriosamente a buscar su silla.

La moción fue aprobada.

V

Después de salir de casa aquella mañana, Jane fue también a Edgestow y compró un sombrero. Algunas veces había expresado su desprecio por las mujeres que compran sombreros como los hombres beben, como un estimulante y un consuelo. No se le ocurrió pensar que era lo que estaba haciendo en aquella ocasión. Le gustaba usar siempre ropas severas y de colores que fuesen al mismo tiempo serios y bonitos; ropas que dijesen claramente a todo el mundo que era una mujer inteligente y no una niña pera, y a causa de esta preferencia no se había dado nunca cuenta que le interesase el vestir. Quedó, por consiguiente, un poco contrariada cuando Mrs. Dimble la encontró saliendo de la casa Sparrow y le dijo:

— ¡Hola, querida! ¿Ha comprado usted un sombrero? Venga a almorzar a casa y nos lo enseñará. Justamente, Cecil tiene el coche allí, detrás de la esquina.

Cecil Dimble, Miembro de Northumberland, fue tutor de Jane durante sus últimos años de estudiante, y Mrs. Dimble había sido una especie de tía universal para todas las muchachas de aquel curso. Un afecto hacia las discípulas del marido no es, quizá, tan común como sería de desear entre las esposas de los profesores; pero mistress Dimble quería a todos los discípulos de ambos sexos de su marido, y la casa Dimble, situada en el extremo más lejano del río, era un salón bullicioso durante todo el curso. Sentía preferencia por Jane, con ese afecto que una mujer un poco infantil, de buen humor y buen carácter experimenta por una muchacha bonita a la que tiene por ligeramente extravagante. Durante el último año, Jane perdió de vista a los Dimble, y se sentía culpable de ello. Aceptó la invitación a almorzar.

Cruzaron el puente en dirección al norte de Bracton, después siguieron hacia el sur, a lo largo de la orilla del Wynd: pasaron delante de algunas casitas aisladas, doblaron a la izquierda, hacia la iglesia normanda, bajaron por la recta carretera flanqueada a un lado por álamos y al otro por el muro del Bosque de Bragdon, y finalmente llegaron a la puerta principal de la casa los Dimble.

— ¡Qué bonito es todo esto! — exclamó Jane sinceramente, saltando del coche, al ver el bello jardín de los Dimble.

— Entonces será mejor que se fije usted bien — dijo el doctor Dimble.

— ¿Qué quiere usted decir? — preguntó Jane.

— ¿No se lo has dicho? — preguntó el doctor Dimble a su mujer.

— Todavía no he abierto la boca — repuso mistress Dimble —. Por otra parte, su marido es uno de los villanos de la comedia. Espero que lo sepa.

— No tengo la menor idea de lo que están ustedes hablando — dijo Jane.

— Su Colegio se está poniendo tan pesado, querida . . .  Nos echan de aquí. No quieren renovar el contrato.

— ¡Oh, mistress Dimble! — exclamó Jane —. No sabía siquiera que fuese propiedad de Bracton.

— ¡Ahí lo tiene usted! — dijo mistress Dimble —. La mitad del mundo ignora cómo vive la otra mitad. He estado siempre convencida de que utilizaba usted toda su influencia sobre míster Studdock para salvarnos, cuando en realidad . . .

— Mark no me habla nunca de los asuntos del Colegio.

— Así hacen los buenos maridos — dijo el doctor Dimble —. Por lo menos sobre los asuntos de los colegios de los demás. Por esto Margaret sabe cuanto hace referencia a Bracton y nada respecto a Northumberland. ¿Viene alguien a almorzar?

Dimble suponía que Bracton tenía intención de vender el Bosque y todo lo que poseía a aquel lado del río. Toda aquella región le parecía ahora más paradisíaca que cuando había ido, veinticinco años antes, a vivir a ella, y sus sentimientos eran demasiado profundos para querer hablar de ello delante de la esposa de un Miembro de Bracton.

— Tendrás que esperar para almorzar a que haya visto el sombrero nuevo de Jane — dijo la vieja Dimble, llevando a Jane hacia las escaleras. Siguieron diez minutos de conversación estrictamente femenina, en el viejo sentido de la palabra. Jane, aún conservando cierto aspecto de superioridad, lo encontró indeciblemente reconfortante; y a pesar de que mistress Dimble no tenía verdaderamente mucho gusto en cuestiones de vestir, no podía negarse que una pequeña modificación que propuso al nuevo sombrero fue verdaderamente acertada. Cuando Jane se lo ponía nuevamente, mistress Dimble preguntó de pronto:

— ¿Le pasa a usted algo, querida?

— ¿Pasarme algo? — dijo Jane —. ¿Por qué? ¿Qué quiere usted que me pase?

— No parece usted la misma.

— Pues estoy perfectamente — repuso Jane con voz fuerte. Y pensó: “Se muere de ganas de saber si voy a tener un hijo. Estas mujeres son siempre las mismas.”

— ¿La molesta a usted que la besen? — preguntó inesperadamente Dimble.

“¿Si me molesta que me besen? — pensó Jane —. Esta es verdaderamente la cuestión. ¿Me molesta que me besen? Esperemos que no, por respeto a las mujeres . . . ” Había pensado contestar: “De ninguna manera”, pero inexplicablemente, y con gran contrariedad por su parte, se echó a llorar. Durante un momento, mistress Dimble se convirtió a sus ojos en una persona mayor, tal como habían sido las personas mayores cuando ella era una chiquilla; unos objetos grandes, cálidos, blandos, hacia los que una corría con las rodillas arañadas o una muñeca rota. Cuando pensaba en su infancia, Jane recordaba generalmente aquellas ocasiones en las cuales el abrazo de la madre o la niñera había sido desagradable y repulsivo como una ofensa a su propia madurez: ahora, de momento, volvía a aquellos olvidados si bien frecuentes tiempos en que el miedo o la angustia la llevaban a una sumisión y en la sumisión hallaba el consuelo. No detestar ser mimada y acariciada era contrario a su teoría general de la vida; y, no obstante, antes de volver a bajar le había confesado a mistress Dimble que no esperaba ningún hijo, pero que se sentía un poco deprimida a causa de estar muchas horas sola y haber tenido una pesadilla.

Durante el almuerzo, el doctor habló de la leyenda del rey Artús.

— Es realmente maravilloso — dijo — cómo el conjunto de los hechos se encadenan unos a otros incluso en la última versión de Malory. ¿Se han fijado cómo hay dos tipos de personajes? En el centro tenemos a la reina Ginebra y a Lanzarote, gente toda ella cortesana y de carácter nada británico. Pero después, en el fondo (del otro de Artús por decirlo así), está toda aquella gente sombría como Morgan y Morgawse, que son completamente británicos y generalmente más o menos hostiles, a pesar de ser parientes entre sí. Y todo mezclado con la magia. Recuerde aquella maravillosa frase que dice cómo la reina Morgan “prendió fuego a toda la región con damas que eran encantadoras”. Merlín también, desde luego, es inglés, pero no hostil. ¿No creen ustedes que parece verdaderamente un retrato de Inglaterra tal como debió de ser la víspera de la invasión?

— ¿Qué quiere usted decir, doctor Dimble? — preguntó Jane.

— ¿No debía haber aquí una parte de la sociedad que era puramente romana? Gente que debía de usar togas y hablaba un latín céltico, algo que para nosotros se parecería mucho al español; y completamente cristiano. Pero más arriba del país, muy lejos, en los lugares apartados, aislados por los bosques, debieron de existir pequeñas cortes gobernadas por verdaderos reyezuelos británicos, que debían de hablar una especie de galés y practicaban cierta parte de la religión druídica.

— ¿Y cuál de ellos sería Artús? — preguntó Jane. Era una tontería que su corazón hubiese dejado de latir al oír las palabras “se parecería mucho al español”.

— Esta es precisamente la cuestión — dijo el doctor Dimble —. Es posible imaginarse a un hombre del tipo británico, pero también a un cristiano y un aguerrido general con la técnica romana, tratando de llevar adelante a toda la sociedad y casi consiguiéndolo. Debió de haber celos por parte de su familia británica, y la sección romanizada (los Lanzarotes y los Lionel) mirarían con desprecio a los bretones. Por esto Kay es siempre representado como un patán; forma parte del esfuerzo nativo. Y siempre esta atracción hacia atrás, esta especie de vuelta al druidismo.

— ¿Y dónde estaría Merlín?

— Sí, esta es realmente la figura interesante. ¿Fracasó todo porque él murió tan pronto? ¿No le ha parecido nunca raro pensar en la extraña figura de Merlín? No es malo, y, no obstante, es un mago. Es evidentemente un druida, y, sin embargo, sabe cuanto hace referencia al Graal. Es el “hijo del diablo”, pero entonces viene Layamon a decirnos que el ser que procreó a Merlín podía perfectamente no ser malo. Recuerda: “Vivían en el cielo diferentes especies de seres. Algunos de ellos eran buenos y otros practicaban el mal.”

— Es verdaderamente intrigante. No había pensado nunca en ello.

— A menudo me he preguntado — dijo el doctor Dimble — si Merlín no representa el último vestigio de algo que la tradición posterior ha olvidado completamente, algo que resultó imposible cuando la única gente que estaba en contacto con lo sobrenatural fue siempre blanca o negra, sacerdote o brujo.

— Es una idea horrenda — dijo mistress Dimble, que observaba que Jane parecía preocupada —. En todo caso, Merlín existió hace mucho tiempo, si es que existió alguna vez, y está muerto y enterrado en seguridad bajo el Pozo de Bragdon, como sabemos muy bien.

— Enterrado, pero no muerto, según la tradición — corrigió el doctor Dimble.

— ¡Oh! — exclamó Jane involuntariamente, mientras el doctor seguía reflexionando en voz alta.

— Me pregunto qué encontrarán si empiezan a excavar en este lugar para los fundamentos del I.N.E.C. —dijo.

— Primero barro y después agua — repuso mistress Dimble —. Por esto no pueden verdaderamente edificar allí.

— Eso crees tú — dijo su marido —. Si es así, ¿por qué quieren venir aquí? No es probable que un cockney[3] como Jules se deje influir por ninguna fantasía poética del manto de Merlín cayendo sobre él.

— El manto de Merlín . . .  Es verdad . . .  — dijo mistress Dimble.

— Sí — dijo el doctor —. Es una idea singular. Me parece que a alguno de sus fieles le gustaría recuperar ese manto. Pero si son o no capaces de ello, ya es otro asunto. No creo que les gustase que el viejo Merlín volviese a la vida llevándolo todavía.

— Esta chica va a desmayarse — dijo súbitamente mistress Dimble levantándose.

— ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa? — preguntó el doctor Dimble mirando con asombro el rostro de Jane —. ¿Hace demasiado calor en la habitación?

— ¡Oh, no! Es ridículo . . .  — dijo Jane.

— Vámonos al salón — dijo el doctor —. Venga. Deme el brazo.

Un poco después, sentada en el salón al lado de una ventana abierta que daba al jardín, cubierto ya de hojas amarillas, Jane trató de excusar su absurdo comportamiento contando la historia de su sueño.

— Creo que me he dejado impresionar espantosamente — dijo —. Pueden ustedes empezar a hacerme un psicoanálisis, si quieren.

Por la expresión del rostro del doctor Dimble, Jane podía conjeturar que el relato de su sueño le había impresionado profundamente.

— ¡Qué cosa más extraordinaria! . . .  ¡Muy extraordinaria . . . ! — iba diciendo —. Dos cabezas. Y una de ellas la de Alcasan. ¿No será una falsa ilusión?

— No, Cecil — dijo mistress Dimble.

— ¿Creen ustedes que debería hacerme examinar? — preguntó Jane.

— ¿Examinar? — dijo el doctor Dimble mirándola como si no la hubiese comprendido —. ¡Ah!, ya veo . . .  ¿Se refiere usted a ir a ver a Brizeacre o a alguno de sus colegas?

Jane se daba cuenta de que su pregunta lo había llevado a otro orden de ideas e incluso que el problema de su salud había sido dejado de lado. El relato de su sueño había suscitado otro problema, si bien no podía imaginar cuál podía ser.

El doctor Dimble miró a través de la ventana.

Aquí está mi discípulo más negado tocando el timbre — dijo —. Tengo que ir al despacho a escuchar un estudio sobre Swift que empieza: “Swift nació . . . ” Y, tendré que tratar de fijar mi atención en él, además, lo cual no va a ser cosa fácil. — Se levantó y permaneció un momento de pie, apoyando las manos en los hombros de Jane —. Escúcheme — dijo —. No quiero darle ningún consejo, pero si decide usted ir a consultar a alguien respecto a este sueño, quisiera que fuese usted primero a ver a alguien cuya dirección le daremos Margery o yo.

— ¿No cree usted en míster Brizeacre? — preguntó Jane.

— No puedo explicárselo ahora. Es demasiado complicado — dijo el doctor Dimble —. Trate de no preocuparse. Pero si va usted, díganoslo primero. Adiós . . .

Casi inmediatamente después de que salió llegaron otras visitas, de manera que no hubo oportunidad de seguir la conversación entre Jane y su huésped. Jane se marchó media hora más tarde y se dirigió a su casa, no por la carretera de los álamos, sino por el sendero que cruzaba los terrenos comunales; pasó por donde estaban los asnos y los gansos, teniendo las torres y las agujas de las iglesias de Edgestow a su izquierda y el viejo molino de viento a su derecha, recortándose en el horizonte.


Dos
Cena con el Subdirector

I

— ¡Esto es un golpe fuerte! — dijo Curry de pie ante la chimenea, en sus magníficas habitaciones que dominaban Newton. Eran las mejor situadas del colegio.

— ¿Algo de N.O.? — dijo James Busby. Él, lord Feverstone y Mark estaban tomando unas copas de oporto antes de cenar con Curry. N.O., iniciales de Non Olet, era el sobrenombre de Charles Place, el Rector de Bracton. Su elección para este puesto, haría unos quince años, había sido uno de los primeros triunfos del Elemento Progresivo. A fuerza de decir que el Colegio necesitaba “sangre nueva” y que debía ser sacado de sus “cauces académicos”, habían conseguido llevar allí a un viejo funcionario civil, que ciertamente no había sido contaminado jamás de debilidad académica desde que salió de su oscuro colegio de Cambridge durante el siglo pasado, pero que había escrito un monumental informe sobre la Salubridad Nacional. El tema lo había recomendado eficazmente al Elemento Progresivo. Lo consideraban como una bofetada a los dilettanti y a los “duros de pelar”, que contestaron bautizando al nuevo Rector con el nombre de Non Olet. Pero, paulatinamente, incluso los que apoyaban a Place adoptaron el sobrenombre. Porque Place no había respondido a sus esperanzas, habiendo resultado ser un dispéptico aficionado a la filatelia, cuya voz se oía tan raramente que algunos de los Miembros jóvenes ignoraban el sonido que tenía.

— Sí, ¡maldito sea! — dijo Curry —. Quiere verme después de cenar para un asunto de suma importancia.

— Esto quiere decir — dijo el Tesorero — que Jewel y Compañía han ido a verlo y quieren encontrar alguna manera de echar atrás todo este asunto.

— Esto me tiene sin cuidado — repuso Curry —. ¿Cómo quiere volver atrás de un acuerdo? No es eso. Pero es suficiente para estropearme la noche.

— Pero la nuestra, no — dijo Feverstone —. No olvide dejarnos su botella de coñac antes de marcharse.

— ¡Jewel! ¡Válgame Dios! — exclamó Busby, enterrando la mano izquierda en la barba.

— Me dio mucha pena el viejo Jewel — dijo Mark. Tenía sus razones de diversa índole para decir esto. Para hacerle justicia, hay que decir que la inesperada y aparentemente innecesaria brutalidad de Feverstone con el anciano le había dolido mucho. Y, además, la idea de su deuda con Feverstone en la cuestión de su nombramiento lo había atormentado todo el día. ¿Quién era aquel Feverstone? Pero, paradójicamente, aun cuanto sentía que había llegado el momento de afirmar su propia independencia y demostrar que su asentimiento a todos los métodos del Elemento Progresivo no debía ser dado por descontado, creía también que una cierta independencia lo elevaría a una más alta posición en el seno de este mismo Elemento. Si la idea “Feverstone tendrá más alta opinión de ti si le muestras los dientes” se le hubiese ocurrido, probablemente la habría desechado como servil; pero no se le ocurrió.

— ¿Le dio pena Jewel? — dijo Curry dando media vuelta —. No diría usted eso si supiera cómo era en sus primeros tiempos.

— Estoy de acuerdo con usted — dijo Feverstone dirigiéndose a Mark —, pero en este caso tomo el punto de vista de Clausewitz. La guerra total es la más humana, al final. Lo he hecho callar en el acto. Ahora que le ha pasado la impresión, está muy contento porque le he confirmado plenamente lo que lleva cuarenta años diciendo respecto a la generación joven. ¿Qué alternativa había? ¿Dejarlo que siguiese hablando hasta llegar a un ataque de tos o de corazón y causarle además el desengaño de ver que era tratado cortésmente?

— Es un punto de vista, desde luego — dijo Mark.

— ¡Maldita sea! — prosiguió Feverstone —. A nadie le gusta que le quiten sus reservas. ¿Qué haría nuestro pobre Curry si los “duros de pelar” decidían un día no suscitar más objeciones? Otelo se quedaría sin ocupación.

— La cena está servida, señores — dijo el sirviente de Curry.

— Todo esto es muy desagradable, Dick — dijo Curry mientras se sentaban —. No hay nada que me gustase tanto como poder ver el final de estos obstruccionistas y “duros de pelar” y poder seguir adelante con mi trabajo. No vas a suponer que me gusta tener que pasarme el tiempo tratando de abrirme paso, ¿verdad?

Mark observó que su huésped se sentía un poco zaherido por la pulla de lord Feverstone. Este lanzó una risa viril y contagiosa. Mark tuvo la sensación de que empezaba a gustarle.

— ¿Y el trabajo es . . . ? — dijo Feverstone, no exactamente mirando, y menos aún guiñando el ojo a Mark, pero dándole a entender que había algo tras la broma.

— Pues . . .  creo que algunos de nosotros tenemos nuestro trabajo indicado . . .  — contestó Curry, bajando la voz para darle un tono más serio, de la misma manera que la gente baja la voz para hablar de temas médicos o religiosos.

— No sabía que fuese usted una persona de esa clase — dijo Feverstone.

— Esto es lo peor de todo el sistema — dijo Curry —. En un sitio como éste, o hay que contentarse con ver cómo todo se hace pedazos (es decir, cómo todo se estanca), o sacrificar la carrera docente a toda esta infernal política de colegio. Uno de estos días lo mandaré todo a paseo y me consagraré a mi libro. Todo depende de esto. Ya lo sabe, Feverstone. Unas buenas vacaciones, y creo que podré terminarlo.

Mark, que nunca hasta entonces había visto a Curry mordido por otro, empezaba a divertirse.

— Comprendo — dijo Feverstone —. A fin de poder llevar adelante el Colegio como centro cultural, los mejores cerebros que pertenecen a él deben abandonar todo lo que sea cultura.

— ¡Exactamente! — dijo Curry —. Eso es precisamente . . .  — Y se detuvo, dudando si sería tomado en serio.

Feverstone lanzó una carcajada. El Tesorero, que hasta entonces sólo se había ocupado de comer, se enjugó la barba cuidadosamente y dijo:

— Todo esto está muy bien en teoría, pero creo que Curry tiene toda la razón. Supongamos que dimite su cargo de subdirector y se retira a su celda. Puede darnos a todos un libro magnífico sobre cuestiones económicas . . .

— ¿Económicas? — preguntó Feverstone arqueando las cejas.

— Da la casualidad de que soy historiador militar, James — dijo Curry. Se sentía a menudo molesto por la dificultad que sus colegas experimentaban en recordar cuál era la rama del saber que había elegido.

— Eso quería decir, historia militar, desde luego — dijo Busby —. Como decía, pues, nos puede dar un libro sensacional sobre historia militar. Pero dentro de veinte años habrá sido substituido, mientras el trabajo que realiza actualmente por el Colegio perdurará durante siglos. Aquí el asunto es traer el I.N.E.C. a Edgestow. ¿Qué le parece a usted esto, Feverstone? No hablo únicamente desde el punto de vista económico, si bien como Tesorero tiene para mí una importancia primordial. Pero piensen en una nueva vida, en el despertar de una nueva visión, en el acicate de dormidos impulsos. ¿Podría un libro cualquiera sobre economía . . . ?

— Historia militar — dijo Feverstone gentilmente, pero sin que Busby hiciese esta vez caso de su interrupción.

— ¿Podría un libro cualquiera sobre economía ser comparado con una cosa como ésta? — prosiguió —. Yo lo considero el más grande triunfo del idealismo práctico que este siglo ha visto.

El buen vino comenzaba a surtir su efecto. Todos conocemos el tipo de clérigo que tiende a olvidar su indumentaria clerical después del tercer vaso; pero la costumbre de Busby era a la inversa. Era después del tercer vaso cuando comenzaba a recordar su indumentaria. Mientras el vino y la luz de las velas iban soltando su lengua, el clérigo que aun latía en él después de treinta años de apostasía empezaba a despertarse con una especie de galvánica y extraña vida.

— Como saben ustedes, amigos míos — dijo —, no tengo pretensiones ortodoxas. Pero si la religión hay que entenderla en su sentido más profundo, no tengo inconveniente en declarar que Curry, al traer el I.N.E.C. a Edgestow, ha hecho más por ella en un año que Jewel en toda su vida.

— Bien — dijo Curry modestamente —, eso es precisamente una de las cosas que esperaba. No podría expresarme como usted lo ha hecho, James . . .

— No, no — dijo el Tesorero —, desde luego. Cada uno de nosotros tenemos diferentes lenguajes; pero, en el fondo, todos queremos decir lo mismo.

— ¿Ha averiguado alguien — preguntó Feverstone — qué es exactamente el I.N.E.C. y qué pretende hacer?

Curry lo miró con expresión sorprendida.

— Me parece extraño que pregunte usted eso, Dick — dijo —. Creí que estaba metido también en ello . . .

— ¿No cree que es un poco ingenuo — dijo Feverstone — suponer que el hecho de estar metido en una cosa implica el conocimiento exacto de su programa oficial?

— ¡Oh! En fin, si se refiere a los detalles . . .  — dijo Curry y se detuvo.

— Desde luego, Feverstone — dijo Busby —, hace usted un gran místerio de nada. Yo creía que los propósitos del I.N.E.C. eran muy claros. Es el primer intento de tomar en serio la ciencia aplicada desde el punto de vista nacional. La diferencia en escala entre esto y todo lo que se ha hecho hasta ahora representa una diferencia de especie. ¡Sólo los edificios, sólo los aparatos! Piense en lo que ha hecho ya por la industria. Piense en cómo movilizará todos los talentos del país; y no sólo los talentos científicos en su sentido más estrecho. ¡Quince directores de departamento con quince mil libras anuales cada uno! ¡Con su servicio legal autónomo! ¡Y su policía, me han dicho! ¡Un personal permanente de arquitectos, geómetras, ingenieros! ¡Es estupendo!

— Carreras para nuestros hijos — dijo Feverstone —. Ya comprendo . . .

— ¿Qué quiere decir, lord Feverstone? — preguntó Busby, dejando su vaso.

— ¡Por Dios! — exclamó Feverstone con la risa en los labios —. ¡Qué tontería! Había olvidado que tiene usted familia, James.

— Estoy de acuerdo con James — dijo Curry, que había estado esperando con cierta impaciencia poder hablar —. El I.N.E.C. marca el comienzo de una nueva era, la era verdaderamente científica. Hasta ahora todo ha sido fortuito. Esto va a colocar la ciencia misma sobre una base científica. Habrá cuarenta comités entrelazados que se reunirán cada día, y tienen un maravilloso dispositivo (me enseñaron el modelo la última vez que estuve en Londres) mediante el cual los descubrimientos de cada comité quedan impresos por sí mismos en su pequeño compartimiento de la Tabla de Avisos Analíticos cada media hora. Después, la memoria llega automáticamente a su posición normal, donde es conectada por medio de pequeñas flechas con las partes principales de las demás memorias. Una mirada a la tablilla muestra la política de todo el Instituto tomando forma bajo sus propios ojos. Habrá un personal de veinte técnicos por lo menos en lo alto del edificio, trabajando en esa Tabla de Avisos en una habitación parecida a las de control del Tubo. Es un dispositivo maravilloso. Las diferentes clases de asuntos aparecen en la tablilla en luces de colores diferentes. Debe de haber costado un millón. Lo llaman el Pragmatómetro.

— Aquí — dijo Busby — se ve de nuevo lo que el Instituto hace ya por el país. El Pragmatómetro será una gran cosa. Centenares de personas se ocuparán de él. Y después resultará que esa Tabla de Avisos Analíticos estará pasada de moda antes de que el edificio esté terminado.

— Sí, señor — dijo Feverstone —. El mismo N.O. me ha dicho esta mañana que la instalación sanitaria del Instituto será una cosa nunca vista.

— Así es — repuso Busby secamente —. No sé por qué tenemos que quitarle importancia.

— ¿Y qué piensa usted de todo esto, Studdock? — preguntó Feverstone.

— Creo — dijo Mark — que James ha tocado el punto más importante cuando ha dicho que tendría su propio personal legal y su policía. No doy un real por los Pragmatómetros y la instalación sanitaria de luxe. Lo importante es que esta vez vamos a tener la ciencia aplicada a los problemas sociales y apoyada por todas las fuerzas del Estado, de la misma forma que la guerra ha sido apoyada por todas las fuerzas del Estado en el pasado. Hay la esperanza, desde luego, de que descubrirá algo más de lo que descubrió la ciencia libre; pero lo cierto es que puede hacer más.

— ¡Maldita sea! — exclamó Curry mirando su reloj —. Tendré que marcharme a ver a N.O. Si quieren ustedes un poco de coñac cuando hayan terminado el vino, está en el armario. Encontrarán copas en la estantería. Volveré en cuanto pueda. No se va usted, James, ¿verdad?

— Sí — dijo el Tesorero —. Me voy a la cama temprano. No quiero interrumpir su reunión. He estado casi todo el día de pie, ya lo sabe. Es una tontería aceptar ningún cargo en este Colegio. Es una ansiedad constante, una responsabilidad aplastante. ¡Y después se encuentra uno con gente que insinúa que todos esos parásitos de la investigación que no han metido nunca las narices en sus bibliotecas y laboratorios son los que trabajan realmente! Me gustaría ver a Glossop o a cualquiera de su banda enfrentarse con el trabajo de un día como el que he tenido hoy. Curry, amigo mío, ha tenido usted una vida fácil, si se ha dedicado a la economía.

— Ya le he dicho a usted antes . . .  — comenzó Curry, pero el Tesorero, de pie ya, se inclinaba sobre lord Feverstone y le refería una historia divertida.

En cuanto los dos hombres hubieron salido de la habitación, lord Feverstone permaneció algunos segundos contemplando fijamente a Mark con enigmática expresión. Después se echó a reír. La risa aumentó. Reclinó su cuerpo delgado y musculoso contra el respaldo y siguió riéndose intensamente. Su risa era contagiosa, y al poco rato Mark se reía también con él, con una risa sincera e infantil.

— Pragmatómetros . . . , retretes suntuosos . . . , idealismo práctico . . .  — decía riendo lord Feverstone.

Fue un momento de extraordinaria liberación para Mark. Todo lo referente a Curry y Busby que hasta entonces no había observado, o, de haberlo observado, se había desvanecido ante su veneración por el Elemento Progresivo, acudía ahora a su mente. Se preguntaba cómo había podido ser tan ciego respecto a la parte cómica de ellos.

— Es verdaderamente desesperante — dijo Feverstone cuando se serenó un poco — que las personas que tiene uno que emplear para poder hacer algo puedan decir tantas tonterías en el momento en que se les pregunta por la cosa misma.

— Y, no obstante, son, en cierto modo, el cerebro de Bracton — dijo Mark.

— ¡Válgame Dios, no! Glossop y Bill el “Aguacero”, e incluso el viejo Jewel, tienen diez veces más talento.

— No sabía que tuviese usted este punto de vista.

— Me parece que Glossop y los demás andan equivocados. Creo que su idea de la cultura, del conocimiento y de todo lo demás es irreal. No creo que se adapte al mundo en que vivimos. Es una mera fantasía. Pero es una idea muy clara y la siguen de una manera consistente. Saben lo que quieren. Pero nuestros dos pobres amigos, a pesar de que están persuadidos de tomar el buen tren e incluso de guiarlo, no tienen ni la menor noción de hacia dónde los lleva ni por qué. Sudarán sangre por traer el I.N.E.C. a Edgestow; por esto son indispensables. Pero respecto a cuál es el punto de vista del I.N.E.C., a cuál es el punto de vista de algo . . .  pregúnteles otra cosa, ¡Pragmatómetros! ¡Quince subdirectores!

— En fin, quizá esté yo también en el mismo error.

— En absoluto. Usted lo vio en seguida. Estoy seguro. He leído todo lo que ha escrito usted desde que aspiró a su nombramiento. De esto es de lo que quería hablarle.

Mark permaneció silencioso. La inquietante sensación de ser arrancado a un plano secreto para ser llevado a otro, mezclado con el creciente efecto del excelente oporto de Curry, le impidió contestar.

— Quisiera que entrase usted en el Instituto — dijo Feverstone.

— ¿Quiere usted decir . . .  abandonar Bracton?

— No tiene nada de extraño. En todo caso, no creo que haya aquí nada que le interese. Haremos Rector a Curry cuando N.O. se retire, y . . .

— Hablan de nombrarlo a usted Rector.

— ¡Válgame Dios! — exclamó Feverstone mirándolo. Mark comprendió que, desde su punto de vista, esta proposición era como ofrecerle el puesto de director de una escuela de niños idiotas, y dio gracias por no haber hecho esta observación en un tono que pudiese ser tomado demasiado en serio. Los dos se echaron a reír le nuevo —. Nombrarle a usted Rector —dijo Feverstone — sería desperdiciar sus cualidades. Es el cargo ideal para Curry. Lo hará muy bien. Se necesita un hombre a quien gustan estos asuntos y que tire de la cuerda en interés propio sin preguntar lo que hay detrás. Si llegase a serlo, empezaría por aportar sus propias . . . , bueno, supongo que le llaman “ideas”. Tal como es, basta con que le digamos que cree que Fulano o Mengano es el hombre que el Colegio necesita, y lo creerá. Y desde entonces no descansará hasta que Fulano o Mengano obtenga su nombramiento. Para eso es para lo que queremos el Colegio; como red de arrastre, como centro de reclutamiento.

— ¿Un centro de reclutamiento para el I.N.E.C., quiere usted decir?

— Sí, en primer lugar. Pero es sólo parte del plan general.

— No estoy seguro de entender bien lo que quiere usted decir.

— Lo entenderá usted pronto. La cuestión del hogar y todo lo demás, ya sabe usted . . .  Me parece muy digno del estilo de Curry decir que la humanidad está en una encrucijada. Pero de momento es la cuestión primordial; de qué lado está uno, si en el oscurantismo o en el orden. Parece realmente que tuviésemos ahora el poder de exhumarnos como especies de un período vacilante; controlar nuestro propio destino. Si la Ciencia goza realmente de una libertad, puede ahora tomar en su mano a la raza humana y reacondicionarla; hacer del hombre un animal verdaderamente eficiente. Si no la tiene . . . , estamos listos.

— Siga.

— Hay tres problemas principales. Primero, el problema interplanetario.

— ¿Qué diablos quiere usted decir?

— En fin . . . , no tiene en realidad importancia. No podemos hacer nada ahora a este respecto. El único que podía hacer algo era Weston.

— Murió en un bombardeo, ¿verdad?

— Fue asesinado.

— ¿Asesinado?

— Estoy seguro de ello, y tengo la vaga sospecha de quién fue el asesino.

— ¡Válgame Dios! ¿Y no se puede hacer algo?

— No hay pruebas. El asesino es un respetable licenciado de Cambridge, corto de vista, cojo y con una barba rubia. Forma parte de este Colegio.

— ¿Y por qué fue asesinado Weston?

— Por estar de nuestro lado. El asesino es uno de nuestros enemigos.

— No va usted a decir que lo asesinó por eso, ¿verdad?

— Sí — repuso Feverstone colocando cuidadosamente su mano sobre la mesa —. Esta es precisamente la cuestión. Oirá usted a gente como Curry o James hablando de guerra contra la reacción. Pero jamás les ha pasado por la cabeza que puede haber una verdadera guerra con verdaderas bajas. Creen que la resistencia violenta del otro lado terminó con la persecución de Galileo y todo lo demás. Pero no lo crea. Ahora es cuando empieza en serio. Saben que por fin tenemos verdaderos y reales poderes, que la cuestión de lo que tiene que ser la humanidad será decidido en el plazo de sesenta años. Van a luchar pulgada a pulgada. No se detendrán ante nada.

— No pueden vencer — dijo Mark.

— Así lo esperamos — repuso lord Feverstone —. No creo que puedan. Por eso tiene tal trascendental importancia para cada uno de nosotros estar en el lado oportuno. Si trata usted de permanecer neutral será un mero peón.

— ¡Oh!, no tengo la menor duda de dónde está mi sitio — dijo Mark—. Dejándolo todo aparte, la preservación de la raza humana es una obligación fundamental.

— En fin, personalmente — dijo Feverstone —, no pienso caer en ningún Busbysmo acerca de esto. Es un poco fantástico basar sus propias acciones en una supuesta preocupación de lo que va a ocurrir dentro de millones de años; y debe recordar que el otro lado proclamará también salvaguardar la raza humana. Si adoptan esta actitud, ambos principios pueden ser explicados psicoanalíticamente. El punto práctico es que ni a usted ni a mí nos gusta ser simples peones, y en cambio nos place luchar . . . , especialmente en el partido victorioso.

— ¿Y cuál es el primer paso práctico?

— Sí, esta es la verdadera cuestión. Como he dicho, el problema interplanetario tiene que ser de momento dejado de lado. El segundo problema es el de nuestros rivales en este planeta. No me refiero únicamente a los insectos y a las bacterias. Hay un exceso de vida de toda especie en él, animal y vegetal. No lo hemos limpiado todavía. En primer lugar, no pudimos; después, tenemos escrúpulos estéticos y humanitarios; y, además, no hemos circundado todavía la cuestión del equilibrio de la Naturaleza. Hay que ocuparse de todo esto. El tercer problema es el hombre mismo.

— Siga usted. Esto me interesa mucho.

— El hombre tiene que ocuparse del hombre. Esto quiere decir, recuerde, que algunos hombres tienen que ocuparse del resto de los demás, lo cual es una razón para poner manos a la obra lo más pronto posible. Usted y yo queremos ser los hombres que tomamos a los demás por nuestra cuenta, no de los que van por cuenta de los demás. Eso es.

— ¿Qué le pasa ahora por la cabeza?

— Cosas muy sencillas y naturales; en primer lugar, esterilización de los ineptos, liquidación de las razas atrasadas (no queremos pesos muertos), selectividad de crianza. Después, verdadera educación, incluyendo la educación prenatal. Por verdadera educación me refiero a la que no tiene el contrasentido de “tómalo o déjalo”. Una verdadera educación hace del sujeto infaliblemente lo que él quiere ser, cualquier cosa que él o sus padres intenten. Desde luego, al comienzo tiene que ser principalmente psicológico. Pero al final llegaremos al acondicionamiento bioquímico y a la manipulación directa del cerebro.

— ¡Pero esto es estupendo, Feverstone!

— Es la meta final. Un nuevo tipo de hombre; y la gente como usted es quien debe empezar a hacerlo.

— Ese es el inconveniente. No crea usted que es falsa modestia, pero no veo todavía en qué forma puedo contribuir.

— No, pero nosotros sí. Es usted precisamente lo que necesitamos; un sociólogo experto con una visión radicalmente realista, sin temor a las responsabilidades. Y, además, un sociólogo capaz de escribir.

— ¿No querrá usted que escriba todo esto?

— No. Queremos que lo escriba usted disimulado. Sólo de momento, desde luego. Una vez que las cosas vayan adelante, no tendremos por qué preocuparnos del gran corazón del público inglés. Haremos de su gran corazón lo que querremos que sea. Pero, entretanto, tiene gran importancia la forma en que se plantean las cosas. Por ejemplo, si fuese tan sólo insinuado que el I.N.E.C. quiere poderes para hacer experimentos sobre criminales, tendríamos en el acto a toda la gente de edad de ambos sexos levantando los brazos y aullando en nombre de la humanidad; llámelo usted reeducación de lo mal ajustado, y los tendrá usted a todos radiantes de gozo al pensar que la era brutal del castigo retributivo ha tocado por fin a su término. Es curioso; la palabra “experimento” es impopular, pero no la palabra “experimental”. No debe usted hacer experimentos sobre los chiquillos, pero sí ofrecerles a los pobrecitos una educación gratis en una escuela “experimental” afecta al I.N.E.C.

— ¿No querrá usted decir que este lado . . .  periodístico será mi principal trabajo?

— No tiene nada que ver con el periodismo. Sus lectores, en primer lugar, serán los miembros de la Cámara de los Comunes, no el público. Pero esto es sólo un aspecto de la cuestión. Y en cuanto al trabajo en sí, pues . . .  es imposible decir en qué forma puede desarrollarse. Hablando con un hombre como usted no le expongo la cuestión económica. Empezará usted por un sueldo modesto; digamos mil quinientas libras al año.

— No pensaba en eso — dijo Mark, sonrojándose de emoción.

— Desde luego — dijo Feverstone —. Tengo que prevenirlo. Aquí está el peligro. Todavía no, quizá. Pero cuando las cosas empiecen realmente a marchar es muy posible que esté en el programa el quitarlo de en medio, como al pobre Weston.

— No pensaba tampoco en eso — dijo Mark.

— Escúcheme — continuó Feverstone —. Déjeme usted que le acompañe mañana a ver a John Wither. Me dijo que le llevase a pasar el fin de semana si la cosa le interesaba a usted. Allí conocerá usted a toda la gente importante y tendrá ocasión de decidir lo que quiera hacer.

— ¿Cómo se ha metido Wither en esto? Creía que Jules era la cabeza del I.N.E.C.

Jules era un novelista distinguido y un divulgador científico cuyo nombre aparecía siempre ante el público relacionado con el nuevo Instituto.

— ¿Jules? ¡Si está chiflado! — dijo Feverstone —. No va usted a imaginar que ese pelele tiene nada que ver con algo que vaya realmente adelante, ¿verdad? Este sirve para vender el Instituto al público inglés en los periódicos del domingo y ganar un fuerte salario, pero no vale para el trabajo. No tiene nada en la cabeza, como no sea una serie de ideas socialistas del siglo XIX relativas a los derechos del hombre. No ha pasado de Darwin.

— Es verdad — dijo Mark —. Incluso me ha sorprendido mucho verlo en la reunión. Bien, puesto que es usted tan amable, creo que aceptaré la invitación de pasar el fin de semana con los Wither. ¿A qué hora saldremos?

— Sobre las once menos cuarto. Me han dicho que vive usted del lado de Sandown. Puedo ir a buscarlo.

— Muchas gracias. Ahora, hábleme usted de Wither.

— John Wither . . .  — comenzó Feverstone, pero súbitamente se detuvo —. ¡Maldita sea! — exclamó —. Aquí viene Curry. Ahora tendremos que escuchar todo lo que N.O. le ha dicho y cuan amablemente lo ha tratado el archipolítico. No se vaya. Necesito su apoyo moral.

II

El último autobús había salido hacía ya bastante tiempo cuando Mark abandonó el Colegio y emprendió el camino de su casa bajo la brillante luz de la luna. En el momento en que llegaba al rellano de su piso le ocurrió una cosa inusitada. Casi sin darse cuenta se encontró sobre el felpudo, estrechando entre sus brazos a Jane, terriblemente asustada y medio sollozando, que iba diciendo:

— ¡Oh, Mark, he tenido tanto miedo . . . !

Encontró en los músculos de su mujer una cualidad que le produjo cierta sorpresa. Aquella especie de actitud indefiniblemente defensiva la había abandonado de momento. Le había ocurrido ya en algunas otras ocasiones, pero eran raras. Iban siendo incluso cada vez más raras. Y tendían, como sabía por experiencia, a convertirse al día siguiente en inexplicables disputas. Esto lo intrigaba sobremanera, pero no había traducido nunca su asombro en palabras.

Es dudoso incluso que Mark hubiese conseguido comprender sus sentimientos aunque ella se los hubiera explicado; y Jane, en todo caso, no ha­bría podido explicárselo. Sentía una gran confusión. Pero los motivos de su inusitado proceder de aquella noche eran bastante sencillos. Regresó de casa de los Dimble alrededor de las cuatro y media, estimulada por su paseo y hambrienta, y segura de que sus sensaciones de la noche precedente y del almuerzo estaban listas y terminadas. Tuvo que encender la luz y correr las cortinas, porque los días se iban acortando. Mientras lo hacia se le ocurrió la idea de que su miedo del sueño y su terror a la simple mención de un manto, de un anciano enterrado pero no muerto y de un lenguaje parecido al español, habían sido tan irracionales como el miedo de los chiquillos a la oscuridad. Esto la llevó a recordar los momentos en que de niña había tenido miedo de la oscuridad. Quizá estuvo pensando en ello demasiado rato. En todo caso, cuando tomó su última taza de té, la tarde se había estropeado un poco. Y no se arregló más. Primero encontró muy difícil fijar su atención en su libro. Después, cuando se hubo acostumbrado a esta dificultad, encontró difícil fijarla en ningún libro. Entonces se dio cuenta de que estaba inquieta. Luego se puso nerviosa. Después siguió un largo tiempo durante el cual no sentía miedo, pero sabía que lo sentiría si no se dominaba. Más tarde experimentó cierta resistencia a ir a la cocina a buscar algo de cenar, y una dificultad — mejor, una imposibilidad — de comer nada cuando pudo ir a buscarlo. Y finalmente no se ocultó ya el hecho de que sentía un miedo atroz. Desesperada, llamó a los Dimble. “Creo que por fin voy a salir para ir a ver a la persona que me han aconsejado”, dijo. La voz de mistress Dimble le contestó después de una curiosa y corta pausa, dándole la dirección. Ironwood era el nombre; miss Ironwood, al parecer. Jane había supuesto que se trataba de un hombre, y sintió cierta repulsión. Miss Ironwood vivía en St. Anne, en lo alto de la colina. Jane preguntó si tenía que pedirle hora. “No — repuso Mrs. Dimble —, estarán allí; no necesita usted hora ninguna.” Jane prolongó la conversación tanto como pudo. Había llamado a mistress Dimble, no principalmente para saber aquella dirección, sino para oír el sonido de su voz. Secretamente, tenía la esperanza de que la vieja Dimble hubiera reconocido su angustia y exclamado en el acto: “Voy en seguida a su casa con el coche.” En lugar de esto, se limitó a darle la dirección y un breve “Buenas noches”. A Jane le pareció notar algo extraño en la voz de Mrs. Dimble. Tuvo la sensación de que con su llamada había interrumpido una conversación sobre ella; no, no sobre ella, sino sobre algo mucho más importante relacionado con ella. ¿Y qué había querido decir Mrs. Dimble con su “Estarán allí. La esperan a usted”? Horribles, infantiles, nocturnas visiones de ellos “esperándola” pasaron por su mente. Vio a miss Ironwood vestida de negro, sentada, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, y a alguien que la llevaba a presencia de miss Ironwood, decía “Ha venido” y se retiraba dejándola allí.

“¡A paseo los Dimble!”, se dijo Jane abandonando la idea, más por miedo que por remordimiento. Y ahora que la línea de la vida había sido utilizada sin aportar consuelo, el terror, como insultado por su fútil tentativa de evasión, se arrojó de nuevo sobre ella sin posibilidad de disimulo, y nunca más pudo recordar si aquel horrible anciano con el manto se le había aparecido en un sueño o si sólo había permanecido sentada allí, encogida y con los ojos desorbitados, esperando, esperando, esperando (incluso orando, a pesar de que no creía en nadie a quien rezarle) que no ocurriera tal cosa.

Y esta es la razón por la cual Mark encontró a la puerta de su casa a Jane en aquel estado inesperado. Era una lástima, pensó, que aquello hubiese ocurrido una noche en que era tan tarde y él estaba tan cansado y, a decir verdad, no enteramente sereno.

III

— ¿Te encuentras completamente bien? — preguntó Mark.

— Sí, gracias — repuso Jane brevemente.

Mark estaba en la cama tomando una taza de té. Jane se hallaba sentada ante su tocador, medio vestida, arreglándose el cabello. La mirada de Mark se posaba en ella con una especie de placer indolente y matinal. Si adivinaba poco respecto a las causas de su relativa separación, era en parte debido al incurable hábito de “proyección” de nuestra raza. Consideramos gentil al cordero porque su lana es suave al tacto; los hombres llaman voluptuosa a una mujer cuando despierta en ellos sentimientos voluptuosos. El cuerpo de Jane, suave aunque firme, y delgado aunque redondeado, era algo tan exacto para la mente de Mark que le hubiera sido imposible no atribuir a Jane las mismas sensaciones que ella despertaba en él.

— ¿Estás segura de que te encuentras bien? — preguntó de nuevo.

— Completamente bien — dijo Jane más secamente aún.

Jane creía estar contrariada porque su cabello no se sostenía alto como le gustaba y porque Mark estaba enfadado. Sabía además, desde luego, que estaba sumamente contrariada consigo misma por aquella especie de colapso que la había delatado la noche anterior, llevándola a lo que más detestaba: a convertirse en la mujercita temblorosa, sumida en lágrimas, de la ficción sentimental, que se arroja en los brazos masculinos en busca de consuelo. Pero creía que este rencor estaba sólo en el fondo de su mente, y no sospechaba que latía en todas sus venas y le producía en aquel mismo momento una rigidez en los dedos que hacía parecer su cabello indomable.

—Porque —prosiguió Mark— si no te encuentras bien podría dejar de ir a ver a ese Wither.

Jane no contestó.

— Si voy — dijo Mark —, tendré necesariamente que estar fuera una noche, quizá dos.

Jane apretó un poco más los labios, pero tampoco dijo nada.

— Si fuese — dijo Mark —, ¿qué te parecería invitar a Myrtle a que venga?

— No, gracias — repuso Jane con énfasis. Y después añadió —: Ya estoy acostumbrada a estar sola.

— Lo sé — dijo Mark en tono defensivo —. Esto es lo molesto de cómo van ahora las cosas en el Colegio. Es una de las principales razones por las que pienso en otro empleo.

Jane seguía silenciosa.

— Escúchame, querida — dijo Mark sentándose y sacando sus piernas de la cama —. Es inútil disimular las cosas. No me gusta marcharme mientras te vea en ese estado . . .

— ¿Qué estado? — preguntó Jane volviéndose y mirándolo por primera vez.

— Pues . . . , quiero decir . . .  así, un poco nerviosa . . .  como le puede ocurrir a cualquiera temporalmente.

— Porque haya tenido una pesadilla anoche cuando llegaste a casa, o mejor dicho, esta mañana, no hay necesidad de tratarme como si estuviese neurasténica. — Esto no era en absoluto lo que Jane tenía intención ni esperaba decir.

— No creo que sirva de nada seguir de este modo . . .  — comenzó Mark.

— ¿De qué modo? — preguntó Jane con voz fuerte: y antes de que él hubiese tenido tiempo de contestar, prosiguió —: Si has decidido que me estoy volviendo loca, será mejor que llames a Brizeacre y lo certifique. Sería conveniente hacerlo mientras estas fuera. Pueden llevarme mientras estás en casa de Mr. Whiter sin armar escándalo. Ahora voy a ocuparme del desayuno. Si no te afeitas y te vistes aprisa, no estarás listo cuando te llame lord Feverstone.

El resultado de esto fue que Mark se hizo un corte mientras se afeitaba (y se vio, en el acto, hablando con el importante Whiter con un tafetán en el labio superior), mientras Jane decidía, por una serie de motivos, preparar para Mark un desayuno sumamente complicado — que ella hubiera preferido morir antes que probarlo — con la rápida eficiencia de una mujer encolerizada, sólo para verterlo todo sobre el fogón nuevo en el último momento. Estaban todavía a la mesa, fingiendo ambos leer el periódico, cuando llegó lord Feverstone. Afortunadamente, Mrs. Maggs llegó en el mismo momento. Mrs. Maggs era el elemento representado en la economía de Jane por la frase “tengo una mujer que viene dos veces a la semana”. Veinte años antes, la madre de Jane y mistress Maggs se hubieran tratado con muchísima más confianza que ahora, pero Jane y “la mujer” se llamaban mutuamente Mrs. Maggs y Mrs. Studdock. Eran aproximadamente de la misma edad, y a los ojos de un solterón no habría diferencia notable entre las ropas que usaban. Era, por consiguiente, excusable que cuando Mark trató de presentar a Feverstone a su mujer, éste hubiese estrechado la mano de Mrs. Maggs; pero la cosa no suavizó los últimos cinco minutos antes de que los dos hombres se marchasen.

Jane salió de su casa casi inmediatamente con el pretexto de ir de compras. “No podría verdaderamente soportar a Mrs. Maggs hoy — se dijo —. Es una charlatana terrible.” Con que aquél era lord Feverstone . . . , aquel hombre con una risa forzada, boca de tiburón y malos modales . . .  Y, al parecer, un perfecto idiota, además . . .  ¿Qué bien podía hacerle a Mark ir con un hombre como aquél? Su rostro no le había inspirado confianza a Jane. No podría decir el qué, pero había algo poco sincero en él. Probablemente se estaba burlando de Mark. Mark era tan fácil de engañar . . .  ¡Si no estuviese en el Bracton! Era un Colegio horrible. ¿Qué veía Mark en gente como Curry y aquel odioso clérigo viejo y barbudo? Y, entre tanto, ¿qué pasaba con el día que le esperaba, y la noche, y la noche siguiente, y más adelante todavía? Porque cuando un hombre dice que puede estar ausente dos noches quiere decir que dos noches es lo mínimo que piensa estar fuera, y que espera estar fuera una semana. Entre ellos, un telegrama (nunca una conferencia telefónica) arreglaba las cosas.

Tenía que hacer algo. Pensó incluso en seguir el consejo de Mark e invitar a Myrtle. Pero Myrtle era su cuñada, la hermana de Mark, la cual sentía una exagerada y excesiva adoración por el hermano célebre. Le hablaría de la salud de Mark, de sus camisas y sus calcetines, con una continua aunque velada insinuación de la buena suerte que tuvo Jane al haberse casado con él. No, ciertamente, Myrtle no. Entonces pensó en ir a ver al doctor Brizeacre como paciente. Pertenecía también a Bracton, y, por consiguiente, no le cobraría probablemente nada. Pero cuando pensó que tendría que contestar a Brizeacre las preguntas que con toda certeza le haría, vio que la cosa era imposible. Tenía que hacer algo. Finalmente, con cierta sorpresa, vio que había decidido ir hasta St. Anne y ver a miss Ironwood. Le pareció que ha­cía una tontería.

IV

Un espectador situado a la debida altura sobre Edgestow aquel día hubiera podido ver, lejos, hacia el sur, un punto que se movía en la carretera principal; y hacia el este, mucho más cerca de la cinta plateada del Wynd, avanzando mucho más lentamente, la columna de humo de un tren.

El punto hubiera resultado ser el automóvil que llevaba a Mark Studdock hacia el Centro de Transfusión de Sangre de Belbury, donde el núcleo del I.N.E.C. había establecido provisionalmente su residencia. El tamaño y modelo del coche le había producido una favorable impresión en el momento en que lo vio. La tapicería era de una calidad que casi parecía comestible. ¡Y cuan bella y masculina energía (a Mark le daban asco las mujeres en aquel momento) se reveló en los movimientos de Feverstone cuando se sentó al volante y apretó con fuerza la pipa entre sus dientes! La velocidad del coche, incluso en las estrechas calles de Edgestow, era impresionante, como también las lacónicas críticas de Feverstone sobre los demás conductores y transeúntes. Una vez pasado el paso a nivel, más allá del colegio de Jane (St. Elizabeth), empezó a demostrar lo que su coche podía hacer. Su velocidad llegó a ser tan grande que incluso en una carretera casi desierta los demás conductores, inexcusablemente malos, los transeúntes medio imbéciles, los campesinos que llevaban algún caballo, la gallina que atropellaron y los perros y las aves que a juicio de Feverstone tenían una “suerte del diablo”, parecían sucederse casi sin interrupción. Los palos de telégrafo desfilaban raudos; los puentes del ferrocarril pasaban sobre sus cabezas con un rugido; los pueblos parecían retroceder rápidamente para reunirse con el campo ya devorado, y Mark, embriagado por el aire y unas veces fascinado y otras repelido por la insolencia de Feverstone, iba diciendo “Sí”, “Exacto”, “Era culpa suya” y dirigiendo disimuladas miradas a su compañero. No había duda de que después de la ampulosa importancia de Curry y del Tesorero, el modo de ser de Mark resultaba una novedad. La larga nariz y los dientes prietos, las huesudas facciones, la forma en que llevaba sus ropas, todo decía que había un gran hombre conduciendo un gran coche, que se dirigía a un lugar donde ocurrían grandes cosas. Una o dos veces, cuando el corazón se le subió a la boca, se preguntó si la pericia de lord Feverstone como conductor justificaba aquella velocidad.

— No hay necesidad de tomar en serio un cruce como éste — dijo lord Feverstone, mientras proseguían la marcha después de la más peligrosa de las escapadas.

— Exacto — dijo Mark —. No hay que tomarlos por un fetiche.

— ¿Conduce usted mucho? — preguntó Feverstone.

— Solía conducir bastante — repuso Mark.

El humo que nuestro imaginario observador hubiera visto hacia el este de Edgestow era el del tren que llevaba lentamente a Jane Studdock hacia el pueblecillo de St. Anne. Edgestow, pera los que han llegado allí desde Londres, tiene toda la apariencia de una estación terminal; pero si se mira alrededor se ve, en una bahía, un diminuto tren de dos o tres vagones y una locomotora, un tren que jadea y suda vapor por debajo de los estribos y en el cual la mayoría de los pasajeros se conocen. Algunos días, en lugar del tercer vagón de pasajeros, hay un vagón para caballos, y, en la plataforma, canastos llenos de conejos muertos y volatería viva, hombres con bombines pardos y polainas, y acaso un terrier o un mastín que parecen estar acostumbrados a viajar. En este tren, que salió a la una y media, Jane soportó las sacudidas y el barullo a lo largo de un malecón, desde el cual, a través de algunas ramas desnudas y otras moteadas de hojas rojas y amarillas, veía el Bosque de Bragdon y más allá; siguieron, a través de un desmonte, del paso a nivel de Bragdon Camp y a lo largo de la villa de Brawl Park (la gran casa era precisamente visible desde un punto) hasta llegar a la primera parada de Duke's Eaton. Allí, lo mismo que en Woolham, como en Cure Hardy y Fourstones, el tren retrocedió, al pararse, con una sacudida y una especie de suspiro. Se oía el ruido de las jarras de leche y el pisar de fuertes botas sobre el andén, y hubo luego una pausa que parecía durar demasiado, durante la cual el sol del otoño se hacía más cálido sobre los cristales de las ventanas, y olores de bosque y campos llegaban de la diminuta estación, penetraban en los vagones y parecían reclamar el tren como parte de la tierra. Los viajeros subían y bajaban en cada estación; hombres de rostro colorado, mujeres con botas de elásticos y frutos artificiales en los sombreros, y colegiales. Jane apenas se daba cuenta de ellos, porque si bien teóricamente era sumamente demócrata, ninguna clase social salvo la suya había conseguido ser para ella una realidad fuera de las páginas ilustradas. Y entre las estaciones desfilaban rápidamente panoramas tan ajenos a su contenido que cada uno de ellos parecía prometer una felicidad ultraterrenal si hubiese podido bajar del tren para apearse allí: una casa respaldada por un grupo de almiares y vastos campos pardos, dos caballos viejos en fila, un huertecillo con la ropa de la colada tendida en una cuerda, y un conejo que miraba pasar el tren y cuyos ojos parecían los puntos, y las orejas los palos, de un doble signo de exclamación. A las dos menos cuarto llegó a St. Anne, que era la estación terminal de la línea y el final de todo. Cuando salió de la estación, el aire le pareció frío y tonificante.

A pesar de que el tren había ido ascendiendo incesantemente durante todo el trayecto, había todavía una cuesta que subir a pie, porque St. Anne es uno de esos pueblecillos encaramados en una colina, más frecuentes en Irlanda que en Inglaterra, y la estación estaba en cierto modo fuera del pueblo. Una carretera ondulada entre altos desmontes la llevó a él. En cuanto pasó de la iglesia dobló a la izquierda, tal como le habían indicado, hacia el Saxon Cross. No había ninguna casa a la izquierda: sólo una hilera de hayas y unas tierras de labor sin cercar que formaban rápida pendiente, y, más allá, la llanura forestal extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista en la azulada distancia. Se encontraba en el punto más elevado de toda aquella región. Al cabo de un rato llegó a un alto muro a la derecha, que parecía extenderse bastante lejos. Vio una puertecilla y a su lado la vieja cadena de hierro de una campana. Sentía una especie de decaimiento de ánimo. Estaba segura de haber ido con un propósito disparatado; no obstante, llamó. Cuando el estridente sonido hubo cesado, siguió un silencio tan prolongado que en aquel elevado lugar, tan frío, Jane comenzó a preguntarse si la casa no esta­ría deshabitada. Entonces, en el momento en que vacilaba entre llamar de nuevo o dar media vuelta, oyó el ruido de unos pasos que se acercaban rápidamente al otro lado del muro. Entre tanto, hacía ya rato que el coche de lord Feverstone había llegado a Belbury, una florida construcción de la época del rey Eduardo que había sido edificada por un millonario que admiraba Versalles. A sus lados parecía haber brotado una vasta extensión de edificios de cemento, más nuevos y achatados, que albergaban el Centro de Transfusión de Sangre.


Tres
Belbury y St. Anne's-on-the-Hill

I

Mientras subía la ancha escalera, Mark vio su imagen y la de su compañero reflejadas en un espejo. Feverstone parecía, como siempre, amo y señor de sus ropas, de su expresión y de todo el ambiente que lo rodeaba. El tafetán del labio superior de Mark había sido medio arrancado durante el viaje, de manera que parecía la mitad de un bigote postizo levantado revelando una mancha de sangre seca. Un momento después se encontró en una habitación de vastos ventanales con un fuego deslumbrante, y fue presentado a Mr. John Wither, Director Delegado del I.N.E.C.

Wither era un hombre de cabello blanco y corteses modales. Su rostro era ancho y estaba pulcramente afeitado, con unos ojos húmedos y algo vago y caótico en su expresión. No parecía prestar toda su atención, y esta sensación se debía tal vez a su mirada, porque todos sus ademanes y palabras eran de una cortesía rayana en la efusión. Dijo que sentía un enorme placer en contar con Mr. Studdock.

Esto aumentaba todavía la deuda de gratitud que tenía con lord Feverstone. Esperaba que hubiese hecho un buen viaje. Mr. Wither parecía tener la creencia de que habían ido en avión, y cuando este error fue aclarado supuso que habían viajado en tren. Después preguntó si Mr. Studdock había encontrado confortable su instalación, y hubo que recordarle que acababan de llegar en aquel momento. “Supongo — pensó Mark — que el pobre hombre está tratando de hacer que me sienta cómodo.” Pero, de hecho, la conversación de Mr. Wither estaba precisamente produciendo el efecto contrario. Mark tenía deseos de que le ofreciesen un cigarrillo. Su creciente convicción de que aquel hombre no sabía una palabra sobre él, e incluso que todas aquellas redes y promesas de Feverstone tan bien establecidas se estaban disolviendo en aquel momento en una especie de neblina, era sumamente desagradable. Finalmente decidió armarse de valor y tratar de llevar a Mr. Wither al punto esencial, diciéndole que no veía aún muy claro en qué funciones podía él ser de alguna utilidad en el Instituto.

— Le aseguro a usted, Mr. Studdock — dijo el director delegado con una inusitada expresión de lejanía en los ojos —, que no tiene usted que temer ninguna . . .  la más ligera dificultad sobre este punto. No tuvimos jamás la intención de circunscribir sus actividades y su influencia general en política, y mucho menos sus relaciones con sus colegas y lo que en general podría llamar los términos de referencia bajo los cuales colaborará usted con nosotros, sin la más plena consideración de sus puntos de vista y, desde luego, su propia opinión. Verá usted, Mr. Studdock, que formamos, si me permite expresarme así, una familia muy feliz.

— ¡Oh!, no interprete mal mis palabras, señor — dijo Mark —. No quise decir eso. Quise únicamente decir que me gustaría tener una ligera idea de cuál será exactamente mi trabajo si me uno a ustedes.

— Bien, precisamente ahora que habla usted de unirse a nosotros — dijo el director delegado —, esto suscita un punto sobre el que espero no hay equívoco alguno. Creo que estamos de acuerdo en que no debe suscitarse la cuestión de residencia . . .  en este momento. Creemos unánimemente que debe usted tener entera libertad para trabajar donde le plazca. Si tiene usted interés en vivir en Londres o en Cambridge . . .

— En Edgestow — interrumpió lord Feverstone.

