Louis Pauwels - Jaques Bergier: El Retorno de los Brujos

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LOUIS PAUWELS - JAQUES BERGIER

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

Edición Original: 1960

Edición electrónica - Buenos Aires 2006


INDICE

LOUIS PAUWELS: Reseña Biográfica

El Retorno de los Brujos

PREFACIO

PRIMERA PARTE

EL FUTURO ANTERIOR

Homenaje al lector apresurado. - Una dimisión en 1875. - Los pájaros de mal agüero. - Cómo el siglo XIX cerraba las puertas. - El fin de las ciencias y la represión de lo fantástico. - El desespero de Poincaré. - Somos nuestros propios abuelos. - ¡Juventud! ¡Juventud!

II

La delectación burguesa. - Una dama de la inteligencia o la tempestad del idealismo. -Apertura a otra realidad. - Más allá de la lógica y de las filosofías literarias. - La noción de eternidad presente. - Ciencia sin conciencia: ¿y conciencia sin ciencia? - La esperanza.

III

Reflexiones apresuradas sobre los atrasos de la, sociología. - Un diálogo de sordos. - Los planetarios y los provincianos. - Un caballero de vuelta entre nosotros.- Un poco de lirismo.

CONSPIRACIÓN A LA LUZ DEL DÍA

La generación de los «obreros de la Tierra». - ¿Es usted un moderno retrasado o un contemporáneo del futuro? - Un anuncio en los muros de París, en 1622. - El lenguaje esotérico es el lenguaje técnico. - Una nueva noción de la sociedad secreta. Un nuevo aspecto del «espíritu religioso».

II

Los profetas del Apocalipsis. - Un Comité de la Desesperación. - La ametralladora de Luis XVI. - La ciencia no es una vaca sagrada. - El señor Despotopoulos quiere ocultar el progreso. - La leyenda de los Nueve Desconocidos.

III

Una palabra más sobre el realismo fantástico. - Han habido técnicas. - Ha existido la necesidad del secreto y se vuelve a ella. - Viajamos en el tiempo. - Queremos ver en su continuidad el océano del espíritu. - Reflexiones nuevas sobre el ingeniero y el mago. - El pasado, el porvenir. - El presente se retrasa en ambos sentidos. - El oro de los libros antiguos. - Una mirada nueva al mundo viejo.

IV

El Saber y el Poder se ocultan. - Visión de la guerra revolucionaria. - La técnica resucita los conceptos medievales. - Retorno a la edad de los Adeptos. - Un novelista tuvo buen ojo: hay «Centrales de Energía». - De la monarquía a la criptocracia. - La sociedad secreta, futura forma de gobierno. - La propia inteligencia es una sociedad secreta. - Llaman a la puerta.

LA ALQUIMIA COMO EJEMPLO

Un alquimista en el Café Procope, en 1953. - Conversación acerca de Gurdjieff. - Un hombre que afirma saber que la piedra filosofal es una realidad. - Bergier me lleva a toda velocidad por un extraño atajo. -- Lo que veo me libera del estúpido desprecio del progreso. - Nuestra opinión sobre la alquimia: ni revelación, ni avance a tientas. - Breve meditación sobre la espiral y la esperanza.

II

Cien mil libros que nadie consulta. - Interesa una expedición científica al país de la alquimia. - Los inventores. - La locura del mercurio. - Lenguaje cifrado. - ¿Hubo otra civilización atómica? - Las pilas del museo de Bagdad. - Newton y los grandes iniciados. - Helvetius y Spinoza ante el oro filosofal. - Alquimia y física moderna. - Una bomba de hidrógeno en un horno de cocina. - Materializar, humanizar, espiritualizar.

III

Donde vemos a un pequeño judío que prefiere la miel al azúcar. - Donde un alquimista que podría ser el misterioso Fulcanelli habla del peligro atómico en 1937, describe la pila atómica y evoca civilizaciones desaparecidas. - Donde Bergier abre una caja de caudales con soplete y se pasea con una botella, de uranio bajo el brazo. - Donde un comandante americano innominado busca a un Fulcanelli definitivamente desaparecido. - Donde Oppenheimer canta a dúo con un sabio chino de hace mil años.

IV

El alquimista moderno y el espíritu de investigación. - Descripción de lo que hace un alquimista en su laboratorio. - La repetición indefinida del experimento. -¿Qué espera? - La preparación de las tinieblas. - El gas electrónico. - El agua disolvente. - La piedra filosofal, ¿es energía en suspensión? - La transmutación del propio alquimista. - La verdadera metafísica empieza más allá.

V

Hay tiempo para todo. - Incluso hay tiempo para que los tiempos se junten.

LAS CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS

Donde los autores hacen el retrato del extravagante y maravilloso señor Fort. - El incendio del sanatorio de las coincidencias exageradas. - El señor Fort, presa del conocimiento universal. - Cuarenta mil notas sobre las tempestades de vincapervincas, las lluvias de ranas y los chaparrones de sangre. - El libro de los Condenados. - Un cierto profesor Kreyssler. - Elogio e ilustración del intermediarismo. - El eremita del Bronx o el Rabelais cósmico. - Donde los autores visitan la catedral de San Masallá. -¡Buen provecho, señor Fort!

II

Una, hipótesis para la hoguera. - Donde el clérigo y el biólogo hacen payasadas. - Se necesita un Copérnico de la antropología. - Muchos blancos en todos los mapas. - El doctor Fortune no es curioso. - El misterio del platino fundido. - Cuerdas que son libros. - El árbol y el teléfono. - Un relativismo cultural. - Y ahora, ¡una buena historieta!

III

LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS
por Arthur C. Clarke

IV

Donde los autores, que no son demasiado crédulos ni excesivamente incrédulos, se interrogan sobre la Gran Pirámide. - ¿ Y si había otras técnicas? - El ejemplo hitleriano. - El imperio de Almanzor. - Muchos fines del mundo. - La imposible isla de Pascua. - La leyenda del Hombre Blanco. - Las civilizaciones de América. - El misterio maya. - Del «puente de la luz» a, la extraña planicie de Nazca. - Donde los autores no son más que unos pobres picapedreros.

V

La memoria es más vieja que nosotros... - Donde los autores encuentran pájaros metálicos. - Historia de un curiosísimo mapa del mundo. - Bombardeos atómicos y naves interplanetarias en los «textos sagrados». - Otra idea sobre las máquinas. - El culto del «cargo». - Otra división del esoterismo. -- Carácter sagrado de la inteligencia. - Permítannos otra historieta.

VI

CÁNTICO A SAN LEIBOWITZ
por Walter M. Miller

 

SEGUNDA PARTE

ALGUNOS AÑOS EN EL MÁS ALLÁ ABSOLUTO

Todas las canicas en el mismo saco. - La desesperación del historiador. - Dos amantes de lo insólito. - En el fondo del lago del Diablo. - Un antifascismo que levanta, viento. - Bergier y yo ante la inmensidad de lo extraño. - También Troya era una, leyenda. - La historia atrasada. - De lo visible vulgar a lo invisible fantástico. - Apólogo del escarabajo de oro. -Se puede oír la resaca del futuro. - Hay algo más que la fría mecánica.

II

En la Tribune des Nations se niega al Diablo y la locura. - Sin embargo, hay una lucha entre los dioses. - Los alemanes y la Atlántida. - Un socialismo mágico. - Una religión y un orden secretos. - Expedición a las regiones ocultas. - El primer guía será un poeta.

III

Donde se habla de P. J. Toulet, escritor menor. - Pero se trata de Arthur Machen. - Un gran genio desconocido. - Un Robinson Crusoe del alma. - Historia de los ángeles de Mons. - Vida, aventuras y desdichas de Machen. - Cómo descubrimos una sociedad secreta inglesa. - Un Premio Nobel con antifaz negro. - La Golden Dawn, su filiación, sus miembros, sus jefes. - Por qué vamos a citar un texto de Machen. - Las casualidades se afanan.

IV

El texto de Arthur Machen. - Los verdaderos pecadores, como los verdaderos santos, son ascetas. - El verdadero Mal, como el verdadero Bien, nada tiene que ver con el mundo ordinario. - Pecar es tomar el cielo por asalto. - El verdadero Mal es cada vez más raro. - El materialismo, enemigo del Bien, y más aún del Mal. - A fin de cuentas, hoy existe algo. - Si os interesa realmente...

V

La tierra cóncava, el mundo helado, el hombre nuevo. -Somos enemigos del espíritu. - Contra la Naturaleza y contra Dios. - La sociedad del Vril. - La raza que nos suplantará. – Haushoffer y  el Vril. - La idea de mutación del hombre. - El Superior Desconocido - Encuentro de Mathers, jefe de la Golden Dawn, con los grandes Terroríficos. - Hitler dice que también los ha visto. -¿Alucinación o presencia real?- Una puerta abierta sobre otra cosa. - Una profecía de René Guénon. - El primer enemigo de los nazis: Steiner.

VI

Ultimátum a los sabios. - El profeta Horbiger, Copérnico del siglo XX. - La teoría del mundo helado. - Historia del sistema solar. - El fin del mundo. - La Tierra y sus cuatro lunas. - Aparición de los gigantes. - Las lunas, los gigantes y los hombres. - La civilización de la Atlántida. - Las cinco ciudades de hace 300.000 años. - De Tiahuanaco a las momias tibetanas. - La segunda Atlántida. - El Diluvio. - La propensión a degenerar y la cristiandad. - Nos acercamos a otra edad. - La ley del hielo y del fuego.

VII

Horbiger tiene todavía un millón de discípulos. - la espera del Mesías. - Hitler y el esoterismo en política. - La ciencia nórdica y el pensamiento mágico. -Una civilización enteramente distinta de la nuestra. - Gurdjieff, Horbiger, Hitler y el hombre responsable del Cosmos. - El ciclo del fuego. - Habla Hitler - El fondo del antisemitismo nazi. - Marcianos en Nuremberg. - El antipacto. - El verano del cohete - Stalingrado o la caída de los magos. - Oración sobre el Elbruz. - El hombrecillo vencedor del superhombre. - Es el hombrecillo quien abre las puertas del cielo. - El ocaso de los dioses. - La inundación del Metro de Berlín y el Diluvio. - Muerte caricaturesca de los profetas. - Coro de Shelley.

VIII

La Tierra es cóncava. - Vivimos en el interior. - El Sol y la Luna están en el centro de la Tierra. - El radar al servicio de los magos. - Una religión nacida en América. - Su profeta alemán era aviador. - La Tierra cóncava, los satélites artificiales y los alérgicos a la noción de infinito. - Un arbitraje de Hitler. - Más allá de la coherencia.

IX

Agua para nuestro horrible molino. - El diario de los Rubios. - El sacerdote Lenz. - Una circular de la Gestapo. - La última oración de Dietrich Eckardt. - La leyenda de Thule. - Un criadero de médiums. -  Haushoffer, el mago. - Los silencios de Hess. - La cruz gamada y los misterios de la casa Ipatiev. – Los siete hombres que querían cambiar la vida. - Una colonia tibetana. - Exterminios y ritual. - Más oscuro de lo que os imagináis.

X

Himmler y el problema a la inversa. - El recodo de 1934. - La Orden Negra en el poder. - Los monjes guerreros de la calavera. - La iniciación en los Burgs. - La última oración de Sievers. - Los extraños trabajos de la «Ahnenerbe». - El gran sacerdote Frederic Hielscher. - Una nota olvidaba de Jünger. - El sentido de una guerra y de una victoria.

 

TERCERA PARTE:  EL HOMBRE, ESTE INFINITO

UNA NUEVA INTUICIÓN

I

Lo fantástico en el fuego y en la sangre. - Las barreras de la incredulidad. - El primer cohete. - Burgueses y obreros de la Tierra. – Los hechos falsos y la ficción verdadera. - Los mundos habitados. - Visitantes venidos de más allá. - Las grandes comunicaciones. - Los mitos modernos. - Realismo fantástico en psicología. - Para una exploración de lo fantástico interior. - Exposición del método. - Otro concepto de la libertad.

LO FANTÁSTICO INTERIOR

II

Los pioneros: Balzac, Hugo, Flammarion. - Jules Romains y la cuestión más vasta. Fin del positivismo. -¿ Qué es la parapsicología? - Hechos extraordinarios y experimentos ciertos. - El ejemplo del Titanic - Visión. - Precognición y sueño. - Parapsicología y psicoanálisis. - Nuestro trabajo excluye el ocultismo y las falsas ciencias. - En busca de la maquinaría de las profundidades.

HACIA LA REVOLUCIÓN PSICOLÓGICA

III

El «segundo soplo» del espíritu. - Se necesita un Einstein de la psicología. - Renace la idea religiosa. - Nuestra sociedad agoniza. - Jaurés y el árbol lleno de moscas que zumban. - Lo poco que vemos depende de lo poco que somos.

REDESCUBRIMIENTO DEL ESPÍRITU MÁGICO

IV

El ojo verde del Vaticano. - La otra inteligencia. - La Fábrica Durmiente del Bosque. - Historia de la «relavóte». - La Naturaleza hace tal vez un doble juego. - La manivela de la supermáquina. - Nuevas catedrales, nuevo argot. - La última puerta. - La existencia como instrumento. - Algo nuevo y razonable sobre los símbolos. - No todo está en todo.

NOCIÓN DEL ESTADO DE ALERTA

V

A la manera de los teólogos, de los sabios, de los magos y de los niños. - Salve a un especialista del meterse en camisa de once varas. - El conflicto espiritualista-materialista, o una historia de alergia. - La leyenda del té. -¿ Y si se tratase de una facultad natural? – El pensamiento como camino y como vuelo. - Suplemento a los derechos del hombre. - Sueños sobre el hombre alerta. - Nosotros, hombres honrados.

TRES HISTORIAS A MODO DE ILUSTRACIÓN

VI

Historia de un gran matemático en estado salvaje. - Historia del más asombroso de los clarividentes. - Historia de un sabio de mañana que vivió en 1750.

PARADOJAS E HIPÓTESIS SOBRE EL HOMBRE DESPIERTO

VII

Por qué nuestras tres historias han defraudado a los lectores. - No sabemos nada serio sobre la levitación, la, inmortalidad, etc. - Sin embargo, el hombre tiene el don de ubicuidad, ve a distancia, etc. - ¿A qué llaman ustedes una máquina? - Cómo pudo nacer el primer hombre despierto. - Sueño fabuloso, pero razonable, sobre las civilizaciones desaparecidas. - Apólogo de la pantera. - La escritura de Dios.

ALGUNOS DOCUMENTOS SOBRE EL ESTADO DE ALERTA

VIII

Una antología por hacer. - Palabras de Gurdjieff. - Mi paso por la escuela del despertar. - Un relato de Raymond Abellio. - Consideraciones de René Alleau sobre el estado de conciencia superior. - Un admirable texto de Gustav Meyrinck, genio desconocido.

EL PUNTO MÁS ALLÁ DEL INFINITO

IX

Del Surrealismo al Realismo Fantástico. - El Punto Supremo. - Desconfiad de las imágenes. - La locura de Georg Cantor. - El yogui y el matemático. - Una aspiración fundamental del espíritu humano. - Fragmento de una novela de Jorge Luis Borges.

DESVARÍO SOBRE LOS MUTANTES

X

El niño astrónomo. - Un acceso de fiebre de la inteligencia. - Teoría de las mutaciones. - El mito de los Grandes Superiores. - Los Mutantes entre nosotros. - Del Horla a Leonard Euler. - ¿ Una sociedad invisible de Mutantes? - Nacimiento del ser colectivo. - El amor a lo que vive.

 



Louis Pauwels: Reseña Biográfica

Louis PauwelsEscritor y periodista francés Louis Pauwels, un hombre polémico que dirigió la revista del diario Le Figaro solía decir: "Soy un hombre de derecha. Lo digo sin complejos: no creo que la derecha moderna sea reaccionaria."

Se hizo famoso en 1960, cuando publicó, junto con Jacques Bergier, el libro El retorno de los brujos. Según él mismo afirmó, ese libro postulaba que "los brujos, las fuerzas irracionales e instintivas, lo fantástico, existen". El retorno... fue un best-seller que se discutió acaloradamente en todo el mundo. En esa misma línea, en 1961 sacó la revista Planeta, donde se hablaba de la relación entre ciencia y política y se tocaban temas como la investigación esotérica, las medicinas paralelas, el orientalismo, los fenómenos paranormales y los visitantes de otros mundos.

La revista tuvo tanto éxito que se empezó a publicar en varios idiomas. Así, en diciembre de 1964 Pauwels llegó a Buenos Aires para presentar su edición en castellano. Aquí recordó la famosa frase "Cuando oigo la palabra cultura saco el revólver" y explicó que la había modificado. "Cuando oigo la palabra revólver saco la cultura", les dijo a los 50 periodistas argentinos que lo rodeaban.

No solo lo escucharon los periodistas: el 14 de diciembre de 1964 Pauwels dio una conferencia en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. El tema era El humanismo del tercer milenio.

Louis Pauwels nació el 2 de agosto de 1920 en París. Su padre era un belga con dinero pero Pauwels no lo conoció y fue educado por su madre y su compañero, que era sastre.

En 1949, Pauwels trabajaba en el periódico Combat, donde también estaba el escritor Albert Camus. Después pasó a la revista Arts y, entre 1956 y 1962, dirigió el mensuario femenino Marie France.

Como escritor publicó Las vías de la pequeña comunicación, El amor monstruo y Carta abierta a la gente feliz, entre otros. Fue, también, el autor de dos biografías. Una es la del esotérico ruso George Gurdjieff, que fue su maestro. En declaraciones periodísticas dijo, ya en los 80, que de él había aprendido "un adecuado comportamiento del yo". Y que el ocultista enseñaba "a no temer nada y no esperar nada." El personaje de la segunda biografía es diferente: su amigo Salvador Dalí, el famoso pintor español. Lo conocía bien: a mediados de los 60 Pauwels se instaló durante algunos meses en la casa del artista y lo acompañó durante largas horas mientras pintaba. El periodista registró conversaciones y monólogos. El resultado se llamó Dalí me dijo y se publicó en 1968.

Durante los últimos 20 años, Louis Pauwels se especializó en el análisis político. Conversando con un diario argentino en 1979 dijo: "Lo que me interesa de los Estados Unidos no son los parásitos intelectuales de Nueva York sino los verdaderos norteamericanos. Yo no estoy con Woody Allen, estoy con John Wayne." Y, respecto de la Argentina, opinó en 1990 que "el derrumbe empezó con el desaliento de los grandes terratenientes, que vieron que la voluntad de desarrollar la industria en lugar de la agricultura los relegaba. El peronismo fue en gran parte responsable de ese fenómeno."

Murió el 28 de Enero de 1997. Tenía 76 años.

 


 

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

 

Al alma grande, al corazón
ardiente de mi verdadero padre,
Gustave Bouju, obrero
sastre. In Memoriam.

L.P.

 

 

PREFACIO

Tengo una gran torpeza manual y lo deploro. Me sentiría mejor si mis manos supiesen trabajar. Manos capaces de hacer algo útil, de sumergirse en las profundidades del ser y alumbrar en él un manantial de bondad y de paz. Mi padrastro (al que llamaré mi padre, pues él me educó) era obrero sastre. Era un alma vigorosa, un espíritu realmente mensajero. Decía a veces, sonriendo, que el primer fallo de los clérigos se produjo el día en que uno de ellos representó por primera vez un ángel con alas: hay que subir al cielo con las manos.

A despecho de mi torpeza, logré un día encuadernar un libro. Tenía a la sazón dieciséis años. Era alumno del curso complementario de Juvisy, en el barrio pobre. El sábado por la tarde podíamos elegir entre el trabajo de la madera o del hierro, el modelaje y la encuadernación. En aquella época leía yo a los poetas, especialmente a Rimbaud. Sin embargo, me impuse la obligación de no encuadernar Une Saison en Enfer. Mi padre poseía una treintena de libros, alineados en el estrecho armario de su taller, junto con las bobinas, los jaboncillos, las hombreras y los patrones. Había también, en aquel armario, millares de notas escritas con caracteres menudos y aplicados, sobre un ángulo del tablero, durante las incontables noches de labor. Entre aquellos libros, había yo leído Le Monde avant la Création de l'Homme, de Flammarion, y estaba entonces descubriendo oh va le Monde?, de Walter Rathenau. Y fue esta obra de Rathenau la que me puse a encuadernar, no sin trabajo. Rathenau fue la primera víctima de los nazis, y estábamos en 1936. Cada sábado, en el pequeño taller del curso complementario, hacía mi trabajo manual por amor a mi padre y al mundo obrero. Y el día primero de mayo, hice ofrenda del Rathenau encuadernado, al que acompañé con una brizna de muguete. Mi padre había subrayado con lápiz rojo, en este libro, un largo párrafo que he conservado siempre en la memoria:

 

«Incluso la época del agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.»

«Incluso la época del agobio...» Mi padre murió en 1948, sin haber dejado nunca de creer en la naturaleza creadora, sin haber dejado nunca de amar ni de empapar con su amor el mundo dolorido en que vivía, sin haber perdido jamás la esperanza de ver brillar la luz detrás de las pesadas masas de materia. Pertenecía a la generación de los socialistas románticos que tenían por ídolos a Víctor Hugo, a Román Rollan y a Jean Jaurés, los cuales llevaban grandes chambergos y guardaban una florecilla azul entre los pliegues de su bandera roja. En la frontera de la mística pura y de la acción social, mi padre, atado a su taller durante más de catorce horas al día -y vivíamos al borde de la miseria-, conciliabaun ardiente sindicalismo con la búsqueda de la liberación interior. Había introducido en los gestos más breves y humildes de su oficio un método de concentración y de purificación del espíritu, sobre el cual nos ha dejado centenares de páginas escritas. Mientras hacía ojales y planchaba telas, tenía un aspecto resplandeciente. Los jueves y los domingos, mis camaradas se reunían en su taller, para escucharle y sentir su vigorosa presencia, y la mayoría de ellos experimentaron un cambio en sus vidas.

Lleno de confianza en el progreso y la ciencia, convencido del advenimiento del proletariado, se había construido una poderosa filosofía. La lectura de la obra de Flammarion sobre la prehistoria fue para él una especie de revelación. Después leyó, guiado por la pasión, libros de paleontología, de astronomía, de física. Sin preparación adecuada, había calado empero en el meollo de los temas. Hablaba aproximadamente como Teilhard de Chardin, al que entonces ignorábamos: «¡Lo que va a vivir nuestro siglo es más importante que la aparición del budismo! No se trata ya, de ahora en adelante, de destinar las facultades humanas a tal o cual divinidad. En nosotros sufre una crisis definitiva el vigor religioso de la Tierra: la crisis de su propio descubrimiento. Empezamos a comprender, y para siempre, que la única religión aceptable para el hombre es la que le enseñará, ante todo, a conocer, amar y servir apasionadamente al Universo del cual es el elemento más importante.» {[1]} Pensaba que la revolución no debe confundirse con el transformismo, sino que es integral y ascendente, y aumenta la densidad psíquica de nuestro planeta, preparándola a establecer contacto con las inteligencias de los otros mundos y a acercarse al almamisma del Cosmos. Para él, la especie humana estaba por terminar. Progresaba hacia un estado de superconciencia a través del ascenso de la vida colectiva y de la lenta creación de un psiquismo unánime. Decía que el hombre aún no está terminado ni se ha salvado, pero que las leyes de condensación de la energía creadora nos permiten alimentar, a escala del Cosmos, una formidable esperanza. Por esto juzgaba los asuntos de este mundo con una serenidad y un dinamismo religioso, buscando, muy lejos y muy alto, un optimismo y un valor que fuesen inmediata y realmente utilizables. En 1948 acabábamos de salir de la guerra, y ya renacía la amenaza de otras batallas, esta vez atómicas. Sin embargo, consideraba las inquietudes y los dolores presentes como negativos de una imagen magnífica. Existía un hilo que lo ataba al destino espiritual de la Tierra, y el hombre proyectaba, sobre la época de agobio en que terminaba su vida de trabajador, y a pesar de sus grandes dolores íntimos, mucha confianza y un gran amor.

Murió en mis brazos, la noche del 31 de diciembre y me dijo antes de cerrar los ojos:

«No hay que contar demasiado con Dios, pero es posible que Dios cuente con nosotros...»

 

¿Cuál era mi situación en aquel momento? En 1940, cuando el desastre, tenía veinticinco años. Pertenecía a la generación funesta que vio derrumbarse un mundo, que había sido amputada del pasado y dudaba del porvenir. Yo estaba muy lejos de creer que la época de agobio fuese digna de respeto y que hubiésemos de empaparla de nuestro amor. Más bien me parecía que lo más razonable era negarse a participar en un juego en que todo el mundo hacía trampas.

Durante la guerra me había refugiado en el hinduismo. Él era mi maquis. Vivía en él, en una resistencia absoluta. No hay que buscar el punto de apoyo en la Historia y entre los hombres, pues siempre se nos escapa. Busquémoslo en nosotros mismos. Seamos de este mundo como si no fuéramos de él. Nada me parecía más bello que el somormujo de la Bhagavad Gita, «que se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas». Hagamos, me decía, que los acontecimientos contra los que nada podemos no puedan nada contra nosotros. Y me sentaba en el suelo, en la actitud del loto, sobre una nube venida de Oriente. Por la noche, mi padre leía a escondidas mis libros, tratando de comprender la extraña enfermedad que tanto me separaba de él.

Más tarde, el día después de la Liberación, busqué un maestro que me enseñara a vivir y a pensar. Me hice discípulo de Gurdjieff. Esforzábame en desligarme de mis emociones, de mis sentimientos, de mis impulsos, con el fin de encontrar, más allá, algo que fuese móvil y permanente y que me consolara de mi escasa realidad y del absurdo del mundo. Juzgaba a mi padre compasivamente. Me figuraba poseer los secretos del gobierno del espíritu y de todo conocimiento. En realidad, no poseía más que la ilusión de poseer y un intenso desprecio por aquellos que no compartían la misma ilusión.

Desesperaba a mi padre. Me desesperaba yo mismo. Me secaba hasta los huesos en mi posición de repulsa. Leía a René Guénon. Pensaba que teníamos la desgracia de vivir en un mundo radicalmente pervertido y destinado justamente al Apocalipsis. Hacía mío el discurso de Cortés en el Congreso de Madrid, en 1849: «La causa de todos vuestros errores señores, es que ignoráis la dirección de la civilización y del mundo. Creéis que la civilización y el mundo progresan, ¡y retroceden!» Para mí, la Edad Moderna era la edad negra. Me empeñaba en enumerar los crímenes del espíritu moderno contra el espíritu. Desde el siglo XII el Occidente, desligado de sus principios, corría a su perdición. Alimentar cualquier esperanza era aliarse al mal. Yo denunciaba toda confianza como una complicidad. Sólo me quedaba ardor para la repulsa, para la ruptura. En este mundo, sumergido ya en sus dos terceras partes, donde los sabios, los políticos, los sociólogos y los organizadores de toda clase, se me aparecían como otros tantos coprófagos, sólo los estudios tradicionales y una resistencia incondicional al siglo eran dignos de estima.

En este estado de ánimo, era natural que considerase a mi padre como un primitivo ingenuo. Su poder de adhesión, de amor, de visión lejana, me producía la irritación de lo ridículo. Le acusaba de haberse quedado rezagado en el entusiasmo de la Exposición de 1900. La esperanza que ponía en una colectivización creciente y que llevaba a un plano mucho más alto que el político, provocaba mi desprecio. Yo sólo respetaba las antiguas teocracias.

