TERCERA PARTE
I
No sabía dónde estaba. Seguramente en el
Ministerio del Amor; pero no había manera de comprobarlo.
Se encontraba en una celda de alto techo,
sin ventanas y con paredes de reluciente porcelana blanca. Lámparas ocultas
inundaban el recinto de fría luz y había un sonido bajo y constante, un zumbido
que Winston suponía relacionado con la ventilación mecánica. Un banco, o mejor
dicho, una especie de estante a lo largo de la pared, le daba la vuelta a la
celda, interrumpido sólo por la puerta y, en el extremo opuesto, por un retrete
sin asiento de madera. Había cuatro telepantallas, una en cada pared.
Winston sentía un sordo dolor en el
vientre. Le venía doliendo desde que lo encerraron en el camión para llevarlo
allí. Pero también tenía hambre, un hambre roedora, anor mal. Aunque estaba justificada, porque por lo menos hacía veinticuatro
horas que no había comido; quizá treinta y seis. No sabía, quizá nunca lo
sabría, si lo habían detenido de día o de noche. Desde que lo detuvieron no le
habían dado nada de comer.
Se estuvo lo más quieto que pudo en el
estrecho banco, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Había aprendido ya a
estarse quieto. Si se hacían movimientos inesperados, le chillaban a uno desde
la telepantalla, pero la necesidad de comer algo le atenazaba de un modo
espantoso. Lo que más le apetecía era un pedazo de pan. Tenía una vaga idea de
que en el bolsillo de su «mono» tenía unas cuantas migas de pan. Incluso era
posible — lo pensó porque de cuando en
cuando algo le hacía cosquillas en la pierna que tuviera allí guardado un buen
mendrugo. Finalmente, pudo más la tentación que el miedo; se metió una mano en
el bolsillo.
—
¡Smith! — gritó una voz desde la
telepantalla. — ¡6079! ¡Smith W! ¡En
las celdas, las manos fuera de los bolsillos!
Volvió a inmovilizarse y a cruzar las manos
sobre las rodillas. Antes de llevarlo allí lo habían dejado algunas horas en
otro sitio que debía de ser una cárcel corriente o un calabozo temporal usado
por las patrullas. No sabía exactamente cuánto tiempo le habían tenido allí;
desde luego varias horas; pero no había relojes ni luz natural y resultaba casi
imposible calcular el tiempo. Era un sitio ruidoso y maloliente. Lo habían
dejado en una celda parecida a esta en que ahora se hallaba, pero horriblemente
sucia y continuamente llena de gente. Por lo menos había a la vez diez o quince
personas, la mayoría de las cuales eran criminales comunes, pero también se
hallaban entre ellos unos cuantos prisioneros políticos. Winston se había
sentado silencioso, apoyado contra la pared, encajado entre unos cuerpos sucios
y demasiado preocupado por el miedo y por el dolor que sentía en el vientre
para interesarse por lo que le rodeaba. Sin embargo, notó la asombrosa
diferencia de conducta entre los prisioneros del Partido y los otros. Los
prisioneros del Partido estaban siempre callados y llenos de terror, pero los
criminales corrientes parecían no temer a nadie. Insultaban a los guardias, se
resistían a que les quitaran los objetos que llevaban, escribían palabras
obscenas en el suelo, comían descaradamente alimentos robados que sacaban de
misteriosos escondrijos de entre sus ropas e incluso le respondían a gritos a
la telepantalla cuando ésta intentaba restablecer el orden. Por otra parte,
algunos de ellos parecían hallarse en buenas relaciones con los guardias, los
llamaban con apodos y trataban de sacarles cigarrillos. También los guardias
trataban a los criminales ordinarios con cierta tolerancia, aunque,
naturalmente, tenían — que manejarlos con rudeza. Se hablaba mucho allí de los
campos de trabajos forzados adonde los presos esperaban ser enviados. Por lo
visto, se estaba bien en los campos siempre que se tuvieran ciertos apoyos y se
conociera el tejemaneje. Había allí soborno, favoritismo e inmoralidades de
toda clase, abundaba la homosexualidad y la prostitución e incluso se fabricaba
clandestinamente alcohol destilándolo de las patatas. Los cargos de confianza
sólo se los daban a los criminales propiamente dichos, sobre todo a los
gangsters y a los asesinos de toda clase, que constituían una especie de
aristocracia. En los campos de trabajos forzados, todas las tareas sucias y
viles eran realizadas por los presos políticos.
En aquella celda había presenciado Winston
un constante entrar y salir de presos de la más variada condición: traficantes
de drogas, ladrones, bandidos, gente del mercado negro, borrachos y
prostitutas. Algunos de los borrachos eran tan violentos que los demás presos
tenían que ponerse de acuerdo para sujetarlos. Una horrible mujer de unos
sesenta años, con grandes pechos caídos y greñas de cabello blanco sobre la
cara, entró empujada por los guardias. Cuatro de éstos la sujetaban mientras
ella daba patadas y chillaba. Tuvieron que quitarle las botas con las que la
vieja les castigaba las espinillas y la empujaron haciéndola caer sentada sobre
las piernas de Winston. El golpe fue tan violento que Winston creyó que se le
habían partido los huesos de los muslos. La mujer les gritó a los guardias, que
ya se marchaban: «¡Hijos de perra!». Luego, notando que estaba sentada en las
piernas de Winston, se dejó resbalar hasta la madera.
—
Perdona, querido — le dijo. — No me hubiera sentado encima de ti, pero esos
matones me empujaron. No saben tratar a una dama. — Se calló unos momentos y, después de darse
unos golpecitos en el pecho, eructó ruidosamente. — Perdona, chico — dijo. — Yo ya no soy yo.
Se inclinó hacia delante y vomitó
copiosamente sobre el suelo.
Esto va mejor — dijo, volviendo a apoyar la
espalda en la pared y cerrando los ojos. —
Es lo que yo digo: lo mejor es echarlo fuera mientras esté reciente en
el estómago.
Reanimada, volvió a fijarse en Winston y
pareció tomarle un súbito cariño. Le pasó uno de sus fláccidos brazos por los
hombros y lo atrajo hacia ella, echándole encima un pestilente vaho a cerveza y
porquería.
—
¿Cómo te llamas, cariño? — le dijo.
—
Smith.
—
¿Smith? — repitió la mujer. — Tiene gracia. Yo también me llamo Smith. Es
que — añadió sentimentalmente — yo
podía ser tu madre.
En efecto, podía
ser mi madre, pensó Winston. Tenía aproximadamente la misma edad y el mismo
aspecto físico y era probable que la gente cambiara algo después de pasar
veinte años en un campo de trabajos forzados.
Nadie más le
había hablado. Era sorprendente hasta qué punto despreciaban los criminales
ordinarios a los presos del Partido. Los llamaban, despectivamente, los polits,
y no sentían ningún interés por lo que hubieran hecho o dejado de hacer. Los
presos del Partido parecían tener un miedo atroz a hablar con nadie y, sobre todo,
a hablar unos con otros. Sólo una vez, cuando dos miembros del Partido, ambos
mujeres, fueron sentadas juntas en el banco, oyó Winston entre la algarabía de
voces, unas cuantas palabras murmuradas precipitadamente y, sobre todo, la
referencia a algo que llamaban la «habitación uno-cero-uno». No sabía a qué se
podían referir.
Quizá llevara dos
o tres horas en este nuevo sitio. El dolor de vientre no se le pasaba, pero se
le aliviaba algo a ratos y entonces sus pensamientos eran un poco menos
tétricos. En cambio, cuando aumentaba el dolor, sólo pensaba en el dolor mismo
y en su hambre. Al aliviarse, se apoderaba el pánico de él. Había momentos en
que se figuraba de modo tan gráfico las cosas que iban a hacerle que el corazón
le galopaba y se le cortaba la respiración. Sentía los porrazos que iban a
darle en los codos y las patadas que le darían las pesadas botas claveteadas de
hierro. Se veía a sí mismo retorciéndose en el suelo, pidiendo a gritos
misericordia por entre los dientes partidos. Apenas recordaba a Julia. No podía concentrar en ella su mente. La amaba y no la traicionaría; pero
eso era sólo un hecho, conocido por él como conocía las reglas de aritmética.
No sentía amor por ella y ni siquiera se preocupaba por lo que pudiera estarle
sucediendo a Julia en ese momento. En cambio pensaba con más frecuencia en
O'Brien con cierta esperanza. O'Brien tenía que saber que lo habían detenido.
Había dicho que la Hermandad nunca intentaba salvar a sus miembros. Pero
la cuchilla de
afeitar se la proporcionarían si podían. Quizá pasaran cinco segundos antes de
que los guardias pudieran entrar en la celda. La hoja penetraría en su carne
con quemadora frialdad e incluso los dedos que la sostuvieran quedarían
cortados hasta el hueso. Todo esto se le representaba a él, que en aquellos
momentos se encogía ante el más pequeño dolor. No estaba seguro de utilizar la
hoja de afeitar incluso si se la llegaban a dar. Lo más
natural era seguir existiendo momentáneamente, aceptando otros diez minutos de
vida aunque al final de aquellos largos minutos no hubiera más que una tortura
insoportable.
A veces procuraba
calcular el número de mosaicos de porcelana que cubrían las paredes de la
celda. No debía de ser difícil, pero siempre perdía la cuenta. Se preguntaba a cada momento dónde estaría
y qué hora sería. Llegó a estar seguro de que afuera hacía sol y poco después
estaba igualmente convencido de que era noche cerrada. Sabía instintivamente
que en aquel lugar nunca se apagaban las luces. Era el sitio donde no había
oscuridad: y ahora sabía por qué O'Brien había reconocido la alusión. En el
Ministerio del Amor no había ventanas. Su celda podía hallarse en el centro del
edificio o contra la pared trasera, podía estar diez pisos bajo tierra o
treinta sobre el nivel del suelo. Winston se fue trasladando mentalmente de
sitio y trataba de comprender, por la sensación vaga de su cuerpo, si estaba
colgado a gran altura o enterrado a gran profundidad.
Afuera se oía
ruido de pesados pasos. La puerta de acero se abrió con estrépito. Entró un joven
oficial, con impecable uniforme negro, una figura que parecía brillar por todas
partes con reluciente cuero y cuyo pálido y severo rostro era como una máscara
de cera. Avanzó unos pasos dentro de la celda y volvió a salir para ordenar a
los guardias que esperaban afuera que hiciesen entrar al preso que traían. El
poeta Ampleforth entró dando tumbos en la celda. La puerta volvió a cerrarse de
golpe.
Ampleforth hizo
dos o tres movimientos inseguros como buscando una salida y luego empezó a
pasear arriba y abajo por la celda. Todavía no se había dado cuenta de la
presencia de Winston. Sus turbados ojos miraban la pared un metro por encima
del nivel de la cabeza de Winston. No llevaba zapatos; por los agujeros de los
calcetines le salían los
dedos gordos. Llevaba varios días sin afeitarse y la incipiente barba le daba un aire rufianesco que no le iba bien a su
aspecto larguirucho y débil ni a sus movimientos nerviosos.
Winston salió un poco de su letargo. Tenía que
hablarle a Ampleforth aunque se expusiera al chillido de la telepantalla.
Probablemente, Ampleforth era el que le traía la hoja de afeitar.
—
Ampleforth.
La telepantalla no dijo nada. Ampleforth se
detuvo, sobresaltado. Su mirada se concentró unos momentos sobre Winston.
—
¡Ah, Smith! — dijo. — ¡También tú!
—
¿De qué te acusan?
—
Para decirte la verdad... — sentóse
embarazosamente en el banco de enfrente a Winston. — Sólo hay un delito, ¿verdad?
—
¿Y tú lo has cometido?
—
Por lo visto.
Se llevó una mano a la frente y luego las
dos apretándose las sienes en un esfuerzo por recordar algo.
—
Estas cosas suelen ocurrir — empezó
vagamente. — A fuerza de pensar en
ello, se me ha ocurrido que pudiera ser... fue desde luego una indiscreción, lo
reconozco. Estábamos preparando una edición definitiva de los poemas de
Kipling. Dejé la palabra Dios al final de un verso. ¡No pude evitarlo! — añadió casi con indignación, levantando la
cara para mirar a Winston. — Era
imposible cambiar ese verso. God (Dios) tenía que rimar con rod. ¿Te das cuenta de que sólo hay doce
rimas para rod en nuestro idioma? Durante muchos días me he estado arañando el cerebro.
Inútil, no había ninguna otra rima posible.
Cambió la expresión de su cara. Desapareció
de ella la angustia y por unos momentos pareció satisfecho. Era una especie de
calor intelectual que lo animaba, la alegría del pedante que ha descubierto
algún dato inútil.
—
¿Has pensado alguna vez — dijo — que toda la historia de la poesía inglesa ha
sido determinada por el hecho de que en el idioma inglés escasean las rimas?
No, aquello no se le había ocurrido nunca a
Winston ni le parecía que en aquellas circunstancias fuera un asunto muy
interesante.
—
¿Sabes si es ahora de día o de noche? —
le preguntó. Ampleforth se sobresaltó de nuevo:
—
No había pensado en ello. Me detuvieron hace dos días, quizá tres. — Su mirada recorrió las paredes como si
esperase encontrar una ventana. — Aquí
no hay diferencia entre el día y la noche. No es posible calcular la hora.
Hablaron sin mucho sentido durante unos
minutos hasta que, sin razón aparente, un alarido de la telepantalla los mandó
callar. Winston se inmovilizó como ya sabía hacerlo. En cambio, Ampleforth,
demasiado grande para acomodarse en el estrecho banco, no sabía cómo ponerse y
se movía nervioso. Unos ladridos de la telepantalla le ordenaron que se
estuviera quieto. Pasó el tiempo. Veinte minutos, quizás una hora... Era
imposible saberlo. Una vez más se acercaban pasos de botas. A Winston se le
contrajo el vientre. Pronto, muy pronto, quizá dentro de cinco minutos, quizás
ahora mismo, el ruido de pasos significaría que le había llegado su turno.
Se abrió la puerta. El joven oficial de
antes entró en la celda. Con un rápido movimiento de la mano señaló a Ampleforth.
—
Habitación uno-cero-uno — dijo.
Ampleforth salió conducido por los guardias
con las facciones alteradas, pero sin comprender.
A Winston le pareció que pasaba mucho
tiempo. Había vuelto a dolerle atrozmente el estómago. Su mente daba vueltas
por el mismo camino. Tenía sólo seis pensamientos: el dolor de vientre; un
pedazo de pan; la sangre y los gritos; O'Brien; Julia; la hoja de afeitar.
Sintió otra contracción en las entrañas; se acercaban las pesadas botas. Al
abrirse la puerta, la oleada de aire trajo un intenso olor a sudor frío.
Parsons entró en la celda. Vestía sus shorts caquis y una camisa de sport.
Esta vez, el asombro de Winston le hizo
olvidarse de sus preocupaciones.
—
¡Tú aquí! — exclamó.
Parsons dirigió a Winston una mirada que no
era de interés ni de sorpresa, sino sólo de pena. Empezó a andar de un lado a
otro con movimientos mecánicos. Luego empezó a temblar, pero se dominaba
apretando los puños. Tenía los ojos muy abiertos.
—
¿De qué te acusan? — le preguntó Winston.
—
Crimental — dijo Parsons dando a
entender con el tono de su voz que reconocía plenamente su culpa y, a la vez,
un horror incrédulo de que esa palabra pudiera aplicarse a un hombre como él.
Se detuvo frente a Winston y le preguntó con angustia — : ¿No me matarán,
verdad, amigo? No le matan a uno cuando no ha hecho nada concreto y sólo es
culpable de haber tenido pensamientos que no pudo evitar. Sé que le juzgan a
uno con todas las garantías. Tengo gran confianza en ellos. Saben perfectamente
mi hoja de servicios. También tú sabes cómo he sido yo siempre. No he sido
inteligente, pero siempre he tenido la mejor voluntad. He procurado servir lo
mejor posible al Partido, ¿no crees? Me castigarán a cinco años, ¿verdad? O
quizá diez. Un tipo como yo puede resultar muy útil en un campo de trabajos
forzados. Creo que no me fusilarán por una pequeña y única equivocación.
—
¿Eres culpable de algo? — dijo Winston.
—
¡Claro que soy culpable! — exclamó
Parsons mirando servilmente a la telepantalla. — ¿No creerás que el Partido puede detener a un hombre
inocente? — Se le calmó su rostro de
rana e incluso tomó una actitud beatífica. —
El crimen del pensamiento es una cosa horrible dijo sentenciosamente.
— Es una insidia que se apodera de uno
sin que se dé cuenta. ¿Sabes cómo me ocurrió a mí? ¡Mientras dormía! Sí, así
fue. Me he pasado la vida trabajando tan contento, cumpliendo con mi deber lo
mejor que podía y, ya ves, resulta que tenía un mal pensamiento oculto en la
cabeza. ¡Y yo sin saberlo! Una noche, empecé a hablar dormido,
y ¿sabes lo que me oyeron decir?
Bajó la voz, como alguien que por razones
médicas tiene que pronunciar unas palabras obscenas.
—
¡Abajo el Gran Hermano! Sí, eso dije. Y parece ser que lo repetí varias veces. Entre
nosotros, chico, te confesaré que me alegró que me detuvieran antes de que la
cosa pasara a mayores. ¿Sabes lo que voy a decirles cuando me lleven ante el
tribunal? «Gracias — les diré, — «gracias por haberme salvado antes de que
fuera demasiado tarde». — ¿Quién te
denunció? — dijo Winston.
—
Fue mi niña — dijo Parsons con cierto
orgullo dolido. — Estaba escuchando por
el agujero de la cerradura. Me oyó decir aquello y llamó a la patrulla al día
siguiente. No se le puede pedir más lealtad política a una niña de siete años,
¿no te parece? No le guardo ningún rencor. La verdad es que estoy orgulloso de
ella, pues lo que hizo demuestra que la he educado muy bien.
Anduvo un poco más por la celda mirando
varias veces, con deseo contenido, a la taza del retrete. Luego, se bajó a toda
prisa los pantalones.
—
Perdona, chico — dijo. — No puedo evitarlo. Es por la espera, ¿sabes?
Asentó su amplio trasero sobre la taza.
Winston se cubrió la cara con las manos.
—
¡Smith! — chilló la voz de la
telepantalla. — ¡6079 Smith W!
Descúbrete la cara. En las celdas, nada de taparse la cara.
Winston se descubrió el rostro. Parsons usó
el retrete ruidosa y abundantemente. Luego resultó que no funcionaba el agua y
la celda estuvo oliendo espantosamente durante varias horas.
Se llevaron a Parsons. Entraron y salieron
más presos, misteriosamente. Una mujer fue enviada a la «habitación 101» y
Winston observó que esas palabras la hicieron cambiar de color. Llegó el
momento en que, si hubiera sido de día cuando le llevaron allí, sería ya la
última hora de la tarde; y de haber entrado por la tarde, sería ya media noche.
Había seis presos en la celda entre hombres y mujeres. Todos estaban sentados
muy quietos. Frente a Winston se hallaba un hombre con cara de roedor; apenas
tenía barbilla y sus dientes eran afilados y salientes. Los carrillos le
formaban bolsones de tal modo que podía pensarse que almacenaba allí comida.
Sus ojos gris pálido se movían temerosamente de un lado a otro y se desviaba su
mirada en cuanto tropezaba con la de otra persona.
Se abrió la puerta de nuevo y entró otro
preso cuyo aspecto le causó un escalofrío a Winston. Era un hombre de aspecto
vulgar, quizás un ingeniero o un técnico. Pero lo sorprendente en él era su
figura esquelética. Su delgadez era tan exagerada que la boca y los ojos
parecían de un tamaño desproporcionado y en sus ojos se almacenaba un intenso y
criminal odio contra algo o contra alguien.
El individuo se sentó en el banco a poca
distancia de Winston. Éste no volvió a mirarle, pero la cara de calavera se le
había quedado tan grabada como si la tuviera continua mente frente a sus ojos.