— ¡Ah, sí, Edgestow! — dijo el director delegado volviéndose y dirigiéndose a Feverstone —. Estaba precisamente explicando a míster . . .  Studdock, y estoy seguro de que estará usted de acuerdo conmigo que no hay nada más ajeno a la intención del comité que dictar en cualquier forma, o incluso aconsejar, dónde míster . . . , donde su amigo tiene que vivir. Desde luego, dondequiera que viva pondremos transporte aéreo y por carretera a su disposición. Me atrevo a esperar, lord Feverstone, que le habrá usted explicado que todas estas cuestiones serán zanjadas y establecidas sin la menor dificultad.

— Verdaderamente, señor — dijo Mark —, no pensaba en todo esto. No tengo . . . , quiero decir, no tendría el menor inconveniente en vivir en cualquier parte; sólo deseaba . . .

El director delegado lo interrumpió, si es que una cosa tan suave como la voz de Mr. Wither podía ser llamada interrupción.

— Le aseguro a usted, míster . . . , le aseguro a usted, señor, que no hay el menor inconveniente en que resida usted en el sitio que quiera. No hubo jamás, en ningún momento, la menor sugestión . . .

Pero, al llegar aquí, Mark, casi desesperado, se aventuró a interrumpirlo.

— Es la exacta naturaleza del trabajo — dijo — y mi calificación para realizarlo es lo quisiera poner en claro.

— Mi querido amigo — dijo el director delegado —, no tiene usted que tener la menor preocupación a este respecto. Como le he dicho antes, verá usted que formamos una familia muy feliz, y puede estar convencido de que la menor duda sobre su entera capacidad ha invadido jamás la mente de ninguno de nosotros. No le ofrecería a usted un puesto entre nosotros si corriese el menor peligro de que no fuera usted bien recibido por todos, o la menor sospecha de que sus muy apreciables cualidades no fuesen plenamente apreciadas. Está usted . . .  está usted entre amigos, Mr. Studdock. Sería el último en aconsejarle que se relacionase usted con una organización en la que corriese el riesgo de ponerse en contacto con . . .  un personal desagradable.

Mark no preguntó de nuevo con tantas palabras qué era lo que el I.N.E.C. esperaba de él, en parte porque empezaba a temer que suponía que lo sabían ya y en parte porque una pregunta directa hubiera sonado crudamente en aquella habitación, una crudeza que podía excluirlo súbitamente de aquella cálida y casi morbosa atmósfera de vaga y no obstante sumamente importante confidencia, en la cual iba poco a poco penetrando.

— Es usted muy amable — dijo —. Lo único que me gustaría poner bien en claro es el exacto . . . , bien, el exacto objeto de mi nombramiento.

— Pues — dijo Mr. Wither con una voz tan tenue y suave que era casi un suspiro — celebro mucho que haya usted suscitado este punto de una forma, por decirlo así, no oficial. Es evidente que ni usted ni yo quisiéramos inmiscuirnos, en esta habitación y bajo ningún concepto, con nada que pudiese ser injurioso para las facultades del comité. Comprendo perfectamente sus motivos y . . .  los respeto. No estamos hablando, desde luego, de un nombramiento en el sentido técnico de la palabra; sería impropio de nosotros (aun cuando puede usted recordármelo de diferentes formas), o por lo menos podría llevarnos a ciertas inconveniencias. Pero creo poder dar a usted la plena certidumbre de que nadie pretende forzarle a usted a ninguna camisa de fuerza ni al lecho de Procusto. No pensamos, entre nosotros, desde luego, en términos de funciones estrictamente delimitadas. Creo que, hablando francamente, hombres como usted y como yo difícilmente tendrán la costumbre de usar conceptos de esta índole. Todo el mundo en el Instituto sabe que su trabajo no es tanto una contribución departamental hacia un fin previamente definido, como un momento o grado en la progresiva autodefinición de un todo orgánico.

Mark dijo, y Dios le perdone por ser tan joven, tan tímido y tan vanidoso:

— Creo que todo esto es muy importante. La elasticidad de su organización es una de las cosas que me atraen.

Después de estas palabras, Mark no volvió a tener oportunidad de llevar al Director a este tema, y cuando aquella voz pausada y suave se interrum­pía, él contestaba en el mismo tono, aparentemente incapaz de hacer otra cosa, a pesar de la torturante insistencia de la pregunta “¿De qué estamos hablando?” Al final de la conferencia hubo un momento de claridad. Wither suponía que Mark consideraría conveniente hacerse socio del Club I.N.E.C.; incluso durante los primeros días gozaría de mayor libertad como socio que como invitado de alguien. Mark asintió, y se sonrojó como un chiquillo cuando supo que el mejor camino a seguir era hacerse socio vitalicio mediante el pago de doscientas libras. No tenía esta cantidad en el Banco. Desde luego, si obtenía el nuevo empleo con el sueldo de mil quinientas libras anuales, todo iría bien. Pero, ¿lo obtendría? ¿Existía realmente un empleo?

— ¡Qué lástima! — dijo en voz alta —. No he traído el talón de cheques.

Un momento después subía las escaleras con Feverstone.

— ¿Y bien? — preguntó Mark —. ¿Cuándo conoceré mi suerte? Quiero decir, ¿he conseguido el empleo?

— ¡Hola, muchacho! — exclamó súbitamente Feverstone dirigiéndose a un hombre que estaba abajo, en el hall. Un momento después llegaba al pie de las escaleras, estrechaba calurosamente la mano de su amigo y desapare­cía con él. Mark, siguiéndolo más despacio, llegó al hall, silencioso, solitario y semi inconsciente en medio de los grupos de hombres que hablaban, dirigiéndose todos hacia la puerta cubierta por grandes cortinajes que había a la izquierda.

II

Aquella estancia allí, aquel preguntarse qué hacer, aquel esfuerzo por parecer natural y no atraer la mirada de los desconocidos, le pareció interminable. El ruido y los agradables olores que llegaban por las puertas le decían claramente que la gente iba a almorzar. Mark vacilaba, incierto de su propia situación. Finalmente decidió que no debía permanecer más tiempo de aquella forma, con aspecto atontado, y entró.

Había tenido la esperanza de que habría varias mesitas pequeñas ante una de las cuales podría sentarse solo. Pero sólo había una mesa grande, tan llena ya de gente que después de buscar en vano a Feverstone tuvo que sentarse al lado de un desconocido.

— Supongo que puede uno sentarse donde quiera, ¿verdad? — preguntó, pero el desconocido no pareció oírlo. Era un tipo bullicioso que comía muy de prisa sin dejar de hablar al mismo tiempo con su vecino del otro lado.

— Esa es la cosa — decía —. Como le he dicho, a mí me es igual la forma en que lo establezcan. No tengo inconveniente en que los del I.J.P. se hagan cargo de este asunto si es lo que el D.D. quiere, pero lo que no me gusta es que haya un solo responsable de ello cuando la mitad del trabajo está hecho por alguien más. Como le he dicho, ahora tienen ustedes tres H.D. disputando unos con otros por un trabajo que en realidad podría realizarlo un empleado. Ya va siendo ridículo. Mire lo que ha ocurrido esta mañana. — La conversación continuó en este tono durante toda la comida.

A pesar de que la comida y la bebida eran excelentes, Mark experimentó un cierto alivio cuando vio que la gente comenzaba a levantarse de la mesa. Siguiendo el movimiento general, cruzó nuevamente el hall y entró en un gran salón donde se estaba sirviendo el café. Allí, por fin, vio a Feverstone. Desde luego, hubiera sido difícil no darse cuenta de su presencia, porque formaba el centro de un grupo y se estaba riendo ruidosamente. Mark había querido aproximarse a él, aunque no hubiese sido más que para saber si contaban con él aquella noche y, en caso afirmativo, qué habitación le había sido destinada. Pero el grupo que rodeaba a Feverstone era difícil de franquear. Se dirigió a una de las diversas mesas y comenzó a hojear las brillantes páginas de un semanario ilustrado. Cada pocos segundos levantaba la vista para ver si era posible cambiar dos palabras con Feverstone. La quinta vez se encontró frente a uno de sus colegas de Bracton, llamado William Hingest. El Elemento Progresivo lo llamaba, si bien a sus espaldas, Bill el “Aguacero”.

Hingest no había asistido, como Curry había supuesto, a la reunión del Colegio, y casi no se hablaba con Feverstone. Mark se dio cuenta con cierto temor que allí tenía a un hombre en contacto directo con el I.N.E.C., un hombre que partía, por decirlo así, de un punto más lejano que Feverstone. Hingest, que era físicoquímico, era uno de los dos hombres de ciencia de Bracton cuya reputación se extendía fuera de Inglaterra. Espero que el lector no se habrá engañado creyendo que los Miembros de Bracton eran una entidad especialmente distinguida. No tenía ciertamente el Elemento Progresivo la intención de elegir mediocridades, pero su resolución de elegir “hombres indicados” limitaba cruelmente el campo de sus elecciones, y, como dijo Busby una vez, “es imposible tenerlo todo”. Bill el “Aguacero” llevaba un bigote pasado de moda en el cual el blanco dominaba sobre el rubio, tenía una gran nariz aguileña y era calvo.

— Es para mí un placer inesperado . . .  — dijo Mark con cierta ceremonia. Siempre le tenía un poco de miedo a Hingest.

— ¿Eh? — gruñó Hingest —. ¡Oh! ¿Es usted, Studdock? No sabía que hubiese aceptado sus servicios aquí.

— Lamenté no verle ayer en la reunión del Colegio — dijo Mark.

Era mentira. El Elemento Progresivo siempre consideraba la presencia de Hingest como una molestia. Como científico — y el único científico eminente que tenían — era su legítimo orgullo; pero al mismo tiempo tenía aquella detestable anomalía de ser un científico de mala índole. Glossop, que era un clásico, era su principal amigo en el Colegio. Tenía el aire (la “afectación” lo llamaba Curry) de no dar mucha importancia a sus revolucionarios descubrimientos en química y de vanagloriarse mucho más de ser un Hingest. La familia era de una antigüedad casi mítica, “jamás contaminada — como habían dicho sus historiadores del siglo XIX — por ningún traidor, funcionario ni baronet”. Había inferido al Colegio una grave ofensa en ocasión de la visita de Broglie a Edgestow. El sabio francés había pasado todo su tiempo libre en compañía de Bill el “Aguacero”, y cuando un entusiasta Miembro joven insinuó el maravilloso despliegue de ciencia que los dos savants debieron de compartir, Bill el “Aguacero” pareció buscar en su memoria un recuerdo y después contestó que no creía que hubiesen tratado de este tema. “Habrán comentado el Almanaque Gotha, supongo”, fue el comentario de Curry, si bien no en presencia de Hingest.

— ¿Qué? ¿Como dice usted? ¿Reunión del Colegio? — dijo el “Aguacero” —. ¿De qué está usted hablando?

— Acerca de la venta del Bosque de Bragdon.

— Es un absurdo . . .  —murmuró el “Aguacero”.

— Espero que hubiera usted estado de acuerdo con la resolución que tomamos.

— No tiene ninguna importancia la decisión que tomasen ustedes.

— ¿Eh? — exclamó Mark con cierta sorpresa.

— Todo esto es absurdo. El I.N.E.C. hubiera tenido el Bosque de todos modos. Tiene poderes para obligar a vender.

— ¡Qué cosa más extraordinaria! Me dieron a entender que si no ven­díamos se iría a Cambridge.

— No hay ni una palabra de verdad en todo esto. Y en cuanto a que sea una cosa extraordinaria, depende del significado que quiera usted dar a esta palabra. No hay nada de extraordinario en el hecho de que los Miembros de Bracton se pasen una tarde hablando de una decisión innecesaria. Y no tiene nada de extraordinario tampoco que el I.N.E.C. quiera hacer recaer sobre Bracton la responsabilidad de convertir el corazón de Inglaterra en un cruce entre un hotel americano y una magnífica iluminación de gas. Lo único realmente intrigante es “por qué” el I.N.E.C. quiere este trozo de tierra.

— Supongo que lo sabremos cuando las cosas vayan adelante.

— Usted quizá sí. Yo no.

— ¿Cómo? —preguntó Mark.

— Ya tengo bastante — dijo Hingest bajando la voz —. Me despido hoy. No sé lo que hacía usted en Bracton, pero si era de alguna utilidad le aconsejo que vuelva usted allí y no se mueva.

— ¿De veras? — dijo Mark —. ¿Por qué dice usted eso?

— No tiene importancia para un hombre viejo como yo — dijo Hingest —, pero le pueden hacer una mala jugada a usted. Desde luego, todo depende de lo que a uno le guste.

— En realidad — dijo Mark —, no he tomado todavía ninguna decisión definitiva —. Le habían enseñado a considerar a Hingest como un reaccionario empedernido —. No sé todavía cuál será mi cometido si me quedo aquí.

— ¿Cuál es su especialidad?

— Sociología.

— ¡Ah! — dijo Hingest —. En este caso, le puedo señalar en seguida el hombre de quien dependerá usted. Es uno llamado Steele. Está allí, cerca de la ventana. ¿Lo ve usted?

— Quizá podría usted presentarme.

— Entonces, ¿está usted decidido a quedarse?

— No sé. Creo que, por lo menos, tendría que conocerlo . . .

— Perfectamente — dijo Hingest —. No es asunto mío —. Y con voz fuerte llamó —: ¡Steele!

Steele se volvió. Era un hombre alto, con un rostro en el que no se concebía una sonrisa, con una expresión que, a pesar de ser caballuna, tenía unos labios gruesos y protuberantes.

— Le presento a Studdock — dijo Hingest —, el nuevo colaborador de su departamento —. Y dio media vuelta.

— ¡Oh! — exclamó Steele. Y después de una pausa añadió —: ¿Ha dicho mi departamento?

— Esto es lo que ha dicho — contestó Mark intentando sonreír —. Pero quizá no me haya entendido. Paso por sociólogo . . . , si esto puede darle alguna luz.

— Yo soy H.D. en sociología, es verdad — dijo Steele —. Pero esta es la primera vez que oigo hablar de usted. ¿Quién le ha dicho que viniese aquí?

— Pues . . . , en realidad — dijo Mark —, todo esto es todavía muy vago. Acabo de tener una conversación con el director delegado, pero no hemos entrado en detalles.

— ¿Cómo ha conseguido verlo?

— Lord Feverstone me ha presentado.

Steele lanzó un ligero silbido.

— Oiga, Cosser — dijo llamando a un hombre pecoso que pasaba por allí —, escuche esto. Feverstone acaba de soltarnos a este amigo en nuestro departamento. Lo presenta directamente al D.D. sin decirme una sola palabra de ello. ¿Qué le parece a usted?

— ¡Válgame Dios! — exclamó Cosser, sin hacer caso apenas de Mark, pero mirando fijamente a Steele.

— Lo siento — dijo Mark un poco más secamente y con voz más fuerte de la que hasta entonces había empleado —. No se preocupen ustedes. Por lo visto, me han colocado en una falsa posición. Debe de haber habido alguna confusión. En realidad, no hago de momento sino echar un vistazo. No tengo, ni mucho menos, la certeza de quedarme.

Ninguno de los dos hombres pareció enterarse de esta afirmación.

— Es muy digno de Feverstone — dijo Cosser a Steele.

Steele se volvió hacia Mark.

— No le aconsejaría que hiciese usted mucho caso de lo que Feverstone dice aquí — observó —. No es asunto suyo.

— De lo único que me quejo — dijo Mark deseando poder evitar sonrojarse — es de haber sido colocado en una falsa posición. Sólo he venido como experimento. Es para mí completamente indiferente aceptar un puesto en el I.N.E.C. o no.

— ¿Ve usted? — dijo Steele a Cosser —. En realidad no hay sitio en nuestro ramo, especialmente para un hombre que no conoce el trabajo. A menos que lo pongan en el U.L.

— Es verdad — dijo Cosser.

— Me parece que es Mr. Studdock — dijo otra voz al lado de Mark, una voz débil, completamente desproporcionada en el corpulento personaje que vio cuando se volvió.

Mark lo reconoció en seguida. Su rostro moreno y suave y su cabello negro eran inconfundibles, así como su acento extranjero. Era el profesor Filostrato, el filólogo griego, al lado de quien Mark había estado sentado durante una cena, dos años antes. Era gordo hasta ese punto que resulta grotesco en escena, pero no en la vida real. Mark estuvo encantado de que un personaje como aquel hubiese podido recordarlo.

— Celebro mucho que haya usted venido a reunirse con nosotros — dijo Filostrato, cogiendo a Mark por el brazo y apartándolo suavemente de Steele y Cosser.

— A decir verdad — dijo Mark —, no estoy todavía seguro de ello. Me ha traído aquí Feverstone, pero ha desaparecido, y Steele (creo que debía ingresar en su departamento) al parecer no sabe nada de mí.

— ¡Bah! ¡Steele! — dijo el profesor —. Todo esto es una bagatela. Le queda grande el uniforme. El día menos pensado lo pondrán en su sitio. Quizá sea usted quien lo haga. He leído toda su obra. No le haga usted caso.

— Protesto enérgicamente de haber sido colocado en una falsa posición . . .  — comenzó Mark.

— Escúcheme, amigo mío — le interrumpió Filostrato —. Debe usted quitarse esas ideas de la cabeza. Lo primero que hay que considerar es que el I.N.E.C. es algo serio. Nada menos que la existencia de la raza humana depende de nuestro trabajo, de nuestro verdadero trabajo, ¿comprende? Tendrá usted muchos roces, sufrirá muchas impertinencias entre esta canaglia, esta gentuza. No vale la pena fijarse en ellos. Es lo mismo que molestarse cuando dos colegas se pelean.

— Con tal de que me den un trabajo que valga la pena — dijo Mark —, no permitiré que nada de eso intervenga en mi trabajo.

— Sí, sí, conforme. El trabajo es más importante todavía de lo que usted puede suponer. Ya lo verá usted. Los Steele y los Feverstone no tienen importancia. Mientras goce usted del favor del director delegado puede usted reírse de ellos. No tiene usted que escuchar a nadie más que a él, ¿comprende? ¡Ah!, y hay otro también. No tenga usted al “Hada” por enemiga. En cuanto a los demás, ríase usted de ellos.

— ¿El Hada?

— Sí. La llaman el Hada. ¡Oh, Dios mío, qué terrible inglesaccia! Es el jefe de nuestra policía, la Policía Institucional. Ecco, allá viene. Lo presentaré a usted. Miss Hardcastle, permítame que le presente a míster Studdock.

Mark se encontró de repente con su mano estrujada por una mujer vestida con un uniforme negro de falda corta. A pesar de que su busto hubiera hecho honor a una “barmaid” victoriana, era más bien robusta que gorda, y su cabello gris era rizado y corto. Tenía un rostro cuadrado, severo y pálido y una voz profunda. Un toque de rojo en los labios, dado sin tener en cuenta lo más mínimo la forma de su boca, era la única concesión a la coquetería, y daba vueltas, mascándolo, a un trozo de cigarro apagado. Cuando hablaba tenía la costumbre de quitárselo de la boca y contemplar atentamente, en la punta, aquella mezcla de lápiz de labios y saliva, y después se lo volvía a poner en la boca con más firmeza que antes. Se sentó rápidamente en una silla, cerca de donde estaba Mark, cruzó las piernas y le dirigió una mirada de fría intimidad.

III

Clic, clac . . .  En el silencio, Jane, que seguía esperando, oyó claramente el paso de una persona al otro lado del muro. La puerta se abrió y Jane se encontró frente a una mujer alta, aproximadamente de su misma edad. La mujer le lanzó una mirada fría y penetrante.

— ¿Vive aquí miss Ironwood? — preguntó Jane.

— Sí — repuso la mujer sin abrir más la puerta ni dejarle paso.

— Quisiera verla, por favor —dijo Jane.

— ¿Está usted citada? — preguntó la mujer alta.

— Pues . . . , no, exactamente — repuso Jane —. Me ha mandado aquí el doctor Dimble, que conoce a miss Ironwood. Me ha dicho que no necesitaba pedirle hora.

— ¡Oh!, si viene usted en nombre del doctor Dimble ya es otra cosa — dijo la mujer —. Entre. Espere un momento a que cierre esto. Ya está. No hay sitio para dos en este sendero, de manera que tendrá que excusarme usted si paso delante.

La mujer la llevó por un sendero embaldosado que seguía un muro junto al cual crecían árboles frutales, y después doblaron hacia la izquierda por otro caminito cubierto de musgo con grandes agracejos a ambos lados. Luego llegaron a una extensión de césped, en el centro del cual había un columpio y más allá un invernáculo. Allí se encontraron en una especie de caserío, como ocurre muchas veces en los aledaños de los grandes jardines; avanzaron por un ancho camino que tenía un henil y un establo a cada lado y, más allá, otro invernáculo, una caseta para las macetas y una pocilga, habitada, según delataban el olor y los desagradables gruñidos. Después siguieron diversos senderos estrechos por entre un huerto de verduras que trepaba por la ladera de una colina, lleno de arbustos de rosas, desnudos y llenos de púas en su invernal indumentaria. Al llegar a determinado lugar siguieron un sendero formado de sencillas planchas. Esto le recordó algo a Jane. Era como . . .  como . . .  Sí, era como el jardín de Peter Rabbit. ¿O era como el del Romance de la rosa? No, no era nada parecido, realmente. ¿O como el jardín de Klingsor? ¿O el de Alice? ¿O como el jardín de la cumbre de algún escarpado pico de Mesopotamia que ha dado origen a toda la leyenda del Paraíso? ¿O sencillamente como todos los jardines amurallados? Freud dice que nos gustan los jardines porque son símbolos del cuerpo femenino. Pero esto puede ser el punto de vista del hombre. Probablemente los jardines tienen otro significado en los sueños de las mujeres. Pero, ¿lo tenían? ¿Se interesaban tanto los hombres como las mujeres por el cuerpo femenino e incluso, aunque parezca ridículo, casi de la misma forma? Una frase acudió a su memoria: “La belleza femenina es la raíz del placer en la mujer tanto como en el hombre, y no por simple accidente la diosa del Amor es más antigua y más fuerte que el dios”. ¿Dónde diablos había leído esto? Pero, incidentalmente, ¡cuántas espantosas tonterías había estado pensando desde hacía un rato! Alejó todas aquellas ideas sobre los jardines y decidió serenarse. Una curiosa sensación de hallarse en terreno hostil, o por lo menos ajeno, la hizo recurrir a todas sus fuerzas. En aquel momento salían de una plantación de rododendros y laureles y se detenían ante una puertecilla que se abría en el largo muro de una casa, al lado de la cual había un barril lleno de agua. En aquel momento se cerró de golpe una ventana del primer piso.

Un momento después, Jane se encontraba en una gran habitación escasamente amueblada en la que había una estufa. El suelo estaba casi desnudo, y las paredes, por encima del arrimadero que llegaba a la altura del pecho, eran de un yeso gris blanquecino que tenía un aspecto severo y conventual. El paso de la mujer alta se perdió en los corredores, y la habitación quedó silenciosa. De vez en cuando se oía el graznar de algunas cornejas. “Ya estoy metida en esto — pensó Jane —. Tendré que contarle a esta mujer mi sueño, y me hará toda clase de preguntas”. Siempre se había considerado, en general, como una persona moderna capaz de hablar sin embarazo de cualquier cosa; pero en aquel salón la cosa parecía diferente. En su conciencia comenzaban a penetrar toda clase de secretas reservas sobre su programa de franqueza; cosas que, ahora se daba cuenta, había puesto aparte para no ser nunca dichas. Era sorprendente que muy pocas de ellas estuviesen relacionadas con el sexo. “En casa de los dentistas — se dijo Jane — hay por lo menos revistas ilustradas en la sala de espera”. Se levantó y abrió el único libro que había encima de la mesa del centro de la habitación. Instantáneamente sus ojos se posaron sobre las siguientes palabras: “La belleza femenina es la raíz del placer en la mujer tanto como en el hombre, y no por simple accidente la diosa del Amor es más antigua y más fuerte que el dios. Desear que le deseen su propia belleza es la vanidad de Lilith, pero desear el goce de su propia belleza es la obediencia de Eva, y en ambos casos desea el amante que la amada saboree su propio deleite. Como la obediencia es el acceso al placer, así la humildad es el . . . ”

En aquel momento se abrió la puerta súbitamente. Jane enrojeció intensamente, cerró el libro y levantó la vista. La muchacha que la había acompañado hasta entonces permanecía de pie en el umbral. Jane concebía ahora por ella aquella admiración casi apasionada que las mujeres, más a menudo de lo que se supone, sienten por otras mujeres cuya belleza no es de su mismo tipo. Debía de ser agradable, pensó Jane, ser de aquella manera, tan firme, tan enérgica, tan valiente, tan divinamente alta y tan tallada para montar o aparecer sobre un caballo.

— ¿Está . . .  está en casa miss Ironwood? — preguntó Jane.

— ¿Es usted Mrs. Studdock? — dijo la muchacha.

— Sí — dijo Jane.

— En seguida la acompañaré. La estábamos esperando. Me llamo Camilla, Camilla Denniston.

Jane la siguió. Por la sencillez y la angostura de los corredores Jane dedujo que debían de estar todavía en la parte trasera de la casa, y, en tal caso, ésta debía de ser de considerables dimensiones. Caminaron bastante antes de que Camilla llamase a una puerta y se apartase para dar paso a Jane, después de decir con voz limpia y clara (“como una sirvienta”, pensó Jane):

— Ha venido.

Y Jane entró. Allí estaba miss Ironwood enteramente vestida de negro, sentada, con las manos enlazadas sobre las rodillas, tal como Jane la había visto en sueños — si es que soñaba — la noche anterior en su casa.

— Siéntese, señora — dijo miss Ironwood.

Las manos que tenía cruzadas sobre las rodillas eran muy grandes y huesudas, a pesar de lo cual no daban una sensación de vulgaridad. Incluso sentada, miss Ironwood parecía excesivamente alta. Todo en ella era grande: la nariz, los labios austeros, los ojos grises. Estaba quizá más cerca de los sesenta años que de los cincuenta. En la habitación había una atmósfera que Jane juzgó repelente.

— ¿Cómo se llama usted, señora? — preguntó miss Ironwood tomando un carnet y un lápiz.

— Jane Studdock.

— ¿Es usted casada?

— Sí.

— ¿Sabe su marido que ha venido a verme?

— No.

— ¿Su edad, por favor?

— Veintitrés años.

— Y ahora — dijo miss Ironwood —, ¿qué tiene usted que decirme?

Jane lanzó un profundo suspiro.

—He tenido unos sueños horribles y más tarde me he sentido muy deprimida — dijo.

— ¿Qué sueños fueron? — preguntó miss Ironwood.

La narración de Jane — bastante mal hecha — necesitó algún tiempo. Mientras iba hablando no apartaba la vista de las manos de miss Ironwood, de su falda negra, de su lápiz y de su carnet de notas. Esto fue lo que la hizo detenerse súbitamente. Porque mientras seguía su narración vio que la mano de miss Ironwood había dejado de escribir y sus dedos se crispaban alrededor del lápiz. A Jane le parecieron unos dedos inmensamente fuertes. Se crispaban cada vez más, hasta que los nudillos se pusieron blancos y las venas sobresalieron en el dorso de la mano; finalmente, como bajo la influencia de una violenta emoción, rompieron el lápiz en dos pedazos. Fue entonces cuando Jane se detuvo, atónita, y levantó la vista hacia el rostro de mis Ironwood.

— Le ruego que continúe, señora — dijo miss Ironwood.

Jane prosiguió su historia. Cuando hubo terminado, miss Ironwood le hizo un par de preguntas, después de lo cual permaneció silenciosa tanto tiempo que Jane preguntó:

— ¿Ocurre algo que sea grave para mí?

— No ocurre nada grave para usted — repuso miss Ironwood.

— ¿Cree usted que se me pasará?

— No podría decírselo. Más bien diría que probablemente no.

— Entonces, ¿no puede hacerse nada? Eran unos sueños horribles, de una realidad espantosa, no como los sueños habituales.

— Lo comprendo perfectamente.

— ¿Hay alguna manera de curarme?

— La razón por la cual no puede usted curarse es porque no está enferma.

— Pero debo de tener algo que no está bien. No es natural tener sueños de esta naturaleza.

Hubo una pausa.

— Creo — dijo miss Ironwood — que será mejor que le diga toda la verdad.

— ¡Oh, sí, sí! — exclamó Jane con voz alterada. Las palabras de su interlocutora la habían asustado.

— Y empezaré diciéndole — contestó miss Ironwood — que es usted una persona mucho más importante de lo que imagina.

Jane no dijo nada, pero pensó: “Me está halagando. Se figura que estoy loca.”

— ¿Cuál era su nombre de soltera? — preguntó miss Ironwood.

— Tudor — dijo Jane. En cualquier otro momento hubiera dicho esto descuidadamente, porque tenía mucho empeño en no parecer vanidosa de su ascendencia.

— ¿De la rama del Warwickshire de la familia?

— Sí.

— ¿Ha leído usted alguna vez un pequeño libro (tiene sólo unas cuarenta páginas), escrito por uno de sus antepasados, sobre la batalla de Worcester?

— No. Mi padre tenía un ejemplar, el único ejemplar, creo que decía. Pero no lo leí jamás. Se perdió cuando la casa se vino abajo después de su muerte.

— Su padre se equivocaba al creer que era un ejemplar único. Hay dos más. Uno está en América y el otro en esta casa.

— ¿Y bien?

— Su antepasado hace un relato minucioso y exacto de la batalla, la cual, dice, terminó el mismo día en que había empezado. Pero no tomó parte en ella. A la sazón estaba en York. — Jane, que no había puesto mucha atención, miró a miss Ironwood —. Si decía la verdad, y nosotros creemos que la decía, lo soñó. ¿Comprende usted?

— ¿Soñó la batalla?

— Sí. Pero la soñó con exactitud. Vio la verdadera batalla en sueños.

— No veo la relación . . .

— La visión (la facultad de soñar cosas reales) es hereditaria — dijo miss Ironwood.

A Jane le parecía que algo le impedía respirar. Tenía la sensación de recibir una injuria, la cosa que más detestaba; algo que procedía del pasado, algo irracional y no solicitado, que salía de su antro y se ponía en su camino.

— ¿Podría probarse? — preguntó —. Quiero decir que sólo contamos con su palabra . . .

— Tenemos sus sueños — dijo miss Ironwood. Su voz, siempre grave, se hizo dura.

Una idea fantástica cruzó por la mente de Jane. ¿Podía aquella mujer tener la opinión de que no debía llamarse embustero ni aun a un remoto antepasado?

— ¿Mis sueños? — preguntó un poco secamente.

— Sí — repuso miss Ironwood.

— ¿Qué quiere usted decir?

— Mi opinión es que en sus sueños ha visto cosas reales. Ha visto usted a Alcasan tal como estaba sentado en su celda de condenado; y ha presenciado usted una visita que realmente ha recibido.

— Pero . . . , pero . . .  ¡Oh, todo esto es ridículo! — exclamó Jane —. Esta parte fue una mera coincidencia. Todo lo demás fue una pesadilla. Es imposible. Le he dicho que le destornillaba la cabeza. Y después . . .  desenterraban a aquel hombre horrible. Lo volvían a la vida . . .

— Hay algunas confusiones en todo esto, no hay duda. Pero, en mi opinión, hay realidades, incluso tras estos episodios.

— Siento no creer en esta clase de cosas — dijo Jane fríamente.

— Su educación justifica que sea así — contestó miss Ironwood—. A menos, desde luego, que hubiese usted descubierto por sí misma que tiene una tendencia a soñar cosas reales.

Jane pensó en el libro que había sobre la mesa y cuya frase había recordado antes de haberlo visto. Lo mismo había ocurrido con miss Ironwood antes de conocerla. Pero todo debía ser un absurdo.

— Entonces, ¿no puede usted hacer nada por mí?

— Le diré a usted la verdad — dijo miss Ironwood—: he tratado de hacerlo.

— ¿No puede usted hacer cesar esto . . . , curarlo?

— La visión no es una enfermedad.

— Pero no quiero tenerla — dijo Jane apasionadamente —. Tengo que acabar con esto. Detesto estas cosas . . .  — Miss Ironwood guardó silencio —. ¿No conoce usted siquiera a alguien que pudiese acabar con ello? ¿No podría recomendarme a alguien? — preguntó Jane.

— Si va usted a ver un psicólogo ordinario — repuso miss Ironwood —, partirá de la suposición de que sus sueños reflejan simplemente su subconsciente. Intentará someterla a un tratamiento. No sé cuáles pueden ser los resultados de un tratamiento basado en esta suposición. Temo que pueden ser bastante graves. Y . . . , con toda certeza, no harán desaparecer los sueños.

— ¿Pero qué significa todo esto? — dijo Jane —. Quiero llevar una vida corriente. Quiero hacer mi trabajo. ¡Esto es intolerable! ¿Por qué me han elegido a mí precisamente para esta cosa espantosa?

— La contestación a esa pregunta sólo es conocida por personas situadas a mucha más altura que yo.

Hubo un corto silencio. Jane hizo un vago movimiento y dijo con tristeza:

— En fin, si no puede usted hacer nada por mí será mejor que me vaya . . .  — Y súbitamente añadió —: Pero, ¿cómo puede usted saber estas cosas? Quiero decir, ¿de qué realidades está usted hablando?

— Creo — dijo miss Ironwood — que personalmente tiene usted más motivos para creer en la certeza de sus sueños de los que me ha dicho hasta ahora. Si no, pronto los tendrá. Entre tanto, contestaré a su pregunta. Sabemos que sus sueños son en parte verdaderos, porque concuerdan con las informaciones que poseemos ya. El doctor Dimble la mandó a nosotros porque vio la importancia de sus sueños.

— ¿Quiere usted decir que me mandó aquí, no a que me curasen, sino a darles estas informaciones? — preguntó Jane. La idea concordaba con ciertas cosas que había observado en la actitud del doctor cuando le habló de su sueño por primera vez.

— Exactamente . . .

— Me gustaría haberlo sabido un poco antes — dijo Jane fríamente, levantándose para marcharse —. Temo que haya habido una mala interpretación. Imaginé que el doctor Dimble trataba de ayudarme.

— Y así es. Pero trataba también de hacer algo más importante al mismo tiempo.

— Supongo que tengo que estarle agradecida por haber querido ocuparse de mí — dijo Jane fríamente —. ¿Y cómo, exactamente, debía ser ayudada . . .  por toda esta clase de cosas? — La tentativa de dar un tono helado a sus palabras se desvaneció al pronunciarlas, y en su rostro apareció un rubor de cólera contenida. Bajo muchos aspectos, era muy joven.

— Mi querida señora — dijo miss Ironwood—, no comprende usted enteramente la seriedad de todo esto. Las cosas que usted ha visto conciernen a algo comparado con lo cual la felicidad e incluso la vida suya y mía no tiene ninguna importancia. Tengo que rogarle que se enfrente con la situación. No puede usted liberarse de este don. Puede tratar de suprimirlo, pero fracasará usted, y pasará terrores espantosos. Por otra parte, puede usted ponerlo a nuestra disposición. Si lo hace así, pasará usted mucho menos miedo a la larga y ayudará a salvar a la raza humana de un gran desastre. O, en tercer lugar, puede usted hablar de esto con alguien más. Pero si lo hace, tengo que prevenirla que casi con certeza caerá usted en manos de otra gente que tienen tantos deseos como nosotros de hacer uso de su facultad y que tendrán el mismo interés por su vida y su felicidad como por la de una mosca. La gente que ha visto usted en sueños es gente real. No es nada improbable que sepan que ha estado usted, involuntariamente, espiándolos. Y, en este caso, no descansarán hasta que se hayan apoderado de usted. Le aconsejo, incluso en interés suyo, que se una usted a nosotros.

— Está usted hablando de nosotros. ¿Son ustedes una especie de sociedad?

— Sí. Puede usted llamarlo una sociedad.

Jane llevaba unos minutos de pie. Casi había creído ya lo que oía. Y entonces, súbitamente, toda su repugnancia, toda su vanidad herida, todo su resentimiento hacia la complicación sin significado en la que parecía estar cogida, todo su desagrado hacia lo misterioso e inusitado, se apoderaron nuevamente de ella. En aquel momento le parecía que lo único que importaba era salir de aquella habitación y alejarse de la grave y paciente voz de miss Ironwood. “Me he puesto peor todavía”, pensó Jane, considerándose aún como una paciente. En voz alta dijo:

— Tengo que marcharme ya. No sé de qué está usted hablando. No quiero tener nada que ver con todo esto.

IV

Mark averiguó por fin que esperaban que se quedase, por lo menos aquella noche, y cuando subió a su habitación para vestirse para la cena estaba un poco más alegre. Esto se debía en parte a un whisky con soda tomado en compañía del “Hada” Hardcastle un momento antes, y en parte a que al mirarse al espejo vio que podía quitarse ya del labio el trozo de tafetán. El dormitorio, con su gran fuego en la chimenea y el cuarto de baño privado junto a él, tenía también alguna relación con ello. ¡Era una suerte que Jane le hubiese aconsejado la compra de su nuevo traje de etiqueta! Tenía buen aspecto, extendido sobre la cama, y comprendía que el viejo estaba ya fuera de uso. Pero lo que más le tranquilizó fue su conversación con el Hada.

Sería un error decir que le gustaba. Por el contrario, sentía por ella esa repugnancia que un hombre joven siente en la proximidad de algo intensamente, incluso insolentemente, sexual y al propio tiempo totalmente repulsivo. En su expresión veía algo que le decía que se había dado cuenta de ello y lo encontraba divertido. Le contó una serie de historias subidas de tono. Muy a menudo, anteriormente, Mark se había estremecido ante los vulgares esfuerzos de alguna mujer emancipada por destacarse en esta clase de humorismo, pero siempre le consolaba su sensación de superioridad. Pero esta vez le parecía ser un simple recipiente; aquella mujer estaba poniendo a prueba el recato masculino para su propia diversión. Un poco más tarde habló de sus recuerdos policíacos. Mark se horrorizó al oírla expresar su creencia de que aproximadamente un treinta por ciento de las causas por asesinato terminan ahorcando a un inocente. También dio detalles, respecto al cadalso y a las ejecuciones, que a Mark no se le había ocurrido nunca.

Todo aquello era muy desagradable, pero quedaba compensado por el delicioso carácter esotérico de la conversación. Varias veces durante aquel día tuvo ocasión de considerarse como un intruso; aquella sensación desapareció enteramente cuando miss Hardcastle habló con él. Tuvo la impresión de meterse dentro. Miss Hardcastle, al parecer, llevó una vida muy agitada. Había sido sucesivamente sufragista, pacifista y fascista británica. Fue detenida por la policía y encarcelada. Por otra parte, había conocido a Primeros Ministros, dictadores y famosas estrellas de cine. Toda su historia era una historia secreta. Sabía del principio al fin lo que podía y lo que no podía hacer la policía, y había, en su opinión, muy pocas cosas que no pudiese hacer. “Especialmente ahora — dijo —. Aquí, en el Instituto, estamos apoyando la cruzada contra el funcionarismo rutinario.”

Mark dedujo que, a juicio del “Hada”, la parte policíaca del Instituto era en realidad la más importante. Existía para aliviar el proceso ordinario de lo que podríamos llamar casos de higiene — categoría que comprendía desde la vacunación hasta la acusación de vicios antinaturales —, desde los cuales, como hizo observar, había sólo un paso para producir casos de chantaje. En cuanto al crimen en general, había ya popularizado en la Prensa la idea de que el Instituto debería ser autorizado a experimentar ampliamente, con la esperanza de descubrir hasta qué punto el tratamiento curativo humano podía substituir a la vieja noción del castigo “retributivo” o “vindicativo”. Este era el punto en el cual una gran cantidad de “funcionaristas rutinarios” se cruzaban en su camino. “Pero hay sólo dos periódicos que no controlamos — dijo el “Hada” —. Y los destrozaremos. Tenemos que conseguir dominar el hombre ordinario que pronuncia la palabra “sadismo” en cuanto oye hablar de “castigo”. Y en esto tendríamos que tener carta blanca.” Mark no lo entendió muy bien, pero el “Hada” le hizo ver que lo que hasta entonces había atado las manos de la policía era precisamente la idea del castigo merecido. Porque el merecimiento es siempre una cosa limitada; se le podía hacer al criminal tal o cual cosa, pero no más. El tratamiento curativo, por otra parte, no necesitaba tener limite fijo; podía seguir adelante hasta conseguir la curación, y los que lo aplicaban deberían decidir cuándo ésta se había realizado. Y si la curación era humana y deseable, ¿cuánto más no lo era la prevención? Pronto, cualquiera que hubiese estado alguna vez en manos de la policía acudiría a ponerse bajo el control del I.N.E.C.; y, al final, la totalidad de los ciudadanos. “Y aquí es donde entramos usted y yo, amigo mío — dijo el “Hada” apoyando su índice contra el pecho de Mark —. A la larga, no hay distinción entre el trabajo policíaco y la sociología. Usted y yo tenemos que trabajar dándonos las manos.”

Esto había traído de nuevo a la mente de Mark la duda de si realmente iban a darle trabajo, y, en este caso, cuál sería. El “Hada” le había dicho que Steele era un hombre peligroso. “Hay dos personas con quienes tiene usted que andar con cautela — dijo —. Uno es Frost, y el otro el viejo Wither.” Pero se había reído de sus temores en general. “Ya está usted dentro, amigo mío — dijo —, pero no sea usted demasiado quisquilloso sobre lo que tiene exactamente que hacer. Ya lo sabrá usted a su tiempo. A Wither no le gusta la gente que trata de sonsacarlo. Es inútil que diga usted que ha venido aquí para hacer esto y que no quiere usted hacer aquello. El juego es demasiado rápido para estas cosas. Tiene usted que hacerse útil. Y no se crea usted todo lo que le digan.”

A la hora de cenar, Mark se encontró sentado al lado de Hingest.

— ¿Y bien? — dijo éste —. ¿Lo han atrapado a usted finalmente?

— Me inclino a creerlo — repuso Mark.

— Porque — dijo Hingest — si cambia usted de parecer, yo me voy esta noche en automóvil y podría llevarlo.

— No me ha dicho usted todavía por qué nos abandona — dijo Mark.

— ¡Oh! Bien, depende de lo que a cada uno le guste. Si disfruta usted en compañía de ese eunuco italiano, del párroco loco y de esa Hardcastle (su abuela le hubiera tirado de las orejas si hubiera vivido), desde luego no hay nada que decir.

— Creo que es difícil juzgarlo desde un punto de vista puramente social. Quiero decir que esto es algo más que un club.

— ¿Eh? ¿Juzgarlo? Jamás he juzgado nada en mi vida, que yo sepa, aparte de una exposición de floricultura. Todo es cuestión de gustos. Vine aquí porque creí que tenía algo que ver con la ciencia. Ahora veo que es algo parecido más bien a una conspiración política y me voy. Soy demasiado viejo para estas cosas, y si quisiese adherirme a una conspiración no sería ésta la que elegiría.

— ¿Quiere usted decir que el elemento del plan social no es de su agrado? Comprendo perfectamente que no se amolde a su trabajo lo mismo que se amolda a las ciencias como la sociología, pero . . .

— No hay ciencias como la sociología. Y si encontrase que la química comenzaba a adaptarse a una policía secreta dirigida por un marimacho de mediana edad que no usa corsé, y con un plan dedicado a quitarles la granja, la tienda y los hijos a todos los ingleses, mandaría la química al diablo y volvería a dedicarme a la floricultura.

— Creo entender perfectamente ese sentimiento que se adhiere al hombre común, pero cuando se llega a estudiar la realidad como he tenido que estudiarla yo . . .

— Quisiera hacer pedazos todo esto y poner otra cosa en su lugar. Desde luego. Esto es lo que ocurre cuando se estudia al hombre; encuentra uno la madre del cordero. Pero yo creo que no puede usted estudiar al hombre. Sólo puede usted llegar a conocerlo, lo cual es una cosa completamente distinta. Porque lo estudia usted, quiere usted que las clases inferiores gobiernen el país y oigan música clásica, lo cual es un contrasentido. Quiere usted también privarlos de todo lo que hace la vida digna de ser vivida, y no sólo a ellos, sino a todo el mundo, excepto a una pequeña parte de profesores y pedantes.

— ¡Bill! — exclamó el “Hada” Hardcastle súbitamente, en una voz tan alta que ni aun él pudo dejar de oírla. Hingest la miró y su rostro adquirió un color rojo oscuro.

— ¿Es verdad — vociferó el “Hada” — que se va usted en automóvil inmediatamente después de cenar?

— Sí, miss Hardcastle, es verdad.

— Si pudiera usted llevarme . . .

— Estaré encantado si vamos en la misma dirección — repuso Hingest en un tono que no daba lugar a dudas.

— ¿Dónde va usted?

— A Edgestow.

— ¿Pasa usted por Brenstock?

— No. Dejo la carretera en el cruce de caminos, un poco más allá de la puerta principal de lord Holywood, y sigo lo que suele llamarse Potter's Lane.

— ¡Qué lástima! Tendré que esperar hasta mañana por la mañana.

Después de esta conversación, Mark comenzó a charlar con su vecino de la izquierda, y no volvió a ver a Bill el “Aguacero” hasta después de cenar. Llevaba el gabán puesto, a punto de subir en el coche.

Comenzó a hablar en el momento de abrir la puerta, y Mark se vio obligado a acompañarlo por el paseo enarenado hasta donde se hallaba su automóvil.

— Siga mi consejo, Studdock — dijo —, o por lo menos piense usted en él. Personalmente, no creo en la sociología, pero tiene usted por delante una brillante carrera si se queda en Bracton. No le hará a usted ningún bien entrar en el I.N.E.C., y, ¡válgame Dios!, no hará usted tampoco ningún bien a nadie.

— Todas las cosas tienen dos puntos de vista — dijo Mark.

— ¿Cómo? ¿Dos puntos de vista? ¡Hay docenas de puntos de vista sobre todas las cosas, hasta que se conoce la verdadera respuesta! No obstante, en este caso no hay más que uno. Pero no es asunto mío. Buenas noches.

— Buenas noches, Hingest — dijo Mark. Bill subió al coche y partió.

El aire era frío. El hombro de Orion, a pesar de que Mark no conociese esta fácil constelación, brillaba por encima de las copas de los árboles. Sintió cierta vacilación al ir a entrar en la casa. Podía verse obligado a hablar de nuevo con gente interesante e influyente, pero podía también sentirse otra vez como un intruso, vagando de un lado para otro y escuchando conversaciones en las que no podía mezclarse. En todo caso, estaba cansado. Avanzando por la fachada de la casa, llegó a una puertecilla por la cual, según creyó, podía entrar sin tener que atravesar el hall ni los salones públicos. Así lo hizo, y subió inmediatamente a acostarse.

V

Camilla Denniston acompañó a Jane fuera de la casa, no por la puertecilla por donde había entrado, sino por la verja principal que daba a la carretera, un centenar de yardas más allá. La luz amarilla de un claro en el cielo gris del oeste lanzaba un efímero resplandor sobre el paisaje. Jane se hubiera avergonzado de demostrar mal humor o ansiedad delante de Camilla; como resultado, uno y otra habían disminuido cuando se despidió de ella. Pero una firme repulsión por lo que ella llamaba “todas aquellas tonterías” prevalecía. No estaba muy segura de que fuesen tonterías, pero sí se hallaba decidida a tratarlas como tales. No quería verse “mezclada en aquello”; no permitiría que la arrastrasen. Tenía que vivir su propia vida. Evitar embrollos e interferencias había sido siempre uno de sus primeros principios. Incluso cuando comprendió que estaba dispuesta a casarse con Mark si éste se lo proponía, la idea: “Pero debo vivir mi propia vida”, había acudido en el acto a su mente, y jamás, excepto muy pocos minutos seguidos, estuvo ausente de su cerebro. Subsistía en ella cierto resentimiento contra el amor en sí, y, por consiguiente, contra Mark, por haber invadido su vida de aquella forma. Se daba cuenta de todas las cosas que una mujer abandona al casarse. Mark, por el contrario, no parecía suficientemente enterado. A pesar de que no se lo hubiese dicho claramente, este temor de verse coaccionada y sujeta era el principal motivo de su determinación de no tener hijos . . . , o, por lo menos, durante bastante tiempo todavía. Había que vivir la propia vida.

Casi en el momento en que llegaba a su casa sonó el teléfono.

— ¿Es usted, Jane? — dijo una voz —. Soy yo, Margaret Dimble. Ha ocurrido algo espantoso. Se lo contaré cuando vaya. Estoy demasiado agitada para poder explicárselo ahora. ¿Tiene usted por casualidad una cama libre? ¿Cómo? ¿Que Mr. Studdock está fuera? En absoluto, si no le importa . . .  He mandado a Cecil a dormir al Colegio. ¿Cree que no seré una molestia para usted? Estaré aquí dentro de media hora.


Cuatro
Liquidación de anacronismos

I

Apenas había terminado Jane de poner sábanas limpias en la cama de Mark cuando llegó Mrs. Dimble cargada de paquetes.

— Es usted un ángel dándome hospitalidad esta noche — dijo —. Creo que he estado en todos los hoteles de Edgestow. Este país se está poniendo insoportable. Por todas partes la misma respuesta. Todo ocupado por esos malditos socios del I.N.E.C. Secretarias aquí, mecanógrafas allá, comisiones . . .  Es insultante. Si Cecil no hubiese tenido una habitación en el Colegio creo que se hubiera visto obligado a dormir en la sala de espera de la estación. Espero solamente que el criado del Colegio haya aireado la cama . . .

— Pero, ¿qué ha ocurrido? — preguntó Jane.

— Nos han echado, querida.

— ¡Pero eso no es posible, Mrs. Dimble! Es decir, no puede ser legal . . .

— Es lo que dice Cecil. Imagínese, Jane. Lo primero que vimos esta mañana en cuanto nos asomamos a la ventana fue un camión en el camino, con las ruedas traseras sobre el parterre de rosas, descargando un pequeño ejército de una especie de criminales con picos y azadones. ¡En nuestro mismo jardín! Había un tipo espantoso, pequeño, con una gorra a cuadros, que hablaba con Cecil sin quitarse el cigarrillo de la boca, es decir, no de la boca, sino del labio superior, donde estaba pegado con cola. ¿A que no adivina usted lo que dijo? Pues dijo que no tenía inconveniente en que nos quedásemos en nuestra posesión (de la casa, fíjese bien, no del jardín) hasta mañana a las ocho. ¡Inconveniente!

— Seguramente debe de haber alguna confusión.

— Desde luego, Cecil ha llamado al Tesorero. Y, desde luego, el Tesorero estaba fuera. Esto nos ha llevado casi toda la mañana, llamando a todas partes, y, entre tanto, el haya que tanto le gustaba a usted había sido cortada de raíz, lo mismo que todos los ciruelos. Si no hubiese estado tan enfadada me hubiera puesto a llorar. Finalmente, Cecil consiguió localizar a Mr. Busby, lo que, naturalmente, no sirvió de nada. Dijo que debía de haber algún error, pero que no estaba en sus manos hacer nada y que sería mejor que acudiésemos al I.N.E.C. en Belbury.

Desde luego, resultó absolutamente imposible ponerse en contacto con ellos. Pero a la hora del almuerzo vimos que no había posibilidades de quedarse allí hasta mañana, pasara lo que pasase.

— ¿Por qué no?

— Querida, no tiene usted idea de lo que era aquello. Enormes camiones y tractores pasando continuamente con un estruendo espantoso, y una grúa sobre una especie de vagón de ferrocarril. ¡Si ni nuestro mismo proveedor pudo llegar hasta nosotros! La leche no llegó hasta las once. La carne la esperamos todavía; han llamado esta tarde para decir que el repartidor no había conseguido llegar hasta nosotros. Hemos tenido las mayores dificultades incluso para poder llegar a la ciudad. Hemos tardado media hora desde casa hasta el puente. Era una pesadilla. Explosiones y ruidos por todas partes; la carretera prácticamente destrozada, y una especie de campamento de hojalata formándose en el terreno comunal. ¡Y qué gente! ¡Qué hombres más horribles! ¡Jamás hubiera creído que tuviésemos trabajadores como aquellos en Inglaterra! ¡Horrible! ¡Horrible! — Mrs. Dimble se abanicó con el sombrero que acababa de quitarse.

— ¿Y qué van ustedes a hacer? — preguntó Jane.

— ¡Sólo Dios lo sabe! — repuso Mrs. Dimble —. De momento, hemos cerrado la casa, y Cecil ha ido a ver a Rumbold, el abogado, para tratar de conseguir que la sellen hasta que podamos sacar las cosas de allí. Rumbold no parece estar muy enterado. Se contenta con decir que, legalmente, el I.N.E.C. se encuentra en una situación muy curiosa. Después de esto, no sé qué vamos a hacer. Por lo que veo, no hay ninguna casa en todo Edgestow. Ni hablar de ir a vivir por más tiempo en la parte baja del río, aunque nos dejasen. ¿Cómo dice usted? ¡Oh, indescriptible! Todos los álamos talados, todas aquellas casitas tan lindas que se hallan cerca de la iglesia, derribadas. He encontrado a la pobre Ivy — es su Mrs. Maggs, ya sabe — anegada en lágrimas. ¡Pobre mujer! Es penoso ver llorar a una mujer después de haberse empolvado. La van a echar también. ¡Pobre mujer! Bastantes disgustos ha pasado en su vida. Me alegré de marcharme. Aquellos hombres eran horribles. Tres grandes brutos llamaron a la puerta trasera pidiendo agua caliente y se metieron en la casa. La pobre Martha sintió un miedo horrible, y tuvo que salir Cecil a hablar con ellos. Creía que iban a pegarle, se lo aseguro. Fue de lo más desagradable. Pero una especie de agente de policía los echó de allí. ¿Cómo? ¡Oh!, sí, hay docenas de esa clase de policías por allí, y tampoco me gusta el aspecto que tienen. Hacen voltear continuamente una especie de cachiporra como vemos en las películas americanas. ¿Sabe usted, Jane?, Cecil y yo hemos pensado lo mismo; es casi como si hubiésemos perdido la guerra. ¡Oh, querida! ¡Té! Es exactamente lo que deseaba . . .

— Puede usted quedarse aquí todo el tiempo que quiera, Mrs. Dimble. Mark podrá dormir en el Colegio — dijo Jane.

— Pues sí, realmente — continuó la vieja Dimble —, en este momento creo que no debería permitirse a los Miembros de Bracton dormir en otra parte. Pero haría una excepción en favor de Mr. Studdock. A decir verdad, no tendría que comportarme como la espada de Sigfrido . . .  Y, dicho sea de paso, vaya espada que sería . . .  Pero esta parte del asunto está arreglada. Cecil y yo nos iremos al Castillo de St. Anne. Tenemos ahora que estar allí muy a menudo . . .

— ¡Oh! — exclamó Jane, prolongando involuntariamente la exclamación, como si toda su historia acudiese de nuevo repentinamente a su mente.

— ¡Oh, qué repugnante egoísta soy! — dijo la vieja Dimble —. Estoy aquí charla que te charla con mis tribulaciones y he olvidado que tiene usted la mar de cosas que contarme. ¿Ha visto usted a Grave? ¿Le ha gustado a usted?

— ¿Se refiere usted a miss Ironwood? — preguntó Jane.

— Sí.

— La he visto — dijo Jane —. No sé si me gusta o no. Pero no quiero hablar de esto. No puedo pensar más que en lo escandaloso de lo que le ocurre. Usted es la verdadera mártir, no yo.

— No, querida — repuso Mrs. Dimble —. No soy una mártir. No soy más que una pobre vieja enfurecida, con los pies doloridos y la cabeza a punto de estallar, que trata de ponerse un poco de mejor humor. Después de todo, Cecil y yo no hemos perdido nuestra manera de vivir como la pobre Ivy Maggs. En realidad, no tiene importancia marcharse de aquella vieja casa. ¿Sabe usted? El placer de vivir en ella era, en cierto modo, un placer melancólico. (Me pregunto si, en realidad, a los seres humanos les gusta ser felices.) Un poco melancólico, sí. ¡Oh, aquellas habitaciones del primer piso, tan grandes, que nos gustaron porque creíamos que íbamos a tener la mar de chiquillos! Y ya ve, no hemos tenido ninguno . . .  Quizá empezara a gustarme demasiado ponerme romántica por las tardes, cuando Cecil no estaba en casa, y compadecerme de mí misma . . .  Estoy segura de que estaré mejor lejos de ella. Hubiera podido acabar como aquella horrible heroína de Ibsen que se pasaba la vida soñando en muñecas. Para Cecil es peor. Le gustaba poder reunir allí a todos sus discípulos. Jane, es la tercera vez que bosteza usted. Se está usted cayendo de sueño, y yo le he llenado la cabeza con mis cosas. Eso ocurre cuando una lleva treinta años de casada. Los maridos fueron hechos para escucharnos. Les ayuda a concentrar su mente en lo que están leyendo, como el sonido del agua, ¡Ya está usted otra vez bostezando!

Jane consideró que la vieja Dimble era realmente una persona con quien era molesto compartir un dormitorio, a causa de sus rezos. Era extraordinario, pensaba Jane, cómo esa costumbre la azoraba a una. No sabía dónde mirar y no podía hablar con naturalidad hasta varios minutos después que Mrs. Dimble hubiera terminado sus plegarias.

II

— ¿Está usted despierta? — preguntó en voz baja Mrs. Dimble en medio de la noche.

— Sí — contestó Jane —. Lo siento. ¿La. he despertado a usted? ¿He gritado acaso?

— Sí. Decía usted no sé qué de alguien a quien golpeaban en la cabeza.

— Los he visto matar a un hombre . . . , a un hombre con un gran coche que avanzaba por una carretera en medio del campo. Entonces llegó a un cruce, dobló a la derecha y pasó por delante de algunos árboles. En medio de la carretera había un hombre que lo detuvo, moviendo una luz. No he podido oír lo que han dicho; estaba demasiado lejos. Deben de haberlo persuadido a que bajara del coche. Luego empezó a hablar con uno de ellos. La luz daba de lleno sobre su rostro. No era el mismo anciano que he visto en mis otros sueños. No llevaba barba; sólo bigote. Y tenía una manera rápida, casi orgullosa, de comportarse. No le gustó lo que el hombre le dijo, y lo tumbó de un puñetazo. Otro hombre que estaba detrás de él trató de gol­pearle con algo en la cabeza, pero el anciano fue más rápido y se volvió a tiempo. Entonces fue horrible, pero bonito. Tres hombres cayeron sobre él, que se defendía contra todos. He leído cosas parecidas en los libros, pero no me había dado cuenta del efecto que hace verlo. Desde luego, al final consiguieron sujetarlo. Le golpearon la cabeza de una manera terrible con unos objetos que llevaban en las manos. Lo hacían fríamente, y al cabo de un rato se inclinaron para ver si realmente estaba muerto. La luz de la linterna tenía un aspecto curioso. Parecía lanzar unas rayas de luz (como varillas) por todo aquel sitio. Pero tal vez entonces me estuviese despertando. No, gracias . . .  Estoy perfectamente. Era horrible, desde luego, pero no estoy verdaderamente asustada . . .  Por lo menos, no tanto como lo había estado antes. Lo siento por el pobre viejo.

— ¿Cree usted que podrá volver a dormir?

— ¡Oh, sí! ¿Está mejor del dolor de cabeza, mistress Dimble?

— Ya se me ha pasado, gracias. Buenas noches.

III

“Sin género de duda — pensó Mark —, éste tiene que ser el párroco loco de que me hablaba Bill el “Aguacero”.”

El comité de Belbury no se reunía hasta las diez y media, y desde que terminó de desayunar estaba paseando con el reverendo Straik por el jardín, a pesar de la húmeda y cruda mañana. Desde el primer momento en que se había unido a él, sus ropas raídas, sus gastados zapatos, su deshilachado cuello clerical, su rostro alargado, sombrío, trágico y mal afeitado, y la amarga sinceridad de su gestos, producían una nota discordante. No era un tipo que Mark pensase encontrar en el I.N.E.C.

— No se imagine usted — decía Mr. Straik — que me haga ilusiones de realizar nuestro programa sin dificultades. Habrá resistencia. Se morderán la lengua y no se arrepentirán. No debemos desanimarnos. Afrontaremos estos desórdenes con una firmeza que llevará a los detractores a decir que los hemos deseado. Dejemos que lo digan. En cierto modo, es verdad. No forma parte de nuestra misión preservar este organismo del ordenado pecado que se llama Sociedad. El mensaje que debemos entregar a este organismo es un mensaje de absoluta desesperación.

— A eso es exactamente a lo que me refería — repuso Mark — cuando le dije que, a la larga, su punto de vista y el mío serian incompatibles. La preservación, que implica un planeamiento completo, de la sociedad es precisamente la meta que tenemos a la vista. No creo que haya ni pueda haber otro final. El problema es para usted completamente distinto, porque usted mira hacia algo más, hacia algo mejor que la sociedad humana, que pertenece a otro mundo.

— Con todo mi pensamiento y cada latido de mi corazón, con la última gota de mi sangre — dijo míster Straik —, repudio esta doctrina condenable. Este es precisamente el subterfugio mediante el cual el “Mundo”, la organización y cuerpo de la Muerte, ha alterado y manchado las enseñanzas de Jesús, y convertido en clericalismo y misticismo la sencilla demanda del Señor de lealtad y justicia en cada momento. El Reino de Dios debe ser realizado aquí, en este mundo. Y lo será. Al nombre de Jesús se doblarán todas las rodillas. Por este Nombre me aparto completamente de todas las religiones organizadas que han existido hasta ahora en este mundo.

