Gustave Le Bon: Psicología de las Revoluciones |
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PARTE II
LA REVOLUCIÓN FRANCESA
LIBRO I
Los Orígenes de la Revolución Francesa
Capítulo I
Las opiniones de los Historiadores sobre la Revolución Francesa
1)- Los Historiadores de la Revolución.
Respecto de la Revolución Francesa se han expresado las opiniones más contradictorias y, si bien del período en cuestión nos separa apenas un siglo, parecería ser imposible por el momento juzgarla con calma. Para de Maistre fue “una obra satánica”, y “nunca la acción del espíritu de la oscuridad se manifestó en forma tan evidente.” Para los jacobinos modernos, la Revolución regeneró a la raza humana.
Extranjeros que viven en Francia aún la consideran como un tema que debe ser evitado en las conversaciones.
“Por todas partes” – escribe Barrett Wendell – “esta memoria y estas tradiciones poseen todavía tanta vitalidad que pocas personas son capaces de considerarlas de modo desapasionado. Todavía excitan tanto entusiasmo como resentimiento; todavía se las considera con un leal y ardiente espíritu de partidismo. Mientras mejor comprendes a Francia más claramente podrás ver que aún hoy no hay estudio sobre la Revolución Francesa que le haya parecido imparcial al francés.”
Esta observación es absolutamente correcta. Para ser interpretados con equidad, los acontecimientos del pasado ya no deben producir resultados en el presente y no deben tocar los credos políticos o religiosos de aquellos cuya intolerancia inevitable he señalado.
Pro lo tanto, no debe sorprendernos que los historiadores expresen ideas muy dispares respecto de la Revolución. Por un largo tiempo más algunos la verán como uno de los acontecimientos más siniestros de la Historia mientras que para otros continuará siendo uno de los más gloriosos.
Todos los que escribieron sobre los hechos creyeron haber relatado su curso con imparcialidad pero, en general, sólo sostuvieron teorías contradictorias de peculiar simpleza. Los documentos, al ser innumerables y contradictorios, permitieron que su selección – conciente o inconsciente – justificase las respectivas teorías.
Los más antiguos historiadores de la Revolución – Thiers, Quinet y, a pesar de su talento, Michelet mismo – se encuentran algo eclipsados en la actualidad. Sus interpretaciones de ningún modo son complicadas. Por lo general, predomina en sus trabajos un fatalismo histórico. Thiers consideró a la Revolución como el resultado de varios siglos de monarquía absoluta y al Terror como la consecuencia necesaria de una invasión extranjera. Quinet describió los excesos de 1793 como el resultado de un largo y continuo despotismo, pero declaró que la tiranía de la Convención fue innecesaria y dañó la obra de la Revolución. Michelet vio en ella meramente la obra del pueblo, al cual admiraba ciegamente, e inauguró su glorificación, continuada luego por otros historiadores.
La anterior reputación de todos estos historiadores ha sido, en gran medida, destruida por la de Taine. Si bien igualmente apasionado, Taine arrojó una brillante luz sobre el período revolucionario y sin duda pasará mucho tiempo antes que su obra sea superada.
Un trabajo tan importante está condenado a tener fallas. Taine es admirable en la representación de hechos y de personas, pero trata de juzgar, según las normas de la lógica racional, acontecimientos que no fueron dictados por la razón y a los cuales, por lo tanto, no puede interpretar. Su psicología, excelente cuando es tan sólo descriptiva, se vuelve muy débil ni bien se vuelve explicativa. Afirmar que Robespierre fue un pedante no revela las causas de su poder absoluto sobre la Convención por la época en que se pasó varios meses despedazándola con perfecta impunidad. Se ha dicho con justicia de Taine que vio bien y comprendió poco.
A pesar de estas restricciones su trabajo es altamente destacable y no ha sido igualado. Podemos juzgar su inmensa influencia por la exasperación que despierta entre los fieles defensores de la ortodoxia jacobina de la cual Aulard, profesor en la Sorbona, es el sumo sacerdote actual. Este último ha dedicado dos años a escribir un panfleto contra Taine en el cual cada línea está cargada de pasión. Todo este tiempo, gastado en la rectificación de algunos pocos errores materiales que ni siquiera son relevantes, sólo ha resultado en la perpetración de los mismos errores.
Revisando su trabajo, A. Cochin demuestra que Aulard se equivoca en al menos la mitad de sus citas mientras que Taine se equivoca con mucha menor frecuencia. El mismo historiador muestra también como no debemos confiar en las fuentes de Aulard.
“Estas fuentes – procesos, panfletos, diarios y los discursos y los escritos de patriotas – son precisamente las publicaciones auténticas del patriotismo, editadas por patriotas y editadas, por regla general, para el beneficio del público. Debería haber visto en todo esto simplemente el alegato especial del acusado: tenía ante los ojos una historia prefabricada de la Revolución que representa, al lado de cada uno de los actos del ‘pueblo’ – desde las masacres de Septiembre hasta la ley de Prairial – una explicación prefabricada concordante con el sistema de defensa republicano.”
Quizás la crítica más justa que se puede hacer de la obra de Taine es que quedó incompleta. Estudió especialmente el papel del populacho y sus líderes durante el período revolucionario. Esto le inspiró páginas que vibran de indignación y que todavía podemos admirar, pero muchos importantes aspectos de la Revolución se le escaparon.
Sea lo que fuere que uno piense de la Revolución, existirá siempre una diferencia irreducible entre los historiadores de la escuela de Taine y los de la escuela de Aulard. Este último considera al pueblo soberano como admirable mientras que el otro nos muestra que, abandonado a sus instintos y liberado de toda restricción social, recae en un salvajismo primitivo. La concepción de Aulard, enteramente contraria a las lecciones de la psicología de masas, es, a pesar de todo, un dogma religioso a los ojos de los jacobinos modernos. Escriben sobre la Revolución de acuerdo al método de los creyentes y toman por trabajos eruditos los argumentos de teólogos virtuales.
2)- La teoría del fatalismo respecto de la Revolución.
Partidarios y detractores de la Revolución con frecuencia admiten la fatalidad de los acontecimientos revolucionarios. Esta teoría está bien sintetizada en el siguiente pasaje de la Historia de la Revolución de Emile Olivier:
“Ninguna persona podía oponérsele. El reproche no se aplica ni a aquellos que perecieron ni a los que sobrevivieron. No había fuerza individual capaz de cambiar los elementos y de prever los acontecimientos que nacieron de la naturaleza de las cosas y de las circunstancias.”
Taine mismo se inclina por esta idea:
“En el momento en que se produjo la apertura de los Estados Generales, el curso de las ideas y de los acontecimientos fue no sólo determinado sino hasta visible. Cada generación, sin saberlo, lleva en su seno su futuro y su pasado; de este último sus designios pudieron haber sido previstos mucho antes de los hechos.”
Otros autores modernos que no profesan más indulgencia frente a la violencia que Taine, están igualmente convencidos de esta fatalidad. Sorel, después de recordar el dicho de Bossuet sobre las revoluciones de la antigüedad – “Todo es sorprendente si consideramos sólo causas particulares y, aún así, todo avanza en una secuencia regular” – expresa una intención que cumple de modo muy imperfecto: “mostrar en la Revolución, la cual a unos les parece una subversión y a otros la regeneración del viejo mundo europeo, el natural y necesario resultado de la Historia de Europa y mostrar, más allá, que esta revolución no tuvo resultados – ni siquiera los más inesperados – que no provengan de esta Historia y que no ha sido explicada por los antecedentes del antiguo régimen.”
Antes de él también Guizot intentó demostrar que nuestra Revolución – a la cual bastante incorrectamente comparó con la de Inglaterra – fue perfectamente natural y no produjo innovaciones:
“Lejos de romper el curso natural de los acontecimientos en Europa, ni la revolución inglesa ni la nuestra hicieron, intentaron o dijeron nada que no hubiese sido dicho, intentado o hecho cien años antes de su estallido.
... Tanto si consideramos las doctrinas generales de las dos revoluciones como las aplicaciones que se hicieron de ellas – ya sea que miremos el gobierno del Estado o la legislación civil, la propiedad o las personas, la libertad o el poder – no encontraremos nada cuyo invento pueda serles atribuido, nada que no se encuentre en otras partes o que al menos no se haya originado en tiempos que calificamos como normales.”
Todas estas afirmaciones tan sólo recuerdan la banal ley que un acontecimiento es simplemente la consecuencia de acontecimientos previos. Proposiciones genéricas de esta clase no nos enseñan mucho.
No debemos tratar de explicar demasiados acontecimientos por el principio de fatalidad adoptado por tantos historiadores. En otra parte he discutido el significado de tales fatalidades y he demostrado que todo el esfuerzo de las civilizaciones consiste en tratar de escapar de ellas. Por cierto que la Historia está llena de necesidades; pero también está repleta de hechos contingentes que sucedieron y que pudieron no haber sucedido. El mismo Napoleón en Santa Elena enumeró seis circunstancias que hubieran podido frenar su prodigiosa carrera. Relató, notablemente, que mientras se estaba bañando en Auxonne, en 1786, sólo escapó de la muerte por la presencia fortuita de un banco de arena. Si Bonaparte hubiese muerto allí podemos admitir que habría surgido otro general para convertirse en dictador. Pero ¿qué hubiera pasado con la épica imperial y sus consecuencias sin el hombre de genio que condujo nuestros ejércitos victoriosos a todas las capitales de Europa?
Es admisible considerar a nuestra Revolución parcialmente como una necesidad, pero por sobre todo fue – y esto es lo que los escritores fatalistas arriba citados no nos dicen – una lucha permanente entre teóricos imbuidos de un nuevo ideal y las leyes económicas, sociales y políticas que gobiernan a la humanidad, a las que no entendían. Al no comprenderlas, intentaron en vano dirigir el curso de los acontecimientos, se exasperaron ante su fracaso y terminaron cometiendo toda clase de violencia. Decretaron que el papel moneda conocido como assignats debía ser aceptado como equivalente a oro y todas sus amenazas no pudieron evitar que el valor de esa moneda cayera hasta casi la nada. Decretaron la ley de precios máximos y ésta meramente aumentó los males que intentaba remediar. Robespierre declaró ante la Convención que “los sans-culottes serán pagados por el tesoro público que será provisto por los ricos” y a pesar de las requisas y la guillotina el tesoro permaneció vacío.
Habiendo roto todas las restricciones humanas, los hombres de la Revolución finalmente descubrieron que una sociedad no puede vivir sin ellas. Pero cuando intentaron crearlas de nuevo se dieron cuenta de que aún la más fuerte de las sociedades, a pesar de estar apoyada por el miedo a la guillotina, no podía reemplazar la disciplina que el pasado había construido lentamente en la mente de las personas. En cuanto a entender la evolución de la sociedad, o analizar el corazón y la mente de las personas, o prever las consecuencias de las leyes que dictaban; rara vez lo intentaron siquiera.
Los acontecimientos de la Revolución no surgieron de necesidades irreductibles. Fueron mucho más consecuencia de los principios jacobinos que de las circunstancias y pudieron haber sido muy diferentes a lo que fueron. ¿Hubiera seguido la Revolución el mismo camino si Luis XVI hubiera estado mejor asesorado, o la Asamblea Constituyente hubiese sido menos cobarde en tiempos de insurrección popular? La teoría de la fatalidad revolucionaria es útil tan sólo para justificar la violencia presentándola como inevitable.
Tanto si estamos tratando de ciencia como de Historia debemos precavernos de la ignorancia que se escuda bajo la capa del fatalismo. La naturaleza ha estado desde siempre llena de fatalidades que la ciencia está lentamente ayudando a evitar. Tal como lo he demostrado en otra parte, la función del hombre superior es la de eludir tales fatalidades.
3)- Las vacilaciones de los historiadores recientes de la Revolución
Los historiadores cuyas ideas examinamos en el capítulo precedente fueron extremadamente positivos en sus respectivos alegatos. Confinados dentro de los límites de la fe, no intentaron penetrar en el dominio del conocimiento. El escritor monárquico fue violentamente hostil a la Revolución; el liberal fue su violento panegirista.
En la actualidad asistimos al comienzo de un movimiento que, de seguro, conducirá a estudiar la Revolución como uno de esos fenómenos científicos frente a los cuales las opiniones y creencias del escritor importan tan poco que el lector ni siquiera las sospecha.
Este período aún no se ha inaugurado; todavía estamos en el período de la duda. Los escritores liberales que solían ser tan positivos ya no lo son. Se puede juzgar esta nueva concepción mental siguiendo los extractos de autores recientes que se mencionan a continuación.
Hanotaux, habiendo sopesado la utilidad de la Revolución, se pregunta si sus resultados no fueron adquiridos a un precio demasiado alto y agrega: “La Historia está indecisa y por un largo tiempo más dudará en contestar.”
Madelin se muestra igualmente dubitativo en el libro publicado recientemente. “Nunca sentí suficiente autoridad para formarme, incluso en mi más íntima conciencia, un juicio categórico sobre un fenómeno tan complejo como la Revolución Francesa. Hoy encuentro más difícil aún emitir un juicio breve. Causas, hechos y consecuencias me parecen constituir todavía cuestiones extremadamente debatibles.”
Se puede obtener una idea aún mejor de la transformación de las viejas ideas acerca de la Revolución examinando los escritos más recientes de sus defensores oficiales. Mientras antaño justificaban todo acto de violencia presentándolo como un simple acto de defensa propia, ahora están confinados a invocar circunstancias atenuantes. He encontrado una prueba sorprendente de esta nueva actitud mental en la Historia de Francia destinada a las escuelas publicada por Aulard y Debidour. Con referencia al Terror podemos leer las siguientes líneas:
“La sangre corrió en oleadas; se cometieron actos de injusticia y crímenes que fueron odiosos e inútiles desde el punto de vista de la defensa nacional. Pero los hombres habían perdido la cabeza en la tempestad y, amenazados de mil peligros, los patriotas se lanzaron al ataque en su furia.”
Veremos en otra parte de este trabajo que el primero de los dos autores citados, a pesar de su jacobinismo declarado, no es en forma alguna indulgente para con los hombres antaño calificados como los “Gigantes de la Convención”.
El juicio que los extranjeros emiten sobre nuestra Revolución es, por lo general, claramente severo y no podemos sorprendernos de ello si recordamos lo que Europa sufrió durante los veinte años de insurrección en Francia.
En particular, los más severos han sido los alemanes. Su opinión está resumida en las siguientes líneas de Faguet:
“Digámoslo con coraje y patriotismo, puesto que patriotismo significa por sobre todo decirle la verdad a nuestro propio país: respecto del pasado, Alemania ve en Francia a un pueblo que, con las grandes palabras ‘libertad’ y ‘fraternidad’ en la boca, la oprimió, la devastó, la asesinó, la saqueó y la despedazó durante quince años; y respecto del presente, a un pueblo que, con las mismas palabras sobre sus banderas, está organizando una democracia despótica, opresiva, malévola y ruinosa que nadie quisiera imitar. Esto es lo que Alemania puede llegar a ver en Francia y, a juzgar por sus libros y periódicos, podemos estar seguros de que esto es lo que efectivamente ve.”
En cuanto al resto, cualquiera que sea el valor de los veredictos pronunciados sobre la Revolución Francesa, podemos estar seguros de que los escritores del futuro la considerarán como un acontecimiento tan apasionante e interesante como instructivo.
Un gobierno lo suficientemente sediento de sangre como para guillotinar a ancianos de ochenta años, muchachas jóvenes y niños pequeños; que cubrió a Francia de ruinas y a pesar de ello consiguió repeler a una Europa en armas; una archiduquesa de Austria, reina de Francia, muriendo sobre el patíbulo y, pocos años más tarde, otra archiduquesa, parienta suya, reemplazándola en el mismo trono y casándose con un subteniente convertido en Emperador – he aquí tragedias únicas en la Historia de la humanidad. Sobre todo, los psicólogos extraerán lecciones de una Historia tan poco estudiada por ellos. No hay duda de que finalmente descubrirán que la psicología no puede hacer ningún progreso si no renuncia a las teorías quiméricas y a experimentos de laboratorio para pasar a estudiar los acontecimientos y las personas que nos rodean. ([9])
4)- La imparcialidad en la Historia
La imparcialidad siempre ha sido considerada como la cualidad más esencial del historiador. Desde Tácito, todos los historiadores nos han asegurado su imparcialidad.
En realidad, el escritor ve los acontecimientos de la misma manera en que el pintor ve un paisaje – esto es: a través de su propio temperamento; a través de su carácter y la mentalidad de su raza.
Un número de artistas colocados ante el mismo paisaje necesariamente lo interpretarán en un número igual de maneras diferentes. Algunos subrayarían detalles dejados de lado por los otros. Cada reproducción sería así una obra personal – es decir: sería la interpretación de cierta forma de sensibilidad.
Sucede lo mismo con el escritor. Podemos hablar tan poco de la imparcialidad del escritor como de la imparcialidad del pintor.
Por cierto que el historiador puede limitarse a la reproducción de documentos y esto constituye la tendencia actual. Pero estos documentos, para períodos que están tan cerca de nosotros como la Revolución, son tan numerosos que la vida entera de una persona no alcanzaría para revisarlos a todos. En consecuencia, el historiador debe hacer una selección.
A veces de manera deliberada pero con mayor frecuencia inconscientemente, el autor seleccionará el material que mejor se corresponde con sus opiniones políticas, morales y sociales.
Por lo tanto, a menos que nos conformemos con simples cronologías que resuman cada evento en unas pocas palabras y una fecha, resulta imposible producir un volumen de Historia verdaderamente imparcial. Ningún autor podría ser imparcial y esto no es de lamentar. La pretensión de imparcialidad, tan común en nuestros días, resulta en esas obras chatas, ominosas y prodigiosamente tediosas que vuelven completamente incomprensible cualquier período histórico.
Bajo el pretexto de la imparcialidad ¿debería el historiador abstenerse de juzgar a los hombres – esto es: de hablar en todo de admiración o censura?
Esta cuestión, lo admito, tiene dos soluciones muy diferentes, cada una de las cuales es perfectamente correcta dependiendo de si el punto de vista asumido es el del moralista o el del psicólogo.
El moralista debe pensar exclusivamente en el interés de la sociedad y debe juzgar a los hombres tan sólo de acuerdo a ese interés. Por el sólo hecho de existir y de querer continuar existiendo, una sociedad está obligada a admitir cierto número de reglas, a tener una norma indestructible en cuanto al bien y al mal, y en consecuencia a crear distinciones muy definidas entre el vicio y la virtud. De este modo, finalmente crea tipos-promedio a los cuales la persona de una época se ajusta de un modo más o menos estricto y de los cuales no puede apartarse con demasiada amplitud sin hacer peligrar a la sociedad.
Es a través de estas similitudes tipológicas y las reglas derivadas de las necesidades sociales que el moralista debe juzgar a los hombres del pasado. Alabando a aquellos que fueron útiles y denostando al resto, ayuda a formar los paradigmas morales que resultan indispensables al progreso de la civilización y que pueden servir de modelo a los demás. Poetas tales como Corneille, por ejemplo, crean héroes superiores a la mayoría de los hombres y posiblemente inimitables; pero nos ayudan mucho a estimular nuestros esfuerzos. El ejemplo de los héroes siempre tiene que ponerse ante un pueblo a fin de ennoblecer su mentalidad.
Ése es el punto de vista del moralista. El del psicólogo sería bastante diferente. Mientras una sociedad no tiene derecho a ser tolerante porque su primer deber es el de vivir, el psicólogo puede ser indiferente. Considerando las cosas como un científico, no preguntará por su valor utilitario sino meramente tratará de explicarlas.
Su situación es la de un observador ante un fenómeno. Es obviamente difícil leer con sangre fría que Carrier ordenó que sus víctimas fuesen enterradas hasta el cuello para luego destruirles los ojos y someterlos a horribles tormentos. Sin embargo, si deseamos comprender tales acciones no debemos indignarnos más que el naturalista ante la araña que lentamente devora a una mosca. En el instante en que la razón se emociona ya no es razón y no puede explicar nada.
Como vemos, las funciones del historiador y del psicólogo no son idénticas. Pero de ambos podemos exigir que intenten, mediante una sabia interpretación de los hechos, descubrir, bajo la evidencia visible, las fuerzas invisibles que los determinan.
Capítulo II
Los fundamentos psicológicos del Antiguo Régimen
1)- La monarquía absoluta y las bases del Antiguo Régimen.
Muchos historiadores nos aseguran que la Revolución se dirigió contra la autocracia de la monarquía. En realidad, los reyes de Francia habían cesado de ser monarcas absolutos mucho antes del estallido revolucionario.
No fue sino hasta muy tarde en la Historia – y no antes del reinado de Luis XIV – que finalmente obtuvieron un poder incontestable. Todos los soberanos anteriores, incluso los más poderosos como por ejemplo Francisco I, tuvieron que librar constantes luchas ya sea contra los seigneurs, ya sea contra el clero o bien contra los parlamentos; y no siempre triunfaron. Francisco mismo no tuvo poder suficiente como para defender a sus amigos más íntimos contra la Sorbona y el Parlamento. Su amigo y consejero Berquin, habiendo ofendido a la Sorbona, fue arrestado por órden de ésta. El rey ordenó su liberación pero la misma fue denegada. No tuvo más remedio que enviar arqueros para sacarlo de la Conciergerie y no pudo hallar otro medio de protegerlo que manteniéndolo a su lado en el Louvre. La Sorbona no se consideró vencida en modo alguno. Aprovechándose de una ausencia del rey, volvió a arrestar a Berquin y lo hizo juzgar por el Parlamento. Condenado a las diez de la mañana, fue enterrado vivo al atardecer.
El poder de los reyes se construyó de un modo muy gradual y no fue absoluto sino hasta los tiempos de Luis XIV. Después, decayó en forma rápida y sería realmente difícil hablar del absolutismo de Luis XVI.
Este supuesto soberano fue esclavo de su corte, de sus ministros, del clero y de los nobles. Hizo lo que le obligaron hacer y rara vez lo que quiso. Quizás ningún francés fue menos libre que el rey.
El gran poder de la monarquía residió originalmente en el origen divino que se le atribuyó y en las tradiciones que se acumularon a través de los siglos. Estas tradiciones formaban la real estructura social del país.
La verdadera causa de la desaparición del antiguo régimen fue simplemente el debilitamiento de las tradiciones que le servían de fundamento. Cuando, luego de reiteradas críticas, ya no pudo hallar defensores, el antiguo régimen se derrumbó como un edificio al cual le han destruido los cimientos.
2)- Los inconvenientes del Antiguo Régimen.
Un sistema de gobierno largamente establecido siempre terminará pareciendo aceptable al pueblo que gobierna. El hábito enmascara sus inconvenientes, los que sólo aparecen cuando las personas empiezan a reflexionar. Es entonces cuando se empiezan a preguntar cómo es que siempre los han soportado. El hombre verdaderamente infeliz es aquél que se cree miserable.
Fue precisamente esta creencia la que estaba ganando terreno por la época de la Revolución bajo la influencia de escritores cuya obra pasaremos a estudiar. De pronto las imperfecciones del antiguo régimen saltaron a la vista. Fueron numerosas; bástenos con citar unas pocas.
A pesar de la aparente autoridad del poder central, el reino formado por la conquista sucesiva de provincias independientes estaba dividido en territorios. Cada uno de ellos tenía sus propias leyes y costumbres, pagaba diferentes impuestos y estaba separado de los demás por aduanas internas. De esta forma, la unidad de Francia era, en cierta forma, artificial. Representaba un agregado de varios países al que el repetido esfuerzo de los reyes, Luis XIV inclusive, no habían conseguido unificar por completo. El efecto más útil de la Revolución fue precisamente esta unificación.
A las divisiones materiales mencionadas se les agregaban las divisiones sociales constituidas por las diferentes clases – nobleza, clero y el Tercer Estado – cuyas rígidas barreras podían ser cruzadas sólo con la mayor de las dificultades.
Considerando la división de las clases como una de sus fuentes de poder, el antiguo régimen había mantenido rigurosamente esa división. La misma se convirtió en la principal causa del odio que inspiraba el sistema. Gran parte de la violencia de la burguesía triunfante representó una venganza por un largo pasado de desprecio y opresión. Las heridas del orgullo son las más difíciles de olvidar. El Tercer Estado había sufrido muchas de esas heridas. En el encuentro de los Estados Generales de 1614, en el cual los asistentes fueron obligados a permanecer con la cabeza descubierta y de rodillas, uno de los miembros del Tercer Estado se atrevió a decir que las tres clases eran como tres hermanos. El portavoz de los nobles respondió que “no hay fraternidad entre la nobleza y el Tercer Estado; los nobles no desean que los hijos de zapateros remendones y teñidores los llamen hermanos.”
A pesar de los avances de la ilustración, los nobles y el clero obstinadamente preservaron sus privilegios y sus demandas; injustificables ya, puesto que las clases habían cesado de brindar servicios.
Alejados del ejercicio de las funciones públicas por el poder real que distribuía dichas funciones y que desconfiaba de ellos, reemplazados además por una burguesía que era cada vez más capaz e ilustrada, el papel social de los nobles y el clero devino en un espectáculo vacío. Este punto ha sido brillantemente ilustrado por Taine:
“Puesto que la nobleza, habiendo perdido su capacidad específica, y el Tercer Estado, habiendo adquirido una capacidad general, estaban ahora al mismo nivel en cuanto a educación y aptitudes, la desigualdad que los dividía se había vuelto hiriente e inútil. Instituida por costumbre, ya no estaba ratificada por la conciencia y el Tercer Estado estaba con razón indignado por privilegios que no se justificaban ni por la capacidad de los nobles ni por la incapacidad de la burguesía.”
Debido a la rigidez de las castas establecidas por un largo pasado no vemos qué podría haber persuadido a los nobles y al clero a renunciar a sus privilegios. Por cierto que finalmente los abandonaron una tarde memorable, cuando los acontecimientos los forzaron a hacerlo; pero en ese momento ya era tarde y la Revolución desencadenada ya estaba siguiendo su curso.
El progreso moderno seguramente habría establecido gradualmente todo lo que hizo la Revolución: la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la supresión de los privilegios de nacimiento, etc. A pesar del espíritu conservador de los latinos, estas cosas hubieran sido conquistadas, tal como lo fueron por la mayoría de los pueblos. De esta forma nos hubiésemos podido ahorrar veinte años de guerras y devastaciones; pero hubiéramos tenido que tener otra constitución mental y, por sobre todo, otros estadistas.
La profunda hostilidad de la burguesía contra las clases, a las cuales, por tradición, tenía que mantener sobre si misma, fue uno de los grandes factores de la Revolución y explica perfectamente por qué, luego de su triunfo, la clase triunfante despojó a la vencida de sus riquezas. Se comportaron como conquistadores – como Guillermo el Conquistador quien, luego de la conquista de Inglaterra, distribuyó la tierra entre sus soldados.
Pero, si bien la burguesía detestaba a la nobleza, no sentía odio hacia la realeza y no la consideraba revocable. La torpeza del rey y su apelación a poderes extranjeros sólo muy gradualmente lo hicieron impopular.
La primera Asamblea nunca soñó con fundar una república. Extremadamente monárquica, de hecho simplemente pensó en sustituir una monarquía absoluta por una monarquía parlamentaria. La conciencia de su creciente poder la exasperó contra la resistencia del rey, pero no se atrevió a derrocarlo.
3)- La vida bajo el Antiguo Régimen.
Es difícil formarse una idea bien clara de la vida bajo el Antiguo Régimen y, sobre todo, acerca de la real situación de los campesinos.
Los escritores que defienden a la Revolución como los teólogos defienden a los dogmas religiosos nos pintan unos cuadros tan funestos de la existencia de los campesinos del Antiguo Régimen que uno se pregunta cómo es que todas esas desdichadas criaturas no murieron de hambre mucho antes. Un buen ejemplo de este estilo de redacción puede encontrarse en un libro de A. Rambaud, ex-profesor en la Sorbona, publicado bajo el título de Historia de la Revolución Francesa. Llama la atención especialmente un grabado con la leyenda “Pobreza de los campesinos bajo Luis XIV”. En el primer plano un hombre está luchando contra unos perros por un par de huesos que, por otra parte, ya están bastante pelados. A su lado, un sujeto desolado se está retorciendo apretándose el estómago. Algo más atrás, una mujer yace en el suelo comiendo pasto. Al fondo del paisaje figuras, de las cuales uno no sabe si son esqueletos o personas que se están muriendo, yacen también por el suelo. Como ejemplo de la administración del Antiguo Régimen el mismo autor nos asegura que “un puesto en la policía costaba 300 libras y producía 400.000”. ¡Cifras como ésas seguramente indican un gran altruismo por parte de quienes vendían empleos tan productivos a tan bajo precio! También se nos informa que “costaba tan sólo 120 libras hacer que alguien fuese arrestado” y que “bajo Luis XV se distribuyeron más de 150.000 órdenes de allanamiento”.
La mayoría de los libros que tratan sobre la Revolución están concebidos con la misma escasa imparcialidad y espíritu crítico, lo cual es una de las razones por la que este período es tan poco conocido por nosotros en realidad.
Por cierto que no faltan documentos, pero son absolutamente contradictorios. A la célebre descripción de La Bruyere le podemos oponer el cuadro entusiasta pintado por el viajero inglés Young sobre la próspera condición del campesinado en algunas provincias francesas.
¿Se hallaban realmente aplastados por los impuestos y pagaban, como se ha dicho, cuatro quintos de sus ingresos en lugar del quinto que se paga en la actualidad? Es imposible decirlo con certeza. Un hecho muy importante, sin embargo, parece probar que bajo el Antiguo Régimen la situación de los habitantes de los distritos rurales no pudo haber sido tan desastrosa puesto que parece estar establecido que más de una tercera parte de la tierra había sido comprada por campesinos.
Del sistema financiero tenemos mejor información. Fue muy opresivo y extremadamente complicado. Los presupuestos, que usualmente presentaban déficits e impuestos de todo tipo, fueron instituidos por administradores generales. Al propio momento de la Revolución esta condición de las finanzas se volvió causa de un descontento universal que está expresado en los documentos de los Estados Generales. Subrayemos que estos documentos no representan un estado de cosas previo sino condiciones presentes debidas a la crisis de pobreza producida por la mala cosecha de 1788 y el duro invierno de 1789. ¿Pero qué nos hubiesen dicho esos documentos de haber sido escritos diez años antes?
A pesar de las circunstancias desfavorables, los documentos no contienen ideas revolucionarias. Los más audaces meramente solicitan que los impuestos sean fijados sólo con el consentimiento de los Estados Generales y pagados por todos por igual. Los mismos documentos a veces expresan el deseo de que el poder del rey sea limitado por una Constitución que defina sus derechos así como los de la nación. Si estas peticiones hubieran sido concedidas, una monarquía constitucional muy fácilmente hubiera reemplazado a la monarquía absoluta y probablemente se hubiera evitado la Revolución.
Por desgracia, la nobleza y el clero eran demasiado fuertes y Luis XVI demasiado débil como para que una solución como ésa fuese posible.
