CAPITULO SEXTO
EL ESTUDIO EXPERIMENTAL DE LOS CONCEPTOS FREUDIANOS
Siéntate ante el hecho como un niño pequeño,
prepárate a abandonar toda noción preconcebida,
sigue humildemente hacia los abismos a que te conduzca la naturaleza,
o no aprenderás nada.
T. H. Huxley
Hemos visto en precedentes capítulos que Freud efectivamente rehusó usar dos de los principales, bien establecidos y científicos métodos para respaldar sus temas teóricos. Se opuso al uso de pruebas clínicas, con grupos experimentales y de control, para evaluar la efectividad de la terapia sobre la que había basado sus pretensiones sobre el valor científico de sus teorías. Igualmente, rehusó reconocer la relevancia de la observación detallada y fáctica del niño para demostrar sus teorías psicosexuales del desarrollo. ¿Cuál fue su actitud ante el tercer método principal que utilizan los científicos para respaldar sus teorías, concretamente el acceso experimental?. Aquí el experimentador varía una condición que se piensa que es relevante para el fenómeno en cuestión y observa el efecto sobre el mismo fenómeno; es decir, manipula la variable independiente y estudia su influencia sobre la variable dependiente.
La actitud de Freud ante esto, probablemente el más decisivo y convincente método científico, es revelada en su famosa postal a Rosenzweig, fechada en 1934, que es una réplica al informe que Rosenzweig le mandó sobre sus intentos de estudiar experimentalmente la represión. Freud dijo: «No puedo atribuir mucho valor a esas confirmaciones porque la validez de las observaciones fiables sobre las cuales reposan esas aserciones las hace independientes de la verificación experimental. Añadió magnánimamente: « No obstante, no puede hacer ningún daño». Nada podría demostrar más claramente el carácter no-científico de Freud; en su opinión, no hacían falta experimentos para confirmar sus hipótesis, ni tampoco podían influenciarlas. Ninguna otra disciplina solicitando atención se ha distanciado más clara y decisivamente de la comprobación experimental de sus teorías; incluso la astrología y la frenología hacen propuestas que son empíricamente comprobables, y han sido comprobadas, aunque sin éxito.
Está claro que hay dificultades en llevar a cabo experimentos cuando se trata de sujetos humanos, y cuando las teorías tratan de fenómenos más bien intangibles. Las consideraciones éticas juegan un papel importante; no podemos causar emociones demasiado fuertes en nuestros sujetos de laboratorio, porque ciertamente no sería permisible. En conjunto, las teorías freudianas se ocupan sobre todo de emociones, y éstas son difíciles de producir artificialmente. Los juegos de laboratorio hacen sentirse incómodos a la mayoría de sujetos, y ello interfiere a menudo en lo que el experimentador espera que serían las reacciones normales ante estímulos experimentales. Los experimentos con seres humanos no son imposibles, pero son difíciles, y requieren una buena dosis de ingenuidad y persistencia. Mucho se ha hecho en este sentido, a pesar del desdén de Freud, y una admirable relación de tales estudios se encuentra en el libro de Paul Kline, «Hecho y Fantasía en la teoría freudiana». H. J. Eysenk y G. D. Wilson, en su libro «El Estudio Experimental de las Teorías Freudianas» se concentraron en los experimentos que se supone respaldan mejor las teorías de Freud, haciendo notar las falacias metodológicas y estadísticas involucradas, y el rechazo de las teorías alternativas para explicar los resultados, un fallo que es característico de una buena parte de tal literatura. En este capítulo sólo podemos echar una ojeada a algunas de las más interesantes y memorables investigaciones que se han hecho, principalmente para indicar la manera en que los psicólogos han tratado de soslayar las dificultades inherentes al acceso experimental.
Algunos de los procedimientos utilizados por psicólogos y psicoanalistas son ciertamente muy curiosos, y de hecho no deberían ser considerados como experimentales en un sentido significativo. Consideremos, por ejemplo, los «experimentos » hechos por G. S. Blum, usando los llamados «dibujos de Blacky». Esos dibujos son un juego de doce caricaturas representando una familia de perros, en situaciones que son particularmente relevantes para la teoría psicoanalítica. La familia consta de cuatro perros: los padres, Blacky (que puede ser macho o hembra, dependiendo del sexo del sujeto que se somete al test), y Tippy, un hermano de Blacky. A los sujetos se les pide que expresen una pequeña historia sobre lo que ellos piensan que sucede en cada dibujo, y cómo se siente cada uno de los protagonistas. Entonces el experimentador anota ese relato espontáneo para la presencia o ausencia de perturbaciones en el área afectada. Además el sujeto debe responder a diversas preguntas sobre las caricaturas, y también debe clasificar los dibujos entre los que le gustan y los que no le gustan, y de entre ambos grupos, escoger el que más le gusta y el que menos. Ambas elecciones se supone que son síntomas de perturbaciones en las áreas relevantes. Como ejemplo de esta clase de interpretación, una de las caricaturas representa a un Blacky macho contemplando a sus padres mientras hacen el amor; esto se supone que es indicativo de una intensidad edípica. Blacky lamiendo sus genitales se supone que es indicativo de culpabilidad masturbadora; Blacky viendo como los padres acarician a Tippy muestra una incipiente rivalidad entre hermanos, etcétera. Otra caricatura muestra a Blacky mirando a Tippy, cuya cola está a punto de ser cortada; se supone que esto indica ansiedad de castración en los machos o deseo de pene en las hembras (!).
Kline ha observado un elevado número de estudios llevados a cabo con estos dibujos, y concluye que «se descubrió que la mayoría de estudios no se relacionaban en absoluto con la teoría. Sólo dos de ellos parecen ser verdaderamente relevantes... uno de ellos respaldaba la teoría (el carácter anal), el otro, no (el carácter oral)». En esos dos estudios, la hipótesis analizada fue la noción de Freud de que los niños pasan a través de una variedad de etapas (anal, oral, genital) y pueden quedar fijados en una de tales etapas, desarrollando un temperamento apropiado. Se supone que el carácter anal está constituido por los rasgos de la parsimonia, el orden y la tenacidad, y procede de un erotismo anal reprimido. El carácter oral, por otra parte, se caracteriza por la impaciencia, la hostilidad, la verborrea y la generosidad. Parece que las personas que tienen el llamado carácter anal adoptan la reacción apropiada ante los relevantes dibujos Blacky, pero los que tienen el llamado carácter oral no consiguen mostrar la reacción correcta ante los dibujos correspondientes al carácter oral. En el mejor de los casos, pues, llegaríamos a una solución que es completamente indecisa, pero ¿no hay explicaciones alternativas del aparentemente positivo resultado? . Como ha sido observado, mas bien groseramente, los dibujos «anales» de Blacky son un tosco índice de estudios de perros defecando, y uno hubiera esperado que la reacción del tipo de persona más bien introvertida (cuya conducta se parece más a la del llamado tipo anal) se diferenciara de la del tipo extrovertido. Así, hay una clarísima explicación alternativa, que no es tomada en consideración por los que llevan a cabo estos tests.