Al nombre de Jesús, Mark, que hubiera sido capaz de dar una conferencia sobre el aborto y la mala conducta delante de un público de mujeres jóvenes sin un estremecimiento, se sintió tan embarazado que se dio cuenta de que sus mejillas se sonrojaban; y se sintió tan enojado consigo mismo y con Mr. Straik que se sonrojó más aún. Era exactamente la clase de conversación que no podía soportar; y jamás, desde las nunca olvidadas angustias de sus lecciones sobre las Escrituras, se había sentido tan a disgusto. Murmuró algo respecto a su ignorancia en Teología.

— ¡Teología! — exclamó Mr. Straik con profundo desprecio —. No es de Teología de lo que hablo, mi joven amigo, sino de Nuestro Señor Jesucristo. La Teología es una cortina de humo, palabras, palabras, un juego inventado para la gente rica. No fue en los sermones donde hallé a Nuestro Señor. Fue en las minas de carbón y al lado del ataúd de mi hija. Si se figuran que la Teología es una especie de algodón en rama que los conservará sanos y salvos cuando llegue el gran día, se darán cuenta de su error. Porque, fíjese bien en mis palabras, ocurrirá lo siguiente: Su Reino llegará; en este mundo, en este país. Los poderes de la ciencia son un instrumento. Un instrumento irresistible, como sabemos nosotros los del I.N.E.C. ¿Y por qué son un instrumento irresistible?

— Porque la ciencia está basada en la observación — sugirió Mark.

— Son un instrumento irresistible — gritó Straik — porque son un instrumento en Su mano. Un instrumento de juicio, como de curación. Esto es lo que no consigo que vea ninguna Iglesia. Están cegadas. Cegadas por sus repugnantes harapos de humanitarismo, su cultura y su liberalismo, lo mismo que por sus pecados, o lo que creen ser sus pecados, a pesar de que no haya la menor sombra de pecado en ello. Por eso he llegado a encontrarme solo; un hombre pobre, viejo e inútil, pero el único profeta que queda. Sabía que Él asumiría el poder. Y, por consiguiente, donde vemos el poder vemos el signo de Su venida. Por esto me he encontrado mezclado con licenciosos y materialistas y con todo el que está realmente dispuesto a facilitar Su venida. Los más débiles de ellos tienen el sentido trágico de la vida, la insensibilidad, la vocación, la disposición de sacrificar todos los valores meramente humanos, cosa que no encuentro en medio de la nauseabunda pendiente de las religiones organizadas.

— ¿Quiere usted decir — preguntó Mark — que, en cuanto hace referencia a la práctica inmediata, no hay límites a su cooperación con el programa?

— Aleje usted de eso toda idea de cooperación — repuso el otro —. ¿Es que el barro colabora con el alfarero? ¿Colaboró Ciro con el Señor? Esta gente se agotará. Yo me agotaré también. Instrumentos. Vehículos. Pero aquí viene el punto que le concierne, mi joven amigo. No tiene usted elección entre si será utilizado o no. Es inútil retroceder una vez se ha empuñado el arado. No hay quien salga del I.N.E.C. Quienes traten de escapar de él morirán en despoblado. Pero la cuestión es saber si será usted simplemente uno de los instrumentos que son arrojados a un lado una vez han hecho su turno — uno que, habiendo juzgado a los demás, aguarda su propio juicio —, o estará entre los que participan de la herencia. Porque todo esto es verdad, ya lo sabe usted. Son los santos quienes heredarán la tierra (aquí, en Inglaterra, quizá antes de doce meses), los santos y nadie más. ¿No sabe usted que juzgaremos a los ángeles? — Y súbitamente, bajando la voz, añadió —: La verdadera resurrección se efectúa ahora. La verdadera vida perdurable. Aquí, en este mundo. Ya lo verá usted.

— Oiga — dijo Mark —, son cerca de las once y veinte. ¿No deberíamos ir al comité?

Straik se volvió hacia él en silencio. En parte para evitar prolongar la conversación sobre este tema y en parte porque deseaba saber la contestación, Mark dijo:

— Me ha ocurrido una cosa muy molesta: he perdido la cartera. No es que tuviese mucho dinero en ella (sólo unas tres libras), pero había cartas y papeles. Es una contrariedad. ¿Cree usted que debería hablar de esto con alguien?

— Puede usted decírselo al camarero — repuso Straik.

IV

El comité llevaba ya dos horas funcionando bajo la presidencia del director delegado. Su forma de tratar los asuntos era lenta y complicada, y a Mark, con su experiencia de Bracton, le pareció que el verdadero trabajo del I.N.E.C. debía ser llevado de otra forma. Esto fue, desde luego, su creencia, pero era demasiado razonable para suponer que se encontraría a sí mismo tan pronto en el Círculo Interior, o lo que fuese de Belbury, que correspondiera al Elemento Progresivo de Bracton. Pero esperaba que no le harían perder demasiado tiempo en comités fantasma. Aquella mañana, el asunto de que se trataba era referente a los detalles del trabajo iniciado ya en Edgestow. Al parecer, el I.N.E.C. había obtenido una especie de victoria que le daba el derecho de derribar la pequeña capilla normanda de la esquina. “Las objeciones habituales estaban, naturalmente, en la tablilla” — dijo Wither. Mark, a quien no le interesaba la arquitectura y que no conocía la otra ribera del Wynd tan bien como su mujer, dejó que su imaginación divagase. Sólo al final de la reunión, Wither abordó un tema mucho más sensacional. Suponía que la mayoría de los presentes habían oído hablar (¿por qué empezarán siempre así los Presidentes?) de la lamentable noticia que, sin embargo, creía su deber comunicarles de una manera semioficial. Hacía referencia, desde luego, al asesinato de Mr. William Hingest. Por lo que Mark pudo deducir de la torturada y alusiva narración del presidente, Bill el “Aguacero” había sido hallado cerca de su coche con la cabeza destrozada por un instrumento contundente, en Potter's Lane, sobre las cuatro de la madrugada. Llevaba muerto algunas horas. Mr. Wither se atrevía a suponer que sería un triste consuelo para el comité saber que la policía del I.N.E.C. se había personado en el lugar del crimen antes de las cinco, y que ni las autoridades locales ni Scotland Yard ponían el menor inconveniente en colaborar plenamente. Creía que si las circunstancias fuesen más apropiadas habría propuesto manifestar la expresión de gratitud que todos ellos debían de experimentar hacia miss Hardcastle y posiblemente felicitarla por la acción conjunta realizada entre sus fuerzas y las del Estado. Este era uno de los aspectos más consoladores del triste acontecimiento y, sugirió, un gran vaticinio para el futuro. Al terminar se oyeron algunos discretos aplausos que dieron la vuelta a la mesa. Mr. Wither continuó hablando más extensamente sobre el finado. Todos ellos, dijo, lamentaron mucho la resolución de Mr. Hingest de retirarse del I.N.E.C., pese a la plena comprensión de sus motivos; pero todos sabían que aquella separación oficial no alteraría en lo más mínimo las cordiales relaciones entre el desaparecido y casi todos — creía incluso poder decir todos sin excepción — sus ex colegas del Instituto. La “necrología” (según la bonita frase de Raleigh) era un instrumento que el Director Delegado sabía pulsar a la perfección, de modo que habló largo y tendido. Terminó proponiendo un minuto de silencio en memoria de William Hingest.

Y así lo hicieron. Fue un minuto inacabable, durante el cual se oyeron toda clase de ruidos y crujidos, y tras la máscara de todos aquellos rostros hipócritas, de labios apretados, brillaban indiferentes e irreverentes pensamientos sobre esto y lo de más allá, que iban acudiendo como los pájaros y los ratones salen al claro de un bosque cuando los que han celebrado una merienda se han marchado; y cada uno de ellos, silenciosamente, se aseguraba a sí mismo que él, por lo menos, no tenía ningún pensamiento morboso ni pensaba en la muerte.

Después se rompió el silencio y el comité levantó la sesión.

V

La ocupación de levantarse y entregarse a los quehaceres matinales fue en general mucho más agradable, a juicio de Jane, debido a que Mrs. Dimble se hallaba con ella. Mark la ayudaba a menudo, pero como siempre opinaba — y Jane se daba cuenta de ello aunque no se lo dijese claramente — que “nada iría bien”, que Jane hacía una cantidad de cosas innecesarias y que los hombres son capaces de llevar la casa con muchas menos molestias y complicaciones que las mujeres, la ayuda de Mark era una de las más frecuentes causas de las disputas entre ellos. Mrs. Dimble, por el contrario, se adaptaba perfectamente a sus costumbres. Hacía una mañana luminosa y soleada, y cuando se sentaron en la cocina para desayunar, Jane se sentía animada y contenta. Durante la noche, su mente había desarrollado la reconfortante teoría de que el mero hecho de haber visto a miss Ironwood y “haberlo soltado todo” haría cesar totalmente sus sueños. El episodio habría terminado. Y ahora tenía, además, la ilusión de pensar en la posibilidad del nuevo empleo de Mark. Comenzó a forjarse imágenes en su mente.

Mrs. Dimble tenía deseos de saber qué le había ocurrido a Jane en St. Anne y cuándo debía volver allí. Jane contestó evasivamente a la primera pregunta, y Mrs. Dimble era demasiado educada para insistir. En cuanto a la segunda, Jane creía que no debía “molestar” más a miss Ironwood, ni quería “molestar” a nadie más respecto a sus sueños. Dijo que había sido muy “tonta”, pero que tenía la seguridad de que ahora todo había terminado. Y miró el reloj, preguntándose por qué Mrs. Maggs no habría ido ya.

— Mi querida amiga, temo que haya usted perdido a Ivy Maggs — dijo Mrs. Dimble —. ¿No le he dicho que también le habían quitado la casa? Creí que habría usted entendido que no podría venir más. No hay ningún sitio donde pueda vivir en Edgestow.

— ¡Qué fastidio! — exclamó Jane. Y añadió, esperando con interés la respuesta —: ¿Sabe usted lo que hace ahora?

— Se ha ido a St. Anne.

— ¿Tiene amigos allí?

— Ha ido al castillo, con Cecil y conmigo.

— ¿Quiere usted decir que tiene un empleo allí?

— Pues . . .  sí. Supongo que es un empleo.

Mrs. Dimble se marchó alrededor de las once. Ella también, al parecer, debía ir a St. Anne, pero tenía primero que ir a buscar a su marido para almorzar en el “Northumberland”. Jane fue con ella hasta la población para hacer algunas compras, y se separaron en el extremo de Market Street. Inmediatamente después, Jane encontró a Mr. Curry.

— ¿Ha oído usted la noticia, Mrs. Studdock? — preguntó Curry. Sus maneras estaban siempre llenas de importancia, y su tono vagamente confidencial, pero aquella mañana parecían serlo más que de costumbre.

— No. ¿Ha ocurrido algo? — preguntó Jane.

Mr. Curry le parecía un tonto ampuloso, y Mark otro tonto por dejarse impresionar por él. Pero en cuanto Curry comenzó a hablar, el rostro de Jane expresó toda la sorpresa y la consternación que él hubiese podido desear. Y esta vez no eran fingidos. Le explicó que Mr. Hingest había sido asesinado a primeras horas de la madrugada. El cuerpo fue hallado cerca de su coche, en Potter's Lane, con la cabeza destrozada. Lo llevaron de Belbury a Edgestow. Curry iba precipitadamente al Colegio a hablar de esto con el Rector; venía ahora de la delegación de policía. Se veía claramente que aquel asesinato era ya un “asunto” que pertenecía a Curry. Estaba de un modo indefinible “en sus manos”, y una grave responsabilidad pesaba sobre él. En otro momento, Jane hubiera encontrado aquello divertido. Se alejó de él en cuanto pudo y fue al “Blackie's” a tomar una taza de café. Sentía necesidad de sentarse.

Para Jane, la muerte de Hingest no significaba nada de por sí. Había hablado con él una sola vez, y estuvo de acuerdo con Mark en que era un viejo desagradable y un perfecto snob. Pero la certidumbre de que en su sueño había presenciado un asesinato real desvaneció como un soplo los esperanzadores auspicios bajo los que había empezado la mañana. Comprendió claramente que el asunto de sus sueños, lejos de haber tocado a su fin, no hacía sino empezar. Aquella vida modesta pero agradable que se había propuesto vivir estaba irremisiblemente destrozada. Sobre vastos y sombríos panoramas se abrían unas ventanas que ella era impotente para cerrar. Sólo enfrentarse con esta perspectiva era capaz de volverla loca. Otra alternativa consistía en volver a ver a miss Ironwood. Pero esto parecía ser sólo un camino para penetrar más hondamente en la oscuridad. Aquel castillo de St. Anne — aquella “especie de Compañía” — estaba “mezclado en ello”. No quería que la metiesen más adentro. Era una deslealtad. ¡Y el asunto era tan absurdo! Era una de esas cosas que, de acuerdo con todas las autoridades que hasta entonces había aceptado, no debía ocurrir.

VI

Cosser, el individuo pecoso de pequeño y negro bigote, se acercó a Mark mientras éste salía del comité.

— Usted y yo tenemos algo que hacer — dijo —. Hemos de redactar una memoria respecto a Cure Hardy.

Mark se sintió satisfecho al oír hablar de algo que hacer. Pero sentía un poco zaherida su dignidad, y en vista de que Cosser no le había gustado el día anterior, cuando lo conoció, contestó:

— ¿Significa eso que al fin pertenezco al departamento de Steele?

— Exacto — dijo Cosser.

— Lo pregunto — dijo Mark — porque ni él ni usted parecen estar encantados de tenerme con ustedes. No quisiera meterme a la fuerza, ya lo sabe. Si hablamos francamente, no tengo ninguna necesidad de entrar en el I.N.E.C.

— Bueno, no hable usted de eso aquí — dijo Cosser —. Vamos arriba.

Estaban hablando en el hall cuando Mark vio a Wither dirigirse pausadamente hacia ellos.

— ¿No sería mejor hablar con él claramente y poner las cosas en claro? — sugirió.

Pero el director delegado, después de haber llegado a diez pies de ellos, siguió otra dirección. Resoplaba furiosamente y parecía tan sumido en hondas reflexiones que Mark consideró aquel momento inoportuno para una entrevista. Cosser, aun cuando no dijo nada, pensó por lo visto lo mismo, y Mark lo siguió hasta un despacho del tercer piso.

— Se trata del pueblecillo de Cure Hardy — dijo Cosser cuando se hubo sentado —. Toda esa tierra de Bragdon no será más que un fangal en cuanto empiecen a trabajar. No sé por qué diablos quieren ir allí. En todo caso, el último plan es desviar el Wynd; bloquear totalmente el viejo canal que cruza a Edgestow. Mire. Aquí está Shillingbridge, a diez millas al norte de la población. Debe ser desviado allí, llevado por un canal artificial (aquí en el este, donde hay esta línea azul) y unido nuevamente al primitivo cauce aquí abajo.

— La Universidad difícilmente estará de acuerdo con ello — dijo Mark — ¿Qué sería Edgestow sin río?

— Hemos cogido a la Universidad por el pelo — dijo Cosser —. No se preocupe por esto. En todo caso, no es cosa nuestra. La cuestión es que el nuevo Wynd debe pasar directamente por Cure Hardy. Ahora, mire los alrededores. Cure Hardy está en este pequeño valle. Ha estado usted allí, ¿eh? Eso facilita las cosas. No conozco esta región. Pues bien, la idea es construir una presa en el extremo sur y hacer un gran embalse. Necesitarán ustedes un nuevo suministro de agua para Edgestow, ahora que va a ser la segunda ciudad del país.

— Pero, ¿qué ocurre con Cure Hardy?

— Esta es otra ventaja. Construimos un nuevo pueblecillo modelo (deberá llamarse Jules Hardy o Wither Hardy) cuatro millas más abajo. Aquí, cerca del ferrocarril.

— Yo creo que se va a armar un escándalo de todos los diablos. Cure Hardy es famoso. Es un rincón delicioso. En él se encuentran los hospicios del siglo XVI, la iglesia normanda y todo lo demás.

— Exacto. Aquí es donde entramos usted y yo. Tenemos que hacer una memoria sobre Cure Hardy. Mañana iremos a echar un vistazo por allí, pero la mayor parte de la memoria podemos escribirla hoy. Será muy fácil. Si es un rincón bonito, puede usted apostar a que es malsano. Este es el primer punto a desarrollar. Después tenemos que averiguar algunos datos respecto a la población. Creo que descubrirá que consiste casi enteramente en los dos elementos más indeseables: pequeños rentiers y agricultores.

— Estoy de acuerdo en que el pequeño rentier es un mal elemento — dijo Mark —, pero que lo sea el agricultor ya es más discutible.

— El Instituto no está de acuerdo con ellos. Es un elemento recalcitrante en una comunidad planeada, y siempre retrógrado. No avanzamos debido a la agricultura inglesa. De manera que, como ve, lo único que tenemos que hacer es comprobar algunos hechos. Por lo demás, la memoria se escribe sola.

Mark permaneció un momento silencioso.

— La cosa es fácil — dijo —. Pero antes de meterme en esto me gustaría ver un poco más clara mi propia situación. ¿No debo ir a ver a Steele? No tengo ganas de empezar a trabajar en este departamento si no quiere que esté con él.

— Yo no lo haría — dijo Cosser.

— ¿Por qué no?

— Pues, por una parte, Steele no puede evitarlo si el D.D. lo apoya a usted, como parece apoyarlo de momento. Por otra, Steele es un hombre muy peligroso. Si se limita usted a seguir trabajando tranquilamente, al final acabará acostumbrándose a ello; pero si va usted a verlo, la cosa puede transformarse en un escándalo. Hay algo más. — Cosser se detuvo, se rascó la nariz pensativamente y prosiguió —: Entre nosotros, no creo que las cosas puedan seguir indefinidamente en este departamento tal como van ahora.

El excelente entrenamiento que Mark había tenido en Bracton le permitió comprender este punto. Cosser estaba tratando de echar a Steele de aquel departamento. Le pareció ver la situación. Steele era peligroso mientras durase, pero podía no durar.

— Ayer tuve la impresión — dijo Mark — de que Steele y usted se entendían perfectamente.

— La gran cosa aquí — dijo Cosser — es no pelearse nunca con nadie. Personalmente, detesto las disputas. Me avengo con cualquiera . . .  con tal de que el trabajo se haga.

— Desde luego — dijo Mark —. A propósito, si vamos mañana a Cure Hardy, podría también ir a Edgestow y pasar la noche en casa.

Para Mark dependía mucho de la respuesta a esta pregunta. Por ella sa­bría si estaba ahora bajo las órdenes directas de Cosser. Si Cosser le decía: “No puede usted hacer eso”, sabría por lo menos cuál era su posición. Si Cosser decía que no podía prescindir de él, mejor todavía. Cosser podía contestar asimismo que sería mejor que consultase con el director delegado. También esto le daría a Mark la seguridad de su posición. Pero Cosser dijo simplemente: “¡Ah!”, dejando a Mark en la duda de si nadie necesitaba permiso para ausentarse o si él no estaba lo suficientemente seguro como miembro del Instituto para que esta ausencia pudiese tener alguna importancia. Después empezaron a trabajar en la Memoria.

En ella emplearon el resto del día, de manera que Mark y Cosser bajaron a cenar tarde y sin cambiarse de traje. Esto le dio a Mark una sensación muy agradable. Y le gustó la cena, además. Aunque se hallaba entre hombres que no había visto nunca hasta entonces, le pareció conocerlos a todos a los cinco minutos de hablar con ellos, y se mezcló naturalmente en la conversación. Empezaba a aprender a bandeárselas.

“¡Qué bonito es todo esto!”, se dijo Mark a la mañana siguiente, mientras el coche abandonaba la carretera general y comenzaba a bajar por el estrecho camino en pendiente que llevaba al angosto valle donde estaba situado Cure Hardy. Por regla general, Mark no era muy sensible a la belleza, pero Jane y su amor por ésta, habían despertado en él algo a este respecto. Quizá aquella luz de la mañana de invierno lo afectaba tanto más cuanto que no le habían enseñado nunca a considerarla como particularmente bella, y, en consecuencia, obraba sobre sus sentidos sin interferencias. El cielo y la tierra parecían recién lavados. Los campos pardos parecían comestibles, y la hierba marcaba la ondulación de las pequeñas lomas como el pelo reluciente de la grupa de un caballo. El cielo parecía más lejano y más claro que de costumbre, de manera que las largas y delgadas franjas de nubes (color de pizarra oscuro resaltaban sobre el azul del cielo) tenían los bordes tan netos como si hubiesen sido recortados en un cartón. Las matas eran oscuras y aterciopeladas como un acerico, y cuando el coche se detuvo en medio de Cure Hardy el silencio que siguió a la parada del motor sólo fue roto por el granizado de algunas cornejas.

— Vaya ruido que meten esos pajarracos — dijo Cosser —. ¿Tiene usted el mapa? Ahora . . .  — Y se puso inmediatamente al trabajo.

Caminaron por la población durante dos horas, y vieron con sus propios ojos todos los abusos y anacronismos que iban a destruir. Vieron al agricultor recalcitrante y retrógrado y escucharon su opinión sobre el tiempo. Vieron al indigente pródigamente mantenido encarnado en un viejo que cruzaba el patio de un hospicio para ir a llenar una tetera, y a una rentière de edad madura (para empeorar las cosas, llevaba con ella un perro gordo y viejo) en animada conversación con el cartero. Mark tenía la sensación de estar de vacaciones, porque sólo durante ellas había rondado por las poblaciones rurales de Inglaterra. Por este motivo experimentaba un gran placer. No le pasó por alto que el rostro del agricultor retrógrado era mucho más interesante que el de Cosser y su voz mucho más agradable al oído. El parecido entre la rentière y tía Gilly (¿cuándo había pensado en ella por última vez? ¡Dios mío, qué lejos llevaban estas cosas!) le hizo comprender la posibilidad de querer a aquella clase de gente. Todo esto no influyó en lo más mínimo en sus convicciones sociológicas. Aun cuando hubiese estado libre de Belbury y careciese en absoluto de ambición, no hubiera ocurrido de otro modo, porque su educación había producido el curioso efecto de hacer las cosas que leía y escribía más reales que las que veía. Las estadísticas acerca de los trabajadores agrícolas eran la substancia; cualquier labrador, cavador o granjero era la sombra. A pesar de que no se había dado cuenta siquiera él mismo, sentía una gran resistencia a escribir incluso palabras como “hombre” y “mujer”. Prefería escribir acerca del “grupo vocacional”, “elementos”, “clases”, y “poblaciones”; porque, a su manera, creía con tanta firmeza como un místico en la realidad superior de las cosas que no se pueden ver.

Y, sin embargo, no podía evitar que aquel pueblecillo le gustase. Cuando, a la una, convenció a Cosser para que entrasen en “Las dos campanas”, incluso se lo confesó. Habían llevado unos emparedados, pero Mark tenía ganas de tomar una pinta de cerveza. En “Las dos campanas” hacía mucho calor y estaba todo muy oscuro, porque la ventana era muy pequeña. Dos labriegos (sin duda alguna recalcitrantes y atrasados) estaban sentados con los codos sucios de arcilla, saboreando unos bocadillos muy gruesos, y un tercero se hallaba de pie delante del mostrador charlando con el dueño.

— No, no quiero cerveza, gracias — dijo Cosser —. No debemos entretenernos mucho aquí. ¿Qué decía usted?

— Decía que en una hermosa mañana hay algo verdaderamente atrayente en un lugar como éste, pese a todos sus obvios absurdos.

— Sí, es una hermosa mañana. Un poco de sol es una gran cosa para la salud.

— Pensaba en este sitio.

— ¿Se refiere usted a esto? — dijo Cosser, dirigiendo una mirada circular a la habitación —. Hubiera creído más bien que era un sitio de los que tiene uno ganas de marcharse. Ni luz ni ventilación. No acostumbro a hacer personalmente gran uso del alcohol (léase la “Memoria Miller”), pero si el pueblo necesita estimulantes, me gustaría vérselos administrar de una forma más higiénica.

— No creo que el estimulante sea el punto esencial — dijo Mark, contemplando su vaso de cerveza. La escena le recordaba conversaciones y bebidas de tiempos lejanos, risas y discusiones de los días anteriores a la licenciatura. Se trababa amistad más fácilmente en aquellos tiempos. Se preguntaba qué habría sido de todo aquel grupo: de Carey, de Wadsden, de Denniston, que tan cerca estuvieron de obtener también el título.

— No sé, realmente — dijo Cosser, contestando a su última observación —. La nutrición no es mi fuerte. Tendrá usted que preguntárselo a Stock.

— En lo que pienso realmente no es en este bar — dijo Mark —, sino en el pueblo entero. Desde luego, tiene usted razón; estas cosas tienen que desaparecer. Pero tienen su lado agradable. Debemos tener mucho cuidado en que todo lo que edifiquemos en este sitio sea realmente capaz de batir lo antiguo en todos los terrenos, no sólo en eficiencia.

— Ya, arquitectura y todo lo demás . . .  — dijo Cosser —. Bien, en realidad no entiendo mucho de eso, ya lo sabe usted. Es más cosa de Wither. ¿Ha terminado usted ya?

Mark se dio cuenta de pronto de lo fastidioso que era aquel hombre y al propio tiempo de que estaba profundamente asqueado del I.N.E.C. Pero recordó que no había que contar con pertenecer al grupo interesante desde el principio; más tarde vendrían cosas mejores. En todo caso, no había quemado sus naves. Quizá al cabo de un par de días mandaría todo aquello a paseo y volvería a Bracton. Pero no en seguida. Era más que razonable permanecer allí algún tiempo para ver qué cariz tomaban las cosas.

Al regreso, Cosser lo dejó cerca de la estación de Edgestow, y mientras se dirigía a su casa empezó a pensar qué le diría a Jane respecto a Belbury. Se­ría conocerlo mal creer que estaba deliberadamente inventando una mentira. Casi involuntariamente, mientras se imaginaba el cuadro de su llegada a casa y del rostro interrogador de Jane, oía también en su imaginación su voz contestándole, poniendo de manifiesto los aspectos salientes de Belbury en frases ingeniosas y confidenciales. Aquella explicación imaginaria alejó paulatinamente de su memoria las verdaderas sensaciones que había experimentado. Aquellas sensaciones de incomprensión y malestar aumentaron su deseo de trazar una silueta agradable a los ojos de su mujer. Casi sin darse cuenta decidió no mencionar el asunto de Cure Hardy; a Jane le gustaban mucho los edificios antiguos y todas estas cosas. Como resultado de ello, cuando Jane, que estaba en aquel momento corriendo las cortinas, oyó abrirse la puerta y al levantar la vista vio a Mark, se dio cuenta de la expresión animada y jocosa de su rostro. Sí, estaba casi seguro de haber obtenido el puesto. El salario no estaba definitivamente fijado, pero al día siguiente se trataría de ello. Era un sitio muy curioso; se lo explicaría más tarde. Pero había ya conocido a la gente importante. Wither y miss Hardcastle eran los que verdaderamente contaban.

—Tengo que hablarte de esa miss Hardcastle — dijo —. Es increíble.

Jane tenía que decidir más rápidamente lo que le diría a Mark de lo que Mark tuvo que decidir qué le diría a Jane. Y decidió no decirle nada de los sueños ni de St. Anne. Los hombres detestan a las mujeres a quienes les ocurren cosas inusitadas, especialmente si son raras y extravagantes. Su resolución fue fácil de mantener, porque Mark, absorbido por su propia historia, no le hizo pregunta alguna. Quizá no estuviese enteramente convencida de todo lo que le dijo. Había algo vago en todos los detalles. Al principio de la conversación le dijo con voz aguda y temerosa (no tenía idea de cuánto desagradaba a Mark aquella voz):

— Mark, ¿no tendrás que renunciar a tu beca en Bracton?

El contestó que no y continuó hablando. Lo escuchaba atendiéndole sólo a medias. Sabía que tenía a veces ideas grandiosas, y adivinó que durante su ausencia había bebido bastante más de lo que bebía habitualmente. Y, así, durante toda la velada, el ave masculina desplegó su plumaje y la hembra representó su papel, e hizo preguntas, y se rió, y fingió mucho más interés del que realmente sentía. Los dos eran jóvenes, y si ninguno amaba mucho al otro, cada uno de ellos sentía intensos deseos de ser admirado.

VII

Aquella tarde, los miembros de Bracton estaban sentados en la Sala Capitular delante del vino y de los postres. Habían dejado de vestirse de etiqueta para la cena como medida de economía durante la guerra, y no habían vuelto a adoptar la costumbre todavía, de manera que sus trajes deportivos, de mezclilla, estambre y cheviot, constituían una nota discordante sobre los oscuros plafones jacobinos, la luz de las velas y la plata de diferentes épocas. Feverstone y Curry estaban juntos. Desde hacía trescientos años, aquella Sala Capitular había sido uno de los lugares más agradables y tranquilos de Inglaterra. Estaba situada en Lady Alice, en la planta baja, debajo de la gran sala, y las ventanas del extremo este daban al río y al Bosque de Bragdon, a través de una pequeña terraza en la que los Miembros de Bracton tenían la costumbre de tomar el postre durante las tardes de verano. A aquella hora y en aquella estación, las ventanas estaban desde luego cerradas y las cortinas corridas. Desde el otro lado de ellas llegaban unos ruidos como jamás había oído aquella vetusta habitación: gritos y maldiciones, ruidos de camiones avanzando pesadamente, estridente rumor de motores, sonidos de cadenas, golpeteo de martillos, rechinar de hierros, silbidos, golpes y toda clase de vibraciones penetrantes. Saeva sonare verbera, tum stridor ferri tractaeque catenae, como Glossop, sentado en el extremo más alejado del fuego, hizo observar a Jewel. Porque tras aquellas ventanas, escasamente a treinta yardas, en la ribera opuesta del Wynd, avanzaba paulatinamente la conversión de un antiguo bosque en un infierno de barro y ruido, acero y cemento. Incluso algunos miembros del Elemento Progresivo — los que tenían habitaciones en aquel lado del Colegio — se habían ya quejado de ello. Curry mismo quedó un poco sorprendido de ver la forma en que su sueño se había convertido en realidad, pero hacía cuanto podía por disimularlo, y a pesar de que su conversación con Feverstone tenía que ser mantenida a voz en grito, no hizo ninguna alusión a este inconveniente.

— Entonces, ¿es definitivo que Studdock no vuelve? — chilló.

— Completamente — gritó Feverstone —. Me ha enviado un recado por medio de un alto funcionario pidiéndome que informe de ello al Colegio.

— Así, pues, ¿mandará su dimisión en forma?

— No es probable. Como todos los muchachos jóvenes, es muy negligente en estas cosas. En realidad cuanto más lo demore, mejor.

— ¿Quiere usted decir que nos da la posibilidad de examinar el asunto?

— Exacto. Como usted comprenderá, el Colegio no tiene que ocuparse de ello hasta que escriba. Y tenemos que decidir la cuestión de su sucesor antes de que esto ocurra.

— Es obvio. Es lo más importante. Una vez se ha presentado la cuestión ante una de estas personas que no comprenden el terreno que pisan ni saben bien lo que piensan, puede ocurrir cualquier cosa.

— Exacto. Eso es lo que tenemos que evitar. La única manera de cubrir una plaza como ésta es traer al candidato (sacar al conejo de su madriguera) dos minutos después de haber anunciado la vacante.

— Tenemos que empezar a pensar en ello en seguida.

— ¿Tiene su sucesor que ser un sociólogo? Quiero decir, ¿va ligada la beca a este tema?

— De ninguna manera. Es una de las becas Paston. ¿Por qué? ¿Se le ocurre a usted algo?

— Hace mucho tiempo que no hemos tenido a nadie en política.

— Sí, sí . . .  Hay todavía un considerable prejuicio contra la política como tema académico. Diga, Feverstone, ¿no tendríamos que darle un empujón a ese nuevo tema?

— ¿Qué nuevo tema?

— Pragmatometría.

— Pues . . .  es curioso que diga usted eso, porque el hombre en quien pensaba es un político que también ha estudiado mucho la pragmatometría. Podríamos llamarlo beca de pragmatometría social o algo por el estilo.

— ¿Quién es?

— Laird, de Leicester, Cambridge.

Era automático en Curry, a pesar de no haber oído nunca hablar de Laird, parecer pensativo y decir:

— ¡Ah!, Laird . . .  Recuérdeme sólo los detalles de su carrera académica.

— Pues — dijo Feverstone —, como recordará usted, estuvo muy mal de salud hacia el final de su carrera, y tuvo un fracaso. Los exámenes de Cambridge son tan duros hoy en día que difícilmente puede tenerse esto en cuenta. Todo el mundo sabe que era el alumno más brillante de su curso. Era presidente de los “Sphinxes” y editaba The Adult. David Laird, ya lo conoce.

— Sí, pero hay que estar seguro. David Laird . . .  Pero, oiga, Dick . . .

— Diga.

— No me gusta mucho ese fracaso. Desde luego, como usted, no doy más que un valor supersticioso a los resultados de un examen. No obstante, hemos hecho últimamente una o dos elecciones desafortunadas . . .  — Casi involuntariamente, Curry, al decir esto, miró a través de la habitación hacia donde estaba sentado Pelham, con su boquita de piñón y su rostro blanducho. Pelham era un hombre de valor; pero ni aun Curry era capaz de recordar nada que hubiese dicho o hecho jamás.

— Sí, lo sé — dijo Feverstone —, pero ni aun nuestras peores elecciones son tan fútiles como las que hace el Colegio cuando lo dejamos en sus manos.

Acaso porque el intolerable ruido hubiese agotado sus nervios, Curry experimentó una deuda momentánea respecto a la “futilidad” de aquellos ineptos. Había cenado recientemente en el “Northumberland”, y encontró a Telford cenando allí aquella misma noche. El contraste entre el Telford vivo e ingenioso que todos en el “Northumberland” parecían conocer y que todo el mundo escuchaba, y el “fútil” Telford de la Sala Capitular de Bracton, lo dejó perplejo. ¿Podía ser que los silencios de aquellos “ineptos” de su colegio, sus monosilábicas respuestas cuando condescendía a darlas y su vacía expresión cuando él adoptaba el tono confidencial, tuviesen una explicación que no se le había ocurrido nunca? La fantástica suposición de que él, Curry, pudiese ser un latoso, pasó con tanta rapidez por su mente que un segundo después la había olvidado para siempre. Adoptó la idea mucho menos dolorosa de que aquellos tradicionalistas y parásitos de la investigación afectaban mirarlo con desprecio. Pero Feverstone le gritaba de nuevo.

— La semana próxima estaré en Cambridge, porque voy a dar una cena. No lo he mencionado aquí antes porque, en realidad, el Primer Ministro puede asistir a ella, con dos o tres grandes magnates de la Prensa y Tony Dew. ¿Cómo? Sí, desde luego, conoce usted a Tony. Es aquel muchacho moreno que trabaja en el Banco. Laird estará allí. Es, según creo, pariente lejano del Primer Ministro. Creo que podría usted asistir también. Sé que David tiene muchas ganar de conocerlo. He oído hablar mucho de usted a un amigo que solía asistir a sus conferencias. No recuerdo su nombre.

— No sé, será un poco difícil. Todo depende del entierro del pobre Bill. Tendré que estar allí, desde luego. ¿Han dicho algo de la instrucción las noticias de las seis?

—No las he oído. Pero, desde luego, esto suscita otra cuestión. Ahora que “Aguacero” se ha ido a resoplar a un mundo mejor, tenemos dos vacantes.

— No oigo nada — gritó Curry —. ¿Es que el ruido aumenta o yo me estoy quedando sordo?

— Oiga, subdirector — gritó Ted Raynor desde detrás de Feverstone —, ¿qué diablos están haciendo ahí fuera sus amigos?

— ¿Es que no pueden trabajar sin chillar de ese modo? — preguntó otra voz.

— Esto no me parece trabajo ni nada que se le parezca — dijo un tercero.

— ¡Oiga! — exclamó Glossop súbitamente —. Eso no es trabajar. Eso es divertirse dando patadas.

— Cada vez es peor — dijo Raynor.

Un momento después todos estaban de pie.

— ¿Qué ha sido eso? — gritó uno.

— Están asesinando a alguien — dijo Glossop —. No hay más que una manera de arrancarle a un hombre esos gritos de la garganta.

— ¿Dónde va usted? — preguntó Curry.

— Voy a ver qué pasa — repuso Glossop —. Curry, vaya y reúna a todos los alborotadores en el Colegio. Que alguien llame a la policía.

— Yo no saldría si estuviese en su pellejo — dijo Feverstone, que había permanecido sentado y se servía otro vaso de vino —. Parece que la policía está ya allí.

— ¿Qué quiere usted decir?

— Escuche . . .  ¡Ahora!

— Es un taladro infernal.

— ¡Escuche!

— ¡Válgame Dios! ¿Cree usted de veras que es una ametralladora?

— ¡Mirad! ¡Mirad! — chillaron a la vez una docena de voces, mientras se oía una rotura de cristales y una lluvia de piedras caía en el suelo de la gran sala.

Un momento después, varios de los Miembros se habían precipitado hacia las ventanas y abierto los postigos; y allí permanecieron todos mirándose unos a otros, sin producir otro ruido que el de su penosa respiración. Glossop tenía un corte en la frente, y en el suelo yacían los fragmentos de aquella famosa ventana del ala este en la cual Henrietta María había grabado una vez su nombre con un diamante.


Cinco
Elasticidad

I

A la mañana siguiente, Mark se fue a Belbury en tren. Había prometido a su mujer una serie de puntos relativos a su sueldo y lugar de residencia, y el recuerdo de todas estas promesas nublaba un poco su mente; pero en general estaba de buen humor. Su regreso a Belbury — su llegada, el acto de colgar su sombrero y encargar una bebida — formaba un agradable contraste con su primera llegada. El sirviente que le sirvió la bebida lo conocía. Filostrato lo saludó con un movimiento de la cabeza. Las mujeres podían refunfuñar, pero aquel era claramente el verdadero mundo. Después de beber se dirigió hacia el despacho de Cosser. Estuvo allí sólo cinco minutos, pero cuando se marchó su estado de espíritu estaba completamente alterado.

Steele y Cosser estaban allí, y ambos levantaron la vista con el aire de personas que han sido interrumpidas por un desconocido. Nadie dijo nada.

— Buenos días — dijo Mark al fin un poco inquieto.

Steele terminó de anotar algo a lápiz en un gran documento que tenía extendido sobre la mesa.

— ¿Qué desea, Mr. Studdock? — preguntó sin levantar la vista.

— He venido a ver a Cosser — repuso Mark, y después, dirigiéndose a éste, añadió —: He estado pensando sobre el penúltimo punto de este informe . . .

— ¿Qué memoria es esa? — preguntó Steele a Cosser.

— Pensé — contestó Cosser con una sonrisa forzada — que sería útil redactar una memoria sobre Cure Hardy durante mis ratos perdidos, y como no había nada de particular que hacer ayer, la he planeado. Míster Studdock me ayudó.

— Bueno, eso no tiene ahora importancia — dijo Steele —. Podrá usted hablar con Mr. Cosser en cualquier otro momento, míster Studdock. Ahora está ocupado.

— Escuche — dijo Mark —, creo que será mejor que nos entendamos. ¿Debo comprender que esa memoria era únicamente una fantasía privada de Cosser? Si es así, hubiera preferido saberlo antes de perder ocho horas trabajando en ella. ¿Bajo las órdenes de quién estoy? — Steele, jugueteando con su lápiz, miró a Cosser —. Le he hecho a usted una pregunta respecto a mi situación, míster Steele — añadió Mark.

— No tengo tiempo para ocuparme de estas cosas — repuso Steele —. Si usted no tiene nada que hacer, yo sí. No sé nada de su situación.

Mark pensó un momento en dirigirse a Cosser, pero el rostro pecoso y los ojos inexpresivos de éste le hicieron experimentar tal sensación de desprecio que se volvió y salió de la habitación dando un portazo. Iría a ver al director delegado.

Al llegar a la puerta del despacho de Wither vaciló un momento, porque oyó voces dentro. Pero estaba demasiado furioso para esperar. Llamó y entró sin detenerse a escuchar si su llamada había sido contestada o no.

— Mi querido amigo — dijo Wither levantando la vista pero sin fijar sus ojos directamente en el rostro de Mark —, estoy encantado de verlo. — Al oír estas palabras, Mark se fijó en que había una tercera persona en la habitación. Era un tal Stone, a quien conoció durante la cena dos días antes. Stone estaba de pie delante de la mesa de Wither, enrollando y desenrollando un trozo de papel secante con los dedos. Tenía la boca abierta y los ojos fijos en el director delegado —. Encantado de verlo — repitió Wither—. Tanto más cuanto que me ha . . .  interrumpido usted en lo que me atrevería a llamar una penosa conferencia. Como le estaba diciendo al pobre míster Stone, nada está más cerca de mi corazón que el deseo de que este gran Instituto pueda trabajar como una gran familia . . . , la más grande unidad de voluntad y propósito, míster Stone, la mutua confianza más libre . . .  Esto es lo que espero de mis colegas. Pero como debe usted recordar, míster . . .  Studdock, incluso en las familias hay incidentalmente rocas, resentimientos y errores de comprensión. Esta es la causa, mi querido amigo, de que no esté libre en este momento . . .  No se marche, míster Stone. Tengo más cosas que decirle.

— Tal vez sea mejor que vuelva luego — dijo Mark.

— Pues . . .  quizá, en estas circunstancias . . .  Son sus sentimientos los que tengo en cuenta, míster Stone . . .  Quizá . . .  El medio usual de verme, míster Studdock, es pedirle a mi secretario que le fije hora. No es que, lo comprenderá usted, tenga el menor deseo de insistir sobre ciertos formulismos ni deje de estar encantado de verle siempre que quiera usted acudir a mí. Es la pérdida de su tiempo lo que tengo deseos de evitar.

— Muchas gracias, míster Wither — dijo Mark —. Veré a su secretario.

El despacho del secretario estaba en la habitación contigua. Cuando se entraba en él no se encontraba uno con el secretario, sino con una serie de subordinados separados del visitante por una especie de mostrador. Mark obtuvo una cita para las diez de la mañana del día siguiente, que era la primera hora que pudieron ofrecerle. En el momento de salir tropezó con el “Hada” Hardcastle.

— ¡Hola, Studdock! — dijo ésta —. Conque rondando por el despacho del director, ¿eh? Eso no irá bien, ya lo sabe usted . . .

— He decidido — dijo Mark — que tengo que establecer de una forma definitiva mi posición en el Instituto o abandonarlo inmediatamente.

Ella lo miró con una ambigua expresión en la que el humorismo parecía predominar. Después, súbitamente, le cogió del brazo.

— Mire, muchacho — dijo —, deje usted todo esto, ¿comprende? No le va a hacer ningún bien. Venga usted conmigo y hablaremos.

— No hay verdaderamente nada de qué hablar, miss Hardcastle — dijo Mark —. La cosa está clara para mí. O tengo aquí un verdadero empleo o me vuelvo a Bracton. La cosa es sencilla; no sé siquiera cuál de las dos prefiero, en verdad.

El “Hada” no contestó, pero la firme presión de su brazo obligó a Mark, a menos que estuviese dispuesto a luchar, a seguir con ella a lo largo del corredor. La intimidad y autoridad de su presa tenía una extravagancia ambigua que hubiera podido igualmente compararse a la del policía y el prisionero, a la del amante y su querida, a la de la niñera y el chiquillo. Mark tuvo la sensación de que parecería un tonto si encontraban a alguien.

Ella lo llevó a su despacho, que estaba situado en el segundo piso. La oficina exterior estaba llena de lo que Mark ya sabía que se llamaba Waips, o sea, las muchachas de la Policía Institucional Auxiliar Femenina. Los hombres que pertenecían a la Policía, aun cuando mucho más numerosos, raras veces se encontraban dentro del edificio, pero a las Waips se las veía constantemente ir de un lado para otro por donde miss Hardcastle aparecía. Lejos de compartir las características masculinas de su jefe, eran, como dijo una vez Feverstone, “femeninas hasta la imbecilidad”, pequeñas, frágiles y alegres. Mistress Hardcastle las trataba como si hubiese sido un hombre, y se dirigía a ellas con una galantería entre suave y feroz.

Cocktails, Dolly — dijo rápidamente al entrar en la oficina exterior.

Cuando entraron en el despacho interior, hizo sentar a Mark, pero ella permaneció de pie, de espalda al fuego y con las piernas separadas. Dolly sirvió los cocktails y se retiró, cerrando la puerta. Durante el camino, Mark había explicado refunfuñando los motivos de su queja.

— No haga nada de eso, Studdock — dijo miss Hardcastle —. Y, en todo caso, no vaya a molestar al director. Ya le dije que no tiene usted que preocuparse de toda esa gentecilla del tercer piso con tal de que los tenga de su parte, como ocurre actualmente. Pero no seguirá usted teniéndolos si va usted a ellos con quejas.

— Ese podría ser un buen consejo, miss Hardcastle — dijo Mark —, si estuviese totalmente decidido a quedarme. Pero no es este el caso. Y, por lo que he visto, no me gusta el sitio. Casi he decidido marcharme a casa. Sólo que he creído que debía tener primero una entrevista con él para poner las cosas en claro.

— Poner las cosas en claro es algo que el Director no puede soportar — contestó miss Hardcastle —. No es así como lleva el asunto. Y tenga usted en cuenta que sabe lo que tiene entre manos. Trabaje, muchacho . . .  No es usted supersticioso, ¿verdad? Yo, sí. Creo que trae mala suerte abandonar el I.N.E.C. No se torture la cabeza con los Steele y los Cosser. Esto forma parte de su aprendizaje. Ahora está usted pasando por él, pero si resiste llegará más alto que ellos. Lo único que tiene que hacer es resistir con firmeza. Cuando sigamos adelante no quedará ninguno de ellos.

— Es lo mismo que Cosser me dijo referente a Steele — dijo Mark —, y no creo que me haya servido de gran cosa hasta la fecha.

— Mire usted, Studdock — dijo miss Hardcastle —. Siento gran simpatía por usted. Y es una suerte, porque de lo contrario me sentiría resentida por sus últimas palabras.

— No quise ofenderla — dijo Mark —. Pero, ¡maldita sea!, mire usted las cosas desde mi punto de vista . . .

— Nada, nada — repuso miss Hardcastle moviendo la cabeza —. No sabe usted todavía lo suficiente para que su punto de vista valga un ochavo. No se ha dado usted cuenta aún del asunto en que está metido. Se le está ofreciendo la oportunidad de alcanzar algo mucho más grande que un puesto en el Gobierno. Y sólo hay dos alternativas, ya lo sabe: o estar dentro del I.N.E.C. o estar fuera de él. Y sé mejor que usted qué será lo más divertido.

— Lo comprendo muy bien — dijo Mark —. Pero cualquier cosa es mejor que estar nominalmente dentro y no tener nada que hacer. Deme usted un verdadero puesto en el Departamento de Sociología y . . .

— ¡Un cuerno! Ese Departamento va a ser suprimido. Al principio tenía que existir por cuestión de propaganda, pero todos ellos van a ser liquidados.

— ¿Y qué seguridad tiene usted de que voy a ser uno de sus sucesores?

— No lo será usted. No habrá sucesor alguno. El verdadero trabajo no tiene nada que ver con estos departamentos. La clase de sociología que nos interesa será realizada por mi cuerpo, la policía.

— ¿Entonces, entro yo en ella?

— Si tiene usted confianza en mí — repuso el “Hada”, dejando su vaso vacío y sacando un cigarro —, puedo indicarle su verdadero trabajo, el objeto para el cual ha sido traído usted aquí.

— ¿Y cuál es?

—Alcasan — dijo miss Hardcastle entre dientes. Lanzó una de sus interminables bocanadas de humo, y después, mirando a Mark con una ligerísima expresión de desprecio, añadió —: Sabe usted de quien le hablo, ¿no?

— ¿Se refiere usted al radiólogo, el que fue guillotinado? —preguntó Mark atónito.

El “Hada” asintió.

— Hay que rehabilitarlo — dijo —. Gradualmente. Tengo todos los hechos en el expediente. Empieza usted por un pequeño artículo, no discutiendo su culpabilidad al principio, sino insinuando simplemente que era miembro de su gobierno Quisling y había un prejuicio contra él. Diga usted que no duda de que el veredicto fue justo, pero que es angustioso pensar que probablemente hubiera sido el mismo sí hubiese sido inocente. Después, al cabo de un par de días, publica un artículo completamente distinto, sobre el relato popular del valor de su trabajo. Puede usted reunir los datos (los suficientes para el artículo) en una tarde. Después envía una carta llena de indignación al periódico que publicó el primer artículo, yendo más lejos todavía. La ejecución fue un atropello de la Justicia. Entretanto . . .

— ¿Qué diablos buscan ustedes con esto?

— Ya se lo he dicho, Studdock. Alcasan tiene que ser rehabilitado. Hay que convertirlo en un mártir, decir que es una pérdida irreparable para la especie humana.

— Pero, ¿para qué?

— ¡Ya empieza usted otra vez! Se queja de no tener nada que hacer, y en cuanto le sugiero una pequeña ocupación quiere usted en seguida que le expongan todo el plan de campaña antes de hacerlo. Esto no es sensato. No es la manera de avanzar, aquí. Lo importante es hacer lo que dicen. Si resulta usted útil, pronto comprenderá lo que ocurre. Pero tiene que empezar haciendo el trabajo que se le encarga. No parece usted darse cuenta de lo que somos. Somos un ejército.

— En todo caso — dijo Mark —, no soy periodista. No he venido aquí a escribir artículos para los periódicos. Traté de hacérselo comprender claramente a Feverstone desde el principio.

— Cuanto antes deje de hablar de lo que vino a hacer aquí, más avanzará usted. Se lo digo por su bien, Studdock. Sabe usted escribir. Esta es una de las cosas para las que se le necesita.

— En este caso he venido por una mala interpretación — dijo Mark. El halago de su vanidad literaria, en aquel período de su carrera, no compensaba ni remotamente la insinuación de que su sociología carecía de importancia —. No tengo intención de pasarme la vida escribiendo artículos para los periódicos — dijo —. Y aunque la tuviese, querría saber muchas más cosas respecto al I.N.E.C. antes de meterme en un asunto de esta clase.

— ¿No le han dicho que es estrictamente apolítico?

— Me han dicho tantas cosas que ya no sé qué pensar — repuso Mark —. Pero no veo cómo puede iniciarse una campaña periodística (pues a esto se reduce el plan) sin ser político. ¿Son los periódicos de derecha o de izquierda los que van a publicar ese cuento sobre Alcasan?

— Los dos, querido, los dos — contestó miss Hardcastle —. ¿Es que no entiende usted nada? ¿No es acaso absolutamente esencial mantener un derecha y una izquierda erguidas sobre sus espolones, cada una de ellas aterrorizada de la otra? Así es como hacemos nosotros las cosas. Cualquier oposición al I.N.E.C. representa un feroz ataque a la izquierda por los periódicos de la derecha, o a la derecha por los de la izquierda. Si la cosa se hace debidamente, tiene a usted a los dos bandos elevándose uno contra otro en defensa nuestra, refutando las acusaciones del enemigo. ¡Desde luego, somos apolíticos! El verdadero poder lo es siempre.

— No creo que puedan ustedes hacer eso — dijo Mark —. Por lo menos con los periódicos que lee la gente educada.

— Eso demuestra que está usted todavía en mantillas, querido —dijo miss Hardcastle —. ¿No se ha dado usted cuenta de que es todo lo contrario?

— ¿Qué quiere usted decir?

— Pero, hombre, son precisamente los lectores educados los que pueden ser embaucados. La dificultad la tenemos con los demás. ¿Cuándo ha encontrado usted un obrero que crea en los periódicos? Da por seguro que todo es propaganda y se salta el artículo de fondo. Compra el periódico para ver los resultados del fútbol, el relato de las muchachas que se arrojan por las ventanas y los cadáveres encontrados en Mayfair. El es nuestro problema; hay que reacondicionarlo. Pero el público culto, la gente que lee los semanarios ligeros, no necesita ser reacondicionado. Están ya a punto. Creen cualquier cosa.

— Como individuo de la clase a que se refiere usted — dijo Mark sonriendo —, no lo creo.

— ¡Dios mío! — exclamó el “Hada” —. ¿Dónde tiene usted los ojos? Mire usted lo que viene en los semanarios. Mire el Weekly Question. Es un periódico para usted. Cuando el Inglés Básico apareció simplemente como invención de un librepensador de Cambridge no había nada bastante bueno para él; en cuanto lo tomó en su mano un Primer Ministro conservador, se convirtió en una amenaza para la pureza del lenguaje. ¿No fue la Monarquía una dilapidación absurda durante diez años? Y más tarde, cuando el Duque de Windsor abdicó, ¿no se convirtió el periódico en legitimista y monárquico durante más de una quincena? ¿Perdió acaso un solo lector? ¿No comprende usted que el lector culto no puede dejar de leer los semanarios entretenidos, digan lo que digan? Le es imposible. Está acondicionado.

— Muy bien — dijo Mark —, todo eso es muy interesante, miss Hardcastle, pero no tiene nada que ver conmigo. En primer lugar, no pienso dedicarme al periodismo; y si me dedicase, sería para ser un periodista honrado.

— Perfectamente — repuso miss Hardcastle —. En este caso, lo único que hará usted será contribuir a arruinar a su país y quizá a toda la raza humana, además de destrozar su carrera.

El tono confidencial en que había hablado hasta entonces desapareció, y en su voz vibró cierto tono de amenaza. El ciudadano y el hombre honrado que se habían despertado en Mark durante la conversación se tambalearon un poco, su otro y más fuerte yo, el yo que sentía a toda costa el ansia de no seguir mezclado entre los ineptos, saltó, asustado.

— No quiero decir que no comprenda su punto de vista. Me preguntaba únicamente . . .

— A mí me es todo igual, Studdock — dijo miss Hardcastle sentándose por fin ante la mesa —. Si no le gusta a usted este trabajo, desde luego es cosa suya. Vaya y entiéndaselas con el Director Delegado. No le gusta la gente que dimite, pero, desde luego, puede hacerlo. Tendrá algo que decirle a Feverstone por haberle traído aquí. Supusimos que había usted comprendido.

La mención del nombre de Feverstone hizo pensar a Mark en el plan, que hasta entonces había sido ligeramente irreal, de regresar a Edgestow y contentarse con la carrera de Miembro de Bracton. ¿En qué condiciones regresaría allí? ¿Sería todavía miembro del círculo interno incluso en Bracton? Verse alejado de la confianza del Elemento Progresivo, verse relegado a la categoría de los Telford y los Jewel, le parecía insoportable. Y el salario de un simple licenciado le parecía una miseria al lado de los sueños de aquellos últimos días. La vida matrimonial iba resultando bastante más cara de lo que había pensado. Después se acordó con recelo de aquellas doscientas libras, importe de su entrada como socio del I.N.E.C. Pero, no . . .  Era absurdo. No era posible que lo molestaran por tal cosa.

— Bien, evidentemente — dijo con voz apagada —, lo primero es ver al Director.

— Puesto que se marcha usted — dijo el “Hada” —, quiero decirle algo. He puesto todas las cartas sobre la mesa. Si le ha pasado por la cabeza que sería gracioso repetir una sola palabra de esta conversación cuando salga de aquí, siga mi consejo y no lo haga. No sería . . .  sano para su futura carrera.

— ¡Oh! Desde luego . . .  — comenzó Mark.

— Ahora será mejor que se marche — dijo miss Hardcastle —. Hable usted con el Director y tenga cuidado de no contrariarlo. Detesta las dimisiones.

Mark hizo una tentativa por prolongar la conferencia, pero el “Hada” no lo consintió, y pocos segundos después se encontraba al otro lado de la puerta.

Pasó el resto del día bastante angustiado, apartándose del camino de los demás a fin de que su carencia de ocupación no pudiese ser observada. Salió antes del almuerzo para dar uno de aquellos cortos y desagradables paseos que un hombre da por unos alrededores desconocidos cuando no se encuentra a sus anchas. Después de almorzar exploró el terreno. Pero no era un sitio por donde pudiese pasear a gusto. El millonario que construyó Belbury había encerrado unos veinte acres de terreno dentro de un muro bajo coronado por una verja de hierro, arreglados de una forma que el contratista llamaba Terrenos Ornamentales de Esparcimiento. Había árboles por todas partes ; caminos cubiertos de unos guijarros tan redondos que difícilmente podía caminarse sobre ellos; inmensos macizos de flores, unos romboidales, otros oblongos y algunos en forma de media luna; plantaciones de esa especie de laurel que parece hecho artificialmente de metal barnizado y hábilmente pintado; grandes bancos verdes a espacios regulares por los caminos y avenidas . . .  La impresión general era la de un cementerio. No obstante, por poco atractivo que fuese, bajó de nuevo después del té, fumando incesantemente, a pesar de que el viento que soplaba hiciese arder mal su cigarrillo y le diese un ardor terrible en la lengua. Esta vez se alejó hacia la parte posterior de la casa, donde se reunían los edificios más nuevos y más bajos. Allí quedó sorprendido ante un olor a establo y una mezcla de gruñidos, rugidos y gemidos que delataban un considerable número de animales. Al principio no lo comprendió, pero después recordó que un inmenso programa de vivisección, liberado por fin de los “funcionaristas” y de la mezquina economía, era uno de los planes del I.N.E.C. No le había interesado de una manera particular, y pensó vagamente en ratas, conejos y, eventualmente, algún perro. Pero aquel ruido confuso sugería algo muy diferente. Mientras permanecía de pie oyó una especie de bostezo, e inmediatamente, como si aquello hubiese sido la señal, estalló un estruendo de ladridos, gritos, sollozos e incluso risas, que chillaban y protestaban durante un momento para desvanecerse después en una especie de lamento. Mark no sentía el escrúpulo de la vivisección. Aquel ruido representaba para él toda la grandeza de aquella empresa de la cual, aparentemente, era probable que le excluyesen. Allí se hallaban toda clase de seres: centenares de kilos de animales vivos que el Instituto podía permitirse desgarrar como un trozo de papel por la mera probabilidad de hacer algún descubrimiento interesante. Debía conseguir el puesto; debía, de una forma u otra, resolver el problema de Steele. Pero aquel ruido era desagradable y se alejó.

II

Mark se despertó al día siguiente con la sensación de que tendría más de una valla que franquear durante el transcurso del día. La primera era su entrevista con el Director Delegado. A menos de que obtuviese la certeza de un puesto y un salario, cortaría toda relación entre él y el Instituto. Y después, cuando llegase a su casa, la segunda valla sería explicarle a Jane que todo el sueño se había desvanecido.

La primera niebla verdadera del otoño había descendido aquella mañana sobre Belbury. Mark desayunó con luz artificial. No habían llegado ni el correo ni los periódicos. Era un viernes, y el criado le entregó la nota de gastos de la parte de la semana que había pasado en el Instituto. Se la guardó en el bolsillo después de una rápida mirada, decidido a que aquello, en todo caso, no sería jamás mencionado ante Jane. Ni el total ni los detalles eran de una cuantía que las mujeres entiendan. Incluso él dudó de si no podía haber algún error, pero estaba todavía en esa edad en que un hombre se dejaría antes robar el último penique que discutir una nota. Terminó su segunda taza de té, buscó los cigarrillos, no encontró ninguno y pidió un paquete.

La media hora que tuvo que esperar antes de su entrevista con el Director Delegado pasó lentamente. No habló con nadie. Todo el mundo parecía encaminarse deliberadamente hacia una meta importante y bien definida. Una parte del tiempo lo pasó en el salón, y tuvo la sensación de que el servicio lo miraba como si no fuese aquel su sitio. Por fin pudo dirigirse arriba y llamar a la puerta del despacho de Wither.

Fue recibido en el acto, pero la conversación no era fácil de empezar, porque Wither no decía nada, y a pesar de que levantó la vista en cuanto Mark entró, con una expresión de soñadora cortesía, ni lo miraba directamente ni le invitó a sentarse. La habitación, como de costumbre, estaba sumamente caliente, y Mark, dividido entre su deseo de poner en claro su firme resolución de no continuar en aquella incertidumbre y su igualmente profundo deseo de no perder el empleo si es que empleo había, quizá no se explicó muy bien. En todo caso, el Director Delegado lo dejó hablar largamente, incurriendo incluso en repeticiones, hasta que guardó silencio. Este silencio duró algún tiempo. Wither seguía sentado, son sus labios ligeramente fruncidos como si estuviese silbando una tonada.

— De manera que creo, míster Wither, que será mejor que me vaya — concluyó Mark resumiendo lo que había dicho.

— Es usted míster Studdock, ¿no? — preguntó Wither después de otro prolongado silencio.

— Sí — repuso Mark con impaciencia —. Vine a verle con lord Feverstone hace algunos días. Me dio usted a entender que me ofrecía un puesto en el departamento de sociología del I.N.E.C. Pero, como iba diciendo . . .