Más allá de eso, hubiese sido extremadamente dificultada por las demandas de la burguesía que pretendía sustituir a la nobleza y que fue la real autora de la Revolución. El movimiento, iniciado por las clases medias, rápidamente excedió sus esperanzas, necesidades y aspiraciones. Habían exigido igualdad en provecho propio pero el pueblo también demandó esa igualdad. De este modo, la Revolución finalmente se convirtió en un movimiento popular; algo que en un principio no fue, ni tuvo intención de ser.
4)- Evolución del sentimiento monárquico durante la Revolución.
A pesar de la evolución lenta de los elementos afectivos, está comprobado que durante la Revolución los sentimientos, no ya del pueblo tan sólo sino también los de las Asambleas revolucionarias respecto de la monarquía, sufrieron un cambio muy rápido. Entre el momento en que los legisladores de la primer Asamblea rodearon a Luis XVI con respeto y el momento en que su cabeza fue cortada, sólo transcurrieron unos pocos años.
Estos sentimientos, más superficiales que profundos, en realidad fueron meramente transposiciones de sentimientos del mismo orden. El amor que las personas de este período sentían por el rey fue transferido al nuevo gobierno que había heredado su poder. El mecanismo de esa transferencia puede ser demostrado con facilidad.
Bajo el Antiguo Régimen, el soberano, detentando el poder por derecho divino, estaba investido de una especie de poder sobrenatural. Las personas lo admiraban desde todos los rincones del país.
Esta fe mística en el poder absoluto de la realeza se resquebrajó solamente cuando la experiencia reiterada demostró que el poder atribuido al rey adorado era ficticio. Fue allí que perdió su prestigio. Ahora bien, cuando el prestigio se pierde, la masa no le perdonará al ídolo caído el haberla defraudado y buscará un nuevo ídolo sin el cual no puede existir.
Desde el principio de la Revolución, numerosos hechos, cotidianamente reiterados, revelaron hasta al más ferviente de los creyentes que la realeza ya no poseía poder alguno y que había otros poderes capaces, no tan sólo de enfrentar a la realeza, sino de poseer una fuerza superior.
¿Qué, por ejemplo, podían pensar del poder monárquico las multitudes que veían al rey dominado por la Asamblea e incapaz, en el corazón mismo de París, de defender su fortaleza más sólida contra los ataques de las bandas armadas?
Al ser, de esta manera, obvia la debilidad de la realeza, el poder de la Asamblea se incrementó. Ahora bien, a los ojos de la masa la debilidad no tiene prestigio; la masa siempre se vuelca hacia el lado de la fuerza.
En las Asambleas el sentimiento fue muy fluido pero no evolucionó de manera rápida. Por esta razón la fe monárquica sobrevivió a la toma de la Bastilla, la huida del rey y su trato con soberanos extranjeros.
La fe realista siguió siendo tan poderosa que las sublevaciones de París y los acontecimientos que condujeron a la ejecución de Luis XVI no fueron suficientes para destruir en las provincias esa especie de piedad secular que envolvía a la antigua monarquía. ([10])
Persistió en una gran parte de Francia durante toda la Revolución y fue el origen de conspiraciones monárquicas e insurrecciones en varios departamentos que la Convención tuvo tanto trabajo en suprimir. La fe monárquica había desaparecido de París dónde la debilidad del rey resultaba demasiado plenamente visible; pero en las provincias el poder del rey, representando a Dios sobre la tierra, todavía mantenía su prestigio.
Los sentimientos monárquicos del pueblo tienen que haber tenido raíces muy profundas para sobrevivir a la guillotina. Los movimientos monárquicos persistieron, de hecho, durante toda la Revolución y se acentuaron bajo el directorio cuando cuarenta y nueve departamentos enviaron diputados realistas a París provocando con ello el golpe de Estado del Fructidor.
Este sentimiento monárquico, reprimido con dificultad por la Revolución, contribuyó al éxito de Bonaparte cuando vino a ocupar el trono del antiguo rey y, en gran medida, a reestablecer el Antiguo Régimen.
Capítulo III
La anarquía mental por la época de la Revolución y la influencia atribuida a los filósofos.
1)- Origen y propagación de las ideas revolucionarias.
La vida exterior de las personas en todas las épocas está moldeada sobre una vida interior formada por una estructura de tradiciones, sentimientos e influencias morales que dirigen la conducta y mantienen ciertas nociones fundamentales que se aceptan sin discusión.
Permítase el debilitamiento de esta estructura social y pronto germinarán y se desarrollarán ideas que antes no hubieran tenido fuerza alguna. Ciertas teorías cuyo éxito fue enorme por la época de la Revolución hubieran chocado contra un muro impenetrable apenas dos siglos antes.
El objeto de estas consideraciones es recordarle al lector el hecho que los acontecimientos externos de las revoluciones son siempre consecuencia de transformaciones invisibles que han avanzado lentamente en la mente de las personas. Cualquier estudio profundo de una revolución requiere el estudio del terreno mental sobre el cual tienen que germinar las ideas que dirigen su curso.
Por lo general extremadamente lenta, la evolución de las ideas es con frecuencia invisible para toda una generación. Su extensión sólo puede ser comprendida comparando la condición mental de las mismas clases sociales a ambos extremos de la curva que la mentalidad ha seguido. Para entender las diferentes concepciones sobre la monarquía, sostenidas por personas educadas tanto bajo Luis XIV como bajo Luis XVI, tenemos que comparar las teorías políticas de Bossuet y las de Turgot.
Bossuet expresó las concepciones generales de su tiempo en lo concerniente a la monarquía absoluta cuando basó la autoridad de un gobierno sobre la voluntad de Dios “único juez de los actos de los reyes, siempre sin responsabilidad ante los hombres.” En aquellos tiempos la fe religiosa era tan fuerte como la fe monárquica de la cual parecía inseparable y ningún filósofo hubiera podido sacudirla.
Los escritos de los ministros reformadores de Luis XVI, los de Turgot por ejemplo, están animados de un espíritu bastante diferente. Del derecho divino de los reyes apenas si hay mención y los derechos de los pueblos comienzan a ser claramente definidos.
Muchos acontecimientos contribuyeron a preparar una evolución como ésa – guerras desafortunadas, hambrunas, impuestos, pobreza general hacia el fin del reinado de Luis XV, etc. El respeto por la autoridad del rey, lentamente destruido, fue reemplazado por una insurrección mental que se manifestaría ni bien surgiese la ocasión.
Una vez que la estructura mental comienza a derrumbarse, el fin sobreviene con rapidez. Debido a eso es que, por la época de la Revolución, se propagaron tan rápidamente ideas que de ningún modo eran nuevas pero que, hasta ese momento, no habían ejercido su influencia puesto que no habían caído sobre terreno fértil.
Con todo, las ideas que resultaron tan atractivas y efectivas habían sido expresadas con frecuencia. Durante mucho tiempo habían inspirado la política de Inglaterra. Dos mil años antes, los primeros autores griegos y latinos habían escrito en defensa de la libertad, habían maldecido a los tiranos y proclamado los derechos de la soberanía popular.
Las clases medias que hicieron la Revolución – si bien, al igual que sus padres, habían aprendido todas estas cosas de los libros de texto – no estaban en ningún grado emocionadas por ellas porque no había llegado todavía el momento en que esas ideas podían llegar a entusiasmarlas. ¿Cómo podía el pueblo haberse impresionado por ellas en una época en que todas las personas estaban acostumbradas a considerar todas las jerarquías como necesidades naturales?
La influencia real de los filósofos en la génesis de la Revolución no fue la que se les atribuye. No revelaron nada nuevo pero desarrollaron el espíritu crítico que ningún dogma puede resistir una vez que el camino está preparado para su caída.
Bajo la influencia de este espíritu crítico en desarrollo, cosas que ya no estaban siendo muy respetadas empezaron a respetarse cada vez menos. Cuando la tradición y el prestigio desaparecieron, el edificio social se desmoronó de modo súbito.
Esta disgregación progresiva finalmente descendió hasta el pueblo pero no fue iniciada por el pueblo. El pueblo sigue ejemplos, nunca los instituye.
Los filósofos, que no pudieron ejercer influencia alguna sobre el pueblo, ejercieron sí una gran influencia sobre la porción ilustrada de la nación. La nobleza desocupada, que hacía tiempo ya había sido expulsada de sus antiguas funciones y cuyos miembros estaban por consiguiente inclinados a ser críticos, siguieron su liderazgo. Incapaces de prever, los nobles fueron los primeros en romper con las tradiciones que constituían su única razón de ser.
Tan empapados de humanitarismo y de racionalismo como la burguesía actual, la nobleza debilitó sus propios privilegios mediante su crítica. Al igual que hoy, los reformadores más ardientes se encontraron entre los más favorecidos por la fortuna. La aristocracia promovió disertaciones sobre el contrato social, los derechos humanos y la igualdad de los ciudadanos. En el teatro aplaudió obras que criticaban privilegios, la arbitrariedad y la incapacidad de hombres en altos puestos y abusos de todo tipo.
Ni bien las personas pierden confianza en los fundamentos de la estructura mental que guía sus conductas, primero se sienten inseguras y luego descontentas. Todas las clases sintieron que sus antiguos motivos para actuar estaban desapareciendo gradualmente. Cosas que habían parecido sagradas por siglos ya no lo eran.
El espíritu censurador de la nobleza y de los escritores de la época no hubiera sido suficiente para desplazar la pesada carga de la tradición, pero su acción se sumó a la de otras poderosas influencias. Ya hemos señalado, citando a Bossuet, que bajo el Antiguo Régimen el gobierno religioso y el civil, ampliamente separados en la actualidad, se hallaban íntimamente interconectados. Herir a uno significaba, inevitablemente, herir al otro. Ahora bien, incluso antes del resquebrajamiento de la idea monárquica, la fuerza de la tradición religiosa había disminuido mucho entre las personas cultivadas. El constante progreso del conocimiento había desplazado a un número cada vez mayor de cerebros de la teología a la ciencia al oponer la verdad observada contra la verdad revelada.
Esta evolución mental, si bien muy vaga aún, fue suficiente para mostrar que las tradiciones, que durante tantos siglos habían orientado a las personas, no poseían el valor que se les atribuía y que pronto sería necesario reemplazarlas.
Pero ¿dónde descubrir los nuevos elementos que puedan tomar el lugar de la tradición? ¿Dónde buscar el anillo mágico que levantaría un nuevo edificio social sobre los restos de otro que ya no satisfacía a los hombres?
Las personas acordaron en atribuirle a la razón el poder que la tradición y los dioses parecían haber perdido. ¿Cómo dudar de su poder? Al ser innumerables sus descubrimientos ¿acaso no era legítimo suponer que aplicándola a la construcción de sociedades las transformaría por completo? La posibilidad de esa función creció muy rápidamente en el pensamiento de los más ilustrados, y esto en la misma proporción en que la tradición parecía ser cada vez menos confiable.
El poder soberano atribuido a la razón debe ser considerado como la idea culminante que no sólo engendró la Revolución sino que la gobernó por completo. Durante toda la Revolución las personas se abandonaron a los esfuerzos más perseverantes para romper con el pasado y construir una sociedad sobre la base de un plan dictado por la lógica.
Las teorías racionalistas de los filósofos, filtrándose lentamente hacia abajo, al pueblo simplemente le significaron que todas las cosas antes consideradas valiosas y respetables ya no eran ni dignas de respeto ni valiosas.
Habiendo sido los hombres declarados iguales, las antiguas autoridades ya no tenían por qué ser obedecidas.
La multitud fácilmente consiguió dejar de respetar lo que las clases superiores mismas ya no respetaban. Cuando se bajó la barrera del respeto, la Revolución quedó consumada.
El primer resultado de esta nueva mentalidad fue la insubordinación general. Madame Vigee Lebrun relata que, sobre la promenade de Longchamps, personas del pueblo saltaban sobre los estribos de los carruajes para gritar: “El año que viene usted estará detrás y nosotros estaremos dentro”.
El populacho no estuvo solo en su manifestación de insubordinación y descontento. Estos sentimientos estaban generalizados a la víspera de la Revolución. “El bajo clero” – dice Taine – “es hostil a los prelados; la nobleza provinciana a la nobleza cortesana; los vasallos a los señores; los campesinos a los citadinos,” etc.
Este estado mental, que había sido comunicado de los nobles al clero y al pueblo, también invadió al ejército. En el momento en que se inauguraron los Estados Generales, Necker dijo: “No estamos seguros de las tropas”. Los oficiales se estaban volviendo humanitarios y filosóficos. Los soldados, reclutados de entre la clase más baja de la población, no filosofaban pero tampoco obedecían ya.
En sus débiles mentes las ideas de igualdad simplemente significaban la supresión de todos los líderes y autoridades y, por lo tanto, de toda obediencia. En 1790 más de veinte regimientos amenazaron a sus oficiales y algunas veces, como en Nancy, los arrojaron a la prisión.
La anarquía mental que, después de extenderse a través de todas las clases de la sociedad, finalmente invadió el ejército fue la principal causa de la desaparición del Antiguo Régimen. “Fue la deserción del ejército afectado por las ideas del Tercer Estado” – escribió Rivarol – “lo que destruyó a la monarquía”.
2)- La supuesta influencia de los filósofos del Siglo XVIII sobre la génesis de la Revolución. Su aversión a la democracia.
Si bien los filósofos que supuestamente fueron los inspiradores de la Revolución Francesa atacaron ciertos privilegios y abusos, no por ello no debemos considerarlos como partidarios de un gobierno popular. La democracia, cuyo papel les era familiar por la Historia de Grecia, les resultaba, por lo general, altamente antipática. No ignoraban la destrucción y la violencia que invariablemente la acompañan y sabían que, ya en los tiempos de Aristóteles, se la definía como “un Estado en el cual todo, incluso la ley, depende de la multitud convertida en tirana y gobernada por unos pocos oradores ampulosos”.
Pierre Bayle, el auténtico antecesor de Voltaire, recordaba en los siguientes términos las consecuencias del gobierno popular en Atenas:
“Si uno considera esta historia que exhibe con gran extensión el tumulto de las asambleas, las facciones dividiendo a la ciudad, los sediciosos provocando disturbios, los personajes más ilustres perseguidos, exiliados y condenados a muerte por la voluntad de un violento inútil, uno podría concluir que este pueblo tan orgulloso de su libertad fue en realidad esclavo de un pequeño número de facciosos a los que llamaba demagogos y que lo hacían volverse ora en una dirección, ora en otra, a medida en que cambiaban sus pasiones, casi igual al mar que carga con sus olas una vez hacia un lado y otra vez hacia el otro de acuerdo a los vientos que lo azotan. Buscaréis en vano en Macedonia, que era una monarquía, tantos ejemplos de tiranía como la historia ateniense puede suministrar.”
Montesquieu tampoco tenía una admiración mayor por la democracia. Habiendo descrito tres formas de gobierno – republica, monarquía y despotismo – muestra muy claramente hacia dónde puede llegar a conducir un gobierno popular:
“Los hombres fueron libres con leyes; serían ilusoriamente libres sin ellas. Lo que era una máxima se llamó severidad; lo que fue el órden se llamó impedimento. Antes, el bienestar de los individuos constituyó la riqueza pública; ahora la riqueza pública se convierte en el patrimonio de individuos. La república es un embrollo y su fuerza es meramente el poder de algunos ciudadanos y el libertinaje de todos.”
... Aparecen de pronto pequeños tiranos exiguos que tienen, entre todos, los vicios de un solo tirano. Muy pronto lo que queda de la libertad se vuelve insostenible; surge un único tirano y el pueblo lo pierde todo, incluso las ventajas de la corrupción.
La democracia tiene, pues, dos extremos a evitar. El extremo del espíritu de igualdad conduce al despotismo de una sola persona y el despotismo de una sola persona conduce a ser conquistado.”
El ideal de Montesquieu fue el gobierno constitucional inglés que le impedía al monarca degenerar en déspota. Por otro lado, la influencia de este filósofo al momento de la Revolución fue muy escasa.
En cuanto a los Enciclopedistas a quienes se les atribuye un papel tan considerable, apenas si se dedicaron a la política – excepto d’Holbach, un liberal monárquico como Voltaire y Diderot. Escribieron principalmente sobre la libertad individual, oponiéndose a las intrusiones de la Iglesia, extremadamente intolerante y enemiga de los filósofos por aquella época. Al no ser ni socialistas ni demócratas, la Revolución no podía utilizar ninguno de sus principios.
Voltaire mismo, de ningún modo fue un ciego partidario de la democracia.
“La democracia” – dijo – “parece convenirle solamente a un país muy pequeño y, aún en ese caso, el mismo debe estar muy afortunadamente ubicado. Por más pequeño que sea, cometerá muchos errores porque está compuesto por seres humanos. La discordia prevalecerá allí como en un convento lleno de monjes; pero al menos no habrá ningún día de San Bartolomé, ninguna masacre irlandesa, nada de Vísperas Sicilianas, nada de Inquisición ni condena a la horca por haber sacado agua del mar sin pagar por ella; a menos que supongamos a esta república compuesta por demonios y ubicada en un rincón del infierno.”
Todos estos hombres que supuestamente inspiraron a la Revolución tuvieron opiniones que estaban lejos de ser subversivas y es realmente difícil de ver que hayan tenido influencia real alguna en el desarrollo del movimiento revolucionario. Rousseau fue uno de los muy pocos filósofos revolucionarios de su época y es por esto que su Contrato Social se convirtió en la Biblia de los hombres del Terror. Parecía suministrar la justificación racional necesaria para disculpar los actos derivados de impulsos inconscientes, místicos y afectivos, que ninguna filosofía había inspirado.
Para ser completamente veraces, los instintos democráticos de Rousseau de ningún modo se hallaban más allá de toda sospecha. Él mismo consideraba que sus proyectos de reorganización social, basados sobre la soberanía popular, podrían ser aplicados solamente a un Estado muy pequeño y, cuando los polacos le pidieron que les diseñara una Constitución, les aconsejó optar por un monarca hereditario.
Entre todas las teorías de Rousseau, la relativa a la perfección del estado social primitivo tuvo un gran éxito. Afirmó, junto a varios escritores de su tiempo, que la humanidad primitiva era perfecta y que fue corrompida sólo por la sociedad. Modificando a la sociedad por medio de buenas leyes uno podría regresar a la felicidad del mundo primigenio. Ignorando toda psicología, creyó que los seres humanos habían permanecido siendo iguales a lo largo del tiempo y del espacio y que todos podían ser gobernados por las mismas leyes y las mismas instituciones. Ésta fue entonces la creencia general. “Los vicios y las virtudes del pueblo” – escribió Helvetius – “son siempre un efecto necesario de su legislación ... ¿Cómo dudar que la virtud es, en todos los pueblos, el resultado de la sabiduría, más o menos perfecta, de la administración?”
No podría haber error más colosal.
3)- Las ideas filosóficas de la burguesía por la época de la Revolución
No es, de ninguna manera, fácil determinar exactamente cuales eran las concepciones sociales y políticas de un francés de clase media al momento de la Revolución. Quizás puedan ser reducidas a unas pocas fórmulas relativas a fraternidad, igualdad y gobierno popular, resumidas en la célebre Declaración de los Derechos del Hombre de las cual tendremos oportunidad de citar algunos pasajes.
Los filósofos del Siglo XVIII no parecen haber gozado de una estima demasiado alta entre los hombres de la Revolución. Es raro que sean citados en los discursos de esa época. Hipnotizados por sus recuerdos clásicos de Grecia y Roma, los nuevos legisladores releyeron a su Platón y a su Plutarco. Desearon revivir la Constitución de Esparta con sus costumbres, sus hábitos frugales y sus leyes.
Licurgo, Solón, Miltiades, Manlio Torcuato, Bruto, Mucio Scaevola, hasta el fabuloso Minos mismo se volvieron tan familiares en la tribuna como en el teatro y el público enloquecía por ellos. Sobre las asambleas revolucionarias se proyectaron las sombras de los héroes de la antigüedad. Sólo la posteridad las reemplazó por las sombras de los filósofos del Siglo XVIII.
Veremos que, en realidad, los hombres de este período, generalmente retratados como audaces innovadores guiados por sutiles filósofos, no buscaban realizar ninguna innovación en absoluto sino que intentaban regresar a un pasado hacía tiempo enterrado en la bruma de la Historia y al cual, para colmo, apenas si llegaron a entender en lo más mínimo.
Los más razonables, que no iban tan hacia atrás en sus modelos, apuntaron meramente a adoptar el sistema constitucional inglés, del cual habían cantado loas Montesquieu y Voltaire, y el cual finalmente todas las naciones habrían de imitar sin crisis violentas.
Sus ambiciones estaban limitadas al deseo de perfeccionar la monarquía existente, no a derrocarla. Pero en épocas revolucionarias las personas terminan siguiendo un camino muy diferente al que se propusieron tomar. Por la época en que fueron convocados los Estados Generales nadie hubiera podido suponer jamás que una revolución de pacíficos burgueses y hombres de letras se transformaría rápidamente en una de las más sangrientas dictaduras de la Historia.
Capítulo IV
Ilusiones psicológicas respecto de la Revolución Francesa
1)- Ilusiones respecto del hombre primitivo, el regreso a un estado de naturaleza y la psicología del pueblo.
Ya hemos repetido, y volveremos a repetir, que los errores de una doctrina no impiden su propagación y por ello todo lo que tenemos que considerar aquí es su influencia sobre la mente de las personas.
Pero, si bien la crítica a las doctrinas erradas rara vez es de utilidad práctica, resulta sumamente interesante desde un punto de vista psicológico. El filósofo que desea comprender el funcionamiento de la mente humana debe siempre considerar cuidadosamente las ilusiones con las que viven las personas. Quizás nunca en el transcurso de la Historia estas ilusiones parecieron ser tan profundas y tan numerosas como durante la Revolución.
Una de las más prominentes fue la singular concepción acerca de la naturaleza de nuestros primeros antepasados y las sociedades primitivas. Al no haber todavía la antropología revelado las condiciones de nuestros remotos ancestros, las personas, influenciadas por las leyendas de la Biblia, suponían que el ser humano había salido perfecto de las manos de su Creador. Las primeras sociedades habrían sido así modelos, arruinados posteriormente por la civilización, pero a los cuales la humanidad tenía que regresar. El retorno a un estado de naturaleza fue muy pronto el grito general. “El principio fundamental de toda moral de la que he tratado en mis escritos” – dijo Rousseau – “es que el Hombre es un ser por naturaleza bueno, amante de la justicia y del órden”.
La ciencia moderna, al determinar las condiciones de vida de nuestros primeros antepasados a partir de los restos que nos han quedado, hace ya rato que ha demostrado el error de esta doctrina. El hombre primitivo se presenta como un bruto feroz e ignorante, tan ignorante como el salvaje moderno que pretende ser adorador de la bondad, la moralidad y la compasión. Gobernado por sus impulsos instintivos, se arroja sobre su presa cuando el hambre lo saca de su caverna y cae sobre sus enemigos en el momento en que lo domina el odio. La razón, al no haber surgido aún, no pudo gobernar sus instintos.
El objeto de la civilización, al contrario de todas las creencias revolucionarias, ha sido, no el regresar al estado de naturaleza sino el escapar del mismo. Los jacobinos transformaron una sociedad política en una horda de bárbaros precisamente porque condujeron a la humanidad a su condición primitiva, destruyendo todas las restricciones sociales sin las cuales ninguna civilización puede existir.
En lo concerniente a la naturaleza del hombre, las ideas de estos teóricos fueron aproximadamente tan valiosas como las de un general romano en lo concerniente al valor de los augurios. Sin embargo, aún así su influencia en cuanto a brindar motivaciones para la acción fue considerable. La Convención estuvo siempre inspirada por esas ideas.
Los errores relacionados con nuestros primitivos antepasados fueron bastante perdonables dado que las reales condiciones existenciales de éstos eran absolutamente desconocidas antes de que nos las revelaran los descubrimientos modernos. Pero la absoluta ignorancia de la psicología humana que demostraron tener los hombres de la Revolución es por lejos menos fácil de comprender.
Realmente es como si los filósofos y escritores del Siglo XVIII hubiesen estado privados por completo de la más mínima capacidad de observación. Vivieron entre sus contemporáneos sin verlos y sin entenderlos. Por sobre todo, no tuvieron la menor sospecha acerca de la verdadera naturaleza de la mentalidad popular. El hombre del pueblo siempre se les apareció bajo la figura del modelo quimérico creado por sus sueños. Tan ignorantes de psicología como de las enseñanzas de la Historia, consideraron al plebeyo como una persona naturalmente buena, afectuosa, agradecida y siempre dispuesta a escuchar a la razón.
Los discursos pronunciados por los miembros de la Asamblea muestran cuan profundas eran estas ilusiones. Cuando los campesinos comenzaron a incendiar el chateaux se sorprendieron muchísimo y se dirigieron a ellos con arengas sentimentales, rogándoles que cesaran en su actitud para no “apenar a vuestro buen rey” e instándolos “a sorprenderlo con vuestras virtudes”.
2)- Ilusiones respecto de la posibilidad de separar al Hombre de su pasado y el poder transformador atribuido a la ley.
Uno de los principios que sirvió de fundamento a las instituciones revolucionarias fue que el ser humano puede ser rápidamente aislado de su pasado y que una sociedad puede ser reedificada en todos sus aspectos por medio de instituciones. Los legisladores del momento resolvieron romper por completo con el pasado, persuadidos a la luz de la razón de que, excepto por las eras primitivas que habrían de servir de modelo, el pasado representaba una herencia de errores y supersticiones.
Para enfatizar mejor sus intenciones, fundaron toda una nueva era, modificaron el calendario y cambiaron el nombre de los meses y las estaciones del año.
Suponiendo semejantes a todos los seres humanos, creyeron que podrían legislar para toda la raza humana. Condorcet imaginó que estaba expresando una verdad evidente cuando dijo:”Una buena ley tiene que ser buena para todos los hombres, del mismo modo en que un postulado geométrico es verdadero para todos.”
Los teóricos de la Revolución nunca percibieron, detrás del mundo de las cosas visibles, los resortes secretos que las ponían en movimiento. Se necesitó un siglo de progreso biológico para mostrar cuan funestos habían sido sus errores y cuan completamente un ser de cualquier especie depende de su pasado.
Los reformadores de la Revolución se hallaron constantemente chocando contra el pasado sin siquiera entenderlo. Quisieron aniquilarlo pero, en lugar de ello, terminaron aniquilados por él.
La fe de los legisladores en el poder absoluto de leyes e instituciones – violentamente sacudida al final de la Revolución – fue absoluta al principio. Gregoire dijo desde la tribuna de la Asamblea Constituyente sin provocar el más mínimo asombro: “Si quisiéramos, podríamos cambiar la religión; pero no queremos hacerlo.” Sabemos que quisieron hacerlo más tarde, y también sabemos qué tan miserablemente fracasaron en su intento.
Aún así, los jacobinos tuvieron en sus manos todos los elementos para el éxito. Gracias a la más completa de las tiranías, se eliminaron todos los obstáculos y las leyes que se les ocurrió imponer fueron siempre aceptadas. Después de diez años de violencia, de destrucción, de incendios y saqueos, masacres y sublevaciones generales, su impotencia quedó revelada tan palmariamente que cosecharon la reprobación general. Después, el dictador invocado por la totalidad de Francia se vio obligado a reestablecer la mayor parte de lo que había sido destruido.
El intento de los jacobinos de reformular la sociedad en nombre de la razón constituye un experimento altamente interesante. Es probable que la humanidad nunca vuelva a tener la oportunidad de repetirlo a una escala tan extensa.
Si bien la lección fue terrible, parece no haber sido suficiente para una considerable clase de mentes ya que, aún en la actualidad, podemos oír a socialistas con planes quiméricos proponiendo reconstruir a la sociedad de arriba hacia abajo.
3)- Ilusiones respecto del valor teórico de los grandes principios revolucionarios.
Los principios fundamentales sobre los que se basó la Revolución a fin de crear un nuevo orden están contenidos en Declaraciones de Derechos, formuladas sucesivamente en 1789, 1793 y 1795. Las tres Declaraciones coinciden en proclamar que “el principio de la soberanía reside en la nación”.
En cuanto al resto, las tres Declaraciones difieren en varios puntos; notoriamente, en materia de igualdad. La de 1789 simplemente establece (Artículo 1°): “Los hombres nacen y permanecen libres y poseen los mismos derechos.” La de 1793 va más lejos y nos asegura que (Artículo 3°): “Todos los hombres son iguales por naturaleza.” La de 1795 es más modesta y dice (Artículo 3°): “La igualdad consiste en que la ley es la misma para todos.” Aparte de esto, habiendo mencionado derechos, la tercera Declaración considera útil hablar de deberes. Su moralidad es simplemente la del Evangelio. El Artículo 2° dice: “Todos los deberes del hombre y del ciudadano se derivan de estos dos principios grabados por la naturaleza en todos los corazones: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; haz constantemente a los demás lo que deseas recibir de ellos.”
Las partes esenciales de estas proclamas, las únicas que realmente han sobrevivido, son las relativas a la igualdad y a la soberanía popular.
A pesar de la debilidad de su significado racional, la parte desempeñada por la consigna republicana de Libertad, Igualdad, Fraternidad, fue considerable.
Esta fórmula mágica, que se mantiene grabada en muchas de nuestras paredes hasta que se grabe en nuestros corazones, realmente tuvo ese poder sobrenatural que los hechiceros atribuyen a determinadas palabras.
Gracias a las nuevas esperanzas despertadas por sus promesas, su poder de expansión fue considerable. Miles de hombres dieron sus vidas por ellas. Incluso en nuestros días, cuando estalla una revolución en cualquier parte del mundo, se invoca siempre la misma fórmula.
Su elección fue extremadamente feliz. Pertenece a esa categoría de frases indefinidas, evocadoras de sueños, que cada uno es libre de interpretar de acuerdo con sus propios deseos, odios y anhelos. En cuestiones de fe el real sentido de las palabras importa muy poco; su importancia está determinada por el significado que se les adosa.
De los tres principios de la consigna revolucionaria, el de la igualdad es el que fue más pródigo en consecuencias. Veremos en otra parte de este libro que es casi el único que sobrevive produciendo todavía sus efectos.
Por cierto que no fue la Revolución la que introdujo la idea de la igualdad en el mundo. Sin siquiera retroceder hasta las repúblicas griegas, podemos remarcar que la teoría de la igualdad fue predicada de la forma más clara por el cristianismo y por el Islam. Todos los hombres, hijos del mismo Dios, son iguales ante Él y serán juzgados de acuerdo con sus méritos. El dogma de la igualdad de las almas fue un dogma esencial tanto para los mahometanos como para los cristianos.
Pero el proclamar el principio no basta para asegurar su cumplimiento. La Iglesia cristiana pronto renunció a su igualdad teórica y los hombres de la Revolución sólo la recordaron en sus discursos.
