Montesquieu: El Espiritu de las Leyes |
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I.- De las rentas del Estado.
II.- Discurren mal los que dicen que los tributos grandes son buenos por ser grandes.
III. De los tributos en los países donde una parte del pueblo es esclava de la gleba.
IV.- De una República en el mismo caso.
V. De una monarquía en el mismo caso.
VI.- De un Estado despótico en el mismo caso.
VII. De los tributos en los países donde no existe la servidumbre de la plebe.
VIII.- De cómo se conserva la ilusión.
IX.- De una mala especie de impuesto.
X.- La cuantía de los tributos depende de la naturaleza del gobierno.
XI.- De las penas fiscales.
XII.- Relación de la cuantía de los tributos con la libertad.
XIII.- En cuáles gobiernos son susceptibles de aumento los tributos.
XIV.- La naturaleza de los tributos depende de la especialidad del gobierno.
XV.- Abuso de la libertad.
XVI.- De las conquistas de los mahometanos.
XVII.- Del aumento de tropas.
XVIII.- De la condonación de los tributos.
XIX.- De si es más conveniente al pueblo administrar los tributos o arrendarlos.
XX.- De los arrendadores-.
Las rentas al Estado son una parte que da cada ciudadano de lo que posee para tener asegurada la otra, o para disfrutarla como le parezca.
Para fijar estas rentas se han de tener en cuenta las necesidades del Estado y las de los ciudadanos. Es preciso no exigirle al pueblo que sacrifique sus necesidades reales por necesidades imaginarias del Estado.
Son necesidades imaginarias las que crean las pasiones y debilidades de los que gobiernan, por afán de lucirse, por el encanto que tiene para ellos cualquier proyecto extraordinario, por su malsano deseo de vanagloria, por cierta impotencia de la voluntad contra la fantasía. A menudo se ve que los espíritus inquietos, gobernando, han creído necesidades del Estado las que eran necesidades de sus almas pequeñas.
No hay nada que los gobernantes deban calcular con más prudencia y más sabiduría que las contribuciones, esto es, la parte de sus bienes exigible a cada ciudadano y la que debe dejársele a cada uno.
Las rentas públicas no deben medirse por lo que el pueblo podría dar, sino por lo que debe dar; y si se miden por lo que puede dar, es necesario a lo menos que sea por lo que puede siempre.
Se ha visto en algunas monarquías, que ciertos países pequeños exentos de tributos, eran tan miserables como otros países colindantes agobiados por las exacciones. La principal razón es que el pequeño país, rodeado por los países vecinos, carecía de industria, de artes, de manufacturas, precisamente por hallarse enclavado en un Estado grande que tenía todo eso. El gran Estado en que están las artes y las industrias hace aranceles, tarifas, reglamentos en ventaja propia; el pequeño se arruina, forzosamente, por más que se reduzcan sus impuestos, y aunque se le exima de pagarlos.
Pero se ha deducido de la pobreza de algunos Estados chicos, no su incapacidad tributaria por la falta de industria, sino la necesidad de crearla recargando los impuestos. Más acertado sería la deducción contraria. La miseria de los países vecinos hace que acudan sus habitantes adonde hay industria, despoblándose aquéllos; pero si se aumentan los tributos, lejos de fomentarse la industria, se la menoscaba; el trabajo estará muy mal retribuído y los trabajadores, cansados de trabajar sin provecho, cifrarán su dicha en no hacer nada.
El efecto de las riquezas de un país es despertar la ambición en todos los pechos; el efecto de la pobreza es que engendra la desesperación. La primera la estimula el trabajo; la segunda la consuela la pereza.
La naturaleza es justa con los hombres: les recompensa; el trabajo los hace laboriosos, porque a mayores trabajos concede mayores recompensas. Pero si un poder arbitrario los despoja del premio que les ha dado la naturaleza, en lugar de sentirse estimulados al trabajo, se entregan a la inacción.
La servidumbre de la gleba se ha establecido algunas veces en los países recién conquistados. Cuando esto se hace, el esclavo que cultiva la tierra debe ser colono y copartícipe del amo. La única manera de reconciliar a los que trabajan con los que se divierten, es que se asocien para pérdidas y beneficios.
Cuando una República ha obligado a una nación a labrar las tierras para la República, no debe permitir que el ciudadano pueda aumentar el tributo del esclavo. En Lacedemonia no se permitía; se pensaba allí que los ilotas labrarían mejor los campos cuando supieran que su servidumbre no se aumentaría; se creía también que los patronos serían mejores ciudadanos cuando no desearan más rendimientos que los de costumbre.
Cuando en una monarquía la nobleza hace cultivar las tierras en provecho suyo por el pueblo conquistado, es menester que el censo no pueda aumentar (1). Es bueno además que el príncipe se contente con su dominio propio y el servicio militar. Pero si quisiere levantar tributos en dinero sobre los esclavos de los nobles, el señor es quien responde del tributo y paga por sus esclavos con cargo a ellos (2). Si no se sigue esta regla, el Estado y el señor vejarán al esclavo alternativamente, lo sacrificarán, hasta que perezca de hambre o huya a los bosques.
Lo que acabo de decir es aún más indispensable en el Estado despótico. Un señor que en todos los instantes puede ser despojado de sus tierras y de sus esclavos, no se siente inclinado a su conservación.
Pedro I deseando imitar lo que se hacía en Alemania, y cobrar los tributos en dinero, hizo una ordenanza muy sabia que aun está vigente en Rusia. El noble cobra de los campesinos y el zar le cobra a él. Si el número de siervos disminuye, el señor sigue pagando lo mismo; si aumenta, no por eso paga más; está pues interesado en no hostigar; en no agobiar, en no vejar a sus siervos.
Cuando en un Estado todos los particulares son ciudadanos, poseyendo cada cual su hacienda como el príncipe su imperio, pueden ponerse impuestos, a las personas, a las tierras, o a las mercancías; o a dos de estas cosas, o a las tres juntas.
En el impuesto a las personas, la proporción injusta sería la exactamente proporcionada a los bienes. En Atenas se había dividido a los ciudadanos en cuatro clases (3). Los que sacaban de sus bienes quinientas medidas de productos secos o liquidos, pagaban un talento; los que sacaban trescientas medidas pagaban medio talento; los que sacaban doscientas medidas pagaban diez minas o la sexta parte de un talento; los de cuarta clase, mercenarios que nada poseían, no pagaban nada.
La tasa era justa, sin ser proporcional; si no seguía la proporción de los bienes, estaba en proporción con las necesidades. Se juzgó que cada uno tenía la misma necesidad física y que lo necesario en tal concepto no debía ser tasado; que después de lo necesario viene lo útil, y esto sí debe tasarse, pero menos que lo superfluo; y que tasando con exceso lo superfluo se impedía precisamente lo superfluo.
En la tasa de las tierras, se hacían registros por diversidades; mas no era fácil conocer y apreciar las diferencias y aun era más difícil no tropezar con gentes interesadas en desconocerlas. Hay pues ahí dos clases de injusticia: la injusticia del hombre y la injusticia de la cosa. Pero si, en general, la tasa no es excesiva; si se le deja al pueblo, de sobra, lo que le es realmente necesario, las injusticias particulares significan poco. Y si, al contrario, no se le deja al pueblo lo que en rigor le hace falta para poder vivir, la menor desproporción ocasionará muy graves consecuencias.
Si algunos ciudadanos pagan menos de lo justo, el mal no es grande: su beneficio redundará en favor del público; si otros pagan demasiado, su perjuicio alcanzará a todos. Si el Estado proporciona su renta a la de los individuos, el desahogo de los particulares hará subir la renta del Estado. Todo depende del momento. ¿Empezará el Estado por empobrecer a los súbditos para enriquecerse, o esperará que los súbditos estén en situación de enriquecerlo? ¿Optará por lo primero o por lo último? ¿Comenzará por ser rico o acabará por serlo?
Los derechos impuestos a las mercaderías son los que el pueblo siente menos, porque no se le piden de una manera formal. Es un tributo indirecto, y puede hacerse de modo que el pueblo ignore que lo paga.
Para eso no es conveniente que sea el vendedor de cada mercancía quien pague el derecho impuesto a cada uno. El vendedor sabe muy bien que no paga por sí: y el comprador, que en definitiva es el que paga, confunde el recargo con el precio de la mercancía. Algunos autores han escrito que Nerón suprimió el derecho de veinticinco por ciento que antes se pagaba sobre los esclavos que se vendían (4); le hubiera sido lo mismo ordenar que este impuesto lo pagara el vendedor en lugar del comprador; con este arreglo, hubiera mantenido aquel impuesto aparentando abolirlo.
Hay dos reinos en Europa que han puesto contribuciones muy fuertes sobre las bebidas; en el uno, el expendedor paga este impuesto él solo; en el otro, lo pagan todos los consumidores indistintamente. En el primero, nadie siente el rigor de tal tributo; en el segundo se le cree oneroso. En aquél, ve el ciudadano que tiene la libertad de no pagarlo; en éste, no siente más que la necesidad que le obliga.
Por otra parte, para que tribute directamente cada ciudadano, es preciso ejecutar casa por casa repetidas investigaciones. Nada más contrario a la libertad; y los que establecen este régimen, no pueden lisonjearse de haber encontrado la mejor especie de administración.
Para que el precio de la cosa y el derecho que se le imponga puedan confundirse en la mente del que paga, es preciso que haya cierta relación entre la mercancía y el impuesto, sin que se grave un género de poco precio con un derecho extremado. Hay países en los cuales el derecho es diez y siete o diez y ocho veces el valor del artículo. En este caso, el príncipe les quita la ilusión a los contribuyentes haciéndoles ver que se les trata sin consideración, en lo cual comprenden hasta dónde llega su servidumbre.
Por otro lado, para que el príncipe cobre un derecho tan desproporcionado con el valor de la cosa, menester sería que vendiera él mismo, es decir, él solo, para que el pueblo no pudiera comprar en otra parte; lo que está sujeto a mil inconvenientes.
Siendo en tal caso muy lucrativo el fraude, la pena razonable y natural que es la confiscación, no basta para impedirlo, sobre todo cuando el precio de la cosa es ínfimo, que es lo ordinario. Es necesario, pues, recurrir a penas extravagantes, parecidas a las que se imponen a los mayores delitos. Así desaparece toda proporción en las penas. A hombres que no es posible considerar malvados, se les castiga como si lo fueran, lo que es enteramente contrario al espíritu del gobierno moderado.
Agréguese a esto que cuantas más ocasiones tiene el pueblo de defraudar al recaudador, tanto más se enriquece éste y se empobrece aquél. Para contener el fraude hay que darle al recaudador medios de causar vejaciones extraordinarias; es peor el remedio que la enfermedad.
Hablaremos de pasada del impuesto que existe en varios países sobre las diversas cláusulas de los contratos. Como estas cosas están sujetas a distinciones sutiles, se necesita poseer extensos conocimientos y mucha práctica para defenderse del recaudador. Facultado éste para interpretar las ordenanzas del príncipe, ejerce un poder arbitrario sobre las fortunas. La experiencia ha demostrado que es preferible gravar con un impuesto el papel en que se extienda el contrato, no teniendo validez los que no estén escritos en papel sellado.