En cualquier caso, la suma de resultados positivos no es lo bastante amplia para justificar una gran confianza en el valor de la técnica, o en la supuesta verificación de las hipótesis freudianas. Otras técnicas llamadas «proyectivas», es decir, estudios en los que dibujos o manchas de tinta son mostrados al sujeto y éste debe inventar historias a propósito de ellos, «proyectando» así sus ideas sobre los dibujos, han sido usadas también para estudiar los complejos de Edipo y de castración. Kline los ha estudiado y los encuentra totalmente inconvincentes, con la posible excepción de un estudio en el cual se comparaban a niños israelíes de un kibbutz con otros que no habían estado en un kibbutz, usando los dibujos Blacky. Las hipótesis eran que cuando se comparaba a los niños criados en un kibbutz con otros criados en una familia, los niños de un kibbutz exhibirán menos intensidad edípica, mientras que los niños de una familia mostrarían mayor identificación con el padre. Estas hipótesis fueron respaldadas, en muestras muy pequeñas, pero, ¿respaldan realmente los resultados la teoría freudiana?. En el kibbutz los niños son criados por una nurse, viven comunalmente, y ven a sus padres sólo un rato en el curso del día (generalmente por las noches). Tal régimen parecería originar las diferencias observadas, pues cuanto menos se ve a los padres, más pequeño es el apego emocional hacia ellos. Esto no parece tener mucho que ver con el complejo de Edipo; hay una interpretación perfectamente natural basándose en el sentido común. Así, el trabajo con los dibujos Blacky, tal vez el ejemplo más ampliamente citado de estudios empíricos respaldando las teorías freudianas, resulta tener muy poco valor verídico por lo que se refiere a estas teorías. Las deducciones extraídas son de dudoso valor, se descubre que las interpretaciones no son de fiar, y se sabe que las respuestas varían de una ocasión a otra. Y lo que es peor de todo es que los resultados que se presentan como positivos pueden ser, por lo general, más fácilmente interpretados en términos de sentido común que no recurren a hipótesis freudianas en absoluto. Kline dedica muchas páginas a un debate sobre los diversos hallazgos de autores que utilizaron los dibujos Blacky, y llega, en conjunto, a una conclusión similarmente pesimista.
La teoría psicosexual de Freud, que es de una importancia capital en su obra, implica tres proposiciones empíricas básicas. La primera es que existen ciertos síndromes de personalidad adulta, y que pueden ser medidos y demostrados, y la segunda que esos síndromes se relacionan con procedimientos de la crianza del niño. La tercera implicación, concretamente la de que el erotismo progenital puede observarse en los niños, ya ha sido debatida y no vamos a tratar de ella aquí. Freud postula esencialmente tres fases que conducen a una cuarta y última fase. Como él dice: «La vida sexual no empieza sólo en la pubertad, sino que se inicia con manifestaciones claras poco después del nacimiento... la vida sexual comprende las funciones de obtener placer de zonas del cuerpo... una función que más tarde es puesta al servicio de la de la reproducción». Este impulso sexual se manifiesta a través de la boca durante el primer año de la vida del niño; es la llamada fase oral. Le sigue la fase anal, cuando hacia el tercer año de la vida la zona erotogénica del ano se convierte en la central. En tercer lugar, hacia los cuatro años de edad, llega la fase fálica. La fase final de la organización sexual es la fase genital, que se establece después de la pubertad, cuando todas las fases previas están organizadas y subordinadas a la finalidad sexual adulta en la función reproductiva.
Freud mantiene que esta sexualidad infantil es crítica en el desarrollo de la personalidad del individuo, y su represión produce ciertos rasgos de personalidad adulta, tales como la triada de la parsimonia, el orden y la obstinación, que se supone se derivan de la represión del erotismo anal. Como dice Freud: «Los rasgos permanentes del carácter son, o bien perpetuaciones incambiables del impulso original, sublimaciones de las mismas, o bien formaciones de reacción contra ellos». Así, él considera el besar como la perpetuación del erotismo oral, el sentido del orden como una formación de reacción contra el erotismo anal, y la parsimonia como una sublimación del erotismo anal. Las diferencias en la crianza del niño, tales como la duración y naturaleza del proceso de nutrición y destete, son responsables del efecto final que se observa como rasgos de personalidad en el adulto. ¿Cuál es la evidencia?. Puede decirse que existe alguna evidencia observativa de que los rasgos que Freud creía que iban juntos para formar esas diversas constelaciones, de hecho van juntos. Esta es una condición necesaria pero no suficiente para aceptar esquemas. Como ejemplo, tomemos el pesimismo oral como opuesto al optimismo oral. Esto fue investigado por Frieda Goldman-Eisler que seleccionó diecinueve rasgos que han sido mencionados por escritores psicoanalíticos como portadores de connotaciones orales; concretamente, optimismo, pesimismo, exocatexis (es decir, relaciones emocionales ante cosas y acontecimientos externos), endocatexis (reacciones similares ante eventos internos), crianza, pasividad, sociabilidad, apartamiento, agresión, culpabilidad, dependencia, ambición, impulsión, deliberación, cambio, conservadurismo e inasequibilidad. Estos rasgos fueron evaluados en ciento quince sujetos adultos, y sus inter-relaciones establecidas. Lo que surgió fue una dimensión clara, yendo desde el polo optimista oral (apartamiento, endocatexis, pesimismo, dependencia, pasividad). Aparentemente, pues, la hipótesis freudiana había sido demostrada.