El sentido del término “igualdad” varía de acuerdo con la persona que lo emplea. Con frecuencia esconde sentimientos muy contrarios a su sentido original y representa la imperiosa necesidad de no tener a nadie por encima de uno mismo, unida al no menos intenso deseo de sentirse por encima de los demás. Entre los jacobinos de la Revolución, como entre los de nuestros días, la palabra “igualdad” simplemente implica un odio envidioso a toda superioridad. A fin de eliminar la superioridad, estas personas pretenden unificar comportamientos, costumbres y situaciones. Todos los despotismos, excepto el ejercido por ellos mismos, les parecen odiosos.
Al no ser capaces de eliminar las desigualdades naturales, las niegan.
La secunda Declaración de Derechos, la de 1793, afirma contrariando toda evidencia que: “todos los hombres son iguales por naturaleza”.
Parecería ser que en muchos de los hombres de la Revolución el ardiente deseo de igualdad meramente ocultaba una intensa necesidad de desigualdades. En su beneficio, Napoleón se vio obligado a reestablecer títulos de nobleza y condecoraciones. Habiendo demostrado que fue entre los revolucionarios más furibundos que encontró los instrumentos más dóciles de dominación, Taine continúa:
“De repente, a través de toda su prédica de libertad e igualdad, aparecieron sus instintos autoritarios, su necesidad de mandar aún como subordinados, y también, en la mayoría de los casos, un apetito por el dinero y el placer. Entre el delegado del Comité de Seguridad Pública y el ministro, el prefecto o subprefecto del Imperio, la diferencia es pequeña: es la misma persona con dos trajes diferentes...”
El dogma de la igualdad tuvo por primera consecuencia la proclama de la soberanía popular por parte de la burguesía. Por otra parte, esta soberanía permaneció siendo altamente teórica durante toda la revolución.
El principio de igualdad fue el legado perdurable de la Revolución. Los otros dos términos de “libertad” y “fraternidad” que lo acompañan en la consigna republicana nunca tuvieron mucha influencia. Hasta podríamos decir que no tuvieron ninguna durante la Revolución y el Imperio y sirvieron meramente para decorar los discursos de algunas personas.
Más tarde, su influencia difícilmente aumentó mucho. La fraternidad no se practicó nunca y los pueblos nunca se preocuparon demasiado por la libertad. Hoy en día los trabajadores han abdicado totalmente de ella en favor de sus sindicatos.
Resumiendo: si bien el lema republicano ha sido escasamente aplicado, ejerció no obstante una influencia muy grande. De la Revolución Francesa no ha quedado nada en la mente popular excepto las tres célebres palabras que resumen su evangelio y que sus ejércitos diseminaron por toda Europa.
LIBRO II
Las influencias racionales, afectivas, místicas y colectivas, activas durante la Revolución
Capítulo I
La psicología de la Asamblea Constituyente
1)- Influencias psicológicas activas durante la Revolución Francesa
Tanto la génesis de la Revolución Francesa como su duración estuvieron condicionadas por elementos de naturaleza racional, afectiva, mística y colectiva, con cada una de estas categorías gobernada por una lógica diferente. Como ya he señalado, tantos historiadores interpretaron este período en forma tan dispar porque no fueron capaces de disociar las influencias respectivas de estos factores.
El elemento racional, usualmente invocado como explicación, ejerció en realidad una influencia muy débil. Preparó el camino para la Revolución, pero la sostuvo tan sólo al principio mientras todavía era exclusiva de la clase media. Su acción se manifestó a través de varias medidas de la época tales como la reforma tributaria, la supresión de los privilegios de una nobleza inútil, etc.
Ni bien la Revolución llegó al pueblo, la influencia de los elementos racionales se desvaneció aceleradamente ante los elementos afectivos y colectivos. En cuanto a los elementos místicos – cimiento de la fe revolucionaria – fueron éstos los que fanatizaron al ejército y propagaron el nuevo credo a través del mundo.
Veremos a estos distintos elementos aparecer en los hechos y en la psicología de los individuos. Quizás el más importante de todos fue el elemento místico. La Revolución no puede ser claramente comprendida – no nos cansaremos de reiterarlo – a menos que sea considerada como la formación de una nueva fe. Lo que he dicho en otra parte de todos los credos se aplica igualmente a la Revolución. Haciendo referencia, por ejemplo, al capítulo de la Reforma, el lector verá que presenta más de una analogía con la Revolución.
Habiendo perdido tanto tiempo en demostrar el escaso valor racional de los credos, los filósofos actuales están empezando a comprender mejor la función de los mismos. Han sido forzados a admitir que los credos son los únicos factores que poseen suficiente influencia para transformar todos los elementos de una civilización.
Se imponen a las personas más allá de la razón y tienen el poder de polarizar en un solo sentido los pensamientos y los sentimientos del hombre. La razón pura jamás ha tenido ese poder desde el momento en que los seres humanos jamás se han apasionado por la razón.
La forma religiosa rápidamente adoptada por la Revolución explica su poder de expansión y el prestigio que tuvo y ha retenido.
Pocos historiadores comprendieron que este gran monumento ha de ser considerado como el fundamento de una nueva religión. La penetrante mente de Tocqueville creo que fue la primera en percibirlo:
“La Revolución Francesa” – escribió – “fue una revolución política que operó a la manera de, y asumió algo del aspecto de, una revolución religiosa. Véanse por cuales caracteres regulares y característicos finalmente se pareció a la última: no sólo se expandió a lo largo y a lo ancho como una revolución religiosa sino, como ésta, se expandió por medio de la prédica y de la propaganda. Una revolución política que inspira a prosélitos, que es predicada apasionadamente a extranjeros del mismo modo en que es llevada a cabo internamente: considérese cuan nuevo fue este espectáculo.”
Aceptando el aspecto religioso de la Revolución se explican con facilidad la furia y las devastaciones que la acompañaron. La Historia nos muestra que éstas siempre acompañan el nacimiento de las religiones. La Revolución, por lo tanto, tuvo que provocar la violencia y la intolerancia que las deidades triunfantes demandan de sus adeptos. Agitó a toda Europa durante veinte años, arruinó a Francia, causó la muerte de millones de personas y le costó al país varias invasiones. Pero, por regla general, es sólo a costa de tales catástrofes que los pueblos pueden cambiar de fe.
Si bien el elemento místico constituye siempre la base de los credos, ciertos elementos afectivos y racionales se le agregan rápidamente. Una fe, por lo tanto, sirve para agrupar sentimientos, pasiones e intereses que pertenecen a un dominio afectivo. La razón, después, envuelve esa totalidad buscando justificar acontecimientos en los que, sin embargo, no desempeñó papel alguno.
Al momento de la Revolución, cada cual, de acuerdo con sus aspiraciones, vistió a la nueva fe con una diferente vestimenta racional. Los pueblos sólo vieron en ella la supresión de los despotismos y las jerarquías religiosas y políticas bajo las cuales con tanta frecuencia habían sufrido. Escritores como Goethe y pensadores como Kant imaginaron ver en ella el triunfo de la razón. Extranjeros como Humboldt fueron a Francia a “respirar el aire de libertad y a asistir a las exequias del despotismo”.
Estas ilusiones intelectuales no duraron mucho. La evolución del drama pronto reveló la verdadera base del sueño.
2)- Disolución del Antiguo Régimen. La Asamblea de los Estados Generales.
Antes de ser realizadas en acciones, las revoluciones se diseñan en los pensamientos de las personas. Preparada por las causas ya estudiadas, la Revolución Francesa comenzó, en realidad, con el reinado de Luis XVI. Día a día cada vez más descontentas y censuradoras, las clases medias sumaron reclamo sobre reclamo. Todo el mundo clamaba por una reforma.
Luis XVI entendió perfectamente la utilidad de una reforma, pero era demasiado débil para imponerla al clero y a la nobleza. Ni siquiera pudo retener a sus ministros reformadores, Malesherbes y Turgot. Con la pobreza de todas las clases aumentando con las hambrunas y una mayor presión tributaria; las generosas pensiones cobradas por la Corte formaron un contraste escandaloso frente a la miseria general.
Los notables convocados para intentar remediar la situación financiera rechazaron un sistema tributario equitativo y concedieron reformas tan sólo insignificantes que el Parlamento ni siquiera consintió en registrar. Tuvo que ser disuelto. Los parlamentos provinciales hicieron causa común con el de París y fueron disueltos también. Pero dirigían a la opinión pública y todas las partes de Francia demandaron que se reunieran los Estados Generales que no habían sido convocados por casi doscientos años.
Se tomó la decisión: 5.000.000 de franceses, de los cuales 100.000 eran eclesiásticos y 150.000 nobles, enviaron a sus representantes. Fueron 1.200 diputados en general, de los cuales 578 pertenecían al Tercer Estado siendo principalmente magistrados, abogados y médicos. De los 300 diputados del clero, 200 de origen plebeyo se plegaron al Tercer Estado en contra de la nobleza y el alto clero.
Desde las primeras sesiones se desató un conflicto psicológico entre los diputados de las diferentes condiciones sociales y (por lo tanto) de diferentes mentalidades. Las fastuosa vestimenta de los diputados privilegiados contrastó de una manera humillante con el aspecto sombrío de los del Tercer Estado.
En la primera sesión, de acuerdo a las prerrogativas de su clase, los miembros de la nobleza mantuvieron sus cabezas cubiertas ante el rey. Los del Tercer Estado quisieron imitarlos pero los miembros privilegiados protestaron. Al siguiente día se escucharon más protestas de vanidad herida. Los diputados del Tercer Estado invitaron a los de la nobleza y el clero, que sesionaban en salas separadas, a unirse a ellos para la verificación de sus mandatos. Los nobles se rehusaron. Las negociaciones duraron más de un mes. Finalmente, los diputados del Tercer Estado, a una proposición del abate Sieyes y considerando que representaban el 95 porciento de la nación, se declararon constituidos en Asamblea Nacional. Desde ese momento en adelante, la Revolución siguió su curso.
3)- La Asamblea Constituyente.
El poder de una asamblea política reside, por sobre todo, en la debilidad de sus adversarios. Asombrada por la escasa resistencia que encontró y entusiasmada por la influencia de un puñado de oradores, la Asamblea Constituyente, desde sus primeras sesiones, habló y actuó como un cuerpo soberano. En especial, se arrogó el derecho de decretar impuestos lo que implicó una seria violación de las prerrogativas del poder monárquico.
La resistencia de Luis XVI fue bastante débil. Simplemente se limitó a clausurar la sala dispuesta para la reunión de los Estados. Frente a ello, los diputados se reunieron en una sala disponible cerca de unas canchas de juego de pelota y juraron no disolverse hasta que la Constitución del reino no fuese un hecho establecido.
La mayoría de los diputados del clero fueron con ellos. El rey revocó la decisión de la Asamblea y le ordenó a los diputados que se retiraran. Después que el Marqués de Dreux-Breze en su calidad de Gran Maestro de Ceremonias los invitara a obedecer la orden del soberano, el Presidente de la Asamblea declaró: “que la nación reunida en asamblea no puede recibir órdenes” y Mirabeau le contestó al enviado del soberano diciendo que, estando la Asamblea reunida por la voluntad del pueblo, sólo se retiraría a punta de bayoneta. De nuevo el rey cedió.
El 9 de Junio la asamblea de diputados se puso el título de Asamblea Constituyente. Por primera vez en siglos, el rey se vio forzado a reconocer la existencia de un nuevo poder anteriormente ignorado: el del pueblo representado por sus diputados electos. La monarquía absoluta había dejado de existir.
Sintiéndose cada vez más seriamente amenazado, Luis XVI convocó a Versailles una cantidad de regimientos compuestos por mercenarios extranjeros. La Asamblea demandó el retiro de las tropas.
El rey se negó y despidió a Necker reemplazándolo por el Mariscal de Broglie que tenía la reputación de ser una persona extremadamente autoritaria.
Pero la Asamblea tenía partidarios hábiles. Camille Desmoulins y otros arengaron a la muchedumbre en todas partes convocándola a la defensa de su libertad. Hicieron sonar las campanas de alarma, organizaron una milicia de 12.000 hombres, tomaron mosquetes y cañones de los Invalides y el 14 de Julio las bandas armadas marcharon hacia la Bastilla. La fortaleza, apenas defendida, capituló en pocas horas. Se encontraron en su interior siete prisioneros, uno de los cuales era un idiota y cuatro se hallaban acusados de estafa.
La Bastilla, la prisión de muchas víctimas del poder arbitrario, simbolizaba el poder monárquico para muchas mentes; pero el pueblo que la demolió no había sufrido en ella. Sus prisioneros habían sido casi exclusivamente nobles.
La influencia ejercida por la toma de este fuerte ha continuado hasta nuestros días. Historiadores serios como Rambaud nos aseguran que “la toma de la Bastilla es un hecho culminante de la Historia, no sólo de Francia sino de toda Europa, e inaugura una nueva época en la Historia del mundo.”
Esta credulidad es algo excesiva. La importancia del acontecimiento residió simplemente en el hecho psicológico de que, por primera vez, el pueblo percibió una prueba obvia de la debilidad de una autoridad que hasta ese momento había parecido formidable.
El principio de autoridad se disuelve muy rápidamente cuando queda herido en la mente pública. ¿Qué no puede uno demandar de un rey que no ha podido defender su fuerte principal contra los ataques populares? La autoridad, considerada todopoderosa, había cesado de serlo.
La toma de la Bastilla fue el comienzo de uno de esos fenómenos de contagio mental que abundan en la Historia de la Revolución. Las tropas mercenarias extranjeras, si bien no podían tener más que un escaso interés en el movimiento, empezaron a dar muestras de amotinamiento. Luis XVI quedó reducido a aceptar su disolución. Volvió a llamar a Necker, fue al Hotel de Ville, sancionó con su presencia los hechos consumados y aceptó de La Fayette, el comandante de la Guardia Nacional, la nueva escarapela roja, blanca y azul que establecía la alianza de los colores de París con los del rey.
Si bien la revuelta que terminó en la toma de la Bastilla de ningún modo puede ser considerada “un hecho culminante de la Historia”, aún así marca el momento preciso del comienzo del gobierno popular. A partir de allí, el pueblo armado intervino diariamente en las deliberaciones de las asambleas revolucionarias e influenció seriamente su conducta.
Esta intervención del pueblo en conformidad con el dogma de su soberanía ha provocado la respetuosa admiración de muchos historiadores de la Revolución. Hasta un estudio superficial de la psicología de las masas les habría revelado rápidamente que esa entidad mística a la que llaman “el pueblo” estaba meramente traduciendo la voluntad de sus líderes. No es correcto decir que el pueblo tomó la Bastilla, atacó las Tullerías, invadió la Convención, etc. Ciertos líderes – generalmente por medio de los clubes – formaron bandas armadas entre el populacho y las dirigieron contra la Bastilla, las Tullerías, etc. Durante la Revolución, las mismas muchedumbres atacaron o defendieron a los partidos más contrarios, de acuerdo a los líderes que casualmente las encabezaron. Una masa nunca tiene más opinión que la de sus líderes.
Como ejemplo de lo que constituye una de las más potentes formas de sugestión, la toma de la Bastilla fue inevitablemente seguida por la destrucción de otros fuertes. Muchos chateaux fueron considerados como otras tantas Bastillas y, a fin de imitar a los parisinos que habían destruido la suya, los campesinos comenzaron a incendiarlas. Lo hicieron con una furia aún mayor porque las residencias señoriales contenían los títulos de sus impuestos feudales. Fue una especie de jacquerie. ([11])
La Asamblea Constituyente, tan orgullosa y altanera frente al rey, fue – como todas las Asambleas que la siguieron – extremadamente pusilánime ante el pueblo.
Esperando poner fin a los desórdenes de la noche del 4 de Agosto, a propuesta de un miembro de la nobleza – el Conde de Noailles – votó la abolición de los derechos señoriales. Si bien esta medida suprimía de un plumazo los privilegios de los nobles, fue votada en medio de lágrimas y de abrazos. Estas erupciones de entusiasmo sentimental se explican con facilidad si recordamos lo contagiosas que son las emociones en una muchedumbre; sobre todo en una asamblea apremiada por el miedo.
Si los nobles hubieran renunciado a sus derechos tan sólo algunos años antes la Revolución podría haberse evitado; pero ahora ya era demasiado tarde. El ceder cuando uno está obligado a hacerlo, meramente aumenta las demandas de aquellos ante quienes uno cede. En política siempre hay que mirar hacia delante y ceder el paso mucho antes de que uno se vea obligado a hacerlo.
Luis XVI titubeó durante dos meses si debía, o no, ratificar las decisiones votadas por la Asamblea en la noche del 4 de Agosto. Se había retirado a Versailles. Los dirigentes enviaron hacia allí una banda de 7.000 a 8.000 hombres y mujeres, asegurándoles que la residencia real contenía grandes cantidades de pan. Se forzaron las rejas del palacio, algunos guardias fueron muertos y el rey y su familia fueron conducidos de regreso a París en medio de una muchedumbre vociferante, en la que muchos de sus miembros llevaban en la punta de sus picas la cabeza de los soldados que habían masacrado. La tenebrosa marcha duró seis horas. Estos acontecimientos constituyen lo que se conoce como “los días” de Octubre.
El poder popular aumentó y en realidad el rey, así como toda la Asamblea, quedó a partir de allí en manos del pueblo – esto es: a merced de los clubes y sus líderes. Este poder popular habría de prevalecer por cerca de diez años y la Revolución habría de ser casi completamente su obra.
Habiendo proclamado que el pueblo constituía el único soberano, la Asamblea se sintió tremendamente embarazada por las revueltas que iban mucho más allá de las expectativas teóricas. La Asamblea había supuesto que se restauraría el órden mientras ella fabricaba una Constitución destinada a garantizarle a la humanidad una felicidad eterna.
Sabemos que durante todo en transcurso de la Revolución una de las principales tareas de las asambleas fue la de hacer, deshacer y rehacer Constituciones. Los teóricos les atribuían – de la misma manera en que siguen atribuyéndoles en la actualidad – el poder de transformar a la sociedad. Por lo tanto, la Asamblea no podía descuidar su trabajo. En el ínterin, publicó una solemne Declaración de los Derechos del Hombre que resume sus principios.
La Constitución, las proclamas, las declaraciones y los discursos no tuvieron el menor efecto sobre los movimientos populares, ni tampoco sobre los disidentes cuyo número aumentaba día a día en el seno de la Asamblea. Estos últimos quedaron más y más bajo el ascendiente del partido progresista que se encontraba apoyado por los clubes. Danton, Camille Desmoulins y más tarde Marat y Herbert excitaron violentamente al populacho mediante sus arengas y sus periódicos. La Asamblea se deslizaba rápidamente por el tobogán que conduce a los extremismos.
Durante todos estos desórdenes, las finanzas del país no mejoraron. Convencida finalmente de que los discursos filantrópicos no alterarían su lamentable condición y viendo que la bancarrota ya la amenazaba, la Asamblea decretó el 2 de Noviembre de 1789 la confiscación de los bienes de la Iglesia. Los ingresos percibidos de los creyentes ascendían a unos 8.000.000 de libras y el valor de los bienes fue estimado en cerca de 120.000.000 de libras. Estaban distribuidos entre algunos cientos de prelados, abates de la corte, etc. que poseían en propiedad un cuarto de toda Francia. Estos bienes, llamados de allí en más “dominios nacionales” constituyeron la garantía de los assignats, cuya primera emisión fue por 400.000.000 francos (16.000.000 de libras esterlinas). El público los aceptó al principio, pero se multiplicaron tanto bajo el Directorio y la Convención – la cual de esta forma emitió 45.000.000.000 de francos (800.000.000 libras esterlinas) – que finalmente un assignat de 100 libras sólo terminó valiendo unos pocos centavos.
Estimulado por sus consejeros, el débil Luis intentó en vano luchar contra los decretos de la Asamblea negándose a sancionarlos.
Bajo la sugestión cotidiana de los líderes y el poder del contagio mental, el movimiento revolucionario se estaba extendiendo por todas partes, independientemente de la Asamblea y con frecuencia incluso contra ella.
En los pueblos y villorrios se instituyeron municipalidades revolucionarias, protegidas por Guardias Nacionales locales. Los de pueblos vecinos comenzaron a hacer arreglos mutuos para defenderse si se daba la ocasión. De esta forma se formaron federaciones que pronto fueron agrupadas en una sola. La misma envió 14.000 Guardias Nacionales a París que se reunieron en el Champ-de-Mars el 14 de Julio de 1790. Allí, el rey juró mantener la Constitución decretada por la Asamblea Nacional.
A pesar de este juramento vano se hizo cada día más evidente que no resultaba posible establecer ningún acuerdo entre los principios hereditarios de la monarquía y los proclamados por la Asamblea.
Sintiéndose completamente impotente, el rey sólo pensó en la fuga. Arrestado en Varennes y traído de regreso a París, fue encerrado de las Tullerías. La Asamblea, a pesar de ser marcadamente monárquica, le suspendió los poderes y decidió hacerse cargo exclusivamente del gobierno.
Nunca un soberano se encontró en una situación tan difícil como Luis en el momento de su huida. Quizás ni siquiera el genio de un Richelieu hubiera conseguido liberarlo de ella. El único elemento de defensa en el que se hubiera podido apoyar le había fallado desde el principio.
Durante toda la duración de la Asamblea Constituyente, la inmensa mayoría de los franceses, y de la Asamblea misma, siguió siendo monárquica. Si el soberano hubiese aceptado una monarquía liberal, quizás hubiera podido permanecer en el poder. Parecería ser que Luis tenía que prometer poco para llegar a un acuerdo con la Asamblea.
Poco, quizás, pero con su estructura mental ese poco resultaba estrictamente imposible. Todas las sombras de sus antepasados se hubieran levantado ante él si hubiera consentido en modificar el mecanismo de una monarquía heredada de tantos antecesores. Además, incluso si lo hubiera intentado, la oposición de su familia, el clero, los nobles y la corte, no hubiera podido ser vencida jamás. Las antiguas castas sobre las que descansaba la monarquía – la nobleza y el clero – eran por aquél entonces casi tan poderosas como el rey mismo. Cada vez que parecía inclinado a aceptar las demandas de la Asamblea ello era porque se veía forzado a hacerlo en un intento de ganar tiempo. Su apelación a poderes extranjeros representa la resolución de un hombre desesperado que ha visto como le fallan sus defensas naturales.
Tanto él como en especial la reina, cultivaban las más extrañas ilusiones en relación con una posible asistencia de Austria que había sido, por siglos, la rival de Francia. Si Austria indolentemente consintió en algo de esta ayuda fue sólo por la esperanza de recibir una gran recompensa. Mercy le dio a entender que el pago esperado consistía en Alsacia, los Alpes y Navarra.
Los líderes de los clubes, encontrando a la Asamblea demasiado monárquica, enviaron al pueblo en contra de ella. Se firmó una petición invitando a la Asamblea a convocar un nuevo poder constituyente para proceder al juicio de Luis XVI.
Monárquica después de todo, y hallando que la Revolución estaba tomando un carácter demasiado demagógico, la Asamblea resolvió defenderse contra las acciones del pueblo. Un batallón de la Guardia Nacional, comandado por La Fayette, fue enviado a dispersar la multitud reunida en el Champ-de-Mars. Cincuenta de los presentes fueron muertos.
La Asamblea no persistió por mucho tiempo en su débil resistencia. Temerosa en extremo del pueblo, incrementó su arrogancia para con el rey quitándole cada día una parte más de sus prerrogativas y autoridad. Terminó siendo apenas más que un empleado público obligado a ejecutar los deseos de los demás.
La Asamblea había imaginado que sería capaz de ejercer la autoridad que le había quitado al rey, pero tamaña tarea se hallaba infinitamente más allá de sus recursos. Un poder tan dividido siempre es débil. “No conozco nada más terrible” – dijo Mirabeau – “que la autoridad soberana de seiscientas personas.”
Habiéndose vanagloriado de poder combinar en su seno todos los poderes del Estado y ejercerlos como Luis XVI lo había hecho, la Asamblea muy pronto no ejerció ninguno en absoluto.
A medida en que falló su autoridad, creció la anarquía. Los líderes populares continuamente agitaban al pueblo. La revuelta y la insurrección se convirtieron en los únicos poderes. Todos los días la Asamblea resultó invadida por delegaciones agresivas e imperiosas que operaron por medio de amenazas y demandas.
Todos estos movimientos populares, que la Asamblea invariablemente obedeció bajo la presión del miedo, no tuvieron nada de espontáneas. Simplemente representaron la manifestación de nuevos poderes – los clubes y la Comuna – que habían sido erigidos al lado de la Asamblea.
El más poderosos de estos clubes fue el jacobino que rápidamente había creado más de quinientas filiales por todo el país, todas ellas bajo las órdenes de un cuerpo central. Su influencia se mantuvo preponderante a lo largo de toda la Revolución. Fue el amo de la Asamblea y luego de Francia, siendo su único rival la insurreccional Comuna cuyo poder se ejercía solamente en París.
La debilidad y los fracasos de la Asamblea nacional la hicieron extremadamente impopular. Tomó conciencia de ello y, sintiéndose cada día más impotente, decidió acelerar la creación de una nueva Constitución que le permitiese disolverse. Su última acción, bastante torpe por cierto, fue la de decretar que ningún miembro de la Asamblea Constituyente podría ser elegido a la Asamblea Legislativa. Los miembros de esta última fueron privados así de la experiencia adquirida por sus antecesores.
La Constitución se terminó el 3 de Septiembre de 1791 y fue aceptada el día 13 por el rey al cual la Asamblea le había restituido sus poderes.
Esta Constitución instituía un gobierno representativo, delegando el poder legislativo en diputados elegidos por el pueblo y el poder ejecutivo en el rey cuyo derecho de veto sobre los decretos de la Asamblea fue reconocido. Las antiguas provincias fueron sustituidas por nuevas divisiones departamentales. Los antiguos impuestos fueron abolidos y reemplazados por los impuestos directos e indirectos que aún hoy están en vigor.
La Asamblea, que acababa de alterar las subdivisiones territoriales y de derribar toda la antigua organización social, se creyó con poder suficiente como para transformar incluso la organización religiosa del país. En especial, pretendió que los miembros del clero fuesen elegidos por el pueblo y de esta forma se los sustrajera a la influencia de su suprema autoridad, el Papa.
Esta constitución civil del clero fue el origen de luchas religiosas y persecuciones que duraron hasta los últimos días del Consulado. Dos tercios de los sacerdotes se negaron a prestar el juramento que se les exigía.
Durante los tres años que representan la vida de la Asamblea Constituyente, la Revolución había producido resultados considerables. Quizás el resultado principal fue el comienzo de la transferencia al Tercer Estado de la riqueza de las clases privilegiadas. De este modo, mientras se creaban intereses a defender, también se creaban fervientes adherentes al nuevo régimen. Una Revolución apoyada por la gratificación de apetitos adquiridos está llamada a ser poderosa. El tercer Estado, que había suplantado a los nobles y los campesinos que habían comprado los dominios nacionales, rápidamente entenderían que la restauración del Antiguo Régimen los privaría de sus ventajas, por lo que la enérgica defensa de la Revolución representó meramente la defensa de sus propias fortunas.
Es por esto que, durante parte de la Revolución, vemos a casi la mitad de los departamentos alzarse en vano contra el despotismo que los oprimía. Los republicanos triunfaron por sobre toda oposición. Fueron poderosos en extremo ya que tenían para defender, no sólo un nuevo ideal, sino nuevos intereses materiales. Veremos que la influencia de estos dos factores perduró a lo largo de toda la Revolución y contribuyó poderosamente al establecimiento del Imperio.
Capítulo II
La psicología de la Asamblea Legislativa
1)- Los acontecimientos políticos durante la vida de la Asamblea Legislativa.
Antes de examinar las características mentales de la Asamblea Legislativa resumamos brevemente los importantes acontecimientos políticos que marcaron su corto año de vida. Naturalmente, estos acontecimientos influyeron de manera importante sobre sus manifestaciones psicológicas.
En extremo monárquica, la Asamblea Legislativa no tenía más intenciones que su antecesora de destruir a la monarquía. El rey le parecía un tanto sospechoso pero aún así esperaba ser capaz de mantenerlo sobre el trono.
Por desgracia para él, Luis constantemente estaba solicitando una intervención extranjera. Encerrado en las Tullerías, defendido solamente por sus Guardias Suizos, el tímido soberano oscilaba entre influencias contrarias. Subsidió periódicos destinados a modificar a la opinión pública, pero los oscuros “un-centavo-por-línea” que los editaban no sabían nada de actuar sobre la mente de la masa. Sus únicos medios de persuasión consistían en amenazar con la horca a todos los partisanos de la Revolución y en predecir la invasión de Francia por un ejército que rescataría al rey.
La realeza ya no contaba con nada excepto con las cortes extranjeras. Los nobles estaban emigrando. Prusia, Austria y Rusia amenazaban a Francia con una guerra de invasión. La corte favorecía su liderazgo. A la coalición de los tres reyes contra Francia, el Club Jacobino propuso oponer la liga de los pueblos. Los girondinos estaban entonces, junto a los jacobinos, a la cabeza del movimiento revolucionario. Incitaron las masas a armarse y 600.000 voluntarios fueron equipados. La corte aceptó a un ministro girondino. Dominado por él, Luis XVI fue obligado a proponerle a la Asamblea la guerra contra Austria. Fue acordada inmediatamente.
El rey no era sincero al declarar la guerra. La reina reveló a los austríacos los planes franceses de campaña y las deliberaciones secretas del Consejo.
Los comienzos de la lucha fueron desastrosos. Varias columnas de tropas, presas de pánico, se desbandaron. Estimulada por los clubes y persuadida – con justa razón en este caso – de que el rey se hallaba conspirando con los enemigos de Francia, la población de los arrabales se sublevó. Sus líderes, los jacobinos y sobre todo Danton, enviaron una petición a las Tullerías amenazando al rey con la revocación. Luego de ello, invadieron las Tullerías lanzando invectivas contra el soberano.
La fatalidad impulsó a Luis hacia su trágico destino, Mientras las amenazas de los jacobinos contra la realeza habían despertado la indignación de muchos de los departamentos, se supo que un ejército prusiano había llegado a las fronteras de Lorraine.
La esperanza del rey y la reina respecto de la ayuda que podía ser obtenida en el extranjero era altamente quimérica. María Antonieta padecía de una ilusión absoluta en cuanto a la psicología del pueblo austríaco y del francés. Viendo a Francia aterrorizada por unos pocos energúmenos, suponía que sería igualmente fácil aterrorizar a los parisinos y volverlos a poner bajo la autoridad del rey mediante amenazas. Inspirado por ella, Fersen se encargó de publicar el manifiesto del duque de Brunswick que amenazaba a París con “una destrucción total si la familia real fuese molestada”.
El efecto producido fue diametralmente opuesto al pretendido. El manifiesto generó la indignación contra el monarca, que era visto como un cómplice, y aumentó su impopularidad. Desde ese día quedó marcado para el patíbulo.