Einstein fundaba un comité de desesperación compuesto de sabios del átomo; la amenaza de una guerra total se cernía sobre la Humanidad dividida en dos bloques. Mi padre moría sin haber perdido un ápice de su fe en el porvenir, y yo había dejado de comprenderle. No evocaré en esta obra los problemas de clase. No es lugar adecuado. Pero sé muy bien que estos problemas existen: ellos crucificaron al hombre que me amaba. No he conocido a mi padre carnal. Pertenecía a la vieja burguesía de Gante. Mi madre, como mi segundo padre, eran obreros, descendían de obreros. Fueron mis antepasados flamencos, dados a la diversión, artistas, vagos y orgullosos, quienes me hicieron replegarme y desconocer la virtud de la participación. Hacía ya largo tiempo que se había levantado una barrera entre mi padre y yo. Él, que no había querido tener más hijos que este hijo de otra sangre, por temor a perjudicarme, se había sacrificado para hacer de mí un intelectual. Y, al dármelo todo, había soñado en que mi alma se parecería a la suya. A sus ojos, yo debía convertirme en un faro, en un hombre capaz de iluminar a los otros hombres, de darles valor y esperanza, de demostrarles, como él decía, la luz que brilla en lo más hondo de nosotros. Pero yo no veía ninguna luz, salvo la luz negra, ni en mí, ni en el fondo de la Humanidad. Yo no era más que un amanuense parecido a muchos otros. Llevaba hasta sus últimas consecuencias el sentimiento de destierro, la necesidad de rebelión radical que pregonaban las revistas literarias allá por el año 1947, al hablar de la «inquietud metafísica», y que fueron la difícil herencia de mi generación. En estas condiciones, ¿cómo se puede ser un faro? Esta idea, esta palabra hugoliana, me hacía sonreír malévolamente. Mi padre me acusaba de descomposición, de pasarme, como él decía, al bando de los privilegiados de la cultura, de los mandarines, de los que estaban orgullosos de su importancia.

La bomba atómica, que para mí significaba el principio del fin de los tiempos, era para él la señal de un nuevo amanecer. La materia se iba espiritualizando, y el hombre descubría a su alrededor y dentro de sí mismo potencias hasta entonces insospechadas. El espíritu burgués, para el cual la Tierra es un cómodo lugar de residencia del que hay que sacar el máximo posible, iba a ser barrido por el espíritu nuevo, por el espíritu de los obreros de la Tierra, para el cual el mundo es una máquina en funcionamiento, un organismo cara al porvenir, una unidad a lograr, una Verdad a abrir. La Humanidad estaba sólo al principio de su evolución. Recibía las primeras enseñanzas sobre la misión que le había asignado la Inteligencia del Universo. Empezábamos justamente a saber lo que es el amor del mundo.

Para mi padre, la aventura humana tenía una dirección. Juzgaba los acontecimientos según se situasen o no en esta dirección. La Historia tenía un sentido: avanzaba hacia alguna forma de lo ultrahumano, llevaba en sí la promesa de una superconciencia. Su filosofía cósmica no le separaba del siglo. En lo inmediato, sus adhesiones eran «progresistas». A mí me irritaba esto, sin ver que él ponía muchísima más espiritualidad en su progresismo que yo progreso en mi espiritualidad.

Sin embargo, yo me ahogaba en mi cerrado pensamiento. Ante aquel hombre me sentía a veces como un pequeño intelectual árido y friolero, y deseaba pensar como él, respirar tan ampliamente como él. Por las noches, en un rincón de su taller, forzaba yo la controversia, la provocaba, deseando sordamente que me confundiera y me hiciese cambiar. Pero, gracias a la fatiga, se indignaba contra mí, contra el destino que le había dado una gran idea y le había negado los medios de transmitirla a este hijo rebelde, y nos separábamos encolerizados y doloridos. Yo volvía a mis meditaciones y a mis libros desesperados. Él se inclinaba sobre las telas y cogía de nuevo la aguja, bajola lámpara desnuda que teñía de amarillo sus cabellos. Desde mi cama-jaula, le oía resoplar y gruñir durante largo rato. Después, de pronto, se ponía a silbar entre dientes, suavemente, los primeros compases de la Oda a la Alegría, de la Novena Sinfonía de Beethoven, para decirme desde lejos que el amor siempre vuelve al encuentro de los suyos. Ahora pienso en él casi todas las noches, a la hora de nuestras antiguas disputas. Y oigo aquel resoplido, aquel gruñido que terminaba en cántico, aquel sublime vendaval desvanecido.

 

¡Doce años hace que murió! Y yo voy a cumplir cuarenta. Si le hubiese comprendido cuando vivía, habría dirigido con más destreza mi inteligencia y mi corazón.

No he cesado de buscar. Ahora me acerco a él, después de no pocas búsquedas, a menudo agotadoras y de peligrosos vagabundeos. Habría podido, mucho antes, conciliar la afición a la vida interior y el amor al mundo en movimiento. Habría podido tender más pronto, y acaso con mayor eficacia, cuando mis fuerzas estaban intactas, un puente entre la mística y el espíritu moderno. Habría podido sentirme a la vez religioso y solidario del gran impulso de la Historia. Habría podido tener más pronto fe, caridad y esperanza.

Este libro resume cinco años de búsqueda, en todos los sectores del conocimiento, en las fronteras de la ciencia y de la tradición. Me lancé a esta empresa claramente superior a mis medios, porque ya no podía seguir rechazando este mundo presente y por venir, que es, sin embargo, el mío. Pero de todos los extremos nace la luz. Habría podido encontrar más deprisa una vía de comunicación con mi época. Es posible que no haya perdido del todo mi tiempo marchando hasta el final de mi propio camino. Los hombres no encuentran lo que se merecen, sino lo que se les asemeja. Durante largo tiempo, busqué, como quería el Rimbaud de mi adolescencia, «la Verdad es un alma y un cuerpo». Y no lo logré. En la persecución de esta Verdad, perdí el contacto con las verdades pequeñas que hubiesen hecho de mí, no ya él superhombre al que llamaba con todo mi anhelo, sino un hombre mejor y más unificado de lo que soy. Sin embargo, aprendí cosas preciosas sobre el comportamiento profundo del espíritu, sobre los diferentes estados posibles de la conciencia, sobre la memoria y la intuición, que no hubiese aprendido de otra manera y que debían permitirme, más tarde, ver lo que hay de grandioso, de esencialmente revolucionario en la cumbre del espíritu moderno: la interrogación sobre la naturaleza del conocimiento y la necesidad apremiante de una especie de transmutación de la inteligencia.

Cuando salí de mi nicho de yogui para lanzar una ojeada a este mundo moderno que condenaba sin conocerlo, percibí de golpe lo que tiene de maravilloso. Mi estudio reaccionario, a menudo lleno de orgullo y de odio, me fue útil en impedir mi adhesión a este mundo por su lado malo: el viejo racionalismo del siglo XIX, el progresismo demagógico. Me había impedido también aceptar este mundo como una cosa natural y, simplemente porque era el mío, aceptarlo en un estado de conciencia adormecida, como hacen la mayoría de las gentes. Con los ojos refrescados por mi larga permanencia fuera de mi tiempo, ví este mundo tan rico en fantasías reales supuestas. Mejor aún, lo que aprendía del siglo modificaba, haciéndolo más profundo, mi conocimiento del espíritu antiguo. Vi las cosas antiguas con ojos nuevos, y mis ojos eran también nuevos para ver las cosas nuevas.

 

Conocí a Jacques Bergier (enseguida diré cómo) cuando terminaba de escribir mi obra sobre la familia de espíritus reunida alrededor de M. Gurdjieff. Este encuentro, que en modo alguno atribuyo a la suerte, fue decisivo. Acababa de consagrar dos años a la descripción de una escuela esotérica y de mi propia aventura. Pero otra aventura comenzaba en aquel momento para mí. He aquí lo que creí útil decir a mis lectores al despedirme de ellos. Espero que me perdonarán que me cite a mí mismo, sabiendo que no me gusta llamar la atención sobre mi literatura: otras cosas me preocupan más. Inventé la fábula del mono y la calabaza. Los indígenas, para cazar viva a la bestia, fijan en un cocotero una calabaza que contiene cacahuetes. El mono acude, mete la mano, coge los cacahuetes y cierra el puño. Entonces no puede retirar la mano. Lo que ha cogido lo mantiene prisionero. Al salir de la escuela Gurdjieff, escribí:  

«Hay que palpar, examinar los frutos-trampa y después retirarse con ligereza. Una vez satisfecha cierta curiosidad, conviene volver ágilmente la atención hacia el mundo en que estamos, recuperar nuestra libertad y nuestra lucidez, reemprender nuestro camino en la tierra de los hombres a la cual pertenecemos. Lo que importa es ver hasta qué punto la ruta esencial del pensamiento llamado tradicional desemboca en el movimiento del pensamiento contemporáneo. La física, la biología, las matemáticas, en su extremo último, vuelven hoy a manejar ciertos datos del esoterismo, resucitar ciertas visiones del Cosmos, relaciones de la energía y la materia, que son visiones ancestrales. Las ciencias de hoy, si las abordamos sin conformismo científico, dialogan con los antiguos magos, alquimistas, taumaturgos. Se produce una revolución ante nuestros ojos, y es el inesperado matrimonio de la razón, en la cima de sus conquistas, con la intuición espiritual. Para los observadores realmente sagaces, los problemas que se plantean a la inteligencia contemporánea no son ya problemas de progreso. La noción del progreso murió hace algunos años. Son problemas de cambio de estado, problemas de transmutación. En este sentido, los hombres abocados sobre las realidades de la experiencia interior siguen la dirección del porvenir y estrechan sólidamente la mano de los sabios de vanguardia que preparan el advenimiento de un mundo que no tiene ninguna medida común con el mundo de pesada transición en el que vivimos aún por algunas horas.»

Éste es exactamente el tema que será desarrollado en este grueso libro. Es preciso, pues, me dije antes de emprender la tarea, proyectar la inteligencia muy lejos hacia atrás y hacia adelante para comprender el presente. Comprendí que, si hace poco no quería a las gentes que son sencillamente «modernas», tenía razón en no quererlas. Pero no la tenía al condenarlas. En realidad, sólo son condenables porque su espíritu ocupa una fracción demasiado pequeña de tiempo. Apenas existen, se vuelven anacrónicos. Para estar presente, hay que ser contemporáneo del futuro. Desde entonces, en cuanto me puse a interrogar el presente, recibí respuestas llenas de cosas extrañas y de promesas.

 

James Blish, escritor americano, dice en honor de Einstein que éste «se ha tragado vivo a Newton». ¡Admirable fórmula! Si nuestro pensamiento se eleva hacia una más alta visión de la vida, tiene que haber absorbido vivas las verdades del plano inferior. He adquirido esta certeza en el curso de mis investigaciones. Puede parecer vulgar, pero, cuando uno ha vivido de ideas que pretendían ocupar las cimas, como la sabiduría guenoniana y el sistema Gurdjieff, y que ignoraban o despreciaban la mayoría de las realidades sociales y científicas, esta nueva manera de juzgar cambia la dirección y los apetitos del espíritu. «Las cosas bajas -decía ya Platón- deben volver a encontrarse en las cosas altas, aunque en otro estado.» Ahora tengo el convencimiento de que toda filosofía superior en la que no sigan viviendo las realidades del plano que intenta superar es una impostura.

Por esta razón he realizado un viaje bastante largo por tierra de la física, de la antropología, de las matemáticas y de la biología, antes de intentar una vez más hacerme una idea del hombre, de su naturaleza, de sus facultades, de su destino. No hace mucho, buscaba conocer y comprender el todo del hombre, y despreciaba la ciencia. Sospechaba que el espíritu era capaz de alcanzar cumbres sublimes. Pero, ¿qué sabía de su marcha en el campo científico? ¿No había revelado en él alguna de estas facultades en las que me sentía inclinado a creer?

Me decía: hay que ir más allá de la contradicción aparente entre materialismo y espiritualismo. Pero, el camino científico, ¿acaso no conducía a ella? Y, en este caso, ¿no era mi deber informarme de ello? ¿No era, a fin de cuentas, una actitud más razonable, en un occidental del siglo XX, que tomar un bordón de peregrino y marchar descalzo a la India? ¿Acaso no me rodeaba una multitud de hombres y de libros que podían ilustrarme? ¿No debía, ante todo, calar hondo en mi propio terreno? Si la reflexión científica, en su grado extremo, desemboca en una revisión de las ideas admitidas sobre el hombre, era preciso que yo lo supiera. Y enseguida se presentaba otra necesidad. Toda idea que pudiese forjarme después sobre el destino de la inteligencia, sobre el sentido de la aventura humana, sería sólo valedera en cuanto no marchara en sentido contrario del conocimiento moderno. Encontré el eco de esta meditación en estas frases de Oppenheimer:

«Actualmente, vivimos en un mundo en que los poetas, los historiadores, los filósofos, se enorgullecen diciendo que no admiten siquiera la posibilidad de aprender cualquier cosa referente a las ciencias: ven la ciencia al final de un largo túnel, demasiado largo para que un hombre avisado meta la cabeza en él. Nuestra filosofía -si es que tenemos una- es, pues, totalmente inadaptada a nuestra época.»

Ahora bien, para un intelectual bien adiestrado, no es más difícil penetrar, si lo desea realmente, en el sistema de ideas que rige la física nuclear, que comprende la economía marxista o el tomismo. No es más difícil captar la teoría de la cibernética que analizar las causas de la revolución china o la experiencia poética de Mallarmé. En realidad, uno se resiste a este esfuerzo, no por miedo al esfuerzo, sino porque presiente que traería consigo un cambio en los modos de pensamientos y de expresión, una revisión de los valores hasta ahora admitidos.

«Y, sin embargo -prosigue Oppenheimer-, hace ya tiempo que hubiera debido imponerse un entendimiento más sutil de la naturaleza del conocimiento humano, de las relaciones del hombre con el Universo.» Me puse, pues, a hurgar en el tesoro de las ciencias de las técnicas de hoy, de manera inexperta, desde luego, con una ingenuidad y un asombro tal vez peligrosos, pero propensos al florecimiento de comparaciones, de correspondencias, de acercamientos reveladores. Entonces volví a encontrar cierto número de ideas que había tenido antes, desde el punto de vista del esoterismo y de la mística, sobre la grandeza infinita del hombre. Pero las encontraba en otro estado. Ahora eran convicciones que habían absorbido vivas las formas y las obras de la inteligencia humana de mi tiempo, aplicada al estudio de las realidades. Ya no eran «reaccionarias», sino que mitigaban los antagonismos en vez de excitarlos. Conflictos muy densos, como los que existen entre materialismo y espiritualismo, entre la vida individual y vida colectiva, se resorbían en ellas bajo el efecto de una elevada temperatura. En este sentido habían dejado de ser la expresión de una elección, y, por tanto, de una ruptura, y lo eran de un acontecer, de un sobrepasar, de una renovación, es decir, de la Existencia.  

 

Las evoluciones, tan rápidas e incoherentes, de las abejas, dibujaban al parecer en el espacio figuras matemáticas precisas que constituyen un lenguaje. Sueño con escribir una novela en la que todos los encuentros de un hombre en su existencia, efímeros o importantes, producidos por lo que llamamos casualidad o por la necesidad, dibujen también figuras, expresen ritmos, sean lo que tal vez son: un discurso sabiamente elaborado dirigido a un alma para su cumplimiento, y del que el alma, sólo capta, a lo largo de toda una vida, unas cuantas palabras sin ilación.

A veces me parece captar el sentido de este ballet humano a mi alrededor, adivinar que alguien me habla a través del movimiento de los seres que se acercan, permanecen o se alejan. Después pierdo el hilo, como todo el mundo, hasta la próxima evidencia de bulto, y, sin embargo, fragmentaria.

Salía de Gurdjieff. Una amistad muy viva me ató a André Bretón. Éste me hizo conocer a René Alleau, historiador de la alquimia. Un día que estaba buscando un vulgarizador científico, para una colección de obras de actualidad, Alleau me presentó a Bergier. Se trataba de un trabajo alimenticio, y yo hacía poco caso de la ciencia, vulgarizada o no. Sin embargo, este encuentro fortuito debía ordenar mi vida por un largo período de tiempo, agrupar y orientar todas las grandes influencias intelectuales o espirituales que yo había experimentado, desde Vivekananda a Guénon, desde Guénon a Gurdjieff, desde Gurdjieff a Bretón, y volverme, en mi edad madura, al punto de partida: mi padre.

En cinco años de estudio y de reflexiones, en el curso de los cuales nuestros dos espíritus, bastante diferentes, se sintieron constantemente felices de hallarse juntos, creo que descubrimos un punto de vista nuevo y rico en posibilidades. Es lo mismo que hicieron, a su manera, los surrealistas de hace treinta años. Pero, a diferencia de ellos, nosotros no hemos ido a rebuscar del lado del sueño y de la infraconciencia, sino en el otro extremo: del lado de la ultraconciencia y de la vigilia superior. Hemos bautizado así la escuela que hemos creado: escuela del realismo fantástico. No debe verse en ella la menor afición a lo insólito, al exotismo intelectual, a lo barroco, ni a lo pintoresco. «El viajero cayó muerto, herido por lo pintoresco», dice Max Jacob. No buscamos el extrañamiento. No investigamos los lejanos suburbios de la realidad; por el contrario, tratamos de instalarnos en el centro. Pensamos que la inteligencia, por poco agudizada que esté, descubre lo fantástico en el corazón mismo de la realidad. Algo fantástico que no invita a la evasión, sino, por el contrario, a una más profunda adhesión.

Si los literatos y los artistas van a buscar lo fantástico fuera de la realidad, entre las nubes, es por falta de imaginación. Y sólo traen de allí un subproducto. Lo fantástico, como otras materias preciosas, tiene que ser arrancado de las entrañas de la Tierra, de la realidad. La verdadera imaginación es algo completamente distinto de la huida hacia lo irreal. «Ninguna facultad del espíritu se hunde tanto ni profundiza tanto como la imaginación: ésta es la gran buceadora.»

Generalmente se define lo fantástico como una violación de las leyes naturales, como la aparición de lo imposible. En nuestra opinión, no es nada de esto. Lo fantástico es una manifestación de las leyes naturales, un efecto del contacto con la realidad cuando ésta se percibe directamente y no filtrada por el sueño intelectual, por los hábitos, por los prejuicios, por los conformismos.

La ciencia moderna nos enseña que, detrás de lo simple y visible, está lo invisible y complicado. Una mesa, una silla, el cielo estrellado, son en realidad radicalmente diferentes de la idea que nos formamos de ellos: sistemas en rotación, energías en suspenso, etc. En este sentido decía Valéry que en el conocimiento moderno «lo maravilloso y lo positivo han contraído una asombrosa alianza». Nosotros hemos percibido claramente, como espero que podrá verse en este libro, que este contrato entre lo maravilloso y lo positivo no se ciñe únicamente al dominio de las ciencias físicas y matemáticas. Lo que es verdad para estas ciencias es, sin duda, también verdad para los otros aspectos de la existencia: la antropología, por ejemplo, o la historia contemporánea, o la psicología individual, o la sociología. Lo que juega en las ciencias físicas, juega probablemente igual en las ciencias humanas. Sólo que cuesta mucho percibirlo. Y que todos los prejuicios se han refugiado en estas ciencias humanas, incluso aquellos que las ciencias exactas han rechazado en nuestros días; y que, en un campo tan próximo a ellos y tan cambiante, los buscadores se han empeñado, para ver claro, en reunirlo todo en un sistema: Freud lo explica todo. El capital lo explica todo, etcétera. Cuando decimos prejuicios, deberíamos decir supersticiones. Las hay antiguas y las hay modernas. Para algunos, ningún fenómeno de civilización es comprensible si no se admite, en los orígenes, la existencia de la Atlántida. Para otros, el marxismo basta para explicar a Hitler. Algunos ven a Dios en todo genio, y otros no ven más que el sexo. Toda la historia humana es templaria, a menos que sea hegeliana. Nuestro problema consiste, pues, en hacer sensible, en su estado bruto, la alianza entre lo maravilloso y lo positivo en el hombre aislado o en el hombre en sociedad, tal como ocurre en biología, en física o en matemáticas modernas, donde se habla abiertamente y, a fin de cuentas, sencillamente, del «Más Allá Absoluto», de «Luz Prohibida» y de «Número Cuántico de Rareza». «En la escala de lo cósmico (toda la física moderna nos lo enseña), sólo lo fantástico tiene probabilidades de ser verdadero», dice Teilhard de Chardin. Pero, para nosotros, el fenómeno humano debe medirse también por la escala de lo cósmico. Así lo expresan los más antiguos textos de sabiduría. Así lo dice también nuestra civilización, que empieza a lanzar cohetes a los planetas y busca el contacto de otras inteligencias. Nuestra posición es, pues, la de hombres testigos de las realidades de su tiempo.

Si bien se mira, nuestra actitud, al introducir, el realismo fantástico de las altas ciencias en las ciencias humanas, nada tiene de original. Por lo demás, no pretendemos ser originales. La idea de aplicar las matemáticas a las ciencias, no fue realmente ruidosa: sin embargo, dio resultados muy nuevos e importantes. La idea de que el Universo no es, tal vez, lo que de él sabemos, nada tiene de original: sin embargo, vean cómo Einstein, al aplicarla, lo ha transformado todo.

Es, en fin, evidente que, partiendo de nuestros métodos, una obra como la nuestra, construida con un máximo de honradez y un mínimo de ingenuidad, debe suscitar más preguntas que soluciones. Un método de trabajo no es un sistema de pensamiento. No creemos que un sistema, por ingenioso que sea, pueda iluminar completamente la totalidad de lo viviente que nos ocupa. Se puede machacar indefinidamente al marxismo sin lograr integrar el hecho de que Hitler advirtiera varias veces, con terror, que el Supremo Desconocido había venido a visitarle. Y se podía estrujar en todos los sentidos la medicina de antes de Pasteur sin extraer la idea de que las enfermedades son producidas por animales demasiado pequeños para que podamos verlos. Sin embargo, es posible que exista una respuesta global y definitiva a todas las preguntas que provocamos, y que nosotros no la hayamos oído. Nada se excluye: ni el sí, ni el no. No hemos descubierto ningún «gurú»; no nos hemos convertido en discípulos de un nuevo mesías; no proponemos ninguna doctrina. Nos hemos esforzado simplemente en abrir para el lector el mayor número posible de puertas, y, como la mayoría de ellas se abren desde el interior, nos hemos apartado para dejarle pasar.

 

Repito: lo fantástico, para nosotros, no es lo imaginario. Pero una imaginación fuertemente aplicada al estudio de la realidad descubre que es muy tenue la frontera entre lo maravilloso y lo positivo, o, si ustedes lo prefieren, entre el universo visible y el universo invisible. Existen, tal vez, uno o varios universos paralelos al nuestro. Pienso que no habríamos emprendido este trabajo sí, en el curso de nuestra vida, no hubiésemos llegado a sentirnos, realmente, físicamente, en contacto con otro mundo. Esto le ocurrió a Bergier en Mauthausen. En otro grado, me ocurrió a mí con Gurdjieff. Las circunstancias son muy diferentes, pero el hecho esencial es el mismo.

El antropólogo americano Loren Eiseley, cuyas ideas se aproximan mucho a las nuestras, refiere una bella historia que expresa muy bien lo que quiero decir:

«Encontrar otro mundo -dice- no es únicamente un hecho imaginario. Puede ocurrirles a los hombres. Y también a los animales. A veces las fronteras se deslizan o se confunden: basta con estar allí en aquel momento. Yo presencié cómo le ocurría esto a un cuervo. Este cuervo es vecino mío. Jamás le he hecho el menor daño, pero tiene buen cuidado en mantenerse en la copa de los árboles, volar alto y evitar la Humanidad. Su mundo empieza donde se detiene mi débil vista. Ahora bien, una mañana, nuestros campos se hallaban sumidos en una niebla extraordinariamente espesa, y yo caminaba a tientas hacia la estación. Bruscamente, aparecieron a la altura de mis ojos dos alas negras y enormes, precedidas de un pico gigantesco, y todo se alejó como una exhalación y con un grito de terror como espero no volver a oír otro en mi vida. Este grito me obsesionó toda la tarde. Llegué hasta el punto de mirarme al espejo, preguntándome qué habría en mí de espantoso...

»Por fin comprendí. La frontera entre nuestros dos mundos se había borrado a causa de la niebla. El cuervo, que se imaginaba volar a su altura acostumbrada,vio de pronto un espectáculo sobrecogedor, contrario para él a las leyes de la Naturaleza. Había visto a un hombre que andaba por los aires, en el corazón mismo del mundo de los cuervos. Había presenciado una manifestación de la rareza más absoluta que puede concebir un cuervo: un hombre volador...

»Ahora, cuando me ve desde arriba, lanza unos pequeños gritos, y yo descubro en ellos la incertidumbre de un espíritu cuyo universo se ha desquiciado. Ya no es, ya no volverá a ser jamás como los otros cuervos...»

 

Este libro no es una novela, aunque su intención sea novelesca. No pertenece a la science-fiction, aunque se rocen los mitos que alimentan este género. No es una colección de hechos chocantes, aunque el ángel de lo Chocante se encuentre aquí en su elemento. Tampoco es una contribución científica, el vehículo de una asignatura desconocida, un testimonio, un documental o una moraleja. Es el relato, a ratos legendario y a ratos exacto, de un primer viaje a los dominios apenas explorados del conocimiento. Como en los manuscritos de los navegantes del Renacimiento, lo imaginario y lo verdadero, la interpolación aventurera y la visión exacta, se mezclan en él. Y es que no hemos tenido tiempo ni medios de llevar hasta el final nuestra exploración. Sólo podemos inspirar hipótesis y trazar bocetos de las vías de comunicación entre los diversos dominios que, por ahora, siguen siendo tierra prohibida, y en los que sólo hemos podido permitirnos breves estancias. Cuando hayan sido mejor explorados, sin duda se advertirá que muchas de nuestras palabras eran delirantes, como los relatos de Marco Polo. Es un riesgo que aceptamos de buen grado. «Había muchas tonterías en el libraco de Pauwels y Bergier.» Esto es lo que dirán.

Pero si este libro ha servido para alentar el deseo de explorar más de cerca, habremos logrado nuestro propósito.

Podríamos escribir, como Fulcanelli cuando intentaba calar y describir el misterio de las catedrales: «Dejamos al lector el trabajo de establecer todas las relaciones útiles, de coordinar las versiones, de aislar la verdad positiva que aparece mezclada a la alegoría legendaria en estos fragmentos enigmáticos.» Sin embargo, nuestra documentación no debe nada a los maestros cultos, a los libros enterrados o a los archivos secretos. Es vasta, pero accesible a todos. Para no hacernos pesados, hemos evitado multiplicar las referencias, las notas al pie de las páginas, las indicaciones bibliográficas, etc. A veces nos hemos servido de imágenes y alegorías, porque lo hemos considerado más eficaz, y no por afición al misterio, tan aguda entre los esoteristas que nos han hecho pensar en este diálogo de los Hermanos Marx:

«-Oye, en la casa de al lado hay un tesoro.

»-Pero si al lado no hay ninguna casa...

»-Está bien, ¡construiremos una!»

 

Este libro, como ya he dicho, debe mucho a Jacques Bergier. No solamente en su teoría general, que es el fruto del matrimonio de nuestras ideas, sino también por su documentación. Todos los que han conocido a este hombre de memoria sobrehumana, de curiosidad devoradora y - lo que es aún más raro - de presencia de espíritu constante, me creerán si les digo que un lustro al lado de Bergier me ha ahorrado veinte años de lectura activa. En su cerebro poderoso funciona una biblioteca formidable: la elección, la clasificación, las más complejas conexiones se producen en ella con rapidez electrónica. El espectáculo de esta inteligencia en movimiento ha provocado siempre en mí una exaltación de las facultades, sin la cual me hubiese sido imposible la concepción y la realización de este libro.

En un despacho de la calle de Berri, que un gran impresor puso generosamente a nuestra disposición, reunimos gran cantidad de libros, de revistas, de boletines y de periódicos en todas las lenguas. Una secretaria escribió al dictado millares de páginas de notas, citas, traducciones y reflexiones. En mi casa, en el MesnilleRoi, proseguíamos todos los domingos nuestra conversación, interrumpida por lecturas, y, por la noche, consignaba yo por escrito lo esencial de nuestra charla, las ideas que habían surgido de ella, las nuevas rutas de investigación que nos había inspirado. Cada día, durante cinco años, me senté a mi mesa al amanecer, pues después me esperaban largas horas de trabajo en el exterior. Dado el estado de las cosas en este mundo al que no queremos eludir, la cuestión del tiempo es cuestión de energía. Pero hubiésemos necesitado otros diez años, muchos medios materiales y un numeroso equipo para enfocar debidamente nuestra empresa. Quisiéramos, si un día disponemos de algún dinero, arrancado aquí y allá, crear una especie de instituto en el que prosiguieran los estudios apenas esbozados en este libro. Espero que estas páginas nos ayuden a lograrlo, si es que tienen algún valor. Como dice Chesterton, «la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra».