— Un momento, míster Studdock — le interrumpió el Director Delegado —. Es importantísimo poner en claro lo que está usted diciendo. Sin duda, se da usted cuenta de que, dando a las palabras su exacto sentido, se­ría de lo más desafortunado hablar de que yo pueda haberle ofrecido un puesto a nadie en el Instituto. No debe usted imaginar ni un solo instante que yo ocupo una posición autocrática, ni, por otra parte, que la relación entre mi propia esfera de influencia y los poderes (estoy hablando de poderes temporales, como comprenderá) del comité permanente, o los del Director mismo, estén definidos por ningún sistema rígido y duro de lo que podríamos llamar . . .  carácter constitucional o incluso constitutivo. Por ejemplo . . .

— En este caso, señor ¿podría usted decirme si alguien me ha ofrecido un puesto y, en este caso, quién?

— ¡Oh! — exclamó Wither súbitamente, cambiando de posición y de tono como si se le hubiese ocurrido de pronto una nueva idea —. No ha habido jamás la más mínima dificultad a este respecto. Estuvo siempre entendido que su cooperación con el Instituto sería plenamente aceptable . . . , del más importante valor.

— Bien, pero, ¿no podríamos . . . , es decir, no deberíamos precisar los detalles? La cuestión del sueldo, por ejemplo . . .  y bajo las órdenes de quién trabajaré.

— Mi querido amigo — dijo Wither con una sonrisa —, no creo que pueda haber la menor dificultad respecto a . . .  al lado financiero del asunto. En cuanto a . . .

— ¿Cuál será mi sueldo, señor? —preguntó Mark.

— Toca usted un punto que difícilmente me corresponde decidir. Creo que los miembros que ocupan la posición que hemos previsto en principio para usted cobran unas mil quinientas libras al año, sujetas a fluctuaciones establecidas sobre bases liberales. Ya verá usted como todas estas cuestiones se arreglan por sí solas de la manera más fácil.

— Pero, ¿cuándo lo sabré, señor? ¿A quién tengo que ver para ello?

— No debe usted suponer, míster Studdock, que al mencionar la cifra de mil quinientas libras excluyese la posibilidad de una cantidad superior. No creo que ninguno de nosotros se permitiese una discrepancia sobre este punto si . . .

— Estaré plenamente satisfecho con mil quinientas libras — dijo Mark —. No pensaba en absoluto en esto. Pero . . .  pero — La expresión del Director Delegado iba haciéndose más cortés y confidencial a medida que Mark balbuceaba, y cuando finalmente añadió: — Supongo que debe de haber un contrato o algo por este estilo —, comprendió que había dicho la más imperdonable vulgaridad.

— Pues — dijo el Director Delegado alzando los ojos al techo y bajando la voz como si se encontrase profundamente embarazado — no es este exactamente el procedimiento . . .  Sería, sin duda alguna, posible . . .

— No es esta la cuestión principal, señor — dijo Mark sonrojándose—.  Se trata de mi posición. ¿Debo trabajar a las órdenes de míster Steele?

— Tengo aquí una fórmula — dijo Wither abriendo un cajón — que creo no ha sido todavía empleada hasta la fecha, pero que estaba destinada a estos casos. Si quiere usted estudiarla en un momento libre y está usted satisfecho con ella, podremos firmarla en cualquier momento.

— ¿Y respecto a míster Steele?

En aquel momento entró un secretario y colocó algunas cartas sobre la mesa del Director Delegado.

— ¡Ah, el correo por fin! — exclamó Wither —. Quizá tenga usted también cartas que lo esperan, míster Studdock. Según creo está usted casado —. Y al decir estas palabras una sonrisa de paternal satisfacción se extendió por su rostro.

— Siento demorarlo, señor, pero, ¿y respecto a míster Steele? — dijo Mark —. Es inútil que estudie el proyecto de contrato hasta que esté establecido este punto. Me vería obligado a rehusar cualquier situación que me obligase a trabajar a las órdenes de míster Steele.

— Esto suscita una cuestión muy interesante sobre la cual me gustará tener con usted una conversación privada y confidencial en otra ocasión — dijo Wither —. De momento, míster Studdock, no consideraré como definitivo nada de lo que ha dicho usted. Si quiere usted venir a verme mañana . . . —. Se enfrascó en la carta que acababa de abrir, y Mark, creyendo que había conseguido ya bastante de aquella entrevista, salió de la habitación. Al parecer, el I.N.E.C. tenía empeño en contar con él y estaba dispuesto a pagar un precio elevado. Ya lucharía contra Steele más tarde; de momento, estudiaría la fórmula de convenio.

Bajó de nuevo las escaleras y encontró la siguiente carta:

Bracton College
Edgestow
20 de octubre de 19 . . .

Mi querido Mark: Todos lamentamos profundamente haberle oído decir a Dick que va usted a dimitir su puesto en este Colegio, pero tenemos la certeza de que en cuanto a su carrera se refiere ha tomado la decisión que más le conviene. Una vez que el I.N.E.C. esté instalado aquí, espero poderlo ver tan a menudo como antes. Si no ha mandado ya usted su dimisión formal a N.O., yo, en su lugar, no tendría prisa en hacerlo. Si escribe usted a principios del próximo curso, la vacante vendrá sobre la mesa en la reunión de febrero y tendremos tiempo de tener un candidato digno de ser su sucesor. ¿Tiene usted alguna idea a este respecto? Hablé la otra noche con James y Dick de David Laird, a quien James no había oído nombrar nunca. No dudo de que conoce usted su obra; ¿podría usted decirme algo sobre esto y respecto a sus méritos en general? Creo que lo veré la semana próxima en Cambridge, cuando vaya a cenar con el Primer Ministro y algunos personajes más, y quizá podría inducirse a Dick a que invitara igualmente a Laird. Habrá usted oído decir que tuvimos un zafarrancho aquí la otra noche. Parece que hubo una seria refriega entre los trabajadores y los habitantes de la localidad. La policía del I.N.E.C., que parece ser bastante nerviosa, cometió el error de hacer una descarga al aire. La ventana de Henrietta María quedó destrozada y cayeron algunas piedras en la Sala Capitular. Glossop perdió la cabeza y quería salir a arengar a la muchedumbre, pero conseguí tranquilizarlo. Esto es estrictamente confidencial. Hay aquí mucha gente dispuesta o poner el grito en el cielo y a armar un escándalo contra nosotros por haber vendido el Bosque. Le dejo porque tengo que correr a ocuparme de los preparativos para el entierro de Hingest. Suyo

G. C. Curry.

En cuanto empezó a leer esta carta, una sensación de temor se apoderó de Mark. Trató de tranquilizarse. Una aclaración del equívoco — que escribiría y echaría al correo inmediatamente — pondría las cosas en su lugar. No podían despedir a un Miembro del Colegio simplemente por una palabra dicha al azar por lord Feverstone en la Sala Capitular. Recordó con profunda angustia que lo que ahora llamaba “una palabra dicha al azar” era exactamente lo que había aprendido en el Elemento Progresivo a denominar “establecer las cosas en privado” o “suprimir el funcionarismo”, pero trató de alejar este recuerdo de su mente. Recordó también que el pobre Conington perdió su puesto de una forma muy similar a aquélla, pero trató de convencerse de que las circunstancias habían sido muy diferentes. Conington fue siempre un outsider; él estaba “dentro”, incluso más que el propio Curry. ¿Pero estaba “dentro” realmente? Si no estaba “dentro” de Belbury (y empezaba a creer que no) ¿gozaba todavía de la confianza de Feverstone? Si tenía que volver a Bracton, ¿se encontraría todavía en la misma situación allí? ¿Podía regresar a Bracton? Sí, desde luego. Tenía que escribir una carta explicando que no había dimitido ni dimitiría de su puesto en Bracton. Se sentó ante su escritorio y tomó la pluma. Entonces se le ocurrió otra idea. Una carta a Curry diciendo claramente que pensaba seguir en Bracton sería vista por Feverstone. Este se lo diría a Wither. Esta carta po­día ser considerada como una renuncia a todo puesto en Belbury. Pues bien, ¡que fuese así! Abandonaría aquel sueño efímero y volvería a su condición de Miembro de Bracton. Pero, ¿y si esto era imposible? La cosa podía haber sido tramada para ponerle entre la espada y la pared; despedido de Belbury por haber conservado su beca en Bracton, y despedido de Bracton por haberse supuesto que aceptaba un puesto en Belbury . . .  Y Jane y él se encontrarían en la calle, sin un céntimo y tal vez con la oposición de Feverstone cuando tratase de obtener una nueva colocación. Y, ¿dónde estaba Feverstone?

Evidentemente, tenía que obrar con mucha cautela. Tocó el timbre y pidió un whisky. En su casa no hubiera tomado nada hasta las doce, y, además, sólo hubiera bebido cerveza. Pero ahora . . .  Sentía una curiosa sensación de frío. No serviría de nada resfriarse además de tener aquellas preocupaciones.

Decidió escribir una carta muy prudente y vaga. Su primera tentativa, pensó, no era bastante vaga; podía ser utilizada como prueba de que había abandonado toda idea de entrar en Belbury. Tenía que ser más vago todavía. Pero entonces, si era demasiado vago, tampoco servía. ¡Oh, maldito asunto! . . .  Las doscientas libras de entrada, la nota de la primera semana y el fracaso de sus imaginados intentos de hacer ver a Jane el asunto bajo su verdadera luz, se interpusieron entre él y su tarea. Finalmente, con la ayuda del whisky y de buen número de cigarrillos, redactó la siguiente carta:

Instituto Nacional de Experimentos Coordinados.
Belbury.
21 de octubre de 19 . . .

Mi querido Curry: Feverstone debió de entenderme mal. No hice jamás la menor alusión a renunciar a mi beca, ni tengo el menor deseo de hacerlo. En realidad, casi he decidido no aceptar en el I.N.E.C. ningún empleo que ocupe todo mi tiempo y espero estar de regreso en el Colegio dentro de un par de días. Por una parte, estoy bastante preocupado por la salud de mi mujer, y no quiero estar mucho tiempo ausente en estos momentos. En segundo lugar, a pesar de que todo el mundo ha sido conmigo muy amable y me incitan a que me quede, la clase de trabajo que quieren que lleve a cabo pertenece más al terreno administrativo y publicitario, y es menos científico de lo que yo esperaba. De manera que esté usted seguro de lo que digo, si oye usted afirmar a alguien que pienso dejar Edgestow, niéguelo rotundamente. Espero que se divierta mucho en Cambridge. ¡En qué círculos se desenvuelve usted! Suyo,

Mark G. Studdock.

P. S. De todos modos, Laird no hubiera servido. Tuvo un tres, y la única obra que se ha aventurado a publicar ha sido considerada como una broma por los escritores de calidad. Particularmente, no tiene la menor facultad crítica. Puede usted siempre contar con él para admirar algo que sea totalmente vacío.

El alivio de haber escrito esta carta fue sólo momentáneo, porque acababa apenas de cerrarla cuando de nuevo pensó en el problema de cómo pasar el resto del día. Decidió irse a sentar en su cuarto; pero cuando llegó a él encontró la cama deshecha y una aspiradora en el centro de la habitación. Por lo visto, no se esperaba que los miembros estuviesen en sus habitaciones a aquella hora del día. Bajó y entró en el salón. La servidumbre lo estaba limpiando. Fue a la biblioteca. Sólo había en ella dos hombres que estaban hablando con las cabezas muy juntas. Al verlo entrar se callaron y levantaron la cabeza, con la esperanza, sin duda, de que se marchase. Fingió haber ido a buscar un libro y se retiró. En el hall vio al propio Steele de pie delante de la tablilla de avisos, hablando con un hombre de barba puntiaguda. Ninguno de los dos miró a Mark, pero cuando pasó junto a ellos guardaron silencio. Cruzó el hall y fingió examinar el barómetro. Dondequiera que fuese oía puertas que se abrían y cerraban, pasos rápidos, alguna llamada telefónica, en fin, todos los signos de una institución en pleno rendimiento llevando una vida laboriosa de la cual él estaba excluido. Abrió la puerta principal y miró hacia fuera; la niebla era densa, húmeda y fría.

Toda narración es falsa en determinado sentido, en el de no atreverse, aun cuando pueda hacerlo, a expresar el transcurso del tiempo. Aquel día fue tan largo para Mark que un relato detallado de él sería ilegible. Unas veces se sentaba arriba — al fin terminaron de arreglar su cuarto —, otras sa­lía a la niebla, y en ocasiones entraba en los bares públicos. Algunos de ellos estaban llenos de una muchedumbre parlanchina, y durante algunos minutos intentaba hacer un esfuerzo para no parecer desocupado, para no tener el aspecto angustiado e inquieto; después, súbitamente, como llamados por su próximo deber, toda aquella gente se marchaba bulliciosamente.

Poco después de almorzar encontró a Stone en uno de los corredores. Mark no se había acordado de él desde el día anterior por la mañana, pero en aquel momento, al ver la expresión de su rostro y algo furtivo en sus maneras, comprendió que se encontraba ante un hombre tan angustiado por lo menos como él. Stone tenia la mirada que Mark había visto en los muchachos recién llegados o poco queridos en los colegios, en los outsiders de Bracton, la mirada que era para Mark el símbolo de sus peores temores, porque llegar a tener aquella mirada era, en su escala de valores, el mal más grave. Su instinto le aconsejó no hablar con Stone. Sabía por experiencia cuan peligroso es tener amistad con un hombre que se hunde e incluso ser visto en su compañía; no puede uno ponerlo a flote y en cambio se puede hundir con él. Pero su intenso deseo de compañía era tan agudo que, a pesar de todo, esbozó una sonrisa angustiada y dijo:

— ¡Hola!

Stone tuvo un sobresalto, como si el hecho de dirigirle la palabra fuese la más horrible sensación.

— Buenas tardes — dijo nerviosamente, tratando de seguir adelante.

— Vamos a hablar a algún sitio, si no está usted ocupado — dijo Mark.

— No sé . . .  Es decir . . . , no estoy seguro del tiempo que tendré libre — repuso Stone.

— Hábleme de este sitio — dijo Mark —. Me parece un lugar horrible, pero no he tomado todavía decisión alguna. Venga a mi habitación.

— No creo eso. En absoluto . . .  ¿Quién ha dicho que yo creía eso? —contestó Stone precipitadamente.

Mark no contestó, porque en aquel momento vio al Director Delegado acercarse a ellos. Durante las próximas semanas pudo darse cuenta de que no había corredor ni habitación pública que estuviese jamás a salvo de los prolongados paseos del Director Delegado. No podía ser considerado como un espionaje, porque el crujido de sus botas y su eterno silbido hubieran destruido la sospecha. Se le oía venir de lejos. A menudo se le veía también venir, porque era alto — y de no haber sido un poco encorvado hubiera sido incluso muy alto —, y con frecuencia, en medio de una multitud, se veía su rostro a distancia mirando vagamente. Pero esta era la primera vez que Mark se daba cuenta de aquella ubicuidad, y pensó que el director delegado no podía haber aparecido en un momento más inoportuno. Se acercó lentamente, miró en su dirección, como si no estuviese seguro de que fuesen ellos, y siguió su camino. Ninguno de los dos intentó proseguir la conversación.

Durante el té, Mark vio a Feverstone, y en el acto fue a sentarse a su lado. Sabía que lo peor que un hombre en su situación podía hacer era imponer su presencia a nadie, pero estaba completamente desesperado.

— Oiga, Feverstone — empezó a decir alegremente —, voy en busca de informaciones. — Tuvo la satisfacción de verlo sonreír como respuesta—. Sí — dijo Mark —. No he recibido por parte de Steele lo que se llama una acogida cordial. Pero el director delegado no quiere oír hablar de mi marcha. Y el “Hada” parece que quiere hacerme escribir artículos para los periódicos. ¿Qué diablos tengo yo que hacer aquí? — Feverstone se echó a reír larga y fuertemente —. Porque — concluyó Mark — que me ahorquen si consigo averiguarlo. He tratado de sonsacárselo y . . .

— ¡Oh, Dios mío! — exclamó Feverstone riéndose más aún.

— ¿Es que no hay nunca manera de sacarle nada?

— Lo que usted quiere saber, no — repuso Feverstone sin dejar de reír.

— Bien, entonces, ¿cómo diablos hay que averiguar lo que quieren de uno, si nadie le da ninguna información?

— Exacto . . .

— ¡Oh! A propósito, esto me recuerda otra cosa. ¿Cómo diablos se le ocurrió a Curry la idea de que iba a dimitir de Bracton?

— ¿No va usted a dimitir?

— No he tenido jamás la menor intención.

— ¿De veras? Pues el “Hada” me dijo categóricamente que no iba usted a volver.

— No va a suponer usted que si quisiera dimitir lo haría por su conducto.

La sonrisa de Feverstone se hizo más amplia.

— No es ninguna tontería — dijo —. Si el I.N.E.C. quiere que tenga usted un empleo nominal fuera de Belbury, ya lo tiene; y si no quiere, no lo tiene. No está mal.

— ¡Al diablo el I.N.E.C.! Trato únicamente de conservar la beca que ya tenía, y no es asunto suyo. A nadie le gusta quedarse sin pan y sin perro.

— A nadie le gusta, es verdad . . .

— ¿Qué quiere usted decir?

— Siga mi consejo y conquiste de nuevo el favor de Wither. Le he dado a usted un buen empujón de salida, pero por lo visto ha seguido usted el camino equivocado. Su actitud ha cambiado desde esta mañana. Tiene usted que mimarlo un poco. Y, aquí entre nosotros, no me uniría mucho al “Hada”; no le hará a usted ningún bien. Son ruedas que giran dentro de otras ruedas.

— Entretanto — dijo Mark—, he escrito a Curry que explique que lo de mi dimisión es una fantasía.

— No hay mal si esto le divierte — dijo Feverstone sin dejar de sonreír.

— Espero que el Colegio no me dará la patada simplemente porque Curry entendió mal una cosa que miss Hardcastle le dijo a usted . . .

— No puede usted ser privado de una beca, según los estatutos que conozco, salvo por razones de inmoralidad.

— No, desde luego. No quise decir esto. Me refiero a no ser reelegido cuando me presente a la reelección el próximo curso.

— ¡Ah!, ya comprendo . . .

— Y por eso debo confiar en usted para quitarle a Curry esta idea de la cabeza. — Feverstone no contestó —. Es necesario — insistió Mark contra toda prudencia — hacerle ver claramente que todo fue una falsa interpretación.

— ¿No conoce usted a Curry? Desde hace tiempo tiene en movimiento todo el engranaje de su máquina sobre el problema de su sucesor.

— Por eso cuento con usted para pararla.

— ¿Conmigo?

— Sí.

— ¿Por qué conmigo?

— Pues . . .  ¡diablos!, porque usted fue quien primero le metió esa idea en la cabeza . . .

— ¿Sabe usted — dijo Feverstone, cogiendo una pasta de té — que encuentro el estilo de su conversación muy difícil? Va usted a ir a la reelección dentro de algunos meses. El Colegio puede reelegirle o no. Por lo que puedo colegir, está usted ahora tratando de conquistar mi voto por adelantado. A lo cual, la contestación adecuada es la que le doy: ¡Váyase usted al diablo!

— Sabe usted perfectamente que no había ninguna duda sobre mi reelección hasta que le habló usted al oído a Curry.

Feverstone contempló su pasta de té.

— Me está usted fastidiando — dijo —. Si no sabe usted cómo llevar su carrera adelante en un sitio como Bracton, ¿por qué ha venido usted a molestarme? No soy ninguna niñera. Y por su bien le aconsejo que para hablar con la gente de aquí adopte una forma diferente de la que está usted empleando conmigo. De lo contrario, su vida podría ser, empleando las famosas palabras, “pobre, ruin, corta y despreciable”.

— ¿Corta? — dijo Mark —. ¿Es eso una amenaza? ¿Se refiere usted a mi vida en Bracton, o en el I.N.E.C.?

— Si estuviese en su lugar, no insistiría mucho en la distinción.

— Me acordaré de esto — dijo Mark levantándose. En el momento de marcharse no pudo evitar volverse hacia aquel hombre sonriente y decirle —: Usted fue quien me trajo aquí. Creí que usted, por lo menos, era amigo mío.

— ¡Romántico incurable! — dijo lord Feverstone, haciendo una mueca y metiéndose en la boca la pasta entera.

Y así Mark supo que si perdía el puesto de Belbury perdería también el de Bracton.

III

Durante aquellos días, Jane estuvo en su casa lo menos que pudo, y permaneció despierta en la cama, leyendo, cada noche, hasta lo más tarde posible. El sueño se había convertido en su enemigo. Durante el día iba a Edgestow, nominalmente con la intención de encontrar a otra “mujer que pudiese venir un par de veces a la semana” para reemplazar a mistress Maggs. En una de estas ocasiones tuvo la satisfacción de encontrar a Camilla Denniston, que se dirigió hacia ella. Camilla acababa de apearse de un gran automóvil, y un momento después le presentó a un hombre alto y moreno que era su marido. Jane comprendió en el acto que el matrimonio Denniston era de la clase de gente que le gustaba. Sabía que Mr. Denniston había sido en un tiempo amigo de Mark, pero no tuvo ocasión de conocerlo; y su primera idea fue preguntarse, como se había preguntado otras veces, por qué los actuales amigos de Mark eran de una clase tan inferior a los que había tenido antes. Carey, Wadsden y los Taylor, que pertenecían al grupo en el cual ella lo conoció, eran más simpáticos que Curry, y Busby, sin mencionar a aquel Feverstone. Mr. Denniston era indudablemente mucho más simpático.

— Íbamos precisamente a verla — dijo Camilla —. Venga a almorzar con nosotros. Iremos hacia los bosques, más allá de Sandown, y comeremos juntos en el coche. Tenemos mucho de qué hablar.

— ¿Qué les parecería si fuésemos a mi casa y almorzaran ustedes conmigo? — dijo Jane, preguntándose interiormente cómo se las arreglaría —. El día no está muy a propósito para excursiones.

— Esto representaría un exceso de trabajo para usted — dijo Camilla —. ¿No sería mejor ir a algún sitio de la población, Arthur? Si Mrs. Studdock cree que el tiempo está demasiado frío y nebuloso . . .

— No estaremos bien en un restaurante, mistress Studdock — dijo Denniston —. Tenemos que estar solos. — El “tenemos” indicaba evidentemente “los tres”, y creó desde el primer momento una atmósfera de intimidad entre ellos —. Y además — prosiguió —, ¿no le gusta a usted un día de niebla en un bosque, en otoño? Verá cómo dentro del coche estaremos muy bien.

Jane dijo que no había conocido nunca a nadie que le gustase la niebla, pero que no tenía inconveniente. Y los tres se fueron.

— Por eso nos casamos Camilla y yo — dijo Denniston mientras avanzaban —. A los dos nos gusta el Tiempo. No este tiempo o el otro, sino el Tiempo. Es un gusto muy útil cuando vive uno en Inglaterra.

— ¿Cómo lo ha conseguido usted, Mr. Denniston? — dijo Jane —. Creo que jamás lograría que me gustase la lluvia o la nieve.

— Pues es la oración a la inversa — dijo Denniston —. Siendo niños, a todos nos gusta el Tiempo. Se aprende el arte de detestarlo al crecer. ¿No se ha fijado usted en ello un día de nieve? Los mayores caminan rápidamente, con la cara larga, pero mire usted a los chiquillos ¡y a los perros! Ellos saben para qué fue creada la nieve.

— Estoy segura de que yo detestaba los días húmedos siendo niña — dijo Jane.

— Porque los mayores se lo enseñaron — dijo Camilla —. A todos los chiquillos les gusta la lluvia si se les permite mojarse.

En aquel momento abandonaron la carretera general, más allá de Sandown, y avanzaron por encima de la hierba, entre los árboles, para detenerse finalmente en una especie de claro frondoso en el que había un pinabeto muy espeso en un lado y un grupo de hayas en el otro. Se veían húmedas telarañas, y de la tierra emanaba un rico aroma otoñal. Se sentaron los tres en el asiento trasero del coche y sacaron una cesta llena de emparedados, un frasco de jerez, café caliente y cigarrillos. Jane comenzaba a divertirse.

— Ya — dijo Camilla.

— Bien — dijo Denniston —. Supongo que vale más empezar. Ya sabe usted, desde luego, de dónde venimos, Mrs. Studdock.

— De casa de miss Ironwood — dijo Jane.

— Bueno, de su misma casa. Pero no pertenecemos a Grace Ironwood. Tanto ella como nosotros pertenecemos a alguien más.

— ¿Sí? — dijo Jane.

— Nuestro pequeño hogar, o compañía, o sociedad, o como quiera usted llamarlo, es dirigido por míster Fisher-King. Por lo menos, este es el nombre que ha adoptado últimamente. Quizá conociese usted su nombre original si se lo dijese. Es un gran viajero, pero ahora está inválido. Durante su último viaje se hizo una herida en un pie y no logra curarla.

— ¿Y por qué cambió de nombre?

— Tenía una hermana casada en la India que se llamaba Mrs. Fisher-King. Murió hace poco y le dejó su cuantiosa fortuna a condición de que adoptase su nombre. A su manera era una mujer extraordinaria; amiga del gran místico cristiano indígena de quien acaso haya usted oído hablar, el Sura. El Sura tenía motivos para creer, o creía tenerlos, que un gran peligro se cernía sobre la raza humana. Y precisamente antes del final (exactamente antes de desaparecer) llegó al convencimiento de que llegaría a sus fines en esta isla. Y después de su desaparición . . .

— ¿Ha muerto? — preguntó Jane.

— No lo sabemos — contestó Denniston —. Unos creen que vive y otros no. En todo caso, desapareció. Y Mrs. Fisher-King comunicó más o menos extensamente el problema a su hermano, nuestro jefe. Por esto, en realidad, le legó el dinero. Su deber era reunir en torno suyo un grupo de gente para vigilar la llegada del peligro y luchar con él.

— No es eso exactamente, Arthur — dijo Camilla —. Se le dijo que de­bía reunir una compañía y que él debía ser el jefe.

— No creía tener que llegar hasta este detalle — repuso Arthur —. Pero estoy de acuerdo. Y ahora, mistress Studdock, es cuando entra usted en escena.

Jane esperó.

— El Sura dijo que cuando llegase el momento debíamos buscar lo que llamó un vidente, una persona dotada de doble vista.

— No que debíamos buscar un vidente, Arthur — dijo Camilla —, sino que aparecería un vidente y que nosotros o los del otro bando se apoderarían de él.

— Y parece — continuó Denniston dirigiéndose a Jane — que es usted la vidente.

— Por favor — dijo Jane sonriendo —, no quiero hacer un papel tan importante.

— No — dijo Denniston —. Es una suerte innata que posee usted. — En el tono de su voz había una entonación de simpatía. Camilla se volvió hacia Jane y le dijo:

— He deducido por lo que me ha dicho Grace Ironwood que no está usted convencida de ser una vidente. Es decir, que creía que se trataba de sueños ordinarios. ¿Cree usted eso todavía?

— ¡Todo esto es tan extraño y tan . . .  bestial ! — dijo Jane. Le gustaba aquella gente, pero su intuición natural le decía: “Ten cuidado. No te dejes atrapar. No te comprometas a nada. Tienes tu propia vida que vivir.” Entonces, un impulso de honradez le forzó a añadir —: En realidad, he tenido otro sueño desde entonces. Y ha resultado también ser cierto. He visto un asesinato . . . , el asesinato de Mr. Hingest.

— Ahí lo tiene usted — dijo Camilla —. ¡Oh, mistress Studdock, debe usted estar con nosotros! Debe usted, debe usted . . .  Esto significa que estamos en la cumbre. ¿No lo ve usted? Hemos pasado todo este tiempo preguntándonos dónde empezarían exactamente las complicaciones, y he aquí que sus sueños nos dan un indicio. Ha visto usted algo ocurrido a pocas millas de Edgestow. En realidad, estamos al parecer en lo más intrincado del asunto, sea lo que sea, y no podemos avanzar ni una pulgada sin su ayuda. Es usted nuestro servicio secreto, nuestros ojos. Todo esto fue establecido mucho antes de que nosotros naciéramos. No lo estropee todo. Por favor, únase con nosotros.

— No, Cam, no — dijo Denniston —. Al Pendragón (al Jefe, quiero decir) no le gustaría que hiciésemos esto. Mrs. Studdock debe venir a nosotros libremente.

— Pero, — dijo Jane —, no sé nada de todo esto, ¿comprenden? No quiero intervenir en asuntos que no conozco.

— Pero, ¿no ve usted — interrumpió Camilla — que no puede permanecer neutral? Si no se entrega usted a nosotros, el enemigo la utilizará.

Las palabras “entrega usted a nosotros” fueron mal elegidas. Todos los músculos del cuerpo de Jane se pusieron rígidos. Si su interlocutora hubiese sido una persona que le inspirase menos atractivo que Camilla, habría adoptado una actitud pétrea contra toda otra llamada. Denniston puso su mano sobre el brazo de su mujer.

— Tienes que ver la cosa desde el punto de vista de Mrs. Studdock, querida — dijo —. Olvidas que no sabe prácticamente nada de nosotros. Y esta es la verdadera dificultad. No podemos decirle gran cosa hasta que se haya unido a nosotros. Le estamos pidiendo, en realidad, que dé un salto en la oscuridad. — Se volvió hacia Jane con una sonrisa ligeramente burlona que, no obstante, resultaba grave —. Eso es como casarse — dijo —, o meterse en la marina siendo chiquillo, o hacerse monje, o probar un nuevo plato. No se puede saber qué pasa hasta que se ha probado.

Quizá no supiera, o acaso lo sabía también, los complicados resentimientos y resistencias que la elección de sus imágenes despertó en Jane, ni le era posible a ésta analizarlas. Se limitó a responder con una voz más fría que la que había empleado hasta entonces:

— En este caso, es bastante difícil ver por qué aceptaría nada de eso.

— Admito con franqueza — dijo Denniston — que sólo puede usted tomarnos por confianza. Creo que, en realidad, todo depende de la impresión que los Dimble, Grace y nosotros dos hayamos producido en usted; sin contar, naturalmente, la del mismo Jefe cuando lo conozca.

Jane se tranquilizó de nuevo.

— ¿Qué me piden ustedes exactamente que haga? — preguntó.

— En primer lugar, que venga usted a ver a nuestro Jefe, y después . . .  pues, unirse a nosotros. Esto implicaría hacer ciertas promesas. Es verdaderamente el Jefe, ¿comprende? Todos hemos aceptado acatar sus órdenes. ¡Ah! Hay otra cosa. ¿Cómo tomará Mark la cosa? Somos viejos amigos, ¿sabe usted?

— Me pregunto . . .  —dijo Camilla —. ¿Es necesario tratar de esto de momento?

— Tendremos que tratarlo tarde o temprano — repuso su marido.

Hubo un pequeño silencio.

— ¿Mark? — dijo Jane —. ¿Qué tiene que ver él con esto? No puedo imaginar lo que diría. Creería probablemente que todos hemos perdido la cabeza.

— ¿Se opondrá, no obstante? — dijo Denniston —. Quiero decir, ¿pondrá alguna objeción a que se una usted a nosotros?

— Si estuviese en casa, supongo que se asombraría bastante si le anunciaba que me quedaba definitivamente en St. Anne. ¿Significa esto “unirme a ustedes”?

— ¿Mark no está en su casa? — preguntó Denniston con cierta sorpresa.

— No — repuso Jane —. Está en Belbury. Creo que le van a dar un puesto en el I.N.E.C. — Estaba muy satisfecha de poder decir esto, porque se daba perfecta cuenta de la distinción que eso significaba. Si Denniston quedó impresionado, por lo menos no lo demostró.

— No creo — dijo —, que “unirse a nosotros” quiera decir, de momento, ir a vivir a St. Anne, especialmente tratándose de una mujer casada. A menos que a mi buen Mark le interesase y viniera también . . .

— Esto está fuera del caso — dijo Jane. Y pensó: “No conoce a Mark.”

— En todo caso — continuó Denniston —, no es esa la cuestión de momento. ¿Tendría algún inconveniente en que se uniese usted a nosotros, es decir, a que se pusiese bajo las órdenes del Jefe y le hiciera las promesas?

— ¿Si tendría él algún inconveniente? — preguntó Jane —. ¿Qué diablos tiene que ver con este asunto?

— Pues . . .  — dijo Denniston vacilando un poco —, el Jefe o (las autoridades a las cuales obedece) tienen ideas un poco anticuadas. Si es posible evitarlo, no quisiera que se adhiriese una mujer casada sin que su marido . . .  sin consultarlo . . .

— ¿Quiere usted decir que tengo que pedirle permiso a Mark? — preguntó Jane con una risa nerviosa. El resentimiento, que había ido aumentando y disminuyendo, pero aumentando cada vez un poco más de lo que disminuía desde hacía algunos minutos, había ahora desbordado. Todo aquel hablar de promesas y obediencia a un tal Mr. Fisher-King totalmente desconocido la había repelido. Pero la idea de que aquella misma persona la mandase a pedir permiso a Mark, como si fuese una chiquilla que pide autorización para ir a una fiesta, era el colmo. De momento, miró a Mr. Denniston con verdadero desagrado. Lo vio, así como a Mark, y a Fisher-King y aquel extravagante faquir, sencillamente como hombres, figuras complacientes y patriarcales, disponiendo a su antojo de las mujeres como si éstas fuesen chiquillos y guiándolas como si fueran rebaños. “Y el rey prometió que al que matase el dragón le daría a su hija en matrimonio.” Estaba muy enojada.

— Arthur — dijo Camilla —, veo allí un resplandor. ¿Crees que es una hoguera?

— Sí, diría que sí.

— Tengo los pies fríos. Vamos a caminar un poco y a ver el fuego. Me gustaría comer algunas castañas.

— ¡Oh!, sí, vamos — dijo Jane.

Bajaron del coche. Hacía más calor fuera que dentro de él, un calor lleno de olor a hojas y a humedad y de ruidos de ramas que goteaban. La hoguera era grande y estaba a medio consumir, un montón humeante de hojas por un lado y grandes cavernas y acantilados de un rojo brillante por el otro. Se detuvieron junto a ella y estuvieron hablando de cosas indiferentes durante algún tiempo.

— Les diré lo que voy a hacer — dijo Jane al final —. No me uniré a ustedes, pero les prometo contarles cualquier sueño de esta clase que tenga.

— ¡Espléndido! — exclamó Denniston —. Creo que es todo lo que tenemos el derecho de esperar. Comprendo muy bien su punto de vista. ¿Puedo pedirle otra cosa?

— ¿Cuál?

— Que no mencione nuestro nombre a nadie.

— ¡Oh!, desde luego.

Más tarde, cuando volvieron al coche y emprendieron el regreso, Mr. Denniston dijo:

— Espero que los sueños no le preocupen ahora mucho, Mrs. Studdock. No, no quiero decir que espero que cesen, ni creo que esto ocurra, pero ahora que sabe usted que no son sólo una cosa que ocurre de por sí, sino que tienen relación con el otro mundo, cosas desagradables, desde luego, pero no más que muchas que se leen en los periódicos, creo que los encontrará usted muy soportables. Cuanto menos piense usted en ellos como sueños y más como . . .  bueno, como noticias, mejor los soportará usted.


Seis
Niebla

I

Una noche (que pasó casi sin dormir) y medio día siguiente transcurrieron sin que Mark consiguiese ver de nuevo al Director Delegado. Llegó a él en un estado de ánimo deseoso de conseguir el puesto en las condiciones que fuesen.

— Le he traído el formulario firmado, señor — dijo.

— ¿Qué formulario? — preguntó el Director Delegado. Mark vio que estaba hablando con un Wither completamente distinto. Aquella ausencia mental subsistía, pero su cortesía había desaparecido totalmente. El hombre lo miró como si saliera de un sueño, como separado de él por una inmensa distancia, pero con una especie de desagrado lejano que hubiera podido convertirse en odio si la distancia hubiese disminuido. Sonreía aún, pero era una sonrisa de gato, una alteración accidental de los rasgos de la boca que insinuaban incluso una mueca de mofa. Mark era como un ratón en sus manos. En Bracton, el Elemento Progresivo, debiendo enfrentarse sólo con escolares, había pasado por gente muy docta, pero allí, en Belbury, la sensación era muy diferente. Wither dijo que sabía que Mark había ya rehusado el puesto, pero que no podía, en ningún caso, renovar la oferta. Habló vaga e inquietantemente de roces y fricciones, de comportamiento poco juicioso, del peligro de crearse enemistades, de la imposibilidad de que el I.N.E.C. albergase a una persona que por lo visto se había peleado con todos los miembros durante la primera semana . . .  Habló incluso más vaga e inquietantemente de conversaciones que había sostenido con “sus colegas de Bracton” y que confirmaban enteramente su punto de vista. Dudaba que Mark fuese apto para una carrera doctoral, pero recusaba toda intención de dar consejo alguno. Sólo después de haber llevado a Mark a un estado de suficiente desesperación le arrojó, como, se arroja un hueso a un perro, la insinuación de un período de prueba con un sueldo (aproximado, pues no podía comprometer al Instituto) de seiscientas libras anuales. Y Mark lo aceptó. Incluso entonces trató de obtener respuesta a algunas de sus preguntas. ¿De quién debía recibir órdenes? ¿Debía residir en Belbury?

Wither contestó:

— Creo, Mr. Studdock, que hemos dicho ya que la elasticidad es la clave de este Instituto. A menos que esté usted dispuesto a considerar su cargo como una . . .  como una vocación más que como un empleo, no le puedo aconsejar en conciencia que se una usted a nosotros. Aquí no hay compartimientos estancos. No creo poder persuadir al comité de que invente en beneficio suyo una situación especialísima en la cual cumpliría usted artificialmente deberes limitados y, aparte de ellos, consideraría el tiempo como suyo propio. Le ruego que me deje terminar, Mr. Studdock. Nosotros somos, como le he dicho antes, como una familia, o incluso, quizá, como una sola personalidad. Aquí no puede tratarse “de recibir órdenes”, como usted muy inoportunamente sugiere, de un funcionario determinado y considerarse libre de adoptar una actitud intransigente ante sus otros colegas. Le ruego que no me interrumpa. No es este el estado de espíritu en el cual quisiera verle a usted enfrentarse con sus deberes. Debe usted hacerse útil, míster Studdock, útil en general. No creo que el Instituto permitiese que permaneciera en su seno quien mostrase una tendencia a mantenerse dentro de sus derechos . . . , que rehusase este o aquel servicio porque caía fuera de la función que había elegido para circunscribirse a una rígida definición. Por otra parte, sería igualmente desastroso (para usted, Mr. Studdock; estoy pensando sólo en sus intereses), igualmente desastroso, que se le permitiese apartarse de su verdadero trabajo por una colaboración no autorizada . . . , o, peor todavía, por una interferencia . . .  en el trabajo de los demás miembros. No permita usted que sugestiones casuales distraigan o disipen sus energías. Concentración, Mr. Studdock, concentración. Y el libre espíritu de toma y daca. Sí evita usted los dos errores que he mencionado, entonces . . .  ¡Ah! No creo tener que desesperar de que corrija usted con su conducta ciertas infortunadas impresiones que, debo admitirlo, ha producido ya. No, míster Studdock, no puedo concederle más discusiones. Mi tiempo está enteramente ocupado. No puede estar continuamente acaparado por controversias de esta especie. Tiene usted que encontrar su propio nivel, Mr. Studdock. Buenos días, Mr. Studdock, buenos días. Recuerde lo que le he dicho. Trato de hacer por usted todo lo que puedo. Buenos días.

Mark halló la recompensa a la humillación por la que acababa de pasar reflexionando que si no hubiese sido un hombre casado no la hubiera tolerado ni un momento. Esto le pareció (aun cuando no lo expresó en palabras) echar todo el peso de la carga sobre Jane. Le dio, además, libertad para pensar en todo lo que le hubiera dicho a Wither si no hubiese tenido que preocuparse de Jane. Se lo hubiera dicho incluso en este caso si hubiese tenido la oportunidad. Esto lo mantuvo durante algunos minutos en una especie de crepúsculo de felicidad; y cuando bajó a tomar el té vio que la recompensa a su sumisión había empezado ya. El “Hada” le hizo una seña para que fuera a sentarse a su lado.

— ¿No ha hecho usted nada todavía respecto a Alcasan? — preguntó.

— No — dijo Mark —, porque no había decidido quedarme hasta esta mañana. Podré subir esta tarde a ver los datos de que dispone . . .  es decir, por lo que sé, porque no he descubierto todavía cuál es el trabajo que se espera de mí . . .

— Elasticidad, muchacho, elasticidad — dijo miss Hardcastle —. No lo sabrá usted nunca. Su misión es hacer lo que le digan, y, por encima de todo, no molestar al viejo.

II

Durante algunos días comenzaron a iniciarse paulatinamente algunos avances que más tarde llegaron a ser de importancia.

La niebla, que cubría lo mismo a Edgestow que a Belbury, continuó haciéndose más densa. En Edgestow parecía como si “subiera del río”, pero en realidad se extendía sobre todo el corazón de Inglaterra. Cubría con una capa blanca la ciudad, y los muros goteaban; se podían escribir nombres sobre la humedad de las mesas, y la gente trabajaba con luz artificial en pleno día. Los operarios que trabajaban en lo que había sido el Bosque de Bragdon dejaron de ofender los ojos de los conservadores y se convirtieron en un mero concierto de golpes, chirridos, gritos, maldiciones y aullidos metálicos de un mundo invisible.

Algunos se alegraron de que aquella obscenidad quedase oculta, porque la abominación reinaba en la otra ribera del Wynd. La presa del I.N.E.C. sobre Edgestow se intensificaba. Incluso el río, que fue en un tiempo de un pardo verdoso y ámbar con reflejos plateados y suaves jugueteando y deslizándose por entre las cañas y las raíces, corría ahora opaco, cubierto de fango, mancillado por un interminable desfile de latas vacías, trozos de papel, colillas de cigarrillos y fragmentos de lana, variados algunas veces por las capas irisadas del petróleo. Y al fin la invasión lo franqueó. El Instituto había comprado los terrenos que se extendían hasta la ribera izquierda. Y entonces Busby recibió instrucciones de ponerse en contacto con Feverstone y un tal profesor Frost como representantes del I.N.E.C., y se enteró por primera vez de que el mismo Wynd debía ser desviado; no habría ya río en Edgestow. Esto era estrictamente confidencial, pero el Instituto tenía ya poderes para obligarlo. En este caso, era necesario establecer un nuevo reajuste de límites entre el Colegio y el I.N.E.C. Busby se quedó con la boca abierta cuando se enteró de que el Instituto quería extenderse hasta los mismos muros del Colegio. Y por primera vez oyó insinuar la idea de una requisición. El Colegio podría vender sus propiedades hoy y el Instituto ofrecería un buen precio; de no aceptarlo, les esperaba el apremio y una simple compensación nominal. Las relaciones entre Feverstone y el Tesorero se estropearon durante la conferencia. Se convocó una reunión extraordinaria del Colegio, y Busby expuso la situación a sus colegas de la forma más halagüeña posible. Sufrió casi un choque físico por la tempestad de ira que despertó. En vano hizo observar que los mismos que lo estaban insultando en aquel momento eran aquellos que habían votado la venta del Bosque; pero igualmente en vano lo insultaban. El Colegio estaba cogido en la red de la necesidad. Vendieron la estrecha franja que bordeaba el río y que tanto representaba para ellos. No había ya más que una terraza entre el muro este y el río. Veinticuatro horas después, el Instituto franqueaba el condenado Wynd y convertía la terraza en un vertedero. Durante todo el día, brigadas de trabajadores pasaban por encima de las planchas con pesadas cargas que lanzaban contra los propios muros del Bracton, hasta que el montón cubrió la entabladura que había sido la ventana de Henrietta María y alcanzó casi la ventana este de la capilla.

Durante aquellos días, muchos miembros del Elemento Progresivo lo abandonaron y se unieron a la oposición. Los que quedaron se veían constantemente atacados por la impopularidad con la que tenían que enfrentarse. Y a pesar de que el Colegio estaba así dividido interiormente, por la misma razón adquirió una nueva unidad forzada en sus relaciones con el mundo exterior. Bracton, como un conjunto, sufría la censura general por haber llevado al I.N.E.C. a Edgestow. Esto era desleal, porque muchas altas autoridades de la Universidad habían aprobado totalmente la acción de Bracton, pero ahora que aparecían los resultados la gente se negaba a recordarlo. Busby, a pesar de que había oído la cuestión de la requisa confidencialmente, no perdió tiempo para decirlo por todos los lugares públicos de Edgestow. “No hubiera servido de nada habernos negado a vender”, decía. Pero nadie creía que esta fuese la razón por la cual Bracton había vendido, y la impopularidad del Colegio aumentaba de día en día. Los no graduados tuvieron noticia de ello y dejaron de asistir a las conferencias de los doctores de Bracton. Busby e incluso el inocente Rector eran abucheados por las calles.

La población, que generalmente no compartía las opiniones de la Universidad, estaba también en una situación inestable. Ni los periódicos de Londres ni el Edgestow Telegraph dio gran importancia a la noticia del tumulto que había ocasionado la rotura de las ventanas de Bracton. Pero fue seguido de otros episodios. Hubo una escandalosa agresión en una de las calles principales cercanas a la estación y dos o tres refriegas en los establecimientos públicos. Aumentaban las denuncias por amenaza y la desordenada conducta por parte de los trabajadores del I.N.E.C. Pero estas quejas jamás aparecieron en los periódicos. Los que habían presenciado algún lamentable incidente quedaron sorprendidos al leer en el Telegraph que las obras del I.N.E.C. avanzaban con perfecta tranquilidad en Edgestow y que reinaban las más cordiales relaciones entre esta institución y los naturales del país. Los que no los habían visto, sino sólo oído hablar de ellos, al no hallar nada en el Telegraph desecharon la noticia por falsa y la atribuyeron a rumores y exageraciones. Los que los habían visto escribieron cartas al periódico, pero éste no las publicó.

Pero si podía dudarse de los episodios, nadie podía dudar de que casi todos los hoteles habían pasado a manos del Instituto, de manera que nadie podía ya tomar una copa con un amigo en el bar acostumbrado; de que las tiendas habituales estaban atestadas de forasteros que parecían tener mucho dinero, y que los precios eran elevados; de que había una cola delante de cada parada de autobuses, y de la dificultad de entrar en un cinematógrafo. Casas tranquilas que habían contemplado calles apacibles y desiertas reci­bían cotidianamente la sacudida de un tráfico inusitado; doquiera que uno fuese se veía rodeado de muchedumbres de forasteros. Para una población modesta con su mercado como era Edgestow, incluso los visitantes de la otra parte de la comarca parecían forasteros; el continuo clamor de los acentos nórdicos, galés e incluso irlandés, los gritos, las llamadas, las canciones, los rostros desconocidos pasando en medio de la niebla, eran profundamente detestables. “Aquí va a pasar algo”, era el comentario de muchos ciudadanos. Y a los pocos días: “Ya me parecía a mí que querían armar bulla.” No se sabe quién dijo por primera vez: “Necesitamos más policía.” Y entonces, por fin, el Edgestow Telegraph pareció enterarse. Un modestísimo artículo — no mayor que la mano de un hombre — apareció diciendo que la policía local era insuficiente para dominar la nueva población.

De todas estas cosas apenas se enteró Jane. Durante aquellos días estaba simplemente “a la expectativa”. Quizá Mark la mandase llamar a Belbury. Tal vez abandonase todo el plan de Belbury y regresase a casa; sus cartas eran vagas y poco satisfactorias. Acaso fuese ella a St. Anne a ver a los Denniston. Los sueños continuaban. Pero Mr. Denniston había tenido razón; era mucho menos penoso cuando uno los consideraba como “noticias”. De no haber sido así no hubiera podido soportar sus noches. Tuvo periódicamente un sueño en el cual no ocurría exactamente nada. Soñó que estaba en su cama y alguien colocaba una silla a su cabecera y se sentaba para contemplarla. La persona tenía en la mano un carnet de notas en el cual, de vez en cuando, anotaba algo. Por lo demás, permanecía sentada inmóvil, pacientemente atenta, como un doctor. Conocía ya aquel rostro; y llegó a conocerlo perfectamente bien. Usaba lentes, tenía las facciones sumamente bien cinceladas y llevaba una barba en punta. Y era de presumir — si es que podía verla — que él debía de conocerla también a ella; indudablemente, la estaba estudiando. Jane no escribió sobre este sueño a los Denniston la primera vez que lo tuvo. Incluso después de la segunda vez demoró hacerlo hasta que fue demasiado tarde ya para echar la carta al correo. Tenía la leve esperanza de que cuanto más tiempo permaneciese silenciosa más pronto irían ellos a verla. Necesitaba consuelo, pero lo quería, si era posible, sin ir a St. Anne, sin conocer a aquel Fisher-King y sin ser absorbida por su órbita.

Entre tanto, Mark seguía trabajando en la rehabilitación de Alcasan. Hasta entonces no había visto un expediente policíaco, y encontró bastante difícil entenderlo. A pesar de sus esfuerzos por ocultar su ignorancia, el “Hada” no tardó en darse cuenta. “Le pondré a usted en contacto con el Capitán — dijo —. Él le enseñará a manejar las cuerdas.” Así fue cómo Mark fue a pasar la mayor parte de sus horas de trabajo con el segundo de a bordo en la nave de miss Hardcastle, el capitán O'Hara, un hombre alto, de cabello blanco y bellas facciones, que hablaba de esa forma que los ingleses llaman “jerga del sur” y los irlandeses “un acento de Dublín que se podría cortar con cuchillo”. Pretendía pertenecer a una vieja familia, y tenía un castillo en Castlemortle. Mark no entendió sus explicaciones sobre el expediente, ni el Registro Q, ni el Sistema de Fichas Deslizantes, ni lo que el Capitán llamaba “conglomerado”. Pero le daba vergüenza confesarlo, y así resultó que la selección de los datos permaneció en manos de O'Hara, y Mark se encontró sirviendo de simple amanuense. Hizo cuanto pudo por ocultarlo a O'Hara y darle la sensación de que, en realidad, trabajaban juntos; lo cual, naturalmente, lo imposibilitó de repetir sus protestas originales de ser tratado como mero periodista. Tenía, desde luego, un estilo propio (lo cual había ayudado su carrera mucho más de lo que él hubiera querido reconocer), y sus escritos fueron un éxito. Sus artículos y cartas referentes a Alcasan aparecieron en periódicos en los cuales jamás hubiera conseguido la entrée con su firma; periódicos leídos por millones de lectores. No podía evitar sentir cierta emoción de placer.

Confió también al capitán O'Hara sus pequeñas inquietudes financieras. ¿Cuándo solían pagar? De momento estaba escaso de dinero. Había perdido su cartera la misma noche que llegó a Belbury, y no fue nunca recuperada. O'Hara se echó a reír estrepitosamente.

— Puede usted tener todo el dinero que quiera pidiéndoselo al intendente — dijo.

— ¿Quiere usted decir que se lo deducen a uno del sueldo? — preguntó Mark.

— Mire — dijo el Capitán —, una vez está usted en el Instituto no tiene que preocuparse de eso. ¿No vamos acaso a tener en nuestras manos toda la cuestión financiera? Somos nosotros quienes hacemos el dinero.

— ¿Quiere usted decir . . . ? —preguntó Mark, interrumpiéndose y quedándose con la boca abierta —. ¿Pero no se lo reclaman a uno si se va? — añadió.

—¿Qué diablos habla usted de marcharse? — dijo O'Hara — Nadie se va del Instituto. Por lo menos, el único que se ha ido ha sido el viejo Hingest.

Por aquellos días la instrucción por la muerte de Hingest pronunció un veredicto de asesinato por una o más personas desconocidas. La ceremonia fúnebre se celebró en la capilla del Colegio de Bracton.

Fue el tercer día de una niebla tan espesa y blanca que los ojos dolían al mirarla y los sonidos lejanos quedaban anulados; sólo se oía el gotear de los aleros y los árboles y los gritos de los trabajadores fuera de la capilla. Den­tro de ella ardían los cirios con llamas verticales, formando el centro de un globo luminoso cuya luz no llegaba a iluminar las paredes. De no ser por las toses y el ruido de los pies no hubiera podido decirse que los bancos estaban llenos. Curry, totalmente vestido de negro y con un aspecto desmesuradamente voluminoso, iba de un lado a otro del extremo oeste de la capilla, hablando con unos y susurrando a otros, temeroso de que la niebla retardase la llegada de lo que él llamaba los restos, satisfecho y consciente del peso de la responsabilidad de aquella ceremonia que descansaba sobre sus espaldas. Curry tenía especialidad en estas ceremonias en el Colegio. No había en él ni el menor asomo de empresario de pompas fúnebres; era el hombre amistoso, diligente, que soportaba un duro golpe, pero tenía en cuenta que era el padre del Colegio, y que en medio de aquel trastorno él, por lo menos, debía mantenerse firme. Los forasteros que habían estado presentes en alguna ocasión, decían al salir: “Se ve que el subdirector lo siente mucho, pero no quiere demostrarlo.” No había en ello ninguna hipocresía. Curry estaba tan acostumbrado a reglamentar las vidas de sus colegas que consideraba natural reglamentar también sus muertes; y acaso, si hubiese poseído una mente analítica, hubiera podido descubrir en sí mismo una vaga sensación de que esta influencia, esta facultad de allanar caminos y tirar de las cuerdas oportunas, no podía cesar una vez el cuerpo hubiese dejado de respirar.

El órgano comenzó a tocar y ahogó las toses del interior y los ruidos del exterior; las voces monótonamente malhumoradas, el ruido de hierro y los vibrantes golpes producidos por las pesadas cargas que a intervalos eran lanzadas contra los muros de la capilla. Pero, como temió Curry, la niebla había demorado la llegada del cadáver y el organista llevaba media hora tocando cuando se oyó un rumor, y los apenados familiares, los Hingest de ambos sexos, vestidos de negro y con una rigidez de palo, empezaron, a avanzar hacia los bancos que les estaban reservados. Llegaron después los maceros y censores y el Gran Rector de Edgestow; después, el coro, cantando, y finalmente el ataúd, como una isla de sorprendentes flores transparentándose a través de la niebla, que parecía haber penetrado, más espesa, más fría y más húmeda, por la puerta abierta. Comenzó la ceremonia.

Oficiaba el canónigo Storey. Su voz era bella todavía, y había también cierta belleza en su aislamiento de la concurrencia. Estaba aislado de ella por la fe y por su sordera. No sintió el menor escrúpulo ante lo inapropiado de las palabras que leía sobre el cadáver de aquel anciano orgulloso y descreído, porque no sospechó jamás su incredulidad. Estaba completamente ajeno a la extraña discordancia que formaba su voz leyendo y las demás que se oían en el exterior. Glossop sentía una conmoción cada vez que, con una claridad imposible de ignorar, se oía en el silencio de la capilla una frase lejana poco adecuada a aquel austero ambiente, pero Storey, inconmovible e ignorante, contestaba:

— “Tú, pobre loco, que ignoras que lo que sembraste sólo crecerá después de la muerte . . . ”

— ¿Qué te apuestas a que te arreo ahora mismo en los morros? — dijo de nuevo la voz exterior.

— “Sembraste un cuerpo natural y ha crecido un cuerpo espiritual” —contestó Storey.

— Lamentable, lamentable . . .  — murmuró Curry al Tesorero, que estaba sentado a su lado. Pero algunos de los miembros jóvenes comprendió la parte jocosa de lo que ocurría y pensó cuánto Feverstone, que no había podido estar presente, se hubiera divertido con aquella historia.

III

La más agradable recompensa concedida a Mark por su obediencia fue su admisión en la biblioteca. Poco tiempo después de su infortunada intromisión en ella aquella lamentable mañana, había descubierto que aquella habitación, aun cuando nominalmente llamada “pública”, estaba en realidad reservada a los que en el colegio le habían enseñado a llamar los “de sangre azul” y Bracton “el Elemento Progresivo”. Alrededor de la alfombrilla de la chimenea, y entre las diez y la medianoche se celebraban las conversaciones más importantes y confidenciales; y esta era la razón por la cual, cuando una noche, en el salón, Feverstone dijo descuidadamente a Mark: “¿Qué le parecería si tomáramos una copa en la biblioteca?”, Mark asintió, sonrió y no le guardó ya ningún resentimiento por la última conversación que había tenido con él. Si sentía un poco de desprecio hacia sí mismo por este motivo, lo dominó y trató de olvidarlo; estas cosas eran chiquilladas y tonterías.

El círculo de la biblioteca solía estar formado por Feverstone, el “Hada”, Filostrato y — lo que era más sorprendente — Straik. Para Mark era un consuelo ver que Steele jamás aparecía por allí. Al parecer, había ido más allá, o detrás, de Steele, tal como le habían prometido; todo se desarrollaba de acuerdo con el programa. Una persona cuya frecuente aparición en la biblioteca no podía explicarse era aquel hombre silencioso de la barbilla y los lentes, el profesor Frost. El director delegado, o “el Viejo”, como lo llamaba ahora Mark, estaba allí a menudo, pero de una manera curiosa. Tenía la costumbre de entrar en la habitación y rondar de una parte a otra, con sus crujientes botas y silbando como de costumbre. Algunas veces se acercaba al grupo, escuchaba y los miraba con una expresión vagamente paternal en los ojos; pero raras veces decía nada, y no se unía nunca a la reunión. Se alejaba de nuevo, regresaba a veces al cabo de una hora, recorría los lugares vacíos de la habitación y volvía a marcharse. No había vuelto a hablar con Mark desde la humillante conversación en su despacho, y Mark se enteró por el “Hada” de que estaba todavía en desgracia. “El viejo acabará cediendo a su debido tiempo — afirmó —. Pero ya le dije que no le gusta que le hablen de marcharse.”

El miembro menos agradable, desde el punto de vista de Mark, era Straik. Este no hacía esfuerzo alguno por adaptarse al tono lascivo y realista con que hablaban sus colegas. No bebía ni fumaba nunca. Permanecía sentado, silencioso, acariciándose una rodilla raída con su mano demacrada y volviendo sus ojos apenados de un interlocutor a otro, sin tratar de discutir con uno ni de reírse de una broma con otro. A veces — quizá una en toda la noche —, algo que se había dicho le causaba un sobresalto; generalmente era algo referente a la oposición de los reaccionarios en el mundo exterior y de las medidas que el I.N.E.C. tomaría para afrontarlos. Entonces comenzaba una peroración viva y prolongada, amenazando, denunciando, profetizando. Lo raro era que los demás no lo interrumpían ni se reían. Había entre ellos y aquel hombre intemperante una unidad profunda que aparentemente compensaba la falta de simpatía, pero Mark no pudo descubrir qué era. Algunas veces, Straik se dirigió a él directamente, con gran asombro y malestar por su parte, tratando de la resurrección.

— No es un hecho histórico ni una fábula, joven — dijo —, sino una profecía. Todos los milagros . . .  son sombras de cosas que tienen que ocurrir. Deslíguese de la falsa espiritualidad. Todo ocurrirá aquí, en este mundo, en el único mundo que existe. ¿Qué nos dijo el Maestro? Cura al enfermo, expulsa a los demonios, resucita el muerto. Lo haremos. El Hijo del Hombre (es decir, el Hombre mismo, ya crecido), tiene poder para juzgar al mundo, para distribuir la vida sin fin, el castigo sin término. Lo verán. Aquí y ahora.

Todo aquello era muy desagradable.

Al día siguiente del entierro de Hingest, Mark se aventuró a entrar solo en la biblioteca por primera vez; hasta entonces había ido siempre apoyado por Feverstone o por Filostrato. Estaba un poco inseguro de la acogida, pero, por otra parte, temía que si no afirmaba pronto su derecho de entrée su modestia podía perjudicarlo. Sabía que en estos casos un error en ambas direcciones es igualmente fatal; hay que adivinarlo y correr el riesgo de equivocarse.

Fue un éxito brillante. El círculo estaba completo, y antes de que hubiese cerrado la puerta todos se volvieron hacia él con expresiones de bienvenida. Filostrato dijo: “Ecco!” y el “Hada”: “Aquí tenemos a nuestro hombre.” La satisfacción embargó a Mark. Jamás parecía el fuego haber ardido con tanto brillo ni las bebidas tener mejor sabor. Por lo visto lo esperaban. Era deseado.

— ¿Cuánto tiempo necesita usted para escribir dos artículos de fondo. Mark? — preguntó Feverstone.

— ¿Podría usted trabajar toda la noche? — dijo miss Hardcastle.

— Lo he hecho ya — contestó Mark —. ¿De qué se trata?

— Está usted convencido — preguntó Filostrato — de que . . .  la perturbación debe producirse en seguida, ¿verdad?

— Esto es lo gracioso del caso — dijo Feverstone —. Miss Hardcastle ha hecho su trabajo demasiado bien. No ha leído a Ovidio. Ad metam properate simul.

— No podríamos demorarlo aunque quisiéramos — dijo Straik.

— ¿De qué están ustedes hablando? — preguntó Mark.

— De los alborotos de Edgestow — contestó Feverstone.

— ¡Oh! No les he prestado mucha atención. ¿Es que amenazan ser peligrosos?

— Van a ponerse peligrosos, muchacho — dijo el “Hada” —. Esta es la cuestión. El verdadero alud estaba previsto para la semana que viene. Todas estas escaramuzas eran sólo para preparar el terreno. Pero todo va demasiado bien, ¡maldita sea! El globo tiene que elevarse mañana o pasado lo más tarde.