De pronto comprendió de qué se trataba. Aquel hombre se moría de hambre. Lo
mismo pareció ocurrírseles casi a la vez a cuantos allí se hallaban. Se produjo
un leve movimiento por todo el banco. El hombre de la cara de ratón miraba de
cuando en cuando al esquelético y desviaba en seguida la mirada con aire
culpable para volverse a fijarse en él irresistiblemente atraído.
Por fin se levantó, cruzó pesadamente la celda, se rebuscó en el bolsillo del
«mono» y con aire tímido sacó un mugriento mendrugo de pan y se lo tendió al
hambriento.
La telepantalla rugió furiosa. El de la
cara de ratón volvió a su sitio de un brinco. El esquelético se había llevado
inmediatamente las manos detrás de la espalda como para demostrarle a todo el
mundo que se había negado a aceptar el ofrecimiento.
—
¡Bumstead! — gritó la voz de un modo
ensordecedor`. ¡2713 Bumstead J! Tira ese pedazo de pan.
El individuo tiró el mendrugo al suelo.
—
Ponte de pie de cara a la puerta y sin hacer ningún movimiento.
El hombre obedeció mientras le temblaban
los bolsones de sus mejillas. Se abrió la puerta de golpe y entró el joven
oficial, que se apartó para dejar pasar a un guardia achaparrado con enormes
brazos y hombros. Se colocó frente al hombre del mendrugo y, a una orden muda
del oficial, le lanzó un terrible puñetazo a la boca apoyándolo con todo el
peso de su cuerpo. La fuerza del golpe empujó al individuo hasta la otra pared
de la celda. Se cayó junto al retrete. Le brotaba una sangre negruzca de la
boca y de la nariz. Después, gimiendo débilmente, consiguió ponerse en pie.
Entre un chorro de sangre y saliva, se le cayeron de la boca las dos mitades de
una dentadura postiza.
Los presos estaban muy quietos, todos ellos
con las manos cruzadas sobre las rodillas. El hombre ratonil volvió a su sitio.
Se le oscurecía la carne en uno de los lados de la cara. Se le hinchó la boca
hasta formar una masa informe con un agujero negro en medio. Sus ojos grises
seguían moviéndose, sintiéndose más culpable que nunca y como tratando de
averiguar cuánto lo despreciaban los otros por aquella humillación.
Se abrió la puerta. Con un pequeño gesto,
el oficial señaló al hombre esquelético.
—
Habitación 101 dijo.
Winston oyó a su lado una ahogada
exclamación de pánico. El hombre se dejó caer al suelo de rodillas y rogaba con las
manos juntas:
—
¡Camarada! ¡Oficial! No tienes que llevarme a ese sitio; ¿no te lo he dicho ya
todo? ¿Qué más quieres saber? ¡Todo lo confesaría, todo! Dime de qué se trata y
lo confesaré. ¡Escribe lo que quieras y lo firmaré! Pero no me lleves a la
habitación 101.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
La cara del hombre, ya palidísima, se
volvió de un color increíble. Era — no
había lugar a dudas — de un tono verde.
—
¡Haz algo por mí! — chilló. — Me has estado matando de hambre durante
varias semanas. Acaba conmigo de una vez. Dispara contra mí. Ahórcame.
Condéname a veinticinco años. ¿Queréis que denuncie a alguien más? Decidme de
quién se trata y yo diré todo lo que os convenga. No me importa quién sea ni lo
que vayáis a hacerle. Tengo mujer y tres hijos. El mayor de ellos no tiene
todavía seis años. Podéis coger a los cuatro y cortarles el cuerpo delante de
mí y yo lo contemplaré sin rechistar. Pero no me llevéis a la habitación 101.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
El hombre del rostro de calavera miró
frenéticamente a los demás presos como si esperara encontrar alguno que pudiera
poner en su lugar. Sus ojos se detuvieron en la aporreada cara del que le había
ofrecido el mendrugo. Lo señaló con su mano huesuda y temblorosa.
—
¡A ése es al que debíais llevar, no a mí!
— gritó. — ¿No habéis oído lo
que dijo cuando le pegaron? Os lo contaré si queréis oírme. El sí que está contra
el Partido y no yo. — Los guardias
avanzaron dos pasos. La voz del hombre se elevó histéricamente. — ¡No lo habéis oído! — repitió. — La telepantalla no funcionaba bien. Ése es al que debéis
llevaros. ¡Sí, él, él; yo no!
Los dos guardias lo sujetaron por el brazo,
pero en ese momento el preso se tiró al suelo y se agarró a una de las patas de
hierro que sujetaban el banco. Lanzaba un aullido que parecía de algún animal.
Los guardias tiraban de él. Pero se aferraba con asombrosa fuerza. Estuvieron
forcejeando así quizá unos veinte segundos. Los presos seguían inmóviles con
las manos cruzadas sobre las rodillas mirando fijamente frente a ellos. El
aullido se cortó; el hombre sólo tenía ya alientos para sujetarse. Entonces se
oyó un grito diferente. Un guardia le había roto de una patada los dedos de una
mano. Lo pusieron de pie alzándolo como un pelele. — Habitación 101 — dijo
el oficial.
Y se lo llevaron al hombre, que apenas
podía apoyarse en el suelo y que se sujetaba con la otra la mano partida. Había
perdido por completo los ánimos.
Pasó mucho tiempo. Si había sido media
noche cuando se llevaron al hombre de la cara de calavera, era ya por la
mañana; si había sido por la mañana, ahora sería por la tarde. Winston estaba solo
desde hacía varias horas. Le producía tal dolor estarse sentado en el estrecho
banco que se atrevió a levantarse de cuando en cuando y dar unos pasos por la
celda sin que la telepantalla se lo prohibiera. El mendrugo de pan seguía en el
suelo, — en el mismo sitio donde lo
había tirado el individuo de cara ratonil. Al principio, necesitó Winston
esforzarse mucho para no mirarlo, pero ya no tenía hambre, sino sed. Se le
había puesto la boca pegajosa y de un sabor malísimo. El constante zumbido y la
invariable luz blanca le causaban una sensación de mareo y de tener vacía la
cabeza. Cuando no podía resistir más el dolor de los huesos, se levantaba, pero
volvía a sentarse en seguida porque estaba demasiado mareado para permanecer en
pie. En cuanto conseguía dominar sus sensaciones físicas, le volvía el terror.
A veces pensaba con leve esperanza en O'Brien y en la hoja de afeitar. Bien
pudiera llegar la hoja escondida en el alimento que le dieran, si es que
llegaban a darle alguno. En Julia pensaba menos. Estaría sufriendo, quizás más
que él. Probablemente estaría chillando de dolor en este mismo instante. Pensó:
«Si pudiera salvar a Julia duplicando mi dolor, ¿lo haría? Sí, lo haría». Esto
era sólo una decisión intelectual, tomada porque sabia que su deber era ese;
pero, en verdad, no lo sentía. En aquel sitio no se podía sentir nada excepto
el dolor físico y la anticipación de venideros dolores. Además, ¿era posible,
mientras se estaba sufriendo realmente, desear que por una u otra razón le
aumentara a uno el dolor? Pero a esa pregunta no estaba él todavía en
condiciones de responder. Las botas volvieron a acercarse. Se abrió la puerta.
Entró O'Brien.
Winston se puso en pie. El choque emocional
de ver a aquel hombre le hizo abandonar toda preocupación. Por primera vez en
muchos años, olvidó la presencia de la telepantalla.
—
¡También a ti te han cogido! — exclamó.
—
Hace mucho tiempo que me han cogido —
repuso O'Brien con una ironía suave y como si lo lamentara. Se apartó un poco
para que pasara un corpulento guardia que tenía una larga porra negra en la
mano.
—
Ya sabías que ocurriría esto, Winston —
dijo O'Brien. — No te engañes a ti
mismo. Lo sabías... Siempre lo has sabido.
Sí, ahora comprendía que siempre lo había
sabido. Pero no había tiempo de pensar en ello. Sólo tenía ojos para la porra
que se balanceaba en la mano del guardia. El golpe podía caer en cualquier
parte de su cuerpo: en la coronilla, encima de la oreja, en el antebrazo, en el
codo...
¡En el codo! Dio un brinco y se quedó casi
paralizado sujetándose con la otra mano el codo golpeado. Había visto luces
amarillas. ¡Era inconcebible que un solo golpe pudiera causar tanto dolor! Cayó
al suelo. Volvió a ver claro. Los otros dos lo miraban desde arriba. El guardia
se reía de sus contorsiones. Por lo menos, ya sabía una cosa. Jamás, por
ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del dolor físico
sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el
dolor físico. Ante eso no hay héroes. No hay héroes, pensó una y otra vez
mientras se retorcía en el suelo, sujetándose inútilmente su inutilizado brazo
izquierdo.
II
Winston yacía sobre algo que parecía una
cama de campaña aunque más elevada sobre el suelo y que estaba sujeta para que
no pudiera moverse. Sobre su rostro caía una luz más fuerte que la normal.
O'Brien estaba de pie a su lado, mirándole fijamente. Al otro lado se hallaba
un hombre con chaqueta blanca en una de cuyas manos tenía preparada una
jeringuilla hipodérmica.
Aunque ya hacía un rato que había abierto
los ojos, no acababa de darse plena cuenta de lo que le rodeaba. Tenía la
impresión de haber venido nadando hasta esta habitación desde un mundo muy
distinto, una especie de mundo submarino. No sabía cuánto tiempo había estado
en aquellas profundidades. Desde el momento en que lo detuvieron no había visto
oscuridad ni luz diurna. Además sus recuerdos no eran continuos. A veces la
conciencia, incluso esa especie de conciencia que tenemos en los sueños, se le
había parado en seco y sólo había vuelto a funcionar después de un rato de
absoluto vacío. Pero si esos ratos eran segundos, horas, días, o semanas, no
había manera de saberlo.
La pesadilla comenzó con aquel primer golpe
en el codo. Más tarde se daría cuenta de que todo lo ocurrido entonces había
sido sólo una ligera introducción, un interrogatorio rutinario al que eran
sometidos casi todos los presos. Todos tenían que confesar, como cuestión de
mero trámite, una larga serie de delitos: espionaje, sabotaje y cosas por el
estilo. Aunque la tortura era real, la confesión era sólo cuestión de trámite.
Winston no podía recordar cuántas veces le habían pegado ni cuánto tiempo
habían durado los castigos. Recordaba, en cambio, que en todo momento había en
torno suyo cinco o seis individuos con uniformes negros. A veces emplearon los
puños, otras las porras, también varas de acero y, por supuesto, las botas.
Sabía que había rodado varias veces por el suelo con el impudor de un animal
retorciéndose en un inútil esfuerzo por evitar los golpes, pero con aquellos
movimientos sólo conseguía que le propinaran más patadas en las costillas, en
el vientre, en los codos, en las espinillas, en los testículos y en la base de
la columna vertebral. A veces gritaba pidiendo misericordia incluso antes de
que empezaran a pegarle y bastaba con que un puño hiciera el movimiento de
retroceso precursor del golpe para que confesara todos los delitos, verdaderos
o imaginarios, de que le acusaban. Otras veces, cuando se decidía a no confesar
nada, tenían que sacarle las palabras entre alaridos de dolor y en otras
ocasiones se decía a sí mismo, dispuesto a transigir: «Confesaré, pero todavía
no. Tengo que resistir hasta que el dolor sea insoportable. Tres golpes más,
dos golpes más y les diré lo que quieran». Cuando le golpeaban hasta dejarlo
tirado como un saco de patatas en el suelo de piedra para que recobrara alguna
energía, al cabo de varias horas volvían a buscarlo y le pegaban otra vez.
También había períodos más largos de descanso. Los recordaba confusamente
porque los pasaba adormilado o con el conocimiento casi perdido. Se acordaba de
que un barbero había ido a afeitarle la barba al rape y algunos hombres de
actitud profesional, con batas blancas, le tomaban el pulso, le observaban sus
movimientos reflejos, le levantaban los párpados y le recorrían el cuerpo con
dedos rudos en busca de huesos rotos o le ponían inyecciones en el brazo para
hacerle dormir.
Las palizas se hicieron menos frecuentes y
quedaron reducidas casi únicamente a amenazas, a anunciarle un horror al que le
enviarían en cuanto sus respuestas no fueran satisfactorias. Los que le
interrogaban no eran ya rufianes con uniformes negros, sino intelectuales del
Partido, hombrecillos regordetes con movimientos rápidos y gafas brillantes que
se relevaban para «trabajarlo» en turnos que duraban — no estaba seguro — diez
o doce horas. Estos otros interrogadores procuraban que se hallase sometido
a un dolor leve, pero constante, aunque ellos no se basaban en el dolor para
hacerle confesar. Le daban bofetadas, le retorcían las orejas, le tiraban del
pelo, le hacían sostenerse en una sola pierna, le negaban el permiso para
orinar, le enfocaban la cara con insoportables reflectores hasta que le hacían
llorar a lágrima viva... Pero la finalidad de esto era sólo humillarlo y
destruir en él la facultad de razonar, de encontrar argumentos. La verdadera
arma de aquellos hombres era el despiadado interrogatorio que proseguía hora
tras hora, lleno de trampas, deformando todo lo que él había dicho, haciéndole
confesar a cada paso mentiras y contradicciones, hasta que empezaba a llorar no
sólo de vergüenza sino de cansancio nervioso. A veces lloraba media docena de
veces en una sola sesión. Casi todo el tiempo lo estaban insultando y lo
amenazaban, a cada vacilación, con volverlo a entregar a los guardias. Pero de
pronto cambiaban de tono, lo llamaban camarada, trataban de despertar sus
sentimientos en nombre del Ingsoc y del Gran Hermano, y le preguntaban
compungidos si no le quedaba la suficiente lealtad hacia el Partido para desear
no haber hecho todo el mal que había hecho. Con los nervios destrozados después
de tantas horas de interrogatorio, estos amistosos reproches le hacían llorar
con más fuerza. Al final se había convertido en un muñeco: una boca que
afirmaba lo que le pedían y una mano que firmaba todo lo que le ponían delante.
Su única preocupación consistía en descubrir qué deseaban hacerle declarar para
confesarlo inmediatamente antes de que empezaran a insultarlo y a amenazarlo.
Confesó haber asesinado a distinguidos miembros del Partido, haber distribuido
propaganda sediciosa, robo de fondos públicos, venta de secretos militares al
extranjero, sabotajes de toda clase... Confesó que había sido espía a sueldo de
Asia Oriental ya en 1968. Confesó que tenía creencias religiosas, que admiraba
el capitalismo y que era un pervertido sexual. Confesó haber asesinado a su
esposa, aunque sabía perfectamente y tenían que saberlo también sus verdugos
— que su mujer vivía aún. Confesó que durante
muchos años había estado en relación con Goldstein y había sido
miembro de una organización clandestina a la que habían pertenecido casi todas
las personas que él había conocido en su vida. Lo más fácil era confesarlo todo
fuera verdad o mentira — y comprometer
a todo el mundo. Además, en cierto sentido, todo ello era verdad. Era cierto
que había sido un enemigo del Partido y a los ojos del Partido no había
distinción alguna entre los pensamientos y los actos.
También recordaba otras cosas que surgían
en su mente de un modo inconexo, como cuadros aislados rodeados de oscuridad.
Estaba en una celda que podía haber estado
oscura o con luz, no lo sabía, porque lo único que él veía era un par de ojos.
Allí cerca se oía el tic-tac, lento y regular, de un instrumento. Los ojos
aumentaron de tamaño y se hicieron más luminosos. De pronto, Winston salió
flotando de su asiento y sumergiéndose en los ojos, fue tragado por ellos.
Estaba atado a una silla rodeada de esferas
graduadas, bajo cegadores focos. Un hombre con bata blanca leía los discos.
Fuera se oía que se acercaban pasos. La puerta se abrió de golpe. El oficial de
cara de cera entró seguido por dos guardias.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
El hombre de la bata blanca no se volvió.
Ni siquiera, miró a Winston; se limitaba a observar los discos.
Winston rodaba por un interminable corredor
de un kilómetro de anchura inundado por una luz dorada y deslumbrante. Se reía
a carcajadas y gritaba confesiones sin cesar. Lo confesaba todo, hasta lo que
había logrado callar bajo las torturas. Le contaba toda la historia de su vida
a un público que ya la conocía. Lo rodeaban los guardias, sus otros verdugos de
lentes, los hombres de las batas blancas, O’Brien, Julia, el señor Charrington,
y todos rodaban alegremente por el pasillo riéndose a carcajadas. Winston se
había escapado de algo terrorífico con que le amenazaban y que no había llegado
a suceder. Todo estaba muy bien, no había más dolor y hasta los más mínimos
detalles de su vida quedaban al descubierto, comprendidos y perdonados.
Intentó levantarse, incorporarse en la cama
donde lo habían tendido, pues casi tenía la seguridad de haber oído la voz de
O’Brien. Durante todos los interrogatorios anteriores, a pesar de no haberlo
llegado a ver, había tenido la constante sensación de que O'Brien estaba allí
cerca, detrás de él. Esa O'Brien quien lo había dirigido todo. Él había lanzado
a los guardias contra Winston y también él había evitado que lo mataran. Fue él
quién decidió cuándo tenía Winston que gritar de dolor, cuándo podía descansar,
cuándo lo tenían que alimentar, cuándo habían de dejarlo dormir y cuándo tenían
que reanimarlo con inyecciones. Era él quien sugería las preguntas y las
respuestas. Era su atormentador, su protector, su inquisidor y su amigo. Y una
vez Winston no podía recordar si esto ocurría mientras dormía bajo el efecto de
la droga, o durante el sueño normal o en un momento en que estaba despierto
— una voz le había murmurado al oído:
«No te preocupes, Winston; estás bajo mi custodia. Te he vigilado durante siete
años. Ahora ha llegado el momento decisivo. Te salvaré; te haré perfecto». No
estaba seguro si era la voz de O'Brien; pero desde luego era la misma voz que
le había dicho en aquel otro sueño, siete años antes: «Nos encontraremos en el
sitio donde no hay oscuridad».
Ahora no podía moverse. Le habían sujetado
bien el cuerpo boca arriba. Incluso la cabeza estaba sujeta por detrás al
lecho. O'Brien lo miraba serio, casi triste. Su rostro, visto desde abajo,
parecía basto y gastado, y con bolsas bajo los ojos y arrugas de cansancio de
la nariz a la barbilla. Era mayor de lo que Winston creía. Quizás tuviera
cuarenta y ocho o cincuenta años. Apoyaba la mano en una palanca que hacía
mover la aguja de la esfera, en la que se veían unos números.
—
Te dije — murmuró O'Brien — que, si nos encontrábamos de nuevo, sería
aquí.
—
Sí — dijo Winston.
Sin advertencia previa — excepto un leve movimiento de la mano de
O'Brien — le inundó una oleada
dolorosa. Era un dolor espantoso porque no sabía de dónde venía y tenía la sensación
de que le habían causado un daño mortal. No sabía si era un dolor interno o el
efecto de algún recurso eléctrico, pero sentía como si todo el cuerpo se le
descoyuntara. Aunque el dolor le hacía sudar por la frente, lo único que le
preocupaba es que se le rompiera la columna vertebral. Apretó los dientes y
respiró por la nariz tratando de estarse callado lo más posible.
— Tienes miedo erijo O'Brien observando su
cara — de que de un momento a otro se
te rompa algo. Sobre todo, temes que se te parta la espina dorsal. Te imaginas
ahora mismo las vértebras soltándose y el líquido raquídeo saliéndose. ¿Verdad
que lo estás pensando, Winston?
Winston no
contestó. O'Brien presionó sobre la palanca. La ola de dolor se retiró con
tanta rapidez como había llegado.
— Eso era cuarenta dijo O'Brien. — Ya ves que los números llegan hasta el
ciento. Recuerda, por favor, durante nuestra conversación, que está en mi mano
infligirte dolor en el momento y en el grado que yo desee. Si me
dices mentiras o si intentas engañarme de alguna manera, o te dejas caer por
debajo de tu nivel normal de inteligencia, te haré dar un alarido
inmediatamente. ¿Entendido?