En los gobiernos despóticos, los tributos deben ser livianos. De no ser así, ¿quién se tomaría el trabajo de labrar las tierras? Además, ¿cómo pagar tributos considerables en un gobierno que cobra y no corresponde con beneficio alguno?
Por la desmedida autoridad del príncipe y la extrema debilidad del pueblo, es preciso evitar las causas de confusión en materia de tributos. El percibo de éstos debe ser fácil, para lo cual han de establecerse con tanta precisión que no puedan los recaudadores aumentarlos ni disminuirlos. Cierta porción de los frutos de la tierra, una cuota fija por persona, un tanto por ciento sobre las mercancías; he aquí lo más conveniente.
Es bueno en los gobiernos despóticos que los mercaderes tengan una salvaguardia personal, respetada por el uso, de lo contrario serán demasiado débiles en las cuestiones que tengan con los agentes del fisco.
Es una cosa extraña que las penas fiscales sean más severas en Europa que en Asia. En Europa se embargan las mercancías y a veces hasta los barcos y los carros; en Asia no se hace lo uno ni lo otro. La razón es que en Europa el mercader tiene jueces que le defiendan de la opresión, mientras que en Asia no tendría más jueces que los mismos opresores. ¿Qué haría un mercader contra el bajá que hubiese resuelto confiscar sus géneros?
La vejación despótica se sobrepone a sí misma, viéndose obligada a la adopción de una templanza relativa. En el imperio turco no se exige más que un derecho de entrada, pagado el cual circula libremente la mercancía por el país entero. Las declaraciones falsas no llevan consigo un recargo en el derecho impuesto y mucho menos la confiscación. En China no se abren los fardos de los que no son mercaderes (5). En el Mogol no se castiga el fraude con la confiscación, aunque sí con el duplo del derecho establecido. Los príncipes tártaros (6) que viven en las ciudades frecuentadas por los mercaderes, no cobran nada o muy poco, por las mercancías de tránsito. Y si en el Japón se considera capital cualquier delito de fraude en el comercio, es porque hay razones para prohibir toda comunicación con el extranjero; el fraude es allí, más bien contravención a las leyes de seguridad del Estado que a las leyes comerciales.
Regla general: los tributos pueden ir creciendo proporcionalmente a la libertad de que se goza, pero es preciso moderarlos a medida que aumenta la servidumbre. Siempre ha sido y siempre será así. Es una regla derivada de la naturaleza, que es siempre la misma. Puede observarse en Inglaterra, en Holanda y en todos los Estados en que la libertad va descendiendo gradualmente hasta perderse en Turquía. Suiza parece una excepción puesto que en ella no hay tributos; pero es conocida la razón particular del hecho, que confirma lo que he dicho. En aquellas áridas montañas son tan caros los víveres y la población tan densa, que un suizo paga a la naturaleza cuatro veces más de lo que al sultán le paga un turco.
Un pueblo dominador, como el ateniense y el romano, puede eximirse de todo impuesto porque impera sobre naciones conquistadas y sometidas. No tributará en proporción de la libertad que tenga, porque en la relación de que se trata no es un pueblo, sino un monarca.
Pero la regla general subsiste siempre. En los gobiernos moderados hay una compensación del peso de los tributos: la libertad. En los Estados despóticos hay una equivalencia a la libertad: la modicidad de los tributos (7).
En ciertas monarquías de Europa suele haber provincias (8) que, por la índole de su régimen político, están mejor administradas que las otras. Se cree que pagan poco, porque la bondad del régimen les permitiría pagar bastante más; pero por eso los unitarios no piensan más que en despojarlos de un régimen que produce tamaños beneficios, en lugar de aplicarlo a todas las demás provincias agobiadas por la centralización.
En casi todas las Repúblicas los tributos pueden aumentarse, porque el ciudadano que cree pagarse a sí mismo los paga de buena voluntad; ordinariamente puede hacerlo, porque las ventajas del régimen le dan medios suficientes.
En la monarquía templada también es posible un aumento en la tributación, porque la misma templanza del gobierno suele proporcionarle un aumento de riqueza: aumento que viene a ser como un premio otorgado al príncipe en recompensa de su moderación, de su respeto a las leyes.
En el Estado despótico no pueden aumentarse los tributos, porque en la máxima esclavitud no cabe aumento.
El impuesto por cabeza es más propio de la servidumbre; el impuesto sobre las mercaderías es más propio de la libertad, porque no se refiere tan directamente a la persona.
Lo natural en el gobierno despótico es que el príncipe no pague en dinero a sus soldados ni a los individuos de su Corte, sino que les reparta tierras, y por consiguiente, exija pocos tributos. Si paga en metálico, es más natural que cobre por cabeza. Pero el tributo por cabeza debe ser muy módico, porque no siendo posible establecerlo de diversas clases a causa de los abusos que de esto resultarían, se ha de fijar para todos la cuota que los pobres sean capaces de satisfacer.
El tributo natural en el gobierno templado es el impuesto sobre las mercaderías. Como este impuesto, en realidad, lo paga el comprador, aunque lo anticipe el mercader, es un préstamo que éste hace a aquél; de modo que al negociante se le debe considerar deudor del Estado y acreedor de todos los particulares. Anticipa al Estado lo que el comprador ha de pagarle a él. Se comprende, pues, que cuanto más moderado es el gobierno, cuanto mayor sea el espíritu de libertad, cuanto mayor sea la seguridad de que gocen las fortunas, tanto más fácil ha de serle al mercader anticipar al Estado lo que, en definitiva, es un préstamo a los particulares. En Inglaterra, el mercader le anticipa al Estado cincuenta o sesenta libras esterlinas por cada tonel de vino que recibe; ¿se atrevería a hacerlo en un país gobernado corno el imperio turco? Aun queriendo hacerlo no podría con una fortuna sin estabilidad, quebrantada muchas veces y amenazada siempre.
Las grandes ventajas de la libertad han hecho que se abuse de ella. Como el gobierno moderado ha producido admirables efectos, se ha ido dejando la moderación; como se han percibido grandes tributos, se los ha aumentado sin medida. Olvidando que tantos bienes eran debidos a la libertad, que lo da todo, se ha recurrido a la servidumbre, que todo lo quita.
La libertad ha originado el exceso de tributos; pero el efecto del exceso de tributos es originar la servidumbre, y el efecto de la servidumbre es originar la disminución de los tributos.
Los monarcas en Asia, casi no dan ningún edicto que no sea para dispensar de la contribución a alguna provincia de su imperio; las manifestaciones de su voluntad son beneficios. En Europa, al contrario, los edictos reales nos afligen aun antes de conocerlos, porque hablan siempre de las urgencias del monarca y nunca de las necesidades del pueblo.
De la indolencia incurable que padecen los ministros asiáticos, debida en parte a la forma de gobierno y en parte al clima, los pueblos sacan una ventaja: la de que los edictos imperiales no sean más frecuentes, la de que no menudeen las peticiones. Los gastos allí no aumentan, porque no se hacen reformas ni mejoras; si por casualidad se proyecta alguna cosa, es un proyecto inmediatamente realizable y cuyo fin se ve, no un plan de término indefinido ni una obra perdurable. Como los gobernantes no se inquietan, no apuran con exigencias a los gobernados. En cuanto a nosotros, es imposible que tengamos normalizada la administración ni equilibrada la hacienda, porque siempre hay que hacer algo y no sabemos qué.
No se tiene ya por gran ministro al que invierte los ingresos con acierto y con cordura, sino al que discurre lo que se llama expedientes.
La extraña facilidad que encontraron los mahometamos para llevar a cabo sus rápidas y afortunadas conquistas, no tuvo otro fundamento que la enormidad de los tributos (9). Los pueblos, en vez de la serie de vejaciones ideadas por la sutil avaricia de los monarcas, se encontraron con un sencillo tributo fácilmente pagadero y se creyeron más felices obedeciendo al invasor extranjero que a su propio gobierno rapaz y corrompido.
Una nueva plaga se ha difundido en los reinos de Europa: nuestros reyes han dado en mantener ejércitos numerosísimos, absolutamente desproporcionados. Es un mal contagioso, pues lo que hace un Estado lo imitan los demás, con lo que no se va más que a la ruina común. Cada monarca tiene tantas tropas como necesitaría si sus pueblos estuvieran en peligro inminente de ser exterminados. ¡Y se llama paz a este esfuerzo de todos contra todos! Así está Europa arruinándose, hasta el punto de que si los particulares estuvieran en la situación en que se hallan las tres potencias más opulentas (10) de esta parte del mundo, no podrían vivir. Somos pobres con las riquezas y con el comercio de todo el universo, y muy pronto, a fuerza de mantener soldados, no tendremos más que soldados y seremos como los Tártaros.
Los príncipes de los grandes Estados, no contentos con reclutar mercenarios en los Estados pequeños, procuran comprar alianzas en todas partes, que es dinero perdido.
Las consecuencias de esta situación es el aumento constante de los tributos; y esto no puede remediarse ya: las guerras futuras no se harán con las rentas, sino con el capital de las naciones. Que los Estados hipotequen sus rentas durante la paz, no es una cosa inaudita; pero es increíble que lo hagan para gastar improductivamente, derrochando con un desenfreno que apenas concebiría el hijo de familia más vicioso y más atolondrado.
En los grandes imperios de Oriente, se perdonan los tributos a las provincias que padecen alguna calamidad; los Estados monárquicos de Europa debieran hacer lo mismo. Se hace en algunos, pero de un modo que contribuye a la agravación del mal: como el príncipe no ha de cobrar más ni menos, lo que deja de pagar una provincia es para las otras un recargo. Para alivio de la región imposibilitada de contribuir, o que contribuye mal, se sacrifica la que paga bien. Se restaura una provincia aniquilando a otra. El pueblo lucha entre la conveniencia de pagar, a fin de evitar apremios, y el peligro de pagar que traería recargos.
Todo Estado bien gobernado consigna en su presupuesto de gastos una suma destinada a casos imprevistos. Al Estado le sucede como a los particulares, que se arruinan si consumen todas sus rentas sin contar con los casos fortuitos.
En cuanto a la solidaridad entre los vecinos de un mismo lugar, se ha dicho que era razonable (11) porque podía suponerse un complot fraudulento de los mismos; pero ¿de dónde se ha sacado que por meras hipótesis debe establecerse una cosa injusta en sí misma y ruinosa para el Estado?
Un padre de familia recauda y administra por si mismo las rentas de su casa, único medio de hacerlo con orden y economía. El mismo sistema debe adoptar el príncipe, que es dueño de adelantar o retardar el cobro de los impuestos según sus necesidades y la situación de los contribuyentes. Es la manera de ahorrarle al Estado los provechos grandes y a veces abusivos de los arrendadores, que tanto perjudican a los pueblos. Así se evita a la vez el espectáculo de las fortunas improvisadas que los desmoralizan. El dinero pasa por pocas manos, pues va más directamente a las del príncipe y vuelve más pronto a las del pueblo. Se libra el pueblo, además, de una multitud de leyes y reglamentos que le perjudican en beneficio de los arrendadores.