Mark miró con asombro el rostro del “Hada” y luego el de Feverstone. Este se echó a reír estrepitosamente, y Mark, casi automáticamente, trató de dar un aire jocoso a su estupefacción.

— No ha caído la moneda, “Hada” — dijo.

— No va usted a imaginar que el “Hada” deja el alboroto en manos de los habitantes, ¿eh? — dijo Feverstone.

— ¿Quiere usted decir que ella forma también parte del alboroto? — preguntó Mark.

— Sí, sí . . .  — dijo Filostrato, brillándole los ojos encima de sus mofletes.

— Todo esto es leal y correcto — dijo el “Hada” —. Es imposible meter un centenar de miles de obreros importados . . .

— De la clase que los contrató, no — interrumpió Feverstone.

—  . . . en un rincón dormido como Edgestow — prosiguió miss Hardcastle — sin que haya alboroto. Quiero decir que debía haber alboroto a la fuerza. Tal como están las cosas, no creo que mis muchachos tengan que hacer nada. Pero puesto que el alboroto debía producirse, no había ningún mal en que se produjese en el momento oportuno.

— ¿Quiere usted decir que ha controlado los disturbios? — dijo Mark. Para hacerle justicia, su mente se tambaleaba ante esta nueva revelación. Y no sentía la necesidad de ocultar su estado mental; en la intimidad y cordialidad de aquel circulo observó que sus músculos y su voz, sin ningún acto de volición consciente, adoptaban el tono de sus colegas.

— Es una manera un poco cruda de poner las cosas en claro — dijo Feverstone.

— Es indiferente — dijo Filostrato —. Así es cómo hay que hacer las cosas.

— Exacto — dijo miss Hardcastle —. Siempre las hacemos así. Cualquiera que conozca el trabajo de la policía se lo dirá. Y, como le digo, lo verdaderamente importante (el gran alud) tiene que ocurrir dentro de las cuarenta y ocho horas.

— Siempre es agradable beber en la misma fuente — dijo Mark —. De todos modos, quisiera alejar a mi mujer de allí.

— ¿Dónde vive? — preguntó el “Hada”.

— Arriba, en Sandown.

— ¡Ah! Difícilmente la afectará. Entre tanto, usted y yo debemos ocuparnos de la información del alboroto.

— Pero, ¿para qué es todo esto?

— Reglamentos de urgencia — dijo Feverstone —. No tendremos jamás los poderes que necesitamos en Edgestow hasta que el gobierno declare aquí el estado de alarma.

— Exacto — dijo Filostrato —. Es una locura hablar de revoluciones pacíficas. No es que la canaglia resista siempre (a menudo hay que obligarlos a ello), pero hasta que hay alteración del orden (tiros, barricadas) nadie tiene facultades para obrar efectivamente. No hay bastante de eso que llaman ustedes peso en el barco para hacerlo avanzar.

— Y el artículo tiene que estar a punto para que aparezca en los periódicos el día después del alboroto — dijo miss Hardcastl e—. Lo cual quiere decir que tiene que ser entregado al Director Delegado a las seis de mañana por la mañana lo más tarde.

— Pero, ¿cómo vamos a escribirlo esta noche si el alboroto no ocurrirá hasta mañana o pasado?

Todos se echaron a reír.

— No conseguirá usted nunca publicidad de esta forma, Mark — dijo Feverstone —. No va usted a necesitar que una cosa ocurra para hacer el relato de ella . . .

— Bien . . .  — dijo Mark, riéndose también a gusto —, admito que tenía cierto prejuicio a creerlo puesto que no vivo todavía en el mundo de la pre-visión.

— Mal hecho, muchacho  — dijo el “Hada'' —. Tenemos que llevarlo adelante en seguida. Tenemos tiempo para tomar otra copa. Luego, usted y yo nos iremos arriba a trabajar. Diremos que nos suban a las dos unos emparedados picantes y café.

Era lo primero que se le encargaba a Mark que, antes de hacerlo, supiese claramente que era delictivo. Pero el momento de su consentimiento escapó casi a su conciencia; no hubo, ciertamente, lucha, ni ninguna sensación de doblar una punta peligrosa. Debe de haber habido en la historia del mundo un tiempo en que estos momentos revelaban claramente su gravedad por medio de unas brujas profetizando detrás de unos matorrales encendidos o un Rubicón que franquear. Pero, para él, la cosa pasó en medio de una explosión de risas, de aquella risa íntima entre compañeros de profesión, para quienes de todos los poderes terrenales el más fuerte es el que lleva a los hombres a hacer cosas malas antes de ser, individualmente, hombres malvados. Un momento después subía las escaleras con el “Hada”. Se cruzaron con Cosser por el camino, y Mark, hablando animadamente con su compañera, vio con el rabillo del ojo que Cosser los miraba. ¡Pensar que hubo un momento en que tuvo miedo de aquel hombre!

— ¿Quién tiene el encargo de despertar al Director Delegado a las seis? — preguntó Mark.

— Probablemente no será necesario — repuso el “Hada” —. Supongo que el Viejo debe de dormir a una hora u otra, pero no hemos conseguido nunca saber cuándo.

IV

A las cuatro de la mañana, Mark estaba sentado en el despacho del “Hada” releyendo los dos últimos artículos que había escrito, uno para el más respetable de nuestros periódicos y el otro para un órgano más popular. Esta era la única parte del trabajo nocturno que tenía algo que pudiese halagar la vanidad literaria. Las primeras horas fueron empleadas en la más ardua labor de coordinar los hechos mismos. Los dos editoriales tocaron a su fin y la tinta estaba todavía húmeda. El primero decía así:

“Aun cuando sería prematuro hacer ningún comentario final al alboroto de anoche en Edgestow, dos conclusiones parecen sacarse de la primera noticia, que publicamos en otro lugar con una claridad que no será probablemente alterada por los subsiguientes acontecimientos. En primer lugar, el suceso producirá honda impresión a toda complacencia que pueda subsistir entre nosotros con respecto al grado de cultura de nuestra civilización. Es necesario, desde luego, admitir que la transformación de una pequeña universidad en un centro de investigación nacional no puede ser llevada a cabo sin ciertos roces y ciertos casos de violencia con los habitantes de la localidad. Pero el inglés ha tenido siempre su manera propia y peculiar de solucionar estos roces, y no se ha mostrado nunca reacio, cuando se le muestra debidamente la salida, a hacer sacrificios mucho mayores que estas pequeñas alteraciones de costumbres y sentimientos que el progreso solicita del pueblo de Edgestow. Es consolador observar que no hay la menor indicación por parte de los centros autoritarios de que los trabajadores del I.N.E.C. hayan, en ninguna forma, transgredido sus derechos o faltado a la consideración o cortesía que de ellos se esperaba; y no cabe duda de que el punto de partida de estos alborotos debió probablemente de ser alguna disputa de bar entre los trabajadores del I.N.E.C. y algún oráculo de la localidad. Pero, como dijo el Estagirita hace ya mucho tiempo, los desórdenes que nacen de triviales ocasiones tienen a veces causas más profundas, y parece indudable que este pequeño fracas ha sido inflamado, sino hecho estallar, por intereses particulares o vastos prejuicios.

”Es inquietante verse forzado a sospechar que la vieja desconfianza de la eficiencia planeada y los antiguos celos de lo que es ambiguamente llamado “burocracia” puede ser con tal facilidad (si bien esperamos que temporalmente) reavivada. Al mismo tiempo, esta sola sospecha, al revelar las grietas y las debilidades de nuestro nivel nacional de educación, da relieve a una de las auténticas enfermedades que precisamente el Instituto Nacional tiene la misión de curar. Que la cura será realizada, es indudable. La voluntad de la nación está detrás de este “esfuerzo de paz”, como tan felizmente describió míster Jules del Instituto, y toda oposición mal informada que tratase de oponer resistencia contra él sería (lo esperamos gentilmente, pero también con firmeza) contrarrestada.

”La segunda moraleja que sacar de los sucesos de anoche es de un carácter más alegre. El propósito original de dotar al I.N.E.C. de lo que erróneamente ha sido llamado su “cuerpo de policía” era visto con desconfianza en muchos ambientes. Nuestros lectores recordarán que, aun cuando no compartiendo esta desconfianza, le testimoniamos cierta simpatía. Incluso los falsos temores de aquellos que aman la libertad deben ser respetados como respetamos incluso los mal fundados temores de una madre. Al propio tiempo insistimos sobre que el complejo de la sociedad moderna convertía en un anacronismo confinar la ejecución actual de la voluntad del pueblo a una entidad cuyas verdaderas funciones son evitar y descubrir el crimen; que la policía, en resumen, debe ser, tarde o temprano, relevada de aquel creciente ramo de funciones coercitivas que no caen propiamente dentro de su esfera. Que este problema ha sido resuelto en otros países de una manera fatal para la libertad y la justicia, creando un verdadero imperium in imperio, es un hecho que no es probable que nadie olvide. La llamada “Poli­cía” del I.N.E.C. (que debería más bien llamarse “Ejecutiva Sanitaria”) es la solución característica inglesa. Su relación con la Policía Nacional no puede, quizá, ser definida en, términos de perfecta y lógica precisión; pero, como pueblo, no hemos sido nunca unos grandes enamorados de la lógica. El poder ejecutivo del I.N.E.C. no tiene ninguna relación con la política; y si alguna vez llega a tener contacto con la justicia criminal, lo hace en la graciosa forma de rescate, un rescate que puede salvar al criminal de la rígida esfera del castigo, para llevarlo a la del tratamiento curativo. Si alguna duda respecto al valor de este cuerpo existía, ha sido ampliamente puesta de manifiesto en los episodios de Edgestow. Durante toda la duración de los desórdenes fueron mantenidas las más cordiales relaciones entre las fuerzas del Instituto y la Policía Nacional, la cual, de no haber sido por la ayuda del Instituto, se hubiera encontrado frente a una situación imposible de dominar. Como un eminente político ha hecho observar esta mañana a uno de nuestros representantes, “de no haber sido por la Policía del I.N.E.C., las cosas hubieran podido tomar un cariz muy diferente”. Si bajo la luz de estos acontecimientos se considerase conveniente colocar toda el área de Edgestow bajo el exclusivo control de la “policía” institucional por un período limitado, no creemos que el pueblo inglés — siempre realista de corazón — tuviese la menor objeción que hacer. Hay que rendir especial tributo al elemento femenino del cuerpo, que parece haber actuado con una mezcla de valor y sentido común que estos últimos años nos han enseñado a esperar de la mujer inglesa casi como cosa descontada. Los absurdos rumores que co­rrían esta mañana por Londres, de ametralladoras funcionando por las calles y de víctimas, a centenares, quedan por comprobar. Probablemente, cuando dispongamos de detalles adecuados, veremos, como dijo recientemente un Primer Ministro, que “cuando corría la sangre era generalmente de la nariz.”

El segundo artículo decía así:

“¿Qué ocurre en Edgestow?

”Esta es la pregunta que el ciudadano quisiera ver contestada. El Instituto que se ha establecido en Edgestow es un Instituto Nacional. Esto quiere decir que es vuestro y mío. No somos científicos ni pretendemos saber lo que piensan los magistrales cerebros del Instituto. Sabemos lo que cada uno de nosotros espera de él. Esperamos la solución del problema del paro obrero; del problema del cáncer; del problema del alojamiento; de los problemas de la moneda, de la guerra, de la educación. Esperamos de él una vida más plena, sana y brillante para nuestros hijos, en la cual ellos y nosotros podamos seguir siempre adelante y gozar en su totalidad del ansia de vida que Dios ha dado a cada uno de nosotros. El I.N.E.C. es el instrumento del pueblo para conseguir todas las cosas por las cuales luchamos.

”Pero, entretanto, ¿qué ha ocurrido en Edgestow?”

”¿Cree el lector que estos desórdenes se han producido simplemente porque mistress Snooks o míster Buggins han descubierto que los propietarios han vendido sus tiendas o sus terrenos al I.N.E.C.? Mistress Snooks y míster Buggins saben muy bien que no. Saben que el Instituto quiere decir mayor comercio en Edgestow, más diversiones públicas, una población más grande, una jamás soñada prosperidad. Yo digo que estos desórdenes han sido provocados.

”Por consiguiente, pregunto de nuevo: ¿Qué ha ocurrido en Edgestow?

”Hay traidores en el campo. No tengo miedo de decirlo, cualesquiera que sean. Pueden ser los llamados gente religiosa. Pueden ser intereses financieros. Pueden ser los profesores y filósofos apolillados y llenos de telarañas de la propia Universidad de Edgestow. Pueden ser los judíos. Pueden ser los abogados. No me importa quiénes sean, pero tengo algo que decir. Tened cuidado. El pueblo inglés no está dispuesto a soportar estas cosas. No admitiremos que se sabotee al Instituto.

”¿Qué hay que hacer, pues, en Edgestow?

”Yo diría: “Poner toda la población bajo el amparo de la policía institucional.” Alguno de vosotros habrá ido alguna vez a Edgestow. En este caso, sabrán tan bien como yo cuál es su aspecto: una población rural, pequeña, soñolienta, con media docena de agentes de policía que hace diez años no han tenido otra cosa que hacer que detener a algún ciclista porque llevaba la luz apagada. No tiene sentido esperar que estos pobres hombres puedan sofocar un alboroto provocado. La noche pasada, la policía del I.N.E.C. demostró de lo que era capaz. Yo digo: descubrámonos ante miss Hardcastle y sus valientes auxiliares masculinos y femeninos. Démosles plena libertad y que tomen el asunto en sus manos. Suprimamos la rutina funcionaria.

”Tengo un consejo que dar. Si oís a alguien maldecir a la policía del Instituto, decidle a lo que se expone. Si oís a alguien compararla con la Gestapo o la GPU, decidle que ya os lo habían dicho. Si oís a alguien hablar de las libertades de Inglaterra, por las cuales entiende las libertades de los oscurantistas, de mistress Grundies, de los Obispos y del capitalismo, vigiladlo. Este es el Enemigo. Decidle de mi parte que el I.N.E.C. es el guante de boxeo en el puño de la democracia, y que si no le gusta esto es mejor que se quite de en medio.

”Entretanto . . .  Cuidado con Edgestow.”

Era de suponer que, después de haber escrito estos artículos en el calor de la inspiración, Mark hubiera debido despertar a la razón y con ella a la contrariedad, después de leer el producto de su inventiva. Desgraciadamente, el proceso fue casi inverso. Cuanto más trabajaba en él, más se reconciliaba con el oficio.

La reconciliación completa ocurrió después de copiar fielmente los dos artículos. Cuando un hombre ha puesto las tildes y los puntos a las íes, y le gusta el producto de su trabajo, no quiere que éste esté destinado a la cesta de papeles. Cuanto más leía los dos artículos, más le gustaban. Y, en todo caso, aquello era una broma. Se veía ya viejo y rico, probablemente Par del Reino, seguramente muy distinguido, cuando todo esto — todo el lado desagradable del I.N.E.C. — hubiese terminado, obsequiando a sus pequeños con orgullosas e increíbles narraciones de sus tiempos pretéritos. (“¡Ah! La vida era dura en aquellos tiempos lejanos. Recuerdo una vez . . . ”) Y, además, para un hombre cuyos escritos sólo habían aparecido hasta entonces en periódicos científicos o, en el mejor caso, en libros que sólo la gente docta leía, había una especie de irresistible atractivo en pensar en la prensa diaria:  los redactores esperando el original, lectores en toda Europa, algo real que dependía de sus palabras. La idea de la inmensa dínamo que de momento habían puesto a su disposición le daba una emoción que invadía todo su ser. No hacía tanto tiempo, después de todo, que había pasado por la emoción de ser admitido en el Elemento Progresivo de Bracton. Pero, ¿qué era el Elemento Progresivo al lado de esto? No era que se hubiese dejado arrastrar por los artículos. Los escribió apoyando la lengua en la mejilla, frase que hasta cierto punto lo consolaba haciéndole aparecer la cosa como una broma. Y, de todos modos, si no los hubiese escrito él lo hubiera hecho otro. Durante todo el rato, su espíritu infantil le susurraba cuan espléndido y triunfante era estar sentado allí, tan lleno de alcohol y, sin embargo, no borracho, escribiendo, con la lengua en la mejilla, artículos para los grandes diarios, contra el reloj, “con el diablo de la imprenta en la puerta” y todo el círculo interno del I.N.E.C. dependiendo de él, sin que nadie tuviese ya nunca el menor derecho a considerarlo una nulidad o un número.

V

Jane extendió un brazo en la oscuridad, pero no encontró la mesa de noche que debía estar allí, a la cabecera de su cama. Entonces, con una fuerte impresión, se dio cuenta de que no estaba en la cama, sino de pie. Reinaba en torno suyo una oscuridad absoluta y un frío intenso. A tientas, tocó algo que parecía la superficie desigual de la piedra. El aire tenía también algo peculiar; parecía un aire de recinto cerrado, un aire muerto. De muy lejos, posiblemente sobre su cabeza, llegaban a ella ruidos apagados que parecían venir a través de la tierra. Entonces, había ocurrido algo horrible . . .  Una bomba había caído sobre la casa y estaba enterrada en vida. Pero antes de haber tenido tiempo de sufrir toda la impresión de esta idea recordó que la guerra había terminado . . .  ¡Oh!, y desde entonces habían ocurrido toda clase de cosas: se había casado con Mark . . . , había visto a Alcasan en su celda . . . , había conocido a Camilla . . .  Entonces, con profundo alivio, pensó: “Es uno de mis sueños. Es alguna noticia. Ahora terminará. No hay por qué asustarse”.

Dondequiera que estuviese, el sitio no parecía ser muy grande. Siguió a tientas a lo largo de uno de los muros ásperos, y, al llegar a la esquina, su pie tropezó con algo duro. Se inclinó hacia adelante y se cayó. Había allí una especie de mesa o plataforma de piedra de unos tres pies de altura. ¿Y sobre ella? ¿Osaría explorarla? Sería peor no hacerlo. Empezó a recorrer con la mano la superficie de la mesa de piedra, y un momento después se mordió los labios para no gritar, porque había tocado un pie humano. Era un pie descalzo, y, a juzgar por la frialdad, muerto. Seguir palpando era lo más espantoso que había hecho en su vida, pero en cierto modo se sintió obligada a ello. El cadáver estaba envuelto en un tejido basto que no parecía liso, como si estuviese ricamente bordado, y era muy voluminoso. Debía de ser un hombre muy grande, pensó, mientras seguía a tientas subiendo hacia la cabeza. En el pecho, el tejido cambiaba súbitamente; parecía que hubiesen extendido la piel de algún animal sobre la basta tela. Así pensó al principio, pero después se dio cuenta de que aquel pelo pertenecía a una barba. Vaciló en tocar la cara; tenía un miedo horrible de que aquel cuerpo se despertase o hablase al sentir sus manos. Permaneció inmóvil un momento. Era sólo un sueño. Podía soportarlo. Pero era horrible, y parecía ocurrir en un tiempo muy lejano, como si se hubiese deslizado por una rendija del tiempo presente a aquel pozo frío y sin sol del remoto pasado. Esperaba que no la dejarían allí mucho tiempo. Si por lo menos fuese pronto alguien a sacarla de allí . . .  E inmediatamente se imaginó a alguien, alguien llevando barba, pero al mismo tiempo divinamente joven, alguien todo oro y fuerza y calor que avanzaba con paso firme y terrenal hacia las tinieblas de aquel antro. El sueño se convirtió en una especie de caos. Jane tuvo la impresión de que debía hacer una reverencia ante esta persona (cosa que jamás hizo a pesar de que su impresión permanecía brillante y fuerte en su mente), y vio consternada que los vagos recuerdos de sus lecciones de cortesía en el colegio no eran suficientes para indicarle cómo hacerlo. En aquel momento se despertó.

Se fue a Edgestow inmediatamente después del desayuno, a dar caza, como cada día, a alguien que pudiese reemplazar a Mrs. Maggs. Al llegar a lo alto de Market Street ocurrió algo que le decidió a ir en seguida a St. Anne en el tren de las 10.23. Llegó a un sitio donde estaba parado un gran automóvil del I.N.E.C. En el momento en que ella pasaba, un hombre salió de una tienda, cruzó la acera delante de ella, habló con el chófer y subió al coche. Pasó tan cerca de ella que, a pesar de la niebla, pudo verlo claramente, aislado de todos los demás objetos; el fondo del cuadro no era más que niebla gris, pies que caminaban y los fuertes ruidos de un tráfico inusitado que nunca cesaba ahora en Edgestow. Lo hubiera reconocido en cualquier parte; ni el rostro de Mark, ni el suyo propio, visto en un espejo, le eran ahora más familiares. Vio la barbita en punta, los lentes de oro, el rostro aquel que, en cierto modo, le recordaba el de una figura de cera. No tenía necesidad de pensar qué haría. Su cuerpo, avanzando rápidamente, parecía haber decidido por sí solo dirigirse a la estación y tomar el tren de St. Anne. Era algo diferente del miedo (a pesar de que estaba también espantosamente asustada) que la obligaba inexorablemente a seguir adelante. Era una repulsión total hacia aquel hombre sobre todas las fibras de su ser a un mismo tiempo. Los sueños cayeron en la insignificancia ante la cegadora realidad de la presencia de aquel individuo. Se estremeció al pensar que sus manos hubieran podido tocarlo al pasar.

El tren era deliciosamente caliente. Su compartimiento estaba vacío. El mero hecho de estar sentada era una delicia. La lenta marcha a través de la niebla la hizo casi dormirse. Apenas se acordó de St. Anne hasta que se encontró allí; incluso mientras subía la abrupta calle no hizo plan alguno, no proyectó lo que quería decir. Sólo pensaba en Camilla y en Mrs. Dimble. Sus instintos infantiles, en el fondo de su mentalidad, reaparecían. Quería ver gente buena, alejarse de la gente mala. Esta distinción infantil le parecía de momento más importante que las posteriores categorías del Bien y el Mal, el Amigo y el Enemigo.

Despertó de esta especie de letargo al darse cuenta de que el tiempo clareaba. Miró hacia arriba: decididamente, aquella curva del camino era más visible de lo que hubiera debido ser con aquella niebla. ¿O era que la niebla del campo es diferente de la de las ciudades? No había duda de que lo que había sido gris se iba volviendo blanco, de una blancura deslumbrante. Pocas yardas más allá aparecía un azul luminoso sobre la cabeza, y los árboles dibujaban sombras (hacía días que no había visto una sombra), y entonces, súbitamente, aparecieron visibles enormes espacios de cielo con el sol de oro pálido, y mirando hacia atrás, cuando dio la vuelta al castillo, Jane vio que estaba a la orilla de una pequeña isla verde y soleada, que tenía a sus pies la niebla blanca extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Había otras islas también. Aquella masa oscura que aparecía hacia el Oeste eran las colinas pobladas de árboles de Sandown, donde había ido de excursión con los Denniston; y aquella otra mucho más grande y brillante del Norte era la colina llena de cavernas en las cuales tenía su nacimiento el Wynd. Respiró profundamente. Era el tamaño de aquel mundo que emergía de la niebla lo que la impresionaba. Abajo, en Edgestow, había vivido todos aquellos días, incluso fuera de casa, como si estuviese en una habitación, porque sólo eran visibles los objetos más próximos. Pensó que había llegado casi a olvidar cuan inmenso era el cielo, cuan remoto el horizonte.


Siete
El pendragón

I

Antes de llegar a la puerta del muro, Jane encontró a míster Denniston, y éste la acompañó dentro del Castillo, no por aquella puertecilla, sino por la puerta principal que se abría en el mismo camino, unos centenares de yardas más allá. Mientras caminaban, Jane le refirió su historia. En su compañía, Jane tenía aquella curiosa sensación que experimenta mucha gente casada el encontrar a alguien con quien (por una razón totalmente misteriosa) jamás hubiera podido casarse pero que es, no obstante, más de su propio mundo que la persona con la cual de hecho está casada. Al entrar en la casa encontraron a Mrs. Maggs.

— ¡Cómo, Mrs. Studdock! ¡Qué sorpresa! — exclamó.

— Sí, Ivy — dijo Denniston —, y nos trae grandes noticias. Las cosas empiezan a avanzar. Tenemos que ver a Grace en seguida. ¿Está aquí MacPhee?

— Hace horas que está en el jardín — dijo mistress Maggs —. Y el doctor Dimble ha ido al Colegio. Camilla está en la cocina. ¿Se la envío a usted?

— Sí, tenga la bondad. Y si puede usted evitar que Mr. Bultitude nos estorbe . . .

— Perfectamente. Ya lo procuraré. ¿Querrá usted una taza de té, Mrs. Studdock? Habrá usted venido en tren . . .

Pocos minutos después, Jane se encontraba en la habitación de miss Ironwood. Miss Ironwood y los Denniston se sentaron frente a ella de manera que parecía que se encontrase delante de un tribunal de exámenes. Y cuando Ivy Maggs sirvió el té, no volvió a retirarse, sino que se sentó como si fuese uno más de los examinadores.

— Vamos — dijo Camilla, abriendo los ojos y ensanchando las aletas de la nariz como una especie de deseo mental demasiado concentrado para ser llamado excitación.

Jane dirigió una mirada circular a la habitación.

— No debe importarle que esté aquí Ivy, señora — dijo miss Ironwood—. Forma parte de nuestra sociedad.

Hubo un silencio.

— Tenemos su carta del 10 — dijo miss Ironwood —, describiendo su sueño del hombre de la barbita sentado al lado de su cama tomando notas. Quizá tendría que decirle que no estaba en realidad allí; el Director no lo cree posible. Pero estaba en realidad estudiándola a usted. Estaba obteniendo de usted informes sobre algún otro punto que, desgraciadamente, no era visible en su sueño.

— ¿Querría usted repetir, si no tiene inconveniente — dijo Mr. Denniston —, lo que me decía por el camino?

Jane les explicó el sueño del cadáver (si es que era un cadáver) en aquel lugar sombrío, y el encuentro con el hombre de la barbita aquella mañana en Market Street. Se dio cuenta en el acto del interés que había despertado.

— ¡Es curioso! — dijo Ivy Maggs.

— ¡Conque teníamos razón con lo del Bosque de Bragdon! — dijo Camilla.

— Es realmente Belbury — dijo su marido —. Pero, en este caso, ¿dónde interviene Alcasan?

— Perdónenme ustedes — dijo miss Ironwood con su voz pausada. Los demás guardaron silencio instantáneamente —. No debemos discutir este punto aquí. Mrs. Studdock no se ha adherido todavía a nosotros.

— ¿Es que no me van a decir ustedes nada? — preguntó Jane.

— Señora — dijo miss Ironwood —, tiene usted que excusarme. No se­ría prudente en este momento, y, por otra parte, no tenemos la libertad de hacerlo. ¿Me permite usted que le haga un par de preguntas?

— Si usted quiere — dijo Jane un poco malhumorada; pero sólo un poco. La presencia de Camilla y su marido la inducía en cierto modo a conducirse mejor.

Miss Ironwood había abierto un cajón, y durante algunos instantes reinó el silencio mientras buscaba algo en él.. Después tendió una fotografía a Jane y le preguntó:

— ¿Reconoce usted a esta persona?

— Sí — repuso Jane en voz baja —. Es el hombre con el que soñé y que he visto esta mañana en Edgestow.

Era una buena fotografía; al pie estaba escrito el nombre de Augustus Frost y algunos otros detalles en los que Jane de momento no se fijó.

— En segundo lugar — continuó miss Ironwood tendiendo la mano a Jane para que le devolviese la fotografía —, ¿está usted dispuesta a ver al Director . . .  en seguida?

— Pues . . .  sí, si usted quiere . . .

— En este caso, Arthur — dijo miss Ironwood a Denniston —, será mejor que vaya usted a decirle lo que hemos oído y ver si está lo suficientemente bien para recibir a Mrs. Studdock. — Denniston se levantó en el acto —. Entre tanto — continuó miss Ironwood —, quisiera decir dos palabras a solas a mistress Studdock. — Al oír esto, los demás se levantaron y salieron de la habitación detrás de Denniston. Un enorme gato que Jane no ha­bía visto todavía saltó sobre el sillón que Ivy Maggs acababa de abandonar —. No tengo la menor duda — dijo miss Ironwood — de que el Director la recibirá. — Jane no contestó —. Es de presumir que durante la entrevista — prosiguió miss Ironwood — le rogará a usted que tome una decisión definitiva.

Jane tosió ligeramente, sin otro propósito que desvanecer un poco aquella desagradable solemnidad que parecía haberse instaurado en la habitación en cuanto se quedó sola con miss Ironwood.

— Hay también ciertas cosas — prosiguió ésta — relativas al Director que debe usted saber antes de verlo. Le parecerá a usted un hombre muy joven; más joven que usted misma, incluso. Le ruego que comprenda que esto no es cierto. Está más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Es un hombre de gran experiencia, que ha viajado por donde jamás viajó ser humano alguno y ha penetrado en ambientes de los cuales ni usted ni yo tenemos el menor concepto.

— Es muy interesante — dijo Jane, sin mostrar, no obstante, interés.

— Y, en tercer lugar — dijo miss Ironwood—, he de rogarle que recuerde que sufre a menudo grandes dolores. Cualquiera que sea su decisión, confío en que no hará ni dirá usted nada que pudiese causarle un dolor innecesario.

— Si Mr. Fisher-King no está en estado de recibir visitas . . . — dijo Jane vagamente.

— Debe usted excusarme por insistir sobre estos puntos. Soy doctora, la única doctora en nuestra sociedad. Tengo, por consiguiente, la responsabilidad de protegerlo tanto como sea posible. Si quiere usted ahora venir conmigo, la acompañaré al Cuarto Azul.

Se levantó y, abriendo la puerta, dejó paso a Jane. Cruzaron el estrecho corredor, y de allí, por unos escalones gastados, llegaron a un gran hall, desde el cual una bella escalera georgiana llevaba a los pisos superiores. La casa, mayor de lo que Jane había supuesto, estaba caliente y silenciosa, y después de tantos días de vivir en medio de la niebla, aquel sol otoñal cayendo sobre alfombras y paredes le pareció dorado y brillante. En el primer piso, a sólo seis escalones de altura, se encontraron en un espacio cuadrado y pequeño con blancas columnas, en el que Camilla, inmóvil y alerta, estaba sentada esperándolos. A su lado había una puerta.

— La recibirá — le dijo a miss Ironwood.

— ¿Tiene muchos dolores esta mañana?

— No son continuos. Tiene un día bueno.

Cuando miss Ironwood levantó la mano para llamar a la puerta, Jane se dijo: “Ten cuidado. No te dejes meter en esto por nada. Todos estos corredores y voces bajas acabarán volviéndote loca si no te andas con cautela. Te convertirás en otra de las adoradoras de ese hombre”. Un momento después entraba en la habitación. Había mucha luz; parecía que todo fuesen ventanas. Hacía calor; el fuego ardía en la chimenea. El azul era el color predominante. Antes de que sus ojos se hubiesen acostumbrado a él, se sintió molesta y hasta cierto punto avergonzada de ver a miss Ironwood hacerle una reverencia. “No quiero” luchaba en la mente de Jane con “No puedo”; porque sus sueños habían sido exactos, no podía.

— Aquí está la joven, señor — dijo miss Ironwood.

Jane miró; e instantáneamente su mundo se desvaneció.

En un sofá, frente a ella, con un pie vendado como si estuviese herido, yacía un muchacho que aparentaba tener veinte años.

En uno de los grandes antepechos de las ventanas, un cuervo domesticado saltaba de un lado a otro. La luz del fuego, con su pálido reflejo, y la del sol, más intensa, parecían luchar en el techo. Pero toda la luz de la habitación parecía concentrarse en el cabello de oro y la dorada barba del herido.

Desde luego, no era un muchacho. ¿Cómo había podido pensarlo? La tersa piel de su frente y sus mejillas, y, sobre todo, de sus manos, le sugirieron esta idea. Pero un muchacho no hubiera tenido aquella barba tan poblada. Ni podría ser tan robusto. Había pensado ver un inválido. Pero ahora veía que debía de ser imposible escapar a la presa de aquellas manos. La imaginación sugería la imagen de aquellos brazos y aquellos hombros soportando todo el peso de la casa. Miss Ironwood, a su lado, le pareció una mujer pequeña y vieja, temblorosa y pálida, algo que hubiera podido alejar de un soplo.

El sofá estaba colocado sobre una plataforma cubierta por un dosel, separado del resto de la habitación por un peldaño. Tuvo la impresión de que enormes cortinones azules formaban el fondo, pero más tarde vio que no era más que una simple cortina que pendía detrás de él, dando al conjunto la impresión de un trono. Si en lugar de estar viéndolo se lo hubiesen contado, lo habría juzgado una tontería. A través de la ventana no veía árboles ni colinas; sólo el nivelado lecho de neblina, como si ambos estuviesen encaramados en una torre azul que dominase el mundo.

El sufrimiento acudía y se desvanecía en su rostro con los súbitos pinchazos de ardiente dolor. Pero de la misma manera que el relámpago rasga la quietud del cielo, pero desaparece sin dejar rastro en él, así la tranquilidad de su aspecto renacía después de cada recrudecimiento de la tortura. ¿Cómo pudo creerlo joven? ¿O viejo? Tenía la sensación, mezclada con el miedo, de que aquel rostro no tenía edad. Siempre le desagradaron, o por lo menos lo creía, los hombres barbudos, excepto los ancianos con barba blanca. Por esta razón había olvidado desde hacía tiempo el Artús de su infancia y el imaginario Salomón. Salomón . . .  Por primera vez desde hacía muchos años, aquella brillante mezcla solar de rey, amante y mago que rodea este nombre, acudió de nuevo a su mente. Por primera vez durante todos aquellos años saboreó la palabra rey con todo su cortejo de batallas, matrimonio, sacerdocio, merced y poderío. En aquel momento, al posarse sus ojos sobre los del herido, Jane olvidó quién era, dónde estaba, su ligero resquemor contra Grace Ironwood, su mucho más vago rencor contra Mark, su infancia y la casa de sus padres. Esto duró, desde luego, un instante. Un momento después volvía a ser la Jane sociable, ruborosa y confusa de ver que había estado mirando con rudeza (por lo menos esperaba que la rudeza sería la principal impresión producida) a un desconocido. Pero su mundo se había fundido; esto lo sabía. Podía ocurrir lo más inesperado . . .

— Gracias, Grace — dijo el hombre —. ¿Es mistress Studdock?

También la voz parecía estar hecha de luz solar y de oro. Como oro, pero no sólo con la belleza del oro, sino también con su pesadez; como la luz del sol, pero no solamente con la suavidad con que cae sobre los muros ingleses en otoño, sino con la brutalidad con que azota la jungla y los desiertos para engendrar la vida y destruirla. El desconocido le dirigió la palabra.

— Tendrá usted que perdonarme que no me levante, Mrs. Studdock —dijo —. Tengo un pie herido.

Jane oyó sin darse cuenta que su voz contestaba: “Sí, señor”, con un tono suave y apagado como el de miss Ironwood. Tuvo intención de decir: “Buenos días, Mr. Fisher-King” en un tono suave que contrarrestase su absurdo comportamiento de cuando entró en la habitación. Pero había dicho lo otro y era ya tarde. Un momento después se encontró sentada al lado del Director. Estaba angustiada; incluso temblaba. Tenía la viva esperanza de no echarse a llorar, o encontrarse sin palabras, o hacer alguna otra tontería. Porque su mundo se había desvanecido; podía ocurrir ahora cualquier cosa. Si sólo la conversación hubiese terminado y se pudiera retirar de aquella estancia sin haber caído en desgracia, y marcharse, no para siempre, pero sí para mucho tiempo . . .

— ¿Desea usted que me quede, señor? — preguntó miss Ironwood.

— No, Grace — dijo el Director —. Creo que no hay necesidad. Muchas gracias.

“Y ahora — pensó Jane—, ya viene . . .  ya viene . . .  ya viene . . . ” Las preguntas más intolerables que pudiese hacerle, las cosas más extravagantes que pudiera ordenarle, pasaron como un destello por su cerebro formando una confusa mescolanza. Todo poder de resistencia parecía haberla abandonado, y allí estaba, sola, sin protección.

II

Durante los primeros minutos que siguieron a la salida de miss Ironwood, Jane apenas entendió nada de lo que el Director le dijo. No era que su atención divagase; al contrario, su atención estaba tan fija en él que se desvanecía por sí sola. Cada entonación, cada mirada (¿cómo pudieron suponer que lo creería joven?), cada gesto, se imprimía con fuerza en su memoria; y sólo cuando cesó de hablar y se detuvo, esperando probablemente una contestación, se dio cuenta de lo poco que había quedado grabado en su mente de cuanto le había dicho.

— Le . . .  le ruego que me perdone . . .  — dijo, con la esperanza de no ruborizarse como una colegiala.

— Le estaba diciendo — prosiguió él — que nos ha prestado ya usted el mayor servicio posible. Sabíamos que uno de los más poderosos ataques que jamás se iniciaron contra la raza humana estaba a punto de estallar en esta isla. Teníamos la idea de que Belbury podía estar relacionado con ello, pero no teníamos la certeza. Ignorábamos ciertamente que Belbury tuviese tanta importancia y, por esto tiene tanto valor su información. Pero, por otra parte, nos encontramos ante una dificultad. Me refiero a una dificultad que se refiere a usted. Habíamos tenido la esperanza de que se uniría usted a nosotros, que se adheriría a nuestro pequeño ejército . . .

— ¿Es que no puedo, señor? — preguntó Jane.

— Es difícil — dijo el Director después de una pausa —. Su esposo está en Belbury, ¿comprende?

Jane levantó la vista. Había tenido en la punta de la lengua decir: “¿Quiere usted decir que Mark está en peligro?”, pero comprendió en el acto que esta ansiedad por Mark no formaba parte, en realidad, de las complejas emociones que experimentaba, y que responder a esto hubiera sido una hipocresía. Era una clase de escrúpulo que pocas veces había experimentado. Finalmente, dijo:

—  ¿Qué quiere usted decir?

— Pues — repuso el Director — que sería difícil para una persona ser al mismo tiempo la esposa de un funcionario del I.N.E.C. y formar parte de nuestra sociedad.

— ¿Quiere usted decir que no podría tener confianza en mí?

— No quiero decir nada de que temamos hablar. Quiero decir que, en estas circunstancias, usted, yo y su marido no podríamos confiar los unos en los otros.

Jane se mordió los labios con ira, no por el Director, sino por Mark. ¿Por qué tenían Mark y sus asuntos con aquel Feverstone que inmiscuirse en un momento como aquel?

— Yo puedo hacer lo que considere justo, ¿no es verdad? — dijo Jane suavemente —. Quiero decir que el hecho de que Mark . . . , de que mi marido esté en lado erróneo puede perfectamente ser indiferente para lo que yo haga. ¿No es eso?

— ¿No piensa usted en lo que está bien? — dijo el Director. Jane tuvo un sobresalto y se sonrojó. Realmente, no había pensado en ello —. Desde luego — continuó el Director —, las cosas pueden llegar hasta tal punto que esté justificado venir aquí, ya contra su voluntad, ya secretamente. Depende de lo cerca que esté el peligro, el peligro para todos nosotros y para usted personalmente.

— Creí que el peligro se cernía sobre todos nosotros ya . . . , por la forma en que habló Mr. Denniston.

— Esta es la cuestión — dijo el Director con una sonrisa —. No me está permitido ser demasiado prudente. No me está permitido emplear remedios desesperados hasta que las enfermedades desesperadas sean verdaderamente aparentes. De lo contrario, nos volveremos como nuestros enemigos; romperemos todas las reglas siempre que nos imaginamos que aquello puede aportar algún bien a la humanidad en un remoto futuro.

— ¿Pero le haría mal a alguien que yo viniese aquí? — preguntó Jane.

El hombre no contestó directamente. Al cabo de un rato, dijo:

— Parece que tendrá usted que marcharse otra vez; por lo menos de momento. Volverá usted a ver indudablemente a su esposo dentro de poco tiempo. Creo que debe usted hacer por lo menos un esfuerzo por apartarlo del I.N.E.C.

— Pero, ¿cómo puedo hacerlo, señor? — dijo Jane —. ¿Qué tengo que decirle? Pensará que todo esto es absurdo. No creerá nada de eso del ataque a la raza humana. — En cuanto hubo dicho estas palabras, pensó: “¿Parece esto cuerdo?”, y después, más desconcertantemente: “¿Era esto cuerdo?”

— No — dijo el Director —. Y no debe usted decírselo. No debe usted mencionarme ni a mí ni a nuestra sociedad. Hemos puesto nuestras vidas en sus manos. Debe usted pedirle sencillamente que abandone Belbury. Debe usted achacarlo a sus deseos. Es usted su esposa.

— Mark no hace nunca caso de lo que digo — contestó Jane. Cada uno pensaba lo mismo del otro.

— Quizá no le haya usted pedido nunca nada como le pedirá esto — dijo el Director —. ¿No quiere usted salvarlo y al propio tiempo salvarse usted?

Jane no contestó. Ahora que la amenaza de expulsión de aquella casa era inminente, sentía una especie de angustia. Abandonada por aquel comentarista interno que durante la conversación le había mostrado más de una vez sus propias palabras bajo una nueva luz, comenzó a hablar rápidamente.

— No me eche usted — dijo —. Estoy sola en casa y tengo unos sueños espantosos. No es como cuando Mark y yo nos veíamos mucho durante los buenos tiempos. ¡Soy tan desgraciada! No le importará que venga aquí o no. Sólo se reiría si lo supiese. ¿Es acaso justo que mi vida entera quede destrozada sólo porque él se ha relacionado con aquella horrible gente? ¿Es que cree usted que una mujer no puede tener vida propia sólo porque se ha casado?

— ¿Es usted desgraciada ahora? — preguntó el Director.

Una docena de afirmaciones murieron en los labios de Jane cuando levantó la mirada para contestar. Después, súbitamente, con profunda calma, como el centro de un remolino, vio la verdad, cesó de pensar en qué podían sus palabras hacer que el Director pensase de ella, y contestó:

— No. — Tras una corta pausa, añadió —: Pero será mucho peor ahora si me voy.

— ¿Cree usted?

— No lo sé. No. Supongo que no . . .  — Y durante un corto espacio de tiempo no tuvo otra sensación que la de paz y bienestar, la comodidad de su cuerpo en la silla donde estaba sentada, y una especie de clara belleza en los colores y proporciones de la estancia. Pero pronto comenzó a pensar: “Esto es el final. Dentro de un momento llamará a miss Ironwood y me echará.” Le pareció que todo su destino dependía de las siguientes palabras que pronunciase.

— Pero, ¿es realmente necesario? — comenzó —. No creo tener del matrimonio el mismo concepto que usted. Me parece extraordinario que todo pueda depender de lo que diga Mark . . . , respecto de algo que no entiende.

— Hija mía — dijo el Director —, no se trata aquí del concepto que usted o yo tengamos del matrimonio, sino del que tienen de él los Maestros.

— Alguien ha dicho que estaban muy anticuados. Pero . . .

— Es una broma. No están anticuados; pero son muy viejos.

— ¿No se les ocurrió pensar primero en si Mark y yo creíamos en sus ideas sobre el matrimonio?

— Pues . . .  no — dijo el Director con una curiosa sonrisa —. No. Decididamente, no hubieran pensado en tal cosa.

— ¿Y sería indiferente para ellos ver qué es este matrimonio actualmente . . . , averiguar si fue un éxito, si la mujer amaba a su marido? — Jane no había tenido intención de decir exactamente esto, y mucho menos de decirlo en aquel tono patético de mal gusto que, le parecía ahora, había empleado. Odiándose a sí misma, y temerosa del silencio del Director, añadió —: Pensará usted que no debí decirle a usted eso . . .

— Hija mía — repuso el Director—, me lo ha estado usted diciendo desde que empezamos a hablar de su marido.

— ¿Es que da lo mismo?

— Supongo — dijo el Director — que debe de depender de la forma en que él perdió su amor.

Jane permaneció silenciosa. Aun cuando no podía decirle la verdad al Director, ni en realidad la sabía ella misma, cuando trató de analizar su inarticulado agravio contra Mark, una nueva sensación de su propia injusticia, e incluso de piedad por su marido, invadió su cerebro. Y se desplomó, porque ahora le parecía que toda aquella conversación, que había considerado vagamente como una especie de liberación de todos sus problemas, la envolvía en realidad en otros nuevos.

— No es culpa suya — dijo al fin —. Creo simplemente que nuestro matrimonio fue un error. — El Director no dijo nada —. ¿Qué diría usted (qué diría la gente de quien habla usted) respecto a un caso como éste?

— Si realmente quiere usted saberlo, se lo diré — repuso el Director.

— Se lo ruego — dijo Jane a disgusto.

— Dirían — contestó el Director — que no falta usted a la obediencia por falta de amor, pero que ha perdido el amor por no haber nunca intentado la obediencia.

Algo que, ante tal observación, hubiera reaccionado normalmente en Jane con cólera o risa, fue relegado a una remota distancia (desde donde podía todavía oír, pero muy débilmente, su voz) por el hecho de que la palabra “obediencia” — ciertamente, no obediencia a Mark — caía sobre ella, en aquella habitación y en aquella presencia, como un extraño perfume oriental, peligroso, seductor, ambiguo . . .

— ¡Basta! — exclamó el Director secamente.

Jane lo miró boquiabierta. Hubo algunos minutos de silencio, durante los cuales la exótica fragancia se desvaneció.

— ¿Decía usted, querida? — preguntó el Director.

— Creía que amor quería decir igualdad — repuso ella — y libre compañerismo.

— ¡Ah, igualdad! — dijo el Director —. Tenemos que hablar de esto en otra ocasión. Sí, debemos estar todos salvaguardados por los mismos derechos de la voracidad de los demás, porque hemos caído. Como debemos usar ropas por la misma razón. Pero el cuerpo desnudo tiene que estar allá, bajo las ropas, madurando para el día en que ya no las necesitemos. Ya sabe usted que la igualdad no es la cosa más profunda . . .

— Siempre creí que era sólo lo que era. Creía que era en sus almas donde todos éramos iguales.

— Se equivocaba usted — dijo él gravemente —; este es el último sitio donde reside la igualdad. Igualdad ante la ley, igualdad de ingresos . . .  Todo eso está muy bien. La igualdad preserva la vida, pero no la hace. Es medicina, no alimento. Podría usted igualmente tratar de calentarse con un fuego pintado.

— Pero seguramente en el matrimonio . . .

— Peor que peor — repuso el Director —. El noviazgo no sabe nada de eso, y la posesión tampoco. ¿Qué tiene que ver con eso el libre compañerismo? Los que disfrutan juntos o sufren juntos son compañeros. Los que disfrutan o sufren uno con otro, no. ¿No sabe usted cuan esquiva es la amistad? Amigos . . . , camaradas . . . , no se consideran uno a otro. La amistad se avergonzaría . . .

— Pensaba . . .  — comenzó Jane, pero se detuvo.

— Lo sé — dijo el Director —. No es culpa suya. No la han prevenido a usted nunca. Nadie le ha dicho que la obediencia, la humildad . . .  es una necesidad erótica. Está usted situando la igualdad precisamente donde no debe estar. En cuanto a su venida aquí, puede suscitar ciertas dudas. De momento, tengo que mandarla a usted a su casa. Puede usted venir a vernos. Entre tanto, hable con su marido y yo hablaré con mis autoridades.

— ¿Cuándo las verá usted?

— Vienen a verme cuando quieren. Pero hemos estado esta vez hablando demasiado solemnemente sobre la obediencia. Quisiera enseñarle a usted algunos de nuestros pasatiempos. No les tiene usted miedo a los ratones, ¿verdad?

— ¿Miedo a qué? — preguntó Jane atónita.

— A los ratones — repuso el Director.

— No — dijo Jane, intrigada.

El Director tocó un timbre que tenía a su lado e inmediatamente apareció Mrs. Maggs.

— Creo que voy a almorzar ya, si no le importa — dijo el Director —. Le servirán a usted el almuerzo abajo, Mrs. Studdock, algo más suculento que el mío. Pero si quiere usted quedarse aquí mientras como y bebo, le mostraré a usted algunas de las atracciones de esta casa.

Mistress Maggs regresó con una bandeja sobre la que había un vaso, un pequeño frasco de vino tinto y un panecillo. Los puso sobre la mesita, al lado del Director, y salió de la estancia.

— Ya ve usted — dijo el Director —, vivo como el Rey del Curdie. Es un régimen sorprendentemente agradable. — Al decir esto, partió el panecillo y se sirvió un vaso de vino.

— No he leído ese libro — dijo Jane.

Hablaron de este libro mientras el Director comía y bebía. Al terminar, cogió el plato y echó las migajas en el suelo.

— Ahora, Mrs. Studdock — dijo —, va usted a ver una cosa nueva. Pero debe permanecer absolutamente inmóvil. — Al decir esto sacó del bolsillo un pequeño silbato de plata y tocó una nota. Jane permaneció inmóvil hasta que el profundo silencio invadió la habitación. Al poco rato oyó un rasguño y un tenue ruido, y vio tres diminutos ratones abriéndose paso a través de lo que para ellos era la espesura de la alfombra, husmeando su camino de forma que si hubiese quedado dibujado en el suelo habría parecido el curso de un río sinuoso, hasta que llegaron tan cerca que Jane pudo ver el centelleo de sus ojos e incluso la palpitación de sus hocicos. A pesar de lo que había dicho, en realidad no le hacía ninguna gracia la proximidad de aquellos ratoncitos, y tuvo que hacer un esfuerzo para permanecer inmóvil. Gracias a este esfuerzo vio los ratones por primera vez tal como son; no como seres que se arrastran, sino como elegantes cuadrúpedos, parecidos, cuando se sentaban, a diminutos canguros, con sus sensibles patitas de piel de cabritilla y sus orejas transparentes. Con rápidos e inaudibles movimientos empezaron a rondar de un lado para otro hasta que no quedó una miga en el suelo. Entonces, el Director lanzó otro silbido y con un súbito ondular de sus colas los tres ratones se precipitaron hacia su guarida y desaparecieron detrás de la caja del carbón. El Director miró a Jane con la sonrisa en los ojos. “Es imposible”, pensó Jane, “considerarlo viejo”.

— Aquí tiene usted — dijo él — un arreglo muy sencillo. Los humanos quieren quitar las migas; los ratones tienen ganas de quitarlas. No debió ser nunca un motivo de guerra. Pero ya ve usted que la obediencia y la reglamentación son más un baile que un obstáculo, especialmente entre hombre y mujer, en los que los papeles están cambiando siempre.

— ¡Cuan enormes debemos de haberles parecido! — dijo Jane.

Esta inconsecuente observación tenía una causa muy curiosa. Estaba pensando en la enormidad, y durante un momento le pareció que pensaba en su propia enormidad en comparación con los ratones. Pero casi inmediatamente esta identificación quedó destruida. Pensaba en realidad sencillamente en la enormidad. O, mejor, no pensaba en ella. Estaba, de una forma extraña, experimentándola. Algo intolerablemente grande, algo gigantesco ejercía su presión sobre ella, se aproximaba, estaba casi en la habitación. Temblaba, sofocada; se sentía desprovista de todo valor y virtud. Arriesgó una mirada hacia el Director que era realmente un grito de auxilio, y esta mirada, de una forma inexplicable, se lo reveló, como ella misma, como un objeto sumamente pequeño. La habitación entera era un sitio muy pequeño, un agujero de ratonera, y le pareció que el techo estaba inclinado, como si la insoportable masa y esplendor de su informe enormidad, al acercarse, lo hubiese hundido. Oyó la voz del Director.

— Pronto — dijo gentilmente —, debe usted dejarme ahora. Este no es sitio para seres tan pequeños como nosotros, pero ya estoy avezado. ¡Adiós!

III

Cuando Jane abandonó la colina de St. Anne y llegó a la estación, vio que también allá abajo la niebla había comenzado a levantarse. Grandes aberturas se formaban en ella, y mientras su tren avanzaba atravesándola, cruzaron varios claros en los que brillaba el sol vespertino.

Durante aquel viaje, Jane se sentía tan alejada de sí misma que hubiera podido decirse que en aquel compartimiento había tres, si no cuatro, Janes diferentes.

La primera era una Jane sensible al influjo del Director, recordando cada gesto y cada palabra y deleitándose en ello; una Jane sacada totalmente de su cautela, arrancada a su modesto marco de ideas contemporáneas que habían constituido hasta entonces su caudal de cordura, y arrastrada por la corriente de la marea de una experiencia que no comprendía y no podía controlar. Este propio intento de controlarla era precisamente el aspecto de la segunda Jane. Esta segunda Jane miraba a la primera con desagrado, como el tipo de mujer, en realidad, que toda su vida había despreciado. Una vez, saliendo de un cine, oyó a una joven vendedora de una tienda decirle a una de sus amigas: “¡Oh! ¿Verdad que era guapísimo? Si me hubiese mirado a mí como la miraba a ella lo hubiera seguido hasta el fin del mundo.” Era una muchachita pequeña, exagerada, muy pintada, que iba chupando un caramelo. Podía ser discutible que la segunda Jane tuviese razón o no en comparar la primera a aquella muchacha, pero el caso es que lo hizo. Y la encontró insoportable. Haberse rendido sin condiciones ante la voz y el aspecto de aquel desconocido; haber abandonado (sin darse cuenta de ello) aquel minucioso cuidado de su propio destino, aquella eterna reserva que consideraba esencial para su condición de persona mayor, íntegra e inteligente, era profundamente degradante, vulgar e incivilizado.

La tercera Jane era una visitante nueva e inesperada. En la primera quedaban trazas de su infancia; la segunda era lo que Jane consideraba que tenía que ser su “real” o normal personalidad. Pero la tercera, aquella Jane moral, era de una clase cuya existencia jamás había soñado. Salida de una desconocida región de gracia o herencia, decía una serie de cosas que Jane había oído decir a menudo, pero que jamás, hasta aquel momento, parecían estar relacionadas con la vida real. Si tan sólo le hubiese dicho que sus sentimientos hacia el Director eran erróneos, no habría quedado muy sorprendida, y lo hubiera achacado a la voz de la tradición. Pero no era este el caso. Se limitaba a censurarla por no experimentar los mismos sentimientos hacia Mark. Se mantenía infiltrando en su mente aquellos sentimientos hacia Mark, sentimientos de culpabilidad y pena, que había experimentado anteriormente en la habitación del Director. Era Mark quien había cometido el error fatal; ella debía ser gentil, muy gentil, con Mark. El Director, evidentemente, insistió sobre este punto. En el preciso instante en que su mente estaba casi poseída por otro hombre, aparecía, envuelta en la nube de una indefinible emoción, la resolución de dar a Mark mucho más de lo que le había dado hasta entonces,  y al propio tiempo la sensación de que al hacerlo lo daba realmente al Director. Y esto produjo en ella tal confusión de sensaciones que todo aquel debate interno llegó a ser indistinto y adquirió su más amplio desarrollo en la cuarta Jane, que era Jane misma y dominaba al resto en todo momento sin esfuerzo e incluso sin elección.

Esta cuarta y suprema Jane estaba simplemente en pleno goce. Las otras tres no tenían poder sobre ella, porque se hallaba en la esfera de Júpiter, en medio de luz, y música, y pompa, desposada con la vida y radiante de salud, jovial y cubierta de radiantes vestiduras. Apenas pensó en las curiosas sensaciones que precedieron inmediatamente a la despedida del Director e hicieron de este acto casi un alivio. Cuando trataba de recordarlas, llevaban inmediatamente sus pensamientos al mismo Director. Cualquier cosa que tratase de pensar le hacía recordar el Director y con él experimentar una sensación de júbilo. Por la ventanilla del vagón veía los rayos del sol caer sobre los rastrojos o los bruñidos bosques, y le parecían notas de una trompeta. Sus ojos se posaban sobre las vacas y los conejos, y los abrazaba en su corazón con un amor alegre y festivo. Se deleitaba con la incidental charla de un anciano que compartía su vagón, y vio, como jamás lo había visto, la belleza de su anciana y soleada mente, suave como una nuez y británica hasta el fondo de su alma. Pensó con sorpresa en el tiempo que hacía que la música no formaba ya parte de su vida, y decidió escuchar aquella noche varios corales de Bach que tenía en discos de gramófono. O quizá — no sa­bía — leería algunos sonetos de Shakespeare. El hambre y la sed que experimentaba la alegraron, y decidió que con el té tomaría muchas tostadas con mantequilla, con mucha mantequilla. Y, la alegró también el convencimiento de su belleza; porque tenía la sensación — podía ser falsa, en el fondo, pero no tenía nada que ver con la vanidad — de que iba creciendo y extendiéndose como una mágica flor a cada minuto que pasaba. En aquel estado de ánimo era muy natural que, una vez el anciano se hubo apeado en Cure Hardy, se levantase para mirarse en el espejo que estaba frente a ella en el compartimiento. Indudablemente, estaba bien, excepcionalmente bien. Y, una vez más, no había vanidad en esto. La belleza estaba hecha para los demás. Su belleza pertenecía al Director. Le pertenecía tan completamente que podía incluso decidir no guardarla para él sino dársela a otro, por un acto de baja obediencia, y, por consiguiente, más alta, más incondicional y más deliciosa que si la hubiese solicitado para sí mismo.

Mientras el tren entraba en la estación de Edgestow, Jane decidió que no tomaría el autobús. Disfrutaría dando un paseo hasta Sandown. Pero, ¿qué diablos era aquello? El andén, habitualmente desierto a aquella hora, parecía un andén de Londres el día de la fiesta de los Bancos. “¡Aquí, aquí!”, gritó una voz mientras Jane abría la puerta y media docena de hombres entraban tan bruscamente en el vagón que no pudo de momento salir. Le fue difícil cruzar el andén. El público parecía ir en todas las direcciones a la vez, colérico, brusco y excitado. “¡Sube otra vez al tren, aprisa!”, gritaba uno. “¡Sal de la estación, si no viajas!”, vociferaba otro. “¿Qué diablos . . . ?”, preguntaba otra voz a su lado, y una mujer decía: “¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué no los paran?” De fuera de la estación llegaba una especie de rugido como el griterío de un público de fútbol. Parecían brillar un número inaudito de luces desconocidas.

IV

Horas después, magullada, asustada, mortalmente cansada, Jane se encontraba en una calle que no conocía, rodeada de agentes de la policía del I.N.E.C. y de las mujeres de la misma, las Waips. Su camino fue como el del hombre que trata de ganar su casa por la playa mientras sube la marea. Fue apartada de su camino habitual por Warwick Street — donde estaban saqueando tiendas y encendiendo hogueras — y forzada a dar una gran vuelta, por cerca del Asilo, que finalmente la hubiera llevado a casa. Después incluso esta vuelta había resultado imposible por la misma razón. Se vio obligada a intentar una vuelta mucho mayor todavía; y cada vez la marea humana iba subiendo con ella. Finalmente vio Bone Street desierta y tranquila, y con ella, aparentemente, la última probabilidad de alcanzar su casa aquella noche. Una pareja de policías del I.N.E.C. — por lo visto, se los encontraba en todas partes menos donde el alboroto era más violento — le gritó : “No puede usted bajar por aquí.” Pero cuando le volvieron la espalda, en vista de que había poca luz y estaba desesperada, Jane se había metido en ella. La detuvieron. Y así fue cómo se encontró en una habitación iluminada, e interrogada por una mujer de uniforme y pelo gris, rostro cuadrado y una colilla apagada en la boca. La habitación estaba desordenada, como si fuese una casa particular súbita y violentamente convertida en delegación de policía provisional. La mujer de la colilla no le hizo gran caso hasta que dio su nombre. Entonces, miss Hardcastle la miró de frente y Jane experimentó una sensación completamente distinta. Estaba todavía cansada y asustada, pero no era lo mismo. El rostro de aquella mujer la afectaba como la habían afectado los de algunos hombres — hombres gordos con ojos malvados y pequeños y turbadores sonrisas — cuando era sólo una párvula. Parecía espantosamente tranquila y, al mismo tiempo, espantosamente interesada por ella. Y Jane comprendió que, mientras la miraba, en su mente se forjaba alguna nueva idea; alguna idea que parecía gustar a aquella mujer, y después trataba de desechar, y más tarde volvía a acariciar, y finalmente, con un ligero suspiro de satisfacción, aceptaba. Miss Hardcastle encendió su colilla y lanzó una bocanada de humo azul hacia ella. Si Jane hubiese sabido cuan raramente fumaba miss Hardcastle hubiera tenido más miedo todavía. Los policías de ambos sexos que la rodeaban probablemente lo sabían. La atmósfera de la habitación pareció cambiar.

— Jane Studdock — dijo el “Hada” —. Sé cuanto a usted hace referencia, querida. Es usted la esposa de mi amigo Mark. — Mientras hablaba iba escribiendo algo en una hoja de papel verde —. Perfectamente — dijo miss Hardcastle—. Podrá usted ver de nuevo a su maridito. La llevaremos a usted a Belbury esta noche. Y ahora, una sola pregunta, querida. ¿Qué hacía usted por las calles a estas horas de la noche?

— Acabo de llegar en tren.

— ¿Y dónde ha estado usted, cariño?

Jane no contestó.

— No habrá usted estado haciendo nada malo mientras su maridito estaba ausente, ¿verdad?