— Sí
— dijo Winston.
O'Brien adoptó
una actitud menos severa. Se ajustó pensativo las gafas y anduvo unos pasos por
la habitación. Cuando volvió a hablar, su voz era suave y paciente. Parecía un
médico, un maestro, incluso un sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir
antes que de castigar.
— Me estoy tomando tantas molestias contigo,
Winston, porque tú lo mereces. Sabes perfectamente lo que te ocurre. Lo has
sabido desde hace muchos años aunque te has esforzado en convencerte de que no
lo sabías. Estás trastornado mentalmente. Padeces de una memoria defectuosa.
Eres incapaz de recordar los acontecimientos reales y te convences a ti mismo
porque estabas decidido a no curarte. No estabas dispuesto a hacer el pequeño
esfuerzo de voluntad necesario. Incluso ahora, estoy seguro de ello, te aferras
a tu enfermedad por creer que es una virtud. Ahora te pondré un ejemplo y te convencerás
de lo que digo. Vamos a ver, en este momento, ¿con qué potencia está en guerra
Oceanía?
— Cuando me detuvieron, Oceanía estaba en
guerra con Asia Oriental.
— Con Asia Oriental. Muy bien. Y Oceanía
ha estado siempre en guerra con Asia Oriental, ¿verdad?
Winston contuvo
la respiración. Abrió la boca
para hablar, pero no pudo. Era incapaz
de apartar los ojos del disco numerado.
— La verdad, por favor, Winston. Tu verdad.
Dime lo que creas recordar.
— Recuerdo que hasta una semana antes de
haber sido yo detenido, no estábamos en guerra con Asia Oriental en absoluto.
Éramos aliados de ella. La guerra era contra Eurasia. Una guerra que había
durado cuatro años. Y antes de eso...
O'Brien lo hizo
callar con un movimiento de la mano.
— Otro ejemplo. Hace algunos años sufriste
una obcecación muy seria. Creíste que tres hombres que habían sido miembros del
Partido, llamados Jones, Aaronson y Rutherford — unos individuos que fueron ejecutados por traición y sabotaje
después de haber confesado todos sus delitos — ; creíste, repito, que no eran
culpables de los delitos de que se les acusaba. Creíste que habías visto una
prueba documental innegable que demostraba que sus confesiones habían sido
forzadas y falsas. Sufriste una alucinación que te hizo ver cierta fotografía.
Llegaste a creer que la habías tenido en tus manos. Era una foto como ésta.
Entre los dedos
de O’Brien había aparecido un recorte de periódico que pasó ante la vista de
Winston durante unos cinco segundos. Era una foto de periódico y no podía
dudarse cuál. Sí, era la fotografía; otro ejemplar del retrato de Jones,
Aaronson y Rutherford en el acto del Partido celebrado en Nueva York, aquella foto que Winston
había descubierto por casualidad once años antes y había destruido en seguida.
Y ahora había vuelto a verla. Sólo unos instantes, pero estaba seguro de
haberla visto otra vez. Hizo un desesperado esfuerzo por incorporarse. Pero era
imposible moverse ni siquiera un centímetro. Había olvidado hasta la existencia
de la amenazadora palanca. Sólo quería volver a coger la fotografía, o por lo
menos verla más tiempo.
—
¡Existe! — gritó. No erijo O'Brien.
Cruzó la estancia. En la pared de enfrente había un «agujero de la memoria». O’Brien levantó
la rejilla. El pedazo de papel salió dando vueltas en el torbellino de
aire caliente y se deshizo en una fugaz llama. O'Brien volvió junto a Winston.
—
Cenizas — dijo. — Ni siquiera
cenizas identificables. Polvo. Nunca ha existido.
—
¡Pero existió! ¡Existe! Sí, existe en la memoria. Lo recuerdo. Y tú también lo
recuerdas.
—
Yo no lo recuerdo — dijo O’Brien.
Winston se desanimó. Aquello era
doblepensar. Sintió un mortal desamparo. Si hubiera estado seguro de que
O'Brien mentía, se habría quedado tranquilo. Pero era muy posible que O'Brien
hubiera olvidado de verdad la fotografía. Y en ese caso habría olvidado ya su
negativa de haberla recordado y también habría olvidado el acto de olvidarlo.
¿Cómo podía uno estar seguro de que todo esto no era más que un truco? Quizás aquella
demencia dislocación de los pensamientos pudiera tener una realidad efectiva.
Eso era lo que más desanimaba a Winston.
O'Brien lo miraba pensativo. Más que nunca,
tenía el aire de un profesor esforzándose por llevar por buen camino a un chico
descarriado, pero prometedor.
—
Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela, Winston,
por favor.
—
El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente
controla el pasado — repitió Winston,
obediente.
—
El que controla el presente controla el pasado
— dijo O'Brien moviendo la cabeza con lenta aprobación. — ¿Y crees tú, Winston, que el pasado existe
verdaderamente?
Otra vez invadió a Winston el desamparo.
Sus ojos se volvieron hacia el disco. No sólo no sabía si la respuesta que le
evitaría el dolor sería sí o no, sino que ni siquiera sabía cuál de estas
respuestas era la que él tenía por cierta.
O’Brien sonrió débilmente:
—
No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías pensado en lo que
se conoce por existencia. Te lo explicaré con más precisión. ¿Existe el pasado
concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de
objetos sólidos donde el pasado siga acaeciendo?
—
No.
—
Entonces, ¿dónde existe el pasado?
— En
los documentos. Está escrito.
—
En los documentos... Y, ¿dónde más?
—
En la mente. En la memoria de los hombres.
—
En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los
documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el
pasado, ¿no es así?
—
Pero, ¿cómo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha pasado? — exclamó Winston olvidando del nuevo el
martirizador eléctrico. — Es un acto
involuntario. No puede uno evitarlo. ¿Cómo vais a controlar
la memoria? ¡La mía no la habéis controlado!
O'Brien volvió a ponerse serio. Tocó la
palanca con la mano.
Al contrario dijo por fin, — eres tú el que no la ha controlado y por eso
estás aquí. Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No
has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Has
preferido ser un loco, una minoría de uno solo. Convéncete, Winston; solamente
el espíritu disciplinado puede ver la realidad. Crees que la realidad es algo
objetivo, externo, que existe por derecho propio. Crees también que la
naturaleza de la realidad se demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti
mismo pensando que ves algo, das por cierto que todos los demás están viendo lo
mismo que tú. Pero te aseguro, Winston, que la realidad
no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No
en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece
pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la
realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es
imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. Este es el
hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto
de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si
quieres volverte cuerdo.
Después de una pausa de unos momentos,
prosiguió: Recuerdas haber escrito en tu Diario: «la libertad es poder decir
que dos más dos son cuatro?».
—
Sí — dijo Winston.
O'Brien levantó la mano izquierda, con el
reverso hacia Winston, y escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro.
—
¿Cuántos dedos hay aquí, Winston?
—
Cuatro.
—
¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, ¿cuántos hay?
—
Cuatro.
La palabra terminó con un espasmo de dolor.
La aguja de la esfera había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba
todo el cuerpo. Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos
gemidos. O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos. Soltó
la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se alivió bastante.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
Cuatro.
La aguja subió a sesenta.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡Cuatro!! !¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte? ¡Cuatro!
La aguja debía de marcar más, pero Winston
no la miró. El rostro severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo
su visión. Los dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes, borrosos y
vibrantes, pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡¡Cuatro!! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!
—
¡Cuántos dedos, Winston!
—
¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!
—
No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. Por
favor, ¿cuántos dedos?
—
¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de una vez. Para
este dolor.
Ahora estaba sentado en el lecho con el
brazo de O'Brien rodeándole los hombros. Quizá hubiera perdido el conocimiento
durante unos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su
cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los
dientes y le corrían lágrimas por las mejillas. Durante unos instantes se
apretó contra O'Brien como un niño, confortado por el fuerte brazo que le
rodeaba los hombros. Tenía la sensación de que O'Brien era su protector, que el
dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O'Brien le evitaría sufrir.
—
Tardas mucho en aprender, Winston —
dijo O'Brien con suavidad.
—
No puedo evitarlo — balbuceó Winston.
— ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo ante
los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.
—
Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en
ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es
fácil recobrar la razón.
Volvió a tender a Winston en el lecho. Las
ligaduras volvieron a inmovilizarlo, pero ya no sentía dolor y le había
desaparecido el temblor. Estaba débil y frío. O'Brien le hizo una señal con la
cabeza al hombre de la bata blanca, que había permanecido inmóvil durante la
escena anterior y ahora, inclinándose sobre Winston, le examinaba los ojos de
cerca, le tomaba el pulso, le acercaba el oído al pecho y le daba golpecitos de
reconocimiento. Luego, mirando a O'Brien, movió la cabeza afirmativamente.
—
Otra vez — dijo O'Brien.
El dolor invadió de nuevo el cuerpo de
Winston. La aguja debía de marcar ya setenta o setenta y cinco. Esta vez, había
cerrado los ojos. Sabía que los dedos
continuaban allí y que seguían siendo cuatro. Lo único importante era conservar
la vida hasta que pasaran las sacudidas dolorosas. Ya no tenía idea de si
lloraba o no. El dolor disminuyó otra vez. Abrió los ojos. O'Brien había vuelto
a bajar la palanca.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡Cuatro!! Supongo que son cuatro. Quisiera ver cinco. Estoy tratando de ver
cinco.
—
¿Qué deseas? ¿Persuadirme de que ves cinco o verlos de verdad?
— Verlos de verdad.
— Otra vez dijo O'Brien.
Es probable que
la aguja marcase de ochenta a noventa. Sólo de un modo intermitente podía
recordar Winston a qué se debía su martirio. Detrás de sus párpados cerrados,
un bosque de dedos se movía en una extraña danza, entretejiéndose,
desapareciendo unos tras otros y volviendo a aparecer. Quería contarlos, pero
no recordaba por qué. Sólo sabía que era imposible contarlos y que esto se
debía a la misteriosa identidad entre cuatro y cinco. El dolor desapareció de
nuevo. Cuando abrió los ojos, halló que seguía viendo lo mismo; es decir,
innumerables dedos que se movían como árboles locos en todas direcciones
cruzándose y volviéndose a cruzar. Cerró otra vez los ojos.
— ¿Cuántos dedos te estoy enseñando, Winston?
—
No sé, no sé. Me matarás si aumentas el dolor. Cuatro, cinco, seis... Te
aseguro que no lo sé.
— Esto va mejor — dijo O'Brien.
Le pusieron una
inyección en el brazo. Casi instantáneamente se le esparció por todo el cuerpo
una cálida y beatífica sensación. Casi no se acordaba de haber sufrido. Abrió
los ojos y miró agradecido a O'Brien. Le conmovió ver a aquel rostro pesado,
lleno de arrugas, tan feo y tan inteligente. Si se
hubiera podido mover, le habría tendido una mano. Nunca lo había querido tanto
como en este momento y no sólo por haberle suprimido el dolor. Aquel antiguo
sentimiento, aquella idea de que no importaba que O'Brien fuera un amigo o un
enemigo, había vuelto a apoderarse de él. O'Brien era una persona con quien se
podía hablar. Quizá no deseara uno tanto ser amado como ser comprendido.
O'Brien lo había torturado casi hasta enloquecerlo y era seguro que dentro de
un rato le haría matar. Pero no importaba. En cierto sentido, más allá de la
amistad, eran íntimos. De uno u otro modo y aunque las palabras que lo
explicarían todo no pudieran ser pronunciadas nunca, había desde luego un lugar
donde podrían reunirse y charlar. O’Brien lo miraba con una expresión reveladora
de que el mismo pensamiento se le estaba ocurriendo. Empezó a hablar en un tono
de conversación corriente.
— ¿Sabes dónde estás, Winston? — dijo.
—
No sé. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor.
— ¿Sabes cuánto tiempo has estado aquí?
—
No sé. Días, semanas, meses... creo que
meses.
— ¿Y por qué te imaginas que traemos aquí a
la gente?
—
Para hacerles confesar.
— No, no es ésa la razón. Di otra cosa.
— Para castigarlos.
— ¡No!
— exclamó O'Brien. Su voz había cambiado extraordinariamente y su rostro
se había puesto de pronto serio y animado a la vez. — ¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y
para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para
curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber, Winston, que ninguno de los que
traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos
estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos
realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros
enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Estaba inclinado
sobre Winston. Su cara parecía enorme por su proximidad y
horriblemente fea vista desde abajo. Además, sus facciones se alteraban por
aquella exaltación, aquella intensidad de loco. Otra vez se le encogió el
corazón a Winston. Si le hubiera sido posible, habría retrocedido. Estaba
seguro de que O’Brien iba a mover la palanca por puro capricho. Sin embargo, en
ese momento se apartó de él y paseó un poco por la habitación. Luego prosiguió
con menos vehemencia:
—
Lo primero que debes comprender es que
éste no es un lugar de martirio. Has leído cosas sobre las persecuciones
religiosas en el pasado. En la Edad Media había la Inquisición. No
funcionó. Pretendían erradicar la
herejía y terminaron por perpetuarla. En las persecuciones antiguas por cada
hereje quemado han surgido otros miles de ellos. ¿Por qué? Porque se mataba a
los enemigos abiertamente y mientras aún no se habían arrepentido. Se moría por
no abandonar las creencias heréticas. Naturalmente, así toda la gloria
pertenecía a la víctima y la vergüenza al inquisidor que la quemaba. Más tarde,
en el siglo XX, han existido los totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los
comunistas rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad
que ninguna otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los
errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer mártires. Antes
de llevar a sus víctimas a un juicio público, se dedicaban a destruirles la
dignidad. Los deshacían moralmente y físicamente por medio de la tortura y el
aislamiento hasta convertirlos en seres despreciables, verdaderos peleles
capaces de confesarlo todo, que se insultaban a sí mismos acusándose unos a
otros y pedían sollozando un poco de misericordia. Sin embargo, después de unos
cuantos años, ha vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en
mártires y se ha olvidado su degradación. ¿Por qué había vuelto a suceder esto?
En primer lugar, porque las confesiones que habían hecho eran forzadas y
falsas. Nosotros no cometemos esta clase de errores. Todas las confesiones que
salen de aquí son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas. Y, sobre
todo, no permitimos que los muertos se levanten contra nosotros. Por tanto,
debes perder toda esperanza de que la posteridad te reivindique, Winston. La
posteridad no sabrá nada de ti. Desaparecerás por completo de la corriente
histórica. Te disolveremos en la estratosfera, por decirlo así. De ti no
quedará nada: ni un nombre en un papel, ni tu recuerdo en un ser vivo. Quedarás
aniquilado tanto en el pretérito como en el futuro. No habrás existido.
«Entonces, ¿para qué me torturan?», pensó
Winston con una amargura momentánea. O'Brien se detuvo en seco como si hubiera
oído el pensamiento de Winston. Su ancho y feo rostro se le acercó con los ojos
un poco entornados y le dijo: — Estás
pensando que si nos proponemos destruirte por completo, ¿para qué nos tomamos
todas estas molestias?; que si nada va a quedar de ti, ¿qué importancia puede tener
lo que tú digas o pienses? ¿Verdad que lo estás pensando?
—
Sí — dijo Winston.
O'Brien sonrió levemente y prosiguió:
Te explicaré por qué nos molestamos en
curarte. Tú, Winston, eres una mancha en el tejido; una mancha que debemos borrar.
¿No te dije hace poco que somos diferentes de los martirizadores del pasado? No
nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión más
abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu
libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos resisten; mientras
nos resisten no los destruimos. Los convertimos, captamos su mente, los
reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas las ilusiones
engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino
verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo.
Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del
mundo, por muy secreto e inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la
muerte podemos permitir alguna desviación. Antiguamente, el hereje subía a la
hoguera siendo aún un hereje, proclamando su herejía y hasta disfrutando con
ella. Incluso la víctima de las purgas rusas se llevaba su rebelión encerrada
en el cráneo cuando avanzaba por un pasillo de la prisión en espera del tiro en
la nuca. Nosotros, en cambio, hacemos perfecto el cerebro que vamos a destruir.
La consigna de todos los despotismos era: «No harás esto o lo otro». La voz de
mando de los totalitarios era: «Harás esto o aquello». Nuestra orden es:
«Eres». Ninguno de los que traemos aquí puede volverse contra nosotros. Les
lavamos el cerebro. Incluso aquellos miserables traidores en cuya inocencia
creíste un día Jones, Aaronson y Rutherford
— los conquistamos al final. Yo mismo participé en su
interrogatorio. Los vi ceder paulatinamente, sollozando, llorando a lágrima
viva, y al final no los dominaba el miedo ni el dolor, sino sólo un sentimiento
de culpabilidad, un afán de penitencia. Cuando acabamos con ellos no eran más
que cáscaras de hombre. Nada quedaba en ellos sino el arrepentimiento por lo
que habían hecho y amor por el Gran Hermano. Era conmovedor ver cómo lo amaban.
Pedían que se les matase en seguida para poder morir con la mente limpia. Temían
que pudiera volver a ensuciárseles.
La voz de O'Brien se había vuelto soñadora
y en su rostro permanecía el entusiasmo del loco y la exaltación del fanático.
«No está mintiendo pensó Winston , no es un hipócrita; cree todo lo que dice.»
A Winston le oprimía el convencimiento de su propia inferioridad intelectual.
Contemplaba aquella figura pesada y de movimientos sin embargo agradables que
paseaba de un lado a otro entrando y saliendo en su radio de visión. O'Brien
era, en todos sentidos, un ser de mayores proporciones que él. Cualquier idea
que Winston pudiera haber tenido o pudiese tener en lo sucesivo, ya se le había
ocurrido a O’Brien, examinándola y rechazándola. La mente de aquel hombre
contenía a la de Winston. Pero, en ese caso, ¿cómo iba a estar loco O’Brien? El
loco tenía que ser él, Winston. O'Brien se detuvo y lo miró fijamente. Su voz
había vuelto a ser dura:
No te figures que vas a salvarte, Winston,
aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya
desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida
natural, nunca te escaparás de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es para
siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te aplastaremos
hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de
las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de
nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás
capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir
curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro... Estarás hueco.
Te vaciaremos y te rellenaremos de... nosotros.
Se detuvo y le hizo una señal al hombre de
la bata blanca. Winston tuvo la vaga sensación de que por detrás de él le acercaban
un aparato grande. O’Brien se había sentado junto a la cama de modo que su
rostro quedaba casi al mismo nivel del de Winston.
—
Tres mil — le dijo, por encima de la
cabeza de Winston, al hombre de la bata blanca.
Dos compresas algo húmedas fueron aplicadas
a las sienes de Winston. Éste sintió una nueva clase de dolor. Era algo
distinto. Quizá no fuese dolor. O'Brien le puso una mano sobre la suya para
tranquilizarlo, casi con amabilidad.
—
Esta vez no te dolerá — le dijo. — No apartes tus ojos de los míos.
En aquel momento sintió Winston una
explosión devastadora o lo que parecía una explosión, aunque no era seguro que
hubiese habido ningún ruido. Lo que si se produjo fue un cegador fogonazo.
Winston no estaba herido; sólo postrado. Aunque estaba tendido de espaldas
cuando aquello ocurrió, tuvo la curiosa sensación de que le habían empujado
hasta quedar en aquella posición. El terrible e indoloro golpe le había dejado
aplastado. Y en el interior de su cabeza también había ocurrido algo. Al recobrar
la visión, recordó quién era y dónde estaba y reconoció el rostro que lo
contemplaba; pero tenía la sensación de un gran vacío interior. Era como si le
faltase un pedazo del cerebro.
—
Esto no durará mucho — dijo O'Brien.
— Mírame a los ojos. ¿Con qué país está
en guerra Oceanía?