No obstante una inspección más detallada de los resultados y de los elementos utilizados para la evaluación deja muy claro que la dimensión etiquetada por Goldman-Eisler «optimismo oral contra pesimismo oral» es, de hecho, muy parecida, e incluso idéntica, a una bien conocida dimensión de la personalidad, llamada extraversión-introversión. Exocatexis e indocatexis son simplemente traducciones griegas de los términos «extraversión» e «introversión»; es bien conocido que los extrovertidos buscan el cambio, mientras los introvertidos son pasivos y solitarios, etcétera. Ciertamente estas observaciones se remontan a Hipócrates y a los antiguos griegos, de modo que no puede sorprender que Freud notara las mismas relaciones de rasgos que han sido observadas por filósofos y psicólogos durante cientos de años. Por consiguiente debe decirse que esta relación es completamente freudiana.
Lo que importa es la hipótesis causal de Freud, que relaciona esas constelaciones de rasgos con los acontecimientos de los primeros tiempos de la vida del niño. A priori este es un postulado inverosímil, porque, en primer lugar, hay ahora clara evidencia de que los rasgos de personalidad de este tipo se basan muy fuertemente en fundamentos genéticos; en otras palabras, son mucho más heredados que adquiridos. Esto inmediatamente reduce de una manera considerable la importancia de la manipulación del medio ambiente.
Con todo, posiblemente aún más importante es la distinción hecha por los modernos geneticistas conductistas que hablan de determinantes ambientales dentro de la familia y entre la familia. Cuando hablamos de determinantes ambientales entre la familia, nos referimos a cosas tales como diferentes status socioeconómicos, diferentes facilidades educacionales, diferentes cualidades intelectuales del hogar, diferentes valores paternales y maternales, hábitos y prácticas de crianza, etc.; en otras palabras, nos ocupamos de los rasgos ambientales que distinguen a una familia de otra.
Los factores determinantes dentro de la familia se relacionarían con factores que diferencialmente afectan a niños dentro de una misma familia. Un ejemplo podría ser que un niño tuviera un maestro particularmente bueno mientras su hermano o hermana tuviera mucha menos suerte. O un niño puede contraer una seria enfermedad, mientras los otros niños de la familia escapan a ella. Ahora, ha quedado claramente demostrado en varios estudios a gran escala en los Estado Unidos, el Reino Unido y Escandinavia, que los determinantes ambientales de la personalidad que restan cuando los determinantes genéticos aparecen, son factores de «dentro de la familia»; en otras palabras, no hay pruebas del tipo de determinante ambiental que Freud propone. Por tales motivos no esperaríamos encontrar ninguna evidencia positiva para la determinación de los grupos de personalidad observados en la primitiva historia de la nutrición, destete, enseñanzas de aseo, etc., del niño.
En conjunto la evidencia no logra proporcionar ninguna prueba válida en este punto. Se hallan ocasionalmente muy pequeñas relaciones (no siempre en el sentido esperado), pero cuando se dan, usualmente hay una explicación alternativa mucho más respaldada que la freudiana. Así Frieda Goldman-Eisler obtuvo ligeras correlaciones entre destete temprano y pesimismo oral, y lo interpretó en términos freudianos. Pero considerando la frecuentemente demostrada importancia de factores genéticos, ¿no es igualmente verosímil que madres introvertidas, pasivas y solitarias tengan niños introvertidos, pasivos y solitarios, y que tales madres desteten a sus hijos más pronto que las madres optimistas y extrovertidas?. Una vez más, por lo tanto, tenemos un caso en el cual una explicación ambiental de la correlación entre padres e hijos es la preferible cuando no hay evidencia que nos permita descontar la alternativa genética.
Debiera también tenerse en cuenta que hay muchos rasgos en el estudio de Goldman-Eisler que van directamente en contra de la predicción freudiana. Así, como hace observar, «los datos no confirman la afirmación psicoanalítica de que toda frustración, impaciencia y agresión oral son inseparables o incluso relacionadas». En su análisis estadístico, ella consideró necesario postular dos factores para explicar todas las inter-relaciones entre los rasgos, más que el factor que la teoría freudiana postularía. Kline, en la primera edición de su libro, analizando los resultados relativos a los síndromes de la personalidad psicosexual, se vio obligado a admitir la siguiente conclusión: «De entre el considerable número de estudios que tratan de relacionar los procesos de crianza del niño con el desarrollo de la personalidad, sólo dos estudios respaldan levemente la teoría freudiana». Aquí se refiere al estudio de Goldman-Eisler del que acabamos de hablar, y a uno suyo, en el que utilizó los dibujos Blacky. Kline es considerablemente más sofisticado que la mayoría de autores en este campo, y en particular se esfuerza en demostrar que la teoría psicoanalítica en dicho campo es más compleja de lo que muchos investigadores habían supuesto. Observa que «además del variable ambiental existe el variable constitucional (el sello anal)... sólo cuando se aplica un severo entrenamiento a un niño del sello anal, se desarrollará el carácter anal». En otras palabras, se da cuenta de que los factores genéticos juegan un papel importante, e interactúan con variantes ambientales, tales como acostumbrar al niño el uso del orinal, para producir (¡si, de hecho, lo producen!) el carácter anal. Lo que Kline descubrió fue que resultados altos en su escala de obsesionalidad y otros cuestionarios similares tenían una significativa correlación con el grado de perturbación mostrado por estudiantes confrontados con la caricatura de un perrito negro defecando entre las perreras de sus padres (relativo a su respuesta a otra variedad de caricaturas Blacky), La correlación con obsesionalidad fue positiva para respuestas al crítico dibujo Blacky, tanto si eran clasificadas como «expulsivas anales» (venganza o agresión expresada contra los padres) o «retentivas anales» (mención de ocultación a los padres de la necesidad de limpieza).
Es difícil ver cómo esas correlaciones le permiten afirmar que «el estudio respalda las hipótesis freudianas relativas a la etiología de rasgos y síntomas obsesionales». Sobre el papel admite que toda vez que la teoría psicoanalítica específicamente hipotetiza que el carácter anal resulta de la fijación en la fase retentiva», debiera haber una correlación negativa con el resultado expulsivo»; el hecho de que la correlación es posible no parece preocuparle demasiado, aun cuando normalmente, en la Ciencia, uno creería que obtener resultados que eran exactamente los opuestos a lo que uno había predicho, no debiera permitirle a uno afirmar que los resultados respaldaban la hipótesis.