— Le ruego que me deje marchar — dijo Jane —. Quiero irme a casa. Estoy cansadísima y es muy tarde.

— Pero es que no va usted a ir a casa — dijo miss Hardcastle —. Irá usted a Belbury.

— Mi marido no me ha hablado de ir a reunirme con él allí.

Miss Hardcastle asintió.

— Este fue uno de sus errores. Pero va usted a venir con nosotros.

— ¿Qué quiere usted decir?

— Está usted detenida, cariño — repuso miss Hardcastle, tendiéndole la hoja de papel verde donde había estado escribiendo. A Jane le pareció igual que todas las fórmulas oficiales: un cúmulo de casillas, unas vacías, otras impresas en letra pequeña, otras llenas de firmas a lápiz, y unas ostentando su nombre; todo sin significado alguno.

— ¡Oh! — exclamó Jane súbitamente, dominada por una sensación de pesadilla y avanzando hacia la puerta. Desde luego, no llegó a ella. Un momento después recuperó su serenidad y se vio cogida por dos mujeres policías.

— ¡Vaya temperamento violento! — dijo miss Hardcastle bromeando —. Pero echaremos a los hombres malos de aquí, ¿verdad? — Dijo algo a los policías y éstos se retiraron inmediatamente, cerrando la puerta tras ellos. En cuanto desaparecieron, Jane sintió que le habían retirado toda protección.

— Bien — dijo miss Hardcastle dirigiéndose a las dos muchachas de uniforme —. Vamos a ver. Las doce y cuarto . . .  y todo va bien. Creo, Daisy, que podemos concedernos un ligero descanso. Cuidado, Kitty; su presa sobre el hombro un poco más firme. Eso es . . .  — Mientras hablaba, miss Hardcastle se desabrochaba el cinturón, y cuando hubo terminado se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el sofá, poniendo de manifiesto un voluminoso busto sin sostén (como Bill el “Aguacero” había dicho), exuberante, caído y escasamente velado; tal como Rubens lo hubiera pintado en un delirio. Entonces se volvió a sentar, se quitó la colilla de la boca, lanzó otra bocanada de humo en dirección a Jane y le dijo:

— ¿De dónde ha venido usted en este tren?

Y Jane no contestó; en parte porque no podía hablar y en parte porque ahora sabía ya sin ningún género de duda que aquellas mujeres eran los enemigos de la raza humana contra los cuales quería luchar el Director y que no debía decirles nada. No sintió ningún heroísmo al tomar esta determinación. Toda aquella escena tenía para ella algo de irreal; y como entre dormida y despierta, le pareció oír a miss Hardcastle decir: “Creo Kitty, querida, que tú y Daisy podríais traérmela aquí.” Y sólo como una media realidad notó que las dos mujeres la obligaron a pasar al otro lado de la mesa y vio a miss Hardcastle con las piernas abiertas sentada como si estuviese en una silla de montar; unas piernas cubiertas de cuero que salían por debajo de la falda corta. Las dos mujeres la forzaron, con una presión suave pero que aumentaba a medida que ella resistía, a arrodillarse entre los pies de miss Hardcastle; entonces ésta cerró sus piernas, aprisionando entre ellas a Jane. La proximidad de aquel monstruo impresionaba tanto a Jane y le inspiraba tal horror que no podía siquiera sentir miedo de lo que pudiesen hacerle. Y durante un tiempo que le pareció infinito, miss Hardcastle permaneció mirándola, sonriendo ligeramente y echándole humo a la cara.

— ¿Sabe usted — dijo miss Hardcastle finalmente — que es muy bonita a su manera?

Siguió otro silencio.

— ¿De dónde venía usted en este tren?

Y Jane levantó la vista como si desease que le saltasen los ojos de sus órbitas con tal de no decir nada. Entonces, súbitamente, miss Hardcastle se inclinó hacia adelante y, después de haber apartado cuidadosamente el borde superior del vestido de Jane, aplicó el extremo encendido de su cigarro sobre su hombro. Hubo una nueva pausa y un nuevo silencio.

— ¿De dónde venía usted en el tren? — preguntó miss Hardcastle.

Jamás pudo recordar Jane cuántas veces ocurrió la misma escena. Pero llegó un momento en que oyó a miss Hardcastle hablar, no con ella, sino con una de las dos muchachas.

— ¿Qué estás refunfuñando, Daisy? — dijo.

— Decía solamente, señora, que es la una y cinco.

— ¡Cómo pasa el tiempo!, ¿verdad, Daisy? Pero, ¡qué le vamos a hacer! ¿Es que no te encuentras bien, Daisy? ¿Acaso estás cansada de sostener a una persona tan frágil como ésta?

— No, señora, gracias. Pero, ¿no dijo usted que debía encontrar al capitán O'Hara a la una en punto?

— ¿El capitán O'Hara? — dijo miss Hardcastle, soñadora al principio, elevando la voz después, como una persona que sale de un sueño. Un momento después se levantó de un salto y se puso la guerrera —. ¡Bendita seas, muchacha!  — exclamó —. ¡Qué par de cabezas de chorlito sois! ¿Por qué no me lo has recordado antes?

— Pues . . . , señora . . . , no quería . . .

— ¿Que no querías? ¿Para qué creéis que estáis aquí?

— No le gusta a usted que la interrumpamos cuando está interrogando, señora — repuso la muchacha tímidamente.

— ¡No discutas! — gritó miss Hardcastle, girando en redondo y dándole una sonora bofetada —. Pronto. Meted a la prisionera en el coche. No esperes a abrocharle el traje, idiota. Vendré en cuanto me haya mojado la cara con un poco de agua fresca.

Pocos segundos después, entre Daisy y Kitty, pero cerca todavía de miss Hardcastle (parecía haber sitio para cinco dentro del auto), Jane se encontró avanzando por la oscuridad.

— Es mejor atravesar la ciudad lo menos posible, Joe — dijo la voz de miss Hardcastle —. Estará muy animada ahora. Suba hasta el Asilo y baje por aquellas callejuelas hasta la parte posterior del cercado.

Parecía que alrededor se producían una serie de extraños ruidos y resplandores. A veces parecía también haber mucha gente. Llegó un momento en que Jane se dio cuenta de que el coche se detenía.

— ¿Por qué diablos para usted? — dijo miss Hardcastle.

Durante algunos segundos el chófer no contestó, y sólo se oyeron unos gruñidos y el ruido de los infructuosos esfuerzos por poner el motor en marcha.

— ¿Qué pasa? — preguntó miss Hardcastle secamente.

— No lo sé, señora — dijo el chófer reanudando sus tentativas.

— ¡Válgame Dios! ¿Es que no puede usted siquiera ocuparse de un auto? Algunos de ustedes necesitarían también un poco de tratamiento curativo.

La calle donde se habían detenido estaba al parecer desierta, pero, a juzgar por el ruido, se hallaban cerca de otra que debía de estar llena de gente que reñía. El chófer bajó refunfuñando y levantó el capot del coche.

— Vamos — dijo miss Hardcastle —. Bajad vosotras dos. Buscad otro coche y traedlo aquí. Si no lo encontráis, volved antes de diez minutos, pase lo que pase. ¡Pronto!

Las dos muchachas policías se apearon y desaparecieron. Miss Hardcastle continuó insultando al chófer y éste trabajando en el motor. El ruido aumentaba. Súbitamente, el chófer se incorporó y volvió la cara (Jane vio el sudor relucir bajo la luz) hacia miss Hardcastle.

— Mire usted, miss — dijo —, creo que ya es bastante, ¿no? O se mete usted la lengua en el bolsillo o baja usted a arreglar este maldito cacharro, si es usted tan lista.

— No me hable usted así, Joe — dijo miss Hardcastle —, o verá cómo le digo dos palabras sobre usted a la policía ordinaria.

— Bueno, ¿vamos a suponer que lo hace? — dijo Joe —. Me parece que estaría tan bien en un calabozo como en estos festivales que organiza usted. ¡Vaya! He estado en la Policía Militar, en los Black and Tans, y he servido en los B.U.F., pero toda aquella gente daba gusto. Allí le trataban a uno con decencia. Y tenía uno un hombre por jefe, no un asqueroso puñado de mujeres.

— Sí, Joe — dijo miss Hardcastle —, pero esta vez no sería el calabozo si le digo una palabra a la policía ordinaria.

— ¡Ah! No lo sería, ¿verdad? Quizá podría tener yo también alguna historieta que contar sobre usted, si vamos a eso . . .

— Por el amor de Dios, señora, háblele en otro tono — susurró Kitty —. Viene gente. Ya lo arreglaremos en otro momento.

En efecto, grupos de dos y tres hombres comenzaban a entrar en la calle.

— Al trote, muchachas — dijo miss Hardcastle —. Corriendo que es gerundio. Por aquí . . .

Jane se encontró sacada del coche y llevada precipitadamente entre Daisy y Kitty. Miss Hardcastle caminaba delante. El pequeño grupo cruzó la calle y salió a una avenida.

— ¿Alguna de vosotras sabe el camino por aquí? — preguntó miss Hardcastle cuando hubieron andado algunos pasos.

— Yo no, señora —dijo Daisy.

— Soy forastera aquí, señora —dijo Kitty.

— Vaya gente útil que tengo — dijo miss Hardcastle —. ¿Es que sabéis alguna cosa?

— No parece ir muy lejos, señora — dijo Kitty.

En efecto, la avenida había resultado ser un paseo sin salida. Miss Hardcastle permaneció inmóvil un momento. Al contrario de sus subordinadas, no parecía sentir temor, sino una agradable excitación y hallarse muy divertida por los rostros blancos y las voces agitadas de las muchachas.

— Bueno — dijo —, esto es lo que yo llamo una noche toledana. Vas viendo la vida, ¿verdad, Daisy? Me pregunto si alguna de estas casas estaría desocupada . . .  Están todas cerradas. Quizá sea mejor quedarnos donde estamos.

El griterío de las calles que acababan de abandonar aumentaba, y podían ver una confusa masa de gente avanzando vagamente en dirección oeste. De pronto, el alboroto aumentó en intensidad y cólera.

— Han pescado a Joe — dijo miss Hardcastle —. Si consigue hacerse oír los va a mandar a todos aquí. ¡Maldita sea . . . ! Esto significa soltar a la prisionera. No solloces ya más, Daisy, no seas tonta . . .  Pronto. Debemos meternos entre la muchedumbre por separado. Tenemos probabilidades de pasar a través de ella. Conservad la cabeza. No disparéis, pase lo que pase. Tratad de llegar al cruce de Billingham. ¡Buena suerte, pequeñas! Cuanto más tranquilamente os lo toméis, menos fácil es que nos volvamos a ver.

Miss Hardcastle se marchó en seguida. Jane la vio detenerse un momento junto a la muchedumbre y desaparecer entre ella. Las dos muchachas vacilaban y la siguieron. Jane se sentó en los escalones de una puerta. Las quemaduras le dolían cuando el traje las rozaba, pero su principal malestar era el extremo cansancio. Tenía un frío mortal y se sentía enferma. Pero, por encima de todo, cansada; tan cansada que podía casi quedarse dormida . . .

Se estremeció. En torno suyo reinaba un silencio absoluto. Jamás había tenido tanto frío. Todos los miembros le dolían. “Me parece que me he quedado dormida”, pensó. Se levantó, se desperezó y, bajando por la avenida, se dirigió hacia el farol encendido de la esquina de la ancha calle. Sólo había en ella un hombre con uniforme de ferroviario que le dijo: “Buenos días” al pasar rápidamente por su lado. Se detuvo un momento, indecisa, y empezó a andar hacia la derecha. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, que Kitty y Daisy le habían echado sobre los hombros antes de salir de la habitación, y encontró tres cuartas partes de una tableta de chocolate bastante grande. Se sintió encantada y comenzó a comérselo. En el momento en que terminaba, un automóvil pasó junto a ella y se detuvo en seco en cuanto la hubo dejado atrás.

— ¿Necesita usted algo? — preguntó un hombre asomando la cabeza.

— ¿Ha sido usted herida en el tumulto? — dijo la voz de una mujer desde dentro.

— No . . . , no mucho . . .  No sé . . .  — repuso Jane estúpidamente.

El hombre la miró y bajó del coche.

— Oiga — dijo —, no tiene usted muy buen aspecto. ¿Está usted segura de encontrarse bien?

Se volvió y habló con la mujer que estaba dentro del coche. A Jane le pareció que hacía tanto tiempo que no oía voces sanas y amables que sintió ganas de llorar. Los desconocidos la hicieron subir al coche y le dieron coñac y bocadillos. Finalmente le preguntaron si podían acompañarla a su casa. ¿Dónde vivía? Y Jane, con cierta sorpresa, oyó su propia voz que, con tono soñoliento, decía:

— En el Castillo, en St. Anne.

— Perfectamente — dijo el hombre —. Nosotros vamos a Birmingham y tenemos que pasar por delante. Entonces Jane se quedó otra vez dormida y sólo se despertó al entrar por una puerta iluminada y ser recibida por una mujer en pijama y bata que resultó ser Mrs. Maggs. Pero estaba demasiado cansada para recordar cómo o dónde se fue a la cama.


Ocho
Claro de luna en Belbury

I

— Soy el último, miss Hardcastle — dijo el Director Delegado —, en querer inmiscuirse en sus . . .  placeres privados, pero, ¡verdaderamente . . . !

Faltaban todavía algunas horas para el desayuno, y el anciano Director estaba completamente vestido y sin afeitar. Pero si había pasado la noche levantado, era extraño que hubiese dejado apagar el fuego. El y el “Hada” estaban de pie al lado de un hogar frío, en el despacho del primero.

— No puede andar lejos — dijo el “Hada” Hardcastle —. Ya la pescaremos otra vez. Valía la pena intentarlo. Si hubiera conseguido hacerle decir dónde había estado (y lo habría logrado si hubiese dispuesto de unos minutos más), a lo mejor resultaba ser el cuartel general de nuestros enemigos. Hubiéramos podido apoderarnos de toda la banda.

— No creo que fuese la ocasión oportuna . . .  — comenzó a decir Wither, pero el “Hada” lo interrumpió.

— No tenemos mucho tiempo que perder. Me dice usted que Frost se queja ya de que la mentalidad de la mujer es menos accesible. Y, según su propia metapsicología o como lo llamen ustedes en su abominable jerga, ésta quiere decir que cae ya bajo la influencia del otro lado. ¡Usted mismo me lo ha dicho! ¿Dónde estaremos si pierde usted contacto con su mente antes de tener su cuerpo encerrado aquí?

— Desde luego — dijo Wither —, siempre estoy dispuesto a oirla a usted expresar sus opiniones, y no negaré ni un solo instante que son, bajo ciertos aspectos, desde luego, si no en todos, de un efectivo valor. Por otra parte, hay esferas en las que su . . .  necesariamente especializada experiencia no la autoriza a que . . .  Una detención no estaba prevista en este estado de cosas. Temo que el Jefe crea que se ha excedido usted en sus atribuciones. Se ha salido usted de su esfera, miss Hardcastle. No quiero decir que tenga que estar necesariamente de acuerdo con él, pero todos debemos convenir en que una acción no autorizada . . .

— ¡Oh, basta, basta, Wither! — exclamó el “Hada”, sentándose en una esquina de la mesa —. Eso está bien para los Steele y los Stone. Yo sé demasiado de qué se trata. No sirve de nada venirme a mí con estas tonterías. Apoderarse de esa muchacha era una magnífica ocasión. Si no la hubiese aprovechado hubiera hablado usted de falta de iniciativa: la aprovecho, y habla usted de excederme en mis atribuciones. No conseguirá usted asustarme. Sé perfectamente que todos estamos listos, si el I.N.E.C. fracasa; y, entre tanto, me gustaría que prescindiese usted de mí. Tenemos que apoderarnos de la chica, ¿es verdad o no?

— Pero no mediante una detención. Siempre hemos censurado el empleo de la violencia. Si la mera detención nos hubiese proporcionado la . . .  buena voluntad y colaboración de Mrs. Studdock, difícilmente nos hubiéramos embarazado con la presencia del marido. Y aun admitiendo (es una simple suposición, desde luego) que su gesto al detenerla pudiese ser justificado, considero que su forma de llevar el asunto posteriormente se presta a severas censuras.

— No podía saber que ese cochino coche se iba a estropear.

— No creo — dijo Wither — que el Jefe se incline a considerar este punto como el único error. En cuanto esa mujer opuso la menor resistencia, no era a mi juicio razonable esperar ningún resultado del procedimiento que empleó usted. Como sabe usted perfectamente, deploro siempre todo lo que no sea perfectamente humano; pero esto se concilia con la creencia de que cuando hay que emplear procedimientos expeditivos deben ser empleados hasta el fin. El dolor moderado, que una resistencia normal puede soportar, es siempre un error. No es una gentileza para con el prisionero. Los medios más científicos y, me atrevo a añadir, más civilizados para un interrogatorio coercitivo que hemos puesto a su disposición aquí, tienen que tener éxito. No hablo oficialmente, miss Hardcastle, y no quisiera en modo alguno anticipar las reacciones de nuestro Jefe. Pero no cumpliría con mi deber si dejase de recordarle que ha habido ya quejas contra este departamento (si bien, desde luego, no se ha tomado nota de ellas) respecto a su tendencia a permitir cierta . . .  excitación emotiva en el aspecto disciplinario o curativo de su misión, que la aparta de las exigencias de la policía.

— No encontrará usted a nadie que pueda hacer bien un trabajo como el mío si no encuentra en él cierta emoción — dijo el “Hada” secamente. El Director Delegado miró su reloj —. En todo caso — añadió el “Hada”—, ¿para qué quiere el Jefe verme ahora? Me he pasado toda la maldita noche de pie. Creo que tengo derecho a darme un baño y a desayunar.

— El sendero del deber, miss Hardcastle, no es nunca llano. No debe usted olvidar que la puntualidad es uno de los puntos principales en que se basa la eficacia.

Miss Hardcastle se levantó y se restregó la cara con las manos.

— Bueno, voy a beber algo antes de entrar — dijo. Wither extendió las manos en ademán de súplica —. Vamos, Wither, lo necesito — dijo miss Hardcastle.

— ¿No cree usted que lo olerá? — preguntó Wither.

— Sin embargo, no me iré sin echar un trago — dijo ella.

El viejo Wither abrió el armario y le dio whisky. Después salieron los dos del despacho y anduvieron mucho rato en dirección al otro lado del edificio, donde se unía con el Centro de Transfusión de Sangre. A aquella hora de la mañana, todo estaba oscuro. Avanzaban a la luz de la lámpara de bolsillo de miss Hardcastle, recorriendo corredores alfombrados y pintados y más allá otros corredores vacíos, de suelo de linóleo y paredes desconchadas. Luego franquearon una puerta y después otra. Durante todo el camino, las pesadas botas de miss Hardcastle hacían ruido, pero el Director Delegado no producía ninguno. Finalmente llegaron a un sitio donde as luces estaban encendidas y se notaba una mezcla de olores animales y químicos. Se aproximaron a una puerta que se abrió ante ellos, después que hubieron hablado a través de un tubo. Filostrato, vestido con una bata blanca, los recibió en el umbral.

— Entren. Hace rato que los espera.

— ¿Está de mal humor? — preguntó miss Hardcastle.

— ¡Ssss! — dijo Wither —. No creo, amiga mía, que sea esa la forma de referirse a nuestro Jefe. Sus sufrimientos, en el peculiar estado en que se encuentra . . .  Ya sabe usted.

— Deben ustedes entrar en cuanto estén dispuestos — dijo Filostrato.

— ¡Alto! Un momento . . .  — dijo miss Hardcastle súbitamente.

— ¿Qué pasa? Dese prisa, por favor — dijo Filostrato.

— Me encuentro mal.

— No debe usted encontrarse mal aquí. Márchese. Le daré un poco de X 54 en seguida.

— Ya estoy bien — dijo miss Hardcastle —. Ha sido momentáneo. Necesito algo más fuerte para conmoverme.

— Silencio, por favor — dijo el italiano —. No intenten abrir la segunda puerta hasta que mi ayudante haya cerrado la primera detrás de ustedes. No hablen más de lo que sea estrictamente necesario. No digan siquiera “Sí” cuando les dé una orden. El Jefe ya cuenta con su obediencia. No hagan ustedes movimientos bruscos, no se acerquen demasiado, no griten y, por encima de todo, no discutan. ¡Vamos!

II

Mucho después de la salida del sol acudió a la dormida mente de Jane una sensación que si hubiese podido traducirla en palabras la hubiera hecho cantar: “Alégrate que tu sueño y tu dolor te han abandonado. Yo soy la puerta de toda buenaventura.” Y una vez que se hubo despertado y se vio en su lecho, experimentando una agradable languidez bajo un sol de invierno, el bienestar continuó. “Debe dejarme quedar ahora”, pensó. Poco tiempo después entró mistress Maggs, encendió el fuego y le sirvió el desayuno. Jane tuvo un estremecimiento al sentarse, porque el extraño camisón de noche (demasiado grande para ella), en el cual se encontró envuelta, se había pegado a algunas de las quemaduras. Había una diferencia considerable en la manera de conducirse de mistress Maggs.

— Es tan agradable, Mrs. Studdock, estar las dos aquí . . .  — dijo en un tono que, en cierto modo, implicaba una más íntima relación entre ellas de lo que Jane suponía. Pero sentía demasiada pereza para pensar en ello.

Poco después del desayuno entró miss Ironwood. Examinó y le curó las quemaduras, que no eran graves.

— Podrá usted levantarse por la tarde, si quiere, Mrs. Studdock — le dijo —. Debería usted descansar hasta entonces. ¿Qué quiere usted leer? Tenemos una biblioteca excelente.

— Quisiera los libros de Curdie, por favor — dijo Jane—, el Parque Mansfield y los Sonetos de Shakespeare.

Habiéndose así provisto de abundante lectura para algunas horas, se instaló cómodamente para seguir durmiendo.

Cuando, a las cuatro de la tarde, entró Mrs. Maggs para ver si Jane estaba despierta, ésta le dijo que quería levantarse.

— Muy bien, mistress Studdock — repuso mistress Maggs —. Como usted quiera. Voy a traerle una taza de té y después le prepararé el baño. El cuarto de baño está casi aquí al lado, pero tendré que ir a sacar de él a Mr. Bultitude. Es tan perezoso que se pasa el día sentado allí en cuanto hace frío.

En cuanto Mrs. Maggs se hubo marchado, Jane decidió levantarse. Creía que sus aptitudes sociales le permitían entendérselas con el excéntrico Mr. Bultitude, y no quería perder más tiempo en la cama. Tenía la idea de que en cuanto estuviese lista podían ocurrir cosas interesantes y agradables. De acuerdo con esto, se puso el abrigo, tomó la toalla y comenzó la exploración; y así fue como Mrs. Maggs, al subir la escalera un momento después con el té, tuvo la sorpresa de ver a Jane salir del cuarto de baño con el rostro blanco y cerrar la puerta de golpe.

— ¡Oh, Dios mío! — dijo Mrs. Maggs echándose a reír —. Hubiera debido decírselo a usted. No importa. Ya lo sacaré pronto. — Dejó la bandeja del té en el suelo del pasillo y se dirigió al cuarto de baño.

— ¿No es peligroso? — preguntó.

— ¡Oh, no, en absoluto! — repuso Mrs. Maggs —. Pero no es fácil de echar. Por lo menos para usted o para mí, Mrs. Studdock. Desde luego, si se tratase de miss Ironwood o del Director sería otra cosa. — Y abrió la puerta. Dentro, sentado sobre sus patas traseras, al lado de la bañera y ocupando casi toda la habitación, había un enorme oso pardo, de vientre voluminoso, ojos lacrimosos y piel lacia. Estaba jadeante y parecía husmear. Después de grandes gritos, órdenes, exhortaciones, empujones y golpes por parte de Mrs. Maggs, levantó su enorme masa y salió lentamente al corredor.

— ¿Por qué no sales a hacer un poco de ejercicio con la tarde tan bonita que hace, perezoso? — dijo Mrs. Maggs —. ¡Tendría que darte vergüenza estar aquí sentado el día entero estorbando a todo el mundo! No tenga miedo, Mrs. Studdock. Es manso como un cordero. Dejará que lo toque. Anda, ven, míster Bultitude. Ven a darle los buenos días a la señora . . .

Jane extendió una mano vacilante y poco convencida para tocar el lomo del animal, pero Mr. Bultitude se había puesto en marcha y, sin dirigir una mirada a Jane, continuó su lento camino por el corredor. Cuando hubo recorrido diez yardas, se detuvo súbitamente y se sentó. El servicio de té resonó a los pies de Jane, y todos los habitantes del piso de abajo debieron de enterarse de que Mr. Bultitude acababa de sentarse.

— ¿Cree usted que no es peligroso tener un animal como ése en la casa? — preguntó Jane,

— Mrs. Studdock — repuso Ivy Maggs con cierta solemnidad —, si el Director quisiera tener un tigre en la casa, tampoco sería peligroso. Es la forma en que trata a los animales. No hay un solo ser en esta casa que atacase a otro ni a nosotros una vez que ha tenido una pequeña conversación con él. Lo mismo que hace con nosotras. Ya lo verá usted.

— Si quisiera llevarme el té a mi habitación . . .  — dijo Jane fríamente, entrando en el cuarto de baño.

— Sí — continuó Mrs. Maggs, deteniéndose en el umbral —, podría usted tomar el baño con Mr. Bultitude sentado a su lado. Lo que no sé es si un ser humano y un animal tan grande harían buena pareja.

Jane hizo ademán de cerrar la puerta.

— Bien, entonces se lo dejo allí — dijo Mrs. Maggs sin moverse.

— Gracias — repuso Jane.

— ¿Está usted segura de que tiene todo lo que necesita? — preguntó Mrs. Maggs.

— Completamente segura — contestó Jane.

— Bien, entonces me marcho — dijo Mrs. Maggs, iniciando la partida, pero, deteniéndose súbitamente, se volvió y dijo —: Me encontrará usted en la cocina con Mrs. Dimble y las demás.

— ¿Vive en la casa Mrs. Dimble? — preguntó Jane.

— Es una casa un poco extraña, pensándolo bien — dijo Mrs. Maggs eludiendo la respuesta —. Bien, voy a marcharme, pues. No tarde mucho o encontrará el té helado. Pero creo que es mejor que no se bañe con esas heridas en el pecho. ¿Tiene usted todo lo que necesita?

Cuando Jane se hubo lavado, tomado el té y vestido con todo el esmero que los extraños cepillos y el singular espejo permitían, se dispuso a visitar las habitaciones habitadas. Recorrió un largo corredor, en medio de ese silencio que es diferente de todos los silencios del mundo: el silencio de un piso alto en una casa grande durante una tarde de invierno. Llegó a un lugar donde se juntaban dos corredores y en el que el silencio era roto por un débil ruido irregular. Pob . . .  Pob . . .  Pob, pob . . .  Mirando hacia la derecha vio la explicación, porque donde el corredor terminaba, junto a un gran ventanal, estaba Mr. Bultitude, de pie esta vez sobre sus patas traseras, golpeando meditativamente un punching-ball. Jane eligió el camino de la izquierda y llegó a una galería, desde donde miró hacia abajo de la escalera y vio un gran hall iluminado por la luz del día mezclada con el resplandor del fuego de la chimenea. A su mismo nivel, pero sólo teniendo acceso a ellas bajando a un rellano de la escalera y volviendo a subir, se hallaban las regiones sombrías que reconoció como las que llevaban a la habitación del Director. Una especie de solemnidad parecía emanar de ellas, y Jane bajó al hall casi de puntillas. Allí, por primera vez, el recuerdo de su curiosa experiencia del Cuarto Azul acudió a ella con un peso que ni aun la imagen del Director pudo contrarrestar. Cuando llegó al hall vio en el acto dónde debían estar situadas las habitaciones traseras de la casa; bajó dos escalones y siguió un corredor enlosado; pasó por delante de un esturión disecado encerrado en una caja de cristal y de un gran reloj de péndulo, y desde allí, guiada por las voces y otros sonidos, llegó a la cocina.

Un vasto hogar lleno de leña encendida iluminaba la confortable habitación de Mrs. Dimble, que estaba sentada en una silla de cocina al lado del fuego, dedicada aparentemente, a juzgar por la jofaina que tenía en su regazo y otras cosas que había sobre la mesa a su lado, a preparar unas legumbres. Mistress Maggs y Camilla estaban ocupadas en la cocina (el hogar, por lo visto, no se utilizaba para cocinar), y en el umbral de una puerta que indudablemente llevaba a la despensa, un hombre de cabello gris, con zapatos de goma, que parecía llegar del jardín, estaba secándose las manos.

— Entre, Jane — dijo Mrs. Dimble —. No queremos que haga usted nada hoy. Siéntese al otro lado del fuego y hablaremos. Le presento a Mr. MacPhee, que no tiene derecho a estar aquí, pero a quien es mejor que conozca.

Mr. MacPhee, después de secarse las manos y colgar la toalla detrás de la puerta, avanzó ceremoniosamente y estrechó la mano de Jane. Su mano era grande y basta. Tenía unas facciones duras y astutas.

— Estoy encantado de conocerla, Mrs. Studdock — dijo con un acento que a Jane le pareció escocés, pese a que era del Ulster.

— No crea una palabra de lo que le diga, Jane — dijo Mrs. Dimble —. Es su primer enemigo en esta casa. No cree en sus sueños.

— Mrs. Dimble — dijo MacPhee —, le he explicado a usted repetidamente la diferencia entre el sentimiento personal de la confianza y la lógica satisfacción de los derechos de la evidencia. Uno es un acontecimiento psicológico . . .

— Y el otro una molestia continua — dijo mistress Dimble.

— No la escuche usted nunca, Mrs. Studdock — dijo MacPhee —. Estoy, como le he dicho, encantado de tenerla entre nosotros. El hecho de que haya considerado mi deber en diferentes ocasiones señalar que ningún experimentum crucis ha confirmado todavía la hipótesis de que sus sueños fuesen verídicos, no tiene ninguna relación mundana con mi actitud personal.

— Desde luego — dijo Jane vagamente y un poco confusa —. Creo que tiene usted derecho a tener sus opiniones personales.

Las mujeres se echaron a reír cuando MacPhee, elevando un poco la voz, dijo:

— Mrs. Studdock, no tengo opiniones sobre nada de este mundo. Expongo los hechos y saco mis conclusiones. Si todo el mundo se permitiese menos opiniones — pronunció esta palabra con enfático desagrado —, se dirían e imprimirían muchas menos tonterías en el mundo.

— Sé quién dice más en esta casa — dijo mistress Maggs.

MacPhee miró a la que acababa de hablar con un rostro imperturbable, mientras sacaba de su bolsillo una cajita de metal y aspiraba una narigada de rapé.

— ¿Qué hace usted aquí? — dijo Mrs. Maggs —. Hoy es día de cocina para las mujeres.

— Estaba pensando — dijo MacPhee — en si habría usted guardado una taza de té para mí.

— ¿Y por qué no ha venido a la hora debida? — dijo Mrs. Maggs. Jane observó que le hablaba en el mismo tono con que había hablado con el oso.

— Estaba ocupado — repuso MacPhee sentándose a un extremo de la mesa; después de una pausa, añadió —, plantando apio. Las pobres mujeres hacen lo que pueden, pero no tienen idea de los cuidados que necesita un jardín.

— ¿Qué significa “día de cocina para las mujeres”? — preguntó Jane a Mrs. Dimble.

— Aquí no hay servicio — replicó Mrs. Dimble —, y nosotras hacemos todo el trabajo. Las mujeres lo hacen un día y los hombres el siguiente . . .  ¿Cómo? No, es un arreglo muy práctico. La idea del Director es que los hombres y las mujeres no pueden hacer juntos los trabajos de la casa sin pelearse. Hay algo de verdad en eso. Desde luego, no hay que mirar demasiado de cerca las copas el día que les toca a los hombres, pero en conjunto vamos bastante bien.

— Pero, ¿por qué habrían de pelearse? — preguntó Jane.

— Diferencia de métodos, querida. Los hombres no pueden ayudar a nada, ya lo sabe usted. Pueden ser llevados a hacerlo, pero no a ayudar mientras otro lo hace. Por lo menos, los vuelve gruñones.

— La dificultad principal — dijo MacPhee — en la colaboración entre los dos sexos es que la mujer habla un lenguaje sin substantivos. Si dos hombres están haciendo algo, uno le dirá a otro: “Pon esta taza dentro del tazón grande que encontrarás en el estante superior del armario verde.” La mujer dirá: “Pon esto dentro del otro allí.” Y si le pregunta usted “¿Dentro de qué?”, dirá: “Dentro de aquello, mujer . . . ”

— Aquí tiene usted el té — dijo Ivy Maggs —, y voy a ir a buscarle un pedazo de budín, aunque no se lo merezca. Y cuando se lo haya comido, puede usted irse arriba a hablar de substantivos durante el resto de la noche.

— No de substantivos, sino por medio de substantivos — dijo MacPhee; pero Mrs. Maggs había salido ya de la habitación.

Jane aprovechó la oportunidad para decir a mistress Dimble en voz baja:

— Mrs. Maggs parece encontrarse aquí como en su casa . . .

— Querida, está en su casa.

— ¿Como sirvienta, quiere usted decir?

— No más que cualquiera otra. Está aquí principalmente porque se quedó sin casa. No tenía otro sitio donde ir.

— ¿Quiere usted decir que es . . .  una de las obras de caridad del Director?

— Ciertamente. ¿Por qué lo pregunta usted?

— Pues . . .  no lo sé. Me pareció un poco extraño que la tratase a usted con tanta confianza. No quisiera parecer snob . . .

— ¿Olvida usted que Cecil y yo somos otra de las obras de caridad del Director?

— ¿No es esto jugar un poco con las palabras?

— En absoluto. Ivy, Cecil y yo estamos aquí porque nos echaron de nuestras casas. Por lo menos, Ivy y yo. Puede ser muy diferente para Cecil.

— ¿Y sabe el director que Mrs. Maggs habla con todo el mundo de esta forma?

— Hija mía, no me pregunte usted lo que sabe el Director.

— Lo que me inquieta es que cuando lo vi le dije algo referente a que la igualdad no es lo importante. Y su casa parece ser llevada . . . , bueno, en una forma sumamente democrática.

— No he tratado nunca de entender lo que dice sobre este tema — dijo Mrs. Dimble —. Suele hablar generalmente de categorías espirituales (y no será usted lo suficientemente ingenua para creerse espiritualmente superior a Ivy) o acerca del matrimonio.

— ¿Entendió usted sus opiniones sobre el matrimonio?

— Querida, el Director es un hombre muy prudente. Pero es hombre, al fin y al cabo, y soltero, además. Algo de lo que dice, o de lo que dicen los Maestros, sobre el matrimonio me parece una serie de complicaciones acerca de una cosa tan simple y tan natural que no veo la necesidad de decirlas. Pero supongo que hoy en día debe de haber muchachas que necesitan que se les diga.

— No siente usted una gran predilección por ellas, por lo que veo.

— No sé, quizá no tenga razón. Las cosas eran más fáciles para nosotras. Nos educaron con historias que acababan bien y libros de oraciones. Siempre estuvimos dispuestas a amar, a honrar y a obedecer; teníamos imágenes, usábamos refajos, y nos gustaban los valses . . .

— ¡Son tan bonitos los valses! — dijo Mrs. Maggs, que acababa de entrar para darle a Mr. MacPhee un trozo de budín —. ¡Tan a la antigua!

En aquel momento se abrió la puerta y se oyó una voz que decía:

— Bueno, entra, pues, si quieres.

Con este advertencia entró en la cocina un bonito cuervo, seguido primero de Mr. Bultitude, y después de Arthur Denniston.

— Ya te he dicho otras veces, Arthur, que no traigas al oso a la cocina mientras estamos haciendo la comida.

Mientras hablaba, Mr. Bultitude, que al parecer dudaba de la acogida que le habían hecho, cruzó la habitación de una forma que él creyó (erróneamente) disimulada y se sentó detrás de la silla de mistress Dimble.

— El doctor Dimble acaba de llegar, Mrs. Dimble — dijo Denniston —. Pero ha tenido que ir directamente al Cuarto Azul. El Director quiere verlo a usted también, MacPhee.

III

Aquel día, Mark se sentó a almorzar de buen humor. Todo el mundo decía que el desorden se había producido de la manera más satisfactoria, y se divirtió leyendo su propia crónica en los diarios de la mañana. Se divirtió todavía más cuando oyó a Cosser y a Steele hablar de lo ocurrido de una forma que demostraba que no sabían siquiera la forma en que había sido urdido y menos aún quién había escrito la crónica en los periódicos. Pasó una buena mañana. Sostuvo una conversación con Frost, el “Hada” y Wither respecto al futuro de Edgestow. Todos estaban de acuerdo en que el Gobierno seguiría la opinión casi unánime de la nación (como decían los periódicos) y pondría temporalmente la población bajo el control de la Policía Institucional. Debía ser nombrado, con urgencia, un Gobernador en Edgestow. Feverstone era el hombre indicado. Como miembro del Parlamento, representaba a la Nación; como Miembro de Bracton, representaba a la Universidad; como Miembro del Instituto representaba al Instituto. Todas las rivalidades y competencias que hubiesen podido suscitarse se conciliaban en la persona de lord Feverstone; los artículos sobre este particular que Mark tenía que redactar aquella tarde se escribían casi por sí solos. Pero no había sido esto todo. Al proseguir la conversación vio claramente que había un doble objeto al conseguir este envidiable puesto para Feverstone. Cuando pasase el tiempo y la impopularidad local del I.N.E.C. llegase a su apogeo, podía ser sacrificado. Esto, desde luego, no se decía lisa y llanamente, pero Mark se daba perfecta cuenta de que incluso Feverstone había dejado de pertenecer al Círculo Interior. El “Hada” dijo que Dick era político hasta el alma y lo sería siempre. Wither, suspirando profundamente, confesó que sus servicios habían sido más útiles durante los primeros tiempos del movimiento de lo que podrían probablemente ser durante el período en que estaban ahora entrando. No había en la mente de Mark ningún plan de socavar el terreno que Feverstone pisaba, ni siquiera un determinado deseo de que lo socavasen; pero el ambiente de la conversación en general fue para él más agradable cuando comenzó a comprender la verdadera situación. Se alegraba también de “haber tenido” que conocer a Frost. Sabía por experiencia que en casi todas las organizaciones hay siempre algún personaje tranquilo e insignificante que pasa inadvertido para la gente vulgar pero que es en realidad el resorte principal de toda la maquinaria. El mero hecho de reconocer a esta gente por lo que valen demuestra que uno ha hecho un progreso considerable. Había en Frost algo escurridizo que a Mark no le gustaba; tenía, además, algo repulsivo en la regularidad de sus facciones. Pero sus menores palabras (no decía muchas) iban directamente al fondo del asunto, y Mark encontraba delicioso hablar con él. Los placeres de la conversación iban perdiendo paulatinamente para Mark relación con aquel espontáneo agrado o desagrado de la gente con quien hablaba. Se daba cuenta de este cambio — que se había iniciado cuando entró a formar parte del Elemento Progresivo del Colegio —, y lo acogía como signo favorable de madurez.

Wither lo había recibido de la manera más esperanzadora. Al final de la conversación se llevó a Mark aparte, le habló vaga pero paternalmente de la gran obra que realizaba y finalmente le preguntó por su mujer. El Director esperaba que no hubiese nada de verdad en el rumor que había llegado hasta él de que sufría de . . .  un desequilibrio nervioso. “¿Quién diablos le habrá dicho esto?”, pensó Mark.

— Porque — dijo Wither — he pensado, en vista del enorme trabajo que pesa sobre usted actualmente y de la consecuente dificultad de poder ir a su casa con la frecuencia que nosotros, que, en su caso, el Instituto podría autorizar . . .  (hablo, desde luego, extraoficialmente), en fin, que estaríamos encantados de dar la bienvenida a Mrs. Studdock aquí.

Hasta que el D.D. le dijo esto, Mark no se había dado cuenta de que nada le disgustaría tanto como tener a Jane en Belbury. ¡Había tantas cosas que Jane no entendería! No solamente la frecuencia de sus libaciones, que iba convirtiéndose en hábito, sino . . . , en fin, todo, de la mañana a la noche. Porque sólo rendiríamos justicia a Mark y a Jane reconociendo que hubiera sido imposible sostener en presencia de Jane ninguna de las conversaciones que su vida en Belbury le imponía. Su sola presencia hubiera sido causa de que la risa del Círculo Interior sonase metálica e irreal; y lo que ahora consideraba como prudencia, a ella le hubiera parecido (y a través de ella a él) simple adulación, servilismo y cazurrería. Jane, en Belbury, lo hubiera convertido en algo vulgar, blando e incluso furtivo. Se sentía angustiado sólo de pensar que podía tratar de enseñar a Jane a ayudar a mantener a Wither de buen humor y que debía ser amable con miss Hardcastle. Se excusó vagamente con el D.D. y se marchó rápidamente.

Aquella tarde, mientras estaba tomando el té, el “Hada” Hardcastle se acercó e, inclinándose sobre el respaldo de su silla, le dijo al oído:

— Le ha fastidiado usted, Studdock.

— ¿Qué pasa, “Hada”? — preguntó Mark.

— No logro descubrir qué le pasa a usted, joven Studdock, pero es un hecho. ¿Es que ha decidido fastidiar al Viejo? Porque ya sabe que es un juego peligroso.

— ¿De qué diablos está usted hablando?

— Bien, hemos estado todos trabajando en interés suyo, y esta mañana creíamos que finalmente habíamos triunfado. Ha hablado de darle a usted el sueldo originariamente previsto y de cancelar el período de prueba. No había ninguna nube en el cielo. Después charla usted cinco minutos con él, escasamente cinco minutos, y en este tiempo consigue usted estropearlo todo. Empiezo a creer que es usted un caso patológico.

— ¿Qué diablos le ocurre esta vez?

— ¡Usted debe saberlo! ¿No le habló de traer a su mujer aquí?

— Sí, en efecto. ¿Y qué pasa?

— ¿Qué dijo usted?

— Le dije que no se preocupase por eso . . . , que, desde luego, se lo agradecía mucho, y que tal y que cual . . .

El “Hada” lanzó un silbido.

— ¿No comprende usted, cariño — dijo golpeando suavemente la cabeza de Mark con los nudillos —, que difícilmente hubiera usted podido cometer una torpeza mayor? Para él era la concesión más grande que podía hacer. No lo ha hecho jamás con nadie. Podía usted haber pensado que se ofendería si se encogía tranquilamente de hombros. Ahora está refunfuñando sobre no sé qué falta de confianza. Dijo que está “herido”, lo cual quiere decir que pronto lo estará alguien más. Considera su negativa como signo de que todavía no está usted “instalado” aquí.

— Pero eso es una locura. Yo quería decir . . .

— ¿Por qué demonios no le dijo que mandaría a buscar a su mujer?

— ¿No es esto asunto mío?

— ¿No quiere usted traerla? No es usted muy cariñoso con su mujercita, Studdock. Y me han dicho que es preciosa.

En aquel momento apareció la silueta errante de Wither, y la conversación terminó.

Durante la comida estuvo al lado de Filostrato. No había ningún otro miembro del círculo interior al alcance de la voz. El italiano estaba de buen humor y se sentía parlanchín. Acababa de dar orden de cortar algunas magníficas hayas de los alrededores.

— ¿Por qué ha hecho usted eso, profesor? — preguntó un tal Mr. Winter, que estaba sentado frente a ellos —. No hubiera creído que pudiesen hacer ningún daño, estando tan lejos de la casa. A mí me gustan muchísimo los árboles.

— ¡Oh, sí, sí! — contestó Filostrato —. Los árboles bonitos, los árboles de jardín, pero no los silvestres. Planto rosas en mi jardín, pero no brezos. Los árboles del bosque son mala hierba. Pero le diré a usted que he visto un árbol civilizado en Persia. Lo tenía un attaché francés, porque vivía en un sitio donde los árboles no crecen. Estaba hecho de metal. Era algo perfecto. Ligero, hecho de aluminio. Tan natural que hubiera incluso engañado.

— No podía ser lo mismo que un árbol verdadero — dijo Winter.

— ¡Pero considere usted las ventajas! Si uno se cansaba de tenerlo en un sitio, lo llevaba a otro, donde uno quería. No se secaba nunca. No caían hojas ni ramas, ni había pájaros que construyesen nidos, ni basura, ni escándalo.

— Quizá, como curiosidad, uno podía ser divertido.

— ¿Por qué uno solo? Hasta ahora, lo reconozco, tenemos que tener bosques por la atmósfera. Pero hemos encontrado un substitutivo químico. Entonces, ¿para qué tener árboles naturales? Preveo tan sólo el arte del árbol sobre toda la tierra. Limpiaremos el planeta.

— ¿Quiere usted decir? — preguntó un socio llamado Gould —. ¿Que no tendremos vegetación alguna?

— Exacto. Se afeita usted la cara; incluso, según la moda inglesa, se la afeita usted todos los días. Un día nosotros afeitaremos al planeta.

— No sé cómo les sentaría a los pájaros . . .

— No habrá pájaros tampoco. En el árbol artístico habrá pájaros artísticos, que cantarán cuando uno apriete un botón desde dentro de la casa. Cuando uno se canse de oírlos cantar, vuelve a apretar el botón. Considere usted la mejora. No hay plumas que caigan al suelo, ni huevos, ni nidos, ni porquería.

— Esto se parece mucho a la abolición de la vida orgánica — dijo Mark.

— ¿Y por qué no? Es sencillamente higiene. Escuchen, amigos míos. Si cogen ustedes alguna cosa podrida y ven que la vida orgánica late dentro de ella, ¿no dicen ustedes: “¡Oh, que horror!” y la tiran?

— Siga — rogó Winter.

— Y ustedes, especialmente los ingleses, ¿no son acaso hostiles a toda vida orgánica salvo la suya propia, en su propio cuerpo? Antes que permitirla han inventado el baño diario.

— Eso es verdad.

— ¿Y a qué llaman ustedes suciedad? ¿No es precisamente lo orgánico? Los minerales son suciedad limpia. Pero la verdadera porquería es lo que viene de los organismos: el sudor, la saliva, los excrementos. ¿No es acaso un elocuente ejemplo su propia idea de la pureza? Lo impuro y lo orgánico son dos conceptos inseparables.

— ¿A dónde va usted a parar, profesor? — dijo Gould — Al fin y al cabo, también nosotros somos organismos.

— Lo concedo. Esta es la cuestión. En nosotros, la vida orgánica ha producido la mente. Ha hecho su obra. Después de esto, ya no queremos más. No queremos ya que el mundo siga cubierto de vida orgánica, germinando, echando capullos, brotando y marchitándose. Hay que liberarse de ello. Poco a poco, desde luego; lentamente vamos aprendiendo cómo. Aprendemos a que nuestros cerebros vivan cada vez con menos cuerpo; aprendemos a formar nuestros cuerpos directamente con substancias químicas, a no tenerlos que saciar con animales muertos y hierbas. Aprenderemos a reproducirnos sin necesidad de cópula.

— No creo que sea muy divertido — dijo Winter.

— Amigo mío, ya han empezado ustedes a separar la diversión, como la llama usted, de la fertilidad. La diversión empieza ya a pasar. ¡Bah! Ya sé que no es esto lo que usted piensa. Pero mire usted sus mujeres inglesas. De cada diez, seis son frígidas, ¿no es eso? ¿Lo ve usted? La Naturaleza misma empieza a alejar los anacronismos. Cuando los haya alejado completamente, la verdadera civilización comenzará a ser posible. Lo entenderían ustedes si fuesen campesinos. ¿Quién trataría de trabajar la tierra con sementales y toros? No, no, se necesitan castrados y bueyes. No habrá jamás paz, ni orden, ni disciplina, mientras haya sexo. Cuando el hombre lo haya arrojado lejos de sí podrá finalmente ser gobernable.

La cena terminó, y, al levantarse de la mesa, Filostrato susurró al oído de Mark:

— No le aconsejaría que fuese usted a la Biblioteca esta noche, ¿comprende? No está usted en favor . . .  Venga a mi habitación y charlaremos.

Mark se levantó y lo siguió, contento y sorprendido de que, en su nueva crisis en el I.N.E.C., Filostrato estuviese al parecer a su lado. Fueron al saloncito del italiano, situado en el primer piso. Mark se sentó delante de la chimenea, pero su huésped continuó andando de un lado a otro.

— Siento muchísimo, mi joven amigo — dijo —, haberme enterado de su nuevo disgusto con el Director. Esto debe arreglarse, ¿comprende? Si le invita a usted a traer a su mujer aquí, ¿por qué no la trae?

— Pues, en realidad, no le di tanta importancia — repuso Mark —. Creí que era simplemente una cuestión de cortesía. — Su reparo en llevar a Jane a Belbury, si no había desaparecido, por lo menos yacía aletargado por el vino que había bebido durante la cena y por la aguda ansiedad experimentada ante la amenaza de una expulsión de la biblioteca.

— No tiene importancia — dijo Filostrato —, pero tengo motivos para creer que la invitación no procedía de Wither, sino directamente del Jefe.

— ¿El Jefe? ¿Se refiere usted a Jules? — dijo Mark con sorpresa —. Creía que era una mera figura simbólica. ¿Y qué puede importarle que traiga mi mujer o no?

— Se equivoca usted. Nuestro Jefe no es una cabeza simbólica. — A Mark le pareció que había algo curioso en su expresión.

Ambos permanecieron en silencio durante algún tiempo.

— Todo lo que he dicho durante la comida es verdad — dijo Filostrato al fin.

— Pero, respecto a Jules — dijo Mark —, ¿qué le importa todo esto?

— ¿Jules? — dijo Filostrato —. ¿Por qué habla usted de él? He dicho que era todo verdad. El mundo que veo en el futuro es un mundo de perfecta pureza. La mente limpia y los minerales limpios. ¿Cuáles son las cosas que más ofenden la dignidad humana? El nacimiento, la reproducción y la muerte. ¿Qué ocurrirá si llegamos a descubrir que la mente puede vivir sin ninguna de estas tres cosas? — Mark lo miró. La conversación de Filostrato parecía tan disparatada y sus maneras tan diferentes que empezó a preguntarse si estaba completamente cuerdo o completamente sereno —. En cuanto a su esposa — prosiguió Filostrato —, no doy importancia a la cosa. ¿Qué tengo yo que ver con las esposas de los hombres? Hasta el tema me molesta. Pero si se empeñan en ello . . .  Mire usted, amigo mío, aquí toda la cuestión estriba en si quiere usted ser franco con nosotros o no.

— No acabo de entenderlo — dijo Mark.

— ¿Quiere usted ser un vulgar asalariado? Pero ha llegado usted ya demasiado lejos. Está usted en la vuelta decisiva de su carrera, Mr. Studdock. Si trata usted de retroceder, tendrá un fin desgraciado como el del idiota de Hingest. Si realmente se mete usted de lleno, el mundo . . . , ¿qué digo yo?, el universo entero está a sus pies.

— Desde luego, quiero meterme de lleno — dijo Mark, sintiendo que le embargaba cierta excitación.

— El Jefe cree que no puede usted ser realmente de los nuestros si no trae usted a su mujer aquí. Quiere disponer de usted y de todo lo que es suyo . . .  o de nada. Debe usted traer aquí a su mujer. Debe ser también de los nuestros.

Esta observación fue como un vaso de agua fría arrojado al rostro de Mark. Y, no obstante, en aquella habitación y en aquel momento, sintiendo los pequeños y brillantes ojos del profesor fijos en él, le era casi imposible evocar una imagen real de Jane.

— Lo oirá usted de los propios labios del Jefe — dijo Filostrato de pronto.

— ¿Está Jules aquí? — preguntó.

En lugar de contestar, Filostrato dio rápidamente media vuelta y con un brusco movimiento descorrió las cortinas de la ventana. Después apagó la luz. La niebla había desaparecido. Se había levantado viento. Pequeñas nubes se deslizaban por delante de las estrellas, y la luna llena — Mark no la había visto nunca tan brillante — parecía mirarlos. Cuando las nubes pasaron por delante de ella tuvieron la sensación de que era un balón que rodaba por entre ellas. Su luz sin sangre invadió el salón.

— Aquí tiene usted un mundo, ¿no? — dijo Filostrato —. Ese es limpio, puro. Miles de millas cuadradas de roca bruñida sin una brizna de hierba, sin una fibra de liquen, sin una mota de polvo. Ni siquiera aire. ¿Ha pensado usted en la sensación que experimentaría, amigo mío, si pudiese caminar por ese mundo? Ni desmoronamientos, ni erosiones. Los picos de esas montañas son verdaderos picos; agudos como alfileres, atravesarían su mano. Acantilados altos como el Everest y verticales como las paredes de las casas. Arrojadas por estos acantilados, extensiones de sombra negras como la ebonita y, en las sombras, centenares de grados de frío. Y después, al salir de estas sombras, la luz quemaría sus pupilas como un acero candente y las rocas abrasarían sus pies. La temperatura es de fusión. Moriría usted, ¿verdad? Pero ni aun entonces se convertiría usted en podredumbre. En pocos segundos sería usted un montón de ceniza, un polvo blanco, limpio. Y fíjese usted bien, ni siquiera viento para esparcirlas. La última mota de ese polvo permanecería hasta el fin del mundo en el sitio donde hubiera usted muerto . . .  Pero esto no tiene sentido. El universo no tiene fin.

— Sí. Es un mundo muerto — dijo Mark contemplando la luna.

— ¡No! — dijo Filostrato. Se había acercado a Mark y le hablaba ahora casi con un susurro, el susurro del batir de alas de un murciélago correspondiente a una voz naturalmente aguda —. No. Hay vida en él.

¿Sabemos esto? — preguntó Mark.

— ¡Oh, sí! Vida inteligente. Bajo la superficie. Una gran raza, mucho más avanzada que nosotros. Una inspiración. Una raza pura. Han limpiado su mundo, casi se han liberado de lo orgánico.

— Pero, ¿cómo . . . ?

— No necesitan nacer, procrear ni morir; sólo el bajo pueblo, la canaglia, hace eso. Ellos conservan la inteligencia; pueden mantenerla artificialmente viva después de que el cuerpo orgánico ha renunciado a ella; un milagro de la bioquímica aplicada. No necesitan alimento orgánico, ¿comprende? Están casi libres de la Naturaleza, ligados a ella tan sólo por el más tenue, el más sutil lazo.

— ¿Quiere usted decir — preguntó Mark señalando el globo blanco de la luna — que todo eso es obra suya?

— ¿Por qué no? Si suprime usted toda la vegetación, no tiene atmósfera ni agua.

— ¿Y con qué objeto?

— Higiene. ¿Por qué debían tener su mundo invadido de organismos? Y deliberadamente suprimen todo organismo. Su superficie no es toda como usted la ve. Hay todavía habitantes en la superficie, salvajes. Una gran extensión sucia en el extremo más lejano donde hay todavía agua, aire y bosques; sí, y gérmenes y muerte. Están extendiendo lentamente su higiene por todo su globo. Lo desinfectan. Los salvajes luchan contra ellos. En las cavernas y las galerías subterráneas hay fronteras, y guerras crueles. Pero la gran raza sigue presionando. Si pudiese usted ver el otro lado vería año tras año la roca limpia (como este lado de la luna) aumentar. La mancha orgánica, todo lo verde, azul y húmedo, disminuye. Como si se limpiase un objeto de plata empañado.

— Pero, ¿cómo se sabe todo esto?

— Se lo diré a usted en un momento. El Jefe tiene muchas fuentes de información. De momento, hablo sólo para inspirarlo. Hablo para que pueda usted saber lo que puede hacerse . . . , lo que debe hacerse aquí. Este Instituto está destinado a algo más útil que el alojamiento, la vacunación, los trenes más rápidos y la curación del cáncer. Está destinado a la conquista de la muerte; o a la conquista de la vida orgánica, si lo prefiere usted. Es lo mismo. Es sacar del capullo de la crisálida de la vida orgánica que encierra la infancia de la mentalidad, al Nuevo Hombre, al hombre que no morirá, al hombre artificial, libre de la Naturaleza. La Naturaleza es la escalera de mano por la que hemos trepado; ahora la arrojamos de un puntapié.

— ¿Y usted cree que algún día encontraremos la manera de conservar el cerebro vivo indefinidamente?

— Hemos empezado ya. El Jefe mismo . . .

— Siga — dijo Mark. Su corazón latía furiosamente y había olvidado ya a Jane y a Wither. Esto, por lo menos, era una cosa real.

— El Jefe en persona ha sobrevivido ya a la muerte, y hablará usted con él esta noche.

— ¿Quiere usted decir que Jules ha muerto ya?

— ¡Bah! Jules no es nadie. No es el Jefe.

— Entonces, ¿quién es?

En aquel momento llamaron a la puerta. Alguien, sin esperar la respuesta, entró.

— ¿Está dispuesto ya? — preguntó la voz de Straik.

— ¡Oh, sí! Está usted dispuesto, ¿verdad, Mr. Studdock?

— ¿Se lo ha explicado usted, entonces? — preguntó Straik. Se volvió hacia Mark. La luz de la luna era tan potente que Mark pudo reconocer parcialmente su rostro; sus profundas arrugas se marcaban todavía más bajo aquella luz fría y sus sombras —. ¿Tiene usted realmente intención de unirse a nosotros? — dijo Straik —. No hay manera de retroceder una vez se ha empuñado el arado. Y no hay reserva de ninguna clase. El Jefe lo manda a buscar, ¿entiende usted? . . .  El Jefe. Va usted a ver alguien que murió y sigue viviendo. La Resurrección de Jesús en la Biblia era un símbolo; esta noche verá usted lo que se ha simbolizado. Este es, finalmente, el verdadero Hombre, y reclama toda nuestra fidelidad.

— ¿De qué diablos está usted hablando? — dijo Mark. La tensión de sus nervios convirtieron su voz en una especie de hosco grito.

— Mi amigo tiene razón — dijo Filostrato —. Nuestro Jefe es el primer Nuevo Hombre, el primero que sobrevive a la vida animal. En cuanto a la Naturaleza, ha muerto ya; si la Naturaleza hubiese seguido su camino, su cerebro estaría en estos momentos pudriéndose en su tumba. Pero antes de una hora habrá hablado con usted, amigo mío, y . . .  obedecerá usted sus órdenes.

— Pero, ¿quién es? — preguntó Mark.

— François Alcasan — repuso Filostrato.

— ¿El criminal que guillotinaron? — preguntó Mark con voz apagada.

Los dos hombres asintieron. Sus rostros estaban cerca del suyo; bajo aquella luz parecían dos máscaras que flotasen en el aire.

— ¿Tiene usted miedo? — dijo Filostrato —. Ya lo dominará usted. Le ofrecemos ser uno de nosotros. Si estuviese usted fuera, si no fuese más que uno más de la canaglia, tendría motivos para tener miedo. Es el principio de todo poder. Vivimos eternamente. El gigante del tiempo ha sido vencido. Y el gigante del espacio está conquistado también. Uno de los nuestros ha viajado ya por el espacio. Pero fue traicionado y muerto, y sus manuscritos son imperfectos; no hemos sido todavía capaces de reconstruir su nave del espacio. Pero ya llegará.

— Es el comienzo del Hombre Inmortal y el Hombre Ubicuo — dijo Straik —. El Hombre en el trono del Universo. Esto es lo que todas las profecías significan realmente.

— Al principio, desde luego — dijo Filostrato —, el poder será confiado a cierto número (un corto número) de individuos: los elegidos para la vida eterna.

— ¿Y quiere usted decir que irá extendiéndose a todos los hombres? — preguntó Mark.

— No — repuso Filostrato —. Quiero decir que será reducido a un solo hombre. No es usted ningún tonto, ¿verdad, mi joven amigo? Todo el cuento ese del poder del Hombre sobre la Naturaleza (del Hombre en lo Abstracto) es sólo para la canaglia. Sabe usted tan bien como yo que el poderío del Hombre sobre la Naturaleza no significa sino el poderío del Hombre sobre otros Hombres con la Naturaleza por instrumento. No hay tal cosa como Hombre; es una palabra. Sólo hay hombres. ¡No! No será el Hombre quien será omnipotente; es sólo algún hombre, algún hombre inmortal. Alcasan, nuestro Jefe, es el primer esbozo de ello. El producto acabado puede ser alguien más. Puede ser usted, puedo ser yo . . .

— Un rey universal — dijo Straik — que regirá el universo con justicia y los cielos con juicio. Creyó usted que todo esto era un mito, sin duda. Creyó que porque la leyenda se ha aferrado a la frase “Hijo del Hombre”, este Hombre no tendría jamás realmente un hijo que ostentase el poder. Pero lo tendrá.

— No lo entiendo, no lo entiendo . . .  — dijo Mark.

— Pues es muy fácil — dijo Filostrato —. Hemos encontrado la manera de hacer sobrevivir a un muerto. Era un hombre docto incluso en su vida natural. Vive ahora para siempre; será más docto todavía. Más tarde lo haremos vivir mejor, porque de momento, hay que reconocerlo, su segunda vida no es muy agradable para el que goza de ella. ¿Comprende usted? Más tarde la haremos agradable para algunos . . . , quizá no tan agradable para otros. Porque podemos hacer que el muerto viva, quiera él o no. Aquel que será finalmente rey del universo puede dar la vida a quien quiera. No pueden rehusar este pequeño regalo.