Por diversas razones, las actividades exteriores de Bergier son muy numerosas. También lo son las mías, y bastante amplias. Pero yo he visto en mi infancia morir de trabajo. «¿Cómo hace usted todo lo que hace?» No lo sé, pero podría responder con la frase de Zen: «Voy a pie y, sin embargo, estoy sentado a lomos de un buey.» Muchas dificultades, recomendaciones y contratiempos de todas clases se han cruzado en mi camino, poniéndome al borde de la desesperación. No me gusta la figura del creador tercamente indiferente a todo lo que no sea su obra. Me domina un amor más vasto, y la estrechez en el amor, aunque sea el precio de una bella obra, me hace el efecto de una contorsión indigna. Pero se comprenderá que en estas circunstancias, en la corriente de una vida ampliamente entregada, uno corre el riesgo de ahogarse. Me ayudó un pensamiento de Vicente de Paúl: «Los grandes designios son siempre cruzados por diversos encuentros y dificultades. La carne y la sangre nos dirán que hay que abandonar la misión; guardémonos de escucharlas. Dios jamás cambia las cosas que ha resuelto, aunque se produzcan cosas que nos parezcan contrarias.»

 

En el curso complementario de Juvisy, que evoqué al principio de este prefacio, nos mandaron un día comentar la frase de Vigny: «Una vida lograda es un sueño de adolescentes realizado en la edad madura.» Entonces yo soñaba en profundizar y en servir a la filosofía de mi padre, que era una filosofía del progreso. Es lo que intento hacer, después de muchas fugas, oposiciones y rodeos. ¡Que mi lucha dé paz a sus cenizas! A sus cenizas hoy dispersadas, según deseaba, pensando, como pienso yo también, que la «materia es tal vez únicamente una máscara entre todas las máscaras del Gran Rostro».

 

 


PRIMERA PARTE

 

EL FUTURO ANTERIOR

 

Homenaje al lector apresurado. - Una dimisión en 1875. - Los pájaros de mal agüero. - Cómo el siglo XIX cerraba las puertas. - El fin de las ciencias y la represión de lo fantástico. - El desespero de Poincaré. - Somos nuestros propios abuelos. - ¡Juventud! ¡Juventud!

 

¿Cómo es posible que, hoy en día, un hombre inteligente no tenga prisa? «¡Levántese, caballero, pues tiene grandes cosas que hacer!» Pero cada vez hay que levantarse más temprano. Aceleren sus máquinas de ver, de oír, de pensar, de recordar, de imaginar. Nuestro mejor lector, el más caro a nuestros ojos, habrá terminado con nosotros en dos o tres horas. Conozco algunos hombres que leen, con el máximo de provecho, cien páginas de matemáticas, de filosofía, de Historia o de arqueología en veinte minutos. Los actores aprenden a «situar» su voz. ¿Quién nos enseñará a «situar» nuestra atención? Hay una altura a partir de la cual todo cambia de velocidad. No soy, en esta obra, uno de esos escritores que pretenden, meciéndole, conservar a su lado al lector el mayor tiempo posible. Nada para el sueño, todo para la vigilia. Vamos, pronto, ¡tomen y márchense! Fuera les esperan otras preocupaciones. En caso necesario, sáltense capítulos, empiecen por donde les plazca, lean en diagonal: éste es un instrumento para múltiples usos, como los cuchillos de los excursionistas. Por ejemplo, si temen llegar demasiado tarde al meollo del asunto que les interesa, salten estas primeras páginas. Sepan solamente que en ellas se explica cómo el siglo XIX había cerrado sus puertas a la realidad fantástica del hombre, del mundo, del Universo; cómo el siglo XX ha vuelto a abrirlas, aunque nuestra moral, nuestra filosofía y nuestra sociología, que deberían ser contemporáneas del futuro, no lo son en modo alguno y permanecen aferradas a este anticuado siglo XIX. No se ha tendido aún el puente entre el tiempo de los trabucos y el de los cohetes, aunque se piensa en ello. Escribimos para que se piense más aún. Como tenemos prisa, no lloramos sobre el pasado, sino sobre el presente, y lloramos de impaciencia. Eso es todo. Ya saben lo bastante para hojear deprisa este comienzo y pasar, si quieren, más adelante.

 

 

La Historia no ha conservado su nombre, y es una lástima. Era director del Patent Office americano, y fue él quien tocó a zafarrancho. En 1875 envió su dimisión al Secretario de Estado para el Comercio. ¿Por qué seguir?, decía en sustancia; ya no queda nada que inventar.

Doce años después, en 1887, el gran químico Marcellin Berthelot escribía: «De ahora en adelante, el Universo no tiene ya misterios.» Para obtener una imagen coherente del mundo, la ciencia había despejado la plaza. La perfección por la omisión. La materia estaba constituida por cierto número de elementos imposibles de transformar unos en otros. Pero, mientras Berthelot rechazaba en su sabia obra los sueños alquimistas, los elementos, que nada sabían de ello, seguían transmutándose bajo el efecto de la radiactividad natural. En 1852, Reichenbach había expuesto el fenómeno, que había sido inmediatamente rechazado. Trabajos realizados en 1870 evocan «un cuarto estado de la materia» comprobado con ocasión de la descarga de los gases. Pero había que reprimir todo misterio. Represión: ésta es la palabra. La idea del siglo XIX puede someterse a psicoanálisis.

Un alemán llamado Zeppelin, de vuelta a su tierra después de haber combatido en las filas sudistas, trató de interesar a los industriales en la dirección de globos. «¡Desgraciado! ¿No sabe que hay tres temas sobre los cuales la Academia de Ciencias francesa no admite discusión? Son la cuadratura del círculo, el túnel bajo la Mancha y los globos dirigidos.» Otro alemán, Hermán Gaswindt, proponía la construcción de máquinas volantes más pesadas que el aire, propulsadas por cohetes. El ministro de la Guerra alemán, después de haber consultado a los técnicos, escribió sobre el quinto manuscrito: «¿Cuándo reventará de una vez ese pájaro de mal agüero?»

Los rusos, por su parte, se habían sacudido otro pájaro de mal agüero, Kibaltchich, que era también partidario de las máquinas voladoras con cohetes. Pelotón de ejecución. Cierto que Kibaltchich había empleado sus conocimientos técnicos para fabricar una bomba que acababa de matar al emperador Alejandro II. En cambio, no había motivo para enviar al cadalso al profesor Langley, del Smithsonian Institute americano, que proponía unas máquinas voladoras accionadas por motores de explosión, recientemente inventados. Se le degradó, se le arruinó y se le expulsó del Smithsonian.

El profesor Simón Newcomb demostró matemáticamente la imposibilidad de volar con algo más pesado que el aire. Unos meses antes de la muerte de Langley, que se murió de pena, un chiquillo inglés volvió llorando un día a la escuela. Había mostrado a sus compañeros una fotografía de una maqueta, que Langley acababa de enviar a su padre. Éste había proclamado que los hombres acabarían por volar. Los compañeros se burlaron de él. Y el maestro le dijo: «Amigo mío, ¿acaso su padre es un tonto?» El supuesto tonto se llamaba Herbert George Wells.

Todas las puertas se cerraban, pues, con ruido seco. No había, en efecto, más remedio que dimitir, y M. Brunetiére  pudo   hablar  tranquilamente, en 1895, de «La quiebra de la ciencia». El célebre profesor Lippmann, en la misma época, declaraba a uno de sus alumnos que la Física estaba acabada, clasificada, archivada y completa, y que haría mejor en emprender nuevos caminos. El alumno se llamaba Helbronner y había de convertirse en el primer profesor de fisicoquímica de Europa y hacer notables descubrimientos sobre el aire líquido, los ultravioleta y los metales coloidales. Moissan, el químico genial, se veía obligado a la «autocrítica» y a declarar públicamente que jamás había fabricado diamantes y que se trataba de un error experimental. Inútil buscar más lejos: las maravillas del siglo eran la máquina de vapor y la lámpara de gas; jamás la Humanidad haría mayores inventos. ¿La electricidad? Simple curiosidad técnica. Un inglés loco, Maxwell, había pretendido que por medio de la electricidad se podían producir rayos luminosos invisibles: una broma. Algunos años más tarde, Ambrose Bierce podría escribir en su Dictionnaire du Diable: «No se sabe lo que es la electricidad, pero, en todo caso, alumbra mejor que un caballo de vapor y va más aprisa que un mechero de gas.» En cuanto a la energía, era una entidad totalmente independiente de la materia y que no tenía misterio alguno. Estaba compuesta de fluidos. Los fluidos lo llenaban todo, se dejaban describir por ecuaciones de gran belleza formal y daban satisfacción al pensamiento: fluido eléctrico, luminoso, calorífico, etc. Una progresión continua y clara: la materia en sus tres estados (sólido, líquido y gaseoso) y los diversos fluidos energéticos, más sutiles aún que los gases. Bastaba con rechazar como sueño filosófico las nacientes teorías del átomo para conservar una imagen «científica» del mundo. Se estaba muy lejos de los granos de energía de Plank y Einstein.

El alemán Clausius demostraba que no era concebible otra fuente de energía que el fuego. Y la energía, si se conserva en cantidad, se degrada en calidad. El Universo fue un día montado como un reloj. Se parará cuando se afloje el muelle. Nada que esperar, nada de sorpresas. En este Universo de previsible destino, la vida habría aparecido por casualidad y habría evolucionado por el simple juego de las selecciones naturales. Y en la cima definitiva de esta evolución: el hombre. Un conjunto mecánico y químico, dotado de una ilusión: la conciencia. Bajo los efectos de esta ilusión, el hombre había inventado el espacio y el tiempo: visiones de la mente. Si alguien hubiese dicho a un investigador oficial del siglo XIX que la física absorbería un día el espacio y el tiempo y estudiaría experimentalmente la curvatura del espacio y la contracción del tiempo, aquél habría llamado a la Policía. El espacio y el tiempo no tienen existencia real. Son conceptos de matemáticos y temas de gratuita reflexión para filósofos. El hombre no sabría qué hacer de estas grandezas. A despecho de los trabajos de Charcot, de Breuer y de Hyslop, la idea de perfección extrasensorial o extratemporal debe ser rechazada con desprecio. Sabio hijo mío, ¡procura tener siempre limpia la nariz!

Era inútil intentar la exploración del mundo interior, pero, sin embargo, había un hecho que introducía bastones en las ruedas de la simplificación: se hablaba mucho de la hipnosis. El ingenuo Flammarion, el dudoso Edgar Poe, el sospechoso H. G. Wells, se interesaban en el fenómeno. Ahora bien, por fantástico que pueda parecemos, el siglo XIX oficial demostró que la hipnosis no existía. El paciente tiene tendencia a mentir, a simular para complacer al hipnotizador. Esto es exacto. Pero, desde Freud y Morton Price, se sabe que la personalidad puede dividirse. Partiendo de críticas exactas, aquel siglo logró crear una mitología negativa, eliminar todo rastro de lo desconocido en el hombre, reprimir toda sospecha de misterio.

También la biología estaba terminada. M. Claude Bernard estrujó todas sus posibilidades y se había llegado a la conclusión de que el cerebro segrega el pensamiento, como el hígado la bilis. Sin duda se llegaría a descubrir aquella secreción y a escribir su fórmula química de acuerdo con la bonita distribución en hexágonos inmortalizada por M. Berthelot. Cuando se supiera cómo se asociaban los hexágonos de carbono para crear el espíritu, se habría escrito la última página. ¡Que nos dejen trabajar en serio! ¡Los locos, al manicomio! Una hermosa mañana de 1898, un grave caballero ordenó al ama de llaves que no dejara leer Julio Verne a sus hijos. El grave caballero se llamaba Edouard Branly. Acababa de renunciar a sus fútiles experimentos sobre las ondas para convertirse en médico de barrio.

El sabio debe abdicar. Pero debe también reducir a la nada a los «aventureros», es decir, a la gente que reflexiona, que imagina, que sueña. Berthelot ataca a los filósofos «que se baten contra su propio fantasma en la arena solitaria de la lógica abstracta» (he aquí una buena descripción de Einstein, por ejemplo). Y Claude Bernard declara:

«Un hombre que descubre el hecho más sencillo sirve más a la Humanidad que el más grande filósofo del mundo.» La ciencia debería ser sólo experimental. Fuera de ella, no hay salvación. Cerremos las puertas. Nadie igualará jamás a los gigantes que han inventado la máquina de vapor.

En este Universo organizado, inteligible y, por lo demás, condenado, el hombre debería mantenerse en su justo lugar de epifenómeno. Nada de utopías ni de esperanza. El combustible fósil se agotará en unos cuantos siglos, y vendrá el fin por frío y por hambre.

Jamás el hombre volará, jamás viajará por el espacio. ¡Extraña prohibición la de la visita a los abismos marinos! Nada impedía al siglo XIX, dado el estado de su técnica, construir el batiscafo del profesor Piccard. Nada se lo impedía, salvo la preocupación del hombre de «mantenerse en su lugar».

Turpin, que inventa la melinita, no tarda en verse recluido. Se desanima a los inventores de los motores de explosión y se intenta demostrar que las máquinas eléctricas no son más que formas del movimiento continuo. Es la época de los grandes inventores aislados, rebeldes, acosados. Hertz escribe a la Cámara de Comercio de Dresde que hay que desanimar a los que investigan sobre la transmisión de las ondas hertzianas: no es posible ninguna aplicación práctica. Los expertos de Napoleón III prueban que la dínamo Gramme no dará vueltas jamás.

Los doctos académicos no se molestan a causa de los primeros automóviles, de los submarinos, de los dirigibles, de la luz eléctrica (¡un truco de ese dichoso Edison!). Pero existe una página inmortal. Es el acto de la recepción del fonógrafo en la Academia de Ciencias de París: «En cuanto la máquina empieza a emitir algunas palabras, el señor Secretario Perpetuo se lanza sobre el impostor y le aprieta la garganta con puño de hierro. ¡Véanlo ustedes!, les dice a sus colegas. No obstante, para general asombro, la máquina sigue emitiendo sonidos.»

 

 

Mientras tanto, algunos espíritus gigantes, fuertemente contrariados, se arman en secreto, preparando la más formidable revolución de ideas que el hombre «histórico» haya conocido. Pero por lo pronto, todos los caminos están cerrados.

Cerrados hacia delante y hacia atrás. Se rechazan los fósiles prehumanos que empiezan a descubrirse en cantidad. ¿Acaso no ha demostrado el gran Heinrich Helmholtz que el sol saca su energía de su propia contracción, es decir, de la única fuerza que, junto con la combustión, existe en el Universo? ¿Y no muestran sus cálculos que, cuanto más, unos centenares de miles de años nos separan del nacimiento del sol? ¿Cómo habría podido producirse una larga evolución? Y, además, ¿quién encontrará jamás la manera de poner fecha al pasado del mundo? En este breve lapso entre dos nadas, nosotros, los epifenómenos, permanecemos graves. ¡Hechos! ¡Sólo queremos hechos!

Al no alentarse las investigaciones sobre la materia y la energía, los más curiosos se meten en un callejón sin salida: el éter. Es el medio que penetra toda materia y sirve de soporte a las ondas luminosas y electromagnéticas. Es a la vez infinitamente sólido e infinitamente tenue. Lord Rayleigh, que representa, a fines del siglo XIX, la ciencia oficial inglesa en todo su esplendor, construye la teoría del éter giroscópico. Un éter compuesto de múltiples peonzas girando en todos sentidos y reaccionando entre ellas. Aldous Huxley escribirá más tarde que «si una obra humana puede dar idea de la fealdad de lo absoluto, lo ha logrado la teoría de Lord Rayleigh».

Las inteligencias disponibles en los albores del siglo XX se hallan enfrascadas en las especulaciones sobre el éter. En 1898, se produce la catástrofe: el experimento de Michelson y Henri Poincaré, matemático genial, sentía gravitar sobre sí el enorme peso de ese siglo XIX que había sido carcelero y verdugo de lo fantástico. Él habría descubierto la relatividad si se hubiese atrevido. Pero no se atrevió. La, valeur de la Science, La Science et l'Hypothése, son obras desesperadas y de dimisión. Para él, la hipótesis científica no es nunca verdadera; sólo puede ser útil. Y es como una fonda española: sólo se encuentra en ella lo que uno lleva. Según Poincaré, si el Universo se contrajese un millón de veces, y nosotros con él, nadie advertiría nada. Especulaciones inútiles, por ajenas a toda realidad sensible. Su argumento fue citado hasta principios de nuestro siglo como modelo de profundidad. Hasta el día en que un experto ingeniero hizo observar que, por lo menos, se daría cuenta el tocinero, pues todos sus jamones se vendrían al suelo. El peso de un jamón es proporcional a su volumen, pero la fuerza de un hilo no es proporcional a su sección. ¡Que se contraiga el Universo un millón de veces, y todos los jamones irán por los suelos! ¡Pobre, viejo y querido Poincaré! Este maestro del pensamiento había escrito: «Basta el sentido común para decirnos que la destrucción de una ciudad por la desintegración de medio kilo de metal es una imposibilidad evidente.»

Carácter limitado de la estructura física del Universo, inexistencia de los átomos, débiles recursos de la energía fundamental, incapacidad de una fórmula matemática que dé más de lo que contiene, vacuidad de la intuición, estrechez y mecanicidad absoluta del mundo interior del hombre: tal es el espíritu de las ciencias, y este espíritu se extiende a todo, crea el clima que empapa a toda la inteligencia de este siglo. ¿Un siglo pequeño? No. Alto, pero estrecho. Como un enano al que se hubiese estirado.

Bruscamente, las puertas cuidadosamente cerradas por el siglo XIX sobre las infinitas posibilidades del hombre, de la materia, de la energía del espacio y del tiempo, saltarán en pedazos. Las ciencias y la técnica darán un salto formidable, y se pondrá de nuevo a discusión la naturaleza misma del conocimiento.

No es un progreso: es una transmutación. En este otro estado del mundo, la propia conciencia tiene que mudar de estado. Hoy día, en todos los dominios, se han puesto en movimiento todas las formas de la imaginación. Salvo en los terrenos en que se desarrolla nuestra vida «histórica», taponada, dolorosa, al modo precario de las cosas anticuadas. Un inmenso foso separa al hombre de la aventura de la Humanidad, a nuestras sociedades de nuestra civilización. Vivimos sobre unas ideas, una moral, una sociología, una filosofía y una psicología que pertenecen al siglo XIX. Somos nuestros propios bisabuelos. Contemplamos cómo se elevan los cohetes en el cielo y cómo vibra la Tierra con mil nuevas radiaciones, mientras chupamos la pipa de Thomas Graindorge. Nuestra literatura, nuestros debates filosóficos, nuestros conflictos ideológicos, nuestra actitud ante la realidad, todo duerme detrás de las puertas que acaban de saltar. ¡Juventud! ¡Juventud! Ve y anuncia a todo el mundo que las puertas están abiertas y que el Exterior acaba ya de entrar.

 

 

II

 

La delectación burguesa. - Una dama de la inteligencia o la tempestad del idealismo. -Apertura a otra realidad. - Más allá de la lógica y de las filosofías literarias. - La noción de eternidad presente. - Ciencia sin conciencia: ¿y conciencia sin ciencia? - La esperanza.

 

«La marquesa tomó su té a las cinco.» Valéry decía, más o menos, que no pueden escribirse tales cosas cuando se ha entrado en el mundo de las ideas, mil veces más vigoroso y romántico, mil veces más real que el mundo del corazón y de los sentidos. «Antonio amaba a María, que ama a Pablo; fueron muy desgraciados y tuvieron muchas nadas.» ¡Toda una literatura! Palpitaciones de amebas y de infusorios, cuando el Pensamiento arrastra tragedias y dramas gigantescos, transmuta seres, transforma civilizaciones, moviliza enormes masas humanas. ¡Soñolientos goces, delectación burguesa! Nosotros, adeptos de la conciencia despierta, trabajadores de la tierra, sabemos dónde están la insignificancia, la decadencia, el juego corrompido...

Las postrimerías del siglo XIX marcan el apogeo del teatro y de la novela burguesa, y la generación literaria de 1885 reconocerá un momento como maestros a Anatole France y Paul Bourget. Ahora bien, en la misma época, se representa, en el campo del conocimiento puro, un drama mucho más grande y palpitante que el de los héroes del Divorce o los del Lys Rouge. Una súbita borrachera se desliza en el diálogo entre materialismo y espiritualismo, ciencia y religión. Del lado de los sabios, herederos del positivismo de Taine y de Renán, ciertos descubrimientos formidables hacen que se derrumben las murallas de la incredulidad. No se creíamás que en las realidades debidamente comprobadas: bruscamente, lo irreal se hace posible. Obsérvenlo como si se tratara de una intriga romántica con presentación de personajes, intervención de los traidores, pasiones contrariadas y debates entre las ilusiones.

El principio de la conservación de la energía era algo sólido, cierto, inconmovible. Y he aquí que el radio produce energía sin tomarla de ninguna fuente. Se estaba seguro de la identidad de la luz y de la electricidad: no podían propagarse más que en línea recta y sin cruzar obstáculos Y he aquí que las ondas y los rayos X atraviesan los cuerpos sólidos. En los tubos de descarga, la materia parece desvanecerse, transformándose en corpúsculos. En la Naturaleza se produce la transmutación de los elementos: el radio se convierte en helio y plomo. El Templo de la Certidumbre se hunde. ¡El mundo ya no sigue el juego de la razón! ¿Será todo posible? De un solo golpe, los que saben, o creían saber, dejan de separar lo físico de lo metafísico, lo comprobado y lo soñado. Los pilares del Templo se esfuman, los sacerdotes de Descartes se vuelven locos. Si el principio de la conservación de la energía es falso, ¿qué impide que el médium fabrique un ectoplasma partiendo de la nada? Si las ondas magnéticas atraviesan la Tierra, ¿por qué no puede viajar un pensamiento? Si todos los cuerpos emiten fuerzas invisibles, ¿por qué no pueden emitir un cuerpo astral? Si existe una cuarta dimensión, ¿será ésta del dominio de los espíritus?

Madame Curie, Crookes, Lodge, hacen bailar los veladores. Edison intenta construir un aparato para comunicarse con los muertos. Marconi, en 1901, cree haber captado mensajes de los marcianos. Simón Newcomb encuentra perfectamente natural que un médium materialice conchas frescas del Pacífico. Un temporal de irrealidades fantásticas derriba a los buscadores de realidades.

Pero los puros, los irreductibles, intentan rechazar la marea. La vieja guardia del positivismo libra un último combate por su honor. Y, en nombre de la Verdad, en nombre de la Realidad, lo niega todo en bloque: los rayos X y los ectoplasmas, los átomos y el espíritu de los muertos, el cuarto estado de la materia y los marcianos.

Y así se desarrollará, entre lo fantástico y la realidad, un combate a menudo absurdo, ciego, desordenado, que pronto resonará en todas las formas del pensamiento, en todos los campos: literario, social, filosófico, moral, estético. Sin embargo, será la ciencia física la que restablecerá el orden, no por regresión, no por amputación, sino por adelantamiento. Ello se debe al esfuerzo de unos titanes como Langevin, Perrin, Einstein. Y aparece una ciencia nueva, menos dogmática que la antigua. Las puertas se abren sobre una realidad distinta. Como en toda gran novela, no hay finalmente ni buenos ni malos y todos los héroes tienen razón si el novelista se ha situado en una dimensión complementaria donde los destinos se encuentran y se confunden, elevados todos juntos a un grado superior.

 

 

¿Dónde estamos hoy en día? Las puertas se han abierto en casi todos los edificios científicos, pero el edificio de la física se ha quedado casi sin paredes: una catedral toda de cristales en la que se reflejan las luces de otro mundo, infinitamente próximo.

La materia se ha manifestado tan rica o acaso más rica en posibilidades que el espíritu. Encierra una energía incalculable, es susceptible de infinitas transformaciones, sus recursos son imprevisibles. El término «materialista», en el sentido del siglo XIX, ha perdido todo sentido, lo mismo que el término «racionalista».

Ya no existe la lógica del «sentido común». En la nueva física , una proposición puede ser a la vez verdadera y falsa. AB ya no es igual a BA. Una misma entidad puede ser a la vez continua y discontinua. Sería ya inútil apelar a la física para condenar tal o cual aspecto de lo posible. {[2]}

Tomen una hoja de papel. Hagan en ella dos orificios a muy poca distancia uno de otro. Es evidente para el sentido común, que cualquier objeto lo bastante pequeño para pasar por estos agujeros, pasará por uno u otro de ellos. A los ojos del sentido común, un electrón es un objeto. Posee un peso definido, produce un destello luminoso al chocar con una pantalla de televisión y un golpe cuando choca con un micrófono. Ya tenemos un objeto lo bastante pequeño para pasar por uno de nuestros orificios. Ahora bien, la observación con el microscopio electrónico nos enseñará que el electrón ha pasado a la vez por los dos agujeros. ¡Cómo! ¡Si ha pasado por uno, no puede haber pasado al mismo tiempo por el otro! Pues sí, ha pasado por los dos. Es una locura, pero se ha comprobado experimentalmente. De los intentos de explicación han nacido diversas doctrinas, en particular la mecánica ondulatoria. Pero la mecánica ondulatoria no logra explicar totalmente un hecho tal que se mantiene fuera de nuestra razón, la cual no puede funcionar más que a base del sí o el no, de A o de B. Para que pudiéramos comprender, habría que modificar la estructura de nuestra raza. Nuestra filosofía exige la tesis y la antítesis. Hay que creer que, en la filosofía del electrón, tesis y antítesis son verdaderas a la vez. ¿Hablamos del absurdo? El electrón parece obedecer a leyes, y la Televisión, por ejemplo, es una realidad. El electrón, ¿existe o no? Lo que la Naturaleza llama existir no tiene existencia a nuestros ojos. El electrón, ¿es ser o es nada? He aquí una pregunta absolutamente falta de sentido. Así desaparecen, en el extremo del conocimiento, nuestros métodos de pensamiento habitual y las filosofías literarias, nacidas de una visión anticuada de las cosas.

La Tierra está ligada al Universo; el hombre no está solamente en contacto con el planeta que habita. Los rayos cósmicos, la radioastronomía, los trabajos de física teórica, revelan contactos con la totalidad del Cosmos. Ya no vivimos en un mundo cerrado: un espíritu que sea verdaderamente testigo de su tiempo no puede ignorarlo. ¿Cómo, en estas condiciones, el pensamiento, por ejemplo en el plano social, puede mantenerse agarrado a problemas no ya siquiera planetarios, sino estrechamente regionales, provinciales? ¿Y cómo nuestra psicología, tal como se expresa en la novela, puede permanecer tan cerrada, reducida a los movimientos infraconscientes de la sensualidad y del sentimentalismo? Mientras millones de personas civilizadas abren los libros y van al cine o al teatro para enterarse de que Francoise se enamora de René, pero que, por odio a la amante de su padre, se convertirá en lesbiana para vengarse, algunos investigadores que hacen cantar a los números una música celestial se preguntan si el espacio no se contrae alrededor de un vehículo. {[3]} Entonces el Universo entero nos seria accesible: seria posible ir a la estrella más lejana en el lapso de una vida humana. Si tales ecuaciones se confirmasen, el pensamiento humano tendría que volverse de arriba abajo. Si el hombre no está limitado a esta Tierra, surgirán nuevas cuestiones sobre el sentido profundo de la iniciación y sobre los eventuales contactos con otras inteligencias de Fuera.

¿Y qué más? En materia de investigación sobre las estructuras del tiempo y del espacio, nuestras nociones del pasado y futuro ya no se sostienen. Al nivel de la partícula, el tiempo circula en los dos sentidos a la vez: futuro y pasado. A una velocidad extrema, límite de la luz, ¿qué es el tiempo? Estamos en Londres y en octubre de 1944. Un cohete V-2, que vuela a 5.000 kilómetros por hora, está encima de la ciudad. Va a caer. Pero este va, ¿a qué se aplica? Para los habitantes de la casa que será destruida dentro de un instante, y que no tienen más que sus ojos y sus oídos, la V-2, va a caer. Pero, para el operador del radar, que se sirve de ondas que se propagan a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo (velocidad en relación a la cual el cohete no hace sino arrastrarse), la trayectoria de la bomba está ya fijada. Observa: nada puede. A escala humana, nada puede ya interceptar el instrumento mortal, nada se puede evitar. Para el operador, el cohete ya se ha estrellado. A la velocidad del radar, el tiempo prácticamente no transcurre. Los habitantes de la casa van a morir. En el superojo del radar, están ya muertos.