Como el que tiene el dinero es el que manda, el arrendador ejerce un poder arbitrario hasta sobre el mismo príncipe; no es el legislador, pero obliga al príncipe a dar leyes.
Reconozco, sin embargo, que a veces puede ser útil arrendar un impuesto de nueva creación, pues su propio interés les sugiere a los arrendadores artes y medidas para impedir ocultaciones y fraudes; pero una vez organizado por el arrendador un sistema eficaz de recaudación, debe encargarse la administración de recaudar con los menos intermediarios que sea posible. En Inglaterra, la administración de la renta de correos y de otras la aprendió el Estado de los arrendadores, cuando los había.
En las Repúblicas, generalmente, las rentas las administra el Estado. La práctica contraria fue un gran defecto del gobierno de Roma (12).
En los Estados despóticos, donde rige la administración directa, los pueblos son bastante más felices, como lo atestiguan Persia y China (13). Los más desgraciados son aquellos en que el soberano arrienda los puertos de mar y las ciudades comerciales. La historia está llena de las monarquías con los males que causan los arrendadores.
Enfurecido Nerón por los abusos de los publicanos, concibió el proyecto (magnánimo, pero irrealizable) de abolir todas las contribuciones; pero no se le ocurrió la idea de la administración por el Estado, sino que dictó cuatro decretos en los que disponía (14): que se hicieran públicas todas las disposiciones secretas contra los publicanos (15); que éstos no pudiesen reclamar a ningún contribuyente lo que no le hubiesen pedido en tiempo hábil; que hubiera un pretor para conocer sus pretensiones, sin formalidades; que los mercaderes quedasen exentos de tributo por sus barcos. He aquí los buenos tiempos de aquel emperador.
Todo está perdido cuando la profesión lucrativa de los recaudadores llega a ser honrosa por sus riquezas. Esto puede admitirse en los Estados despóticos donde son recaudadores los gobernadores mismos; pero no es conveniente en la República, de tal suerte que una cosa parecida destruyó la República romana. Tampoco es bueno en la monarquía por ser lo más contrario al espíritu de este gobierno. Honrando al recaudador, se apodera el disgusto de los que desempeñan las demás funciones; se pierde el concepto del honor; se desvanece la esperanza de distinguirse por medios lícitos, y con lentitud; se falta, en fin, al principio fundamental de la forma de gobierno.
Se vió en tiempos pasados que se hacían fortunas escandalosas; fue una de las calamidades que produjo la guerra de los cincuenta años; pero los que entonces amontonaron riquezas parecían despreciables, y hoy admiramos a los poseedores de las mismas.
Cada profesión tiene su lote. El lote de los perceptores de tributos es manejar caudales, sin más recompensa que la de hacerse ricos; ni pretenden otro galardón. La gloria y el honor son buenos para la gente noble; que no ve, que no conoce, que no concibe otro bien que la gloria y el honor. El respeto y la consideración de todo el mundo son para aquellos ministros y aquellos magistrados que velan noche y día por la felicidad del imperio, sin hallar otra cosa que el trabajo después del trabajo.
I.- Idea general.
II.- Los hombres son muy diferentes en los diversos climas.
III.- Contradicción en los caracteres de ciertos pueblos meridionales.
IV.- Causa de la inmutabilidad de la religión, usos, costumbres y leyes en los países de Oriente.
V.- Los malos legisladores han favorecido los vicios propios del clima y se han opuesto a ellos los buenos legisladores.
VI. Del cultivo de las tierras en los climas cálidos.
VII.- Del monarquismo.
VIII.- Buena usanza de China.
IX.- Medios de fomentar la industria.
X.- De las leyes que tienen relación con la sobriedad de los pueblos.
XI. De las leyes en su relación con las enfermedades del clima.
XII.- De las leyes contra los suicidas.
XIII.- Efectos resultantes del clima de Inglaterra.
XIV.- Otros efectos del clima.
XV.- De la diferente confianza que las leyes tienen en el pueblo, según el clima.
Si es cierto que el carácter del alma y las pasiones del corazón presentan diferencias en los diversos climas, las leyes deben estar en relación con esas diferencias.
El aire frío (16) contrae las extremidades de las fibras exteriores de nuestro cuerpo; esto aumenta su elasticidad y favorece la vuelta de la sangre desde las extremidades hacia el corazón. Disminuyen la longitud de las mismas fibras (17) aumentando su fuerza. El calor, al contrario, afloja las extremidades de las fibras y las alarga, disminuyendo su fuerza y su elasticidad.
Resulta, pues, que en los climas fríos se tiene más vigor. Se realizan con más regularidad la acción del corazón y la reacción de las fibras; los líquidos están más en equilibrio, circula bien la sangre. Todo esto hace que el hombre tenga más confianza en sí mismo, esto es, más valor, más conocimiento de la propia superioridad, menos rencor, menos deseo de venganza, menos doblez, menos astucias, en fin, más fineza y más franqueza. Quiere decir esto, en suma, que la variedad de climas forma caracteres diferentes. Si encerráis a un hombre en un lugar caldeado sentirá un gran desfallecimiento; si en tal estado le proponéis un acto enérgico, una osadía, no os responderá sino con excusas y vacilaciones; su debilidad física le producirá naturalmente el desaliento moral. Los pueblos de los países cálidos son temerosos como los viejos; los de los países fríos, temerarios como los jóvenes. Si no, fijándonos en las últimas guerras (18), en las que por tenerlas a la vista podemos descubrir ciertos detalles, observaremos que los pueblos del Norte no realizan en los países del Sur las mismas proezas que en su propio clima.
La fuerza de las fibras de los pueblos del Norte hace que saquen de los alimentos los jugos más groseros. Resultan de aquí dos cosas: una, que las partes del quilo y de la linfa son más propias, por su mayor superficie, para nutrir las fibras; otra, que son menos adecuadas por su grosería, para darle cierta sutileza al jugo nervioso. Las gentes del Norte, por lo mismo tendrán más corpulencia y menos vivacidad.
Los nervios terminan por todos lados en el tejido de nuestra piel, formando cada uno un haz. De ordinario no se conmueve todo el nervio sino una parte infinitamente pequeña. En los países cálidos, donde lo elevado de la temperatura relaja el tejido de la piel, las puntas de los nervios están desplegadas y expuestas a la acción más insignificante de los objetos más débiles. En los países fríos, el tejido de la piel se encoge, y las mamilas como las borlillas, están punto menos que paralizadas; la sensación no pasa al cerebro, sino cuando es muy fuerte y de todo el nervio junto. Pero la imaginación, el gusto, la sensibilidad y la viveza dependen de un infinito número de pequeñas sensaciones.
He observado el tejido exterior de una lengua de carnero en el punto que a simple vista aparece cubierta de mamilas. Con el microscopio vi sobre ellas una especie de pelusa; entre las mamilas había unas pirámides que formaban por la punta como unos pincelillos. Hay algún fundamento para creer que estas pirámides son el órgano principal del gusto.
Haciendo helar la mitad de dicha lengua, noté a primera vista que las mamilas habían disminuído considerablemente, algunas filas de ellas se habían metido en su vaina. Examiné el tejido con el microscopio y ya no vi pirámides. A medida que la lengua se deshelaba, a simple vista, se veían reaparecer las mamilas, y con el microscopio, las borlillas.
Esta observación confirma lo que he dicho, es decir, que en los países fríos las borlillas nerviosas están menos esponjadas, encerrándose en sus vainas que las resguardan de toda acción externa. Las sensaciones, pues, son menos vivas.
En los países fríos habrá poca sensibilidad para los placeres, será mayor en los países templados y extremada en los países tórridos. Así como los climas se diferencian por los grados de latitud, igualmente pudieran distinguirse por los grados de sensibilidad. He visto óperas en Inglaterra y en Italia; en ambos países he oído las mismas piezas, ejecutadas por los mismos actores, y he observado que la música, siendo la misma, produce en los dos países efectos desiguales: deja a los Ingleses tan tranquilos y excita a los Italianos hasta un punto que parece inconcebible.
Una cosa análoga sucede con el dolor. Ha querido el autor de la naturaleza que sea proporcional a la sensación, al trastorno que produce; ahora bien, es evidente que los cuerpos abultados y las groseras fibras de los hombres del Norte, son menos susceptibles de alteración y desorden que las fibras más delicadas de los del Mediodía. Es más sensible al dolor el alma de los hombres en los países ardientes. Para que lo sienta un Moscovita, es menester desollarlo.
Por efecto de la delicadeza de los órganos, propia de los países cálidos, el alma se emociona excesivamente, con todo lo que se refiere a la unión de los dos sexos. En los países fríos, la sensibilidad amorosa es muy escasa; mayor es en los países templados, sin ser tanta como en los climas calientes.
En los países templados acompañan al amor cien accesorios que lo hacen agradable; son preliminares del amor sin ser el amor mismo. En los países cálidos se ama el amor por el amor; es éste la causa de la felicidad, es la vida.
En tierras meridionales, una máquina delicada, físicamente débil, pero muy sensible, se entrega a un amor que se excita y se calma sin cesar; bien en un serrallo, bien permitiendo a las mujeres más independencia, que expone a contratiempos el amor. En las tierras del Norte, una máquina fuerte, sana y bien constituída, pero pesada, encuentra sus placeres en todo lo que sacude los espíritus, como la caza, los viajes, la guerra, el vino. Hay en los climas del Norte pueblos de pocos vicios, bastantes virtudes y mucha sinceridad y franqueza. Aproximaos a los países del Sur, y creeréis que cada paso os aleja de la moralidad: las pasiones más vivas, multiplicarán la delincuencia. Ya en la zona templada son los pueblos inconstantes en sus usos, en sus vicios, hasta en sus virtudes, porque el clima tampoco tiene fijeza.
El calor del clima puede ser tan extremado, que el cuerpo del hombre desfallezca. Perdida la fuerza física, el abatimiento se comunicará insensiblemente al ánimo; nada interesará, no se pensará en empresas nobles, no habrá sentimientos generosos; todas las inclinaciones serán pasivas, no habrá felicidad fuera de la pereza y la inacción, los castigos causarán menos dolor que el trabajo, la servidumbre será menos insoportable que la fuerza de voluntad necesaria para manejarse uno por sí mismo.
Los Indios están naturalmente desprovistos de valor (19), y aun los hijos de Europeos nacidos en la India pierden allí el vigor de su raza (20). Pero, ¿cómo puede conciliarse esto con sus actos brutales, sus bárbaras costumbres, sus atroces penitencias? Los hombres se someten a torturas increíbles y las mujeres se queman vivas por su voluntad; es demasiada energía para un pueblo tan flojo.
La naturaleza, que ha dado a aquellos pueblos una debilidad que los hace tímidos, los ha dotado a la vez de una imaginación tan viva que todo les impresiona íntimamente. La misma delicadeza de órganos que les hace temer la muerte, sirve para hacerles temer otras cosas más que la muerte. La misma sensibiiidad que les hace huir de los peligros, los impulsa a veces a arrostrarlos.
Así como la educación es más necesaria a los niños que a las personas mayores, así también los pueblos de aquellos climas necesitan, más que los del nuestro, de un sabio legislador. Cuanto más impresionable se es, tanto más importa ser bien impresionado y no someterse a preocupaciones contrarias a la razón.