Kline también afirmó que sus resultados deben respaldar las teorías de Freud porque «no hay razón lógica para enlazar respuestas a un dibujo de un perro defecando con los rasgos obsesionales». Pero observando sus cuestionarios nos damos cuenta de que contienen elementos relativos a la preocupación por la limpieza, por ejemplo: «Cuando usted come, ¿se pregunta cómo estarán las cocinas?», y «¿considera usted anti-higiénico tener perros en casa?». ¿Es realmente irracional esperar respuestas a estas preguntas que se relacionan con el dibujo de un perro defecando?. La preocupación por la higiene, la limpieza, el orden y el autocontrol (aptitudes a estas cualidades son inevitablemente evocadas por este particular dibujo Blacky) son claramente vitales en el síndrome de personalidad obsesional tal como es definido en el cuestionario de Kline, y a causa de su contenido no es necesaria ninguna aplicación freudiana para juzgar sus resultados.
En última instancia, aunque no la menos importante, Kline asume completamente que el dibujo de Blacky defecando es una medida de «erotismo anal», pero mientras podemos estar de acuerdo en que el dibujo, de alguna manera, se relaciona con la parte «anal» de la frase, es difícil encontrar justificación alguna para asumir que es, también, «erótico». En inglés, esta palabra se refiere al amor (en esencial de tipo sexual); lo que significa exactamente para Freud no queda muy claro en los escritos de Kline, y éste no parece sentirse obligado a especificar de qué manera el dibujo de Blacky debiera ser considerado como una «medida objetiva de erotismo anal». Así, ni el estudio de Goldman-Eisler ni el de Kline nos dan razón alguna para sospechar que hay un significado etiológico en los factores que Freud supone críticamente que determinan la personalidad.
Hay otras fuentes de evidencia que aparentemente respaldan la opinión de que los primeros hechos ambientales en la historia de un niño determinan el desarrollo posterior de su carácter, siguiendo la línea de las hipótesis freudianas. Algunas de las más prominentes serán estudiadas más tarde cuando nos ocupemos de la influencia de Freud sobre la antropología, y la evidencia hallada en culturas diferentes de la nuestra. Veremos que, allí, la evidencia es igualmente tenue, y deja de respaldar por completo la visión psicoanalítica.
Consideremos ahora lo que son más propiamente llamados estudios experimentales, dirigidos al problema de la represión. Según Freud, «la esencia de la represión se basa simplemente en la función de rechazar y guardar algo fuera de la conciencia». La represión es una especie de mecanismo de defensa, para proteger al individuo contra experiencias emocionales desagradables. Hay varios estudios ilustrando el acceso experimental de este concepto. En uno de ellos se usaron dos historias del tema de un sueño; uno era una secuencia de un sueño edípico, la otra, similar, pero no edípico. A los sujetos se les leía una historia o la otra, y luego se les pedía que volvieran a contarlas. En el caso del tema edípico el recuerdo fue significativamente peor, tal como se predecía sobre la base de la teoría de Freud.
En otro estudio, se sometió a los sujetos a un test de asociación de palabras, usando cien palabras, y se les pedía que dijeran una palabra en respuesta a la palabra de estímulo propuesta por el experimentador; durante este test se tomaron varias medidas fisiológicas y de tiempo de reacción. El experimentador, entonces, mostró a cada sujeto diez palabras con perturbaciones de asociación, tales como largo tiempo de reacción, índices fisiológicos de emoción, etc. y diez sin ellas. Entonces cada sujeto debía de aprender a decir una palabra particular en respuesta a un dibujo. Tras esto, diferentes grupos de sujetos eran vueltos a llamar después de diversos intervalos de tiempo (quince minutos, dos días, cuatro días, siete días) y se les pedía que recordaran tantas palabras aprendidas como les fuera posible en cinco minutos; entonces debían volver a aprender los emparejamientos.
Se hicieron dos descubrimientos. Las palabras emotivas requirieron muchos más ensayos que las neutras para ser recordadas, y no hubo diferencia en la retención de palabras perturbadoras o neutras. Se pensó que la primera de estas conclusiones confirmaba la teoría freudiana, pero la segunda, en cambio, no la respaldaba. No obstante, hubo una mucha mayor variedad de asociaciones para las palabras perturbadoras, y como este factor del número de asociaciones a palabras neutras y perturbadoras no fue controlado, los resultados supuestamente positivos de ese estudio no pueden ser usados como corroboración del concepto freudiano de la represión.
Hay otros estudios que demuestran, dejando mejores técnicas experimentales, que el olvido de asociaciones está relacionado con la emotividad de los estímulos, y Kline concluye que «esto es, pues, un claro ejemplo de represión freudiana». Desgraciadamente, hay hipótesis alternativas que explican estos hechos. Se ha demostrado experimentalmente que el aprender pasa por dos etapas. La primera de ellas, la memoria a corto plazo, consiste en circuitos repercusivos en la corteza, que pueden retener información sólo por un breve espacio de tiempo. Para llegar a ser realmente disponible más tarde, la información debe ser transferida a la memoria a largo plazo, que consiste en unos arraigos químicos en las células. Este proceso de transparencia es llamado consideración, y es facilitado por la excitación cortical, es decir, por el grado en que el cerebro es vigorizado. Hay evidencia que demuestra que este proceso de consolidación precisa de tiempo, y que mientras el material está siendo consolidado, no está disponible para su recuperación, es decir, que la persona no puede recordarlo. Esta es la teoría llamada «disminución de la acción», y causa considerables dificultades en la interpretación de los descubrimientos tales como los arriba mencionados. Se sabe que las palabras que producen emociones aumentan la excitación cortical, y por eso producen la disminución de acción «durante el período de consolidación». Esta es una teoría alternativa a la freudiana que no tomaron en consideración los autores que realizaron los experimentos que acabamos de describir; tiene un respaldo experimental mucho más firme que las teorías de Freud, y a menos de ser demostrada como falsa experimentalmente, debemos concluir que los experimentos sobre la represión no nos dan ninguna clase de respuesta definitiva a esa cuestión. Se necesitaría un esquema mucho más cauteloso del experimento para descartar una interpretación basada en los términos de la disminución de la acción.