Winston pensó. Sabía lo que significaba
Oceanía y que él era un ciudadano de este país. También recordaba que existían
Eurasia y Asia Oriental; pero no sabía cuál estaba en guerra con cuál. En
realidad, no tenía idea de que hubiera guerra ninguna.
—
No recuerdo.
Oceanía está en guerra con Asia Oriental.
¿Lo recuerdas ahora?
—
Sí.
—
Oceanía ha estado siempre en guerra con Asia Oriental. Desde el principio de tu
vida, desde el principio del Partido, desde el principio de la Historia, la
guerra ha continuado sin interrupción, siempre la misma guerra. ¿Lo recuerdas?
—
Sí.
—
Hace once años inventaste una leyenda sobre tres hombres que habían sido
condenados a muerte por traición. Pretendías que habías visto un pedazo de
papel que probaba su inocencia. Ese recorte de papel nunca existió. Lo
inventaste y acabaste creyendo en él. Ahora recuerdas el momento en que lo
inventaste, ¿te acuerdas?
—
Sí.
—
Hace poco te puse ante los ojos los dedos de mi mano. Viste cinco dedos.
¿Recuerdas?
—
Sí.
O'Brien le enseñó los dedos de la mano
izquierda con el pulgar oculto.
—
Aquí hay cinco dedos. ¿Ves cinco dedos?
— Sí.
Y los vio durante un fugaz momento. Llegó a
ver cinco dedos, pero pronto volvió a ser todo normal y sintió de nuevo el antiguo
miedo, el odio y el desconcierto. Pero durante unos instantes — quizá no más de treinta segundos — había tenido una luminosa certidumbre y
todas las sugerencias de O'Brien habían venido a llenar un hueco de su cerebro
convirtiéndose en verdad absoluta. En esos instantes dos y dos podían haber
sido lo mismo tres que cinco, según se hubiera necesitado. Pero antes de que
O'Brien hubiera dejado caer la mano, ya se había desvanecido la ilusión. Sin
embargo, aunque no podía volver a experimentarla, recordaba aquello como se
recuerda una viva experiencia en algún período remoto de nuestra vida en que
hemos sido una persona distinta.
—
Ya has visto que es posible — le dijo
O'Brien.
—
Sí — dijo Winston.
O'Brien se levantó con aire satisfecho. A
su izquierda vio Winston que el hombre de la bata blanca preparaba una
inyección. O'Brien miró a Winston sonriente. Se ajustó las gafas como en los
buenos tiempos.
—
¿Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo fuera amigo o
enemigo, puesto que yo era por lo menos una persona que te comprendía y con
quien podías hablar? Tenías razón. Me gusta hablar contigo. Tu mentalidad atrae
a la mía. Se parece a la mía excepto en que está enferma. Antes de que acabemos
esta sesión puedes hacerme algunas preguntas si quieres.
—
¿La pregunta que quiera?
—
Sí. Cualquiera. — Vio que los ojos de
Winston se fijaban en la esfera graduada — : Ahora no funciona. ¿Cuál es tu
primera pregunta?
—
¿Qué habéis hecho con Julia? — dijo
Winston.
O'Brien volvió a sonreír.
— Te
traicionó, Winston. Inmediatamente y sin reservas. Pocas veces he visto a
alguien que se nos haya entregado tan pronto. Apenas la reconocerías si la
vieras. Toda su rebeldía, sus engaños, sus locuras, su suciedad mental... todo
eso ha desaparecido de ella como si lo hubiera quemado. Fue una conversión
perfecta, un caso para ponerlo en los libros de texto.
—
¿La habéis torturado?
O'Brien no contestó.
— A
ver, la pregunta siguiente.
—
¿Existe el Gran Hermano?
—
Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la encarnación del
Partido.
—
¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
—
Tú no existes — dijo O'Brien.
A Winston volvió a asaltarle una terrible
sensación de desamparo. Comprendía por qué le decían a él que no existía; pero
era un juego de palabras estúpido. ¿No era un gran absurdo la afirmación «tú no
existes»? Pero, ¿de qué servía rechazar esos argumentos disparatados?
—
Yo creo que existo — dijo con
cansancio. — Tengo plena conciencia de
mi propia identidad. He nacido y he de morir. Tengo brazos y piernas. Ocupo un
lugar concreto en el espacio. Ningún otro objeto sólido puede ocupar a la vez
el mismo punto. En este sentido, ¿existe el Gran Hermano?
—
Eso no tiene importancia. Existe.
—
Morirá el Gran Hermano?
—
Claro que no. ¿Cómo va a morir? A ver, la pregunta siguiente.
Existe la Hermandad?
—
Eso no lo sabrás nunca, Winston. Si decidimos libertarte cuando acabemos
contigo y si llegas a vivir noventa años, seguirás sin saber si la respuesta a
esa pregunta es sí o no. Mientras vivas, será eso para ti un enigma.
Winston yacía silencioso. Respiraba un poco
más rápidamente. Todavía no había hecho la pregunta que le preocupaba desde un
principio. Tenía que preguntarlo, pero su lengua se resistía a pronunciar las
palabras. O'Brien parecía divertido. Hasta sus gafas parecían brillar
irónicamente. Winston pensó de pronto: «Sabe perfectamente lo que le voy a
preguntan». Y entonces le fue fácil decir:
—
¿Qué hay en la habitación 101?
La expresión del rostro de O'Brien no
cambió. Respondió:
—
Sabes muy bien lo que hay en la habitación 101, Winston. Todo el mundo sabe lo
que hay en la habitación 101. — Levantó
un dedo hacia el hombre de la bata blanca. Evidentemente, la sesión había
terminado. Winston sintió en el brazo el pinchazo de una inyección. Casi
inmediatamente, se hundió en un profundo sueño.
III
—
Hay tres etapas en tu reintegración erijo O'Brien — ; primero aprender, luego
comprender y, por último, aceptar. Ahora tienes que entrar en la segunda etapa.
Como siempre, Winston estaba tendido de
espaldas, pero ya no lo ataban tan fuerte. Aunque seguía sujeto al lecho, podía
mover las rodillas un poco y volver la cabeza de uno a otro lado y levantar los
antebrazos. Además, ya no le causaba tanta tortura la palanca. Podía evitarse
el dolor con un poco de habilidad, porque ahora sólo lo castigaba O'Brien por
faltas de inteligencia. A veces pasaba una sesión entera sin que se moviera la
aguja del disco. No recordaba cuántas sesiones habían sido. Todo el proceso se
extendía por un tiempo largo, indefinido
— quizá varias semanas, — y los
intervalos entre las sesiones quizá fueran de varios días y otras veces sólo de
una o dos horas.
—
Mientras te hallas ahí tumbado — le
dijo O'Brien, — te has preguntado con
frecuencia, e incluso me lo has preguntado a mí, por qué el Ministerio del Amor
emplea tanto tiempo y trabajo en tu persona. Y cuando estabas en libertad te
preocupabas por lo mismo. Podías comprender el mecanismo de la sociedad en que
vivías, pero no los motivos subterráneos. ¿Recuerdas haber escrito en tu
Diario: «Comprendo el cómo; no comprendo el porqué»? Cuando pensabas en el
porqué es cuando dudabas de tu propia cordura. Has leído el libro de Goldstein, o partes de él por lo menos. ¿Te enseñó algo que ya
no supieras?
—
¿Lo has leído tú? dijo Winston.
—
Lo escribí. Es decir, colaboré en su redacción. Ya sabes que ningún libro se
escribe individualmente.
—
¿Es cierto lo que dice?
—
Como descripción, sí. Pero el programa que presenta es una tontería. La acumulación
secreta de conocimientos, la extensión paulatina de ilustración y, por último,
la rebelión proletaria y el aniquilamiento del Partido. Ya te figurabas que
esto es lo que encontrarías en el libro. Pura tontería. Los proletarios no se
sublevarán ni dentro de mil años ni de mil millones de años. No pueden. Es
inútil que te explique la razón por la que no pueden rebelarse; ya la conoces.
Si alguna vez te has permitido soñar en violentas sublevaciones, debes
renunciar a ello. El Partido no puede ser derribado por ningún procedimiento.
Las normas del Partido, su dominio es para siempre. Debes partir de ese punto
en todos tus pensamientos.
O'Brien se acercó más al lecho.
—
¡Para siempre! — repitió. — Y ahora
volvamos a la cuestión del cómo y el porqué. Entiendes perfectamente cómo se
mantiene en el poder el Partido. Ahora dime, ¿por qué nos aferramos al poder?
¿Cuál es nuestro motivo? ¿Por qué deseamos el poder? ¡Habla! — añadió al ver que Winston no le respondía.
Sin embargo, Winston siguió callado unos
instantes. Sentíase aplanado por una enorme sensación de cansancio. El rostro
de O'Brien había vuelto a animarse con su fanático entusiasmo. Sabía Winston de
antemano lo que iba a decirle O'Brien que el Partido no buscaba el poder por el
poder mismo, sino sólo para el bienestar de la mayoría. Que le interesaba tener
en las manos las riendas porque los hombres de la masa eran criaturas débiles y
cobardes que no podían soportar la libertad ni encararse con la verdad y debían
ser dominados y engañados sistemáticamente por otros hombres más fuertes que
ellos. Que la Humanidad sólo podía escoger entre la libertad y la felicidad, y
para la gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. Que el Partido
era el eterno guardián de los débiles, una secta dedicada a hacer el mal para
lograr el bien sacrificando su propia felicidad a la de los demás. Lo terrible,
pensó Winston, lo verdaderamente terrible era que cuando O'Brien le dijera
esto, se lo estaría creyendo. No había más que verle la cara. O'Brien lo sabía
todo. Sabía mil veces mejor que Winston cómo era en realidad el mundo, en qué
degradación vivía la masa humana y por medio de qué mentiras y atrocidades la
dominaba el Partido. Lo había entendido y pesado todo y, sin embargo, no
importaba: todo lo justificaba él por los fines. ¿Qué va uno a hacer, pensó
Winston, contra un loco que es más inteligente que uno, que le oye a uno
pacientemente y que sin embargo persiste en su locura?
—
Nos gobernáis por nuestro propio bien —
dijo débilmente. — Creéis que los seres
humanos no están capacitados para gobernarse, y en vista de ello...
Estuvo a punto de gritar. Una punzada de
dolor se le había clavado en el cuerpo. O'Brien había presionado la palanca y
la aguja de la esfera marcaba treinta y cinco.
—
Eso fue una estupidez, Winston; has dicho una tontería. Debías tener un poco
más de sensatez.
Volvió a soltar la palanca y prosiguió:
—
Ahora te diré la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido quiere
tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los
demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el lujo, ni la longevidad
ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro. Ahora comprenderás lo que
significa el poder puro. Somos diferentes de todas las oligarquías del pasado porque
sabemos lo que estamos haciendo. Todos los demás, incluso los que se parecían a
nosotros, eran cobardes o hipócritas. Los nazis alemanes y los comunistas rusos
se acercaban mucho a nosotros por sus métodos, pero nunca tuvieron el valor de
reconocer sus propios motivos. Pretendían, y quizá lo creían sinceramente, que
se habían apoderado de los mandos contra su voluntad y para un tiempo limitado
y que a la vuelta de la esquina, como quien dice, había un paraíso donde todos
los seres humanos serían libres e iguales. Nosotros no somos así. Sabemos que
nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un
medio, sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar
una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto
de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura sólo tiene
como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder.
¿Empiezas a entenderme?
A. Winston le asombraba el cansancio del
rostro de O'Brien. Era fuerte, carnoso y brutal, lleno de inteligencia y de una
especie de pasión controlada ante la cual sentíase uno desarmado; pero, desde
luego, estaba cansado. Tenía bolsones bajo los ojos y la piel floja en las
mejillas. O'Brien se inclinó sobre él para acercarle más la cara, para que
pudiera verla mejor.
—
Estás pensando — le dijo — que tengo la cara avejentada y cansada.
Piensas que estoy hablando del poder y que ni siquiera puedo evitar la
decrepitud de mi propio cuerpo.
¿No comprendes, Winston, que el individuo
es sólo una célula? El cansancio de la célula supone el vigor del organismo.
¿Acaso te mueres al cortarte las uñas?
Se apartó del lecho y empezó a pasear con
una mano en el bolsillo.
—
Somos los sacerdotes del poder — dijo.
— El poder es Dios. Pero ahora el poder
es sólo una palabra en lo que a ti respecta. Y ya es hora de que tengas una
idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder
es colectivo. El individuo sólo detenta poder en tanto deja de ser un
individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La libertad es la esclavitud».
¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? Sí, la esclavitud es la
libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es
libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir
irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero si el
hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad, si
es capaz de fundirse con el Partido de modo que él es el Partido, entonces será
todopoderoso e inmortal. Lo segundo de que tienes que darte cuenta es que el
poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre
el espíritu. El poder sobre la materia..., la realidad externa, como tú la llamarías...,
carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego,
absoluto.
Durante unos momentos olvidó Winston la
palanca. Hizo un violento esfuerzo para incorporarse y sólo consiguió causarse
dolor.
Pero, ¿cómo vais a controlar la materia? — exclamó sin poderse contener. — Ni siquiera conseguís controlar el clima y
la ley de la gravedad. Además, existen la enfermedad, el dolor, la muerte...
O'Brien le hizo callar con un movimiento de
la mano:
—
Controlamos la materia porque controlamos la mente. La realidad está dentro del
cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos
conseguir: la invisibilidad, la levitación... absolutamente todo. Si quisiera,
podría flotar ahora sobre el suelo como una pompa de jabón. No lo deseo porque
el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonónicas sobre las
leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la
Naturaleza.
—
¡No las dictáis! Ni siquiera sois los dueños de este planeta. ¿Qué me dices de
Eurasia y Asia Oriental? Todavía no las habéis conquistado.
—
Eso no tiene importancia. Las conquistaremos cuando nos convenga. Y si no las
conquistásemos nunca, ¿en qué puede influir eso? Podemos borrarlas de la
existencia. Oceanía es el mundo entero.
—
Es que el mismo mundo no es más que una pizca de polvo. Y el hombre es sólo una
insignificancia. ¿Cuánto tiempo lleva existiendo? La Tierra estuvo deshabitada
durante millones de años.
— ¡Qué
tontería! La Tierra tiene sólo nuestra edad. ¿Cómo va a ser más vieja? No
existe sino lo que admite la conciencia humana.
—
Pero las rocas están llenas de huesos de animales desaparecidos, mastodontes y
enormes reptiles que vivieron en la Tierra muchísimo antes de que apareciera el
primer hombre.
—
¿Has visto alguna vez esos huesos, Winston? Claro que no. Los inventaron los
biólogos del siglo XIX.
Nada hubo antes del
hombre. Y después del hombre, si éste desapareciera definitivamente de la
Tierra, nada habría tampoco. Fuera del hombre no hay nada.
—
Es que el universo entero está fuera de nosotros. ¡Piensa en las estrellas!
Puedes verlas cuando quieras. Algunas de ellas están a un millón de años-luz de
distancia. Jamás podremos alcanzarlas.
¿Qué son las estrellas? — dijo O'Brien con indiferencia. — Solamente unas bolas de fuego a unos
kilómetros de distancia. Podríamos llegar a ellas si quisiéramos o hacerlas
desaparecer, borrarlas de nuestra conciencia. La Tierra es el centro del
universo. El sol y las estrellas giran en torno a ella.
Winston hizo otro movimiento convulsivo. Esca vez no dijo nada. O'Brien prosiguió, como si contestara a una objeción
que le hubiera hecho Winston:
—
Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos por el océano o
cuando predecimos un eclipse, nos puede resultar conveniente dar por cierto que
la Tierra gira alrededor del sol y que las estrellas se encuentran a millones y
millones de kilómetros de nosotros. Pero, ¿qué importa eso? ¿Crees que está
fuera de nuestros medios un sistema dual de astronomía? Las estrellas pueden
estar cerca o lejos según las necesitemos. ¿Crees que ésa es tarea difícil para
nuestros matemáticos? ¿Has olvidado el doblepensar?
Winston se encogió en el lecho. Dijera lo
que dijese, le venía encima la veloz respuesta como un porrazo, y, sin embargo,
sabía — sabía — que llevaba
razón. Seguramente había alguna manera de demostrar que la creencia de que nada
existe fuera de nuestra mente es una absoluta falsedad. ¿No se había demostrado
hace ya mucho tiempo que era una teoría indefendible? Incluso había un nombre
para eso, aunque él lo había olvidado. Una fina sonrisa recorrió los labios de
O'Brien, que lo estaba mirando.
—
Te digo, Winston, que la metafísica no es tu fuerte. La palabra que tratas de
encontrar es solipsismo. Pero estás equivocado. En este caso no hay solipsismo.
En todo caso, habrá solipsismo colectivo, pero eso es muy diferente; es
precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una digresión — añadió con tono distino. — El verdadero poder, el poder por el que
tenemos que luchar día y noche, no es poder sobre las cosas, sino sobre los
hombres. — Después de una pausa, asumió
de nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor — :
Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
Winston pensó un poco y respondió:
—
Haciéndole sufrir.
—
Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo
vas á estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder
radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer
pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas
por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario,
exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron
los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo
de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El
progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas
civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se
funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la
rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo.
Ya estamos suprimiendo los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la
Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, un
hombre con otro y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su
hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños
se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la
gallina cuando los pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La
procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la
cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos
trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se
debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa,
excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni
literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad.
Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston,
siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente
y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la
sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de
cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano...
incesantemente.
Se calló, como si esperase a que Winston le
hablara. Pero éste se encogía más aún. No se le ocurría nada. Parecía helársele
el corazón. O'Brien prosiguió:
—
Recuerda que es para siempre. Siempre estará ahí la cara que ha de ser
pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a mano para
que puedan ser derrota dos y humillados una y otra vez. Todo lo que tú has
'sufrido desde que estás en nuestras manos, todo eso continuará sin cesar. El
espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las
desapariciones se producirán continuamente. Será un mundo de terror a la vez
que un mundo triunfal. Mientras más poderoso sea el Partido, menos tolerante
será. A una oposición más débil corresponderá un despotismo más implacable. Goldstein y sus herejías vivirán siempre. Cada día, a cada
momento, serán derrotados, desacreditados, ridiculizados, les escupiremos
encima, y, sin embargo, sobrevivirán siempre. Este drama que yo he representado
contigo durante siete años volverá a ponerse en escena una y otra vez,
generación tras generación, cada vez en forma más sutil. Siempre tendremos al
hereje a nuestro albedrío, chillando de dolor, destrozado, despreciable y, al
final, totalmente arrepentido, salvado de sus errores y arrastrándose a
nuestros pies por su propia voluntad. Ese es el mundo que estamos preparando,
Winston. Un mundo de victoria tras victoria, de triunfos sin fin, una presión
constante sobre el nervio del poder. Ya veo que empiezas a darte cuenta de cómo
será ese mundo. Pero acabarás haciendo más que comprenderlo. Lo aceptarás, lo
acogerás encantado, te convertirás en parte de él.
Winston había recobrado suficiente energía
para hablar:
—
¡No podréis conseguirlo! — dijo
débilmente.
— ¿Qué
has querido decir con esas palabras, Winston?
—
No podréis crear un mundo como el que has descrito. Eso es un sueño, un
imposible.
—
¿Por qué?
—
Es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No
perduraría.
—
¿Por qué no?
—
No tendría vitalidad. Se desintegraría, se suicidaría.
— No seas tonto. Estás bajo la impresión de
que el odio es más agotador que el amor. ¿Por qué va a serlo? Y si lo fuera,
¿qué diferencia habría? Supón que preferimos gastarnos más pronto. Supón que
aceleramos el tempo de la vida humana de modo que los hombres sean seniles a
los treinta años. ¿Qué importaría? ¿No comprendes que la muerte del individuo
no es la muerte? El Partido es inmortal.