En tiempo de los Romanos, los pueblos del Norte vivían sin educación, sin artes, casi sin leyes; sin embargo, les bastó el buen sentido inherente a las fibras groseras de estos pueblos para gobernarse con la mayor cordura y mantenerse contra el poder de Roma, hasta que llegó la hora de abandonar sus selvas para destruirlo.
Si a la debilidad de los órganos, causa de que los pueblos orientales reciban más fuertes impresiones, se añade cierta pereza espiritual, naturalmente ligada con la del cuerpo, que incapacite el alma para toda acción y toda iniciativa, se comprenderá que las impresiones recibidas sean inmutables. Esta es la razón de que las leyes, los usos y las costumbres, aun las que parecen las más indiferentes, como la manera de vestirse, no hayan cambiado en aquellos paises al cabo de mil años (21).
Los Indios creen que el reposo y la nada son el principio y el fin de todas las cosas. Consideran, pues, que la inacción es el estado más perfecto y más apetecible. Dan al Ser supremo el sobrenombre de inmóvil (22). Los Siameses creen que la felicidad suprema consiste en no verse obligados a animar una máquina y hacer obrar a un cuerpo (23).
En aquellos países donde el excesivo calor enerva y aniquila, es tan deliciosa la quietud y tan penoso el movimiento, que semejante sistema de metafísica parece natural; y Foe, legislador de los Indios, tomó por guía sus impulsos naturales al reducir a los hombres a un estado completamente pasivo; pero su doctrina, hija de la pereza engendrada por el clima, la favorece y ha sido perniciosa (24).
Más sensatos los legisladores de China, consideraron a los hombres en la actividad propia de la vida, la quietud para ellos era un ideal de perfección al que habían de llegar un día; así dieron a su religión, a sus leyes y a su filosofía un carácter eminentemente práctico. Tanto como impulsen al reposo las causas físicas, deben apartar de él las morales.
El cultivo de las tierras es el mayor trabajo de los hombres. Cuanto más les incline el clima a huir de ese trabajo, más deben fomentarlo la religión y las leyes. Por eso las leyes de la India, que dan al soberano la propiedad de las tierras y se la quitan a los particulares, agravan los malos efectos del clima; sin el sentimiento de la propiedad aumenta la pereza.
El monaquismo en climas calurosos es de pésimos efectos; de los mismos que hemos señalado. Nacido en los países cálidos de Oriente, donde se propende menos a la acción que a la especulación, trae consigo la ignavia y aumenta la causada por el clima.
Parece que en Asia, con el calor, crece el número de monjes; en la India, donde el calor es extremado, son numerosísimos. En Europa se observa la misma diferencia; a más calor, más frailes.
Para vencer la desidia que el calor produce, debieran quitarse todos los medios de vivir sin trabajar; pero en el sur de Europa se hace todo lo contrario: se favorece a los que quieren vivir en la contemplación, esto es, en la ociosidad, pues la vida contemplativa supone grandes riquezas. Unos hombres que viven en la abundancia, dan a la plebe una parte de lo que les sobra; y si esa plebe ha perdido la propiedad de sus bienes, se consuela con la sopa de los frailes que les permite vivir sin trabajar; ama su propia miseria.
Los relatos referentes a China (25) contienen la ceremonia de iniciar las labores de la tierra, practicada anualmente por el emperador. Con este acto solemne se quiere excitar al pueblo a la labranza (26).
Además de iniciar él mismo las labores de la agricultura para dar ejemplo a sus vasallos, el emperador los estimula con premios: al que más se distingue como labrador, le nombra mandarín de octava clase (27).
Entre los antiguos Persas, los reyes se desprendían de su fausto el octavo día de cada mes para comer familiarmente con los labradores (28). Instituciones admirables para fomentar la agricultura.
Demostraré en el libro XIX que las naciones indolentes suelen ser orgullosas. Podría emplearse el efecto contra la causa, valerse del orgullo para combatir la indolencia. En el sur de Europa, donde los pueblos tienen tanto pundonor, sería bueno premiar a los labradores que mejor cultivaran sus terrenos y a los artesanos que perfeccionaran sus respectivas industrias. Es un proceder que en cualquier país dará buenos resultados. En nuestros días ha servido en Irlanda para establecer una de las más importantes manufacturas de hilo que hay en Europa.
En los países cálidos la parte acuosa de la sangre se disipa mucho con la transpiración (29); es necesario, pues, suplirla con otro líquido. El mejor para este efecto es el agua; las bebidas fuertes coagularían los glóbulos de la sangre después de disipada la parte acuosa de la misma.
En los países fríos, la parte acuosa de la sangre se exhala poco por la transpiración; queda abundancia de ella, por lo que puede hacerse uso de licores espirituosos sin que la sangre se coagule. Como abundan los humores, las bebidas fuertes pueden convenir, porque dan movimiento a la sangre.
La ley de Mahoma, que prohibe tomar vino, es una ley conveniente para el clima de Arabia; aun antes de Mahoma, el agua era la bebida común de los Árabes. La ley que prohibía el uso del vino a los Cartagineses (30) era otra ley concorde con el clima, pues entre los climas de ambos países hay poca diferencia.
No sería buena semejante ley en los países fríos, donde el clima parece obligar a una especie de embriaguez nacional muy distinta de la de las personas. La embriaguez se encuentra en todas partes, siendo en todas proporcional al frío y a la humedad del clima. Si se pasa del Ecuador a nuestros climas, se verá que la embriaguez aumenta con los grados de latitud; y yendo del mismo Ecuador al polo sur, aumentará igualmente, como antes caminando con rumbo al polo norte.
Es natural que donde el vino dañe a la salud, se castigue el abuso en la bebida con más severidad que en los países donde la embriaguez perjudica poco a la sociedad y menos a la persona; donde no vuelve a los hombres furiosos, aunque los embrutece. Las leyes que castigan a los borrachos, tanto por las faltas que cometan embriagados como por la embriaguez, sólo son aplicables al individuo, no a la embriaguez nacional (31). Un alemán bebe por hábito; un español por gusto.
En los países cálidos, la relajación de las fibras es lo que produce tan grande transpiración de los líquidos; pero las partes sólidas se disipan menos. Las fibras, que ejercen una acción muy débil y que son de poca elasticidad, se gastan poco, no hace falta mucho jugo nutritivo para restaurarlas y, por consecuencia, se come poquísimo en dichos países.
Las distintas necesidades en los diversos climas han formado las diferentes maneras de vivir; y estas diferentes maneras de vivir han originado diversidad de leyes; no pueden éstas ser las mismas para la nación en que los hombres se comuniquen mucho, que para un pueblo en que no se comuniquen.
Dice Herodoto (32) que las leyes de los Judíos acerca de la lepra se tomaron de las costumbres de Egipto. En efecto, las mismas enfermedades pedían iguales remedios. Estos remedios fueron desconocidos entre los Griegos y los primeros Romanos, porque ni en Roma ni en Grecia había leprosos. Claro está que no había de legislarse para remediar un mal que no existía. Pero el clima de Egipto y palestina hizo necesarias dichas leyes; y la facilidad con que la tal dolencia se propaga, nos hace comprender la sabiduría de aquellas leyes, la previsión de quien las hizo.
Los occidentales mismos hemos experimentado los efectos de esa terrible enfermedad; nos la trajeron los Cruzados. Pero con medidas previsoras, se atajó en lo posible su propagación (33).
Una ley de los Lombardos nos prueba que la lepra existía ya en Italia antes de las Cruzadas, puesto que se legisló acerca de ella. Rotaris ordenó que se aislara a los leprosos, que se les echara de sus casas, que no entraran en poblado, que se les privara de la libre disposición de sus bienes, que se les diera por muertos. Se les despojaba de sus derechos civiles, para impedir todo trato y comunicación con los sanos.
Pienso que esta plaga vino a Italia durante las conquistas de los emperadores griegos, en cuyos ejércitos habría quizás militares de Palestina o de Egipto. De todos modos, los progresos del mal se contuvieron hasta la época de las Cruzadas.
Se dice que los soldados de Pompeyo, al regresar de Siria, trajeron una enfermedad muy parecida a la lepra. No ha llegado a nosotros ningún reglamento que se hiciera entonces, pero es muy probable que se tomara alguna disposición, pues el mal estuvo contenido hasta el tiempo de los Lombardos.
Hace dos siglos que pasó del Nuevo Mundo a Europa una enfermedad que no conocían nuestros ascendientes, enfermedad que ataca a la naturaleza humana en la fuente de la vida y de los placeres. Gran número de familias principales del mediodía de Europa sucumbieron víctimas de una dolencia que a fuerza de ser común dejó de ser afrentosa. La sed de oro perpetuó el mal, pues los que iban y venían de América traían nuevos fermentos.
Razones piadosas hicieron decir que el mal era castigo de la culpa. Sin embargo, aquella calamidad se había introducido en el seno del santo matrimonio e inficionado a la inocencia.
Como incumbe a la sabiduría de los legisladores velar por la salud pública, lo acertado hubiera sido contener el contagio por medio de leyes semejantes a las mosaicas.
Todavía más rápidos son los estragos de la peste. Su asiento principal está en Egipto, de donde se propaga a todo el mundo. En la mayor parte de los Estados de Europa existen reglamentos para impedir su invasión, y en nuestros días se ha imaginado un buen medio de cortarle el paso: acordonar con tropas lugares infectados para hacer imposible toda comunicación (34).
Los Turcos no tienen aprensión ni toman medida alguna contra las epidemias; compran los vestidos de los apestados y se los ponen (35). Como son fatalistas, el magistrado se convierte en pasivo espectador de lo que él no puede remediar; es la creencia en un destino inflexible.
No vemos en la historia que ningún Romano se diese la muerte sin motivo; pero los Ingleses de nuestros días se matan algunas veces por ignoradas causas, hasta en el seno de la felicidad.
El suicidio era entre los Romanos un efecto de la educación y las costumbres; entre los Ingleses es efecto de una enfermedad, consecuencia de un estado físico y sin ninguna otra causa (36).
Se puede pensar que esto provenga de falta de filtración del jugo nervioso; la máquina cuyos motores se paralizan a cada momento, se cansa de sí misma. El alma no siente el dolor, sino dificultad para existir. El dolor es una molestia local, a la que quisiéramos ponerle término; el peso de la vida no tiene asiento fijo y nos hace desear el término de ella.
Es claro que las leyes de algunos países han tenido razones para castigar el suicidio con la infamia; pero en Inglaterra no es posible castigarlo, sino como se castigan los efectos de la demencia.
En una nación donde una enfermedad del clima se comunica de tal modo al alma, que produce el hastío, haciendo aborrecer todas las cosas, incluso la existencia, es evidente que el mejor gobierno será aquel en que no pueda culparse a uno solo de los disgustos y contrariedades que se experimenten, un gobierno en que las leyes manden más que los hombres, siendo preciso trastornar las leyes para cambiar la forma del Estado.
Si tal nación hubiera recibido del clima un carácter impaciente, que no le permitiera soportar mucho tiempo las mismas cosas, aun sería mejor para ella el gobierno que hemos dicho.