Impulsados por Danton, los delegados de las secciones se instalaron en el Hotel de Ville formando una Comuna insurrecta que arrestó al comandante de la Guardia Nacional leal al rey, hizo sonar las campanas de alarma, equipó a la Guardia Nacional y, el 10 de Agosto, la lanzó conjuntamente con el populacho, contra las Tullerías. Los regimientos convocados por Luis se desbandaron. Pronto no quedó nadie para defenderlo excepto sus suizos y unos pocos caballeros. Las masas demandaron su abdicación. La Asamblea Legislativa decretó su suspensión y dejó para una asamblea futura, la Convención, la tarea de decidir el destino del rey.
2)- Las características mentales de la Asamblea Legislativa.
La Asamblea Legislativa, formada por hombres nuevos, presenta un interés bastante especial desde el punto de vista psicológico. Pocas asambleas han mostrado hasta tal grado las características de una colectividad política.
Comprendía a setecientos cincuenta diputados, divididos entre monárquicos puros, monárquicos constitucionales, republicanos, girondinos y montagnards. Abogados y hombres de letras constituían la mayoría. También tuvo, pero en cantidades menores, oficiales superiores, sacerdotes y algunos pocos científicos.
Las concepciones filosóficas de los miembros de esta Asamblea parecen bastante rudimentarios. Muchos se hallaban imbuidos de la idea de Rousseau en cuanto a un retorno a un estado de naturaleza. Pero todos, al igual que sus antecesores, se hallaban dominados más especialmente por recopilaciones de la antigüedad griega y latina. Catón, Bruto, Graco, Plutarco, Marco Aurelio y Platón, continuamente evocados, brindaban las imágenes a sus discursos. Cuando un orador deseaba insultar a Luis XVI lo llamaba Calígula.
En su deseo de destruir la tradición fueron revolucionarios; pero al pretender regresar a un remoto pasado demostraron ser extremadamente reaccionarios.
En cuanto al resto, todas estas teorías tuvieron muy poca influencia sobre su conducta. La razón figuraba constantemente en sus discursos pero nunca en sus acciones. Éstas se hallaban dominadas por aquellos elementos afectivos y místicos que tantas veces hemos mencionado ya.
Las características psicológicas de la Asamblea Legislativa fueron las mismas de la Asamblea Constituyente pero mucho más acentuadas. Pueden ser resumidas en cuatro palabras: impresionabilidad, inestabilidad, timidez y debilidad.
La inestabilidad y la impresionabilidad se revelan en las constantes oscilaciones de su conducta. Un día intercambian ruidosas invectivas y golpes. Al día siguiente los vemos “arrojándose los unos en los brazos de los otros entre torrentes de lágrimas”. Aplauden estruendosamente una alocución demandando el castigo de quienes han peticionado el destronamiento del rey y el mismo día le conceden los honores de la sesión a la delegación que ha venido a demandar su caída.
La pusilanimidad y debilidad de la Asamblea frente a las amenazas fue extrema. Aunque monárquica, votó la suspensión del rey y, ante la demanda de la Comuna, lo entregó junto a su familia para que fuese enviado a prisión.
En virtud de su debilidad, fue tan incapaz como la Asamblea Constituyente de ejercer poder alguno y permitió ser dominada por la Comuna y por los clubes dirigidos por líderes tan influyentes como Herbert, Tallien, Rossignol, Marat, Robespierre, etc.
Hasta el Termidor de 1794 la comuna insurgente constituyó el principal poder dentro del Estado y se comportó precisamente como si hubiera estado a cargo del gobierno de París.
Fue la Comuna la que exigió la prisión para Luis XVI en la torre del Temple cuando la Asamblea deseaba mantenerlo prisionero en el palacio de Luxembourg. Fue otra vez la Comuna la que llenó las prisiones de sospechosos y después ordenó matarlos.
Sabemos con qué refinada crueldad un puñado de 150 fascinerosos, pagados a razón de 24 libras por día y dirigidos por unos pocos miembros de la Comuna, exterminaron a unas 1.200 personas en cuatro días. Este crimen fue conocido como la masacre de Septiembre. El alcalde de París, Petion, recibió a la banda de asesinos con respeto y les dio de beber. Unos pocos girondinos protestaron un poco, pero los jacobinos guardaron silencio.
La aterrorizada Asamblea al principio pretendió ignorar las masacres – las que eran alentadas por varios de sus diputados más influyentes, principalmente Couthon y Billaud-Varenne. Cuando por fin se decidió a condenarlas fue sin hacer nada para evitar que continuaran.
Conciente de su impotencia, la Asamblea Legislativa se disolvió catorce días más tarde a fin de cederle el paso a la Convención.
Su obra fue obviamente desastrosa, no en intenciones pero sí de hecho. Siendo monárquica, abandonó a la monarquía; siendo humanitaria, permitió las masacres de Septiembre; siendo pacífica, empujó a Francia a una guerra formidable, mostrándonos así que un gobierno débil siempre termina por llevar su país a la ruina.
La historia de las dos Asambleas revolucionarias prueba una vez más hasta qué punto los acontecimientos llevan en su seno consecuencias inevitables. Constituyen una cadena de necesidades de la cual a veces podemos elegir el primer eslabón pero que luego evolucionan sin consultarnos. Somos libres de tomar una decisión, pero impotentes de evitar sus consecuencias.
Las primeras medidas de la Asamblea Constituyente fueron racionales y voluntarias, pero los resultados que siguieron estuvieron más allá de toda voluntad, razón o previsión.
¿Cuál de los hombres de 1789 se hubiera aventurado a desear o predecir la muerte de Luis XVI, las guerras de La Vendee, el Terror, la guillotina permanente y la anarquía final, o el siguiente regreso a la tradición y al órden bajo la guía con mano férrea de un soldado?
En el desarrollo de los acontecimientos que tuvieron lugar a partir de las primeras acciones de las Asambleas revolucionarias, quizás la más notoria fue la aparición y desarrollo del gobierno de la masa – la ley de la plebe.
Detrás de los hechos que hemos venido considerando – la toma de la Bastilla, la invasión de Versailles, las masacres de Septiembre, el ataque a las Tullerías, el asesinato de los Guardias Suizos y la caída y prisión del rey – podemos percibir claramente las leyes que afectan a la psicología de las masas y sus líderes.
Veremos ahora que el poder de la multitud se incrementará progresivamente hasta superar a todos los demás poderes para, finalmente, reemplazarlos.
Capítulo III
La psicología de la Convención
1)- La leyenda de la Convención.
La Historia de la Convención no sólo es fértil en documentos psicológicos. Muestra también cuan impotentes son los testigos de cualquier período – incluso sus sucesores inmediatos – para formarse una idea exacta de los acontecimientos que han presenciado y de las personas que los han rodeado.
Más de un siglo ha pasado desde la Revolución y las personas están apenas comenzando a formular juicios en relación con este período que – con frecuencia bastante vacilantes todavía – resultan levemente más precisos que los antiguos.
Esto sucede no sólo porque se están extrayendo nuevos documentos de los archivos sino porque, con el paso del tiempo, se están desvaneciendo las leyendas que envolvieron a aquél sanguinario período en una nube mágica.
Quizás la leyenda más persistente de todas fue la que hasta hace poco solía rodear a los personajes a quienes nuestros padres aplicaban el glorioso epíteto de “los Gigantes de la Convención”.
Las luchas de la convención contra una Francia en insurrección y una Europa en armas produjeron tal impresión que los héroes de esta lucha formidable parecieron pertenecer a una raza de superhombres o de titanes.
El epíteto de “gigante” pareció justificado mientras los acontecimientos del período se mantuvieron confusos y amontonados. El desempeño de los ejércitos se confundió con el de la Convención; ambas acciones se consideraron interrelacionadas cuando de hecho no fueron más que simultáneas. La gloria de los ejércitos retroalimentó a la gloria de la Convención y sirvió de exclusa para las hecatombes del Terror, la ferocidad de la guerra civil y la devastación de Francia.
Bajo el escrutinio penetrante de la crítica moderna, la masa heterogénea de acontecimientos ha sido lentamente desentrañada. Los ejércitos de la República han retenido su antiguo prestigio, pero nos hemos visto forzados a reconocer que los hombres de la Convención, absorbidos enteramente por conflictos internos, tuvieron muy poco que ver con sus victorias. A lo sumo, dos o tres miembros de los comités de la Asamblea se ocuparon de los ejércitos y el hecho de que éstos fuesen victoriosos se debió, aparte de su número y del talento de sus jóvenes generales, al entusiasmo que la nueva fe les había inspirado.
En un futuro capítulo dedicado a los ejércitos revolucionarios veremos cómo conquistaron a la Europa en armas. Partieron inspirados por las ideas de libertad e igualdad que constituían el nuevo evangelio y, una vez en la frontera que los retendría por tanto tiempo, mantuvieron una mentalidad especial, muy diferente de la del gobierno, del cual al principio no supieron nada y al cual al final despreciaron.
No habiendo tenido parte alguna en sus victorias, los hombres de la Convención se contentaron con legislar al azar de acuerdo con las instrucciones de los líderes que los dirigían y que alegaban estar regenerando a Francia por medio de la guillotina.
Pero fue gracias a estos valientes ejércitos que la Historia de la Convención se transformó para convertirse en una apoteosis que impregnó a varias generaciones de un respeto religioso que hasta el día de hoy difícilmente esté extinguido.
Estudiando en detalle la psicología de los “Gigantes” de la Convención, hallamos que su estatura se reduce con gran rapidez. En general, son extremadamente mediocres. Sus más fervientes defensores, como Aulard, están obligados a admitirlo.
Así es como lo expresa Aulard en su Historia de la Revolución Francesa:
“Se ha dicho que la generación que, entre 1789 y 1799 hizo cosas tan grandes y terribles, fue una generación de gigantes, o bien, para ponerlo más directamente, que fue una generación más distinguida que la precedente o la que vino después.
Ésta es una ilusión retrospectiva. Los ciudadanos que formaron los grupos municipales y jacobinos, o nacionalistas, por medio de los cuales se hizo la Revolución no parecen haber sido superiores, ni en ilustración ni en talento, al francés de los tiempos de Luis XV o a los de Luis Felipe. ¿Estaba excepcionalmente dotados aquellos cuyos nombres la Historia ha retenido porque aparecieron sobre el escenario de París, o porque fueron los oradores más brillantes de las distintas Asambleas revolucionarias? Mirabeau, hasta cierto punto, mereció el título de genio; pero en cuanto al resto – Robespierre, Danton, Vergniaud - ¿tuvieron realmente más talento que, por ejemplo, nuestros oradores modernos? En 1793, por el tiempo de los supuestos ‘gigantes’ Madame Roland escribió en sus memorias: ‘Francia se halla como desprovista de hombres; su escasez durante esta revolución es realmente sorprendente; apenas si ha habido más que pigmeos’ “.
Si después de haber considerado a los hombres de la Convención en forma individual los consideramos como un cuerpo, podemos decir que no brillaron ni por su inteligencia, ni por su virtud, ni por su coraje. Nunca un cuerpo de hombres manifestó tal pusilanimidad. No tuvieron coraje fuera de sus discursos o respecto de peligros muy lejanos. Esta Asamblea, tan orgullosa y amenazadora cuando se dirigía a la realeza, fue quizás la más tímida y dócil colectividad política que el mundo jamás haya visto. La vemos obedeciendo servilmente las órdenes de la Comuna y los clubes; temblando ante las delegaciones populares que la invadían a diario y cediendo a las demandas de los revoltosos hasta el punto de entregarles a sus miembros más brillantes. La Convención le brindó al mundo un espectáculo deplorable al votar, bajo presión popular, leyes tan absurdas que se vio obligada a anularlas ni bien los alborotadores abandonaron la sala.
Pocas Asambleas han dado muestra de tal debilidad. Si queremos mostrar qué tan bajo puede caer un gobierno popular sólo tenemos que señalar a la Convención.
2)- Resultados del triunfo de la religión jacobina.
Entre las causas que le dieron a la Convención su fisonomía especial, una de las más importantes fue el establecimiento definitivo de una religión revolucionaria. El dogma que había estado en proceso fue, por fin, erigido.
Este dogma se componía de un conjunto de elementos algo inconsistentes. La naturaleza, los derechos del Hombre, libertad, igualdad, el contrato social, odio a los tiranos y la soberanía popular constituyeron los artículos de un evangelio que, para sus acólitos, se encontraba más allá de toda discusión. Las nuevas verdades habían encontrado apóstoles que estaban seguros de su poder y quienes finalmente, al igual que los creyentes de todo el mundo, intentaron imponerlos por la fuerza. No se debía prestar atención alguna a la opinión de los incrédulos; todos ellos merecían ser exterminados.
Siendo que, tal como lo hemos visto al tratar la Reforma, el odio a los herejes siempre ha sido una característica irreducible de los grandes credos, podemos comprender fácilmente la intolerancia de la religión jacobina.
La Historia de la Reforma demuestra también que el conflicto entre dos credos aliados es muy amargo. Por lo tanto, no debe sorprendernos que en la Convención los jacobinos pelearan furiosamente contra los otros republicanos cuya fe apenas si difería de la suya propia.
La propaganda de los nuevos apóstoles fue muy enérgica. Para convertir a las provincias enviaron a sus celosos discípulos escoltados por guillotinas. Los inquisidores de la nueva fe no prestarían demasiada atención a posibles errores. Como Robespierre dijo: “La república es la destrucción de todo lo que se le opone.” ¿Qué importaba que el país se rehusara a regenerarse? Debía ser regenerado a pesar de si mismo. “Convertiremos a Francia en un cementerio” – dijo Carrier – “antes que fracasar en regenerarla a nuestro modo.”
La política jacobina derivada de la nueva fe fue muy simple. Consistió en una suerte de socialismo igualitario, dirigido por una dictadura que no toleraría ninguna oposición.
Los teóricos que gobernaron a Francia no tenían nada para decir en materia de ideas prácticas consistentes con las necesidades económicas y la verdadera naturaleza del ser humano. Los discursos y la guillotina les bastaron. Sus discursos fueron infantiles: “Nunca un hecho” – dice Taine – “nada sino abstracciones, ristras de oraciones acerca de la naturaleza, la razón, el pueblo, tiranos, libertad: como otros tantos globos inflados balanceándose inútilmente en el espacio. Si no supiésemos que todo terminó en resultados prácticos y terribles, pensaríamos que eran juegos de lógica, ejercicios escolares, demostraciones académicas, combinaciones ideológicas.”
Las teorías de los jacobinos significaron prácticamente una tiranía absoluta. Les pareció evidente que un Estado soberano debe ser obedecido sin discusión por ciudadanos declarados iguales en cuanto a condiciones y fortunas.
El poder con el que se invistieron fue por lejos mucho más grande que el de los monarcas que los habían precedido. Fijaron el precio de las mercaderías y se arrogaron el derecho de disponer de la vida y la propiedad de los ciudadanos.
Su confianza en las virtudes regeneradoras de la fe revolucionaria fue tal que, después de haberle declarado la guerra a los reyes, le declararon la guerra a los dioses. Se estableció un calendario del cual los santos fueron desterrados. Crearon una nueva divinidad, Razón, cuyo culto se celebró en Notre-Dame sobre el altar de la “difunta Santa Virgen”, con ceremonias que en muchos aspectos eran idénticas a las de la fe católica. Este culto duró hasta que Robespierre lo sustituyó con una religión personal de la cual se constituyó en sumo sacerdote.
Amos exclusivos de Francia, los jacobinos y sus discípulos pudieron saquear el país impunemente a pesar de que nunca estuvieron en mayoría en parte alguna.
Su número no es fácil de determinar con exactitud. Sabemos tan sólo que eran muy pocos. Taine los estimó en 5.000 en un París de 700.000 habitantes; en Besancon fueron unos 300 entre 300.000 y algo así como 300.000 en toda Francia.
“Un pequeño feudo de fascinerosos se instaló en una Francia conquistada”, de acuerdo con el mencionado autor. Fueron, a pesar de su pequeño número, capaces de dominar el país y esto por varias razones. En primer lugar, su fe les otorgó una fuerza considerable. Luego, porque representaron al gobierno y por siglos los franceses siempre han obedecido a quienes estuvieron al mando. Finalmente, porque se creía que el derrocarlos significaría traer de regreso al Antiguo Régimen, algo que aterrorizaba a los numerosos compradores de los dominios nacionales. Su tiranía debe haberse vuelto espantosa a juzgar por la cantidad de departamentos que forzaron a alzarse en su contra.
El primer factor, su poder, fue muy importante. En el conflicto entre un credo poderoso y un credo débil la victoria nunca recae sobre este último. Una fe poderosa crea una voluntad fuerte que siempre se impondrá a una voluntad débil. El que los jacobinos mismos finalmente perecieran se debió a que su violencia acumulada terminó aunando miles de voluntades débiles cuyo peso unificado sobrepasó a sus propias voluntades fuertes.
Es cierto que los girondinos – a quienes los jacobinos persiguieron con tanto odio – también tuvieron credos bien establecidos, pero en la lucha que se desató actuaron en su contra su educación junto con su respeto por ciertas tradiciones y el derecho de los demás, escrúpulos que no molestaron en lo más mínimo a sus adversarios.
“Los sentimientos de los girondinos” – escribe Emile Ollivier – “eran delicados y generosos en su mayoría; los de la muchedumbre jacobina fueron bajos, burdos y brutales. El nombre de Vergniaud, comparado con el del ‘divino’ Marat, mide un abismo que nada podría cubrir.”
Habiendo al principio dominado a la Convención por la superioridad de su talento y elocuencia, los girondinos pronto cayeron bajo la dominación de los “Montagnards” – energúmenos inútiles que tenían poco peso pero que siempre estaban activos y que sabían como excitar las pasiones del populacho. Fue la violencia y no el talento lo que impresionó a las asambleas.
3)- Características mentales de la Convención.
Aparte de las características comunes a todas las asambleas existen otras, creadas por las influencias del entorno y las circunstancias, que le confieren una fisonomía especial a una asamblea particular de seres humanos. La mayoría de las características observables en la Asamblea Constituyente y en la Legislativa reaparecieron, de modo exagerado, en la Convención.
Esta Asamblea estaba integrada por unos setecientos cincuenta diputados de los cuales un poco más de un tercio ya habían estado, ya sea en la Asamblea Constituyente o bien en la Legislativa. Aterrorizando a la población, los jacobinos consiguieron un aparente triunfo en las elecciones: la mayoría de los electores – seis millones del total de siete millones – prefirieron abstenerse de votar.
En cuanto a las profesiones, la Asamblea tuvo un gran número de juristas, abogados, notarios, alguaciles, ex-magistrados y unos pocos hombres de letras.
La mentalidad de la Convención no fue homogénea. Ahora bien, una asamblea compuesta de individuos con caracteres ampliamente diferentes muy pronto se parte en una cantidad de grupos. La Convención muy pronto tuvo tres: la Gironde, la Montaña y el Llano. Los monárquicos constitucionalistas casi habían desaparecido.
La Gironde y la Montaña, partidos extremistas que obtuvieron el liderazgo en forma sucesiva, estuvieron formados por cerca de cien miembros cada uno. En la Montaña se encontraron los miembros más exaltados: Couthon, Herault de Sechelles, Danton, Camille Desmoulins, Marat, Collot d’Herbois, Billaud-Varennes, Barras, Saint-Just, Fouche, Tallien, Carrier, Robespierre, etc. En la Gironde estaban Brissot, Petion, Condorcet, Vergniaud, etc.
Los demás quinientos miembros de la Asamblea – esto es: la gran mayoría – constituyó lo que se conoció como el Llano.
Este último se hallaba formado por una masa flotante, silenciosa, indecisa y tímida, dispuesta seguir cualquier impulso y a dejarse llevar por la excitación del momento. Le prestó oído indistintamente al más fuerte de los otros dos grupos. Después de obedecer a la Gironde por un tiempo, terminó siendo dominada por la Montaña cuando ésta triunfó sobre su enemigo. Lo cual no fue sino una consecuencia natural de la ley ya mencionada en cuanto a que la voluntad más débil invariablemente cae bajo el dominio de la más fuerte.
Durante la Convención se desplegó en alto grado la influencia de grandes manipuladores de personas. Constantemente fue liderada por una minoría violenta de mente estrecha cuyas intensas convicciones le otorgaron una gran fuerza.
Una minoría audaz y brutal siempre conducirá a una mayoría temerosa e irresoluta. Esto explica la constante tendencia hacia los extremos que se observa en todas las asambleas revolucionarias. La Historia de la Convención comprueba una vez más la ley de la aceleración estudiada en otro capítulo.
Los hombres de la Convención estuvieron, pues, condenados a pasar de la moderación a una violencia cada vez mayor. Terminaron diezmándose a si mismos. De los 180 girondinos que al principio lideraron a la Convención, 140 fueron muertos o huyeron y finalmente el más fanático de los terroristas, Robespierre, reinó solo sobre una muchedumbre de serviles representantes aterrorizados.
No obstante, a pesar de su incertidumbre e inestabilidad, la inteligencia y la experiencia residía entre los quinientos miembros de la mayoría. Los comités técnicos, a los que se debe el trabajo útil realizado por la Convención, se reclutaron de entre el Llano.
Más o menos indiferentes a la política, la principal ansiedad de los miembros del Llano era la de pasar desapercibidos. Encerrados en sus comités, aparecieron lo menos posible en la Asamblea, algo que explica por qué las sesiones de la Convención apenas si convocaban a un tercio de los diputados.
Desafortunadamente, como con frecuencia sucede, estas personas inteligentes y honestas carecieron por completo de carácter y el miedo que siempre los dominó hizo que votaran las peores medidas impuestas por sus temidos amos.
Los hombres del Llano votaron cualquier cosa que se les ordenó votar – la creación del Tribunal Revolucionario, entre muchas otras. Fue con su asistencia que la Montaña aplastó a la Gironde y Robespierre destruyó a los herbertistas y dantonianos. Como todos los débiles, siguieron al más fuerte. Los amables filántropos que componían el Llano y constituían la mayoría de la Asamblea contribuyeron con su pusilanimidad a provocar los terribles excesos de la Convención.
La nota psicológica eternamente prevaleciente en la Convención fue el miedo. Fue especialmente por miedo que las personas le cortaron la cabeza a las demás, en la dudosa esperanza de mantener la propia sobre los hombros.
Ese miedo, por supuesto, era muy comprensible. Los infelices diputados deliberaban entre los rugidos y las vociferaciones de las tribunas. En cualquier momento, verdaderos salvajes armados de picas podían invadir la Asamblea y la mayoría de los miembros ya no se atrevió a asistir a las sesiones. Cuando por casualidad lo hicieron, fue tan sólo para votar en silencio de acuerdo con las órdenes de la Montaña que sólo contaba con un tercio del número total.
El miedo que dominaba a esta última, si bien menos visible, fue por lo menos tan intenso. Los hombres destruían a sus enemigos no solamente porque eran torpes fanáticos sino porque estaban convencidos de que sus propias existencias se hallaban amenazadas. Los jueces de los tribunales revolucionarios no temblaban menos. Gustosamente hubieran absuelto a Danton, a la viuda de Camille Desmoulins y a muchos otros. No se atrevieron.
Pero el fantasma del miedo dominó a la Asamblea sobre todo después de que Robespierre se convirtió en su amo absoluto. Con razón se ha dicho que tan sólo una mirada de este amo hacía que sus colegas se encogiesen de miedo. Sobre sus rostros se podía leer “la palidez del miedo y la entrega a la desesperación”.
Todos temían a Robespierre y Robespierre temía a todos. Fue por miedo a las conspiraciones en su contra que cortó cabezas humanas y fue también por miedo que los demás permitieron que lo hiciera.
Las memorias de los miembros de la Convención demuestran palmariamente la horrible memoria que guardaron de ese tenebroso período. Taine dice que, veinte años después, cuando le preguntaron a Barrere sobre los verdaderos objetivos y el pensamiento íntimo del Comité de Seguridad Pública, éste respondió:
“Teníamos solamente un sentimiento, el de la autoconservación; un solo deseo, el de preservar nuestras vidas que cada uno de nosotros creía amenazada. Se le cortaba la cabeza al vecino para que el vecino no guillotinase la de uno.”
La Historia de la Convención constituye uno de los ejemplos más patentes que pueden darse en cuanto a la influencia de los líderes y el miedo sobre una asamblea.
Capítulo IV
El gobierno de la Convención
1)- La actividad de los Clubes y la Comuna durante la Convención
Durante la totalidad de su existencia, la Convención estuvo gobernada por los líderes de los clubes y por la Comuna.
Ya hemos visto la influencia de los mismos sobre las asambleas anteriores. La Historia de esta última es, en realidad, la Historia de los clubes y la Comuna que la dominaron. Esclavizaron no sólo a la Convención sino también a toda Francia. Numerosos pequeños clubes provinciales, dirigidos por el de la capital, supervisaron a magistrados, denunciaron sospechosos y ejecutaron todas las órdenes revolucionarias.
Cuando los clubes o la Comuna decidían ciertas medidas, inmediatamente las hacían votar por la Asamblea. Si ésta se resistía, le enviaban delegaciones armadas; esto es: bandas armadas reclutadas de entre la hez del populacho. Profirieron órdenes que siempre fueron servilmente cumplidas. La Comuna estuvo tan segura de su poder que hasta demandó de la Convención la inmediata expulsión de los diputados que le desagradaban.
Si bien la Convención estuvo mayormente compuesta por personas educadas, la Comuna y los clubes se componían de una mayoría de pequeños comerciantes, empleados y artesanos, incapaces de una opinión personal y siempre guiados por sus líderes – Danton, Camille Desmoulins, Robespierre, etc.
De los dos poderes – los clubes y la Comuna insurreccional – esta última ejercía mayor influencia en París porque se había conseguido un ejército revolucionario. Mantenía bajo sus órdenes a cuarenta y ocho comités de Guardias Nacionales que no deseaban más que matar, destruir y, sobre todo, saquear.
La tiranía con la cual la Comuna aplastó a París fue espantosa. Por ejemplo, delegó en un zapatero remendón, de nombre Chalandon, el derecho a vigilar una parte de la capital – un derecho que implicaba el poder de enviar ante el Tribunal Revolucionario, y por lo tanto a la guillotina, a todos los que le parecían sospechosos. El resultado fue que consiguió casi despoblar algunas calles de París.
Al principio, la Convenció luchó débilmente contra la Comuna pero su resistencia no se prolongó mucho. El punto culminante del conflicto ocurrió cuando la Convención quiso arrestar a Herbert, el amigo de la Comuna, y éste envió bandas armadas que amenazaron a la Asamblea demandando la expulsión de los girondinos que habían promovido la medida. Al rehusarse la Convención a acceder a la demanda, la Comuna le puso sitio el 2 de Junio de 1798 utilizando para ello a su ejército revolucionario que se hallaba bajo las órdenes de Henriot. Aterrorizada, la Asamblea entregó a veintisiete de sus miembros. En un gesto de ironía, la Comuna inmediatamente envió a una delegación para felicitar a la Asamblea por su obediencia.
Después de la caída de los girondinos la Convención se sometió por completo a las demandas de la omnipotente Comuna. Esta última decretó la leva de un ejército revolucionario, a ser acompañado por un tribunal y una guillotina, que habría de atravesar toda Francia a fin de ejecutar a los sospechosos.
Sólo hacia el fin de su existencia, después de la caída de Robespierre, consiguió la Convención escapar del yugo de los jacobinos y la Comuna. Clausuró el club jacobino y guillotinó a sus dirigentes.
Pero, a pesar de estas sanciones, los líderes sobrevivientes continuaron excitando al populacho y lanzándolo contra la Convención. Durante el Germinal y el Prairial la Asamblea fue sitiada en forma regular. Las delegaciones armadas hasta tuvieron éxito en forzar a la Convención a reestablecer la Comuna y a convocar a una nueva Asamblea; una medida que la Convención se apuró en anular ni bien los insurgentes se retiraron. Avergonzada de su miedo, hizo traer regimientos que desarmaron a los faubourgs e hicieron cerca de diez mil arrestos. Veintiséis líderes del movimiento fueron ejecutados y seis diputados envueltos en la revuelta fueron guillotinados.
Pero la Convención no se resistió a ningún poder. Cuando ya no estuvo dirigida por los clubes y la Comuna, obedeció al Comité de Seguridad Pública y votó sus decretos sin discusión.
“La Convención” – escribe H. Williams – “que hablaba de nada menos que de tener a todos los príncipes y reyes de Europa cargados de cadenas a sus pies, fue hecha prisionera en su propio santuario por un puñado de mercenarios.”
2)- El gobierno de Francia durante la Convención. El Terror
La Convención, ni bien se constituyó en 1792, comenzó decretando la abolición de la monarquía y proclamó la república, a pesar de la indecisión de un gran número de sus miembros que sabían que las provincias eran monárquicas.
Íntimamente persuadida de que una proclama de ese tipo transformaría al mundo civilizado, instituyó una nueva era y un nuevo calendario. El Año I de esa era marcaría la alborada de un mundo en que sólo gobernaría la razón. Fue inaugurado con el juicio a Luis XVI, una medida ordenada por la Comuna pero no deseada por la mayoría de la Convención.
De hecho, al principio la Convención estuvo gobernada por sus elementos relativamente moderados, los girondinos. El presidente y los secretarios se eligieron de entre las personas más conocidas de este partido. Robespierre, quien más tarde se convertiría en el amo absoluto de la Convención, tenía tan poca influencia por esta época que obtuvo solamente seis votos para la presidencia mientras que Petion recibió doscientos treinta y cinco.
Al principio, los montagnards ejercieron sólo una influencia muy reducida. Su poder habría de crecer más tarde y, cuando lo consiguieron, ya no habría espacio en la Convención para miembros moderados.
A pesar de su minoría, los montagnards encontraron el modo de forzar la Asamblea a llevar a Luis XVI ante un tribunal. Esto representó simultáneamente una victoria sobre los girondinos, una condena a todos los reyes y un divorcio final entre el antiguo orden y el nuevo.
A fin de lograr el juicio, maniobraron muy hábilmente bombardeando a la Convención con peticiones de las provincias y enviando a una delegación de la Comuna insurreccional de París que demandó la celebración del juicio.
Conforme a la característica común a todas las Asambleas de la Revolución en cuanto a ceder ante las amenazas y a hacer lo contrario de lo que deseaban, los hombres de la Convención no se atrevieron a resistir. El juicio quedó decidido.
Los girondinos, que individualmente no habrían deseado la muerte del rey, la votaron por miedo una vez que estuvieron reunidos. Esperando salvar la cabeza, el Duque de Orleans, primo de Luis, votó con ellos. Si al subir al patíbulo el 21 de Enero de 1793 Luis hubiera tenido la visión de futuro que atribuimos a los dioses, hubiera visto que le seguirían, uno por uno, casi todos aquellos girondinos cuya debilidad les impidió defenderlo.
Vista tan sólo desde un punto de vista puramente utilitario, la ejecución del rey fue uno de los errores de la Revolución. Engendró la guerra civil y la guerra de la Europa en armas contra Francia. En la misma Convención, la muerte del rey produjo luchas internas que finalmente condujeron al triunfo de la Montaña y la expulsión de los girondinos.