Otro ejemplo: en los rayos cósmicos, cuando alcanzan la superficie de la Tierra, se encuentran unas partículas, los mesones mu, cuya vida sobre el Globo más que una millonésima de segundo. Al cabo de esta millonésima de segundo, estos entes efímeros se destruyen ellos mismos por radiactividad. Ahora bien, estas partículas han nacido en el cielo, a treinta kilómetros de la Tierra, región en que la atmósfera de nuestro planeta empieza a ser densa. Para franquear estos treinta kilómetros han empleado más que su tiempo de vida, considerado a nuestra escala. Pero su tiempo no es el nuestro. Han vivido este viaje en la eternidad y no han entrado en el tiempo hasta que han perdido su energía, al llegar al nivel del mar. Se proyecta la construcción de aparatos en que se produzca el mismo efecto. Se crearían así unos armarios del tiempo, donde se guardarían objetos de corta duración, conservados en la cuarta dimensión. Este armario seria un anillo hueco de cristal, colocado en un enorme campo de fuerzas, y en el cual las partículas girarían con tal rapidez que el tiempo, para ellas, habría dejado de fluir. Una vida de una millonésima de segundo podría mantenerse de este modo y ser observada minutos u horas enteras...

No hay que creer que el tiempo transcurrido vuelva a la nada: el tiempo es uno y eterno; el pasado, el presente y el futuro no son más que aspectos diferentes -grabados diferentes, si lo prefieren- de un registro continuo, invariable, de la existencia perpetua.» {[4]} Para los discípulos modernos de Einstein, no existiría en realidad más que un presente eterno. Es lo mismo que decían los antiguos místicos. Si el futuro ya existe, la precognición es un hecho. Toda la aventura del conocimiento avanzado está orientada a una descripción de las leyes de la física, pero también de la biología y de la psicología, en el continuo de cuatro dimensiones, es decir, en el presente eterno. Pasado, presente y futuro, son. Tal vez es sólo la conciencia la que se desplaza. Por primera vez, la conciencia es admitida de pleno derecho en las ecuaciones de física teórica. En este presente eterno, la materia aparece como un delgado hilo tendido entre el pasado y el futuro. La conciencia humana se desliza a lo largo de este hilo. ¿De qué medios se vale para modificar las tensiones de este hilo, hasta llegar al control de los acontecimientos?

Algún día lo sabremos y entonces la psicología se convertirá en rama de la física.

Y, sin duda, la libertad es conciliable con este presente eterno. «El viajero que remonta el Sena en barco sabe por anticipado los puentes que encontrará. Y no por ello es menos libre en sus acciones, ni menos capaz de prevenir lo que puede cruzarse en su camino.» {[5]} Libertad de llegar a ser, en el seno de una eternidad que es. ¡Visión doble, admirable visión del destino humano ligado a la totalidad del Universo!

Si pudiese volver a vivir mi vida, no elegiría por cierto el ser escritor y ver pasar mis días en una sociedad retrógrada en que la aventura yace debajo de la cama, como un perro. Necesitaría una aventura-león. Me haría físico teórico para vivir en el corazón ardiente del romanticismo verdadero.

El nuevo mundo de la física desmiente formalmente las filosofías de la desesperación y del absurdo. Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma. Las filosofías que han atravesado la Europa del siglo XX eran fantasmas del XIX vestidos según la nueva moda. Un conocimiento real, objetivo, del hecho técnico y científico, que arrastra más pronto o más tarde el hecho social, nos enseña que hay una dirección clara en la historia humana, un acrecentamiento de la fuerza del hombre, una ascensión del espíritu general, una enorme forja de masas que las transforma en conciencia activa, el acceso a una civilización en la cual la vida será tan superior a la nuestra, como lo es la nuestra a la de los animales. Los filósofos literarios nos han dicho que el hombre es incapaz de comprender el mundo. Ya André Maurois, en Nuevas paradojas del doctor O'Grady escribía: «Admitirá usted, no obstante, doctor, que el hombre del siglo XIX podía creer que la ciencia, un día, explicaría el mundo. Renán, Berthelot, Taine, en el comienzo de sus vidas, lo esperaban así. El hombre del siglo XX no tiene ya tales esperanzas. Sabe que los descubrimientos hacen retroceder el misterio. En cuanto al progreso, hemos comprobado que las potencias del hombre no han producido más que hambre, terror, desorden, tortura y confusión del espíritu. ¿Qué esperanza nos queda? ¿Para qué vive usted, doctor?» Ahora bien, el problema ya no se planteaba así. Sin saberlo los charlistas, el círculo se cerraba alrededor del misterio y el progreso inculpado abría las puertas del cielo. Ya no son Berthelot o Taine quienes pueden atestiguar el porvenir humano, sino más bien hombres como Teilhard de Chardin. De una reciente confrontación entre sabios de diversas disciplinas, se desprende la idea siguiente: tal vez un día nos serán revelados los últimos secretos de las partículas elementales por el comportamiento profundo del cerebro, pues éste es el fruto y la conclusión de las reacciones más complejas en nuestra región del Universo, y sin duda en sí mismo las leyes más íntimas de esta región.

El mundo no es absurdo, ni el espíritu es inepto para comprender. Al contrario, es posible que el espíritu humano haya comprendido ya el mundo, aunque no lo sepa todavía...

 

 

III

Reflexiones apresuradas sobre los atrasos de la, sociología. - Un diálogo de sordos. - Los planetarios y los provincianos. - Un caballero de vuelta entre nosotros.- Un poco de lirismo.

 

En física, en matemáticas, en biología moderna, la vista se extiende hasta el infinito. Pero la sociología tiene siempre el horizonte tapado por los monumentos del siglo pasado. Recuerdo nuestro entristecido asombro cuando, en 1957, Bergier y yo seguimos la correspondencia entre el célebre economista soviético Eugenio Varga y la revista americana Fortune. Esta lujosa publicación difunde las ideas del capitalismo ilustrado. Varga posee un espíritu sólido y goza de la consideración del poder supremo. Del diálogo público entre estas dos autoridades, cabía esperar una ayuda seria para comprender nuestra época. Sin embargo, el resultado fue terriblemente descorazonador.

E. Varga seguía al pie de la letra su evangelio. Marx había anunciado la crisis inevitable del capitalismo. Varga veía esta crisis muy próxima. El hecho de que la situación económica de los Estados Unidos mejore sin cesar y de que el gran problema empiece a ser el empleoracional del tiempo de ocio, no impresiona en absoluto al teórico que, en tiempos del radar, seguía viendo las cosas a través de las antiparras de Karl. La idea de que el anunciado derrumbamiento podía no producirse según lo previsto, y de que tal vez una nueva sociedad está a punto de nacer allende el Atlántico, no le turbaba ni un segundo. La redacción de Fortune, por su parte, no consideraba tampoco un cambio de sociedad en la URSS, y explicaba que la América de 1957 representaba un ideal perfecto, definitivo. Todo lo que los rusos podían esperar era llegar a tal estado, si eran buenos, dentro de un siglo o de un siglo y medio. Nada inquietaba, nada turbaba a los adversarios teóricos de E. Varga; ni la multiplicidad de nuevos cultos entre los intelectuales americanos (Oppenheimer, Aldous Huxley, Gerald Heard, Henry Miller y tantos otros, tentados por las antiguas filosofías orientales), ni la existencia, en las grandes ciudades, de millones de jóvenes «rebeldes sin causa» agrupados en gangs, ni los veinte millones de individuos que sólo soportan el modo de vida absorbiendo drogas tan perniciosas como la morfina o el opio. El problema de un fin en la vida no parecía alcanzarles. Cuando todas las familias americanas tengan dos coches, habrá que hacer que compren un tercero. Cuando esté saturado el mercado de los aparatos de televisión, habrá que instalarlos en los automóviles.

Y, sin embargo, comparados con nuestros sociólogos, economistas y pensadores, Eugenio Varga y la dirección de Fortune están muy adelantados. No les paraliza el complejo de la decadencia. No se dejan llevar por la delectación melancólica. No piensan que el mundo sea absurdo y que la vida no valga la pena de vivirse. Creen firmemente en la virtud del progreso, marchan directamente hacia un aumento indefinido del poder del hombre sobre la Naturaleza. Tienen dinamismo y magnitud. Tienen una visión amplia, ya que no elevada.

Sorprendería a muchos que declarásemos que E. Varga es partidario de la libre empresa, y que la redacción de Fortune está compuesta de progresistas. Sin embargo, en el sentido europeo, estrechamente doctrinal, es la pura verdad. Considerados desde nuestros puntos de vista angostos, provincianos, E. Varga no es comunista y Fortune no es capitalista. El ruso y el americano responsables tienen en común la ambición, la voluntad de poder y un indomable optimismo. Estas fuerzas, manejando la palabra de las ciencias y de la técnica, hacen saltar los cuadros de la sociología montados en el siglo XIX. Si la Europa occidental tuviese que hundirse y perderse en conflictos bizantinos - lo que Dios no permita -, no dejaría por ello de proseguir la marcha hacia delante de la Humanidad, volando estructuras y estableciendo una nueva forma de civilización entre los dos nuevos polos de la conciencia activa que son Chicago y Tashkent, mientras las masas inmensas de Oriente, y después de África, pasarían al crisol.

Mientras en Francia uno de nuestros mejores sociólogos llora sobre Le Travail en miettes, título de una de sus obras, los sindicatos americanos estudian la semana de veinte horas. Mientras los intelectuales parisienses llamados de vanguardia se preguntan si Marx debe ser rebasado, o si el existencialismo es o no es un humanismo revolucionario, el instituto Sternfeld de Moscú estudia la implantación de la Humanidad en la Luna. Mientras E. Varga espera el derrumbamiento de los Estados Unidos anunciado por el profeta, los biólogos americanos preparan la síntesis de la vida partiendo de lo inanimado. Mientras siguen planteándose el problema de la coexistencia, el comunismo y el capitalismo están en camino de verse transformados por la más poderosa revolución tecnológica que la Tierra haya sin duda conocido. Nosotros tenemos los ojos en el cogote. Quizá es ya tiempo de volverlos a su sitio.

El último sociólogo vigoroso e imaginativo fue indudablemente Lenin. Había definido exactamente el comunismo de 1917: «Es el socialismo más la electricidad.» Ha pasado casi medio siglo. La definición vale todavía para la China, el África y la India. Pero es letra muerta para el mundo moderno. Rusia espera al pensador que describirá el orden nuevo: el comunismo más la energía atómica, más el automatismo, más la síntesis de los carburantes y de los alimentos a partir del aire y del agua, más la física de los cuerpos sólidos, más la conquista de las estrellas, etc. John Buchan, después de asistir a los funerales de Lenin, anunció la venida de otro Vidente, que sabría promover un «comunismo de cuatro dimensiones».

Si la URSS no tiene sociólogos a su altura, América no está mejor provista. La reacción contra los «historiadores rojos» de fines del siglo XIX, ha llevado a la pluma de los observadores el elogio franco de las grandes dinastías capitalistas y de las poderosas organizaciones. Esta franqueza es saludable, pero la perspectiva es corta. Las críticas de la American way of Life son raras, literarias, y proceden de la manera más negativa. Nadie parece empujar la imaginación hasta ver nacer, a través de esta «multitud solitaria» una civilización diferente de sus formas exteriores, hasta sentir un chasquido de las conciencias, la aparición de mitos nuevos. A través de la abundante y asombrosa literatura llamada de science-fiction se distingue, empero, la aventura de un espíritu que sale de la adolescencia, se despliega a la medida del planeta, se adentra en una reflexión a escala cósmica y sitúa de otra manera el destino humano en el Universo. Pero el estudio de tal literatura, aunque comparable a la tradición oral de los antiguos rapsodas, y que atestigua los movimientos profundos de la inteligencia en ruta, no es cosa seria para los sociólogos.

En cuanto a la sociología europea, sigue siendo estrictamente provinciana, fija toda la inteligencia en debates de campanario. En tales condiciones, no es sorprendente que las almas sencillas se refugien en el catastrofismo. Todo es absurdo y la bomba «H» pone fin a la Historia. Esta filosofía, que parece a un tiempo siniestra y profunda, es más fácil de manejar que los pesados y delicados instrumentos del análisis de lo real. Es una enfermedad pasajera del pensamiento de unos seres civilizados que no han sabido adaptar su herencia de nociones (libertad individual, persona humana, felicidad, etc.), al desplazamiento de los fines de la civilización. Es una fatiga nerviosa del espíritu, en el momento en que este espíritu, en lucha con sus propias conquistas, debe no parecer, sino cambiar la estructura. Después de todo, no es la primera vez en la historia de la Humanidad que la conciencia debe pasar de un plano a otro. Toda forja es dolorosa. Si hay un porvenir, merece que lo examinemos. Y, en este presente acelerado, la reflexión no debe hacerse con referencia a un próximo pasado. Nuestro futuro próximo es tan diferente de lo que acabamos de conocer, como el siglo XIX lo era de la civilización maya. Por consiguiente, tenemos que proceder por proyecciones incesantes en las más grandes dimensiones del tiempo y del espacio, nunca por comparaciones minúsculas en una infinita fracción, en que el pasado recientemente vivido no tiene ninguna de las propiedades del porvenir, y donde el presente, apenas encarnado, se ve sumido en aquel pasado inservible.

La primera idea verdaderamente fecunda es que existe un desplazamiento de los fines. Un caballero de las cruzadas, que volviera junto a nosotros, nos preguntaría enseguida por qué no utilizamos la bomba atómica contra los infieles. De corazón firme y de inteligencia abierta, se sentiría al fin menos desconcertado por nuestra técnica que por el hecho de que los infieles conserven todavía la mitad del Santo Sepulcro, cuya otra mitad está, por cierto, en manos judías. Lo que más le costaría comprender sería que una civilización rica y poderosa no consagrase explícitamente su riqueza y su poder al servicio y la gloria de Jesús. ¿Qué le dirían nuestros sociólogos? ¿Que sus inmensos esfuerzos, batallas y descubrimientos han tenido exclusivamente por objeto elevar el «nivel de vida» de todos los hombres? Esto lo encontraría absurdo, ya que la vida le parecería desde ahora sin objeto. Después le hablarían de Justicia, de Libertad, de Persona Humana, y le recitarían el evangelio humanista-materialista del siglo XIX. Y el caballero replicaría sin duda: «La libertad, ¿para hacer qué? La justicia, ¿para hacer qué? La persona humana, ¿para qué hacer de ella?» Para que nuestro caballero viese nuestra civilización como algo digno de ser vivido por un alma, no habría que hablarle el lenguaje retrospectivo de los sociólogos, sino un lenguaje prospectivo. Habría que mostrarle nuestro mundo en marcha, nuestra inteligencia en marcha, como la formidable conmoción de una cruzada. Se trata una vez más de liberar el Santo Sepulcro; el espíritu adherido a la materia, y de rechazar al infiel: todo lo que es infiel al infinito poder del espíritu. Se trata una vez más de religión: de poner de manifiesto lo que ata al hombre a su propia grandeza y esta grandeza a las leyes del Universo. Habría que mostrarle un mundo en que los ciclotrones son como las catedrales, en las que las matemáticas son como un canto gregoriano, en que las transmutaciones se operan, no sólo en el seno de la materia, sino en los cerebros, en que las masas humanas de todos los colores se ponen en marcha, en que la interrogación del hombre hace vibrar sus antenas en los espacios cósmicos, en que despierta el alma del planeta. Entonces nuestro caballero ya no quisiera tal vez volver a su pasado. Tal vez se sentiría aquí como en su casa, pero colocado a otro nivel. Tal vez se lanzaría hacia el porvenir como antaño se lanzaba hacia el Oriente, siempre con su fe, pero en otro grado.

¡Ved, pues, lo que estamos viviendo! ¡Abrid bien los ojos! ¡Haced la luz en las tinieblas!

 

 


CONSPIRACIÓN A LA LUZ DEL DÍA

 

La generación de los «obreros de la Tierra». - ¿Es usted un moderno retrasado o un contemporáneo del futuro? - Un anuncio en los muros de París, en 1622. - El lenguaje esotérico es el lenguaje técnico. - Una nueva noción de la sociedad secreta. Un nuevo aspecto del «espíritu religioso».

 

Griffin, el hombre invisible de Wells, decía: «Los hombres, incluso los cultos, no se dan cuenta de los poderes ocultos en los libros de ciencia. En estos volúmenes hay maravillas, hay milagros.»

Ahora sí que se dan cuenta, y los hombres de la calle más que los letrados, siempre retrasados en las revoluciones. Hay milagros, hay maravillas, y hay cosas espantosas. Los poderes de la ciencia, después de Wells, se han extendido más allá del planeta y amenazan la vida de éste. Ha nacido una nueva generación de sabios. Son gentes que tienen conciencia de ser, no buscadores desinteresados y espectadores puros, sino empleando la bella expresión de Teilhard de Chardin, «obreros de la Tierra». Solidarios del destino de la Humanidad y, en notable proporción, responsables de este destino.

Joliot Curie lanza botellas de gasolina contra los carros alemanes en los combates para la liberación de París. Norbert Wiener, el cibernético, apostrofa a los hombres políticos: «¡Os hemos dado un depósito infinito de poder y habéis hecho Bergen Belsen e Hiroshima!»

Son sabios de un nuevo estilo, cuya aventura está ligada a la del mundo. {[6]} Son los herederos directos de los investigadores del primer cuarto de nuestro siglo: los Curie, Langevin, Perrin, Planck, Einstein, etc. Aún no se ha dicho bastante que, durante aquellos años, la llama del genio se elevó a alturas jamás alcanzadas desde el milagro griego. Estos maestros libraron batallas contra la inercia del espíritu humano. Y habían sido violentos en sus combates. «La verdad no triunfa jamás, pero sus adversarios acaban por morir», decía Planck. Y Einstein: «No creo en la educación. Tú mismo debes ser tu único modelo, aunque este modelo sea espantoso.» Pero no eran conflictos al nivel de la Tierra, de la Historia, de la acción inmediata). Se sentían responsables únicamente ante la Verdad. Sin embargo, la política los alcanzó. El hijo de Planck fue asesinado por la Gestapo. Einstein fue desterrado. La actual generación percibe por todos lados, en todas las circunstancias, que el sabio está ligado al mundo. Él detenta la casi totalidad del saber útil. Pronto detentará la casi totalidad del poder. Es el personaje clave de la aventura a que se ha lanzado la Humanidad. Cercado por los políticos, observado por la Policía, y los servicios de información, vigilado por los militares, tiene iguales probabilidades de encontrarse al final de su camino con el Premio Nobel o ante el pelotón de ejecución. Al mismo tiempo, sus trabajos le hacen ver la irrisión de los particularismos, le elevan a un nivel de conciencia planetario, si no cósmico. Pero hay un malentendido. Entre lo que él mismo arriesga y los riesgos que se corren al mundo, sólo un despreciable cobarde podría vacilar. Kurchatof rompe la consigna del silencio y revela cuanto sabe a los físicos ingleses de Harwell. Pontecorvo huye a Rusia para proseguir su obra. Oppenheimer choca con su Gobierno. Los atomistas americanos se colocan frente al Ejército y publican su extraordinario Boletín: la cubierta representa un reloj cuyas saetas avanzan hacia la medianoche cada vez que un experimento o un descubrimiento peligroso caen en manos de los militares.

«He aquí mi predicción para el porvenir - escribe el biólogo inglés J. B. S. Haldane -: ¡Lo que no ha sido, será! ¡Y nadie puede librarse!»

La materia libera su energía y se abre la ruta de los planetas. Tales acontecimientos parecen no tener paralelo en la Historia. «Vivimos en un momento en que la Historia contiene el aliento, en que el presente se desprende del pasado como el iceberg rompe sus lazos con el cantil de hielo y se lanza al océano sin límites.» {[7]}

Si el presente se desliga del pasado, se trata de una ruptura, no con todos los pasados, no con el pasado que llegó a la madurez, sino con el pasado nacido últimamente, es decir, con lo que llamamos «la civilización moderna». Esta civilización, salida del hervidero de ideas de la Europa occidental del siglo XVIII, desarrollada en el XIX y que ha dado sus frutos al mundo entero durante la primera mitad del XX, está en camino de alejarse de nosotros. Lo sentimos a cada instante. Estamos en el momento de la ruptura. Nos situamos, ora como modernos atrasados, ora como contemporáneos del futuro. Nuestra conciencia y nuestra inteligencia nos dicen que no es lo mismo en absoluto.

Las ideas que sirvieron de fundamento a esta civilización moderna están gastadas. En este período de ruptura, o más bien de transmutación, no debemos asombrarnos demasiado si el papel de la ciencia y la misión del sabio experimentan cambios profundos. ¿Cuáles son estos cambios? Una visión que arranca de un pasado lejano nos permitiría alumbrar el porvenir. O, precisando más, puede refrescarnos la vista para buscar un nuevo punto de partida.

 

 

Un día de 1622, los parisienses vieron en sus paredes unos carteles concebidos en estos términos:

«Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal.»

Muchos consideraron que se trataba de una broma; pero, como nos recuerda hoy Monsieur Serge Hutin: «Se atribuía a los Hermanos de la Rosacruz la posesión de los secretos siguientes: la transmutación de los metales, la prolongación de la vida, el conocimiento de lo que ocurre en lugares alejados, la aplicación de la ciencia oculta al descubrimiento de los objetos más escondidos.» {[8]} Supriman el término «oculto» y se hallarán ustedes con las facultades que posee, o tiende a poseer, la ciencia moderna. Según la leyenda forjada con mucha anterioridad a aquella época, la sociedad de los Rosacruz pretendía que el poder del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo llegaría a ser infinito, que la inmortalidad y el control de todas las fuerzas naturales estaban a su alcance y que todo lo que pasa en el Universo puede serle conocido. Nada absurdo hay en ello, y los progresos de la ciencia han confirmado en parte aquellos sueños. De modo que la llamada de 1622, traducida al lenguaje moderno, podría fijarse en los muros de París o publicarse en los diarios si los sabios se reuniesen en congreso para informar a los hombres de los peligros que corren y de la necesidad de orientar sus actividades según nuevas perspectivas sociales y morales. Cierta declaración patética de Einstein, cierto discurso de Oppenheimer, cierto editorial del Boletín de los atomistas americanos, tienen el mismo son que el manifiesto de los Rosacruz. Vean incluso un texto ruso reciente. En ocasión de la conferencia sobre los radioisótopos celebrada en París, en 1957, el escritor soviético Vladimir Orlof escribió: «Todos los alquimistas de hoy deben recordar los estatutos de sus predecesores de la Edad Media, estatutos conservados en una biblioteca de París y que proclaman que sólo pueden consagrarse a la alquimia los hombres de corazón puro y elevadas intenciones.»

La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados, transformados espiritualmente por la intensidad de su saber, deseosos de defender sus descubrimientos científicos contra los poderes organizados, contra la curiosidad y la codicia de otros hombres - reservando para el momento oportuno la utilización de sus descubrimientos, o enterrándolos por varios años, o poniendo sólo una pequeña parte en circulación -, esta idea, digo, es a la vez muy antigua y ultramoderna. Era inconcebible en el siglo XIX o hace sólo veinticinco años. Hoy es concebible. En cierto modo, me atrevo a afirmar que tal sociedad existe en este momento. Ciertos huéspedes de Princeton - pienso esencialmente en un sabio viajero oriental {[9]} -pueden haberlo advertido. Si nada prueba que la sociedad secreta Rosacruz existió en el siglo XVII, todo nos invita a pensar que una sociedad de esta naturaleza se está formando hoy en día, por la fuerza de las cosas, y que se inscribe lógicamente en el futuro. Pero hay que explicar la noción de la sociedad secreta. Esta noción, tan lejana, es aclarada por el presente.

Volvamos a la Rosacruz. «Constituyen, pues - nos dice el historiador Serge Hutin -, la colectividad de los seres llegados a un estado superior a la Humanidad corriente, poseedores por ello de los mismos caracteres interiores que les permitan reconocerse entre ellos.»

Esta definición tiene la ventaja de eludir el fárrago ocultista, al menos a nuestros ojos. Y es que tenemos una idea clara del «estado superior», una idea científica, presente, optimista. {[10]}

Nos hallamos en un grado de investigación desde el cual vemos la posibilidad de mutaciones artificiales para el mejoramiento de los seres vivos, e incluso del hombre. «La radiactividad puede crear monstruos, pero también nos dará genios», declara un biólogo inglés. El último objetivo de la investigación alquimista, que es la transmutación del propio operador, es acaso el último objetivo de la investigación científica actual. Enseguida veremos cómo, en cierta medida, esto se ha producido ya en algunos sabios contemporáneos.

Los estudios avanzados de psicología parecen demostrar la existencia de un estado diferente del sueño y de la vigilia, un estado de consciencia superior en que el hombre estaría en posesión de medios intelectuales decuplicados. A la psicología de las profundidades, que debemos al psicoanálisis, añadimos hoy una psicología de las alturas que nos sitúa en el camino de una posible superintelectualidad. El genio será sólo una de las etapas del camino que puede recorrer el hombre dentro de sí mismo para alcanzar el uso de la totalidad de sus facultades. En una vida intelectual normal, no utilizamos ni la décima parte de nuestras posibilidades de atención, de penetración, de memoria, de intuición, de coordinación. Podría ser que estuviésemos a punto de descubrir, o de redescubrir, las llaves que nos permitan abrir, en nosotros, puertas detrás de las cuales nos espera una multitud de conocimientos. La idea de una mutación próxima de la Humanidad, en este plano, no revela un sueño ocultista, sino una realidad. En el curso de esta obra, volveremos largamente sobre ello. Sin duda existen ya «mutandos» entre nosotros, o, en todo caso, hombres que han dado ya algunos pasos por el camino que un día emprenderemos todos.

Según la tradición {[11]}, como quiera que la palabra «genio» no bastaba a expresar todos los estados superiores posibles del cerebro humano, los Rosacruz eran espíritus de otro calibre que se reunían por agrupación. Digamos mejor que la leyenda de la Rosacruz sirvió de soporte a una realidad: la sociedad secreta permanente de los hombres superiormente iluminados. Una conspiración a la luz del día.

La sociedad de los Rosacruz se habría formado, naturalmente, al buscar, los hombres llegados a un estado de conciencia elevado, otros hombres, parecidos a ellos en conocimientos, con quienes poder dialogar. Es el caso de Einstein, comprendido sólo por cinco o seis hombres en todo el mundo, o de algunos centenares de físicos y matemáticos capaces de pensar eficazmente en volver a poner sobre el tapete la ley de paridad.

Para los Rosacruz no hay más estudio que el de la Naturaleza, pero este estudio no puede realmente ilustrar más que a espíritus de un calibre diferente a los ordinarios.

Aplicando un espíritu de diferente calibre al estudio de la Naturaleza, se llega a la totalidad de los conocimientos y a la sabiduría. Esta idea nueva, dinámica, sedujo a Descartes y a Newton. Más de una vez se ha citado a los Rosacruz a su respecto. ¿Quiere esto decir que estaban afiliados a ella? Esta pregunta no tiene sentido. No nos imaginamos una sociedad organizada, sino contactos necesarios entre espíritus calibrados de un modo diferente, y un lenguaje común, no secreto, sino sencillamente inaccesible a los demás hombres en un tiempo dado.