Ese carácter impaciente no es gran cosa por sí, pero puede serlo si se le une el valor.
Es distinto de la ligereza, que consiste en acometer empresas sin motivo para abandonarlas de igual modo; más se parece a la tenacidad, porque proviene de un sentimiento tan vivo de los males que no se debilita ni a fuerza de padecerlos.
Este carácter, en una nación libre, es muy a propósito para descontentar los proyectos de la tiranía (37), que es siempre parsimoniosa y floja en sus comienzos, como enérgica y rápida a su hora; que empieza mostrando su mano para socorrer y acaba oprimiendo con multitud de brazos.
La servidumbre empieza por la modorra; pero un pueblo que no se adormece ni descansa nunca, que está siempre alerta y no cesa de palparse, no puede dormirse.
La política es una lima sorda que va limando lentamente hasta lograr su fin. Pues bien, hombres como aquellos de que hablábamos no podrían perseverar en las lentitudes, los detalles, la serenidad de los negociadores; sacarían de las negociaciones menos partido que cualesquiera otro y perderían en los tratados lo que hubieran ganado con las armas.
Nuestros padres, los antiguos Germanos, vivían en un clima en que eran poco vehementes las pasiones. Sus leyes no encontraban en las cosas más que lo que se veía, no imaginando nada más; y como juzgaban de las ofensas inferidas a los hombres por el grandor de las heridas, no ponían mayor refinamiento en los insultos hechos a las mujeres. En este particular es muy curiosa la ley de los Alemanes. El que le descubría la cabeza a una mujer pagaba una multa de seis sueldos; por descubrirle la pierna hasta la rodilla, pagábase lo mismo; el duplo si de la rodilla se pasaba. Parece que la ley medía la gravedad de los ultrajes inferidos a la mujer, como se mide una figura geométrica: por las dimensiones; se castigaba el delito de los ojos pero no el de la imaginación. Pero al trasladarse a España un pueblo germánico, el clima impuso otras leyes. La de los visigodos prohibió a los cirujanos el sangrar a una mujer ingenua como no fuera en presencia de su padre o de su madre, de su hermano de su hijo o de su tío. La imaginación de los pueblos inflamó a la de los legisladores igualmente: la ley sospechó de todo en un pueblo que podía sospecharlo todo.
Aquellas leyes prestaron suma atención a los dos sexos. Pero en las penas que imponían, parece que pensaban más en satisfacer la venganza particular que en ejercer la pública. En la mayor parte de los casos, reducían a los dos culpables a la servidumbre de los parientes o del marido ultrajado. La mujer ingenua (38) que se entregaba a un hombre casado era puesta en poder de la mujer ofendida, quien disponía de ella según su voluntad. Las mismas leyes obligaban a los esclavos a atar y presentar al marido la mujer a quien sorprendían en adulterio, como permitían a sus hijos acusarla y dar tormento a los esclavos para probar el delito. Así fueron dichas leyes más a propósito para refinar la susceptibilidad y el pundonor que para formar una buena policía. No debe admirarnos que el conde Don Julián creyera que un agravio de cierta índole exigía la ruina de su patria y de su rey; no debe extrañarnos que los moros, con semejante conformidad de costumbres, se establecieran tan fácilmente en España, se mantuvieran en ella durante ocho siglos y retardaran la caída de su imperio.
El carácter del pueblo japonés es tan atroz, que sus legisladores y sus magistrados no han tenido ninguna confianza en él; no le han puesto delante de los ojos otra cosa que jueces, amenazas y castigos, y le han sometido para todo a la inquisición y a las pesquisas de la autoridad. Esas leyes que, de cada cinco cabezas de familia, hace a uno magistrado de los otros cuatro; esas leyes que castigan a toda una familia y aun a todo un barrio por el delito que ha cometido uno solo; esas leyes que no encuentran inocentes allí donde puede haber algún culpable, se han escrito para que todos los hombres desconfíen unos de los otros y cada uno vigile a los demás, siendo su inspector, su testigo y aun su juez.
El pueblo indio, al contrario, es dulce, tierno, compasivo (39); por lo mismo sus legisladores tienen gran confianza en él. Han señalado pocas penas, que ni son severas ni se cumplen con rigor (40). Han dado los sobrinos a los tíos y los huérfanos a los tutores, como en otros países a los padres, y han regulado la herencia por el método notorio del heredero. Parecen haber creído que cada ciudadano debe contar con el buen natural de su prójimo.
Los Indios otorgan fácilmente la libertad a un esclavo, los casan, los tratan como a sus propios hijos (41). ¡Clima afortunado que produce el candor en las costumbres y la blandura en las leyes (42)!
I.- De la esclavitud.
II. Origen del derecho de esclavitud, en los jurisconsultos romanos.
III. Otro origen del derecho de esclavitud.
IV.- Otro origen del derecho de esclavitud.
V. De la esclavitud de los negros.
VI.- Verdadero origen de la esclavitud.
VII. Otro origen del derecho de esclavitud.
VIII.- Inutilidad de la esclavitud entre nosotros.
IX. De las naciones en que se halla generalmente establecida la libertad civil.
X. Diversas especies de esclavitud.
XI.- De lo que deben hacer las leyes con relación a la esclavitud.
XII.- Abusos de la esclavitud.
XIII.- Malas consecuencias de tener muchos esclavos.
XIV.- De los esclavos armados.
XV. Continuación de la misma materia.
XVI. Precauciones que deben tomarse en los gobiernos moderados.
XVII.- Reglamento de las relaciones entre el amo y los esclavos.
XVIII.- De las manumisiones.
XIX.- De los libertos y de los eunucos.
La esclavitud propiamente dicha es la institución de un derecho que hace a un hombre dueño absoluto de otro hombre, o a este último propiedad del primero, que dispone de sus bienes y hasta de su vida. La institución no es buena por su naturaleza; ni siquiera es útil para el amo ni para el esclavo: para el esclavo no lo es, porque le incapacita para hacer algo en pro de la virtud; para el amo tampoco, porque le hace contraer pésimos hábitos, acostumbrándolo insensiblemente a faltar a las virtudes morales y haciéndolo duro, altivo, colérico, voluptuoso, cruel.
En los países despóticos, donde ya se está sujeto a la esclavitud política, la esclavitud civil es más tolerable que en otras partes. Todos allí se dan por muy contentos con tener el sustento y conservar la vida. En tales países, la condición de esclavo no es más penosa que la de súbdito.
Pero en la monarquía, donde importa mucho no envilecer la naturaleza humana, la esclavitud no puede ser conveniente. En la democracia, donde todos los hombres son iguales, y en la aristocracia, donde las leyes deben procurar que todos lo sean hasta donde lo permita la índole de aquel gobierno, la esclavitud es contraria al espíritu; no sirve más que para darles a los ciudadanos un poder y un lujo que no deben tener (43).
Parece increíble que la esclavitud haya tenido su origen en la piedad de las maneras (44).
El derecho de gentes consentía que los prisioneros fuesen reducidos a la esclavitud, pero no que se les diera muerte. El derecho civil de los Romanos permitió que los deudores se vendieran ellos mismos, para que sus acreedores no los maltrataran como podían hacerlo. Y el derecho natural ha querido que los hijos de esclavos, si no podían sus padres mantenerlos, fuesen esclavos como sus padres para tener un amo que los mantuviera.
Estas razones de los juristas romanos carecen de solidez:
1°. Es falso que en la guerra sea lícito matar, salvo caso de necesidad; pero si un hombre hace prisionero a otro, no puede decirse que tuviera la necesidad de matarlo, puesto que no lo hizo. El único derecho que da la guerra sobre los cautivos, es el de asegurarse de sus personas para que no puedan hacer daño (45). Los homicidios que a sangre fría cometan los soldados cuando ha cesado la lucha, son reprobados por todas las naciones (46).
2° No es cierto que un hombre libre pueda venderse. La venta supone un precio; al venderse el esclavo, todos sus bienes serán propiedad del comprador; éste, pues, no dará nada, ni nada recibirá el vendido. Se dirá que el esclavo puede tener un peculio, pero el peculio no es un accesorio de la persona. Si no es lícito matarse, porque sería restarle un hombre a la patria, tampoco es lícito venderse. La libertad de cada ciudadano es parte de la libertad pública, y en el Estado popular es parte de la soberanía. Vender la calidad de ciudadano es una cosa tan extravagante, que en cualquier hombre parece inverosímil (47). Si la libertad es cosa de tanto precio para el que la compra, aún es más preciosa para el que la vende. La ley civil no admite los contratos en que hay lesión enormísima; con más razón declarará rescindido el pacto que ajene la propia libertad.
3° El nacimiento es un medio tan injusto como los otros dos. Si un hombre no puede venderse, menos aun podrá haber vendido a su hijo antes que nazca; si un prisionero de guerra no puede ser reducido a la condición de esclavo, menos podrán serlo sus hijos.
¿Por qué es lícita la muerte de un criminal? Porque la ley que lo castiga ha sido establecida en su favor. Un asesino, por ejemplo, ha gozado de la ley que le condena, ley que le ha conservado la vida en todos los instantes; no puede, por lo tanto, reclamar contra la ley. Al esclavo no le sucede lo mismo; la ley de la esclavitud. siempre ha estado contra él y nunca a su favor, lo cual es opuesto al principio fundamental de todas las sociedades.
Se diría que ha podido serle útil porque el amo le daba de comer. Sería pues necesario limitar su aplicación a los incapaces y a los perezosos; pero a estos hombres que no se bastan para ganarse la vida, nadie los quiere por esclavos. En lo que toca a los niños, la naturaleza ha dado leche a sus madres, ha provisto a su sustento; y en el resto de su infancia, tan cerca están de la edad en que pueden ser útiles que quien los alimentase nada les daría.
Por otra parte, la esclavitud es tan opuesta al derecho civil como al derecho natural. ¿Qué ley civil podría impedir la fuga de un esclavo, a quien ni alcanzan las leyes, puesto que vive fuera de la sociedad? Solamente podría impedir que huyera una ley de familia, es decir, la ley del amo.
Prefiero decir que el derecho de esclavitud proviene del desprecio con que mira una nación a otra, sin más fundamento que la diferencia de costumbres.
López de Gomara dice que los Españoles encontraron cerca de Santa Marta unas cestas en que los Indios tenían sus provisiones de boca, apenas consistentes en mariscos, hecho que los vencedores imputaron como un crimen a aquellos desgraciados. El autor confiesa que tal fue el fundamento único del derecho que hacía a los indígenas esclavos, además del hecho de fumar tabaco y no llevar la barba a la española (48).
Los conocimientos hacen amables a los hombres; la razón los lleva a la humanidad: son los prejuicios lo que los hace renunciar a ella.
Diría también que la religión da a los que la profesan un derecho a esclavizar a los que no la profesan, para más fácilmente propagarla.
Tal fue la creencia que alentó a los devastadores de América en sus atentados (49); en ella fundaron el derecho de esclavizar a tantos pueblos, porque los conquistadores, siendo tan cristianos como foragidos, eran muy devotos.