Ciertamente, lo que resulta una y otra vez del examen de la literatura empírica y experimental es que los autores, prácticamente siempre omiten, en sus estudios y resultados, tener en cuenta el punto de vista de la teoría psicológica, para ver si también podían haber sido predichos, igual o mejor, en términos bien conocidos de los psicólogos académicos, más que en términos freudianos. Hemos ya observado esta actitud en el caso del pequeño Hans, donde, a pesar de que los hechos de la situación pueden ser muy fácilmente explicados en términos de la teoría del condicionamiento, los psicoanalistas nunca han tratado de hacerlo, ni de preparar tests empíricos que pudieran diferenciar entre estos dos tipos de teoría. Elaborar experimentos para decidir entre tales teorías es considerado como una ocupación excepcionalmente útil y valiosa para el hombre de ciencia, y aunque es muy difícil llegar a conclusiones muy claras y a experimentos cruciales, interpretar resultados en términos de una sola teoría, descartando completamente posibles alternativas no se encuentra ciertamente en la mejor tradición de la investigación científica.
Consideremos ahora algunos estudios (18) reputados como especialmente bien concebidos y decisivos en sus conclusiones, con referencia particular a posibles explicaciones alternativas. El primer estudio a tener en cuenta es uno que se ocupa de los que se chupan el dedo. Se hizo un estudio sobre la relación entre experiencias de primera nutrición en la infancia y el chupado de dedos en los niños, probando varias hipótesis freudianas relacionando el chupado con la oralidad. La primera cosa que se observa es que dos de las hipótesis centrales dejaban de obtener confirmación. La cantidad de alimentación por el pecho que se le había dado a un niño no predecía ni la duración ni la severidad del chupado de dedos en época posterior de la infancia, ni tampoco había relación significativa entre la edad en que se producía el destete y la duración o intensidad del chupado de dedos. Estos hallazgos son decisivamente antifreudianos. Dos descubrimientos que podían ser interpretados en términos freudianos eran los siguientes: los niños que habían sido destetados tarde mostraban una reacción más severa ante el destete que niños destetados pronto, y niños que tenían un tiempo de alimentación -en promedio- corto, por biberón o por pecho, mostraban mayor severidad y persistencia en el chupado de dedos. ¿Pueden estos hallazgos ser realmente usados para respaldar las teorías freudianas?.
Nótese, antes que nada, que los niños no fueron asignados por azar: a un grupo de niños tempranamente destetados, se opuso otro grupo destetados tarde. Por consiguiente, no podemos descartar la posibilidad de lazos genéticos entre la conducta de los padres y la conducta de sus hijos. Una nutrición insuficiente o excesiva por parte de la madre puede reflejar una característica de su personalidad que se manifiesta en el niño con un interés y prolongado chupado de dedos (es decir, en una general emotividad y neuroticidad). Otra posibilidad es que la conducta de los niños haya influenciado la manera en que serían tratados por sus padres. Por ejemplo, se ha descubierto que los niños que tardaron en ser destetados y mostraron una reacción más severa contra el destete pudo ser debido a que se les permitió mamar del pecho o del biberón más tiempo de lo debido porque, en caso contrario habrían reaccionado fuertemente contra el destete. Pero también podemos cuestionar por qué un corto período de nutrición implica necesariamente una «gratificación inadecuada», como supone el autor. ¿Debemos creer que la madre que nutre poco, realmente le quitó el biberón al bebé antes que éste hubiera terminado?. Lo más verosímil es que se lo quitara al captar signos del niño indicando que ya tenía bastante (por ejemplo, vomitando). La mayoría de las madres saben que los niños varían enormemente, tanto en los momentos en que extraen leche del pecho o del biberón, como en la cantidad que requieren antes de llegar a la saciedad. Parece probable, pues, que el tiempo de nutrición haya sido determinado tanto por el niño como por la madre.
Por lo que se refiere a la relación entre la cortedad del tiempo de nutrición y la cantidad de chupado de dedos en la infancia posterior, que es realmente el único hallazgo positivo con algún sentido en la teoría freudiana del erotismo oral, debemos recurrir de nuevo a la conexión genética entre la conducta de la madre y la del niño, o deberemos una vez más sugerir que los tiempos de nutrición cortos han sido determinados por el niño, más que por la madre. Si debiéramos de postular «un impulso de chupar« generalizado, que variara de un niño a otro independientemente de la cantidad de alimentos requerida para la satisfacción del apetito, entonces el niño que chupa con mucha ansia del pecho o del biberón (mostrando así un tiempo de nutrición corto porque el punto de saciedad se alcanza más pronto) también debería tender a ser el niño que muestra un más severo y persistente chupado de dedos. Esta sería una teoría genética alternativa que encaja con los hallazgos reales.
Hay otra explicación posible. Todos los datos en cuestión se obtuvieron de informes retrospectivos facilitados por las madres, y aún cuando se concedió un plazo de seis meses entre los hechos anotados y el día en que fueron recogidos por el interrogador, debemos, no obstante creer en la existencia de alguna distorsión debida a los efectos de la motivación en la memoria. Si debemos asumir un factor de « deseabilidad social » que induce a muchas madres a querer impresionar al doctor más que otras, entonces la madre que informa que su hijo se chupa poco el dedo será también, probablemente, la madre que informa que ella pasó mucho tiempo nutriendo pacientemente a su hijo. Así, tendremos una plétora de hipótesis alternativas, ninguna de las cuales será tomada en consideración por el autor del informe, pero todas las cuales serán probablemente más verosímiles que la teoría freudiana que él sí tomó en consideración.