Si algunos conocimientos profundos sobre la materia y la energía, sobre las leyes que rigen el Universo, fueron elaborados por civilizaciones hoy desaparecidas, y si algunos fragmentos de estos conocimientos han sido conservados a través de las edades (lo cual, por otra parte, lo sabemos ciertamente), sólo pudieran serlo por espíritus superiores y en lenguaje forzosamente incomprensible para el común de los humanos. Pero aun prescindiendo de esta hipótesis, podemos, no obstante, imaginar, en el curso de los tiempos, una sucesión de espíritus desmesurados, que se comunicaban entre ellos. Tales espíritus saben con evidencia que no tiene ningún interés hacer alarde de su poderío. Si Cristóbal Colón hubiese sido un espíritu desmesurado, habría mantenido en secreto su descubrimiento. Obligados a una especie de clandestinidad, estos hombres sólo pueden establecer contactos satisfactorios con sus iguales. Basta pensar en las conversaciones de los médicos alrededor de una cama de hospital, conversaciones mantenidas en voz alta y de las que nada llega al conocimiento del enfermo, para comprender lo que queremos decir, sin tener que ahogar la idea en la niebla del ocultismo, de la iniciación, etc. En fin, es natural que los espíritus de esta clase, empeñados en pasar inadvertidos simplemente para que no los molesten, tienen otro trabajo que jugar a conspiradores. Si forman una sociedad, es por la fuerza de las cosas. Si tienen un lenguaje particular, es que las nociones generales que este lenguaje expresa son inaccesibles al espíritu humano ordinario. En este sentido y sólo en él, aceptamos la idea de sociedades secretas. Las otras sociedades secretas, las que se ven, y que son innumerables, no son más que imitaciones, juegos de niños que copian a los adultos.

Mientras los hombres alimenten el sueño de obtener algo por nada, dinero sin trabajar, conocimientos sin estudio, poder sin conocimientos, virtud sin ascetismo, florecerán las sociedades presuntamente secretas y de iniciación, con sus jerarquías de imitación y sus fórmulas que remedan el lenguaje secreto, es decir, técnico.

Hemos elegido el ejemplo de los Rosacruz de 1622, porque el verdadero Rosacruciano, según la tradición, no se hacía con misteriosas iniciaciones, sino con el estudio profundo y coherente del Líber Mundi, el libro del mundo y de la Naturaleza. La tradición de la Rosacruz es, pues, idéntica a la de la ciencia contemporánea. Hoy empezamos a comprender que un estudio profundo y coherente de este libro de la Naturaleza requiere algo más que espíritu de observación, que lo que llamábamos últimamente espíritu científico, e incluso algo más que lo que llamamos inteligencia. Es preciso, en el punto a que han llegado nuestras investigaciones, que el espíritu se eleve sobre sí mismo, que la inteligencia se trascienda. Lo humano, lo demasiado humano, no es bastante. Y es a esta comprobación, realizada en siglos pasados por hombres superiores, que debemos, si no la realidad, al menos la leyenda de la Rosacruz. Elmoderno retrasado es racionalista. El contemporáneo del futuro se siente religioso. Mucho modernismo no; aleja del pasado. Un poco de futurismo nos vuelve a llevar a él.

«Entre los jóvenes atomistas - escribe Robert Jungk  {[12]} -, los hay que consideran sus trabajos como una especie de concurso intelectual que no lleva consigo ni significación profunda ni obligaciones, pero algunos encuentran ya en la investigación una experiencia religiosa.»

Nuestros rosacrucianos de 1622 hacían en París una «estancia invisible». Lo más chocante es que, en el clima actual de policía y de espionaje, los grandes investigadores logren comunicarse entre ellos cortando las pistas que podrían conducir a los Gobiernos hasta sus trabajos. Diez sabios podrían discutir en alta voz la suerte del mundo, en presencia de Kruschef y de Eisenhower, sin que estos caballeros comprendiesen una sola palabra. Una sociedad internacional de investigadores que no interviniese en los asuntos de los hombres tendría todas las probabilidades de pasar inadvertida como pasaría inadvertida una sociedad que limitase su intervención a casos muy particulares. Incluso podría no separarse en sus medios de comunicación. La T.S.H. habría podido descubrirse muy bien en el siglo XVII, los aparatos de galena, tan sencillos, habrían podido servir a los «iniciados». De igual manera, los investigadores modernos sobre los medios parapsicológicos quizá han logrado aplicaciones de telecomunicación. El ingeniero americano Víctor Enderby ha escrito recientemente que, si bien se habían obtenido resultados en este terreno, los mismos habían sido guardados secretos, por libre voluntad de los inventores.

Pero sigue chocándonos que la tradición de la Rosacruz aluda a aparatos o máquinas que la ciencia oficial de la época no pudo fabricar: lámparas perpetuas, registradores de sonidos y de imágenes, etcétera. La leyenda describe los aparatos encontrados en la tumba del simbólico «Christian Rosenkreutz», que hubiesen podido ser de 1958, pero no de 1622. Todo lo cual tiende, en la doctrina de la Rosacruz, al dominio del Universo por la ciencia y la técnica, y en modo alguna por la iniciación y la mística.

De igual manera, podemos concebir en nuestra época una sociedad que mantenga una tecnología secreta. Las persecuciones políticas, las presiones sociales, el desarrollo del sentido moral y de la conciencia de una tremenda responsabilidad, obligarán cada vez más a los sabios a entrar en la clandestinidad. Ahora bien, esta clandestinidad no frenará la búsqueda. Sería absurdo pensar que los cohetes y las grandes máquinas rompedoras de átomos han de ser en adelante los únicos instrumentos del investigador. Los verdaderos descubrimientos grandes se han hecho siempre con medios sencillos, con un equipo sucinto. Es posible que existan en el mundo, en este momento, ciertos lugares en que la densidad intelectual sea particularmente grande y en que se afirme esta nueva clandestinidad. Entramos en una época que recuerda mucho los comienzos del siglo XVII, y tal vez se prepara un nuevo manifiesto de 1622. Tal vez ha aparecido ya. Pero nosotros no nos hemos dado cuenta.

Lo que nos aleja de estas ideas es que los tiempos antiguos se expresan mediante fórmulas religiosas. Por ello, les prestamos sólo una atención literaria o «espiritual». En este aspecto, somos modernos. En este aspecto no somos contemporáneos del futuro.

Lo que nos choca, en fin, es la afirmación reiterada de la Rosacruz y de los alquimistas, según la cual el último fin de la ciencia de las transmutaciones es la transmutación del propio espíritu. No se trata de magia, ni de recompensa bajada del cielo, sino de un descubrimiento de las realidades que obligue al espíritu del observador a situarse de otra manera. Si pensamos en la evolución, extraordinariamente rápida, del estado de espíritu de los más grandes atomistas, empezamos a comprender lo que querían decir los de la Rosacruz. Estamos en una época en que la ciencia, en su punto extremo, alcanza el universo espiritual y transforma el espíritu del propio observador, lo sitúa a un nivel distinto del de la inteligencia científica, que ha llegado a ser insuficiente. Lo que les ocurre a nuestros atomistas puede compararse a la experiencia descrita por los textos de alquimia y por la tradición de la Rosacruz. El lenguaje espiritual no es un balbuceo que precede al lenguaje científico; es más bien el logro de este último. Lo que pasa en nuestro presente, ha podido pasar en tiempos antiguos, en otro plano de conocimiento, de suerte que la leyenda de la Rosacruz y la realidad de nuestros días se iluminan mutuamente. Hay que mirar las cosas antiguas con ojos nuevos; esto ayuda a comprender el mañana.

No estamos ya en los tiempos en que el progreso se identifica exclusivamente con el avance científico y técnico. Aparece otro factor, el que se encuentra en los Superiores Desconocidos de los siglos pasados cuando muestran la observación del Líber Mundi como desembocando en «otra cosa». Un físico eminente, Heisenberg, declara hoy: «El espacio en el cual se desenvuelve el ser espiritual del hombre tiene dimensiones distintas de aquellas en que se desplegó durante los últimos siglos.»

Wells murió desengañado. Su poderoso espíritu había vivido de la fe en el progreso. Ahora bien, Wells, en el crepúsculo de su vida, veía que el progreso tomaba aspectos espantosos. Ya no le merecía confianza. La ciencia corría el riesgo de destruir el mundo; acababan de inventarse los mayores medios de destrucción. «El hombre - dice el viejo Wells, desesperado, en 1946 - ha llegado al término de sus posibilidades.» En este momento, el anciano que había sido genio de la anticipación dejó de ser contemporáneo del futuro. Nosotros empezamos a adivinar que el hombre no ha llegado más que al término de una de sus posibilidades. Aparecen otras posibilidades. Se abren otros caminos, que el flujo y el reflujo del océano de las edades cubre y descubre alternativamente. Wolfgang Pauli, matemático y físico mundialmente conocido, hacía antaño profesión de una estrecha fe científica, según la mejor tradición del siglo XIX. En 1932, durante el Congreso de Copenhague, gracias a su escepticismo helado y a su voluntad de poder, adoptaba la apariencia del Mefistófeles de Fausto. En 1955, su espíritu penetrante había extendido con tal amplitud sus perspectivas que se convertía en un pintor elocuente de un camino de salvación interior largo tiempo desdeñado. Esta evolución es típica. Es la evolución de la mayoría de los grandes atomistas. No es el retorno al moralismo ni a la vaga religiosidad. Se trata, por el contrario, de un progreso en el pertrecho del espíritu de observación; de una reflexión nueva sobre la naturaleza del conocimiento. «Frente a la división de las actividades del espíritu humano en terrenos distintos, rigurosamente mantenida desde el siglo XVII - dice Wolfgang Pauli -, me imagino una finalidad que sería la dominación de cosas opuestas, una síntesis que abarcase la inteligencia racional y la experiencia mística de la unidad. Esta finalidad es la única que está de acuerdo con el mito, expresado o no, de nuestra época.»

 

 

II

 

Los profetas del Apocalipsis. - Un Comité de la Desesperación. - La ametralladora de Luis XVI. - La ciencia no es una vaca sagrada. - El señor Despotopoulos quiere ocultar el progreso. - La leyenda de los Nueve Desconocidos.

 

Hubo, en la segunda mitad del siglo XIX, en el umbral de los tiempos modernos, una pléyade de pensadores furiosamente reaccionarios. Veían un engaño en la mística del progreso social; una carrera al abismo en el progreso científico y técnico. Philippe Lavistine, nueva encarnación del héroe de La obra maestra desconocida de Balzac, y discípulo de Gurdjieff, me los enseñó. En aquella época en que leía a René Guénon, maestro del antiprogresismo, y frecuentaba a Lanza del Vasto, recién vuelto de la India, no estaba lejos de coincidir con las razones de estos pensadores contra la corriente. Era muy poco después de la guerra. Einstein acababa de enviar su famoso telegrama:

«Nuestro mundo se enfrenta con una crisis todavía inadvertida por aquellos que poseen el poder de tomar grandes decisiones para bien o para mal. La potencia desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros hábitos de pensar, y nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Nosotros, los científicos que hemos liberado esta inmensa potencia, tenemos la aplastante responsabilidad, en esta lucha mundial de vida o muerte, de dominar el átomo en beneficio de la Humanidad, y no para su destrucción. La federación de sabios americanos se une a mí en esta llamada. Os rogamos que apoyéis nuestros esfuerzos para hacer comprender a América que el destino del género humano se decide hoy, ahora, en este minuto. Necesitamos inmediatamente doscientos mil dólares para una campaña nacional destinada a hacer ver a los hombres que es esencial un nuevo modo de pensar, si la Humanidad quiere sobrevivir y alcanzar niveles más altos. Esta llamada es fruto de una larga meditación sobre la inmensa crisis con que nos enfrentamos. Os pido con urgencia un cheque inmediato, dirigido a mí, como presidente del Comité de la Desesperación de los Sabios del Átomo, Princeton, Nueva Jersey. Reclamamos vuestra ayuda en este instante fatal, como señal de que nosotros, los hombres de ciencia, no estamos solos.»

Esta catástrofe, me dije yo (y doscientos mil dólares no cambiarán nada), mis maestros la habían previsto hace mucho tiempo. Dios había ofrecido al hombre el obstáculo de la materia, y, como decía Blanc de Saint Bonnet, «el hombre es el hijo del obstáculo». Pero los modernos, desligados de los principios, quisieron hacer desaparecer los obstáculos. La materia, que obstaculizaba, ha sido vencida. Está libre el camino hacia la nada. Hace dos mil años, Orígenes escribía formidablemente que «la materia es el absorbente de la iniquidad». De hoy en adelante, la iniquidad ya no es absorbida, sino que se extiende en olas destructoras. Este Comité de la Desesperación no logrará absorberla.

Los antiguos eran sin duda tan malos como nosotros, pero lo sabían. Este conocimiento hacía que se colocaran barreras. Una bula del Papa condena el empleo del trípode destinado a robustecer el arco: esta máquina, sumada a los medios naturales del arquero, haría inhumano el combate. La bula es observada durante doscientos años. Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!» En tiempos más próximos, en 1775, un ingeniero francés, Du Perron, presentó al joven Luis XVI un «órgano militar» que, accionado por una manivela, disparaba simultáneamente veinticuatro balas. Una memoria acompañaba al instrumento, embrión de las ametralladoras modernas. La máquina pareció tan mortífera al rey y a sus ministros, Malesherbes y Turgot, que fue rechazada y su inventor considerado como enemigo de la Humanidad.

A fuerza de querer emanciparlo todo, hemos emancipado también la guerra. Antaño ocasión de sacrificio y de salvación para algunos, se ha convertido en condenación de todos.

Tales eran, poco más o menos, mis pensamientos allá por el año 1946, y pensé en publicar una antología de «pensadores reaccionarios» cuyas voces fueron ahogadas, en su tiempo, por el coro de los progresistas románticos. Estos escritores al revés, estos profetas del Apocalipsis, que clamaban en el desierto, se llamaban Blanc de Saint Bonnet, Émile Montagut, Albert Sorel, Donoso Cortés, etc. Con un espíritu de rebeldía muy parecido al de estos antepasados, releí un folleto intitulado El tiempo de los asesinos, en el que colaboraron principalmente Aldous Huxley y Albert Camus. La Prensa americana se hizo eco de este libelo en que sabios, militares y políticos eran fuertemente maltratados y donde se deseaba un proceso de Nuremberg para todos los técnicos de la destrucción.

Hoy creo que las cosas son menos sencillas y que hay que mirar con otros ojos y desde más alto la historia irreversible. Sin embargo, en 1946 - inquietante posguerra -, esta corriente de ideas trazaba una estela fulgurante en el océano de angustia en que se hallaban sumidos los intelectuales que no querían ser «víctimas ni verdugos». Y es cierto que, después del telegrama de Einstein, las cosas han empeorado. «Lo que hay en la cartera de los sabios es espantoso», dice Kruschef en 1960. Pero los espíritus se han cansado, y, después de muchas solemnes e inútiles protestas, se han vuelto hacia otros temas de reflexión, esperando, como el condenado a muerte en su celda, que se conceda o se deniegue el indulto. Sin embargo, en todas las conciencias existe desde ahora un fondo de rebelión contra la ciencia capaz de aniquilar el mundo, una duda sobre el valor salvador del progreso técnico. «Acabarán por volarlo todo.» Después de las furiosas críticas de Aldous Huxley en Contrapunto y Un mundo feliz se hundió el optimismo científico. En 1951, el químico americano Anthony Standen publicaba un libro titulado: La ciencia es una vaca sagrada, donde protestaba contra la admiración fetichista por la ciencia. En octubre de 1953, un célebre profesor de Derecho de Atenas, O. J. Despotopoulos, dirigía a la UNESCO un manifiesto pidiendo que se interrumpiera el desarrollo científico, o mejor, que se guardara en secreto. La investigación, proponía, debería confiarse en adelante a un consejo de sabios mundialmente elegido y que, por ello, sería dueño de guardar silencio. Esta idea, por utópica que sea, no carece de interés. Apunta una posibilidad del porvenir e incide en uno de los grandes temas de las pasadas civilizaciones. En una carta que nos dirigió en 1955,  O. J. Despotopoulos, precisaba su idea:

«La ciencia de la Naturaleza es ciertamente una de las hazañas más dignas de la historia humana. Pero, a partir del momento en que se desencadenan fuerzas capaces de destruir la Humanidad entera, deja de ser lo que era desde el punto de vista moral. La distinción entre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas se ha hecho prácticamente imposible. No podríamos, pues, hablar de la ciencia como de un valor en sí. O mejor, enciertos sectores, los más importantes, constituye ahora un valor negativo, en la medida en que escapa al control de la conciencia para extender sus peligros según el grado de voluntad de poder de los responsables políticos. La idolatría del progreso y de la libertad en materia de investigación científica es totalmente perniciosa. Nuestra proposición es ésta: codificación de las conquistas de la ciencia de la Naturaleza realizadas hasta ahora y prohibición total o parcial de su progreso futuro por un consejo supremo mundial de sabios. Ciertamente, tal medida es trágicamente cruel, ya que su objeto apunta a uno de los más nobles impulsos de la Humanidad, y nadie puede subestimar las dificultades inherentes a dicha medida. Pero no existe otra que sea lo bastante eficaz. Las objeciones fáciles; retorno a la Edad Media, a la barbarie, etc., no contienen ningún argumento serio. No se trata de hacer retroceder a la inteligencia, sino de defenderla. No se trata de restricciones en beneficio de una clase social, sino de salvaguardia de toda la Humanidad. Éste es el problema. Todo lo demás no es más que división y dispersión de la actividad enfrentándola con subproblemas.»

Estas ideas recibieron favorable acogida en la Prensa inglesa y alemana y han sido extensamente comentadas en el Boletín de los sabios atomistas de Londres. No se alejan mucho de ciertas proposiciones formuladas en las conferencias mundiales consagradas al desarme.

No es pecado creer que, en otras civilizaciones, se haya producido, no una ausencia de ciencia, sino un secreto impuesto a la ciencia. Tal parece ser el origen de la maravillosa leyenda de los Nueve Desconocidos.

La tradición de los Nueve Desconocidos se remonta al emperador Asoka, que reinó en la India a partir del año 273 a.C. Era nieto de Chandragupta, primer unificador de la India. Ambicioso como su antepasado, cuya labor quiso completar, emprendió la conquista del país de Kalinga, que se extendía desde la actual Calcuta a Madras. Los kalingueses resistieron y perdieron cien mil hombres en la batalla. La vista de esta multitud sacrificada trastornó a Asoka. Desde entonces, le tomó horror a la guerra. Renunció a proseguir la integración de los países insurrectos, declarando que la verdadera conquista consiste en ganar el corazón de los hombres por la ley del deber y la piedad, pues la Majestad Sagrada desea que todos los seres animados disfruten de seguridad, de la libre disposición de sí mismos, de la paz y de la felicidad.

Convertido al budismo, Asoka, con el ejemplo de sus propias virtudes, propagó esta religión por toda la India y por todo su imperio, que se extendía hasta Malasia, Ceilán e Indonesia. Después, el budismo conquistó Nepal, el Tibet, la China y Mongolia. Asoka respetaba, empero, todas las sectas religiosas. Predicó el vegetarianismo y proscribió el alcohol y los sacrificios de animales. H. G. Wells, en su historia del mundo abreviada, escribe: «Entre las decenas de millares de nombres de monarcas que se apretujan en las columnas de la Historia, el nombre de Asoka brilla casi solo, como una estrella.»

Se dice que, conocedor de los horrores de la guerra, el emperador Asoka quiso prohibir para siempre a los hombres el mal uso de la inteligencia. Bajo su reinado, entra en el secreto la ciencia de la Naturaleza, pasada y por venir. Las investigaciones, desde la estructura de la materia a las técnicas de la psicología colectiva, se disimularán en adelante, y durante veintidós siglos, detrás del rostro místico de un pueblo al que el mundo considera dedicado sólo al éxtasis y a lo sobrenatural, Asoka funda la más poderosa sociedad secreta de la Tierra: la de los Nueve Desconocidos.

Se dice aún que los grandes responsables del destino moderno de la India, y sabios como Bose y Ram, creen en la existencia de los Nueve Desconocidos, e incluso reciben de ellos consejos y mensajes. La imaginación entrevé la fuerza de los secretos que pueden detentar nueve hombres que se lucran directamente de las experiencias, de los trabajos, de los documentos acumulados durante más de diez decenas de siglos. ¿Cuáles son los fines de estos hombres? No dejar que caigan en manos profanas los medios de destrucción. Proseguir las investigaciones beneficiosas para la Humanidad. Estos hombres se supone que se renuevan para guardar los secretos técnicos venidos de un remoto pasado.

Las manifestaciones exteriores de los Nueve Desconocidos son raras. Una de ellas tiene relación con el prodigioso destino de uno de los hombres más misteriosos de Occidente: el Papa Silvestre II, conocido también por el nombre de Gerbert d'Aurillac. Nacido en Auvernia, el año 920, y muerto en 1003, Gerbert fue monje benedictino, profesor de la Universidad de Reims, arzobispo de Rávena por la gracia del emperador Otón III. Se dice que estuvo en España y que un misterioso viaje lo llevó a la India, de donde sacó diversos conocimientos que llenaron de estupefacción a los que le rodeaban. Así fue como poseyó en su palacio una cabeza de bronce que respondía «sí» o «no» a las preguntas que le hacían sobre la política y la situación general de la cristiandad. Según Silvestre II (volumen CXXXIX de la Patrística latina de Migne), el procedimiento era muy sencillo y correspondía al cálculo con dos cifras. Se trataría de un autómata análogo a nuestras modernas máquinas binarias. La cabeza «mágica» fue destruida a la muerte del Papa, y los conocimientos registrados por ésta, cuidadosamente disimulados. Sin duda la biblioteca del Vaticano reservaría algunas sorpresas al investigador autorizado. En el número de octubre de 1954 de Computers and Automation, revista de cibernética, podemos leer: «Hay que suponerle un hombre de saber extraordinario, de un ingenio y una habilidad mecánica sorprendentes. Esta cabeza parlante debió de ser modelada bajo cierta conjunción de las estrellas que se sitúa exactamente en el momento en que todos los planetas van a comenzar su curso.» No era cuestión de pasado, de presente ni de futuro, pues este invento, aparentemente, superaba con mucho el alcance de su rival: el perverso espejo en la pared de la reina, precursor de nuestros cerebros mecánicos modernos. Se dijo, naturalmente, que Gilbert fue sólo capaz de producir esta máquina porque estaba en tratos con el diablo y le había jurado eterna fidelidad.

¿Estuvieron otros europeos en relación con la sociedad de los Nueve Desconocidos ? Hay que esperar al siglo XIX para que resurja este misterio, al través de los libros del escritor francés Jacolliot.

Jacolliot fue cónsul de Francia en Calcuta bajo el Segundo Imperio. Escribió una obra de anticipación considerable, comparable, si no superior, a la de Julio Verne. Ha dejado además varios libros consagrados a los grandes secretos de la Humanidad. Esta obra extraordinaria ha sido saqueada por la mayoría de los ocultistas, profetas y taumaturgos. Completamente olvidada en Francia, es célebre, en cambio, en Rusia.

Jacolliot se muestra positivo: la sociedad de los Nueve Desconocidos es una realidad. Y lo más extraordinario es que cita, a este respecto, técnicas que eran del todo inconcebibles en 1860, como, por ejemplo, la liberación de la energía, la esterilización por radiaciones y también la guerra psicológica.

Yersin, uno de los más próximos colaboradores de Pasteur y de Roux, pudo haber tenido acceso a secretos biológicos a raíz de un viaje a Madras, en 1890, y puesto a punto, gracias a las indicaciones que recibieron, el suero contra la peste y el cólera.

La primera vulgarización de la historia de los Nueve Desconocidos se produjo en 1927, con la publicación del libro de Talbot Mundy que perteneció, durante veinticinco años, a la Policía inglesa de la India. El libro está a medio camino entre la novela y la investigación. Según él, los Nueve Desconocidos emplearían un lenguaje sintético. Cada uno de ellos estaría en posesión de un libro constantemente escrito de nuevo y que contendría la exposición detallada de una ciencia.

El primero de estos libros estaría consagrado a las técnicas de propaganda y de guerra psicológica. «De todas las ciencias - dice Mundy - la más peligrosa sería la del control del pensamiento de las multitudes, pues ella permitiría gobernar el mundo entero.» Hay que observar que la Semántica general de Korjibski sólo data de 1937, y que hay que esperar la experiencia de la última guerra mundial para que empiecen a cristalizar en Occidente las técnicas de psicología del lenguaje, es decir, de propaganda. El primer colegio de semántica americano no ha sido creado hasta 1950. En Francia, apenas si conocemos más que Le Viol des Foules, de Serge Chokotin, cuya influencia ha sido importante en los medios intelectuales politizantes, aunque no haga más que rozar la cuestión.

El segundo libro estaría consagrado a la fisiología. Como cosa más importante, explicaría el medio de matar a un hombre con sólo tocarle, produciéndose la muerte por inversión del influjo nervioso. Se dice que el «judo» pudo nacer de «infiltraciones» de esta obra.

El tercero estudiaría la microbiología, y especialmente los coloides de protección.

El cuarto trataría de la transmutación de los metales. Según una leyenda, en tiempos de penuria, los terapíos y las organizaciones religiosas de caridad reciben, de fuente secreta, grandes cantidades de un oro muy fino.

El quinto comprendería el estudio de todos los medios de comunicación, terrestres y extraterrestres.

El sexto contendría los secretos de la gravitación.

El séptimo sería la más vasta cosmogonía concebida por nuestra Humanidad.

El octavo trataría de la luz.

El noveno estaría consagrado a la sociología, formularía las reglas de la evolución de las sociedades y permitiría prever su caída.

Con la leyenda de los Nueve Desconocidos, se relaciona el misterio de las aguas del Ganges. Multitudes de peregrinos, portadores de las más espantosas y diversas enfermedades, se bañan sin ningún peligro para los que están sanos. Las aguas sagradas lo purifican todo. Se ha querido atribuir esta extraña propiedad del río a la formación de bacteriófagos. Pero, ¿por qué no se forman también en el Brahmaputra, en el Amazonas o en el Sena?

La hipótesis de una esterilización por radiaciones aparece en la obra de Jacolliot, cien años antes de que se sepa que tal fenómeno es posible. Estas radiaciones, según Jacolliot, provendrían de un templo secreto excavado bajo el lecho del Ganges.

Al margen de las agitaciones religiosas, sociales y políticas, resueltas y perfectamente disimuladas, los Nueve Desconocidos encarnan la imagen de la ciencia serena, de la ciencia con conciencia. Dueña de los destinos de la Humanidad, pero absteniéndose de emplear su propio poderío, esta sociedad secreta constituye el más bello homenaje de la libertad en las alturas. Vigilantes en el seno de su gloría oculta, estos nueve hombres contemplan cómo se hacen, deshacen y rehacen las civilizaciones, menos indiferentes que tolerantes, prestos a ayudar, pero siempre en este orden del silencio que es la medida de la grandeza humana.

¿Mito o realidad? Mito soberbio, en todo caso, surgido de lo más hondo de los tiempos... y resaca del futuro.

 

III

Una palabra más sobre el realismo fantástico. - Han habido técnicas. - Ha existido la necesidad del secreto y se vuelve a ella. - Viajamos en el tiempo. - Queremos ver en su continuidad el océano del espíritu. - Reflexiones nuevas sobre el ingeniero y el mago. - El pasado, el porvenir. - El presente se retrasa en ambos sentidos. - El oro de los libros antiguos. - Una mirada nueva al mundo viejo.

 

No somos ni materialistas ni espiritualistas: esta distinción no tiene ya para nosotros el menor sentido. Sencillamente, buscamos la realidad sin dejarnos dominar por el reflejo condicionado del hombre moderno (a nuestros ojos retardatario), que vuelve la espalda en cuanto esta realidad adquiere un aspecto fantástico. Nos hemos hecho bárbaros de nuevo, para vencer este reflejo, igual que tuvieron que hacer los pintores para desgarrar el velo de convenciones tendido entre sus ojos y las cosas. También como ellos, hemos optado por métodos balbucientes, salvajes y a veces infantiles. Nos colocamos ante los elementos y los métodos de conocimiento, como Cézanne ante la manzana, como Van Gogh ante el campo de trigo. Nos negamos a excluir hechos, aspectos de la realidad, con el pretexto de que no son «oportunos», de que desbordan las fronteras fijadas por las teorías habituales. Gauguin no excluye un caballo rojo; Manet no excluye la mujer desnuda entre los comensales del Almuerzo sobre la hierba; Max Ernst, Picabia y Dalí, no excluyen las figuras brotadas del sueño ni el mundo que vive en la parte sumergida de la conciencia. Nuestro modo de hacer y de ver provocará censuras, desprecio, sarcasmos. Se nos negará la entrada en el Salón. En nuestro campo, todavía no se acepta lo que se ha acabado por aceptar de los pintores, de los poetas, de los cineastas, de los decoradores, etc. La ciencia, la psicología, la sociología, son bosques tabú. No bien la hemos apartado, la idea de lo sagrado vuelve al galope, bajo diversos disfraces. ¡Qué diablo! La ciencia no es una vaca sagrada: se la puede empujar, hacer que despeje el camino.