Como de costumbre, la voz había vencido a
Winston. Además, temía éste que si persistía su desacuerdo con O'Brien, se
moviera de nuevo la aguja. Sin embargo, no podía estarse callado. Apagadamente,
sin argumentos, sin nada en que apoyarse excepto el inarticulado horror que le
producía lo que había dicho O'Brien, volvió al ataque.
—
No sé, no me importa. De un modo o de otro, fracasaréis. Algo os derrotará. La
vida os derrotará.
—
Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que
existe algo llamado la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y
se volverá contra nosotros. Pero no olvides que nosotros creamos la naturaleza
humana. Los hombres son infinitamente maleables. O quizás hayas vuelto a tu
antigua idea de que los proletarios o los esclavos se levantarán contra nosotros
y nos derribarán. Desecha esa idea. Están indefensos, como animales. La
Humanidad es el Partido. Los otros están fuera, son insignificantes.
—
No me importa. Al final, os vencerán. Antes o después os verán como sois, y
entonces os despedazarán.
— ¿Tienes
alguna prueba de que eso esté ocurriendo? ¿O quizás alguna razón de que pudiera
ocurrir?
—
No. Es lo que creo. Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo; no sé lo que es: algún espíritu, algún
principio contra lo que no podréis.
—
Acaso crees en Dios, Winston?
—
No.
—
Entonces, ¿qué principio es ese que ha de vencernos?
—
No sé. El espíritu del Hombre.
—
¿Y te consideras tú un hombre?
—
Sí.
—
Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último. Tu especie se ha
extinguido; nosotros somos los herederos. ¿Te das cuenta de que estás solo,
absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes. — Cambió de tono y de actitud y dijo con
dureza — : ¿Te consideras moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras
y nuestra crueldad?
—
Sí, me considero superior.
O'Brien guardó silencio. Pero en seguida
empezaron a hablar otras dos voces. Después de un momento, Winston reconoció
que una de ellas era la suya propia. Era una cinta magnetofónica de la
conversación que había sostenido con O'Brien la noche en que se había alistado
en la Hermandad. Se oyó a sí mismo prometiendo solemnemente mentir, robar,
falsificar, asesinar, fomentar el hábito de las drogas y la prostitución,
propagar las enfermedades venéreas y arrojar vitriolo a la cara de un niño.
O'Brien hizo un pequeño gesto de impaciencia, como dando a entender que la
demostración casi no merecía la pena. Luego hizo funcionar un resorte y las
voces se detuvieron.
—
Levántate de ahí dijo O'Brien.
Las ataduras se habían soltado por sí
mismas. Winston se puso en pie con gran dificultad.
—
Eres el último hombre — dijo O'Brien.
— Eres el guardián del espíritu humano.
Ahora te verás como realmente eres. Desnúdate.
Winston se soltó el pedazo de cuerda que le
sostenía el «mono». Había perdido hacía tiempo la cremallera. No podía recordar
si había llegado a desnudarse del todo desde que lo detuvieron. Debajo del
«mono» tenía unos andrajos amarillentos que apenas podían reconocerse como
restos de ropa interior. Al caérsele todo aquello al suelo, vio que había un
espejo de tres lunas en la pared del fondo. Se acercó a él y se detuvo en seco.
Se le había escapado un grito involuntario.
—
Anda — dijo O'Brien. — Colócate entre las tres lunas. Así te verás
también de lado.
Winston estaba aterrado. Una especie de
esqueleto muy encorvado y de un color grisáceo andaba hacia él. La imagen era
horrible. Se acercó más al espejo. La cabeza de aquella criatura tan extraña
aparecía deformada, ya que avanzaba con el cuerpo casi doblado. Era una cabeza
de presidiario con una frente abultada y un cráneo totalmente calvo, una nariz
retorcida y los pómulos magullados, con unos ojos feroces y alertas. Las
mejillas tenían varios costurones. Desde luego, era la cara de Winston, pero a
éste le pareció que había cambiado aún más por fuera que por dentro. Se había
vuelto casi calvo y en un principio creyó que tenía el pelo cano, pero era que
el color de su cuero cabelludo estaba gris. El cuerpo entero, excepto las manos
y la cara, se había vuelto gris como si lo cubriera una vieja capa de polvo.
Aquí y allá, bajo la suciedad, aparecían las cicatrices rojas de las heridas, y
cerca del tobillo sus varices formaban una masa inflamada de, la que se
desprendían escamas de piel. Pero lo verdaderamente espantoso era su delgadez.
La cavidad de sus costillas era tan estrecha como la de un esqueleto. Las
piernas se le habían encogido de tal manera que las rodillas eran más gruesas
que los muslos. Esto le hizo comprender por qué O'Brien le había dicho que se
viera de lado. La curvatura de la espina dorsal era asombrosa. Los delgados
hombros avanzaban formando un gran hueco en el pecho y el cuello se doblaba
bajo el peso del cráneo. De no haber sabido que era su propio cuerpo, habría
dicho Winston que se trataba de un hombre de más de sesenta años aquejado de
alguna terrible enfermedad.
—
Has pensado a veces elijo O’Brien — que
mi cara, la cara de un miembro del Partido Interior, está avejentada y revela
un gran cansancio. ¿Qué piensas contemplando la tuya?
Cogió a Winston por los hombros y le hizo
dar la vuelta hasta tenerlo de frente.
—
¡Fíjate en qué estado te encuentras! —
dijo. — Mira la suciedad que cubre tu
cuerpo. ¿Sabes que hueles como un macho cabrío? Es probable que ya no lo notes.
Fíjate en tu horrible delgadez. ¿Ves? Te rodeo el brazo con el pulgar y el
índice. Y podría doblarte el cuello como una remolacha. ¿Sabes que has perdido
veinticinco kilos desde que estás en nuestras manos? Hasta el pelo se te cae a
puñados. ¡Mira! — le arrancó un mechón
dé pelo. — Abre la boca. Te quedan
nueve, diez, once dientes. ¿Cuántos tenías cuando te detuvimos? Y los pocos que
te quedan se te están cayendo. ¡¡Mira!!
Agarró uno de los dientes de abajo que le
quedaban a Winston. Éste sintió un dolor agudísimo que le corrió por toda la
mandíbula. O'Brien se lo había arrancado de cuajo, tirándolo luego al suelo.
Te estás pudriendo, Winston. Te estás
desmoronando. ¿Qué eres ahora? Una bolsa llena de porquería. Mírate otra vez en
el espejo. ¿Ves eso que tienes enfrente? Es el último hombre. Si eres humano,
ésa es la Humanidad.. Anda, vístete otra vez.
Winston empezó a vestirse con movimientos
lentos y rígidos. Hasta ahora no había notado lo débil que estaba. Sólo un
pensamiento le ocupaba la mente: que debía de llevar en aquel sitio más tiempo
de lo que se figuraba. Entonces, al mirar los miserables andrajos que se habían
caído en torno suyo, sintió una enorme piedad por su pobre cuerpo. Antes de
saber lo que estaba haciendo, se había sentado en un taburete junto al lecho y
había roto a llorar. Se daba plena cuenta de su terrible fealdad, de su
inutilidad, de que era un montón de huesos envueltos en trapos sucios que
lloraba iluminado por una deslumbrante luz blanca. Pero no podía contenerse.
O'Brien le puso una mano en el hombro casi con amabilidad.
—
Esto no durará siempre — le dijo.
— Puedes evitarte todo esto en cuanto
quieras. Todo depende de ti.
—
¡Tú tienes la culpa! — sollozó Winston.
— Tú me convertiste en este guiñapo. .
—
No, Winston, has sido tú mismo. Lo aceptaste cuando te pusiste contra el
Partido. Todo ello estaba ya contenido en aquel primer acto de rebeldía. Nada
ha ocurrido que tú no hubieras previsto.
Después de una pausa, prosiguió:
Te hemos pegado, Winston; te hemos
destrozado. Ya has visto cómo está tu cuerpo. Pues bien, tu espíritu está en el
mismo estado. Has sido golpeado e insultado, has gritado de dolor, te has
arrastrado por el suelo en tu propia sangre, y en tus vómitos has gemido
pidiendo misericordia, has traicionado a todos. ¿Crees que hay alguna degradación
en que no hayas caído?
Winston dejó de llorar, aunque seguía
teniendo los ojos llenos de lágrimas. Miró a O'Brien.
—
No he traicionado a Julia — dijo.
O'Brien lo miró pensativo.
—
No, no. Eso es cierto. No has traicionado a Julia.
El corazón de Winston volvió a llenarse de
aquella adoración por O'Brien que nada parecía capaz de destruir. «¡Qué
inteligente — pensó, — qué inteligente es este hombre!» Nunca dejaba
O'Brien de comprender lo que se le decía. Cualquiera otra persona habría
contestado que había traicionado a Julia. ¿No se lo habían sacado todo bajo
tortura? Les había contado absolutamente todo lo que sabía de ella: su
carácter, sus costumbres, su vida pasada; había confesado, dando los más
pequeños detalles, todo lo que había ocurrido entre ellos, todo lo que él había
dicho a ella y ella a él, sus comidas, alimentos comprados en el mercado negro,
sus relaciones sexuales, sus vagas conspiraciones contra el Partido... y, sin
embargo, en el sentido que él le daba a la palabra traicionar, no la había
traicionado. Es decir, no había dejado de amarla. Sus sentimientos hacia ella
seguían siendo los mismos. O'Brien había entendido lo que él quería decir sin
necesidad de explicárselo.
—
Dime — murmuró Winston, — ¿cuándo me matarán?
— A
lo mejor, tardan aún mucho tiempo —
respondió O'Brien. — Eres un caso
difícil. Pero no pierdas la esperanza. Todos se curan antes o después. Al
final, te mataremos.
IV
Sentíase mucho mejor. Había engordado y
cada día estaba más fuerte. Aunque hablar de días no era muy exacto.
La luz
blanca y el zumbido seguían como siempre, pero la nueva celda era un poco más
confortable que las demás en que había estado. La cama tenía una almohada y un
colchón y había también un taburete. Lo habían bañado, permitiéndole lavarse
con bastante frecuencia en un barreño de hojalata. Incluso le proporcionaron
agua caliente. Tenía ropa interior nueva y un nuevo «mono». Le curaron las
várices vendándoselas adecuadamente. Le arrancaron el resto de los dientes y le
pusieron una dentadura postiza.
Debían de haber pasado varias semanas e
incluso meses. Ahora le habría sido posible medir el tiempo si le hubiera
interesado, pues lo alimentaban a intervalos regulares. Calculó que le llevaban
tres comidas cada veinticuatro horas, aunque no estaba seguro si se las
llevaban de día o de noche. El alimento era muy bueno, con carne cada tres
comidas. Una vez le dieron también un paquete de cigarrillos. No tenía
cerillas, pero el guardia que le llevaba la comida, y que nunca le hablaba, le
daba fuego. La primera vez que intentó fumar, se mareó, pero perseveró,
alargando el paquete mucho tiempo. Fumaba medio cigarrillo después de cada
comida.
Le dejaron una pizarra con un pizarrín
atado a un pico. Al principio no lo usó. Se hallaba en un continuo estado de
atontamiento. Con frecuencia se tendía desde una comida hasta la siguiente sin
moverse, durmiendo a ratos y a ratos pensando confusamente. Se había
acostumbrado a dormir con una luz muy fuerte sobre el rostro. La única
diferencia que notaba con ello era que sus sueños tenían así más coherencia.
Soñaba mucho y a veces tenía ensueños felices. Se veía en el País Dorado o
sentado entre enormes, soleadas y gloriosas ruinas con su madre, con Julia o
con O'Brien, sin hacer nada, sólo tomando el sol y hablando de temas pacíficos.
Al despertarse, pensaba mucho tiempo sobre lo que había soñado. Había perdido
la facultad de esforzarse intelectualmente al desaparecer el estímulo del
dolor. No se sentía aburrido ni deseaba conversar ni distraerse por otro medio.
Sólo quería estar aislado, que no le pegaran ni lo interrogaran, tener bastante
comida y estar limpio.
Gradualmente empezó a dormir menos, pero
seguía sin desear levantarse de la cama. Su mayor afán era yacer en calma y
sentir cómo se concentraba más energía en su cuerpo. Se tocaba continuamente el
cuerpo para asegurarse de que no era una ilusión suya el que sus músculos se
iban redondeando y su piel fortaleciendo. Por último, vio con alegría que sus
muslos eran mucho más gruesos que sus rodillas. Después de esto, aunque sin
muchas ganas al principio, empezó a hacer algún ejercicio con regularidad.
Andaba hasta tres kilómetros seguidos; los medía por los pasos que daba en
torno a la celda. La espalda se le iba enderezando. Intentó realizar ejercicios
más complicados, y se asombró, humillado, de la cantidad asombrosa de cosas que
no podía hacer. No podía coger el taburete estirando el brazo ni sostenerse en
una sola pierna sin caerse. Intentó ponerse en cuclillas, pero sintió unos
dolores terribles en los muslos y en las pantorrillas. Se tendió de cara al
suelo e intentó levantar el peso del cuerpo con las manos. Fue inútil; no podía
elevarse ni un centímetro. Pero después de unos días más — otras cuantas comidas — incluso eso llegó a realizarlo. Lo hizo
hasta seis veces seguidas. Empezó a enorgullecerse de su cuerpo y a albergar la
intermitente ilusión de que también su cara se le iba normalizando. Pero cuando
casualmente se llevaba la mano a su cráneo calvo, recordaba el rostro cruzado
de cicatrices y deformado que había visto aquel día en el espejo. Se le fue
activando el espíritu. Sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared y
la pizarra sobre las rodillas, se dedicó con aplicación a la tarea de
reeducarse.
Había capitulado, eso era ya seguro. En
realidad — lo comprendía ahora — había estado expuesto a capitular mucho
antes de tomar esa decisión. Desde que le llevaron al Ministerio del Amor — e incluso durante aquellos minutos en que
Julia y él se habían encontrado indefensos espalda contra espalda mientras la voz de hierro de la telepantalla les ordenaba
lo que tenían que hacer — se dio plena
cuenta de la superficialidad y frivolidad de su intento de enfrentarse con el
Partido. Sabía ahora que durante siete años lo había vigilado la Policía del
Pensamiento como si fuera un insecto cuyos movimientos se estudian bajo una
lupa. Todos sus actos físicos, todas sus palabras e incluso sus actitudes
mentales habían sido registradas o deducidas por el Partido. Incluso la motita
de polvo blanquecino que Winston había dejado sobre la tapa de su diario la
habían vuelto a colocar cuidadosamente en su sitio. Durante los interrogatorios
le hicieron oír cintas magnetofónicas y le mostraron fotografías. Algunas de
éstas recogían momentos en que Julia y él habían estado juntos. Sí, incluso... Ya no podía seguir luchando contra
el Partido. Además, el Partido tenía razón. ¿Cómo iba a equivocarse el cerebro
inmortal y colectivo? ¿Con qué normas externas podían comprobarse sus juicios?
La cordura era cuestión de estadística. Sólo había que aprender a pensar como
ellos pensaban. ¡¡Claro que...!
El pizarrín se le
hacía extraño entre sus dedos entorpecidos. Empezó a escribir los pensamientos
que le acudían. Primero escribió con grandes mayúsculas:
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
Luego, casi sin
detenerse, escribió debajo:
DOS Y DOS SON CINCO
Pero luego sintió
cierta dificultad para concentrarse. No recordaba lo que venía después, aunque
estaba seguro de saberlo. Cuando por fin se acordó de ello, fue sólo por un
razonamiento. No fue espontáneo. Escribió:
EL PODER ES DIOS
Lo aceptaba todo.
El pasado podía ser alterado. El pasado nunca había sido alterado. Oceanía
estaba en guerra con Asia Oriental. Oceanía había estado siempre en guerra con Asia
Oriental. Jones, Aaronson y Rutherford eran culpables de los
crímenes de que se les acusó. Nunca había visto la fotografía que probaba su
inocencia. Esta foto no había existido nunca, la había inventado él. Recordó
haber pensado lo contrario, pero estos eran falsos recuerdos, productos de un
autoengaño. ¡Qué fácil era todo! Rendirse, y lo demás venía por sí solo. Era
como andar contra una corriente que le echaba a uno hacia atrás por mucho que
luchara contra ella, y luego, de pronto, se decidiera uno a volverse y nadar a
favor de la corriente. Nada habría cambiado sino la propia actitud. Apenas
sabía Winston por qué se había revelado. ¡Todo era tan fácil, excepto...!
Todo podía ser
verdad. Las llamadas leyes de la Naturaleza eran tonterías. La ley de la
gravedad era una imbecilidad. «Si yo quisiera
— había dicho O'Brien, — podría
flotar sobre este suelo como una pompa de jabón.» Winston desarrolló esta idea:
«Si él cree que está flotando sobre el suelo y yo simultáneamente creo que
estoy viéndolo flotar, ocurre efectivamente». De repente, como un madero de un
naufragio que se suelta y emerge en la superficie, le acudió este pensamiento:
«No ocurre en realidad. Lo imaginamos. Es una alucinación». Aplastó en el acto
este pensamiento levantisco. Su error era evidente porque presuponía que en
algún sitio existía un mundo real donde ocurrían cosas reales. ¿Cómo podía
existir un mundo semejante? ¿Qué conocimiento tenemos de nada si no es a través
de nuestro propio espíritu? Todo ocurre en la mente y sólo lo que allí sucede
tiene una realidad.
No tuvo
dificultad para eliminar estos engañosos pensamientos; no se vio en verdadero
peligro de sucumbir a ellos. Sin embargo, pensó que nunca debían habérsele
ocurrido. Su cerebro debía lanzar una mancha que tapara cualquier pensamiento
peligroso al menor intento de asomarse a la conciencia. Este proceso había de
ser automático, instintivo. En neolengua se le llamaba paracrimen. Era el freno de cualquier acto
delictivo.
Se entrenó en el
paracrimen. Se planteaba proposiciones como éstas:
«El Partido dice que la tierra no es redonda», y se ejercitaba en no entender
los argumentos que contradecían a esta proposición. No era fácil. Había que
tener una gran facultad para improvisar y razonar. Por ejemplo, los problemas
aritméticos derivados de la afirmación dos y dos son cinco requerían una
preparación intelectual de la que él carecía. Además para ello se necesitaba
una mentalidad atlética, por decirlo así. La habilidad de emplear la lógica en
un determinado momento y en el siguiente desconocer los más burdos errores
lógicos. Era tan precisa la estupidez como la inteligencia y tan difícil de
conseguir.
Durante todo este tiempo, no dejaba de
preguntarse con un rincón de su cerebro cuánto tardarían en matarlo. «Todo
depende de tí>, le había dicho O'Brien, pero Winston sabía muy bien que no
podía abreviar ese plazo con ningún acto consciente. Podría tardar diez minutos
o diez años. Podían tenerlo muchos años aislado, mandarlo a un campo de
trabajos forzados o soltarlo durante algún tiempo, como solían hacer. Era
perfectamente posible que antes de matarlo le hicieran representar de nuevo
todo el drama de su detención, interrogatorios, etc. Lo cierto era que la
muerte nunca llegaba en un momento esperado. La tradición — no la tradición oral, sino un conocimiento
difuso que le hacía a uno estar seguro de ello aunque no lo hubiera oído nunca
era que le mataban a uno por detrás de un tiro en la nuca. Un tiro que llegaba
sin aviso cuando le llevaban a uno de celda en celda por un pasillo.
Un día cayó en una ensoñación extraña. Se
veía a sí mismo andando por un corredor en espera del disparo. Sabía que
dispararían de un momento a otro. Todo estaba ya arreglado, se había
reconciliado plenamente con el Partido. No más dudas ni más discusiones; no más
dolor ni miedo. Tenía el cuerpo saludable y fuerte. Andaba con gusto, contento
de moverse él solo. Ya no iba por los estrechos y largos pasillos del
Ministerio del Amor, sino por un pasadizo de enorme anchura iluminado por el
sol, un corredor de un kilómetro de anchura por, el cual había transitado ya en
aquel delirio que le produjeron las drogas. Se hallaba en el País Dorado
siguiendo unas huellas en los pastos roídos por los conejos. Sentía el muelle
césped bajo sus pies y la dulce tibieza del sol. Al borde del campo había unos
olmos cuyas hojas se movían levemente y algo más allá corría el arroyo bajo los
sauces.