Una de las áreas en la cual el psicoanálisis ha sido particularmente importante es la de los desórdenes psicosomáticos: es decir, ciertas enfermedades que se supone son desencadenadas por eventos mentales, relacionados con la sexualidad infantil, el complejo de Edipo y otros, etc... El asma es una de tales enfermedades, y gran parte del moderno énfasis sobre la génesis psicológica del asma ha tenido que ver con la idea de que el significativo proceso psicodinámico en el paciente asmático es el miedo inconsciente a la pérdida de la madre, y que el ataque de asma es un llanto reprimido. Otro acceso etiológico al asma ha sido la consideración del papel jugado por los olores, y un par de investigadores trataron de demostrar la hipótesis de que los ataques asmáticos representan «un medio de defenderse fisiológicamente contra la activación mediante olores de conflictos no solventados en la infancia». Los autores utilizaron dos accesos: primero, recogieron información sobre los tipos de olores que provocaban ataques en los asmáticos, y pudieron clasificar un 74% de ellos como «derivativos anales»; segundo, anotaron asociaciones libres de asmáticos y controles sanitarios a una variedad de olores, y descubrieron que los asmáticos mostraban más «bloqueos de asociaciones» que los controles. Todo esto se supone respaldar una teoría psicodinámica que postula alguna forma de etiología anal del asma. Es difícil ver cómo los hechos confirman esto. Los olores denunciados por los asmáticos como implicados en sus ataques se clasificaron en tres grupos: los relacionados con alimentos (tocino, cebolla y ajo), los relacionados con el romance (perfume, primavera, flores) y los que tienen que ver con limpieza-suciedad (incluyendo olores sucios y desagradables, desinfectantes, azufre, humo, pintura, caballos, etc.). Habiendo ofrecido esta clasificación, los autores súbitamente dan un «salto» lógico que asegura el respaldo a la teoría psicoanalítica: estos tres grupos de olores son llamados «oral», «genital» y «anal», respectivamente, y como el 74% de todos ellos entran en la última categoría se supone que toda la teoría freudiana sobre el significado de los experimentos con orinales en la infancia, etc., queda así demostrada. Parece no habérseles ocurrido a los autores que su categoría «anal» era considerablemente más amplia que las otras dos categorías juntas, en términos de los olores abarcados, o que el 74% de los olores incluidos en esa categoría tienen asociaciones sucias y son mucho más desagradables que los olores de perfumes y de alimentos a la gran mayoría de gentes no-asmáticas. Sólo dos de entre cuarenta y cinco en esta categoría eran anales en el sentido literal (es decir, el olor a heces); la relación del ano con olores de humo, barniz, pintura, alcanfor, etc., parece más bien tenue.
Todo lo que parece haberse demostrado, de hecho, es que los olores que evocan ataques asmáticos tienden a ser los que la mayoría de la gente consideraría desagradables. En una base evolutiva hubiéramos podido esperar que estos olores produjeran una reacción de aversión biológica, y como los síntomas del asma involucran un encogimiento de los pasos del aire no es irracional interpretarlos como la representación de una tentativa de evitar absorber olores que son particularmente ofensivos para el individuo. Es difícil ver qué relación tienen estos «hallazgos» con el ano o con «conflictos no resueltos en la infancia»; parecen encajar con la teoría fisiológica de la hipersensibilidad de los asmáticos muy bien, pero no tienen nada que ver con la teoría freudiana.
Según la teoría freudiana, el mayor número de «asociaciones bloqueadas» debiera haber ocurrido con los olores anales, pero en la realidad la diferencia entre el grupo asmático y el grupo de control se encontró en las tres categorías de olores. E incluso si estamos dispuestos a aceptar el bloqueo de asociaciones como una medida válida de emotividad, no es evidente por sí mismo que los olores, hasta el punto en que se hallan implicados en el desencadenamiento de los ataques asmáticos, tiendan a ser más amenazadores para los asmáticos que para los controladores, y susciten en aquellos una emoción mayor. Después de todo, los síntomas de asma son muy desagradables; ¿por qué debiéramos sorprendernos de que los pacientes den muestras de emotividad cuando son sometidos a estímulos que verosímilmente van a precipitar el ataque?.
En otro estudio se probó la hipótesis de que los deseos pasivos orales desempeñan un papel importante en causar úlceras pépticas. La diferenciación, aquí, está en las características de los alimentos que aportan una oportunidad diferencial del pasivo oral (chupar), como opuestos a los de una gratificación agresiva oral (morder). Según la teoría, debemos esperar que las personas orales pasivas prefieran el primero de cada uno de los siguientes alimentos característicos, y las personas orales regresivas, el segundo: blando y duro, líquido y sólido, dulce y amargo, soso y salado, húmedo y seco, suave y sazonado, espeso y fino, pesado y ligero. Según la teoría psicoanalítica, la frustración de intensos anhelos de gratificación pasiva oral juega un significativo papel etiológico en la formación de las úlceras pépticas. Los autores del estudio compararon a treinta y ocho pacientes de úlceras pépticas con sesenta y dos pacientes que no padecían úlceras gastro-intestinales sobre un cuestionario de preferencias, y descubrieron que el primer grupo obtenía un resultado «pasivo oral» más alto, es decir, que escogían blando, líquido, dulce, soso, húmedo, suave, espeso y pesado, con preferencia a los alimentos del segundo grupo. ¿Respaldan estos resultados la hipótesis psicoanalítica?. La posibilidad más obvia parece ser que los pacientes de úlcera, prefieren los alimentos «pasivos» porque son más fáciles de digerir e irritan menos el estómago que los alimentos «agresivos». Tal consideración no parece desempeñar papel alguno en el grupo de control, donde los diagnósticos incluidos sugieren que los desórdenes sufridos por muchos de los sujetos podían ser clasificados como agudos o traumáticos, comparados con úlceras que son característicamente crónicas y constitucionales. Desórdenes tales como hernia, cáncer y lesiones en accidentes de coche no parecen entrañar una modificación en las preferencias alimentarías de sus pacientes, mientras que las úlceras tienden a desarrollarse lentamente a lo largo de prolongados períodos de tiempo antes de ser precisa la cirugía... el tiempo suficiente, tal vez, para que se produzcan cambios de adaptación en la selección de alimentos, que pueden ocurrir, ya espontáneamente, ya por consejo médico.
Lo que este estudio ha demostrado realmente es una relación entre úlceras y preferencias en alimentos. Esto nos dice muy poco sobre la tendencia de causa y efecto. Tal vez las diferencias de alimentos están directamente implicadas en la etiología de las úlceras, y nuestra constitución bioquímica está parcialmente influenciada por los productos químicos que ingiere nuestro cuerpo en la forma de alimentos. Hay muchas otras hipótesis alternativas, tales como que tanto las úlceras como las preferencias alimentarías reflejan una cierta «tercera variable», tal vez inestabilidad emocional, o ansiedad. El estudio deja la puerta claramente abierta a las interpretaciones alternativas.