— Y así — dijo Straik — vuelven las lecciones que aprendimos en el regazo de nuestra madre. Dios tendrá el poder de infligir eterna recompensa o eterno castigo.

— ¿Dios? — dijo Mark —. ¿Qué tiene que ver Él con todo esto? No creo en Dios.

— Pero, amigo mío — dijo Filostrato —, ¿es que necesariamente porque no hubo Dios en el pasado no puede haber Dios en el futuro?

— ¿No comprende usted — dijo Straik — que le estamos ofreciendo la indecible gloria de asistir a la creación del Dios Todopoderoso? Aquí, en esta casa, verá usted la primera gota de la esencia del verdadero Dios. Es un hombre (o un ser creado por el hombre) que ascenderá finalmente al trono del universo. Y lo regirá para siempre.

— ¿Vendrá usted con nosotros? — preguntó Filostrato —. Ha mandado a buscarlo.

— Claro que vendrá — dijo Straik —. ¿Cree acaso que puede retroceder y vivir?

— Y el asuntillo ese de su esposa — añadió Filostrato —. No va usted a mencionar una trivialidad como ésta. Hará usted lo que le han dicho. No se discute con el Jefe.

Mark no tenía ya nada que lo ayudase, fuera de la animación del alcohol ingerido durante la cena, la cual se iba desvaneciendo rápidamente, y algunos vagos recuerdos de horas pasadas con Jane antes de ir a Bracton, durante las cuales el mundo tenía un sabor diferente de aquel espantoso horror que pesaba ahora sobre él. Esto, y una repulsión instintiva hacia aquellos dos rostros iluminados por la luna que tanto atraían su atención. Por otra parte, tenía miedo. ¿Qué le harían si se negaba ahora a acceder? Y por efecto del miedo, Mark creía que si se sometía en aquel momento las cosas se arreglarían por sí solas, “por la mañana”. Y, ayudando al miedo y a la esperanza, había todavía, incluso entonces, una emoción no del todo desagradable ante la idea de compartir un secreto de aquella magnitud.

— Sí . . .  — dijo, interrumpiéndose como si le faltara el aliento —. Sí, desde luego . . . , iré.

Lo llevaron fuera. Los corredores estaban ya silenciosos, y el ruido de risas y conversaciones de las habitaciones públicas de la planta baja había cesado. Tropezó y lo sujetaron por los brazos. El camino parecía largo; pasillo tras pasillo, corredores que no había visto nunca . . .  Atravesaron una puerta y llegaron a un sitio donde todas las luces estaban encendidas y en el que se percibían extraños olores. Entonces Filostrato habló por un tubo acústico y una puerta se abrió ante ellos.

Mark se encontró en una sala parecida a un quirófano, con luces vivas, botellas e instrumentos relucientes. Un muchacho a quien no conocía, vestido con una bata blanca, los recibió.

— Quítese el traje — dijo Filostrato.

Mientras Mark obedecía observó que la pared de enfrente estaba llena de discos numerados. Una serie de tubos flexibles salían del suelo y penetraban en la pared debajo de los números. Aquellos discos numerados y los haces de tubos bajo ellos, que parecían vibrar ligeramente, le producían el efecto de estar viendo a un ser dotado de muchos ojos y muchos tentáculos. El joven mantenía la mirada fija en las agujas vibrantes de los discos. Cuando los recién llegados se hubieron despojado de sus ropas exteriores, se lavaron el rostro y las manos, y Filostrato, utilizando unas pinzas, sacó unas batas blancas de un receptáculo de vidrio. Cuando se las hubieron puesto les dio también guantes y máscaras como las que usan los cirujanos. Después siguió un momento de silencio, durante el cual Filostrato examinó los círculos numerados.

— Sí, si — dijo—. Un poco más de aire. No mucho; punto, cero, tres. Abra la cámara de aire . . .  despacio . . .  hasta Lleno. Ahora las luces. Ahora aire al cierre. Un poco menos que la solución. Y ahora — se volvió hacia Straik y Mark —, ¿está usted dispuesto a entrar?

Y los llevó hacia una puerta en la misma pared que los discos.


Nueve
La cabeza del sarraceno

I

— Es el peor sueño que he tenido — dijo Jane a la mañana siguiente, mientras estaba sentada en el Cuarto Azul con el Director y miss Ironwood.

— Sí — dijo el Director —. Su puesto es quizá el más duro de todos; hasta que empiece la verdadera lucha.

— He soñado que estaba en una habitación oscura — dijo Jane —, con unos olores raros y una especie de ruido sordo y continuo. Entonces se encendió la luz, no mucha luz, y durante largo tiempo no me di cuenta de lo que veía. Cuando lo comprendí . . .  creo que me hubiera despertado si no hubiese hecho un gran esfuerzo para seguir durmiendo. Creí ver un rostro que flotaba delante de mí. No sé si me comprende. Era un rostro, no una cabeza. Es decir, que había una barba, una nariz y unos ojos . . . , si bien no podía verlos, porque me lo impedían las gafas de color, pero no parecía haber nada detrás de ellos. Por lo menos al principio. Pero a medida que me fui acostumbrando a la luz sufrí una impresión horrible. Me pareció que el rostro era una máscara atada a una especie de balón. Pero no era esto exactamente. Quizá semejaba un hombre que llevase una especie de turbante . . .  Le estoy contando esto horriblemente mal. Lo que realmente parecía era una cabeza (el resto de una cabeza) a la que hubiesen quitado la parte alta del cráneo y después . . . , después . . .  como si dentro hubieran hervido algo. Veía una gran masa que surgía de dentro de lo que quedaba del cráneo. Estaba envuelto en una materia muy delgada. Se la veía temblar. Incluso en medio de mi terror me acuerdo que pensé: “¡Oh, mátalo, mátalo! ¡Haz que cesen sus sufrimientos!” Pero fue sólo un segundo, porque en seguida pensé que aquello estaba muerto. Tenía un color verde y la boca estaba abierta y muy seca. Transcurrió mucho tiempo antes de que ocurriese nada. Y entonces vi que no estaba exactamente flotando. Estaba fija a una especie de estante o pedestal (no sé exactamente qué), del cual pendían unas cosas. Del cuello, quiero decir. Sí, tenía un cuello y algo parecido a un collar alrededor; pero bajo el collar no había nada, ni hombros ni cuerpo: sólo aquellas cosas que colgaban. En mi sueño pensé que debía de ser un nuevo género de hombre que no tenía más que cabeza y entrañas; creí que los tubos eran entrañas. Pero después, no sé exactamente cómo, vi que todo aquello era artificial. Eran unos tubos de caucho y como unas ampollas y unos objetos metálicos. No podía entenderlo. Todos los tubos penetraban en la pared. Por fin ocurrió algo.

— ¿Se siente usted bien, Jane? — preguntó miss Ironwood.

— ¡Oh, sí! — dijo Jane —, hasta cierto punto. Pero quisiera no tenerlo que decir . . .  Bueno, súbitamente, como un motor que se pone en marcha, salió un soplo de aire de la boca con un sonido seco y rasposo. Y después otro, y así se fue repitiendo como en una especie de ritmo (huf, huf, huf...), como una respiración fingida. Entonces ocurrió algo horrible; la boca empezó a gotear. Sé que parecerá tonto, pero me dio cierta pena porque no tenía manos y no podía secarse. Esto puede parecer insignificante comparado con todo lo demás, pero este es el efecto que me produjo. Después empezó a mover la boca e incluso a mojarse los labios. Parecía alguien que pusiese un motor en marcha. Lo veía moverse como si estuviera vivo, y al mismo tiempo babear sobre la barba, que parecía pegajosa y muerta . . .  Entonces entraron tres personas en la habitación, todas vestidas de blanco, cubiertas por máscaras, caminando cautelosamente como un gato sobre una pared. Una de ellas era alta y gorda, y otra largirucha y huesuda. La tercera . . .  — Jane hizo una pausa involuntaria —, la tercera . . .  creo que era Mark . . .  Quiero decir, mi marido.

— ¿Está usted segura? — preguntó el Director.

— Sí . . .  — repuso Jane —. Era Mark. Conozco su manera de andar. Y conozco los zapatos que llevaba. Y su voz. Era Mark.

— Lo siento . . .  — dijo el Director.

— Entonces — prosiguió Jane —, los tres se acercaron y se detuvieron delante de la cabeza. Se inclinaron ante ella. Me es imposible decir si los miraba, a causa de las gafas oscuras. Siguió produciendo aquel ruido rítmico. Después habló.

— ¿En inglés? — preguntó Grace Ironwood.

— No, en francés.

— ¿Qué dijo?

— Pues . . .  no conozco suficientemente el francés para poderlo entender bien. Hablaba pausadamente. A sacudidas, como un hombre a quien falta el aliento. Sin expresión. Y, desde luego, no podía dar una entonación u otra, como lo hace una . . .  persona real.

— ¿No entendió usted nada de lo que se dijo?

— No mucho. El hombre gordo parecía presentarle a Mark. Le dijo algo. Entonces Mark trató de contestar, pero no pude entenderlo bien, porque su francés es mucho mejor que el mío.

— ¿Qué dijo?

— Dijo algo referente a “hacerlo en pocos días si era posible”.

— ¿Fue todo?

— Casi. Mark no podía soportar aquello; sé que era incapaz. Recuerdo que en mi sueño quise decírselo. Veía que iba a caerse. Traté de gritarles a los otros dos: “¡Va a caerse!” Pero, naturalmente, no pude. Estaba enfermo. Entonces lo sacaron de la habitación.

Los tres permanecieron silenciosos algunos segundos.

— ¿Es eso todo? — preguntó miss Ironwood.

— Sí — contestó Jane —. Es todo lo que recuerdo. Creo que entonces me desperté.

El Director hizo una profunda aspiración.

— Bien — dijo mirando a miss Ironwood —, la cosa se va aclarando. Tenemos que celebrar consejo en el acto. ¿Está aquí todo el mundo?

— No. El doctor Dimble ha tenido que ir al Colegio de Edgestow a buscar a unos discípulos. No volverá hasta esta noche.

— Entonces celebraremos consejo esta noche. Dispóngalo todo. — Permaneció callado un momento y se volvió hacia Jane —. Mucho temo que la cosa sea mala para usted, amiga mía — dijo —, y peor para él.

— ¿Se refiere usted a Mark, señor?

— Sí. No lo juzgue usted duramente. Sufre. Si somos vencidos, todos sucumbiremos con él. Si vencemos, lo rescataremos. No puede haber ido muy lejos todavía. — Se detuvo, sonrió y añadió —: Ya estamos acostumbrados a ocuparnos de los maridos. El de la pobre Ivy está en la cárcel.

— ¿En la cárcel?

— Sí, por robo vulgar . . .  Pero es un buen hombre. Pronto estará libre.

A pesar del horror que Jane había experimentado durante su sueño al ver a Mark y a sus asociados rodeados de aquel espantoso ambiente, había sido un horror en el que se mezclaba cierta grandeza y misterio. La súbita comparación entre su prestigio y un preso común la hizo enrojecer. No dijo nada.

— Otra cosa — continuó el Director—. No interpretará usted mal que la excluya esta noche del consejo.

— De ninguna manera, señor — dijo Jane, interpretándolo, desde luego, muy mal.

— Compréndalo. MacPhee parte del principio de que si oye usted decir ciertas cosas referentes a sus sueños le dará ideas durante ellos que destruirán su indiscutible valor. Y no es fácil refutarlo. Es nuestro escéptico; un papel muy importante.

— Comprendo perfectamente — dijo Jane.

— Esto, naturalmente, sólo se aplica a las cosas que no sabemos todavía. No debe usted oír nuestras conjeturas; no debe usted estar presente cuando estemos tratando de desenmarañar la evidencia. Pero no tenemos secretos para usted respecto a la pasada historia de nuestra organización. MacPhee insiste incluso en ser él quien le haga el relato. Teme que el de Grace o el mío no fuesen suficientemente objetivos.

—Comprendo.

—Quisiera que lo apreciase usted, si puede. Es uno de mis más viejos amigos. Y sería uno de nuestros hombres más útiles si fuésemos derrotados. No hay hombre mejor que él para tenerle al lado en una batalla perdida. Lo que pueda hacer si ganamos, me es imposible imaginarlo.

II

Mark se despertó al día siguiente con la sensación de que le dolía toda la cabeza, especialmente la parte de atrás. Recordó que se había caído, dándose un golpe en la cabeza, entre Filostrato y Straik . . . , y después, como dice el poeta, “descubrió en su mente una inflamación turbulenta que deformó su memoria”. Pero era imposible, no podía aceptarlo de momento; había sido una pesadilla. Debía desecharlo. Ahora que estaba despierto, se desvanecería totalmente. Era un absurdo. Una vez, durante un delirio, había visto la parte delantera de un caballo, sin cuerpo ni patas traseras, corriendo por un prado, y lo había encontrado ridículo desde el primer momento, pero no por eso menos horrible. Aquello era un absurdo de la misma especie. Una cabeza sin cuerpo. Una cabeza que hablaba cuando le daban aire y saliva artificial por un grifo desde la habitación contigua. Sentía en su cerebro unos golpes tan fuertes que tuvo que dejar de pensar.

Pero sabía que era verdad. Y le era imposible, como suele decirse, “aceptarlo”. Estaba un poco avergonzado de ello, porque quería ser considerado como uno de los duros. Pero la verdad era que su dureza residía puramente en su voluntad, no en los nervios, y las virtudes que casi había conseguido arrojar de su mente vivían todavía, aunque fuese sólo negativamente, como debilidad, en su cuerpo. Aprobaba la vivisección, pero no había trabajado nunca en un lugar donde se practicase. Recomendaba que determinadas clases sociales debían ser gradualmente eliminadas: pero no se había hallado nunca presente en el momento en que un pobre tendero arruinado era llevado al hospicio o una desgraciada anciana desfallecida moría abandonada en un ático helado. No sabía lo que era recordar aquel último medio vaso de leche bebido cinco días antes . . .

Entre tanto, tenía que levantarse. Había que ocuparse de Jane. Al parecer, tendría que llevarla a Belbury. Su mente había tomado esta decisión por sí sola en un momento que no podía recordar. La necesitaba para salvar su vida. Todas sus inquietudes respecto a entrar en el círculo interior o conseguir un puesto habían caído en la insignificancia. Si los fastidiaba, lo matarían; acaso lo decapitasen . . .  ¡Oh, Dios, si tan sólo matasen realmente aquel instrumento de tortura, aquel monstruoso instrumento con un rostro que seguía hablando sobre su pedestal de acero! Todos los temores menores de Belbury — porque ahora sabía ya que, salvo los dirigentes, en Belbury tenía miedo todo el mundo — eran sólo emanaciones de aquel miedo central. Necesitaba a Jane; no luchaba ahora contra esto.

Hay que recordar que en la mente de Mark difícilmente hallaba albergue un noble sentimiento, ni cristiano ni pagano. Su educación no había sido ni clásica ni científica, sino sencillamente “moderna”. Las severidades de la abstracción y de las grandes tradiciones humanas habían pasado por su lado; y no tenía ni la astucia campesina ni el honor aristocrático que pudiese ayudarlo. Era un hombre de paja, un analista sagaz de temas que no reque­rían un exacto conocimiento (siempre había brillado en cuestiones de Ensayos o Ideas Generales), y el primer indicio de verdadero miedo por su vida corporal lo dejaba anonadado. Su cabeza le causaba dolores atroces, y se sentía enfermo. Afortunadamente, ahora tenía siempre una botella de whisky en su habitación. Un buen trago le permitió afeitarse y vestirse.

Llegó tarde a desayunar, pero no importaba, porque era incapaz de comer. Tomó varias tazas de café solo y se fue a la sala de escribir. Estuvo mucho rato dibujando garabatos en el papel secante. Ahora que había llegado el momento de escribir a Jane, le era imposible concebir la carta. ¿Por qué querían a Jane? Informes temores asediaron su mente. ¡A Jane, precisamente! ¿La llevarían a la Cabeza? Por primera vez en su vida acudió a su mente una especie de amor desinteresado; deseaba no haberse casado con ella, no meterla jamás en aquel mundo de espantosos horrores que parecía tener que ser ahora su vida.

— ¡Hola, Studdock! — dijo una voz —. Escribiendo a la mujercita, ¿eh?

— ¡Maldita sea! — dijo Mark —. Ha hecho usted que se me cayese la pluma.

— Pues cójala usted, muchacho — dijo miss Hardcastle sentándose sobre la mesa. Mark cogió la pluma y permanecieron sentados los dos, sin mirarse. Desde que salió del colegio no había sabido lo que era odiar y temer a una persona con todas las fuerzas de su cuerpo tanto como odiaba y temía ahora a aquella mujer.

— Tengo malas noticias para usted, muchacho — dijo, produciéndole un sobresalto en el corazón —. Tómelo como un hombre, Studdock . . .  —añadió el “Hada”.

— ¿De qué se trata?

El “Hada” no contestó en seguida, y Mark sabía que lo estaba estudiando, vigilando en qué forma respondía el instrumento a su juego.

— Estoy preocupada por su mujercita — dijo al fin.

— ¿Qué quiere usted decir? — preguntó Mark rápidamente, levantando la vista esta vez.

La colilla entre los labios del “Hada” seguía apagada, pero había llegado incluso a sacar las cerillas.

— Me he ocupado de ella — dijo miss Hardcastle —, en interés de usted, naturalmente. Pensé que Edgestow no era un sitio sano para ella en estos momentos.

— ¿Y qué le pasa? — gritó Mark.

— ¡Ssss! No conviene que nadie nos oiga — dijo el “Hada”.

— ¿No puede usted decirme qué ocurre?

El “Hada” esperó unos segundos antes de contestar.

— ¿Qué sabe usted de su familia, Studdock?

— Mucho. ¿Qué tiene que ver con esto?

— ¿No hay nada . . .  raro . . .  del otro lado?

— ¿Qué diablos quiere usted decir?

— No sea usted brusco, querido. Hago todo lo que puedo por usted. Es sólo . . .  No sé, pero me pareció que obraba de una manera muy rara cuando la vi.

Mark recordaba perfectamente su conversación con ella el día que salió para Belbury. Sintió un nuevo ramalazo de dolor. ¿Diría acaso la verdad aquella mujer odiosa?

— ¿Qué dijo? — preguntó.

— Si no hay por su parte ningún inconveniente — dijo el “Hada” —, siga mi consejo, Studdock, y tráigala aquí en seguida. Aquí la cuidarán debidamente.

— Todavía no me ha dicho usted lo que dijo o hizo.

— No quisiera que ninguno de los míos ingresase en el manicomio de Edgestow. Especialmente ahora que disponemos de poderes extraordinarios. Van a emplear experimentalmente a los pacientes ordinarios, ya lo sabe usted. En cambio, si firma usted este impreso, salgo en el acto después de almorzar y esta tarde la tiene usted aquí.

— No hará nada de eso. Especialmente no habiéndome dado usted la menor idea de lo que pasa.

— He tratado de decírselo, pero no me deja usted. Me habló de no sé quién que se había metido en su casa (o, mejor dicho, que le había encontrado en la estación, no pude averiguar cuál) y la había quemado con un cigarro. Entonces, desgraciadamente, vio mi colilla, y, tal como se lo digo, me identificó con su perseguidor imaginario. Desde luego, después de esto, no pude hacer nada útil.

— Tengo que ir a casa en seguida — dijo Mark levantándose.

— ¡Oiga, oiga! No puede usted hacer eso — dijo el “Hada” levantándose también.

— ¿Que no puedo ir a casa? ¡Ya lo creo que iré, si todo eso es verdad!

— No sea usted loco, querido — dijo miss Hardcastle —. Sé lo que digo. Está usted ya en una posición sumamente peligrosa. Acabará usted de comprometerse si se ausenta sin permiso. Mándeme a mí. Firme este impreso. Es la manera más lógica de obrar.

— Pero hace un momento me ha dicho usted que no podía soportarla de ninguna forma . . .

— ¡Oh!, esto no será ninguna dificultad. Desde luego, sería más fácil si no me hubiese tomado esta antipatía. Oiga, Studdock, ¿no cree usted que su mujercita podría sentir celos?

— ¿Celos? ¿De usted? — dijo Mark con irreprimible desagrado.

— ¿Dónde va usted? — preguntó el “Hada” secamente.

— A ver al D.D., y de allí a casa.

— Espere. No hará usted eso, a menos que quiera usted hacer de mí su enemiga irreconciliable . . .  Y, déjeme usted que se lo diga, no puede usted afrontar más enemigos.

— ¡Váyase usted al diablo! — exclamó Mark.

— Escuche, Mark — gritó el “Hada” —. Espere. No sea usted loco.

Pero Mark estaba ya en el hall. De momento, todo parecía haberse aclarado. Vería a Wither, no para pedirle permiso, sino para anunciarle escuetamente que tenía que ir a su casa porque su mujer estaba gravemente enferma; saldría de la habitación antes de que Wither contestase, y de allí a la calle. El futuro más remoto era vago, pero no parecía tener importancia. Se puso el sombrero y el gabán, subió al primer piso y llamó a la puerta del despacho del Director.

No hubo respuesta. Entonces se dio cuenta de que la puerta no estaba completamente cerrada. Se aventuró a empujarla un poco, y vio al Director sentado, de espaldas a la puerta.

— Perdóneme, señor — dijo Mark —. Quisiera hablar con usted un momento . . .  — No hubo respuesta —. Perdóneme, señor —repitió con voz más fuerte ; pero la figura no se movió ni respondió.

Con cierta vacilación, Mark entró en la habitación y fue al otro lado del escritorio; pero cuando se volvió para mirar a Wither se quedó sin aliento, porque creyó hallarse frente a un cadáver. Un momento después reconoció su error. En el silencio del despacho podía oír su respiración. No estaba siquiera dormido, porque tenía los ojos abiertos.

— Perdóneme, señor . . .  — comenzó Mark, pero se detuvo.

El Director no lo escuchaba. Estaba tan lejos de oírlo que Mark tuvo la alocada duda de si estaba realmente allí, de si el alma del Director Delegado no estaba en aquel momento flotando en la lejanía, extendiéndose y disipándose como un gas a través de mundos informes y sombríos, por las vastas extensiones desoladas del universo. Aquellos ojos pálidos y húmedos eran, en cierto modo, el infinito, lo informe y lo indeterminable. La habitación estaba fría y silenciosa; no había reloj, y el fuego estaba apagado. Era imposible hablar ante un rostro como aquel. Pero parecía imposible salir de la habitación, porque aquel hombre lo había visto. Mark tenía miedo: jamás se había encontrado en una situación como aquella.

Cuando finalmente Wither habló, sus ojos no se fijaron en Mark, sino en un punto remoto, más allá de la ventana, quizá en el cielo.

— Sé quien es — dijo Wither —. Se llama usted Studdock. ¿Qué significa esto de venir aquí? Hubiera hecho mejor en quedarse fuera. ¡Salga de aquí!

Los nervios de Mark estallaron en aquel momento. Todos aquellos temores lentamente acumulados durante los últimos días cristalizaron de repente en una determinación, y un segundo después bajaba los escalones de tres en tres. Cruzó el hall. Salió fuera y echó a andar por la avenida. De nuevo el camino a seguir le parecía fácil. Frente a la entrada había un espeso macizo de árboles atravesado por un sendero. El sendero lo llevaría en media hora a Courthampton, y allí encontraría el autobús de Edgestow. No pensó en absoluto en el futuro. Sólo dos cosas importaban: primero, salir de aquella casa, y segundo, volver a Jane. Le devoraba un deseo por Jane que era físico sin ser en absoluto sensual; como si el consuelo y la fortaleza brotasen de su cuerpo, como si su sola piel pudiese limpiar toda la inmundicia que parecía rodearlo. La idea de que podía realmente estar loca había desaparecido de su mente. Y era todavía demasiado joven para creer en el sufrimiento. No podía desligarse de la creencia de que, sólo con que lo intentase, la red se rompería por sí sola, el cielo se aclararía y todo terminaría, tomando Jane y él el té juntos, como si nada hubiese ocurrido. Estaba ya fuera de los campos; cruzaba la carretera: había entrado en el macizo de árboles. Se detuvo súbitamente. Ocurría algo imposible. En el sendero, delante de él, estaba la figura de un hombre, un hombre alto, muy alto, ligeramente encorvado, vacilando y silbando distraídamente una tonada; el Director Delegado en persona. En un momento, todo el optimismo y bienestar de Mark desapareció. Dio la vuelta. Se detuvo en la carretera; parecía experimentar el dolor más intenso que jamás había sufrido. Después, cansado, tan cansado que sus piernas no podían casi llevarlo, reemprendió lentamente el camino de Belbury.

III

Mr. MacPhee ocupaba en la planta baja del Castillo una pequeña habitación que él llamaba su despacho, en la cual jamás entraba ninguna mujer si no era bajo su propia custodia. Y en aquella limpia pero polvorienta estancia estaba sentado aquella tarde, poco antes de cenar, con Jane Studdock, a quien había invitado a fin de darle lo que él llamaba “un breve y objetivo resumen de la situación”.

— Empezaré por decirle, Mrs. Studdock, que conozco al Director desde hace muchísimos años, y que la mayor parte de su vida se ha dedicado a la filología. No estoy personalmente convencido de que la filología pueda ser considerada como una ciencia exacta, pero cito el hecho como testimonio de su capacidad intelectual en general. Y, sin querer prejuzgar ningún hecho, no diré, como diría en una conversación ordinaria, que siempre fue un hombre de lo que podríamos llamar “índole imaginativa”. Su apellido original era Ransom.

— ¿No será el Ransom de Dialecto y Semántica? — dijo Jane.

— El mismo. Este es nuestro hombre — repuso MacPhee—. Pues bien, hará unos seis años (tengo todos los datos anotados en un librito, pero no tiene importancia de momento), ocurrió su primera desaparición. Se eclipsó sin dejar rastro durante nueve meses. Yo creí que se había ahogado bañándose o algo por el estilo. Y un buen día apareció tan tranquilo en sus habitaciones de Cambridge y tuvo que ingresar enfermo en el hospital donde estuvo tres meses. Y no quiso decir dónde había estado, salvo a algunos amigos íntimos.

— ¿Y entonces? — preguntó Jane con afán.

— Dijo — prosiguió MacPhee, sacando su tabaquera y acentuando la palabra “dijo”— que había estado en Marte.

— ¿Quiere usted decir que lo dijo . . .  mientras estaba enfermo?

— No, no. Lo dice todavía. Saque usted las consecuencias que quiera, pero esta es la historia.

— La creo — dijo.

MacPhee tomó cuidadosamente un polvo de rapé y prosiguió:

— Le expongo a usted los hechos. Nos dijo que había estado en Marte, secuestrado por el profesor Weston y Mr. Devine, o sea, lord Feverstone hoy. Según su relato, había podido escaparse (en Marte, fíjese bien) y anduvo rondando algún tiempo solo. Solo.

— Supongo que Marte está deshabitado, ¿no?

— No tenemos pruebas respecto a este punto, excepción hecha de su relato. Sabrá usted indudablemente, Mrs. Studdock, que un hombre en una soledad completa, incluso en esta tierra (un explorador, por ejemplo), llega a estados de conciencia extraordinarios. Me han dicho que un hombre puede llegar a olvidar su propia identidad.

— ¿Quiere usted decir que pudo imaginar cosas sobre Marte sin haber estado allí?

— No hago insinuación alguna — repuso MacPhee —. Me limito a repetir los hechos. Según su relato, en el planeta hay diferentes clases de seres que rondan por él. Acaso por esto ha convertido esta casa en una especie de colección zoológica, pero no tiene importancia. Dice también que encontró a unos seres que nos conciernen precisamente en este momento. Los llamó eldiles.

— ¿Una especie animal, quiere usted decir?

— ¿Ha intentado alguna vez de definir la palabra “animal”, Mrs. Studdock?

— Que yo recuerde, no. Quiero decir, ¿eran seres . . . , en fin, inteligentes? ¿Podían hablar?

— Sí, podían hablar. Eran inteligentes, además, lo cual no siempre es lo mismo.

— En resumen, ¿eran los marcianos?

— Esto es precisamente lo que no eran, según su relato. Estaban en Marte, pero no pertenecían de derecho a él. Dice que son seres que viven en el espacio vacío.

— Pero no hay aire . . .

— Le refiero a usted su historia. Dice que no respiran. Dice también que su especie no se reproduce ni mueren. Pero observará usted que aun cuando supongamos que el resto de su relato sea cierto, esta última afirmación no resiste el análisis.

— ¿Y cómo son?

— Le digo a usted cómo los describe él.

— Quiero decir, ¿qué aspecto tienen?

— No estoy exactamente en condiciones de responder a esta pregunta — repuso MacPhee.

— ¿Son voluminosos? —preguntó Jane casi involuntariamente.

MacPhee se sonó y continuó:

— El punto delicado, Mrs. Studdock, es el siguiente. El doctor Ransom pretende haber recibido frecuentes visitas de esos seres desde que regresó de Marte. Esto en cuanto a su primera desaparición. Ahora viene la segunda. Estuvo ausente más de un año, y esta vez afirma haber estado en el planeta Venus . . .  llevado allí por los eldiles.

— ¿Habitan en Venus también?

— Me perdonará usted que le diga que esta observación demuestra que no ha comprendido todo el alcance de lo que he dicho. Estos seres no son en absoluto seres planetarios. Suponiendo que existan, hay que concebirlos flotando en las profundidades del espacio, si bien pueden fijarse en un planeta de vez en cuando, como un pájaro se posa en un árbol. Según dice, hay algunos que están más o menos afectos a determinados planetas, pero no son naturales de ellos. Sólo son una cosa pura de diferente especie.

Hubo unos instantes de silencio, y Jane preguntó:

— ¿Son, deduzco, más o menos propicios?

— Esta es exactamente la idea del Director, con una excepción importante.

— ¿Cuál?

— Los eldiles que durante muchos siglos se han concentrado en nuestro planeta. Parece que no hemos tenido ninguna suerte al elegir nuestro complemento de parásitos. Y esto, Mrs. Studdock, me lleva al punto esencial. — Jane esperó. Era extraordinaria la forma en que las maneras de MacPhee neutralizaban casi totalmente la extrañeza de su relato —. La cara y la cruz del asunto — continuó MacPhee — es que esta casa está dominada, o por los seres de que le estoy hablando, o por una extraña quimera. Por los consejos que dice haber recibido de los eldiles, el Director ha descubierto la conspiración contra la raza humana; y, lo que es más, dirige la campaña bajo las instrucciones de los eldiles . . .  si es que podemos llamar dirigirla. Se le puede haber ocurrido a usted preguntarse, Mrs. Studdock, cómo ningún hombre cuerdo puede pensar que vamos a destruir una poderosa conspiración por el hecho de estar aquí cultivando legumbres y domesticando osos. Es una pregunta que he hecho en diferentes ocasiones, y la contestación es siempre la misma: estamos esperando órdenes.

— ¿De los eldiles? ¿Era a ellos a quienes se refería cuando me habló de sus Maestros?

— No cabe la menor duda, si bien no emplea esta palabra cuando habla conmigo.

— Pero, Mr. MacPhee, no lo entiendo. Creí que había usted dicho que los eldiles de nuestro planeta nos eran hostiles.

— Es una pregunta muy acertada — repuso MacPhee —, pero no es con los nuestros con los que el Director pretende estar en comunicación. Es con sus amigos del espacio. Nuestro propio contingente, los eldiles terrestres, son los que urden la conspiración. Tiene usted que imaginarnos, Mrs. Studdock, viviendo en un mundo en el que las clases criminales de los eldiles han establecido su cuartel general. Y, lo que ocurre ahora, si el punto de vista del Director es justo, es que sus propios parientes y allegados visitan nuestro planeta para poner orden.

— ¿Quiere usted decir que los otros eldiles, los del espacio, vienen a esta casa?

— Esto es lo que cree el Director.

— Pero usted debe de saber si es verdad o no.

— ¿Cómo?

— ¿Los ha visto usted?

— No es una pregunta que pueda contestarse afirmativa o negativamente. He visto muchas cosas en mis tiempos que no estaban en un lugar ni eran lo que pretendían ser: arco iris, reflejos y puestas de sol, sin hablar de los sueños. Existe también la heterosugestión. No negaré que he observado en esta casa una clase de fenómenos que no me he explicado todavía claramente. Pero no ocurren nunca cuando tengo a mano mi carnet de notas o alguna facilidad de comprobación.

— ¿No es creer lo mismo que ver?

— Puede serlo . . .  para los chiquillos o las bestias — repuso MacPhee.

— ¿Pero no para la gente sensata, quiere usted decir?

— Mi tío, Mr. Duncanson — dijo MacPhee —, cuyo nombre puede serle conocido como Inspector General de la Asamblea sobre las Aguas, en Escocia, para ahuyentar a la gente que iba a contarle fantasías sobre fenómenos religiosos, solía dar un fuerte golpe sobre la Biblia que tenía sobre la mesa y exclamar: “¡Demostrádmelo en la palabra de Dios!” Y, aceptando sus principios, tenía razón. No comparto sus principios, Mrs. Studdock, pero me baso en los mismos principios. Si quiere que Andrew MacPhee crea algo en su existencia, tendrá que presentarse bajo la luz del día, delante de un número de testigos suficientes y no asustarse si cojo una máquina fotográfica o un termómetro.

— ¿Ha visto usted algo, entonces?

— Sí. Pero debemos tener un criterio libre. Puede ser una alucinación, o un truco de ilusionista . . .

— ¿Por parte del Director? — preguntó Jane con rencor. Mr. MacPhee echó de nuevo mano de su tabaquera —. ¿Imagina usted realmente que pueda creer que el Director es un hombre de esa clase, un charlatán?

— Quisiera, señora — dijo MacPhee —, que adoptase usted una forma de ver las cosas sin emplear constantemente la palabra “creer”. Es obvio que el ilusionismo es una hipótesis que todo investigador imparcial debe tener en cuenta. El hecho de que sea una hipótesis no congénita a la idiosincrasia del investigador no debe en ningún caso ser tenido en cuenta. Por lo menos, quizá, es un nuevo campo de valorar la hipótesis en cuestión, precisamente porque hay un grave peligro psicológico de descuidarlo.

— Hay una cosa que se llama lealtad — dijo Jane.

MacPhee, que estaba cerrando su tabaquera, levantó la vista con mil expresiones en sus ojos.

— La hay, señora — dijo —. Cuando tenga usted más edad aprenderá que es una virtud demasiado importante para ser prodigada sobre personalidades individuales.

En aquel momento llamaron a la puerta.

— Adelante . . .  — dijo MacPhee.

Camilla entró.

— ¿Ha terminado usted con Jane, MacPhee? — dijo —. Me ha prometido ir a tomar un poco el aire conmigo antes de la comida.

— ¡Bah! ¡Vaya usted con su abuela! — exclamó MacPhee con un gesto de desesperación —. Muy bien, señoras, muy bien. Váyanse al jardín. Es indudable que en el campo enemigo deben hacer algo más útil. A este paso tendrán a todo el país en el bolsillo antes de que nos movamos.

— Me gustaría que leyese usted el poema que estoy leyendo — dijo Camilla —. Porque en un verso dice exactamente lo que pienso respecto a esta espera:

Loco,
Todo yace en una pasión de paciencia, es la regla
del Señor

— ¿De dónde es eso? — preguntó Jane.

Taliessin Through Logres.

— Mr. MacPhee probablemente no admite más poeta que Burns.

— ¡Burns! — exclamó MacPhee con profundo desprecio, abriendo enérgicamente el cajón de su mesa y sacando un puñado de papeles —. Si van ustedes al jardín, no quisiera demorarlas, señoras . . .

— ¿Se lo ha contado? — preguntó Camilla, cuando las dos muchachas avanzaban por el corredor.

Movida por un impulso extraño en ella, Jane cogió a su compañera de la mano y dijo:

— ¡Sí!

Ambas estaban poseídas de la misma pasión, pero no sabían de qué pasión se trataba. Llegaron a la puerta principal, y al abrirla vieron algo que, a pesar de ser natural, parecía de momento apocalíptico.

Durante todo el día había soplado viento, y se encontraron frente a un cielo claro. El aire era intensamente frío, y las estrellas brillantes. En lo alto, los últimos jirones de las nubes corrían delante de la luna, no la luna voluptuosa de mil canciones de amor de las tierras del sur, sino Diana Cazadora, la virgen indomable, la azagaya de la locura. Si aquel frío satélite hubiese aparecido por primera vez ante la tierra, no hubiera tenido con mayor intensidad el aspecto de un presagio. La fuerte sensación penetró en la sangre de Jane.

— Este Mr. MacPhee . . .  — dijo mientras caminaban lentamente hacia la parte más elevada del jardín.

— Lo sé . . .  — dijo Camilla; y después —: ¿Lo ha creído usted?

— Desde luego.

— ¿Cómo le ha explicado MacPhee la edad del Director?

— ¿Se refiere usted a su aspecto . . . , o a que sea tan joven, si es que llaman ustedes a esto joven?

— Sí. Así es como son los que vienen de las estrellas. O por lo menos de Perelandra. El Paraíso dura todavía allí. Haga usted que se lo cuente alguna vez. No envejecerá ya jamás un día ni una hora.

— ¿Morirá?

— Se lo llevarán, según creo. Volverá al Cielo Profundo. Le ha ocurrido a una o dos personas, quizá a seis, desde que el mundo comenzó.

— ¡Camilla!

— Dígame.

— ¿Qué . . .  qué es ese hombre?

— Eso, un hombre. Y el Pendragón de Logres. Esta casa, todos nosotros, Mr. Bultitude y Pinch, somos todo lo que queda de Logres; todo lo demás se ha convertido simplemente en Inglaterra. Sigamos. Vamos hasta la cumbre. Sopla el viento. Acaso vengan esta noche.

IV

Aquella noche, Jane se aseó bajo la atenta mirada del Barón Corvo, el cuervo, mientras los otros celebraban consejo en el Cuarto Azul.

— Bien — dijo Ransom cuando Grace Ironwood hubo terminado de leer sus notas —. Este es el sueño, y todo en él parece ser objetivo.

— ¿Objetivo? — dijo Dimble —. No comprendo, señor. No querrá usted decir que pueden tener una cosa así . . .

— ¿Qué piensa usted, MacPhee? — preguntó Ransom.

— ¡Oh! sí, es posible — dijo MacPhee —. Es un viejo experimento que se realiza con cabezas de animales. Se hace frecuentemente en laboratorios. Se le corta la cabeza a un gato, por ejemplo, y se tira el cuerpo. Se puede conservar la cabeza funcionando durante algún tiempo si se le suministra sangre a la presión necesaria.

— Es curioso — dijo Ivy Maggs.

— ¿Quiere usted decir que se conserva viva? — dijo Dimble.

— “Viva” es una palabra muy ambigua. Puede usted conservar sus funciones. Es lo que popularmente se llamaría viva. Pero una cabeza humana . . . , consciente . . .  No sé qué ocurriría si se intentase.

— Se ha intentado — dijo miss Ironwood —. Un alemán lo intentó antes de la primera guerra con la cabeza de un criminal.

— ¿Es cierto? — preguntó MacPhee con gran interés —. ¿Y sabe usted el resultado obtenido?

— Fracasó. La cabeza murió de la forma ordinaria.

— Ya tengo bastante, la verdad — dijo Ivy Maggs levantándose y saliendo precipitadamente de la habitación.

— Entonces — dijo el doctor Dimble —, esta horrible abominación es real, no sólo un sueño. — Su rostro estaba pálido y sus facciones alteradas. El de su esposa, por su parte, sólo demostraba esa repugnancia contenida con que una dama de la vieja escuela escucha algún detalle repulsivo cuando su mención resulta inevitable.

— No hay pruebas de ello — dijo MacPhee —. Me limito a exponer los hechos. Lo que la muchacha ha soñado es posible.

— ¿Y qué quiere decir eso del turbante — dijo Denniston —, esa especie de agitación en la parte alta de la cabeza?

— ¿Ve usted lo que puede ser? — preguntó el Director.

— No estoy seguro, señor — dijo Dimble.

— Suponiendo que el sueño sea real — dijo MacPhee —, se puede conjeturar lo que puede ser. Una vez la han conservado viva, lo primero que se les ocurrirá a gente como esa sería incrementar su cerebro. Probarían toda clase de estimulantes. Y entonces quizá se ayudarían abriendo el occipucio . . .  para dejarlo hervir, podríamos decir. Esta es indudablemente la idea. Una hipertrofia cerebral induciendo artificialmente a apoyar un poder sobrehumano de meditación.

— ¿Hay alguna probabilidad de que una hipertrofia como esa aumentase el poder meditativo? — preguntó el Director.

— Este me parece el punto débil — repuso miss Ironwood —. Me inclinaría a creer que es igualmente fácil que produzca la demencia . . .  o nada. Pero puede surtir el efecto opuesto.

— Entonces — dijo Dimble —, nos encontramos ante el cerebro de un criminal hinchado en proporciones sobrehumanas, experimentando una forma de conciencia que no podemos imaginar, pero que, presumiblemente, es una conciencia de sufrimiento y de odio.

— No hay certidumbre — dijo miss Ironwood — de que hubiese mucho sufrimiento. Algún dolor en el cuello, quizá, al principio.

— Lo que nos interesa mucho más, de momento — dijo MacPhee —, es determinar qué conclusiones podemos sacar de todos estos experimentos con la cabeza de Alcasan y qué medidas prácticas deben ser tomadas por parte nuestra, siempre, y simplemente como hipótesis, en la suposición de que el sueño sea verídico.

— De momento, nos dice ya una cosa — dijo Denniston.

— ¿Qué es? — preguntó MacPhee.

— Que el movimiento enemigo es internacional. Conseguir esa cabeza representa tener vara alta con una policía extranjera por lo menos.

MacPhee se frotó las manos.

— Hombre — dijo —, tiene usted visos de pensador lógico. Pero la deducción no es exacta. Puede haber intervenido el soborno y explicar el hecho sin discusión.

— Nos dice a la larga una cosa más importante todavía — dijo el Director —. Representa que si esa técnica tiene realmente éxito, la gente de Belbury ha descubierto, con propósitos prácticos, una manera de hacerse inmortales. — Hubo un momento de silencio, y después continuó —: Esto es el principio de lo que es realmente la nueva especie: las Cabezas Elegidas, que nunca mueren. Ellos lo llamarán un nuevo paso en la evolución. Y de ahora en adelante, todos los seres que ustedes y yo llamamos humanos son simples candidatos a la admisión en las nuevas especies, o bien sus esclavos, quizá su alimento.

— El nacimiento del Hombre Sin Cuerpo — dijo Dimble.

— Muy probable, muy probable — dijo MacPhee, tendiéndole su tabaquera. Dimble la rehusó, pero MacPhee cogió un buen pellizco y prosiguió —: Pero no sirve de nada aplicar todas las fuerzas de la retórica a quitarnos la cabeza de encima de los hombros porque a otros les han quitado los hombros de debajo de la cabeza. Defenderé la cabeza del Director, y la suya, doctor Dimble, y la mía propia, contra esa gente, hierva su cerebro o no. Con tal de que hagamos uso de ella. Celebraría saber qué medidas prácticas proponen ustedes. — Se dio un golpecito sobre las rodillas con los nudillos y miró fijamente al Director —. Es un asunto — añadió — que me he aventurado a proponer de antemano.

Una súbita transformación, como el surgir de la llama de un montón de rescoldos, se efectuó en el rostro de Grace Ironwood.

— ¿Es que no podemos confiar en que el Director trace su plan a su debido tiempo, Mr. MacPhee? — preguntó orgullosamente.

— Del mismo modo, doctor — dijo él —, ¿no puede concedérsele la suficiente confianza para que oiga su plan?

— ¿Qué quiere usted decir, MacPhee? — preguntó Dimble.

— Señor Director — dijo MacPhee —, me perdonará usted que le hable francamente. Sus enemigos han conseguido esta cabeza. Han tomado posesión de Edgestow, y están en camino de suspender todas las leyes de Inglaterra. Y, no obstante, nos dice usted que no es hora todavía de moverse. Si hubiesen ustedes seguido mi consejo hace seis meses tendríamos ahora una organización extendida por toda Inglaterra y quizá una parte de la Cámara de los Comunes. Sé perfectamente lo que dirán: que éstos no son los métodos adecuados. Y quizá no lo sean. Pero si no puede usted seguir nuestro consejo ni darnos nada que hacer, ¿para qué estamos aquí sentados? ¿Ha pensado usted seriamente en despedirnos y buscar nuevos colegas con los cuales poder trabajar?

— ¿Disolver la compañía, quiere usted decir? — preguntó Dimble.

— Eso mismo — dijo MacPhee.

El Director levantó la vista sonriendo.

— No tengo poderes para disolverla — dijo.

— En este caso — dijo MacPhee —, debo preguntar qué autoridad tiene usted para habernos reunido.

— Jamás los he reunido — repuso el Director. Después, dirigiendo una mirada circular a los concurrentes, añadió —: Aquí hay un error de comprensión. ¿Están ustedes bajo la impresión de que yo los he elegido? ¿No es eso? — repitió, al ver que nadie contestaba.

— Pues . . .  —dijo Dimble —, por lo que a mí se refiere, comprendo que las cosas han ocurrido más o menos inconscientemente . . . , incluso accidentalmente. En ningún momento me pidió usted mi adhesión al movimiento ni nada por el estilo. Por eso me he considerado siempre como una especie de edecán. Suponía que los demás estaban en una posición más regular que la mía.

— Seguramente sabe usted por qué Camilla y yo estamos aquí — dijo Denniston —. Jamás pensamos en prever en qué forma íbamos a ser empleados.

Grace Ironwood levantó la vista con una expresión estática en su rostro, que había palidecido más aún.

— ¿Desea usted . . . ? — comenzó a decir.

El Director apoyó la mano sobre su brazo.

— No — dijo —, no hay necesidad de explicar todas estas cosas.

Las duras facciones de MacPhee esbozaron una mueca.

— Ya sé adonde va a parar — dijo —. Hemos estado todos jugando a la gallina ciega. Pero me permitiré observar, doctor Ransom, que ha llevado usted las cosas un poco lejos. No recuerdo exactamente cómo fue nombrado usted Director, pero por este título y por un par de indicios más cualquiera hubiera pensado que se conducía usted más como el jefe de una organización que como el huésped de una fiesta familiar.

— Soy el Director — dijo Ransom sonriendo —. ¿Cree usted que reclamaría la autoridad que reclamo si las relaciones entre nosotros dependiesen de su voluntad o de la mía? Jamás me eligieron ustedes. Jamás los elegí. Ni aun el gran Oyarsa, a quien sirvo, me eligió. Llegué a sus mundos de una forma que podríamos llamar, en principio, casual; tal como vinieron ustedes a mí . . .  y como vinieron los animales de esta casa. Ni ustedes ni yo hemos proyectado ni iniciado esto; ha caído sobre nosotros, nos ha absorbido, si prefieren ustedes llamarlo así. Es, sin duda, una organización; pero no somos nosotros los organizadores. Por esto no tengo autoridad para dar a ninguno de ustedes permiso para abandonar mi casa.

Durante algún tiempo no se oyó en el Cuarto Azul más ruido que el chascar de la leña.

— Si no hay nada más que tratar — dijo Grace Ironwood —, quizá será mejor que dejemos descansar al Director.

MacPhee se levantó, quitándose una mota de tabaco de las rodillas . . . , y preparando así una nueva sensación para los ratones cuando al día siguiente saliesen obedeciendo al silbato del Director.

— No tengo la menor intención — dijo — de dejar esta casa si alguien desea que me quede. Pero respecto a la hipótesis general bajo la cual el Director parece actuar y la peculiar autoridad que reclama, me reservo absolutamente mi juicio. Sabe usted muy bien, Director, en qué sentido tengo y en cuál no, completa confianza en usted.

El Director se echó a reír.

— Dios me libre — dijo — de pretender averiguar lo que pasa por los dos hemisferios de su cabeza, MacPhee, y menos aún de unirlos. Pero sé (lo cual es mucho más importante) la clase de confianza que tengo en usted. ¿No quiere usted sentarse? Hay muchas cosas que decir todavía.

MacPhee volvió a sentarse. Grace Ironwood, que se había incorporado en su asiento, se arrellanó en él, y el Director dijo:

— Hemos averiguado esta noche, si no lo que está haciendo el verdadero poder de nuestros enemigos, por lo menos la forma en que se ha materializado en Belbury. Sabemos, por consiguiente, algo acerca de uno de los dos ataques que están a punto de producirse contra nuestra raza. Pero estoy pensando en el otro.

— Sí — dijo Camilla —, en el otro.

— ¿A saber? — preguntó MacPhee.

— A saber — dijo Ransom —, lo que hay debajo del Bosque de Bragdon.

— ¿Todavía piensa usted en eso? — dijo MacPhee.

— No pienso casi en nada más — dijo el Director —. Sabemos ya que el enemigo quería el Bosque. Algunos de nosotros adivinábamos por qué. Ahora Jane ha visto (o, mejor, tocado) durante su sueño lo que ellos están buscando en Bragdon. Puede ser el más grande de los dos peligros. Pero lo cierto es que el mayor de ellos es la conjunción de las fuerzas enemigas. Todo depende de esto. Cuando el nuevo poder de Belbury se reúna con el antiguo poderío de Bragdon, Logres, es decir, el Hombre, estará casi cercado. Para nosotros todo depende de impedir esta conjunción. Este es el punto en el cual debemos estar todos dispuestos a matar y a morir. Pero no podemos atacar todavía. No podemos meternos en Bragdon y comenzar a excavar por cuenta propia. Tiene que llegar un momento en que lo encontrarán. No tengo la menor duda de que de una forma u otra nos lo dirán. Hasta entonces, debemos esperar.

— No creo una palabra de esa otra historia — dijo MacPhee.

— Pensaba — dijo miss Ironwood — que no debíamos emplear palabras como creer. Pensaba que nos debíamos limitar a exponer los hechos y a sacar consecuencias.

— Si siguen ustedes peleándose — dijo el Director —, creo que los haré casar.

V

Al principio, el gran misterio para el grupo Ransom había sido por qué el enemigo quería el Bosque de Bragdon. La tierra no era adecuada, y sólo podía aprovecharse para construir un edificio de la escala que proyectaban con un enorme gasto de trabajos preliminares; y, además, Edgestow no era tampoco, evidentemente, el lugar indicado. Mediante un intenso estudio en colaboración con el doctor Dimble y pese al continuo escepticismo de MacPhee, el Director llegó por fin a una conclusión. Dimble, él y los Denniston poseían algún conocimiento de la época del rey Artús, cuya erudición no se alcanzará probablemente durante algunos siglos. Sabían que Edgestow estaba situado en lo que había sido el mismo corazón del antiguo Logres, que el pueblecillo de Cure Hardy conservaba el nombre de Ozana le Coeur Hardi, y que el legendario Merlín había habitado un día en lo que era ahora el Bosque de Bragdon.

Ignoraban con exactitud cuál fue su obra allí; pero por diferentes caminos habían llegado demasiado lejos para considerar su arte como mera leyenda o impostura o equipararlo exactamente a lo que el Renacimiento llamó Magia. Dimble sostenía incluso que un buen crítico, por su sola sensibilidad, podía distinguir la diferencia en los rastros que ambas cosas habían dejado en la literatura. “¿Qué hay de común — preguntaba — entre los ocultistas ceremoniales como Fausto, Próspero o Archimago, con sus prácticas de medianoche, sus libros prohibidos, sus diablos y elementales auxiliares, y una figura como Merlín que obtenía sus resultados por el simple hecho de ser él?” Y Ransom estaba de acuerdo. Creía que el arte de Merlín era el último superviviente de algo más antiguo y diferente, algo traído a la Europa Occidental después de la caída de Numitor, remontando a una era en la cual las relaciones generales entre la mente y la materia sobre este planeta habían sido otras que las que conocemos. Con seguridad difirieron profundamente de la Magia del Renacimiento. Era muy posible (si bien incierto) que fuese menos culpable, pero había con certeza sido más efectivo. Porque Paracelso, Agripa y todos los demás habían conseguido muy poco o nada; Bacon mismo (que no era enemigo de la Magia salvo bajo este concepto) cita que los magos “no alcanzaban la grandeza y la certidumbre del trabajo”. Toda la explosión de artes prohibidas del Renacimiento no fue, al parecer, sino un sistema de perder el alma en condiciones particularmente desfavorables. Pero el arte más antiguo tenía propósitos completamente diferentes.

Pero si la única posible atracción de Bragdon residía en los últimos vestigios de la magia Atlántica, aquello significaba para ellos algo más. Decía claramente que el I.N.E.C., en lo más profundo, no se preocupaba simplemente de las formas modernas y materialistas del poder. Le decía al Director, en realidad, que detrás de todo aquello había energía eldílica y conocimiento eldílico. Otra cuestión era, desde luego, si sus miembros humanos tenían conocimiento de los oscuros poderes que eran en realidad los verdaderos organizadores. Y, en el fondo, este punto acaso no fuese muy importante. Como Ransom había dicho más de una vez, “lo sepan o no lo sepan, de todos modos va a ocurrir lo mismo. La cuestión no estriba en la forma en que actuará la gente de Belbury (los Eldiles Sombríos se ocuparán de ello), sino en cómo juzgarán sus acciones. Irán a Bragdon; falta saber si algunos de ellos sabrán la verdadera razón por la que van, o si todos ellos forjan alguna teo­ría de emanaciones, aire o tensiones etéreas para explicarlo.”

Hasta cierto punto, el Director supuso que los poderes por los cuales luchaba el enemigo residían en Bragdon mismo, porque hay una antigua y extendida creencia de que la localidad misma tiene importancia en esta materia. Pero por el sueño de Jane sobre el frío durmiente supo algo más. Era algo más definitivo, algo localizado bajo el suelo del Bosque de Bragdon, algo que podía descubrirse excavando. Era, en realidad, el cuerpo de Merlín. Lo que le dijeron los eldiles respecto a la posibilidad de este descubrimiento lo recibió casi sin asombro. No había asombro posible con ellos. A sus ojos, las formas normales telúricas — generación, nacimiento, muerte y destrucción — que forman el marco de nuestro pensamiento, no eran menos maravillosas que las incontables otras formas de ser que estaban continuamente presentes en sus mentes incansables. Para aquellas altas criaturas cuya actividad construye lo que llamamos Naturaleza, nada es “natural”. Desde su estado, la arbitrariedad esencial, por llamarla así, de toda creación es incesantemente visible; para ellos no hay suposiciones básicas; todo brota, con la voluntaria belleza de una broma o una canción, de aquel milagroso momento de autolimitación, mientras el Infinito, proyectando miríadas de posibilidades, arroja fuera de sí la elegida y positiva invención. Que un cuerpo pueda permanecer mil quinientos años incorrupto no es para ellos una cosa extraña; conocen mundos en los que no existe la corrupción. Tampoco era para ellos extraño que su vida individual pueda permanecer latente en él durante todo este tiempo; han visto innumerables modos diferentes en los cuales el alma y la materia pueden ser combinados y separados; separados sin pérdida de recíproca influencia, combinados sin verdadera encarnación, fundidos tan estrechamente que llegan a ser una tercera cosa, o reunidos periódicamente en una unión tan íntima y tan momentánea como el abrazo nupcial. No daban sus noticias al Director como una maravilla de filosofía natural, sino como una información de tiempo de guerra. Merlín no había muerto. Su vida permanecía oculta, apartada, alejada de nuestro tiempo monodimensional durante quince siglos. Pero bajo ciertas condiciones volvería a su cuerpo.

No se lo habían dicho hasta hacía poco porque no lo habían sabido. Una de las mayores dificultades con que se encontraba al discutir con MacPhee, que se negaba obstinadamente a creer en la existencia de los eldiles, era que éste partía de la común pero curiosa suposición de que, si existían unos seres más fuertes y sabios que el hombre, debían de ser omniscientes y omnipotentes. En vano intentaba Ransom explicarle la verdad. Indudablemente, aquellos seres que con tanta frecuencia acudían a él tenían poder suficiente para borrar a Belbury de la faz de Inglaterra y a Inglaterra de la faz del globo; quizá borrar incluso el globo de la existencia. Pero no debía emplearse un poder de esta clase. Como tampoco tenían una visión directa sobre la mente del hombre. Fue desde un lugar diferente y aproximando sus conocimientos al otro lado cómo descubrieron el estado de Merlín; no por la inspección de aquello que dormía bajo el Bosque de Bragdon, sino observando una configuración única en aquel lugar donde permanecían aquellas cosas que fueron apartadas de la ruta del tiempo para ocultarse tras invisibles vallas de un campo inimaginable. No todos los tiempos que están fuera del presente pertenecen por ello al pasado o al futuro.

Esto era lo que mantenía al Director despierto y con el ceño fruncido durante las frías horas de aquella madrugada, cuando sus compañeros lo dejaron solo. No le cabía ya la menor duda de que el enemigo había comprado Bragdon para encontrar a Merlín; y si lo encontraban, lo reanimarían. El viejo druida formaría inevitablemente parte de los nuevos conjurados. ¿Quién podía evitarlo? La conjunción entre las dos clases de poderes que debían decidir la suerte de nuestro planeta sería efectuada. Indudablemente, éste había sido el deseo de los eldiles sombríos durante siglos enteros. Las ciencias físicas, inocentes en sí, habían comenzado ya, incluso en vida de Ransom, a ser contrahechas y manejadas sutilmente en determinada dirección. La desesperación de la bondad objetiva fue crecidamente insinuada en la mente de los científicos; el resultado había sido la indiferencia hacia ella y una concentración sobre el mero poderío. Los balbuceos acerca del élan vital y las escaramuzas con el panpsiquismo daban ciertas probabilidades de restaurar el Anima Mundi de los magos. Sueños del remoto futuro del destino del hombre arrancaban de su hueca e inquieta tumba el sueño del Hombre como Dios. Los mismos experimentos de la sala de disección y del laboratorio patológico aumentaban la convicción de que el acto de ahogar las repugnancias profundamente arraigadas era la primera esencia del progreso. Y ahora todo esto alcanzaba la fase en la cual sus sombríos promotores creían poder comenzar, seguros, a inclinarlo de modo que se reuniese con esta otra forma más temprana de poder. Elegían el primer momento en que esto podía ser realizado. No hubiera podido hacerse con los científicos del siglo XIX. Su firme materialismo objetivo lo hubiera excluido de su mente; e incluso si hubiesen podido ser llevados a creerlo, su heredada moralidad los hubiera alejado de tener contacto con la carroña. MacPhee era un superviviente de esta tradición. Ahora era diferente. Acaso pocos o ninguno de los miembros de Belbury sabían lo que estaba ocurriendo; pero una vez que ocurriese, serían como briznas de paja en el fuego. ¿Qué podrían encontrar increíble, puesto que no creían ya en un universo racional? ¿Qué podrían considerar demasiado obsceno, puesto que sostenían que toda moralidad era un simple producto subjetivo de la situación física y económica del hombre? Todo estaba a punto. Desde el punto de vista aceptado en el infierno, toda la historia de nuestra Tierra había tendido a llegar a este momento. Ahora había por fin una verdadera oportunidad para el hombre caído de sacudir aquella limitación de poderes que la merced había impuesto sobre él como protección contra las consecuencias de su caída. Si esto triunfaba, el infierno sería por fin encarnado. Los hombres malvados, mientras conservasen su cuerpo, mientras se arrastrasen todavía por esta tierra, entrarían en aquel estado en el cual, hasta el presente, sólo habían entrado después de la muerte; tendrían la diuturnidad y el poder de los espíritus del mal. La Naturaleza, extendida sobre todo el globo de Tellus, se convertiría en su esclava; y de este dominio era imposible prever un fin antes de que llegase el mismo fin del tiempo.


Diez
La ciudad conquistada

I

Hasta entonces, cualquiera que hubiesen sido sus días, Mark había dormido bien, pero aquella noche el sueño le falló. No había escrito a Jane, y pasó el día manteniéndose apartado de todo el mundo, sin hacer nada de particular. La noche de insomnio situó todos sus temores en un nuevo plano. Era, desde luego, materialista en teoría; y, también en teoría, había pasado ya de la edad de tener terrores nocturnos. Pero ahora, mientras el viento azotaba sus ventanas hora tras hora, sentía de nuevo los terrores de la infancia: aquella vieja y espantosa sensación de unos dedos fríos que recorriesen el espinazo. El materialismo no es en realidad una protección. Los que se amparan en él con esta esperanza (y no son una clase despreciable) tendrán un desengaño. Lo que uno teme es imposible. Neta y escuetamente. ¿Puede, por consiguiente, dejar de temerlo? De ninguna manera. Entonces, ¿qué? Si hay que ver fantasmas, es mejor no negar su existencia.

Lo llamaron más temprano que de costumbre, y con el té le llevaron una nota. El Director Delegado saludaba a Mr. Studdock y le rogaba fuese a verlo inmediatamente para un asunto urgente y lamentable. Mark se vistió y cumplió la orden.

En el despacho encontró a Wither y a miss Hardcastle. Con gran sorpresa de Mark y, momentáneamente, con gran alivio por su parte, Wither no parecía recordar su última entrevista. Por el contrario, sus modales eran corteses, casi deferentes, aun cuando excesivamente graves.