Las medidas decretadas bajo la influencia de los montagnards finalmente se volvieron tan despóticas que se rebelaron sesenta departamentos del Oeste y del Sur del país. La insurrección, liderada por muchos de los diputados expulsados, probablemente hubiera triunfado si la ayuda comprometedora de los monárquicos no hubiera hecho surgir el miedo a un retorno al Antiguo Régimen. En Toulon, de hecho, los insurgentes aclamaron a Luis XVII.
La guerra civil que comenzó así, se prolongó durante la mayor parte de la vida de la Revolución. Fue librada con el mayor de los salvajismos. Ancianos, mujeres y niños; todos fueron masacrados. Se incendiaron pueblos y cosechas. Tan sólo en la Vendee las muertes se estiman entre medio millón y un millón de personas.
A la guerra civil pronto siguió la guerra extranjera. Los jacobinos pensaron remediar todos estos males creando una nueva Constitución. En todas las asambleas revolucionarias siempre fue una tradición creer en las virtudes mágicas de las fórmulas. En Francia, esta convicción nunca se vio afectada por el fracaso de los experimentos.
“Una fe robusta” – escribe Rambaud, uno de los grandes admiradores de la Revolución – “sostuvo a la Convención en su labor; creyó firmemente en que luego de formular en una ley los principios de la Revolución, sus enemigos se confundirían o, aún mejor, se convertirían, y que el advenimiento de la justicia desarmaría a los insurgentes.”
Durante su existencia, la Convención diseñó dos Constituciones – la de 1793, o sea la del Año I, y la de 1795, o del Año III. La primera nunca se aplicó ya que muy pronto fue reemplazada por una dictadura. La segunda creó al Directorio.
La Convención contenía un gran número de jurisconsultos y hombres de negocios que pronto comprendieron la imposibilidad de gobernar por medio de una gran asamblea. Muy pronto dividieron a la Convención en pequeños comités, cada uno de los cuales tuvo una existencia independiente – comités de negocios, comités de legislación, finanzas, agricultura, artes, etc. Estos comités prepararon las leyes que la Asamblea por lo común votaba a ojos cerrados.
Gracias a ellos, el trabajo de la Convención no fue puramente destructivo. Diseñaron muchas medidas muy útiles, crearon importantes colegios, establecieron el sistema métrico, etc. La mayoría de los miembros de la Asamblea, como hemos visto, se refugió en estos comités para evadir el conflicto político que hubiera puesto en peligro sus cabezas.
Por encima de los comités específicos, que no tenían nada que ver con la política, estaba el Comité de Seguridad Pública instituido en Abril de 1793 y compuesto por nueve miembros. Dirigido al principio por Danton y en Julio del mismo año por Robespierre, este comité gradualmente absorbió todos los poderes de gobierno, incluyendo el de darle órdenes a los ministros y generales. Carnot dirigió las operaciones bélicas, Cambon las finanzas y Saint Just con Collot-d’Herbois la política general.
Si bien las leyes votadas por los comités técnicos fueron con frecuencia muy sabias y constituyeron el trabajo perdurable de la Convención, aquellas votadas por la Asamblea – como cuerpo y bajo la amenaza de las delegaciones que la invadieron – resultan manifiestamente ridículas.
Entre estas leyes, que no respetaban demasiado el interés del público ni de la Convención misma, estuvo la ley de precios máximos votada en Septiembre de 1793 que pretendió fijar el precio de los abastecimientos y que meramente estableció una continua escasez. También se cuentan entre estas medidas la destrucción de las tumbas reales de Saint-Denis, el juicio a la reina, la sistemática devastación de la Vendee por medio de incendios, el establecimiento del Tribunal Revolucionario, etc.
El principal medio de gobierno durante la Convención fue el Terror. Comenzando en Septiembre de 1793, reinó por seis meses – esto es, hasta la muerte de Robespierre. En vano algunos jacobinos – Danton, Camille Desmoulins, Herault de Sechelles etc. – propusieron que se le diese una oportunidad a la clemencia. El único resultado de esta proposición fue el envío de sus autores al patíbulo. Fue tan sólo el hartazgo del público lo que finalmente puso un fin a este vergonzoso período.
Las sucesivas contiendas de los distintos partidos de la Convención y su tendencia al extremismo eliminaron, uno a uno, los hombres importantes que alguna vez jugaron un papel en ella. Al final, cayó bajo la dominación exclusiva de Robespierre. Mientras la Convención desorganizaba y desvalijaba a Francia, los ejércitos obtenían brillantes victorias. Habían logrado capturar Bélgica, Holanda y la orilla izquierda del Rin. El tratado de Basilea ratificó estas conquistas.
Ya hemos mencionado, y volveremos sobre el tema, que la obra de los ejércitos debe ser considerada absolutamente aparte de la Convención. Los contemporáneos de los hechos entendieron esto a la perfección, pero hoy se lo olvida.
Cuando la Convención se disolvió en 1795, después de durar tres años, gozaba de una desconfianza generalizada. El constante aplacamiento del capricho popular no sólo no había tenido éxito en pacificar a Francia sino que la había sumergido en la anarquía. La opinión general respecto de la Convención está bien resumida en una carta escrita en Julio de 1799 por el encargado de negocios sueco, el Barón Drinkmann: “Me aventuro a desear que ningún pueblo sea jamás gobernado por la voluntad de unos delincuentes más crueles e imbéciles que los que han gobernado a Francia desde el inicio de su nueva libertad.”
3)- El fin de la Convención. Los comienzos del Directorio.
Al final de su existencia, la Convención – siempre confiando en el poder de las fórmulas – diseñó una nueva Constitución, la del Año III, intentando reemplazar a la del Año I que nunca fue puesta en vigor. El poder legislativo habría de quedar compartido por un llamado Consejo de Ancianos compuesto por 150 miembros y un consejo de diputados de 500. El poder ejecutivo le fue conferido a un Directorio de cinco miembros, designados por los Ancianos sobre la base de una nominación por parte de los Quinientos y renovados anualmente por la elección de uno de los cinco. Quedó especificado que dos tercios de la nueva Asamblea se elegirían de entre los diputados de la Convención. Esta prudente medida no fue muy eficaz ya que tan sólo diez departamentos se mantuvieron leales a los jacobinos.
Para evitar la elección de monárquicos, la Convención decidió exilar a perpetuidad a todos los emigrados.
El anuncio de esta Constitución no produjo el impacto esperado en el público. No tuvo efecto alguno sobre las revueltas populares, que continuaron. Una de las más importantes fue la que amenazó a la Convención el 5 de Octubre de 1795.
Los líderes lanzaron a un verdadero ejército sobre la Asamblea. Ante tal provocación, la Convención finalmente decidió defenderse y convocó tropas colocándolas al mando de Barras.
Bonaparte, que por aquél entonces comenzaba a emerger de la oscuridad, fue el encargado de la represión. Bajo un jefe así, la acción fue rápida y enérgica. Bajo una lluvia de balas cerca de la iglesia de St. Roch, los insurgentes huyeron dejando a algunos centenares de muertos en el lugar.
Esta acción, que exhibió una firmeza a la que la Convención estaba poco habituada, se debió solamente a la celeridad de las operaciones militares puesto que, mientras éstas se estaban ejecutando, los insurgentes habían enviado delegados a la Asamblea la cual, como de costumbre, se mostró bastante dispuesta a ceder.
La represión de la revuelta constituyó el último acto importante de la Convención. El 26 de Octubre de 1795 declaró terminada su misión y le cedió el lugar al Directorio.
Ya hemos destacado algunas de las lecciones psicológicas brindadas por el gobierno de la Convención. Una de las más importantes es la incapacidad de la violencia para dominar la mente de las personas en forma permanente.
Nunca un gobierno tuvo a su disposición medios de acción tan formidables. Sin embargo, aún a pesar de la guillotina permanente, a pesar de los delegados enviados con la guillotina a las provincias, a pesar de leyes draconianas, la Convención tuvo que lidiar permanentemente con revueltas, insurrecciones y conspiraciones. Las ciudades, los departamentos y los barrios de París estuvieron de revuelta continua a pesar de que las cabezas caían de a miles.
La Asamblea que se creyó soberana luchó contra las fuerzas invisibles fijadas en la mente de las personas. Ante estas fuerzas, la presión material resultó impotente y no pudo superarlas. Nunca entendió a estas ocultas fuerzas motivadoras y luchó contra ellas en vano. Al final, las fuerzas invisibles triunfaron.
Capítulo V
Instancias de la violencia revolucionaria
1)- Causas psicológicas de la violencia revolucionaria.
En los capítulos precedentes hemos expuesto que las teorías revolucionarias constituyeron una nueva fe.
Humanitarias y sentimentales, exaltaron la libertad y la fraternidad. Pero, al igual que en muchas religiones, podemos observar una contradicción completa entre la doctrina y la acción. En la práctica, no se toleró ninguna libertad y la fraternidad pronto fue reemplazada por masacres histéricas.
Esta oposición entre principios y conductas resulta de la intolerancia que acompaña a todos los credos. Una religión puede estar empapada de humanitarismo y tolerancia, pero sus sectarios siempre tratarán de imponerla sobre los demás a la fuerza de modo que la violencia será el resultado inevitable.
Las crueldades de la Revolución fueron así los resultados inherentes a la propagación de los nuevos dogmas. La Inquisición, las guerras religiosas en Francia, la Noche de San Bartolomé, la revocación del Edicto de Nantes, las “dragonnades”, la persecución de los jansenitas, etc. pertenecen a la misma familia que el Terror y se derivan de las mismas fuentes psicológicas.
Luis XIV no fue un rey cruel. Sin embargo bajo el impulso de su fe expulsó a cientos de miles de protestantes de Francia, después de matar a tiros y de enviar a la horca a otros en cantidades considerables.
Los métodos de persuasión adoptados por todos los creyentes de ningún modo son una consecuencia de su miedo a una oposición disidente. Los protestantes y los jansenitas fueron cualquier cosa menos peligrosos bajos Luis XIV. La intolerancia surge por sobre todo de la indignación que experimenta una mente convencida de poseer las verdades más impresionantes frente a personas que niegan dichas verdades y que, por lo tanto, seguramente no estarán actuando de buena fe. ¿Cómo puede uno apoyar el error cuando se tiene el poder necesario para erradicarlo?
Así es como han razonado los creyentes de todas las épocas. Así razonaron Luis XIV y los hombres del Terror. Estos últimos también estaban convencidos de hallarse en posesión de verdades absolutas, a las que consideraron obvias y cuyo triunfo, de seguro, regeneraría a la humanidad. ¿Podían ellos ser más tolerantes con sus adversarios de lo que la Iglesia y los reyes habían sido para con los herejes?
Estamos forzados a creer que el terror es un método que todos los creyentes han considerado como una necesidad, ya que, desde el inicio de los tiempos, los códigos religiosos siempre se han basado en el terror. Para obligar a los hombres a seguir sus prescripciones, los creyentes han tratado de aterrorizarlos con la amenaza de infiernos y eternos tormentos.
Los apóstoles de la fe jacobina se comportaron del mismo modo en que lo habían hecho sus padres y emplearon los mismos métodos. Si hechos similares ocurriesen de nuevo veríamos repetirse idénticas acciones. Si una nueva fe – el socialismo, por ejemplo – triunfara mañana, sería inducido a emplear los mismos métodos de propaganda que los de la Inquisición y el Terror.
Pero si considerásemos al Terror jacobino tan sólo como el resultado de un movimiento religioso, no lo entenderíamos por completo. Como hemos visto en el caso de la Reforma, alrededor de una fe religiosa se agrupan intereses individuales que dependen de dicha fe. El Terror fue dirigido por unos pocos apóstoles fanáticos, pero, aparte de este pequeño número de ardientes prosélitos cuyas estrechas mentes soñaban con regenerar el mundo, hubo una gran cantidad de personas que vivieron tan sólo para enriquecerse. Se agruparon de muy buena gana alrededor del primer líder victorioso que les prometió la posibilidad de gozar de los resultados de su saqueo.
“Los terroristas de la Revolución” – escribe Albert Sorel – “recurrieron al Terror porque querían mantenerse en el poder y eran incapaces de hacerlo por otros medios. La emplearon en aras de su propia salvación y, después de los hechos, afirmaron que su motivo había sido la salvación del Estado. Antes de convertirse en sistema fue un medio de gobierno, y el sistema sólo se inventó para justificar los medios.”
Por ello, podemos estar en un todo de acuerdo con el siguiente veredicto sobre el Terror, escrito por Emile Ollivier en su obra sobre la Revolución: “El Terror fue por sobre todo una ‘jacquerie’, un pillaje regularizado, la empresa de latrocinio más extensa que cualquier asociación de criminales haya organizado jamás.”
2)- Los Tribunales Revolucionarios
Los Tribunales Revolucionarios constituyeron el principal medio de acción del Terror. Aparte del de París – creado por instigación de Danton y que un año después enviaría a su fundador a la guillotina – Francia estuvo cubierta de esos tribunales.
“Ciento setenta y ocho tribunales” – dice Taine – “de los cuales 40 eran ambulantes, dictaban en todo el país sentencias de muerte que eran ejecutadas en el acto. Entre el 16 de Abril de 1793 y el 9 de Termidor del Año II, el de París guillotinó a 2.625 personas y los jueces provinciales trabajaron por lo menos tan duro como los de París. Tan sólo en el pequeño pueblo de Orange se guillotinó a 331 personas. En la ciudad de Arras, 229 hombres y 93 mujeres resultaron guillotinadas... En la ciudad de Lyons tan sólo el comisionado revolucionario admitió 1.684 ejecuciones... El número total de estos homicidios ha sido estimado en 17.000 entre los que hubo 1.200 mujeres y de ellas una cantidad ya era octogenaria.”
Si bien al Tribunal Revolucionario de París se le adscriben solamente 2.625 víctimas, no hay que olvidar que todos los sospechosos ya habían sido sumariamente masacrados durante los “días” de Septiembre.
El Tribunal Revolucionario de París, mero instrumento del Comité de Seguridad Pública, tal como Fouquier-Tinville destacó con razón durante su juicio, se limitó a ejecutar las órdenes del Comité. Al principio se rodeó de algunas pocas apariencias legales que no sobrevivieron por mucho tiempo. Interrogatorio, defensa, testigos – todo eso fue finalmente eliminado. La prueba moral – es decir: la mera sospecha – bastó para procurar una condena. El presidente, por lo común, se contentó con formularle una vaga pregunta al acusado. Para operar con mayor rapidez todavía, Fouquier-Tinville propuso que la guillotina se instalase en el mismo predio del Tribunal.
Este tribunal envió indiscriminadamente al patíbulo a todas las personas acusadas por razones de odios partidarios y muy pronto, en las manos de Robespierre, se constituyó en el instrumento de la más sangrienta de las tiranías. Cuando Danton – uno de sus fundadores – se convirtió en su víctima, antes de subir al patíbulo con justa razón pidió perdón ante Dios y los Hombres por haber ayudado a crear semejante Tribunal.
Nada halló clemencia ante él. Ni el genio de Lavoisier, ni la delicadeza de Lucile Desmoulins, ni el mérito de Malesherbes. “¡Tanto talento,” – dijo Benjamin Constant – “masacrado por los más cobardes y brutales de los hombres!”
A fin de encontrar una explicación al Tribunal Revolucionario tenemos que volver a nuestra concepción de la mentalidad religiosa de los jacobinos quienes lo fundaron y dirigieron. Fue una obra comparable en espíritu y en objetivos a la Inquisición. Los hombres que proveían las víctimas – Robespierre, Saint-Just y Couthon – se creían benefactores de la humanidad al suprimir a todos los infieles, esos enemigos de una fe que habría de regenerar al mundo.
Durante el Terror, las ejecuciones no afectaron tan sólo a la aristocracia ya que se guillotinó a 4.000 campesinos y a 3.000 obreros.
Dada la emoción que produce una ejecución en el París actual, se podría suponer que la de tantas personas al mismo tiempo tiene que haber producido una gran conmoción emotiva. Pero el hábito anestesió tanto la sensibilidad general que el pueblo terminó prestando muy poca atención al asunto. Las madres terminaron llevando a sus hijos a ver cómo se guillotinaba a alguien del mismo modo en que hoy los llevan a ver las marionetas en un teatro.
El espectáculo de ejecuciones cotidianas convirtió a los hombres de la época en indiferentes ante la muerte. Todos subieron al patíbulo con perfecta tranquilidad, los girondinos cantando la marsellesa mientras ascendían por los peldaños.
Esta resignación es la resultante de las leyes del hábito, y lo habitual rápidamente anestesia a la emoción. A juzgar por el hecho de que los alzamientos monárquicos tuvieron lugar todos los días, la amenaza de la guillotina ya no parece haber asustado a las personas. Las cosas terminaron sucediendo como si el Terror ya no aterrorizara a nadie. El terror es un proceso psicológico eficaz a condición de que no dure. El verdadero terror reside más en las amenazas que en su cumplimiento.
3)- El Terror en las provincias.
En las provincias, las ejecuciones de los Tribunales Revolucionarios representan sólo una porción de las masacres perpetradas en los departamentos durante el Terror. El ejército revolucionario, compuesto por vagabundos y bandidos, marchó a través de Francia matando y saqueando. Su método de procedimiento está bien indicado en el siguiente pasaje de Taine:
“En Bedouin, un pueblo de 2.000 habitantes en dónde manos desconocidas habían cortado el árbol de la libertad, se demolieron o incendiaron 433 casas, se guillotinó a 16 personas y se fusiló a 47; todos los demás habitantes fueron expulsados y reducidos a vivir como vagabundos en las montañas y a encontrar refugio en cavernas que cavaron en la tierra.”
El destinos de los desgraciados enviados ante los Tribunales Revolucionarios no fue mejor. La inicial parodia de juicio pronto fue suprimida. En Nantes, Carrier ahogó o fusiló, de acuerdo a su parecer, a cerca de 5.000 personas entre hombres, mujeres y niños.
Los detalles de estas masacres se publicaron en el Moniteur después de la reacción de Thermidor. Cito algunas pocas líneas:
“Después de la toma de Noirmoutier” – dice Thomas – “vi a hombres y mujeres quemados en vida ... mujeres, muchachas de catorce y quince años, violadas y masacradas después; a tiernas criaturas arrojadas de bayoneta en bayoneta; niños arrancados de sus madres esparcidos por el suelo.”
En el mismo ejemplar podemos leer el testimonio de un tal Julien que relata cómo Carrier obligó a sus víctimas a cavar sus tumbas para ser enterrados vivos en ellas. El ejemplar del 15 de Octubre de 1794 contiene un informe de Merlin de Thionville en el cual se demuestra que el capitán de la embarcación Le Destin había recibido órdenes de embarcar a 41 víctimas para que fuesen ahogadas – “entre ellas, un hombre ciego de 78 años, doce mujeres, doce muchachas y catorce niños de los cuales diez tenían entre diez o seis años y cinco eran lactantes.”
En el transcurso del juicio a Carrier (Moniteur del 30 de Diciembre de 1794) se demostró que “había dado órden de ahogar y fusilar a mujeres y niños, y que le había ordenado al General Haxo exterminar a todos los habitantes de La Verdeé e incendiar sus viviendas.”
Carrier, como todos los asesinos masivos, sentía un gozo intenso al ver sufrir a sus víctimas. “En el departamento en el que cazaba a los curas” – dijo – “nunca me reí tanto ni sentí tanto placer como al verlos morir haciendo morisquetas.” (Moniteur, 22 de Diciembre de 1794).
Carrier fue juzgado para satisfacer la reacción del Thermidor. Pero las masacres de Nantes se repitieron en muchos otros pueblos. Fouche exterminó a más de 2.000 personas en Lyons y se mataron a tantos en Toulon que la población disminuyó de 29.000 a 7.000 en unos pocos meses.
En descargo de Carrier, Freron, Fouche y todas estas siniestras personas debemos decir que fueron incesantemente alentadas por el Comité de Seguridad Pública. Carrier ofreció pruebas de esto durante su juicio.
“Admito que 150 o 200 prisioneros fueron fusilados todos los días” – declaró – “pero eso fue por órden de la comisión. Informé a la Convención que los bandidos estaban siendo fusilados de a centenares. La Convención aplaudió esa carta y ordenó que fuese insertada en el Boletín. ¿Qué estaban haciendo entonces esos diputados que ahora están tan furiosos conmigo? Estaban aplaudiendo. ¿Por qué me siguieron manteniendo ‘en misión’? Porque en ése entonces yo era el salvador del país y ahora soy un hombre sediento de sangre.” (Moniteur, 24 de Diciembre de 1974).
Desgraciadamente para él, Carrier no sabía, como destacó en el mismo alegato, que solamente siete u ocho personas mandaban en la Convención.
Pero la aterrorizada Asamblea aprobaba todo lo que estos siete u ocho ordenaban, de modo que no pudieron decir nada ante el argumento de Carrier. Éste por cierto que mereció la guillotina, pero toda la Convención mereció haber sido guillotinada con él puesto que había aprobado las masacres.
La defensa de Carrier, justificada por las cartas del Comité por las cuales los representantes “en misión” eran incesantemente alentados, demuestra que la violencia del Terror fue la resultante de un sistema y no – como alguna vez se ha alegado – de la iniciativa de unos pocos individuos.
Durante el Terror, la sed de destrucción de ningún modo resultó aplacada por tan sólo la destrucción de seres humanos; se produjo una destrucción aún mayor de cosas inanimadas. El verdadero creyente es siempre un iconoclasta. Una vez en el poder, destruye con igual celo a los enemigos de su fe y a las imágenes, templos y símbolos que recuerdan a la fe atacada.
Sabemos que, luego de convertirse al cristianismo, la primer acción del emperador Teodosio consistió en demoler la mayoría de los templos que durante seis mil años habían sido construidos a lo largo del Nilo. No debemos, por lo tanto, sorprendernos de ver a los líderes de la Revolución atacando los monumentos y las obras de arte que, para ellos, eran vestigios de un pasado aborrecido.
Se rompieron frenéticamente estatuas, manuscritos, plata, vidrios. Cuando Fouche, el futuro Duque de Otranto bajo Napoleón y ministro bajo Luis XVIII, fue enviado a Nievre como comisario de la Convención, ordenó la demolición de todas las torres del chateaux y los campanarios de las iglesias “porque ofendían a la igualdad”.
El vandalismo revolucionario se expresó incluso en las tumbas. De acuerdo a un informe leído por Barre a la Convención, las magníficas tumbas reales de Saint-Denis, entre las que se encontraba el admirable mausoleo de Enrique II, obra de Germain Pilon, se hicieron pedazos. Los ataúdes fueron vaciados y se envió el cuerpo de Turenne al museo como curiosidad después de que uno de los guardias le extrajera los dientes para venderlos como rarezas. Los bigotes y la barba de Enrique IV también fueron arrancados del cadáver.
Es imposible ver, sin sentir tristeza, cómo hombres comparativamente tan ilustrados consintieron la destrucción del patrimonio artístico de Francia. Para disculparlos tenemos que recordar que los credos intensos producen los peores excesos y también que la Convención, casi diariamente invadida por perturbadores, siempre cedió ante la voluntad popular.
Esta brillante muestra de devastación demuestra no sólo el poder del fanatismo; nos muestra también en qué se convierten personas liberadas de toda restricción social y qué pasa con el país que cae en sus manos.
Capítulo VI
Los ejércitos de la Revolución.
1)- Las Asambleas revolucionarias y los ejércitos.
Si no se supiera nada de las Asambleas revolucionarias, y en especial de la Convención, aparte de sus disputas internas, su debilidad y sus actos de violencia, su memoria sería realmente deprimente.
Pero hasta para sus enemigos, esta sangrienta época siempre ha de retener una gloria innegable gracias al éxito de sus ejércitos. Cuando la Convención se disolvió, Francia ya se había extendido a Bélgica y a la margen izquierda del Rin.
Si consideramos al período de la Convención como un todo, parecería ser equitativo concederle el crédito por las victorias de los ejércitos de Francia. Pero si analizamos este todo a fin de estudiar cada uno de sus elementos por separado, su independencia muy pronto se hará obvia. Es inmediatamente evidente que la Asamblea tuvo una participación muy pequeña en los acontecimientos militares de la época. Los ejércitos en la frontera y las Asambleas revolucionarias en París formaron dos mundos separados que ejercieron una influencia muy escasa el uno sobre el otro y que consideraron los hechos bajo una luz muy diferente.
Hemos visto que la Convención fue un gobierno débil que cambiaba sus ideas todos los días de acuerdo con el capricho popular; fue realmente un ejemplo de la más profunda anarquía. No dirigió nada sino que estuvo constantemente dirigida; ¿cómo hubiera podido, entonces, comandar ejércitos?
Completamente absorta en sus luchas intestinas, la Asamblea abandonó todas las cuestiones militares a un comité especial, dirigido casi exclusivamente por Carnot, cuya función concreta fue la de proveer a las tropas de provisiones y munición. El mérito de Carnot está en que, aparte de dirigir a los 752.000 hombres a disposición de Francia hacia los puntos estratégicos esenciales, también apoyó a los generales en cuanto a tomar la ofensiva y mantener una estricta disciplina.
La única participación de la Asamblea en la defensa del país fue el decreto del reclutamiento general. A la vista de los numerosos enemigos que estaban amenazando a Francia, ningún gobierno haría podido evitar esa medida. También, por un corto período, la Asamblea envió representantes a los ejércitos con la instrucción de decapitar a ciertos generales, pero esta política pronto fue abandonada.
De hecho, las actividades militares de la Asamblea siempre fueron extremadamente superficiales. Los ejércitos gracias a su número, su entusiasmo y las tácticas diseñadas por sus jóvenes generales, conquistaron sus victorias sin ayuda. Combatieron y conquistaron en forma independiente de la Convención.
2)- La lucha de Europa contra la Revolución.
Antes de enumerar los diferentes factores psicológicos que contribuyeron al éxito de los ejércitos revolucionarios será útil recordar brevemente el origen y el desarrollo de la guerra contra Europa.
Al principio de la Revolución, los soberanos extranjeros vieron con satisfacción las dificultades de la monarquía francesa a la cual, desde largo tiempo atrás, consideraban como una potencia rival. El rey de Prusia, creyendo que Francia se hallaba muy debilitada, pensó en enriquecerse a costa de ella y, por consiguiente, le propuso al emperador de Austria el socorrer a Luis, a condición de recibir Flandes y Alsacia en concepto de contraprestación. Los dos soberanos firmaron una alianza contra Francia en Febrero de 1792. Los franceses, bajo la influencia de los girondinos, anticiparon el ataque declarándole la guerra a Austria. Desde el principio, el ejército francés encontró varios impedimentos. Los aliados penetraron en la Champagne y llegaron a 130 millas de París. La victoria de Dumouriez en Valmy los obligó a retirarse.
Si bien sólo 300 franceses y 200 prusianos murieron en esta batalla, la misma tuvo resultados muy significativos. El hecho de que un ejército con la reputación de invencible había sido forzado a retirarse le otorgó audacia a las jóvenes tropas revolucionarias y, con ello, tomaron la iniciativa en todas partes. En unas pocas semanas, los soldados de Valmy habían echado a los austríacos de Bélgica siendo recibidos allí como libertadores.
Pero fue bajo la Convención que la guerra adquirió su importancia. A comienzos de 1793 la Asamblea declaró que Bélgica estaba unida a Francia. De esto surgió un conflicto con Inglaterra que duró 22 años.
Reunidos en Antwerpen en Abril de 1973, los representantes de Inglaterra, Prusia y Austria resolvieron desmembrar a Francia. Los prusianos tomarían Alsacia y Lorena; los austríacos, Flandes y Artois; los ingleses Dunquerque. El embajador austríaco propuso aplastar a la Revolución por medio del terror “exterminando prácticamente la totalidad del partido que dirigía a la nación”. En vista de estas declaraciones, Francia por fuerza tenía que conquistar o perecer.
Durante esta primera coalición, entre 1793 y 1797, Francia tuvo que combatir en todas sus fronteras, desde los Pirineos hasta el Norte.
Inicialmente perdió todas sus conquistas anteriores y sufrió varios reveses. Los españoles tomaron Perpignan y Bayonne; los ingleses Toulon y los austríacos Valenciennes. Fue entonces, hacia fines de 1793, que la Convención ordenó el reclutamiento general de todos los franceses entre los dieciocho y cuarenta años, con lo que consiguió enviar a las fronteras un total de cerca de 750.000 hombres. Los viejos regimientos del ejército monárquico se combinaron con batallones de voluntarios y conscriptos.
Los aliados fueron rechazados y Maubeuge quedó más aliviada luego de la victoria de Wattigny obtenida por Jourdan. Hoche rescató Lorraine. Francia tomó la ofensiva, reconquistó Bélgica y el margen izquierdo del Rin. Jourdan derrotó a los austríacos en Fleurus, los rechazó por sobre el Rin y ocupó Colonia y Coblenza. Se invadió a Holanda. Los soberanos aliados se resignaron a negociar la paz y a reconocer las conquistas francesas.
Los éxitos de los franceses se vieron favorecidos por el hecho de que el enemigo nunca puso todo su corazón en el asunto, desde el momento en que estaba preocupado por la partición de Polonia, lo cual sucedió en 1793/95. Cada uno de los poderes quería estar en ese sitio a fin de obtener más territorio. Este motivo ya había causado que el rey de Prusia se retirara después de la batalla de Valmy en 1792.
Las vacilaciones de los aliados y la desconfianza mutua imperante entre ellos fueron extremadamente favorables para los franceses. Si los austríacos hubieran marchado sobre París en el verano de 1793 “habríamos perdido” – dijo el General Thiebault – “por cien a uno. Ellos mismos nos salvaron al darnos tiempo para hacer soldados, oficiales y generales.”
Después del tratado de Basilea, Francia ya no tenía adversarios importantes en el continente, excepto los austríacos. Fue entonces que el Directorio atacó a Austria e Italia. Bonaparte fue puesto a cargo de esta campaña. Después de un año de combates – de Abril de 1796 a Abril de 1797 – obligó a los enemigos de Francia a pedir la paz.
3)- Factores psicológicos y militares que determinaron el éxito de los ejércitos revolucionarios.
Para entender las causas del éxito de los ejércitos revolucionarios debemos recordar el prodigioso entusiasmo, la resistencia y la abnegación de estas harapientas y con frecuencia descalzas tropas. Completamente imbuidas de los principios revolucionarios, se sintieron apóstoles de una nueva religión destinada a regenerar el mundo.
La historia de los ejércitos de la revolución recuerda a la de los nómades de Arabia que, excitados hasta el fanatismo por los ideales de Mahoma, se transformaron en tropas formidables que rápidamente conquistaron una parte del antiguo mundo romano. Una fe análoga le otorgó a los soldados republicanos un heroísmo y una intrepidez que nunca les fallaron y que ningún revés consiguió sacudir. Cuando la Convención le cedió el lugar al Directorio, habían liberado al país y habían llevado la guerra de invasión al territorio del enemigo. En ese momento, los soldados fueron los únicos auténticos republicanos que quedaban en Francia.