Como último ejemplo de estudio empírico de procesos de enfermedades psicosomáticas de una clase psicodinámica, consideremos lo siguiente. En 1905 Freud había descrito el caso de Dora, y en él relacionó la apendicitis con las fantasías natales. A la edad de diecisiete años la paciente sufrió un súbito ataque de apendicitis: fue analizada por Freud un año después. Descubrió que la citada enfermedad ocurrió nueve meses después de un episodio en el cual ella recibió propuestas «impropias» de un hombre casado. Ella se había ocupado de los hijos de este hombre (por encargo de su verdadera mujer) y tenía secretas esperanzas de que se casaría con ella. La conclusión de Freud fue que «el supuesto ataque de apendicitis había permitido a la paciente... actualizar la fantasía del nacimiento de un bebé». Otros psicoanalistas, tales como Stoddart y Groddeck, generalizaron esta idea, y varios investigadores más la adoptaron. Yizhar Eylon llevó a cabo una detallada investigación para comprobar la hipótesis de que «algunos acontecimientos que se inician con agudos dolores en la fosa ilíaca derecha, lo que conlleva el diagnóstico de apendicitis aguda y apendectomía». Comparó a un grupo de pacientes de apendicitis con un grupo proporcionado de otros casos quirúrgicos, y halló un número significativamente mayor de «acontecimientos de nacimientos» en las historias recientes del grupo experimental. Esos « acontecimientos de nacimientos» incluían nacimientos verdaderos, el embarazo de parientes próximos y bodas a las que habían asistido la misma paciente. ¿Puede ser esto considerado como una evidencia en favor de la hipótesis freudiana?. La respuesta es no.
En la hipótesis freudiana se halla implícita la expectativa de que «la proporción de apéndices normales será más alta en apendectomías que sigan a acontecimientos natales que en apendectomías que no sigan a acontecimientos natales », es decir, que el examen patológico post-operativo de los apéndices después de su extracción revelaría una relación entre acontecimientos natales y pseudo-apendicitis más que una verdadera apendicitis. Los resultados de Eylon no corroboran esta hipótesis.
Otra hipótesis probada por Eylon que podría ser considerada como claramente crítica a la teoría freudiana es que la asociación entre acontecimientos natales y apendicitis debiera ser particularmente fuerte en hembras jóvenes toda vez que ellas son presumiblemente más susceptibles a fantasías natales que las hembras de más edad. En este caso, los resultados fueron completamente opuestos a la predicción. Todo lo que queda, pues, es un resultado positivo más bien periférico, concretamente una asociación general entre apendectomías y acontecimientos natales. Incluso aquí, vale la pena notar que con los criterios que Eylon fijó inicialmente para definir acontecimientos natales, no se detectó ninguna relación significativa con la apendectomía. Sólo restringiendo a las «cinco personas psicológicamente más próximas» al paciente, y disponiendo del tiempo límite, de un mes a seis meses antes o después de la operación, fue posible obtener una diferencia significativa en el sentido deseado por las hipótesis. Tal manipulación de datos no complace mucho a los hombres de ciencia, porque concede una latitud indebida a relaciones accidentales que no tienen significado estadístico, y son incontestables. Estas razones -y otras más- hacen imposible aceptar los resultados de Eylon como demostrativos, en ningún sentido, de la hipótesis psicodinámica.
Quedará claro, para cualquier psicólogo experimentado, y también para cualquier hombre de ciencia, que la tenue cadena de deducciones utilizada en la mayoría de estos estudios, los sistemas de medidas, curiosos y poco dignos de fiar utilizados (tales como los dibujos Blacky), y la omisión de ocuparse de hipótesis alternativas, descalificaría a la mayor parte de estos estudios desde el principio, por su falta de valor probatorio en este terreno. Sería difícil, por ejemplo, encontrar un solo estudio que prestara la más mínima atención a la influencia de los factores genéticos, a pesar de su reconocida importancia en el campo de la personalidad, de la anormalidad mental y de la neurosis. Una despreocupación tan completa por las propiedades científicas, tanto en la preparación de los experimentos como en la interpretación de los resultados, no evoca ciertamente un refuerzo serio para hallar la verdad. En casi cada caso en que una relación positiva ha sido reivindicada por el investigador, una hipótesis genética puede explicar verosímilmente los hechos observados, como puede serlo un hecho psicodinámico, y en vista del hecho de que sabemos mucho más sobre la genética del desarrollo de la personalidad que sobre cualquier otra cosa, tal negligencia de un factor causal tan obvio es inexplicable e inexcusable.
Los factores claramente genéticos no son los únicos que se olvidan al explicar el resultado de los experimentos detallados en el libro de Kline, o en el de Eysenk y Wilson. Se sabe mucho, por ejemplo, sobre la relación entre memoria y aprendizaje, por una parte, y emoción y excitación cortical, por otra. Estos hechos han sido establecidos con seguridad en miles de estudios de laboratorio, y suministran una explicación suficiente de la mayoría de los hallazgos interpretados por sus autores como corroboradores de las ideas freudianas. No obstante, es raro que ninguno de tales autores aluda a esos hechos y teorías bien establecidos en la psicología experimental como explicaciones alternativas; ellos interpretan sus resultados en términos freudianos, olvidándose por completo de principios alternativos mucho mejor establecidos... Esta, una vez más debemos decirlo, no es la manera en que la ciencia debería ser practicada, y no facilita ciertamente la tarea el tomar en serio los esfuerzos de los experimentadores que estudian los conceptos freudianos.
Los críticos pueden quejarse de que hablamos de estos estudios como si fueran « experimentales », cuando de hecho la mayoría de las investigaciones sobre las teorías freudianas mencionadas son, como máximo, empíricas, con muy pocas manipulaciones de la variable independiente. Técnicamente, tal objeción sería probablemente correcta en la mayoría de los casos, pero esto es, por supuesto, pura semántica. Los astrónomos hablan de un «experimento» cuando observan la curvatura de los rayos de luz de una distante estrella por el campo gravitacional del sol durante un eclipse; obviamente el astrónomo ha manipulado la luna colocándola en frente del sol. Desde el punto de vista de una explicación popular, estos estudios se parecen al verdadero experimento más íntimamente que las muy simples notas observativas hechas por Freud y sus seguidores durante sus sesiones con pacientes en el diván. Tal vez «empírico» sería un término mejor que «experimental», pero por razones de conveniencia he utilizado este último término.