Volvamos a nuestro tema. En esta parte de nuestro libro, titulada El futuro anterior, razonamos de este modo:

·            Es posible que lo que llamamos esoterismo, cimiento de las sociedades secretas y de las religiones, sea el residuo difícilmente comprensible y manejable de un conocimiento muy antiguo, de naturaleza técnica, que se aplica a la vez a la materia y al espíritu. Más adelante desarrollaremos esto.

·            Los «secretos» no serían fábulas, cuentos ni juegos, sino recetas técnicas precisas, llaves que abrieran los poderes contenidos en el hombre y en las cosas.

·            Ciencia y técnica no son lo mismo. Contrariamente a lo que se podría pensar, la técnica, en muchos casos, no sigue a la ciencia, sino que la precede. La técnica hace. La ciencia demuestra que es imposible hacer. Después las barreras de la imposibilidad se derrumban. No pretendemos, naturalmente, que la ciencia sea vana. Ya se verá el valor que damos a la ciencia y con qué ojos maravillados la vemos cambiar de semblante. Pensamos, sencillamente, que las técnicas han podido preceder, en un pasado lejano, a la aparición de la ciencia.

·            Podría ser que algunas técnicas pasadas hubiesen dado a los hombres poderes demasiado peligrosos para ser divulgados.

·            La necesidad del secreto podría obedecer a dos razones:

A)  La prudencia. «El que sabe no habla.» No dejéis que las llaves vayan a parar a malas manos.

B)  El hecho de que la posesión y el manejo de tales técnicas y conocimientos exige del hombre estructuras mentales distintas de las propias del estado de vigilia ordinario, una situación de la inteligencia y del lenguaje en otro plano, de tal suerte que nada es comunicable al nivel del hombre ordinario. El secreto no es un efecto de la voluntad del que lo posee, sino un efecto de su naturaleza misma.

·         Comprobamos la existencia de un fenómeno semejante en nuestro presente moderno. El desarrollo incesantemente acelerado de la técnica impone a los que saben el deseo, y después la necesidad, del secreto. El peligro extremado conduce a la extrema discreción. Llegado a un cierto nivel, el conocimiento se oculta a medida que progresa. Se forman concejos de sabios y de técnicos. El lenguaje del saber y del poder se hace incomunicable. En el plano de la investigación psico-matemática se plantea limpiamente el problema de las estructuras mentales diferentes. En el límite, los que detentan, como decía Einstein, «el poder de tomar grandes decisiones para el bien y para el mal», forman una criptocracia. El porvenir se asemeja a las descripciones tradicionales.

·         Nuestra visión del conocimiento pasado no está de acuerdo con el esquema «espiritualista». Nuestra visión del presente y del porvenir próximo introduce la magia donde no quiere verse más que lo racional. Para nosotros, no se trata más que de buscar correspondencias que nos iluminen. Éstas nos permiten situar la aventura humana en la totalidad de los tiempos. Todo lo que puede servirnos de puente es bueno para nosotros.

 

En el fondo, en esta parte del libro como enlas otras, nuestra proposición es ésta:

El hombre tiene indudablemente la posibilidad de estar en relación con la totalidad del Universo. Conocida es la paradoja de Langevin. Andrómeda está a tres millones de años luz de la Tierra. Pero el viajero que se desplazase a una velocidad próxima a la de la luz sólo envejecería algunos años. Según la teoría unitaria de Jean Charon, por ejemplo, no sería inconcebible que la Tierra, durante este viaje, envejeciese más. El hombre estaría, pues, en contacto con el todo de la creación, donde espacio y tiempo representarían un papel distinto del aparente. Por otra parte, la investigación psico-matemática, en el punto en que la dejó Einstein, es una tentativa de la inteligencia humana para descubrir la ley que regiría el conjunto de las fuerzas universales (gravitación, electromagnetismo, luz, energía nuclear). Una tentativa de visión unitaria, en que todo el esfuerzo del espíritu tiende a situarse en un punto desde el cual sería visible la continuidad. Y, ¿de dónde vendría el deseo del espíritu si éste no presintiese que aquel punto existe, que le es posible situarse de aquella suerte? «No me buscarías si no me hubieses ya encontrado.»

En otro plano, pero dentro de este mismo movimiento, buscamos una visión continua de la aventura de la inteligencia humana, del conocimiento humano. Por esto nos verán viajar a toda velocidad de la magia de la técnica de la Rosacruz a Princeton, de los mayas a los hombres de las próximas mutaciones, del sello de Salomón a la tabla periódica de los elementos, de las civilizaciones desaparecidas a las civilizaciones que vendrán, de Fulcanelli a Oppenheimer, del hechicero a la máquina electrónica analógica, etc. A toda velocidad, o mejor dicho, a una velocidad tal que el espacio y el tiempo rompan su cáscara y aparezca la visión del continuo. Existe el viaje en sueños y el viaje real. Nosotros hemos preferido el viaje real. En este sentido, este libro no es una ficción. Hemos construido aparatos, es decir, correspondencias demostrables, comparaciones válidas, equivalencias indiscutibles. Aparatos que funcionan, cohetes que parten. Y a veces, en ciertos momentos, nos ha parecido que nuestro espíritu alcanzaba el punto desde el cual es visible la totalidad del esfuerzo humano. Las civilizaciones, los momentos del conocimiento y de la organización humana, son como otras tantas rocas en el océano. Cuando se ve una civilización, un momento del conocimiento, no se ve más que el choque del océano contra esta roca, la ola que rompe, la espuma que brota. Hemos buscado el lugar desde el cual se pueda contemplar el océano entero, en su tranquila y poderosa continuidad, en su unidad armónica.

 

 

Volvamos ahora a las reflexiones sobre la técnica, la ciencia y la magia. Ellas precisarán nuestra tesis sobre el concepto de la sociedad secreta (o mejor, de «conspiración a la luz del día») y nos servirán de iniciación para próximos estudios, unos sobre la alquimia, otros sobre las civilizaciones desaparecidas.

Cuando un joven ingeniero ingresa en una industria, distingue enseguida dos universos diferentes. Existe el del laboratorio, con las leyes definidas de los experimentos que se pueden reproducir en él, con una imagen del mundo comprensible. Existe el Universo real, donde las leyes no se cumplen siempre, donde los fenómenos son a veces imprevistos, donde lo imposible se realiza. Si es de temperamento fuerte, el ingeniero en cuestión reacciona con cólera, con pasión, con deseo de «violar a esa puerca materia». Los que adoptan esta actitud viven vidas trágicas. Pensemos en Edison, en Telsa, en Armstrong. Les guía un demonio. Werner von Braun ensaya sus cohetes sobre los londinenses, mata a miles de ellos para que al fin lo detenga la Gestapo por haber declarado: «A fin de cuentas, me importa un bledo la victoria de Alemania, ¡lo que quiero es la conquista de la Luna!» {[13]} Se ha dicho que la tragedia está hoy en la política. Esto es una visión mezquina. La tragedia está en el laboratorio. A sus «magos» se debe el progreso técnico. La técnica no es en modo alguno, pensamos nosotros, aplicación práctica de la ciencia. Por el contrario, se desarrolla contra la ciencia. El eminente matemático y astrónomo Simón Newcomb demuestra que lo más pesado que el aire no puede volar. Dos reparadores de bicicletas probaron que estaba equivocado. Rutherford y Millikan {[14]} demuestran que jamás se podrán explotar las reservas de energía del núcleo atómico. Y estalla la bomba de Hiroshima. La ciencia enseña que una masa de aire homogéneo no puede separarse en aire caliente y aire frío. Hilsch nos muestra que basta con hacer circular aquella masa por un tubo apropiado. {[15]} La ciencia coloca barreras de imposibilidad. El ingeniero, al igual que el mago ante los ojos del explorador cartesiano, pasa a través de las barreras, por un fenómeno análogo a lo que los físicos llaman «el efecto túnel». Le atrae una aspiración mágica. Quiere ver detrás del muro, ir a Marte, capturar el rayo, fabricar oro. No busca lucro ni gloria. Busca sorprender al Universo en flagrante delito de ocultación. En el sentido de Jung, es un arquetipo. Por los milagros que intenta realizar, por la fatalidad que pesa sobre él, por el fin dolorosoque le espera casi siempre, es el hijo del héroe de las sagas y de las tragedias griegas. {[16]}

Como el mago, tiende al secreto, y, también como él obedece a la ley de similitud que Frazer {[17]} formuló en su estudio de la magia. En sus comienzos, el invento es una imitación del fenómeno natural. La máquina voladora se parece al pájaro; el autómata, al hombre.

Ahora bien, el parecido al objeto, el ser o el fenómeno cuyos poderes quieren captar, resulta casi siempre inútil, léase perjudicial, al buen funcionamiento del aparato inventado. Pero, como el mago, el inventor extrae de la similitud una fuerza, una voluptuosidad, que empujan hacia adelante.

El paso de la imitación mágica a la tecnología científica, podría ser descubierto en muchos casos. Ejemplo: En un principio, se obtuvo el endurecimiento superficial del acero, en el Próximo Oriente, hundiendo una hoja enrojecida al fuego en el cuerpo de un prisionero. He aquí una práctica mágica típica: se intenta transferir a la hoja las virtudes guerreras del adversario. Esta práctica fue conocida en Occidente por medio de los cruzados, que habían comprobado que el acero de Damasco era, efectivamente, más duro que el de Europa. Se hicieron experimentos: se sumergió el acero en agua, en la que flotaban pieles de animales. Se obtuvo el mismo resultado. En el siglo XIX se advirtió que estos resultados eran debidos al nitrógeno orgánico. En el siglo XX, con la licuefacción de los gases, se perfeccionó el procedimiento templando el acero en nitrógeno líquido a baja temperatura. Bajo esta forma, la «nitruración» es parte de nuestra tecnología.

Se podría encontrar otro lazo entre magia y técnicaestudiando los «encantamientos» que los antiguos alquimistas pronunciaban durante sus trabajos. Probablemente se trataba de medir el tiempo en la oscuridad del laboratorio. Los fotógrafos emplean a menudo verdaderas fórmulas para contar, que recitan sobre el baño, y nosotros mismos hemos oído a uno de ellos en la cumbre de la Jungfrau, mientras era revelada una placa impresionada por los rayos cósmicos.

En fin, existe otro lazo, más fuerte y curioso, entre magia y técnica, y es la simultaneidad en la aparición de los inventos. La mayoría de los países registran el día e incluso la hora de la presentación de una patente. Muchas veces se ha comprobado que inventores que no se conocían, y que trabajaban muy lejos el uno del otro, presentaban la misma patente en el mismo instante. Este fenómeno sería difícil de explicar con la vaga idea de que «los inventos están en el aire» o de que «el inventor aparece cuando se le necesita». Pero si existe la percepción extrasensorial, la comunicación de las inteligencias empeñadas en la misma investigación, el hecho merecería un estudio estadístico realizado a fondo. Este estudio nos haría comprender acaso este otro hecho: que las técnicas mágicas se encuentran, idénticas, en la mayoría de las antiguas civilizaciones, al través de montañas y de océanos...

 

 

Vivimos con la idea de que el invento técnico es un fenómeno contemporáneo. Y es que nunca hacemos el esfuerzo de consultar los documentos antiguos. No existe un solo servicio de investigación científica enfocado hacia el pasado. Los libros antiguos, si son leídos alguna vez, lo son por escasos eruditos de formación puramente literaria o histórica. Lo que contienen de ciencia y de técnica, escapa, pues, a la atención. ¿Nos desinteresamos del pasado porque nos vemos demasiado solicitados por la preparación del porvenir? No es muy seguro. La inteligencia francesa parece retardada por los esquemas del siglo XIX. Los escritores de vanguardia no tienen el menor apetito por la ciencia, y la sociología nacida con la máquina de vapor, el humanismo revolucionario nacido con el fusil Chassepot, continúan movilizando la atención. Es imposible imaginar hasta qué punto Francia se quedó clavada en los alrededores de 1880. ¿Acaso muestra la industria un mayor interés? En 1955, se celebró en Ginebra la primera conferencia atómica mundial. René Alleau recibió el encargo de la difusión en Francia de los documentos relativos a la aplicación pacífica de la energía nuclear. Los dieciséis volúmenes que contienen los resultados experimentales obtenidos por los sabios de todos los países constituían la más importante publicación de la historia de las ciencias y de la técnica. Cinco mil industrias, a las que, a corto o largo plazo, debía interesar la energía nuclear, recibieron una carta anunciando aquella publicación. Hubo veinticinco respuestas.

Sin duda habrá que esperar a que las nuevas generaciones alcancen los puestos de responsabilidad para que la inteligencia francesa vuelva a encontrar una verdadera agilidad. Para estas generaciones escribimos este libro. Si realmente existiera la atracción del porvenir, también existiría la del pasado; se iría en busca del bien en los dos sentidos del tiempo y con igual anhelo.

No sabemos nada o casi nada del pasado. Muchos tesoros duermen en las bibliotecas. Preferimos imaginar, nosotros que decimos «amar al hombre», una historia discontinua del conocimiento y de centenares de miles de años de ignorancia para unos cuantos lustros de saber. La idea de que ha habido, de pronto, un «siglo de las luces», idea que hemos aceptado con desconcertante ingenuidad, ha sumido en la oscuridad el resto de los tiempos. Una mirada nueva sobre los libros antiguos cambiaría todo esto. Nos sentiríamos trastornados por las riquezas contenidas en aquéllos. Y aún habría que pensar, según decía Atterbury, contemporáneo de Newton, «que hay más obras antiguas perdidas que conservadas».

Nuestro amigo René Alleau, a la vez técnico e historiador, ha querido lanzar esta nueva mirada. Ha esbozado un método y ha obtenido algunos resultados. Pero, hasta hoy, no parece haber logrado el mayor apoyo para proseguir una tarea que rebasa las posibilidades de un hombre solo. En diciembre de 1955, ante los Ingenieros del Automóvil, reunidos bajo la presidencia de Jean Henri Labourdette, pronunció, a petición mía, una conferencia de la que ofrezco aquí los puntos esenciales:

«¿Qué queda de los millares de manuscritos de la biblioteca de Alejandría fundada por Tolomeo Soter, documentos irreemplazables y perdidos para siempre sobre la ciencia antigua? ¿Dónde están las cenizas de las 200.000 obras de la biblioteca de Pérgamo? ¿Qué ha sido de las colecciones de Pisístrato, en Atenas, y de la biblioteca del Templo de Jerusalén, y de la de Phtah, en Menfis? ¿Qué tesoros contenían los millares de libros que fueron quemados el año 213 antes de Jesucristo, por orden del emperador Cheu-Hoang-Ti, con fines únicamente políticos? En estas circunstancias, nos hallamos delante de las obras antiguas como ante las ruinas de un templo inmenso del que restan solamente algunas piedras. Pero el examen atento de estas piedras y de estas inscripciones nos deja entrever verdades demasiado profundas para atribuirlas a la sola intuición de los antiguos.

«Ante todo, y contrariamente a lo que se cree, los métodos del racionalismo no fueron inventados por Descartes. Consultemos los textos: "El que busca la verdad - escribe Descartes - debe, mientras pueda,dudar de todo." Es una frase muy conocida y que parece muy nueva. Pero, si tomamos el libro segundo de la metafísica de Aristóteles, leemos: "El que quiera instruirse debe primeramente saber dudar, pues la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad." Por lo demás, se puede comprobar que Descartes, no sólo tomó de Aristóteles esta frase fundamental, sino también la mayor parte de las famosas reglas para la dirección del espíritu y que constituyen la base del método experimental. Esto demuestra, en todo caso, que Descartes había leído a Aristóteles, cosa de la que se abstienen demasiado a menudo los cartesianos modernos. Éstos podrían también comprobar que alguien escribió: "Si me equivoco, deduzco que soy, pues el que no es no puede equivocarse, y, precisamente porque me equivoco, siento que soy." Desgraciadamente, esto no es de Descartes, sino de san Agustín.

»En cuanto al escepticismo necesario al observador, no se puede realmente llevarlo más lejos que Demócrito, el cual sólo consideraba valedero el experimento que hubiese presenciado personalmente y cuyo resultado hubiese autentificado mediante la impresión de su anillo.

»Esto me parece muy alejado de la ingenuidad que se reprocha a los antiguos. Cierto, me diréis, que los filósofos de la Antigüedad estaban dotados de un genio superior en el dominio del conocimiento, pero, en fin, ¿qué sabían de verdad en el plano científico?

«Contrariamente también a lo que se puede leer en las obras actuales de divulgación, las teorías atómicas no fueron inventadas ni formuladas en primer lugar por Demócrito, Leucipo y Epicuro. En efecto, Sextus Empiricus nos dice que el propio Demócrito las había recibido por tradición y que provenían de Moscus el Fenicio, el cual, punto importante a tener en cuenta, parece haber afirmado que el átomo era divisible.

«Notadlo bien, la teoría más antigua es también más exacta que las de Demócrito y los atomistas griegos, que sostenían la indivisibilidad del átomo. En este caso preciso, parece que se trata más de un oscurecimiento de conocimientos arcaicos que llegaron a ser incomprensibles que de descubrimientos originales. ¿Y cómo no admiramos en el campo cosmológico, habida cuenta de la ausencia de telescopios, al comprobar que a menudo los datos astronómicos más antiguos son los más exactos? Por ejemplo, en lo que atañe a la Vía Láctea, estaba constituida, según Tales y Anaxímenes, por estrellas, cada una de las cuales era un mundo compuesto de un sol y varios planetas, y que estaba situado en un espacio inmenso. Lucrecio conocía la uniformidad de la caída de los cuerpos en el vacío y el concepto de un espacio infinito lleno de infinidad de mundos. Pitágoras, antes de Newton, había enseñado la ley inversa del cuadrado de las distancias. Plutarco, queriendo explicar el peso, busca su origen en una atracción recíproca entre todos los cuerpos y que es causa de que la Tierra haga gravitar hacia ella todos los cuerpos terrestres, de la misma manera que el Sol y la Luna hacen gravitar hacia su centro todas las partes que les pertenecen, reteniéndolas por una fuerza de atracción en su esfera particular.

»Galileo y Newton confesaron expresamente lo que debían a la ciencia antigua. De la misma manera, Copérnico, en el prefacio de sus obras dedicadas al papa Paulo III, escribe textualmente que ha concebido la idea del movimiento de la Tierra leyendo a los antiguos. Por lo demás, la confesión de estos plagios en nada mengua la gloria de Copérnico, de Newton y de Galileo, que pertenecían a esta raza de espíritus superiores cuyos desinterés y generosidad prescinden absolutamente del amor propio de autor y de la originalidad a toda costa, que son otros tantos prejuicios modernos.

»Mucho más humilde y verdadera nos parece la actitud de la modista de María Antonieta, Mademoiselle Bertin, quien, remozando con mano hábil un viejo sombrero, exclamó: "No hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado."

»La historia de los inventos, como la de las ciencias, bastaría para demostrar la verdad de esta humorada. "Puede decirse de la mayoría de los descubrimientos - escribe Fournier - lo mismo que de aquella ocasión fugaz que los antiguos convirtieron en la diosa inalcanzable para cuantos la dejaban escapar la primera vez. Si, de primer intento, no se agarra al vuelo la idea que pone sobre la pista, la palabra que puede llevar a la solución del problema, el hecho significativo, he aquí un invento perdido o al menos demorado por muchas generaciones. Para que retorne triunfal, es preciso que se produzca el azar de una nueva idea que resucite a la primitiva de su olvido, o bien el plagio feliz de algún inventor de segunda mano; en lo tocante a los inventos, desgraciado el primero que llega, y gloria y provecho al segundo." Estas consideraciones justifican el título de mi conferencia.

»En efecto, pensé que debía de ser posible remplazar en gran parte la casualidad por el determinismo, y los riesgos de los mecanismos espontáneos de la invención por las garantías de una vasta documentación histórica apoyada en comprobaciones experimentales. A tal objeto, propuse la creación de un servicio especializado no en la busca de la prioridad de las patentes, que en todo caso se detiene en el siglo XVIII, sino sencillamente en el estudio tecnológico de los procedimientos antiguos, y que procuraría adaptarlos cuanto fuera posible a las necesidades de la industria contemporánea.

»Si en tiempos pasados hubiese existido un servicio como éste, habría podido señalar, por ejemplo, el interés de un librito publicado en 1618, que pasó inadvertido y que se titula Historia natural de la fuente que arde cerca de Crenoble. Su autor fue un médico de Tournon, Jean Tardin. Si se hubiese estudiado este documento, habría podido utilizarse el gas del alumbrado desde principios del siglo XVII. En efecto, Jean Tardin, no sólo estudió el gasómetro natural de la fuente, sino que reprodujo en su laboratorio los fenómenos observados. Introdujo hulla en un recipiente cerrado, sometió ésta a una elevada temperatura y consiguió que se produjeran las llamas cuyo origen buscaba. Explica claramente que la materia de este fuego es el betún y que basta con reducirlo a gas para que dé una "exhalación inflamable". Ahora bien, hasta el año VII de la República, no registró el francés Lebon, antes que el inglés Windsor, su "termolámpara". Y así, durante casi dos siglos, quedó olvidado, luego, prácticamente perdido, por falta de lectura de los textos antiguos, un descubrimiento cuyas consecuencias industriales y comerciales habrían sido considerables.

»De igual manera, casi cien años antes de las primeras señales ópticas de Claude Chappe, en 1794, una carta de Fenelon, fechada el 26 de noviembre de 1695, y dirigida a Jean Sobieski, secretario del rey de Polonia, menciona recientes experimentos, no sólo de telegrafía óptica, sino de telefonía por portavoz.

»En 1636, un autor desconocido, Schwenter, estudia ya, en sus Recreaciones fisicomatemáticas, el principio del telégrafo eléctrico y cómo, según sus propios términos, "dos individuos pueden comunicar entre sí por medio de la aguja imantada". Pues bien, los experimentos de Oersted sobre las desviaciones de la aguja imantada datan de 1819. También esta vez habían transcurrido casi dos siglos de olvido.

«Citaré rápidamente algunos inventos poco conocidos: la campana de buzo se encuentra en un manuscrito de Romance d'Alexandre, del Gabinete Real de Estampas, de Berlín; la obra está fechada en 1320. Un manuscrito del poema alemán Salman und Morolf, escrito en 1190 (biblioteca de Stuttgart), mostraba el dibujo de un buque submarino; se conserva la inscripción: el sumergible era de cuero y podía resistir los temporales. Hallándose un día el inventor rodeado de galeras y a punto de ser capturado, hundió la embarcación y vivió catorce días en el fondo del agua, respirando por medio de un tubo flotante. En una obra escrita por el caballero Ludwig von Hartenstein, alrededor de 1510, se puede ver el dibujo de un traje de buzo; a la altura de los ojos, aparecen dos aberturas obturadas por cristales. En el casco, un largo tubo terminado con una espita permite el acceso del aire exterior. A derecha e izquierda del dibujo figuran los accesorios indispensables para el descenso y la ascensión, a saber: suelas de plomo, y una pértiga con escalones.

»Veamos otro ejemplo de olvido: un escritor desconocido, nacido en 1729 en Montebourg, cerca de Coutances, publicó una obra titulada Giphantie, anagrama de la primera parte del nombre del autor, Tiphaigne de la Roche. Se describe en ella no sólo la fotografía de las imágenes, sino también la de los colores: "La impresión de las imágenes - escribe el autor - es cuestión del primer momento en que la tela las recibe. Ésta se saca inmediatamente y se coloca en un lugar oscuro. Una hora después, el baño se ha secado y ya tenéis un cuadro tanto más precioso cuanto que ningún arte puede imitar mejor la verdad." El autor añade: "Primeramente estudiaremos la naturaleza del cuerpo viscoso que intercepta y guarda los rayos; en segundo lugar las dificultades de su preparación y empleo, y en tercero, el juego de la luz y de esta materia desecada." Ahora bien, es sabido que el descubrimiento de Daguerre fue anunciado a la Academia de Ciencias por Arago, un siglo más tarde, el 7 de enero de 1839. Señalemos, además, que las propiedades de ciertos cuerpos metálicos capaces de fijar las imágenes están consignadas en un tratado de Fabricius: De rebus metallicis, aparecido en 1566.

»Otro ejemplo: la vacuna, descrita desde tiempo inmemorial en uno de los Vedas, el Sactaya Grantham. Este texto fue citado por Moreau de Jonet el 16 de octubre de 1826, en la Academia de Ciencias, en su Memoria sobre la viruela: "Untad con el fluido de las pústulas la punta de una lanceta, introducidla en el brazo mezclando el fluido con la sangre, y se producirá fiebre; entonces esta enfermedad será muy leve y no inspirará ningún temor." Sigue la descripción exacta de todos los síntomas.

»¿Y los anestésicos? Se habría podido consultar a este respecto una obra de Denis Papin, escrita en 1681 y titulada: Le traite des opérations sans douleur, o resucitar los antiguos experimentos de los chinos con el extracto de cáñamo índico, o incluso utilizar el vino de mandrágora, muy conocido en la Edad Media, completamente olvidado en el siglo XVII, y cuyos efectos estudió el doctor Auriol, médico de Toulouse en 1823. Nadie ha soñado siquiera en verificar los resultados obtenidos.

»¿ Y la penicilina? En este caso, podemos citar ante todo un conocimiento empírico, a saber, las compresas de queso de Roquefort, empleadas en la Edad Media; pero podemos observar a este respecto algo todavía más singular. Ernst Duchesne, alumno de la Escuela de Sanidad militar de Lyon, presentó el 17 de diciembre de 1897 una tesis titulada: Contribución al estudio de la oposición vital entre los microorganismos: antagonismo entre el moho y los microbios. En esta obra se registran experimentos que ponen de manifiesto la acción del penicillum glaucum sobre las bacterias. Pues bien, esta tesis pasó inadvertida. Insisto en este ejemplo de olvido evidente en una época muy próxima a la nuestra, en pleno florecimiento de la bacteriología.

»¿Se quieren más ejemplos? Son innumerables y habría que dedicar una conferencia a cada uno. Citaré como más destacado el del oxígeno, cuyos efectos fueron estudiados en el siglo XV por un alquimista llamado Eck de Sulsback, como observó Chevreul en el Journal des Savants, de octubre de 1849; por lo demás, Teofrasto decía ya que la llama era alimentada por un cuerpo aeriforme, opinión que era también mantenida por san Clemente de Alejandría.

»No citaré ninguna de las anticipaciones extraordinarias de Roger Bacon, Cyrano de Bergerac y otros, pues es demasiado fácil atribuirlas sólo a la imaginación. Prefiero mantenerme en el terreno sólido de los hechos comprobables. A propósito del automóvil (y excusándome por insistir en un tema que muchos de vosotros conocéis mejor que yo), señalaré, que en el siglo XVII, un tal Jean Hautch, de Nuremberg, construyó "carruajes con resorte". En 1645, se ensayó un vehículo de esta clase en el recinto del Temple, y tengo entendido que la sociedad comercial fundada para explotar el invento no pudo llegar a actuar. Tal vez se le presentaron obstáculos comparables a los que tuvo que sufrir la primera "Sociedad de Transportes Parisienses", cuya iniciativa, recuerdo, se debió a Pascal, quien la hizo patrocinar por el nombre y la fortuna de un amigo suyo, el duque de Roanué.

»Incluso en descubrimientos más importantes, desconocemos la influencia de los datos proporcionados por los antiguos. Cristóbal Colón confesó sinceramente todo lo que debía a los sabios, a los filósofos y a los poetas de la Antigüedad. Se ignora generalmente que Colón copió dos veces el coro del segundo acto de Medea, tragedia de Séneca, en la que el autor hablaba de un mundo cuyo descubrimiento estaba reservado a los siglos futuros. Se puede consultar esta copia en el manuscrito de Las profecías, que se encuentra en la biblioteca de Sevilla. Colón recordó también, y a menudo, la afirmación de Aristóteles en su tratado De Cáelo a propósito de la esfericidad de la Tierra.