— Buenos días, buenos días, Mr. Studdock — dijo —. Lamento muchísimo . . .  En una palabra, no le hubiera privado del desayuno si no hubiese creído que en su propio interés debía ser puesto usted en antecedentes de los hechos lo antes posible. Considerará usted, desde luego, todo lo que voy a decirle como estrictamente confidencial. El asunto es lamentabilísimo, o, por lo menos, muy molesto. Tengo la certeza de que a medida que avance nuestra conversación (siéntese, por favor, Mr. Studdock) comprenderá en su situación actual cuan cuerdamente hemos obrado al asegurarnos la protección de un cuerpo de policía (por darle un nombre poco afortunado) estrictamente nuestro.

Mark se humedeció los labios y se sentó.

— Mi resistencia a suscitar la cuestión — continuó Wither — hubiera sido, no obstante, mucho más seria si no me hubiese considerado capaz de asegurarle (por adelantado, ¿comprende?) la absoluta confianza que todos tenemos depositada en usted y lo mucho que esperamos — aquí levantó la vista por primera vez y miró fijamente a Mark — que empiece usted a corresponder. Nosotros nos consideramos aquí hermanos y . . .  hermanas, de manera que cualquier cosa que ocurra en esta habitación puede ser considerada confidencial en el más estricto sentido de la palabra, y creo que los tres estamos calificados para discutir el tema que voy a exponerle de la manera más humana y menos ceremoniosa.

La voz de miss Hardcastle, interrumpiéndole súbitamente, produjo el efecto de un tiro de revólver.

— Ha perdido usted su cartera, Mr. Studdock — dijo.

— ¿Mi . . .  mi cartera? — dijo Mark.

— Sí, su cartera. Con el libro de notas y algunas cartas . . .

— Sí. Es verdad. ¿La ha encontrado usted?

— ¿Contenía tres libras con diez peniques, un resguardo de giro postal por valor de cinco chelines, cartas de una mujer que firma Myrtle, del Tesorero de Bracton, de G. Hernshaw, de F. A. Browne y de M. Belcher, y la factura del sastre Simonds and Son, 32A Market Street, Edgestow?

— Sí, más o menos eso.

— Aquí está — dijo miss Hardcastle señalándole sobre la mesa —. ¡No, no la toque! — exclamó al ver a Mark avanzar un paso en dirección a ella.

— ¿Qué diablos significa esto? — preguntó Mark en el tono que cualquiera hubiera adoptado en aquellas circunstancias, pero que la policía tiene la costumbre de llamar “bravata”.

— Nada — dijo miss Hardcastle —. Esta cartera fue encontrada sobre la hierba, al lado de la carretera, a unas cinco yardas del cuerpo de Hingest.

— ¡Dios mío! — dijo Studdock —. No querrá usted decir . . .  Pero todo esto es absurdo . . .

— Es inútil apelar a mí — dijo miss Hardcastle —. No soy abogado, ni jurado, ni juez. Soy sólo una mujer policía. Le expongo a usted los hechos.

— ¿Debo entender que soy sospechoso de haber asesinado a Hingest?

— No creo verdaderamente — dijo el Director Delegado — que necesite usted tener el menor temor de que exista, en estos momentos, ninguna diferencia radical entre sus colegas y usted respecto a la luz bajo la cual este lamentable asunto debe ser considerado. La cuestión es realmente constitucional . . .

— ¿Constitucional? — dijo Mark con enojo —. Si he comprendido bien, miss Hardcastle me está acusando de asesinato.

Los ojos de Wither lo miraron como desde una distancia infinita.

— ¡Oh! — exclamó —. No creo realmente que esto haga justicia a la posición de miss Hardcastle. El elemento de este Instituto que ella representa estaría estrictamente ultra vires al obrar en este sentido dentro del I.N.E.C. (suponiendo, simplemente con el propósito de argumentar, que quisieran, o pudiesen querer en un momento posterior, hacerlo), mientras en relación con las autoridades externas su función, como quiera que la definamos, se­ría inconsecuente con cualquier acción de esta especie; por lo menos en el sentido en que he comprendido empleaba usted sus palabras.

— Pero es con las autoridades externas con las que tengo que ver, supongo — dijo Mark. Se le había secado la boca y tenía dificultad en hacerse oír —. Por lo que he podido entender, miss Hardcastle insinúa que voy a ser detenido.

— Nada de eso — dijo Wither—. Este es precisamente uno de los casos en los cuales verá usted la enorme ventaja de poseer nuestra propia fuerza ejecutiva. Este es un asunto que podría causarle a usted considerables molestias si la cartera hubiese sido hallada por la policía o si estuviésemos en la posición de un ciudadano ordinario que considerase su deber (como consideraríamos nuestro deber nosotros si no nos encontrásemos en esta peculiar situación) entregar la cartera a la policía. No sé si miss Hardcastle le ha explicado a usted bastante claramente que son sus subordinados y sólo ellos los que han hecho este . . .  este enojoso hallazgo.

— ¿Qué diablos quiere usted decir? — dijo Mark —. Si miss Hardcastle no cree que haya motivo de sospecha contra mí, ¿a qué viene toda esta acusación y este interrogatorio? Y si lo cree, ¿cómo puede evitar poner al corriente a las autoridades?

— Mi querido amigo — dijo Wither en un tono antediluviano —, no existe por parte del Comité el menor deseo de insistir en definir, en casos de esta especie, los poderes de acción de nuestra policía particular, y mucho menos, que es de lo que se trata aquí, de sus poderes de inacción. No creo que nadie haya sugerido que miss Hardcastle estuviese obligada (en cualquier sentido que limitase su iniciativa) a comunicar a las autoridades exteriores (las cuales, por su misma organización, deben suponerse menos aptas para tratar con estas imponderables y casi técnicas investigaciones que a menudo se suscitan) ningún hecho sabido por ella o por sus subordinados en el curso de sus funciones en el seno del I.N.E.C.

— ¿Debo entender — dijo Mark — que miss Hardcastle cree que hay hechos que justificarían mi detención como asesino de Mr. Hingest, pero que ofrece generosamente suprimirlos?

— Ahora lo ha entendido usted, Studdock  — dijo el “Hada”. Un momento después, por primera vez en presencia de Mark, encendió su colilla, lanzó una bocanada de humo y sonrió, o por lo menos sus labios se abrieron hasta mostrar los dientes.

— Pero no es eso lo que quiero — dijo Mark. No era completamente verdad. La idea de desechar el asunto de cualquier forma que fuese y casi bajo cualesquiera condiciones, cuando se le expuso hacía pocos segundos, fue para él como una bocanada de aire para el hombre que se ahoga. Pero un vestigio de civilización latía aún en él y prosiguió, casi sin darse cuenta de su emoción, siguiendo una línea de conducta diferente.

— No me gusta esto — dijo, hablando en un tono demasiado fuerte—. Soy inocente, y creo que será mejor que me dirija a la Policía, a la verdadera Policía, en el acto.

— Si quiere usted ser condenado a cadena perpetua, es otro asunto — dijo el “Hada”.

— Quiero ser rehabilitado — dijo Mark —. La acusación caerá por su propio peso. No hay ningún móvil concebible. Y tengo una coartada. Todo el mundo sabe que aquella noche dormí aquí.

— ¿De veras? — dijo el “Hada”.

— ¿Qué quiere usted decir? —preguntó Mark.

— Siempre hay un móvil, ¿comprende usted?, para matar a alguien — repuso ella —. La policía está formada sólo por seres humanos. Cuando la maquinaria se pone en movimiento, quiere naturalmente una prueba.

Mark se aseguró de que no estaba asustado. ¡Si por lo menos Wither no tuviese siempre las ventanas cerradas y un fuego que crepitaba!

— Existe la carta que escribió usted — dijo el Hada.

— ¿Qué carta?

— Una carta dirigida a un Mr. Pelham, de su Colegio, fechada hace seis semanas, en la cual dice usted: “Quisiera que Bill el “Aguacero” pudiese pasar a mejor vida . . . ”

Como un pinchazo de dolor físico, el recuerdo de aquella carta acudió a la mente de Mark. Era el tono tontamente jocoso que se usaba en el Elemento Progresivo, la frase que podía decirse docenas de veces al día en Bracton refiriéndose a un contrincante o incluso a un individuo molesto.

— ¿Cómo ha ido a parar esa carta a sus manos? — preguntó Mark.

— Creo, Mr. Studdock — dijo el Director —, que sería inoportuno pretender que miss Hardcastle diese ningún género de explicaciones (en detalle, me refiero) sobre la forma de obrar de la Policía Institucional. Al decir esto no pretendo ni un solo instante negar que la más absoluta confianza entre todos los miembros del I.N.E.C. es una de las características más valiosas que puede tener y, desde luego, un sine qua non de esta auténticamente concreta y orgánica vida que tenemos la esperanza que desarrollará. Pero hay necesariamente ciertas esferas (no netamente definidas, desde luego, pero que se revelan  inevitablemente  en respuesta al ambiente y obediencia del ethos latente o de la dialéctica del todo) en las cuales la confianza que envuelve el intercambio verbal de los hechos podría . . .  aniquilar su propia finalidad.

— No irá usted a suponer — dijo Mark — que nadie puede tomar en serio el significado de esa carta.

— ¿Ha tratado usted alguna vez de hacerle comprender algo a un policía? — preguntó el “Hada”.

Mark no contestó.

—Y no creo que la coartada tenga gran valor — prosiguió el “Hada”—.  Se le vio a usted hablando con Bill durante la cena. Se los vio salir juntos por la puerta principal cuando se marchó. No se le vio a usted regresar. No se sabe nada de sus actos hasta el desayuno de la mañana siguiente. Si se hubiese marchado con él hasta el lugar del crimen tendría usted tiempo de sobra para haber estado de regreso a las dos y cuarto de la madrugada. Recuerde usted que helaba. Sus zapatos podían, por consiguiente, no estar manchados de barro.

— Si me permite poner de relieve un punto suscitado por miss Hardcastle — dijo Wither —, verá usted que esto es la prueba evidente de la inmensa importancia de la Policía Institucional. Hay infinitos y sutiles matices inherentes al hecho, que sería irrazonable esperar, que la policía ordinaria comprendiese, pero que, mientras permanezcan, por decirlo así en el seno de nuestra familia (considero siempre el I.N.E.C. como una gran familia, Mr. Studdock), no necesitan desarrollar tendencia alguna que lleve a una errónea interpretación de la justicia.

Debido a alguna confusión mental que algunas veces le había invadido en la sala de espera de algún dentista o delante de algún director del colegio, Mark casi comenzó a identificar la situación que parecía aprisionarlo al mismo tiempo que los cuatro muros de aquella habitación. ¡Si tan sólo pudiese marcharse de allí, fuera como fuese, salir al aire libre y al sol, alejarse por el campo, huir de aquel obsesionante crujido de los zapatos del Director, de la colilla manchada de rojo de miss Hardcastle y del retrato del Rey que colgaba sobre la chimenea!

— ¿Me aconseja usted realmente que no vaya a la policía? — preguntó.

— ¿A la policía? — dijo Wither, como si esta idea fuese completamente nueva —. No creo, Mr. Studdock, que nadie haya pensado nunca que pudiese usted cometer una acción irreparable de esta naturaleza. Podría incluso argüirse que con esta acción sería usted culpable (involuntariamente culpable, me apresuro a añadir) de cierto grado de deslealtad para con sus colegas y especialmente para con miss Hardcastle. Se colocaría usted, desde luego, fuera de nuestra protección . . .

— Esta es la cuestión, Studdock — dijo el “Hada” —. En cuanto está usted en manos de la policía, está usted en manos de la policía . . .

El momento de su decisión pasó ante Mark sin que él se diese cuenta.

— Bien — dijo —. ¿Y qué proponen ustedes?

— ¿Yo? — dijo el “Hada” —. Nada. Es una suerte para usted que hayamos sido nosotros y no un desconocido quienes encontramos la cartera.

— No sólo una suerte para . . .  para Mr. Studdock — dijo Wither —, sino para todo el I.N.E.C. No hubiéramos podido permanecer indiferentes...

— No hay más que un detalle — dijo el “Hada” —, y es que no tenemos la carta dirigida a Pelham, sino una copia. Pero con un poco de suerte no ocurrirá nada por este lado.

— Entonces, ¿no hay nada que hacer de momento? — preguntó Mark.

— Nada — repuso Wither —. Nada que tenga carácter oficial. Desde luego es aconsejable que obre usted, como estoy seguro lo hará, con la mayor prudencia y . . .  cuidado, durante los próximos meses. Mientras esté usted entre nosotros, creo que Scotland Yard verá el inconveniente de intentar obrar a menos que vean el caso perfectamente claro. Es indudable que se producirá alguna escaramuza entre la jurisdicción ordinaria y nuestra organización dentro de los seis próximos meses; pero creo muy improbable que quieran profundizar demasiado.

— Pero, ¿cree usted que me consideran culpable todavía? — preguntó Mark.

— Esperemos que no — dijo el “Hada” —. Desde luego, exigen un culpable, lo cual es muy natural. Pero lanzarían un profundo suspiro si lo encontrasen sin tener que inmiscuirse en los asuntos del I.N.E.C.

— Pero, escúcheme, ¡maldita sea! — dijo Mark —. ¿Es que no espera usted hallar al ladrón dentro de algunos días? ¿Es que no piensa usted hacer nada?

— ¿El ladrón? — dijo Wither —. Nadie ha dicho hasta ahora que el cuerpo hubiese sido robado.

— Me refiero al ladrón que me robó la cartera.

— ¡Oh, su cartera! — exclamó el viejo, acariciándose suavemente su refinado y bello rostro —. Ya comprendo. Debo entender que lanza usted una acusación de robo contra una persona o personas desconocidas . . .

— ¡Pero, válgame Dios! — gritó Mark —. ¿Es que no suponían ustedes que alguien me la había robado? ¿Creían ustedes de veras que fui yo? ¿Creen ustedes que soy un asesino?

— Por favor, por favor, Mr. Studdock — dijo Wither —, no debería usted gritar. Aparte de la indiscreción que representa, debo recordarle que está usted en presencia de una dama. Hasta donde puedo recordar, no hemos dicho una palabra respecto a asesinato, ni hecho acusación de ninguna especie. Mi único deseo es exponer claramente lo que todos estamos haciendo. Hay, desde luego, ciertas líneas de conducta y ciertas formas de proceder que podría usted teóricamente adoptar y que harían para nosotros difícil continuar la discusión. Estoy seguro de que miss Hardcastle está de acuerdo conmigo.

— A mí me da igual — dijo el “Hada” —. Lo que no sé es por qué Studdock nos está chillando aquí porque tratamos de sacarlo de un atolladero. El debe saberlo. Yo tengo un día muy ocupado y no quiero perder aquí toda la mañana.

— Realmente — dijo Mark —, hubiera creído excusable . . .

— Por favor, tranquilícese, Mr. Studdock — dijo Wither —. Como le he dicho antes, nos consideramos como una gran familia y no exigimos nada que se parezca a unas excusas formales. Nos entendemos unos a otros, y nos desagradan . . .  las escenas. Me creo autorizado a decir, de la manera más amistosa posible, que toda inestabilidad de carácter sería considerada por el Comité como . . .  no muy favorable para la confirmación de su nombramiento. Estamos hablando, desde luego, en terreno estrictamente confidencial.

Mark estaba muy lejos de preocuparse de su empleo, pero se daba cuenta de que la amenaza de expulsión era la amenaza de la horca.

— Siento haber estado brusco — dijo —. ¿Qué me aconsejan ustedes hacer?

— No asome usted la nariz fuera de Belbury. Studdock — dijo el “Hada”.

— Creo que miss Hardcastle no podría darle un consejo mejor — dijo Wither —. Y ahora que Mr. Studdock estará con usted durante su temporal cautiverio (empleo esta palabra, como comprenderá, en sentido metafórico), no habrá ningún perjuicio serio. Debe usted considerar esto como su hogar, míster Studdock.

— ¡Ah! Ahora que me acuerdo — dijo Mark —. No estoy realmente seguro de poder traer aquí a mi mujer. En realidad, no disfruta de muy buena salud . . .

— En este caso debe usted sentir ansia de tenerla aquí . . .

— No creo que le sentase bien, señor.

El Director levantó la vista y bajó la voz.

— Había olvidado, Mr. Studdock — dijo —, felicitarle por su presentación a la Cabeza. Marca una importante transición en su carrera. Todos nosotros lo consideramos ya ahora como uno de los nuestros en el sentido más profundo de la palabra. Estoy seguro de que nada está más lejos de su intención que repeler el amistoso, el casi paternal interés que siente por usted. Siente vivos deseos de dar la bienvenida a Mrs. Studdock lo antes posible.

— ¿Por qué? — preguntó Mark súbitamente.

Wither miró a Mark con una sonrisa indescriptible.

— Mi querido muchacho — dijo —, por cuestión de unidad, ya lo sabe. El círculo de familia. Será . . . , será una buena compañía para miss Hardcastle. — Antes de que Mark reaccionase de esta perturbadora idea, Wither se levantó y, dirigiéndose a la puerta, se detuvo, con una mano en el picaporte y la otra sobre el hombro de Mark —. Debe usted de tener ganas de desayunar — añadió —. No quiero que se retrase. Tenga usted mucha precaución. Y . . .  y . . .  — Su rostro cambió súbitamente. Su boca abierta adquirió el aspecto de la de un animal rabioso. Lo que había sido la senil vaguedad de sus ojos se convirtió en una ausencia de toda expresión específicamente humana —. Y traiga usted a la muchacha, ¿comprende? Traiga a su mujer. La Cabeza . . .  no tiene importancia — terminó.

II

Cuando Mark hubo cerrado la puerta después de salir, pensó: “¡Ahora! Ahí están los dos juntos. Salvado por un minuto, por lo menos.” Sin detenerse siquiera a coger su sombrero, salió por la puerta principal al paseo. Sólo la imposibilidad física podría impedirle ir a Edgestow y prevenir a Jane. Después, no tenía planes. Incluso la vaga idea de huir a América, que a una edad temprana conforta a tantos fugitivos, le era negada. Había ya leído en los periódicos la ferviente aprobación del I.N.E.C. y de todos sus trabajos que llegaban de Estados Unidos y de Rusia. Algún mísero instrumento como él los había escrito. Sus garras se aferraban a todos los países; en el barco, si consiguiese embarcar, en la lancha, si alcanzaba algún puerto, sus afiliados lo estaban esperando.

Pasó más allá de la carretera; estaba en el cinturón de árboles. Había transcurrido escasamente un minuto desde que salió del despacho del Director y nadie lo había detenido. Pero la aventura de la víspera ocurrió de nuevo. Una figura alta, encorvada, silbando una tonada, le cerró el paso. Mark no había luchado nunca. Ancestrales impulsos que se alojaban en su cuerpo (aquel cuerpo que bajo tantos conceptos era más cuerdo que su mente) dirigieron el golpe que lanzó a la cabeza de su senil obstructor. Pero su puño no chocó con nada. La figura se había desvanecido súbitamente.

Los que estaban más al corriente no llegaron jamás a ponerse de acuerdo sobre la explicación de este episodio. Pudo ser que Mark, tanto entonces como el día anterior, estando sus fuerzas agotadas, tuviese una alucinación, sin que viese a Wither en persona. Podía ser que la continua aparición de Wither a todas horas en tantas habitaciones y corredores de Belbury fuese, en el sentido estricto de la palabra, un fantasma, una de esas impresiones sensoriales que una fuerte personalidad puede imprimir en sus postrimerías, más comúnmente después de la muerte, pero algunas veces antes de ella, en la misma estructura de un edificio y que puede ser alejada, no por medio de exorcismos, sino por alteraciones arquitectónicas. O podía ser, finalmente, que las almas que han perdido el bien intelectual reciban a cambio, y durante un corto período, el vano privilegio de reproducirse en diferentes lugares en forma de aparecidos. En todo caso, fuera como fuese, la figura desapareció.

El sendero cruzaba diagonalmente un campo cubierto de hierba espolvoreada entonces de escarcha, y el cielo era de un azul brumoso. Después llegó a un portillo. Tras él, el sendero corría a través de tres campos a lo largo de un seto espinoso. Después, un poco hacia la izquierda, pasó por la parte trasera de una granja; más allá siguió un camino a través de un bosque. Allí alcanzó la vista de la flecha de Courthampton; los pies de Mark se iban calentando y empezaba a sentir hambre. Cruzó una carretera, pasó a través de un rebaño vacuno que bajaba la cabeza y lo husmeaba, atravesó un puente sobre un riachuelo y penetró en el helado sendero que llevaba hacia Courthampton.

Lo primero que vio al entrar en la calle del pueblo fue una carreta. Una mujer y tres chiquillos estaban sentados al lado del hombre que la conducía, y en ella iban apiladas cómodas, camas, colchones, cajas y un canario en una jaula. Inmediatamente después pasaron un hombre, una mujer y un chiquillo, a pie, empujando un cochecillo lleno también de diferentes utensilios domésticos. Más allá, una familia empujaba una carretilla. Después pasó un coche pesadamente cargado y un viejo automóvil tocando incesantemente la bocina, pero incapaz de abrirse paso por entre aquella procesión. Un constante desfile iba cruzando el pueblo. Mark no había visto nunca una guerra; si la hubiese visto, habría reconocido en el acto los síntomas de la evacuación. En todos aquellos caballos sobrecargados y hombres cansados, en todos los vehículos atestados de objetos, hubiera podido leer claramente el mensaje: “Enemigo a la vista.”

El tráfico era tan continuo que necesitó mucho tiempo para poder llegar al cruce de caminos donde había un bar y poder leer el malparado horario de los autobuses. No había ninguno para Edgestow hasta las 12.15. Se detuvo allí, no comprendiendo nada de lo que veía, pero haciendo conjeturas. Courthampton era normalmente una población pacífica. Por una feliz ilusión, no inusitada, se sentía menos en peligro ahora que había perdido de vista a Belbury, y pensaba sorprendentemente poco en su futuro. Unas veces pensaba en Jane y otras en huevos con jamón, pescado frito y olorosos chorros de café vertiéndose en grandes tazas. A las once y media, el bar abrió sus puertas. Entró y encargó una pinta de cerveza y un poco de pan y queso.

El bar estaba al principio vacío. Durante la primera media hora entraron, uno tras otro, cuatro hombres. Al principio no hablaron de aquella infortunada procesión que continuaba su éxodo tras la ventana. Durante algún tiempo no dijeron nada. Después, uno de ellos, muy pequeño, con una cara como una patata vieja, observó sin dirigirse a nadie en particular:

— Vi al viejo Rumbold la otra noche.

Nadie contestó, y al cabo de cinco minutos un muchacho muy joven con polainas dijo:

— Creo que está arrepentido de haberlo probado.

La conversación sobre Rumbold prosiguió de esta forma durante algún tiempo. Sólo cuando el tema Rumbold estuvo agotado, la conversación, muy indirectamente y por grados sucesivos, empezó a arrojar alguna luz sobre el desfile de refugiados.

— Todavía siguen marchando — dijo uno de ellos.

— Sí — dijo otro.

— No deben quedar muchos ya.

— No sé dónde se van a meter.

Poco a poco la cosa se fue aclarando. Eran los refugiados procedentes de Edgestow. Algunos habían sido expulsados de sus casas; otros, asustados por los disturbios y más todavía por la restauración del orden. Sobre la población reinaba algo parecido al terror.

— Dicen que ayer hubo doscientas detenciones —dijo el dueño.

— ¡Ah! — exclamó el muchacho —. La gente de la policía del I.N.E.C. es dura; todos son iguales. A mi padre le han dado un miedo terrible . . .  —Y terminó echándose a reír.

— No hubieran debido traer a estos galeses e irlandeses — dijo otro.

Pero las criticas no pasaban de aquí. Lo que más sorprendía a Mark era la casi total ausencia de indignación entre los que hablaban y la falta de simpatía por los refugiados. Cada uno de los presentes conocía por lo menos un atropello en Edgestow; pero todos convenían en que aquellos refugiados debían exagerar mucho.

— Este periódico dice que las cosas se van arreglando — dijo el dueño.

— Es verdad — dijeron los otros.

— Siempre hay alguien que tiene miedo — dijo el hombre de rostro de patata.

— ¿De qué sirve exagerar las cosas? — preguntó otro.

— No hay más remedio que aguantar . . .  No podemos pararlo. Eso es lo que yo digo — dijo el dueño.

Fragmentos de artículos que el propio Mark había escrito rondaban por todas partes. Al parecer, él y sus colegas habían hecho bien las cosas; miss Hardcastle había valorado demasiado alto la resistencia de las clases trabajadoras a la propaganda.

Cuando llegó el momento no tuvo dificultad alguna en tomar el autobús; iba vacío, porque toda la circulación avanzaba en dirección opuesta. Lo dejó en lo alto de Market Street, y emprendió en el acto el camino de su casa. La ciudad entera tenía un nuevo aspecto. De cada tres casas había una vacía. Casi la mitad de las tiendas tenían los escaparates cubiertos con maderas. Mientras ascendía y llegaba al lugar de las grandes villas con jardines, se dio cuenta de que muchas de ellas habían sido requisadas y ostentaban grandes cartelones con el símbolo del I.N.E.C.: un hombre desnudo, musculado, llevando en la mano un rayo. En cada esquina, y a menudo a media calle, se veían policías del I.N.E.C. con casco, enarbolando sus porras, con sus revólveres en la funda de sus brillantes cinturones negros. Sus redondos y pálidos rostros, moviéndose incesantemente al mascar chicle, se grababan hondamente en la memoria. Había también pasquines por todas partes, que Mark no se detenía a leer; llevaban el título de Ordenanzas de urgencia, y ostentaban la firma de Feverstone.

¿Estaría Jane en casa? Le parecía que no podría soportar que no estuviese. Mucho antes de llegar tenía ya el llavín en las manos. La puerta principal estaba cerrada. Esto quería decir que los Hutchinson, que ocupaban la planta baja, estaban fuera. Abrió y entró. La escalera le pareció fría y húmeda, lo mismo que el rellano. “Jaaane . . . ”, gritó al abrir la puerta. Pero había perdido ya todas las esperanzas. En cuanto pasó de la puerta supo que la casa estaba deshabitada. Un montón de cartas sin abrir yacía sobre el felpudo. No se oía ningún ruido, ningún tictac de reloj. Todo estaba en orden. Jane debió de salir inmediatamente después de arreglar las habitaciones. Los manteles del té colgados en la cocina estaban completamente secos; era evidente que no habían sido usados durante las veinticuatro horas. El pan del cajón estaba duro. Había un jarro medio lleno de leche, pero ésta se había cuajado. Continuó rondando de una habitación a otra después que estuvo seguro de la verdad, notando la desolación que prevalece en los hogares vacíos. Pero era completamente inútil permanecer allí. Una cólera irrazonada lo invadió. ¿Por qué diablos no le había dicho Jane que se iba? ¿O se la había llevado alguien de casa? Quizá hubiese dejado alguna nota. Cogió un montón de papeles de sobre la chimenea, pero sólo eran cartas que él mismo había puesto allí para contestar. Después, sobre la mesa, vio un sobre dirigido a mistress Dimble, a su casa del otro lado del Wynd. ¡Conque aquella maldita mujer había estado allí! Aquellos Dimble siempre le habían desagradado. Probablemente habrían invitado a Jane a que fuese a vivir con ellos. Entrometiéndose siempre, sin duda. Tenía que ir al “Northumberland” y ver a Dimble.

La idea de pelearse un poco con los Dimble acudió a la mente de Mark como una inspiración. Chillar un poco como marido ofendido en busca de su mujer sería un agradable cambio en la actitud que estuvo obligado a adoptar aquellos últimos tiempos. Se detuvo por el camino para beber algo. Al entrar en el “Bristol” y ver el cartelón del I.N.E.C., estuvo a punto de lanzar una maldición y dar media vuelta, cuando súbitamente recordó que también él era un alto funcionario del I.N.E.C. y no miembro de aquel público hoy excluido del “Bristol”. En la puerta le preguntaron quién era y cuando dijo su nombre se mostraron obsequiosos. Ardía un fuego agradable. Después del día agotador que acababa de pasar pensó que tenía derecho a un buen whisky, y después del primero pidió el segundo. Aquello completó el cambio mental que se había iniciado en el momento en que se le ocurrió ir a pelearse con los Dimble. La situación general de Edgestow tenía algo que ver con ello. Había en él un elemento para el cual todas estas exhibiciones de fuerza sugerían principalmente cuanto más agradable era formar parte del I.N.E.C. que permanecer fuera de él. Incluso ahora, ¿se habría tomado toda aquella démarche acerca de un proceso por asesinato demasiado en serio? Desde luego, era la forma en que Wither arreglaba las cosas; le gustaba tener siempre algo de que culpar a uno. Era sólo una manera de mantenerlo en Belbury y de mandarle a buscar a Jane. Y cuando una pensaba bien en ello, ¿por qué no? No podía seguir viviendo indefinidamente sola. Y la esposa de un hombre que pretende hacer carrera y vivir en un ambiente importante tenía que aprender a ser una mujer de mundo. De todos modos, lo primero era ver a Dimble.

Salió del “Bristol” sintiéndose otro hombre. Y era, en efecto, otro hombre. Desde entonces, y hasta el momento de la decisión final, aparecía en él el hombre nuevo con sorprendente rapidez, y cada fase parecía completa mientras duraba. Y así, agitándose violentamente de un lado para otro, su juventud se aproximaba al momento en que comenzaría a ser un hombre.

III

— Adelante — dijo Dimble en sus habitaciones del “Northumberland”. Acababa de terminar con su último discípulo y se disponía a marcharse a St. Anne—. ¡Oh, es usted, Studdock! — dijo al abrirse la puerta —. Entre. —Trataba de hablar con naturalidad, pero estaba sorprendido de la visita e impresionado por lo que veía.

El rostro de Studdock parecía haber cambiado desde la última vez que lo vio; parecía más gordo y más pálido, y en su expresión había como una nueva vulgaridad.

— He venido a preguntarle por Jane — dijo Mark —. ¿Sabe usted dónde está?

— Temo no poderle dar su dirección — repuso Dimble.

— ¿Quiere usted decir que no la sabe?

— No puedo darla — dijo Dimble.

De acuerdo con el programa de Mark, aquel era el momento en que debía empezar a adoptar una actitud violenta. Pero ahora que estaba en aquella habitación no era lo mismo. Dimble lo había tratado siempre con escrupulosa cortesía, y Mark sabía perfectamente que no le era simpático. Esto no había hecho que Dimble le desagradase a él. Lo único que había conseguido era que se sintiera embarazado al hablar en su presencia y que hiciese cuanto pudiera por serle agradable. La venganza no era en modo alguno uno de los defectos de Mark. A Mark le agradaba gustar. Un desplante lo alejaba, soñando, no en una venganza, sino en bromas y actitudes que pudiesen un día granjearle la amistad y la buena voluntad del que lo había ofendido. Si jamás fue cruel, fue siempre con los inferiores que solicitaban su atención, no hacia arriba, con los superiores que se la negaban. En el fondo, tenía un temperamento perruno.

— ¿Qué quiere usted decir? — preguntó —. No lo entiendo.

— Si tiene usted la menor consideración por la seguridad de su esposa, no me pedirá usted que le diga dónde ha ido.

— ¿Seguridad?

— Seguridad — repitió Dimble con firmeza.

— ¿Seguridad contra qué?

— ¿No sabe usted lo que ha ocurrido?

— ¿Qué ha ocurrido?

— La noche del gran alboroto, la Policía Institucional trató de detenerla. Pudo escapar, pero no antes de que fuera torturada.

— ¿Torturada? ¿Qué quiere usted decir?

— La quemaron con un cigarro.

— Por eso he venido — dijo Mark —. Temo que Jane esté al borde de un desequilibrio nervioso. No es verdad, ya lo sabe usted . . .

— El médico que le curó las quemaduras no piensa lo mismo.

— ¡Gran Dios! — exclamó Mark —. Entonces, ¿fue verdad? Pero, escuche . . .  — Bajo la tranquila mirada de Dimble le era difícil hablar —. ¿Por qué no he sido informado de este crimen? — gritó.

— ¿Por sus colegas? — preguntó Dimble secamente —. Me hace usted una curiosa pregunta. Debe usted comprender las maquinaciones del I.N.E.C. mejor que nosotros.

— ¿Por qué no me lo ha dicho usted? ¿Por qué no se ha hecho nada a este respecto? ¿Han avisado ustedes a la policía?

— ¿A la Policía Institucional?

— No, a la policía ordinaria.

— ¿Es que ignora usted que no ha quedado policía ordinaria en Edgestow?

— Supongo que habrá autoridades.

— Hay un Comisario de Urgencia, lord Feverstone. No parece usted comprender la situación. Esta es una ciudad conquistada y ocupada.

— Entonces, ¿por qué, en el nombre del cielo, no ha acudido usted a mí?

— ¿A usted? — dijo Dimble.

Durante un momento, y por primera vez en muchos años, Mark se vio tal como lo veía Dimble. Quedó casi sin respiración.

— Escúcheme . . .  — dijo —. No va usted a . . .  (¡oh, es horrible), no va usted a imaginar que lo sabía, ¿verdad? No puede usted creer que mandé policías a maltratar a mi propia mujer. — Había empezado con un tono indignado, pero terminó con cierta jocosidad. Si Dimble esbozase la sombra de una sonrisa, algo que cambiase el tono de la conversación . . .

Pero Dimble no dijo nada, ni su rostro cambió de expresión. No estaba siquiera plenamente convencido de que Mark no hubiese intervenido incluso en aquello, pero por caridad no quería decirlo.

— Sé que no le he sido nunca simpático — dijo Mark —, pero no sabía que me tuviese por un malvado.

Dimble continuaba silencioso, por una razón que Mark no podía adivinar. Lo cierto era que el dardo había dado en el blanco. La conciencia de Dimble lo acusó durante muchos años de falta de caridad para con Studdock, y había tratado de corregirse; en aquel momento luchaba.

— Bien — dijo Studdock con la boca seca, después de un silencio que duró varios segundos —, no creo que haya mucho más que decir. Insisto en saber dónde está Jane.

— ¿Es que quiere usted que se la lleven a Belbury?

Mark experimentó un sobresalto. Parecía que aquel hombre hubiese leído la idea que había tenido hacía media hora, mientras estuvo en el “Bristol”.

— No sé por qué, Dimble — dijo —, debo soportar un interrogatorio de este género. ¿Dónde está mi mujer?

— No tengo permiso para decírselo. No está ni en mi casa ni bajo mi custodia. Está bien y a salvo, y es feliz. Si tiene usted todavía la menor consideración hacia su felicidad, no hará usted ninguna tentativa por ponerse en contacto con ella.

— ¿Soy acaso algún criminal, algún leproso, que no puedo saber siquiera su dirección?

— Perdóneme. Es usted miembro del I.N.E.C., que la ha ofendido, detenido y torturado. Desde su evasión ha seguido en libertad únicamente porque sus colegas ignoran dónde está.

— Y si realmente fue la policía del I.N.E.C. la culpable, ¿cree usted que no les voy a exigir una explicación? ¡Maldita sea! ¿Por quién me toma usted?

— Sólo me cabe esperar que no tenga usted en el I.N.E.C. autoridad alguna. Si no tiene usted autoridad, no puede protegerla. Si la tiene, es que está identificado con su policía. En ninguno de los dos casos le ayudaré a usted a descubrir su paradero.

— Esto es fantástico — dijo Mark —. Aun cuando tenga momentáneamente un empleo en el I.N.E.C., me conoce usted . . .

No lo conozco a usted — dijo Dimble —. No tengo la menor idea de sus aspiraciones y propósitos.

A Mark le pareció que Dimble lo estaba mirando, no con odio ni desprecio, sino con esa repugnancia que produce en quienes la sienten una especie de embarazo, como si fuese ante una obscenidad que la gente decente se ve obligada, por vergüenza propia, a fingir ignorar. En lo cual se equivocaba. En realidad, su presencia actuaba sobre Dimble como un estímulo de su propio dominio. Dimble trataba simplemente con todas sus fuerzas de no odiarlo, de no despreciarlo, y, por encima de todo, de no saborear ni su odio ni su desprecio, y no tenía idea de la rigidez que este esfuerzo imprimía a sus facciones.

El resto de la conversación prosiguió sobre la base de esta mala interpretación.

— Aquí hay algún error ridículo — dijo Mark —. Le ruego que analice usted los hechos a fondo. Voy a armar un escándalo. Algún policía recientemente contratado se emborracharía o algo así. Bien, pues será despedido . . .  Yo . . .

— Fue el jefe de su policía, miss Hardcastle en persona, quien lo hizo.

— Muy bien. Pues la echaré a ella. ¿Creía usted que me iba a quedar tan tranquilo? Pero debe de haber algún error. No puede ser . . .

— ¿Conoce usted bien a miss Hardcastle? — preguntó Dimble. Esta pregunta redujo a Mark al silencio. Y pensaba — erróneamente — que Dimble estaba leyendo hasta el fondo de su mente y viendo en ella la certidumbre de que era ella quien lo había hecho y que no tenía más fuerza para pedirle explicaciones que para detener la revolución de la Tierra.

Súbitamente, la inmovilidad del rostro de Dimble cambió, y su voz, al hablar, adquirió un tono diferente :

— ¿Tiene usted facultades para pedirle explicaciones? — dijo —. ¿Está usted ya tan cerca del centro de Belbury como eso? Si es así, ha consentido usted el asesinato de Hingest, el asesinato de Compton. Si es así, fue por orden suya por lo que Mary Prescott fue raptada y azotada hasta la muerte en los cobertizos que hay detrás de la estación. Si es así, aprueba que los criminales (honrados criminales cuyas manos no tiene usted el derecho de estrechar) sean sacados de las cárceles a las que los jueces los habían mandado bajo el veredicto de los jurados y enviados a Belbury para sufrir durante un período indefinido, fuera del alcance de la ley, todas esas torturas y violencias sobre la identidad personal que llaman ustedes Tratamiento Curativo. Es usted quien ha arrojado de sus hogares a dos mil familias para mandarlas a morir de inanición en los barrancos de Birmingham y Worcester. Es usted quien nos puede decir por qué Place, Rowley y Cummingham (a los ochenta años de edad) han sido detenidos y dónde están. Y si está usted tan metido en eso, no solamente no pondré a Jane en sus manos, sino que no pondría ni a mi perro.

— Verdaderamente, verdaderamente — dijo Mark —. Esto es absurdo. Sé que se han hecho una o dos cosas un poco fuertes. Esto ocurre siempre en todos los cuerpos de policía del mundo, especialmente al principio. Pero, ¿qué he hecho yo jamás para que me haga usted responsable de todas las medidas que los funcionarios del I.N.E.C. puedan haber tomado, o dice usted haber tomado, en la Prensa callejera?

— ¡La Prensa callejera! — exclamó Dimble, que pareció a Mark haber aumentado incluso físicamente de tamaño —. ¿Qué absurdo es esto? ¿Es que se figura usted que no sé que tienen ustedes el control de todos los periódicos del país menos uno? Y éste no ha aparecido esta mañana. Sus tipógrafos se han declarado en huelga. Los pobres infelices dicen que no quieren imprimir artículos atacando a los miembros del Instituto. En cuanto a la procedencia de las mentiras de los otros, usted lo sabe mejor que yo.

Puede parecer extraño que Mark, habiendo vivido durante mucho tiempo en un mundo desprovisto de caridad, hubiese experimentado, no obstante, muy raras veces la ira. Había encontrado mucha maldad, pero siempre operaba por medio de desaires, sarcasmos y puñaladas traperas. La frente y los ojos de aquel anciano producían sobre él un efecto angustioso y enervante. En Belbury solían usar las expresiones “lloriqueo” y “aullido” para describir cualquier oposición que las acciones del Instituto provocasen en el mundo exterior. Pero Mark no había tenido nunca la imaginación suficiente para comprender lo que estos “lloriqueos” eran realmente, cuando se encontraba uno frente a ellos.

— Le digo a usted que no sabía nada de todo esto — gritó —. ¡Maldita sea, soy yo el ofendido! Por la forma en que habla usted cualquiera creería que fue su mujer quien fue maltratada . . .

— Lo mismo hubiera podido ser la mía. Lo mismo puede ser. Le puede ocurrir a cualquier hombre o mujer de Inglaterra. Era una mujer y una ciudadana. ¿Qué importancia tiene de quién fuese la esposa?

— Ya le digo a usted que me quejaré de lo ocurrido. Destituiré a la prostituta infernal que ha hecho eso aunque represente destituir a todo el I.N.E.C.

Dimble no contestó. Mark se daba cuenta de que Dimble sabía que estaba diciendo tonterías. Y, no obstante, no podía detenerse. Si no chillaba, no hubiera sabido qué decir.

— Antes que soportar esto — gritó —, dejaría el I.N.E.C.

— ¿Lo dice usted en serio? — preguntó Dimble con una mirada aguda.

Y a Mark, cuyas ideas eran ahora una fluida confusión de vanidad herida y alborotados temores y vergüenzas, aquella mirada le pareció acusadora e intolerable. En realidad, había sido una mirada de remota esperanza; porque la caridad espera siempre. Pero había también cautela en ella; y entre la cautela y la esperanza, Dimble permaneció de nuevo silencioso.

— Veo que no tiene usted confianza en mí — dijo Mark, adoptando aquella expresión varonil y ofendida que tantas veces le había servido en los despachos de los directores de colegios.

Dimble era un hombre sincero.

— No — dijo después de una pausa —. No, no totalmente.

Mark se encogió de hombros y se apartó.

— Studdock — dijo Dimble —, no es hora de tonterías ni cumplidos. Es posible que estemos los dos a diez minutos de la muerte. Ha sido usted probablemente seguido hasta el Colegio. Y yo, por lo menos, no me propongo morir con corteses faltas de sinceridad en la boca. No tengo confianza en usted. ¿Por qué había de tenerla? Es usted (por lo menos hasta cierto punto) el cómplice de los hombres más malvados del mundo. Incluso su visita de esta tarde puede ser una trampa.

—- ¿Tan poco me conoce usted? — dijo Mark.

— ¡No diga más tonterías! — repuso Dimble —. Deje usted de gesticular y fingir, aunque sea por un minuto. ¿Quién es usted para hablar así? Han corrompido antes que a usted a hombres mejores que nosotros. Straik era una buena persona. Filostrato era con seguridad un genio. Incluso Alcasan (sí, sí, sé quien es la Cabeza de ustedes) era tan sólo un asesino vulgar, algo mejor que lo que han hecho ahora de él. ¿Por qué tiene usted que quedar exento?

Mark se quedó con la boca abierta. El descubrimiento de lo que sabía Dimble invertía completamente todo el orden de la situación.

— No obstante — continuó Dimble —, sabiendo todo esto (sabiendo que puede usted ser sólo el cebo de la trampa), correré un riesgo. Arriesgaré cosas comparadas con las cuales nuestras dos vidas son una cosa trivial. Si quiere usted seriamente apartarse del I.N.E.C., le ayudaré.

Por un momento pareció que se abrían las puertas del Paraíso; después, de repente, la cautela y el incurable deseo de contemporizar retrocedieron. El resquicio se había cerrado de nuevo.

— Necesito . . .  necesito pensar en ello — murmuró Mark.

— No hay tiempo — dijo Dimble —. Y no hay en realidad nada que pensar. Le ofrezco a usted un puesto para que vuelva a la familia humana. Pero tiene que ser en seguida.

— Es una cuestión que afecta toda mi futura carrera . . .

— ¡Su carrera! — exclamó Dimble —. Es la condenación . . .  o una última probabilidad. Pero tiene usted que venir en seguida.

— Creo que no entiendo bien — dijo Mark —. Insiste usted en hablar de una especie de peligro. ¿Cuál es? ¿Y qué poderes tiene usted para proteger a Jane o a mí si realmente abandono . . . ?

— Tiene usted que correr el riesgo — le interrumpió Dimble —. No le ofrezco a usted seguridad. ¿No lo comprende? No hay seguridad para nadie ahora. La batalla ha comenzado. Le ofrezco a usted un sitio en el bando de la justicia. No sé qué bando ganará.

— En realidad — dijo Mark —, he pensado ya en marcharme. Pero tengo que reflexionar. Expone usted las cosas de una manera muy rara . . .

— No hay tiempo — dijo Dimble.

— ¿Y si volviese a verlo mañana?

— ¿Sabe usted si estará en condiciones?

— ¿O dentro de una hora? Vamos, seamos lógicos. ¿Quiere usted esperarme aquí dentro de una hora?

— ¿Qué le importa a usted una hora? No hace más que esperar, con la esperanza de que su mente esté menos clara.

— Pero, ¿estará usted aquí?

— Si insiste usted . . .  Pero no saldrá nada bueno de ello.

— Quiero pensar. Quiero pensar . . .  — dijo Mark, saliendo de la habitación sin esperar la respuesta.

Mark había dicho que quería pensar; en realidad, quería alcohol y tabaco. Tenía muchos pensamientos, más de los que deseaba. Un pensamiento lo inducía a agarrarse a Dimble como un chiquillo extraviado se agarra a una persona mayor. Otro le susurraba: “¡Locura! No rompas con el I.N.E.C. Te perseguirán. ¿Cómo puede Dimble salvarte? Te matarán.” Un tercero le imploraba que no perdiera totalmente su posición en el círculo Interior del Instituto, ganada a tan duras penas; debía de haber a la fuerza alguna posición intermedia. Un cuarto le sugería la idea de no volver a ver jamás a Dimble; el recuerdo del tono de Dimble le causaba un malestar horrible. Y quería ver a Jane, quería castigar a Jane por ser amiga de Dimble. Deseaba no volver a ver nunca a Wither, y, al mismo tiempo, volver atrás y poner las cosas en claro con éste de una forma u otra. Quería hallarse en absoluta seguridad y, al propio tiempo, atreverse (siendo admirado por su viril honradez entre los Dimble y también por su realismo y conocimientos en Belbury) a tomarse dos buenos whiskies más, y además verlo todo claro y relacionado. Empezaba a llover y su cabeza a dolerle nuevamente. ¡Maldito fuese todo aquello! ¡Maldito! ¡Maldito! ¿Por qué tenía aquella herencia tan perversa? ¿Por qué había sido su educación tan poco inefectiva? ¿Por qué era el sistema social tan irracional? ¿Por qué tendría tan mala suerte?

Llovía copiosamente cuando llegó al Colegio. En la calle estaba detenido una especie de camión, y a su lado dos o tres hombres de uniforme con capote. Recordó más tarde cómo relucía el hule bajo la luz de las lámparas. Una lámpara de mano enfocó su rostro.

— Perdóneme, señor — dijo uno de ellos —. ¿Quiere usted decirme su nombre?

— Studdock — dijo Mark.

— Mark Gainsby Studdock — dijo el hombre —, tengo el deber de detenerlo a usted por el asesinato de William Hingest.

IV

El doctor Dimble regresó a St. Anne descontento de sí mismo, obsesionado por la idea de que no había obrado bien, de que si hubiese sido más hábil, o más caritativo con aquel pobre desgraciado, habría podido hacer algo por él. “¿Me habré dejado llevar de mi genio? ¿Obré en uso de mi derecho? ¿Le dije todo lo que me atreví a decirle?”, pensaba. Después sintió aquella desconfianza hacia sí mismo que le era habitual. “¿Fracasaste en poner las cosas en claro porque en realidad no querías ponerlas? ¿No querrías sólo herir y humillar, gozar de tu propia rectitud? ¿Habrá otro Belbury den­tro de ti también?” La tristeza que lo invadió no era una cosa nueva. “Y así — dijo citando al Hermano Lawrence —, así obraré siempre, cuando Tú lo dejes en mis manos.”

Una vez fuera de la población condujo despacio. El cielo estaba rojo por el oeste, y se veían ya las primeras estrellas. Lejanas, a sus pies, en un valle, vio las luces de Cure Hardy. “Demos gracias al cielo de que este lugar, por lo menos, está lo suficientemente lejos de Edgestow para estar a salvo”, pensó. La súbita nitidez de un búho blanco cruzó volando bajo el cielo crepuscular, a su izquierda. Le dio la deliciosa sensación de la proximidad de la noche. Estaba placenteramente cansado; pensaba con delicia en un atardecer agradable y una noche apacible.

— ¡Aquí está! ¡Aquí está el doctor Dimble! — gritó Ivy Maggs en el momento en que se detenía a la puerta del Castillo.

— No se lleve usted el coche, Dimble — dijo Denniston.

— ¡Oh, Cecil! — exclamó su esposa con una expresión de miedo. Parecía que todo el mundo hubiese estado esperándolo.

Un momento después, parpadeando bajo la intensa luz de la cocina, vio que aquella no era una noche normal. Incluso el Director estaba allí, sentado al lado del fuego, con el cuervo sobre el hombro y Mr. Bultitude a los pies. Veía indicios de que todo el mundo había comido temprano, y su mujer y Mrs. Maggs le instaron excitadamente a que se sentase a la mesa y comiese y bebiese.

— No te entretengas haciendo preguntas, querido — dijo Mrs. Dimble —. Come y bebe mientras te explican . . . Haz una buena comida.

— Tiene usted que salir otra vez — dijo Mrs. Maggs.

— Sí — dijo el Director —. Vamos a entrar en acción por fin. Lamento sacarle de casa en el momento que llega, pero la batalla ha comenzado.

— He insistido ya repetidamente — dijo MacPhee — en lo absurdo de mandar a un hombre de edad como usted, que lleva ya por delante una jornada de trabajo, estando yo aquí que soy fuerte y estoy sentado sin hacer nada.

— No, MacPhee — dijo el Director —, no puede usted ir. Por una parte, no conoce usted la lengua, y por otra (es hora de hablar con franqueza), no se ha puesto usted nunca bajo la protección de Maleldil.

— Estoy absolutamente dispuesto — dijo MacPhee —, dada la urgencia de caso, a admitir la existencia de esos eldiles suyos y de un ser llamado Maleldil a quien consideran como su rey. Y además . . .

— No puede usted ir, MacPhee — dijo el Director —. No puedo mandarle a usted. Sería como mandar a un chiquillo de tres años a luchar contra un tanque. Ponga el otro mapa sobre la mesa, donde Dimble pueda verlo mientras sigue comiendo. Y ahora, silencio. Esta es la situación, Dimble. Bajo la tierra de Bragdon había un Merlín viviente. Si, dormido, si quiere usted llamar a eso dormir. Y hasta ahora no ha ocurrido nada que demuestre que el enemigo lo ha encontrado. “¿Comprende? No, no diga nada, siga comiendo. La noche pasada, Jane Studdock tuvo el sueño más importante de todos. Recordará usted que durante un sueño anterior vio (o así lo pensé) el lugar donde yacía Merlín, bajo Bragdon. Pero, y este es el punto importante, no se llega allí por ningún pozo ni escalera. Soñó que avanzaba por un largo túnel que ascendía gradualmente. ¡Ah! empieza usted a comprender. Tiene usted razón. Jane cree poder reconocer la entrada de este túnel; bajo un montón de piedras, al extremo de un matorral con . . .  ¿Qué era, Jane?

— Una puerta blanca, señor. Una puerta ordinaria de cinco barrotes, con uno de ellos formando cruz. Pero este barrote estaba roto a un pie aproximadamente de la parte superior.

— ¿Ve usted, Dimble? Hay muchas probabilidades de que ese túnel salga fuera del área ocupada por el I.N.E.C.

— ¿Quiere usted decir que podemos llegar debajo de Bragdon sin entrar en Bragdon? — preguntó Dimble.

— Exacto. Pero no es eso todo. — Dimble, masticando lentamente, lo miró —. Al parecer — añadió el Director —, es casi demasiado tarde. Se ha despertado ya.

Dimble dejó de comer.

— Jane ha encontrado el lugar vacío — dijo Ransom.

— ¿Quiere usted decir que el enemigo lo ha encontrado ya?

— No. No es tan grave como eso. Nadie ha entrado todavía en el lugar. Parece haberse despertado solo.

— ¡Dios mío! — exclamó Dimble.

— Trata de comer, querido — dijo su esposa.

— Pero, ¿qué quiere decir con eso? — preguntó, poniendo una mano sobre la de su mujer.

— Creo que quiere decir que todo esto ha sido planeado y cronometrado desde hace mucho, muchísimo tiempo — repuso el Director —. Que salió de la acción del Tiempo, cayendo en estado paracrónico, con el deliberado propósito de regresar a él en este momento.

— Una especie de bomba humana retardada — dijo MacPhee —. Por eso . . .

— No puede usted ir, MacPhee — le interrumpió el Director.

— ¿Ha . . .  salido? — preguntó Dimble.

— Ahora probablemente sí — respondió el Director —. Dígale usted lo que vio, Jane.

— Era el mismo sitio — dijo Jane —.Un lugar oscuro, todo de piedra, como un subterráneo. Le reconocí en seguida. La lápida de piedra estaba allí, pero nadie yacía sobre ella; y esta vez no hacia tanto frío. Después soñé en el túnel . . . , ascendiendo gradualmente desde el subterráneo. Y en el túnel había un hombre. Desde luego, no pude verlo; había una oscuridad absoluta. Pero era un hombre alto. Respiraba pesadamente. Al principio creí que era un animal. El frío aumentó al ir subiendo por el túnel. Había aire, un poco de aire, procedente del exterior. Parecía terminar en un montón de piedras sueltas. El hombre las estaba empujando cuando en aquel momento el sueño cambió. Yo estaba fuera, bajo la lluvia. Entonces fue cuando vi la puerta blanca.

— Parece, como puede ver —dijo Ransom —, que no hayan establecido todavía contacto con él. Esta es nuestra única oportunidad en este momento. Encontrar a ese ser antes de que lo encuentren ellos.

— Habrán observado ustedes que Bragdon es un lugar casi anegado de agua — dijo MacPhee —. Vale la pena preguntarse dónde se puede encontrar una cavidad en la que pueda conservarse un cuerpo durante tantos siglos. En caso, desde luego, de que alguno de ustedes dude todavía de la evidencia.

— Esta es la cuestión — dijo el Director —. La cámara debe de estar bajo los terrenos altos, la arista pedregosa al sur del bosque donde empieza a ascender hacia el camino de Eton. Cerca de donde vivía Storey. Allí es donde tienen ustedes que buscar primero la puerta blanca de Jane. Sospecho que debe dar a la carretera. O si no a esta otra carretera (mire el mapa), esta amarilla que corre hacia la encrucijada de Cure Hardy.

— Podemos estar allí dentro de media hora — dijo Dimble conservando todavía la mano de su mujer entre las suyas. Todos los reunidos en aquella estancia sentían la excitación de los momentos que preceden a una batalla.

— Supongo que tendrá que ser esta noche, ¿no? — preguntó Mrs. Dimble un poco avergonzada.

— Temo que sí, Margaret — repuso el Director —. Cada minuto es precioso. Habremos prácticamente perdido la guerra si el enemigo se pone en contacto con él. Todo su plan gira probablemente alrededor de esto.

— Desde luego, comprendo . . .  Lo siento — dijo mistress Dimble.

— ¿Y cuál es el procedimiento a seguir? — preguntó Dimble, apartando su plato y comenzando a llenar la pipa.

— La primera cuestión es si está o no fuera — contestó el Director —. No parece probable que la entrada del túnel haya estado oculta durante todos estos siglos sólo por el montón de piedras. Y si es así, no estarán muy sueltas ahora. Puede necesitar horas para salir de allí.

— Necesitará usted por lo menos dos hombres fuertes con picos . . .  — comenzó a decir MacPhee.

— Es inútil, MacPhee — dijo el Director —, no le dejaré ir. Si la boca del túnel está obstruida, todavía puede usted esperar aquí. Pero puede tener fuerzas que ignoramos. Si ha salido, hay que buscar el rastro. Gracias a Dios, con esta noche el suelo estará lleno de barro. Tienen ustedes que buscarlo.

— Si Jane va, señor — dijo Camilla —, ¿no podría ir yo también? Tengo más experiencia en estas cosas que . . .

— Jane tiene que ir porque es el guía — dijo Ransom —. Tiene usted que quedarse en casa. Nosotros, aquí, somos todo lo que queda de Logres. Lleva usted su futuro en el cuerpo. Como le decía, Dimble, debe usted buscarlo. No creo que pueda haber ido muy lejos. El país será, desde luego, absolutamente irreconocible para él, incluso a la luz del día.

— ¿Y . . .  y si lo encontramos, señor?

— Por eso debe ser usted, Dimble. Sólo usted conoce la Gran Lengua. Si había poder eldílico tras la tradición que representa, puede entenderla. Incluso si no la entiende, creo que la reconocerá. Esto le dirá que está hablando con Maestros. Es fácil que crea que pertenece usted a Belbury . . . , a sus amigos. En este caso, debe traerlo aquí en el acto.

— ¿Y en caso contrario?

— Entonces es cuando debe usted usar de la fuerza. Es el momento de peligro. No sabemos cuáles eran las fuerzas de que disponían los viejos círculos atlánticos; es probable que estuviesen protegidos por una especie de hipnotismo. No tenga miedo; pero no le permita usar de ningún truco. Tenga la mano en el revólver. Usted también, Denniston.

— Yo valgo mucho con un revólver en la mano — dijo MacPhee —. ¿por qué, en nombre del sentido común . . . ?

— No puede usted ir, MacPhee — dijo el Director —. Lo dormiría a usted en diez segundos. Los otros están fuertemente protegidos, pero usted no. ¿Comprende, Dimble? El revólver en la mano, una plegaria en los labios y la mente fija en Maleldil. Entonces, si se resiste, conjúrelo.

— ¿Qué tengo que decirle en la Gran Lengua?

— Dígale que va usted en nombre de Dios, de los ángeles y del poder de los planetas de parte de uno que está sentado hoy en el sitio de Pendragón, y ordénele que le acompañe. Repítalo ahora.

Y Dimble, que había permanecido sentado con el rostro bajo y pálido, entre los rostros pálidos de las dos mujeres, con la vista fija sobre la mesa, levantó la cabeza, y grandes monosílabos que resonaban como castillos salieron de su boca. Al oírlos, Jane sintió su corazón saltar y estremecerse. Todo lo demás de la habitación parecía estar intensamente tranquilo; incluso el oso y el gato, permanecían inmóviles, mirando fijamente a Dimble. La voz no recordaba la de Dimble; parecía que las palabras fuesen pronunciadas a través de él desde una remota distancia, o como si no fuesen en realidad palabras, sino presentes manifestaciones de Dios, de los planetas y del Pendragón. Porque aquel era el lenguaje hablado antes de la Caída, y más allá de la Luna, y los significados no eran dados a las sílabas al azar, al arte o a la tradición, sino auténticamente inherentes a ellas como la forma del gran Sol es inherente a la gota de agua. Era el Lenguaje en esencia, como la primera manifestación de Maleldil al emerger de la plata viva de la estrella que en la Tierra llamamos Mercurio y Viritrilbia en el Cielo Profundo.

— Gracias — dijo el Director en inglés; y de nuevo el cálido ambiente doméstico de la cocina reinó en la estancia —. Si viene con usted, todo está perfectamente. Si no . . .  Entonces, Dimble, debe usted confiar en su cristianismo. No intente truco alguno. Diga usted su oración y permanezca con su voluntad fija en la voluntad de Maleldil. No sé lo que hará. Pero manténgase firme. No puede usted perder su alma, ocurra lo que ocurra, por lo menos por alguna de sus acciones.

— Bien — dijo Dimble —. Comprendo.

Hubo una larga pausa. Después, el Director prosiguió :

— No se inquiete usted, Margaret. Si matan a Cecil no nos quedará a ninguno de nosotros muchas horas de vida. Será una separación más corta de la que hubiera usted podido esperar de la Naturaleza, Y ahora caballeros — añadió —, tienen ustedes algún, tiempo para decir sus oraciones y despedirse de sus esposas. Son las ocho aproximadamente. ¿Qué les parece reunimos aquí a las ocho y media, dispuestos a partir?

— Muy bien — contestaron varias voces.

Jane quedó en la habitación con Mrs. Maggs, MacPhee, el Director y los animales.

— ¿Se siente usted bien, muchacha? — preguntó Ransom.

— Creo que sí, señor — repuso Jane. Su estado mental era difícil de analizar. Su expectación había llegado al máximo; algunas veces la hubiera poseído el terror de no ser por el júbilo, y otras el júbilo de no ser por el terror. Era una tensión absorbente de excitación y obediencia. Todo el resto de su vida parecía pequeño y vulgar comparado con aquel momento.

— ¿Se somete usted a la obediencia de Maleldil? — preguntó el Director.

— Señor — dijo Jane —, no sé nada de Maleldil. Pero me someto a la obediencia de usted.

— Es bastante de momento — repuso el Director —. Esta es la cortesía del Cielo Profundo; que cuando se tiene buena intención, Él siempre considera que se ha obrado mejor de lo que uno pensaba. Pero no bastaría para siempre. Es muy celoso. Al final no quiere que se sea de nadie más que de Él. Pero para esta noche es bastante.

— Todo esto es la locura más grande que he oído en mi vida — dijo MacPhee.


 
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Notas

[1] No esperéis mentalidad en las mujeres; en el mejor de los casos, dulzura e ingenio, no son sino una posesión de Mamaíta.

[2] En la brillantez de Bragdon, al atardecer de hoy, he oído a Merlín cantar su lay, entonando el woo and welawai. (Traducción del gaélico).

[3] Nacido en los barrios bajos de Londres. (Nota del editor digital)

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