La fe es contagiosa y la Revolución fue considerada como una nueva era, por lo cual varias naciones invadidas, oprimidas por el absolutismo de sus monarcas, recibieron a los invasores como libertadores. Los habitantes de Saboya corrieron a recibir a las tropas.
En Mayence la muchedumbre les dio la bienvenida con entusiasmo, plantó árboles de la libertad y formó una Convención imitando a la de París.
Mientras los ejércitos de la Revolución tuvieron que vérselas con pueblos doblegados bajo el yugo de la monarquía absoluta y sin ningún ideal personal que defender, su éxito fue relativamente fácil. Pero cuando entraron en conflicto con pueblos que tenían un ideal tan fuerte como el de ellos, la victoria se hizo por lejos más difícil.
El nuevo ideal de libertad e igualdad fue capaz de seducir a pueblos que no tenían convicciones precisas y se hallaban sufriendo por el despotismo de sus amos, pero, naturalmente, resultó impotente frente a aquellos que poseían un ideal propio, poderoso, establecido en sus mentes desde hacía largo tiempo. Por esta razón los bretones y los vendeanos, cuyos sentimientos religiosos y monárquicos eran extremadamente poderosos, lucharon con éxito durante años contra los ejércitos de la república.
En Marzo de 1793 las insurrecciones de la Vendee y de la Bretaña se habían extendido a diez departamentos. Los vendeanos en Poitou y los chouans en Bretaña pusieron a 80.000 hombres sobre el campo de batalla.
Los conflictos entre ideales opuestos – esto es: entre credos en los que la razón no puede desempeñar papel alguno – son siempre implacables y la lucha contra la Vendee inmediatamente tomó la ferocidad salvaje que siempre se observa en las guerras de religión. Duró hasta finales de 1795 cuando Hoche consiguió “pacificar” a la región. Prácticamente, esta pacificación fue el simple resultado del exterminio de sus defensores.
“Después de dos años de guerra civil” – escribe Molinari – “la Vendee no era más que un horrible montón de ruinas. Cerca de 900.000 individuos – entre hombres, mujeres, niños y ancianos – habían perecido y el pequeño número de aquellos que habían escapado de la masacre apenas si podía hallar alimento y albergue. Los campos se hallaban devastados; los cercos y los muros, destruidos; las casas, incendiadas.”
Aparte de su fe, que con tanta frecuencia los hacía invencibles, los soldados de la Revolución por lo general tuvieron la ventaja de estar conducidos por generales notables, llenos de pasión y formados en el campo de batalla.
La mayoría de los anteriores jefes del ejército, al ser nobles, habían emigrado, de modo que hubo que organizar un nuevo cuerpo de oficiales. El resultado fue que los dotados de aptitudes militares innatas tuvieron una oportunidad para exhibirlas y pasaron por todos los grados del rango en pocos meses. Hoche, por ejemplo, un cabo en 1789, llegó a general de división y a comandante del ejército a la edad de veinticinco años. La extrema juventud de estos líderes resultó en un espíritu agresivo al cual no estaban acostumbrados los ejércitos enemigos. Seleccionados sólo por mérito y no limitados ni por tradiciones, ni por la rutina, muy pronto consiguieron elaborar tácticas que se adaptaban a las nuevas necesidades.
No se podían esperar maniobras complicadas de soldados sin experiencia que debían enfrentar a tropas profesionales experimentadas, adiestradas y entrenadas de acuerdo a los métodos usuales en todas partes desde la Guerra de los Siete Años.
Los ataques se realizaban simplemente por grandes masas de soldados. Gracias a la cantidad de hombres a disposición de los generales, se pudieron llenar rápidamente los considerables huecos producidos por este eficaz pero bárbaro procedimiento.
Masas de hombres desplegadas en profundidad atacaban al enemigo a bayoneta y en poco tiempo dispersaban a hombres acostumbrados a métodos que cuidaban más la vida de los soldados. La baja cadencia de fuego de aquellos días hizo que las tácticas francesas fuesen relativamente fáciles de emplear. Triunfaron, pero a costa de enormes pérdidas. Se ha calculado que entre 1792 y 1800 el ejército francés dejó a más de un tercio de sus fuerzas efectivas sobre el campo de batalla (700.000 hombres de entre 2.000.000).
Examinando los acontecimientos desde un punto de vista psicológico, veremos las consecuencias de los hechos indicados.
El estudio de las masas revolucionarias en París y el de los ejércitos presenta cuadros muy distintos pero sencillos de interpretar.
Ya hemos demostrado que las masas, incapaces de razonar, simplemente obedecen a sus siempre variables impulsos; pero también hemos visto que resultan fácilmente capaces de heroísmo, que su altruismo se halla con frecuencia altamente desarrollado, y que es fácil encontrar a miles de personas dispuestas a dar la vida por una fe.
Naturalmente, características psicológicas tan diversas tienen que llevar, de acuerdo a las circunstancias, a acciones disímiles y hasta absolutamente contradictorias. La Historia de la Convención y sus ejércitos lo demuestra. Nos ofrece muchedumbres compuestas de elementos similares que actúan de un modo tan diferente en París y en las fronteras que cuesta creer que se trate del mismo pueblo.
En parís las masas fueron desordenadas, violentas, asesinas y tan variables en sus demandas que tornaron imposible todo gobierno.
En los ejércitos el cuadro fue completamente diferente. Las mismas multitudes de hombres sin experiencia, contenidos por los elementos ordenados de una población campesina laboriosa, nivelados por la disciplina militar e inspirados por un entusiasmo contagioso, soportaron privaciones heroicamente, desdeñaron peligros y contribuyeron a formar ese fabuloso impulso que triunfó sobre las más prestigiosas tropas de Europa.
Estos hechos están entre los que siempre deberían ser citados para demostrar la fuerza de la disciplina. La disciplina transforma a los hombres. Liberados de su influencia, los pueblos y los ejércitos se convierten en hordas de bárbaros.
Esta verdad se olvida cada vez más y en forma constante. Al ignorar las leyes fundamentales de la lógica colectiva, cedemos cada vez más ante los inestables impulsos populares en lugar de aprender a dirigirlos.
Capítulo VII
Psicología de los líderes de la Revolución
1)- La mentalidad de los hombres de la Revolución. La influencia de los caracteres violentos y los débiles.
Las personas juzgan con su inteligencia y son guiadas por su carácter. Para entender a una persona completamente hay que separar estos dos elementos.
Durante los grandes períodos de actividad – y los movimientos revolucionarios naturalmente pertenecen a estos períodos – el carácter siempre ocupa el primer plano.
Habiendo descrito en varios capítulos las distintas mentalidades que predominan en tiempos de disturbios, no es necesario que retornemos al asunto aquí. Estas mentalidades constituyen tipos genéricos que, naturalmente, resultan modificados por la personalidad hereditaria y adquirida de cada persona.
Hemos visto qué importante papel desempeñó el elemento místico en la mentalidad jacobina y el fanatismo feroz que guió a los sectarios de la nueva fe.
También hemos visto que no todos los miembros de las Asambleas fueron fanáticos. Estos últimos hasta fueron minoría ya que, aún en las más sanguinarias de las asambleas revolucionarias, la gran mayoría se compuso de personas tímidas y moderadas que tenían un carácter neutral. Antes del Thermidor, los miembros de este grupo votaron apoyando a los violentos por miedo; después del Thermidor votaron apoyando a los diputados moderados.
En épocas de revolución, al igual que en otros tiempos, estos caracteres neutrales que obedecen a los impulsos más contrapuestos, son siempre los más numerosos. En realidad, son igual de peligrosos que los caracteres violentos. La fuerza de estos últimos se apoya en la debilidad de los primeros.
En todas las revoluciones, y en la Revolución Francesa en particular, observamos como una pequeña minoría de mentes estrechas pero decididas domina a una inmensa mayoría de personas que con frecuencia son inteligentes pero carecen de carácter.
Aparte de los apóstoles fanáticos y de los caracteres débiles, una revolución siempre produce individuos que simplemente piensan en beneficiarse con ella. Fueron numerosos durante la Revolución Francesa. Su objetivo se limitó a aprovechar las circunstancias para enriquecerse. A esta clase pertenecieron Barras, Tallien, Fouche, Barrera y muchos otros. Su política consistió sencillamente en servir al más fuerte en contra del más débil.
Desde el inicio de la Revolución estos “arribistas” – como se los llamaría en la actualidad – fueron numerosos. Camile Desmoulins escribió en 1792: “Nuestra revolución tiene sus raíces sólo en el egoísmo y en la egolatría de cada individuo de cuya combinación se compone el interés general.”
Si a estas indicaciones les sumamos las observaciones contenidas en otro capítulo en cuanto a las distintas formas de mentalidad que se observan en tiempos de insurrección política, obtendremos una idea del carácter de los hombres de la Revolución. Aplicaremos ahora los principios expuestos a los personajes más destacados del período revolucionario.
2)- Psicología de los comisarios o representantes “en misión”.
En París, la conducta de los miembros de la Convención estuvo siempre dirigida, ya sea restringida o exaltada, por la acción de sus colegas y la del su entorno.
Para juzgarlos adecuadamente deberíamos observarlos en posesión plena de su libertad, librados a si mismos y sin controles. Tal fue el caso de los representantes enviados por la Convención “en misión” a los departamentos.
El poder de estos delegados fue absoluto. No hubo censura que los molestara. Los funcionarios y los magistrados estuvieron forzados a obedecerles.
Un representante “en misión” podía requisar, secuestrar o confiscar a placer; podía imponer impuestos, poner en prisión, deportar o decapitar como le pareciera mejor; en su propio distrito era un “pashá”.
Considerándose “pashás” se pavonearon “transportados en carruajes tirados por seis caballos, rodeados de guardias; sentados a mesas suntuosas con treinta platos, comiendo al son de la música con una corte de jugadores, cortesanas y mercenarios...” En Lyons “la solemne apariencia de Collot d’Herbois es como la del Gran Turco. Nadie puede aparecer en su presencia sin tres solicitudes reiteradas; una cadena de habitaciones precede a su sala de recepción y nadie se le acerca a menos que quince pasos.”
Uno se puede imaginar la inmensa vanidad de estos dictadores ingresando a los pueblos, rodeados de guardias; hombres a los que les bastaba un gesto para hacer rodar cabezas.
Abogadillos sin clientes, médicos sin pacientes, curas sin sotana, oscuros jurisconsultos que antes habían conocido la más pálida de las vidas; todos ellos súbitamente se habían hecho iguales a los más poderosos tiranos de la Historia. Guillotinando, ahogando, fusilando sin piedad, al azar de su capricho, fueron elevados de su humilde condición anterior al nivel de los más célebres potentados.
Ni Nerón ni Heliogábalo hubieran superado jamás la tiranía de los representantes de la Convención. Leyes y costumbres siempre restringieron a los dos primeros al menos hasta cierto punto. No había nada que restringiera a los comisarios.
“Fouche, con los anteojos a mano” – escribe Taine – “observó la carnicería de 210 habitantes de Lyons desde su ventada. Collot, Laporte y Fouche hicieron fiestas durante los días de ejecución (‘fusillades’) y al sonido de cada descarga se levantaban de un salto con exclamaciones de alegría y agitando sus sombreros.”
Entre los representantes “en misión” que exhiben esta mentalidad asesina podemos citar como típico al ex-sacerdote Lebon quien, tras hacerse del poder supremo, devastó a Arrais y a Cambrai. Su ejemplo, junto con el de Carrier, contribuye a mostrar en lo que el ser humano puede convertirse cuando escapa del yugo de la ley y la tradición. La crueldad del feroz comisario se complicó por su sadismo. El patíbulo se levanto bajo su ventana de modo que él, su mujer y sus ayudantes, pudiesen gozar de la carnicería. Al pié de la guillotina se estableció una cantina adónde los sans-culottes podían ir a beber. Para entretenerlos, los verdugos agruparon sobre el pavimento y en actitudes ridículas a los cadáveres desnudos de los decapitados.
“La lectura de los dos volúmenes de su juicio, impresos en Amiens en 1795, puede calificarse de pesadilla. Durante veinte sesiones, los sobrevivientes a la hecatombe de Arras y Cambrai pasaron por la antigua sala del alguacilazgo de Amiens dónde se juzgaba al ex-miembro de la Convención. Lo que estas almas en pena relataron fue inaudito. Calles enteras despobladas; nonagenarios y muchachas de dieciséis años decapitadas después de la parodia de un juicio; la muerte servida como en un buffet, muertes insultadas, adornadas, gozadas; ejecuciones al son de la música; batallones de niños reclutados para cuidar el patíbulo; la depravación, el cinismo, los refinamientos de un sátrapa demente; un romance de Sade hecho épica. A medida en que vemos desenvolverse estos horrores parecería que todo un país largamente aterrorizado está por fin vomitando su terror y vengándose por su cobardía, destruyendo a ese desgraciado, al chivo expiatorio de un sistema aborrecido y desaparecido.”
La única defensa del ex-cura fue que había obedecido órdenes. Los hechos que se le reprochaban habían sido conocidos por largo tiempo y la Convención de ninguna manera lo había inculpado por ellos.
Ya he hablado de la vanidad de los diputados “en misión” quienes súbitamente fueron depositarios de un poder mayor al de los más poderosos déspotas; pero esta vanidad no alcanza a explicar su ferocidad.
La misma surgió de otras fuentes. Apóstoles de una severa fe, los delegados de la Convención, al igual que los inquisidores del Santo Oficio, no podían sentir, no hubieran podido sentir, piedad alguna frente a sus víctimas. Aparte de ello, liberados de las ligaduras de la tradición y la ley, podían dar rienda suelta a los instintos más salvajes que la animalidad primitiva ha dejado en nosotros.
La civilización restringe estos instintos, pero nunca mueren. La necesidad de matar que hace al cazador es una prueba permanente de esto.
Cunisset-Carnot ha expresado en las siguientes líneas el poder de esta tendencia hereditaria que, en medio del más inocente de los juegos, vuelve a despertar al bárbaro en cada cazador:
“El placer de matar por matar es, se podría decir, universal; es la base del instinto de caza puesto que debe admitirse que en la actualidad, en países civilizados, la necesidad de vivir ya no cuenta para nada en su propagación. En realidad, estamos perpetuando una acción que le fue impuesta imperiosamente a nuestros salvajes antepasados por las duras necesidades de la existencia – bajo las cuales o mataban, o morían de hambre – mientras que hoy ya no hay una excusa legítima para ello. Pero así es y nada podemos hacer; probablemente nunca romperemos las cadenas de una esclavitud que nos han atado durante tanto tiempo. No podemos evitar sentir un intenso, con frecuencia apasionado, placer al derramar la sangre de animales hacia los cuales – cuando el amor por la persecución nos posee – perdemos todo sentido de compasión. Las criaturas más amables y hermosas, los pájaros canoros, el encanto de nuestras primaveras, cae ante nuestros rifles o se asfixia en nuestras trampas y ni un estremecimiento de compasión menoscaba nuestro placer al verlos aterrorizados, sangrando, retorciéndose por el horrible sufrimiento que les inflingimos, tratando de huir sobre sus pobres miembros fracturados o agitando con desesperación unas alas que ya no pueden sostenerlos... La excusa es el impulso de ese imperioso atavismo que aún los mejores entre nosotros no tenemos la fuerza de resistir.”
En tiempos normales este singular atavismo, restringido por miedo a las leyes, sólo puede ser ejercido sobre los animales. Cuando los códigos ya no operan, inmediatamente se aplica al Hombre, que es la razón por la cual tantos terroristas tuvieron tanto placer en matar. El comentario de Carrier, en cuanto al placer que sentía contemplando los rostros de sus víctimas durante el tormento, es muy típico. En muchas personas civilizadas la ferocidad es un instinto reprimido pero de ningún modo eliminado.
Danton y Robespierre fueron los dos personajes principales de la Revolución. Diré poco del primero: su psicología, aparte de ser simple, es familiar. Un orador de club al principio, impulsivo y violento, estuvo siempre listo para excitar al pueblo. Cruel solamente en sus discursos, con frecuencia lamentó sus resultados. Desde el principio brilló en primera fila mientras que su futuro rival, Robespierre, vegetaba casi en la última.
En un momento dado, Danton se convirtió en el alma de la Revolución pero le faltó tenacidad y estabilidad de conducta. Más aún, era pobre mientras que Robespierre no lo era. El permanente fanatismo de este último derrotó los intermitentes esfuerzos del primero. Sin embargo, habrá sido un espectáculo asombroso ver a un tribuno tan poderoso enviado al patíbulo por su pálido, venenoso enemigo y mediocre rival.
Robespierre, el hombre más influyente de la Revolución y el más frecuentemente estudiado, es, con todo, el menos explicable. Resulta difícil entender la prodigiosa influencia que le otorgó poder sobre la vida y la muerte, no sólo sobre los enemigos de la Revolución sino también sobre colegas que no hubieran sido considerados enemigos por el gobierno imperante.
Por cierto que no podemos explicar la cuestión diciendo con Taine que Robespierre fue un pedante perdido en abstracciones, ni asegurando con Michelet que tuvo éxito en virtud de sus principios, ni repitiendo con su contemporáneo Williams que “uno de los secretos de su gobierno fue convertir en peldaños de su ambición a hombres marcados por el oprobio o ensuciados por el crimen.”
Tampoco es posible considerar su elocuencia como la causa de su éxito. Con los ojos protegidos por gruesos anteojos, leía penosamente sus discursos compuestos por abstracciones frías e indefinidas. La Asamblea tenía oradores que poseían un talento inmensamente superior, tales como Danton y los girondinos; y aún así fue Robespierre el que los destruyó.
No tenemos realmente ninguna explicación aceptable para la ascendencia que el dictador finalmente obtuvo. Sin influencia en la Asamblea Nacional, gradualmente se convirtió en el amo de la Convención y de los jacobinos. “Cuando llegó al Comité de Seguridad Pública” – dijo Billaud-Varennes – “ya era la persona más importante de Francia.”
“Su historia” – escribe Michelet – “es prodigiosa, mucho más maravillosa que la de Bonaparte. Las pistas, las vueltas, la preparación de las fuerzas, son todas menos visibles. Se trata de un hombre honesto, una figura austera y piadosa, de medianos talentos, que una mañana se dispara hacia arriba, nacido de no sé qué cataclismo. No hay nada parecido en la Mil y Una Noches. Y en un instante se va más alto que el trono. Lo ponen sobre un altar. ¡Asombrosa historia! ”
Por cierto que las circunstancias ayudaron en forma considerable. Las personas se volvieron hacia él como el amo que todos sentían necesitar. Pero él ya estaba allí y lo que deseamos descubrir es la causa de su rápido ascenso. Estoy gustosamente dispuesto a suponer en él la existencia de una especie de fascinación personal que hoy en día se nos escapa. Sus éxitos con las mujeres podrían ser citados para apoyar esta teoría. En los días en que hablaba “los pasillos estaban repletos de mujeres ... hay setecientas u ochocientas en las tribunas ¡y con qué éxtasis lo aplauden! Entre los jacobinos, cuando habla, hay sollozos y gritos de emoción y los hombres patalean como si quisieran derrumbar la sala.” Una joven viuda, Mme. De Chalabre, poseedora de 16.000 libras al año, le envía ardientes cartas de amor y está ansiosa de casarse con él.
No podemos buscar en su carácter las causas de su popularidad. Un hipocondríaco por temperamento, de mediocre inteligencia, incapaz de aprehender realidades, confinado en abstracciones, taimado y disimulado, su nota distintiva fue un excesivo orgullo que fue creciendo hasta su último día. Sumo sacerdote de una nueva fe, se creyó enviado a la tierra por Dios para establecer el reino de la virtud. Recibía cartas que decían “que era el Mesías que el Eterno Ser había prometido para reformar al mundo.”
Lleno de pretensiones literarias, pulía laboriosamente sus discursos. Estaba profundamente celoso de otros oradores u hombres de letras como Camile Desmoulins y ese celo los llevó a la muerte.
“Los que fueron particularmente objeto de la ira del tirano” – escribe el autor ya citado – “fueron los hombres de letras. Respecto de ellos, el celo del colega se entremezcló con la furia del opresor; el odio con el que los persiguió se alimentó menos con la resistencia de ellos ante su despotismo que con los talentos que eclipsaban al suyo.”
El desprecio del dictador por sus colegas fue inmenso y casi manifiesto. Después de darle audiencia a Barras a la hora de sus abluciones matinales, se terminó de afeitar escupiendo en dirección de su colega como si éste no existiera y ni siquiera se dignó de contestar sus preguntas.
Consideró a la burguesía y a los diputados con el mismo odioso desdén. Sólo la multitud encontró gracia ante sus ojos. “Cuando el pueblo soberano ejerce su poder” – dijo – “sólo podemos inclinarnos ante él. En todo lo que hace, todo es virtud y verdad, y no es posible ningún exceso, ni error, ni crimen.”
Robespierre sufrió de manía persecutoria. Hizo cortar la cabeza a los demás no sólo porque tenía una misión como apóstol sino porque se creía rodeado de enemigos y conspiradores. “Por grande que fuera la cobardía de sus colegas cuando de él se trataba” – escribe Sorel – “el miedo que les tenía fue aún mayor.”
Su dictadura, absoluta durante cinco meses, es un claro ejemplo del poder de ciertos líderes. Podemos entender cómo un tirano apoyado por un ejército puede fácilmente destruir a quien le place; pero que un solo hombre pueda tener éxito en mandar a matar un gran número de sus iguales es algo que no se explica con facilidad.
El poder de Robespierre fue tan absoluto que pudo enviar al Tribunal, y por lo tanto al patíbulo, a los diputados más eminentes: Desmoulins, Hebert, Danton, y muchos otros. Los brillantes girondinos se derretían ante él. Atacó incluso a la terrible Comuna, guillotinó a sus líderes y la reemplazó por una nueva Comuna obediente a sus órdenes.
A fin de deshacerse más rápidamente de los hombres que le desagradaban, indujo a la Convención a decretar la ley de Prairial que permitía la ejecución de simples sospechosos. Por medio de ella hizo cortar 1.373 cabezas en París en 49 días. Sus colegas, víctimas de un terror demencial, ya no dormían en sus casas; apenas un centenar de diputados se hacía presente en las sesiones. David dijo: “No creo que queden veinte de nosotros en la Montaña”.
Fue este mismo exceso de confianza en sus propios poderes y la cobardía de la Convención lo que le costó a Robespierre la vida. Habiendo intentado hacerles votar una medida que permitiría enviar a diputados ante el Tribunal Revolucionario, sin la autorización de la Asamblea y bastando apenas una órden del Comité gobernante – lo cual significaba el patíbulo – varios montagnards conspiraron con algunos miembros del Llano para derrocarlo. Tallien, sabiéndose marcado a muerte para una pronta ejecución y no teniendo por lo tanto nada que perder, lo acusó ruidosamente de tiranía. Robespierre quiso defenderse leyendo un discurso que hacía largo tiempo ya tenía a mano, pero tuvo que aprender a sus propias expensas que no es posible conducir una asamblea por medio de la lógica. Los gritos de los conspiradores ahogaron su voz; el grito de ¡abajo con el tirano! – rápidamente repetido por muchos de los miembros presentes gracias al contagio mental – fue suficiente para completar su caída. Sin perder un instante, la Asamblea decretó su acusación.
Habiendo la Comuna deseado salvarlo, la Asamblea lo puso fuera de la ley. Golpeado por esta fórmula mágica, quedó definitivamente perdido.
“Sobre el francés de este período” – escribe Williams – “el repudio de una proscripción producía el mismo efecto que el repudio por contraer la peste. El proscrito quedaba bajo excomunión laica y era como si las personas creyesen que quedarían contaminadas con sólo pasar por el aire que el expulsado había respirado. Ése fue el efecto que produjo sobre los artilleros que habían ensayado sus cañones contra la Convención. Sin recibir órdenes adicionales, tan sólo al oír que la Comuna estaba ‘fuera de la ley’, inmediatamente hicieron girar sus baterías en sentido contrario.”
Robespierre y toda su banda – Saint-Just, el presidente del Tribunal Revolucionario, el alcalde de la Comuna, etc., con un total de 21 personas – fueron guillotinados el 10 de Termidor.
Su ejecución continuó a la mañana siguiente con una nueva remesa de setenta jacobinos y al día subsiguiente por otros trece. El Terror, que había durado diez meses, había terminado.
El derrumbe del edificio jacobino durante el Termidor es uno de los acontecimientos psicológicos más curiosos del período revolucionario. Ninguno de los montagnards que trabajó para conseguir la caída de Robespierre soñó, siquiera por un instante, que marcaría el fin del Terror.
Talien, Barras, Fouche, etc. derrocaron a Robespierre del mismo modo en que éste había derrocado a Hebert, Danton, los girondinos y a muchos otros. Pero cuando las aclamaciones de la masa les hicieron saber que la muerte de Robespierre era considerada como el fin del Terror, estas personas actuaron como si precisamente ésa hubiera sido su intención. Se vieron tanto más obligadas a hacerlo por cuanto el Llano – esto es: la gran mayoría de la Asamblea – que había consentido en ser diezmada por Robespierre, ahora se rebelaba furiosamente contra el sistema que por tanto tiempo había aclamado aún aborreciéndolo. No hay nada más terrible que un cuerpo de personas que han tenido miedo y que ya no lo tienen. El Llano se vengó de haberse dejado aterrorizar por la Montaña aterrorizando a ese sector a su vez.
El servilismo de los colegas de Robespierre en la Convención de ningún modo se basó sobre un sentimiento de simpatía hacia él. El dictador los llenaba de una alarma indecible pero, detrás de las expresiones de admiración y entusiasmo que derramaban sobre él por miedo, latía escondido un intenso odio. Podemos verlo leyendo los informes de varios diputados que se encuentran en el Moniteur de los días 11, 15 y 29 de Agosto de 1794; en especial el dedicado a “la conspiración de los triunviros Robespierre, Couthon y Saint-Just.” Nunca un esclavo lanzó tantas invectivas contra su amo caído.
Nos enteramos de que “estos monstruos por algún tiempo estuvieron renovando las recetas más terribles de Mario y Sulla.” Robespierre es presentado como el bellaco más espantoso. Se nos asegura que “al igual que Calígula, pronto le pediría al pueblo francés que adorara a su caballo... Buscó la seguridad en la ejecución de todos los que despertaban su más ligera sospecha.”
Estos informes olvidan mencionar que el poder de Robespierre – a diferencia del de los aludidos Mario y Sulla – no tuvo el apoyo de un poderoso ejército sino meramente de la reiterada adhesión de los miembros de la Convención. Sin la extrema cobardía de éstos, el poder del dictador no hubiera durado ni un solo día.
Robespierre fue uno de los tiranos más odiosos de la Historia, pero se distingue de todos los demás por haberse convertido en tirano sin soldados.
Podemos resumir su doctrina diciendo que fue la encarnación más perfecta – excepción hecha, quizás de Saint-Just – de la fe jacobina, en toda su lógica estrecha, su intenso misticismo y su inflexible rigidez. Encuentra admiradores hasta el día de hoy. Hamel lo describe como “el mártir de Thermidor”. Se ha hablado de erigirle un monumento. Yo suscribiría con gusto tal propósito. Siento que sería útil preservar pruebas de la ceguera de la masa y de la extraordinaria docilidad de la que es capaz una asamblea cuando el líder sabe como manejarla. Su estatua recordaría las apasionadas exclamaciones de entusiasmo con las que la Convención aclamó las más siniestras medidas del dictador, la noche anterior al mismo día en que habría de derribarlo.
4)- Fouquier-Tinville, Marat, Billaud-Varenne, etc.
Dedicaré un párrafo a ciertos revolucionarios que fueron famosos por el desarrollo de sus más sanguinarios instintos. La ferocidad de estas personas se complicó con otros sentimientos, por miedos y odios, que no pudieron sino fortalecerla.
Fouquier-Tinville, el fiscal público del Tribunal Revolucionario, fue uno de los que han dejado la más siniestra de las memorias. Este magistrado, otrora conocido por su gentileza y que se convirtió en la criatura sanguinaria cuya memoria tanta repulsión produce, ya me ha servido de ejemplo en otros trabajos en los que quise mostrar la transformación de ciertas personalidades en épocas revolucionarias.
Extremadamente pobre al momento de la caída de la monarquía, lo tenía todo para ganar y nada para perder de una revuelta social. Fue uno de esos hombres a los que cualquier período de desórdenes siempre hallará dispuestos a apoyar.
La Convención le entregó sus poderes. Tuvo que pronunciarse sobre el destino de casi dos mil acusados entre quienes estuvieron María Antonieta, los girondinos, Danton, Hebert, etc. Hizo ejecutar a todos los sospechosos que le llevaron y no tuvo escrúpulos para traicionar a sus anteriores protectores. Pronunció sus alegatos ni bien alguno de ellos cayó en su poder, ya fuese Camille Desmoulins, Danton o cualquier otro.
Fouquier-Tinville tenía una mente muy inferior que la Revolución hizo subir hasta la cumbre. Bajo condiciones normales, rodeado de las reglas de la profesión, su destino hubiera sido el de un pacífico y oscuro magistrado. Éste fue, precisamente, el destino de Gilbert-Liendon su diputado o lugarteniente en el Tribunal. “Éste debería haber inspirado el mismo horror que su jefe” – escribe Durel – “y, sin embargo, completó su carrera en los rangos superiores de la magistratura imperial.”
Uno de los grandes beneficios de una sociedad organizada es que restringe a estos caracteres peligrosos a los que nada, excepto las restricciones sociales, pueden contener.
Fouquier-Tinville murió sin comprender por qué resultaba condenado y, desde el punto de vista revolucionario, su condena fue injustificable. ¿Acaso no se había limitado a cumplir celosamente las órdenes de sus superiores? Es imposible clasificarlo entre los representantes enviados a las provincias que no podían ser supervisados. Los delegados de la Convención examinaron todas sus sentencias y las aprobaron sin excepción. Si su crueldad y el modo sumario de juzgar a los prisioneros llevados ante él no hubiesen estado alentados por sus jefes, no hubiera podido permanecer en el poder. Al condenar a Fouquier-Tinville, la Convención condenó su propio espantoso sistema de gobierno. Entendió este hecho y envió al patíbulo a una cantidad de terroristas a quienes Fouquier-Tinville meramente había servido de fiel agente.
Al lado de Fouquier-Tinville podemos poner a Dumas, que presidió el Tribunal Revolucionario y que también exhibió una crueldad excesiva mezclada con un intenso miedo. Nunca salía sin llevar dos pistolas cargadas, se atrincheraba en su casa y sólo hablaba con los visitantes a través de una mirilla. Su desconfianza de todo el mundo, incluyendo a su propia esposa, era absoluta. Hasta llegó a poner en prisión a su mujer y estaba a punto de hacerla ejecutar cuando llegó el Thermidor.
Entre los hombres que la Convención hizo surgir, Billaud-Varenne fue uno de los más salvajes y más brutales. Puede ser considerado como el tipo perfecto de la ferocidad bestial.