»¿ Acaso no tenía razón Joubert al observar que nada hace a los espíritus tan imprudentes y tan vanos como la ignorancia del tiempo pasado y el desprecio de los libros antiguos? Según escribía admirablemente Rivarol, todo Estado es un barco misterioso anclado en el cielo, se podría decir, a propósito del tiempo, que el barco del porvenir está anclado en el cielo del pasado. Sólo el olvido nos amenaza con los peores naufragios.

»Éste parece alcanzar sus límites con la historia increíble, si no fuese verdadera, de las minas de California. En junio de 1848, Marshall descubrió por primera vez pepitas de oro en la orilla de un curso de agua junto al cual vigilaba la construcción de un molino. Ahora bien, Hernán Cortés había pasado antes por allí, buscando, en California, a los mejicanos que se decían detentadores de tesoros considerables; Cortés revolvió el país, hurgó en todas las chozas, sin pensar siquiera en coger un poco de arena; durante tres siglos, las bandas españolas y las misiones de la Compañía de Jesús pisotearon las arenas auríferas, buscando siempre más lejos su Eldorado. Sin embargo, en 1737, más de cien años antes del descubrimiento de Marshall, los lectores de la Gaceta de Holanda habrían podido saber que las minas de oro y de plata de Sonora, eran explotables, pues su periódico daba su situación exacta. Es más, en 1767, se podía comprar en París un libro titulado Histoire naturelle et chile de la Californie, donde el autor, Buriell, describía las minas de oro y citaba el testimonio de los navegantes sobre las pepitas. Nadie prestó atención a aquel artículo, ni a esta obra, ni a estos hechos que, un siglo más tarde, provocaron la "carrera del oro". Pero, ¿hay alguien que aún lea los relatos de los antiguos viajeros árabes? Sin embargo, se encontrarían en ellos indicaciones preciosas para la prospección minera.

»El olvido, en realidad, lo abarca todo. Largas investigaciones, comprobaciones precisas, me han dado la convicción de que Europa y Francia poseen tesoros que no explotan en absoluto: a saber, los documentos antiguos de nuestras grandes bibliotecas. Ahora bien, toda técnica industrial debe elaborarse partiendo de tres dimensiones: la experiencia, la ciencia y la Historia. Eliminar o despreciar esta última es dar prueba de orgullo y de ingenuidad. Es también preferir el riesgo de encontrar lo que aún no existe o intentar adaptar razonablemente lo que es a lo que se desea obtener. Antes de lanzarse a costosas inversiones el industrial debe estar en posesión de todos los elementos tecnológicos del problema. Está claro que no basta en absoluto la sola investigación de la anterioridad de las patentes para poner a punto una técnica en un momento dado de la Historia. En efecto, las industrias son mucho más antiguas que las ciencias; deben estar, pues, perfectamente informadas de la historia de sus procedimientos, de los que a menudo están menos enteradas de lo que imaginan.

»Los antiguos, con técnicas muy simples, obtenían resultados que podemos reproducir, pero que, a menudo, nos costaría mucho trabajo explicar, a pesar del gran arsenal teórico de que disponemos. Esta sencillez era el don por excelencia de la ciencia antigua.

»Sí, me diréis, pero, ¿y la energía nuclear? Responderé a esta objeción con una cita que debería hacernos reflexionar un poco. En un libro muy raro, casi desconocido incluso para muchos especialistas, aparecido hace más de ochenta años y titulado Les Atlantes, un autor que se ocultó prudentemente tras el seudónimo de Roisel expuso los resultados de cincuenta y seis años de investigaciones y trabajos sobre la ciencia antigua.

Pues bien, al exponer los conocimientos científicos que atribuye a los atlantes, Roisel escribe estas líneas extraordinarias en su época: Consecuencia de esta actividad incesante fue, en efecto, la aparición de la materia, de este otro equilibrio cuya ruptura determinaría igualmente poderosos fenómenos cósmicos. Si por una causa desconocida se desintegrase nuestro sistema solar, sus átomos constituyentes, convertidos inmediatamente en activos por la independencia, brillarían en el espacio con una luz inefable, que anunciaría a lo lejos una vasta destrucción y la esperanza de un mundo nuevo. Me parece que este último ejemplo basta para hacer comprender toda la profundidad de la frase de Mademoise Bertin: No hay nada nuevo salvo lo que se ha olvidado.

»Veamos ahora qué interés práctico tiene para la industria un sondeo sistemático del pasado. Cuando proclamo que hay que prestar el más vivo interés a los trabajos antiguos, no se trata en absoluto de realizar una labor de erudición. Sólo es preciso, en función de un problema concreto planteado por la industria, rebuscar en los documentos científicos y técnicos antiguos, si existen o bien hechos significativos desatendidos, o bien procedimientos olvidados, pero dignos de interés y que tengan relación directa con la cuestión planteada.

»Las materias plásticas, cuya invención nos parece tan reciente, podrían haber sido descubiertas mucho antes si alguien se hubiese preocupado de reanudar ciertos experimentos del químico Berzelius.

»En lo que atañe a la metalurgia, señalaré un hecho bastante importante. Al principio de mis investigaciones sobre ciertos procedimientos químicos de los antiguos, me había sorprendido bastante no poder reproducir en el laboratorio experimentos metalúrgicos que, no obstante, creía que estaban descritos con mucha claridad. En vano trataba de comprender las razones del fracaso, pues había observado las indicaciones y las proporciones dadas. Al reflexionar, advertí que, a pesar de todo, había cometido un error. Había utilizado fundentes químicamente puros, mientras que los antiguos se servían de fundentes impuros, es decir, de sales obtenidas a base de productos naturales y capaces, por consiguiente, de provocar acciones catalíticas. Y, en efecto, la experiencia confirmó este punto de vista. Los especialistas comprenderán cuán importantes perspectivas abren estas observaciones. Podrían realizarse grandes economías de combustible de energía adaptando a la metalurgia ciertos procedimientos antiguos que, casi todos, se apoyan en la acción de catalizadores. Sobre este punto, mis experimentos han sido confirmados tanto por los trabajos del doctor Ménétrier sobre la acción catalítica de los oligoelementos, como por la investigación del alemán Mittash sobre las catálisis en la química de los antiguos. Por vías distintas, se han obtenido resultados convergentes. Esta convergencia parece demostrar que ha llegado el tiempo, en tecnología, de tener en cuenta la importancia fundamental de la noción de cualidad y de su papel en la producción de todos los fenómenos cuantitativos observables.

»Los antiguos conocían procedimientos metalúrgicos que parecen olvidados, por ejemplo, el temple del cobre en ciertos baños orgánicos. Así obtenían instrumentos extraordinariamente duros y penetrantes. No eran menos hábiles en fundir este metal, incluso en el estado de óxido. Sólo voy a dar un ejemplo. Un amigo mío, especialista en prospección minera, se encontraba al noroeste de Agadés, en pleno Sahara. Allí descubrió minerales de cobre que presentaban señales de fusión y fondos de crisol que aún contenían metal. Ahora bien, no se trataba de un sulfuro, sino de un óxido, es decir, un cuerpo que, para la industria actual, plantea problemas de reducción imposibles de resolver con una simple fogata de nómada.

»En el campo de las aleaciones, uno de los más importantes de la industria actual, existen muchos hechos significativos que no escaparon a los antiguos. No solamente conocían los medios de producir directamente, partiendo de minerales complejos, aleaciones de propiedades singulares, procedimientos a los que diré de paso que la industria soviética dedica actualmente un vivo interés, sino que, además, utilizaban aleaciones especiales, como el eléctrum, que jamás hemos sentido la curiosidad de estudiar en serio, aunque conozcamos las fórmulas de fabricación.

»Apenas insistiré en las perspectivas del campo médico y farmacéutico, casi inexplorado y abierto a tantas investigaciones. Señalaré únicamente la importancia del tratamiento de las quemaduras, cuestión tanto más grave cuanto que los accidentes de automóvil y de aviación la plantean prácticamente a cada minuto. Sin embargo, la Edad Media, devastada sin cesar por los incendios, descubrió los mejores remedios contra las quemaduras, habiendo sido completamente, olvidadas sus recetas. A este respecto, conviene saber que ciertos productos de la antigua farmacopea, no solamente calmaban los dolores, sino que permitían evitar las cicatrices y regenerar las células.

»En cuanto a los colorantes y barnices, sería superfluo recordar la alta calidad de los materiales elaborados según los procedimientos de los antiguos. Los colores admirables utilizados por los pintores de la Edad Media no se han perdido como se cree generalmente; conozco al menos un manuscrito en Francia que da su composición. Nadie ha soñado jamás en adaptar y comprobar estos procedimientos. Sin embargo, los pintores modernos, si vivieran dentro de un siglo, no reconocerían sus telas, porque los colores utilizados actualmente no van a durar mucho. Según parece, los intensos amarillos de Van Gogh han perdido ya la extraordinaria luminosidad que los caracterizaba.

»¿Se trata de minas? Indicaré a este respecto un estrecho enlace entre la investigación médica y la prospección minera. Las aplicaciones terapéuticas de las plantas, lo que hoy se llama fitoterapia, tiene, en efecto, relación con una ciencia nueva, la biogeoquímica. Esta disciplina tiene por objeto descubrir las anomalías positivas referentes a las huellas de metales en las plantas y que indican la proximidad de yacimientos minerales. De este modo se pueden determinar las afinidades particulares de ciertas plantas con respecto a ciertos metales, y estos datos pueden utilizarse tanto para la prospección minera como en el campo de la acción terapéutica. Aquí tenemos otro ejemplo característico de un hecho que me parece el más importante de la historia actual de la técnica, a saber, la convergencia de las diversas disciplinas científicas, lo que implica la necesidad de constantes síntesis.

» Citemos aún algunas otras direcciones de las investigaciones y aplicaciones industriales: los abonos, enorme campo en el que los químicos antiguos lograron resultados generalmente ignorados. Pienso especialmente en lo que llamaban "la esencia de fecundidad", producto compuesto de ciertas sales mezcladas con estiércol cocido o destilado.

»La cristalería antigua, extensa materia todavía mal conocida; los romanos utilizaban ya pisos de vidrio: el estudio de los antiguos procedimientos de los vidrieros podría aportar una ayuda preciosa a la solución de problemas ultramodernos, como por ejemplo la dispersión de tierras raras y paladio en el vidrio, lo cual permitiría obtener tubos fluorescentes de luz negra.

»En cuanto a la industria textil, a despecho del triunfo de los plásticos, o más bien por razón de este mismo triunfo, debería orientarse hacia la producción, para el comercio de lujo, de tejidos de gran calidad, que podrían teñirse por ejemplo según las normas antiguas, o incluso intentar la fabricación de aquella tela singular conocida con el nombre depilema. Se trataba de tejidos de lino o de lana tratados con ciertos ácidos y que resistían por igual al tajo del hierro y a la acción del fuego. Diré de paso que los galos conocían este procedimiento, que utilizaban para la fabricación de corazas.

»La ebanistería, dado el precio aún muy elevado de los revestimientos de plástico, podría encontrar soluciones ventajosas adoptando procedimientos antiguos que aumentaban considerablemente, por medio de una especie de baño, la resistencia de la madera a los diversos agentes físicos y químicos. A las empresas de obras públicas podría interesarles reanudar el estudio de cementos especiales cuyas fórmulas constan en tratados de los siglos XV y XVI y que presentan cualidades muy superiores a las del cemento moderno.

»La industria soviética ha utilizado recientemente, en la fabricación de útiles cortantes, una cerámica mucho más dura que los metales. Este endurecimiento podría estudiarse también a la luz de los antiguos procedimientos de temple.

»En fin, sin querer insistir en este problema, indicaré una orientación de las investigaciones físicas que podría tener importantes consecuencias. Me refiero a trabajos concernientes a la energía magnética terrestre. Hay en este sentido observaciones muy antiguas que jamás han sido seriamente comprobadas, a pesar de su interés indiscutible.

«Trátese, en fin, de experiencias del pasado o de posibilidades del porvenir, creo que el realismo profundo nos enseña a apartarnos del presente. Esta afirmación puede parecer paradójica, pero basta reflexionar un poco para comprender que el presente no es más queun punto de contacto entre la línea del pasado y la del porvenir. Firmemente apoyados en la experiencia atávica, debemos mirar ante nosotros más que a nuestros pies y no prestar atención exagerada al breve intervalo de desequilibrio durante el cual cruzamos el espacio y el tiempo. El movimiento de la marcha nos lo demuestra, y la lucidez de nuestra mirada debe mantener siempre equilibrada la balanza de lo que ha sido y lo que tiene que ser.»

 

 

IV

El Saber y el Poder se ocultan. - Visión de la guerra revolucionaria. - La técnica resucita los conceptos medievales. - Retorno a la edad de los Adeptos. - Un novelista tuvo buen ojo: hay «Centrales de Energía». - De la monarquía a la criptocracia. - La sociedad secreta, futura forma de gobierno. - La propia inteligencia es una sociedad secreta. - Llaman a la puerta.

 

 

En un artículo muy extraño, pero que, al parecer, reflejaba la opinión de muchos intelectuales franceses, Jean Paul Sartre negaba pura y simplemente a la bomba «H» el derecho a la existencia. La existencia, en la teoría de este filósofo, precede a la esencia. Pero se le presenta un fenómeno cuya esencia no le interesa, y niega su existencia. ¡Singular contradicción! «La bomba "H" -escribía Jean Paul Sartre- está contra la Historia.» ¿Cómo puede estar «contra la Historia» un hecho de civilización? ¿Qué es la Historia? Para Sartre, es el movimiento que debe necesariamente conducir a las masas al poder. ¿Qué es la bomba «H»? Una reserva de poder manejable por algunos hombres. Una sociedad muy restringida de sabios, de técnicos, de políticos, puede decidir la suerte de la Humanidad. Para que la Historia tenga el sentido que le hemos asignado, suprimamos la bomba «H». Igual veíamos el progresismo social exigiendo la detención del progreso. Una sociología nacida en el siglo XIX reclamaba el retorno a su época de origen. Entiéndase bien: nosotros no tratamos de aprobar la fabricación de armas de destrucción, ni de ir contra la sed de justicia que anima lo que hay de más puro en las sociedades humanas. Se trata de examinar las cosas desde un punto de vista diferente.

1.° Es cierto que las armas absolutas hacen pesar sobre la Humanidad una amenaza espantosa. Pero mientras estén en pocas manos, no serán utilizadas. La sociedad humana moderna sólo sobrevive porque son muy pocos los hombres de quienes depende la decisión.

2.° Estas armas absolutas sólo pueden ir desarrollándose. En la búsqueda operacional de vanguardia, el tabique entre el bien y el mal es cada vez más delgado. Todo descubrimiento al nivel de las estructuras esenciales es a la vez positivo y negativo. Por otra parte, las técnicas, al perfeccionarse, no se hacen más pesadas: por el contrario, se simplifican. Se sirven de fuerzas que van acercándose a las elementales. El número de operaciones se reduce; se aligera el equipo. Al final, la llave de las fuerzas universales cabrá en la palma de la mano. Un niño podrá forjarla y manejarla. Cuanto más se avance hacia la simplificación-potencia, tanto más habrá que ocultarla, levantar barreras, para asegurar la continuidad de la vida.

3.° Esta ocultación se realiza, por otra parte, sola al pasar el verdadero poder a manos de los hombres sabios. Éstos tienen un lenguaje y unas formas de pensamiento que les son propias. No es una barrera artificial. El verbo es diferente porque el espíritu se encuentra situado a otro nivel. Los hombres de ciencia han convencido a los poseedores de que poseerían más, a los gobernantes de que gobernarían más, si acudían a ellos. Y rápidamente han conquistado un lugar por encima de la riqueza y del poder. ¿Cómo? En primer lugar, introduciendo en todas partes una complejidad infinita. La idea que quiere ser directriz complica hasta el extremo el sistema que quiere destruir, para llevarle al suyo sin posibilidad de reacción defensiva, de la misma manera que la araña envuelve a su presa. Los hombres llamados «de poder», poseedores y gobernantes, no son más que intermediarios en una época que es a su vez intermediaria.   

4.° Mientras las armas absolutas se multiplican, la guerra cambia de rostro. Se desarrolla un combate ininterrumpido en forma de guerrillas, de revoluciones palatinas, de celadas, de quintas columnas, de artículos, de libros y de discursos. La guerra revolucionaria remplaza a la guerra a secas. Este cambio de las formas de la guerra corresponde a un cambio de los fines de la Humanidad. Las guerras se habían hecho para «tener». La guerra revolucionaria se ha hecho para «ser». Antaño, la Humanidad se destrozaba para partirse la tierra y gozar en ella; para que algunos se repartiesen los bienes de la tierra y gozaran de ellos. Ahora, a través del incesante combate que evoca la danza de los insectos que se tientan mutuamente las antenas, todo transcurre como si la Humanidad buscara la unión, la agrupación, la unidad para cambiar la Tierra. El deseo de gozar ha sido sustituido por la voluntad de hacer. Los hombres de ciencia, al perfeccionar también las armas psicológicas, no son extraños a este profundo cambio. La guerra revolucionaria corresponde al nacimiento de un espíritu nuevo: el espíritu obrero, el espíritu de los obreros de la Tierra. En este sentido, la Historia es un movimiento mesiánico de las masas. Este movimiento coincide con la concentración del saber. Ésta es la fase que atravesamos en la aventura de una hominización creciente, de una asunción continua del espíritu.

 

 

Volvamos a los hechos aparentes, y entraremos de nuevo en la edad de las sociedades secretas. Cuando remontemos hacia los hechos más importantes, y por ello menos visibles, advertiremos que volvemos también a la edad de los Adeptos. Los Adeptos hacían resplandecer su conocimiento sobre un conjunto de sociedades organizadas para el mantenimiento del secreto de la técnica. No es imposible imaginar un mundo muy próximo construido según este modelo. Fuera de esto, la Historia no se repite. Mejor dicho, si bien pasa por el mismo punto, lo hace por un sector más alto de la espiral.

Históricamente, la conservación de la técnica fue uno de los objetos de las sociedades secretas. Los sacerdotes egipcios guardaban celosamente las leyes de la geometría plana. Recientes investigaciones han comprobado la existencia en Bagdad de una sociedad que detentaba el secreto de la pila eléctrica y el monopolio de la galvanoplastia... hace dos mil años. En la Edad Media, en Francia, en Alemania y en España, se formaron concejos de técnicos. Vean ustedes la historia de la alquimia. Vean el secreto de la coloración roja del vidrio, mediante la introducción de oro en el momento de la difusión. Vean el secreto del fuego griego, aceite de lino coagulado con gelatina, antepasado del napalm. Pero no todos los secretos de la Edad Media han sido descubiertos: el del vidrio mineral flexible, el del procedimiento sencillo de obtención de la luz fría, etc. De igual manera asistimos ahora a la aparición de grupos de técnicos que guardan los secretos de fabricación, ya se trate de técnicas artesanas como la fabricación de armónicas o de bolos de cristal, ya de técnicas industriales como la producción de carburantes sintéticos. En las grandes fábricas atómicas americanas, los físicos llevan insignias que revelan su grado de saber y de responsabilidad. No se puede dirigir la palabra más que al portador de una insignia igual. Existen clubes, y las amistades y los amores surgen en el interior de cada categoría. Así se constituyen medios cerrados en todo semejantes a los concejos de la Edad Media, ya se trate de aviación a reacción, de ciclotrones o de electrónica. En 1956, treinta y cinco estudiantes chinos recién salidos del Instituto de Tecnología de Massachusetts quisieron volver a su país. No habían trabajado en problemas militares; sin embargo, se pensó que sabían demasiado. Y se les prohibió el regreso. El Gobierno chino, deseoso de recuperar a los instruidos jóvenes, propuso su intercambio con varios aviadores americanos acusados de espionaje.

La vigilancia de la técnica y de los secretos científicos no puede confiarse a la Policía. Mejor dicho, los especialistas del cuerpo de Seguridad se ven obligados a aprender las ciencias y las técnicas que tienen obligación de vigilar. Se enseña a estos especialistas a trabajar en los laboratorios nucleares, y a los físicos nucleares a velar ellos mismos por su seguridad. De suerte que se va creando una casta más poderosa que los Gobiernos y las Policías políticas.

Para completar el cuadro hay que tener en cuenta los grupos de técnicos dispuestos a trabajar para los países que ofrezcan más. Son los nuevos mercenarios. Son las «espadas de alquiler» de nuestra civilización, en la que el condottiero viste bata blanca. El África del Sur, la Argentina y la India son sus mejores campos de acción. En ellos se forjan verdaderos imperios.

 

 

Remontémonos a los hechos menos visibles, pero más importantes. Veremos en ellos el retorno a la edad de los Adeptos. «Nada en el Universo es capaz de resistir al ardor convergente de un número bastante de inteligencias agrupadas y organizadas», decía confidencialmente Teilhard de Chardin a George Magloire.

Hace más de cincuenta años, John Buchan, que desempeñó en Inglaterra un gran papel político, escribió una novela que era al mismo tiempo un mensaje dirigido a unos cuantos espíritus despiertos. En esta novela, titulada, no por casualidad, La central de energía, el héroe tropieza con un caballero distinguido y discreto, que, en un tono de conversación trivial, le dirige frases bastante desconcertantes:

«-Ciertamente, en la civilización hay numerosas piedras angulares – dije – cuya destrucción acarrearía el derrumbamiento de aquélla. Pero las piedras angulares aguantan bien.

»-No tanto... Piense que la fragilidad de la máquina aumenta cada día. A medida que la vida se complica, el mecanismo se hace más intrincado y, por ello, más vulnerable. Sus llamadas sanciones se multiplican de un modo tan desmesurado, que pierden aisladamente en seguridad. Durante los siglos de oscurantismo, había una sola gran potencia: el temor de Dios y de su Iglesia. Hoy en día, tienen ustedes una multitud de pequeñas divinidades, igualmente delicadas y frágiles, cuya única fuerza proviene de nuestro consentimiento tácito en no discutirlas.

»-Olvida usted una cosa – repliqué - , y es el hecho de que los hombres están, en realidad, de acuerdo en mantener la máquina en marcha. Esto es lo que llamé hace un momento "buena voluntad".

»-Ha puesto usted el dedo en el único punto importante. La civilización es una conjuración. ¿De qué les serviría su Policía si cada criminal encontrase asilo al otro lado del estrecho, o sus salas de Justicia si otros tribunales no reconocieran sus decisiones? La vida moderna es el pacto no formulado de los poseedores para el mantenimiento de sus pretensiones. Y este pacto será eficaz hasta el día en que se celebre otro para despojarles.

»-No discutamos lo indiscutible – dije – Pero yo me imaginaba que el interés general obligaba a los espíritus mejores a participar en esto que llama usted conspiración.

»-Lo ignoro – dijo, con lentitud – ¿Son realmente los espíritus mejores los que actúan a favor del pacto? Vea la conducta del Gobierno. A fin de cuentas, estamos dirigidos por aficionados y personas de segundo orden. Los métodos de nuestras administraciones llevarían a la quiebra a cualquier empresa particular. Los métodos del Parlamento (discúlpeme) avergonzarían a cualquier junta de accionistas. Nuestros dirigentes simulan adquirir el saber por la experiencia, pero están lejos de ponerle el precio que pagaría un hombre de negocios, y, cuando lo adquieren, no tienen el valor de aplicarlo. ¿Cree que tiene algún atractivo, para un hombre genial, el vender su cerebro a nuestros malos gobernantes?

»Y, sin embargo, el saber es la única fuerza... ahora y siempre. Un pequeño dispositivo mecánico será capaz de hundir flotas enteras. Una nueva combinación química transformará todas las reglas de la guerra. Lo mismo puede decirse del comercio. Bastarán algunas modificaciones ínfimas para poner a Gran Bretaña al nivel de la República del Ecuador, o para dar a China la llave de la riqueza mundial. Y, mientras tanto, no queremos pensar en que estos altibajos sean posibles. Tomamos nuestro castillo de naipes por la fortaleza del Universo.

»Jamás he tenido el don de la palabra, pero lo admiro en los demás. Los discursos de este género producen un hechizo malsano, una especie de embriaguez, de la que uno casi se avergüenza. Me sentía interesado, y más que a medias seducido.

»-Pero, veamos – le dije –  el primer cuidado de un inventor es publicar su invento. Como aspira a los honores y a la gloria, quiere hacerse pagar su invención. Esta se convierte en parte integrante del saber mundial, y todo el resto de éste se modifica en consecuencia. Es lo que ha pasado con la electricidad. Llama usted máquina a nuestra civilización, pero ésta es mucho más sutil que una máquina. Posee la facultad de adaptación del organismo viviente.

»-Lo que dice usted sería cierto si el nuevo conocimiento se convirtiese realmente en propiedad de todos. Pero, ¿ocurre así? De vez en cuando leo en las gacetas que un sabio eminente ha hecho un gran descubrimiento. El hombre da cuenta a la Academia de Ciencias, se publican artículos de fondo sobre el invento, y la fotografía de aquél aparece en los periódicos. El peligro no proviene de este hombre. No es más que un engranaje de la máquina, un adherido al pacto. Pero los que cuentan son los hombres que se mantienen fuera de éste, los artistas del descubrimiento que sólo emplearán su ciencia en el momento en que puedan hacerlo con el máximo efecto. Créame, los espíritus más grandes están al margen de la llamada civilización.

»Pareció vacilar un instante, y prosiguió:

»-Habrá personas que le dirán que los submarinos han suprimido ya al acorazado y que la conquista del aire ha anulado el dominio de los mares. Los pesimistas, al menos, así lo afirman. Pero, ¿cree usted que la ciencia ha dicho ya su última palabra con nuestros groseros submarinos y nuestros frágiles aeroplanos?

»-No dudo de que se perfeccionarán  – dije –  pero los medios de defensa progresarán paralelamente.

»Movió la cabeza.

»-Es poco probable. De ahora en adelante, el saber que permite realizar los grandes ingenios de destrucción rebasa en mucho a las posibilidades defensivas. Usted ve simplemente las creaciones de la gente de segundo orden que tiene prisa en conquistar la riqueza y la gloria. El verdadero saber, el saber temible, sigue manteniéndose secreto. Pero, créame, amigo mío, existe.

»Se calló un instante, y ví el ligero contorno del humo de su cigarrillo perfilándose en la oscuridad. Después citó varios ejemplos, pausadamente, como si temiera ir demasiado lejos.

»Estos ejemplos fueron para mí la voz de alerta. Eran de diferentes clases: una gran catástrofe, una ruptura súbita entre dos pueblos, una plaga que destruía una cosecha vital, una guerra, una epidemia. No los repetiré. Entonces no creí en ello, y hoy creo todavía menos. Pero eran terriblemente chocantes, expuestos con su voz tranquila, en aquella pieza oscura, en la sombría noche de junio. Si estaba en lo cierto, aquellas calamidades no eran obra de la Naturaleza o de la casualidad, sino más bien el producto de un arte. Las inteligencias anónimas a que se refería, y que realizaban una labor subterránea, revelaban de vez en cuando su fuerza mediante una manifestación catastrófica. Me negaba a creerle, pero, mientras exponía sus ejemplos, mostrando el desarrollo del juego con singular claridad, no pude pronunciar una palabra de protesta. »Al fin, recobré el habla.

»-Lo que usted describe es el anarquismo. Y, sin embargo, no conduce a ninguna parte. ¿A qué móvil obedecerían estas inteligencias?

»Se echó a reír.

»-¿Cómo quiere que yo lo sepa? Yo no soy más que un modesto buscador, y mis investigaciones me proporcionan curiosos documentos. Pero no podría precisarle los motivos. Veo solamente que existen grandes inteligencias antisociales. Digamos que desconfían de la máquina. A menos que no sean idealistas empeñados en crear un mundo nuevo, o simplemente artistas que aman por sí mismos a la verdad. Si tuviese que formular una hipótesis, diría que han sido necesarias estas dos últimas clases de individuos para obtener resultados, pues los segundos logran el conocimiento, y los primeros tienen la voluntad de emplearlo.