Luis XIII mostró sentimiento por la ley que, en sus colonias, convertía a los negros en esclavos (50); pero cuando se le persuadió de que era el medio más eficaz y más seguro para convertirlos, ya le pareció muy buena (51).
Si yo tuviera que defender el derecho que hemos tenido los blancos para hacer esclavos a los negros, he aquí todo lo que diría.
Exterminados los pueblos de América por los de Europa, estos últimos necesitaron, para desmontar las tierras, llevar esclavos de Africa.
El azúcar sería demasiado caro si no se obligase a los negros a cultivar la caña.
Esos esclavos son negros de los pies a la cabeza, y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerlos.
No se concibe que Dios, un ser tan sapientísimo, haya puesto un alma en un cuerpo tan negro, y un alma buena, es aún más inconcebible en un cuerpo semejante.
Es tan natural creer que el calor constituye la esencia de la humanidad, que los pueblos de Asia, al hacer eunucos, privan siempre a los negros de la relación más señalada que tienen con nosotros.
Se puede juzgar del color de la piel por el del pelo; tanta importancia tenía el cabello para los Egipcios, los mejores filósofos del mundo, que mataban a todos los hombres bermejos que caían en sus manos.
La prueba de que los negros no tienen sentido común, es que prefieren un collar de vidrio a uno de oro, cuando el oro es tan estimable en los países cultos.
Es imposible suponer que tales seres sean hombres, porque si lo supusiéramos, deberíamos creer que nosotros no somos cristianos.
Espíritus pequeños han exagerado la injusticia que se comete con los Africanos, porque si fuera cierto lo que dicen, ¿cómo no habrían pensado los príncipes de Europa, que ajustan tantos tratados inútiles, en celebrar uno más en favor de la piedad y de la misericordia?
Indiquemos ahora el verdadero origen del derecho de esclavitud. Debe fundarse en la naturaleza de las cosas; vamos a ver si hay casos en que se derive de ella. En los gobiernos despóticos es natural venderse; ¿quién ama la libertad civil donde está anulada por la esclavitud política?
Dice un autor (52) que los Moscovitas se venden con suma facilidad. Comprendo la razón: la libertad que tienen no vale nada.
En Achim, todos procuran venderse. Algunos señores tienen hasta mil esclavos, los cuales son mercaderes importantes y tienen a su vez esclavos que les sirven. Donde los hombres libres son tan débiles enfrente del poder público, todos quieren ser esclavos de los hombres influyentes (53).
He aquí el origen verdadero y verdaderamente razonable, de ese derecho de esclavitud, muy benigno, que existe en varios países, y debe ser benigno, por fundarse en la elección de amo que hace un hombre libremente para mejorar su condición, lo cual supone convención recíproca entre las dos partes.
Veamos otro origen del derecho de esclavitud, y aun de esa esclavitud cruel que se ve entre los hombres.
Hay países donde el calor consume el cuerpo y debilita las fuerzas, hasta el punto de que los hombres no trabajarían por el sentimiento del deber y solamente lo hacen por temor al castigo.
En esos países, la esclavitud no repugna tanto a la razón; donde el amo es tan cobarde ante el príncipe como el esclavo ante él, todos son esclavos. También en esos países van juntas la esclavitud política y la esclavitud civil.
Aristóteles (54) quiere probar que hay esclavos por naturaleza: lo que dice no lo prueba. Si es que los hay, serán los que acabo de decir.
Pero como todos los hombres nacen iguales, hay que convenir en que la esclavitud es contraria a la naturaleza, aunque en algunos países tenga por fundamento una razón natural. Y deben distinguirse estos países de aquellos otros en que las mismas razones naturales condenan semejante institución; como sucede en Europa, donde afortunadamente ha sido abolida.
Plutarco afirma, en la Vida de Numa, que en su tiempo no había ni amo ni esclavo. En nuestros climas, el cristianismo nos ha vuelto a aquella edad.
Es necesario, pues, limitar la esclavitud natural a determinados países de la tierra. En los demás paréceme que todo se puede hacer con hombres libres, por duras que sean las labores exigidas por la sociedad.
Lo que me hace pensarlo, es que antes de abolirse la esclavitud en Europa se tenía por tan penoso el trabajo de las minas, que sólo se creía posible hacerlo ejecutar qpor los esclavos y los delincuentes. Pero sabemos hoy que los mineros viven felices (55). Los hay que escogen ese trabajo voluntariamente, que gozan de algunos privilegios y que tienen bastante remuneración.
No hay trabajo tan penoso que no pueda proporcionarse a las fuerzas del que lo ejecuta, con tal que lo regule la razón y no la codicia. Las máquinas que el arte inventa o aplica pueden suplir el esfuerzo que en otras zonas se pide a los esclavos. Las minas de los Turcos en Temesvar, más ricas que las de Hungría, y en las cuales se explotaba el brazo esclavo, no daban tanto rendimiento como las minas húngaras.
No sé si este capítulo me lo ha dictado el entendimiento o el corazón. Quizá no haya en la tierra clima alguno en que no se pueda estimular el trabajo de los hombres libres. Las malas leyes hicieron a los hombres holgazanes; por ser holgazanes se les hizo esclavos.
Todos los días se oye decir que sería muy conveniente, aquí, tener esclavos.
Sin duda lo sería para el corto número de familias y personas que viven en la abundancia y en la ociosidad; pero viendo la cosa desde otro punto de vista, cabe preguntar: ¿quién ha de ser libre y quién esclavo? No creo que nadie quiera dejar al azar de un sorteo el ser esclavo o libre. Los que más abogan por que haya esclavitud, la mirarían con horror, y los más pobres no les irían en zaga. El clamor que se alza pidiendo la esclavitud lo inspiran el lujo, el vicio y la voluptuosidad; no el amor al bien público. ¿Es posible dudar que cada hombre en particular, se alegraría de ser árbitro de los bienes, la vida y el honor de los demás, y que todas sus pasiones se despertarían ante semejante idea? Pues siendo así, para saber si son lícitos los deseos de cada uno hay que ver los de todos.
Hay dos clases de servidumbre: la real y la personal. La primera es la que adscribe al esclavo a la tierra, como sucedía entre los Germanos, según Tácito (56). El siervo adscrito al terruño no desempeñaba ningún servicio doméstico, pero entregaba a su dueño cierta cantidad de trigo, de lana o de ganado. La esclavitud no iba más lejos. Esta clase de servidumbre existe aún en Hungría, en Bohemia y en muchas regiones de la Baja Alemania (57).
La servidumbre personal se refiere al ministerio de la casa y tiene más relación con la persona del amo.
El abuso más odioso de la esclavitud es el que la hace a un tiempo real y personal. Tal era la esclavitud de los ilotas, en Lacedemonia, porque allí estaban sujetos a los trabajos de campo y a toda clase de humillaciones en la casa. Este ilotismo es contrario a la naturaleza de las cosas. Los pueblos sencillos, al decir de Tácito, no tienen más que una esclavitud real (58), porque las faenas domésticas las hacen las mujeres y los hijos. En los pueblos voluptuosos, la esclavitud es personal; porque el lujo necesita que los oficios domésticos los haga la servidumbre.
El ilotismo junta en las mismas personas la esclavitud de los pueblos sencillos y la de los pueblos voluptuosos.
Pero, sea cual fuere la naturaleza de la esclavitud, las leyes civiles deben evitar, por una parte sus abusos, por otra sus peligros.
En los Estados mahometanos (59), el amo no sólo es dueño de la vida y los bienes de las mujeres esclavas, sino también de su cuerpo y de su honra. Es una de las desgracias de esos países el que una parte de la nación, la más considerable, viva a merced de la otra. Esta esclavitud no tiene más compensación que la inactividad en que se deja vivir a los esclavos, lo que es para el Estado una desdicha más.
Esa vida perezosa es lo que convierte los serrallos del Oriente (60) en mansiones de delicias. Gentes que sólo temen el trabajo, pueden creerse felices en aquellos lugares de reposo. Pero bien se ve que esto es contrario al espíritu de la esclavitud.
La razón exige que el poder del amo no alcance más que a lo concerniente a su servicio. Es necesario que la esclavitud sea para la utilidad y no para el deleite. Las leyes del pudor son de derecho natural y debe acatarlas todo el mundo.
Y si el pudor de los esclavos se respeta en los Estados en que el poder no tiene limitación, ¡cuánto más deberá ser respetado en las monarquías! ¡cuánto, sobre todo, en las Repúblicas!
Hay una disposición en la ley de los Lombardos que parece aplicable a todos los gobiernos: Si el amo abusa de la mujer de su esclavo, este esclavo y su mujer quedarán libres. Temperamento admirable para evitar y reprimir, sin extremar el rigor, la incontinencia de los amos.
En este punto, la política de los Romanos creo que no era buena. Soltaron la rienda a la incontinencia de los amos y, hasta cierto punto, privaron a los esclavos del derecho de casarse. Formaban los esclavos, ciertamente, la parte más vil de la nación; pero, por vil y rebajada que fuera, no convenía desmoralizarla. Además, no permitiéndoles el matrimonio, se corrompían los ciudadanos.
El excesivo número de esclavos produce efectos distintos en los diferentes gobiernos. En los despóticos no son graves los inconvenientes, porque establecida en el cuerpo del Estado la esclavitud política, se siente poco la esclavitud civil. Los llamados hombres libres no son mucho más libres que los otros; y como estos otros que no se llaman libres, en su calidad de eunucos, de libertos o de esclavos, son los que manejan todos los negocios, resulta que la condición de libre y la de esclavo se tocan muy de cerca. Es, por lo tanto, casi indiferente que sean pocos o muchos los esclavos.
Pero en los Estados moderados importa mucho que no haya exceso de esclavos. La libertad política hace que se aprecie más la libertad civil, y el que está privado de la última no puede gozar tampoco de la primera; ve que para él no existe la seguridad que tienen los demás, que hay una sociedad feliz a la que él es extraño, que su dueño tiene un alma susceptible de elevarse, en tanto que la suya se encuentra condenada a perpetua humillación. Lo que más acerca al hombre a la condición de bestia es el no ser libre donde lo son los otros. Y quien vive así, es natural enemigo de la sociedad; para ésta sería muy peligroso que hubiera muchos.
No es sorprendente, pues, que en los gobiernos templados se haya turbado tantas veces la tranquilidad pública por rebeliones de esclavos; lo que rara vez se ha visto en los gobiernos despóticos.
El armar a los esclavos es menos peligroso en las monarquías que en las Repúblicas. En las primeras los tiene a raya una milicia noble; en las últimas todos se creen iguales, y no pueden los ciudadanos mantener sumisos a los que, una vez armados, se consideran tan libres como sus mismos dueños.
Los Godos que penetraron en España se desparramaron por toda la península, y comprendieron pronto que no eran bastante fuertes. Por eso adoptaron tres disposiciones importantes: derogaron la costumbre antigua que les prohibía emparentar con los Romanos por medio del matrimonio (61); dispusieron que todos los libertos fuesen a la guerra (62) so pena de volver a la esclavitud; y ordenaron que los Godos armasen y llevasen a la guerra la décima parte de sus esclavos (63). Este número no era excesivo; y además no se reunían en un cuerpo, no combatían juntos, sino que iban a la guerra al lado de sus señores. Estaban en el ejército, pero continuando en la familia.