“En estas horas de inagotable furia y heroica angustia permaneció calmo, dedicándose metódicamente a su tarea – y fue una tarea espantosa: apareció oficialmente en las masacres de Abbaye, felicitó a los asesinos y les prometió dinero, tras lo cual se fue a su casa como si se hubiese limitado a hacer un paseo. Lo vemos de presidente del Club Jacobino, presidente de la Convención, miembro del Comité de Seguridad Pública; arrastra a los girondinos al patíbulo; arrastra allí a la reina; su anterior jefe dirá de él: ‘Billaud tiene un puñal bajo la lengua’. Aprueba la cañoneada de Lyons, los ahogamientos de Nantes, las masacres de Arras; organiza las despiadadas comisiones de Orange; se involucra con las leyes de Prairial; apaña a Fouquier-Tinville; sobre todos los decretos de muerte se encuentra su nombre, con frecuencia en primer lugar; firma antes que sus colegas; es una persona sin piedad, sin emociones, sin entusiasmo; cuando otros están atemorizados, vacilan o retroceden, él sigue su camino hablando con oraciones pomposas, ‘sacudiendo su melena leonina’ – ya que, para poner su rostro frío e impasible más en armonía con la exuberancia que lo rodea, ahora se cubre con una peluca amarilla que provocaría risa si estuviera sobre la cabeza de cualquiera menos de Billaud-Varenne. Cuando a Robespierre, Saint-Just y a Couthon les llega el turno de ser amenazados, los abandona, se pasa al enemigo y los empuja hacia la cuchilla... ¿Por qué? ¿Cuál es su objetivo? No lo sabe nadie. No es, de ninguna manera, ambicioso; no desea ni poder ni dinero.”
No creo que sería tan difícil contestar por qué. La sed de sangre, de la que ya hemos hablado y que es muy común entre ciertos criminales, explica perfectamente la conducta de los Billaud-Varennes. Los criminales de esta clase matan por matar, de la misma manera en que los cazadores deportivos matan a sus presas – por el sólo placer de ejercitar su gusto por la destrucción. En tiempos normales las personas dotadas de estas tendencias homicidas se reprimen, en general por miedo al policía y al patíbulo. Cuando se encuentran con la posibilidad de dar rienda suelta a sus tendencias, no hay nada que los detenga. Ése fue el caso de Billaud-Varenne y de muchos otros.
La psicología de Marat es algo más complicada, no sólo porque su deseo de asesinar se hallaba combinado con otros elementos – egolatría herida, ambición, creencias místicas, etc. – sino porque tenemos que considerarlo como un semi-lunático afectado de megalomanía y perseguido por ideas fijas.
Antes de la Revolución había demostrado tener grandes pretensiones científicas pero nadie le dio mucha importancia a sus devaneos. Soñando con posición y honores, consiguió tener solamente una posición muy subordinada en la casa de un gran noble. La Revolución le abrió un futuro imprevisto. Henchido de odio por el antiguo sistema social que no había reconocido sus méritos, se puso al frente de la sección más violenta del pueblo. Habiendo públicamente glorificado las masacres de Septiembre, fundó un periódico que denunció a todo el mundo y clamó incesantemente por más ejecuciones.
Hablando continuamente de los intereses del pueblo, Marat se convirtió en su ídolo. La mayoría de sus colegas lo despreciaron de todo corazón. Si hubiese escapado del cuchillo de Charlotte Corday, ciertamente no hubiera escapado a la cuchilla de la guillotina.
5.- El destino de los miembros de la Convención que sobrevivieron a la Revolución.
Además de los miembros de la Convención cuya psicología presenta características particulares, hubo otros – Barras, Fouche, Tallien, Merlin de Thionville, etc. – completamente carentes de principios o de fe, que tan sólo buscaron enriquecerse.
Se dedicaron a construir enormes fortunas a partir de la miseria pública. En tiempos normales hubieran sido calificados de simples rufianes, pero en tiempos revolucionarios todas las normas sobre vicio y de virtud parecen desaparecer.
Si bien algunos pocos jacobinos siguieron siendo fanáticos, la mayoría de ellos – ni bien obtuvieron riquezas – renunciaron a sus convicciones y se convirtieron en fieles cortesanos de Napoleón. Cambaceres – quien, dirigiéndose a Luis XVI en prisión, lo llamó Luis Capeto – bajo el Imperio exigió que sus amigos lo llamasen “Alteza” en público y “Monseigneur” en privado, mostrando así el sentimiento de envidia que acompañó al clamor por la igualdad en muchos de los jacobinos.
“La mayoría de los jacobinos” – escribe Madelin – “se enriqueció mucho y, como Bazire, Merlin, Barras, Boursault, Tallien, Barrere, etc. poseyó villas y tierras. Aquellos que todavía no eran adinerados, pronto lo serían.... Tan sólo en el Comité del Año III, el personal del partido thermidoriano comprendía a 13 futuros condes, 5 futuros barones, 7 futuros senadores del Imperio y a 6 futuros Consejeros de Estado. Aparte de ellos, en la Convención hubo, entre el futuro Duque de Otranto y el futuro Conde Regnault, no menos de 50 demócratas quienes, quince años más tarde, poseían títulos, cotas de armas, plumas, carruajes, donaciones, tierras confiscadas, hoteles y villas. Fouche murió valiendo 600.000 libras.”
Los privilegios del antiguo régimen que habían sido tan amargamente denostados fueron así muy pronto restablecidos en beneficio de la burguesía. Para llegar a este resultado fue necesario arruinar a Francia, incendiar provincias enteras, multiplicar el sufrimiento, sumergir innumerables familias en la desesperación, convulsionar a Europa y aniquilar hombres de a cientos de miles sobre el campo de batalla.
Al cerrar este capítulo, recordemos lo ya dicho en cuanto a la posibilidad de juzgar a los hombres de este período.
Si bien el moralista está obligado a proceder con severidad con ciertos individuos, porque los juzga en función de las normas que una sociedad debe respetar si es que desea perdurar, el psicólogo no se encuentra en la misma situación. Su objetivo es el de comprender, y la crítica se desvanece ante una comprensión completa.
La mente humana es un mecanismo muy frágil y las marionetas que bailan sobre el escenario de la Historia rara vez son capaces de resistir las imperiosas fuerzas que las impelen. Herencia, medioambiente y circunstancias son amos dominantes. Nadie puede decir con certeza cual hubiera sido su conducta de haber sido puesto en el lugar de las personas cuyas acciones trata de interpretar.
LIBRO III
El conflicto entre influencias ancestrales y principios revolucionarios
Capítulo I
Las últimas convulsiones de la anarquía. El Directorio.
Desde el momento en que las distintas asambleas revolucionarias estuvieron compuestas parcialmente por las mismas personas, se podría suponer que su psicología sería muy similar.
En tiempos normales esto habría sido así puesto que un entorno constante facilita constancia de carácter. Pero cuando las circunstancias cambian tan rápidamente como lo hicieron durante la Revolución, el carácter por fuerza tiene que sufrir transformaciones para adaptarse a las mismas. Éste es el caso del Directorio.
El Directorio comprendió varias asambleas diferentes: dos grandes cámaras consistiendo de diferentes categorías de diputados y una cámara muy pequeña compuesta por cinco Directores.
Las dos asambleas grandes recuerdan fuertemente a la Convención por su debilidad. Ya no estaban forzadas a obedecer a revueltas populares puesto que éstas fueron enérgicamente impedidas por los Directores, pero cedieron sin discusión a las instrucciones dictatoriales de estos últimos.
Los primeros diputados elegidos fueron en su mayoría moderados. Todo el mundo estaba cansado de la tiranía jacobina. La nueva Asamblea soñó con reconstruir las ruinas que habían cubierto a Francia estableciendo un gobierno liberal sin violencias.
Pero, debido a una de esas fatalidades que fueron una ley de la Revolución y que prueban que el curso de los acontecimientos se halla con frecuencia por encima de la voluntad de los hombres, de estos diputados, al igual que de sus predecesores, se puede decir que terminaron haciendo siempre lo contrario de lo que habían intentado hacer. Esperaron ser moderados y fueron violentos; quisieron eliminar la influencia de los jacobinos y permitieron ser guiados por ellos; pensaron en reconstruir las ruinas del país y sólo consiguieron sumar más ruinas a las anteriores; aspiraron a lograr la paz religiosa y al final persiguieron y masacraron a los sacerdotes con mayor rigor que durante el Terror.
La psicología de la pequeña asamblea formada por los cinco Directores fue muy diferente a la de la Cámara de Diputados. Encontrándose con nuevas dificultades todos los días, los directores se vieron forzados a resolverlas, mientras que las asambleas grandes, sin contacto con la realidad, sólo tuvieron aspiraciones.
El pensamiento preponderante de los directores fue muy simple. Altamente indiferentes frente a los principios, desearon por sobre todo permanecer siendo los amos de Francia. A fin de obtener dicho resultado no vacilaron en recurrir a las medidas más ilegítimas, aún anulando elecciones en un gran número de departamentos cuando éstas los molestaron.
Sintiéndose incapaces de reorganizar a Francia, la dejaron librada a si misma. A través de su despotismo consiguieron dominarla, pero nunca la gobernaron. Ahora bien, lo que Francia en esta coyuntura necesitaba por sobre todo era, precisamente, ser gobernada.
La Convención ha dejado detrás de si la reputación de haber sido un gobierno fuerte y el Directorio la de un gobierno débil. La verdad es lo contrario: el gobierno fuerte fue el del Directorio.
Desde el punto de vista psicológico podemos explicar fácilmente las diferencias entre el gobierno del directorio y el de las Asambleas previas recordando el hecho que una reunión de seiscientas o setecientas personas puede muy bien sufrir oleadas de entusiasmo contagioso – como en la noche del 4 de Agosto – o incluso impulsos de enérgica fuerza de voluntad – como la que lanzó el desafío a los reyes de Europa. Pero esos impulsos son demasiado efímeros como para tener una fuerza importante. Un comité de cinco miembros, fácilmente dominado por la voluntad de uno, es por lejos más susceptible de tener continuidad en sus resoluciones – esto es: de perseverar en una determinada línea de conducta.
El gobierno del Directorio demostró siempre ser incapaz de gobernar pero nunca le faltó una fuerte voluntad. No habiendo nada que lo restringiera, ni respeto por la ley, ni consideración por los ciudadanos, ni amor por el bien público, fue capaz de imponerle a Francia un despotismo más aplastante que el de cualquier otro gobierno desde el comienzo de la Revolución y sin exceptuar al Terror.
Si bien utilizó métodos análogos a los de la Convención, y se impuso a Francia de la manera más tiránica, el Directorio, al igual que la Convención, jamás dirigió a Francia.
Este hecho, al cual ya he hecho referencia, demuestra una vez más la impotencia de la coacción material para dominar fuerzas morales. No se repetirá con demasiada frecuencia que la verdadera guía de la humanidad es la condena de la moral erigida por sus antepasados.
Acostumbrados a vivir en una sociedad organizada, sostenidos por códigos y tradiciones respetadas, difícilmente nos podemos imaginar la condición de una nación privada de esas bases. Por regla general, sólo vemos el lado irritante de nuestro entorno, olvidando con demasiada facilidad que la sociedad existe sólo a condición de imponer ciertas restricciones y que leyes, comportamientos y costumbre constituyen un freno para los instintos naturales de la barbarie que nunca muere por completo.
La historia de la Convención y la del Directorio que le siguió, muestran palmariamente el grado de desórden que puede sobrevenir en una nación privada de su estructura ancestral y que tiene por única guía las combinaciones artificiales de una razón insuficiente.
2)- Gobierno despótico del Directorio. Recrudecimiento del Terror.
Con el objeto de distraer la atención, darle una ocupación al ejército y obtener recursos por medio del saqueo de los países vecinos, los directores decidieron reanudar las guerras de conquista que habían tenido éxito bajo la Convención.
Así, las guerras continuaron durante la vida del Directorio. Los ejércitos obtuvieron un rico botín, especialmente en Italia.
Algunas de las poblaciones invadidas fueron tan ingenuas como para creer que estas invasiones se hacían en su propio interés. No tardaron mucho en descubrir que todas las operaciones militares eran acompañadas por aplastantes impuestos, el saqueo de las iglesias y los tesoros públicos, etc.
La consecuencia final de esta política de conquistas fue la formación de una nueva coalición contra Francia que duró hasta 1801.
Indiferentes al estado del país e incapaces de reorganizarlo, para mantenerse en el poder los directores estuvieron principalmente ocupados en luchar contra una interminable serie de conspiraciones.
Esta tarea fue suficiente para ocupar todo su tiempo disponible ya que los partidos políticos no se habían desarmado. La anarquía había llegado al punto en que todos estaban pidiendo una mano suficientemente poderosa como para restablecer el órden. Todos presentían, incluso los directores, que el sistema republicano no podía durar por mucho tiempo más.
Algunos soñaron con restablecer la realeza, otros el sistema del Terror, mientras que otros esperaron a un general. Solo los compradores de propiedades nacionales temían un cambio de gobierno.
La impopularidad del Directorio aumentó día a día y cuando, en Mayo de 1797, hubo que renovar la tercera parte de la Asamblea, la mayoría de los electos fueron hostiles al sistema.
Los directores no se dejaron amilanar por una pequeñez como ésa. Anularon las elecciones en 49 departamentos; de los nuevos diputados, 154 fueron impugnados y expulsados; 53 condenados a ser deportados. Entre estos últimos figuran los nombres más ilustres de la Revolución: Portalis, Carnot, Tronson du Coudray, etc.
A fin de intimidar a los electores, comisiones militares condenaron a muerte – más bien al azar – a 160 personas y enviaron a la Guayana a 330 de los cuales la mitad murió muy pronto. Los emigrados y sacerdotes que habían regresado a Francia fueron expulsados violentamente. Esto se conoció como el golpe de Estado del Fructidor.
Este golpe, que le pegó más especialmente a los moderados, no fue el único de su clase ya que otro le siguió muy pronto. Los directores, encontrando que los diputados jacobinos resultaban ser muy numerosos, anularon las elecciones de sesenta de ellos.
Los hechos mencionados muestran el temperamento despótico de los directores pero éste aparece, con mayor claridad todavía, en el detalle de sus medidas. Los nuevos dueños de Francia demostraron ser también tan sanguinarios como los más feroces diputados del Terror.
La guillotina no fue restablecida como algo permanente, pero fue reemplazada por deportaciones bajo condiciones que le dejaban a la víctima muy pocas chances de supervivencia. Enviados a Rochefort en jaulas con barrotes de hierro y tras ser expuestos a todas las inclemencias del clima, se los amontonó sobre barcos.
“Entre las cubiertas del Decade y del Bayonnaise” – dice Taine – “los miserables prisioneros, sofocados por la falta de aire y el tórrido calor, maltratados y engañados, morían de hambre o de asfixia, y la Guayana completaba la obra de la travesía: de 193 personas llevadas hasta allí sobre la Decade, 39 estaban vivas después de 22 meses; de 120 transportados por la Bayonnaise, quedaba uno.”
Observando por todas partes un renacimiento católico e imaginando que el clero estaba conspirando contra ellos, los directores deportaron o enviaron a las galeras a 1.448 sacerdotes en un año; para no hablar del gran número que fue ejecutado en forma sumaria. En realidad, el Terror quedó completamente restablecido.
El despotismo autocrático del directorio se ejerció en todos los rubros de la administración, especialmente en el de las finanzas. Así, necesitando seiscientos millones de francos, el Directorio forzó a los siempre dóciles diputados a votar un impuesto progresivo que, no obstante, produjo sólo doce millones. Volviendo a estar en las mismas condiciones, decretó un préstamo forzoso de cien millones que resultó en el cierre de talleres, paralización de negocios y el despido de personal doméstico. Sólo al precio de una ruina total fue que se pudieron obtener cuarenta millones de este modo.
Para asegurarse del dominio en las provincias, el Directorio hizo aprobar la llamada ley de rehenes en virtud de la cual, en cada comuna, se estableció una lista de rehenes que serían responsables por todas las ofensas.
Es fácil comprender el odio que provocó ese sistema. Al final de 1799 catorce departamentos estaban en rebelión y cuarenta y seis se hallaban a punto de alzarse. Si el Directorio hubiera perdurado, la disolución de la sociedad habría sido total.
Hablando de ello, la disolución estaba muy avanzada. Finanzas, administración, todo estaba derrumbándose. Los ingresos de la Tesorería, consistentes de assignats depreciados a una centésima parte de su valor original, eran insignificantes. Los tenedores de bonos del gobierno y los empleados ya no obtenían sus pagos.
Por esta época, Francia les causó a los viajeros la impresión de ser un país devastado por la guerra y abandonado por sus habitantes. La rotura de puentes y diques, y los edificios en ruinas, hacían imposible todo tráfico. Los caminos, abandonados desde hacía largo tiempo, se hallaban infectados de bandidos.
Algunos departamentos sólo podían ser atravesados mediante la compra de un salvoconducto adquirido a los líderes de estas bandas. La industria y el comercio se hallaban aniquilados. En Lyons 13.000 talleres y molinos de entre 15.000 se habían visto forzados a cerrar. Lille, Havre, Bordeaux, Lyons, Marsella etc. eran ciudades muertas. La pobreza y la hambruna se habían generalizado.
La desorganización moral no fue menos terrible. Lujos y el afán de placeres, costosas cenas, joyas y costumbres domésticas extravagantes fueron los hijos mimados de una nueva sociedad compuesta enteramente por corredores de bolsa, contratistas del ejército y oscuros financistas enriquecidos por el pillaje. Ellos fueron los que le dieron a París ese aspecto superficial de lujo y diversión que ha obnubilado a tantos que historiaron este período. La prodigalidad insolente que se ostentaba no hacía sino ocultar la miseria general.
Las crónicas del Directorio, tal como aparecen en los libros, nos ayudan a ver las mentiras con las que se teje la red de la Historia. En los últimos tiempos, el teatro se ha adueñado de este período del cual aún se imitan las modas. Ha dejado la memoria de un alegre período de renacimiento después del siniestro drama del Terror. En realidad, el drama del Directorio difícilmente haya representada una mejoría respecto del Terror y fue igual de sanguinario. Al final, inspiró tal repulsa que los directores, sintiendo que no podían perdurar, se buscaron un dictador capaz de reemplazarlos y protegerlos.
3.- El advenimiento de Bonaparte.
Hemos visto que hacia fines del Directorio la anarquía y la desorganización eran tales que todos estaban desesperadamente clamando por el hombre enérgico capaz de restablecer el órden. Ya en 1795 un número de diputados había pensado por un momento restablecer a la realeza. Luis XVIII quedó inmediatamente descartado al ser lo suficientemente carente de tacto como para declarar que restauraría en toda su plenitud al Antiguo Régimen, devolvería las propiedades a sus propietarios originales y castigaría a los hombres de la Revolución. La insensata expedición de Quiberon finalmente alienó a los partidarios del futuro soberano. Durante toda la Revolución, los monárquicos dieron prueba de una incapacidad y de una estrechez mental que justificaron la mayoría de las medidas tomadas contra ellos.
Siendo imposible la monarquía, fue necesario encontrar a un general. Existía sólo uno cuyo nombre conllevaba peso: Bonaparte. La campaña en Italia acababa de hacerlo famoso. Habiendo cruzado los Alpes, había marchado de victoria en victoria; había entrado en Milán y en Venecia; y en todas partes había obtenido importantes contribuciones de guerra. Luego se había dirigido a Viena y se hallaba a tan sólo veinticinco leguas de sus puertas cuando el Emperador de Austria solicitó la paz.
Pero, por más grande que fuese su renombre, el joven general consideró que no era suficiente. Para aumentarlo, persuadió al Directorio que el poder de Inglaterra debía ser sacudido mediante una invasión a Egipto y en Mayo de 1798 se embarcó en Toulon.
Esta necesidad de aumentar su prestigio nació de una concepción psicológicamente muy sensata que expuso claramente en Santa Helena:
“Los generales más influyentes e ilustrados habían estado desde largo tiempo presionando al general de Italia a ponerse a la cabeza de la República. Este general se rehusó; todavía no era lo suficientemente fuerte como para caminar solo. Tenía ideas sobre el arte de gobernar y sobre qué necesitaba una gran nación, ideas que diferían tanto de las de los hombres de la Revolución y las Asambleas que, no siendo capaz de actuar solo, temía comprometer su carácter. Determinó ir a Egipto, pero resolvió reaparecer en el caso de que surgiesen circunstancias que hiciesen útil o necesaria su presencia.”
Bonaparte no se quedó por mucho tiempo en Egipto. Convocado por sus amigos, desembarcó en Frejus y el anuncio de su regreso provocó un entusiasmo universal. Por todas partes se encendieron luces. Francia colaboró por adelantado en el golpe de Estado preparado por dos directores y los principales ministros. El complot se organizó en tres semanas. Su ejecución el 18 de Brumario se llevó a cabo con la mayor facilidad.
Todos los partidos expresaron el mayor de los gozos por deshacerse de la siniestra banda que durante tanto tiempo había oprimido y explotado al país. Sin duda, los franceses estaban a punto de ingresar en un sistema de gobierno despótico, pero éste no podía ser tan intolerable como el que había perdurado por tantos años.
La historia del golpe de Estado de Brumario justifica todo lo que ya hemos dicho sobre la imposibilidad de formar juicios exactos sobre acontecimientos que, aparentemente, están completamente entendidos y atestiguados no importa por qué cantidad de testigos.
Sabemos qué ideas tenían las personas hace treinta años respecto del golpe de Brumario. Se lo consideraba un crimen cometido por la ambición de un hombre apoyado por su ejército. En realidad, el ejército no desempeñó papel alguno en el asunto. El pequeño cuerpo de hombres que expulsó a los escasos diputados recalcitrantes ni siquiera estuvo compuesto por soldados sino por gendarmes de la propia Asamblea. El verdadero autor del golpe de Estado fue el gobierno mismo, con la complicidad de toda Francia.
4)- Causas de la duración de la Revolución.
Si limitamos la Revolución al tiempo necesario para la conquista de sus principios fundamentales – igualdad ante la ley, libre acceso a las funciones públicas, soberanía popular, control de gastos, etc. – podríamos decir que duró apenas unos pocos meses. Hacia mediados de 1789 todo esto se había conseguido y durante los años que siguieron no se le agregó nada. No obstante, la Revolución duró mucho más.
Restringiendo esa duración a las fechas admitidas por los historiadores oficiales, vemos a la Revolución persistir hasta el advenimiento de Bonaparte; es decir: por el espacio de unos diez años.
¿Por qué este período de desorganización y violencia siguió al establecimiento de los nuevos principios? No es necesario que busquemos la causa en la guerra extranjera, la que en varias ocasiones habría podido darse por terminada gracias a las divisiones existentes entre los aliados y las constantes victorias de los franceses; tampoco es necesario que la busquemos en la simpatía de los franceses por el gobierno revolucionario. Nunca un régimen fue mas cordialmente odiado y despreciado que el de las Asambleas. A través de sus insurrecciones, al igual que a través de su reiterado voto, una gran parte de la nación manifestó el horror que le inspiraba el sistema.
Este último punto, la aversión de Francia por el régimen revolucionario, malinterpretado por tanto tiempo, ha sido bien expuesto por historiadores recientes. Madelin, autor del último libro publicado sobre la Revolución, ha resumido bien la opinión de todos ellos en las siguientes palabras:
“A una fecha tan temprana como 1793 un partido, de ninguna manera numeroso, le impuso a Francia la Revolución y la República. Ahora bien, tres cuartas partes de Francia anhelaban que la Revolución fuese controlada, o más bien librada de sus odiosos explotadores; pero éstos retuvieron al desdichado país de mil modos... Como el Terror les sería esencial si habrían de regir, aplastaron en todo momento a quienquiera pareciera oponerse al Terror siendo que los opositores hubieran sido los mejores servidores de la Revolución.”
Hasta el fin del Directorio el gobierno fue ejercido por los jacobinos quienes meramente deseaban retener, junto con el supremo poder, las riquezas que habían acumulado por asesinatos y pillaje, y que estaban listos para rendir a Francia ante cualquiera que les garantizase la posesión de las mismas. Que negociaran el golpe de Estado de Brumario con Napoleón se debió simplemente al hecho de que no habían podido realizar sus deseos con Luis XVIII.
Pero ¿cómo explicar que un gobierno tan déspota y tan deshonrado fue capaz de sobrevivir durante tantos años?
No fue tan sólo porque la religión revolucionaria sobrevivió en la mente de las personas, ni porque la Revolución les fuera impuesta por medio de persecuciones y derramamientos de sangre, sino especialmente, como ya lo he indicado, también por el gran interés que una gran porción de la población tenía en mantenerla.
Este punto es fundamental. Si la Revolución hubiese permanecido siendo una religión teórica, probablemente habría sido de corta duración. Pero el credo que acababa de ser fundado muy pronto salió del dominio de la teoría pura.
La Revolución no se limitó a despojar a la monarquía, a la nobleza y al clero de su poder de gobierno. Al arrojar hacia las manos de la burguesía y de grandes números de campesinos la riqueza y los empleos de las antiguas clases privilegiadas, convirtió, de un solo golpe, a todos ellos en obstinados defensores del sistema revolucionario. Todos los que adquirieron las propiedades de las que fueron despojados los nobles y el clero, obtuvieron tierras y chateaux a bajo precio y les aterrorizaba la idea de que la restauración de la monarquía podría obligarlos a hacer una restitución general.
Fue mayormente por estas razones que un gobierno, que en cualquier período normal nunca hubiera perdurado, consiguió sobrevivir, prometiendo mantener no sólo las conquistas morales sino también las materiales de la Revolución, hasta el momento en que una autoridad restableció el órden. Bonaparte comprendió estas ansiedades y fue rápida y entusiastamente bienvenido. A las instituciones y a las leyes les incorporó las conquistas materiales que todavía resultaban discutibles y los principios teóricos que aún eran frágiles. Es un error decir que la Revolución terminó con la llegada de Napoleón. Lejos de destruirla, la ratificó y la consolidó.
Capítulo II
La restauración del órden. La República consular.
1)- Cómo la obra de la Revolución fue confirmada por el Consulado.
La historia del Consulado es tan rica en material psicológico como el período precedente. En primer término, nos muestra que la obra de un individuo poderoso es superior al de una colectividad. Bonaparte inmediatamente reemplazó la sangrienta anarquía en que la República se había debatido por diez años por un período de órden. Lo que ninguna de las cuatro Asambleas de la Revolución había sido capaz de realizar, a pesar de la opresión más violenta, un solo hombre lo logró en un período muy corto de tiempo.
Su autoridad inmediatamente le puso fin a las insurrecciones parisinas y a los intentos de resistencia monárquica, y restableció la unidad moral de Francia, tan profundamente dividida por intensos odios. Bonaparte reemplazó un despotismo colectivo desorganizado por un despotismo individual perfectamente organizado. Todos ganaron con ello ya que su tiranía era infinitamente menos pesada que la soportada por diez largos años. Más allá de ello, debemos suponer que no fue bienvenida sólo por unos pocos ya que resultó aceptada muy pronto y con un inmenso entusiasmo.
Hoy en día sabemos más y no tenemos por qué repetir con los viejos historiadores aquello de que Bonaparte derrocó a la República. Por el contrario, retuvo de ella todo lo que podía ser retenido y que nunca hubiera sido retenido sin él, estableciendo toda la obra viable de la Revolución – abolición de privilegios, igualdad ante la ley, etc. – en instituciones y en códigos legales. Más allá de ello, el Gobierno Consular continuó designándose a si mismo como República.
Es infinitamente probable que, sin el Consulado, una restauración monárquica habría acabado con el Directorio y habría borrado la mayor parte de la obra de la Revolución. Supongámoslo a Bonaparte eliminado de la Historia. Pienso que nadie se imaginará que el Directorio hubiera podido sobrevivir al cansancio universal generado por su régimen. Indudablemente, habría sido derrocado por las conspiraciones monárquicas que surgían todos los días y probablemente Luis XVIII habría ascendido al trono. Por cierto que haría precisamente eso dieciséis años más tarde, pero durante este intervalo Bonaparte le otorgó tal fuerza a los principios de la Revolución – estableciéndolos en leyes y costumbres – que el soberano restaurado no se atrevió a tocarlos, así como no se atrevió a restaurar la propiedad de los emigrados retornados.
Las cosas hubieran sido muy diferentes de haber aparecido Luis XVIII inmediatamente después del Directorio. Hubiera traído consigo todo el absolutismo del Antiguo Régimen y hubieran sido necesarias nuevas revoluciones para abolirlo. Sabemos que el mero intento de regresar al pasado derrocó a Carlos X.
Sería un poco ingenuo lamentar la tiranía de Bonaparte. Bajo el Antiguo Régimen los franceses soportaron todas las especies de tiranía y la República creó un despotismo incluso más pesado que el de la monarquía. En aquél entonces, el despotismo era la condición normal que no despertaba protesta alguna, excepto cuando se hallaba acompañada del desórden.
Una ley constante de la psicología de las masas las muestra creando la anarquía y luego buscando al amo que les permita emerger de ella. Bonaparte fue este amo.
2)- la reorganización de Francia por el Consulado.
Al asumir, Bonaparte se hizo cargo de una tarea colosal. Todo estaba en ruinas; todo tenía que ser reconstruido. A la mañana siguiente del golpe de Brumario diseñó, casi por mano propia, la Constitución destinada a darle el poder absoluto que le permitiría reorganizar el país y prevalecer por sobre las facciones. En un mes estuvo completada.
Esta Constitución, conocida como la del Año VIII, sobrevivió con ligeras modificaciones hasta el final de su reinado. El poder ejecutivo le fue atribuido a tres cónsules, de los cuales dos poseían solamente voz consultiva. El primer Cónsul – Bonaparte – era, por lo tanto, el único amo de Francia. Nombró ministros, consejeros de Estado, embajadores, magistrados y otros oficiales, y decidió sobre la paz y la guerra. También el poder legislativo fue suyo ya que sólo él podía proponer leyes, las que luego eran sometidas a tres Asambleas – el Consejo de Estado, el Tribunado y el Cuerpo Legislativo. Una cuarta Asamblea, el Senado, actuaba como guardiana de la Constitución.
Despótico como era y como se volvió, Bonaparte siempre convocó a los otros Cónsules antes de proceder hasta con la medida más trivial. El Cuerpo Legislativo no ejerció mucha influencia durante su reinado, pero Bonaparte no firmaba decretos de ningún tipo sin discutirlos primero con el Consejo de Estado. Este Consejo, compuesto de los más ilustrados y cultos hombres de Francia, preparaba leyes que luego eran presentadas ante el Cuerpo Legislativo, que las criticaba muy libremente puesto que el voto era secreto. Presidido por Bonaparte, el Consejo de Estado fue una especie de tribunal soberano, capaz de juzgar hasta la acción de los ministros. ([12])
El nuevo gobernante tuvo una gran confianza en su Consejo siendo que se hallaba compuesto principalmente por eminentes juristas, cada uno de los cuales se ocupaba de su propia especialidad. Era demasiado buen psicólogo como para no cultivar la mayor de las desconfianzas hacia las grandes e incompetentes asambleas de origen popular cuyos desastrosos resultados habían resultado obvios durante toda la Revolución.