»Un recuerdo acudió a mi memoria. Estaba en las alturas del Tirol en un prado soleado. Allí me encontraba almorzando, entre campos floridos y al norte de un torrente saltarín, después de haber pasado la mañana escalando las blancas vertientes. Había encontrado en el camino a un alemán, un hombrecillo con aires de profesor, que me hizo el honor de compartir conmigo mis bocadillos. Hablaba con desenvoltura un defectuoso inglés, y era discípulo de Nietzsche y ardiente enemigo del orden establecido.

»-Lo malo es – exclamó – que los reformadores no saben nada, y que los que saben algo son demasiado perezosos para intentar las reformas. Pero llegará un día en que se unirán el saber y la voluntad, y entonces progresará el mundo.

»-Está pintando usted un cuadro terrible – repliqué –. Pero, si estas inteligencias antisociales son tan poderosas, ¿por qué hacen tan poco? Un vulgar agente de Policía, amparado por la Máquina, puede muy bien burlarse de la mayoría de las tentativas anarquistas.

»-Exactamente – respondió –  y la civilización saldrá triunfante hasta que sus adversarios aprendan de ella misma la importancia de la Máquina. El pacto debe durar hasta que haya un anticipo. Vea los procedimientos de esta idiotez que ahora llaman nihilismo o anarquía. Algunos vagos analfabetos lanzan un reto al mundo desde el fondo de un tugurio parisiense, y al cabo de ocho días están en la cárcel. En Ginebra, una docena de "intelectuales" rusos exaltados conspiran para derribar a los Romanov, y la Policía de Europa se les echa encima. Todos los Gobiernos y sus poco inteligentes fuerzas policíacas se dan la mano y, en un abrir y cerrar de ojos, ¡adiós conspiradores! Porque la civilización sabe utilizar las energías de que dispone, mientras que las infinitas posibilidades de los no oficiales se van en humareda. La civilización triunfa porque es una liga mundial; sus enemigos fracasan porque no son más que una capillita. Pero suponga...

»Se calló de nuevo y se levantó del sillón. Acercándose al interruptor, inundó la sala de luz. Deslumbrado, alcé los ojos hacia mi huésped y ví que me sonreía amablemente, con toda la gentileza de un viejo gentleman.

»-Me gustaría oír el final de sus profecías -declaré-. Decía usted...

»-Decía esto: suponga a la anarquía instruida por la civilización y convertida en internacional. ¡Oh, no me refiero a esas bandas de borricos que se titulan con gran alharaca "Unión Internacional de Trabajadores" y otras estupideces por el estilo! Quiero decir que se internacionalice la verdadera sustancia pensante del mundo. Suponga que las mallas del cordón civilizado se encuentren entrelazadas con otras mallas que constituyen una cadena mucho más poderosa. La Tierra está rebosante de energías incoherentes y de inteligencia desorganizada. ¿Ha pensado alguna vez en el caso de China? Encierra millones de cerebros pensantes que se ahogan en actividades ilusorias. No tienen dirección, ni energía conductora, de modo que el resultado de sus esfuerzos es igual a cero y el mundo entero se burla de China. Europa le arroja de vez en cuando un préstamo de algunos millones, y ella, en justa correspondencia, se encomienda cínicamente a las oraciones de la cristiandad. Pero suponga usted...

»-Es una perspectiva atroz – exclamé – y, a Dios gracias, no la creo realizable. Destruir por destruir constituye una idea demasiado estéril para tentar a un nuevo Napoleón, y nada pueden hacer ustedes sin tener uno.

»-No sería en absoluto destrucción – replicó suavemente –. Llamemos iconoclastia a esta abolición de las fórmulas que siempre ha unido a una multitud de idealistas. Y no hace falta un Napoleón para realizarla. Sólo se necesita una dirección que podría venir de hombres mucho menos dotados que Napoleón. En una palabra, bastaría con una Central de Energía para inaugurar la era de los milagros.»

 

 

Si se piensa que Buchan escribía estas líneas alrededor de 1910, y si pensamos en los trastornos sufridos por el mundo después de aquella época y en los movimientos que arrastran en la actualidad a China, el África y a la India, podemos preguntarnos si no habrán entrado efectivamente en acción una o muchas «Centrales de Energía». Esta visión sólo parecerá novelesca a los observadores superficiales, es decir, a los historiadores llevados por el vértigo de «la explicación de los hechos», lo cual no es, en definitiva, más que una manera de escoger entre los hechos. En otra parte de esta obra describimos una central de energía que ha fracasado, pero después de sumir al mundo en fuego y sangre: la central fascista. Tampoco se puede dudar de la existencia de una central de energía comunista, ni de su prodigiosa eficiencia. «Nada en el Universo podría resistir el ardor convergente de un número bastante de inteligencias agrupadas y organizadas.» Repito esta cita: su verdad resplandece aquí.

Tenemos de las sociedades secretas una idea de colegial. Vemos de una manera fútil los hechos singulares. Para comprender el mundo venidero, tendríamos que escarbar, refrescar, vigorizar la idea de sociedad secreta, por el estudio más profundo del pasado y por el descubrimiento de un punto de vista desde el cual pueda observarse el movimiento de la Historia en que nos vemos metidos.

Es posible, es probable, que la sociedad secreta sea la futura forma de gobierno en el mundo nuevo del espíritu obrero. Consideren rápidamente la evolución de las cosas. Las monarquías alegaban un poder de origen sobrenatural. El rey, los señores, los ministros, los responsables hacen cuanto pueden por salirse de lo natural, para causar asombro con su indumento, con sus palacios, con sus maneras. Lo hacen todo para ser bien visibles. Despliegan el mayor fasto posible. Y siempre están presentes. Infinitamente abordables e infinitamente distintos. «¡Alistaos bajo mi estandarte blanco!» A veces, en verano, Enrique IV se baña desnudo en el Sena, en el corazón de París. Luis XIV es un sol, pero cualquiera puede entrar en cualquier momento en su palacio y asistir a sus comidas. Siempre bajo el fuego de las miradas, semidioses cargados de oro y de plumas, siempre llamando la atención, a un tiempo «aislados» y públicos. A partir de la Revolución, el poder proclama ideas abstractas y el Gobierno se oculta. Los responsables quieren hacerse pasar por hombres «como los demás» y al mismo tiempo guardan las distancias. Tanto en el plano personal como en el de los hechos, se hace difícil definir con exactitud el Gobierno. Las democracias modernas se prestan a mil interpretaciones «esotéricas». Hay pensadores que aseguran que América obedece únicamente a algunos jefes de la industria, Inglaterra a los banqueros de la City, Francia a los francmasones, etc. Con los Gobiernos surgidos de la guerra revolucionaria, el poder se oculta casi completamente. Los testigos de la revolución china, de la guerra de Indochina y de la guerra de Argelia, los especialistas del mundo soviético, todos se sienten impresionados por la inmersión de poder en los misterios de la masa, por el secreto que envuelve a las responsabilidades, por la imposibilidad de saber «quién es quién» y «quién decide qué». Entra en acción una verdadera criptocracia. Aquí no tenemos tiempo de analizar este fenómeno, pero podría escribirse una obra sobre el advenimiento de lo que llamamos criptocracia. En una novela de Jean Lartéguy, que fue actor de la revolución en Azerbaiján, de la guerra de Palestina y de la guerra de Corea, un capitán francés cae prisionero después de la derrota de Dien-Bien-Fu:

«Glatigny volvió a encontrarse en un refugio en forma de túnel, largo y estrecho. Estaba sentado en el suelo, con la espalda desnuda apoyada en la tierra del mundo ante él, un nha-qué en cuclillas fuma un tabaco infecto, liado en un viejo papel de periódico.

»El nha-qué va descubierto. Lleva uniforme caqui sin insignias. Está descalzo y los dedos de sus pies se abren voluptuosamente en el barro tibio del refugio. Entre dos chupadas, pronuncia algunas palabras, y un bodoi de movimientos ágiles y ondulantes se inclina sobre Glatigny:

»-El jefe del batallón pregunta a usted dónde estar comandante francés que mandar punto apoyo.

«Glatigny tiene un reflejo de militar tradicional: no puede comprender que este nha-qué acurrucado y que fuma un tabaco apestoso mandase como él un batallón, tuviese el mismo grado y las mismas responsabilidades que él... Es, pues, uno de los responsables de la División 308, la mejor instruida de todo el Ejército Popular; y este campesino salido de su arrozal le ha derrotado a él, a Glatigny, descendiente de una de las grandes dinastías militares de Occidente...»

Paul Mouset, periodista célebre, corresponsal de guerra en Indochina y en Argelia, me decía: «Siempre he tenido la impresión de que el boy o el pequeño tendero eran, acaso, los grandes responsables... El mundo nuevo disfraza a sus jefes, como esos insectos que se confunden con las ramas, con las hojas...»

Después de la muerte de Stalin, los expertos políticos no logran ponerse de acuerdo sobre la identidad del verdadero gobernante de la URSS. En el momento en que estos expertos nos aseguran al fin que es Beria, nos enteramos de que éste acaba de ser ejecutado. Nadie podría designar por sus nombres a los dueños de un país que domina mil millones de hombres y la mitad de las tierras habitables del Globo...

La amenaza de guerra sirve para revelar la forma real de los Gobiernos. En junio de 1955, América había previsto una «operación de alerta», en el curso de la cual el Gobierno salía de Washington para ir a trabajar a «algún lugar de los Estados Unidos». En el caso de que este refugio fuese destruido, se había previsto un procedimiento según el cual el Gobierno transfería sus poderes a un Gobierno fantasma (la expresión literal es «Gobierno de sombras») designado desde ahora y para entonces. Este Gobierno lleva consigo senadores, diputados y expertos cuyos nombres no pueden ser divulgados. De esta forma se anunció oficialmente el paso a la criptocracia, en uno de los países más poderosos del planeta.

En caso de guerra, sin duda veríamos los Gobiernos aparentes reemplazados por estos «Gobiernos de sombras», instalados tal vez en las cavernas de Virginia, el de los Estados Unidos, y en una estación flotante del Ártico, el de la URSS. Y a partir de este momento, sería delito de alta traición revelar la identidad de los responsables. Armadas de cerebros electrónicos para reducir al mínimo el personal administrativo, las sociedades secretas organizarían el gigantesco combate de los dos bloques de la Humanidad. Ni siquiera se excluye la posibilidad de que estos Gobiernos se alojaran fueran de nuestro mundo, en los satélites artificiales que giran alrededor de la Tierra.

No hacemos filosofía-ficción ni historia-ficción. Hacemos realismo fantástico. Nos mostramos escépticos en muchos de los puntos en que menos lo son los espíritus que pasan por «razonables». No buscamos en modo alguno orientar la atención hacia un vano ocultismo, hacia una interpretación mágico-delirante de los hechos. No proponemos ninguna religión. Creemos en la inteligencia. Pensamos que, llegada a un cierto nivel, la inteligencia misma es una sociedad secreta. Opinamos que su poder será ilimitado cuando se desarrolle por entero, como un roble en campo libre, en vez de hallarse encogida como en una maceta.

Conviene, pues, considerar de nuevo la idea de sociedad secreta, en función de las perspectivas que acabamos de descubrir y de otras, más extrañas aún, que pronto se manifestarán a nuestros ojos. Aquí, como en otros lugares, sólo hemos podido esbozar el trabajo para la investigación y la reflexión. Sabemos perfectamente que nos exponemos a que nuestra visión de las cosas parezca una locura: y es que decimos rápida y brutalmente lo que tenemos que decir, como quien llama a la puerta de un hombre que duerme cuando el tiempo apremia.

 

 


LA ALQUIMIA COMO EJEMPLO

 

Un alquimista en el Café Procope, en 1953. - Conversación acerca de Gurdjieff. - Un hombre que afirma saber que la piedra filosofal es una realidad. - Bergier me lleva a toda velocidad por un extraño atajo. -- Lo que veo me libera del estúpido desprecio del progreso. - Nuestra opinión sobre la alquimia: ni revelación, ni avance a tientas. - Breve meditación sobre la espiral y la esperanza.

 

En marzo de 1953 conocí por primera vez a un alquimista. La cosa ocurrió en el Café Procope, que experimentó en aquella época una breve resurrección. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre Gurdjieff, un gran poeta preparó aquella entrevista; después volví a ver a menudo a aquel nombre singular, sin penetrar, empero, sus secretos.

Yo tenía ideas primitivas, extraídas de las nociones populares, sobre la alquimia y los alquimistas, y estaba lejos de saber que éstos aún existían. El hombre que se sentaba frente a mí, en la mesa de Voltaire, era joven y elegante. Tenía una sólida instrucción clásica, seguida de estudios de química. En aquel entonces, se ganaba la vida en el comercio y frecuentaba a muchos artistas, así como a algunas gentes de mundo.

No llevo ningún Diario íntimo, pero, en ciertas ocasiones importantes, suelo anotar mis observaciones o mis sentimientos. Aquella noche, al volver a casa, escribí lo que sigue:

«¿Qué edad puede tener? Él me ha dicho treinta y cinco años. No lo entiendo. Cabello blanco, rizoso, partido sobre el cráneo como una peluca. Numerosas y profundas arrugas bajo un cutis rosado y en un semblante lleno. Pocos ademanes; lentos, mesurados, hábiles. Sonrisa tranquila y aguda. Ojos risueños, pero que ríen para sí. Todo revela una edad diferente. En su conversación, ni un quiebro, ni una desviación, ni un fallo en la presencia del espíritu. Este semblante afable y fuera del tiempo tiene algo de esfinge. Incomprensible. Y no es sólo una impresión mía. A. B., que, desde hace semanas, le ve casi todos los días, me dice que jamás, ni un segundo, le ha sorprendido en una sola falta de "objetividad superior".

»Lo que le hace condenar a Gurdjieff:

»1.° Quien siente la necesidad de enseñar no vive enteramente su doctrina y no ha llegado a la cima de la iniciación.

»2.° En la escuela de Gurdjieff no hay mediación material entre el alumno a quien se ha persuadido de su nada y la energía que debe llegar a poseer para pasar al ser real. Esta energía  – esta "voluntad de la voluntad", dice Gurdjieff – debe encontrarla el alumno en sí mismo, y sólo en sí mismo. Ahora bien, este paso es parcialmente falso y sólo puede conducir a la desesperación. Esta energía existe fuera del hombre, y se trata de captarla. El católico que comulga: captación espiritual de esta energía. Pero, ¿y los que no tienen fe? Si no se tiene fe, hay que tener fuego: esto es toda la alquimia. Un verdadero fuego. Un fuego material. Todo comienza, todo llega por el contacto de la materia.

»3.° Gurdjieff no vivía solo; siempre estaba rodeado de otras personas como en un falansterio. "Hay un camino en la soledad, hay ríos en el desierto." No hay camino ni ríos en el hombre que se mezcla con los otros.

»Le hago preguntas sobre la alquimia que deben de parecerle tontas. Pero no lo demuestra y responde:

»Sólo materia, nada más que contacto con la materia, trabajo con la materia, trabajo manual.

«Insiste mucho en esto:

»-¿Le gusta la jardinería? Es un buen comienzo, porque la alquimia puede compararse a la jardinería.

»-¿Le gusta la pesca? La alquimia tiene algo de común con la pesca.

»Trabajo de mujeres y juego de niños.

»No se puede enseñar alquimia. Todas las obras literarias que han pasado por los siglos contienen una parte de esta enseñanza. Son el hecho de hombres adultos – verdaderamente adultos – que hablaron a los niños, respetando las leyes del conocimiento adulto. En una gran obra, jamás se nota la falta de "los principios". Pero el conocimiento de estos principios y el camino que lleva a estos principios deben permanecer ocultos. Sin embargo, existe un deber de ayuda mutua para los investigadores del primer grado.

»A eso de la medianoche, le interrogué sobre Fulcanelli, {[18]} y él me explicó que Fulcanelli no ha muerto.

»-Se puede vivir – me dice – infinitamente más de lo que imagina el hombre que no ha despertado. Y sepuede cambiar totalmente de aspecto. Yo lo sé. Mis ojos saben. Sé también que la piedra filosofal es una realidad. Pero se trata de un estado de la materia distinto del que conocemos. Este estado, como todos los otros estados, es susceptible de mediciones. Los medios de trabajo y de medición son sencillos y no requieren aparatos complicados: trabajo de mujeres y juego de niños...

»Y añade:

»-Paciencia, esperanza, trabajo. Y, sea cual fuere el trabajo, jamás se trabaja bastante.

»Esperanza: en alquimia, la esperanza se funda en la certeza de que existe un fin. Yo no habría empezado – dice – si no me hubiesen demostrado claramente que este fin existe y que es posible alcanzarlo en esta vida.»

 

 

Tal fue mi primer contacto con la alquimia. Si la hubiese abordado por medio de los libros mágicos, creo que mis investigaciones no habrían ido muy lejos: falta de tiempo, falta de afición a la erudición literaria. Y también falta de vocación: esta vocación que invade al alquimista, cuando éste aún no se tiene por tal, en el momento en que se abre por primera vez un antiguo tratado. Yo no tengo vocación de hacer sino de comprender; no de realizar, sino de ver. Pienso, como dice mi viejo amigo André Billy, que «comprender es tan hermoso como cantar», aun en el caso de que la comprensión sea fugaz. {[19]} Soy un hombre que tiene prisa,como la mayoría de mis contemporáneos. Tuve el contacto más moderno que cabe tener con la alquimia: una conversación en una tasca de Saint Germain des Prés. Después, mientras intentaba dar un sentido más completo a lo que me había dicho aquel hombre joven, tropecé con Jacques Bergier, que no salía lleno de polvo de una buhardilla llena de libros viejos, sino de los lugares en que se concentra la vida del siglo: los laboratorios y las oficinas de información. Bergier buscaba también alguna cosa por las rutas de la alquimia. Y no era para hacer una peregrinación al pasado. El extraordinario hombrecillo, atiborrado de secretos de la energía atómica, había tomado aquel camino como atajo. Volé, agarrado a sus faldones y a una velocidad supersónica, entre los textos venerables concebidos por sabios enamorados de la lentitud, borrachos de paciencia. Bergier tenía la confianza de algunos de los hombres que, todavía hoy, se entregan a la alquimia. Tenía también el oído de los sabios modernos. A su lado, pronto adquirí la certeza de que existe una estrecha relación entre la alquimia tradicional y la ciencia de vanguardia. Vi que la inteligencia tendía un puente entre dos mundos. Avancé por este puente, y ví que aguantaba. Sentí una dicha muy grande y un profundo apaciguamiento. Refugiado desde hacía tiempo en el pensamiento antiprogresista hindú, adepto de Gurdjieff, viendo el mundo de hoy como un principio del Apocalipsis, profundamente desesperanzado y sin esperar más que un triste fin de los tiempos, sin ser lo bastante orgulloso para considerarme hombre aparte, he aquí que veía de pronto cómo el porvenir y el pasado se daban la mano. La metafísica del alquimista, varias veces milenaria, ocultaba una técnica comprensible o casi comprensible, en el siglo XX. Las técnicas horripilantes de hoy se abrían sobre una metafísica casi siempre a la de los tiempos antiguos. ¡Falsa poesía la de mi vacío! El alma inmortal de los hombres lanzaba la misma luz a ambos lados del puente.

Acabé por creer que los hombres, en un pasado muy remoto, habían descubierto los secretos de la energía y de la materia. Y no sólo por la meditación, sino también por la manipulación. No sólo espiritualmente, sino técnicamente. El espíritu moderno, por caminos diferentes, por las rutas, desde hacía tiempo repelentes a mis ojos, de la razón pura, de la irreligiosidad, con medios diferentes y que me habían parecido feos, se aprestaba a su vez a descubrir los mismos secretos. Se interrogaba, se entusiasmaba y se inquietaba a un tiempo. Tendía a lo esencial, igual que el espíritu de la alta tradición.

Vi entonces que la oposición entre la «sabiduría» milenaria y la «locura» contemporánea era una invención de la inteligencia, demasiado débil y demasiado lenta, un producto de compensación para el intelectual incapaz de la fuerte aceleración que su época le exige.

Hay varias maneras de tener acceso al conocimiento esencial. Nuestro tiempo tiene las suyas. Las antiguas civilizaciones tuvieron las propias. Y no me refiero únicamente al conocimiento teórico.

Vi, en fin, que, siendo las técnicas de hoy aparentemente más poderosas que las de ayer, este conocimiento esencial que sin duda tenían los alquimistas (y otros sabios, antes que ellos) llegarían a nosotros aún con mayor fuerza, con mayor peso, con más peligros y con más exigencias. Alcanzamos el mismo punto que los antiguos, pero a diferente altura. Más que condenar al espíritu moderno en nombre de la sabiduría de iniciación de los antiguos, más que negar esta sabiduría declarando que el conocimiento real comienza con nuestra civilización, convendría admirar, convendría venerar la potencia del espíritu que bajo aspectos diferentes, vuelve a pasar por el mismo punto de luz, elevándose en espiral. Antes que condenar, repudiar, escoger, convendría amar. El amor lo es todo: reposo y movimiento a la vez.

Vamos a someterles los resultados de nuestras investigaciones sobre la alquimia. No se trata, desde luego, más que de esbozos. Para aportar a este tema una contribución realmente positiva, necesitaríamos diez o veinte años sin hacer otra cosa, y, posiblemente, facultades que no tenemos. Sin embargo, lo que hemos hecho y la manera de hacerlo dan a este pequeño trabajo un aspecto diferente al de las obras hasta ahora consagradas a la alquimia. Encontrarán en él pocas declaraciones sobre la historia y la filosofía de esta ciencia tradicional, pero sí algunas luces sobre los lazos inesperados entre los sueños de los viejos «filósofos químicos» y las realidades de la física actual. Mejor será que declaremos enseguida nuestro propósito:

La alquimia, a nuestro entender, podría ser uno de los más importantes residuos de una ciencia, de una técnica y de una filosofía pertenecientes a una civilización desaparecida. Lo que hemos descubierto en la alquimia, a la luz del saber contemporáneo, no nos invita a pensar que una técnica tan sutil, complicada y precisa, puede ser producto de una «revelación divina» caída del cielo. Y no es que rechacemos toda idea de revelación. Pero jamás hemos visto, al estudiar los santos y los grandes místicos, que Dios hable a los hombres empleando el lenguaje de la técnica: «Coloca tu crisol bajo la luz polarizada, hijo mío. Limpia las escorias con agua tridestilada.»

Tampoco creemos que la técnica alquimista haya podido desarrollarse a tientas, a base de ínfimos trucos de ignorantes o de fantasías de maníacos del crisol, hasta llegar a lo que bien puede llamarse una desintegración atómica. Más bien nos inclinamos a creer que en la alquimia existen restos de una ciencia desaparecida, difíciles de comprender y de utilizar, a falta de texto. Partiendo de estos residuos, forzosamente tuvo que haber tanteo, pero en una dirección determinada. Hubo también abundancia de interpretaciones técnicas, morales, religiosas. Hubo, en fin, para los detentadores de aquellos restos; la imperiosa necesidad de guardar el secreto.

Pensamos que nuestra civilización, al alcanzar un saber que es tal vez el mismo de otra civilización precedente, pero en otras condiciones y con otro estado de espíritu, debería tener el mayor interés en interrogar en serio a la antigüedad para acelerar su propia progresión.

Por último, pensamos esto: el alquimista, al final de su «trabajo» sobre la materia advierte, según la leyenda, que se opera en él mismo una especie de transmutación. Lo que ocurre en su crisol, ocurre también en su conciencia o en su alma. Hay un cambio de estado. Todos los textos tradicionales insisten en ello y evocan el momento en que se cumple la «Gran Obra» y en que el alquimista se convierte en «hombre despierto». Nos parece que estos viejos textos describen de esta manera el término de todo conocimiento real de las leyes de la materia y de la energía, comprendido el conocimiento técnico. Nuestra civilización se precipita hacia la obtención de tal conocimiento. No nos parece absurdo pensar que los hombres están llamados, en un porvenir relativamente próximo, a «cambiar de estado», como el alquimista legendario, a sufrir alguna transmutación. A menos que nuestra civilización no perezca por entero antes de alcanzar el fin, como acaso han desaparecido otras civilizaciones. Pero aun así, en nuestro último segundo de lucidez, no debemos desesperar, sino pensar que, si la aventura del espíritu se repite, es cada vez en un grado más alto de la espiral. Lo único que haríamos sería dejar a otros milenios el trabajo de llevar esta aventura hasta su punto final, hasta el centro inmóvil, y desapareceríamos llenos de esperanza.

 

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NOTAS:

[1])- Theilard de Chardin tel que je l’ai connu por G.Magloire, revista Synthèse, noviembre 1957

[2])- Uno de los signos más asombrosos de la apertura producida en el campo de la física es la introducción de lo que se llama “número cuántico de rareza”. Veamos a grandes rasgos de qué se trata. A principios del Siglo XIX se creía ingenuamente que dos núeros, o a lo más tres, bastaban para definir una partícula. Este número sería su masa, su carga eléctrica y su momento magnético. La verdad está lejos de ser tan sencilla. Para describir completamente una partícula hubo que añadir una magnitud intraducible en palabras que se llamó spin. Se había creído al principio que esta magnitud correspondía a un período de rotación de la partícula sobre si misma, algo que para el planeta Tierra, por ejemplo, correspondería al período de veinticuatro horas que rige la sucesión de los días y las noches. Pero se advirtió que ninguna explicación simplista de este género podía mantenerse. El spin era sencillamente el spin, una cantidad de energía ligada a la partícula, que se presentaba matemáticamente como una rotación sin que girase nada de la partícula.
Algunos sabios trabajos, debidos sobre todo al profesor Louis de Broglie, sólo lograron explicar parcialmente el misterio del spin. Pero, bruscamente, se advirtió que entre las tres partículas conocidas: protones, electrones y neutrones (y sus imágenes en el espejo: antiprotón negativo, positrón y antineutrón) existía una buena treintena de otras partículas. Los rayos cósmicos, los grandes aceleradores, producían grandes cantidades de ellas. Ahora bien, los cuatro números habituales: masa, cargas, momento magnético y spin, no bastaban para describir estas partículas. Había que crear un quinto número, tal vez un sexto, etc. Y con toda naturalidad, los físicos han llamado a estas nuevas magnitudes “números cuánticos de rareza”. Esta salutación al ángel de lo Chocante tiene algo profundamente poético. Igual que otras muchas expresiones de la física moderna: “Lus Prohibida”, “Más Allá Absoluto”, el “número cuántico de rareza” tiene prolongaciones más allá de la física, en laces con las profundidades del espíritu humano.

[3])- Uno de los particulares de la Teoría Unitaria de Jean Charon.

[4])- Eric Temple Bell: Le flot du temps, Gallimard, editor, París.

[5])- R.P. Dubarle: Débat radiophonique, 12 abril 1957

[6])- “El investigador ha debido reconocer que, lo mismo que todo ser humano, es a un tiempo espectador y actor en el gran drama de la existencia”. Bohr

[7])- Arthur Clarcke: Los hijos de Ícaro (Gallimard).

[8])- Serge Hutin: Histoire de Rose-Croix. Gerard Nizet, editor. Paris.

[9])- Mi amigo Rajah Rao

[10])- Véase la tercera parte de esta obra: “El hombre, este infinito”.

[11])- Una traducción menos segura haría de los Rosacruz los herederos de civilizaciones enterradas,

[12])- Robert Jungk: Más brillante que mil soles. Editorial Argos.

[13])- Walter Dornberger: L’Arme secrète de Peenemünde. Arthaud. Paris.

[14])- Millikan: El electrón.

[15])- Technique Mondiale, Paris, abril, 1957.

[16])- Edwin Armstrong: The Inventor as Hero, artículo del Harper’s Magazine.

[17])- Frazer: Le Reameau d’Or.

[18])- Autor de El Misterio de las Catedrales y de Las Moradas Filosofales.

[19])- En su cárcel de Reading, Oscar Wilde descubre que la distracción del espíritu es el crimen fundamental, que la atención extrema revela el acuerdo perfecto entre todos los acontecimientos de una vida, pero que sin duda también, en un plano más masto, el acuerdo perfecto entre todos los elementos y todos los mivimientos de la Creación, la armonía de todas las cosas. Y exclama: “Todo lo que es comprendido está bien.” Es esta la frase más bella que conozco.

 

 

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Louis Pauwels - Jaques Bergier: El Retorno de los Brujos