Cuando toda la nación es guerrera, es aún menos de temer el armar a los esclavos.
Por la ley de los Alemanes (64), un esclavo que robara lo que viera incurría en la misma pena que se hubiera impuesto a un hombre libre; pero si robaba con violencia, no se le hacía más que obligarle a restituir el objeto robado (65). Entre los Alemanes los actos de valor y los de fuerza no eran odiosos.
Los Alemanes llevaban sus esclavos a la guerra. En las Repúblicas, generalmente, se ha cuidado más bien de envilecer a los esclavos para que perdieran el valor. Pero los Germanos, fiando en sí mismos, procuraban aumentar la audacia de los suyos. Como siempre iban armados nada temían de sus sirvientes que eran siempre instrumentos de sus rapiñas y de su gloria.
La humanidad con que se trate a los esclavos evitará, tal vez, en los Estados moderados las malas consecuencias que traer pudiera su excesivo número. Los hombres acaban por habituarse a todo, hasta a la servidumbre, con tal que el amo no sea más duro que la servidumbre misma. No se sabe que los esclavos de Atenas, tratados con dulzura, produjeran trastornos como los de Esparta.
Ni sabemos que los primeros Romanos sintiesen inquietudes con ocasión de sus esclavos. Sólo cuando los trataron inhumanamente fue cuando se encontraron con turbulencias que han sido comparadas a las guerras púnicas (66).
Las naciones sencillas y amigas del trabajo suelen ser más dulces con los siervos que las que no trabajan. Antiguamente, en Roma, los esclavos trabajaban y comían como los amos, y éstos eran con aquéllos amables y compasivos; el mayor castigo que les imponían era el de hacerlos pasar por delante de sus vecinos con un leño ahorquillado a cuestas. Bastaban las costumbres para que los esclavos fueran fieles, sin que hicieran falta leyes que los obligaran.
Engrandecida Roma, los esclavos dejaron de ser colaboradores de sus amos; se convirtieron en instrumentos de su lujo y de su orgullo y, corrompidas las costumbres, hubo necesidad de leyes. Se hizo necesario dictarlas severísimas para proteger a unos patronos, tan crueles, que vivían entre sus esclavos como entre enemigos.
Se hicieron el senado consulto silanio y otras leyes, donde se disponía que, cuando un patrono fuera asesinado, se condenara a muerte a los esclavos suyos que se encontraran cerca del lugar del crimen. Los que dieran asilo en semejante caso, a uno de los esclavos del muerto, serían también castigados como asesinos. Si un amo era asesinado durante un viaje, se mataba a los esclavos que huyeran y a los que no huyeran. Todas estas leyes tenían fuerza contra todos, incluso aquellos cuya inocencia fuera bien probada. El objeto de ellas era inspirar terror a los esclavos. No provenían de la forma de gobierno sino de una imperfección de un vicio de la misma forma de gobierno. Tampoco se derivaban de la equidad de las leyes civiles puesto que eran contrarias a los principios de ellas. Se fundaban realmente en el principio de la guerra, con la sola diferencia de estar los enemigos dentro del Estado. El senado consulto silanio se fundaba en el derecho de gentes, el cual prescribe que se conserve toda sociedad aun siendo imperfecta.
Es una desdicha que la magistratura se vea precisada a dictar unas leyes tan crueles. El haber hecho difícil la obediencia obliga a agravar la pena de la desobediencia. Un legislador prudente precave la desgracia de ser un legislador terrible. Por no inspirar la ley confianza a los esclavos, Roma no tenía confianza en ellos.
El magistrado debe cuidar de que los esclavos estén alimentados y vestidos; esto debe estar regulado por la ley.
También le toca velar por que en la ancianidad y en las enfermedades no carezcan de la asistencia debida. Claudio mandó que los esclavos no atendidos por sus patronos cuando caían enfermos, una vez curados quedaran libres. Esta ley era justa, porque aseguraba la libertad; pero insuficiente e imprevisora porque no les aseguraba la vida (67).
Si la ley permite al amo quitar la vida a su esclavo, es éste un derecho que ejerce como juez, no como amo; por consiguiente es necesario que la ley prescriba formalidades tales, que alejen toda sospecha de una acción violenta (68).
Cuando en Roma dejó de consentirse a los padres el dar muerte a sus hijos, los magistrados imponían la pena que el padre quería dictar (69). Entre amo y esclavo sería racional una cosa parecida, en los países donde los amos tienen sobre los esclavos derecho de vida y muerte.
La ley de Moisés era bien ruda: Si alguno golpease a su esclavo y éste muriese entre sus manos, será castigado, pero si el esclavo sobrevive un día o dos, no lo será, porque es su dinero. ¡Qué pueblo aquel donde la ley civil se desentendía de la ley natural!
Por una ley de los Griegos (70), los esclavos tratados con excesiva dureza podían pedir que se les vendiera a otro amo. En los últimos tiempos hubo en Roma una ley muy parecida (71); un amo y un esclavo, irritados el uno contra el otro, deben separarse.
Cuando un ciudadano maltrata al esclavo de otro, debe poder este último querellarse ante el juez. Las leyes de Platón (72), como las de varios pueblos, prohiben a los esclavos la defensa natural; es necesario, pues, que los defienda la justicia.
En Lacedemonia, los esclavos no podían pedir justicia contra los insultos, las injurias ni los golpes; su desventura llegaba hasta el extremo de que no solamente eran esclavos de un amo, sino que lo eran del público, pertenecían a todos y a uno solo. En Roma el agravio hecho a un esclavo se medía por el interés del amo (73). En la acción de la ley Aquilia se confunde la herida que se le cause a un esclavo con la que se hace a un animal: no se miraba más que a la disminución del precio del animal o del esclavo. En Atenas (74) se castigaba severamente, y hasta con la muerte algunas veces, a quien maltrataba al esclavo de otro. La ley ateniense no quería, y con razón, añadir la pérdida de la seguridad a la de la libertad.
Se comprende que cuando en una República son muy numerosos los esclavos, se hace necesario manumitir a muchos. Lo malo es que, si son muy numerosos no es fácil reprimirlos, y si se les da libertad no tienen con qué comer y resultan gravosos para la República. Y ésta, además, corre tanto riesgo por la abundancia de libertos como por la de esclavos. Es preciso, pues, que las leyes tengan en cuenta ambos escollos.
Las diversas leyes y senado consultos que se hicieron en Roma, ya en favor, ya en contra de los esclavos, así para facilitar las manumisiones como para entorpecerlas, nos descubren las dificultades con que se tropezó. Épocas hubo en que los Romanos ni se atrevían a dictar leyes sobre este particular. En tiempo de Nerón (75), cuando los patronos pidieron al Senado que se les permitiera recuperar la propiedad de los libertos ingratos, el emperador dispuso que se juzgara acerca de casos particulares sin estatuir nada en general.
Sin atreverme a decir las reglas que debe establecer una buena República respecto a manumisiones, porque esto depende de las circunstancias, haré algunas someras reflexiones.
Libertar de repente, por medida general, a un gran número de esclavos, no conviene. Es sabido que, entre los Volsinios, los libertos que llegaron a ser dueños de los sufragios hicieron una ley abominable por la cual se arrogaban el derecho de cohabitar, los primeros, con las doncellas que iban a casarse (76).
Hay diversos medios de introducir en la República nuevos ciudadanos, haciéndolo de una manera insensible. Pueden las leyes favorecer el peculio y poner a los esclavos en condiciones de comprar su libertad. Nada impide que se fije un término a la servidumbre, como lo hizo Moisés al señalar un plazo de seis años a la de los esclavos hebreos (77). Es fácil manumitir cada año cierto número de esclavos, eligiendo entre los que por su edad, sus fuerzas o su oficio, puedan encontrar un modo de vivir.
Cuando hay muchos libertos, es necesario determinar lo que los mismos deben a sus amos, consignándolo en el contrato de liberación de cada uno.
Es evidente que la condición de los libertos debe estar más favorecida en lo civil que en lo político, porque en ningún régimen, ni aun en el popular, debe ir el poder a las manos de la clase ínfima.
En Roma, donde tanto abundaban los libertos, las leyes políticas en esta materia merecían aplauso. Es claro que intervenían en la legislación, pero influían muy poco en los acuerdos. No se les excluía del sacerdocio (78), pero este derecho casi era nulo por su poco peso electoral. Tenían también el derecho de entrar en la milicia, pero se necesitaba cierto censo para ser soldado. Tampoco se les prohibía enlazarse por el matrimonio con las familias ingenuas (79), pero no se les permitía casarse con patricias. En fin, sus hijos eran ingenuos, aunque ellos no lo fueran.
En el gobierno de muchos es conveniente que la condición de los libertos no sea demasiado inferior a la de los que siempre fueron hombres libres. Las leyes, en todo caso, deben tender a igualarlos. Pero esto es innecesario y no hay para qué intentarlo en el gobierno de uno solo, cuando impera el lujo y el poder arbitrario, porque allí son los libertos superiores a los hombres libres; ellos son los influyentes en la Corte del príncipe, los que dominan en los palacios de los grandes, y como han estudiado las flaquezas más que las virtudes del señor, le hacen reinar por las primeras y no por las últimas. Así eran en Roma los libertos en tiempo de los emperadores.
Si los principales esclavos son eunucos, jamás llegan a ser considerados libertos por muchos que sean los privilegios que se les otorguen. Y se comprende que así sea, porque, no pudiendo tener familia, quedan más ligados a la familia del señor. Siempre será una ficción el atribuirles carácter de ciudadano.
Sin embargo, hay países en los que desempeñan todas las magistraturas (80). Son naturalmente avaros, y como no tienen hijos, el príncipe o el amo son los que al cabo aprovechan su avaricia.
Cuenta Dampier que, en estos países, los eunucos no pueden estar sin mujeres y que se casan. La ley que se lo permite no puede fundarse más que en la consideración que se les guarda y en el desprecio con que se mira a las mujeres.
Asi, pues, se les entregan las magistraturas por no tener familia, y se les deja casarse porque ejercen las magistraturas.
En tal caso, los sentidos que les quedan se obstinan en suplir a los que les faltan; y los intentos de su desesperación les producen una especie de placer. Recuérdese aquel demonio del poema de Milton que sólo conservaba los deseos y, convencido de su degradación, quería servirse de su propia impotencia.
En China hay muchas leyes que excluyen a los eunucos de todos los empleos civiles y militares; siempre las hubo y siempre han acabado por no cumplirse. Diríase que los eunucos son un mal necesario en los países de Oriente.
(1) Esto es lo que mandó Carlomagno en sus bellas instituciones sobre el particular. (Véase el lib. V, art. 303 de las Capitulaciones).
(2) Es lo que se practica en Alemania.
(3) Polux, lib. VIII, cap. x, art. 130.
(4) Vectigal quoque quintre el vicesimae venalium mancipiorum remissum specie magis quam vi; quia cum vcnditor pendere juberetur in partem pretii, emptoribus accrescebat. (Tácito, Anales, lib. XIII).
(5) Duhalde, tomo II, pág. 57.