De pronto se despertó horrorizado. Le
sudaba todo el cuerpo. Se había oído a sí mismo gritando:
—
¡Julia! ¡Julia! !Julia! ¡Amor mío! Julia.
Durante un momento había tenido una
impresionante alucinación de su presencia. No sólo parecía que Julia estaba con
él, sino dentro de él. Era como si la joven tuviera su misma piel. En aquel
momento la había querido más que nunca. Además, sabía que se encontraba viva y
necesitaba de su ayuda.
Se tumbó en la cama y trató de
tranquilizarse. ¿Qué había hecho? ¿Cuántos años de servidumbre se había echado
encima por aquel momento de debilidad?
Al cabo de unos instantes oiría los pasos
de las botas. Era imposible que dejaran sin castigar aquel estallido. Ahora
sabrían, si no lo sabían ya antes, que él había roto el convenio tácito que
tenía con ellos. Obedecía al Partido, pero seguía odiándolo. Antes ocultaba un
espíritu herético bajo una apariencia conformista. Ahora había retrocedido otro
paso: en su espíritu se había rendido, pero con la esperanza de mantener
inviolable lo esencial de su corazón, Winston sabía que estaba equivocado, pero
prefería que su error hubiera salido a la superficie de un modo tan evidente.
O'Brien lo comprendería. Aquellas estúpidas exclamaciones habían sido una
excelente confesión.
Tendría que empezar de nuevo. Aquello iba a
durar años y años. Se pasó una mano por la cara procurando familiarizarse con
su nueva forma. Tenía profundas arrugas en las mejillas, los pómulos angulosos
y la nariz aplastada. Además, desde la última vez en que se vio en el espejo
tenía una dentadura postiza completa. No era fácil conservar la
inescrutabilidad cuando no se sabía la cara que tenía uno. En todo caso no
bastaba el control de las facciones. Por primera vez se dio cuenta de que la
mejor manera de ocultar un secreto es ante todo ocultárselo a uno mismo. De
entonces en adelante no sólo debía pensar rectamente, sino sentir y hasta soñar
con rectitud, y todo el tiempo debería encerrar su odio en su interior como una
especie de pelota que formaba parte de sí mismo y que sin embargo estuviera
desconectada del resto de su persona; algo así como un quiste.
Algún día decidirían matarlo. Era imposible
saber cuándo ocurriría, pero unos segundos antes podría adivinarse. Siempre lo
mataban a uno por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le bastarían
diez segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara
en los pasos que aún diera, sin alterar el gesto... podría tirar el camuflaje,
y ¡bang!, soltar las baterías de su odio. Sí, en esos segundos anteriores a su
muerte, todo su ser se convertiría en una enorme llamarada de odio. Y casi en
el mismo instante ¡bang!, llegaría la bala, demasiado tarde, o quizá demasiado
pronto. Le habrían destrozado el cerebro antes de que pudieran considerarlo de
ellos. El pensamiento herético quedaría impune. No se habría arrepentido,
quedaría para siempre fuera del alcance de esa gente. Con el tiro habrían
abierto un agujero en esa perfección de que se vanagloriaban. Morir odiándolos,
ésa era la libertad.
Cerró los ojos. Su nueva tarea era más
difícil que cualquier disciplina intelectual. Tenía primero que degradarse, que
mutilarse. Tenía que hundirse en lo más sucio. ¿Qué era lo más horrible, lo que
a él le causaba más repugnancia del Partido? Pensó en el Gran Hermano. Su
enorme rostro (por verlo constantemente en los carteles de propaganda se lo
imaginaba siempre de un metro de anchura), con sus enormes bigotes negros y los ojos que le seguían a uno a todas partes, era la
imagen que primero se presentaba a su mente. ¿Cuáles eran sus verdaderos
sentimientos hacia el Gran Hermano?
En el pasillo sonaron las pesadas botas. La
puerta de acero se abrió con estrépito. O’Brien entró en la celda. Detrás de él
venían el oficial de cara de cera y los guardias de negros uniformes.
—
Levántate elijo O’Brien. — Ven aquí.
Winston se acercó a él. O'Brien lo cogió
por los hombros con sus enormes manazas y lo miró
fijamente:
—
Has pensado engañarme — le dijo. — Ha sido una tontería por tu parte. Ponte más
derecho y mírame a la cara. Después de unos minutos de silencio, prosiguió en
tono más suave:
—
Estás mejorando. Intelectualmente estás ya casi bien del todo. Sólo fallas en
lo emocional. Dime, Winston, y recuerda que no puedes mentirme; sabes muy bien
que descubro todas tus mentiras. Dime: ¿cuáles son los verdaderos sentimientos
que te inspira el Gran Hermano?
—
Lo odio.
—
¿Lo odias? Bien. Entonces ha llegado el momento de aplicarte el último medio.
Tienes que amar al Gran Hermano. No basta que le obedezcas; tienes que amarlo.
Empujó delicadamente a Winston hacia los
guardias.
—
Habitación 101 — dijo.
V
En cada etapa de su
encarcelamiento había sabido Winston —
o creyó saber — hacia dónde se hallaba,
aproximadamente, en el enorme edificio sin ventanas. Probablemente, había
pequeñas diferencias en la presión del aire. Las celdas donde los guardias lo
habían golpeado estaban bajo el nivel del suelo. La habitación donde O'Brien lo
había interrogado estaba cerca del techo. Este lugar de ahora estaba a muchos
metros bajo tierra. Lo más profundo a que se podía llegar.
Era mayor que
casi todas las celdas donde había estado. Pero Winston no se fijó más que en
dos mesitas ante él, cada una de ellas cubierta con gamuza verde. Una de ellas
estaba sólo a un metro o dos de él
y la otra más lejos, cerca de la puerta. Winston había sido atado a una silla
tan fuerte que no se podía mover en absoluto, ni siquiera podía mover la cabeza
que le tenía sujeta por detrás una especie de almohadilla obligándole a mirar
de frente.
Se quedó sólo un
momento. Luego se abrió la puerta y entró O'Brien.
— Me preguntaste una vez qué había en la
habitación 101. Te dije que ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la
habitación 101 es lo peor del mundo.
La puerta volvió
a abrirse. Entró un guardia que llevaba algo, un objeto hecho de alambres, algo
así como una caja o una cesta. La colocó sobre la mesa próxima a la puerta: a
causa de la posición de O'Brien, no podía Winston ver lo que era aquello.
— Lo peor del mundo — continuó O'Brien —
varía de individuo a individuo. Puede ser que le entierren vivo o morir
quemado, o ahogado o de muchas otras maneras. A, veces se trata de una cosa sin
importancia, que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor
del mundo.
Se había apartado
un poco de modo que Winston pudo ver mejor lo que había en la mesa. Era una
jaula alargada con un asa arriba para
llevarla. En la parte delantera había
algo que parecía una careta de esgrima con la parte cóncava hacia afuera.
Aunque estaba a tres o cuatro metros de él pudo ver que la jaula se dividía a
lo largo en dos departamentos y que algo se movía dentro de cada uno de ellos.
Eran ratas.
— En tu caso
— dijo O'Brien, — lo peor del
mundo son las ratas.
Winston, en
cuanto entrevió al principio la jaula, sintió un temblor premonitorio, un miedo
a no sabía qué. Pero ahora, al comprender para qué servía aquella careta de
alambre, parecían deshacérsele los intestinos.
— No puedes hacer eso! — gritó con voz descompuesta. — ¡Es imposible! ¡No puedes
hacerme eso!
Recuerdas — dijo O'Brien — el momento de pánico que surgía repetidas veces en tus sueños?
Había frente a ti un muro de negrura y en los oídos te vibraba un fuerte
zumbido. Al otro lado del muro había algo terrible.
Sabías que sabías lo que era, pero no te atrevías a sacarlo a tu conciencia.
Pues bien, lo que había al otro lado del muro eran ratas.
— ¡O'Brien! dijo Winston, haciendo un
esfuerzo para controlar su voz. — Sabes
muy bien que esto no es necesario. ¿Qué quieres que diga?
O'Brien no
contestó directamente. Había hablado con su característico estilo de maestro de
escuela. Miró pensativo al vacío, como si estuviera dirigiéndose a un público
que se encontraba detrás de Winston.
— El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en
que un ser humano es capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la
muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable
que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía. Si te
estás cayendo desde una gran altura, no es cobardía que te agarres a una cuerda
que encuentres a tu caída. Si subes a la superficie desde el fondo de un río,
no es cobardía llenar de aire los pulmones. Es sólo un instinto que no puede
ser desobedecido. Lo mismo te ocurre ahora con las ratas. Para ti son lo más
intolerable del mundo, constituyen una presión que no puedes resistir aunque te
esfuerces en ello. Por eso las ratas te harán hacer lo que se te pide.
—
Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo puedo hacerlo si no sé lo que es?
O'Brien levantó la jaula y la puso en la
mesa más próxima a Winston, colocándola cuidadosamente sobre la gamuza. Winston
podía oírse la sangre zumbándole en los oídos. Se sentía más abandonado que
nunca. Estaba en medio de una gran llanura solitaria, un inmenso desierto
quemado por el sol y le llegaban todos los sonidos desde distancias
inconmensurables. Sin embargo, la jaula de las ratas estaba sólo a dos metros
de él. Eran ratas enormes. Tenían esa edad en que el hocico de las ratas se
vuelve hiriente y feroz y su piel es parda en vez de gris.
—
La rata — dijo O'Brien, que seguía
dirigiéndose a su público invisible, — a pesar de ser un roedor, es carnívora. Tú lo sabes. Habrás oído
lo que suele ocurrir en los barrios pobres de nuestra ciudad. En algunas
calles, las mujeres no se atreven a dejar a sus niños solos en las casas ni
siquiera cinco minutos. Las ratas los atacan, y bastaría muy poco tiempo para
que sólo quedaran de ellos los huesos. También atacan a los enfermos y a los
moribundos. Demuestran poseer una asombrosa inteligencia para conocer cuándo
está indefenso un ser humano.
Las ratas chillaban en su jaula. Winston
las oía como desde una gran distancia. Las ratas luchaban entre ellas; querían
alcanzarse a través de la división de alambre. Oyó también un profundo y
desesperado gemido. Ese gemido era suyo.
O’Brien levantó la jaula y, al hacerlo,
apretó algo sobre ella. Era un resorte. Winston hizo un frenético esfuerzo por
desligarse de la silla. Era inútil: todas las partes de su cuerpo, incluso su
cabeza, estaban inmovilizadas perfectamente. O'Brien le acercó más la jaula. La
tenía Winston a menos de un metro de su cara.
—
He apretado el primer resorte — dijo
O'Brien. — Supongo que comprenderás
cómo está construida esta jaula. La careta se adaptará a tu cabeza, sin dejar
salida alguna. Cuando yo apriete el otro resorte, se levantará el cierre de la
jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarán contra ti como balas. ¿Has
visto alguna vez cómo se lanza una rata por el aire? Así te saltarán a la cara.
A veces atacan primero a los ojos. Otras veces se abren paso a través de las
mejillas y devoran la lengua.
La jaula se acercaba; estaba ya junto a él.
Winston oyó una serie de chillidos que parecían venir de encima de su cabeza.
Luchó furiosamente contra su propio pánico. Pensar, pensar, aunque sólo fuera
medio segundo..., pensar era la única esperanza. De pronto, el asqueroso olor
de las ratas le 3io en el olfato como si hubiera recibido un tremendo golpe.
Sintió violentas náuseas y casi perdió el conocimiento. Todo lo veía negro.
Durante unos instantes se convirtió en un loco, en un animal que chillaba
desesperadamente. Sin embargo, de esas tinieblas fue naciendo una idea. Sólo
había una manera de salvarse. Debía interponer a otro ser humano, el cuero de
otro ser humano entre las ratas y él.
El círculo que ajustaba la careta era lo
bastante ancho para taparle la visión de todo lo que no fuera la puertecita de
alambre situada a dos palmos de su cara. Las ratas sabían lo que iba a pasar
ahora. Una de ellas saltaba alocada, mientras que la otra, mucho más vieja, se
apoyaba con sus patas rosadas y husmeaba con ferocidad. Winston veía sus
patillas y sus dientes amarillos. Otra vez se apoderó de él un negro pánico.
Estaba ciego, desesperado, con el cerebro vacío.
—
Era un castigo muy corriente en la China imperial dijo O'Brien, tan didáctico
como siempre.
La careta le apretaba la cara. El alambre
le arañaba las mejillas. Luego..., no, no fue alivio, sino sólo esperanza, un
diminuto fragmento de esperanza. Demasiado tarde, quizás fuese ya demasiado
tarde. Pero había comprendido de pronto que en todo el mundo sólo había una
persona a la que pudiese transferir su castigo, un cuerpo que podía arrojar
entre las ratas y él. Y empezó a gritar una y otra vez, frenéticamente:
—
¡Házselo a Julia! ¡Házselo a Julia! ¡A mí, no! ¡A Julia! No me importa lo que
le hagas a ella. Desgárrale la cara, descoyúntale los huesos. ¡Pero a mí, no!
¡A Julia! ¡A mí, no!
Caía hacia atrás hundiéndose en enormes
abismos, alejándose de las ratas a vertiginosa velocidad. Estaba todavía atado
a la silla, pero había pasado a través del suelo, de los muros del edificio, de
la tierra, de los océanos, e iba lanzado por la atmósfera en los espacios
interestelares, alejándose sin cesar de las ratas... Se encontraba ya a muchos
años-luz de distancia, pero O'Brien estaba aún a su lado. Todavía le apretaba
el alambre en las mejillas. Pero en la oscuridad que lo envolvía oyó otro
chasquido metálico y sabía que el primer resorte había vuelto a funcionar y la
jaula no había llegado a abrirse.
VI
El Nogal estaba casi vacío. Un rayo de sol
entraba por una ventana y caía, amarillento, sobre las polvorientas mesas. Era
la solitaria hora de las quince. Las telepantallas emitían una musiquilla
ligera.
Winston, sentado en su rincón de costumbre,
contemplaba un vaso vacío. De vez en cuando levantaba la mirada a la cara que
le miraba fijamente desde la pared de enfrente. EL GRAN HERMANO TE VIGILA,
decía el letrero. Sin que se lo pidiera, un camarero se acercó a llenarle el
vaso con ginebra de la Victoria, echándole también unas cuantas gotas de otra
botella que tenía un tubito atravesándole el tapón. Era sacarina aromatizada
con clavo, la especialidad de la casa.
Winston escuchaba la telepantalla. Sólo
emitía música, pero había la posibilidad de que de un momento a otro diera su
comunicado el Ministerio de la Paz. Las noticias del frente africano eran muy
intranquilizadoras. Winston había estado muy preocupado todo el día por esto.
Un ejército eurasiático (Oceanía estaba en perra con Eurasia; Oceanía había
estado siempre en guerra con Eurasia) avanzaba hacia el sur con aterradora
velocidad. El comunicado de mediodía no se había referido a. ninguna zona
concreta, pero probablemente a aquellas horas se lucharía ya en la
desembocadura del Congo. Brazzaville y Leopoldville estaban en
peligro. No había que mirar ningún mapa para saber lo que esto significaba. No
era sólo cuestión de perder el África central. Por primera vez en la guerra, el
territorio de Oceanía se veía amenazado.
Una violenta emoción, no exactamente miedo,
sino una especie de excitación indiferenciada, se apoderó de él, para luego
desaparecer. Dejó de pensar en la guerra. En aquellos días no podía fijar el
pensamiento en ningún tema más que unos momentos. Se bebió el vaso de un golpe.
Como siempre, le hizo estremecerse e incluso sentir algunas arcadas.
El líquido era horrible. El clavo y la
sacarina, ya de por sí repugnantes, no podían suprimir el aceitoso sabor de la
ginebra, y lo peor de todo era que el olor de la ginebra, que le acompañaba día
y noche, iba inseparablemente unido en su mente con el olor de aquellas…
Nunca las nombraba, ni siquiera en sus más
recónditos pensamientos. Era algo de que Winston tenía una confusa conciencia,
un olor que llevaba siempre pegado a la nariz. La ginebra le hizo eructar.
Había engordado desde que lo soltaron, recobrando su antiguo buen color, que
incluso se le había intensificado. Tenía las facciones más bastas, la piel de
la nariz y de los pómulos era rojiza y rasposa, e incluso su calva tenía un
tono demasiado colorado. Un camarero, también sin que él se lo hubiera pedido,
le trajo el tablero de ajedrez y el número del Times correspondiente a aquel
día, doblado de manera que estuviese a la vista el problema de ajedrez. Luego,
viendo que el vaso de Winston estaba vacío, le trajo la botella de ginebra y lo
llenó. No había que pedir nada. Los camareros conocían las costumbres de
Winston. El tablero de ajedrez le esperaba siempre, y siempre le reservaban la
mesa del rincón. Aunque el café estuviera lleno, tenía aquella mesa libre, pues
nadie quería que lo vieran sentado demasiado cerca de él. Nunca se preocupaba
de contar sus bebidas. A intervalos irregulares le presentaban un papel sucio
que le decían era la cuenta, pero Winston tenía la impresión de que siempre le
cobraban más de lo debido. No le importaba. Ahora siempre le sobraba dinero. Le
habían dado un cargo, una ganga donde cobraba mucho más que en su antigua
colocación.
La música de la telepantalla se interrumpió
y sonó una voz. Winston levantó la cabeza para escuchar. Pero no era un
comunicado del frente; sólo un breve anuncio del Ministerio de la Abundancia.
En el trimestre pasado, ya en el décimo Plan Trienal, la cantidad de cordones
para los zapatos que se pensó producir había sido sobrepasada en un noventa y
ocho por ciento.
Estudió el problema de ajedrez y colocó las
piezas. Era un final ingenioso. «Juegan las blancas y mate en dos jugadas.»
Winston miró el retrato del Gran Hermano. Las blancas siempre ganan, pensó con
un confuso misticismo. Siempre, sin excepción; está dispuesto así. En ningún
problema de ajedrez, desde el principio del mundo, han ganado las negras
ninguna vez. ¿Acaso no simbolizan las blancas el invariable triunfo del Bien
sobre el Mal? El enorme rostro miraba a Winston con su poderosa calma. Las
blancas siempre ganan.
La voz de la telepantalla se interrumpió y
añadió en un tono diferente y mucho más grave: «Estad preparados para escuchar
un importante comunicado a las quince treinta. ¡Quince treinta! Son noticias de
la mayor importancia. Cuidado con no perdérselas. ¡Quince treinta!». La musiquilla
volvió a sonar.
A Winston le latió el corazón con más
rapidez. Sena el comunicado del frente; su instinto le dijo que habría malas
noticias. Durante todo el día había pensado con excitación en la posible
derrota aplastante en África. Le parecía estar viendo al ejército eurasiático
cruzando la frontera que nunca había sido violada y derramándose por aquellos
territorios de Oceanía como una columna de hormigas. ¿Cómo no había sido
posible atacarlos por el flanco de algún modo? Recordaba con toda exactitud el
dibujo de la costa occidental africana. Cogió una pieza y la movió en el
ajedrez. Aquél era el sitio adecuado. Pero a la vez que veía la horda negra
avanzando hacia el Sur, vio también otra fuerza, misteriosamente reunida, que
de repente había cortado por la retaguardia todas las comunicaciones terrestres
y marítimas del enemigo. Sentía Winston como si por la fuerza de su voluntad
estuviera dando vida a esos ejércitos salvadores. Pero había que actuar con
rapidez. Si el enemigo dominaba toda el África, si lograban tener aeródromos y
bases de submarinos en El Cabo, cortarían a Oceanía en dos. Esto podía
significarlo todo: la derrota, una nueva división del mundo, la destrucción del
Partido. Winston respiró hondamente. Sentía una extraordinaria mezcla de
sentimientos, pero en realidad no era una mezcla, sino una sucesión de capas o
estratos de sentimientos en que no se sabía cuál era la capa predominante.