Mi interpretación de la evidencia presentada, por ejemplo, en el libro de Kline es que no hay respaldo para ninguna de las hipótesis específicamente freudianas. Esto parecería contradecir la conclusión del propio Kline, según el cual, «cualquier rechace en bloque» de la teoría freudiana, en conjunto «se opone, simplemente, a la evidencia». Hay dos observaciones que deben hacerse aquí. La primera de ellas es que Kline omite buscar explicaciones alternativas de los hallazgos que analiza; este punto ya se ha mencionado antes, y no vamos a volver sobre él. El segundo punto, empero, puede requerir un debate más detallado. Se trata simplemente de que, como hemos dicho ya, lo que es verdadero en Freud no es nuevo, y lo que es nuevo no es verdadero. Hay ciertamente mucho de cierto en lo que Freud tiene que decir, pero no es nuevo y, por ende, no es esencialmente freudiano. Como hemos visto en el último capítulo, es, naturalmente, cierto, que los sueños se relacionan con las preocupaciones del soñador cuando está despierto, y que se expresan en formas simbólicas; pero no sería correcto decir que esto son nociones freudianas... han sido ampliamente conocidas desde hace dos mil años. Ya hemos visto que la noción del «inconsciente» ha sido sostenida por filósofos y psicólogos desde hace muchos siglos, y abonar en el crédito de Freud el descubrimiento del inconsciente es absurdo. Debemos ir con mucho cuidado, cuando etiquetemos un concepto o noción particular como «freudiano», en considerar los desarrollos históricos y fijarnos en qué ideas similares han sido expresadas por otros antes que Freud; a este se le debiera dar crédito sólo por lo que es verdaderamente nuevo.
Como ejemplo de la mezcla de nuevo y verdadero en Freud, consideremos sus conceptos del «id», del «ego» y del «super-ego», las tres partes en que, según él, se divide el aparato mental. Freud dice: «A la más vieja de estas provincias o agencias mentales le damos el nombre de id. Contiene todo lo que ha sido heredado, lo que se halla presente en el nacimiento, lo que está fijado en la constitución, es decir, por encima de todo, los instintos ». El id obedece a lo que Freud llama el principio del placer, y sus procesos mentales no están sujetos a ninguna ley lógica, y son inconscientes.
«El ego se desarrolló a partir de la capa cortical del id, el cual, estando adaptado para la recepción y exclusión de estímulos, está en contacto directo con el mundo exterior». Su función es calcular las consecuencias de cualquier conducta propuesta, y decidir qué actos que conducen a la satisfacción del id deben ser llevados a cabo o aplazados, o bien si las exigencias del principio del placer deberían ser suprimidas totalmente. El ego es el representante del principio de la realidad, y algunas de sus actividades son conscientes, algunas pre-conscientes y otras inconscientes.
El super-ego, considerado por Freud como el heredero del complejo de Edipo, internaliza las enseñanzas y castigos de los padres, y continúa llevando a cabo sus funciones. «Observa al ego, le da órdenes, le corrige, le amenaza con castigos exactamente como los padres, cuyo lugar él ha tomado». La noción del super-ego es muy parecida a la de la conciencia del pensamiento cristiano. Como lo expresa Freud: «El largo período de la infancia... deja tras él un precipitado, que forma dentro del ego una agencia especial, en la cual la influencia paternal se prolonga. Ha recibido el nombre de super-ego».
Está claro que el ego tiene un papel difícil, pues debe satisfacer las exigencias instintivas del id, y los dictados morales del super-ego. Esta teoría general ha sido muy bien recibida y sigue, en parte, la línea del sentido común, y del pensamiento psicológico desde los días de Platón. Pero, de hecho, una distinción similar es hecha por Platón en su famosa fábula de los dos caballos que tiraban de un carro, con el carretero tratando de controlarlos. El conductor es el ego; el caballo malo, tozudo e impulsivo es el id, y el caballo bueno es el super-ego. Tanto Platón como Freud utilizan claramente el mecanismo de una fábula para ilustrar un rasgo perfectamente bien conocido y sensible de la conducta humana. Somos animales biosociales, con la biología dictándonos ciertas necesidades instintivas para el comer, el beber, el sexo y algunas más, pero nuestras acciones están, también, controladas por exigencias sociales incorporadas en reglas y leyes, y transmitidas por padres, maestros y otros. La persona individual es impulsada y guiada por esos dos juegos de impulsos directivos, y debe mediar entre ambos. Todo esto es verdad, y siendo verdad puede parecer dar credibilidad a la teoría freudiana. Pero obsérvese que nada en ella es nuevo; las acciones específicamente freudianas, tales como que el super-ego es el heredero del complejo de Edipo, son, no sólo inverosímiles, sino completamente indemostradas. Es mucho más verosímil que el condicionamiento pauloviano intervenga en las exigencias del mundo externo (padres, maestros, compañeros, magistrados, sacerdotes), mediante recompensas y castigos, es decir, mediante la formación de respuestas condicionadas. Una vez más, no se encuentra, nunca, ninguna mención en la literatura psicoanalítica de tales teorías alternativas, pero, como he tratado de mostrar en mi libro sobre «Crimen y Personalidad», éstas han sido desarrolladas en estudios de laboratorio y han hallado mucho respaldo.
Freud poseía un envidiable don para el lenguaje, y los términos que él usaba, tales como principio del placer y principio de la realidad, hacen que su versión de una vieja historia parezca nueva y sea atractiva para los no iniciados. Pero cuando observamos la novedad de sus pensamientos y enseñanzas es cuando empezamos a tener dudas; la visión general es probablemente verdadera, pero lo que es específicamente freudiano en ella es casi con toda seguridad falso. En esto, se parece mucho a toda la obra freudiana.
Mucho trabajo empírico hecho en relación con las hipótesis freudianas no ha sido examinado en este capítulo, tal como la formación de los sueños y su interpretación, psicofisiológica de la vida cotidiana, etc. Una parte de ello ya se trata en capítulos aparte, donde llego a las mismas conclusiones a las que llego aquí. Tal vez debiera terminar este capítulo con una cita de T. H. Huxley, quien deploró « la gran tragedia de la Ciencia: la muerte de una bella teoría a manos de un hecho feo». Que la teoría de Freud sea bella puede ponerse en duda; él ciertamente trató de protegerla de ser muerta por hechos feos fraseándola de tal manera que los experimentos críticos fueran muy difíciles de ser llevados a cabo. No obstante, más de ochenta años después de la publicación original de las teorías freudianas, todavía no hay ninguna señal de que puedan ser respaldadas por evidencia experimental adecuada, o por estudios clínicos, investigaciones estadísticas o métodos de observación. Ello no demuestra que sean falsas -es tan difícil demostrar que una teoría es falsa como demostrar que es verdadera- pero por lo menos debiera hacernos dudar sobre su valor probativo y su significación como teoría científica. Como dijo en una ocasión otro gran hombre de ciencia, Michael Faraday: «Razonan teóricamente sin demostración experimental, y el resultado son errores». Estas palabras deberían estar bien grabadas en la tumba del psicoanálisis como doctrina científica.