(6) Historia de los Tártaros, 3a. parte, pág. 292.
(7) En Rusia eran pequeñas las contribuciones, pero han ido aumentando desde que se ha moderado un tanto el despotismo.
(8) Los paises de Estados. - Asi se llamaban antes las provincias que mantenian el derecho de fijar sus gastos y sus tributos, como las provincias Vascongadas en España.
(9) En la historia se ve su magnitud, su extravagancia y la insensatez de algunos. Anastasio imaginó un impuesto por respirar el aire: ut quisque pro haustu aeris penderet.
(10) Verdad es que semejante esfuerzo es lo que mantiene el equilibrio, pues va consumiendo a las tres grandes potencias. (Se refiere a Francia, Austria y España).
(11) Véase el Tratado de las rentas públicas de los Romanos, cap. II, editado en Paris, por Briasson, en 1740.
(12) César se vió obligado a suprimir los publicanos en la provincia de Asia, poniendo allí otra clase de administración. (Dion). - En Macedonia y Acaya, provincias que Augusto había dejado al pueblo romano y que, por consiguiente, se gobernaban por el antiguo sistema, también se acabó por introducir el gobierno directo de emperador por medio de sus empleados. (Tácito).
(13) Chardin, Viaje a Persia, tomo VI.
(14) Tácito, Anales, lib. XIII.
(15) Montesquieu no interpreta con exactitud lo dispuesto en este punto por Nerón, quien dijo: ut leges cujusque publici occultre ad id tempus proscriberentur; con lo cual quería decir que se expusieran al público las condiciones de lo tratado. (Crevier).
(16) Se nota a la simple vista: con el frío parecemos más delgados.
(17) Hasta el hierro se contrae por la acción del frío.
(18) Las de la sucesión a la Corona de España.- No conviene establecer estas proposiciones generales; más tímidos, más incapaces de ir a la guerra son los Lapones y los Samoyedos, habitantes de países fríos, que cualesquiera otros; y los Árabes conquistaron en menos de ochenta años más territorios que los poseídos por el imperio romano en los siglos de su mayor grandeza. Los Españoles, por su parte, en bien escaso número, derrotaron a los soldados del norte de Alemania, muy superiores en fuerza, en la batalla de Mahiberg. (Nota de Voltaire).
(19) Cien soldados europeos, dice Tavernier, batirían sin esfuerzo a mil soldados indios.
(20) Los Persas que se establecen en el Indostán, a la tercera generación han adquirido la flojedad de los Indios. (Bernier, Sobre el Mogol, tomo I, pág. 282).
(21) Constantino Porfirogénito ha recogido un fragmento de Nicolás de Damasco por el cual se ve que la costumbre de hacer estrangular al gobernador que desagradaba era antiquísima en Oriente: databa del tiempo de los Medos.
(22) Panamanak; véase Kircher.
(23) La Loubere, Relación de Siam, pág. 446.
(24) Foe prescinde de todo sentimiento; para él no existe el corazón. Según la Historia de China del P. Udhalde (tomo III). Foe decía: Tenemos ojos y oídos, pero la perfección consiste en no ver ni oír; tenemos manos, y la perfección consiste en no servirse de ellas.
(25) Véase la Historia de China, por Duhalde, tomo II, página 27.
(26) Varios reyes de la India hacen lo mismo que en China el emperador. Véase La Relación del reino de Siam, por La Loubere, pág. 69.
(27) Venty, uno de los emperadores de la tercera dinastía, cultivó la tierra con sus manos e hizo que la emperatriz, en su palacio, trabajara la seda con las damas de su Corte.
(28) Hyde, Historia de Persia.
(29) Yendo de Lahor a Cachemira, mi cuerpo es una destiladera; toda el agua que bebo sale por todos mis miembros como un rocío, hasta por las puntas de los dedos: bebo diez pintas de agua cada día sin que me haga daño. (Viajes de Bernier).
(30) Platón, De las Leyes, lib. II. - Aritóteles, De los cuidados domésticos. - Eusebio, Preparación evangélica, lib. XII, cap. XVII.
(31) Como hizo Pitaco: véase Aristóteles, Política, lib. II, cap. III. Vivía en un clima que no estimulaba la embriaguez, y esta no era, por consiguiente, un vicio general.
(32) Libro II.
(33) El occidente de Europa no se ha librado de la horrible enfermedad; para eso nos sirvieron las Cruzadas, que si no la trajeron, esparcieron el contagio por casi toda Europa.
(34) Fue peor el remedio que la enfermedad; el acordonamiento de las ciudades ya no se practica. (Voltaire)
(35) Rigault, Del imperio otomano, pág. 84.
(36) Pudiera ser un acto complicado con el escorbuto, que en algunos países origina incomprensibles rarezas y hace que un hombre no pueda aguantarse ni a sí mismo. (Viaje de Francisco Perard, parte 2a., cap. XXI).
(37) Uso la palabra tiranía en la acepción que le daban los Romanos y los Griegos: designio de trastornar el régimen establecido, sobre todo si es el democrático.
(38) Ley de los Visigodos, lib. III, tít. IV.
(39) Véase Bernier, tomo II, pág. 140.
(40) Puede verse en la colección décimocuarta de las Cartas edificantes, pág. 403, lo que allí se dice de los usos y leyes del Indostán.
(41) Cartas edificantes, colección novena, pág. 378.
(42) Yo había creído que la blanda y llevadera esclavitud en la India era lo que le había hecho decir a Diódoro que en aquel país no había ni amos ni esclavos; pero Diódoro atribuye a toda la India lo que, al decir de Estrabon, era peculiar de una sola comarca. (Montesquieu)
Es indudable que el clima influye en la fuerza y la belleza físicas, en el genio, en las inclinaciones. Jamás se ha hablado de una Friné samoyeda o negra, ni de un Hércules lapón, ni de un Newton tupinambú; pero no creo que el ilustre autor haya tenido razones para afirmar que los pueblos del Norte hayan vencido siempre a los del Sur. Ya he citado el ejemplo de los Árabes, que en poco tiempo adquirieron por las armas un imperio tan extenso como el de los Romanos; los Romanos mismos habían plantado sus águilas en las costas del mar Negro, que son casi tan frías como las del Báltico.
Se le concede, quizá, demasiado influjo al clima. En todas las latitudes, la sociedad humana ha comenzado por pequeños pueblos que, después de haber alcanzado cierto grado de civilización, han acabado por reunirse o ser absorbidos por grandes imperios. La diferencia más visible es la que hay entre los Europeos y los habitantes del resto del globo; y esta diferencia es obra de los Griegos, que eran meridionales. Fueron los filósofos de Atenas, de Mileto, de Siracusa, de Alejandría los que han hecho a los habitantes de Europa superiores a los hombres de los demás países. Que Jerjes hubiera triunfado en Salamina, y pudiera ser que todavía fuéramos bárbaros. (Nota de Voltaire).
(43) Esta esclavitud indignaba a Montesquieu por parecerle odiosa, la imputaba por entero al despotismo de Oriente y la declaraba incompatible con la constitución de un Estado libre, olvidando que todas las democracias de Grecia habían tomado la servidumbre doméstica para asentar en ella la independencia social. (Villemain, Elogio de Montesquieu).
(44) Justiniano, Inst., lib. I.
(45) Locke (¡parece mentira!) pretende que los prisioneros hechos en una guerra justa deben quedar bajo el dominio absoluto y el poder arbitrario de sus cautivadores, y esto por derecho natural. Principio conforme a la doctrina de Aristóteles sobre la esclavitud, pero indigno de la época moderna.
(46) A menos que se quiera citar a las que se comen a sus prisioneros.
(47) Hablo de la esclavitud en el sentido estricto que tenia entre los Romanos y que tiene todavía en nuestras colonias.
(48) Biblioteca inglesa, tomo XIII, parte 2a., art. 39.
(49) Véase la Historia de la Conquista de Méjico, por Solís, y la Conquista del Perú, por Garcilaso.
(50) Labat, Nuevo viaje a las islas de América, tomo IV, pag. 114.
(51) También era devoto.
(52) Juan Perry, Estado presente de la Gran Rusia, París, 1717.
(53) Guillermo Dampierre, Nuevo viaje alrededor del mundo, tomo III; Amsterdam, 1711.
(54) Política, lib. I, cap. I.
(55) Pregúntese lo que pasa en las minas de Hungría y en las de Hartz (Alemania).
(56) De moribus Germanorum.
(57) Y esto sigue existiendo en algunos países.
(58) No podríais, dice Tácito, distinguir al amo del esclavo Por las delicias de la vida.
(59) Chardin, Viaje a Persia.
(60) Véase en Chardin, tomo II, la Descripción del zoco de Izagur. - El Corán dispone expresamente que se trate bien a los esclavos y que, si se ve que alguno tiene mérito, su señor debe compartir con él las riquezas que le ha dado Dios. Dice más: No obliguéis a las mujeres esclavas a que se os prostituyan. En Constantinopla se castiga con la muerte al patrono que mata a su esclavo, si éste no había levantado la mano contra él. Y si una mujer esclava prueba que ha sido violada por su patrono, inmediatamente se la declara libre y con derecho a una indemnización. (Voltaire).
(61) Ley de los Visigodos, lib. III, tito I, párr. 1.
(62) ldem, lib. V, tít. VII, párr. 20.
(63) Ley de los Visigodos, lib. IX, tito I, párr. 9.
(64) Ley de los Alemanes, cap. V, párr. 3.
(65) Ley de los Alemanes, cap. V, párr. 5, per virtutem.
(66) Sicilia fue más cruelmente devastada por la guerra de los esclavos que por la guerra púnica. (Floro, lib. III).
(67) Jifilino, in Claudio.
(68) Según la ley turca, el amo tiene derecho de vida y muerte sobre su esclavo, pero la ley civil no le permite usar de tal derecho. Sin embargo, un inglés hizo ahorcar a un esclavo, en su casa, y eludió toda responsabilidad a fuerza de dinero. En Turquía se paga con dinero la sangre derramada. (Guys, Cartas sobre la Grecia, núm. XXX).
(69) código de patria potestate la ley III, que es del emperador Alejandro
(70) Plutarco, De la superstición.
(71) Véase la Constitución de Antonino Pío, Instit., lib. I, tít. VII.
(72) Libro IX.
(73) El mismo espíritu inspiró frecuentemente las leyes de los pueblos oriundos de Germania, como se ve en sus códigos.
(74) Demóstenes, Discurso contra Midiam, pág. 640 en la edición de Francfort de 1604.
(75) Tácito, Anales, lib. XIII.
(76) Suplemento de Freinshemio, segunda década, lib. V.
(77) Exodo, cap. XXI.
(78) Tácito, Anales, lib. XIII.
(79) Véase la Arenga de Augusto, en Dion, lib. XLV.
(80) En el Tonkín, todos los mandarines civiles y militares son eunucos. (Dampier, tomo III, pág. 91). - En China, en otro tiempo, sucedía otro tanto; los dos árabes que viajaron por China en el siglo IX dicen el eunuco siempre que hablan del mandarín de algún lugar. (El relato de estos viajeros fue publicado en francés por el abate Renaudot, París 1718).