Le pasó aquel sobresalto. Volvió a poner la
pieza en su sitio, pero por un instante no pudo concentrarse en el problema de
ajedrez. Sus pensamientos volvieron a vagar. Casi conscientemente trazó con su
dedo en el polvo de la mesa:
2+2=
«Dentro de ti no pueden entrar nunca», le
había dicho Julia. Pues, sí, podían penetrar en uno. «Lo que te ocurre aquí es para siempre», le había dicho O'Brien.
Eso era verdad. Había cosas, los actos propios, de las que no era posible
rehacerse. Algo moría en el interior de la persona; algo se quemaba, se
cauterizaba. Winston la había visto, incluso había hablado con ella. Ningún
peligro había en esto. Winston sabía instintivamente que ahora casi no se
interesaban por lo que él hacía. Podía haberse citado con ella si lo hubiera
deseado. Esa única vez se habían encontrado por casualidad. Fue en el Parque,
un día muy desagradable de marzo en que la tierra parecía hierro y toda la
hierba había muerto. Winston andaba rápidamente contra el viento, con las manos
heladas y los ojos acuosos, cuando la vio a menos de diez metros de distancia.
En seguida le sorprendió que había cambiado de un modo indefinible. Se cruzaron
sin hacerse la menor señal. Él se volvió y la siguió, pero sin un interés
desmedido. Sabía que ya no había peligro, que nadie se interesaba por ellos.
Julia no le hablaba. Siguió andando en dirección oblicua sobre el césped, como
si tratara de librarse de él, y luego pareció resignarse a llevarlo a su lado.
Por fin, llegaron bajo unos arbustos pelados que no podían servir ni para
esconderse ni para protegerse del viento. Allí se detuvieron. Hacía un frío
molestísimo. El viento silbaba entre las ramas. Winston le rodeó la cintura con
un brazo.
No había telepantallas, pero debía de haber
micrófonos ocultos. Además, podían verlos desde cualquier parte. No importaba;
nada importaba. Podrían haberse echado sobre el suelo y hacer eso si hubieran
querido. Su carne se estremeció de horror tan sólo al pensarlo. Ella no
respondió cuando la agarró del brazo, ni siquiera intentó desasirse. Ya sabía
Winston lo que había cambiado en ella. Tenía el rostro más demacrado y una larga
cicatriz, oculta en parte por el cabello, le cruzaba la frente y la sien; pero
el verdadero cambio no radicaba en eso. Era que la cintura se le había
ensanchado mucho y toda ella estaba rígida. Recordó Winston como una vez
después de la explosión de una bomba cohete había ayudado a sacar un cadáver de
entre unas ruinas y le había asombrado no sólo su increíble peso, sino su
rigidez y lo difícil que resultaba manejarlo, de modo que más parecía piedra
que carne. El cuerpo de Julia le producía ahora la misma sensación. Se le
ocurrió pensar que la piel de esta mujer sería ahora de una contextura
diferente.
No intentó besarla ni hablaron. Cuando
marchaban juntos por el césped, lo miró Julia a la cara por primera vez. Fue
sólo una mirada fugaz, llena de desprecio y de repugnancia. Se preguntó Winston
si esta aversión procedía sólo de sus relaciones pasadas, o si se la inspiraba
también su desfigurado rostro y el agüilla que le salía de los ojos. Sentáronse
en dos sillas de hierro uno al lado del otro, pero no demasiado juntos. Winston
notó que Julia estaba a punto de hablar. Movió unos cuantos centímetros el
basto zapato y aplastó con él una rama. Su pie parecía ahora más grande, pensó
Winston. Julia, por fin, dijo sólo esto:
Te traicioné.
—
Yo también te traicioné — dijo él.
Julia lo miró otra vez con disgusto. Y
dijo:
— A
veces te amenazan con algo..., algo que no puedes soportar, que ni siquiera
puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: «No me lo hagas a mí, házselo
a otra persona, a Fulano de Tal». Y quizá pretendas, más adelante, que fue sólo
un truco y que lo dijiste únicamente para que dejaran de martirizarte y que no
lo pensabas de verdad. Pero, no. Cuando ocurre eso se desea de verdad y se
desea que a la otra persona se lo hicieran. Crees entonces que no hay otra
manera de salvarte y estás dispuesto a salvarte así. Deseas de todo corazón que
eso tan terrible le ocurra a la otra persona y no a ti. No te importa en
absoluto lo que pueda sufrir. Sólo te importas entonces tú mismo.
—
Sólo te importas entonces tú mismo —
repitió Winston como un eco.
Y después de eso no puedes ya sentir por la
otra persona lo mismo que antes.
No
— dijo él — ; no se siente lo mismo.
No parecían tener más que decirse. El viento
les pegaba a los cuerpos sus ligeros «monos». A los pocos instantes les
producía una sensación embarazosa seguir allí callados. Además, hacía demasiado
frío para estarse quietos. Julia dijo algo sobre que debía coger el Metro y se
levantó para marcharse. Tenemos que vernos otro día — dijo Winston.
Sí, tenemos que vernos — dijo ella.
Winston, irresoluto, la siguió un poco. Iba
a unos pasos detrás de ella. No volvieron a hablar. Aunque Julia no le dijo que
se apartara, andaba muy rápida para evitar que fuese junto a ella. Winston se
había decidido a acompañarla a la estación del Metro, pero de repente se le
hizo un mundo tener que andar con tanto frío. Le parecía que aquello no tenía
sentido. No era tanto el deseo de apartarse de Julia como el de regresar al
café lo que le impulsaba, pues nunca le había atraído tanto El Nogal como en
este momento. Tenía una visión nostálgica de su mesa del rincón, con el
periódico, el ajedrez y la ginebra que fluía sin cesar. Sobre todo, allí haría
calor. Por eso, poco después y no sólo accidentalmente, se dejó separar de ella
por una pequeña aglomeración de gente. Hizo un desganado intento de volver a
seguirla, pero disminuyó el paso y se volvió, marchando en dirección opuesta.
Cinco metros más allá se volvió a mirar. No había demasiada circulación, pero
ya no podía distinguirla. Julia podría haber sido cualquiera de doce figuras
borrosas que se apresuraban en dirección al Metro. Es posible que no pudiera
reconocer ya su cuerpo tan deformado.
«Cuando ocurre eso, se desea de verdad», y
él lo había pensado en serio. No solamente lo había dicho, sino que lo había
deseado. Había deseado que fuera ella y no él quien tuviera que soportar a
las...
Se produjo un sutil cambio en la música que
brotaba de la telepantalla. Apareció una nota humorística, «la nota amarilla».
Una voz — quizá no estuviera sucediendo
de verdad, sino que fuera sólo un recuerdo que tomase forma de sonido — cantaba:
Bajo el Nogal de las ramas extendidas
yo te vendí y tú me vendiste.
Winston tenía los ojos más lacrimosos que
de costumbre. Un camarero que pasaba junto a él vio que tenía vacío el vaso y
volvió a llenárselo de la botella de ginebra.
Winston olió el líquido. Aquello estaba más
repugnante cuanto más lo bebía, pero era el elemento en que él nadaba. Era su
vida, su muerte y su resurrección. La ginebra lo hundía cada noche en un sopor
animal, y también era la ginebra lo que le hacía revivir todas las mañanas. Al
despertarse — rara vez antes de las
once — con los párpados pegajosos, una
boca pastosa y la espalda — que parecía
habérsele partido — le habría sido
imposible echarse abajo de la cama si no hubiera tenido siempre en la mesa de
noche la botella de ginebra y una taza. Durante la mañana se quedaba escuchando
la telepantalla con una expresión pétrea y la botella siempre a mano. Desde las
quince hasta la hora de cerrar, se pasaba todo el tiempo en El Nogal. Nadie se
preocupaba de lo que hiciera, no le despertaba ningún silbato ni le dirigía
advertencias la telepantalla. Dos veces a la semana iba a un despacho
polvoriento, que parecía un rincón olvidado, en el Ministerio de la Verdad, y
trabajaba un poco, si a aquello podía llamársele trabajo. Había sido nombrado
miembro de un subcomité de otro subcomité que dependía de uno de los innumerables
subcomités que se ocupaban de las dificultades de menos importancia planteadas
por la preparación de la onceava edición del Diccionario de Neolengua. En aquel
despacho se dedicaban a redactar algo que llamaban el informe provisional, pero
Winston nunca había llegado a enterarse de qué tenían que informar. Tenía
alguna relación con la cuestión de si las comas deben ser colocadas dentro o
fuera de las comillas. Había otros cuatro en el subcomité, todos en situación
semejante a la de Winston. Algunos días se marchaban apenas se habían reunido
después de reconocer sinceramente que no había nada que hacer. Pero otros días
se ponían a trabajar casi con encarnizamiento haciendo grandes alardes de
aprovechamiento del tiempo redactando largos informes que nunca terminaban. En
esas ocasiones discutían sobre cual era el asunto sobre cuya discusión se les
había encargado y esto les llevaba a complicadas argumentaciones y sutiles
distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e incluso recurrían a
las autoridades superiores. Pero de pronto parecía retirárseles la vida y se
quedaban inmóviles en torno a la mesa mirándose unos a otros con ojos apagados
como fantasmas que se esfuman con el canto del gallo.
La telepantalla estuvo un momento
silenciosa. Winston levantó la cabeza otra vez. ¡El comunicado! Pero no, sólo
era un cambio de música. Tenía el mapa de África detrás de los párpados, el
movimiento de los ejércitos que él imaginaba era este diagrama; una flecha
negra dirigiéndose verticalmente hacia el Sur y una flecha blanca en dirección
horizontal, hacia el Este, cortando la cola de la primera. Como para darse
ánimos, miró el imperturbable rostro del retrato, ¿Podía concebirse que la
segunda flecha no existiera?
Volvió a aflojársele el interés. Bebió más
ginebra, cogió la pieza blanca e hizo un intento de jugada. Pero no era aquélla
la jugada acertada, porque...
Sin quererlo, le flotó en la memoria un
recuerdo. Vio una habitación iluminada por la luz de una vela con una gran cama
de madera clara y él, un chico de nueve o diez años que estaba sentado en el
suelo agitando un cubilete de dados y riéndose excitado. Su madre estaba
sentada frente a él y también se reía. Aquello debió de ocurrir un mes antes de
desaparecer ella. Fueron unos momentos de reconciliación en que Winston no
sentía aquel hambre imperiosa y le había vuelto temporalmente el cariño por su
madre. Recordaba bien aquel día, un día húmedo de lluvia continua. El agua
chorreaba monótona por los cristales de las ventanas y la luz del interior era
demasiado débil para leer. El aburrimiento de los dos niños en la triste
habitación era insoportable. Winston gimoteaba, pedía inútilmente que le dieran
de comer, recorría la habitación revolviéndolo todo y dando patadas hasta que
los vecinos tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar.
Al final le dijo su madre: «Sé bueno y te compraré un juguete.' Sí,
un juguete precioso que te gustará mucho». Y había salido a pesar de la lluvia
para ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora y volvió con una caja
de cartón conteniendo el juego llamado «De las serpientes y las escaleras». Era
muy modesto. El cartón estaba rasgado y los pequeños dados de madera, tan mal
cortados que apenas se sostenían. Winston recordaba el olor a humedad del cartón.
Había mirado el juego de mal humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces
su madre encendió una vela y se sentaron en el suelo a jugar. Jugaron ocho
veces ganando cuatro cada uno. La hermanita, demasiado pequeña para comprender
de qué trataba el juego, miraba y se reía porque los veía reír a ellos dos..
Habían pasado la tarde muy contentos, como cuando él era más pequeño.
Apartó de su mente estas imágenes. Era un
falso recuerdo. De vez en cuando le asaltaban falsos recuerdos. Esto no
importaba mientras que se supiera lo que era. Winston volvió a fijar la
atención en el tablero de ajedrez, pero casi en el mismo instante dio un salto
como si lo hubieran pinchado con un alfiler.
Un agudo trompetazo perforó el aire:' Era
el comunicado, ¡victoria!; siempre significaba victoria la llamada de la
trompeta antes de las noticias. Una especie de corriente eléctrica recorrió a
todos los que se hallaban en el café. Hasta los camareros se sobresaltaron y
aguzaron el oído.
La trompeta había dado paso a un enorme
volumen de ruido. Una voz excitada gritaba en la telepantalla, pero apenas
había empezado fue ahogada por una espantosa algarabía en las calles. La
noticia se había difundido como por arte de magia. Winston había oído lo
bastante para saber que todo había sucedido como él lo había previsto: una
inmensa armada, reunida secretamente, un golpe repentino a la retaguardia del
enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre el
estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: «Amplia maniobra
estratégica... perfecta coordinación... tremenda derrota... medio millón de
prisioneros... completa desmoralización... controlamos el África entera... La
guerra se acerca a su final... victoria... la mayor victoria en la historia de
la Humanidad. !Victoria, victoria, victoria!».
Bajo la mesa, los pies de Winston hacían
movimientos convulsivos. No se había movido de su asiento, pero mentalmente
estaba corriendo, corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la
multitud, gritaba hasta ensordecer. Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano.
¡Aquél era el coloso que dominaba el mundo! ¡La roca contra la cual se
estrellaban en vano las hordas asiáticas! Recordó que sólo hada diez
minutos — sí, diez minutos tan sólo — todavía se equivocaba su corazón al dudar si
las noticias del frente serían de victoria o de derrota. ¡Ah, era más que un
ejército eurasiático lo que había perecido! Mucho había cambiado en él desde
aquel primer día en el Ministerio del Amor, pero hasta ahora no se había
producido la cicatrización final e indispensable, el cambio salvador. La voz de
la telepantalla seguía enumerando el botín, la matanza, los prisioneros, pero
la gritería callejera había amainado un poco. Los camareros volvían a su
trabajo. Uno de ellos acercó la botella de ginebra. Winston, sumergido en su
feliz ensueño, no prestó atención mientras le llenaban el vaso. Ya no se veía
corriendo ni gritando, sino de regreso al Ministerio del Amor, con todo
olvidado, con el alma blanca como la nieve. Estaba confesándolo todo en un proceso
público, comprometiendo a todos. Marchaba por un claro pasillo con la sensación
de andar al sol y un guardia armado lo seguía. La bala tan esperada penetraba
por fin en su cerebro.
Contempló el enorme rostro. Le había
costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el
bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión! ¡Qué tozudez , la suya
exilándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de
ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo
alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo
definitivamente. Amaba al Gran Hermano.
Apéndice
Los principios de neolengua
Neolengua era la lengua oficial de Oceanía y fue creada para
solucionar las necesidades ideológicas del Ingsoc o Socialismo Inglés. En el
año 1984 aún no había nadie que utilizara la neolengua como elemento único de
comunicación, ni hablado ni escrito. Los editoriales del Times estaban escritos en neolengua, pero era un tour de force que solamente un especialista podía llevar a cabo. Se esperaba que la
neolengua reemplazara a la vieja lengua (o inglés corriente, diríamos nosotros)
hacia el año 2050. Entretanto iba ganando terreno de una manera segura y todos
los miembros del Partido tendían, cada vez más, a usar palabras y
construcciones gramaticales de neolengua en el lenguaje ordinario. La versión
utilizada en 1984, comprendida en las ediciones novena y décima del Diccionario
de Neolengua, era provisional, y contenía muchas palabras superfluas y
formaciones arcaicas que más tarde se suprimirían. Aquí nos referiremos a la
última versión, la más perfeccionada, tal como aparece en la onceava edición
del Diccionario.
La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de
expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del
Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se
pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada' de una vez por todas y
la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, un
pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente
impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras.
Su vocabulario estaba construido de tal modo que diera la expresión exacta y a
menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido
quisiera expresar, excluyendo todos los demás sentidos, así como la posibilidad
de llegar a otros sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando
nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier
significado heterodoxo, y a ser posible de cualquier significado secundario.
Por ejemplo: la palabra libre aún
existía en neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como «este perro está libre de piojos»,
o «este prado está libre de malas hierbas». No se podía usar en su viejo
sentido de «politicamente libre» o «intelectualmente libre», ya que
la libertad política e intelectual ya
no existían como conceptos y por lo tanto necesariamente no tenían nombre.
Aparte de la supresión de palabras definitivamente heréticas, la reducción del
vocabulario por sí sola se consideraba como un objetivo deseable, y no
sobrevivía ninguna palabra de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la
neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que
podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable.
La neolengua se basaba en la lengua inglesa
tal como ahora la conocemos, aunque muchas frases de neolengua, incluso sin
contener nuevas palabras, serían apenas inteligibles para el que hablara el
inglés actual. Las palabras de neolengua se dividían en tres clases distintas,
conocidas por los nombres de vocabulario A, vocabulario B (también llamado de
palabras compuestas) y vocabulario C. Lo más simple sería discutir cada clase
separadamente, pero las peculiaridades gramaticales de la lengua pueden ser
tratadas en la sección dedicada al vocabulario A, ya que las mismas reglas se
aplicaban a las tres categorías.
El
vocabulario A. El
vocabulario A consistía en las palabras de uso cotidiano: cosas como comer,
beber, trabajar, vestirse, subir y bajar escaleras, conducir vehículos, cuidar
el jardín, cocinar y cosas por el estilo. Se componía prácticamente de palabras
que ya poseemos — palabras como
golpear, correr, perro, árbol, azúcar, casa, campo — ; pero en comparación con
el vocabulario inglés de hoy en día, su número era extremadamente pequeño, al
mismo tiempo que sus significados eran más rigurosamente restringidos. Todas
las ambigüedades y distintas variaciones de significado habían sido purgadas.
En tanto que fuera posible, una palabra de neolengua de este tipo quedaba
reducida simplemente a un sonido preciso que expresaba un concepto claramente
entendido. Hubiera sido totalmente inconcebible utilizar el vocabulario A para
propósitos literarios o para discusiones políticas o filosóficas. Su intención
era la de expresar pensamientos simples y objetivos, casi siempre relacionados
con objetos concretos o acciones físicas.
La gramática de la neolengua tenía dos
grandes peculiaridades. La primera era una intercambiabilidad casi total entre
las distintas partes de la oración. Cualquier palabra de la lengua (en
principio esto era aplicable incluso a palabras abstractas como si o cuando) se
podía usar como verbo, nombre, adjetivo o adverbio. Entre la forma del verbo y
la del nombre, cuando eran de la misma raíz, no había nunca ninguna variación y
así esta regla por si misma suponía la destrucción de muchas de las formas
arcaicas. La palabra pensamiento, por ejemplo, no existía en neolengua. En su lugar
existía pensar, que hacía la función de verbo y de nombre. Aquí no se
seguía ningún principio etimológico. En algunos casos se conservaba el
sustantivo original y en otros casos el verbo. Incluso cuando un nombre y un
verbo de significado parecido no tenían una relación etimológica, con
frecuencia se suprimía el uno o el otro. No existía, por ejemplo, una palabra
como cortar, ya que su significado quedaba lo suficientemente
cubierto por el nombre — verbo cuchillo. Los adjetivos se forzaban añadiendo el
sufijo lleno al nombre — verbo, y los adverbios añadiendo demudo. Así, por ejemplo, rapidolleno quería decir rapidez,
y rapidodemodo significaba rápidamente. Se conservaron algunos adjetivos de hoy
en día como bueno, fuerte, grande, negro, blando, pero en un número muy
reducido. Por otra parte, su necesidad era mínima, ya que se llegaba a
cualquier significado adjetival añadiendo lleno a un sustantivo-verbo. No se conservaron ninguno de
los adverbios hoy existentes exceptuando algunos que acababan en demodo; la
terminación demodo era invariable. La palabra bien, por ejemplo, se sustituyó por buenmodo. Además, a cualquier palabra — y esto, como principio, se aplicaba a
todas las palabras del idioma, — se le
daba sentido de negación añadiendo el prefijo in o se le daba fuerza con el
sufijo plus, o para aumentar el
énfasis, dobleplus. Así por ejemplo, hirió significaba
«caliente», mientras que plusfrío y dobleplu frío significaban
respectivamente «muy frió» y «extraordinariamente frío». También era posible,
como en el inglés de hoy en día, modificar el significado de casi todas las palabras con preposiciones afijas como, ante, post, sobre, sub, etc. A base de este método fue posible disminuir
enormemente el vocabulario. Poniendo por caso la palabra bueno, ya no habría necesidad de
la palabra malo ya que el
significado requerido se expresaba tan bien o incluso mejor por inbueno. Lo único necesario, en el
caso de que dos palabras formaran una pareja de significación opuesta, era
decidir cuál suprimir. Oscuridad, por ejemplo, podía ser reemplazada por inluz o luz por inascuro, según lo que se
prefiera. La segunda característica de la gramática de la neolengua era su
regularidad. Aparte de algunas excepciones abajo mencionadas, todas las
inflexiones seguían las mismas reglas. Así, en todos los verbos el pretérito y
el participio pasado eran el mismo y terminaban en ed (1). El pretérito de pensar, pensé, de robar, robé, y así
en toda la lengua; todas las otras formas: mandó, dio, habló, trajo, cogido,
etc. fueron abolidas. Los plurales de hombre, buey, vida eran hombres, bueys,
vidas.