Deseando gobernar al pueblo, pero nunca con su ayuda, Bonaparte no le otorgó parte alguna en su gobierno reservándole tan sólo el derecho de votar, de una vez para siempre, a favor o en contra de la nueva Constitución. Sólo en raros casos recurrió al sufragio universal. Los miembros del Cuerpo Legislativo se reclutaban a si mismos y no eran elegidos por el pueblo.
Al crear una Constitución dirigida exclusivamente a consolidar su poder, el Primer Cónsul no se hacía ilusión alguna de que serviría para restaurar al país. Consecuentemente, mientras la estaba diseñando, también emprendió la enorme tarea de la reorganización administrativa, judicial y financiera de Francia. Los distintos poderes quedaron centralizados en París. Cada departamento fue dirigido por un prefecto, asistido por un cónsul-general; el arrondisement por un sub-prefecto asistido por un consejero; la Comuna por un alcalde, asistido por un consejo municipal. Todos eran nombrados por los ministros y no por elección como bajo la República.
Este sistema que creaba al Estado omnipotente y una poderosa centralización, resultó retenido por todos los gobiernos subsiguientes y se preserva aún hoy. La centralización se mantuvo siempre porque, a pesar de todos sus inconvenientes, ha sido la única forma de evitar las tiranías locales en un país profundamente dividido en su interior.
Esta organización, basada sobre un profundo conocimiento del alma del pueblo francés, inmediatamente restauró esa tranquilidad y ese órden que durante tanto tiempo habían sido desconocidos.
A fin de completar la pacificación mental del país, los exiliados políticos fueron llamados de regreso y las iglesias devueltas a los fieles.
Continuando con la reconstrucción del edificio social, Bonaparte se ocupó de diseñar un código cuya mayor parte consistió de costumbres tomadas prestadas del antiguo régimen. Fue, como se ha dicho, una suerte de transición o compromiso entre la antigua ley y la nueva.
Considerando la enorme tarea llevada a cabo por el Primer Cónsul en tan poco tiempo, comprendemos que necesitó, por sobre todo, una Constitución que le otorgase poder absoluto. Si todas las medidas por medio de las cuales restauró a Francia hubiesen sido sometidas a asambleas de abogados, nunca hubiera conseguido sacar al país del desórden en que había caído.
La Constitución del Año VIII obviamente transformó a la República en una monarquía por lo menos tan absoluta como la monarquía “por derecho divino” de Luis XIV. Siendo la única Constitución adaptada a las necesidades del momento, representó una necesidad psicológica.
3)- Elementos psicológicos que determinaron el éxito de la obra del Consulado.
Todas las fuerzas externas que actúan sobre los seres humanos – económicas, históricas, geográficas, etc. – pueden, en última instancia, traducirse en fuerzas psicológicas. A fin de gobernar, un estadista debe entenderlas. Las Asambleas revolucionarias las ignoraron por completo; Bonaparte supo como emplearlas.
Las distintas Asambleas, en especial la Convención, estaban compuestas de partidos en conflicto. Napoleón entendió que para dominarlos no tenía que pertenecer a ninguno de ellos. Muy conciente de que la valía de un país se distribuye por las inteligencias superiores de varios partidos, trató de utilizarlos a todos. Sus agentes de gobierno – ministros, sacerdotes, magistrados, etc. – se reclutaron de modo indiferente entre liberales, monárquicos, jacobinos, etc. con exclusiva consideración por sus aptitudes.
Si bien aceptó la asistencia de hombres del Antiguo Régimen, Bonaparte se cuidó de dar a entender que se proponía mantener los principios fundamentales de la Revolución. Así y todo, muchos monárquicos se reunieron alrededor del nuevo gobierno.
Uno de los mayores logros del Consulado desde el punto de vista psicológico fue la restauración de la paz religiosa. Francia estaba mucho más dividida por desacuerdos religiosos que por diferencias políticas. La sistemática destrucción de una porción de la Vendee había casi completamente acabado con el conflicto por la fuerza de las armas pero sin pacificar la mente de las personas. Puesto que solamente una persona, en su capacidad de cabeza de la cristiandad, podía ayudar en esta pacificación, Bonaparte no vaciló en tratar con él. Su concordato fue la obra de un verdadero psicólogo que sabe que las fuerzas morales no utilizan la violencia y conoce el mayor peligro de perseguirlas. Al conciliar con el clero consiguió ponerlo bajo su propio dominio. Los obispos serían nombrados y remunerados por el Estado, de modo que él seguiría siendo el amo.
La política religiosa de Napoleón tuvo un peso que se le escapa a nuestros modernos jacobinos. Cegados por su estrecho fanatismo, no comprenden que el separar a la Iglesia del gobierno implica crear un Estado dentro del Estado, de modo que los gobernantes se encuentran en oposición a una casta formidable, dirigida por una autoridad fuera de Francia y necesariamente hostil a Francia. El darle a un enemigo una libertad que no poseía es algo extremadamente peligroso. Jamás Napoleón, ni ninguno de los soberanos que lo precedió, hubieran consentido en hacer que el clero sea independiente del Estado como lo es hoy.
Las dificultades del Primer Cónsul Bonaparte fueron por lejos mayores que las que tuvo que remontar después de su coronación. Sólo un profundo conocimiento de los seres humanos le permitió vencerlas. El futuro soberano estaba todavía lejos de ser el soberano que fue. Muchos departamentos se hallaban todavía en estado de insurrección. El bandolerismo persistía y el Mediodía se hallaba devastado por luchas de partisanos. Bonaparte, como Cónsul, tuvo que conciliar y manejar a Talleyrand, Fouche y una cantidad de generales que se consideraban sus iguales. Hasta sus hermanos conspiraron contra su poder. Napoleón como Emperador no tuvo que enfrentar un partido hostil, pero como Cónsul tuvo que combatir a todos los partidos y mantener el equilibrio entre ellos. Esto por cierto que debe haber sido una tarea difícil puesto que, desde el siglo pasado, muy pocos gobiernos han conseguido realizarlo.
El éxito de tal empresa exigió una extremadamente sutil mezcla de fineza, firmeza y diplomacia. No sintiéndose suficientemente poderoso todavía, el Cónsul Bonaparte siguió la regla, según su propia expresión, “de gobernar a los hombres como el mayor número desea ser gobernado.” Como Emperador, con frecuencia consiguió gobernarlos de acuerdo con su propio ideal.
Hemos recorrido un largo camino desde los tiempos en que historiadores, con su singular ceguera, y grandes poetas que poseían más talento que psicología, se lanzaban en indignados tonos contra el golpe de Estado del Brumario. ¡Cuantas profundas ilusiones yacían bajo la afirmación que “¡Francia yacía cómoda bajo el gran sol del Messidor!” Y otras ilusiones no menos profundas subyacían bajo los veredictos como el de Víctor Hugo en lo referente a esta época. Hemos visto que el “Crimen de Brumario” tuvo como cómplice entusiasta, no sólo al gobierno mismo sino a la totalidad de Francia a la que salvó de la anarquía.
Se puede uno asombrar de cómo personas tan inteligentes pueden juzgar de un modo tan equivocado un período histórico que, sin embargo, es tan claro. Sin duda fue porque consideraron los acontecimientos a través de sus propias convicciones y conocemos las transformaciones que la verdad puede sufrir en el hombre que se halla prisionero en los valles del credo. Los hechos más luminosos resultan oscurecidos y la historia de los acontecimientos se convierte en la historia de sus sueños.
El psicólogo que desea comprender el período que hemos delineado tan brevemente podrá hacerlo sólo si, no estando adherido a ningún partido, se alza claramente por sobre las pasiones que constituyen el alma de todos los partidos. Jamás soñará con denostar un pasado que fue dictado por tan imperiosas necesidades. Por cierto que Napoleón le salió caro a Francia: su epopeya terminó en dos invasiones, y todavía habría una tercera, cuyas consecuencias se sienten incluso hoy en día cuando el prestigio que ejercía hasta desde la tumba puso sobre el trono al heredero de su nombre.
Todos estos acontecimientos están estrechamente conectados en su origen. Representan el precio de ese fenómeno supremo en la evolución de un pueblo que es el cambio de ideal. El ser humano nunca puede hacer el intento de romper súbitamente con sus ancestros sin afectar profundamente el curso de su propia Historia.
Capítulo III
Consecuencias políticas del conflicto entre tradiciones y principios revolucionarios durante el último siglo
1)- Causas psicológicas de los continuos movimientos revolucionarios que han afectado a Francia.
Al examinar en un capítulo próximo la evolución de las ideas revolucionarias durante el siglo pasado, veremos que durante más de cincuenta años se extendieron muy lentamente por todos los estratos de la sociedad.
Durante la totalidad de este período, la gran mayoría del pueblo y la burguesía las rechazaron y su difusión fue realizada por sólo una muy limitada cantidad de apóstoles. Pero su influencia, gracias principalmente a las fallas de los gobiernos, fue suficiente para provocar varias revoluciones. Examinaremos las mismas brevemente ni bien hayamos examinado primero las influencias psicológicas que las engendraron.
La historia de los levantamientos políticos ocurridos durante el siglo pasado es suficiente para demostrar, aún si no lo hubiésemos percibido, que las personas resultan gobernadas mucho más por sus mentalidades que por las instituciones que sus gobernantes consiguen imponerles.
Las sucesivas revoluciones que Francia ha sufrido han sido consecuencia de luchas entre dos porciones de la nación cuyas mentalidades son diferentes. La una es monárquica y religiosa, dominada por influencias ancestrales de larga data; la otra está sujeta a las mismas influencias pero les da una forma revolucionaria.
Desde el comienzo de la Revolución la lucha entre estas mentalidades contrarias se manifestó plenamente. Hemos visto que, a pesar de la más aterradora represión, las insurrecciones y las conspiraciones duraron hasta el final del Directorio. Demostraron que las tradiciones del pasado habían dejado profundas raíces en el espíritu popular. En cierto momento sesenta departamentos se encontraban en estado de rebelión contra el nuevo gobierno y sólo pudieron ser reprimidos mediante reiteradas masacres a gran escala.
El establecer alguna suerte de compromiso entre el antiguo régimen y los nuevos ideales fue el problema más difícil que Bonaparte tuvo que resolver. Tenía que descubrir instituciones que se amoldaran a las dos mentalidades en que Francia se dividía. Lo consiguió, como hemos visto, con medidas conciliatorias pero también poniéndole nombres nuevos a cosas muy antiguas.
Su reino fue uno de esos raros períodos de la Historia de Francia durante los cuales la unidad mental del país fue completa.
Esta unidad no pudo sobrevivirle. Al día siguiente de su caída todos los antiguos partidos reaparecieron y han perdurado hasta el presente. Algunos adhieren a influencias tradicionales; otros las rechazan violentamente.
Si este largo conflicto hubiese sido entre creyentes e indiferentes, no podría haber perdurado porque la indiferencia siempre es tolerante; pero la lucha fue, en realidad, entre dos credos diferentes. La Iglesia laica muy pronto adquirió un aspecto religioso y su pretendido racionalismo ha tomado, en especial durante los años recientes, una forma apenas atenuada del más estrecho espíritu clerical. Ahora bien, hemos mostrado que no hay conciliación posible entre credos religiosos disímiles. Por ello, los clericales cuando han estado en el poder, no pudieron mostrarse más tolerantes para con los librepensadores de lo que éstos se muestran hoy para con los clericales.
Estas divisiones determinadas por diferencias de credo, se complicaron con la adición de las concepciones políticas derivadas de dichos credos.
Muchos espíritus simples han creído por mucho tiempo que la real Historia de Francia comenzó en el Año I de la República. Esta concepción rudimentaria está por fin extinguiéndose. Hasta los más rígidos revolucionarios renuncian a ella ([13]) y están bastante dispuestos a reconocer que el pasado fue algo mejor que una época de barbarie negra dominada por bajas supersticiones.
El origen religioso de la mayoría de los credos políticos sostenidos en Francia inspira a sus adeptos un odio inextinguible que siempre ha asombrado a los extranjeros.
“No hay nada más obvio, nada es más cierto” – escribe Barret-Wendell en su libro sobre Francia – “que este hecho: no sólo los monárquicos, los revolucionarios y los bonapartistas han estado mortalmente enfrentados entre si, sino que, debido al ardor apasionado del carácter francés, siempre han sentido un profundo horror intelectual los unos de los otros. Hombres que se creen en posesión de la verdad no pueden abstenerse de afirmar que quienes no piensan como ellos resultan ser instrumentos del error.
“Cada parte le informará a usted que los abogados de la causa opuesta se hallan afectados por una densa estupidez o son conscientemente deshonestos. Sin embargo, cuando usted se encuentra con estos últimos, que dirán exactamente las mismas cosas que sus detractores, no podrá usted menos que reconocer, con toda buena fe, que no son ni estúpidos ni deshonestos.”
Esta execración recíproca de los creyentes de cada partido siempre ha facilitado la expulsión de gobiernos y de ministros en Francia. Los partidos en minoría nunca se negarán a aliarse entre ellos en contra del partido triunfante. Sabemos que un gran número de socialistas revolucionarios han sido elegidos a la actual Cámara sólo con la ayuda de los monárquicos que siguen siendo tan poco inteligentes como lo fueron por la época de la Revolución.
Nuestras diferencias religiosas y políticas no constituyen la única causa de disenso en Francia. Resultan sostenidas por hombres que poseen esa particular mentalidad que ya he descrito bajo el nombre de mentalidad revolucionaria. Hemos visto que todo período siempre presenta cierto número de individuos dispuestos a rebelarse contra el orden establecido de las cosas, cualesquiera que sea este orden, aún si el mismo podría realizar todos sus deseos.
La intolerancia de los partidos en Francia y su deseo de hacerse del poder se ve además favorecido por la convicción, tan prevaleciente bajo la Revolución, que las sociedades pueden ser rehechas por medio de leyes. El Estado moderno, quienquiera que lo encabece, ha heredado a los ojos de las multitudes y sus líderes el místico poder atribuido a los antiguos reyes cuando éstos eran vistos como la encarnación de la voluntad divina. No sólo el pueblo está impregnado de esta confianza en el poder del gobierno; todos nuestros legisladores lo están también. ([14])
Siempre legislando, los políticos nunca se dan cuenta de que, puesto que las instituciones son efectos y no causas, no poseen virtud alguna por si mismas. Herederos de la gran ilusión revolucionaria, no ven que el hombre es formado por un pasado cuyos fundamentos somos impotentes de reformular.
El conflicto entre los principios que dividen a Francia, que ha durado más de un siglo, continuará sin duda por largo tiempo y nadie puede prever cuantas nuevas revueltas podrá engendrar. Antes de nuestra era, no hay duda de que los atenienses hubieran renunciado a sus disensos si hubieran podido adivinar que éstos conducirían a la esclavitud de Grecia; pero ¿cómo podrían haber previsto tanto? Guiraud acertadamente escribe: “Una generación de hombres percibe muy rara vez la obra que está llevando a cabo. Se halla preparando el futuro; pero este futuro es con frecuencia lo contrario de lo que se desea.”
2)- Resumen de un siglo de movimientos revolucionarios en Francia.
Habiendo explicado las causas psicológicas de los movimientos revolucionarios que Francia ha visto durante el siglo pasado, será suficiente presentar aquí un cuadro resumido de estas sucesivas revoluciones.
Los soberanos coaligados, luego de derrotar a Napoleón, redujeron a Francia a sus límites anteriores y colocaron a Luis XVIII – el único soberano posible – sobre el trono.
Por una Carta Magna especial, el nuevo rey aceptó la posición de un monarca constitucional bajo un sistema representativo de gobierno. Reconoció todas las conquistas de la Revolución: el Código Civil, igualdad ante la ley, libertad de cultos, irrevocabilidad de las ventas de la propiedad nacional, etc. El derecho al sufragio, sin embargo, quedó limitado a quienes pagaban un cierto monto en impuestos.
A esta Constitución liberal se opusieron los ultra-monárquicos. Emigrados retornados, querían la restitución de la propiedad nacional y el restablecimiento de sus antiguos privilegios.
Temiendo que una reacción de esa clase causase una nueva revolución, Luis XVIII quedó obligado a disolver a la Cámara. Después de que la elección le diera diputados moderados, pudo seguir gobernando con los mismos principios, entendiendo muy bien que cualquier intento de gobernar a los franceses por el Antiguo Régimen sería suficiente para provocar una rebelión general.
Desafortunadamente, su muerte en 1824, colocó a Carlos X, el otrora Conde de Artois, en el trono. Extremadamente estrecho, incapaz de comprender al nuevo mundo que lo rodeaba y presumiendo de no haber modificado sus ideas desde 1789, Carlos X preparó una serie de leyes reaccionarias – una ley por la cual se le debía pagar a los emigrados una indemnización de 40 millones de libras esterlinas; una ley de sacrilegio; leyes estableciendo el derecho de primogenitura, la preponderancia del clero, etc.
Al mostrarse la mayoría de los diputados cada día más contraria a estos proyectos, en 1830 emitió Ordenanzas disolviendo la Cámara, suprimiendo la libertad de prensa y preparando la restauración del Antiguo Régimen.
El efecto fue inmediato. Esta acción autocrática provocó la coalición de los líderes de todos los partidos. Republicanos, bonapartistas, liberales, monárquicos – todos unidos para soliviantar al populacho de París. Cuatro días después de la publicación de las Ordenanzas, los insurgentes eran los dueños de la capital y Carlos X huyó a Inglaterra.
Los líderes del movimiento – Thiers, Casimir-Perier, La Fayette, etc. – convocaron a Luis-Felipe a París, una persona de cuya existencia el pueblo apenas si sabía algo, y lo declararon rey de los franceses.
Entre la indiferencia del pueblo y la hostilidad de los nobles, que permanecieron leales a la dinastía legítima, el nuevo rey se apoyó principalmente en la burguesía. Una ley electoral redujo los electores a menos de 200.000 y esta clase desempeñó un papel exclusivo en el gobierno.
La situación del soberano no fue sencilla. Tuvo que luchar simultáneamente contra los legitimistas, partidarios de Enrique V – el nieto de Carlos X – contra los bonapartistas que reconocían como líder a Luis-Napoleón – el sobrino del Emperador – y por último, también contra los republicanos.
Por medio de sus sociedades secretas, análogas a los clubes de la Revolución, estos últimos provocaron numerosas revueltas en varias oportunidades entre 1830 y 1840, pero las mismas fueron fácilmente reprimidas.
Los clericales y los legitimistas por su parte, no cesaron de intrigar. La Duquesa de Berry, madre de Enrique V, trató en vano de provocar el alzamiento de la Vendee. En cuanto al clero, sus demandas lo hicieron finalmente tan intolerable que estalló una insurrección en el transcurso de la cual el palacio del arzobispo de París fue saqueado.
Como partido, los republicanos no eran peligrosos desde el momento en que la Cámara se ponía de parte del rey en su lucha contra ellos. El ministro Guizot, partidario de un fuerte poder central, declaró que dos cosas resultaban indispensables para gobernar: “razón y cañón”. El famoso estadista de seguro se hallaba un tanto engañado en cuanto a la necesidad o la eficacia de la razón.
A pesar de este fuerte poder central, que en realidad no era fuerte, los republicanos, y por sobre todo los socialistas, continuaron agitando. Uno de los más influyentes, Louis Blanc, alegó que el gobierno tenía el deber de procurar trabajo para cada ciudadano. El partido católico, conducido por Lacordaire y Montalembert, se unió a los socialistas – al igual que hoy en Bélgica – para oponerse al gobierno.
Una campaña a favor de la reforma electoral terminó en 1848 con una nueva revuelta que inesperadamente derrocó a Luis-Felipe.
Su caída fue menos justificable que la de Carlos X. Había poco para reprocharle. Sin duda alguna, desconfiaba del sufragio universal; pero la Revolución Francesa había desconfiado de ese sistema más de una vez. Al no ser Luis-Felipe, como el Directorio, un gobernante absoluto, tampoco podía anular elecciones desfavorables como lo había hecho el Directorio.
Se instaló un gobierno provisional en el Hotel de Ville para reemplazar a la monarquía caída. Proclamó la república, estableció el sufragio universal y decretó que el pueblo procediese a la elección de una Asamblea Nacional de novecientos miembros.
Desde los primeros días de su existencia, el nuevo gobierno fue víctima de las maniobras y las revueltas de los socialistas.
Los fenómenos psicológicos observados durante la primera Revolución pudieron verse de nuevo. Se formaron clubes cuyos líderes enviaron, cada tanto, al pueblo contra la Asamblea por motivos que en general hasta carecían de sentido común – por ejemplo, para forzar al gobierno a apoyar una insurrección en Polonia, etc.
Esperando satisfacer a los socialistas que se volvían cada vez más ruidosos y exigentes, la Asamblea organizó talleres nacionales en los cuales se ocupó a los trabajadores con diversas formas de labor. En estos talleres, 100.000 hombres le costaron al Estado más de 40.000 libras por semana. Su demanda de recibir el pago sin trabajar por él obligó a la Asamblea a clausurar los talleres.
Esta medida fue el detonante de una insurrección formidable, con 50.000 trabajadores en rebeldía. La Asamblea, aterrorizada, le confirió todos los poderes ejecutivos al General Cavaignac. Se desató una batalla de cuatro días con los insurgentes. Durante la misma, tres generales y el arzobispo de París fueron muertos; 3.000 prisioneros fueron deportados a Argelia por la Asamblea y el socialismo revolucionario quedó aniquilado por un espacio de cincuenta años.
Estos acontecimientos hicieron descender los papeles del gobierno de 116 a 50 francos. El comercio se hallaba paralizado. Los campesinos, que se sintieron amenazados por los socialistas, y los burgueses, cuyos impuestos habían aumentado en un 50%, se volvieron contra la República y, cuando Luis-Napoleón prometió restablecer el órden, se encontró recibido con entusiasmo. Siendo candidato a la posición de Presidente de la República – el cual, de acuerdo con la nueva Constitución debía ser elegido haciendo votar a la totalidad de los electores – Luis-Napoleón resultó electo por 5.500.000 votos.
Muy pronto enemistado con la Cámara, el príncipe se decidió por un golpe de Estado. La Asamblea fue disuelta; 30.000 personas resultaron arrestadas; 10.000 deportadas y unos cien diputados exilados.
Este golpe de Estado, si bien breve, fue recibido muy favorablemente puesto que, sometido a plebiscito, recibió 7.500.000 votos de entre 8.000.000.
El 2 de Noviembre de 1852 Luis-Napoleón se hizo nombrar Emperador con una mayoría más grande aún. El horror que la generalidad de los franceses sintió por los demagogos y los socialistas había restaurado al Imperio.
Durante la primera parte de su existencia constituyó un gobierno absoluto y, durante su segunda mitad, un gobierno liberal. Después de dieciocho años de estar en el cargo, el Emperador fue derrocado por la revolución del 4 de Setiembre de 1870, luego de la capitulación de Sedan.
Desde entonces, los movimientos revolucionarios han sido escasos. El único de importancia fue el de la revolución de Marzo de 1871 que resultó en el incendio de varios de los monumentos de París y la ejecución de cerca de 20.000 insurgentes.
Después de la guerra de 1870, los electores, que en medio de tantos desastres no sabían a quién recurrir, eligieron a la Asamblea Constituyente un gran número de diputados orleanistas y legitimistas. Éstos, incapaces de acordar el establecimiento de una monarquía, eligieron como Presidente de la República a Thiers, reemplazándolo más tarde por Marshal MacMahon. En 1876 las nuevas elecciones, como todas las que le siguieron, enviaron a una mayoría de republicanos a la Cámara.
Las distintas asambleas que siguieron a ésta siempre estuvieron divididas en numerosos partidos que provocaron innumerables cambios de ministros.
Sin embargo, gracias al equilibrio resultante de esta división de partidos, hemos gozado de una relativa calma por cuarenta años. Cuatro Presidentes de la República han sido reemplazados sin revolución y las revueltas que han ocurrido, como las de Champagne y el Mediodía, no han tenido consecuencias serias.
Un gran movimiento popular en 1888 casi derroca a la República en beneficio del General Boulanger, pero la misma ha sobrevivido y triunfado a pesar de los ataques de todos los partidos.
Hay varias razones que contribuyen al mantenimiento de la república. En primer lugar, de las facciones en conflicto, ninguna es lo suficientemente fuerte como para aplastar al resto. En segundo lugar, al ser el jefe de Estado una figura puramente decorativa y sin poder, resulta imposible atribuirle los males que puede llegar a sufrir el país o pensar que las cosas serían diferentes si fuese derrocado. Por último, como el poder supremo se halla distribuido entre miles de manos, las responsabilidades están tan diseminadas que sería difícil saber por dónde comenzar. Se puede derrocar a un tirano, pero ¿qué puede hacerse contra una toda una hueste de pequeños tiranillos anónimos?
Si quisiéramos resumir en una palabra las grandes transformaciones que han tenido lugar en Francia luego de un siglo de revueltas y revoluciones, podríamos decir que la tiranía individual, débil y por lo tanto fácilmente derrocable, ha sido reemplazada por tiranías colectivas muy fuertes y difíciles de destruir. A un pueblo ávido de igualdad y habituado a hacer responsable a su gobierno por cada acontecimiento, la tiranía individual le pareció insoportable mientras que una tiranía colectiva resulta más fácil de soportar, aún a pesar de ser mucho más severa.
La expansión de la tiranía del Estado, por lo tanto, ha sido el resultado final de todas nuestras revoluciones y la característica común de todos los sistemas de gobierno que hemos conocido en Francia. Esta forma de tiranía puede ser considerada como un ideal racial desde el momento en que los sucesivos alzamientos en Francia sólo la han fortalecido. El estatismo es el real sistema político de los pueblos latinos, y el único sistema que recibe todos los sufragios. Las otras formas de gobierno – república, monarquía, imperio – sólo representan etiquetas vacías, sombras impotentes.
[9] )- Este consejo está lejos de ser banal. Los psicólogos actuales prestan muy poca atención al mundo que los rodea y hasta se sorprenden de que alguien proponga estudiarlo. Me he topado con una prueba interesante de esta estructura mental de la indiferencia en la reseña a uno de mis libros que apareció en la Revue Philosophique y que fue inspirada por el editor de la reseña. El autor me reprocha el “explorar el mundo y los periódicos más que a los libros.”
Acepto muy gustoso este reproche. La variedad de hechos reflejados en los periódicos y las realidades del mundo son por lejos más instructivas que las elucubraciones filosóficas de las que está repleta la Revue.
Los filósofos están comenzando a ver la puerilidad de tales reproches. Fue ciertamente en los cuarenta volúmenes de esta fastidiosa publicación que Wiliam James estaba pensando cuando escribió que todas estas disertaciones simplemente representaban “una ristra de hechos burdamente observados y algunas escasas y belicosas discusiones”. Si bien es autor del mejor tratado de psicología actualmente disponible, el eminente pensador se da cuenta de “la fragilidad de una ciencia que destila criticismo metafísico por cada uno de sus poros”. Por más de veinte años he tratado de interesar a los psicólogos en el estudio de la realidad pero la corriente de la metafísica universitaria difícilmente haya sido desviada aún, si bien ha perdido la fuerza que solía tener. (Volver al texto)
[10] Como un ejemplo de la profundidad del amor del pueblo por sus reyes, Michelet relata el siguiente hecho ocurrido durante el reinado de Luis XV: “Cuando se conoció en París que Luis XV, quien había ido a buscar al ejército, yacía enfermo en Metz, ya era de noche. El pueblo se alzó y comenzó a correr tumultuosamente de un lado para el otro sin saber qué hacer; las iglesias se abrieron en medio de la noche... las gentes se reunían en todos los cruces de caminos, apretujándose y preguntándose sin saber qué perseguían. En varias iglesias el sacerdote que se hallaba recitando la oración por la salud del rey tuvo que detenerse envuelto en lágrimas y el pueblo le respondió con sollozos y lamentos ... El mensajero que trajo la noticia de su convalecencia fue abrazado y casi sofocado; lo llevaron en andas y las personas besaron su caballo ... Cada calle resonó con un grito de alegría: ‘¡El rey se ha curado!’”. (Volver al texto)
[11] )- Se llamó jacquerie a una revuelta campesina que estalló en Francia en 1358. Su nombre lo toma de "Jacques Bonhomme" (Jaime Buenhombre), apelativo genérico con el que se designaba por aquella época a los rústicos en Francia. El motivo esgrimido por la revuelta fue la estructura social del mundo feudal, con su conocida dicotomía de señores y campesinos. Pero los azotes que habían padecido los franceses en los años anteriores, desde la peste negra y las malas cosechas, hasta la negativa evolución de la situación militar en la confrontación con los ingleses, contribuyeron sin duda a agravar el panorama. (N. del T.) (Volver al texto)
[12] )- Naturalmente, Napoleón con frecuencia ejerció su autoridad por sobre el Consejo de Estado pero de ninguna manera lo hizo siempre. En una ocasión, incluida en el Memorial de Santa Helena, fue el único en sostener su opinión y aceptó la voluntad de la mayoría en los siguientes términos: “Caballeros, aquí los asuntos se deciden por mayoría y, estando solo, debo ceder; pero declaro que, en mi conciencia, cedo sólo en lo formal. Me habéis reducido a silencio, pero de ninguna manera me habéis convencido.”
Otro día, el Emperador, interrumpido tres veces al expresar su opinión, se dirigió hacia quien lo interrumpía diciendo: “Señor, no he terminado aún; le ruego me permita continuar. Después de todo, me parece que aquí todos tienen el perfecto derecho a expresar su opinión.”
“El Emperador, contrariamente a la opinión aceptada, estuvo lejos de ser absoluto y fue tan tolerante con su Consejo de Estado que con frecuencia reanudó una discusión o anuló una decisión porque uno de los miembros del Consejo le había dado, en el ínterin y en privado, nuevas razones o había juzgado que la opinión personal del Emperador había influenciado a la mayoría.” (Volver al texto)
[13] )- Podemos juzgar la reciente evolución de las ideas sobre este punto a través del siguiente pasaje de un discurso de Jaures, pronunciado ante la Cámara de Diputados: “La grandeza de hoy se halla edificada sobre los esfuerzos de los siglos pasados. Francia no está contenida en un día ni en una época, sino en la sucesión de todos los días, todos los períodos, todas sus penumbras y todos sus ocasos.” (Volver al texto)
[14])- Después de la publicación de un artículo mío sobre las ilusiones legislativas, recibí de uno de nuestros más eminentes políticos, Monsieur Boudenot, el senador, una carta de la cual extraigo el siguiente pasaje: “Veinte años en la Cámara y en el Senado me han mostrado lo acertado que está Usted. ¿Cuántas veces he oído a mis colegas decir: “el gobierno debe evitar esto, o aquello otro, etc.? ¿Qué quiere Usted? Hay catorce siglos de atavismo monárquico en nuestra sangre.” (Volver al texto)