(1) En inglés. En español acabarían en la misma letra o
seguirían como los verbos regulares, ejemplo: robé, hace, pensé, comer, comí.
Los ejemplos ingleses robar, pensar en español ya son verbos y no justifican el
ejemplo
La única clase de palabras a las que todavía se les permitía
inflexiones irregulares eran los pronombres, los relativos, los adjetivos
demostrativos y los verbos auxiliares. Todos estos seguían su uso antiguo
excepto que «quien» había sido suprimido por innecesario y los tiempos
condicionales de deber, debería, habían caído en desuso ya que habían sido
cubiertos por «haría, habría hecho». Había también ciertas irregularidades en
la formación de palabras creadas por la necesidad del habla fácil y rápida.
Una palabra que fuese difícil de pronunciar o que podía entenderse
incorrectamente, se estimaba ipso facto una mala palabra; así que
ocasionalmente, por la eufonía, se insertaban letras en una palabra o se
conservaba una forma arcaica. Pero esta necesidad tenía más relación sobre todo
con el vocabulario B. La razón de la importancia concedida a la facilidad de la
pronunciación, se aclarará más tarde en este ensayo.
El vocabulario B: El vocabulario B consistía en palabras que habían sido construidas
deliberadamente con propósitos políticos. Es decir, palabras que no solamente
tenían en todos los casos implicaciones políticas sino que además poseían la
intención de imponer una deseable actitud mental en la persona que las
utilizaba. Sin una compresión total de los principios * del Ingsoc era difícil
usar estas palabras correctamente. En algunos casos se podían traducir a la
vieja lengua o incluso a palabras tomadas del vocabulario A, pero ello exigía
una larga parrafada y siempre se perdían ciertos énfasis. Las palabras del
vocabulario B eran una especie de taquigrafía verbal que a menudo englobaban
toda una serie de ideas expresadas en unas pocas sílabas y a la vez con un
sentido más exacto y más fuerte que en el lenguaje ordinario. Las palabras B
eran en todos los casos palabras compuestas. * Consistían en dos o más palabras
juntadas de un modo fácilmente pronunciable. El resultado era siempre un
verbonombre y se utilizaba según las reglas normales. Pongamos un único
ejemplo: la palabra bienpensar, que
significa de un modo general «ortodoxia», o si uno quiere tomarla como verbo,
«pensar de un modo ortodoxo». Su declinación era la siguiente: nombre-verbo, bienpensar; pretérito y participio
pasado, bienpensado participio
presente, bienpensante; adjetivo,
bienpensadolleno; adverbio, bienpensadamente; nombre verbal, bienpensado.
*Palabras compuestas como ehablarsubir» también se
encontraban, claro está, en el vocabulario A, pero no eran más que
abreviaciones de conveniencia y no tenían ideología de ningún color en especial
Las palabras B no se construían de acuerdo con ningún plan
etimológico. Las palabras podían ser de cualquier parte de la lengua, se podían
poner en un orden cualquiera y ser mutiladas de modo que las hiciera de fácil
pronunciación a la vez qué indicaban su derivación. En la palabra crimenpensar (pensamientocrimen),
por ejemplo, el pensar iba detrás mientras que en pensarpol (Policía del Pensamiento) iba primero y en la última
palabra, policía había perdido las tres sílabas finales. Dada la dificultad de
asegurar la eufonía, las formaciones irregulares eran más comunes en el
vocabulario B que en el vocabulario A. Por ejemplo, las formas adjetivadas de Miniver, Minipax y Minimor eran,
respectivamante, Miniverlleno,
Minipaxlleno y Minimorlleno, simplemente porque verdadlleno, pazlleno y amorlleno eran
algo difíciles de pronunciar. En principio, de todos modos, todas las palabras
B se modulaban del mismo modo.
Algunas de las palabras B tenían significados muy sutiles, apenas
inteligibles para quien no dominara la lengua en su totalidad. Consideremos,
por ejemplo, una frase típica del editorial del Times como ésta: «Viejos pensadores incorazonsentir Ingsoc».
El modo más sencillo de entender esto en la Viejalengua sería: «Como que se
formaron con las ideas de antes de la Revolución, no pueden tener una
comprensión emocional de los principios del Socialismo Inglés». Pero ésta no es
una traducción adecuada. En primer lugar, para lograr captar el significado de
la frase arriba mencionada, habría que tener una idea clara de lo que se
entiende por Ingsoc. Y además, sólo una persona totalmente educada en el
Irigsoc podía apreciar toda la fuerza de la palabra corazonsentir, que
implicaba una ciega y entusiasta aceptación difícil de imaginar hoy; de la
palabra viedopensar, que
estaba inextricablemente mezclada con la idea de maldad y decadencia. Pero la
función especial de ciertas palabras de neolengua, de las que vio era una, no
era tanto expresar su significado como destruirlos. Estas palabras, pocas en
número, por supuesto, habían extendido su significado hasta el punto de
contener, dentro de ellas mismas, toda una serie de palabras que como quedaban
englobadas por un solo término comprensivo, ahora podían ser relegadas y
olvidadas. La mayor dificultad con la que se encontraban los compiladores del Diccionario
de Neolengua no era inventar nuevas palabras, sino la de precisar, una vez
inventadas aquéllas, cuál era su significado. Es decir, precisar qué series de
palabras quedaban invalidadas con su existencia. Tal como ya hemos visto con la
palabra liben, las palabras que en su día hubieran tenido un significado
herético, a veces se conservaban por conveniencia, pero limpias de los
significados indeseables. Innombrables palabras como honor, justicia,
moralidad, internacionalismo, democracia, ciencia y religión simplemente habían
dejado de existir. Unas cuantas palabras hacían de tapadera y, al encubrirlas,
las abolían. Todas las palabras agrupadas bajo los conceptos de libertad e
igualdad, por ejemplo, se contenían en una sola, crimenpensar, mientras que todas las palabras reunidas bajo
los conceptos de objetividad y racionalismo quedaban comprendidas en la única
palabra viejopensar. Mayor
precisión hubiera sido peligrosa. Lo que se requería de un miembro del Partido
era un punto de vista similar al de los antiguos hebreos que sabían, sin saber
mucho más, que todas las naciones aparte de la suya adoraban a «dioses falsos».
No necesitaban saber que estos dioses se llamaban Baal, Osiris, Moloch, Ashtaroth,
etc. Probablemente cuanto menos supiesen sobre ellos, mejor para su ortodoxia.
Conocían a Jehová y sus mandamientos; sabían, por lo tanto, que todos los
dioses con otros nombres y atributos eran dioses falsos. De manera parecida, el
miembro del Partido sabía lo que constituía la correcta norma de conducta, y de
un modo increíblemente vago y general lo que podía apartarle de ella. Su vida
sexual, por ejemplo, estaba totalmente regulada por las dos palabras de
neolengua sexocrimen (inmoralidad
sexual) y buensexo (castidad).
El sexocrimm cubría
infracciones de todo tipo: fornicación, adulterio, homosexualidad y otras
perversiones y, además, el coito normal practicado por placer. No había
necesidad de nombrarlos separadamente, ya que todos eran igualmente culpables y
merecían la muerte. En el vocabulario C, que consistía en palabras técnicas y
científicas, existía la necesidad de dar nombres especializados a ciertas
aberraciones sexuales, pero el ciudadano normal no las necesitaba. Éste sabía
lo que se quería decir buensexo, es
decir, el coito normal entre marido y mujer con el solo propósito de engendrar
hijos y sin placer físico por parte de la mujer; todo lo demás era sexocrímen. En neolengua era casi
imposible seguir un pensamiento herético más allá de la percepción de su
carácter herético; a partir de este punto faltaban las palabras necesarias.
Ninguna palabra en el vocabulario
B era ideológicamente neutral. Muchas eran eufemismos. Palabras como, por
ejemplo, gozocampo (campo de trabajos forzados) o Minipax (Ministerio de la Paz, es decir, Ministerio de la
Guerra) significaban exactamente lo opuesto de lo que parecían indicar. Algunas
palabras, por otro lado, traducían una franca y despreciativa comprensión por
la naturaleza real de la sociedad de Oceanía. Por ejemplo, prolealimento significaba
la porquería de entretenimiento y falsas noticias que el Partido daba a las
masas. Otras palabras además eran ambivalentes, teniendo la connotación de
«bueno» cuando eran aplicadas al Partido y de «malo» cuando eran aplicadas al
enemigo. Pero además había gran cantidad de palabras que a primera vista
parecían meras abreviaciones y que extraían su color ideológico no de su
significado sino de su estructura. Hasta donde fuera posible todo lo qué
pudiera tener un significado político de cualquier tipo entraba en el
vocabulario B. Los nombres de organizaciones, grupos de personas, doctrinas,
países o instituciones o edificios públicos, habían quedado recortados de forma
muy sencilla, es decir, una sola palabra fácilmente pronunciable con el menor
número de sílabas y que conservaba la derivación original. En el Ministerio de
la Verdad, por ejemplo, el Departamento de Registro donde trabajaba Winston
Smith se llamaba Regdep, el Departamento de Ficción se llamaba Ficdep,
el Departamento de Teleprogramas se llamaba Teledep, etc. La finalidad no era
sólo ganar tiempo. Incluso en las primeras décadas del siglo veinte, las
palabras y frases abreviadas habían sido uno de los rasgos característicos del
lenguaje político y era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este
tipo era más marcada en países y organizaciones totalitarias. Ejemplos de ello
son palabras tales como Nazi, Gestapo, Comintern, Inprecorr y Agitrop. Al principio
esta práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua se utilizaba
con un propósito consciente. Habían observado que abreviando un nombre se
estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayoría de
asociaciones de ideas que de otra manera habría mantenido. Las palabras Internacional
Comunista, por ejemplo, evocan la imagen polifacética de solidaridad
humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern,
por otro lado, sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una
doctrina concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en
su propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se
puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es
una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos momentos. Del mismo
modo. las asociaciones ideológicas que la palabra Miniver evoca son
menores y más controlables que las sugeridas por Ministerio de la Verdad. Esta
era la razón del hábito de abreviar siempre que fuera posible, así como también
el casi exagerado cuidado que dedicaban a facilitar la pronunciación de las
palabras. En neolengua, la obsesión de la eufonía pesaba más que cualquier otra
consideración, salvo la exactitud del significado. Si era necesario, siempre se
sacrificaba la regularidad de la gramática en aras de la eufonía. Y con razón,
ya que lo que se requería, sobre todo por razones políticas, eran palabras
cortas y de significado inequívoco que pudieran pronunciarse rápidamente y que
despertaran el mínimo de sugerencias en la mente del parlante. Las palabras del
vocabulario B incluso ganaban en fuerza por el hecho de ser tan parecidas. Casi
invariablemente estas palabras —
bienpensar, Minipax, prolealimento, sexocrimen, gozocampo,
Ingsoc, corazonsentir, pensarol y muchas otras —
eran palabras de dos o tres sílabas con el acento tónico igualmente
distribuido entre la primera sílaba y la última. Su uso fomentaba una especie
de conversación similar a un cotorreo, a la vez roto y monótono; era esto
precisamente lo que pretendían. La intención era formar un lenguaje, sobre todo
el que versaba sobre materias no neutrales ideológicamente, tan independiente
como fuera posible de la conciencia. En asuntos, de la vida cotidiana, sin duda
era necesario, o algunas veces necesario, reflexionar antes de hablar, pero un
miembro del Partido, llamado a emitir un juicio político o ético, debía ser
capaz de disparar las opiniones correctas tan automáticamente como una
ametralladora las balas. Su entrenamiento lo preparaba para ello, el lenguaje
le daba un instrumento casi infalible y la textura de las
palabras, con su sonido duro y una especie de fealdad salvaje de acuerdo con el
espíritu del Ingsoc, acababan de completar el proceso. Además contribuía el
hecho de tener pocas palabras donde escoger. En relación con el nuestro, el
vocabulario de la neolengua era mínimo, y continuamente inventaban nuevos modos
de reducirlo. Desde luego, la neolengua difería de la mayoría de otros
lenguajes en que su vocabulario se empequeñecía en vez de agrandarse. Cada
reducción era una ganancia, ya que cuanto menor era el área para escoger, más
pequeña era la tentación de pensar. En definitiva, se esperaba construir un
lenguaje articulado que surgiera de la laringe sin involucrar en absoluto a los
centros del cerebro. Este objetivo se explicita francamente en la palabra de
neolengua haNapato, que significa «cuacuar como un pato»; como
otras palabras de neolengua, baWpato era de significado ambivalente. Si las
opiniones cuacuadas eran ortodoxas, sólo implicaban alabanza y cuando el Times
se refería a uno de los oradores del Partido como a un dobleplusbum cuacuador
estaba emitiendo un caluroso y valioso cumplido.
El
vocabulario C. El vocabulario
C era complementario de los otros dos y contenía totalmente términos
científicos y técnicos. Éstos se parecían a los términos científicos en uso hoy
en día y procedían de las mismas raíces, pero se tomó el cuidado habitual para
definirlos rápidamente, y despojarlos de los significados indeseables. Se
atenían a las mismas reglas gramaticales que las palabras de los otros dos
vocabularios. Muy pocas palabras C tenían uso en las conversaciones cotidianas
o en el lenguaje político. Cualquier científico o técnico podía encontrar todas
las palabras necesarias en la lista dedicada a su especialidad, pero sólo tenía
una mínima idea de las palabras de las otras listas. Solamente unas cuantas
palabras eran comunes a todas las listas y no existía un vocabulario que
expresase la función de la ciencia como actitud mental o como método
intelectual independiente de sus ramas particulares. No había, de hecho,
palabra para designar la «Ciencia», quedando cualquier significado que pudiera
tener suficientemente cubierto por la palabra Ingsoc.
Por lo que se ha explicado, podrá verse que
en neolengua la expresión de opiniones heterodoxas de bajo nivel era casi
imposible. Era factible, claro está, emitir herejías de un tono muy crudo y
elemental, como una especie de blasfemia. Hubiera sido posible, por ejemplo,
decir el «Gran Hermano inbueno». Pero esta aseveración, que a un oído ortodoxo
le sonaba como una manifiesta absurdidad, no podría haber sido sostenida con
argumentos racionales, ya que faltaban las palabras necesarias. Sólo podían
sostenerse ideas contrarias al Ingsoc de una manera vaga y sin palabras, y
formularlas en unos términos muy genéricos que mezclaban y condenaban todo tipo
de herejías, sin definirlas particularmente. De hecho, sólo podía utilizarse la
neolengua para fines heterodoxos traduciendo de un modo ilegítimo algunas de
las palabras a la Viejalengua. Por ejemplo, «Todos los hombres son iguales» era
una afirmación posible en neolengua, pero en el mismo sentido en que «Todos los
hombres tienen el pelo rojo» pudiera serlo en Viejalengua. No contiene ningún
error gramatical, pero expresa una no-verdad palpable como que todos los
hombres son de la misma estatura, peso o fuerza. El concepto de igualdad
política ya no existía y por lo tanto esta significación secundaria había sido
limpiada de la palabra igual. En 1984, cuando Viejalengua era todavía el medio
normal de comunicación, teóricamente existía el peligro de que al usar palabras
de neolengua uno recordara sus significados originales. En la práctica no era
difícil, para alguien bien versado en el doblepmar, evitar que esto ocurriera,
pero dentro de dos generaciones se evitaría incluso la posibilidad de este
peligro. Una persona creciendo con neolengua como único lenguaje, no sabría
nunca que igual había tenido antes la acepción de «igualdad política», o que
«libre» había significado anteriormente «intelectualmente libre», del mismo
modo que, por ejemplo, una persona que no hubiera oído hablar nunca de ajedrez,
podría saber los segundos significados aplicables a la reina y a la torre. Por
lo tanto, quedaría descartada la posibilidad de cometer muchos crímenes y errores
simplemente porque no tenían nombre y, en consecuencia, son inimaginables. Y
era de esperar que con el paso del tiempo las características que distinguían a
la neolengua, se volverían más y más acusadas: sus palabras irían disminuyendo,
sus significados cada vez más restringidos y más remoto el peligro de
utilizarlos impropiamente. Al desaparecer la Viejalengua se habría roto el
último lazo con el pasado. La historia ya se había reescrito, pero algunos
fragmentos de la vieja literatura sobrevivían aquí y allá, imperfectamente
censurados, y mientras persistiera el conocimiento de la Viejalengua era
posible leerlos. En el futuro tales fragmentos, incluso si sobrevivieran,
serían inteligibles e intraducibles. Era imposible traducir un pasaje de
Viejalengua a Neolengua, salvo que se refiriera a algún proceso técnico, a
hechos de la vida cotidiana o bien fuese ya de tendencia ortodoxa (bienpensante
sería la expresión en
neolengua). En la práctica, esto suponía que ningún libro escrito antes de 1960
podía traducirse por completo. La literatura anterior a la Revolución sólo
podía estar sujeta a una traducción ideológica, o sea, a una alteración tanto
de las palabras como del sentido. Tomemos por ejemplo el tan conocido pasaje de
la Declaración de la Independencia:
Entendemos que son verdades evidentes el
que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su
Creador con ciertos derechos: inalienables, entre los que se encuentran la
vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y que, para asegurar estos
derechos, se han instituido entre los hombres los gobiernos, cuyo poder depende
del consentimiento de los gobernados. Y que cuando cualquier forma de gobierno
perjudica estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla e instituir
una nueva...
Hubiera sido imposible traducir este
párrafo a neolengua conservando el sentido del original. La traducción más
aproximada consistiría en tragarse todo el pasaje como crimental Una traducción
completa sólo podía ser ideológica, con lo que las palabras de Jefferson se
habrían convertido en un panegírico sobre el gobierno absoluto.
Buena parte de la literatura del pasado ya
se había transformado en esto. Consideraciones de prestigio aconsejaban
conservar el recuerdo de algunas figuras históricas, poniendo al mismo tiempo
algunas de sus grandes acciones en relación con la filosofía del Ingsoc. Varios
escritores como Shakespeare, Milton, Swift, Byron, Dickens
y otros estaban en proceso de traducción. Una vez terminado este trabajo, sus
escritos originales, junto con el resto que hubiera sobrevivido de la
literatura del pasado, sería destruido. Estas traducciones eran un proceso
lento y difícil y no se esperaba que fueran terminadas antes de la primera o
segunda década del siglo veintiuno. Había también gran cantidad de literatura
meramente utilitaria manuales técnicos indispensables y cosas por el estilo que
debían ser tratados del mismo modo. Para dar tiempo a este trabajo preliminar,
se fijó una fecha tan lejana como el año 2050 para la adopción definitiva de la
neolengua.